MI VIDA
Isadora Duncan
Editorial losada, S.A. 2007
Contada por ella misma, la tragedia que fue la vida de Isadora
Duncan,
Duncan se convierte en una narración apasionante. Su confianza en si misma, su
genio, sus ideas extremadas sobre el arte, la política, la condición femenina o la
educación, conservan hoy toda la fuerza iconoclasta de una mujer que reinventó
la danza inventándose a si misma cada día de su vida.
La acompañaremos desde que era pequeña, una niña solitaria y retraída que solía
jugar en la playa mientras observaba el mar. Su fascinación por el movimiento de
las olas sería el germen de su arte en los años posteriores.
Cuando Isadora llegó a la adolescencia, la familia se mudó a Chicago, donde
Duncan estudia danza clásica. La familia perdió todas sus posesiones en un
incendio, y se trasladó a Nueva York, donde Duncan ingresa en la compañía de
teatro del dramaturgo Augustin Daly.
En los albores del siglo Isadora convence a su madre y a su hermana para que la
familia emigre a Europa.
Allí se pasa horas en el Museo Británico de Londres, donde queda fascinada por
las figuras danzantes de las vasijas griegas
Su puesta en escena era también “revolucionaria”, y en cierto sentido minimalista:
apenas algunos tejidos de color azul celeste en lugar de los aparatosos decorados
de los montajes conocidos hasta entonces, y una túnica vaporosa que dejaba
adivinar el cuerpo y entrever las piernas desnudas y los pies descalzos, frente a
los vestidos de tutú, zapatillas de punta y medias rosadas de rigor en el ballet
clásico. Isadora bailaba sin maquillaje y con el cabello suelto, mientras que lo
“normal” en aquella época era maquillarse a conciencia y recogerse el pelo en un
moño o coleta
Isadora Duncan tuvo una vida personal tan poco convencional como su danza: su
apariencia, sus amores, y las tragedias que vivió al perder a sus hijos en un
accidente, o su propia muerte...
Creó una escuela de danza para jóvenes desfavorecidas económicamente, de la
que salieron grandes bailarinas de danza contemporánea
The dancer of the future will be one
whose body and soul have grown
so harmoniously together
that the natural language
of that soul will have become
the movement of the human body.
The dancer will not belong
to any nation but to all humanity.