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Índice
Sinopsis
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
Nota de la Autora
Próximo libro
Sobre la autora
Créditos
Sinopsis
H
ace dos siglos, me abrí camino en un mundo de inmoralidad,
inmundicia y destrucción. Un mundo plagado de secretos y
mentiras, tanto mortales como inmortales.
Oscuridad completa y absoluta.
Sé que se supone que somos inherentemente malvados, pero algo dentro de
mí se niega a creer en nuestras leyendas plenamente. Algo que clama más… la
clama a ella.
Pero hay reglas. Reglas que controlan el equilibrio de la naturaleza. Y si se
rompe, podría destruir todo lo que he conocido alguna vez. Podría destruirme.
Soy Nikolai Skotos, hijo de Stavros y Delia, y hermano de Dorian, el
heredero del trono Oscuro. Soy uno de los más poderosos de las fuerzas Oscuras
que haya caminado en esta tierra.
Y una vez estuve perdido.
Ahora, estoy a punto de renunciar a todo por la chica que me encontró.
Dark Light #2.5
Uno
Nuevo Orleans, 1900
Tan… cerca.
E
l hedor a bourbon, perfume barato y sexo llena mis fosas nasales,
creando un coctel embriagador de hedonismo que me lleva más alto
de lo que ya me encuentro. Los sonidos melódicos del jazz en vivo
resuenan desde la Calle Bourbon y se funden con los gemidos de estridente pasión
cercana. El erotismo de escuchar el placer de alguien más, imaginando la sensación
resbaladiza de la piel empapada contra otra piel me excita aún más, llevándome al
olvido. Dejo que mi cabeza caiga hacia atrás y cierro mis ojos, inhalando una
respiración a través de mis dientes.
Estoy cerca, pero no lo suficientemente cerca. Nunca lo suficientemente
cerca para sentirme… completo. Entero. Lleno.
No estoy bromeando. Sé que nunca estaré satisfecho. Siempre querré más.
Más riqueza. Más poder. Más mujeres. Y aunque tengo más de cada una de esas
cosas que ningún hombre debería tener, no es suficiente. Nunca es suficiente. El
hambre es real. Profunda. Abrumadora. Consumiéndome desde dentro.
Levanto mi cabeza pesada y comienzo a abrir mis ojos lentamente, bajando
la vista hacia la corona de cabello rubio, los rizos rebotando de arriba hacia abajo
en mi regazo. Me obligo a abandonar todo pensamiento y enfocarme en las olas de
sensaciones recorriendo todo mi cuerpo. Un calor blanco y espinoso se arrastra por
mis piernas e inunda mis venas antes de hundirse en la pesadez entre mis muslos.
Esto… puedo hacerlo. Esto… es fácil.
Mi polla desaparece dentro de su boca mojada, una y otra vez. Unos labios
rosados se deslizan sobre la rígida piel suave, tomándome más profundo con cada
embestida. La hinchada punta golpea la parte posterior de su garganta y ella ni
siquiera se estremece. Sin reflejo nauseoso. Mierda. Esta es una buena. Creo que la
conservaré.
—Mírame, chica bonita —le digo, tomando amablemente un puñado de su
cabello bañado por el sol. Obedece con sus amplios ojos impacientes, pero no
detiene sus movimientos—. Eso está bien. Justo así. Tómame completo. Más
profundo. Quiero sentir esos dulces labios completamente sobre mí.
Hace lo que le pido con entusiasmo, desesperada por mi aprobación. Sabe
que soy alguien. Alguien importante. Alguien que probablemente podría cambiar su
existencia de mierda. Y pretendo hacerlo, solo que, no de la forma en que está
esperando.
Los minutos pasan mientras la observo mamarme con determinación,
poniéndome más impaciente, rogando por mi clímax con su mirada penetrante. Me
está dando todo, usando todos los trucos, cuidando cada zona erógena conocida
por el hombre. Una sonrisa arrogante juega en mis labios antes de sacarla de su
miseria.
—Ya puedes detenerte. Vamos —digo, palmeando mi regazo. Está muy
dispuesta a deslizar su culo usando una tanga sobre mi muslo, empujando sus
pechos desnudos en mi cara. Tiro de un pezón rosado antes de rodar el capullo
entre mis dedos, dándole un tirón. Gime de placer y comienza a besar mi cuello.
—Oooh, eso se siente bien. Tómame, por favor. Estoy tan caliente por ti.
Quiero esa gran polla dentro de mí. —Arrastra besos húmedos desde mi cuello
hasta mi mandíbula. El calor húmedo se filtra desde su coño hasta mis pantalones.
Mierda. Justo lo que necesito: manchas de su excitación en todo mi Armani.
Sacudo la cabeza.
—No, nena. —Acaricio su otro seno para amortiguar el golpe.
—Pero no te corriste. Déjame hacer que te corras. Lo prometo; se sentirá
muy bien. Por favor, cariño. Lo haré bien.
Sacudo la cabeza, de nuevo.
—No me corro.
—¿Qué? —Levanta la cabeza para acceder a mi expresión. La miro con mis
helados ojos azules, sin ningún rastro de humor—. ¿No te corres?
—No. Nunca.
Saca la lengua y se la pasa por el labio inferior antes de lucir una sonrisa
arrogante.
—Bueno, simplemente no has sentido lo bueno que es mi coño.
Mi polla suavizándose vuelve a la vida marginalmente con la sensación de
su cálida mano delicada envuelta alrededor de ella. Sus labios avanzan hacia los
míos, haciendo que levante una palma para detener sus avances. Reprimo una risita
cuando su cara se estrella contra mi mano.
—Y no beso en la boca.
Dejando escapar un suspiro agravado, pone los ojos en blanco.
—Bueno, ¿qué haces?
—¿Contigo? Nada. Ni una maldita cosa.
—¿Nada? —espeta indignada—. Bueno, ¿por qué diablos estoy aquí?
Entonces, ¿qué… soy lo suficientemente buena como para chuparte, pero no lo
suficientemente buena como para follar?
Cada vez más aburrido con el molesto sonido estridente de su voz, me paro
más rápido de lo que ella puede comprender, y cae al suelo con un ruido sordo. Me
vuelvo a poner mis pantalones y miro el patético saco de carne y hueso cubierto
solo con una tira de satén negro.
—Exactamente. No follo con el talento.
Tres golpes en la puerta cortan la tensión y Varshaun entra, mi mejor amigo
y mano derecha.
—¿Llamaste?
Asiento.
—Lleva esta a Nadia. —Me agacho a su nivel en el suelo y paso una mano
por su cabello rubio. Retrocede inicialmente, pero se relaja al instante bajo mi
toque, su mirada fija en mis iris azules helados. Acercando un rizo a mi nariz,
inhalo su aroma: tierra, follaje y luz solar. La euforia invade mis pulmones antes de
extenderse por mi pecho y abdomen. Cierro los ojos por un momento y lo saboreo,
dejándolo calentar mi alma fría y desolada. Si tan solo fuera así de simple. Si tan
solo esto fuera suficiente.
Soltando el mechón de cabello, paso un dedo por su labio inferior.
—La llamaremos… Sunshine1.
Está en el aire, antes de que pueda parpadear, y Varshaun la está sacando de
la habitación. Parece como si estuviera al borde de las lágrimas por la pérdida de mi
toque relajante.
—¿Qué… qué? ¿Qué estás haciendo? ¿A dónde me llevas? ¿Sunshine? —
tartamudea, el pánico contorsiona sus rasgos suaves—. ¿Qué carajo? ¡Ese no es mi
nombre!
1
Sunshine: al español, “rayos de sol”, “luz solar”, “solecito”.
Estoy frente a su cara en un instante, agarrando su barbilla bruscamente para
que así no tenga más remedio que ver la ira pintada en mi cara. Sus ojos se abren de
horror al verme. El verdadero yo. No hay belleza exótica aquí. Ningún rastro de la
atracción carnal que debilitó sus rodillas minutos antes. Solo el mal. Violencia.
Repulsión.
—No. Me. Importa. Ni. Mierda. Tu nombre es lo que yo digo que es.
¿Entendido, Sunshine? ¿Puede tu pequeña cabecita captar eso?
—Sí… sí… —gruñe con labios temblorosos. Unos labios que envolvieron mi
dureza hace solo unos minutos. Unos labios que probablemente podrían absorber la
pintura de las paredes.
—¿Sí, qué? —pregunto con una ceja levantada.
—Sí, amo.
—Buena chica. —Asiento con una sonrisa siniestra. Palmeo su mejilla antes
de liberarla de mi agarre, componiéndome a medida que enderezo el saco de mi
traje.
Todas son anónimas. Solo rostros. Labios, lenguas, manos. Calidez,
humedad que escurre como miel para evitar el hambre de más. ¿Más de qué? No
estoy seguro.
Varshaun reaparece en la puerta minutos más tarde, una pizca de alarma
centellando en sus ojos azules como el cristal y haciendo que el contraste con su
piel de bronce sea aún más sorprendente.
—Tenemos una situación.
Me tomo un momento para escuchar la escena dos pisos más abajo antes de
exhalar mi molestia. Otra que necesita un duro recordatorio de quién está a cargo
aquí. De quién las posee.
Las mujeres son tan jodidamente temperamentales. Pero, mierda, se sienten
bien. Además, me hacen ganar mucho dinero. No es que lo necesite.
—¿Y bien? Hazte cargo. Seguramente puedes encargarte de una simple
mujer pequeña.
Varshaun niega con la cabeza.
—Esta no es una mujer ordinaria. Es… diferente.
Mis cejas se elevan marginalmente mientras me dirijo al bar en la suite para
tomar una copa. El bourbon cae suave, y vuelvo a llenar mi vaso, también bajando
ese. Necesito escapar. Olvidar lo que soy. Quién soy. Y lo que anhelo hacer. Lo que
haré, una y otra vez.
La mayoría me ve frío e insensible. Vil. Letal. Y tienen razón. Pero a decir
verdad, soy un hijo de puta en conflicto. Creo que todos lo somos, en cierto modo.
Algunos simplemente no podemos permitirnos la molestia de tener una
consciencia. No es bueno para los negocios.
—Diferente —murmuro para mis adentros. Me vuelvo para mirar a
Varshaun quien todavía parece inquieto—. ¿Tienes algo en mente, viejo amigo?
Sacude la cabeza, haciendo que su largo cabello negro se balancee.
—No puedo identificarlo…
Asiento, escuchando sus pensamientos. Su aprehensión. Sí, algo lo está
molestando. Varshaun no se agita fácilmente, por eso lo mantengo cerca de mí.
Entiendo ese tipo de desapego emocional; es la norma para mí. Su discordia mental
despierta mi interés. No mucho lo sacude. Esto tiene que ser bueno, y debo
divertirme un poco.
—Muy bien. —Sonrío, cruzando la habitación—. Vamos a verla.
Oliendo el aire a medida que nos dirigimos hacia la escena dos pisos más
abajo. La lujuria, la codicia, la vanidad y cualquier otro pecado mortal se cierne en
abundancia. Los humanos son débiles. Les dices que se mantengan alejados. Les
dices que no toquen la llama porque se quemarán. Y aun así, vienen a saciar sus
necesidades lujuriosas y morder la fruta prohibida colgada frente a sus rostros
atónitos. Saben que está mal; saben que la brillante manzana roja está podrida
hasta la médula, plagada de gusanos y enfermedades. Pero la quieren. Y se las doy.
Sería un tonto si no lo hago.
Putos humanos.
Algunas de las chicas desocupadas se paran en las puertas de sus
habitaciones privadas vestidas con nada más que lencería, parpadeando
repetidamente con sus pestañas falsas con la esperanza de que uno de nosotros les
haga una visita. No niego a mis hombres sus deseos carnales, pero no hay nada en
esta casa que satisfaga la magnitud de nuestro deseo. No sin consecuencia. Y esas
consecuencias pueden volverse… desastrosas. No me va lo desastroso.
Entramos en la gran sala donde tres más de mis hombres están acurrucados
alrededor de una pequeña figura vestida de negro. Sus gritos suenan amortiguados,
pero puedo detectar su terror claramente. Cuanto más me acerco, más me agravo.
Nunca las tomamos en contra de su voluntad. Tienen que querer esto. Tienen que
sentir esto. La esclavitud sexual no es lo mío.
Sintiendo mi presencia, los hombres se hacen a un lado para darme acceso a
la situación. A medida que camino a través de la barrera de cuerpos, me congelo.
Esta… chica. Esta chica humana, es toda suave piel lisa; largos mechones
oscuros, y los ojos de color ámbar más sorprendentes que haya visto en todas mis
décadas en esta tierra. Su cuerpo es pequeño y delicado, aunque tiene una fuerza
ardiente que prácticamente me atrae como un campo de fuerza, luchando contra mi
cuerpo sólido con una corriente invisible.
Dejo que mis ojos encuentren los de ella, pero gira la cabeza rápidamente y
se niega a mirarme. Ah, lo sabe. Eso o tiene miedo. Bien. Hace jodidamente bien
en tenerlo. Sin embargo, sé que el miedo no alimenta a esta chica. Es valiente.
Arriesgada. Y eso tienta mi mierda. Cada célula de mi cuerpo zumba y se expande
antes de casi estallar de sensación. Casi puedo sentir su suave piel frágil bajo la
punta de mis dedos ansiosos. Huelo su aroma sutil a flores silvestres y azúcar
moreno. Pruebo la dulzura de su esencia sin diluir chisporroteando en mi lengua.
—¿Qué tenemos aquí? —No le pregunto a nadie en particular, mientras me
acerco a la chica. Sus ojos vidriosos se abren al ver mi avance. Su miedo es espeso y
palpable, pero también lo es su fuerza. Solo que, soy mucho más fuerte. Aunque,
mi resolución, puede ser otra historia.
Extiendo mi mano para quitarle la mordaza de la boca, cuidando no rozar
su blanca piel lechosa, aunque deseo tocarla. Sus labios son rojo cereza y llenos,
exuberantes y esperando ser adorados. Sus ojos enrojecidos e hinchados me miran
con disgusto. Odio. Terror. Intenta extinguirlo, pero sus pequeñas emociones
mortales la delatan. Son los ojos, nunca mienten. Están nadando con su verdad,
contando las historias que lucha por ocultar.
Sus labios llenos se aprietan en una mueca.
—Aléjate de mí, pedazo de mierda. —Su voz quebrada suena rasposa y
espesa con angustia inestable. El sonido envía una punzada de discordia
desconocida a mi pecho.
—¿Por qué estás aquí, niña bonita? —pregunto con dulzura. Doy un paso
adelante y acaricio un rizo castaño oscuro, respirando su aroma dulce.
Intenta alejarse de mi toque, pero está atada. No por soga o cordel, sino por
poder. Algo que no puedes ver, algo no del todo tangible, pero sabe que está allí,
sabe que es real. También reside en ella.
Ambos nacimos en la fe: una creencia inquebrantable de las cosas más allá
de toda lógica y comprensión. Sabe en el fondo que las leyendas son ciertas. Sabe
que los monstruos son reales. Puede verme tan bien como yo puedo verla.
—Jódete —arroja a medida que lucha contra las restricciones invisibles. La
comisura de mi boca se curva y parpadeo lentamente. Es tan… potente que casi me
intoxica.
Quiero más.
Me giro hacia Varshaun y levanto una ceja. Se toma un momento para leer
mi pregunta no formulada.
—Nos la dieron. Una deuda inestable que se volvió… complicada. Pero
acepté tomar a la chica a cambio de clemencia.
—¿Desde cuándo aceptamos putas como pago? —Hago una mueca,
dirigiendo mi atención a sus curvas flexibles. Sus muslos tonificados se extienden
hasta sus caderas redondas antes de ceñirse en una cintura estrecha. Se me hace
agua la boca al imaginar lo suave y cálida que se sentiría debajo de mí. Cómo esos
muslos se apretarían y temblarían mientras rodean mi cintura.
—No soy una puta, imbécil. ¡Ahora déjame ir! —exige, aún incapaz de
renunciar a su lucha inútil. Me rio, admirando su determinación. Y tiene razón: soy
un imbécil. También uno muy bueno. Soy todo un perfeccionista.
Acaricio la piel luminiscente de su mejilla ligeramente, sintiendo el ardor
debajo de mis dedos. Es desagradable pero no lo suficientemente insoportable como
para que deje de tocarla. La sensación de su piel contra la mía envía una ráfaga de
electricidad a través de mi cuerpo, agitando mis sentidos tras décadas de
entumecimiento y desapego. De hecho, esta chica es diferente. Especial. Y
peligrosa.
La quiero mucho. Tanto es así que estoy dispuesto a romper mis propias
reglas, y ese hecho me fastidia.
—No me toques —dice en un susurro áspero—. Sé lo que eres.
La convicción en su voz hace que deje caer mi mano y frunzo el ceño. Es
posible que pueda sentir mi poder, incluso verlo irradiando a mi alrededor, pero de
ninguna manera podría saber exactamente lo que soy. Es humana. Estúpida. Débil.
Ignorante. Es en última instancia, una pulga en comparación conmigo. Somos más
que cautelosos sobre la protección de nuestras identidades, y aquellos que
descubren nuestro secreto son eliminados sin ninguna duda.
La clavo con una mirada helada.
—¿Quién te vendió, niña bonita? —La mordida en mi voz no coincide con
la ternura de mis palabras.
Esos grandes ojos son asaltados instantáneamente con un destello de
lágrimas y su suculenta boca se afloja. Gira la cabeza y batea sus pestañas húmedas
furiosamente en un intento de ocultar el dolor que obviamente la atormenta.
Quiero agarrar sus mejillas y hacer que me mire. Quiero lamer cada lágrima salada
deslizándose desde esos ojos fascinantes. Quiero beberla, sentirla dentro de mí.
Estar dentro de ella.
—¿Quién? —repito, suavizando mi tono.
Observo su garganta delgada mientras traga con dificultad.
—Mi padre. —Se las arregla para decir a través de un sollozo horrorizado—.
Y no me vendió. Vine por mi propia cuenta. Para salvar su vida.
Asiento, aunque no entiendo muy bien su devoción profunda. Es un
momento “La Bella y la Bestia” moderno. Esta valiente chica humana ha
sacrificado su vida para salvar otra. Se ha sumergido en la oscuridad y el peligro,
completamente ciega al mal que hay en esta habitación sola. Sin embargo, ha
hecho lo impensable, solo para salvar a un borracho descuidado con un problema
de juego.
Esta hermosa chica ha puesto su vida desinteresadamente en manos de un
monstruo villano. En mis manos.
Nunca he sentido esa magnitud de lealtad por nadie… excepto mi hermano.
Pero él se fue, abandonándome para resolver toda esta mierda por mi cuenta.
Dorian era el bueno. El inteligente. El que me impidió arruinar todo lo que nuestra
familia ha construido y defendido. El único que me entendió y me amó de todos
modos. Sin embargo, nos ha dado la espalda. A mí. La única persona que más lo
necesitaba.
Cierro mis manos en puños a medida que la tensión se instala en mis
articulaciones. ¿Por qué demonios todavía me molesta esta mierda? ¿Cómo es que
siquiera me importa? Una vez que los años se convirtieron en décadas, simplemente
dejé de contar. Sabía que nunca volvería. ¿Y en realidad, puedo culparlo? ¿Después
de lo que nuestro padre le hizo? ¿Me hubiera quedado y prometido mi lealtad al
hombre que hizo de su misión personal convertir mi vida en podredumbre y ruina?
Quiero enterrar esta mierda. Quiero borrar toda la confusión y la ira que me
ha perseguido toda mi vida. Nunca lo suficientemente bueno… siempre la oveja
negra. Necesito encontrar un sustituto para la confusión que se está gestando dentro
de mi pecho hueco, burbujeando hasta que se siente como el ácido cantando en mi
garganta. Quiero terminar con todo y olvidar lo que soy. Quién soy.
—Lo sé… —susurra una voz dulce, un bálsamo tranquilizante para mi negra
alma atormentada. Levanto la vista y mis ojos azules colisionan con los ojos cálidos
de miel fundida—. Lo sé —susurra de nuevo.
Me trago mi repentino trastorno y pongo una sonrisa fría.
—¿Qué sabes, querida?
Le tiembla el labio inferior lleno y se lo muerde entre los dientes
rápidamente.
—Sé quién eres.
Doy un paso hacia ella, oliendo generosamente el espacio entre nosotros,
embriagándome de la mezcla de miedo y excitación.
—Todo el mundo sabe quién soy.
Mierda, al menos piensan que sí.
Su mirada nunca vacila. Ni siquiera una pizca de incertidumbre cuando esos
ojos inquietantes se clavan en mí. Simplemente mira a medida que me desespero en
el piso de mármol.
—Pero ¿ellos saben lo que eres?
Me congelo donde estoy parado. No porque haya estado expuesto; diablos,
dentro de estas cuatro paredes, no hay duda de mi identidad. Pero lo que realmente
me deja al descubierto, haciendo imposible esconderme de la verdad de la que tan
desesperadamente quiero escapar, es la casi pregunta en esos labios carmesí. La
misma pregunta que se ha grabado permanentemente dentro de mi cráneo.
¿Sé lo que soy?
Aparto la mirada y me niego a dejarla ver lo que hay debajo. No me importa
lo que piense de mí. Está equivocada. Es una puta estúpida que no reconocería la
maldita verdad ni porque se inclinara y la follara siete veces desde el domingo.
—Varshaun —ladro, mi voz cruda y áspera—. Lleva a la chica a Nadia; que
la limpie. Luego déjenla en mis aposentos.
Necesito una distracción. Algo para sofocar cualquier indicio de culpa o
empatía. Evitación. Negación. Evasión. Es en lo que soy bueno. Es lo que creo
para los débiles y perversos. Proporciono un lugar de fantasía y deseo,
permitiéndoles caer en el tabú sin temor a la exposición o al juicio.
Todos aquí, somos monstruos. Y soy el más jodido de todos.
Bloqueando los sonidos de lucha debajo, subo las escaleras hasta mi
habitación antes de detenerme a mitad de camino.
—Y prepárate —exijo por la conmoción, encaramado muy por encima de la
refriega del libertinaje y el hedonismo—. Vamos a salir.
Dos
Todo es borroso.
M
úsica a todo volumen. Alcohol. Drogas. Todos son males
necesarios. Todo parte de mi plan.
Es fácil olvidar cuando no lo recuerdas.
Nos tambaleamos hasta mi habitación, nuestra risa histérica resonando en
toda la vasta casa. Nadie nos presta atención. Están demasiado atrapados en su
propia inmoralidad como para preocuparse por la nuestra. Además, no tengo
reparos en lo que quiero. No solo estoy a la altura de mi reputación, la abrazo con
los brazos abiertos.
La rubia a mi izquierda me chupa el cuello mientras mi mano se cuela por
su vestido. La morena a mi derecha trabaja en los botones de mis pantalones a
medida que bajo su camisa para exponer un seno hinchado. Al siguiente instante,
su pezón como guijarro está en mi boca, entre mis dientes, mientras mi lengua
provoca sonidos indecentes. Mi mano encuentra la pulida carne húmeda entre las
piernas de la rubia, y sus gemidos compiten con los de su amiga. Se mueven contra
mí, arañándome el cabello, la espalda, la polla… luchando por llegar al clímax.
Siento que ambas palpitan, ambas tiemblan de deseo. Con necesidad. Y planeo
darles lo que desean. Pero primero, quiero jugar.
Las arrojo a ambas sobre la cama y miro sus cuerpos jadeantes con una
sonrisa maliciosa. Ambas no tienen nombre, al igual que el resto de ellas. No me
importa. Están abiertas a mí, sus pensamientos y emociones completamente
descuidados. Esto será divertido.
—Desnúdense —ordeno. Las chicas se quitan el resto de sus prendas sin
dudarlo, sus ojos fijos en los míos todo el tiempo. Así es… ojos en mí.
Extendiendo sus cuerpos desnudos para que yo los admire, su piel suave y
flexible llamando a ser acariciada. El aroma de la excitación es pesado y espeso en
el aire. Casi puedo saborearlos; es tan palpable. Dulce, salado, picante. Mi boca se
hace agua con expectación.
—Ven. Permítenos ayudarte a quitarte esa ropa —dice la morena, con el
brazo extendido.
Sacudo la cabeza.
—Aún no. Pronto. Pero primero, quiero que ustedes dos se besen.
Las chicas obedecen nuevamente, sin dudarlo, suaves labios dulces
tocándose suavemente. Se ríen una contra la boca de la otra, sus labios trabajan
juntos hasta que sus respiraciones se aceleran y sus lenguas rosadas se entrelazan
con hambre. Se tocan entre sí, su excitación aumenta y aumenta hasta que ambas
están gimiendo por la liberación. Aún no. No hasta que yo haya tenido suficiente.
Se separan, jadeando, gimiendo y aún acariciando la suave piel sensible de
la otra.
—Bien. —Sonrío. Clavo mi mirada en la rubia—. Chúpale las tetas.
Ella toma los globos redondos en sus pequeñas palmas y pasa los pulgares
por los pezones. A través de sus largas pestañas, Rubia mira a su amiga antes de
mirarme. Luego toma la piel tensa en su boca y chupa, tirando suavemente
mientras mantiene sus ojos entrecerrados fijos en los míos.
La risa ha cesado. No se escucha nada más que los sonidos eróticos del
placer desinhibido. Acaricio su piel suave e impecable mientras se mueven una
contra la otra, pura felicidad armonizando con la emoción de la fantasía oscura.
No cuestionan lo que sienten. No lo dudan ni se resisten. Dejan que sus
instintos carnales las guíen, dejándome guiarlas. Soy su maestro. Su líder. Su dios.
Y no quieren nada más que agradarme y adorarme.
Algún tiempo después, cuando sus deseos explotan en necesidad, estoy
detrás de la morena, entrando en ella mientras su rostro está enterrado entre las
piernas de la rubia. Gime contra su sexo, y ambas gritan. Me sumerjo profundo,
más fuerte, más rápido. Dejo que el calor húmedo me envuelva, dejo que avive el
fuego que me quema desde dentro, chamuscando mis terminaciones nerviosas
hasta que todo lo que puedo hacer es sentir. Todos los músculos tensos de mi
cuerpo se flexionan y pulsan, sin embargo, no me detengo, solo me detengo para
darle la vuelta en un movimiento borroso que ni siquiera lo registra hasta que la
estoy empujando nuevamente.
Sigo durante horas, tomando a cada una, agotándolas más allá de sus
límites. Y justo cuando sienten que sus cuerpos pueden implosionar con una
sensación abrumadora, las tomo nuevamente, hasta que están demasiado cansadas
para moverse y demasiado roncas para gemir.
Me acuesto en la cama, mirando al techo, e imagino que la canción de cuna
de su respiración agitada me arrulla para dormir. Pero sé que es inútil; el sueño
nunca llega. Nunca me aleja de esto. De mí.
Agarrando mis pantalones descartados, me los pongo y me dirijo hacia el
bar. El bourbon cae como fuego líquido, y exhalo las llamas.
—¿Disfrutas del espectáculo? —pregunto en voz alta, vertiendo otro.
Sin respuesta. De todos modos, no espero una.
—Sabes, podría irte bien. Especialmente si estás dispuesta a hacer un chica
con chica. —Me giro hacia el borde sombreado de la habitación y sonrío—. A los
clientes les gusta esa mierda.
—Me enfermas —responde un murmullo roto—. Jódete.
—Lo siento, nena. —Rio entre dientes, caminando hacia la voz—. Pero no
me follo a la mercancía. Pero quién sabe… tal vez tú seas mi excepción. Si eres una
buena chica, claro está.
Me paro en el rincón más oscuro de la habitación, envuelto en las sombras,
frente a ella. La mujer. La chica de ojos ámbar con un deseo de muerte se encoge
entre una cómoda y un sillón, intentando fundirse desesperadamente en la pared
para escapar. Pero no puede. No podría irse ni aunque su vida miserable dependa
de ello. Se ha puesto un hechizo para permanecer dentro de las cuatro paredes de la
mansión.
—No soy una puta, pedazo de mierda repugnante —susurra enojada.
