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Desamor

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DESAMOR

- Lo que pasa es que ya no te amo.

La frase lo golpeó directamente en el pecho, provocando un dolor insoportable, desarmando


toda su humanidad. Lo primero en caer al piso fue su corazón, después lo siguió el resto de su
ser. Se quedó arrodillado, mirando las líneas de las baldosas, esperando encontrar en esas
uniones la palabra justa que torciera esa situación; pero fue ella quien siguió hablando.

- Disculpa que te lo diga así, pero creo que lo mejor es ser honesta y directa. Que entiendas
que esto terminó para siempre… me gustaría que…
- ¿¡Qué!?- espetó con bronca- ¿Qué te gustaría? ¿Haberte enamorado de mí? ¿Qué seamos
amigos y presentarme algún día tu verdadero amor?
- Me gustaría que me entiendas. Que soy dura porque quiero ser clara.
- ¿Ahora querés ser clara? ¿Por qué no lo fuiste antes? ¿Por qué me dejaste enamorarme de
vos?
- ¿Qué? – ella estaba confundida, no esperaba ese planteo- yo no…no puedo controlar lo
que te pasa. Yo te dije que vayamos tranqui…
- ¿cuánto tiempo es tranqui para vos?
- Lo que yo necesite.
- Lo mío fue amor a primera vista.- dijo, y al darse cuenta de sus palabras, suspiró
profundamente.- Tenés razón, no es tu culpa. Es que no lo entiendo. Pasaron seis meses y
siento que te conozco de toda la vida. Sos mi mejor amiga, mi compinche, mi amante…
somos perfectos cuando estamos juntos.
- No sé qué decirte. Yo no siento lo mismo, no sé…
- Pero necesito que me digas más… ¿Qué hice mal?
- No es eso. No es que hayas hecho algo mal, simplemente no puedo sentir lo mismo, no es
culpa de nadie.
- ¡Pero yo no quiero que sientas lo mismo! No hace falta. Podemos se…
- No.

La respuesta fue tajante. Ella se dió vuelta y fue a la cocina, él se levantó y se sentó en el sillón.
“¿será la última vez que me siento acá?” pensó. Ella volvió minutos después con un vaso de agua y
se lo aceptó. Ninguno decía nada, él no quería irse, irse significaba perderla para siempre.

- ¿Cómo está tu papá? – preguntó ella.

¿Por qué preguntaba? ¿Intentaba cambiar de tema? ¿Quería ser amable? ¿O quería hacer de
cuenta que no había pasado nada?

- Está bien. Los estudios salieron bien así que el lunes vuelve a trabajar.
- Que bueno. Me alegro por él y por tu vieja, que estaba preocupada.
- Gracias.

Otra vez silencio. Empezó a sentirse débil y con ganas de vomitar, le devolvió el vaso.

- Mejor traeme una gaseosa, creo que me bajó la presión.


Ella abrió los ojos como platos y salió corriendo. El mundo empezó a moverse de una manera
extraña así que se tiró hacia atrás intentando relajarse. Segundos después sintió la mano de ella
acariciando su rostro y ayudándolo a beber.

- Estás pálido- le dijo, y se sentó a su lado.

Pasados unos segundos empezó a sentirse mejor.

- Debe ser porque no comí nada- mintió. No quería que sintiera lástima por él, si volvían, iba
a ser por otra cosa, aunque no sabía todavía cuál.

Ella fue a sentarse en una silla dejándole el vaso por la mitad cerca, aunque él no volvería a tomar.
“¿Por qué no me echa? ¿Me está dando una oportunidad? ¿Quiere que me vaya solo?”

- ¿Querés ver algo en la tele? ¿Un capítulo de Dragón Ball?

“¡¿Qué?! ¿Me ofrece ver un capítulo de Dragón Ball?”. Él la hizo fanática. En las últimas dos
semanas se propusieron ver una serie que al otro le gustara. Ella eligió The Crown y él fue por
Gokú. Solo vieron tres capítulos sobre la vida de la Reyna, pero más de veinte del pequeño
Kakaroto.

- Dale- respondió.

Era un buen capítulo, pero ninguno le prestaba atención. Ella solo buscaba una excusa para no
mirarlo y él una estrategia para recuperarla.

