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Notas de Vida y Letras Mayo Junio 2007 877369

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Notas de vida y letras

(mayo-junio 2007)
Enrique Vila Matas
TOCADO POR EL DEMONIO DE LA ANALOGÍA Y LAS ASOCIACIONES NO
EVIDENTES, EL NOVELISTA VI LA MATAS NOS OFRECE UN DIARIO INQUIE-
TANTE.

En unas instrucciones de Julio Cortázar para tener miedo, doy


con un párrafo que habla de un pueblo de Escocia donde venden
libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volu-
men. «Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la
tarde, muere».
He mirado el reloj. Eran las tres y diez. Hacía años que no creía
tan literalmente en lo que leía. De hecho, me ha parecido que
seguía vivo de puro milagro, al estilo Maradona, cuya genial capa-
cidad camaleónica no deja de fascinarme, hasta el punto de que me
quedé de piedra el otro día cuando le vi reaparecer en Show
Match, tan aseado y tan distanciado de sus episodios toxicóma-
nos. Qué bárbaro.

De Maradona he regresado a Cortázar en un viaje argentino


improvisado y me he acordado de La puerta condenada, un rela-
to de 1956, donde en un hotel de Montevideo un comerciante oye
en la noche el misterioso llanto de un niño tras el armario que tapa
una puerta cerrada. El relato de Gortázar comienza así: «A Petro-

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ne le gustó el Hotel Cervantes por razones que hubieran desagra-
dado a otros. Era un hotel sombrío, tranquilo, casi desierto. Un
conocido del momento se lo recomendó cuando cruzaba el río en
el Vapor de la carrera, diciéndole que estaba en la zona céntrica de
Montevideo. Petrone aceptó una habitación con baño en el segun-
do piso, que daba directamente a la sala de recepción».

He recordado que mi amiga argentina Vlady Kociancieh escri-


bió un ensayo sobre una casualidad de tipo fantástico entre La
puerta condenada y Un viaje o El mago inmortal, un relato escri-
to por Bioy Casares en aquellos mismos días y de trama idéntica a
la de Gortázar. Decía Kociancieh que si ya la casualidad argumen-
tal era rara, la presencia de otras muchas coincidencias lo enrarecía
todo aún mucho más. Petrone, el personaje de Cortázar y el narra-
dor de Bioy tienen la misma profesión y viajan a la misma ciudad,
Montevideo (en el Vapor de la carrera, un barco que salía de Bue-
nos Aires a las 10 de la noche y llegaba la mañana siguiente a su
destino), y están a punto de registrarse en el mismo hotel sombrío
y tranquilo. «A Petrone le gustó el Hotel Cervantes por razones
que hubieran desagradado a otros», dice Cortázar. «Juraría que al
chofer del taxímetro le ordené que fuera al Hotel Cervantes», se
asombra el personaje de Bioy con inquietante perplejidad cuando
el taxi se detiene frente al Hotel La Alhambra.
Y aún hay más. Una vista melancólica desde el cuarto de baño
aparece casi idéntica en el comienzo de los dos relatos. Y la coin-
cidencia está también en las voces nocturnas de los vecinos de
cuarto que despiertan a los personajes: Mientras el llanto enigmá-
tico de un niño tras el armario que tapa una puerta condenada
impide dormir a Petrone, al don Juan fracasado de Bioy le toca el
castigo de una pareja que hace el amor atronadoramente.

Bioy Casares, en unas declaraciones de los años ochenta:


«Sobre Cortázar le voy a contar que estando él en Francia y yo en

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Buenos Aires escribimos un cuento idéntico. Empezaba la acción
en el vapor de la Carrera, como se llamaba entonces. El protago-
nista iba al Hotel Cervantes de Montevideo, un hotel que casi
nadie conoce. Y así, paso a paso, todo era similar, lo que nos ale-
gró a los dos».
Y Gortázar, que siempre habló del poder mágico de los hoteles
montevideanos, decía en una entrevista: «Yo quería que en el
cuento quedara la atmósfera del Hotel Cervantes, porque tipifica-
ba un poco muchas cosas de Montevideo para mí. Había el per-
sonaje del Gerente, la estatua esa que hay (o había) en el hall, una
réplica de Venus, y el clima general del hotel. No sé quién me
recomendó el Cervantes, donde en efecto había una pieeita chi-
quita. Entre la cama, una mesa y un gran armario que tapaba una
puerta condenada, el espacio que quedaba para moverme era el
mínimo».