—Por supuesto que no. —Me agacho a su nivel, bebida en mano. Le
extiendo el vaso, pero retrocede como si le hubiera ofrecido una taza llena de
sangre—. Pero, como sabes, aquí tengo a las putas. Nadie aquí vive gratis.
Sus ojos brillan con lágrimas y gira la cabeza rápidamente para que así no
pueda presenciar su huida. Mi mano se contrae, deseando extenderla y seguir el
rastro de humedad por su mejilla. En cambio, bebo mi bebida para adormecer el
impulso.
—¿Por qué? —pregunta de repente.
Me encojo de hombros.
—La prostitución es una de las formas de empleo más antiguas. El sexo
siempre tendrá demanda.
—No… ¿por qué tú lo haces? ¿Por qué tomas a chicas inocentes y las
degradas a nada más que basureros? ¿No tienes ningún sentido de culpa? ¿Ni
siquiera te sientes mal por ser una pérdida de espacio tan patética?
Sonrío contra la irritación.
—En primer lugar, no tomo a nadie. Las mujeres empleadas aquí están por
su elección. Y en caso de que no te hayas dado cuenta, ninguna es lastimada.
Tienen la mejor ropa, reciben visitas regulares al salón y al spa, y tienen protección
las veinticuatro horas. Créeme, podrían estar mucho peor, y antes de mí, la
mayoría de ellas lo estaban. Y para responder a tu segunda pregunta… no. No
tengo ningún sentido de culpa. La culpa es para los débiles y emocionales. Para
abrigar culpa, debe importarte. Y me importa una mierda una maldita cosa.
Sacude la cabeza y muestra una sonrisa sardónica.
—Guau. Y aquí pensaba que se suponía que los príncipes debían ser más
dignos.
Casi salto de mi maldita piel. Príncipe. Lo sabe. Maldición, lo sabe…
—Y aquí pensaba que se suponía que las putas eran más agradables —
respondo con una expresión seria, enmascarando mi pánico expertamente.
—No. Soy. Una. ¡Puta! —gruñe. Las chicas que duermen a unos metros de
distancia se mueven, pero no se despiertan.
Levanto una ceja divertida.
—¿Estás segura? Bueno, ¿qué planeas hacer por mí? Conoces la naturaleza
de mi negocio; sabes que hay una deuda que saldar. ¿Cómo planeas pagar el saldo
de tu padre?
Le tiembla el labio y lo muerde con la fuerza suficiente para pasarlo de
carmesí a blanco. Aparta la mirada, parpadea las lágrimas obstinadas e intenta
ocultar su miedo desesperadamente. Sé que he causado ese miedo y quiero verlo.
Lo anhelo, esas crudas emociones humanas. Quiero sus lágrimas, pero una vez
más, una parte de mí no quiere hacerla llorar.
¿Ves? Hijo de puta en conflicto.
—Lo que quieras —susurra finalmente, volviendo su mirada hacia mí.
Aunque probablemente no pueda ver mi cara, su expresión es estoica y segura.
Valiente—. Lo que quieras que haga.
Asiento pasivamente aunque estoy jodidamente sorprendido por lo que
acaba de aceptar. Y tal vez un poco decepcionado. Tal vez quería que pelee
conmigo. Tal vez quería que se niegue porque cree que es asqueroso y está mal. No
aceptarlo de todo corazón. Ninguna chica sana y respetuosa se inscribiría en esta
mierda.
Me paso una mano por el cabello y lo tiro con una ira inexplicable. Esta
chica no tiene nada que hacer en un burdel, pero aquí está, y soy demasiado terco
para hacer algo al respecto. Y el hecho de que quiero, mierda, quiero disculparla de
cualquier deuda que su patética excusa de padre le ha legado, me jode mucho.
—De acuerdo. Bueno, deberíamos comenzar tu audición de inmediato —
digo rotundamente. Me pongo de pie y empiezo a desabrocharme los pantalones.
—¿Qué… qué? ¿Qué estás haciendo? —Sus ojos se abren completamente
horrorizados cuando vislumbra el mechón de vello negro asomando de mis
pantalones sueltos.
—¿Qué crees que estoy haciendo? No puedo vender lo que no pruebo.
Ahora puedo entender que puedas estar reacia a chuparme, así que haré una
excepción solo por esta vez. —Más rápido de lo que puede ver, todavía oculto por
la oscuridad de la noche, me agacho delante de ella—. Dejaré que me folles, niña
bonita. ¿Eso es lo que quieres? ¿Después de verme follar a esas otras chicas?
¿Después de hacerlas gemir y gritar mi nombre? También quieres eso, ¿no? Me
quieres en lo más profundo de ti tal como lo estuve en lo más profundo de ellas.
Cuando alcanzo la correa del camisón de seda con el que Nadia la ha
vestido, puedo sentirla temblar bajo las yemas de mis dedos. Gime al momento en
que mi piel toca la suya, el leve ardor viaja desde mis dedos y se hunde
profundamente en mis entrañas.
—No —dice con un sollozo roto—. Por favor, no hagas esto.
—¿Qué? ¿Prefieres desnudarte? —me burlo enojado, agarrando la delicada
tela—. No te asustes conmigo. Tú eres quien se inscribió para esto.
—Pero, pero… no puedo. No puedo hacer esto. Detente, por favor.
Retiro mi mano y la coloco a mi lado, apretándola con fuerza. Por mucho
que quiero tocarla, por mucho que anhelo sus sentimientos de terror, no quiero
esto. No. Así no.
—¿No es esto lo que quieres? —pregunto con los dientes apretados—. ¿No
es esto por lo que viniste aquí?
—¡Sí! —llora—. Pero yo… yo… no puedo.
—¿No puedes? ¿No puedes, qué? ¿Qué clase de puta no puede follar? —rujo.
Las chicas detrás de nosotros en la cama comienzan a moverse, pero las dejo fuera
de combate nuevamente con un veloz movimiento de mi muñeca. Ni siquiera me
importa ser discreto. Todo en lo que puedo concentrarme son las siguientes
palabras que escapan de esos carnosos labios rojos.
—¡El tipo de puta que es virgen! —grita, igualando mi furia. Su pecho se
agita rápidamente, haciendo que sus fosas nasales se ensanchen con cada
respiración dificultosa.
Retrocedo, poniendo más de unos quince centímetros entre nosotros como si
hubiera revelado alguna enfermedad contagiosa en lugar de su virtud. Es virgen,
pero se ha desterrado a una vida de vergüenza y degradación. Maldita para vivir
con un monstruo. Incluso no puedo entenderlo, y soy el rey de los retorcidos.
Abro la boca para expresar mi reacción inicial, la presión fría acumulándose
detrás de mis ojos. Aprieto los puños, calmando la tormenta helada corriendo por
mis venas.
—¿Virgen? ¿Eres una jodida virgen? ¿Qué demonios se supone que debo
hacer con eso?
No contesta. En cambio, se limpia la cara húmeda con el dorso de la mano y
me inmoviliza con una mirada intensa. Nos sentamos en silencio, el peso de sus
palabras sintiéndose como rocas presionadas sobre mis hombros. Soy un bastardo
enfermo, nunca he ocultado ese hecho, pero ¿podría en serio destruir a esta chica y
tomar su regalo más sagrado, vendiéndolo al mejor postor? ¿En serio tengo la
capacidad para ese tipo de maldad?
Sacudo la cabeza, respondiendo a mi propia pregunta. Soy ese mal. Soy
muy egoísta. Mi alma estuvo condenada al momento en que nací. ¿Pero el resto de
mí? Indeciso. Y sin importar cuánto intente aceptar el camino de la depravación
que ha sido pavimentada en hueso y sangre con mi derecho de nacimiento, algo en
mí se niega a aceptarlo. Lucha contra ella, golpeando contra mi naturaleza,
asegurando que esté en un estado de duda constante. Es por eso que hago lo que
hago, por qué follo mis sentimientos. Por qué lo entumezco todo con alcohol,
drogas, cualquier cosa para que sea más fácil desempeñar este papel.
Eso es lo que me hace la criatura despreciable que soy. Lo sé bien. Sé que lo
que soy, lo que hago, está mal. Pero de todos modos lo hago. Lo hago porque
puedo.
—Dijiste que sabes quién soy —hablo roncamente a través de una opresión
desconocida alrededor de mi garganta.
—Lo hago. —La certeza resuena en su voz inquebrantable.
—Y… ¿qué soy?
—Sí.
Asiento. No tiene que decirlo. Puedo sentir su verdad. Puedo verlo.
Demonios, puedo olerlo en ella, el aroma de su línea de sangre casi me marea. Esta
no es una chica común. Humana, pero solo apenas. Como si estuviera llena de algo
sobrenatural. Algo poderoso. Algo como yo.
Podría hacerla olvidar fácilmente. Podría borrar cualquier rastro de mi
identidad de su mente. Mierda, podría quitarle todos los recuerdos que haya tenido.
Pero por alguna extraña razón, no lo hago. Tal vez por una vez, no quiero ser un
extraño. Tal vez solo quiero que alguien, cualquiera, me conozca.
—¿Cómo te llamas, niña bonita? —pregunto en contra de mi mejor juicio.
Los nombres significan familiaridad. Son personales, y no me va lo personal.
Nunca he tenido el deseo. No hasta ahora.
Duda, y me la imagino teniendo la misma lucha mental. El espacio hueco en
mi pecho duele, otro sentimiento extraño.
—Amelie —susurra finalmente. Y antes de que pueda arrepentirse de
revelarme su primera parte íntima, levanto una mano y la paso suavemente por su
frente, enviándola a un sueño tranquilo.
—Encantado de conocerte, Amelie —susurro, a medida que acuno su cálido
cuerpo justo cuando se desploma hacia adelante, mis labios tan cerca de su piel,
que puedo oler la dulzura de su esencia. Quitando un mechón de cabello de su
rostro, miro al ser más puro y hermoso que he tenido en mis brazos—. Soy Niko.
Tres
M
e paro al pie de la cama, mirando hacia abajo a los retorcidos
cuerpos desnudos en las sábanas de satén arrugadas. La luz
pálida de la luna besa sus pieles, haciéndolas parecer etéreas,
incluso fantasmales.
Tan hermosas. Tan suaves. Tan débiles.
Me inclino hacia adelante, apoyando una rodilla en el colchón, y me
posiciono entre las formas dormidas. Mis dedos rozan sus pieles suaves, dejando un
rastro de escalofrío a su paso. Inhalo sus esencias combinadas, recogiendo rastros
de alcohol, sudor y sexo. Y algo más. Algo más. Invade mis pulmones, y quema mi
pecho, brotando un hormigueo cálido en mis extremidades.
Magia.
Solo una gota entre las dos, pero servirá. En estos días, es más y más difícil
encontrar algo más que eso. En un donante dispuesto, claro está.
Me inclino para encarar a la morena, mis manos explorando los suaves
contornos de su cuerpo.
Acaricio su mejilla con el reverso de mi mano. Una vez fue maravillosa,
puedo decirlo, pero sus indulgencias la han envejecido. Sus vicios, sus debilidades,
no han sido amables con ella. Morirá antes de su tiempo, estoy seguro de ello.
—Despierta —susurro. Sus ojos se abren al instante, y una vez sus pupilas se
ajustan a la oscuridad, sonríe.
—Hola —dice, acariciando mi pecho desnudo.
Le doy una sonrisa ligera y acuno su rostro entre mis manos.
—Mírame.
Obedece al instante, regresándome la mirada con confiados ojos castaños.
Unos ojos que olvidarán que alguna vez vieron mi rostro. Se dilatan en cuestión de
segundos y su cuerpo se relaja contra el mío. Está completamente abierta a mí, sus
pensamientos, sus acciones… todo mío. Pero, sobre todo, su magia. Su pequeño
rastro oculto en su línea de sangre fluye libremente hacia mi cuerpo mientras inhalo
en la base de su cuello. Gimo y dejo que mis dientes rocen su garganta.
Mierda, se siente bien. Siempre lo hace, trascendiendo cualquier medida del
placer humano. Respirar está más allá que sentir. Más allá de la sensación física. Es
euforia completa y total, explotando en cada sinapsis. Alimenta tu alma y le hace el
amor a tu espíritu; es la vida misma.
Mi pene tiembla con vida, y pronto estoy caliente y duro contra su muslo.
—Tócame —murmuro, mi boca moviéndose por debajo de su pecho. Ella
me libera y empieza a acariciar, solo aumentando la felicidad pura palpitando a
través de mis venas. Aprieto los ojos con fuerza e imagino que es alguien más
acariciándome. Alguien más besando el costado de mi cara a medida que lamo un
sendero desde su clavícula hacia su pezón duro.
Amelie. Es como si su nombre fuera llevado por un fragmento de aire
perfumado de flores silvestres.
Entierro mi cara más profundo en su piel, intentando perderme… en mí.
Mis deseos, mis secretos, mis temores. Todos magnificados por diez, hundiéndome
en las emociones una vez perfectamente contenidas filtrándose de las grietas de mi
alma rota.
Puedo sentir el tirón… el tirón hacia ella. Atrayéndome para ablandarme a
detener la farsa. Toda mi maldita vida es una farsa, y no soy nada más que un
títere, bailando alrededor como un jodido tonto con la esperanza de algún tipo de
aceptación. Alguna señal de que soy algo más que un pedazo de mierda mujeriego.
Más que un despiadado asesino frío.
Más que mi padre.
—Despierta —gruño contra su piel húmeda. En pocos segundos, otro par de
manos se nos unen, amasando mis hombros y espalda. La rubia besa mi cuello a
medida que desliza su cuerpo en mi línea de visión, ofreciéndomelo. La agarro por
la cintura con rudeza y la atraigo contra mí, enterrando mi rostro en su cuello y
pecho. Su esencia, su sabor, es sutilmente dulce, cálido, pero no lo suficientemente
cálido. No lo suficientemente dulce. No como ella. No como…
Amelie.
Esta vez me detengo un momento, pero solo lo suficiente para abrir sus
piernas y hundirme en ella sin avisar.
Grita por la conmoción, placer, e incluso un poco de dolor. No me importa.
No me importa ni mierda nada en este momento. La morena se posiciona sobre la
boca de la rubia, saboreando su propia necesidad ardiente. Se me ofrece, y la tomo
una vez más. Pero su magia está declinando. Está débil. Y aunque su cuerpo busca
placer, su alma está muriendo lentamente. Se hunde contra mí, temblando con las
réplicas del orgasmo y la fatiga. La empujo a un lado, hundiéndome en el núcleo
mojado de la rubia con estocadas implacables.
Solo enfócate en esto. Solamente en este acto lujurioso. Nada más que esto. Porque no
significa nada. Ella no significa nada. Y no siento… nada.
La follo hasta que no puede tomar más, respirando casi cada gota de vida de
su cuerpo flácido. Cuando finalmente paro, me doy cuenta que está inconsciente y
misteriosamente pálida. No importa. Salgo de ella y me siento al borde de la cama,
tirando de mi cabello, deseando jodidamente que me ayude a olvidar. Que se lleve
esa urgencia de ir a verla. No lo entiendo, mierda, nunca antes me había sentido
así, pero allí está. Y, maldición, es más fuerte que cualquier cosa que haya sentido
antes. Tal vez incluso más fuerte que yo.
Amelie. Un susurro suave acaricia mis orejas ante de flotar en mi cuerpo,
hundiéndose profundamente en mi pecho hueco.
Esa es la cosa con nuestros nombres. Una vez que te los aprendes, una vez
que están grabados en tu cráneo, estás conectado a esa persona por siempre. Las
conoces. Te preguntas si tienen familia o amigos que se preocupen por ellos. Te
preguntas si tienen sueños y aspiraciones que desean alcanzar. Te preguntas si
alguien los extrañaría si desaparecieran de repente. Los nombres dan paso a la
culpa, y la culpa es un inservible hijo de puta que no tiene asuntos en mi cabeza.
Pero sé su nombre. Y, maldita sea, quiero conocerla.
Amelie.
Un golpe en la puerta hace que me estremezca, aunque lo estoy esperando.
Siempre lo espero. Ya nada me sorprende… nada hasta ella.
—Entra —digo en un susurro ronco, sin molestarme en girar para ver quién
es. No necesito hacerlo; ya lo sé.
—¿Listo? —pregunta un profunda voz inquietante. Si no fuera mi primo,
incluso yo estaría un poco asustado.
Levanto la cabeza, casi tenso con sus brillantes ojos rojos y la burla
amenazadora dispuesta en su boca llena de dientes afilados. Hace años, Cyrus fue
conocido por ser aventurero, al límite del suicidio, y su entusiasmo por la vida.
Nunca se retractó de un desafío, y con casi dos metros de alto, no tenía que hacerlo.
Era una montaña de bestia e imparable cuando se trataba de cosas que quería.
Eso era antes… antes del accidente. El accidente que reclamó su vida y nos
dejó con pocos segundos para decidir su destino eterno. Y cuando Dorian decidió
que no estaba listo para despedirse de él, nuestra familia, lo convirtió. Lo convirtió
en un monstruo que hoy está de pie frente a mí. Un vampiro.
Cyrus, por supuesto, era un hombre orgulloso, y menos que complacido con
la decisión. Vivir sus días como sirviente de los Oscuros nunca estuvo en sus
planes. Preferiría haber muerto. Pero cuando vives tu vida haciendo enemigos y no
importándote a quién le afecte, te aferras a los que verdaderamente te importan.
Cyrus era una de esas personas. Habíamos crecido juntos, y Dorian valoraba su
presencia en nuestra vida tanto como yo. Lo necesitábamos. Dejarlo morir no era
una opción.
—Terminé. —Es todo lo que logro decir.
Cyrus asiente antes de cruzar la habitación rápidamente. Se para al pie de la
cama, mirando abajo a los cuerpos desnudos de un pálido fantasmal esparcidos
alrededor. Se gira hacia mí y estrecha su mirada, de ojos rojo sangre.
—¿Qué hiciste?
Sacudo la cabeza y miro hacia el piso.
—Fui un poco demasiado lejos. No lo sé… no sé lo que me pasó.
Asiente y tira de la rubia hacia él por el tobillo antes de colgar su cuerpo sin
vida prácticamente sobre su hombro.
—Me encargaré. —Luego hace lo mismo con la morena, sosteniéndolas sin
esfuerzo como si pesaran nada. Se gira justo cuando llega a la puerta, inhalando
profundamente por la boca, sin duda saboreando el aire. Saboreando la sangre viva
y fresca. Da un paso en la habitación—. ¿Y ella?
Me obligo a mirar hacia la esquina oscura de la habitación, en donde el
cuerpo de Amelie está envuelto en sombras oscuras. Aún duerme plácidamente en
el piso alfombrado. Incluso coloqué una almohada debajo de su cabeza y la cubrí
con una colcha.
¿Qué mierda está mal conmigo?
—Déjala.
Cyrus estrecha sus ojos carmesí y frunce el ceño como si no entendiera. Pero
encuentro su mirada; la mía incluso más amenazadora y fría. Grita hostilidad y la
promesa de violencia. Lo reta a desafiar mi autoridad.
—Muy bien —murmura. Después se va, las sábanas sucias el único recuerdo
de mis invitadas de esta noche. Las arranco de la cama y las reemplazo con unas
limpias precipitadamente, determinado a olvidar las vidas que fueron tan
codiciosamente tomadas esta noche. Sé que esas chicas no vivirán. Cyrus las
drenará y luego dispondrá de sus cuerpos. Limpiará cualquier evidencia de que
incluso estuvieron aquí. Lo ha hecho antes por mí, incluso por Dorian.
Amelie merece algo mejor que eso. Mejor que succionen la vida de su alma
antes de ser drenada de cada gota de su sangre. Mejor que ser descartada en un
callejón abandonado, hacerla lucir como solo otra puta drogadicta de cuarta con
una jeringuilla clavada en su brazo pálido.
Aun así, sé que mejor no soy yo. No soy el que le puede dar eso, no puedo.
No está en mi naturaleza ser mejor. Y sentirme así, tan atraído por ella, tan
completamente vulnerable a mis sentimientos en conflicto, está muy lejos de mi
dominio que ni siquiera puedo comprenderlo.
Maldita sea, no lo entiendo.
Es humana. Una chica humana inconsecuente que no sirve para nada más
que follar y respirar. Es desechable, así como el resto de ellos. Soy Oscuro, un dios
entre ellos. Y ella no es nada para mí. No la conozco. No la necesito, y no la
quiero.
Una risa incontrolable suena en mis oídos. Demonios, incluso las voces en
mi cabeza saben que soy un mentiroso de mierda.
Me limpio de la esencia del sexo y perfume barato descuidadamente,
determinado a borrar cualquier rastro de las últimas horas. Sin embargo, no puedo
limpiarlo todo. La culpa, la vergüenza permanecen. No puedo huir de mi talón de
Aquiles.
Antes de saber lo que estoy haciendo, estoy agachado a un lado del cuerpo
dormido de Amelie. Respira profundamente, su cuerpo perfectamente relajado
mientras duerme. Tan confiada. Trazo mi dedo desde su mejilla hacia su clavícula,
sintiendo el ardor ligero que ilumina la punta de mis dedos con pequeñas chispas
doradas. Lo vi la primera vez que la toqué, pero lo oculté del resto de los hombres.
Sabían que ella era diferente, simplemente no sabían cuán diferente. Y cuán
devastadora sería su excentricidad para los de nuestra especie… y para mí.
Sé lo que es, y ella sabe lo que soy. Porque con esta revelación, solo hay una
solución. Solo una conclusión para esta trágica historia que solo acaba de empezar.
La mataré.
Cuatro
L
a luz del sol besa sus labios y acaricia sus mejillas, antes de calentar
sus párpados. Observo con atención cautivada, mientras el calor
brillante sonroja su piel traslúcida antes de separarse lentamente.
Parpadea rápidamente, luego frota sus ojos cansados con el dorso de su mano.
Entonces, tan ágil y elegante como un gato, estira sus brazos por encima de su
cabeza y bosteza, un sonido ronco y sofocante retumbando en su garganta.
—Bien, buenos día, amor. —Sonrío, mi voz tan suave como la seda.
La sorpresa abre a la fuerza sus ojos cansados e intenta gritar, pero el miedo
le ha robado el aliento. No importaría. Nadie oiría sus gritos. Ni les importaría.
—¿Dón-dónde estoy? —tartamudea.
Miro a cada lado de nosotros.
—Bueno… esto es lo que tú llamarías una cama. Ya sabes, a algunas
personas les gusta dormir en ellas. Incluso follar ahí. Yo prefiero lo último.
Amelie entorna sus ojos y arruga sus labios llenos.
—Sé eso. ¿Cómo llegué aquí? ¿Y qué me hiciste? —pregunta, llevándose el
cobertor hasta su barbilla, se mueve hasta el borde de la cama.
—Obviamente, te puse en la cama; mi cama. Y no te hice nada. Al menos,
aún no. —Me acerco aún más a ella, y observo como sus ojos se amplían al fijarse
en mi pecho desnudo—. Y si hubiese querido ver lo que hay bajo ese camisón,
créeme, estarías desnuda y abierta de brazos y piernas en este momento. Y si fueras
afortunada, mi lengua estaría enterrada dentro de ti. —Tiro de las mantas solo para
inquietarla más y no me decepciona. Una sonrisa lenta se extiende a través de mi
rostro.
—Eres un enfermo.
—Me han dicho cosas peores. —Me encojo de hombros.
—Eres un pervertido y asqueroso pedazo de mierda.
—También peor que eso.
Su labio inferior tiembla y lo atrapa entre sus dientes rápidamente.
—¿Qué quieres de mí?
Toco la tela delicada de su camisón satinado. La imagen de mí
destrozándolo para quitárselo destella en mi cabeza, y calidez se hunde en mi
abdomen.
—Por ahora… quiero que me digas quién te envió.
Amelie voltea hacia mí y frunce el ceño, como si acabase de abofetearla.
—¿Quién me envió?
Sonrío. No mi sonrisa usual que derrite bragas y hace que se les debiliten las
rodillas a las chicas. No, le doy la sonrisa que le deja saber lo jodidamente loco que
puedo ser. La que le dice que le arrancaré miembro por miembro, solo por el jodido
gusto. La que le muestra lo malo que soy en realidad. Lo Oscuro que soy. Si antes
estaba insegura respecto a lo que soy capaz, ahora no hay forma de confundirse.
Amelie traga con fuerza, la molestia en su expresión desvaneciéndose y
siendo reemplazada por temor inimitable. Me ve por lo que soy: un monstruo.
Cruel, asqueroso, despiadado. El material del que están hechas las pesadillas. Y
aquí está ella, compartiendo una cama con la personificación del pecado. Ni
siquiera su inocencia puede salvarla.
—Nadie me envió —declara con firme convicción.
Me acercó más, tan cerca que estoy rodeado por su esencia. Tan cerca que
puedo sentir el calor de su cuerpo inundarme y contar cada uno de sus preciosos
latidos.
—¿Ah, no? —Sonrío con superioridad, levantando una ceja—. ¿Nadie te
envió y aun así sucede que sabes quién soy? ¿Como si fuera de conocimiento
público?
La desesperación ilumina sus ojos, el color inusual volviéndose más
brillante, más cálido.
—Juro que nadie me envió.
Antes de que pueda tomar su siguiente respiración, estoy encima de ella,
fijando su cuerpo bajo el mío. No puede moverse. No puede hablar. Difícilmente
puede pensar. Todo lo que siente es a mí, dominando el mismísimo aire que respira
acelerada.
—Ahora, dulzura, voy a preguntarte una vez más antes de arrancarte esa
bonita cabecita de tus hombros. ¿Quién te envió?
Se estremece, su boca abierta con horror. Sé lo que ve cuando me mira. Ojos
tan fríos que casi lucen opacos. Dientes blancos y destellantes que ahora parecen
colmillos afilados. Piel pálida, cenicienta, que habla de antiguas leyendas Vudú
contadas alrededor de fogatas, advirtiendo a niños de las peligrosas criaturas
malvadas que están sedientas por sus almas.
Me ve, y se lo permito. Quizás por valor al impacto, o quizás porque sé que
nunca sobrevivirá el tiempo suficiente para confirmar las leyendas de su gente. Pero
le permito asimilarlo todo… la pesadilla que soy. El Oscuro que necesita matarla…
y aun así, quiere poseerla.
—Por favor… lo juro —dice roncamente, a través de labios temblorosos—.
Nadie. Nadie me envió.
Libero un siseo entre mis dientes apretados.
—Verás, no te creo. Ahora puedes decirme la verdad o me veré forzado a
recurrir a formas… más… carnales de persuasión. —Llevo mi rostro más cerca de
ella, tan cerca que compartimos el mismo aliento—. Y en realidad, no quiero hacer
eso. Sería una pena desperdiciar un rostro tan bonito.
Lágrimas estallan en las esquinas de sus ojos y se deslizan por los lados de su
rostro. Ni siquiera intento resistirme; no puedo. Me inclino y lamo la humedad
salada, probando la mezcla de su piel dulce y lágrimas. Cuando temblores retuercen
su figura, bajo la mirada a ella a través de mi niebla eufórica y sonrío.
—Quieres que te torture hasta que me digas, ¿eh? Quieres que me deshaga
de tu dulce inocencia y te folle hasta el punto de la agonía. ¿Verdad? Porque eres
una pequeña zorra. Todas son unas mentirosas zorras conspiradoras. Quizás he
estado siendo demasiado tolerante. Quizás solo respondes al dolor.
Sus ojos aterrados se amplían cuando mi mano se envuelve alrededor de su
delgado cuello, aplicando presión suficiente para hacerle notar que hablo en serio.
No ganará esto. No hay escape. Puedo y la mataré, sin importar lo mucho que la
desee.
Cierro mis ojos e inhalo una respiración. Mierda… la sensación de su cuerpo
bajo el mío, cubierto solo con satén delgado, su esencia tan potente que casi es
palpable, el sabor de sus lágrimas…
¿Cómo puedo resistirme a ella? ¿Cómo puedo no desear destrozar su
delgado camisón y hundirme en ella por horas?
Sacudo los pensamientos fuera de mi cabeza y aprieto mi agarre.
—Dime —gruño. Estoy enojado; con ella, por ser tan jodidamente tentadora
y conmigo mismo, por ser tan débil. No puedo dejar que mi padre tenga razón
respecto a mí. Soy un Skotos, maldita sea. La piedad ni siquiera está en mi
vocabulario.
