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Empatía y naturaleza: lecciones sociales

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net/publication/285643332

La edad de la empatía. Lecciones de la naturaleza para una sociedad más justa


y solidaria, por Fran de Waal

Article in Historia y Memoria de la Educación · July 2015


DOI: 10.5944/hme.2.2015.14255

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Historia y Memoria de la Educación
Educación,12(2014):
(2015):113-129
365-374
LaHistoria
Sociedad Española de edad de la
deempatía. Lecciones de la naturaleza para una sociedad más justa y solidaria
la Educación
ISSN: 1234-3451
2444-0043
DOI: 10.294.5668.0997.5135
10.5944/hme.2.2015.14255

La edad de la empatía. Lecciones de la


naturaleza para una sociedad más justa
y solidaria
por Frans de Waal. Barcelona, Tusquets Editores, 2011, 258 páginas. ISBN:
978-84-8383-350-6. Título original: The Age of Empathy. Nature’s Lessons for
a Kinder Society.

Frans de Waal, primatólogo y etólogo especializado en psicología social


de los primates, desarrolla en esta obra sus teorías sobre el origen de la
empatía y el altruismo. El título, La edad de la empatía, refiere a la historia
evolutiva que conlleva la empatía humana, compartida con otros animales.
El subtítulo, Lecciones de la naturaleza para una sociedad más justa y soli-
daria, expresa la relación de las investigaciones del autor (complementadas
con las de otros autores) con la realidad actual (sobre todo la de Estados
Unidos). Cada una de las teorías presentadas a lo largo del libro está enri-
quecida con abundantes ejemplos, anécdotas y preguntas filosóficas sobre
el ser humano.
El primer capítulo («Biología, izquierda y derecha») presenta el objetivo
principal de la obra. El autor sostiene que desde la antropología, la psicolo-
gía, la biología o la neurología se deriva que los seres humanos son animales
grupales: altamente cooperativos, sensibles a la injusticia, a veces beligeran-
tes, pero principalmente amantes de la paz. También, que se mueven por
incentivos, que están pendientes de la jerarquía, el territorio y el sustento.
Así, la especie humana tiene una cara social y una egoísta. Puesto que la
segunda es la perspectiva predominante, al menos en Occidente, su trabajo
se centra en la primera: el papel de la empatía y la conectividad social.
Parece que la realidad muestra cada vez más una sociedad carente de
solidaridad. Aquellos que ponen la libertad individual por encima de todo
suelen contemplar los intereses colectivos como una idea romántica. Se ri-
gen por la lógica individualista. Toda sociedad tiene que lidiar con la actitud

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del «yo primero». Frans de Waal pone como ejemplo (en realidad, como se
verá, es un contraejemplo) a los chimpancés del Yerkes Nacional Prima-
te Research Center, dónde él trabaja. Cuando les ofrece sandías para que
compartan, todos quieren ser los primeros en echar mano sobre la comida
porque cuando uno se la apropia, es muy raro que otro se la arrebate. Sin
embargo, se posee tanto como se comparte. Por lo general, alrededor de los
veinte minutos todos los miembros del grupo tienen algo de comida. No
está de acuerdo, por tanto, con quienes dicen que como la naturaleza se
basa en la lucha por la vida, así es como se tiene que vivir. Economistas y
políticos moldean la sociedad sobre la base de la lucha perpetua que a juicio
de estos existe en la naturaleza. Ello es una mera proyección. La competen-
cia sólo forma una parte del cuadro. Las personas no pueden vivir a fuerza
de competencia.
Considerando lo anterior, de Waal cree que se necesita una revisión com-
pleta de las suposiciones sobre la naturaleza humana y se dedica a desmi-
tificarlas. El primer mito que cita es aquel que ubica a los ancestros como
los reyes de la sabana. Al contrario, tenían que guardarse las espaldas y lo
resolvían congregándose para su seguridad. Aún hoy se muestra la misma
tendencia en situaciones de peligro. Estos reflejos se remontan a las capas
más profundas y antiguas del cerebro, compartidas con muchos animales,
no sólo mamíferos. Los biólogos hablan de «manadas egoístas», en las que
cada individuo intenta confundirse en una masa de congéneres por su pro-
pia seguridad. La seguridad es la primera y principal razón de la vida social.
El segundo de los mitos considera a la sociedad como la creación voluntaria
de unos hombres autónomos, como un compromiso negociado1 y no como
algo que surge de manera natural. Indica que como ocurre con otros ma-
míferos, unos individuos dependen de otros para la supervivencia. Cuerpos
y mentes están hechos para la vida social. Junto a la muerte, el aislamiento
es el peor castigo. La vinculación tiene un inmenso valor de supervivencia
y el vínculo más crítico es el de madre e hijo. Este vínculo proporciona la
plantilla evolutiva para los otros vínculos. Por último, el tercero de los mitos
sostiene que la especie humana ha estado haciendo la guerra desde siem-
pre. El autor explica que se debe hacer una distinción entre el homicidio
y la guerra. Ésta se asienta en una estructura jerárquica de múltiples fac-
ciones, no todas las cuales se mueven por la agresión. Aunque los vestigios

