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10 Pruebas para Encontrar Al Principe Azul - Haimi Snown

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10 pruebas para encontrar al príncipe azul

©Haimi Snown
Primera edición: junio 2024 “10 pruebas para encontrar al príncipe
azul”
Diseño de portada: © Haimi Snown, Beca Aberdeen

Queda prohibida, bajo las sanciones establecidas en las leyes,


cualquier reproducción, distribución, o transformación de esta obra, sin
autorización previa y por escrito de los titulares de copyright.
Todos los derechos reservados.
Sinopsis

¡Prepárate para reír, suspirar y quizás lanzar algún hechizo!

En la Tierra de los Cuentos, Birdie Oftheredheads, valiente señorita


que siempre oculta su rostro y su alma bajo una capucha, desafía la norma
de los príncipes azules. Para ella, el mundo está plagado de sapos, y el peor
de todos es Ark Oftherestlessheart: apuesto, de sonrisas fáciles y demasiado
seguro de sus encantos.
Por si fuera poco, Ark es tan responsable como un gato con un ovillo
de lana, y logra hacer a Birdie participe en su condena. Obligada a decidir
entre salvar al sapo o mandarlo a La Granja, Birdie empieza la difícil tarea
de transformar a Ark. Pero el camino es arduo, complicado por hadas
madrinas entrometidas, un duende que habla en adivinanzas, una madrastra
malvada de cliché, una vecina devota de lo romántico y un par de amigos
que harían que Cenicienta se quede en casa.
Birdie se enfrenta a un verdadero embrollo. ¿Qué medidas tendrá que
tomar para convertir a este sapo en un auténtico príncipe azul?
Sumérgete en una historia donde la verdadera belleza reside en el
corazón, y donde se demuestra que el poder del amor puede superar todos
los obstáculos, incluso aquellos que uno mismo coloca en su camino.
Contenido
Érase una vez
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El código de los príncipes
Adivinanzas de Grór Stormpike
Glosario
Glosario
Un salto de luna – el equivalente de un mes.
Una puesta de sol – el equivalente de un día.
Capuchina – el equivalente de una bombilla, parte del sistema de
iluminación. Tiene el nombre de la flor porque es el fuego atrapado en el
interior de un recipiente con la base en forma de pétalos y la parte de arriba
tapada por una campana alargada. La duración de la luz resultada depende
de su potencia, que se puede disminuir o amplificar mediante pequeños
espejos posicionados tanto arriba como abajo. Cuando el foco se acaba, se
recarga pagando en la Luminaria, la creación de las alquimistas. Se puede
colgar en cualquier sitio.
Escudo – función honorífica de una persona que asiste a la unión en
matrimonio de una pareja. Se supone que el escudo sería el que atraería
hacia sí la mala suerte o las posibles maldiciones que podrían caer sobre la
pareja, durante siete saltos de luna.
Sabia – título declarado para la joven mujer que ha acabado un
contrato de vasalla. Desde ese momento, puede tomar decisiones como una
persona adulta, sin la supervisión de sus padres o tutores.
Aros, soles – dinero
Mirko – mezcla de hierbas que se fuma, produce alucinaciones
Koloso – arma antigua, usada en los duelos. Tiene el aspecto de un
palo largo, acabado en forma de pelota. Está hecha de una mezcla de
madera y caucho, lo que le da flexibilidad.
Las Tierras de los Cuentos – mundo de nacimiento de los cuentos
clásicos.
Continente Oriental – aclarece las normas de las Tierras de los
Cuentos, pero allí se asienta en su mayoría, la parte oriental de la población
Tierra de los Impíos – continente antiguamente no poblado, donde, con
el paso del tiempo, se han retirado los que han perdido la fe en la magia
Las Tierras del Eterno Castigo – territorio poblado por los troles,
guardianes de la cárcel de todas las tierras vecinas
Continente de Hielo —zona de población desconocida por las
condiciones meteorológicas adversas, continuamente helado
Isla de los Siempre Recordados —región sagrada, que se usa solo
como cementerio.
Subtierra de los oscuros —se supone que allí se ocultan las desgracias
que han quedado después de la Última Batalla Conocida.
A cada chica que encuentra a su príncipe azul
entre páginas de sueños.
Con sus páginas abiertas te va ilustrando la
mente, si alguna vez lo prestaras, lo perderás para
siempre. ¿Qué es?
Érase una vez

Érase una vez una niña cuya risa disipaba cualquier sombra, pero que se
ocultaba bajo una capucha para poder respirar.
No siempre la había necesitado. Cuando era pequeña, mostraba su rostro al
sol con gozo, y su sonrisa irradiaba a todas las criaturas de los planos
terrenales y submundos, a las que podía ver y a las que imaginaba. Jugaba
con palos, piedras y muñecas de trapo, creando teatros de cuentos donde
siempre reinaba la felicidad, incluso cambiando finales para asegurarse de
ello.
Su lugar más querido era la plantación de manzanos cerca de su hogar.
Para llegar allí, atravesaba un sendero flanqueado por troncos tan altos que,
en su mente, parecían sostener el mismo cielo. Disfrutaba especialmente de
la estación del azar, cuando las manzanas maduraban, pero detestaba el frío
de la estación muerta, que desnudaba y torcía las ramas de los árboles.
Bajo la tutela de su padre, aprendió que las manzanas estaban buenas
para comerlas cuando adquirían el color de su propio cabello. Mientras ella
disfrutaba cada bocado y saboreaba el jugo ácido que le manchaba los
labios, su padre aprovechaba para compartirle la historia de los árboles,
parientes de aquellos cuyo fruto había tentado a Blancanieves.
—¿No están envenenadas? —preguntó la niña, con preocupación en su
voz.
Antes de contestar, su padre le limpió con un pañuelo la barbilla
manchada.
—El veneno de la manzana provenía del corazón malvado de la reina.
Las malas intenciones son venenosas, no los frutos.
Ella asintió, sin necesidad de comprender ni de mostrar interés. La
simple idea de poder comer manzanas hasta caer rendida de sueño la
llenaba de alegría. Cuando ya no podía comer más, se retiraba a su castillo,
que no era más que unas sábanas atadas alrededor de los troncos de un par
de manzanos. Allí tenía sus juguetes, almohadas, agua y trapos para
limpiarse antes de regresar a casa. Pero sobre todo, allí encontraba su
libertad.
Un día, su padre le regaló una espada de madera con mango plateado y
empuñadura brillante, que relucía como las piedras del muro de su
improvisado castillo. La niña la alzó por encima de su cabeza, imaginando
los monstruos que podría derrotar con tal maravilloso arma.
—Papá, ¿las espadas no son solo para los príncipes como tú? —se
interesó ella.
Su padre se agachó hasta quedar a su altura, y el sol resplandeció en su
cabello blanco. A la niña le pareció curioso que alguien tan joven y fuerte
tuviera el pelo de un anciano.
—Las espadas son para aquellos que desean luchar. ¿Tú quieres
hacerlo? —susurró y le guiñó el ojo.
La niña rio y asintió. No es que necesitara luchar, tenía a su príncipe
para protegerla.
La espada se convirtió en su juguete favorito y la llevaba a todas
partes. Cuando su madrastra se lo prohibió, la ocultaba bajo la falda, atada a
la cintura, o la dejaba en rincones de la casa, tranquila porque la tenía cerca.
Desde que tenía la espada las pesadillas casi habían desaparecido.
Aunque el monstruo que la visitaba cada noche aún no abandonaba sus
sueños, ella lo vencía con frecuencia. Confiaba en que, con más
entrenamiento, se volvería lo suficientemente fuerte para derrotarlo. Solo
tenía que acertar en el ojo, el punto débil de los monstruos.
Un día, mientras el verano cedía su lugar a hojas amarillas llevadas por
vientos con aroma a hierba seca, la niña jugaba en su castillo. Le contaba
una historia a las muñecas, que la escuchaban con atención, colocadas
encima de las almohadas, como si de espectadores se tratara. El cuento
hablaba de un príncipe azul que luchaba contra un monstruo. La niña alzaba
la espada con entusiasmo y la enfundaba entre los juguetes, amenazando a
voces al ser de las tinieblas. Al cubierto bajo las sábanas, no se había dado
cuenta de que las nubes habían conquistado el cielo y que amenazaban con
descargar un mar de lágrimas.
Detuvo su juego cuando una sombra cayó sobre la sábana que servía
de puerta. Temía a las sombras. Las sombras le apretaban el cabello con
fuerza cuando insistían en recogerlo, le frotaban la piel hasta dejarla roja, la
castigaban por ensuciarse y le cortaban las uñas hasta hacerla sangrar. La
niña solía huir de las sombras, pero esta vez no lo hizo. Con la confianza de
un corazón inocente y creyendo en el poder de su brazo delgado, esperó
mientras la sombra se alargaba. Encogió su cuerpo cuando las uñas afiladas
apartaron la sábana, pero estaba preparada. Atacó con un movimiento
seguro, directo hacía el ojo del monstruo. Así era cómo morían.
Pero este no lo hizo. El monstruo continuó viviendo con un solo ojo,
con el cual la miraba con odio. Siguió frotándole la piel con furia, tirándola
del cabello, quemando sus juguetes y apareciendo en sus sueños.
La niña buscó ayuda en su príncipe azul, que luchó valientemente
contra el monstruo en numerosas batallas. Pero un día el príncipe se rindió
y huyó del castillo.
Entonces la niña se quedó sola, sin esperanza de un final feliz para su
cuento.
Su pecho se apretaba al sentir al monstruo cerca, los miembros le
temblaban, los dientes le castañeaban y veía la tierra abriéndose ante ella.
Empezó a ocultarse bajo las capuchas de las capas, imaginando que tenía el
don de volverse invisible. Sorprendentemente, funcionó. Cuando se cubría
con la capucha, el monstruo desaparecía de su vista y podía respirar.
No sonreía, pero al menos podía respirar.
1
“Soy el lazo más unido, el eslabón más potente, mi lenguaje es el
afecto y hago más noble a la gente.”

Año 87 de la Medulya oculta

Birdie había perdido la cuenta de cuántas gotitas habían tomado, algunas


por su invitación. Pero cuando Dye pidió más, todas aceptaron al unísono,
con un coro de exclamaciones y aplausos que atrajeron miradas indulgentes
de la clientela de la taberna.
Procuró contar las copas de la mesa, pero resultó imposible. Aalis
había dejado las vacías en el respaldo de madera del diván, a ambos lados
de su cabeza. Descubrió cinco en el suelo, esparcidas alrededor de sus
piernas. ¿Cuántas piernas había? Cerró los ojos y volvió a abrirlos para
dejar de ver borroso. Contar las piernas y las copas era demasiado; el lugar
parecía sembrado con ambas cosas.
Siete cisnes de licor estaban amontonadas en el centro de su mesa, tan
altas como ellas. Las botellas, con diseño de alas abrazando el pecho
imitando a las aves, estaban vacías ahora, pero Dye insistió en golpear la
cabeza de uno y besarle el pico, intentando obtener un par de gotitas más.
—¿Cómo es posible que te cases mañana? —se lamentó.
Birdie no sabía si era por la emoción por su amiga Cira o la decepción
al encontrar el cisne vacío. De cualquier manera, dos lágrimas trazaron su
camino por las mejillas hasta desaparecer bajo su mentón. Sus rizos
naturales saltaron mientras sacudió la cabeza para expresar su tristeza.
Cira se dejó caer contra el respaldo del diván. La trenza que sostenía
su pelo en lo alto de la cabeza cayó sobre frente. Sopló, y riendo dijo:
—He encontrado a mi príncipe azul y estoy viviendo la felicidad.
Birdie se unió a sus carcajadas, aunque por una razón diferente; no
creía en la existencia de los príncipes azules. Para ella, el mundo pertenecía
a los sapos.
La Tierra de los Cuentos había perdido la magia después de la Última
Batalla Conocida, cuando el Mal había triunfado. Para salvar lo que
quedaba, las criaturas fantásticas se habían retirado en la Medulya, la última
aldea encantada. La lucha entre el Bien y el Mal continuaba allí, en un
mundo cerrado con encantamientos y conjuros. Cuando la oscuridad
reinaba en su pueblo, significaba que el Mal había triunfado; cuando la
noche sobrenatural terminaba, era señal de que el Bien volvía a vencer.
Nadie se atrevía a predecir qué sucedería si la guerra terminara con la
victoria del Mal.
El Sol seguía el mismo y la Luna no cambiaba, pero los continentes
habían renovado sus fronteras, coronas y muros habían caído desde
entonces. Pero ellos, los mundanos, aún respetaban las antiguas leyes. Una
de ellas, que Birdie consideraba necia, era la de los príncipes azules, y decía
que cualquier varón lo era. Solo La Corte tenía el poder de degradarlo hasta
el nivel de sapo y, para dejar constancia, lo marcaba con una reluciente ese
en la ceja izquierda. Una princesa poseía la capacidad de transformar a un
sapo en príncipe azul, otorgándole una segunda oportunidad. Si no la
obtenía en siete ciclos lunares, quedaba destinado a La Granja, como un
sapo verdadero.
—¡Bailo por la felicidad de Cira y su unión! —cantó Aalis, su voz
chillona resonando por encima de la música. Subió a la mesa, atrayendo
todas las miradas. Los aplausos estallaron alrededor y ella sacudió el
dobladillo del vestido del mismo color que su cabello dorado y su tez.
Birdie evocó la imagen de los famosos bailes de la Era de los Cuentos.
Nada tenían que ver con los movimientos sensuales de Aalis, que se
balanceaba siguiendo el ritmo de la voz gutural de un famoso cantante y, ya
que es el caso, célebre príncipe.
—Es muy joven para renunciar a su corazón —intervino Birdie. Cogió
los tres collares que colgaban en su pecho y simuló ahogarse, tirando de
ellos hacia arriba—. Desposarse es una ruina para la identidad de una chica
—agregó con firmeza y la sinceridad otorgada por el licor.
Se enderezó cuando el discurso hizo que la capucha cayera sobre su
espalda. Volvió a cubrirse el rostro sin mirar a nadie.
—Birdie, ¿quieres dejar de ser aguafiestas? —Dye le susurró en el
oído—. Alégrate por Cira, y si no puedes, cierra el pico. ¡Por Santa
Cenicienta! Eso no es lo que hace una buena amiga. Además, necesitas
mantenerte callada si quieres asegurar tu libertad. Mañana, estarás allí para
encargarte de que todo salga bien, o de lo contrario, perderás tu trabajo, el
contrato de vasallaje y tu futuro.
La amenaza funcionó y Birdie se esforzó por expresar su alegría.
—¡Me alego! ¡Me alegro! —repitió, consiguiendo que la palabra
sonase como dictaba el registro léxico al segundo intento—. ¡Claro que me
alegro! Cira es mi amiga. Tú eres mi amiga y Aalis también.
—Somos las mejores amigas —estuvo de acuerdo Aalis—. Mañana
llevaremos esos vestidos horrendos y acompañaremos a la novia hacia…
—¡Los vestidos son preciosos! —protestó Cira.
—Si los miras a través de unos lentes mágicos, les quitas tres volantes
y les tintas con un pigmento que no haya sido inventado por duendes
borrachos —farfulló Aalis por lo bajo.
—¡Verde viridis se llama! Representa la vitalidad y realza la juventud
—les explicó Cira, indignada.
Mientras le pidió a su PiC que buscara imágenes de los vestidos,
Birdie notó su reflejo cubierto por la capucha en el espejo encantado de su
amiga y se retiró, vencida por su fobia a ser vista.
Los PiC eran los hijos del espejo mágico de la madrastra de
Blancanieves. Servían para asegurarles de que se veían estupendas, para
que se comunicaran entre ellos, grabar imágenes fijos y en movimiento, leer
sobre el pasado y, para quien estaba dispuesto a pagar el precio, intentar
mirar el futuro. Birdie usaba el suyo solo en caso de necesidad y para
capturar imágenes de las formas de las nubes.
Cira no tuvo éxito en manipular su PiC. Arrastraba las palabras, se
equivocaba en dar la orden, y el espejo se negó a entenderla.
De todos modos, ellas tampoco le hicieron caso.
—Verde-asco debería llamarse. Le dará a nuestros rostros el mismo
tono que el de Hulk en una tira de cómic —dijo Dye. Lo sabía porque había
pensado incluso en teñirse el cabello para que el vestido no lograra aquel
efecto en su piel aceitunada—. La única que tiene ventaja es Birdie. En ella
la tela malvada no va a lograr su magia negra porque es pelirroja.
—No soy pelirroja. —Birdie agitó la cabeza, negando su cuna y su
apellido, Oftheredheads—: ¡Soy castaña! Pero no importa, porque mañana
estaré allí para hacer mi trabajo con destreza, no en busca de falsos halagos
que salen de mentirosas bocas.
—¿Sabes que debes quitarte la capucha en público, verdad? —la
provocó Aalis.
Birdie tragó saliva y asintió. Era lo que menos le gustaba del día que
tanto esperaba. Pero si el precio era su libertad, estaba dispuesta a pagarlo.
Su contrato de vasallaje finalizaba en un par de días, y, por fin, estaría libre
para elegir qué quería hacer con el resto de su vida.
—Puede que conozcas a alguien. Kane tiene buenas amistades, seguro
que podemos encontrar a tu príncipe azul entre ellos —se animó Cira—. Os
he presentado a Gawain, el que se encargará de las grabaciones. Es un mago
en su oficio.
Aalis soltó un gruñido.
—Es el mago de la sosería. Y no está libre, se desposará en cuanto
llegue la estación de la génesis.
—Pero Ark no está comprometido y no es un mal mozo.
—No es un mal mozo, pero no es el príncipe de Birdie —comentó
Aalis.
Birdie obtuvo de lo más lejano de su mente la imagen de un gigante
moreno vestido de cuero. Definitivamente un sapo. Recordaba haberlo visto
de paso, el mismo día que le había sido presentado Gawain, con el que
trabajaba para organizar los detalles de la boda. Ark se había retirado poco
después de su llegada, sin saludarla ni mostrar interés en saber su nombre.
Como si no la hubiera visto.
—Birdie no tiene tipos de príncipes. —Dye se carcajeó mientras la
señalaba con una pluma que había arrancado de la decoración del cisne—.
Para ella, solo hay sapos.
Ya que la habían arrinconado, la mencionada se esforzó por levantarse
del diván. Por alguna razón, su trasero pesaba más de lo normal, alterando
el equilibrio de su cuerpo. Logró mantenerse de pie después del segundo
intento. Miró a sus amigas y el amor por ellas le humedeció los ojos.
Allí estaba Cira, la sensata. Rubia y más baja que Birdie, tuvo suerte
de finalizar su contrato de vasallaje con una docente. Enseguida encontró
trabajo como maestra de cálculo, donde el único impedimento era que sus
alumnos eran más altos que ella. Se había enamorado del dirigente de la
escuela y no había querido esperar para ver si encontraría un sapo más
guapo. Kane era la elección de su corazón y Birdie la respetaba, por muchos
estremecimientos que le producía pensar en que se comprometía antes de
cumplir veinte primaveras.
Dye era una oriental de rizos oscuros y largos, tan indomables que su
personalidad. No tenía un contrato estándar porque era la hija del panadero
de Van Cinceles. La Corte le permitiría declararse sabia pronto, en cuanto
cumpliera los diecinueve años, por haber trabajado en la tienda en los
últimos once saltos de luna. Aseguraba que había encontrado a su príncipe
azul a los catorce años. Birdie todavía esperaba que reconociera su error y
se sentía aliviada porque su amiga había decidido esperar antes de asumir la
corona familiar.
Aalis era una joven indómita, que pasaba de formalidades. Estudiaba
para convertirse en dibujante, y se había ganado el corazón de Birdie con
sus fantasías sobre princesas que vencían monstruos. Mantenía en secreto
su historia de amor, de momento unilateral, pues el mozo que había
conquistado su corazón desconocía su importancia en la futura vida de
Aalis.
—¡Los príncipes azules no existen! Solo hay sapos —se quejó Birdie.
No era lo que quería decir, el licor le había soltado la lengua. Pero era
lo que pensaba. No estaba conforme con el voto de confianza que regalaban
a los varones, con que les educaban a creer que un príncipe azul era la
salvación de cada doncella. Todos deberían llevar las marcas de los sapos
desde que estuvieran en los vientres de sus madres y demostrar con
acciones que merecían la etiqueta de príncipe azul.
Tuvo que retractarse cuando Cira protestó.
—Oye…
—Excepto tu príncipe. Es un verdadero príncipe en un mundo de
malolientes sapos. Yo… —Inhaló y estiró los brazos como una vencedora
—, no quiero convertirme en domadora de sapos.
—No eres doncella, Birdie, y un día vas a enamorarte —le recordó la
siempre bienintencionada Aalis.
—Si me enamoro de un sapo, huid. ¡Salvad al linaje femenino!
Todas se carcajearon. Solo Aalis tuvo el valor de decir lo que pensaba.
—Si Birdie está achispada, es el momento de irnos.
—Así es —colaboró esta. Estaba ebria. Dejó que su silencio creara
suspense antes de añadir—: Últimas gotitas y a la cama.
—No es tan tarde —insistieron Dye y Cira. La última comprobó el
reloj de la pared y gimoteó—: Necesito ser bella como una diosa cuando
salgan los primeros rayos del sol.
—Si no nos damos prisa, van a alcanzarnos.
En la planificación del festejo, Cira le había encargado a Birdie el
papel de sobria. Tenía que llevarles a su casa, acostarlas y despertarlas a
tiempo para la boda, y que estén tan frescas como el pan que su vecina
horneaba cada día. Por eso no había bebido tanto como ellas. O eso creía.
Aceptó el último vaso, sin tener interés en quien era la que se lo había
ofrecido y qué contenía. Lo alzó y gritó al unísono con las demás:
—¡El azar no nos toca, la gracia es nuestra! ¡Qué la magia nos proteja
y nos guíe!
A esas alturas, el alcohol ya no hacía efecto en su boca. El sentido del
sabor se había muerto tiempo atrás, quemado por las combinaciones que
habían probado.
Aplaudió para hacerse escuchar por encima del alboroto.
—Ya está. ¡Vamos!
Tuvo trabajo para bajar a Aalis de la mesa. Cuando lo consiguió, las
empujó para que se movieran. Al pasar por el lado de la barra, se despidió
del dueño de la taberna con un gesto y le pidió que llamara a un coche
dirigido.
El vehículo que les esperaba era de una conocida casa de transporte,
famosa por su seguridad y los precios bajos. Sus carromatos eran una
amalgama de modelos que resultaba feos a la vista, con ruedas y motor de
los vehículos modernos, velas barcos y la longitud de los de dos ruedas.
El cochero no estaba de humor para conversar, hecho que Birdie
agradeció porque le había tocado el asiento del copiloto. En la parte trasera,
las tres cantaban a todo pulmón.
Escuchando como desafinaban y mirando la noche por la ventana, se
sintió afortunada porque mantenían su amistad a pesar de la diferencias
entre ellas. Y no era cuestión solo de aspecto, sino de responsabilidades,
labores y pensamientos.
Ella venía al final de la cola, después de la inteligente Cira, de la
sensual Aalis y de Dye, que llevaba el estampado «sangre oriental» en la
bandana que anudaba en su frente. Ella era Birdie la incrédula, la
desconfiada, la atea. Discrepaba en opiniones y lo discutía todo.
Estaba en sus últimos meses del contrato de vasallaje en la Casa de
Festejos cuando Cira la buscó para informarle de que necesitaba sus
servicios para organizar las nupcias. Birdie le había suplicado que
reconsiderara. Preocupada por su amiga, temiendo que cometiera un error,
no pudo pegar ojo esa noche. Recordó cómo en tiempos antiguos los reyes
evaluaban a sus futuros yernos, midiendo su fuerza y carácter. No entendía
por qué esa costumbre se había perdido. Sentía que la ausencia de estas
pruebas había eliminado un aspecto crucial, dejando a las doncellas
atrapadas solo por palabras. ¡Qué pérdida tan grande!
La mañana siguiente compartió sus dudas con Marwelene, su vecina,
que sorprendentemente entendió sus inquietudes. La llevó a un cuarto lleno
de reliquias de otra época y le mostró un pergamino. ¡Y allí estaban! Diez
pruebas escritas con tinta gruesa y letras ornamentadas para reconocer a un
príncipe, diez mandamientos que podrían confirmar si un caballero era
digno de ser el compañero de vida de su amiga.
No obstante, Cira se negó a probar a Kane. A Birdie le quedaba la
esperanza de que, al menos, el resto de sus amigas lo hicieran.
—Son diez —dijo el cochero, sacándola de sus pensamientos.
—¿Cómo? —preguntó ella, mirándolo de soslayo.
—Diez aros, joven. Diez —repitió este de mala leche.
No era un candidato para las pruebas y tampoco llevaba en la ceja la
marca de los sapos. Su mundo estaba enfermo, era urgente que resolvieran
ese asunto.
—Te doy quince si me ayudas a llevarlas hasta aquel pórtico —
farfulló, mordiéndose la lengua para no reprenderlo por su brusquedad.
Él miró hacia atrás e hizo una mueca, pero bajó del coche.
—Hemos llegado, muchachas. Este amable señor nos ayudará a entrar
—dijo ella con alegría.
En realidad, dejó que el hombre hiciera el trabajo solo. Cuando
regresó, después de cerrar con dificultad la puerta del muro a su espalda,
Birdie salió y le tendió su PiC para que aceptara la transferencia.
—Gracias. Que tenga usted una buena noche.
—Brujas —lo escuchó farfullar mientras se alejaba.
Birdie encogió los hombros, aún con la sonrisa en los labios. Alzó la
mirada para estudiar el cielo y sonrió incluso más ante la imagen. Las
estrellas lucían pequeñas, grandes, alegres, brillantes. Muchas. Su barrio
conservaba el estilo de la Era de los Cuentos, con casas chicas, de ventanas
arqueadas, chimeneas en el interior y pequeños jardines delante. Prueba de
ello era la casita de Marwelene. Por el contrario, la casa principal, en la cual
vivía su madrastra, era una mansión grande, de una sola planta, oculta bajo
las gigantes ramas de los manzanos plantados por las generaciones pasadas.
—¡Birdie, ya has llegado! —se escuchó la voz de su vecina.
El sonido se repitió varias veces en el aire, cruzando la calle entera. La
luz de la capuchina que llevaba Marwelene se mecía de un lado al otro
como si fuera llevada por un espíritu.
—Deberías dormir —le reprochó Birdie en voz baja. Eludió decirle
que se había olvidado de ponerse la pequeña trompeta que la ayudaba a oír
y que sus gritos atravesaban todas las paredes del barrio.
—¿Qué? No he podido dormir. ¡Esperé comprobar que regresas sana!
—volvió a gritar la anciana—. Fúfu me hizo compañía.
—Ya estoy —dijo en su oído. Cogió con delicadeza a Marwelene por
el codo y la guió hacia su puerta, cuidando de que el búho de Aalis se
mantuviera tranquilo en su hombro.
—¿Quieres una infusión?
—No, gracias. Es de madrugada, vete a dormir. Mañana tienes que
asistir a la ceremonia, ¿te acuerdas?
—Estoy muy feliz. Me hechizan las bodas, pero me encantaría
presenciar la tuya.
—A mí también, si alguna vez voy a tener una —masculló Birdie—.
Buenas noches, Marwelene. ¿Me quedo con Fúfu para que puedas
descansar? —Se atrevió a observar al ave y la anciana interpretó el gesto
como si necesitara luz. Alzó la capuchina, y ella dio un brinco al
encontrarse con dos ojos de un naranja encendido.
No hacía buenas migas con el búho. Ella era parlanchina cuando la
dominaban los nervios y el pájaro prefería la comunicación visual. Le ponía
los pelos de punta estar en su mira, y ni la capucha la ayudaba a creer que
era invisible para el ser de plumas.
—Fúfu no me molesta. Dormiré bien si me prometes que buscarás a tu
príncipe azul.
Birdie se inclinó para abrazarla y ocultó la mueca de dolor. Evitó hacer
tal promesa, pero los brazos delgados de su vecina no la soltaron. Leyó la
determinación en su mirada ilusionada.
—De acuerdo. Buscaré a mi príncipe azul. Hasta mañana.
«No había dicho cuándo», se tranquilizó de regreso a su casa.
Aalis roncaba en el sillón del salón y Dye directamente sobre la
alfombra. Encontró a Cira en su cama, por lo que ella usó el cuarto
continúo. Se puso un camisón cómodo, y aún con la sonrisa en la cara, se
metió bajo la colcha.
Las bebidas debían haber sido ilegales, mezcladas con algún hongo
mágico o polvo de hadas, pues una idea clara se repetía en su cabeza:
«Estoy convencida de que mañana encontraré a mi príncipe azul.»
Incluso se puso a tararear una canción que llegó a su cabeza, de algún
recuerdo o mundo olvidado:
Tú, sapo, que le cantas a la Luna
Tú, sapo, odiado por el Sol
Cómo haces para vivir tan triste
Y tener la casa bajo una flor
Oye, sapo, tus ojos no son feos
Oye, sapo, cántame más
Qué pasa si te doy un beso
Será tan bueno para soñar
Quizá un príncipe se esconde
En tu corazón
Quizá la magia siga viva
Y nos una el amor.
2
“Le encanta la carne de ciervo y gamuza, le encanta la niña de la
caperuza.”

Birdie se detuvo ante la puerta y soltó una respiración honda.


El vestido la apretaba, quitándole el aliento. No entendía cómo las princesas
de la Era de los Cuentos podían soportar tantas capas de ropa, encorsetarse
y atarse con un millar de cintas, todo para encarnar el modelo de belleza de
aquellos tiempos. Y los zapatos de cristal… En poco tiempo, habían hecho
de su espada un palo doloroso y de los dedos de los pies un saquito de
huesos contorsionados. No le sorprendería que las brujas malvadas fueran
una consecuencia de obligar a las mujeres que llevaran esos atuendos.
Por suerte, las princesas de nueva descendencia se habían hartado de
dormir, trabajar gratis para madrastras malvadas o esperar en los castillos a
que un príncipe les salvara. Las hadas no podían intervenir directamente y
se había acabado lo de convertir calabazas en carretas. Los castillos ahora
eran hogares habitados, las carretas con caballos se usaban solo por
entretenimiento y estaban obligadas a usar los zapatos de cristal y los
incómodos vestidos solo en eventos oficiales, como un recordatorio de un
mundo casi olvidado.
Golpeó suavemente antes de entrar. En el último momento, recordó
bajar la capucha. Una vez dentro, su inquietud desapareció porque nadie
notó su llegada. La madre de Cira discutía a voces con la peluquera,
mientras su padre buscaba con desesperación entre las botellas del bar.
Aalis se lamentaba de que sus medias estaban rotas y Dye se aplicaba polvo
en las mejillas vociferando que su rostro debía tener color. La pequeña
duende costurera, creadora del vestido de Cira, dos primas, y su hermana
seguida por una doncella con el bebé en brazos, completaban el bullicio.
—¿Listos? —vociferó para hacerse escuchar.
No lo consiguió desde la primera. Insistió hasta que logró que la
mayoría salieran.
—Cira necesita un momento. Gracias —se despidió de cada persona
hasta que quedaron solas.
Después de cerrar la puerta tras el último invitado, se dirigió en el
sentido contrario y abrió la ventana. Luego recogió todos los productos de
belleza del tocador y los guardó en el cajón.
—¡Oye, cuidado con eso! —vociferó Aalis—. Son mi regalo de boda
para Cira. Todos naturales, creados especialmente para ella, y muy caros.
—¿Belleza de Hada? —inquirió Birdie, nombrando una famosa cadena
de tiendas que fabricaban productos para embellecerse con una pizca de
magia.
Miró el cajón abierto y reconoció que solo por los embalajes valían el
precio de endeudarse al Banco Genio. Los estuches tenían formas elegantes,
algunos transparente para mostrar el líquido brillante del interior, otros
opacos, pero con envoltorios que bien podrían usarse como joyas. Dejó caer
en el cajón una cadena con un sol estilizado, cuyo contenido estaba
destinado a cubrir cualquier imperfección de la piel. Del mismo, sacó una
caja de cerillas y encendió una varita de incienso. Esperó unos segundos
antes de soplar para apagarla. Cuando el humo, junto con el familiar olor,
llegó a su nariz, inspiró y se giró hacia Cira.
—Estás preciosa. Una verdadera princesa.
—Lo que nos deja a nosotras interpretar el maravilloso papel de las
calabazas. Aunque, con estos vestidos, nos parecemos más a las aceitunas
—dijo Dye, ocultando la última palabra bajo un estornudo falso.
—Estoy lista. —Cira se quedó en el medio del círculo formado por
todas—. ¡Os quieroooo! —lloriqueó, su rostro, un retrato cómico por cómo
se concentraba en no dejar escapar las lágrimas.
—No estropees la pintura —la regañó Aalis—. Agita las manos y
respira. —Para enseñarle, ella misma sacudió la cola de su vestido,
inhalando con fuerza, hinchando las mejillas durante unos segundos y
dejando que el aire saliera con lentitud. Acabó con un acceso de tos y
farfulló—: Birdie, ¿puedes apagar esa cosa? Vamos a oler como despojos
cuando empiece la ceremonia.
Birdie abrazó a Cira con cuidado desde la distancia, ya que no podía
acercarse lo suficiente debido al vestido que ocupaba la mitad del cuarto.
Era una monstruosidad del más puro blanco, un mar de tul y seda, decorado
con miles de cristales que dejarían ciegos a los invitados. Cira lo llevaba
como si hubiera nacido para ello, con el mentón en alto y la espalda recta,
irradiando felicidad.
«¡Ojalá no se equivoque!»
—El incienso nos serenará y va a aclarar nuestros pensamientos —le
respondió a Aalis—. Cira se negó a hacerlo, pero vosotras ¿me prometéis
que vuestros príncipes van a pasar mis pruebas?
Aalis estalló en carcajadas.
—Tú y tus pruebas. No veo que funcione en ti —comentó con
crueldad.
—Porque no tengo interés. ¿Queréis escucharme? —reclamó Birdie—.
Se trata del resto de vuestras vidas.
—Tus pruebas matan la magia del enamoramiento. Si pierdes la
ilusión, ¿por qué quisieras casarte? —Aalis volvió a aplicarse color en los
labios y encogió los hombros—. Lo siento, Birdie. Yo no me arriesgaré.
—¿Prefieres vivir en una mentira?
—Un sueño —Aalis la señaló con el estuche de crema para los labios
—. Es diferente.
—¿Cómo puedes pedírnoslo a nosotras cuando tú misma no lo haces?
Birdie se giró hacia Dye, la que había hablado. Había renunciado a la
bandana, se había recogido los rizos en un moño elegante, y como no estaba
acostumbrada al peinado, se sacaba mechas de detrás de la oreja y tiraba de
ellas.
—Lo haré. Hasta ahora no he encontrado un candidato.
—¿Encima tiene que haber candidatos? ¿Por qué no puede tratarse de
cualquier mozo?
—Porque algunos son tan sapos que ninguna poción mágica les
convertiría en príncipes —espetó Birdie en respuesta a las incómodas
preguntas de Aalis.
—No es justo —insistió esta—. Cualquiera debe tener el derecho de
pasarlas. Si hay que hacer una prueba previa a la prueba principal, ya
puedes convertir al mundo de las mujeres en un convento firmemente
cerrado.
—Estoy de acuerdo, Birdie —intervino Cira. Ni la magia podría lavar
el brillo de felicidad de su rostro—. Yo no debería opinar, ya que tendré a
mi príncipe unido a mí enseguida. Pero tienen razón. Es tu invento, tú eres
la primera que debería probarlo. Además, tendrías que ofrecerle la
posibilidad al primero que conoces.
Las chicas aplaudieron.
Lejos de compartir su entusiasmo, Birdie miró su PiC, en el cual había
aparecido un mensaje. Frunció el ceño y procuró retirarse.
—Tengo que irme, hay un problema con las campanas.
—¿Qué? ¡No puede ser! Todo tiene que salir perfecto hoy —se
lamentó Cira.
—Lo sé. No te preocupes, iré a comprobarlo y lo arreglaré. Te veré en
el sagrario.
—Si conoces a alguien de camino, ¡tiene que entrar en tu juego! —
gritó Aalis.
¡Duendes malvados! Casi había llegado a la puerta.
—¿Ponemos un margen de edad? —propuso Dye, pero Cira se rio y
negó.
—Nada. No hay que juzgar por la edad, por el aspecto, todo vale. En
los cuentos, los sapos eran príncipes azules que esperaban un testimonio de
fe de las princesas. Las pruebas de Birdie son eliminatorias. Solo el Hada
Deífico sabe que el único con el don de pasarlas todas puede ser solo uno de
sus querubines.
—Aja. —Birdie aceptó porque estaba más preocupada por las
campanas que por los sapos—. Os aviso en cuanto resuelva eso.
Cerró con violencia la puerta a su espalda. Recorrió los pasillos
corriendo, con los tacones repiqueteando en el suelo.
No le agradaba de sobremanera aquella faceta de su trabajo. Prefería
organizarlo todo, hablar con los almacenistas, componer la lista de música,
incluso hacer el trabajo más sucio, cuando había tenido que cortarle el
bigote a un novio duende. Normalmente se quedaba detrás del telón, pero
Cira le había pedido ser escudo y Deidre, su archiseñora, aprovechó la
ocasión para mandarla al terreno. Solo le faltaban cinco puestas de sol para
finalizar su contrato y ser declarada sabia, no era momento para negarse a
las tareas.
El edificio donde celebraban la boda era un grandioso castillo dejado
herencia por elfos, construido en el medio del bosque. La Corte lo cuidaba
con esmero, por lo que se veía como en sus mejores tiempos. Las plantas,
los árboles, la piedra y el cristal se mezclaban de tal modo que no se
averiguaba dónde empezaba uno o acababa el otro. En los días de verano
las piedras preciosas que decoraban el tejado bañaban la ciudad con una
lluvia de colores. Cinco puentes enormes atravesaban el bosque por encima
y por debajo de la tierra para llegar a cinco puertas más altas que pinos
plantados por los primeros elfos. Dos hacia donde despertaba e iba a dormir
el sol, una para los mortales, otra para los míticos, y la última para cualquier
criatura que haya pasado a la Isla de los Siempre Recordados y, por alguna
razón, necesitaba volver.
Birdie desconocía cuándo y cómo usaban las entradas las criaturas no
terrenales, y no moría de ganas de encontrarse con un ser de otro mundo.
Levantó la capucha como medida de protección contra seres vivos y
sobrenaturales. Sabía que la tela no la hacía invisible, pero tampoco podía
deshacerse de ella. Cada vestido suyo, cada capa tenía una capucha y, por
desquiciado que sonara, la ayudaba.
Como en ese momento, que asomó la nariz y se vio reflejada en las
paredes y el suelo. El diseño complicado, las ventanas y sus patrones de
formas, el brillo dado por el sol, la plata y el cristal, formaban la ilusión de
que la perseguía un ejercicio formado por ella misma. Incluso sus pasos se
repetían en eco.
Al final encontró al consejero del castillo, que tenía el difícil trabajo de
tirar de la cuerda para que las campanas sonaran. Era la señal para el final
de la ceremonia, cuando liberaran a las palomas y a las mariposas.
Después de varios intentos fallidos, le quedó comprobar las bocinas
posicionadas en la torre. El nuevo sistema había sido ideado por los
duendes ejecutantes y constaba en un montón de trompetas posicionadas
estratégicamente para que dejaran sorda a la ciudad entera.
—Tan sencillo como tirar de una cuerda —farfulló Birdie.
Se apoyó con la mano en la pared y se detuvo un momento para
recuperar el aliento. Había subido corriendo las escaleras, con la cabeza
gacha. Sus ojos todavía daban vueltas. Miró hacia arriba y levantó una
oración silenciosa al ver una mancha de luz no muy lejos de donde estaba.
—Y qué tan difícil como comprobar que el trasto está despejado —
masculló, retomando el paso.
Esperaba no encontrarse con un pájaro muerto en alguna de las
trompetas.
Dos giros más tarde, empezó a perder velocidad. A medida que se
acercaba le llegaban sonidos que no podía identificar. ¿Golpes? ¿Gruñidos?
Apretó el PiC en su palma para no perderlo en caso de emergencia y
continuó subiendo, lo más silenciosa que pudo. Llegó casi al final de los
peldaños antes de asomar la cabeza, pero no pudo ver mucho. Después de la
semioscuridad de la escalera, la luz del día la cegó. Demasiado azul. No era
un color al cual le tuviera estima.
Pegó su espalda a la pared y agudizó los oídos.
—Te dije que te quedes quieta. —Le pareció que era la voz de un
mozo.
—¡Oh! Vamos. No puedo. —Sin duda, aquella había sido una mujer.
—¡Duendes horrendos! No vamos a lograrlo —sonó de modo claro
esta vez, seguido por un golpe y un lamento agudo.
La respiración de Birdie se aceleró. ¿Llamar a las Fuerzas del Orden o
retirarse?, se preguntó.
Se mordió el labio en un intento de tranquilizarse. En el silencio que
les rodeaba, le parecía escuchar el latido de su corazón más alto que el
toque de una campana. Desbloqueó su PiC y lo preparó para una grabación.
Las pruebas no le faltarían. Quien se hubiese atrevido a cometer un delito
en ese edificio sagrado, no escaparía sin pagarlo.
Contó hasta tres y volvió a asomar la cabeza, mirando a través del PiC.
Necesitó unos segundos para entender que el azul que había notado no era
el cielo sino el color del traje de un mozo. De espaldas a ella, se
contorsionaba, empujando contra una muchacha, de la cual se veían las
piernas desnudas y trozos de seda amarilla del vestido.
—¡Ahora! ¡Mááás! —gimoteó ella.
Él la cogió por las caderas y la provocó con movimientos rápidos y
repetidos.
—Dijiste que no quieres estropearte el vestido y el peinado —espetó,
hablando entre dientes.
Entonces Birdie se fijó en el detalle de sus pantalones bajados hasta las
rodillas, y las piezas encajaron en su cabeza. Por la sorpresa, soltó un
chillido. Se llevó la mano a la boca, pero era demasiado tarde, él se había
dado la vuelta. Y ella había procurado taparse la boca con la misma mano
que tenía apoyada en la pared y que la mantenía en equilibrio. Trastabilló, y
al querer recuperarse se le cayó el PiC.
—¡Maldición! —gritó desesperada. No podría haber armado más
alboroto ni si se hubiera subido encima de la campana.
—Hay alguien allí —se oyó, antes de que pudiera pensar en su
retirada.
Tenía que desaparecer. Deseó tener ayuda mágica, pues había sido
testigo de un crimen. La Corte castigaba ese tipo de exhibicionismo. Siglos
después de las historias sobre el amor verdadero y puro, algunas de las
leyes antiguas todavía funcionaban y unas de estas decía que las relaciones
íntimas tenían que mantenerse en privado. El gesto máximo que una pareja,
aunque casada, podía compartir en público, era frotarse las narices. Birdie
no entendía cómo habían elegido precisamente aquello. Aunque encontrara
a su príncipe azul, una idea estúpida, por supuesto, no se veía haciendo
intercambio de mocos delante de otras personas.
Unos pasos apresurados le pusieron el vello de punta. Cuando una
sombra se cernió por encima de su cabeza, Birdie estaba lista para ganar
una carrera contra una manada de liebres.
—¿Buscas algo? —preguntó él.
Birdie bajó dos escalones para recuperar su PiC y examinó de reojo el
resto de los peldaños que descendían. Quizá pudiera lanzarse como una
bola. Y romperse todos los huesos. No, no era ella la que había infringido la
ley, no iba a huir. Cerró los ojos y llamó a su hada en su ayuda. Las tres
inhalaciones y exhalaciones automáticas no consiguieron que su corazón
tuviera un ritmo cercano al normal. Comprobó que el PiC no se había
estropeado y que podría llamar a las Fuerzas del Orden antes de responder.
—Sí. —Aseguró su capucha para que se viera lo menos posible de su
cara y alzó el mentón con la intención de finalizar la tarea por la cual había
venido.
Lo que vio hizo que un escalofrío le recorriera el cuerpo. De donde
estaba tenía la imagen del pecho y la cabeza del muchacho. Se había
inclinado para mirarla y le había tapado la vista hacia la damisela que lo
acompañaba. Su rostro estaba congestionado y sus ojos la atravesaron como
dos espadas de un azul más oscuro que el del cielo. Las cejas espesas y
fruncidas, el maxilar firmemente cerrado y los labios apretados, la
aseguraron de que sería mejor pedir ayuda.
Pero Birdie no pecaba de cobarde. Además, lo conocía. Había
reemplazado la cazadora de cuero por el traje de príncipe que se llevaba en
los festejos públicos, pero era el mismo sapo.
Se enderezó y explicó su presencia:
—¿Es posible que el trasero de tu amiga esté sobre el cordón de
encendido de las bocinas? Necesito que funcionen.
—Ah, sí. —Él respondió después de unos segundos de observarla. Se
giró para comunicarse con su acompañante—. ¿Cariño, es verdad?
Se escucharon ruidos cada vez más fuertes, pero la chica no se acercó
tanto como para que Birdie pudiese verla.
—¿Qué has visto? —preguntó él, cuando volvió a mirar a Birdie con
una expresión descompuesta.
—¡Nada! —Birdie chilló tanto que temió haber asustado a las palomas
que esperaban su libertad en el sótano—. No tengo una vista muy buena.
No sé por qué estás aquí ni me interesa. —Empezó a reírse de modo tan
falso que incluso su sombra se ocultó avergonzada.
Él sonrió entonces, una sonrisa con el poder de crear un arcoíris de la
nada.
—Bien —dijo—. Soy Ark Oftherestlessheart —continuó, tendiéndole
la mano.
Ella miró los dedos largos, la muñeca por encima de la cual se veían
los tendones tensos. No pensaba tocarlo, no sabía por dónde había estado su
mano. Tampoco tenía intención de conocer a un criminal y, aunque decidió
al instante que no iba a denunciarlo porque, si lo hacía, perdería a sus
amistades, tampoco quería conocerlo mejor.
Al contado, una idea se cruzó en su cabeza con la intensidad de un
centenar de farolas embrujadas.
—¡Maldito seas! ¡No me interesa quién eres!
«Prométeme que buscarás a tu príncipe azul.» «Si conoces a alguien de
camino, ¡tiene que entrar en tu juego!», resonó en su mente.
Las hadas deberían estar borrachas si su príncipe era un mozo que
intimaba en un lugar público, unos momentos antes de que empezara una
boda. Si llamaría a La Corte tendría impresa en la ceja la marca de los sapos
antes de acabar un estornudo.
Cerró los ojos y sacudió la cabeza para olvidarse de lo que había visto.
Los sonidos no desaparecieron de su cabeza, se repetían cómo el eco en un
valle. Los gruñidos, los gemidos, los lamentos.
—Siento si te he asustado. Quizá escuchaste algo, estaba…
discutiendo con una… amiga. —Él se ahogó con cada octava pero mantuvo
la sonrisa—. No hay que preocuparse.
Birdie lo espió desde la seguridad de la capucha, mientras que en su
mente se formaba la imagen de un sapo gordo. Los ojos saltones, la bolsa
bajo la barbilla, la piel llena de verrugas. No importaba que Ark fuera
apuesto, de tez dorada, facciones agudas y mirada inteligente. Ella estaba
segura de que conseguía verse atractivo por el medio ilegal de un hechizo.
No se echaría para atrás. Si las señales se lo habían indicado, jugaría y
acabaría por romper el conjuro.
Hizo un esfuerzo para sonreírle.
—Siento haberos interrumpido. —Se comunicó con el empleado del
castillo y esperó hasta que el toque-prueba de la campana sonó. Aunque
estar tan cerca de las bocinas no era el mejor sitio. No esperó a recuperar el
sentido del oído y gritó la mentira—: ¡Encantada de conocerte!
—¿Te veré en la boda? —Antes de que Birdie pudiera impedírselo, le
quitó la capucha. Ella le pegó un manotazo, demasiado tarde. La había
visto, podrá reconocerla—. ¿Tu nombre? —insistió Ark.
Birdie se giró para bajar. Alzó la voz.
—No es importante. No es que seas mi príncipe azul.
3
“Piensa poco y salta mucho, dime su nombre que no te escucho.”