- ¿No me vas a decir nada?- Todavía faltaba la mitad del episodio, pero no soportaba tanta
duda en el pecho.
- Ya te dije lo único que necesitas saber.
- ¿Que ya no me amas? ¿Me amaste alguna vez?
- No sé.
- ¿Cómo que no sabés?
- No sé. Basta.
- ¡No puedo no saber!
- ¡NO HAY NADA PARA SABER!

Silencio. Ella empezó a llorar, él se sentía culpable, enojado, triste, ansioso, nervioso, frustrado.
Agarró el control remoto y apagó la tele. Ojalá pudiera apagar la cabeza.

- ¿Te traigo agua?- preguntó, ella asiente.

El tiempo seguía pasando en el mundo de afuera. ¿Era día? ¿Era noche? ¿Importaba?. Se sentaron
en el sillón, uno en cada punta. Ella sostenía el vaso vacío en la mano, él intentaba aceptar que ya
no volvería a besarla. La puerta de salida aparecía cada vez más clara en el rabillo del ojo.

- ¿Cómo hago para seguir? ¿Cómo hago para no extrañarte todos los días?
- No sé, pero estoy segura que vas a poder. Sos un buen pibe.

Él suspira y la mira con atención. Lo sabía. De alguna manera sabía que esa relación no tenía
futuro, pero no quería aceptarlo. Quería seguir hablando, pero no sabía qué preguntar. Dijo lo
primero que se le ocurrió.
- ¿Vas a eliminarme de tus contactos?
- ¿Querés que lo haga?

“Si y no”. No sabía qué responder. ¿Podría seguir viéndola seguir adelante? ¿Ir de fiestas con
amigos? ¿Fotos con flacos en boliches?.

- No. Yo lo hago después. No creo que pueda verte con alguien más, no…

Entonces se le ocurrió. La idea apareció de la nada pero era algo obvio, algo que la sola idea de
perderla había tapado.

- ¿Estás enamorada de otro? ¿Me dejas por otro?

Las palabras salieron atropelladas, cargadas de angustia. Ella giró la cabeza y lo miró directamente
a los ojos.

- No. No estoy con nadie y no estoy enamorada de nadie. Tampoco me gusta alguien. Y por
eso no quiero estar tampoco con vos.
- Es imposible que no te guste alguien. A todos nos gusta aunque sea una persona.
- A mí no me gusta nadie. Y no me importa lo que le pase a los demás.

Silencio. Estaba avergonzado por haber preguntado eso, pero también admiraba su respuesta.
Amaba esa seguridad. Siempre se mostraba confiada en todo y por eso aceptó que le estaba
diciendo la verdad.

Se quedaron en silencio un rato más, un silencio incómodo, de despedida.

- La pasamos muy bien juntos.


- Si.
- ¿Querés que me vaya?
- …
- Te voy a extrañar mucho.
- …

Se levantó. No quería rogar amor, no quería piedad ni seguir regalando lágrimas. Caminó hasta la
puerta y espero a que le abriera. Ella fue detrás, despacio, y después de abrir salieron juntos. Los
dos pisos los hicieron por la escalera sin decirse nada. Al llegar a la puerta que daba a la calle
frenaron y se vieron otra vez. Se abrazaron. Él la apretó con fuerza tratando de llevarse todo el
amor que había dejado ahí, de exprimir hasta la última gota.

- Chau.
- Chau.

Y salió sin mirar atrás; caminó con paso seguro hasta doblar la esquina y ahí se desmoronó. Se
sentó y apoyado contra la pared descargó parte del dolor que tenía en el pecho. Pasó un rato, el
mundo alrededor estaba vacío o era invisible. El cuerpo le dolía ¿O era el alma? No sabía, nunca lo
iba a saber. Volvió a levantarse y caminó hasta su casa, los pensamientos se amontonaban en su
cabeza, menos uno, lo único que no pensaba era en regresar.
Ella siempre sería parte de su vida y no sería la primera ni la única en dejarlo en ese estado. Era
otro amor que no era, era fallar otra vez para volver a empezar de cero, otro libro que parecía una
novela y en realidad era un relato corto.

Y ella era “Ella”. No tenía nombre porque era muchas en realidad; otro pasado sin nombre, otro
error anónimo que tenía que cargar hasta que llegue aquella que sea su amor de verdad, la que
cure sus heridas, la que sane con sus abrazos. Esa que desde siempre aparece en sus sueños,
compartiendo risas y llantos, rutas y mate, libros y música. Esa que todavía no conoce. Esa que no
será “ella”. Esa, que pueda nombrar.

Fin.

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