1
Se refiere al contrato social propuesto por el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau.

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arqueológicos de muertes violentas aisladas se remontan a cientos de miles


de años atrás, no hay evidencias de guerra antes de la revolución agrícola.
Los ancestros humanos probablemente no se embarcaron en guerras a gran
escala hasta que se hicieron sedentarios y comenzaron a acumular riqueza.
Esto hizo que los ataques a otros grupos fueran más rentables. En vez de ser
el producto de un impulso agresivo, la guerra tiene que ver más con el poder
y el beneficio. El pensamiento político presente sigue aferrado a estos mitos
arrogantes, como la creencia de que se puede tratar al planeta a su antojo,
que la humanidad nunca dejará de guerrear y que la libertad individual tie-
ne prioridad sobre la comunidad. Nada de lo que mantienen estos mitos se
ajusta a los viejos usos, que incluyen la dependencia mutua, la conexión y la
supresión de las disputas tanto internas como externas.
El autor introduce el segundo capítulo («El otro darwinismo») comen-
tando la tensión que se produce en la sociedad norteamericana entre la liber-
tad económica y los valores comunitarios. Desconcertado por el uso que los
políticos hacen de la biología y la religión, presenta tres grandes paradojas.
Indica que la teoría de la evolución es popular en el lado conservador en su
forma oscura de «darwinismo social», pero rechazada en su forma de darwi-
nismo real. Este amor-odio con la biología es la primera gran paradoja del pa-
norama político estadounidense. La segunda paradoja se refiere a la ligazón
entre darwinismo social y cristianismo, ya que este último exhorta a mostrar
compasión y el primero se mofa de tales sentimientos. La tercera paradoja es
que el énfasis en la libertad económica saca a la luz lo mejor y lo peor de las
personas. Lo peor, la falta de compasión. Lo mejor, la auto-superación.
El darwinismo social ha logrado proporcionar, en su momento, el respal-
do científico a una nación de inmigrantes que había desarrollado un pode-
roso sentido de la autosuficiencia y el individualismo. Frans de Waal explica
que el problema es que las metas de la sociedad no pueden derivarse de las
metas de la naturaleza. Pretenderlo es lo que se conoce como falacia natura-
lista. Todo lo que la naturaleza puede ofrecer es información e inspiración,
no prescripción. La ideología del «espíritu evolutivo» fue desencadenada en
el siglo xix por Herbert Spencer,2 quién tradujo las leyes de la naturaleza al
lenguaje de la economía y acuñó el lema «la supervivencia del más apto»
(a menudo atribuido erróneamente a Darwin). Para este filósofo, que las
variantes más fuertes progresaran a expensas de las inferiores no sólo era