Ark salió del cuarto donde se había aseado. Se veía presentable y se sentía
preparado para el más desafiante papel que haya interpretado jamás; Kane
lo había reclutado como escudo, junto con Gawain y Merlín.
No estaba emocionado por entrar en el sagrario, especialmente al
tratarse de una boda. En el último ensayo había evitado por poco una crisis
nerviosa. Unos minutos más y se hubiera desmayado como una damisela
con el corsé demasiado apretado. No era de extrañar que hubiera necesitado
espantar sus inquietudes con su acompañante favorita. Por desgracia, su
hada no lo había escoltado y ahora estaba mucho más preocupado.
Al abrir la puerta, el silencio le indicó que la ceremonia había
empezado. Procuró pasar desapercibido, y lo hubiera conseguido si la mitad
de la población femenina no se hubiese girado para saludarlo o llamarle la
atención con algún gesto. Se apresuró hacia la primera fila de asientos y
murmuró un «lo siento» hacia nadie en particular.
Kane le regañó con una ceja enarcada y el sacerdote detuvo el acto
para preguntar:
—Señor Oftherestlessheart, ¿no era usted un escudo?
Ark tragó saliva y se detuvo al pie del sagrario, bajando la cabeza.
—Sí, su Señoría.
— Ya que llega tarde, le sugiero que tome asiento mientras
concluimos. La pareja decidirá si aún confían en su capacidad para
protegerlos.
—Sí, su Señoría —repitió.
Se vio metido entre un joven con una barba incipiente y una señora
ataviada como hada de viento. Le sonrió a ambos, enderezó la espalda y la
pegó al banquillo, y fingió prestar atención a la ceremonia.
Su calma duró apenas unos segundos antes de que tirara del cuello de
su camisa para respirar. El traje arrendado era magnífico, propio de un
espectáculo o una cinta que reviviera la Era de los Cuentos, algo que él
hacía como doble de los protagonistas en las escenas arriesgadas. Y prefería
saltar muros, caerse de edificios, simular quemaduras, cualquier cosa antes
que llevar ese atuendo. El cuello casi lo estrangulaba, las decoraciones de la
túnica dejaban marcas en su trasero y las botas altas hasta las rodillas le
forzaban a caminar como si fuera pariente de un cangrejo.
¿Cuánto duraría la función?, se preguntó, ojeando el sagrario. Observó
a las señoritas escudos que formaban un círculo alrededor de la novia.
Conocía bien a Aalis, por ser prima de Merlín, pero no a la joven atractiva
de rizos largos ni a la pelirroja que había interrumpido su momento de
desahogo. Necesitaba hablar con ella, descubrir qué había visto y si
planeaba denunciarlo a La Corte. Él tomaba lo que le ofrecía la vida, fuera
bueno o malo, pero su madre no aguantaría que la historia se repitiera. Y
aunque sus lazos familiares estuvieran rotos, lo último que deseaba era
herirla del modo más vergonzoso posible.
Suspiró y desvió la mirada al techo. El salón era impresionante. Casi
todas las superficies eran de piedra blanca y cristal, incluso las sillas. El
sagrario era una plataforma de vidrio con una pared trasera de cristales,
algunos transparentes y otros coloreados. Lo delimitaban dos fresnos que
jamás perdían las hojas. Las raíces eran visibles bajo el suelo del sagrario,
los troncos se alzaban hasta el techo y parte de las coronas se asomaban
fuera por unos agujeros especialmente creados. Enredaderas verdes de
forma permanente, verbenas rojas y aquileas florecidas perfumaban el aire y
deleitaban la vista. Aunque todo el mundo guardaba silencio, una corriente
de aire jugaba con los cristales que adornaban las capuchinas, creando una
cadencia rítmica, relajante.
Ark siguió al viento que agitó el dobladillo del vestido de Birdie y
reveló sus tobillos. Volvió a tirar de la camisa; si la ceremonia no acababa
pronto, moriría ahogado. Empezó a contar las pecas de la nariz de Birdie,
un detalle encantador. No recalcaba como hermosa, las proporciones de su
rostro eran demasiado perfectas. Cejas arqueadas lo justo, pómulos
realzados pero no angulosos, labios atractivos pero no excesivamente llenos
ni muy finos. Era una belleza clásica que evocaba la delicadeza y elegancia
de Blancanieves.
No obstante, cuando ella lo fulminó con la mirada, Ark deseó estar en
la Era de los Cuentos, cuando el gesto habría sido suficiente para acusarla
de brujería.
—Perdón.
Ark se detuvo del ensayo mental que escribía sobre las cualidades de
Birdie cuando la protagonista de sus fantasías habló.
—¿Quiere objetar usted, señorita Oftheredheads? —preguntó el
sacerdote.
La temperatura bajó varios grados de golpe y las respiraciones se
aguantaron a la espera de su respuesta.
—Hada madrina —susurró Ark, con los labios fruncidos. Estaba
seguro de que Birdie tenía intención de delatarlo.
—¡Su Señoría, no! —Ella agitó la mano—. Solo quería agradecerle
públicamente al mozo ¿Greatheart?...
—Oftherestlessheart. Ark Oftherestlessheart. —Ya que le miraba de
modo directo, él se levantó, con el corazón en la garganta—. A su
disposición, señorita…
—Oftheredheads. Birdie Oftheredheads —ayudó el cura—. ¿Qué
pasa? —gruñó, perdiendo el aplomo.
—Como dije, quería agradecerle públicamente por haberme ayudado y
haber levantado el objeto pesado que impedía el buen funcionamiento de las
campanas. Esta boda será perfecta por su participación.
Un grito ahogado se escuchó desde atrás.
Ark tragó saliva e hizo lo único que, felizmente, le salía bien: sonreír.
—Nuestra boda será perfecta si os calláis de una vez —comentó Kane
—. ¿Habéis acabado?
—Sí —asintió Birdie, pero Ark todavía tenía algo que decir:
—En cuanto acabemos me gustaría que sigamos hablando sobre el
funcionamiento de las campanas.
—No hay nada más que hablar —respondió Birdie.
Ark no pudo interpretar la expresión de su rostro. Optó por ser
optimista, creyendo que su hada madrina había intervenido y que el asunto
estaba olvidado.
—Qué las hadas os ayuden. Sigamos —murmuró el representante de
las criaturas aladas, mirando el techo. Se mantuvo con los dedos enlazados
en una plegaría hasta que el silencio volvió.
Ark suspiró aliviado.
Tenía ahora la certeza de que Birdie había visto más de lo que hubiese
deseado él. No la conocía y no sabía cómo iba a convencerla de que no le
denunciara. No podía pagarla para que se callara, era pobre. Calculó cuándo
podía ir a ver a su representante para discutir sobre un nuevo contrato, pero
aunque lo consiguiera, lo que le ingresaban para un rodaje casi no le llegaba
para vivir. Recordó que su hermana vendría el día siguiente para ayudarle
con las compras, y que debía liquidar una deuda en su taberna favorita.
Echó otro vistazo hacia el sagrario, y cuando vio que aún faltaba para
que acabaran la ceremonia, regresó con sus pensamientos.
Empezaba a hacer calor, demasiado para las últimas puestas de sol de
la estación de la cosecha. Miró alrededor para ver si alguien más sentía el
efecto. Todos estaban absortos en la imagen del sagrario, una que él evitaba
a propósito.
—Perdona, ¿sabe si falta mucho? —preguntó susurrando a la señora
mayor que estaba sentada a su lado.
Era muy pequeña, con cuerpo de niño, y llevaba el vestido de color
verde con una impresionante elegancia para su edad. Estrechaba entre los
dedos un bolsito hecho de cuencos de cristal y una varita que aparentaba ser
antigua. Desde su cabello totalmente blanco sobresalían perlas brillantes y
un par de flores.
La mujer se giró y le sonrió un momento antes de volver a centrar su
atención enfrente. Ark consideró la posibilidad de preguntar a alguien más,
pero su otro vecino era un joven con cara aburrida que parecía saber tanto
de bodas como él. Se inclinó de nuevo hacia la anciana.
—¿Cree que falta mucho hasta que acaben? —insistió.
Ella se dio la vuelta tan de repente que terminó por besarle la nariz.
—¿Qué? —preguntó un poco demasiado alto.
—Si falta mucho, señora. ¿Sabe cuándo acaban? —Procuró susurrar,
sin percatarse de que en ese espacio, un susurro equivalía a un grito.
Se lo indicó el sacerdote, que interrumpió su monólogo, se aclaró la
garganta y lo miró por encima de las gafas caídas en el puente de su nariz.
—No falta mucho, señor Oftherestlessheart. Estamos justo en la parte
en la cual pregunto a los invitados si tienen alguna pega para que los novios
no se unan en matrimonio. —Si alguien tiene algo que decir, que hable
ahora o que calle para siempre —recitó—. ¿Quiere expresar algo usted?
Las risas le acariciaron los oídos.
—No, no, gracias. Es una pareja estupenda. Estoy seguro de que
vivirán felices y comerán perdices. —Se levantó para ejecutar una
reverencia y enseñarle el pulgar a Kane. A Cira le mandó un beso a
distancia y le guiñó el ojo.
No es que la conociera; Kane había monopolizado su atención desde el
principio, y las compañeras de sus amigos eran tan prohibidas como hablar
de sapos delante de su madre. Pero confiaba en que las hadas habían
bendecido la unión de su amigo.
—Si los novios están de acuerdo, es el momento de que suba usted.
Ambos asintieron y Ark se levantó. Ocupó su lugar y ayudó a formar
el círculo de los escudos.
—El azar no os toca, la gracia es vuestra. ¡Qué la magia os proteja y os
guíe! —cantaron en coro.
Después de desearle a la nueva familia una vida llena de providencia y
vacía de problemas, Ark fue el primero en salir. Su papel no había
terminado, pero el resto no requería su presencia inmediata.
Ser escudos de una familia recién formada era una superstición
antigua. Se decía que ellos absorbían cualquier maldición que pudiera caer
sobre los novios y les ayudaban a empezar la nueva vida en paz y armonía.
La historia contaba que si las hadas madrinas fallaban en proteger a la
pareja, los escudos eran los segundos en hacerlo. Él no creía en
maldiciones, por lo que estaba dispuesto a fingir que ejecutaba con esmero
los rituales siguientes impuestos por la norma de los escudos.
Buscó a Birdie entre la multitud, pero no consiguió dar con ella. Se
encontró, no obstante, con sus amigos, y aguantó estoicamente la bronca
que le echó Kane por haber llegado tarde.
—Lo siento, ¿vale? —se disculpó.
—Déjalo, se lo pagarás en la suya —comentó Merlín.
—Qué va, este no se va a casar nunca —se burló Gawain.
—Solo porque tú también estás a punto de dar el gran paso, no
significa que el resto no te seguimos —se defendió Ark, cruzando los dedos
a la espalda para que el hada no castigara su pequeña mentira—. Dos han
caído, quedan dos. —Chasqueó la lengua y chocó el puño con Merlín, ya
que ellos eran los solteros del grupo.
—Oye —preguntó a Kane—. ¿Conoces a la señorita pelirroja, la
escudo?
—Deja de tontear con los escudos de mi esposa —fue la respuesta fría
—. Es amiga de Cira. Si la cagas, lo que harás con certeza, convertirás mi
vida en una estancia en las Tierras del Eterno Castigo. Olvídate de ella.
Ark gimoteó.
—¿Pero qué dices? No es que planee descuartizarla o venderla en el
Mercado Oscuro.
—No, tú planeas meterla bajo tus sábanas —lo contradijo Gawain—,
lo que es peor porque en cuanto lo consigas fingirás tu muerte.
—No es verdad —protestó Ark.
—¿Podemos centrarnos más en mi boda y menos en la interminable
historia que es la vida amorosa de Ark? —pidió Kane.
Al instante, sus ojos brillaron con los estallidos lacrimógenos
específicos a la felicidad, cuando vio que su recién consorte se acercaba. Y
los azules de Ark lo copiaron, porque la novia estaba acompañada por los
escudos. Cuando Kane se inclinó para frotar su nariz con la de Cira, el
cuerpo de Ark se ladeó también, como una varita mágica, hacia Birdie. Si
no fuera por la intervención de Merlín, que lo cogió por el antebrazo,
hubiera logrado reemplazar en la memoria de los presentes la escena de la
ceremonia con una mucho más vergonzosa.
—Señoritas, estáis espectaculares —empezó Kane—. Birdie, gracias
por todo —añadió con una larga sonrisa.
—Gawain es el siguiente que pedirá tu ayuda —dijo Merlín, y empujó
a este con tanta fuerza que lo envió varios pasos por delante.
Tantos que acabó en los brazos de Aalis.
—Pensaba que tu prometida iba a acompañarte —comentó ella.
Gawain regresó al lado de los otros, caminando al revés.
—Vendrá más tarde, a la taberna. Siente que no ha podido asistir a la
ceremonia.
Cira le restó importancia al asunto con un gesto de mano.
—Da igual. Estoy demasiado feliz para que me importe. Quiero que
lleguéis a conoceros y que forméis nuestro escudo, uno fuerte,
inquebrantable.
Ark asintió con energía. No creía que fuera a luchar contra fuerzas
mágicas, pero necesitaba conocer mejor a Birdie. Ya se había olvidado de la
prohibición que le había impuesto Kane. Empezaría por averiguar qué había
visto y qué planeaba hacer con ello, después quién sabría…
Una voz que vino de la nada resonó en su cabeza.
¡Te dará más de lo que puedas llevar!
Se quedó quieto y compuso una mueca de inocente. No dudaba de que
hubiera sido su hada madrina y no se atrevía a regañarla por no haber
intervenido en el momento problemático. Encogió los hombros con
despreocupación, estudiando el alrededor en busca de distracciones.
¿Quién entendía los tortuosos métodos de las hadas? Por descontado,
él no. Y si lo abandonaban a su suerte, no le quedaba otra que buscarla.
4
“Trata a una mujer como a una princesa y demuestra que fue educado
por una reina.”

Birdie se detuvo para saludar a su vecina, con la esperanza de sentarse un


rato a su lado, pero Marwelene se levantó al verla.
—¡Qué boda maravillosa! ¿Falta mucho para la tarta? —chilló.
Los que estaban sentados en la misma mesa con ella, miraron a Birdie.
Ella se esforzó tanto para sonreír que imaginó escuchar el crujido de
sus mejillas. Consultó su PiC y prestó atención a lo que le transmitió el
encargado de la comida.
—No, enseguida la servirán. ¿Necesitas que te ayude a llegar a casa
después?
Marwelene le agarró la muñeca. La varita de la que no se despedía
jamás quedó atrapada entre sus manos.
—No, mi sol. Alguien de la familia llevará a la abuela de Cira. Iré con
ellos.
—Estupendo. —Birdie se inclinó para despedirse con un abrazo y se
alejó de la mesa.
Ocultó un bostezo bajo la palma mientras se tambaleaba sobre los
tacones por el pasillo creado por las filas de mesas. Quería salir para que el
aire volviera a despertarla. No cogió su capa, con la idea de que iba a
quedarse solo un momento, pero en cuanto asomó la cabeza por la puerta
entendió que había sido un error.
Hacía frío. La noche reinaba y la estación muerta se hacía presente con
vísperas caprichosas, una guerra incesante entre el sol y las nubes.
Un viento gélido le revoloteó el cabello y cortó a través de la seda de
su vestido. Levantó la capucha, se abrazó y ojeó el cielo lleno de estrellas.
El día tan especial la había dejado intranquila, pensando que a lo mejor se
equivocaba en no creer en los príncipes azules. Aunque fuera ingenuo de su
parte, esperaba una señal de su hada. Aguantó un par de segundos antes de
que sus dientes empezaran a castañear.
—Qué señal, si los sapos han conquistado el mundo —farfulló,
empujando la puerta para volver a entrar.
En ese momento, algo pesado cubrió su cabeza. Gritó, procuró escapar,
pero sus tentativas lograron el efecto contrario. La tela le envolvió el rostro
y le tapó la nariz y la boca. Chilló más y pateó el alrededor. Su codo se
detuvo en una superficie dura. Escuchó un gemido ronco y un par de
maldiciones.
—¡Espera, bruja!
Pensó en hacerlo, pero no estaba dispuesta a ofrecerle a su atacante
más de un momento. Era suficiente para que la raptaran y llevaran a tierras
desconocidas, usarla como a la Cenicienta. Aunque quizás acabaría en un
harem oriental, pues la tela olía de maravilla, a una fragancia suave y
fresca. Imágenes de una celda de cristal y superficies relucientes poblaron
su cabeza.
Unos segundos después estaba libre, pero con el pelo hecho un
desastre, la cara roja y los dientes apretados. El morbo de la fantasía
aumentó al reconocer al salteador.
Ark. Su presunto príncipe.
Birdie cerró los ojos y buscó en su interior el punto de calma. Una
presencia oscura la acechaba. Exhaló con ruido, viendo en su mente cómo
sus dones buscaban los límites del universo. Con su poder destruiría
cualquier presencia no deseada. Su intención no se finalizó.
—¿Te encuentras bien? ¿Necesitas ayuda?
Birdie abrió un ojo. La presencia indeseada continuaba delante de ella.
Volvió a cerrarlo y a concentrar sus fuerzas.
—Si necesitas a un curandero…
—¡Cállate, maldito! —espetó—. ¿Así es cómo convenciste a la chica
de la torre?
Él se excusó con prisas.
—Intentaba ser un caballero. Te vi estremeciéndote y pensé en
ofrecerte mi túnica para que te quitara el frío. Tuve la intención de ponértela
sobre los hombros pero fallé el tiro.
Birdie frunció el ceño mientras buscaba las horquillas perdidas entre
su cabello.
—¿No eres el que suele tirarse de los edificios? Deberías tener un
sentido más agudo de la diana.
Ark estalló en carcajadas.
—¡Me conoces! —exclamó.
—No te engañes. Solo sé lo que nos contó Cira.
—¿Os contó mucho?
«Encantaría hasta las piedras. Lo da todo cuando se lo propone»,
recordó con claridad Birdie.
—No. Dijo que no eres malo en lo que haces, pero creo que mintió.
Él se llevó una mano a la nuca, en un gesto que a Birdie le recordó
mucho a uno tímido.
—Soy tan bueno que me mandan a enseñar a los niños.
—Pues espero que no les enseñes a los pobres chicos cómo seducir
doncellas.
Ark se rascó la línea de pelo de la frente. Se aclaró la voz y se
disculpó:
—No intentaba seducirte.
—Perdona mi atrevimiento —dijo en voz fría Birdie—. Teniendo en
cuenta cómo te he conocido, he dado por sentado que… No importa. ¿No
deberías estar con la pobre infortunada de la torre? —inquirió.
Al instante entendió que se había delatado, confirmándole que había
visto más de lo que había reconocido en el momento.
Una sonrisa pícara se dibujó en los labios de Ark, pero a Birdie no le
gustó; era demasiado intrigante. No parecía ingenuo, tenía un trabajo y era
innegablemente apuesto. Con cabello oscuro, ojos azules, y un cuerpo
musculoso y bien formado, era como sacado de un cuento de hadas. Si fuera
Cira o Dye, ya le habrían otorgado la insignia de príncipe azul. Aalis
probablemente lo habría desvestido primero para investigarlo a fondo. Pero
ella era Birdie y no creía en los príncipes azules. La mayoría de las veces,
bajo los trajes se ocultaban sapos.
—Ya no me quiere —comentó él, encogiendo los hombros.
Hombros redondeados, visibles bajo la camisa celeste. Los volantes de
las mangas no le quitaban su hombría.
La promesa que se había hecho a sí misma y las casualidades abatieron
la mente de Birdie en un juego de tira y afloja.
«Prométeme que buscarás a tu príncipe azul.» «Si encuentras a alguien
de camino, ¡tiene que entrar en tu juego!»
Se frotó la frente para aliviar la tensión. Igual no perdía nada con
intentarlo, de ganar, apostaría que no lo haría.
—¿Por qué ya no te quiere?
Ark miró al suelo, luego al cielo. Se giró a medias, dando a entender
que quería alejarse.
—Da igual. —Ella renunció a forzar la conversación. Hizo el gesto de
entrar, pues las extremidades se le habían entumecido. Medio muerta de frío
y tan cansada, no estaba en su mejor momento para probar que la criatura
no fuese un sapo.
—No soy… —él la detuvo—. Digamos que favorezco los romances
tan largos como un bostezo.
—Aja. —Birdie usó con maestría el silencio, esperando que él revelara
más de lo que quería.
—¿Por qué hablamos de mis conquistas afuera, en este frío? —
contraatacó él.
—Reconoces que son conquistas.
—Son acuerdos convenientes.
—Y has tenido muchos… ¿acuerdos convenientes?
Ark encogió un hombro con indiferencia, pero su sonrisa era
demasiado reveladora y sus ojos contaban una historia larga.
—Me temo que eso quedará entre las señoritas y yo. Tu curiosidad no
es sana —concluyó, abriendo la puerta.
—Lo que has hecho tú no es saludable —le reprochó Birdie.
No había sido su intención sonar amenazadora, pero así fue como él lo
interpretó.
—¿Debería prepararme para alojarme en La Granja?
Birdie reconsideró su decisión. El delito que había cometido Ark se
basaba en una ley antigua, rara vez aplicada. Además, él y su compañera
apenas se habían exhibido en público. Creían que se encontraban solos,
aunque deberían haber pensado en la posibilidad de que alguien pudiera
subir en la torre. A pesar de creer firmemente que Ark era un sapo, no había
matado a nadie, lo cual aún era castigado con el destierro de por vida en Las
Tierras del Eterno Castigo.
—No —dijo.
No sería por su culpa que le atravesarían la ceja con la marca de los
sapos y le envenenaran. Aunque si fuera propensa a las apuestas, ganaría
una fortuna apostando en su contra.
Ark se inclinó, su sombra rozándola apenas. No se apoyaba en ella,
pero su cercanía tenía peso, tan reconfortante como una colcha mullida. Su
aliento cálido acarició las frías orejas de ella y una imagen de él calentando
su cuerpo desnudo con sus jadeos la sorprendió. ¡Había empezado a
alucinar! Su cerebro debía estar al borde de la congelación mientras que su
piel se ruborizaba como si estuviera demasiado cerca de un fuego.
—Me gustaría agradecértelo del modo que tú quieras —le dijo Ark, tan
cerca de su oído que cada palabra besó la piel de su oreja.
Birdie se preguntó de dónde encontró la fuerza para resistirse, pues era
como intentar permanecer de pie frente a un huracán. La sinfonía de
gemidos de la torre regresó a sus oídos y un escalofrío recorrió su cuerpo.
—No es necesario. —Como su voz la puso en ridículo, demasiado
ronca, espesa como la miel, lo intentó otra vez—: No hace falta.
—¿Nunca? —Ark la provocó con una sonrisa traviesa y una actitud
demasiado segura.
—¡Nunca! —espetó Birdie, alzando la nariz con un gesto digno de una
reina.
Ark tamboreó en sus labios con el dedo índice mientras miraba por
encima de su cabeza. La tentación de girarse para ver qué había atraído su
atención hizo que Birdie casi lo empujara, pero se resistió.
—Creo que vamos a volver a discutir el tema —dijo él, antes de salir
corriendo como alma que lleva el diablo.
Desapareció en la oscuridad tan rápido que Birdie sospechó haber
encontrado un portal hacía otras tierras.
Ella se quedó un momento más, procurando averiguar qué lo había
impulsado a huir de ese modo. Repasó su conversación, pero no encontró
pistas. Había empezado bien, con él comportándose como un caballero y
había finalizado… bueno, cómo era de esperar de parte de un mozo
irresponsable y comediante.
Birdie renunció a entenderlo. Tenía tanto frío que tuvo que empujar la
puerta con el hombro para poder entrar.
Tan pronto como el calor del interior le acarició las mejillas, se dio
cuenta de que se le había olvidado ponerse la capucha. Resolvió su falta,
comprobando con la cabeza gacha y de reojo si alguien mostraba interés en
su entrada. Respiró aliviada al ver que estaba a salvo. Los participantes
tenían las barrigas llenas, las miradas desenfocadas y las sonrisas anchas
por el alcohol. Pronto podría retirarse. Disfrutaría de un trozo grande de la
tarta de Cira, esperaría a que la mayoría de los invitados se fueran y luego
regresaría a casa. Extrañaba tanto su cama que solo con pensarlo le daban
ganas de llorar. Cuando estuviera allí, con la cabeza en su almohada
favorita, reflexionaría sobre el día. Aunque, en el fondo de su mente, sabía
que el sapo había superado la primera prueba.
5
“¿Qué cuatro letras te ayudarán a llevarte mejor con una mujer?”

Ark esperó a que Grór detuviera el carruaje en una zona prohibida y miró
hacia la entrada del edificio para ver si aparecía Merlín.
Su amigo vivía en unos de los muchos barrios arcaicos, donde el
diseño de las casas estaba protegido por códigos antiguos. En concreto, esa
zona había sido territorio de brujos. Las construcciones eran fortalezas altas
de unos pisos, hechas con piedra y materiales duros de color oscuro. Las
ventanas eran pequeñas, con curvas en la parte superior, las puertas no
estaban a la vista, y la mayoría de las estancias se ocultaban detrás de un
muro protector que impedía la vista hasta el primer piso.
Entre las edificaciones había campos extensos, con los caminos casi
ocultos bajo las ramas caídas de las acacias. Durante la noche era la zona
más ruidosa de toda la aldea cuando la luna descendía hasta los lagos y
llamaba a las ranas. Su croar desesperaba a Ark, por lo que procuraba que la
oscuridad no le encontrara visitando a Merlín.
—Nostá —gruñó Grór.
Ark lo escuchó, pero no le respondió; el enano era gruñón de
nacimiento, o eso suponía, porque lo estaba con él desde que le había
conocido, el día que había recibido como regalo el coche.
Todavía tenía en la cabeza la adivinanza de ese día.
«¿Qué te pertenece pero otros lo usan más?»
La repitió un par de veces.
—¡El coche! —exclamó—. Es mío, pero solo tú tienes derecho de ser
el chofer.
En el asiento del conductor, Grór no cambió de expresión. Era enano
de pocas palabras, y Ark había aprendido a leer los pequeños tics en su
rostro; el retemblar del bigote, el erizar de sus pobladas cejas, el alzar del
labio superior en una mueca de fastidio.
Ark se rascó el cuero cabelludo. Soñaba con el día cuando iba a darle
al enano la respuesta correcta y el coche sería verdaderamente suyo. Lo era,
en términos de papeles, pero Ark no podía conducirlo hasta que resolviera
una de las adivinanzas de Grór. Así era conocido el contrato de ese
vehículo, y estaba anclado en tiempos que no se podían recordar.
—Nostá —repitió el enano, siguiendo con un par de sílabos sin
sentido.
Ark cogió el PiC y le mandó un mensaje a Merlín:
Estás decepcionando a Grór.
Estudió cómo las letras se fundieron en una bruma blanquecina y
desaparecieron. Unos segundos después escuchó un alarido.
—¡Ya voy! —Merlín asomó la cabeza por la ventana abierta de su
habitación de la séptima planta, y volvió a desaparecer.
Mientras tanto, las nubes se congregaban en el cielo, como si hubieran
recibido una invitación a la misma fiesta a la que se dirigían. Ark intentó
recordar el nombre del evento que combinaba desayuno y comida,
destinado a que los familiares conocieran a los escudos. Sucedía antes de
que Kane y Cira se retiraran para pasar tiempo a solas, mientras los escudos
cumplían su cometido.
Se ajustó la manga de la camiseta hasta liberarla de la túnica de cuero,
cubriendo con ella sus dedos. La empleó como trapo para limpiar el
diminuto punto que una mosca había dejado en la luna lateral.
—Menos mal que eliminaste esa mancha invisible, no me hubiera
sentido a salvo de lo contrario —dijo Merlín. Entró en el coche tan animado
que se detuvo solo después de empujar a Ark hacia la puerta—. Bueno tu
corazón, alabada tu paciencia —saludó a Grór.
—Yastá —fue el aviso de este, antes de poner el coche en marcha con
un impulso tan poderoso que les tumbó en los asientos.
Desde que había empezado su extraña relación, Ark había averiguado
que los enanos vivían trescientos años, con precisión, y, a veces, en
momentos de desesperación calculaba cuánto le quedaba a Grór. Había
acompañado en la vida a su abuela y a la abuela de su abuela. De sus
cálculos, bien Grór podría acercarse a los tres mil años.
—Estás celoso porque soy más rico que tú —bromeó Ark.
Su vehículo era la viva imagen de los carros utilizados por las
princesas en la Era de los Cuentos. Su abuela había intentado convencerle
de que, generaciones atrás, la familia lo había adquirido directamente de
Cenicienta. No la creía, jamás habían sido ricos, aunque no había
encontrado explicación para el hecho de que tenía pagadas para siempre las
tasas a la Medulya.
El friso de bronce en el borde del techo, un techo desplegable, y las
bellas esculturas doradas de las puertas, así como las barras protectoras de
las ruedas, eran vestigios de tiempos cuando lo bueno y lo malo de la magia
eran tangibles y formaban parte de su mundo. Su carruaje poseía un sistema
de motrices que lo impulsaba a la velocidad del viento, sin depender de
caballos. Era un coche de colección, y pocos en el mundo podrían
permitirse adquirir uno sin haber pactado con alguna criatura que se
alimentaba de almas.
Merlín sacudió la cabeza.
—Podrías comprar el castillo de Blancanieves con las monedas que
obtendrías al venderlo. En cambio, vives en una habitación alquilada y
aprovechas mi suscripción y la de Gawain para asistir al salón de caballeros
los días que no vamos nosotros.
—Eh, que está pagado —protestó Ark—. No hay razón para no
aprovecharlo. ¿Otra vez te quedaste dormido? —inquirió, alejando el tema
de sí mismo y de cómo se beneficiaba de sus amigos.
—Me acosté hace dos respiraciones —protestó Merlín.
—Yo también. Pero estoy aquí para recogerte. Sobrio —añadió,
riéndose por la imagen de su amigo con los ojos hundidos y rojos.
Aunque estaba acostumbrado a ver a Merlín con los ojos hundidos y
rojos. El mozo pasaba la mayoría de su tiempo enterrado entre papeles o
con la nariz en el horno. Cocinaba como un mago, y Ark no se explicaba
dónde cabía tanta comida, pues por su cuerpo delgado y flexible, Merlín
aparentaba vivir a base de algas.
—Podrías haber subido la cubierta. Hace frío —se quejó Merlín. Se
abrazó y ocultó la mitad de su cabeza en el cuello de la cazadora—. Debería
haberle pedido a Gawain que me llevara.
Grór adelantó a un vehículo familiar y sonrió largamente cuando el
viento chilló en sus oídos.
—O deberías haber usado tu propio coche, porque no creo que haya
quedado sitio en el del Señor Serenidad. Va su padre, su hermana, la novia y
Aalis.
Merlín se cogió la cabeza entre las manos.
—Demasiada gente. Será una repetición de la boda.
—Está en la casa de los padres de Cira, ¿verdad? No creo que tenga
una torre. No, no habrá repetición —se contestó solo.
—¿Qué? —Merlín lo miró extrañado y Ark se echó a reír.
—Te ves fatal ¿Tu olla mágica no funcionó esta mañana?
La elección de las palabras despertó recuerdos olvidados en la mente
de Merlín. Sonrió misteriosamente y negó con un gesto corto de cabeza.
—Es varita mágica. Y no, no funciona. Necesita recuperarse después
de la noche pasada.
—Si fuera una doncella, te llamaría puerco.
—Menos mal que no eres una doncella. —Merlín suspiró, dejó caer la
cabeza contra el respaldo y cerró los ojos—. Pensaba que tú también has
bebido. Estás tan cuerdo que sospecho de ti.
—Estoy feliz.
Merlín gimoteó.
—Otra vez estás de caza. Has conocido a alguien.
—He conocido, sí. —Ark pasó del segundo gemido, mucho más fuerte
—. Pero de caza, no estoy. O puede que sea la presa… —comentó para sí.
—¿Qué?
Ark vio el brillo de interés en los ojos oscuros de Merlín. De delante,
Grór giró la cabeza y enseñó los dientes en lo que era para él una sonrisa.
—¿Qué sabes de la escudo de Cira, la llamada Birdie? —inquirió.
Le inquietaba la respuesta. Necesitaba conquistar a la moza, crear un
vínculo con ella para que no denunciara su pequeña indiscreción. Ayudaba
que ambos fueran escudos y se verían en las ceremonias, pero la muchacha
era extraña, diferente a las demás que había conocido. Y no es que hubiese
conocido pocas. Birdie no se ruborizaba ni tartamudeaba en su presencia,
no sacaba pecho, tampoco se insinuaba de cualquier otro modo que las
hermosas, delicadas y tan amadas criaturas solían usar para llamar su
atención. De hecho, si fuera a ser honesto consigo mismo y autoinfringirse
dolor, Ark debía reconocer que Birdie había mostrado tanto interés por él
que por la costra de una uña.
Merlín estalló en carcajadas tan fuertes que se dobló en el pequeño
asiento y acabó golpeándose la cabeza contra el borde. Se quejó y se frotó
la frente, sin dejar de reír.
—Puedes seguir soñando.
Ark se aclaró la voz. Su instinto le decía que debería callarse, pero lo
mandó a pasear.
—¿La conoces?
—No. Es un poco rara. Se oculta bajo la capucha y no es fea. Ah, y
odia a cualquier criatura de… con... ya sabes, huevos.
Ark se quedó pensativo.
—¿Crees que me quedaría bien un disfraz de doncella?
—No lo creo —negó Merlín—. Tienes los pies demasiado grandes, no
encontrarías zapatos de cristal de tu talla.
—Las muchachas que nos odian lo hacen porque un sapo les ha herido
—le explicó Ark—. Cuesta trabajo, pero se puede conseguir que cambien
de parecer.
—¿Y piensas ayudar a Birdie a cambiar de parecer? ¿Qué te dio la
impresión de que necesita ser salvada?
Ark comprobó el camino antes de responder. Había aprendido a
supervisar la ruta de Grór, que solía detenerse en lugares de su interés,
como la tienda de piedras lunares que traían de las Montañas Pálidas, la
exhibición de inventos de los duendes ejecutantes o porque se había
ofrecido en nombre de ambos para ayudar en una abejera.
—Nada. Es que tuvimos una presentación... poco amable. Quiero
volver a intentarlo.
—¿Qué pasó?
—Digamos que si odia a los mozos, a mí seguramente me ha puesto en
la cabeza de la fila, tintado de rojo y atado con cadenas de capuchinas bien
cargadas. Probablemente ya ha mandado a La Corte la denuncia para que
me marquen como sapo.
—No bufonees con eso.
—No lo hago.
—No vas a contármelo —se quejó Merlín.
—Es suficiente con que lo sepan tres personas.
—¿Tres? —Merlín gritó tan fuerte que los oídos de Ark silbaron varios
momentos después.
—Magosordo —farfulló Grór.
—Y eso es todo lo que vas a saber. Hemos llegado. Espero que tengan
tortitas. Por cierto, ¿por qué no te hiciste cargo de la comida de la boda?
—Cira y Kane lo decidieron de golpe y lo quisieron muy rápido. No
podía haberlo hecho y que saliera cómo me gusta. Necesito contratar a un
ayudante.
—Qué pena que solo sepa freír huevos. —Ark comprobó que Grór
aparcó con cuidado entre dos coches con la carrocería brillante—. ¿Me
contratarías?
Merlín volvió a reírse.
—Quizá para romperlos. —Salió del vehículo y cerró la puerta de
golpe.
Ark gritó.
—¡Ten cuidado! Es un coche frágil.
—Es tan frágil que debería estar en una galería del pasado. —Merlín
se alejó, despidiéndose con un movimiento de mano.
—Magomalo. —Grór unió sus cejas.
—Sí —estuvo de acuerdo Ask.
Se quedó para comprobar que ni una mota de polvo se había asentado
en el parabrisas y que ninguna piedra había hecho una ralladura nueva.
Después le indicó a Grór donde podía retirarse para que le atendieran
mientras esperaba y le ayudó a subir el capó. Iba a llover y a su pequeña
máquina no le gustaba el agua.
Siguió a Merlín pronto, pero la discusión que habían mantenido no se
borró de su cabeza. Era casi como si fuera su deuda de caballero hacer que
Birdie cambiara de opinión. Debía convencerla de que no todos los mozos
eran sapos, que había príncipes entre ellos. Si de camino hacia su corazón
lograra persuadirla para que se olvidara de lo que había presenciado en la
torre, era un premio.
Cuando entró en la casa y fue la primera persona a la que vio, le
pareció una señal de buen augurio.
—Hola, princesa —saludó, ofreciéndole su mejor sonrisa. Se trataba
de una natural, que enseñaba solo parte de sus dientes. Debía transmitir
seguridad en sí mismo e interés para continuar con una conversación.
—Hola. Señor Ofthelostday.
Birdie no le correspondió a la sonrisa y Ark juraría que se equivocó de
su apellido a propósito.
—Oftherestlessheart. Llámame Ark. Creía que habíamos pasado de las
presentaciones.
—¿Quieres decir porque te he visto el trasero desnudo?
«¡Oh, hada madrina! Iba a contarlo.»
—¿Le has visto el culo a Ark? —Aalis apareció a la espalda de Birdie.
Su voz fue suficiente para que el resto de los presentes demostraran interés
en la escena.
Ark se preguntó si podía fingir un desmayo. No debería resultar difícil,
las damiselas lo hacían todo el tiempo. Se llevó la mano a la sien,
preparando la escena, pero al tocarse la piel, notó el fantasma de la marca
de los sapos. Dejó caer la mano de golpe y en cambio alzó una ruega a la
más antigua y la más poderosa autoridad espiritual de la Tierra de los
Cuentos: su hada madrina.
Prometo mantenerme casto durante siete puestas de sol. No, veinte. No
volveré a tocar a una moza ni si se me echa encima. Puedo subir hasta tres
saltos de luna, farfulló en sus pensamientos, contradiciéndose al mismo
tiempo, pues su máximo logro en este aspecto desde que había descubierto
la magia del cuerpo femenino era de tres puestas de sol. Podía hacerlo.
Podía prometer, y cumplirlo. El hada debía entender que era un sacrificio
digno de ser considerado. Tres saltos de luna, tres meses sin la magia del
amor íntimo, solo no permitas que me denuncie.
—Estaba cubierto por la camisa. —Birdie encogió los hombros con
indiferencia—. Pero yo sé que lo he visto.
—¡Cuenta! —Aalis volvió a gritar. En un día normal ella tenía
problemas con el volumen de su voz, pero cuando algo la entusiasmaba, no
existía muro que la insonorizara—. ¡Gente, atentos! ¡Birdie le ha visto el
culo a Ark!
—Quieres decir que te lo has imaginado. —Ark comentó, un poco
preocupado por la cantidad de muchedumbre que se acercaba—. ¿Quieres
comprobar cuánto de cerca estás de la realidad?
No le gustó en absoluto la sonrisita que se asomó en los labios de
Birdie. Le gustaba el resto: un par de pantalones de cuero oscuro y una
camisa roja que le dejaba al descubierto un hombro. El cabello le caía en
ondas largas, ocultando la forma de los pechos. Llevaba una capa corta y no
le faltaba la capucha, que escondía su rostro casi por completo. Era un
conjunto hermoso, excepto por la sonrisa, que presagiaba un desastre.
Y aunque no había señales de maldad en ella, algo como que le saliera
una verruga inmensa en la nariz, lo mejor que podría hacer era retirarse
antes de ser aplastado. Habló con confianza, respaldado por el trato con su
hada.
—¿Habéis comido ya? Tengo hambre. ¿Y dónde está la pareja?
¿Cuándo tenemos la primera ceremonia de los escudos?
—Cobarde. —Birdie canturreó el insulto.
—¿Cómo?
—Cobarde. Persona que siente miedo ante situaciones difíciles y evita
enfrentarse a los demás. ¿Eres tú? —Ella tiró de la capucha y bajó el
mentón tanto como indicarle con el gesto que se ocultaba.
Ark miró alrededor. Era el único cerca de la puerta de la entrada, pues
allí se había quedado cuando la había visto. Birdie formaba un muro de una
sola persona. A su izquierda, aguardaba una muy entusiasmada Aalis, y su
amiga oriental se había acercado también. Entre la multitud, reconoció a la
anciana baja de estatura que lo había puesto en ridículo a la iglesia, y más
atrás, al padre de Gawain, con la mano rodeando los hombros de una
muchacha demasiado joven para él, probablemente su esposa número
veintisiete. Ningún amigo suyo estaba próximo, nadie que lo salvara.
Si la bruja seguía con lo suyo, le quedaría la etiqueta de cobarde para
la posteridad. En una ciudad como Van Cinceles, eso significaba los
siguientes quinientos años. Era más fácil que uno se convirtiera de sapo en
príncipe azul que volver a ser héroe desde el pozo en el que estaban tirados
los cobardes.
—No —respondió, estremeciéndose por una corriente fría de aire que
atravesó el espacio—. Te he preguntado si quieres comprobar cuánto de
cerca están tus fantasías de la realidad y no me has contestado. ¿Alguien ve
cobardes aquí? —vociferó, alzando los brazos y girándose para obtener la
atención y el apoyo de los presentes.
Los bandos se formaron al instante. La mayoría de las voces gritaban
favoreciendo a Birdie, pero se escuchaban también algunas que lo llamaban
a él.
Ella alzó una mano y esperó a que se hiciera silencio.
—¿Estás dispuesto a enseñar tu culo a toda esa gente? ¿Eso es lo que
quieres decir o lo entiendo yo mal? Porque no veo otro modo de separar mis
fantasías de la realidad.
—¿Tienes tus hierbas calmantes cerca? Vas a necesitar recuperarte
después —amenazó Ark.
Cuando ella ladeó la cabeza hacia un hombro y puso las manos en las
caderas, él entendió que había perdido.
No obstante, podía perder con estilo.
Empezó a quitarse la túnica con los movimientos lentos y sensuales de
un bailarín. Sostuvo una manga entre sus dedos y su sonrisa se amplió
cuando Birdie frunció los labios.
Un silencio tenso se apoderó del lugar, como si todos contuvieran la
respiración, hasta que él dejó caer la prenda. Entonces, estallaron los
aplausos y los gritos.
Vio aparecer a Merlín y a Gawain. No había espacio para más, todos
los invitados se agrupaban en el pasillo de la entrada y al principio del
salón. Afortunadamente, entre ellos no estaban Kane y Cira. Si Birdie lo
obligaba a llevar la situación hasta el final y mostrar su trasero a toda esa
gente, se alegraba porque los novios no estuvieran presentes. Podría perder
su posición como escudo y cualquier oportunidad de acercarse a Birdie, que
ya le estaba poniendo las cosas difíciles.
Con una mirada, confirmó que ella no había cambiado de opinión y
decidido devolverle la dignidad. Entonces se llevó la mano al botón de sus
pantalones. ¿Por qué no llevaba cinturón, como cualquier hombre corriente?
Le hubiera ayudado a ganar tiempo hasta que alguien lo salvara.
«Porque hasta ahora estabas ansioso por poder desnudarte cuanto
antes», le respondió su conciencia.
Maldijo, mordiéndose la lengua en el intento de hacerlo en silencio y
sonreír a la vez. No era el momento adecuado para que su conciencia
despertara. Llevaba dormida tanto tiempo que apenas recordaba tener una.
Miró a la que lo forzaba a desnudarse y se alegró al notar que sus
mejillas estaban más coloreadas. Pero parecía tranquila, con los brazos
cruzados y apoyándose en un pie, mientras que la otra pierna la tenía
doblada de forma amenazante hacia él.
—Bien —dijo, utilizando la palabra para exhalar el aire que sobraba en
sus pulmones. ¿Alguien quiere ayudarme? —preguntó a la audiencia.
—Vamos, estoy segura de que no necesitas ayuda.
Birdie no se lo permitió y Ark entendió que habían llegado al final del
acto. Soltó los cuatro botones de los agujeros y metió las manos por el
interior de los pantalones, a la altura de las caderas. Alzó una ceja,
encontrando la mirada de cada persona y les dio la espalda.
6
“Puedes romperme fácilmente sin siquiera tocarme o verme. ¿Qué
soy?”

Birdie creía que estaba más borracha que en la fiesta previa a la boda.
Físicamente, no esperaba que su cuerpo aguantara tanto. Aalis se había
encargado de las bebidas y estaba segura de que las había mejorado con
pociones clandestinas.
Debería preocuparse porque su archiseñora iba a despedirla si no
llegaría al trabajo el día siguiente. Deirdre la había contratado a las
insistencias y para hacerle un favor a su madrastra. Iba por los últimos días
y no veía el momento cuando sería libre. Pero no le importaba la resaca,
tampoco si llegaría a tiempo. De hecho, nada le importaba. Desde el punto
de vista espiritual, había encontrado el «vivieron felices y comieron
perdices», tal y cómo debería ser, sin un sapo a su lado.
Tenía la cabeza apoyada en las rodillas de Aalis y miraba la chimenea,
una de las antiguas, con una hoguera verdadera. La madera crepitaba y las
llamas danzaban en las superficies del cuarto y en sus rostros.
Cira y Kane se habían despedido hacía horas ya, pero ellas no se
decidían a irse.
—Creo que voy a dormir aquí —murmuró Dye.
Birdie sabía que estaba desplomada en un sillón cercano pero no la
veía.
—¿Sería tan mala idea? —colaboró Aalis. Apoyaba su espalda en el
pie de una mesita y había tendido las piernas de tal modo que Birdie había
encontrado un nido entre ellas.
—Mi chimenea saca humo. Si me quedo cerca cuando la enciendo, me
convierto en un ahumado sabroso —explicó Dye.
—Mi madrastra paga la cuota de los gnomos cada salto de luna para la
capuchina con fantasmas de llamas, sin olor y sin sonido. Tiene tanto
encanto como las flores muertas de los jarrones y la ilusión del torrente del
jardín. Me pregunto si los familiares de Cira quisieran adoptarme —
intervino Birdie.
—Mi madre no tiene chimenea —dijo Aalis—. Yo gano.
—Yo no tengo madre. —Cuando volvió a hablar Dye, se callaron las
dos.
—Supongo que la de Cira nos puede adoptar a las tres —comentó
Birdie al cabo de un rato—. ¿Se la preguntamos?
Un golpe seco las hizo dar un brinco. Aalis se movió, por lo que Birdie
perdió su posición y protestó con ruido.
—¡Oye! —Cuando vio quién las había asustado, se dejó caer en el
suelo—. ¡El caballero del culo desnudo! —gritó y seguido silbó con las
fuerzas que le quedaban.
Aalis y Dye aplaudieron.
—¡Aquí está! —Ark entró en el cuarto y ejecutó una reverencia. Lo
hizo tan bien que estuvo a punto de caerse de cabeza. En el último instante,
Gawain lo cogió por el hombro.
—Tranquila, estrella. Esa es la tierra, no el cielo.
—¿Quién hay allí? —interrogó Merlín, que los siguió. Observó la
escena, asintió con un gesto y avanzó hasta el lado de Aalis—. Me gusta.
Me quedo —les informó, acomodándose en el suelo, al lado de su prima.
Birdie se sentía incómoda en su presencia. No creía que el muchacho
fuera mala gente, pero iba siempre acompañado de un espejismo oscuro,
como si cargara con un mundo de almas en pena. No parecía intentar
ganarse el afecto de los demás. De lo que había notado, Merlín era brusco,
corto de palabras y acostumbrado a dar órdenes sin dudar de que fueran
ejecutadas.
Ocultó su rostro con la capucha y entrecerró los ojos, buscando la
calma.
—Me parece que los padres de Cira se han acostado ya. ¿No
deberíamos irnos? —propuso Gawain.
—Tú siempre, el alma de la fiesta. —Aalis frunció los labios con
desagrado.
—Y tú siempre sin alma. ¿No te necesitan en las Tierras del Eterno
Castigo?
—No hoy. Aunque no me importaría trabajar demás por ti.
Birdie observó el juego de palabras. Una parte de su mente se preguntó
de qué iba aquello, pero la mayoría, la que decidía, seguía sin interés. Se
giró en el suelo sobre la barriga y puso las palmas bajo la barbilla. Entrenó
sus oídos para que escucharan solo la música del fuego.
Un susurro molesto, muy parecido al siseo de una serpiente vino de un
lado.
—He ganadoooo.
Birdie no se molestó en contestar. Soltó un suspiro hondo y regresó a
su gloria personal.
—Quiero mi premio —insistió la serpiente.
Ella consiguió que levantara una mano, pero su puño encontró solo
aire.
—Mira lo que tengo.
El comentario logró que girara la cabeza. El aire era borroso, las
sombras del cuarto cambiaban de intensidad y las llamas iluminaban solo a
ratos. Birdie necesitó varios segundos para entender que miraba
directamente en los ojos de Ark. Tan cerca estaba de ella que sus narices se
tocaban. Se retiró espantada.
—Tú… —Ella se detuvo, pensando en un comentario inteligente—,
tienes poca cabeza.
—Pero mucho músculo. —Su insulto no pareció afectar a Ark. Él no
arrastraba las palabras como ella.
—No puedo creer que hayas enseñado tu culo a todo el mundo.
—Lo que sea para ti. Te he ganadoooo.
Birdie se rio a carcajadas.
—Eres idiota. ¿Qué has ganado?
Ark se quedó con la boca abierta un momento. Al final, encogió los
hombros.
—No lo sé. Pero aquí dentro —se giró sobre su espalda y se tocó el
corazón con el puño—, se siente como si hubiera ganado.
Birdie perdió las ganas de reír. Ark se veía como un ganador. Con una
sonrisa contenta dibujada en sus labios y la luz de las llamas acariciándole
las greñas oscuras, lamiéndole los tendones rígidos de los antebrazos
descubiertos, era la imagen viva de un príncipe guerrero que regresaba a
casa vencedor después de una batalla contra dragones.
—Vete de aquí. Habéis invadido nuestro espacio —se quejó—. Pondré
a mi amazona personal que os eche a patadas. ¿Aalis?
—Ahorita mismo, estoy un poco ocupada.
Birdie comprobó su afirmación con alarma. Por suerte, su amiga tenía
la boca ocupada con el cuello de una botella, no con alguna parte del cuerpo
de un mozo. Merlín era su primo, Gawain estaba comprometido y Ark se
había desmayado a su lado.
—¿Quieres? —Aalis le ofreció la botella.
Negó y se cogió la cabeza entre las manos.
—Creo que estoy envenenada. ¿Qué hemos bebido?
Aalis acarició el frasco con mirada soñadora.
—La verdad. —Se incorporó en el trasero para tener una imagen clara
del grupo—. Aquí estamos, todos los escudos. El Mal acecha, nuestra
responsabilidad es proteger a la nueva familia.
—Es la primera vez que tu hada te susurra algo inteligente —gruñó
Gawain.
—Ay, cállate. Somos una pandilla de pena. Dye sigue viviendo con su
padre porque siente que debe ocupar el lugar de su madre muerta. Birdie le
tiene miedo a su madrastra...
—Eh, qué coño…
—Cierra el pico.
Las chicas protestaron, pero Aalis no se dio por callada.
—Merlín aquí, mi amado primo, huye de las mujeres como si fueran el
Mal mientras que nuestro amigo Ark, por el contrario, quiere ser recordado
para el número de con cuántas ha yacido.
—Cuidado —dijo Ark. Una sola palabra, una sola mirada con el poder
de helar el mismísimo Infierno.
Era por primera vez que Birdie no veía a Ark sonriendo, y el cambio le
resultó tremendo. Serio, parecía ser una persona diferente. No obstante, no
logró cerrarle la boca a Aalis.
—Y llegamos a Gawain…
—Señor Serenidad —la ayudó Merlín—. No creo que puedas decir
algo malo de él, es perfecto. El mismísimo príncipe azul, el origen de los
cuentos. El escudo que desearía cualquier nueva familia.
Ella se lo tomó como un reto y observó al chico.
—Piensas que estás enamorado y que vivirás feliz con la princesa de tu
corazón, pero cometerás el mismo error que tu padre. ¿Cuántas uniones
lleva? ¿Once?
—Aalis, déjalo ya. —Merlín se incorporó y la obligó a levantarse,
cogiéndola por la muñeca.
Ella no se inmutó. Se soltó y se pasó la mano por el pelo, arreglándolo
para que cayera como una cortina de oro sobre su espalda.
—No entiendo por qué las hadas han entrelazado nuestros destinos.
Somos los peores escudos que Cira y Kane podrían haber elegido. Pero
ellos confían en nosotros, y no les fallaremos. Vamos a ser amigos. Ninguno
de nosotros tiene una familia funcional, así que vamos a formar la nuestra, a
ayudarnos mutuamente a ser mejores personas.
Birdie miró de soslayo a Ark. Puede que, con la ayuda de un carruaje
lleno de botellas, podría llegar a apreciarlo como persona. ¿Pero amigos? Ni
en sueños.
—Al final vamos a tomarnos de las manos —se quejó Merlín.
—Somos unos escudos de mierda —se lamentó Ark.
—Habla para ti —replicó Gawain.
—Cira eligió a tu hermana Circe para ser sacerdotisa, ¿verdad? —
Aalis se dirigió a Merlín.
Este asintió de brazos cruzados.
—¿Ninguno teme ser escudo? —preguntó en un hilo de voz Dye—. Si
pasa algo… una maldición, un pensamiento con mala intención, todo caerá
sobre nuestras cabezas.
—No existen tales cosas sobrenaturales —la tranquilizó Ark—.
Recuerda que el Mal está en la Medulya.
—¿Y si se escapa? —insistió ella.
Con sus rizos revueltos, las mejillas rojas por haber estado cerca del
fuego y casi sin maquillaje, Dye se veía como una niña de no más de doce
primaveras.
Birdie notó que los demás también parecían haber dejado de lado sus
máscaras. La debilidad del momento, el cansancio, la bebida, revelaban sus
verdaderos rostros: jóvenes ilusionados, con los hombros cargados de
problemas demasiado pesados para su edad. Y aunque los chicos eran
robustos, de miembros fuertes y maxilares cuadrados, parecían más
aspirantes a pajes que a príncipes.
—Nadie y nada se escapa de la Medulya —discutió Merlín—.
Además, el trabajo de Circe es protegernos. Cualquier elemento
sobrenatural tendría que pasar primero de ella.
—Lo tenemos pan comido. —Aalis se frotó las manos—. Pero es un
poco demasiado… tradicional. ¿Qué tal si lo hacemos más interesante?
—No voy a tomarme de las manos —insistió Merlín.
Aalis abrazó a su primo y después le golpeó el hombro.
—Lo que pienso es mucho más divertido y no implica toques.
—Huid mientras podáis —advirtió Gawain.
Aalis alzó una ceja en advertencia y Gawain hizo una mueca, pero se
calló.
—¿Sabíais que la mayoría de los escudos acaban siendo pareja de por
vida? —preguntó Aalis.
—¿Eh? —Birdie torció el gesto.
—Circe investigó y dice que tiene que ver con la intimidad de las
ceremonias, el peso de la tradición y otras cosas que mi lengua cansada no
me permite explicar ahora. En fin, si seguimos la norma, cuatro de nosotros
van a terminar formando parejas.
Birdie estalló en carcajadas. Su cabeza chocó contra el suelo y
continuó riéndose mientras notaba cómo los chicos se quedaban de piedra.
Si hubieran sido gatos, en ese momento tendrían el pelaje erizado y estarían
siseando entre colmillos.
—¿Qué propones? —espetó Gawain.
—Jurar que no vamos a acabar de este modo.
—Estoy dentro —dijo él.
—Me tiene sin cuidado —estuvo de acuerdo Dye.
—Es una locura, la acepto. —Merlín asintió con una sonrisa de
suficiencia que no dejó tranquila a Birdie—. ¿De qué tipo de juramento
hablamos?
—Circe podrá ayudarnos con esto —decidió Aalis después de pensarlo
un momento.
Ark los miró fúnebre.
—Los juramentos no deben tomarse a la ligera.
—No lo haremos. Incluso tengo el castigo para los perdedores.
¡Raparse la cabeza y contar su historia de modo público! Será una historia
sin final feliz, se entiende, por lo que no incumpliríamos la ley.
De cómo Gawain miró a Aalis, todos entendieron que estaba
visualizando una imagen de ella con la cabeza afeitada.
Birdie se lo pensó con detenimiento.
Los cuentistas habían desaparecido bajo la prohibición de escribir
historias con finales felices, y dado que otro tipo de finales resultaban
impensables en las tierras de la magia, se habían quedado sin cuentos
nuevos hasta el fin de la Batalla Oculta.
Los clásicos jamás desaparecen. No se sabía con certeza si Peter Pan
había envejecido, cuánto de feliz había sido Cenicienta o cuántas perdices
había comido Blancanieves. Muchas de las historias se habían disuelto en el
tiempo y desde entonces ni una nueva había sido susurrada. No podría
haber sido otra que Aalis proponer algo tan arriesgado.
No obstante, con la mente nublada y los miembros flojos por el licor,
no le sonó mal. Aunque había un elemento que no encajaba, no lograba
identificarlo.
Cuando Aalis le pasó una botella, bebió un buen trago y brindó:
—¡Para el círculo de los escudos castos!
—Para los magos —la acompañó Merlín.
—Que nadie rompa nuestra defensa.
—Que mantengamos nuestro cabello —manifestó Aalis.
—¡El azar no nos toca, la gracia es nuestra! ¡Qué la magia nos proteja
y nos guíe! —finalizaron en coro.
7
“Si la tengo, no te la doy y si no la tengo te la doy.”

