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Irresistible Acierto - Melissa Ibarra

jiiji
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Irresistible Acierto [+18] by KayurkaRhea

Category: Romance
Genre: adult, ajedrez, amigos, colbourn, competitivo, enemiestolovers,
erotico, erotismo, familia, fiestas, jovenadulto, londres, new, newadult,
nueva, retos, rivalstolovers, romance, secuelas, sensual, vida
Language: Español
Status: In-Progress
Published: 2022-11-12
Updated: 2023-12-25
Packaged: 2024-03-15 16:25:00
Chapters: 31
Publisher: www.wattpad.com
Summary: La nueva generación de los Colbourn McCartney está aquí. La
hija menor de Leah McCartney y Alexander Colbourn llegaron para
enamorarnos. ¿Te atreves a sumergirte en su historia? Deseosa por probar el
dulzor de la venganza, Haley acude a la única persona que puede ayudarla a
cumplir su aspiración y la arruga en su mosaico puede ser la pieza angular
de toda la obra: Daxen Westler, amante de los juegos de ajedrez, obseso del
control y aficionado a desatar el caos. Una mentira nunca se sintió tan real y
una verdad, jamás condenó tanto la relación de dos personas que se creían
un acierto. «Arrebatador, consumidor y osado. Así se viven los aciertos que
son irresistibles.» SINOPSIS COMPLETA AL ABRIR LA HISTORIA.
ADVERTENCIA: Contenido sexual explícito [+18], consumo de drogas,
comportamientos cuestionables, lenguaje soez. Lee bajo tu responsabilidad.
Language: Español
Read Count: 3,149,876
Irresistible Acierto

Haley Colbourn McCartney tiene todo lo que desea y más. No hay nada que
necesite y aquello que parece lejos de su alcance, lo consigue con un
chasquear de sus dedos. Todo está dentro de los límites de su dominación.
Todo, excepto tal vez, tolerar a Daxen Westler. Sin embargo, Dax es solo
una arruga diminuta en su mosaico perfecto, ¿cierto? Posee el poder
empresarial que siempre deseó, tiene un novio que ama y se casará pronto.
Nada podría salir mal.
Pero la vida es embustera y su endeble castillo de naipes se viene abajo tras
un descubrimiento y una verdad agria.

Deseosa por probar el dulzor de la venganza, Haley acude a la única


persona que puede ayudarla a cumplir su aspiración y la arruga en su
mosaico puede ser la pieza angular de toda la obra: Daxen Westler, amante
de los juegos de ajedrez, obseso del control y aficionado a desatar el caos.

Cuando Haley le propone iniciar una relación falsa a pesar de los problemas
asociados al apellido Westler, Dax se da cuenta que junto a ella puede ganar
más de lo que cree y así, ambos comienzan una compleja partida de ajedrez
en la vida real, donde las piezas del juego son la lucha de poder, lujuria,
secretos y decisiones que comprometen su vida y la de aquellos que los
rodean.

Una mentira nunca se sintió tan real y una verdad, jamás condenó tanto la
relación de dos personas que se creían un acierto.

«Arrebatador, consumidor y osado. Así se viven los aciertos que son


irresistibles.»

¿Listos para una nueva aventura?

¿Extrañaban ya a los Colbourn McCartney?

¿Les gusta este pequeño destello de la historia?

¡Dejen muchos comentarios y amor!

Con amor,

KayurkaR.
PREFACIO

¿Han escuchado alguna vez ese dicho de que eres tú quien provoca tu
suerte?

Pues bien, yo no conocía la mala suerte.

En verdad, era una de las pocas personas en el mundo a quienes la suerte les
sonreía siempre, incluso me atrevería a decir que era una de sus favoritas.
Era una chica de buena suerte acompañada de buenas decisiones.

Énfasis en el pasado de la oración, pues al parecer la suerte era una perra


mucho más traicionera que el karma. Tal vez por eso eran tan buenas
amigos, yo lo descubrí de mala manera, una fea y ruin.

Quizá Daxen Westler era mi karma y mi mala suerte personificados, porque


besarlo frente a todos... besarlo era el universo dándome la espalda, pero ya
no había vuelta atrás, debía montar la ola o ser arrasada por ella.

Besé a Daxen con más ímpetu, su boca moviéndose sobre la mía para
abrirse paso, llenándola con la calidez de sus labios. Coló sus manos hasta
mi cintura y me atrajo hacia él con sus largos dedos presionando contra mi
piel, férreo y seguro, posesivo, como si no quisiera dejarme ir.

El oxígeno siguió su boca cuando me abandonó y cuando lo miré, fue como


ahogarme de nuevo en la intensidad de esos ojos oscuros.

Alguien lanzó un quejido de impresión, mientras un puñado de personas


aplaudió sin estar seguras si era lo correcto.

Qué incómodo.

Me deshice de su agarre y enfrenté las fauces del infierno.

Mamá me miraba pálida como papel desde su lugar mientras la cara de papá
era un rompecabezas de emociones sin resolver, los flashes de las cámaras
me dejaban ciega y los comentaristas en la rueda de prensa hablaban sin
parar, deseosos como buitres por tomar el mayor pedazo de exclusiva
posible.

Pero lo mejor... lo mejor era el rostro de mi ex prometido entre la multitud,


abandonado y humillado públicamente a nivel nacional.

Levanté el rostro y entrelacé mis dedos con los de Dax, su palma firme y
cálida contra la mía.

—Señorita Colbourn, ¿podría darnos una declaración al respecto?—la


reportera extendió su micrófono hasta mí—. Hablo por todos cuando digo
que esto nos ha pillado por sorpresa.

Sonreí lo más natural posible mientras Daxen rodeaba mi cintura con


orgullo, estrechándome contra él.

—Entiendo lo que quieres decir—miré de reojo a mi compañero—. Pero el


amor es sorpresivo, ¿verdad, cariño?

—Por supuesto, amor—besó mi sien y quise matarlo, pero me contuve.

Los reporteros se amontonaron a nuestro alrededor como abejas y los


elementos de seguridad intervinieron para mantenerlos a raya.

—¿Qué sucedió con su compromiso?—preguntó alguien más—. El señor


Ian Crakehall...

—Nuestro compromiso terminó hace poco más de un mes—respondí


segura.— Ian y yo no tenemos ninguna relación salvo laboral. No daremos
más declaraciones por el momento.

—Señorita Colbourn...

—Señor Westler, ¿cómo toda esta noticia el partido de su padre?

—Señor Westler...

Los guardias logran contener a la horda de reporteros a duras penas. Solté la


mano de Daxen como si quemara cuando llegamos a los camerinos y,
cerciorándome que no estábamos más en el ojo público, estrellé su cuerpo
contra la pared haciendo puños su camisa.

—¿Qué mierda fue eso?—siseé furiosa.

Daxen se recuperó de la impresión y me dedicó una sonrisa felina.

—Un beso. ¿Nunca te habían uno?

Fruncí el ceño.

—Claro que sí.

—Pero no como los míos.

—Eso ni siquiera fue parte del trato—di un paso al frente, apretando más
mi agarre en su prenda para lucir más amenazante—. Si vuelves a llamarme
amor, te arrancaré la lengua, ¿entendido?

—Mientras lo hagas con tu boca, no tengo quejas, amor—tentó su suerte.

—Solo haz tu maldito trabajo—lo solté sin humor.

Me apoyé en el respaldo del feo sillón gris decorando el camerino y suspiré.


El espectáculo no resultó tan grácil como creí, pero al menos sobrevivimos
y logré ver en primera plana la cara del imbécil de Ian al escuchar la
noticia, algo que yo podría considerar una victoria.

—Sabes la tormenta de mierda que se nos viene encima ahora, ¿cierto?—


cuestionó Daxen cerca de mí y asentí—. No será sencillo hacerles creer este
cuento.

Cerré los ojos para calmar mi mente y me atreví a mirarlo solo porque mi
corazón no dejaba de latir desbocado.

—Lo sé.

—Será peligroso—acentuó con esa voz profunda que me hacía estremecer.


—Lo sé.

—Si queremos que esto funcione, debemos hacerles creer que esto no fue
un error, sino un...

—Que somos un acierto—su mandíbula dura se tensó aún más y asintió.


Algunos mechones oscuros cayeron sobre su frente y resistí el impulso de
pasar los dedos sobre ellos para comprobar si eran tan suaves como
parecían.

—Será complicado conseguirlo, Haley—aseveró—. Para la mayoría de las


personas, el convivir con alguien de la familia Westler ya es un error.

—No me importa—insistí—. Quiero que ese hijo de puta se arrastre hasta


mí para patearlo de vuelta a su miserable hoyo.

Mostró el esbozo de una sonrisa burlona.

—Cuidado víbora, podrías ahogarte con tu propio veneno.

—¿Ahogarme?—resoplé—. Mejor cuídate tú, que podría salpicarte.

Dio un paso al frente, su cuerpo alto y fibroso tan cerca de mí que debí
estirar el cuello para mirarle a la cara, envuelto en un aroma fuerte.

—Tengo resistencia a tu veneno, o de lo contrario, no habría sobrevivido a


ese beso—sus ojos cayeron a mi boca para centrarse de nuevo en mis orbes
—. Estamos en contacto para seguir con esta tontería, am...—sonrió
malvado cuando fruncí el ceño—. Estirada.

Y sin mediar una palabra más, salió del camerino.

Me senté en el duro sillón e inspiré para no perder la calma. Debía analizar


esto antes de permitir que las emociones me dominaran, revisar todas las
posibilidades antes de ser engullida por ellas.

¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Cómo había pasado de tener el


compromiso con el hombre que creía adecuado para mí a terminarlo y
besarme con su peor enemigo en el mismo mes?
Lo sé, sé que todos se preguntan lo mismo, yo incluida.

Mierda. Ahora estaba implicada públicamente con Daxen Westler. ¿Cómo


podía sobrevivir a algo así?

Tendría que seguir este juego hasta ganarlo. No podía retirarme, no había
tiempo fuera ni segundas oportunidades.

Era mi única partida y pensaba ganarla sin vacilar.


1| Creo que lo rompí

Un mes antes de la rueda de prensa


Haley

—Él quiere casarse—insistí tenaz.

Mamá le lanzó una mirada a papá desde su escritorio. No sabía cómo lo


conseguía, yo nunca me veía como una monarca dentro de mi oficina, pero
mi madre... ella era una puta reina incluso respirando.

—¿No crees que eres muy joven?—acotó mamá.

—Ni siquiera te hemos quitado los pañales aún—la apoyó papá desde su
lugar en el sofá a modo de broma y mis ojos se estrecharon en reproche.

—Por favor, ustedes se casaron a los veintidós.

—Por error—dijeron ambos a la par.

Me sentí acorralada en este campo de batalla improvisado.

—¿Y qué? No es un error ahora, ¿o si?

Papá miró a mamá de esa manera, la adoración y devoción plasmada en sus


ojos, la línea de su boca en esa media sonrisa de contento y la cara con
expresión de afecto infinito. Me preguntaba si alguien me miraría así en
algún momento, si Ian me miraba así.

—Eso está fuera de discusión—atajó mamá y frunció los labios, dubitativa


—. No queremos imponerte nada, Haley, lo sabes. Estaremos felices con
cualquier decisión que tomes mientras seas consciente de lo que haces, solo
nos... gustaría que eso precisamente, que seas consciente.

—Lo soy, ¿no confían en mí?—pregunté, dolida.

—Confiamos en ti, no en el chico—acotó papá.

Sonreí.

—Lo dices porque no comprende tus chistes.


—Exacto, ¿necesitas otro signo de alarma?

—Papá, no todos pueden entender tu humor.

—Eso es exactamente lo alarmante—enarcó esa ceja que reflejaba su


sagacidad— ¿Cómo puedes estar con alguien que no compite con tu
agilidad mental?

Puse los ojos en blanco.

—Papá, lo sé. Me sé la lista de memoria, ¿de acuerdo? Conocer mi valor,


no rebajarme por el afecto de algún chico, buscar a alguien que esté a mi
altura...e Ian lo está.

No dijo nada más y esa fue toda su respuesta. A papá no le agradaba Ian.
Podían conversar por horas gracias a la elocuencia de mi padre, pero eso no
quería decir que sintiera algún aprecio por él y era sincero en decírmelo,
igual que mamá.

—¿Por qué no lo invitas a cenar y hablamos sobre sus planes?—sugirió


mamá sin perder la calma—. Sé que ya tienes el anillo y que es algo formal,
por eso nos... gustaría darle la bienvenida a la familia. Formalmente.

—¿Segura que ya expiró su período de prueba?—intervino papá curioso,


refiriéndose a mi relación.

—Sí, papá, ya expiró—le mostré mi anillo de compromiso para enfatizar.

—Contrata un nuevo periodo entonces.

—¡Papá!—me quejé, aunque logró arrancarme una risa que compartió


conmigo— ¿No te hace ilusión tener un yerno?

—Ya tengo uno.

—Pues otro. ¿Alguien con quien hablar sobre todo tipo de temas, enseñarle
a jugar póker o cosas así?
—Tejer juntos, salir de pesca, vestir camisetas con las caras del otro, tener
calzones de la amistad...—se burló sin perder la oportunidad—. Lo estaría,
si tan solo supiera que Ian puede seguirme la conversación, pero no puede.
Se pierde cuando comenzamos a hablar de algo distinto a futbol.

—Ian no es tan malo. Es listo y su padre está empezando su campaña para


ser elegido como representante de distrito. Tengo entendido que lo están
contemplando para primer ministro si consiguen la mayoría en la cámara
común.

—Eso es mérito de su padre, no suyo—mencionó papá sin humor.

—Dale un poco de crédito.

—Cuando se lo gane.

—Dejen de pelear, ustedes dos—intervino mamá—. Solo invítalo a casa a


cenar. Así podrán hablarnos sobre sus planes.

Amenacé a papá con la mirada.

—¿Me prometes que te comportarás?

Recargó su cuerpo en el respaldo y sonrío malicioso.

—¿Me prometes que dejará de ser tan soso como siempre?

Lancé un quejido dándome por vencida y me puse en pie para salir.

—Le diré que cenaremos hoy.

—De acuerdo—concedió mamá—. Estoy ansiosa por ello.

—Yo no—espetó papá mirándose las uñas jovial.

—Son imposibles—susurré para mí mientras salía del despacho y me


dirigía a mi oficina.

¥
Ian llegó hasta mí y me besó en los labios.

—¿Cómo me veo?—abrió los brazos para que lo contemplara y me mordí


el labio, encantada con la vista.

—Creo que tu padre ganaría si las votaciones fuesen en torno a cuál de los
dos candidatos tiene al hijo más guapo—tomé su corbata para acomodarla y
correspondí al beso que escondía su sonrisa cuando me atrajo hacia sí—. Te
ves increíble, darás una muy buena impresión.

—Eso espero—se pasó una mano por el cabello rubio oscuro, con cuidado
de no arruinar su peinado—. Mi padre ha estado muy estresado
últimamente con la presentación de candidatos para el distrito, no deja de
fastidiar con el hijo de puta de Westler.

—¿Roman Westler?—mi novio...quiero decir, mi prometido asintió y sus


ojos verdes se clavaron en mí.

—Dice que es una de las mejores apuestas del partido Conservador de este
año. Si él gana la representación del distrito en lugar de papá...

Resoplé colocando mis manos en su pecho para tranquilizarlo.

—No deberías preocuparte por él, tampoco tu padre. Es más que obvio que
tienen la elección en la bolsa. Nadie apoya a los Westler.

La inseguridad permeó en el varonil rostro de Ian, de ángulos duros y


formados y en sus ojos verdes vislumbré la preocupación. Estiré el brazo
para acariciar su mejilla rodeada por una barba bien recortada y cuidada
para después depositarle un beso confortador.

—Roman Westler tiene una mala reputación, y ni siquiera hablemos de su


hijo. Daxen es más problemas que persona. Esas no son el tipo de
representantes que el país querría. Roman no puede controlar a su familia,
son un desastre. Ustedes están bien.

—Lo sé, pero también ha estado contribuyendo en muchas obras altruistas


para cubrir ese defecto y muchos proyectos para mejora de la ciudad fueron
aprobadas por conducto de su hijo. Tú misma trabajas con él, sabes que es
bueno.

—No lo suficiente.

—El chico puede significar problemas, pero también es bueno con los
negocios. Eso no nos ayuda a mi padre y a mí.

Apreté su mano y sonreí para transmitirle seguridad.

—Ya te lo dije, nadie confía en ellos. Roman tendría que esforzarse mucho
para eliminar las manchas que opacan su apellido, sobre todo considerando
lo que Daxen hizo hace años y...

Ian correspondió mi agarre, mostrándome su vulnerabilidad. Los ojos


esmeralda cayeron al anillo de compromiso que adornaba mi anular y mi
estómago se llenó de emoción.

—Pronto tendrás el puesto que tu padre te prometió cuando sea primer


ministro y entonces nos casaremos. ¿No te hace feliz la idea?

Envolvió mi rostro entre sus manos y me besó con un deje repleto de


devoción y seguridad.

—No hay nada que anhele más.

Sonreí contra sus labios.

—Entonces, ¿iremos a mi casa después de la rueda de prensa de


postulación? Mis padres están ilusionados con la boda.

—¿Lo están?—frunció el ceño, sorprendido.

—Claro—dije adornando la verdad. Un poco. Un poquito.

—De acuerdo, yo también lo estoy.

Sonreí una última vez antes de que su asesora de imagen pública nos
interrumpiera. Gianna, una mujer de unos veintitantos con una alta coleta de
caballo pelirroja, mirada felina y larguísimas pestañas embutida en un
ajustadísimo vestuario de oficinista. Ian carraspeó al notarla y se alejó un
paso de mí.

—Señor Crakehall, su padre y su madre lo esperan para dar inicio al


anuncio de candidatura.

—De acuerdo Gianna, ahora vamos.

La mujer me dedicó una última mirada de la cabeza a los pies antes de girar
con exagerada displicencia.

—Creo que no le agrado—apunté cuando salió el lugar de preparación.

—A Gianna no le agrada nadie.

—Le agradas tú. He visto cómo te mira.

—Porque es imposible no mirarme—rodeó mi cintura y me atrajo hasta él,


estrechándome cerca de su pecho trabajado—. Tú eres una prueba de ello.

—Sí, pero no me gusta que otras miren lo que es mío.

Sonrío de lado en un gesto que siempre hacía a mi corazón acelerarse.

—Eres muy egoísta, Haley.

—No sé compartir.

—No tienes que compartir nada—tomó mi boca con la suya en un beso


mucho más necesitado que los anteriores y lo agradecí, mi interior
amenazando con entrar en punto de ebullición—. Anda, se nos hará tarde
para la presentación.

Me removí indecisa cuando estiró su mano en ademán de seguirlo.

—¿Seguro que es buena idea el que aparezca en un evento tan...íntimo y


familiar?
Arrugó la frente, perplejo.

—¿Íntimo? Pero si su candidatura se anunciará a nivel nacional.

—Ya lo sé, quiero decir...—jugueteé nerviosa con la punta de mi cabello—.


Lo nuestro. El que estemos juntos, nuestro compromiso. No quiero que
otros se hagan ideas erróneas, como el que los Colbourn son parciales a un
partido. Eso podría repercutir en las empresas.

Soltó una risa.

—Claro que no. Somos novios desde hace dos años, lo natural es que
demos el siguiente paso, ¿no crees? Nadie lo cuestionará.

—Sí, lo sé, tienes razón—sacudí la cabeza para espabilarme y sonreí—. Te


alcanzo en un momento, solo quiero tomar un poco de café para
tranquilizarme.

—¿Qué?—resopló— ¿No se supone que el café altera? Deberías beber una


taza de té.

—No me gusta el té.

—Ah, cierto. El lado estadounidense de tu madre.

—De hecho es la parte de mi padre.

Me dedicó una última mirada de perplejidad antes de negar con la cabeza,


dándose por vencido.

—Te veré en un momento.

—Claro.

Cuando salió y estuve segura que sus ojos fisgones no estaban cerca, solté
el aire en una enorme bocanada. Mierda, mierda. En verdad íbamos a
formalizarlo. Íbamos a casarnos.
«Okay, Okay. Tranquila, no es momento para infartarse. Seguramente
mueres antes que alguien note que estás aquí y además, estos no son tus
mejores zapatos, así que antes muerta que morirte usando zapatillas Gucci.
Eso es de mal gusto, mamá te reviviría para volver a matarte».

No solía perder el control. Usualmente era muy analítica e intentaba que las
emociones no me dominaran. Era una máster en inteligencia emocional
gracias a papá, pero esto...era tan real. De verdad haríamos público nuestro
compromiso en la campaña de candidatura de su padre.

«Contrólate mujer, no puedes perder los estribos así. Bébete toda la tetera
de café si es necesario pero ve y hazle cara ahora. Es por nuestro hombre».

Bien, basta de estupideces. Debía hacer esto.

Inspiré y salí del cuarto de preparación para servirme una taza de café del
pequeño bar que estaba dispuesto para todos los asistentes de la rueda de
prensa. Me encontré con algunas caras desconocidas, seguramente
elementos del equipo de Roman Westler, el candidato del partido contrario
que tanto preocupaba a mi nov...prometido.

Me serví café en uno de esos vasitos de cartón blanco que eran demasiado
delgados e hice una mueca cuando me quemó la piel, así que lo dejé reposar
unos cuantos minutos sobre la mesa, hasta que mi móvil vibró en mi bolso.

[15:57] Amor: ¿Estás lista?

[15:57] Amor: Estamos a punto de comenzar.

Mierda.

Tomé el vaso presurosa, dispuesta a darle un sorbo mientras que con la otra
mano me apuraba a escribir la respuesta para Ian.

Verán, tengo el nivel de concentración de un manatí. Eso quiere decir: cero.


Así que no puedo hacer dos cosas a la vez, mucho menos tres: beber, teclear
y caminar, y el mundo es un hijo de puta al que le encanta demostrármelo
todo el tiempo, porque viví una nueva tragedia.
Antes de poder evitarlo, me estampé contra un cuerpo duro que caminaba
en dirección contraria y mi vaso de café resbaló de mis dedos como
mantequilla. Escuché una maldición profunda y mi patético gritito mientras
perdía el equilibrio y caía al suelo.

Algo se rompió. Y algo se rasgó.

Cuando abrí los ojos, lo primero que noté fue que no había muerto. Lo
segundo fue al tipo que me miraba perplejo debajo de mi cuerpo y me
resultaba muy familiar.

Dolorosamente familiar.

Permanecí inmóvil todavía con mi cuerpo suspendido encima del suyo solo
por mi brazo. Y no, no fue una especie de caída dramática y romántica de
esas que miras en las telenovelas, fue de esas que no quieres recordar
porque te mueres de vergüenza donde no sabes ni dónde tienes los pies.

—¿Te quedarás así todo el día?—la voz de Daxen me sacó de mis


cavilaciones—. Por mucho que yo quisiera hacerlo, debo llegar al anuncio
de candidatura de mi padre, así que muévete.

—Lo siento, lo siento—repetí la segunda ocasión con más seguridad,


incorporándome sin nada de gracia.

Daxen me miró con displicencia mal disimulada, poniéndose en pie con la


gracilidad de un felino, pero no tardó en acribillarme cuando notó que había
vaciado mi café sobre su traje, con su camiseta blanca destilando líquido.

De todas las personas con las cuales pude haber chocado, ¿por qué Daxen
Westler? Ya sentía la bilis subir por mi esófago y la cólera correr por mi
sangre. Daxen, obseso del control y amante del caos. Era un buen elemento
para la empresa de los Colbourn y un socio aún mejor, eficiente y
provechoso con una buena visión. El problema era que, por mucho que
discutiéramos puntos de vista para obtener mejores resultados en las
inversiones, no lo toleraba.
No toleraba compartir las sesiones de integración con él. No aguantaba la
manera en que relacionaba todo con el ajedrez. No me gustaba el color de
las camisas que usaba. Ni la manera en que combinaba el agua caliente y
fría a partes iguales antes de beberla. No soportaba tener juntas en su
presencia ni mucho menos admitir cuando tenía razón...porque era como un
alfiler en el culo del que no podía deshacerme.

Muchos en la empresa lo respetaban, y era bueno en su trabajo, sí, pero solo


yo podía verlo por lo que realmente era: un engreído imbécil con aires de
superioridad mal fundamentados con poco cerebro y mucha soberbia, y una
reputación desastrosa.

—¿Qué mierda está mal contigo, Haley?—se quejó, hastiado— ¿No miras
por dónde vas?

Su actitud altiva reventó mi burbuja de impresión y lo miré mal de vuelta.

—Tú fuiste quien se estrelló contra mí mientras iba casi corriendo. La culpa
fue tuya por ser un animal.

Elevó su mirada escrutadora hasta mi rostro, con esos ojos oscuros


insondables manteniéndome entre sus confines.

—¿Sabes qué son esas cosas con las que se supone que ves lo que pasa tu
alrededor? Les llaman ojos. Deberías intentar usarlos, dicen que son muy
útiles para no atropellar gente cuando caminas.

—Ah, sí, claro, ¿por qué no los usas tú?

—Eso hacía. Creí que tendrías el sentido común para quitarte de mi camino.

—No te vi.

—Usa tus ojos—mencionó abriendo las manos como si hablara de un


descubrimiento mágico.

—Y tú usa tu sentido común. Tienes pies para quitarte del camino.

—Pero no quiero quitarme.


—No me gusta tu sarcasmo, Daxen.

—Y a mí no me gusta que me tiren el café encima. Creo que estamos


llegando a un punto aquí.

—¿Te recuerdo quién es tu jefa?—ladré como último recurso para no perder


autoridad.

—No eres mi jefa. Somos socios—espetó altivo y eso me enfureció.

—Mi empresa es la que te brinda los recursos. Cuida el tono con el que me
hablas.

Dio un paso al frente, su cuerpo mucho más grande y alto que el mío se
cernió sobre mí como una sombra.

—Yo te hablo como me venga en gana. Por si lo olvidaste, no estamos en la


oficina, así que baja tu arsenal—inclinó su cabeza hasta mí y casi pude
contar sus pestañas—. Me debes una camisa nueva.

—No te debo nada.

Un carraspeo fue lo que cesó la batalla entre nosotros. Ambos miramos a las
dos mujeres que esperaban por la terminación de nuestro encuentro campal
en el pasillo.

—Señorita Colbourn—me llamó Gianna, impaciente—. La familia


Crakehall espera por usted para hacer el anuncio de la candidatura.

Daxen emitió una risa burlona que no pude pasar por alto.

—Lo mismo va para usted, señor Westler—le informó su asistente que no


reconocí.

—Así que ahora los Colbourn apoyan a los laboristas. No creí que fueras de
ese tipo de ideales, para ser sincero.

—No apoyamos a nadie—acoté dando un paso atrás cuando noté su


cercanía, aunque las palabras de Daxen bien confirmaban los miedos que
tenía sobre las implicaciones—. Solo me presento como pareja de Ian.

—Misma mierda. El mundo dirá que los apoyas.

—Pero no lo hago—insistí.

Se encogió de hombros.

—No es a mí a quien debes convencer.

Elevó su boca en un rictus cuando el silencio se volvió demasiado


incómodo, sus ojos brillando oscuros como la obsidiana, lista para cortar.

—Te veo en la oficina, jefa—me pasó de largo chocando su hombro contra


el mío, dejándome de un humor mucho peor que antes, pero se detuvo y
giró con un dedo en el aire—. Por cierto, cuidado cuando camines hacia la
tarima para el anuncio de candidatura de tu suegro, cuida tu vestido. Creo
que lo rompí. Por accidente.

Bajé la vista hacia mi prenda, el vestido sobrio y elegante que había elegido
para esta ocasión tan importante rasgado de uno de los lados, dejando al
descubierto la piel de mi muslo.

—¡Daxen, me debes un vestido!—me quejé iracunda a la nada, pues


comenzaba a alejarse en dirección a la rueda de prensa junto a su asistente.

Era una rasgadura no muy notoria, pero me hacía sentir incómoda. Carajo,
ahora tendría que desfilar por el medio de la sala caminando como un pato
si no quería que todos me vieran el culo.

Lo había hecho a propósito en venganza por su camisa. No estaba segura de


cómo, pero lo había hecho.

Mi móvil vibró en mi mano.

[16:03] Amor: ¿Dónde estás?

Mierda, ¿con qué cara me aparecía ahora?


¥

Primer capítulo y ya sufrimos de accidentes, ay, me recuerda a mí.

PRIMERAS IMPRESIONES. ¿Qué les pareció este capítulo?

Dejen muchos votos y comentarios porfisssss, son la única paga de esta


pobre escritora.

¡Disfruten!

Con amor,

KayurkaR.
2| El Diablo viste Prada

Un mes antes de la rueda de prensa


Daxen

Era la primera hora luego del anuncio de candidatura de mi padre y yo ya


quería arrancarme el moño que me hacía parecer un pingüino. Prefería las
corbatas, eran mucho más versátiles y útiles.

Por ejemplo, podía usarla si surgía una junta de improviso, si debía ahorcar
a un bandido que quisiera asaltarme, si mi auto caía por un barranco y
necesitaba de una cuerda para no morir cayendo al vacío o si deseaba atar a
una chica bonita (con su consentimiento, claro está) para divertirnos un
rato.

Útiles y prácticas. ¿Para qué mierda te servía un moño además de hacerte


lucir como un imbécil?

Me pasé los dedos por el cuello de la camisa buscando mitigar la sensación


de asfixia que me invadía y sonreí para los invitados.

El restaurante en el Montcalm Royal London House bullía con el montón de


personas que había decidido cenar en el hotel a pesar de que mi padre y su
partido se encargaron de reservar un privado cerrado y alejado.

Miré a cada uno de los asistentes con ojo crítico como si cada uno fuera un
animal salvaje y yo un explorador: Morten, el presidente del partido
Conservador, llevaba a su esposa con cuello de garza y pelo de nido de
pájaro. Noir, el encargado de la campaña de candidatura de papá también
iba acompañado de una mujer, aunque no estaba seguro de que fuera su
esposa porque lucía cuarenta años más joven que él, pero era bonita y el
escote de su vestido rojo se robaba la atención de todos, incluso la de
Landon, el jefe de relaciones públicas, que no dejaba de verla con hambre
aunque su esposa estuviera a su lado.

Me removí incómodo y di un sorbo a mi Martini. En resumen: todos habían


decidido asistir en parejas para cubrirse las espaldas y no ser comidos. Los
humanos necesitábamos actuar en manadas, aunque, paradójicamente, los
más aptos lográramos sobrevivir en soledad.
—Roman—Morten, el presidente del partido, sonrió bajo su bigote blanco e
hizo la señal de un brindis—. Felicidades nuevamente por tu anuncio, el
puntaje de aceptación según las encuestas fue de más del 47% por parte del
distrito.

Miré a mi padre de soslayo, a cuatro lugares de distancia, pues mi hermana,


mi cuñado y mi madre estaban primero. Él le regresó el gesto y su cabello
castaño y ondulado igual al mío se movió cuando asintió en
reconocimiento. Llevaba su mejor traje oscuro y la barba bien recortada.
Lucía como alguien imponente e importante.

—Gracias, Morten. Mi equipo y yo haremos todo lo posible por conseguir


el puesto de Ministro y ser mayoría en la cámara del congreso—concedió
educadamente.

—No tienes nada de qué preocuparte, mi marido es el mejor en su campo.


Los encantará a todos—mi madre hizo uso de su sonrisa mágica para
hipnotizar a más de uno.

—Lo sé, aunque conseguirlo no será sencillo. Josh Crakehall es un


contendiente difícil y tiene muchos elementos para dar guerra—acotó
Morten con cautela.

Me tensé apenas escuché ese nombre y luché por controlar la respiración.


Ahora no era momento para tener un ataque de pánico, aunque la ira y la
impotencia me estrechaban el cuerpo. Papá colocó su máscara de
impasibilidad, pero sabía la molestia que bullía debajo de esa fingida
templanza.

—Estoy consciente. Hago todo con cuidado.

—Eso es bueno—el señor Morten hizo el gesto de otro brindis y sus


pequeños ojillos se movieron hacia mi hermana—. Katherine, estoy muy
feliz con tu matrimonio, felicidades, y felicidades también al novio—se
dirigió a Silas, mi cuñado.

Mi hermana le dedicó su sonrisa más practicada y falsa también.


—Gracias señor Morten, somos muy felices.

Hice un sonido que decía «ya, ni tú te crees esa mentira».

—Soy muy afortunado—mi cuñado colocó el brazo sobre los hombros de


mi hermana y quizá emití el mismo sonido más alto, porque percibí los ojos
de Morten fijarse en mí.

—Daxen—mierda, ¿ahora qué?—¿Qué hay de ti?

¿No podían condenar a otro a la horca social? ¿Por qué siempre yo?

Me erguí y pasé una mano por mi cabello. Sentí un mechón pegarse a mi


frente.

—No mucho, su vida es mucho más más interesante que la mía—el


comentario salió más desdeñoso de lo que pretendía, pero no quería
contarle tonterías sobre mí que él ni siquiera deseaba escuchar.

Morten soltó una risa.

—¿Nada nuevo? ¿Nada interesante de tu parte?

—Eso depende de qué concepto tenga de interesante, puede que no


tengamos el mismo.

Volvió a reír, aunque esta vez noté un toque de tensión.

—¿Tú no tienes una pareja? Parece que eres el único lobo solitario en esta
cena—el fastidio afloró en mi estómago cuando hizo esa observación, una
de la que ya era muy consciente—. No quiero presionarte ni tampoco a tu
padre, pero estás dando una imagen muy poco familiar y socialmente
aceptable.

No respondí. Dar una imagen familiar y socialmente aceptable estaba muy


lejos de formar parte de mis prioridades. De hecho, si tuviera una lista de
las cosas que menos me importaban en la vida, contraer matrimonio sería
una de ellas. Me sentía bien conmigo mismo, me gustaba salir con chicas y
tener citas, pero no descartaba del todo el tema del matrimonio, era solo que
ahora, justamente, tenía otras prioridades. Además, el ejemplo de mi
hermana y mi cuñado no era muy alentador.

Papá carraspeó cuando un silencio denso se cernió sobre la estancia.

—Sé que no solo mi imagen es importante, también lo es la de mi familia.


Daxen está consciente, ¿verdad hijo?

Asentí. Morten se pasó el dedo índice y pulgar por cada lado de su barba
nívea.

—Sí, pero para Daxen es mucho más importante dado su historial. Sus
antecedentes son una carta que juega en su contra y en contra tuya, Roman.
Cuando aceptamos lanzarte como nuestro candidato para ministro, dijiste
que te encargarías de moldear tu imagen y la de tu hijo para que no fuera un
inconveniente—explicó tranquilo y mi molestia se convirtió en enojo.

Odiaba ser el tema de conversación y odiaba aún más que lo fuera mi


pasado, como si todos los colaboradores de mi padre vivieran para
recordármelo y restregárnoslo en el rostro. Papá me miró de ese modo, ese
que decía «¿cuándo dejarás de ser una mancha en mi vida?» y mi pecho se
apretó.

—No lo será, tenlo por seguro—aseveró mi madre con tono tenso.

—Eso espero. El que tu hijo dé una imagen como hombre de familia


significaría mucho. Transmitirá a los votantes una sensación de que eres un
buen padre el cual educó con principios de confianza y sentido familiar a
sus hijos, pero este chico ni siquiera tiene novia, ¿cierto? ¿Cuántos años
dijiste que tenías?

—Cerca de los treinta—las palabras salieron a través de mi mandíbula


apretada—. Pero me sien...

—No te preocupes por eso tampoco, Morten—me cortó papá presuroso y


me dedicó una mirada de vacilación antes de sonreírle a su socio—. No te
lo habíamos dicho, pero Daxen acaba de empezar una relación y estamos
muy contentos por ello.
Mi hermana se atragantó con su bebida mientras su esposo arrugó el ceño,
mirándome primero a él y después a mí en clara confusión. A mamá parecía
que la habían congelado porque no se movió. Yo me quedé paralizado y el
corazón golpeó mi pecho con fuerza. No era un mal mentiroso, pero joder,
al menos me habría gustado ensayar el libreto antes.

Sentí el peso de la mirada de Morten como una piedra y el resto de la


atención de los presentes terminó por lapidarme. La presión en los ojos de
mi padre era estremecedora.

—Sí, es cierto—mentí con el tono más convincente que pude conseguir,


aunque sonó extraño incluso para mis oídos.

—¡Eso es asombroso!—sonrió su esposa con cabello de nido de pájaro—


¿Cuándo podremos conocerla? Sería genial que apareciera en las siguientes
ruedas de prensa como hizo la novia del hijo de Crakehall.

Me tensé apenas recordé a Haley y el idiota de su novio. El incidente en el


camerino de preparación con su vestido y mi camisa me costó un regaño
por parte de mi asistente y mi padre, más el cambio de mi corbata por este
maldito moño, pero me vengaría el lunes en la oficina. Claro que lo haría.

—Suena bien, la invitaré—carraspeé.

—Sí, ayudaría a tu imagen y por ende a la de tu padre, muchacho—había


recelo en los ojos oscuros de Morten— ¿Cuánto tiempo tienen juntos?
Nunca me dijiste nada, Roman.

—Ella es tímida—acudió al rescate mi hermana, colocándose el cabello


miel en la espalda con un movimiento grácil—. Por eso no suele estar frente
a las cámaras, además quiere esperar a formalizar con mi hermano para
hacerlo más público dada la situación familiar.

Agradecí su agilidad mental. Nada como tener a una máster en marketing y


psicología en la familia. Le besaría los pies a mi hermana mayor, pero sabía
que me patearía apenas lo intentara.
—Piensa formalizar este verano—atajó y todos la miraron impactados
mientras yo luchaba por no infartarme—. Está arreglando los últimos
detalles.

—Así es—la apoyó papá—. Mi muchacho ya está listo para sentar cabeza.
Esperen la invitación a la boda.

—Al fin te pusiste bien esas bolas que creí que no tenías, viejo—susurró el
idiota de Silas lo suficientemente bajo para que solo yo lo escuchara y me
dio una palmada en la espalda que me irritó.

—Bueno, pero antes debemos conocer a la chica y evaluarla, cerciorarnos


que en realidad será buena para nuestra causa—explicó categórico el
hombre.

—Lo hará—dije en el afán de terminar ya con este tema—. Te agradará, es


muy inteligente y linda.

—Bien, entonces estaré atento a verla en la siguiente rueda de prensa—


hubo un deje de advertencia en el tono del presidente que me heló el
estómago.

—Así será—me puse en pie sintiendo el sudor frío correr por mi nuca—. Si
me disculpan, debo ir al sanitario.

Di los primeros pasos con la intención de largarme cuanto antes. La


ansiedad me hacía hormiguear las manos y el zumbido en mis oídos no
paraba. No me gustaba estar en medio de situaciones que no podía controlar
ni prever. Como analista financiero y administrador era lo peor que podían
hacerme. No prever el futuro era como caminar a ciegas hacia un
acantilado.

—Daxen, voy contigo, hijo—papá me alcanzó a medio camino y me


mantuve en silencio, luchando por controlar el ataque que estaba por darme.

El enorme baño de caballeros estaba desierto cuando llegamos y aproveché


el momento para saltarle a la yugular exigiendo respuestas.
—¿Qué mierda fue eso?—espeté con acidez.

Papá se pasó una mano por el cabello castaño en el que se dejaban ver
algunas canas.

—Lo siento, tenía que actuar. Ya hemos cometido muchos errores en la


campaña, un disgusto más para Morten y se acabó el financiamiento a mi
candidatura.

—No necesitas de él, tenemos recursos y nuestras empresas—me quejé


quitándome a tirones el maldito moño de pingüino.

—Sí, pero él tiene los contactos y a la gente, eso es lo que nosotros


necesitamos. Nos conviene estar en buenos términos con él.

El enojo se sintió espeso y caliente y mi estómago ardió.

—No tengo novia, lo sabes tan bien como yo. ¿Qué le diremos cuando no
lleve a nadie a la siguiente rueda de prensa? «Lo siento, mi novia se rompió
la cadera y está en el hospital, no pudo asistir»—imité mi mejor tono de
pesar.

—No tienes que ser tan extremista. En el peor de los casos podemos decir
que no pudo asistir por cuestiones de trabajo.

Enarqué las cejas en un mudo «¿de verdad piensas que se tragará eso?».

—O podrías ir con cualquier otra chica. Hijo, sé que sales con muchas,
alguna aceptará.

—Sí, pero por lo que pretende Morten sobre "mejorar mi imagen" no puede
ser cualquiera—bajé los brazos cuando terminé de hacer las comillas con
los dedos.

Papá se pasó una mano por la boca, sus ojos oscuros como los míos
relucieron de estrés.

—¿Cuándo es el siguiente evento?—inquirí sin que la irritación apaciguara.


—Creo que en un par de semanas.

Coloqué las manos en la cintura y miré al techo, pensando en alguna


solución que no comprometiera mi dignidad y pedirle a una pobre chica ser
mi novia falsa.

—Tienes que llevar a una chica, Daxen. No quiero más disgustos para
Morten, lo necesitamos. Él no confía en ti por lo que hicist...

—Ya lo sé—lo corté, la angustia me hizo cosquillas en el pecho—.


Conseguiré a alguien.

¿Cómo? Con un milagro o vendiendo mi alma al Diablo quizá.

¿A quién? Ni puta idea.

El portero en la corporación de los Colbourn me permitió el paso a través


de las modernas puertas de cristal. Lo saludé con un gesto de la cabeza y
miré el reloj en mi muñeca: como planeé, llegué exactamente cinco minutos
antes del inicio de mi reunión con los ejecutivos de la empresa, justo el
tiempo que necesitaría para completar mi otra tarea pendiente.

Apreté mi agarre en el vaso de café, tomé el ascensor y subí hasta el piso de


juntas, el número 45. El edificio que albergaba la compañía de los Colbourn
era un enorme complejo de cristal con pisos infinitos. Cumpliría ochenta y
nunca terminaría de recorrerlos todos. Contaba la leyenda que un valiente
atrevido aún seguía recorriéndolos sin llegar al final.

Nah, la verdad era que contaba con 121 pisos y cerca de cincuenta mil
empleados en diferentes estados del país. Solo estaba por debajo de la Lotte
World Tower y el Burj Khalifa como uno de los edificios más altos.

Los Colbourn eran una de las familias más adineradas del país y una de las
que encabezaba la élite a nivel mundial. Su poderío aumentó al consolidar
su alianza empresarial con los McCartney, otra familia poderosa de Estados
Unidos, otorgándoles prácticamente un monopolio en el ámbito energético
y metalúrgico. Ninguna concesión de energía o reforma energética se ponía
en marcha si los Colbourn no estaban de acuerdo, y los laboratorios que
más producían metales se dirigían a nivel mundial por los McCartney.

Eran la combinación perfecta de recursos y poder, de ahí que Ian Crakehall


no perdiera el tiempo y tomara a la heredera del imperio más adinerado
como prometida. Casi sentía lástima hacia Haley por la manera en que esa
familia la usaba para ganar aprobación del público y asegurar el sector
energético y metalúrgico. Casi.

Lo sentiría si no fuera una víbora exigente, molesta y testaruda al punto de


la locura todo el tiempo. Mis jaquecas eran 90% del tiempo su culpa.

Salí de mis cavilaciones cuando el ascensor se detuvo en mi piso y sonreí


apenas divisé a mi regalo de Dios, mi heroína, mi salvadora de
humillaciones y presiones.

—Hola, Amy—la saludé con el tono más jovial que pude conseguir—. Te
traje el café que te gusta para alegrarte la mañana.

Dejé el vaso de cartón sobre el mostrador de su recepción. Mi salvadora me


miró de una forma nada salvadora y sus ojos azules brillaron recelosos.

—¿Qué quieres ahora, Daxen? Juro que si vienes a pedir otro bolígrafo, te
dejaré de hablar.

—No vengo a pedirte un bolígrafo—me defendí.

—Genial, porque no pienso prestártelo. Nunca los regresas.

Me rasqué el cráneo y sonreí.

—Lo sé, lo siento, es solo que...

Mierda, no sabía cómo decirle esto. ¿Cómo lo decía sin sonar desesperado o
un tipo raro?

—¿Qué harás en tres semanas?—inquirí casual haciendo uso de mi sonrisa


encantadora.
—Si es inteligente, probablemente mantenerse alejada de ti—escuché otra
voz intervenir y la reina del hielo entró en mi campo de visión.

Genial, pero si era la versión rejuvenecida de Miranda Priestly, con todo y


su atuendo Prada.

—Esto no te incumbe, Colbourn.

Haley levantó el rostro y me miró a través de sus largas pestañas con esos
ojos audaces y coquetos.

—Ya lo sé, pero estoy salvando un alma de la desgracia. Es mi aporte a la


humanidad: impedir que los tipos como tú se reproduzcan—sonrió y fue
como ver a una bruja haciendo uso de su hechizo.

Sí, era bonita, sí, tenía una sonrisa encantadora, pero detrás de todo ese
atractivo, clase y belleza, se escondía una quimera con temperamento
terrible y obsesión por el trabajo.

—¿Por qué impedirlo? Mis hijos serán patrimonio de la humanidad.

—Tus hijos no pueden ser un patrimonio porque son personas, el concepto


no aplica—me corrigió con ese tono sabihondo que tanto me irritaba.

—Me entendiste, ¿o no?

—Pero usaste mal el término, es obvio que no entiendes el concepto.

—Es obvio que alguien se despertó hoy con el pie izquierdo—contraataqué


—¿Te diste cuenta que Ian solo te usa y te mira como su billete de lotería al
fin? ¿Es por eso que estás de malhumor? Ah, no, que ese humor de mierda
es natural en ti.

