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Santa Catalina de Siena

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Santa Catalina de Siena (1347 – 1380)

El diálogo sobre la Divina Providencia

Introducción

La persona que desea ardientemente la gloria de Dios y la salvación de las


almas, procura ejercitarse en la virtud y en el conocimiento de sí misma para así
conocer mejor la bondad de Dios.

Porque nadie puede aprovechar al prójimo si antes no se conoce a sí mismo,


reconociendo su maldad y la bondad de Dios. De este conocimiento surge el amor, y el
que ama, procura seguir la verdad y revestirse de ella.

Por ningún otro camino gusta tanto el alma de esta verdad como por medio de
la oración humilde y continua, por la que se conoce a sí misma y a Dios. Esta oración
entonces une al alma con Jesucristo crucificado, le hace seguir sus huellas y le
convierte en otro Cristo por el deseo y la unión de amor.

Por eso, a un alma [ella misma] arrebatada en altísima oración, Dios le decía:
“Abre los ojos de tu entendimiento y fija tu mirada en mí, y verás la dignidad y belleza
de mi criatura racional. Y entre tanta belleza como he dado al alma, creándola a imagen
y semejanza mía, mira a los que van vestidos con el vestido nupcial de la caridad,
adornados de virtudes verdaderas y unidos conmigo por el amor. Y si me preguntas
¿quiénes son estos?, te respondo: Son otro yo, ya que han perdido y negado su propia
voluntad y se han vestido y unido a Mí por el amor.»

Pues bien, un alma que deseaba ardientemente la gloria de Dios y la salvación


de las almas, queriendo conocer mejor y seguir la verdad, dirigía al Eterno Padre cuatro
peticiones:

La primera, por ella misma.

La segunda, por la reforma de la santa Iglesia.

La tercera, para obtener la paz de los cristianos, que con tanta irreverencia se
rebelan contra la santa Iglesia.

En la cuarta pedía a la divina Providencia por el mundo.

Este deseo de Su gloria le creció más todavía al mostrarle Dios las grandes
ofensas que se cometen contra Él.

Y puesto que en la comunión parece que el alma se une más dulcemente con
Dios y conoce mejor su verdad (porque el alma está entonces en Dios, y Dios en el
alma), estaba ansiosa porque llegase la mañana siguiente para asistir a la misa. Ese
día era [sábado], el día de María.

Llegada la mañana y la hora de la misa, sentía grandes deseos de que Dios fuese
glorificado y de que las almas se salvasen, y con gran conocimiento de sí misma, se
avergonzaba de sus pecados, pareciéndole que ella era la causa de los males que
aquejaban al mundo. Y por eso decía: ¡Oh Padre!, castiga mis ofensas en esta vida,
puesto que soy causa de las penas que debe sufrir mi prójimo.

La expiación de los pecados propios y ajenos

Entonces Dios, la Verdad Eterna, le dijo a esta alma:

Debes saber, hija mía, que todas las penas que sufre el alma en esta vida no son
suficientes para expiar la más mínima culpa, ya que la ofensa hecha a mí, que soy Bien
infinito, requiere satisfacción infinita. Mas si la verdadera contrición y el horror del
pecado tienen valor reparador y expiatorio, lo hacen, no por la intensidad del
sufrimiento (que siempre será limitado), sino por el deseo infinito con que se padece,
puesto que Dios, que es infinito, quiere infinitos el amor y el dolor; dolor del alma por
la ofensa cometida contra su Creador y contra su prójimo.

Los que tienen este deseo infinito y están unidos a mí por el amor, se duelen
cuando me ofenden o ven que otros me ofenden. Por esto, toda pena sufrida por estos,
tanto espiritual como corporal, satisface por la culpa, que merecía pena infinita.

Todo deseo, al igual que toda virtud, no tiene valor en sí sino por Cristo
crucificado, mi unigénito Hijo, en cuanto el alma saca de Él el amor y sigue sus huellas;
sólo por esto vale, no por otra cosa.

De este modo, los sufrimientos y la penitencia tienen valor reparador por el


amor que se adquiere por el conocimiento de mi bondad y por la amarga contrición del
corazón. Este conocimiento engendra el odio y disgusto del pecado y de la propia
sensualidad [pues ve en ella la raíz de su pecado] y hace que el alma se considere
indigna y merecedora de cualquier pena. Así puedes ver cómo los que han llegado a
esta contrición del corazón y verdadera humildad, se consideran merecedores de
castigo, indignos de todo premio y lo sufren todo con paciencia.