Birdie miró a Aalis a través de los dedos que usaba para ocultarse el rostro.
Necesitaba confesarle su apuro a alguien, y solo esa mañana, después de la
tercera infusión de romero, había entendido en qué lío se había metido.
—A ver. Me habéis forzado a usar las pruebas con el primer mozo que
conocería.
—Son tus pruebas. Hablaste de hacerlas públicas, pero nadie te tomará
en serio sin resultados.
—Deidre está dispuesta… —empezó Birdie, pero Aalis no le permitió
acabar la idea.
Se inclinó para estar más cerca de ella y susurró:
—¿De verdad vas a seguir con ella después de finalizar el contrato?
Quieres ser libre. Continuar con esta señora es ofrecerle el cuello a tu
madrastra para que lo pise con su caro zapato.
—Es verdad, pero… —Birdie cerró los ojos y resopló—. No sé qué
voy a hacer con mi libertad.
—Te lo has ganado. Disfrútala.
—No tengo un plan para eso —reconoció Birdie. Amaba a los
manzanos más que a otro ser parlante. De hecho, conversaba con las
calabazas que había plantado en el rincón más antiguo del terreno, donde
los árboles eran troncos comidos por los bichos y las ramas, viejas, con
nudos que impedían el nacimiento de nuevos brotes. No conocía otro
mundo que la plantación, no sabía hacer otra cosa que cuidar los árboles y
esperar con paciencia a que dieran frutos—. Lo pensaré después. Ahora
mismo estoy metida en un apuro por tu culpa —acusó—. El primero que he
visto fue Ark. Los dos somos escudos de una nueva familia. Nada malo
hasta que vienes tú con la idea de que no nos rocemos las narices. ¿Escudos
castos? —farfulló—. ¿Sabes, por lo menos, qué es ser casto?
—No desde que Mukay Ofgreathands me enseñó por qué tiene ese
apellido —se rio Aalis.
—Si decido que Ark es mi príncipe azul debemos contar nuestra
historia al mundo entero. Con palabras e imágenes. A, y raparnos la cabeza,
porque de otro modo no sería lo suficientemente embarazoso. ¿Lo entendí
bien? —lloriqueó Birdie.
Aalis asintió y su melena se escurrió como agua por sus hombros.
Birdie se tocó el cabello por debajo de la capucha. Ella también lo tenía
largo, aunque no tanto como el de su amiga, y carecía del brillo específico
de las rubias. Tampoco lo llevaba suelto. Puede que no fuera su más
preciado tesoro, pero imaginarse calva era aliciente suficiente para que le
quitara cualquier sentimiento cariñoso. Se tranquilizó, convencida de que
Ark era el peor candidato posible y que enterraría las escasas posibilidades
de ser su príncipe azul en la segunda prueba. Pero, aun así, la incertidumbre
creció en su corazón, alimentada por las dudas que Aalis había sembrado.
—Yo no sabía que Ark era tu elegido —se excusó Aalis—. Podrías
habérmelo dicho o haberte negado a participar.
—No sé cómo he podido estar de acuerdo con eso. Me suena mucho a
trampa. ¿Has enriquecido las bebidas?
Aalis levantó las manos en señal de paz.
—Soy inocente. A veces, las hadas nos empujan en la dirección
correcta.
—A ti deberían darte una buena patada.
Birdie miró afuera por la ventana que ocupaba la pared entera. Su
mesa de trabajo, una cajonera y la silla que usaba, estaban en el rincón del
cuarto que daba hacia la calle. Podía ver el mundo y podía ser vista por todo
el mundo. Llovía, casi no había transeúntes, en cambio, la fila de carrozas,
vagones y carruajes era infinita. Al fresno que protegía un poco su
intimidad en verano, le quedaban solo la mitad de las hojas.
—¿Qué probabilidades hay de que Ark fuera tu príncipe? —se interesó
Aalis.
—Las mismas de que mi padre regrese —dijo Birdie, tragando saliva.
Ocultó el rostro, avergonzada porque Aalis conocía la historia de su vida,
cómo su madrastra había hecho un infierno de sus vidas hasta que su padre
había elegido enrolarse en la Última Escuadra—. Pasó la primera prueba,
no significa nada.
—¿Cuáles son las pruebas?
Birdie se concentró en catalogar la pila de cuadernos de su escritorio.
Conocía a Aalis desde que eran niñas porque sus familias eran socios
en negocios. Para la joven Birdie, fue una sorpresa encontrar a alguien más
que creyera en la existencia de los monstruos. Aalis la había ayudado a
superar muchos momentos difíciles, pero Birdie sabía que la paciencia de
su amiga tenía límites.
—Sobre esto, necesito de tu ayuda. Tengo una lista antigua, de los
tiempos de los reyes, y quisiera reescribirla. Sé qué deseo del muchacho
con el que, se supone, voy a compartir el resto de mi vida pero puede que
discrepe…
Aalis la interrumpió con un resoplido.
—Seguro que es algo aburrido como que llegue a casa antes de la
puesta del sol, te dé un beso y te haga un masaje. Después debe jugar con
los niños mientras tú supervisas a la doncella que prepara la cena.
—¿Y qué hay de malo en eso? —farfulló Birdie, tirando de la capucha
para ocultar su turbación.
Aalis la observó con ese brillo travieso en los ojos que Birdie conocía
demasiado bien.
—Es un panorama predecible y desesperante. Tu príncipe va a ser
aburrido en la mesa, en la ducha, en la cama…
—No todo se resume a la lujuria. En una familia hay
responsabilidades…
Aalis le cogió la mano y le estrechó los dedos.
—Puedes hacerle pasar cien pruebas, ninguna te garantiza que no vaya
a abandonarte como lo hizo tu padre.
Birdie se acobardó.
—No se trata de esto.
Aalis se levantó, rodeó el escritorio y abrazó a Birdie desde atrás,
pidiéndole perdón por su rudeza mediante el gesto. Dejó la barbilla en su
coronilla, por encima de la capucha.
—Añade algo divertido a tu lista, ¿de acuerdo? No te preocupes —se
rio en voz ronca al retirarse—. Si tu cuento con Ark va a tener final feliz,
será el nuevo clásico. Me imagino los titulares: «Han firmado un contrato
de amistad antes de enamorarse» o «Han desnudado sus almas antes que sus
cuerpos».
Birdie se encogió en el sillón con cada propuesta.
—Nuestro cuento no tendrá un final feliz, de otro modo no podrá ser
publicado. ¿Ves cómo tengo todo a mi favor? ¡Es un desastre! —vociferó.
Se detuvo por la aparición de Deirdre, su archiseñora y amiga devota
de su madrastra.
—Cariño, necesito las grabaciones de la boda de ayer para añadirlas a
la cartera.
Birdie asintió, con los pensamientos centrados todavía en el día
anterior.
—Gawain aún no me mandó lo suyo, se lo daré en cuanto las tenga. Si
quiere hacerse una idea, mire en mi PiC.
—Maravilloso. —Deirdre cogió el espejo de Birdie y se retiró en su
departamento. Uno verdadero, que disponía de una puerta y una ventana
con cortina, que no enseñaba a toda la calle su ropa interior.
Aalis continuó.
—Estarás bien. Los muchachos son estupendos, pero Ark no tiene tela
para ser tu príncipe. Os ayudará veros para preparar los rituales de escudos.
Cuando yo no estoy os convertís en monjas.
—Alcohol cada día no es mi dieta favorita.
—Libertinaje solo por mi cumpleaños no es el mío —se burló Aalis—.
Los chicos serán como nuestros hermanos. Nos protegerán, nos cuidarán y
ayudarán en lo que haga falta.
—¿Ah, sí? ¿Qué pasa con Gawain?
Birdie procuró no perderse ningún cambio en el rostro o en la voz de
Aalis, pero la maldita era demasiado buena. No pestañeó cuando la miró y
alzó una ceja.
—¿Qué pasa con él?
—Ayer temí que uno de vosotros saldría con la yugular cortada. ¿Por
qué lo maltratas?
Aalis agitó los dedos en el aire en un gesto despectivo.
—No es nada. A veces me saca de mis casillas. Es tan malditamente
perfecto que…
Birdie entendió que no iba a soltar el final de la frase y la ayudó:
—Que te hace sentirte imperfecta. Sucia. Inmatura.
—Gracias por entenderme —Aalis comentó, cada palabra envenenada
con dosis extra de sarcasmo—. Necesito encontrar algo nuevo.
—Que las hadas ayuden a tus dianas.
Aalis se aclaró la voz.
—Sé que nos reímos de ti y tus pruebas, pero también espero que
sepas que te deseo lo mejor. No te apresures a buscar a tu príncipe azul. Si
Ark no lo es, no pasa nada, te quedarás con un amigo. Te aseguro que es un
trato mejor, más vale de amigo que de pretendiente.
—¿Qué? —Birdie vociferó asqueada—. ¿Te has acostado con él?
Aalis esbozó una sonrisa misteriosa, con la mirada perdida.
—No. Una vez estuvimos a punto, pero me alegro de no haberlo
hecho.
Birdie suspiró. Teniendo en cuenta los últimos días, debería sentirse
agotada. Pero una inquietud interior le pedía moverse sin cesar y ocuparse
la mente. Se levantó y salió desde detrás de la mesa para despedirse de
Aalis.
—Vuelve rápido. Te haré responsable por todo lo que pase en tu
ausencia.
—Espero que pase algo. Incluso Marwelene tiene una vida más
animada que tú. Estaré de vuelta para la primera ceremonia de los escudos.
—No apuestes a que no nos hayamos matado entre nosotros hasta
entonces.
—O que no os hayáis enamorado.
—Sería un milagro.
—Son más frecuentes de lo que crees.
—No para mí. —Birdie se tranquilizó—. Vete. No quiero que Deirdre
tenga algo que reprocharme. Me queda tan poco de ese contrato.
Aalis la abrazó en despedida y susurró en su oído.
—Ciérnete a tu plan: primero el contrato, luego tu madrastra. Pronto
serás libre.
Birdie asintió y la siguió con la mirada hasta que desapareció al girar
hacia otra calle.
Deirdre regresó, le devolvió el PiC y le dio instrucciones para el
siguiente acontecimiento, el cumpleaños de un señor que había nacido en la
época cuando aún había cuentos. Pasó las siguientes horas sin percatarse,
solo por el hecho de que la luz bajaba y las sombras cambiaban de lugar.
Cuando consultó el reloj estaba a punto de acabar la jornada de trabajo.
Se dejó caer contra el respaldo del sillón y estiró los brazos. Escuchó
el sonido de la puerta pero no le dio tiempo de recomponerse antes de que
alguien entrara.
—Cariño, es totalmente indecoroso desmayarse de ese modo —la riñó
su madrastra.
Birdie maldijo por lo bajo. Ojalá tuviera el valor de hacerlo en voz alta
para enseñarle a su madrastra las proporciones épicas de lo indecorosa que
podría llegar a ser. Pero sus discusiones finalizaban siempre con ella
rindiéndose, cansada de lo mismo. Malle, su madrastra, tenía tanta energía
en una batalla verbal que le extrañaba no verle el hocico de un trol
devorador.
Se detuvo delante de su mesa, recta como un pino, en un traje rojo del
más fino hilo de gusanos de seda. Prefería que las faldas le cubrieran los
tobillos, con los pies calzados en botines de piel de potro. Su abrigo había
sido un animal feliz tiempo atrás.
Malle era prima de su madre, a lo que no recordaba, porque las hadas la
habían llamado a las únicas tierras de donde nadie regresaba, cuando ella
tenía apenas dos años. Por eso se parecían tanto que los desconocidos no
dudaban de que era la mujer que le había dado vida. El rostro de su
madrastra era como una versión más madura, más distinguida, más refinada
de ella misma, con una única diferencia: el ojo cubierto por un parche.
Cambiaba de material y de color para combinar con su conjunto en cada
momento, pero sin importar cuánto lo intentara, seguía recordándole al
alma gemela de Garfio.
Malle se le acercó e intentó fruncir el ceño. Cuando falló en crear la
expresión de preocupación que había deseado, Birdie sospechó que había
vuelto a pagar para el veneno que le borraba las arrugas. Si seguía
rejuveneciendo su piel llegaría el momento cuando Birdie se vería más
madura.
—¿Deidre consiente que te comportes tan… aldeana? —Torció el
gesto—. No me hagas arrepentir de haberme concedido el deseo de tomarte
como vasalla.
—Estoy a tres puestas de sol de acabar este contrato, señora, y no hubo
quejas.
—Espero que quede de ese modo. Ha sido muy considerado por su
parte aceptar que lleves esa horrorosa capucha, y verte tan descuidada…
¿Has ido a la duendecilla que te he recomendado para que te arregle el
cabello?
Birdie no era experta en peinarse, se conformaba con enroscar su
cabello y asegurarlo con una goma o con horquillas. Jamás aguantaba hasta
el final del día, cuando la cantidad de mechas sueltas era mayor que la que
había quedado en la trenza.
—No. ¿Qué haces aquí?
Malle frunció los labios.
—Llamaré para que te atiendan.
—No es necesario, gracias.
—No has ido al duende que te recomendé, no has probado el menú de
la nueva taberna de la que te he hablado, tampoco te has cambiado al
entrenador físico del Barrio Veste —su madrastra suspiró con pesadez—.
Insistes en demostrarme que me he equivocado en aceptar que vivieras en
ese calabozo de los trabajadores. Creo que necesitas más atención.
Birdie tragó saliva. Malle conseguía siempre que ella hiciera lo que
deseaba, amenazándola con forzarla a regresar a la casa principal, bajo su
atenta atención.
Normalmente no tenía permitido abandonar el hogar e intentar vivir
por sí sola antes de ser declarada sabia. Que lo hacía antes de finalizar el
contrato de vasallaje era prueba de los contactos de alto rango que su
madrastra mantenía. Después de años de discusiones contradictorias, habían
llegado a un compromiso: Malle obtendría el permiso de La Corte para que
Birdie abandonara el hogar si ella aceptaba trabajar para su amiga.
Birdie no se lo había pensado mucho. La antigua construcción usaban
para alojar a los trabajadores de la plantación no estaba tan lejos de su
madrastra como desearía, —en otro mundo, por ejemplo—, pero le
proporcionaba lo que anhelaba: silencio, tranquilidad. Así cada una de ellas
vivía en una entrada opuesta a la plantación, un arreglo satisfactorio por
ambas partes.
Birdie anhelaba la libertad y, a la vez, la temía. Temía confesarle a
Malle que deseaba quedarse en el mismo sitio después de ser declarada
sabia. Le daba miedo proponerle que la dejara encargarse de la plantación,
que su madrastra había descuidado hasta el punto en que las malas hierbas
alcanzaban la altura de los árboles jóvenes. Tenía muchas ideas: crear un
sitio especial, con bancos de madera y colchones para leer cuentos y comer
manzanas; organizar una ruta de buscar tesoros para los niños, un concurso
para la más hermosa manzana… Malle tenía interés en la plantación solo en
la estación del azar, cuando las manzanas estaban maduras y podían ser
vendidas. No le importaba que los árboles murieran si siguiera del mismo
modo.
Forzó una sonrisa.
—Lo haré. ¿Puedo ayudarte ahora?
Su madrastra le dirigió la misma mirada que había usado con la
vendedora que le había sugerido usar sábanas de lino.
—No. Voy a recoger a Deirdre.
—¿Por qué? —inquirió Birdie. Imágenes de ellas dos arrodilladas
delante de un muñeco vudú que la representaba a ella y con alfileres en las
manos le dieron nauseas. No obstante, Malle le dio una respuesta
inesperada.
—Porque es mi amiga. No necesito una razón para querer verla.
Birdie se salvó cuando su PiC empezó a desplazarse solo encima de la
mesa. No era una llamada, sino el tono de una función que casi nunca
usaba, porque les relacionaba en masa. Decenas de mensajes llenaron la
pantalla.
Aalis te ha conectado con el grupo Escudos sin amor.
Aalis dice: Este es nuestro sitio. Aquí nos encontramos a cualquier
hora del día o de la noche. Bienvenidos, escudos. Os echo de menos.
¿Vosotros a mí?
Birdie no llegó a leer el texto entero. Su madrastra la miraba como si
esperaba algo.
—Deirdre está en su departamento —dijo.
Malle se tocó el cabello al lado de la oreja.
—Estaba pensando en organizar una recepción. ¿Hay algún día cuando
estés libre?
«¿Y dispuesta a asistir?»
Birdie negó sus pensamientos.
—No lo sé, te avisaré. —Le dio la espalda con la esperanza de que
entendería su reticencia.
En un impulso, sacudió el PiC y aceptó entrar en el grupo de Aalis solo
para salir enseguida. Lo bloqueó para que no se sintiera atraída a volver en
un momento de debilidad. Había hecho el error de unirse al círculo que
formaban, pero no iba a hacer de eso su vida. Quizá fuera el momento de
mirar más allá del horizonte. Romper círculos.
—¿Sabes qué? —Alzó el mentón y sonrió—. Pon una fecha, vendré a
tu recepción. Celebraremos mi libertad.
«Por fin, me libero de tu poder.»
8
“De colores verderones, ojos grandes y saltones, tenemos las patas de atrás
muy largas, para saltar.”

Ark observó de reojo a Scorchbread para asegurarse de que no lo vigilaba.


Esperó hasta que el mayordomo abriera un cajón para dejar algo dentro.
Con un gesto casual, tomó un trozo de zanahoria de la tabla de cortar, se
giró y tosió disimuladamente para ocultar que se lo llevaba a la boca. Era un
hábil ladrón de bocados, lo ejecutó antes de que Merlín pudiera volver a
golpear la tabla con el cuchillo. Aun así, este lo amenazó con su voz firme:
—No vuelvas a hacerlo. Conoces mis reglas.
—Mis disculpas. —Ark masticó con parsimonia. Entre él y su
mayordomo, que era la personificación de la voluntad de Merlín, se sentía
como si estuviera en una cárcel de troles en Las Tierras del Eterno Castigo
—. Tienes tantas reglas que es fácil confundirse.
—Eres el único que se confunde. Mi casa, mi comida, mis reglas. No
te olvides o te quedas sin cena.
—El puesto oriental está abierto hasta medianoche y tiene una oferta
muy buena —comentó Ark, a sabiendas que Merlín se mareaba solo con
escuchar la palabra «puesto».
Scorchbread le clavó la mirada con intensidad, hasta que Ark agachó la
cabeza, fingiendo arrepentimiento.
El mayordomo de Merlín era un ser temible. Llevaba el mismo
uniforme desde que lo conocía; pantalón negro ancho en las caderas y
ajustado en los tobillos, camisa azul con botones brillantes, cerrada al cuello
con un lazo de seda rojo, y túnica dorada. A pesar de lo vistoso de su
indumentaria, lograba pasar desapercibido. Casi nunca hablaba, aparecía
cuando menos lo esperaba y entonces le daba un susto de muerte. Cada
maldita vez. Protegía a Merlín con la ferocidad de un dragón, y aunque Ark
jamás había tenido pruebas de que ocultara armas, estaba seguro de que era
el cronista del manual «Cien maneras de matar y seguir siendo un
caballero».
—En cualquier momento puedo enviarte allí —comentó Merlín, con
los ojos en la tabla—. A través de la ventana, para que llegues más rápido.
¿Cuándo vienen los otros? Casi no te aguanto.
Ark retrocedió unos pasos. Cuando Merlín tenía uno de esos
momentos era mejor hallarse en un mundo con un sol diferente. Optó por
colocarse al lado de la ventana, de espalda a Scorchbread. Podía no ser una
decisión inteligente, pero confiaba en que el mayordomo no usaría la casa
de su amigo para matarlo porque después tendría que encargarse de la
limpieza él mismo.
—Deberían haber venido ya. Gawain avisó que tardaría, y las
muchachas… —se rascó la cabeza—, supongo que es como son. ¿No
siempre llegan tarde?
—No lo sé. Aparte de mi hermana, ninguna ha visto mi casa —espetó
Merlín.
—¿Es por eso que tienes el genio de un trol? ¿Por ellas? Si no las
querías aquí, podríamos haber ido a cualquier otro sitio.
—Nadie puede preparar una cena en condiciones —farfulló Merlín.
—Hay cocineros vivos que han servido a los reyes. ¿Tú cuántas
primaveras tienes? ¿Veinte? —Ark se retiró cuando Merlín lo amenazó con
el cuchillo—. Tienes razón, eres un mago de esta hoja afilada. ¿Puedes
apartarla de mi nariz?
—Vamos a ver cómo funciona esta… cosa. —Merlín le dio la espalda.
Ark se rio.
—¿Cómo hemos llegado aquí? —inquirió, haciendo un esfuerzo
mental para responder.
Se miraron durante un instante y respondieron a la vez:
—Aalis.
Como si hubieran dado con la llave mágica, el timbre del PiC y golpes
en la puerta sonaron al mismo tiempo.
—¿Puerta o PiC?
Ark solo le dio a Merlín la impresión de poder elegir, mientras
preguntaba ya estaba de camino hacia la puerta. Sin embargo, olvidó a
Scorchbread, y el mayordomo ya estaba allí.
—¡Alto! —gritó.
Scorchbread se congeló con la mano en el pomo. Torció el cuello y
miró a Ark con sus ojos oscuros y redondos.
—Yo abro —insistió, después de tragar fuertemente para liberar sus
cuerdas vocales.
El mayordomo no se alejó hasta que él estuvo a punto de empujarlo.
Para cuando Ark abrió la puerta, había desaparecido.
Apoyó cada mano en el marco de la puerta y se inclinó hacia Birdie y
Dye.
—Sois un milagro, deberían levantaros templos. Me escocían los ojos
antes de que aparecierais, pero ahora veo perfectamente.
Dye reaccionó como era de esperar. Su mirada viajó desde el rostro de
Ark por los bíceps inflados y los pectorales tensos, antes de sonreírle y
saludarle. En cambio, los ojos de Birdie no llegaron más lejos de su nariz y
de eso se dio cuenta solo por el leve movimiento de su cabeza, ya que su
capucha le ocultaba el rostro.
—Los templos sirven para que los pájaros les caguen encima —
comentó ella.
Ya que no encontró una respuesta, Ark les permitió el paso. Cuando
pasaron por su lado, Birdie tropezó.
Por inercia y para ayudarla, Ark le rodeó la cintura. No había nada más
natural en el mundo; el modo cómo sus cuerpos encajaron, como si fueran
dos imanes perdidos que volvían a encontrarse. Había sorpresa en su
mirada, pero no se alejó como quemada. Y Ark, fascinado con sus ojos, no
tenía prisa en soltarla. No, no tenía ni idea de qué color eran, tampoco era
esa especie de poeta chiflado que alzaba odas a las estrellas y lograba
comparaciones que estremecían corazones. Birdie tenía unos ojos bonitos,
entre castaños y verdes, con el anillo del iris oscuro. Tal vez podría hablar
con Macint, su amigo maestro, para que le ayudara en componer unos
versos y dedicárselas. Después iría a la Sociedad de tiro para pegarse uno.
—Veo cabezas calvas —canturreó Gawain desde el pasillo exterior.
Ark había escuchado a alguien acercándose, pero no existía deidad en
el mundo que lo convenciera de que dejara de abrazar a una muchacha. Para
su sorpresa, Birdie fue la que lo defendió:
—Solo nos saludábamos. —Ella se separó despacio, sin dejar de
mirarlo hasta que se giró para entrar.
Gawain se quedó donde estaba.
—¿Y a mí por qué no me ha saludado igual que a ti?
—Porque yo soy más dulce —respondió Ark, dándole una palmada en
la espalda para convencerlo de que siguiera a las chicas.
—Te recuerdo que hemos creado un círculo de castidad. Los besos no
están incluidos. Los besos van acompañados de una coronilla calva.
—Yo soy el dulce, tú eres el gracioso —cantó Ark. Al llegar a la
cocina, añadió—: Merlín es el mágico.
—Todos somos escudos —dijo Aalis, que los vigilaba desde un PiC
enorme. Merlín había pasado la llamada en el espejo de la pared, por lo que
Aalis se veía perfectamente—. No he recibido suficientes respuestas en el
grupo. ¿No os gusta la idea?
—Algunos tenemos una vida —farfulló Gawain, dándole la espalda.
—Y otros la vivimos —replicó ella—. Qué pena no estar con vosotros.
¿Merlín, qué has preparado?
Unos gruñidos fueron su respuesta. Ark se fue hasta el horno y levantó
varias tapas de las ollas y los sartenes.
—Es indescriptible, pero huele como el pecado.
—Cubo de patata con trufa fresca y yema, trucha bronceada con
cebolla azucarada y manzana con aceite de miel —canturreó Gawain, que
estaba a su lado.
—No sé lo que has dicho, pero espero no haberme maldecido —volvió
a hablar Ark.
Birdie se rio, una risa nerviosa. Aceptó la oferta de Merlín para tomar
su capa, que recogió también la de Dye.
Ark aguardaba con ansias descubrir por completo el rostro de Birdie,
deleitarse con la visión de su cabello y la suave curva de su espalda. Pero la
muchacha llevaba consigo más armadura que un soldado de la Última
Escuadra. Vestía una camisa verde, abotonada hasta el cuello, con las
mangas recogidas hasta el codo mediante alfileres de madera. Una falda
gris descendía hasta las puntas de sus botas, y un cinturón de cuero ancho
resaltaba su estrecha cintura. En cuanto se quedó sin la capa, alzó otra
capucha.
—Es casi imposible llegar aquí —explicó ella, solo con la punta de la
nariz y la boca a la vista—. Nos hemos perdido tres veces y el PiC no
paraba de chillarnos. Rodeamos el edificio porque no encontrábamos la
entrada, y cuando finalmente la hallamos, no había timbre. Por suerte, una
señora estaba en su ventana y nos explicó cómo abrir la puerta. —Se
carcajeó y, al agitar la cabeza, dejó ver unas mechas rojas como la manzana
de la cual había mordido Blancanieves—. Parece la entrada en un castillo,
esperaba dar con trampas mortales.
Al decir eso miró a Ark, o eran imaginaciones suyas. Empezaba a
desesperarle averiguar a quién le hablaba.
—Gya —intervino Merlín—. La señora se llama Gya. Siento si os dio
problemas, mi padre insiste que me cuiden hasta que cumpla siete siglos.
—¿Esta es la residencia de tu padre? —preguntó Birdie.
Se acercó a la isla de la cocina y después de inspeccionar los platos,
cogió un pastelito de hojaldre. Se detuvo repentinamente porque notó algo
extraño en el ambiente. Al alzar la cabeza, comprendió que todos la
miraban con expresiones horrorizadas. Dye se aproximó y se colocó a su
lado. Después de unos instantes de tensión, Ark estalló en carcajadas.
—A Merlín no le gusta que toquemos la comida antes de sentarnos. —
Aprovechó que Birdie se quedó con la boca abierta, le arrebató el hojaldre
de los dedos y se lo comió.
—Lo siento. —Se disculpó ella con voz ronca, mientras se limpiaba
las manos en la falda.
—No pasa nada —dijo Merlín, de modo evidente, desganado—. Para
eso estamos aquí, para conocernos. Gya no debería haberos hecho
problemas, le expliqué que os he concedido una audiencia. Le hablaré de
nuevo en cuanto tenga ocasión.
—¿Has traído el vino? —preguntó Ark a Gawain.
Tuvo la respuesta en la cara asombrada de este.
—Se me olvidó. Quise pasar por la tienda pero me llamaron para un
encargo y… —agitó la mano—. Ahora mismo voy. Estaré de vuelta antes
de que Merlín acabe con las preparativas.
—No te preocupes, yo iré —dijo Ark.
—Que te acompañe alguien —ordenó Merlín—. Le dan miedo las
ranas —se explicó.
—¿Las ranas? —inquirió Birdie.
—Ve con él, lo entenderás.
Aunque dudó, ella asintió al final.
Ark no podía creer la suerte que tenía. Unos momentos a solas con
Birdie era lo que necesitaba.
Cogió su sobretodo, esperó que ella se pusiera la capa, y bajaron.
La tienda no estaba lejos, tenían que subir una colina, atravesarla, y
pasar por el lado de un lago poblado de criaturas verdes, asquerosas.
—¿Por dónde? —inquirió ella, una vez en la calle.
Cuando la miró, Ark tuvo la impresión de ver algo más. Como si sus
ojos atravesaran un muro invisible, entendió que su pregunta no se refería a
la dirección de la tienda.
Le indicó el camino con un gesto de cabeza.
El silencio cortó una vía entre ellos y la incomodidad le daba a Ark
ganas de rascarse la piel como loco. Procuró ordenar sus pensamientos
caóticos. ¿Debería intentar conquistarla o comportarse como un caballero y
ganarse su respeto? ¿Estaría bien abrir el tema de la denuncia o solo le
recordaría su pecado? ¿Qué se suponía que se hablaba con una muchacha a
la cual querías…? Nada de querer. Seguro que existía un tratado que
enseñaba el mejor modo de convertirse en el amigo de una mujer. Iba a
comprarlo y a convertirse en un caballero ejemplar. La ciudad le premiaría,
las autoridades de Van Cinceles iban a felicitarlo. Justo cuando subía el
último peldaño para recibir su corona de flores silvestres, Ark tuvo la
impresión de haber perdido algo. Se detuvo y entendió que Birdie ya no
caminaba a su lado.
Hasta entonces se había despistado en el enredo que eran sus
pensamientos; cuando paró, el ruido lo atacó con tanta violencia que perdió
la compostura. Estaba en la orilla del lago y los croar de las ranas lo
enloquecían.
Chilló con todas sus fuerzas.
—¡Birdiiiieeeeeeeeee!
Le contestó el lago.
—Croabir. Croabir. Croabir.
Ark sacó las manos por las aperturas laterales del sobretodo y apretó el
cuello delante de su boca. Su aliento se congeló. La vegetación era densa,
sin importar la temporada. Las ramas de los sauces barrían la tierra y
luchaban en vano para apartar las colas de gato y las raíces de pontederia.
Los nenúfares flotaban en las aguas oscuras mientras libélulas, moscas,
caballitos del diablo y otros bichos de agua añadían su zumbido al aire ya
perturbado aire.
A esa hora, todo estaba cubierto por una película de rocío casi helado.
La luz de la luna no traspasaba la niebla que se alzaba por encima de las
aguas y prohibía la vista hasta el cielo. Y aunque las hojas pasaban por
diferentes colores, desde el más atrevido verde a amarillos vivos y marones
enfermizos, por la luz el efecto era estático, un gris descolorido. Las ranas
hacían carreras de saltos, exhibiendo sus piernas.
Ark se estremeció.
—¡Birdie, no pienso volver para encontrarte!
Golpeó la tierra helada con sus botas, intentando traerla hasta donde
estaba él. Los dientes empezaron a castañearle. Necesitaba moverse para
entrar en calor, pero no se atrevía a avanzar ni a retroceder. Se decidió por
caminar en círculo, girando el cuello a todos lados con la esperanza de que
la vislumbrara.
Se encontraba bajo las ramas de un sauce viejo. Un aliento cálido
acarició su mejilla. Ark sonrió y se giró. No vio a la criatura, pero notó la
lengua áspera que dejó un beso pegajoso en su piel.
Dio un salto como quemado.
—¡Por todas las hadas! ¡Birdieeeeeee!
—¡Ya voy!
El eco enteró en la niebla su respuesta y no pudo averiguar la dirección
del sonido.
—Date prisa —ordenó mientras se limpiaba la mejilla con el hombro.
Ella apareció a su lado como si fuera un espíritu que acababa de tomar
un cuerpo físico. Primero se dejó ver el contorno de sus piernas, seguido
por los brazos y, por último, la cabeza oculta bajo la capucha.
Ark se estremeció.
—Este sitio es fantástico —comentó ella. Lo adelantó con pasos tan
rápidos que Ark tuvo la impresión de que volaba por encima del suelo.
—Necesito emborracharme —farfulló y se apresuró para alcanzarla.
No volvería a quedarse solo en ese lugar, que transmitía ondas malignas. Se
preguntó si la Medulya estaría allí, si estuviera pisando tierras mágicas—.
¿Birdie?
Excelente. Había vuelto a perderla.
9
“Muchos lo dan, casi nadie lo toma, cuando se necesita no se recibe.”

Birdie, indecisa acerca de si había dado con la tienda de vinos, se dejó


guiar por las luces de las capuchinas encendidas y entró en la primera que
encontró. Un anuncio en la ventana rezaba: «Licores mágicos», y su
curiosidad la llevó a decidirse, además de no querer que Ark la alcanzara
tan rápidamente.
Maldijo el momento cuando había sucumbido a la presión de sus
amigas. Ark, el peor aspirante posible, la tenía desconcertada. Consideró si
podía expulsarlo. Eso sería lo siguiente, idear condiciones para que las
señoritas tuvieran el poder de no aceptar un candidato, aunque, en teoría, él
podría estar en la lista.
Se detuvo después de entrar, cerca de la puerta. Lo que veía no se
acercaba a la imagen que ella tenía formada de una licorería. Recordó haber
acompañado a su padre cuando vendía las manzanas restantes a los
taberneros que producían sidra. Aquellos eran espacios pequeños que olían
a agrio. Una vez se había perdido, había llegado a la entrada de detrás,
donde se acumulaban barriles llenos de frutas putrefactas y legiones de
bichos voladores. Pero, si recordaba bien, las mejores manzanas se las
llevaban directo de la plantación, lo que vendían en las tabernas eran las
malas, las manzanas demasiado pequeñas o comidas por gusanos.
Suponía que con las uvas no funcionaba diferente. El lugar era
inmenso y aparentaba ser una bodega de las antiguas, con hileras de tinas
bien mantenidas y estanterías rebosando de botellas. Recorrió con la vista
los amplios pilares de madera, el techo alto y la iluminación escasa. Las
capuchinas bien cargadas estaban posicionadas encima de los carteles con
los nombres de las bebidas: «Vino para el comienzo», «Brebaje
estimulante», «Néctar desata la lengua», «Licor caliente», «Agua de la
verdad» eran algunas de los estantes donde más gente se aglomeraba. Entre
las repisas faltaba la luz, por lo que los pasillos estaban sumidos en
semioscuridad. Olía a madera, a uvas y a una fragancia intensa que le
recordaba a los palitos perfumados que usaba Marwelene cuando procuraba
ponerse en contacto con sus antepasados fallecidos, habitantes permanentes
de La Isla de los Siempre Recordados.
Impresionada por la variedad de vinos, Birdie se adentró en el primer
pasillo, echando un vistazo hacia la puerta y reconociendo que necesitaría la
ayuda de Ark. Desconocía qué vino quería Merlín, y de lo poco que tenía
entendido, si se equivocaba, se arriesgaba a que la convirtiera en alguna
criatura que jamás asomaba la cabeza bajo la tierra para ver la luz del día.
Un empleado se acercó a ella.
—¿En qué podemos ayudarle hoy, señorita? ¿Un «Corazón, te quiero
por la noche», o puede que un «Blanco, porque es la primera quedada»? —
inquirió mientras la miraba como si entendiera mucho de su paladar y algo
de su mente.
—No estoy segura. Estoy esperando a alguien… —dijo ella y agitó la
mano—, en fin, él lo sabe mejor. Vendrá en seguida —afirmó, aunque por
un instante sintió un escalofrío de miedo al pensar que estaba en la tienda
equivocada y que Ark no aparecería.
—Entiendo. —El empleado le dio brillo con un trapo al cristal de la
botella que tenía entre las manos, después la dejó con cuidado en un sitio
libre de la estantería—. Entonces, quizás le gustaría asistir a una cata de
vinos mientras espera a su amigo. Tiene lugar justo allí —le indicó un
rincón más alejado donde se aglomeraba la gente—. Le ayudará a decidirse.
A Birdie le gustó la idea, nunca antes había asistido a una cata de
vinos. Siguió al hombre y al llegar, se detuvo. El techo era de vidrio, una
cúpula transparente que dejaba ver el cielo. No había sido un día soleado, y
ahora los rayos de la luna alcanzaban los muebles blancos, dándoles un tono
gris. Pero después de los pasillos del interior, allí había incluso demasiada
luz. Lechosa, por lugares como una niebla espesa, por otros, solo chispas
atrevidas de las capuchinas pequeñas, posicionadas en hileras dobles en
cada pared.
Cuando el empleado le indicó que tomara asiento en una de las sillas
dispuestas delante de mesas redondas, perdió la posibilidad de ojear el
interior de la tienda. No obstante, se consoló con la idea de que estaba cerca
de la entrada y aunque ella no podía ver, Ark la distinguiría de la distancia.
Para asegurarse de que lo hiciera, se quitó la capucha.
Fue un impulso que lamentó al instante. No alzó la vista, la mantuvo
en sus dedos temblorosos, enganchados encima de las rodillas. Después de
unos momentos, corrigió su falta, volvió a ponerse la capucha y soltó un
suspiro, aliviando sus pulmones cargados por el miedo. Que Ark la
encontrara con la ayuda de su hada.
—El siguiente es el «Rosado Estelar» —dijo un empleado que se
ocupaba de abrir las botellas.
Otros, vestidos con pantalones de tela fina y levitas con decoraciones
brillantes en los puños y el cuello, se movían alrededor de las mesas y
servían el licor en las copas que los clientes tenían delante.
Birdie recibió la suya y agradeció con una sonrisa.
—Está de color coralino y tiene un sabor afrutado, que encanta el
paladar. Su ligereza hace que sea el vino ideal para acompañar momentos
especiales.
Birdie se perdió la continuación cuando alguien empujó el respaldo de
su silla.
—Aquí te has metido. —Ark susurró en su oído, después se dejó caer
en la silla vecina. Respiraba apresuradamente y tenía la frente perlada por el
sudor.
—Llegaste rápido. ¿Le ganaste la carrera a las ranas? —se burló ella.
—Probad, por favor —continuó el encargado, evitando que Ark
respondiera.
Ya que tenía la copa delante, Birdie la alzó y se la acabó de un solo
sorbo. Aunque apenas contenía unas gotas, tenía sed y el calor la hacía
desear algo refrescante.
Echó un vistazo hacia Ark, sospechando que él llevaba una estufa o
algo, pues desde que se había sentado la temperatura había aumentado.
—¿No tiene algo más frío? —preguntó al hombre con la botella, y se
lamió los labios. El sabor del vino era celestial. Casi la ayudaba olvidarse
del ser que la acompañaba y que no tenía nada que ver con el cielo.
—¿Qué haces aquí? —Ark se inclinó hacia ella—. Tenemos que
regresar, no nos conviene enfurecer a Merlín.
En el espacio luminoso, con todo el alrededor blanco, un halo de luz se
creó a espaldas de Ark. Por un segundo, su semblante se suavizó y ella pudo
apreciar el azul de sus ojos, un pequeño hoyuelo en la mejilla derecha, el
contorno firme de sus labios. Un extraño vuelco en el estómago la
sorprendió. Levantó la copa para que alguien la llenara.
—Estoy probando vinos. Así podemos elegir el mejor.
—Ya sé lo que quiere Merlín —farfulló Ark.
—El siguiente es un tinto excepcional. Su origen está en las Tierras del
Eterno Castigo y por eso lo llamamos «El retrato del alma» —intervino el
empleado, ofreciendo la siguiente muestra.
—Ningún inocente llega a las Tierras del Eterno Castigo. No creo que
las almas condenadas allí preparen vino —se mofó Ark, provocando un
silencio incómodo en la sala.
Hablar de las tierras-cárcel no estaba prohibido pero tampoco tema de
una conversación corriente. Ni los familiares de los culpables se atrevían a
recordarlos. Ser preso era uno y lo mismo con ser sapo.
El empleado se detuvo con la botella en la mano y le frunció el ceño.
—Trabajamos con el mismo almacenista desde hace siglos. Aunque
sea trol, tiene nuestra confianza y si nos asegura que este es el origen del
vino, no lo cuestionamos. Pruébelo y verá que no solo es uno de los mejores
vinos en el mundo, sino que es único.
Birdie inclinó ligeramente la cabeza para permitir que el dependiente
sirviera unas gotas de un líquido rojo borgoña en su copa. Unas notas
especiales se alzaron en el aire, olores y música a la vez. Silencio, un aroma
balsámico, el ritmo creciente de un instrumento desconocido que hacía una
llamada a la que no podía negarse. Algo cálido inundó su boca cuando lo
probó, acompañado de un sabor ahumado que le recordaba a las hogueras
de un campo de trigo. Le dejó una pinza de acidez en la lengua, que se
escurrió por su garganta y se detuvo en su estómago. Una sensación de
bienestar la invadió, y cerró los ojos, dejando escapar un gemido de placer.
Había sido una suerte participar en la cata de vinos. Si solo consiguiera
escapar de la pesadilla que la acompañaba.
—Eres un incapaz —dijo, abriendo los ojos—. No tendría un hijo
contigo ni siquiera amenazada con que me encerraran en las tierras de este
vino.
Ark se quedó pasmado.
—¿Quién habló de hijos?
Birdie no recordaba por qué el tema era importante. Vio que una
minúscula gotita roja colgaba del labio inferior de Ark. Se relamió el suyo
como si de ese modo podía limpiar el de él.
—Yo hablo de hijos —decretó.
—A mí no me apetece.
—¿Te apetece un revolcón entonces? ¿Señores, tenéis un rincón oscuro
donde un caballero puede satisfacer sus deseos ardientes? —se carcajeó con
burla.
—No iría contigo a un rincón oscuro ni si fueras la aparición que me
conduciría a la Isla de los Siempre Recordados. ¿Mantienes la imagen de
una damisela con el corazón de una bruja malvada por un hechizo? ¿Con
qué pagas? Porque el alma debes haberla perdido hace mucho.
Birdie se llevó el puño al corazón. Había notado algo, un latido que
había perdido el ritmo. El sabor del vino se transformó en uno amargo.
Levantó una copa que no era suya y apreció la suave dulzura del nuevo
vino.
—Deberían haberte marcado con el sello de los sapos desde el vientre
de tu madre —espetó hacia Ark—. Es una vergüenza para todos los mozos
que estés en el grupo de los príncipes.
Ark estalló en carcajadas. Pidió que se le sirviera y cuando el
dependiente se acercó, le quitó la botella y llenó la copa hasta el borde.
Antes de hablar, la alzó en un brindis hacia ella.
—¿Castigas a todos los mortales o solamente a mí? ¿Será porque me
deseas?
—¡No te deseo! —Birdie se sofocó por el insulto. Con medio oído
escuchó que el empleado continuaba con la presentación de los vinos,
aunque todos los presentes estaban fascinados por el espectáculo que daban
ellos dos.
—Se dice que este vino es un elíxir muy fuerte. Sabemos que el que lo
prueba dirá siempre la verdad.
Birdie tiró de la capucha. No solo tenía mucho calor, sino que se notó a
punto de ahogarse. La prenda nunca la había molestado, pero un mar de
emociones empujaban su garganta, la nariz, y sentía que le explotaba la
cabeza.
—Eres tan creído, te imaginas que cualquiera te desea. ¡Una dama
necesita más que músculos! —le chilló a Ark.
—¡Casi te subiste encima de mí en lo de Merlín! —gritó él. Se
incorporó de golpe, derribando la silla—. ¿Esos músculos? —imitó la voz
de ella mientras se quitaba el sobretodo y tensaba el cuerpo.
Aunque fuera un pecado, Birdie deseó que se quedara ciega o que
sufriera un accidente mágico que le borrara la memoria. Lo peor era que
Ark tenía motivos para presumir de su cuerpo. Sus músculos no eran de los
abultados, que daban la impresión de que estaba hecho de piedras, sino del
tipo que se notaban incluso cuando estaba vestido. Sin duda, aparentaba ser
mucho más maduro de lo que su mente delataba. Brazos gruesos, piernas
robustas, el culo…
—¡Ni hablar! —chilló para sí. Siguió castigándolo a él, el culpable por
entrometerse de ese modo en sus pensamientos—. ¡Serías el padre ideal
para una pandilla de sapos! La única que aceptará casarse contigo será una
bruja.
—Oh, madre hada. Pues no tengo muchas oportunidades, ya que tú
eres una, sin duda.
—¡Voy a denunciarte! —amenazó Birdie, a punto de meterle el dedo
índice en la nariz.
Habían llegado a estar cara a cara, separados por unos ínfimos
centímetros. Le extrañaba cómo era que sus alientos no incendiaban el aire.
«No había perdido la razón», se convenció ella. Ark la provocaba con
su sencilla presencia, tan alto, tan seguro de sí mismo y de sus encantos. La
había llamado bruja. Agitó la cabeza porque se le había nublado la vista y a
la espalda de Ark, la luz era demasiado brillante.
—¡Bien! Pues no te rogaré de rodillas a que no lo hagas. Y mientras
ejecutaré la condena voy a trabajar en un plan para que empiecen de una
vez a marcar a las brujas también. ¡Serás la primera! —se rio él, un sonido
que nada tenía que ver con la alegría—. Nos amenazáis desde que
empezamos a entender las palabras. ¡No hagas eso, no hagas aquello, no lo
digas, no vayas allí! Porque si te marcan como sapo perderás la ocasión de
tener un buen trabajo, una casa, una familia, una mujer decente. Ninguna
levantará la mirada para ofrecerte una segunda oportunidad. ¿Sabes qué?
¡Me importa una mierda! Lo último que quiero es a alguien como tú.
—Señor, ¿quizá desearía probar el tinto «La calma de una noche fría»?
—ofreció un empleado, alzando una copa llena en el pequeño espacio entre
ellos.
Birdie le quitó la copa y la vació. Antes de que el líquido, caliente y
espeso como el cacao, le llegara al estómago, la copa volvió a estar llena.
Ark no tuvo la misma prisa que ella. Continuó fulminándola con la
mirada y Birdie se aseguró de que no tenía poderes mágicos, pues de ser
así, sería una pequeña montaña de ceniza por el modo en que sus ojos
lanzaban llamas.
—No sé por qué piensas que alguien como yo desearía tu compañía.
Que tengas una vida plena. —Birdie alzó la barbilla y le dio la espalda.
De manera extraña, se sentía tranquila. Sus pasos resonaban con
determinación cuando emergió a la calle, su corazón, libre, y su ánimo, en
su apogeo.
Durante su estadía en el interior, el tiempo había cambiado. Las nubes
cubrían el cielo y las sombras se extendían desde los altos edificios como
dedos ansiosos por atraparla. Sin embargo, a Birdie no le intimidaban ni
consideraba desagradables los colores oscuros. A veces, las cosas
simplemente eran en blanco y negro. Era más fácil distinguir entre lo bueno
y lo malo, o entre un príncipe y un sapo, como era el caso.
—¡Espera! —la voz de Ark le llegó a los oídos.
Birdie ajustó su capucha y apresuró el paso.
—Corazón, espera, por favor —insistió él.
La multitud era abrumadora, y Birdie luchaba por recordar el camino
de vuelta. Necesitaba regresar a la casa de Merlín, no podía dejar sola a
Dye, pero debía dejar atrás a Ark. Buscó a su alrededor en busca de una
idea salvadora.
No fue una idea, sino una persona. Birdie juraría que su hada madrina
la había enviado.
—Marwelene, ¿qué haces en esta zona?
La anciana apenas se veía entre tantas bolsas y paquetes.
—¡Birdie, niña! Vine a visitar a un amigo y aproveché para hacer
algunas compras. Hay unas tiendas con mercancía única por aquí.
Dos cajas se le cayeron al suelo, y cuando se agachó para ayudarla,
encontró la solución a su problema, justo cuando Ark la alcanzó.
—Birdie, lo que pasó allí… —empezó él.
—Marwelene, ¿recuerdas a Ark de la boda de Cira?
La mujer dejó caer todas las bolsas, creando un caos en la calle. Se
quedó en el medio del desastre, frunciendo el ceño.
—Olvidé mis anteojos.
Birdie se alegró porque, al menos, podía escuchar. Se acercó a Ark,
que tenía en brazos una bolsa de tela, y lo empujó hacia Marwelene.
—Es él.
—Señora. —Ark saludó molesto, si fuera a considerar las octavas de
su voz.
—¡Tú! —A Marwelene se le iluminó la cara—. Claro que te recuerdo.
Eres un príncipe muy apuesto.
A Birdie casi se le salió la bilis por la boca.
—Ya… lo es… —farfulló. Abrazó los hombros de su vecina y le palpó
la frente con los dedos—. No te ves bien, ¿han regresado tus ataques? —
inquirió con lo que, esperaba, fuera una expresión preocupada.
—¿Qué? No…
—¡Pobrecita! —Birdie chilló, tratando de imponerse por encima de la
voz de Marwelene. Aunque su constitución era la de un niño, la mujer
gozaba de una salud de hierro; Birdie dudaba que se hubiera desmayado en
su vida. Pero el sapo no lo sabía. Si había un momento para demostrar que
tenía tela de príncipe, era ese. Ayudar a ancianas no entraba en las pruebas,
pero sumaba en las calificaciones. Y lo más importante era que le servía a
ella—. Recuerda que el herborista dijo que necesitas descansar más. Ark te
ayudará a llevar la compra a casa. Lamento no poder hacerlo yo, pero debo
recoger a Dye.
—¿Ah, sí? —Él se quedó mirando de una a otra.
—Gracias. ¡Eres un verdadero caballero! —exclamó Marwelene.
Cuando ella, con los ojos brillantes y una sonrisa que iluminaba la calle, se
aferró al antebrazo de Ark, Birdie aprovechó para quitarle la bolsa con las
botellas.
—Un verdadero caballero —estuvo de acuerdo—. ¿Por dónde llego a
casa de Merlín?
—Usa el portal de las Tierras del Eterno Castigo. Sigues recto hasta la
primera curva a la derecha, cruza el puente y espera hasta que un guardián
venga a recogerte. —Con las últimas palabras Ark se inclinó hacia ella.
Birdie sintió la imperiosa necesidad de tener un sable mágico o hacer
el signo de la cruz. Cualquier superstición de cualquier época que asegurara
mantener alejadas las fuerzas del mal le serviría en ese momento.
Ajena a su duelo verbal, Marwelene levantó la voz.
—¿Merlín es de la línea de sangre del Gran Mago?
La ira de Birdie se congeló en el repentino frío que se abatió sobre la
aldea. No lo había pensado al conocerlo, pero Marwelene tenía razón. Las
líneas de sangre antigua y poderosa se mantenían con rigor. Merlín,
Caperucita Roja, Blancanieves, y otros como ellos tenían descendientes y
solo alguien de la familia podía llevar el nombre de su antepasado. Su
madrastra era una de las damas que se aferraban con todas las fuerzas al
concepto original de «sangre azul». Insistía en que ella heredaba la belleza
de una ninfa, que tenía parientes relacionados con el Hada Deífico.
La pregunta de Marwelene la ayudó a unir varios hilos. Por eso la
hermana de Merlín era la sacerdotisa de los escudos, de ellos.
—Sí —dijo Ark, cada vez más malhumorado.
La alegría de Birdie aumentó mientras lo veía hundiéndose.
—¿Crees que podría conocerlo? ¿Hablar con sus antepasados? —
inquirió Marwelene.
Entonces, Birdie intervino. No estaba bien dejar que su vecina,
fácilmente perturbada por los fenómenos sobrenaturales, se entusiasmara,
pues acabaría con el sacrificio de algún ser vivo.
—Ya lo veremos, le pediremos una audiencia —explicó, recordando la
etiqueta antigua que Malle le había metido en la cabeza a base de intensas
clases teóricas. Tenía la explicación de por qué la vecina de Merlín les había
causado tantos problemas al querer verlo—. Apresúrate, Marwelene, antes
de que te desmayes otra vez.
—Me siento un poco cansada —concordó la anciana.
Birdie sospechó que la emoción de la eventualidad de conocer a
Merlín la había afectado. La abrazó y alzó una ceja en dirección a Ark.
—Para un coche dirigido, ¿a qué esperas?
—A que aparezca y te rapte el Espíritu de las Vidas Pasadas. —De
nuevo él se inclinó para hablar solo para sus oídos.
Ella se giró con lentitud, adoptando una estudiada posición entre sus
brazos. Aunque sus manos no la rodeaban, sus cuerpos se tocaban, y no le
escapó el modo cómo Ark se puso rígido.
—Ah, esperas un milagro. Si crees en la magia debes estar preparado
para pagar su precio.
No sabía de dónde habían surgido esas palabras. Cuando acabó, Birdie
notó que un escalofrío le recorría la espalda, antes de que una voz
desconocida le susurrara:
«¿Cuál es el tuyo?»
10
“Esta pregunta le hago a un listillo: ¿qué necesita una mosca para entrar
en un castillo?”

Ark llamó a Grór para que viniera a recogerlos.