El glacial de sus ojos se congeló aún más para apuntarme con ellos como
lanzas.

—Yo que tú no me metería con él—se dirigió a Amy, la encantadora


recepcionista de cabello rubio platinado y ojos azules que era demasiado
buena para su propio bien y por eso era la candidata perfecta para ser mi
novia falsa—. Escuché decir a Karen que no dura más de dos minutos en la
cama y al día siguiente tuvo dolor en sus partes.

Solté una risotada, larga y profunda.

—Lo de adolorida fue porque la pasamos muy bien, y no, te aseguro que no
duro menos de dos minutos.

—Lo dudo.

—Te diría que no puedes hablar sin pruebas, pero contigo paso—la escaneé
de la cabeza a los pies con desdén—. No estoy seguro de soportar a un
súcubo como tú.

La comisura de los carnosos labios de Haley se movió un poco sin mostrar


una sonrisa del todo y el rojo en su boca la hizo lucir como una manzana.
Se irguió mostrando su delicado cuerpo envuelto en un recatado vestido
negro con un blazer del mismo tono y sus zapatos de tacón alto.

—No, claramente no podrías. Te hace falta hombría, experiencia y audacia


—enumeró colocando su larga cabellera oscura en su espalda con un
movimiento ágil del cuello—. Y claramente tú no tienes ninguna de las tres.

El tono despectivo de su voz me irritó.

—Estás algo ciega en ese caso, porque si yo no los tengo, tu novio menos,
querida—siseé.

—Intenta disimular esa envidia con perfume, Westler, porque la huelo hasta
acá—se dirigió entonces a Amy—. Cancela todas mis llamadas por las
próximas dos horas hasta que termine la reunión.

—Sí, señorita Colbourn.

Se enfocó en mí, por desgracia.

—Te veo en la sala de juntas para el tema de nuestro contrato de inversión


con tu empresa. No llegues tarde otra vez o te dejaré afuera—ordenó
autoritaria.
Enarqué ambas cejas y me crucé de brazos.

—Olvidas que somos socios, no jefa y empleado—rebatí con aspereza.

Haley tomó su bolso Prada del mostrador.

—Acepta que estoy encima de ti.

—¿En qué sentido? ¿El que deseas o el jerárquico?

Mi comentario la tomó con la guardia baja y noté el leve sonrojo en su


rostro.

—No llegues tarde o no habrá trato—fue todo lo que dijo antes de huir.

La adrenalina aún corría por mi cuerpo cuando ella giró por el pasillo hacia
la sala. Era inevitable para nosotros entablar siempre una especie de
discusión por ver quién era más listo y rápido con los insultos desde que
nos conocimos tres años atrás en esta misma oficina. Ella aún no asumía el
puesto ejecutivo en el concejo, estaba aprendiendo de su padre, pero apenas
tuvimos la primera junta, supimos que el agua y el aceite se llevarían mejor
que nosotros.

No importaba cuánto lucháramos por evitarlo, siempre terminábamos


enzarzados en una discusión sobre el mejor proyecto a aprobar, el enfoque
más provechoso para explotarlo y qué sería más redituable. Si yo decía
negro, ella decía blanco y esa era nuestra lucha constante, aunque algunas
veces servía para reparar en puntos que el otro pasaba por alto.

Éramos un mal necesario para el otro hasta cierto punto, aunque eso no
significara que mi desagrado por ella disminuyera. Podía encantar a todos,
pero yo veía más allá del hechizo a la verdadera víbora detrás.

Miré mi reloj y mierda, marcaba diez minutos de retraso. Carraspeé con la


intención de apresurar esto y terminar la tarea.

—¿Entonces? ¿Estarás disponible en dos semanas?—insistí sonriendo.

Amy me miró con compasión y sonrió a su vez, apenada.


—No.

Su respuesta me hizo punzar las sienes.

—¿Por qué no? Escucha, si es por lo que dijo Haley, no la escuches, sabes
que no es verdad, tú y yo ya hemos estado juntos antes, estoy limpio.
Además, no es necesario que lo hagamos si no quieres, solo...

—No es eso, no es sobre lo que dijo la señorita Colbourn—se retiró un


mechón de cabello rubio del rostro y se lo puso tras la oreja—. Tengo novio
ahora, Daxen. No puedo salir contigo.

Un pinchazo de decepción me desinfló como a un globo y luché por no


demostrar lo presionado que me sentía por conseguir una maldita cita para
la rueda de prensa.

—Ya veo—me pasé la mano por el cabello—. Entiendo, no te preocupes.


Disfruta tu café, Amy.

—Es con leche normal y yo soy intolerante a la lactosa—lo empujó hacia


mí.

Mierda. ¿Podía ser este día peor?

Tomé el café, me dirigí hacia la sala de juntas y le di un trago como si de


ese modo pudiera pensar en una solución.

¿De dónde demonios sacaría a una chica que aceptara aparecer a nivel
nacional como mi novia? Todos sabían lo que significaba el apellido
Westler y no era nada bueno. Relacionarse conmigo era lo mismo que poner
en juego su integridad como persona, por eso mismo era tan complicado
encontrar a alguien dispuesto a apostarlo.

Necesitaba un trago de verdad y encontrar una lámpara mágica con un


genio dentro para pedir una nueva novia, urgentemente.

¡Segundo capítulo y la intriga de lo que pasará ya me mata!


Me da mucha nostalgia escribirlos, tienen un aire a Leah y Alex que me
encanta.

¿Qué les parece nuestro querido Daxen?

Dejen muchos votos y comentarios.

Con amor,

KayurkaR.
3| La fuerza de un corazón roto

Tres semanas antes de la rueda de prensa

Haley

La boca de Ian sobre la mía se sentía bien. Sus manos tomaban mi cintura
con firmeza y me estrechaban más contra sí en cada nuevo hundir de su
lengua en mi cavidad. Sentía mi centro caliente y una intensa energía bullir
entre nosotros. Tensé mis piernas para mantener su cuerpo entre ellas.

Su mano vagó hasta una de mis nalgas y lo detuve en el momento en que


abrieron la puerta de la sala de juntas. Lo empujé para retirarlo como si
quemara y bajé de la mesa. Sentí mis mejillas arder al ser descubierta
haciendo una travesura, pero el sentimiento evolucionó rápidamente cuando
descubrí que era solo el idiota de Daxen.

Mantuvo su cuerpo paralizado un segundo asimilando la escena, después


volvió a mirar hacia la puerta y luego a nosotros.

—Esta es la sala de juntas, ¿verdad? ¿O estoy equivocado?

—¿No sabes leer acaso, Westler?—Ian usó ese tono arrogante que
dominaba tan bien.

—Sí, es que por un momento creí que esto era un cuarto de motel y no una
oficina dadas las... actividades en que los encontré involucrados—dejó su
maletín sobre la mesa y se sentó con aire de suficiencia en el lugar contrario
al mío, en la otra punta de la mesa.

—No sabíamos que nos interrumpirías—ataqué arreglándome el brazer para


tomar asiento a la cabeza. Ian me imitó ocupando el lugar a mi derecha.

—Menos mal no vi algo más grotesco—el tono despectivo no pasó por alto
mientras sacaba papeleo que revisaríamos en la junta. Extrajo los anteojos
que usaba siempre para leer y para verse más intelectual también, aunque lo
último no le funcionaba del todo.

Ian soltó un sonido burlón.

—Nunca te dejaría contemplar a mi prometida de esa manera—soltó mi


prometido con desdén.

Clavó sus ojos en los de Daxen y por un momento fue como ver a dos
animales peleando por territorio.

—Tampoco es que esté interesado en tus sobras—se mantuvo impertérrito


—. Mi gusto es mucho más selecto que el tuyo, claro está.

—Lo dice el que se mete con todo lo que ve. No cabe duda que eres la
decepción de tu familia, Westler.

Noté la tensión en su barbilla, pero siguió concentrado en el papeleo.


—¿Qué haces aquí? ¿No se te hace tarde para correr detrás de las faldas de
tu padre, Crakehall?—inquirió con tono ácido, mirándolo a través de sus
anteojos. Sus orbes miel adquirieron un toque peligroso y filoso.

Sus venas se marcaron en su cuello varonil, igual que su manzana de Adán.


El cabello ondulado y castaño como la nuez tostada estaba perfectamente
peinado a excepción de su rebelde hebra que le caía en la frente. Llevaba
una camisa blanca con las mangas dobladas hasta los codos y una corbata
algo desecha. Conservaba un aire formal sin parecer demasiado estricto. Me
obligué a despegar los ojos de Daxen para que no creyera que lo encontraba
interesante, porque no, no lo hacía. De ninguna manera.

—Yo soy el representante de mi compañía en esta reunión—Ian elevó su


marcada barbilla con aire de superioridad.

—Vaya, felicidades. Al fin haces algo más que sacar copias y gastar el
dinero de tu familia—siguió atacándolo, sin tregua.

La ira destiló del rostro de Ian.

—Al menos no haré a mi familia caer en desgracia. ¿Con qué cara tu padre
se postuló para ministro? Debería ser inteligente y esconderse en un hoyo el
resto de su vida al tener un hijo como tú.

—¿Pueden dejar de pelear? Los accionistas no tardarán en llegar—pedí, no,


más bien, ordené con ese tono que no daba lugar a discusión.

—Claro, en tanto le digas a Westler que me deje tranquilo.

—Tú eres el que me está hablando, Einstein—habló sumergido en sus


documentos—.A diferencia de ti, yo trabajo para hacer algo con mi vida.

—Yo...

—Ser mantenido por una heredera no cuenta como trabajo, solo te informo
—le lanzó a mi prometido una mirada glacial que hizo enojar a Ian a juzgar
por lo fuerte que apretaba el reposabrazos.
—Iré por un té antes de la junta—se acercó a mí y me plantó un beso lento,
como si buscara demostrar que lo nuestro era real—¿quieres uno?

—No me gusta el té, Ian—dije irritada por recordárselo una enésima vez.

—Ah, cierto—blanqueó los ojos.

Arregló su saco antes de dedicarle una última ojeada desdeñosa a Westler y


salir dignamente de la sala.

No era ningún secreto que los Crakehall y los Westler no se toleraban, y


hablaba de no tolerarse en absoluto, no como lo sucedido con las familias
de mis abuelos. Ian apenas soportaba estar en la misma habitación que
Daxen, y qué decir de mi compañero de trabajo, que aprovechaba cada
minuto disponible para cabrear a mi novio. De ahí que mi disgusto hacia el
hijo prodigio de los Westler se incrementara aún más.

La historia que provocó la discordia entre ambas familias tampoco era un


secreto, de hecho, fue una noticia bastante explotada por los medios en su
momento y podía apostar que el partido de los laboristas, al que pertenecía
mi próximo suegro, no tardaría en utilizar esa carta para beneficio propio.

Daxen estuvo en la cárcel dos años por homicidio culposo y tres más en
libertad condicional en su juventud, cuando apenas había cumplido sus
dieciocho años. Por lo que sabía, todo sucedió tras chocar su auto contra el
de una mujer estando ebrio, quien murió a causa del accidente. Fue un duro
golpe para el prestigio de los Westler

En ese tiempo, cuando aún no hacía su carrera política, Josh Crakehall era
uno de los mejores abogados defensores del país y fue contratado por los
Westler para llevar el caso de Daxen. Había suficientes pruebas para
absolverlo o al menos no encarcelarlo, pero Josh decidió no apelar la
decisión del tribunal y la oportunidad de dejarlo en libertad se perdió.

Las industrias de los Westler tuvieron fuertes pérdidas en consecuencia y


estuvieron a punto de declarase en bancarrota. Sin embargo, y para sorpresa
de todos, fue el mismo Daxen quien tomó el liderazgo de las empresas
constructoras de su padre y las salvó de la ruina. Ahora trabajábamos juntos
para crear nuevos proyectos y desarrollos inmobiliarios. Era bueno en su
trabajo, aunque la presencia de Ian lo sacara de quicio la mayor parte del
tiempo.

Roman Westler comenzó su carrera política poco después que Josh


Crakehall y, al ser ambos elegidos como contendientes de sus respectivos
partidos para tomar el cargo de ministro, las cosas se volvieron un poco muy
personales. La familia Westler aún le guardaba rencor a los Crakehall por
no apoyar a su hijo y los Crakehall no toleraban a los Westler por la queja
que presentaron ante el concejo de abogados, generando el despido
temporal de Josh por actuar en contra de derechos humanos del acusado al
no presentar la apelación.

Ambos tenían suficientes motivos para odiarse porque habían jodido con la
imagen pública del otro y a ninguno le beneficiaba mientras corría su
campaña electoral.

—¿Por qué te gustan tanto los imbéciles?—la profunda voz de Daxen me


sacó de mis cavilaciones.

—No me gustan los imbéciles—me defendí—. Ian no es así.

—¿No? ¿Segura que lo sabe? Porque no deja de actuar como uno—replicó


posando sus codos sobre la mesa y entrelazando sus manos. Sus ojos
relucieron con molestia tras sus anteojos.

—Sus problemas no tienen que ver conmigo.

—Recuérdaselo, porque él está muy feliz presumiéndote como a un trofeo


—la crudeza en su voz me sorprendió.

Su comentario me hizo percibir una molestia en el estómago, pero no le


permití calar en mi determinación.

—No soy ningún trofeo, él lo sabe tan bien como yo. Esto es una relación
recíproca donde impera el respeto y...
Me callé cuando hizo ese sonido, ese maldito sonido lleno de burla y
desdén, como si me dijera que era idiota sin usar palabras.

—Solo déjanos en paz, ¿quieres?—pedí irritada—. Que Amy te haya


rechazado la salida hace una semana no significa que debes hacer la vida
del resto igual de miserable que la tuya.

—Lo que tú digas—se sumergió de nuevo en el papeleo cuando un socio


abrió la puerta acompañado del resto de asistentes e Ian.

Mi prometido tomó su lugar junto a mí y la reunión dio inicio, aunque las


palabras de Daxen sobre ser presumida como un trofeo no dejaron de
molestarme el resto de la tarde.

—Entonces, ¿cuándo lo llevarás con tus padres para que pida formalmente
tu mano?—June dio una enorme mordida a su dona glaseada antes de
sorber de su café alias segura-causa-de-diabetes-en-el-futuro esperando una
respuesta.

Gané tiempo dando un sorbo a mi cappuccino de vainilla, pero sabía que no


había escapatoria de June Kishimoto cuando quería saber algo, tenía un
olfato de sabueso para mis mentiras y mi mejor amiga no era de las que
dormían sin descubrir la verdad.

—Eso iba a suceder la semana pasada, pero a Ian le surgió algo de último
minuto con la candidatura de su padre y tuvo que viajar a Bristol de
emergencia—expliqué categórica—. Tendremos la cena mañana en mi casa.

Sus ojos oscuros y gatunos se estrecharon en clara sospecha. A June le


agradaba Ian, pero era algo paranoica. Siempre me decía que con tipos
lindos y encantadores como él debía mantener los ojos muy abiertos y aún
más los oídos. Sí, algunas cosas del historial de Ian no eran muy buenas,
¿pero quién en esta vida era perfecto? Ni siquiera yo lo era.

—Creí que ya tenían a los encargados de la campaña en Bristol, ¿para qué


viajó Ian hasta allá?
Me encogí de hombros, aunque la semilla de la duda dejó su raíz en mí.

—No lo sé. Me envió algunas fotos desde su oficina, pero no me respondió


más luego de las once hasta la mañana siguiente. Se quedó dormido.

June me escaneó analítica jugando con la pajilla de su café.

—Suena inverosímil si me lo preguntas.

Suspiré y me dejé caer en la silla de madera que era parte del pequeño
establecimiento estilo vintage que daba a una de las calles más transitadas
de Londres. El cielo grisáceo de febrero comenzaba a dar lugar a un azul
pálido y tímido de marzo.

Miré entonces el anillo de matrimonio que adornaba mi anular para


reafirmar mi convicción y cimentar la confianza en mi prometido. Era
verdad que algunas actitudes me hacían dudar, pero la comunicación y el
confiar en el otro eran ingredientes fundamentales para cualquier relación
sana.

Mi mejor amiga, June, tenía un máster en estudio de mercado y marketing.


Su especialidad era estudiar a los clientes y por ello se creía psicóloga la
mayor parte del tiempo, aunque su veredicto sobre Ian aún era difuso.
Además, había coleccionado ocho rupturas desde los años que llevábamos
conociéndonos; yo ni siquiera buscaba una tercera, pero ella no se fiaba de
ningún ser con cromosomas XY en su ADN en este punto de su vida.

—¿Te ha respondido desde ayer?—inquirió.

—No.

Tomó su móvil y comenzó a revisar sus redes.

—No quiero calentarte la cabeza, pero...

—June, no—la corté—. Yo confío en él. Nunca me ha dado motivos para


sospechar que me es infiel, así que no metas ideas que no necesito en mi
cerebro.
Sonrió.

—Si estuvieras tan segura de lo que dices, el hacerte dudar sería imposible.

—Dudar es de humanos.

—Y resolver nuestras dudas lo es aún más—inclinó el cuerpo hacia


adelante y su lacio cabello azabache cayó como una cascada sobre sus
hombros.

—No sigas—la corté irritada—. Es un buen hombre.

No dijo nada más, pero su expresión de piedra se relajó. Estiró su brazo y


estrechó mi mano.

—Lo siento, no debería arruinar tu emoción por la boda—me dedicó una


sonrisa cálida—. ¿Esperaremos más tiempo a Caitlyn o la veremos en la
tienda de vestidos?

—Oh, sí, sobre eso—extraje mi móvil—. Me envió un mensaje hace unos


días para decirme que no podría acompañarnos, no me dijo la razón, ¿has
hablado con ella estos días?

—No.

—¿No habrá sufrido un infarto? Revisa su Instagram.

June soltó una risita porque ambas sabíamos lo adicta que era Caitlyn a su
móvil e Instagram. La única situación en la que ella no subiría contenido
sería en una donde estuviera inconsciente o muerta, e incluso así, seguro se
las arreglaría para subir algo en el hospital o el ataúd.

—Subió una historia hace catorce horas—frunció el ceño—¿Ese no es el


puente Clifton que está en Bristol?

Miré la fotografía que Caitlyn subió de sí misma. El cabello rubio le cubría


medianamente la cara y sonreía coqueta en medio del puente. Su
voluptuoso cuerpo estaba envuelto por una blusa blanca de cuello tortuga,
falda de cuero y...¡maldita!
—¡Se compró las plataformas Meduda Aevitas de Versace que yo quería!—
me quejé—. Solo quedaba un par disponible para esta temporada.

June miró la foto otra vez.

—Qué coincidencia que esté en Bristol al mismo tiempo que Ian, ¿no crees?
—apuntó.

Me encogí de hombros buscando apaciguar la inseguridad que luchaba por


colarse en mi sistema como una infección.

—Debería saludarlo si lo mira por ahí—fue todo lo que dije y me puse en


pie tomando mi bolso—. ¿Nos vamos? Comprar nos ayudará a despejar la
mente.

June puso los ojos en blanco y me siguió por la calle adoquinada, aunque la
incómoda sensación de incertidumbre me molestó. No me gustaba percibir
inseguridad, era alérgica a ella, así que no le daría cabida. Sacudí de mi
cabeza los pensamientos tóxicos y me concentré en un solo objetivo:
conseguir un nuevo par de zapatos.

Ian estaba vestido con un traje de Pal Zileri que se ajustaba perfectamente a
su cuerpo, remarcando sus hombros fornidos y anchos brazos. Era la cosa
más apetecible que mis ojos hubiesen visto jamás y, si todo salía bien con
mis padres, podríamos irnos pronto para celebrar de la forma que más me
gustaba.

Le di un beso en los labios para recibirlo.

—Luces preciosa—sus ojos verdes relucieron con devoción—. No puedo


creer la suerte que tengo.

—Por favor, calla—le di un empujoncito en el hombro y él me estrechó


contra sí tomándome de la cintura.

—No puedo esperar para hacerte mi esposa—susurró sobre mis labios.


—Y no puedo esperar para ser tu esposa—regué unos cuantos besos en su
boca, pero me separé apenas escuché la puerta del estudio abrirse y los
pasos anunciaron pronto la presencia de mis padres.

—Ian, es un placer verte otra vez.

Mamá estiró su mano con la intención de estrechársela, pero mi prometido


la tomó con la suya y dejó un beso sobre ella. Miré a papá y atrapé el
destello de irritación en sus ojos. Contuve apenas la risa.

—Luces preciosa, Leah—la elogió.

—Señora Colbourn para ti—lo corrigió papá posando una mano en la


espalda de mamá.

—Lo siento—se disculpó mi prometido con una enorme sonrisa y


ofreciendo su mano a mi padre—. También es bueno verlo.

Enarcó una ceja.

—¿A mí no me dirás que luzco precioso?—se burló con acidez, borrando la


sonrisa y el gesto de Ian.

—Papá—lo reñí.

—Alex—Mi madre le dio un disimulado golpe en el costado con el codo,


pero él mantuvo su postura hostil.

—Buena broma, eh—Ian soltó una risa tensa que nadie más imitó—.
Siempre es un placer verlo.

—Lo sé, me lo dicen constantemente.

Miré a mamá en busca de ayuda en esta situación.

—¿Por qué no esperan un momento aquí en lo que se termina de organizar


la mesa para la cena? Serán solo unos minutos. Iré a supervisar.

—De acuerdo—concedió papá sin despegar la vista de Ian.


—Alex, tú vienes conmigo.

—No me necesitas—papá se cruzó de brazos.

—Sí, sí te necesito. Ven conmigo—ordenó con ese tono autoritario que


heredé de ella.

Papá presionó la lengua contra su mejilla antes de rendirse a sus demandas,


como siempre. Apenas nos dejaron solos, Ian soltó un silbido.

—¿Tu papá sabe pelear?

Lo miré desconcertada.

—¿Qué?

—Sí, es que tu madre siempre se lleva todas las miradas. Es imposible no


verla cuando está en la habitación. Si yo fuera él, sería muy celoso.

Enarqué las cejas sin comprender el sentido de su comentario.

—¿Se lleva incluso tus miradas?

Enrojeció y carraspeó.

—No, te las llevas tú, preciosa—me rodeó de nuevo la cintura con sus
manos y justo cuando estaba por besarme, su móvil vibró en su bolsillo.

Me soltó enseguida y me dio la espalda para responder. El pensamiento


maligno de inseguridad me emboscó con más insistencia en esa ocasión y
no pude ignorarlo.

—Tomémonos una foto—le pedí y enredé mi brazo al suyo recargando la


mejilla en él.

—Ah, claro.

—Con el tuyo—impedí que lo bloqueara y guardara, así que abrió la


aplicación de la cámara y nos miré juntos en la pantalla.
Sonreí feliz y mi corazón latió sosegado al contemplar al hombre a mi lado.
No debía dejarme llevar por pensamientos tontos ni inseguridades bobas,
Ian me amaba, yo confiaba en él y sabía que no me traicionaría nun...

Un mensaje apareció en la pantalla bajo el nombre de Caitlyn. No alcancé a


leerlo completo porque lo retiró de mi vista enseguida, pero lo que registré
me dejó helada. El texto empezaba con un atrevido «vuelve a usar tu
maravillosa lengua igual que en Bristol y...»

Ian carraspeó y esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero detecté el
miedo en ellos.

—¿Qué fue eso?—inquirí con voz átona.

—¿Qué cosa?

—El mensaje de Caitlyn. Lo leí. Sobre tu maravillosa lengua—remarqué


con rencor la última parte.

Su rostro perdió color y se pasó la lengua por los labios en un gesto de


nerviosismo que conocía demasiado bien.

—Haley, no empieces una discusión innecesaria. Debiste leer mal. Caitlyn


me escribió porque estamos preparándote una sorpresa de...cumpleaños—
completó aún sosteniendo el teléfono con la cámara abierta.

—Mi cumpleaños es hasta septiembre. Estamos en febrero.

La tensión abarcó sus facciones.

—Preciosa, por favor, no seas una de esas novias tóxicas. Sabes que no lo
tolero porque te saldrán arrugas muy pronto y a mí también y...

Le arrebaté el móvil de la mano en un reflejo rápido y me alejé lo suficiente


para abrir el chat de Caitlyn. Un sabor amargo me llenó la boca y bajó por
mi garganta, quemando mi estómago.

Caitlyn [20:21]: Amé estos días contigo. Deberías inventarte otra excusa
para vernos en otro viaje de negocios.
Caitlyn [20:21]: Vuelve a usar tu maravillosa lengua igual que en Bristol y
dame otro orgasmo como el último que tuve.

Caitlyn [20:22]: Conozco a Haley, ser su amiga tiene sus ventajas. Nunca
se dará cuenta de lo nuestro mientras disimulemos, está demasiado
enamorada de ti.

Sentí mi cara caliente y mis labios fríos. El horrible sentimiento de traición


se retorció en mi interior como una serpiente y corrió con más fuerza en mi
sistema a medida que subía por la conversación.

Ian [13:56]: Estoy considerando dejar a Haley luego de la última mamada


que me diste, fue increíble.

Caitlyn [13:57]: ¿Sigues pensando que esa idiota es mejor que yo?

Ian [14:05]: Joder, no hay comparación.

Ian [14:05]: Quiero verte usar ese baby doll otra vez. Te queda mejor a ti.

Caitlyn [14:05]: Es porque tengo algo que ella no: TETAS.

Para mi horror, encontré la foto donde mi supuesta amiga, quien sería una
de mis damas de compañía junto a June en mi boda, usaba mi baby doll. Mi
jodido Baby.Doll.

La traición se transforma en un monstruo, uno enorme, feo y sediento de


venganza. Traté de no temblar de la ira, pero era tan consumidora, tan densa
y avasalladora que no pude pensar en nada más. Era como si mi cuerpo ya
en combustión hubiese sido rociado con un combustible poderoso llamado
furia.

—¿Le hiciste usar mi jodido baby doll?—fue lo primero que se me ocurrió


decir en mi estupor provocado por la cólera.

Ian estaba pálido. Bien, lo quería muerto. Pálido muerto.

—Preciosa, déjame explicarte, no es lo que parece...


—¡¿Crees que estoy tan de ciega?!—bramé dejándome llevar por el
corrosivo sentimiento—¡Acabo de leer los jodidos mensajes sobre lo mucho
que disfrutas sus mamadas!

Ian abrió la boca para decir algo, pero fue lo suficientemente inteligente
para entender que nada de lo que dijera en este momento lo salvaría, solo lo
enterraría más. Al final, soltó el aire con pesadez y me miró con las manos
en la cintura.

—Fue solo una vez—admitió y fue como si me golpearan el corazón con un


proyectil—. Sucedió en Bristol y...

—No mientas—siseé temblando de la ira—. Lo hicieron más veces, sé leer,


Ian.

—Joder, Haley, entiéndeme—aseveró—. Un hombre tiene necesidades y


nosotros...

Le lancé el móvil con toda la intención de golpearlo en la cara, pero lo


esquivó, el muy maldito.

—¡¿Te volviste loca?!—se irguió asustado luego de tomar su aparato


destrozado.

—Fuera de mi casa—ordené señalando la puerta—. Escorias como tú no


son bienvenidas.

Algo en sus ojos cambió y tomó un paso cerca.

—Preciosa, por favor. Ahora estás enojada, pero hablaremos de esto y...

—¡Fuera! ¡No quiero saber de ti, no quiero volver a hablarte jamás!—insistí


con tanta fuerza que mis cuerdas vocales ardieron.

Se rindió y recuperó la compostura.

—Bien, es obvio que en este momento no me escucharás, así que


hablaremos mañana sobre reagendar esta cena y seguir con los planes de
boda.
Mis ojos se abrieron tanto por su descaro que creí que se saldrían de mis
cuencas.

—¿Hablas en serio?

—Claro que hablo en serio, preciosa. Debemos seguir de acuerdo al plan.

—¡No quiero casarme contigo! ¡Nunca me casaría con una escoria como tú!
—me quité el anillo impulsada por la adrenalina y se lo lancé. En esa
ocasión sí atiné a su cabeza y luego de chocar con su frente, cayó al suelo.

—¡Me costó muy caro, no lo trates así!—lo recogió con cuidado y se lo


guardó en el bolsillo antes de dedicarme una ojeada severa—. Hablaremos
mañana cuando estés más tranquila. Toma un té esta noche para tus nervios.

Esa vez no pude controlar las emociones y tomé lo primero en lo que mis
dedos se posaron: una estatua que estaba en el escritorio de papá y que se
estrelló en la pared detrás de Ian. Logró esquivarla apenas, por desgracia.
Le dediqué la mirada más letal que conseguí y luché por no venirme abajo
cuando murmuró un «estás loca» y salió por la puerta.

La adrenalina todavía pulsaba en mi interior y conducía energía por mi


cuerpo como una batería, y no fui plenamente consciente de lo que acababa
de suceder hasta que mis padres entraron en el estudio con caras de susto.
Papá llegó hasta mí en dos zancadas y tomó mi rostro entre sus manos, el
terror cincelado en sus ojos azules iguales a los míos.

—¿Estás bien? ¿Qué pasó?

Mamá se puso a mi lado, pero sus ojos no dejaban de vagar por las partes de
mi cuerpo visibles, como si buscara muestras de agresión.

—Haley, ¿por qué Ian se fue? Estaban gritando y... ¿estás bien, amor?

La voz de mamá terminó por quebrar mi endeble engaño de fortaleza y sentí


las lágrimas calientes correr como ríos embravecidos por mi rostro,
supurando la ira y traición que bullían en mi interior.
—Me engañó—dije en un quejido sin respiración—. Creí que me amaba,
pero me engañó.

Cerré los ojos y me entregué al llanto por completo. Me arrasó con tanta
dureza que no fui consciente de nada más, solo del dolor que pesaba sobre
mi corazón y el constante apretar en mi pecho, como si le hubieran puesto
una liga para que no se expandiera correctamente.

—Me duele—me quejé con voz ahogada por las lágrimas.

Lloré con mayor ahínco. Papá retiró sus manos de mi rostro y me estrechó
tan fuerte contra sí que me costaba respirar, pero se lo agradecí porque me
ayudó a mantener mis piezas unidas mientras me derrumbaba y se quedó
conmigo hasta que el peor momento cesó, sin preguntas ni reclamos, se
quedó mientras mi corazón se rompía en pedazos.

Cuando me tranquilicé, mamá me acompañó a la cama y se quedó


charlando conmigo para distraerme. A veces hablando de banalidades, a
veces abordando la situación. Le conté sobre la manera en que ese idiota me
engañó y sus ojos se convirtieron en lanzas de hierro, letales.

Antes de dormir junto a ella pregunté por papá. No era normal que
estuvieran separados. Incluso en una situación como esta, mi padre buscaría
un espacio para quedarse en la misma habitación que nosotras, ya fuera
durmiendo en el sofá, la silla o el piso mismo, pero no estaba ahí.

—Está ocupándose de unos asuntos, amor—los dedos de mamá acariciaron


mi cabello con cariño.

—¿Le hará daño?—pregunté estúpidamente, porque a pesar de lo que me


hizo, aún lo amaba—. No quiero que discuta con él ni que lo ofenda.

—Las palabras no son el único método para dañar a una persona, eso tu
padre lo sabe muy bien—mamá besó mi frente y me dejé envolver por su
perfume—. Ahora descansa, déjalo en nuestras manos.

Intenté dormir, pero otra ola de llanto me asaltó en la tranquilidad de mi


habitación.
—No sabía que un corazón roto doliera tanto—sollocé.

—Sí, duele mucho—reconoció recostada a mi lado con su cuerpo apoyado


en su codo—. Pero los corazones rotos también son los más fuertes.

Bufé escéptica.

—¿Cómo puede ser fuerte si ya no existe? Se rompió.

Ella sonrió con seguridad.

—No, sigue ahí, latiendo. Un corazón que ha sido roto es más fuerte que
otros porque lucha por seguir adelante a pesar del dolor y lo consigues,
siempre lo consigues.

Lloré una última vez junto a ella, ahogada en las sábanas y el llanto.

Esa noche soñé con el puente de Bristol donde Caitlyn se tomó la


fotografía, y en él estaban ambos besándose, riéndose de mí, burlándose de
mi ingenuidad.

El dolor no me abandonó ni un solo segundo esa noche y la perspectiva de


enfrentar a Ian mañana me parecía la peor de las pruebas posibles. No
estaba segura de sobrevivir.

¡YA SE ESTÁ PONIENDO BUENO EL ASUNTOOOO!

¿Qué creen que pase en el siguiente? Ustedes lo saben, yo lo sé,


¿ansiosos por leerlo?

¡Dejen muchos votos y comentarios!

Con amor,

KayurkaR.
4| El dulce karma

Dos semanas antes de la rueda de prensa

Haley

Okay, no era momento para entrar en pánico.

Podía con esto.

Podía manejarlo.
Había recibido muchos mensajes y llamadas de Ian el sábado, justo al día
siguiente de descubrir su engaño, pero no le presté un segundo de atención
y lo bloqueé sin miramientos de todas las redes sociales. Si pudiera,
también le habría bloqueado el código postal, la dirección e-mail y hasta el
correo vía lechuza.

No quería saber de él ni de nada relacionado con él o con otro espécimen


masculino, solo papá. Mamá se encargó de consentirme el resto del fin de
semana con días completos de spa y meditación mindfulness que hicieron
maravillas para que olvidara el tema...hasta que llegó el lunes.

Todos mis miedos no podían resumirse a un día de la semana.

Miré el reloj en la pared de mi oficina y el constante sonido del segundero


anunciando el avanzar del tiempo me abrumó. Moví mis dedos con
nerviosismo, troné mis nudillos cuarenta veces y cuanto más creía tener el
control de la situación, más lo perdía.

¿Cómo iba a enfrentarme a Ian sin echarme a llorar de la rabia? No era


como si odiara llorar, liberar emociones era normal, sin embargo, no quería
darle el gusto de mostrar cuánto me había afectado su engaño. El de ambos.
Tanto el de Caitlyn, quien creía era una de mis amigas más cercanas, como
el de Ian, quien se supone debía cuidar mi corazón y respetar nuestra
relación.

Vaya respeto que le otorgó, enterrándolo hasta el fondo en el coño de mi


supuesta amiga.

Mis manos comenzaron a sudar y un temblor irreprimible comenzó en mis


dedos. No, no, no. Me puse en pie para hacerlo pasar, pero el sentimiento de
asfixia y descontrol creció más, apretándome el pecho.

Era un ataque de pánico, lo sabía porque había visto a mamá sufrirlos un


millón de veces y mi hermano y yo nos habíamos instruido para ayudarla en
caso de que presentara un episodio y papá no estuviera cerca. Sabía qué
hacer, claro que sabía.
Inhalé y exhalé, mi caja torácica dolió, dolió como si la estuviesen
aplastando con el pie. Escuché el acelerado latir de mi corazón, retumbando
igual que un eco en el vacío de mis oídos y me asusté. Mi respiración se
volvió irregular entre jadeos. El miedo me tomó con fuerza del cuello y
aceleró tanto mi corazón que...¿estaba teniendo un infarto? ¿Así era cómo
se sentía morir?

Caminé con pasos torpes y lentos hacia el baño más cercano. Choqué con
las paredes y me mantuve pegada a ellas. Sentía que mis piernas me
fallarían. Las ganas de llorar volvieron borrosa mi visión, los bordes eran
difusos y no podía enfocar. La desesperación me cerró la garganta y, ¿en
verdad iba a morir de un infarto en medio de la recepción de mi empresa?
Divisé apenas la señal de sanitarios y entré empujando la puerta con mi
cuerpo.

La ansiedad hizo puño mis entrañas y apoyé mis manos en la barra de


cristal sobre la que reposaban los lavabos de cerámica. No podía sucederme
esto a mí, no ahora, no cuando debía ser fuerte para enfrentar al idiota de
Ian y acabar con él, pero joder, dolía demasiado.

—Mierda—mascullé llevándome las manos al pecho como si eso sirviera


de algo para detener el dolor.

No podía respirar, no podía concentrarme. Las paredes del baño se


volvieron demasiado pequeñas de pronto, como si se cerraran a mi
alrededor, amenazando con atraparme dentro y Dios, Dios...

Mis oídos captaron pasos entrar en la estancia y no fui consciente del


momento en que resbalé hasta sentarme en el piso del baño porque lo único
que mis ojos enfocaron fue un par de zapatos negros.

—¿Colbourn? ¿Qué haces tirada ahí? ¿Revisas con el culo la limpieza del
suelo?—se mofó—. Este es el baño de hombres, Einstein.

Lo que me faltaba. Que el imbécil de Daxen fuera el único testigo de mi


muerte. Seguramente escondería mi cuerpo para que nadie lo encontrara
jamás y me dejaría pudriendo entre pedazos de excremento en una
alcantarilla luego de ser comida por ratas y alimañas. Mis restos se
perderían, mis padres quedarían devastados, no podría vengarme de Ian ni
Caitlyn y...y...

Jadeé cuando el dolor se volvió abrumador e insoportable. Hubo una pausa


y después, lo miré colocar una rodilla en el piso para quedar a mi altura.

—No—lo detuve cuando estiró su mano para tocarme.

—¿Qué te pasa?

Evalué el no responder, pero eso no serviría de nada.

—No puedo respirar—contesté con voz ahogada, todavía temblando y con


las manos en mi pecho en un fútil intento por detener un dolor que no se
iba.

—Okay—aceptó con un tono suave que nunca lo escuché usar antes.

Me evaluó con esos ojos oscuros.

— ¿Puedes contar hasta diez conmigo en voz alta?—preguntó tranquilo.

De nuevo consideré ignorar lo que me decía, creí que solo se estaba


burlando mientras yo moría, pero algo en su voz me dijo lo contrario, así
que asentí apenas y comencé a contar junto a él.

—Uno...dos...—su voz se sobreponía a la mía, pero de algún modo me


transmitía serenidad—Respira conmigo—posó una mano en mi hombro y
di un respingo, mi corazón un salto, aunque la tensión en mi pecho
disminuyó un poco al imitar sus respiraciones profundas.

—Ocho...nueve...—lancé un quejido, una nueva punzada me atacó y cerré


los ojos. Era más fuerte que yo—. Estoy muriendo—jadeé aterrada.

—Está bien—sus palabras lograron colarse a través de la tormenta


embravecida que era mi mente y sentí sus dedos sobre los míos, su mano
cálida tomó la mía con firmeza—. No vas a morir. Nunca te dejaría morir.
Abrí los ojos y lo encontré acariciando mi palma en una forma que me
recordó mucho a los ejercicios que papá hacía con mamá cuando ella tenía
sus ataques de pánico o sus terrores nocturnos.

—Enfócate en algo—instruyó sin dejar de pasar su tacto por mi muñeca, mi


dorso, mis dedos.

—No puedo.

—Sí puedes. Hazlo y descríbemelo.

Hubo un lapso donde solo escuché mi respiración agitada y los locos latidos
de mi corazón. Alcé la vista hacia lo único que tenía enfrente en ese
momento.

—Tienes cabello castaño. No es rubio. Más como las almendras quemadas


—logré decir.

También quería decirle que tenía un tipo de cabello muy extraño: no era
rizado, pero tampoco lacio. Una especie de ondulado que lo hacía lucir
relajado y natural sin perder la formalidad. El mechón que se pegaba en su
frente le daba un toque encantador, aunque claro, nunca lo admitiría.

—¿Qué más?—asintió con mi palma hacia arriba sobre la suya, mientras su


otra mano presionaba lugares de mi mano para mantener mi mente anclada
a la tierra a través de las sensaciones.

Me fijé en sus ojos que me miraban directamente. No con burla ni desdén,


tampoco había preocupación en ellos, solo un reflejo de...¿humanidad?
¿Consternación? Estaban tupidos de pestañas custodiando una mirada
normalmente dura que ahora mismo era suave.

Nunca había estado tan cerca de él para distinguir que el color de sus ojos
era un café oscuro y no negro carbón, más bien como el sol cuando se
ocultaba entre montañas rocosas y las bañaba con su luz.

—Tienes ojos cafés.


Daxen sonrió y una línea se marcó en su boca. ¿Lo había visto sonreír antes
o también era la primera vez? Quizá era la primera vez que actuaba como
un humano y no un robot programado para hacerme la vida un infierno.

—¿Qué más?

La camisa de fuerza que parecía oprimir mi caja torácica desapareció y de a


poco, recuperé la habilidad de respirar con normalidad. Su mano aún
acariciaba la mía y fue extraño caer en cuenta que un toque tan simple
pudiera impactar tanto en una persona como para impedir su muerte.

Bajé la vista a su rostro, hacia los labios que segundos atrás me mostraron
una sonrisa extrañamente natural. Sus labios no eran delgados, tampoco
gruesos; estaban justo en medio de ambos y estaban delineados de una
man...

¿Por qué estaba pensando en eso? Dios, estaba volviéndome loca. Era por
consecuencia del ataque de pánico, claro que sí.

—Tienes tres lunares pequeños en tu mejilla derecha. Creo que forman un


triángulo escaleno si las unes.

Otra vez rio, esa vez emitiendo un sonido bajo que caló hasta mi estómago.

—Creo que es un triángulo isósceles.

—¿Has intentado unirlas?

—La verdad no.

—Es escaleno—rebatí segura.

—No puedes perder una discusión ni siquiera muriendo, ¿eh?—reconoció.

Me miró por un largo tiempo en silencio, su mano aún moviéndose sobre la


mía e inspiré cuando estuve segura que las puertas de la muerte se habían
cerrado para mí, al menos por ahora.

—¿Funcionó?
Asentí y me retiré de su tacto cuando fui demasiado consciente de él, como
si la burbuja en que nos encerramos tras el ataque hubiera explotado al
terminar el episodio y el universo nos regresara a la realidad donde nos
odiábamos.

—Estaba muriendo—apoyé la cabeza en la pared y joder, ahora le debía mi


vida a Daxen maldito Westler.

—No estabas muriendo, tuviste un ataque de pánico—aclaró poniéndose en


pie. Metió una mano en el bolsillo de sus pantalones y me ofreció la otra—
¿Nunca habías tenido uno?

Dudé en tomarla, pero al final lo hice.

—No—contesté—. Sé que fue un ataque de pánico, mi...madre suele


tenerlos—no me atreví a mirarlo a la cara luego de lo que transpiró entre
nosotros.

Sentía que el ambiente era tan raro y frágil que si decía algo incorrecto
terminaríamos matándonos en este mismo baño. No dijo nada, solo me miró
en silencio con ese deje analítico de siempre, como si no lograra
descifrarme o como si quisiera diseccionarme el cerebro usando los ojos,
qué diablos sabía yo.

Mis padres me enseñaron a ser fuerte, a no mostrarme débil ante nadie,


mucho menos ante mis enemigos... pero ahora Daxen me conocía en una
faceta que yo ni siquiera conocía muy bien.

—Intenté usar los mismos ejercicios que ella utiliza para tranquilizarse,
pero no funcionaron—confesé.

—Lo noté. Un poco más tarde y te vas al otro mundo en serio.

—¿Cómo supiste qué hacer?—pregunté verdaderamente curiosa.

No era normal que las personas experimentaran ataques de pánico, mucho


menos lo era que otros supieran qué hacer. No se trataba de una materia que
enseñaran en la escuela porque aún existía cierto tabú en tratar la salud
mental como era debido.

Daxen tensó los hombros y por un momento creí que no me respondería,


pero para mi sorpresa, lo hizo.

—Solía tener muchos ataques de pánico. Los peores fueron en la cárcel—


declaró y cada palabra pareció hecha de hierro, como si decirlas le pesara
demasiado—. Estar encerrado entre cuatro paredes no es muy bueno para
evitarlos, ¿sabes?

Tragué.

—Me imagino.

Bufó.

—No creo que puedas.

Tenía un punto. Mierda. El ambiente se tornó incluso más incómodo, así


que hice lo que mejor sabía: ser cordial para terminar la charla.

—Gracias por ayudarme—dije sincera. Podía caerme como una patada en la


cara por su arrogancia y forma de ser, pero no era tan inmadura para no ser
civilizada cuando la situación lo requería.

—Lo habría hecho por cualquiera.

Enarqué una ceja.

—No eres del tipo que hace favores o ayuda a otros solo porque sí—dije
escéptica.

Se encogió de hombros.

—Tienes razón, tal vez ahora pueda cobrármelas con un favor a cambio—
acotó serio, aunque detecté la diversión en su mirada.

Estreché los ojos y crucé los brazos sobre el pecho.


—¿Qué quieres a cambio para estar a mano? Nada de estupideces o cosas
sucias—cedí en esta especie de tregua improvisada.

Soltó otra risa que fue mucho más alta y que resonó en la estancia y en mis
oídos.

—Define cosas sucias, por favor.

—Sabes a lo que me refiero.

—No, no sé—una sombra perversa se asentó en sus ojos y me sentí de


vuelta en la primaria, cuando te retaban a decir pene en voz alta.

Me mantuve impasible y arqueé las cejas de esa manera que decía «¿vas a
seguir perdiendo el tiempo en niñerías o me dirás algo coherente?». Al
final se rindió y alzó su marcada barbilla.

— ¿Qué tal limpiar mi oficina una semana?

Fruncí el ceño, indignada.

—No haré eso.

—¿Es porque no sabes cómo usar una escoba?

—Es porque no quiero—atajé.

—¿Ni siquiera aspirarla una vez?

—No.

—¿Qué tal servirme el café por una semana?—sugirió.

—Ja, ni lo sueñes.

Chasqueó la lengua.

—Quería ver a mi socia trabajando para mí. Ya sabes, sentirme como el


jefe.
Lo fulminé.

—¿Qué tal si superas el tema de la jerarquía de una vez por todas en la


próxima década?—siseé.

Daxen de nuevo sonrió y wow, tres sonrisas al témpano de hielo con


actitudes raras en el mismo día, debía ser un día muy malo para mí o uno
muy bueno para él.