El Hotel Cervantes, en la calle Soriano entre Convención y


Andes, continúa en pie. Así que, si algún día voy a Montevideo,
iré a verlo y trataré de alojarme en el segundo piso, en una «pieza
chiquita», donde tal vez siga estando ese gran armario que tapa la
misteriosa puerta condenada. He mirado en Internet y parece que
el hotel no ha cambiado mucho, continúa sombrío y tranquilo,
aunque mejor será decir relativamente tranquilo. En el viejo gara-
je del antiguo teatro de al lado han montado un centro cultural, y
hace unos años el hotel (se ha sabido que Gardel y Borges fueron
sus ocasionales clientes) fue declarado monumento histórico. Por
lo visto, el Gran Oriente de la Francmasonería Mixta Universal
realizó los días 12 y 13 de Diciembre de 2003, en las instalaciones
del hotel uruguayo su VI Gran Asamblea: «La misma se desarro-
lló en un ambiente de trabajo intenso, donde reinó la fraternidad,
la serenidad, la tolerancia y el respeto mutuo».
Como puede intuirse, el hotel no se ha modernizado nada.
Ignoro si continúa ahí la mítica estatua del hall, la réplica de
Venus, pero lo que es seguro es que los viernes y sábados hay
«intercambios de parejas»; acuden los llamados swingers, que

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«andan ganando espacio en la sociedad montevideana, pero lo
pierden en materia jurídica». Es como si el intercambio de parejas
quisiera recordarnos el intercambio de tramas en los cuentos de
Bioy y Cortázar. Cosas que pasan.
En el blog de una muchachita uruguaya, sin duda completa-
mente ajena al cuento de Cortázar, puede leerse acerca del Hotel
Cervantes: «Su teléfono es el 900-7991 y tiene un lugar ganado en
el tema swinger. Es un hotel viejo y venido a menos, del que me
ha dicho mi prima que una vez fue Con el novio y vio una cucara-
cha, y bueno, entonces fue a la recepción a exigir que le devolvie-
ran el dinero». La verdad es que tanto desastre y cucaracha me
permiten albergar esperanzas de que hayan dejado intacta la enig-
mática y condenada puerta, de tal modo que tal vez un día pueda
verla y quién sabe si abrirla, aunque sin resolver el misterio nunca.

En Dos ciudades Adam Zagajewski dice que si la música ha


sido creada para la gente sin hogar (es el arte menos unido a un
lugar concreto y es sospechosamente cosmopolita), la pintura, en
cambio, sería el arte de los sedentarios que se complacen en la
contemplación de la tierra natal: «Los retratos afianzan a los
sedentarios en la convicción de que sólo si pueden ser vistos viven
de verdad». Únicamente los bodegones, y no todos, dice Zaga-
jewski, dejarían al descubierto la indiferencia total y absoluta de
las cosas, su cinismo y su falta de patriotismo provinciano. Y
como ejemplo cita los jarros pintados por Giorgio Morandi, que
no tienen nada ver con Bolonia, la ciudad natal del pintor: son frá-
giles, esbeltos y llenos de aire.
Quedo preso de imágenes, sospechas y recuerdos. Tal vez todo
esto explique, me digo, por qué siempre sentí gran simpatía por
los estilizados jarros y botellas de Morandi. Es posible que en mi
inconsciente los haya relacionado con la idea de que nada es de
ningún sitio concreto y que el estado más lúcido del hombre es no
tener nada y sentirse extranjero siempre.
Pero de todos modos ¿qué hace ese estilizado objeto frente a
mi sedentario escritorio? Es un jarro azul oscuro que imita a la

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perfección uno de los que pintaba Giorgio Morandi. Lo compré
hace cinco años en la tienda de un museo de Ferrara y lo coloqué
frente a la mesa de mi estudio. De ahí no se ha movido hasta hoy,
y siempre lo he considerado ligado a mi casa y al trabajo. Nunca
hasta ahora se me ocurrió pensar que ese sencillo y frágil jarro
podría ser el símbolo de mis viajes mentales, de cierto nomadismo
cerebral. Pero seguramente lo es, porque sin él sería un escritor
más sedentario: me da alas el factor Morandi, y a veces hasta me
siento al amparo del misterio y la simplicidad de ese jarro. Es más,
ahora comprendo por qué de los bodegones de Morandi suele
decirse que en ellos está el arte de la pintura mismo con toda su
fuerza y su sutileza, su enigma y su simplicidad, su espíritu y su
materia.

Del único día que he estado en Bolonia recuerdo que, habien-


do largo rato mirado hacia arriba, mirado con largo detenimiento
la fachada del Palacio de Accursio, incliné la cabeza y vi de pron-
to a mis pies un tranquilo desagüe de aguas casi estancadas y allí,
abandonada, una botella que parecía salida de un cuadro de
Morandi, y lo que más recuerdo es que al ver aquel sereno cana-
lillo y la humilde botella solitaria sentí un bienestar sorprendente.
En el fondo, un bienestar más que comprensible si uno piensa en
el largo y cargante rato que llevaba viendo la pretenciosa y agota-
dora fachada del palacio italiano.