2
H. Spencer, Social Statics (Nueva York: Appleton, 1864).

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un hecho, sino que así era como debía ser. Para de Waal, tales argumentos,
en la medida en que se basan en lo que se supone natural, son equivocados.
Piotr Kropotkin, en su libro Ayuda mutua3 (1902) sostiene que la lucha por
la existencia no es tanto una lucha de todos contra todos, sino de masas
de organismos contra un entorno hostil. La cooperación es algo corriente.
La ayuda mutua se ha convertido en algo estándar en las teorías evolutivas
modernas porque la capacidad de funcionar en grupo y construir una red es
crucial para la supervivencia.
En la última parte de este capítulo, Frans de Waal explica lo engañoso de
la metáfora del «gen egoísta».4 Apunta que agregar terminología psicológica
a la discusión sobre la evolución génica confunde dos niveles que los biólogos
se esfuerzan en diferenciar. La psicología y la neurología modernas no respal-
dan la visión de los humanos como seres exclusivamente egoístas, ausentes
de benevolencia. Como otros primates, los seres humanos pueden describirse
como animales altamente cooperativos que deben esforzarse en mantener
bajo control los impulsos egoístas y agresivos. También como animales alta-
mente competitivos que, sin embargo, tienen la capacidad de tolerarse e im-
plicarse en un dar y recibir. Esto es lo que hace tan interesantes las tendencias
socialmente positivas: se expresan frente a un trasfondo de competencia.
En el tercer capítulo («Cuerpos que se hablan») el autor aborda el tema
de la risa. La risa compartida supone un ejemplo de la sensibilidad prima-
te hacia los otros gracias a la interconexión corporal y emocional. De allí
parten la empatía y la compasión. Su origen hay que buscarlo en la sincro-
nización de los cuerpos: correr cuando otros corren, reír cuando otros ríen,
llorar cuando otros lloran o bostezar cuando otros bostezan. El poder de
la sincronía inconsciente está profundamente arraigado, tanto en los seres
humanos como en otros animales. La sincronía es la manera más antigua
de adaptar la conducta propia a la ajena porque se asienta en la capacidad
de ponerse en la piel del otro y hacer propios los movimientos ajenos. La
identificación es el gancho que lleva a adoptar la situación, las emociones y
el comportamiento de los seres cercanos. Estos se convierten en un modelo
de rol: se siente empatía hacia ellos y se los emula. Para el autor, resulta
engañoso elevar la imitación a categoría humana exclusiva. Concuerda en
que la capacidad de imitación es mayor en los humanos que en otros pri-

 P. Kropotkin, Manual Aid: A Factor of Evolution (Nueva York: Nueva York University Press, 1972 [1902]).
3

 R. Dawkins, The Selfish Gene (Oxford, Oxford University Press, 1976).
4

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mates, aunque si se les da la oportunidad de fijarse en sus congéneres, los


antropoides copian hasta el último detalle de lo que ven. La sincronía y el
mimetismo refieren a la conexión y la vinculación social. Frans de Waal ve
en ello un viejo instinto gregario que requiere prestar más atención a lo que
hacen los otros y asimilar cómo lo hacen. El modo en que los cuerpos son
influidos por los que les rodean es un misterio, pero proporciona el cemento
que cohesiona a las sociedades.
Uno de los aportes más importantes del autor en este capítulo es el de-
sarrollo del concepto de empatía. Refiere que el concepto moderno se debe
al psicólogo alemán Theodor Lipps (1851-1914). La lengua alemana habla
de Einfühlung (sentir dentro) pero Lipps propuso empatheia que significa
«experimentar un intenso afecto o pasión». Este psicólogo fue el primero
en reconocer la canalización especial hacia los demás: «no podemos expe-
rimentar ninguna sensación fuera de nosotros mismos, pero al superponer
inconscientemente el yo y el otro, las experiencias del otro encuentran un
eco en nuestro interior. Las sentimos como propias».5 Según Lipps, esta
identificación no puede reducirse a ninguna otra facultad como el aprendi-
zaje, el razonamiento o la asociación.6
A menudo filósofos y psicólogos tienden a contemplar la empatía como
un proceso cognitivo basado en la estimación de cómo pueden sentirse
otros en vista de cómo se sentiría la persona en circunstancias similares.
Pero esto no puede explicar la inmediatez de algunas reacciones. El autor
pone como ejemplo la visión de la caída de un acróbata. Si sólo se dispusie-
ra de una empatía basada en recuerdos previos, la reacción no aparecería
hasta que el acróbata no estuviera en el suelo bajo un charco de sangre. Sin
embargo, la respuesta es casi instantánea cuando los espectadores gritan
«¡aah!», «¡ooh!». Venciendo la línea de la psicología cognitiva, no se decide
ser empático; simplemente, se es. A la empatía genuina, aunque de base
primitiva, se la conoce como contagio emocional.7 Lipps categorizó la em-

5
F. de Waal, La edad de la empatía. Lecciones de la naturaleza para una sociedad más justa y solidaria
(Barcelona: Tusquets Editores, 2011), 95.
6
 T, Lipp, «Einfühlung, innere Nachahmung, und Organempfindung», Archiv für die gesamte Psychologie,
3 (2-3): 185-204.
7
El contagio emocional es definido como «la tendencia a remedar y sincronizar automáticamente
expresiones faciales, vocalizaciones, posturas y movimientos con los de otra persona y, en consecuencia,
a converger emocionalmente». E. Hatfield, J. T. Cacioppo y R. L. Raspón. Emocional Contagion
(Cambridge, Reino Unido: Cambridge University Press, 1994), 5.