—Señora, mi… amigo puede llevaros a donde necesitéis —le explicó a la
anciana.
Alzó una oración a su hada para que Grór no se enterase de que se
había atrevido a llamarlo amigo. En su corta lista, el enano incluía solo a
criaturas con la edad de dos siglos para arriba.
Pero tampoco lo consideraba empleado. Grór era sencillamente su
enano gruñón.
—Llámame Marwelene, como todo el mundo —ordenó ella, con una
voz sonora para la edad que aparentaba tener—. Te lo agradezco, la verdad
es que no pensé que iba a comprar tanto —se disculpó, desviando durante
un momento la atención de él para señalar los paquetes en el suelo.
—Será un placer ayudarla.
Ark se removió inquieto porque Marwelene le estudiaba con
demasiado interés. Ya había recorrido con la mirada varias veces su cuerpo
y parecía tener especial interés en su rostro. Como para confirmar sus
sospechas, comentó:
—Eres muy apuesto. Entiendo porque Birdie quiere huir de ti.
—¿Cómo?
Marwelene agitó la mano y la varita casi le golpeó la mejilla.
—Mi niña tiene un pequeño problema de confianza con los príncipes
—le confesó, mirando alrededor en busca de oídos curiosos. Estaban solos
al lado del tronco desnudo de un fresno, los transeúntes no les prestaban
atención. Contenta, la anciana alzó la voz—. Tú tienes el aspecto de uno,
pero no eres inocente. Para mí, mejor, pero a ella le asustas. Intenta no
aparentar estar tan seguro de ti mismo, descubre tus debilidades, y puede
que tengas una oportunidad.
—¿Para qué?
—¿Qué? —Marwelene se golpeó el oído e inclinó la cabeza. Un
pequeño artefacto cayó en su palma. Después de darle vueltas, volvió a
colocarlo en el interior de la oreja—. Mejor ahora —declaró—. ¿Qué
decías?
—Nada —se defendió Ark. Tenía la impresión de que no hablaba el
idioma de la mujer, una especie de adivinanzas parecidas a las de Grór.
El enano acababa de llegar. Ark vislumbró el acercamiento del coche
desde la distancia y se apresuró a recoger las compras del suelo.
—El transporte está aquí. —Se adelantó y colocó los paquetes,
después cerró la puerta después de ayudar a Marwelene a subir —. Grór,
por favor, lleva a la señora a donde desee.
—No —vino la respuesta.
—Necesita ayuda y nosotros vamos a ayudarla, ¿de acuerdo? —
insistió, pensando, no por primera vez, que el enano tenía problemas de
compresión.
—No —repitió Grór.
—Buenas tardes, señor enano —intervino Marwelene desde atrás.
Tendió el brazo y golpeó tres veces con la varita el hombro de Grór—.
Agradezco su ayuda.
—Como tecases o teembarques en eldía fatal, tesaldrámal.
Ark quiso intervenir. No era justo que Grór usara las adivinanzas
delante de su invitada. Además, la había cambiado, no era la misma que le
había planteado a él al principio del día, y mientras no le diera la respuesta
correcta, no podía plantearle otra.
—Cierto, es martes —dijo Marwelene—, nuestras hadas se largan para
asistir al consejo. Pero no estamos desprotegidos del todo.
—Noves el sol, noves la luna, y sistá en el cielo noves cosaalguna.
—Es verdad, la niebla parece especialmente peligrosa. Se levantará, no
se preocupé, señor Grór. No temas lo que no puedes ver o te va a comer.
Marwelene se carcajeó y el enano se unió a su risa.
Ark fue testigo de cómo los labios de Grór se tensaron a los lados,
desvelando las dos hileras de muelas. Lo había visto reír una sola vez,
cuando lo había acompañado a su aldea para una emergencia familiar.
Cuando resultó que era una alarma falsa, el pequeño hombretón había
cogido en brazos a tres de sus niños y se había reído, hablándole al cielo.
Se quedó mudo por el asombro. ¡El enano y la anciana se entendían!
Podría haber apostado su vida que no quedaba nadie vivo en la Tierra de los
Cuentos que tuviera el don de conversar con Grór.
—¿Vas a entrar? —le preguntó Marwelene. Como él no daba señales
de entenderla, le explicó—: El señor Grór no puede usar el coche en
ausencia de su dueño.
—¿Su dueño? —repitió Ark.
—Grrr. —El enano le enseñó los dientes, en una mueca opuesta a
cuando se había reído—. En oyendo unfado pierdoelestado.
—No se enfade. —Marwelene suspiró—. Supongo que tienes un
contrato para el coche, eres su dueño —inquirió hacia Ark.
—Sí, de un modo… es que…
La anciana asintió, confirmando que también entendía sus balbuceos.
—Entonces eres el dueño del coche. Y el señor Grór no puede usarlo
sin ti.
Mientras discutían, se levantó la niebla que oscurecía Van Cinceles, la
cual, de cierto modo, había influido en la mente de Ark. Tomó asiento al
lado del enano y se quedó en silencio. Era mejor que los dos nuevos amigos
conversaran sin su participación. Incluso lo prefería de tal modo, quizá lo
ayudaría a descifrar el idioma de Grór y lograr la respuesta a una
adivinanza, lo que realmente lo convertiría en el dueño del coche. Mientras
el enano no le permitiera acercarse al asiento del conductor, no se
consideraba el dueño. ¡Solo necesitaba una respuesta! Una sola. Llevaba
años intentándolo sin resultado, entonces apareció Marwelene y las
averiguó todas en un par de minutos.
Se aclaró la garganta.
—Señora, ¿ese idioma se puede aprender? —se interesó con timidez.
—No —le respondió el enano. A la vez movió la palanca de la
dirección del coche, impulsándolo en un movimiento brusco.
Ark saltó en el asiento y se golpeó la cabeza contra el techo. Atrás,
Marwelene no se había movido.
—No hay nada que aprender —lo regañó ella, sonriendo—. Es solo
que nosotros hemos vivido un poco más que tú.
—¿Unos siglos más? —gruñó Ark, preguntándose cuántos años tendría
la mujer. Era imposible que hubiese nacido en la época en que Grór había
sido bebé. Por aquellos tiempos la magia era natural en la Tierra de los
Cuentos, vestían pieles de animales con el olor fresco, se comunicaban a
distancia imitando el canto de las aves y temían a las maldiciones.
—Es pequeña alavista nigrande pordentro, pero noséyo.
—¡No le pasa nada a su cabeza! Señor Grór, no parece querer
ayudarle.
Ark movía el cuello de adelante hacia atrás, sin perderse palabra del
intercambio verbal. Estaba casi seguro de que hablaban de él.
—Unose ayuda solo. Yastá.
El final de la explicación del enano lo dejó descolocado. Hasta que
Marwelene bajó del coche, y entendió que habían llegado.
Como un verdadero caballero, Ark se apresuró para ayudarla con los
paquetes. Pero hasta que él llegó, Grór ya cargaba con todos. Entornó los
ojos con suspicacia, al ver con qué velocidad usaba el enano sus cortas
piernas.
Marwelene mantenía el ritmo. Llegó antes a la puerta y la abrió.
—Puedes dejarles allí mismo. ¿Os quedáis para una bebida?
Ark se perdió la respuesta de Grór, que se mantuvo unos momentos
más al principio de la escalera. Marwelene lo acompañó al regresar al
coche.
—Joven, agradezco de nuevo tu amabilidad —dijo y se adelantó para
abrazarle. Al retirarse, agarró su nuca y lo forzó a inclinarse para darle un
beso en la frente—. Le hablaré bien a Birdie de ti. Mira, tengo un regalo
para ella, se lo dejaré y puedo decirle que es de tu parte.
—¡No! Por favor, no. —Ark corrió detrás de ella, porque había
desaparecido tras un muro de piedra. Atravesó el pórtico y se perdió entre
una multitud de árboles—. ¿Señora? —la llamó, procurando entender dónde
estaba. Un par de capuchinas exteriores se encendieron y su luz desveló una
pequeña casita, oculta por las ramas. Marwelene apareció con las manos
vacías.
—Aquí vive Birdie —le informó—. Ya le dejé el regalo. Le encantará.
—No lo dudo. Pero, por favor, no le diga que es de mi parte.
Marwelene sacudió la cabeza y se rio.
—Los mozos de hoy… Pero te entiendo. Quieres hacer tu propio
regalo. Asegúrate de conocerla bien para acertar —le aconsejó.
Asintió, ya cansado de procurar en vano convencerla de que no
cortejaba a Birdie.
—Así lo haré.
Mientras salían a la calle, echó un vistazo a la casa. No cabía duda de
que era una construcción pensada para los trabajadores de la plantación.
Los pilares de los cimientos eran visibles, de madera; las paredes, de piedra;
y el tejado deslumbraba por el rojo de la loseta. Las ventanas llevaban
correderas trenzadas de astillas, levantadas en los lados mediante palos. Los
esqueletos de las plantas trepadoras que debían florecer en la estación del
azar, se alzaban hasta perderse detrás de la chimenea. Sabía que Birdie no
trabajaba en la plantación, tampoco había sido declarado sabia y no podía
vivir sola. Quedaba solo la suposición de que su familia era de la clase
trabajadora.
De repente, sintió una necesidad visceral de obtener respuestas a sus
preguntas.
—Señora… Marwelene —se corrigió cuando la mujer le frunció el
ceño—, creo que vamos a aceptar la bebida. ¿Verdad, Grór? —inquirió.
Sin mirar si el enano estaba de acuerdo con él, rodeó los hombros de la
mujer y se dirigieron hacia su casa.
La información era poder.
Lo sabía porque había usado la cita en un rodaje cuando había doblado
a un brujo espía. Era una historia, verdad, ¿pero no las historias enseñaban
la vida?
11
“No soy palanca ninguna, pero te puedo ayudar a que muevas las
montañas y las cambies de lugar.”

Birdie logró encontrar el apartamento de Merlín mucho después de haber


abandonado a Ark y a Marwelene. El camino de vuelta parecía alargarse a
medida que pensaba que se acercaba. La zona de los lagos se le hizo eterna.
Se equivocó una vez al creer que reconocía un muro de piedra vestido de
musgo y otra, cuando lo que supuso que era un giro a la izquierda en una
rotonda la llevó a un callejón sin salida. Y no quería usar su PiC para no
tener que explicar qué había pasado en la tienda.
Hubo un momento en el que abrazó la bolsa con las botellas como lo
hiciera con su mejor amiga y pensó en parar un coche dirigido para que les
llevara a su casa y se conocieran mejor. Pero entonces alzó la cabeza y una
brillante luz azul le llamó la atención en un edificio lejano. Avanzó
siguiéndola.
La señora Gya no la detuvo esta vez, pero ella tampoco tentó a la
suerte. Caminó sobre las puntas de los pies, estudiando el alrededor con los
sentidos agudizados y respiró aliviada solo al llegar a la sexta planta.
No había tocado el timbre cuando alguien le abrió, y a Birdie se le paró
el corazón ante la vista del personaje fantástico. Tenía el porte de un rígido
mayordomo de casas nobles y aparentaba haber cumplido mil años, si bien
era más una sensación, pues ninguna arruga surcaba su piel blanca como la
tiza.
—Perdón, creo que me he equivocado —balbuceó Birdie,
retrocediendo.
—Está en lo correcto, señorita —le indicó él, finalizando con una
reverencia.
Birdie dobló las rodillas, respondiéndole del mismo modo. Después ya
no supo qué hacer. Movió la bolsa de un lado al otro, sopló para alejar el
flequillo que se le había caído sobre un ojo y empezó a silbar.
—¿Le gustaría entrar? —preguntó el personaje.
—Oh, sí. Claro. Gracias —dijo, apresurándose para aprovechar el
hueco que él le había dejado libre.
Se detuvo en el pasillo para guiarse por las risas que escuchaba. Una
mano apareció al lado de su hombro y le señaló la puerta de la derecha.
Siguió la indicación corriendo, a punto de estrellarse contra el marco.
—¡Eh, estás aquí! —exclamó Dye.
Birdie necesitó un momento para entender el escenario. Todos se
hallaban sentados en tres divanes situados alrededor de una mesita. Su
amiga estaba acompañada por Gawain, Merlín ocupaba uno él solo, y el
traidor de Ark abrazaba los hombros de una joven menuda, que escribía en
un pequeño PiC mantenido en equilibrio encima de sus rodillas. Levantó la
mirada solo para decir:
—Supongo que eres Birdie. Encantada, soy Circe.
Al ver que no se movía, Merlín se levantó y la ayudó con la bolsa.
Inspeccionó su contenido y esbozó una sonrisa.
—Es justo lo que necesitamos.
Mientras miraba más allá de ella, unas manos tiraron de su capa.
Permitió que el extraño hombre se hiciera cargo de la prenda, pero una vez
que su cabeza quedó descubierta, levantó la otra capucha que llevaba atada
alrededor del cuello. Luego avanzó y ocupó el asiento que previamente
había pertenecido a Merlín.
—Ark nos contó que os divertisteis en la tienda.
Birdie no comprendía cómo Ark había conseguido llegar antes que
ella. Calculó que para ir hasta la otra punta de la aldea, tratar con
Marwelene y regresar, se necesitarían al menos dos puestas de sol.
—Han sido unos momentos para recordar —reconoció.
El mayordomo apareció con una de las botellas abierta.
—Este tinto es… —empezó Merlín, pero Ark no le permitió continuar.
—He tenido suficiente sobre vinos hoy. Solo dámelo.
Cuando intercambiaron una mirada, entre ellos se estableció una
extraña complicidad, que Birdie no estaba preparada para aceptar. Se
incorporó de golpe.
—Necesito usar el servicio. Dye, ¿sabes dónde está? —chilló,
esperando ser salvada de la aparición del mayordomo o de que alguien más
se ofreciera a ayudarla. Probablemente Ark.
Su amiga se levantó y le apretó el codo mientras abandonaban la
habitación.
—¿Estás bien? Te veo un poco rara.
—No es nada. Pero empiezo a creer que eso ha sido una muy mala
idea. Cuando acepté ser escudo de Cira no me imaginé que llegaría a…
—¿A qué? —inquirió Dye cuando Birdie se guardó el resto de la idea.
Ella susurró furiosa.
—A conocer a un descendiente del Gran Mago y a ese sapo de Ark.
—Son buena gente, me agradan.
Desilusionada por la pérdida de una aliada, Birdie retractó su
comentario.
—Vamos a ver cómo acaba esta noche —dijo y se encerró en el cuarto
de aseo.
Las paredes eran de pizarra y el suelo de junta de piedras. Había una
bañera redonda con un complicado sistema de tubos y botones, un sillón y
una estantería que salía de la pared, llena con volúmenes desordenados.
Merlín tenía instalados dos ojos de agua, uno encima de la bañera y otro
que chorreaba en una cuenca ancha, situada a la altura de su cintura.
Se lavó las manos y las mantuvo bajo el agua fría hasta que se le
entumecieron los dedos, pero el efecto no llegó hasta su estómago, revuelto
como si fuera atraído por la fuerza de todos los vientos.
Se sentía perdida.
Se habían reunido para que Circe, la sacerdotisa de los escudos, les
explicara el procedimiento de los rituales. Esperaba un encuentro sin
grandes emociones. Cuánto se había equivocado. Estaba turbada, con el
cuerpo adolorido por la tensión y la mente viciada por pensamientos
impropios de ella.
En un impulso, le ordenó al PiC que llamara a Aalis. Esta contestó
tarde y no le permitió acceso a la imagen.
—Oye, ¿qué hay? —chilló.
Por la música que se escuchaba de fondo, Birdie entendió que no era el
mejor momento. Dudó, pero los nervios vencieron y espetó:
—¡Quiero salir!
El PiC le devolvió la imagen de su rostro furioso. Se quitó la capucha
y estudió al ser de piel enrojecida y mirada febril. Se alisó el cabello con
dedos temblorosos. ¿Qué criatura no terrenal la había poseído? Se
enorgullecía de poder dominar su mente, no por nada había practicado tanto
bajo la supervisión de su madrastra. Si Malle no lograba sacarla de sus
casillas, nadie debería haberlo podido.
—Hazlo. ¿Has ido a Feathers? —se interesó Aalis, nombrando una
taberna con horario nocturno—. Dale mi nombre al portero cuando vayas
—continuó, ajena a su cabreo.
—¡Quiero salir de la mierda del círculo de escudos castos! —Birdie le
gritó al PiC.
Escuchó la respiración silbada de Aalis. En unos instantes el alboroto
se atenuó, y pudo oírla mejor.
—¿Qué pasó?
—Nada. Solo quiero salir.
Birdie levantó la cabeza para divisar su reflejo en el espejo del cuarto.
Era el reflejo de una mentirosa.
—Nadie te ha forzado a entrar y nadie te forzará a quedarte. Si no te
sientes bien entre nosotros…
—No, no es eso. —Birdie se amasó la frente, lamentando haber
sucumbido al impulso de llamar. Aalis la hacía sentirse culpable, como si se
considerara demasiado buena para ellos, lo cual no era verdad. Merlín tenía
sangre azul, por todas las hadas. Estaba entusiasmada de haberlo conocido.
Gawain parecía un buen tío, pero…—. Ark —susurró la palabra como si
fuera una explicación completa.
—¿Sí? —Aalis no entendió lo que ella no había dicho. Cuando no
habló, insistió—. ¿Te hizo algo? Te aseguro que voy a hablar con él y a
dejarle claro que…
—No. —Birdie intervino—. El problema está conmigo.
—¿Qué problema tienes?
«Lo deseo.»
Birdie se lo dijo al espejo y se espantó por la imagen que este le
devolvió: las mejillas ruborizadas, los ojos brillantes, los labios resecos.
El deseo no entraba en su lista de pruebas. Un príncipe tenía que
respetar los valores de la familia por encima de todo, no abandonarla jamás,
saber tomar y mantener sus decisiones, compartir momentos y convertirlos
en mágicos. Su lista incluía atributos que tenían que ver con el corazón de
la persona, no con el cuerpo.
Pensó en cómo explicárselo a Aalis para que la entendiera.
—Me pone.
—¡¿Qué?! —Aalis chilló tanto que Birdie sospechó haber roto la
cubierta del PiC. Escuchó un golpe, después su amiga prosiguió—: A ver.
Explícamelo desde el principio, con muchos detalles. ¡Solo he faltado dos
puestas de sol! ¿Cómo te lo arreglaste para estropearlo todo en tan poco
tiempo?
Birdie hizo una mueca y encogió un hombro. Cuando entendió que
Aalis no la veía, habló.
—Son sus malditos músculos. —«Y los gemidos que emite cuando
intima», no añadió. «Su sonrisa también logra hacerme un agujero en el
estómago. Y sus ojos… Santas hadas, estoy perdida.»— ¡Usa la magia! —
gritó cuando la idea apareció como una salvadora—. ¿Crees que lo hace? Si
pudiera demostrarlo…
—Ark no usa magia —la tranquilizó Aalis—. Algunos seres nacen con
el don de la sensualidad. Hay de los tiernos, de los bobos, de los…
—Ya, vale. —Birdie la cortó—. No me ayuda. Me niego a quedarme
calva solo para relacionarme a nivel desnudo con Ark.
—Pero no tiene por qué ser él, ¿verdad?
—¿Cómo?
—Puedes hacerlo con cualquiera.
Birdie se lo pensó con calma. Aalis era diestra en el tema, tal vez tenía
razón. Nada le impedía probar una noche sin compromisos. En la oscuridad,
los mozos no se distinguían.
—Puede ser —admitió, aún sin estar convencida del todo.
—Tú pruébalo —dijo Aalis—. Si no funciona pensaremos en otra
cosa. De todos modos, debes procurar conocer gente nueva para tus
pruebas. Cuantos más candidatos tengas, mejor, podrás diferenciar entre sus
atributos.
—Vale.
Birdie la escuchó unos minutos más y el tiempo la ayudó a
tranquilizarse.
Había tenido la revelación durante el camino de vuelta y estaba
conmocionada desde entonces. Ark no le gustaba como persona, pero no
podía quitarse de la mente la escena de la torre.
Sus noviazgos anteriores habían sido tan satisfactorios que, al pensar
en el nombre o el rostro de sus ex pretendientes, todos se convertían en uno.
Todo el asunto de la boda de Cira, los escudos y las discusiones sobre
príncipes le habían recordado que llevaba mucho tiempo sola. Nadie había
arrugado sus sábanas como para recordarlo, y eso era lo que deseaba. Claro
que, había sido tonta al pensar que Ark sería el único capaz de hacerlo. Lo
que le proponía Aalis era mucho mejor y la ayudaría a finalizar la lista de
las pruebas y demostrar los rasgos incuestionables de un príncipe.
Su ánimo cambió para bien. Qué mejor modo de encontrar la solución
a un problema que contárselo a alguien maestro en resolver asuntos
delicados. Delante del espejo, se pasó los dedos por el cabello y decidió que
haría algo que jamás hacía: escuchar a su madrastra. Iría a arreglarse e
incluso tendría en cuenta sus ofertas de emparejarla con príncipes de sangre
antigua y trajes nuevos, impecables.
Birdie salió con la cabeza en alto. Su énfasis tardó tres segundos en
quebrarse, hasta el momento preciso en que notó, por el rabillo del ojo, algo
resplandeciente a su lado. Dio un salto antes de que su mente entendiera
que Scorchbread había vigilado la puerta. Asintió en señal de saludo y le
dio la espalda con rapidez. Con la misma velocidad se dirigió hacia el salón
y empujó a Dye para hacerse sitio y sentarse a su lado.
—Hay un hombre extraño en esta casa. Quizás un fantasma —susurró
casi sin mover los labios.
—¿Un fantasma? —Dye vociferó espantada. Sus supersticiones hacían
de ella un blanco fácil.
—Este —indicó Birdie cuando una franja de color pasó casi
desapercibida por delante de la puerta abierta—. ¿Lo has visto?
Ya que sus hombros se apoyaban uno en el otro y miraban la puerta
con rostros descompuestos, llamaron la atención del resto.
—¡Es Scorchbread! —exclamó Dye, estallando en risa.
—¿Mi mayordomo te ha causado algún problema? —se interesó
Merlín.
—¡No! Para nada. Solo que… no estaba segura… no sé cómo…
Merlín asintió comprensivo.
—Puede crear impresiones.
—En personas con el corazón débil —añadió Ark. Birdie lo fulminó
con la mirada, pero resultó que se había dado prisa—: Le tengo un miedo de
cojones —añadió él en voz baja, guiñándole un ojo.
«¡No te dejarás impresionar!», sonó la voz chillante de Aalis en su
cabeza. El recuerdo fue tan potente que Birdie se encontró gritando:
—¡No me dejaré impresionar!
Con todas las miradas encima, no le quedó otra que enderezar la
espalda y mirar la pared de enfrente.
—Es la actitud correcta —colaboró Merlín, suponiendo que se refería
a Scorchbread.
—¿Volvemos a nuestros asuntos? —Circe, que había logrado la
invisibilidad durante su discusión, intervino—. Birdie, ya he hablado con
los otros, solo me faltas tú. Si lo prefieres, podemos hacerlo en privado.
Quizá te sentirías más cómoda si no desvelas tus secretos delante de los
otros —dijo, imponiendo un tono de orden.
Birdie se quedó con la boca abierta. Su parecido físico con Merlín era
evidente en el color oscuro del cabello y los ojos, en la forma de los labios y
la nariz fina. Pero donde su hermano llevaba el cabello desordenado, el de
Circe estaba pulcramente recogido en una trenza que le llegaba hasta la
cintura. Ambos se habían puesto camisas holgadas, la de Merlín negra,
medio abierta por encima del pantalón, la de ella de un azul brillante,
abotonada hasta encima de los pechos y metida en la falda larga hasta las
rodillas.
—¿Pero le gustará hacerlo para tus miles de lectores? —se rio Ark.
Circe encogió los hombros con despreocupación.
—Los lectores no tienen rostros, no hay por qué avergonzarse. Haré
unos dioses de vosotros.
—¿De qué hablamos? —inquirió una confundida Birdie.
—Decidimos que Circe contará nuestra historia —le explicó Dye—.
Ella quiere renovar la memoria de los lectores sobre las traiciones, así que
nos seguirá de cerca, tanto en las ceremonias de escudos como fuera de eso.
Birdie enarcó una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Lo habéis decidido? ¿No fuiste tú la que le contó a Aalis
que la mayoría de los escudos acaban siendo pareja? —preguntó a Circe.
—Así es. Lo estoy investigando desde hace mucho. No obstante, que
hayáis hecho un voto de castidad es algo nuevo. Estáis jugando contra el
cometido de las hadas —contestó sin mirarla.
—¿Qué sabes tú sobre las hadas? ¿No se supone que están todas en la
Medulya? Ninguna fuerza sobrenatural dirige nuestras vidas —se carcajeó
Birdie—. Somos dueños de nuestras decisiones.
Varios pares de ojos la miraron y nadie se rio con ella. La ayuda,
inesperada, vino por parte de Ark.
—Todavía no tengo pruebas tangibles, pero puede que mi hada me
escuche de vez en cuando.
Birdie no dudó más de un momento en ser fiel a su reciente y firme
decisión de ignorar completamente a Ark.
—Quieres contar nuestra historia. ¡Perfecto! Es justo lo que
necesitamos para matar sentimientos indeseados.
12
“Si me tienes te apetece compartirme. Si me compartes dejarás de
tenerme.”

Ark escuchó los pasos que se detuvieron delante de su puerta. No se


levantó para abrir, sabiendo que su hermana tenía llave.
—¡Santas hadas, qué frío hace aquí! —se quejó ella nada más entrar.
Ark tenía la ventana abierta desde hacía horas. Le gustaba un espacio
aireado y, sobre todo, presenciar cómo la luz vencía la oscuridad. Cada
mañana la lucha se repetía, pero nunca era igual. A veces, al sol le costaba
despertarse, otras, libraba una batalla y forzaba a la noche a retirarse usando
todo su arsenal: llamas anaranjadas, explosiones rojas, rayos dorados. El
cielo se rompía cada día. Cómo demonios volvía a repararse una y otra vez,
no lo entendía.
—Llegas tarde —dijo, cerrando la ventana.
La taza con la infusión que tenía en la mano estaba tan fría que al
líquido le faltaba poco para solidificarse. La dejó en la mesa.
—No es como si me pagaras. ¿No crees de deberías aprender
manejarte por ti solo? Porque eres mayor, ya sabes. Si fueras chica tendrías
la edad de ser declarada sabia, lo que significa responsabilidades, familia…
Ark la detuvo.
—¿Qué llevas puesto? ¿Madre te vio salir de casa vestida así?
La sonrisa de su hermana parecía igual a la que él usaba cuando quería
conseguir algo, lo que lo inquietó.
Aria crecía a un ritmo preocupante. Parecía que hacía unos saltos de
luna desde que el niño de ocho años había ocultado sus juguetes porque su
madre trajo a casa a una hermanita que se los robara. Aria no lo había hecho
ese día, pero años después, todo lo que encontraba le pertenecía. Se
deshacía de las cosas con facilidad y no se decidía si tenía un favorito.
Ark se había ido de casa el mismo día que su padre fue declarado sapo
por La Corte. Al principio, Aria pasaba su tiempo libre con él, mandada por
su madre, su abuela, o simplemente porque le apetecía. Era molesta,
desesperante, hablaba sin parar, y lo peor era que en el último tiempo
hablaba de muchachos. Pero la necesitaba. Era un negado para organizar
cosas sencillas de su vida, como ir a la lavandería. Podría dejarse golpear
por diez troles en un rodaje, no obstante, tenía miedo de entrar solo en una
tienda. Aria lo ayudaba desde que su abuela había fallecido. Él obtenía lo
que necesitaba y ella se regodeaba con historias, más o menos verdaderas,
de las cintas que Ark rodaba.
—¿Sabes que estamos casi en la estación muerta? —insistió él.
No podía pasar por alto la falda del color de la sangre de su hermana
que, por poco, no le descubría las rodillas por delante, mientras que atrás, la
cola barría el suelo. Las medias negras llevaban hilos rotos, parecía haberlas
salvado de la basura. Los pechos y las caderas las había ocultado debajo de
una faja de cuero y la camisa era de mangas anchas, con botones brillantes
en los puños. Era un atuendo llamativo, no adecuado para su edad.
—Sí, lo sé. Se me ha congelado el culo hasta aquí.
—¡No hables así!
—¿Por qué?
—Porque eres una señorita.
Aria puso los ojos en blanco.
—Paso de etiquetas. Las señoritas no hablan de ese modo, no se visten
así…
—¡Podrás llevar lo que te has puesto cuando seas declarada sabia!
¿Has pagado por eso o lo encontraste en el Mercado de la Gratificación?
—Estás de mala leche —fue la respuesta calma de su hermana—.
¿Otra vez te quedaste sin los ingredientes para las benditas vitaminas?
Vamos a comprarlas.
—No necesito la mierda de vitaminas —Ark gruñó, a sabiendas que su
comportamiento probaba lo contrario.
Lo que necesitaba era un masaje de un día y dos muchachas sabias por
la noche. No había creído que la sobriedad sería tan mala. El trato que había
hecho con su hada madrina ya no era tan bueno. Era un asco, de hecho.
Incluso si llevara la marca de los sapos en el rostro tendría más acción,
había señoritas que tenían debilidad por lo que consideraban «almas
perdidas».
Estaba tan mal que había empezado a tener pesadillas… carnales. Esa
mañana había renunciado a horas de descanso y se había levantado cuando
todas las criaturas aún roncaban porque no había parado de dar vueltas en la
cama y soñar con ojos verdes y piel blanca con pecas doradas. En el sueño
era consciente de que no podía tocarla pero ella lo provocaba sin parar.
Aparecía vestida solo con un camisón transparente del que llevaban las
damiselas de la Era de los Cuentos, o con algo más moderno, un par de
bandas de cuero estratégicamente colocadas para enloquecerlo. Cuando
sintió la urgencia de quitárselas y usarlas para colgarse del techo, Ark
encontró una solución: empezó a vestirla. Cada vez que ella se acercaba, él
le ponía más ropa. Al final, después de una dura lucha, ella desapareció,
seguramente porque tenía calor, ya que llevaba tres camisetas, cuatro jersey,
dos capas, tres pares de medias gordas y cinco pantalones. También había
usado varias capuchas para ocultar su cara, así que no podía recordar quién
era.
Ark buscó la llave. Después de acabar con las tareas de la casa,
planeaba matar unas horas en el salón de fuerza. Usaría la cuenta de Merlín,
porque este tenía un evento y no podía asistir.
El grito de su hermana hizo que se le parara el corazón.
—¡No! —chilló como si alguien la hubiera apuñalado. Dejó caer el
morral en el suelo y Ark comprobó que no había hecho un agujero inmenso.
El bolso de Aria era más grande que el armario donde él guardaba su ropa y
pesaba tanto que le extrañaba que no le dislocara el hombro.
—¿Qué? —preguntó, sin prestar atención en realidad. No había
sangre, no había peligro.
Aria caminó hasta el sofá con la vista en la pantalla del PiC.
—¿Cómo te has metido en eso? —Le dirigió una mirada tan
apreciativa que Ark sospechó haber ganado un premio consistente.
—¿Cuánto es la recompensa? —quiso saber.
—Lee.
Aria golpeó su espejo y enseguida se escuchó el tono de aviso de la
llegada de un mensaje.
Ark apenas necesitó mirar a su alrededor en busca de su espejo. Su
vivienda consistía en una sola habitación dividida por tres paredes
incompletas, como la de un topo. El pequeño salón estaba a la vista al abrir
la puerta, mientras que su cama y el baño estaban ocultos por otras paredes.
—Levántate —le pidió a su hermana.
Ella lo ignoró y tuvo que empujarla para sacar el PiC de entre los dos
almohadones del sofá. Abrió el mensaje que Aria que le había enviado y
sintió que se mareaba. A lo mejor sí que necesitaba las vitaminas.
¿Círculo de castidad o círculo de fantasías?, era el titular.
—Maldita Circe —farfulló.
—Es fantástico. —Su hermana se rio—. En serio, piensa. Tiene miles
de admiradores, miles de personas que recibieron el aviso de la publicación,
igual que yo. Seréis famosos. Me pregunto si podría conseguir un papel en
esta historia.
—¡No! —La sola idea horrorizó a Ark. Sabía que a su hermana le
encantaba el mundo de las celebridades.
—Podría incluir detalles familiares, decir algo de mí.
Ark dejó de escucharla. Lo último que deseaba era sacar a relucir su
historial familiar. Solo con imaginarlo le entraban ganas de desaparecer de
la faz de la tierra.
Recibió otro mensaje, pero no lo leyó. Continuó con el artículo.
¿A quién no le gustan los juegos? Yo sé que soy una adicta. ¿Y cuándo
se trata de uno tan especial?
Escuchad, acercaos. Leed con atención. Decidlo a todo el mundo, pero
mantened el secreto.
¡Hadas malvadas! Circe era una buena cronista.
Me encantan los desafíos, y el que presentaré a continuación, es único.
Hablamos de tres mozos y tres muchachas. Tres princesas y tres
príncipes azules, escudos de una nueva familia.
Ark pasó por encima de sus fotografías y las presentaciones que
contaban más de lo que quería que se supiera.
No es un juego, es una apuesta. Una apuesta por la amistad sincera,
por los valores que hemos heredado de nuestros antepasados. Pero también
es un cúmulo de pasión, un par de egos, la cuestión de la suerte y de la
falta de ella.
Estas seis personas han jurado ser escudos castos. Nada de toques, no
intercambiarán miraditas ni otros gestos ocultos en privado. Lo único que
no han puesto en juego son sus corazones, pero ¿no es el corazón el más
frágil órgano? ¿No se rompe con facilidad?
Nosotros vamos a ser testigos de cómo van a lograrlo o fallar con
gloria. Al final, vamos a aplaudirlos, aunque mantengan su cabello o no.
¿Abrimos las apuestas?
—¡No se ha atrevido! —gritó Ark.
Pero Circe lo había hecho. La historia finalizaba con diferentes
posibilidades e incitaba a los lectores a votar por su pareja favorita y a la
persona que menos posibilidades tenía de mantenerse dentro del círculo.
Ante sus ojos, un contador marcaba el número de votos. Él estaba
perdiendo.
—¿Por qué? —se quejó—. ¿Por qué nadie confía en mí?
—¿Has leído tu presentación? —preguntó Aria—. El más apuesto…
—Es verdad —estuvo de acuerdo Ark con una expresión inocente.
—«Vive por el peligro, se juega la vida doblando escenas que los
intérpretes principales se niegan a rodar. Declara no haberse enamorado
jamás, pero ama la vida.» —Aria leyó en voz alta—. «Su cuerpo es su
templo. La ambición es su diosa.»
—Bla, bla. —Ark tiró el PiC a su lado—. ¿Crees que esa mier… cosa
me ayudará con el trabajo?
Entonces se percató de que le estaba pidiendo opinión a su hermana de
trece años.
—Ya verás tú que sí —lo aseguró ella—. ¡Oh! —exclamó y se llevó la
mano a la boca—. La mayoría te emparejan con Aalis.
—¿Qué? Eso es insultante.
Aria asintió varias veces.
—Claro que lo es. Te rompería en pedazos pequeños, te masticaría y
después te escupiría.
Ark hizo una mueca por lo detallada que era la descripción. Y
verdadera.
—¿A quién crees que debería votar? La morena oriental es
precisamente tu tipo, pero dice que está emparejada —comentó su hermana.
—¡No vas a votar en mi contra! Lo que pone allí es correcto. Hemos
creado un círculo de amistad, no habrá rollos entre nosotros.
—Mentirte a ti mismo no es una conducta sana. Umm… —Aria
estudió con detenimiento el espejo—. Qué difícil es. Hemos descartado a
Aalis, Dye sin duda te atrae y Birdie parece muy sensata. Pero se dice que
los contrarios se atraen.
—¿De dónde sabes tú que los contrarios se atraen? ¡Tienes malditos
trece años!
—Catorce en menos de seis saltos de luna.
—Hablaré con madre para que te encierre una temporada con las
novicias de la Abadía del Viento. Estás sin control.
—Nadie se pregunta a quién me parezco —comentó Aria con malicia
—. ¿Una pista minúscula? —pidió haciendo morritos—. ¿Con quién te ves
en la cama? Digo, mi apuesto hermano, ¿a quién te gustaría cortejar?
«Birdie.»
Ark sacudió la cabeza y miró alrededor. ¿Quién había susurrado?
—Déjate —espetó, levantándose—. Vamos a acabar con… ¿Qué era lo
que teníamos que hacer hoy?
Aria le contestó sin alzar la mirada.
—Lavandería, herbolario, el mercado de verduras, y madre dijo que
pasemos por el Altar Verde para asistir al cónclave de las hadas y equilibrar
tu astenia.
—No tengo astenia.
—Si madre dice que sí, hay que cumplir.
Ark lo sabía. Dejó de oponerse, era igual a intentar avanzar en contra
del viento.
—De acuerdo. —Volvió a coger sus llaves y el PiC pero algo en la
imagen de Aria despertó un recuerdo—. Espera. ¿Qué hacías en el jardín de
la taberna la noche de la boda de Cira? —inquirió.
—¿De qué hablas? Yo no estuve allí —negó su hermana. Cogió su
morral y le dio la espalda.
—Sí, estabas. Te he visto y tú lo sabes. Desapareciste antes de que te
alcanzara.
—No tengo idea de qué hablas. —Ella abrió la puerta y bajó las
escaleras corriendo.
Ark no se apresuró a alcanzarla. De un modo u otro le sacaría lo que
necesitaba saber.
Podría haber llevado a Aria a la boda. No lo había hecho porque no era
un acontecimiento donde le hubiese gustado hacer de niñera, incluso si
sabía que Aria estaba enloquecida por ese tipo de eventos, o precisamente
por eso. Se había criado con él y sus compañías, y había estado bien cuando
era una niña. Pero ahora era demasiado guapa, de una inteligencia afilada
como una navaja y con una disposición insana para el peligro. Lo mejor que
podía hacer por ella era mantenerla alejada de él.
Empezaría justo después de acabar con las tareas del día.
13
“Calzado con unas botas, un gato muy avispado, dijo unas cuantas
mentiras para ayudar a su amo.”

Birdie abandonó el PiC y se quedó con la mirada al vacío.


En un momento de honestidad consigo misma, admitió que tal vez había
cometido un error al esperar que su príncipe azul fuera perfecto. Reconoció
que había parejas que eran felices y que incluso aquellas que no duraban
para siempre vivían momentos mágicos. Se había cerrado al dolor de buscar
desde que su padre, su primer príncipe azul, la había abandonado, y ya no
esperaba nada bueno de nadie.
Pero el pasado no tenía por qué definir el futuro. Si ella no se abría a lo
que estaba por, su hada madrina no se lo mandaría a la puerta. En honor a la
verdad, aunque así fuera, si hubiera llegado el día anterior le hubiera
cerrado la puerta en la nariz.
—¿No has acabado por hoy? —Deidre la sorprendió al aparecer
delante de su escritorio.
—Sí. Enseguida salgo.
—De acuerdo. Hasta mañana, cariño.
Birdie luchó por relajar los músculos de su rostro para evitar que se
tensaran al escuchar el apodo.
«Cariño» era el apelativo que usaba su madrastra, y lo asociaba con
castigos. «Cariño, te has pasado con el almuerzo, sería mejor que no
cenes.» «Cariño, el texto que estabas leyendo no era apropiado para tu edad,
lo he donado al Mercado de Gratificación.» «Cariño, ese gato dejaba pelo
por todos lados, he encontrado un sitio mejor para él.»
«¿En el jardín, bajo la tierra?», se había preguntado por aquel entonces
Birdie.
Tenía un tomo entero guardado en su mente que empezaba cada frase
con «cariño» y finalizaba con el anuncio de una de las resoluciones de su
madrastra. Su preferida era: «Cariño, a los hombres hay que venderles una
ilusión. Jamás muestres tu verdadera cara.»
—No tengo otra —Birdie respondió en voz alta, regresando al presente
y asegurando su capucha.
Lo intentaría, pero se negaba a ponerse una máscara.
Dudó un momento antes de coger el PiC y su voz tembló levemente al
hablar.
—Señora, el festejo que organizas esta noche. Asistiré.
Respondió con monosílabos hasta que acabó la conversación, después
apagó las luces, antes de salir hacia el negocio de la duende que la peinaría.
Esperó en la estación de transporte para distancias largas y se alegró al
ver que el vagón en el cual se subió estaba medio vacío. Tomó asiento cerca
de una de las puertas y examinó a las personas de su alrededor, la mayoría,
trabajadores cansados con miradas perdidas en sueños de una vida mejor.
Le deprimía imaginar que llegaría el día en que su alma quedaría atrapada
en ese mundo de engaño, el de la imaginación, porque la realidad era
demasiado dura de aceptar.
No discutió cuando las chicas duendes decidieron hacer lo que quisiera
con su cabello y su cara. Del resultado final se percató solo en la casa de su
madrastra, después de ponerse el vestido que tenía preparado para ella.
¡Por todas las hadas!, era una copia exacta de Malle. Los dos moños de
trenzas a cada lado de la cabeza tenían pinta de no deshacerse ni en medio
de un huracán. Tenía los párpados pintados con líneas negras y sombreados,
el color ceniza desvaneciéndose en sus sienes. El polvo brillante resaltaba
sus pómulos, alargando su rostro, y sus pendientes de cristal capturaban la
luz desde las puntas de sus. Se comió un poco de la pomada coloreada de
los labios, después hizo una mueca delante del espejo. Se parecía a un gato
de pelaje rojizo con rostro de muchacha.
El vestido tenía mangas caídas que acababan encima de los codos en
volantes anchos. Bajo la clavícula, el corte era recto y finalizaba en ondas
cerca de sus pantorrillas. A primera vista, aparentaba ser de color crema
pero la tela ocultaba destellos naranja que llegaban a verse dorados cuando
se reflejaban en su rostro.
Birdie estuvo a punto de jurar que veía en el espejo el aura que la
envolvía. Malle lo había conseguido: la había transformado en otra persona.
Estaba dispuesta a aceptarlo, solo para poner a prueba el refrán que decía
que el lobo cambia de pelo pero no de mañas.
Subió hasta el altillo donde guardaba una caja con antiguas cosas suyas
y después de rebuscar unos momentos, encontró unas botas del color de las
bergamotas y se deshizo de los zapatos de tacón. Malle no le había
proporcionado una capucha a juego con el vestido y tenía que llevar la que
había traído con ella, de un marrón oscuro, con bordes dorados.
A través de la pequeña ventana observó que delante de la casa había
una fila impresionante de coches, carretas, y que más gente llegaba.
Bajó saltando por los nervios, pero en el último momento recordó que
había olvidado su saquito de mano donde guardaba, entre otras cosas, su
PiC. No obstante, no tuvo oportunidad de regresar a por él, porque la
alcanzó el rayo mágico que era el ojo bueno de su madrastra. Lamentó no
tener el espejo para inmortalizar la cara de espanto que puso al ver su
calzado.
Birdie unió con firmeza los labios para que la sonrisa no delatara sus
sentimientos.
No recordaba bajo qué motivo estaba organizada la fiesta. Quizá solo
porque faltaban unos días hasta el fin del ciclo lunar o porque su madrastra
había adquirido otro florero antiguo que quería exhibir. Por el modo
decidido en el cual se acercó a ella, acompañada por dos hombres, Birdie
sospechó que, por desgracia, ella sería el florero.
—Cariño. —Malle le sonrió, la regañó y la castigó con la sola palabra.
El parche que le cubría el ojo dañado estaba bordado con cristales
transparentes, las mismas que lucían cosidas en su vestido y en el velo que
aleteaba detrás de ella—. Esos dos caballeros se morían por conocerte.
Uno de ellos, sin duda, estaba en las puertas de La Isla de los Siempre
Recordados. Viejo y de rostro decrépito, no había podido seguir los pasos
enérgicos de su madrastra y aún le faltaban unos metros por llegar. Con
diplomacia, Malle esperó hasta que estuvieron todos.
—Malcon y Nalcor son padre e hijo. ¿Te lo puedes creer? —exclamó,
con la mirada en las botas de Birdie.
—Extraordinario. No me hubiera dado cuenta. —Ella comentó con
educación y sonrió con la falsa timidez que había tenido que aprender a una
tierna edad.
El más joven, Nalcor, que debía haber nacido en la misma época que el
padre de Birdie, se acercó primero y cogió sus dedos con una mano fría y
sudorosa. Birdie tuvo que contener su respiración para no estremecerse
cuando sus labios dejaron un rastro baboso en su piel. Sospechó que estaba
usando magia para ocultar que era un caracol.
—¡Qué placer conocerla! —declaró con una voz aguda—. He oído
cosas asombrosas sobre usted.
—Gracias. Debe haber visitado recientemente el País de las
Maravillas.
El hombre no entendió la pulla, tampoco su padre, que no perdió su
turno.
—Joven, ¿podría deshacerse de la capucha? Mis ojos ya no me ayudan
tanto. Aunque lo que veo me dice que eres digna candidata de ser mi esposa
número siete —anunció, su voz, mucho más potente que la de su hijo.
Malle soltó una risita. Birdie se preparó para responder, pero unos
dedos como garras dejaron moretones en su hombro.
—La noche es joven. Tendréis tiempo de conoceros mejor —Malle se
excusó en el nombre de ambas—. Nos vemos más tarde, caballeros.
Agarró a Birdie por el codo y la forzó a seguirla hasta el rincón oculto
detrás de la escalera. Tenían delante un jarrón más alto que ella, y Birdie
consideró la posibilidad de meterse dentro. No obstante, su madrastra la
conocía y averiguó sus intenciones. La forzó a girarse de espalda al jarrón y
espetó:
—¿Cuándo vas a dejar de avergonzarme?
—¿Qué he hecho esta vez?
—¡Te has puesto estas botas horribles y no quieres renunciar a esta
espantosa capucha!
—Es invierno. Tú me dejaste unos zapatos abiertos y sabes que tengo
los pies fríos.
—¡Lo hiciste para joderme!
Birdie se tapó la boca, como hacía cuando era niña y alguien soltaba
un taco. No era propio de Malle hacerlo, tampoco mostrar furia abierta. La
ira de su madrastra era del tipo frío, la única señal, el leve fruncir de los
labios. Cuanto más tranquila aparentaba ser Malle más miedo tenía Birdie.
Bajo el silencio se ocultaban castigos desconocidos.
—Encima que pienso en ti, invito a tus amigos para que no te sientas
sola entre los míos…
—¿A quién? —Birdie preguntó sorprendida.
Malle parpadeó dos veces, recuperando las ideas después de haber sido
interrumpida.
Con el tiempo, Birdie había aprendido a no mirar el parche que le
cubría el ojo herido. Incluso así, muchas veces su imaginación superponía
imágenes de un cíclope malhumorado que venía a por ella.
—Esas personas con las que has formado ese grupo raro, el círculo de
los escudos castos. Me imaginé que te gustaría tenerlos aquí. Incluso Aalis
ha llegado.
«¡No! ¡No, no, no!»
Birdie gritó en silencio. Su idea había sido alejarse del grupo, pasar
unas horas en otro ambiente, con otro tipo de personas, conocer a alguien
más. Si ellos estaban aquí…
—¿Quién? —preguntó.
—Todos. Aalis me pidió que no te lo dijera, quería darte una sorpresa.
Le costó convencer a Gawain, sabes que a su prometida no le gusta salir. ¿Y
Merlín? Es un honor que asiste…
—¡Maravilloso! —Birdie graznó como un cuervo. Se aclaró la
garganta. Gracias —susurró y se giró con la intención de irse.
—Birdie…
La advertencia en la voz de su madrastra la detuvo. Esperó lo peor.
—Esta noche es muy importante para mí. Hace… —Malle sonrió, su
ojo brilló como si hubiese adquirido de repente un poder sobrenatural—.
Me veo con alguien desde hace un tiempo y vamos a anunciar nuestro
compromiso.
Birdie no se percató de que se había quedado con la boca abierta. Su
primer pensamiento fue que si Malle se comprometía iba a dejarle a ella
más espacio. Pero enseguida el horror le dejó regusto de bilis en la boca.
—¡Padre no está muerto! —espetó, con los ojos nadando en lágrimas.
Tragó saliva, odiándose por mostrar una vez más debilidad ante su
madrastra.
—Lo está para mí, y para ti debería estarlo también. Nos abandonó…
—No… —Birdie la corrigió con el índice levantado—. Está en la
guerra, luchando contra el Mal.
Malle se carcajeó.
—Eligió renunciar al hogar para formar parte de la Última Escuadra.
Nadie regresa de allí. Está muerto.
Birdie negó con vehemencia. Era cierto que su padre se había unido al
único ejército de humanos que tenían permitido entrar en la Medulya. Era
algo digno de admiración, algo que haría un príncipe verdadero. Lo malo
era que no podían comunicarse, tampoco sabían si seguía con vida. Los
soldados de la Última Escuadra regresaban a La Tierra de los Cuentos
cuando acababa la guerra.
«Nunca.»
Era demasiado pequeña cuando su padre le había contado su decisión.
Le había pintado su idea como un cuento fantástico, lleno de aventuras.
Pero a medida que el tiempo pasaba, Birdie entendió que no volvería a
verlo. Había elegido luchar en una batalla interminable, perdiendo la se
daba en su casa cada día y cediéndole la victoria a Malle.
—¡Deberías madurar de una vez por todas! —espetó su madrastra, en
voz baja pero furiosa—. Hace años que he pedido a La Corte la disolución
del matrimonio. Estamos solas, tú y yo…
—No. —Birdie inhaló y exhaló, procurando serenarse—. Estamos
solas, pero por separado. No hay ningún tú y yo, siempre has sido solo tú, y
yo un adorno que recordabas cuando te salía provechoso. Si volver a casarte
es lo que deseas, te deseo lo mejor, pero no esperes que forme parte de tu
nueva familia. Qué viváis siglos de magia.
Lo decía de corazón. Incluso con lo que había tenido que soportar por
culpa de su madrastra, Birdie no le deseaba el mal.
—Me gustaría que lo conocieras —añadió Malle. Su voz no le dejaba
elección, era una orden.
—Vale.
—Ve a cambiarte esas horribles botas. Después me encuentras en el
salón violeta.
Birdie asintió. Volvió a subir para ponerse los delicados zapatos. Cogió
también su saquito, lo ató a su muñeca y comprobó el PiC. Una decena de
mensajes y varias llamadas ocultaban el espejo entero. Respondió solo a la
de Dye.
Bajo enseguida.
En la terraza de cristal, vino la respuesta rápida.
Se apresuró para llegar primero al salón violeta, un espacio dedicado a
los hombres. Divanes, cómodos sillones, juegos de cartas y de mesa, y un
par de estanterías llenas que podrían competir con una tienda de licores,
atendidas por un empleado de la casa, hacían que el lugar fuera el favorito
de todos. Birdie recordaba que su padre solía permitirle entrar cuando era
pequeña y se escapaba de su cuarto en busca de él. Sabía que lo encontraría
con una copa de licor en la mano, frente a las ventanas abiertas,
contemplando el cielo. Él le preparaba leche caliente con miel y la
acomodaba en un sillón. Era tan grande que Birdie se sentía como una
princesa mimada.
No obstante, esa noche el cuarto no era silencioso. Las ventanas
estaban abiertas para que la estancia se aireara y disipara el humo de los
cisnes relajantes. Una multitud de hombres se agrupaba alrededor de
alguien que hablaba demasiado alto. En medio de la gente, Birdie distinguió
el reflejo rojizo del cabello de su madrastra.
—Disculpa —pidió, abriéndose paso a codazos para llegar hasta ella.
—¡Cariño! —La alegría hizo que el rostro de Malle resplandeciera con
la magia de las estrellas. Se inclinó y llamó la atención de alguien—:
Mesortid, ella es mi hijastra.
Birdie necesitó unos momentos para entender que la persona con la
cual hablaba Malle le llegaba a las rodillas. Cuando alzó la cara hacía ella,
se retiró unos pasos, hasta que el cuerpo de alguien la detuvo. Una nariz
larga y torcida la apuntó como una flecha rota. La mitad de la tez
estropeada por capilares rotos, violeta, estaba cubierta por una combinación
de barba y bigote, y los bordes de este le cruzaban los pómulos. Tenía los
ojos alargados, con el iris pequeño, solo un puntito negro en el medio de un
mar amarillo.
—Señorita Birdie —tronó con una voz gruesa—. Soy Mesortid
Danderville, el prometido de su madrastra.
«¡Y un duende!», chilló Birdie en forma de pensamientos.
No era una maldición sino la verdad. Mesortid era un duende. Llevaba
con elegancia el traje caro, aunque este no ocultaba la barriga prominente y
las piernas torcidas. La insignia que llevaba en el pecho lo anunciaba como
un miembro importante del Banco Genio. Mesortid Danderville, el
prometido de su madrastra, formaba parte del grupo que dirigía el mundo.
Avaros y egoístas, los duendes se habían hecho con todo el oro y
comprender que tenían ventaja no les había costado nada. Cuando el rey
Arthursin de los Primeros empeñó el castillo de sus antepasados para ganar
territorios en el Continente de Hielo, permitió que los duendes controlaran
el sistema monetario. Y así ha sido desde entonces. Nadie ni nada podría
detenerlos. Eran justos pero implacables, no perdonaban y no ofrecían
segundas oportunidades. Los desafortunados que se endeudaban sin
esperanza de poder pagar, terminaban trabajando para ellos de por vida.
Empeñarse al Banco Genio era el equivalente real de vender el alma al
diablo mitológico. Y aunque Birdie creía que tenía uno delante de sus ojos,
se recuperó y compuso una sonrisa.
Se inclinó de cintura para acercar su nariz a la cabeza de Mesortid.
—Estoy deslumbrada por vuestra omnipotencia y alegre de poder crear
un círculo familiar —mintió con una voz suave.
«Huiré y huiré hasta que tu fea cara jamás vuelva a ver», canturreó en
forma de pensamientos.
Mesortid alzó el mentón puntiagudo.
—Es una falta de respeto que me ocultes tu rostro.
Birdie notó el silencio del cuarto como una cuchilla cortando en su
piel. Buscó desesperadamente ayuda en su madrastra, pero no la encontró.
—Cariño, quítate la capucha. Demuestra que no tienes nada que
ocultar. —Malle acompañó su comentario con una risita.
Birdie apretó los dedos hasta que las uñas le dejaron marcas en la piel.
¿Nada que ocultar?, quería gritar delante de todos los presentes, la mayoría
desconocidos.
«No oculto mi cara, escondo los miedos, las pesadillas, los secretos.
Tus secretos.»
Con un movimiento brusco, tiró de la capucha y se giró, sonriendo
hacia todos. Se detuvo delante del prometido de su madrastra y se despidió
con una breve reverencia.
Mesortid frunció las cejas ya unidas, y Birdie sospechó que esperaba
más halagos. Pero ni la mirada prometedora de castigos de su madrastra la
convenció que volviera a abrir los labios para elogiar a la criatura que sería
su padrastro.
—Os deseo toda la magia del universo —dijo.
Más sincera no podría haber sido. Estaba demasiado chocada para
entender cómo o por qué se había comprometido Malle con un duende.
Puede que bajo la fealdad de la criatura se ocultaba un corazón grande o
puede que estuviera bajo una maldición, a la espera de que Malle lo besara
para volver a convertirse en un príncipe. No estaba dispuesta a indagar más.
Mientras la decisión no la afectaba, todo lo contrario, puede que su
madrastra la soltara ya que tenía un nuevo juguete, no quería conocer los
detalles del extraño compromiso.
—Si me permiten retirarme, debo encontrarme con alguien. Les
acompañaré con alegría a la hora de la cena.
Mesortid le lanzó una mirada corta. Los pelos de su bigote se erizaron
como el plumaje de un gorrión encontrado en peligro. Malle se le acercó y
dejó la mano en su hombro, con una suavidad que con Birdie jamás había
usado. Solo entonces el duende hizo un gesto de cabeza casi inadvertido y
le dio la espalda.
Birdie suspiró inaudible. Salió con la mirada en alto para no ser
detenida. En cuanto escapó del cuarto, volvió a levantar la capucha.
La terraza de cristal, había dicho Dye, y hacia allí se dirigió.
Tardó en llegar. La detuvieron varias personas, se entretuvo con unos
conocidos y aguantó otras presentaciones. Cuando finalmente abrió la
puerta de espejo que conducía a la terraza, el aire frío casi le despellejó el
rostro.
—¡No os lo vais a creer! —vociferó antes de tener una visión completa
de la situación.
Cinco rostros se giraron hacia ella, más oscuros que la misma noche.
—No, no lo hacemos —gruñó Ark.
Birdie dio un paso adelante. No se percató de que no había cerrado la
puerta y no se salvó de que la golpeara en el trasero.
—Todavía firme —se escuchó la voz del PiC integrado en la puerta.
Su madrastra tenía la casa repleta de dispositivos. Casi todos los
espejos eran PiC y prácticamente todas las paredes eran espejos.
Birdie recuperó el equilibrio y la dignidad, y preguntó:
—¿Qué pasa?
—¡Es una bruja! Os lo he dicho. —Ark escupió las palabras.
El frío que había notado Birdie al salir se coló en su interior. Él estaba
enfrente de los demás, con los brazos cruzados y una expresión
amenazadora.
—No es culpable —dijo Aalis, apareciendo desde atrás y empujándolo
para abrirse paso.
—¿De qué, precisamente, no soy culpable?
Dye avanzó hasta su lado. En voz baja, le explicó:
—Ark nos contó lo que pasó en la torre el día de la boda de Cira.
—¿Y? —Birdie cruzó los brazos también. Ella no era responsable de
las faltas de Ark.
—Él… —Dye tragó saliva y no continuó.
Ark lanzó un papel hacia ella, pero el viento se lo llevó y acabó en el
suelo.
—He recibido la citación. Van a juzgarme por incumplir las normas de
comportamiento. Van a marcarme como sapo.
14
“¿Sabes lo que le dijo un árbol a otro árbol?”