Una vez, compré un libro de relatos sólo porque en la portada


había un bodegón de Morandi. Fue hace mucho tiempo, en 1988,
y entonces, claro, aún no sabía que un día tendría el jarro azul
oscuro frente a mi escritorio. Pero algún mecanismo interno
debió moverse en ese momento para que pudiera yo intuir por fin
que Morandi y la ausencia de todo patriotismo provinciano tení-
an que entrar en casa. El libro se llamaba Narradores de las llanu-

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ras y lo había escrito Gianni Celati, nacido en Bolonia en 1937. Y
siempre pensé que el bodegón de Morandi {Naturaleza muerta,
1938) estaba ahí porque escritor y pintor compartían el mismo
lugar de nacimiento. Narradores de las llanuras resultó ser como
una versión abreviada de Las mil y una noches de nuestros días en
un viaje a lo largo del río Po. Era un bellísimo viaje a través del
Valle Padama de alguien que iba detrás de historias que contar, a
la búsqueda de aquello que llamamos lo maravilloso cotidiano: un
viaje casi ritual de retorno a los orígenes de las historias, a la escu-
cha de los narradores orales que hablan de los «hechos de la vida».
Temí esta mañana haber perdido el libro de Celati, pues hacía
años que no lo veía. Pero no he tardado en encontrarlo intacto en
un rincón de la biblioteca, y ha sido como recuperar un juguete
casi olvidado de la infancia, o como haber viajado de forma ful-
minante hasta el Valle Padama. He releído entonces algunas de las
historias simples y llanas de Narradores de las llanuras y me ha
parecido descubrir que pudo en su momento existir un motivo
menos obvio para esa portada boloñesa del libro de Gelati. Y es
que, mirando el mapa de las llanuras que se incluye al inicio del
libro, he observado que para seguir el itinerario de los cuentos
orales hay que moverse por derroteros parecidos a aquellos por
los que se desplazara Morandi cuando en 1913 consiguió esa
modesta plaza de profesor suplente en escuelas elementales que le
llevó durante dieciséis años a pueblos perdidos de las llanuras y de
la Emilia. Su admirador De Chirico dijo de esos años que «para
mantener su obra en la pureza, de noche en las aulas desoladas de
alguna escuela elemental, Morandi enseñaba a los niños las leyes
eternas del dibujo geométrico, el fundamento de toda gran belle-
za y de toda profunda melancolía». Pero, claro está, cuando com-
pré ese libro de Gelati en 1988, no podía saber nada de leyes eter-
nas y todo eso, pues hasta ignoraba la biografía del profesor de
dibujo Morandi y su modesto itinerario escolar en las llanuras.
Green muchos con firmeza que las cosas son únicamente lo que
parecen ser y que detrás de ellas no hay nada. Muy bien. Sin
embargo, a mí me basta con levantar la vista hacia el jarro que
tengo delante para que esa creencia se derrumbe y las leyes eter-
nas del dibujo geométrico, en cambio, permanezcan en pie en su

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lugar físico, en su sitio, mientras voy leyendo los signos pasiona-
les de mi alfabeto metafísico.

H e oído decir que la única manera de cuidar el ánimo es man-


teniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco,
apuntando hacia el futuro. Pero yo en este momento estoy solo, y
atardece; veo desde mi ventana el último reflejo del sol en la pared
de la casa de enfrente. Aunque mantengo templada la cuerda de
mi espíritu, lo cierto es que tanto el momento del día como ese
último reflejo no me parecen el contexto más adecuado para
apuntar hacia nada. Por si fuera poco, me viene a la memoria Sed-
de mal, con Marlene Dietrich, ojos muy fríos e impávida, espe-
tándole rotunda a Orson Welles después de echarle las cartas:
«No tienes futuro».
Y es más, me llega de golpe la impresión, a modo de súbito des-
tello, de que cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien:
todos somos vulnerables, nos sentimos solos, tenemos muchos
miedos y necesitamos mucho afecto. Eso aumenta mi impresión
de angustia, aunque paradójicamente la impresión misma termina
por revelarse muy feliz y oportuna cuando descubro que le hace
sombra a todo, hasta a la pared de la casa de enfrente y al último
reflejo del sol, y de paso incluso a cualquier idea de futuro.

