Montaña de Hielo Mont Blanc 03 J R Pace
Montaña de Hielo Mont Blanc 03 J R Pace
PACE
J.R. PACE
Montaña de hielo
Copyright 2022 J.R. Pace
Copyright 2023 J.R. Pace, por la traducción
Título original: Mountain Trial
Traducción de V. Sellés
Edición a cargo de Paola C. Álvarez
Diseño de portada de Maria Spada
Este libro es una obra de ficción. Todos los nombres, personajes, lugares y acontecimientos son
producto de la imaginación de la autora o han sido utilizados de forma ficticia. Cualquier parecido
con personas vivas o muertas o con hechos reales es pura coincidencia.
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida, escaneada o
distribuida en forma digital o impresa.
Advertencia: esta es una obra para adultos.
ÍNDICE
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Epílogo
Los esquís de Kat se deslizaron sin problemas sobre la nieve recién caída.
Aunque el resort de Mont Blanc-Chamonix había abierto de manera
oficial a principios de diciembre, durante las vacaciones, la nieve había sido
mediocre en el mejor de los casos. La nevada de la noche anterior —la
primera desde que había empezado el año— marcaba el verdadero principio
de lo que sería una excelente temporada de esquí.
No era la única que había tenido la idea de acudir allí aquel día. En lo
alto del teleférico, había tenido que rodear a una multitud de esquiadores
ansiosos y snowboarders que se habían parado a admirar el Glacier
d’Argentiere. Sin embargo, al contrario que ellos, Kat no había ido a
disfrutar de las vistas.
Como miembro del Peloton de Gendarmerie de Haute Montagne, el
equipo de búsqueda y rescate del Mont Blanc, Kat había peinado cada una
de las curvas del resort y sabía exactamente a dónde ir para escapar de las
multitudes.
Se encorvó mucho sobre sus esquís para dirigirse a la estrecha vía a
mano izquierda que conducía a Pylones, su pista negra favorita. Era larga,
empinada y agotadora; Kat y su equipo habían subido hasta allí más de una
vez para rescatar a esquiadores que habían sobreestimado sus habilidades.
Hoy, con la nieve fresca, era lo que necesitaba para olvidar sus
preocupaciones.
Una vocecilla en su interior le sugirió que quizá aquel no era el mejor
día para bajar sola por una pista negra. En otras circunstancias, Kat habría
mirado qué otro miembro del equipo estaba libre para practicar esquí
juntos. Sin embargo, prefería estar sola. Aún temblaba por las noticias que
había recibido y necesitaba tiempo para procesarlas.
«Jacques ha vuelto a la ciudad».
Para hacer honor a la verdad, tendría que haber sabido que volvería
algún día. Jacques Peres era un snowboarder que había nacido y crecido en
Chamonix y, aunque había estado viviendo en los Estados Unidos durante
los últimos diez años, cada vez que ganaba un nuevo premio o medalla, la
ciudad se llenaba de noticias de sus victorias. Siempre que veía su rostro en
las noticias locales le entraban ganas de vomitar, pero las náuseas habían
sido mucho peores cuando se enteró, hacía solo unas semanas, de que
regresaba a la ciudad para los Juegos de la Victoria, que iban a celebrarse el
10 de enero.
Ahora, lo único que quería Kat era que los juegos terminaran y Jacques
se marchara otra vez.
«Por favor, que se vaya pronto».
«No puede quedarse».
«Toda mi vida está aquí».
Era difícil recordar la violencia que Jacques había ejercido sobre ella.
Ella tenía diecinueve años y le profesaba verdadera devoción. Para cuando
había reunido por fin el coraje para hablar de ello, nadie la había creído.
Eso le había dolido casi tanto como la violencia física y psicológica que
Jacques le había causado.
Había tenido suerte de que se hubiera ido de la ciudad y rehacer su vida.
Se había unido a la policía y, con el tiempo, se había convertido en piloto de
rescate y había construido una vida estupenda a su alrededor. Ahora tenía
una carrera que le encantaba y unos amigos geniales; era casi todo lo que
siempre había deseado. Aun así, la idea de ver a Jacques de nuevo la hacía
sentir como la adolescente solitaria que había sido en el pasado.
Sacudió la cabeza con el casco amarillo chillón del PGHM que llevaba
puesto. Aunque no estaba de servicio y llevaba un traje de esquí rojo
intenso en lugar del uniforme negro y azul, no tenía ningún otro casco y
jamás se le ocurriría bajar por una de las pistas sin uno.
Que la pista estuviera en la cara norte significaba que siempre hacía
algo de frío. Cuando inhaló, el aire gélido de la montaña fue directamente a
sus pulmones. Aquello le produjo una sensación relajante.
No pudo evitar sonreír cuando vio los primeros baches justo cuando la
pendiente se incrementaba. La alegraba que hubieran hecho un
mantenimiento profesional a sus esquís hacía solo unas semanas; ahora
necesitaba esos bordes afilados.
Rotó con facilidad entre los baches, manteniendo estable la parte
inferior del cuerpo y dejando que sus piernas actuaran como un sistema de
suspensión. En lugar de detenerse al final de la zona de baches, siguió
adentrándose en el área más escarpada de la pista negra y ejecutó muchos
giros cortos y suaves hasta que alcanzó la línea de máxima pendiente. Sus
esquís devoraban la ligera franja de terreno que se inclinaba de forma
natural.
Aún estaba sonriendo cuando vio una figura delgada —quizá un niño—
volando hacia ella. No parecía lo bastante diestro con los esquís para estar
en aquella pista.
«Gira. Gira».
El chico no giró. Kat cargó el peso sobre el lado exterior de los esquís
para evitarlo justo a tiempo de ver a un esquiador que aparecía al otro lado.
El recién llegado lanzó un grito triunfal, al parecer, ignorando el peligro.
«Mierda».
«Voy a acabar convertida en un sándwich».
Practicó un giro cerrado y orientó sus esquís hacia el borde de la pista,
evitando a duras penas al segundo esquiador. Entonces vio una tercera
figura, más grande, sentada junto a la pista, mirando algo que llevaba en las
manos.
«Oh, no».
Kat sabía que no podría esquivarlo, pero soltó los palos y se lanzó sobre
la nieve para intentar reducir su velocidad antes de golpearlo. Sintió un
impacto agudo en las costillas y la cadera; de pronto, la algodonosa nieve
recién caída ya no parecía tan suave.
Mientras se deslizaba inexorablemente hacia el hombre, el mundo se
movió a cámara lenta. De pasada, captó la imagen de unos ojos de un azul
imposible y unos brazos fuertes que se abrían para recibir su acometida.
Golpeó aquel cuerpo con fuerza, e incluso a pesar de estar presionando
contra el lado de la montaña, la pendiente era demasiado empinada y no
había forma de detener su caída.
Rodaron juntos en una maraña de brazos y piernas. Las extremidades
del hombre la envolvieron en un abrazo protector. Su codo chocó contra
algo suave. Oyó como el hombre exhalaba un jadeo, pero no la soltó.
Por fin, dejaron de moverse y todo quedó de nuevo en silencio. En
silencio e iluminado de una forma irreal. Kat se dio cuenta de que había
perdido las gafas. Todo su cuerpo estaba frío. A través del cuello de su traje
de esquí, se había colado una paletada de nieve.
Los brazos que la rodeaban se abrieron y Kat alzó la cabeza,
parpadeando unas cuantas veces para contener el mareo. Cuando su visión
dejó de estar borrosa, se encontró mirando unos ojos del color de un cielo
despejado de verano.
«Ese color no me lo he inventado yo».
También estaba tendida justo encima del propietario de aquellos ojos.
—Joder.
Al principio, como el hombre pronunció la misma palabra que estaba
pensando, Kat no se dio cuenta de que hablaba con ella.
—¿Estás bien? —preguntó este con voz ronca y profunda. Parecía
sorprendentemente tranquilo.
Kat lo observó antes de responder. Llevaba casco, gracias a Dios. Sus
gafas se habían deslizado por su cuello. Bajo aquel casco negro, tenía la
cara recién afeitada, con una nariz prominente y una mandíbula bien
marcada. En su pómulo empezaba a dibujarse un moratón, seguro que
consecuencia de un golpe que Kat le había dado con alguna parte de su
anatomía.
Era uno de los hombres más atractivos que había visto jamás, incluso
sin incluir aquellos ojos azul claro en la ecuación.
Tragó saliva. De pronto, sentía la garganta seca.
—Yo soy la que debería estar preguntándolo —le dijo—. Estoy encima
de ti.
La boca del hombre se curvó en una sonrisa socarrona y de pronto a Kat
le pareció que caer rodando por media pista negra podía haber merecido la
pena solo para ver cómo aquella sonrisa iluminaba su rostro.
—Eso parece —le dijo, sin hacer ademán de moverse.
Kat se quedó mirándolo un poco más y luego se dio cuenta de que, por
supuesto, no podía moverse mientras ella siguiera sobre él. Estaba
quedando como una imbécil.
—Espera, ya me aparto —le dijo, avergonzada. Se echó hacia un lado
con cuidado y miró a su alrededor. Habían terminado en una parte poco
profunda de la pendiente, cerca de los árboles que se alineaban en un
lateral. Bajo ellos, la pista negra continuaba, escarpada y llena de
obstáculos.
Por fortuna, estaba vacía, pero Kat sabía que eso podía cambiar en
cualquier momento. Aquel no era un buen sitio para quedarse sentados.
—¿Qué estabas haciendo…? —Se detuvo cuando el hombre arqueó una
ceja. Lo intentó otra vez—. Déjame volver a empezar. Lo siento. Sé que soy
yo la que te embistió a ti.
Él se encogió de hombros y se alzó sobre los codos, enterrándolos en la
nieve y levantando las manos tras él.
—No pasa nada. Vi lo que estaban haciendo esos adolescentes
descerebrados. Hiciste lo correcto.
—¿Seguro que estás bien? —le preguntó. Había algo en el modo en el
que estaba incorporado que le resultaba extraño—. ¿Puedes levantarte?
Él sacudió la cabeza.
—No. No puedo —dijo sin rodeos con voz tranquila.
«Mierda».
«No entres en pánico. Este es el tipo de cosas que haces todos los días».
«Será como cualquier otro rescate».
Solo que no lo era. La idea de que aquel hombre estuviera herido —y de
que ella fuera la responsable— provocó que sus ojos se llenaran de
lágrimas. Se las limpió con furia.
Con manos temblorosas, empezó a buscar en el bolsillo de su traje de
esquí la radio que siempre llevaba consigo. Se dio cuenta, al mirarla en su
mano, que había perdido un guante durante la caída.
—Oye, espera —dijo el hombre, pero Kat lo ignoró y se llevó la mano
sin guante a la boca. Aunque su corazón latía con rapidez, habló con voz
clara y tranquila a través de la radio.
—Al habla Kat Barreau, del PGHM. Estoy a un tercio del final de la
pista de Pylones. Ha habido un accidente. La víctima es un varón. —Tomó
una profunda bocanada de aire—. Probablemente, con una herida en la
espalda.
Contuvo el aliento hasta que recibió la respuesta.
—¿Kat? Soy Jens. Drake y yo estamos a diez minutos. Traeremos la
camilla.
Kat suspiró aliviada. Jens era médico. El desconocido no podía estar en
mejores manos.
—Recibido. Por favor, daos prisa. —La camilla podía ser incómoda,
pero era la forma más rápida de bajarlo. Deseó tener el helicóptero para
poder llevarlo al hospital todavía más deprisa.
Temblando aún, guardó la radio en el bolsillo y volvió a concentrarse en
el hombre. Si no hubiera llevado un traje de una pieza, se habría quitado la
cazadora y lo habría cubierto con ella; lo que fuera con tal de que estuviera
más cómodo.
—¿Eres parte del equipo de búsqueda y rescate? —preguntó. No parecía
sentir ningún dolor—. Llama a tus compañeros otra vez y diles que no se
molesten en venir. Las buenas noticias son que tampoco podría haberme
levantado hace cinco minutos.
La boca de Kat se abrió con sorpresa.
—¿Qué?
Por un momento, se preguntó si el hombre se habría golpeado la cabeza
en la caída. Entonces se percató de algo que debería haber notado antes,
cuando estaba tan ocupada mirando a aquellos ojos azules y brillantes. El
calzado de aquel hombre no era apropiado para el esquí ni para el
snowboard. Llevaba unas botas robustas e impermeables; las típicas que
suelen usarse para practicar senderismo. Y, aunque la parte superior estaba
arañada, las suelas parecían nuevas.
Alzó la mirada. Bajo los pantalones negros de esquí, sus piernas
parecían algo menos recias de lo que cabría esperar de alguien con un tren
superior tan musculado.
El hombre asintió y señaló la zona de la pendiente en la que había
estado sentado.
«Un monoesquí».
«Diablos».
«Acabo de embestir a un esquiador discapacitado».
Se recuperó con rapidez y se aclaró la garganta.
—De acuerdo. ¿Te duele algo más?
—Creo que estoy bien, pero necesitaré que me vea un médico de todas
formas —dijo con sinceridad—, porque no puedo sentir nada por debajo de
las caderas.
—Mierda.
—Sí —convino él.
Kat enrojeció.
—Lo siento. No quería decir eso en voz alta. Y siento haberme chocado
contigo.
—Dices esa palabra un montón. No pasa nada. Cancela la ayuda por
radio. Veré a un médico más tarde. No hace falta que tus compañeros suban
hasta aquí.
Kat asintió y tomó una profunda bocanada de aire antes de llamar a Jens
al móvil. No entró en detalles, se limitó a cancelar la solicitud que había
hecho antes y volvió a guardar la radio en el bolsillo. Luego se giró hacia el
hombre otra vez.
—De hecho, me alegro de no haberte hecho daño. De lo contrario,
habría sido una mancha en mi expediente —dijo, permitiéndose una leve
sonrisa.
—Porque formas parte del Peloton de Gendarmerie de Haute Montagne.
Por supuesto. —Entonces rio, y si pensaba que tenía una sonrisa bonita
antes, su risa hizo que algo se encogiera en su interior—. Por cierto, me
llamo Luc Fournier. ¿Tú estás bien? La caída ha sido impresionante. He
visto cómo te arrojabas al suelo para intentar evitarme.
Ahora que lo mencionaba, el dolor de las costillas y las caderas de Kat
la estaba matando. Pero conocía la diferencia entre un moratón y una herida
de verdad, y eso desde luego no lo era.
El hombre parecía preocupado, así que asintió con rapidez.
—Encantado de conocerte, Luc. Soy Kat Barreau.
Luc pronunció el nombre despacio. A Kat le gustó la forma en la que lo
dijo.
—Kat. ¿Es un diminutivo de Kathérine? ¿De Katrina?
Kat enrojeció.
«Más bien de Hekate».
—De momento, solo te diré que mis padres tenían sentido del humor.
—Ah, un desafío —dijo asintiendo—. Me gusta.
Luc se movió, basculando el peso sobre los codos.
—¿Estás bien? ¿Puedo ayudarte? —preguntó Kat.
—Puedes traerme el monoesquí. Si lo hago yo, tardaré un buen rato en
arrastrarme hasta allí arriba.
Kat se puso roja por tercera vez en los últimos minutos. Se dispuso a
hacerlo, decidida también a encontrar las gafas y el guante que había
perdido.
Luc
Luc vio cómo la mujer ascendía con facilidad la pendiente escarpada.
La vista desde donde estaba tendido era espectacular. Decidió recrearse
en ella durante unos momentos. Tenía unas piernas de infarto y un culo
increíble. Los rizos pelirrojos caían sobre su espalda; siempre le habían
gustado las pelirrojas. Pero eran sus ojos azul oscuro lo que primero había
captado su atención; lo habían conquistado en cuanto los había mirado.
«Despampanante».
Sintió una presión inusual en la zona de su entrepierna.
«Tranquilo, chico».
Ya raramente tenía motivos para hablar con su pene, y no era como si
sus erecciones fueran de gran utilidad, pues solía perderlas mucho antes de
poder hacer algo con ellas.
Soltó el aire que había estado conteniendo y la observó mientras recogía
los palos y los esquís, los dejaba junto a su monoesquí y se movía
alrededor, buscando algo.
Luc deseó poder ayudarla a buscar lo que fuera que había perdido.
«O hacer cualquier otra cosa que no sea quedarme aquí tumbado como
un imbécil».
Sacudió la cabeza para deshacerse de aquel pensamiento. Sabía por
experiencia que, si seguía por ese camino, acabaría por volverse loco.
Un rato después, Kat se dio la vuelta para mirarlo y agitó un objeto
pequeño que llevaba en la mano; un guante. Se ajustó las botas y esquió con
facilidad hacia él exhibiendo una amplia sonrisa. Incluso llevando su
monoesquí, que pesaba una barbaridad, se notaba que era una esquiadora
grácil.
Luc se incorporó hasta quedarse sentado y utilizó los brazos para
enderezar sus inútiles piernas frente a él.
Kat llegó a su altura y se detuvo con un movimiento perfecto. Se frotó
las manos. Ahora ambas estaban enguantadas.
—No encontré mis gafas, pero sí el guante que había perdido —le dijo
sonriendo—. Brrr… Hace frío.
Luc asintió para darle la razón. Tenía frío en el cuello y en los brazos.
Nunca sabía cómo iba a sentir las piernas; a veces estaban frías en días
cálidos, y luego, cuando hacía frío, las notaba calientes. Era uno de esos
detalles curiosos sobre las lesiones en la médula espinal que nadie se
molestaba en explicarte.
—¿Cómo se llaman esas cosas? —dijo Kat, señalando sus palos, que
tenían pequeñas cuchillas de esquí en los extremos.
—Estabilos. Los uso para mantener el equilibrio y para empujarme.
Kat asintió.
—De todas formas, ¿qué estabas haciendo allí arriba?
—Pensé que le pasaba algo a mi suspensión y me paré a echar un
vistazo. Quizá no fue una idea muy inteligente, ahora que lo pienso.
—¿Siempre esquías solo? ¿No es peligroso?
Su labio se curvó en una tenue sonrisa.
—No más peligroso que para ti, imagino. Aunque es cierto que yo voy a
tener más problemas para subir otra vez —añadió con tristeza.
Kat usó su palo para quitarse los esquís y luego se arrodilló junto a él.
—Te ayudaré —le dijo, y se corrigió a toda prisa—. ¿Cómo puedo
ayudarte?
Luc agradeció que no intentara agarrarlo o decirle lo que debía hacer.
Tenía la impresión de que Kat no tenía mucha experiencia con personas con
discapacidad, pero trataba de compensar su falta de conocimientos con
amabilidad y sentido común.
Le dedicó lo que esperaba que fuera una sonrisa tranquilizadora.
—¿Podrías coger el monoesquí y ponérmelo al lado? Así. Gracias.
—¿Y ahora qué?
—Ya me encargo yo —le dijo—. Solo necesito que sostengas el esquí
en su sitio para que no se deslice.
Luc se levantó las piernas juntando las botas para ayudarse. Con la
mano derecha se agarró al costado del monoesquí. Formó un puño con la
izquierda y se preparó. Luego, confiando en que Kat lo mantuviera estable
—y sabiendo que de lo contrario se daría un morrazo—, apretó el puño con
fuerza contra el suelo y lo usó para impulsarse hacia arriba. Con un ágil
movimiento, se encaramó al asiento redondo.
—Impresionante —dijo Kat.
A pesar de la fuerza de Luc, aquel movimiento solo había tenido éxito
porque medía casi un metro noventa, pero no se molestó en explicárselo.
Le había llevado bastante tiempo fortalecer su tren superior para
compensar las cosas que ya era incapaz de hacer con el inferior. Ahora, seis
años después del accidente, no podía progresar mucho más. Lo alegró que
los médicos del centro de rehabilitación le hubieran motivado a seguir. Sin
ellos, Luc quizá no habría podido pasar de una silla de ruedas a un
monoesquí, a un quitanieves o a cualquier otro vehículo. Que fuera
parapléjico no quería decir que tuviera que quedarse quieto.
Dedicó un minuto a recolocar sus piernas y se afianzó al asiento antes
de pasar las correas de los estabilos por sus muñecas.
—Ya está. Listo —confirmó mientras le hacía una señal para que lo
soltara.
Kat no lo miró mientras retrocedía y se ponía los esquís.
—Te seguiré hasta abajo —dijo adoptando con cuidado un tono neutro.
En esta ocasión, Luc no se molestó en ocultar la sonrisa.
—¿Te preocupa que no sea capaz de bajar? —quiso saber.
—Estoy segura de que eres un buen esquiador. Solo quiero asegurarme
de que estás bien.
De hecho, era enternecedor. Y una parte de él se alegraba de tener la
oportunidad de presumir un poco.
La nieve formaba parte de la vida de Luc. Podía ir allí donde el suelo
fuera blanco y, además, a toda velocidad. Comenzó a esquiar sin esperar a
que Kat estuviera lista. La había visto antes y sabía que no tendría
problemas en alcanzarlo.
Sus esquís devoraron la blancura que se abría frente a él. Esa era una de
las cosas que amaba de aquel deporte: ponía a todo el mundo al mismo
nivel. No importaba si el esquí estaba bajo él o bajo una persona capaz de
caminar, pues en ambos casos giraba exactamente igual.
Luc estaba agradecido de que la lesión no hubiera afectado su habilidad
para controlar los músculos extensores de los lumbares y el abdomen, pues
le habían permitido desarrollar una estrategia de esquí más agresiva y
efectiva de lo que habría podido en otras circunstancias.
Se inclinó mucho para girar, haciendo que el borde del esquí arañara la
suave superficie blanca. Si había algo que se le daba bien, era conseguir que
un gradiente empinado actuara a su favor.
«No es tan distinto del snowboarding».
La idea lo hizo sonreír. Antes de su accidente, Luc había sido uno de
esos snowboarders que miraban por encima del hombro a los esquiadores.
Ahora, se sentía afortunado por poder esquiar.
No paró hasta llegar al final del teleférico de Les Grands Montets.
Entonces se dio la vuelta y no lo sorprendió ver que Kat estaba justo detrás
de él.
—Diablos —dijo mientras se detenía lo bastante lejos como para no
llenarlo de nieve—. Ahora me da vergüenza. Deberías haber ido detrás de
mí para asegurarte de que era yo la que estaba bien.
Luc rio. Esquiar era lo que mejor se le daba en la vida. Eso y apisonar
nieve, que era a lo que se había dedicado durante los últimos cinco años en
un resort de esquí suizo antes de ir a Chamonix. Pero apisonar nieve era un
trabajo. Esquiar era… su vida.
Kat se quitó el casco y Luc se quedó sin aliento. Era todavía más
atractiva de lo que pensaba.
Mientras trataba de recuperar el habla, Kat se inclinó y le quitó algo del
pelo. El gesto, por inocente que fuera, hizo que Luc se estremeciera. Se
había vuelto mucho más sensible al contacto con otra gente desde su
accidente; quizá porque ya no ocurría con la misma frecuencia que antes.
Saltaban chispas entre ellos. Vio cómo su garganta pálida subía y bajaba
muchas veces; ella también lo sentía.
—¿Querrías… Querrías ir a tomar un café juntos? Es lo menos que
puedo hacer después de haberte arrollado.
Seis años atrás, habría aceptado la oferta de inmediato. Ahora, no tanto.
Si bien ella no tenía la culpa de eso.
Luc frunció el ceño.
—No voy a demandarte, ni a ti ni a la ciudad, ¿sabes? No me debes
nada.
Kat se echó hacia atrás como si la hubiera abofeteado.
—No. No es eso lo que…
Se dio cuenta de que se estaba comportando como un capullo. Se
consideraba a sí mismo un tipo agradable. Al menos, en circunstancias
normales no solía costarle mucho trabajo «no» ser un capullo.
Se quitó el casco y lo dejó en el suelo junto a él mientras meditaba sus
próximas palabras.
—Lo siento, sé lo que has querido decir.
—Vale —dijo ella. Volvió a sonreír, aunque con menos seguridad.
«Está interesada».
«Por favor, dime que no es la silla de ruedas la que despierta tu interés».
Desde su lesión, Luc había conocido a algunas mujeres a las que las
excitaba la silla de ruedas o, suponía, la idea de cuidar de otra persona. Pero
Luc había trabajado duro para ser cien por cien independiente y no había
necesitado ninguna ayuda desde que había dejado la clínica de
rehabilitación cinco meses después del accidente. No quería pasar el rato
con alguien que consideraba su incapacidad de caminar su rasgo más
atractivo.
—¿Dónde aprendiste a esquiar? —preguntó Kat.
—Antes era snowboarder —le dijo, omitiendo el detalle de que había
ganado la Copa del Mundo en dos ocasiones. Era como si hubiera pasado
hacía un millón de años—. Solo empecé a esquiar después del accidente —
añadió con cautela.
Esperaba un «lo siento» bien intencionado, quizá una pregunta sobre el
accidente. La gente solía sentir una curiosidad natural sobre el tema. Pero
Kat lo sorprendió de nuevo.
—Eres un atleta —dijo, y su expresión se ensombreció. De pronto era
como si no encontrara el momento de alejarse de él—. Estás aquí por los
Juegos de la Victoria, ¿no?
Luc estaba a punto de responder cuando aparecieron dos hombres,
ambos vestidos de negro y azul, los colores del uniforme de esquí del
PGHM.
—¿Todo bien, Kat? —preguntó el que era alto y rubio, mirando a Luc
con curiosidad.
—Todo va bien. Jens, Drake, os presento a Luc Fournier.
Ambos hombres lo saludaron con educación.
—Estábamos cerca y pensamos que podíamos pasar a ver qué tal
estabas.
—Gracias. Creíamos que necesitábamos ayuda, pero no ha sido
necesario.
—Entonces seguiremos con lo nuestro. No te olvides de que Damien ha
convocado una reunión de equipo mañana a las ocho. Encantados de
conocerte, Luc.
Kat los despidió con la mano. Se pasó los dedos por los rizos rojizos,
tratando sin éxito de alisarlos.
—¿Trabajas con ellos?
—Sí —le dijo—. Soy piloto de búsqueda y rescate. —El orgullo de su
voz era evidente.
«Joder».
«Está tan fuera de tu alcance que casi duele».
«Pero quería que tomáramos café juntos. Quizá deberías hacer la
oferta».
No tuvo tiempo de abrir la boca.
—Tengo que irme —le dijo, adoptando de nuevo una expresión
cautelosa.
«Has perdido la oportunidad, colega».
—Claro. Yo tengo que ir a coger mi silla antes de que cierren el
teleférico. El encargado me la está guardando. ¿Quizá nos veamos por aquí?
Kat asintió, pero era evidente que estaba pensando en otra cosa. Luc ya
echaba de menos su luminosa sonrisa.
Mientras se alejaba, se fijó en un snowboarder alto y esbelto que se
acercaba a ella. Una sonrisa enorme estiraba su rostro y sus dientes blancos
destacaban contra una piel muy morena.
Luc gimió en voz baja.
2
Kat
Sideunsuparexnovio
de horas antes le hubieran dicho a Kat que no iba a ver al capullo
hasta tenerlo casi enfrente por estar embelesada con otro
hombre, no se lo habría creído.
«Pero aquí estamos».
Jacques detuvo su tabla a unos centímetros, espolvoreando su cara con
una nube de nieve. Kat se limpió las mejillas y mantuvo el tipo; hacía
mucho que había jurado no volver a acobardarse ante ningún hombre.
—Jacques.
—¡He vuelto, Kat! —dijo, alegremente, enseñando una sonrisa de
dientes brillantes.
«¿Se los habrá estado blanqueando?».
—Ya lo veo, Jacques. —Kat deseó que fuera más bajo para poder
mirarlo con frialdad sin tener que alzar la vista. Por desgracia, medía un
metro setenta y Jacques le sacaba media cabeza.
El tiempo lo había tratado bien. No parecía tener más de veinticinco
años, aunque le faltaba poco para cumplir treinta y cuatro.
«Seguro que eso lo ayuda a conseguir patrocinadores».
Tenía el pelo oscuro, largo y liso. Los mechones de su cara cubrían
parcialmente uno de sus ojos. En cualquier otra persona aquel estilo
parecería desaliñado, pero a él le confería un aspecto juvenil y algo
provocador. Kat lo conocía demasiado bien para dejarse engañar; Jacques
escondía mucha rabia y estrés bajo esa apariencia atractiva y desenfadada.
—No eres una mujer fácil de encontrar —le dijo, bajando de la tabla
con facilidad.
Kat no se molestó en responder. Estaba en una fiesta cuando su vecino
la llamó para decirle que Jacques había alquilado un apartamento en su
edificio. Desde entonces, había intentado pasar el menor tiempo posible en
casa.
—He alquilado un piso en tu edificio —le comunicó.
—¿Era necesario?
Su tono seco lo tomó por sorpresa.
—Venga, ma poupée. —Volvió a sonreír, aunque de forma algo más
forzada—. Lo pasado pasado está. Seguro que podemos ser amigos.
Kat apretó la mandíbula. No era su juguete. No era su «nada».
—No vamos a ser amigos, Jacques —le dijo, llanamente—. ¿Por qué
has vuelto?
—Para entrenar, por supuesto. Para los Juegos de la Victoria.
—Hay competiciones por todo el mundo.
«Y llevas fuera diez años».
—Pero no hay muchas que den un premio de cien mil euros —le dijo
con una sonrisa lobuna.
«Ah, ahí está el Jacques que conozco».
—Y puede que te haya echado de menos —añadió.
Kat resopló. Jacques solo podía echarse de menos a sí mismo y solo si
no encontraba un espejo.
—Vamos, Katy, sé razonable. Te he echado de menos de verdad.
Kat odiaba —odiaba— aquel apelativo. Pero si le pedía que no la
llamara así, podía asumir que quería que lo hiciera de cualquier otra forma,
y no era el caso.
—Yo no puedo decir lo mismo, Jacques.
Jacques dio un paso al frente. Incluso con sus botas de esquí era mucho
más alto que ella. Kat sintió ganas de vomitar; tragó por puro instinto.
«Respira. Respira».
—Tengo que irme —le dijo con la garganta llena de bilis. Cogió los
palos y solo entonces se permitió dar un paso atrás. Se sintió mejor de
inmediato.
—Ya nos veremos por ahí —replicó Jacques. Era una afirmación, no
una pregunta, y le provocó arcadas de nuevo.
Su sonrisa se ensanchó. Kat se dio cuenta de que ya no la miraba a ella,
sino a algo o alguien que había detrás. Kat se giró y vio a un grupo de
periodistas y fotógrafos.
«Típico».
«Céntrate en ellos, Jacques, y déjame sola».
A Kat no le apetecía seguir esquiando. Las costillas le dolían cada vez
que su corazón palpitaba y solo quería irse a casa y meterse bajo la manta.
Pero sabía que eso no iba a arreglar las cosas, se había prometido que no
dejaría que Jacques le volviera a quitar nada jamás.
«Una bajada más».
Mientras se giraba para ir al remonte, vio a Luc. Estaba de espaldas y se
dirigía al teleférico que llevaba de vuelta a Chamonix. Había cambiado su
monoesquí por una silla de ruedas con neumáticos gruesos. Sus poderosos
hombros se hincharon mientras se impulsaba por la nieve.
Kat resistió el impulso de esquiar hacia él; era un atleta, el tipo de
hombre con el que había decidido no volver a tener relaciones.
3
Luc
Una de las cosas que Luc odiaba de ir en silla de ruedas era lo mucho que
tardaba en salir de casa.
Actividades como ducharse, vestirse, ponerse las botas —tareas que
solía completar en cuestión de minutos— se veían de otra forma cuando
uno no podía mover las piernas.
Tuvo que recordarse que era afortunado. Nunca volvería a caminar, pero
era un T12; su problema palidecía en comparación con las lesiones
cervicales. Un poco más arriba y no habría podido moverse de cuello para
abajo.
Recordó a algunas de las personas que había conocido en el centro de
rehabilitación —un bombero herido mientras rescataba a dos niños de un
edificio en llamas, una policía que había recibido un disparo durante un
atraco—. A menudo se preguntaba si verían las cosas de forma distinta al
saber que había ocurrido mientras hacían algo importante.
En su caso, se había lesionado de la forma más egoísta posible:
practicando un deporte que le encantaba. Desde que descubrió el
snowboarding cuando era niño, Luc se había roto más huesos de los que
podía recordar. Había sido muy consciente de los riesgos de aquel deporte y
los había aceptado sin problemas.
Así que no, no tenía derecho a la autocompasión.
Después de un desayuno rápido, cerró la puerta del apartamento y cruzó
la carretera en la silla de ruedas para esperar su vehículo. Como siempre, el
cartel del exterior del edificio lo hizo reír por su grandilocuencia.
Le Grand Paradis.
Era un apartamento limpio, accesible a nivel de calle, situado cerca del
centro de la ciudad. Resultaba perfecto para las necesidades de Luc, pero
difícilmente podía considerarse un paraíso.
Vio cómo el bus eléctrico —el mulet, como era conocido en Chamonix
— pasaba frente a él, pero no hizo ademán de pararlo. Aunque era un
autobús adaptado para sillas de ruedas, solo había espacio para una. Eso no
bastaba, pues los Juegos de la Victoria reunían a treinta atletas
discapacitados, la mitad de los cuales la usaban. Por eso los organizadores,
una compañía de bebidas isotónicas llamada MASH, habían fletado
autobuses con accesibilidad especial durante las semanas previas al evento.
Cuando un representante de MASH lo llamó para invitarlo a participar,
Luc se sintió tentado de rechazarlo. Llevaba los dos últimos años
entrenando duro, pero sin pensar en competir; aceptó solo para demostrarse
a sí mismo que podía hacerlo, no por ningún otro motivo. Además, cuando
los organizadores le dijeron que iban a juntar competidores profesionales y
paralímpicos en un mismo evento, la tentación fue demasiado fuerte como
para ignorarla.
