María Marta Penna
[Link] Psicología
Counselor
COUNSELING Y ADOLESCENCIA
FICHA 2: “La adolescencia en el siglo XXI. La pandemia”
El Siglo XXI es la llamada Posmodernidad. Y por este motivo, la Adolescencia se presenta con las características que vamos a
describir. A lo que debemos agregar los efectos de la Pandemia en la Adolescencia.
LA POSMODERNIDAD
Las características más notables del hombre en la posmodernidad, siguiendo a Lucía Rabello de Castro (Dra. en Psicología
brasileña) son: ahoridad, búsqueda de la felicidad, estetización del cuerpo, pertenencia y consumismo
Consumismo:
Partimos de la premisa de que hay un consumo de bienes materiales útiles e indispensables para el bienestar material y
espiritual de la persona humana.
Aunque a lo largo de estos últimos años el consumo ha sido sumamente criticado, forma parte de la vida del hombre y es
parte esencial en el desarrollo a nivel económico, cultural y de relaciones humanas. Desde la construcción de una casa hasta
circular por la ciudad son actividades donde el consumo es la base. El consumo no es una actividad superflua, si no existiera
consumo no habría sociedad.
El consumo no es un acto irreflexivo y compulsivo, mejora las condiciones materiales de vida, da placer y en ocasiones da
cierta gratificación psicológica. Sirve para expandir la economía de un país, reactivar la producción, dar empleo y también
permite diferenciar distintos niveles socioculturales.
Consumir deriva de la palabra latina “consumere” que significa gastar, destruir, gasto de aquellas cosas que se destruyen
con el uso. Consumir es entonces una operación cotidiana e imprescindible ligada al desarrollo vital de los individuos.
Pero el consumo ha sido confundido con el consumismo, siendo cosas muy diferentes. Con la denominada sociedad
industrial aparece la multiplicación y acumulación de bienes, con frecuencia innecesarios y superfluos, y también con
frecuencia orientados a la ostentación y obtención de determinado “status”. El consumismo es simplemente, comprar cosas
que no necesitamos demasiado, por lo que la persona resulta esclava de las cosas, dominada por ellas. El afán de tener
cosas ahoga el ser de la persona. Impera el tener sobre el ser.
Profundizando, el consumismo es “el acto desenfrenado y desmesurado de comprar con el fin de llenar un vacío
emocional o espiritual”. Y adelantamos una consecuencia grave del mismo: produce malestar social
El consumo se refiere a la satisfacción de las necesidades básicas del hombre, que van de las necesidades materiales,
fisiológicas incluso, a una serie de aspiraciones impulsadas por el entorno social en el cual vive. Pero el concepto de
necesidad básica ha cambiado, ya no se compra lo que se necesita sino que la compra se orienta a lo que la moda, el
recambio tecnológico o la oferta ofrecen. Aquí estamos frente al consumismo.
El gran triunfo del consumismo es hacer creer a las personas que lo material, por sí sólo, trae la felicidad. Podemos decir
que el consumismo es el gran triunfo del materialismo sobre las personas: promete una vida mejor a todos lo que trabajan
suficientemente duro, fomenta el deseo de poseer bienes materiales y éxito personal en la vida en cantidades siempre
crecientes. Pero detrás se esconden no pocos problemas a nivel de inestabilidad emocional y frustración ante la
imposibilidad de no llegar nunca a un cierto grado de satisfacción y tranquilidad.
Hasta aquí hemos considerado al consumo desde el punto de vista de la necesidad, aunque con una mirada amplia,
entendiendo que necesidad es lo que se necesita para vivir, pero también aquello que gratifica, que produce placer, porque
al hombre le gusta vivir una vida cotidiana confortable. Empieza la preocupación cuando el consumo se instala “como
sentido de vida”, como aquello que da unidad y proyección a una existencia.
Lo dicho lleva a la pregunta ¿Qué tipo de impulso hay en el hombre que lo lleva a consumir más allá de la necesidad?
El impulso a adquirir, la adquisición, que se relaciona con el confort, el disfrute y la utilización del tiempo libre. Pero esta
motivación no surge de la interioridad del hombre sino del afuera. La tendencia adquisitiva es un comportamiento artificial,
es una operación cultural necesaria para la acumulación de bienes que caracteriza a las sociedades actuales y este espíritu
adquisitivo fundamentalmente es alentado por la propaganda y las estrategias de comercialización.
Tanto la propaganda como el discurso ideológico de la modernidad invitan a consumir. La propaganda seduce, ensalza los
productos, las oportunidades. La ideología explica la moralidad del consumir y lo presenta como el acto pleno de la
modernidad ya que constituye el acceso a lo que se presenta como la felicidad de la época: confort y entretenimiento.
