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Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas, una joven llamada Clara.

Ella vivía con su abuela, una mujer sabia y conocida por contar historias mágicas
sobre criaturas fantásticas que habitaban en los bosques cercanos. Clara, aunque
fascinada por los relatos, siempre pensó que eran solo cuentos para hacer soñar a
los niños.

Un día, mientras paseaba por el bosque, Clara encontró una antigua puerta de madera
oculta entre los arbustos. Era pequeña, como si fuera una puerta destinada a un
mundo diminuto, y estaba decorada con extraños símbolos que brillaban débilmente
al sol. Intrigada, la tocó suavemente, y en ese momento, la puerta se abrió
lentamente, revelando un paisaje que nunca había visto: un vasto campo de flores de
colores brillantes, árboles de frutas doradas y criaturas que danzaban entre los
arbustos.

Al principio, Clara pensó que estaba soñando, pero pronto se dio cuenta de que no
era así. Una pequeña hada con alas iridiscentes apareció ante ella y le sonrió.

—Bienvenida, Clara. Has encontrado la puerta al reino de los sueños olvidados. Este
lugar solo se revela a aquellos que realmente creen en la magia.

Clara, sorprendida, apenas podía hablar. El hada le explicó que ese reino era hogar de
seres mágicos que ayudaban a los humanos a encontrar lo que habían perdido:
recuerdos, sueños olvidados, y a veces, hasta la esperanza perdida.

—Si deseas, puedes quedarte y explorar este mundo, pero debes tener cuidado
—advirtió el hada—. Aquí el tiempo no es el mismo que en tu mundo, y las decisiones
que tomes pueden cambiar el curso de tu vida.

Clara decidió seguir al hada, y pronto encontró un río cristalino que reflejaba un cielo
estrellado, aunque era pleno día. El hada le pidió que cruzara el río y llegara al otro
lado, donde se encontraría con algo que había perdido hace mucho tiempo. Al otro
lado, Clara vio una figura familiar: su madre, que había desaparecido cuando ella era
pequeña.

Con el corazón latiendo con fuerza, Clara se acercó a la figura, pero antes de poder
hablar, la imagen comenzó a desvanecerse, como si nunca hubiera estado allí. El
hada, observando su tristeza, le explicó:

—Este no es tu recuerdo real, sino un sueño perdido. A veces, las personas olvidan
lo que más quieren, y este lugar ayuda a recuperarlo, aunque no siempre de la forma
que esperamos.

Clara, con lágrimas en los ojos, comprendió que lo que había perdido no era solo su
madre, sino la fe en lo imposible. Regresó a su hogar con una sensación de paz en su
corazón, sabiendo que, aunque no pudiera regresar al reino, siempre llevaría consigo
la magia de los sueños olvidados.
Y así, Clara vivió el resto de su vida, sabiendo que en algún rincón del mundo, la
magia seguía esperando a aquellos valientes que se atrevían a creer en lo
extraordinario.

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