Luc no era estúpido. Tenía treinta y tres años. Como profesional, le
quedaría poco para retirarse. Como atleta discapacitado, podía seguir
compitiendo durante unos cuantos años más, pero no de forma indefinida.
Si quería contribuir con el deporte, y hacer entender a personas con lesiones
que todavía había muchas cosas que podían hacer, tenía que aprovechar
ahora.
Luc giró las ruedas para dejar espacio para una segunda silla que subió
tras él. Sus ojos se abrieron con sorpresa cuando vio al hombre sentado en
ella. Se inclinó para estrechar con fuerza la mano de su amigo.
—¿Scott? ¿Qué estás haciendo aquí? ¡No creía que fueses a venir!
Su amigo Scott Reynolds sonrió.
—Pensé en darte una sorpresa. Me llamaron hace un par de noches.
Parece que el hombro de Emile Gouter no está recuperado al cien por cien y
yo era el siguiente en la lista. El entrenador Legrand me dijo que ya estarías
por aquí.
Luc contrajo el gesto con simpatía. Los dolores de hombro eran un gran
problema para personas con lesiones de médula espinal.
—Lamento lo de Emile, pero me alegro de verte —dijo Luc con una
amplia sonrisa. Scott y él se lesionaron el mismo año y se conocieron en su
primera competición paralímpica, donde Luc había hecho el ridículo al
asumir que su monoesquí iba a funcionar igual que su tabla de snowboard.
Scott, que había sido esquiador antes de su accidente, lo hizo mucho mejor.
A pesar de que vivía en Reino Unido y raramente se veían en persona, Luc
lo consideraba un buen amigo.
Se alegró otra vez de haber decidido ir a Chamonix. Podía practicar solo
—no necesitaba que un jurado le dijera si había clavado un salto—, pero
pocas veces podía esquiar con otros atletas.
—¿Ya has encontrado un sitio donde quedarte? —le preguntó Luc—.
Creo que el apartamento al lado del mío está vacío.
Scott sacudió la cabeza y se puso los guantes.
—Llegué ayer por la noche. De momento estoy en un hotel, pero le
echaré un vistazo. ¿Cómo está la nieve?
—Increíble, la verdad. Entiendo por qué han decidido celebrar los
Juegos de la Victoria aquí.
Se quedó callado mientras recordaba el encuentro de Pylones el día
anterior. Se preguntó si volvería a ver a Kat en las pistas. Quizá pudiera
invitarla a ese café que había rechazado de forma tan estúpida.
El bus se detuvo frente a ellos. Luc sintió un poco de envidia cuando vio
a dos atletas no discapacitados subir con sus tablas de snowboard, pero
bloqueó aquel pensamiento tan poco apropiado antes de que pudiera hacerle
mella. Scott y él tardaron algo más, pero al final el bus llegó a las pistas.
Scott silbó.
—Joder, este sitio es una puta pasada.
Luc buscó a Kat con la mirada y le decepcionó no encontrarla.
«Qué, ¿pensabas que se iba a pasar aquí toda la mañana por si
aparecías?».
Legrand, el entrenador a cargo de los competidores paralímpicos del
evento, se acercó. Era grande como un oso y lo bastante fuerte como para
levantar a la mayoría de los atletas si era necesario; aunque Luc prefería no
pensar en ello, estar en silla de ruedas implicaba preocuparse de ese tipo de
cosas.
—Buenos días, entrenador —saludó Luc.
—Fournier, llegas tarde. ¿Has decidido dormir de más? —Se percató
por primera vez de la presencia de Scott y se acercó. Se quitó los gruesos
guantes de esquí y le ofreció la mano a su amigo—. Reynolds, no sé si me
recuerdas, nos conocimos…
—En Val Gardena, sí, me acuerdo. Estabas entrenando a un grupo de
atletas franceses.
—¿Qué tal lo hice? —preguntó. Parecía sentir verdadera curiosidad.
Scott sonrió.
—Bien. De hecho, si has conseguido entrenar a este tío, eres capaz de
hacer cualquier cosa —le dijo, señalando a Luc.
Legrand soltó una carcajada estruendosa.
—De acuerdo, vámonos. El resto ya está aquí. Hoy vamos a entrenar en
el airbag.
Scott silbó de nuevo.
—No están escatimando en gastos, ¿eh?
El airbag era un enorme cojín inflable diseñado para practicar trucos
nuevos. Luc sonrió y esperó a escuchar la opinión de Scott cuando viera el
airbag en cuestión. La empresa de deportes lo había teñido de naranja y
púrpura chillón para que coincidiera con sus colores.
Aunque era estridente, se alegró de contar con él en cuanto empezaron a
entrenar. Su cuello estaba rígido desde la caída del día anterior y no quería
arriesgarse a hacerse daño. Scott y él se apretaron las correas de sus
monoesquís mientras esperaban en fila, observando al resto de atletas.
Algunos iban como ellos y otros, en esquís y tablas de snowboard que no
eran para discapacitados.
Luc vio al hombre que el día anterior se había acercado a Kat en las
pistas. No era tan joven como había supuesto al principio. Era alto y
delgado y llevaba el pelo oscuro largo y desaliñado; habría tenido la pinta
de un snowboarder despreocupado, pero estaba discutiendo agresivamente
con su preparador. Un momento después, se aclaró el motivo: el idiota no
quería ponerse el casco.
Luc suspiró. Aquel hombre estaba rodeado de deportistas paralímpicos.
¿Qué clase de imbécil era pensando que el casco era algo opcional?
«Tú llevabas casco cuando tuviste el accidente».
Luc ignoró la vocecilla en su interior y apretó la correa del mentón de
su propio casco. Lo último que quería era volver a sufrir una lesión.
Observó el final de aquel desencuentro con interés. El entrenador debió
de ganar la discusión, pues el snowboarder se puso la protección, aunque no
se lo llegó a abrochar y dejó la correa suelta.
«Bobo. Si se cae, se quedará sin él».
Otro snowboarder apareció detrás de Casco —el nombre con el que Luc
acababa de bautizarlo—, saltándose la cola como si no hubiera visto a las
cinco personas que tenía delante. Al detenerse, llenó de nieve al deportista
que había tras él. Cuando este se quejó tartamudeando, Pulverizador se giró
hacia Casco y soltó una risotada.
—Qu’est-ce qu’il dit? Je ne comprends rien —dijo con arrogancia.
«¿Qué dice? No entiendo nada».
Luc sintió como le hervía la sangre. Había que ser muy capullo para
colarse, pero burlarse del deportista que estaba delante de él era mucho
mucho peor. Luc no lo conocía, solo sabía que era coreano, que tenía
parálisis cerebral y que era uno de los mejores esquiadores paralímpicos del
mundo. Pero burlarse de alguien en francés cuando era evidente que no
entendía el idioma era algo repulsivo.
Luc se impulsó hacia adelante hasta llegar a la altura del esquiador
coreano.
—Y a-t-il un problème? Peut-être que je peux aider —intervino
mientras clavaba la mirada en el snowboarder.
Casco y Pulverizador buscaron con la vista a su entrenador, que
observaba aquel intercambio con interés.
—Déjalo, tío. No merece la pena. Vamos a ello —dijo Casco por fin.
Luc los vio saltar. El salto de Pulverizador era pasable. Le falló un poco
el equilibrio y no alcanzó la altura necesaria para volar de verdad. El salto
de Casco, sin embargo, estuvo a otro nivel. Voló por encima del borde,
inclinando la cabeza para dar una vuelta en el aire y varios giros antes de
aterrizar sobre el airbag. Se le cayó el casco —algo que era predecible—,
pero cuando ocurrió, se limitó a echarse a reír.
—No está mal para un salto de calentamiento —comentó, cogiendo el
casco y bajando del cojín de aire con un salto. Aquel estilo petulante y
relajado le recordó a cómo se comportaba el propio Luc mucho tiempo
atrás.
Sacudió la cabeza para apartar aquel pensamiento de su mente. Se
enderezó en la silla y se concentró en tomar profundas bocanadas de aire
hasta que llegara su turno de saltar.
4
Kat
Katmanzana
se quedó mirando, ausente, mientras Jens frotaba una pequeña
verde con la manga hasta dejarla brillante. Cuando la pilló
mirándolo, le ofreció la pieza de fruta.
—¿Quieres una? Tengo otra en la mochila —le ofreció—. Ya sabes lo
que dicen de las manzanas. Una al día mantiene al doctor en la lejanía.
Kat se rio. Jens era el médico de su equipo. Sacudió la cabeza.
—No, gracias. No tengo hambre.
—No te gustan los deportes de competición, ¿verdad?
—¿Por qué lo dices?
—Llevas con el ceño fruncido desde que nos asignaron aquí —dijo,
encogiéndose de hombros y señalando el cartel de primeros auxilios que
tenían detrás—. No pasa nada, a mí tampoco me parece la mejor forma de
aprovechar nuestro tiempo.
«El problema no son los deportes de competición. Soy yo».
Le habían encargado al PGHM la tarea de organizar el plan de rescate y
asistencia para los Juegos de la Victoria. Jens y ella habían acudido aquel
día para hacerse una idea de cómo era la zona de salto y empezar a preparar
las cosas para recibir a las personas que irían a ver la competición a partir
del día diez.
Kat se obligó a adoptar una expresión que esperaba fuera neutra. Tanto
el esquí de competición como el snowboarding le ponían los pelos de punta,
pero la presencia de Jacques lo hacía todavía peor.
«Hablando del rey de Roma».
Lo vio ascender en el aire, muy alto, y dar una vuelta que desafiaba la
ley de la gravedad. Aunque no había seguido su carrera con atención, no le
sorprendía el nivel que había alcanzado; Jacques siempre había tenido
talento y ambición para triunfar. También poseía una vena abusiva y
desagradable de la cual Kat fue víctima durante un tiempo.
Mientras aterrizaba sobre la superficie inflable, se le cayó el casco, lo
que quería decir que no se lo había ajustado correctamente a la barbilla.
«Típico de Jacques».
Se dio la vuelta para mirar a Jens y se preguntó qué iba a decirle.
Damien y Drake ya sabían lo que había ocurrido con Jacques; lo justo
era contárselo también al resto del equipo.
Kat se llevaba bien con todos ellos y no le preocupaba que la
consideraran débil. Pero tampoco quería que se pusieran en plan machito y
creyeran que tenían que defender su honor.
—Es mi exnovio —dijo, simplemente.
Jens arqueó una ceja, se recostó en la silla y cruzó sus largas piernas.
Miró a Jacques con interés.
—No lo sabía. ¿Hay alguna posibilidad de que volváis a salir juntos?
Kat se estremeció y trató de disimularlo echándose a reír.
—Ni por asomo. No era un hombre agradable —explicó, apretando los
labios.
Los ojos cálidos y castaños de Jens se oscurecieron.
—No es algo que vaya a afectarme —aseguró Kat—. Puedo hacer mi
trabajo.
—No lo he dudado ni por un segundo, Kat. No es eso lo que estaba
pensando. —Sacudió la cabeza, como si estuviera decidiendo qué decir a
continuación—. Sé que no es asunto mío, pero si necesitas…
—Lo sé, Jens. —Kat sabía que podía confiar plenamente en él.
«Pero no va a ser necesario llegar tan lejos».
«Puedo hacerme cargo de mis propios problemas».
Volvió a concentrarse en la hilera de atletas. Ahora le tocaba a una de
las personas de los monoesquís. Aunque se había cambiado de ropa, no le
costó reconocer a Luc Fournier. Su corazón se aceleró, algo que no había
ocurrido cuando había visto saltar a los otros competidores.
Mientras miraba, Luc se impulsó, ganando velocidad antes del salto.
Tres metros, seis metros… Kat contuvo el aliento a medida que Luc subía
más. Cuando alcanzó la altura máxima, hizo una pirueta que parecía un
tirabuzón.
—Ese es tu amigo, ¿no? —dijo Jens. Si vio cómo Kat apretaba su muslo
con la mano, no lo mencionó.
Kat nunca había visto nada igual. Pareció pasar una eternidad antes de
que Luc iniciara por fin el descenso lentamente. Efectuó un aterrizaje
perfecto en la superficie hinchable. Un hombre subió al airbag para
ayudarlo a bajar, pues no podía usar sus palos —Kat recordó que los había
llamado estabilos— para impulsarse.
—Dios —exclamó Jens a su lado—. Qué huevos tiene.
«Ya».
Había una parte de Kat que quería echar a correr hacia Luc y comprobar
que estaba bien después de aquel salto.
Sin embargo, se obligó a quedarse allí, pues lo que acababa de ver
implicaba que tenía que mantenerse lejos para estar a salvo. Luc no era un
simple deportista. Era un prodigio. Una persona a la que no le asustaban los
riesgos. Y, como Jacques, quizá también tenía una vena desagradable y era
incapaz de lidiar con el estrés de la profesión que había elegido.
Kat no estaba dispuesta a dejarse arrastrar otra vez a esa situación. Se
las apañaba bien sola y no le importaba seguir así durante el resto de su
vida.
«No puedo perder la cabeza».
«No importa lo azules que tenga los ojos… o lo mucho que me atraiga».
Kat se dio la vuelta otra vez y siguió repasando los horarios del evento.
—El segundo día es el que más debería preocuparnos —dijo, girándose
hacia Jens—. La mayor parte de la gente asistirá a la final y… también
vendrá para ver de cerca un cheque de cien mil euros.
Jens asintió.
—Necesitaremos dos casetas de primeros auxilios. Una para los
competidores y otra para los espectadores.
Pasaron los siguientes minutos tomando medidas y notas sobre
cuestiones que tendrían que consultar con el resto del equipo.
Después de un rato, Kat alzó la vista. Sentía la mirada de alguien
clavada en ella. Era Luc. Había cambiado el monoesquí por una silla con
ruedas anchas y fuertes y se dirigía hacia ella. Se quitó el casco y las gafas y
sus ojos azul claro se clavaron en Kat.
Descubrió que se estaba poniendo roja; luego, enrojeció todavía más al
avergonzarse por haberse ruborizado.
—Kat —la saludó. Sus impresionantes brazos tiraban con fuerza de las
gruesas ruedas. El último tramo de la pendiente que los separaba era
empinado. A Kat le preocupó que no pudiera llegar solo, pero el instinto le
recomendó que se quedara allí y esperara. Jens tampoco hizo ademán de
ayudarlo y, de algún modo, Kat se lo agradeció.
—Hola, Luc —dijo Kat.
—Hola —respondió. Jadeaba un poco—. Supongo que hoy tus amigos
y tú sois nuestras niñeras, ¿no?
Kat rio.
—Para nada. Pero sí que somos los encargados de coordinar la
seguridad del evento.
Luc asintió y se frotó las manos. No llevaba guantes. Tenía las manos
grandes, las palmas callosas y ásperas. Kat se preguntó cómo se sentiría si
tocaran su piel. Sacudió la cabeza para deshacerse de ese pensamiento tan
fuera de lugar.
—Te he visto saltar. Has estado increíble.
«Genial, ahora pareces una adolescente adulándolo».
Kat oyó un sonido a su espalda que le pareció una risa sofocada. Se giró
para mirar a Jens, pero el médico volvía a estar serio.
Luc se encogió ligeramente de hombros. Parecía más avergonzado que
complacido.
—Estoy empezando a ser un poquito mayor para estas cosas.
—En serio, estoy impresionada. Ahora me alegro de verdad de no
haberte hecho daño cuando te atropellé el otro día.
Como suponía, su comentario le hizo soltar una carcajada.
De pronto, se percató de que un grupo de snowboarders se dirigía hacia
allí. No podía asegurarlo, pero era posible que Jacques estuviera entre ellos.
No quería volver a encontrarse con él.
—Tengo que irme —anunció.
Luc pilló la indirecta muy rápido.
—Entonces, supongo que nos veremos por ahí.
—Vamos a ir al Bar Barracuda esta noche después del trabajo —
comentó Jens—. ¿Por qué no te apuntas?
Kat se obligó a mantenerse inexpresiva a pesar de que su corazón latía a
mil por hora.
Luc agradeció la invitación a Jens, pero sus ojos no dejaron de mirar a
Kat. Aunque no dijo ni una sola palabra, sabía que estaba buscando su
aprobación antes de responder.
Por fin, Kat asintió.
—A las siete de la tarde.
Una sonrisa iluminó el rostro de Luc. Al verla, Kat deseó haber
respondido más rápido.
—Allí estaré —dijo Luc.
5
Kat
—¿Ysitanque?
hubiera una burbuja de aire en la línea de combustible de un
—murmuró Kat para sus adentros—. Cambiar el tanque
después de comprobar…
Su instructor de vuelo le había enseñado aquel juego de posibilidades y
futuribles para que aprendiera a identificar y gestionar riesgos potenciales.
Ocho años y más de cuatro mil horas de vuelo después, aún le gustaba jugar
a menudo, aunque solo fuera para ver cuántos escenarios distintos se le
ocurrían.
—¿Has dicho algo, Kat? —preguntó Jens desde la parte trasera del
helicóptero, donde estaba sentado con Damien y Hiro. Su voz sonó alta y
clara a través de los auriculares.
—No, todo va bien por aquí.
—Sin duda estás de mejor humor que esta mañana.
—Eso es porque estamos trabajando en lugar de sentados junto a las
pistas viendo cómo unos idiotas arriesgan sus vidas por un trofeo —dijo
con toda la intención. No sé giró para mirar a su jefe, pero confió en que
hubiera captado el mensaje.
Damien no se rio.
—He oído que Jacques Peres ha vuelto a la ciudad. ¿Ya lo has visto?
La mera mención de su nombre le puso los pelos de punta, pero
mantuvo las manos firmes sobre los controles. La suavidad era importante
cuando estabas volando; mantenía a la gente segura y no estaba dispuesta a
arriesgarse.
—Sí —contestó—. Se acercó a mí ayer en las pistas.
La voz de Damien descendió una octava.
—¿Te causó alguna molestia? Si te…
Kat sacudió la cabeza antes de darse cuenta de que nadie podía ver el
gesto.
—No. Lo tengo bajo control, Damien.
—Si te hace algo, Kat, tienes que decírnoslo. Podemos ayudar —dijo
Hiro.
«Está claro que alguien lo ha puesto al día».
Kat oyó un suave gruñido y se imaginó a Bailey, la pastor holandés,
tumbada junto a su cuidador. Bailey era un encanto, pero también podía
resultar aterradora.
—Gracias, pero no será necesario —aseguró Kat, ansiosa por cambiar
de tema—. Me estoy aproximando al refugio de Goûter.
El refugio estaba a tres mil novecientos metros sobre el nivel del mar,
en el risco nevado de Aiguille du Goûter, donde a veces la fuerza del viento
superaba los trescientos kilómetros por hora.
Los paneles solares del techo del refugio brillaron bajo la luz vespertina,
forzando a Kat a apartar la vista. Incluso en temporada alta, esos paneles
generaban toda la electricidad que necesitaban los visitantes. Era un logro
técnico y estructural que quitaba el aliento.
—Tendría que ser una extracción sencilla. Un varón que no está herido.
No sé qué le ocurre. Comprobemos qué tipo de problema tiene.
—Bailey y yo daremos un paseo por la zona para probar sus botas de
nieve nuevas —dijo Hiro—. Llamadnos si necesitáis algo.
El adiestrador de perros siempre tenía nuevas ideas para asegurarse de
que Bailey estaba cómoda caminando por todo tipo de terrenos.
—¿Puedes aterrizar allí, Kat? —preguntó Damien.
Kat asintió y descendió con el aparato con tanta delicadeza como pudo.
Aterrizó sobre la nieve, a menos de sesenta metros del refugio.
—¿Qué os parece mi servicio de puerta a puerta? —preguntó, sonriente.
—Estoy impresionado —dijo Hiro—. Venga, Bailey, vamos a ponerte
las botas.
Los tres hombres y el animal salieron del helicóptero. Damien se giró
hacia ella.
—Volveremos en unos minutos, Kat.
La espera era lo que más le costaba. Quizá en esa ocasión no tanto —
pues su equipo iba a practicar una extracción sencilla—, pero la mayor
parte de las veces los soltaba sabiendo que iban a arriesgar sus vidas antes
de regresar. En esos casos, su trabajo era permanecer cerca del aparato y
estar lista para el despegue.
Para mantenerse ocupada, repasó algunas comprobaciones avanzadas.
Nunca se cansaba de aprender más sobre helicópteros. Aún le sorprendía
que, a pesar de su complicada entrada en la madurez, hubiera sido capaz de
encontrar una carrera que amaba tanto y que le permitía tener un impacto
positivo en la vida de la gente.
Su equipo regresó en menos de diez minutos. Bailey trotaba por delante,
luciendo orgullosa sus botas de nieve negras y rojas.
Un hombre alto y robusto caminaba entre Damien y Jens. Parecía estar
en buen estado de salud. Kat se preguntó por qué no había recorrido los
escasos cientos de metros que lo separaban de la cima —pues estaban muy
cerca— hasta que bajó la mirada y descubrió que iba en calcetines.
Se abstuvo de hacer preguntas mientras lo ayudaba a subir al
helicóptero. El dedo gordo asomaba del agujero de uno de sus calcetines.
Ambos dejaron huellas húmedas sobre el suelo de la cabina.
«Debe de estar congelándose».
El hombre alzó la mirada hacia ella con cautela. Era más joven de lo
que había pensado al principio a pesar de que su rostro curtido y moreno
por el sol denotaba la cantidad de tiempo que pasaba al aire libre.
—Alguien me ha robado las botas de esquí —le explicó en un tono que
daba a entender que se había pasado las últimas horas repitiendo lo mismo
—. Juro que llevo el día entero buscándolas.
Kat se quedó con la boca abierta. Eso no era algo que soliera pasar en el
Mont Blanc.
—Gracias —dijo el hombre mientras se sentaba en el asiento que Kat le
estaba señalando—. No sabía si esto podía considerarse una emergencia.
Tenía miedo de que me obligaseis a caminar.
—No vamos a dejar a nadie paseándose por ahí en calcetines —dijo
Damien con voz ronca. Se aclaró la garganta—. ¿No sabes quién ha podido
ser?
El hombre sacudió la cabeza. Tenía el pelo largo y enmarañado.
—No hay personal en el refugio durante el invierno. Anoche quizá
había unas cinco o seis personas durmiendo en el anexo, pero cuando me
desperté, ya se habían ido. No me puedo creer que…
Se giró para mirar por la ventana. El sol estaba a punto de ponerse.
Pronto todo estaría oscuro, pero, en aquel momento, la montaña brillaba
con tonos dorados y naranjas.
El hombre se estremeció, frustrado por haber tenido que abandonar
justo antes de coronar el Mont Blanc.
Kat empatizó con aquella impotencia.
—Puedes intentarlo de nuevo.
—Lo haré —dijo el hombre asintiendo—. Pero no en invierno.
—Kat, llévanos a casa —dijo Damien.
Kat sonrió. Eso podía hacerlo. Al fin y al cabo, volar era lo que mejor se
le daba en la vida.
Barencontraba
Barracuda no era el sitio preferido de Kat para tomar una cerveza. Se
demasiado cerca de las pistas y siempre estaba hasta los
topes de turistas. A pesar de todo, aquella noche no habría ido a ninguna
otra parte.
Echó un vistazo al reloj. Eran casi las ocho. Resultaba tentador echarle
la culpa del retraso al responsable de la estación de helicópteros —había
fichado el suyo a las seis y media de la tarde— e ignorar la hora que había
pasado arreglándose.
Se miró. Llevaba vaqueros ceñidos azul oscuro —por fortuna, limpios
— a juego con sus botas negras UGG favoritas. Un suéter negro de cuello
de tortuga completaba su atuendo. Se había dejado el pelo suelto, que caía
sobre su hombro derecho. Su cabello pelirrojo era uno de sus rasgos más
atrayentes y esa noche quería sentirse atractiva.
No solía ser muy amiga del maquillaje, así que tardó un montón en
aplicarse bien el ligero colorete, el corrector de ojeras y el rímel.
Abrió la puerta de Bar Barracuda. El interior estaba oscuro; le recordaba
un poco a la bodega de un barco pirata y supuso que era la idea que
pretendía transmitir el lugar. Miró más allá de la barra y vio a sus
compañeros de equipo sentados alrededor de una larga mesa rectangular.
Sus ojos se pasearon por el resto del bar, ignorando a los típicos turistas
bebedores de mojitos. Se fijó en varios grupos de esquiadores, tanto
hombres como mujeres, que reconoció de las pistas —había visto a algunos
entrenando a lo largo del día—, pero ninguno iba en silla de ruedas.
«No está aquí».
Kat se acercó a sus compañeros, tratando de no parecer decepcionada.
—Kat —saludó Jens, poniéndose en pie cuando llegó—. Estás
encantadora.
Kat rio. Jens era guapo, amable y caballeroso, y podía decir esa clase de
cosas porque eran como hermanos. En cierto sentido, la relación que
mantenía con todos los miembros de su equipo era parecida. Eso facilitaba
las cosas, pues Kat no quería empezar una relación con nadie. O, al menos,
no había querido hasta ahora.
«Quizá me golpeé la cabeza en la pista de Pylones».
Eligió un asiento al lado de Damien con vistas a la puerta. Confió en
que no fuera demasiado obvio.
—¿Qué quieres beber, Kat? —preguntó Drake. Llevaba un vaso de té
helado vacío en la mano, o lo que fuera la bebida sin alcohol que había
estado bebiendo. Kat echó un breve vistazo a la mesa; aunque la
especialidad del Barracuda era el ron, los demás parecían estar bebiendo
cerveza.
—Tomaré una pinta del barril que tengan abierto. Gracias, Drake. —Kat
tenía una alta tolerancia al alcohol y no había motivos para no ser
indulgente de vez en cuando. Aquella noche necesitaba algo que la ayudara
a relajarse.
Sorbió su cerveza en silencio mientras los demás discutían sobre el
misterio de las botas desaparecidas.
—Diablos, lamento habérmelo perdido —dijo Drake—. Parece que esta
tarde os lo habéis pasado en grande.
—¿Qué tal va Isolde? —preguntó Kat con una sonrisita.
Drake palideció.
—¿Te ha dicho algo?
—No —contestó Kat, y dio un pequeño sorbo a su cerveza. Sintió el
frescor agradable mientras pasaba por su garganta.
«No ha hecho falta».
Drake e Isolde se habían casado hacía solo un mes y hoy había cogido
algo de tiempo libre para acompañarla al médico. No hacía falta ser
Sherlock Holmes para deducir lo que podía estar pasando.
—¿Drake? —preguntó Damien—. ¿Hay algo que quieras contarnos?
—Sí, demonios, ¡lo hay! Pero Isolde me hizo prometer que no diría
nada hasta la semana doce, y faltan seis.
—Enhorabuena, Drake. ¡Vais a ser unos padres increíbles!
—Pagarás la próxima ronda, ¿no? —preguntó Gael con su voz suave.
Era el mejor escalador del equipo y estaba obsesionado con la salud, así
que, probablemente, no iba a beber más de una cerveza antes de irse a casa.
—No te preocupes, podemos guardar el secreto hasta que Isolde esté
lista para compartirlo —le aseguró Kat a Drake—. Al menos, la «mayoría»
de nosotros —añadió, lanzando a Damien una mirada significativa—. No sé
si nuestro jefe será capaz de contenerse y no contárselo a Tess.
Damien y Tess se habían casado hacía solo unos meses. De una tacada,
Tess se había convertido en la esposa de Damien y en la madre de Jamie, su
hijo de siete años.
Drake rio.
—Jamás le pediría algo así. Le diré a Isolde que lo habéis deducido.
Todos brindaron mirándose a los ojos.
—¡Por ti y por Isolde! ¡Y por una gran familia!
Los ojos de Kat se desviaron hacia la puerta. Dio otro trago a la cerveza
y se dio cuenta de que se había bebido ya más de la mitad de la pinta.
«Baja el ritmo».
«No quieres que nadie te tenga que llevar a casa».
Cuando alzó la mirada de nuevo, Damien se estaba inclinando hacia
ella.
—Pareces nerviosa, Kat, y no dejas de mirar la puerta —dijo en voz
baja. Sus penetrantes ojos azules la atravesaron—. ¿Estás bien? Si estás
preocupada por Jacques…
El primer pensamiento de Kat fue de sorpresa, porque no había pensado
en Jacques ni una sola vez desde que había entrado en el bar.
Sacudió la cabeza.
—No, no es… —A Kat le falló la voz. Tomó una profunda bocanada de
aire. En parte agradecía el apoyo, pero no era así como quería vivir su vida
—. No necesito que luches mis batallas por mí, Damien.
Damien alzó las manos.
—No te pongas a la defensiva, Kat, no lo decía en ese sentido. Tú
siempre has estado ahí para nosotros y solo quiero que sepas que nosotros
también estamos aquí para lo que necesites. Exactamente igual que lo haría
por cualquier otro miembro del equipo.
Pero Kat ya no le estaba escuchando porque la puerta del Barracuda se
había abierto y había entrado un hombre en silla de ruedas.
6
Luc
Avanzar con la silla de ruedas por una calle cubierta de nieve era difícil en
el mejor de los casos. Hacerlo tras un día de entrenamiento le hizo lanzar
maldiciones en voz baja.
Mientras trataba de ascender una ligera cuesta, un coche lo roció con el
barro que se acumulaba en los márgenes de la carretera. Si Luc hubiera sido
un peatón corriente, se le habrían manchado los bajos de los pantalones. En
su condición actual, el barro alcanzó casi todo su cuerpo.
«Genial».
«Ahora sí que necesito esa cerveza».
Por fin vio el cartel de neón del Bar Barracuda. Había confirmado la
dirección en internet antes de salir y había comprobado que era accesible.
Tras subir la pequeña rampa, Luc posicionó la silla a un lado de la
puerta. Mientras la abría con una mano, apoyó la otra en el marco para
impulsarse dentro.
Entrecerró los ojos mientras se acostumbraba a la oscuridad. Por
fortuna, el bar no estaba tan lleno como para tener problemas para llegar a
la barra. Se quitó el gorro de invierno y lo guardó en uno de los bolsillos
laterales de la silla.
La gente lo estaba mirando, pero no se enfadó. Con el tiempo se había
dado cuenta de que no había maldad en la mayor parte de las miradas. Era
curiosidad en cierto sentido y los motivos por los que lo miraban eran tan
variados como las propias personas que lo hacían. Algunos ojos daban a
entender claramente algo así como «gracias a Dios, no soy yo», o «no es mi
hijo», o «no es mi hija». Otros miraban porque les sorprendía que alguien
en su situación se molestara siquiera en entrar en un bar. Y había otros que
parecían preguntarse si había algo que pudieran hacer para ayudarlo.
Y luego estaba Kat. Estaba sentada con un grupo de hombres en uno de
los rincones más alejados de la puerta. Levantó una mano enfundada en un
mitón de cuero y saludó sin demasiado énfasis.
No esperaba que los ojos de Kat se iluminaran de aquella manera
cuando lo vio. Se levantó e intercambió unas breves palabras con el grupo
antes de acercarse.
Cuando la vio con el traje de esquí, Luc pensó que Kat era muy
atractiva, pero no estaba preparado para verla con vaqueros prietos y un
suéter de cuello de tortuga negro y ceñido. Su cabello largo brillaba bajo la
tenue luz. Luc quería recorrerlo con las manos para confirmar si aquellos
rizos eran tan suaves como parecían.
Kat se detuvo junto a la barra y esperó a que llegara.
—Has venido —le dijo. Su cara enrojeció de placer—. ¿Qué tal si te
pido esa cerveza?
Luc asintió y, un minuto después, Kat tenía una pinta de algo en la
mano. Señaló la cabina que había tras ellos.
—Puedo presentarte a mi equipo —dijo con cautela—, si quieres.
—Me encantaría —respondió, contento de que Kat aún tuviera la pinta
de Luc en la mano—. Te sigo.
Cinco hombres lo miraron con expresiones precavidas. Luc se tragó
aquella inexplicable tentación de tocarle el pelo a Kat. Se sentía como un
adolescente conociendo a los padres de su novia por primera vez, salvo
porque en este caso eran cinco hombres adultos los que parecían a punto de
emitir un juicio sobre él.
Ninguno de ellos se puso en pie cuando se acercaron y Luc se lo
agradeció. Alguien había apartado la última silla. Esperó a que Kat se
acomodara en la cabina junto a uno de los hombres y luego avanzó con la
silla hasta allí.
Kat dejó la cerveza frente a él, pero Luc no hizo ademán de cogerla.
—Gente, este es Luc Fournier —dijo Kat—. Luc, este es mi equipo.
Luc intercambió una mirada con cada uno de los hombres a medida que
se iban presentando por turnos.
—Buenas, Luc. Soy Damien Gray —dijo el que estaba sentado al lado
de Kat. Tenía el pelo oscuro y unos ojos azules y penetrantes.
—Hiro Tabu —dijo el hombre junto a Damien con piel bronceada y
anchos hombros.
A los dos siguientes Luc ya los conocía, pues eran los que lo habrían
rescatado en Pylones.
—Drake Jacobs. Nos conocimos en la pista.
—Jens Melkopf. Me alegro de verte de nuevo, Luc. —Jens sonrió un
poco. Su expresión daba a entender algo así como «sabía que vendrías».
—Gael León —dijo el último hombre. Era menos corpulento que el
resto, pero parecía tener la misma fuerza y la misma excelente forma física.
«Un corredor o un escalador».
—¿Cómo os conocisteis Kat y tú? —preguntó Damien.
—Bueno, es una historia graciosa —dijo Kat—. Atropellé a Luc en
Pylones. Mejor no ahondar mucho en ello.
Luc la vio dar un largo trago de cerveza. La piel pálida de su cuello
subió y bajó mientras tragaba y Luc tuvo que tragar a su vez con fuerza.
