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INSTITUTO DE FORMACION DOCENTE N°9 SUNCHO CORRAL

PROFESORADO DE EDUCACION SECUNDARIA EN HISTORIA

ASIGNATURA

HISTORIA CONTEMPORANEA

TRABAJO PRACTICO

GRAN DEPRESION Y REGIMENES TOTALITARIOS

ESTUDIANTE: MANSILLA PABLA MERCEDES

DOCENTE: LIC. FERNANDEZ MONICA

2024

pág. 1
Los regímenes totalitarios

El conflicto armado mundial iniciado en 1914, que ocasionó cambios profundos en los
sistemas de gobierno de los países beligerantes y una situación de crisis en los regímenes
democráticos, desestabilizó seriamente la política interna de Italia cuando en este país
todavía no se consolidaba la unificación recientemente lograda, y en momentos en que se
veía amenazado por los conflictos internos generados con el nuevo auge del socialismo.

Orígenes del fascismo

El fascismo tomó su nombre de una organización creada por Benito Mussolini, italiano
de ascendencia obrera quien inició sus actividades políticas como socialista para luego
dar un cambio radical en 1914, al publicar sus tesis ultranacionalistas en el periódico Il
Popolo d’Italia fundado y dirigido por él mismo.

En los primeros tiempos los fines del movimiento eran todavía confusos y no se
diferenciaban mucho de los que defendían otros grupos revolucionarios; el fascismo se
proclamaba republicano y proponía una síntesis entre nacionalismo y socialismo que no
estaba claramente definida.

Reinhard Künhl considera al fascismo como dos formas de dominio burgués; en su tesis
el liberalismo sería el instrumento ideológico de que se valió la burguesía para desplazar
a los estamentos privilegiados del absolutismo y el fascismo el instrumento de freno de
la revolución proletaria, y en este supuesto el liberalismo la antítesis del absolutismo y el
fascismo del socialismo.

En Italia una línea interpretativa ha sostenido la versión del fascismo como paréntesis,
como la interrupción de la marcha de la historia italiana.

Gobierno de Mussolini

El gobierno de Mussolini se vio favorecido por el cambio positivo en la economía


mundial durante los tres años transcurridos desde que tomara el poder, cambio que
permitió la consolidación de la política económica y social del régimen fascista en los
siguientes aspectos: aumentó el nivel de ingresos, se redujo el desempleo, hubo un
crecimiento importante en la industria de manera que el país pudo participar en el
comercio internacional, y se alcanzó un equilibrio en las finanzas del Estado.

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En febrero de 1929, se firmó el Tratado de Letrán, un Concordato que Mussolini
estableció con el Vaticano y que representaba un innegable éxito para la Iglesia Católica,
pues además de reconocer la soberanía del papa con “dominio exclusivo” sobre la Ciudad
del Vaticano, el gobierno declaraba al catolicismo como religión oficial del Estado
italiano. El Concordato no solo benefició a la Iglesia, sino que sirvió también para
aumentar el prestigio de Mussolini ante el pueblo italiano.

A partir del Tratado, el Vaticano sostuvo activamente la política de orden y trabajo


impuesta por el Duce, quien llegaría a ser reconocido por el Papa Pio XI como “El hombre
de la Providencia”.

Postulados del Fascismo

Una vez que Mussolini logró consolidar su prestigio dentro y fuera de Italia, el Estado
Fascista fue convirtiéndose en totalitario y fueron definiéndose las características de lo
que puede considerarse la “Doctrina del fascismo”, cuyos postulados esenciales son los
siguientes:

a) Estado totalitario. La supremacía absoluta del Estado se juzgaba esencial, y


Mussolini la resumió en una frase: “todo en el Estado; nada fuera del Estado ni
contra del Estado”. De acuerdo con estas premisas, para el pueblo sólo debía
contar la verdad el Estado, transmitida a través de la propaganda y dirigida
principalmente a la juventud.
b) Exaltación del jefe carismático. El Estado fascista requiere de un dirigente con
cualidades de líder, capaz de establecer con su pueblo una comunicación tan
estrecha que llega a adoptar ciertas formas de histeria colectiva; una comunicación
por la cual el pueblo se identifica con su jefe al grado de que sus deseos son los
que éste le impone pronunciando las palabras precisas que todo el pueblo esperan
escuchar, integradas en una masa homogénea en la que se ha perdido toda
voluntad individual.
c) Irracionalidad. Los fascistas suponen que las masas populares actúan
irracionalmente, y éstos se relaciona con la pérdida de la voluntad individual
necesarias para efectuar el adoctrinamiento. El control absoluto de las ideas no