—¡Nadie! ¡Lo juro! ¡Por mi vida! —grita con voz ronca, la presión en sus
cuerdas vocales restringiendo sus gritos.
—Entonces, ¿cómo? ¿Cómo me conoces? ¿Cómo mierda sabes quién soy? —
Sus lágrimas fluyen libremente, humedeciendo mi mano y su cabello. Aprieto más
fuerte—. Mierda, dime ahora o te juro que…
—¡Soñé contigo! —chilla, rota. Incluso a través del embrollo de lágrimas, la
oigo claramente. Soñó conmigo. Es un truco; sé que lo es. Pero aun así, libero su
cuello y salgo de encima, bufando con frustración y… ¿vergüenza? No. Por
supuesto que no.
—¿Soñaste conmigo? —Estoy jadeando, pero no me falta el aire.
—Sí —susurra, negándose a encontrar mi mirada. Su mano vuela a su
cuello, y hace una mueca de dolor.
—¿Cuándo?
Mírame. Por favor. Necesito ver la verdad.
Al final, Amelie voltea su intensa mirada mortal ambarina hacia mí, el
miedo y el odio aun nublando sus iris inusuales. Me odia, y debería. Pero no puedo
evitar sentirme… no lo sé… en conflicto por ello. Traga y lágrimas frescas llenan
sus ojos. Ahora mismo, también me odio.
—Desde que era joven. Desde que solo era una niña, soñé contigo cada
noche.
—Mentira. —Es todo lo que puedo decir, desconfiado. Pero lo veo; la
verdad en esos ojos misteriosos.
Sacude su cabeza con disgusto y aleja la mirada, enfocándose en un punto
aleatorio en la pared.
—Desearía que lo fuera. Cada día de mi vida, he deseado poder cerrar mis
ojos y no ver tu rostro. Ni oír tu voz. ¡No tenerte atormentándome por diez jodidos
años!
De repente, voltea su cabeza y casi hago una mueca de dolor ante la mirada
de odio puro y repugnancia en su rostro.
—¿Sabes cómo es? ¿Tener que ver maldad cada día? ¿Tener tus pesadillas
reproduciéndose en un ciclo continuo? ¿Ser forzada a conocer a alguien que te hace
desear nunca haber nacido? Porque lo hago. Te conozco porque me veo obligada.
Porque fui condenada a ello, para poder vivir. ¿Y sabes qué? Desearía haber
muerto. ¿Cómo te hace sentir eso, su majestad? ¿Cómo te hace sentir saber que
preferiría estar muerta que tener que ver tu rostro por un día más?
Sus palabras duelen, como una bofetada al rostro, pero presiono por más.
—¿Por qué te ves obligada?
Se gira con una mueca, como si probara algo repugnante.
—Cuando era joven, me sentí enferma. Los doctores no podían hallar la raíz
de la infección. Le dijeron a mis padres que solo tenía días de vida, quizás semanas.
—Me muevo más cerca, aferrándome a cada palabra, cada respiración. Exhala y
continúa, aunque puedo ver que es una lucha conjurar el doloroso recuerdo—. La
familia de mi madre tenía ciertas creencias que los llevaron a creer que había sido
maldecida. Verás, mi madre rechazaba su forma de vivir. No quería eso para mí. Su
nombre era Genevieve. Genevieve Laveau.
Laveau.
—Tu madre es una bruja —siseo, mis ojos iluminándose con fuego azul. Si
hay una cosa que los Oscuros despreciamos, es la magia antinatural. Magia que
recurre a la muerte y la adoración a deidades falsas, alterando el equilibrio natural.
Amelie y su madre eran descendientes directas de Marie Laveau, también conocida
como la Reina Vudú de Nueva Orleans. Habíamos exterminando la mayoría
basura Vudú en la ciudad durante un siglo atrás, pero Laveau y su familia tenían
formas de evadirnos. Y tuve una acostada junto a mí todo este tiempo. Debí
saberlo. Mierda, debí saberlo.
—No —susurra Amelie, sacudiendo su cabeza—. Ella no lo era. Quizás el
Vudú estaba en su sangre, pero nunca lo practicó. Al menos, no cuando estaba
cerca. De cualquier forma, no importa… está muerta.
—Sacrificó su vida para salvar la tuya —digo, intentando reunir las piezas
de la historia.
—Si solo fuese así de fácil. —La voz de Amelie es grave y tensa con
emoción—. Una noche, una mujer vino a la cabecera de mi cama, en medio de la
noche. No recuerdo mucho, solo que era hermosa y amable. Y que me sentí
extrañamente en paz con su presencia. Era… como un sueño o un fantasma, pero
no tenía miedo. Dijo que aún no moriría; que era mi destino hacer una cosa grande
y notable. Algo necesario, que ayudaría a la seguridad de nuestro mundo. No lo
entendí entonces y, honestamente, aún no lo entiendo. No la detuve cuando acunó
mi rostro y me sonrió. Entonces… algo loco pasó. Sé que sonará como un
disparate, pero comenzó como a brillar en la oscuridad. Era tan brillante como el
sol; tan brillante que pensé que me cegaría. Y luego, desapareció.
Amelie voltea hacia mí, su rostro en blanco y nulo de emoción.
—Esa fue la primera noche que vi tu rostro en mis sueños. La primera vez
que vi la maldad pura.
Sé que esta es mi oportunidad. Este es el momento para sostener su delicado
cuello y apretarlo tan fuerte que se rompa, como cristal bajo mis dedos. Esta chica
es peligrosa, más peligrosa de lo que podía imaginar. Si no la mato pronto, seguro
me destruirá.
—¿Y la mujer? —Me oigo preguntar, ignorando la frívola voz en mi cabeza,
diciéndome que ponga fin a esta conversación, junto con su vida—. ¿Sabes qué era?
Los bordes en los iris de Amelie brillan con llamas doradas por un simple
nanosegundo, burlándose y respondiéndome a la vez.
—Era bondad. Calidez. Misericordia. Era el opuesto completo de todo lo
que eres.
—Luz —susurramos ambos al unísono.
Hay palabras que no decimos, el silencio tenso tan estridentemente chillón y
espeso que es difícil pensar o respirar. Sé lo que debo hacer. Lo que ya debí haber
hecho. Esta chica ha sido hechizada por nuestro enemigo mortal y eso la hace mi
enemiga. Está en mi naturaleza odiarla, querer masacrarla. Anhelar tanto la magia
dentro de ella que duele.
De acuerdo, duele. Mierda, duele.
—Nos enseñaron que la magia tiene un precio y, para salvar una vida, debes
tomar una vida —dice, derrumbando las paredes que construimos entre nosotros
para proteger nuestro verdadero ser. Ahora, no hay escondite. La verdad nos ha
desgarrado hasta abrirnos, exponiendo las partes grotescas y cicatrizadas de
nuestros pasados que nadie quiere ver.
—Eso es cierto. —Me las arreglo para decir ásperamente. ¿Por qué le estoy
diciendo esto? ¿Por qué siquiera estoy interesado en esta conversación?
—Lo sé. Porque mi madre murió una semana después.
Mis ojos se enfocan en la angustia tallada bajo su máscara perfectamente
moderada.
—¿Qué?
—Su familia supo lo que me pasó. No aprobaron que un… forastero se
entrometiera en nuestros asuntos. Creo que la asesinaron. Sé lo que tu especie
piensa de nosotros. Sé que ves el Vudú como algo anormal y un crimen contra la
naturaleza.
—Eso es porque es cierto. La magia verdadera solo viene del poder real, la
Deidad. Tus dioses no son nada más que profetas falsos. Fraudes. Es por eso que tu
madre murió. Una vida por una vida. El equilibrio tenía que ser restaurado.
Asiente, esos ojos ambarinos brillando con lágrimas cristalinas.
—Entonces, ahora sabes cómo te conozco. Por qué te odio. Mi madre
intercambió su vida, solo para que yo pudiera vivir el tiempo suficiente para
encontrar mi propia muerte, a manos del mal puro e implacable. ¿Cómo es eso un
intercambio justo? —Se ríe con sarcasmo—. Crecer en la pobreza, con un ebrio
como padre, que nunca superó la muerte de su esposa. Me miraba con acusación
cada día, sabiendo que debí ser yo. Todo para que, un día, pudiera ser capturada y
obligada a prostituirme.
No la corrijo. No le digo que no la obligaré a nada, y que su virtud está a
salvo conmigo. No le digo que su odio está colocado en el lugar equivocado, que
estoy igual de confundido respecto al significado de sus sueños y su importancia en
mi vida. Y no le digo que no la mataré. Que quizás las leyendas de los Oscuros
siendo el primer mal real son falsas, y quizás, no soy más que solo un monstruo sin
alma.
No. No digo ninguna de esas cosas. No quiero mentir.
Cinco
—Levántate.
L
a miro a medida que pestañea a la consciencia, el conocimiento
estableciéndose en las pequeñas líneas de su ceño sobre su frente. Se
sienta y se estira, luego se estremece visiblemente cuando me nota
sentado a solo unos metros.
—Santa mierda, ¿cuándo llegaste aquí? ¿Qué hora es?
—Casi medio día. Pensé que podrías tener hambre.
Amelie mira la bandeja de platos cubiertos que he puesto en la cama, y por
primera vez desde que puse mis ojos en ella, casi… sonríe. El aroma del tomate,
cebolla y azafrán surgen de los platos calientes y su estómago gruñe, provocando
que sus mejillas se ruboricen.
—Parece que tenía razón. —Me rio, destapando los platos. Le paso uno y
ella se sumerge, apenas haciendo una pausa para respirar. Alza la mirada con la
boca llena cuando siente mis ojos en ella.
—Lo siento —murmura alrededor de arroz y mariscos.
Sacudo la cabeza.
—No, yo debería disculparme. Haz sido la invitada aquí, y he sido menos
que un anfitrión cortés. Debí haberte alimentado. Discúlpame.
Se detiene a media masticada, exponiendo la mitad de la comida en su boca.
—Me estás jodiendo, ¿verdad? ¿Una invitada? ¡Fui traída aquí bajo la
intención de convertirme en prostituta! Este difícilmente es el Ramada2.
—Sí. Sobre eso… tengo una propuesta.
Amelie se limpia la boca con una servilleta antes de estrechar sus ojos hacia
mí.
2
Ramada: cadena hotelera operada por Wyndham Worldwide, fundada en 1953 por Marion W.
Isbell (1905–1988) con un grupo de inversores.
—¿Una propuesta? ¿Como qué? No estoy en ninguna mierda excéntrica de
bondage, ya sabes. Quiero decir, en realidad, no me gusta nada de eso.
Asiento, sofocando una sonrisa con su elección de palabras. ¿Mierda
excéntrica de bondage? Sí, por favor.
—Lo sé. Y tampoco pretendo forzarte. Ayudarás con algunas otras
necesidades domésticas por aquí. La cocina, la lavandería… como una clase de
ama de casa. Y cuando la deuda haya sido saldada, serás libre de irte.
Levanta una ceja, el sabor amargo del escepticismo arrugando sus labios
llenos.
—¿Libre de irme? ¿Solo así? —Escarbando en las sobras de comida de su
plato, sacude la cabeza—. Entonces, ¿qué consigues con eso? No soy estúpida. Los
de tu especie no parecen ser del tipo que muestran misericordia.
—Tengo preguntas que necesitan respuestas. Creo que no eres consciente
que te enviaron a propósito, que esto no es una coincidencia. Necesito saber por
qué. Y si eres obediente, te liberaré.
—Bien. —Se encoge de hombros—. Pregunta. ¿Qué quieres saber?
Tomo un bocado de mi propio plato, mirándola a medida que evalúa el
movimiento de mi boca. Se lame sus propios labios y un calor familiar inunda mi
ingle, haciendo que se hinche contra mis pantalones. Tal vez estaba equivocado
sobre ella. Tal vez quiere esto. Me quiere. Tal vez, solo tal vez…
Su estómago gruñe, y mi ego recibe otro golpe. Increíble.
Sin siquiera reconocer mi orgullo herido, empujo el plato hacia ella, y me
encuentro con una pequeña sonrisa apreciativa pero embarazosa. La acepto.
—¿Estás seguro? —pregunta, ya recogiendo el tenedor.
Asiento una vez.
—Claro. De todas maneras, no tengo hambre. —Al menos no de comida.
Amelie mete un bocado en su boca, cerrando los ojos para saborear la fusión
de los exóticos sabores españoles. Con cualquier otra persona, estaría
completamente repugnado, listo para empujar sus terribles modales fuera de mi
vista. Pero con ella, todo lo que siento es… ¿culpa? ¿O simpatía? ¿Eso es lo que
estoy sintiendo?
No. Demonios, no.
—Entonces —empiezo, obligándome a enterrar las emociones innombrables
atrapadas en la punta de mi lengua—. ¿Alguien más sabe lo que eres? ¿De tu linaje?
Niega con la cabeza.
—No. Nadie. Me dijeron que no le diga nunca a nadie, que podría ser
peligroso.
—Sí, lo es. No debes divulgar esa información. ¿Entendido? —Asiente,
masticando lentamente. Me lanzo a la siguiente pregunta— .Cuando te enfermaste,
¿cuántos años tenías?
Agarrando una botella de agua de la bandeja, toma un trago antes de
responder.
—Tenía ocho años.
—Entonces, ¿deberías tener…?
—Dieciocho. El día que tus hombres vinieron por mi padre, el día que me
trajeron aquí, era mi cumpleaños.
Resumo las últimas cuarenta y ocho horas mentalmente. Es difícil de creer
que, en el lapso de dos días, mi vida había sido completamente sacada de su eje por
esta misteriosa, cautivadora y completamente irritante creatura. Parece que fue una
eternidad. Las mujeres que he tenido en esta misma cama han sido olvidadas hace
mucho tiempo, sus vidas solo un simple susurro de un recuerdo. Cuando has vivido
por tanto tiempo como yo, follado y matado durante cerca de dos siglos, todo se
vuelve difuso. Las caras empiezan a mezclarse. Incluso el sexo se siente igual, casi
coreografiado. Lo he hecho todo, lo he visto todo. Nada me sorprende.
Excepto Amelie.
Su esencia, su alma, esos extraños ojos contaminados con magia de Luz…
es una mezcla peligrosa que me atrae hacia ella, empujándome más profundamente
a lo desconocido. Tal vez sea la emoción de perseguir la muerte. De sumergirme en
el inevitable fallecimiento y terminar la monotonía de esta vida. Porque cuando lo
tienes todo, no hay nada más por lo que vivir. Nada por lo que esforzarse por
alcanzar. Tu historia ya ha sido contada, una y otra vez.
—¿Ese fue tu cumpleaños? —Ni siquiera puedo esconder el ceño pintado en
mi cara. Mierda.
—Sí. —Se encoge de hombros—. Pero está bien. No es como si mi padre lo
recordara o algo así.
Sacudo la cabeza con disgusto.
—La Luz tiene algo con las fechas significativas. Esos imbéciles pretenciosos
—murmuro—. Mis disculpas.
Amelie frunce el ceño, y siento el impulso repentino de envolverla alrededor
de mis brazos y besar las pequeñas líneas de su frente.
—¿Por qué?
—No lo sé. —Me encojo de hombros—. Tu padre. La Luz imponiéndose en
tu cumpleaños número dieciocho. Yo siendo un puto imbécil y no alimentándote.
Elige tu opción.
—Ninguna de esas cosas fueron tu culpa. —Agarra con el dedo un rebelde
rizo oscuro—. Yo también lo siento. Por decir esas cosas sobre ti. Obviamente no
tenías idea que estaba maldita. Y honestamente… no todo lo que vi en esos sueños
fue malo.
Mis cejas se levantan a la cima de mi cabeza, y lo juro, que mi voz sube una
octava.
—¿Ah, sí?
—Sí. Quiero decir, el sexo y esas cosas fueron bastante asquerosos,
especialmente cuando era una niña, pero algunas veces parecías… agradable.
Normal. Y un poco solitario.
Contuve un resoplido de protesta. ¿Yo? ¿Solitario? ¿Cómo demonios puedes
ser solitario cuando estás rodeado constantemente de personas que te necesitan?
¿Que te quieren? ¿Que anhelan estar cerca de ti solo por un pequeño pedazo de tu
pastel real? Pongo los ojos en blanco y le doy una sonrisa juguetona.
—Excepto… excepto cuando estabas con este tipo —continua Amelie—. Se
preocupaba por ti, te cuidó. Siempre parecías estar feliz cuando él estaba cerca. Tal
vez incluso un poco aliviado, si eso tiene sentido. Luce como tú, un poco mayor.
Como tal vez un hermano o primo. Y es, uh, en realidad, realmente apuesto.
Ese vacío hueco de dolor regresa, atacando mi pecho con el estremecimiento
frío del recuerdo. Amelie puede haber compartido mis recuerdos, pero nunca
entenderá el dolor del abandono que me persiguió por décadas después de que
Dorian se fue. Podría haberme llevado con él, mierda, prácticamente le rogué
maldita sea, pero estaba demasiado ido como para incluso pensar con lo que me
estaba dejando. El peso de las expectativas de nuestro padre ahora descansaba
únicamente en mis hombros. Estaba determinado a crear al heredero perfecto con o
sin mi hermano. Y no se detendría hasta alcanzar solo eso… o hasta que me
rompa.
Una suave mano delicada acaricia mi brazo, encendiendo la superficie de mi
piel, antes de apartarse rápidamente. Amelie me mira con un brillo avergonzado en
sus ojos.
—¿Quién es? —susurra.
—Mi hermano. —Las palabras están fuera de mi boca antes de pensar en
detenerlas—. Dorian. Pero, ahora se ha ido.
—Lo siento —responde, el lamento grabado en su rostro—. ¿Cuándo murió?
Me encojo de hombros y sacudo la cabeza simultáneamente, incapaz de salir
con una explicación lógica.
—No lo sé. Ni siquiera sé si está muerto. Solo sé que hace mucho tiempo, se
fue y nunca miró hacia atrás.
—Y lo extrañas. —No es una pregunta. La respuesta ya está escrita en mi
rostro.
—Todos los días.
—Lo verás de nuevo —establece Amelie con certeza como si supiera acerca
de mí o mi familia, o la maldición de haber nacido en esta vida. Quiero decirle que
está equivocada, que no es más que una chica estúpida que no sabe ni una maldita
cosa sobre los Oscuros. Pero la esperanza que brilla tanto en esos ojos peculiares
me impide refutar su fe ciega. Es lo que me mantiene colgado de esa hermosa
mentira, con la esperanza de que su ignorancia no sea en vano.
Sus sueños la trajeron hasta mí. Tal vez traigan a Dorian a casa. Demonios,
tal vez le darán incluso un propósito a la caparazón superficial del hombre que soy.
De cualquier manera, esta chica fue enviada por una razón, enviada a mí por una
razón. Simplemente no sé si es matarla o follarla. Lastimarla o curarla. Odiarla o
amar…
No importa.
—Esto es lo que estoy pensando. —Saco a relucir, rápidamente cambiando
el curso, agarrándome de las largas capas de su cabello con frustración—. No creo
que tu enfermedad haya sido espontánea. Parece ser bastante meditada…
deliberada.
Amelie frunce el ceño.
—¿Qué? ¿Piensas que alguien me enfermó a propósito?
—Definitivamente. No fue al azar. Escogerte a ti, la descendiente de Marie
Laveau, no fue accidente. Ellos sabían lo que estaban haciendo.
Amelie acaricia la tapa de la botella de su agua, mordiéndose el labio rojo
cereza deliberadamente.
—Y con ellos te refieres a la Luz, ¿verdad? Pero eso no tiene sentido. ¿No son
conocidos por la sanación y la bondad? ¿Y por qué enfermar a una niña inocente
solo para curarla?
Sofoco la risa sardónica construyéndose en mi pecho.
—¿No es obvio? Así estarías en deuda. Los de la Luz no son los cabrones
justos que les gusta que todos crean que son. No son diferentes de los Oscuros.
Simplemente somos más honestos.
—No creo eso —dice negando con la cabeza. Pero la duda ya está escrita en
su rostro. Sabe que hay algo de verdad en mi explicación.
—Dime, niña bonita, ¿qué creen saber tus ancestros Vudú sobre la Luz?
¿Cuál es su teoría sobre tu enfermedad misteriosa?
—Creen que estaba maldita. —Se encoge de hombros, poniendo los ojos en
blanco—. Mi madre se rehusó a aceptar completamente lo que representaban y mi
enfermedad fue el resultado de su traición. Toda una tontería si me preguntas.
Marie Laveau era conocida como una santa. ¿Por qué alguien que defendió el bien
estaría bien con lastimar a una niña? Adoraron su memoria, aunque se desviaron
tanto de sus enseñanzas que probablemente está revolcándose en su tumba.
Levanto una ceja engreído y me inclino hacia adelante.
—Sabes que eso es una gran pila de mierda, ¿verdad?
—¿Qué?
—Oh querida, dulce, e ingenua Amelie. —Me doy cuenta que es la primera
vez que pronuncio su nombre en voz alta, y el impulso de hacerlo de nuevo es
innegable. No puedo luchar contra eso, no quiero. Es más fuerte que yo,
penetrando mi piel y hueso y guiando mi lengua como una marioneta—. Amelie.
—Oui, Oui, Monsieur Nikolai3 —se burla en perfecto Francés, el fantasma
de una sonrisa en sus labios. De repente, ni siquiera puedo recordar lo que estaba
diciendo. Todo lo que puedo ver, en todo lo que me puedo enfocar es en esos
labios. Cómo se curvan cuando envuelven mi nombre. Cómo se sienten, cómo
saben. Cuánto deseo sentirlos contra mi piel, quemando directamente en mi alma.
—¿Soñaste conmigo? ¿Antes de despertar? —Mi voz es baja y áspera, y no
puedo evitar acercarme a ella. Mis ojos hormigueando con frialdad, pero cada otra
parte de mi cuerpo está cálido con la expectativa.
—Sí —pronuncia, su propia voz apenas un simple susurro ronco.
Me muevo aún más cerca.
—¿Y qué viste?
3
Oui, Oui, Monsieur Nikolai: “Sí, Sí, señor Nikolai”, en francés.
Amelie se muerde el labio, esos magníficos ojos bajan con aprehensión.
Luce tan inocente. Tan femenina y pura.
—A ti, aquí en esta habitación, en esta cama… conmigo.
Seis
ienes que estar bromeando —dice Amelie, sosteniendo el vestido
— T con volantes en blanco y negro—. No usaré esto.
Me recuesto en la cama tamaño king, intentando no reírme
mientras Amelie evalúa el atuendo de mucama francesa. Es media mañana, tres
días después de que me la trajeran. Tres días después de que mi existencia misma
fuera alterada.
Ayer, pasamos casi todo el día hablando. Me contó sobre la vida que dejó
atrás, su familia, sus amigos. Le di explicaciones vagas de la magia de la Luz y los
Oscuros a medida que escuchaba atentamente, sus ojos brillantes de curiosidad. No
pareció asustada, ni siquiera un poco repugnada. Incluso cuando le expliqué cómo
sobrevivimos, simplemente asintió, asimilando todo. Era… extraño. Diferente. Y
estimulante. Nunca había hablado con otro humano durante más de unos pocos
momentos, y generalmente solo para ordenarle que hiciera lo que quería. Ponte de
rodillas y chupa. Agáchate. Abre tus piernas.
Nunca había tenido eso con… nadie, me di cuenta. Solo me relacionaba con
los de mi propia especie, así que no tenía la necesidad de explicarles nada. Y ni
siquiera soñaría con insinuar mi verdadera naturaleza a un humano. Pero Amelie
era diferente. Me sentía a gusto con ella. Demonios, me sentía seguro con ella, pero
sabía que podía destruirla sin siquiera intentarlo. Y en el fondo de mi mente,
enterrado bajo la negación y los secretos, sabía que todavía era una posibilidad real.
Observo cuando Amelie gira el atuendo picante de adelante hacia atrás,
buscando el resto de la tela, y no puedo evitar reírme.
—Uniforme estándar, querida.
Sus ojos se ensanchan con incredulidad.
—¿En serio? ¿Por qué? ¿Quién en su sano juicio pensaría que esto es
apropiado para lavar la ropa y limpiar el suelo?
Miro alrededor de la habitación con las cejas levantadas.
—Um, recuerdas dónde estás, ¿verdad? Este es un lugar de fantasía e
ilusiones. Una farsa depravada. Todos tienen un papel que desempeñar, y siempre
mantenemos el personaje.
—Pe-pero… esto es tan… incorrecto. —Pone mala cara.
—Oye, las otras chicas usan mucho menos. ¿Debo buscar uno de sus
atuendos para ti?
—¡No! No, eso no será necesario —resopla—. Y supongo que los Mary
Tanes, de tacón alto, también son parte de la fantasía.
—Obviamente —respondo, pasando una mano por mi cabello. Amelie
inclina la cabeza hacia un lado y evalúa el movimiento con los ojos entrecerrados.
—Te verías mejor si te cortas el cabello.
—¿Disculpa? —pregunto en falsa ofensa.
—Quiero decir, tú, eh, yo… no importa. Olvida que dije algo. —Vuelve a
jugar con el disfraz en sus manos, pero sus mejillas sonrosadas me dicen que está
lejos de haber superado el comentario.
—No. Quiero escucharlo. —Acaricio su barbilla suavemente sin pensarlo,
levantando su cabeza para encontrar mi mirada. El ardor está ahí, pero palidece en
comparación con las otras partes de mí que están en llamas—. Dime, por favor.
Se encoge de hombros pero no hace ningún movimiento para apartarse de
mi toque. En cambio, da un paso más y lleva su mano a mi cabeza para pasar sus
dedos suavemente por mi cabello.
—Es solo que tienes un cabello excelente y todo eso, pero siempre está en tu
cara. Y te envejece. Debes recortarlo un poco o cepillarlo. Deja que la gente te vea.
¿Verme? ¿Por qué demonios querría eso?
—No estoy tan seguro que a la gente le guste lo que vea —respondo en voz
baja, arrepintiéndome al instante. Es demasiado personal, demasiado… honesto.
Una sonrisa genuina adorna sus labios, haciendo que esos ojos etéreos
brillen contra el telón de fondo de sus ondas oscuras y exuberantes.
—Me resulta difícil creerlo, Nikolai.
—Bueno, tal vez solo eres crédula —respondo, sintiendo las comisuras de mi
propia boca esbozar una sonrisa sincera—. Y te lo dije ayer: llámame Niko.
Dejando caer su mano, se encoge de hombros tímidamente lejos de mi
toque, y al instante siento que vuelve la frialdad. Un vacío húmedo y oscuro. En el
lapso de unos pocos días, Amelie se ha vuelto tan cálida y brillante como el sol para
mí. Se ha convertido en mi luz, y nunca pensé en un millón de años, en una
eternidad existiendo en la oscuridad, que alguna vez podría anhelar eso.
Sé que este sentimiento no es real, no puede serlo. Es un truco, una mentira.
Aun así, lo quiero. Quiero salir al sol con ella. Quiero que su sonrisa me caliente de
adentro hacia afuera. Quiero que esos ojos brillantes atraviesen mi alma y vean…
más… en mí. Apenas he tocado a esta chica, pero sabe más de mí que nadie en este
mundo. Tiene diez años de recuerdos, mis recuerdos, para demostrarlo. Y, encuentro
consuelo en ese hecho.
—Niko, ¿eh? ¿Hay muchos Niko en Grecia? —pregunta doblando sus
piernas bronceadas y desnudas sobre la cama. Los bordes de sus diminutos
pantalones cortos de seda se suben un poco por su muslo, y agradezco a Nadia en
silencio por proporcionarme una ropa de dormir tan fascinante. Tendré que darle
un aumento.
—Los hay, pero ninguno como yo —respondo, obligándome a desviar mis
ojos agradecidos. ¿Qué mierda? ¿Yo practicando la moderación? Hablando de pasar
la página. Más bien pasar a otro libro.
—Seguramente. —Se sonroja Amelie—. Entonces… ¿me mudaré a una de
las otras habitaciones ahora que oficialmente tengo un trabajo aquí?
