0% encontró este documento útil (0 votos)
53 vistas5 páginas

Calixto Garmendia

Calixto
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
53 vistas5 páginas

Calixto Garmendia

Calixto
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

CALIXTO GARMENDIA

1954
CIRO ALEGRÍA
(peruano)

D
éjame contarte —le pidió Remigio Garmendia a Anselmo,
levantando la cara. Todos estos días, anoche, esta mañana, aún
esta tarde, he recordado mucho... Hay momentos en que a uno se
le agolpa la vida... Además, debes aprender. La vida, corta o
larga, no es de uno solamente.
Sus ojos diáfanos parecían fijos en el tiempo. La voz se le
fraguaba hondo y tenía un rudo timbre de emoción. Blandíanse a ratos las
manos encallecidas.
—Yo nací arriba, en un pueblito de los Andes. Mi padre era carpintero
y me mandó a la escuela. Hasta segundo año de primaria era todo lo que
había. Y eso que tuve suerte de nacer en el pueblo, porque los niños del
campo se quedaban sin escuela. Fuera de su carpintería, mi padre tenía un
terrenito al lado del pueblo, pasando la quebrada, y lo cultivaba con la ayuda
de algunos indios a los que pagaba en plata o con obritas de carpintería: que
el cabo de una lampa o un hacha, que una mesita, en fin. Desde un extremo
del corredor de mi casa, veíamos amarillear el trigo, verdear el maíz, azulear
las habas en nuestra pequeña tierra. Daba gusto. Con la comida y la
carpintería, teníamos bastante, considerando nuestra pobreza. A causa de
tener algo y también por su carácter, mi padre no agachaba la cabeza ante
nadie. Su banco de carpintero estaba en el corredor de la casa, dando a la
calle. Pasaba el alcalde. «Buenos días, señor», decía mi padre, y se acabó.
Pasaba el subprefecto. «Buenos días, señor», y asunto concluido. Pasaba el
alférez de gendarmes. «Buenos días, alférez», y nada más. Pasaba el juez y
lo mismo. Así era mi padre con los mandones. Ellos hubieran querido que
les tuviera miedo o les pidiese o les debiera algo. Se acostumbran a todo eso
los que mandan. Mi padre les disgustaba y no acababa ahí la cosa. De
repente venía gente del pueblo, ya sea indios, cholos o blancos pobres. De a
diez, de a veinte o también en poblada llegaban. «Don Calixto, encabécenos
para hacer este reclamo». Mi padre se llamaba Calixto. Oía de lo que se
trataba, si le parecía bien aceptaba y salía a la cabeza de la gente, que daba
vivas y metía harta bulla, para hacer el reclamo. Hablaba con buena
palabra. A veces hacía ganar a los reclamadores y otras perdía, pero el
pueblo siempre le tenía confianza. Abuso que se cometía, ahí estaba mi
padre para reclamar al frente de los perjudicados. Las autoridades y los ricos
del pueblo, dueños de haciendas y fundos, le tenían echado el ojo para
partirlo en la primera ocasión. Consideraban altanero a mi padre y no los
dejaba tranquilos. Él ni se daba cuenta y vivía como si nada le pudiera
pasar. Había hecho un sillón grande, que ponía en el corredor. Ahí solía
sentarse, por las tardes, a conversar con los amigos. «Lo que necesitamos es
justicia», decía. «El día que el Perú tenga justicia, será grande». No dudaba
de que la habría y se torcía los mostachos con satisfacción, predicando: «No
debemos consentir abusos».
Sucedió que vino una epidemia de tifo y el panteón del pueblo se llenó
con los muertos del propio pueblo y los que traían del campo. Entonces las
autoridades echaron mano de nuestro terrenito para panteón. Mi padre
protestó diciendo que tomaran tierra de los ricos, cuyas haciendas llegaban
hasta la propia salida del pueblo. Dieron de pretexto que el terreno de mi
padre estaba ya cercado, pusieron gendarmes y comenzó el entierro de
muertos. Quedaron a darle una indemnización de setecientos soles, que era