Tú me pides sufrimientos para satisfacer por las ofensas que me hacen mis
criaturas y pides llegar a conocerme y amarme a mí. Este es el camino: que jamás te
salgas del conocimiento de tu miseria; y una vez hundida en el valle de la humildad,
me conozcas a mí en ti. De este conocimiento sacarás todo lo que necesitas.
Ninguna virtud puede tener vida en sí sino por la caridad y la humildad. No
puede haber caridad si no hay humildad. Del conocimiento de ti misma nace tu
humildad, cuando descubres que no te debes la existencia a ti misma, sino que tu ser
proviene de mí, que os he querido antes que existieseis. Además, os creé de nuevo con
amor inefable cuando os saqué del pecado a la vida de la gracia, cuando os lavé y os
engendré en la sangre de mi unigénito Hijo, derramada con tanto fuego de amor.

Por esta sangre llegáis a conocer la verdad, cuando la nube del amor propio no
ciega vuestros ojos y llegáis a conoceros a vosotros mismos.

Dios se complace en estos deseos de padecer por Él, porque son expresión del
amor

Me agrada mucho que deseéis sufrir cualquier pena y fatiga hasta la muerte por
la salvación de las almas. Cuanto más uno sufre, más demuestra que me ama, y,
amándome, conoce más mi verdad; y cuanto más me conoce, más le duelen y se le
hacen intolerables las ofensas que se me hacen.

Tú me pedías poder sufrir y ser castigada por los pecados del mundo, sin
advertir que lo que me pedías era amor, luz y conocimiento de la verdad. Porque ya te
dije que cuanto mayor es el amor, más crece el dolor y el sufrimiento. Por esto os digo:
Pedid y recibiréis; yo jamás rechazo a quien me pide en verdad.

Cuando en un alma reina la divina caridad, va tan unido este amor con la
perfecta paciencia, que no se pueden separar el uno de la otra, y, al disponerse a
amarme, se dispone a pasar por mí todas las penas que yo le quiera enviar, sean las
que sean. Sólo en el sufrimiento se demuestra la paciencia, la cual, como te he dicho,
está unida con la caridad.

Sufrid, pues, virilmente, si es que queréis demostrarme vuestro amor,


siendo gustadores de mi honor y de la salvación de las almas.

El pecado y la virtud repercuten en el prójimo

Quiero hacerte saber cómo toda virtud y todo defecto repercuten en el prójimo.

Quien vive en odio y enemistad conmigo, no sólo se daña a sí mismo, sino que
daña a su prójimo. Le causa daño porque estáis obligados a amar al prójimo como a
vosotros mismos, ya sea ayudándole espiritualmente con la oración, aconsejándole
de palabra o socorriéndole espiritual y materialmente, según sea su necesidad.
Quien no me ama a mí, no ama al prójimo; al no amarlo, no lo socorre. Se daña
a sí mismo, privándose de la gracia, y causa daño al prójimo, porque toda ayuda que le
ofrezca no puede provenir más que del afecto que le tiene por amor a mí.

No hay pecado que no alcance al prójimo. Al no amarme a mí, tampoco lo quiere


a él. Todos los males provienen de que el alma está privada del amor a mí y del amor a
su prójimo. Al no hacer el bien, se sigue que hace el mal; y obrando el mal, ¿a quién
daña? A sí misma, en primer lugar, y después al prójimo. Jamás a mí, puesto que a mí
ningún daño puede hacerme, sino en cuanto yo considero como hecho a mí lo que
hace al prójimo. Peca, ante todo, contra sí misma, y esta culpa le priva de la gracia;
peor ya no puede obrar. Daña al prójimo, al no pagar la deuda de caridad con que
debería socorrerlo con oraciones y santos deseos ofrecidos por él en mi presencia.
Ésta es la manera general con que debéis ayudar a toda persona.

[…]

El que ha conocido mi bondad, practica la virtud por amor a mí, al ver que de otra
manera no podría agradarme. Y así, el que me ama procura hacer bien a su prójimo. Y
no puede ser de otra forma, puesto que el amor a mí y el amor al prójimo son una
misma cosa. Cuanto más me ama, más ama a su prójimo.

