Evolución y Concepto del Estado
Evolución y Concepto del Estado
El presente módulo constituye una propuesta temática y metodológica sobre el Estado que formará parte de la
asignatura del Estado y Derecho Constitucional. La temática se ha seleccionado pensando en los aspectos que el
estudiante debe conocer con relación al Estado, a partir de su origen, así como de las ideas políticas de los
pensadores clásicos del mundo antiguo.
De igual manera, se revisarán la conceptualización del Estado y la conformación de sus elementos constitutivos,
de tal manera que la unidad contempla las diversas interpretaciones del concepto de Estado.
Por último, se han insertado las tendencias actuales del Estado, desde el Estado Liberal de Derecho hasta el
Estado Neoliberal. Con todo, se propone una didáctica mediante la cual el alumno pueda fortalecer y motivar su
aprendizaje en la profundización de los conocimientos acerca del Estado.
El presente módulo temático tiene como propósito que las y los estudiantes adquieran conocimientos
relacionados al Estado, a fin de que sea competentes para actuar de una manera más eficaz en las diversas tareas
que está realizando actualmente. Para ello, es necesario que conozcan cual ha sido la evolución de la
organización política a través del devenir histórico de la humanidad, identificando las ideas políticas que han
caracterizado al Estado. También precisar qué es el Estado, para lo cual, deberá identificar cuáles son sus
elementos y funciones fundamentales que el Estado realiza. Finalmente, las y los alumnos determinarán las
tendencias del Estado y las características de cada uno de ellos.
El Estado actual es diferente al de su origen, pues es un fenómeno en constante evolución desde sus formas
organizativas simples hasta las más complejas. De acuerdo con diversos especialistas, entre historiadores,
antropólogos, filósofos, juristas, sociólogos y otras áreas, la sociedad humana ha transitado desde una
organización primitiva, pasando por un Estado Feudal hasta llegar al Estado que actualmente conforma nuestra
sociedad. Para revisar las formas del Estado es menester realizar una retrospectiva de la historia e interpretar los
hechos políticos y las instituciones del porvenir.
Francisco Porrúa Pérez (1994: 48-49), en su obra Teoría del Estado, nos señala algunos hechos importantes que
dieron origen al Estado:
Asia Oriental
Antiguo oriente
Por su parte, en el antiguo oriente surgieron culturas como las de Egipto, Persia, Siria o Israel,
que tenían un “Estado despótico o teocrático”. Por un lado, la autoridad se caracterizó por no
permitir a las personas desarrollarse, puesto que su derecho privado estaba restringido, así
como la capacidad para actuar dentro del derecho público se limitaba a los individuos
pertenecientes a una clase privilegiada. Y, por otro lado, existía una relación entre el soberano
de la comunidad política y la divinidad. En relación con el soberano se observan dos
cuestiones. La primera es que el soberano es representante del poder divino y, por
consecuente, su voluntad se encarna en el mismo, Mientras que la segunda, es que el poder
del soberano se encuentra subordinado al poder divino por medio de organizaciones distintas
del titular de la soberanía.
Grecia
Ahora bien, en Grecia surgieron dos organizaciones políticas que dieron origen a la cultura
griega, la espartana y la ateniense. Esparta tenía un gobierno compuesto por dos reyes que
eran vigilados por 30 ancianos o gerentes, cuya autoridad era prácticamente ilimitada. En la
sociedad ateniense se constituyen los grupos tribales llamados demos, similares a la gens
romana y uno de estos tenía la autoridad sobre los otros, dando paso a la sociedad política
monárquica. A medida que pasa el tiempo, crece la institución que se va ensanchando con la
esfera de la libertad individual que hizo posible el florecimiento de la cultura. Esa esfera de
libertad individual dio origen a las instituciones de derecho privado protectoras de la
propiedad, de la sucesión, etc.
Ya en Grecia del siglo V a J.C. tuvo lugar el nacimiento de las ideas políticas que dejaron ser
patrimonio de un solo grupo o casta para pasar al conocimiento del pueblo. En este sentido,
los habitantes de las dos polis se les reconocieron como hombres libres pues tomaron parte
en las tareas del Gobierno, pero no participaban en un plano de igualdad ya que la sociedad se
dividía clases. En esa división de clases dependía de los derechos y deberes que tenían bajo la
proporción de su riqueza.
Roma
En el año 750 a J. C., en Roma había dos clases, patricios y la plebe, bajo un gobierno de
monarquía electiva. Los primeros constituían la clase aristocrática o gens romana que al
reunirse en diez grupos integraban las curias y los segundos lo que no tenía derechos
políticos. Ya en el año 506 a. J. C. fueron expulsados los reyes etruscos y apareció la República
como forma de gobernar, pero a finales del siglo II a J. C. empieza el declive de la República
con la aparición de jefes políticos que provenían del ejercito romano. Posteriormente, se
instaura el imperio como régimen monárquico absoluto que perdura hasta la caída de Roma
en el 476 d. J. C.
Cabe subrayar que Roma ha sido, por excelente, el pueblo que ha creado el Derecho y las
instituciones jurídicas-políticas, bajo principios indestructibles de la justicia, virtud por
excelencia de la convivencia humana, y columna inconmovible de las comunidades políticas
con valor democrático humanista.