algo en esos años, pero que autorización, que requisitos, que papeleo, que no
hay plata en este momento... Se la estaban cobrando a mi padre, para
ejemplo de reclamadores. Un día, después de discutir con el alcalde, mi viejo
se puso a afilar una cuchilla y, para ir a lo seguro, también un formón. Mi
madre algo le vería en la cara y se le prendió del cogote y le lloró diciéndole
que nada sacaba con ir a la cárcel y dejarnos a nosotros más desamparados.
Mi padre se contuvo como quebrándose. Yo era niño entonces y me acuerdo
de todo eso como si hubiera pasado esta tarde.
Mi padre no era hombre que renunciara a su derecho. Comenzó a
escribir cartas exponiendo la injusticia. Quería conseguir que al menos le
pagaran. Un escribano le hacía las cartas y le cobraba dos soles por cada una.
Mi pobre escritura no valía para eso. El escribano ponía al final: «A ruego de
Calixto Garmendia, que no sabe firmar, Fulano». El caso fue que mi padre
despachó dos o tres cartas al diputado por la provincia. Silencio. Otras al
senador por el departamento. Silencio. Otra al mismo presidente de la
República. Silencio. Por último mandó cartas a los periódicos de Almagro y a
los de Lima. Nada, señor. El postillón llegaba al pueblo una vez por semana,
jalando una mula cargada con la valija del correo. Pasaba por la puerta de la
casa y mi padre se iba detrás y esperaba en la oficina de despacho hasta que
clasificaban la correspondencia. A veces, yo también iba. «¿Carta para Calixto
Garmendia?», preguntaba mi padre. El interventor, que era un viejito flaco y
bonachón, tomaba las cartas que estaban en la casilla de la G, las iba viendo
y al final decía: «Nada, amigo». Mi padre salía comentando que la próxima
vez habría carta. Con los años, afirmaba que al menos los periódicos
responderían. Arizmendi me ha dicho que, por lo regular, los periódicos creen
que asuntos como esos carecen de interés general. Esto, en el caso de que los
mismos no estén en favor del gobierno y sus autoridades y callen cuanto
pueda perjudicarles. Mi padre tardó en desengañarse de reclamar lejos y
estar yéndose por las alturas, varios años.
Un día, a la desesperada, fue a sembrar la parte del panteón que aún no
tenía cadáveres, para afirmar su propiedad. Lo tomaron preso los gendarmes,
mandados por el subprefecto en persona, y estuvo dos días en la cárcel. Los
trámites estaban ultimados y el terreno era de propiedad municipal
legalmente. Cuando mi padre iba a hablar con el Síndico de Gastos del
Municipio, el tipo abría el cajón del escritorio y decía como si ahí debiera estar
la plata: «No hay dinero, no hay nada ahora. Cálmate, Garmendia. Con el
tiempo se te pagará». Mi padre presentó dos recursos al juez. Le costaron diez
soles cada uno. El juez los declaró sin lugar. Mi padre ya no pensaba en afilar
la cuchilla y el formón. «Es triste tener que hablar así —dijo una vez—, pero
no me darían tiempo de matar a todos los que debía». El dinerito que mi
madre había ahorrado y estaba en una ollita escondida en el terrado de la
casa se fue en cartas y en papeleo.
A los seis o siete años del despojo, mi padre se cansó hasta de cobrar.
Envejeció mucho en aquellos tiempos. Lo que más le dolía era el atropello.
Alguna vez pensó en irse a Almagro o a Lima a reclamar, pero no tenía dinero
para eso. Y cayó también en cuenta de que, viéndolo pobre y solo, sin
influencias ni nada, no le harían caso. ¿De quién y cómo podía valerse? El
terreno seguía de panteón, recibiendo muertos.
Mi padre no quería ni verlo, pero cuando por casualidad llegaba a mirarlo,
decía: «¡Algo mío han enterrado también ahí! ¡Crea usted en la justicia!».
