Una realidad trascendente
Platón, al igual que su maestro Sócrates, se oponía a las teorías relativistas y escépticas defendidas por los
sofistas. El relativismo sostiene que la verdad depende del punto de vista desde el cual se observe, lo que
implica que no existen realidades absolutas. Según los sofistas, conceptos como el bien o la justicia varían
según el lugar y el momento histórico. Por esta razón, las costumbres y normas son diferentes en cada
pueblo y época. Sin embargo, tanto Sócrates como Platón consideraban que estas teorías eran falsas y
peligrosas.
Los relativistas afirmaban que las cosas son tal y como las percibimos, pero no reconocían la diferencia
crucial entre apariencia y realidad. Las apariencias, según Platón, son a menudo engañosas, y nuestras
opiniones sobre el mundo pueden ser incorrectas. Para alcanzar la verdad, debemos ir más allá de nuestras
creencias y cuestionar lo que creemos saber, tratando de descubrir lo que realmente son las cosas. Platón,
al igual que Sócrates, estaba convencido de que existe una realidad verdadera que es independiente de
nuestra percepción.
Sin embargo, para Platón, alcanzar esa realidad no era tarea fácil. La filosofía, según él, debía ayudarnos a
ir más allá de nuestras opiniones y descubrir la verdad, que se encuentra más allá de las apariencias. En su
combate contra el relativismo, Platón extendió las ideas de Sócrates más allá de la ética, abordando
también cuestiones sobre la naturaleza, el conocimiento y el ser humano. Su convicción era que la
auténtica realidad está más allá de lo que vemos y que solo a través del esfuerzo filosófico podemos
alcanzarla.
El estudio de las matemáticas ofreció a Platón algunas claves importantes en su búsqueda de la realidad.
Un ejemplo claro es el cuadrado: todos sabemos lo que es un cuadrado perfecto en nuestra mente, pero no
podemos dibujarlo con exactitud. El cuadrado ideal existe en un plano perfecto, mientras que los
cuadrados que dibujamos son siempre imperfectos. Platón resolvía este enigma diferenciando dos niveles
de la realidad: el mundo sensible y el mundo inteligible.
El mundo sensible está compuesto por las cosas materiales que percibimos con los sentidos. Este mundo
es imperfecto, cambiante y perecedero. En cambio, el mundo inteligible está formado por las esencias,
realidades inmateriales que solo podemos captar mediante la razón. Las esencias son perfectas,
universales, eternas e inmutables. Este mundo alberga realidades como los números, las figuras
geométricas perfectas y conceptos abstractos como el bien, la justicia y la belleza. Según Platón, las
esencias no forman parte del mundo material; son trascendentes, pertenecen a un plano superior y solo
pueden ser comprendidas por la razón.
Teoría de la participación
La metafísica de Platón es dualista, ya que distingue dos ámbitos diferentes de la realidad: el mundo
sensible y el mundo inteligible. Para referirse a las esencias trascendentes que integran el mundo
inteligible, Platón empleó los términos idea y eidos, que en griego significan "forma" o "figura". Esta
propuesta que diferencia el mundo de las esencias del mundo sensible se conoce como la teoría de las
Ideas o teoría de las Formas. La teoría de las Ideas es una doctrina ontológica, ya que describe las
realidades que verdaderamente existen.
Platón creía que la existencia de estos dos mundos explicaba las enormes diferencias que hay entre las
cosas y las esencias. Las cosas del mundo sensible están sujetas al cambio, la imperfección y el deterioro.
Por ejemplo, cualquier cuadrado que podamos dibujar tendrá defectos y acabará desapareciendo con el
tiempo. En cambio, las esencias son inmutables y eternas. La esencia de lo que define un cuadrado es
siempre la misma, para cualquier persona, en todo momento y en todo lugar. Por esta razón, las esencias
no pertenecen al mundo de las cosas, sino a un ámbito propio que es eterno, perfecto e inmutable: el
mundo inteligible o mundo de las Ideas.
