UNIDAD N° 6
PSICOLOGÍA Y MEDIO AMBIENTE
Si bien es posible encontrar antecedentes conceptuales de la relación entre psicología y
medio ambiente, en la década de los años cuarenta, en el trabajo pionero de Kurt Lewin
(Lewin, 1951) y en el de algunos de sus discípulos (Barker y Wright, 1955), sus avances
teóricos son muy recientes y datan de sólo hace dos o tres décadas. En este período,
hemos presenciado el advenimiento de una serie de interdisciplinas interesadas en
establecer interfases conceptuales y empíricas entre la psicología y las ciencias
ambientales, principalmente con la ecología. Algunas de ellas, fértiles en contribuciones
fueron la psicología ambiental, la geografía conductual, la biología social, la ecología
humana, la ecología conductual, la arquitectura psicológica y la antropología y sociología
urbanas.
Ciertamente todas estas interdisciplinas consideran como objeto de estudio el
comportamiento humano en su contexto físico-social inmediato; sin embargo, sus
enfoques y aproximaciones varían grandemente, y lo hacen no sólo en atención a la
especificidad de las disciplinas que las conforman, sino también porque ensayan niveles
de análisis, escalas y enfoques diferentes.
Tómese como ejemplo el caso de la psicología ambiental -a la que nos dedicaremos de
aquí en adelante-, donde la existencia de dos aproximaciones o enfoques proporcionan
también resultados diferentes. Uno de estos enfoques enfatiza la variable ambiental como
influencia determinante del comportamiento, mientras que el otro, analiza más bien los
efectos de la conducta en el medio ambiente físico y natural. En ambos casos, la relación
entre el objeto de la psicología y el medio ambiente es evidente, aunque la naturaleza del
dato en consideración es diferente. El diagrama que se presenta a continuación ilustra
esta distinción.
No pocos autores han ensayado definiciones de la Psicología Ambiental; Aragonés y
Amérigo (1998) hacen un completo recuento de las más importantes. Todas sin excepción
destacan la relación entre el individuo y su entorno; algunas de ellas enfatizan
exclusivamente relaciones con el entorno físico (Heimstray McFarling, 1978; Holahan,
1982; Gifford, 1987), otras incorporan lo social como parte del medio ambiente (Stokols y
Altman, 1987; Veitch y Arkkelin, 1995), y las menos consideran también al ambiente
natural (Bell, Fisher, Baum y Greene, 1996).
Algunas definiciones enfatizan procesos cognitivos, experienciales y emocionales (Darley y
Gilbert, 1985), mientras que otras recalcan más bien procesos conductuales, entendiendo
conducta desde una perspectiva más inclusiva de los procesos psicológicos (Holahan, 1982
y Bell, Fisher, Baum y Greene, 1996).
Si bien estas definiciones presuponen tácitamente una relación de ida y vuelta del
individuo con su medio ambiente (Gilfford, 1982, habla de "transacciones entre individuos
y el medio ambiente" y Darley y Gilbert, 1985, menciona las "influencias interactivas"
entre ambos elementos), ninguna de ellas expresa abiertamente la necesaria
diferenciación que debe hacerse entre conducta determinada y conducta determinante.
Por ello quizá sea necesario delimitar ambos dominios de la psicología ambiental,
valiéndonos de una definición que integre todos los elementos constitutivos de la
interdisciplina:
De esta manera, la psicología ambiental debería precisarse como la interdisciplina que se
interesa por el análisis teórico y empírico de las relaciones entre el comportamiento
humano y su entorno físico construido, natural y social. Dichas relaciones pueden asumir
dos modalidades; una que ubica la conducta como efecto de las propiedades ambientales
y otra que la sitúa como causa de las modificaciones de éste.
En tanto interdisciplina, esta definición enfatiza la necesidad de que la psicología
ambiental incorpore los aportes provenientes de otras disciplinas, particularmente de las
ciencias socio-ambientales (ecología, arquitectura, urbanismo, sociología, diseño,
geografía, etc.). No debe olvidarse que la validez de un objeto teórico de conocimiento
depende de la manera en que puede relacionarse con otros objetos de otras disciplinas
específicas que también se proponen estudiar analíticamente un segmento de la realidad.
