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CLACSO

Chapter Title: NUESTRA AMÉRICA FRENTE A LA REACTUALIZACIÓN DE LA DOCTRINA


MONROE
Chapter Author(s): Leandro Morgenfeld

Book Title: Estados Unidos contra el mundo


Book Subtitle: Trump y la nueva geopolítica
Book Author(s): Gabriel Esteban Merino, Dídimo Castillo Fernández, Gladys Cecilia
Hernández Pedraza, Jorge Hernández Martínez, Marco A. Gandásegui, Luis René Fernández
Tabío, Claudio Katz, Luis Suárez Salazar, Darío Salinas Figueredo, Leandro Morgenfeld,
Jaime Zuluaga Nieto, Mariana Aparicio Ramírez, Josefina Morales and César Isai Manzano
Pech
Published by: CLACSO. (2018)
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contra el mundo

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Leandro Morgenfeld*

Nuestra América
frente a la reactualización
de la doctrina Monroe

Introducción
Tras casi una década de guerras de independencia en Hispanoaméri-
ca, y luego de haberse mantenido prescindente, el gobierno de Estados
Unidos decidió que había llegado la hora de horadar la vieja hegemo-
nía europea en el continente. El 2 de diciembre de 1823, el presiden-
te James Monroe planteó en el Congreso la doctrina que llevaría su
nombre y cuyo lema era America for the Americans. Traducido, en su
uso habitual, significaba que América era para los norteamericanos.
O sea que no permitirían avances de potencias extra-continentales en
lo que ellos denominan el Hemisferio Occidental. En su famoso men-
saje, Monroe declaró que considerarían cualquier intento europeo de
extender su sistema político al continente americano como peligroso
para la paz y la seguridad de Washington. La doctrina Monroe era una
de las manifestaciones del nuevo expansionismo que Estados Unidos
desplegaría en América en las décadas siguientes, construyendo un
área de influencia propia, bajo su estricto control. Durante casi dos-
cientos años, fue reactualizada y reinterpretada en diversas ocasiones.
“La doctrina Monroe ha terminado”, sostuvo el Secretario de
Estado de Barack Obama, John Kerry, el 18 de noviembre de 2013,
ante embajadores del continente en la sede de la oea, tras lo cual
agregó “la relación que buscamos […] no es una declaración de Esta-

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Estados Unidos contra el mundo

dos Unidos de cuándo y cómo intervendrá en los asuntos de estados


americanos, es sobre todos los estados viéndonos como iguales, com-
partiendo responsabilidad y cooperando en asuntos de seguridad”
(Armony, 2014). Ese discurso se inscribía en la estrategia que ensayó
Obama en la Cumbre de las Américas de Puerto Príncipe, Trinidad y
Tobago (2009) –“buscamos una relación entre iguales con los países
de la región”– y procuraba también morigerar los efectos negativos
que tuvieron las declaraciones de Kerry del 17 de abril de 2013, ante
el Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes,
cuando se refirió ofensivamente a la región como el patio trasero es-
tadounidense, y el espionaje masivo de su gobierno contra líderes re-
gionales como Evo Morales y Dilma Rousseff. Frente a una América
Latina que avanzaba –aunque con dificultades– en la construcción de
una integración alternativa, impulsando nuevas instituciones como
la unasur y la celac, frente a la creciente presencia de diversos
actores extra-hemisféricos, Washington intentaba reposicionarse en
una región históricamente estratégica para su proyección imperial.
En la campaña electoral de 2016 reapareció con fuerza un discur-
so xenófobo y racista, encarnado en el magnate Donald Trump, quien
escaló en las encuestas denigrando a los inmigrantes hispanos. Cuan-
do lanzó su candidatura, en junio de 2015, eligió poner a los mexi-
canos como blanco de sus ataques: “Están enviando gente que tiene
muchos problemas, nos están enviando sus problemas, traen drogas,
son violadores, y algunos supongo que serán buena gente, pero yo
hablo con agentes de la frontera y me cuentan lo que hay” (Ximénez
De Sandoval, 2015).
La estigmatización de los hispanos y de otros inmigrantes no
fue sólo una (exitosa) estrategia de campaña, sino que se tradujo
en la concreción de una serie de iniciativas retrógradas: cinco días
después de asumir, Trump firmó una orden ejecutiva para avanzar
en la construcción del muro con México, reforzó las guardias fron-
terizas, amenazó con acelerar y endurecer las deportaciones de los
más de once millones de indocumentados –ya no sólo ocupándose
de aquellos con procesos criminales– instrumentó sanciones contra
las ciudades “santuario” y firmó dos decretos para prohibir el ingre-
so de ciudadanos de algunos países con mayoría musulmana. Esto
fue acompañado de una persistente retórica humillante contra los
hispanos, de haber dado de baja el sitio web en español de la Casa
Blanca y de criticar la supuesta permisividad en materia migrato-
ria de algunos gobiernos europeos, que incluyó desde críticas a la
“catastrófica política migratoria” de Angela Merkel hasta cuestiona-
mientos vía Twitter al alcalde de Londres, Sadiq Khan, luego de un
atentado terrorista.

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El señalamiento de la inmigración como un peligro y un flagelo