Se estremeció, todos estaban esperando a que dijera algo.
—No fue culpa de Kat. Digamos, simplemente, que hizo lo que era más
seguro dadas las circunstancias. ¿Formáis todos parte del Peloton de
Gendarmerie de Haute Montagne?
Asintieron e iniciaron una animada conversación sobre cuándo había
entrado cada uno en el PGHM.
—¿Y tú, Luc? ¿A qué te dedicas? —preguntó Gael. Luc detectó un leve
acento en su voz. Sonaba… ¿español, quizá?
Por primera vez en la vida, le dio vergüenza confesar lo que hacía.
Técnicamente, era un apisonador de nieve, aunque estaba de excedencia. Al
menos, con eso pagaba las facturas. También era un esquiador paralímpico.
No hacía nada más y era poco probable que alguna de esas cosas llamara la
atención de los hombres que tenía delante. Era extraño, pero quería
impresionarlos.
—Luc es un atleta —dijo Kat. Frunció un poco los labios al decirlo,
como si tratara de mantener a raya la aversión que le producía esa palabra.
«¿La avergüenza?».
La idea de avergonzarla le resultaba insoportable.
—Estás aquí por los Juegos de la Victoria, ¿no? —preguntó Gael.
—Vi los saltos que hiciste hoy, tío. Muy impresionantes —añadió Jens.
Luc asintió, enrojeciendo.
—Ha sido un placer conocerte, Luc. Tengo que ir marchándome —dijo
Damien—. Tess y Jamie me esperan en casa.
Kat asintió.
—Por supuesto. Por favor, saluda a Tess de mi parte, Damien.
—Yo también me marcho —anunció Drake, levantándose con rapidez.
—Felicidades de nuevo, Drake —comentó Kat, amable—. ¿Te parece
bien si Tess y yo llamamos a Isolde mañana?
Drake asintió.
—Claro. Está nerviosa, así que la alegrará hablar con vosotras.
—Seguro que no está ni la mitad de nerviosa que tú, colega —dijo Gael
riendo.
—Yo también debería irme a casa. Bailey necesita un paseo. —Hiro se
puso en pie.
Luc dio un trago a su cerveza. Estaba fría y un poco amarga. Casi podía
visualizarse apurando el vaso por completo, pero se detuvo tras un par de
sorbos. Desde su lesión, usaba una medicación para gestionar el control de
su vejiga, pero también había aprendido a controlar lo que bebía y comía
cuando quería evitar un viaje al baño. Ahora mismo no tenía interés en
descubrir si los aseos de Bar Barracuda estaban adaptados o no.
Solo quedaban cuatro personas en la mesa. Jens y Gael se levantaron
para pedir otra bebida.
—Me alegro de que aceptaras la invitación de Jens y hayas venido esta
noche —dijo Kat. Se mordió el labio inferior de una forma que distrajo por
completo a Luc. Mientras se apartaba el pelo de la cara, captó un leve
aroma a su perfume. Olía bien. Realmente bien.
«Quizá las feromonas tienen algo que ver con cómo me siento».
Fuera cual fuera el motivo, no importaba.
—He venido a verte —dijo con honestidad—. Quería conocerte mejor.
Kat enrojeció de nuevo.
—Yo también quería conocerte mejor —confesó—. Quizá, la próxima
vez, con menos gente alrededor. Siento que te hayan frito a preguntas.
—No pasa nada. Está claro que se preocupan por ti. —Luc no añadió
que, de hecho, le había gustado que lo consideraran digno de avasallarlo a
preguntas.
—Quizá deberíamos…
Las palabras murieron en su boca. Kat ya no estaba mirando a Luc, sino
a algo o alguien que había tras él. Luc giró un poco la silla y se encontró
mirando directamente a Casco, el snowboarder de las pistas.
«Se ha quitado el casco».
El tipo parecía más esbelto ahora que no llevaba el traje de esquiador.
Con los vaqueros desteñidos y una vieja cazadora de cuero parecía —
aunque no iba preparado en absoluto para la temperatura que hacía— uno
de los chicos guais del instituto, pero quince años después. El hombre se
acercó a Kat con grandes zancadas; sus piernas largas devoraban el espacio
que los separaba.
Luc posó la mano en la rueda de su silla. Estaba a punto de apartarla de
en medio cuando comprendió que la expresión en el rostro de Kat no era de
interés o fruto de la anticipación. Era una expresión de miedo.
Kat
Kat sintió que sus músculos se ponían rígidos.
Aunque estaba en un lugar público, rodeada de gente y comprendía a un
nivel lógico que Jacques no iba a tocarla, su cuerpo se estremecía de miedo.
«Enfréntate a él».
«No te amedrentes».
«Nunca te dejes amedrentar por él otra vez».
Cuanto más cerca estaba Jack, peor respondían sus sentidos. Dejó de ver
a la gente que tenía alrededor y de oír lo que Luc le estaba diciendo. Ni
siquiera era capaz de sentir el suelo bajo sus pies.
Jacques siempre la había hecho sentir muy pequeña. Y ahora había
vuelto, era incapaz de desprenderse de aquel horrible miedo que sentía.
Él estiró el brazo para agarrarla de la muñeca. Kat presenció la escena
como si le ocurriera a otra persona; era incapaz de apartarse de la
trayectoria o incluso de abrir la boca para protestar.
Por el rabillo del ojo vio a Gael acercándose a toda prisa hacia ella, pero
estaba demasiado lejos. Y de pronto, Luc apareció. De algún modo, había
girado la silla de ruedas para ponerse frente a ella, obligando a Jacques a
detenerse si no quería tropezarse con él.
—Ella te hará saber si quiere que la toques —dijo Luc con una voz más
hostil de la que le había escuchado hasta entonces.
—¿Otra vez tú? Apártate de mi camino, tontaina lisiado —le espetó
Jacques, echándose hacia atrás justo a tiempo para evitar que Luc le pasara
por encima con las ruedas—. ¿Crees que esa silla te mantiene a salvo?
Luc ni siquiera se molestó en responder. Lanzó a Jacques una mirada de
desprecio infinito.
Ahora que Jacques ya no estaba acercándose a ella, Kat sintió de pronto
que podía respirar y pensar de nuevo.
—No quiero verte aquí —le dijo.
—Ya has oído a la señorita. Creo que es hora de que te marches —dijo
Gael, plantándose junto a Luc.
—Si no te marchas por las buenas, te podemos ayudar —intervino Jens,
tomando posición tras ellos. Los tres formaban una barrera entre Kat y
Jacques.
Jacques hundió los pulgares en los bolsillos de sus vaqueros. Sus ojos
oscuros y fríos evaluaron a Kat durante un momento; luego, se giró y salió
por la puerta de atrás tan rápidamente como había aparecido.
Kat dejó escapar el aire que había estado reteniendo.
—Gracias —susurró.
—¿Estás bien? —preguntó Luc. Buscó su mano y la sostuvo. El calor
de su contacto ascendió por su brazo y sintió que la temperatura de su
cuerpo aumentaba.
—Lo estoy. Gracias —dijo de nuevo. Miró a su alrededor para incluir a
Jens y a Gael en su agradecimiento, todavía demasiado aliviada para sentir
vergüenza. Sabía que eso vendría después.
Sostuvo la mano de Luc durante un momento más, recabando fuerzas de
su mano recia y callosa. Por fin, la dejó ir.
—Lo siento, necesito algo de aire fresco. —Los rodeó y se dirigió a la
puerta delantera; la opuesta a la que había usado Jacques para salir.
7
Luc
Luc vio cómo la puerta se cerraba tras Kat. Se había ido sin ponerse el
abrigo, que aún colgaba del respaldo de su asiento.
Jens y Gael se quedaron congelados en el sitio con idéntica expresión de
confusión.
Por el contrario, Luc nunca había estado más seguro de nada en la vida.
Cogió el abrigo de Kat.
—Iré con ella —les dijo mientras empezaba a alejarse con la silla.
Jens y Gael asintieron.
—Avísanos si nos necesitas —dijo Jens.
Con el abrigo sobre el regazo, Luc se acercó a la puerta. Ahora el local
estaba más lleno que cuando había entrado y los numerosos cuerpos
entorpecían su avance. Para cuando logró alcanzar la salida, estaba a punto
de gritar de frustración.
La empujó, con cuidado de mantener los dedos lejos de la hoja, y
deslizó la silla hacia la relativa oscuridad del exterior. Unos copos de nieve
cayeron sobre su cabeza.
«Probablemente, se ha marchado, idiota».
La vio un momento después junto al edificio, apoyada contra un barril
de madera. Grandes copos de nieve blanca caían sobre su suéter negro y su
cabello rojo, pero Kat no parecía darse cuenta.
Entonces alzó la vista y sus miradas se cruzaron.
El corazón de Luc golpeó su pecho con fuerza.
Se acercó hacia ella y le ofreció su abrigo; se alegró cuando Kat lo
cogió y se lo puso sobre los hombros.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó, algo avergonzado por usar unas
palabras tan poco apropiadas. En la penumbra, sus hermosos ojos azules
estaban llenos de lágrimas.
Aún estaba temblando y Luc solo quería abrazarla y hacerla entrar en
calor. Quería saber quién era Casco —aún no conocía su verdadero nombre
—, pero no quería forzarla a contárselo o que volviera a pensar en algo que,
claramente, la alteraba tanto.
—Lo siento —dijo Kat. Luego rio a pesar de las lágrimas—. Sigo
disculpándome, ¿no?
—No tienes por qué disculparte nunca conmigo. —La voz de Luc se
endureció—. ¿Quién es ese capullo?
Kat suspiró.
—Ese capullo es mi exnovio.
Luc reculó en la silla.
—Mierda, no quería inmiscuirme entre…
Kat se puso de pie tan deprisa que el barril tembló.
—No, no. No es lo que imaginas. Fue mi novio hace diez años. Y no…
no terminó bien.
Un par de lagrimones resbalaron por sus mejillas. Luc quería
interceptarlos antes de que se congelaran. Le daba la impresión de que
había muchas cosas que no le estaba contando.
Tensó las manos sobre el regazo.
—¿Te hizo daño?
Kat se encogió de hombros.
—Forma parte del pasado. No quiero hablar más de ello. Pero cuando se
acercó hoy, es que…
—Te afectó. Lo comprendo.
—Dios, quiero un cigarrillo.
—¿Fumas? —preguntó, sorprendido. Nunca había detectado en ella el
olor del tabaco.
—Solía hacerlo —respondió en voz baja—, pero ya no.
—Mejor. No deberías fumar. No es saludable.
Como Luc esperaba, Kat rio. Tenía una risa preciosa.
—Se está bien aquí, ¿no crees? —le preguntó, mirando a su alrededor.
—Es hermoso —respondió con la mirada perdida en las líneas suaves
de su cuerpo. Nunca había conocido a nadie como ella, tan fuerte y al
mismo tiempo tan vulnerable. De pie, Luc le sacaría casi una cabeza. Tal y
como estaban, Kat tenía que bajar la mirada para hablar con él.
—Hace un poco de frío —dijo, temblando.
Sin pensar, Luc hizo algo que nunca había hecho antes con nadie: abrió
los brazos y se inclinó hacia delante, tirando de ella hacia él. La vio
acercarse y apretarse contra su regazo como en un sueño. Apenas pesaba,
por supuesto, pero su aroma y presencia sobrecargaron sus sentidos; la
sensación fue tan fuerte que casi volvió a sentirse completo.
Luc se quedó muy quieto mientras Kat se inclinaba hacia él, como si
quisiera enterrar el rostro en su cuello. En el último momento, sin embargo,
alzó la cara y sus labios se encontraron y empezaron a explorarse con
delicadeza. Todavía sin abrir las bocas, Luc inspiró el dulce aliento de Kat,
memorizando la forma de sus labios al contacto.
Kat separó los labios, buscando más. Luc dejó de pensar, se dejó ir y
exploró el interior de su boca. Se besaron hasta que sus pulmones le
recordaron que necesitaba respirar, e incluso entonces solo se detuvo
durante un segundo antes de que sus bocas volvieran a juntarse.
Ningún beso, antes o después de su lesión, había sido como aquel.
Luc miró hacia abajo y descubrió sin sorpresa una erección presionando
contra sus pantalones, allí sus cuerpos se encontraban. Ella también debía
de sentirlo, pues bajó la mirada en ese preciso momento. Se enderezó y lo
miró indecisa.
«Ahora ha llegado mi turno de disculparme».
—Lo siento —dijo Luc a pesar de que no estaba en su mano evitarlo.
—¿Por qué?
—Lamento si te he hecho sentir incómoda. —Relajó el abrazo y a duras
penas logró evitar suplicarle que se quedara—. No quiero que te enfades.
Kat se levantó. Luc sintió su ausencia con intensidad, aunque sus
piernas no lo hicieran. A pesar de que la expresión de Kat se suavizó, aún
parecía preocupada.
—No estoy enfadada. Estoy… sorprendida, supongo.
—¿De querer besar a un hombre en silla de ruedas?
Kat abrió la boca. Sus labios aún brillaban por el beso.
—No. De que quiera besar a un «hombre» —dijo en voz baja.
Ahora fue Luc el que se quedó con la boca abierta.
—¿Eres…?
—No. Eso tampoco. —Soltó una risa corta desprovista de humor—. No
me estoy explicando bien. Lo que quiero decir es que hace mucho tiempo
que no estoy con nadie.
8
Luc
Laapoyó
luz del sol iluminaba el morro del helicóptero Eurocopter EC145. Kat
la mano sobre el metal liso y duro. Adoraba aquel aparato.
—¿Lo has devuelto de una pieza, Barreau? —preguntó una voz áspera.
«Siempre suelta la misma broma».
Kat se giró hacia Jean, el encargado de la estación, y puso los ojos en
blanco. Era un hombre de más de cincuenta años. Había sido piloto en el
pasado, antes de que los problemas de visión le impidieran volar, y ahora se
enorgullecía de cuidar de los vehículos de la gendarmerie.
—Sabes que siempre lo hago, Jean.
Jean enarcó una ceja y Kat supuso que estaba pensando en aquella
ocasión, solo unos meses atrás, en la que había tenido que hacer un
aterrizaje forzoso. También recordaba que, cuando ocurrió, a Jean no podría
haberle importado menos el helicóptero; solo le importaban ella y su
equipo. Sobre todo Jens, que había acabado en el hospital.
—Salvo esa vez —admitió Kat.
Jean resopló.
—¿Ha habido algún problema?
—Ninguno. Ha volado con tanta suavidad como siempre.
—Entonces, ya me encargo yo. Vamos, Barreau, largo.
—Gracias, Jean —dijo Kat, tocando su hombro con delicadeza.
Abrió la puerta de su coche y miró la hora. Había quedado con Tess e
Isolde en menos de treinta minutos en una cafetería de la ciudad. Podía ir
allí directamente y pasar la tarde vestida de uniforme, o volver a casa,
cambiarse y llegar media hora tarde como mínimo.
Decidió ir directa.
Cuando llegó a la cafetería, Isolde ya estaba allí. Vestía pantalones de
traje negros y una blusa color crema, así que también había ido desde la
oficina. Frente a ella tenía una botella pequeña y verde de Perrier.
—Hola, Isolde —dijo Kat sonriendo—. Hoy tu pelo parece
particularmente brillante.
Todo lo que Kat sabía sobre embarazos y bebés cabía en un pósit, pero
había escuchado que el embarazo sentaba muy bien al pelo y a la piel de
una mujer.
Isolde rio.
—Drake me dijo que fuiste la primera que lo dedujo.
—Pobre Drake. No fue tan difícil. ¿Cómo estás? —preguntó Kat.
—Mejor ahora que sabemos lo que es. No podía dejar de vomitar, creía
que había pillado un virus horrible. Al final, fue Drake el que insistió en
que lo comprobase.
—Un virus, ¿eh? —dijo Tess, que apareció tras ellas. La joven rubia
había optado por algo informal, vaqueros y zapatillas deportivas—. No
dejaremos que la pequeñina se entere de que pensaste que era un virus.
¿Cuánto queda para el parto?
—No sabemos con seguridad si es una niña. Es solo lo que desea Drake
—aclaró Isolde—. Pero el parto será el verano que viene.
Aunque la alegraba ver tan feliz a su amiga, Kat no sabía qué decir.
—Los cumpleaños en verano son agradables.
—Piensa en las fiestas que hemos tenido —añadió Tess.
Isolde rio y se dio golpecitos en el estómago.
—¿Y tú qué, Tess? ¿Cuándo piensas traer a una criatura al mundo?
Tess rio.
—Ya soy madre.
Lo era. Tess consideraba a Jamie, el hijo de siete años de Damien, como
suyo.
—Quizá algún día nos planteemos darle a Jamie un hermanito o
hermanita.
—¿Y tú, Kat? —preguntó Isolde.
Kat palideció. En el fondo, siempre había sabido que nunca tendría
hijos. Pero eso no quería decir que le resultara fácil hablar de ello.
—No tengo claro que haya bebés en mi futuro, la verdad. —Sonrió para
suavizar sus palabras—. Pero seré una tía estupenda para vuestros niños, de
esas que los malcrían y les dan demasiados caramelos antes de llevarlos de
vuelta a casa.
Isolde y Tess rieron en voz baja. Eran demasiado inteligentes y amables
como para no ver que la conversación la estaba haciendo sentir incómoda.
Tras unos minutos, Isolde llamó a la camarera y pidieron un par de botellas
más de agua con gas; no parecía apropiado beber otra cosa, aunque a Kat le
habría apetecido una cerveza.
—Oye, Kat —empezó Tess tras darle un sorbo a su vaso—, hemos oído
que la semana pasada te fuiste del bar con un hombre.
Kat sonrió. Sus compañeros de equipo podían cotillear como viejas.
Luego hizo una mueca al pensar en Luc.
—Nos interrumpió una llamada de trabajo y no he vuelto a verlo —
explicó.
—¿No lo has llamado? —preguntó Tess, sorprendida.
—¿Por qué no? —preguntó Isolde.
—No intercambiamos números de teléfono. Me pasé por su casa para
verlo un par de días después, pero no estaba.
—¿Le dejaste una nota? —preguntó Tess.
—No llevaba bolígrafo.
—De acuerdo…
Isolde la miró con ojos brillantes, muy abiertos.
—¿Así que me estás diciendo que no has sido capaz de contactar con él
en todo este tiempo?
Kat rascó con la uña una pequeña mancha en la manga de su uniforme.
—Supongo que no hice grandes esfuerzos. No sé, está ocupado
entrenando para los Juegos de la Victoria y…, probablemente, las cosas
entre nosotros no habrían funcionado.
—¿Es porque está en silla de ruedas? —preguntó Isolde.
—¡No! Eso no podría importarme menos. Pero no… Seguramente,
acabaría haciéndole daño de todos modos. Ya me conoces, soy…
—Te «conocemos», Kat. Sabemos que eres inteligente, leal… —Kat se
puso roja, pero Isolde no había terminado—, y bondadosa con todos
excepto contigo misma.
—¿Es posible que estés intentando sabotear la relación, Kat? —
preguntó Tess. Sus ojos de un verde intenso brillaban.
—¿Relación? —Kat se rio—. Yo no mantengo «relaciones». Y Luc
tampoco estaba buscando una. Solo estábamos…
Kat recordó los dos besos que había compartido con Luc.
«No hubo nada “simple” en esos besos».
—Oh, Kat —dijo Isolde. Sus labios formaron una leve sonrisa—. Me
parece que necesitamos conocer a ese hombre.
—Creo que ambas deberíais abrir una agencia de búsqueda de parejas
—replicó Kat riendo. Si su risa sonó forzada, ninguna de sus amigas lo
mencionó.
Pasaron juntas un rato más hasta que Isolde bostezó e intentó
disimularlo cubriéndose la boca con la mano.
—Lo siento —les dijo—. No sé lo que me pasa.
—Venga —dijo Kat—. Tengo el coche aparcado fuera. Te llevaré a
casa.
—¿Estás segura? No quiero fastidiar el plan…
—Volveremos a quedar la semana que viene —dijo Tess—. Yo también
debería irme a casa, Jamie está preparando un proyecto de ciencias para
mañana y no estoy segura de que Damien sepa lo suficiente sobre el sistema
solar para ayudarlo.
Kat se levantó, aliviada de haberse librado, al menos, de momento.
10
Luc
Sudeterminación.
corazón latió
La
muy rápido mientras ascendía la cuesta con
dirección que le había dado Kat estaba a quince
minutos de su apartamento, pero en una calle donde nunca había estado
antes.
Se detuvo un momento para echar un vistazo al reloj.
«Las siete menos cuarto».
Había llegado pronto porque le preocupaba la accesibilidad del
restaurante. Cuando por fin vio el local, se dio cuenta de que no era
necesario. Una rampa conducía a la puerta y esta se abrió cuando se acercó
sin tocar nada. Una vez la atravesó, la puerta se cerró y se abrió otra,
permitiéndole el paso al cálido interior.
Se vio embargado por un agradable olor a pasta y mantequilla. Nunca
había olido nada tan delicioso. El restaurante tenía vigas de madera y un
aire rústico con mucho espacio entre las mesas. Estaban tan separadas entre
sí que los invitados podían mantener conversaciones tranquilas con
intimidad.
«Muy diferente del típico café parisino».
Se dio cuenta de que la mayoría de las mesas estaban ocupadas por
parejas, muchas de las cuales se daban la mano.
Que Kat hubiera elegido aquel restaurante le hacía sentir un calor
especial; no solo porque se había asegurado de que estaba adaptado para él,
sino porque no era la clase de sitio al que llevar a un amigo.
Una mujer mayor se acercó, moviéndose como si aquel lugar fuera
suyo.
«Quizá lo sea».
Bajó la mirada hacia él.
—Soyez le bienvenu, monsieur.
Esperó a que le diera el nombre de la reserva. Luc apreció el gesto, pero
estaba seguro al cien por cien de que sabía exactamente a dónde iba a
llevarlo.
Como suponía, lo condujo a una mesa en la que faltaba una silla. Ocupó
aquel espacio, contento porque desde allí veía la puerta por la que entraría
Kat. Se quitó la chaqueta y guardó sus mitones de cuero en un bolsillo.
Un par de minutos después, alzó la mirada y la vio. Era todo un
espectáculo vestida con unos vaqueros azules ajustados y un suéter rojo que
hacía que su pelo brillara todavía más.
Parecía acalorada, como si hubiera venido corriendo.
—Lo siento —se disculpó—. Surgió algo a última hora. He tenido que
quedarme hasta tarde con el helicóptero.
A Luc lo asaltó una sensación incómoda.
«Kat salva la vida a la gente».
«Eso es lo que hace todos los días».
«¿Qué puede ver alguien como ella en un tipo como yo?».
Kat debió de malinterpretar su expresión.
—No he tenido tiempo de cambiarme —le dijo, bajándose las mangas.
El cuello de su suéter descendió, dejando a la vista algo más de escote y
piel blanca.
—¿Bromeas? —gruñó—. Estás preciosa. Y no es tarde, acabo de llegar
ahora mismo.
—Aquí sirven una comida deliciosa —le confesó.
—Puedo olerlo. ¿Qué me recomiendas?
Pidieron una ensalada de burrata y trufa para compartir, y espaguetis
carbonara como plato principal.
En mitad de la comida, un par de adolescentes se acercó a su mesa. El
más joven le mostró un cuaderno.
—Monsieur Fournier —tartamudeó—. ¿Podría firmarnos aquí?
Luc miró a la mesa de la provenían, preguntándose si alguien le estaba
gastando una broma, pero allí solo había una pareja, copias envejecidas de
los adolescentes que tenía delante.
—Quieren tu autógrafo —susurró Kat.
Luc alargó la mano y tomó el cuaderno.
—¿Cómo os llamáis? —Se lo pensó un momento y luego escribió unas
palabras rápidas y firmó con una floritura.
—Merci, monsieur —tartamudeó la chica mayor.
—¿Te pasa esto a menudo?
—La verdad es que no —dijo Luc. Aunque hubo un tiempo en el que sí.
Antes de su accidente se había acostumbrado a ello. Incluso llevaba consigo
un rotulador permanente para poder firmar en cascos, tazas e incluso en
escayolas. Pero nadie le había pedido un autógrafo desde el accidente.
«Hasta esta noche».
«Quizá el deporte está cambiando».
—Lo que hiciste esta tarde —empezó Kat— fue increíble.
Luc le contó que soñaba con un día en el que el esquí adaptado fuera un
deporte por méritos propios y no un añadido políticamente correcto en las
competiciones de esquí alpino como ahora. Que la gente con lesiones
incapacitantes, al salir del hospital, pudiera imaginar un futuro que los
impulsara a seguir adelante.
—Diría que estás contribuyendo a ello —dijo Kat, señalando a los
adolescentes, que aún miraban la dedicatoria.
—Aún queda mucho para eso. —Luc se encogió de hombros—.
Cuéntame más cosas sobre ti.
Inmediatamente, Kat empezó a hablar del trabajo. Le contó historias de
los rescates más divertidos en los que había participado; como cuando,
hacía solo una semana, había sacado a un hombre de la montaña que iba en
calcetines porque le habían robado las botas. Luc se rio, pero supuso que la
mayoría de sus rescates eran muy distintos.
Escuchó con atención, pues quería saberlo todo sobre ella.
—¿Y qué haces después del trabajo?
—¿Después del trabajo? —repitió Kat.
—¿Qué te gusta hacer? ¿Cuáles son tus hobbies?
Kat dio un sorbo al vino. Cuando volvió a hablar, su voz sonaba
tranquila
—Entreno en el gimnasio. Me gusta esquiar, pero eso ya lo sabes.
También estoy suscrita a un par de revistas de aviación. Me las leo en
cuanto llegan a casa.
Mientras hablaba, casi sonaba sorprendida.
—Quizá no tengo una vida personal muy interesante.
—Tienes un trabajo importante —dijo Luc.
—¿Y qué hay de ti? —preguntó, cambiando de tercio.
Luc soltó el tenedor.
—Esquío. Durante el invierno no hago mucho más, salvo trabajar. He
vivido en Suiza durante los últimos cinco años, empleado como quitanieves
en un resort pequeño para costearme la formación y el equipo.
—¿Por qué en Suiza? —le preguntó. Kat también dejó el tenedor.
Parecía haberse olvidado de la pasta carbonara que tenía delante.
Luc ya tenía una respuesta preparada; algo vago y que no lo
comprometía. Sin embargo, se descubrió contándole la verdad.
—Porque allí nadie me conocía. Tras la rehabilitación, no me veía capaz
de regresar a un sitio donde todos seguían practicando snowboard y yo
estaba… atado a esta silla.
Kat apretó los labios.
—Lo siento.
—No pasa nada. Te estarás preguntando cómo ocurrió.
Kat frunció el ceño y se mordió el labio inferior. Sacudió la cabeza con
rapidez.
—Me gustaría que me lo contaras si lo quieres compartir. Pero tengo
que confesarte algo… Lo gugleé después de nuestra primera noche juntos.
—Kat, «aún» no hemos tenido una primera noche juntos —bromeó Luc
con más arrojo del que sentía en realidad.
Kat rio y sus pupilas se dilataron de deseo. Luc quería dejar unos
billetes en la mesa y volver juntos a su apartamento, y allí… Pero si algo
había aprendido durante los últimos seis años era a tener paciencia.
La observó juguetear con el tenedor otra vez. Parecía estar esperando
algún tipo de reacción por su parte. Luc no estaba sorprendido, o enfadado,
de que lo hubiera gugleado. Él habría hecho lo mismo en su situación.
—Así que ya sabes lo que ocurrió.
—Supiste que estabas herido de inmediato, ¿verdad? —preguntó. No
había lástima en sus ojos.
La mandíbula de Luc se tensó al recordarlo.
—Sí. Me había roto huesos antes, pero esta vez el dolor fue tan súbito,
tan intenso que quise morir y, al mismo tiempo, me sentía extrañamente
entumecido. Después me enteré de que me había roto la duodécima vértebra
torácica en varias partes.
El teléfono de Luc vibró en el interior de su cazadora, librándolo de
seguir rememorando la experiencia. Un nombre apareció en pantalla.
«Conor Hudson».
—¿Te importa si respondo? —preguntó—. Es un amigo con el que no
hablo desde hace tiempo.
Kat asintió con rapidez.
—Conor. —Le gustó escuchar la voz de su amigo. Conor también había
sido quitanieves, pero se había mudado a Londres hacía poco para estar con
su novia, Siena. Los inicios de su relación habían estado plagados de
peligros, pero eran la prueba viviente de que, a veces, las cosas salían bien.
—¡Luc! ¡Felicidades, tío! He visto tu salto esta tarde en la tele. Ha sido
espectacular.
—Gracias, Conor. Ha sido un buen salto —admitió Luc—. ¿Qué tal
estás? ¿Cómo está Siena?
Hubo una breve pausa. El corazón de Luc dio un brinco y rezó porque
no le hubiera ocurrido nada malo. Pero no, Conor no habría esperado a
llamarlo de haber sido el caso.
—Todo va bien. Le he pedido a Siena que se case conmigo.
—¿Ha dicho que sí? —preguntó Luc sonriendo.
Conor soltó una risotada.
—Vas a tener que venir a Londres la próxima primavera. No puedo
casarme sin mi padrino.
Luc se echó a reír.
—Allí estaré. Me alegro mucho, colega. Te lo mereces.
Así era. Hubo un tiempo, no hacía mucho, en el que Conor sentía que
no merecía ser feliz. Luc siempre agradecería a Siena que su amigo ya no
pensara así.
—Pero hablemos de ti. ¿Qué tienes pensado para el salto de mañana?
—Oye, Conor, me encantaría seguir hablando, pero de hecho estoy en
mitad de una cena con una chica preciosa —le dijo, sonriendo a Kat.
—¡Diablos, tendrías que habérmelo dicho antes!
—Aun así, me alegro mucho por la noticia. Por favor, coméntale a Siena
que te he dicho que eres un cabrón afortunado.
La risa de Conor fue el último sonido que escuchó antes de colgar.
—Conor es mi mejor amigo —le explicó Luc—. Acaba de prometerse
con su novia.
Kat asintió.
—Así que piensas que soy preciosa.
—Eres preciosa —dijo Luc—, y valiente, e increíble. Y si no hubiera
aprendido el don de la paciencia durante los últimos años, te habría
sugerido que nos largásemos de aquí antes de que llegara el segundo plato.
Kat soltó el tenedor y lo miró a los ojos.
—Ya he comido bastante. No me importaría tomar el postre en tu casa.
Luc tendría que haber sido idiota para no captar la indirecta. Le hizo
una seña al camarero para pedir la cuenta y pagó en tiempo récord, dejando
una buena propina para compensar que no fueran a tomar postre. Kat no le
pidió pagar a medias y Luc lo agradeció.
13
Kat
Katunsecolor
tomó su tiempo para ponerse el abrigo de invierno color crema. Era
ridículo que se manchaba con solo mirarlo, pero se había
enamorado de él cuando lo había visto en el escaparate de la tienda.
Hundió las manos en los bolsillos para no andar toqueteándolo todo.
Estaba nerviosa. Esta vez, la idea de ir al apartamento de Luc era algo más
meditada.
Iba a acostarse con él; un hombre que le gustaba de verdad. Un hombre
del que podía imaginarse enamorada.
La posibilidad le daba un poco de vértigo.
Estaba acostumbrada a apañárselas sola, para eso tenía su fiel vibrador.
La última vez que había dormido con un hombre había sido un par de años
atrás, y lo había elegido con cuidado para que cumpliera una serie de
condiciones. Para empezar, no llevaba anillo, ni Kat había visto la marca de
uno. En segundo lugar, era alto y atractivo. Por último, y más importante,
solo iba a estar en la ciudad durante dos días para asistir a una conferencia
sobre el mercado inmobiliario. Follar con él había sido seguro, correcto y se
lo había pasado aceptablemente bien.
Que era la forma en la que ella prefería hacerlo.
El peligro —y el motivo por el que veía señales de alarma en aquel
momento— estaba en dormir con alguien como Luc. Alguien que podía
hacer que quisiera «más».
Kat reprimió aquellos pensamientos. Luc estaba junto a la puerta. La
mantenía abierta para ella y la miraba como si pudiera leerle la mente.
Salieron juntos al exterior. La temperatura había descendido mucho
mientras cenaban. Miró las montañas y pensó en el frío que haría en sus
faldas y en si la nieve llegaría a congelarse.
Eso le hizo recordar que Luc competía al día siguiente. Su plan habría
sido tener una larga noche de sueño reparador… antes de que ella se
hubiera lanzado a sus brazos.
—¿En qué piensas, Kat? Puedo ver los engranajes girando en tu cabeza.
—Me preguntaba… Me preguntaba si esta noche es la mejor para hacer
esto.
—No tenemos por qué hacer nada que no quieras hacer —dijo con
suavidad—. Nos podemos dar las buenas noches aquí. Esta noche y
cualquier otra.
Kat sacudió la cabeza con rapidez. Ya estaba complicando las cosas otra
vez. Al final, Luc iba a pensar que no era de fiar.
—No. Quiero ir a tu casa. Es solo que… compites mañana y seguro que
necesitas estar solo.
Luc inclinó la cabeza.
—Ven a casa conmigo, Kat —le pidió mientras la tomaba de la mano.
Aunque no llevaba guantes, su palma estaba tibia.
Kat lo miró, aún indecisa.
—Que le den a la competición —dijo Luc—. Hoy solo había una
persona a la que quería impresionar.
A Kat la embargó una sensación cálida.
—Desde luego, me impresionaste. Si estás seguro…, entonces, yo
también. Llévame.
Luc soltó su mano. Aunque Kat sabía que la necesitaba para ir a
cualquier sitio, le habría gustado mantener el contacto. Empezó a caminar a
su ritmo habitual, pues no quería tratarlo de forma distinta a otro hombre.
