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Dina Boluarte

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Dina Boluarte

En una perspectiva ideal, un presidente perfecto sería aquel que encarna un equilibrio
excepcional entre integridad, liderazgo fuerte y empatía. Este líder ejercería el poder con una
transparencia total, manteniendo una honestidad inquebrantable en todas las interacciones.
Su compromiso con la ética y la justicia sería innegable, luchando activamente contra la
corrupción y promoviendo la igualdad y la equidad en todas las facetas de la sociedad.

Este presidente perfecto demostraría un liderazgo sólido, capaz de tomar decisiones difíciles y
responsabilizarse de sus acciones, siempre con la mirada puesta en el bienestar a largo plazo
de la nación. Sería un motivador excepcional, capaz de inspirar confianza y movilizar a la
población hacia un futuro común.

La empatía sería una característica central en su enfoque, mostrando una comprensión


profunda de las diversas realidades que enfrentan los ciudadanos. Escucharía activamente las
preocupaciones y necesidades de la población, buscando soluciones inclusivas y justas. Su
tolerancia hacia la diversidad sería evidente, fomentando un ambiente de respeto mutuo y
celebrando la riqueza de las diferencias culturales y de opinión.

Este líder perfecto también sería un estratega hábil, capaz de adaptarse a un entorno político y
social en constante cambio. Colaboraría internacionalmente, construyendo relaciones
diplomáticas sólidas y abogando por la cooperación global en temas críticos.

La comunicación efectiva sería una herramienta clave en su arsenal, explicando sus decisiones
de manera clara y abierta, y reconociendo la importancia de la retroalimentación constructiva.
En resumen, un presidente perfecto sería un faro de principios, guiando a la nación hacia un
futuro más justo, próspero y colaborativo.

La presidenta de Perú, Dina Boluarte, quien asumió el poder el 7 de diciembre de 2022, horas
después de que su antecesor intentara perpetrar un golpe de Estado, entendió mal desde un
inicio el mandato que recibió.
Ese día, cuando juró la presidencia delante del Congreso de la República y ante un país que
horas antes había sobrevivido a uno de los eventos más traumáticos que puede experimentar
una democracia, Boluarte dijo que asumía el cargo “desde este momento hasta el 26 de julio
de 2026”.
Si bien el mandato para el que fueron elegidos el expresidente Pedro Castillo y ella, como
primera y única vicepresidenta, concluía en 2026, no había nadie en su sano juicio en el país
que pudiera pensar que eso fuera posible. Esa, sin duda, fue la primera señal de alarma. La
hasta entonces vicepresidenta, que debía haber seguido con la atención de un futbolista en el
banquillo de suplentes las incidencias del partido, demostraba en su primer discurso como
cabeza del Ejecutivo que no entendía para qué estaba siendo convocada.
No se trata de una mera corazonada o una conclusión fácil hecha en retrospectiva. Ya
entonces existían datos de sobra para saber que la inmensa mayoría de las y los peruanos no
iba a aceptar un gobierno liderado por ella hasta 2026. A finales de octubre del año pasado,
dos encuestas distintas preguntaron a la ciudadanía por posibles salidas a la crisis política que
venía atravesando el país.
En la primera, realizada por IPSOS, la opción “Que la vicepresidenta Dina Boluarte reemplace a
Pedro Castillo en la presidencia y ella y el actual Congreso continúen hasta el 2026” era elegida
únicamente por 10% de los encuestados. En la segunda, del Instituto de Estudios Peruanos
(IEP), ante la pregunta “¿Qué cree que sería lo más conveniente para el país?”, solo 3%
respondía “Que Pedro Castillo deje el gobierno y que Dina Boluarte asuma la presidencia”. El
IEP venía haciendo esa pregunta desde febrero de 2022 y en ningún momento la opción
Boluarte pasó de 4%. Es decir, si atendemos a los resultados de ambos estudios de opinión,
nadie en el Perú contemplaba un Ejecutivo liderado por la entonces vicepresidenta como una
solución para nuestros problemas.
Pese a ello, ya casi con la banda presidencial encima, Boluarte decidió que su mandato era ese.
A partir de ahí sabemos lo que ha venido ocurriendo.
La calle ha respondido exigiendo la renuncia de la presidenta y un adelanto exprés de
elecciones. Boluarte y el Congreso, con la desconexión que caracteriza a nuestros líderes
políticos, no han sido capaces de atajar esas y otras demandas a tiempo, y las protestas,
aisladas en un primer momento, han ido creciendo en número, intensidad y violencia.
Es innegable a estas alturas que, junto a aquellos que protestan de forma legítima y trasladan a
la calle su frustración porque sienten, de manera justa e incontestable, que hay un Estado y un
gobierno que no los escucha, hay no pocos elementos radicales que vienen desplegando un
nivel de violencia inaceptable: intentos de toma de aeropuertos, la quema de oficinas
públicas, la quema de la vivienda de un congresista, la muerte de un policía quemado vivo,
además de bloqueos de carreteras en distintos puntos del país que empiezan a producir
desabasto y que, en algunas localidades, están provocando enfrentamientos entre
manifestantes y vecinos o trabajadores.
Ante esto, el gobierno liderado por la presidenta Boluarte ha reaccionado, desde el inicio y sin
mostrar el más mínimo espíritu de enmienda, con una violencia igual de inaceptable en un
estado de Derecho. Según la Defensoría del Pueblo, hasta el 24 de enero, habían muerto 46
civiles en enfrentamientos con la fuerza del orden, la mayoría por impacto de bala. 17 de ellos
en un solo día, durante las manifestaciones del 9 de enero en Juliaca.