que amenaza a la sociedad es un emergente de la ofensiva ideológica
neoconservadora estadounidense, en sintonía con lo que viene ocu-
rriendo en Europa. Para el capital es útil disponer de un mercado de
trabajo fragmentado, segmentado y competitivo, lo cual dificulta la
organización unificada de la fuerza de trabajo. A través de ese dis-
curso, se alienta la competencia entre trabajadores (legales o ilegales,
nacionales o extranjeros) para dificultar la solidaridad y la consolida-
ción de una conciencia de clase. El objetivo es desplazar las tensiones
y contradicciones verticales, entre clases sociales, hacia conflictos ho-
rizontales, ya sea étnicos, raciales o nacionales. Abordar el tema mi-
gratorio, en Estados Unidos, exige analizar las contradicciones funda-
mentales de un sistema cuyo objetivo es el lucro, y no el bienestar y el
enriquecimiento colectivos, a través del intercambio y la convivencia
de una sociedad diversa.
Además de profundizar y acelerar la política de deportaciones
masivas que ya implementaron Bush y Obama –cinco millones de in-
documentados expulsados en los últimos dieciséis años– Trump pre-
tende terminar con un programa clave de su antecesor, daca (Acción
Diferida para los Llegados en la Infancia), que otorga permisos tem-
porales a quienes ingresaron a Estados Unidos siendo niños o niñas.
Más allá de su desdén hacia los hispanos y las agresivas decla-
raciones contra Cuba y Venezuela, en sus primeros doce meses en
la Casa Blanca, Donald Trump no había precisado su política hacia
América Latina y el Caribe. Con su discurso en Texas, el 1 de febrero
de 2018, antes de su primera gira por la región, el Secretario de Es-
tados Rex Tillerson propuso una reafirmación de la Doctrina Monroe.
En forma cínica, se refirió a las actitudes imperiales de China y Rusia,
retomó la anacrónica retórica paternalista –que supone que Estados
Unidos debe ensañarnos a construir sistemas políticos democráti-
cos– y procuró comprometer a los gobiernos derechistas en su ataque
contra los países bolivarianos: “América Latina no necesita nuevas
potencias imperiales que solo pretenden beneficiar a sí mismos [sic].
El modelo de desarrollo con dirección estatal de China es un resabio
del pasado. No tiene que ser el futuro de este hemisferio. La presen-
cia cada vez mayor de Rusia en la región también es alarmante, pues
sigue vendiendo armas y equipos militares a regímenes hostiles que
no comparten ni respetan valores democráticos”1. Tras su extenso dis-
curso, en una sesión de preguntas con académicos de esa universidad,
reivindicó la doctrina que Kerry había dado por muerta hace 5 años:

1 La transcripción del discurso completo puede consultarse en: <[Link]


ly/2MFixyS>.

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Estados Unidos contra el mundo

“En ocasiones nos hemos olvidado de la doctrina Monroe y de lo que


significó para el Hemisferio. Es tan relevante hoy como lo fue enton-
ces” (El Universal, 2018, 1 de febrero).
El anacrónico discurso de Tillerson, con un claro sesgo injeren-
cista, puede tener acogida en los gobiernos derechistas, que tienen
afinidad ideológica con ese pronunciamiento más propio de la Guerra
Fría y que permanentemente esgrimen el modelo político y económico
estadounidense como el que hay que imitar, pero no entre los pue-
blos, que rechazan la prédica y prácticas xenófobas y anti-hispanas
del nuevo presidente estadounidense. Reafirma una tradición secular,
pero a la vez le imprime un tono y un estilo que genera urticantes
polémicas. Por ejemplo, cuando en una reunión con legisladores en
la que discutía la reforma migratoria, el 12 de enero, Trump se refirió
a El Salvador y Haití, además de otros países africanos, como “países
de mierda”, se produjo una crisis diplomática y quejas de múltiples
políticos dentro y fuera de Estados Unidos.
En los meses siguientes, Trump iba a concretar su primer viaje
a la región, pero volvió a imponerse lo imprevisto. Debía asistir a la
Cumbre de las Américas (Lima, 13 y 14 de abril), pero sólo tres días an-
tes del inicio de la misma, canceló su participación. Al mismo tiempo
que en la capital peruana se realizaba la gala de recepción de los man-
datarios participantes, Trump convocó una conferencia de prensa en
la que anunció que estaba bombardeando en ese momento Damasco,
la capital siria. Su primer viaje a Nuestra América será para participar
en la Cumbre Presidencial del G20 (Buenos Aires, 30 de noviembre y
1 de diciembre de 2018). Más allá del alineamiento del gobierno anfi-
trión, encabezado por Mauricio Macri, seguramente enfrentará en la
capital argentina masivas protestas populares y confirmará por qué
genera tanto rechazo en la región.
El objetivo de este artículo será, en primer lugar, analizar las
iniciativas de Trump hacia América Latina y el Caribe. En segundo
lugar, desarrollar cuáles son las oportunidades, amenazas y desafíos
que supone para la región la nueva Administración republicana. Se
abordarán las relaciones con Estados Unidos a partir de los distintos
caminos y alternativas que se le ofrecen a Nuestra América en esta
particular coyuntura, en la que el Departamento de Estado propone
una nueva reactualización de la Doctrina Monroe.

México, Venezuela y Cuba: tres países en la


mira de Trump
Para analizar la política de Trump hacia América Latina y el Caribe
tenemos que observar, especialmente, tres países que son blanco de
sus ataques: México, Venezuela y Cuba. Trump utiliza a los hispanos

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como chivo expiatorio y los humilla para acumular políticamente en el


frente interno. México es el gran perjudicado, desde el punto de vista
económico, político e ideológico. La nueva Administración también
intenta revertir la distensión con Cuba iniciada hace casi tres años por
Obama y ataca abiertamente al gobierno venezolano.
México, como consecuencia de haber firmado el Tratado de Li-
bre Comercio de América del norte (tlcan [nafta, por sus siglas
en inglés]) hace casi un cuarto de siglo, es económicamente más de-
pendiente que nunca de Estados Unidos. Se ve afectado por razo-
nes comerciales, por la presión de Trump para repatriar inversiones
estadounidenses en las maquilas mexicanas, por el endurecimiento
de los controles fronterizos y por las amenazas de cobrar impuestos
a las remesas que millones de mexicanos envían periódicamente a
sus familias. Además, de acelerarse las deportaciones, esta afluen-
cia poblacional generaría una presión extra para el mercado laboral,
aumentando potencialmente la tasa de desocupación. Producto de
esas agresiones, y en medio de una profunda crisis interna, México se
debate sobre su futuro2.
Cuando hace más de una década argumentábamos por qué ha-
bía que rechazar el alca, poníamos como ejemplo lo perjudicial
que estaba siendo el tlcan para la economía mexicana. A partir de
la firma de ese acuerdo, México disminuyó las tarifas arancelarias
con Estados Unidos y Canadá (también lo hizo con otros países con
los que estableció acuerdos comerciales), en detrimento del resto
de los países, que debían enfrentarse a las tarifas de la nación más
favorecida.
En términos generales, puede concluirse que, si bien la apertu-
ra comercial, la privatización y la desregulación en México favore-
cieron a parte de su sector exportador, se produjo la desaparición
de muchas cadenas productivas, se entregó el sistema bancario y
financiero a los inversores extranjeros (pasaron a controlar el 90%
del mismo), en las maquiladoras aumentó significativamente el
componente importado, se produjo el colapso del campo frente a la
“invasión” de productos agrícolas estadounidenses y se incrementó
fuertemente el trabajo informal y “flexibilizado”, la miseria y la po-
breza, entre otros motivos, por la quiebra de casi 30.000 pequeñas y

2 Recientemente, José Gandarilla, Cecilia Nahón y Leandro Morgenfeld discutie-


ron sobre esta problemática en la sede de CLACSO, en un panel titulado “México,
entre Estados Unidos y Nuestra América en la era Trump” (Buenos Aires, 4 de abril
de 2017), realizando un diagnóstico muy crítico de las consecuencias económicas
y sociales del NAFTA para la población de ese país. Gandarilla expuso allí la crisis
del sistema político desatada a partir de la humillante posición de Peña Nieto ha-
cia Trump.