Edad Media
La Edad Media se inicia con la caída del Imperio Romano de occidente en el año 476 d. J. C.,
pero siguen influyendo como una idea permanente que trató de ser recogida como herencia
de Carlomagno, cuyos sucesores trataron de imponer decisiones a la multitud de
comunidades políticas europeas en que se fundó la extensa organización de Roma. No
obstante, en esas comunidades políticas también desapareció el monismo político y los jefes
de las hordas militares se convirtieron en reyes al llegar al sedentarismo, pero esa realeza no
tenía nada de absoluto. En este sentido, en los diversos pueblos, al derecho del rey se oponía
el derecho del pueblo, cuya acentuación se dio con el dualismo.
Estado Moderno
El nacimiento del Estado Moderno nace con el Renacimiento y se reconoce la razón humana
como centro del universo. Se supero el dualismo, se colocó al Estado por encima de la Iglesia y
desapareció el feudalismo. También en esta época nace el absolutismo que logro nivelar las
diferencias entre las clases y los ciudadanos, cuyo desenlace fue la igualdad jurídica con sus
variantes desde 1789 hasta nuestros días. La estructura constitucional del Estado moderno es
de una comunidad nacional organizada de acuerdo con sus funciones correspondientes,
además de contar con un orden jurídico que regula las relaciones entre el Estado y los
individuos, reconociendo la libertad individual y sometiendo al poder del Estado de manera
limitada, siempre con el fin de obtener el bien común.
Siglo XV
Las guerras de finales del siglo XV impulsaron a España, Francia e Inglaterra a constituirse en
Estados y, por tanto, el nacimiento del Estado comprende el periodo desde finales del siglo XV
hasta finales del siglo XVII. Posteriormente, durante los siglos XVII, XVII y XIX, el Estado
Constitucional tuvo su origen con J. Locke, Montesquieu, Rousseau, T. Jefferson y Siéyes, el cual
indica entre las exigencias del pensamiento liberal constitucional debía poseer una
constitución no otorgada, introducir la división de poderes y garantizar los derechos
fundamentales. En sí, el Estado es una realidad política en el que los hombres se agrupan con
sus semejantes para establecer entre sí una serie de relaciones, de intercomunicación de ideas
y de servicios, fundamentalmente por las tareas a realizar. Tales hechos sociales han existido
desde la aparición del hombre y seguirán existiendo mientras subsista la humanidad.
Hay diversas concepciones de la palabra ‘Estado’, desde la proyección hegeliana cuyo entendimiento del
hombre se lo debe al Estado, hasta la consideración de Marx de ser un instrumento de dominio de una clase
sobre las otras. Pero en realidad, ¿qué es el Estado?
Muchos han tratado de dar respuesta a esta interrogante. Ya Nicolás Maquiavelo en su obra “El Príncipe” habla
por primera vez de la palabra ‘Estado’ para referirse a las tiranías, principados y reinados en que se encontraba
dividida Europa. A lo largo de esta obra se evidencia que la palabra ‘Estado’ es utilizada en su significado
antiguo latino “statum”, que viene del verbo “estar”, y cuyo significado se reduce a “situación o condición”.
Maquiavelo no se ocupa de definir lo que debe considerarse como Estado, sin embargo, es el primero en usar el
término para referirse a las organizaciones políticas del bajo medievo. En esta obra, examinó las causas de la
grandeza y decadencia de los Estados y en atención a ellas, propuso una serie de medidas a seguir por los
gobernantes para la adquisición, conservación y fomento de su poder.
Se puede también definir al Estado como el pacto social bajo una serie de principios que los hombres aceptan
para vivir en sociedad. Al respecto, Tomas Hobbes señala que los hombres, ante las injusticias que sucedían
durante la convivencia en el Estado Natural, se reunieron para convenir en un pacto social, una serie de
principios que la generalidad aceptó y en consecuencia sirvió para regir a la universalidad de la población, y
esos mismos hombres eligieron a un representante común que velara e hiciera respetar dichas convenciones.
Para Hobbes el pacto social es irreversible que, al igual que para Maquiavelo, no concebía aún la distinción
entre Estado y gobernante pues, el monarca es la síntesis de ambos elementos. Así el Estado se le deja de dar
una explicación desde el ámbito teológico y se concibe a la población como un elemento que en un primer
momento tiene la posibilidad de determinar e imponer al gobernante que dirija la nació[Link] su parte, John
Locke se refiere a la naturaleza del hombre de forma distinta, siguiendo a Aristóteles, como un animal político.
Aquel afirma que el pacto es bilateral y se aplica tanto a los ciudadanos como a los legisladores y al rey, que es
ciudadano como los demás. Lo importante de Locke es que plantea al Derecho y la obligación moral que surge
en la población para provocar la revolución cuando el gobierno actúa de forma contraria a la confianza que en él
se ha depositado. Con esto el Estado deja de ser considerado como un dogma religioso para conducir a la
perfección de los ciudadanos.
