INSTITUTO SUPERIOR DE FORMACIÓN DOCENTE N°9 PROFESORADO DE EDUCACIÓN
SECUNDARIA EN HISTORIA
Trabajo practico
Regímenes totalitarios y gran depresión
Espacio curricular:
Historia Contemporánea
Profesora:
Fernández, Mónica
Alumna:
Gauna, Rita
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Introducción
En el presente trabajo abordaremos la temática de la gran depresión y los
regímenes totalitarios tomando en cuenta la bibliografía de los autores Rosa
Delgado y Vicens Vives, para luego redactarlas y así lograr el entendimiento
del lector, teniendo en cuenta el contexto político, económico y social en el
que se desataron esto hechos
Desarrollo:
Los regímenes totalitarios
El conflicto armado mundial iniciado en 1914, que ocasionó cambios profundos
en los sistemas de gobierno de los países beligerantes y una situación de crisis
en los regímenes democráticos, desestabilizó seriamente la política interna de
Italia cuando en este país todavía no se consolidaba la unificación recientemente
lograda, y en momentos en que se veía amenazado por los conflictos internos
generados con el nuevo auge del socialismo.
Orígenes del fascismo
El fascismo tomó su nombre de una organización creada por Benito Mussolini,
italiano de ascendencia obrera quien inició sus actividades políticas como
socialista para luego dar un cambio radical en 1914, al publicar sus tesis
ultranacionalistas en el periódico Il Popolo d’Italia fundado y dirigido por él mismo.
En los primeros tiempos los fines del movimiento eran todavía confusos y no se
diferenciaban mucho de los que defendían otros grupos revolucionarios; el
fascismo se proclamaba republicano y proponía una síntesis entre nacionalismo
y socialismo que no estaba claramente definida.
Reinhard Künhl considera al fascismo como dos formas de dominio burgués; en
su tesis el liberalismo sería el instrumento ideológico de que se valió la burguesía
para desplazar a los estamentos privilegiados del absolutismo y el fascismo el
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instrumento de freno de la revolución proletaria, y en este supuesto el liberalismo
la antítesis del absolutismo y el fascismo del socialismo.
En Italia una línea interpretativa ha sostenido la versión del fascismo como
paréntesis, como la interrupción de la marcha de la historia italiana.
Gobierno de Mussolini
El gobierno de Mussolini se vio favorecido por el cambio positivo en la economía
mundial durante los tres años transcurridos desde que tomara el poder, cambio
que permitió la consolidación de la política económica y social del régimen
fascista en los siguientes aspectos: aumentó el nivel de ingresos, se redujo el
desempleo, hubo un crecimiento importante en la industria de manera que el país
pudo participar en el comercio internacional, y se alcanzó un equilibrio en las
finanzas del Estado.
En febrero de 1929, se firmó el Tratado de Letrán, un Concordato que Mussolini
estableció con el Vaticano y que representaba un innegable éxito para la Iglesia
Católica, pues además de reconocer la soberanía del papa con “dominio
exclusivo” sobre la Ciudad del Vaticano, el gobierno declaraba al catolicismo
como religión oficial del Estado italiano. El Concordato no solo benefició a la
Iglesia, sino que sirvió también para aumentar el prestigio de Mussolini ante el
pueblo italiano.
A partir del Tratado, el Vaticano sostuvo activamente la política de orden y trabajo
impuesta por el Duce, quien llegaría a ser reconocido por el Papa Pio XI como
“El hombre de la Providencia”.
Postulados del Fascismo
Una vez que Mussolini logró consolidar su prestigio dentro y fuera de Italia, el
Estado Fascista fue convirtiéndose en totalitario y fueron definiéndose las
características de lo que puede considerarse la “Doctrina del fascismo”, cuyos
postulados esenciales son los siguientes:
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a) Estado totalitario. La supremacía absoluta del Estado se juzgaba esencial,
y Mussolini la resumió en una frase: “todo en el Estado; nada fuera del
Estado ni contra del Estado”. De acuerdo con estas premisas, para el
pueblo sólo debía contar la verdad el Estado, transmitida a través de la
propaganda y dirigida principalmente a la juventud.