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Estados Unidos contra el mundo

medianas empresas y la desestructuración de la pequeña producción


agrícola. El tlcan significó, para México, profundizar e institucio-
nalizar las políticas económicas impulsadas por el llamado Consen-
so de Washington y un obstáculo para acercarlo a Latinoamérica y
alejarlo de su poderoso vecino del norte. Hoy el 80% de las exporta-
ciones se dirigen hacia Estados Unidos –por eso impactó tan negati-
vamente el triunfo de Trump en la economía y en la moneda–, más
de cinco millones de campesinos debieron abandonar la actividad
agrícola –muchos de ellos son los inmigrantes indocumentados que
Trump promete deportar–, México importa maíz de Estados Unidos,
aumentó la pobreza a más del 55%, no hubo una equiparación sala-
rial emtre México y Estados Unidos –pese a las promesas, la brecha
se ahondó– y el país vive, además, una catástrofe social, con más de
170.000 muertos, producto de un espiral de violencia descontrolada,
asesinatos a periodistas y dirigentes políticos y una militarización de
la vida cotidiana sin precedentes3.
Ante las amenazas de Trump de salir del tlcan –producto del
fuerte déficit comercial bilateral que le genera a Estados Unidos– o
renegociarlo en términos aún más perjudiciales para México, algunos
analistas, incluso en México, pretenden maquillar ese acuerdo y mos-
trar que el país latinoamericano sacó provecho del mismo. Pero no se
pueden soslayar las profundas consecuencias regresivas que tuvo ese
tlc para las mayorías populares mexicanas.
La llegada de Trump a la Casa Blanca provocó un impacto en
México, el país donde el magnate estadounidense tiene peor imagen.
Peña Nieto, a través del canciller Luis Videgaray, intentó un acerca-
miento humillante, que llevó al gobierno mexicano a niveles históri-
cos de impopularidad en 2016. Frente a esta situación, y teniendo en
cuenta las elecciones presidenciales del 1 de julio de 2018, parecen
abrirse dos caminos alternativos para México. O negocia bilateral-
mente, en una posición de debilidad, las condiciones de su someti-
miento a Trump, o recupera una mirada autónoma, volcada hacia
América Latina, e inicia un proceso de redireccionamiento de su in-
serción internacional y su política exterior, que le permitan ampliar
sus márgenes de maniobra.
El discurso agresivo contra Venezuela por parte de Trump apa-
reció ya en la campaña presidencial. Se refirió al gobierno de Nicolás
Maduro como una dictadura. Recibió en la Casa Blanca, antes que a
ningún otro mandatario latinoamericano, a Lilian Tintori, la esposa
del opositor Leopoldo López. Esa retórica injerencista fue acompa-

3 Se estima que hubo más de 200.000 muertes violentas, desde que Felipe Calderón
inició la “guerra contra el narco” en 2006.

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ñada de iniciativas concretas. Si ya Obama había tomado medidas


extremas contra Venezuela4, el nuevo mandatario las profundizó.
Incluyó a Tarek el Aissami, vicepresidente de Nicolás Maduro, en la
lista de perseguidos por sus supuestos vínculos con el narcotráfico.
Este ataque diplomático fue respondido enérgicamente por el go-
bierno venezolano, quien acusó a Trump de continuar con las ma-
niobras desestabilizadoras e injerencistas de Obama. Poco después,
el jefe del Comando Sur, Kurt W. Tidd, compareció ante el Comité
de Servicios Militares del Senado estadounidense, señalando que
la inestabilidad en Venezuela afectaba a toda la región, repitiendo
el latiguillo de que a través de ese país ejercían su influencia Rusia,
Irán y China en América Latina. Sectores poderosos en Washington
instan a la Casa Blanca y al Congreso estadounidense a realizar un
lobby en la oea para sancionar a Venezuela aplicándole la Carta
Democrática Interamericana.
Ante esta situación, que rememora la sufrida por Cuba en la
Conferencia de Cancilleres Americanos de Punta del Este de enero de
1962, el gobierno del país caribeño optó por anunciar su salida de
esa organización, caracterizada por el Che Guevara como un “minis-
terio de colonias” de Estados Unidos5. Se intenta generar una situa-
ción económica y social explosiva, para justificar una suerte de inter-
vención regional humanitaria6. En los meses siguientes, aun cuando
no lograron frenar las elecciones regionales, continuó la campaña.
La primera gira de Rex Tillerson por la región tuvo como objetivo
central presionar a los gobiernos aliados –en particular al Grupo de
Lima– para aislar a Venezuela, a cuyo gobierno se le retiró la invita-
ción a participar en la viii Cumbre de las Américas, con el aval o el
pedido de Washington.
El caso de Cuba quizás es el más ilustrativo y elocuente de la po-
lítica de Trump hacia la región. El viernes 16 de junio, desde Miami
y en un acto que pareció más propio de la época de la Guerra Fría, el
presidente estadounidense puso un freno en el proceso de deshielo

4 Firmó una orden ejecutiva, el 9 de marzo de 2015, en la cual declaró a Venezuela


como una “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional” estadouni-
dense. Esta iniciativa fue repudiada por diversos gobiernos latinoamericanos en la
vii Cumbre de las Américas, que se reunió en Panamá en abril de ese año. De todas
formas, Obama volvió a prorrogar esa disposición al año siguiente.
5 Por razones de espacio, dejamos de lado el análisis del papel poco decoroso des-
empeñado por Luis Almagro, Secretario General de la oea. Véase Suárez Salazar
(2017b).
6 Sobre las agresiones de Trump contra Venezuela, véase el debate registrado en el
Taller “Trump y América Latina”, organizado por el edi y la Fundación Rosa Luxem-
burgo en Buenos Aires, el 1 de abril de 2017 (Katz, et al, 2017).