Siempre se había ocupado de que les hicieran justicia a los demás y, al final,
no la había podido obtener ni para él mismo. Otras veces se quejaba de
carecer de instrucción y siempre despotricaba contra los tiranos, gamonales,
tagarotes y mandones.
Yo fui creciendo en medio de esa lucha. A mi padre no le quedó otra
cosa que su modesta carpintería. Apenas tuve fuerzas, me puse a ayudarlo
en el trabajo. Era muy escaso. En ese pueblito sedentario, casas nuevas se
levantarían una cada dos años. Las puertas de las otras duraban. Mesas y
sillas casi nadie usaba. Los ricos del pueblo se enterraban en cajón, pero
eran pocos y no morían con frecuencia. Los indios enterraban a sus muertos
envueltos en mantas sujetas con cordel, igual que aquí en la costa entierran
a cualquier peón de caña, sea indio o no. La verdad era que cuando nos
llegaba la noticia de un rico difunto y el encargo de un cajón, mi padre se
ponía contento. Se alegraba de tener trabajo y también de ver irse al hoyo a
uno de la pandilla que lo despojó. ¿A qué hombre, tratado así, no se le daña
el corazón? Mi madre creía que no estaba bueno alegrarse debido a la muerte
de un cristiano y encomendaba el alma del finado rezando unos cuantos
padrenuestros y avemarías. Duro le dábamos al serrucho, al cepillo, a la lija
y a la clavada mi padre y yo, que un cajón de muerto debe hacerse luego. Lo
hacíamos por lo común de aliso y quedaba blanco. Algunos lo querían así y
otros que pintado de color caoba o negro y encima charolado. De todos
modos, el muerto se iba a podrir lo mismo bajo la tierra, pero aun para eso
hay gustos.
Una vez hubo un acontecimiento grande en mi casa y en el pueblo. Un
forastero abrió una nueva tienda, que resultó mejor que las otras cuatro que
había. Mi viejo y yo trabajamos dos meses haciendo el mostrador y los
andamios para los géneros y abarrotes. Se inauguró con banda de música y
la gente hablaba de progreso. En mi casa, hubo ropa nueva para todos. Mi
padre me dio para que la gastara en lo que quisiera, así, en lo que quisiera,
la mayor cantidad de plata que había visto en mis manos: dos soles. Con el
tiempo, la tienda no hizo otra cosa que mermar el negocio de las otras cuatro,
nuestra ropa envejeció y todo fue olvidado. Lo único bueno fue que yo gasté
los dos soles en una muchacha llamada Eutimia, así era el nombre, que una
noche se dejó coger entre los alisos de la quebrada. Eso me duró. En adelante
no me cobró ya nada y si antes me recibió los dos soles, fue de pobre que era.
En la carpintería las cosas siguieron como siempre. A veces hacíamos
un baúl o una mesita o dos o tres sillas en un mes. Como siempre, es un
decir. Mi padre trabajaba a disgusto. Antes lo había visto yo gozarse
puliendo y charolando cualquier obrita y le quedaba muy vistosa. Después
ya no le importó y como que salía del paso con un poco de lija. Hasta que al
fin llegaba el encargo de otro cajón de muerto, que era plato fuerte.
Cobrábamos generalmente diez soles. Dele otra vez a alegrarse mi padre,
que solía decir: «¡Se fregó otro bandido, diez soles!», y a trabajar duro él y
yo, y a rezar mi madre y a sentir alivio hasta por las virutas. Pero ahí
acababa todo. ¿Eso es vida? Como muchacho que era, me disgustaba que en
esa vida estuviera mezclada tanto la muerte.
La cosa fue más triste cada vez. En las noches, a eso de las tres o cuatro
de la madrugada, mi padre se echaba unas cuantas piedras bastante
grandes a los bolsillos, se sacaba los zapatos para no hacer bulla y caminaba
medio agazapado hacia la casa del alcalde. Tiraba las piedras, rápidamente,
a diferentes partes del techo, rompiendo las tejas. Luego volvía a la carrera
y, ya dentro de la casa, a oscuras, pues no encendía luz para evitar