El filósofo Hans Kelsen, en su estudio de la Teoría General del Estado, identifica al Estado con
el Derecho para explicar que el Estado no puede ser concebido sin el Derecho, ya que el
Derecho Positivo no puede ser pensado aparte del Estado pues son una misma cosa. Y afirma
que, por tanto, el Estado es la totalidad del orden jurídico, siempre que las demás personas
jurídicas son órdenes jurídicos parciales. Además, Kelsen se opone a considerar al Estado
desde ámbitos sociológicos, políticos, históricos, económicos o cualquier proposición que
contamine de contenido ideológico a su definición. Este filósofo aprecia que la naturaleza del
Estado, desde su origen, ha encontrado determinada por la estructura que precisa el
contenido de la norma jurídica fundamental del mismo y que es la constitución, la cual tiene
por contenido el deber ser del propio Estado.
El Contrato Social
Desde otra perspectiva, el pensamiento político de Jean Jaque Rousseau (1712 - 1778), en su
obra más importante y conocida de su doctrina política: El Contrato Social de 1762, plasma
que el hombre vivía en una edad primitiva de total libertad y en un plano de igualdad con los
demás. Señala que, obviamente, la necesidad de subsistir hizo que el hombre empezara a
desarrollarse, naciendo con el enfrentamiento y la desigualdad entre los hombres y dando fin
al estado primitivo y a su libertad. Sin embargo, para recuperar su libertad optaron por
someterse a un gobernante “dando vida” al Estado, en donde los hombres ceden a la
comunidad, quien fuera la depositaria de la soberanía, sus derechos que serían devueltos
mediante la protección. Era un pacto entre los hombres en el cual cedían al gobernante la
voluntad colectiva.
Francisco Porrúa Pérez (1994: 189) señala que el Estado es una sociedad humana, asentada de
manera permanente en el territorio que le corresponde, sujeta a un poder soberano que crea,
define y aplica un orden jurídico que estructura la sociedad estatal para obtener el bien
público temporal de sus componentes.
Bajo estas características de la conformación del Estado es necesario describir sus tres
elementos esenciales de su estructura: pueblo, territorio y poder.
La doctrina denomina a los elementos constitutivos del Estado como imprescindibles para su existencia. Al
respecto, se asigna dicha condición al pueblo, al poder soberano (político o gobierno) y al territorio, y cuando
falta alguno de estos se produce su irremisible extinción. Tal situación sucede cuando se acreditase la extinción
total del pueblo, se constatará la pérdida de la naturaleza que destruyese integralmente al territorio, o bien
cuando el gobierno perdiese su soberanía o sujeción ante otro cuerpo político a nivel internacional.
1.3.1 El pueblo
Se refiere a las personas que tienen una vinculación política-jurídica con un cuerpo político soberano, es decir,
hace referencia a un grupo humano existente en una determinada zona geográfica, luego de un tiempo de
adaptación y de una presencia del fenómeno político. Francisco Porrúa Pérez (1994: 269) habla de un conjunto
de personas que acreditan reunirse de manera permanente por un jurídico y político cuando se refiere al Estado,
al tener habitantes que se someten a su autoridad.
Por su parte, Jellinek (1954: 26) señala que el pueblo es uno de los elementos que integran el ente estatal y es
objeto de la actividad del Estado, donde la teoría de Rousseau acerca de la soberanía del pueblo iluminó de
especial manera la situación jurídica de la población al haber ensayado con éxito la distinción entre citoyen por
un lado, es decir, ciudadano activo que participa en la voluntad común, y suet, por otro lado, esto es, individuo
sometido a la voluntad estatal.
Víctor (2010: 77-78) señala que la noción del pueblo tiene una clasificación que debe tomarse en cuenta como
elemento del Estado, a saber:
Figura 1. Figura 1. Clasificación del pueblo como elemento del Estado según Víctor (2010).
El vínculo personal es el enlace de la persona con el cuerpo político y no el lugar de sus bienes
e inversiones. Se refiere exclusivamente a la persona per se, ya que una persona puede
pertenecer al pueblo de un Estado y simultáneamente poseer bienes e invertir su dinero en un
territorio distinto al que vive. Por lo tanto, no deja de ser miembro del pueblo de un Estado
por mero hecho de efectuar determinadas inversiones de capital o hacer negocios en otro
Estado, ni por ejercer actos de uso, disfrute, disposición o reivindicación respecto de un bien
situado fuera del territorio de la organización política a la cual pertenece.
Podemos decir entonces que el pueblo tiene ciertas características: en cada Estado se
encuentra, desde luego, un cierto número de hombres que lo componen; su pertenencia al
Estado está sujeta por un vínculo jurídico, llamado nacionalidad, que implica la facultad de
intervenir, con el carácter de órgano, en la vida pública; la población de un Estado vale sobre
todo como pueblo, constituyéndose étnica y políticamente el núcleo de energías convergentes
mantenedor de aquél en el espacio y tiempo.
1.3.2 El territorio
El grupo humano que constituye la base de la organización política debe encontrarse establemente asentado en
un determinado espacio geográfico, esto es, habitar un territorio fijo. Esta expresión proviene de la voz latina
terra, que significa “tierra”, cuya expresión significa “el espacio físico o porción geográfica” sobre la cual el
Estado ejerce soberanía. Jellinek (1954: 34) señala que la tierra sobre la que se encuentra la comunidad significa
el espacio en que el poder del Estado puede desarrollar su actividad específica, que es el poder político.
