Sandra HARDING
Ciencia y feminismo
EDICIONES MORATA, S. L.
Fundada por Javier Morata, Editor, en 1920
C/ Mejía Lequerica, 12
28004 - MADRID
Título original de la obra:
THE SCIENCE QUESTION IN FEMINISM
O Cornell University, 1993 (5.2 ed.)
This edition is published by arrangement with
Cornell University Press, Ithaca, New York.
La presente obra ha sido editada mediante ayuda del
Instituto de la Mujer.
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O EDICIONES MORATA, S. L. (1996)
Mejía Lequerica, 12. 28004 - Madrid
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ISBN-10: 84-7112-414-9
ISBN-13: 978-84-7112-414-2
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CAPÍTULO Il
El género y la ciencia:
dos conceptos problemáticos
Las críticas feministas se enfrentan a obstáculos inmensos cuando tratan de
construir una teoría del género como categoría analítica relevante para las cien-
cias naturales. Estos obstáculos tienen su origen en ciertas visiones dogmáticas
de la ciencia con respecto a las cuales las feministas no suelen ser lo bastante
críticas y no sólo en ideas conocidas, aunque inadecuadas, sobre el género.
Obstáculos para teorizar sobre el género
En otras disciplinas, como la historia, la antropología y la literatura, la necesi-
dad de teorizar sobre el género sólo se hizo patente tras el reconocimiento de las
limitaciones de otros tres proyectos. El proyecto “mujeres notables” pretendía res-
taurar las voces de mujeres importantes de la historia: novelistas, poetas, artistas,
etcétera, y añadirlas a los cánones vigentes. Sus logros se revaluaron desde una
perspectiva no sexista. El proyecto “aportaciones de las mujeres” se centró en su
participación en actividades que ya constituían centros de atención para el análi-
sis en estas disciplinas —en las luchas por la abolición y la templanza, en las ac-
tividades de “recolección” en las llamadas culturas cazadoras, en el trabajo de
significados círculos literarios, por ejemplo—, pero seguían siendo temas inco-
rrectamente interpretados y subdesarrollados. A este respecto, el objetivo de con-
seguir un cuadro menos deformado de la vida social exigía unas descripciones
nuevas de estos temas ya reconocidos como tales en las disciplinas. Por último,
los estudios de la “victimología” documentaron las historias y las prácticas actua-
les de violaciones, abusos conyugales de las esposas, prostitución, incesto, dis-
criminación laboral, explotación económica y otras por el estilo que antes se
pasaban por alto o se describían en clave misógina.
Sólo cuando las estudiosas feministas realizaron esos trabajos se dieron
cuenta de la inadecuación de tales enfoques. La situación de las mujeres que
consiguieron convertirse en figuras históricas o en artistas y poetas reconocidas
era, por definición, privilegiada, en comparación con la de las mujeres en general.
© Ediciones Morata, S. L.
£l género
y la ciencia: dos conceptos problemáticos 29
Su vida no nos facilita más la comprensión de la vida cotidiana de la inmensa
mayoría de las mujeres de lo que la vida de los grandes hombres ayuda a com-
prender la del “hombre corriente”. Es más, las aportaciones de las mujeres a la
historia y la cultura tradicionales han sido contribuciones a lo que los hombres,
desde su propia perspectiva, creen que es historia y cultura. Esos análisis tienden
a ocultarnos lo que significan para ellas las mismas actividades de las mujeres
en estos mundos de hombres, así como el modo en que las tareas cotidianas de
las mujeres han configurado las mismas definiciones masculinas del mundo
de los hombres !. Por último, los estudios de la victimología ocultan, con frecuen-
cia, las formas utilizadas por las mujeres para luchar contra la misoginia y la
explotación. Las mujeres han sido agentes activas en su destino —si no en las
condiciones de su propio quehacer— y tenemos que comprender sus formas de
lucha y los objetivos que han centrado sus acciones. Estos tres tipos de estudios
han aportado valiosas intuiciones sobre materias que la investigación tradicional
deja de lado. Pero sus limitaciones llevaron a las feministas a considerar la nece-
sidad de formular el género como categoría teórica, como la herramienta analiti-
ca mediante la cual la división de la experiencia social en consonancia con el
género tiende a dar a los hombres y a las mujeres unas concepciones diferentes
de sí mismos, de sus actividades y creencias y del mundo que los rodea a ellos y
a ellas.
En las ciencias naturales, la utilidad de estos proyectos sólo ha sido marginal.
A las mujeres se las ha excluido del quehacer científico serio de un modo más sis-
temático que de cualquier otra actividad, exceptuando, quizá, las acciones bélicas
en el frente. A pesar de los inevitables ejemplos de Marie Cunie y, ahora, de Bar-
bara McCLINTOCK, pocas mujeres han podido alcanzar el nivel de eminencia
científica en su época. Diversos estudios históricos, sociológicos y psicológicos
explican por qué ha sucedido así, pero el hecho es que pocas mujeres notables
han llegado a la cumbre de la fama en la ciencia. Los estudios de las aportacio-
nes femeninas a la ciencia han sido algo más fructiferos, aunque siguen limitados
por las mismas restricciones?. El enfoque de la victimología, que aparece en los
cinco proyectos feministas críticos de la ciencia, ha resultado útil, sobre todo, para
acabar con el mito de que la ciencia que hemos tenido es, en realidad, la “ciencia
para el pueblo” (expresión de GALILEO), imaginada al surgir la ciencia moderna.
El hecho de que estos enfoques, útiles en las ciencias sociales y en las huma-
nidades, sólo hayan encontrado objetivos limitados en las ciencias naturales ha
oscurecido, para las críticas de la ciencia, la necesidad de una teorización más
adecuada del género en cuanto categoría analítica, con una excepción importan-
te: en las críticas de la biología, se han producido grandes avances al aportar
unas perspectivas más desarrolladas y exactas de la naturaleza y actividades de
las mujeres (véase el Capítulo IV). En este caso, se aprecia la necesidad de teo-
rizar sobre el género como categoría analítica cuando se identifican diferencias
de forma de pensar entre hombres y mujeres con respecto a la reproducción y a
las tecnologías reproductivas, cuando se plantean cuestiones sobre la posibilidad
de que el mismo tema de la diferencia de sexo suscite mayor interés entre los
1 Véanse, por ejemplo: SMITH (1974; 1977; 1979; 1981); KELLY-GADOL (1976); GILLIGAN (1972).
? Véanse, por ejemplo: RosSITER (1982b); WALSH (1977).
O Ediciones Morata, S. L.
30 Ciencia y feminismo
hombres que entre las mujeres, cuando se sugiere que el enfoque del método
científico sobre las diferencias pueda tener que ver con el androcentrismo que
rodea esos problemas y con la posibilidad de que la preocupación de la biología,
la antropología y la psicología por las relaciones interactivas entre organismos y
entre organismos y ambientes refleje formas especificamente femeninas de con-
ceptuar relaciones muy abstractas*.
Pero la biología sólo es uno de los objetivos de las críticas feministas de la
ciencia. En general, las áreas en las que hace falta utilizar el género como cate-
goría analítica y el sentido en el que tenga que orientarse esa teorización siguen
sin estar claros para muchas críticas feministas de la ciencia natural y resultan
totalmente incomprensibles para la mayoría de los científicos no feministas, así
como para los historiadores, sociólogos y filósofos de la ciencia. Al menos, algu-
nas críticas disponen de los recursos de sus disciplinas científicas sociales y de
la crítica literaria para tratar de comprender la ciencia natural en términos de las
categorías de género. Los métodos del psicoanálisis, la historia, la sociología, la
antropología, la teoría política y la crítica literaria han conseguido valiosas intui-
ciones; sin embargo, la formación científica (e incluyo la formación en la filosofía
de la ciencia) es hostil a estos métodos de búsqueda del saber sobre la vida
social, y la teoría del género es una teoría sobre la vida social. Es característico
que, en la socialización de los científicos y de los filósofos de la ciencia, no se
valoran los enfoques del psicoanálisis, de la crítica literaria ni de la crítica inter-
pretativa que, en la historia y la antropología, se encuentran entre los modos de
búsqueda del conocimiento. Por eso, no puede extrañarnos que tengamos difi-
cultades para teorizar sobre los efectos del simbolismo del género, la estructura
de género y el género individual en las ciencias naturales.
En las ciencias sociales, las áreas más proclives a la introducción del género
como categoría teórica son las que disponen de una tradición crítica interpretati-
va fuerte (digo “crítica” para distinguir esta teoría de la acción y las creencias
humanas de los tipos de interpretaciones y racionalizaciones inconscientes que
nos damos rutinariamente a nosotros mismos y a los demás para explicar nues-
tras creencias y acciones). Estas tradiciones establecen la hipótesis de que, a
veces, “los nativos” emprenden acciones irracionales y mantienen creencias irra-
cionales que anulan los objetivos conscientes, los intereses inconscientes o
ambos de los actores. Hay que buscar las causas en las condiciones sociales
contradictorias, situaciones en las que nada se gana, en las que los humanos
deben escoger unas acciones y mantener unas creencias. MARX y FREUD consti-
tuyen dos casos de teóricos que trataron de identificar las condiciones sociales
que llevan a grupos de individuos hacia unas pautas de acción y creencia irracio-
3 No obstante, estas sugerencias suscitan lantas preguntas como respuestas. Por ejemplo,
¿acaso este enfoque no tiende a universalizar lo femenino, reforzando, por tanto, ciertas inclinaciones
modemas del feminismo hacia una política (y una epistemología) basada en identidades, en vez de
en solidaridades? ¿Y los modelos interactivos no constituyen la altemativa evidente a los modelos
jerárquicos del dogma darwiniano? Es decir, ¿las razones internas a la lógica del desarrollo teórico no
indican el carácter provechoso de la búsqueda de modelos interactivos en este momento de la histo-
ria de las ciencias biológicas? Es más, ¿acaso el deseo de sustituir los modelos jerárquicos por los
interactivos no refleja determinadas realidades políticas, reconocidas de modo bastante general, en
este momento de la historia del mundo y no sólo características femeninas? Volveremos más ade-
lante sobre estas cuestiones.