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Irrumpe el sol a primera hora de esta mañana, último miérco-


les de este extraño febrero primaveral. N o sé por qué me gusta
leer a ciertos autores cuando comentan los libros de los otros.
Acostumbro a hacerlo orientado en casa en dirección al sol, cuyos
rayos me obligan a hacer un esfuerzo añadido para leer, aunque es
un esfuerzo - n o me gusta que leer me resulte siempre tan fáeil-
que acabo agradeciendo. Esta mañana, por ejemplo, acabo de
encontrarme con un Julien Gracq fascinado ante unas líneas en las
que Proust describe los pasos de Gilberte por los Campos Elíse-
os. El gran lector que es Gracq se detiene feliz en ese punto en el

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que Proust habla de la nieve sobre la balaustrada del balcón donde
el sol que emerge deja hilos de oro y reflejos negros.
«Es perfecto», comenta Gracq, «no hay nada que añadir: he
aquí una cuenta saldada en toda regla con la creación, y Dios
pagado con una moneda que tintinea con tanta solidez como una
moneda de oro sobre la mesa del cajero». Lo que a mí me parece
que en realidad es perfecto es el comentario de Gracq. Se me ha
quedado su moneda tintineando en la memoria. Y, quién sabe, tal
vez también sea perfecta la mañana. Breve arrebato de alegría y de
fiesta leve, gracias tan sólo a unos pocos destellos de sol y lectura.
Gomo si hubiera iniciado una segunda vida.

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Dejo el televisor funcionando y regreso horas después, al atar-


decer, y no me sorprende lo más mínimo que pongan todavía lo
mismo.

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Siento algo parecido a haber perdido peso durante la noche y


al mismo tiempo haber discretamente aumentado mi euforia, sólo
de dormir y soñar. Buen despertar de este primer día de marzo,
cumpleaños de mi padre. Reaparición del optimismo intermiten-
te. El día está cargado de citas. Primero, con los padres. Después,
con algunos amigos. Siempre he llegado tarde a todo. Lo digo
porque no ha sido hasta hace poco que he aprendido por fin a
valorar en su justa -grandiosa- medida, la suerte inmensa, el lujo
vital que representa la existencia de unos contados, muy escogi-
dos íntimos; haber conservado en el tiempo un círculo privilegia-
do de seres queridos. Mejor que cualquier libro, la conversación
con los padres, con la amiga y el amigo. Pensar que están todavía
ahí y que todo es terriblemente vulnerable y que conviene estar
alerta. Los amigos son una segunda existencia.
Ese es el estado de las cosas cuando al mediodía doy una vuel-
ta por el barrio antes de acudir a las citas. Jamás me había encon-

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trado ante una jornada con tantas altas perspectivas. Y mientras
paseo, me deslumhra, y hasta llega a herirme, un furtivo destello
de sol, demasiado perfecto. Lo saludo como si también fuera un
amigo. O una madre. O una segunda vida.

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«Un optimista es el que sabe de sobras que la televisión está


podrida, mientras que un pesimista es el que lo descubre cada día»
(Peter Ustinov)

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La semana pasada en Madrid, viendo con Paula la asombrosa


exposición de M. C. Escher, me acordé de que Relatividad, con
Sus escaleras entrecruzadas, era uno de los grabados preferidos de
Roberto Bolaño, tan amante como Escher del arte de lo imposi-
ble. N o sabía yo nada de la biografía de este obsesivo y geométri-
co artista holandés, en cuyo mundo sólo hay construcciones men-
tales. Recuerdo que me llamó la atención que la arquitectura rena-
centista de Roma, ciudad donde Escher vivió una larga tempora-
da, no le dijera mucho. Es más, sólo le interesaba cuando tenía ilu-
minación nocturna. Quiero suponer que Escher no tenía muchas
relaciones con el sol, tan sólo con sus destellos, siempre y cuando,
claro, le llegaran con vigor eléctrico.

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Por la noche, en casa, no me sorprende nada ver que siguen y


siguen poniendo en la televisión lo mismo. Queriendo ser indul-
gente con ellos, diré que continúan hablando en todos sus pro-
gramas de la teoría del error inicial, siguen diciendo que en toda
vida hay un error preliminar, aparentemente trivial, un falso razo-
namiento que engendra a su vez otros errores. Ese es el estado de
las cosas, para qué negarlo. Trato de hallar en mi vida ese fallo pri-

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mero, ese error inicial que desencadenó tantos equívocos. Busco
encontrar ese error en lo primero que creí entender y que debió
ser la historia del pecado original. Pero no, pronto veo que no es
necesario que me remonte tan lejos. En realidad, el famoso y
bíblico pecado original no fue otro que encender el televisor. Aún
así, deseos de seguir adelante. Deseos de ser piel roja y de conti-
nuar estudiando a Escher y de buscar destellos geométricos y de
cruzarme emocionadamente con los seres queridos y ser optimis-
ta siempre. Faltaría más O

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