Basta la reflexión acerca de la necesidad de que exista un espacio geográfico como soporte de la organización
del Estado para advertir la importancia que asume el territorio, pues en él se desarrolla el ámbito natural de toda
la evolución de la actividad del Estado y el límite en que actúa su soberanía y representa la garantía de que ha
de ser posible la realización de sus fines.
En el sentido jurídico, a la “tierra” se le denomina “territorio” pues, para que el Estado sea tal, debe ocupar una
parte de la circunscripción geográfica del globo terráqueo y sobre la cual se ejercerá el poder con exclusividad
frente a sus homólogos y los que habitan allí. Dicho de otra manera, el territorio es la base geográfica de un
cuerpo político comprendido dentro de sus fronteras y en el cual el poder estatal manifiesta su presencia de
manera incontrastable, es decir, un área en el que se asienta el pueblo y en donde el cuerpo político proyecta su
soberanía y, por ende, expone su dominio y jurisdicción.
Hay diversos autores que se han preguntado esa relación jurídica entre el Estado y el territorio, en otras
palabras, de qué naturaleza es el derecho que el Estado ejerce sobre su territorio, al respecto hay diversas tesis:
Jellinek (1954: 35) señala que el Estado tiene derecho sobre la soberanía, es decir, es un
imperio sobre toda la extensión de su territorio. El argumento central es que la soberanía es
un poder de autoridad que puede ejercerse sobre las personas y no sobre las cosas. Por tanto,
está teoría no habla de la relación del Estado con el territorio de forma directa sino indirecta,
es decir, a través de la vinculación que existe con los habitante.
Hauriou (2003: 20) habla de la propiedad de dominio público y contra está idea puede decirse
que se da un derecho de dominio eminente que no se confundiría con el derecho de
propiedad, pues se extiende al territorio entero, mientras que la propiedad -sea pública o
privada- no alcanza más que a una parte del territorio. Además, el derecho que el Estado
ejerce sobre el territorio en vez de tener u fin utilitario, como el derecho de propiedad, tiene
un carácter funcional o institucional, ya que encuentra su razón de ser en el bien público y en
las necesidades del Estado. Hablar de un derecho real de dominio público no da, pues, la idea
cabal de la vinculación jurídica que existe entre el territorio y el Estado.
Víctor (2010: 136-137) señala diversas características que debe tener el territorio, como
elemento del Estado, siendo las siguientes:
Finalmente, el territorio está sujeto a un dominio cuando el Estado ejerce sus intereses de la
nación. Así, el Estado tiene la competencia de disposición del territorio y los bienes en él
contenidos, es decir, el territorio ocupa el lugar de un instrumento necesario de que tiene que
valerse el Estado, en forma análoga a la persona física.
Francisco (1994: 278-279) señala algunas funciones que debe tener el territorio como
elemento del Estado, siendo las siguientes funciones negativa y positiva:
Figura 3. Funciones del territorio como elemento del Estado según Francisco (1994).
Finalmente, Víctor (2010: 137) señala una clasificación del territorio: el continuo, discontinuo y
el enclave. El territorio estatal continuo se refiere al espacio físico o porción geográfica del
cuerpo político de manera íntegra, es decir, implica una base topográfica compacta y sin
solución de continuidad. El territorio estatal discontinuo se refiere también al espacio físico o
porción geográfica del cuerpo político de manera disgregado, segmentado o desgajado en
alguna de sus partes, pues implica una base topográfica no integrada y con solución de
continuidad. La última, territorio estatal en enclaves, se refiere al espacio físico o porción
geográfica del cuerpo político que se presenta compacto e integrado, empero está
comprendido dentro del parea geográfica del otro Estado.
También señala el autor que el territorio como elemento del Estado tiene una composición
diversa, es decir, tiene un suelo, subsuelo, dominio marítimo y espacio aéreo. El suelo
comprende la superficie terrestre o capa de labrantía de la corteza terrestre. El subsuelo
comprende aquella parte situada debajo de la superficie terrestre o capa de labrantía de la
corteza terrestre, es decir, alude a aquella parte profunda e inferior de la superficie terrestre
no apta para el cultivo o laboreo de la tierra. El dominio marítimo se refiere a la extensión de
masa liquida adjunta al suelo terrestre y tiene gran importancia en razón de los siguientes
argumentos: implica la determinación de las potestades del Estado sobre las aguas, implica la
determinación de la extensión de las aguas como parte del territorio de un Estado, implica la
determinación del uso y explotación de los recursos naturales existentes dentro de la
extensión y, por último, implica la determinación del uso y explotación de los recursos
naturales existentes fuera de dicha extensión. El espacio aéreo consiste en la extensión de aire
que cubre la demarcación territorial (suelo terrestre y dominio marítimo) y tiene como límite
lateral el plano vertical que pasa por las fronteras de un Estado, cuyo límite horizontal es el
lugar donde comienza el espacio exterior.
Hemos señalado que el poder es el tercer elemento de la estructura del Estado y, en este sentido, podemos decir
que, así como el pueblo y el territorio son elementos anteriores al Estado porque se dan como algo previo a toda
la formación política, el poder nace con el Estado mismo, ya que es la unidad de la acción que le da forma al
bien común que es el Estado. El poder o la autoridad se muestra como un centro de dominación que mantiene la
unidad del Estado y dirige la actuación de la comunidad a la que encauza hacia el logro de sus propios fines.