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El género y la ciencia: dos conceptos problemáticos 31
nales. Los efectos de sus propuestas metodológicas pueden observarse en las
tradiciones críticas interpretativas de muchas áreas de investigación de la ciencia
social —con independencia de que se consideren marxistas o freudianas o se
ocupen de los tipos específicos de fenómenos sociales que interesaban a MARX y a
FREUD—. En estas tradiciones de investigación, es legítimo y, a menudo, obligato-
rio reflexionar sobre los orígenes de los sistemas conceptuales y de las pautas de
conducta e incluir en la reflexión los sistemas conceptuales y conductas que con-
figuran los supuestos básicos y actividades del mismo investigador. Aquí no sólo
hay espacio conceptual, sino también —podemos decir— permiso moral para
reflexionar sobre los aspectos generizados de los sistemas conceptuales y sobre
las circunstancias de género en las que se adoptan las creencias. En contraste,
los programas de investigación en los que permanecen vigentes las filosofías
empiristas y positivistas de la ciencia social se han mostrado sistemáticamente
contrarios a elevar el género a una categoría teórica*. En el mejor de los casos,
se han mostrado dispuestos a añadir el género como variable que se debe anali-
zar en su campo (como una propiedad de los individuos y de sus conductas, pero
no como estructuras sociales y sistemas conceptuales, también).
Las ciencias físicas constituyen el origen de esta filosofía positivista, excesi-
vamente empirista. Parece que su objeto asocial y el carácter paradigmático de
sus métodos impiden la reflexión critica sobre las influencias sociales de sus sis-
temas conceptuales; en efecto, el dogma predominante sostiene que la ciencia
moderna tiene la ventaja de hacer innecesaria esa reflexión. Se ha dicho que la
física y la química modernas eliminan las características antropomórficas de la
ciencia medieval y de la teorización que podemos observar en las culturas “primi-
tivas” y en los niños —por no hablar de las ciencias sociales y las humanidades.
El progresismo social, el “positivismo”, de la ciencia moderna se encuentra por
completo en su método. Se piensa que no hace falta formar a los físicos, los quí-
micos y los biólogos como teóricos críticos; en consecuencia, ni su formación ni
el carácter propio de la empresa científica estimulan el desarrollo o el aprecio de
la teoría crítica interpretativa ni las destrezas que han demostrado su utilidad en
las ciencias sociales.
Sin embargo, la historia, la sociología y la filosofía de la ciencia no son cien-
cias naturales. Sus objetos son las creencias y prácticas sociales. La filosofía de
la ciencia se centra en las creencias y prácticas ideales; la historia y la sociología
de la ciencia se ocupan de las creencias y prácticas reales. Con independencia de
su carácter ideal o real, los objetos de estas disciplinas son las creencias y prác-
ticas sociales. A este respecto, habría que pensar que la teoría y las destrezas
críticas interpretativas son fundamentales para comprender cómo explican y
* Véase STACEY y THORNE (1986), que hacen una serie de observaciones al respecto en relación
con la sociologia. Pauline BART ha señalado también (en conversación) que, al especular sobre las
resistencias comparativas que presentan diversos campos disciplinarios frente a las intuiciones femi-
nistas, no debemos subestimar los niveles comparativos de amenaza personal y política que, por
ejemplo, suponen para los líderes de estos campos —hombres, sobre todo— los análisis sociológicos
de las culturas contemporáneas y próximas, en comparación con los análisis históricos y antropológi-
cos de culturas muy distantes de nosotros en el espacio o en el tiempo. Esta línea de razonamiento
apoya mi argumentación de que las críticas feministas de las ciencias naturales se enfrentan con una
hostilidad aún mayor que la encontrada por las críticas en otros campos; la racionalidad científica está
directamente implicada en el mantenimiento de la masculinidad en nuestro tipo de cultura.
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32 Ciencia y feminismo
deberían explicar los científicos las regularidades del mundo natural y sus tenden-
cias causales subyacentes. La sociología del conocimiento adopta este enfoque,
aunque limitado por su preocupación por lo que podemos denominar “sociología
del error” y “sociología de las personas que conocen” para su exclusión de la
sociología del conocimientos. Y también esta tradición ha sido decididamente an-
drocéntrica. Pero, androcéntrica o no, su influencia en el pensamiento sobre la
ciencia natural no se aprecia aún en la filosofía de la ciencia ni en las ciencias
naturales y sólo está empezando a hacerse notar en la sociología tradicional y en
la historia de la ciencia. Las filosofías empiristas, hostiles a las teorías de la for-
mación de la creencia, en las que el género puede entenderse como un elemento
de los esquemas conceptuales de la ciencia, como una forma de organizar el tra-
bajo social de la ciencia o como un aspecto de la identidad individual de los cientí-
ficos, han dominado la filosofía, la sociología y la historia de las ciencias naturales.
Por estas razones, las críticas feministas de la ciencia se enfrentan a obs-
táculos disciplinarios aún mayores que los que se oponen a las feministas que tra-
tan de introducir el género como categoría teórica en las ciencias sociales, la lite-
ratura y las artes. Estos obstáculos parecen derivarse de la idea poco corriente
que tienen los entusiastas de la ciencia sobre el modo más adecuado de enten-
der la historia y las prácticas de la ciencia; nos dicen que este tipo de actividad
sólo debe entenderse tal como sus entusiastas comprenden sus propias activi-
dades: en los términos de las interpretaciones inconscientes, acríticas, que “los
nativos” hacen de sus creencias y actividades. Es decir, los científicos informan
sobre sus actividades y los filósofos e historiadores de la ciencia interpretan esos
informes de manera que podamos explicar “racionalmente” el crecimiento del
conocimiento científico en los mismos términos morales, políticos y epistemológi-
cos que los científicos utilizan para explicar sus actividades a quienes las finan-
cian o a los críticos de la ciencia.
Los teóricos sociales se darán cuenta de que este enfoque es hermenéutico,
intencionalista, y que evita sistemáticamente el examen crítico de las influencias
causales e históricas identificables en el crecimiento de la ciencia, externas a la
conciencia intelectual, moral y política de los prácticos y entusiastas de la cien-
cia®. La explicación alternativa de KuHN sobre la historia de la ciencia ha genera-
do una auténtica nueva industria de estudios sociales de la ciencia, estudios que
han empezado a demostrar la mistificación perpetrada por las llamadas “recons-
trucciones racionales”7. Pero la ciencia tradicional y el entusiasmo filosófico y
popular con respecto a la visión tradicional de la ciencia siguen mostrándose obs-
tinadamente reacios a tales explicaciones causales críticas. Desde esta perspec-
tiva, puede comprenderse que el naturalismo del enfoque de la ciencia que adop-
to en este libro es más completo que el que, aparentemente, están dispuestos a
defender los entusiastas de la ciencia: trato de identificar las tendencias causales
presentes en la vida social que dejan huellas de género en todos los aspectos de
la empresa científica.
5 Véase en BLoor (1977) una crítica de las sociologías del error y de las personas que conocen
0 conocedores (| .
$ Véase en Fay y Moon (1977) una exposición de las ventajas e inconvenientes de los enfoques
intencionalistas de la investigación social.
7 Kuwn (1970).
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El género y la ciencia: dos conceptos problemáticos 33
¿Es, acaso, paradójico que la ciencia natural, que se presenta como el para-
digma del pensamiento crítico y racional, trate de sofocar precisamente el tipo de
pensamiento crítico y racional que insiste debemos ejercitar en otras actividades
sociales cuando se ocupa de su propio carácter y sus proyectos? Quizá no, si
tenemos en cuenta que la historia que la ciencia hace de sí misma aparece como
una especie de mito de los orígenes. La autoimagen de la ciencia presenta un
mito sobre quién es “nuestro tipo” de persona y sobre el destino que nos reservan
la naturaleza y la racionalidad científica. Como nos dicen los antropólogos, los
mitos de los orígenes violan, con frecuencia, las mismas categorías que generan:
en otras culturas pueden decirnos que las creencias surgieron mediante el inces-
to, el canibalismo, la bestialidad, las uniones sexuales entre dioses y mortales;
actividades que, más tarde, quedaron prohibidas en esas culturas. El mito de los
orígenes de nuestra cultura científica nos dice que, en parte, surgimos gracias al
tipo de pensamiento crítico sobre las relaciones sociales entre la investigación
medieval y la sociedad que, más tarde, quedó prohibido en nuestra cultura cientí-
fica. Se trata de una concepción mágica —y quizá, incluso, religiosa o mística—
de la búsqueda ideal del conocimiento. Se excluye de las categorías y actividades
que impone a todo lo demás. Recomienda que utilicemos el análisis causal y el
examen crítico de las creencias heredadas para comprenderlo todo, salvo la cien-
cia misma.
Los dogmas del empirismo
Las concepciones empiristas del método científico y la misma empresa cienti-
fica ponen obstáculos tanto para el pensamiento feminista sobre la ciencia como en
su interior. Creo que debemos considerar estas creencias mistificadoras como
reflejos de los “dogmas del empirismo”, tan conocidos por los filósofos, y como adi-
ciones a los mismos.
En los años cincuenta, el filósofo de la ciencia Willard van Orman Quine
señaló dos dogmas del empirismo que pensaba había que abandonar. “El empi-
rismo moderno ha estado condicionado, en parte, por dos dogmas. Uno consiste
en la creencia en la diferencia fundamental entre unas verdades que son analíti-
cas, basadas en los significados, con independencia de los hechos, y las verda-
des sintéticas, basadas en los hechos. El otro dogma es el reduccionismo: la
creencia de que todo enunciado significativo es equivalente a algún constructo
lógico sobre términos referidos a la experiencia inmediata”*. QUINE sostiene que
ambos dogmas están mal fundamentados y que, si se abandonasen, nos incli-
naríamos a considerar que la presunta distinción radical entre la ciencia natural y
la metafísica no es tan clara. También reconoceríamos las normas pragmáticas
que, en el mejor de los casos, tenemos para juzgar la adecuación de los enun-
ciados científicos.
Desde entonces, los historiadores y sociólogos de la ciencia, así como los
filésofos, se han sumado a la oposición de Quine frente a estos dos dogmas del
empirismo. Los estudios sobre la construcción social de lo que se considera real
* Quine (1953, pág. 20).