Una cuestión importante en la teoría platónica es la relación entre las Ideas y las cosas del mundo
sensible. Para comprender cómo se vinculan, Platón utiliza el ejemplo de la belleza. En el mundo
sensible, vemos muchas cosas bellas: personas, objetos, acciones, que nos parecen hermosos. Lo que
tienen en común es que en todos ellos, en mayor o menor medida, se refleja la belleza. Sin embargo, la
belleza en sí misma no pertenece al mundo sensible, sino que es una esencia del mundo inteligible. Platón
explicaba esta conexión afirmando que todo lo bello en el mundo sensible "participa" de la Idea de
belleza. Las cosas hermosas son bellas porque, de alguna manera, reflejan la esencia eterna e inmutable de
la belleza. Esta relación entre las cosas y las Ideas se conoce como participación (methexis en griego), y
significa que las Ideas son los modelos eternos e inmutables a los cuales las cosas del mundo sensible
intentan imitar, aunque solo de forma parcial y nunca perfecta.
Platón veía la relación entre las Ideas y las cosas como una especie de aspiración. Así como el amor
mueve a un amante a acercarse a lo amado, las cosas en el mundo sensible se esfuerzan por parecerse lo
más posible a las Ideas, aunque nunca logren alcanzarlas completamente. La teoría de la participación
implica que las Ideas son más importantes que las cosas y existen antes que ellas, por lo que el mundo
inteligible es superior al mundo sensible, siendo más auténtico y verdadero.
Dentro de este mundo inteligible, Platón organizó las Ideas en una jerarquía, similar a una pirámide. En la
base se encuentran las Ideas menos importantes, mientras que en la cúspide están las más generales y
valiosas. De todas las Ideas, las más significativas son las relacionadas con los valores y las relaciones,
como la Bondad, la Belleza y la Justicia. En el vértice de la pirámide se encuentra la Idea del Bien, que
Platón considera la más importante de todas.
En su obra Timeo, Platón presenta el mito del Demiurgo, que explica el origen del cosmos a partir de su
teoría de las Ideas. En este mito, Platón sostiene que el universo no se creó de la nada, sino que siempre
ha existido en una forma eterna. Sin embargo, la materia caótica y desordenada inicial fue modelada por
una divinidad sabia y buena, a la que Platón llama el Demiurgo. Este ser divino intentó materializar las
Ideas, dando lugar a las cosas del mundo. Sin embargo, debido a la imperfección de la materia, las cosas
del mundo sensible son defectuosas, cambiantes y perecederas.
El mito del Demiurgo tiene un significado simbólico, ya que refleja la teoría de la participación. Las cosas
tratan de asemejarse a las Ideas, pero nunca logran hacerlo perfectamente porque están hechas de una
materia imperfecta. Este mito resalta la diferencia entre las Ideas, que son eternas e inmutables, y las
cosas materiales, que son imperfectas y cambiantes. En esta narración, Platón ofrece una interpretación
alegórica de su teoría de la participación y del origen del cosmos.
Ciencia y Opinión
La teoría gnoseológica de Platón está relacionada con su metafísica, que distingue dos mundos: el
sensible y el de las Ideas. El primero es imperfecto y cambiante, percibido a través de los sentidos,
mientras que el segundo es eterno y perfecto, accesible solo mediante la razón. Platón distingue dos tipos
de conocimiento: la doxa (opinión) y la episteme (sabiduría verdadera). La doxa es el conocimiento
basado en los sentidos, falible e incompleto, mientras que la episteme es un saber eterno, alcanzado
mediante la razón.
Platón consideraba que solo los filósofos pueden acceder a la episteme, ya que requiere superar las
limitaciones de los sentidos. Para pasar de la doxa a la episteme, Platón propuso un proceso de ascensión
dialéctica, que es como escalar una montaña: gradualmente, el individuo sube de lo sensible a lo
inteligible. Este ascenso requiere de un guía que ya conozca las Ideas.