Me obligo a usar la misma expresión pasiva y tranquila de siempre, aunque
por dentro soy un jodido pozo de furia fuera de lugar. No quiero que salga de mi
habitación. Maldición, no puedo respirar sin saber que está aquí, a salvo conmigo.
Los últimos días han sido algunos de los días más esclarecedores y significativos de
mi vida. Y aunque no hemos hecho mucho más que hablar y dormir uno al lado del
otro, bueno, ella dormía y yo miraba como un patético mocoso cachondo que se
masturba con los catálogos de lencería de su madre, no podía imaginar no tenerla
en mi cama. Nunca había sentido tanta paz, tanta… felicidad. Sabiendo que ella
estaba a solo centímetros de distancia, soñando conmigo. Me volvería loco con las
posibilidades. ¿Qué veía cuando cerraba esos ojos fascinantes? ¿La hacía quererme,
tanto como la quiero a ella?
Al darme cuenta que está esperando una respuesta, le doy una media sonrisa
maliciosa y me encojo de hombros.
—Bueno… las habitaciones aquí son para las chicas que trabajan, si sabes a
lo que me refiero. Tengo que asegurarme que haya espacio disponible para ellas y
sus… invitados. Ahora, si quieres volver a pensar en el título de tu trabajo, me
complacería organizarlo y lograr que te mudes de inmediato.
Los ojos de Amelie se abren y sacude la cabeza con furia.
—Oh, no. Absolutamente no. Prefiero quedarme aquí. Ya sabes… si te
parece bien. —Se muerde el labio y mira hacia otro lado—. Puedo entender si
quieres que me vaya. Estoy segura que estoy interfiriendo con tu estilo seriamente.
Podemos elaborar un sistema, ya sabes. Tal vez dejar un calcetín en la puerta si
tienes compañía, o puedo quedarme con otra persona. No me gusta especialmente
tener porno en vivo frente a mí. —Se vuelve hacia mí y sonríe, aunque no llega a
sus ojos—. Diez años viendo cada centímetro de ti y más mujeres de las que puedo
contar… no es de extrañar que nunca haya tenido novio.
—Espera un minuto… ¿nunca has tenido novio? —Frunzo el ceño y elijo
concentrarme en esa parte de su oración.
—Un poco difícil, ya sabes. Padre pobre, borracho, loca familia Vudú,
inexplicables sueños nocturnos de un asesino Brujo mujeriego… oh, sí, los
muchachos estaban haciendo fila alrededor de la manzana.
Sé que está bromeando, pero una punzada de culpa ataca mi pecho. ¿De
cuánto de la desgracia de esta chica he sido responsable? Su padre ha jugado y
bebido en los casinos y bares que tengo. Fue maldecida con una enfermedad
misteriosa, de modo que la Luz pudo hundir sus garras en ella para llegar a mí. Ha
estado plagada de pesadillas de mis malas acciones durante una década, sin duda
evitando cualquier esperanza de intimidad. ¿Y la mayor de mis culpas? La tensa
historia violenta entre los Laveau y los Oscuros, algo en lo que participé.
Eso es todo. La oportunidad para mí de demostrar que soy más que un
imbécil pretencioso y ser dueño de lo que soy por una vez. La oportunidad para mí
de dejar a un lado las tonterías y los antiguos secretos familiares y hacer lo que es
correcto para mí. Hacer lo que está en mi corazón, sin importar cuán negro y vacío
esté.
—Amelie —empiezo, mi voz más temblorosa que nunca, el timbre
autoritario ha desaparecido—. Hay algo que debes saber…
Inclina la cabeza hacia un lado y me da una pequeña sonrisa dulce de
aliento.
Abro la boca para decir mi verdad, para confesar mis pecados, para
descubrir mi alma y rezar para que me entienda. Pero antes de que las palabras
puedan escapar, el sonido de unos pasos acercándose me pone en guardia, y la
vergüenza y humildad son reemplazadas por hostilidad y posesividad.
Tres golpes reverberan en la puerta segundos después. Contra mi mejor
juicio, grito:
—Entra.
Varshaun abre la puerta, vestido con su habitual traje negro de tres piezas.
Su cabello oscuro está recogido en una coleta, y su piel de bronce se ve aún más
oscura junto con sus ojos color agua. La ha olido, y el brillo hambriento en esos
ojos destella con ansia.
—¿Qué pasa? —digo bruscamente, agitado por su mera presencia. Varshaun
frunce el ceño pero lo reemplaza rápidamente con una sonrisa traviesa. Sus dientes
se parecen más a colmillos afilados y un impulso repentino dentro de mí me tienta a
quitar esa sonrisa de su rostro.
Aparto los pensamientos locos de mi cabeza confusa. ¿Qué demonios es lo
que me pasa? Este es mi mejor amigo, alguien que ha sido mi hermano durante más
de un siglo. Estar cerca de Amelie está jodiendo con mi razonamiento. La única
explicación lógica tiene que ser la mezcla de magia de Luz en su sangre Vudú.
Varshaun entra aún más en la habitación, y sus ojos vagan por mi expresión
enojada hacia Amelie, y luego hacia mí.
—Veo que ustedes dos se llevan muy bien. —Su mirada se dirige a las
esbeltas piernas desnudas de Amelie y a sus senos flexibles antes de aterrizar en sus
labios rojos y llenos. Sintiendo la intrusión de su mirada lujuriosa, se lleva las
rodillas contra el pecho y abraza sus piernas, protegiendo su cuerpo precioso y
delicado—. Sabía que te gustaría esta, Niko. Es especial, ¿no? Apuesto a que es
bastante divertida.
Antes de que pueda decir otra palabra, en un borrón de frustración,
confusión y desconfianza, sin siquiera molestarme en ocultarle mis habilidades a
Amelie, estoy frente a él, mis ojos azules volviéndose cada vez más fríos y pálidos.
—¿Qué te trae a mis aposentos, viejo amigo? —pregunto con los dientes
apretados.
Varshaun entrecierra los ojos ante mi postura ofensiva y sonríe.
—Bueno, ya que soy tu amigo y gerente comercial, me preocupaba saber si
estabas demasiado… —Él mira por encima de mi hombro, vislumbrando el cuerpo
asustado de Amelie en la cama—… ocupado para encargarte también de algunos
de los asuntos profesionales. Seguramente pensé que estabas enfermo. —Una
media sonrisa diabólica se arrastra sobre sus labios. Me está molestando. Sabe que
es imposible que enfermemos.
—Estoy bien, como puedes ver. ¿Y de qué asuntos profesionales hablas?
Para eso te pago, ¿no?
—Tienes razón. —Varshaun asiente—. Perdona mi intrusión. Pero debo
decir, Niko, que estoy herido. ¿Qué le pasó a mi chico? ¿Una pequeña niña humana
te ha hecho abandonarme y dejarme matar solo a las mujeres de Nueva Orleans?
Seguramente, ese no es el caso.
Varshaun, entrometido hijo de puta astuto.
Resoplo con irritación antes de girarme para mirar a Amelie.
—Te dejaré para que te prepares. Nadia te asignó hoy en la cocina.
Repórtate allí cuando hayas terminado y te darán instrucciones.
—Bien —susurra con los labios temblorosos.
Asiento, antes de alejarme de sus ojos tristes. Varshaun abre la puerta, con
una sonrisa de satisfacción en su rostro.
—¿Niko? —llama Amelie en voz baja antes de que pueda cruzar el umbral.
Me vuelvo hacia ella más ansiosamente de lo que debería.
—¿Sí?
—Después de haber terminado hoy, más tarde esta noche… ¿debería
encontrar otro lugar para quedarme? Odio molestarte y nunca respondiste a mi
pregunta anterior, pero si quieres que lo haga, puedo…
—No —respondo antes de que pueda pronunciar las palabras—. No.
Quédate. Quiero que te quedes… aquí. Conmigo. ¿De acuerdo? —Aguanto la
respiración, esperando su reacción y temiendo la avalancha de preguntas de
Varshaun.
—De acuerdo. —Asiente finalmente—. Aquí estaré.
—¿Quieres explicarme qué mierda acabo de presenciar?
Sigo caminando por la Calle Bourbon, mirando directamente adelante. Fui
capaz de evadir la mirada de asombro de Varshaun quemando un hoyo en el
costado de mi cabeza mientras regresábamos a la casa entre docenas de oídos
escuchando, pero ahora que estábamos solos, no hay forma de que salga de esto.
—¿Qué hay que explicar? —respondo rotundamente.
—Um, disculpa, pero ¿qué tal empezando con la ardiente chica morena que
tienes escondida en tu habitación? Quiero decir, lo entiendo. Tal vez es demasiado
buena para compartir… he estado allí. Pero ¿quieres que se quede contigo? Como,
¿en realidad dormir en tu habitación? ¿Por más de una noche?
Miro hacia mi más confiable amigo y casi me estremezco ante la mirada de
perplejidad pura en su cara. Tiene razón. Ahora que alguien lo ha dicho en voz
alta, suena ridículo.
—Solo es temporal. Tiene… algo que necesito. Y la necesito cerca para
conseguirlo.
—Ah. —Varshaun asiente—. Finalmente has conseguido probar un coño de
primera clase. Tan bueno y dulce que lo anhelas todo el tiempo. Necesitas una
dosis más como un adicto. Felicitaciones, mi amigo. —Golpea mi espalda y se
acerca aún más a mi oreja—. Avísame cuando hayas terminado con ella. Me
gustaría una probada de esa deliciosa creatura. Aun mejor, podríamos follarla
juntos, como en los viejos tiempos. Un poco de penetración doble ayudará a liberar
esa timidez.
Aprieto los puños tan fuertes que mis huesos crujen. Puedo sentir las uñas
rompiendo la piel de mis palmas, haciendo que la carne se abra y la cálida sangre
escurra en mis manos. Quiero lastimarlo. Mierda, quiero matarlo. Quiero desgarrar
su jodida bonita cabecita y atarla al poste más alto con esos largos mechones
negros. Pero en cambio, pongo una sonrisa apretada, intentando parecer normal
desesperadamente. Y normal para mí es diez veces peor que Varshaun.
—No —digo sacudiendo la cabeza rígidamente—. No está lista para eso.
Tengo planes especiales para esa chica. —Y ninguno de ellos involucra la
penetración doble, Varshaun, o a cualquier otro hijo de puta para ese propósito.
—Como quieras. —Se encoge de hombros—. Simplemente, no la mates
antes de que pueda probarla. —Mi nivel de enojo pasa a un segundo plano de
desconcierto, y levanto una ceja en cuestión—. Oh sí, sé de las dos chicas de la otra
noche. Hombre, ¿estás seguro que estás bien? Has estado inquieto. Quiero decir, los
accidentes pasan, pero no has drenado a alguien en años, mucho menos a dos
chicas a la vez.
Niego con la cabeza, incapaz de explicarme verbalmente. Sé lo que ha
provocado mi ira.
Amelie.
Por mucho que la quiera para… ni siquiera sé qué, su mera presencia me
tiene desestabilizado. Deseo su cuerpo, pero anhelo su alma. Admiro su mente,
pero necesito su corazón. En serio, soy un montón de emociones enredadas, y
ninguna magia en el mundo puede deshacer el hechizo bajo el que me tiene.
Ni siquiera puedo expresar esta mierda a mi amigo más cercano. La única
persona con la que puedo hablar es con Amelie. Es la única que lo entendería, la
única persona que verdaderamente ha vislumbrado mi alma, y la misma persona
que nunca puede saber cómo me siento.
Miro alrededor, dándome cuenta que hemos entrado en una parte del Barrio
Francés que por lo general no frecuentamos. Es un área que hemos considerado
territorio enemigo.
—¿Por qué estamos aquí?
Varshaun sube los escalones de la mansión adornada, con picardía grabada
en su rostro.
—Simplemente dándole una pequeña visita a nuestro amigo Malcolm.
Escuché que estaba teniendo dificultades para mantener a sus chicas a raya.
Lo sigo por los escalones, pero me detengo en la cima, sacudiendo la cabeza.
—Malcolm es insignificante, y también lo son sus chicas. Hay suficiente
dinero en esta ciudad para todos. Déjalo ser. Si lo atrapamos, lidiaremos con eso.
Los iris de los ojos de Varshaun se vuelven oscuros y tumultuosos.
—Hay reglas, mi amigo. Reglas establecidas en su lugar por tu familia. No
puedes dejarlos pensar que eres débil. Si dejas pasar este desliz, solo estás abriendo
la puerta a que otros te desafíen. Y no querríamos que tu Queridísimo Papi se
entere de eso.
Maldición, tiene razón.
Respiro profundamente y sigo a Varshaun a la puerta frontal. Es temprano,
así que ninguna de sus chicas está afuera exhibiendo sus bienes en el balcón y
porche. Es divertido como la oscuridad y la depravación prosperan por la noche,
como si en las sombras pudieran ocultar nuestras iniquidades. Bajo la capa oscura
de la negación, alimentamos a nuestras bestias internas con nuestras propias marcas
de maldad, sofocando la culpa hasta la mañana. El escape es una forma de vida
para nosotros los pecadores. Tal vez, después de todo, no somos tan honestos.
Varshaun gira el pomo de la puerta, sin siquiera molestarse en tocar.
Cuando no se abre, da un paso atrás, girándose para darme una sonrisa traviesa.
Sus ojos brillando con llamas blancas, y con una simple exhalación, vuela la puerta
frontal de golpe. El marco de la madera pesada se sacude y gime como si hubiera
sido propulsada por las fuerzas huracanadas. Varshaun entra, tan agraciado y
fluido como siempre, para nada perturbado en lo más mínimo.
—Se los dije, cerditos, lo que pasa si no me dejan entrar —les grita a una
audiencia de rostros asombrados y aterrorizados. Prostitutas, tanto mujeres y
hombres, salen corriendo de nuestro camino, protegiendo sus cuerpos medio
desnudos—. Soplaré, y soplaré, y su casa derribaré.
Pongo los ojos en blanco, y doy un paso en la enorme casa, para nada
impresionado con el teatro de Varshaun. Por lo general, su entusiasmo por el
drama habría provocado un poco de diversión descarada, pero hoy, mi cabeza… mi
corazón… simplemente no está en eso.
—¿Qué carajo está sucediendo aquí? —escupe un hombre calvo y
rechoncho, abriéndose paso desde la parte posterior de la habitación usando nada
más que una bata de seda. Sus ojos pequeños nos encuentran parados en medio de
la gran habitación. Un anillo de espectadores aterrorizados lo miran por guía—.
¿Señor V? ¿Señor N? ¿Qué están haciendo aquí? Discúlpenme. No estaba al tanto
de que iban a pasar por aquí.
Varshaun alza una palma, deteniendo más explicaciones.
—Oh, no luzcas tan sorprendido, Malcolm. De seguro sabías que estaríamos
interesados en toda la actividad paranormal realizada fuera de regulación. Dime,
¿tus putas finalmente se las arreglaron para dejarte sin sesos? ¿O en serio eres tan
estúpido?
Malcolm se tambalea hacia nosotros, de mala gana, temblando y sudando
como un cerdo asqueroso.
—Señor V, le puedo asegurar que mis chicas no tienen nada que ver con
ninguna transgresión de la que están hablando. No han roto ninguna ley, puedo dar
fe de eso.
—Eso es cierto, ¿Malcolm? Entonces, ¿ninguna de tus chicas ha hecho
ningún truco fuera de tu distrito? ¿Y ninguna fue responsable de engañar a tres de
los míos para que las respiraran, solo para manipular sus mentes?
Putos nigromantes. Son brujos Vudú que chapotean en magia negra fuerte
con la habilidad de controlar a creaturas sobrenaturales. La legenda nos dice que un
nigromante con poder suficiente tiene la capacidad de controlar por completo la
mente y acciones de un Oscuro. Con ese tipo de magia a su disposición, podrían
demoler ciudades enteras.
Por supuesto, ninguno de nosotros en realidad lo ha presenciado en acción.
De vez en cuando, nos topamos con un Brujo que ha sufrido de lagunas mentales.
Por lo general, es de un succionador de almas, o un maníaco adicto. Sí, incluso los
Oscuros tienen adictos. Se vuelven adictos al poder y tienen que reponerse
constantemente para mantener su fuerza. Pronto, el anhelo se vuelve más fuerte, y
solo una probada de magia no funciona. Buscan a brujos humanos por alguna
solución, abriéndose a sí mismos para volverse susceptibles a su veneno Vudú.
Me desconecto del lloriqueo de Malcolm cuando intenta refutar los reclamos
de Varshaun y echo un vistazo alrededor. Jadeos audibles suenan mientras mi
mirada se gira a un grupo acurrucado en el sofá. Están aterrorizados de nosotros,
temblando en una bruma de confusión horrorizada. Han escuchado las historias, tal
vez incluso nos han visto en acción. Pero soy… soy una anomalía. En público,
Varshaun es el portavoz. Rara vez alguna lo acompaño en situaciones así. Un
príncipe Oscuro causando estragos en las calles de Nueva Orleans pondría a
nuestra familia entera en riesgo. Así que, me mantengo callado y le doy a Varshaun
toda la atención, alimentando su ego sin fin.
Aun así, todos saben que no se debe joder conmigo. Llámalo instinto o un
sexto sentido, pueden sentir los pequeños vellos en sus brazos erizarse cuando sea
que estoy cerca. Notan la caída en la temperatura, la repentina densidad en el aire.
Esa voz persistente en la parte posterior de sus cabezas que les dice que corran y no
miren atrás. Soy el villano supremo, una fuerza tan oscura y peligrosa que incluso
los hombres adultos tiemblan en mi presencia.
Los gemidos se vuelven más fuertes cuando doy un paso hacia el grupo de
espectadores, y algo en mi pequeño corazón negro se regocija. Ah, sí. Temor.
Como un jodido caramelo para los Oscuros. Su sabor se desenvuelve en mi lengua,
mi boca curvándose en una sonrisa diabólica antes de guiñar un ojo azul hielo,
haciendo que las bombillas de luz en la habitación exploten y se rompan. Chillidos
suenan, y ladro una carcajada. ¿Cuál es el punto en tener todo este poder si no
puedes divertirte un poco?
Me acerco a una joven mujer temblando en la alfombra. Su mirada
constantemente cae al piso y me agacho ante ella para encontrar sus ojos.
—Mírame, pequeña —ordeno. Levanta la cabeza de mala gana, dándome
acceso a sus grandes ojos castaños. Es hermosa, su piel suave como la seda, del
color del chocolate dulce—. Así es. Chica buena.
Sus rizos enmarcan su rostro en un salvaje estilo exótico, y extiendo la mano
para acariciar las espirales oscuras gentilmente. Se relaja al instante, sus grandes
ojos todavía clavados en los míos.
—Ahora que estás calmada, tengo algunas preguntas para ti, niña bonita.
¿Sabes quién soy yo?
—No, señor —chilla, su voz ligera y aguda, con un espeso acento marcado
propio de Nueva Orleans.
—Bien. —Sonrío—. ¿Sabes qué soy?
—No, señor.
—Bien. Eso está muy bien. ¿Trabajas aquí, dulzura?
—Sí, señor —responde sin vacilación. Sintiendo el tirón de mi influencia
mezclada con su deseo carnal, se mueve hacia mi toque. Sus ojos oscuros se
calientan y se ponen apasionados, y sus pezones se fruncen debajo de su delgado
satén.
—¿Y cuántos años tienes?
La chica captura mi mano en la suya y la lleva a sus labios, besando la
palma.
—Quince, pero Malcolm me hace decirle a las personas que tengo
diecinueve. —Cuando frunzo el ceño y alejo mi mano, se revuelve adelante, casi
subiéndose a mi regazo—. ¡Pero le juro que soy buena! Soy una de las mejores
aquí. Malcolm incluso dice que soy su favorita. Dijo que mi joven coño apretado se
siente como el cielo y sabe tan dulce como una cobertura caliente de helado. Y que
doy el mejor sexo oral en las tres parroquias.
La bilis se eleva por mi garganta, y mis iris hormiguean con furia.
—No hay necesidad, querida. No necesitas preocuparte por eso otra vez.
Estoy de pie en un borrón de ira abrasadora y atravieso la habitación justo
cuando Varshaun termina su diatriba.
—La próxima vez que incluso sospeche que alguna de tus chicas está
saliéndose de los límites, haré más que soplar la jodida puerta —le advierte—.
¿Entendido?
—S-sí, señor V. Si descubro que alguna de mis chicas ha roto las reglas, las
mataré yo mismo —tartamudea, gotas de sudor rodando por su cara gorda. Exhala
un suspiro de alivio cuando Varshaun asiente y se gira para retirarse. Poco sabe él,
que V es el menor de sus problemas.
—Escúchame, puto gordo asqueroso —siseo, moviéndome tan cerca que
huelo el mal olor de su rápido aliento—. Ya terminaste de usar a niñas menores de
edad. Tan terminado, que las regresarás a sus casas además de recompensarlas por
toda su explotación. Digamos que, veinte grandes a cada una, además de
asegurarte que entren a escuelas decentes. ¿Eso te suena justo?
—¿Qué…? ¿Veinte mil? ¡No tengo esa clase de dinero! —chilla con
indignación, provocando que saliva repugnante vuele de su boca.
—Me escuchaste, maldito enfermo. Veinte grandes. Y si no tienes el
efectivo, te sugiero que encuentres a un buen corredor de bienes raíces. Tienes tres
días.
Me giro en mis talones y me dirijo hacia la puerta en donde Varshaun
espera, usando una sonrisa de deleite. Mis ojos detectan a la niña con los rizos en
espiral, y asiento hacia ella. Sus grandes ojos castaños brillan con lágrimas de
gratitud.
—Sabes, no es como si no quisieran hacerlo —grita Malcolm detrás de mi
espalda, obviamente delirando. Hago una pausa a medio paso, mis puños
temblorosos se aprietan a los costados—. Ellas rogaron por eso. Un coño es un
coño, sin importar la edad que tenga. Es follable, mientras les crezca un monte.
Mi mente va hacia Amelie al instante. Podría haber sido una de estas chicas.
Podría haber sido la chica con el cabello castaño rizado, usada y abusada a tan
tierna edad. ¿Y si hubiera sido Malcolm con quien su padre tuviera una deuda? ¿Y
si hubiera sido forzada a ofrecerle su cuerpo a él en intercambio de la vida de su
padre?
—Sabes, pensándolo mejor… —Me giro para enfrentar su desquiciado ceño
fruncido, una ira ciega nublando mi razón—. En realidad, realmente odio a los
abusadores de niños.
Levanto mi palma, extendiendo mis dedos a medida que se sumergen en
fuego azul. Simultáneamente, las extremidades de Malcolm se ponen rígidas y su
boca cae floja, completamente inmovilizado. Sus ojos castaños lodoso están llenos
de terror cuando intenta luchar contra la restricción invisible. Gotas de baba bajan
por la esquina de su boca asquerosa.
—Shhhh —digo en su oreja—. No luches contra esto. Todo terminará
pronto, pedazo de mierda. No serás capaz de volver a abusar de otro niño. Ahora…
junto con los abusadores de niños, desprecio a los hombres sin carácter. Y tú,
querido Malcolm, no tienes ni una pizca de carácter.
Malcolm gruñe una respuesta llorosa mientras rodeo su grotesco cuerpo.
Docenas miran con atención absorta, pero ninguno da un paso para salvar a su
empleador. No tienen amor, ni lealtad por él.
—Sí, sí, estoy de acuerdo. —Asiento, respondiendo a sus gemidos
indescifrables. Me detengo frente a él y aliso la tela de seda sobre sus hombros
carnosos—. En serio, no tienes carácter, absolutamente nada que te respalde. Pero
eso definitivamente puede arreglarse.
Con mi mano todavía cubierta de llamas azules, la hundo en las entrañas de
Malcolm, atravesando la grasa, tejido y órganos vitales. Gritos resuenan por toda la
mansión, enmascarando sus gritos ahogados de dolor. Sí, dolor. Aunque puede que
no sea capaz de moverse, puede sentirlo todo. Puede sentirme desgarrando mi
camino a través de su carne con garras afiladas. Puede sentir la sangre brotando del
agujero enorme en su abdomen. Y cuando mi mano se envuelve alrededor de su
espina dorsal, puede sentir cada jodida cosa cuando la rasgo de su cuerpo.
—Ahí está, hijo de puta —digo, soltando los huesos manchados de sangre al
piso justo cuando Malcolm toma su último patético aliento. Libero el asimiento en
su cuerpo y se desmorona en el piso en un montón sangriento—. Ahora, realmente
no tienes nada que te respalde y te dé carácter.
Miro alrededor a la formación de caras en pánico devolviéndome la mirada.
—Todos ustedes son libres de irse —grito, lo suficientemente alto para que
mi voz resuene a través de toda la gran casa—. Sin embargo, si desean quedarse,
pueden estar seguros que se les proveerá de condiciones de vida suficiente, pago y
cuidado de salud, así como de protección. Y si tienen menos de dieciocho años, un
auto será enviado esta tarde para llevarlos a casa con sus familias.
Como si fuera una señal, la joven chica se me acerca, sosteniendo una toalla.
La tomo de buena gana, limpiando la sangre y entrañas pútridas de Malcolm que se
extienden todo el camino por mi codo. Mierda. Otro traje arruinado. Pero cuando
miro hacia abajo a la joven chica, y a las otras caras agradecidas rodeándome, sé
que he hecho lo correcto. He escogido ser mejor.
Siete
M
e acuesto de espaldas sobre el edredón de satén elegante, mi
cabeza descansando sobre mis manos… y sonrío.
Amelie se está duchando en el baño a solo unos metros de
distancia, y las imágenes de ella desnuda y mojada, con solo una pequeña espuma
besando sus lugares más íntimos, están grabadas en mi cabeza, haciendo que mi
polla me duela de necesidad.
Han pasado casi dos semanas desde que tuve relaciones sexuales. Dos
semanas durmiendo castamente junto al apretado cuerpo delicioso de Amelie. Dos
semanas sintiendo el calor de su sonrisa. Dos semanas dejando que alguien me vea
por primera vez, y sin tener miedo al rechazo. Riendo a carcajadas de sus bromas
cursis. Escuchando atentamente a medida que me cuenta historias de su vecindario
antiguo y cómo creció en el lado equivocado de las vías. Enseñándole a jugar
ajedrez y, a su vez, ella enseñándome a jugar Gin Rummy. Ver sus delicados
párpados revolotear mientras unos vívidos sueños míos visitan su subconsciente.
Sonrío.
Porque por primera vez en casi dos siglos, he encontrado la felicidad.
Pensé que era esa sensación cuando tenía un negocio espectacularmente
bueno. O la sensación que sentía durante el sexo increíble. Incluso pensé que la
había alcanzado cuando mi padre aceptó dejarme dirigir todas las operaciones de la
Costa del Golfo, permitiéndome demostrarle a él y a mí mismo que era más que un
mocoso real malcriado.
Estaba equivocado. Amelie es mi felicidad. Estar con ella, conocerla, dejarla
que me conozca, es el epítome de la dicha.
—¿Qué hay con los ojos locos y la sonrisa de asesino en serie? —pregunta
una voz dulce y juguetona—. ¿Estás tramando algo?
Miro cuando Amelie cruza la habitación hacia la cama, usando nada más
que una camisa de seda azul marino que termina justo en medio de sus muslos
tonificados. Hago todo lo que está en mi poder para obligarme a subir mis ojos a su
rostro. Maldición. ¿Está intentando matarme?
—Bueno, si te lo dijera, tendría que matarte —bromeo, esperando
enmascarar el anhelo en mi voz.
Amelie se arrodilla sobre la cama, secándose el cabello húmedo con una
toalla.
—Hmmm, esas son grandes palabras poderosas para un príncipe mimado —
responde—. No lo olvides, soy del Distrito Nueve, amigo. Puedo y patearé tu
trasero.
Los dos nos echamos a reír por su comentario ridículo. Me siento, juntando
nuestros cuerpos, y deteniendo toda la risa. Nuestras miradas colisionan por largos
segundos silenciosos antes de que Amelie mire hacia otro lado, un rubor escarlata
tiñendo sus mejillas.
—¿No encuentras esto un poco… extraño? —pregunta en voz baja.