Asimismo, tipifica el medio ambiente en términos inclusivos, cuidando de no dejar fuera el
contexto natural, dominio en el que el comportamiento humano representa un papel
extraordinariamente importante.
El concepto de relación entre el comportamiento y el medio ambiente debe merecer una
consideración especial. Aquí concretamente describe una inter-conducta (Kantor, 1959;
Ribes y López, 1985) que pone de relieve la interacción misma como objeto de interés
primario de la psicología y que evita la dualidad conducta-ambiente como dos eventos
independientes en transacción mecánica que establece conducta como simple actividad y
ambiente como simple objeto que suscita actividad. Desde esta perspectiva, la "relación"
prevé el concepto de interdependencia entre campos de relaciones sincrónicas. Por lo
tanto como menciona Willems (1973) la conducta es una propiedad del sistema más que
un atributo del individuo. Y en la misma dirección Proshansky y colaboradores (1978),
afirmaban que existe sólo un medio ambiente total, del cual el hombre es simplemente un
componente en relación con sus otros componentes. El hombre, nos decía, no existe
excepto en sus relaciones con otros componentes.
La definición considera, además, que la psicología ambiental debe permitir una
aproximación analítica a su objeto como corresponde a una aproximación científica al
estudio de la relación propuesta. Finalmente, la definición sugerida recalca la diferencia
que existe entre aquellos estudios que exploran la conducta humana como variable
dependiente o como efecto de las características o condiciones ambientales, y los que la
analizan como variable independiente o determinante de procesos ambientales
particulares. Esta distinción expresa, permite a la psicología ambiental asumir no
solamente su rol tradicional (diseño y planificación ambientales, uso del espacio,
territorialidad, percepción y cognición, etc., destacado en la mayoría de los trabajos
publicados hasta ahora), sino también terminar de incursionar en el terreno fértil del
estudio de la conducta ambientalmente responsable al que los investigadores de este
campo se asoman aún muy tímidamente.
INFLUENCIAS MEDIO AMBIENTALES EN LA CONDUCTA
En el primer caso, donde la conducta opera como variable dependiente, los aportes son
abundantes y sus representantes han centrado su atención en el estudio de los
determinantes ambientales del comportamiento nutriendo de esta manera, la orientación
ambientalista (casi siempre en oposición a la innatista) en psicología. La influencia del
medio ambiente en la conducta ha sido expresada con diferentes énfasis, dando lugar al
menos a tres concepciones: el determinismo ambiental, el posibilismo ambiental y
el probabilismo ambiental.
El determinismo ambiental constituye una postura fatalista, muy popular en el siglo XIX,
íntimamente ligada a la teoría evolucionista y legada por la visión aristotélica del mundo.
Esgrimía la idea de que el clima, el suelo y los recursos naturales ejercían un efecto
definitivo en la conducta humana, dando lugar al acomodo de algunas concepciones poco
serias como el de la superioridad del habitante de las zonas frías del norte con respecto a
la "indolencia" de los pobladores de las áreas calientes del sur, por ejemplo. El
determinismo se hacía patente al afirmarse que el sólo hecho de vivir en ciertas latitudes
bastaba para que se configure un comportamiento particular. Los escritos
sobre antropogeografía de Ratzel, en los años de 1880 son especialmente ilustrativos en
este sentido. Asimismo, son famosos los estudios que relacionan las tendencias suicidas
con la duración de la luz solar, las bajas temperaturas y la presión atmosférica, esfuerzos
que a la fecha aún no son concluyentes (Pokorny y Cols, 1963).
El posibilismo ambiental por su parte, emerge como una lógica reacción a los postulados
extremos del determinismo. Así esta postura concibe el ambiente como el medio a través
del cual el hombre tiene o no acceso a las oportunidades para su crecimiento personal. El
medio ambiente establece las limitaciones que el individuo debe vencer equipándose
adecuadamente para ello con suficiente tecnología, capital, destrezas y una organización
eficiente. En este sentido, el posibilismo es una apertura para fortalecer la doctrina del
libre albedrío y más tarde se constituirá en refuerzo de la visión antropocentrista de la
naturaleza.