b) Exaltación del jefe carismático. El Estado fascista requiere de un dirigente
con cualidades de líder, capaz de establecer con su pueblo una
comunicación tan estrecha que llega a adoptar ciertas formas de histeria
colectiva; una comunicación por la cual el pueblo se identifica con su jefe
al grado de que sus deseos son los que éste le impone pronunciando las
palabras precisas que todo el pueblo esperan escuchar, integradas en una
masa homogénea en la que se ha perdido toda voluntad individual.
c) Irracionalidad. Los fascistas suponen que las masas populares actúan
irracionalmente, y éstos se relaciona con la pérdida de la voluntad
individual necesarias para efectuar el adoctrinamiento. El control absoluto
de las ideas no deja camino a la razón y requiere actos de fe en el Estado
y en el líder. Es algo semejante a una religión, en la que sólo se trata de
“creer, obedecer, combatir”.
d) Protagonismo de las élites. El fascismo está contra la creencia en la
igualdad civil postuladas por las ideas liberales y democráticas, y niega
sobre todo la igualdad social propuesta por las corrientes socialistas. El
Estado fascista tiene que estar dirigido por las élites, es decir, por el grupo
de personas que destacan gracias a sus dotes para gobernar, lo cual no
puede ser atributo de todos los integrantes del Estado. El postulado
fascista de la desigualdad social está ligado con la supuesta irracionalidad
de las masas en el sentido de que no todas las personas que conforman
el Estado tienen la misma capacidad de razonar, las élites destacan tanto
por sus cualidades de dirigentes tanto en el área política como en la
economía, mientras que el resto de los ciudadanos, por sus
características de inferioridad solamente deberían concretarse a
obedecer.
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e) Racismo y espacio vital. En relación con las ideas de superioridad racial,
que conducían a la xenofobia y el desprecio por las razas inferiores,
estaba la ambición de obtener territorios para rivalizar con las potencias
imperialistas e incluso llegar a superarlas en la hegemonía mundial,
territorios que constituían el espacio vital requerido por Italia para el
desarrollo de su economía.
f) Nacionalismo. El nacionalismo se convirtió en fanatismo para el pueblo
italiano, dirigido por un líder que aparecía como un nuevo cesar que
pondría al mundo moderno bajo el dominio de Roma.
g) Militarismo. Para lograr la conquista del mundo era indispensable la
existencia de un ejército fuerte y disciplinado que, mediante ostentosos
desfiles militares, mostrara su poderío ante el extranjero.
La política exterior del Estado fascista:
Durante este periodo, Mussolini buscó la hegemonía en los Balcanes y el
Mediterráneo. En 1923, ocupó la isla de Corfú, y al año siguiente firmó un tratado
con Yugoslavia, renunciando a la costa dálmata a cambio de Fiume. También
invadió Somalia y convirtió Albania en un protectorado. Su conciliación con el
Vaticano le otorgó apoyo papal, y al mismo tiempo, mantuvo buenas relaciones
con Gran Bretaña y Francia, condenando el expansionismo alemán en la
Conferencia de Stressa de 1935.
Esta fase se centró en la reconstrucción del antiguo imperio italiano para desviar
la atención de los problemas económicos. Mussolini conquistó Libia y, en 1935,
atacó Etiopía sin declarar la guerra, proclamando al rey Víctor Manuel III como
emperador tras la captura de Addis Abeba. Esta agresión fue la primera violación
significativa del derecho internacional tras los Tratados de Paz. A pesar de las
protestas de la Sociedad de Naciones, el boicot internacional que se impuso a
Italia fue insuficiente. Este periodo marcó el inicio de una nueva aventura bélica
que eventualmente contribuiría a una guerra más devastadora que la Primera
Guerra Mundial.
La política económica del Estado fascista:
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La política económica del Estado fascista bajo Mussolini se fundamentó en los
éxitos económicos iniciales de su gobierno, que le dieron legitimidad y poder.
Ante la crisis económica de 1929, Mussolini intervino decisivamente en la
economía, apoyado por empresarios que buscaban soluciones a sus problemas.
El Estado fascista concentró el control de muchas industrias y empresas en
quiebra.
El gobierno reorganizó la industria metalúrgica, amplió las plantas hidroeléctricas
y llevó a cabo importantes proyectos de obras públicas, controlando la
construcción de nuevas fábricas. Además, Mussolini abandonó su enfoque
liberal-capitalista en el comercio exterior y adoptó medidas proteccionistas para
estabilizar la moneda italiana frente a la economía global. Esta intervención
estatal se convirtió en un pilar del régimen fascista.