—Bien, entonces otra cosa se me ocurrirá—de nuevo encogió un hombro y


supe que esta conversación debía terminar y yo encargarme de enterrar este
momento vergonzoso en lo más profundo de mi baúl de momentos
vergonzosos.

—Que sea en este siglo, por favor. Sé que eres lento para conectar las
neuronas.

—No tanto como lo es Ian—atacó y dio justo donde más me dolía.

Lo pasé de largo y salí del baño con el mentón en alto y la mirada fija al
frente, dispuesta a llegar hasta mi oficina para fingir que aquello jamás
pasó, sin embargo, no pude hacerlo porque al mirar sobre mi hombro
encontré a Daxen pisándome los talones.

—¿Qué haces?—le pregunté al alcanzarme.

—Te acompaño a tu oficina—contestó impertérrito.

—Sé llegar sola, gracias.

—No me preocupa que no sepas llegar, me preocupa que no puedas—


recalcó y aumenté el paso.

—Por favor Westler, tu momento heroico ya pasó, acéptalo.

—Me gusta ser el héroe, pero sin capa. Cuestiones de moda y estilo, ya
sabes.

Bufé por el estúpido comentario.


—Yo no cre...

Abrí la puerta de mi despacho y lo que encontré dentro me dejó pasmada y


mató las palabras en mi lengua. Lo único que hice fue mirarlo por unos
buenos cinco segundos mientras intentaba convertir mi rabia en palabras.

—Ian, ¿qué haces aquí?—espeté tensa al final.

Su cara era una obra abstracta de color. Literalmente. Tenía la mitad del
rostro manchado de un feo color violeta que comenzaba a verse verde en los
bordes, el contorno de su ojo contrario estaba negro. Sus labios estaban
cortados, como si les hubiesen dado un duro puñetazo. Su atuendo estaba
rematado con un collarín y un cabestrillo que sostenía su brazo derecho.
Con su brazo izquierdo sostenía... un maldito ramo de rosas.

—Diablos Crakehall, ¿qué te pasó? ¿Te atropelló un tráiler?—preguntó


Daxen, aunque había un deje de burla y satisfacción en su tono que no pasó
desapercibido—. Pareces una mora echa mierda.

Ian lo miró con su ojo bueno, es decir, el que no estaba negro y feamente
hinchado al punto de no poder abrirlo. No dijo nada y se concentró en mí.

—¿Es todo lo que vas a decir luego de lo que tu padre me hizo? ¿Que qué
hago aquí?—masculló con acidez.

Sus palabras me impactaron y tuve que registrar la información por unos


segundos. ¿Que mi padre qué?

Hubo un silencio prolongado que se vio interrumpido por la risa de Daxen,


burlona y seca.

—Sabía que eras idiota Crakehall, pero nunca imaginé que tanto. Mira que
joder con el mismísimo señor Colbourn—espetó mi compañero.

Lo acribilló con un solo ojo y después siguió.

—Fueron sus hombres. Me citó para hablar y pensé que habías


recapacitado, que comprendías la situación y mis necesidades, pero no. Me
dieron una paliza.
Por un momento percibí un atisbo de lástima, pero murió rápidamente
cuando volvió a recalcar el tema de sus necesidades y una furia intensa me
escaldó la piel, haciéndola arder. Quería dejarle morado el otro ojo,
encajarle mi tacón de aguja en su testículo para que no volviera a funcionar
jamás, quería ahorcarlo...quería hacerlo sufrir y que experimentara un
infierno incluso más doloroso que el físico.

—Pensé que había sido tu padre—la voz áspera de Daxen a mi lado me


sacó de mi viaje de rabia y me devolvió a la tierra con un nuevo objetivo en
mente.

—Claro que no—elevé la barbilla—. Mi padre jamás mancharía sus manos


con la sangre de esta rata. Sería rebajarse.

Ian me miró con la boca ligeramente abierta y gesto dolido.

—¿Tú estabas de acuerdo?—preguntó incrédulo.

—Yo le pedí que lo hiciera—me encogí de un hombro con indiferencia—.


Es lo menos que te mereces.

—Haley no—insistió y dio un paso hacia mí—. Solo tenemos que


resolverlo, hablarlo, por favor. Mi padre casi me mata porque el tuyo
canceló los contratos con nosotros. ¿Sabes cuánto afecta en su imagen y en
nuestras empresas?

—Debiste pensarlo mejor antes de ponerme el cuerno, Ian. Tus fallos en


cálculos no son mi problema—dije con la voz más plana posible.

—Debes entender que lo que pasó con Caitlyn no significó nada, solo hay
una mujer para mí: tú. Ella solo satisfacía otras... necesidades.

Daxen emitió un sonido sardónico que yo interpreté como un «¿eres tan


estúpido para usar eso de excusa, en serio?» y Dios, tenía razón. Yo habría
hecho lo mismo de no estar tan embotada en mi ira por su descaro.

Pensé en ahorcarlo de verdad y meterle su jodido ramo de rosas por el culo,


pero no. Debía ser más inteligente. Y quizá lo que tenía en mente era lo más
alejado de actuar con inteligencia, pero no importaba. Yo solo quería que
sintiera lo mismo que yo sentí cuando me enteré de la verdad.

Inspiré, controlé mis emociones y, sin esfuerzo, esbocé una sonrisa.

—No te preocupes, te entiendo. Sé por lo que estás pasando porque


justamente yo experimenté lo mismo—pegué mi cuerpo al fibroso brazo de
Daxen.

—¿Haley, qué demonios haces?—Ian nos miró como si eso fuera la escena
de un crimen.

No supe qué me pasó por la cabeza, pero lo abracé por la cintura y me


estreché más contra él. percibí los músculos de mi compañero tensarse bajo
mi tacto, pero GraciasDiosUniversoyLoQueSeaAlláArriba no me quitó de
un empujón.

—Lamento no decírtelo antes, él es mi...

—Haley...—me suplicó el idiota para detenerme, como si supiera que lo que


estaba a punto de hacer era la Locura Mayor en el Récord Guinness de las
Locuras.

Me puse en puntillas para plantarle un beso a Daxen en los labios. Fue


rápido y fugaz, pero el contacto me hizo escocer la piel.

—Era mi amante, pero ya es hora de hacerlo oficial. Supongo que ahora que
tu secreto salió a la luz, yo puedo sacar el mío.

El ojo de Ian irradió una ira enfermiza y palideció tanto que creí se
desmayaría ahí mismo. Después, su rostro se compungió hasta convertirse
en una mueca de aversión y cólera.

—¿Te acostabas con él? ¿Con Westler?—su apellido salió como veneno.

Clavé mis uñas en su cintura para impedir que hablara y derrumbara todo
mi teatro.
—Sí. Las mujeres también tenemos necesidades, Ian. Daxen es bueno para
satisfacerlas—sonreí sádica cuando enrojeció.

Daxen todavía estaba procesando lo que acababa de hacer, eso, o era un


pésimo mentiroso. Mierda, ¿por qué no elegí a alguien más hábil?

—Tu amante—repitió desdeñoso con la boca hacia abajo—¿Eso es lo que


son? ¿Amantes?

Estaba por hablar cuando mi compañero se adelantó.

—En realidad, ahora somos oficiales, ¿cierto, amor?—rodeó mis hombros


con su brazo y me atrajo hacia sí—. Supongo que tú perdiste y yo gané esta
vez, Crakehall.

Sus fosas nasales se inflaron y por un momento lució como un toro a punto
de hincarle los cuernos. Ja, qué irónico.

—No puedes hacerme esto, Haley—espetó hosco—. Yo te amo, se supone


que nos casaríamos.

—Tiempo pasado, ahora tengo a alguien mejor—me encogí de hombros—.


Lo que me hiciste ya no me importa, al final, tú preferiste menos y yo
merezco más.

Bajó el brazo en el que llevaba las flores hasta que cayeron al piso. Las
miré con desdén. Para él siempre representé tan poco y yo me conformé con
mucho menos. Puaj. Qué horror.

—Recógelas y llévatelas de aquí. No quiero basura en mi piso.

—Las compré para ti—musitó.

—Mi padre le dio a mi madre un jardín de la realeza porque ella deseaba


flores, ¿y tú crees que regresaré contigo por un simple ramo luego de una
infidelidad?

Intentó replicar, pero lo corté.


—Sé lo que merezco, Ian, y no son tus migajas de atención.

Un músculo en su mandíbula se movió y disfruté segundo a segundo sus


quejidos de dolor mientras se inclinaba para recoger el ramo. Se aclaró la
garganta y encuadró los hombros. Una oleada de adrenalina me invadió y
me dejé arrastrar por ella cuando Daxen y yo nos separamos para permitirle
salir de mi oficina.

—¿Tienes planeado perder lo que te queda de dignidad, Crakehall o te irás


de una vez?—lo presionóél—. Tengo cosas que hacer con mi novia—recitó
lo último con lentitud y disfruté de la manera en que volvió a hincharse de
ira.

Sí que parecía una mora.

Caminó cojeando y se detuvo frente a mí. El corazón dio un salto y mi


estómago se convirtió en un nudo. Su ojo bueno me escaneó de la cabeza a
los pies con desdén.

—Sabes, a Caitlyn sí se le miraba mejor tu babydoll—acotó con jovialidad,


aunque el golpe escondido en sus palabras estaba claro y fue duro.

Apreté con fuerza la puerta que sostenía y no desvié la mirada, negándome


a mostrar mi dolor.

—¿Puedes ser más patético?—la voz de Daxen se escuchó como el sonido


del ring cuando estabas a punto de perder la pelea y ambos nos enfocamos
en él—Compartir babydoll, qué asco—escupió con aversión.

—Esto no te incumbe, Westler.

Se irguió en toda su estatura, dio un paso hacia él y el aura oscura que


despidió amenazó con arrollar el cuerpo lastimado de Ian.

—Ahora lo hace—siseó—. No vuelvas a ofenderla, ¿o prefieres que te


muestre cómo dejé paralíticos a tres hombres en prisión? Digo, para que
combine con tu atuendo de lástima.
Casi sonreí cuando se empequeñeció más. A Ian le gustaba aparentar que
era fuerte y poderoso, pero ahora veía que era solo eso justamente, una
fachada. Me miró una última vez con odio e hizo el ademán de marcharse,
pero la voz de Daxen lo detuvo.

—Y por cierto, no creo que a esa tipa le quede mejor. Deberías ver a Haley
usar ese babydoll cuando sus piernas están abiertas para mí. Una vista
divina—dijo con una sonrisa matadora y mi corazón se aceleró tanto que
creí saldría volando.

Ian no dijo otra palabra y salió de la oficina tan rápido que chocó con otro
empleado.

Cuando finalmente se fue, solté el aire que estaba conteniendo, cerré la


puerta y coloqué las manos en mi rostro.

—¿Qué fue todo eso? ¿Qué mierda acabo de hacer?—inquirí en voz alta
para nadie en particular.

—No lo sé, pero sea lo que sea, debe continuar—sentenció Daxen y al


mirarlo otra vez, supe que no había escapatoria.

¡Hola mis niños!

Necesitaba sacar este capítulo, y ufff, es solo el principio. Todavía nos


falta un largo y emocionante viaje.

¿Qué les pareció?

Dejen mucho amor.

¡Disfruten!

Con amor,

KayurkaR.
5| El trato

Dos semanas antes de la rueda de prensa

Daxen

Haley me miraba incrédula tras mi propuesta luego de la salida de Ian.

Pasaron unos segundos, soltó un suspiro trémulo y creí que se vendría abajo
a continuación, pero no. Fue como ver a Rapunzel convertirse en
Terminator, con todo y la mandíbula tensa, los ojos azules letales como
armas listas para disparar rayos láser.

—Fue un impulso estúpido. Nada tiene que continuar. Ian lo olvidará.

Emití un sonido renuente y apoyé mi cuerpo en su escritorio con los brazos


cruzados sobre el pecho.

—Ian no es de los que olvidan—apunté.

Arrugó la nariz de una forma que resultó casi graciosa.

—Lo hará—insistió poco convencida.

—¿Y qué pasará cuando lo olvide? ¿Piensas tomarlo de vuelta?

Me miró como si le hubiese sugerido la posibilidad de degollarse.

—Claro que no—espetó contundente—. Preferiría morir a tomar de vuelta a


ese infeliz.

—¿Entonces cuál es tu plan, Einstein? —pregunté tomando un bolígrafo y


jugué con él entre mis dedos.

—No lo sé, tengo claro el proceso, solo la meta: quiero hacerlo miserable—
atajó severa.

Su determinación me recordó a esas velas que nunca se apagaban, no


importaba cuánto intentaras extinguir su fuego. La poderosa energía
irradiaba de ella como una llama helada, capaz de quemarte hicieras lo que
hicieras y la dotó de un aura oscura, peligrosa.

Analicé sus palabras un poco más y giré el bolígrafo sobre la superficie de


madera de su escritorio. Cuando se detuvo, apuntó hacia el montón de
papeles que tenía en una esquina. Un escalofrío recorrió mi columna. Este
lugar parecía más una jungla que la oficina de la CEO más importante del
país. Mi TOC estaba a nada de florecer.
—¿No crees que la mejor manera de hacerlo miserable es usándome?—
planteé la posibilidad y Haley enarcó sus perfectas cejas en una interrogante
muda—. Los Crakehall detestan a los Westler. Ian no me soporta. ¿Qué
mejor forma de vengarte que mostrándote públicamente como la novia del
hombre que más odia? Le destruirías el ego.

Un brillo malévolo atravesó sus ojos azules y prácticamente escuché los


engranajes de su cerebro trabajar para considerar todas las posibilidades, los
pros, los contras, las pérdidas y ganancias.

—¿Y qué ganarías tú con eso? De nuevo, no eres de los que hacen cosas
como esas por la bondad de su corazón, y este día lo has hecho. Dos veces.

Sonreí.

—Supongo que me debes dos favores entonces.

—No te debo nada. Yo no te pedí que actuaras en mi beneficio—espetó


venenosa.

—¿Habrías preferido quedar como una idiota resentida frente a Ian cuando
descubriera tu mentira?

Arrugó los labios en claro rechazo.

—Eso pensé—contesté petulante—. Puedes agradecerme cuando quieras.

Lanzó un quejido incrédulo.

—¿Quieres que te agradezca? Bien, gracias Daxen, eres el hombre del sigo,
gracias a ti la caballerosidad no ha muerto—dijo con voz chillona y
fingida.

—Gracias, gracias, es un arduo trabajo mantener vivo el honor de los de mi


especie—me llevé una mano al pecho y sus ojos flamearon con fastidio,
pero la ignoré—. Por lo que escuché, Ian te engañó.

Touché pensé cuando sus facciones se volvieron afiladas concediéndome la


razón.
—¿Quieres perdonarlo?

—No.

—Entonces, ¿qué es lo que quieres?

—Eso también ya te lo dije.

—No, no hablo de darme una idea vaga, hablo de decirme tus planes. ¿Qué
es lo que quieres?—presioné con dureza y vi otra vez ese resplandor ígneo
refulgiendo en sus ojos.

—Quiero que sea consciente de lo que perdió. Quiero que muera de celos y
sus entrañas se retuerzan cada vez que me mire y sepa que no puede volver
a tenerme. Quiero que grite de rabia e impotencia, quiero que no deje de
pensar en mí. Quiero que nuestra ruptura consuma cada minuto y segundo
de su día, cada maldito pensamiento de su cabeza y que lo resienta hasta la
última fibra. Entonces, cuando no aguante más, quiero que regrese
arrastrándose hasta mí. Quiero que me ruegue de rodillas, bese mis pies y
me suplique perdón solo para que lo patearé de vuelta hasta meterlo de
nuevo en esa cueva de donde salió.

Cuando terminó con su letanía, no estaba seguro de estar respirando y


efectivamente, no lo hacía. Carraspeé para aligerar el denso ambiente.

—Si entendí bien, quieres hacerlo infeliz—acoté lentamente recalcando lo


obvio.

—Miserable—corrigió Haley.

—Es lo mismo—me quejé.

—No lo es.

—Lingüística.

—La lingüística importa porque definirá el impacto y alcance de nuestras


acciones. Hacerlo infeliz no es suficiente—apuntó y su agudo ingenio
competitivo casi me hizo sonreír.
Haley era competitiva por naturaleza. No le gustaba perder ni comprometer
su orgullo. Ian había ganado un boleto de lotería de mierda donde solo
recibiría desgracias tras desgracia al lastimar a alguien como la heredera de
los Colbourn. Y yo siempre fui amante de un buen drama, mucho más
cuando formaba parte de él.

—Puedo ayudarte a hacerlo miserable—me ofrecí.

Apretó sus brazos cruzados sobre el pecho, considerándolo.

—¿Crees que puedes hacerle sentir celos?

Resoplé.

—¿Acaso no viste su reacción cuando le dije sobre mí contemplándote en


lencería?

Hizo un mohín.

—Podría funcionar—concedió con mucha vacilación.

—Funcionará. Lo tendrás de rodillas rogando por tu regreso, te lo garantizo.

Estrechó los ojos sin que la duda los abandonara.

—¿Cómo estás tan seguro de conseguirlo?

Me encogí de hombros.

—Depende de qué tan bien movamos las piezas en el tablero—apoyé mis


palmas en la madera y la miré fijamente—. Muchas veces solo necesitas un
buen caballo y una reina para derribar al rey.

—No me digas. ¿Y eres bueno jugando ajedrez, Westler?

Me incorporé y di unos cuantos pasos hacia ella hasta quedar a unos palmos
de distancia.

—El mejor.
—Tienes una opinión muy alta de ti mismo.

—Es porque sé lo que hago y soy bueno haciéndolo—atajé— ¿Quieres


tenerlo de vuelta arrastrándose por ti? Bien, te lo daré. Te lo entregaré de
rodillas.

Sus cejas se juntaron formando una ligera arruga.

—Todo esto no puede ser gratis. No soy tan idiota para creerlo—musitó—
¿Qué quieres? Si es algo sucio o sexual, puedes irte ahora mismo a la mi...

—Curioso cómo repeles algo sexual pero no un crimen. Tienes un raro


sentido de la moralidad, Colbourn.

—Una condena en la cárcel no suena tan mal como involucrarme contigo.

—Tendrás que hacerlo de todas formas.

—Solo si acepto y con límites muy claros.

—Por supuesto—me pasé una mano por el cabello y la miré de nuevo—. Ya


que seremos... una pareja pública si aceptas esto, quiero que me acompañes
a todos los eventos y entrevistas para la campaña de mi padre.

Uno de sus ojos tembló un poco y pensé que se negaría de inmediato, pero
guardó la calma e inspiró.

—¿Qué significa acompañarte a todos los eventos?

—Eventos de todo tipo: cenas, comidas, reuniones electorales, comerciales,


entrevistas. Cualquier cosa en la que yo esté presente, necesito que tú estés
a mi lado.

Apretó el agarre en sus brazos cruzados sobre el pecho.

—Eso implicaría que apoyo a tu padre y al partido conservador—


argumentó—. Comprometería a mi familia.
—Solo a ti. Tus padres son libres de apoyar a quienes deseen, pertenecen al
sector privado de igual forma.

—Aún así.

—Ya lo hacías con Ian. Tu imagen estaba comprometida a los Laboralistas.

Apretó la mandíbula cuando no pudo rebatir mi punto.

—Presentarme como tu novia en todos esos eventos lo haría más...

—Serio, lo sé—sentí una punzada de exasperación, pero luché contra ella


para sofocarla—. Escucha, mi padre no puede perder esta elección, hay
demasiado en juego. Toda su carrera la forjó para este momento y no me
perdonaría el que perdiera por mi mala reputación y mis antecedentes.
Necesitan que públicamente muestre la imagen de alguien nuevo, un
hombre serio y con valores familiares.

—¿Y yo soy de ayuda para eso? Apenas terminé con Ian e iniciaré una
relación contigo, ¿eso no levantará malos comentarios entre la población
electoral?

—Tal vez, pero serían más las buenas opiniones.

—Eso no lo sabes. Es una suposición demasiado arriesgada.

—Haremos que cambien de opinión. Haremos que suceda. Les venderemos


el cuento de romance que todos quieren ver, eso me ayudará a mí y en
consecuencia a mi padre, y, además, hará que Ian se pudra de celos.

La duda en el azul claro comenzó a ceder, pero todavía permanecía ahí


como una bandera roja hondeando en medio de un vendaval.

—¿Por cuánto tiempo planeas hacer esto? ¿Hasta que Ian regrese rogando?
—inquirió.

—Seis meses más—pedí—. Hasta que la campaña de papá concluya.

—¿Y qué pasará después?


—Acabaremos con la relación—me encogí de hombros—. Las parejas lo
hacen todo el tiempo. Lo haremos en buenos términos, la gente se
decepcionará, pero lo superará.

Movió sus dedos con nerviosismo y desvió su atención mientras


consideraba todo el esquema. Era arriesgado, sí, una total locura, pero lo
haríamos funcionar. Tener a Haley Colbourn de tu lado era lo mismo que
tener a la misma reina del tablero en posición de ataque, lista para devorarlo
todo.

Quien tenía a la reina ganaba el juego y eso Ian lo sabía tan bien como yo.
Él perdió la oportunidad de aprovecharla, pero no significaba que yo
también la dejaría pasar.

—Bien—concedió al final y me extendió su mano—. Tenemos un trato.


Entrégame a Ian rogando por mí y yo le daré el puesto de ministro a tu
padre.

Una sensación de sosiego y triunfo me infló el pecho, tanto, que me


embriagué de ella.

Sonreí y estreché su mano. Era mucho más pequeña y delicada que la mía,
femenina, pero escondía una firmeza inquebrantable y una fuerza
sorprendente. Haley era hierro puro envuelto en cristal. No había rastro
alguno de la chica vulnerable del baño, solo una mujer que sabía lo que
quería e iba a por ello sin vacilación.

Cuando me soltó, la falta de su calidez se sintió extraña, pero lo ignoré. Se


aclaró la garganta y limpió sus palmas en la tela de su falda.

—¿Y bien? ¿Qué haremos primero?

La miré desde mi altura, urdiendo el plan sin perder un segundo más.

—Conocernos y hacer que la gente hable.

Sus cejas se juntaron en una interrogante.

—¿Y cómo haremos eso?


—Tendremos una cita.

Parte 1 del maratón por San Valentín. Feliz día, por cierto.

¿Qué les pareció?

Lo fuertes e intensos que viene la historia de estos dos.

¡Disfruten!

Con amor,

KayurkaR.
6| La llave

Una semana y media antes de la rueda de prensa

Daxen
Un estallido de adrenalina me recorrió cuando evadí el golpe de Rafael.
Mantuve los brazos en alto, a la defensiva y asesté un puñetazo en su flanco
derecho apenas encontré un hueco en su guardia.

Se dobló, pero enroscó su brazo alrededor de mi cuello en respuesta,


doblegó mi cuerpo mientras golpeaba mi abdomen con la intención de
vencerme, pero igualé su fuerza para evitarlo. Mi corazón golpeó mi pecho
como un estruendo, cada pulso doloroso en la misma medida que
estimulante.

Logré quitármelo de encima a tiempo y ambos volvimos a nuestra esquina


del cuadrilátero con los guantes en alto, la respiración jadeante y las ganas
de partirnos la cara por los cielos. Podía oler el sudor rancio flotando en la
estancia y probar la sangre en mi lengua, seguramente porque había logrado
hacerme algún corte en el labio, pero no era nada comparado con la
masacre que era su cara en ese momento.

—¿Vas a rendirte ya?—preguntó con una sonrisa torcida y el cabello oscuro


pegado a la frene por el sudor, sus ojos oscuros brillando con diversión.

—Depende, ¿vas a contarte los huevos y entregármelos ya?—respondí


moviéndome a la par de cada paso que daba por el ring como una sombra.

Soltó una risa relajada que fue solo una mala finta, porque se acercó a mí
con la intención de colar en mi guardia un gancho izquierdo que esquivé
por centímetros. Arremetí contra él usando mi cuerpo y golpeé su costado
derecho hasta que el sonido de la campana nos obligó a separarnos.

—Chicos, es suficiente—la voz del viejo Greg llegó hasta nosotros—.


Cerraremos en veinte minutos.

—De acuerdo, Greg. No te alteres, no queremos que sufras otro infarto—


dijo Rafael sacudiéndose el sudor el cabello como un perro.

Me quité los guantes y bajé del ring de un salto. Los músculos me ardían
por el esfuerzo y las extremidades punzaban con el desgaste, pero lo
agradecía. Era una forma magnífica para canalizar la fuerza, la energía y no
había nada mejor que romper unas cuantas narices para aliviar la
frustración.

—¿Qué mierda fue eso?—Rafael me alcanzó en las duchas todavía con la


toalla sobre la cabeza—¿Te orinó un perro hoy?

—No. No que yo sepa, al menos—me pasé una mano por el cuello para
retirar el exceso de sudor mientras respiraba con lentitud para normalizar mi
pulso— ¿Por qué?

—Hoy fuiste más duro conmigo de lo normal—se masajeó el brazo.

—Creí que te gustaba duro—bromeé y Rafael me lanzó su toalla,


arrancándome una risa.

—No si viene de ti, animal y menos si apuntas a mis huevos. Yo sí quiero


tener descendencia.

—Y yo pensé que el mundo se salvaría de la desgracia...

—Eso solo pasará cuando tú mueras—bromeó a la par y le dediqué un gesto


de amistad con el dedo medio—. No, en serio viejo, ¿qué pasa? Te conozco,
algo te molesta.

—¿Qué te hace pensar que me conoces?—le di la espalda para extraer una


nueva muda de ropa y usarla luego de la ducha.

—¿Compartir celda juntos?—contestó como si fuera la prueba infalible, la


cual tal vez sí era porque nada te ayudaba a conocer a otra persona como
pasar más de 24 horas encerrado junto a ella por dos años.

Rafael y yo cumplimos condena en la prisión de Belmarsh, en


Thamesmead, una prisión al sureste de Londres. Cuando yo fui condenado a
ese infierno, Rafael ya estaba en la celda. Llevaba la mitad de su sentencia
cumplida en ese entonces: diez años por tentativa de asalto a uno de los
integrantes de los lores de la Cámara alta del poder legislativo. Ni siquiera
había hecho daño al tipo porque la pistola que usó era falsa, pero
igualmente se encargó de enviarlo a esa prisión de mierda donde estaban los
peores criminales.

No estabas ahí porque era justo, estabas ahí porque alguien deseaba verte
sufrir. Lo sabía bien. Pese a la relevancia que tuvo mi crimen en los medios
al ser hijo de un empresario, el juez había planteado la posibilidad de servir
condena en semilibertad y todo pareció mejorar, hasta que de un momento a
otro cambió de opinión y fui enviado al hoyo de mierda que realmente era
Belmarsh. Ese maldito juez no engañaba a nadie. Sabía bien que su cambio
de parecer no fue por alguna epifanía o episodio de moralidad, al menos
que ese episodio de moralidad repentino tuviera el nombre de Josh
Crakehall.

Para un chico de dieciocho años cuya comprensión de lo que había hecho


era poca, estar rodeado de los peores criminales del país y la escoria más
baja de la humanidad no era correr con suerte. Suerte era durar vivo más de
un mes. Era un juego donde debías aprender a someter o ser sometido.

Los primeros meses estuve tan asustado que los ataques de pánico eran
recurrentes por las noches, pero todo empeoró cuando me convertí en el
saco de boxeo de los presos que controlaban el lugar. Solo había algo peor
que ser el chico menor y asustadizo: ser el chico menor, asustadizo y rico.
El privilegio podía representar un obstáculo cuando estabas en el lugar
equivocado de la línea.

Me rompieron la nariz más de una vez, y más de una vez terminé en el


hospital con una hemorragia.

Con el tiempo aprendí a defenderme. Al principio no resultó muy bien, pero


eventualmente logré dejar al borde de la muerte a más de uno y a tres más
paralíticos de por vida. No era algo de lo que me enorgulleciera, pero al
menos había aprendido a sobrevivir.

Rafael nunca se metió conmigo. Se mantenía al margen de las peleas en la


medida de lo posible y seguí su ejemplo. Cuando me hice un lugar entre los
demás, él y yo comenzamos a hablar y a conocernos, hasta que se convirtió
en uno de mis mejores amigos, sino es que en el mejor.
Cuando salí de prisión perdimos el contacto, hasta que poco más de dos
años atrás se presentó en mi oficina pidiendo trabajo y claro que se lo di.
Ahora era mi mano derecha, mi compañero de boxeo y... no,
definitivamente no era la voz de mi conciencia, pero casi.

—Oye cara de mierda, iremos por unos tragos ahora. Me contarás qué te
sucede—avisó antes de entrar en la ducha.

—Nada sucede.

—¡Ya, claro, y mi verga no es más grande que la tuya!—gritó desde su


cubículo.

Reí.

—¡No lo es!

—¡Mirna no opina lo mismo!

—¡Jódete!—grité antes de entrar en mi ducha.

—No me jodas—dejó su caballito de tequila con un golpe seco sobre la


barra—¿Te estás cogiendo a la novia del esnob de Ian Crakehall?

—No me la estoy cogiendo—el licor quemó mi garganta pero se sintió bien


—. Pretenderé que lo hago.

Los ojos de Rafael estaban nublados por el alcohol y se esforzaba por


seguirme, aunque no era fácil considerando que ya había bebido seis
caballitos.

—¿Pero sin coger de verdad?

—Ese es el trato. Además, estoy seguro de que esa víbora me encajaría los
colmillos si me acerco menos de un metro.
—Mierda, viejo—se pasó una mano por la boca, impresionado—Qué
acuerdo tan más retorcido. Es como poner un festín a la vista de un
mendigo y no permitirle comerlo.

Sonreí a la despampanante rubia que sostuvo su trago en mi dirección a


modo de agradecimiento cuando el mesero le comentó que yo se lo había
enviado. Me gustaban mucho las rubias y si todo iba bien esa noche,
definitivamente tendría mi festín.

—No moriré de hambre, Haley no es el único platillo en el mundo—objeté


utilizando su ridículo símil.

—No, pero es un platillo exquisito—besó sus dedos con delirio—. Es como


una lasaña bien hecha.

—¿Por qué estás comparándola con comida?

—Porque es caliente. Y deliciosa. Y hermosa. Como la comida.

Puse los ojos en blanco y bebí otro trago para amortiguar la sensación de
molestia que me provocó esa comparación.

—Estás perdiendo el punto, Rafael—miré el vaso reflejar las luces del bar
—. Haley solo está usándome para joder al cabrón de Ian.

Resopló.

—Tú también la usarás para joder al cabrón de Ian y a su padre, sin


mencionar que ella hará que más votantes acepten a tu papá, ¡Haley es un
jodido comodín!—gritó con la voz en cuello y lo mandé callar dándole un
golpe a un lado de su cabezota.

—¿Puedes bajar la voz? Un poco más alto y te escuchan en Escocia—siseé.

—Lo siento—susurró, claramente más ebrio que consciente. ¿Cómo podía


formular pensamientos tan coherentes-incoherentes al mismo tiempo? Era
un talento—. Pero hombre, ella es la llave. Admítelo, ella es la llave que
estabas buscando.
Tensé la mandíbula cuando lo mencionó. Me había esforzado por evitar ese
pensamiento, pero ya no podía huir de él, porque no era más un
pensamiento o una posibilidad; con el nuevo trato entre nosotros, era un
hecho.

Haley Colbourn era la llave para llegar hasta Ian, para alcanzar a los
Crakehall y joderlos desde dentro hasta destruirlos, hasta no dejar rastro de
su patética existencia en este mundo. Ella no lo sabía todavía, pero nuestra
relación falsa me beneficiaría más que como una fachada para aparentar ser
un buen hombre.

La justicia existía. Si el universo no me la entregaba, la tomaría yo mismo,


la forjaría con mi propia mano.

—Puede ser—concedí a mi amigo.

—Es la llave—repitió ebrio.

Mi móvil vibró en mi pantalón sacándome de mis cavilaciones y me


sorprendí cuando miré su nombre en la pantalla.

[22:35] Haley: Necesitamos discutir los términos y condiciones de esto.

[22:35] Haley: Tienes tres segundos para responderme antes de que me


arrepienta de esta locura.

Resoplé. No nos habíamos cruzado en la empresa desde que hicimos el


trato tres días atrás. Cuando asistía a alguna reunión o pasaba algunas horas
en mi oficina provisional en la corporación de los Colbourn, Haley enviaba
a un representante para discutir los temas relacionados a contratos, como si
temiera enfrentarme. No la tomaba por una cobarde, pero tampoco la
culpaba. Internamente yo también había deseado no topármela estos días
para asimilar lo que estábamos a punto de hacer, pero ya no había manera
de dilatarlo más.

[22:35] Daxen: Ups, me tardé seis segundos. ¿Todavía quieres hacerlo?


[22:36] Haley: Esperaba que no respondieras para mandar nuestro trato a
la mierda, pero sí, quiero hacerlo.

[22:36] Daxen: ¿La imagen de un hombre de rodillas te motiva tanto?

[22:37] Haley: Claro, que te supliquen es incentivo suficiente, ¿por qué no


lo haría?

[22:37] Daxen: Suplicar no es lo único que los hombres sabemos hacer de


rodillas, creí que pensarías en otros incentivos además de rogar.

Su respuesta fue mucho más valiente de lo que pensé.

[22:37] Haley: Lo sé, pero que suplique es lo único que me interesa que Ian
haga de rodillas. El resto lo puede hacer otro. Y mejor.

Un pensamiento intrusivo atravesó mi mente como un rayo, desplegando


una escena de Haley en pie, la cara extasiada y sus manos en mi cabello
mientras yo me arrodillaba para hacer un buen trabajo entre sus piernas.

Inspiré para desvanecer la imagen, aunque mi verga punzó en protesta por


no seguir desarrollando la fantasía. «Concéntrate».

[22:39] Daxen: Discutiremos los términos que quieras. Paso por ti mañana
a las 8.

[22:39] Haley: ¿A dónde iremos?

[22:39] Daxen: Eso lo decido yo.

La verdad, no tenía ni puta idea de a dónde ir.

[22:40] Haley: Puntual, por favor. Será una reunión de negocios.

Bufé.

[22:40] Daxen: Será una cita.

[22:40] Haley: ¿Me estás invitando a salir?


Sentí la vena de la exasperación aparecer en mi frente. Necesitaría mucha
paciencia con esta mujer.

[22:40] Daxen: Te estoy avisando que tendremos una cita. Paso por ti a las
8.

Guardé el móvil luego de unos minutos en los que decidí asumir su silencio
como una aceptación y mi noche mejoró aún más cuando la linda rubia de
ojos chispeantes se acercó a la barra.

—Gracias por la bebida—agradeció con una sonrisa.

—De nada. Puedo invitarte otra, si quieres.

Se mordió el labio en un gesto sugerente.

—Me encantaría.

Ordené el trago al barman al tiempo que la chica se sentaba en el taburete a


mi lado. Miré a Rafael y le hice la señal. Lo comprendió enseguida y me
dio una palmada en la espalda antes de irse.

La rubia comenzó a hablar y asentí de vez en cuando para simular que me


importaba lo que decía. Si las cosas seguían así, todo marcharía bien.
Obtendría lo que buscaba.

Pero por ahora, solo sabía una cosa: tenía la llave.

Parte 2 del maratón de San Valentín.

¿Qué opinan del pasado de Daxen?

¡Disfruten!

Con amor,

KayurkaR.
7| Términos y condiciones

Una semana y media antes de la rueda de prensa

Haley

Tomé una bocanada de aire y me admiré en el espejo.

Acomodé mi cabello largo y oscuro sobre los hombros, contemplé los ojos
azules regresándome una mirada segura, devastadora y un atuendo que era
tan letal como cualquier arma, pero mucho más sutil, fácil de usar a mi
antojo.
El negro era mucho más elegante, pero el rojo era más adecuado. No quería
ser elegante para mezclarme, quería destacar y obligar a todos a levantar la
vista, a mirarme mientras moldeaba el mundo a mi antojo y obtenía lo que
buscaba. El vestido se ceñía a mi cintura y el delicado escote dejaba al
descubierto lo justo para parecer coqueto.

Una cosa era joder a Ian por montarme los cuernos en la privacidad de mi
oficina y otra muy distinta era hacerlo a la vista de todos. Era algo mucho
más grande por lo cual debía esforzarme y usar todos los elementos a mi
disposición, pero estaba bien. Yo no sabía hacer las cosas en pequeña
escaña. O lo jodía en grande o prefería no hacerlo.

Pinté mis labios con un delicado nude y después de admirarme en el sensual


vestido rojo una última vez, marché hasta el armario de joyas de mamá. Yo
podía ser dueña de una amplia colección, pero si había algo que mi madre
amaba más que los bolsos, definitivamente eran las joyas. ¿Y lo mejor?
Eran únicas, especialmente diseñadas para ella por cortesía de papá.

Tomé uno de los brazaletes de Cartier y un par de aretes de Van Cleef &
Arples. Estaba decidiendo entre un collar Bulgari o una gargantilla de perlas
de Mikimoto cuando escuché tres secos golpes en la puerta.

—Es la tercera vez que te encuentro asaltando el armario de tu madre.


Llevo la cuenta, Haley—papá me miraba desde el marco de la puerta del
vestidor con una cara de seriedad que era destruida por la diversión en sus
ojos.

—Solo tres de las mil que lo he hecho. O voy mejorando o tú estás


perdiendo el toque—me burlé y le mostré mis dos opciones: un collar con
un dije brillante o uno discreto de perlas—¿Cuál crees que luce mejor?

Papá estrechó un poco los ojos, como hacía siempre que analizaba
seriamente algo. Había heredado ese rasgo de él.

—Depende. ¿Quieres causar una buena impresión o ser la impresión del


lugar?—inquirió sin perder el toque crítico, pero con ello obtuve la
respuesta que buscaba.
—Mamá optaría por este—mostré el collar de perlas—y Agnes por este—
alcé la gargantilla con el brillante refiriéndome a mi abuela paterna—. Y
definitivamente quiero ser la impresión del lugar.

Papá me observó con un deje de orgullo mientras yo me colocaba la


gargantilla.

—Así que, ¿qué opinas?—di una vuelta para que me admirara y el orgullo
se derritió en algo más cálido para convertirse en devoción.

—Luces hermosa, princesa—dijo sin que la usual nota de sarcasmo


adornara el apodo, como sucedía cuando lo usaba con su esposa.

—Creí que dirías que lucía tan hermosa como mamá—me burlé, pero
acepté de buena gana el halago.

Resopló y se cruzó de brazos.

—¿Por qué tiene que llevarse ella todo el crédito de tu belleza? Yo también
contribuí a la causa de crearte. La mitad de tus genes son míos—declaró en
un horrible intento de indignación que se las arregló para arrancarme una
carcajada.

—Creo que me quedé con la mejor mitad de ambos.

Sus ojos se iluminaron y se alejó del marco con las manos en los bolsillos
de su pantalón. La preocupación logró colarse en su jovial expresión y no
pude obviarla.

—¿Qué pasa?

El aire latió con un dejé de vacilación, como si tuviera miedo de hablar,


pero papá y miedo no eran concebibles en la misma oración, sobre todo
porque carecía de filtros. Igual que yo. Arrugó un poco la frente, pero al
final habló.

—¿Cómo estás tomando tu ruptura con Crakehall?—escupió su apellido


como si fuera veneno.
La incomodidad reptó como una serpiente por mi pecho y clavó sus
colmillos en mi estómago, pero logré sobreponerme sin problema. Aún
dolía. Tomaba nuestra relación como algo demasiado real para superarlo en
solo unas cuantas semanas, pero el resentimiento que sentía hacia Ian por
engañarme ayudaba bastante a la superación.

Me encogí de hombros.

—Ya está hecho. No puedo cambiarlo, solo superarlo. En todos los aspectos
—contesté con frialdad.

Captó lo que implicaban mis palabras, pero me miró curioso y un poco


preocupado.

—¿Estás pensando en volver con él?

Sentí un puñal retorciéndome las entrañas e hice una mueca.

—¿Por qué todos los que saben lo que hizo me preguntan eso?—me quejé
con fastidio—. Papá, no voy a hacerlo. No soy tan estúpida. Creí que me
conocías mejor.

Soltó el aire como si mi declaración lo aliviara.

—Te conozco, solo quería confirmarlo. Sé que lo querías. Las rupturas de


ese tipo no son sencillas.

—¿Acaso hay alguna ruptura que lo sea?

Papá se encogió de hombros.

—Es nuestro círculo son más sencillas de lo que te imaginas—apuntó y


tomó mi mano en la suya, dándole un apretón que me confortó—. Tómate
tu tiempo para recuperarte de esto. No quiero te presiones para conseguir a
alguien más—su mirada se volvió pesada e intensa.

Mi estómago se hizo un nudo. ¿Cómo le diría que ya estaba en una relación


nada-falsa-100%-real-con Daxen Westler en tan poco tiempo? De hecho,
que ambos me creyeran sería una odisea.
—No lo haré—la vacilación se escapó sin que pueda detenerla.

Papá acarició con su pulgar mis nudillos, bajó la vista hacia ellos y después
me miró de nuevo con la consternación evidente en su semblante.

—Es precisamente porque te conozco que te lo pido. Sí, es cierto, heredaste


lo mejor de tu madre y de mí, pero también compartes con ella ese
enfermizo sentido del deber que no he podido erradicar de ninguna de las
dos—me arrancó una sonrisa, aunque él no movió ni un músculo de su boca
—. No quiero que te sientas presionada por contraer matrimonio para
cumplir los estándares de este círculo. Podemos manejarlo, lo sabes.

Fruncí los labios y bajé la vista a su mano envolviendo la mía.

Sabía a lo que se refería. Era lo que mis padres se esforzaron por hacerme
entender toda mi vida y en cierto modo lo consiguieron, pero también
comprendía que una enorme responsabilidad pesaba sobre mis hombros
como heredera de los Colbourn.

Mi hermano fue inteligente y decidió que no tendría nada que ver con las
empresas. Jarrel era feliz viajando por el mundo y creando música para los
demás. Mi hermano era un poco hippie si me detenía a pensarlo, pero
también estaba sumamente contento con su vida y yo lo estaba por él, igual
que mis padres. Pero, como bien decía papá, mi enfermizo sentido de la
responsabilidad me impidió darle la espalda al imperio que los McCartney
y los Colbourn formaron tras su matrimonio.

Técnicamente yo era la única heredera disponible con el deseo de liderar las


empresas de mis padres, explotarlas correctamente y hacerlas crecer hasta
que su valor en la bolsa ascendiera a miles de millones de dólares. Sí, me
dotaba de un poder empresarial impresionante y un status social que
competía con el de la realeza.

Poder, riqueza, status. Todo era perfecto, a excepción de un detalle: era


mujer.

Resultaba absurdo y misógino, pero las cosas en círculos como este eran
así. Cuán más arriba ascendías en la escala social, más horrible se volvía la
humanidad, más indiferente y cruenta, con poco interés por el tema personal
y toda la atención puesta en triplicar las ganancias.

Así que sí, el tema de engendrar un heredero para continuar con la estirpe
de mi familia y mantener el poder de nuestras empresas era algo que, si bien
no encabezaba mi lista de prioridades, no dejaba de estar dentro de ella.

Por ese mismo motivo me sentía tan segura con Ian. Siempre fue tan bueno
conmigo, tan auténtico y atento que me inventé toda la historia de un amor
real en mi cabeza. Quizá no tan intenso como el de mis padres o mis
abuelos maternos—ellos tuvieron suerte—, pero sí lo suficientemente
genuino para hacerme sentir como algo más que un premio que custodiaba
la llave del poder adquisitivo y el prestigio social.

Mierda. ¿Cómo fui tan estúpida? Amor real, sí, claro. No todas las personas
tenían suerte de encontrarlo, mucho menos si formabas parte de la socialité
del Reino Unido.

Retiré mi mano de la de mi padre y me alisé el vestido antes de levantar la


vista hacia él.

—Lo tomaré con calma, te lo prometo—mentí, porque sabía que se vendría


una tormenta de mierda cuando revelara públicamente mi relación con
Daxen, si no se había encargado de hacerlo ya Ian—. Pero sé mis
responsabilidades, papá.

Un músculo de su mandíbula se movió en clara exasperación.

—Las responsabilidades no son lo mismo que las obligaciones. De las


primeras puedes librarte, de las segundas no.

—Lo sé, pero no puedo ignorarlo. Igual que Jarrel, por cierto. Debemos
tener herederos—declaré con firmeza y lentitud, como si quisiera hacerlo
entender.

— No estás obligada a hacer nada, Haley—acotó con un tono suave nada


parecido al mío—. Ni tú ni tu hermano.
Arrugué la frente.

—Sin un matrimonio adecuado no hay herederos, y sin herederos nuestra


línea familiar se perderá para siempre. Jarrel está casado con Park, tiene la
primera parte del proceso resulta, pero...

Papá inspiró y puso las manos en su cintura, como si buscara la mejor


manera de abordar esto sin perder la discusión. Finalmente soltó el aire y
cuando me miró, sus ojos adoptaron ese azul profundo que aparecía casi
siempre cuando miraba a mamá.

—Tu aportación no se reduce a cuántos herederos puedes engendrar para


mantener el apellido, sino en cuánto puedes aportar al mundo y a los demás
mientras estás aquí—declaró mirándome con fijeza—. Por eso no quiero
que te presiones. Si quieres tener hijos, hazlo, y si no, perfecto. Si quieres
casarte, genial, pero quiero que sea algo que tú desees.

Las palabras con las que estaba lista para defender mi postura murieron en
mi lengua. Papá tenía una habilidad para dejarte sin argumentos. La pausa
se prolongó y ninguno se apresuró por llenar el vacío que creaba el silencio,
hasta que mi móvil vibró en mi bolsillo y la espesa esfera de la sabiduría
paternal se reventó.

