Prólogo
Sasha
La brisa fresca de la mañana del viernes me golpeó el rostro mientras
caminaba por el bullicioso paddock del circuito de Silverstone. El rugido
de los motores resonaba en el aire, creando una sinfonía de emoción y
anticipación que me llenaba de energía.
Era el comienzo de una nueva temporada de Fórmula 1, y como
periodista deportiva, estaba lista para sumergirme en el torbellino de
velocidad, drama y rivalidad que definiría los próximos meses de mi
vida.
Mis pasos resonaban en el suelo, apenas se escuchaba la música que
llevaba a todo volumen en mis cascos, había demasiado ruido mientras
me adentraba en el corazón del paddock. Era como entrar en un mundo
aparte, un lugar donde los equipos se preparaban cuidadosamente para
la batalla que se avecinaba en la pista. Me impresionaba la cantidad de
actividad que se desplegaba a mi alrededor: mecánicos afinando
motores, ingenieros revisando datos que no yo era incapaz de descifrar
(por que a quien voy a engañar siempre he sido más de letras), y pilotos
concentrados en sus propios rituales previos a la acción.
Y menudos pilotos…
Saqué mi teléfono del bolsillo y revisé todos mensajes que había
recibido. Sinceramente creo que nunca había estado tan solicitada, y
ojalá no fuese por el trabajo. Un nombre destacaba entre los demás:
Matty, mi hermano mayor. Con un gesto de curiosidad, deslice la
pantalla para ver su mensaje.
-Hola Sas, ¿cómo va todo por el circuito?-. Sonreí ante la idea de
pensar en mi familia y decidí responder rápidamente. La verdad que
toda esta situación era un poco dura para mí, siempre he estado muy
unida a mi familia, y aunque me considero muy independiente, era
complicado no verles todos los días.
-Todo bien por aquí. Acabo de llegar al paddock. Todo esto es
alucinante, estoy segura de que os encantaría estar aquí, es increíble,
estoy muy ilusionada. ¿Qué tal todo por casa?.
Después de enviar el mensaje, guardé el teléfono y continué mi camino.
Tenía mucho trabajo por delante, y aunque conocía este circuito a la
perfección, desde dentro era un bastante más complicado ubicarse.
Sabía que este fin de semana sería crucial para mi carrera como
periodista deportiva, era mi primer fin de semana dentro de los circuitos
y estaba completamente sola, Neil Strauss era quien ocupaba el puesto
de periodista en los circuitos y como ahora iba a ser padre se había
dado de baja, decidieron darme a mí (lo sé yo tampoco asimilo que le
hayan dado el puesto a una novata de 24 años como yo…) su puesto
para el resto de la temporada. Yo me dedicaba a manejar las redes
sociales de la empresa y hacer alguna que otra entrevista puntual. Pero
nunca había tenido estas vistas, todo era alucinante.
Todo era alucinante, y cuando digo todo es TODO, algunas cosas más
que otras.
Necesitaba conseguir historias que impresionaran a mi jefe y, sobre
todo, debía mantenerme un paso por delante de la competencia,
necesitaba seguir en Motorsport Insider y demostrarme a mí misma
porque me habían dado ese puesto. El único inconveniente que tenía
era que mi jefe, Klauss Flick, me había puesto como requisito, para
seguir en este puesto, que consiguiera una entrevista exclusiva con una
de las grandes promesas del paddock, Eric Brown. Y Brown no es
precisamente lo que podríamos llamar el alma de la fiesta, no es ni alma
para ser concretos, este tío tiene una gran lista de antecedentes con la
prensa y sinceramente, estaba C-A-G-A-D-A.
Mientras me movía entre los equipos, mi mente se concentraba en los
posibles enfoques para mi cobertura. Había investigado a fondo a cada
piloto, analizado sus estadísticas y seguía de cerca los rumores que
circulaban en el paddock. Pero lo que realmente me emocionaba era la
posibilidad de descubrir las historias detrás de los cascos y los monos
ignífugos, las motivaciones personales que impulsaban a estos atletas
de élite a arriesgarlo todo en cada curva.