[«Toda virtud tiene vida por el amor; y el amor se adquiere en el amor, es decir,
fijándonos cuán amados somos de Dios. Viéndonos tan amados, es imposible que no
amemos...» (Carta 50)]

El alma que me ama jamás deja de ser útil a todo el mundo y procura atender
las necesidades concretas de su prójimo. Lo socorre según de los dones que ha
recibido de mí: con su palabra, con sus consejos sinceros y desinteresados, o con su
ejemplo de santa vida (esto último lo deben hacer todos sin excepción).

Estado del mundo y obligación de orar por la salvación del mismo

Purificada esta alma en el fuego de la divina Caridad, que encontró en el


conocimiento de sí misma y de Dios, y animada por la esperanza de la salvación del
mundo y de la reforma de la santa Iglesia, se dirigió al Eterno Padre, mostrándole la
lepra de la santa Iglesia y la miseria del mundo casi con las mismas palabras de
Moisés, diciendo: Vuelve, Señor, los ojos de tu misericordia sobre el pueblo y sobre el
Cuerpo místico de la santa Iglesia. Más glorificado serás perdonando a tantas criaturas
y dándoles luz de conocimiento, que si me perdonas a mí sola, criatura que tanto te ha
ofendido y que es la causa de tantos males. Por esto te pido, divina y eterna Caridad
que tengas misericordia de tu pueblo.
¿Qué me importaría a mí tener vida eterna, si tu pueblo tiene la muerte? Ten
misericordia de tus criaturas. Nosotros somos imagen tuya. ¿Cuál fue la causa de ello?
El amor. Tú, ¡oh Dios!, te hiciste hombre... Por esto, Amor inefable, te apremio para que
tengas misericordia de tus criaturas.

Volviendo Dios entonces hacia ella con misericordia, dejándose violentar por
sus lágrimas y por su santo deseo, se lamentaba:

«Hija dulcísima, tus lágrimas me fuerzan, porque van unidas con mi caridad y
son derramadas por amor mío. Pero mira y fíjate cuán sucia está la cara de mi Esposa.
Cómo está leprosa por la inmundicia y el amor propio y entumecida por la soberbia y
la avaricia.

Mira con cuánta presunción e irreverencia se recibe el glorioso alimento


y sangre de esta Esposa. Sin embargo, esta preciosa sangre de mi unigénito Hijo es la
que da vida y la que quita la muerte y las tinieblas, la que da luz y verdad y confunde la
mentira. Todo nos lo dio esta sangre y consiguió cuanto era necesario para que pudiera
conseguir la salvación y la perfección quienquiera que se disponga a recibirla. Da vida
y enriquece al alma de toda gracia en mayor o menor grado según la disposición de
quien la recibe. Causa la muerte al que vive en la iniquidad y la recibe indignamente en
pecado mortal, no por culpa de la Sangre, sino por su mala disposición y su propio
pecado, que con tanta inmundicia ha ensuciado su mente y su cuerpo, y por haber
tenido tanta crueldad contra sí mismo y contra su prójimo. El pecador ha sido cruel
consigo mismo, privándose de la gracia, pisoteando el fruto de la Sangre que recibió
en el santo bautismo, por cuya virtud se le quitó la mancha del pecado original
contraída al ser concebido por sus padres. A este fin, os di yo el Verbo de mi unigénito
Hijo, puesto que la generación humana estaba corrompida por el pecado de Adán y
erais incapaces de recibir vida eterna.

Después del pecado de Adán, el gran Médico, mi Hijo, vino y curó al enfermo,
bebiendo Él mismo la amarga medicina que el hombre no podía beber por su misma
debilidad. Así hizo Él, soportando, con la grandeza y fortaleza de la Divinidad unida con
vuestra naturaleza, la amarga medicina de la penosa muerte de cruz, para curaros y
daros vida a vosotros, débiles niños a causa del pecado.

Muy obligado estaba conmigo el hombre por el ser que le había dado, al crearle
a imagen y semejanza mía. Obligado estaba a darme gloria; mas él me la arrebató para
dársela a sí mismo. De este modo quebrantó la obediencia que le había impuesto y se
hizo enemigo mío. Yo con mi humildad he destruido su soberbia, humillándome y
tomando vuestra humanidad, arrancándoos de la esclavitud del demonio y
haciéndoos libres.
Y no me he contentado con daros la libertad, sino que, si bien lo
consideras, verás que el hombre ha sido hecho Dios y Dios ha sido hecho hombre por
la unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana.