Birdie notó que la sangre abandonaba sus mejillas y el frío se apoderaba de


su interior. Permaneció con la boca abierta, pero vacía de palabras. Tenía a
Dye a su lado y Aalis la resguardaba del furioso Ark, ocultándola con su
propio cuerpo. Con el cabello alborotado, la levita del traje sin abotonar y
las manos en los costados, él dominaba el espacio.
—Al final, lo hiciste —espetó—. Me denunciaste.
Aalis se adelantó y por cómo se encogió Ark, Birdie dedujo que su
amiga le había dado un buen codazo.
—Nos explicará cómo pasó y tú vas a callarte hasta entonces.
Gawain se alejó para recoger el papel del suelo. Después regresó al
lado de los chicos.
Ellas tres hacían frente común ante ellos, mientras las examinaban con
los ceños fruncidos y los músculos tensos. Birdie no temía una agresión
física, aunque fuera evidente que era una situación «chicos contra chicas».
Ya había vivido situaciones similares, pero entonces llevaba el pelo
trenzado en coletas. Ojalá recordase el truco de la piedra y se hubiese
dejado puestas las botas, porque no podía huir más lejos de la puerta con los
zapatos de tacón.
—No lo hice —afirmó, alzando el mentón.
—Entonces, ¿quién fue? —preguntó Aalis.
—No tengo idea. ¿Quizá la señorita con la cual estaba? —Birdie
encontró una explicación satisfactoria—. Él sabe lo que le prometió, a lo
mejor no cumplió y…
—Ni hablar.
—¿Cómo recibiste la denuncia?
La respuesta se la ofreció Aalis. Se posicionó de tal modo que las tres
formaban un círculo y le explicó en voz baja.
—Primero lo llamaron del trabajo. La Corte envió un comunicado
avisando que estaba bajo demanda. Sabes que informan para que los
comercios decidan si quieren que un potencial sapo siga trabajando para
ellos. Cuando regresó a casa, lo esperaba un agente.
Birdie negó con vehemencia.
—No he sido yo.
—Te creemos. —Dye le tocó el antebrazo en señal de apoyo.
—¿Podemos seguir discutiendo dentro? Se me ha helado el trasero —
dijo Aalis.
Empujó suavemente a Birdie y abrió la puerta, sin esperar para ver si
el resto las seguían.
—El salón azul. —Birdie le indicó el sitio más apartado de la estancia
principal, donde la bulliciosa fiesta hacía imposible mantener una
conversación.
De camino, procuró encontrar una explicación, pero llegaba a la
misma. La muchacha con la cual había estado Ark debía haberlo hecho. La
Corte no lo culparía sin pruebas o una denuncia firme.
—¿Cuándo es el juicio? —preguntó después de que todos se
acomodaron en la habitación.
Era demasiado pequeña para que se sintieran cómodos. Solía ser su
cuarto de estudio, contaba con un par de estanterías, una silla y un
escritorio, todo de madera lacada. Malle lo había redecorado después de que
ella se había mudado, pero con tan poco espacio no había logrado gran
cambio. Ahora tenía un diván largo donde antes estaba el escritorio, una
planta que nunca florecía y varias repisas de cristal coloreado. Lo mejor era
la ventana que daba hacía el principio de la plantación de manzanos. Allí,
en el panorama de los árboles, Birdie encontró consuelo.
—Dentro de dos puestas de sol. —Ark se frotó la cabeza con
nerviosismo.
Tenía ojeras y una sombra de barba le cubría el maxilar. Aunque había
cumplido con las reglas sociales y llevaba un traje de seda con una túnica
violeta, no aparentaba pasar su mejor momento.
Birdie sintió un atisbo de lástima por él. Aunque le había amenazado,
nunca imaginó que llegaría a este punto. Si la llamaban como testigo,
estaría forzada a contar la verdad. Ark era el autor de un delito, no sería
absuelto. Su vida estaba acabada.
—No he sido yo —insistió—. No sé qué puedo hacer para
convencerte, para aseguraros. Es la verdad. No tengo interés en tus
prácticas íntimas, y en ningún momento quise arruinarte la vida. —Cruzó
los dedos a la espalda, considerando que media verdad era aceptable. No
podía ser que le hubiera hecho mal con el poder de sus pensamientos.
—¿Por qué debería creerte? Eres una chiflada que oculta su rostro y
sus intenciones. —Ark la fulminó con una mirada de azul oscuro, carente
de brillo amistoso.
Birdie no delató cuánto le herían sus insultos. Durante unos segundos
logró dominar su genio, pero al final, fue más fuerte que ella.
—Jamás te oculté mis intenciones. En el juicio se sabrá la verdad. Y
cuando verás que no he sido yo, ¡espero que te tragues tus burlas con una
copa de veneno!
—Calma, aquí. —Merlín se posicionó en el centro de la alfombra—.
Birdie tiene razón, lo sabrás en el juicio.
—También saldré envenenado, con una marca imborrable en mi rostro
y con la reputación destrozada. Mi familia…
Ark le dio la espalda con los hombros encorvados.
—¿Por culpa de quién? ¿Esa moza te amenazó para que te bajaras el
pantalón?
—No. —Él se giró—. No lo hago con cualquiera. Contigo no lo haría
ni si tuvieras el poder de mandarme a la Isla de los Siempre Recordados.
—No tienes tanta suerte. Llegarás a las Tierras del Eterno Castigo,
carátula.
—¡Alto en el fuego! —Merlín gritó y levantó las manos.
Las luces de las capuchinas formaron un halo que rodeó su cuerpo.
Aunque le faltaba la varita específica a un mago, Birdie temió que iba a
lanzarles un hechizo.
Parpadeó con rapidez hasta que desapareció la ilusión de que sus ojos
eran rojos y que una capa oscura se agitaba a su espalda.
—No he empezado yo —se excusó ella.
Ark le respondió con otra mirada temible, copia de la anterior.
—Nos olvidaremos de esto por hoy. Tu madrastra ha tenido el detalle
de invitarnos a su casa y no vamos a insultarla provocando un escándalo —
dijo Merlín—. Vamos a resolverlo de un modo u otro. ¿Estás seguro de que
van a marcarte? —preguntó a Ark.
—Sí —contestó él a la vez con Birdie.
—Debemos adelantar la ceremonia de los escudos. Cira y Kane…
—Da igual. Me retiraré. Encontrarán a alguien para reemplazarme.
Birdie sintió un alivio momentáneo y se odió por su egoísmo. Como
potencial sapo, Ark no podía ser un escudo. Intentaba entender sus
sentimientos, lo avergonzado que debería sentirse, la desesperación de ser
marcado como infame.
—¿Podrás ayudarlo? —intervino Gawain.
Birdie no entendió su pregunta. Era consciente de que les acompañaba,
pero como en la mayoría de las veces medía sus palabras como si fueran
prohibidas, no insistía en atraerlo en conversaciones.
—¿Ayudar cómo? —preguntó con el ceño fruncido.
Gawain alzó la cabeza, señalando a Ark.
—Has estado allí. Podrías… —se detuvo y se mordió la uña del
pulgar.
Como no aparentaba querer acabar la idea, Aalis lo hizo por él.
—¿Mentir?
Birdie tuvo un momento de mareo. Se apoyó en la pared con una mano
y agachó la cabeza para que la sangre volviera a circular.
—¡Y una mierda brillante de hada! No va a mentir por mí.
Cuando la levantó, para su sorpresa, Ark ya no la miraba con odio.
—Tengo mi orgullo —explicó él, tensando la mandíbula—. Aunque
sea orgullo de sapo. No permitiré que mientas por mí.
—Mala hora para madurar —farfulló Gawain.
Aalis parecía tan triste que Birdie consideró qué podría hacer para
consolarla. Sus valores morales estaban en equilibrio, ni arriba ni abajo.
Había aprendido a mentir desde pequeña para evitar los castigos de su
madrastra, pero también se consideraba una persona honesta. No robaba,
tampoco había cometido algo que se considerara un pecado grave. No se
creía capaz de mentir delante de La Corte, sin un tratamiento previo que le
calmara los nervios.
—Lo intentaré —se escuchó tartamudeando.
Por lo menos era una persona de decisiones rápidas, pensó,
preguntándose de dónde había salido esa afirmación.
—Deberíais ensayar una historia creíble. —Merlín se puso en
movimiento, aunque en un espacio tan pequeño solo podía avanzar dos
pasos y retroceder—. Podemos pensarlo esta noche y reunirnos mañana
para discutir los detalles.
Todos, menos Birdie, estuvieron de acuerdo. Ella planeaba usar la
noche para encontrar la razón por la cual, de repente, quería ayudar a Ark.
—Necesito tomar algo —dijo este.
Era el más cerca de la puerta. Salió, seguido por los otros. Cuando
Birdie abandonó también la habitación se encontró con un muro de cuerpos.
—Birdie, cariño —escuchó la voz de su madrastra. Salió desde atrás
con dificultad y la vio acompañada por Deidre—. Me temo que ha sido un
malentendido. Estoy encantada de haber conocido a tus amigos, pero no
sabía que el señor Oftherestlessheart tiene ese tipo de… problemas. Siento
pedirle que abandone mi casa, pero daría una mala imagen al ofrecer
amistad a un potencial sapo.
Entonces Birdie lo entendió. Leyó de modo correcto el intercambio de
miradas entre su madrastra y su archiseñora, y recordó haberle prestado a
Deidre su PiC para que copiara las grabaciones de la boda de Cira.
—Tú lo denunciaste, ¿verdad? —preguntó.
15
“¡Qué suerte tiene esta señorita! Que tiene una varita, y cuando la
agita, te convierte en princesita.”

Birdie se sobresaltó cuando una rama, movida por el viento, le azotó el


brazo.
Llevaba una eternidad en el medio de la plantación. Normalmente rodeaba
el muro exterior para recorrer el camino entre la casa principal y su morada,
sobre todo en la estación del génesis cuando el barro hacía imposible
atravesar el campo de árboles. Pero esta vez se había adentrado en la
oscuridad, buscando consuelo en los manzanos que conocían todas sus
desgracias.
Incluso después de que el golpe de la rama la despertara de su estupor,
continuó sin moverse. Una parte de su cerebro le decía que debería volver a
su casa, asearse y meterse a dormir. Al día siguiente le había prometido a
Deidre que iría a trabajar unas horas para finalizar la propuesta de un
banquete, pero eso había sido antes de que su archiseñora denunciara a Ark.
¿Cómo enfrentarse a ella después de lo que le había dicho?
Tenía que aceptar la verdad: estaba despedida, y había perdido su
libertad unas horas antes de obtenerla. ¿Quién más, aparte de ella, sería tan
estúpido?
—Eres igual a mi madrastra, por eso sois inseparables. ¡No tenías
derecho de aprovecharte de las imágenes de mi PiC! —le había gritado a
Deidre, hecha una furia.
Malle le había cogido el antebrazo con fuerza, pero en vez de
calmarse, Birdie había descargado su ira en ella.
—¡No me toques! No puedo seguir fingiendo, viviendo en la falsedad
que te rodea. Papá eligió huir antes que a ti.
Su madrastra había palidecido, preocupada por la multitud que se
había juntado alrededor de ellos. Era de tontos montar un escándalo en
público por alguien que casi no conocía y que, lo más seguro, no era
merecedor de la lealtad que le demostraba. Pero Birdie estaba demasiado
furiosa para importarle. Deidre se había servido de su PiC y en vez de
exigirle explicaciones sobre el contenido, lo había hablado con su
madrastra, sin siquiera tenerla en cuenta. Era verdad que Ark no era su
amigo, pero podría haberlo sido. La decisión sobre lo que había visto le
pertenecía.
En ese momento, la furia la había abandonado y el episodio la había
dejada vacía de sentimientos. Alguien con una filosofía de vida más
optimista diría que todo pasaba por una razón. La única razón que Birdie
veía era que las hadas no habían permitido que llegara a ser declarada sabia
y no entendía por qué no la consideraban merecedora de la libertad que
conllevaba ese estatus.
—Niña, ¿estás bien?
Birdie escuchó a Marwelene, pero no encontró fuerza para responder.
Preocupada, se dio cuenta de que tenía ganas de llorar. Qué patético. No
tenía razón para sentirse tan… pequeña, tan culpable. No había hecho nada
malo. Seguro que Malle arreglaría con Deidre un pago fabuloso para la
futura velada que organizaría y sería perdonada. Regresaría al trabajo como
si nada hubiese pasado y acabaría su contrato de vasalla.
El problema era de Ark, no suyo. Ya que su madrastra y su archiseñora
habían visto la prueba de su culpabilidad, no se podía hablar de mentir por
él.
—¿Birdie? —Marwelene se le acercó. Su varita, resplandeciente en la
noche y su ropa de dormir, un conjunto formado por un vestido largo y una
bata blanca, la hacían parecer un fantasma del tamaño de un crío—. Estaba
preocupada por ti —dijo al estar a su lado. Hablaba en voz normal, llevaba
el pequeño artefacto que la ayudaba a oír—. Te han buscado, dicen que
deben ponerse en contacto contigo de inmediato.
—¿Quién? —preguntó Birdie, con la mente aún viajando lejos del
momento presente.
—Uniformados.
—¿De qué color?
—Verde.
Birdie caminó torpemente hasta la entrada y se dejó caer en un
escalón. Las capas de ropa se alzaron alrededor de ella, aprisionándola en el
interior, como una flor cuando se cierra.
El verde estaba reservado para los oficiales de La Corte. Los
encargados del transporte y las carreteras llevaban uniformes azules, a los
que entraban en la categoría de general les correspondía el amarillo, y
aquellos con encargos peligrosos, trabajando con y contra delincuentes,
vestían de negro. Le encantaba el color verde, pero cuando pensaba en los
hombres de rostro impasible y traje parecido al de Peter Pan, le entraban
escalofríos.
—¿Qué pasó? —insistió Marwelene.
Sabiendo que no iba a juzgarla, Birdie se levantó y la invitó a
acompañarla. Se deshizo de la capa, arrojó los zapatos y rompió un par de
botones del vestido en su prisa por desvestirse. Se quedó en el camisón y se
envolvió en una manta. Mientras preparaba una infusión, encontró
familiaridad en los gestos y recuperó el control de sus sentidos.
—¡Oh, pobre joven! Parecía un buen muchacho —exclamó Marwelene
después de contarle lo ocurrido.
—Nada de pobre. Es culpable —respondió Birdie.
—Cualquiera puede cometer un desliz.
—¿Desliz? —Birdie arrojó la manta cuando la escena que había
presenciado en la torre volvió a rodar en su cabeza, calentándole la sangre.
Se carcajeó y golpeó la mesa con el puño—. Ya te digo yo, eso no fue un
desliz. Ark no tropezó con esta muchacha y… «Gemido. Suspiro. Queja.
Súplica.»—. ¡Se lo buscó! ¡Se lo buscó él solo! —vociferó.
—No juzgues —la regañó Marwelene—. No puedes saber qué talla
lleva uno de los zapatos hasta que los pruebes. —Frunció el ceño con la
mirada en la taza de té—. ¿Cómo era ese dicho?
—«El que juzgue mis caminos le presto mis zapatos» —la ayudó
Birdie.
—Jamás lo he entendido —farfulló Marwelene. Se levantó,
comentando que la infusión de Birdie era muy suave. Buscó en los armarios
hasta encontrar una botella de licor y regresó a la mesa. Vertió un cuarto de
su contenido en la tetera y volvió a llenar las tazas. Birdie sonrió porque
conocía los maravillosos remedios de Marwelene. Su cura para todo era el
alcohol—. ¿Y de dónde viene? —continuó después de probar el té y asentir
contenta—. ¿Te imaginas al príncipe de Cenicienta probando su zapato de
cristal? Solo si el hada añadió un conjuro para que entendiera lo que ella
vivía cada día, que era inocente y buena, cuánto sufría. Y por eso la eligió
de consorte.
—No creo que una unión basada en magia duraría —discutió Birdie.
Probó el té enriquecido e hizo una mueca. Fuerte, caliente, el brebaje bajó
por su garganta y se asentó en su estómago, ahogando los nervios.
Marwelene agitó una mano, desconsiderando su comentario. Se tomó
la infusión de un solo sorbo y miró la tetera. Birdie se levantó para ofrecerle
más.
—Por aquel entonces se creía en la magia con todo corazón. Era una
fuente honrada, de confianza. Cualquiera nacía con el don, pero solo pocos
elegidos podían usarlo para el bien.
—¿Y para el mal?
—El corazón, mi niña. —Marwelene se golpeó el pecho con el puño
—. El corazón. La magia es poderosa, corrompe, y el ser humano quiere lo
que se le prohíbe. Cuando más tiene más quiere. La magia promete libertad,
pero, en la mayoría de los casos, te hace esclavo. ¿Por qué crees que la
hemos perdido?
—¿Por malgastarla?
—Así es. Los que la malgastaban empezaron a creer que su cuerpo y
su mente eran la fuente de los milagros. Han dejado de creer en ella. Y sin
amor, se ha desvanecido.
—¿Amor? —Birdie hizo una mueca. Renunció a la tetera y usó el licor
directamente. Vertió lo que quedaba en su taza—. Me parece a mí que
demasiado amor, o practicado en los lugares equivocados, te convierte en
sapo.
Marwelene la miró hasta que Birdie bajó la cabeza, avergonzada.
—La magia no existe porque sí. Necesita una fuente, unas raíces y
precisa ser regada —dijo Marwelene—. Al principio fue nuestra confianza
en que todo era posible si lo creíamos posible. Esa es la verdadera magia.
Pero si no le prestas atención, si no la acaricias, si no la halagas, si no le
hablas, se marchita.
—Entonces la magia es egoísta.
Marwelene asintió.
—Mucho. Hay que saber domarla, controlarla, no permitirle que
crezca demasiado o se convierte en un monstruo.
Birdie bebió más. La infusión le había proporcionado una sensación de
bienestar, pero el licor entumeció sus emociones.
—Es decir… —empezó, arrugando la nariz por lo confusos que eran
sus pensamientos—, en la antigüedad los príncipes eran verdaderos.
—¡Aún los son! —vociferó Marwelene. Sus ojos de un azul pálido
eran tan brillantes que Birdie podría haber apagado la luz sin que el espacio
se oscureciera—. Eres una atea. Creía que aún quedaba esperanza para ti.
—Culpable —declaró Birdie—. No hay esperanza para mí. Moriré
sola, atada a mi madrastra. Por favor, convencela de que me entierre entre
los manzanos —se lamentó, soltando un hipo.
La varita de Marwelene le golpeó el antebrazo desnudo.
—A mí no me vendas drama, niña. Has vivido una situación
desgraciada…
—Otra —comentó Birdie, recordándole con una sola mirada que su
vida la formaban situaciones desgraciadas.
—Otra —le concedió su vecina—. Y vivirás muchas más. Aprende de
tus manzanos. Están allí, fuertes, rectos, después de haber aguantado
tormentas, vientos, granizo, heladas, bichos y todo lo demás que te puedes
imaginar. ¿Has oído a alguno lloriquear?
—¡Son manzanos, no pueden lloriquear!
—Exacto. —Marwelene golpeó la mesa con la varita. Un par de
chispas saltaron y se apagaron en el aire.
Birdie tragó saliva.
—¿Creo que mañana estaré mejor? —comentó en un hilo de voz,
intuyendo que era lo que Marwelene esperaba escuchar de ella.
—Seguro que sí. Te traeré pan. Tengo una nueva receta.
Birdie dejó que la imagen del pan crujiente por fuera y esponjoso por
dentro llenara su cabeza. Tenía que esperar para probarlo, así que, de
momento, llenó su estómago con el licor.
Acabaron la discusión y después de acompañar a Marwelene hasta su
puerta, se fue a dormir. Se perdió en sueños donde la magia era poderosa,
los caballeros, honestos, y el mundo, uno mejor.
Despertó sobresaltada, sin entender la razón de su susto. Pateó la
colcha, se alejó el pelo de la cara y encontró el motivo de su molestia en la
mesita de noche, de donde el PiC le gritaba. Alargó la mano para cogerlo y
le respondió a Aalis con todo el ánimo que sentía al ver que el sol no había
salido aún.
—¿Qué?
—¡Ven aquí ahora mismo! —espetó su amiga, brusca y urgente.
Birdie se incorporó tan deprisa que se golpeó la cabeza contra la pared.
Soltó un gemido, se recogió el cabello con impaciencia y farfulló:
—¿Dónde? ¿Qué pasa?
—Te mando la dirección. Ark quiere irse. Necesitamos ayuda.
Birdie observó su reflejo en el espejo con un gesto de confusión.
—¿Qué te has tomado esta vez? ¿Has vuelto a contactar con ese tipo
que mezclaba plantas y pretendía abrir portales hacia otros mundos?
—No tenemos tiempo para discutir. Necesitamos ayuda ahora mismo.
Muévete —instó Aalis antes de colgar.
Pocos segundos después, recibió un mensaje con una dirección. Birdie
consideró si debía tomarse la situación en serio. Su amiga era culpable de
muchas locuras, pero su propósito y la excusa en un día normal, eran
entretener no asustar. Se levantó rápidamente, se aseó y se preparó para
enfrentar el frío que la esperaba afuera. Se puso un chaleco, una bufanda y
la capucha antes de salir para buscar transporte. Dentro del coche llamó a
Dye, considerando que Aalis debía haber hablado con ella también.
Confirmó que también estaba en camino, pero ninguna tenía más
información sobre lo que sucedía.
—Buenos días —la saludó con alegría Dye, al llegar.
Birdie frunció el ceño. Su amiga era de los seres especiales que
amaban los amaneceres y se levantaban temprano para cargarse con la
magia del sol. Ella, por otro lado, no era persona hasta el mediodía, y
todavía notaba los efectos del licor en su cabeza.
—A ver si lo serán —gruñó, buscando con la mirada un lugar para
tomarse la primera infusión.
—¿Qué crees que pasó? —inquirió Dye.
—No tengo idea ni me interesa. Creía que éramos escudos para Cira y
Kane, pero parece que estamos aquí para salvar a Ark.
—Pobre muchacho.
Birdie gruñó. Estaba más preocupada por el barrio que por Ark. Nunca
antes había llegado a esa parte de la aldea. Los suburbios se habían
extendido con el tiempo y su familia vivía en una zona más apartada,
dedicada a las plantaciones, así como la de Dye habitaba en una cuadra
concedida a las tiendas comerciales. Últimamente, las construcciones
cambiaban de dueño y los nuevos abrían negocios en las plantas bajas, por
lo que se encontraba de todo sin tener que atravesar Van Cinceles de un lado
al otro. El pueblo estaba reconocido por la limpieza y el respeto por la
naturaleza, pero el sitio donde se encontraban no era prueba de ello. La
calle era estrecha, dejada sucia después de haber construido esas
monstruosidades de casas altas, rectas, con ventanas diminutas. Los árboles
escaqueaban y un silencio antinatural la obligaba a agudizar los oídos en
busca de indicios de peligro.
—Aquí se paró el mundo —farfulló Birdie, tirando de su capucha.
La puerta con el número cinco estaba entreabierta, una señal que
algunos considerarían auspiciosa. Birdie no se contaba entre ellos. No era
aficionada a las grabaciones de terror, pero se fiaba de su instinto, que le
decía que cerrara la puerta en silencio y se alejara silbando con expresión
inocente.
Un par de golpes y una serie interminable de maldiciones resonaron
desde el interior. Birdie le lanzó una mirada significativa a Dye, sugiriendo
la retirada. Su amiga, sin embargo, no captó el mensaje y entró sin vacilar.
A Birdie no le quedó más opción que seguirla.
Aguantó la respiración hasta tener una imagen completa de la escena.
La estancia era pequeña, decorada con piedra gris y vidrio transparente.
Gawain estaba sentado en el diván, concentrado en su PiC, mientras Merlín
y Aalis discutían delante de una puerta. No había marcas de sangre ni
señales de lucha. Ark debería estar bien, aunque no lo veía.
—¡Estamos aquí! —gritó Dye.
—¡Por fin! —respondió Aalis, alejándose de Merlín para ir hacia
Birdie. Le quitó la capucha, la bufanda y el chaleco en un suspiro—. Ve allí
—ordenó, señalando la puerta—. Habla con Ark y asegúrate de meterle bien
las ideas en la cabeza.
—Me ayudaría saber qué ideas —pidió Birdie después de recuperar el
equilibrio tras las vueltas que Aalis la hizo dar para desvestirla.
—Quiere irse —explicó Merlín—. Desertar.
—Eso es de cobardes y no resolvería nada —susurró Dye.
—Vosotros lo conocéis mejor. ¿Tiene raíz de achicoria? —se interesó
Birdie, explorando el alrededor con esperanza.
Para ganar tiempo, dio algunos pasos, concentrándose en buscar la
fuente del coraje. Dejó su mente en blanco, respiró con tranquilidad, sin
pensar más allá del momento presente. Pero el miedo no se dejaba vencer.
¿Era ella la culpable de la situación? ¿Podría haber hecho algo para
impedirlo? No importaba cuántas vueltas le daba, llegaba a la misma
conclusión: Ark había empezado. Y él iba a finalizarlo, decidió.
Se dirigió con pasos firmes hacia la puerta cerrada. Golpeó con el puño
y gritó:
—¡Ábreme, carátula!
16
“Te dice lo que está bien, te dice lo que está mal y no es ninguna
persona, ¿de quién se puede tratar?”

Ark escuchó el barullo de fuera y se metió otro dulce en la boca. Estaba


delicioso, con un corazón de jalea de fruta cubierto por un glaseado con la
consistencia de las nubes. Se había convertido en su nueva necesidad y era
casi tan bueno como intimar.
El recuerdo lejano de momentos ardientes entre dos cuerpos desnudos
le trajo lágrimas a los ojos, por lo que volvió a sumergirse en el placer del
dulce. Había encontrado la caja entre la compra, Aria la había añadido sin
su conocimiento. Su hermana siempre sabía lo que necesitaba, incluso lo
que él ignoraba necesitar. Era tan buena y lo conocía tan bien, que había
armado un escándalo de la nada. Solo la había llamado para escuchar su voz
chillona y decirle que la quería. Que se mantuviera fuerte, que no se metiera
en problemas, cosas de hermanos.
Ark no había tenido en cuenta que su hermana sufriera de paranoia.
Sabía que le encantaba imaginar escenarios, pero de allí a suponer que él
abandonaría la ciudad y llamar al ejército para detenerlo… Bueno, no
estaba lejos de la verdad, pero no había acertado. Pensaba volver y aceptar
el juicio. Algún día, después de haber vivido un poco más. Después de alzar
la cara hacia el cielo para dejar que los copos de nieve acamparan en su
rostro en el Continente de Hielo. Un rostro ileso, sin la marca de los sapos.
Después de haber recorrido unas cuantas montañas y probar la arena que
formaba la playa de lagos infinitos en la Tierra de Luz. Tenía una lista con
lo que le gustaría hacer antes de acampar permanentemente en La Granja.
La lista que pisoteaba ahora, oculto en el cuarto de baño.
Había tenido que apañarse cuando, antes de acabar de preparar su
equipaje, se había visto atacado por la legión de aves carroñeras que eran
sus amigos. Pues tendrían que esperar. Mucho. No planeaba morir para
alimentar sus barrigas famélicas con sus sueños, sus planes. Y tampoco
planeaba salir.
El ruido disminuyó afuera. Ark aguzó los oídos y dejó de masticar. La
voz de Aalis llegaba hasta él, pero se había alejado de la puerta y no
entendía lo que decía. Las jodidas paredes de piedra de su piso parecían
haber sido diseñadas para encarcelar y torturar a alguien; los sonidos apenas
escapaban de la estancia.
Estaba tan concentrado a escuchar algo, que los dos golpes fuertes
hicieron que le saltara el corazón del pecho.
—¡Ábreme, carátula!
Ark reconoció la voz de Birdie y sonrió. Habían recurrido a artimañas.
¿Con qué propósito habían llamado a la que había firmado su sentencia?
Vale, puede que él también tuviera parte de culpa, no debería haberse
arriesgado a hacer lo que había hecho. Pero ¿por qué era la vida si no para
vivirla? ¿Qué era un día sin sol y una noche sin luna? ¿Qué quedaba de esos
dulces si les dejaran sin el corazón de jalea?
—Me sacaron de una cama calentita en una madrugada que congela el
culo ¡y tú sin raíz de achicoria! —gritó Birdie con furia—. Sal de allí ahora
mismo.
Ark se detuvo en la imagen de la cama calentita. ¿La había compartido
Birdie con alguien? ¿Le bastaría la colcha para sentirse arropada? ¿Dormía
vestida? ¿Tendría pecas doradas por algunos lugares del cuerpo que
mantenía cubiertos de día? Sonrió y se lamió el pulgar porque un trocito de
glaseado había quedado en su piel. ¿Qué sabor tendría la piel de Birdie?
Alzó la cabeza y se vio reflejado en el espejo. No se había afeitado,
tenía medias lunas oscuras bajo los ojos y una mirada demasiado brillante.
Una mirada de loco. Culpó por ello a la caja de dulces. Debían usar magia
para fabricarlas para que se volvieran tan deliciosas. Se levantó con la
intención de arreglar su aspecto, porque era imperdonable que se viera
como un fracasado. Aunque lo fuera, no aceptaría rebajar su autoestima
tanto como para parecer un espantapájaros.
Los golpes en las puertas se repitieron y Birdie continuó gritándole
insultos.
—Uhm… me los merezco —Ark le respondió a su reflejo.
—¡Voy a romper la maldita puerta! ¡O la pared! —amenazó Birdie.
Ark frunció los labios y negó con la cabeza.
—Lo intentaron otros. No lo conseguirás.
—¡Te comportas cómo un crío!
—Lo sé.
—No puedes huir.
—Sí que puedo.
Ark respondía a cada comentario de Birdie en voz baja, mirándose en
el espejo. No encontró fuerza en su reflejo, la cara deprimida, la mirada
perdida. En un impulso, cogió su PiC y buscó una imagen de él del pasado.
Encontró una de cuando había doblado al héroe, tenía el puño lanzado hacia
el cielo, una sonrisa inmensa y alegría en la mirada.
—¿Ves? —le dijo al espejo, enseñándole la fotografía del PiC—. Ese
eres tú. Un ganador.
—¿No como tu padre?
A Ark se le escapó el PiC de las manos.
El espejo se oscureció, luego se iluminó de repente, tanto que Ark se
perdió en la luz demasiado brillante. Parpadeó y frunció el ceño al
encontrarse solo en medio de una especie de bruma. No lograba vislumbrar
más allá de sus rodillas ni más lejos de su nariz.
—Sal para que podamos hablar —escuchó la voz lejana de Birdie. La
buscó con la mirada, pensando que, de algún modo, había logrado abrir la
puerta del baño—. Existe una solución. Normalmente están delante de
nuestras narices.
—No hay nada delante de mi nariz —masculló Ark. Agitó las manos
en un intento de escapar de la niebla.
—¿Estás seguro?
Esa voz era diferente.
Ark se giró y de repente se encontró en una escena parecida a las que
había rodado decenas de veces; una persona sola, de noche, enfrentándose
con miedo a lo desconocido. Pero ahí no había ningún PiC grabando su
actuación.
—¿Quién dijo eso? —exigió.
—¿Quin diji esi? —se burló la voz.
Ark cruzó los brazos sobre el pecho y alzó el mentón. Su miedo se
disipó junto con la niebla que lo rodeaba. No reconoció a la criatura que
daba saltos en el aire frente a él. Se trataba de un hada, porque tenía la
altura de su pulgar y alas iridiscentes. Llevaba un pantalón pitillo negro,
zapatos turquesa brillantes, y una camiseta sobre la cual había puesto un
chaleco de cuero. Por cómo se había atado el cabello largo en una coleta
baja con una cinta roja y por la ropa que llevaba, Ark entendió qué la
criatura no tenía claro en qué siglo vivía. Oh, sí, y era hombre. Uno no
demasiado apuesto.
—Estoy durmiendo —dijo en voz alta—. Estoy soñando.
—¿Y si no? —La criatura le sacó la lengua. Una lengua afilada, tan
larga que le rozó la punta de la nariz.
—¡Qué demonios! —Ark dio un respingo.
—¡Sht! —El ser lo regañó—. No me insultes. Vengo de la parte
luminosa.
—¿Ah, sí? —Ark enarcó una ceja. Se dijo que la culpa por la visión
debía ser de los dulces; había comido demasiados y sufría alucinaciones—.
¿De qué parte?
La criatura le dio la espalda y se agachó.
—¿Me enseñas el culo? —espetó Ark.
—¡Las alas! ¡Las alas, idiota! Soy tu hada madrina —espetó el ser—.
Me llamo Mardius. Puedes llamarme Amo Mardius.
—¡Claro que sí! —Ark se palmeó la frente—. Siento no haberle
reconocido Amor Mardius.
—Amo…
—Me imaginaba que mi hada madrina sería… tendría otra apariencia.
Y... —Ark frunció el ceño, casi seguro de su afirmación—. No te he
llamado esta vez. Quizá porque nunca acudes cuando lo hago —reprochó.
—Desde que berreaste por primera vez supe que me darías problemas
—farfulló Mardius—. Pero el trabajo es trabajo, qué se va a hacer.
—¿Te pagan para que me cuides? —se rio Ark—. Porque tío…
—Amo…
—… lo haces muy bien. Me vendría bien poner una queja. ¿Con quién
tengo que hablar?
—Hablas conmigo y lo haces demasiado. Asunto: me prometiste algo.
Una bombilla de una potencia extraordinaria se encendió en la mente
de Ark.
—Ejem…
—¿Piensas cumplir?
Ark se vio arrinconado por la criatura que le apuntaba la nariz con una
varita. El hecho de que el instrumento acababa en forma de flecha le
preocupó. No era más grande que una aguja, ¿podría sacarle un ojo? ¿Le
estaría permitido a un hada herir a los humanos?
—¿No deberías estar en la Medulya? ¿Me has llevado allí? —inquirió,
mirando alrededor.
La oportunidad de descubrir algo de la última tierra mágica era
increíble. Pero no. Alrededor de ellos no había nada, y, a la vez, intuía que
no estaban solos. El cielo, la tierra y el aire eran grises. A momentos
regulares se abrían y se cerraban burbujas de colores, desde las más
pequeñas, del tamaño de un ojo, hasta las más grandes que podrían tragarlo
en el proceso. Cuando la burbuja estaba abierta completamente podía ver su
reflejo, pero no el de Mardius. PiC, pensó Ark, atontado por el
descubrimiento. Se encontraba en las tierras de los espejos mágicos. Su
instinto le aconsejó largarse con urgencia.
—No importa dónde estamos ni de dónde te cuido. Me pediste ayuda e
hicimos un trato —dijo Mardius.
—¿Esperas que lo cumpla yo cuando tú atacaste tu parte? ¡Seré un
sapo enamorado de la luna! —chilló Ark.
—No por mi culpa.
—¡No viniste cuando te llamé!
—No cuestiones mis métodos. ¿Qué te crees, que eres el único
chiflado al que tengo que dirigirle el camino? Vendré cuando me dé la gana.
No pude hacer nada entonces, pero te mandaré ayuda.
—¿Cuándo? ¿Cómo? —Ark se inclinó porque Mardius volaba
alrededor de sus rodillas.
—Escucha lo que te digo. Toma la oportunidad porque no tendrás otra.
Y vive. Esta será tu mejor aventura.
—Deja de citarme a ese niño eterno —respondió Ark con desdén.
—Será porque eres su acólito. Cumple nuestro trato o te quedas sin
hada.
Ark se carcajeó sin humor.
—De gran ayuda me ha sido tenerla.
Sus últimas sílabas se repitieron en sucesión cada vez más rápida y
más fuerte.
Ark volvió a ver su rostro en el espejo y la conversación se desvaneció
entre los golpes en la puerta. Eran diferentes a los anteriores, el sonido más
agudo, la fuerza de los puños empleados hacía trepidar la madera.
Se levantó de golpe, apresurándose para llegar a la puerta antes de que
la tumbaran. ¡Grór! Los locos habían llamado a Grór.
Bastó con entreabrirla para que el enano la pegara a la pared. Antes de
que pudiera protestar, Circe abrazó su cintura y le acunó la cabeza en su
hombro, impidiéndole que viera a los otros.
—Ark, cariño. No te preocupes por nada. Aunque te juzguen y acabes
por ser declarado sapo, yo te daré una segunda oportunidad —dijo ella.
17
“Es persona muy insegura la que conmigo se apura.”

Los restos de la infusión se habían enfriado en la taza que mantenía entre


los dedos. No es que la hubiese ayudado, no había conseguido calmarse.
Birdie se planteó si necesitaba medicarse, pero por eso debería acudir a
su madrastra, la única conocida que hacía uso de los brebajes narcóticos.
También podría usar el método de Marwelene y enriquecer la infusión con
licor, aunque no era tan valiente como para presentarse borracha delante de
La Corte.
Se había pasado la noche en vela, decidiendo qué iba a ponerse, cómo
se peinaría, qué bolso llevaría y, claro, qué contestaría a las preguntas del
juez. Se había preparado demasiado rápido y si continuaba quedándose sola
acabaría por presentarse sin uñas.
Aunque el problema de Ark estaba solucionado, no lograba la calma.
Circe había prometido ofrecerle una segunda oportunidad, para la sorpresa
de todos. Merlín y Ark habían protestado, pero el anuncio de la muchacha
había logrado lo que no había conseguido ninguno de ellos: Ark había
abandonado el cuarto de baño y la idea de desertar. Aunque él había
rechazado la oferta, Circe parecía bastante convencida de que la
mantendría.
—El juicio va a ser una exhibición —susurró Birdie.
Dio un sorbo al té y al instante se apresuró hacia el barreño para
escupirlo. Lavó la taza, y al no encontrar algo para que ocupara su mente,
cogió la capa, se puso los guantes y salió.
Dos agentes flanqueaban la puerta de entrada y el primer impulso de
Birdie fue cerrarla de un golpazo.
—Señorita Oftheredheads —saludó uno de ellos mientras el otro lo
hizo solo mediante un movimiento de cabeza. La pluma verde turquesa que
adornaba su sombrero acarició la nariz de Birdie cuando se inclinó.
—Buenos días —graznó ella.
Se veían ridículos vestidos con medias de lana y calzas, y bastante
incómodos con los jubones verdes de cuello rígido y mangas ajustadas,
sobre los cuales se habían puesto las cotas de mallas que le llegaban hasta el
medio muslo. En los hombros y al nivel de los codos los trajes tenían partes
metálicas, puramente decorativas, igual que las espadas que colgaban de sus
caderas. Pero en la pequeña cartera de piel había armas verdaderas que
tenían permiso para usar si el caso lo pedía.
—Somos el agente Ofsadriblack y Oflomgbead de La Corte. ¿Nos da
permiso para acompañarla?
—Sí. Sí. —Birdie lo repitió en voz más potente cuando su primera
afirmación fue casi un susurro.
Ellos se echaron a un lado y consintieron que pasara primero. Cuando
llegaron al coche, uno se adelantó para abrirle la puerta.
¡Gracias a las hadas que habían dejado de usar carretas con caballos!
Hacía un frío que pelaba. El día no aparentaba tener ganas de iluminarse, el
viento y las nubes habían hecho un pacto con la noche y ninguno se dejaba
ir. El Mal vencía en la Medulya ese día.
Birdie luchó contra un escalofrío.
—¡Te sigo! ¡Te sigo! —Marwelene gritó a sus espaldas.
Ella le respondió con una señal de que la había entendido. Marwelene
era aficionada al sensacional, no se perdería el juicio de Ark.
Durante el trayecto, Birdie mantuvo las manos sobre las rodillas para
evitar que las piernas le temblaran descontroladamente. Se repitió varias
veces que no estaba implicada, que solo debía contestar a pocas preguntas,
pero no lograba deshilar el nudo de nervios de su estómago.
Ark debía de estar muerto de preocupación, incluso con la propuesta
de Circe. Birdie estaba segura de que acabaría por aceptarla.
El edificio de La Corte era una enorme construcción de piedra
fortificada, que había pasado por varios propietarios adinerados hasta que el
último, un lord con inclinación para los juegos del azar, lo había cedido con
la esperanza de que las hadas perdonaran sus pecados. Antes de entrar en el
patio, del tamaño de una arena de lucha de troles, pasaron por debajo del
rastrillo. Aunque levantado, Birdie se quedó tranquila solo después de que
la puerta de hierro con barrotes que acaban en forma de flecha, se quedó
atrás. Los establos, los almacenes, la herrería, las capillas, todas habían sido
modificadas. El interior respetaba la decoración original, sin reflejar el paso
de los siglos. La iluminación provenía de arañas que colgaban del techo o
antorchas pegadas a las paredes de los pasillos.
La antecámara de espera era pequeña y sin ventanas. Solo dos sillas
vestidas de terciopelo verde y de patas frágiles representaban los muebles.
Nadie se había sentado, pero tampoco se movían. Cuando entró Birdie la
saludaron en silencio, como si temían abrir la boca.
Ark estaba recostado contra la pared, con la cabeza descansando en la
piedra y las manos entrelazadas en sus hombros. La ley lo obligaba a vestir
un traje de caballero, y había optado por un modelo sobrio, negro,
combinado con una camisa azul sencilla. La túnica se cerraba con lazos de
seda azul oscuro, y sus botas relucían. Su piel pálida resaltaba el azul
intenso de sus ojos. Parecía vulnerable, y Birdie sintió una urgencia
repentina de abrazarlo.
—¿Estás preparada? —la preguntó Aalis.
Ark torció el gesto como si poco le importara cómo se sentía Birdie.
Las ganas de abrazarlo fueron reemplazadas por las de darle una colleja,
pero supuso que era lo último que necesitaba.
—Lo mejor que puedo estar —respondió.
Quiso excusarse y salir cuando la puerta se abrió a su espalda. Dio un
salto hacia adelante para que no la golpeara. Entraron Circe y una
desconocida que se detuvo delante de Ark. El cuarto era demasiado
pequeño como para no escuchar su conversación, incluso si susurraban.
—Madre está aquí —dijo la chica.
Ark hizo una mueca y soltó un suspiro.
—Te pedí que la frenaras.
Ella encogió los hombros.
—¿Su hermana? —averiguó Birdie.
Aalis asintió y saludó a Circe.
—¿Has cambiado de parecer? —inquirió sin rodeos.
—No. —La hermana de Merlín contestó del mismo modo. Buscó un
sitio para dejar su bolso y al no encontrarlo se arrodilló, lo puso en el suelo
y lo abrió. Rebuscó en el interior y sacó una cinta delgada con la cual se
recogió el cabello. Se enderezó y se estudió en su PiC—. Voy a hacerlo —
declaró.
—No vas a hacer nada —vociferó Ark, empujando con delicadeza a su
hermana hacia un lado.
—No puedes impedírmelo. —Circe alzó el mentón.
—Te rechazaré.
—No lo harás. No tienes otra solución.
Ark resopló y le dio la espalda.
—Haz que entre en razón —le pidió a Merlín.
Se quedaron susurrando tan bajo que Birdie no llegó a oír sobre qué
hablaban.
—Estás estupenda —le dijo ella a Circe.
No supo por qué lo hizo. Circe llevaba un vestido de mangas largas,
que acababa encima de los tobillos. El corte era sencillo, en forma de barco
al cuello, y de color gris plateado, con intrincados motivos blancos,
deslumbrantes. En un lado de la cadera colgaban los lazos de un cinturón
trenzado en cuero. Aparentaba ser más madura que sus veintidós años, era
elegante y segura de sí misma. No obstante, tal vez por tanta perfección o
quizá porque envidiaba la grandilocuencia de su gesto, en ese momento
Birdie no le tenía mucho cariño.
—Gracias.
La puerta volvió a abrirse y Birdie pensó que iban a necesitar un cuarto
más grande. Ya se rozaban entre ellos y no había espacio para darse la
vuelta sin que otro cediera un poco del suyo. El que entró esta vez era el
pactado que iba a representar a Ark. La túnica larga que cubría sus tobillos
olía raro, desagradable.
—Es la hora —dijo, sin molestarse a cerrar la puerta.
Un suspiró colectivo atravesó la estancia como el eco de un grito
sobrenatural.
Merlín y Gawain se despidieron de Ark con una palmada en el
hombro. Aalis lo abrazó y Dye le deseó mucha suerte. Birdie se limitó a
retroceder para permitirle pasar por su lado.
Después de su desaparición, quedó el silencio.
Su hermana fue la que lo cortó.
—Vamos a salvarlo —le dijo a Circe—. Mi hermano no acabará
siendo un sapo como nuestro padre.
18
“Cuanto más la alargas, más la acortas. ¿Qué es?”

La sala enmudeció cuando Ark entró.


Lo hizo con la cabeza en alto, sin interés en cuántos de sus conocidos
asistían. Pero su visión periférica era demasiado buena y había muchos; el
vecindario entero de la casa en la cual se había criado y donde seguía
viviendo su madre, compañeros de trabajo, incluido dos comediantes
famosos, colegas de aprendizaje de su hermana y los amigos lejanos con los
cuales compartía un «Hola, ¿qué tal?» dos veces al año. Desconocía solo a
una cuarta parte de la gente que tenía su mirada en él.
Tragó en seco, esperando que no se notara su incomodidad o que lo
atribuyeran al maldito traje. Lo único bueno de la situación era que sería la
última vez que tendría que ponerse uno parecido, porque los sapos no tenían
permitido usar la ropa guardada para los príncipes azules.
Frunció el ceño al pasar por el lado de la primera fila de bancos y
Circe le sonrió desde el asiento posicionado hacia el pasillo. Aunque la
desterraran y condenaran su alma a trabajar forzadamente en las Tierras del
Eterno Castigo, no aceptaría su oferta. Le quedaba una pizca de honor y
pensaba usarla entera para rechazarla. Tenía la certeza de que, incluso como
sapo, conservaría a sus verdaderos amigos, y Merlín era uno de ellos. No le
convenía comprometerse con Circe. Mardius, su hada, no lo conocía en
absoluto si se imaginaba que le ayudaba de ese modo.
Ark se despidió de su pactado, un ser impresionante, acostumbrado a
ganar. Tenía entendido que lo representaba como un favor para los padres
de Merlín y sospechaba que a él le cobraba solo una pequeña parte de su
honorario para que aceptara la derrota.
Subió los escalones que lo llevaron a la plataforma destinada a los
acusados, mientras su defensor se quedó a la base de la escalera.
Arriba tampoco estaba mejor. Gotas de sudor le resbalaban por las
sienes y le costaba conseguir un ritmo natural de respiración. Observó la
silla embellecida con decoraciones doradas y tapizada en seda roja. A su
lado, una pequeña caja cerrada contenía el sello que le aplicarían al finalizar
el juicio. Quienes se sentaban en la silla salían siempre marcados, por lo
que Ark dudó un instante en ocuparla.
—La Corte contra Ark Oftherestlessheart —dijo el heraldo, forzándolo
a dejarse caer bruscamente en la silla—. Acusado de exhibicionismo e
insulto contra la buena moral de la Tierra de los Cuentos.
Mientras continuaba, con la voz ya imponente potenciada por
altavoces, Ark se aferró a los pasamanos y se imaginó con una ridícula
corona en la cabeza. Solo que no era él, sino un sapo auténtico, de los que
vivían en La Granja y tenían la piel rugosa y verde. Su hermana se había
reído a carcajadas cuando le había enseñado la fotografía que Circe había
incluido en su artículo del blog, titulado: «¿Puede un posible sapo tener el
corazón de un príncipe azul?»
«¡Sí!», gritó su conciencia. Al instante se hizo pequeña, avergonzada
porque la acusación había comenzado a enseñar las pruebas y la grabación
de Birdie se reproducía en un PiC gigante.
—Qué buen trasero —comentó alguien en la primera fila.
Ark quedó colgado de la imagen de su rostro que cerraba la grabación.
Un segundo menos y no se había visto. ¿Dónde se hubiese metido su suerte
en ese momento? ¿Dónde había estado su hada?
El resto fue un espectáculo grotesco. La acusación pidió que delatara a
la joven con la cual había estado. Su pactado se negó a hacerlo.
—El señor Oftherestlessheart reconoce su culpa. Implicar a una
señorita es irrelevante —protestó.
—Aceptado —asintió el juez, un gnomo.
Era tan bajo de estatura que podía ser visto por la audiencia gracias a
que estaba sentado sobre un montón de almohadas puestas encima del
sillón. Su nariz encorvada casi te tocaba la barbilla, donde empezaba la
barba que le llegaba hasta el pecho. Un par de ojos verde esmeralda
destellaban traviesos mientras estudiaba a Ark. De vez en cuando jugaba
con el pequeño martillo dorado, lo lanzaba en el aire, volvía a cogerlo y
soltaba una risita alegre cuando lo conseguía. Cuando no lo atrapaba y el
martillo golpeaba la mesa, farfullaba un «perdón», con la mirada en su
barba.
—¿Quién hizo la grabación? —preguntó. Frunció las cejas pobladas
hasta que se unieron sobre los ojos.
—La señorita Birdie Oftheredheads, Su Señoría.
—¿Quién? —insistió, inclinando la cabeza con el oído hacia la sala—.
Quiero verte.
Desde la segunda fila, Birdie se levantó despacio.
—¡Quítese la capucha!
Birdie no se demoró en obedecer, aunque sus movimientos rígidos
daban la impresión de que le pedía que se desnudara. Mantuvo la cabeza
gacha y el juez hizo lo mismo durante unos instantes.
—¿Por qué no lo denunciaste en el acto?
—Si me permite, Su Señoría, la señorita Oftheredheads y todos los
implicados estaban asistiendo a una boda. Además, no se percató de qué
tenía la grabación, tampoco estaba segura de lo que había visto —intervino
el defensor de Ark.
—Uhum… —gruñó el juez—. ¿Es verdad?
Habían repetido esa parte y Birdie contestó con seguridad.
—Sí, Su Señoría.
El juez volvió a alzar el martillo en el aire. No logró cogerlo, se
estrelló con un estrépito en la mesa. Encogió los hombros y atravesó a
Birdie con la mirada.
—¿Considera usted que el señor Oftherestlessheart debería ser
perdonado por La Corte?
—No… no lo sé. No me corresponde a mí decidirlo.
El juez se inclinó tanto sobre la mesa que quedó con el trasero en el
aire.
—Pero si le correspondiera, ¿perdonaría al señor Oftherestlessheart?
¿Cree que su corazón es el de un verdadero caballero?
—Su Señoría —intervino el pactado—, la señorita no conoce al señor
Oftherestlessheart. No puede estimar sobre un desconocido.
El juez gruñó.
—La ley es ley. El delito se castiga.
Ark soltó el aire retenido en sus pulmones. Durante un momento había
creído que Birdie contaría en detalle lo que había visto y lo que se había
imaginado haber visto. No es que importara, la prueba que La Corte tenía
era suficiente, pero le aliviaba ahorrarse la humillación pública.
—¿Por qué no tuvo interés en denunciar al señor Oftherestlessheart?
—volvió a hablar el juez.
—Yo… —Birdie balbuceó confundida.
Ark tenía toda la atención puesta en ella, pero desde algún lugar notó
que alguien lo miraba. Circe le sonrió y le guiñó un ojo.
—Señorita Oftheredheads, contésteme —El juez se inclinó por encima
de la mesa otra vez, manteniéndose peligrosamente en equilibrio—. Le
recuerdo que está bajo juramento y que la intención de engañar al juez se
sanciona con destierro en las Tierras del Eterno Castigo.
Birdie boqueó y miró alrededor con una mirada desesperada.
—Creo que… —empezó, pero cerró la boca enseguida.
—¿Sí? —la animó el gnomo.
—Creo que hay buenas intenciones. A veces —añadió ella a
regañadientes—. Pensé en denunciar el acto, pero no estaba segura…
—Ah, sí. —El juez se enderezó en la silla.
Ark se preparó para la sentencia. Se le puso la piel de gallina.
—El señor Oftherestlessheart incumplió una de las más honorables de
nuestras leyes. Ser príncipe es un acto de fe que debe ser demostrado
mediante una conducta irreprochable. Su actitud no tiene justificación. La
Corte admite las pruebas. Su castigo es ser rebajado de la condición de
príncipe y ser marcado como sapo.
Ark soltó en un suspiro el aire retenido. Cerró los ojos con fuerza,
imaginando el hierro caliente en su piel. Cuando los abrió, buscó a su madre
entre la multitud. La encontró porque la ropa de colores chillones que
llevaba puesta su hermana, sentada a su lado, llamaba la atención desde
tierras lejanas. La decepción en la mirada de su progenitora fue una
bofetada en su rostro.
—Mardius, ¿dónde ranas te has metido? Prometiste que me ayudarías
—susurró entre los dientes apretados.
—Pero… —el juez vociferó, logrando llamar la atención de Ark—,
declaro culpable a la señorita Oftheredheads de reservar pruebas
importantes, y, de por sí, intenciones ocultas.
—¿Qué? —chilló ella y un par de otras jóvenes, entre las cuales Aalis
y Dye, que se levantaron de sus asientos.
El juez se quedó con el martillo en el aire y las miró hasta que
volvieron a sentarse y regresó el silencio.
Entonces intervino Circe.
—Su Señoría, ¿me permite?
El juez se enderezó.
—¿Con usted se ha acostado? —inquirió, enarcando las cejas pobladas
hasta que desaparecieron entre el flequillo.
Se escucharon un par de risitas ahogadas. Circe se ruborizó.
—No, Su Señoría. Pero conozco a Ark desde hace mucho tiempo. En
nombre de mi familia, descendiente del Gran Mago, quisiera mostrar
nuestro apoyo y confianza en su carácter. Tanto nos fiamos de las dotes
morales del señor Oftherestlessheart, que no dudo en ofrecerle una segunda
oportunidad aquí y ahora.
El gnomo se rascó la cabeza antes de hablar.
—Sus intenciones son admirables y tendrá ocasión de materializarlas
después de que los culpables hayan cumplido la condena. Por ahora, la
señorita Oftheredheads está obligada a ofrecerle esa segunda oportunidad al
señor Oftherestlessheart. Vivirán juntos durante tres saltos de luna. Si al
final la señorita Oftheredheads considera que el señor Oftherestlessheart no
es merecedor de ser considerado príncipe azul, el señor Oftherestlessheart
acabará en La Granja o usted puede quedarse con él si aún lo desea. Esa es
mi sentencia y se llevará a cabo ya.
Una vez con el golpe de martillo en el platito metálico, que era la señal
del final del juicio, la multitud enloqueció. El juez desapareció bajo la
mesa, después se retiró por la puerta de atrás.
Ark se quedó boquiabierto. No protestó cuando los tres empleados
subieron para aplicarle el sello. Dos esposaron sus manos de la silla, para
que no intentara huir. El tercero abrió la caja y cuando se giró hacia él, lo
hizo con el hierro caliente entre los dedos enguantados.
—¡No! —resonó un grito desesperado por encima del barullo de la
sala.
Ark no averiguó quién estaba tan indignado por la sentencia. Cerró los
ojos. Notó el olor a sudor del hombre que se había acercado demasiado a él.
Luego, un calor abrasador cerca de su cabeza, seguido por un dolor atroz en
la sien. Su piel quemaba, la cabeza le ardía, los dientes chocaron entre sí, a
punto de romperse.
—Puedes bajar —dijo él que le liberó las muñecas—. Hoy vas a notar
un poco el veneno, pero si logras engatusar a la muchacha, dejará de hacer
efecto a largo plazo. Tres meses para conseguirlo no está nada mal.
Ark se incorporó, procurando ponerse recto. El dolor de la marca no le
permitía sentir otra cosa, ni siquiera preocuparse por el futuro. De lo que
sabía, podía vivir con veneno de sapo en la sangre sin consecuencias
catastróficas. La pócima hacía efecto poco a poco hasta finalizar en su
mutación el día que iban a encerrarlo en La Granja.
El empleado se despidió de él con una palmada en la espalda.
—Qué suerte tienes. Jamás un sapo obtuvo una segunda oportunidad
en su primer día.
—A veces no pasa en su primera vida —estuvo de acuerdo el otro.
¿Suerte?, se preguntó Ark. La palabra resonó en su cabeza a la vez con
la risita loca de su hada madrina.
—¿Ayuda? —susurró. Todavía no estaba seguro si esta era la ayuda
prometida de Mardius o un grito para que alguien lo salvara.
Estaba marcado como sapo y la muchacha que debería ofrecerle la
única oportunidad de volver a convertirse en un príncipe, era la misma por
la cual había llegado allí.
19
“Son princesas que nunca fueron salvadas.”