El capitalismo, dotado de una gigantesca capacidad productiva, necesita instalar en el interior de los individuos, este
impulso voraz hacia el consumo, lo que algunos autores llaman “la actitud hedonista” y produce una cultura del
consumismo, del consumo vertiginoso. Para ello ha instalado las instituciones que permiten realizar esos impulsos
internalizados: los sistemas crediticios, los shoppings, las grandes tiendas.
Estas formas de construcción de una cultura hedonista, para incentivar el consumo, tienen relación con un proceso muy
importante ocurrido en las capas más profundas de la cultura: ha ocurrido una extrema secularización del sentido de la
vida. Para que el consumo se instale masivamente de esta forma se hace necesaria la muerte de las motivaciones
trascendentales (sean ellas la fe religiosa, la revolución, las libertades). Se trata de sentidos de la vida centrados en una
visión individualista de la realización humana -lo cual exige eliminar las motivaciones altruistas- y despojados de carácter
trascendente, sea intra-mundano o extra-mundano.
La crítica al consumo se refiere al consumo hedonista, el que se conecta con el síndrome del individualismo y así las formas
suntuosas del consumo se ven como un derecho y se dejan de lado los temas de solidaridad y justicia social. En los sectores
bajos que consumen también se deja de lado el compromiso político o social. El consumo hedonista es el que esclaviza y
fetichiza a los objetos convirtiéndolos en armazones del yo.
El consumismo preocupa porque el privilegio otorgado a los objetos o placeres del consumo interfiere en las relaciones con
los otros e interfiere en la relación del hombre consigo mismo porque el consumo se apodera del interior del individuo (lo
que podría denominarse su espíritu), vaciándolo de sus valores o anulando sus prácticas. Preocupa, asimismo, porque el
hombre queda atrapado por el consumo, consumido por el consumo. Ocurre que muchas veces, el precio que se tiene que
pagar para mantener los niveles de vida adquiridos es el trabajo excesivo, con alargamiento de la jornada y aparece la
esclavitud del lujo que se adquirió y cuya reproducción le reclaman sus propios hábitos, o las exigencias familiares o las
necesidades de mantener el estilo de vida del medio social.
Hedonismo e información:
El hedonismo, la búsqueda de placer y el estímulo de los sentidos, se ha convertido en un valor central de la cultura
posmoderna.
El hedonismo por una parte, la información por otra: por un lado se trata de gozar de la vida y por el otro se trata de “estar
conectado”, estar al corriente. Se consumen bienes y se consumen noticias, consejos, descripciones del carácter, etc. Se
consume en dosis elevadas y a modo de flash, los noticieros, las emisiones médicas, históricas o tecnológicas, música de
todo tipo, los consejos turísticos, culinarios o psi, las películas, las confesiones de vida privada… La comunicación está al
mismo nivel que la abundancia de objetos ofrecidos, parte integrante de la sociedad de consumo.
El esfuerzo ya no está de moda, todo lo que supone sujeción o disciplina se ha desvalorizado en beneficio del culto al deseo
y de su realización inmediata. Hay una tendencia a favorecer la “debilidad de la voluntad” (Nietzsche). El fin de la voluntad
coincide con la era de la indiferencia pura, con la desaparición de los grandes objetivos, de las grandes empresas. El hombre
es un yo indiferente, con la voluntad débil, atravesado de mensajes.
El hombre:
El perfil de hombre que emerge tiene una desestabilización de la personalidad y una gran desmotivación por la cosa pública
y Los signos son muchos: relajamiento en las relaciones individuales, culto a lo natural, dificultades en los vínculos por falta
de compromiso, aceleración en los cambios de gustos, valores y aspiraciones, ética tolerante y permisiva, pero también
explosión de problemas psicológicos: angustia, ansiedad, estrés, depresión.
Dios:
El número de creyentes disminuye en las capas más jóvenes y dentro de la misma religión se da un fenómeno peculiar: se es
creyente, pero a la carta, se mantiene tal dogma, se elimina tal otro, se mezclan los Evangelios con el Corán, el Zen o el
budismo. La desestabilización ha revestido lo sagrado de la misma manera que el trabajo o la moda: un tiempo cristiano,
algunos meses budista, unos años discípulos de Krishna …
Hay una atracción por lo religioso porque el hombre está en busca de sí mismo, sin referencias ni certezas. Necesita
encontrarse a sí mismo y en la búsqueda del Absoluto busca espiritualidades.