Weber señala que el poder del Estado es la posibilidad de un grupo directivo o administrativo que impone una
cierta ordenación dentro de un ámbito geográfico, valiéndose para ello del monopolio de la coacción física. Esta
noción alude a la capacidad de un grupo de personas administrativo para determinar, condicionar, dirigir o
inducir la conducta de los demás.
Al respecto, Schmitt (1970: 76) señala que el poder es la posesión de la fuerza suficientes para imponer una
determinada decisión, con la cual la política quedaría desvinculada de toda valoración ética y reducida, en
última instancia, a discernir entre amigos y enemigos para así mejor orientar la lucha, que en tal concepción es
el supuesto de la política. Entonces, el poder es una fuerza social destinada a imponer comportamientos
humanos en la dirección que fija quien la ejerce. Se trata de una acción vigorosa que expresa una cualidad
dominante de la voluntad personal o de la de un conjunto de hombres.
Asimismo, Jellinek (1954: 78) establece que “toda la unidad de fines en los hombres necesita la dirección de
una voluntad. Esta voluntad, que ha de cuidar los fines de la asociación, es precisamente el poder de la
asociación”. Por lo tanto, es necesario que el poder del Estado se encuentre regulado bajo el manto del derecho.
Es el gobierno de derecho lo que se necesita y, por ende, el único que se puede obedecer.
Víctor García (2010: 110) señala que el poder tiene tres características: la omni incluisividad, la coercitividad y
la soberanía.
Figura 4. Características del poder del Estado.
Al hablar de poder en términos generales, conviene tener presente la distinción entre poder y
autoridad. Ambas cualidades se presentan siempre, en mayor o menor proporción, en el
poder del Estado, pero obedecen a conceptos que pueden ser diferenciados. Como lo
mencionamos, el poder implica una fuerza coactiva, capaz de hacer cumplir, aun
coactivamente, los mandatos que se han impartido. Mientras tanto, la autoridad significa un
cierto prestigio que se basa en la tradición o en la creencia de una determinada legitimidad,
que inviste al que la posee de la posibilidad de hacer valer su influencia sobre los demás.
Entonces, para la realización del bien público se postula la necesidad de una autoridad.
Francisco Porrúa (1994: 299) señala que la autoridad, por definición, está capacitada para dar
órdenes y tiene que definir las actividades positivas y negativas susceptibles de llegar al fin
propio del Estado. Por ello, es natural que la autoridad está llamada a mandar y tenga el
derecho de obligar a la obediencia de sus órdenes, es decir, exige que se realicen o no
actividades en tal o cual sentido, para la conservación del Estado y para el logro de sus fines.
Para ello, la autoridad tienes dos tareas principales: la primera es el gobierno y la segunda es
la administración. La primera, aquella del gobierno, consiste en la dirección general de las
actividades de los ciudadanos en vista del bien público en todos sus aspectos. La segunda, la
administración, es la función organizadora de los servicios públicos de dirección ayuda y
suplencia de la actividad de los particulares. Estas dos tareas son unidas y inseparables: el
gobierno es imposible sin la administración y ésta requiere un gobierno que asuma la
dirección de los servicios públicos.
El gobierno es la acción por la cual la autoridad impone una línea de conducta, un precepto, a
individuos humanos. La actividad de la autoridad en su aspecto de gobierno es dar órdenes, ya
que su misión principal es ordenar. Naturalmente que esas órdenes no deben ser arbitrarias,
sino que han de dirigirse hacia la consecución del bien público. Esas órdenes de la autoridad
pueden revertir diferentes elementos y así a veces son generales, dictadas a priori, para todos
o para determinado grupo, en forma abstracta. Estamos en presencia de diferentes
ordenamientos: leyes generales y específicas, reglamentos federales, estatales y municipales,
jurisprudencia y, por ende, las costumbres y la doctrina.
Por su parte, la autoridad como ente principal en la actividad política, no se limita al gobierno y
ni tampoco se concreta a dirigir la actividad de los ciudadanos, en vista de los fines sociales,
sino que también se manifiesta por medio de la administración. La administración significa
proveer, por medio de servicios, a la satisfacción de los intereses que se consideran incluidos
en la esfera del Estado y del bien público.
Una vez constituido el Estado, con sus elementos esenciales, fueron constituyéndose diversas
tendencias hasta la actualidad en las que influyeron diversos factores económicos, sociales,
políticos y jurídicos, y que es necesario analizar.
No resulta fácil hablar de una transición del Estado liberal a un Estado Neoliberal, pero desde una perspectiva
histórica resulta útil para evidenciar cómo el Estado tuvo que abocarse a la desigualdad material o estructural de
sus ciudadanos. En esta evolución del Estado hay escenarios que implicaría fuertes conflictos de carácter
económico, social, político y jurídico.
Figura 5. Escenarios en la evolución del Estado.