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Estados Unidos contra el mundo

con Cuba iniciado en 2014 por Obama. Rodeado de lo más rancio del
anticastrismo, desplegó un agresivo discurso paternalista e injerencis-
ta. ¿Qué alcances y límites tiene el (nuevo) giro en la relación con la
isla? ¿Cuáles son las causas del abandono de este “legado” de Obama?
¿Cuál fue la respuesta cubana? ¿Cómo va a impactar hacia adentro de
Estados Unidos y en las ya de por sí complejas y tirantes relaciones
con América Latina y el Caribe?
En primer lugar, vale la pena analizar el qué y el cómo del anun-
cio de la nueva política de Trump hacia Cuba. El acto realizado en
Miami atrasó al menos un cuarto de siglo. El nuevo presidente esta-
dounidense apeló a una retórica agresiva y más propia de la Guerra
Fría. Rodeado de lo más retrógrado del exilio cubano, anunció el fin
del acuerdo Obama-Castro y firmó el Memorando Presidencial de Se-
guridad Nacional sobre el Fortalecimiento de la Política de los Estados
Unidos hacia Cuba (Trump, 2017), con las nuevas directivas hacia la
isla. En síntesis, los cambios que establece son los siguientes:
1. Restringe los viajes turísticos, complicando la obtención de
permisos (en los primeros cinco meses del año, 250.000 estadouni-
denses viajaron a Cuba, lo mismo que en todo el 2016); reafirma el
bloqueo económico, comercial y financiero que hace más de medio
siglo intenta asfixiar a la isla;
2. Limita los viajes educativos con fines no académicos, que ten-
drán que ser grupales (prohíbe los viajes individuales auto-dirigidos)
y limita las actividades económicas con empresas vinculadas a las
Fuerzas Armadas Revolucionarias (básicamente, con el Grupo de Ad-
ministración de Empresas –gaesa–). Sin embargo, no rompe las re-
laciones diplomáticas, ni cierra la embajada en La Habana –reabierta
hace dos años– ni coloca de nuevo a Cuba en la lista de países que
patrocinan el terrorismo, ni limita el envío de remesas, ni prohíbe los
vínculos económicos con el sector cuentapropista de la isla, ni modifi-
ca los acuerdos migratorios, ni reinstala la política de “pies secos, pies
mojados” –derogada por Obama el pasado 12 de enero– que admitía a
los cubanos que pisaran suelo estadounidense.

Más allá de que algunas de las medidas generarán complicaciones


económicas en Cuba, lo más grave es el tono. El acto, de fuerte
contenido simbólico, se realizó en la Pequeña Habana, en el Teatro
Manuel Artime, justamente denominado así en homemaje al con-
trarrevolucionario que fuera el jefe civil de la Brigada 2056, aquella
que invadiera la isla en Playa Girón, en abril de 1961 (“Es un honor
estar en un teatro que lleva el nombre de un verdadero héroe del
pueblo cubano […] Estamos muy honrados de que nos acompañen
los asombrosos veteranos de la Bahía de Cochinos”, dijo Trump).

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El presidente estadounidense habló luego del vice Mike Pence, el


gobernador de La Florida Rick Scott, el senador de origen cubano y
ex precandidato republicano Marco Rubio y el representante Mario
Díaz-Balart (un día antes, este diputado había declarado: “Trump no
está con los que reprimen al pueblo cubano como estaba Obama”).
Calificó al sistema político isleño como una “dictadura” y desplegó
un discurso agresivo, que se emparenta con su irrespetuoso mensa-
je de noviembre de 2016, cuando falleció Fidel Castro. Se refirió al
gobierno de La Habana como el “brutal régimen castrista” y destacó
que “haremos cumplir el embargo”. El acto fue la puesta en escena
del retorno a la política agresiva que desplegaron sin éxito Eisen-
hower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush, Clin-
ton, Bush Jr. y Obama, al menos en su primer mandato.
¿Por qué la vuelta a una retórica más propia de la Guerra Fría?
¿Por qué reivindicar el fracasado bloqueo, repudiado cada año en
forma casi unánime en la onu –en la última Asamblea General,
ciento noventa y un países exigieron su levantamiento, y sólo Es-
tados Unidos e Israel se abstuvieron–? ¿Por qué insistir con una
política que genera rechazo no sólo en la población estadouniden-
se en general –según un sondeo de The New York Times de 2016,
el 62% de la población estaba de acuerdo con el nuevo enfoque
de Obama hacia Cuba– sino de los propios cubanoamericanos –el
70% de los cubanoamericanos de Miami apoyaban la normaliza-
ción, mientras que el respaldo al bloqueo había caído a un 37%,
en comparación con el 84% de 1990–? La principal causa del giro
tiene que ver con la política interna de Estados Unidos. En primer
lugar, es una “devolución de favores”. Trump modificó su anterior
posición favorable al deshielo para obtener el apoyo del establis-
hment cubanoamericano, que le permitió ganar en la Florida, por
un margen muy estrecho.
Pero la escenificación del trato duro con Cuba también responde
a sus necesidades políticas, en dos sentidos. Trump fue el presidente
menos popular en sus primeros cien días, al menos desde que esto
se mide en los años sesenta. Cosecha altísimos niveles de rechazo,
enfrenta movilizaciones de mujeres, trabajadores, estudiantes, cientí-
ficos, ecologistas, inmigrantes y pueblos originarios. Sufrió importan-
tes reveses políticos (para imponer su veto migratorio, para aprobar el
TrumpCare, para financiar el muro con México) y enfrenta el llamado
RusiaGate, que involucra a importantes funcionarios de su entorno y
amenaza con obstaculizar o interrumpir su presidencia a través de un
impeachment. Sin embargo, conserva el apoyo de sus votantes, aun-
que estos representaron apenas el 27% del padrón. Ese es el sentido
de este tipo de puestas en escena: reforzar su base política, atacando