Esta es la deuda que el hombre ha contraído; ha recibido el tesoro de la


Sangre, por la cual son creados de nuevo a la vida de la gracia.

Por esto están más obligados a darme gloria después de la redención que antes
de ella. Más obligados a darme gloria, siguiendo las huellas de mi unigénito Hijo con
virtudes verdaderas. Al no hacerlo, puesto que tanto amor me deben, caen en una
ofensa mayor, y por esto yo, en mi divina justicia, les reservo mayor pena en su eterna
condenación. Por esta misma razón será mucho más castigado un mal cristiano que
un pagano.

Un remedio hay para aplacar mi ira; son mis siervos, si éstos fueren
solícitos en obligarme con las lágrimas y el amor. Por esto doy a mis siervos hambre y
deseo de mi honra y de la salvación de las almas, para que, constreñido por sus
lágrimas, mitigue el furor de mi divina justicia.

Lavad con estas lágrimas la cara de mi Esposa. Yo te prometo que por este
medio le será restituida su belleza; no por la espada, ni por guerras recobrará su
hermosura, sino por la humilde y continua oración, por los sudores y las lágrimas de
mis siervos.

Hija, quiero que busques con toda diligencia agradarme a mí, que soy la Verdad,
buscando la salvación de las almas. Mas esto, ni tú, ni nadie podrá realizarlo sin
muchas persecuciones. Si deseáis ver restablecido mi honor en la santa Iglesia, debéis
concebir gran amor y deseo de padecer con verdadera paciencia. Y en esto
comprobaré que buscáis de verdad mi gloria. Entonces reposaréis sobre mi Hijo
unigénito, al que he constituido puente para que todos podáis llegar a vuestro fin y
recibir el fruto de vuestros trabajos sufridos por amor mío. Sufrid, pues, varonilmente.

Jesucristo Puente

Quiero que sepáis que el camino hacia mí quedó cortado por el pecado y la
desobediencia de Adán, hasta tal punto que nadie podía llegar a la vida eterna. […]

Mas, queriendo yo remediar tantos males vuestros, os he dado el puente de mi


Hijo, para que no os ahoguéis al pasar el río, que es el mar tempestuoso de esta vida
tenebrosa.

Considera cuánto me debe la criatura y cuán ignorante es cuando, a pesar de


todo, quiere ahogarse y no aprovechar el remedio que le he dado.
Mira la grandeza de este puente, mi unigénito Hijo, que llega del cielo a la tierra.
Mediante Él se ha rehecho el camino interrumpido, a fin de que lleguéis a la vida y
atraveséis la amargura del mundo. Partiendo de la tierra solamente, no se podía hacer
este puente con la dimensión suficiente para pasar el río y daros la vida eterna. Porque
la naturaleza del hombre no es suficiente para satisfacer la culpa y quitar el pecado de
Adán. Convenía, pues, unirla con la excelsitud de mi naturaleza, Eterna Divinidad, para
que pudiese satisfacer por todo el género humano, y así la naturaleza humana sufriese
la pena, y la naturaleza divina, unida con la humana, aceptase el sacrificio de mi Hijo,
ofrecido a mí por vosotros, para quitaros la muerte y daros la vida.

De esta suerte, la Alteza se humilló hasta la tierra de vuestra humanidad, y,


unida la una a la otra, se hizo el puente y se recompuso el camino.

No basta, sin embargo, para conseguir la vida el que mi Hijo haya hecho el
puente, si vosotros no pasáis por él.

[…]

El alma, entonces, llena de amor angustioso, decía: ¡Oh dulcísima Caridad!


Parece como que enloquecéis por tus criaturas, como si no pudieras vivir sin ellas,
siendo así que tú eres nuestro Dios, que nada necesita de nosotros. Nuestro bien nada
añade a tu grandeza, porque eres inmutable. Ningún daño puede acarrearte nuestro
mal, porque tú eres suma y eterna bondad. ¿Quién te mueve a tener tanta
misericordia? Sólo el amor, y no porque nos debas algo o tengas necesidad de
nosotros, pues nosotros somos reos y malvados deudores.