Las bases del Estado liberal de derecho se dan con los cambios que surgieron del capitalismo
más las ideas filosóficas, políticas y jurídicas (Jaime Cárdenas: 45). Las ideas filosóficas del
liberalismo condujeron al constitucionalismo moderno: declaraciones de derechos humanos,
separación de poderes y Estado liberal de derecho. La concreción del Estado liberal de
derecho consiste en una racionalización y delimitación de la autoridad para que los miembros
privilegiados de la sociedad pudiesen desarrollar con libertad la esfera de sus derechos,
señaladamente el de propiedad y la libre contratación sin que el Estado intervenga, salvo para
apoyarlas.
La concepción jurídica del Estado liberal de derecho se apoya en diversas categorías que
delimitan a la autoridad, a saber:
Figura 6. Categorías del estado liberal.
El Estado liberal de derecho tuvo que ser modificado al final del siglo XIX en la medida en que
unas capas no burguesas irrumpen en la vida política pública y toman posesión de sus
instituciones, participando en la prensa, los partidos y en el parlamento: el arma de la
burguesía vuelve a ser su punta con ellas mismas. De tal suerte, el ámbito de lo social, de la
producción económica, hasta ese momento confiado a la autonomía privada, se convirtió en
asunto de discusión pública (Jaime Cárdenas, 2017: 51). También, la vigencia de los derechos
humanos de libertad a favor exclusivamente de la burguesía había producido una sociedad
profundamente desigual y en conflicto entre sus clases. Las clases trabajadoras fueron
asumiendo discursos y conductas de exigencia que atacaban el predominio político de la
burguesía y de sus bases de sustentación de carácter socioeconómico. Por tanto, los procesos
de industrialización motivados por el desarrollo del capitalismo produjeron una sociedad
profundamente desigual, con intensos conflictos, a consecuencia de la concentración de la
riqueza.
Con la crisis económica de los años treinta y después de la Segunda Guerra Mundial, en los países occidentales
se estableció un sistema de solidaridad social que aspiró a corregir las injusticias del capitalismo, en el cual el
Estado sería paulatinamente considerado como responsable del progreso social de la población, es decir, un
Estado Providencial, Estado de Bienestar o Estado Benefactor (Michel 1993: 23), durante la segunda fase del
capitalismo, haciendo mención a aquella que se originó a fines del siglo XIX, en la cual el Estado trató de
corregir los excesos del mercado. El Estado apareció como el baluarte contra la arbitrariedad y la injusticia de
libre mercado, como el protector de los pobres.
El Estado de Bienestar implicó algo más que una mera actualización de las políticas sociales vigentes en el
mundo industrial avanzado, pues representó un esfuerzo de reconstrucción económica, moral y política. En la
parte económica se alejó de las ortodoxias de los mecanismos de mercado y apuntó a la ampliación del nivel de
ingresos y de la seguridad laboral como derechos de la ciudadanía. Su parte moral promovió las ideas de justicia
social, solidaridad y universalismo. En lo político, formó parte de un proyecto de construcción nacional que
procuraba reafirmar la democracia liberal contra los peligros gemelos del fascismo y del comunismo
(Gosta,1996: 523).
Para llevar a cabo el Estado de Bienestar se establecieron una serie de disposiciones legales que dan derecho a
los ciudadanos a percibir prestaciones de seguridad social obligatoria y a contar con servicios estatales
organizados. Por ejemplo, en Alemania y con mayor profundidad en Suecia, implicó no sólo desarrollar la
seguridad social para garantizar a todos un mínimo vital, sino que se pretendió en algunos momentos realizar la
igualdad social y avanzar hacia un socialismo democrático. En Gran Bretaña y en los Estados Unidos nunca
existió esa pretensión. Salvo posiciones extremas, en esas naciones nunca se buscó modificar la estructura
social ni eliminar de fondo las diferencias de clases ni cambiar el sistema capitalista, lo que se quería era
impedir una revolución social que pusiera en riesgo el modo de producción del capitalismo.
Carlos Farge (2017: 49) señala que el Estado de Bienestar tiene una orientación específica basada en el
consenso sobre determinados principios y valores. Se trata de una política económica de “pleno empleo” basada
en un sistema de seguridad social, cuya generalidad se basó en la política Keynesiana; un acceso público de los
servicios sociales, bajo un esquema de consenso, es libre y universal para toda la población en su calidad de
ciudadanos; además de asegurar un mínimo por parte del Estado, a través de una legislación específica para
aquellas personas que se encontraran en situaciones de enfermedad, desempleo o retiro por vejez; y, por último,
tener una concepción del Estado a través de la centralización y una mayor racionalidad administrativa.
Ahora bien, desde el punto de vista jurídico, Jaime (2017: 92) señala que el Estado de bienestar se apoya en
algunas variables y categorías:
Figura 7. Estado de Bienestar según Jaime (2017).
A pesar de todo el sustento jurídico, Claus (1990: 202-205) explica que las sociedades del
bienestar no fueron “autoconscientes” de las contradicciones y deficiencias de este modelo,
por las siguientes razones:
Figura 8. Contradicciones y deficiencias del modelo de Estado de Bienestar.
Este desmoronamiento del Estado de bienestar ha dado como consecuencia que en los
últimos años la mayoría de los gobiernos europeos hayan impulsado medidas para reducir el
gasto público, entre las que se destacan un mayor control del gasto público, la flexibilización
del mercado laboral, un control de la inflación y la privatización de las empresas públicas.
