El Susurro del Obelisco
En el corazón de una selva olvidada en Guatemala, la arqueóloga Elena Vargas lideraba
un equipo en busca de un sitio maya que los habitantes locales llamaban Xuk'aan Tz'ib,
"el Lugar del Susurro". Los rumores hablaban de un obelisco cubierto de inscripciones
que, según las leyendas, contenía la respuesta a una pregunta que nadie había
formulado aún.
Tras días de abrirse paso entre árboles retorcidos y lianas que parecían moverse como
si tuvieran voluntad propia, encontraron los restos de un templo colapsado. En su
centro, parcialmente oculto por la vegetación, se alzaba el obelisco, negro y brillante
como obsidiana.
Cuando Elena y su equipo se acercaron, notaron que las inscripciones no eran como
las usuales glifos mayas. Eran símbolos que parecían moverse bajo la luz del sol,
cambiando sutilmente según el ángulo desde el que se miraran. Mientras los demás
discutían cómo documentarlos, Elena escuchó un sonido apenas perceptible, un
susurro que parecía venir del obelisco mismo.
"¿Qué preguntas?" murmuraba.
Intrigada, Elena colocó una mano sobre la superficie fría y suave de la piedra. Cerró los
ojos y, sin saber por qué, formuló la pregunta que había guardado en su corazón desde
que era niña: ¿Por qué buscamos lo perdido?
En ese instante, sintió como si mil voces le hablaran a la vez, contándole historias de
reyes olvidados, pueblos que construyeron maravillas y sacrificaron todo para proteger
el conocimiento. Cuando abrió los ojos, el obelisco brillaba débilmente, y los símbolos
habían cambiado nuevamente, mostrando un mapa.
El mapa parecía conducir a otro lugar aún más profundo en la selva. Sin embargo, al
intentar copiarlo, los símbolos desaparecieron en un destello de luz. Sólo Elena
parecía recordar los detalles del grabado, como si hubieran sido grabados
directamente en su memoria.
Aunque el obelisco no volvió a mostrar más respuestas, Elena dedicó su vida a seguir la
pista del mapa que había visto. Y mientras otros la llamaban soñadora, ella sabía que
había encontrado algo más valioso que cualquier tesoro: una conexión con el pasado
que parecía viva, aún esperando ser comprendida.