Yo soy el ladrón y tú eres el que está ajusticiado por mí, porque veo al Verbo, tu
Hijo, cosido y clavado en la cruz, del que hiciste puente para mí.

Dios entonces, para enamorar más aquella alma, le respondió:

«En cuanto el alma pone los ojos en el corazón abierto de mi Hijo, allí encuentra
el amor perfecto e inefable. El alma entonces se llena de amor al verse amada hasta
ese punto.

Poniendo el afecto en este Puente, Cristo clavado en el madero de la santa cruz,


el alma se levanta de la tierra desnudándose de los vicios, se reviste de amor por el
ejercicio de la virtud y finalmente encuentra la paz después de la gran guerra que había
sufrido a causa de sus pecados.

El Puente está levantado en alto, de suerte que la corriente del agua no


pueda inquietarle.
¿Sabes cuando fue levantado este puente? Cuando fue alzado sobre el leño de
la cruz. Viendo mi Bondad que no podíais ser atraídos de otra manera, le envié para que
fuese levantado sobre el leño de la cruz, haciendo de Él un yunque en el que se forjase
el hijo de la humana generación para quitarle la muerte y restituirle la vida de la gracia.

[Los golpes sobre el cuerpo de Cristo son la forja del amor: «¡Oh amor
inestimable! Para forjar nuestras almas hiciste yunque de tu mismo cuerpo» (Carta 77).
Quiso «hacer justicia y venganza sobre su cuerpo. Hizo de sí mismo un yunque forjando
sobre él nuestras iniquidades» (Carta 29)]

De este modo, todo lo atrajo hacia sí, para demostrar el amor que os
tenía, ya que el corazón del hombre es siempre arrastrado por el amor. ¿Podía
demostraros amor mayor que dando la vida por vosotros? No puede por menos, por
tanto, el hombre, que dejarse arrastrar por el amor, a menos que oponga resistencia.
Por esto dijo mi Hijo: Cuando fuere levantado en alto, todo lo atraeré hacia mí. Atraído
el corazón del hombre por el amor, son arrastradas todas las potencias del alma
(memoria, entendimiento y voluntad) y sus actos. Y además, al ser atraído el hombre,
son atraídas todo las cosas creadas, porque todas han sido hechas para que le sirvan.

[…]

El alma no puede vivir sin amor. Siempre desea amar alguna cosa, puesto que
está hecha de amor y por amor fue creada.

La inteligencia es movida por el amor. El amor es el que llena la memoria de


todos los beneficios que ha recibido de mí, y este recuerdo es el que hace al alma
solícita y agradecida.

Características del estado de hijos

¡Fíjate en mis santos! Por mí se hicieron pequeños, y yo los he hecho grandes. Y


así, el mundo los honra, porque ellos despreciaron el mundo. Estos, si el prójimo
necesita de su ayuda, le sirven varonilmente, perdiéndose a sí mismos y no
preocupándose de sus cosas.

Sea cual fuere el modo con que emplean su vida y su tiempo en mi honor, gozan
y hallan paz y tranquilidad de espíritu. ¿Por qué? Porque no eligen servirme a su modo,
sino según el mío. Por eso no les pesa más el tiempo de la tribulación que el del
consuelo. Para ellos es lo mimo lo uno que lo otro, porque en todo hallan mi voluntad
y no piensan sino en conformarse con ella en cualquier parte donde la hallan.
Ven que nada se hace sin mí, sino que todo está hecho con misterio y
providencia divina, fuera del pecado, que no es. Por eso aborrecen el pecado. Están
tan firmes y constantes en su deseo de caminar por el camino de la verdad y no aflojan
nada su paso, sino que sirven fielmente a su prójimo, sin fijarse en su ignorancia o
ingratitud; […]

Te dije de los otros, menos perfectos, que me apartaba de ellos no en cuanto a


la gracia, sino en cuanto al sentimiento de mi presencia. No obro así con estos muy
perfectos, que han muerto del todo a su voluntad propia, sino que continuamente
estoy presente en su alma por la gracia y por el sentimiento de esta presencia mía; es
decir, que siempre que quieren unir su espíritu a mí por el amor, pueden hacerlo,
porque su deseo es tan grande, que por nada pueden separarse de mí, sino que todo
lugar y tiempo es lugar y tiempo de oración.