Activismo:
El mundo se convierte en un lugar “de tránsito”, un territorio en el que el desplazamiento es imperativo: el hombre circula.
Y este circular es una huida, el aire saturado de informaciones, se vuelve irrespirable y el hombre busca “cambiar de aire”, ir
a cualquier parte, pero moverse. Todo el entorno urbano y tecnológico (estacionamiento subterráneo, galerías comerciales,
autopistas, rascacielos, desaparición de las plazas públicas, aviones, coches, etc) está dispuesto para acelerar la circulación
de los individuos, impedir el enraizamiento y en consecuencia, obstaculiza y a veces impide la sociabilidad.
El mundo se vive como inhabitable y el hombre busca encerrarse en sí mismo y el hacer es una forma de no conectarse con
los demás.
Trastornos psicológicos:
Los trastornos del hombre posmoderno, aparecen bajo la forma de “trastornos de carácter”, caracterizados por un malestar
difuso que lo invade todo, un sentimiento de vacío interior y de absurdidad de la vida, una incapacidad para sentir las cosas
y los seres. Los pacientes no sufren síntomas fijos sino trastornos vagos y difuso, imposibilidad de sentir, vacío emotivo. Es
más, algunos autores señalan que el hombre posmoderno aspira a un desapego emocional en razón de los riesgos de
inestabilidad que sufren en la actualidad las relaciones personales. El hombre busca tener relaciones interpersonales sin un
compromiso profundo, no sentirse vulnerable, desarrollar la propia independencia afectiva, vivir solo. Hay una “huída ante
el sentimiento” por el miedo a la decepción, el miedo al sentimiento descontrolado. Se trata de dejar de lado la
emocionalidad, para llegar a un estado de indiferencia, de desapego, para protegerse de las decepciones amorosas y para
protegerse de los propios impulsos que amenazan el equilibrio interior: se trata de dejar de lado las intensidades afectivas.
Nace así una cultura cool en la que cada cual vive en un bunker de indiferencia, a salvo de sus emociones y de las de los
otros. El sentimentalismo resulta incómodo, resulta incómodo exhibir las emociones, declarar ardientemente el amor,
llorar, manifestar con demasiado énfasis los impulsos emocionales. Se trata de permanecer digno en materia de afecto, es
decir, discreto. Por eso, no es tanto la huída del sentimiento lo que caracteriza a nuestra época, sino la huída ante los
signos de sentimentalidad.
En esta época, no hay una explosión libre de las emociones, como unos años atrás, sino que hay un encierro del hombre en
sí mismo. Nada de excesos, de desbordamientos, de tensión que lleve perder los estribos. Es el replegarse sobre sí mismo
lo que caracteriza al hombre de hoy. Es la era intimista. El hombre, demasiado absorto en sí mismo, renuncia a las
militancias religiosas, abandona las grandes ortodoxias
En realidad, los hombres de nuestra época no buscan un desapego emocional y la protección contra la irrupción del
sentimiento, al contrario, siguen aspirando a la intensidad emocional de las relaciones privilegiadas, tal vez con más
intensidad que nunca, pero cada vez los individuos se sienten más solos, más rara es la posibilidad de encontrar una
relación intensa. ¿Por qué? Porque el hombre de hoy está programado en absorción en sí mismo y no puede salir de sí
mismo. Pero parece que no está tan bien programado porque todavía desea una relación afectiva.
Hay una liberación de la influencia del otro, no se necesita la aprobación del otro, el comportamiento orientado por el otro,
pero pareciera que seguimos necesitando afectivamente a los otros.
Hay un tema serio, que creo es la base de la infelicidad del hombre posmoderno: el hombre se enfrenta a su condición
mortal sin ningún apoyo trascendente (político, moral o religioso). Al dejarse de lado cualquier posibilidad de
trascendencia, se engendra una existencia puramente actual, sin finalidad ni sentido. El desinterés por las generaciones
futuras intensifica la angustia de la muerte, mientras que la degradación de las condiciones de existencia de las personas de
edad y la necesidad permanente de ser valorado y admirado por la belleza, el encanto, el éxito, hacen que la perspectiva de
la vejez sea intolerable. Por eso se trata de no envejecer, de durar lo más posible.
Frente a esta postura del hombre posmoderno, nosotros, con nuestra mirada humanista y algunas personas con apoyo
trascendente, tienen respuesta, porque tienen sentido. Vale la pena vivir, porque la vida tiene sentido.