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3 Ciencia y feminismo
—tanto dentro como fuera de la historia de la ciencia— hacen muy difícil creer
que pueda haber ningún tipo de descripciones de la experiencia inmediata, in-
dependientes de los valores, a los que nuestros enunciados de conocimientos
puedan “reducir” o transformar en pensamientos equivalentes. Es más, en la
actualidad, se acepta de forma generalizada la primera afirmación de QUINE res-
pecto a que, cuando entra en juego lo epistemológico, nunca podemos afirmar
con seguridad cuándo respondemos a las compulsiones de nuestro lenguaje o a
las de nuestra experiencia. No pueden separarse los hechos de sus significados.
Por tanto, el tipo de prueba de aceptabilidad lógica de un enunciado o razona-
miento no difiere, en último extremo, del de las pruebas de su adecuación empi-
rica. En ambos casos, sólo podemos remitirnos a la experiencia (social) expresa-
da a través del lenguaje (culturalmente configurado) (a Quine no le preocupaba lo
que provoca la variación social en la experiencia o en el lenguaje). QUINE reco-
mendaba sustituir las cuestiones pragmáticas y conductistas por las filosóficas
tradicionales, reemplazando las preocupaciones filosóficas que consideraba ina-
ceptables por las científicas que le parecían deseables. Podemos apreciar las
tendencias pragmáticas de su pensamiento sin que tengamos que estar de
acuerdo con su conductismo —con su programa para reemplazar la filosofía por
lo que, para muchos teóricos y teóricas, sigue siendo una ciencia social excesi-
vamente reduccionista y obsesivamente empirista.
Los temas filosóficos que preocupaban a Quine se desarrollaron como lo
hicieron en su momento para explicar la aparición de la ciencia moderna*; los filó-
sofos y los científicos mostraban su aceptación explícita de dichos dogmas. No
obstante, tanto la oposición de las ciencias naturales a la crítica feminista como
las muchas contradicciones teóricas y políticas presentes en las criticas feminis-
tas ponen de manifiesto que, en modo alguno, se han abandonado los dogmas
señalados por QUINE —que no son sólo dos— ni en el pensamiento académico ni
en el popular sobre la ciencia.
Quiero exponer aquí una serie de reflexiones y de adiciones en relación con
los supuestos básicos criticados por Quine que siguen constituyendo unos obs-
táculos conceptuales en contra de nuestras posibilidades de análisis de la ciencia
como actividad plenamente social también. Me parece que estas creencias de-
masiado empiristas todavía se hacen sentir en la mayoría de las críticas feminis-
tas de la ciencia, impidiéndonos teorizar adecuadamente sobre el género en las
descripciones feministas de la ciencia. Más aun, la creencia en estos dogmas lle-
va a los científicos y a los filósofos e historiadores tradicionales a mostrar su hos-
tilidad a la misma idea de una critica feminista de la ciencia.
Ciencia sagrada
Ya he aludido a uno de estos dogmas: la creencia en que la ciencia constitu-
ye un tipo de actividad social fundamentalmente único. Como otras historias de
los orígenes, la ideología de la ciencia sostiene que la ciencia viola las mismas
categorías que produce. Se nos ha dicho que la comprensión humana disminuye,
? Véase RoRTY (1979).
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El género y la ciencia: dos conceptos problemáticos 35
en vez de aumentar, cuando se pretende explicar la naturaleza y la estructura de
la actividad científica tal como la misma ciencia recomienda hacer en relación con
todas las demás actividades sociales. Esta creencia convierte en sagrada la cien-
cia. Llega, incluso, a retirar a los científicos del campo de lo plenamente humano;
al menos, según su punto de vista y el de los entusiastas de la ciencia. Pone lími-
tes a la racionalidad humana mediante argumentos que parecen más religiosos o
místicos que otra cosa.
Podemos mostrar que el problema radica en las concepciones inadecuadas
de la racionalidad científica y no en enunciados específicamente feministas si
tenemos en cuenta las siguientes hipótesis, que ni siquiera se refieren al género:
A. La aportación previsible que podría hacer la física al bienestar social en la
actualidad es relativamente despreciable, dado que los mayores obstáculos para
ese bienestar son las injusticias morales y políticas y no la ignorancia de las leyes
de la naturaleza.
B. En una sociedad socialmente estratificada, “más ciencia” tiende a intensi-
ficar la estratificación social.
C. Aunque es posible que los científicos individuales se muevan por los más
elevados objetivos personales e ideales sociales, de hecho, sus actividades rea-
les sirven, ante todo, para aumentar los beneficios de unos pocos y mantener su
control social sobre la mayoría.
Estas afirmaciones pueden ser verdaderas o falsas; creo que se acercan más
a la verdad que a la falsedad. La determinación de una u otra —su correspon-
dencia con la forma de ser del mundo— debe considerarse como una cuestión
susceptible de investigación empírica. Sin embargo, para la inmensa mayoría de
los científicos y no científicos, estos enunciados son blasfemos; no se consideran
como hipótesis atrevidas que deban investigarse científicamente para determinar
si pueden refutarse o no, sino como desafíos psicológicos, morales y políticos que
amenazan la fe occidental en el progreso a través de un conocimiento empírico
cada vez mayor. También se contemplan como desafíos a la inteligencia y la
moral de las mujeres y hombres muy brillantes y bien intencionados que se inician
y siguen haciendo ciencia. Las respuestas habituales a estas ideas consisten en
arquear las cejas, en lanzar sonrisas displicentes (no dirigidas a quien habla) o en
miradas abiertamente hostiles; respuestas que no se ajustan con facilidad al
paradigma de la argumentación racional. También pueden optar por decir que
creen que lo que oyen no son sino afrentas personales: “Usted debe odiar a los
cientificos”; como si sólo una desastrosa experiencia personal o una mente per-
versa pudiera pensar en la conveniencia de estudiar tales hipótesis. Estos tipos
de enunciados no sólo plantean la posibilidad de efectuar el interesante descu-
brimiento científico de que hayamos estado equivocados con respecto al carácter
progresista de la ciencia, sino una dolorosa y tensa confrontación con unos valo-
res morales y políticos incoherentes con los que, al parecer de la mayoría de las
personas, dan a la vida social occidental su impulso y orientación deseables. Es
evidente que esta cuestión tiene mucha más importancia que la comprobación de
hipótesis frente a los hechos; del mismo modo que la aceptación social de la
visión copernicana del mundo era mucho más importante que la relación entre las
hipótesis de COPÉRNICO y las pruebas obtenidas gracias al telescopio de GALILEO.
El proyecto que la sacralización de la ciencia convierte en tabú no consiste
sino en someter la ciencia al tipo de examen que se aplica a cualquier otra insti-
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36 Ciencia y feminismo
tución o conjunto de prácticas sociales. Si, en estos enunciados, sustituyéramos
“ciencia” por “novelas”, “teatro”, “matrimonio” o “educación financiada con fondos
públicos”, muchas personas podrían considerarse ultrajadas (o pensar que esos
enunciados son puras estupideces), pero las hipótesis no producirían la misma
sensación profunda de amenaza a nuestras intuiciones morales, políticas y psi-
cológicas. ¿Por qué es tabú decir que la ciencia natural es también una actividad
social, un conjunto de prácticas sociales, históricamente cambiante?, ¿por qué lo
es decir que una valoración completa y científica de la ciencia requiere descrip-
ciones y explicaciones de las regularidades y tendencias causales subyacentes
de las propias prácticas y creencias sociales de la ciencia?, ¿por qué ha de ser
tabú decir que es posible que los científicos y los entusiastas de la ciencia sean
los menos indicados para comprender adecuadamente las causas y significados
reales de sus propias actividades? ¿A qué otra “comunidad de nativos” le dejaria-
mos la última palabra sobre las causas, consecuencias y significados sociales de
sus propias creencias e instituciones? Si no estamos dispuestos a tratar de con-
templar las favorecidas estructuras y prácticas intelectuales de la ciencia como
artefactos culturales, en vez de como mandamientos sagrados entregados a la
humanidad en el nacimiento de la ciencia moderna, será difícil que podamos
entender cómo han dejado su huella en los problemas, conceptos, teorías, méto-
dos, interpretaciones, ética, significados y objetivos de la ciencia el simbolismo de
género, la estructura social generizada de la ciencia y las identidades y conduc-
tas masculinas de los científicos individuales.
Examinemos cómo se defienden estas creencias en el carácter sagrado de la
ciencia. Se nos dice que la ciencia y la sociedad están separadas, desde el pun-
to de vista analítico. Por tanto, los valores sociales se distinguen de los hechos
(en detrimento de la determinación de estos últimos); los significados que los
enunciados científicos encierran en una cultura son diferentes de lo que en reali-
dad dicen los enunciados científicos (e irrelevantes al respecto); la consideración
de los usos y abusos sociales de la ciencia se diferencia de las valoraciones del
progresismo de la ciencia (y carece de importancia a efectos de esas valoracio-
nes); los orígenes sociales de los problemas, conceptos y teorías de la ciencia
difieren de la “bondad” de dichos problemas, conceptos y teorías (y son irrelevantes
en relación con esa “bondad”). Siempre que surge alguna crítica social de la cien-
cia, esas creencias se defienden de un modo u otro. Es más, estas creencias
otorgan apoyo permanente a esas descripciones que dan por supuesto que los
lenguajes, los significados y las estructuras de la ciencia son característicamente
asociales, como pone de manifiesto una rápida ojeada a cualquiera de las re-
vistas o textos de la filosofía de la ciencia al uso. Estas creencias estructuran la
disputa entre interioristas y exterioristas en la historia de la ciencia, y garantizan
que la mayoría de los entusiastas de la ciencia entiendan por “historia de la
ciencia” la historia de las creencias científicas conscientes, exclusivamente.