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deja camino a la razón y requiere actos de fe en el Estado y en el líder. Es algo
semejante a una religión, en la que sólo se trata de “creer, obedecer, combatir”.
d) Protagonismo de las élites. El fascismo está contra la creencia en la igualdad civil
postuladas por las ideas liberales y democráticas, y niega sobre todo la igualdad
social propuesta por las corrientes socialistas. El Estado fascista tiene que estar
dirigido por las élites, es decir, por el grupo de personas que destacan gracias a
sus dotes para gobernar, lo cual no puede ser atributo de todos los integrantes del
Estado. El postulado fascista de la desigualdad social está ligado con la supuesta
irracionalidad de las masas en el sentido de que no todas las personas que
conforman el Estado tienen la misma capacidad de razonar, las élites destacan
tanto por sus cualidades de dirigentes tanto en el área política como en la
economía, mientras que el resto de los ciudadanos, por sus características de
inferioridad solamente deberían concretarse a obedecer.
e) Racismo y espacio vital. En relación con las ideas de superioridad racial, que
conducían a la xenofobia y el desprecio por las razas inferiores, estaba la ambición
de obtener territorios para rivalizar con las potencias imperialistas e incluso llegar
a superarlas en la hegemonía mundial, territorios que constituían el espacio vital
requerido por Italia para el desarrollo de su economía.
f) Nacionalismo. El nacionalismo se convirtió en fanatismo para el pueblo italiano,
dirigido por un líder que aparecía como un nuevo cesar que pondría al mundo
moderno bajo el dominio de Roma.
g) Militarismo. Para lograr la conquista del mundo era indispensable la existencia de
un ejército fuerte y disciplinado que, mediante ostentosos desfiles militares,
mostrara su poderío ante el extranjero.

La política exterior del Estado fascista:

Durante este periodo, Mussolini buscó la hegemonía en los Balcanes y el Mediterráneo.


En 1923, ocupó la isla de Corfú, y al año siguiente firmó un tratado con Yugoslavia,
renunciando a la costa dálmata a cambio de Fiume. También invadió Somalia y convirtió
Albania en un protectorado. Su conciliación con el Vaticano le otorgó apoyo papal, y al
mismo tiempo, mantuvo buenas relaciones con Gran Bretaña y Francia, condenando el
expansionismo alemán en la Conferencia de Stressa de 1935.

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Esta fase se centró en la reconstrucción del antiguo imperio italiano para desviar la
atención de los problemas económicos. Mussolini conquistó Libia y, en 1935, atacó
Etiopía sin declarar la guerra, proclamando al rey Víctor Manuel III como emperador tras
la captura de Addis Abeba. Esta agresión fue la primera violación significativa del
derecho internacional tras los Tratados de Paz. A pesar de las protestas de la Sociedad de
Naciones, el boicot internacional que se impuso a Italia fue insuficiente. Este periodo
marcó el inicio de una nueva aventura bélica que eventualmente contribuiría a una guerra
más devastadora que la Primera Guerra Mundial.

La política económica del Estado fascista:

La política económica del Estado fascista bajo Mussolini se fundamentó en los éxitos
económicos iniciales de su gobierno, que le dieron legitimidad y poder. Ante la crisis
económica de 1929, Mussolini intervino decisivamente en la economía, apoyado por
empresarios que buscaban soluciones a sus problemas. El Estado fascista concentró el
control de muchas industrias y empresas en quiebra.

El gobierno reorganizó la industria metalúrgica, amplió las plantas hidroeléctricas y llevó


a cabo importantes proyectos de obras públicas, controlando la construcción de nuevas
fábricas. Además, Mussolini abandonó su enfoque liberal-capitalista en el comercio
exterior y adoptó medidas proteccionistas para estabilizar la moneda italiana frente a la
economía global. Esta intervención estatal se convirtió en un pilar del régimen fascista.