La búsqueda de sentido de la propia vida, es la primera fuerza fuerza motivante del hombre. Y este sentido no lo inventa el
hombre sino que lo descubre. Buscar el sentido de la vida es hacerse consciente de lo que uno anhela en lo más profundo
de su ser y saber que en la vida tenemos tareas por realizar. Nietzche dijo: “Quien tiene un por qué para vivir puede
soportar casi cualquier como”
Ahoridad o tiempo de lo instantáneo
Se valora el presente, en detrimento del futuro; el presente se convierte en un instante eterno. Pero lo peculiar es que hay
un presente permanente con una “intensidad sin futuro”.
El aquí y ahora se privilegia, a través de las posibilidades de comunicación: Internet, television, redes sociales, etc.. Hay un
“falso día electrónico” ya no dictado por el día y la noche, donde no hay relación con el tiempo real: es el día de la pantalla
de la computadora y de la television.
La velocidad del tiempo tecnológico afecta la expresión oral, ya que los chicos y los jóvenes hablan en forma fragmentada,
debido a la velocidad y al automatismo al que están acostumbrados.
También contribuye a este fenómeno, la velocidad de la información que invade lo cotidiano.
Consecuencias: los adolescentes no están sostenidos por raíces, porque están desconectados del pasado y no tienen
proyectos, porque el futuro es hoy.
Búsqueda de la felicidad
La felicidad está marcada por la posesión de bienes materiales y por los modelos que imponen los medios de comunicación.
Las personas felices son las que poseen o tienen acceso a ello.
Esto afecta la construcción de la identidad, que se da en la interacción del joven con los adultos y con los objetos de
consumo. El joven se apropia de determinadas características pre-establecidas por la cultura. La posesión de determinados
objetos de consumo (celulares, relojes, ropa, etc), asociados al gustar, intervienen en la construcción de la identidad. “Lo
que me gusta” habla de lo que es singular en el adolescente, lo que es significativo para él, o sea, el gustar no viene
impuesto, a diferencia del hacer, que sienten que viene impuesto. Como dice la Dra. Rabello “A mi me gusta= yo soy”
Pertenencia
Hay una ligazón entre la posesión de un objeto de consumo y la sensación de pertenencia, y la de tener un determinado
“status”.
Personas con distintas condiciones socio-culturales se sienten perteneciendo, más o menos privilegiadas, dependiendo de
los objetos que pueden consumir.
Lo material permite “pertenecer”, conseguir un anhelado lugar social.
Estetización del cuerpo
En la cultura posmoderna, el cuerpo se ha convertido en el más preciado de los objetos. Es sumamente valorado para
cuidarlo y exhibirlo y se usa mucho tiempo para ello, como así también trae muchos sufrimientos cuando no se tiene el
cuerpo culturalmente valorado.
LA PANDEMIA
El adolescente, como todas las personas, están viviendo en un contexto de pandemia. Con los mismos miedos, la misma
ansiedad, la misma incertidumbre, que se expresan en ellos de una manera diferente a los adultos. Esto es porque están en
una etapa evolutiva diferente, de grandes cambios y contradicciones (son grandes para …. y son chicos para ….)
Todas las personas corremos dos riesgos importantes, dos “trampas de la mente”:
1) Subestimar el riesgo y 2) Tratar de controlar lo incontrolable
SUBESTIMAR EL RIESGO
Una de las emociones más difíciles de manejar es la incertidumbre, el miedo al futuro, el temor a lo que sucederá
próximamente.
Es muy normal querer tener certezas, la seguridad y la tranquilidad de saber lo que va a ocurrir, pero eso no es posible, no s
posible tenerlo todo bajo control.
El miedo y la ansiedad son emociones bastante comprensibles en este contexto: los adolescentes y nosotros los adultos, nos
enfrentamos a un peligro invisible pero real y que puede ser mortal. Temer a esto es señal que estamos viviendo en la
realidad, y que nos damos cuenta de los riesgos que corremos.
El adolescente tiende a comportar sin miedo aparente “no pasa nada”, “no es para tanto”, “que histéricos” “siempre
exagerando”. Y este comportamiento está muy relacionado a un mecanismo de defensa típico de la edad: la negación, que
es una herramienta que los mantiene en una “zona de confort”. La negación ocurre cuando dejamos de dimensionar la
realidad, tal cual es (conducta humana típica en las situaciones de crisis) Y ante la negación, NO necesitamos cambiar, no
necesitamos hacer algo diferente y esto puede traer algo de consuelo.
