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Amor Prohibido y Tragedia en La Tina

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Narrador (Johnny): Esta historia se desarrolla en la hacienda La

Tina, propiedad del criollo Juan Francisco de los Ríos. José Manuel,
más conocido como Matalaché, es un mulato esclavo de imponente
físico y muy dado a las conquistas amorosas. Sin embargo, José
Manuel demuestra una nobleza y sensibilidad que lo hacen destacar,
incluso dentro de su condición de esclavo. Estas cualidades son las
que conquistan el corazón de María Luz, la hija del hacendado Juan
Francisco. Inesperadamente, llegó un día en el que la atracción
prohibida entre esos mundos divergentes terminó dando un fruto,
entregándose finalmente a su pasión amorosa. Como consecuencia
de esto, María Luz quedó embarazada, y esto desencadenará un
conflicto devastador cuando su padre, Juan Francisco, descubra la
verdad.

Escena 1: Habitación de María Luz. (María Luz en la cama enferma.


Casilda está a su lado, colocándole un paño húmedo en la frente y
dándole un remedio)

Narrador (Johnny): En la hacienda, María Luz, ha caído en un


abismo de desesperación. Su cuerpo y su corazón están siendo
atormentados por el fruto del amor prohibido que siente por José
Manuel. Y Juan Francisco, al ver a su hija obstinada en conformarse
con la única asistencia de sus criadas se pregunta: ¿Cuál era
realmente la causa de su postración? Sin embargo, acabó por pensar
que no era más que un arrechucho de doncella engreída. Pero ese
día, su secreto más oculto está a punto de salir a la luz.

María Luz (Yumiko): Casilda, ya te he dicho que no son remedios lo


quiero. Otra cosa es la que necesito…

Casilda (Angela): Lo que usté diga, mi niña, pero antes tome esa
bebidita para que ese mal que usté tiene se vaya.

María Luz (Yumiko): No, Casilda... ya no puedo más. Siento que mi


vida se apaga. Mi cuerpo cada vez está más y más enfermo. Solo
quisiera morirme.

Casilda (Angela): No diga eso, mi niña. Yo me afiguro que la cosa no


es pa desesperá. Recuerde que pa todo hay remedio en este mundo,
menos pa la muerte.
María Luz (Yumiko): Y para lo mío tampoco, Casilda. Cuando se
llega a donde he llegado yo, no hay más que seguir el camino de la
muerte.

Casilda (Angela): ¡Por Dio, ama! ¡No diga eso! ¡Debe haber una
manera de solucionar esto! ¡Pero no puede desear morir! ¿Qué tan
serio lo que le ehtá pasando pa que usté piense tan jovencita en la
muerte?

María Luz (Yumiko): Muy serio, Casilda. Tan serio que no volveré a
levantarme de esta cama hasta que me lleven al cementerio. ¿De
verdad no has podido adivinar lo que me pasa en estos días que me
has estado asistiendo?

Casilda (Angela): Ya me sospechaba aquí aentro, peo no me atrevía


hacele caso. No ha habio niun implicao en ese asunto, de naides se
ha dicho nada y no poia decir na’a tampoco.

María Luz (Yumiko): Pues sí, Casilda... estoy... estoy embarazada. Y


lo peor es que ahora mi reputación como mujer de calidad está
destruida. No sé qué haré, mi padre... mi padre jamás me
perdonará… Pero este hijo, este hijo es un hijo del amor y de la
desgracia, que no tiene por qué pagar culpas ajenas. Sobre todo que
ni su padre ni yo somos culpables de nada.

Casilda (Angela): Ta bien, niña; eso e lo que le dise su queré.

(Se van y vienen Juan Francisco y Baltasar)

Escena 2: Don Juan Francisco entra seguido de Baltasar. Casilda está


cerca.

Narrador (Johnny): Casilda, preocupada por lo que acaba de


escuchar, se enfrenta a la decisión de guardar el secreto de su ama o
enfrentarse a la ira de Don Francisco. Pero mientras tanto, en el
corazón de la hacienda, Don Francisco ya ha comenzado a sospechar.

Don Francisco (Mariano): ¡Casilda! Hace días que noto cosas


extrañas en esta casa. Quiero que me digas la verdad. ¿Tú sabes por
qué sube José Manuel a los altos?

Casilda (Angela): Mi amo, José Manue... subía por mí. Yo le permití


que viniera alguna’ noche’... fue mi atrevimiento. ¡Perdóneme!
Don Francisco (Mariano): ¡Mientes, Casilda! ¡Sé que no es verdad!
José Manuel no subía por ti... dime la verdad o te haré azotar hasta
que confieses.

Casilda (Angela): Se lo juro, mi amo... ¡Es por mí! José Manuel es mi


hombre...

Baltasar (Gerardo): Vamos, Francisco... ¿Realmente crees que


Casilda es la razón? Yo creo que esto va mucho más allá.