La Alemania nacionalsocialista:
El nacionalsocialismo, o nazismo, surgió en Alemania con la creación del Partido
Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP) en 1920. Aunque
similar al fascismo italiano, sus raíces eran típicamente alemanas, influenciadas
por la frustración tras la derrota en la Primera Guerra Mundial y la humillación del
Tratado de Versalles. Esta situación despertó un fuerte sentimiento nacionalista
en el pueblo alemán, basado en su orgullo por el ejército prusiano y en doctrinas
que exaltaban la superioridad racial de los germanos.
Las ideas de una supuesta superioridad ario-germana se vieron reforzadas por
interpretaciones erróneas de la teoría de la evolución, que promovieron la
creencia de que solo los pueblos más fuertes sobrevivirían. Intelectuales
alemanes exploraron conceptos como la raza superior y el "espacio vital"
(lebensraum), vinculando la guerra con la vitalidad de la nación.
El revanchismo contra los vencedores de la guerra y la traición sentida por los
excombatientes hacia los partidos políticos de la nueva república contribuyeron
a crear un ambiente propicio para el ascenso del nacionalsocialismo. Muchos
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exsoldados se sintieron desclasados y sin rumbo, alimentando así el apoyo al
movimiento nazi.
El ascenso del Partido Nazi al poder:
En la década de 1930, Alemania enfrentó una profunda crisis económica
exacerbada por la Gran Depresión, que llevó a un aumento drástico del
desempleo y debilitó al gobierno, incapaz de resolver la situación. Este
descontento fue aprovechado por el Partido Nazi, que prometió un “verdadero
socialismo” y bienestar para los trabajadores, ganando apoyo de la clase media
y las clases capitalistas, temerosas del socialismo. A medida que aumentaban
los enfrentamientos en las calles entre comunistas y los nazis, estos últimos se
beneficiaron al ser vistos como los defensores contra el "terror rojo".
El Partido Nazi, que en 1928 tenía solo el 2.8% de los votos, se convirtió en la
segunda fuerza política en 1930. En las elecciones presidenciales de 1932,
aunque Hitler no ganó, logró el apoyo de diversas fuerzas nacionalistas.
Finalmente, el 3 de enero de 1933, Hindenburg nombró a Hitler canciller,
marcando el inicio del control nazi sobre Alemania, con un gabinete que incluía
a figuras clave del régimen y de la clase conservadora.
Gobierno de Hitler:
Una vez en el poder, Hitler implementó medidas para consolidar su control
absoluto en Alemania. Estableció la Gestapo, la policía secreta que perseguía a
los opositores políticos del nacionalsocialismo. Su régimen llevó a cabo tres
acciones de terror conocidas como "noches históricas": el incendio del Reichstag
en febrero de 1933, que se usó para culpar a los comunistas y justificar su
prohibición; la Noche de los Cuchillos Largos en junio de 1934, dirigida contra
miembros de las SA que amenazaban el poder de las SS; y la Noche de los
Cristales Rotos en noviembre de 1938, un ataque violento contra la comunidad
judía que resultó en la destrucción de sinagogas, arrestos masivos y asesinatos.
El incendio del Reichstag permitió al Partido Nazi ganar las elecciones de marzo
de 1933 y obtener la mayoría parlamentaria, lo que llevó a la aprobación de una
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ley que otorgó a Hitler plenos poderes para gobernar por decreto durante cuatro
años. Aunque podía modificar la Constitución, decidió mantener la de Weimar en
teoría. Tras la muerte del presidente Hindenburg en agosto de 1934, Hitler se
autoproclamó presidente del Reich, combinando la jefatura del Estado y del
gobierno, y su nombramiento fue ratificado por un plebiscito con un 88% de
apoyo.
El Tercer Reich, Estado totalitario
A partir de que el Parlamento otorgó plenos poderes a Hitler, Alemania se
encaminó hacia un Estado totalitario. El 14 de julio de 1933, se estableció el
sistema de partido único con el NSDAP, disolviendo instituciones democráticas
y supliendo a opositores como socialistas y sindicatos. En agosto de 1934, se
proclamó el Tercer Reich, donde Hitler gobernó como dictador apoyado por la
élite nazi.
Durante este régimen, se implementaron persecuciones sistemáticas contra los
opositores políticos y grupos considerados "inferiores", especialmente judíos,
homosexuales y gitanos. Los campos de concentración, administrados por las
SS y la Gestapo, se convirtieron en centros de exterminio, donde más de cuatro
millones de personas, en su mayoría judíos, fueron asesinadas.