Miré la pantalla del móvil y maldije para mis adentros cuando leí el
mensaje de Daxen.

[20:00] Daxen: Estoy afuera.

Qué puntual.

—Tengo que irme—levanté la cabeza hacia papá—. Tengo una cita.

Sus cejas se dispararon hacia arriba.

—De negocios—me apresuré a añadir mientras tomaba mi bolso, aunque no


soné muy convincente—. Te quiero, papá. Te veré después. No le digas a
mamá que asalté su joyero, por favor.
Le lancé un beso y corrí escaleras abajo con una extraña sensación de
nerviosismo en mi estómago que de ninguna manera debería estar ahí.

El Shepard Falaise estaba atestado para ser un sábado por la noche.

Creí que tendría un poco de espacio para alejarme de Daxen luego del
incómodo y tenso viaje en su lujoso auto, pero aparentemente el destino
tenía otros planes que me requerían a menos de treinta centímetros de él.

Era uno de los clubes más lujosos de Londres y solo quienes estaban en una
lista muy específica de la élite inglesa eran miembros. Literalmente. Había
políticos y artistas que pagaban enormes cantidades de dinero u ofrecían
favores de todo tipo a cambio de tener una membresía que les diera acceso
a este dichoso club. Había gente que utilizaba métodos legales y
moralmente correctos para conseguir una dichosa membresía, y otras como
mi tío Damen que...bueno, la consiguieron por otros medios. Algo raro se
asentó en mi pecho al recordarlo, pero se desvaneció rápidamente cuando
Daxen me hizo andar a su paso.

Los Colbourn eran dueños de un lugar en este club desde su creación a


finales del siglo XIX, pero los Westler...

—¿Puedes entrar?—quise saber mientras nos adelantábamos a la fila y


pasábamos directamente a la puerta de cristal.

Daxen me dedicó poco menos de una mirada, pero me respondió cuando


asintió a uno de los hombres de seguridad que custodiaban las puertas del
prestigioso lugar. Al parecer eran conocidos de hacía algún tiempo, pues el
hombre le regresó el gesto y nos dejó pasar de inmediato.

—Señor Westler, señorita Colbourn—nos saludó Gilles, el amable anfitrión


apenas entramos al ostentoso vestíbulo del lugar—. Bienvenidos—nos
dedicó su mejor sonrisa—. Tenemos su reservación lista, señor Westler.
Síganme, por favor.
Caminé al ritmo de Daxen sin despegar la vista de la delgada espalda de
Gilles, que guiaba la marcha.

Bien, los Westler sí pertenecían al club y sí tenían presencia en él. En


lugares como este no bastaba con ser miembro, debías hacerte respetar para
que el resto te reconociera y te tratara con cierta reverencia, y eso solo
ocurría de una manera: teniendo el poder y status social para conseguirlo.

De ahí que me impresionara tanto la reacción del staff y del resto de las
personas cuando hicimos acto de presencia. Sabía que el efecto de
conmoción que se percibía en el ambiente no era por mí, sino por mi
acompañante. Como si Daxen hiciera al espacio-tiempo detenerse para
contemplarlo porque su presencia imponía, impactaba. Algo en su forma
segura de caminar despertaba el interés de los demás.

Como si fuese un imán que magnetizara todas las miradas hacia él.

No los culpaba. Yo tuve la primera reacción la primera vez que lo miré en la


oficina de mi padre intentando hacer un trato comercial. Yo era solo una
pasante haciendo las prácticas antes de graduarme y ocupar mi puesto, pero
su atractivo no pasó desapercibido. No lo hizo entonces ni lo hacía ahora.
Que no me interesara como pareja no me eximía de admirar su belleza
masculina.

Pero todo el encanto se perdió cuando lo conocí de verdad. Era inteligente y


ágil. Me recodaba mucho a la forma de negociar de papá, aunque Daxen era
menos sarcástico y más directo. Gracias a él tuve que tomar cursos extras
para mejorar mi proyección de estadística y mis métodos de administración
porque mis proyectos tenían demasiadas fallas. Me molestó tanto el aire de
superioridad con el que me corrigió que corrí a decírselo a papá con
esperanzas de que acabar con la relación contractual y no verlo nunca más,
pero sucedió todo lo contrario. Mi padre lo apoyó y Daxen terminó como
uno de los socios más importantes de la corporación Colbourn.

Con el tiempo aprendí a tolerarlo lo suficiente para ignorarlo como persona


y verlo como una buena herramienta de trabajo, porque sí, muy a mi pesar,
teníamos una excelente dinámica laboral. Aunque claro, mi tolerancia tenía
un límite, al igual que la suya y nos enfrascábamos cada dos por tres en
discusiones donde la agilidad mental para escupir insultos se ponía a
prueba.

Ahora el universo me había escupido a la cara y estaba teniendo una cita


con Daxen-siempre-tengo-la-maldita-razón-en-todo-Westler.

El dueño de mis pensamientos en ese momento jaló una silla y me hizo una
caballerosa seña con la mano para que tomara asiento. Lo obedecí y su
aroma varonil y costoso llegó hasta mí. Todavía me sentía enfrascada en su
olor mientras se sentaba frente a mí.

—Señores, ¿desean que pasemos directamente a los alimentos o prefieren


un trago que les abra el apetito?—inquirió Gilles con educación.

—Creo que un trago sería lo más adecuado, Gilles—respondí dedicándole


mi sonrisa más amable.

—¿Estamos de acuerdo, señor Westler?—se dirigió a mi acompañante


buscando aprobación. Claro, olvidaba que estaba en un club hecho por
hombres para hombres.

—Sí. Yo quiero una cerveza oscura, por favor.

No pude aguantar el resoplido de incredulidad que emití. Normalmente los


hombres aquí competían por ver quién gastaba más dinero en los tragos más
exóticos, pero al parecer a Daxen le daba igual.

—¿Quieres lo mismo, querida?—me habló por primera vez con un tono


que cortaría hasta el metal.

—No, yo me iré por un Martini seco, por favor.

—Enseguida—el hombre giró sobre sus talones y se apresuró a tener listas


nuestras bebidas.

—¿Cerveza oscura?—apunté al tiempo que tomaba mi bolso—. Creí que


pedirías algo más sofisticado.

—¿Cómo qué? ¿Whiskey? ¿Coñac? ¿Brandy?


—Tal vez. Estamos en el Shepard Falaise.

—¿Y?—objetó sentándose con los hombros relajados y la expresión


aburrida, como si no le importara lo que pensaran los otros de él—. No me
gustan esos licores sofisticados. Saben a orines, que no está lejos de ser la
realidad de este lugar. Los que vienen aquí beberían agua del escusado si
con eso lograran ganarse el respeto de los demás.

—La cerveza tampoco sabe muy diferente a los orines.

—Pero es menos costosa y me hace sentir menos estirado.

Esta vez sí movió una comisura de mi boca en el fantasma de una sonrisa.

—¿Crees que ellos son unos estirados?

Sus ojos avellana se estrecharon en una mirada reacia.

—No te excluyas, eres igual de estirada que el resto.

—No lo soy—atajé encuadrando los hombros e irguiéndome. Él sonrió.

—Lo que tú digas, estirada.

—No me llames así.

—No te comportes así entonces.

Mi boca se mantuvo en una fina línea para calmar mi fastidio antes de


responderle.

—Lo dices como si tú no fueras uno—espeté—. Tienes una membresía en


este club que es de estirados, tienes dinero, poder y empresas, lo mismo que
estos estirados. Si el perro ladra como perro y mueve la cola como perro,
entonces es un perro. O en tu caso, un estirado—alcé la barbilla triunfal
cuando su nariz se arrugó en muestra de molestia.

—No me compares con los tipos de aquí, Colbourn—dijo en tono bajo,


amenazador—. No somos iguales.
—No, no lo son. Tú eres más insoportable.

Mierda, estábamos atrayendo miradas de los otros asistentes del lugar, pero
no precisamente por ser la pareja cariñosa y empalagosa que deberíamos
fingir frente a los otros, sino por insultarnos.

Daxen se inclinó hacia adelante y en sus ojos se derritió la ira como si fuese
oro.

—Yo no tuve la misma suerte que estos imbéciles—siseó con tanta ira que
resultó aterrador—. Incluyéndote. No te compares conmigo, porque no
somos iguales, Haley. Yo tuve que trabajar para reconstruir el prestigio de
mis empresas, para limpiar el apellido de mi familia. Lo perdimos todo y
tuve que trabajar lo que ninguna de estas personas jamás hará ni teniendo
mil vidas más, así que.No. Me. Compares. A mí no me regalaron lo que
tengo a diferencia de ti, yo me lo gané.

Apreté los puños percibiendo las uñas de la ira clavarse en mis costillas y el
fuego arder en mi estómago.

—A mí tampoco me lo regalaron—contesté ofendida—. Yo también tuve


que trabajar por lo que tengo, lo que soy y donde estoy.

Soltó un suspiro sardónico que me hincó más las tenazas de la molestia en


el pecho.

—Estirar la mano y batir las pestañas a tu papi para que te regale un


imperio no es un trabajo.

Tensé la mandíbula con la garganta cerrada por el enojo, pero me controlé


lo suficiente para no perder la voz, ni la discusión ni mi dignidad.

—¿Crees que eso fue lo que hice?—farfullé también—. Mis padres jamás
me obsequiaron nada de lo que tengo. Todo lo conseguí yo haciéndome un
lugar en la mesa, entre un montón de hombres que no creen que alguien con
cromosomas XX en su ADN es capaz de hacer algo por sí misma además de
conseguirse un marido para tener validación de otros.
—Nunca dije que no fueras capaz de hacer las cosas, dije que tu camino fue
más sencillo—aclaró y mi estómago escoció.

—¿Sencillo? Soy mujer, Westler. Dime qué cosas en este mundo son
sencillas para nosotras sin tener que jodernos el doble que ustedes en el
proceso. ¿Sabes lo difícil que es que tu planta de trabajadores deje de verte
como algo más que un adorno? ¿Algo más que la hija caliente, hermosa y
follable del jefe?

La expresión de Daxen se endureció, pero no emitió palabra y yo estaba


demasiado enojada a este punto para detener mi vómito verbal de
frustración.

—No quito crédito a lo que tuviste que trabajar y sacrificar para llevar tu
apellido donde está, pero tampoco me lo quites a mí—declaré rotunda—.
Los primeros meses en mi puesto de CEO nadie me obedecía. Creían que
papá solo me estaba dejando actuar un rato el papel y cuando se dieron
cuenta que iba en serio, no confiaban en mi capacidad. Todo tenía que pasar
por la aprobación de mi padre para que fuera hecho, aunque él hubiera
dejado claro mil veces que yo era la encargada de la empresa. Tuve que
hacerme un jodido lugar. ¿Pero sabes lo peor?

Hubo una pausa en la que mi furia ígnea chocó con la ira gélida de Daxen y
todo se cristalizó por un instante.

—Que es una guerra que no termina nunca, porque todos los días debo
luchar para ser reconocida como algo más que una cara bonita, algo más
que la heredera de un gran empresario. Debo luchar para obtener mi propio
mérito. Y es muy jodido, así que.No.Me.Compares—lo imité.

Daxen me observó con una máscara glacial, tan frío como un témpano de
hielo y pensé que continuaría con la disputa hasta que sonrió con un deje
de...¿orgullo? ¿Respeto?

—Wow, otra vez pasaste de ser Rapunzel a Terminator en un segundo.


Estoy impresionado con tus cambios de humor, estirada.

—Vuelve a llamarme así y te...


—Deberíamos hacer lo que venimos a hacer aquí—me cortó colocando sus
manos entrelazadas sobre la mesa y el mechón siempre rebelde volvió a
pegarse a su frente dotándolo de un aire jovial y despreocupado que lo hacía
lucir casi como un chico.

—¿Y eso es?

—Tener una cita, cariño—respondió sonriendo más ampliamente.

Inspiré y aproveché que tocábamos el tema para extraer un documento de


mi bolso. Lo deslicé sobre la mesa con parsimonia para que pudiera leerlo.
Lo tomó entre sus manos y una arruga se formó entre sus cejas.

—¿Me estás jodiendo?—preguntó hastiado—¿Esto es una broma, no?

—No suelo bromear con este tipo de cosas, y creo que es mejor que
asentemos los términos y condiciones de nuestra...relación—declaré con
voz plana.

—¿Un contrato? ¿Redactaste un puto contrato?—repitió atónito.

—Me gusta ser práctica. Y dejar las cosas claras.

Hojeó el archivo compuesto por diez hojas con puntos y especificaciones


muy precisas que abarcaban todas las hipótesis para evitar el compromiso
de nuestra persona en cualquier ámbito: moral, psicológico, público, entre
muchos otros.

Daxen colocó el contrato por el reverso, de modo que nadie pudiera leerlo y
la ira resplandeció de nuevo en su mirada feroz.

—Esto de tener un contrato en la mesa a plena vista no hará lo nuestro más


creíble, lo sabes, ¿no?—espetó hosco.

—Necesitamos aclarar los términos y condiciones—repetí—. No pienso


embarcarme en esto contigo sin tener un seguro protegiéndome primero.

Bufó escéptico y yo tensé la mandíbula.


—Te conviene cumplir los términos y condiciones, Westler—advertí
inyectando veneno en mi voz.

Sabía que Daxen no era fácil de manejar, así que debía tener cuidado con él.
Era como un fósforo que podía encenderse en cualquier momento, porque
estaba repleto de potencial y energía, una energía capaz de arrasar con todo
a su paso, incluso conmigo si no tenía cuidado.

—Las condiciones las pongo yo, cariño—aseveró con arrogancia—. Al


final, tú eres quien más me necesita para joder al idiota de tu ex.

—Y yo pongo los términos—corté su inflado ego—. Si los traspasas, esto


se acaba. Y te recuerdo que tú también me necesitas para conseguir el
puesto de ministro de tu padre.

La boca de mi compañero se convirtió en una fina línea que expresaba una


molestia gélida. Él cambiaba muy constantemente de acuerdo con la
situación. Era una persona muy camaleónica a la que me costaba un poco
seguirle el ritmo, pero no iba a darme por vencida.

—No juegues, Haley—advirtió en tono amenazador.

—No juego, solo gano. Ayudarte es solo una tarea extra que hago por
humanidad, así que te conviene ajustarte a la situación.

Sus ojos me atravesaron, letales.

—No pienso darte el control de esto.

—Y yo no pienso perder lo que ya tengo—incliné la cabeza y le dediqué mi


sonrisa más encantadora.

Creí que perdería el control y un atisbo de terror me heló el cuerpo, pues


sabía de su historial luego de salir de la cárcel, pero no. Movió los dedos
sobre la mesa y su semblante se suavizó en el instante en que el camarero
volvió con nuestras bebidas.

—Ahora vuelvo—anunció Daxen lacónico y me dejó sola en menos de un


segundo para perderse al fondo del club.
No me jodas. ¿De verdad iba a huir como un niño asustado porque su
orgullo estaba en peligro?

Vaya novio falso que me fui a conseguir.

Llevé el Martini a mis labios para darle un sorbo, pero el líquido se atoró en
mi garganta cuando escuché una voz que me petrificó.

—Pero si es la princesa favorita de todo Reino Unido—Giré el rostro


luchando por no mostrar mi terror.

Caitlyn estaba colgada del brazo de Ian. En el mismo club. Saludándome.


Descaradamente.

—¿Estás sola?—preguntó el imbécil con un tono que casi pareció


consternación.

Nada acudió a mi mente tras la impresión. Y el idiota de Daxen se había


esfumado para lloriquear por su orgullo mancillado en el baño luego de
nuestra pequeña discusión.

Mierda, ¿podía resultar peor nuestra primera cita?

¡Hola mis niños!

Huele al drama del que me encanta.

Disfruten mucho y dejen mucho amor.

Con amor,

KayurkaR.
8| Romper el hielo

Una semana y media antes de la rueda de prensa


Haley

No aparté la mirada a pesar de que el ambiente se volvió mucho más hostil


y el calor del escrutinio del público me escaldó la espalda.

Dos contra uno. En la matemática lógica y la vida natural, estaba en


desventaja. O lo habría estado si esos dos fuesen capaces de formar algo
remotamente parecido a lo que era yo para intimidarme.

—No es algo que te importe ni algo que desee responder, pero si tanto
insistes, no, no estoy sola—contesté lacónica.

La sorpresa iluminó fugazmente los ojos esmeralda de Ian. Todavía


conservaban ese brillo seguro y engreído, como si fuese demasiado bueno
para este lugar, este mundo. Era un hombre seguro de sí mismo, de su
atractivo y su status, de ahí que su orgullo jugara a su favor o en su contra.
En ese momento apostaba por la segunda opción.

—¿Has venido con tu amante?—Caitlyn dijo la palabra como si la


saboreara.

Moví la vista hacia ella con parsimonia, como si la notara por primera vez.

—Ahora somos oficiales.

Ian soltó un quejido burlón.

—No he visto nada sobre su relación en ningún lado. ¿Westler se


arrepintió? No me sorprendería que lo hiciera.

Cabrón. Tensé la mandíbula antes de recordar que, si deseaba ganar en este


juego de emociones, eran justamente las emociones las que debían
abandonar el juego.

—Tampoco he sabido que anuncien lo suyo. Daxen es mi novio ahora, ¿a ti


ya te subieron de puesto o sigues siendo la amante, querida? —le lancé una
sonrisa venenosa y me erguí en la silla con una pierna cruzada sobre la otra.
Caitlyn le dedicó una mirada recriminadora a Ian con sus ojos azul agua,
que en idioma universal quería decir «tiene razón, ¿cuándo subiré de
nivel?». Y como bien conocía a mi ex prometido, esa expresión tensa y
renuente delataba su falta de voluntad para formalizar la relación
conCaitlyn Taylor.

Los Crakehall eran muy codiciosos. Nunca se mezclarían con alguien que
tuviera menos de diez ceros en su cuenta bancaria y aunque la familia de
Caitlyn era acomodada y tenía cierto reconocimiento gracias a la carrera
como actriz de su madre, no era suficiente, al menos no para los Crakehall.

Su patético intento de humillación pronto se convirtió en mi chiste favorito


y decidí usarlo a mi favor.

—Oh, lo siento, ¿no lo han formalizado?—me llevé una mano al pecho


fingiendo sorpresa—¿No estarás esperando que te tome de vuelta o si, Ian?
—incliné mi cabeza a un lado—. Porque eso no pasará aunque te
presentaras con otro ramo en mi oficina.

El resentimiento oscureció su rostro, pero fue rápido en sonreír.

—Fue un momento de debilidad, lo reconozco—se pasó la lengua por los


dientes, hastiado—. Pero no volverá a repetirse. No tomo de vuelta lo que
ya deseché, mucho menos ahora que sé que te revolcabas con Westler
durante nuestra relación. Espero no me hayas pegado algún bicho.

La molestia ardió en mi interior como si fuese una fragua.

—Yo sé cuidarme. ¿Pero tú? No sé si poseas esa capacidad. Deberías tener


cuidado, amiga—dije sarcástica al final.

Hubo un momento tenso en el que solo nos miramos, pero no me doblegué


ante él. No lo hacía con otros hombres mucho más intimidantes y no lo
haría ahora. No le daría la satisfacción de saber que me dolía verlo
presentarse de la mano de Caitlyn.

—No pienso desperdiciar más mi tiempo contigo. Que tengas una linda
velada con tu nueva mascota callejera, Haley—sentenció antes de tomar a
la rubia de la muñeca y llevarla consigo mientras ella se pavoneaba como si
estuviera dentro de una pasarela.

Solté el aire y tomé un sorbo de licor para ralentizar mi loco latir. Era el
primer enfrentamiento que sostenía con ambos y la primera vez que me
encontraba con Caitlyn luego de la traición. Fue solo cuando ellos ocuparon
la mesa unos metros más allá que me di cuenta de lo que en verdad dolía:
De Ian podría haberlo esperado, pero ¿de Caitlyn? Ella era mi amiga. Una
buena amiga. Nunca capté señales de celos, envidia o enojo hacia mí,
tampoco noté alguna rencilla en nuestra amistad, entonces, ¿por qué lo
había hecho?

El malestar en mi pecho no desapareció ni siquiera cuando Daxen volvió a


la mesa, dos minutos después. Lucía un poco agitado y el rebelde mechón
se pegaba a su frente. Los músculos de su cuerpo se marcaban aún más en
el saco, que parecía a punto de rasgarse por la fuerza que contenía debajo.
Se pasó una mano por el cabello y, muy a mi pesar, me pareció un gesto
atractivo.

—Huiste como un cobarde—no pude disimular el toque de resentimiento


—. No creí que un par de términos y condiciones te asustaran tanto.

Una sonrisa arrogante surcó su rostro, acentuando sus masculinas facciones.

—No me asustan, fui a arreglar los últimos detalles.

Arrugué el ceño.

—¿Detalles de qué?

Dio un largo trago a su cerveza y cuando la dejó sobre la mesa, algo


parecido a la expectación brilló en sus orbes miel, tan claros en la luz del
lugar que parecían adornados por motas doradas.

—Ya lo verás—dijo sin más.

Una cuerda de desconfianza se tensó en mi interior. Daxen podía ser arisco


y generalmente bueno, pero no podía escalar la montaña sin asegurarme que
no se derrumbaría apenas pusiera un pie sobre ella. O en este caso, sobre él.

—¿Qué tal la conversación con tu prometido?—preguntó jovial dando otro


sorbo. La molestia me picó las costillas.

—Ex prometido—aclaré rápidamente—¿Y cómo sabes que hablamos?


¿Nos viste?

—Igual que todos los demás, para tu mala suerte.

Mi sangre ardió dentro de mis venas.

—¿Por qué no te acercaste entonces? Podrías haberme ayudado a dejarlos


en ridículo—espeté de malhumor.

La cuerda de una sonrisa jaló de una comisura de su boca.

—Creí que habías dicho que no me necesitabas tanto como yo a ti,


Colbourn—parpadeó fingiendo sorpresa.

Estreché los ojos, resentida. Dejarme sola en un nido de serpientes no se


suponía que fuese parte del trato, pero aun así me exponía...el grandísimo
cabrón.

—Los viste entrar, ¿no es así?—siseé al darme cuenta—. Por eso te fuiste y
me dejaste sola, para probar tu punto.

—Tranquila, Terminator—sonrió—. Pero casualmente tuve que irme


cuando ellos aparecieron.

Quería ahorcarlo con el mantel, pero no estaba dispuesta a ser apresada por
culpa de ese idiota. Simplemente no valía el esfuerzo.

—No tenías que irte. Eso no es parte del trato.

Sus cejas se dispararon hacia arriba.

—¿Cuál tato? Aún no tenemos ningún trato formal gracias a tu estúpida


biblia de términos y condiciones—tomó el contrato batiéndolo con
desprecio en el aire y se lo arrebaté antes de que alguien lo viera.

Lo guardé cuidadosamente dentro de mi bolso y noté su mirada puesta en


algo al frente.

—¿Qué miras tanto?

Sus ojos se movieron lentamente hacia mí.

—La rubia que está con Crakehall. Es atractiva—musitó con un toque


lascivo que me incendió la sangre.

Hombres. ¿Por qué esperaba que Daxen fuera diferente? No lo sabía,


aunque tampoco me sorprendió que no lo fuera.

Sonrió como si hubiese descubierto un gran secreto y quizá mi rostro


revelaba demasiado, porque lo siguiente que salió de su boca me petrificó.

—No me jodas, ¿esa es la tipa con la que Ian te puso los cuernos?—se
acercó a mí sobre la mesa para que nadie nos escuchara.

La mirada hostil que le lancé debió ser respuesta suficiente porque su


sonrisa se ensanchó.

—Vaya—el gesto se desvaneció y se aclaró la garganta—. Lástima.

—Puedes quitársela si quieres. Seguro lo molestaría—no disimulé el desdén


en mi voz.

—Podría, pero sé no lo joderá tanto como quedarme contigo.

«Quedarme contigo». Lo dijo con tanta seguridad y determinación que


resonó como un eco en mis oídos y creó un extraño nudo en mi estómago.

— Es linda—lo fulminé apenas lo dijo.

Claro que sabía que Caitlyn era linda y carismática, atraía a las personas
como polillas a la luz, pero el que Daxen lo dijera me molestaba más de lo
que me atrevería a admitir y ni siquiera sabía por qué.
—No tienes que decirme algo que ya sé—espeté fría.

Rozó su labio inferior con su pulgar y se centró en mí con deje analítica.

—Tú también eres linda, aunque siendo sincero, prefiero a las rubias.

Lancé un quejido tras su pobre intento de... ¿halago? ¿Ofensa?

—Eso también lo sé—moví mi cabello para que reposara sobre mi espalda


y sentí el pesar de su mirada todo el tiempo—. Me da igual si te gustan las
pelirrojas, las rubias o las castañas, no estoy interesada en formar parte de
tus estándares, no te preocupes.

—Pensé que lo intentarías.

—No pierdo el tiempo en cosas que no me interesan. Y entiendo que


tengamos gustos distintos. Yo prefiero a los hombres que son hombres—
sonreí desdeñosa.

El comentario salió cargado de más veneno del deseado y claro que Daxen
no lo pasó por alto. Una comisura de su boca se movió, pero no fue una
sonrisa.

—¿Y cómo son esos?—preguntó en un tono burlón.

—No voy a explicártelo y tú no vas a entenderlo—encogí los hombros.

Me puse en pie sujetando mi bolso al segundo siguiente.

—Voy al sanitario, ahora vuelvo.

Caminé con los tacones de aguja repiqueteando en las baldosas del lujoso
lugar y me regodeé en la oleada de miradas que se alzaron a mi paso, pero
mi mente se dispersó hasta lugares oscuros donde la duda de si había
atraído la mirada de un hombre arisco y pragmático como Daxen, quien
prefería a las rubias, flotaba. Quizá porque me gustaba orillar a los hombres
romper sus propios patrones, obligarlos a dar la espalda a viejos hábitos. O
tal vez era sentido de competencia pura.
Solté el aire apenas crucé la puerta del baño. El recinto gritaba elegancia y
buen gusto por donde sea que miraras y era una habitación enorme digna
del Shepard Falaise. El piso de mármol brillaba a pesar de las tenues luces
del sanitario y en el lavabo había lociones de todo tipo y accesorios de aseo
de primer nivel.

Me miré en el espejo y de nuevo tomé una bocanada de aire. A veces


olvidaba lo que era la vulnerabilidad. Pasaba tanto tiempo usando una
armadura lustrosa y erigiendo muros para que no llegaran a hacerme daño
de ninguna manera que el dolor se percibía como un sentimiento ajeno.

La confianza ciega no era parte de las tres reglas esenciales para prosperar
en las altas esferas de la sociedad. Quienes eran lo suficientemente
ingenuos para confiar, sellaban su destino y su caída. Yo confié en Caitlyn,
confié en Ian como mi propia familia, pero no perdieron el tiempo en
apuñalarme por la espalda cuando la oportunidad se presentó.

Dolía, sí, pero me enfurecía mucho más. Y el idiota de Daxen recalcando lo


linda que era cuando claramente ya lo sabía no ayudaba en nada a mejorar
mi ánimo. Vaya cita de mierda. Lo contaría como un logro si conseguía
sobrevivir a esta noche sin romperle la nariz a alguno de esos tres
imbéciles.

Me acomodé el cabello y el dije brillante para que reposara mejor sobre mi


cuello cuando la puerta del baño se abrió y maldito-universo-por-qué-me-
odias-tanto Caitlyn apareció en el recinto. Era bueno que hubiese decidido
usar aretes cortos por si en verdad debía usar mis puños.

Mi ex amiga movió su cortina rubia de cabello con parsimonia y su rostro


se endureció, llenándose de desdén. Sus ojos azules eran de hielo, igual que
los míos.

—Haley—saludó jovial la traidora. La Mentirosa. La violadora de códigos


de amistad ancestrales.

No dije nada. La cita ya me había drenado lo suficiente para enzarzarme en


otra pelea sin sentido, así que alcé la barbilla con toda la intención de
largarme con mi dignidad intacta, pero ella se interpuso.
—Lo siento—se disculpó y la extrañeza me asaltó.

¿Había escuchado bien?

—Lamento que no te lo hayamos dicho antes. La química entre nosotros era


increíble y cuando todo sucedió...hubo chispas. Fue inevitable—una sonrisa
mezquina rasgó sus facciones femeninas—. Lo siento de verdad, pero
algunas veces debemos aceptar que hemos perdido.

Tensé la mandíbula. La ira era tan grande que la sentía manar de mi piel,
caliente y espesa como una pesada capa. Creí que no podría controlarme y
le marcaría mis anillos en su nueva nariz, pero apagué el interruptor
emocional a tiempo.

—No sé por qué lo hiciste—dije sincera—. Creí que éramos amigas, pero
veo que tenemos conceptos de amistad distintos.

Caitlyn resopló despectiva y se cruzó de brazos.

—No siempre puedes tenerlo todo, Haley y no siempre serás la opción


número uno de todos. Otros también pueden obtener los premios.

Una punzada de decepción me oprimió el pecho, pero no por perder a Ian,


sino por perderla a ella.

—Esto nunca fue una competencia. Y precisamente porque no lo es, te diré


esto: no deberías quedarte con él. Me engañó, ¿qué te hace pensar que no te
hará lo mismo?

—Porque yo sí soy mujer suficiente para él. Yo soy lo que alguien como Ian
merece—irguió la espalda y elevó el mentón con orgullo.

—¿Y él es algo que tú mereces? Eras mi amiga, Caitlyn y te aprecio a pesar


de todo, así que creo que te mereces algo mejor. No deberías quedarte con
él, no si no te da tu lugar y no respeta la relación.

Cambió su peso de un pie al otro, su mirada todavía hecha de hielo y


hostilidad a pesar de que yo abría mi corazón por nuestra vieja amistad.
—¿Este es tu patético intento por arruinar nuestra relación? ¿Eres así de
envidiosa, en serio?—siseó estrechando los ojos.

Solté una débil sonrisa sintiéndome idiota y demasiado idealista.

—Era mi intento porque consiguieras algo mejor. Eso es todo.

— Acepta que perdiste de una vez. Yo me quedo con Ian, yo gano—


farfulló.

Enarqué ambas cejas.

—Creo que quien se queda con él es la que pierde, pero como quieras. Si
me disculpas—pasé por un lado y salí del baño sintiéndome agobiada. La
cabeza me punzaba horrores y sentía un dolor de cabeza cósmico
avecinarse.

Localicé a Daxen de pie hablando con un hombre en la barra. No lo


reconocí, pero a juzgar por lo rápido que hablaban, era una charla bastante
interesante o una discusión muy acalorada.

—Hola—saludé con mi mejor sonrisa colocándome al lado de mi no-novio.

Extendí mi mano al hombre calvo y ancho enfundado en un traje, con una


barba blanca espesa que por poco lo hacía parecer Santa Claus. Me miró
extrañado y renuente, como si fuera una chica loca.

— Soy Haley Colbourn—añadí y mi apellido hizo su magia. Los bordes


duros de su rostro se suavizaron de inmediato y extendió su mano para
estrechármela.

—Un gusto, no sabía que se trataba de usted. Soy James Morten, presidente
del Partido Conservador —me saludó tomando mi mano entre dos de las
suyas, sus ojos relucientes—. Qué sorpresa encontrarla aquí.

Presidente del Partido Conservador, vaya. Por esto se mostraba tan


entretenido conversando el imbécil, ese tipo era importante para la carrera
política de su padre. Bien, era tiempo de cumplir con mi parte del trato.
Me solté de su agarre y me pegué mucho más al cuerpo de Daxen, quien se
convirtió en una vara tiesa enseguida.

—Oh, ¿no le dijiste que estaba contigo, cariño?—recé porque no notara mi


nota de sarcasmo en el apodo.

—Lo olvidé—respondió entre dientes y sonreí mientras el hombre nos


miraba a cada uno como si ambos lo hubiésemos abofeteado.

—¿Ustedes...?

—Estamos juntos—completé jovial enlazando mis dedos con los de mi


pareja—¿No se lo habías dicho?—me dirigí a Daxen.

—No. No es como si regara mi vida personal por todos lados.

Reí, quizá con más entusiasmo del necesario, porque mi no-novio me miró
como si me hubiese vuelto loca.

—¿No es gracioso?—hablé a Morten—. Es una de las cosas que me


encantan de él.

El presidente del partido todavía conservaba esa expresión de impacto en el


rostro pero se esforzó por disimularla un poco más.

—Sí, claro—fingió estar de acuerdo porque ambos sabíamos que Daxen no


era del tipo que contaba chistes y socializaba todo el tiempo—. Supongo
que llevarás a tu novia a la cena que tendremos luego de la rueda de prensa.

Daxen se aclaró la garganta y asintió con el cuello rígido.

—Por supuesto.

—¿Por qué tu padre no mencionó que estabas con esta... encantadora


señorita?—terminó la frase con un brillo codicioso en sus ojos. Otro más
que me miraba como un boleto de lotería.

—Queríamos que fuera una sorpresa. La verdad es que es algo reciente.


—Claro—forcé una sonrisa—. Nos estamos preparando para anunciarlo.

El hombre asintió con lentitud, de nuevo mirándonos a ambos como si no


lograra asimilarlo.

—De acuerdo, en ese caso, los veré en la cena. Que tengan una linda noche
—se despidió de ambos con una segura inclinación de cabeza para después
perderse entre el montón de mesas dentro del club.

Daxen se soltó de mi agarre con brusquedad.

—¿Qué fue todo eso?—escupió alterado.

—Estaba actuando mi parte del trato. De nada—dije hastiada, apoyando mi


cuerpo sobre la barra y obteniendo visión de todo el lugar.

Mi corazón se compungió cuando mis ojos se encontraron por error con los
de Ian, que me miraba con rostro indescifrable desde su lugar en la mesa
que compartía con Caitlyn.

—Eso fue incómodo—se quejó—. Deberíamos volver la actuación más


natural si queremos que esto funcione.

La molestia exudó de los orbes de mi compañero, pero lo ignoré.

—Debes acompañarme a la cena ahora más que nunca. Mi padre no podrá


salvar su cuello si Morten no te mira ahí—pronto la densa emoción se
cristalizó en una frialdad calculada.

Fui lenta en regresar mi atención a él.

—Tranquilízate, ¿quieres? Ya te dije que iría—respondí concentrada en


seguir cada movimiento de Ian.

El bufido sardónico de Daxen recuperó mi enfoqué.

—¿Qué?
—Sé lo que estás haciendo—percibí una nota de ¿molestia?— las cosas no
funcionarán si continúas. Si sigues así, no haremos que se lo crean.

—¿Qué cosa?—inquirí desconcertada.

Inspiró y dio un paso más cerca, reduciendo tanto el espacio entre nosotros
que el ambiente se volvió demasiado pesado para ser respirado por dos
personas y el amplio club me pareció cavernoso y pequeño cuando su
presencia avasalladora acaparó todo en el lugar.

—No lo mires a él, mírame a mí—los dedos de Daxen se posaron bajo mi


mentón con firmeza para mantenerlo en el lugar, sus ojos demandantes y su
tono lleno de determinación—. Yo soy tu pareja ahora, tu atención solo me
pertenece a mí.

El aire se atoró en mi garganta cuando quise respirar y no logré hacerlo con


normalidad. La tela de su camisa rozó mi brazo y fui demasiado consciente
de la textura, del olor de su perfume y del rastro que sus dedos dejaban en
mi piel, como un camino abrasador que la hacía escocer.

—Nunca creí que serías del tipo celoso—fue lo único que me vino a la
mente cuando mi cerebro se recuperó del impacto de su cercanía.

Un costado de su boca se torció con ese toque burlón, casi malvado antes de
recorrer la longitud de mi mentón con su pulgar.

—Solo estamos dando el espectáculo que todos quieren ver—susurró cerca


de mí con su aliento cálido chocando con mis labios.

Bien, si esto era solo una actuación, ¿por qué me latía el corazón tan
rápido? No era el rasgo de una buena actriz.

—Bien, ¿ahora qué?—inquirí con la sensación de su tacto perenne en mi


piel.

—¿Está mirando ahora?

Estreché los ojos.


—Pensé que habías dicho que...

—Ahora puedes mirarlo.

Fruncí el ceño.

—No necesito tu permiso.

Me regaló una media sonrisa.

—Solo le regalaré un segundo de tu atención, tranquila.

El corazón me latía desbocado, como si acabara de correr una carrera a


galope encima de mis emociones. Debía estar demasiado receptiva porque
el rastro de los dedos de Daxen aún lamía los bordes de mi piel como
lenguas de fuego y la calidez de su cuerpo parecía a punto de fundirse con
la mía, como si no hubiese suficiente espacio para nosotros dos en ese
inmenso lugar.

Hice lo que me pidió y miré fugazmente en la dirección de Ian para


comprobar que siguiera mirando y una oleada de satisfacción me invadió al
comprobar que así era.

—Está mirando—informé enganchando de nuevo la mirada a la de mi


compañero.

—Creo que deberíamos hacer de esto algo más genuino si queremos que
funcione—declaró todavía tan cerca de mí que su voz me enervó los
sentidos y formó un nudo en mi estómago.

—¿Qué propones?

—Se me ocurre algo para romper el hielo entre tú y yo y hacerlo arder de


celos al mismo tiempo.

Enarqué ambas cejas, dudosa, aunque la expectación y excitación corrieron


como una montaña rusa por mis venas.

—¿Ah si? Sorpréndeme, señor creativo—lo reté.


Daxen sonrió, no de esa manera amable o malvada, más bien triunfal.

—¿Estás segura?

—Solo dilo.

Pero no dijo nada. Yo no terminé de hablar cuando sus labios se encontraron


con los míos. Me besó sin más, llevándose cualquier aviso previo y el aire
en mis pulmones.

Al inicio fue como besar a una pared, el mismo sentimiento que percibí
cuando lo besé por primera vez en mi oficina de improviso. Frío y duro,
pero entonces movió sus labios sobre los míos y cualquier resto de hielo
que hubiese entre nosotros se desvaneció.

Su boca se volvió más segura, más exigente y voraz con cada segundo que
transcurría. Posó sus manos a ambos lados de mi cara echando mi cabeza
hacia atrás para obtener acceso completo y capturó un gemido sorpresivo en
su cavidad.

Aquello no era romper el hielo, era destrozarlo.

Era derretirlo.

Era fundirlo completamente.

Era convertir el hielo en fuego.

Daxen sabía a cerveza, menta y algo más, algo que era solo inherente a él y
me encontré tan cautivada por ello que una parte loca de mí continuó
besándolo con la misma vehemencia con la que su boca buscaba la mía. Su
lengua rozó mi labio inferior y me estreché contra su cuerpo en reacción.

Nos separamos cuando el sonido de cristal estrellándose contra el piso nos


sobresaltó.

No fui consciente de cuánto tiempo estuvimos dando un espectáculo, pero


definitivamente nos habíamos desviado del guion. Mucho. Mis labios
todavía escocían y resentían su ausencia cuando sus manos abandonaron mi
rostro y dio un paso hacia atrás. La densa burbuja que nos encerraba
finalmente se reventó y fui consciente de muchas cosas a la vez: el público
mirándonos atentos, susurrando a nuestro alrededor y el rostro de Ian.

Sin duda, fue el mejor premio de todos. Un camarero comenzó a barrer a un


costado de su mesa y caí en cuenta de que fue él quien rompió el cristal de
su copa. Tenía el cuerpo rígido y me dedicaba una mirada de muerte desde
su lugar.

Haley 1, Ian 0.

Todavía no me recuperaba de ese beso cuando Daxen volvió a hablar.

—Entonces, ¿estás lista para la segunda parte de nuestra cita?—quiso saber


con gesto de orgullo.

—¿Segunda parte?—repetí sin comprender.

—El espectáculo debe continuar. Hagamos que se crean esta historia de


amor—me ofreció su mano y la contemplé vacilante.

Moví mis dedos dudosa, pero al final, decidí que cualquier cosa que jodiera
a Ian Crakehall valía la pena. Enredé sus dedos con los míos y lo seguí a
través del club, tomados de la mano como la pareja del nuevo siglo.

Todos nos miraban como si fuésemos una especie de deidades. Dejaban de


charlar y alzaban la vista para contemplarnos. Percibí el poder que
emanábamos y fue abrumador, pero también excitante.

La puerta del club que conducía al río Támesis estaba justo al lado de la
mesa de Ian y Caitlyn, pero ni siquiera los miré mientras Guilles abría la
puerta para nosotros. Bajé junto a Westler las escaleras de piedra que
llevaban a la orilla del río y entonces lo vi: un yate que era demasiado
lujoso para ser un simple yate. Parecía un maldito crucero y sus luces
iluminaban kilómetros del río como un maldito farol.

Daxen giró su cuerpo hacia el balcón del club y sonrió. Yo estaba


demasiado anonadada para prestar atención a algo más que la
monstruosidad de barco que tenía delante.

—Parece que lo logramos—dijo triunfal.

—¿Qué cosa?—quise saber saliendo al fin de mi estupor.

—Cautivarlos—colocó su mano en mi espalda, su cuerpo tan cerca que sus


labios rozaron mi oreja cuando habló—. No mires ahora, pero incluso Ian
salió para saber a dónde íbamos y algunas personas ya están grabando con
sus móviles.

No giré el rostro, pero la calidez que consiguió con el tema de la cita y el


barco y todo lo demás pronto se congeló. Me sentí idiota por percibirlo en
primer lugar, pues por un segundo olvidé que era una farsa, así que me
regodeé en el dulzor de la venganza que se asentó en mi boca en su lugar.

—Genial—dije satisfecha—. Quiero que siga mirando.

—Lo hará—el tacto de su palma quemó sobre la tela de mi vestido y se coló


hasta mi piel—¿Seguimos?

Un hombre de uniforme blanco que era parte de la tripulación me ayudó a


subir y cuando entré a la parte central, no pude ocultar mi admiración. Me
sentía en el jodido Titanic con todos esos candelabros, el piso lustroso de
madera, los mullidos sillones, el tapiz en las paredes, los cuadros, la
decoración... todo en el lugar gritaba dinero por donde sea que miraras.

—Señorita Colbourn, joven Westler, soy Philippe. Esta noche estaré a su


servicio—se presentó el mismo hombre que me ayudó a subir—. Pueden
quedarse aquí en el Lobby o acompañarme al comedor. Estaré a sus órdenes
mientras viajamos por el río Támesis esta noche.

Estaba tan impresionada que ni siquiera podía hablar, así que agradecí a
Daxen porque lo hiciera por mí.

—Gracias Phil, pero estaremos en la cubierta—informó tendiéndole su saco


para después doblarse las mangas de su camisa oscura—. Quiero un
whiskey escocés, por favor. Y para la señorita...
Me miró inquisitivo y tardé dos segundos en caer en cuenta que me
hablaban a mí.

—Quiero un gin, por favor. Puro.

—Enseguida—el hombre inclinó su cabeza—. Joven Westler, ¿desea que le


prepare uno de los camarotes?

Enarqué una ceja antes de fulminarlo y bajó la vista como un niño atrapado
en una movida.

—No, Philippe. El camarote no será necesario—atajé severa.

—De acuerdo, señorita.

El hombre desapareció entre los confines interminables del yate-barco-


yate...el jodido Titanic y estuvimos solos una vez más.

Me crucé de brazos para enfrentarlo apenas tuve la oportunidad.

—¿El camarote? ¿En serio?

—Lo hace por protocolo—se excusó pobremente.

—¿Y por qué se convirtió en un protocolo? ¿Usas la misma carta del barco
con todas tus conquistas?—quise saber.

Se pasó una mano por el cabello.

—No lo hago. Demasiado trabajo para solo unas cuantas horas.

—¿Horas?—me burlé—. Creí que dirías minutos, pero lo entiendo—me


encogí de hombros—. Mucho trabajo para tan poco tiempo.

Me miró con una mezcla de diversión y desafío.

—¿Quieres comprobar que son horas?

—¿Soportándote? Me parecen siglos.


—Muy graciosa. ¿Me sigues?—señaló hacia una escalera de metal que
seguramente llevaba a la cubierta.

—Depende. ¿Para qué me trajiste aquí? Y cuida tu respuesta—lo amenacé.

Me miró con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón.

—Discutiremos las bases de esta...relación. Ambos podemos ganar más de


lo que te imaginas, pero también tengo mis términos y condiciones,
Colbourn—espetó con determinación.

—Al fin hablas como el empresario que eres—una curvatura de mi boca se


levantó en un rictus.

—Nuestra relación será justamente eso, un negocio y como tal, hay que
explotarlo y aprovecharlo.

—Ahora te escucho, Westler.

—Esta es mi propuesta: hagamos de este circo uno que nos beneficie a los
dos, no solo para joder a Ian, sino para lograr mucho más.

—¿Cuándo quieres anunciar esto oficialmente?

Sus ojos se iluminaron como si le hubiese hecho la pregunta de su vida.

—En la rueda de prensa durante la feria de las empresas de Londres.


Causaremos un gran revuelo y será la revelación del siglo, créeme.

¡Hola mis niños!

Estos dos son hielo y fuego, y queman por igual.

Me encantannnn.

Dejen un corazón si ya quieren saber qué sucede en el siguiente


capítulo.
¡Disfruten!

Con amor,

KayurkaR.
9| Límites prohibidos y traspasables

Una semana antes de la rueda de prensa

Daxen

Estaba jodido.

Jodido y acorralado por todos lados. Literalmente.