—¿Qué es extraño?
—No sé —responde, encogiéndose de hombros—. Un día, estás listo para
asesinarme y te estoy odiando, y al siguiente es… diferente. Como si fuera fácil,
casual y divertido, y de hecho me encuentro mirándote como un tipo decente, y no
como un monstruo. Porque para mí, ahora que te conozco, no lo eres. No eres
nada como esperaba.
—Bueno, ¿qué esperabas? —pregunto, inclinando mi cabeza hacia un lado.
—¿Un lunático chupa almas enloquecido que simplemente anda por ahí
follándose a cualquier cosa en dos patas y mata sin pensarlo dos veces?
Hace unas semanas esa evaluación probablemente habría sido acertada. No
tengo el corazón para decírselo.
—Lamento decepcionarte, cariño.
—Oh, no estoy decepcionada —dice, sacudiendo la cabeza—. Me siento
aliviada. Sería un poco aguafiestas dormir junto a un asesino demente. Hablando
de cosas incómodas.
Me estremezco y mi boca se convierte en una mueca antes de que pueda
detenerme. Esos iris ámbar captan de inmediato el cambio en mi expresión, y
Amelie frunce el ceño.
—Oye, ¿qué pasa?
—Nada —respondo, con una sacudida brusca de mi cabeza. No puedo
mirarla a los ojos. Soy más vulnerable en esas profundidades, más honesto.
—No, no es nada. Vamos, Niko. Me has hecho un millón de preguntas y las
he respondido todas con sinceridad. Ahora si he dicho algo para ofenderte, tienes
que decirme. No quiero que me asfixies mientras duermo ni nada así solo porque
estás cabreado conmigo. —Me ofrece una sonrisa pequeña, pero no la devuelvo.
—No voy a lastimarte, ¿de acuerdo? —espeto—. Ya te lo dije. Así que, solo
déjalo.
Amelie retrocede, la confusión y el dolor oscureciendo su rostro.
—Vaya. Está bien, lo siento. No quise decir eso. Fue un mal chiste.
Sacudo la cabeza nuevamente y miro hacia otro lado, disgustado con lo que
debe ver en mí en este preciso momento. Tiene razón, y no la merezco. Ni siquiera
merezco respirar el mismo aire que ella. Si no puedo ser honesto conmigo mismo,
¿cómo diablos puedo ser honesto con ella? Si no puedo aceptar lo que soy, ¿cómo
puedo esperar eso de ella?
—Tengo que decirte algo —digo finalmente, mi cabeza todavía hacia otro
lado.
—Está bien —responde con una voz tranquila y tensa.
Respiro profundamente y exhalo lentamente, dejando ir el miedo y la
renuencia. Si quiero que Amelie confíe en mí con todo su corazón, tengo que ser
honesto con ella. Tengo que ganármela. Tengo que ser mejor de lo que era antes.
—El día que Varshaun vino a buscarme, teníamos algunos asuntos que
atender en el Barrio. —La miro, mis ojos brillando con disculpa—. Lo que se
suponía que era una parada rápida y rutinaria, terminó… sombrío.
—Está bien —dice una vez más, incitándome a continuar.
—¿Alguna vez has oído hablar de Malcolm Boisseau?
Una mirada de disgusto puro cruza por su rostro, respondiendo a mi
pregunta. Ni siquiera espero que me diga cómo lo conoce. La respuesta puede
llevarme al borde de la violencia.
—Seguimos una pista diciéndonos que las chicas de Malcolm estaban
participando en magia negra, la cual está prohibida en esta ciudad. Y mientras
estuvimos allí, algo cayó literalmente en mi regazo. —Me paso la mano por el
cabello, y tiro de los extremos con frustración—. Amelie… descubrí que no solo
estaba explotando a las niñas, sino que también estaba teniendo sexo con ellas.
Estaba abusando sexualmente de las niñas.
Amelie jadea y se tapa la boca con la mano, horrorizada.
—Oh, Dios mío —dice, asimilándolo lentamente—. ¡Oh, Dios mío, eso es
terrible! ¿Cómo…? Espera. ¿Qué quieres decir con que estaba?
Estoy congelado en mi lugar, sostenido por esos ojos penetrantes que
parecen desnudarme hasta el alma. No se cómo decirle; no puedo encontrar las
palabras. He matado docenas de veces sin vergüenza, sin una pizca de
remordimiento o arrepentimiento. Lo he hecho por poder, por venganza,
demonios, lo he hecho por diversión. Pero ahora… ahora que mi conciencia recién
descubierta ha tomado las riendas, ni siquiera puedo encontrar la fuerza para
confesar mis pecados, sin importar cuán justificados estén.
—Dime, Niko… dime qué pasó —dice Amelie justo por encima de un
susurro.
Extiende su mano hacia mí tentativamente, su mirada solemne pidiendo
permiso. Me quedo absolutamente inmóvil, conteniendo la respiración. No porque
tenga alguna fobia extraña con los toques (mierda, lo físico es todo lo que conozco)
sino porque es ella tocándome, consolándome. Ella mostrándome solo una pizca de
afecto. Y justo ahora, a medida que su delicada mano descansa sobre la mía antes
de deslizarse hacia mi palma para entrelazar nuestros dedos, siento que me está
rompiendo, abriéndome. Tomando cada jodida defensa que tenía y demoliéndolas
con un mazo. Soy el único indefenso y débil desplegándose a sus pies. Soy el único
suplicando por su misericordia, completamente a su voluntad.
Pequeñas chispas doradas se funden con el azul, antes de morir a fuego lento
en nuestra piel. Duele. Es agonía dulce y dicha tortuosa. Es todo lo que nunca supe
que quería.
—Amelie —digo en una voz ronca desde algún lugar profundo dentro de
mí—. Lo maté. Maté a ese hijo de puta enfermo. Y me gustó. Me encantó. Y lo
siento.
No habla. Ni siquiera sé si me está mirando. Todo lo que puedo ver son
nuestros dedos entrelazados, esa pequeña parte de nosotros sosteniéndose a… algo.
Algo mucho más grande que los dos.
—Gracias —susurra finalmente.
Mis ojos se dirigen a su rostro rápidamente para encontrar una sonrisa suave
en sus labios, una mirada de admiración en sus ojos. Una mirada que nunca he
recibido en todos mis años.
—¿Por qué?
—Por decirme. Y por salvar a esas niñas. Y por asegurar que nunca más
lastime a otro niño.
—Pero… pero ahora sabes lo vil que soy. Ahora sabes que soy un asesino.
Una risita inesperada burbujea desde su pecho.
—Niko, siempre he sabido que eras un asesino. No olvides que he sido
testigo de tus trucos durante los últimos diez años. No digo que esté bien con el
asesinato. De hecho, estoy totalmente en contra. Pero lo que hiciste hoy no fue
asesinato, fue redención. Fue justicia. Fue necesario.
Nos quedamos dormidos uno al lado del otro, como siempre, pero con las
manos entrelazadas. Es curioso cómo un gesto tan casto puede ser tan insondable,
tan profundamente íntimo. Nunca me he sentido más cerca de otra alma, ni
siquiera cuando estuve enterrado dentro de ellas, respirando su vida en la mía. Y
ahora que lo he sentido, nunca más quiero dejarlo ir. No quiero volver a dejar que
ella se vaya.
Siento que Amelie se agita en la noche, y su mano está apretando la mía con
suficiente presión para cortar la circulación. Mis ojos se abren de inmediato y estoy
cerniéndome sobre ella, agarrando sus hombros.
—No, no, no —solloza, grandes lágrimas cayendo por ambos lados de su
rostro. Sus párpados cerrados revolotean rápidamente y está cubierta de sudor—.
No, por favor, no. Por favor, vuelve a mí. ¡No me dejes!
—Amelie —llamo, sacudiéndola suavemente—. Amelie, despierta. Estás
teniendo una pesadilla.
—¡Oh, Dios, no! ¡Por favor! Haré cualquier cosa… ¡no, no, no! —Su cuerpo
tiembla incontrolablemente, despertando mi alarma. Tengo que hacer algo. Tengo
que ayudarla.
—¡Amelie! Amelie, escúchame. ¡Despierta! —El pánico aumenta en mi
pecho, y paso una mano por su frente, con un solo dedo empapado en llamas
azules.
Nada.
Mierda.
Su cuerpo convulsiona aún más, y sé que esto es más que un simple sueño.
La sacudo más fuerte, ambas manos ahora encendidas.
—¡Vamos, Amelie! ¡Despierta! ¡Maldita sea, despierta ahora!
Su cuerpo se queda inmóvil, y sus gemidos cesan. Ni siquiera creo que esté
respirando, aunque puedo escuchar los latidos de su corazón claramente. Me aferro
a ese pedazo de esperanza. Aún está conmigo.
Justo cuando mi mano acaricia su mejilla húmeda, los ojos de Amelie se
abren de golpe, sus retinas son tan negras como el ónix. Esto no es mágico. Ni
siquiera es natural. Es maldad.
Antes de que pueda pensar en reaccionar, me dirige su siniestra mirada
negra a medida que agarra mi mano, apretándola hasta que puedo sentir mis
huesos crujir.
—Pagarás, demonio. Pagarás en sangre —escupe una voz escalofriante. Ni
siquiera está remotamente cerca de su tono armonioso—. ¡Vienen, y tú pagarás!
Arderás por lo que has hecho. ¡Arderás, demonio!
Aparté mi mano de su apretón justo cuando cerró los ojos y su cuerpo se
hundió en un sueño anormal. Todo mi cuerpo tiembla, un hormigueo helado corre
por mis venas pulsantes. Mis instintos me dicen que la mate ahora. Que perfore su
pecho y pulverice su corazón con mis propias manos. Cualquier cosa que está
poseyéndola necesita un corazón que lata, y no dejaré que se la lleve. No dejaré que
se lleve a mi Amelie.
Con una mano temblorosa, me estiro hacia ella, apenas tocando el espacio
donde su órgano vital más preciado yace protegido. No quiero, pero no sé qué más
hacer. No tengo otra opción.
Su mano agarra la mía de repente, pero esta vez, el toque es suave, gentil. La
acerca más a ella, aferrándola a su corazón. Sus ojos se abren de par en par, una
vez más… y brillan. Sus iris dorados mirándome, llenando la habitación de
brillante luz cegadora.
—Ayúdala —susurra una voz. No es su voz, pero es vibrante y femenina, sin
una pizca de malicia—. Sálvala.
—¿Cómo? —Me encuentro preguntando con labios temblorosos. Ni siquiera
sé con quién, o qué, estoy hablando pero nada más importa aparte de salvar la vida
de Amelie.
—Para salvarla, debes conocer el amor —dice la voz pequeña—. Debes
amarla.
Y entonces, todo se vuelve negro. Tranquilo.
Oscuro.
La habitación se siente silenciosa y fría, con solo el ritmo del latido
constante de Amelie resonando en mi cabeza. Incluso después de todo lo que pasó,
después de ver su rostro retorcido por el mal absoluto, se ve tan pacíficamente
dormida. Incapaz de soltarla, me acuesto a su lado y la abrazo, colocando su
cabeza en mi pecho. La sensación de abrazar a otra persona, acunarla con tanto
cuidado y afecto es extraña, pero no desagradable.
No. Es jodidamente perfecto.
Amelie envuelve su brazo alrededor de mi cintura, frotando su mejilla contra
mi pecho. Deja escapar un suspiro suave que termina en un murmullo.
—Mmmm —sonríe—. Niko.
¿Cómo dijo?
Estudio su rostro para asegurarme que aún está dormida. Su respiración es
profunda y constante, y sus párpados están sellados. Sabía que estaba soñando
conmigo, pero nunca la había escuchado decir mi nombre. ¿Y la sonrisa unida a
ella? Mierda. Siento que acabo de morir mil muertes dulces.
Abrazo a Amelie con fuerza durante toda la noche, como si pudiera escapar.
Y la verdad es que, podría hacerlo. Algo más, algo profundamente malvado y
anormal, ha corrompido su cuerpo. Ha ennegrecido su alma y ha reclamado esos
sorprendentes iris ámbar. Solo espero ser lo suficientemente fuerte como para
reclamar su corazón.
Ocho
—Entonces… ¿qué piensas?
S
us pequeños ojos rojo sangre están entrecerrados especulativamente.
Sé que esto es malo. No va a terminar bien para Amelie… o para mí.
—Definitivamente suena como si estuviera poseída —responde
Cyrus, frotando el mechón de vello oscuro en su barbilla. Escanea el bar bajo la
poca luz en busca de espías antes de volver a ponerse los lentes. No es que nadie se
alarmara; es un establecimiento que pertenece y es operado por Oscuros.
—Pero la mierda con la Luz… ¿cómo explicas eso?
—La Luz en ella está luchando contra eso. Pero cualquier cosa que esté en
ella, cualquier mal que corra por sus venas, es fuerte. Especialmente para
manifestarse así.
Ambos nos sentamos en silencio, sorbiendo nuestras bebidas mientras
reflexionamos sobre la teoría de Cyrus. Unos pocos clientes más entran cuando cae
la noche. La oscuridad da vida a las bestias.
—¿A quién más le has contado sobre…? —Mira a su alrededor para
asegurarse que nadie esté abiertamente interesado en nuestra conversación—…
¿sobre su herencia?
—Nadie —respondo, sacudiendo la cabeza—. No se lo he dicho a nadie más
que a ti.
—Porque sabes lo que eso significaría para ella.
No tiene que decirlo. Sé exactamente cuál sería el destino de Amelie. El cual
aún podría ser.
—¿Y no recuerda nada de esa noche?
Sacudo la cabeza.
—No recordaba nada. Aunque, mencionó que tuvo un sueño… dijo que la
asustó.
Cyrus mira por encima del borde de sus lentes oscuras, sus ojos rojos
resplandeciendo con sed de sangre.
—Continúa.
Respiro profundo, sin querer decirlo en voz alta. Sé cómo debe sonar.
Mierda, suena jodidamente sospechoso incluso en mi cabeza.
—Soñó que estaba en el suelo, muriendo, rodeado de un charco de sangre. Y
ella… estaba parada sobre mí, aparentemente como mi asesina.
—Mierda —murmura Cyrus.
—Sí. —Bajo el resto de mi bourbon y pido otro—. Entonces, honestamente,
¿cuál es tu opinión sobre esto? ¿Qué debería hacer?
Puedo ver las cejas de Cyrus levantarse incluso detrás de sus lentes.
—Te preocupas por ella, ¿no?
Bajo los ojos a la mesa de madera.
—Más de lo que mi tonto trasero debería.
—Hmph —resopla. Inclina el resto de su whisky con sangre—. Regresaré a
Skiathos. Investigaré un poco. Mientras tanto, haz lo que te dijo.
Mis ojos se alzan para encontrar su sonrisa de complicidad. Aunque no está
destinada a eso, lo hace ver aún más amenazante contra sus colmillos afilados.
—¿Qué?
—Haz lo que te dijo que hicieras. Ayúdala. Sálvala. —Sonríe ampliamente
para conseguir un efecto adicional, y solo veo un pequeño vislumbre del bruto
astuto de mi infancia—. Ámala.
—No lo sé —digo sacudiendo la cabeza, aunque no puedo ocultar mi propia
sonrisa—. No sé si es posible.
—Pero hagas lo que hagas —agrega severamente en voz baja—. No le
cuentes ni a otra alma sobre ella. Lo digo en serio, Niko. ¿Sabes lo que harían tus
enemigos con ese tipo de información? Eso es como entregarles un arma cargada.
—Lo sé. Sé eso, Cy. Pero ¿cómo la protejo? ¿Y qué te hace pensar que
incluso siente algo por mí?
—Duerme a tu lado todas las noches, ¿cierto?
—Sí.
—¿Y ya la habitación no está hechizada?
—Cierto.
—Entonces, no lo pienso —comenta, la certeza resonando a través de su
grave voz ronca—. Lo sé.
La casa está en pleno apogeo más tarde esa noche, los impíos y depravados
hambrientos por probar el tabú. La noche es inusualmente cálida para el otoño, y la
carga eléctrica en el aire envía un calor punzante por toda mi piel. Esta no es una
noche ordinaria. Es Halloween, y eso significa más que solo espectros, duendes y
dulces para los niños. Los Oscuros están ahí afuera jugando.
Me dirijo a mi habitación, esquivando telas de araña falsas, fantasmas de
sábanas y otras cosas llamativas. Las chicas se divirtieron mucho decorando, y
ahora estarán ganándose el sustento. Todos están un poco más susceptibles, más
abiertos en Halloween.
Amelie no está en mi habitación, y algo se retuerce en mis entrañas. Quiero
decirle cómo me siento. Decirle que me preocupo por ella y que haré cualquier cosa
para protegerla. Decirle que tenerla trabajando como ama de llaves sexificada era
solo mi forma inmadura de mantenerla cerca de mí. Después, espero que sienta
algo por mí. Algo lo suficientemente fuerte como para hacer que la hermosa
doncella se quede con la bestia.
Sirvo un vaso de bourbon, pero nunca alcanza mis labios. Se estrelló contra
la pared en un millón de fragmentos pequeños, el licor castaño acumulado en el
suelo. Estoy mirando unos ojos azules brillantes, mis dientes apretados y mis labios
tensos por la furia. Un escalofrío recorre mi cuerpo, encendiendo la llama ardiente
en la punta de mis dedos. Mis ojos resplandecen, alimentados por una ira
inconfundible.
—Tienes treinta segundos para explicar lo que estás haciendo en mi
habitación antes de que te arranque la puta cabeza y devuelva esa mierda a
Skiathos. —Mi mano se aprieta alrededor de su cuello, levantándola de sus tacones
de diez centímetros.
—También es bueno verte, Niko. —Aurora sonríe a través del dolor en su
cuello—. Puedo ver que me extrañaste. Tienes toda una fiesta de bienvenida aquí.
Aprieto más fuerte.
—Veinte segundos, perra.
Sus ojos azules destellan con su propia ira, pero su sonrisa comemierda
permanece intacta.
—Traigo noticias. Noticias sobre tu hermano que necesitas saber.
¿Noticias? ¿Noticias sobre Dorian?
La suelto bruscamente y vuelvo al bar mientras ella se arregla el cabello y la
ropa.
—Bien. Habla.
—Estoy muy bien, gracias por preguntar. No, no hay necesidad de
agradecerme por venir hasta aquí para compartir información secreta contigo que
podría hacerme decapitar —dice con su molesta voz cantarina.
—Muy bien, ahora que las bromas están fuera del camino, habla. O vete. —
Engullo el vaso de un trago y sirvo otro. Voy a necesitar un galón para aguantar a
la intrigante ex manipuladora de mi hermano.
—Qué pena, Niko. Tenías mucho potencial. —Inspecciona sus uñas
pintadas de rojo, ignorando mi orden—. Ahora, mírate. Nada más que un
proxeneta en un traje caro.
—¿En serio tienes información, Aurora? ¿O finalmente te has dado cuenta
que pueden pagarte por ser toda una puta asquerosa? —La miro de arriba abajo,
haciendo una mueca de disgusto. Ni siquiera la ropa de diseñador y todos los
accesorios que carga podrían hacerla menos zorra—. Aunque, no lo sé. Tu coño ha
sido atravesado más veces que el Túnel Mulholland. Supongo que puedo
mantenerte cerca para las orgías o los animales de granja.
Se acerca a mí acechante, con su habitual sonrisa dulce y enferma, sin
inmutarse por mis insultos. Aurora solo escucha lo que quiere escuchar, y en su
mente, probablemente estoy profesándole mi devoción eterna. Perra loca.
—Oh, pequeño Skotos. Siempre tuviste un don con las palabras.
¿Ves? Una jodida lunática de mierda.
—Bueno, escucha estas palabras. Vete. De. Una. Jodida. Vez. —Le doy la
espalda, negándome a considerarla ni un segundo más.
—Dorian ha desaparecido.
Me giro y entrecierro los ojos.
—¿Qué?
—Ha desaparecido… su compañero y él. Ambos desertaron de la Sombra.
Nadie sabe dónde están y han llegado al punto de esperar lo peor.
—No está muerto, Aurora. —No. No puede estarlo.
Sacude la cabeza.
—Tampoco creo que lo esté. Pero algo definitivamente está mal. ¿Y si ha
sido herido gravemente y está retenido? ¿Y si está siendo torturado?
Aunque sus palabras están llenas de preocupación, su rostro y sus ojos
cuentan una historia diferente. Aurora es tan transparente como vienen. Es falsa…
hipócrita. En realidad, no se preocupa por Dorian, nunca lo hizo. Solo le importaba
lo que su título podía hacer por ella. Todo lo que Aurora veía era una corona.
—Estoy preocupada —continúa, fingiendo compasión—. Creo que tu padre
al menos podría averiguar si ha sido capturado. Tendrían que devolverlo como
señal de diplomacia.
—Tal vez —me encojo de hombros—. ¿Por qué no le preguntas? Viendo
como lo conoces íntimamente y todo eso. ¿O te folló y te olvidó como todos los
demás en tu miserable vida?
La ira tiñe sus mejillas, pero la apariencia de Aurora es perfectamente
impasible. No es cualquier puta caza fortuna; es una puta caza fortuna que también
se folla al padre. Y ya que mi padre, el rey regente de los Oscuros, es igual de
desagradable, Dorian se vio obligado a ser testigo de la indiscreción.
—Espera. ¿El gato te comió la lengua? —insisto—. ¿O chupar cada pene en
la tierra finalmente te afectó?
Y lo veo. La grieta en su armadura. Ese pequeño destello de emoción que
hace que Aurora parezca casi humana.
Sus manos tiemblan a los costados a medida que camina hacia mí.
—¡Sabes que no pude evitar eso! Sabes que yo…
—¡Oh, Dios mío! —resopla Amelie cuando abre la puerta, vestida con su
escaso traje de mucama francesa—. Estoy tan harta de esos…
—¿Quién carajos es esta? —sisea Aurora, el veneno destilando de sus dientes
blancos y brillantes—. ¿Así es cómo se comportan las putas por aquí?
Amelie me mira en busca de orientación, su boca abierta y esos ojos
ambarinos llenos de preguntas. Mierda. ¿Estaba tan empeñado en despreciar a
Aurora que ni siquiera pude sentirla acercándose?
—Aurora, esta es Amelie, y no es una prostituta —explico con voz plana—.
Amelie, Aurora, se estaba yendo.
—¿Ya me iba? —pregunta Aurora, clavando sus ojos en mí, luego de vuelta
a Amelie—. No. Aún tenemos asuntos que discutir, así que si nos disculpas…
Puedo ver el dolor y la ira de Amelie hirviendo apenas bajo la superficie,
haciéndola aún más fácil de detectar. Tengo que sacar a Aurora de aquí ahora
mismo. Si siquiera capta el mágico toque único de Amelie, no dudará en matarla.
Y matar a otro miembro de los Oscuros, especialmente a un Orexis, está muy mal
visto.
—¿Qué tal si te veo abajo para tomar una copa, Aurora? —digo con mi voz
más amable posible—. Solo déjame hablar con Amelie, y en seguida te alcanzo.
Los ojos escépticos de Aurora se deslizan entre Amelie y yo antes de asentir.
—Bien. Pero no tardes demasiado. No me gusta esperar. —Luego se
pavonea por la puerta sin siquiera una segunda mirada.
—Guau —comenta Amelie, cerrando la puerta detrás de ella—. ¿Quién era
ese solecito alegre?
Exhalo aliviado de que Amelie no se desanima totalmente por estar aquí a
solas con Aurora. Estoy frente a ella, en tres pasos rápidos, dejando que la calidez
de su alma caliente el espacio helado que Aurora ha dejado atrás.
—La psicótica ex novia de mi hermano. Muy encantadora, ¿verdad?
—¿La que lo hizo irse de la ciudad? ¿Esa ex novia?
—La misma.
Amelie niega con la cabeza.
—No puedo decir que lo culpo.
Ambos compartimos una carcajada a expensas de Aurora cuando veo a
Amelie hacer una mueca. Es entonces cuando noto un pequeño moretón violáceo
en la esquina de su boca.
—¿Qué pasó? —pregunto, acercándome para inspeccionar el lugar
ligeramente hinchado.
—Hablando de solecitos… puede que quieras ponerle un bozal a tu perra
rubia —dice poniendo los ojos en blanco.
—¿Qué pasó? —pregunto aún más severamente.
Amelie se encoge de hombros.
—No es nada, de verdad. Solo otro día en las Casas de las Fulanas.
Sunshine siguió hablando sobre cómo recibo un tratamiento especial y cómo debo
estar metida en una mierda enferma para haber llamado tu atención. Dudo que
diga mucho de nada por un tiempo. Lo siento, pero estará fuera del servicio de las
mamadas durante al menos una semana —dice con un guiño.
—¿Te golpeó? —espeto, la furia iluminando mis ojos.
—¿No escuchaste la parte en que pateé su culo? Está bien, Niko. En casa he
tenido que lidiar con perras más grandes que ella.
Intento domar los sentimientos de frustración e impotencia a medida que
miro a los ojos de Amelie, buscando alguna señal de que en serio está bien.
Levantando una mano, rozo la contusión suavemente con la punta de mis dedos,
provocándole un gemido.
—Lo siento, ¿te lastimé?
Antes de que pueda apartar mi mano, la cubre con la suya.
—No. No, en realidad, se siente bien. Siempre estás tan frío. Como mi
propia bolsa de hielo personal —sonríe.
Me deleito en la sensación de sus labios contra mis dedos, el ardor sutil casi
inexistente, aunque hay un calor indescriptible entre nosotros.
—Puedo ayudarte, ya sabes —digo en voz baja, mi mano todavía presionada
contra su boca deliciosa. No quiero dejar de tocarla. No puedo verme tocando a
nadie más por el resto de mis días.
—¿Cómo? —susurra.
Una neblina azul cae sobre su rostro y se refleja en sus ojos cuando mis
dedos se iluminan con un fuego azul iridiscente. Se estremece ante el frío inicial
antes de reírse contra mi mano.
—Es tan… extraño. Frío, pero caliente. Y el hormigueo.
—Sí —respondo, con una sonrisa tonta. Es la primera vez que me expongo
así con un humano—. Supongo que es un testimonio de los Oscuros. Somos fríos,
insensibles, pero de muy mal genio y explosivos cuando estamos agitados.
Amelie niega con la cabeza, pero aún mantiene su mano sobre la mía,
negándose a romper el contacto. El calor se enciende y se extiende por todo mi
cuerpo.
—No todos los Oscuros. Tú no.
Nos miramos el uno al otro en silencio, con sonrisas suaves en ambos labios,
mientras froto suavemente el moretón en la cara de Amelie.
—¿Qué le estás haciendo? —pregunta maravillada.
—Simplemente acelerando el flujo de sangre en el área y adormeciendo el
dolor por ti.
—No duele tanto.
Me encojo de hombros, solo el sabor de la verdad descansando en mi
lengua.
—No quiero que nunca más sientas dolor. Ni siquiera el más mínimo.
Las mejillas de Amelie arden con un sonrojo rosado y se chupa el labio
inferior, capturándolo entre sus dientes.
—Entonces… ¿me estás sanando?
—No puedo sanar —respondo, sacudiendo la cabeza con pesar—. Es solo,
ciencia simple.
—No hay nada de simple en esto. Ya ni lo siento. Eres increíble, Niko.
Me doy cuenta que he estado estudiando sus labios rosados por más tiempo
del que debería y levanto mis ojos para encontrar los suyos, solo para descubrir que
ella también está mirando mis labios. Nuestros ojos conectan, nuestras bocas se
separan simultáneamente para saborear el aire entre nosotros, teñido de anhelo y
deseo.
—¿Te entumecí demasiado? —pregunto con voz ronca.
Amelie mueve la boca adorablemente y sacude la cabeza.
—No lo creo. ¿Por qué?
Solo unos centímetros se encuentran entre nuestras bocas a medida que miro
esos ojos peculiares, preguntándome cómo sobreviví alguna vez sin sentir el calor y
la bondad de Amelie. Y cómo me apetece saborear los rayos del sol, las flores
silvestres y el azúcar moreno en mi lengua.
—Porque en realidad quiero que sientas esto.
Nuestras bocas colisionan en un borrón febril de labios, lenguas y manos.