La Alemania nacionalsocialista:

El nacionalsocialismo, o nazismo, surgió en Alemania con la creación del Partido


Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP) en 1920. Aunque similar al
fascismo italiano, sus raíces eran típicamente alemanas, influenciadas por la frustración
tras la derrota en la Primera Guerra Mundial y la humillación del Tratado de Versalles.
Esta situación despertó un fuerte sentimiento nacionalista en el pueblo alemán, basado en
su orgullo por el ejército prusiano y en doctrinas que exaltaban la superioridad racial de
los germanos.

Las ideas de una supuesta superioridad ario-germana se vieron reforzadas por


interpretaciones erróneas de la teoría de la evolución, que promovieron la creencia de que
solo los pueblos más fuertes sobrevivirían. Intelectuales alemanes exploraron conceptos

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como la raza superior y el "espacio vital" (lebensraum), vinculando la guerra con la
vitalidad de la nación.

El revanchismo contra los vencedores de la guerra y la traición sentida por los


excombatientes hacia los partidos políticos de la nueva república contribuyeron a crear
un ambiente propicio para el ascenso del nacionalsocialismo. Muchos exsoldados se
sintieron desclasados y sin rumbo, alimentando así el apoyo al movimiento nazi.

El ascenso del Partido Nazi al poder:

En la década de 1930, Alemania enfrentó una profunda crisis económica exacerbada por
la Gran Depresión, que llevó a un aumento drástico del desempleo y debilitó al gobierno,
incapaz de resolver la situación. Este descontento fue aprovechado por el Partido Nazi,
que prometió un “verdadero socialismo” y bienestar para los trabajadores, ganando apoyo
de la clase media y las clases capitalistas, temerosas del socialismo. A medida que
aumentaban los enfrentamientos en las calles entre comunistas y los nazis, estos últimos
se beneficiaron al ser vistos como los defensores contra el "terror rojo".

El Partido Nazi, que en 1928 tenía solo el 2.8% de los votos, se convirtió en la segunda
fuerza política en 1930. En las elecciones presidenciales de 1932, aunque Hitler no ganó,
logró el apoyo de diversas fuerzas nacionalistas. Finalmente, el 3 de enero de 1933,
Hindenburg nombró a Hitler canciller, marcando el inicio del control nazi sobre
Alemania, con un gabinete que incluía a figuras clave del régimen y de la clase
conservadora.

Gobierno de Hitler:

Una vez en el poder, Hitler implementó medidas para consolidar su control absoluto en
Alemania. Estableció la Gestapo, la policía secreta que perseguía a los opositores
políticos del nacionalsocialismo. Su régimen llevó a cabo tres acciones de terror
conocidas como "noches históricas": el incendio del Reichstag en febrero de 1933, que se
usó para culpar a los comunistas y justificar su prohibición; la Noche de los Cuchillos
Largos en junio de 1934, dirigida contra miembros de las SA que amenazaban el poder
de las SS; y la Noche de los Cristales Rotos en noviembre de 1938, un ataque violento
contra la comunidad judía que resultó en la destrucción de sinagogas, arrestos masivos y
asesinatos.
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El incendio del Reichstag permitió al Partido Nazi ganar las elecciones de marzo de 1933
y obtener la mayoría parlamentaria, lo que llevó a la aprobación de una ley que otorgó a
Hitler plenos poderes para gobernar por decreto durante cuatro años. Aunque podía
modificar la Constitución, decidió mantener la de Weimar en teoría. Tras la muerte del
presidente Hindenburg en agosto de 1934, Hitler se autoproclamó presidente del Reich,
combinando la jefatura del Estado y del gobierno, y su nombramiento fue ratificado por
un plebiscito con un 88% de apoyo.

El Tercer Reich, Estado totalitario

A partir de que el Parlamento otorgó plenos poderes a Hitler, Alemania se encaminó hacia
un Estado totalitario. El 14 de julio de 1933, se estableció el sistema de partido único con
el NSDAP, disolviendo instituciones democráticas y supliendo a opositores como
socialistas y sindicatos. En agosto de 1934, se proclamó el Tercer Reich, donde Hitler
gobernó como dictador apoyado por la élite nazi.

Durante este régimen, se implementaron persecuciones sistemáticas contra los opositores


políticos y grupos considerados "inferiores", especialmente judíos, homosexuales y
gitanos. Los campos de concentración, administrados por las SS y la Gestapo, se
convirtieron en centros de exterminio, donde más de cuatro millones de personas, en su
mayoría judíos, fueron asesinadas.