—¡No pienso vivir durante tres saltos de luna en el calabozo que tú


llamas casa! —vociferó Birdie, con las mejillas en llamas. Se las arregló
para parecer furiosa, indignada y herida, todo a la vez. Malle hubiese estado
orgullosa de su actuación.
El empleado de La Corte trabajaba en su pecho para finalizar su marca.
No sentía dolor porque las agujas que usaba habían sido forjadas en
mezclas que insensibilizaban los nervios. Necesitaba tragarse un par.
—¡Eso es increíble! —farfulló hacia nadie en especial.
En el cuarto la acompañaban Ark y el hombre que le dibujaba encima
del corazón el símbolo de unión. Quedaría hermoso, lo reconocía. Pero su
significado hacía que se olvidara de que embellecía su cuerpo con magia.
El intrincado manojo de líneas mantendría su color dorado, invisible
en su piel, hasta que estuviese dispuesta a ofrecerle una segunda
oportunidad al sapo. La decisión apenas le pertenecía. No era la mente la
que decidiría, sino el corazón. Siglos de experiencia enseñaban que todos
los problemas comenzaban con el órgano que desafiaba a la razón. Ella
estaba decidida a entrenarlo para que siguiera lo que su mente quería, sin
dejar que el dibujo cambiara a blanco.
—¿Qué pasa si mi corazón decide ofrecerle la oportunidad al sapo
pero a él no le interesa? —preguntó al que la tatuaba, mientras evitaba a
propósito mirar a Ark.
—No importa, señorita. La unión se creerá, de todos modos.
—¡Pero no es justo! ¿Cómo vamos a formar una unión si él no me
ama? —se quejó, a punto de atragantarse con la última palabra.
—Lo hará —le aseguró el hombre—. No es que le caiga una lluvia de
señoritas dispuestas a sacrificarse por él.
A su lado, Ark se aclaró la garganta.
Birdie alzó el dedo índice.
—No abras la boca —amenazó sin mirarlo.
—Lo siento —dijo Ark.
Su voz sumisa la convenció de que le echara un vistazo. Giró el cuello
porque estaba de espaldas a él, protegiendo su intimidad.
Ark procuraba hacerse sitio en el pequeño sillón, esperando su turno.
Con la túnica quitada y la camisa desabotonada hasta el abdomen, su piel
dorada brillaba a la luz. La marca de sapo, que empezaba al principio de su
ceja y finalizaba encima de la comisura del ojo, debería verse horrorosa. Y
él tendría que mostrarse avergonzado, no provocar con la mirada y la
pequeña sonrisita, que solo añadía atractivo a su figura.
—No parece que lo sientes —gruñó Birdie. Esperaba sentir repulsión
al mirarlo, pero en cambio, experimentó una extraña sensación cálida y
embriagadora—. Que te quede claro: no quiero vivir contigo y no puedes
forzarme a hacerlo. Tengo mi casa. Una casa entera, con tres habitaciones,
una cocina verdadera y un porche, un pequeño jardín con flores, la
plantación de manzanos…
—Estamos en la estación muerta, no hay flores —la contradijo Ark—.
Hasta que broten, volverás a tu maravillosa casa.
—Lista —dijo el que había trabajado en el pecho de Birdie—. Tu
turno.
Ark dejó caer la cabeza hacía atrás y le permitió que empezara a
trabajar en él.
Birdie se levantó, arregló su vestido y dio un par de vueltas, hasta que
se dio cuenta de que lo espiaba. Sus ojos se sentían atraídos hacia el rostro
de Ark y no entendía por qué parecía tan relajado. Hubiese sido considerado
de su parte que derramara un par de lágrimas cuando lo habían marcado, si
no por el significado del gesto, por lo menos por el dolor. Así, relajado, con
los labios llenos entreabiertos y las oscuras pestañas acariciándole las
mejillas, ofreciendo el cuello como en rendición y el pecho subiendo y
bajando con las respiraciones pausadas, parecía un pecador del tipo araña,
que encantaba a su presa.
Cuando se dio cuenta de que se sentía cautivada, Birdie cogió su capa
y aseguró la capucha con el hilo que anudó bajo la barbilla.
—Volveré a mi casa. Si quieres acompañarme, bien, y si no, no es mi
problema.
—No aceptaré que me mantengas. No puedo abandonar mi vida como
si nada —discutió Ark, todavía con los ojos cerrados.
Birdie alzó el mentón.
—Es por tu culpa. Me da igual si quieres refugiarte en la casita del
perro, jamás la he usado, pero te alojarás conmigo o acabarás en La Granja
—amenazó.
Ark se rio, lo que casi acabó con las reservas de paciencia de Birdie.
—Está claro que soy culpable —reconoció él, y por fin la miró—.
¿Pero puedes intentar entenderme? Sería mejor que estemos en mi vivienda.
No tengo idea si todavía tengo trabajo, los gastos serían menores…
Atrapada en el azul líquido de su mirada, Birdie estuvo a punto de
olvidar sobre qué estaban discutiendo.
—No. No voy a negociar con un sapo —dijo, con la intención de dejar
clara su posición y de recordarse a sí misma que necesitaba huir del
encantamiento que se cernía sobre ella.
—Me encanta tu carácter —farfulló Ark. Se llevó los dedos a la sien
pero no acabó el gesto.
—¡No la toques! —espetó Birdie.
Sabía que le habían aplicado una pomada cicatrizante y rascarse
causaría una herida, que, ¿quién iba a atender? Ella, por supuesto, porque
dos tatuajes y un gnomo juez loco la habían atado a Ark.
—No me digas qué hacer.
—Si alguien te hubiera parado no estaríamos aquí ahora. Necesitas una
voz de la razón.
—¿Y va a ser la tuya?
—Ni hablar. No soy niñera de sapos.
—No necesito que alguien me cuide.
—Claro que no. Las consecuencias de tus esfuerzos son visibles.
—Tienes lengua de víbora.
—Comen sapos, ¿verdad?
Sus miradas continuaron discutiendo hasta que Ark cerró los ojos.
—Me rindo.
Birdie no estaba tan lejos para no escuchar que el empleado de La
Corte le susurró a Ark:
—Muchacho listo.
Abrió la puerta y la cerró de golpe tras sí, sin despedirse.
En el pasillo, sus amigos aguardaban en silencio.
—No hay nada que ver aquí. —Birdie los ahuyentó, haciendo gestos
con las manos. Se detuvo al lado de Aalis—. Tú también eres culpable de
eso. Todos lo sois. Os odio.
Aalis la abrazó con fuerza, como si le hubiera hecho un cumplido.
—Todo estará bien.
Birdie quiso creerla. Era tan fácil decirlo, ¿cómo regresaría a casa para
salir con un par de cosas y mudarse con un extraño, y lo más importante:
¿cómo vivir con él durante tres saltos de luna?
¿Por qué no había podido mentir al juez? Ahora, que había dejado las
impresiones en la silla que había ocupado en la sala, estaba lista para
gritarle al mundo entero que creía en la existencia de los príncipes azules y
que Ark era uno, merecedor de ser perdonado. Mentiría hasta a su hada con
tal de regresar en el tiempo.
—Me voy a casa —dijo—. Pienso deshacerme de esos horrorosos
zapatos —indicó hacia Aalis, que se los había prestado—, tirarme en mi
cama, comer lo que sea que me haya preparado Marwelene y usar el PiC
para entretenerme hasta que se sienta sucio. No quiero veros a ninguno
hasta que no me haya pasado el cabreo. Dentro de tres saltos de luna, para
ser precisa.
Les dio la espalda, pero la voz de Ark la paró.
—¡Birdie, cariño!
Sin girarse, ella espetó:
—Jamás, en tu vida de sapo, príncipe, o residente de la Isla de los
Siempre Olvidados, vuelvas a llamarme «cariño». —Por el rabillo del ojo se
percató de que sus amigas negaban con la cabeza, enfatizando su
afirmación—. Considérala la primera regla. Trabajaremos en el resto
después.
—¿Después de qué? —insistió él.
—Después de todo —Birdie contestó secamente—. Adiós.
Repiqueteó con los tacones, esperando perderlos de vista. Pero no era
tan sencillo. Las antiguas escaleras de piedra, gastadas por el tiempo y
millones de pasos, eran resbaladizas. Algunas en forma de caracol requerían
equilibrio de funambulista. Se desorientó al no leer bien las indicaciones
para la salida y sentía el peso del juicio de cada persona que se cruzaba.
Aunque su tatuaje no fuera visible, parpadeaba en su mente, alertándola.
Unió las cejas hacia un joven que le pareció demasiado atrevido.
«¡Deja de mirarme! ¡No soy una criminal!»
Asqueada, se percató de que su problema había empezado con el uso
del PiC en un momento inadecuado. La magia, concluyó, era la perdición
de la humanidad.
Continuó hablando consigo misma hasta que vio la luz al final del
camino. ¡Luz verdadera! Brillante, dorada, casi podía sentir su calidez. Que
hiciera sol en la estación muerta, en una ciudad como Van Cinceles, era un
milagro enviado directamente de la Medulya. Birdie salió corriendo y se
detuvo en la calle, reflexionando sobre que su vida se pareciera al peluche
que su padre le había regalado cuando había cumplido dos años y que había
conservado hasta los catorce. Pero algo en el aire frío, el sol y la
expectación para el día siguiente, le dio la certeza de que no debía perder la
esperanza. Resolvería cualquier cosa que se presentara.
—¡Birdie! ¡Niña!
Reconoció la voz chillona de Marwelene, pero no la vio por ningún
lado. Hasta que un coche tocó la bocina, no se dio cuenta de que su vecina
la llamaba desde el interior de un vehículo parado no muy lejos.
—Ven. Te llevaré —le explicó mientras ella se acercaba.
Birdie abrió la puerta, entró y se dejó caer en el asiento con un suspiro.
—¿Esperamos también a Ark? —preguntó la anciana.
La imagen que Birdie había empezado en su cabeza, y que incluía un
trozo de tarta, una taza de infusión caliente e investigar sobre cómo borrar
un tatuaje de unión, finalizó antes de tiempo. Abrió los ojos de golpe.
—No.
—Pero el juez… la sentencia —Marwelene habló con compasión.
—Da igual. Seguro que me seguirá.
—¿Habéis decidido vivir en tu casa? ¡Qué emocionante! Me alegro
mucho.
Birdie enarcó una ceja.
Después del interés por la magia, de su obsesión por los cotilleos, de la
adicción por los dramas y los tés enriquecidos con licor, Marwelene tenía
una fijación con el romance. Con el paso del tiempo había acumulado
volúmenes antiguos y muy caros con historias de amor, cintas de pelo que
juraba haber pertenecido a la Cenicienta, botas de algún príncipe famoso,
anillos de boda y frascos con polvos misteriosos.
—Ya —comentó disgustada, mientras pensaba en el futuro.
Lo primero era idear una lista de reglas. Le daría a Ark la habitación
del fondo del pasillo, no prepararía comida especialmente para él, no le
lavaría la ropa, lo harían por turnos.
—He tenido tiempo de preparar unas galletas de canela antes de… —
dijo Marwelene, devolviéndola al presente.
Birdie agradeció la sensibilidad de la anciana cuando evitó recordarle
el juicio.
—Gracias.
Puede que sus padres le hubieran fallado pero Marwelene era la
compensación ofrecida por las hadas, y no podría estar más contenta.
—Qué curioso. Es bastante aglomerado —comentó su vecina,
alzándose en el asiento para mirar el camino a través del hueco que
formaban los reposacabezas delanteros.
—Algo pasó —respondió el cochero—. Hay muchas máquinas de
intervención.
Birdie encendió el PiC, preparándolo para pagar. Al girar hacia su
calle, el cochero sacudió la cabeza en negación antes de hablar.
—Está bloqueada, tendrán que bajar aquí.
—No pasa nada, no falta mucho. —Birdie pagó la tarifa y ayudó a
Marwelene a bajar.
La calle estaba cortada por una barrera oficial y un agente agitaba los
brazos en señal de que debían detenerse.
—¿Qué pasó? —le preguntó Marwelene. Su edad le otorgaba el
derecho de importunar a un empleado público, cosa que Birdie no se
hubiese atrevido a hacer.
—Un acueducto roto.
—Oh, nada grave. —Marwelene sonrió con evidente alivio.
El agente se giró para mirar hacia atrás.
—Bueno, el terreno afectado no importa mucho en esta estación. Y
hasta la de la génesis, van a arreglarlo —comentó encogiéndose de
hombros.
Birdie cogió la mano de Marwelene y se apresuró a avanzar.
—No nos despedimos —le reprochó la anciana.
—Perdóname. —Ella contestó de forma automática con la mirada
hacia adelante. Un vehículo alto le bloqueaba la vista. Empezó a correr y, al
percatarse de que Marwelene no podía seguir su ritmo, se disculpó y la dejó
atrás.
—Iré antes, ¿de acuerdo?
—¡Birdie!
Su vecina la llamó, pero ella echó a correr con la mirada hacia
adelante.
Las ramitas del seto del señor Ofvihalinod le agarraron la bufanda. Se
deshizo de ella y la abandonó. Escapó también de la capa, pero no la ayudó
a ganar velocidad. Tenía la nuca empapada y las manos sudorosas. El aire
frío le azotaba el rostro, pero sentía ardiendo las mejillas. Aun así, no
renunció a la capucha.
Empezaba a vislumbrar la casa de Marwelene y el muro de la
plantación. Soltó un sollozo de alivio, no se había derrumbado. Un montón
de gente, más unas máquinas inmensas le impedían averiguar en detalle qué
había pasado.
—¡Perdón! ¡Lo siento! —gritó a medida que empujaba para avanzar.
Cuando logró llegar delante del porche, se quedó boquiabierta. Las
copas de los manzanos que se alzaban por encima del muro estaban
congeladas. Los trabajadores habían roto la puerta y parte de la pared
delantera para entrar. El pequeño jardín, vacío en ausencia de las plantas
que florecían en la estación de la génesis, era una pista de hielo. De los
arbustos colgaban cristales de hielo.
Birdie atravesó la entrada.
—¿Qué pasó? ¿Por qué? —chilló, apresurándose hacia adelante, sin
tener en cuenta el suelo helado.
Sus zapatos, perfectos para un salón de baile, se convirtieron en las
cuchillas de un trineo. Uno se deslizó hacia adelante y el otro hacia atrás.
Unos brazos fuertes detuvieron su caída justo antes de sentir la frialdad
del hielo en su trasero. La persona la levantó como si tuviera el peso de una
pluma.
—Anda, que no se diga que no te he salvado la vida —se burló Ark—.
¿Vale para volver a ser un príncipe?
20
“¿Quién vuela sin sombra y regresa sin ruido?”

Estaban en la cocina de Marwelene. Birdie no había tocado la taza de


infusión y miraba al frente sin ver nada.
—No voy a vivir contigo —repetía de forma inconsciente.
Cuando Marwelene se había ofrecido a guardarle la capa, le había
respondido «No voy a vivir contigo». Lo mismo ocurrió cuando le había
pedido elegir si quería sentarse en el salón o en la cocina, y cuando Ark le
había informado que un representante de las autoridades vendría a hablar
con ella sobre la fuga de agua.
—No es que tengamos elección, cariño. Es mi casa o la tuya —le
respondió Ark—. Y la tuya, bueno…
—¡No me llames cariño! —chilló Birdie.
¿Qué diablos tendría que hacer para convertir a ese sapo en un
auténtico príncipe azul? ¿Escribir un manual de instrucciones? ¿Inventar
una poción anti-irresponsabilidad? ¿O simplemente darle un buen golpe en
la cabeza?
Rezaba para que un mago, algún dios o su hada madrina, resolviera el
desastre.
Se escuchó la campana y Marwelene se apresuró a desaparecer.
Regresó poco después, acompañada por un hombre de mediana edad, que
llevaba un uniforme de maquinista, sin casco.
—Niña...
Birdie le ahorró el sufrimiento y asintió en saludo.
—Señorita Oftheredheads. —Él tenía la cara roja por el frío y las
manos, sin guantes, de dedos con nudos prominentes—. El conducto
principal de agua que corresponde a este barrio pasa por debajo de la
plantación de manzanos. Todavía desconocemos la causa por la cual se ha
roto, lo más probable es que el problema fuera su antigüedad.
—Las raíces —lo interrumpió Marwelene, agitando la varita—. Las
raíces de los árboles deben haber estrangulado el canal.
El hombre se aclaró la voz.
—Sabemos que debe haberse partido cerca de la superficie —
prosiguió—. Intentamos llegar al problema y resolverlo lo antes posible.
Tengo autoridad de informarle que los gastos de reparación correrán a
cuenta de la garantía local.
Birdie se incorporó. Había escuchado la mitad de la explicación. La
aliviaba saber que no tendría que pagar soles de los que no disponía.
—¿Se conoce cómo debería organizarme hasta que se resuelve?
¿Dónde voy a vivir?
Por el rabillo del ojo notó que Ark quería intervenir. Lo silenció con
una mirada.
El hombre mudó el peso de su cuerpo de un pie al otro. Se enderezó e
hinchó el pecho.
—¿Es sabia?
Birdie cerró la boca con un chasquido fuerte, el sonido de sus dientes
al chocar entre sí. Si hubiese sido declarada sabia antes del incidente, las
autoridades se hubiesen visto forzadas a ofrecerle alojamiento. Como no lo
era, se suponía que se alojaría con sus padres.
—Gracias. Avisadme cuando haya novedades —solicitó, su voz
estrangulada por los nervios.
Esperó hasta que el trabajador salió para explotar.
—¡No, no, no, no! —Se cogió la cabeza entre las manos y empezó a
dar vueltas, mirando el suelo lo justo para no tropezar con algo.
Aunque Marwelene y Ark respetaban su angustia, sentía que no la
escapaban de vista.
—Niña —dijo la anciana—, siempre tienes un cuarto aquí.
Un cuarto no resolvía su problema. Un cuarto era el problema.
Birdie se frotó los ojos.
—Gracias, pero sabes que no puede ser. Necesito un poco de tiempo
para entender dónde me he equivocado. Eso es demasiado, se me ha caído
el cielo encima.
—Exagerado. Se rechaza, Su Señoría.
La voz grave de Ark resonó en el silencio de la cocina. La casa estaba
bien aislada, pero de fuera llegaba algún sonido, el grito ahogado de un
trabajador, el ruido de una máquina.
Birdie lo miró y le pareció verlo por primera vez. Había dejado atrás el
traje por un par de pantalones oscuros y un jersey cómodo. Aunque colgaba
holgadamente en su cintura, se ajustaba bien en los hombros y los bíceps.
Sus ojos cansados y la palidez de su rostro contrastaban con el brillo
travieso en su mirada azul oscuro y la sonrisa ladeada que sugería una
inclinación juguetona.
Reconoció para sí que había rechazado a Ark como candidato de ser
príncipe azul por una primera impresión desfavorable, y que le perjudicaba
ser tan apuesto. Se sentía amenazada por su figura poderosa, el semblante
alegre y su actitud festiva. Ella no confiaba en la belleza, pues había
aprendido de su madrastra que la belleza era un disfraz utilizado por los
monstruos. Por deducción, esperaba que Ark fuera uno. Pero en ese
momento vio un muchacho que ocultaba sus miedos tras sonrisas. Las
sonrisas eran para Ark lo que las capuchas eran para ella.
Birdie estalló en carcajadas.
«Resuelvas una crisis con otra», le dijo la voz de la razón.
Le daba igual. Si Ark no se quejaba a pesar de tener una marca en
carne viva y veneno de sapo en su sangre, ella tampoco lo haría por
quedarse sin casa por tiempo indeterminado. Y si tenían que compartir el
espacio durante los próximos tres saltos de luna, que así fuera. Las hadas le
habían mandado tantas señales que hasta un ciego habría empezado a ver.
—Me tienes —dijo riendo—. Aunque no lo desearas, me tienes.
—Quisiera. Pero mi hada madrina tiene mucho que decir en el asunto
—respondió Ark con seriedad, examinando primero su hombro izquierdo,
luego el derecho.
—No está aquí —indicó Marwelene.
—Oh, da igual. Siempre lo sabe todo.
—Así es —estuvo de acuerdo la anciana.
Birdie se quedó con la impresión de que se perdía algo, pero no se dio
prisa en averiguarlo. Empezaría a vivir con Ark y no quedarían secretos
entre ellos.
—Iré a ver si puedo coger algo de mis pertenencias —avisó.
—Ponte las botas —la aconsejó Marwelene.
Se fue con la impresión de que empezarían a hablar de ella antes de
que llegara a la puerta. Mientras se cambiaba los zapatos, inclinó la cabeza
para escuchar algo, pero encontró solo silencio.
Cuando salió del patio de Marwelene y se acercó a su casa, lo hizo con
optimismo. Tensó sus labios al máximo para obtener una sonrisa y la
mantuvo hasta que entró en el recibidor. El corazón le subió hasta la
garganta al ver el desastre. El agua le cubría los tobillos, las pequeñas
alfombras que decoraban el suelo flotaban como hojas muertas y en los
rincones se había formado una película fina de hielo. De lo que veía de la
cocina, los trabajadores habían subido las sillas encima de la mesa y
amontonado parte de los pequeños muebles sobre la encimera. Las cortinas
estaban corridas para dejar entrar la luz. Se cruzó con alguien que llevaba
una capuchina en la parte delantera del casco.
—¿Puedo subir? —preguntó, parpadeando con rapidez para ahuyentar
las lágrimas.
Esa era su vida. Ahogada.
—No hay desperdicios arriba —la tranquilizó el hombre. Pero tenga
cuidado con las escaleras. ¿Necesita que la acompañe?
Birdie negó. Soltó un suspiro y enderezó la espalda. Subió con
cuidado, pisando cada escalón como si al final de los peldaños la esperara
un premio. Y así fue. Arriba, la casa estaba intacta, sin tocar por el agua o
extraños. El sol atravesaba el cristal de la ventana del final del pasillo. Se
detuvo en la habitación que solía usar, cogió un pequeño baúl y lo llenó con
lo esencial.
No perdió más tiempo de lo necesario para evitar caer en la
melancolía. Arrastró sus pertenencias por la escalera, pero tuvo que
arreglarse para coger el baúl en brazos cuando llegó a la planta baja. Se
guió por el rabillo del ojo para salir y, al dar con el hueco que una vez había
sido la puerta de entrada, lo dejó caer y lo empujó con el pie, mirando cómo
se deslizaba hasta el patio.
Ella la siguió mucho más despacio.
—¡Birdie, cariño!
El chillido estridente hizo que se le erizara el pelo de la nuca. Buscó
entre la gente y las máquinas a la propietaria de la voz. No le resultó difícil
encontrarla, ya que el don de su madrastra constaba en manipular el tiempo
y enfocarlo en su única persona.
Malle no se atrevía a avanzar. Había conseguido que alguien le
ayudara a subir encima de un montón de piedras, con las botas a salvo del
agua y el lodo.
—¡Cariño! —volvió a llamarla.
Birdie maldijo que había hecho contacto visual y no podía fingir no
haberla visto. Incluso con un único ojo o quizá por eso, Malle era capaz de
observar detalles imposibles para una persona normal.
Igual tendría que pasar por su lado para volver a la casa de Marwelene.
Cogió el baúl por el asa y avanzó con decisión.
—Señora —dijo, al parar delante de Malle.
Dejó caer el equipaje con un golpe a propósito. Aunque había
estropeado el cuero para siempre, las botas y la falda de su madrastra
estaban también perdidas, llenas de salpicaduras.
—¡Birdie! —chilló una espantada Malle.
—Señora —repitió ella, con una sonrisa sardónica. Esperó la
continuación de brazos cruzados.
Malle frunció los labios de tal modo que Birdie imaginó haberse
quedado sin lengua mientras investigaba su ropa estropeada.
Entonces temió. Por el rabillo del ojo estudió el alrededor, las posibles
salidas, dónde estaban posicionados los trabajadores y si había armas
potenciales para defensa en caso de que las necesitara. Dudaba que Malle se
atreviera a agredirla físicamente en público, pero había aprendido a estar
preparada.
Su madrastra se recuperó, enderezó la espalda y la miró desde la
altura.
—El concejal me informó sobre este desafortunado incidente. Afirmó
que lo arreglarían antes de que sufrieras incomodidades. Lo aseguré que no
vayas a sufrir ninguna porque tenemos una casa.
Birdie se quedó pasmada. Su cabeza se enganchó entre recuerdos y
alucinaciones, y cuando Malle tendió los brazos en una invitación para
abrazarla, esos se convirtieron en los tentáculos de un pulpo ciego que
tanteaban su cara con toques húmedos y venenosos.
Un ruido detrás de ella la sacó del engaño de su mente y entonces
entendió que algo no iba bien. La última vez había visto a Malle en la fiesta
y había hecho una salida digna del final de una tragedia, usando un
repertorio entero de acusaciones, gritos y puertas golpeadas. Pero su
madrastra se comportaba como si nada hubiera pasado, lo que significaba
que la preocupaba algo más gordo.
—Es un incidente desafortunado —comentó Birdie, copiando el acento
altanero de Malle y odiándose por ello. Lo mucho que deseaba no parecerse
a ella, pero era como si la magia sobrenatural la empujaba a hacerlo—. Y si
te has enterado tan rápido, también sabes que soy una condenada y que no
puedo separarme de Ark, un sapo. ¿Estás dispuesta a ofrecernos alojamiento
a los dos?
Aguardó con impaciencia la respuesta para poner fin a la conversación.
—Sabes qué opino sobre los sapos, y Mesortid, de ningún modo, me lo
permitiría —la regañó Malle. Se inclinó hacia ella desde la plataforma y
habló en voz baja—. Me he puesto en contacto con varios seres poderosos y
tengo la certeza de que en unos días podré librarte de la condena. Volverás
con tu familia.
—Gracias —contestó con amabilidad—. No —añadió y se dio la
vuelta—. He perdido a mi familia cuando padre se fue.
Un plaf y un gritito ahogado resonaron a sus espaldas. Las uñas
afiladas de su madrastra se aferraron a su capa, y la capucha se soltó.
—Birdie…
Con una calma que no creía poseer, ella se giró, con el rostro todavía
descubierto.
—Lo que te ofrezco nunca es suficiente para ti —acusó Malle.
—Lo que me ofreces no es lo que necesito. No es amor, no es un
hogar. Ni sé lo que es y no sé por qué has deseado un niño, cuando las
hadas te han dejado claro que no deberías tenerlo. Procuraste cambiarme a
tu antojo, jamás me aceptaste por lo que fui. No he sido suficiente para ti.
El amor es un sentimiento que calienta el interior, fluye por las venas. Te
llena, es libre. ¿Lo encuentras en ti?
—¡Has mancillado el nombre de la familia, a mí, el recuerdo de tu
padre…! —Malle perdió la compostura. Su apariencia serena se desmoronó
como la fachada de un edificio viejo que, al ser lavado por la lluvia,
revelaba todas las imperfecciones. Sus finas cejas se unieron en una línea
que aparentaba ser el garabato de unos dedos temblorosos, los pómulos se
estiraron demasiado y descubrieron unas arrugas profundas en las mejillas.
Pero lo más impactante era su cuello, un entramado de venas gruesas,
azules, en una piel de color morado.
Birdie estalló en carcajadas histéricas.
—¿He mancillado? ¿Yo? ¿Quieres que hablemos de eso ahora?
Malle miró hacía un lado mientras se recomponía. Cuando alzó el
rostro hacia Birdie, era la personificación de la calma.
—No me dejas elección. Eso es trabajo del delegado mercantil, pero ya
que estoy aquí, te informo que hemos leído la última voluntad de tu padre.
—¡Padre no está muerto!
—Como bien supones —prosiguió Malle, sin ofrecerle tiempo para
dominar sus emociones—, todo me pertenece, la plantación, las casas. A
Gevant se le ocurrió que podrías quedarte con esos árboles —agitó la mano
hacia los manzanos—, si serás declarada sabia antes de cumplir veinte
primaveras.
—Dos saltos de luna —susurró Birdie.
—Menos de dos saltos de luna. Incluso él sabía que no serías capaz de
acabar un contrato de vasallaje antes. Y echaste a perder tu oportunidad al
defender a un sapo. Puedo hablar con Deidre para que vuelva a recibirte,
aunque esté muy desilusionada contigo…
—No lo hagas.
Ante su negativa, Malle torció el gesto con desagrado.
—Esperábamos esa respuesta de ti, Mesortid e yo. Pero él cree en los
valores familiares. Me sugirió que perdonara tus fallos. Tenemos claro que
no lograrás ser declarada sabia antes de dos saltos de luna. Por eso, durante
el mismo tiempo, te ofrecemos comprar la plantación y ese calabozo donde
te gusta vivir. Si no estás interesada, vamos a venderlos de todos modos. A
Mesortid no le agrada estar asociado con los trabajos de campo.
—¿Qué? —Birdie susurró, aunque en su interior se escuchó como un
grito de agonía.
Los manzanos habían sido su hogar desde que tenía memoria. Su
madrastra sabía que le sería imposible conseguir tantos soles en tan poco
tiempo. Aunque su casita no le serviría de nada y en la plantación solo
entraba cuando quería sacarla a ella de allí y los criados no lo conseguían,
era un afán de forzarle la mano y hacer otra vez lo que ella deseaba.
—Mi compromiso con Mesortid cambia nuestro acuerdo.
Birdie interpretó que se refería al hecho de haberle permitido vivir en
el edificio de los trabajadores. Se rio con amargura.
—Entiendo. Bien —respondió con dificultad—. Que sea como tú
quieras.
Se alejó sin mirar atrás, con las mejillas heladas, la cabeza erguida, y
sin haberse puesto la capucha.
Birdie había renunciado hacía mucho a la esperanza de que su
madrastra cambiara. Seguía luchando por instinto y no entendía por qué las
hadas la habían ofrecido a Malle. Pero tenía claro que era una hija del Mal y
solo tenía dos opciones: convertirse en el Mal o luchar contra él.
21
“Vuela que vuela, allá va y viene, hace y construye, manos no tiene.”

Ark no conseguía encontrar una postura que le indujera sueño.


Reconoció para sí que debería madurar y ocuparse de sus asuntos, porque
su hermana había cometido un error al comprar el diván. Se había dejado
seducir por el tacto del terciopelo, sin tener en cuenta lo doloroso que
resultaría dormir encima de las movedizas almohadas. Las que tenía bajo la
cabeza y el culo se hundían demasiado, dejando su espalda en el aire, y su
cuerpo contorsionado en forma de puente, con las piernas colgando desde
las pantorrillas.
Procuró tumbarse de un lado, pero las almohadas se inclinaron tanto
que estuvo a punto de rozar la piedra del piso con la nariz. Tomó su manta y
se tendió al lado del sofá. Se dejó caer en silencio y la abrazó con afecto.
Era una pieza extraordinaria, del tamaño de un coliseo, la suavidad del
pelaje del gato, la densidad de un colchón y el peso de una capa de nubes.
Le servía como sábana, colcha, y, últimamente, como querida. Suspiró con
la nariz hundida en el pelaje y cerró los ojos. El gesto trajo un recuerdo
doloroso de su ceja, y se percató de que tenía las extremidades heladas y el
suelo frío no ayudaba. Podía vivir con los pies fríos, pero no se imaginaba
que haría si empezarían a salirle verrugas o desarrollara un talento mágico
para croar.
Estiró las piernas lo más que pudo, con los talones apoyados en la
pared. El suelo resultaba más cómodo que el diván, pero no se veía
descansando así durante tres saltos de luna. Aunque iba a ser mucho menos
si el veneno hacía efecto. Le habían advertido sobre el frío constante, el
cambio de color y textura en su piel, y la transformación en sus hábitos
alimenticios, del día a la noche.
Sus pensamientos regresaron a la criatura que ocupaba su cómoda
cama. Sus intentos de entablar una conversación habían sido despachados
con un «mañana» despectivo. De un modo, Ark había respirado aliviado,
pues no sabía qué decirle y dudaba que un simple lo siento, en todos los
idiomas de la Tierra de los Cuentos fuera suficiente. Birdie era una
muchacha que, con toda la certeza, esperaría pruebas tangibles de su
arrepentimiento por haber llegado a ese desafortunado punto. Y por lo poco
que la conocía, estas pruebas podrían incluir lanzarse de cabeza desde la
más alta montaña de la Cordillera Pálida, encontrar a Excálibur y usarla
para derrotar a los siete dragones que custodiaban la entrada en la Isla de
los Siempre Recordados, o traerle una rosa de las Tierras del Eterno
Castigo.
Ark abrazó la manta con más fuerza. En secreto, se alegraba de que no
hubiera tenido tiempo de cambiar las sábanas y esperaba que Birdie pasara
la noche en vela, envuelta en su olor.
Se giró en el suelo y miró el techo, a la vez que agudizaba los oídos
para captar algún sonido del otro lado de la pared. Solo unos pocos metros
les separaban, pero o bien Birdie se había dormido sin emitir ni un
ronquido, o era una maestra del sigilo.
Después de un tiempo dejó de escuchar, sus músculos se relajaron, y
Ark reconoció la bienvenida llegada del sueño. Esbozó una sonrisa y
murmuró en voz baja:
—Buenas noches, cariño.
Unas risitas lo despertaron. No debía haber dormido mucho, pues no
estaba confuso y recordaba con claridad quién ocupaba el espacio del otro
lado de la pared.
Al principio, pensó que Birdie hablaba por el PiC, pero después de
unos minutos sin escuchar respuesta, lo venció la curiosidad. Se levantó y
se deslizó de puntillas por la habitación. Conocía cada rincón de su hogar,
no necesitaba luz. La oscuridad era su aliada, ocultándolo entre las sombras.
Se detuvo detrás de la pared y asomó la nariz.
Había acertado, Birdie no hablaba por el PiC. Hablaba sola.
Estaba tendida en el medio de su cama, con las piernas y los brazos
separados, y le sonreía al techo. Una pequeña capuchina alumbraba el
espacio, descubriendo su cuerpo y ocultando el rostro en las sombras.
—¡Qué no! —se rio y negó a la vez con la cabeza—. Dudo que
cualquier tipo de magia pudiera convertir a una oveja en un príncipe. —
Volvió a reírse—. Perdón. Carnero. —Agitó la mano en el aire—. En primer
lugar, tú no deberías estar aquí.
Ark se ocultó con rapidez. Solo después de que Birdie volvió a hablar,
entendió que no lo había descubierto. Volvió a asomar la cabeza.
Cuánto sitio desocupado en su cama. ¡Cómo se atrevía a verse tan
cómoda! Encima, llevaba un camisón de una tela casi transparente, que
apenas le llegaba a las rodillas. Seguro que habían usado el material para
coser las mangas abultadas y no había sobrado para hacerlo más largo, se
consoló a sí mismo. ¿Por qué no se cubría? No hacía tanto calor como para
dormir medio desnuda. Además, estaba el decoro. Él había pensado en los
delicados sentimientos de Birdie, no había querido incomodarla y se había
puesto pantalón y camisa. Sí, la vista era bálsamo para sus ojos, pero…
¿Y si se tendía a su lado? ¿Sería capaz de seducir a Birdie? El mero
pensamiento hizo que su entrepierna latiera. Empezaría por acercar la nariz
a su cuello, besarle la piel con su aliento. La tocaría con una mano en la
rodilla y subiría, levantando el camisón de poco a poco, hasta llegar a las
caderas. Sí, tendría paciencia y no haría nada inesperado hasta que ella se
retorciera entre sus brazos, hasta que no viera en sus ojos el mismo deseo
que lo consumía.
—Anda, vete y deja a tus amiguitas que hagan su trabajo —espetó
Birdie.
Ark saltó hacia atrás y pegó la espalda a la pared, agradeciendo la
frialdad de la piedra.
«Santas hadas, qué deseo.»
En un impulso, quiso darse el capricho de intentar seducir a Birdie,
pero recordó que por haber cedido a sus impulsos terminó durmiendo en el
suelo. Imaginaba que Mardius y su legión de hadas amigas debían de
desternillarse de risa si lo observaban en ese momento, a pocos metros de
una muchacha absolutamente deseable y sin hacer nada.
—¿Cuántas ovejas tengo que contar? Necesito dormir —se quejó
Birdie. Después se rio un buen rato.
«¿Qué le estaría diciendo el animal para hacerla reír de esa manera?»,
se preguntó Ark, sorprendido por el hecho de verla de buen humor. ¿Podría
ser que la oveja fuera su hada madrina? Rechazó el pensamiento al instante,
después lo reconsideró, suponiendo que las hadas podían aparecer de
cualquier forma.
—Sí, tienes razón. Necesitaba hablar con alguien, pero no voy a
continuar haciéndolo con un carnero. ¡Porque es una locura!
Cuando creía que el animal no permitiría más respuestas, Birdie
resopló.
—Te aseguro que no necesito tu ayuda. —Sonrió, para después añadir
—. Ha sido entretenido. Gracias. Ahora, en vez de pensar en mis problemas,
recordaré que he hablado con una oveja. Carnero —se excusó. Después de
una pausa, respondió a otra pregunta que Ark no pudo escuchar—. No, no
he arreglado nada. Y no sé cómo vaya a hacerlo —susurró.
Ark estaba preparado para tomarle el pelo, pero las últimas palabras de
Birdie le dejaron mal sabor y se retiró en silencio.
Volvió a tenderse en el suelo, se cubrió con la manta e intentó
contactar con el carnero-asesor de corazones de Birdie. No acudió a sus
llamadas, por lo que lo probó con su hada madrina, en la forma que
conocía. La llamó en silencio hasta que sus párpados se cerraron y las
imágenes en su cabeza se mezclaron hasta volverse fantasías. Pasó la noche
en vela, con la esperanza de que la mañana le trajera un milagro.

La respuesta a sus ruegas le llegaba hasta la cintura, llevaba un


tricornio de color naranja y había llenado el pasillo de paquetes.
—Ya era hora de que abrieras —farfulló Marwelene, empujándolo en
el pecho con su varita para que se apartara—. Por favor, recoge esto.
Entró, pisoteó la manta que él había dejado en el suelo, encontró el
diván y después de acomodarse, se quitó el tricornio y empezó a abanicarse
con él.
—Mi edad empieza a notarse —se quejó, sin aliento. Desmintió la
afirmación al gritar—: ¡Birdie, he traído el desayuno!
Todavía aturdido, Ark se ocupó de llevar los paquetes al interior,
sorprendido por la cantidad que superaba su compra semanal. Pero como su
estómago protestó con ruido por los tentadores olores, se guardó los
comentarios. Incluso los que tenían que ver con el hecho de que Birdie
llevaba asearse tanto tiempo que temía haber acabado con el agua de todas
las tierras.
Al parecer, Marwelene conocía las palabras mágicas para sacarla.
Enseguida salió una Birdie que casi no reconoció. Estaba tan acicalada que
Ark sospechó haber atravesado las murallas de la Medulya, usado todas las
pociones mágicas y vuelto. No era solo el hecho de que llevara el pelo
recogido con pulcritud, que se había aplicado los productos de embellecer
con un arte exquisito o que el vestido y los zapatos la incluirían en una lista
de sangre azul nada más verla. Birdie cruzaba la frontera de la belleza
porque estaba rodeada de un aura irresistible. Como si las hadas hubieran
esparcido polvo estrellado en su cabellera y este resplandecía a su
alrededor.
Marwelene también lo notó.
—¡Birdie, el noviazgo te favorece! Estás brillante.
—Gracias. —Ella aceptó el cumplido con una corta inclinación de
cabeza. Dejó un beso en la mejilla de su vecina y la abrazó—. Y gracias por
el desayuno.
—No has pagado por eso, ¿verdad? —Marwelene le golpeó el hombro
unas cuantas veces.
—¿Para qué?
—Tu brillo.
Birdie se rio y Ark alzó una ceja a la espera de la respuesta.
—No. Sabes que jamás pagaría por ayuda mágica. —Cuando su vecina
le guiñó un ojo a Ark, ella se apresuró a explicarle—: Él no tiene nada que
ver. Ha roncado toda la noche.
—¡No ronco! —protestó Ark.
—Lo haces. —Birdie se alejó y empezó a abrir los paquetes—. Vamos
a desayunar.
—¿Dónde está la tetera? —inquirió Marwelene.
—Yo prepararé el té —dijo Ark—. Es lo menos que puedo hacer.
¿Cómo te gusta?
—Caliente, fuerte y con un frasco de licor al lado —fue la respuesta de
la anciana.
Ark las dejó ponerse al día, aunque habían pasado solo unas horas
desde que no se habían visto. Cuando todos estuvieron sentados y con un
plato lleno delante, Birdie habló.
—Ayer no he finalizado los asuntos con Deidre. Iré a presentarle mi
renuncia.
—¿No te contactó? —preguntó Marwelene.
Birdie negó con la cabeza.
—De todos modos no espero nada bueno… —Cogió la taza y dejó
caer la vista en ella.
Marwelene golpeó su platito con una cucharita, forzándola a levantar
la mirada.
—Niña, sabes cuánto te quiero. Respeto tus decisiones, pero te imploro
que lo pienses más. ¿Qué harás ahora? Déjame ayudarte. No tengo lo que te
pide, pero entre…
—No. —Birdie fue cortante.
—¿De qué hablas?
Ark dirigió la pregunta a Marwelene, ya que no esperaba una respuesta
de Birdie. Por suerte, la mujer estaba dispuesta a compartir los secretos de
su compañera de vivienda.
—La madrastra de Birdie se ha comprometido con un duende,
miembro del Banco Genio. Va a vender la plantación de manzanos y el
hogar de Birdie, si ella no se lo compra antes.
—Lo siento. —Ark se aclaró la voz. No era que pudiera ayudar de otro
modo que espiritual, y Birdie cogería su apoyo para romperlo en pedazos
pequeños y tirarlos en el camino del viento.
—No importa. Pensaré en algo —respondió Birdie sin mirarlo.
—No hay nada más importante en el mundo para ella que esta casita y
esos árboles —le explicó Marwelene, emocionada.
—Ya —la hizo callar Birdie.
La anciana se levantó.
—A ese brebaje le falta empuje —se quejó—. Voy a comprobar tu
despensa. ¿Tú qué piensas hacer hoy?
Ark no le había contado a Birdie que había recibido la carta de despido
de su trabajo.
—Iré a entrenar —dijo.
Dos caras lo estudiaron con sorpresa y él metió la nariz en la taza de
infusión. Todavía no sabía cómo iba a ganarse la vida, pero no había
perdido el optimismo. Era fuerte, apuesto, con un talento natural para
hechizar personas. Confiaba en que encontraría algo, incluso con la ceja
cortada por la marca del sapo.
Como si le hubiera leído los pensamientos, Marwelene interrumpió el
silencio.
—La marca es un signo distintivo en tu rostro. ¿A que lo hace incluso
más apuesto, Birdie?
Un solo gruñido, algo parecido a un sonido de asco se escuchó. Ark
esperó que el pan se le hubiera atascado en la garganta a Birdie y le impedía
mostrar su acuerdo.
—¿Sabes qué? —continuó Marwelene—. Te esperaré hasta que
vuelvas. Voy a aprovechar el tiempo para ordenar un poco el sitio —
anunció.
Ark se levantó como si en su silla acababa de estallar un incendio.
—Os veo luego —se despidió.
Cogió su bolsa de trabajo, que siempre estaba preparada, y salió sin
mirar atrás. No le preocupaba que Marwelene metiera su nariz en su casa,
siempre y cuando no estuviera presente para rebuscar en su corazón y en su
cabeza. No dudaba de que la mujer fuera un fenómeno del cual era mejor
mantenerse apartado.
Bajó las escaleras a saltos y se encontró con que su camino hacia la
salida estaba bloqueado por un montón de cajas. Mientras debatía cómo
evitarlas, la puerta se abrió y se cerró de un golpe. Su hermana dejó caer en
el suelo un par más y resopló.
—Son los últimos. Planeaba pedirte que empezaras a pagarme por
hacer tus recados, pero supongo que no es el mejor día.
—¿Qué hay allí? —inquirió Ark.
—En la mayoría, alimentos. Un juego nuevo de cama, dos almohadas
de pluma de ganso, jabón de minerales, tés calmantes, cristales que traen
suerte y un par de cosas más. Madre tiene miedo de que vayas a morirte de
hambre y tristeza.
—Llévalos de vuelta.
—Ni hablar. Si no los quieres vas a devolverlos tú mismo.
Ark no necesitó pensárselo.
—Llévalos arriba. Está Birdie y su vecina.
Torció el gesto al pensar que juntarlas a ellas tres en la misma estancia
era el equivalente de una calamidad. Su hermana siguió sus conclusiones.
En el primero momento se preparó para protestar, pero su semblante cambió
con uno mucho más alegre.
—Maravilloso. Por cierto, Circe dice que no le contestas.
—¿Y?
—¿Por qué no le contestas?
—¿Por qué debería?
—Vale. Otra vez no te tomaste las vitaminas. Le diré a Birdie que se
ocupe de que no te las saltaras —comentó Aria.
—¡No le dirás nada a Birdie! —gritó Ark.
De repente, sintió ganas de retirarse a un sitio lejano, donde nadie le
conociera. Huir apareció de nuevo como idea salvavidas. Lo que le impedía
era que debería llevar consigo un paquete vivo, de ojos dorados, cabello
robado del amanecer y el carácter de un trol. Sacudió la cabeza y abrió la
puerta para salir a la calle.
No había pedido nada, pero le llegó más.
—Ark —saludó Circe, con los brazos cruzados y una postura que
indicaba de modo claro su intención de no desaparecer antes de lograr su
propósito.
Él se rindió. Tiró su equipaje al suelo y se sentó en uno de los tres
escalones que unían la puerta con el bordillo de la calle.
—¿Qué? —inquirió, cogiendo su cabeza entre las manos.
—Quiero ayudarte —dijo Circe, acercándose.
La Ark negativa de Ark fue inmediata.
—Siento si te ofende mi rechazo, pero no puedo aceptar que destroces
tu vida ofreciéndome una segunda oportunidad. Además, el juez ya me
emparejó con una maravillosa criatura.
—Entiendo.
Ark levantó la cabeza y estudió el rostro de Circe. No encontró
evidencias de que se sintiera herida o que no tuviera intenciones nobles.
—¿Entonces? —se interesó, curioso en qué más había podido pensar.
—Sabes que tengo contactos —dijo ella.
—Como no tengas uno muy poderoso en la Medulya, dudo que pueda
ayudarme. Te lo agradezco, de verdad. —Ark se levantó y enderezó los
hombros—. Pero es mi problema.
—No pierdes nada con intentarlo —insistió Circe—. Te explico, existe
una persona que educa a los sa… —cerró la boca y volvió a intentarlo—, a
los que han sido marcados. Les da clases de cómo deberían comportarse
para regresar a ser lo que han sido.
—¿Crees que necesito clases?
La mano de Circe se detuvo en el antebrazo de Ark.
—Para mí eres y siempre serás un príncipe verdadero. Tu marca solo
delata el error de La Corte. Pero el Encantador te enseñará cómo ganarte a
todo el mundo, no solo a mí. A mí me tienes ganada desde que le robamos
el plato con bolos a Scorchbread y nos ocultamos bajo la escalera para
comerlos.
Ark sonrió. ¡Qué susto habían pasado! Habían engañado a
Scorchbread, se habían reído como locos, y habían acabado con dolor de
barriga por los nervios y por comerse los bolos calientes. Otros tiempos,
otra vida.
No creía que pudiera retroceder en el tiempo sin intervención mágica.
Pero si lo que le proponía Circe lo ayudaría a encontrar trabajo, valdría la
pena intentarlo.
—De acuerdo —dijo.
—¡Qué alegría me das! —Circe saltó para abrazarlo—. Te mandaré los
detalles por el PiC —anunció al soltarlo.
—Gracias. Esperemos que funcione.
—No lo dudes —le aseguró ella. Se quedó mirándolo hasta que Ark
empezó a inquietarse.
Lo suyo era una amistad forjada a lo largo de muchos años. Él sabía
que Circe tenía una obsesión con lo sobrenatural y que había dirigido sus
estudios y todos sus esfuerzos en encontrar respuestas a las preguntas que
había dejado atrás la desaparición de la magia. Ella estaba al tanto de todas
sus aventuras, y él era su aliado cuando Circe discutía con Merlín. Se
llevaban tan bien que había hecho de pareja falsa las veces que Ark
necesitaba escapar de relaciones que se habían vuelto demasiado intensas
para su gusto. No había lugar para miradas ambiguas entre ellos, Ark lo
tenía claro.
—Estaremos en contacto —dijo, cogiendo su bolsa y alejándose sin
mirar atrás.
Lo mejor que sabía hacer era alejarse sin mirar atrás.
22
“Cuanto más profunda es, tú mucho menos la ves.”