Este no es uno de los besos de cuento de hadas que lees en los libros. No los lindos
piquitos de las películas de chicas. Es una pasión cruda combinada con semanas de
anhelo y deseo. Es entrar en territorio desconocido, aterrorizado de lo que podría
estar al otro lado, pero es jodidamente emocionante hacerlo. Es abrazar el tabú,
saborear la fruta prohibida y deleitarse con su dulce, dulce néctar.
Besar a Amelie enciende fuegos artificiales en mi vientre y hace que mi frío
corazón muerto florezca con vida. No sabía que los labios podían sentirse tan
suaves. Que una lengua podía saber tan deliciosa. Que sus delicadas manos podían
sentirse tan jodidamente eróticas mientras se deslizan por mi cabello, atrayendo mi
boca aún más cerca. Por eso no había besado a nadie en décadas. No había
necesidad de ser tan íntimo con nadie. No hay necesidad de montar una farsa
cuando de todos modos, sabía que el sexo era inevitable.
Pero Amelie… maldición.
No quería dejar de besarla. No podía imaginar no tener su sabor en mi
lengua. Los pequeños sonidos de éxtasis que hacía en su garganta mientras
acariciaba su pequeño cuerpo haciéndome querer más, pero esto era suficiente. Era
más que suficiente.
Sintiendo sus suaves curvas tan flexibles bajo mis dedos ansiosos,
imaginando lo verdaderamente frágil que era, me hizo sentir que poseía una joya
preciosa y rara. Quería tocarla por todas partes. Marcarla en lugares que ningún
otro hombre podría ver. Ser el único hombre que sentiría la suavidad de su piel
alguna vez.
Minutos, horas, la eternidad pasa mientras estamos embelesados en los
brazos del otro. Ella me mira, con una sonrisa tímida en sus labios ahora
hinchados.
—¿Por qué esa mirada? —pregunto, llevando la misma expresión.
—Nada —sonríe, sacudiendo la cabeza—. Solo pensaba que eso fue mucho
mejor que mis sueños.
Exhalo, deseando desesperadamente poder quedarme en este momento con
ella. Permanecer ajeno a los asesinos, prostitutas y degenerados que acechan justo
afuera de la puerta de nuestra habitación.
—Por mucho que me encantaría quedarme aquí y reproducir todos esos
sueños, sé que Aurora se está impacientando. Y cuando está impaciente, es aún
más jodidamente molesta. Tengo que bajar y ver qué quiere. Después… después
soy todo tuyo.
Incluso aunque las palabras salen de mis labios, ni siquiera puedo creer que
las esté diciendo. Soy bueno con las palabras, pero generalmente hay una
connotación vulgar asociada a ellas. Abre tus piernas. Mírame mientras te follo. Chupa
más duro, más profundo. Y mi favorita: Levántate y piérdete.
Pero con Amelie, ni siquiera podría decir esa estúpida mierda, incluso si
quisiera. Y esa es la cosa: no quiero. Incluso pensar en eso me enferma.
—Está bien —sonríe, mirándome a través de sus largas pestañas oscuras—.
Solo me ducharé. ¿Y tal vez iré corriendo a la cocina y nos busco algo de cenar?
Presiono mis labios contra su frente, inhalando el aroma embriagador de su
cabello.
—Eso suena perfecto. —Y milagrosamente, lo hace.
Me dirijo al salón para encontrar a Varshaun y Aurora encorvados en un
intercambio silencioso a medida que Nadia y algunos de mis hombres conversan
mientras beben. Los astutos ojos azules de Varshaun resplandecen con picardía
cuando frunce el ceño hacia Aurora. Ella le acaricia el brazo con familiaridad, y se
acerca para susurrar algo en lengua Oscura… algo demasiado rápido para que yo lo
escuche.
Sintiendo el calor de mi mirada, Varshaun sacude la cabeza y aparta la
mano de su antebrazo.
—Qué amable de tu parte unírtenos, Niko —sonríe con picardía—. Parece
que has estado escondido en tu habitación durante semanas. Casi nunca te vemos.
—¿Ah, sí? —replica Aurora, su voz destilando falsedad.
—Ah, Niko tiene un juguete nuevo. Y si fuera él, también jugaría con ella
todo el tiempo —agrega Nadia, deslizándose a mi lado. Me da un vaso fresco de mi
bourbon favorito antes de besar mi mejilla, sus brillantes ojos azules centelleando
con cariño. Me ama. No como amante, sino como amigo. Un hermano. Durante
décadas, Nadia ha sido una parte fundamental de mi equipo, cuidando a las chicas
que empleo e incluso disfrutándolas en ocasiones.
—Bueno, ¡esperemos que no rompa a esta! —se burla Varshaun con una risa
bulliciosa.
Pongo los ojos en blanco, esperando descongelar mi molestia y conjurar el
calor que me invadió unos minutos antes. Incluso mientras se ríen y bromean a mi
costa, lo único en lo que puedo pensar es en Amelie. Quiero sentir ese ardor en mis
labios, avivar el fuego con mis manos ansiosas. Besar al sol y dejar que su brillo me
ciegue hasta que todo lo que pueda hacer sea disfrutar de su sonrisa suave.
—Bueno, tal vez Niko nos permita jugar con su nueva pequeña mascota —
escucho sugerir a Aurora, volviéndose hacia Varshaun.
Él sacude su cabeza.
—Créeme, lo he intentado. Pero aún no ha terminado de divertirse. Creo
que lo desgastaremos pronto —responde con un guiño.
Estoy a punto de abrir la boca para… maldita sea. ¿Qué iba a decir? ¿Cómo
puedo decirles que se vayan a la mierda sin poner en peligro mi postura como su
príncipe despiadado e incansable? ¿Y sin disipar el despertar y revelar quién soy en
realidad y lo que quiero realmente?
Miro alrededor a las caras joviales, hablando por encima de copas de cristal
de buen bourbon y vino. A parte de Aurora, estas son las personas con las que he
pasado todos los días durante las últimas décadas. Mis supuestos amigos. Pero no me
conocen. Ninguno de ellos lo hace. Ni siquiera Nadia, quien se preocupa por mí
genuinamente como su propia familia. Ni siquiera Varshaun, quien ha sido mi
ayudante y mano derecha durante más tiempo que toda una vida humana. Hemos
peleado juntos, matado juntos… demonios, incluso hemos follado juntos. Aun así,
no tiene idea del conflicto hirviendo justo debajo de la superficie. No sabe que
lucho con esto… con lo que soy. No sabe que la mayoría de los días, bailo con la
muerte solo para sentir algo parecido a la vida. Que mi hambre de poder es tan
profunda y real como mi culpa y vergüenza.
—No me digas que han atrapado al pequeño Skotos —se burla Aurora,
colocando una mano perfectamente cuidada en mi pecho—. No el tipo que se folló
a más de la mitad de los Estados Unidos continentales durante los años 60.
Seguramente están equivocados.
Esbozo una sonrisa diabólica y levanto una ceja oscura, listo para defender
mi reputación manchada cuando un movimiento por encima de la cabeza de
Aurora me llama la atención. Los ojos de Amelie están completamente abiertos y
relucientes con lágrimas sin derramar, su boca perfecta en una línea apretada. Una
bandeja de comida se sacude visiblemente en sus manos temblorosas. Siguiendo mi
línea de visión, Aurora gira la cabeza lentamente, su fría mirada penetrante
recorriendo todo el cuerpo de Amelie. Se vuelve hacia mí, con una sonrisa burlona,
esperando mi reacción.
—Ah, pequeño Skotos, parece que las putas se están poniendo muy
cómodas por aquí. Puede que tengas que azotar el látigo un poco más fuerte. Lo
cual estoy segura que disfrutarás.
Agarro la mano de Aurora lo suficientemente fuerte como para que los
huesos se quiebren y la quito de mi camisa. Hace una mueca cuando mis ojos se
encuentran con los de ella, mi mirada de acero ardiendo con ira.
—No hay nada pequeño en mí, Aurora. Pero, por supuesto, no lo sabrías, ya
que he rechazado cada uno de tus débiles avances. —Me acerco aún más, tan cerca
que el hielo de mi maldita voz casi deja escarcha en sus pendientes de diamantes—.
Y si alguna vez la vuelves a llamar puta, te cortaré la jodida lengua y la meteré en
tu maldito coño flácido. Ahora, si me disculpas…
La paso sin decir una palabra más, avanzando en dirección a la retirada de
Amelie, casi corriendo a mi habitación, a nuestra habitación, antes de dejar la
bandeja y darse la vuelta para mirarme.
—Amelie, yo…
Levanta una mano y sacude la cabeza.
—No te molestes. No me debes una explicación. No me debes nada.
—Pero lo hago. Te debo más de lo que podría darte. Te debo la verdad.
—¿La verdad? —Frunce el ceño y coloca una mano sobre su cadera
estrecha—. Pensé que eso era lo que me habías estado dando todo este tiempo. Al
menos eso es lo que prometiste cuando juré ser totalmente sincera contigo.
Entonces, ¿qué? ¿Todo eso fue una mentira?
Me siento a los pies de la cama y acaricio el espacio vacío a mi lado.
—Lo he hecho. Al menos tan honesto como puedo ser. Por favor. Déjame
explicarte.
Amelie se sienta en la cama aunque unos sesenta centímetros separan
nuestros cuerpos. Hace unas semanas atrás, eso no me habría molestado. Pero
ahora… ahora que sé lo que se siente tener su cuerpo junto al mío, mis brazos
rodeando su pequeño cuerpo, poseyéndolo, se siente demasiado lejos. Ni siquiera
me di cuenta de lo permanente que se había convertido en mi vida. Lo fácil que era
familiarizarse con ella. Lo natural que se había tornado sentir ese ardor debajo de
las yemas de mis dedos cada vez que nos tocábamos. Lo anhelaba. Significa el
fuego entre nosotros: el calor inconfundible que nunca, jamás morirá.
Se lleva las rodillas contra su pecho y las rodea con sus brazos. Al igual que
lo hizo la primera vez que despertó en mi cama. Tiene miedo. Miedo de mí.
—Necesito explicarte por qué te pregunté si alguien sabía de ti. Y por qué
nadie puede saber sobre nosotros… sobre cómo me siento.
—¿Cómo te sientes? —Su voz es entrecortada y ligera, casi un susurro.
—Sí —asiento—. Pero primero necesito decirte algo. Y si todavía quieres
saber más, te lo diré. ¿De acuerdo?
Asiente y tomo eso como mi señal para acercarme más a su lado, tomando
sus manos en las mías.
—Amelie, los Oscuros, especialmente los Skotos, han sido enemigos jurados
de los Laveau durante décadas. Hace muchos, muchos años, gobernaron sobre
Louisiana. Eran la familia más influyente en el golfo y albergaron una gran
cantidad de poder por las brujas humanas, algo prácticamente desconocido. A lo
largo de la historia, mi especie ha tenido que intervenir cuando ciertos clanes se han
vuelto demasiado grandes o demasiado poderosos. Pero los Laveau… no
retrocederían, especialmente después de que Marie fuera eliminada. Su familia, tu
familia, prometió vengar su muerte.
Los grandes ojos resplandecientes de Amelie me instan a seguir. Le paso un
mechón de cabello detrás de su oreja antes de llevarme sus manos a mis labios,
inhalando suavemente.
—Por orden de mi padre, intentamos matarlos a todos. Lo que los libros de
historia llaman el huracán Cheniere Caminanda de 1893, la tormenta más
mortífera que jamás haya afectado a Louisiana, fue obra de los Oscuros. Fue una
masacre deliberada que mató incluso a mujeres y niños inocentes. Los Laveau
habían crecido como un cáncer, y los Oscuros lucharon para acabar con todos. Sin
embargo, algunos sobrevivieron y pasaron a la clandestinidad, así que cada pocos
años, lo hacemos nuevamente. Hasta que se haya ido el último.
Un pequeño gemido escapa de su pecho, y se tapa la boca con la mano,
luchando contra las lágrimas.
—No —chilla, su mano amortiguando su súplica—. No digas eso. ¡No voy a
creerlo!
La atraigo hacia mi pecho y coloco mis labios en la coronilla de su cabeza,
aunque intenta luchar contra mí. Solo quiero abrazarla. Necesito hacerlo. Puede ser
la última vez que beso al sol.
—Lo siento, nena. En serio lo hago. No quería decirte. No quería hacerte
daño.
—¿Por qué? ¿Cómo pudiste? —Sus lágrimas fluyen libremente, pero resisto
el impulso de probarlas. No le haré eso. No la dejaré ver la mierda enferma que soy
en realidad—. No entiendo. ¡Ayúdame a entender por qué!
—Mantenimiento. —No conozco otra forma de decirlo. Sin importar lo
mucho que quiera que sea una mentira, la verdad es tan fea y aborrecible como
siempre ha sido. Y es mi verdad. Mi fealdad.
—¿Puedes detenerlo? —pregunta, mirándome con ojos suplicantes—. Por
favor, personas inocentes están muriendo. ¡Sus hogares, sus vidas! Puedes arreglar
esto, ¿verdad?
—Ojalá pudiera. Me enviaron aquí para monitorear la actividad paranormal
en el área. Cada vez que hay un aumento en el uso de la magia, es mi trabajo
informarlo. Para que así, podamos prepararnos…
—… Para matar a más personas. Para destruir mi ciudad. —Se aleja de mí y
me da la espalda.
—Necesito tu ayuda, Amelie.
—¿Mi ayuda? —Gira para mirarme, esos ojos ambarinos centellando de
ira—. ¿Quieres que te ayude? ¿Después de que admitiste haber enviado huracanes
para demoler mi hogar?
—Sí —asiento, tragando un nudo en mi garganta—. Porque si no lo haces,
algo sucederá. Algo malo. Y si me ayudas, podemos evitar más destrucción.
—Bien —resopla—. Dime qué necesitas.
Respiro profundo, reacio a conjurar recuerdos del rostro de Amelie
distorsionados por la repugnancia.
—Ha habido un aumento en el uso de la magia. Nigromancia para ser
exactos. Y huele a Vudú Laveau. La nigromancia en sí es motivo de acción… para
el exterminio masivo. —Espero a que se oponga, pero continúa mirándome
fijamente, el calor en sus ojos extinguiéndose. Continúo—. La otra noche, mientras
dormías, tuviste una pesadilla. Intenté despertarte porque estabas muy asustada, y
cuando lo hice, algo… alguien, se había apoderado de tu cuerpo. Había poseído tu
alma y tu lengua. Me habló.
—¿Qué… qué? ¿Poseída? ¿De qué estás hablando?
—Magia negra, Amelie. Los Laveau saben que te tengo. Y algo me dice que
quieren usarte como un vehículo, para que cumplas sus órdenes.
—Eso es una locura —refuta, sacudiendo la cabeza.
—Amelie, escúchame —le ordeno, agarrando sus hombros—. Están
dispuestos a sacrificarte para vengarse. Saben que te masacrarán y no les importa ni
mierda. No dejaré que eso suceda, Amelie. Lo juro. No puedo perderte. Ahora que
te he encontrado… no puedo perderte.
Sus labios tiemblan mientras roza mi mejilla con su palma.
—Está bien. Te creo. Solo dime lo que necesito hacer.
Le cuento más sobre la nigromancia y su historia entre los Laveau.
Comparto con ella las pistas dejadas alrededor de la ciudad, incluso la información
que solo mi círculo íntimo conoce. Escucha atentamente, asintiendo, confiando en
mí como confío en ella. Le cuento todo, incluso las partes que hacen que mi pecho
duela de vergüenza. Escucha, apretando mi mano y mirándome con comprensión y
perdón.
No merezco a esta chica. Nunca me ganaré el derecho de escuchar su risa o
de poseer la bondad de una de sus sonrisas. O sentir esos suaves labios acariciando
los míos. Incluso sabiendo esto, la quiero. La necesito.
Nos acostamos uno al lado del otro como lo hacemos todas las noches, uno
frente al otro a medida que los árboles fuera de mi ventana proyectan sombras
sobre su rostro.
—Nunca me dijiste cómo te sientes —susurra, sus ojos pesados del
cansancio.
—¿Quieres que te lo diga ahora?
—No —responde, con un pequeño bostezo—. No, no tienes que decirme.
Solo muéstrame.
Cierro los centímetros entre nosotros y la envuelvo en mis brazos,
enterrando mis labios en su cabello con aroma a flores silvestres. Se acurruca en mi
pecho y suspira. Puedo sentir cada hueso de su cuerpo relajarse mientras duerme.
Le mostraré. La salvaré. Porque la amo.
Nueve
—¿A dónde vamos?
M
iro desde el asiento del conductor y guiño un ojo, haciendo que
un sonrojo tiña las mejillas de Amelie.
—Ya verás. Paciencia, amor.
—Bien —responde, cruzando los brazos sobre el pecho—. Habría sido
agradable si al menos me hubieras dicho cómo vestirme. Debo verme ridícula
sentada en un automóvil tan caro, como una indigente.
—Tonterías —respondo. Y hablo en serio. Incluso vestida con jeans
ajustados y un suéter holgado, Amelie se ve increíble sentada en el asiento del
pasajero de mi Ferrari vintage. Se encoge de hombros, y el suéter se desliza de uno
de sus hombros, revelando una piel desnuda y deliciosa. Ni siquiera lo pienso dos
veces antes de trazar mis dedos desde su clavícula hasta su brazo, haciéndola
temblar—. Absolutamente hermosa.
—Estás loco —se ríe—. Estás cerca de chicas desnudas todos los días. Están
listas para abrirse a tu orden. Sé que no soy un ogro, pero, demonios, el atractivo
sexual en realidad no está en mi repertorio. —Se encoge de hombros otra vez, y el
suéter se desliza más bajo, dejando al descubierto la hinchazón de su lleno seno
desnudo. Mierda. No lleva sujetador.
—¿Estás intentando hacerme perder la maldita cabeza y estrellar mi auto
favorito? No tienes idea de lo jodidamente sexy que eres.
—Lo que sea.
—En serio. Ni siquiera puedo describirlo. En mi profesión, las chicas
desnudas abundan por docenas. Pero tú… podrías hacer que un saco de arpillera se
vea obsceno en tu cuerpo.
Sacude la cabeza y mira por la ventana.
—Está bien, Niko. No tienes que mentir. Olvidas que sé cómo eres. Con qué
frecuencia… tienes sexo. No eres exactamente sutil cuando se trata de eso. Pero
conmigo… nada. Quiero decir, eres dulce, gentil y romántico, y amo todas esas
cosas. Pero sé que no debo excitarte de esa forma. He estado durmiendo a tu lado
durante semanas en camisones cortos, y no has mirado ni una vez.
Estaciono el auto en el estacionamiento de una casa de empeño, y mis labios
se mueven contra los de Amelie ni siquiera dos segundos después de que el auto
está estacionado. Mi lengua se enreda con la de ella en un brusco baile agresivo,
desesperado por saborear cada parte de ella. Cuando me alejo, tomo su mano y la
apoyo en la dureza en mi ingle, provocándole un jadeo.
—¿Sientes eso? ¿Ves lo que me haces? Tú lo hiciste, Amelie. Eres tú quien
me tiene tan duro que apenas puedo pensar con claridad. Tú y solo tú. Si esto no te
dice lo mucho que te deseo, no sé qué lo hará.
El rostro de Amelie está rojo remolacha con una mezcla de pasión ardiente y
timidez. Pero incluso después de quitar mi mano de la suya, aún sujeta mi polla,
amasándola suavemente a través de mis pantalones. Suelto un siseo entre mis
dientes y dejo caer la cabeza sobre el asiento.
—Maldición, Amelie. Tócame, nena —gruño, mi voz llena de lujuria.
Amelie se lame los labios antes de pasar los dedos por toda mi longitud. Sus
ojos brillan de emoción y hambre, y puedo escuchar sus latidos más rápidos con
cada caricia tímida. El calor de su mano se filtra a través de la tela de mis
pantalones, haciendo que el palpitar se convierta en un dolor. Me acerco y paso mi
pulgar por su exuberante labio inferior. La punta de la lengua rosa de Amelie
emerge para probarlo.
El fuego en sus ojos, el aroma de su excitación que condimenta el aire entre
nosotros, su sangre corriendo por sus venas con anticipación… sé que Amelie
quiere esto. Me quiere. Incluso después de todo lo que le he contado, todo lo que ha
visto destellar en su subconsciente cuando cierra los ojos, aún se siente atraída
hacia mí como una polilla a una llama. Sus pezones se endurecen por debajo del
velo de su suéter, libres y sin restricciones, sin la cobertura de un sujetador. Su
respiración se acelera cuando siente que palpito debajo de sus dedos. Se le hace
agua la boca al imaginar mi sabor, mi sensación.
Podría darle lo que quiere, justo aquí y ahora en este estacionamiento
abandonado. Podría reclinar su asiento y enterrarme en su cuerpo apretado y hacer
realidad esos sueños. Pero no lo haré. Amelie es mejor que eso, y se merece más
que una follada rápida en mi auto. Merece ternura y cuidado. Merece que ame su
corazón y su mente, así como su cuerpo.
—Deberíamos ponernos en marcha —murmuro, odiando las palabras
incluso a medida que las digo. Agarro su mano suavemente y la llevo a mis labios,
besando cada dedo antes de colocarla en su regazo. Amelie deja escapar un medio
gemido en respuesta, o tal vez en protesta, por perder la pesadez de mi erección en
su mano. Aun así, me doy vuelta y fuerzo la vista hacia el camino, aunque estoy
casi jodidamente mareado por desearla tanto.
Varios minutos después, llegamos a una puerta de hierro forjado ubicada en
las afueras de la ciudad. Afortunadamente, el flujo de sangre ha vuelto a mis
extremidades y puedo concentrarme en introducir el código clave y maniobrar por
el largo camino sinuoso de tierra.
—¿Dónde estamos? —pregunta Amelie, viendo los indicios de una gran casa
estilo plantación a través de los árboles.
Espero hasta que toda la gran finca esté a la vista, antes de responder.
—Mi casa.
Los ojos de Amelie se abren por completo y brillan con asombro.
—¿Esta es tu casa? ¿Vives aquí?
—Sí —respondo, guiando el auto alrededor de la fuente en el camino de
entrada antes de detenernos. Echo un vistazo a su expresión de asombro mientras
lo asimila todo—. ¿Quieres ver el resto?
Amelie asiente con entusiasmo.
—¡Sí! Sí por favor.
Antes de que tome su próximo aliento, estoy afuera de su puerta, abriéndola
y ofreciéndole mi mano. Sacude la cabeza, y la toma, con una sonrisa juguetona en
esos perfectos labios carmesí.
—Presumido —bromea.
Subimos las escaleras y atravesamos la puerta principal, entrando en el gran
vestíbulo que está impecablemente decorado con obras de arte y tapices del
Renacimiento. Amelie está casi vertiginosa por la curiosidad, sus ojos y manos
ansiosos por explorar cada centímetro de la casa del renacimiento griego.
—Si tienes esta casa, ¿por qué demonios te quedas en la ciudad? Quiero
decir, también es agradable allí, y casi tan grande, pero este lugar… esto es
espectacular.
Me encojo de hombros aunque sé que no puede verme, ya que estudia una
de las muchas pinturas.
—¿Honestamente? Es más conveniente quedarse en la ciudad. Necesito estar
al tanto de las cosas para asegurarme que todos estén atendidos. Además… no
quiero estar solo. La casa se siente vacía, incluso entre todos estos tesoros.
Solitario. Y lo odio.
Amelie se gira para mirarme, con simpatía grabada en sus rasgos suaves.
—No estás solo. —Aprieta mi mano y sonríe, llenándome de calidez
reconfortante—. Estaba contigo, incluso antes de que supieras que existía. Una
espectadora, pero aun así, estaba contigo.
La atraigo a mis brazos, pero me detengo justo antes de que nuestros labios
se encuentren.
—¿Por qué eres tan buena conmigo? ¿Cómo puede alguien tan hermoso
preocuparse por un monstruo como yo?
—No eres un monstruo. Sin importar lo que seas, nunca podrías ser un
monstruo.
La beso como si desaparecerá en una nube de humo. Como si fuera una
criatura mítica, nacida en un mundo feo de enfermedades y dolor, enviada aquí
para traer belleza a la devastación. Enviada aquí para sofocar la desolación oscura
con una brillante luz dorada.
—Quiero mostrarte la casa —susurro, mis labios aún rozando los de ella—.
Pero debo admitir que, lo único en lo que pienso es en el dormitorio.
Se ríe y acaricia su nariz contra la mía.
—Me has tenido para ti solo en una habitación durante semanas.
Muéstrame tu palacio, mi príncipe.
Le doy el gran recorrido, optando por dejar la suite principal para más tarde.
Sé que una vez que la encierre allí, jamás se irá, no si tengo algo que decir al
respecto. Terminamos algún tiempo después en la cocina.
—El personal está fuera durante el fin de semana, pero mi cocinera nos dejó
algo de comida —digo, abriendo el refrigerador y sacando un plato envuelto—.
¿Hambrienta?
—Siempre tengo hambre —responde Amelie con una sonrisa diabólica. La
posibilidad de que su apetito sea por algo completamente diferente hace que mi
pene se contraiga y casi se me cae el plato de una variedad de carnes, quesos y
aceitunas. Mierda. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Semanas? ¿Un mes? ¿Cómo
siquiera puedo caminar erguido?
Nos sentamos en la isla con la parte superior de mármol, hablando y
riéndonos con comida y vino mientras observamos la puesta del sol a través de las
ventanas del piso al techo, un ventanal del tamaño de una pared.
—Esto es increíble —respira Amelie, a medida que el sol poniente arroja
tonos rosas y naranjas en su rostro—. No entiendo por qué alguna vez dejarías este
lugar. Es como un museo, pero se siente como… un hogar.
Me estiro para tomar su mano, atrayendo su atención hacia mi expresión
seria.
—No lo haría, si tuviera una razón para quedarme.
—Esta casa hermosa sería motivo suficiente para mí —se encoge de
hombros.
—Me alegra que digas eso. Porque eso es exactamente lo que espero.
Un lindo y pequeño pliegue en su frente se profundiza en confusión.
—¿Qué quieres decir, Niko?
Rodeo la isla de la cocina para detenerme frente a ella, colocando mis
manos en la curva de sus caderas.
—Quiero que vengas a vivir aquí, así puedo estar seguro que estarás a salvo
de cualquier cosa que venga por mí.
Sus ojos buscan en los míos alguna señal de broma.
—¿Y qué hay de ti?
—Seguiré buscando respuestas, esperando que lo que haya sucedido la otra
noche haya sido una casualidad. Pero necesito concentrarme, y no puedo pensar en
nada más que en ti cuando estás cerca. Tenerte en la mansión… ese no es un lugar
para ti. Perteneces a la belleza, no rodeada de inmundicia. Te mereces bailar en la
luz, no condenada a la oscuridad.
—Entonces… no. —Amelie niega con la cabeza y se baja del taburete,
girando para salir de la cocina.
—¿No? —pregunto, siguiéndola a través del comedor.
—No. No voy a quedarme aquí. —Se gira para mirarme, sus ojos brillando y
resplandeciendo de convicción—. No sin ti. Después de todo lo que he pasado: ser
arrancada de mi hogar, arrojada a un maldito prostíbulo, sin mencionar, todo sin
una pizca de preocupación por parte de mi padre, quien probablemente ya habrá
bebido hasta morir, en lo único que he venido a confiar es en ti. He dormido a tu
lado durante semanas. Te he visto un millón de veces en mis sueños. Eres la única
constante en mi vida. Eres la única razón por la que incluso puedo dormir todas las
noches. Porque sin importar lo que seas y lo que hayas hecho, te colocaron en mi
vida por una razón. Y maldita sea, me pusieron en la tuya. Así que no te atrevas…
no te atrevas a intentar dejarme como todos los demás.
Le quito las lágrimas que han comenzado a deslizarse por sus mejillas. Con
los ojos fijos en ella, deslizo mi pulgar en mi boca y saboreo la humedad salada,
provocando un jadeo de sus labios abiertos. No me detengo ahí. Las pruebo todas,
plantando besos con la boca abierta en cada lágrima, calmando su angustia con
ternura, cuidado… y amor.
