Día Del Libro
Día Del Libro
“—Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma
de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro
cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace
fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo.
Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo
crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería
cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes,
nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han
perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de
un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no
tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a
nosotros, Daniel. ¿Crees que vas a poder guardar este secreto?”
Libro “La sombra del viento” Carlos Ruiz Zafón
Conejo / Abelardo Castillo
Y cualquiera que escandalizare a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se
le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y se le anegase en el profundo de la mar.
Mateo, XVIII: 6
No va a venir. Son mentiras lo de la enfermedad y que va a tardar unos meses; eso me lo dijo
tía, pero yo sé que no va a venir. A vos te lo puedo decir porque vos entendés las cosas. Siempre
entendiste las cosas. Al principio me parecía que eras como un tren o como los patines, un
juguete, digo, y a lo mejor ni siquiera tan bueno como los patines, que un conejo de trapo al
final es parecido a las muñecas, que son para las chicas. Pero vos no. Vos sos el mejor conejo
del mundo, y mucho mejor que los patines. Y las muñecas tienen esos cachetes colorados,
redondos. Caras de bobas, eso es lo que tienen.
A mí no me importa si no está. Qué me importa a mí. Y no me vine a este rincón porque estoy
triste, me vine porque ellos andan atrás de uno, querés esto y qué querés nene y puro acariciar,
como cuando te enfermas y andan tocándote la frente, que parece que los tíos y los demás están
para cuando uno se enferma y entonces todo el mundo te quiere. Por eso me vine, y por el
estúpido del Julio, el anteojudo ese, que porque tiene once años y usa anteojos se cree muy vivo,
y es un pavo que no ve de acá a la puerta y encima siempre anda pegando. Se ríe porque juego
con vos, mírenlo, dice, miren al nenito jugando al arrorró. Qué sabe él. Los grandes también
pegan. Las madres, sobre todo. Claro que a todos los chicos les pegan y eso no quiere decir
nada, pero igual, por qué tienen que andar pegando siempre. Vos, por ahí, vas lo más tranquilo y
les decís mira lo que hice, creyendo que está bien, y paf, un cachetazo. Ni te explican ni nada. Y
otras veces puro mimo, como ahora, o como cuando te hacen un regalo porque les conviene,
aunque no sea Reyes o el cumpleaños.
Yo me acuerdo cuando ella te trajo. Al principio eras casi tan alto como yo, y eras blanco, más
blanco que ahora porque ahora estás sucio, pero igual sos el mejor conejo de todos, porque
entendés las cosas. Y cómo te trajo también me acuerdo, toma, me dijo, lo compré en Olavarría.
El primo Juan Carlos que vive en Olavarría a mí nunca me gustó mucho: los bigotes esos que
tiene, y además no es un primo como el Julio, por ejemplo, que apenas es más grande que yo. Es
de esos primos de los padres de uno, que uno nunca sabe si son tíos o qué. Era una caja grande,
y yo pensaba que sería un regalo extraordinario, algo con motor, como el avión del rusito o una
cosa así. Pero era liviano y cuando lo desaté estabas vos adentro, entre los papeles. A mí no me
gustaba un conejo. Y ella me dijo por qué me quedaba así, como el bobo que era, y yo le dije
esto no me gusta para nada a mí, mira la cabeza que tiene. Entonces dijo desagradecido igual
que tu padre. Después, cuando papá vino del trabajo, todavía seguía enojada y eso que había
estado un mes en Olavarría, lejos de papá, y que papá siempre me dice escribile a tu madre que
la extrañamos mucho y que venga pronto, pero es él el que más la extraña, me parece. Y esa
noche se pelearon. Siempre se pelean, bueno: papá no, él no dice nada y se viene conmigo a la
puerta o a la placita Martín Fierro que papá me dijo que era un gaucho. A papá tampoco le gustó
nunca el primo Juan Carlos. Y yo no te llevo a la placita, pero porque tengo miedo que los
chicos se rían. Ellos qué saben cómo sos vos. No tienen la culpa, claro, hay que conocerte. Yo,
al principio, también me creía que eras un juguete como los caballos de madera, o los perros,
que no son los mejores juguetes. Pero después no, después me di cuenta que eras como Pinocho,
el que contó mamá. Ella contaba cuentos, a la mañana sobre todo, que es cuando nunca está
enojada. Y al final vos y yo terminamos amigos, mejor que con los amigos de verdad, los chicos
del barrio digo, que si uno no sabe jugar a la pelota en seguida te andan gritando patadura, anda
al arco querés, y malas palabras y hasta delante de las chicas te gritan, que es lo peor. Una vez
me dijeron por qué no traes a tu hermanito para que atajen juntos, y se reían. Por vos me lo
dijeron, por los dientes míos que se parecen a los tuyos. Me parece que te trajeron a propósito a
vos, por los dientes.