Di otro sorbo a mi bebida energética mientras atravesaba el lobby de la


corporación Colbourn. Por mucho que lo deseara, no podía renunciar a mi
trabajo en mi genial-y-nada-patético-plan-súper-varonil de evitar a Haley en
espera de parar esta locura, y en vista de que esa estrategia maestra estaba
descartada, necesitaría toda la energía para enfrentar al dragón y no morir
en el intento.

Mi móvil vibró de nuevo en el bolsillo de mi pantalón y una vena de


irritación se tensó en mi cuello. No había parado de recibir mensajes y
llamadas de todo el mundo, y cuando decía todo el mundo, era literalmente
todo el mundo. Ni siquiera sabía cómo mierda mi tía Prudence se enteró de
mi supuesto romance con la heredera de los Colbourn si se suponía que
estaba en un retiro de silencio en el puto Tíbet.

No me molesté en verificar quién era el chismoso que me llamaba para


tener la exclusiva confirmación del rumor, porque sí, hasta ahora, nuestra
relación era un simple rumor que ninguno de los dos nos habíamos
molestado en confirmar, aunque existían suficientes videos y fotografías de
nuestro beso en el Shepard Falaise y nuestra cita en el yate.

Mientras subía al ascensor y recibía un caluroso saludo de Carl Vais, un


avaricioso directivo de la corporación que se dedicaba a desacreditarme por
mi estadía en la prisión y se refería a mí como el criminal pomposo, caí en
cuenta que mi supuesta relación con Haley había impactado más en mi
entorno de lo que imaginé. Y ni siquiera habíamos comenzado con la
función.

Kat, mi hermana, tenía a reventar mi buzón de mensajes exigiendo una


explicación por las decenas de artículos y videos amarillistas en las que yo
aparecía como el conquistador de una de las herederas más codiciadas del
mundo. Incluso había recibido una llamada de la BBC para una entrevista
donde hablara de estos rumores. Joder, BBC. ¿Desde cuándo dejaron los
noticieros serios para dedicarse a los chismes?

Si esto sucedía cuando apenas nos habíamos mostrado como una


posibilidad, no quería imaginar lo que pasaría al confirmar nuestra supuesta
relación al mundo. ¿Recibiríamos una felicitación del Papa desde el
Vaticano? ¿La reina Isabel reviviría para darnos su bendición?

Fue un simple beso. Una simple cita que ni siquiera calificaba como tal
porque Haley bajó del yate apenas tuvo la oportunidad luego de una serie de
silencios incómodos y una instrucción tajante: «Lee el contrato y aprende
de memoria los términos y condiciones. Si traspasas los límites, esto se
acaba».

La víbora controladora. Lo había memorizado estos días, tanto que podía


escribir las cláusulas con los ojos cerrados, pero no para complacerla, sino
para indicar cada uno de los vacíos legales e incongruencias que tenía su
documento. Se creía el ser más inteligente del planeta, pero aún tenía un
largo camino por recorrer. Lo primero que haría al encontrarme con ella
sería...

—Joder—la maldición se escapó de mi boca como una bala cuando


encontré a mi dolor en el culo hecho mujer sentada cómodamente en mi
oficina.

Haley movió su muñeca con parsimonia y miró el reloj que la adornaba.

—Llegas tarde—apuntó desde mi silla.

Mi corazón se tranquilizó lo suficiente para salir de la zona de INFARTO


SEGUROy tuve la decencia de cerrar la puerta. Al girarme para hacerlo,
atrapé algunas miradas indiscretas de empleados sedientos de información.
En esta oficina eran más chismosos que en una maldita vecindad.

—¿Qué haces en mi oficina?—recriminé mientras dejaba la bebida


energética y el maletín sobre mi escritorio de madera.

La expresión de Haley continuó sin perder ese toque altivo pero sereno.

—Técnicamente, es mi oficina. Está dentro de mi corporación, lo cual la


hace mía per se. Yo solo permito que la uses.

Me crucé de brazos, negándome a ceder en ese ridículo juego suyo de la


subordinación.

—Sé que tienes fantasías con dominar a todo el mundo, incluyéndome, pero
te recuerdo, por enésima vez, que soy tu socio, lo que me coloca a tu nivel.
Y esta es mi oficina—la circulé con las manos para englobarla—. Estás
cruzando los límites de mis tierras, Haley.

Sus ojos se transformaron en glaciares mientras tomaba una de las piezas


del ajedrez que mantenía pulcramente acomodado sobre mi escritorio y tuve
que luchar contra mi TOC para no arrancársela de las manos.

—Los límites los pongo yo—aseveró cortante.

Su muestra de entereza jaló de una comisura de mi boca.

—¿Eso es lo que crees?

Me mantuvo la mirada sin flaquear por tres segundos, cinco, seis, hasta que
su postura cambió y sus facciones se relajaron para mostrar el atisbo de una
sonrisa que resultó casi... seductora.

—Tenemos que hablar—dejó el peón en una posición que no le


correspondía en medio del tablero y mi ojo por poco comenzó a temblar.

Para luchar contra el ataque, me quité el saco y lo coloqué en el perchero


que mantenía junto a mi escritorio.

—¿Y no podías llamarme o textearme para decírmelo? ¿Tenías que aparecer


como una maldita sociópata en mi oficina?—me quejé al tiempo que
doblaba las mangas de mi camisa oscura para mayor comodidad.

—¿Leíste el contrato?—demandó saber ignorando mi pregunta.

La contemplé en silencio y me pasé la lengua por los labios.

Haley era peligrosa. No como las harpías, esos seres mitológicos con
rostros preciosos y cuerpos engañosos; de ellas podías escapar si eras
suficientemente listo para evadirlas a tiempo. Haley estaba a un nivel
completamente diferente. Era como Circe, esa bruja mitológica que seducía
a los hombres con su belleza para convertirlos en animales cuando los tenía
en su poder. Ella poseía ese encanto, esa inteligencia calculadora que podía
ser la perdición de cualquiera si no se tenía el debido cuidado.
Y yo no era ningún idiota. Mantendría la relación enteramente profesional y
permanecería en los límites seguros.

Abrí mi maletín y coloqué el contrato sobre la mesa. Cuando ella enarcó


una ceja, me sentí como un imbécil que había traído consigo un libro en
lugar de una pistola a un campo de guerra.

—Lo leí.

—Muy bien, me alegra que sepas leer—apoyó la espalda en mi silla de


cuero y noté por primera vez el delicado encaje que decoraba su blusa de
satín color salmón, enmarcando sus pechos más de lo necesario.

Sí, definitivamente era más como la bruja Circe.

—Lo leí, sí, pero tengo algunas observaciones al respecto—añadí.

—Ah, entonces no sabes leer tan bien como pensé—se rascó la sien y posó
los codos sobre la madera. La nueva posición me permitió ver desde mi
altura el inicio de sus pechos y mis ojos se mostraron renuentes a ser
privados de la vista—¿Qué observaciones hiciste?

«No sé, justo ahora, estoy ocupado haciendo nuevas observaciones» el


pensamiento se disparó por sí solo mientras aún conservaba los ojos
pegados a la forma delgada de su garganta y su delicada clavícula, visible
por el escote de la blusa.

—Puedes enviármelas por mail.

Su respuesta rompió el encanto y me devolvió a una realidad donde ella


volvía a ser terriblemente irritante.

—¿Para qué?

—Para analizar si las acepto o las rechazo, obviamente—me miró como si


fuera imbécil y ese gesto me molestó.

¿En verdad era tan idiota para pensar que solo ella tomaría las decisiones?
Si no establecía los límites, Haley se comportaría como una monarca
megalómana y controladora, y eso no sería bueno. No me convertiría en su
mascota.

—Deja el teatro, ¿quieres?—la corté—. No te enviaré ningún puto mail con


mis observaciones porque la mitad de tus condiciones son una mierda. No
tienen sentido—elevé el tono más de lo que debería y algo ardió en su
mirada, como si se prepara para una batalla.

Se puso en pie y caminó hasta colocarse a unos pasos de distancia, sus


brazos cruzados y su cadera apoyada en el lateral del escritorio.

—Las condiciones están ahí por una razón.

—¿En serio? Porque parece que quieres "lograr tu objetivo" de poner loco
de celos a Ian con solo tomarnos de las manos mientras cantamos I Love
You Baby de Sinatraa todo pulmón—enfaticé usando el gesto de las
comillas con los dedos, el enojo corriendo por mis venas.

Haley se mantuvo impasible, como si fuera un témpano de hielo y resultó


perturbador.

—Bien, te escucho. Tienes un minuto. Si tus observaciones no están


fundamentadas o bien argumentadas, es mejor...

—Página dos—comencé con las manos en la cintura, desafiante—¿Qué


mierda es eso de los estudios de sangre periódicos?

—Necesitas hacerte exámenes cada tres meses para descartar que tengas
alguna ETS.

Enarqué ambas cejas, impactado.

—¿Para qué? ¿El sexo es parte de esta...esta mierda?—ni siquiera sabía


cómo llamar al teatro que estábamos por montar, así que esa maldición fue
lo único que se me ocurrió para clasificarlo, porque sí, se sentía como una
mierda.

—No, pero no sé en las partes de quién has puesto tu boca, no puedo


besarte a la ligera.
La llama de la molestia se transformó en enojo y por más que luché contra
ello, un sonido de indignación se escapó de mi garganta.

—Sé dónde me gustaría ponerla ahora—musité sugerente dando un paso al


frente, acortando tanto la distancia que mi cuerpo la ensombreció. Su
semblante cambió a uno que no pude identificar—. Y definitivamente no es
en ningún lugar de tu anatomía, así que puedes estar tranquila con que te
pegue algo.

Sus ojos se clavaron en mí como cuchillas de hielo.

—Es la primera cosa en la que estamos de acuerdo en algo, Westler, porque


yo tampoco quiero tu maldita boca en ninguna parte de mi cuerpo—escupió
venenosa sosteniéndome la mirada—. Pero besarnos será inevitable si
queremos que el mundo se crea esta relación, así que tendremos que
sacrificarnos, y tú te harás esos estudios como lo indiqué.

No emití palabra y en cambio, mis ojos se enzarzaron con los suyos en una
batalla muda, una lucha visceral que iba más allá de las palabras y carecía
de insultos adecuados para expresarse. Era una disputa de dominación y
poder mucho más intensa que otras ya mantenidas en salas de juntas. Haley
se aferraba a su posición de superioridad con uñas y dientes, pero yo
tampoco era muy bueno cediendo, así que el camino sería complicado para
ella.

—Estoy limpio. Más limpio de lo que podrías estar tú luego de acostarte


con Ian-meto-mi-verga-en-todo-hoyo-que-encuentro-Crakehall.

Haley enrojeció, pero no pude identificar si fue provocado por vergüenza o


ira.

—Estoy limpia. Yo sí me realicé estudios apenas me enteré—explicó entre


dientes.

—Bien por ti—dije con desinterés y eso la enfureció más.

—Te harás esos estudios, Daxen. Esa cláusula no está a discusión.


Tensé la mandíbula, negándome a ceder. No era ningún adolescente caliente
e inconsciente que descuidara su salud sexual, eso sería estúpido de mi
parte. Usaba protección todo el tiempo y sí me realizaba estudios al menos
dos veces al año para cerciorarme que estaba limpio. El tema del sexo oral
era algo que reservaba solo para compañeras de cama regulares que sabía
con certeza también estaban limpias, pero que ella me lo ordenara con ese
tono y esa seguridad, como si yo fuese una especie de mascota, me
encendía la sangre.

—Ahí está tu primera incongruencia del contrato. ¿Por qué quieres que me
realice estudios si colocaste los besos como un límite?—apunté en su lugar.

—Son un límite traspasable dependiendo de las circunstancias, y allí está la


palabra clave: podemos besarnos cuando las circunstancias lo requieran.

—¿Y cuáles son esas circunstancias, según tú? Porque no las especificaste.
Ese es un hueco en tu perfecto contrato—indiqué mientras me cruzaba de
brazos.

—Porque pueden ser muchísimas, aunque puedo mencionarte las


principales.

—Por favor—hice un gesto con la mano para instarla a seguir.

—En eventos públicos, cuando Ian esté cerca, cuando acudamos a alguna
rueda de prensa, sesión fotográfica, evento en beneficio de la campaña de tu
padre o cuando tengamos citas para reforzar la credibilidad de nuestra
relación—su tono era seco, como si enumerara una lista del supermercado.

—¿Eso es todo?

—Sí, pero estos límites traspasables están sujetos a condiciones para que,
efectivamente, sean traspasables.

Puse los ojos en blanco, exasperado. No importaba cuántas puertas abriera,


nunca llegaría a ningún lado con las estupideces de Haley.
—¿Más condiciones? ¿Lo nuestro es una relación o un traspaso de
acciones?

—Son condiciones simples: uno, solo puedes besarme en lugares públicos y


dos, siempre debes pedir mi permiso antes.

Dijo lo último con más ahínco que el resto y algo cambió en su mirada,
como si escondiera una amenaza y me hizo sonreír.

—Eso último no estaba en el contrato.

—Lo acabo de añadir—respondió con una nota más frágil.

Estreché los ojos, curioso.

—¿Es por lo que ocurrió en el club?

Se esforzó por ocultarlo detrás de la impasibilidad, pero sus mejillas


enrojecieron igual.

—Por supuesto que es por lo del club—de nuevo se convirtió en la reina del
estoicismo y ese atisbo de vulnerabilidad desapareció—. No puedes
besarme solo porque te place hacerlo.

—No me place hacerlo—siseé despectivo y quizá lo hice con demasiado


desprecio, algo cambió en su semblante—. Se llama estrategia, cariño,
deberías estar familiarizada con ella. Ian estaba ahí, yo solo actué conforme
a las circunstancias como dice tu maldito intento de contrato.

—Eso no te da el derecho de traspasar los límites y besarme sin mi permiso


—atajó severa y me señaló con un dedo delgado coronado por una uña
perfectamente hecha—. Si quieres tocarme, debes pedírmelo. Si quieres
tomarme de la mano, debes pedírmelo. Si quieres besarme, debes
pedírmelo. Así podré evaluar si el contacto vale la pena o no antes de que lo
llevemos a cabo.

La miré aturdido. Era una mujer más controladora que yo y eso era decir
bastante. Algo en la entereza y seguridad de Haley la hacía una persona
única, un espécimen exótico que no apreciabas todos los días y cuyos
rasgos querías guardar en tu memoria dada su singularidad. Era el tipo de
mujer que no seguía las reglas naturales del mundo, ella obligaba al mundo
a obedecer las suyas.

Estaba completamente loca.

—¿Estas solicitudes de contacto las tengo que hacer con algún tiempo de
antelación? No sé, tal vez pedírselas a tu asistente con un mes de
anticipación o algo así para que las evalúes—dije sarcástico por sus
absurdas condiciones.

—No uses ese tono conmigo, estás burlándote.

—Claro que estoy burlándome—solté—. Es una estupidez que te pida


permiso para tocarte cuando se supone que somos pareja. ¿Cómo haremos
que el mundo se lo trague si debo solicitar una audiencia contigo un mes
antes para evaluar si puedo tomarte de la mano?

Frunció los labios pensativa y colocó las manos en su cintura, bajando un


poco sus defensas.

—Bien, tal vez lo de evaluarlo sea exagerado.

Enarqué las cejas en un claro «No, ¿en serio? Quién lo diría».

—Pero debes pedir mi permiso antes de besarme o tocarme—insistió.

Era.La.Mujer.Más.Irritante.Del.Mundo.

—Sobre tocarnos—comencé y se tensó enseguida—Cuando dices


Prohibida la zona sur te refieres a...

—No puedes tocarme el culo—dijo contundente, como una prohibición


definitiva que mantenía escondido un castigo como cortarme las manos si
lo hacía o algo así—. No puedes tocarme las piernas, no puedes tocarme los
pies, no puedes tocarme los muslos y definitivamente, no puedes tocarme la
entrepierna.
Sí, cada vez comprobaba más lo loca que estaba Haley. ¿Esto era algo
patológico? ¿Era contagioso? Esperaba que no, eso de ser un estirado
controlador no me sentaba bien.

—De acuerdo, entendido la zona sur—me pasé el pulgar por el labio


inferior—. ¿Y qué hay de la zona norte? ¿Tendré que tocarte el hombro
usando un palo de escoba? ¿O es mejor el de un trapeador?

Estrechó la mirada y de nuevo cruzó los brazos sobre el pecho. Estaba


molesta y el saberlo me generó una satisfacción contra la que no quise
luchar.

—Puedes tocarme el rostro, el cabello, los hombros, el cuello, la clavícula,


la cintura, los brazos y las manos. Obviamente los pechos están fuera de los
límites.

Pero miren a la controladora del siglo. Solo esperaba que no me cortara los
dedos por rozarle el culo por accidente cuando la tomara de la cintura. ¿En
qué me había metido? Comenzaba a dudar que un contrato con el mismo
Diablo valiera la pena.

Me aclaré la garganta cuando el silencio se estiró demasiado.

—Bien. Entonces hagámoslo recíproco.

Abrió ligeramente la mirada, sorprendida.

—Pero eso es una est...

Coloqué un dedo al frente para cortarla con toda la dignidad que pude
reunir.

—Nada de peros—moví mi dedo en negativa—. O juegas con mis reglas o


no juego en absoluto, víbora tramposa. Aunque yo no pondré tantas
limitaciones—la miré sugerente—. Si tus manos se resbalan por accidente
hasta mi entrepierna, te prometo no hacer un escándalo.

Haley enarcó una ceja escéptica con gesto burlón.


—Se resbalarían solo mientras empuñaran un cuchillo.

Hice una mueca.

—Auch. Eres maquiavélica. No sé cómo Ian sobrevivió tanto tiempo


contigo.

Elevó el mentón.

—Aún no cantes victoria por él, todavía no está seguro.

Volvió a cruzar los brazos y la acción enmarcó sus pechos, el satín


acomodándose a la forma de sus senos para hacerlos lucir como dos
manzanas apetitosas.

—Bien—accedió sacándome de mis cavilaciones—. Ambos pediremos


permiso para hacer esto recíproco. ¿Alguna otra observación?

Tardé un par de segundos en arrancar mis ojos de sus pechos.

—¿Qué hay del sexo?

—Daxen, no tendremos sexo—dijo hosca, como si la idea le repudiara. Su


expresión despectiva hirió una fibra de mi orgullo.

—No hablo de nosotros, Einstein—la escudriñé—. Hablo de otras personas.

No era un tema que me preocupara demasiado; el sexo era una manera de


dispersar la mente y yo la mantenía ocupada la mayor parte del tiempo,
pero si esta relación duraba tanto como estipulaba el contrato, seis meses
sin una liberación serían una tortura.

—No te follarás a otras. Mantén tu polla dentro tus pantalones.

Me pasé el pulgar por el labio inferior mientras mi temor se volvía realidad.

—¿Quieres hacer de esto algo exclusivo?


Me dedicó una mirada que claramente decía «¿eres idiota o solo pretendes
serlo?».

—Volvemos con el tema de las ETS—recapituló—. No me contagiarás de


algo solo porque no puedes mantener tu pene lejos de un coño.

Solté un sonido sardónico.

—Eso implicaría que te acercaras a mi pene.

Me acribilló y suspiré con exasperación.

—¿Pretendes que permanezca célibe por seis meses?

—Sí—acotó firme y la seguridad con la que me miró enervó los vellos de


mi nuca—. Tienes manos, ¿no? Úsalas. Mira porno, compra revistas, pide
una muñeca inflable por internet, mastúrbate todo lo que quieras, no me
importa. Pero no. Estarás. Con. Otras. Mientras. Estés. Conmigo.
¿Entendido?—punteó cada palabra con la misma contundencia con la que
apuñalaba el aire con su dedo para dejar clara su condición.

—Bien, yo me jodo entonces.

—Figurativa y literalmente, sí—me dedicó una sonrisa encantadora y


maliciosa a la par.

—¿Y qué hay de ti?

—¿Yo qué?

Estreché los ojos, percibiendo un cosquilleo de molestia.

—¿Estarás con otros hombres?

Por un momento temí su respuesta y mi reacción a ella. ¿Me molestaba la


desigualdad de condiciones o el hecho de que estuviera con otro tipo? Lo
desconocía, pero fuera cual fuera la razón, estaría listo para rebatirla hasta
conseguir que desistiera o lograra la igualdad para ambas partes.
Se mantuvo impasible por un instante que me pareció eterno, pero después
soltó una risa.

—¿Qué te hace pensar que tengo el deseo de estar con un hombre?—negó


—. Si los hombres fueran más encantadores y se esforzaran por gustarnos a
las mujeres, lo consideraría, pero entonces tenemos el segundo problema:
algunos son terribles en el sexo. Complacer a una mujer es como intentar
descubrir el enigma de la vida.

—Que Ian fuera una mierda en el sexo no te da derecho a clasificarnos a


todos dentro del mismo saco—argumenté molesto.

—Para tu información, era bueno, muy bueno, pero no puedo decir lo


mismo de todos los hombres con los que he estado.

Un sabor amargo se extendió por mi boca.

—Ser bueno en el sexo no evitó que te pusiera el cuerno—solté con


agriedad y con la misma contundencia con la que un arma disparaba una
bala.

Tal vez fui demasiado lejos porque sus murallas defensivas volvieron a
elevarse.

—No necesito a un hombre para sentirme satisfecha—musitó—. A veces un


juguete es mejor compañía que un tipo que ni siquiera sabe que el clítoris
existe.

El comentario se ganó una sonrisa sugerente de mi parte y la imagen de


Haley dándose placer a sí misma con sus manos o moviendo un juguete
entre sus piernas envió un sacudida a mi verga que resultó placentera.

—Yo puedo hacer que tu teoría sobre los juguetes y los hombres
desaparezca, estirada. Solo tienes que pedirlo.

Haley me lanzó una mirada escéptica y desafiante a la par.

—Lo dudo. Seguro tienes más posibilidades de encontrar Atlantis antes que
la forma correcta de satisfacerme, así que no, gracias. Prefiero no perder el
tiempo.

Una comisura de mi boca se torció.

—¿Siempre eres así de mala con los hombres?

—Solo con quienes no me agradan.

—Supongo que clasifico en esa categoría.

—Como no te imaginas—respondió con un falso tono de molestia que


escondía algo más, como diversión.

Miró de nuevo su reloj y su postura se tensó aún más.

—Debo irme, tengo una reunión—avisó—¿Tienes alguna otra observación?

Negué lentamente.

—No por ahora.

—Bien—se acomodó la blusa que estaba fajada en un pantalón tipo sastre


de tiro alto y llegaba hasta su cintura—. Estaremos en contacto entonces
para afinar los últimos detalles de nuestro anuncio—clavó la vista en mi
camisa, analítica—. Usa camisa oscura y corbata roja.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Usaré un vestido rojo—comentó y la imagen mental que creé se extendió


demasiado por mi mente—. Sería... romántico que fuéramos coordinados.

—¿Te gusta eso?—hice una mueca de rechazo.

—A la gente le gusta. Y por favor, no llegues tarde.

—Me aseguraré de llevar el palo de escoba para tocarte el hombro—aseveré


y noté la manera en que se esforzó por ocultar la risa.
Asintió solemne y cuando dio un paso con la intención de irse, la intercepté.

—Espera—hablé. Extraje del maletín otro montón de hojas y se las tendí—.


Es tu turno de memorizar, estirada.

—¿Qué es esto?—inquirió perpleja, leyendo el contenido de los


documentos.

—Toda mi información personal. Al menos hasta donde puedes saber—


expliqué—. Si se supone que somos pareja, debemos saber estupideces del
otro como el color favorito, comida favorita, trauma de la infancia, película
de Disney que te hizo llorar, ya sabes, esas tonterías.

Haley levantó la vista todavía con rastros de desconcierto en ella.

—Espero tu información detallada. Puedes usar mi documento como guía—


sonreí con malicia—. Y puedes enviármela por mail.

Me acribilló una última vez antes de salir dando largas zancadas. Me pasé
las manos por el cabello e inspiré para tranquilizarme. Hablar con Haley era
como entrar a un campo medieval de justas donde te montabas en un
caballo y rogabas porque ella no te derribara con un comentario inteligente
y venenoso.

Me intrigaba, sí, pero era ese tipo de intriga que te despertaba cualquier
animal peligroso, esa excitación que percibías al acercarte y comprobar los
límites de la bestia. Mi interés era puramente instintivo y científico, nada
más.

Mi móvil vibró dentro de mi bolsillo por enésima vez y me lo llevé a la


oreja con hastío cuando leí el nombre de mi hermana.

—¿Qué quieres?

—Hola a ti también—dijo hosca del otro lado—¿Quieres explicarme por


qué no me atendías?

—Estaba ocupado.
—¿Follándote a tu nueva novia?—se burló, pero su broma no estaba tan
lejos de mis deseos en ese momento.

—¿Qué quieres, Kat?—ignoré su pregunta con una nueva—. Estoy


trabajando.

Hubo un silencio prolongado y el animalillo de la consternación encajó sus


colmillos en mi pecho.

—¿Estás bien?

—Sí, sí, lo siento—soltó una risita—. Ciara Williams llamó. Quiere verte. Y
sabes que no puedes negarte.

Mierda. Como decía, rodeado por todos lados.

¡Hola mis niños!

Ya se viene lo bueno porque en el siguiente capítulo tendremos la


anhelada rueda de prensa y algo más.

La tensión entre estos dos me mata.

¡Disfruten!

Con amor,

KayurkaR.
10| Empieza la función

Día de la rueda de prensa


Daxen

Entré al restaurante de estilo japonés un segundo antes de que la tormenta


se desatara en el exterior. No creía en los horóscopos ni la suerte, pero sí en
mi nariz cuando me decía que olía a tierra mojada y no era tan idiota para
ignorarlo, porque vamos, estábamos en Londres, vivíamos prácticamente
bajo el agua.

—Buenas noches, señor—el hombre delgado de rasgos asiáticos que


atendía la enigmática entrada hizo una reverencia—¿Ya lo esperan?

—Sí. A nombre Williams—informé al tipo y asintió solemne luego de echar


un rápido vistazo a su tablet.

—Sígame, por favor.

Lo obedecí sin rechistar. Siempre me pareció un bonito restaurante con


todos esos biombos asiáticos, los abanicos enormes extendidos en las
paredes y los cuadros con Geishas pintados en ellos. El rojo y el café
predominaban en las paredes y un agradable olor a incienso flotaba en el
aire.

Yo era un tipo mucho más práctico que preferiría reunirse en un Starbucks,


pero mi compañera podía ser todo menos común. La ubiqué sentada junto a
una ventana cuyo vitral mostraba un campo de arroz.

—Ciara—saludé cuando llegué hasta ella.

La mujer me recibió con una sonrisa y las luces tenues del lugar otorgaron a
su piel morena un destello casi etéreo. Me dio dos cortos besos en la mejilla
a modo de saludo y su perfume frutal me golpeó de lleno.

—No creí que sería tan complicado obtener una cita contigo, mira que
hacerme esperar cuatro días para verte—fue lo primero que dijo mientras
recuperaba su asiento y yo ocupaba mi puesto frente a ella luego de
entregarle mi gabardina al camarero.

—He estado ocupado.


La mujer apoyó su barbilla sobre sus manos entrelazadas cubiertas por
largos guantes negros y la alta coleta que mantenía sujeto su cabello oscuro
se movió como un péndulo cuando negó con la cabeza.

—No me digas, ser el novio de una heredera de esa talla debe ser muy
consumidor—sus ojos ámbar me escrutaron como los de una pantera
analizando los movimientos de su presa.

—¿Cuál novia?—me hice el desentendido para molestarla.

Echó la cabeza hacia atrás en una risotada, los bordes de sus ojos y su boca
arrugándose para acentuar la diversión.

—Chico, me entero hasta de lo que piensas antes de que lo pienses—dijo


con petulancia. Retiró sus guantes para después subir un poco el borde de
su vestido strapless con estampado de guepardo.

La camarera del lugar sirvió té negro humeante para cada uno. Mientras se
encargaba de colocar todos los utensilios sobre la mesa para la cena, noté
las ojeras bajo los curiosos ojos de Ciara. No estaba durmiendo bien y eso
solo podía significar una cosa: Josh Crakehall se estaba acercando a ella.
Otra vez.

Era una mujer excéntrica y calculadora. La conocí cuando cumplía mi


condena en Belmarsh. Me sorprendió que me contactara poco después de
ingresar a prisión. En ese tiempo, ni siquiera mi madre me visitaba para
saber si seguía vivo. Los Westler querían olvidar mi existencia y pasar el
mal trago. Así que cuando recibí las noticias de que alguien quería verme,
me decepcionó un poco que fuera una reportera extraña y no mi familia.

Se presentó como Ciara Williams, una periodista que tenía un alto puesto en
el Times y un proyecto ambicioso para descubrir el oscuro imperio que los
Crakehall habían formado con sus empresas sobornando autoridades,
desviando fondos y desapareciendo del mapa a sus enemigos.

Demostrar el abuso de poder y la corrupción con la que se conducía esa


familia se había convertido en su objetivo desde que Josh hizo desaparecer
a uno de los mejores amigos y colegas de Ciara por saber demasiado y por
contar con pruebas para demostrarlo. Ciara decía que la mayoría de la
información que su amigo recopiló se perdió, pero logró reunir lo suficiente
para llegar hasta mí y coronarme como la ficha final para derrumbar su
reinado de mentiras.

Le di detalles sobre lo que sucedió aquella noche, esa noche. Eran minucias
que solo Josh conocía como mi abogado y que demostraban la mala fe con
la que actuó para ocultar información importante e incriminarme a pesar de
ser mi defensor. Le hablé de las pruebas que demostraban mi inocencia,
resguardadas en una comisaría comprada por los Crakehall. Ciara intentó
acceder a ellas.

Creíamos que teníamos todo para exponerlos cuando ella recibió las
pruebas, creíamos que al fin estábamos un paso delante de ellos, creíamos
que éramos silenciosos, pero Josh fue más ágil.

Ciara contaba la historia como si fuera una de terror: la camioneta oscura


que la interceptó en el estacionamiento del Times, la tela de la bolsa negra
que mantenían sobre su cabeza y las voces de los hombres que le daban
indicaciones que ella apenas podía registrar a través del llanto. Me contó
sobre la habitación que olía a moho y desagüe, el resquicio de luz que se
colaba por una ventana cerrada con un tablón y el miedo pérfido que sintió
cuando estuvo frente a frente con un hombre que jamás había visto en su
vida pero que parecía la muerte hecha persona.

Las instrucciones que el hombre le dio a Ciara fueron claras: dejaría su


trabajo como periodista en el Times, eliminaría cualquier información que
hubiese reunido sobre Josh Crakehall y su familia y desaparecería del país.
Solo así evitaría que sus queridos tuvieran el mismo final que su amigo.
Que el hombre mencionara a alguien tan importante para ella a modo de
amenaza la enfureció, pero decidió ser inteligente para sobrevivir. Fingió
tener miedo, fingió ser dócil, fingió aceptar todas las condiciones.

Creyó que todo terminaría al regresar a casa, pero lo único que encontró fue
un lugar vacío, literalmente: los hombres de Josh habían saqueado su casa,
habían destruido todo como perros salvajes en busca de cualquier vestigio
de información que vinculara a los Crakehall con lo que realmente eran:
una familia de mierda. Ciara perdió las pruebas que demostraban mi
inocencia. Perdió la entrevista donde declaraba la verdad. Perdió todo lo
que había reunido en casi un año.

Y también perdió su empleo. Conocía al padre de Ian, sabía que no la


dejaría tranquila hasta que lograra exiliarla y así lo hizo: hizo que la
despidieran bajo la excusa de que había difundido información falsa que
comprometía a la imprenta Times y fue botada sin liquidación y con una
demanda por dañar la imagen de la empresa.

Sin un nombre que valiera algo y sin trabajo, Ciara cedió a la presión de
Josh y se mudó a París, donde terminó trabajando en un pequeño periódico
local mientras invertía la mayor parte de su tiempo en recopilar nuevas
pruebas para destruir a esa corrupta familia.

Nunca perdimos el contacto en los años que se fue; siempre mantuvimos


llamadas, mails o charlas personales cuando yo viajaba a Francia. Que ella
estuviera en Londres arriesgando su vida no era algo que una persona
sensata haría sin una fuerte razón de por medio. Y creía conocer la suya.

—¿Estabas aburrida y necesitabas un poco de diversión?—inquirí y ella


dejó de sorber de su recipiente de cerámica.

—Pardon?—dijo en un perfecto acento francés. Sonreí.

—Quiero decir, no habías puesto un pie en tierras inglesas desde que Josh te
amenazó. ¿Qué te hizo regresar?

Ciara me miró como un gato a un nuevo juguete.

—Me enteré de las noticias, solo vine a... ponerme al día.

Estreché los ojos, dudoso.

—Hay maneras en las que podemos hablar sin que tu cabeza esté
comprometida.

—Lo sé, pero creo que esto es un asunto suficientemente delicado para
correr el riesgo—inclinó su cabeza a un lado y mostró una sonrisa felina—.
No debería mirarte demasiado, ni sonreírte—se alejó hasta apoyar su
espalda en la silla.

—¿Por qué?

—No quisiera arruinar tu nueva relación—acotó y puse los ojos en blanco.

—Así que te enteraste de los rumores, ¿eh?

—Europa es un lugar pequeño, aquí todo se sabe—se encogió de hombros y


el silencio se prolongó hasta que encontró las palabras para romperlo—. Así
que Haley Colbourn. ¿Desde cuándo sales con ella?

—No estamos saliendo—fue mi respuesta automática, pero me arrepentí


cuando el desconcierto la asaltó—. Quiero decir, sí, estamos saliendo, solo
no... lo hemos hecho oficial.

—Eso es genial—me dedicó una sonrisa brillante—. Sé que sabes lo que


estoy pensando.

Mis hombros se tensaron y un nudo hecho con acero se formó en mi pecho.


Había una sensación desagradable de la que no había logrado desprenderme
desde la semana pasada cuando tuve mi última reunión con la heredera de
los Colbourn. Era como un animal silencioso pero molesto que reptaba por
mi interior y odiaba cómo se sentía y cómo me hacía sentir.

—Lo sé, no soy idiota. Haley es nuestra oportunidad.

—Daxen, ella es nuestro boleto de lotería—me miró expectante con esos


ojos ámbar vibrantes—. Dime que estás trabajando en sacarle información.

Negué.

—Haley es... complicada. No será tan fácil que me otorgue libre acceso a
los trapos sucios de los Crakehall, además, soy su reemplazo desde que
terminó con Ian, ¿qué te hace pensar que quiere saber algo de él?

—Sí, justo sobre eso quería hablarte. Creí que la chica estaba comprometida
con él. Hace menos de un mes anunció que se casaría con ese idiota y ahora
es captada besándose contigo y jugando a la marinera en tu yate, ¿qué
demonios pasó?

Carraspeé, sintiéndome incómodo. No quería entrar a este terreno, pero si


haríamos esto juntos, Ciara necesitaba saberlo todo.

—Ian la engañó y ella lo descubrió.

Una arruga se formó entre sus cejas.

—¿Y tú cómo entras en esta ecuación de dos más dos?

La miré con petulancia al tiempo que entrelazaba mis manos sobre la mesa.

—Porque es una ecuación de tres menos uno, Ciara—una comisura de mi


boca se curvó—. En resumen, Haley está usándome para desacreditar y
humillar públicamente a Ian, sabes que me odia y el sentimiento es mutuo.
No iba a perder la oportunidad de joderlo, y sé lo mucho que le enfurece
creer que me follo y me corro dentro de su ex novia.

Se mantuvo en silencio con el impacto cincelado en su rostro.

—Y sobre lo que yo gano estando con Haley, bueno... creo que eso es obvio
—me pasé el pulgar por el labio inferior—. Es un puente entre lo que
sabemos y lo que queremos saber de los Crakehall. Seguramente conoce los
secretos de esa detestable familia, iba a formar parte de ella después de
todo, así que la usaré para llegar hasta Josh. Y como bonus, por qué no, la
usaré para ganar puntos con la audiencia, todos aman a los Colbourn. Eso le
entregará el puesto de Ministro a mi padre. Tal vez así logre perdonarme.

Ciara no dijo nada por un largo tiempo. La camarera regresó para tomar
nuestra orden, se fue y mi compañera todavía no emitía palabra.

—¿El té te quemó la lengua?

—No—respondió lentamente—. Es solo que... todo parece tan planificado


—frunció el ceño—¿Tenías pensado acercarte a ella desde hace tiempo?
—Por Dios, no. Ella es como una víbora de cascabel, con todo y la lengua
viperina incluida—me quejé—. Pero la oportunidad se dio, yo solo me
ofrecí a ayudarla porque sabía que al final me beneficiaría más a mí.

Ciara emitió un sonido de aprobación.

—¿No crees que ella te facilite información si se la pides? Quiero decir, si


lo odia tanto como dices por engañarla, tal vez no tengamos que persuadirla
por pruebas y ella misma las entregue felizmente.

De nuevo ese sentimiento desagradable se instaló en mi pecho y enjauló mi


caja torácica. No me gustaba ese modo de abordaje.

—Haley se cerrará por completo si le pido algo así. Puede que incluso
pierda la oportunidad de acercarme a ella si lo hago.

—¿Por qué? Quiero decir, es una forma excelente de joder a su ex—


enfatizó sin comprender.

—Porque la idiota todavía lo quiere—mencioné sin humor—. Por mucho


que clame su deseo de destruirlo, tiene sus límites, y sé que este es uno que
no traspasará. Ella no es así, es demasiado consciente de los demás, se
preocupa demasiado por los otros y por eso creo que...

«Es demasiado buena para Ian». El pensamiento cruzó mi mente como un


rayo que iluminó la oscuridad, pero sucedió tan rápido que no tuve tiempo
de detenerlo.

Ciara aún me miraba expectante y carraspeé.

—No querrá causar daños colaterales, es decir, no querrá afectar la


economía de Ian o a su familia. Por eso debo ganarme su confianza y lograr
que se abra conmigo, conseguir la información que necesitamos sin que ella
se dé cuenta que la estamos usando.

—Tienes razón, eso es mucho más inteligente—aceptó con un movimiento


de cabeza—. Si la haces hablar sin que lo note, podríamos sacarle
muchísima más información, usarla indefinidamente.
—Bueno, el término indefinido es demasiado. Este circo solo durará seis
meses, es el tiempo que mi padre correrá su campaña electoral.

—Ya veo—dio un sorbo a su té—. Entonces tenemos seis meses para


conseguir esa información.

Asentí solemne y ella sonrió.

—Daxen, esto es lo más cerca que hemos estado de destruir a los Crakehall
en años. Por favor, no lo arruines. Confío en ti. Confío en que haremos
justicia.

Un pesado resentimiento nació en mis entrañas y corrió por mis venas. Por
mucho que me disgustara la idea de usar a Haley para estos sucios fines,
debía hacerlo, por Ciara, por Evelyn, por Daniel, por mí.

Debía hacerlo aunque implicara hundirla a ella también.

Usualmente encontraba la Feria Internacional de Empresas de Londres


como un lugar entretenido y dinámico. Hoy, mientras me dirigía a uno de
los salones que conformaban uno de los edificios más modernos de la
ciudad, sentía que caminaba por el pasillo de la muerte para enfrentar una
sentencia que no me correspondía.

Pero el deber era ese monstruo ineludible que te encerraba entre sus fauces.

Mis padres ya estaban rodeados cuando ingresé al salón donde los medios
de comunicación se aglomeraban como bestias listas para devorarnos con
sus cámaras y micrófonos. En realidad, era como estar en un ring: por un
lado estaban quienes apoyaban a mi padre besándole el culo para ganar su
favor, y por el otro estaban los fieles a la causa de los Crakehall haciendo lo
mismo.

Encontré la mirada de Ian entre la multitud y se la sostuve. De nuevo iba


con la misma rubia que la noche del club, pero estaba unos metros más allá,
lejos de él. Me pregunté si no seríamos los únicos en dar una gran noticia
esta noche.

Me coloqué cerca de uno de los pilares del salón, al lado de la tarima sobre
la que había un imponente pódium de madera. Observé a todos los
empresarios pulular por el salón como mosquitos sedientos de sangre. O
dinero. O ambos.

Robé una copa de champán de uno de los camareros que corría por el salón
y juro que sentí la presencia de Haley incluso antes de verla, igual que un
mal augurio que te ponía los vellos de punta. Supe que era ella porque los
flashes de las cámaras se dispararon enseguida, como si se tratara del
mismo Jesús bajando a la Tierra por segunda ocasión.

Si la princesa Diana hubiera tenido una hija, su presencia tendría el mismo


impacto que Haley Colbourn. Apareció solo unos segundos atravesando la
puerta usando un vestido rojo de estilo cóctel con tirantes que dejaban al
descubierto lo necesario de su clavícula para hacerla lucir sensual y
elegante a la vez; la tela abrazando sus curvas como líquido rojizo. Una
delgada abertura permitía ver retazos de sus piernas al caminar, y mientras
avanzaba, me di cuenta que perdí la capacidad de respirar con normalidad.

No sabía exactamente cómo un novio debía mirar a su novia, o cómo debía


comportarse con ella frente a los demás; nunca llegué tan lejos con una
mujer y tampoco tuvimos suficiente tiempo para ensayar esto. Joder,
nuevamente me mandaban al escenario sin libreto.

No podía despegar mis ojos de ella, por mucho que luchara. Haley
Colbourn realmente exudaba esa elegancia y seguridad que poseían solo
quienes pertenecían a la realeza. La clase de presencia que te invitaba a
mirarla porque era algo digno de apreciar, como una especie de diosa etérea
y mística. Resaltaba, destacaba, brillaba por sí misma.

Atravesó el salón con las cámaras de la prensa y los ojos de los demás
pegados a su espalda, y creí que me ignoraría para dirigirse a alguien más,
pero no fue así. Se colocó frente a mí y sentí como si la sala entera
contuviera la respiración conmigo.
Entonces sonrió. Una sonrisa encantadora y afable que arrugó sus ojos de
una forma muy particular.

—Hola.

Me recuperé del pequeño cortocircuito que sufrió mi cerebro y regresé el


incómodo saludo.

—Hola—me aclaré la garganta sintiéndome como un adolescente idiota—.


Te ves... adecuada.

Ahogó una risa.

—¿Qué?—no pudo evitar sonreír con burla—. ¿Ese es el cumplido que le


darás a tu chica? ¿En serio?

Miré al techo con exasperación, pero sentí la tensión desaparecer cuando


tomó mi mano con la suya. Cuando bajé la vista hacia ella, lucía serena y
templada, como si nos hubiésemos tocado de esa manera toda la vida.

—Estoy lista. Todo irá bien—su voz era baja, pero tan inquebrantable que
parecía resonar en las paredes.

Asentí.

—Están mirando—susurré para que solo ella pudiera escucharme a esta


corta distancia.

—Lo sé. Es parte del plan.

Resistí el impulso de sonreír. No me aterraba actuar mal, me aterraba que


no fuera una actuación y revelara demasiado al final. Desvié la vista de ella
hacia la puerta del lugar y nuevamente los flashes de las cámaras me
cegaron por un instante.

—Parece que tus padres llegaron. Y por si no lo sabías, Ian ya está aquí.

La sonrisa que me obsequió era maliciosa.


—Esto será genial.

Sentí la boca repentinamente seca.

—¿Cómo lo haremos?—susurré cerca, mis labios rozando su oído.

Percibí el pequeño estremecimiento de su cuerpo, pero fue por tan poco


tiempo que creí imaginarlo.

—Sutil y sencillo. Ni siquiera necesitaremos besarnos, ese contacto lo


reservaremos para momentos especiales.

Mi boca se curvó en una sonrisa burlona.

—¿Los besos son tu última carta de ataque?

—Claro, son contactos peligrosos.

Mi sonrisa se convirtió en una risa completa, baja y queda.

—No tengo herpes, Haley. Confío en que ya recibiste mis estudios. Estoy
tan limpio como un sacerdote.

Lanzó un quejido.

—Es una comparación perfecta. Los más limpios pueden ser también los
más sucios—la miré sugerente y captó lo mal que sonó porque carraspeó—.
Sí los recibí. Besarte es seguro, por ahora.

—De acuerdo—di un sorbo a mi copa, incómodo por ser el centro de


atención, como si Haley y yo fuésemos el entretenimiento exclusivo de esa
noche.

—Tú pasarás primero, ¿cierto?—quiso confirmar—. Escuché que estás


nominado junto a Callahan y Jenkins para recibir el premio al empresario
del año. Cuando recibas tu primero, pasaré contigo. Nos daremos la mano y
entonces, cuando agradezcas, te dirigirás a mí como tu novia. Así es como
lo haremos, sutil y encantador, sin escándalos.
—Continúas con tu estrategia de las manos—me burlé—¿Cuántos años
tienes, 10? ¿U 80? Abuela.

Me miró mal, pero no dijo nada más.

—Lo haremos así.

—Como quieras.

Haley se colocó a mi lado en el momento en que el presentador subió al


pódium y una pesada tensión se formó sobre mis hombros. Miré a mi
compañera, segura y serena. ¿No tenía miedo de la reacción de los otros?
¿Cómo podía ser tan templada?

Inspiré y encontré a Josh Crakehall entre la multitud. Los nervios


desaparecieron fundidos bajo el calor de la ira. Debía hacerlo, era ahora o
nunca.

—¡Bienvenidos!—habló el señor Norman, encargado de dirigir este evento


Internacional desde hacía años—. Estamos muy felices de contar con
ustedes en la quincuagésima Feria Internacional de Empresas de Londres,
donde los empresarios más ágiles y astutos son premiados. Quiero
comenzar diciendo...

— Que empiece la función—dejé de escuchar cuandola voz de mi nueva


novia llegó hasta mí.
11| Sencillo y discreto

Haley

Okay, de acuerdo, esto no podía pasarme otra vez.