La Trinidad les es mesa, servidor y manjar

Este dulce y amoroso Verbo, mi Hijo, les es manjar, pues como manjar os lo di a
vosotros: su carne y su sangre, Dios y Hombre verdadero, que recibís en el sacramento
del altar. Mi bondad ha dispuesto dároslo mientras sois peregrinos y caminantes para
que por vuestra debilidad no desfallezcáis y no os olvidéis de la sangre que se derramó
por vosotros con tanto amor.

A fin de que en vuestro caminar podáis confortaros siempre, el Espíritu Santo, es decir,


mi Caridad, os sirve. El os da mis dones y mis gracias. Ve pues, cómo yo les soy mesa;
mi Hijo, manjar, y servidor el Espíritu Santo.

[…]

Como Jesucristo en la cruz, éstos en la tribulación se sienten bienaventurados y


afligidos

Estos siguen al Cordero inmaculado, mi unigénito Hijo, que, estando en la cruz,


era bienaventurado y doliente al mismo tiempo; doliente, cuando llevaba la cruz
corporal, sufriendo tormentos, deseando expiar la culpa del linaje humano;
bienaventurado, porque la naturaleza divina, unida con la naturaleza humana, no podía
sufrir pena alguna y hacía feliz incesantemente a su alma, revelándosele sin ningún
velo. Era bienaventurado y afligido, porque sufría la carne; más la Divinidad no podía
sufrir, como tampoco su alma, en su parte superior, la más espiritual.
Oraciones

«¡Oh Padre Eterno! ¡Fuego y abismo de caridad! Oh eterna Belleza! ¡Eterna


Sabiduría! ¡Oh eterna Bondad! ¡Oh Loco de amor! ¿Necesitas, acaso, de tu criatura?
Sin embargo, así lo parece, porque obras de tal manera como si sin ella no pudieses
vivir, siendo así que tú eres vida y que todo tiene vida por ti, y sin ti nada vive. ¿Cómo
has enloquecido de esta manera? Te enamoraste de tu obra, te complaciste y te
deleitaste con ella en ti mismo, y quedaste ebrio de su salvación. Ella te huye, y tú la
buscas. Ella se aleja, y tú te acercas a ella. Ya más cerca de ella no podías estar, pues
llegas hasta vestirte de su humanidad. Y yo, ¿que diré? Te doy gracias, sumo y eterno
Padre, por la bondad desmesurada que me has manifestado a mí, miserable e indigna.»

En la fiesta de la Anunciación

¡Oh María, María, templo de la Trinidad! ¡Oh María, conquistadora del linaje
humano! Porque sufriendo tu carne en el Verbo, fue reconquistado el mundo. Cristo
redimió con su pasión, y tú con el dolor de tu cuerpo y de tu espíritu.

Tú, María, eres la planta joven de la que hemos obtenido la flor fragante del
Verbo, unigénito Hijo de Dios, porque en ti, tierra fecunda, fue sembrado este Verbo.
¡Oh Maria!, vaso de humildad, en el que está y arde la luz del verdadero conocimiento,
con la que te levantaste por encima de ti misma y agradaste por esto al Padre Eterno.
El te arrebató y te atrajo a sí, amándote con singular amor. Con esta luz y fuego de tu
caridad y con el aceite de tu humildad atrajiste e inclinaste a la divinidad a venir a ti.

¡Oh Maria!, porque tú tuviste esta luz, no fuiste necia, sino prudente. Y
prudentemente quisiste saber del ángel cómo sería posible lo que te anunciaba. ¿No
sabías que todo era posible a Dios omnipotente? Sin duda alguna. Entonces, ¿por qué
decías: Pues no conozco varón? No porque te faltase la fe, sino por tu profunda
humildad y por considerar tu indignidad. No porque dudases de que esto fuera posible
a Dios. Maria, ¿te turbaste en la palabra del ángel por miedo? No, aunque manifestases
admiración y turbación. Entonces, ¿de qué te maravillas? De la gran bondad de Dios, y,
considerándote a ti misma, te reconocías indigna de tanta gracia, y quedabas
estupefacta. Así, preguntando tú con prudencia, demuestras tu profunda humildad.

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