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todo lo que sea considerado parte del “legado” de Obama (y, el deshie-
lo con Cuba, sin dudas, era un componente central del mismo). Exhi-
be una supuesta fortaleza hacia adentro, abroquela a sus seguidores
ultraconservadores, y a la vez proyecta una imagen hacia afuera que
refuerza su disposición a actuar de manera unilateral, sin tener en
cuenta lo que opine la comunidad internacional: no le importa lo que
diga la onu sobre el bloqueo.
Claro que, cuando hablamos de cómo la política interna condi-
ciona su política exterior, también nos referimos a cuestiones menos
transparentes: Trump necesita el apoyo de su ex rival interno Marco
Rubio, quien integra la Comisión de Inteligencia del Senado, que es
la que investiga si Rusia intervino en las elecciones del año pasado en
connivencia con el magante. Una semana antes de los anuncios sobre
Cuba, ante esa comisión compareció James Comey, el ex jefe del fbi,
expulsado por Trump pocos días antes. Rubio intercedió en el Sena-
do para que Comey aclarara que Trump “no se encontraba personal-
mente bajo investigación”. La posición de este senador será clave para
determinar el futuro de la investigación sobre la trama rusa. Como se
ve, no sólo en América Latina hay una estrecha relación entre políti-
ca exterior y política interior, a pesar de lo que plantean los acríticos
defensores de la “gran democracia” del Norte. En síntesis, el acto en
Miami tuvo el triple objetivo alejar la atención mediática del affaire
Rusia, que había alcanzado su clímax por esos días, consolidar la base
de apoyo republicana y devolver el favor electoral de los cubanoame-
ricanos de Florida.
Esta agresividad registró un nuevo capítulo hacia el segundo se-
mestre de 2017. Tras denunciar un supuesto “ataque sónico” contra
diplomáticos estadounidenses apostados en La Habana7, el 29 de sep-
tiembre la Administración Republicana resolvió reducir al mínimo la
misión diplomática en la isla. Hizo volver a veintiún diplomáticos, con-
geló el otorgamiento de visas a cubanos y recomendó que sus ciudada-
nos no viajaran a Cuba. El 3 de octubre, además, resolvió expulsar a
quince diplomáticos cubanos que cumplían funciones en la embajada
en Washington. El secretario de Estado, Rex Tillerson, quien aclaró que
de todas formas no se rompían las relaciones diplomáticas, explicó: “La
decisión se tomó por la incapacidad de Cuba de dar los pasos apropia-
dos para proteger a nuestros diplomáticos de acuerdo con sus obliga-
ciones bajo la Convención de Viena” (Página/12, 2017, 4 de octubre).
Cedió así, una vez más, ante el poderoso senador Marco Rubio,
quien aplaudió esta medida: “La embajada de los Estados Unidos en

7 Si bien no se acusó al gobierno cubano, el Departamento de Estado lo responsa-


biliza por no cuidar los diplomáticos estadounidenses.

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La Habana debería ser reducida a una sección de intereses y debe-


mos estar preparados para considerar medidas adicionales contra
el régimen de Castro si estos ataques continúan” (Página/12, 2017,
4 de octubre).
La respuesta del gobierno cubano no se hizo esperar. En conferen-
cia de prensa, ese mismo día en La Habana, el canciller Bruno Rodríguez
declaró: “El gobierno de Estados Unidos, con estas acciones política-
mente motivadas e irreflexivas, es el responsable del deterioro presente
y probablemente futuro de las relaciones bilaterales”(Página/12, 2017,
4 de octubre). Este nuevo incidente, instigado por el lobby cubanoa-
mericano de Florida, es una muestra más de la hostilidad de la Casa
Blanca hacia toda Nuestra América, y seguirá socavando la ya alicaída
imagen de Trump en la región.

LOS ALIADOS DE TRUMP EN PROBLEMAS


Para atacar a los países no alineados, Trump busca subordinar a los
gobiernos neoliberales que quedaron descolocados por su prédica
proteccionista. Si Peña Nieto y Temer no pueden cumplir hoy cabal-
mente el rol de alfiles de Washington –ambos tienen bajísimos ni-
veles de aprobación interna– los candidatos son Santos8, Kuczynski
–hasta que debió renunciar en marzo de este año por los escándalos
de corrupción– y Macri. El peruano fue el primer mandatario lati-
noamericano en ser recibido en la Casa Blanca, en febrero, y Macri
negoció y logró una escueta llamada telefónica de Trump unos días
antes. Allí el argentino se mostró dispuesto a seguir al pie de la le-
tra la agenda de Washington. No planteó ni solidaridad con México
ni reclamó por la negativa al ingreso de limones al mercado esta-
dounidense –uno de los productos agrícolas argentinos que deben
enfrentar las medidas fitosanitarias con las cuales Estados Unidos
despliega su proteccionismo selectivo–. La única preocupación del
mandatario argentino era lograr que Trump lo recibiera en Wash-
ington, cuestión que ocurrió, como veremos más abajo, el 27 de
abril. Como planteó la entonces canciller argentina, Susana Malco-
rra, pretendían aprovechar las dificultades de sus pares de México y

8 Más allá de los vínculos entre los presidentes, Estados Unidos apuesta a fortalecer
la alianza estratégica con Colombia. En su visita a la Casa Blanca, realizada el 17
de mayo, Santos ratificó la vocación de su gobierno de continuar la subordinación
militar y las agresiones contra Venezuela. Sin embargo, Trump también mantuvo
conversaciones con opositores al actual gobierno colombiano y a los acuerdos de
paz con las farc, como los ex presidentes Álvaro Uribe y Andrés Pastrana. Sobre
los acuerdos alcanzados y la continuidad en el financiamiento del “Plan Colombia”,
véase Suárez Salazar (2017b).