Miré mi reflejo en el enorme espejo del baño. Los aplausos se escuchaban


distantes, embotados en el salón, pero resonaban en mi interior amenazando
con demoler mi confianza.
Aparentaba ser una persona segura la mayor parte del tiempo porque odiaba
parecer débil, pero esto comenzaba a rebasar mi control. Esto de encerrarme
en los baños se estaba volviendo una mala costumbre.

Cerré los ojos e inhalé, sostuve el aire tres segundos y exhalé. Los ojos de
todos estarían sobre nosotros y no hablaba solo de los asistentes a la rueda
de prensa, hablaba de toda la nación. El mundo entero nos tendría en la
mira como una de las parejas más poderosas pero controversiales de los
últimos años.

¿Una Colbourn con un Westler condenado? Eso sí que era algo digno de
apreciar. Mis padres se habían esforzado por mantener nuestro apellido
impoluto, hasta que yo tuve esta la brillante idea.

Inspiré de nueva cuenta y detuve mi mano a tiempo para no arruinar el


elaborado peinado que sostenía mi cabello. El maquillaje delicado con
bordes oscuros y los labios claros me dotaban de una imagen segura y
devastadora, era así como debía sentirme, no como un venadillo asustadizo.

Debía hacer esto. Debía arruinar a Ian hasta que no quedara nada de su
engreída imagen para ser admirada.

Inspiré una última vez para mantener mis nervios a raya, alisé arrugas
inexistentes en mi vestido y me avoqué a regresar para llegar a tiempo a la
entrega del premio de Daxen. No quería que nada arruinara mi perfecto
plan.

Caminé por el largo pasillo con paredes de madera pulida mientras la voz
del presentador se volvía más clara y cercana. A lo lejos, frente de las
puertas, distinguí una figura que conocía muy bien.

—¿Qué quieres, Ian?—me detuve a unos metros de distancia adoptando una


pose defensiva con los brazos cruzados sobre el pecho.

Mi ex me escrutó de la cabeza a los pies, sus ojos verdes atentos. Mi


corazón se estrujó al comprobar que vestía la corbata que le regalé en su
primer triunfo como empresario. ¿Qué pretendía?
—Te ves preciosa, Haley. Nunca dejas de sorprenderme—me halagó, un
verdadero cumplido, nada parecido al «te ves adecuada». Idiota.

Aunque acarició mi ego, no cedí.

—Gracias, ahora dime qué quieres. No tengo tiempo.

Hizo una mueca y en su rostro se asentó una sombra de pesar.

—Sé que fui un idiota contigo en muchas ocasiones y no lo merecías. Lo de


engañarte... fue una tontería.

Enarqué ambas cejas.

—¿Y apenas lo notas?

Ian se pasó la lengua por los labios, nervioso.

—Todo se terminó con Caitlyn—declaró y la cuerda de la sospecha se


tensó.

—Ya, yo los vi muy juntos en el club hace una semana, no parecía que nada
hubiera terminado entre ustedes.

—Pero así fue. No quiero tener nada qué ver con ella—acotó con firmeza.

—Bien por ti. Ahora si me disculpas, tengo que volver con mi novio.

Di un paso adelante y se apresuró a bloquearme el camino. La exasperación


me invadió junto con la molestia. Aún seguía tan enojada con él como el
primer día.

—Sé que lo tuyo con Westler no es real—la seguridad en su voz me dejó


helada, pero luché por ocultarlo—. Así que ya puedes dejar el teatro.

Bufé con el nerviosismo subiendo por mi estómago.

—Claro que es real, ¿acaso no nos viste comiéndonos en el club?


¿Tendremos que hacerte una demostración privada de cuán real es lo
nuestro?—lo desafíe y algo en su semblante cambió.

Soltó una risa sin humor.

—Preciosa, te conozco. Tú jamás estarías con alguien como él, sé que todo
esto es una jugarreta tuya para vengarte.

Tensé la mandíbula, molesta. Me fastidiaba esa arrogancia con la que se


dirigía a mí, como si creyera que yo estaba en el centro de su mano.

—¿Por qué no lo estaría?—le dediqué una sonrisa maliciosa—. Es muy


bueno para regalarme orgasmos y no comparte mi lencería con sus amantes.
Él conoce mi valor, no, mejor aún: lo reconoce.

Los ojos de Ian se tornaron oscuros y sus facciones endurecieron.

—Haley, tú jamás estarías en serio con Daxen, sabes lo mucho que eso
mancharía el apellido de tu familia. Es un criminal ex convicto, ¿de verdad
quieres arruinar de ese modo la imagen que todos tienen de los Colbourn?
Sus acciones en la bolsa se desplomarán.

Escruté su rostro mientras hablaba y con cada observación que salía de su


boca, más convencida estaba de hacer esto. Haría que se tragara todas sus
palabras.

—Él y yo hacemos mejor pareja de la que tú y yo jamás hicimos—atajé


levantando el mentón—. Puedes quedarte con Caitlyn, ella está a tu nivel.

Dio un paso hacia mí, su alto y ancho cuerpo ensombreciéndome, pero ni


siquiera me inmuté.

—No regreses al salón. No hables más con Westler. Tú y yo solucionaremos


las cosas y retomaremos nuestro compromiso.

Permanecí aturdida por un instante, mis ojos abiertos sin mesura, con la
molestia corriendo por mi sangre como veneno. Entonces, sin previo aviso,
me eché a reír. Una carcajada que nació desde lo más profundo de mí y
reverberó en las paredes del lugar.
—¿Me estás ordenando? ¿Tú? ¿A mí?—me señalé sin dejar de reír—. Tú
no puedes ordenarme, Ian. Tú y yo ya no tenemos nada qué ver y eres
alguien que no quiero volver a ver, de hecho.

Dio otro paso al frente con aires de amenaza, pero conocía bien a mi ex.
Sabía que no me lastimaría, solo estaba desesperado por parar esta locura.

—Si sales a ese lugar y los medios continúan tomando fotos de lo que
supuestamente hay entre Westler y tú, llegarán a la conclusión de que
terminamos. Eso no es bueno.

—¿No es bueno para quién? ¿Para mí o para ti?

Hizo una mueca de exasperación.

—Arruinarás mi imagen, ¿no te importa?

Mi corazón se estrujó cuando me dedicó esa mirada intensa con sus ojos
jade, una que yo conocía bien, pero lo escondí debajo de una coraza para
que no pudiera manipularme.

—No. A ti tampoco te importó mi imagen, ni el cómo me sentiría yo, ni


nuestra relación cuando me pusiste el cuerno.

—¡Lo hice porque estaba pasando un mal momento!—espetó subiendo el


tono—. Siempre estás concentrada en el trabajo, tu vida entera es la
empresa que diriges, ni siquiera me mirabas cuando estábamos juntos.

—¡Eso no es cierto! ¡Yo hacía todo por ti! ¡Incluso te ayudé a cubrir lo
de...!

—¡No era suficiente! No me prestabas atención, así que la busqué en otro


lugar. Pero no volverá a pasar, podemos hablarlo.

Mi cuerpo hervía como si hubiera sido sumergido en un contenedor con


agua a mil grados y la ira que sentía en ese momento era tan grande que me
sorprendía no haber estallado aún.
—Tu infidelidad fue tu elección—musité luego de tranquilizarme lo
suficiente—. Una decisión que tomaste muy aparte de nuestra relación, así
que no me culpes a mí por tus acciones. Pudiste acercarte a mí para
hablarlo, pero no, preferiste buscar la solución en el coño de Caitlyn.

Ian cerró los ojos como si buscara templarse.

—Deja ya esta rabieta, Haley. Es lo único que pido, este teatro no te llevará
a ningún lado.

—Jódete, Ian. No tienes idea de lo que es una relación real, porque no


puedes mantener ninguna. ¿Ya te aburriste de Caitlyn? ¿Con cuántas
mujeres has estado desde que terminamos? Lo que tú no puedes darme,
Daxen lo hace a manos llenas.

Reconocí el enojo ardiendo en sus ojos esmeralda y soltó una risita seca,
burlona.

—Creo que debería ser yo el que pregunte si Daxen no se aburrió de ti. A él


solo le gustan las rubias y las chicas con grandes tetas. Y lo que a ti te falta,
otra se lo dará a manos llenas, igual que sucedió conmigo.

Fue un golpe bajo, muy bajo. El corazón se me disparó por la estrepitosa


emoción que me corroía. Le di un empujón para hacerlo a un lado y
regresar al evento antes de que las lágrimas me traicionaran.

Abrí las puertas del salón donde la premiación se llevaba a cabo y ubiqué a
Daxen subiendo a la tarima para recibir el trofeo de su victoria. Comencé a
andar a pasos agigantados, el tacón resonando tan fuerte en el azulejo que
algunas personas se giraban a mirarme mientras atravesaba a la audiencia.

La adrenalina corría por mi sistema como un torrente y mi corazón latía con


una rapidez inigualable. La ira se mezcló en mi sistema y me dio el empuje
que necesitaba para concretar la locura que estaba a punto de cometer.

—Es un gran honor recibir este premio, ser considerado empresario del año
no habría sido posible sin mis colaboradores y sin el apoyo de mi...
Su voz se desvaneció cuando miró que subía las escaleras de la tarima y, sin
previo aviso, llegué hasta él atrapando sus labios con los míos y su rostro
entre mis manos.

Yo no conocía la mala suerte.En verdad, era una de las pocas personas en el


mundo a quienes la suerte les sonreía siempre, incluso me atrevería a decir
que era una de sus favoritas. Era una chica de buena suerte acompañada de
buenas decisiones. Énfasis en el pasado de la oración, pues al parecer la
suerte era una perra mucho más traicionera que el karma. Tal vez por eso
eran tan buenas amigos, yo lo descubrí de mala manera, una fea y ruin.

Quizá Daxen Westler era mi karma y mi mala suerte personificados, porque


besarlo frente a todos... besarlo era el universo dándome la espalda, pero ya
no había vuelta atrás, debía montar la ola o ser arrasada por ella.

Besé a Daxen con más ímpetu, su boca moviéndose sobre la mía para
abrirse paso, llenándola con la calidez de sus labios. Coló sus manos hasta
mi cintura y me atrajo hacia él con sus largos dedos presionando contra mi
piel, férreo y seguro, posesivo, como si no quisiera dejarme ir.

El oxígeno siguió su boca cuando me abandonó y cuando lo miré, fue como


ahogarme de nuevo en la intensidad de esos ojos oscuros.

Alguien lanzó un quejido de impresión, mientras un puñado de personas


aplaudió sin estar seguras si era lo correcto. Qué incómodo. Me deshice de
su agarre y enfrenté las fauces del infierno.

Mamá me miraba pálida como papel desde su lugar mientras la cara de papá
era un rompecabezas de emociones sin resolver, los flashes de las cámaras
me dejaron ciega y los comentaristas en la rueda de prensa hablaban sin
parar, deseosos como buitres por tomar el mayor pedazo de exclusiva
posible.

Pero lo mejor... lo mejor era el rostro de mi ex prometido entre la multitud,


abandonado y humillado públicamente a nivel nacional.

Levanté el rostro y entrelacé mis dedos con los de Dax, su palma firme y
cálida contra la mía.
—Señorita Colbourn, ¿podría darnos una declaración al respecto?—la
reportera extendió su micrófono hasta mí—. Hablo por todos cuando digo
que esto nos ha pillado por sorpresa.

Sonreí lo más natural posible mientras Daxen rodeaba mi cintura con


orgullo, estrechándome contra él.

—Entiendo lo que quieres decir—miré de reojo a mi compañero—. Pero el


amor es sorpresivo, ¿verdad, cariño?

—Por supuesto, amor—besó mi sien y quise matarlo, pero me contuve.

Los reporteros se amontonaron a nuestro alrededor como abejas y los


elementos de seguridad intervinieron para mantenerlos a raya.

—¿Qué sucedió con su compromiso?—preguntó alguien más—. El señor


Ian Crakehall...

—Nuestro compromiso terminó hace poco más de un mes—respondí


segura.— Ian y yo no tenemos ninguna relación salvo laboral. No daremos
más declaraciones por el momento.

—Señorita Colbourn...

—Señor Westler, ¿cómo toda esta noticia el partido de su padre?

—Señor Westler...

Los guardias logran contener a la horda de reporteros a duras penas. Solté la


mano de Daxen como si quemara cuando llegamos a los camerinos y,
cerciorándome que no estábamos más en el ojo público, estrellé su cuerpo
contra la pared haciendo puños su camisa.

—¿Qué mierda fue eso?—siseé furiosa.

Daxen se recuperó de la impresión y me dedicó una sonrisa felina.

—Un beso. ¿Nunca te habían uno?


Fruncí el ceño.

—Claro que sí.

—Pero no como los míos.

—Eso ni siquiera fue parte del trato.

—Tú fuiste quien se abalanzó hacia mí como una loca en primer lugar, ¿no
se suponía que lo haríamos todo simple y discreto?

—Las cosas se salieron de mi control. Tenía que hacerlo.

—Y yo tuve que responder acorde a las circunstancias.

Di un paso al frente, apretando más mi agarre en su prenda para lucir más


amenazante.

—Si vuelves a llamarme amor, te arrancaré la lengua, ¿entendido?

—Mientras lo hagas con tu boca, no tengo quejas, amor—tentó su suerte.

—Solo haz tu maldito trabajo—lo solté sin humor.

Me apoyé en el respaldo del feo sillón gris decorando el camerino y suspiré.


El espectáculo no resultó tan grácil como creí, pero al menos sobrevivimos
y logré ver en primera plana la cara del imbécil de Ian al escuchar la
noticia, algo que yo podría considerar una victoria.

—Sabes la tormenta de mierda que se nos viene encima ahora, ¿cierto?—


cuestionó Daxen cerca de mí y asentí—. No será sencillo hacerles creer este
cuento.

Cerré los ojos para calmar mi mente y me atreví a mirarlo solo porque mi
corazón no dejaba de latir desbocado.

—Lo sé.

—Será peligroso—acentuó con esa voz profunda que me hacía estremecer.


—Lo sé.

—Si queremos que esto funcione, debemos hacerles creer que esto no fue
un error, sino un...

—Que somos un acierto—su mandíbula se tensó aún más y asintió.


Algunos mechones oscuros cayeron sobre su frente y resistí el impulso de
pasar los dedos sobre ellos para comprobar si eran tan suaves como
parecían.

—Será complicado conseguirlo, Haley—aseveró—. Para la mayoría de las


personas, el convivir con alguien de la familia Westler ya es un error.

—No me importa—insistí—. Quiero que ese hijo de puta se arrastre hasta


mí para patearlo de vuelta a su miserable hoyo.

Mostró el esbozo de una sonrisa burlona.

—Cuidado víbora, podrías ahogarte con tu propio veneno.

—¿Ahogarme?—resoplé—. Mejor cuídate tú, que podría salpicarte.

Dio un paso al frente, su cuerpo alto y fibroso tan cerca de mí que debí
estirar el cuello para mirarle a la cara, envuelto en un aroma fuerte.

—Tengo resistencia a tu veneno, o de lo contrario, no habría sobrevivido a


ese beso—sus ojos cayeron a mi boca para centrarse de nuevo en mis orbes
—. Te veo fuera.

Y sin mediar una palabra más, salió del camerino.

Me senté en el duro sillón e inspiré para no perder la calma. Debía analizar


esto antes de permitir que las emociones me dominaran, revisar todas las
posibilidades antes de ser engullida por ellas.

¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Cómo había pasado de tener el


compromiso con el hombre que creía adecuado para mí a terminarlo y
besarme con su peor enemigo en el mismo mes?
Mierda. Ahora estaba implicada públicamente con Daxen Westler. ¿Cómo
podía sobrevivir a algo así?

Tendría que seguir este juego hasta ganarlo. No podía retirarme, no había
tiempo fuera ni segundas oportunidades.

Era mi única partida y pensaba ganarla sin vacilar.

Salí del camerino unos minutos después. Daxen ya estaba rodeado de


reporteros y personas que buscaban obtener un trozo de información. Me
abrí paso hasta él entre el montón de gente que me rodeaba y tomé su mano
para irnos de ahí.

Me siguió sin rechistar y llegamos juntos hasta donde mis padres estaban,
unos metros más allá en el fondo del salón, donde la prensa tenía prohibido
el acceso.

—¿Estás listo?—pregunté conforme nos acercábamos.

—¿Para ser descuartizado y despellejado por tus padres? No.

Apreté su mano en un gesto de apoyo y me dedicó una mirada que no logré


descifrar.

—Creo que ya es tiempo de presentarlo. Mamá, papá, él es Daxen Westler,


mi nuevo novio—mencioné con felicidad excesiva para cubrir mi mentira.

Mamá aún estaba pálida y el rostro de papá era una roca.

—Señora Colbourn—solté la mano de Dax para que saludara a mi madre.

Cuando llegó el turno de mi padre, sentí una tensión extraña construirse en


el aire, silenciosa y densa, como dos bestias marcando territorio.

Estaba disfrutando tanto de este momento. Se conocían por el trabajo y


sabía que papá confiaba en él en ese ámbito, pero ¿le confiaría a su hija? Mi
novio debía estar cagándose en los pantalones.
—Señor Colbourn—le tendió su mano y papá la miró sin ocultar su
renuencia, pero la tomó al final. Los nudillos de Dax estaban blancos.

Cuando el contacto terminó, sonreí.

—Lamento la sorpresa, tenía planeado decírselos antes pero... bueno, las


cosas no se dieron.

Mamá salió por fin de su estado de trance y parpadeó un par de veces.

—No sabía que estabas saliendo con alguien, creí que... te tomarías un poco
más de tiempo.

Sentí los tres pares de ojos sobre mí y lo único que atiné a hacer fue reírme,
una risa chillona y nerviosa.

—¿Para qué perder el tiempo?—enredé mis dedos con los de Daxen y papá
contempló la acción con el rostro aún impertérrito.

Las únicas ocasiones en que lo apreciaba tan estoico era cuando Ian estaba
en casa y cenábamos juntos.

—Veo que subiste rápido los eslabones de la empresa y conquistaste la cima


—fue lo primero que dijo papá.

Oh, esta era la faceta que yo conocía, sarcástica y viperina. Mamá le dio un
codazo en su costado, pero la ignoró y continuó sosteniendo la mirada de
mi compañero. Cuando llevé a casa a Ian por primera vez y papá lanzó su
primer comentario, él solo se rio. Una risa nerviosa a algo que no era un
chiste.

—Conquistarla me parece errado, más bien, ella me conquistó a mí—posó


su mano en mi cintura, atrayéndome hacia él y la tensión entre ambos casi
me engulló—. Además, con Haley nunca se alcanza la cima. No creo que
puedas detenerte jamás para estar con alguien como ella, más bien corres a
su paso para alcanzarla.

Su cumplido me tomó con la guardia baja y a pesar no ser un halago


común, lo sentí sincero y personal, como si realmente lo pensara.
—Cierto, nuestra hija nunca deja de moverse, es muy inquieta, como su
padre—espetó mamá y papá puso los ojos en blanco—. Es un placer
conocerte. ¿Tú lo conocías antes, Alex?

—Somos socios en la empresa—soltó serio—. Pero al parecer él hacía otro


trabajo mientras cumplía sus deberes conmigo.

Daxen sonrió.

—Estaba convirtiéndome en un socio VIP.

Mamá sonrió, yo reí y algo brilló en los ojos de papá por un segundo, algo
parecido a la diversión.

—Trabajamos juntos desde hace años y desde hace algunos meses... nos
dimos cuenta que éramos buena pareja para algo más que el trabajo—me
apreté a su brazo y de nuevo percibí la tensión en su cuerpo, pero lo
disimuló mejor que en el club, cuando nos encontramos a Morten.

—Trabajaban demasiado tiempo juntos por lo que veo—dijo mi padre.

—No lo suficiente—lo reté y me encontré con esa misma mirada desafiante


que heredé de él—. De hecho, le decía a Daxen que sería genial que nos
acompañara en tu cena de cumpleaños—el entusiasmo genuino desbordó de
mi voz.

Papá me acribilló, pero me gustaba molestarlo, así que seguí.

—Sí, Dax, eres mi novio ahora. Es momento que conozcas a mi familia.

Mi compañero estaba tan tenso como una vara y su expresión era


estoicismo puro.

—Claro, deberías llevarlo. Nos hará bien su compañía, entre más mejor,
¿verdad?—mamá se dirigió a papá, quien todavía estaba ocupado
mirándome con intensidad, pero al final esbozó una pequeña sonrisa.

—Por supuesto. Veremos si sobrevives a una velada con nosotros y las


rabietas de Haley.
—¡Yo no hago rabietas!—me quejé.

—¿Ves? Ahí tienes la primera. Lo heredó de su madre.

—¡Oye, yo tampoco las hago!—le dio un golpecito con el hombro. Papá


rodeó sus hombros con un brazo, la atrajo hacia sí y plantó un beso en su
cabeza.

—Lo que tú digas—se separó de mamá y nos observó a ambos con un gesto
un poquito más relajado que antes, las manos en los bolsillos de su traje—.
Nosotros nos iremos a casa. La premiación está a punto de concluir y sabes
que odio estas cosas.

—Se aburre muy fácil—le dije a Daxen.

—Callahan dijo que harían una cena con todos los ganadores, no tardarán
en invitarlos. Deberían ir—nos instó mamá.

Lo cierto era que estaba demasiado cansada luego de los sucesos de hoy,
pero tal vez valdría la pena mostrarnos en público para fortalecer la
credibilidad de nuestra relación.

—Claro, ¿quiénes asistirán?

—Callahan, Vais, Thomas, Crakehall, Gallager... no recuerdo todos los


nombres, no me interesan—papá se encogió de hombros, pero yo ya estaba
formando un plan antes que terminara de recitar Crake.

—Iremos, ¿cierto?—dije entusiasmada a mi compañero—. Será bueno para


hacer relaciones.

—Ya, como digas. Te veo en casa—papá se dirigió entonces a Daxen—. Te


veré a ti en la cena.

—Eso espero.

—Ya veremos.
Papá me guiñó un ojo a modo de despedida con ese toque de diversión que
lo caracterizaba y mamá simplemente hizo un gesto con su mano.

Cuando se fueron, e pareció respirar por primera vez luego de contener la


respiración bajo el agua por minutos.

—No estuvo tan mal.

—Si quitamos el hecho de que tu padre quería matarme por meterme en su


empresa y en las piernas de su hija, no—atrapé la leve sonrisa que surcaba
su cara—. Pensé que sería peor.

—Papá es protector, pero respeta mis límites. Confía en mí.

—Lo sé, en quien no confía es en mí.

Me encogí de hombros mientras tomaba una copa de la bandeja de un


mesero que pasaba. Le di un sorbo y el líquido frío se sintió bien.

—No necesita confiar en ti. Este trato es temporal, apenas se cumpla el


plazo, tu padre obtenga el puesto y yo mi venganza, tomaremos caminos
separados. No tienes que preocuparte por agradarles a mis padres, solo
hacer que nos crean.

Hubo un lapso de silencio antes de que él hablara de nuevo.

—Entonces para conseguirlo, ¿me llevarás a una cena para conocer a tus
padres?

—Ajá—di otro sorbo—Es la cena por el cumpleaños de papá, como


escuchaste.

—¿Y crees que le gustará tenerme ahí?

Sonreí maquiavélica.

—No, lo detestará, pero será divertido presenciar como intentas seguir su


conversación.
Bufé.

—Lo conozco, hemos hablado, no es tan difícil. Es un buen hombre.

Enarqué una ceja.

—No, no lo conoces en absoluto. Su faceta de empresario no tiene nada qué


ver con su faceta real, créeme.

Emitió un sonido escéptico.

—No puede ser tan malo.

—Veremos si sobrevives—di el último trago a mi copa y lo encaré—.


Iremos a esa cena de los ganadores, Ian estará ahí.

—Y quieres joderlo más aún.

—Claro que sí.

Asintió.

—¿Tengo la opción de decir paso?

—No. Hagamos un buen espectáculo—sentencié.

¡Hola mis niños! Actualización doble hoy porque sí.

Al fin tenemos la bendita rueda de prensa.

La cena estará cardíaca. Ambas cenas.

¡Disfruten!

Con amor,

KayurkaR.
12| Evelyn

Haley
Comenzaba a creer que asistir a una velada donde me expondría a miradas
escrutadoras y preguntas indiscretas sobre mi nueva relación no era tan
buena idea. O una idea inteligente en absoluto.

Pero gracias a mi mononeurona, ya no había vuelta atrás. El chófer detuvo


el auto en la amplia mansión de los Callahan. Si no tuviera la misión divina
de destruir a Ian, nunca habría puesto un pie en este lugar. Esa familia era
conocida por cotillar y juzgar absolutamente todo lo que estuviera al
alcance de sus ojos o sus oídos.

Genial, era una langosta que se había lanzado sola al agua hirviendo.

Estaba demasiado abstraída en mi suicido langostal porque no noté que


Daxen abandonó el auto y lo rodeó hasta que abrió la puerta para mí. Su
mano pendía en el aire, invitándome a tomarla.

—¿Piensas bajar del auto en la siguiente hora?—su voz me hizo espabilar y


tomar su mano.

—Qué caballero—lo elogié mordaz.

Una sombra se asentó sobre sus ojos mientras me ayudaba a bajar con
suavidad.

—No pensarías lo mismo si esto fuera una relación de verdad.

—¿Por qué?

—Porque entonces el sexo no estaría prohibido, y ahí soy todo, menos un


caballero.

Su declaración sonó más a un desafío que una invitación, y me intrigó.


¿Cómo sería alguien tan estoico y controlador como Daxen en la cama? Ese
pensamiento jamás cruzó mi mente mientras trabajábamos juntos o
convivíamos por cuestiones laborales. En la empresa era tan organizado,
metódico y silencioso que las palabras sexo y Daxen en la misma oración no
podían usarse de forma positiva, y si me ponía a pensarlo utilizando sus
rasgos personales como referencia, estaba segura que sería igual a cogerse
un robot.

Ese pensamiento me generó un escalofrío, pero no ayudó a que la intriga


desapareciera.

—Me alegra que esto sea algo falso entonces, estoy a salvo de pasar esa
decepción.

Una sonrisa fugaz surcó su rostro, pero no dijo más. Llegamos a la entrada
principal de la mansión Callahan y dos puertas de estilo francés nos dieron
la bienvenida a un gran vestíbulo del mismo estilo. Localizar a los invitados
no fue difícil, pues las risas invadieron enseguida la estancia. Seguimos el
sonido y llegamos hasta un salón donde hombres y mujeres se congregaban
para mantener charlas educadas.

Apenas pusimos un pie en el lugar, fue como si Daxen se transformara en el


hombre estoico que conocía, como si colocara una armadura en su
personalidad. Sin risas, sin ocurrencias, sin bromas. Sentí la tensión de su
cuerpo, la dureza de su brazo evidente mientras caminábamos juntos.
Parecía una liga a punto de romperse.

Algunas personas se acercaron a saludar. Les sonreí, dije algunos elogios


sobre su apariencia o sus logros en el último año y recibí con la misma
facilidad los halagos para mí. Daba tanto como recibía, sabía cómo
desenvolverme en este ambiente para ser querida y amada por los demás.
La Dulzura Inglesa, así era como me habían bautizado los medios y estaba
más que feliz de hacer honor a mi apodo.

Mis padres no me lo enseñaron, pero crecí observándolos: de mamá aprendí


su fortaleza y tenacidad para imponerme; de papá tomé su encanto y
agilidad para manipular a los demás y conseguir de ellos lo que quisiera sin
que lo notaran.

Sonreía, saludaba, elogiaba, porque sabía que lo recibiría potencializado al


triple. Era con carisma con lo que conquistabas a la sociedad, y con destreza
con lo que dominabas el mundo de lo negocios.
Daxen, sin embargo, era otra historia. No dijo más de diez palabras a las
personas que nos cruzamos y comenzábamos a recibir miradas extrañas de
los demás. Resistí el impulso de darle un pisotón para que espabilara, o se
moviera o al menos parpadeara.

—¡Haley!—Drew Callahan, uno de los anfitriones con los que compartía


edad, llegó hasta mí mostrando una enorme sonrisa que le correspondí—.
No creí verte aquí.

Me dio un beso en cada mejilla y su sonrisa se ensanchó.

—Mi novio quería venir para celebrar su logro—las palabras salieron de mi


boca sin pensarlo mucho y miré por el rabillo del ojo la expresión
indiferente del aludido.

Drew enfocó su atención en Daxen como si lo viera por primera vez.

—Cierto, felicidades por tu premio, es difícil de conseguir—el borde filoso


de su tono no pasó desapercibido para mí. Si Dax lo notó, no dijo nada y
solamente estrechó su mano con gesto serio.

—Gracias.

Cuando rompieron el contacto, Drew metió las manos en los bolsillos de su


pantalón y se centró en mí con una exagerada expresión de pesar.

—Apenas me enteré que estabas libre. Tu novio no te dejó un segundo en el


mercado de la soltería.

Solté una risita incómoda.

—Él es...

—No iba a correr el riesgo de que alguien más tomara mi lugar—el tacto de
su mano en mi espalda desnuda despertó mi piel y una especie de
electricidad me recorrió de la cabeza a los pies.

Drew carraspeó.
—Claro, eres un hombre inteligente, yo habría hecho lo mismo.

Lancé otra risita boba para aligerar el denso ambiente que se construía en el
lugar.

—Bien, espero que disfruten la velada. Nos veremos por ahí—dijo el


anfitrión.

Se despidió con un gesto de cabeza y apenas giró sobre sus talones, me


alejé de su tacto para desvanecer la energía que crepitaba entre ambos.

—¿Qué está mal contigo?—quise saber hastiada.

Dax apenas me miró.

—Muchas cosas están mal conmigo, sé más específica, por favor.

Solté el aire con exasperación.

—Quiero decir, no saludas, no hablas, no sonríes. Es como si trajera de


acompañante un robot.

Un hombre que no reconocí me saludó rápidamente y logré corresponderle.


Tomé a Daxen de la mano y lo llevé conmigo hasta una de las columnas
más alejadas de la sala.

—¿Y bien?—insistí.

Frunció los labios y se pasó una mano por el cabello con hastío.

—No soy conocido por ser social. Quienes trabajan conmigo lo hacen por
mi cerebro, no por mi encantadora personalidad—contestó mordaz—. No
tengo por qué lamer el culo de estas personas.

Su voz estaba llena de resentimiento y me tomó un segundo comprender su


actitud defensiva.

—No te estoy pidiendo que beses sus zapatos, pero, ¿podrías al menos
actuar como un novio enamorado en lugar de un hombre que está siendo
torturado?

—No estoy muy lejos de la segunda parte—se burló y lo acribillé, entonces


se apresuró a explicar—. No es por ti, quiero decir, tú no eres el problema.
Es esta gente. Son las miradas desdeñosas, los susurros. Nunca me han
considerado parte de su mundo, así que yo tampoco los considero parte del
mío.

Resistí el impulso de cruzarme de brazos y armar una discusión sobre


percepciones, porque no era el momento. Así que en su lugar, le sonreí, una
sonrisa más sincera de lo que imaginé.

—No tienes nada qué probarles a ellos. Al menos, no solo, ahora somos
nosotros dos los que tenemos que convencerlos de que lo nuestro es real,
que te elegí por una razón. O por varias.

Algo cambió en su expresión tras esa declaración-

—Si queremos que esto funcione, debemos demostrarles que eres digno de
su aceptación y admiración, solo así podrás ayudar a la campaña de tu
padre. Enamóralos tanto como se supone que yo... me enamoré de ti.

Su rostro se suavizó apenas dije esas palabras y yo sentí el mío caliente,


como si me hubiese expuesto demasiado.

—De acuerdo, entonces saludar y sonreír, igual que una reina de belleza en
su pasarela. Creo que puedo manejarlo sin enterrarme el tenedor de la carne
en el pecho.

Una risa burbujeó desde mi garganta.

—Si esto se torna demasiado aburrido, haremos suicido colectivo, te lo


prometo.

Daxen sonrió.

¥
—Tengo un viñedo privado en Lyon, deberíamos ir—sugería Frank
Callahan mientras los invitamos de la mesa lo elogiaban.

—¿Podemos hacer el suicidio colectivo ahora? Antes de que se lleven los


tenedores—susurró Dax a mi lado.

Resistí el impulso de patearlo bajo la mesa.

—Mi respuesta sigue siendo la misma que hace dos minutos—contesté en


el mismo tono bajo—, no cambiará solo porque me vuelvas a preguntar.

—¿Podemos hacerlo ahora?

—No.

—¿Ahora?

Lo acribillé.

—Muero de aburrimiento. ¿A quién mierda le importa su viñedo en París?


Yo también puedo comprar dos kilos de uvas en el supermercado y decir
que es mi viñedo.

Una carcajada brotó de mi garganta sin que pudiera evitarlo y Frank detuvo
su discurso sobre el sabor de los vinos secos para centrarse en mí. Me aclaré
la garganta para acallar mi risa.

—Me alegra mucho que pudiera acompañarnos hoy, señorita Colbourn—el


hombre sonrió y le devolví el gesto—. Lo mismo digo sobre usted, señor
Westler.

Algunas personas no opinaban lo mismo y no se molestaron en ocultarlo,


especialmente Ian, quien estaba frente a nosotros a unos cuantos lugares de
distancia. Disfruté como nunca su agria expresión mientras bebía de su
coñac.

—Gracias, Callahan—Dax apretó mi mano en un gesto romántico, pero


más bien parecía que pedía mi ayuda.
El hombre se acomodó mejor en su silla colocada a la cabecera de la mesa.

—De hecho, me alegra que muchos estén aquí, veo jóvenes que son los
representantes de sus familias y eso me llena de orgullo. Es lo que siempre
le digo a mi hijo Drew, debemos mantener vivas las tradiciones y los
buenos valores en nuestro círculo, o será nuestra perdición—soltó el
anfitrión.

—Creo que ya estamos perdiendo esos valores—me sorprendí cuando la


voz de Ian llegó hasta mis oídos y fijé mis ojos en él, igual que el resto—.
Es decir, últimamente somos muy laxos con nuestros estándares para
aceptar a otros en el círculo, porque en esta mesa hay hasta criminales.

Miró de reojo a mi compañero e inmediatamente sentí la tensión en su


cuerpo, su rostro endureciéndose. Era claro para quién iba dirigido el
mensaje, aunque Ian debía estar algo ebrio si lo decía con tan pocos filtros.
Ebrio y dolido no era una buena combinación.

—Creo que en esta mesa hay más de un criminal—solté sin pensarlo mucho
y todos me miraron—. Sí, quiero decir, ¿a quién no le han dado una multa
por ir a exceso de velocidad o pasarse una luz roja? Hasta yo tengo algunos
en mi historial, soy una criminal.

Hubo una ola de risas que inundó la estancia y la pesadez en el ambiente se


disipó.

—Yo una vez terminé en prisión por una noche luego de robarme una señal
de alto—dijo Drew y su padre rio.

—Recuerdo esa—asintió el hombre.

—Pero creo que recibir criminales no es tan grave como el aceptar o


admirar personas sin valores—hablé fijando mi vista en Ian—. Personas sin
una pizca de compromiso o empatía por otros, egoístas e inescrupulosas.
Esas son las personas de las que deberíamos cuidarnos.

De nuevo hubo una tensión cortante y opresora, el mundo reduciéndose a la


lucha de voluntades que manteníamos Ian y yo, hasta que el anfitrión se
puso en pie con su copa en mano.

—Un brindis, por los valores familiares.

—¡Salud!

Di un sorbo a mi licor y mi cuerpo se sobresaltó cuando el tacto cálido de


Daxen abrazó mi mano. Al girar mi rostro hacia él, su rostro era impasible,
aunque había algo más que no pude identificar.

—Gracias.

Me aclaré la garganta, pero no me retiré de su tacto.

—No tienes nada qué agradecer, ese hijo de puta se lo merece.

Los meseros se presentaron en ese momento y se avocaron a servir el


postre: una tarta de crema con frutas en almíbar coronándola. Di el primer
bocado solo por educación y me desconecté de la charla apenas comenzaron
a hablar de yates.

—No está mal—lo escuché decir a mi lado.

—No es lo mejor que he probado, pero tienes razón, no está mal.

Lo escuché moverse y cuando menos pensé, una fresa pendía frente a mi


boca.

—Come—ordenó autoritario.

Me descoloqué por un segundo. No era el tipo de persona que apreciara el


que le dieran comida en la boca. Para mí, era un gesto íntimo y ese nivel no
lo había alcanzado aún con él. Posiblemente nunca lo haría.

—No quiero, gracias.

—Ian está mirando—susurró.

—¿Y qué?
—¿No me pediste que fuera más romántico?

—Romántico, no ridículo. Si no conoces la diferencia, búscala en un


diccionario.

Su mano no se movió y la fresa continuó pendiendo entre nosotros como


una tentación.

—Conozco la diferencia.

—¿Por qué no parece entonces?

Me mantuve impasible, aunque sus ojos no abandonaron los míos,


esperando doblegarme.

—Esto es absurdo—me quejé.

—Las parejas hacen esto todo el tiempo, es normal. Tómalo con tus labios y
trágatelo—ordenó en un tono mandón que hizo viajar mi imaginación
mucho más allá de situaciones decentes.

—No me llevo cosas a la boca al menos que quiera hacerlo, así que para.

Un costado de sus labios se curvó con algo oscuro asentándose en sus ojos
miel.

—¿Aplica para todo o solo la comida?

Tomé el tenedor que sostenía y yo misma me llevé la fresa a la boca.

—Es general, pero tú solo la conocerás en la comida—dije cuando tragué.

Le sostuve la mirada y por un momento, fue como si solo existiéramos él y


yo en ese enorme espacio, como si de pronto se hubiera encogido y la
tensión flotara entre nosotros. La astucia con la que me contemplaba
amenazaba con engullirme.

—¿Aplicaba también con Ian?—quiso saber.


Me encogí de hombros y pareció molestarlo o descolocarlo, no estaba
segura.

—Nunca lo sabrás.

—Parece que hay muchas cosas de ti que nunca sabré, estirada.

Sonreí con buen humor tras su ocurrencia, pero el sentimiento ligero se


desvaneció tan rápido como apareció cuando atrapé a Ian hablando con
Olivia Bennet al otro lado de la mesa. No debía sentir celos, mucho menos
demostrarlos si se suponía que ya tenía una nueva pareja, pero la manera en
que la miraba, la tocaba y le sonreían no ayudaban a mi actuación.

Me puse en pie sin pensarlo. Levanté algunas miradas en el proceso, pero


no me importó. No quería estar en su presencia mientras se ligaba a otra,
porque entonces mi mente comenzaba a fabricar escenarios donde él hacía
lo mismo con Caitlyn.

—Saldré un momento al jardín, quiero ver la decoración—balbuceé.

Di la vuelta y salí dando grandes zancadas que parecían sacudir el suelo a


mi paso. ¿Ver la decoración? Qué estupidez. Mi cerebro dejaba de
funcionar cuando los celos se apoderaban de él, por eso eran tan peligrosos.

Daxen tenía razón después de todo: no fue una buena idea venir.

El aire templado de primavera me erizó la piel desnuda de la espalda y me


detuve al costado de una fuente con una mujer desnuda esculpida en el
centro que sostenía una canasta sobre la cabeza de la que brotaban chorros
de agua. Los rosales adornaban el espacio y las luces colgaban entre los
árboles, dotando el lugar de un aspecto romántico.

—¿Entonces Ian gana esta partida?—me sobresalté al escuchar la voz de


Daxen llegar hasta mí y me giré para mirarlo en el arco de piedra que era la
entrada al jardín.
La tenue luz daba a su cuerpo una forma mucho más imponente y definida,
como si fuese también una estatua que decorara este jardín. Daxen era
atractivo, objetivamente hablando, pero había algo más sobre su
personalidad arisca y astuta que me resultaban mucho más interesantes y
ese pensamiento me aterró.

Una cosa era aceptar que un tipo era lindo, otra muy distinta era reconocer
que era atrayente.

—¿Qué quieres decir?—inquirí para alejar mis pensamientos de ese


peligroso lugar.

Caminé hacia él para encontrarlo en las sombras bajo el arco y en esa


distancia, su traje Zegna lucía perfectamente hecho para su cuerpo.

—Huiste luego de verlo con esa chica.

Fijé la vista en los rosales para no evidenciarme.

—No. Sí. Quiero decir...—solté el aire, exhausta—. Tal vez ni siquiera le


importe que tú y yo estemos juntos y todo esto carece de sentido.

—Créeme, le importa—dio un paso hacia mí—. O de lo contrario no habría


dejado de hablar con aquella mujer al verme ir tras de ti. Me sorprendería si
no nos siguiera.

Levanté la vista hacia él, conmocionada y lo encontré a un palmo de


distancia, las manos en sus bolsillos y su perfume envolviéndome.

—Si lo hizo, no querrá ser visto—apunté.

—Pero nosotros sí queremos ser vistos—recalcó.

Mi corazón golpeó mi caja torácica como si quisiera romperla y la sangre


latió en mis oídos.

—Aquí no hay nadie que nos mire.


—Eso no significa que no podamos practicar, ya sabes, para volver esto
más natural.

Arrugué el entrecejo, suspicaz.

—¿Estás aprovechándote de la situación, Daxen? Te creía un hombre más


inteligente.

Sus ojos se arrugaron un poco, como si luchara por contener una sonrisa.

—Soy inteligente, por eso prefiero ensayar antes de actuar frente a otros.

Su cercanía me descolocó y pronto mis impulsos se convirtieron en una


serie de fuerzas y deseos imposibles de controlar: quería acortar la distancia
que nos separaba para romper esta insoportable tensión tanto como quería
dar la vuelta y alejarme; quería abofetearlo en la misma medida que quería
apagar este sentimiento de intriga que no hacía otra cosa que crecer desde
que nos besamos la primera vez en el club.

—¿De eso se trata entonces?—susurré con un hilo de voz.

—Solo quiero practicar—sus ojos brillaron en la oscuridad como faroles.

Me crispé al percibir sus dedos rozar mi palma, mi muñeca y ascender por


mi brazo, más allá de mi codo.

—Manos y brazos son un límite permitido, ¿cierto?—inquirió con un borde


malicioso que no pasé por alto, pero sus dedos continuaron subiendo con
lentitud, aumentando la tensión en mi bajo vientre con cada centímetro
nuevo que tocaba.

Llegó a mis hombros, un toque delicado y suave, y cuando rozó mi


clavícula con su nudillo, el aire se atoró en mi garganta.

—Hombros, clavícula—recitó como si quisiera aprenderlo de memoria, sus


ojos fijos en la parte que tocaba, escociéndome la piel—. Sigo sin traspasar
tus límites.
Mi mente se volvió un remolino de emociones y todo mi cerebro parecía
concentrado en la crucial tarea de absorber su tacto.

Cuando sus ojos atraparon los míos casi por accidente, sentí mi corazón
chocar contra mi pecho como una bola de demolición. No estaba segura de
lo que hacíamos, ni de por qué lo hacíamos si no había nadie para
impresionar en el momento, pero había un deseo persistente en hacerlo, en
presionar y seguir y seguir hasta conocer el alcance de esta farsa.

No aparté la mirada cuando sentí sus dedos en mi cuello. Su pulgar se


asentó en mi garganta, ahí donde mi corazón latía como loco y noté un
brillo distinto abrasar sus ojos. Cualquier cosa que estuviéramos a punto de
hacer, no era una buena idea, pero tampoco éramos conocidos por tener
buenas ideas en primer lugar.

Sentí un escalofrío cuando sus dedos lucharon por colarse en mi cabello,


pero no fue posible por el tocado que piedras que mantenía unido mi
peinado.

—Cuello y cabello, sigo jugando acorde a tus reglas, Haley—sentí la


presión que ejerció sobre mi nuca y algo se fundió en mi interior,
enervándome, como si se tratara de adrenalina líquida—. Y como juego con
tus reglas, te lo preguntaré: ¿puedo besarte?

Mierda, mierda. Mayday, Mayday, Mayday.

Definitivamente no estaba preparada para esto, pero había una chispa que él
despertaba en mí que no quería extinguir aún. Podía ser intriga, deseo, odio.
Todas ardían con la misma intensidad, aunque mi cerebro no estaba
preparado para diseccionarlo todavía.

Asentí lentitud, pero logré usar mis cuerdas vocales.

—Sí, sí pued...

De nuevo capturó el resto de las palabras en su boca y sus labios


encontraron los míos en un arrebato que me robó el aire. El calor surgió en
mis venas y el beso, que nunca fue considerado, se tornó más desesperado y
ansioso, exigente y demandante, como si quiera quedarse con todo de mí.

Su boca era caliente, insistente y experta. Desde mi poca experiencia, podía


decir que Dax era el tipo de hombre que hacía todo con deliberación: sabía
cómo mover sus labios para hacerme percibir una montaña rusa de
sensaciones.

Me moví junto a él y solté un jadeo al percibir una superficie dura y fría en


mi espalda. Era la pared de piedra que conformaba el arco, pero todo
sucedía tan rápido que no podía procesarlo correctamente. Su agarre en mi
cabello se volvió mucho más firme y movió su cabeza para profundizar el
beso y comerme la boca.

Sabía a licor y fresas.

Emití un sonido y lo incentivó lo suficiente para presionarme contra la


pared. Los sentimientos de confusión y extrañeza se mezclaron con el
placer y percibir los músculos de Daxen flexionarse bajo mis manos y su
cuerpo fibroso contra el mío, me ayudó a olvidar las implicaciones de lo
que estábamos haciendo.

Se separó de mí, recuperé la respiración por un segundo y volvió a tomar mi


boca con la suya, contundente y voraz. Jaló de mi cabello levemente y Dios,
algo se desató en mi interior.