No tendría que haberse preocupado. Luc mantuvo el ritmo, impulsando la
silla con sus fuertes brazos sin aparente esfuerzo.
Hacía una hora la calle estaba hasta arriba de gente. Pero los lugareños
se habían marchado a casa con sus familias y los visitantes estaban
bebiendo y comiendo en los locales, así que las calles estaban desiertas.
A Kat la sorprendió que el silencio fuera tan agradable. Solo había
experimentado esa sensación con su equipo y quizá con Isolde y con Tess.
—Hemos llegado —dijo Luc, impulsándose para subir la pequeña
rampa empinada que conducía a su puerta. La abrió y se echó a un lado para
dejarla pasar. El calor del interior le hizo cosquillas en el rostro y Kat se
estremeció. Por mucho que le gustara la nieve, no había nada mejor que
entrar en una casa donde hiciera calor.
—Me gusta tu apartamento —comentó—. No sé si te lo dije la última
vez.
Luc se quitó el abrigo y lo dejó en un colgador en la pared, a la altura de
su silla de ruedas. Le indicó un gancho que había encima para que Kat
dejara el suyo. Cuando volvió la mirada, Luc la contemplaba con una
expresión extraña.
—¿Qué? —quiso saber.
Luc tragó saliva, su nuez subió y bajó con fuerza.
—Ese suéter que llevas debería estar prohibido. Me hace desear poder
levantarme solo para mirarte el escote —le dijo con honestidad.
Kat rio.
—Quizá podamos hacer algo al respecto —dijo mientras se inclinaba de
un modo sugerente y tiraba un poco del suéter. Miró los pantalones de Luc.
Claramente, allí había un bulto que no estaba antes, pero no quiso dar nada
por sentado.
—¿Te gustaría tomar una beb…?
—Deberíamos hablar de cómo va a ser el sexo —lo interrumpió Kat.
Los ojos de Luc se entrecerraron mientras sonreía.
—¿Siempre eres tan directa?
Luc
Le había preguntado, así que era obvio que estaba interesada. Luc se tomó
un tiempo para aclarar sus ideas. Sabía, de un modo intuitivo, que su forma
de actuar en los próximos minutos podría cambiar el curso de la velada,
pero sentía que era mucho más importante que eso.
Luc quería, no, «necesitaba» ser sincero con Kat. Quería contarle las
dificultades y las cosas que no sería capaz de hacer. Ni ahora ni nunca.
Tenía que darle la oportunidad de dejarlo pasar si esa era su elección.
Pero también deseaba desesperadamente que se quedara. No por el sexo
—que también, pues quería acostarse con ella más de lo que había querido
acostarse con nadie en la vida, incluso cuando era un adolescente salido—,
sino para conocerla mejor. Quería despertarse por la mañana y ver su
cabello pelirrojo extendido sobre la almohada. Descubrir si era
madrugadora o la clase de persona que apretaba seis veces el botón para
retardar la alarma antes de levantarse.
Luc quería saber todo lo que se pudiera saber sobre Kat. Pero primero
necesitaba compartir con ella ciertas cosas y permitirle que tomara su
propia decisión.
Así pues, le dijo lo que necesitaba hacer para prepararse para el sexo.
No le hizo falta entrar en detalles escabrosos, pero tampoco edulcoró las
peculiaridades de su situación. Kat debía entender que, incluso con una
erección, le llevaría un tiempo estar listo para maximizar sus posibilidades
de éxito e incluso así podría no funcionar. No quería avergonzarla
diciéndole que, si eso sucedía, aún podría cubrir sus necesidades de otra
forma; aunque desde luego, era cierto.
Le explicó que podía tener orgasmos pero no eyacular; ese era el motivo
por el que no era capaz de tener hijos. Le dijo que estaba limpio, que no
había estado con nadie en mucho tiempo y que se hacía chequeos
periódicos todos los meses en el hospital. Kat asintió y Luc se dio cuenta de
que era algo que ella también hacía debido a su trabajo.
Mientras le explicaba todo esto, Kat escuchó en silencio con una
expresión seria y concentrada. Luc ya sabía que lo escucharía, pero ansiaba
descubrir qué estaba pensando. Si decidía quedarse, tenía que asegurarse de
que no lo hacía por caridad o —se estremeció— por simple educación.
Cuando terminó por fin, Luc hizo una pausa y la miró a los ojos.
—Si quieres irte, llamaré…
—Deja de intentar echarme, Luc —le dijo, recostándose en el sillón—.
Venga, ve.
—¿Ve?
Kat asintió y señaló hacia la puerta del dormitorio.
—Ve a prepararte.
—¿Ahora mismo? —preguntó.
Kat asintió y se puso en pie.
—Quizá yo me ponga algo más cómoda mientras espero.
Alzó el suéter y la camiseta que llevaba debajo, exponiendo su pelvis y
su firme vientre. Un instante después, reveló su sujetador.
Luc jadeó. Por algún motivo había supuesto que llevaría un sujetador de
algodón, quizá porque le había dicho que había ido directamente desde el
trabajo. Sin embargo, aquel sujetador era negro, fino y de encaje. Casi podía
entrever sus pezones rosados a través de él. Mientras los miraba, se
empitonaron.
Alargó la mano, incapaz de contenerse, pero Kat se apartó con un
contoneo.
—Primero, prepárate —le dijo—, y luego, jugaremos.
No quería discutir con ella, así que se impulsó con rapidez hasta el
cuarto de baño.
14
Kat
Luc se despertó a las cinco, como siempre. Normalmente, hacía una hora
de estiramientos y yoga antes de empezar con las tareas del día. Lo
ayudaba a mantener los músculos activos.
Aquella mañana, sin embargo, se quedó un rato más en la cama, viendo
cómo dormía Kat. El peso de su cabeza sobre su hombro le recordaba que
aquella mañana todo era distinto.
Sus rizos pelirrojos yacían sobre la almohada, tal como había
imaginado. Dormida parecía más joven, pero a casi todo el mundo le
pasaría lo mismo.
Luc había asumido que tenía treinta y pocos años, como él, pero nunca
se le había ocurrido preguntarlo. Aunque se habían explorado mutuamente
los cuerpos en profundidad, e incluso había compartido muchas de sus
limitaciones y desgracias con ella, aún había muchas cosas de Kat que no
sabía.
«Y algunas que estoy descubriendo».
«Como que ronca».
Sus ronquidos eran un sonido leve y susurrante, y Luc no se cansaba de
escucharlo.
Por fin se retiró un poco, apoyó con suavidad la cabeza de Kat sobre la
almohada y se sentó en la silla. La hizo rodar en silencio hacia el baño,
donde solventó los asuntos matutinos de rigor y se puso de nuevo los
pantalones de chándal.
De vuelta en el dormitorio, Luc bloqueó la silla y bajó al suelo para
empezar su rutina de ejercicios matinales.
Cuando estaba a punto de terminar, alzó la mirada y vio que Kat lo
observaba. Se alegró de llevar los pantalones puestos. A la luz del día, sus
piernas no eran una visión agradable.
—¿Has dormido bien? —preguntó Luc.
Ella asintió. Parecía un poco culpable.
—¿Y tú? Anoche tenía intención de irme para dejarte descansar.
—Hacía años que no dormía tan bien —respondió con sinceridad—. Me
alegro de que te hayas quedado. Dame un minuto y prepararé café.
—Podría acostumbrarme a esto —dijo Kat sonriendo. Mientras estiraba
los brazos, la colcha cayó y dejó a la vista sus hermosos pechos.
Sonrió cuando se dio cuenta de que Luc los observaba, pero volvió a
cubrirse con la colcha. Su cuerpo desapareció al otro lado de la cama.
Cuando volvió a mirar, Kat llevaba la camisa azul que Luc se había puesto
la noche anterior. Le quedaba más larga que a él y le llegaba hasta los
muslos. Solo se había cerrado unos cuantos botones, así que lucía un escote
muy generoso.
Algo se tensó en la entrepierna de Luc. Trató de pensar en otra cosa.
—¿Te importa si me doy una ducha? —preguntó Kat.
Sintió una punzada de vergüenza, pero la superó rápido. Kat ya habría
visto la silla de su ducha y, en cualquier caso, era obvio que no podía entrar
caminando sin más. No tendrían ningún futuro juntos si no estaba dispuesta
a aceptar ese tipo de cosas.
«¿Futuro juntos?».
Estuvo a punto de echarse a reír. ¿Qué lo hacía pensar que iba a querer
compartir el futuro con él? Pero la idea, una vez se le había pasado por la
cabeza, resultaba difícil de olvidar. Si se abandonaba a esa ensoñación,
podía imaginar con facilidad un futuro a su lado.
—¿Luc? —preguntó Kat, indecisa.
Luc asintió con rapidez.
—Por supuesto. Hay cepillos de dientes nuevos en el armario. Por favor,
coge lo que necesites.
La vio desaparecer en el baño. A Kat, la camisa de Luc le quedaba
mejor que a nadie.
Sonó el teléfono. Era un mensaje de Scott.
«Hoy estamos a cinco grados bajo cero».
«¿A qué hora piensas subir?».
Luc tardó un segundo en contestar. Eran las seis. Aún tenía que
ducharse y prepararse y no tenía ni idea de cuáles eran los planes de Kat; se
quedaría con ella tanto como necesitase.
«Sube sin mí. Estaré allí a las diez».
La respuesta fue casi instantánea.
«¿A las diez? ¿No es un poco justo? Hoy empezamos a las once».
«No te preocupes, mamá. Llegaré a tiempo».
Luc fue a la cocina y empezó a hacer café. La máquina de expreso había
sido el principal motivo por el que había alquilado ese apartamento. Se
preparó una taza pequeña y añadió unas gotas de leche. No tenía ni idea de
cómo le gustaba a Kat, así que preparó un café solo y dejó la leche y el
azúcar en la mesa junto a la taza.
Kat salió menos de diez minutos después. Por desgracia, se había
quitado la camisa, pero estaba igual de increíble con la ropa que llevaba la
noche anterior. También olía a su gel de ducha y Luc supo que nunca podría
volver a ducharse sin pensar en ella.
—¿Es para mí? —le dijo, abalanzándose sobre el café.
Luc asintió.
—No sé cómo te gusta.
—Con mucha leche y sin azúcar —le explicó. Tras un par de sorbos, su
expresión se ensombreció—. No te entretendré mucho. Tengo que ir al
trabajo, hoy me toca en Annecy y sé que tú…
—Tengo un evento al que asistir —Luc completó la frase riendo—.
Puedes subirme allí tú misma para asegurarte de que no llegue tarde.
Kat sacudió la cabeza.
—No. Quiero que estés concentrado en el evento al cien por cien y no
en lo que podría pasar entre nosotros después.
—¿Podré llevarte a cenar si gano?
Kat arrugó el rostro.
—Me arrepentí de la broma en cuanto las palabras salieron de mi boca.
Pase lo que pase, cenaré contigo.
Luc alargó el brazo por encima de la mesa para tomar su mano.
—Oye, yo también estaba bromeando.
—Solo quería asegurarme de que lo sabías.
Algente,
final, llegó a las pistas a las nueve y media. Aquel día había menos
probablemente, debido al clima: frío, ventoso y hostil.
A Luc, el frío no le molestaba en absoluto. Estaba muy familiarizado
con él. El viento, sin embargo, era harina de otro costal. Las fuertes rachas,
que de por sí suponían un reto para los esquiadores no discapacitados, eran
diez veces más difíciles de capear subido a un monoesquí.
—Un día de mierda, ¿eh? —dijo su entrenador tras él.
—Deberías haberme avisado. Podría haberme quedado en la cama —
bromeó Luc.
—Te dije que hoy estaría de buen humor, entrenador —dijo Scott,
deslizando su silla tras él.
—Vamos, id hacia el telesilla y calentemos un poco.
—Por favor, deja de decir la palabra «calor» —replicó un tercer atleta
que estaba a sus espaldas.
Ejecutaron un par de pruebas fáciles, en principio, como calentamiento,
pero también para hacerse una idea del viento; si el día parecía ventoso en
las pistas, sería mucho peor cuando saltaran.
El entrenador consultó su teléfono y frunció el ceño.
—No van a cancelarlo —gruñó.
Luc se preguntó si sería capaz de controlar su cuerpo con aquel clima,
sumando los diez kilos de metal que llevaba pegados al tren inferior. El
esquí en monoesquí permitía un margen de error muy inferior al
snowboarding convencional.
Tenía varias opciones. Podía ejecutarlo con cuidado. Un salto fácil y
agradable con una caída suave. También podía hacerlo con fuerza y energía,
como tenía planeado. De acuerdo con las reglas de la competición, la
puntuación del salto de aquel día se sumaría a la del anterior. Luc no podía
garantizar que un buen salto hoy le permitiera ganar la competición, pero
tenía claro cuál sería el resultado de un mal salto.
Una hora después, sentado en la puerta de salida con los estabilos listos
en la mano, aún trataba de decidir qué hacer.
Bajó la mirada hacia la gente que se había enfrentado al frío para asistir
al evento. Esta era su oportunidad de popularizar el esquí adaptado y
demostrar que podía ser un deporte tan excitante como el que practicarían
por la tarde tanto Casco como los otros esquiadores no discapacitados.
Sin embargo, mentiría si no admitiera que ahora era más cauteloso.
Había aprendido la lección y no podía permitirse nuevas lesiones.
Se giró para mirar el panel electrónico que mostraba métricas clave. Las
ignoró todas excepto la de la zona inferior izquierda.
«Velocidad del viento: 35 km/h».
«No es tan terrible como pensaba».
Aún tenía a dos personas por delante. La primera era el atleta coreano
que había conocido durante su primer día en la ciudad; se llamaba Jong Su.
Luc contuvo el aliento mientras Jong Su despegaba. Su equilibrio se vio
afectado por el viento, pero logró compensarlo con los brazos y aterrizó sin
problemas. Aunque había sido un buen salto, no le haría ganar ninguna
medalla aquel día.
Luc confirmó la decisión que en realidad ya había tomado de forma
inconsciente: iba a darlo todo y a ejecutar el salto que llevaba entrenando
todos esos meses.
Cuando llegó su turno, tomó posición. Respiraba a través de la nariz —
una inhalación lenta y profunda seguida de una exhalación también lenta—
una y otra vez. Sintió como la tensión abandonaba su cuerpo y pasaba a
estar tranquilo y concentrado.
En cuanto sonó la señal, Luc se impulsó hacia delante. Puso a prueba el
filo de los esquís con cuidado de no frenar mientras se acercaba a la rampa.
Se abandonó al vuelo, ganando primero tres metros y luego, seis; subió
cada vez más alto y orientó su cuerpo de lado para completar el primer spin.
Siguió girando, posicionándose para ejecutar un cork 540.
Mientras completaba el último spin, Luc vio el suelo aproximándose a
toda velocidad. Estaba cerca, mucho más de lo que pensaba o esperaba. El
viento lo había hecho perder altitud y velocidad durante los spins.
Empezó a ver el mundo a cámara lenta. Resistió el impulso de agitar los
brazos, sabiendo que con ello solo conseguiría caer de cabeza. En cambio,
relajó el hombro dominante y se inclinó más, forzando el spin.
Su cuerpo se enderezó, pero no con la suficiente velocidad. El suelo
seguía acercándose cada vez más rápido.
«Demasiado tarde».
«Demasiado lento».
«No vas a conseguirlo».
Luc hundió la barbilla en el pecho tratando de proteger su cuello del
impacto.
Milagrosamente, logró completar el spin y aterrizó escorado sobre el
borde de su esquí. No era un buen ángulo y Luc no era lo bastante fuerte
para enderezarse desde aquella posición, pero los esquís absorbieron buena
parte del impulso y la velocidad; cuando cayó de lado un momento después,
supo que no se había hecho nada grave.
Aun así, el impacto lo dejó sin aliento. Se golpeó en el hombro. Aún
tenía el mentón hundido contra el pecho mientras descendía la pendiente
fuera de control.
Por fin, se detuvo. Al principio, Luc no pudo oír nada que no fuera el
pitido de sus oídos. Luego empezó a escuchar la voz del comentarista
deportivo y supuso que había estado hablando durante todo el tiempo.
—¿Han visto a Fournier volar? Qué preciosidad de cork 540. Por
desgracia, no ha aterrizado limpiamente. Está en el suelo pero se mueve.
Ojalá se encuentre bien.
Luc se concentró en respirar a pesar de la rigidez en el pecho. Hasta
donde él sabía, no se había roto nada.
—Fournier. Luc. ¿Puedes oírme?
Luc reconoció al hombre alto y rubio arrodillado junto a él. Era el
compañero de trabajo de Kat, aunque no recordaba su nombre.
«¿Cómo ha llegado tan rápido?».
O se había quedado inconsciente o la percepción del tiempo le había
jugado una mala pasada.
Una segunda persona apareció tras él con el semblante pálido.
«Mi entrenador».
«La caída debe de haber parecido más grave de lo que es».
—Estoy… bien —dijo Luc cuando pudo volver a hablar. Saboreó la
sangre y se pasó el borde de la lengua por los dientes para asegurarse de que
no se la había arrancado de un mordisco.
—¿Cómo puedo sacarte de este cacharro? —dijo el hombre rubio con
frustración.
Luc giró el hombro con cautela. Dolía, pero era soportable.
«No tengo nada roto».
Pero, por supuesto, no podía levantarse solo.
—Simplemente, ayúdame a levantarme.
—Acabas de sufrir una señora caída —dijo su entrenador—. ¿Por qué
no esperas a que…?
—Estoy bien, de verdad. Solo ayudadme a enderezar mi esquí y me
apartaré yo mismo.
Su entrenador y el gigante rubio intercambiaron una mirada. Algo en el
tono de Luc debió convencerlos, porque el hombre rubio se puso detrás de
su monoesquí y lo alzó sin esfuerzo. Luc se percató de que no lo soltó a
pesar de que había apoyado los estabilos firmemente sobre la nieve.
—Estoy bien —confirmó.
El rubio se encogió de hombros.
—¿Y si vamos a la zona de primeros auxilios y hablamos un poco?
Recordó que Kat le había dicho que aquel hombre era médico.
—He dicho que estoy bien —repitió entre dientes.
Como ya no estaba preocupado por su estado de salud, Luc se sentía
cada vez más enfadado consigo mismo por el error de cálculo que había
cometido.
El hombre rubio bajó la voz.
—¿Qué tal si vienes conmigo y así no tengo que explicarle a Kat que
has rechazado la asistencia médica?
Luc soltó una carcajada que le produjo un fuerte dolor en las costillas.
—¿Me estás chantajeando?
—Llámalo como quieras.
—Vale, de acuerdo. Llévame. —Luc se giró hacia su entrenador—.
Estoy bien. Quédate aquí y cuéntame qué tal lo hace Scott.
Su entrenador posó la mano sobre él.
—Lo siento, Luc. Fue un cork 540 precioso.
Luc se encogió de hombros, lo que le produjo una nueva oleada de
dolor. Iba a necesitar un poco de hielo en la zona.
De camino a la tienda, miró la tarjeta de identificación de aquel hombre.
«Melkopf».
Entonces recordó su nombre.
«Jens».
—¿Por qué te ha dicho que lo sentía? —preguntó Jens.
—Porque pierdes los puntos si no aterrizas bien después del salto, y yo
no lo he hecho.
—¿Así que no te han dado ningún punto por el salto? —Jens silbó—.
Lo lamento.
—No pasa nada. El de ayer fue bueno, así que mantendré esa
puntuación, pero no es suficiente para ganar.
—Estás cargando tu hombro derecho en exceso —dijo Jens, invitando a
Luc a entrar en la tienda blanca. El interior estaba organizado casi como una
ambulancia.
—¿Estás solo aquí?
—Mi compañero ha ido a buscar más material. Hoy hemos tenido un
montón de torceduras.
—Pero Kat está en Annecy, ¿verdad? —preguntó Luc.
Jens sacudió la cabeza.
—Estoy aquí con Hiro y Bailey.
—Me alegro de que no lo haya visto.
—Por aquí las noticias vuelan. Deberías llamarla. Eso sí, después de
que le eche un vistazo a tu hombro.
16
Kat
KatJensentrótambién
en el bar. Luc la había llamado para asegurarle que estaba bien.
lo había confirmado, pero, aun así, necesitarlo verlo
—«verlo»— con sus propios ojos.
A su alrededor había un montón de pantallas mostrando distintos
eventos deportivos. Confió en que ninguna mostraría lo ocurrido aquella
mañana; no quería ver el accidente de Luc. Escucharlo ya había sido
bastante malo.
Luc estaba sentado en una mesa, acompañado por dos hombres y una
mujer. Tanto él como uno de los hombres estaban en silla de ruedas.
—Hola —dijo con un hilo de voz. De pronto, se sentía tímida.
—Kat. —El rostro de Luc se iluminó. Sacó la silla que estaba contra la
mesa y la giró hacia ella—. Al final has podido venir.
Mientras apuntaba a las personas de la mesa siguiendo el sentido de las
agujas del reloj, dijo:
—Kat, te presento a Jong Su, de Seúl. Esta es su novia, Chan-mi. Y ese
es Scott, uno de mis mejores amigos y el ganador de la competición de hoy.
Estamos celebrando su victoria.
—Lo que estamos celebrando es que Luc aún está con nosotros y es
capaz de sostener su cerveza —bromeó Scott.
Kat palideció.
—Capullo —susurró Luc en dirección a Scott. Su amigo se limitó a reír.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó Kat, mirando a Luc de arriba
abajo. Jens le había dicho que tenía magulladuras en hombros y costillas.
—Estoy bien. De verdad.
Kat asintió.
—Encantada de conoceros a todos. Soy Kat.
—Lo sabemos todo sobre ti —dijo Jong Su interviniendo por primera
vez en la conversación. Su voz sonaba entrecortada—. Luc no deja de
hablar de ti.
—Espero que solo diga cosas buenas —respondió Kat en broma.
Todos rieron.
—Así que has ganado la competición —dijo, dirigiéndose a Scott—.
Felicidades.
Trató de imprimir a esa palabra de tanto entusiasmo como pudo, pero su
mente estaba en otra parte. Llevaba así todo el día, desde que se había
enterado de la caída de Luc.
La competición había terminado. Jens ya le había contado que su
exnovio había ganado también. Eso quería decir que Jacques abandonaría
pronto Chamonix.
Kat tendría que estar encantada, pero no podía dejar de pensar en Luc.
Se preguntó si él también se marcharía. Nunca habían hablado de ello, pero
era la conclusión más lógica.
—Deberías felicitar a Luc. Quedó segundo y eso que no ganó ningún
punto por el segundo salto.
Un hombre grande se acercó a la mesa.
—Entrenador Legrand —dijo Luc—, le presento a Kat Barreau.
—Señorita Barreau —dijo el hombre con galantería—, es un placer
conocerla. Siento interrumpir la celebración. Solo quería informaros a todos
de que ya hay fecha para la ceremonia de entrega de premios.
Scott gimió.
—¿Por qué no se limitan a hacerlo en las pistas…?
El entrenador se encogió de hombros.
—Será el próximo jueves por la noche, en el Grand Hôtel des Alpes.
Vendrá una personalidad importante y será ella quien entregue un cheque
bien grande a ABL International, la ONG que financia los Juegos de la
Victoria. Y, por supuesto, entregará otro a cada uno de los ganadores.
—ABL International hace un gran trabajo con niños con lesiones en la
médula espinal —le explicó Luc a Kat.
El entrenador Legrand se fue poco después con la excusa de que debía
viajar a la mañana siguiente.
—Así que tenemos por delante cinco días sin nada que hacer —se quejó
Scott—. Supongo que da tiempo a esquiar un poco más.
Kat estaba a punto de ofrecerles algunas ideas sobre cosas que podían
hacer en Chamonix cuando el vello de su nuca se erizó. Se giró justo a
tiempo de ver a Jacques entrando en el bar con tres de sus colegas.
Luc
Luc percibió el cambio que se operaba en Kat y siguió la dirección de su
mirada hasta la puerta. No lo sorprendió ver a Casco —Jacques, lo había
llamado Kat— entrando en el bar.
Luc cerró la mano, formando un puño.
—¿Kat? —dijo en voz baja.
Kat lo miró algo confusa. Al fijarse en su pálido cuello, vio que tragaba
saliva dos veces.
—¿Quieres que nos vayamos?
Incluso mientras negaba con la cabeza, Luc comprendió que irse no era
una opción. Jacques había dejado a sus colegas en la barra y se dirigía hacia
ellos; en concreto, hacia Kat. Llevaba vaqueros rotos y un suéter oscuro de
cuello de cisne que le quedaba grande y que, de nuevo, resultaba
completamente inapropiado para la temperatura del exterior.
Kat se puso de pie y Luc giró la silla para colocarse a su lado. Veía lo
mucho que le costaba mantener la calma. Cuanto más cerca estaba Jacques,
más temblaba Kat.
«¿Qué te hizo?».
Luc nunca se había considerado una persona violenta, pero en aquel
momento deseó darle una paliza a Jacques.
«Si esto fuera una película de esas que emiten en Hallmark, ahora es
cuando recuperaría la movilidad en las piernas y me pondría de pie para
protegerla».
Pero, por supuesto, eso no iba a ocurrir. Luc reposicionó la silla para
situarse ligeramente frente a Kat justo en el momento en el que Jacques
llegaba a su altura.
Aunque se había puesto tan blanca como la pared que tenía detrás, Kat
se irguió un poco más y Luc experimentó un orgullo momentáneo. Kat no
quería que Jacques supiera lo mucho que la afectaba su presencia.
Jacques se detuvo a unos centímetros. Se habría acercado aún más si la
silla de Luc no hubiera estado en medio.
—Kat —dijo con voz grave.
—Jacques. —Kat no estaba dispuesta a ceder lo más mínimo.
—¿Puedo hablar contigo en privado?
«Por encima de mi cadáver».
Kat pareció entrar en pánico, pero fue solo un momento.
—No lo creo. Lo que vayas a decirme puedes decirlo delante de mis
amigos.
Jacques asintió, un gesto exagerado que culminó cuando su pelo cayó
sobre sus ojos. Se lo echó hacia atrás con indiferencia.
—Hoy he ganado en mi categoría.
—Ya lo he oído. Felicidades.
Jacques carraspeó una vez y luego otra.
Kat siguió manteniendo una expresión pétrea, esperando a que
continuara.
—¿Qué quieres de mí, Jacques? —dijo por fin. Aunque sus manos
temblaban, su voz era firme.
—Quiero disculparme, así que lo haré. Lo siento.
Kat abrió la boca de par en par en una expresión cómica, pero no emitió
ningún sonido.
—Siento haberte asustado. Siento haberte tratado mal. Durante todos
estos años, nunca he parado de pensar en ti y en lo que hice. Cuando volví a
Chamonix, pensé… Pensé que podríamos tener una segunda oportunidad.
Esperaba que te dieras cuenta de que quien hizo todo eso no era yo, Kat. No
es ninguna excusa, pero estaba tomando cosas para mejorar mi rendimiento
y luego otras cosas para poder relajarme…
La expresión de Kat se endureció.
—Te refieres a drogas. ¿Así que fueron las drogas las que me golpearon
esa noche? —susurró con frialdad.
Luc sintió como le subía la presión sanguínea. Solo veía rojo.
«¿La golpeó?».
Jacques suspiró y bajó la voz todavía más.
—No, fui yo. Y lo siento. Sé que no podemos pasar página después de
lo que hice. Me iré de Chamonix la semana que viene después de la
ceremonia. Solo quiero que sepas que ya no soy esa persona. Y que lo
siento.
Kat se tambaleó y se agarró al respaldo de la silla de Luc.
Tragó saliva, su cuello pálido se movió, pero no dijo nada.
Jacques se giró hacia Luc. Por una vez, su cara no denotaba burla.
Había un dolor muy real en los ojos de aquel hombre, lo que no evitaba que
Luc quisiera arrojarlo al suelo y reventarlo a puñetazos.
«La golpeó».
—Hoy has hecho un cork 540 impresionante, Fournier. Una pena lo de
la caída. —Se giró hacia Scott—. Enhorabuena por la victoria, Reynolds. Te
veré en el escenario la semana que viene.
Jacques volvió a mirar a Kat, que seguía inmóvil como una estatua.
—Lo siento —repitió, y luego se giró y se fue. Tuvo una conversación
rápida en la barra con sus tres amigos y, momentos después, se marcharon
juntos.
Kat se inclinó hacia Luc. Podía sentir como su cuerpo temblaba. Había
una silla a su lado, pero Luc no la guio hacia allí. En cambio, tiró de ella
con delicadeza para dirigirla sobre su regazo. Kat se sentó y apoyó la cara
sobre su hombro. Él la envolvió con los brazos, protector.
«¿Te golpeó?».
Había muchas cosas que quería preguntar, pero sabía que no era el
momento.
—¿No peso demasiado? —susurró Kat.
—No —le confirmó. Su confianza era un regalo. No le recordó que era
incapaz de sentir su peso sobre sus piernas, pero eso no quería decir que no
pudiera sentir su presencia y su calor.
—Lo siento —se disculpó—. Esto ha sido un poco… demasiado.
—Tómate tu tiempo —le dijo—. Scott, Jung Su y Chan-mi han ido a
por bebida. Solo estamos tú y yo.
Kat asintió y enterró el rostro aún más en su hombro. Aún podía
detectar el olor de su champú en su cabello.
Un par de minutos después, su cuerpo se puso rígido. Luc la soltó de
inmediato y Kat se puso en pie.
—No quiero hacerte daño.
—No vas a hacerme daño. —Podía hacérselo, claro estaba, pero solo si
se quedaba sentada durante horas, no unos minutos.
—¿Me llevarías a casa, por favor?
Luc asintió con rapidez.
—Por supuesto.
Una vez en la calle, con los abrigos, las bufandas y los gorros puestos,
Luc se detuvo.
—¿Dónde vamos?
Kat apuntó hacia el este.
—Vivo a unos minutos de aquí.
—¿Sabes por qué sugerí mi apartamento la primera noche? —preguntó.
Kat sacudió la cabeza—. Supuse que vivirías en un cuarto piso sin ascensor
y que pasaría media noche tratando de subir hasta tu casa.
Kat se mordió el labio y sonrió.
—Podrías haberme preguntado. Mi apartamento está en una segunda
planta, pero el edificio tiene ascensor. Lo medí el otro día, no hay ningún
problema.
Luc sintió como su pecho se hinchaba de placer.
—¿Mediste el ascensor?
Kat asintió y dejó escapar un leve suspiro.
—Ya sabes, por si acaso. Hay que subir tres escalones para entrar en el
edificio, pero…
—Puedo enfrentarme a tres escalones —le aseguró.
Kat
Nunca antes había pensado en los tres escalones que había frente a su
edificio, pero ahora los miró y se preguntó cómo iba a subirlos Luc.
Se mordió los labios y se preguntó si podía hacer algo para ayudarlo.
—Al menos hay una barandilla —dijo Luc sonriendo. Se puso de
espaldas a los escalones, empujó la silla contra el primero y luego echó la
mano izquierda hacia atrás para agarrar la barandilla. Tras inclinar la silla,
hizo fuerza con una mano en la barandilla y la otra en la rueda para superar
el primer escalón; luego repitió el mismo gesto con el segundo.
Unos instantes después, estaba mirando a Kat desde lo alto de las
escaleras.
—¿Vas a venir? —bromeó.
Kat lo condujo hasta su apartamento mientras se preguntaba qué
impresión le causaría. Aunque había vivido allí durante los últimos cinco
años, no era mucho más hogareño que el suyo.
—No soy muy aficionada a la decoración de interiores —se disculpó.
—Al menos no tienes alfombras —le dijo mientras pasaba con la silla
de ruedas—. Me gustan las vistas.
—A mí también. Por eso alquilé este lugar. Las montañas siempre me
han hecho sentir… en casa. —Kat se quitó las botas y se quedó plantada
frente a él. Llevaba calcetines desparejados; uno era verde y el otro, negro
—. ¿Quieres beber algo?
Luc sacudió la cabeza.
—¿Te importa si nos sentamos durante un minuto en tu sofá?
Sus gruesos brazos y sus anchos hombros se endurecieron mientras se
trasladaba al sofá. Recolocó sus piernas con cuidado y luego miró a Kat,
que se sentó junto a él.
—Necesito preguntarte algo. No tienes por qué contestar, pero necesito
preguntarlo.
Kat asintió. Ya sabía de lo que quería hablar.
—Jacques te pegó. —Fue una afirmación, no una pregunta.
—Fue hace mucho tiempo. Yo era joven y Jacques era… controlador.
Un día se le cruzaron los cables.
Luc apretó los puños.
—Cuando lo he oído decirlo hoy, me han entrado ganas de matarlo.
—No sé si he reaccionado bien esta noche. No esperaba una disculpa, y
no estoy segura de estar lista para aceptarla. —Rio en voz baja—. Aunque
quizá debería. Ocurrió hace mucho tiempo y fue algo que me hizo más
fuerte.
—Dios, Kat, siento que hayas tenido que pasar por eso.
—Forma parte del pasado.
Kat se apoyó sobre el hombro de Luc.
—¿Quieres saber cuál es mi nombre completo? —le dijo tratando de
cambiar de tema.
—Ya sabes que sí —dijo Luc, aunque su tono de voz dejaba claro que
sabía exactamente lo que pretendía hacer.
—Te lo diré, pero tienes que prometerme que nunca me llamarás así. No
se lo permito ni a mis padres.
—Ahora sí tienes toda mi atención. ¿Katelyn? ¿Katalina?
Alzó la cabeza para mirar sus profundos ojos azules.
—Sería tentador dejarte seguir, pero nunca lo adivinarías.
—Entonces, dímelo. Quiero saberlo todo sobre ti, Kat —dijo con
sinceridad.
—Hekate.
Luc abrió la boca de par en par.
—¿Hekate?