—No voy a dejarte, nena —susurro entre besos—. Siempre estaré contigo.
Siempre.
Beso sus mejillas calientes, sus suaves labios exuberantes, y el ángulo de su
mandíbula. Aun así, no es suficiente. No es suficiente para saciar el hambre dentro
de mí.
—Necesito besarte por todas partes —susurro, antes de pasar mi lengua por
la concha de su oreja.
—Está bien —suspira, sus pezones frotándose contra mi pecho.
Levanto la cabeza y encuentro su mirada sensual. Necesito saber. Necesito
saber que está segura.
—¿Está bien?
—Está bien —asiente lentamente, casi dolorosamente—. Te deseo.
Le doy mis labios, mi lengua, mis manos… yo. Cualquier cosa y todo para
mostrarle que también la quiero, más de lo que he querido a nadie. Cuando
nuestras bocas finalmente se separan, estamos en el dormitorio principal, rodeados
por el suave resplandor de la luz de las velas.
Amelie retrocede, llevándose su calor con ella. El descontento comienza a
inundar mi pecho, pero antes de que surja la tormenta, sonríe. Me sonríe como si
fuera alguien para ella. Alguien especial, merecedor de su afecto. El único alguien en
este mundo entero con el que quiere estar en este preciso momento, sola en esta
habitación.
No puedo esperar un segundo más, aunque mi cabeza está gritándome que
reduzca la velocidad y me tome mi tiempo. Pero mierda… he estado esperando dos
malditos siglos para sentirme así. Sentir algo.
Doy un paso adelante y agarro el dobladillo de su suéter, buscando cualquier
señal de duda. Pero para mi sorpresa y deleite, Amelie levanta los brazos sobre su
cabeza, y estoy demasiado ansioso por seguir. Mis dedos rozan a través de su
cintura y caja torácica mientras empujo la tela hacia arriba y sobre su cabeza. Antes
de que el suéter pueda tocar el suelo, mis labios ya están ansiosos por probar su piel
luminiscente.
—Amelie. —Sale como una súplica… un gemido. Porque, maldición, es
demasiado hermosa. Casi duele estar en presencia de algo tan magnífico. Quiero
tocarla, pero por alguna razón, no lo hago. No puedo. Mis ojos solo pueden
devorar la extensión de su vientre plano, la pesadez redonda de sus senos y la
delicadeza de su clavícula. Nunca he sido así. Mierda, conozco la forma femenina
de adentro hacia afuera. Pero la maravilla pura del cuerpo de Amelie me ha dejado
sin palabras. Jodidamente sin palabras.
Casi como si escuchara mis emociones luchando contra mis hormonas,
Amelie da un paso adelante y toma mi mano entre las suyas. Agonizante y lenta, la
deja descansar sobre su pecho, justo por encima del espacio vital que alberga su
corazón. El mismo lugar que toqué hace días cuando contemplé arrancarlo de su
cuerpo para terminar con su vida. Y ahora, cuando siento su corazón latiendo
rápidamente, el calor de su piel chisporroteando sobre la superficie de la mía, siento
como si hubiera renacido. Entumecido y ciego durante doscientos años, pero ella
me acaba de sacar de la oscuridad perpetua.
Me mira, esos ojos peculiares reluciendo con anhelo.
—Tócame. Por favor.
El hecho de que incluso sienta la necesidad de rogar me hace odiarme. Mis
dedos se deslizan por su torso, observando la sedosidad de su piel, antes de
levantarlos para encontrarse con sus senos. Ambos gemimos cuando los acuno, sus
pezones endureciendo contra mi palma.
—Nena, tú… eres… —Mierda, soy un desastre balbuceante. Froto mis
pulgares sobre sus pezones antes de apretar sus senos hinchados. Tan suaves. Tan
jodidamente suaves—. Eres perfecta.
Mis labios encuentran los suyos, mi lengua buscando la entrada a su boca,
mientras exploro su cuerpo con mis manos, el ardor combinándose con el palpitar
implacable en mis pantalones. Podría hacer esto toda la noche. Podría ser aplacado
con solo besarla y tocarla así. Pero no lo haré. Necesito más de Amelie. Necesito
todo de ella.
Mis dedos viajan a sus jeans, y desabrocho el botón lentamente, dándole
tiempo suficiente para detenerme. No lo hace. Solo aprieta el agarre en mi cabello,
a medida que profundiza el beso.
Cuando sus pantalones se encuentran en un montón junto a su suéter
después de quitárselos con entusiasmo, retrocedo y admiro el premio delante de mí
desnuda, inmaculada y sin vergüenza. Amelie. Mi Amelie.
Trago con fuerza, pero mi boca se seca.
—Dije que quería besarte por todas partes, y tengo toda la intención de
hacerlo. Pero necesito saber si… ¿esto es lo que quieres? Porque una vez que te
entregas a mí, eres mía para siempre. Una vez que te sienta temblando debajo de
mí, cada uno de tus temblores me pertenecerán. Una vez que llames mi nombre, el
nombre de ningún otro hombre escapará de tus labios con pasión. No podré
soportarlo, Amelie. Mataré a cualquiera antes de que tengan la oportunidad de ver
lo que estoy viendo en este momento. Lo juro. Eres jodidamente hermosa para ser
de nadie más. Mierda, eres demasiado hermosa para mí.
Ni siquiera me doy cuenta que mis puños se sacuden hasta que Amelie da
un paso adelante para detenerlos.
—Soy tuya, Niko. Ya he sido tuya durante una década. Que sea para
siempre es fácil.
Nos besamos con un hambre febril que nos tiene a ambos jadeando cuando
la cama se encuentra con la parte posterior de sus piernas. La dejo sobre ella
gentilmente y solo me tomo un momento para admirar la vista. Ella me sonríe
dulcemente.
—Sabes, es un poco difícil besarme cuando estás allá arriba. Y no parece
justo que sigas vestido, y yo estoy aquí bastante expuesta.
—Entonces dime qué quieres que haga.
Amelie se lame los labios antes de sujetarme con su propia mirada perversa,
y mi polla pasa de roca dura a granito.
—Quítate la ropa.
Hago lo que quiere, comenzando con mi camisa. Amelie observa con una
fascinación embelesada, el aroma de su excitación se torna más fuerte y más espeso
con cada botón. Cuando me desabrocho el pantalón, se está retorciendo y su piel
está en llamas.
Me acuesto a su lado, y nos miramos entre sí, ambos completamente
expuestos, incapaces de escondernos. Lo vemos todo: nuestros pecados, nuestras
virtudes. Los monstruos que viven dentro de nosotros, y los fantasmas de nuestro
pasado. Y, tan abierta como Amelie está ante mí, estoy tan abierto a ella…
completamente a su voluntad, a su merced.
—¿Ahora qué? —pregunto, mi voz ronca.
Amelie se traga el miedo y la aprehensión.
—Bésame.
—¿Dónde?
—Toda —susurra—. En cualquier sitio. En todas partes.
Y hago exactamente eso, comenzando con su garganta, resistiendo el
impulso de respirar su dulce esencia. Placer. Esto se trata de su placer. Y por una
vez en mi vida, es suficiente. Trazo un sendero hacia sus senos, lamiendo los
montículos exteriores. Cuando mi lengua adora su pezón, Amelie grita y sus dedos
se clavan en mis hombros. Lo llevo enteramente a mi boca y lo chupo, haciendo
que su cuerpo convulsione.
—Cuidado, amor —digo, sonriendo contra su piel—. Acabo de empezar.
Gime algo ininteligible y continúo con el tormento delicioso: chupando,
lamiendo y mordisqueando cada parte de ella a medida que voy bajando
lentamente por su estómago hasta la parte superior de sus muslos. Cuando abro sus
piernas, ella jadea.
—¿Está bien? —pregunto.
Siento su cuerpo tensarse, pero asiente.
—Sí.
Maldición. Gracias. Después de ver la perfección pura entre los muslos de
Amelie, cubierta solo por una pulcra franja de vello oscuro, no hay forma de que
pueda resistirme ahora. Lo he visto. Lo olí. Y ahora, necesito probarlo.
La separo suavemente, sintiendo su humedad resbaladiza en la punta de mis
dedos. Empiezo en el interior de sus muslos, besándolos con ternura mientras mi
pulgar sigue frotando contra su clítoris. Está mojada, pero sé que hará falta
paciencia y cuidado para que esté tan mojada como la necesito.
—¡Oh, Dios! —grita, sus temblores convirtiéndose en convulsiones. La
humedad se filtra desde su entrada y la froto sobre su clítoris sensible. Está al límite,
lista para liberarse. Justo cuando se produce la inundación, deslizo un dedo dentro
de ella, y se corre, sus paredes apretándose firmemente sobre mi dedo. Siento cada
temblor, cada pulsación, mientras gime mi nombre, sometiéndose a mí.
Bajo mi boca hacia ella, lamiendo la dulzura fluyendo de ella, mi dedo
todavía hundido profundamente dentro de su coño, entrando y saliendo,
follándola, abriéndola. Los sonidos eróticos que hace junto con su sabor, hacen que
mi cabeza gire vertiginosamente con expectación.
—Sabes tan bien —gimo, mi boca enterrada en sus pliegues rosados.
—¿Sí? —pregunta, sin aliento.
—Sí. —Retiro mi dedo, resbaladizo con sus jugos y se lo ofrezco—. Prueba.
Su boca se abre de asombro, sus ojos pesados de placer.
—No puedo hacer eso.
—¿No? —Sonrío, deslizando el dedo en mi boca—. Bien, más para mí. —En
serio me suelto entonces, lamiéndola, chupándola, follándola con mi lengua.
Deslizo un dedo mientras mi boca se burla de su clítoris. Luego dos dedos se
sumergen dentro de ella, estirando sus paredes, preparándola para mi tamaño. Sus
piernas tiemblan sobre mis hombros, y su espalda y culo se arquean de la cama.
—¡Oh, Dios! ¡Oh, Niko! Estoy, oh Dios mío, estoy… —grita, y una vez
más, su dulce néctar se encuentra con mi lengua, y bebo cada gota con avidez.
Su cuerpo está cubierto con un ligero brillo de sudor, y su respiración es
irregular cuando me levanto para besar sus labios. Mis dedos todavía se mueven
dentro de ella lentamente, ordeñando su orgasmo y abriéndola aún más. Tiembla
contra mi cuerpo.
—Niko —se queja contra mi boca, su interior aún pulsando con réplicas—.
Eso fue… eres… ¡uh!
Mi polla yace contra su muslo, palpitando con virilidad y más fuerte que
nunca. La pequeña mano de Amelie se extiende entre nosotros y la agarra,
haciendo que todo mi cuerpo se ponga rígido. Gimo cuando comienza a pasar sus
dedos sobre mi longitud. Incluso con su inexperiencia, se siente bien. Cada toque,
cada golpe, se siente como el cielo.
—Eso es, nena. Justo así —gruño, empujando en su palma.
Juntos, nos follamos con nuestras manos. Mis dedos estiran su coño y se
sumergen más y más mientras, al principio aprieta mi polla de raíz a la punta, sus
movimientos tornándose más seguros cada vez. Cuando ambos estamos llenos de
una necesidad por más, me acomodo lentamente para estar entre sus piernas.
—¿Esto es lo que quieres? —pregunto, mirándola con preocupación.
—Sí —asiente—. Lo he deseado por tanto tiempo…
Arrugo la frente.
—¿En serio?
Amelie asiente y acuna mi mejilla.
—Verte con todas esas mujeres, ver cuán hábil eres como amante… quería
eso. Quería llevar la misma máscara de placer que llevaban cuando estabas dentro
de ellas. Lo quería mucho. Me despertaba y, a veces, yo… —Se gira, y sus mejillas
se calientan de vergüenza.
—Dime —susurro, volviendo su rostro al mío. Me inclino y llevo un pezón
a mi boca, con la esperanza de sacarle la verdad.
—Oooh —gime—. Sí, eh, mmmm… despertaba palpitando. Y mojada.
Arruinaría mis bragas.
—Mierda —digo, imaginándola tan tímida y despeinada por las vueltas en la
cama, su coño resbaladizo por el deseo. Deseo por mí—. Eso es muy sexy.
—¿Sí?
—Sí, nena. —Retiro mis dedos de su interior, resplandeciendo con
humedad. Ella observa cuando extiendo sus dulces jugos por todos sus senos,
dejándolos pegajosos con la evidencia de su necesidad por mí.
Bajo mi boca a sus hinchazones y las lamo para limpiarlas, cuidando no
desperdiciar ni una gota.
—Ahora, eso es sexy —dice Amelie, su voz ronca.
Me dirijo hacia su boca, dejándola saborearse en mi lengua. La chupa con
entusiasmo, tan excitada por el acto como yo. Cuando la punta de mi polla se burla
de su entrada, se sacude, pero no me detiene. Aun así, me alejo. Sé que quiere esto,
pero por alguna razón, algo dentro de mí no me permitirá hundirme en ella y
enterrarme profundamente dentro de esas paredes apretadas y húmedas. Nunca he
experimentado esta… moderación, este sentimiento de duda. Amelie ha estado
esperando este momento durante años. Tengo que hacer que esto sea bueno para
ella. Tengo que hacer esto especial.
—Espera. —Justo cuando el dolor comienza a arrastrarse en su rostro, rozo
mi pulgar contra su labio inferior hinchado y sonrío—. Has estado soñando con
esto por tanto tiempo, nena. Quiero hacer realidad ese sueño. Cuéntame de eso.
Dime qué quieres y te lo daré.
Un sonrojo tiñe las mejillas de Amelie, y niega con la cabeza.
—No puedo. Es muy vergonzoso.
—Te lo prometo, no tienes razón para avergonzarte. Lo tomaremos lento,
¿de acuerdo? Dime: ¿estoy encima de ti, o tú estás encima?
Amelie se muerde el labio y el sonrojo se intensifica en un escarlata
profundo.
—Estoy encima —susurra.
Antes de que pueda parpadear, me está montando a horcajadas mientras me
acuesto debajo de ella sobre mi espalda. Sus senos pesados rebotan ante el
movimiento rápido.
—Hecho. ¿Qué más?
—Um, estás un poco sentado. Tus brazos me rodean y tu cara… tu cara
está… —Mira hacia sus pezones que parecen endurecerse con su orden tácita. Una
vez más, me acomodo en un movimiento borroso, ansioso por hacer lo que desee.
—¿Y ahora? —pregunto, deslizando mis manos por su espalda.
—Y ahora… ahora me agarrarías del trasero y me levantarías, antes de
ponerme encima de ti —suspira, con una confianza recién descubierta y sexy—. Y
chuparías mis pezones y me besarías, de modo que esté lista para ti. Y cuando
llegas dentro de mí, nos abrazamos con fuerza, a medida que nos movemos juntos.
La miro con desconcierto, tan dispuesto a hacer lo que quiere, pero casi
temiendo decepcionarla. Como si sintiera mi renuencia, desliza mis manos hacia su
trasero, sus propias manos temblorosas y húmedas de nervios. Y me doy cuenta
que no es la única entregándose esta noche. No es la única virgen. Puedo ser lo más
alejado a la pureza y virtud, pero le estoy ofreciendo algo a Amelie que nunca antes
le he dado a otra. Me estoy embarcando a una primera vez monumental, tal como
ella.
—Juntos, ¿de acuerdo? —susurra, besando mis labios—. Podemos hacerlo
juntos.
Asiento y profundizo el beso, antes de arrastrar mi lengua hacia sus senos.
Chupo con avidez, deslizando sus pezones de la manera que hace temblar su
cuerpo y apretar su coño. Gime y tira de mi cabello, pero empuja mi cara aún más
profundamente en su seno. Se frota contra mi polla, resbaladiza con su humedad,
indicándome que está lista.
Oh, sí. Lista para mí.
Agarrando su trasero, la levanto lentamente, colocándola sobre mi gruesa
polla que se alza orgullosa. Dejo que la cabeza provoque su entrada hinchada, y
puedo sentir su interior temblando.
—Mírame —exijo suavemente. Amelie obedece, el ámbar en sus ojos
centellando más que nunca. Me sonríe y, una vez más, siento que estoy bailando al
sol—. Eres tan hermosa, nena. Y, también he esperado. También he estado
esperando esto.
La hundo agonizantemente lento, empujando ligeramente hacia arriba al
mismo tiempo. Amelie grita, y entierra su cara en la curva de mi cuello, sus uñas
clavándose en mi espalda. Me detengo.
—Mírame, nena. —Cuando Amelie obedece, veo que hay lágrimas en sus
ojos—. Podemos parar si quieres. No tenemos que hacer esto. O… o déjame
ayudarte. Déjame quitarte el dolor.
—No —solloza, sacudiendo la cabeza—. Quiero esto. Y quiero sentirlo todo
de ti. El dolor, la alegría, el miedo… todo de ti. No quiero estar insensible para
esto. Quiero sentirlo todo de ti dentro de mí.
Demostrándome que quiere decir cada palabra, reanuda el lento descenso
sobre mi polla, su coño apretado casi succionándome en su cuerpo. Hace una
mueca de dolor pero no se detiene, y sinceramente, no quiero que lo haga. Incluso
el centímetro de mí que ha atravesado la barrera de tensión se siente jodidamente
increíble. Cálido y húmedo, abrazándome, apretándome. Enredo mis dedos en su
cabello y la beso profundamente, avanzando muy lentamente en ella a medida que
se obliga a hundirse. Trago sus gritos de dolor y los reemplazo con gemidos de
placer, mientras tiro de sus pezones sensibles.
Nos congelamos en el lugar, mirándonos maravillados, a medida que pulso
profundamente dentro de ella. Quiero moverme, pero de nuevo, no lo hago. Solo
quiero saborear este sentimiento de felicidad total y absoluta. Solo quiero recordar
cada detalle y aferrarme a él para siempre. No puedo explicarlo, pero sé que este
preciso momento es crucial. Es como si se supone que debo registrar mentalmente
estas emociones atravesándome. Se supone que debo memorizar la sensación del
cuerpo de Amelie encima del mío, húmedo de sudor y deseo ardiente. Se supone
que debo recordar su aroma a flores silvestres y azúcar moreno mezclado con un
tinte de sangre, simbolizando el regalo que me ha dado. Se supone que debo
recordar cada gemido, suspiro y jadeo. Lo sé. Simplemente no sé por qué lo sé.
—Me siento… tan llena —susurra.
—¿Duele? —pregunto, preparándome para su reacción.
—Sí. Pero ya no es tan malo. No es nada comparado con lo bien que se
siente. Con lo bien que te sientes.
Deslizo mis manos de arriba hacia abajo por su espalda, ansioso por tocar
cada parte de ella por dentro y por fuera.
—Voy a moverme, nena. Te sientes tan jodidamente increíble; necesito
sentir más de ti. ¿Está bien?
—Sí, Niko —asiente, cerrando los ojos con fuerza—. También quiero sentir
más de ti.
Guío sus caderas lentamente, y ambos gemimos, completamente abrumados
por lo perfectamente que encajo dentro de ella. Al principio, Amelie está rígida,
pero a medida que se estira para amoldarme y el dolor desaparece, comienza a
entrar en el juego, meciendo sus caderas y su culo mientras tira de mi cabello. Mi
boca nunca deja su cuerpo, nunca saborea lo suficiente, siente lo suficiente. Soy
adicto a cada gota de sudor, al igual que soy adicto a sus lágrimas.
El calor serpentea mi columna vertebral, disparándose a mis extremidades.
Cada mano y pie hormiguea, cada centímetro de mi piel chisporrotea con un fuego
delicioso. Este no es el leve ardor que siento cuando toco la piel de Amelie que se
ha vuelto tan natural para mí; esto es algo completamente diferente. Es un infierno
de emoción, concentrado y convertido en sensación. Inunda mis venas y ataca cada
terminación nerviosa, haciendo temblar todo mi cuerpo con un placer
incontrolable. El fuego comienza a arder más y más fuerte, convirtiéndose en una
tormenta de fuego de éxtasis incomparable.
Nos movemos juntos más rápido, más duro, más hambriento que nunca. Su
clítoris roza contra mi hueso pélvico una y otra vez, y el coño de Amelie se aprieta
con cada estocada. Me está follando, tomándome, poseyéndome. Haciéndome
suyo para siempre.
El fuego en mi interior arde fuera de control y, antes de que pueda detenerlo
o contenerlo, explota. Por primera vez en muchos años… tal vez incluso décadas…
tal vez un siglo, exploto. Cada músculo grita, a medida que me derramo dentro de
Amelie, luchando contra su fuego con el mío. Está justo allí conmigo, arañándome
la espalda, mientras se tensa y convulsiona. Las paredes de su coño se aprietan aún
más, ordeñando mi orgasmo, negándose a dejarlo ir. Jadea y gime, y su cuerpo se
hunde contra el mío con cansancio y dicha plena.
Cuando mis músculos finalmente se han desenrollado lo suficiente como
para volver a moverlos, nos acuesto, yo boca arriba y Amelie encima de mí, su
cuerpo aún conectado con el mío. Beso su coronilla mientras mis manos acarician
su espalda empapada de sudor.
—Amelie —suspiro. Incluso después de lo que hemos compartido, incluso
después de contarnos todos nuestros secretos, decir su nombre sigue siendo una
novedad para mí—. Amelie, nena.
—Oui, Monsieur. —Me mira y sonríe, su barbilla apoyada en sus manos.
—¿Qué tanto te duele? ¿Estás adolorida? —Sé que debería mantener este
momento alegre, pero mierda, sabiendo que la lastimé, incluso en la intimidad, me
jode.
—No lo suficientemente adolorida como para no querer volver a hacerlo —
sonríe astutamente—. Pero lo suficiente como para saber que debo esperar. —Me
inclino hacia adelante y beso su linda naricita, y se ríe—. Y sí, quiero volver a hacer
eso —agrega.
—Yo también. Mierda, a decir verdad, podría hacerlo de nuevo ahora
mismo. Pero necesitas sanar. La próxima vez, todo lo que quiero que sientas es
placer. Sin dolor. —Sonríe, pero no llega a sus ojos—. ¿Pasa algo? —pregunto,
quitando su cabello de su cara.
Amelie se encoge de hombros, pero sus ojos se tornan vidriosos y distantes.
—Es solo que… en mis sueños, cada vez que estuviste con otras mujeres,
hiciste algo. Las respiraste, creo que lo llamaste. Y cuando lo hiciste, te veías tan…
tan ardiente. Y sexy. Como si te sintieras bien. Y conmigo, no lo hiciste. Como si,
¿tal vez hay algo mal conmigo? ¿O tal vez no fue tan bueno para ti? Quiero decir, sé
que fue mi primera vez, y mejoraré, pero…
Me trago sus palabras en un beso, negándome a dejarla hablar tal blasfemia.
Cuando nos apartamos para tomar aire, tomo su rostro entre mis manos.
—Nena, jamás te haría eso, y no tiene nada que ver con que no te sientas
bien. Porque Amelie, lo haces. Estuviste increíble, nena. Respirar es una necesidad
para mi especie. Es cómo nos mantenemos vivos; al succionar literalmente la vida
de los demás. No tengo que hacer eso contigo, y no lo haré, porque ya me trajiste a
la vida. Con tus sonrisas, tus besos, tu risa. No voy a quitarte ni una pizca de eso.
Es lo que me hace…
… amarte.
Las palabras están justo ahí en la punta de mi lengua, pero no las digo.
Nunca las he dicho, ni siquiera a mis padres. Ni siquiera a mi hermano, la única
otra persona que merecía mi afecto. El amor no es algo de lo que los Oscuros
hablen libremente. No lo decimos porque rara vez lo sentimos. Y cuando lo
hacemos, cuando capturamos esa rara emoción preciosa, la encerramos y la
apreciamos. Vivimos por eso. Morimos por eso.
Aplacada con mi explicación, Amelie descansa su cabeza sobre mi pecho,
dibujando círculos con sus dedos contra mi piel.
—¿Qué dice aquí? —pregunta, trazando la tinta azul oscura incrustada sobre
mi corazón.
—Mi apellido. Skotos.
—Es bonito. —Luego se inclina y besa las letras griegas que significan mi
gente… mi pecado. La marca que representa a este monstruo de hombre.
Ambos nos quedamos dormidos un tiempo después, con Amelie todavía
acurrucada contra mi pecho. Y por primera vez, después de una vida inmortal de
cielos sin estrellas y noches sin luna, sueño.
Diez
A
lgo me arranca del sueño en medio de la noche. Estoy acostado
sobre el edredón donde Amelie y yo hicimos el amor, pero ella no
está allí en la cama conmigo. No está acostada sobre mi pecho, ni
siquiera acurrucada contra mi costado. No. Está parada junto a mí, sus ojos negros
como la tinta y completamente envueltos en maldad. Sus brazos se alzan sobre su
cabeza, sus manos sosteniendo un cuchillo de unos treinta centímetros.
Me alejo justo cuando el cuchillo desciende, hundiéndose profundamente en
el colchón. Amelie me mira, su rostro retorcido de forma antinatural.
—Arderás, demonio. Todo lo que amas arderá. Presta atención a esta
advertencia: la venganza será mía.
Saca el cuchillo todavía clavado en el colchón y la vuelve a levantar. Sé que
puedo luchar contra ella, pero no quiero. No quiero lastimarla. Aunque, en este
momento, no estoy frente a mi Amelie, la chica que me dio la parte más sagrada de
ella. La chica a la que he dado la parte más sagrada de mí. Mi Amelie está atrapada
en algún lugar dentro de sí misma, incapaz de liberarse. Tengo que salvarla. Voy a
salvarla.
—¡Amelie, nena, despierta! —grito. Solo el ancho de la cama nos separa, y
puedo verla, o a eso, intentando calcular una forma de evitarlo—. Sé que puedes
oírme. Nena, tienes que pelear. Tienes que volver a mí.
Un chillido inhumano burbujea desde su pecho, y la voz siniestra se ríe.
—Tu chica está perdida para siempre, demonio. Está tan muerta como tú.
Escuchar esas palabras despierta mi propia bestia desalmada, y el frío me
recorre, tocando la punta de mis dedos y mis ojos. Puedo sentir cómo se
transforman a medida que la magia despierta dentro de mí, y tiemblo con la
magnitud de su poder.
—Déjala en paz —espeto, mi voz tan fría como las llamas azules lamiendo
mis manos y brazos.
La voz vuelve a reírse, y un escalofrío recorre mi columna. Agarra el
cuchillo como si estuviera a punto de lanzarse encima de mí, y levanto mis manos
en preparación. Pero en cambio, extiende su brazo y hunde el borde en su
antebrazo, derramando la sangre roja oscura de Amelie en el suelo y el edredón.
Esos negros ojos desolados encuentran los míos, y sonríe.
—Todo lo que amas arderá.
El cuchillo cae al suelo, y Amelie se derrumba como un peso muerto. Pero
antes de que su cabeza pueda tocar el suelo, la atrapo y la acuno contra mi pecho.
—¡Amelie! ¡Amelie, háblame, nena! ¡Háblame! —grito, sacudiendo su
cuerpo sin vida. Despierta bruscamente, al final, tomando una gran bocanada de
aire, sus grandes ojos horrorizados. Doy gracias a la Deidad, a Dios y a todas las
deidades conocidas por el hombre.
—¡Oh, Dios mío! —solloza. Mira su brazo, aún chorreando sangre, y el
cuchillo a solo unos centímetros de distancia—. ¿Qué pasó? ¿Qué pasó, Niko? ¿Qué
hice?
—Amelie, escúchame. ¿Recuerdas algo? ¿Soñaste con algo? ¿Con alguien?
Necesito saber cómo ayudarte.
—¡No! ¡No sé lo que me pasa! ¡No sé nada!
Amelie gime en mi pecho, mientras agarro mi camisa descartada para
envolver su brazo. Aún está sangrando, y aunque puedo adormecer parte del dolor,
no puedo sanarla. Necesito conseguirle atención médica.
—Nena, tenemos que irnos. Necesito volver a la ciudad para que podamos
prepararnos. Y necesitas un médico.
La recojo y la llevo al baño en la habitación. Abro el grifo y lleno la bañera
con agua tibia y jabón. Entro con Amelie todavía en mis brazos.