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patía como un «instinto», lo que significa que es innata. No especuló sobre


su evolución pero se piensa que su origen evolutivo es muy remoto, mucho
más que el de la especie humana. Probablemente comenzó con el cuidado
parental. Tuvo que haber una fuerte presión selectiva favorable a dicha sen-
sibilidad. La madre que atiende la demanda de sus crías está mostrando
un comportamiento orientado a otros por un interés propio. Frans de Waal
llama a esto altruismo autoprotector: ayudar a otros para resguardarse de las
emociones adversas.
Denuncia en su libro que la extensa bibliografía sobre la empatía es por
completo antropocéntrica. Nunca se menciona a los animales, como si una
capacidad tan visceral y omnipresente, que aflora tan pronto en la vida, pu-
diera dejar de tener un origen biológico. No habla de recuerdos concientes
sino de una reacción automática de circuitos cerebrales. Introduce aquí el
concepto de neuronas espejo. Éstas ayudan a un organismo a reflejar las
emociones y el comportamiento de los que le rodean a través del borrado
de la línea entre el yo y el otro. Esa visión de la empatía como proceso au-
tomático despierta cierto debate entre los científicos quienes apuntan que
implicaría estar en un estado de agitación emocional perpetua. Sobre este
particular de Waal indica que lo automático no necesariamente queda fuera
del panorama del control y la inhibición, y que la identificación y la empatía
son mucho más frecuentes entre gente conocida, familiares y allegados que
con personas pertenecientes a otros grupos o desconocidas. Si la identifica-
ción con los otros abre la puerta a la empatía, la ausencia de identificación
la cierra.
El tema de la compasión abre el cuarto capítulo («En la piel del otro»).
Ésta difiere de la empatía en que es proactiva. La empatía es el proceso por
el que se recaba información sobre el otro. La compasión, por su parte,
refleja preocupación por el otro y el deseo de mejorar su situación. Se rige
por mecanismos de control diferentes. No es automática. Es, sin embargo,
muy corriente entre la especie humana y otras especies animales. Tras las
reyertas de los chimpancés, la consolación es una respuesta típica. El autor
llama preincumbencia a la atracción ciega que produce en los individuos un
animal o a una persona angustiados. Una vez instalada la preincumbencia,
el aprendizaje y la inteligencia pueden comenzar a añadir capas de com-
plejidad y discernimiento hasta que surge una compasión plena. A veces se
entiende la compasión como un proceso único cuando en realidad consiste
en distintas capas añadidas por la evolución a lo largo de millones de años.

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La mayoría de los mamíferos evidencia unas pocas capas y sólo unos pocos
las presentan todas. La especie humana es especial en cuanto al grado con
que se pone en la piel del otro pero no es la primera ni la única especie cuyos
miembros ayudan a otros con conocimiento de causa.
En el capítulo cinco («El elefante en la habitación») se introduce la idea
del papel del yo y del otro en la empatía. Se describe la prueba del espejo en
la que algunos animales no se reconocen en su propio reflejo (tampoco los
seres humanos antes de cumplir los dos años). Esta prueba puede mostrar
cómo se posiciona un individuo en el mundo. Un poderoso sentido del yo
le permite tratar la situación ajena como algo separado de sí mismo. Aquí
el autor explica por qué la preocupación por los otros surge junto con el
yo, ya que la empatía avanzada requiere tanto reflejarse como separarse
mentalmente. El reflejo permite que la visión de otro en un estado emocio-
nal particular induzca un estado similar en uno. Se trata de un mecanismo
ancestral: es automático, surge pronto en la vida y probablemente es carac-
terístico de todos los mamíferos.
En el capítulo sexto («Lo que es justo es justo») se desarrolla lo esbozado
en el primer capítulo. Se habla de los seres humanos como seres sociales
y egoístas, que toleran las diferencias de posición social y de ingresos sólo
hasta cierto punto y que toman partido por el más débil tan pronto como
el límite se sobrepasa. Sostiene el autor que la especie humana tiene un
sentido de la equidad profundamente arraigado derivado de la historia de
régimen igualitario. Las jerarquías no eran corrientes en los ancestros hu-
manos que vivían en sociedades a pequeña escala. Aparecieron con el ad-
venimiento de la agricultura sedentaria y la acumulación de riqueza. Frans
de Waal sostiene que la tendencia a subvertir el orden vertical nunca ha
abandonado a los seres humanos. Los modelos económicos no tienen en
cuenta el sentido humano de la equidad, aunque está demostrado que afec-
ta a las decisiones económicas. También ignoran las emociones humanas
en general, imaginando un mundo regido por fuerzas mercantiles y eleccio-
nes racionales basadas en el interés propio. Advierte que son una minoría
aquellos miembros que actúan de manera puramente egoísta y se aprove-
chan de otros sin inmutarse. La mayoría es altruista, cooperativa, sensible
a la equidad y orientada a los fines comunitarios. Sobre este particular creo
que al pronunciamiento del autor le faltaría un encuadre social consistente;
parece no tener en cuenta las fórmulas de dominación que mantienen hoy
las sociedades capitalistas modernas. De todas formas, avanzado el capítulo