El Estado Constitucional es una construcción de los juristas que comenzó a elaborarse en los años setenta del
siglo pasado y que, hoy en día, se mantiene en el discurso jurídico como una elaboración teórica dominante.
Esto se refiere a una consideración muy fuerte de los derechos humanos como fundamento y fin del Estado y
del orden jurídico, porque la Constitución no sólo debe reconocer los derechos, sino garantizarlos plenamente:
una democracia constitucional que no esté basada en la regla de las mayorías ni en las unanimidades, sino en el
respeto pleno de los derechos humanos. Para algunos autores es una insistencia de lograr a través del Estado
constitucional la inclusión, el igualitarismo y la justicia, es decir, un Estado justo.
Javier (2000: 35) señala que la forma de entender el Estado constitucional, tal y como lo hemos esbozado, goza
de algunas características y comporta algunos efectos que permiten identificarlo y entenderlo. Lo primero que
se requiere para que sea posible un Estado Constitucional es la existencia de una Constitución que consagre un
catálogo de valores, principios y derechos fundamentales. Este hecho supone que la Constitución es la norma de
mayor jerarquía del ordenamiento jurídico y, por tanto, que es inmune frente a cualquier intento de
modificación o sustitución por cualquier otra. En este sentido, todas las normas derivan de su validez de ella y
ninguna otra tiene mayor fuerza vinculante.
Para hablar también de Estado constitucional se requiere de una garantía jurisdiccional que permita mantener la
supremacía constitucional y preservar su máximo nivel de jerarquía cuando quiera que una norma de menor
rango transgreda sus principios y reglas. Esta garantía puede ser abstracta o concreto, según se haga sobre una
norma o sobre un caso concreto; a priori o posteriori, según sea haga con anterioridad o posterioridad a la
vigencia de una norma de menor jerarquía. O bien, concentrada o difusa, según sea haga por un órgano
especializado, corte o tribunal constitucional, o se permita a todos los jueces, dentro del ámbito de su
competencia (Jaime 2017: 121).
Asimismo, para hablar de Estado constitucional tiene que haber un reconocimiento de la fuerza vinculante de la
Constitución. Las constituciones recientes tienen un largo catálogo de derechos y libertades de carácter
programático que exigen la actuación estatal con el fin de garantizar su pleno goce.
El Estado constitucional debe tener una interpretación extensiva de la Constitución, es decir, la forma como ella
es utilizada para llenar las lagunas de sus propias disposiciones y del ordenamiento jurídico en general. En
efecto, es de todos conocido que el ordenamiento constitucional tiene vacíos y que no toda conducta humana o
situación jurídica se encuentra regulada. Bajo este esquema, entonces, es frecuente ver a todo tipo de
autoridades acudir a la constitución y a su carácter vinculante directo para encontrar respaldo jurídico a sus
actuaciones. Esto se debe, en su mayor parte, a que en su redacción se encuentra gran cantidad de normas que
no pueden catalogarse específicamente como reglas, sino como principios, y de las cuales pueden deducirse las
más variadas consecuencias, más o menos acertadas, dependiendo de la claridad de la ponderación de las
circunstancias de modo, tiempo y lugar a las que se pretenda aplicar. Este exceso de constitucionalización puede
llevar a la manipulación de su texto y, ciertamente, a consecuencias indeseadas, pues hay quienes quieren ver el
principio de toda regulación jurídica (Ricardo, 2007: 153).
Otro rango del Estado constitucional es el que está relacionado con la aplicación directa de la Constitución. Esta
aplicación directa se refiere a la extensión de los efectos de la Constitución a las relaciones entre ciudadanos y
los poderes públicos, y a las de los ciudadanos entre sí.
Podemos decir que el Estado constitucional es una cultura jurídica nueva, un paradigma teórico e ideológico
que postula un Estado nación surgido de y para los derechos humanos y el desarrollo de los principios
democráticos. En él, las instituciones y las leyes, así como el actuar de las autoridades y los ciudadanos, se
orientan a esos fines.
Jaime Cárdenas (2017: 109) señala cinco bases filosóficas del Estado Constitucional para el desarrollo jurídico
en la actualidad:
Existe un vínculo entre la moral y el derecho, en el que la primera tiene una trascendencia importante en el
Estado constitucional que no tenía en el positivismo jurídico tradicional. Hay una consideración de la
democracia constitucional donde existe un pleno respeto a los derechos humanos.
Existe un reconocimiento de las facultades que tienen los jueces constitucionales para establecer los alcances y
límites de los derechos humanos y, además, resolver las colisiones entre los principios constitucionales y
convencionales. Empero, no tiene legitimidad democrática de origen, pero se constituye con las decisiones de
los tribunales.
Hay un método privilegiado de la solución de conflictos entre los derechos, llamado “principio de
proporcionalidad”, a pesar de su carácter que disminuye la intensidad de los derechos humanos. Se tiene una
fuerza inspiradora para llevar a cabo una globalización constitucional del Estado.
A estás bases filosóficas del Estado constitucional, Cárdenas (ídem) señala también que tienen deficiencias y
críticas sobre la eficacia del Estado constitucional, entre las que se destacan:
El Estado constitucional no tiene una teórica económica, es decir, no tiene las condiciones económicas vigentes.