Ellos vinieron todos, como cuando la pulmonía. Y puro hacer caricias ahora, se piensan que uno
es un nenito o un zonzo. O a lo mejor saben que sé, igual que con los Reyes y todo eso, que todo
el mundo pone cara de no saber y es como un juego. Y aunque el Julio no me hubiera dicho
nada era lo mismo, pero el Julio, la basura esa, para qué tenía que venir a decirme. Era
preferible que insultara o anduviera buscando camorra como siempre y no que viniera a decir
esa porquería. Si yo ya me había dado cuenta lo mismo. Papá está así, que parece borracho, y
dice hacerme esto a mí. Y ellos le piden que se calme, que yo lo estoy mirando. Entonces me
vine, para hablar con vos que lo entendés a uno y sos casi mucho mejor que el tren y ni por un
avión como el del rusito te cambiaba, que si llegan a imaginar que yo te iba a querer tanto no te
traen de regalo, no. Y nadie va a llorar como una nena porque ella está enferma y no puede
volver por un tiempo. Y si son mentiras mejor. Oscarcito tampoco lloraba. Ese día también
había venido mucha gente, pero era distinto. En la sala grande había un cajón de muerto para la
mamá de Oscarcito. Estaba blanca. Oscarcito parecía no entender nada, nos miraba a todos los
chicos, pero no lloró, le decían que la mamá de él estaba en el cielo. Y esto es distinto. Mi
mamá no está en el cielo, en Olavarría está. El Julio, la basura esa de porquería me lo dijo, pero
a lo mejor se fue enferma a algún otro lado y por qué no puede ser. Todos lo dicen. Todos
menos el primo Juan Carlos, que tampoco está. Y mejor si no está, que a mí no me gustó nunca
por más que ella dijera tenés que quererlo mucho, y una vez que yo fui a Olavarría no los dejaba
que se quedaran solos. Anda a jugar al patio, siempre querían que me fuera a jugar al patio: ella
también. Y después puro regalar conejos, sí. Se creen que uno no se da cuenta, como ahora, que
si estuviera enferma no sé para qué lo andan aconsejando a papá y él me mira, y se queda
mirándome y me dice hijo, hijo. Y a veces me dan ganas de contestarle alguna cosa, pero no me
sale nada, porque es como un nudo. Por eso me vine. Y no para llorar tranquilo sin que me vean.
Me vine porque sí, para hablar con vos que lo entendés a uno, y sos el mejor conejo de todos, el
mejor del mundo con esas orejas largas, y dos dientes para afuera, como yo cuando me río.
Me parece que no me voy a reír nunca más en la vida yo. Eso es lo que me parece.
Y al final a nadie se le importa un pito de los dientes, porque yo te quiero lo mismo y te quiero
porque sí, porque se me antoja. No porque ella te trajo y mejor si no va a volver. Ojalá se
muera. Y lo que estoy viendo es que esa cabeza, que tenés no es nada linda, no, y si quiero
vamos a ver si no te tiro a la basura, que al final de cuentas nunca me gustaste para nada vos. Y
lo que vas a ganar es que te voy a romper todo, los dientes, y las orejas, y esos ojos de vidrio
colorado como los estúpidos, así, sin que me dé ninguna gana de llorar ni nada, por más que te
arranque el brazo y te escupa todo, y vos te crees que estoy llorando, pero no lloro, aunque te
patee por el suelo, así, aunque se te salga todo el aserrín por la barriga y te quede la cabeza
colgando, que para eso tengo el tren y los patines y…
**FIN**
Continuidad de los parques
Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes,
volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la
trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su
apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la
tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su
sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante
posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el
terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo
los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en
seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo
rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del
alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los
ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por
la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban
y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del
monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara
por el chicotazo de una rama.
Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias,
no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un
mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y
debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un
arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas
caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo,
dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada
había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada
instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se
interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta
de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él
se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose
en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda
que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no
estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la
sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala
azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la
primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la
mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la
cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
La gallina degollada
Horacio Quiroga
Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del
matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y
volvían la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba
paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos.
Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz
enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se
reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el
sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico.
Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la
lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un
sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las
piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se
notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres
meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y
mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos
enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de
un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas
posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de
matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta
que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones
terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó
con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las
enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la
inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado
profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su
madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su
primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en
todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!… ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que…?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a
la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un
poco rudo. Hágala examinar detenidamente.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el
pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar,
sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven
maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació
éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los
dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el
segundo hijo amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban
malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada
ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e
inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de
redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y
punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión
por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus
almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun
sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta
de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro.
Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían
entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en
cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres
años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo
transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de
su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la
parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención
ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad
de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la
insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos
—que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!… ¡No faltaba
más!… —murmuró.
—¿Qué no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería
decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir…
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones,
sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre
otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su
complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala
crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita
olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que
la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo
mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija
echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida.
Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al
menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado
habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel
fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se
contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual,
atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro
habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La
sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los
lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda
remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las
golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún
escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna
llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos
de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces…?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti… ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?…
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a
tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que
querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha
muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos
tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al
médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón
picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló
instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había
desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han
amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto
infames fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las
emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada
largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una
palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron
a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la
sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había
aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó
sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los
hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación… Rojo… rojo…
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón,
olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque,
naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más
irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a
pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a
sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había
traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos,
más inertes que nunca.
De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco
horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba
pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla
desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su
instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba
pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre
la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar
apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en
sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula
bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco.
La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse
del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos
clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse
del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando
los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la
cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la
vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se
despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló
de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la
cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y
lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre,
oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como
la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la
cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.