Los defensores de la escisión analítica entre ciencia y sociedad dirán que
quizá la ciencia no sea inmune a todo tipo de influencias sociales; cualquiera pue-
de ver que las idiosincrasias de los investigadores individuales han influido en la
historia de la ciencia —de lo contrario, ¿por qué ibamos a dar los premios Nobel
a unos individuos y no a otros? Y ciertamente, las prioridades de financiación de
la economía y del Estado influyen en la selección de los problemas. Y también es
cierto que, a veces, unas investigaciones de mala calidad duran más tiempo del
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El género y la ciencia: dos conceptos problemáticos 37
que debieran a causa del entusiasmo social que suscitan las pésimas interpre-
taciones de sus resultados: pensemos en el lysenkismo* y en la “ciencia nazi”,
dicen. Y, por supuesto, el entusiasmo por la ciencia moderna está motivado fun-
damentalmente por los valores sociales democráticos: la ciencia se constitu-
ye gracias a determinados valores sociales, pero, en el mejor de los casos, no
defiende ní recomienda ningunos en concreto.
Los defensores de la fundamental neutralidad de la ciencia con respecto a los
valores, de su pureza, quieren decir, en realidad, que la lógica y la metodología
de la ciencia y el núcleo empírico de hechos científicos que aquéllas producen
son totalmente inmunes a las influencias sociales; que, a largo plazo, la lógica y
el método científico separan lo material concreto de lo social en los resultados de
la investigación científica. Pero trataremos de localizar el núcleo puro, indepen-
diente de valores de la ciencia, responsable del presunto progresismo intrínseco
al método científico en los enunciados de modelos de la física, en el lenguaje
matemático de la ciencia y en el razonamiento lógico. Si, como sostengo, no pue-
de encontrarse en estos lugares la ciencia pura, ¿dónde podremos buscarla?
No sabemos dónde se encuentran los orígenes históricos de la creencia mís-
tica de que el progresismo intrínseco de la ciencia reside en la separación de su
lógica de sus orígenes, usos y significados sociales; el Capítulo IX examina las
razones políticas de su adopción. Antes de NEWTON, no existía esa visión positi-
vista de la ciencia (aunque el término “positivismo” apareció mucho más tarde, la
idea puede descubrirse ya en el pensamiento de finales del siglo xvi1). Hoy día, no
existe tal separación, pero su fetiche persiste.
La ciencia: ¿método único o conjunto de frases?
La acusación feminista de que la ciencia está generizada, ¿tiene que fundar-
se en la demostración de que el método científico es sexista? Una ciencia no mar-
cada por el género, ¿producirá un método nuevo de búsqueda del conocimiento?
¿O la acusación feminista tiene que basarse en la demostración de que los enun-
ciados mejor confirmados producidos por las ciencias son sexistas? ¿Acaso tie-
ne que demostrar que las leyes de NEWTon o de EINSTEIN son sexistas con el fin
de aportar un razonamiento aceptable sobre el carácter generizado de la ciencia?
La idea corriente (0 dogma) consiste en que el carácter único de la ciencia se
halla en su método para adquirir descripciones y explicaciones fiables de las
regularidades de la naturaleza y de sus causas subyacentes. Los autores de tex-
tos científicos escriben sobre la importancia de la observación independiente de
valores, en cuanto prueba de las creencias y, especialmente, sobre la recolección
* Lysenkismo: Ideología científica promovida en la URSS entre 1940 y 1965, derivada de las
teorías del agrónomo y biólogo soviético Trofim Denisovich Lysenko (1898-1976). Esta posición ase-
gura que en la herencia no desempeñan ningún papel relevante los cromosomas y los genes. Su
orientación lamarckiana le lleva a proponer un ambiguo principio de la “unidad del organismo con el
ambiente” y a sostener en la evolución de los organismos sólo la herencia de las modificaciones pro-
movidas por el entomo y por los efectos del uso y desuso de órganos. Su pretensión era la de cons-
truir una “biología comunista” y refutar las posiciones mendelianas a las que calificaban de ciencia
burguesa. (N. del R.)
© Esiciones Morata, S. L.
38 Ciencia y feminismo
de observaciones mediante el “método científico”. Se ha dicho que la refinada
observación, característica del método experimental, permitió que las posturas
de GALILEo y NEwToN prevalecieran sobre las de PTOLOMEO y ARISTÓTELES.
Pero lo exclusivo de este método sigue sin estar claro. Por una parte, las dis-
tintas ciencias utilizan métodos diferentes; no tienen mucho en común los méto-
dos de la astronomía, la física de partículas y la biología molecular. Por otra, en
determinados aspectos de lo que se consideran ciencias muy rigurosas e inde-
pendientes de valores —la astronomía y la geología contemporáneas, por ejem-
plo— el experimento controlado desempeña una función extremadamente redu-
cida. Y dicho tipo de experimento no es una invención moderna —después de
todo, ARISTÓTELES era un experimentalista. Es más, si tratamos de identificar las
características metodológicas formales de la búsqueda del conocimiento, exclui-
remos de las filas de los científicos a los agricultores de las sociedades campesi-
nas premodernas, aunque incluiremos en ellas a los jóvenes, y sin embargo muy
preparados miembros de los equipos de investigación bioquímica. Cuando nos
adentramos en la filosofía de la ciencia, se nos dice que la inducción y la deduc-
ción son las presuntas competidoras por los laureles correspondientes al ele-
mento fundamental del método científico'9. Pero, podemos suponer que los
niños, así como los simios y los perros, utilizan con regularidad la inducción y la
deducción. Estas consideraciones suscitan la sospecha de que la ciencia es, a
la vez, más y menos que cualquier posible definición del método científico.
Ante estas clases de argumentos, un filósofo de la ciencia de primera fila dice
que lo que distingue la explicación científica de la no científica es la actitud de la
ciencia con respecto a sus enunciados "'. Es decir, lo que convierte una creencia
o actividad en científica es la postura psicológica que se adopta ante ella. En
todas las demás formas de búsqueda humana de conocimientos, podemos iden-
tificar supuestos básicos considerados sagrados, inmunes a la refutación por la
experiencia; las explicaciones ofrecidas por las culturas “primitivas”, no occiden-
tales, por la teología, la teoría psicoanalitica, la economía política marxista y la
astrología constituyen ejemplos favoritos de tales pseudoexplicaciones. Se nos
dice que sólo la ciencia mantiene abiertas sus creencias a la refutación por la
experiencia.
Sin embargo, en determinadas áreas de investigación científica, puede
demostrarse con facilidad la inmunidad a la crítica de los supuestos básicos. ¿Por
qué ha de ser diferente la situación en la totalidad del mundo científico? ¿Qué
ocurre (nos sentimos tentadas a preguntar) con la creencia en la inexistencia de
hechos físicos no causados? O, ¿cómo podemos distinguir, de forma significati-
va, entre los hechos y procesos físicos y no físicos del mundo?
A la luz de estos tipos de consideraciones, es difícil comprender por qué una
ciencia característicamente feminista tendría que elaborar un nuevo método, al
menos si no entendemos por “método científico” nada más que: 1) someter las
creencias a la prueba de la observación experimental; 2) fundarse en la inducción
y en la deducción, y 3) estar dispuestas a mantener abiertos nuestros supuestos
básicos a la crítica. Las dos primeras actividades no son en absoluto exclusivas
10 PoPPER (1959; 1972); cf. HARDING (1976).
1! PoppeR (1959; 1972).
© Ediciones Morata, S. L.
El género y la ciencia: dos conceptos problemáticos 39
de la ciencia moderna, y la tercera no es característica de lo que cada cual con-
sidera como investigación más rigurosa, desde el punto de vista metodológico.
Este dogma sólo encierra la reducción del presunto carácter progresista inheren-
te a la ciencia a una idea mitologizada y oscura de su método (esto debería ser,
aunque no siempre lo es, lo que criticasen las feministas cuando se oponen al
positivismo), pero sigue siendo imposible especificar de manera aceptable las
características distintivas de este método científico.
En la historia de la preocupación filosófica y científica por la ciencia como
conjunto paradigmático particular de oraciones aparece otra concepción que no
contribuye a aclarar la situación. Dos de los ejemplos citados con mayor frecuen-
cia son las expresiones matemáticas de las leyes de la mecánica de NewTon o de
la teoría de la relatividad de EINSTEIN. Se dice que, a menos que los criticos pue-
dan demostrar que estos enunciados matemáticos están lastrados con valores,
no puede sostenerse la hipótesis de que los valores sociales —y mucho menos
los valores de género— impregnen la ciencia que tenemos. Pero, ¿por qué segui-
mos considerando la física como el paradigma de la búsqueda científica del cono-
cimiento? Y, ¿acaso es cierto que los enunciados matemáticos no presentan hue-
llas sociales, que hay algo así como la matemática pura?
Física paradigmática
Los físicos, los químicos, los filósofos de la ciencia y la mayoría de nosotros
creemos que la física es el paradigma de la ciencia y que ésta es inimaginable
sin la física como paradigma. Da vértigo pensar que, quizá, en la ciencia del fu-
turo, la física quede relegada a una posición marginal en la búsqueda del cono-
cimiento y se ocupe sólo de problemas esotéricos que tengan poco que ver con
nuestra forma de vivir. Hoy día, incluso, es posible que sus problemas, métodos y
lenguajes privilegiados constituyan ya ejemplos atípicos característicos de inves-
tigación científica que no deberían considerarse como modelos para otras áreas.
Podemos pensar en ello aunque apreciemos las razones históricas por las que la
física se convirtió en el paradigma de la investigación científica: la física de NEw-
TON hizo posible una comprensión mucho más útil de muchas clases de fenóme-
nos que la física aristotélica que reemplazó, y su éxito explicativo suscitó un gran
optimismo con respecto a que el “método” de NEwToN pudiera cosechar éxitos
similares en todas las áreas de la investigación humana. En realidad, el mecanis-
mo, la metafísica de las leyes de NEwTON, sigue orientando investigaciones útiles
en muchas áreas de las ciencias físicas, aunque sus limitaciones se hacen cada
vez más evidentes. No obstante, como señala KuHn, las teorías paradigmáticas
en determinadas áreas de investigación acaban agotándose como orientaciones
fructiferas para la investigación. ¿Acaso no será cierto también esto con respec-
to a la ciencia en su totalidad?
Si es razonable pensar que la física tenga que ser siempre el paradigma de la
ciencia, el feminismo fracasará en su intento de “probar” que la ciencia es una
actividad humana tan generizada como cualquier otra, a menos que pueda de-
mostrar que los problemas, conceptos, teorías, lenguaje y métodos específicos
de la fisica moderna están generizados —en especial, hay filósofos, matemáti-
cos y físicos que sostienen que las expresiones matemáticas de las leyes de la
© Ediciones Morata, S. L.