Birdie se desplomó en una silla de la primera tetería que encontró. A su


madrastra le hubiera salido una nueva arruga si hubiera presenciado su
forma de sentarse, con las piernas abiertas, las manos caídas a los costados
y la cabeza pegada al respaldo.
Se regañó porque la mujer que la había criado aparecía de modo
constante en sus pensamientos. Tan débil era. Aunque sabía que nunca
obtendría la aprobación de Malle a menos que cambiara según sus deseos,
anhelaba un abrazo, una palabra de consuelo, una sonrisa sincera. Resopló,
consciente de que entrar en la Medulya estaba más cerca de su alcance que
obtener esas simples muestras de afecto de su madrastra.
—Una infusión de violetas con miel de manzanilla y tres rodajas de
agrio salvaje, por favor —pidió cuando la dueña se acercó a su mesa.
Solo entonces se quitó el abrigo, sacó el PiC y se permitió reflexionar
sobre sus problemas.
Había tenido un día penoso, empezando por dar por finalizado el
contrato con Deidre, a solo dos puestas de sol de ser libre. Después se había
negado a unirse a una sociedad oculta a la que pertenecía Marwelene, a
pesar de la promesa de encontrar los deseos desconocidos de su corazón, y
hallar así su camino en la vida. Además, había enviado a Circe a tomarse
vacaciones indefinidas en las Tierras del Eterno Castigo cuando apareció en
su puerta (la de Ark, de hecho) con la oferta de un pago semanal por
compartir los detalles de cómo se lo arreglaban los dos. La había mandado
con palabras y gestos, ya que no se atrevía a matar a la hermana de Merlín.
Incluso así, había probado una satisfacción plena. Necesitaba soles como
necesitaba agua para vivir, pero se negaba a venderse a la primera arpía
adinerada. No se permitía pagar ni ese té, era tarde, estaba extenuada y con
unas monstruosas ganas de hacerse un ovillo y llorar hasta que su hada
madrina la rescatara.
Cuando tuvo delante la infusión, encendió el PiC y comenzó a buscar
trabajo. Las ofertas escaseaban, sobre todo para alguien como ella, con el
único talento de saber hacerse invisible bajo la capucha. Podía hacer de
acompañante para una duende viuda, probar suerte en la venta de calcetines
de punto o escribir poesía para un caballero enamorado. Cada una era una
opción válida para no llegar a perder su casa. No sabía cómo la salvaría,
pero encontraría el modo. Después de un merecido descanso, que mucha
falta le hacía.
No lograba acomodarse en la morada del sapo y se negaba a cerrar los
ojos envuelta otra vez en su olor. Había tenido pesadillas que no habían
desaparecido al despertar, como cualquier sueño malo normal. Seguía
alucinado con las cosas que le había hecho en sueños.
Birdie tosió y se abanicó con la mano, sintiéndose aliviada por el calor
que ofrecía el establecimiento. Mirando alrededor, se dio cuenta de que era
la única clienta, por lo que no tardó en recoger sus cosas y pasar por la caja
para pagar antes de salir. Eligió caminar, ya no se encontraba lejos y rezó
para que Ark no estuviera en casa. Si le diera tiempo para hacer todo lo que
había planeado y meterse en la cama antes de que apareciera, sería capaz de
permitirle bailar desnudo en la parte de la habitación que le correspondía. Y
tal vez, solo tal vez, lo espiaría con un solo ojo abierto.
Luchó con las llaves, de un estilo nuevo, metálicas. Antes de que
lograra encajarlas en la cerradura, la puerta se abrió.
—Estás aquí —fue el saludo de Ark, después de que le dio la espalda.
—Yo también he soñado con verte —respondió ella de mal humor.
—Lo sé, cariño. Todas lo hacen.
Ark entró en el cuarto de asear y se perdió cómo Birdie apretó los
dientes por haber usado el apelativo que le estaba prohibido.
Ella comenzó con lo primero de su lista, cambiar la ropa de cama.
Metió las sábanas usadas en una bolsa, añadió una nota que ponía
«propiedad del sapo», y la dejó al lado de la puerta.
—¿Estás adueñándote de mi cama?
Ark la sorprendió al aparecer a su espalda mientras ella abultaba la
almohada.
Birdie le dio la cara con los labios fruncidos.
—Estoy limpiando. ¿Sabes qué significa?
Él se rio sin vergüenza.
—Me suena. Mi hermana se ocupa de eso. Creo que vendrá mañana.
¿Qué día es mañana? —inquirió rascándose la cabeza.
Cuando levantó la mano, la camisa se alzó y descubrió un trozo de su
abdomen. Birdie tuvo ganas de tirarle la colcha para que se cubriera.
—El día del medio entre el cuarto y el sexto —respondió, dándole la
espalda para verificar si necesitaba cambiar algo más.
—Ah, sí. Vendrá, sin duda. No te canses, ella hará todo lo que quieras.
—¿Tu hermana trabaja para ti? —preguntó, pasando por su lado para
entrar en el salón.
Mala idea, Ark dormía allí y el cuarto estaba lleno de sus cosas.
—Solo me ayuda —él respondió, y abrió la puerta del armario para
sacar varias prendas.
—La vivienda de un duende es más grande que la tuya. No deberías
necesitar ayuda para ordenarla.
Él encogió los hombros.
—No me gusta hacerlo.
—¿Y haces solo lo que te gusta?
—Siempre. —Ark golpeó la puerta del armario al cerrarla—. Salgo, no
me esperes.
Birdie sintió un alivio tan intenso que se le doblaron las piernas. Se
dejó caer en el diván y sonrió ampliamente.
—¡Qué bien! Qué te diviertas —le deseó con una sinceridad que no
caracterizaba su relación.
—Ya. Buenas noches, cariño.
Casi se tragó la lengua para no comentar y prolongar el tiempo que
Ark pasaba en casa. Se propuso no iniciar una discusión sobre el apodo que
continuaba utilizando, a pesar de haberle advertido sobre ello.
Ark había dejado un par de pantalones tirados en una silla, una camisa
en el suelo y un plato vacío encima de la mesa. Birdie los estudió desde la
distancia, sin intención de tocarlos. Calentó leche, tostó una rebanada de
pan e hizo unos huevos revueltos. Comió rápido, enjuagó lo que había
usado y se metió en la cama. Cerró los ojos con una sonrisa en los labios y
la esperanza de que las cosas se solucionaran.
En un espacio tan pequeño, escuchó a Ark cuando regresó, incluso si
este dejó evidente que no hacía ruido con intención. Por curiosidad, Birdie
consultó la hora y vio que eran las cuatro de la madrugada. Oyó el susurro
de la ropa cuando él se cambió y la protesta del diván al tenderse. Siguió
escuchando cómo se revolvía de un lado a otro y probó una punzada de
culpa porque ella disfrutaba de una cama donde cabían cuatro personas de
su tamaño.
No volvió a pegar ojo. Al final se levantó con los primeros rayos del
sol, se preparó y salió lo más rápido que pudo, eligiendo desayunar de
camino. De camino hacia dónde, no lo sabía. Había perdido su libertad, la
oportunidad de ser declarada sabia, y estaba a punto de perder su hogar y
los manzanos.
Se preguntó qué habría hecho mal en una vida anterior para que las
hadas la castigaran tan brutalmente. ¿Sería porque no creía en su ayuda?
¿Por no invocarlas en momentos de necesidad? Había perdido la fe en los
seres sobrenaturales desde que permitieron que el Mal venciera en su propia
casa. Como representantes del Bien, no habían intervenido para educar a
Malle en ese espíritu, por lo que Birdie estaba casi segura de que las
criaturas se habían retirado a la Medulya, con el resto de la magia, o
simplemente habían dejado de existir, o tal vez, ignoraban a los humanos
tontos y esperanzados.
Un tronco le cortó el paso y Birdie se detuvo. No se había percatado de
que sus piernas habían sido guiadas por el corazón hacia su barrio, a solo
cruzar la calle de la plantación de manzanos. En la distancia divisó la casa
de Marwelene, vecina con la de una familia nueva, que se había mudado en
la estación de la cosecha. Al otro lado, se erguían un par de construcciones
que pertenecían a familias numerosas. Los gritos de alegría de los niños
podían escucharse a cualquier hora, y todos la visitaban cuando las
manzanas empezaban a madurar.
En ese momento la calle estaba silenciosa, envuelta en bancos de
niebla dispersos, a la espera de que el viento les ahuyentara.
Birdie también aguardaba la llegada de una señal divina. Si las cosas
continuaban así, pensó, terminaría ingresando voluntariamente en un
sanatorio, compartiendo cama con un hada anciana traumatizada por la
pérdida de sus habilidades mágicas.
Siete puestas de sol después, Birdie recordó ese momento y no le
alegró entender que había acertado. Esos siete días habían sido una
repetición fiel del primero. Ella huía antes de que Ark despertara, regresaba
por la noche cuando él salía y no volvía hasta la madrugada. No
intercambiaban palabra. Birdie no había hecho ningún progreso en
encontrar un nuevo contrato de vasallaje, y era casi imposible hallar trabajo
sin haber sido declarada sabia. Se volvió gruñona consigo misma y
fantaseaba con un futuro como cuidadora en una granja de sapos. No
dormía bien y apenas probaba más bocado del que necesitaba para
mantenerse de píe.
Espiar a Ark solo empeoraba las cosas. La nueva cicatriz de su ceja no
había cambiado su personalidad. Andaba silbando por la casa, le guiñaba un
ojo cuando ella le fruncía el ceño y caía rendido en cualquier rincón para
dormir como un tronco.
Harta de la situación, Birdie tomó una decisión arriesgada. Esa noche,
fingió usar el PiC hasta que Ark cerró la puerta a su espalda al salir.
Entonces ella se levantó y se puso el abrigo y salió tras él. Ocultó su cabello
bajo un gorro negro, renunciando a la capucha para evitar que Ark la
reconociera.
La idea era seguirlo y averiguar dónde y con quién pasaba las noches.
Con quién no le interesaba, era simple curiosidad, nacida del hecho de que
no se comunicaban.
El primer problema surgió en la calle. Tuvo tiempo de ver que Ark se
alejó en un maravilloso coche de época, pero ella no logró encontrar uno
dirigido antes de que él desapareciera. Regresó a casa bastante
desilusionada y muy decidida a prepararse mejor para la siguiente noche.
Lo que hizo.
Cuando Ark se subió en el mismo carromato que el día anterior, a
Birdie ya le esperaba el suyo y el cochero sabía que su misión era seguirlo.
—¡No lo pierdas! —gritó cuando el vehículo de Ark desapareció en
una curva.
Se había sentado al lado del conductor, algo que no hacía nunca.
Aunque los comercios aseguraban que todos los coches dirigidos estaban
vigilados a través de un sistema de PiC conectados, no confiaba en el
personal. Por si acaso, se había preparado y llevaba en el bolso que
estrechaba entre las manos un par de palitos afilados que usaba
normalmente para la carne y un bote con agua de pimienta.
—No lo haré, señorita. Aquí está, ¿lo ve? —El cochero señaló con
orgullo la carroza de Ark, que volvió a aparecer en un tramo de carretera
recta.
Birdie asintió y se tranquilizó, pero no pudo evitar preguntarse qué
secretos ocultaba Ark.
—El carromato de su amigo es una pieza maravillosa. Debe ser muy
rico.
—No es mi amigo —fue todo lo que tuvo para decir Birdie.
Eligió el silencio para el resto del camino. La emoción de perseguir a
Ark hacía cosas raras con su cuerpo. Ya no encontraba su equilibrio interior
desde… que lo había conocido, entendió. Debía acabar con la tontería y
volver a ser dueña de su vida. Averiguaría dónde perdía Ark las noches y lo
obligaría a tratar sus asuntos pendientes.
—Señorita, ¿está segura que quiere bajar en esta zona? —inquirió el
cochero.
Birdie estaba tan enfrascada en sus pensamientos que no se percató de
que se habían detenido.
—Si él baja, yo también —aseguró. No obstante, la duda aminoró su
impulso cuando miró a su alrededor.
—Es un barrio peligroso —insistió él.
Como si ella no pudiera verlo. No conocía los suburbios de Van
Cinceles, a pesar de haber vivido allí toda su vida. Sus salidas siempre
habían sido supervisadas por Malle, y dudaba que su madrastra encontrara
en ese lugar más que ganas de demolerlo.
El viaje había durado menos de media hora, y no había visto señales de
haber entrado en una ciudad vecina, por lo que debía ser un barrio
marginado. No había alumbrado y no alcanzaba a ver más lejos de lo que le
permitían las capuchinas del coche. Estaban atrapados entre muros
derrumbados, y en la distancia vislumbraba torres de picos afilados
perdiéndose en la oscuridad.
—¿Dónde estamos? —se interesó.
—En el Pozo Negro. No lo conoce, ¿señorita?
—No —reconoció Birdie.
—Los creyentes fanáticos aseguran que aquí empezó la Medulya,
tantos años atrás que no se pueden contar. Cuando se mudó después de la
Última Batalla Conocida, la zona quedó abandonada por miedo de que
fuera maldita. No hace mucho, dicen, desde que se convirtió en la morada
de los sapos. ¿Su amigo es uno?
Birdie tragó con dificultad.
—No —mintió, procurando que su voz sonara segura—. ¿Puede
hacerme el favor de esperarme? Le pagaré por adelantado.
—Vale, pero no tarde mucho.
Birdie bajó y cerró la puerta con cuidado, temerosa de que un ruido
fuerte pudiera provocar que las piedras se desprendieran de los muros. Tiró
del gorro sobre sus orejas y se cubrió la mitad de la cara con la bufanda. No
estaba lejos de donde brillaban los ornamentos del coche de Ark.
Había tenido la sensatez de ponerse unas botas cómodas, pero sus
pisadas en la gravilla resonaban como las zancadas de un trol. La zona
estaba desierta. Un riachuelo de piedras se deslizó desde el muro que tenía a
la izquierda. Se detuvo, con la impresión de que acababa de tragarse su
propio corazón. Hacia donde estaba el coche de Ark, un par de sombras
aparecían y se esfumaban como si alguien jugara con la magia. Por un
momento, consideró que sería inteligente de su parte renunciar de nuevo y
regresar otro día. Pero ya que había llegado tan lejos, no quería alargarlo
más. De todos modos, significaba otra noche sin sueño profundo y una lista
interminable de preguntas sin respuestas.
Inhaló el aire frío, con olor a tierra mojada, barro y polvo de heno. Un
par de hojas volaron por encima de su cabeza, como pájaros perseguidos
por un halcón.
Birdie avanzó con la cabeza gacha. Las sombras que había visto
desaparecían en el mismo lugar y allí fue donde se detuvo, delante de una
puerta doble de madera estropeada, con una cerradura nueva, brillante, del
tamaño de su cabeza. Aparentaban ser los restos de un castillo de
dimensiones pequeñas por las tres torres que se alzaban desde el interior. La
puerta estaba entreabierta lo suficiente para que se asomara sin empujarla.
En cuanto pasó al otro lado, el ambiente se animó como si hubiera
traspasado una frontera a otro mundo. En el patio, la gente se agrupaba
alrededor de dos enormes hogueras, sus llamas lamían las piedras de la
pared de la entrada en el castillo. El interior lo iluminaban antorchas
gigantes, visibles por las ventanas sin cristales, y la impresión que daban
era que todo el castillo estaba ardiendo. Como nadie aparentaba estar
preocupado por eso, Birdie se acercó con la intención de mezclarse con el
resto. Su ropa oscura combinaba con la de todos los participantes, y aunque
había pocas mujeres, se tranquilizó al entender que iba a pasar
desapercibida.
Buscando con la mirada a Ark entre las caras iluminadas por el fuego,
vio que casi todos los hombres tenían la ceja marcada.
—Estoy en un sapotorio —susurró.
Compró lo que fuera que vendieran en un puesto de bebida anunciado
por una sábana blanca, pintada con las palabras «Aquí, licores». Calmaría
su estómago, y un vaso en las manos testificaría su pertenencia al grupo.
Mientras pagaba, empezaron a sonar una serie de gongs, el sonido tan
estridente que tuvo que taparse las orejas con las manos. Oculta detrás de
una aglomeración de troncos, vio que la gente se apresuraba a entrar.
Todavía no había encontrado a Ark, pero no dudaba de que estuviera allí.
Siguió a los otros y encontró un lugar en la cola cerca de dos señoras
mayores, muy animadas. Desde su posición, escondida por sus grandes
cuerpos, observó la entrada de verjas metálicas que conducía a una escalera
que bajaba. Un hombre con una máscara de sapo colocada en su frente,
cobraba el valor de las entradas mediante el PiC.
Birdie preparó el suyo.
—Treinta soles —dijo el hombre cuando llegó su turno.
Birdie estuvo a punto de informarle qué podía hacer con esa suma
exorbitante.
—Quince si no quieres apostar —le indicó él al verla dudar.
—¿Apostar?
Él le guiñó un ojo.
—Hazlo. Los novatos siempre tienen suerte. Treinta soles y te llevas
un boleto de apuesta.
—No entiendo. —Birdie balbuceó, pero el hombre resultó ser de
ayuda.
Paró la cola con una señal y le mostró su PiC.
—Haz la transferencia y te quedas con el boleto. Antes de que empiece
una partida decides en quién quieres apostar y marcas tu elección. Si
pierdes, no pasa nada, ya has pagado. Si ganas, te transferimos los créditos
al contado.
¿Ark estaba allí para apostar?, se preguntó Birdie. Era un recreo
peligroso, en el caso de perder, tantos soles le daban para comer durante una
semana. No era tacaña, pero tampoco estaba en el mejor momento de su
vida para permitirse tirar su fortuna.
—De acuerdo —dijo. Se sorprendió a sí misma porque su decisión
inicial era no hacerlo.
El hombre conectó sus PiC antes de poder cambiar de opinión y le
indicó el primer peldaño, animándola a bajar con un suave empujón.
La escalera de caracol estaba bien iluminada por las antorchas. Aun
así, tuvo que descender con cuidado porque la piedra estaba gastada y por
lugares faltaban tramos. La mano con la cual se apoyaba en la pared se le
heló.
A medida que daba vueltas bajando, el ruido se hizo ensordecedor y un
olor fétido se alzaba con cada grito. Cuando llegó al último peldaño, vio
que faltaba una pared entera que hacía de entrada. El espacio había sido la
bodega del castillo, los barriles vacíos y las estanterías volcadas eran ahora
asientos para la gente. En el centro había un agujero en la tierra, con los
bordes de madera y lleno de agua. Cuerdas gruesas aseguraban la
construcción al techo a través de anillos inmensos de hierro.
Birdie se pegó a la pared para permitir que los demás pasaran y así no
perder su posición que le brindaba una buena vista. Era casi imposible
encontrar a Ark en tanta aglomeración. Con su suerte, temía que él la viera
primero y no tenía preparada una explicación de por qué se encontraba ahí.
Sin previo aviso, un par de trompetas que no veía, acabaron con sus
oídos. Los gritos se intensificaron cuando una persona subió por una
escalera pegada a la plataforma y se puso a chillar.
—¡Tenemos a alguien de corazón inquieto! ¿Le damos nuestra
bienvenida?
El vello de Birdie se erizó al escuchar la referencia al corazón inquieto,
el apellido de Ark. Fue la única que no participó cuando la gente, como un
coro bien entrenado, empezó a croar.
El sapo con el cual compartía casa hizo una entrada espectacular,
subiendo a través de unas cuerdas y saltando de una en una hasta que
alcanzó el punto más alto de la plataforma. Desde allí, se lanzó al agua.
Al mismo momento, Birdie recibió una nota a través del PiC.
«¿Apuestas?»
23
“¿Quién dijo?: Si no tienes nada, nada tienes que perder. Si no hay futuro
para qué querrán crecer.”

Ark alzó los puños en el aire. No era la primera vez que entraba en el ring,
aunque en su trabajo había estado fingiendo.
Había pasado las últimas noches observando a los luchadores y se
había asegurado de que no había diferencia entre eso y su labor anterior a la
marca de sapo. Un par de puños más o menos, y quizá un pelín doloroso
porque en ese combate no eran falsos. Además, no perdía nada con
intentarlo. Si fuera a escuchar la voz de su madre, el destino lo había
llevado a ese punto. Herencia de su padre. No podría haberlo evitado, pero
al menos hacía algo para levantarse.
Había tomado en cuenta el consejo de Circe y visitado al Encantador
de sapos. Sus clases abordaban lo bueno y lo malo de ser una criatura
maldita. No había mucho de bueno y abundaba lo malo. Pero el hombre, él
mismo marcado como sapo en el pasado, aseguraba que existía esperanza.
Una de las enseñanzas implicaba conocer a otros sapos. El Encantador
le había hablado de ese lugar y resultó ser lo mejor que podía haberle
pasado. Su deseo de adrenalina estaba atendido, se encontraba entre gente
con la misma deformidad que él y nadie giraba la cabeza al ver su marca.
Encima podía sacar soles, lo que resolvía el problema de su cartera vacía.
—¡Sácale los ojos por la nariz! —gritó Circe, sentada encima de un
barril, en la primera fila de la tribuna.
Ark le sonrió ampliamente. Se golpeó el corazón y volvió a alzar las
manos. Sabía actuar, pero no hacía falta. Le encantaba. Los gritos, ser el
centro de atención, la luz de las llamas que descubría rostros entusiasmados,
las sombras que ocultaban la fealdad de la bodega. Sabía cómo dar un buen
espectáculo y estaba decidido a que le saliera el mejor.
Su contrincante descendió desde arriba, bajando en una plataforma de
madera, con las cuerdas adornadas por hiedra y grandes hojas de loto. Le
acompañaban dos señoritas que llevaban trajes de doncellas, con el corsé
descubriendo la mitad de sus pechos y las faldas demasiado cortas.
Mandaron besos a la audiencia y se quedaron en la tabla, encima de su
cabeza, cuando este saltó a su lado.
—¡Señores y señoras, Loque, el príncipe de las pesadillas! —lo
presentó el moderador.
La multitud estalló.
Ark lo conocía, era uno de los luchadores que casi siempre ganaban.
Sospechaba que le había tocado en su primer combate para que le bajaran
los ánimos. Muchos intentaban entrar en ese deporte, pero pocos se
quedaban. Había que tragarse la dignidad al ponerse el traje de lucha, una
combinación de pantalón atado bajo la rodilla y un chaleco sin anudar, y
aguantar golpes mientras luchabas para mantenerte de pie en el charco
maloliente.
Ark saltó cuando Loque se dejó caer y se salvó de tragar agua. Costaba
acostumbrarse a la temperatura baja y necesitaba moverse para mantener la
sangre caliente. Para alentar a Loque, le propinó una patada en la espalda.
—¡Ark está inquieto! —se rio el comentador—. ¿Empezamos?
Loque le transmitió mediante gestos que le pagaría el gesto. Se retiró a
su rincón y esperó que sonara el gong del principio.
La lucha no tenía reglas ni juez. Acababa cuando uno de los
participantes era derrotado o abandonaba. Los sapos mantenían un código
de comportamiento que prohibía los golpes peligrosos, y nadie se atrevía a
romperlo, porque si eran expulsados de ese círculo no les quedaba nada.
Ark intentó mirar una vez más a Circe, pero el sistema de capuchinas
posicionado encima de sus cabezas hacía un borrón de lo que estaba fuera
del charco. Asintió en señal de que estaba listo.
El gong sonó.
El sonido reverberó en el cuerpo de Ark, estimulando sus
terminaciones nerviosas. Sonrió. De un salto llegó al centro del charco,
cayendo en cuatro patas. Se quedó en la misma posición hasta que Loque
hizo el mismo movimiento, con la intención de dejarse caer encima de él.
Entonces se giró y detuvo su caída con la pierna.
Loque era tan alto como Ark, pero más fornido. El agua del charco les
llegaba hasta las pantorrillas y el fondo era resbaloso por la sangre y los
fluidos acumulados. Loque se sumergió de cabeza, y Ark aprovechó el
momento para levantarse. Hasta que su adversario se recuperó, él se había
agarrado a una cuerda, con manos y pies, y se balanceaba cómo una criatura
salvaje.
Las risas de la audiencia le acariciaron los oídos. No todo era lucha.
Tenía que conseguir que la gente lo amara para que apostaran por él. Lo
mismo que en la vida real: a veces, las batallas se ganaban con el corazón
en lugar de la espada.
«Las señoritas te aman por lo ven, no por lo que eres. Enséñales la
imagen que han soñado», le había dicho el Encantador.
Ark no estaba de acuerdo. Había llegado a ser marcado como sapo
precisamente por vender una imagen falsa. Si alguien, algún día, le
ofreciera una segunda oportunidad sería porque conociera su verdadera
cara. Y si era una de sapo, que así fuera.
Con razón evitaba a Birdie; no quería venderle falsas ilusiones. Todas
sus preguntas sobre las amigas, los niños, la familia… Él era de corazón
inquieto, pero ella tenía un corazón antiguo. Aunque afirmaba que odiaba a
los hombres, soñaba con su propio cuento de hadas con final feliz y no
entendía que habían dejado de escribirse hacía tiempo porque no encajaban
con la realidad. Nadie quería saber que a la Cenicienta no le había ido bien
con su príncipe o que Blancanieves había logrado convertir al cazador en
una presa. La vida tenía más imaginación que los cuentos. Y la suya era una
prueba de ello.
Ark se rio cuando Loque procuró convencerle bajar de la cuerda.
Saltaba con el mismo entusiasmo de una rana verdadera, intentando en vano
cogerlo por una pierna o las prendas. Al final, Ark se soltó de los pies y
continuó balanceándose solo con las manos. Loque lo abrazó, aferrándose a
su cintura. Era demasiado pesado y logró tirar de él. Los dos acabaron en el
charco y entonces Ark se dijo que era el momento de acabar con el juego.
Estaba harto de oler la mierda del agua. No le dio tiempo a Loque de
enderezarse. Le propinó dos puñetazos duros que lo mandaron de vuelta al
agua.
—¡Ark, desatado en el ring! —gritó el comentarista con entusiasmo—.
¡Vamos, demuestra lo que puedes!
La multitud rugió. Loque salió sacudiendo la cabeza y las gotas
salpicaron a la audiencia más cercana. Con el rostro descompuesto por la
furia, saltó hacia Ark, lo agarró por el hombro y lo desequilibró. Logró
tirarle al agua, se subió encima de él y golpeó a diestra y siniestra.
Ark se concentró en mantener la boca cerrada y no inhalar. No veía
nada y los golpes de Loque le llegaban donde menos esperaba. La barbilla.
Un costado. El cuello. Estómago. Cada uno era como si un martillo le
cayera encima. Tanteó a través del agua hasta que encontró una pierna y la
torció con toda su fuerza. Cuando Loque renunció a intentar matarlo a
golpes, se levantó de un salto y puso distancia entre ellos.
Inhaló con avidez, considerando su estrategia. Sabía que los
apostadores le daban pocas oportunidades. Era fácil perder e incluso le daba
ventaja, porque ganaría más otra noche dejándolos creer que era débil. Pero
entonces escuchó la voz de Circe, animándolo. Quizá solo estaba
alucinando por los golpes, no era posible que oyera una sola voz en esa
cacofonía, pero lo ayudó a decidirse. Cuando Loque volvió al ataque, le
hizo una llave y cogió su cuello entre su antebrazo y el bíceps. Se giró, para
forzarlo a estar cabeza abajo y apretó hasta que temió desgarrarse los
tendones.
Loque lo cogió por el codo y tiró con violencia. Era más fuerte que él,
Ark estaba a punto de perderlo. Se arrodilló para que tuviera mejor
equilibrio y no dejó de apretar su cuello. Loque tampoco renunció a tirar.
De nuevo, acabaron los dos bajo el agua. Allí no escuchaba voces, pero Ark
veía estrellas. Era casi hermoso si no fuera por el hedor. Abrazó a Loque
como si fuera el amor de su vida, pegando la nariz a su pecho. Se mantuvo
bajo el agua hasta que sus pulmones estallaron en llamas. Con los músculos
flojos, renunció al agarre y alzó la cabeza encima del agua, manteniéndose
en las manos.
La multitud vitoreó. Algunos silbaban y otros croaban. La capuchina
de encima de su cabeza se parecía a la de la entrada en la Isla de los
Siempre Recordados. Con dificultad, se levantó en una rodilla y se arrastró
hasta que estuvo cerca del margen. Se enderezó con la ayuda de una cuerda
y esperó que saliera Loque.
Un minuto.
Dos.
El gong sonó el final y unos ayudantes saltaron en el charco para
ayudar a Loque. El comentarista, emocionado, anunció a Ark como «el
nuevo rey del ring de los sapos».
Ark se echó a reír. Abrazó el palo del rincón, echó la cabeza hacia atrás
y se carcajeó hasta que sus lágrimas se mezclaron con el agua sucia de su
rostro.
—¡Lo hiciste! —Circe gritó y esta vez Ark pudo verla. Se había
acercado a la plataforma y le tendió los brazos—. ¡Baja! ¡Ven! ¡Campeón!
Ark se tambaleó un poco, sintiendo el peso de la pelea en cada uno de
sus músculos. Saludó una última vez, se subió encima de las cuerdas, las
saltó, se agarró a la más baja y se dejó caer en el suelo.
Circe le sonrió e intentó retroceder, pero la multitud no se lo permitió.
—Te abrazaría, pero hueles como un sapo.
Ark asintió con energía. Todavía no podía hablar. La gente le rodeó y
muchos no tenían el mismo problema que Circe. Le palmeaban la espalda,
le metían papeles en la cintura, tiraban de su chaleco. Estrechó manos,
recibió felicitaciones y recogió más invitaciones de señoritas que en su
mejor día como príncipe. Al final, tuvo que retirarse porque empezaba una
nueva pelea.
—Tienes que lavarte —dijo Circe, ofreciéndole una toalla.
Ark la cogió y la pasó por su cuello.
—Sí, pero no he pensado cómo voy a hacerlo. No puedo ir a casa así,
no quiero darle explicaciones a Birdie.
—Puedes hacerlo en la mía. Tengo agua caliente, pero ninguna cura
para tus moretones. ¿Qué le dirás?
Ark encogió los hombros.
—No le debo nada.
—¿No estáis bien? —se interesó Circe.
Él repitió el movimiento.
—Estamos tan bien como pueden hacerlo dos forasteros que
comparten un pan.
Circe le tendió una manta.
—Envuélvete en ella —ordenó—. Hace frío y vas a estropear los
asientos del coche.
—Grór me llevaría atado a una rueda —se espantó Ark.
—Entendí por qué te negaste a recibir mi ayuda, pero sabes que tienes
una amiga en mí, ¿verdad? —inquirió Circe.
—¿No tiene nada que ver con la historia que escribes? ¿Son solo tus
sentimientos cariñosos de ese corazón grande que posees? —se burló Ark.
—¡Claro que tiene que ver con la historia! —Circe exclamó y lo guió
hacia la salida—. No se lo he dicho a nadie, pero… quiero convertir tu
historia en un nuevo cuento.
Ark estalló en carcajadas.
—Por eso no se lo he dicho a nadie —farfulló Circe con la cabeza
gacha.
Lo adelantó y no paró hasta que llegaron al coche. Entonces esperó
que Grór le abriera la puerta mientras le gruñía a Ark. A este le tomó más
tiempo entre ponerse un pantalón y una camisa por encima del disfraz que
había usado en la lucha, y proteger la silla del coche con la toalla.
—Tesales con buengolpe, sepone morado paque túpuedas presumir
dalgo arzobispado —masculló Grór.
—¡Lo siento! —dijo Ark, débilmente.
No tenía idea de lo que había dicho el enano, pero sonaba enojado, y
desde que lo conocía no había encontrado la fórmula mágica para calmarlo.
Estaba decidido a repetir excusas hasta lograrlo o hasta que lo llevara a
donde necesitaba, la casa de Circe, en ese caso.
—Cienaños, yate digo, stamiga viene averte, tantolrey comol
mendingo, npolvo lesconvierten.
—Son trescientos para ti, ¿verdad, Grór? —inquirió Circe.
La emoción se esfumó del cuerpo de Ark.
—¿Tú también? —se quejó—. Parece que soy el único que no
entiende a mi enano.
—No te preocupes, nadie lo sabrá. En mi historia puedo hacer que
logres milagros —se burló Circe.
—Escribir un nuevo cuento. Tu idea es…
—Insensata. Si fuera otro pensaría lo mismo —estuvo de acuerdo ella.
—Si alguien en el mundo puede lograrlo, eres tú, pero cariño,
¿elegirme a mí de protagonista? Los cuentos deben tener un final feliz por
ley. Ni el grande Merlín, tu antepasado, se atrevería a preverme un final
feliz.
—No lo sabes.
—Ja. —Ark eligió ser cauteloso. Circe no tenía los mismos dones que
su hermano, pero su carácter se acercaba al del burro que usaban en los
rodajes. No importaba cuánto se esforzaban en enseñarle el camino, él iba
por donde quería—. Tengo que darme prisa —dijo cuando Grór detuvo el
coche en las afueras de la casa de Circe—. Ya es tarde y… —Si no se daba
prisa Birdie se levantaría antes de que él se metiera en la cama.
—Claro, vamos. Puedes usarme para lo que quieras.
Ark le ofreció la mano para ayudarla a bajar.
—Gracias por la oferta, pero he dejado de usar a la gente para darme
un antojo. Además —tiró de sus dedos—, contigo, jamás, lo haría. Tu
hermano me asusta de cojones.
Sorprendido él mismo por sus palabras, Ark farfulló:
—¿Mardius, qué hadas embrujadas hiciste conmigo? No paro de huir
de muchachas. Te juro que como el veneno de sapo me haga incapaz en el
lecho… —Lo pensó con determinación, pero no encontró el modo de
vengarse de un hada—, no sé qué seré capaz de hacerte. Pero será algo
malo —prometió—. Oye, Circe, ¿sabes cómo ajustar cuentas con un hada?
24
“Es, cuando no es, y no es, cuando es. ¿Qué es?”

Birdie oyó el sonido de la llave girando en la cerradura. Se cubrió con la


colcha hasta las orejas y se forzó a mantener los ojos cerrados.
«Duerme. Tranquila. Relájate. Es solo Ark.»
Y ese era precisamente el problema.
Atenta, escuchó sus pasos, tratando de discernir si había algún cambio
en su andar, si estaba inestable. No lo parecía, lo que significaba o que
estaba acostumbrado a las palizas, o que los cuidados de la arpía le habían
sentado bien.
Birdie apretó los dientes al recordar la pasión con la que Circe había
abrazado a Ark. No era gran cosa, pero ¡el derecho de abrazarlo le
pertenecía a ella! No, no quería hacerlo. Tal vez, si él lo necesitara mucho,
podría sacrificarse. Los libros decían que los seres humanos necesitaban
contacto físico y que los abrazos tenían poderes mágicos de curación.
Podría intentar usarlos más, después de todo no era una ermitaña. Le
gustaban los abrazos de Marwelene, Aalis y Dye, aunque, en honor a la
verdad, faltaba la magia del gesto de la que hablaba todo el mundo.
Un gemido cortó las imágenes de los pocos abrazos que había
disfrutado durante su vida. El diván chirrió bajo el peso de Ark.
Birdie no podía soportar el sufrimiento de otro ser, sin importar el
mundo del que viniera. Algo en su interior la forzaba a tomar medidas e
intentar ayudar.
Con el mayor sigilo posible, bajó de la cama, envuelta en la colcha. Se
deslizó hasta la pared que les separaba, se pegó a esta y asomó la cabeza
para investigar. El tiempo pasado en la oscuridad había agudizado los
sentidos. Vio a Ark tendido, con una mano sobre su abdomen y los ojos
cerrados, pero no lograba averiguar cuánto de herido estaba. Esperó,
tratando de contar sus respiraciones para ver si eran regulares. No lo eran.
De vez en cuando Ark inhalaba demasiado fuerte y se quejaba al exhalar.
Birdie se decidió en el acto. Se apresuró a llegar hasta él, perdiendo la
colcha por la prisa.
Ark saltó tan alto que estuvo a punto de golpearse la cabeza contra el
techo.
—¡Por todas las hadas! ¿Pretendes matarme de un susto? —vociferó y
después gimió.
Ella se detuvo a medio camino. Entendió por qué lo había asustado y
le dio tiempo para recuperarse.
—Lo siento —susurró.
—¿Qué haces deambulando por la casa en la mitad de la noche?
La preocupación desapareció de la mente de Birdie ante la pregunta de
Ark.
—¿Qué haces tú viniendo a esta hora? ¿Por qué estás herido? —
inquirió ella, adelantando una pierna y poniendo los brazos en jarras.
—¿Qué te hace creer que estoy herido? —Ark se sentó, se pasó una
mano por el rostro y la detuvo en el pómulo.
—Porque… tú… yo… —Birdie no tenía preparada una respuesta. No
obstante, podía demostrar que no se equivocaba. Encendió una capuchina y
la mantuvo en el aire, al lado de Ark.
—¡Estoy ciego! ¡Ayuda! —Él chilló y se defendió con los brazos.
—¿Lo estás? —Birdie le obligó a descubrir los ojos, que se había
tapado con las manos, y examinó su rostro—. Estás hecho un desastre.
Pobre su hermosa cara. Tenía una magulladura inmensa en un pómulo,
el labio inferior partido e hinchado, varios arañazos y moratones.
Birdie se había imaginado el encuentro de otro modo. De hecho, había
pensado dormir y quedarse en casa por la mañana para mantener una
discusión seria con Ark. Las prisas y su corazón impulsivo habían acabado
con el plan.
—Quiero una explicación y la quiero ya —demandó.
La sonrisa de Ark hizo que le entraran ganas de encontrar una capucha,
ponérsela y no volver a bajarla.
—¿Qué quieres que te diga?
—La verdad —exigió ella.
Ark volvió a tenderse y le dio la espalda.
—Vuelve a dormir.
—No puedes darme órdenes.
—Y tú no puedes reclamarme explicaciones.
Birdie inspiró con fuerza, sacudiendo todos sus nervios con el gesto.
No quisieron cooperar.
—No estaba en mis planes estar atada a un sapo, ¿sabes? Pero estamos
condenados a pasar los siguientes tres saltos de luna juntos y no pienso
hacerlo igual que en las últimas puestas de sol.
—¿Por qué no? Estuvo perfecto.
—Para ti, quizá. Yo soy un ser humano y necesito…
—¿Sí? —la instó Ark cuando ella se detuvo.
No, no necesitaba abrazos de Ark. No disfrutaría estar envuelta entre
sus brazos, ocultándose pegada a su pecho, como si de una capucha se
tratara.
—¡Un vínculo! ¡Eso es! —Birdie exclamó alegre al encontrar la
explicación—. Los dos sabemos que no voy a darte una segunda
oportunidad. Lo sabes, ¿verdad? —inquirió preocupada.
Ark volvió a sonreír. Demasiado largo. Muy tranquilo. Desinteresado.
—Lo sé.
—Bien. —Birdie empezó a caminar, dando vueltas alrededor del sofá
—. En fin. Entonces sabes que tú vida no acabó con la marca. Eres robusto,
apuesto…
—Como un caballo.
Birdie pasó de su interrupción.
—Tengo la esperanza de que encuentres a alguien que quiera volver a
convertirte en un príncipe. —Se detuvo cuando la imagen de Circe se
interpuso en sus pensamientos. Frunció los labios. No ella, alguien más—.
Pero el tiempo que vamos a estar juntos debemos intentar ser… amigos —
soltó al final, pues de repente, sentía su lengua demasiado gruesa.
Por todo lo que le había pasado últimamente, la idea de probar la
pasión de una noche con un desconocido se había desvanecido de su mente.
Y aún menos se planteaba ofrecerse a Ark en esas circunstancias. Aunque le
costaba resistirse a su arsenal de sonrisas, verlo vulnerable y negarle el
apoyo para que aprendiera la lección de que debía afrontar las
consecuencias de sus acciones era aún más difícil.
Quizás acabarían por abrazarse al final. Era lo que hacían los amigos.
Cuanto más lo pensaba, más probable y aceptable lo veía. En absoluto
parecía algo doloroso. Si conseguía abstenerse de tocarle el culo en el
proceso, se consideraría merecedora de un premio.
Para convencerlo de su sinceridad, y sospechando que se había
contagiado de la pasión de Aalis por los cuerpos masculinos, lo abandonó
para ir a buscar su cesta para emergencias.
—¿Qué haces? —preguntó Ark cuando la vio regresar.
—Curarte.
—No lo necesito —se negó él.
—¡Cállate! —espetó Birdie, empujándolo con firmeza para que pegara
su espalda al respaldo del diván.
Ark dejó escapar un gemido con los ojos cerrados.
—¿Te he hecho daño? —preguntó ella, con cierta preocupación en su
voz.
—No. —Él la miró a través del único ojo que abrió—. En el espíritu
de nuestro nuevo vínculo, me siento obligado a decirte que eso me gustó.
Mucho.
Birdie entrecerró los suyos, evaluando su sonrisita traviesa, que era la
raíz de los aleteos de su estómago.
—No vamos a conectar de ese modo —sentenció—. Nada de abrazos
por ahora.
—¿Por ahora? —Un gruñido de dolor salió de la garganta de Ark—.
Amor, es cruel que me atormentes con la esperanza.
—Quédate quieto. —Birdie le dio la espalda y buscó entre las
pomadas y los aceites aglomerados en el interior de la cesta.
¿En qué se había metido? Entre ellos no podía hablarse de amistad. A
un amigo no se le hacía lo que ella anhelaba hacerle a Ark; encender el azul
de su mirada, lograr que soltara los gemidos de la torre, hacerle actuar hasta
el punto en que se olvidara de las consecuencias.
Necesitó unos momentos para recuperarse del sofoco, después empezó
por limpiarle el rostro con un paño suave empapado en agua de manzanilla.
—Tienes suerte de que no haya heridas abiertas. Pero los moretones
tardarán días en desaparecer —le avisó.
—No es nada. He salido peor de los rodajes.
—Te pondré un ungüento que ayudará a reducir la inflamación —le
explicó mientras lo aplicaba con las yemas de los dedos en el pómulo de
Ark, con movimientos rápidos y bruscos.
—No existe ungüento en el mundo que pueda bajar mi inflamación —
farfulló él. Birdie se quedó quieta, con la mano en el aire y la mirada en el
pecho de Ark. No osó moverse o desviar la vista—. Ríete, Mardius, pero te
aviso, amigo, yo seré el que se ría al final. Ya verás —continuó él,
desafiante.
Birdie leyó la etiqueta del ungüento para comprobar que las
alucinaciones no entraban entre los efectos secundarios.
—¡Huele como mierda de oso! —protestó Ark.
—Puede que sea mierda de oso —le cortó Birdie—. ¿Lo necesitas en
otros lugares?
Ark alzó las cejas tanto que se hizo daño en la cara y volvió a quejarse.
—Tómate esto. —Birdie luchó con el tapón de una botella pequeña y
después de abrirla, se la ofreció—. Solo un sorbo. Anda, date prisa, quiero
dormir —insistió al verlo dudar.
—¿Me va a matar?
—Por mi pésame, no. —Agotada su paciencia, renunció al verlo tomar
la poción. Cogió la cesta y se alejó—. Te dejaré descansar. Por la mañana
vamos a hablar.
—¡Deja de amenazarme!
—¡Deja de hacer el tonto! —Estaba claro, los abrazos quedaban para
otro momento. Ark no los necesitaba.
Él la sorprendió antes de que llegara a su cama.
—Lo haré sin parar si con eso consigo verte sonreír —susurró.
Birdie se detuvo, y cuando se percató de que Ark tenía razón, huyó,
ocultándose detrás de la pared. ¿Qué le pasaba a su cara? Intentó fruncir los
labios, pero no lo logró. Un poder sobrenatural que venía de su interior
tiraba de sus labios, formando una sonrisa tonta. Incluso soltó un hipido.
Era de madrugada y no tenía sueño, en cambio, notaba un asombroso deseo
de querer bailar.
—Buenas noches, Birdie —se despidió Ark, con una voz demasiado
dulce.
Será por el jarabe, se dijo ella, respondiéndole con un gruñido.
Unas horas después, deseó haberse tomado la botellita entera. Ark
dormía como un bebé mientras ella daba vueltas en la cama. Aunque había
prometido quedarse, la necesidad de aire fresco y claridad mental la
impulsó a salir. Decidió dar un paseo matutino, pero al final, se aventuró
más allá del comercio de la esquina y regresó con dos hombres que
farfullaban detrás de ella.
—¡Aquí está! —exclamó.
La cerradura cedió después del segundo intento. Abrió la puerta
largamente, esperando que Ark se hubiera levantado. Le había mandado una
nota al PiC, pidiéndole que no abandonara la casa.
Birdie entró antes que los hombres, en su busca. Se ponía una camisa,
por lo que se giró hasta que terminara. Apuntó mentalmente que le hablara
sobre su facilidad de enseñar piel que debería estar cubierta. No le diría que
la perturbaba de modos fantásticos, le hablaría sobre la educación y el
pudor.
—Tengo algo para ti —anunció, animando a los hombres a dejar el
bulto gigante al lado de la puerta, el único lugar donde cabía.
—¿Es mi ataúd? —inquirió Ark—. Acertaste en tomar las medidas,
creo que voy a caber sin doblar las piernas.
Birdie se despidió de los hombres y cerró la puerta, luego se quitó las
capas exteriores de ropa.
—No es un ataúd, y no entiendo de dónde sacaste la idea de que
quisiera matarte. ¡Ábrelo!
Ark se acercó pero no tocó el envoltorio.
—¿Va a explotar?
—Tampoco.
Ella se adelantó tres pasos hacia el pequeño espacio de la cocina y
regresó con un cuchillo en la mano.
—Dijiste que no vas a matarme. —Ark pegó su espalda a la puerta y
levantó los brazos.
—Actúas demasiado —lo acusó Birdie, mientras cortaba las cuerdas
del envoltorio.
En cuanto vislumbró parte del contenido, Ark discutió.
—¿Madera? Car… amba, leña para la chimenea.
Birdie se detuvo y le frunció el ceño.
—He hecho mi parte de trabajo —espetó, echándose hacia un lado—.
Te toca, usa esos músculos.
Ark no se veía tan mal como hubiera esperado. Parte de la mejilla y el
maxilar seguían hinchados, con la piel morada donde había recibido los
golpes. La marca de sapo se había curado casi al instante gracias al ritual
mágico, y aún no había notado secuelas del veneno. Con la camisa
abotonada a medias, un pantalón holgado y los pies descalzos, no se
acercaba a la imagen de un príncipe azul, pero tenía mucho de hogareño.
Una ilusión, sin duda, como la que les había regalado la Medulya cuando
entraban en un establecimiento de descanso y podían ver en una pared
representaciones de los cuentos recordados.
A medida que Ark sacaba las piezas, la compresión iluminó sus ojos y
una sonrisa de asombro curvó sus labios.
—¡Una cama! ¿Una cama? —repitió con expresión atónita—. ¿Dónde
vamos a meterla? ¡Es más grande que la de Merlín! —se carcajeó.
—Lo he pensado —le explicó Birdie—. Si pegamos el diván a la pared
en este lado —indicó a la que separaba su espacio para dormir—, nos
deshacemos de la mesita y de esta estantería, va a caber.
—Aun así, no creo que quede espacio suficiente para llegar a la
cocina.
—¿A eso lo llamas cocina? —Birdie arrugó la nariz—. Estamos en
peligro de morirnos de hambre.
—No es que lo haya usado mucho —reconoció Ark—. Y podemos
quejarnos a Marwelene, será nuestra recadera.
—O a Merlín.
—Uno el almuerzo y el otro la cena. ¿No es perfecto? Somos una
pareja… —Ark paró en seco y la miró.
Cuando tuvo evidente que esperaba algo de ella, Birdie explotó.
—Si esperas que admita eso de la pareja, puedes esperar sentado.
—O tumbado en la cama —se rio Ark—. Vamos a instalarla. —
Empezó a mover el diván sin la ayuda de Birdie, cuando, de repente, se giró
hacia ella—. ¿Cómo la pagaste?
25
“Escuchó mis deseos y fingió haber muerto.”

Ark cruzó los brazos, esperando la respuesta de Birdie.