Finalmente, el probabilismo ambiental postula la vigencia de leyes que regulan las
relaciones entre la conducta y el medio ambiente; dichas leyes otorgan valor
determinante al contexto, dependiendo de los otros valores que forman parte del
complejo situacional. Así, dado un individuo A, con atributos constitucionales y genéticos
a, b y c, que actúa en un ambiente X, con características d, e y f, y una motivación general
M, muy probablemente (pues nunca hay certidumbre total) se comportará de manera Z
(Porteous, 1977). De hecho, el probabilismo ambiental inaugura una gran dosis de
incertidumbre en relación con el estudio de la conducta de los organismos y propone
disiparla valiéndose del rigor metodológico en un abordaje integral y sistémico.
Quizá el aporte más influyente a la psicología ambiental, que toma a la conducta como
producto de las condiciones medioambientales, haya sido el de Proshansky y sus
colaboradores (1978). Aparentemente lo más destacable de este trabajo habría sido el
esfuerzo por entender las influencias físicas y sociales del contexto circundante del
individuo, permitiendo los aportes de otras disciplinas ajenas a la psicología. A partir de
entonces, fueron posibles relaciones tales como "arquitectura conductual", "psicología
ecológica", "ecología conductual", "diseño ambiental", etc. establecidas por la
contribución de psicólogos, ingenieros diseñadores, planificadores sociales, ecólogos,
arquitectos, etc., aportando con mayor realidad e integridad al estudio y la solución de los
problemas relacionados con el comportamiento humano.
Ittelson y otros (1974) hacen casi 30 años destacaba la propiedad integradora y sistémica
de esta interdisciplina:
Debería quedar claro que la psicología ambiental no es una teoría del determinismo.
Considera al hombre no como un producto pasivo de su ambiente sino como un ser
orientado hacia metas que actúa sobre su medio ambiente y al hacerlo recibe también su
influencia. De esta manera, en el intento de cambiar el mundo, el hombre se cambia a sí
mismo. El principio que guía a la psicología ambiental es el que llamamos de intercambio
dinámico entre el hombre y su contexto. La concepción tradicional de un medio ambiente
fijo al que el organismo debe adaptarse o perecer, es actualmente reemplazado por la
visión ecológica que enfatiza el rol de los organismos de crear su propio ambiente (p. 5).
EL DISEÑO AMBIENTAL
La modalidad de la psicología ambiental que focaliza su interés en la conducta
ambientalmente determinada, ofrece interesantes avances tecnológicos evidenciados en
materia de diseño ambiental, toda vez que al ser la conducta una función ordenada de las
condiciones ambientales, los arreglos en la conformación física del contexto inmediato del
comportamiento, lo afectarían para configurarlo en una u otra dirección.
La aplicación sistemática de este principio ha conducido a los especialistas a conseguir
importantes logros en el campo de la modificación del comportamiento a partir del diseño
de espacios físicos como el de escuelas (Krasner, 1980), hospitales y centros de salud
comunitarios (Jeger, 1980), cárceles (McClure, 1980); o en el campo de la planificación
urbana (Porteus, 1977).
El diseño ambiental puede entenderse como un área de estudio y aplicación, preocupada
por el estudio de las condiciones necesarias para iniciar y mantener las actividades
humanas, así como para desarrollar mecanismos de intervención de tales condiciones
para generar los cambios deseados, tanto mediante la manipulación o configuración de
estructuras físicas como a través de la disposición de procesos de solución de problemas y
toma de decisiones. Desde esta perspectiva, medio ambiente se entiende como aquellas
condiciones físicas (incluye el medio natural y el ambiente construido) y sociales en las
que el ser humano se comporta y con las que se relaciona.