La educación y la propaganda fueron herramientas clave para adoctrinar a la
juventud alemana, controlando los medios educativos y promoviendo el
nacionalsocialismo. Se llevaron a cabo quema de libros y la creación de
organizaciones como las Juventudes Hitlerianas para asegurar la alineación
ideológica. Las Leyes de Nuremberg de 1935 marginaron aún más a los judíos y
prohibieron matrimonios mixtos, mientras que intelectuales y artistas que se
opusieron al régimen fueron forzados al exilio. En resumen, el régimen nazi se
caracterizó por su opresión sistemática, violencia y control total sobre la vida
social y cultural.
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Política Económica
La política económica de Hitler se desarrolló en dos fases. La primera, entre 1933
y 1936, se enfocó en combatir la crisis económica y el desempleo. Hjalmar
Schacht, un economista liberal, implementó medidas proteccionistas y fomentó
la colaboración de empresarios para aumentar el empleo en la industria de
armamentos y en obras públicas. Gracias a estas medidas, se logró el pleno
empleo y la inflación se moderó.
La segunda fase, de 1936 a 1939, se caracterizó por un control más directo del
Estado sobre la economía, abandonando el Plan Schacht. Hermann Goering
administró un plan de cuatro años para maximizar los recursos nacionales y
lograr la autosuficiencia económica. Durante este período, se congelaron
salarios y se restringió el consumo, coincidiendo con la reactivación de la
industria de armamentos.
Sin embargo, en 1938, la economía enfrentó dificultades por la inflación
provocada por el aumento del gasto militar y una crisis mundial. Ante esta
situación, Hitler se resistió a reducir el rearme, optando por la posibilidad de
desatar una guerra que asegurara recursos y mano de obra mediante
conquistas, lo que justificaría una economía de guerra. A principios de 1939, la
presión económica empujaba a Hitler hacia un conflicto armado.
Política
exterior
La política exterior de Hitler se puede dividir en tres fases clave, enfocadas en
rearmar a Alemania, unificar a las personas de habla alemana y expandir su
territorio.
Primera fase (1933-1934): Hitler adoptó una postura cautelosa, firmando un
tratado comercial con Gran Bretaña y un Concordato con el Vaticano. Sin
embargo, en octubre de 1933, Alemania abandonó la Sociedad de Naciones y
firmó un pacto de no agresión con Polonia. Hitler declaró unilateralmente
saldadas las reparaciones de guerra y realizó un primer intento de Anschluss
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(anexión de Austria) en 1934, que fracasó debido a la intervención de Mussolini
y la oposición a su política.
Segunda fase (1935-1936): Esta fase inició con la reincorporación del Sarre a
Alemania tras un plebiscito favorable. Hitler aceleró el rearme al crear la
Luftwaffe y restablecer el servicio militar obligatorio, lo que llevó al rechazo del
Tratado de Versalles. En 1936, se consolidó la alianza con Italia tras la
intervención en la Guerra Civil Española, formando el Eje Berlín-Roma.
Tercera fase (1937-1939): Comenzó con un segundo intento de Anschluss, que
finalmente se concretó en marzo de 1938 sin resistencia armada. A continuación,
Hitler apuntó a los Sudetes en Checoslovaquia, utilizando tácticas de presión que
llevaron al Pacto de Múnich en septiembre de 1938, donde se le cedieron
territorios checos. En marzo de 1939, Hitler ocupó el resto de Checoslovaquia,
rompiendo promesas anteriores.
La situación llevó a las potencias occidentales a darse cuenta de la ambición
expansionista de Hitler, que culminó en un pacto de no agresión con la Unión
Soviética en agosto de 1939, lo que generó gran inquietud y marcó el inicio
inminente de la Segunda Guerra Mundial.
El régimen de Stalin en la Unión Soviética
Tras la Primera Guerra Mundial, Rusia, a pesar de su oposición ideológica a las
dictaduras de Mussolini y Hitler, estableció un régimen dictatorial y totalitario bajo
Stalin. Después de derrotar a Trotski, quien fue expulsado del Politburó en 1926
y exiliado en 1929, Stalin consolidó su poder y promovió un culto a la
personalidad tanto de Lenin como de él mismo. Su objetivo era "construir el
comunismo" mediante la industrialización de la Unión Soviética.