La educación y la propaganda fueron herramientas clave para adoctrinar a la juventud


alemana, controlando los medios educativos y promoviendo el nacionalsocialismo. Se
llevaron a cabo quema de libros y la creación de organizaciones como las Juventudes
Hitlerianas para asegurar la alineación ideológica. Las Leyes de Nuremberg de 1935
marginaron aún más a los judíos y prohibieron matrimonios mixtos, mientras que
intelectuales y artistas que se opusieron al régimen fueron forzados al exilio. En resumen,
el régimen nazi se caracterizó por su opresión sistemática, violencia y control total sobre
la vida social y cultural.

Política Económica

La política económica de Hitler se desarrolló en dos fases. La primera, entre 1933 y 1936,
se enfocó en combatir la crisis económica y el desempleo. Hjalmar Schacht, un
economista liberal, implementó medidas proteccionistas y fomentó la colaboración de
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empresarios para aumentar el empleo en la industria de armamentos y en obras públicas.
Gracias a estas medidas, se logró el pleno empleo y la inflación se moderó.

La segunda fase, de 1936 a 1939, se caracterizó por un control más directo del Estado
sobre la economía, abandonando el Plan Schacht. Hermann Goering administró un plan
de cuatro años para maximizar los recursos nacionales y lograr la autosuficiencia
económica. Durante este período, se congelaron salarios y se restringió el consumo,
coincidiendo con la reactivación de la industria de armamentos.

Sin embargo, en 1938, la economía enfrentó dificultades por la inflación provocada por
el aumento del gasto militar y una crisis mundial. Ante esta situación, Hitler se resistió a
reducir el rearme, optando por la posibilidad de desatar una guerra que asegurara recursos
y mano de obra mediante conquistas, lo que justificaría una economía de guerra. A
principios de 1939, la presión económica empujaba a Hitler hacia un conflicto armado.

Política exterior

La política exterior de Hitler se puede dividir en tres fases clave, enfocadas en rearmar a
Alemania, unificar a las personas de habla alemana y expandir su territorio.

Primera fase (1933-1934): Hitler adoptó una postura cautelosa, firmando un tratado
comercial con Gran Bretaña y un Concordato con el Vaticano. Sin embargo, en octubre
de 1933, Alemania abandonó la Sociedad de Naciones y firmó un pacto de no agresión
con Polonia. Hitler declaró unilateralmente saldadas las reparaciones de guerra y realizó
un primer intento de Anschluss (anexión de Austria) en 1934, que fracasó debido a la
intervención de Mussolini y la oposición a su política.

Segunda fase (1935-1936): Esta fase inició con la reincorporación del Sarre a Alemania
tras un plebiscito favorable. Hitler aceleró el rearme al crear la Luftwaffe y restablecer el
servicio militar obligatorio, lo que llevó al rechazo del Tratado de Versalles. En 1936, se
consolidó la alianza con Italia tras la intervención en la Guerra Civil Española, formando
el Eje Berlín-Roma.

Tercera fase (1937-1939): Comenzó con un segundo intento de Anschluss, que


finalmente se concretó en marzo de 1938 sin resistencia armada. A continuación, Hitler
apuntó a los Sudetes en Checoslovaquia, utilizando tácticas de presión que llevaron al
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Pacto de Múnich en septiembre de 1938, donde se le cedieron territorios checos. En marzo
de 1939, Hitler ocupó el resto de Checoslovaquia, rompiendo promesas anteriores.

La situación llevó a las potencias occidentales a darse cuenta de la ambición expansionista


de Hitler, que culminó en un pacto de no agresión con la Unión Soviética en agosto de
1939, lo que generó gran inquietud y marcó el inicio inminente de la Segunda Guerra
Mundial.

El régimen de Stalin en la Unión Soviética

Tras la Primera Guerra Mundial, Rusia, a pesar de su oposición ideológica a las dictaduras
de Mussolini y Hitler, estableció un régimen dictatorial y totalitario bajo Stalin. Después
de derrotar a Trotski, quien fue expulsado del Politburó en 1926 y exiliado en 1929, Stalin
consolidó su poder y promovió un culto a la personalidad tanto de Lenin como de él
mismo. Su objetivo era "construir el comunismo" mediante la industrialización de la
Unión Soviética.