—A mi padre le encantaba la mitología. Es la diosa griega de la magia y
la brujería.
—Guau…
—Ya. Supongo que mi madre no estaba de humor para discutir con él
tras veinte horas de parto, pero al menos se aseguró de que la gente siempre
me llamara Kat.
Luc rio.
—No sé, la verdad es que Hekate me gusta.
—Ni se te ocurra —gruñó Kat.
Luc alzó las manos, rindiéndose en broma.
—De acuerdo. Lo reservaré para ocasiones especiales.
—Es mi turno de preguntarte algo —le dijo, y se dio cuenta de que su
voz había adoptado un tono dubitativo que no le gustó.
—Puedes preguntarme lo que quieras, Kat.
—El otro día, cuando hablamos sobre… sexo…, hubo cosas que no
tratamos.
Él asintió, animándola a continuar.
—Si quisiera… —Se detuvo y se pasó la lengua por los labios. Luc la
tomó de la mano.
—¿Si quisieras qué, Kat?
—Si quisiera hacerte una mamada —habló a toda velocidad—. ¿Lo
sentirías?
Luc rio.
—Guau. Por un momento me has preocupado. Diablos, sí. Claro que lo
sentiría. Me estás haciendo desear que no sea una pregunta teórica.
—No lo es —le prometió mientras le pasaba la mano por la camisa de
manga larga—. ¿Te puedo quitar esto?
Luc asintió y movió los brazos para ayudarla. Un enorme moratón
negro y púrpura afeaba su pecho desnudo.
—Eso debe de doler —comentó Kat.
—Tu compañero le echó un vistazo en las pistas y luego otra vez en el
hospital. Es solo un moratón.
—Me alegro. También me alegro de no haberlo visto.
—Solo fue una caída. ¿Por qué no volvemos a donde estábamos antes y
te quitas tú también el suéter?
Kat forcejeó con la ropa. El gemido de Luc al ver su sujetador de encaje
negro le hizo alegrarse de haberlo elegido aquella mañana.
Luc pasó el pulgar por el borde de la lencería y ella jadeó en respuesta.
—Eres tan hermosa —dijo con reverencia. Pellizcó sus pezones
suavemente, prestando atención a su rostro para emplear la presión justa,
aquella con la que más disfrutaba.
Kat quería acercarse más a él y se subió a horcajadas. Luc la detuvo con
suavidad, apoyando las manos sobre la parte superior de sus brazos.
—Eh, Kat. Antes de seguir, necesito usar tu baño.
Kat se puso de pie tan rápido que estuvo a punto de caerse.
—Por supuesto. Lo siento. He tomado medidas de todo el baño.
«Debería» ser accesible. Pero si no, puedo…
Los labios de Luc se curvaron en una suave sonrisa mientras volvía a
sentarse en la silla. Sin camiseta, sus músculos parecían perfectos.
—¿No solo has medido el ascensor, también el baño? Relájate. Te
avisaré si necesito ayuda.
17
Luc
Ellebaño de Kat era bastante angosto y no tenía ninguna de esas barras que
simplificaban la vida, pero Luc logró apañárselas.
No podía dejar de pensar en lo que había dicho Kat. Había medido el
ascensor y el baño por él. Porque quería que fuera a su casa.
La idea le produjo casi tanto placer como pensar en la felación. Luc
también quería besarla por todas partes. Esta vez, se tomaría el tiempo
necesario para complacerla.
Volvió a sentarse de nuevo en la silla sin molestarse en ponerse otra vez
los vaqueros. Con suerte, no los necesitaría durante un rato.
Kat estaba en el sofá donde la había dejado, apoyada sobre los cojines y
con los ojos cerrados. Aún estaba en toples y también se había quitado los
vaqueros; estaba completamente desnuda a excepción de un fino tanga
negro que contrastaba con su piel pálida.
«Por favor, dime que no está dormida».
Kat abrió los ojos y se pasó la mano por las tetas, por turnos. Mientras
la miraba, sus pezones sonrosados se endurecieron.
—Te he echado de menos.
Luc volvió a subir al sofá con rapidez.
—¿Por dónde íbamos? Quítate eso —gruñó.
—¿Esta cosita? —susurró Kat, pasando el pulgar por el borde superior
del tanga—. Quizá quieras hacer los honores.
Mientras Luc le bajaba el tanga, Kat tiró también de sus calzoncillos.
Tocó sus piernas inútiles con las manos. Luc descubrió que no le importaba
que lo tocara ahí. No le importaba que lo tocara en cualquier parte.
Pronto, ambos estuvieron desnudos. Ella se subió sobre él, acercando
sus senos a su cara. Sin perder un segundo, se metió un pezón en la boca y
lo chupó con delicadeza.
Agarró el otro seno con la mano y reprodujo los movimientos de su
boca con el pulgar y el índice.
—Sigue —le pidió mientras se contoneaba contra su cuerpo. Era una
sensación deliciosa y su polla se endureció. Luc mantenía casi toda la
sensibilidad en su miembro, algo que nunca iba a agradecer tanto como en
aquel momento.
Kat descendió hasta que tuvo su polla frente a ella. Le dio un suave beso
en la punta, abrió sus exquisitos labios y se la metió en la boca. Lo hizo
lentamente, como si supiera lo mucho que disfrutaba mirándola.
Aquella sensación tan intensa provocó un estremecimiento en Luc. Kat
osciló arriba y abajo, chupando, besando y acariciando cada centímetro,
tanto con las manos como con la boca. Si seguía así, Luc iba a tener un
orgasmo.
—Oh, Dios, Kat. Gírate —le ordenó—. Yo también quiero saborearte.
Kat se dio la vuelta con cuidado hasta que tuvo su sexo delante de su
cara.
—Voy a aplastarte.
—Entonces, moriré feliz —rio Luc, dándole una palmada juguetona en
el trasero—. Vamos, inclínate.
En aquella posición podía oler su excitación. Veía la punta brillante de
su clítoris, reclamando su atención.
Luc lo lamió con suavidad mientras ella seguía chupándosela. Gimió
frente a su coño y Kat apretó los músculos. Introdujo un dedo y redobló sus
esfuerzos, sabiendo que ya estaba cerca.
—Luc, voy a…
—Vamos a corrernos juntos. Ahora, Kat, ahora —gimió Luc.
Sintió como sus músculos internos se apretaban contra su dedo y su
lengua. Su propio orgasmo llegó unos segundos después.
—No pienso moverme jamás —le dijo tras darse la vuelta y apoyar la
cabeza sobre su hombro. Un par de minutos después, rio mientras se
levantaba a coger una manta con la que cubrirlos a ambos.
Mientras Luc se quedaba dormido junto a ella, se preguntó si podrían
repetirlo por la mañana.
18
Kat
Katunaapuró con ganas la segunda taza de café. La noche anterior había sido
de las mejores de su vida, pero ni ella ni Luc habían dormido
demasiado. Al final, se habían pasado del sofá a la cama, pero, aun así,
dormir era lo último que se les había pasado por la cabeza.
«Por supuesto, Luc se puede permitir quedarse en la cama esta mañana,
pero yo tengo que asistir a otra de esas reuniones que ponen a las ocho».
—¿Otra reunión de buena mañana, commandant? —se burló Drake,
entrando con su propia taza de café—. ¿Qué ocurre?
Damien posó la mirada en cada una de las personas del cuarto… y
también en Bailey, sentada entre las piernas de Hiro.
—A estas alturas, probablemente, todos sabréis que la ceremonia de los
Juegos de la Victoria se va a celebrar en un hotel del centro.
La mayor parte de los presentes asintió.
—Pero puede que no sepáis por qué se ha retrasado —siguió Damien.
Kat recordó lo que les había dicho Legrand, el entrenador de Luc, la
noche anterior. Algo sobre que iba a acudir una persona importante. Deseó
haber prestado más atención.
—Parece que una de las fundadoras de AirLess estará presente. La
señora Larsen es una de las patrocinadoras de ABL International y todos los
años trata de asistir a uno de sus eventos.
—¿Y ha elegido el de la semana que viene? Qué afortunados somos…
—comentó Gael con frialdad.
—¿AirLess? Es una aerolínea low cost, ¿no? —preguntó Kat.
—Los Larsen son una de las parejas más ricas de Noruega. Han ganado
su fortuna gracias al petróleo —explicó Jens—. Hace poco han estado
involucrados en un escándalo importante por invertir su dinero en una
nueva aerolínea en lugar de en otra industria menos contaminante.
—La señora Larsen traerá consigo su propia seguridad, por supuesto,
pero la ciudad necesita garantizar que estará a salvo y que no habrá
problemas durante el evento —dijo Damien mientras se frotaba la sien con
dos dedos. Kat supuso que su jefe ya habría asistido a muchas reuniones
con el alcalde y con Yvette Legrand, su jefa de personal. No le extrañaba
que le doliera la cabeza.
—Y esto nos concierne porque… —empezó Drake.
Damien miró a su segundo al mando con mala cara.
—Espero que todos tengáis esmóquines, porque somos parte del equipo
que asistirá para garantizar que todo sale a la perfección.
—¿Has oído eso, Bailey? Vamos a caminar por la alfombra roja —
bromeó Hiro, acariciando con cariño la cabeza de la pastor holandés. Esta
agitó la cola muy fuerte sobre el suelo de madera.
—Concentrémonos, equipo. Sé que no es la forma en la que querríais
invertir el tiempo, pero solo es una noche. Algunos de nosotros asistiremos
como invitados. El resto se quedará fuera junto al equipo de Annecy y otro
que van a enviar desde París.
—Tú conoces a uno de los atletas, ¿no, Kat? —preguntó Drake—. Así
que puedes conseguir una invitación.
—Puedo ir con Luc —confirmó Kat, mirando a los hombres por turnos
—, pero no voy a mentirle al respecto.
Damien asintió.
—De acuerdo. Pero tiene que ser discreto. Nadie más debe saber por
qué estás allí. El alcalde nos ha invitado a mi mujer y a mí —prosiguió
Damien—. Drake, Gael, vosotros haréis el papel de aparcacoches. Hiro, tú
y Bailey os quedaréis fuera con Beau y el resto del equipo de Annecy.
Drake y Gael sonrieron como si les hubiera tocado la lotería.
—¿Significa eso que nos darán uniformes y no tendremos que
preocuparnos de nada?
—¿Por qué a Bailey y a mí nunca nos invitan a las fiestas? —preguntó
Hiro.
—Quizá porque es tan guapa que llama demasiado la atención —sugirió
Kat.
Bailey ladeó la cabeza y se incorporó, consciente de que todos estaban
hablando de ella.
—Tenemos cuatro días para prepararnos. Aseguraos de que tenéis ropa
adecuada para la ocasión. Mañana hay una videollamada con el equipo de
seguridad de Larsen y los organizadores, y todos tenemos que estar
presentes.
—Soy consciente de que es una persona importante, commandant —
intervino Kat—. ¿Pero qué es lo que le preocupa tanto?
—Los Larsen han recibido muchas amenazas graves durante los últimos
meses, por eso están tomando más precauciones de lo habitual. Pero este es
un evento de poca entidad para la señora Larsen. No hay motivos para creer
que vaya a haber ningún problema.
«De lo contrario, Damien no dejaría que Tess se acercara al edificio».
Entonces frunció el ceño.
—Así que, básicamente, durante la velada vamos a ser niñeras venidas a
más.
—Algo así.
—De acuerdo. Llamaré a tu esposa, a ver si me ayuda a elegir un
vestido. Puede que ella también necesite uno. Y vamos a enviar la factura a
la oficina del alcalde —le advirtió Kat.
Damien rio.
—Estoy seguro de que Tess estará encantada de ir de compras contigo.
19
Kat
Enunirse
efecto, a Tess le gustó la idea de ir a comprar vestidos e Isolde decidió
a ellas.
—¿Estás segura de que no quieres venir también al evento, Isolde?
—No suelo cenar últimamente. Es la hora a la que el pequeñín suele
activarse. — Isolde se dio unas palmaditas en la tripa—. Con suerte, la cosa
se calmará durante el segundo trimestre, pero para entonces pareceré una
ballena.
—Estarás estupenda, como siempre —dijo Tess.
Cuando sus amigas discutían temas de embarazo y de niños, Kat dejaba
de escuchar; nunca iba a encontrarse en esa situación, así que no merecía la
pena prestar atención. Sin embargo, por primera vez, se sorprendió al
pensar cómo sería llevar una nueva vida en su interior.
«Un bebé con los brillantes ojos azules de Luc».
«¿De dónde diablos ha salido esa idea?».
Algo en su interior se encogió cuando recordó el semblante serio de Luc
al revelarle que no podía tener hijos.
«Sería un padre estupendo».
Volvió al presente y se dio cuenta de que Tess e Isolde la observaban
esperando a que dijera algo.
—Perdonad, no he oído lo que me habéis dicho —se disculpó.
Isolde le señaló un vestido del perchero.
—Te estábamos preguntando qué te parece este.
Kat miró el vestido de noche largo y negro con cautela. No parecía dejar
mucho a la imaginación.
—Para Tess, ¿no?
Tess se echó a reír.
—No, para ti. Vamos, cógelo. Y este, también. Seleccionaremos unos
cuantos para que te los pruebes de una sola vez.
Kat rio.
—De acuerdo. Pero no demasiados, no quiero estar aquí toda la tarde.
Al final sí que estuvieron toda la tarde. Tess e Isolde resultaron ser
compañeras de compras perfectas. No solo ayudaron a Kat a elegir un traje
de noche apropiado para la ocasión, también a seleccionar aquellos que le
permitirían más libertad de movimientos.
«Por si acaso».
Dejó el vestido negro para el final. Era precioso, con un cuello en uve, y
estaba fabricado con algún tipo de crepé brillante que acentuaba sus curvas.
—Eh, no creo que pueda llevar sujetador con esto.
—No, definitivamente, no —coincidió Tess.
Isolde rio.
—Por el lado positivo, podrás llevar la pistola ajustada con una correa al
muslo o donde prefieras. Todas las miradas van a estar concentradas en tus
tetas.
—Genial, justo lo que necesito.
—Levántate el pelo así —propuso Tess, tomando los rizos de Kat para
moldear su cabello en forma de coleta alta.
—Estás increíble —susurró Isolde.
Kat se miró en el espejo. Apenas se reconocía.
«¿Le gustará a Luc?».
—Vas a dejarlo boquiabierto, Kat.
Kat enrojeció. Estaba bastante segura de que no lo había dicho en voz
alta.
—¿A quién?
—A Luc Fournier, por supuesto. Os hemos visto juntos por la ciudad.
Eso no es una amistad.
—O quizá sí —intervino Tess—, pero también parece algo más.
—Es algo más. Luc no es como ningún otro hombre que haya conocido.
Me hace…
«Me hace desear cosas que nunca creí que merecería».
«Me ve tal y como soy».
—Si no puedes ni terminar la frase, es que te ha dado fuerte. Te lo dice
alguien que ha pasado por algo parecido hace solo unos meses…
Kat sabía que Isolde y Drake habían tenido sus problemas —ambos
habían estado a punto de perder la vida, de hecho, poco después de empezar
su relación—, pero viéndolos ahora era imposible no imaginarlos juntos.
La situación entre Luc y Kat era distinta. Kat se detuvo a pensarlo un
momento.
—¿Va a poder caminar algún día? —preguntó Tess, ruborizándose un
poco. Kat agradeció que su amiga se sintiera lo bastante cómoda en su
presencia como para hacer esa pregunta.
—No. Nunca va a volver a caminar —respondió. Luc había sido
honesto desde el principio.
Kat reflexionó sobre el asunto. De todas las cosas que le preocupaban, y
había muchas, el hecho de que Luc estuviera en una silla de ruedas ni
siquiera formaba parte del top diez.
La mayor parte de esas preocupaciones tenían que ver con ella, no con
Luc. Sabía de primera mano el dolor que conllevaba confiar en la persona
equivocada. Había pasado toda su vida adulta sabiendo que nunca se
enamoraría y que jamás compartiría su vida con nadie. Pensar que estaba
incluso considerando la alternativa era… algo confuso.
Por supuesto, Luc solo estaba de paso por Chamonix, mientras que toda
la vida de Kat estaba allí. Mejor dicho, su trabajo estaba allí y era lo que
daba sentido a su vida.
—Su silla de ruedas no me preocupa. De hecho, hace más cosas que
mucha de la gente que conozco con dos piernas funcionales. —Kat sacudió
la cabeza y echó un último vistazo al espejo—. Creo que este es el
adecuado.
—Lo es, sin duda. Vas a estar preciosa.
20
Kat
«Preciosa, quizá».
«Pero voy a congelarme antes de llegar».
Kat apretó el chal contra su cuerpo con una mano y tiró del vestido con
la otra, asegurándose de que sus tetas aún seguían tapadas.
Había quedado con Luc en su casa para ir juntos hasta allí, pues solo
estaba a un par de calles de distancia. Después de todo, se había apuntado
como su pareja. No tendría sentido que cada uno llegara por su cuenta.
Kat recorrió el camino desde el aparcamiento hasta su adosado mientras
Luc la esperaba en el portal. Al verla, enarcó las cejas con admiración a
pesar de que calzaba gruesas botas de invierno, incongruentes con el
vestido largo de noche. En la mano llevaba una bolsa con una muda de
recambio, un bolso y unos zapatos negros de tacón alto.
—Dios mío, eres preciosa —dijo con voz grave.
Kat alzó la mano para tocar su cabello pelirrojo. Se lo había arreglado
siguiendo la sugerencia de Tess y se lo había recogido en un moño, dejando
el cuello a la vista. También se había esforzado con el maquillaje, eligiendo
un pintalabios de un rojo intenso que ayudaba a resaltar su pelo.
Luc también se había vestido con elegancia, con un esmoquin clásico.
Aquel traje formal hacía que su pecho y sus hombros parecieron incluso
más anchos. A Kat se le hizo la boca agua. Si no hubiera estado de servicio,
se habría planteado quedarse en casa esa noche.
—Tú tampoco estás nada mal —bromeó Kat, dando pisotones con las
botas para deshacerse de la nieve acumulada.
—¿Estás lista?
—Sí. ¿Hay algún problema si dejo mis botas y mi ropa de recambio
aquí y lo recojo todo más tarde? —Mientras hablaba, se apoyó en su silla
para quitarse una bota y luego la otra, y las sustituyó por los zapatos de
tacón.
Luc miró su calzado, dubitativo.
—¿Vas a caminar dos manzanas con eso por la nieve? Quizá deberías
sentarte sobre mi regazo.
—¿Y arrugarte los pantalones? Mejor no. Los zapatos estarán bien en
cuanto se sequen. —Un pensamiento acudió a su cabeza—. ¿Estás seguro
de que no te molesta que…?
—¿Que trabajes esta noche? —Luc sonrió—. No pasa nada, Kat. Sabes
que te habría pedido que vinieras de todas formas.
—Y tú sabes que habría dicho que sí —susurró, maravillada de lo
cómoda que se sentía con él.
Mientras empezaban a caminar hacia el hotel, Kat apretó el chal sobre
sus hombros. Se lo quitaría cuando estuvieran dentro.
Llevaba un bolso cuadrado para la velada con el espacio justo para el
teléfono y una pistola pequeña. Aunque siempre había un par de pistolas en
el helicóptero, Kat no estaba acostumbrada a llevar un arma consigo. Su
peso le servía como recordatorio constante de que esa noche estaba
trabajando.
Grandes copos de nieve caían con lentitud sobre sus cabezas.
—¿Estás nervioso por lo de esta noche? —quiso saber—. Quedar
segundo, después de una caída, es todo un logro.
—No estoy interesado en la ceremonia —respondió Luc, sonriente—.
Para mí, el motivo principal para asistir es la oportunidad de cenar contigo.
Incluso si tengo que compartirte con cien personas más.
—Después de la ceremonia no tendrás que compartirme con nadie —le
prometió.
Luc la recorrió de arriba abajo con la mirada.
—Te tomo la palabra, que lo sepas.
Había mucha seguridad alrededor del hotel. Luc mostró el código QR
de su teléfono a tres personas distintas antes incluso de llegar a la puerta
principal. Nadie le preguntó nada a Kat.
«Isolde y Tess tenían razón».
«No ven nada más allá de mis tetas».
Una vez llegaron a la entrada del enorme hall, otro guardia de
seguridad, este vestido con un traje oscuro, comprobó el código QR de Luc
y su documento de identidad. Confirmó que estaba en una lista que tenía en
el teléfono antes de dirigirlos hacia un par de detectores de metal portátiles.
A Kat le dio un vuelco el corazón. Esos detectores no habían estado allí
aquella mañana cuando habían revisado el edificio, ni se había discutido su
existencia en las reuniones previas que habían mantenido. Apretó el bolso
con fuerza contra su cuerpo mientras se preguntaba qué hacer.
Luc la tomó de la mano y la atrajo para darle un beso.
—Ve primero, querida —dijo en voz alta, pero no la soltó—. Tengo que
hablar con estos caballeros.
Siguió sosteniendo su mano durante un momento más, tirando de sus
dedos hasta liberar el pequeño bolso.
Mientras Kat protegía a Luc de las miradas de los guardias de
seguridad, este ocultó el bolso bajo su cuerpo. Luego se impulsó hacia ellos
al mismo tiempo que Kat pasaba a través de los arcos de los detectores. Se
detuvo al otro lado, simulando mirar el pequeño reloj que llevaba en la
muñeca.
—Por desgracia, caballeros, esto va a ser difícil para mí. No solo mi
silla es metálica, también llevo una buena cantidad de metal en las piernas y
en la columna vertebral —dijo a modo de disculpa. Cruzó la mirada por
turnos con cada uno de los guardias y luego bajó la voz de forma algo
teatral—. Estoy seguro de que no hace falta que me avergoncéis delante
de…
El primer guardia de seguridad sacudió la cabeza con rapidez.
—Monsieur Fournier, usted, por supuesto, es uno de los invitados de
honor esta noche. —Ambos se echaron a un lado y dejaron que Luc pasara
sin cruzar por los arcos.
—Gracias, caballeros —dijo Luc. Miró a Kat durante un instante. Sus
ojos brillaban—. Cariño, vamos a divertirnos un poco.
Luc
Luc observó la estancia, impresionado con los organizadores por haber
planificado el evento teniendo en cuenta la accesibilidad. La sala de baile
era espaciosa, así que le resultaba fácil moverse libremente entre los
invitados.
Al contrario que en la mayoría de fiestas, donde las barras de bar eran
tan altas que los usuarios de silla de ruedas tenían que gritar para hacerse
oír, esta tenía barras a diferentes alturas, así como camareras paseándose
con bandejas con vino, champán y refrescos.
Tenía un cierto sentido, ya que aquel año los Juegos de la Victoria
habían puesto el foco en la inclusión, pero, aun así, resultaba agradable
experimentarlo.
Luc le entregó a Kat el vaso de vino tinto que había pedido. El oscuro
borgoña de su copa era del mismo tono que sus labios. Quería atraerla y
besarla hasta que perdiera el sentido.
«Diablos, me gustaría llevarla a casa y quitarle ese bonito vestido
negro».
Tenía una erección y le parecía una lástima malgastarla. Pero Kat estaba
trabajando y Luc sabía que tendría que esperar.
—Gracias —dijo Kat. Se pasó el bolso a la otra mano. Luc se lo había
devuelto tras entrar en la fiesta. Luego bajó la voz y añadió—: ¿Te invitan a
menudo a sitios así?
—De vez en cuando —asintió—. No con demasiada frecuencia. Pero, si
te gustan, me aseguraré de que nos inviten a más.
Kat rio, pero sus ojos parecieron ligeramente asustados. Luc suspiró.
Sabía que a Kat le gustaba, pero también que tenía miedo. Lo sentía porque
se ponía tensa cada vez que hablaba del futuro. Si la presionaba, la perdería.
Se obligó a dejar el tema.
—Kat, relájate.
Ella asintió con rapidez.
—No estoy preocupada. Es que…
Luc le acarició el dorso de la mano con suavidad.
—Nunca haré nada que te haga sentir incómoda, pero creo que es justo
que sepas que quiero pasar más tiempo contigo.
—Luc, me ha encantado estar contigo, pero vas a marcharte y…
—Me voy a quedar en Chamonix, Kat.
Kat abrió la boca de par en par.
—¿Te quedas?
—Me quedo. Quiero darle una oportunidad a lo nuestro.
«Además, no voy a darte una excusa para salir huyendo».
—No sé qué decir, Luc.
—No tienes que decir nada. Vamos a disfrutar de la velada. Podemos
hablar de esto después.
Kat asintió con rapidez y dio un sorbo nervioso a su copa de vino. Luc
no quería asustarla, pero tenía que hacerle saber que iba en serio. Si Kat no
veía un futuro juntos, debía llegar a esa conclusión por sí misma.
Dieron una vuelta por la enorme sala de baile, decorada para la ocasión
en rojo, verde y dorado. Había arreglos florales de fragante olor expuestos
en todas las superficies posibles. Sobre ellos, destellaban los enormes
candelabros de cristal, bañando la estancia con una luz suave y cálida.
A medida que pasaba el tiempo, la mayor parte de la gente comenzó a
arracimarse en torno a la cocina, ansiosa por probar las deliciosas bandejas
de comida que llevaban los camareros. Luc y Kat se quedaron en el centro
de la sala de baile, donde habían montado el escenario.
Una mujer joven y hermosa, vestida con un traje de noche verde
esmeralda, se acercó a ellos. Los ojos de Kat chispearon de alegría.
—¡Tess! ¡Estás increíble! —Se giró hacia Luc de nuevo—. Luc, esta es
mi amiga Tess. Me ha ayudado a elegir el vestido.
—Entonces, tiene un gusto excelente —dijo Luc riendo.
—Y ya conoces a su marido, Damien —dijo Kat, señalando al hombre
que caminaba hacia ellos.
Resultaba evidente que, al igual que Kat, aquel hombre estaba de
servicio esa noche. Sus ojos recorrían la sala y nunca se detenían en el
mismo sitio durante demasiado tiempo.
Le ofreció su mano a Luc y la estrechó con firmeza.
—Luc, es un placer verte de nuevo.
—Los discursos van a empezar pronto. ¿Vas a hablar esta noche? —le
preguntó Tess a Luc.
Luc rio y sacudió la cabeza.
—Solo los dos ganadores pueden subir al escenario y sostener el
cheque. Los que quedan segundos y terceros reciben los cheques por correo.
No estaba dispuesto a decirles que había donado su cheque de vuelta a
ABL International para apoyar su labor.
La sonrisa de Kat palideció un poco. Uno de los ganadores era su
exnovio, Jacques Peres. Era difícil seguir pensando en él como Casco ahora
que se había disculpado con Kat, pero aquel hombre le seguía repeliendo.
Le ponía enfermo imaginar a un hombre golpeando a cualquier mujer, pero
la idea de que alguien le hubiera hecho eso a Kat…
Se le revolvió el estómago.
Kat pareció darse cuenta y lo tomó de la mano, trayendo a Luc de vuelta
al presente de un modo sutil.
—Mi amigo Scott dará el discurso. Es más gracioso que yo… Hará un
mejor trabajo.
—Odio los discursos —gruñó Damien en voz baja.
—Estoy segura de que no será para tanto —le reprendió su esposa
sonriendo.
Media hora después, Luc tuvo que darle la razón a Damien. Hasta
entonces, solo habían hablado dos personas: el alcalde de Chamonix y una
mujer de ABL International cuyo nombre o cargo Luc era incapaz de
recordar. Había sido la encargada de darles a Jacques y a Scott uno de esos
enormes cheques que solo se ven en la televisión. Ambos hombres habían
estado en el escenario durante treinta segundos a lo sumo, y luego los
habían hecho bajar con rapidez.
A Luc lo alegró ver la expresión avergonzada de Jacques mientras se iba
con el enorme pedazo de cartón. Scott, por su parte, parecía estar
pasándoselo en grande.
La siguiente en hablar fue la señora Larsen. Era una mujer alta y
delgada con el cabello rubio ceniza. Parecía tener unos cuarenta años, pero,
sabiendo lo que sabía sobre ella y su marido, Luc apostó a que estaba más
cerca de los sesenta. Su voz tenía un tono suave. Su inglés era impecable
salvo por una leve vibración en las erres.
En cuestión de segundos, todas las conversaciones de la sala
enmudecieron. La señora Larsen habló con calma y elocuencia sobre el
accidente de coche que había dejado a su hijo adolescente tetrapléjico y
sobre el modo en el que el chico se había quitado la vida seis meses más
tarde.
Pronto, no había un solo ojo seco en la estancia.
—No puedo ir hacia atrás y cambiar ese día. Stian se ha ido y eso está
sellado por la resina del tiempo. Lo único que mi marido y yo podemos
hacer, de forma egoísta, es seguir con la campaña y obtener más ayudas
para esos jóvenes a los que una lesión en la médula espinal les ha cambiado
la vida, para que nadie tenga que pasar por lo que pasó Stian. Por desgracia,
mi marido no ha podido venir esta noche, pero si estuviera aquí, os diría lo
mismo que yo: si gracias a nosotros un joven comprende que puede vivir
una vida larga y satisfactoria tras una lesión de médula espinal, nuestros
esfuerzos no habrán sido en vano.
Mientras la mujer proseguía, Luc pensó en sus propios padres. En
aquellas primeras semanas, cuando el dolor físico y psicológico le parecía
inmanejable, la idea de acabar con su propia vida se le había pasado por la
cabeza un par de veces. Sus ojos se llenaron de lágrimas al pensar en lo que
les habría hecho a sus padres.
Luc recorrió la sala con la mirada para distanciarse de las palabras de la
mujer cuando tres camareros plantados junto a las puertas principales
captaron su atención. Mientras los observaba, llegaron tres más desde la
cocina. Lo que más le extrañó en aquel momento fue que ninguno llevara
nada en las manos; no había ninguna bandeja o botella a la vista. Luc había
trabajado como camarero durante muchos veranos, aunque no se le daba
particularmente bien. Si había aprendido algo, era que los camareros nunca
iban o volvían de las cocinas con las manos vacías.
Aquel curioso detalle hizo que mirara a los hombres con más atención
de lo normal. Todos eran grandes y musculosos; no había un solo
adolescente a la vista. Pero no era su corpulencia lo que preocupaba a Luc,
sino la actitud de hipervigilancia en sus ojos mientras estudiaban la
estancia.
«No parecen camareros».
«Parecen soldados».
Un escalofrío recorrió su espalda.
Su primer pensamiento estuvo dirigido a Kat.
«Tengo que avisarla y sacarla de aquí».
—Kat —susurró con urgencia.
Kat bajó la mirada. Sus hermosos ojos brillaban con lágrimas no
derramadas.
—¿Qué ocurre, Luc? ¿Estás bien? —Luego miró tras él. Por la forma en
que tensó la columna, Luc supo el momento justo en el que vio a los
camareros.
21
Kat
Sihabría
hubiera seguido mirando el escenario como el resto del mundo, no
visto la señal del camarero alto de pelo oscuro. Su gesto hizo que
los cinco hombres restantes pasaran a la acción.
«Oh, no».
En respuesta a la señal, uno de los camareros hurgó bajo el mantel de
una mesa supletoria. El metal brilló bajo las festivas luces amarillas.
En cuestión de segundos, cada hombre tenía un arma en las manos. A
Kat no le costó reconocer los rifles de asalto AK-47 que llevaban la
mayoría de ellos a pesar de no haber visto ninguno desde su entrenamiento
años atrás.
«Cada uno de esos rifles tiene treinta balas».
«Entre los seis, tienen suficiente potencia de fuego para matar a todos
los presentes tres veces».
La mujer sobre el escenario seguía hablando, pero Kat era incapaz de
escuchar las palabras por encima de los latidos de su corazón. Volvió a
pensar en la pequeña pistola de su bolso y se preguntó si sería capaz de…
—Ni se te ocurra pensarlo, Kat —la advirtió Luc mientras apretaba su
mano con firmeza.
Ahora, dos hombres armados cubrían cada una de las puertas. Uno de
ellos mantenía su arma orientada hacia la audiencia, donde mucha gente
aún no se había percatado de que algo iba mal. Mientras tanto, el segundo
hombre estaba atando algún tipo de cadena alrededor de la manivela.
El hombre que había dado la señal, y que Kat asumió que era el líder,
saltó sobre una de las mesas con la agilidad de una pantera y alzó el AK-47
por encima de su cabeza.
—Damas y caballeros —dijo el hombre—. Siento interrumpir este
enternecedor discurso. Ahora, si todos os quedáis muy quietos, con las
manos arriba donde podamos verlas, nadie tiene por qué salir…
Kat captó un movimiento por el rabillo del ojo. Giró la cabeza para
mirar al escenario, donde los guardaespaldas de la señora Larsen habían
subido para protegerla.
El rifle de asalto escupió fuego.
El pecho del primer hombre estalló en una nube carmesí. Cayó muerto
antes siquiera de tocar el suelo. El otro guardaespaldas llegó a dar dos pasos
más en dirección a la señora Larsen antes de resultar herido también, en
este caso en la pierna. Otro disparo, que siguió al primero, impactó en la
parte superior de su pecho. Pronto, sus gemidos fueron el único sonido en la
sala.
—La siguiente persona que se mueva muere —prosiguió el hombre con
voz alta y clara. A pesar de que su inglés era perfecto, hablaba con la
cadencia lenta de un extranjero. Luego procedió a repetir lo mismo en
francés. Esta vez estuvo claro, por la forma robótica en la que habló, que no
dominaba el idioma. Repetía los sonidos de memoria.
Sin embargo, lo que más preocupaba a Kat no eran sus palabras, sino
sus ojos. Parecían muertos.
—Que todo el mundo mantenga la calma —siguió el hombre—. Tiger,
Hammerhead, ¿están las puertas cerradas?
Los hombres que estaban junto a las puertas respondieron a coro.
