EJERCICIOS ESPIRITUALES PARA SACERDOTES
Valladolid – 27 de junio - 3 de julio de 2021
3ª MEDITACIÓN: SABOREAR LA BONDAD DE DIOS (“LA INHABITACIÓN”)
Lunes, 28 de junio (17:00 h.)
Preámbulo:
- San Gregorio Nacianceno: “me recogeré todo en Dios”
--> Me recogeré todo en Dios. Ya no me afectarán las lenguas humanas más que ráfagas de viento.
Estoy cansado de las voces del que me denigra o del que me enaltece más de lo debido. Busco la
soledad, un lugar inaccesible al mal, donde con una mente unificada busque a mi Dios y aliviar mi
senectud con la dulce esperanza del cielo. ¿Qué le dejaré a la Iglesia? ¡Le dejaré mis lágrimas! Dirijo
mis pensamientos a la morada que no conoce el ocaso, a mi amada Trinidad, única luz, de la cual la
sola sombra oscura ahora me conmueve (San Gregorio Nacianceno, Poemata de se ipso, XI: PG 37,
1154-1155).
--> A partir del día en que renuncié a las cosas de este mundo para consagrar mi alma a las
contemplaciones luminosas y celestiales, cuando la Sabiduría suprema me raptó de aquí abajo para
llevarme lejos de todo lo que es carnal, desde ese día mis ojos se deslumbraron con la luz de la
Trinidad... Desde su sede sublime extiende sobre las cosas su irradiación inefable... A partir de aquel
día estoy muerto al mundo y el mundo para mí (Gregorio Nacianceno, Poemata de seipso, XI: PG 37,
984-985).
- Para contemplar la Trinidad:
--> estar muerto para el mundo y el mundo para él
--> recogerse todo en Dios
Puntos para la meditación
1. El origen de este misterio: Jesús y el Templo
- Jesús es el nuevo Templo
- Los cristianos: templos en el Templo
2. Síntesis teológica:
- La inhabitación es una presencia real, física, de las tres Personas divinas, que se da en
los justos
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- Las tres Personas divinas habitan en el hombre como en un templo, no sólo el Espíritu
Santo. Y son las mismas Personas de la Trinidad las que se hacen presentes, no sólo
meros dones santificantes.
- La inhabitación de Dios en el hombre ha de explicarse en clave de conocimiento (Jn
17,3) y de amor (14,23); es decir, la inhabitación es una amistad. Así Santo Tomás:
«La caridad es una amistad, y la amistad importa unión, porque el amor es una fuerza unitiva» (STh II-
II,25,4). «La amistad añade al amor que en ella el amor es mutuo y que da lugar a cierta
intercomunicación. Esta sociedad del hombre con Dios, este trato familiar con él, comienza por la
gracia en la vida presente, y se perfecciona por la gloria en la futura. Y no puede el hombre tener con
Dios esa amistad que es la caridad, si no tiene fe, una fe por la que crea que es posible ese modo de
asociación y trato del hombre con Dios, y si no tiene también esperanza de llegar a esa amistad. Por
eso la caridad [y consecuentemente la inhabitación de Dios en el hombre] es imposible sin la fe y la
esperanza» que fundamentan la caridad (I-II,65,5)
- el cristiano carnal, aunque esté en gracia, apenas es consciente de la Presencia de Dios
en él. Es el cristiano espiritual el que capta habitual y claramente la inhabitación de la
Trinidad. «Los limpios de corazón verán a Dios» en sí mismos (Mt 5,8). Cuando el
ejercicio ascético de las virtudes se perfecciona en la vida mística de los dones del
Espíritu Santo, es entonces cuando el cristiano vive su condición de templo de la
Trinidad divina con una conciencia más cierta y habitual. Así lo explica Juan de Santo
Tomás:
«Supuesto ya el contacto y la íntima existencia de Dios dentro del alma, Dios se hace presente de un
modo nuevo por la gracia como objeto experimentalmente cognoscible y gozable en ella misma. Y es
que a Dios no se le conoce sólamente por la fe, que es común a los creyentes, justos o pecadores, sino
también por el don de sabiduría, que da un gustar y un experimentar íntimamente» a Dios (Tract. de s.
Trinit. mysterio d.17,a.3,10-12).
- Jesucristo en la eucaristía causa en las fieles la inhabitación de la Trinidad. «Yo soy el
pan vivo bajado del cielo. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en
él. Así como vivo yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí» (Jn 6,51-
57). La eucaristía, pues, es para la inhabitación. La presencia real de Cristo en la
eucaristía tiene como fin asegurar la presencia real de Cristo en los justos por la
inhabitación.
3. La vivencia de la inhabitación: clave de la espiritualidad cristiana
- teóforo
- Ejemplo de san Agustín:
«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo fuera,
y por fuera te buscaba. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas
cosas que, si no estuviesen en ti, no tendrían ser» (X,27,38). «Tú estabas dentro de mí, más interior a
mí que lo más íntimo mío y más elevado que lo más alto mío (interior intimo meo et superior summo
meo)» (III,6,11).
- Santa Teresa de Jesús alcanza las más altas experiencias de la inhabitación en el
culmen de su vida espiritual, cuando llega a la mística unión transformante, como
muchas veces lo atestigua:
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«Estando con esta presencia de las tres Personas que traigo en el alma, era con tanta luz que no se
puede dudar el estar allí Dios vivo y verdadero» (Cuenta conciencia 42;+41). Antes creía ella en esta
presencia, pero no la sentía. Ahora Dios «quiere dar a sentir esta presencia, y trae tantos bienes, que
no se pueden decir, en especial, que no es menester andar a buscar consideraciones para conocer que
está allí Dios. Esto es casi ordinario» (66,10). Ni trabajos ni negocios le hacen perder la conciencia
de esa divina presencia (7 Moradas 1,11).