40 Ciencia y feminismo
mecánica de NEwTon y de la teoría de la relatividad de EinstEIN están generiza-
das. Sin duda, podemos distinguir la estructura lógica y el contenido empírico de
la creencia científica, neutrales con respecto a los valores, de sus orígenes, sig-
nificados y aplicaciones sociales. Desde esta perspectiva, parece que las críticas
feministas de la ciencia sólo tienen como objetivo las ciencias biológicas y socia-
les, “menos rigurosas” o “menos maduras”. La oposición a la viabilidad de la crí-
tica feminista descansa en la neutralidad, con respecto a los valores, de las
expresiones matemáticas de las leyes de la física. En consecuencia, puede dar
la sensación de que las críticas feministas apoyan la afirmación de que los ejem-
plos específicos de ciencia sexista y androcéntrica sólo son casos de “mala cien-
cia”, de que una mayor atención a las restricciones metodológicas, de las que es
modelo la física, en todas las investigaciones se traduciría en una ciencia libre de
sexismo y de androcentrismo.
Sin embargo, todas las razones aducidas por los científicos sociales respecto
a que la investigación social necesita unos supuestos metafísicos básicos y unos
métodos diferentes de los de la investigación en física pueden hacer pensar que
se está deteriorando la categoría de la fisica como modelo de ciencia '?. Yo sos-
tengo que una ciencia social crítica y reflexiva debe ser el modelo de todas las
ciencias y que, si la física presenta unos requisitos especiales para llegar a expli-
caciones adecuadas, son precisamente eso: especiales (veremos que gran parte
de la biología debería conceptuarse ya como ciencia social. Si pensamos en ella
como el puente entre —o, desde una perspectiva postmodernista, el crisol en el
que se forjan— lo natural y lo social, la naturaleza y la cultura, la biología debe
adoptar, con frecuencia, unos tipos de supuestos básicos metafísicos y meto-
dológicos muy alejados de la física y de la química). Veamos cómo los argumen-
tos sobre las distintas condiciones necesarias para una investigación social ade-
cuada pueden transformarse en argumentos para considerar que las condiciones
de la explicación científica en física no son paradigmáticas.
En primer lugar, el objeto de la fisica es mucho menos complejo que los de la
biología y las ciencias sociales, hasta el punto de que la diferencia entre ambos
no sólo es cuantitativa, sino cualitativa también. La física se ocupa de sistemas
simples o de aspectos simples de sistemas complejos. El modelo estándar del
sistema solar es un ejemplo de los primeros; los aspectos de los sistemas fisioló-
gicos o ecológicos que puede explicar la física son ejemplos de los segundos. La
razón fundamental de la simplicidad de estos sistemas y de la capacidad de sus
modelos para hacer previsiones fiables es que se conceptúan como cerrados y
deterministas. Sin embargo, la actividad humana tiene consecuencias para el fun-
cionamiento del sistema solar (presumiblemente, podríamos hacer desaparecer
este planeta). Pero las regularidades y las tendencias causales de esos tipos de
“interferencias” no forman parte de las preocupaciones profesionales de los físi-
cos. Mientras que las ciencias sociales deben tener en cuenta las restricciones
físicas de los fenómenos que estudian, los objetos, hechos y procesos de los que
se ocupan los científicos físicos se limitan a los que pueden aislarse de las
restricciones sociales.
12 Véase en Fa y Moon (1977) una revisión del pensamiento de los filósofos de la corriente pre-
dominante acerca de las diferencias entre la física y las ciencias sociales.
© Ediciones Morata, S. L.
El género y la ciencia: dos conceptos problemáticos a
En segundo lugar, los conceptos e hipótesis de la física requieren actos de
interpretación social de no menor envergadura que los de las ciencias sociales.
Los significados sociales que las explicaciones de la física tienen para los físicos
y para el “hombre y la mujer de la calle” son componentes necesarios de esas
explicaciones, y no accidentes históricos irrelevantes, desde el punto de vista de la
ciencia. Quizá resulte atractivo imaginar que las formulaciones matemáticas de las
leyes de NEwTON son las explicaciones de los movimientos de la materia porque
hacernos una idea de lo que significan estas fórmulas en el lenguaje ordinario sólo
supone un pequeño esfuerzo para nuestra forma moderna de pensar. Pero,
¿tendríamos que pensar que una fórmula tan larga que sólo un ordenador pudie-
ra leerla en una hora fuese una explicación de un tipo de fenómeno? La respues-
ta es “no”. Una explicación es un tipo de logro social. Una presunta explicación que
no pudiese comprender una mente humana no puede considerarse explicación. Si
ningún humano puede entenderia, si no puede tenerla en la mente, no se ha con-
seguido la explicación. En otras palabras, las explicaciones de NEWTON no sólo
incluyen las expresiones matemáticas de sus leyes, sino también las interpreta-
ciones de esas fórmulas, que nos permiten conocer cuándo nos hallamos ante
casos que sirven de ejemplos concretos de esas fórmulas. La fórmula “1 + 1 =2"
carece de sentido salvo que se nos diga a qué se refiere “1”, “+”, “=”, etcétera. La
historia de la química puede entenderse, en parte, como la lucha para determinar
lo que ha de entenderse por “1”, “+" e “=" de la “adición” quimica. Y no sólo se
debaten en física y en química los significados y referentes adecuados de estos
términos, en apariencia evidentes. Como se dice que señaló un famoso físico, si
ponemos en una jaula un león y un conejo, ¡difícilmente encontraremos en la jau-
la dos animales una hora después! Las fórmulas científicas son como los juicios
en los tribunales: las leyes sólo adquieren sentido mediante el aprendizaje (o la
decisión) de cómo aplicarlas, y eso constituye un proceso de interpretación social.
Podemos considerar otra forma de ver que la interpretación social es un com-
ponente fundamental de las leyes de la física si pensamos que, a diferencia de lo
que les ocurría a los europeos de los siglos xv al xvii, no nos resulta extraño ni
moralmente ofensivo conceptuar la naturaleza como una máquina. Esta analogía
se ha introducido tan profundamente en nuestra conciencia social que ya no nos
damos cuenta de cuándo la utilizamos. Pero no creemos que los conceptos o
hipótesis “interpretados” mediante analogías sociales inhabituales puedan contri-
buir a las explicaciones. Es posible que la expresión: “la naturaleza es como una
reunión en la que se ‘conversa con mordacidad™ conceptúe la naturaleza de un
modo que sirva para orientar de forma provechosa la investigación científica en
algunas culturas, pero no en la nuestra (quizá para los ecologistas chinos sea una
buena metáfora). Una “explicación” que no podemos comprender no es una expli-
cación. La interpretación de una teoría puede utilizar metáforas sociales o políti-
cas en unas ocasiones y no en otras, pero, para poder comprender cómo utilizar
la teoría es necesario algún acto social de interpretación. La interpretación de los
“textos” formales mediante modelos y analogías socialmente reconocidas es fun-
damental para las explicaciones de la física '3.
13 Más adelante (sobre todo en el Capítulo IX), examino el uso de las metáforas, modelos y ana-
logías androcéntricas en la historia de la ciencia occidental y la descripción inadecuada del carácter y
funciones de estas figuras de pensamiento en la filosofía de la ciencia.
© Esiciones Morata, 5. L.
42 Ciencia y feminismo
En tercer lugar, mientras que el biólogo evolucionista o el geógrafo económi-
co debe tener en cuenta las actividades intencionadas y aprendidas de los huma-
nos y, quizá incluso, de los individuos de otras especies —las preferencias ali-
mentarias y de emparejamiento de los no humanos, por ejemplo—, el físico no
necesita considerar las causas reflexivas e intencionadas de los movimientos de
la mera materia. No necesita hacerlo porque las regularidades observables de la
“materia en movimiento” carecen de este tipo de causas. Menciono la biología
evolucionista y la geografía económica para poner de manifiesto hasta qué pro-
fundidad se extiende lo social en lo que nos parece natural. Después de todo, las
explicaciones de la adaptación de los simios a sus ambientes (quizá debiéramos
hablar de “creación de ambientes”) y de las pautas de forestación, al menos des-
de que nuestra especie hizo su aparición, deben tener en cuenta la clase de con-
ductas intencionadas y aprendidas (¿deberíamos decir “actividades”?) que cons-
tituyen el objeto de la investigación social. En la medida en que el mundo que nos
rodea sigue estando cada vez más impregnado por las presencias y residuos de
las actividades sociales, hay cada vez menos “cosas exteriores” para las que
resulta apropiado el tipo de explicaciones que han sido tan fecundas en la física.
La historia del “progreso” de nuestra especie es, a la vez, la historia de la desapa-
rición de la naturaleza pura. No hace falta mencionar la estupidez de suponer
que la física pueda constituir el modelo para las explicaciones antropológicas de
todo lo que queramos saber sobre las regularidades y tendencias causales sub-
yacentes que crean los distintos tipos de estructuras de parentesco, ni para las
explicaciones históricas de todo lo que pretendamos conocer sobre las relaciones
entre las formas de crianza de los niños y las formas de estado, por ejemplo. Creo
que la exclusión de las conductas intencionadas y aprendidas del objeto de la físi-
ca, de todo punto admisibles, constituye una buena razón para considerar que la
investigación física es una forma atípica de la búsqueda científica del saber.