—Las puertas están cerradas y el dispositivo en su lugar, Bull.
—¡Terroristas! —siseó alguien.
El hombre que estaba sobre la mesa sacudió la cabeza. Parecía casi
ofendido.
—Terroristas, no. Somos simples mercenarios. Es importante que sepáis
que venimos a entregar un mensaje. Si todo el mundo sigue nuestras
instrucciones, nos iremos y nadie tiene por qué salir herido. Dogfish,
acompaña a la señora Larsen a la primera fila. Estará más cómoda allí,
sentada junto al alcalde.
La señora Larsen fue hasta la primera fila medio cargada, medio
arrastrada por el mercenario con barba. Su vestido color crema estaba
manchado con la sangre de uno de sus guardaespaldas.
«Tiger. Hammerhead. Bull».
«Todos son tipos de tiburón».
Más que sus nombres en clave, a Kat la asustaba el hecho de que no
hubieran cubierto sus rostros.
«Van a matarnos».
«No creen que ninguno de nosotros vaya a vivir lo suficiente como para
identificarlos».
Luc apretó su mano con fuerza. Ella devolvió el apretón, agradeciendo
el contacto.
—Bien. Ahora dejadme que os hable de este pequeño aparato que veis
en las puertas. Si una se abre antes de que yo o mis hombres hayamos
introducido el código mágico, esta cajita contiene explosivos suficientes
para demoler el hotel; y lo digo de forma muy literal. Así que es mejor que
nadie toque la puerta a menos que quiera que nos reunamos todos con
nuestro Creador.
Mientras el hombre al que llamaban Bull hablaba, Kat memorizó todos
los detalles posibles sobre su apariencia, concentrándose en las cosas que
no podría cambiar con facilidad, como la forma de sus lóbulos, su mentón y
la distancia entre sus ojos.
Alto y de hombros anchos, con una expresión resuelta, mucha gente lo
habría considerado atractivo si sus ojos no fueran tan duros.
«Damien».
«¿Dónde está Damien?».
Lo vio sentado en una de las mesas próximas a la puerta principal. La
estaba mirando con intensidad y una extraña expresión en el rostro.
«Alivio».
«Parece aliviado».
Kat no lo entendió hasta que descubrió que Tess no estaba con él.
Probablemente, había ido al baño justo antes de que se sellaran las puertas.
Eso quería decir que estaba a salvo al otro lado, con Drake, Gael y el resto
del equipo.
El teléfono de Damien estaba bocabajo en la mesa frente a él;
conociendo a su jefe, Kat estaba segura de que ya habría establecido una
llamada con su equipo en el exterior.
En ese momento, alguien empezó a aporrear la puerta.
—Tú —dijo el líder, dirigiéndose al alcalde—. Vas a llamar a la
recepción del hotel para pedirles que dejen de dar golpes a menos que
quieran morir. Aún mejor, pídeles que abandonen el edificio hasta que
estemos listos para hablar con ellos.
—Pero… —tartamudeó el alcalde.
—Hazlo ya o mataré a alguien más.
—No, no —suplicó el hombre—. Lo haré.
Le temblaba tanto la mano que no lograba que su teléfono reconociera
su huella dactilar.
—Ayuda al alcalde a marcar el número, Dogfish.
Mientras el alcalde llamaba, Kat se dio la vuelta para mirar a Damien.
El teléfono que había frente a él había desaparecido. Mantuvo una
expresión neutra, confiando en que Damien entendiera su pregunta. En
respuesta, Damien se echó hacia atrás y apoyó las palmas de las manos
sobre la mesa. No hacía falta ser un genio para entender lo que quería decir.
«Mantén la calma».
«No hagas nada».
—Mientras tanto, todo el mundo al suelo. Apoyad la espalda contra la
pared. Las manos a los costados, donde podamos verlas. Mis amigos Mako
y Leopard van a ir pasando con una bolsa. Cada uno de vosotros irá
metiendo dentro su teléfono y su identificación —ordenó el hombre
llamado Bull con tono amenazante.
«Mako y Leopard».
«Los dos últimos tiburones».
Kat entendía el motivo por el que querían sus teléfonos, pero ¿para qué
necesitaban sus identificaciones? ¿Qué estaban buscando?
—Dame tu bolso —susurró Luc, apremiante.
Kat sacudió la cabeza con vehemencia. Tenía que haber algún sitio
donde pudiera esconderlo. Si esos hombres encontraban la pistola…
—Ahora, Kat. —Gesticuló—. Ponlo debajo de mí.
—¿Estás loco? —susurró Kat.
—Créeme, ningún hombre va a querer acercarse a esta silla. Haz lo que
te digo. Ahora. —Luc tiró de su bolso, tratando de quitárselo.
—Ni una palabra —gruñó una voz.
«Dogfish».
El hombre se acercó a ellos con actitud agresiva.
Kat comenzó a incorporarse para enfrentarse a él cuando se produjo una
conmoción en la hilera de rehenes.
—¡Te daré mi cheque si me dejas ir! —gritó Jacques con voz fuerte y
nasal. Se puso de rodillas y gateó, arrastrando el enorme cheque de cartón
tras él.
«¿Está loco?».
«¿Qué está haciendo?».
Dogfish y otro de los mercenarios rieron.
—Puto franchute —dijo Dogfish.
Kat miró a Luc, pero este no les prestaba atención. Tenía las manos a la
espalda. Un momento después, lanzó su bolso de nuevo hacia ella. Por el
peso, supo que la pistola ya no estaba dentro.
Sin dejar de caminar, Dogfish asestó a Jacques una patada en las
costillas. Jacques gritó y se encogió formando una bola. Eso no impidió que
Dogfish lo pateara de nuevo con sus gruesas botas militares a pesar de que
el hombre yacía indefenso en el suelo.
—Deja de lloriquear —ordenó Dogfish con tono amenazante—. Vuelve
a sentarte y apoya la espalda contra la pared o te daré un motivo para llorar.
Jacques se llevó la mano a las costillas, pero ya no gimoteaba; parecía
haber superado aquel pronto momentáneo.
A su lado, Luc inclinó la cabeza levemente. Jacques asintió con tirantez.
Luego recorrió la sala con la mirada, posándola en todas partes, excepto
sobre ellos.
Kat sintió que se le saltaban las lágrimas. Jacques había intentado
ayudarla.
«Quizá te ha salvado la vida».
Kat miró su regazo cuando se acercó Mako, el mercenario rubio de la
coleta. Para tener alguna oportunidad de sobrevivir, tenía que dejar bien
claro su papel de acompañante. Si aquellos hombres descubrían que
Damien y ella eran policías…
Mako le acercó una mochila verde oscuro.
—Identificación y teléfono. Ahora.
Kat asintió con rapidez, abrió el bolso y dejó caer su teléfono.
—No tengo la identificación conmigo —susurró, mostrándole el bolso
vacío. Sin la pistola, no había nada que pudiera identificarla como policía.
Esperaba que Damien tampoco llevara su documento de identidad.
Mako la alzó por los brazos, lo bastante alto como para que Kat supiera
que al día siguiente tendría moratones.
«Si vivo para ver un nuevo día».
—¿Dónde cojones tienes tu carnet, preciosa?
Gracias al dolor, las lágrimas acudieron a sus ojos con facilidad. Gimió
en voz baja, intentando ganar algo de tiempo.
—Está conmigo —intervino Luc.
Mako gruñó y soltó a Kat, que cayó de rodillas. Apoyó las palmas en el
suelo, y pensó que quizá tendría que levantarse con rapidez.
—¿Qué quieres decir con que está «contigo», lisiado? ¿Pretendes
hacerme creer que es tu novia?
Luc tragó saliva. Parecía aterrorizado.
—Es… De acuerdo, es una escort. No quería venir solo a la fiesta. Está
conmigo hasta mañana por la mañana.
El rostro de Mako se contrajo en una mueca.
—Todos tenemos secretos, de acuerdo. ¿Cuánto has pagado? Es una
preciosidad —dijo el hombre, que se inclinó para acariciar los rizos
pelirrojos de Kat—. Tal vez puedas darme tu número, encanto. Si sigues
viva cuando acabe la noche.
—Por favor, no me hagas daño —gimoteó Kat, interpretando su papel.
Mako se acercó a su oreja.
—Si decido hacerte daño, te prometo que disfrutarás cada segundo.
Lo único que evitó que Kat derramara auténticas lágrimas fue saber que
su equipo vendría a por ellos.
22
Luc
Tardó mucho en conciliar el sueño. Luc nunca había sido de los que
cuestionan el destino. Habían pasado años desde la última vez que había
jugado al «y si…». No tenía sentido pensar en cómo habría podido ser su
vida si no hubiera saltado aquel día. Si no se hubiera partido la espalda.
Sin embargo, ahora resultaba difícil no quedarse allí tumbado toda la
noche, conjurando todo tipo de escenarios alternativos. Escenarios en los
que Kat no habría sobrevivido, o en los que las consecuencias traumáticas
habrían sido cien veces peores.
Cuando dormía, se limitaba a dar cabezadas intermitentes. Pero cada
vez que se despertaba, buscaba a Kat y la encontraba profundamente
dormida entre sus brazos. Hasta que en una ocasión despertó y la vio
mirándolo con el cabello revuelto.
—Hola…
—¿Te he dicho lo guapa que estás nada más despertar?
Kat se tocó el pelo con timidez.
—No me siento muy guapa ahora mismo.
—Lo eres. Eres tan guapa que casi hace daño.
—¿Qué hora es?
—La una de la tarde.
—Guau, he dormido como un muerto —dijo, y luego contrajo el gesto
—. Quizá no ha sido la comparación más apropiada.
Luc le pasó la mano por el pelo con delicadeza hasta que Kat alzó la
mirada para observarlo con aquellos ojos grandes y luminosos.
—¿En qué piensas? —le preguntó Luc—. Es evidente que le estás
dando vueltas a algo.
—Anoche… No, esta mañana, cuando nos fuimos a dormir, dijiste…
Luc asintió, animándola a continuar.
—Me llamaste «tu» mujer.
Luc asintió y soltó una risita.
—Así es.
—Lo… ¿Lo decías en serio?
—Más en serio que nada que haya dicho en la vida.
—Pero incluso si ahora te quedas en Chamonix, con el tiempo te irás
y…
—Si aprendí algo anoche, Kat, es que no voy a irme a ninguna parte.
—¿Lo dices en serio, Luc?
—Lo digo en serio.
El estómago de Kat rugió con fuerza.
—Alguien tiene hambre. —Luc rio. Buscó su silla, que estaba en el
mismo sitio en el que la había dejado la noche anterior. Podía preparar una
galette de jamón y queso a modo de almuerzo.
Kat entrecerró los ojos.
—Puede que no tenga hambre de comida, precisamente —insinuó.
Luc experimentó una sensación estimulante en la polla.
—Dime lo que necesitas, Kat. Te juro que haré todo lo posible por
concedértelo.
Kat deslizó la mano por su costado. Luc no se apartó cuando llegó a esa
zona traicionera donde perdía la sensibilidad. Se quedó quieto y dejó que lo
explorara, disfrutando de la excitación mientras ascendía otra vez hasta su
cadera, alejándose de su lesión.
Cerró los ojos y gimió con suavidad.
—Me gusta tocarte —susurró Kat.
Mientras se acariciaban el cuerpo mutuamente, la tensión sexual crecía
y crecía de un modo que Luc no había experimentado desde que tuvo el
accidente. La sentía en el cuerpo, pero también en la cabeza. Podía oler su
propia excitación y también la de Kat.
—Si vamos a ir más allá, necesito ir al baño —dijo por fin, rompiendo
el abrazo.
—Te esperaré aquí —respondió Kat con coquetería. Dejó caer las
sábanas hasta la cintura para ofrecerle una imagen perfecta de sus tetas. Su
mano, que hasta entonces había estado tocándolo, desapareció bajo las
sábanas. Cerró los ojos de placer. La mirada de Luc estaba clavada en la
colcha, allí donde los dedos de Kat se movían rítmicamente.
«Se está masturbando».
—Sigue, pero no te corras sin mí —gruñó, saltando a la silla con un
rápido movimiento.
Regresó cinco minutos después. Una fina película de sudor cubría la
frente de Kat. Tenía una expresión que basculaba entre el placer y el dolor.
Su mano aún se movía bajo la colcha.
—Me has hecho caso —dijo Luc. Tiró de la colcha y vio cómo se
frotaba el clítoris con el dedo.
—He tenido… He tenido que parar dos veces —dijo entre jadeos—.
Pero no me he corrido.
—Bien. —Luc detuvo la silla junto a la cama y echó el freno.
Acercó la mano derecha para unirse a ella. Estaba caliente y pegajosa.
El dedo de Luc, mucho más grueso que el de Kat, pasó de largo el clítoris y
se deslizó dentro de ella. Las paredes de su vagina presionaron el dedo con
firmeza.
—Sigue tocándote el clítoris —le ordenó Luc con voz ronca.
—Me voy a correr —gimió Kat. Nunca antes había visto algo tan
hermoso.
—Aún no —dijo Luc, introduciendo un segundo dedo para dilatarla.
Kat ahogó un grito en la almohada. Luc no quería que alcanzara el
orgasmo. Quería pedirle que bajara el ritmo, pero esta vez fue él el que no
parecía poder ir más despacio o contener la necesidad de verla desatarse
frente a sus ojos.
—Ahora córrete para mí —le pidió. Kat lo miró a los ojos mientras
hacía exactamente lo que le había pedido. Sus caderas se elevaron de la
cama y su sexo exprimió sus dedos mientras se corría. Luc no los sacó, pero
suavizó los movimientos; quería que su orgasmo durara todo lo posible.
Por fin, dejó caer la cabeza sobre la almohada y se quedó inmóvil en la
cama.
—Oh, Dios mío —dijo Kat—. Ha sido… el mejor orgasmo de mi vida.
Luc sonrió.
—Me alegro. Hazme un poco de hueco.
—Espera —dijo Kat—. Si me das un minuto, quizá pueda… quizá
pueda acercarme yo. —Su expresión era dubitativa—. Si quieres.
Luc había oído hablar en el pasado de gente que follaba en la silla de
ruedas, pero nunca se le había ocurrido probar. Prefería olvidar que estaba
en una, pero pensar en el cuerpo pálido de Kat subido a horcajadas sobre él
era interesante.
—Si no quieres… —dijo Kat con rapidez mientras sus ojos se
agrandaban al percatarse de lo que acababa de decir.
—Quiero —respondió Luc—. Pero nunca lo he hecho antes.
—Deja que mire cómo hacerlo —dijo mientras se ponía de rodillas en la
cama. El hueco entre sus piernas aún brillaba con la humedad.
Kat echó un vistazo por el borde. A Luc le pareció natural extender los
brazos y atraerla hasta que sus hombros se tocaron. Se echó hacia atrás,
cargando con su peso, mientras Kat movía las rodillas para subirse sobre él.
Cuando se puso encima, el placer fue instantáneo.
«Cara a cara».
«Pecho contra pecho».
«Vientre contra vientre».
Aunque no podía sentir nada por debajo de la cintura, era como si Kat
estuviera abrazando su mismísima alma.
Kat
Kat se colocó sobre la polla de Luc y descendió despacio, disfrutando del
placer mientras sentía como la llenaba. Su interior estaba caliente; más,
quizá, porque no estaban usando condón.
Luc la envolvió en un abrazo protector. A Kat le encantó el gesto,
aunque era perfectamente capaz de mantener el equilibrio sobre su regazo
sola.
En aquella posición, podía ver la suave sombra de su barba incipiente.
Frotó la mejilla contra su áspera piel y giró el rostro para besarlo. Sus
lenguas replicaron el movimiento de sus cuerpos.
El clítoris de Kat aún estaba sensible tras el orgasmo, pero no tardó
mucho en sentir que estaba a punto de correrse otra vez. Miró a Luc a los
ojos; quería asegurarse de que él también terminaba.
Luc tenía los ojos entrecerrados y su aliento brotaba en jadeos cortos y
fuertes.
—Voy a correrme, Kat —le suplicó. La agarró de las caderas con más
fuerza.
—Sí —lo animó ella—. Sí.
Soltó un gruñido salvaje mientras se corría. Kat se echó hacia atrás,
tratando de alargar aquel momento íntimo eternamente, hasta que llegó su
propio orgasmo.
El placer fue exquisito, todavía más por ser algo compartido.
—Oh, Dios mío —dijo cuando pudo hablar de nuevo—. Debo de estar
aplastándote.
Se levantó con cuidado, abandonó su regazo y se puso en pie. Sus
piernas temblaban.
Luc sacudió la cabeza.
—Eso ha sido…
—Ha «sido» —confirmó Kat.
Se quedaron en silencio durante un buen rato. Por fin, la respiración de
Kat se normalizó.
—Te quiero, Kat —susurró Luc.
—¿Cómo?
Trató de apartar su mano, pero Luc no la dejó.
—Escucha, no espero que tú también lo digas, pero no pienso retirarlo.
Y no pasa nada si tú no…
Kat le plantó un dedo en los labios, impidiéndole proseguir.
—Me importas, Luc. Un montón. Es solo que… no son unas palabras
que pueda pronunciar —le dijo con honestidad—. Sencillamente, no puedo.
Luc apretó su mano antes de dejarla marchar. Sus labios dibujaron una
sonrisa suave y triste, pero no dijo nada más.
Aún desnuda, Kat fue hasta el pequeño escritorio que había en el cuarto
y recogió su ropa; no el vestido hecho trizas, que ya había tirado a la basura,
sino los pantalones y la camiseta que había dejado allí antes de la fiesta.
—¿Te parece bien si me doy una ducha?
—Claro. Empezaré a hacer el desayuno. O el almuerzo, más bien.
Kat asintió, agradecida. Necesitaba unos minutos a solas. Mientras
entraba en la ducha, las palabras de Luc aún resonaban en su cabeza.
«Me quiere».
«¿Le quiero yo también?».
«¿Esto es amor?».
Siempre había pensado que tenía una tara, que era incapaz de amar.
Pero lo que sentía cuando estaba con Luc iba más allá de la amistad, del
sexo, de la razón. Quizá de verdad era…
«No puedo hacerlo».
«Acabaré haciéndome daño».
Miró a su alrededor en busca del peine de Luc, sabiendo que no bastaría
para desenredar los nudos de su cabello mojado y descubrió un cepillo
nuevo en una caja de plástico transparente. Era exactamente el mismo que
tenía en el baño de su casa.
«Lo ha comprado para mí».
«Debe de haberse fijado cuando pasamos la noche en mi casa».
Las lágrimas acudieron a sus ojos al comprender que Luc no solo se
había dado cuenta de que su peine no bastaba para sus rizos, también se
había tomado la molestia de ir a la tienda y comprarle un cepillo.
El olor del beicon recién cocinado penetró a través de la puerta cerrada
del baño. El estómago de Kat rugió; estaba hambrienta. Solo había tomado
un par de canapés la noche anterior, antes de que…
«Mejor no pensar en ello».
—La comida está casi lista, Kat —dijo Luc, llamando a la puerta del
baño con los nudillos. Ella abrió y le dedicó una sonrisa luminosa.
—Huele que alimenta.
—No tenía jamón, pero encontré algo de beicon —dijo Luc mientras se
acercaba a la mesa de la cocina.
Kat atacó su galette con entusiasmo y Luc inició una conversación
superficial. Le contó cómo había aprendido a cocinar tras pasarse dos meses
comiendo ramen instantáneo.
—Creo que consumí cinco cajas enteras. No tengo ni idea de dónde
saqué las energías para entrenar ese invierno. Incluso ahora, años después,
me pongo enfermo cuando veo un paquete de ramen instantáneo.
—Yo solía comerlos crudos —le confesó Kat—. Les echas un poco de
saborizante del paquetito y los masticas como si fueran galletas.
—Ugh, no vuelvas a contarme algo así —gimió Luc, riendo.
Kat se detuvo con el tenedor a medio camino cuando sonó el timbre.
—¿Estás esperando a alguien?
Luc negó con la cabeza. Luego, fue a la puerta principal y echó un
vistazo por la pequeña ventana que había al lado.
—Es tu jefe —dijo mientras abría y se echaba hacia atrás para dejar
entrar al recién llegado.
—¿Damien? ¿Qué estás haciendo aquí?
—Siento molestarte. Drake me dio la dirección de Luc. Quería
devolveros los teléfonos.
Kat se quedó mirando el pequeño objeto que sostenía Damien. Le
costaba creer que no se hubiera acordado de su teléfono.
—Gracias, Damien.
Damien sonrió, pero la sonrisa no se propagó a su mirada. Parecía
exhausto. Con algo de culpabilidad, Kat se preguntó si habría llegado a
volver a casa con Tess o se había marchado directamente a la oficina.
Kat se aclaró la garganta.
—¿Están todos los mercenarios bajo control?
—Uno murió en el hotel y otro en la ambulancia de camino al hospital
—dijo Damien, sombrío—. Dos están bajo custodia.
Kat aún podía ver los ojos abiertos y vacíos de Mako frente a ella.
—Así que aún faltan dos —terminó Luc por él.
Damien asintió y apretó los puños.
—Se han desvanecido. Al que tenemos que encontrar es al que llaman
Bull. —Su mirada pasó de Kat a Luc—. Han hecho venir a un dibujante
especialista en la elaboración de perfiles para que hable con los testigos más
fiables. ¿Creéis que seríais capaces de describirlos?
Luc asintió con tranquilidad.
—Desde luego, puedo intentarlo.
—¿Hoy? —dijo Kat.
—El tiempo es de vital importancia. Cada hora que pasa las
posibilidades de que los encontremos bajan.
—Allí estaremos. —Kat asintió—. Todavía no sabemos qué querían,
¿verdad?
—No, pero hemos encontrado suficientes armas y explosivos para matar
a todo el mundo que estaba en el hotel, Kat.
25
Luc
Laantigua
oficina de Kat estaba en la primera planta de un edificio chapado a la
en el centro de la ciudad. Lo único que diferenciaba su escritorio
de los demás era un pequeño helicóptero de Lego.
—Me lo hizo Jamie, el hijo de Damien y Tess —explicó—. Es todo un
experto en Lego.
Luc asintió y volvió a dejar el helicóptero sobre la mesa. Trataba de
mantenerse alejado de Kat, pues no quería avergonzarla delante de su
equipo, aunque la mayor parte ya los habían visto juntos.
Un momento después, Kat se acercó a su lado del escritorio y lo tomó
de la mano.
—Que me aspen —dijo un hombre esbelto y de complexión fuerte,
mirando sus manos. Luc lo reconoció del bar, pero no recordaba su nombre
—. Otra que pica el anzuelo.
—Vete por ahí, Gael —dijo Kat sonriendo.
«Gael».
Luc recordó que Kat le había dicho que Gael era rastreador y un
escalador experto.
Se obligó a concentrarse en el motivo por el que estaban allí. Como
ambos eran testigos, los separaron y los llevaron a habitaciones diferentes.
Luc esperó un rato, cada vez más nervioso. Era bueno reconociendo rostros
y la cara de Bull en particular se había grabado de forma indeleble en su
cerebro, pero eso no quería decir que supiera describirla.
Pasado un rato, la puerta se abrió y Jens asomó la cabeza.
—He pensado que podrías necesitar esto —le dijo mientras dejaba una
taza de café frente a él—. Kat ya está reunida con la artista especialista en
perfiles. No debería llevarles mucho tiempo.
—¿Asumo entonces que ambos hombres siguen desaparecidos?
—Por el momento. Un equipo antiterrorista acaba de llegar desde París.
Aparentemente, el señor Larsen es amigo íntimo del primer ministro, así
que moverá cielo y tierra para buscarlos.
Luc apretó la mandíbula.
—Me alegro.
En vez de irse, Jens se apoyó en la mesa junto a Luc.
—Eh, escucha, Luc. Sé que no nos conocemos bien. No te lo tomes a
mal. Es solo algo que tengo que decir. Cuida de Kat. Es…
Luc no se sintió ofendido.
—Es justo lo que pienso hacer. También es importante para mí.
Jens asintió.
—Confiaba en que dirías eso.
Jens acababa de cerrar la puerta cuando una mujer pequeña de cabello
oscuro entró en el cuarto. Llevaba consigo una tablet muy fina. Cerró la
puerta deliberadamente tras ella y se sentó frente a él.
—Monsieur Fournier, ¿verdad? Soy Céline Castel.
Abrió la tablet y sacó un lápiz de la esquina inferior derecha.
—Como ya sabe, dos de los atacantes de anoche han desaparecido. Se
hacen llamar Bull y Dogfish. Estoy tratando de reconstruir el aspecto de
ambos.
«Joder».
«Tenía que ser Dogfish».
Luc comenzó a tener sudores fríos.
—¿Vio a ambos hombres?
Luc asintió.
—Necesito oírle decirlo en voz alta —le aclaró—, para que quede
registrado.
—Vi tanto a Bull como a Dogfish, sí.
—De acuerdo, vamos a empezar con Bull.
El rostro de aquel hombre apareció con tanta claridad en la mente de
Luc que deseó poder imprimirlo para entregárselo directamente.
Castel apoyó la tablet y alzó la mirada.
—¿Listo? —le preguntó con amabilidad.
—Listo —respondió. Aún no sabía qué era lo que se esperaba de él.
—¿Qué comió ayer?
Luc abrió la boca de par en par.
—¿Disculpe?
—Por favor, responda —dijo la artista.
Luc describió su comida, sorprendido de la cantidad de detalles que era
capaz de recordar cuando se ponía a ello. Luego, Castel le hizo rememorar
las acciones de aquella tarde hasta que Kat llamó a su puerta.
—¿Cuándo vio a los camareros por primera vez?
Luc se encogió de hombros, avergonzado.
—Se pasearon sirviendo comida y bebida durante un par de horas, así
que supongo que los estuve viendo todo ese tiempo, pero no me percaté
realmente de su presencia hasta que la señora Larsen empezó a hablar.
—Así que la señora Larsen estaba en el escenario.
—Todo el mundo la miraba a ella, sí. Yo aparté la vista un segundo y
me fijé en la puerta. Entonces me percaté por primera vez de que los
camareros no estaban actuando como tal.
—¿En qué sentido?
—Tres de ellos estaban junto a la puerta y no llevaban nada en las
manos.
—¿Era Bull uno de ellos?
Luc asintió.
—Hábleme de él.
—Alrededor de un metro noventa. En la treintena, pero con el rostro
curtido. Parecía mayor.
La artista sonrió, animándolo, como si hubiera dicho algo esclarecedor.
—¿Qué fue lo que le llamó la atención más allá de sus manos vacías?
«Esa es una pregunta fácil».
—Sus ojos. Eran como pedazos de carbón. Parecían incluso más
oscuros porque su piel era muy clara. También tenía ojeras grandes e
hinchadas, como si llevara mucho tiempo sin dormir bien.
—Bien, eso está bien. ¿Pudo ver el blanco de sus ojos por la parte
superior e inferior?
Siguieron así durante mucho rato. Castel debió de hacerle unas veinte
preguntas solo sobre los ojos, y con cada respuesta se detenía para añadir
algo al boceto. Cuando por fin giró la tablet para enseñársela, lo dejó sin
palabras. Los ojos de Bull lo observaban desde una imagen que por lo
demás estaba en blanco.
—Guau —se limitó a decir.
—¿Se parecen?
«Es él».
Durante la siguiente media hora, Castel le hizo preguntas sobre otros
rasgos principales hasta que, por fin, completó el rostro de Bull.
—Es él. —De pronto, se le ocurrió algo—. ¿Y si ha cambiado su
aspecto?
Castel asintió.
—Haré unas cuantas versiones distintas. A menudo la gente no se da
cuenta de la cantidad de cosas de nuestra propia apariencia que no podemos
cambiar.
El dibujo del rostro de Dogfish fue más rápido ahora que Luc había
adquirido parte del vocabulario correcto.
—Ya está, hemos terminado —dijo Castel mientras guardaba la tablet
de nuevo en la funda—. Muchas gracias. Trabajaré con este material y con
el que me han proporcionado los otros testigos para terminar los bocetos.
Para cuando Luc salió, Kat estaba sola en el pasillo, esperándolo.
—¿Tus compañeros se han ido a casa?
Kat asintió.
—Siento haberte tenido esperando.
—No me has tenido esperando, Luc. Yo he querido esperarte. —Hizo
una pausa—. ¿Cómo ha ido?
—Es una artista excepcional. Pero quería preguntarte una cosa. ¿Para
qué la necesitan? ¿Por qué la policía no puede usar las cámaras del hotel?
Sin duda…
—Las cámaras no estaban funcionando, Luc.
—¿No estaban funcionando?
—Tenemos un par de imágenes del principio de la noche cuando
llegaron los primeros invitados… Y luego, nada.
—¿Y aún no tenéis ni idea de lo que querían? —Luc se encogió de
hombros—. Supongo que no puedes decírmelo, ¿verdad?
—No podría, aunque lo supiera. Pero no lo sé. Por la forma en la que
actuaron, diría que tenía algo que ver con la señora Larsen. Sabían quién
era.
—¿Dónde está ahora?
—Su marido la recogió en su jet privado. No estaba contento.
«Ya. Sé cómo se siente».
—Bull y Dogfish se han largado, ¿verdad? —preguntó Luc.
—Yo diría que sí. No sé cómo lo han hecho. Nuestro equipo estaba
fuera y había controles de carretera en la mayor parte de vías que salían de
Chamonix. Pero, de alguna forma, han logrado escapar.
Kat se encogió de hombros, como si no quisiera seguir hablando del
incidente.
—Así que… —empezó.
—Ven otra vez a mi casa —le pidió Luc—. Pediremos comida a
domicilio y cenaremos pronto.
—No sé si seré capaz de dormirme después de haber dormido toda la
mañana.
—Entonces nos quedaremos despiertos hasta tarde.
26
Kat
Larecuperarse
semana terminó enseguida. A Kat le pareció que la ciudad comenzaba a
del shock con lentitud. Chamonix era pequeña. No tanto
como para saberse el nombre de todo el mundo, pero sí para que la mayoría
de sus habitantes se conocieran de vista. Y, ahora, la ciudad entera estaba de
luto.
No solo había fallecido el guardaespaldas de la señora Larsen, cuyo
cadáver había sido repatriado a Noruega. También habían encontrado a tres
habitantes de la ciudad, que habían sido contratados como camareros,
muertos y embutidos en cajas de cartón en la parte trasera de la enorme
cámara frigorífica del hotel.
El personal de la cocina contaba lo mismo una y otra vez a quien
quisiera escuchar. Que habían entrado una docena de veces en la cámara sin
percatarse de los cadáveres que había en el interior y que, justo antes de que
empezaran los discursos, los camareros falsos los habían atado por parejas,
espalda contra espalda, y los habían amordazado.
«Todo el que trabajó aquí esa noche sabe que fácilmente podría estar
muerto».
Lo que a Kat le quitaba el sueño, además de los muertos, era el hecho de
que los mercenarios que habían fallecido o habían sido capturados no eran
ni la mitad de peligrosos que los dos que habían escapado.
Kat había estado en la cárcel para ver a Leopard y a Tiger, los dos
mercenarios que estaban bajo custodia. Hasta entonces habían hablado
poco, limitándose a comentar que solo había sido otro trabajo más.
«Nada personal».
Insistieron en que era Bull, su líder, el único que hablaba con los
clientes.
Sus huellas dactilares no estaban en el sistema. Eso, combinado con el
modo en que se desenvolvían, hacía pensar al equipo antiterrorista que eran
exmilitares; quizá incluso de las fuerzas especiales.
La clase de gente que sabía cómo desaparecer.
«En este momento podrían haber cruzado ya un montón de fronteras».
Los ojos de Kat se llenaron de lágrimas de frustración.
—Kat, ¿seguro que estás bien?
Kat parpadeó varias veces y miró a Damien. Se había distraído otra vez.
—Estoy bien, commandant —le dijo mientras cogía un bolígrafo.
—Tenemos trabajo. ¿Podrías subir allí con Jens y Gael?
Kat asintió con rapidez. Era justo lo que necesitaba para apartar
aquellos pensamientos de su mente.
Una hora después, volando hacia Tré-la-Tête, tuvo que replanteárselo.
—¿Seguro que la persona está muerta? —preguntó sin apartar la mirada
de los controles. No le hacía mucha ilusión encontrarse con un cadáver.
Oyó la respuesta de Gael con claridad a través de los auriculares.
—El cuerpo ha sido encontrado «dentro» del glaciar, Kat. Creo que es
lógico asumir que está muerto.
Jens se encogió de hombros.
—Subamos y veámoslo con nuestros propios ojos —dijo, haciendo gala
de sentido común.
Kat aterrizó tan cerca como se atrevió del refugio de Tré-la-Tête. Era un
edificio tradicional de madera y piedra, uno de los pocos que no había sido
reconstruido desde que se levantó a principios del siglo veinte.
Había un hombre de pie fuera de la cabaña. Kat se relajó cuando
reconoció el cabello rubio claro de Rémy, un guía de montaña de Saint
Gervais que también se dedicaba a la predicción de aludes y que había
colaborado con el PGHM en varias ocasiones.
«Si Rémy dice que hay un cadáver, es que hay un cadáver».
Kat cerró el helicóptero y siguió a Jens y a Gael. Allí arriba, a dos mil
metros de altitud, el aire parecía más ligero y caían grandes copos de nieve.
Aunque solo eran las dos de la tarde, daba la impresión de que no faltaba
mucho para anochecer.
Cuando los saludó y agitó la mano, la voz de Rémy sonó más alta y
ruidosa de lo normal.
«En un espacio abierto como este no hay nada que bloquee el sonido».
«No me extraña que haya tanto silencio».
—Rémy, no pensaba que fuera a verte hasta el sábado —dijo Gael,
dándole una palmada en la espalda a su amigo. Rémy era más alto que él.
Kat recordó que Gael y Rémy solían escalar juntos los fines de semana.