Dentro de la doxa, Platón distingue dos fases: la conjetura (eikasia), que se basa en imágenes que pueden
ser engañosas, y la creencia (pistis), que es un conocimiento más cercano a la realidad, aunque aún
imperfecto. Para avanzar hacia el conocimiento verdadero, Platón recomendaba el estudio de las
matemáticas, pues las entidades matemáticas son inmateriales e inmutables, lo que las acerca a la
episteme. Sin embargo, las Ideas más profundas, como la Belleza y la Justicia, son aún más abstractas y
requieren un esfuerzo mayor para ser comprendidas.
El nivel más alto de conocimiento es la inteligencia (noesis), que corresponde a la comprensión de las
Ideas más trascendentales, siendo la Idea del Bien la más elevada. Platón ilustró este proceso con la
alegoría de la caverna, en la que los prisioneros representan a quienes solo conocen el mundo sensible. Al
escapar y ascender hacia la luz, un prisionero simboliza el paso del conocimiento sensible al
conocimiento verdadero de las Ideas.
Además, Platón desarrolló la teoría de la reminiscencia, que sugiere que el alma humana ya posee el
conocimiento de las Ideas desde antes de nacer, cuando habitaba en el mundo inteligible. Al unirse al
cuerpo, el alma olvida ese conocimiento, pero es capaz de "recordarlo" a través del proceso de ascensión
dialéctica. Así, el conocimiento verdadero no es un aprendizaje nuevo, sino un despertar de lo que el alma
ya conocía.
Dualismo antropológico
Platón presenta una visión dualista del ser humano, distinguiendo entre el cuerpo y el alma. El cuerpo es
material, imperfecto y cambiante, perteneciente al mundo sensible, mientras que el alma es inmaterial,
racional y noble, conectada al mundo de las Ideas. Para Platón, el cuerpo es una prisión para el alma,
influenciado por la tradición pitagórica, y aunque el alma no es perfecta, está vinculada a la razón y a las
Ideas eternas, que representan la verdadera realidad. Sin embargo, las pasiones del cuerpo alejan al alma
de la sabiduría y la felicidad, por lo que solo al renunciar a esos deseos y cultivar la razón se puede
alcanzar la verdadera felicidad. Esto requiere una vida ascética, centrada en el desarrollo espiritual y la
purificación del alma.
Platón también defiende la inmortalidad del alma, argumentando que no perece con la muerte del cuerpo.
La teoría de la reminiscencia es una prueba clave de esta inmortalidad: las Ideas, aunque no percibibles
por los sentidos, nos resultan familiares porque el alma las conoció antes de nacer en el mundo inteligible.
Además, el alma, al ser simple, es eterna e indestructible, mientras que el cuerpo, compuesto de partes, es
sujeto a la descomposición. Platón también cree en la reencarnación, influenciado por los pitagóricos.
Según él, el alma se reencarna en un nuevo cuerpo después de la muerte, y si ha vivido virtuosa, lo hará
en un cuerpo noble; de lo contrario, en uno inferior. El alma tiene múltiples vidas para purificarse, con el
fin de alcanzar un nivel de perfección que le permita liberarse del ciclo de reencarnaciones y unirse al
mundo de las Ideas.
Además, Platón divide el alma en tres partes: la racional, la irascible y la apetitiva. La parte racional,
asociada a la razón, es la más noble y se encuentra en la cabeza. La irascible, vinculada a las emociones y
pasiones nobles como el honor, está en el pecho. La apetitiva, relacionada con los deseos materiales, se
localiza en el vientre. El tipo de persona que somos depende de cuál de estas partes predomina en
nosotros. Aquellos dominados por la razón buscan el conocimiento y la sabiduría, los impulsados por la
parte irascible valoran el honor y la valentía, y los guiados por la parte apetitiva se centran en los placeres
materiales. La armonía entre estas tres partes es esencial para una vida justa y equilibrada.