Para lograr esto, instauró un régimen de terror contra cualquier oposición. Aunque
justificaba su dictadura como una "dictadura del proletariado" según la teoría marxista,
en realidad, era un control férreo ejercido por Stalin y sus allegados en el Partido
Comunista. Esto implicó una severa disciplina que sacrificaba los intereses de los obreros
en pos de las metas de "socialización" de la economía rusa.

Una de las características de la dictadura de Stalin fue el recurso del terror como medio
de imponer sus planes, que colocaron a la sociedad rusa en un clima de angustia
permanente. Aunque el terror persistió durante todo el régimen de Stalin (terminó con
su muerte en 1953), alcanzó su máxima expresión en el periodo de 1935 a 1940, cuando
las grandes “purgas” llegaron a niveles sin precedentes con el encarcelamiento, la
deportación o la simple eliminación física de más de 6 millones de personas —
dirigentes del Partido Comunista y miembros de la administración, el ejército, la
industria y los círculos intelectuales— no sólo dentro de la URSS, sino también en el
extranjero (asesinato de Trotski en México en 1940).

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La Constitución de 1936

En diciembre de 1936, se promulgó una nueva Constitución en la URSS que consolidó el


socialismo en el país. Esta Constitución reflejaba principios fundamentales sobre la
organización económica y social, reconociendo la propiedad socialista sobre los medios
de producción, pero también permitiendo la propiedad privada de bienes de consumo.

El texto introdujo derechos y deberes ciudadanos, garantizando libertades limitadas bajo


el pretexto de servir a los intereses de los trabajadores y fortalecer el socialismo. Aunque
reconocía la libertad de asociación, consagraba la primacía del Partido Comunista de la
Unión Soviética (PCUS) como núcleo dirigente del Estado y de la sociedad.

Un cambio significativo fue la introducción del sufragio universal, igual, directo y secreto
para ciudadanos mayores de 18 años, lo que modificó la estructura electoral. Se
fusionaron el Congreso de los Soviets y el Comité Ejecutivo Central en el Soviet Supremo
del Estado, compuesto por dos Cámaras: el Soviet de la Unión y el Soviet de las
Nacionalidades, cada una con representación diferente según la población y las repúblicas
federadas.

Política exterior

Durante los primeros años del gobierno de Stalin (1928-1934), la política internacional
de la URSS se centró en el aislamiento, priorizando la transformación interna del país.
Sin embargo, a partir de 1934, ante la amenaza del expansionismo alemán, la URSS
cambió su enfoque y buscó establecer alianzas con potencias occidentales, siendo
reconocida oficialmente y admitida en la Sociedad de Naciones ese año.

En 1935, Stalin firmó alianzas con Francia y Checoslovaquia. Además, promovió la


doctrina del Frente Popular, que permitía a los partidos comunistas europeos colaborar
con grupos anti-fascistas, lo que se tradujo en la intervención soviética a favor del bando
republicano en la Guerra Civil española.

En 1939, frente al avance de Hitler y la inminencia de una guerra para la cual la URSS
no estaba preparada, Stalin firmó el pacto germano-soviético de no agresión. Este pacto
incluía cláusulas secretas que otorgaban a la URSS territorios en Polonia y el Báltico. Sin

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embargo, esta maniobra no logró detener la guerra, sirviendo más bien a Hitler para ganar
tiempo antes de la confrontación.

La Gran Depresión de 1929

La grave crisis económica iniciada en el otoño de 1929 no sólo afectó a la población


estadounidense, también alcanzó a otros países, sobre todo a los que dependían del crédito
de Estados Unidos. Al retirarse los capitales extranjeros colocados a corto plazo, los
banqueros de este país trataron de obtener dinero “líquido” para reembolsar los depósitos
de sus desesperados clientes, situación que los obligó a repatriar los fondos que más
fácilmente podían sacar de algunos países deudores, y a regresar los capitales invertidos
en otras naciones.

Gran Bretaña durante los años de la depresión

En Gran Bretaña, la depresión económica de 1930 causó un aumento del desempleo, que
pasó de un millón a cerca de tres millones. El gobierno laborista de Ramsay MacDonald,
para cubrir las pensiones de desempleo, aumentó el déficit presupuestario y la deuda
pública. Ante la crisis, MacDonald implementó un programa de reducción salarial y una
política de ahorro, lo que generó protestas dentro de su partido y las Trade Unions.