—Uno de mis clientes encontró al hombre esta mañana —dijo Rémy
casi disculpándose.
—¿Al hombre?
Rémy se pasó una mano por el cabello rubio claro.
—Definitivamente, es un hombre. Y, a juzgar por su ropa, lleva ahí
bastante tiempo.
—¿No has tocado nada? —le preguntó Jens.
Rémy sacudió la cabeza.
—No, no. Incluso llevé a mi cliente de vuelta al refugio antes de que
vomitara.
—Pobre hombre. Supongo que no pensaba que su randonnée fuese a
acabar así. ¿Se pondrá bien?
Rémy asintió.
—Lo llevaré de vuelta en un rato, pero antes quería enseñaros dónde lo
encontramos. —Se detuvo—. Incluso a los que amamos de verdad estas
montañas no nos gustaría pasar la eternidad aquí. Al menos, no mientras
nuestros seres queridos siguen buscándonos.
Siguieron a Rémy hasta una grieta en el glaciar, a unos minutos andando
del refugio. Kat tomó aire con fuerza; era como si la montaña se hubiera
resquebrajado y hubiera decidido expulsar el cuerpo.
—Se ha pasado todo este tiempo aquí hasta que la montaña lo ha
liberado —comentó Gael, arrodillándose junto al cadáver.
Como ya imaginaban, el hombre estaba perfectamente preservado bajo
unas cuantas capas de hielo.
—Puedes acercarte más —dijo Rémy—. El hielo está estable.
Kat miró su rostro. Tenía los ojos abiertos, ciegos, y la expresión torcida
en un rictus congelado. Sabía que su piel curtida era producto del hielo; su
cuerpo era joven. Cuando murió, tendría unos veinticinco años.
—Mira su chaqueta. Yo tenía este mismo modelo en los noventa —dijo
Jens.
—¿Crees que lleva aquí tanto tiempo? —preguntó Kat, apartando la
mirada de los inquietantes ojos abiertos del hombre.
—No me sorprendería.
—Todos los años perdemos medio metro de hielo —dijo Rémy con
lástima—. No falta mucho para que la montaña revele todos sus secretos.
—El guía se encogió de hombros—. Pero entonces será demasiado tarde
para todos nosotros.
—No podemos llevárnoslo de vuelta —dijo Jens. Kat y Gael asintieron,
dándole la razón—. Podemos tomar fotografías para que comiencen la
búsqueda en la oficina y que un equipo suba mañana por la mañana para
sacarlo del hielo.
—Será mejor que me vaya o mi cliente tendrá que pasar la noche en el
refugio.
—¿Seguro que es capaz caminar? Podemos bajarlo en el helicóptero,
Rémy.
—Nah, si lo hacéis, no cobro. —El guía sonrió—. Además, un buen
paseo lo ayudará a olvidarse del tema.
Cuando Rémy se marchó, Jens marcó el lugar con una bandera roja y
luego volvieron al helicóptero.
—Ojalá no tuviéramos que dejarlo aquí —dijo Kat.
—Lleva esperando por lo menos dos décadas. No pasa nada si se queda
una noche más.
Kat apartó esos pensamientos de su mente para concentrarse en la lista
de comprobaciones de vuelo. Cuando llevaban diez minutos en el aire, el
teléfono de Gael pitó.
—Parece que Hiro y Drake lo han encontrado.
—¿Ya?
—Hace veintiocho años desapareció un esquiador de veintidós llamado
Marc Dumas. Nunca encontraron su cuerpo. ¿A que no sabes lo que llevaba
puesto?
—¿Un mono azul celeste?
—Bingo —asintió Gael—. Damien está llamando al familiar más
cercano. O, al menos, al que lo era por aquel entonces.
Durante una hora, nadie habló demasiado. Mientras volaba, Kat se
preguntó si los padres de aquel chico aún estarían vivos. Si era así,
probablemente, se habían pasado los años desesperados por pasar página.
O, por el contrario, quizá pensaban que su hijo vivía feliz en algún otro
lugar, e iban a recibir un buen golpe de realidad.
Por fin, el helicóptero estuvo de vuelta en tierra.
—Un aterrizaje muy suave, como siempre —dijo Gael, inclinando un
sombrero imaginario en su dirección—. ¿Qué te parece si vamos a tomar
una cerveza? Yo diría que hoy nos la hemos ganado.
Kat sonrió y dio unos golpecitos sobre el panel de instrumentos del
helicóptero.
—Primero tengo que hacerle una revisión. ¿Me avisarás si te enteras de
algo más con respecto al chico?
Jens sacudió la cabeza.
—No vamos a dejarte aquí sola, Kat. Te esperaremos hasta que venga
Jean. Y, cuando llegue, creo que deberías venir a tomarte algo con nosotros.
Drake e Isolde se van a apuntar también.
Kat sonrió, agradecida. Estaba inquieta, pero creía haberlo disimulado
mejor. Era típico de su equipo darse cuenta de estas cosas.
—Gracias a los dos. Si queréis, puedo dejaros en la ciudad más tarde,
pero no voy a quedarme a las cervezas. Luc y yo vamos a cenar en casa. Va
a traer queso y saucisson, y yo ya tengo el vino en el maletero del coche.
—Bueno, eso suena incluso mejor. ¿Asumo que no piensas invitarnos?
—preguntó Gael mientras su boca se curvaba en una sonrisa torcida.
27
Kat
Lagrados
botella había pasado el día en el maletero del coche y estaría un par de
más fría de lo que recomendaba la tienda de vinos local. A Kat no
le importaba y esperaba que a Luc tampoco.
Caminó hasta la entrada de su casa y hurgó en su bolsillo en busca de la
llave que le había dado aquella mañana. Se la había ofrecido de un modo
informal, por si llegaba antes que él. Era un gesto tan íntimo que Kat había
estado a punto de rechazarla, pero sin darse cuenta se había visto alargando
la mano para cogerla. Creía que iba a pasarse el día dándole vueltas al tema,
pero lo había olvidado por completo hasta ahora.
«¿Qué significa?».
«¿Por fin estoy lista para una relación de verdad?».
Aunque la luz estaba encendida, no había nadie en el área del salón y la
cocina. Kat se quitó los guantes y el abrigo y dejó la botella de vino con
cuidado sobre la mesa, donde ya descansaba una pequeña bolsa de papel.
«Espero que sea el queso y el salchichón».
—¿Luc? ¿Hola?
La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Kat la golpeó con los
nudillos brevemente antes de entrar.
—¿Luc?
Se encontró con una escena que parecía sacada de una pesadilla. En el
otro extremo de la habitación, Luc estaba en la silla de ruedas, amordazado
y esposado. Cuando la vio, redobló sus esfuerzos para hablar a través de la
mordaza, pero solo consiguió emitir un gruñido amortiguado.
Dogfish estaba tumbado en la cama de Luc. Se había quitado los
zapatos y tenía toda la pinta de estar preparándose para echar una siesta.
Kat se quedó congelada durante un instante. Resultó ser demasiado
tiempo. Sintió, más que escuchó, la boca del cañón de una pistola contra su
nuca.
«Bull».
—Bull, Dogfish —dijo tratando de proyectar una calma que no sentía.
Bull apareció por detrás, apuntándola con la pistola. Parecía agotado,
como si no hubiera dormido en varios días. Se preguntó dónde habrían
estado escondidos.
—Ah, todavía no habéis descubierto nuestros verdaderos nombres.
Sabía que el equipo se mantendría firme.
—Solo es cuestión de tiempo que empiecen a hablar —dijo Kat.
—Lo sé —coincidió con afabilidad—. Por eso estamos aquí esta noche.
Bajó la mirada hacia sus tetas. Incluso con la parte superior del
uniforme polar azul claro, aquella mirada hizo que se sintiera desnuda.
—Ya sabes —dijo Bull en tono conversacional—, tu novio me engañó
de lo lindo con el cuento ese de que eras una puta.
—Es lo bastante guapa para serlo, desde luego —dijo Dogfish desde la
cama, frotándose la polla con rudeza por encima de los pantalones.
Que estuviera cachondo la puso enferma. Tuvo un ataque de pánico tan
fuerte que el vómito subió a su garganta. Solo logró contenerlo gracias a
una enorme fuerza de voluntad.
Entonces escuchó los gritos amortiguados de Luc, que forcejeaba con
las esposas.
—Relájate, colega. No vas a ir a ninguna parte. Deja que Bull termine
su historia —dijo Dogfish, que se incorporó y lo abofeteó lo bastante fuerte
como para obligarlo a girar la cabeza.
—Como estaba diciendo, creí a este lisiado de aquí cuando me dijo que
eras una puta, pero luego os vi a ambos entrando en la comisaría el otro día,
en plan amistoso. Empecé a seguiros, ¿y a que no sabéis lo que descubrí?
Eres una puta, pero de otro tipo. Eres gendarme. Y encima piloto, ¡qué
suerte la nuestra!
Los pensamientos de Kat dieron un giro.
«¿Cómo lo saben?».
—Lo que significa que eres mucho más valiosa de lo que pensaba. Eres
nuestro billete de salida de aquí.
—Dijiste que podría divertirme con ella, Bull. Déjamela ahora mientras
el lisiado mira —susurró Dogfish.
Una expresión irritada cruzó el rostro de Bull. Duró solo un momento.
Luego, la furia se disipó.
—Dije que podrías divertirte con ella, pero no hasta que nos haya
llevado a donde tenemos que ir —dijo Bull—. Sé que te gusta hacerlo en
plan bestia, Dogfish, y no podemos llevárnosla sangrando por todas partes.
«Un incentivo para cooperar».
—Qué le voy a hacer si tengo una polla gigantesca, Bull —replicó
Dogfish, y se rio mientras se acariciaba la erección a través de los
pantalones.
—No puedo volar a ninguna parte —les dijo Kat—. No es como si
tuviera un helicóptero aparcado en el patio trasero.
—Ya lo sé, preciosa, te he estado siguiendo por toda la ciudad. Pero
sabes dónde encontrar uno, ¿verdad? —preguntó Bull con tono amistoso—.
De lo contrario, no tendré ningún motivo para mantener a Dogfish alejado
de ti. ¿A lo mejor eso te gusta?
—Sí, puedo hacerla pasar un buen rato. Mucho mejor que este tullido de
aquí.
Kat sacudió la cabeza.
—No, por favor. Os llevaré a donde queráis, pero a cambio de que él se
quede aquí y no le hagáis daño —dijo, señalando a Luc.
Kat ignoró los gritos amortiguados de Luc y los sonidos metálicos que
hacía al tirar de las esposas.
—¿Hablas en serio? —preguntó Bull.
—Solo nos estorbará —dijo Kat.
El rostro de Luc se contrajo en una mueca. Sabía que el comentario le
había dolido y se sintió mal por ello, pero aquel no era el momento de
preocuparse por sus sentimientos.
Era hora de asegurarse de que Luc seguiría vivo.
—Nah —se negó Bull. Por su tono, Kat comprendió que nunca había
considerado dejar a Luc atrás y que solo había estado jugando con ella—.
Vendrá con nosotros, así no nos darás problemas.
Kat miró su reloj.
—No tengo la llave de la estación. No podré entrar hasta mañ…
Bull agarró su coleta y tiró fuerte, haciendo que soltara un grito.
—Nunca nunca vuelvas a mentirme, puta. Te vi cerrar la estación
cuando saliste hace un par de días. Sé que tienes las llaves en el bolsillo
ahora mismo. —Tiró con más fuerza. Kat se mordió el carrillo para no
gritar de nuevo—. No tengo nada que perder, señorita Barreau. Te puedo
devolver a tu novio tal y como está o en pedacitos, y eso no me quitará el
sueño.
—No —gimió. Se puso de puntillas para tratar de aliviar aquella presión
insoportable—. Tengo la llave, haré lo que dices.
Por fin, Bull la soltó. Kat cayó de rodillas y se llevó las manos a la nuca
dolorida.
Luc redobló sus gritos amortiguados mientras Dogfish abandonaba la
cama de un salto y agarraba su silla de ruedas.
«Odia que lo empujen».
Bull cogió a Kat por la parte superior del brazo con brusquedad y tiró de
ella hacia el salón.
Kat miró a su alrededor preguntándose qué hacer.
«Mi abrigo».
«Tengo el teléfono en el bolsillo».
—Si haces cualquier tontería, le diré a Dogfish que le pegue un tiro a tu
novio en la cabeza. En honor a la verdad, si fuera él, lo consideraría un
favor.
—No, te lo suplico —dijo Kat—. Haré todo lo que digas, pero no le
hagas daño.
Bull le dedicó una amplia sonrisa.
—Eso es exactamente lo que esperaba que dijeras.
—Hace frío fuera. Por favor, déjame coger el abrigo.
Bull lo consideró durante un momento.
—Nah, no te molestes. Dogfish te mantendrá caliente cuando llegue el
momento.
Kat tembló de frío y de miedo.
—No hagas ningún ruido cuando salgamos. Recuerda, la vida de tu
novio está en juego.
Bull no tendría que haberse preocupado, pues no había nadie fuera para
ayudar a Kat. El apartamento junto al de Luc, alquilado por su amigo Scott
Reynolds, estaba a oscuras. No había nadie en casa.
Dogfish había abierto el maletero de un sedán aparcado al otro lado de
la calle. Kat debía de haber pasado por delante hacía unos minutos sin darse
cuenta.
«Matrículas locales».
Hizo un esfuerzo por memorizar el número.
«Por si acaso».
Dogfish liberó a Luc de las esposas y volvió a ponérselas con
brusquedad, manteniendo sus manos juntas a la espalda. Lo levantó con
facilidad, como si fuera un niño, y lo metió en el maletero con la cabeza por
delante.
Su silla de ruedas se quedó abandonada al borde de la rampa y sobre
ella empezaron a caer grandes copos de nieve.
Kat sintió una ráfaga de aire junto a su cabeza seguida de un dolor
agudo; y luego, la bendita oscuridad.
28
Luc
«Solo Luc
nos estorbará».
sabía que Kat había intentado salvarle la vida. Otra vez.
Gruñó tras la mordaza. Su cuerpo se sacudía inútilmente en el interior
del maletero. Aunque no podía sentir nada, sabía que se estaba golpeando
las piernas, quizá causándose alguna lesión grave en el proceso.
«Podría estar tumbado sobre un lecho de putas navajas y no me daría ni
cuenta».
Hizo fuerza para apoyar los hombros sobre el suelo del maletero y trató
de agarrarse a él con las manos esposadas en un intento lamentable de
recuperar el equilibrio.
Siguieron viajando. El aire empezaba a estancarse. Para distraerse, se
dedicó a masticar la mordaza y, tras un rato, sintió que estaba haciendo
progresos. La tela, ahora mojada con su saliva, se estaba volviendo más
elástica. Luc empujó con la lengua para escupirla y luego rozó su mejilla
contra el suelo del maletero hasta que consiguió que la mordaza se deslizara
hasta su cuello.
El alivio fue instantáneo. Luc abrió y cerró la mandíbula unas cuantas
veces para volver a poner su boca en funcionamiento. Durante un segundo,
le pareció que había logrado algo mucho más significativo hasta que se dio
cuenta de que no tenía sentido gritar ahora que se encontraba dentro de un
coche en movimiento.
Su mayor preocupación, incluso mientras se daba golpes dentro de
aquel espacio oscuro, era Kat. No estaba en el maletero con él, lo que quería
decir que se encontraba en el interior del vehículo con Bull y Dogfish. Trató
—sin éxito— de escuchar su voz, de oír cualquier cosa que no fuera el
sonido de su pulso acelerado.
Luc estaba al borde de las lágrimas. Nunca, en toda su vida, se había
sentido tan indefenso; ni siquiera cuando estaba en el hotel.
Pero tenía que permanecer alerta; tenía que creer que la oportunidad de
ayudar a Kat llegaría. Y que, cuando lo hiciese, estaría preparado.
Inhaló y exhaló lentamente. Estaba agotando el oxígeno del maletero
demasiado rápido.
«Hay aire más que de sobra».
«Hay aire más que de sobra».
Por fin, el coche se detuvo. Luc oyó como se abría la puerta y luego se
cerraba con un golpe. En su mente, se imaginó a Bull —sabía que sería Bull
— caminando hacia la parte trasera del coche. Calculó hasta el segundo
justo en el que se abriría el maletero.
En cuanto lo hizo, Luc se incorporó y trató de darle un cabezazo a Bull,
pero, aunque sus abdominales eran fuertes, le falló el equilibrio. A Bull solo
le llevó un segundo volver a empujarlo dentro.
El hombre rio mientras Luc se sacudía como un pez fuera del agua.
Momentos después, Bull lo cogió del cuello de la sudadera; arriba, arriba,
fuera del maletero… hasta arrojarlo al suelo.
Luc se golpeó el hombro contra el asfalto y luego, le siguió el resto del
cuerpo. Vio las estrellas. No había nieve sobre el pavimento y aquel detalle
le dio toda la información que necesitaba.
«Es una pista de aterrizaje».
El edificio que había frente a ellos parecía un enorme garaje industrial.
«O un hangar».
Se apoyó sobre el costado y buscó a Kat; suspiró de alivio al verla.
Temblaba un poco —ella tampoco llevaba abrigo—, pero no parecía que la
hubieran maltratado más.
Kat tenía la mandíbula apretada y sus ojos brillaban como si estuvieran
en llamas. Su corazón se encogió.
—Venga, Kat. ¿Te parece bien si te llamamos Kat?, como hacen tus
amigos, ¿no? Vamos, abre la puta puerta. No tenemos toda la noche.
La expresión de Kat parecía grabada en piedra. Sacó un juego de llaves
del bolsillo de sus pantalones azul marino. El interior estaba oscuro y Luc
perdió la esperanza de que allí hubiera alguien que pudiera ayudarlos.
Kat y Bull desaparecieron dentro. Dogfish agarró a Luc por la capucha
de su sudadera y empezó a tirar, arrastrándolo por el pavimento. Luc
balbuceó; con las manos atadas a la espalda, había una posibilidad real de
que acabara muriendo asfixiado.
Cuando entraron en el edificio, las luces se encendieron. Aquel espacio
grande y cavernoso alojaba cinco helicópteros y lo que parecía una avioneta
en la parte de atrás.
—Bingo —dijo Bull—. Ahora, dime cuál tiene el depósito de
combustible más grande.
Kat se encogió de hombros.
—Todos tienen el mism…
Dogfish pateó a Luc en las costillas con saña. Este apretó los dientes
para no gritar; fue Kat la que gritó de angustia.
—¡Para, por favor!
—Intentémoslo otra vez. Dime cuál nos llevará más lejos.
Esta vez Kat no titubeó.
—Este. El EC145. Tiene un alcance de unos setecientos kilómetros.
—Bien, bien. Debería ser más que suficiente. Comprueba lo lleno que
está el tanque.
—Está lleno —dijo Kat con tranquilidad—. El encargado de la estación
no se marcha a casa hasta que todos los aparatos no están listos para volar
de nuevo.
—Cuánta planificación. Entonces, perfecto. Cogeremos este.
—Tengo que coger las llaves —dijo Kat—. No las llevo conmigo.
Bull asintió.
—Dogfish te acompañará. El lisiado y yo nos quedaremos aquí para
asegurarnos de que no se te pasa ninguna idea rara por esa cabecita.
—Por favor, no le hagas daño. Ya os he dicho que os llevaré a donde
queráis.
Bull rio mientras los veía alejarse. Se sentó junto a Luc, que estaba
tendido de costado.
—Joder, ser tú tiene que ser una mierda —le dijo. Por una vez, en su
voz había más curiosidad que malicia.
—He tenido días mejores —admitió Luc, haciendo esfuerzos por
ignorar la burla—. ¿Y tú de verdad piensas que vais a poder salir de esta?
—dijo en cambio, pero se guardó la segunda parte del pensamiento para sí.
«A pesar de que toda Europa os está buscando».
—Cierra el pico. Nada de esto habría sido necesario si todo el mundo se
hubiera comportado como Dios manda en el hotel. La billonaria arrugada
habría hecho su vídeo y… —Bull se calló y sacudió la cabeza, como si
estuviera sorprendido por haber hablado de más.
—¿Un vídeo? ¿«Ese» era el plan?
—¿Por qué sientes tanta curiosidad de pronto, lisiado?
—Solo me lo estoy preguntando, nada más —dijo Luc con tono
despreocupado.
—Como no tengo nada mejor que hacer mientras esperamos, y de todas
formas vas a morir, te daré el gusto, pero saberlo no te ayudará —dijo Bull
riendo lóbregamente.
—Así que un vídeo… —repitió Luc.
—Todo lo que tenía que hacer era un vídeo de dos minutos,
disculpándose en su nombre y en el de su marido por sus crímenes
ecológicos… Ah, han vuelto —explicó Bull.
Dogfish aún agarraba a Kat del brazo. Mientras caminaban, se inclinó
para decirle algo al oído. Fuera lo que fuera, hizo que Kat se apartara tan
bruscamente que dio un traspiés, pero Dogfish la sujetó del codo y la
empujó hacia adelante.
—Tenemos las llaves —confirmó Dogfish.
—Genial. Ahora, ¿cómo vamos a sacar esta cosa de aquí?
Kat suspiró.
—Ese botón azul abrirá la puerta. Podemos sacar el helicóptero usando
el remolque —le explicó, señalando la máquina con ruedas que había bajo
los patines del aparato—. Alguien fuerte debería ser capaz de hacerlo.
Dogfish dio una palmada y flexionó los enormes músculos de sus
brazos.
—Yo mismo.
—Enséñale a Dogfish cómo debe hacerlo. Esperaremos aquí…
—No lo hagas, Kat —le suplicó Luc—. No…
Bull lo golpeó en las costillas una sola vez, lo bastante fuerte para
dejarlo sin aliento.
—Cállate o volveré a amordazarte —dijo Bull—. Ahora ponte a
trabajar, preciosa.
—No le hagas daño, por favor. Solo tardaremos un minuto.
Luc apretó la mandíbula. Muy pronto, el helicóptero estaría listo para
volar. Y, si eso ocurría, perdería a Kat para siempre.
Kat
La puerta del hangar se abrió con un suave zumbido; Jean la mantenía bien
engrasada.
Kat esperó mientras Dogfish tiraba del helicóptero hacia la salida. Ojalá
Jean no hubiera insistido en comprar aquellos remolques tan caros; con
ellos, los aparatos eran tan maniobrables como juguetes. En cuestión de
minutos, el helicóptero estaba plantado fuera, en la pista.
Kat liberó el remolque, alejándolo, y luego se acercó a abrir el
helicóptero. En cuanto lo hizo, Dogfish entró y abrió la puerta por completo
con pericia. Unos momentos después, se había metido dentro.
«Saben desenvolverse en un helicóptero».
«Lo único que no saben es pilotarlo».
«Necesito ganar algo de tiempo».
A Kat se le daba bien detectar la desesperación, y Bull y Dogfish
estaban claramente desesperados. Todavía no le habían hecho daño porque
la consideraban su billete de salida de Chamonix, pero en cuanto hubiera
cumplido su propósito, se desharían de Luc y de ella.
Bull se acercó cargando con Luc al hombro. Este forcejeaba, maldecía y
le daba cabezazos en los muslos, pero tenía las manos esposadas a la
espalda y sus golpes carecían de fuerza.
Bull arrojó a Luc sobre el asfalto, frente a ella. Aterrizó con un golpe
seco, incapaz siquiera de amortiguar el impacto con las manos.
—Venga, ya estamos todos aquí. Sube, preciosa. Enséñanos lo bien que
vuelas.
—Os llevaré a donde queráis, pero Luc se queda aquí —dijo Kat, en lo
que confiaba que fuera un tono firme. Pasara lo que pasara, no estaba
dispuesta a ser responsable de la muerte de Luc.
—¡No, Kat! —gritó Luc. Su voz se quebró—. Por favor. Por favor, no
lo hagas.
El corazón de Kat pareció volverse duro como una piedra. Haría
cualquier cosa para evitarle la angustia que estaba sintiendo; sabía
exactamente por lo que estaba pasando porque ella también lo sentía cuando
pensaba en que podían hacerle daño. En ese justo instante, Kat se dio cuenta
de que estaba enamorada de Luc. Sentía por él un amor tan fuerte que supo
que jamás volvería a preocuparla no ser lo bastante valiente como para
compartir sus sentimientos.
«Pero primero tenemos que sobrevivir a esto».
Kat alzó la mirada y se enfrentó a los ojos oscuros y reptilianos de Bull.
«Es hora de doblar la apuesta».
—No pienso llevaros a ninguna parte hasta que no tenga la seguridad de
que va a estar a salvo. Le vais a quitar las esposas y lo vais a dejar aquí.
Solo entonces os llevaré donde sea.
Por un instante, creyó que Bull se iba a plegar a sus demandas.
Después, el mercenario se echó a reír; fue un sonido ronco e
inquietante.
—Mueve el culo y entra en el helicóptero, preciosa. Nos llevarás
cuándo y dónde te diga, porque, si no lo haces, cogeré esta navaja y lo
desollaré vivo. ¿Crees que no lo haré? Sería música para mis oídos.
Tras decir esto, Bull cogió de nuevo a Luc y lo arrojó por la portezuela
del helicóptero. En cuestión de segundos, Dogfish lo había amarrado al
asiento junto a la ventanilla. Con las manos atadas a la espalda, era
imposible que pudiera liberarse.
—¡Corre, Kat! Por favor… —suplicó Luc. Kat no volvió a mirarlo
mientras subía al helicóptero. Bull la siguió instantes después con un salto
atlético. Cerró la puerta tras ellos, dejándolos encerrados a todos los
efectos.
—Dame un minuto, tengo que hacer las comprobaciones previas al
despegue —le pidió Kat, señalando el centenar de botones y paneles
indicadores—. Hace tiempo que no piloto uno de estos.
El EC145 era un aparato complejo. Bull y Dogfish no tenían por qué
enterarse de que Kat podía pilotar ese modelo con los ojos cerrados.
Encendió las luces frontales del helicóptero, cogió la lista y simuló
seguirla mientras se preguntaba cómo arreglar la situación. Conocía aquel
helicóptero de memoria. Tenía que haber algo que pudiera hacer.
«Si Luc no estuviera a bordo, podría…».
—Acelera o empezaremos a cortarle pedacitos a tu novio —la amenazó
Dogfish.
—Tengo que saber a dónde vamos —espetó Kat, que no quería dejar
traslucir el pánico que había sentido con aquellas palabras.
—De momento, dirígete al norte. Te daré más información cuando haga
falta —dijo Bull. La cara inexpresiva de Dogfish le dio a entender que él
tampoco sabía a dónde se dirigían.
«Siguen confiando el uno del otro».
Kat miró la radio. Si pudiera…
—Toca esa radio y te rompo la mano —advirtió Dogfish con frialdad.
Se había movido tan silenciosamente que Kat ni siquiera se había dado
cuenta de lo cerca que estaba de su hombro.
«Entonces tendrías que pilotar el helicóptero tú solo, capullo».
Dos pequeñas luces amarillas aparecieron en el horizonte, parpadearon
durante un instante y luego desaparecieron. Kat alzó la vista para confirmar
si Dogfish las había visto también, pero se había girado para hablar con
Bull.
Un soplo de esperanza. No había nada en esa dirección excepto la
carretera y no había ninguna razón para que nadie estuviera allí a menos
que fuera al hangar.
«¿Y si alguien ha visto la silla de ruedas de Luc en mitad de la nieve y
ha dado aviso de ello?».
«¿Y si…?».
—¿Qué está pasando? ¿Por qué no estamos despegando? —gruñó Bull
—. Si me haces ir hasta allí…
Kat levantó las manos en un gesto universal de disculpa. Alzó la vista
para mirar el panel superior y encendió el indicador de altitud y las dos
bombas de combustible.
—Hace frío. El motor necesita calentarse durante un minuto o
correremos el riesgo de que se pare cuando estemos en el aire —mintió.
—Correremos el riesgo. Sácanos de aquí, ¡ahora! —gritó Bull.
Incapaz de pensar en nada más que le permitiera retrasar el despegue,
Kat acercó la mano a la palanca justo cuando el mundo estallaba en luz y
color.
De pronto, el helicóptero estaba rodeado de vehículos: coches de
policía, un par de monovolúmenes y una motocicleta.
—¡Mierda! ¡La policía! —gritó Dogfish. Abrió la puerta como si
pudiera escapar por ahí.
—¡Idiota! Cierra esa…
Un punto rojo apareció en la frente de Dogfish.
—Manos arriba, tenéis cinco segundos para salir del helicóptero.
Kat reconoció la voz tranquila y controlada de Damien.
—¿Bull? —preguntó Dogfish con voz temblorosa, muy diferente del
tono arrogante que había empleado antes—. ¿Qué hago?
El punto rojo lo siguió, manteniéndose en el centro de su frente. Kat
sabía, sin asomo de duda, que Beau Fontaine, el commandant del PGHM de
Annecy, estaba detrás del gatillo.
—Ahora, capullo. Antes de que el dedo de mi compañero se canse —
dijo Drake, irguiéndose junto a Damien. Ambos hombres apuntaban sus
armas hacia el helicóptero.
Kat se quedó tan quieta como pudo. Desde su posición en la cabina, vio
cómo Bull daba un paso hacia Dogfish y la portezuela abierta… y de pronto
lo empujó fuera, hacia el suelo, donde aterrizó con un golpe.
—¡No! ¡Bull! —gritó Dogfish, luchando por ponerse de rodillas. Drake
llegó hasta él en un suspiro, lo empujó para tumbarlo sobre su estómago y
forcejeó para ponerle un par de esposas.
Bull cerró la puerta del helicóptero y retrocedió para aprovechar la
supuesta seguridad del aparato. Probablemente, se había dado cuenta de
que, mientras estuviera dentro con Kat y Luc, nadie iba a dispararle.
«Tiene razón».
«No te dispararán a menos que estén seguros de que no van a darnos».
Damien y un oficial de policía que Kat reconoció de sus reuniones con
la unidad antiterrorista avanzaron hacia el helicóptero.
—Eres Bull, ¿verdad? —dijo Damien gritando—. No vas a ir a ninguna
parte. Deja marchar a los dos rehenes y aún tendrás una buena probabilidad
de salir con vida de esta.
—Deja que Luc se vaya —añadió Kat con suavidad—. Como un gesto
de buena fe. Aún puedo llevarte a donde sea que quieras ir.
Oyó un fuerte sonido metálico en el exterior. Kat sabía perfectamente lo
que significaba; uno de los miembros de su equipo había gateado bajo el
helicóptero para enganchar un cable a los patines. Confió en que Bull no
fuera capaz de identificar el sonido.
—¡No, no! —exclamó Bull, desesperado, pasándose la mano por el
cabello oscuro.
«Lo sabe».
Luc
La rabia se acumulaba en su interior; intensa, fría y brutal. Luc sacudió la
cabeza con violencia. No iba a permitir que Kat jugara a la ruleta rusa con
su vida otra vez.
—No vas a ir a ninguna parte, Bull. Lo sabes —intervino Luc.
—Habla con él por radio —le ordenó a Kat, apuntándola con la pistola.
—¿Con quién?
—No te hagas la tonta conmigo. Con tu jefe, el que está fuera.
Kat se encogió de hombros y empezó a operar el dial, buscando la
frecuencia de emergencia que solía usar su equipo.
—¿Kat? ¿Estáis bien los dos? Cambio.
Bull le quitó el aparato de las manos.
—¿Eres la persona al mando?
—Lo soy. Me llamo Damien Grey. Habla conmigo, Bull. Podemos
resolver esta situación de forma pacífica.
—No te molestes —dijo Bull con frialdad—. Creo que los dos hemos
recibido el mismo curso de negociación. Quita esa cosa de los patines para
que podamos largarnos de aquí.
—No puedo hacerlo, Bull. Ojalá pudiera. Tienes a un miembro de mi
equipo ahí dentro. Quiero que salga indemne. Pero no depende de…
—Cállate ya. Tienes dos minutos para hacerlo o me aseguraré de que la
chica no vuelva a volar nunca más.
—Dame cinco minutos, Bull. Veré qué puedo hacer.
—¡He dicho dos! Y no te molestes en buscar un ángulo para
dispararme. No pienso ponerme de pie para facilitarte el trabajo.
—Nadie va a dispararte, Bull. Tienes mi palabra.
Bull rio.
—Llámame cuando estés listo para retirar el cable.
Devolvió la radio a Kat.
—Ahora vamos a comprobar el valor que tiene tu vida para tu jefe —le
dijo mientras se ponía en cuclillas en el espacio entre la cabina y la parte de
atrás, sujetando firmemente la pistola.
Luc maldijo su cuerpo inútil. Las esposas le apretaban las muñecas. No
podía negar la realidad, no iba a ir a ninguna parte a menos que lo soltaran
de aquel asiento.
Sabía lo que era el terror de verdad. Después de quedarse paralizado
solía despertar en mitad de la noche, gritando agónicamente y reviviendo el
accidente una y otra vez. Entonces, mientras el dolor se disipaba, recordaba
que nunca volvería a caminar. Sin embargo, aquella sensación palidecía
comparada con el miedo de que Bull hiciera caso a Kat y empujara a Luc a
la pista antes de despegar. Si eso ocurría, sabía que nunca volvería a verla.
Luc inhaló y exhaló despacio, tratando de que su expresión no revelara
el pánico que sentía.
De pronto, se le ocurrió una idea.
«No tiene por qué ser una idea maravillosa».
«Solo tiene que hacernos ganar algo de tiempo».
—Ayúdame, por favor. Mi brazo… —gimió—. ¡Por favor, necesito
ayuda!
—Cierra la puta boca —respondió Bull, irritado.
—Duele. Creo que estoy sufriendo un ataque al corazón. Por favor,
ayuda…
—¡Luc! —gritó Kat con angustia.