Ética del bien
La ética de Platón se basa en las enseñanzas de su maestro Sócrates, quien defendía que los valores
morales son universales y objetivos. Para Platón, el bien y la justicia existen independientemente de las
circunstancias, siendo iguales para todas las personas en todos los lugares y épocas, en contraste con el
relativismo moral de los sofistas. Según Platón, el conocimiento del bien es esencial para actuar
correctamente, y las malas acciones surgen por ignorancia del verdadero bien. Una vez que se comprende
la Idea del Bien, el comportamiento será siempre moralmente adecuado.
Sin embargo, Platón reconoce que no todos pueden captar la Idea del Bien, ya que es la más difícil de
comprender en el mundo de las Ideas. Para llegar a ella, es necesario un proceso de ascensión dialéctica,
que requiere años de esfuerzo. Además, solo quienes se centran en el alma y la razón, apartándose de los
deseos corporales, pueden entenderla. Para Platón, la moralidad será clara para aquellos que comprendan
la Idea del Bien, pero también ofrece una respuesta para quienes no puedan acceder a ella.
Platón divide a las personas según la predominancia de una de las tres partes del alma: racional, irascible
y apetitiva. Las personas con alma racional pueden conocer la Idea del Bien, mientras que aquellas
dominadas por los deseos y pasiones (alma irascible o apetitiva) no pueden acceder directamente a este
conocimiento, pero pueden vivir moralmente adecuadas dentro de sus inclinaciones. Cada tipo de alma
tiene una virtud particular: la inteligencia para el alma racional, la valentía para la irascible y la
moderación para la apetitiva.
La virtud más importante es la justicia, que se alcanza cuando la parte racional del alma domina sobre las
partes irascible y apetitiva. Platón utiliza la alegoría del carro alado en el Fedro para ilustrar esta idea,
donde el alma humana es un carro guiado por la razón (el auriga) y tirado por dos caballos: uno noble
(irascible) y otro perezoso (apetitivo). La razón debe controlar las pasiones para que el alma se dirija
hacia el mundo de las Ideas. Si la razón no controla las pasiones, el alma caerá en el mundo sensible y
desequilibrado.
Para Platón, la justicia se logra cuando la razón gobierna las pasiones y deseos, manteniendo el alma
equilibrada y orientada hacia el bien. Su visión ética es intelectualista y jerárquica, colocando la razón
como la fuerza guía de la vida humana hacia la virtud y la justicia.
Política
Desde joven, Platón se interesó por la política, influenciado por su familia noble y su deseo de participar
en los asuntos públicos. Sin embargo, tras vivir momentos políticos turbulentos en Atenas, como la
Tiranía de los Treinta y la ejecución de su maestro Sócrates, Platón se distanció de la política activa. La
experiencia le llevó a concluir que el poder no debía residir en el pueblo, sino en los sabios que
comprendieran el bien común, es decir, los filósofos.
En su obra La República, Platón propone una teoría política para una sociedad ideal, basada en su visión
filosófica. Aunque considera la monarquía y la aristocracia como los mejores sistemas, cree que estos
pueden degenerar fácilmente en timocracia, plutocracia, democracia y finalmente tiranía, el peor de los
regímenes. Para evitar estos problemas, Platón propone una organización social jerárquica, en la que cada
persona desempeñe la actividad más adecuada a su alma: los filósofos, con alma racional, deben gobernar;
los soldados, con alma irascible, defender el Estado; y los productores, con alma apetitiva, realizar las
tareas materiales.
En este modelo, la educación es crucial para orientar a cada individuo según su naturaleza, y no se
permite la libre elección de carrera o participación política, ya que solo los filósofos son considerados
capaces de tomar decisiones justas. Además, Platón critica el arte, al verlo como una influencia peligrosa
que distrae a las personas de la verdadera realidad y fomenta la ignorancia, por lo que propone un control
estricto sobre los artistas.
El modelo de Platón en La República es una sociedad utópica que busca la justicia, pero limita la libertad
individual, pues cada persona ocupa un rol determinado por su naturaleza. Aunque Platón ofrece una
solución a los defectos de los sistemas políticos existentes, su propuesta es una visión idealizada de un
gobierno sabio, en el que la justicia se alcanza solo cuando cada individuo cumple con su rol adecuado.