Ciertamente, esta propuesta relaciona el diseño ambiental con los postulados y práctica
del análisis del comportamiento, en el sentido de que diseñar el ambiente puede
entenderse también como una manera de disponer las contingencias físicas y sociales
para alterar la probabilidad de comportarse de una manera en particular. Por ejemplo,
nuestra reforma educativa está promoviendo la construcción de aulas y mobiliario que a
través de una nueva concepción espacial, permitan el relacionamiento cara a cara de los
alumnos para fomentar una mayor participación e intercambio de experiencias
personales. Ciertamente, la estructura convencional de las aulas educativas determinan
las condiciones físicas y sociales para reducir la interacción social durante el proceso de
aprendizaje, situación inadmisible para el proceso educativo. En este sentido, se asume
que una nueva disposición del ambiente físico traerá como consecuencia la optimización
de la conducta académica.
De manera similar Kerpen y Cols. (1976) asumieron que el ambiente físico constituía en sí
mismo un instrumento terapéutico y que por lo tanto puede ser manipulado para cambiar
la naturaleza y distribución del comportamiento de un hospital psiquiátrico. De esta
manera demostraron que el ambiente físico puede generar nuevos patrones de actividad
orientados a estructurar las interacciones adaptativas entre personas. De la experiencia en
el diseño de espacios terapéuticos, surgieron las siguientes categorías de análisis:
Identidad/privacidad: que destaca la individualidad y la territorialidad como necesidades
humanas básicas y que obliga a distinguir entre los espacios personales y grupales.
Trabajo/recreación/descanso: los pacientes deben alternar entre ambientes de juego o
distensión y trabajo que favorezcan su autoexpresión. Esta diferenciación contraviene las
condiciones que prevalecen en instituciones totales.
Estética. Los usos creativos de la forma, el espacio, la escala, el color y la textura,
favorecen los ambientes estimulantes y acogedores.
Seguridad. Los requerimientos de seguridad dependen tanto de la calidad de la respuesta
humana como de las condiciones arquitectónicas. Todo contexto terapéutico necesita de
espacios o áreas destinadas a la seguridad de pacientes y personal especializado.
Existen también antecedentes sobre la manipulación intencionada de elementos físicos
del ambiente (iluminación, color del contexto, ruido, temperatura y disposición espacial)
con el propósito de optimizar el comportamiento laboral y mejorar los niveles de
productividad de los empleados. Los resultados de este tipo de estudios, se han utilizado
en la formulación de normas de diseño para ambientes construidos. En este sentido, son
pertinentes los trabajos de Boyce (1975), con relación a las influencias de la luminosidad
sobre el rendimiento; el de Cohen y Weinstein (1981), referido a los efectos del ruido
sobre el trabajo; el de Azer, McNall y Leung (1972), relacionando temperatura ambiente y
ejecución laboral; y el de McCormick (1976) que explora los efectos de la disposición
espacial del contexto construido.
Finalmente, quizá sea interesante añadir que con el propósito de llevar a cabo mediciones
precisas del rendimiento en ambientes físicos, se ha desarrollado el método de la
elaboración de los "mapas conductuales". Itelson, Rivlin y Proshansky (1976) aplicaron
este procedimiento para determinar la densidad de ciertas conductas emitidas por
diferentes individuos en determinados espacios físicos. Dicho procedimiento consiste en
registrar el número de individuos que manifiestan una conducta determinada en cada
subárea ambiental. Previamente se elabora una lista de categorías conductuales que
cubren la mayor parte de las conductas que se manifiestan en el contexto que se estudia.
Además de anotar el comportamiento, el observador registra la ubicación específica del
sujeto en el ambiente, en cada intervalo de observación.
La información que se obtiene con este procedimiento, puede utilizarse de diferentes
maneras. Así por ejemplo, el estudio de los flujos de compradores en los supermercados,
llevó a determinar las áreas de mayor circulación o convergencia, lo que posibilitó tomar
decisiones de mercadeo de productos. Por otro lado, los estudios de flujo vehicular,
suelen permitir tomar medidas para descongestionar el tráfico de motorizados en ciertas
horas pico.