Para lograr esto, instauró un régimen de terror contra cualquier oposición.
Aunque justificaba su dictadura como una "dictadura del proletariado" según la
teoría marxista, en realidad, era un control férreo ejercido por Stalin y sus
allegados en el Partido Comunista. Esto implicó una severa disciplina que
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sacrificaba los intereses de los obreros en pos de las metas de "socialización" de
la economía rusa.
Una de las características de la dictadura de Stalin fue el recurso del terror
como medio de imponer sus planes, que colocaron a la sociedad rusa en un
clima de angustia permanente. Aunque el terror persistió durante todo el
régimen de Stalin (terminó con su muerte en 1953), alcanzó su máxima
expresión en el periodo de 1935 a 1940, cuando las grandes “purgas” llegaron
a niveles sin precedentes con el encarcelamiento, la deportación o la simple
eliminación física de más de 6 millones de personas — dirigentes del Partido
Comunista y miembros de la administración, el ejército, la industria y los
círculos intelectuales— no sólo dentro de la URSS, sino también en el
extranjero (asesinato de Trotski en México en 1940).
La Constitución de 1936
En diciembre de 1936, se promulgó una nueva Constitución en la URSS que
consolidó el socialismo en el país. Esta Constitución reflejaba principios
fundamentales sobre la organización económica y social, reconociendo la
propiedad socialista sobre los medios de producción, pero también permitiendo
la propiedad privada de bienes de consumo.
El texto introdujo derechos y deberes ciudadanos, garantizando libertades
limitadas bajo el pretexto de servir a los intereses de los trabajadores y fortalecer
el socialismo. Aunque reconocía la libertad de asociación, consagraba la
primacía del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) como núcleo
dirigente del Estado y de la sociedad.
Un cambio significativo fue la introducción del sufragio universal, igual, directo y
secreto para ciudadanos mayores de 18 años, lo que modificó la estructura
electoral. Se fusionaron el Congreso de los Soviets y el Comité Ejecutivo Central
en el Soviet Supremo del Estado, compuesto por dos Cámaras: el Soviet de la
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Unión y el Soviet de las Nacionalidades, cada una con representación diferente
según la población y las repúblicas federadas.
Política exterior
Durante los primeros años del gobierno de Stalin (1928-1934), la política
internacional de la URSS se centró en el aislamiento, priorizando la
transformación interna del país. Sin embargo, a partir de 1934, ante la amenaza
del expansionismo alemán, la URSS cambió su enfoque y buscó establecer
alianzas con potencias occidentales, siendo reconocida oficialmente y admitida
en la Sociedad de Naciones ese año.
En 1935, Stalin firmó alianzas con Francia y Checoslovaquia. Además, promovió
la doctrina del Frente Popular, que permitía a los partidos comunistas europeos
colaborar con grupos anti-fascistas, lo que se tradujo en la intervención soviética
a favor del bando republicano en la Guerra Civil española.
En 1939, frente al avance de Hitler y la inminencia de una guerra para la cual la
URSS no estaba preparada, Stalin firmó el pacto germano-soviético de no
agresión. Este pacto incluía cláusulas secretas que otorgaban a la URSS
territorios en Polonia y el Báltico. Sin embargo, esta maniobra no logró detener
la guerra, sirviendo más bien a Hitler para ganar tiempo antes de la
confrontación.
La Gran Depresión de 1929
La grave crisis económica iniciada en el otoño de 1929 no sólo afectó a la
población estadounidense, también alcanzó a otros países, sobre todo a los que
dependían del crédito de Estados Unidos. Al retirarse los capitales extranjeros
colocados a corto plazo, los banqueros de este país trataron de obtener dinero
“líquido” para reembolsar los depósitos de sus desesperados clientes, situación
que los obligó a repatriar los fondos que más fácilmente podían sacar de algunos
países deudores, y a regresar los capitales invertidos en otras naciones.
Gran Bretaña durante los años de la depresión
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En Gran Bretaña, la depresión económica de 1930 causó un aumento del
desempleo, que pasó de un millón a cerca de tres millones. El gobierno laborista
de Ramsay MacDonald, para cubrir las pensiones de desempleo, aumentó el
déficit presupuestario y la deuda pública. Ante la crisis, MacDonald implementó
un programa de reducción salarial y una política de ahorro, lo que generó
protestas dentro de su partido y las Trade Unions.