Don Francisco (Mariano): ¡No juegues conmigo, Casilda! Lo veo en


tus ojos... ¡estás mintiendo! ¡Ahora dime la verdad!

Casilda (Angela): ¡No sé na’a má’, mi amo! ¡Solo le permitiuna


noche!

Don Francisco (Mariano): Parece que todos en esta casa están de


acuerdo en mentirme. Pero voy a descubrir la verdad, ¡aunque tenga
que quemar esta hacienda con todos adentro!

Baltasar (Gerardo): Francisco, es hora de que ya le pongas mano


dura a esta esclava. No va a decir nada si sigues siendo gentil con
ella. ¡Castígala!

Don Francisco (Mariano): Mira, Casilda, no me hagas perder más el


tiempo. Sé que tú sabes lo que está ocurriendo con mi hija. ¡Y no te
atrevas a mentirme! Sé que escuché algo... algo que decías en la
habitación de mi hija. Hablabas de un crimen, de quitarse la vida. ¿Por
qué decías eso?

Casilda (Angela): ¡Ay, señor! La niña María Luz está... está muy mal.
Me pidió algo que no podía darle...

Don Francisco (Mariano): Por qué? ¡Habla ahora, Casilda, o me


harás perder la paciencia!

Martina (Angela): ¡Es que... la niña... está encinta, mi amo! ¡José


Manuel la ha deshonrado!

[Don Francisco se lleva las manos a la cabeza. Su mirada se pierde en


el vacío, mientras intenta asimilar lo que acaba de escuchar.]

Baltasar (Gerardo): Lo sabía, Francisco. Ya lo sospechaba, pero


ahora ya lo tenemos claro.
Don Francisco (Mariano): ¡Lárgate de aquí, Casilda! Y si mi hija te
pide que la mates, ¡hazlo!

Narrador (Johnny)

La verdad que Don Francisco temía ha sido revelada. La traición de su


hija y José Manuel será pagada con sangre, y en la hacienda La Tina,
la justicia del amo será implacable.

Escena 3: La fábrica de jabón

Narrador (Johnny):
En las últimas veinticuatro horas, Don Juan Francisco de los Ríos ha
envejecido una década. La traición de su hija y José Manuel lo ha
consumido, transformando su alma en la de un hombre implacable,
sin piedad ni compasión. Esta noche, la tragedia está por
consumarse.

Don Francisco (Mariano): Baltasar, ¿está todo listo?

Baltasar (Gerardo): Todo está preparado, Francisco. Los hombres ya


están esperando en las tinas.

Don Francisco (Mariano): José Manuel ha traicionado mi casa, mi


honor. Hoy, pagará con su vida.

Narrador (Samir): La fábrica de jabón se ha convertido esta noche


en un escenario de muerte. José Manuel espera su destino, consciente
de que no habrá salvación y Don Juan Francisco ha decidido su
castigo, y nadie podrá detenerlo.

[Llegan al lugar donde está José Manuel, encadenado y rodeado por


un grupo de hombres. Don Juan Francisco se detiene frente a él, con
una mirada de furia.]

Don Francisco (Mariano): Ya sabes lo que te espera, José Manuel.


No te daré una muerte honorable... no la mereces.

José Manuel (Samir): Lo que haga conmigo no cambiará lo que soy.


Soy un hombre, Don Juan, y lo seguiré siendo hasta el final.
Baltasar (Gerardo): Hombre, dices... Un esclavo como tú no tiene
derecho a hablar de honor.

José Manuel (Samir): Usted me desprecia por mi color, pero por


dentro soy más noble que muchos de los que se llaman caballeros.
Dios nos hizo a todos iguales, aunque usted nunca lo entenderá.

Don Francisco (Mariano): ¡Cállate, miserable! ¡No mereces ni


siquiera que te escuche! (Pausa) ¡Llévalo a las tinas!

[Baltasar arrastra a José Manuel hacia la plataforma de las tinas de


jabón hirviente. La luz rojiza de los hornos ilumina el rostro de Don
Juan Francisco, que los observa sin pestañear.]

José Manuel (Samir): Si me va a convertir en jabón, que sea para


lavar la mancha que caerá sobre usted. Y que mi hijo, el hijo que dejo
en María Luz, sea más noble y generoso que su propio padre.

Don Francisco (Mariano): ¡Tíralo ahora!

Narrador (Johnny): José Manuel, el mulato que amó y deshonró a la


hija de Don Juan Francisco, encontró finalmente su deceso en las tinas
de jabón. Quince días después, la fábrica de jabón fue puesta en
venta, y la hacienda La Tina quedó vacía. Pero el grito de José Manuel
aún resonaba en las paredes, recordando a todos que el amor y la
libertad no pueden ser sofocados, ni siquiera por la muerte.

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