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Brasil para que Macri se transformase en el interlocutor privilegia-


do de Trump.
Los gobiernos neoliberales que apostaban a la continuidad con
Clinton y a la firma y extensión de acuerdos como el tlcan y el
Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (tpp, por sus siglas
en inglés), ahora están obligados a recalcular su inserción internacio-
nal. Se les dificultará seguir con la política de promoción del libre
comercio, endeudamiento externo masivo y concesiones para atraer
inversiones estadounidenses. El contexto mundial está siendo mucho
más adverso (Crespo, 2017: 11-14). Cantan loas a la globalización neo-
liberal, cuando en Estados Unidos y Europa está siendo impugnada.
En Argentina, por ejemplo, representantes del gobierno ya hablan de
la necesidad de diversificar mercados y desplegar una política exterior
menos enfocada en Washington y la Unión Europea, justo lo contrario
a lo que hicieron desde que llegaron al poder.
El caso del nuevo gobierno argentino, el primero que “recu-
peró” la derecha regional, es sintomático9. La política externa des-
plegada por Macri profundiza la inserción dependiente. Apenas es
beneficiosa para una minoría concentrada: los bancos, los socios
menores del gran capital trasnacional y los grandes exportadores,
beneficiados por la baja de retenciones y por la mega-devaluación
de diciembre de 2015. Sin embargo, hubo un análisis erróneo del
contexto internacional. Se promovió una apertura comercial irres-
tricta en función de avanzar con tratados de libre comercio, justo
cuando las potencias occidentales avanzan en sentido contrario. Se
pagó lo que exigían los fondos buitre, elevando enormemente el en-
deudamiento externo. Sigue cayendo la actividad (el pib retrocedió
2,3% en 2016, según el indec), aumentan la pobreza y la desigual-
dad, la inflación no cede y la deuda externa se dispara, incluyendo
el reciente bono a cien años10.
Más allá de estas advertencias, el gobierno argentino buscó des-
esperadamente el contacto con Trump. Luego de intensas gestiones,
el 27 de abril de 2017, Macri finalmente logró la foto en la Casa Blan-
ca. ¿Por qué el magnate no le recriminó públicamente su explícito
apoyo a Hillary Clinton en las elecciones en 2016? Simplemente por-
que encuentra en el presidente argentino el delegado que necesita
para reconstituir el poder de Estados Unidos en América Latina, una
región que en los últimos años supo coordinar políticas no siempre

9 Analizamos en detalle la relación Macri-Trump y su impacto regional en Morgen-


feld (2017b).
10 Este bono fue calificado como “la locura más grande del mundo”, según un editor
del Finantial Times (Clarín, 2017,27 de junio).

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subordinadas a Washington. Más allá de la retórica ofensiva que des-


plegó en la campaña, el republicano precisa consolidar el dominio
que históricamente su país ejerció en la región. Ante la debilidad
política de los mandatarios de Brasil y México, Macri es el ideal:
casi sin pedir nada a cambio, viene tomando acrítica y pasivamente
los puntos de la agenda política, económica, militar e ideológica de
Estados Unidos.
La frase que resume el encuentro es aquella que pronunció
Trump ante los periodistas, antes de reunirse en el Salón Oval: “Él
me va a hablar de limones, yo de Corea del Norte”. Humillante, sí,
pero certera. Y Macri no contestó nada. Es más, apenas pudo pro-
nunciar una palabra ante los periodistas, ante la verborragia del
magnate. Pocos días después, se confirmaron las magras concesio-
nes: los limones argentinos por fin podrían entrar al mercado esta-
dounidense (tema negociado hace años y ya anunciado por Obama
en diciembre) y habría cierta facilidad en el trámite migratorio para
argentinos que viajen a hacer negocios a Estados Unidos. La con-
tracara es la amenaza a las exportaciones de biodiesel argentino al
país del norte. Los limones sumarían apenas cincuenta millones de
dólares. Las restricciones al biodiesel, en cambio, podrían generar
pérdidas por unos 1.300 millones11.
Pero eso no es lo más grave. Macri promete concesiones a los
inversores, que van desde una menor regulación medioambiental,
en el caso de la minería, a rebajas impositivas y del “costo laboral”
(flexibilización mediante). O sea, peores condiciones para la ma-
yoría de la población, además de una mayor extranjerización de la
economía y una profundización del esquema extractivista. Desde
el punto de vista político, Macri apuesta a la oea, en detrimento
de la unasur y la celac, y ataca a los países no subordinados a
Estados Unidos, como Venezuela, hoy el principal blanco de ataque
de las derechas regionales y el Departamento de Estado12. Además,
se incrementan la compra de armas y la injerencia de las fuerzas
armadas estadounidenses.
¿Qué más puede pedir Trump? Todo a cambio de una foto en
la Casa Blanca, unas palmadas en la espalda, elogios y algunos

11 Para una historia del proteccionismo selectivo de Estados Unidos y cómo afec-
tó el ingreso de bienes agropecuarios argentinos en ese mercado, véase Rapoport y
Morgenfeld (2017).
12 En ocasión de la visita de Obama, ambos gobiernos firmaron, el 23 de marzo de
2016, una declaración conjunta para hacer a la oea “más relevante, eficiente, efec-
tiva, financieramente sólida, y enfocada en lograr resultados que ayuden a asegurar
una región más democrática, segura y próspera para todos sus habitantes”.

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limones. El problema es que ya se experimentó, en la Argentina,


en la década de 1990, lo negativas que resultaron las “relaciones
carnales”13 con Estados Unidos. Esta orientación se profundizó du-
rante la gira sudamericana del vice-presidente Mike Pence, quien
visitó Colombia, Chile, Argentina y Panamá, entre el 13 y el 17 de
agosto de 2017.
El 14 de agosto se produjo la llegada del vicepresidente de
Estados Unidos, Mike Pence. El mandatario estadounidense llegó
días después de la temeraria amenaza de Trump de una interven-
ción militar en Venezuela. Tras el encuentro con Macri, en el que
elogió la política económica que viene implementando, anunciaron
un acuerdo para habilitar el todavía demorado ingreso de limo-
nes en Estados Unidos, pero a la vez para permitir la exportación
de carne porcina hacia la Argentina, lo cual produjo quejas de los
productores locales, quienes denunciaron el riesgo de perder hasta
35.000 puestos de trabajo.
Apenas una semana más tarde, el 22 de agosto, se conoció la
decisión del Departamento de Comercio de Estados Unidos de co-
brar aranceles prohibitivos (57% en promedio) a las importaciones
de biodiesel provenientes de Argentina, ratificada en los primeros
días de 2018. Esas ventas significaron en 2016 el 25% de las expor-
taciones al país del norte. Esta decisión produjo un cimbronazo en
el gobierno argentino, quejas de múltiples productores y corpora-
ciones agropecuarias y la muestra cabal del fracaso de la política de
alineamiento, que hasta ahora no produjo ventajas económicas en el
vínculo bilateral.
Esta decisión del Departamento de Comercio de aplicar ele-
vados aranceles al biodiesel argentino, anunciada apenas una se-
mana después de la visita del vicepresidente estadounidense, echa
por tierra las expectativas de una mayor convergencia comercial
bilateral. El gobierno argentino insiste en abrir la economía, pero
no logra revertir el proteccionismo agrícola de Estados Unidos y
Europa, con lo cual la balanza comercial arroja saldos negativos.
El déficit comercial del 2017 fue récord (8154 millones de dólares).
El 22 de diciembre se anunció el reingreso de la Argentina al Siste-
ma Generalizado de Preferencias –programa de rebaja limitada de
aranceles a países “en desarrollo”–, del que había sido suspendido
nuestro país en 2012 por los conflictos con empresas estadouni-
denses ante el ciadi”, pero hay presiones para que Trump elimine
directamente esos beneficios. La buena noticia fue opacada por la