Ante las críticas, Boluarte y su gobierno han respondido, de forma inexplicable, redoblando la
apuesta, satanizando la protesta en su conjunto y con actuaciones tan cuestionables como la
llevada a cabo en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, una de las instituciones
educativas más importantes del país, que amaneció el sábado 21 de enero tomada por
centenares de policías. Ese día, los efectivos policiales no solo tumbaron con una tanqueta la
puerta de la universidad, que alojaba a manifestantes que habían llegado a Lima desde otras
regiones del país, sino que irrumpieron en viviendas universitarias, detuvieron a casi 200
personas, a muchas de las cuales obligaron a tumbarse en el piso y vejaron. Dos días
después, la Policía tuvo que liberar a todos los detenidos por no tener ninguna evidencia en su
contra.
Ante los múltiples cuestionamientos a la actuación de las fuerzas del orden, la presidenta y su
primer ministro han señalado que la Policía ha tenido una “conducta inmaculada” durante las
protestas en Lima y han defendido “el inmenso sacrificio y profesionalismo de la policía
nacional y nuestras fuerzas armadas”. De forma igualmente inexplicable, Boluarte ha señalado
en repetidas ocasiones que “no se está entendiendo” la razón de las protestas. Cuestionada
acerca del adelanto de elecciones que exige una mayoría de los ciudadanos, la presidenta, una
y otra vez, se ha limitado a señalar que esto queda fuera de sus competencias, que el gobierno
ya presentó una propuesta y la pelota se encuentra en la cancha del Congreso. El parlamento,
como viene siendo habitual, sigue enfrascado en luchas internas que nada tienen que ver con
los reclamos ciudadanos y exhibe con orgullo 88% de desaprobación ciudadana.
Ante la insatisfacción, el caos y la violencia, la respuesta ofrecida por el gobierno Boluarte —y
sus aliados de ocasión en el Congreso— ha sido más violencia y un gesto de perplejidad ante la
creciente crisis del país. La presidenta y sus allegados no parecen entender que, su inacción
política, ese ponerse de lado ante los reclamos de una ciudadanía cada vez más decepcionada
y a la vez asumir que no puede ofrecer más respuesta que la policial, solo consigue que los
extremos ganen adeptos.
Por un lado, tenemos a quienes, ante la violencia en las manifestaciones, parecen estar
dispuestos a que “el orden” sea restablecido a cualquier precio. Incluso si esto supone, como
hemos visto, que la Policía dispare a mansalva. Siempre y cuando, claro, esas balas pasen lejos
de ellos. Y, por otro, tenemos a aquellos que no tienen el más mínimo empacho en cabalgar a
lomos de los muertos para sacar adelante una agenda —hoy es una asamblea constituyente,
mañana quién sabe— que en circunstancias relativamente normales no tendrían cómo
defender exitosamente en una elección popular.
En un ambiente tan polarizado como el actual y ante la falta de propuestas políticas que
inviten a buscar soluciones fuera de escenarios maximalistas, los extremos se hacen más y más
atractivos a quienes buscan que el caos sea domado o que sus reclamos sean escuchados.
Como resultado, lo que tenemos es un país donde el consenso democrático, la idea de que
discrepar, llegar a acuerdos a veces insatisfactorios para todos y conducir los asuntos que
competen a la sociedad a través de las instituciones —el Ejecutivo, el parlamento, el Tribunal
Constitucional, etc— que nos hemos dado para ello, está quebrándose de forma irreparable.
Por supuesto, la degradación de nuestra democracia y polarización de nuestra vida política no
ha empezado en este mes y medio que lleva la presidenta Boluarte al mando del gobierno,
pero su renuncia a escuchar a la ciudadanía y actuar políticamente en consecuencia amenaza
con terminar de romper aquello que empezamos a construir en el año 2000, a la caída de la
dictadura de Alberto Fujimori.
Ese, lastimosamente, parece que será su legado. Y lo peor es que, al igual que ocurre con el
mandato que recibió en diciembre y los reclamos que llegan desde la calle, sigue sin
comprenderlo.

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