Por último, la explicación de los fenómenos sociales requiere las destrezas de
interpretación necesarias para comprender los significados y propósitos que un
acto intencionado tiene para el actor (destrezas que carecen de análogo en físi-
ca). En realidad, las diferencias entre los supuestos y métodos ontológicos ade-
cuados para la física y para la investigación social son de mayor envergadura aún
que lo que hace suponer esta afirmación. En la investigación social, también que-
remos explicar los orígenes, formas y predominio de las pautas de creencias y
acciones humanas, en apariencia irracionales, aunque culturalmente generaliza-
das. FREUD, MARX y otros muchos teóricos sociales han adoptado como objeto de
su estudio esa misma irracionalidad cultural. ¿Por qué, pues, vamos a tener que
tomar como modelo de toda búsqueda de conocimientos una ciencia en la que no
cabe la consideración de la conducta y la creencia irracionales? Es más, quizá
incluso en física, las explicaciones serían más fiables, más provechosas, si los
físicos estuvieran formados para examinar críticamente sus orígenes sociales y
sus consecuencias sociales, con frecuencia irracionales, de sus sistemas con-
ceptuales. Por ejemplo, ¿no se beneficiaría la física si se plantease por qué una
visión científica del mundo que tenga como paradigma la física excluye la histo-
ria de ésta de su recomendación de que busquemos explicaciones causales
críticas de todo lo que encontremos en el mundo que nos rodea? Sólo si insisti-
mos en la separación analítica de la ciencia con respecto a la vida social po-
demos mantener la ficción de que las explicaciones de las creencias y conductas
© Ediciones Morata, S. L.
El género y la ciencia: dos conceptos problemáticos 43
sociales irracionales no pueden, siquiera en principio, incrementar nuestra com-
prensión del mundo que explica la física.
He ido indicando diversas razones para volver a evaluar el supuesto de que la
física deba ser el paradigma de la búsqueda científica del saber. Si la física no
debiera ostentar esta categoría, las feministas no tendríamos que “probar” que
las leyes de la mecánica de NEWTON ni la teoría de la relatividad de EINSTEIN están
cargadas de valores para afirmar que la ciencia que tenemos está impregnada
por los simbolismos de género, la estructura de género y la identidad de género.
En cambio, tendríamos que considerar que la física no es sino un extremo del
continuo de tradiciones de investigación cargadas de valores. Aunque haya bue-
nas razones históricas que llevaran a la física a ocupar esa posición central en el
pensamiento de los filósofos y científicos, tenemos que preguntarnos si no habría
que considerar anacrónico y reflejo de preocupaciones androcéntricas, burgue-
sas y occidentales típicas su carácter paradigmático actual.
Debo señalar que no trato de quitar importancia a los intentos de demostrar
que las leyes de la naturaleza de NEwTon y de EINSTEIN tengan su parte en la sim-
bolización de género. Aunque la resolución de estos proyectos parezca improba-
ble, no hay razón para pensar que, en principio, no puedan verse coronados por
el éxito. Y unos éxitos de ese estilo harían muchísimo más aceptables las reivin-
dicaciones feministas respecto a que también las ciencias naturales están pro-
fundamente sesgadas por el género. En los Capitulos V, VIII y IX, al examinar
algunos valores androcéntricos y burgueses que, de hecho, se han proyectado
sobre la naturaleza, mostraré que la astronomía y la física modernas antropo-
morfizan la naturaleza en grado no menor que las ciencias medievales que susti-
tuyeron. Pero aquí me refiero a otra cosa. Sostengo que no es preciso emprender
un proyecto de ese estilo para convencernos de que la ciencia moderna es
androcéntrica. En cambio, tendríamos que comprender que la física no es el
modelo de toda investigación científica, sino una clase de investigación atípica,
en la medida en que sus supuestos ontológicos y metodológicos básicos puedan
garantizar, en realidad, unos resultados de investigaciones independientes de los
valores.
Matemáticas puras
La creencia de que las matemáticas carecen de dimensiones sociales forma-
les —de que la historia social “externa” de las matemáticas no deja huellas en sus
estructuras intelectuales “internas”— constituye la base para considerar la cien-
cia, sobre todo, como un conjunto de oraciones (las leyes de NEwTON, por ejem-
plo) y la física como la ciencia paradigmática, porque, si la naturaleza que descri-
be y explica la física moderna “habla en el lenguaje de las matemáticas” (como
decía GALILEO) y si el contenido cognitivo de las matemáticas carece de carac-
terísticas sociales, los enunciados formales de la física tampoco tendrán dichas
características. Ya hemos dicho que las explicaciones de la física no pueden
“reducirse” a “oraciones” matemáticas carentes de interpretación social. Pero el
argumento de los dogmáticos a favor de un núcleo central de ciencia pura, neu-
tral con respecto a los valores, es aún más débil de lo que parece. Aunque pudié-
semos “reducir” las leyes de la física a expresiones matemáticas, no hay razones
© Ediciones Morata, S. L.
44 Ciencia y feminismo
suficientes para pensar que esas mismas expresiones matemáticas sean inde-
pendientes de los valores.
Sin duda, todo el mundo sabe que el campo de la investigación matemática
tiene una historia social. Los problemas que preocuparon a distintos grupos histó-
ricos de matemáticos eran diferentes. Se nos ha dicho que, en momentos históri-
cos concretos e identificables, se “descubrieron” conceptos, estrategias de cálcu-
lo y métodos de prueba diferentes. Pero también se nos ha dicho que esta historia
social de las matemáticas es totalmente externa a las estructuras cognitivas, a las
estructuras lógicas de las matemáticas. Se dice que la historia social de las
matemáticas no deja huellas en sus estructuras lógicas. Estos “descubrimientos”
se presentan como simples ejemplos del crecimiento siempre acumulativo y pro-
gresivo del saber matemático.
A veces, se ha afirmado que, para que el feminismo pueda demostrar el valor
de la utilización del género como categoría para analizar la ciencia, debe eviden-
ciar que los conceptos matemáticos y los métodos de prueba son androcéntricos,
y debe elaborar unas matemáticas feministas, alternativas; quizá, incluso, las
feministas tengan que demostrar que la lógica moderna es sexista y que podría
haber una lógica no sexista alternativa. Este razonamiento satisface a sus auto-
res porque reduce al absurdo tanto la idea de una crítica feminista radical de la
visión científica del mundo como la posibilidad de una ciencia alternativa, orien-
tada por principios feministas.
En realidad, no voy a decir que las matemáticas estón sesgadas a favor de lo
masculino, pero, en virtud de dos observaciones, sí podemos considerar el carác-
ter mítico de la posibilidad de unas matemáticas puras. En primer lugar, ningún
sistema conceptual puede justificarse a sí mismo. Para evitar un círculo vicioso,
los fundamentos de la justificación tienen que situarse fuera del sistema concep-
tual que se pretende justificar. Los axiomas de las matemáticas no constituyen
una excepción a esta regla. Diversos matemáticos de primera fila señalan que la
prueba última de la corrección de un concepto matemático siempre es pragmáti-
ca: ¿"sirve” para explicar las regularidades del mundo que se pretende explicar?
La historia de los dos últimos siglos de la filosofía de las matemáticas puede con-
siderarse como la historia de la lucha para llegar a esta comprensión pragmática
del carácter de las “verdades” matemáticas. Nuestro objetivo presente nos impi-
de hacer una revisión de esta historia '*. Pero, sobre la base de esta forma de
considerar la categoría de las “verdades” matemáticas, muy generalizada en
la actualidad (aunque no todos los matemáticos la consideren convincente),
tendríamos que pensar que los “descubrimientos” habidos en la historia de las
matemáticas responden al reconocimiento de que también los conceptos y
teorías matemáticos se comprueban en relación con los mundos sociales históri-
cos para cuya explicación se han pensado.
En segundo lugar, apoyando este tipo de argumento, los historiadores de las
matemáticas han indicado las razones por las que ciertos enunciados matemáti-
cos, tenidos por verdaderos en una época, se han considerado falsos más tarde.
14 Véanse las descripciones que, al respecto, hacen KLIne (1980) y BLoor (1977). KLine afirma
que Andrzej Mostowski, Hermann Wev, Haskell B. Cuarv, John von Neumann, Bertrand RuseLL,
Kurt GODEL y QUINE se encuentran entre los eminentes matemáticos y lógicos que han defendido una
visión pragmática de la verdad matemática.
© Ediciones Morata, S. L.
El género y la ciencia: dos conceptos problemáticos 45
Demuestran que la viabilidad o utilidad de los conceptos matemáticos que, en
algún momento, parecían imposibles y contradictorios ha tenido que negociarse
socialmente '5. Un tipo de imágenes sociales que sirven para pensar en los obje-
tos matemáticos acaba reemplazando otro. Por ejemplo, los antiguos griegos
—excelentes matemáticos— no consideraban el uno, el primero de una serie de
enteros, como un número, ni lo clasificaban como par ni como impar. Por supues-
to, nosotros lo consideramos como un número y como impar, porque, a diferencia
de los antiguos griegos, no nos interesan, desde el punto de vista matemático, las
distinciones entre el primer elemento o generador de un linaje (de los enteros, en
este caso) y el linaje generado. Con frecuencia, las teologías y las historias de los
orígenes aluden a esa distinción. En matemáticas, hemos llegado a considerar
que la distinción entre el generador de un linaje y el linaje generado tiene su ori-
gen en cierta clase de creencias sociales que la matemática moderna no nece-
sita tener en cuenta (no obstante, como he señalado, los científicos y filósofos
que insisten en que, en principio, la ciencia misma no puede poseer algunas ca-
racterísticas del mundo que explica —la iluminación mediante la explicación
causal, los valores sociales presentes en los artefactos explicativos que producen
los físicos, etcétera— siguen creyendo en la importancia de este tipo de dife-
rencias. Si no tenemos razones para mantener esta distinción religiosa en ma-
temáticas, ¿por qué hemos de tenerla en cuenta en la filosofía y en los estudios
sociales de la ciencia?).
Veamos otro ejemplo. El sentido común nos dice que una parte no puede ser
igual a la totalidad. Por tanto, hasta una época relativamente reciente, los
matemáticos no han apoyado la idea de que el número de los enteros pueda ser
infinito. El problema que se planteaban los primeros matemáticos era así: toman-
do la sucesión correlativa de los números enteros, podemos emparejar cada uno
con un entero par (1-2, 2-4, 3-6, 4-8,...), lo que se traduce en una serie infinita en
la que hay tantos enteros pares como enteros —a primera vista, absurdo. ¿Cómo
se resolvió esta paradoja? Los matemáticos estaban dispuestos a dejar de lado
la verdad de sentido común de que una parte no puede ser igual a la totalidad, en
esta circunstancia especial, para elaborar la teoría infinitesimal. Lo hicieron susti-
tuyendo la imagen social de los números como unidades de cuenta por la imagen
social de los números como divisiones de una línea. Son imágenes sociales por-
que reflejan lo que hacen las personas en determinadas culturas históricas de for-
ma intencionada. No todas las culturas se han preocupado tanto por la medida
—división de una línea— como la nuestra durante los últimos siglos. La sustitu-
ción de un tipo de imagen social relativa a la naturaleza de los números por otro
diferente hizo posible la aparición de un campo completo de investigación
matemática. Como señala un comentarista, ese proceso de negociación social de
imágenes culturales en matemáticas es semejante al que realizamos cuando
excluimos el acto patriótico de matar en tiempo de guerra de la categoría moral y
legal de homicidio '5.