—No es así cómo imaginé nuestro primer baño juntos —murmura, a
medida que acumulo el agua y la vierto sobre su pecho.
—Lo sé. Tampoco es cómo lo imaginé, pero esto no contará. Tendremos
que repetirlo. Nos lo merecemos.
La limpio con ternura, negándome a soltarla. Cuando mi mano roza su sexo
sumergido en el agua, su respiración se corta y gime. Separo sus pliegues
suavemente, limpiándola cuidadosamente, aunque, no puedo negar mi dureza
pulsando contra su trasero. Amelie sonríe y se balancea, pero hace una mueca al
instante, y sé que ahora siente demasiado dolor para pensar en sexo.
Minutos después, estamos secos, vestidos y regresamos a Nueva Orleans.
Lejos de la civilización, el camino está completamente oscuro pero, por supuesto,
lo veo tan claro como el día.
Amelie se vuelve hacia mí, la tristeza grabada en esos ojos ambarinos.
—Odio que esto haya sucedido. Quería que sea perfecto. Que sea especial. Y
ahora… ahora el sueño ha terminado.
Agarro su mano entre nosotros, entrelazando nuestros dedos.
—Fue perfecto. Sin contar lo que te pasó, fue la mejor noche de mi vida.
—¿En serio?
—En serio. Eres mi sueño, Amelie. No ha terminado. Es solo el comienzo.
Cuando llegamos a la ciudad, la sensación de calidez y serenidad se ha
reavivado, y caemos en nuestro intercambio fácil habitual. No es hasta que
llegamos a la casa en la Calle Bourbon que una sensación de temor puro me invade.
Amelie me mira, su expresión mórbida indicándome que ella también lo siente.
—Algo está mal —susurra.
—Sí. —Salgo del auto y escucho cualquier señal de malignidad desde
adentro, pero todo está en silencio.
Demasiado silencioso. Es como si hubiera un hechizo alrededor de la casa
para contener el ruido. Intento comunicarme con alguien, cualquiera, desde
adentro, pero hay un bloqueo. Nadie es lo suficientemente fuerte como para hacer
algo así. Nadie excepto yo.
Rodeo el auto hasta el lado de Amelie y le abro la puerta.
—Quiero que te quedes aquí. La llave está en el encendido. Si no regreso en
tres minutos, quiero que conduzcas. Conduce lejos, hasta donde te lleve el auto.
Hay efectivo en la guantera. Simplemente conduce y sabrás cuándo detenerte.
Sabrás cuándo estarás a salvo.
—No —solloza, sacudiendo la cabeza. No me sorprende; sabía que se
opondría—. No voy a dejarte. Ven conmigo. No tienes que entrar.
Acaricio su cabello antes de pasar un dedo por su labio inferior lleno.
—Tengo que hacerlo, nena. Mi gente está ahí. Esas chicas… juré
protegerlas. Podría no ser nada, y probablemente estaré aquí para buscarte en unos
segundos. Pero no voy arriesgarme. Solo prométeme que te irás, nena. Te
encontraré, lo prometo.
—¿Lo prometes? —Las lágrimas corren por sus mejillas, y me inclino para
besarlas. No por placer o para alimentar alguna necesidad interna enfermiza, sino
para consolarla. Para aliviar la inquietud que se encuentra tanto en su corazón
como en el mío.
—Lo prometo.
Entro en la casa, sin saber qué esperar. No estoy seguro de lo que me espera,
lo que podría estar al acecho detrás de un rincón oscuro. Pero sé una cosa con
certeza: la muerte se siente muy espesa y pesada en el aire. Es fresca, implacable y
potente. Me despido de Amelie en silencio, sabiendo que en unos minutos, se irá
conduciendo de aquí. Lejos de la brutalidad que me saluda en este lugar.
Escaneo el vestíbulo, esperando ver cuerpos dispersos, pero todo está
despejado. Nada está fuera de lugar. Ni siquiera una pizca de sangre. Pero, sé que
es una ilusión. La carnicería está cerca, esperando sorprenderme en cualquier
momento.
Me dirijo a la sala de estar y me detengo en seco. Cuerpos. Docenas de
cadáveres, congelados en muerte petrificada. Todos están ubicados en toda la
habitación como si la vida aún fluyera por sus venas.
Las mujeres completamente cubiertas con vestidos elegantes y vestidos
cóctel están sentadas en los sofás. Un hombre se sienta al piano de cola, vestido con
un esmoquin elegante, sus dedos pálidos descansando sobre las teclas. Gente
estacionada en el bar, sus manos frías y muertas envueltas alrededor de vasos y
copas de cristal.
Las personas que trabajan para mí, me respetan, e incluso se preocupan por
mí. Las mismas que confiaron en mí para protegerlos: todos partes de un
espectáculo creado solo para mí. Todos masacrados, sus ojos completamente
opacos, haciendo referencia a su muerte espantosa.
Sus vidas preciosas siendo absorbidas egoístamente de ellos. Probablemente
estaban despiertos cuando pasó todo… sintieron como cada uno de sus órganos
internos se apagó uno por uno antes de licuarse. Sintieron como se enfrió su sangre,
a medida que sus latidos se detuvieron. Sintieron el fuego en sus pulmones,
mientras tomaron su último aliento.
—Hermoso, ¿no? —dice una voz detrás de mí.
Me giro lentamente, encontrándome con los brillantes ojos azules de la
única persona que se suponía que debía estar a mi lado, sin importar nada. Aquel
que pensé que compartía mi visión de cómo debía ser esta vida. Aquel que una vez
llamé mi hermano.
—¿Qué carajo has hecho? —siseo.
Varshaun baja la escalera usando su mejor traje, su cabello negro
meticulosamente peinado hacia atrás. También está vestido para la ocasión.
Demonios, se ha dado todo un festín con esta masacre.
—¿No es obvio, viejo amigo? ¡Es un gran baile! En tu honor, nada menos.
No me digas que estás sorprendido.
—¿Sorprendido? Maldito hijo de puta, estás delirando. Has matado a todos:
a todos los empleados. Todos los humanos…
—¡Cierto! —gruñe con un aplauso—. ¡Eso es absolutamente cierto! Los
humanos: débiles, patéticos, llorones. No son mejores que los animales. Y los maté
porque… porque puedo. Porque podemos, Niko. —Se para frente a mí y agarra mi
hombro, sus ojos brillando de emoción—. Somos dioses, hermano. Malditos
dioses. Podemos hacer lo que queramos. ¿Y sabes qué? Tenía ganas de divertirme
un poco. Pero no te preocupes; se pone mejor. No me detuve allí.
Me libero de su agarre y entrecierro los ojos.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir… los maté. No solo a los humanos. Los maté a todos. Los
guardias, tu consejo, incluso a la preciosa Nadia.
—¿Mataste a Nadia? —siseo con incredulidad—. ¿Mataste a mi gente? ¿Tu
gente?
—Eh —responde con un gesto desestimado de su mano—. Daños
colaterales. Les dije que no interfirieran, pero de alguna manera, todos se han
vuelto tan correctos como tú.
—Varshaun, conoces el crimen que has cometido. Te das cuenta que no
puedo protegerte, y no lo haré.
—¿Protegerme? —se ríe, golpeándose el muslo—. Pero bueno, ¿por qué
necesitarías protegerme, cuando no hay nadie aquí para protegerte?
Lo miro fijamente, sin habla. ¿Qué le ha pasado al hombre que consideraba
mi familia? ¿Me he estado asociando con un extraño trastornado todo este tiempo?
—Entonces, ¿eres tú? ¿El chupa almas? Eres el maldito maníaco adicto.
—¡Ding, ding, ding! —se burla—. Pero no le pondría una etiqueta. Digamos
que, tengo un gran apetito, y últimamente he estado anhelando algo nuevo. Algo
suave y dulce. Pero un poco picante. ¿Tal vez con un toque de Vudú? ¿Y sabes lo
que sería extra delicioso? Sangre Laveau. Oooh, no he tenido eso en décadas.
Unas llamas azules se retuercen instantáneamente serpenteando en mis
brazos ante la mención del linaje de Amelie. Doy un paso atrás cuando me invade
un sentimiento de furia abrumadora. Los Oscuros, podemos anhelar el miedo para
saciarnos, pero ¿qué es lo que realmente nos mueve? ¿Qué impulsa nuestro poder a
toda marcha y nos hace casi imparables?
Rabia. Ira. El último pecado mortal.
—Cuida tu lengua, hijo de puta, si quieres conservarla —espeto, con la
mandíbula apretada. La escarcha ardiente se acumula detrás de mis ojos, casi como
una bala en la cámara de una pistola. Estoy listo. Si Varshaun cree que puede llegar
a Amelie, en serio está jodidamente loco.
Él sonríe, luciendo tan siniestro como una serpiente en el Jardín del Edén.
El fuego azul envuelve sus propias manos, y noto que luce más lleno. Denso.
Incluso sus ojos resplandecen más que nunca.
—Bueno, por supuesto que quiero conservarla. La necesitaré para lamer ese
lindo coño rosado antes de follármelo hasta que sangre. ¿Y dónde está nuestra
Amelie esta noche? Se está perdiendo su fiesta.
Ante el sonido de su nombre en sus labios, gruño, haciendo temblar el suelo.
Todo retumba a nuestro alrededor, emitiendo un rugido bajo. Los vasos de cristal y
las botellas de licor caen al suelo, y los cadáveres cuidadosamente colocados caen
en montones rígidos. El viento agita las cortinas y azota a nuestro alrededor,
generando torbellinos en toda la gran sala.
Varshaun mira maravillado, completamente ajeno a su inminente patada en
el culo.
—¡Bravo, Nikolai! ¡Bravo! Ha pasado tanto tiempo desde que te vi agitado.
Debo admitir que, tenía miedo de que perdieras el toque. Te ablandaras, si quieres.
Pero ahora… ahora que el viejo tú está de vuelta, ¿qué tal si vamos a buscar a tu
pequeña mucama francesa y nos encargamos juntos de ella? Vamos a follarla hasta
dejarla sin cordura. Llenar esa bonita boquita con dos pollas. Rasgar todos los
pequeños agujeros apretados y verla llorar y sangrar. Después, cuando la hayamos
usado de toda manera posible, respiraremos cada gota de esa sangre Laveau.
Enviar un mensaje a esas alimañas rastreras.
—No —gruño. Todo mi cuerpo tiembla, intensificando los temblores bajo
nuestros pies.
—¿No? Bien. Haz lo que quieras. De todos modos, no quería compartir.
Golpea primero, lanzándome una bola de llamas candentes que bloqueo,
pero solo apenas. Es más fuerte. Mucho más fuerte como si hubiera estado
acumulando poder durante semanas. Mucho más fuerte como si hubiera matado a
docenas de los nuestros.
Ataco con mi propia corriente, cantando un hechizo en nuestra lengua
nativa para debilitarlo. Es inútil. Mis palabras ni siquiera lo penetran. Se protege,
pero ni siquiera tengo tiempo para ejecutar un contraataque cuando ya está
corriendo en mi dirección, justo a través de mi corriente de fuego eléctrico, como si
ni siquiera lo lastimara. Como si fuera impermeable a mi magia.
—¡Jódete! —gruñe, derribándome al suelo. Me golpea en la cara con la
fuerza suficiente para decapitar a un humano. Lanzo mis propios golpes poderosos,
apuntando a cada punto vulnerable expuesto.
Rodamos en el suelo, golpeando, pateando, arañando para sobrevivir. Los
sonidos horripilantes de la carne desgarrada y los huesos agrietados quedan
silenciados por el rugido de los vientos mortales a nuestro alrededor. Todo a
nuestro alrededor tiembla, y el piso debajo de nosotros se agrieta, creando una
fisura que recorre toda la casa. Está a punto de producirse un huracán de categoría
5, justo aquí en la Calle Bourbon. Y nuestra sangre no será la única que se
derramará esta noche.
El dolor y el agotamiento se apoderan de mi cuerpo, y de alguna manera,
Varshaun me supera. Me inmoviliza y descubre sus dientes manchados de sangre.
Su cabello luce salvaje y enmarañado con la espesa sustancia roja, y tiene un corte
profundo sobre su ojo. Lo he lastimado, pero sé que no me veo mucho mejor.
—¡He querido matarte durante décadas, maldito malcriado de mierda! No
mereces este poder. No mereces la corona. ¡No eres digno de llamarte Oscuro!
—Al menos tengo la corona, pedazo de mierda. ¡Debería haberte dejado en
las calles donde te encontré! —Escupo en su rostro, salpicándolo con mi propia
sangre.
Él extiende su palma, y me quedo inmóvil sin fuerzas, todo mi cuerpo se
paraliza. ¿Cómo? ¿Cómo podría…? No. ¡No! ¡Esto es imposible! Nadie tiene este poder.
Nadie excepto…
—Ves, pequeño Skotos, he aprendido algunos trucos más.
No puedo moverme, así como pasó con Malcolm cuando sofoqué todas las
funciones de su cuerpo antes de matarlo. Mierda, ni siquiera puedo parpadear.
Todo lo que puedo lograr es un estrangulado gemido ininteligible.
—¿Qué dices, viejo amigo? ¿Vas a matarme? Aw, qué lindo, pequeño
Skotos. Pero lamento decirte que hoy no es tu día.
Como en el momento justo, como coreografiado por el hijo de puta
enfermo, Amelie entra corriendo a la habitación, con miedo y confusión grabados
en su rostro. Al principio, no me ve a través de la bruma del viento y los escombros,
pero tan pronto como nuestros ojos colisionan, grita mi nombre, corriendo en mi
ayuda. Intento luchar para liberarme de las restricciones invisibles, pero sé que es
inútil. No hay nada que pueda hacer para salvarla. Mierda, ni siquiera puedo
salvarme.
—Ah, ah, ah. Es hora de que te sientes —le advierte Varshaun, deteniendo
su avance. Guía su cuerpo hacia la silla más cercana con su otra mano, dándole
una vista de la carnicería en primera fila. Cuando se vuelve hacia mí, sus ojos son
casi blancos con su ansia de magia—. Ahora que toda la pandilla está aquí,
repasemos esto una vez más, ¿de acuerdo? Primero, te arrancaré el puto corazón.
Luego me lo voy a comer. —Gira la cabeza hacia Amelie, quien se sienta a solo
unos metros de distancia, temblando incontrolablemente—. Después, voy a llevar a
la señorita Laveau arriba a tu cama, y apuñalarla con mi polla hasta que sangre mi
semen.
Escucho su voz, pero las palabras suenan amortiguadas. Sus amenazas me
importan una mierda. Todo lo que puedo ver es Amelie. Mis ojos permanecen fijos
en los de ella y los suyos en los míos. Lágrimas angustiadas se deslizan por sus
mejillas, y sus dientes rechinan de miedo. Quiero borrarlo todo. Quiero besar esas
lágrimas, y hacer que nunca más vuelva a llorar. Quiero abrazarla, meterla debajo
de mi brazo y poner su cabeza sobre mi pecho mientras sueña conmigo. Quiero
mostrarle el mundo, y toda la belleza que hay en él, la cual aún palidecería en
comparación con ella.
Quiero amarla, aunque sea por el resto de sus días humanos. Nunca más
quiero que vuelva a sufrir. Nunca más quiero que luche otra vez. Solo quiero
hacerla tan feliz como ella me ha hecho en cuestión de semanas.
Quiero ser mejor. Mejor por ella. Mejor por los dos.
Varshaun, tan charlatán y teatral como siempre, incluso como un asesino
demente, presiona una mano contra mi pecho. Siento la presión, y sé que el final
está cerca. Y moriré pacíficamente, honorablemente, con la cara de Amelie siendo
lo último que vea.
Tan rápido que creo que lo estoy imaginando, sus ojos brillan con un dorado
luminoso. Me digo que estoy alucinando por la pérdida de sangre, pero sucede algo
notable. Calor. Todo sobre mí. Comienza como una combustión lenta antes de
encenderse en un fuego rabioso, descongelando mis sentidos congelados.
Sé que esto no es una alucinación. Esto es real. Es magia. Es el destino. Su
destino. La razón por la que me enviaron mi Amelie.
Distraído con su diatriba, Varshaun ni siquiera ve mi mano cuando vuela
hasta su garganta, cortando sus siguientes palabras. Todavía me tiene inmovilizado,
ya que no tengo pleno uso de mi poder, pero ahora que lo tengo agarrado, nada
más que la muerte me hará soltarlo.
—Tu primer error fue pensar que podías hacer trampa para superarme —
gruño roncamente. Aprieto más fuerte, lo suficiente como para que sus ojos se
abran con pánico. Lo suficientemente fuerte como para sentir los tendones en su
cuello quejándose a través de la tensión—. Tu segundo error fue amenazar a la
mujer que amo. Tus crímenes son grandes y castigados con la muerte, y como tu
príncipe, el príncipe de los Oscuros, es mi deber llevarte ante la justicia. Ahora,
viejo amigo… te cortaré la cabeza.
Observo su expresión aterrorizada a medida que mis dedos se clavan en
cada lado de su cuello, cortando músculos, ligamentos y arterias. Siento su pulso
mojado en la palma de mi mano, el líquido caliente escurriendo por mi brazo y
salpicando mi cara. Y cuando mis dedos se encuentran con mi pulgar, y la cabeza
de Varshaun cuelga solo por un hilo de vértebras, la rompo como una ramita y
arrojo los pedazos de su cadáver a un lado, sin querer su suciedad sobre mí ni por
un segundo más.
Amelie corre a mi lado, libre de las restricciones con su muerte.
—Oh, Dios mío, cariño. ¡Niko, lo siento! Sé que me dijiste que condujera, y
lo hice, ¡pero no podía! No podía dejarte. ¡Tenía que volver!
La miro y le sonrío, levantando una mano ensangrentada para acunar su
mejilla.
—Está bien. Está bien, nena. Ya no tienes que llorar —respondo
ásperamente, de repente sintiéndome letárgico y débil.
Ambos miramos hacia abajo para evaluar mis heridas, dándonos cuenta que
no he hecho ningún intento de pararme. La sangre cubre cada centímetro de mi
camisa, y sé que buena parte es mía. Mi cara se siente llena de plomo, cada vez más
pesada con cada segundo que pasa. Y dentro de mí… dentro de mí, sé que algo no
está bien. Algo que quedó anulado temporalmente por la adrenalina.
—Oh, no —llora, tocando mi cara suavemente—. Estás herido. ¿Qué puedo
hacer? ¡Necesitas ayuda! —Mira a su alrededor frenéticamente, buscando alguna
señal de vida.
—No hay nadie. Nada que podamos hacer. Sanaré —le aseguro. Pero sé que
es una mentira. No hay vuelta atrás de esto. No sin algo extra para ayudar en el
proceso.
—Deja que te ayude. —Se baja el escote de su suéter, rasgando la tela para
exponer su pecho completamente—. Respírame. Déjame ayudarte a sanar.
Sacudo la cabeza, y me estremezco instantáneamente. Sé que he sufrido una
lesión en la cabeza bastante grave.
—No. No, no haré eso.
—¡Por favor! Estaré bien, lo prometo. Te ayudará, ¿no? ¿Cierto?
Sé que debería mentir nuevamente, pero por alguna razón, con la Muerte
mirándome fijamente a la cara, ni siquiera puedo encontrar la fuerza para decir otra
cosa que no sea la verdad.
—Sí. Ayudará.
—Entonces, hazlo. Por favor. Te amo, Niko, y no voy a dejar que me dejes.
¡Lo prometiste! ¡Prometiste que no te irías! Por favor, haz esto por mí.
Acerca su cuerpo junto al mío y coloca su garganta y pecho justo en mi
boca.
—Por favor —ruega. Una sola lágrima se desliza de su barbilla y cae sobre
mis labios ensangrentados. Y… mi destino está sellado.
La acuno en mis brazos, ignorando el dolor insoportable que se dispara y me
recorre el torso. Está bien; todo se habrá ido pronto. Primero, beso su cuello
suavemente, apenas rozándolo con mis labios hinchados. Luego, mis párpados se
cierran e inhalo.
Respiro el paraíso. Felicidad. Vida.
La luz dorada fluye hacia mi cuerpo. Puedo saborearla. Olerla. Escucharla.
Demonios, me convierto en eso. Sin peso, floto sobre nubes esponjosas hasta la
euforia, donde mis sentidos estallan en éxtasis. Estoy volando, besando al sol,
sintiendo el viento cálido deslizarse sobre mi cuerpo. Y Amelie está conmigo.
Riendo, sonriendo, besando, amando, viviendo, muriendo…
Muriendo.
Abro los ojos, y aferro su cuerpo contra el mío. No hace ningún sonido,
cuando gentil pero urgentemente la dejo sobre su espalda.
—¡Amelie! ¡Amelie, nena, háblame!
Pero sé que es demasiado tarde. Cada herida que sufrí le ha sido dada. Lo
tomó todo, me quitó el dolor. Recibió mi muerte para poder darme su vida.
Sacudo su cuerpo inerte, gritando su nombre una y otra vez. Y, por algún
milagro, respira hondo y apenas abre los ojos.
—Amelie, ¿qué hiciste, nena? ¿Qué hiciste? —La humedad cae de mis ojos y
corre hacia mi boca. Es cálida y salada. Lágrimas. Mis lágrimas.
—Está bien. Es lo que se supone que debe pasar. Para eso me enviaron —
susurra.
Las lágrimas caen más rápidas y más duras, nublando mi visión.
—No, no, no. ¡Pero se suponía que debía salvarte! Si te amaba, podía
salvarte. Y lo hago, nena. Maldita sea, mucho. Te amo. Lo siento tanto. Fui
demasiado lejos. Por favor. Tienes que vivir. ¡Tienes que vivir por mí!
Amelie sonríe, y aunque su cuerpo está frío, me llena de calor.
—Lo hago, cariño. He vivido diez años contigo.
—¡No! ¡No acepto eso! ¡Eso no es suficiente! Si te amaba, podía salvarte.
Eso es lo que dijiste. ¡Eso es lo que dijo la jodida Luz, maldita sea! Te amo. Así
que, ¡ahora puedo salvarte!
Su frágil mano temblorosa se extiende para tocar mi rostro, y me mira a los
ojos, esos iris color ámbar cautivándome por última vez.
—No es a mí a quien debes salvar.
Los siguientes momentos pasan como un sueño. Colores demasiado
brillantes, distorsionados, apagados. Lo ves sucediendo, pero no puedes detenerlo.
No puedes saltar e intervenir. No puedes evitar que tome su último aliento. No
puedes evitar que sus párpados se cierren, enviándola a un sueño eterno. No puedes
terminar con la agonía debilitante destruyendo todo tu cuerpo, atravesando
directamente tu alma hecha jirones, mientras la miras sin poder hacer nada.
Podría morir mil muertes, pero aun así no encontraría la paz. No me haría
odiarme menos por matarla. Por intercambiar su calor por la quietud fría. Por robar
su luz y reemplazarla con oscuridad. Eso no me devolvería mi Amelie.
Soy desterrado a vagar por la Tierra bajo la noche eterna, maldito de por
vida a la autodestrucción y el dolor. Y eso ni siquiera es penitencia para lo que he
hecho. Soy un demonio, y he ardido.
He visto cómo todo lo que amo se desmorona en polvo y cenizas. Y pasaré
la eternidad ardiendo en mi infierno personal sin ella aquí para salvarme. Justo
como debería haberla salvado.
Amelie era mi sueño. Era mi vida. Mi amor.
Mi razón para respirar.
Epílogo
E
l viento sopla desde el este, besando al Egeo antes de filtrarse a
través de la tela suelta de su vestido fluido. La hermosa mujer se
para en su balcón, mirando al mar, observando las olas chocando
contra las rocas irregulares. La luz del sol brilla en las cristalinas aguas azules,
haciéndolas resplandecer. A ella le encanta esta vista. Siempre ha sido su favorita.
Tantos recuerdos están ligados a esa playa. Recuerdos que evocan sentimientos de
alegría, felicidad y amor. Cosas que no ha sentido en muchas lunas.
—Alteza, hay noticias de Nueva Orleans. La tarea ha sido completada —
dice una voz femenina detrás de ella.
—Bien —responde sin girarse—. ¿El daño?
—Moderado. Lo están clasificando como una tormenta tropical.
—¿Y Nikolai?
—Está bien. Afligido, pero sano. De camino a casa.
—¿La mujer?
—Muerta. Todos muertos. No hay testigos, como usted solicitó.
—Bien. —Se toca un rizo oscuro, antes de colocarlo cuidadosamente detrás
de su oreja—. Mi dulce, dulce hijo. Un día, verá que fue por su propio bien. Que
fue para protegerlo. Es demasiado joven, demasiado débil para entender eso ahora.
Es por eso que nunca puede saber de esto. ¿Entendido?
—Sí, señora. Además… hay otra cosa.
—Continúa. —La impresionante mujer suspira con aburrimiento.
—Su hijo… ha sido encontrado.
Delia Skotos se gira, un confundido ceño fruncido empañando sus rasgos
perfectos.
—¿De qué estás hablando, niña? Acabas de decir que está volviendo a casa,
¿verdad?
Aurora tiembla ante el tono amargo de la reina. Sabe que Delia la desprecia,
pero la tolera por pura necesidad. Si no fuera por su homónima, Delia habría
matado a Aurora hace años.
—No Nikolai, su alteza —chilla—. Dorian. Lo han encontrado. El príncipe
Oscuro ha vuelto.
FIN
Nota de la Autora
¡¡¡¡OH POR DIOS!!!!
¡Qué triste y horrible final!
Sé que quieres arrojar tu e-reader, llorar, maldecir el día que nací o una
combinación de las tres cosas, pero por favor deja la muñeca Vudú (por cierto, no
se parece a mí) y respira hondo.
¿Mejor?
De acuerdo.
Si has leído Dark Light y The Dark Prince, sabrás que Nikolai es una precuela
de la historia de Gabriella y Dorian. Conocimos a Niko en TDP y causó una gran
impresión. Quería escribir Nikolai porque quería que todos lo conocieran mejor.
Para entender de dónde proviene esa compasión y el dolor subyacente. Niko sufrió
mucho al final de su historia, pero te aseguro que era absolutamente necesario. No
soy una COMPLETA sádica.
No se preocupen, amigos. Lo van a comprender en Light Shadows. O pueden
odiarme aún más. Supongo que tendremos que esperar y ver…
Próximo Libro
Hace veintiún años, la vida de Gabriella le fue robada incluso antes de que
comenzara.
Huérfana de nacimiento y rodeada de una fortaleza de mentiras protegiendo
su identidad, nunca entendió realmente su propósito en esta tierra. Pero ahora que
ha ascendido, abrazando su destino, los fantasmas de su pasado han vuelto para
perseguirla.
Incluso con un poder insuperable corriendo por sus venas, parte de Gabriella
está rota irreparablemente. Y con los viejos enemigos trabajando para destruir la
pequeña pizca de normalidad que le queda, se verá obligada a enfrentar la fea
verdad sobre Dorian, el hombre que eligió amar a pesar de su oscuridad.
Todo lo que amaba es mentira, y todos los que creía conocer son extraños. Y
ahora que Gabriella está a punto de ser arrastrada a la batalla de su vida, descubre
que puede estar luchando por el lado equivocado.
Dark Light #3
Sobre la autora
S.L. Jennings es la orgullosa esposa militar de su amor de secundaria,
mamá de tres revoltosos chicos, y autora de romance contemporáneo y paranormal
en la lista de los más vendidos en New York Times y USA Today.
Cuando no está obsesionada por sus novios literarios, puedes encontrarla
pasando el rato con algunos épicos amores de la ficción en librerías independientes
o bebiendo un Bloody Mary en su lugar favorito en Spokane, Washington.
Es una autoproclamada esnob de la comida, adicta del maquillaje y amanta
de todas las cosas brillantes, relucientes y cursis.
Dark Light:
1. Dark Light
2. The Dark Prince
3. Nikolai
4. Light Shadows
Créditos
Moderación
LizC y Mariela
Traducción
ElenaTroy
Eli25
LittleCatNorth
LizC
Mariela
Corrección y revisión final
LizC y Mariela
Diseño
Evani
Realizado sin fines de lucro para promover la lectura.
Apoyemos a los autores comprando el original.