sospechas, se reía, se reía. Su risa parecía a ratos el graznido de un animal.
A ratos era tan humana, tan desastrosamente humana, que me daba más
pena todavía. Se calmaba unos cuantos días con eso. Por otra parte, en la
casa del alcalde solían vigilar. Como había hecho incontables chanchadas,
no sabían a quién echarle la culpa de las piedras. Cuando mi padre deducía
que se habían cansado de vigilar, volvía a romper tejas. Llegó a ser un
experto en la materia. Luego rompió tejas de las casas del juez, del
subprefecto, del alférez de gendarmes, del Síndico de Gastos.
Calculadamente, rompió las de las casas de otros notables, para que si
querían deducir, se confundieran. Los ocho gendarmes del pueblo salieron
en ronda muchas noches, en grupos y solos, y nunca pudieron atrapar a mi
padre. Se había vuelto un artista de la rotura de tejas. De mañana salía a
pasear por el pueblo para darse el gusto de ver que los sirvientes de las casas
que atacaba subían con tejas nuevas a reemplazar las rotas. Si llovía, era
mejor para mi padre. Entonces atacaba la casa de quien odiaba más, el
alcalde, para que el agua la dañara o, al caerles, los molestara a él y su
familia. Llegó a decir que les metía el agua a los dormitorios, de lo bien que
calculaba las pedradas. Era poco probable que pudiese calcular tan
exactamente en la oscuridad, pero él pensaba que lo hacía, por darse el gusto
de pensarlo.
El alcalde murió de un momento a otro. Unos decían que de un atracón
de carne de chancho y otros que de las cóleras que le daban sus enemigos. Mi
padre fue llamado para que le hiciera el cajón y me llevó a tomar las medidas
con un cordel. El cadáver era grande y gordo. Había que verle la cara a mi
padre contemplando el muerto. Él parecía la muerte. Cobró cincuenta soles,
adelantados, uno sobre otro. Como le reclamaron el precio, dijo que el cajón
tenía que ser muy grande, pues el cadáver también lo era y además gordo, lo
cual demostraba que el alcalde comió bien. Hicimos el cajón a la diabla. A la
hora del entierro, mi padre contemplaba desde el corredor cuando metían el
cajón al hoyo, y decía: «Come la tierra que me quitaste, condenado; come,
come». Y reía con esa su risa horrible. En adelante, dio preferencia en la
rotura de tejas a la casa del juez y decía que esperaba verlo entrar al hoyo
también, lo mismo que a los otros mandones. Su vida era odiar y pensar en
la muerte. Mi madre se consolaba rezando. Yo, tomando a Eutimia en el
alisar de la quebrada. Pero me dolía muy hondo que hubieran derrumbado
así a mi padre. Antes de que lo despojaran, su vida era amar a su mujer y su
hijo, servir a sus amigos y defender a quien lo necesitara. Quería a su patria.
A fuerza de injusticia y desamparo, lo habían derrumbado.
Mi madre le dio esperanza con el nuevo alcalde. Fue como si mi padre
sanara de pronto. Eso duró dos días. El nuevo alcalde le dijo también que no
había plata para pagarle. Además, que abusó cobrando cincuenta soles por
un cajón de muerto y que era un agitador del pueblo. Como se lo quisiera
tomar, esto ya no tenía ni apariencia de verdad. Hacía años que las gentes,
sabiendo a mi padre en desgracia con las autoridades, no iban por la casa
para que las defendiera. Con este motivo ni se asomaban. Mi padre le gritó
al nuevo alcalde, se puso furioso y lo metieron quince días en la cárcel, por
desacato. Cuando salió, le aconsejaron que fuera con mi madre a darle
satisfacciones al alcalde, que le lloraran ambos y le suplicaran el pago. Mi
padre se puso a clamar: «¡Eso nunca! ¿Por qué quieren humillarme? ¡La
justicia no es limosna! ¡Pido justicia!». Al poco tiempo, mi padre murió.

También podría gustarte