Se formó un Gobierno Nacional, compuesto por conservadores, liberales y laboristas,


para enfrentar la situación. Durante los mandatos de MacDonald, Stanley Baldwin y
Neville Chamberlain, se adoptaron políticas económicas nacionalistas, se abandonó el
patrón oro y se devaluó la moneda. Estas medidas, que incluían préstamos a bajo interés
para el sector industrial, empezaron a mostrar signos de recuperación hacia 1935, pero no
lograron el pleno empleo hasta que se inició un programa de reclutamiento militar y
fabricación de armamentos en la segunda mitad de la década.

La crisis también afectó las relaciones de Gran Bretaña con los dominios de la
Commonwealth, que buscaron mayor autonomía. En 1931, el Estatuto de Westminster
otorgó a estos territorios plena igualdad y autonomía legislativa. Además, Gran Bretaña
enfrentó movimientos emancipadores en Irlanda, India, Egipto y Palestina, lo que
contribuyó al desmoronamiento del Imperio Británico durante los años 30, en medio de
fuertes presiones políticas y económicas.

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Efectos de la gran depresión en América Latina

En América Latina, la Gran Depresión tuvo efectos variados según el grado de desarrollo
económico y las condiciones sociales y políticas de cada país. Las naciones en proceso
de industrialización, como México, Brasil y Chile, sufrieron gravemente por la
paralización de las inversiones extranjeras. Tras la Primera Guerra Mundial, los
capitalistas estadounidenses reemplazaron a los europeos en la región, aumentando sus
inversiones en varios países.

La crisis de 1930 en Estados Unidos impactó fuertemente a los exportadores


latinoamericanos, provocando una caída drástica en los precios de las materias primas.
Entre 1928 y 1932, el valor de exportaciones como café, azúcar y metales se redujo más
del 50%. El aumento de las tasas de interés en EE. UU. dificultó el pago de deudas
externas, lo que limitó aún más la inversión en la región. Además, la capacidad
importadora de estos países se vio gravemente afectada.

Políticamente, muchos países experimentaron golpes de estado o intentos de estos entre


1930 y 1933, lo que evidenció el descrédito de los modelos de crecimiento basados en el
comercio exterior. Las masas, descontentas, comenzaron a aceptar regímenes militares en
busca de estabilidad. Sin embargo, México se destacó por tener líderes militares de la
Revolución de 1910, en lugar de un cambio abrupto.

Frente a la crisis, los gobiernos latinoamericanos consideraron dos enfoques: mantener


vínculos comerciales con potencias industrializadas o impulsar la industrialización para
alcanzar independencia económica. La opción de la industrialización, conocida como
"sustitución de importaciones", buscaba reducir la dependencia exterior, generar empleo
y producir bienes localmente. Este modelo tuvo cierto éxito en países como México,
Brasil y Argentina hasta los años 60, cuando dejó de ser efectivo.

Estados Unidos, en New Deal

En Estados Unidos, la ineficacia de las medidas del presidente Herbert Hoover, basadas
en la creencia del liberalismo de que la economía podía autorregularse, condujo a la
victoria del demócrata Franklin Delano Roosevelt en las elecciones de 1932. Roosevelt
propuso el New Deal, una política destinada a mejorar el bienestar de los ciudadanos,
influenciada por las teorías de John M. Keynes.

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Al asumir el cargo, Roosevelt implementó una serie de reformas, comenzando con la
regulación bancaria y la devaluación del dólar para estimular la economía. Se llevaron a
cabo proyectos como el Tennessee Valley Authority, que buscaba desarrollar la cuenca
del río Tennessee a través de la construcción de presas y producción de energía. También
se otorgaron créditos para viviendas y se contrataron desempleados en obras públicas,
mientras se introducían medidas de protección social como seguros, abolición del trabajo
infantil, salarios mínimos y derechos sindicales.

A pesar de enfrentar resistencia de sectores conservadores que temían por el libre


mercado, Roosevelt continuó con su agenda y lanzó una segunda fase del New Deal en
1935. Su reelección en 1936 evidenció el apoyo popular hacia sus políticas. Para 1937, la
producción alcanzó niveles de 1929, aunque la prosperidad total aún no se había logrado.
Fue la demanda generada por la Segunda Guerra Mundial la que finalmente impulsó la
industria estadounidense y resolvió el desempleo causado por la Gran Depresión.

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