—Quédate donde estás. Ambas manos sobre la palanca, donde pueda
verlas. Y tú —dijo Bull, gateando hacia él—, cállate o te amordazo.
Bull se arrodilló junto a Luc y sus labios se curvaron en una mueca
desdeñosa. Luc fingió, cerró los ojos y gimió muy alto.
—¡He dicho que te calles!
«Más cerca».
«Un poco más cerca».
«Solo voy a tener una oportunidad».
Luc abrió los ojos y comprobó que la frente de Bull estaba a solo unos
centímetros de la suya. El aliento de aquel hombre olía a podrido, como si
tuviera algo muerto en la boca.
«Justo donde te quería ver».
Echó la cabeza contra el respaldo de cuero, bajó el mentón y le dio un
cabezazo tan rápido y fuerte como pudo. Apuntó al puente de su nariz, pues
sabía por propia experiencia que esta era más fácil de lesionar que la frente,
aunque, en realidad, nunca antes le había dado un cabezazo a nadie.
El contacto fue de una intensidad cegadora. Los ojos de Luc se llenaron
de lágrimas, pero a través de ellas vio un chorro de sangre brotando de la
nariz de Bull que lo salpicó todo: su abrigo oscuro, el suelo del helicóptero.
Bull aulló y levantó las manos para proteger su nariz rota.
Lo que no hizo fue perder el conocimiento.
«Joder».
Bull se tambaleó, desorientado. Fue una agradable sorpresa cuando, tras
dudar un instante, se desplomó hacia adelante. «Hacia» Luc, y no «lejos» de
él.
«Sí».
«Parece que vamos a tener una segunda oportunidad».
Luc se imaginó un martillo y usó la frente para embestir a Bull otra vez,
ahora dirigiéndose a su sien.
Esta vez el dolor fue abrumador. La visión de Luc se oscureció y
aparecieron un montón de estrellas. Parpadeó hasta que pasó el momento y
vio de nuevo el interior del helicóptero. Sintió un gran alivio al comprobar
que Bull estaba en el suelo, gimiendo. Las botas del mercenario se
deslizaban sobre el metal mientras trataba de ponerse en pie.
A Luc le dio un vuelco el corazón.
«Aún está consciente».
Entonces una sombra apareció sobre ellos.
«Kat».
Kat alejó la pistola de Bull con una patada y la envió volando hacia la
parte trasera del helicóptero. Bull gimió de nuevo y ella aprovechó la
oportunidad para patearle las pelotas; una, dos veces.
Estuvo magnífica.
Bull se llevó la mano a los genitales mientras se retorcía de dolor. Pero
aún estaba consciente. Alargó un brazo y agarró a Kat.
—Pedazo de puta. Voy a…
—¡Kat, cuidado! —gritó Luc.
Kat le dio una patada en el codo y Bull gritó, enfurecido. La mujer se
apartó con rapidez y luego volvió a acercarse para darle un puñetazo en el
plexo solar.
Luc oyó un chirrido de metal y sintió una ráfaga de aire frío. Una forma
oscura saltó hacia ellos. Antes de que Luc pudiera procesarlo, un perro
aterrizó sobre Bull y cerró sus fuertes mandíbulas sobre su cuello,
impidiendo que se moviera.
—¡Bailey! —Kat jadeó y se echó hacia atrás para dejar espacio al perro.
Hiro entró en el helicóptero y adoptó una expresión seria mientras
evaluaba la escena.
—Quieta, Bailey —ordenó, sacando unas esposas. Poco después, Bull
estaba esposado y fuera del helicóptero, donde fue entregado a otro policía
que lo estaba esperando.
Bailey miró a Luc. Sus ojos inteligentes parecieron reconocerlo o, al
menos, asumió que no suponía ninguna amenaza para Kat. Se relajó y frotó
el hocico contra ella, como si supiera lo mucho que necesitaba ser
reconfortada en ese momento.
—Gracias, Bailey —dijo Kat en voz baja. Su cuerpo temblaba con el
aire frío de la noche. Después, alzó la mirada y gateó hacia Luc para
desabrochar la hebilla del arnés que lo atrapaba. Luc cayó hacia adelante,
directamente en brazos de Kat.
—¿Estás bien? —preguntó. Era la única cosa en el mundo que
importaba.
—Ahora sí —le dijo. Se inclinó para darle un beso justo cuando Hiro
volvía a entrar en el helicóptero con una pequeña llave.
—Lo siento —se disculpó el adiestrador canino—. Encontré esto en su
chaqueta y pensé que lo necesitarías.
—Gracias, Hiro.
Hiro asintió con rigidez.
—Os daré un minuto.
Kat le quitó las esposas. Luc pasó los brazos por delante y se frotó las
muñecas. Apretó la mandíbula para sobreponerse al dolor.
—¿Qué tal la cabeza? —preguntó Kat.
«Duele de la hostia».
—Sobreviviré.
—Has sido muy valiente.
—Y tú has estado magnífica, Kat. Solo siento que…
Kat abrió sus ojos azul oscuro en señal de confusión.
—¿Qué?
Antes de que Luc pudiera responder, Damien saltó dentro del
helicóptero.
—Ya están los dos bajo custodia. ¿Estáis bien?
—Gracias por bloquear el helicóptero —dijo Kat—. Ha sido una buena
estrategia.
Se puso a temblar y Damien se quitó el abrigo y se lo echó sobre los
hombros.
—Venga, vámonos de aquí —dijo—. Voy a echarte una mano, ¿vale,
Luc?
Luc asintió con rigidez ante el eufemismo. No iba a ir a ninguna parte
solo.
Damien lo alzó y cargó con él mientras recorría los pocos pasos que los
separaban de la puerta, donde se lo pasó a Jens.
«Como si fuera un saco de patatas».
—Qué tal, Luc —dijo Jens con amabilidad.
Luc asintió. Prefería no decir nada, no se fiaba de sí mismo. Sus ojos se
agrandaron cuando vio la silla de ruedas.
«Nunca pensé que me alegraría tanto de verla».
Kat estaba a su lado antes de que Jens hubiera terminado de acomodarlo
en ella.
—¿Cómo encontrasteis la silla…?
—¿Os llamó mi entrenador, Legrand? —preguntó Luc.
Jens asintió.
—Mi reloj tiene una función para hacer peticiones SOS —le explicó a
Kat, y enrojeció—. Muchos discapacitados llevan uno. Lo activé antes de
salir de casa y el sistema contactó con mi entrenador.
—Así que Legrand fue a tu casa —dijo Kat.
Jens completó la historia.
—Cuando vio tu silla de ruedas en mitad de la nieve, nos llamó.
Sabíamos que estabas con Kat y solo se nos ocurría un motivo por el que
los fugitivos querrían llegar hasta ella, así que vinimos aquí tan rápido
como pudimos.
—Aunque la verdad es que no necesitasteis mucha ayuda —dijo Hiro,
reuniéndose con ellos.
—No es cierto —dijo Kat mientras le pasaba la mano a Bailey por el
costado—. Gracias, Bailey, por llegar justo a tiempo.
Damien se unió al grupo.
—Deberíamos ir al hospital —dijo Kat.
—¿Estás herida? —preguntó Luc con preocupación. Parecía bastante
pálida.
Kat sacudió la cabeza.
—Yo, no. «Tú». Creo que podrías haber sufrido una conmoción.
Luc se encogió de hombros, sopesando el dolor que sentía.
—No quiero ir al hospital. Sé cómo identificarla.
—Sí, quizá deberíamos… —empezó Damien.
Cruzó una mirada con Kat.
—No pasa nada, Damien —dijo ella—. Me quedaré con Luc hasta
mañana.
29
Kat
Katguardado
esperó en la cocina de Luc a que el agua empezara a hervir. Había
el vino y el queso; aunque era casi medianoche, no tenían
demasiada hambre.
Luc tenía pocas variedades de té en su armario y, por un momento, Kat
deseó haber ido a su casa.
Enseguida se reprendió por aquel pensamiento egoísta. Aquella noche
había sido muy dura para Luc y tenía que sentirse a gusto. Además, a ella
no le importaba demasiado dónde se quedaran. Mientras estuvieran juntos,
se sentía… «segura».
Se detuvo para escuchar los sonidos del baño, donde Luc se estaba
dando una ducha. Llevaba allí mucho tiempo y ya no oía el ruido del agua
corriendo.
«¿Debería ir a ver cómo está?».
No quería avasallarlo, pero había estado demasiado silencioso desde
que habían llegado a casa.
No le hizo falta tomar una decisión, pues, momentos después, Luc salió
del baño y avanzó con la silla hasta el salón. Los restos de la sangre de Bull
que habían salpicado su mejilla habían desaparecido y se había cambiado de
ropa. Su pelo estaba mojado y olía a lluvia fresca.
—Estoy preparando té para los dos —le dijo Kat, señalando el hervidor
de agua.
Luc abrió uno de los armarios inferiores y sacó una botella de Jack
Daniels. Se sirvió un vaso generoso y lo dejó con cuidado sobre su regazo
mientras se desplazaba con la silla hasta la ventana. Se quedó mirando en
dirección a las montañas, dándole la espalda, aunque no había gran cosa
que ver en la oscuridad.
—No creo que tomar alcohol sea buena idea, Luc. Es probable que
hayas sufrido una conmoción.
Luc se giró para mirarla. Sus ojos azules mostraban más agotamiento
que nunca. Por fin, asintió y dejó el vaso sobre la mesa sin probarlo.
—Tienes razón —dijo en voz baja, y siguió mirando a la oscuridad. Kat
se entretuvo con las tazas durante unos minutos, preparando el té de
camomila. Mientras escurría la bolsita de té, sentía que su conflicto interno
crecía. En su cabeza, veía dos futuros posibles: uno en el que se sentaba a la
mesa de la cocina y sorbía el té en silencio, esperando a que Luc le abriera
su corazón… y otro, completamente distinto, en el que se acercaba a él y
afrontaban el problema del que no querían hablar.
Sonrió con tristeza. Para bien o para mal, siempre había sido la clase de
persona que se enfrentaba a los problemas cara a cara, y aquella noche no
parecía el mejor momento para cambiar su forma de hacer las cosas.
Acercó ambas tazas a la pequeña mesa que había junto a la ventana.
—Luc, ¿qué ocurre? ¿Estás enfadado conmigo?
Giró la silla con un giro de muñecas para mirarla. Ya no parecía
enfadado, solo muy triste y cansado.
—¿Contigo? —dijo con lentitud—. ¿Por qué iba a estar enfadado
contigo?
—¿Te duele la cabeza? ¿Quieres que vayamos al hospital?
Luc suspiró.
—Mi cabeza está bien, Kat. Siento no ser una compañía agradable esta
noche. —Cerró los puños sobre su regazo—. Evidentemente, estoy
enfadado. Pero no contigo, créeme.
—Si estás enfadado con Bull y Dogfish, se llamen como se llamen de
verdad, yo también.
Luc sacudió la cabeza.
—Estoy enfadado conmigo mismo, Kat. No puedo dejar de darle
vueltas a todo lo que ha pasado. A todo lo que podría haber pasado. En esos
escenarios, soy incapaz de protegerte. Todo lo que puedo hacer es «mirar».
—La voz de Luc se quebró y sus ojos brillaron por efecto de las lágrimas.
Kat apretó los dientes para no explotar. Le daba la impresión de que sus
siguientes palabras determinarían el curso de sus vidas; tanto si iban a tener
un futuro juntos como si no. Pero ¿cómo podía convencer a Luc de que la
culpa no era suya cuando estaba tan claramente obcecado con ello?
—No han ocurrido, Luc. Ninguno de esos escenarios es real.
—Pero podrían haberlo sido, Kat. Y yo me habría quedado tumbado allí
como… como una babosa.
—Pero nos salvaste. Me salvaste a mí. A ambos cuando usaste el
localizador del reloj. Luchaste contra Bull en el helicóptero, incluso con las
manos esposadas a la espalda. ¿Crees que no sentí tu amor cuando me
miraste? —gritó—. En ese momento trabajamos juntos, como un equipo.
¿Y ahora me dices que no significó nada para ti?
—Tú también viste cómo tus compañeros me llevaban de vuelta a esta
puta silla de ruedas —dijo con amargura.
Kat sacudió la cabeza, enfadada.
—Pero la silla no importa, Luc. Me lo dijiste cuando nos conocimos.
Simplemente, no te funcionan las piernas. En ese momento no parecías
querer que te compadecieran. ¿Qué ha cambiado ahora?
Luc la miró con paciencia. No estaba reaccionando como un loco y eso
la preocupaba todavía más.
—Lo que ha cambiado es que, hasta ahora, solo era yo. Así que no
importaba. Pero te amo, Kat. Más de lo que pensaba que podría amar a
alguien. Por eso no quiero que acabes con alguien como yo.
—¿Y crees que esa decisión la debes tomar tú? —dijo Kat con frialdad.
Luc la cogió de la mano y apretó con suavidad.
—Pensé… Pensé que podría hacer la mayor parte de las cosas
importantes. Pero ahora veo que hay cosas de las que nunca seré capaz. No
podré protegerte de alguien como Bull. Nunca podré darte hijos. Te estaría
pidiendo que renunciaras a…
Su estómago se encogió al sentir la tristeza infinita en su voz. Tomó una
profunda bocanada de aire antes de responder.
—Luc, no deberíamos tener esta conversación ahora. Vámonos a
dormir. Juntos. Mañana veremos las cosas de otra forma.
Luc sacudió la cabeza con tristeza y apretó su mano con una intensidad
que pareció… definitiva.
—Quizá mañana lo veamos de forma distinta, Kat. Por eso tenemos que
hacer esto ahora. Lo siento, pero voy a pedirte que te marches. Llamaré a un
taxi.
—¿Marcharme? ¡No! —gritó Kat, arrojándose a sus brazos. Él se quedó
sentado estoicamente, sin responder a su contacto. Luego la apartó.
—Es mi casa, Kat, y te pido que te marches. Si no quieres, me iré a
pasar la noche a un hotel.
Con aquellas frías palabras, el corazón de Kat se rompió en mil
pedazos. Todos los miedos y motivos que había esgrimido para no
entregarle su corazón a nadie volvieron de golpe. Le entraron ganas de
vomitar.
—Por favor, Luc, no hagas esto.
—Lo siento, Kat, pero es lo mejor, de verdad. Para ambos.
—¿Estás rompiendo conmigo? —le preguntó, perpleja.
«Sobrevivimos».
«No era así como se suponía que tenía que acabar esta noche».
«Deberíamos de estar acurrucados juntos en la cama».
—No seas dramática, Kat. Estoy dándonos un tiempo.
Kat cogió aire una vez —y luego otra—, orgullosa de su autocontrol.
Mientras se ponía el abrigo, se calzaba, salía de su casa y cerraba la puerta,
no dejaba de preguntarse si en unos años se alegraría de no haberlo
abofeteado por aquella burla final.
30
Luc
Nunca en la vida se había sentido tan solo. Haber hecho lo correcto no era
un gran consuelo mientras se preparaba para pasar otra noche en vela.
Sabía que tendría que haberse ido de Chamonix, volver a Suiza, o quizá
a algún lugar nuevo, pero aún no había reunido el valor. Por perverso que
sonara, quería quedarse en aquel apartamento donde Kat y él habían pasado
el tiempo juntos.
Le había mentido, por supuesto. No se estaban dando un tiempo. Le
estaba dando tiempo a «ella»; tiempo para descubrir que no quería acabar
cargando con un lisiado incapaz de ayudarla cuando la atacaban.
El entrenador Legrand lo había estado llamando casi a diario hasta que
por fin había accedido a tomar una cerveza con él en un bar de la ciudad. Le
parecía justo escucharlo; al fin y al cabo, Kat y él seguían vivos gracias a su
rápida actuación. Luc se lo debía.
Los Juegos de la Victoria habían generado interés por las competiciones
mixtas de atletas profesionales y discapacitados, y muchos sponsors querían
reunirse con Luc. Pero él se sentía demasiado mayor para convertirse en la
imagen de marca de una compañía que apostara por la diversidad.
—¿Eso es lo que te preocupa? —preguntó Legrand, mirándolo por
encima de su enorme jarra de cerveza—. Estás ayudando a poner el deporte
en el mapa, chico. Por eso quieren patrocinarte. Es así de simple.
Luc se encogió de hombros y dio un sorbo a su cerveza sin apenas
saborearla.
—Muchos jóvenes han estado escribiendo a esa marca —prosiguió
Legrand—, no solo los discapacitados. Les encanta lo que hiciste y te estoy
ofreciendo una forma de seguir haciéndolo. Puedes inspirar a la gente para
que haga «más», Luc. Solo quiero que me digas que te lo pensarás.
Luc tuvo que contenerse para no resoplar y acabar echando la cerveza
por la nariz; no se sentía capaz de inspirar ni a un mosquito, pero no era
culpa de su entrenador. Él solo estaba intentando ayudarlo.
—Pensaré en ello —dijo con obediencia. Eso no lo obligaba a nada.
La expresión de Legrand se tornó seria. Casi parecía irritado.
—Luc, llevamos mucho tiempo trabajando juntos. Sabes que siento por
ti un respeto de la hostia. Pero tengo que decirte esto ahora: saca la cabeza
del culo.
Luc se quedó con la boca abierta.
—Sé lo que estás haciendo. Echas de menos a esa chica y no hay
motivos para ello. Ve a buscarla, dile que la quieres y luego reúnete
conmigo y seguiremos haciendo cosas geniales juntos.
Con esas palabras, su entrenador apuró la cerveza y se levantó.
—Llámame cuando estés listo, Fournier. ¿De acuerdo?
31
Kat
Damien y el coronel le habían ofrecido cogerse unos días libres, pero Kat
prefirió volver al trabajo casi de inmediato.
Si no trabajaba, tendría más tiempo para pensar en lo mucho que echaba
de menos a Luc; y era algo que no necesitaba.
Al menos, la investigación había progresado de forma constante durante
las últimas cuatro semanas. Al ver a su jefe en la cárcel, uno de los
mercenarios se había venido abajo, así que el equipo antiterrorista por fin
tenía algo con lo que trabajar. Todo había sido una cuestión económica, lo
que no era sorprendente. El plan era mantener a la señora Larsen como
rehén hasta que su marido vendiera cierto número de acciones de su
aerolínea. Se suponía que la venta causaría una bajada rápida en el precio,
causando el caos y facilitando que alguien más las comprara mucho más
baratas.
Quién era esa persona —o ese grupo de ellas— todavía era un misterio,
pero los investigadores estaban trabajando en unas llamadas telefónicas que
se habían hecho desde el teléfono de Bull el día que fue capturado, y
estaban convencidos de que, eventualmente, sacarían algo en limpio de allí.
Aún quedaban muchas cuestiones por resolver, pero ese ya no era su
trabajo. Ahora que el equipo antiterrorista se había llevado a los
sospechosos de vuelta a París, la situación había vuelto a la normalidad para
la gendarmerie de Chamonix.
«Normalidad».
Para Kat ya no había nada que pareciera normal.
Había visto a Jacques una vez más. Aún no se había ido de la ciudad.
Cuando le había agradecido lo que había hecho en el hotel, este le había
quitado importancia y no había intentado encandilarla. Se había mostrado
distante, educado… y genuinamente avergonzado por la forma en la que se
había comportado con ella. Nunca serían amigos, pero Kat había decidido
perdonarlo.
Aunque no había visto a Luc, sabía, por sus conversaciones con otras
personas, que aún seguía en la ciudad. Pero no la había llamado ni le había
enviado ningún mensaje.
Kat había utilizado con su equipo la misma excusa de Luc, que ambos
se estaban dando un tiempo.
«Tiempo».
«Más bien un vacío infinito».
Eso era lo que le parecía la vida sin él. Antes de conocerlo estaba bien,
pues nunca pensaba en lo que se estaba perdiendo o cómo podría ser su vida
si se permitía conectar de forma significativa con otra persona.
La parte racional de su mente sabía que era afortunada. Tenía un trabajo
que le encantaba, amigos geniales y un equipo que era una familia. Todo lo
que podría haber deseado.
Pero, por mucha importancia que tuvieran esas cosas, tras haber
probado la vida con Luc, quería más. Más tiempo juntos. Tiempo para
aprender en lo que podían convertirse si se daban una oportunidad.
Kat recogió del suelo la caja de la pizza de la noche anterior. Tess e
Isolde iban a ir a verla. Lo había retrasado todo lo posible con la excusa de
que tenía mucho trabajo, pero sus amigas vivían con Drake y Damien y
sabían cuándo decía la verdad y cuándo mentía al respecto. En concreto,
aquel sábado por la tarde no estaba de servicio.
Ahuecó los cojines del sofá y miró alrededor para asegurarse de que
todo tenía un aspecto más o menos normal. Llevaba un tiempo sin limpiar
el polvo, pero al menos había recogido sus cosas, así que con suerte el
polvo no sería tan visible.
Se tocó los rizos pelirrojos y se dio cuenta de que aquella mañana ni
siquiera se había cepillado el pelo.
«A ver qué puedo hacer con esto».
La asustó su cara en el espejo. Llevaba todo el mes sin dormir bien,
pero no esperaba que las bolsas bajo sus ojos fueran tan pronunciadas.
Kat se sonó la nariz ruidosamente. Encima parecía que había cogido
algún tipo de gripe. Estaba harta de estar cansada. Ya había vomitado dos
veces aquel día y una más la noche anterior. Quizá era mejor llamar a Isolde
y a Tess y cancelar…
El telefonillo de la calle interrumpió aquel pensamiento.
«Demasiado tarde».
—Déjanos entrar, Kat —dijo Tess riendo—. Se nos está congelando el
culo aquí fuera.
Kat pulsó el botón del interfono y abrió la puerta principal.
—Brrr… ¡Qué frío! —dijo Tess mientras iba directa al radiador.
—Cuidado, Tess, si haces eso, te quemarás las manos.
—O el culo. —Isolde rio—. Me da la impresión de que Tess aún no se
ha acostumbrado a los inviernos de Chamonix.
—¡No creo que pueda acostumbrarme nunca! —respondió Tess con
ojos brillantes.
—¿Cómo te sientes, Kat? —preguntó Isolde. Arqueó una ceja—. No
pareces estar muy bien.
—¿Eso les dices a tus pacientes cuando van a verte? —Kat se echó a
reír.
—Vamos, iremos a beber algo y a tomar unos calamares y te sentirás…
Aunque era una de las comidas favoritas de Kat, la palabra «calamar» le
produjo una reacción visceral. Corrió al baño y llegó justo a tiempo para no
vomitar en el suelo. Después, se lavó los dientes y se frotó la boca para
secársela.
Isolde y Tess estaban fuera del baño, observándola con preocupación.
—Lo siento —dijo Kat—. Probablemente, deberíais iros antes de que os
contagie mi virus.
Sus amigas compartieron una larga mirada. Fue Isolde la que habló
primero.
—Esto… Kat, ¿llevas mucho vomitando?
Kat sacudió la cabeza.
—Solo los dos últimos…
De pronto, una bombilla se encendió en su cabeza.
«Oh».
Isolde asintió y se dio unas palmaditas sobre el vientre, ligeramente
redondeado.
—Tú y Luc…
—No usamos protección. Pero yo tomo la píldora y él… Oh, joder.
—Voy a dejaros a las dos aquí —dijo Tess—, y voy a bajar a la farmacia
a pillar algo. Volveré enseguida.
Kat se sentó en el sofá y estrujó los cojines que había ahuecado hacía
solo unos minutos. Trataba de recordar.
«¿Me he olvidado de tomar la píldora algún día?».
—¿Crees que…?
—Es mejor que esperemos a Tess antes de dar nada por sentado.
Enseguida saldremos de dudas. —Isolde la tomó de la mano—. Pero si
estás embarazada, todo va a ir bien.
Kat miró el vientre de Isolde.
—Para mí es distinto. Luc y yo… no somos como Drake y tú.
—Por supuesto que no, Kat. Todas las parejas son distintas. Y no puedo
decirte que todo va a ir bien entre vosotros, pero sí puedo decirte que va a ir
bien —dijo Isolde.
—Estás dirigiéndote a mí como si fuera un paciente, me doy cuenta.
—Eso no hace que sea menos cierto. Tienes a un montón de gente a tu
lado que se preocupa por ti, Kat.
Tess volvió en cuestión de minutos con las mejillas enrojecidas por el
esfuerzo.
—¿Has hecho todo el camino corriendo? —preguntó Kat entre el pánico
y la diversión.
—He caminado muy rápido —respondió Tess—. Vale, aquí está. Solo
tienes que hacer pis en ese extremo. He comprado dos, por si acaso.
—¿Dos?
—Mejor prevenir que curar.
—Vale… ¿Me esperáis aquí?
—Créeme —dijo Tess—. No vamos a irnos a ninguna parte, pero podría
preparar unas palomitas —dijo riendo. Isolde le dedicó una mirada
reprobadora.
—Simplemente, mea en el palo y tráelo de vuelta, Kat. Veremos el
resultado juntas.
Al final, Kat se quedó sola en el baño, observando el palito. La imagen
de las dos líneas rosas —embarazada— no la sorprendió tanto como había
imaginado. Lo que más la sorprendió fue lo mucho que quería a ese bebé.
El bebé de Luc.
Oyó como golpeaban la puerta con suavidad. Isolde asomó la cabeza.
—Estoy embarazada —anunció Kat, saliendo del baño para entrar en la
sala de estar. Se inclinó sobre el sofá y hundió la cabeza entre las manos,
superada por aquel giro de los acontecimientos.
Un segundo después, Kat sintió las manos de Isolde y Tess sobre los
hombros. Se dio cuenta de que era muy fácil que sus amigas
malinterpretaran sus sentimientos.
—Todo va a ir bien, Kat. Incluso si a Luc no le hace gracia la idea,
todos estamos aquí para…
—Le va a encantar —murmuró, y estuvo a punto de soltar una risita al
pensarlo—. Tenía muchas ganas de tener hijos.
—Vale… Entonces quizá deberías ir a decírselo.
Los ojos de Kat se llenaron de lágrimas. Las palabras escaparon de su
boca antes de que pudiera evitarlo.
—Querrá tener al bebé, pero quizá no me quiera a mí…
—Kat, tienes que ir a hablar con él. Pero nosotras estamos aquí para
apoyarte. ¿Por qué no cocinamos una…?
Kat les dedicó una sonrisa a sus amigas, agradecida. Tenía suerte de
tenerlas.
—¿Podemos dejarlo para otro momento? No creo que hoy vaya a ser
muy buena compañía. Necesito algo de tiempo para pensar.
Antes de que sus amigas se marcharan, Kat les hizo jurar que guardarían
el secreto. Luc tenía que ser el primero en saberlo.
«Cuanto antes se lo diga, mejor».
32
Luc
Dostemporada,
meses y medio era mucho tiempo para buscar una casa. Durante una
a Kat le había dado miedo no encontrar lo que buscaban: un
piso en una planta baja, accesible, cerca de las pistas y del centro de la
ciudad.
Sin embargo, al final encontraron el lugar perfecto y consiguieron pagar
el depósito antes de que se les adelantaran.
«Con el tiempo, necesitaremos un tercer dormitorio».
Apoyó la mano sobre su vientre, que ya no era tan plano como antes.
«Y se va a volver mucho menos plano en los próximos meses».
Durante su primera visita al médico, el bebé se había convertido en dos.
«Parece que las dos pequeñas líneas rosas del test de embarazo no
informan del número de bebés que estás gestando».
Kat rio al recordar la expresión de Luc cuando el doctor les comunicó
las noticias; digamos que tuvo suerte de estar sentado.
Resultó no ser una situación tan extraordinaria; estudios recientes
confirmaban que incluso los hombres que no eyaculaban con normalidad
tras una lesión en la médula espinal podían tener hijos de forma natural. Era
raro, pero ocurría. Aquellos bebés eran la prueba.
Cuando llegó Kat, Luc ya estaba en el bar, sentado con Jens, Gael y
Hiro. A juzgar por sus sonrisas felices, dedujo que había compartido las
noticias.
—¡Felicidades, Kat! ¿Cuándo os mudáis? —preguntó Gael mientras la
abrazaba como si no la hubiera visto en dos semanas en lugar de en dos
horas.
Por suerte, los vómitos matinales de Kat habían remitido pronto durante
su embarazo, por lo que aún tenía permitido volar. Al final de la semana
dieciséis tendría que decidir junto con su obstetra si quería seguir volando
hasta la semana veinticuatro. Después, le asignarían tareas no relacionadas
con el pilotaje. No le apetecía mucho, pero estaba deseando tener a los
bebés.
«Bebés».
«En plural».
Aún sentía un leve escalofrío de excitación cada vez que pensaba en
ello.
—Ya he avisado a mi casero, así que nos mudaremos la semana que
viene.
—¿Luc ha dicho que vuestra nueva casa tiene jardín? —preguntó Hiro.
Kat asintió, sonriendo.
—Tengo muchas ganas de enseñártelo. A Bailey le va a encantar.
La puerta frontal se abrió y entraron Damien, Tess, Drake e Isolde junto
con una ráfaga de aire frío. Los hombres avanzaron detrás de sus esposas,
escoltándolas dentro del bar. Drake, en particular, parecía vigilar por encima
del hombro de Isolde, como retando a cualquiera a que se acercara
demasiado.
Kat se fijó en el vientre de Isolde. La psicóloga policial le sacaba dos
meses de ventaja en el embarazo, así que no solo se había convertido en una
fuente fiable de información para Kat, también en la muestra viviente de
todos los cambios que podía esperar sufrir en su cuerpo en el futuro
próximo.
Embarazada de casi cinco meses, la tripa de Isolde ya estaba algo más
que «un poco redondeada». Drake le pasó el brazo por la espalda y apoyó la
mano sobre su vientre en actitud protectora.
A Kat le hizo pensar en Luc besándole el vientre en la cama aquella
mañana.
«Estos bebés ya saben lo que significa ser queridos».
—Jamie está deseando ser el primo mayor de tus bebés —dijo Tess.
—Se lo va a pasar genial con los pequeñajos —coincidió Drake
sonriendo. Jamie y él siempre habían tenido una buena relación, pero desde
que Drake lo había rescatado de lo alto de un acantilado, estaban todavía
más unidos.
Kat se sentó al lado de Luc. Ya había pedido una soda para cada uno;
había decidido no beber alcohol hasta que nacieran los niños, aunque Kat le
había dicho que no era realmente necesario. Dio un sorbo y disfrutó de la
sensación fría y refrescante mientras bajaba por su garganta.
—¿Cuándo es tu próxima competición, Luc? —le preguntó Jens.
Aunque era la persona más reservada de su equipo, Jens y Luc se habían
hecho amigos y a veces incluso salían a esquiar juntos.
—El próximo domingo. Y luego ya no habrá más competiciones
durante un tiempo. He estado hablando con un par de patrocinadores
interesados en hacer algo distinto.
—¿El qué?
—Me gustaría montar una escuela para jóvenes con lesiones en la
médula espinal. Así podría traerlos aquí unas cuantas semanas, justo cuando
hayan terminado la rehabilitación inicial, y mostrarles lo que aún son
capaces de hacer.
—Suena genial —dijo Jens. A lo largo de la mesa, otras tantas personas
manifestaron su aprobación.
—Cruzaré los dedos. Creo que puede ser muy positivo —dijo Luc.
—Cuenta con nosotros —dijo Damien— si podemos ayudar de alguna
manera.
—Créeme, os iré preguntando uno a uno para que me enseñéis todo tipo
de cosas —dijo Luc—. Empezando por la escalada en rocódromo, Drake.
Quizá debería unirme a Jamie y a ti la próxima vez que vayáis para
comprobar de primera mano lo duro que es.
Kat sonrió.
«Si alguien puede hacerlo, ese es Luc».
Mirando a los amigos reunidos a su alrededor, se quedó maravillada de
lo rápido que podían cambiar las cosas. Al comienzo de la temporada de
esquí, había estado convencida de que aquel año iba a ser como cualquier
otro. Ahora, solo unos pocos meses después, todo era distinto. Y lo único
que había hecho falta para operar el cambio había sido una caída fortuita.
—¿Sabes qué? —susurró Kat, inclinándose sobre la oreja de Luc.
—¿Qué? —preguntó él, rozando su cuello con la nariz.
—Me siento como si todavía estuviera cayendo en tus brazos.
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Gracias por leer este libro. Por favor, si lo has disfrutado, dedica un minuto
a dejar una reseña para ayudar a otros lectores a descubrir mis obras.
¿Quieres saber un poco más sobre Kat y Luc? Haz clic aquí abajo para leer
un epílogo extra en el que la pareja se adapta a su nueva casa.
A ti, mi lector, gracias por acompañarme en esta tercera aventura del equipo
de rescate del Mont Blanc.
Muchos lectores me escribieron tras leer Cold and Bitter Snow (una novela
romántica corta que publiqué a principios del 2021) para decirme que Luc,
el mejor amigo del protagonista, se merecía su propia historia. Aunque no
podía estar más de acuerdo, solo cuando empecé a pensar en la clase de
hombre del que podría enamorarse Kat, me di cuenta de que ambos harían
una pareja increíble.
Espero que hayas disfrutado leyendo la historia de Luc y de Kat tanto como
yo he disfrutado escribiéndola y que ya estés deseando empezar con la
siguiente.
Si quieres saber más sobre Kat y Luc, sigue el link de abajo para leer su
epílogo extra.
https://dl.bookfunnel.com/yhzmlr4cbo
Gracias, R., por responder mis preguntas sobre cómo es vivir con una
paraplejia y sobre el esquí adaptado. Ambos sabemos que este libro no
habría sido posible sin tu apoyo y estoy muy agradecida por todo lo que has
compartido conmigo. Cualquier error que haya cometido es, por supuesto,
cosa mía.
Gracias a Maria Spada, de Maria Spada Book Cover Design, por otra
preciosa portada.