El cuerpo de Daxen presionó el mío contra la pared de piedra como si


quisiera fundirse en mí, incinerar la distancia que nos separaba. Como si la
nula cercanía no fuera suficiente. Y mientras sus labios devoraban los míos,
caí en cuenta de que no debería disfrutarlo porque era una actuación, pero
no podía evitarlo.

¿Estaba volviéndome loca? ¿El resentimiento que sentía contra Ian me


provocaba esto? ¿Era un efecto colateral de los corazones rotos?

Era práctica. El tenso nudo que sentía en mi interior era falso. La humedad
que sentía entre mis piernas era falsa. La dureza que sentía presionar contra
mi bajo vientre era falsa. El deseo que sentía de restregarme contra él hasta
apagar el fuego que me consumía también era falso.

Daxen se separó de mí en el mismo instante en que el sonido de alguien


aclarándose la garganta llegó hasta mí. Tardé un par de segundos en ajustar
la vista a la tenue luz que provenía del jardín y distinguí dos figuras
mirándonos con fijeza.

Mi corazón se disparó como un cañón. Drew nos contemplaba con gesto


descolocado, mientras Ian estaba verde, como si quisiera vomitar. Mi ex
apagó la colilla de su cigarro con fuerza exagerada, como si pisara una
cucaracha.

—Ya ni siquiera se puede fumar cómodamente—el borde del tono de Ian


era desdeñoso.

Daxen se separó de mí, pero no se alejó demasiado. Metió las manos en los
bolsillos de su pantalón, quizá para disimular su erección. Yo era otra
historia.

—Solo estábamos conociendo el jardín—me excusé.

Drew dio una calada a su cigarro y soltó una risita.

—Vaya forma de conocerlo.

—Deberían conseguir una habitación si quieren coger—siseó Ian


incinerándome con sus ojos esmeralda.

Me crucé de brazos.

—Claro, ¿te molestaría si usamos la tuya?—pidió Daxen a mi lado y las


aletas de la nariz de Ian se inflaron.

Dio dos zancadas hacia él con toda la intención de golpearlo, hasta que
Drew se interpuso en su camino.

—Amigo, no vale la pena. Ella solo se está divirtiendo, cuando se aburra de


él, regresará a ti.
El comentario de Drew me retorció las entrañas.

—¿Qué te hace pensar que regresaré con él? Estoy con alguien más ahora.

El hijo del anfitrión soltó una carcajada mordaz.

—Todos sabemos que lo tuyo con Westler no durará. Admítelo Haley, solo
quieres cumplir tu fantasía de estar con un criminal. Cuando te aburras de
estar con él, aquí tienes a un buen partido—dio una palmada en la espalda
de Ian.

—Él tiene razón. ¿Cómo puedes caer tan bajo para estar con un criminal
como él?—espetó mi ex con resentimiento e ira.

—Cayó lo suficientemente bajo para estar contigo, ¿no?—respondió Dax


con borde filoso—. Y tú no estás muy lejos de ser un criminal.

—¡No soy como tú! ¡No me compares contigo!—de nuevo intentó


arremeter contra él, pero Drew se interpuso.

—No hagas un escándalo—le pidió su amigo.

—¿Ah no?—siguió mi compañero, provocándolo— Seguro que Evelyn no


piensa lo mismo.

Algo se encendió en el rostro de Ian y fue como una fuerza externa lo


poseyera. Se las arregló para hacer a Drew a un lado y su puño se proyectó
al rostro de Dax.

Pero lo único que encontró fue aire.

Se dobló de dolor cuando mi compañero encajó su puño en el estómago de


Ian. Tosió y no tuvo tiempo de defenderse porque fue reducido al suelo en
un parpadeo.

Daxen se posó en su estómago y le dio dos golpes de lleno en la cara antes


de detenerse. Estaba tan conmocionada que no pude reaccionar.
—¿Criminal yo? ¿Por qué no te miras al espejo primero, hijo de puta?—dio
otro golpe más a Ian.

Drew gritó intentando separarlos y algunas personas salieron atraídas por


los gritos y los insultos. Todo se volvió difuso y el caos reinó en el lugar.

¡Hola mis niños!

Ya empezamos con los secretos, ay.

¡Disfruten!

Con amor,

KayurkaR.
13| Somos secretos

Daxen
Mi cuerpo se proyectó hacia un lado con violencia y caí sobre mi hombro.
El sonido de alarmas imperaba en mi cerebro con un chillido y el filo de
mis sentidos se acentuó enseguida.

Drew se abalanzó sobre mí en su intento por detenerme y me asestó un


golpe en la boca. El sabor metálico de la sangre la inundó, su peso sobre mi
estómago me golpeó. Enredé mis dedos en su cuello con intención de parar
el ataque y mis uñas se encajaron en su piel.

La sangre latió en mis oídos y la ira corrió por mi sistema como veneno. Me
lo quité de encima golpeando su costado izquierdo y se alejó mientras tosía,
respirando por aire. Logré ponerme en pie, pero un fuerte dolor azotó mi
sien. Los bordes de mi vista se volvieron borrosos por un momento, hasta
que identifiqué a Ian cerca de mí.

Su puño conectó con mi estómago y me doblé encima suyo, un dolor


intenso se apoderó de mi cuerpo. Tomó impulso para golpearme de nuevo,
pero arremetí contra él usando mi fuerza hasta que ambos caímos al suelo.

Todo se volvió rojo y el mundo perdió enfoque. Estaba tan enojado que los
pensamientos racionales no llegaban a mi mente. Era solo cólera y
adrenalina hecha fuerza. Asesté dos golpes, tres, cuatro y otro más en su
rostro sin importar cuánta sangre saliera a borbotones de su boca y nariz,
quería hacerlo pagar. Quería que pagara cada día, cada segundo que robó de
mi vida.

Me quité el saco con violencia y volví a lo mío. Ya no era consciente de lo


que hacía, todo lo que quería era liberar esa energía abrasiva que me
consumía y destruía. Di otro golpe y un chasquido seguido de un dolor del
demonio invadió mis dedos. Solté una maldición, pero no tenía intención de
detenerme hasta que alguien me tacleó desde mi costado.

Nuevamente mi peso recayó sobre mi brazo y siseé al percibir ardor en mi


espalda. Me incorporé para continuar, pero Drew mantenía sus manos al
frente como si yo fuera un animal lejos de su jaula.

—¡Fue suficiente!—gritó con la cara roja—¡¿Estás loco?! ¡Vas a matarlo!


Sus palabras sonaban como un susurro distante en mi cólera y lo único que
embotellaba mis sentidos eran las emociones erosivas que nacían como
incendios en mi interior, incinerando toda racionalidad. Inspiré y fue como
ver a mi alrededor por primera vez: el patio estaba rodeado de invitados que
habían salido tras el escándalo y todos me miraban como si fuera un animal
rabioso.

Mi primer instinto fue buscar a Haley en la multitud y la encontré de pie


junto al cuerpo ensangrentado de Ian. Estaba muy conmocionada, pero la
preocupación por él era notoria.

Me sentí como un imbécil. Algo se removió en mi interior al contemplar


tantos ojos fijos en mí. Era mi peor pesadilla hecha realidad, con todos
escrutándome, juzgándome.

—Llamé a una ambulancia—la chica con la que hablaba Ian en la cena se


arrodilló junto a él antes de fulminarme—. También llamé a la policía.

—Será mejor que te vayas—sugirió-amenazó Drew.

Lancé una última mirada a los que se congregaban en el patio. Sus caras de
reprobación y asco se grabaron a fuego en mi memoria y de nuevo fui ese
chico de dieciocho años. Juzgado. Repudiado. Odiado.

Mis ojos se detuvieron en Haley y mi pecho se comprimió al contemplarla


tan turbada. ¿Mi actitud la había asustado? ¿Ahora ella también me
repudiaba?

El pensamiento me sacudió lo suficiente para obligar a mis extremidades a


moverse otra vez. Caminé con paso rápido hasta llegar a la multitud, pero
me dejaron el camino libre apenas me acerqué, como si no quisieran correr
el riesgo de cruzarse conmigo.

Vaya primera impresión de mierda que había dado. No era la mejor forma
de iniciar mi redención social.

¥
El aire de marzo estaba húmedo y pegó la ropa a mi cuerpo.

Mis sentidos todavía se mantenían alerta y restos de adrenalina aún corrían


por mis venas. Mi mente era una alarma constante. Caminé tan rápido como
pude para deshacerme de esa sensación, esa emoción contenida dentro que
me carcomía y exigía ser liberada.

Seguí hasta salir de la propiedad de los Callahan y me detuve en la pared de


piedra que custodiaba las puertas de metal forjado del recinto. Mi cabeza
palpitaba al mismo ritmo que mi corazón, rápido y duro. El dolor de mierda
empezaba en mis dedos, pero azotaba más allá de mi brazo, rematando mi
hombro. La sensación casi me hizo perder enfoque.

No debí reaccionar de esa manera, pero era justamente eso, una reacción a
una provocación que tocó una fibra sensible. Intenté mover los dedos de mi
mano derecha e hice una mueca cuando un dolor lacerante me invadió.
Quizá me rompí un dedo o dos partiéndole la cara a ese imbécil, pero valió
la pena. Valió cada maldito segundo.

Forcé mis ojos a permanecer abiertos y la sangre brotando de mis cejas se


coló en mi visión, pero no la retiré. De nuevo moví los dedos y el dolor me
mantuvo anclado a ese momento, a la tierra. Era una mierda, pero evitó que
cometiera otra estupidez. No podía cometer dos errores en la misma noche.
No podía tener un ataque ahora.

El sonido de gravilla moviéndose agudizó mis sentidos y encaré a cualquier


idiota que pensara que enfrentarme era buena idea, pero todas mis defensas
temblaron al vislumbrar a Haley salir por las puertas de metal que daban la
bienvenida a la residencia de los Callahan. Su expresión cambió al llegar a
mí, pero no pude definirla.

—No te ves nada bien.

—Fue por la pelea—respondí entre dientes, luchando por no ceder a la


contundencia de la ansiedad.

—No me digas, puedo verlo, estás sangrando—señaló mordaz.


No respondí, el dolor en mis dedos estaba matándome y mi cabeza pulsaba
con más fuerza cada segundo que transcurría. Mi pecho comenzó a cerrarse
y respirar se convirtió en una tarea difícil cuanto más pensaba en las
posibles consecuencias de mis actos: el rechazo de mi padre, el impacto de
la opinión pública en su campaña, las repercusiones en la empresa...

—¿Estás teniendo un ataque?

Pensé en negarlo, pero engañar a alguien tan experimentada como ella en el


área sería difícil. Escuché el arrastre de la gravilla otra vez y mierda, el
dolor era insoportable. Cuando levanté la vista, Haley estaba a un palmo de
distancia.

—Dime cinco cosas que puedes ver.

Apreté con más fuerza el puño que mantenía en la pared como apoyo, el
aire escapándose cada vez más rápido de mi sistema para entrar con
enfermiza lentitud.

—No funcionará—siseé entre dientes y cerré los ojos.

—¿Funcionará si te hablo?

No respondí. Hubo un silencio sepulcral invadido por mi rápido latir que


tomaba cada vez más fuerza, hasta que su voz llegó hasta mí.

—Hay un terreno cerca de aquí donde mi padre construyó una casa del
árbol para mí—comenzó a hablar—aunque en realidad no es una casa sobre
un árbol, más bien es como la mini versión de una casa hecha de madera.

Las palabras se atoraron en mi garganta y me concentré en su voz para


distraer mi mente del dolor y apaciguar la desesperación de no alcanzar
suficiente aire.

—Usaba esa casa para rescatar perros y gatos de la calle—su tono comenzó
a suavizarse a medida que hablaba, como si el recuerdo la hiciera feliz—.
Tenía decenas de ellos, hasta que llegó un punto en el que ni siquiera mis
padres podían entrar por el hedor. Mamá dijo que solo podía conservar uno
y debía despedirme del resto.

Me costó concentrarme en lo que decía, algo sobre perros, gatos y una casa
del árbol en miniatura, pero sus tonos y bordes eran suaves, tranquilos y
comenzaron a serenarme poco a poco, hasta que su voz se filtró en mi
sistema y disolvió los vestigios de adrenalina que viajaban por él.

—Así que tuve la idea de un día de mascotas con mi clase del colegio. Al
principio la señorita Jackie no estaba muy convencida, de hecho, no quería
tener que lidiar con animales además de niños—soltó una risita, perdida en
los recuerdos—. Al final la convencí. Le dije que eso nos haría felices y nos
portaríamos mejor en clase.

Solté algo a mitad de un bufido mordaz y una risa con el aire que
recuperaba de a poco.

—¿Así que eres una manipuladora desde pequeña?—me burlé.

Se encogió de hombros con fingida inocencia.

—No puedes culparme por ser inteligente y usar mis encantos.

La miré escéptico, hizo una pausa y continuó.

—El punto es, que sabía que la mayoría de chicos en mi clase no poseía
mascotas, así que les ofrecí las que tenía en casa. La semana antes del día
de mascotas mis compañeros fueron a la casa del árbol para recoger a su
compañero. Así me aseguré de darles un buen hogar y hacer a mis padres
felices.

Mi corazón recuperó un pulso normal y mi cabeza dejó de punzar. Apoyé


mi cuerpo en la pared y di un largo suspiro. Había sobrevivido a otro
ataque. No fue tan malo como los que solía tener en prisión, ni los que
enfrenté varios meses después de salir. Había aprendido a controlarlos con
cierta facilidad, pero algunos eran más complejos que otros dependiendo de
las situaciones que los detonaban y su intensidad.
Este fue intenso. Por un momento creí que no lograría anteponerme y
acabaría sepultado en la parte más oscura de mi mente, pero Haley ayudó
sin saberlo.

—¿Te sientes mejor?

Abrí un ojo y la encontré con los brazos cruzados sobre el pecho. Asentí,
aunque la sensación de cansancio seguía ahí.

—Tu historia como la heroína de las mascotas ayudó bastante.

Sonrió. No una sonrisa condescendiente, una real. El gesto me desconcertó.


De hecho, siempre que lo hacía, me sacaba de balance. ¿Por qué me
dedicaba sonrisas genuinas? ¿Era parte de su manipulación?

—Me alegra ayudar.

Eso me arrugar la frente.

—¿Por qué?

Me miró como si le hubiera preguntado de qué color era el cielo.

—Ayudar es bueno.

—No, quiero decir, ¿por qué me ayudaste? Le rompí la cara a tu novio.

—Ex novio—aclaró con ese tono estoico que la caracterizaba—¿Y qué? Él


te provocó, tú reaccionaste. Él se lo buscó.

Parpadeé. ¿Había escuchado bien?

—¿No te molesta que te haya dejado como la novia de un salvaje frente a


todos?

De nuevo se encogió de hombros. Se encogió de hombros. ¿El ver a Ian


hecho puré la había dejado conmocionada? ¿Estaba disociando?
—No nos hiciste ningún favor, tengo que admitirlo. Ahora será aún más
complicado ganar el favor de la gente y que dejen de verte como un salvaje,
pero te lo repito, Ian se lo buscó.

Haley no dejaba de sorprenderme. Justo cuando creía que había dominado


el arte de leerla y anticiparme a sus pensamientos, decía algo distinto,
actuaba de una manera diferente a la que esperaba.

No lograba descifrar el acertijo que era, ni tampoco el juego que jugaba.

—Te besaste a su chica y le rompiste la cara, creo que estás en su lista


negra.

Sonreí.

—Siempre lo estuve, solo que ahora la encabezo.

Sus ojos brillaron como zafiros en la oscuridad ante mi tono petulante.

—¿Por qué suenas tan orgulloso al respecto?

—Lo considero un logro.

Una chispa de diversión iluminó su rostro.

—¿Joderlo?

Mi semblante arrogante quedó a medio camino cuando una nueva oleada de


dolor me invadió la mano, la sensación tan abrasadora que no pude contener
la maldición que se resbaló de mis labios.

—¿Qué sucede? ¿Te duele?

Coloqué la mano lastimada contra mi pecho. Ahora que era más consciente
de mí, podía identificar qué era ese malestar de mierda.

—No salí ileso de darle a Ian su merecido.

La definida boca de Haley se curvó en el esbozo de una sonrisa altiva.


—Más bien parece que tú también tuviste tu merecido—su burla tocó en mí
un punto sensible, pero me esforcé por ocultarlo—. Deberíamos ir al
hospital. Ya he llamado al chófer para que nos recoja, no debería tardar.

La determinación y naturalidad con la que implicaba el nosotros en cada


oración me conmocionó.

—No es la primera vez que una pelea me provoca una luxación. Puedo
acomodar mis articulaciones solo y...

—¿Estás loco?—abrió los ojos desmesurados, como si hubiera sugerido


amputarme los dedos— Sabía que eras un salvaje, pero no a este nivel.
Iremos al hospital y un profesional te revisará eso correctamente. Fin de la
discusión.

Su actitud mandona en verdad competía con la mía.

—¿Había discusión?

—No para ti.

No conocía mucho a Haley más allá de ser la hija de un carismático


empresario que se hizo camino por sí misma en este mundo tan retorcido,
pero parecía haber mucho más de ella que solo una cara bonita y un ingenio
agudo: una parte humana y vulnerable que no le gustaba mostrar mucho,
pero era cautivadora cuando obtenías un esbozo.

Una parte de mí se alegraba de haberla elegido para llevar a cabo esta farsa,
pues dudaba conseguir este nivel de química y compatibilidad con alguien
más. La otra, la parte más oscura, resentía que estuviera usándola para los
medios que tenía en mente, pero el fin justificaba los medios, ¿no? Era una
mierda maquiavélica por el estilo.

—Bien—accedí justo cuando el auto se detuvo en el camino de entrada de


la mansión Callahan.

—Bien—repitió y comenzó a andar con seguridad, como si el mundo entero


y cada cosa que habitara en él le perteneciera. Incluyéndome.
Haley Colbourn no era un instrumento que pudieras utilizar a tu antojo, era
la maldita orquesta completa. O te preparabas para recibir toda la energía
que manaba de ella o terminabas arrollado por su poderío.

Mierda. Esperaba ser suficientemente astuto para no ceder la batuta.

Ambos nos quedamos bajo el porche esperando que un gran meteorito nos
cayera encima o los extraterrestres nos abdujeran para no enfrentarnos al
gran problema que teníamos ante nosotros: despedirnos sin que resultara
incómodo. Bien, tal vez era yo el que esperaba la parte de los
extraterrestres, Haley seguramente esperaba por algo más definitivo, como
un rayo.

Miré la férula que rodeaba dos de mis dedos y mi muñeca. Resultó ser una
luxación como pensé, así que el médico acomodó las articulaciones luego
de insultarlo por su incompetencia. Yo podría haberlo hecho mejor que él,
tenía experiencia en el área. Ahora debía reposar y no mover los dedos de
mi mano dominante por al menos dos semanas.

—¿Tienes ayudantes tu casa?—inquirió bajo la luz amarillenta.

—Sí.

—¿Entonces por qué nadie abre?

—Porque tienen una vida, Haley. Entrarán a su turno mañana temprano.

—Oh—jugueteó con sus dedos y detecté un aire de nerviosismo de su parte


—. Mmmm... de acuerdo, en ese caso, me voy.

Tensé la mandíbula. Si mi juicio no estuviera tan sometido por mis


emociones, la habría dejado ir para terminar este vergonzoso espectáculo,
pero mi boca formuló las palabras antes de que me diera cuenta.

—Podrías quedarte esta noche—sugerí apresurado.


Mierda. Vaya sutileza. La sorpresa tiñó sus ojos azules como una tormenta
perturbando el cielo. No era lo que esperaba escuchar, ni lo que yo creí
decir.

—Para convencerlos de que esto es real—completé cuando la idea ahondó


en mi mente—. Que tu novia te cuide luego de una pelea es dulce, ¿no?

Lanzó un resoplido.

—No lo sé, no suelo involucrarme con los que buscan pleitos.

La diversión atenazó mi pecho.

—Hay una primera vez para todo y me alegra ser la tuya. En este aspecto, al
menos.

Su rostro no sonrió, pero sus ojos sí.

—De acuerdo, entonces avisaré al chófer que me quedaré.

Me convencí de que era solo mi parte emocional haciendo presencia. Estaba


afectada luego de la exposición, la pelea, el ataque, y lo último que deseaba
era internarme en la apabullante soledad de mi habitación. Tener a alguien
más me ayudaría a sobrellevarlo mejor.

Sí, debía ser eso. Rafael no podía acompañarme, así que tendría que
conformarme con Haley. Además, podría aprovechar el momento para
conseguir información sobre los Crakehall.

Extraje las llaves de mi saco, abrí la puerta y me hice a un lado para darle
espacio en mi casa. Se detuvo en el centro del recibidor, tensa como una
cuerda.

—Parece... acogedor—fue todo lo que dijo mientras admiraba mi sala de


estar.

No era un lugar muy ostentoso. Si tuviera que describirlo con una palabra,
definitivamente sería minimalista. La prisión me enseñó a conservar solo lo
esencial y a sobrevivir con lo necesario. Quizá por eso los ricos no me
consideraban apto para pertenecer a un mundo que se regía por la
opulencia.

El blanco imperaba y el negro salpicaba aquí y allá: los sillones, la mesa de


centro, el librero lateral. No había decoraciones y en las paredes todo estaba
vacío a excepción de una rara pintura que Rafael me regaló en su intento
por seguir su camino de artista unos años atrás. Fue un fracaso total, pero
su trabajo abstracto era un buen recuerdo de la época.

Todo estaba limpio y perfectamente ordenado, todo, a excepción de Haley.


Ella era ese elemento que no sabía dónde colocar dentro del cuadro y que
discordaba con el resto de cosas que la rodeaban porque contrastaba
demasiado. Su presencia en un espacio que consideraba tan mío, tan
personal, resultaba abrumadora, pero no sabía en qué sentido.

Me aclaré la garganta.

—Sígueme, te mostraré tu habitación—las palabras fueron forzadas, igual


que mis pasos.

Mientras subíamos las escaleras de estilo vanguardista que llevaban al piso


de arriba, una punzada de anticipación invadió mi tórax y fue como el
despertar en la película de El Origen: ¿qué estaba haciendo? ¿Por qué
Haley estaba aquí? ¿Deberíamos cruzar esta línea de intimidad tan pronto?

Lo cierto era que no existía un manual para las relaciones falsas, y al


parecer nosotros nos habíamos saltado varios pasos y dado algunos giros
que no formaban parte de las instrucciones, pero lo manteníamos a flote, o
al menos nos esforzábamos en hacerlo.

La conduje por el pasillo de las habitaciones y abrí la tercera puerta,


permitiéndole observar su recinto por el resto de la noche: un espacio con
una cama, dos burós a cada lado, un tocador y un enorme televisor de
plasma empotrado en la pared de enfrente.

—Muy...
—¿Acogedor?—completé usando el mismo término que ella utilizó para
referirse a mi sala.

—Austero—me corrigió, pero atrapé la arruga de diversión en sus labios—.


Asumo que no tienes pijamas de mujer, ¿o si?

—No—me pasé la mano útil por el cabello—, pero puedo prestarte una
camiseta y shorts de ejercicio.

—Genial.

Salí de la habitación y dos minutos después regresé con una muda de ropa.
La tomó sin miramientos para colocarla sobre la cama.

—¿Puedes usar tu mano izquierda?—inquirió con simpleza.

Asentí. Entonces hizo algo que me pilló con la guardia baja: se giró y retiró
el cabello de su espalda.

—¿Podrías bajar el cierre de mi vestido, por favor?

¿Qué. Estaba. Pasando? ¿Drew me había dado un golpe que me dejó


inconsciente? ¿Estaba teniendo un sueño lúcido? ¿O uno menos decente?

Giró su cuello para mirarme de reojo.

—¿No sabes cómo bajar un cierre, Westler?—sonaba más a un desafío que


una pregunta simple.

Su voz disipó mi ensimismamiento y me aclaré la garganta.

Mis dedos encontraron la suave tela satinada de su vestido, era un rojo


intenso y llamativo, igual que ella. Tomé el cierre entre mis dedos y lo bajé
en menos de un segundo para alejarme como si se tratara de un demonio a
punto de quemarme.

Haley me encaró arrugando su vestido sobre el pecho para mantenerlo en su


lugar y mis ojos vagaron por su cuerpo sin remedio, infestando mi cabeza
con imágenes nada decentes. Salí de la habitación sin mediar palabra,
concentrado en ralentizar mi pulso frenético y disolver la tensión en mis
músculos.

Me encerré en mi baño al llegar hasta él y me sacudí las sensaciones como


si fueran pólvora.

Si no tenía cuidado, Haley podría convertirse en una distracción y no podía


permitirlo.

El toque en la puerta me sacó de mi ensimismamiento. Había una pesada


capa de vapor en el baño que empañaba los vidrios por completo y hacía
difícil respirar el aire denso. Mierda, estaba tan sumido en mis
pensamientos que ni siquiera recordaba abrir la llave de la regadera. Aún
estaba completamente vestido pero descalzo, así que debí haberme
desconectado en algún momento entre abrir la ducha y quitarme los
zapatos.

Otro toque me recordó que Haley estaba aquí.

—¿Qué?—alcé la voz a través de la puerta.

—¿Estás bien?—el vestigio de consternación no pasó desapercibido.

—Sí, ¿qué pasa?

—Está saliendo vapor debajo de la puerta, ¿incendiaste el baño?

Abrí para demostrarle que mi baño seguía completo y atrapé sus ojos con
fijeza.

—Estoy vivo. No me ahogué en la tina si es lo que te preocupa.

—Tal vez tu plan no es ahogarte en agua sino en vapor, esto parece un


sauna.

Alejó con su mano una densa nube que flotó en su dirección y el pequeño
rebote de sus pechos con el movimiento atrajo mi atención a ellos. No
llevaba sujetador. No. Llevaba. Sujetador. La camiseta delgada de color gris
se pegaba a su figura y se perdía entre los valles y curvas de sus senos, con
sus pezones erguidos marcándose contra la prenda.

—¿Qué pasa?—repetí para no ser tan evidente.

—No te has duchado y llevas al menos veinte minutos aquí—se cruzó de


brazos y resaltó más la forma de sus pequeños pechos.

Forcé mis ojos a no despegarse de su cara.

—Estaba ocupado.

Enarcó una ceja con suspicacia.

—¿Haciendo un ritual satánico con vapor?

La irritación floreció en mi interior.

—¿Ahora me tomas el tiempo para hacer mis cosas?

Haley suspiró como si no tuviera intención de enzarzarse en esta discusión.

—¿Necesitas ayuda?—apuntó con su dedo mi ropa y negué rotundo.

—Puedo solo.

—¿Seguro?

Ahí estaba de nuevo ese tono tan molesto, como si me desafiara, como si no
creyera en mi capacidad, como si me empujara más allá de mis límites todo
el tiempo.

Llevé mi mano útil hasta mi corbata y deshice el nudo con hastío, la tela
quemándome por la fuerza con que la jalé. Bajé mis dedos al primer botón y
no logré deshacerlo. Hubo un silencio incómodo. Mierda, mis dedos no
podían fallarme en esta competencia tácita que había iniciado con la
estirada.
De nuevo intenté abrir mi camisa, pero el botón no cedió. No iba a
rendirme. Traté de nuevo mientras Haley miraba inexpresiva. Era
jodidamente vergonzoso.

Fallé por cuarta ocasión, pero la maldición murió en mi boca cuando ella se
acercó para ayudar y quitarme la ropa. Sus dedos trabajaban con rapidez en
cada botón, un silencio asfixiante envolvía el espacio y pegaba la ropa a mi
espalda.

Pretendí que no era anticipación lo que rodaba por mi estómago y que la


velocidad en mi pulso no era provocada por encontrarnos en esta situación
tan... rara.

Pegué los ojos al espejo sobre el lavabo y la imagen de nosotros dos me


sorprendió. No era tan monstruosa como creí, en todo caso, yo era el
monstruo con la sangre seca alrededor de las sienes y los labios.

Un escalofrío me recorrió la espalda baja cuando sus dedos se engancharon


en mi cinturón y mis ojos chocan con los suyos, colmados de una pregunta
tácita.

—¿Puedo?—inquirió serena, mientras mi corazón golpeaba mi caja torácica


en anticipación y me concentraba en no tener una erección.

Era la primera vez que una mujer me hacía esa pregunta sin una
connotación sexual e irónicamente lo volvía más excitante. Asentí con el
cuello tenso.

Haley se concentró en retirar el cinturón. Cerré los ojos y contuve el aire


esforzándome para no mostrar los estragos que estas acciones de bondad
generaban en mi interior. Cuando deshizo el botón y bajó la bragueta, tuve
que repetir un mantra para no ceder a la tentación de mandar todo al carajo
y comerle la boca dentro de la ducha.

—Gírate, te ayudaré a quitarte la camisa.

Hice una mueca, pero la obedecí. Le di la espalda y agradecí el alejarme del


campo magnético que creábamos. Percibí sus dedos sobre la piel de mi
hombro y mis terminaciones nerviosas se enervaron. Un escozor provocó
un siseo de incomodidad mientras retiraba la prenda.

—Mierda—maldijo y la atrapé de reojo tirando la camisa al suelo.

—¿Qué?

—Tienes cortes en la espalda, no son graves, pero algunos están sangrando


aún y tu hombro está amoratado. ¿Qué pasó?

Luché contra la llamarada de irritación que nació en mí al recordarlo.

—Drew. No le dije nada al médico sobre esto porque no me pareció


importante mencionarlo.

—Deberías limpiártelas.

—¿Con mi brazo extra de pulpo que llega hasta mi espalda?—dije mordaz


—. Déjalas, se curarán solas.

Emitió un sonido burlón.

—Veo que tienes experiencia en el tema.

No contesté, pero sabía que lo decía por las cicatrices que tenía esparcidas
por el hombro, el cuello y mi espalda baja.

—Quítate los pantalones, quédate en bóxers. Te ayudaré a limpiarlas.

Me giré y la contemplé como si me hubiera dicho que tendríamos sexo en la


calle principal.

—¿Qué?

Haley ni siquiera se movió.

—¿Me harás repetirlo? Tienes que lavarte eso o se llenará de pus.

—Pero...
Suspiró con un toque de exasperación.

—No tienes nada que me interese ver, ni nada que no haya visto antes,
Westler, así que deja la pena virginal para otra chica. Anda, quítate los
pantalones y entra en la ducha.

Atrevida no parecía una palabra adecuada para describirla. Nunca otra chica
me había ordenado qué hacer ni cómo moverme en un ámbito que yo creía
plenamente dominado, pero ella tomaba las riendas sin miedo. Donde otra
chica se hubiera sonrojado, Haley actuaba como si esto fuese irrelevante.

Me sorprendía, me asombraba su seguridad y templanza, y también


incentivaba como gasolina un fuego que comenzaba a crecer, una sensación
de deseo alimentada por su intrépida actitud. ¿Hasta dónde llegaríamos si
continuaba jugando con sus reglas? No estaba seguro, pero si terminaba
enterrado en su coño, tampoco sería un mal final. Con eso en mente, la
obedecí.

Los ojos audaces de Haley me estudiaron con descaro y me regodeé en el


resplandor deseoso que atrapé.

Entré en la ducha y ella me siguió. Aunque permaneció en la esquina más


alejada del chorro, el cambio de temperatura a uno más frío irguió más sus
pezones, marcándolos como cerezas apetitosas contra la tela. Le tendí la
esponja y el jabón. No podía creer lo que estaba pasando. De todos los
escenarios en los que me imaginé con Haley, nunca pensé en este, ni mucho
menos creí que se volvería algo real.

Se mordió el labio un segundo y una necesidad de hacerlo yo mismo me


inundó. Di dos pasos hacia ella alejándome del agua y su proximidad me
golpeó con la fuerza de una ola. Estaba cerca, tan cerca que solo debía
inclinar la cabeza para volver a besarla igual que en la fiesta.

—Gírate—ordenó de nuevo y el encanto aminoró, aunque no desapareció


por completo.

Tensé los músculos de la espalda anticipando el toque, pero no llegó, solo


sus palabras.
—¿Puedo tocarte?—interrogó con un hilo de voz.

Ahogué un resoplido. Casi olvidaba las malditas reglas y sus estúpidos


límites. Por Dios, a ese punto me alegraba darle la espalda para que no
notara la erección que se marcaba sin vergüenza en mis bóxers. Esto ni
siquiera tenía una connotación sexual, pero era como un juego previo lleno
de estimulación, roces y expectación.

—Ajá—le concedí.

El primer contacto con la esponja ardió un poco, pero la sensación fue


rápidamente rebasada por el agradable rozar de los dedos de Haley en mi
espalda esparciendo el jabón. El alivio que su piel generó sobre la mía fue
abrumador.

Percibía su cercanía, sentía su cálido respirar en la piel húmeda y absorbía


su tacto como una esponja. La proximidad forzada podía no ser tan mala
después de todo, pero no podía dejar que atrapara los efectos que su
cercanía provocaban en mi cuerpo, así que me concentré en hablar mientras
ella seguía tallándome la espalda y limpiando mis heridas.

—Esto serviría mucho para convencerlos de lo nuestro si tan solo hubiera


alguien para mirarnos.

Soltó una risita.

—No creo que una ducha pública sea algo que quisieran contemplar.

—Claro que sí. Yo querría, son chicas frotándose el cuerpo desnudas.

Emitió un sonido burlón.

—Supongo que solo es excitante si hay chicas. Nadie querría ver a los
hombres.

Giré el cuello para mirarla sobre el hombro.

—Seguro habría alguno que sí quisieras mirar.


Sus ojos resplandecieron con una emoción que no identifiqué, pero no
respondió y siguió tallándome con la esponja.

—Las mejores cosas en pareja siempre son íntimas—apuntó teniendo


especial cuidado cuando limpió mi hombro lastimado.

—Vaya mierda. ¿Cómo los convenceremos entonces?—me quejé.

—Con besos, abrazos y palabras.

—¿Diciéndote cosas sucias al oído, por ejemplo?

Descendió hasta mi espalda baja y mi erección creció. Mierda, mierda.

—Si me las dijeras al oído los demás no podrían escucharlas, así no tendría
caso.

—¿Entonces las grito?—bromeé y soltó una carcajada que reverberó en el


baño y en mi interior.

—Creo que podemos prescindir de las palabras sucias—dijo sin perder el


tono de diversión—. Listo, ahora enjuágate.

Me coloqué bajo el chorro y dejé el agua se llevara el jabón pero no sus


caricias, que seguían ancladas a mi piel.

—Ven aquí—pidió y de nuevo entré en el radar de su peligrosa cercanía, su


piel brillosa por la transpiración de la ducha y la ropa pegándose a su piel
como una invitación para ser despojada de ella—. Cierra los ojos.

No me moví. No me gustaba ceder el control y no me gustaba sentir que


estaba a su merced, pero algo en ella me invitaba a confiar, a entregarle ese
voto personal. Lo hice y el alivio me invadió al sentir las yemas de sus
dedos acariciando mi rostro con suavidad, retirando los restos de sangre de
mis sienes. Acarició mi frente, mis mejillas y mi mentón con tanta
delicadeza que yo parecía hecho de cristal.

El tacto era tan tenue que casi parecía etéreo, irreal y su perfume colmó mi
baño, mi nariz y mi sistema.
Cuando la miré, sentí que me ahogaba en sus ojos, intensos y profundos
como lagos inexplorados. El tiempo se ralentizó y dejé de respirar.
Parecíamos tan frágiles como ese momento y no quería ser yo quien lo
rompiera.

Sus manos aún estaban en mis mejillas y sus ojos rebotaban entre los míos
y mis labios. Por un momento creí que acortaría la distancia que nos
separaba y me besaría para romper con esta tensión que me sometía los
músculos, pero no.

Retiró sus manos y dio un paso hacia atrás luciendo tan afectada como yo
me sentía. Se limpió las manos en la camiseta con movimientos torpes.

—Creo que estarás bien si te dejo terminar la ducha—informó con voz


forzada—. Estaré en mi habitación si me necesitas.

Y sin decir nada más, salió del baño con la velocidad de un rayo.

Yo permanecí de pie en el mismo lugar por unos minutos, intentando


asimilar lo que acababa de ocurrir, pero mi cerebro no fue capaz de
procesarlo.

Estos dos están que arden, literalmente.

Amo las escenas que involucran duchas y tinas, sorry not sorry.

¡Disfruten!

Con amor,

KayurkaR.
14| Nuestros demonios

Haley

Qué. Acababa. De. Suceder.


Fijé la vista en las tazas perfectamente colocadas dentro de su alacena, y
cuanto más las miraba, más irreal me parecía lo que acababa de pasar en la
ducha.

¡Entré en la ducha! ¡Con él! Eso calificaba como romper al menos diez
reglas de nuestro inexorable contrato.

Apoyé las manos en el granito que recubría la barra de la cocina y agaché la


cabeza sin asimilarlo.

Sería buen idea comenzar a colocar un límite en mi impertinencia e


insensatez. Había entrado con él a la ducha. ¡Y en bóxers! El tipo estaba
prácticamente desnudo mientras le tallaba la espalda como si estuviéramos
dentro de una escena de película erótica barata.

Mi estómago se hizo un nudo y la gravedad de mi estupidez me golpeó


como una bofetada. No teníamos ni siquiera un mes con este maldito
acuerdo y ya estábamos saltándonos las reglas primordiales: nada de
situaciones comprometedoras en privado. ¿Y qué era lo primero que hacía
yo? Enredarme con él en una situación comprometedora en privado.

Inspiré para recuperar la compostura cuando caí en cuenta que estaba


perdiéndola. No podía permitir que algo tan fuera de lugar pero
insignificante impactara así en mis planes.

Conté mis pulsaciones y me concentré en ralentizarlas. Daxen ya había


tenido el privilegio de encontrarme hecha un desastre en el baño de la
oficina una vez, no le obsequiaría una segunda ocasión.

Era una Colbourn McCartney, por Dios. Se suponía que yo debía tener
siempre el control de la situación, no entregarlo. Yo era la calculadora y la
que mantenía siempre la cabeza fría sin importar qué sucediera.

Solté el aire en una trémula bocanada y me aferré a esa imagen


indestructible que había proyectado toda mi vida. El chillido de la tetera me
regresó a mi agitada realidad y me acerqué a la sofisticada estufa para...
—Haley—la profunda y suave voz de Daxen despertó mi sentido de alerta y
acarició mi piel como seda en la misma medida.

Me giré para encararlo con toda la indiferencia posible, pero la misión falló
apenas mis ojos aterrizaron sobre él.

Madre mía, quién diría que el estoico de Westler tendría un cuerpo digno de
admirar debajo de esos trajes rígidos y aburridos. Llevaba el cabello
húmedo peinado hacia atrás con un aire despreocupado y la camiseta de
deporte se pegaba como una calcomanía a su trabajado pecho. Si lo
golpeaba en el abdomen, seguro me fracturaría al menos dos dedos. Los
pantalones de ejercicio no eran ajustados, pero se pegaban a su cuerpo lo
suficiente para distinguir la forma de su...

Oh Dios, estaba perdiendo el enfoque.

—¿Qué?—posé una mano sobre mi cintura con toda la impasibilidad que


pude reunir mientras un calor abrasador me quemaba el abdomen y escurría
hasta mi entrepierna.

Estrechó los ojos curioso por mi nada natural reacción, pero si se dio
cuenta que estaba teniendo un tiempo difícil decidiendo si sus pantalones
eran muy justos o su verga muy grande para marcarse en la tela, no dijo
nada.

—La tetera, ¿vas a apagarla o tu plan es sofocarme con gas para después
huir?—inquirió seco, aunque capté el toque de la broma escondida en su
voz.

—Lo siento—presione el botón de apagado y el chillido se detuvo—.


Estaba por hacerlo cuando me llamaste.

Se cruzó de brazos y los músculos se marcaron en su piel como si quisiesen


desgarrarla, como si...

Me detuve justo ahí. Esos pensamientos estaban muy lejos de ser


profesionales y yo solo podía tener pensamientos profesionales con Daxen.
Me aclaré la garganta cuando la tensión en el ambiente por poco chilló
como la tetera entre nosotros.

—¿Necesitas algo?

Negó con la cabeza.

No pude evitar compararlo con el Dax de la fiesta o el que estuvo conmigo


en la ducha. Era como si usara siempre una armadura inquebrantable para
que nadie notara jamás su vulnerabilidad, como si temiera a sus propias
emociones y luchara por mantenerlas reprimidas.

Nadie pensaría que ese hombre arisco, quien me recibía ahora en la cocina,
era el mismo que me permitió curar sus heridas y limpiar la sangre de su
rostro minutos atrás. Su aparente impasibilidad me intrigaba, pero era una
línea que no estaba dispuesta a cruzar, por mucha curiosidad que me
generara.

Quería preguntarle muchas cosas sobre su personalidad, pero una parte de


mí sentía que había vislumbrado partes de él que nunca debía descubrir y yo
era solo una intrusa.

—¿Qué hacías?—fijó sus ojos más allá de mí, en la estufa.

—Estaba buscando algo de beber. Pensé en preparar café, pero no lo


encontré.

—Las cajas y bolsas de café están en la gaveta superior izquierda, junto a


las de té. No sé cuál marca prefieras o qué tipo, pero están ordenados
alfabéticamente por nombre y modo de preparación.

Lo miré como si fuera un sociópata. Tal vez lo era si considerábamos su


enfermizo sentido del orden.

—Uso el sistema de Dewey para ordenarlo todo—mencionó impertérrito


ante mi desconcierto—. Se supone que fue creado para ordenar bibliotecas,
pero funciona también para otras cosas si sabes adaptarlo.
—Vaya—reconocí impresionada y una broma cosquilleó en mi garganta—
¿Sirve para todo? ¿Incluso para el sexo? Eso debe ser muy aburrido,
Westler.

La irritación brilló como la luz contra un vaso de whisky, peligroso y


tentador.

—Sí tengo un sistema para el sexo, y está lejos de ser aburrido.

—Ajá, eso dicen todos los hombres antes de darte el sexo más aburrido de
tu vida.

Algo peligroso encontró el camino en sus orbes y mi boca se secó.

—No tengo interés en compararme con tus otros amantes.

—Genial, porque nunca podrías—contesté fastidiada por el tono de


arrogancia con que lo dijo.

Esbozó esa sonrisita burlona de siempre, como si supiera algo que yo no.

—Lo sé—reconoció sin perder esa petulancia excesiva—'¿Se supone que


eso es una broma tuya?

—En realidad es una pregunta auténtica—me encogí de hombros—. Aquí tú


eres el obsesionado con el orden.

—Y tú con el desorden.

Una sonrisa malintencionada se las arregló para surcar mis labios.

—El caos puede ser divertido, siempre y cuando seas lo suficientemente


valiente para jugar en él.

Una llamarada de algo indescriptible surgió en las profundidades de sus


ojos, pero la mueca de fastidio no desapareció.

—No, gracias. El desorden me genera urticaria.


Esa vez logró arrancarme una risa de diversión.

—Eso ni siquiera es una reacción relacionada con tu TOC.

—¿Según quién?

—Yo. Y cualquier psiquiatra.

—Ah—dijo sin importarle una mierda mi argumento.

Dio un paso más cerca y mi cuerpo se tensó de inmediato, como un cable


por el que transitaba una fuerte carga de electricidad. El aroma a jabón y
shampoo masculino hizo estragos en mi cerebro y llegué a pensar que me
gustaría olerlo directamente de su pecho, sus hombros, su cuello.

Okay, de acuerdo, había que reconocer esto como lo que realmente era: 1.
Daxen era físicamente atractivo, no tenía problema en aceptarlo. 2. El no
tener sexo comenzaba a afectar mi cerebro.

Tal vez una liberación rápida ayudaría a dejar de pensar en él como algo
más que un socio de negocios. Podría llamar a otros chicos. Ninguno se
negaría, pero hacerlo sería arriesgado. No podía exponer nuestra falsa
relación a sufrir una falsa infidelidad.

—¿Vas a quedarte parada ahí?

—¿Qué?—su voz me extrajo de mis nada-profesionales-muy-pecaminosos-


pensamientos.

—Te dije que podías sentarte en la sala. Prepararé algo de beber para mí.
¿Qué quieres tú? Tengo café, cerveza o soda.

—¿Qué hay del té?—lo molesté.

Conocía el discurso para ofrecer bebidas de memoria. No era normal que en


una casa inglesa olvidaran ofrecer té. Me había acostumbrado a rechazarlo
casi al mismo tiempo que aprendí a decir mamá.

Frunció el ceño sin comprender mientras extraía dos tazas de la alacena.


—¿Por qué te lo ofrecería si sé que no te gusta?

La sorpresa me pilló desprevenida.

—Creí que no lo recordarías.

Miré su perfil concentrado mientras vertía el agua en una taza con


precisión.

—No es tan difícil de recordar. Créeme, te he estudiado. Quiero que esto de


la relación sea lo más creíble posible—elevó su vista hacia mí, pero aún
estaba abstraída en el hecho de que Daxen aprendiera en días lo que Ian no
pudo en años—¿Entonces? Yo tomaré té, ¿qué hay de ti?

Me mordí el labio, indecisa. El café era siempre era la opción por default
cuando alguien me ofrecía algo de beber después del agua, pero no me
apetecían ahora.

En un nuevo arranque de insensatez o curiosidad, no lo sé, acepté algo


diferente.

—Té está bien. ¿Cómo lo preparas?

Abrió la boca ligeramente con el recipiente que contenía las hierbas en su


mano.

—Creí que no te gustaba el té.

Apoyé los codos sobre la barra e incliné mi cuerpo hacia adelante. Sentí su
mirada recorrerme de la cabeza a los pies. Aunque intenté ignorarlo, percibí
la llamarada de la anticipación naciendo en mi interior y eso me alarmó.