Podríamos considerar estos desarrollos matemáticos como la marcha hacia
adelante y ascendente de la verdad al servicio del progreso intelectual. Pero esto
15 Véase una exposición sobre estos casos en BLOOR (1977).
16 BLooR (1977, pág. 127). Los comentarios de Frances HANCKEL perfeccionaron esta exposición.
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46 Ciencia y feminismo
oculta las imágenes sociales en cuyo marco se han conceptuado los números y
otras nociones matemáticas, así como los procesos de auténtica negociación
social mediante los cuales se reemplaza una imagen cultural para pensar sobre
los conceptos matemáticos por otra. El recuento de objetos y la división de una
linea son prácticas sociales corrientes y estas prácticas pueden generar formas
contradictorias de pensar sobre los objetos de investigación matemática. Quizá
resulte dificil imaginar qué prácticas de género pueden haber influido en la acep-
tación de determinados conceptos en matemáticas, pero casos como éstos ponen
de manifiesto que no puede desestimarse a priori esa posibilidad apelando a que
el contenido intelectual y lógico de las matemáticas sea independiente de toda
influencia social.
Nuestro impenitente dogmático puede decir: “bueno, al menos las matemáti-
cas se basan, en último término, en la lógica, y la lógica es independiente de las
influencias sociales”. Sin embargo, en este siglo, los matemáticos han descubier-
to la imposibilidad de justificar los axiomas de las matemáticas mediante princi-
pios lógicos que no sean más discutibles y antiintuitivos que las matemáticas que
habrían de justificar. Por tanto, es dudoso que la lógica pueda constituir el firme
fundamento de las verdades de las matemáticas. Más aun, algunas feministas
han señalado unos aspectos en los que determinados supuestos de la lógica
podrían ser androcéntricos. Por ejemplo, Merrill HinTIKKA y Jaakko HINTIKKA sos-
tienen que las unidades metafísicas de una rama de la lógica denominada “se-
mántica formal” corresponden a formas masculinas, pero no femeninas, de indi-
vidualizar objetos 7. Estos estudios aportan visiones de incalculable valor de las
huellas sociales que existen en el pensamiento presuntamente formal puro y
sugiere provechosos programas de investigación para el futuro.
Pero, aunque no existiesen estos estudios o no se hubiesen realizado más,
no se entiende muy bien por qué la teorización sobre el género como categoría
analítica del pensamiento sobre la ciencia haya de basarse en la posibilidad de
realizar esos análisis de las matemáticas y de la lógica. De nuevo, no intento
desanimar a quienes realizan esos estudios, sino indicar el carácter contraprodu-
cente (¡la irracionalidad!) de esta estrategia de argumentación. Este tipo de opo-
17 HINTIKKA e HINTIKKA (1983). Janice MouLTON, en “The Myth of the Neutral ‘Man™ (en M. VeT-
TERUNG-BRAGGIN y Cols., eds.: Feminism and Philosophy, Totowa, N. J., Littlefield, Adams, 1977), pone
de manifiesto otra clase de problemas de la lógica. Señala que, en un ejemplo en inglés estándar de
una forma silogística válida —“All men are mortal; Socrates is a man; therefore, Socrates is mortal’—,
el término “man” se utiliza, en realidad, con dos referentes distintos (genérico en el primer enunciado,
y específico de género en el segundo) y, por tanto, la interpretación de este silogismo en inglés están-
dar, utilizada en todos los textos de lógica durante varios siglos, es inválida*. La clave de que haya
cuatro términos (fórmula silogística incorrecta), en vez de tres, en este silogismo interpretado está en
que no es posible sustituir el nombre "Sócrates” por cualquier otro “hombre” (ser humano) sin que se
produzca una “respuesta de extrafieza”; por ejemplo, “Cleopatra es un hombre” suscita esa respues-
ta (por supuesto, el silogismo sería válido si, en la primera premisa, “hombres” se utilizase en sentido
específico de género; pero esto no representa con exactitud el original griego y tampoco es lo que los
lógicos han pretendido). ¿Qué otras interpretaciones androcéntricas y, por tanto, ilícitas de formas
lógicas se esconden en textos lógicos? ¡No es extraño que muchas “hombres femeninas” se hayan
mostrado reacias a comprender las virtudes de las asignaturas de lógica!
* Lalógica del argumento de Janice MOuLTON es igualmente válida en español; las premisas y la
conclusión del silogismo, traducidas al castellano, son: “todos los hombres son mortales; Sócrates es
un hombre; luego, Sócrates es mortal". (N. del T.)
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El género y la ciencia: dos conceptos problemáticos 47
sición a las críticas feministas paga el precio de reducir la ciencia a enunciados
matemáticos o lógicos, entrando, por tanto, en contradicción con el supuesto fun-
damental de que la valoración de la adecuación de los enunciados científicos
depende de la relación detectable entre esos enunciados y nuestras observacio-
nes del mundo. Bastaría señalar que las matemáticas son muy útiles en física; úi-
les, aunque con limitaciones, en biología o economía, y sólo raramente útiles en
antropología o historia a causa de los grados relativos de simplicidad, abstracción
y conductas intencionadas e irracionales característicos de los objetos de investi-
gación de cada uno de estos campos. De acuerdo con la vuelta de Quine al prag-
matismo, podríamos decir que las matemáticas, como la lógica, “contemplan”
simplemente unos aspectos del mundo que están menos deformados por la des-
cripción formal que la antropología o la historia —menos deformados, pero no
libres de toda deformación.
Hemos examinado ciertas concepciones de los enunciados científicos y de la
actividad científica que constituyen problemas, tanto para la teoría feminista como
dentro de la misma. Son problemas para esta teoría porque impiden la posibilidad
de que el pensamiento feminista modifique la forma de pensar de los científicos,
los filósofos y los teóricos sociales sobre la ciencia. Y son problemas dentro de la
teorización feminista porque la creencia en estos dogmas —al menos, en sus
huellas— nos impide observar los aspectos inadecuados de nuestra idea sobre la
generización de la ciencia.
El género: indivídual, estructural, simbólico
y siempre asimétrico
Las conceptuaciones inadecuadas del género constituyen también un proble-
ma, tanto para las críticas feministas de la ciencia como dentro de ellas. Los
aspectos inadecuados de las criticas reflejan de dos maneras las ideas parciales
y perversas, incluso, sobre el género, características del pensamiento dominante.
La primera se deriva de la excesiva atención prestada a sólo una o dos formas de
manifestarse el género en la vida social, ocultando las relaciones que existen en
toda cultura entre las expresiones preferidas del simbolismo de género, la forma
de dividirse el trabajo según el género y lo que se consideran identidades y con-
ductas masculinas y femeninas, que a veces se apoyan entre sí, otras se oponen,
pero siempre son importantes. La segunda es el resultado del supuesto erróneo
de que las diferencias de género en los individuos, en las actividades humanas y
en los sistemas simbólicos son simétricas, desde los puntos de vista moral y polí-
tico. Además, cuando se utilizan estos dos conceptos inadecuados del género,
surgen también perspectivas opuestas con respecto a las mejores estrategias
para eliminar el androcentrismo de la búsqueda del conocimiento. Examinemos
por orden estos tres problemas.
Algunas críticas feministas de la ciencia ni siquiera reconocen, ni mucho
menos explican, las relaciones entre el género simbólico, la división de trabajo
según el género y el género individual. Como, en los capítulos siguientes, seguiré
ocupándome de este tema, sólo describiré aquí dos ejemplos de este tipo de
enfoque del género y la ciencia, cuya elaboración teórica es insuficiente. En el pri-
mer ejemplo, el problema consiste en el apoyo que dos formas de género prestan
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48 Ciencia y feminismo
a la tercera. En el segundo, la oposición entre dos formas de género provoca
expresiones del tercero.
Los estudios sobre la igualdad se centran en el género individual: cómo se
produce la discriminación contra las mujeres en la estructura social de la empre-
sa científica, y en los obstáculos que la organización científica y la socialización
del género femenino provocan con respecto al ingreso y permanencia de las
mujeres en ese ámbito. Estos estudios explican la reducida representación feme-
nina en los cursos, laboratorios, sociedades y publicaciones científicas, en rela-
ción con estos factores; y critican las características de la identidad y de la con-
ducta femeninas, estimuladas por nuestra cultura, que operan en contra de la
motivación o de la adquisición de las destrezas necesarias para dedicarse a la
ciencia, en el caso de las niñas y de las mujeres. Quienes proponen la igualdad,
recomiendan una serie de estrategias de acción dirigidas a la afirmación de la
mujer y prácticas de socialización modificadas para las niñas, con el fin de
aumentar la representación femenina en la ciencia.
Pero, con frecuencia, estas críticas no llegan a descubrir que la división del
trabajo según el género, en la sociedad más amplia, y el simbolismo de género
del que participa la ciencia son en la misma medida responsables de la escasa
presencia de mujeres en el campo de la ciencia y del hecho de que las niñas no
suelan estar dispuestas a desarrollar las destrezas y conductas que se consi-
deran necesarias para alcanzar el éxito en la ciencia. Mientras no se considere
que el “trabajo emocional” y el “trabajo intelectual y manual” de la casa y del cui-
dado de los hijos constituyen unas actividades humanas deseables para todos los
hombres, el “trabajo intelectual y manual” de la ciencia y de la vida pública no
parecerán unas actividades potencialmente deseables para todas las mujeres. Es
más, las recomendaciones derivadas de la teoría de la igualdad piden a las muje-
res que cambien aspectos importantes de su identidad de género por la versión
masculina, sin que prescriban un proceso similar de “desgenerización” para los
hombres. Las feministas que han trabajado en estos proyectos han hecho frente
heroicamente a una inmensa hostilidad durante más de un siglo y no pretendo tri-
vializar sus esfuerzos de auténticas luchadoras. Sin duda, hay razones políticas
de peso para no haber lanzado una campaña con el fin de que los científicos
varones se ocupasen de cuidar a los niños y transformasen sus propias necesi-
dades y deseos de género. Pero sus esfuerzos no obtuvieron los resultados espe-
rados. En parte, esto se debe a que el nivel de su análisis social es superficial y
no consigue descubrir las causas subyacentes de la discriminación contra las
mujeres en la ciencia, consistentes en la división de trabajo según el género en la
vida social y en la participación entusiasta de la ciencia en la elaboración de los
simbolos de nuestra cultura.