Se formó un Gobierno Nacional, compuesto por conservadores, liberales y
laboristas, para enfrentar la situación. Durante los mandatos de MacDonald,
Stanley Baldwin y Neville Chamberlain, se adoptaron políticas económicas
nacionalistas, se abandonó el patrón oro y se devaluó la moneda. Estas medidas,
que incluían préstamos a bajo interés para el sector industrial, empezaron a
mostrar signos de recuperación hacia 1935, pero no lograron el pleno empleo
hasta que se inició un programa de reclutamiento militar y fabricación de
armamentos en la segunda mitad de la década.
La crisis también afectó las relaciones de Gran Bretaña con los dominios de la
Commonwealth, que buscaron mayor autonomía. En 1931, el Estatuto de
Westminster otorgó a estos territorios plena igualdad y autonomía legislativa.
Además, Gran Bretaña enfrentó movimientos emancipadores en Irlanda, India,
Egipto y Palestina, lo que contribuyó al desmoronamiento del Imperio Británico
durante los años 30, en medio de fuertes presiones políticas y económicas.
Efectos de la gran depresión en América Latina
En América Latina, la Gran Depresión tuvo efectos variados según el grado de
desarrollo económico y las condiciones sociales y políticas de cada país. Las
naciones en proceso de industrialización, como México, Brasil y Chile, sufrieron
gravemente por la paralización de las inversiones extranjeras. Tras la Primera
Guerra Mundial, los capitalistas estadounidenses reemplazaron a los europeos
en la región, aumentando sus inversiones en varios países.
La crisis de 1930 en Estados Unidos impactó fuertemente a los exportadores
latinoamericanos, provocando una caída drástica en los precios de las materias
primas. Entre 1928 y 1932, el valor de exportaciones como café, azúcar y
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metales se redujo más del 50%. El aumento de las tasas de interés en EE. UU.
dificultó el pago de deudas externas, lo que limitó aún más la inversión en la
región. Además, la capacidad importadora de estos países se vio gravemente
afectada.
Políticamente, muchos países experimentaron golpes de estado o intentos de
estos entre 1930 y 1933, lo que evidenció el descrédito de los modelos de
crecimiento basados en el comercio exterior. Las masas, descontentas,
comenzaron a aceptar regímenes militares en busca de estabilidad. Sin
embargo, México se destacó por tener líderes militares de la Revolución de 1910,
en lugar de un cambio abrupto.
Frente a la crisis, los gobiernos latinoamericanos consideraron dos enfoques:
mantener vínculos comerciales con potencias industrializadas o impulsar la
industrialización para alcanzar independencia económica. La opción de la
industrialización, conocida como "sustitución de importaciones", buscaba reducir
la dependencia exterior, generar empleo y producir bienes localmente. Este
modelo tuvo cierto éxito en países como México, Brasil y Argentina hasta los
años 60, cuando dejó de ser efectivo.
Estados Unidos, en New Deal
En Estados Unidos, la ineficacia de las medidas del presidente Herbert Hoover,
basadas en la creencia del liberalismo de que la economía podía autorregularse,
condujo a la victoria del demócrata Franklin Delano Roosevelt en las elecciones
de 1932. Roosevelt propuso el New Deal, una política destinada a mejorar el
bienestar de los ciudadanos, influenciada por las teorías de John M. Keynes.
Al asumir el cargo, Roosevelt implementó una serie de reformas, comenzando
con la regulación bancaria y la devaluación del dólar para estimular la economía.
Se llevaron a cabo proyectos como el Tennessee Valley Authority, que buscaba
desarrollar la cuenca del río Tennessee a través de la construcción de presas y
producción de energía. También se otorgaron créditos para viviendas y se
contrataron desempleados en obras públicas, mientras se introducían medidas
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de protección social como seguros, abolición del trabajo infantil, salarios mínimos
y derechos sindicales.
A pesar de enfrentar resistencia de sectores conservadores que temían por el
libre mercado, Roosevelt continuó con su agenda y lanzó una segunda fase del
New Deal en 1935. Su reelección en 1936 evidenció el apoyo popular hacia sus
políticas. Para 1937, la producción alcanzó niveles de 1929, aunque la
prosperidad total aún no se había logrado. Fue la demanda generada por la
Segunda Guerra Mundial la que finalmente impulsó la industria estadounidense
y resolvió el desempleo causado por la Gran Depresión.
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