—No me gusta, pero tengo curiosidad sobre cómo lo preparas—mencioné


con esperanza de alejar mi mente de las sensaciones—. Conoce como un
inglés hace su té y sabrás todo sobre él. O algo así va el dicho, ¿no?

Soltó una risita baja y gutural que me erizó todos los vellos que poseía.
—De acuerdo, veamos qué tanto puedes deducir de mí a partir del té,
Sherlock.

—Te sorprenderás.

Cinco minutos después, estábamos en su comedor sentados uno frente al


otro y con una taza humeante de té para cada uno. Miré las ondas que se
creaban en el líquido ambarino mientras lo revolvía con la cuchara.

—No tienes que beberlo si no quieres—insistió dando un sorbo a su bebida.


Mantenía un brazo apoyado sobre el respaldo de la silla contigua y su
postura era completamente relajada, una faceta que nunca conocí en la
oficina.

Ya era raro invadir un espacio tan personal como su departamento y su


ducha, ahora también tenía que hacerme a la idea de que conocería sus
costumbres. Qué horror.

—Está bien—lo acerqué a mis labios y di un sorbo pequeño como quien


probaba veneno.

Sorpresivamente, no me supo como tal. Tenía un sabor suave y la leche de


avena le daba el toque. Era equilibrado con un regusto de lavanda y la
cantidad justa de miel para no ser muy dulce.

Las experiencias que tuve con otros tés fueron malas. Eran muy fuertes,
amargos o dulces. El sabor simplemente no me convencía y prefería
evitarlo, pero este era... el más bebible hasta ahora.

—¿Y bien? ¿Pasé la prueba? ¿No me cortarás la cabeza?

Di un trago y sonreí antes de posar la taza sobre la mesa.

—Está bien.

Enarcó ambas cejas, poco convencido con mi contestación.


—Esperaba algo más, algo como: oh, Daxen, eres el mejor preparador de
tés que he conocido en mi vida—imitó mi voz con un horrible tono chillón.

Me arrancó otra risa y su rostro se suavizó aún más.

—No sé si eres el mejor, pero es bueno. Me gusta lo suficiente para


acabármelo—tomé el contenedor entre mis manos y volví a beber.

—Wow, es como convencer a Cerbero de reemplazar la carne por vegetales


—dijo con el triunfo tiñendo sus palabras—. Al menos la certificación en
preparación de té sirvió de algo.

La curiosidad hizo cosquillas en mi estómago.

—¿Certificación en preparación de té? ¿Hablas en serio?

Asintió.

—Veo que no has leído nada de mí.

—He leído, pero no sabía esa estupidez de la certificación en preparación


de té. ¿Quién haría algo así?

—Alguien a quien le gusta hacer todo a la perfección—mencionó petulante


—. Me gusta conocer de todo, hacer de todo y ser capaz de todo. He hecho
certificados de buceo hasta paracaidismo. Soy un paramédico certificado.
También he creado programas de reinserción social para exconvictos. Si
puedo ayudar con lo que sé hacer, mejor.

Las palabras murieron en mi boca y no pude resucitarlas. No lo sabía. Antes


de esto no sabía nada de Daxen a excepción de lo que otras personas decían
o escuchaba en la prensa. Ian decía que era un imbécil petulante que creía
estar en la cúspide del mundo, pero ahora me parecía cada vez más difícil
aceptar esa concepción de su persona.

—No sabía que fueras un altruista con un corazón.

Una comisura de su boca se movió como si quisiera descubrir una sonrisa


que no llegó a concretarse.
—No soy un altruista. Soy alguien que estuvo en el infierno y pudo
regresar. Muchas personas no pueden o no saben cómo hacerlo, no saben
cómo salir de ahí, así que... ayudo. Ayudo con lo que puedo.

Apreté mi taza percibiendo el calor manar de ella mientras las dudas


invadían mi mente.

—Cuando hablas del infierno te refieres a...

—La cárcel—soltó las palabras como si le escaldaran la lengua—. Creé


programas para aquellas personas que considero pueden reinsertarse en la
sociedad y redimirse. Les doy una segunda oportunidad.

—¿Basado en qué? ¿Cómo sabes que pueden redimirse?

—No todo es blanco o negro en este mundo, Haley—un matiz oscuro se


adueñó de sus facciones y de nuevo se cubrió con esa armadura
impenetrable—. Hay muchas personas que no recibieron un juicio justo y
están en la cárcel sin ser culpables—dijo con ahínco—. Hay personas que
cometieron un crimen porque debían hacerlo, porque era eso o la muerte,
eso o perder a su familia. No todos son escorias.

—Lo sé—me rasqué la mejilla, los nervios aflorando en mi interior al saber


que entrábamos en terreno peligroso—. Solo digo que es complicado
decidir quién merece una segunda oportunidad y quién no.

—Tengo un sistema.

Bufé con la burla evidente en mi tono. Por supuesto que tenía un maldito
sistema.

—Es un tema complejo—apunté. Mi primer instinto fue cambiar de tema,


mi deseo principal era aprovechar esta pequeña grieta en su fortaleza para
conocer más de él—¿Qué hay de ti?

—¿Yo qué?—sus ojos me atravesaron como lanzas.

—¿Te habrías aceptado a ti mismo en tu programa de reinserción?


La pregunta lo pilló por sorpresa y el impacto se reflejó en cada una de sus
facciones. Abrió la boca ligeramente y tardó unos cuantos minutos en
recuperarse. Se acomodó en la silla con la espalda muy recta y el cuerpo
tenso.

—Sí, me habría aceptado.

—Claro, porque lo tuyo fue un homicidio accid...

—Maté a un hombre por voluntad propia—reveló con la voz tan fría como
una ventisca, y fue justo lo que sentí recorrerme el cuerpo al escucharlo.

¿Qué? Mi corazón se aceleró con la misma potencia que un motor y un peso


muerto cayó sobre mi estómago, hundiéndolo.

Se estiró el cuello de su camiseta de ejercicio hasta descubrir una cicatriz


larga con los bordes blancos que empezaba en su cuello y terminaba en su
clavícula. Vi un destello cuando lavé su rostro en la ducha, pero no quise
preguntar. Me aterraba la respuesta.

—Cuando eres alguien con dinero que termina en la cárcel, por acierto o
error, tu cabeza tiene un precio. Los enemigos más agresivos están en la
cárcel, pero los más poderosos están afuera—acotó con acidez—. Un mes
después de entrar a prisión, alguien de afuera dio la orden. El tipo me atacó
en las duchas con una navaja de afeitar atada al mango de un tenedor. Casi
logró matarme, pero cuando caímos al suelo, se resbaló. Me cortó más de la
cuenta, sí, pero pude quitármelo de encima gracias a eso. Corrí como pude
mientras me desangraba por el pasillo.

» Un policía me encontró. Me llevaron al hospital, pero el vigilante no lo


hizo por la bondad de su corazón. Tuve que pagarle el favor. Estaba
aterrado para defenderme, así que cuando regresé, tuve ataques de pánico al
pensar que eventualmente el tipo que intentó matarme terminaría su
confinamiento en solitario y entonces concluiría su tarea.

Se levantó un poco la camiseta y mi estómago se hizo un nudo cuando me


mostró la cicatriz en su costado izquierdo. Era mucho más pequeña que la
del cuello, pero pude verla con más detalle mientras tallaba su espalda.
Parecía el tipo de cicatriz que obtenías luego de un apuñalamiento.

—El segundo ataque no lo hizo quien yo creí. Cuidarme de él no sirvió de


nada. Al final, fue otro quien me apuñaló tres meses después, cuando creí
que todo había acabado. En esa ocasión, me defendí—su voz se tornó tan
oscura como sus ojos, casi negros—. Lo maté antes de que él me matara a
mí.

El silencio se estiró entre nosotros como una liga a punto de romperse, pero
las palabras simplemente no acudían a mi mente.

—Me sentí asqueado conmigo mismo mucho tiempo, pero no culpable. No


quería morir. Al menos sirvió para que otros dejaran de meterse conmigo.

No me moví. Ni siquiera parpadeé mientras Daxen me estudiaba como un


rompecabezas imposible de resolver. Se inclinó sobre la mesa colocando los
codos sobre la superficie y sus ojos miel me observaron como si pudieran
ver a través de mí.

—Ahora que sabes que maté a alguien, ¿me temes?

La pregunta apretó el nudo en mi estómago. Creí que mi respuesta


inmediata sería «sí», pero existía un sentimiento bizarro de curiosidad que
creció exponencialmente luego de esta confesión, como un secreto que
nadie conocía, solo yo, y sirvió para apagar cualquier forma de miedo que
poseyera.

—No—contesté con voz ronca luego de no hablar por un buen rato.

—¿Terminarás el trato?

—No.

Algo se movió en su rostro, como si le complaciera la respuesta.

—Eres más valiente de lo que creí, Colbourn—sus ojos volvieron a obtener


ese matiz peligroso y atrayente.
—No le temo a los criminales—fue mi turno de poner las cartas sobre la
mesa—. Lo mataste. Cumpliste tu condena. Pagaste tu delito. Ahora eres un
hombre diferente.

Enarcó una ceja.

—¿Lo soy?

Asentí sin caer en su juego mental.

—Sí, o de lo contrario no ayudarías a otros en tu misma situación, no


intentarías tan desesperadamente redimirte ante los ojos de tus padres.

Una sonrisa perezosamente atractiva surcó sus labios, acentuando su belleza


masculina.

—Parece que sí lograste deducir algunas cosas de mí después de todo. Me


gusta tu astucia.

Me incliné hacia adelante y sonreí presuntuosa, como si estuviésemos en


medio de una partida de ajedrez luchando por rodear al otro para obtener el
jaque mate.

—No eres tan difícil de leer como tú crees—apoyé mi mentón en el dorso


de mi mano—. Tampoco eres el único que ha hecho cosas malas. Todos
tenemos demonios de los que intentamos huir.

Se mantuvo impasible.

—¿Me estás diciendo que tú también has hecho cosas malas?

Asentí con las uñas del arrepentimiento rasgándome el pecho.

—Haley, robar un chocolate no es algo tan grave. Llegarás al cielo y San


Pedro te abrirá las puertas—el sarcasmo adornó su respuesta.

—No hablo de robar un chocolate—rebatí con amargura—. Podrías no ser


el único criminal en esta mesa.
Eso logró captar su atención pues la curiosidad se vislumbró como el
amanecer sobre montañas rocosas.

—¿Qué escondes?

—Secretos—me encogí de hombros—. No somos seres de una sola cara,


tenemos muchas más.

—Yo confesé—espetó y me miró severo—. Es tu turno.

—No tengo nada qué confesar—luché por mantener los nervios a raya para
que no me delataran—. Solo digo que no tengo razón para temerte porque
he vivido tanto como tú.

—¿En serio?—inquirió con la voz llena de escepticismo.

Me mordí el labio, dudosa de seguir hablando. Una palabra de más y Daxen


podría tenerme presa del cuello. No dije nada, así que él tomó la
oportunidad de seguir.

—¿Ian sabe sobre eso?¿Ese...secreto?

—Sí.

Eso lo interesó aún más.

—Lo que sea que hayas hecho, ¿él está involucrado?

No contesté verbalmente, pero mi rostro era una respuesta clara que no


pude ocultar.

Se inclinó hacia atrás y acarició su labio inferior con el pulgar.

—Vaya, quién lo diría—acotó malicioso—. Así que eran la pareja perfecta.


Bonnie y Clyde en carne y hueso.

—Ian no es como tú crees—siseé en mi instinto natural por defenderlo,


aunque bajé la intensidad apenas me di cuenta de lo que hacía.
—¿Un tipo inservible y cobarde que se aprovecha de ti? Es como yo creo
que es.

Fruncí el ceño, molesta.

—No lo es.

—Haley, el tipo te engañó.

—Lo sé—insistí hastiada—. Y lo odio por ello. Lo odio tanto como para
meterme contigo y joderlo.

De acuerdo, se escuchó muy mal e inmediatamente me arrepentí cuando el


semblante de Daxen cambió por completo, adoptando uno defensivo.

—Quiero decir, soy consciente de lo que hizo y no pienso perdonarlo, pero


era un buen novio, por eso me dolió tanto—confesé con la amargura
filtrándose en mis palabras—. Creí que éramos felices.

—Solo se aprovechaba de ti, de tu status y lo que podías ofrecer para hacer


crecer su empresa y su nombre, créeme, lo he vivido con mi hermana—
masculló ofuscado.

—Ian nunca me miró como un trofeo—hablé a pesar del nudo en mi


garganta—. Nunca me miró como un medio para obtener poder, al menos
no al inicio. Era el único que no pensaba en mí como un instrumento, un
bonito adorno. Tenía metas y aspiraciones, quería crecer por sí mismo,
hacerse un nombre sin ayuda de su padre, pero él...

Me detuve cuando mi lengua por poco se resbaló. No estaba bien. No podía


traicionarlo así.

Tomé una bocanada de aire y me recuperé.

—No justifico sus acciones, pero tal vez no éramos tan perfectos como yo
pensaba. Tal vez yo fui muy ambiciosa, muy entusiasta, muy intensa con
nuestro amor. Tal vez fui demasiado para él.
Daxen se mantuvo impasible mientras yo vivía mi dolorosa epifanía, pero
las siguientes palabras que salieron de su boca me presentaron una nueva
revelación.

—Nunca serás demasiado para alguien que no puede tener suficiente de ti.

Una calidez intrusiva envolvió mi estómago y fue como si algo revoloteara


en mi interior.

—No sabía que fueras tan romántico—dije con tinte mordaz a falta de una
mejor reacción.

—No hablo desde el romanticismo, hablo desde la verdad—se encogió de


hombros—. Es simple lógica.

Enarqué una ceja.

—Siempre te las arreglas para matar todas las mariposas, ¿eh?

—¿Estabas sintiendo mariposas?—inquirió perturbado y sorprendido a la


par.

Me quería dar una bofetada. Mi corazón se aceleró ante la perspectiva de


ser descubierta, así que simplemente me puse en pie y fui directo a su sala.
Me acomodé en el enorme sillón de cuero oscuro, encendí el televisor y
coloqué los pies sobre la mesa.

Claro que no duraron mucho tiempo allí porque los retiró con un manotazo
antes de sentarse a mi lado. Ignoró cómo lo acribillaba mientras me
arrebataba el control remoto.

—¿No duermes?—quiso saber mientras cambiaba los canales.

—Lo mismo podría preguntarte.

—No duermo mucho.

—¿Acaso eres un vampiro?—bromeé y me gané una mirada de reojo que


era un tácito «¿En serio?».
—Suelo tener pesadillas sobre la cárcel—musitó con la vista pegada a la
pantalla—. Algunas son muy vívidas, así que prefiero evitarlas.

—¿Y qué haces cuando no duermes?

—Entreno—giró su cuello hacia mí—. Boxeo. Trabajo.

—¿Qué?—mi rostro lo encaró—¿Quién en su sano juicio trabaja cuando no


puede dormir?

—No me gusta perder el tiempo.

Noté lo cerca que estábamos del otro cuando vi lo oscuras que eran sus
pupilas y lo claros que eran sus iris, la luz del televisor dotando a su perfil
de un aire mucho más etéreo y definido. Me permití observarlo más de lo
que debería y quedé atrapada en la forma recta de su nariz; lo marcados que
eran sus pómulos y el delineado de su mandíbula; la manera en que la
manzana de Adán subió y bajó por su cuello cuando tragó.

Quedé atrapada en su cercanía. En lo carnosos que eran sus labios y en el


recuerdo de lo bien que se sentían cuando los movía en sincronía con los
míos.

Quedé atrapada en lo mucho que quería besarlo otra vez, por capricho o
necesidad, no tenía idea, pero ambas fuerzas doblegaban mi voluntad con la
misma facilidad.

Abandoné sus labios para buscar sus ojos. Era un impulso estúpido, pero no
podía sofocarlo. Me acerqué un poco más incitada por ese pensamiento
intrusivo y no se movió, no reaccionó. ¿Esto estaba bien para él?

No sabía con certeza qué demonios hacía, solo sabía que quería sentir su
boca en la mía otra vez, justo como en la fiesta. Nada de esto contaría
mañana, ¿cierto? Regresaríamos a la oficina, a nuestros puestos habituales y
a nuestra relación habitual que era una mentira. Esto era solo una forma de
liberación, algo sin sentimientos, solo lujuria cruda.
Apoyé la mano en el sofá para no perder el equilibrio mientras la distancia
entre nosotros se hacía más corta y el deseo más denso. El sonido de la
televisión fue apagado por los locos latidos de mi corazón, emocionado ante
la perspectiva de besarlo otra vez.

El mundo reapareció cuando finalmente la sensatez llegó a uno de los dos.


Giró el rostro y se alejó un poco con un movimiento algo incómodo.

—¿Alguna vez has visto Destino Final?—preguntó con voz forzada cuando
se detuvo en un canal que aparentemente reproducía la película.

Me quedé en esa posición algunos segundos, asimilando el rechazo. Un


pinchazo hirió mi orgullo, pero logré sobreponerme y despertar de la
estúpida fantasía en la que me había autoinducido.

Daxen y yo éramos socios, compañeros buscando un fin común, nada más.

Acomodé el cuerpo hasta quedar frente al televisor y volví a subir los pies a
la mesa.

—La tres es mucho mejor que la uno—mencioné al ver cuál transmitían.

De nuevo bajó mis pies de un manotazo.

—Quita tus pies de mi mesa—ordenó irritado.

Lo acribillé.

—Es solo una mesa.

—Estás en mi casa, así que sigues mis reglas.

Puse los ojos en blanco.

—Como sea.

El sol golpeó mis párpados con demasiada fuerza para ser una hora decente.
Me removí intentando bloquearlo, pero percibí algo duro debajo de mí.
¿Había dormido en el suelo?

Lo palpé con más insistencia sin poseer aún la voluntad suficiente para abrir
los ojos, pero cuanto más tocaba, más aumentaba mi desconcierto. ¿Qué
mierd...?

Finalmente reuní la fuerza suficiente para despertar y caí en cuenta que no


dormía en el suelo, ni en el sofá. Bueno, al menos no técnicamente. El
sudor se acumulaba en mi nuca y mi pecho por el exceso de calor que el
cuerpo de Daxen generaba al estar junto al mío. Debajo del mío, para ser
exactos.

Estaba sufriendo un infarto de la impresión. ¡¿En qué momento nos


habíamos quedado dormidos?!

El televisor aún estaba encendido y había un hombre promocionando una


licuadora portátil, pero no ayudó a amortiguar mi terror: estaba encima de
Daxen, con una de mis piernas enredada entre las suyas y mi cabeza contra
su pecho mientras uno de sus brazos me rodeaba la cintura y el otro rozaba
el suelo.

¿En qué momento...? ¿Cómo...?

Estaba segura que ni siquiera podría dormir en esta posición con otra
persona haciéndolo a propósito, pero temía moverme, despertarlo y que
tuviera otro ataque de ansiedad solo de encontrarnos en esa manera.

Moví el cuello con cuidado y lo contemplé con ojos furtivos. Tenía la


cabeza apoyada en el reposabrazos y las oscuras pestañas creaban sombras
sobre sus mejillas. Su expresión era relajada y el sol creaba destellos
castaños sobre su cabello oscuro.

Nunca lo admitiría a nadie, pero ese momento en el que todo pareció


detenerse y se volvió silencioso para alcanzar cierto grado de tranquilidad,
me llenó más que cualquier venganza.
Era curioso que Daxen formara parte de ello, pero no me molestaba en
absoluto.

Efímero como todo en este mundo, el momento se desvaneció cuando Dax


se removió en el sillón, emitió un suspiro entre sueños y se colocó de lado,
aplastándome contra su cuerpo y el sofá. Enredó sus brazos en torno a mi
cintura, ciñéndome más contra él y aumentando la temperatura entre ambos.
Literalmente.

Comenzaba a sofocarme, así que decidí que era tiempo de despertar al Bello
Durmiente.

—Dax—lo llamé con voz ahogada, pero solo conseguí otro suspiro.

Dijo que no dormía bien, pero justo ahora era un maldito tronco.

—Dax—volví a llamarlo y toqué su pecho para obtener un mejor resultado,


pero el espacio era muy estrecho.

Era prácticamente una calcomanía en su sillón.

—Daxen—insistí cuando me estrechó aún más y me congelé al sentir algo


duro en mi bajo vientre.

Ay, por Dios. ¿En verdad iba a...?

Movió su pierna un centímetro para instalarla entre las mías y pude sentir
con toda nitidez el rígido bulto contra mí. La temperatura aumentó mil
grados en la estancia y el sudor que me cubría la nuca y el pecho se volvió
más denso.

Joder, ¿dónde quedó el profesionalismo?

—Daxen, si lo estás haciendo a propósito, te juro que te voy a...

Entonces lo escuché. Escuché mi nombre en sus labios como un deseo, un


anhelo pecaminoso, y sus palabras fundieron el fuego de la anticipación en
algo más que apretó mi vientre.
Estaba soñando conmigo. Y no era un sueño decente a juzgar por la potente
erección que tenía contra el abdomen.

Consideré no despertarlo en la esperanza de escuchar mi nombre escaparse


de sus labios como una súplica otra vez, pero me estrechó más y el aire
comenzó a acabarse en mis pulmones.

—¡Daxen!—solo quería elevar un poco la voz, pero salió como un grito que
lo despertó enseguida.

Hubo una pausa en el tiempo mientras él asimilaba la posición en la que


estábamos y lo que chocaba con mi cuerpo para después ponerse en pie
como un rayo, pálido, desconcertado y sudoroso.

—Lo siento—se disculpó enseguida, claramente apenado—. Lo siento


muchísimo, yo...

Me senté en el sofá masajeándome el cuello.

—¿Qué? ¿Me lo estabas entregando para que resolviera el asunto con mis
manos?—lo molesté para aligerar el ambiente, pero obtuve el resultado
contrario.

—Será mejor que te vayas—ordenó.

—Daxen, era solo una broma. Fue incómodo, yo también lo siento, no


debimos...pero tranquilízate, ¿quieres?—esto era justamente lo que quería
evitar: parecía a punto de tener un ataque.

—Solo vete—acotó impertérrito con los restos de sueño desapareciendo


enseguida—. Hablaremos mañana en la oficina para arreglar el desastre que
hice.

—Dax, ¿estás...?

—Haley, solo vete—insistió con más ahínco y por la severidad en su tono,


lo mejor sería acceder.

—Bien.
—Bien. Tu vestido está en el cuarto de lavado. Ya sabes donde está la
salida.

Y sin decir nada más, subió las escaleras y se internó en su habitación.

¿Qué mierda había sido todo aquello?

Disfruten, mis niños.

Con amor,

KayurkaR.
15| Estrategia

Daxen

Era malo.

Todo esto era malo.

Puta mierda.
La sangre corría por mis oídos con la misma velocidad con la que mis pies
se movían para subir las escaleras a trote. Mi visión se desenfocó un
momento al tiempo que entraba en el baño y cerraba de un portazo.

Me quité la camiseta como si quemara, lanzándola sin mucho cuidado a la


canasta de ropa sucia junto al lavabo seguida por mis pantalones de
ejercicio y bóxers. El torrente de agua fría chocó con mi cuerpo,
desvaneciendo los rastros de sueño, pero no la esencia de Haley que me
envolvía de la cabeza a los pies.

Carajo.

Me froté el rostro esperando que ayudara a liberar la frustración que sentía,


pero lo único que conseguí fue una punzada de dolor en mi muñeca. Había
olvidado que la luxación seguía ahí, igual que la vehemente necesidad de
tenerla que latía furiosa en mi interior.

No estaba preparado para ese escenario. Ni siquiera sabía cómo terminamos


así, enredados junto al otro como un maldito nudo. No era nada profesional
despertar con una erección por tu socio de negocios.

Tampoco lo era soñar que te la cogías en ese maldito sofá, pero su presencia
no ayudaba, su indeseable cercanía mucho menos. Cada cosa referente a
Haley me empujaba más cerca de un borde por el que no estaba dispuesto a
caer, pero ella parecía perseguirme por todas partes desde que iniciamos
esa tontería del trato, capturando todos mis sentidos: olía su perfume de
lilas y lavanda en la regadera, mi ropa, mi casa; percibía el sabor de sus
besos en mi boca, tan fuertes como su personalidad; la veía en mi mente si
no estaba conmigo; sentía sus caricias en mi espalda y mi rostro como algo
cómodo.

Era un maldito fantasma asediándome, robándose todo mi tiempo, mi


energía y mi atención.

De nuevo percibí el tenue perfume que dejó en el baño y una oleada de


lujuria me golpeó con la fuerza de un tsunami, tan duro que hizo mis
rodillas temblar y mi verga pulsar, deseosa por una liberación dentro de un
coño en el que nunca se abriría camino.
¿Qué habría hecho ella si dejaba fluir las cosas y movía su mano hasta
meterla dentro de mis pantalones para ordenarle que me diera un buen
apretón? No era tonta, había sentido la erección frotándose descarada contra
su centro, que irradiaba calor. Un nuevo sonido de malestar se abrió paso
por mi pecho y rebotó en las paredes de la ducha.

¿Qué habría hecho si yo deslizaba la mano dentro de sus shorts para


descubrir si estaba tan húmeda y dispuesta como parecía?

«Estás desviándote del objetivo, amigo».

Sí, estaba desviándome para concentrarme en la dolorosa erección que


empalmaba mi verga en ese momento. Apoyé la espalda en los fríos
azulejos sin que la sensación gélida ayudara a calmar el fuego que ardía en
mi interior.

«¿Qué? ¿Me lo estabas entregando para que resolviera el asunto con mis
manos?»

Su tono desafiante y su boca moviéndose mientras recitaba esas palabras


solo sirvieron para aumentar mi deseo. Haley era coqueta por naturaleza y
amaba dotar a las cosas de un doble sentido para molestarme y quedarse en
mi mente.

Para ella, todo en la vida era una broma de la que podía reírse,
incluyéndome. Por esa razón no debía dar a sus bromas una connotación
sexual que en realidad no existía, pero era imposible cuando hacía cosas
como desnudarme, entrar a mi ducha y lavar mi espalda.

Cerré los ojos con fuerza en un fútil intento de domar mi lujuria, pero
cuanto más pensaba, más se remontaba mi mente a memorias con la
princesa de los Colbourn: el calor de su cuerpo contra el mío, la intimidad
de la ducha que compartimos; la forma en que sus pezones se erguían
contra la tela de mi camiseta, clamando ser tomados.

Cuando la última imagen se abrió paso por mi cabeza, finalmente cedí. Mi


verga punzó hinchada al tomarla con mi mano igual que el errático latir
dentro de mi pecho. Moví mi mano frenéticamente mientras imaginaba
cosas que jamás sucederían: nos imaginé en ese sofá, mi mano levantando
la fastidiosa camiseta para comprobar con mi boca la dureza de sus
pezones, mi lengua adueñándose de ellos, chupándolos con esmero.

Mi mente se tiñó de imágenes en las que abría sus piernas y me acomodaba


entre ellas para palpar el calor y humedad de su sexo a través de la ropa.
Imaginé el arqueo de su espalda y sus tetas perforando el aire mientras
construía una relación cercana entre su coño y mi boca.

Carajo. Errático respirar llenó el cuarto de la ducha y lametazos de fuego se


arremolinaron en mi estómago. Di un fuerte tirón pensando en su sabor
dentro de mi boca, recogiéndolo con mi lengua. Mi pulso se aceleró igual
que los movimientos de mi mano con la falsa sensación que creó mi mente
al estar en su interior, envuelto de su carne delicada, sus fluidos y su calor.

No era ni de cerca tan bueno como lo sería en la vida real, pero tendría que
conformarme.

Retazos de calor bajaron desde mis hombros hasta mi espalda y supe que
estaba cerca. Eso me hizo detestarla más.

La detestaba por hacerme desearla con tanta vehemencia que me


masturbaba pensando en ella como un puto niñato de instituto, pero nunca
lo sabría. Seguramente me miraría con esa ironía aguda con la que
observaba a todos y me sonreiría con esa seguridad con la que se conducía
antes de reafirmar que era la fantasía de todo hombre en esta tierra.

Dios, estaba acabado. Mis músculos se tensaron al punto del dolor y mi


mano tembló junto a mi verga. Imaginar ese gesto mientras la colocaba
sobre su espalda en mi escritorio y le abría las piernas para llenarla hasta
que mis testículos chocaran una y otra vez contra su culo me empujó al
borde.

El orgasmo me golpeó tan duro como el hecho de que no estaba conmigo


ahora. Mis músculos se comprimieron con fuerza antes de explotar junto a
la dura liberación que me invadió de la cabeza a los pies.

Inhalé una bocana de aire, mis pulmones ardiendo y mi latir desbocado.


Me había masturbado pensando en Haley Colbourn. En mi socia de trabajo.

Cuando los restos del orgasmo desaparecieron, solo quedó la amarga


realización de haber traspasado una línea que afectaba mis planes más de lo
que imaginé.

Una ráfaga de ira heló mi cuerpo. Pensar en ella como algo más que un
medio para conseguir mi venganza era peligroso. Permitirle infestar mi
mente de esa manera no era provechoso para ninguno de los dos,
especialmente para mí.

Haley no sería solo una distracción. Si no tenía cuidado, podría convertirse


en un nuevo objetivo y ese sería mi fin.

Di un trago a la bebida proteica que Gael preparó para mí antes de partir a


la oficina en mi auto.

Miré mi mano derecha envuelta en la férula con resentimiento. El médico


había prohibido cualquier actividad física que implicara usar los brazos y
era un martirio. Boxear era lo único que dispersaba mi mente para no
distraerme con cosas en las que no necesitaba pensar.

Era una mierda que no pudiera asistir al gimnasio con Rafael y los chicos
porque eso implicaba que: uno, perdía mi condición física y agilidad en el
combate; dos, mi mente se concentraba más en Haley, lo que nos llevaba
directamente al punto tres: me había masturbado de nuevo esta mañana
pensando en ella porque deliré toda la noche con el sabor y la sensación de
su coño, lo que me la puso como una piedra apenas desperté y vaya-mierda-
que-era-mi-vida, terminé tocándome con el sonido imaginario de mi
nombre en sus labios como un secreto prohibido y mi barbilla empapada
con sus fluidos mientras hundía mi lengua entre sus pliegues.

Apreté el volante de mi Rolls Royce, esperando que las estúpidas fantasías


que mi mente evocaba cada minuto abandonaran mi mente apenas el
semáforo cambiaba su luz a verde.
Ella estaba haciendo un desorden en mi vida y reconocerlo me sacaba de
balance.

El semáforo cambió y avancé, pero una nueva fantasía amotinó mi maldita


cabeza cuando mi móvil sonó y lo contesté a través de la pantalla táctil.

—¿Qué?—contesté sin ocultar mi malhumor.

—Buenos días a ti también—reconocí enseguida la voz de Ciara a través de


los altavoces y todas las emociones abrasadoras que Haley se las arreglaba
por evocar, desaparecieron para ser reemplazadas por una gélida
consternación.

—Ciara—reconocí—. Nunca llamas al menos que sea importante. ¿Estás


bien?—giré en la avenida al tiempo que un nudo se formaba en mi
estómago—¿Josh Crakehall intentó...?

—No—su voz lacónica resonó en los confines de mi auto y solté el aire,


aliviado.

—¿Entonces qué pasa?

—¿Sigues en el acuerdo con la chica Colbourn?—el tono árido cambió


rápidamente a uno más analítico.

Hundí mis cejas sin comprender a qué venía una pregunta cuya respuesta ya
conocía.

—Sí—«desgraciadamente»—¿Qué hay con eso?

—¿Has conseguido algo?

—¿Relacionado con ella?

—Claro que con ella, ¿con quién más si no?

Mis labios se convirtieron en una fina línea.


«Solo he conseguido dejarme en ridículo a mí mismo, dolores de cabeza,
rabietas, erecciones repentinas y masturbarme como un chico de doce años
que acaba de descubrir que tiene una verga funcional. Fuera de eso,
nada».

—No, nada.

Emitió un resoplido de frustración.

—¿Qué estás haciendo? ¿Jugando a la pareja feliz? ¡Concéntrate! No


tenemos mucho tiempo. Si no reunimos información antes de que se
realicen las elecciones, estaremos jodidos, o peor, muertos.

La posibilidad flotó en el denso aire del auto y se pegó al cuero y a mi piel


como una calcomanía. Tenía razón. Josh ya había intentado deshacerse de
mí antes, dos veces y en ambas ocasiones falló. No le concedería una
tercera oportunidad.

—Estoy trabajando en ello—afirmé severo.

—Trabaja más duro.

—Si crees que yo no puedo manejarlo, ¿por qué no lo haces tú?—rebatí


exasperado con su actitud mandona.

—Yo no tengo algo colgándome entre las piernas—atacó—. Úsalo. La


chica parece lo suficientemente ingenua para caer por ti, úsalo a tu favor
para sacar información. Endulza su oído, sé el mejor maldito novio del
mundo, pero debes hacerla comer de tu mano, Dax, esto es un asunto de
vida o muerte para tú y yo—la angustia tiñó su tono y la cuerda de la
consternación se tensó en mi pecho, tan fina que parecía a punto de
romperse.

Entré en el estacionamiento de la corporación Colbourn y ocupé mi lugar


habitual en la plaza para ejecutivos de alto nivel.

—No es nada ingenua—las palabras brotaron por sí solas—. Es demasiado


inteligente, Ciara. No será fácil hacerla caer.
—Concentra tus esfuerzos. Sedúcela. Gánate su confianza. ¿Qué tan difícil
puede ser?

Me pasé una mano por la cabeza, hastiado. «¿Cómo te explico que ella está
seduciéndome a mí?»

—Ni siquiera estoy seguro de que ella tenga información que nos pueda
ayudar a hundir a los Crakehall. El que haya sido la noviecita de Ian no
significa que formara parte de sus artimañas.

—Daxen, por Dios—se quejó—. Está tan metida en esto como ellos.

Tensé la mandíbula con una sensación desagradable adueñándose de mi


estómago.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Mientras tú pierdes el tiempo en estupideces, yo investigo—declaró


severa—. Nunca le presté atención a la chica hasta que comenzaste a salir
con ella, pero creo que está tan sucia como la familia de su novio. Una
rápida investigación en su historial y encontré algunas... irregularidades.

Mi ceño se hundió aún más.

—¿Qué quieres decir?

—La heredera de los Colbourn proveyó de recursos a la familia de los


Crakehall para la creación de varias empresas que nacieron y fracasaron
muy repentinamente, como si hubieran sido creadas para un solo propósito
que cuando fue servido, ya no las necesitaron más, o no pudieron usarlas.

La curiosidad cosquilleó en mi estómago y el hilo de esta historia se


presentó ante mí para tirar de él hasta descubrir la verdad.

«Ian nunca me miró como un trofeo. Nunca me miró como un medio para
obtener poder, al menos no al inicio. Era el único que no pensaba en mí
como un instrumento, un bonito adorno. Tenía metas y aspiraciones, quería
crecer por sí mismo, hacerse un nombre sin ayuda de su padre, pero él...»
Ella escondía algo, era tan claro como el día, pero una parte de mí, la parte
ingenua, se negaba a creer que alguien como Haley Colbourn podría caer
tan bajo.

—No encontré nómina de trabajadores en ningún banco que correspondiera


a esas empresas, ni tampoco informes de impuestos en la tesorería, al
menos en las páginas de internet—su voz flaqueó, dudosa—. No puedo
regresar, pero tú podrías investigar más a fondo.

—Lo haré, lo prometo.

—Podremos hundirlos a ambos, matar dos pájaros de un tiro—dijo


emocionada—¿Sabes el escándalo que será si descubrimos que los
Colbourn están metidos en temas de corrupción? Dios, será más impactante
que la muerte de la Reina Isabel II.

De nuevo percibí ese malestar en mi cuerpo. Aunque intenté sacudirlo, no


lo logré.

—No me lo imagino—contesté lacónico.

—Pongamos manos a la obra. Concéntrate, ¿quieres?

— Dame unos días y tendré información para ti.

—Bien, esa es la actitud que estaba buscando—escuché la sonrisa en su voz


—. Me mantendré en contacto.

Y sin decir nada más, colgó.

Apoyé la cabeza en el respaldo de cuero, sintiéndome patético, engañado y


molesto conmigo mismo.

¿Qué mierda estaba haciendo? ¿Cómo permití que desviara mi atención de


esa manera tan abismal?

Haley no era un aliado, era una enemiga. Esta conversación con Ciara había
servido para regresar mis pies a la tierra y el enfoque a mi mente.
No había tiempo para niñerías ni pensamientos promiscuos. Debía
concentrarme en un único objetivo: destruir la tiranía de mentiras y
corrupción de lo Crakehall, aunque eso implicara acabar también con todos
los involucrados.

Creí que el día no podía ser peor, pero me equivoqué.

Aparentemente yo era el nuevo juguete de los Dioses porque las desgracias


no se detenían.

En esa ocasión apareció materializada en la forma de Margaret Walsh.


Abrió la puerta de mi oficina y me regaló una despampanante sonrisa desde
el marco de la puerta.

Justamente la última persona que quería ver en ese momento. Okay, tal vez
no la última, podría ser que compitiera por el lugar con Haley, pero el
sentimiento era el mismo.

Despegué la vista de la pantalla del computador y parpadeé esperando que


fuera una ilusión. O bien, una pesadilla. ¿No podía elegir otro día para sus
visitas amistosas?

—¿Qué haces aquí, Margaret?—inquirí sin humor.

—Estaba cerca y decidí ponerme al día con tu vida—dijo con excesivo


entusiasmo cerrando la puerta tras de sí, acorralándome con ella.

Tomó asiento sin permiso en la esquina de mi escritorio, cerca de mí.

No podía pasarme esto. ¿Por qué el universo se empeñaba en castigarme?

Su perfecto cuerpo se presentó ante mí como la materialización del deseo y


el pecado, y su cabellera rubia brilló como el oro para un vagabundo.
Margaret y yo teníamos historia, una corta e intermitente. Era hija de un
adinerado empresario dedicado a los bienes raíces y aunque nunca tuvimos
nada serio, compartíamos la cama de vez en cuando. O lo manteníamos
confinado a esta oficina si lo que nos apetecía era una liberación rápida o un
buen sexo oral, pero nada más.

Por esa razón me sorprendía verla ahora que mi supuesta relación con la
princesa Colbourn se había hecho pública. Eso me colocaba oficialmente
fuera de sus límites, ¿qué pretendía al presentarse aquí?

—¿Entonces?—sus rizos dorados se movieron cuando inclinó su cabeza a


un lado y sonrió coqueta.

—¿Entonces qué?—me dejé caer en el respaldo de mi silla.

—¿Qué tal la vida del compromiso? Tengo que admitir que nunca te
imaginé de esa manera—dijo con burla.

Entrelacé ambas manos sobre mi estómago y la contemplé. Absorbí la


forma de sus torneadas piernas y la manera en que el inicio de sus pechos se
mostraba un poco desde el escote de su blusa azulada, pero todo lo que
conseguí fue una imagen mental de Haley ocupando esta posición en lugar
de Margaret.

Dios. Mío. Ayúdame. Estoy perdiendo la razón.

—¿Y cómo me imaginabas según tú?

Soltó una risita pícara.

—Nunca te he imaginado de ninguna manera decente, si puedo ser sincera.

Solté el aire, decepcionado. No había nada que me provocara Margaret más


allá de fastidio.

—No, no puedes—corté de un tajo la conversación antes de que tomara otra


dirección—. Mag, te agradezco el que te presentaras, pero ahora estoy
ocupado. Podemos ponernos al día después.

—Dios—posó una mano en su pecho, sorprendida—. Esa chica tiene la


correa muy ajustada en tu cuello. ¿Te da miedo desobedecer a tu ama
acaso?
Una punzada de molestia me asaltó. No tenía tiempo para estas tonterías.

—Ella no es mi ama, y no, simplemente no quiero hablar contigo ahora.

La indignación nació en su rostro, pero lo intentó de nuevo.

—Podemos hacer algo diferente a hablar—su pierna rozó la mía y la aparté


enseguida, como si fuera radioactiva.

—No estoy interesado.

La indignación cedió el lugar a la molestia en sus delicadas facciones.

—¿Por qué? ¿De pronto tienes disfunción eréctil o has cambiado de liga?—
quiso saber, pero mi expresión dejó clara mi respuesta.

—Tú yo sabemos lo bien que me funciona, y no, no he cambiado de liga.

—¿Entonces qué es? Nunca me has negado un polvo cuando lo necesito, y


ahora estoy tan estresada que lo necesito—su voz aumentó una octava.

Su rabieta hizo lo mismo que una pluma a una pared en cambiar mi humor:
nada.

—¿Esto es por Haley?—chilló—. Seguro es una frígida, parece un robot. Ni


siquiera debe saber cómo hacer una mamada. Vamos, sabes que nunca se
compararía conmigo.

Eso me hizo gracia, pero reprimí la sonrisa. En cambio, acaricié su pierna


en un gesto fugaz hasta que acorté la distancia entre nosotros.

—Tienes razón, no se compara contigo—susurré cerca de su rostro desde la


silla para que entendiera cada palabra—. Ni en clase, ni en atractivo, ni en
inteligencia. Ni mucho menos en cuán dura me la pone.

El brillo de anticipación que nació al inicio murió rápidamente al finalizar


la oración. Su gesto menguó a uno de ira.

—¿Estás jodiendo conmigo?


—Ya no—contesté seco, volviendo a mi posición inicial en el respaldo de
mi silla—. No seas pesada. Ahora tengo un nuevo interés.

Soltó un jadeo, pero no me inmuté.

—Las cosas ya han sido aclaradas—miré el reloj en mi muñeca—. Y no veo


motivo para que robes más mi tiempo. Tengo una agenda apretada, así que
será mejor que te vayas.

Se puso en pie con toda la intención de...no estaba seguro, darme una
bofetada que sí me merecía o cortarme la verga con un abre sobres, no lo sé,
pero justo cuando se disponía a hacer algo, la puerta de mi oficina se abrió
y...jodida mierda, ¿por qué tenía que ser Haley quien apareciera en ese
preciso momento y no la muerte para llevarme con ella?

Ese habría sido un destino más dulce que enfrentarme a la reina de las
víboras en persona.

Haley no pareció sorprendida ni indignada. Su rostro tenía un matiz de


burla maliciosa, como si supiera que disfrutaría de cualquier cosa que
hiciera a continuación y eso resultó mucho más inquietante.

La falda de estilo ejecutivo que usaba no hizo otra cosa más que enmarcar
las definidas curvas de su cadera y la blusa negra de satín se ceñía
perfectamente a su cintura, haciéndola lucir mucho más segura e imponente
de lo que ya era.

Me puse en pie enseguida. No para eludir algo que era obvio, sino porque
me molestaba estar debajo de ella o que se sintiera superior. Se movió con
parsimonia hasta llegar al centro y nos observó a los dos con frío análisis.

—¿Interrumpo algo?—preguntó tranquila.

Margaret tuvo el sentido común de alejarse un paso de mí y vislumbré por


un momento el miedo en sus ojos verdes, aunque se esforzó por camuflarlo
con falsa seguridad.

Haley era la verdadera definición de seguridad, férrea e impetuosa.


—No, ella ya se iba—espeté.

La burla no desapareció de los ojos cerúleos de mi falsa novia.

—Creí que no estarías aquí—Margaret emitió una risita tensa.

—¿En serio? ¿Por qué? ¿Pretendías hacer algo para lo que yo no debía estar
presente?—inquirió con dureza.

La expresión de Mag cambió enseguida a la de un cervatillo asustado.

—No, qué va—dijo inquieta.

—Estoy aquí porque algunas personas aprovechamos nuestro tiempo


trabajando—le lanzó una sonrisa gélida—. Aunque no sé si estás
familiarizada con ese término.

—Sí...no...—se removió incómoda y la comprendí. Haley era intimidante


—. Solo pasé a saludarlo, ya sabes, somos viejos amigos, y también pensé
en visitarte a ti.

—Pero tú y yo no somos amigas—soltó despreocupada—. Aunque


podríamos serlo, si quieres. Aparentemente ambas tenemos una estrecha
relación con Daxen.

La miré perplejo a causa de su comentario impertinente, el doble sentido


palpable. ¿Qué mierda? ¿Ella sabía que tuve algo con Margaret?

—Solo quería felicitarlos por su nueva relación—se excusó.

—Gracias.

El silencio entre nosotros se alargó hasta que fue casi insoportable. Temía
incluso respirar. Lo último que deseaba era hacer explotar a Haley.

—De acuerdo, recordé que debo hacer algo—se giró hacia mí—. Te veré
después, Daxen.
—Nos verás después—la interrumpió Haley sin perder la sonrisa—.
Estaríamos encantados de verte otra vez, querida.

Mag forzó una sonrisa por última vez antes de despedirse con un gesto,
pero la voz de Haley la detuvo justo al llegar a la puerta.

—Oh, y sí sé cómo dar una mamada, por si tenías dudas, pero eso es algo
que solo nos concierne a mi novio y a mí—su voz firme retumbó en el lugar
y en mi interior.

La rubia lanzó un último quejido y salió corriendo sin mediar palabra. Fue
tan rápido que incluso dejó una estela de incomodidad tras su partida.

Haley tomó asiento sin inmutarse y la miré desde mi altura detrás de mi


escritorio.

—¿Qué fue eso?—inquirí confundido.

—¿Qué fue qué?—batió sus pestañas con fingida inocencia.

—Ese espectáculo.

—Espectáculo el que ella estaba dando al rogarte así por sexo—bufó


sardónica—¿Debería llamar al equipo de seguridad?

Fruncí el ceño sin comprender.

—¿Para qué?

—Para que la ayuden a buscar la dignid