Captar en sí la Presencia divina es algo que la levanta sobre todo lo creado: «Me mostró el Señor, por
una extraña manera de visión intelectual [esto es, sin imágenes], cómo estaba el alma que está en
gracia, en cuya compañía vi la Santísima Trinidad por visión intelectual, de cuya compañía venía al
alma un poder que señoreaba toda la tierra» (Cuenta conciencia 21). Captar en la propia alma esa
gloriosa Presencia trae inmensos bienes: gozo indecible de verse hecha una sola cosa con Dios (7
Moradas 2,4), completo olvido de sí (3,2), ardiente celo apostólico (3,4), paz y gran silencio interior
(3,11-12), aunque no falta cruz (3,2; 4,2-9). Antes «solía ser muy amiga de que me quisiesen bien, y
ya no se me da nada, antes me parece en parte me cansa» (Cuenta conciencia 3). «En muy grandes
trabajos y persecuciones y contradicciones que he tenido, me ha dado Dios gran ánimo, y cuando
mayores, mayor» (ib.). En fin, «no me parece que vivo yo, ni hablo, ni tengo querer, sino que está en
mí quien me gobierna y da fuerza, y ando como fuera de mí» (ib.).
- Igualmente, la inhabitación de Dios en el alma es para San Juan de la Cruz «lo más a
que en esta vida se puede llegar» (Llama 1,14).
«El Verbo Hijo de Dios, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, esencial y presencialmente está
escondido en el íntimo ser del alma» (Cántico 1,6).
«Dios mora secretamente en el seno del alma, porque en el fondo de la sustancia del alma es hecho
este dulce abrazo. Mora secretamente, porque a este abrazo no puede llegar el demonio, ni el
entendimiento del hombre alcanza a saber cómo es. Pero al alma misma, [que ha sido introducida ya
por la alta vida de virtud] en esta perfección, no le está secreto, pues siente en sí misma este íntimo
abrazo... ¡Oh, qué dichosa es esta alma que siempre siente estar Dios descansando y reposando en su
seno!... En otras almas que no han llegado a esta unión, aunque no está [el Esposo] desagradado,
porque al fin están en gracia, pero, por cuanto aún no están bien dispuestas, aunque mora en ellas,
mora secreto para ellas, porque no le sienten de ordinario, sino cuando él les hace algunos recuerdos
sabrosos» (Llama 4,14-16).
Y es el amor la causa de la inhabitación: «Si alguno me ama...» (Jn 14,23). «Mediante el amor se une
el alma con Dios; y así, cuantos más grados de amor tuviere, tanto más profundamente entra en Dios
y se concentra en El. De donde podemos decir que cuantos grados de amor de Dios puede tener el
alma, tantos centros puede tener en Dios, uno más adentro que otro, porque el amor más fuerte es el
más unitivo. Y si llegare hasta el último grado del amor, llegará a herir el amor de Dios hasta el
último centro y más profundo del alma, lo cual será transformarla y esclarecerla según todo el ser y
potencia y virtud de ella, según es capaz de recibir, hasta ponerla que parezca Dios» (Llama 1,13).
Entonces «el alma se ve hecha como un inmenso fuego de amor que nace de aquel punto encendido
del corazón del espíritu» (2,11).
4. Espiritualidad de la inhabitación
- La vida cristiana: vivirse y explicarse como íntima amistad con las Personas divinas
que nos inhabitan: qué bien sé yo la fonte...
- Dios quiere que seamos habitualmente conscientes de su presencia en nosotros. No ha
venido a nosotros como dulce Huésped del alma para que habitualmente vivamos en la
ignorancia o el olvido de su amorosa presencia. Por el contrario, nosotros hemos
«recibido el Espíritu de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha
concedido» (1Cor 2,12). Y el don mayor recibido en la vida de la gracia es la donación
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personal que la Trinidad divina ha hecho de sí misma a la persona humana,
consagrándola así como un templo vivo suyo.
- Consecuencias de la conciencia habitual:
1.- La inhabitación fundamenta la conciencia de nuestra dignidad de cristianos
2.- Horror al pecado
3.- Oración continua
4.- Humildad
5.- Amor a la Iglesia
6.- Comprender la necesidad de la abnegación
7.- Alegría
8.- Recogimiento: superación de la dispersión exterior:
«Todavía dices: "Y si está en mí el que ama mi alma ¿cómo no le hallo ni le siento?" La causa es
porque está escondido y tú no te escondes también para hallarle y sentirle; porque el que ha de hallar
una cosa escondida, ha de entrar tan a lo escondido y hasta lo escondido donde ella está, y cuando la
halla, él también está escondido como ella. Tu Esposo amado es "el tesoro escondido en el campo"
de tu alma» (Cántico 1,9).
Para el místico Doctor la «disipación» crónica de los cristianos es un verdadero espanto, una
tragedia, algo indeciblemente lamentable. «Oh, almas creadas para estas grandezas y para ellas
llamadas ¿qué hacéis, en qué os entretenéis? vuestras pretensiones son bajezas y vuestras posesiones
miserias. ¡Oh miserable ceguera de los ojos de vuestra alma, pues para tanta luz estáis ciegos y para
tan grandes voces sordos, no viendo que, en tanto que buscáis grandezas y glorias, os quedáis
miserables y bajos, de tantos bienes hechos ignorantes e indignos!» (39,7).
Conclusión
olvido de lo criado,
memoria del Creador,
atención a lo interior
y estarse amando al Amado