Y así, el adolescente, particularmente (algunos pseudo adultos también) no pueden aceptar “el distanciamiento social” que
intenta reducir la velocidad de transmisión del virus. Y busca salir, encontrarse con los amigos, alegando que “ellos no se
enferman”
Tenerlos en casa es difícil y por ello hay que ser pacientes: se sienten más solos, imaginan que sus otros compañeros se
están reuniendo y sufren por creer que quedan afuera, se sienten por tanto, aburridos, ansiosos, irritados, intolerantes y
muy críticos de todo. Y aparecen problemas con la alimentación y el sueño (comen mucho o no comen y duermen mal)
CONTROLAR LO INCONTROLABLE
Una de las características de la etapa adolescente es la idealización, creyendo que tienen más posibilidades y habilidades de
las que realmente tienen. Por tanto, pretenden controlar lo incontrolable. Y aquí aparecen fuertemente el miedo y la
ansiedad
El Miedo al futuro
Todos en mayor o menor medida sentimos o sentiremos incertidumbre, e inevitable tener miedo al futuro -los adolescentes
también- pero el problema no es sentirlo, sino como se gestiona esa emoción. Y así tenemos que preguntarnos
¿Qué recursos tienen los adolescentes para hacer frente al miedo a lo desconocido? ¿Qué medios funcionan ante la
preocupación?
La Ansiedad anticipatoria
Son las predicciones negativas que hacemos sobre lo que va a ocurrir con algún hecho futuro que nos afecta. Esto en
principio, es normal, ya que todos hacemos valoraciones sobre los acontecimientos y las decisiones que vamos a tomar,
pero si la forma de afrontar esa situación es ponernos en el peor de los desenlaces, emitiendo una profecía catastrófica, que
en consecuencia nos genera una preocupación y angustia excesivas y un pensamiento obsesivo, centrado exclusivamente
en las peores predicciones, estamos hablando de ansiedad anticipatoria, que se expresa, según su intensidad con diferentes
síntomas, incluso en forma de ataques de pánico. Esto se ve en los adolescentes, que van empezando a tener episodios de
pánico. Y bajones importantes, desgano, dejadez, no desear salir …
Cualquier escenario de incertidumbre respecto al futuro contribuye al aumento de emociones difíciles, así aparecen el
miedo excesivo, la ansiedad y el pánico , que generan el riesgo de potenciar el estrés, que cuando se vuelve excesivo y
crónico perjudica el sistema inmunológico -justamente el encargado de protegernos de las amenazas externas, como el
coronavirus-.
Por tanto una primera apreciación: ninguno de los extremos es buenos: ni la ausencia de miedo, ni el miedo excesivo
Y debemos preguntarnos como aparecen esas emociones: las personas están llenos de pensamiento negativos, éstos
generan sufrimiento y el sufrimiento provoca las emociones negativas y en consecuencia comportamientos reactivos, típico
de los adolescentes. Aunque algunos adultos están en la misma situación.
El manejo inadecuado del temor a lo que sucederá, ese miedo a lo que nos puede deparar el futuro, nos puede condicionar
en muchas áreas de la vida, especialmente en un área muy importante: tomar decisiones.
Las decisiones son imprescindibles, ya que la vida corre e implica un cambio constante y si buscamos la certeza absoluta,
tomar una decisión puede ser una proeza casi irrealizable y una tortura. Tenemos que tomar decisiones y si las evitamos nos
estancamos y seguiremos sumergidos en el miedo como forma de manejar lo desconocido.
Por eso es bueno tratar de comprender como funcionan las emociones en la toma de decisiones: ya sabemos que las
emociones tienen una relación directa con nuestra forma de pensar. Y aquí aparece una compañera de camino: la
preocupación.
La preocupación:
En muchas ocasiones la usamos como estrategia para disminuir nuestra ansiedad. Así, le damos muchas vueltas a una
decisión, no tanto como una herramienta para elegir la mejor opción, sino para mantenernos en ese estado donde no
tomamos decisión alguna. Empezamos a decirnos a nosotros mismos que es mejor no precipitarnos, que es una decisión
muy compleja y difícil y que hay que dedicarle tiempo. Esto es muy común en los adolescentes más grandes.
Pero no hay que engañarse, no tomar decisiones no nos hace sentirnos mejor, sino que no vamos a avanzar, no vamos a
poder verificar si elegimos o no una buena opción, o que debemos considerar otras alternativas; nos quedamos bloqueado
o estancados.
Y aquí descubrimos que hay dos tipos de preocupaciones:
1) La preocupación desadaptativa o patológica
2) La preocupación adaptativa y útil
Tenemos que aceptar que vivir es tomar decisiones constantemente y mientas lo hacemos es cada vez más fácil. Y, por otro
lado, no nos gusta que nos digan lo que tenemos que hacer siempre, por lo que debemos tomar nuestras propias decisiones
para sentirnos libres: lo más esperable en el mundo adolescente