En el segundo ejemplo, parece que algunas “críticas textuales” de la ciencia
suponen que podríamos eliminar en ésta el androcentrismo ocupándonos tan
sólo de las creencias y conductas que suelen considerarse femeninas, pero que,
sin embargo, han sido características de los científicos (hombres) en la historia.
Éstas indican que el crecimiento de la ciencia se ha debido tanto al pensamiento
intuitivo, a la valoración de complejos de relaciones y a las actitudes de respeto a
la naturaleza y a las nuevas hipótesis, como a la lógica formal y a las matemáti-
cas, a las perspectivas mecanicistas y a la “comprobación rigurosa” de las hipó-
tesis, mediante la “tortura de la naturaleza”. Por tanto, parecen afirmar que, opo-
© Ediciones Morata, S. L.
El género y la ciencia: dos conceptos problemáticos 49
niéndose a la simbolización de la actividad científica como exclusivamente mas-
culina, se podría eliminar el androcentrismo de la ciencia.
De nuevo, estas críticas han resultado valiosas: han hecho progresar en gran
medida nuestra comprensión de la forma de utilizar la ciencia las ideologías de
género. Pero la recomendación pasa por alto las motivaciones conscientes o
inconscientes de esa simbolización de género que aportan los conflictos entre las
divisiones de trabajo según el género en la sociedad general y las necesidades
de identidad masculina de los individuos. El totemismo de género en la ciencia se
refuerza, a menudo, gracias a las oposiciones o conflictos entre las necesidades
masculinas de identidad y las divisiones de trabajo según el género, reales o po-
sibles.
La segunda conceptuación inadecuada del género supone que la masculini-
dad y la feminidad son simples expresiones parciales, aunque combinables, de
sistemas simbólicos humanos, formas de dividir el trabajo social e identidades y
conductas individuales. Parece que muchas críticas feministas sostienen que es
posible prescindir de los aspectos indeseables de la masculinidad y de la femini-
dad, para llegar así a núcleos atractivos que, aunque parciales, sean simétricos,
desde los puntos de vista moral y politico. Tal como lo ven estas pensadoras, para
el feminismo, el problema consiste en que la ciencia ha confundido lo masculi-
no con el ideal humano, cuando lo humano tiene que incluir también lo femenino.
Pero la feminidad y la masculinidad no se combinan con tanta facilidad; un aspec-
to fundamental de la idea de masculinidad es su oposición a todo lo que la cultu-
ra defina como femenino y su control justificado de todo lo que se considere feme-
nino. La masculinidad exige la concepción de la mujer como “otro”, tal como
señalaba Simone de BEauvoir '8, Se construye la feminidad para recoger todo lo
que se defina como no masculino y siempre con la idea del dominio masculino.
En consecuencia, esta concepción de la diferencia de género no puede explicar
como, en nuestra cultura, así como en la inmensa mayoría de las demás, los hom-
bres monopolizan el poder político y el valor moral, a expensas de las mujeres. El
género es una categoría asimétrica del pensamiento humano, de la organización
social y de la identidad y conducta individuales.
Por último, podemos contemplar evaluaciones muy diferentes del género en
tres propuestas de objetivos adecuados de una crítica feminista de la ciencia. Un
enfoque sostiene que deberíamos intentar sustituir la voz masculina del pasado y
del presente de la ciencia por una voz femenina. Deberíamos invertir la valoración
de los intereses masculinos y femeninos en la búsqueda del saber y en las formas
mismas de buscar el conocimiento, cambiando el signo de la generización de la
ciencia. Buscaríamos una ciencia para las mujeres'9. El segundo enfoque recla-
ma la creación de una forma de buscar el conocimiento, no con una voz femeni-
na, sino con la voz feminista?. Esta propuesta sostiene que la exaltación del
género —masculino o femenino— va en detrimento de una ciencia humana ver-
daderamente inclusiva. El tercer enfoque sostiene que los objetivos de los dos pri-
meros siguen estando limitados por los marcos de referencia metafísicos y epis-
18 BEAUVOIR (1953).
'9 Esta expresión es de Dorothy SmtH (1977), aunque quizá ella no tuviese presente la pro-
puesta que aquí describimos.
20 Véase, por ejemplo: HARTSOCK (1983b).
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50 Ciencia y feminismo
temológicos masculinos, y nos estimula a que tratemos de eliminar el impulso
defensivo androcéntrico que lleva a imaginar un “yo trascendental” con una única
voz que juzga cuánto se aproximan nuestros enunciados cognitivos a la “auténti-
ca y única descripción” de la forma de ser del mundo. En cambio, debemos inten-
tar crear “yoes recíprocos”, que se coaliguen en solidaridades, en vez de unirse
en identidades esencializadas y naturalizadas y, en consecuencia, en búsquedas
de saber “descentradas”?!. Pretenderíamos que la búsqueda del saber tuviera
una forma y un objetivo que, con independencia de sus demás ventajas, proba-
blemente se pareciese poco a lo que ahora llamamos ciencia. En capítulos pos-
teriores, examinaremos las tensiones entre estas tres propuestas de objetivos de
la crítica feminista de la ciencia y las razones por las que sería deseable mante-
ner estas tensiones, sin eliminarlas.
Una teorización adecuada del género nos llevaría siempre a plantearnos
cuestiones sobre las interacciones entre el simbolismo de género, el modo con-
creto de división social del trabajo o la actividad según el género y lo que consti-
tuye las identidades y deseos generizados en una cultura particular. Estas cues-
tiones son pertinentes con respecto a la cultura de la ciencia entre los siglos xv
y xvin en Europa, así como a las culturas que han apoyado la ciencia en los siglos
posteriores. Es más, habida cuenta de la asimetría “lógica” en el contenido y la
valoración de la masculinidad y de la feminidad, sería necesario explicar la situa-
ción en la que encontrásemos a científicos que realizasen actividades que les
pareciesen característicamente femeninas o sostuviesen los tipos de creencias
que su cultura clasifica como femeninas. Debemos plantear cuestiones sobre la
relación, a menudo irracional, entre el simbolismo asimétrico de género de las
actividades y creencias y el orden sexual asimétrico y las formas de identidad per-
sonal generizada. Y debemos examinar criticamente los objetivos y metas de las
formas de búsqueda del saber vislumbradas a consecuencia de la revolución
feminista. Para llevar esa revolución a las ciencias naturales, hace falta ampliar
nuestra comprensión de la complejidad de la relación entre las distintas formas de
generización de la ciencia, así como abandonar por completo los dogmas del
empirismo.
He afirmado que las ideas cientifica, filosófica y popular de la ciencia natural
son particularmente hostiles a la crítica feminista. Esta oposición parece razona-
ble si pensamos que la diferencia de género es una consecuencia “natural” de las
diferencias biológicas o una característica creada por la cultura sólo atribuible a
los individuos y sus conductas. Y también parecerá razonable si insistimos en una
concepción excesivamente empirista de la ciencia.
Una serie de dogmas del empirismo fundamentan y justifican esta hostilidad,
garantizando la aparente inmunidad de la organización científica con respecto a
los tipos de examen crítico y causal que la ciencia recomienda para todas las
demás clases de regularidades de la naturaleza y de la vida social. Si abandoná-
semos estos dogmas del empirismo, podríamos adoptar la postura alternativa
respecto a que la ciencia es una actividad social plena —tan social y tan especí-
21 Véanse, por ejemplo, las exposiciones en: Signs (1981); MarKs y COURTIVRON (1981); FLAx
(1984); Harawav (1985).
O Ediciones Moreta, S. L.
El género y la ciencia: dos conceptos problemáticos 51
fica de la cultura como las actividades religiosas, educativas, económicas y las
familiares. Descubriríamos, entonces, valiosos enfoques críticos interpretativos
de todas las actividades que se consideran científicas, así como de aquellas que
hacen posible la actividad científica: selección de problemas; formulación y eva-
luación de hipótesis; diseño y realización de experimentos; interpretación de
resultados; motivación, educación y admisión de jóvenes al mundo del trabajo
científico; organización de esa colectividad de trabajadores y de los servicios de
apoyo —en las familias y en los gabinetes de los psiquiatras, así como en los
laboratorios— que hagan posible que algunas personas sean científicas; selec-
ción, financiación y desarrollo de las tecnologías necesarias para realizar investi-
gaciones científicas y las que hagan posibles estas investigaciones; asignación
de distintos significados y valores sociales a la razón, la moral y la política cientí-
fica y a la razón emocional.
El feminismo propone que ningún ser humano contemporáneo escapa de la
generización; en contra de la creencia tradicional, los hombres tampoco. Sostie-
ne que la masculinidad —lejos de ser el ideal de los miembros de nuestra espe-
cie—, se aleja, al menos, tanto de lo paradigmáticamente admirable como ha sos-
tenido que se alejaba la feminidad. El feminismo afirma también que el género es
una categoría fundamental en cuyo ámbito se asignan significado y valor a todas
las cosas, una forma de organizar las relaciones sociales humanas. Si consi-
derásemos la ciencia como una actividad plenamente social, enpezaríamos a
comprender las múltiples formas en las que, también ella, se estructura, de acuer-
do con las expresiones de género. Todo lo que media entre nosotros y ese pro-
yecto son las teorías del género inadecuadas, los dogmas del empirismo y una
importante proporción de lucha política.
© Ediciones Morata, S. L.