Eluden lo que apoyan el Estado constitucional una teoría del Poder que explique la finalidad de los poderes
facticos, la hegemonía cultural, así como el diseño y organización del poder formal.
No se incluye en la teoría del Estado constitucional las formas de participación social y democrática, y ni
tampoco la democracia comunitaria.
No hay una exigencia de las realidades contemporáneas como la plurinacionalidad y multiculturalismo.
No hay las ventajas, desventajas y posibilidades que para el constitucionalismo tiene la globalización.
Hay un favoritismo a los más privilegiados del sistema y no de las minorías con la democracia constitucional.
Se da las élites burocráticas supranacionales que definen el sentido y alcance de los derechos humanos.
Los “guardianes del Estado”, es decir, los jueces constitucionales no tienen legitimidad democrática de origen.
El principio de proporcionalidad es un método privilegiado que mantiene el status quo.
Las teorías son una ficción jurídica del Estado constitucional.
También señala David Harvey (2007: 86) que hay problemas políticos fundamentales dentro
del neoliberalismo que necesitan ser abordados. Una contradicción es la que emerge entre un
atractivo individualismo posesivo pero alentador, por un lado, y el deseo de una vida colectiva
significativa, por el otro. Si bien se supone que los individuos son libres para elegir, se da por
sentado que no van a optar por qué se desarrollen fuertes instituciones colectivas (como los
sindicatos) aunque sí débiles asociaciones voluntarias (como las organizaciones benéficas). Por
supuesto, no deberían escoger asociarse para crear partidos políticos con el objetivo de
obligar al Estado a intervenir en el mercado, o eliminarlo. Para protegerse -el fascismo, el
comunismo, el socialismo, el populismo autoritario e incluso el gobierno de la mayoría-, los
neoliberales tienen que poner fuertes límites al gobierno democrático y apoyarse, en cambio,
en instituciones no democráticas ni políticamente responsables para tomar decisiones
determinantes.
Por su parte, Jaime Cárdenas (2017: 192-193) señala que en el neoliberalismo hay
contradicciones en la forma de su aplicación:
Las empresas que tienen más capital económico y son fuertes expulsan a las más débiles del
mercado.
No explica el modelo neoliberal los monopolios naturales, como lo que existen en el ámbito
energético, principalmente en el a electricidad.
No asumen responsabilidad de los fallos del mercado cuando hay contaminación o la
afectación del medio ambiente o a la salud que propicia la actividad económica de la empresa.
No tiene conocimiento de las condiciones de los agentes que actúan en el mercado nacional o
mundial, principalmente de las capacidades tecnológicas.
No se responsabiliza de la existencia de determinados derechos de propiedad,
específicamente de la propiedad intelectual.
Omite describir el desarrollo científico y tecnológico, pues están desconectados del mercado y
las innovaciones que se producen.
No da cuenta de las consecuencias especulativas que propicia la gran acumulación del capital
financiero.
No se hace responsable de los menos aventajados de las sociedades y de los países.
Elude los elementos autoritarios que prohíja, tales como la democracia electoral elitista o de
expertos que promueve.
No afronta la ilegitimidad y opacidad que sostiene a los organismos financieros
internacionales y a las corporaciones trasnacionales que crean y aplican el soft law y la lex
mercatoria.
Se puede decir que el Estado neoliberal mercantiliza todos los derechos humanos y los bienes
comunes en beneficio de las grandes corporaciones transnacionales y, por tanto, alienta la
pobreza y la desigualdad social. Es un Estado diseñado desde los intereses de las clases
dominantes que favorecen la represión de los más débiles, la construcción de relaciones
interpersonales basadas en el miedo, en el estereotipo, en la distancia física y en la sospecha.
Fuentes de consulta
• Sánchez Agesta, Luis (1983), Principios de teoría política, Editorial Nacional, Madrid.
• Michel, Albert (1993), “Capitalismo contra Capitalismo”, Editorial Paidós, Buenos Aires.
• Esping-Andersen, Gosta (1996), “Después de la edad de oro: El futuro del Estado
benefactor en el nuevo orden mundial”, Revista Desarrollo Económico, Buenos Aires.
• Offe Claus (1990), contradicciones en el Estado de bienestar, Madrid, 1990.
• Harvey, David (2007), Breve historia del Neoliberalismo, trad. Ana Varela Mateos, Akal,
Madrid.
• Porrúa Pérez, Francisco (1994), Teoría del Estado, Editorial Porrúa, México.
• Farge Collazos, Carlos (2007), El Estado de bienestar, editorial Enfoques, Argentina.
• García Toma, Víctor. (2010). Teoría del Estado y Derecho Constituciona, Adrus, Perú.
• Jellinek, Georg (1954), Teoría General del Estado, Albatros, Buenos Aires.
• Hauriou, Maurice (2003), Principios de derecho público y constitucional, Comares,
Granada.
• Schmitt, Carl (1970), Teoría de la Constitución, Alianza, Madrid.
• Pérez Royo, Javier (2000) Curso de derecho constitucional, Marcial Pons, Madrid.
• Guastini, Ricardo (2007), Estudios de teoría constitucional, Fontamara-UNAM, México.
• Cárdenas Gracia, Jaime (2017), Del Estado absoluto al Estado Neoliberal, IIJ-INAM,
México.