13 Así las calificó el propio Guido Di Tella, canciller de Menem y promotor de una
política alineada con Washington.

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confirmación, el 4 de enero de 2018, de un arancel del 72% al bio-


diesel argentino por parte del Departamento de Comercio estadou-
nidense, bloqueando exportaciones que proyectaban llegar a 1.500
millones de dólares este año. En marzo, además, se anunciaron
nuevas medidas proteccionistas contra el acero y aluminio –se fijó
una cuota máxima para la Argentina– lo que profundizaría aún más
al déficit comercial bilateral en 2018. A su vez, el incremento de ta-
sas por parte de la Reserva Federal provocó una mega-devaluación
del peso argentino en abril y mayo y el anuncio del gobierno de la
vuelta a endeudarse con el Fondo Monetario Internacional, luego
de doce años.

Unilateralismo y militarización de la política


exterior hacia Nuestra América
El unilateralismo, injerencismo y militarismo de Trump son una ame-
naza creciente para Nuestra América. Ya repasamos los ataques con-
tra México, Venezuela y Cuba. Pero no son los únicos. Un día antes del
retrógrado acto en Miami, el 15 de junio, Mike Pence había disertado
sobre las supuestas amenazas a la seguridad nacional de Estados Uni-
dos provenientes de países centroamericanos como El Salvador, Hon-
duras y Guatemala, a causa del narcotráfico y las pandillas. Pidió la
colaboración de Sudamérica con Estados Unidos, en la lucha contra
este flagelo. Este tipo de iniciativas son un avance más en la fracasada
estrategia de la guerra contra las drogas, al igual que la lucha contra el
terrorismo, como excusas para aumentar el injerencismo militar –más
bases, operaciones conjuntas, espionaje militar, venta de armamen-
to–. El 3 de mayo, el todavía Secretario de Estado Rex Tillerson había
anunciado a funcionarios de la cancillería de su país cuál sería la po-
lítica hacia la región:
1. “Lo que queremos hacer es lograr una nueva perspectiva (step
back) y desarrollar una estrategia para el Hemisferio Occidental que
piense América del Sur como un todo y sus relaciones con América
Central, al igual que con Cuba y el Caribe. […] Hay asuntos vincula-
dos al financiamiento del terrorismo. Hay redes terroristas que han
comenzado a emerger en partes de América del Sur que requieren
nuestra atención. Hay asuntos de gobernabilidad en ciertos países –
seguramente ustedes están siguiendo la situación en Venezuela; una
real tragedia, pero estamos esperanzados que trabajando con otros
[…] estaremos en posibilidades de ganar cierta influencia en Venezue-
la (Suárez Salazar, 2017b).
2. Con Trump asistimos a una militarización de su política ex-
terior y esto es particularmente preocupante en Nuestra América,
que a pesar de ser una zona de paz, sufre esta avanzada de la diplo-

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macia militar –más recursos para el hard power, en detrimento del


soft power–14.
3. También aspira a recuperar el control del Canal de Panamá,
fundamentalmente ante la “amenaza” que supone la construcción de
otro canal bioceánico en Nicaragua, financiado con capitales chinos
(Gandásegui, 2017: 7).
4. En el acto encabezado por Trump en Miami no sólo se atacó
a Cuba, sino también a Venezuela. El día anterior, Pence había decla-
rado en ese mismo sentido: “Todos nosotros debemos elevar nuestras
voces para condenar al gobierno venezolano por su abuso de poder
y su abuso contra el propio pueblo, y hacerlo ya” (Página/12 2017,
18 de junio). Ese mismo día el secretario de Estado, Rex Tillerson,
había alertado, sin datos, sobre supuestas conexiones entre los car-
teles mexicanos de la droga y los fundamentalistas del Estado Islá-
mico. John Kelly, el secretario de Seguridad Nacional –antes jefe del
Comando Sur– también insistió en el supuesto vínculo entre “redes
terroristas y redes criminales” como los narcos. O sea, vale utilizar
cualquier argumento –terrorismo, narcotráfico, pandillas– para justi-
ficar la militarización de la política de Estados Unidos hacia nuestra
América (Granovsky, 2017).

Si Trump elige volver a ese tipo de iniciativas, crecerá aún más el re-
chazo que su figura provoca en la región por el muro en la frontera con
México, su estigmatización de los hispanos y su política exterior unila-
teralista y militarista. Como señaló el presidente boliviano Evo Morales,
en la apertura de la Conferencia Mundial de los Pueblos, realizada en Ti-
quipaya, Bolivia, ante representantes de 43 países: “Son los mismos que
cierran las puertas y construyen muros para impedir que las personas
que huyen de esas guerras militares o económicas salven sus existencias
[…] Los muros entre pueblos son un atentado a la humanidad; no pro-
tegen, enfrentan; no unen, dividen [...] van en contra de la historia de la
humanidad; mutilan la ciencia y el conocimiento; encienden el odio a la
diferencia; ahogan la libertad” (Cambio 2017, 20 de junio).

Reflexiones finales. Los dos caminos frente a Trump:


subordinarse o enfrentarlo
Trump está concitando un amplísimo rechazo internacional, como
ocurrió con Bush jr., o peor. En junio de 2017 se conoció la noticia del
aplazamiento de la visita de Trump a Londres, para evitar las múlti-
ples protestas callejeras que se estaban organizando.

14 Hay, en ese sentido, una reversión parcial de la estrategia de dominación estadou-


nidense que primó con Obama.