COGNICIONES AMBIENTALES
Uno de los temas más difundidos relativos al estudio de la psicología ambiental, desde la
óptica de la causalidad contextual, es la cognición. Por cognición ambiental debemos
entender los conocimientos, imágenes, información, impresiones, significados y creencias
que los individuos y grupos desarrollan acerca de los aspectos estructurales, funcionales y
simbólicos de los ambientes físicos, sociales, culturales, económicos y políticos (Moore y
Golledge, 1976, citado por Aragonés, 1998).
Ciertamente, esta definición apunta a la noción de "mapas cognitivos", término acuñado
por Tolman a propósito de sus trabajos de aprendizaje con sujetos infrahumanos y
utilizado ampliamente por Lynch (1960) en el estudio de la imagen social de las ciudades.
En psicología ambiental, un mapa cognitivo es un constructo que refleja procesos que
explican la adquisición, almacenamiento, codificación, recuperación y manejo de la
información proveniente del ambiente físico y de su estructura espacial; constituye un
marco de referencia ambiental.
Los mapas cognitivos han sido muy utilizados para estudiar las representaciones urbanas,
su configuración espacial y estructura, tal como son percibidas por los individuos
(distintividad, visibilidad, uso y significado simbólico), así como la orientación durante el
desplazamiento.
Si bien aún no existe conocimiento completo acerca de la naturaleza de los procesos
cognoscitivos comprendidos en la elaboración de los mapas cognitivos ni sobre su ajuste o
modificación en el tiempo y sobre la base de la experiencia, los investigadores han podido
llegar a precisar algunas influencias interesantes. Por ejemplo, los estilos de vida de la
gente, el grado de familiaridad, la condición social, el grado de participación en
actividades comunitarias y las diferencias de género parecen influir diferencialmente
sobre la percepción del espacio que habitan.
EMOCIÓN Y MEDIO AMBIENTE
Otro tema que ha ocupado a los psicólogos ambientales tiene que ver con la experiencia
emocional del ambiente (Corraliza, 1998), es decir el estudio de aquellos procesos a través
de los cuales el espacio físico adquiere significado para el individuo (qué es para una
persona un lugar determinado). El análisis del significado supone una valoración personal
del ambiente, aspecto íntimamente relacionado con la experiencia emocional. Así, el
estudio del significado tiene como marco de referencia el análisis de los patrones
perceptivos que desencadenan respuestas emocionales con respecto a un contexto físico
determinado. Un ejemplo típico es la reacción de temor que suscita el encontrarse en
espacios urbanos que permiten la lectura de señales de alta actividad delincuencial.
Autores como Russell, Ward y Pratt (1981), estudiaron una serie de descriptores-
indicadores afectivos asociados al medio ambiente, sobre la base del diferencial
semántico. Los resultados muestran la posibilidad de establecer perfiles afectivos de los
estímulos ambientales, utilizando factores tales como: agrado, activación, impacto y
control. La información producida por estos estudios, tiene una utilidad potencial en el
marco del trabajo que actualmente se despliega para explicar la conducta
ambientalmente responsable o las actitudes pro ambientales.
Otras fuentes importantes de información sobre aspectos emocionales asociados al medio
ambiente constituyen los estudios sobre estrés ambiental producido por el exceso de
estimulación física como el ruido o las aglomeraciones, por ejemplo (Cohen, Evans, Krantz
y Stokols, 1980).
INFLUENCIAS CONDUCTUALES SOBRE EL MEDIO AMBIENTE
El otro gran capítulo de la psicología ambiental tiene que ver con el estudio de las
relaciones conducta-medio ambiente, tomando aquella como determinante de los efectos
ambientales; es decir, con el análisis de las repercusiones ambientales del ejercicio de la
conducta sobre éste. En dicho contexto, la variable ambiental resulta dependiente del
comportamiento, el mismo que queda definido a partir de sus consecuencias sobre
el entorno natural.