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aparecen premisas contrarias. Afirma que el ser humano está a favor de la


equidad siempre que le beneficie. Y aquí distingue justicia de empatía, al-
truismo y cooperación. Explica que en el dominio de la empatía y de la com-
pasión, la evolución ha creado un mecanismo automático que funciona con
independencia de los intereses que pudieran estar en juego. Las personas se
ven impelidas a sentir empatía por otras. Se evolucionó en ese sentido por-
que por término medio y a largo plazo eso fue beneficioso para los ances-
tros. El sentido de la equidad funciona de forma diferente. Las principales
emociones implicadas son egocéntricas. Sólo de forma secundaria hay una
auténtica preocupación por los otros; más que nada porque se desea una
sociedad armoniosa y habitable. Igualmente, el principio de equidad estuvo
presente desde que los ancestros comenzaron a tener que repartir el botín
de la acción conjunta. Partiendo de Trivers,8 de Waal sostiene que la cuna de
la cooperación es la comunidad ya que las normas de intercambio surgieron
entre individuos que se conocían y vivían juntos. Luego se ampliaron a los
extraños.
A modo de conclusión o de recopilación, en el último capítulo («Madera
retorcida») retoma la crítica al darwinismo social y defiende que la especie
humana necesita un reajuste del alcance de la empatía. A la premisa de que
la naturaleza está llena de competencia y conflictos de intereses —asumida
por aquellos que se adhieren al darwinismo social— opone la idea de la na-
turaleza intensamente social. La empatía es un producto de la evolución, de
una aptitud innata muy antigua y no tan compleja como se suele presentar.
Mediante sensibilidades automáticas a las caras, los cuerpos y las voces,
los seres humanos empatizan desde el primer día de sus vidas y, más tarde,
construyen estratos superiores como la atribución de estados mentales a
otros o la capacidad de rememorar las experiencias propias. En su intento
de diseccionar la empatía y llegar al meollo de la cuestión, Frans de Waal
ha incluido a los no humanos en el asunto, cuestión con la que muchos
científicos desacuerdan. Él sostiene que para un darwinista debe ser lógico
el supuesto de continuidad emocional. No asocia la empatía a los lóbulos
frontales que sólo alcanzaron su extraordinario desarrollo en los últimos
dos millones de años sino a algo más antiguo, al legado del linaje mamífero.
En su forma completa la compara con una muñeca rusa. En el núcleo los
seres humanos poseen un proceso automático compartido por multitud de

 R.L. Trivers, «The evolution of reciprocal altruism», Quaterly Review of Biology, 46 (1971): 35-57.
8

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La edad de la empatía. Lecciones de la naturaleza para una sociedad más justa y solidaria

especies, rodeado de capas externas que moldean su alcance y sus objetivos.


No todas las especies poseen todas las capas. Incluso las capas más externas
y sofisticadas permanecen por lo general ligadas a su núcleo primario. Esto
es relevante porque significa que las reacciones adultas más inmediatas ha-
cia los otros comparten procesos medulares con las de los niños pequeños,
los otros primates, los elefantes, los perros y los roedores.
Queda por decir que en varios pasajes de su libro, Frans de Waal reniega
de la reticencia de algunos científicos a aceptar las explicaciones sobre la
naturaleza humana a partir de la vida de los animales. En ciertos párrafos
indica también que muchas de las cuestiones planteadas no podrían apli-
carse a las complejas sociedades modernas, a pesar de que incluye muchos
ejemplos sobre éstas. Es así que cuando esto sucede (y no son de extrañar
las reticencias señaladas) sus tesis quedan limitadas, faltando una contex-
tualización social más profunda que tenga en cuenta conceptos esenciales
tales como clases sociales, autoridad, cualificación, poder y dominación,
entre otros.

Cecilia Milito Barone


UNED (Madrid)
cmilito@[Link]

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n Frans de Waal

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