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El rechazo que suscita Trump es particularmente alto en Nuestra


América. Se destaca México, pero también alcanza a la Argentina, a
pesar del alineamiento del presidente Macri. Esto, puede implicar un
problema para Estados Unidos: cuando se dirija a la Cumbre presi-
dencial del G20, le será complicado evitar movilizaciones de protesta.
Y esto genera también una dificultad para sus aliados, como el presi-
dente Macri. No es lo mismo aparecer sonriente frente al carismático
Obama, que frente al revulsivo Trump. El “fantasma” de Mar del Plata
(2005) –pero también el recuerdo de las protestas que debieron en-
frentar Nixon (1958) y Rockefeller (1969)– recorrerá la región cuando
Trump nos visite en 2018.
La reunión de Buenos Aires será, si cumple su compromiso de
asistir, el primer viaje de Trump a América Latina. Tenía proyectado
asistir a la viii Cumbre de las Américas, en Lima, el 13 y 14 de abril,
pero por la decisión de bombardear Siria, tras el supuesto uso de
armas químicas en Duma, el 7 de abril, terminó cancelando a último
momento su participación, en la que fue la más deslucida reunión
de mandatarios americanos desde que ser realizó el primero de estos
cónclaves hace 24 años. Según una encuesta de Pew Research Center,
dada conocer en las vísperas de la reunión en Lima, el 82% de los
latinoamericanos consideran a Trump arrogante, el 77% intolerante
y el 66% peligroso. La opinión favorable sobre Estados Unidos cayó
19% desde la Cumbre de las Américas de 2015, la última a la que
asistió Obama.
Nuestra América atraviesa una hora incierta, en el que se avizo-
ran dos caminos. O se imponen los gobiernos derechistas, que están
dispuestos a asumir un rol subordinado frente a la Casa Blanca, aún
si quien la ocupa temporalmente sostiene un discurso xenófobo, an-
ti-hispano y crítico de los acuerdos de libre comercio, o se construye
una alternativa superadora, en oposición a la prepotencia injeren-
cista y militarista que impulsa la máxima autoridad de la principal
potencia imperial. El dilema es crucial para las fuerzas de izquier-
da, populares y progresistas de Nuestra América. Ante la ofensiva
imperialista de Trump es crucial y urgente construir una alternativa
superadora, que vaya más allá de la mera posición defensiva frente
al avance del capital trasnacional más concentrado.
A gobiernos derechistas, como los de Macri, Temer o Peña Nieto
–o el ahora reelecto Sebastián Piñera– impulsores de los tratados de
libre comercio y de la apertura económica indiscriminada, alinearse
con el impopular Trump les hará pagar un costo político interno alto.
Nuestra América debe avanzar con una agenda propia, descartar las
estrategias aperturistas y subordinadas a Estados Unidos. El fracaso
de las socialdemocracias europeas y del Partido Demócrata en Esta-

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dos Unidos, que a pesar de su prédica progresista implementaron un


ajuste neoliberal, tiene que ser una lección para las fuerzas populares
y de izquierda. O se avanza con una crítica radical y se construyen
alternativas, o la impugnación a la globalización neoliberal será apro-
vechada por los líderes neofacistas o de extrema derecha15.
El fracaso de la estrategia de Macri de dar la espalda a la región
para congraciarse con Trump muestra la necesidad de converger con
los demás países latinoamericanos para negociar con las potencias
extra regionales desde una posición de mayor fortaleza. Vinculándose
individualmente con una gran potencia, Argentina –o cualquier país
de la región– tiene las mayores chances de perder. En cambio, hay
ejemplos históricos de negociaciones exitosas cuando se alentó la con-
vergencia con otros países similares. En la reunión ministerial de la
Organización Mundial del Comercio (omc) realizada en Cancún, en
2013, convergieron los países exportadores de bienes primarios y se
pusieron de acuerdo para paralizar las negociaciones en tanto no se
discutieran los subsidios agrícolas de Estados Unidos, Europa y Ja-
pón. La liberalización del comercio no puede abarcar solamente a la
industria y los servicios. Algo similar ocurrió dos años después, cuan-
do los países del Mercosur, más Venezuela, impidieron que avanzara
el proyecto del alca.
En síntesis, Trump es un gran peligro –sus iniciativas misógi-
nas, xenófobas, anti-obreras, plutocráticas, militaristas, injerencis-
tas y contra cualquier protección del medio ambiente provocan una
alarma en el el mundo entero– pero a la vez una oportunidad, por
el rechazo que genera, para retomar la integración latinoamericana
con una perspectiva antiimperialista y anticapitalista, y al mismo
tiempo ampliar la coordinación y cooperación políticas, confluyen-
do con las organizaciones populares que lo enfrentan en Estados
Unidos. Con Trump, a la clase dominante estadounidense, y a sus
gobiernos aliados en la región, se les complica desplegar el imperia-
lismo moral. Con el actual ocupante de la Casa Blanca, les cuesta
mostrar a Estados Unidos como el líder de los organismos multila-
terales, que cuida las democracias, el planeta y los valores occiden-
tales, respetando las normas de la diplomacia internacional. Como
declaró Julián Assange, el líder de Wikileaks, si Obama era “un lobo
con piel de cordero”, Trump es un “lobo con piel de lobo”16. Expresa
descarnadamente el afán de dominio imperial sobre Nuestra Amé-

15 Los buenos resultados electorales obtenidos en los dos últimos años por Bernie
Sanders, Jean-Luc Melenchón y Jeremy Corbyn muestran la necesidad de profundi-
zar un discurso crítico, en vez de optar por variantes centristas.
16 Página/12 2017 (Buenos Aires) 5 de febrero.

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rica. Esta prepotencia fue convalidada por el entonces Secretario


de Estado Tillerson, en el discurso en Texas, el 1 de febrero, y en su
ulterior gira latinoamericana. Y eso puede incrementar aún más el
rechazo a la subordinación claudicante que proponen las derechas
regionales como único camino posible. Ante los dos caminos po-
sibles, aceptar el dominio neocolonial, subordinándose a Estados
Unidos, o avanzar en la postergada confluencia de Nuestra América,
sólo el segundo permitirá una inserción internacional más autóno-
ma, condición necesaria para avanzar en la construcción de un or-
den social menos desigual y depredatorio.

Buenos Aires, 15 de mayo de 2018.

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