Por lo tanto, es posible identificar dos clases de conducta: conducta protectora,
responsable o pro-ambiental y conducta destructiva, irresponsable o degradante. Ambas
se definen por sus efectos contextuales. Pertenecen a la primera clase, todo
comportamiento encaminado a aliviar o solucionar problemas ambientales que caen en
alguna de las siguientes categorías: estéticos, de salud y de manejo sostenible de los
recursos naturales. Por otra parte, pertenecen a la segunda clase, las conductas que
atentan o agudizan los problemas referidos a los mismos aspectos arriba señalados.
Ejemplos de dichas conductas son la alteración del paisaje, toda acción que contamina el
suelo, el aire, el agua y que atenta contra la vida de plantas y animales; y todo
comportamiento que como consecuencia propicia la degradación de los recursos
naturales, como aquellos patrones productivos o tecnológicos ambientalmente poco
adecuados.
ACTITUDES Y CREENCIAS RELACIONADAS CON EL MEDIO AMBIENTE
Otro dominio conceptual relacionado con el enfoque de la conducta dependiente del
medio ambiente, establece la necesidad de estudiar la manera en que ciertas expresiones
del comportamiento permiten predecir formas de interacción del hombre con su entorno.
Un ejemplo de ello es la consideración de las actitudes hacia el medio ambiente.
Entendemos por actitud hacia el medio ambiente al proceso mediacional que agrupa un
conjunto de objetos de pensamiento en una categoría conceptual capaz de evocar un
patrón de respuestas valorativas (Eagly y Chaiken, 1992). Consiste entonces, en una
valoración del contexto natural que predispone acciones relacionadas con dicho objeto.
La investigación de las actitudes hacia el medio ambiente se ha ocupado generalmente de
cuatro aspectos claramente identificables: la definición teórica y empírica del concepto, el
grado de implantación del comportamiento pro ambiental en la sociedad, la relación entre
interés por el medio ambiente y el comportamiento responsable y el cambio de actitudes
(Hernández e Hidalgo, 1998). De todos ellos, el que ha merecido mayor consideración es
este último, favorecido por una inusitada proliferación de instrumentos de medida y por
un creciente interés por la medición de actitudes hacia el medio ambiente.
Al presente, sin embargo, de la revisión de la producción científica en esta materia, resulta
evidente que la exploración de la relación entre actitud y conducta sigue sin arrojar
resultados concluyentes, pese a que constituye el meollo del estudio de las actitudes, por
lo que este tema deberá en el futuro recibir mayor atención.
Algo parecido acontece con la relación entre conducta responsable y creencias. Se
presume que un sistema de creencias dado estaría en condiciones de forjar patrones de
respuesta particulares tanto a favor como en contra de la conservación ambiental. Así, un
grupo social que atribuya al entorno natural propiedades sobrenaturales con
intencionalidad y capacidad de castigar o premiar según el comportamiento expresado,
muy probablemente asumirá actitudes respetuosas o responsables.
Las corrientes conocidas como "antropocentrismo" y "ecocentrismo", expresan
claramente creencias que sitúan al hombre y los grupos que los soportan, como
defensores de un sistema de valores, donde en el primer caso el ser humano se erige
como el centro del universo y rey de la creación, lo que condiciona patrones de conducta
que supeditan la naturaleza a los deseos, intereses y caprichos del hombre. Por el
contrario, el ecocentrismo supone la creencia de que el hombre hace parte del conjunto
natural como uno más de los elementos del ecosistema sin considerarse por lo tanto, el
más importante. En consecuencia, es de esperar de quienes comparten este sistema de
creencias, un comportamiento cualitativamente diferente. Este es sin duda otra área de
trabajo muy poco explorada y que depara por lo mismo, sorpresas sin límites.
Como pudo verse a lo largo de estas páginas, la psicología ambiental constituye una
interdisciplina llena de promesas conceptuales y empíricas para quienes están dispuestos
a trascender las tradicionales áreas de conocimiento y aplicación de la psicología e
incursionar en el estudio de relaciones nuevas ofrecidas por otras disciplinas próximas a la
nuestra con las cuales establece la función de interfase.