Ella le dio la espalda.
—Ayúdame —demandó, mientras intentaba mover la mesa.
—¿Te has vuelto sorda de repente? Te pregunté cómo pagaste la cama.
Birdie soltó un suspiro afectado.
—No importa. Es algo que ambos necesitamos. Acéptalo y ya está.
—¡No puedo aceptarlo y ya está! No acepto regalos de parte de mis…
—¿Tu qué?
Ark cerró la boca.
—Me han informado que tardarán en devolverme mi casa —dijo
Birdie, con el rostro enfurecido y movimientos espasmódicos mientras
tiraba cosas sin mirar a donde—. Hasta que esté lista puede que ya la haya
perdido. Accedí a vivir aquí por el tiempo que fuera necesario pero necesito
mi comodidad.
—¿Y no lo tienes? Te he ofrecido mi cama, espacio, no te pido nada,
procuro mantenerme alejado para que no te moleste. ¿Qué más quieres que
te dé?
—Libertad.
Ark sintió un cuchillazo en la zona del pecho. Los brazos le cayeron
flojos y sus hombros se encorvaron. Se aclaró la garganta.
—La tendrás en menos de tres saltos de luna. Gracias por la cama.
Dime lo que te costó y te recompensaré.
Birdie recompuso su rostro. Le dio la impresión de que había hablado,
sorprendida ella misma de soltar las palabras en voz alta. Sin duda se
arrepentía e intentaba quitarle hierro al asunto, pues sonrió, incluso le guiñó
un ojo.
—Se puede decir que ya me lo has devuelto. Acéptalo, cállate y ponte
a trabajar.
Ark accedió, conforme con el regreso del carácter gruñón de Birdie,
pero su mente no dejaba de hacer preguntas. Birdie estaba en la misma
situación que él, sin trabajo, sin ayuda, y necesitaba soles para comprar la
plantación y la casa. ¿Cómo habría obtenido la cama? Había oído que los
duendes tenían lugares donde se divertían con jóvenes. Birdie, con su
cabello de fuego, la piel como la leche y las maravillosas curvas de su
cuerpo, entraría sin pruebas. La imagen de una criatura de orejas
puntiagudas con las manos puestas en las caderas de Birdie hizo que a Ark
le entraran ganas de destrozar la cama. ¡No podía aceptarlo! Birdie tenía
demasiado carácter para que llegara a vender su cuerpo, no aceptaría ser
manoseada por nadie. No aceptaría ser manoseada por él, y eso destrozaba
su teoría.
No dejó de mirarla de reojo, pero no encontró pruebas que confirmaran
sus sospechas. Era demasiado lista. Y orgullosa. No le pediría ayuda en el
caso de necesitarla. Pero él no podía permitir que se denigrara hasta ese
nivel. La ayudaría, quisiera su ayuda o no. No tenía nada mejor que hacer
con su tiempo, no le sería difícil seguirla unos días.
Ya sintiéndose culpable por sus pensamientos, Ark procuró entablar
conversación.
—Lo tenemos todo listo —dijo, con las manos en los costados
mientras admiraba su obra.
Había tenido razón. No quedaba espacio para caminar, pero no se
quejaría. Podía saltar por encima de la mesita, rodear la cama y pegarse a la
pared para llegar a la cocina.
—Es un poco estrecho…
—Es perfecto. Permíteme invitarte a comer como muestra de mi
agradecimiento.
Birdie frunció el ceño.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué hablas así de raro?
—¡Al fin se me va a pegar! —exclamó Ark—. Es que… —se rascó la
sien—, estoy tomando clases.
—¿No finalizaste tus estudios?
—Umm… No, sí. Clases de cómo volver a ser príncipe.
Ya conocía bastante a Birdie para que comprendiera su semblante, pero
no entendió su expresión pensativa y un pelín desilusionada.
—¿De verdad quieres volver a ser uno?
—¡Claro que no! Es mi decisión que pronto me aloje en un lago lleno
de algas, busque la hoja de loto perfecta y croe mi tristeza bajo la luz de la
luna.
—Eso hace un sapo auténtico. Tú no eres uno.
—Llegaré a serlo.
Birdie quiso moverse pero dio con las pantorrillas contra el sofá. Se
sentó y lo llamó con un gesto.
—Nos conocimos en circunstancias no halagadoras para ti. Y
reconozco que yo no soy una persona fácil.
—¿Reconoces qué? —Ark se golpeó el oído varias veces.
Birdie lo había impresionado por sus palabras más ácidas que la
limonada, su decisión firme en cualquier asunto y el aura que expresaba que
sabía quién era y que no tenía precio. Vendía la imagen de una muchacha
tímida, ocultando su hermoso rostro y su singular carácter bajo las
capuchas. Él la había desenmascarado a primera vista, pero que ella se
mostrara real…, no imaginaba un momento más emocionante en su vida.
Por lo menos en las últimas semanas.
Birdie se aclaró la garganta.
—Quizá deberíamos sacarle provecho a eso de vivir juntos.
Algo cálido inundó el pecho de Ark. Calculó las medidas de la nueva
cama. Cabían. Se imaginó qué se pondría Birdie. ¿Sería de lencería suave
de seda de hada o de práctico lino? En honor a la verdad, le daba igual. De
todos modos, se lo quitaría. Empezaría por…
Entonces por sus venas empezó a correr hielo y gimió, imitando el
sonido de un animal herido de muerte.
—¿Qué pasa? —Birdie saltó del sofá—. ¿Te encuentras mal? Puede
ser un efecto tardío de tus lesiones o del veneno de sapo. Iré a por…
—¡No! ¡No, no, no! —Ark lloriqueó y se cogió la cabeza entre las
manos.
Birdie se enderezó.
—Bien. Si crees que mis remedios no te ayudan, te dejo sufrir en paz.
No me quedaré para aguantar tus quejas.
—No es eso. No me duele, vale, sí, pero puedo aguantarlo. —Él se
acercó a Birdie, procurando que no la intimidara con su altura—. Lo siento
mucho, muchísimo, pero no podemos sacarle provecho a nuestra
convivencia. Verás, hice un trato con mi hada y no puedo tocar a… nadie
durante tres saltos de luna. El trato era que tú no me denunciarías, y no lo
hiciste, lo hizo tu archiseñora, así que debo respetarlo. No es justo, lo sé, y
tú serías la primera a la cual quisiera tener en la cama, pero…
Ark se detuvo cuando Birdie empezó a boquear. Su rostro enrojeció
tanto que lo preocupó.
—¿Qué? ¿La primera? —soltó ella entre respiraciones hondas.
—¡Sí! ¡Claro que sí! No debes dudar de tus encantos. Me conquistaste
desde que te vi.
—¿Te conquiste? —Birdie se recuperó en un instante. Agitó la melena,
alzó las cejas y le lanzó una mirada que lo hizo bajar de altura hasta sus
zapatos.
Por si acaso, Ark puso distancia entre ellos, temiendo que Birdie
pudiera invocar fuerzas oscuras para convertirlo en cenizas.
—Birdie, la propuesta fue tuya. La acepto con alegría, no entiendo por
qué te pones así.
—¡Mi propuesta no tiene nada que ver con tus sueños mojados, burro
presumido!
—Vale —dijo Ark, retrocediendo hasta que la pared lo detuvo. De
repente sudaba. No le cabía duda de que Birdie tenía algo de bruja. Su
aliento parecía calentar la habitación—. Siento el malentendido, olvídalo.
De todos modos, no podría haber pasado, no antes de tres saltos de luna —
añadió con un deje de tristeza—. ¿Cuál era entonces tu oferta?
—No puedo continuar hablando contigo. Me están dando unas ganas
incontrolables de partirte la cabeza en busca de rastros de inteligencia.
—Aguanta, Birdie, ya la tengo partida. Te aseguro que tendrás otra
oportunidad, cuando me encuentre mejor. Domina tu respiración. Haz esa
cosa de cruzar las piernas, cerrar los ojos y hablar con tu consejero
espiritual. ¡Lo sé! —vociferó, cada vez más animado—. Llama a esa oveja
que te ayuda por la noche.
—¡Es un carnero! ¡Y era una conversación privada! —chilló Birdie.
Ark puso incluso más espacio entre ellos. No era suficiente para
sentirse a salvo, pero la alternativa era saltar por la ventana.
—De acuerdo. Vamos a probar el silencio y después me aclaras tu idea.
Para dar ejemplo, cerró los ojos. De vez en cuando entreabría uno para
comprobar que Birdie hacía avances en calmarse.
Esperó hasta que ella habló:
—Yo… no creo en los príncipes azules.
—Odias a todos los hombres. —Ark levantó las manos en señal de paz
en cuanto soltó las palabras.
—Digamos que soy más científica que soñadora. —Birdie no lo
miraba—. Cada ser tiene sus puntos buenos y malos, miedos, inseguridades.
Algunos los aceptan, otros no, pero, a veces, uno se cruza con gente que le
ayuda a ser mejor persona. Nadie es perfecto, lamento si te he dado la
impresión de que estaría buscando la excelencia.
—¿Dónde quieres llegar? —la interrumpió Ark—. Estás muy lejos de
la conversación inicial.
Birdie asintió con la cabeza gacha.
—Dije que podríamos aprovechar el hecho de que cohabitamos en el
sentido de ayudarnos mutuamente. Podríamos intentar conocernos,
comunicarnos, apoyarnos. Puede que esté dispuesta a ofrecerte una segunda
oportunidad para volver a ser declarado príncipe si pasas un par de pruebas.
Demostrar que lo mereces.
—¿Pruebas? —gruñó Ark.
—No es nada difícil, solo que no te diré cuáles son o cuándo serán.
—Fantástico. Tendré muchas posibilidades de ganar. ¿Qué te hizo
creer que quisiera que tú me dieras una segunda oportunidad?
Ark mantuvo la satisfacción a raya al ver que Birdie mostraba señales
de inseguridad.
—Bueno, es una ocasión… y no parecía que… ya sabes, rechazaste a
Circe, pero, claro, puedes reconsiderarlo…
—¿No me crees capaz de conseguirlo por mí mismo?
Birdie estuvo a punto de estallar en risa y Ark no se perdió su gesto.
—Te creo capaz de cualquier cosa.
—Sueña peligrosamente cerca de ser un insulto.
—Y decir eso es insultarme a mí. Si quiero calumniarte lo haré en tu
cara, no andaré con tapujos.
—Vale. Cuenta más.
—No hay más. —Birdie empezó a vagar por el cuarto, levantando
alguna cosa y cambiándola de sitio.
La falda larga se enganchaba en sus tobillos y se liberaba conforme
con sus gestos, creando la ilusión de un baile. No era de una tela cara, solo
un lino verde pálido, pero no le impidió a Ark que se imaginara a ambos en
una pista de baile, con los cuerpos unidos, las miradas entrelazadas y los
pies casi sin tocar el suelo. Podría llevar a Birdie a un sitio desconocido
para ella, a vivir un momento de plenitud, un presente perfecto. Sabía que
podía hacerlo solo con tener las manos en su cintura y girarla hasta que de
su mente desaparecieran todas las preocupaciones. Si solo se lo
permitiera…
Se aclaró la voz y regresó a la conversación, igual de maravillosa que
la que había tenido no mucho antes con el tesorero del Banco Genio.
—Acabas de decir que necesitas tu libertad porque te han atado
forzosamente a un sapo.
Birdie se detuvo, de espalda a él. De cómo tardó en contestar, no tenía
preparada una respuesta.
—Yo… Mis planes eran que sea declarada sabia y descubrir por mí
misma cómo vivir.
—Me culpas y estás en tu derecho de hacerlo —asintió Ark—. No
quiero esto para ti —explicó, agitando las manos en un gesto hacia el
espacio que compartían—. Por mí, puedes tener tanta libertad cuanta
necesites. ¿Por qué me ofreces un trato? —¿Entendía Birdie que él se sentía
peor, forzado a convivir con ella a sabiendas de que lo odiaba? Pagaba sus
pecados con creces y lo hacía sin comentar, porque era culpable. Pero las
hadas habían sido malvadas cuando habían implicado a Birdie en su
condena—. Te ofreces a comprometerte conmigo si paso tus pruebas.
¿Dónde queda el amor? —Ark enarcó una ceja, recordando la conversación
de después del juicio, cuando Birdie se había interesado por lo que pasaría
si la marca de su pecho la unía a él.
Birdie le dio la cara.
—¿Qué amor? No entra en el trato. El amor es tan invisible como la
Medulya. Es una idea ridícula.
«¿No te crees capaz de amarme o no me ves preparado para amarte?»
Ark se guardó los pensamientos para sí, entendiendo que él tampoco
estaba dispuesto a contestar. Jugar era mucho más divertido.
—¿La atracción? —insistió.
Sonrió largamente cuando Birdie se ruborizó. ¡Era encantadora!
—Podemos resolver ese asunto —aceptó ella en un hilo de voz.
—¿Es un trato?
—¿Sabes qué? —Birdie se enderezó y volvió a ser ella misma, segura
y malhumorada—. Haces muchas preguntas. Si te vale, bien, si no,
continuamos como hasta ahora.
—Me vale. —Ark asintió y se frotó las palmas.
Hubiese aceptado desde el principio, pero había necesitado un par de
respuestas. No las tenía, aún no. Pero las tendría.
Se imaginaba que Birdie le daba cero oportunidades de ganar, por lo
que no planeaba esforzarse para pasar sus pruebas. Era un artista, podía
actuar para ofrecerle lo que ella se imaginaba que deseaba.
Su espíritu de cazador había despertado.
26
“Nadie lo ve, todos lo necesitan, muchos lo sienten y pocos lo
conocen.”

Birdie miró los adornos con nostalgia.


La antigua tradición de decorar un abeto durante el último salto de luna del
año, conocida como las Jornadas de Agradecimiento, era legado de los
elfos, guardianes de la naturaleza. Solían escoger el árbol más robusto y
alto para embellecerlo con cintas de tela resplandeciente, velas, cadenas de
galletas y frutas. Bajo sus ramas dejaban regalos para las criaturas menos
afortunadas, ya fueran prendas, juguetes o semillas para sembrar. Tras la
Última Batalla Conocida, los elfos se retiraron a la Medulya junto con las
demás criaturas dotadas de habilidades mágicas. Sin embargo, la costumbre
persistió a lo largo del tiempo.
La última vez que los elfos habían impuesto su voluntad había sido
cuando habían descubierto que los humanos tallaban los abetos para
llevarlos a sus hogares. Entonces habían prohibido la tala de árboles y
ofrecían como alternativa reproducciones de cera y barro, realizadas de
forma magistral.
Birdie amaba esa época, una de las pocas que recordaba haber pasado
feliz. Su madrastra, ocupada con los preparativos festivos le concedía un
respiro temporal, y ella se refugiaba en su cuarto para leer cuentos o soñar
con los ojos abiertos el día entero. Cuando había crecido, Malle le imponía
asistir a las festividades, por lo que las Jornadas de Agradecimiento habían
perdido la magia, pero la había recuperado al vivir sola. Ayudaba a
Marwelene a hornear pan y pastelitos, embotellaban té y medicinas, cosían
muñecas, y se llevaban todo al Mercado de Gratificación para regalárselo a
los necesitados.
Birdie anhelaba los momentos de tranquilidad, cuando su alma estaba
en paz, sin pedir nada, sin desear algo, contenta con lo que tenía. Disfrutaba
con elegir adornos y regalos para sus amigos, pero ahora se preguntaba
dónde encajaría un abeto en la morada de Ark. Tendría que conformarse con
uno del tamaño de una vela.
Conocía bien la disposición de los puestos en el mercado. Ese día solo
daba un paseo para comprobar los precios, buscar baratijas y oler el vino
caliente especiado, las manzanas horneadas y las semillas tostadas. Había
pensado en invitar a Ark a acompañarla, pero al final, sintió la necesidad de
espacio. Desde que le había mencionado las pruebas, él se mostraba
demasiado presente: excusándose por salir de noche, manteniendo orden en
su espacio, ofreciéndose para ayudar con las tareas y buscando
conversación de manera persistente. Resultaba cansino verlo tan solicito.
Birdie había creído que era lo que deseaba, pero resultaba que Ark había
perdido su encanto natural.
—Son hermosos, ¿no crees?
Casi escapó el globito brillante que admiraba cuando la pregunta sonó
a su espalda. Se concentró en devolverlo con cuidado en la mesa y se giró
con la sonrisa preparada.
—¡Circe, qué sorpresa! —Se aclaró la garganta y lo intentó de nuevo,
ya que había sonado tan sorprendida como alguien a quien le acababan de
arrojar una piedra en la cabeza—. Me alegro de verte.
Birdie tiró de su capucha en un intento tardío de hacerse invisible.
Ojeó el alrededor, procurando entender cómo la había encontrado la arpía
en la aglomeración de gente. No creía en un encuentro casual.
—Dudo que lo hagas. —Circe le sonrió con simpatía, y un poco de
pena—. Pero no podrás evitarme hasta el día en que se publique un nuevo
cuento.
«Puedo intentarlo.»
—No sé qué te hace pensar eso —graznó Birdie, frustrada por su voz y
el fracaso en controlar los nervios.
En su mente, siempre lograba imponerse sobre sus adversarios. Sus
respuestas eran perfectas, su rostro mostraba solo lo necesario de emociones
y utilizaba las palabras como armas. Por desgracia, no vivía en su mente.
—Quizá porque no contestaste a ninguno de mis once mensajes que te
dejé en el PiC.
Birdie restó importancia al asunto.
—Lo siento, he estado ocupada. Buscando trabajo y… —Se quedó en
eso, no se le ocurría nada más.
No iba a contarle a Circe que pasaba las noches mirando cómo Ark
destrozaba su cuerpo en las luchas y luego se marchaba con ella. Por las
mañanas lo cuidaba y por las tardes salía con la esperanza de encontrar un
contrato o simplemente perdiendo el tiempo. Había ganado algo apostando
en las primeras luchas de Ark, hasta que él se había hecho un renombre de
jugador invencible y la cota había bajado mucho.
—No tendrías que buscar trabajo si aceptaras mi oferta.
Birdie se sacudió los hombros, ahuyentando el breve momento de
debilidad que le instaba a aceptar.
—Vender mi vida no es un modo de ganar soles.
Circe la agarró del antebrazo y le dio la vuelta, guiándola hacia una
zona más tranquila.
—¿Crees que a Cenicienta o Blancanieves les importa que tantas
tierras conocen su historia? ¡No! Los cuentos ofrecen esperanza,
demuestran que el bien siempre triunfa.
—Cenicienta trabajó como esclava la mitad de su vida y Blancanieves
falleció antes del final feliz —refutó Birdie—. ¿Estás a la espera de ver qué
desgracia me sucederá a mí?
—Yo creo en ti. Confío en que puedes tener tu final feliz.
—Aunque lo tenga, quiero guárdamelo para mí. No permitiré que te
aproveches de mis problemas.
Birdie estaba tan nerviosa que al gesticular derribó un farol con la
manga de su abrigo. Cuando este se estrelló en el suelo, se quedó
petrificada, contemplando los fragmentos de cristal dispersos. Aquella era
su vida, un puñado de trozos inservibles. La luz se reflejaba en unos
cuantos, haciéndolos brillar, pero otros ya estaban ocultos bajo paja y barro.
No aceptaría la oferta de Circe. De hecho, le había propuesto a Ark lo
de las pruebas precisamente para alejarlo de su mala influencia. Estaba
segura de que andaba detrás de él desde antes de que se convirtiera en sapo,
aunque él le había dejado claro que no estaba interesado. Había príncipes y
sapos, pero también había princesas y brujas. En secreto, Birdie creía con
fervor que Circe era una bruja de las malas. De otro modo, no entendía el
rechazo instantáneo que le producía tenerla cerca o en sus pensamientos.
—Puedo ayudarte más de lo que imaginas —insistió Circe. Tomó las
riendas, llamó a un empleado y ordenó que limpiara el suelo. Después
ofreció su PiC y pagó el farol roto.
Birdie se mareó por su indolencia.
—¡Yo lo pago! —exclamó, arrebatando el espejo de Circe antes de que
se completara la transacción.
Lo hizo con tanta fuerza que estuvo a punto de escaparlo. Lo apretó
contra su pecho y cerró los ojos para alejar las imágenes de desastres de su
mente.
Su madrastra le había regalado su primer PiC cuando había cumplido
siete años. Todos los de su casa eran espejos de calidad, decorados con oro
y piedras preciosas. A Birdie le había durado hasta la noche. Lo había
dejado en el suelo un momento, se había olvidado y lo había pisoteado.
Malle la había reprendido, amenazado e insultado hasta que su padre había
intervenido. Había echado del cuarto a su madrastra y después le había
explicado a Birdie que no era grave, pero que Malle creía que romper un
espejo atraía mala suerte durante siete años consecutivos.
A los catorce, Birdie había roto otro espejo y aún estaba bajo los
efectos de la mala suerte. No se imaginaba qué podría pasar si rompía dos
en menos de siete años.
Le devolvió el PiC a Circe y ofreció al empleado el suyo. Ahorraba
cualquier aro en un intento desesperado por comprar la casa, pero prefería
quedarse sin comer que permitirle a Circe pagar por sus errores.
—Creo que no sabes lo influyentes que son mis historias. Créeme, si
cuento la tuya, encontrarás trabajo enseguida.
Birdie dudó. Para ganar tiempo cogió una muñeca de trapo con forma
de hada y la inspeccionó.
Era independiente desde que su madrastra había obtenido el permiso
de La Corte para abandonar la casa y mudarse a la plantación. En ese
tiempo jamás le había pedido algo, aunque hubo noches que tuvo que
acostarse sin cenar. No le importaba lo que tuviera que hacer con tal de no
depender de nuevo de Malle. Si alguien que no fuera Circe le hubiera
ofrecido lo mismo, no habría dudado en responder afirmativamente.
Apretó la muñeca de trapo contra su pecho.
—No. —Venderse a Circe era cambiar los hechizos de una bruja por
los de otra.
Circe resopló. Su rostro enrojeció y los primeros rastros de ira se
reflejaron en sus ojos oscuros.
—Vale. Como quieras. De todos modos, te aviso que hoy saldrá una
nueva historia. He tardado en contar los últimos sucesos para respetar
vuestra privacidad, pero he revelado la verdad sobre el problema de Ark.
—¿La verdad? —Birdie chilló y se llevó la mano a la garganta—. Por
primera vez desde que la conocía, sintió lástima por Circe—. Mira, no
puedo impedirte que escribas lo que quieras sobre nosotros, pero si implicas
a mi madrastra…
Circe no le permitió acabar. Desestimó su advertencia con un gesto de
mano.
—No digo nada sobre tu madrastra. De momento —añadió, después de
que se giró sobre los talones y se alejó sin despedirse.
Birdie la siguió con la mirada hasta que la perdió entre la multitud. Por
un momento, envidió la fortaleza de la otra chica, su belleza elegante, las
oportunidades ofrecidas por una familia de alta cuna. Pero ¿de qué servían
todas esas ventajas si no conseguía lo que deseaba? ¿Y por qué quería tanto
su historia? No encontraba respuesta más allá de la posibilidad de que Circe
estuviera enamorada de Ark. Unos días atrás hubiese pensado que acertara
al pensar que se merecían el uno al otro, pero ahora reconocía su error. Ark
necesitaba de aguas calmas, templadas, para sosegar su inquietud. Precisaba
un entorno familiar que lo hiciera olvidar el pasado. Él amaba la alegría, y
la arpía de Circe miraba por su propio regocijo.
—¿Le interesa el hada de la fertilidad? —Una dependienta se le
acercó.
Birdie no entendió por qué le hablaba hasta que vio su mirada
deteniéndose en la muñeca que aún sostenía, como si de un bebé se tratara.
La apartó y notó que el hada era de cintura abultada.
—¡No! —soltó un grito y le ofreció la muñeca a la vendedora con
tanto vigor que esta se tambaleó hacia atrás—. Gracias —añadió de modo
más suave.
Huyó con la certeza de que la vergüenza había teñido su piel de rojo
hasta las orejas.
—Hadas de la fertilidad —farfulló mientras se apresuraba a salir del
mercado—. Lo que necesito es un hada de la suerte que luche con el
demonio de las maldiciones que se te han pegado. El bien siempre gana,
¿verdad? Alguien debería poner una queja a la Medulya porque el mundo
no es lo que solía ser.
Con la cabeza llena de pensamientos, Birdie no se percató que había
llegado a casa. La casa de Ark, se corrigió, empujando la puerta sin ánimo.
No estaba de humor, por lo que no le dirigió ni siquiera un saludo. Dejó su
capa, pasó por su lado, saltó por encima de la mesita y puso a hervir agua
para prepararse una infusión. Tenía las manos heladas y temblaba por un
frío interior.
—¿Has visto eso? —preguntó él.
—¿Qué? —Birdie le contestó, a pesar de que no le interesaba
mantener una conversación.
Estaba demasiado preocupada. Sospechaba que Circe era una
adversaria temible, y no en la guerra para ganar el corazón de Ark, porque
ella no luchaba por él.
—Circe… —dijo Ark.
Birdie se giró con rapidez.
—¿Qué hizo? —inquirió, aunque ya lo sospechaba porque Ark miraba
el PiC.
—Tú misma. —Él se levantó del diván y le ofreció su espejo.
La historia de Circe empezaba con mayúsculas.
«¿Recordáis El Círculo de Amistad?
Tengo noticias de nuestros escudos preferidos, pero no son de las
buenas. Vosotros, los lectores que habéis apostado por una historia de
amor, habéis perdido. Os cuento hoy una de odio, de rechazo, la historia de
una vida arruinada.
No, nadie ha partido hacia La Isla de los Siempre Recordados, pero
para un príncipe es casi lo mismo. Un antiguo príncipe, porque Ark ya no
es uno.
Ark es un sapo.
¿Cómo sucedió? Un pequeño tropiezo, un par de ojos curiosos y un
corazón lleno de malas intenciones, lo llevaron ante La Corte. Ark salió
con una ceja partida por la marca, veneno de sapo en su sangre y con una
compañera temporal. La Corte hizo más que despojarlo de su orgullo,
envenenarle y marcarle el rostro. Lo obligó a aceptar la compañía de una
señorita que no tiene intención de ofrecerle una segunda oportunidad.»
—¿Qué? —Birdie paró de leer y exclamó incrédula—. ¿Por qué me
odia? ¿Qué le hice?
Ark encogió los hombros. Su semblante demasiado inocente y la
evidencia de que ocultaba la risa bajo los labios fruncidos, aumentaron la
ira de Birdie.
—¡Te regodeas en la situación! Te complace que te haya sacado a ti
más lavado que un mantel y a mí, la mala del cuento.
—¡Qué va, para nada! —protestó él débilmente.
—Eres un intérprete pésimo. No entiendo cómo tenías trabajo —
farfulló Birdie, volviendo a la lectura.
«Yo creo en los cuentos con final feliz, creo en la magia de nuestras
vidas. No le pondré fin a esta historia. Continuará, de un modo u otro.
¿Apostamos a cómo lo hará?»
Cuando acabó, Birdie le devolvió el PiC a Ark. Tiró de las mangas de
la camisa, respiró hondo y alzó el mentón.
—Circe me humilló de modo público. Voy a desafiarla.
Ark de carcajeó.
—¡No vas a batirte en duelo con Circe! ¿Estás loca?
—No es justo que la defiendas. Entiendo que sea tu… amiga, pero yo
soy tu compañera. Tus lealtades no son las correctas. No te pido amor
incondicional, no obstante podrías demostrarme apoyo de vez en cuando.
Ark se levantó.
—¡Te defiendo a ti! No conoces a Circe…
—Ni tengo intención de hacerlo.
—No desveló tu nombre.
—No importa, todo el mundo lo sabe de la primera entrega, cuando
presentó a los escudos.
Birdie se movía tranquila por el cuarto, sin considerar el efecto de sus
palabras en él.
—Cariño… —le escapó a Ark. Se mordió la lengua y lo intentó otra
vez. Enlazó los dedos y los dejó en su mentón en una súplica muda—. Por
favor, considéralo. No puedes batirte en duelo por un par de palabras. No lo
hagas, te lo suplico. Circe es más que una señorita con una obsesión por las
historias. Ella probó todo lo que ha leído, conoce el arte del duelo en
detalle.
—No. Me. Importa. ¿Quieres una infusión? Marwelene nos envió una
mezcla nueva. Asegura que ayuda a tener una visión nueva sobre los
acontecimientos.
—¡Oh! —Ark se llevó la mano a la frente y cerró los ojos—. Tengo
una visión de ti en el suelo, llena de barro, con el cuerpo destrozado. Me
acerco, con lágrimas en los ojos porque sé que nada se puede hacer. Tu
aliento es dificultoso. Te mueres.
—¿De verdad lloras? —se burló Birdie—. Sospechaba que estás
dispuesto a que te dominen las emociones.
—¡Te mueres! —chilló Ark—. ¡Veo cómo te mueres!
—Yo veo cómo te mueres cada noche y no lloriqueo a tu lado. —
Birdie se detuvo de golpe.
Estaba de espalda a él, calentando agua y preparando las tazas. De
repente, encogió los hombros, dejó las manos quietas y se convirtió en una
estatua.
Ark necesitó esos momentos para entender lo que había dicho. Cuando
lo hizo, se apoyó con una mano en el respaldo del diván y saltó por encima.
No la alcanzó. Birdie se escurrió como agua, se agachó y corrió por al lado
de la mesita. Antes de que él se recuperara, alcanzó su moral y cogió la
primera capa que estaba a su alcance.
—Recordé que tengo que hacer un recado —proclamó ella, caminando
apresuradamente hacia la puerta.
—Te acompaño —dijo Ark. Se adelantó y se interpuso en su camino.
—De verdad que es urgente. —Birdie pestañeó y lo miró a los ojos.
—¿Cómo es eso de que me ves muriendo cada noche? —inquirió él.
Se apoyó contra la puerta, decidido a no dejarse apartar si no se
llevaba la madera también. No temía. Birdie tendría el carácter de un trol,
pero en cuestiones físicas, contaba como un gatito de uñas afiladas y
colmillos poco tajantes. Aun así, estaba en alerta, porque solía engañarlo de
modos creativos.
—¿No vas a dejarme salir? —Birdie dejó caer el bolso y la capa.
Ark negó con la cabeza.
—Parece que conoces una historia que me gustaría escuchar.
—No es tan buena, te lo aseguro. El protagonista es un sapo tonto. —
Ella se dio la vuelta y se dirigió hacia el espacio que ocupaba.
Preocupado por si quisiera esconderse bajo la cama, Ark abandonó la
puerta y la siguió. No había dado más de unos pasos cuando una sombra lo
empujó e intentó pasar por su lado.
Por suerte, sus reflejos estaban entrenados. No logró estabilizarse, pero
agarró con las manos lo primero que encontró, y que resultó ser la camisa
de Birdie. Sabía cómo caer sin herirse. Sin embargo, no contó con la carga
que se le derrumbó encima. Y con que estaba viva. Y que pataleaba, escupía
y tenía cuchillas en vez de uñas.
Después de una lucha digna de un héroe, Ark logró atrapar las
muñecas de Birdie y asegurarle las manos a la espalda.
—¿Quieres tranquilizarte? ¿Te ha mordido una criatura de la noche?
—¡Suéltame! —chilló ella.
Seguro de que no podría escaparse, Ark se relajó en el suelo. Dejó caer
la cabeza y estiró las piernas. Sus movimientos forzaron a Birdie a
acomodar su cuerpo encima del de él. Ark soltó un gemido feliz.
—No recuerdo la última vez que haya abrazado a una señorita.
—No me abrazas, me impides levantarme.
—Esto no está bien. —Ark cerró los ojos con fuerza, pero no liberó a
Birdie—. Lo siento. Solo un momento más. —Inhaló y soltó el aire, y con
cada respiración lograba que notara más el cuerpo de Birdie. Se llenó los
sentidos con su perfume y fantaseó cómo se sentiría su piel si la tocaría con
los labios. Solo la mejilla. Quizá el mentón. El ángulo del maxilar, donde
empezaba la piel del cuello—. ¡Me muero! —lloriqueó, dejando caer los
brazos a los lados.
Birdie no aprovechó la ocasión para levantarse. Se apoyó en las
palmas.
—No te ves bien.
—¿Cómo podría verme bien? No me he acercado a una muchacha
desde la boda de Kane. ¿Cuánto hace desde entonces? ¿Diez siglos?
—Diecisiete puestas de sol.
Ark abrió un ojo.
—¿De verdad? Parece mucho más.
—Das pena. —Birdie se incorporó y le tiró una almohada.
Tenía el rostro congestionado y respiraba con dificultad. El moño se
había deshecho durante su forcejeo y la falda estaba arrugada.
Ark sonrió. Un idiota sentimiento de libertad hinchó su pecho al darse
cuenta que Birdie no era perfecta. Desde que la había conocido, en la torre,
con su vestido de princesa y su lengua afilada, había vivido con la
impresión equivocada de que era una presuntuosa suertuda, con una vida
agraciada. Ahora entendía que, en realidad, Birdie era una joven con igual
de muchas dificultades que él, y que lo único que les diferenciaba era el
modo de afrontarlas.
—Lo sé —reconoció—. Pero es bueno que pueda hacerlo ante ti. Ya
sabes, porque no quiero impresionarte o convencerte de que me ofrezcas
una segunda oportunidad.
Birdie se detuvo de lo que hacía y se giró hacia él.
—Dijiste que querías pasar mis pruebas.
Ark negó, moviendo la cabeza en el suelo de un lado al otro. Se
levantó en los codos.
—Al principio quería impresionarte, pero lo pensé mejor. No quiero
ser juzgado, sometido a quién sabe qué pruebas, analizado como un pez
para ver si está fresco y bueno para ser comido. Quién me querrá, si alguien
me querrá, lo hará por lo que soy. Por cómo soy.
Birdie inhaló hondo.
—Eres un sapo.
—Lo sé.
—Podrías no tener otras oportunidades.
—Lo sé.
—Eso si no aceptas la de Circe —comentó Birdie y le dio la espalda.
—No lo haré —aseguró él.
—Dentro de dos saltos de luna cambiarás de opinión.
Ark abandonó el suelo, se incorporó y se quedó a la espalda de Birdie.
Dejó la mano en su hombro, haciendo presión para que le diera la cara.
Cuando ella lo hizo, habló:
—No lo haré. No tienes idea de lo que he perdido cuando me
marcaron. No me queda mucho. No renunciaré a mi orgullo.
—¿Orgullo de sapo?
—No lo entiendes.
Miró alrededor, a su pequeño espacio. No era suficiente para calmar su
inquietud. Necesitaba moverse, gastar sus nervios, y no tenía que luchar las
siguientes noches. Había ganado tantas veces que los organizadores le
habían prohibido presentarse un tiempo para volver a subir su cota.
—Me gustaría entenderlo.
La respuesta de Birdie lo tomó por sorpresa. La miró, leyendo de
modo correcto la curiosidad en la expresión de su rostro.
Durante un momento quiso contárselo. Durante un maravilloso
momento se imaginó que encontraría compresión, quizá incluso armonía.
Pero el momento voló, como todo lo bueno.
—Tal vez en otra ocasión. ¿Quieres confesar qué sabes de mis luchas?
—inquirió, enarcando una ceja—. Tengo especial interés en cómo te
enteraste.
Birdie le sonrió con timidez.
—Tal vez en otra ocasión.
Ark hizo una mueca.
—Entonces, supongo que no queda mucho por decir hasta que estemos
dispuestos a desvelar nuestros pequeños secretos. —Buscó su abrigo, las
llaves y se dirigió hacia la puerta—. Salgo. No me esperes, cariño.
Y esta vez usó el apodo de modo consciente porque quería darse el
malvado gusto de herirla. Estaba harto de ser considerado el villano. Bien
podría demostrarle que no se equivocaba. Lo había sido, lo era y siempre
sería un indigno. Birdie se merecía mantener constante su odio hacia él.
27
“Tengo una amiga sin miedo a volar, que sin fatiga, se va con un par.”

Birdie regresó derrotada del Pozo Negro. Había ido con la intención de ver
a Ark luchando, pero él no estaba allí.
Se dejó caer en una silla, se quitó las botas, las tiró sin mirar a donde y
dejó los pies en el margen de la cama de Ark. Si no estaba en el Pozo,
¿dónde estaba? ¿Y por qué le preocupaba no conocer su paradero? Ark tenía
muchos amigos. Amigas también, conocidas, amantes y... Circe.
Se abrazó y se dio cuenta de que le castañeaban los dientes. Hacía
demasiado frío, tenía que encender la chimenea. La de Ark estaba en la
pared que separaba el espacio donde ella tenía la cama y el que ocupaba él.
De ese modo calentaba la estancia entera.
Birdie salió al pasillo para coger leña. Cuando regresó y abrió la puerta
de la chimenea, vio que él ya la había preparado. Había leña dentro apilada,
y las cerillas estaban al lado, en un agujero creado por un ladrillo que
faltaba.
Envuelta en una manta, pegó la espalda a la cama y se abrazó las
rodillas. Contempló las llamas hasta que casi se apagaron, después volvió a
arrojar dentro un par de troncos.
En algún momento de la noche, se dejó caer sobre la alfombra y cerró
los ojos. Despertó temblando, por el frío y por las pesadillas. La casa estaba
en silencio, Ark no había vuelto.
Se incorporó con dificultad, con el cuerpo dolorido. ¿Cómo había
llegado a dormirse en el suelo? Estiró sus miembros para aliviar el dolor y
puso agua a hervir para prepararse una infusión.
Nada le iba bien. Seguía sin encontrar trabajo o un nuevo contrato de
vasallaje. Resultó que era demasiado alta para cuidar a la señora duende
viuda y que el puesto de ayudante en hacer calcetines de punto se había
ocupado. Estaba atada a la ciudad por la situación con Ark y no podía
desplazarse a otra.
Encendió su PiC mientras se tomaba la infusión y empezó a buscar
nuevas ofertas. Descartó varias que implicaban llevar poca ropa y llegó a
una que le llamó la atención.
«Casa fácil de mantener necesita criada.»
Birdie abandonó el PiC y se quedó con la mirada en el vacío. A Malle
le saldría el ojo bueno si se enterara que pensaba aceptar un contrato de
crida, pero los sentimientos de su madrastra no la afectaban desde hacía
mucho. Necesitaba valerse por sí misma de una vez.
Llamó y consiguió un encuentro el mismo día. No le preocupaban las
dificultades del trabajo, tampoco la imagen que podía dar, de una persona
pobre, sin educación y sin ninguna posibilidad que servir a otros. Su
propósito, mantener su casa, lo merecía todo.
Se presentó antes de la hora y dio un par de vueltas alrededor de los
muros de la construcción. Le hubiese gustado echar un vistazo en el
interior, pero las cercas de piedra, más altas que ella, y las verjas aseguradas
con tablones de madera en la entrada lo impedían. En cada esquina,
majestuosas estatuas esculpidas de personajes de antiguos cuentos le daban
la bienvenida: el enanito sabio, Campanilla, el cazador, el lobo, un brujo
con el rostro oculto por un sombrero gigante, una sirena reina, identificada
por su tiara, y un corpulento pirata. Las esculturas, ejecutadas con detalles
mayúsculas, superaban en altura incluso a los altos muros.
Birdie se enamoró al instante. Su mente empezó a calcular si podría
comprarse una estatua pequeñita para adornar su plantación, aunque la
satisfacción no sería la misma. Quería una gigante, una que sobresaliera por
encima de los manzanos, capaz de impresionar a cualquier transeúnte
indeseado y persuadirlo que diera media vuelta antes de atreverse a entrar
con malas intenciones.
Se encontraba delante de la puerta, preparada para llamar, cuando esta
se abrió sin previo aviso.
La casa no era grande. De una sola planta, con ventanas amplias, que
suponían un problema para limpiarlas, pero que ofrecían una vista
maravillosa hacia un jardín cuidado. Tomó un sendero de tierra rodeado por
piedras. Una mujer de mediana edad le sonrió desde la pequeña escalera.
—Bienvenida seas —dijo.
Birdie se encogió de vergüenza. No había renunciado a la capucha y se
sentía idiota por cómo la mujer la aceptaba sin haber visto aún su cara. Hizo
un esfuerzo, se la quitó y alzó el rostro.
—Buenos días —saludó, preguntándose si debería ejecutar una
reverencia.
Los criados de su madrastra lo hacían, porque se lo exigía ella.
—Hace frío, ¿verdad? —preguntó la mujer, interpretando de modo
equivocado el ocultar de su rostro—. Pasa, por favor.
—Gracias.
Birdie la siguió al interior. No vislumbró mucho a medida que recorría
el pasillo, las puertas estaban cerradas. Cuando llegó a un salón acogedor se
alegró de descubrir que había tenido razón, las ventanas descubrían vistas
magníficas.
—Toma asiento y cuéntame algo sobre ti —la invitó la mujer.
Birdie salió tiempo después con un nuevo contrato bien guardado en el
PiC, firmado por ambas partes. Ojalá hubieran usado aún el pergamino
antiguo para redactarlo. Habría disfrutado tenerlo en sus manos, apreciar su
aroma, enmarcarlo y colgarlo en la pared. Se detuvo y volvió a leerlo.
Sonreía tanto que le dolían las mejillas, pero no podía parar. No podía
creer que había tenido suerte y la esperanza era un sentimiento cálido. No
tenía un horario de trabajo definido, debía estar disponible cuando la dueña
la llamaba. Su archiseñora no era la mujer que la había contratado, sino su
hija. La mujer le había explicado que su hija viajaba bastante y cuando
regresaba le gustaba encontrar todo en orden.
Birdie envió el contrato a Dye y Aalis, junto con una invitación para
celebrarlo. Seguía enfadada con Ark por haber desaparecido sin que se
preocupara por avisarla, pero estaba tan feliz que pasó por el mercado para
hacer la compra y preparar el almuerzo. Igual debía practicar por si la
señorita le pedía encargarse de la cocina.
A pesar de la ausencia de Ark al llegar a casa, Birdie no permitió que
su ánimo se desvaneciera. Preparó la comida canturreando una canción de
la cual no recordaba la letra.
Cuando alguien golpeó la puerta, pensó que Ark había olvidado las
llaves. Pero no era él esperando en el pasillo, sino una muy agitada Aalis.
—Lo has liado parda —farfulló.
—Hola, mi querida amiga. Yo también te he echado mucho de menos.
—Birdie le permitió pasar y cerró la puerta.
No se asustó por las palabras intensas de Aalis, pero retrocedió ante la
mirada fija de Fúfu, acomodado en su hombro. Esperó a un lado hasta que
Aalis se deshizo del abrigo y exploró el espacio con los ojos entrecerrados.
Mientras, el búho desplegó las alas y voló por el cuarto, ululando
descontento.
—Este lugar es más pequeño que mi guardarropa. ¿Cómo os lo
arregláis Ark y tú? —preguntó Aalis.
Birdie encogió los hombros, manteniendo la atención en Fúfu, que tiró
unas capuchas al suelo y golpeó la lámpara del techo con la cola antes de
regresar graznando al hombro de Aalis.
—Sencillo. No nos vemos. Yo estoy en casa, él no está.
Aalis acarició la cabeza de Fúfu y se dejó caer en una silla.
—Es increíble que quieras esquivar a Ark. ¡A Ark! —exclamó—.
Chica, vives con él. Lo tienes a tu lado, lo ves, lo hueles… ¿Lo viste
desnudo?
—Sí. No. —Birdie balbució—. No, no lo he visto desnudo y no huyo
de él. Simplemente no…
—¿Intimáis? —Aalis la ayudó a acabar su idea.
—Eso. No hacemos nada —reconoció.
—Resultas ser una desilusión para la tropa de muchachas que
venderían sus almas por ponerle las manos encima.
—Esa tropa de muchachas existe solo en tu imaginación.
—Ya te gustaría a ti creerlo. Birdie, actúa o lo perderás.
—¡No perderé nada porque no quiero nada de él!
Aalis torció el gesto.
—Siempre tan mojigata. Ya reconociste que le deseas, así que a mí no
me vendas las mismas chorradas que te quieres creer.
Birdie cerró los ojos e inspiró profundamente. Lo último que
necesitaba era que Aalis le recordara lo que más deseaba olvidar.
—Sigo deseándolo, sí —reconoció—. Y no sé qué haré al respecto.
¿Podemos dejarlo así? Me alegra verte y me gustaría usarte como apoyo.
No estás aquí para joderme la cabeza, ya está jodida, gracias.
Aalis gruñó como un perro hambriento.
—¿Qué hay de ese nuevo contrato? —inquirió.
Birdie sonrió ampliamente.
—Tuve suerte, ¿verdad?
—¿Criada? Si querías esto, ¿por qué no me lo dijiste? En nuestra casa
siempre necesitamos criados. No sé por qué, los nuestros tienden a
abandonar rápido.
—Será por tu dulce personalidad —contestó Birdie, con cuidado de
mantener la voz baja. Había notado que Fúfu parecía entender algunas
palabras y no le gustaba que insultaran a su dueña—. Gracias por la oferta,
pero necesitaba valerme por mí misma. Se acabó lo de aceptar ayuda de
amigos y familiares, lo de esperar que me saque otra persona las castañas
del fuego.
Aalis frunció los labios.
—Vale. ¿Cómo te lo digo? Firmaste con la madre de Merlín y Circe.
Birdie se quedó mirándola. Cuando entendió, se apresuró a explicar.
—¡No! La mujer era encantadora. Claro, me avisó de que trabajaría
para su hija, que es… —Abandonó la explicación por falta de detalles.
—Circe —concluyó Aalis por ella.
—No. —Birdie agitó la cabeza varias veces—. No. ¡No! ¡Claro que
no!
—Puedes negarlo mil veces. Lo hiciste.
—¡Arpía malvada! Se arregló para engatusarme. Maquina desde el
principio. Creo que tiene una obsesión por Ark —le confesó a Aalis—. Si
supieras todo lo que pasó…
Se sentó en el suelo y le contó los últimos acontecimientos.
—Cálmate —pidió Aalis, después de escuchar con atención. Mientras
hablaba, Birdie había recogido del piso una capucha tirada por Fúfu y la
había retorcido hasta convertirla en una soga. Aalis se la quitó de los dedos
rígidos, con movimientos calmos—. Circe no está enamorada de Ark. Son
amigos, se conocen desde siempre.
Birdie se puso de pie.
—¿Estás de su parte? ¿No entendiste nada de lo que te conté? —gritó,
herida.
—No estoy del lado de nadie, solo pienso en mí. Y en ti, ahora que
estoy aquí. Los conozco y sé que no hay nada romántico entre ellos. Pero tú
ya tienes la idea fija, no voy a convencerte. Te será difícil trabajar para ella
con esos sentimientos reprimidos.
—¡No quiero trabajar para ella! —se lamentó Birdie—. Intentará
hacerme hablar de mi situación, de Ark, de todo. Y voy a desafiarla por lo
que escribió en la última entrega.
—¿Vas a hacer qué?
—Desafiarla —repitió Birdie, alzando el mentón—. Si tampoco estás
de acuerdo con esto, puedes irte ya.
—Entiendo —dijo Aalis, aunque por su expresión no había entendido
tanto—. Supongo que tienes pensado cuándo será el duelo, has tenido en
cuenta que pase entre las ceremonias de escudos, que te dé tiempo a
entrenarte. En fin, tú sabrás. Vas a trabajar para Circe, aceptarla como
sacerdotisa y batirte en duelo con ella, todo a la vez. Eres una campeona
solo con intentarlo. O podrías anular el contrato —propuso.
—¿Y quedarme sin la primera y única oportunidad?
—Trabaja para mí.
—Ni hablar.
—Conozco gente. Déjame ayudarte.
—No.
—¡Eres tan cabezota! —exclamó Aalis. De acuerdo con su dueña,
Fúfu ejecutó un giro completo de cuello y miró fijamente a Birdie—. Pues
decídete de una vez. Tu vida es apasionante pero dramática. Me gustaría
que la arregles de una vez por todas para que podamos centrarnos en la mía.
Birdie soltó un suspiro.
—A mí también me gustaría. ¿Qué puedo hacer?
—Para empezar, puedes deshacerte de todas las capuchas —ordenó
Aalis, agitando la mano en el aire.
Las capas de Birdie estaban amontonadas encima de una silla, las
capuchas sueltas en la percha. La pilla era grande, y eso que no las tenía
todas allí.
—Jamás —se rio en respuesta.
—Birdie, ya no eres una niña. Deberías haber aprendido que la gente
te hace daño si les permites que lo hagan. Te has librado de la cadena de tu
madrastra.
—Todavía no. Cuando tenga mi casa…
—Aunque tengas tu casa o no, no vas a quedarte en la calle. Siempre
me tendrás a mí, a Dye, a Marwelene. Demostraste que puedes mantenerte.
No volverás con ella, a menos que quieras hacerlo.
Birdie sacudió la cabeza en negación.
—No debes competir con nosotras. Dye tuvo suerte de haber nacido en
una familia normal que abraza el amor y yo, bueno, los míos son
adinerados. Has vivido un trauma, un par de traumas —se corrigió—, pero
debes superarlos si quieres seguir adelante.
—Puedo...
—Seguir del mismo modo es quedarse estancado —la interrumpió
Aalis—. Somos jóvenes. Dentro de poco vamos a estar atadas a un hombre,
con niños colgando de nuestras extremidades. ¿No quieres vivir? ¿No
quieres emocionarte, amar?
—No quiero confiar —susurró Birdie.
Aalis suspiró. En un gesto que no le era característico, abrazó a Birdie
y mantuvo su cabeza apoyada en su hombro.
—Mi amor, tendrás que hacerlo o te convertirás en tu madrastra. En un
monstruo.
28
“¿Puede un sapo nombrarse sapo?”

—Me voy.
—¿Todavía estás aquí? —gruñó Merlín—. ¿Por qué?
—Ya sabes, porque mi casa está ocupada.
—¿Huyes? —Merlín sacó la nariz de los papeles que ojeaba y lo
estudió.
—Qué va. —Ark unió el lóbulo de la oreja con el hombro en un gesto
de impotencia—. Puede.
Merlín torció el gesto con dolor.
—¿Quieres hablarlo?
—No.
—Gracias a las hadas. —Merlín soltó un suspiro aliviado—. Bueno,
puedes venir cada vez que necesites huir.
—Eso significa mudarme contigo —se burló Ark.
—No acepto inquilinos. Pero puedo hacerte el favor de escucharte. ¿Al
final quieres hablar de ello?
—No —volvió a negarse Ark. Se aclaró la voz y declaró solemne—:
Gracias.
Merlín le frunció el ceño. Ark se removió en la silla. No le gustaba
cuando estaba en la mira de su amigo, veía demasiado. Se apresuró a
continuar para escapar de la sensación de que un ser oculto pisaba el
interior de su cabeza.
—Podrías haberme abandonado en cuanto me marcaron. Perdí
algunos… amigos. Y no sé mucho de Gawain desde entonces —reconoció.
Merlín relajó el semblante.
—Sabía que eres idiota pero no que uno tan grande.
Ark asintió extasiado.
—Elegiste este camino desde lo de tu padre. Todo el mundo apostó
que pasaría tarde o temprano. No entiendo qué quisiste demostrar, si lo
castigaste a él, a ti mismo o a tu madre. Pero te jodiste la vida por una
cuestión de orgullo.
—Orgullo de sapo.
—Lo siento, loco. A los sapos no les queda orgullo. Ve a La Granja y
compruébalo con tus propios ojos.
Ark se lo pensó durante un momento.
—Iré —dijo, levantándose y desperezándose.
—Oye… —Merlín volvió a estudiarlo con la misma emoción que
dedicaba a un huevo fresco al intentar extraer la yema sin romperlo—. Hay
algo raro en ti.
Ark comprobó sus botas relucientes. Scorchbread les había cuidado,
igual que se había encargado de lavar su ropa.
—La camisa —susurró, preocupado por si el mayordomo andaba cerca
—. Era gris, pero Scorchbread debe haber usado algún jabón malo porque
me la devolvió casi rosa.
No se le había pasado por la cabeza llamarle la atención. Si el
empleado de Merlín decidiera que era merecedor de vestirse como un
bufón, lo haría sin pestañear.
—No es eso.
Ark encogió los hombros y se pasó la mano por el pelo.
—Pues no sé.
—¡Aja! —Merlín lo señaló con el índice. Se levantó y se le acercó,
después cogió su mentón y lo giró hacia los lados—. La marca. Está curada.
—Es como se supone que debe ser, ¿verdad?
—No. Así no. La piel del alrededor es demasiado… tuya. La cicatriz
no es monstruosa.
—¡Déjame en paz, charrado! —Ark se sacudió y escapó del toque—.
Nos vemos.
—Suerte —le deseó Merlín, luego gritó a su espalda—. ¡Deberían
verse restos del veneno! ¿Ha cambiado el color de tus uñas? ¿Te han salido
verrugas por lugares que ocultas con la ropa? ¿Hay hilos verdes en tu piel?
Ark se apresuró a coger el chaleco de cuero que llevaba puesto cuando
había venido y salió corriendo a la calle.
Se encogió por el frío. Hacía dos noches había huido con prisa, sin
considerar cuándo volvería o que en la Medulya ganaría el Mal. El día
había empezado soleado, lo sabía porque las malditas ranas que se
lamentaban en los lagos cercanos no lo habían dejado dormir. Hacía la
mitad, cuando había recuperado fuerzas debido al magnífico desayuno
servido por Merlín, un viento huracanado se había llevado la luz. Seguía
soplando en rachas y paseaba nubes con la velocidad de las estrellas caídas.
Relámpagos cortaban trozos del cielo con tanta fuerza que temía toparse
con alguno que le partiera la cabeza.
Vivía una de las peores batallas de su vida. Debería sentir miedo por si
el Mal ganara la guerra, pero no lo hacía. Temía por su familia, por sus
amigos, por Birdie, pero no por sí mismo. Su futuro estaba escrito, con o sin
huellas de veneno. Pronto acabaría viviendo en un charco, fantaseando con
el baile exótico de las moscas. Sabía que debería sentir algún efecto, pero el
miedo no le había permitido pensarlo mucho. Si la poción no hacía efecto
en su cuerpo, ¿quién era él para quejarse? No planeaba correr a La Corte
para pedir otra. ¡Tocho Merlín por habérselo recordado!
La calle no estaba concurrida. La mayoría de la gente ocultaba sus
rostros bajo bufandas, gorros o capuchas. Ark, con la cabeza descubierta,
sabía que la marca resplandecía a distancia con el poder de la magia, pero
ese día se libraba de miradas hurañas y comentarios groseros. Aunque no
todo de ser marcado como sapo era malo; cuando entraba en una taberna le
atendían con la mayor brevedad posible, encontraba siempre una mesa y a
veces no le cobraban.
—Vence altigre y aleón, vence altoro embravecido, vence aseñoryrey,
atodosdeja vencidos.
Ark dio un brinco. En la oscuridad, no había visto acercarse al enano.
—Grór, ¿podemos hacer una pausa de las adivinanzas? No es que te
mueras mañana o que necesite el coche cuando me mude en La Granja.
—Sapoperezoso.
—Yo también te quiero, pequeño. —Para fastidiarlo, Ark dio un salto,
imitando al de un sapo, se inclinó, y rodeó los hombros del enano. En su
impaciencia, destrozó los dos moños con los cuales Grór se había recogido
el pelo y se ganó un manotazo. No insistió, a sabiendas que el enano lo
vencería en un combate cuerpo a cuerpo—. Vamos a La Granja —avisó.
Se imaginaba que nadie quisiera visitar la morada de los sapos con un
tiempo como ese. Merlín había acertado en mandarlo allí, su Encantador le
había sugerido lo mismo. Aunque no veía cómo podía ayudarlo.
Grór se mantuvo en silencio, como siempre, pero Ark había tenido
bastante de silencio. Con el riesgo de que le llovieran insultos y gruñidos,
incomodó al enano.
—¿Cómo conquistaste a tu pareja? —se interesó. Se acomodó en el
asiento, preparado para escuchar una bonita historia de amor.
—Hum. Yono —vino la respuesta.
Ark frunció el ceño. Sabía que Grór tenía una familia, incluso la había
conocido.
—Tu pareja, la madre de tus hijos —insistió. Muchas veces tenía que
explicarse con detalles para dar con la clave del dialecto de Grór—. ¿Cómo
os conocisteis? ¿Cómo os enamorasteis? ¿Cómo decidisteis formar una
familia?
—Yono, ella sí.
Ark cerró los ojos y suspiró. Se quedaría sin la bonita historia de amor.
—Su madre mandó quemcazara. Lo hizomgustó. Hice casa. Supliqué
que mediera niños. Lohizo. Yofeliz, ellafeliz.
—Vosotros felices —murmuró Ark, cuando consiguió traducir los
gorgoteos—. Ojalá fuera tan sencillo en Van Cinceles.
—Humanostontos. Hembras yano cazan.
—Así es. No sabemos qué quieren nuestras hembras.
—Humanostontos. Yastá.
Ark asintió en entendimiento. No insistiría, era un milagro que hubiese
logrado tantas palabras de Grór.
—Yastá —repitió el enano, y Ark se percató de que habían llegado.
—Da un par de vueltas, ¿vale? —pidió cohibido.
Grór le hizo caso, farfullando «humanos tontos». Al final, detuvo el
coche sin importarle si estaba preparado.
Ark abrió la puerta, pero un olor extraño lo obligó a cerrarla al
instante. Salió y miró alrededor silbando, decidido a luchar contra su fobia.
Esperaba que los sapos de la granja fueran educados por haber sido
personas antes, sin parecerse a sus primos, las criaturas que poblaban los
lagos que rodeaban el edificio de Merlín.
—Lotienes delante, nopuedes verlo —gritó Grór a sus espaldas.
Ark se despidió sacudiendo la mano. Las adivinanzas del enano eran
tan normales como el desayuno. Ya no se molestaba en darle la respuesta,
estaría equivocado sin importar cuánto se partiera los sesos.
La Granja era un mundo en sí. No veía la salida, tampoco algo de
fuera. La vegetación alta y densa ocultaba caminos de piedra que se perdían
en la cumbre de las colinas o descendían en valles profundos. Siguió uno
que indicaba mediante un PiC instalado en un árbol que llegaría a la zona
de visitantes. Lo llevó a una especie de casita construida medio en la tierra,
medio en el lago. El interior era demasiado pequeño para él, tenía que
encoger los hombros y agacharse.
—¿Hola? —llamó.
El olor era más intenso y nada agradable. Metió la nariz en el hombro
y la frotó contra su camisa, por debajo del chaleco.
Le llegó un sonido lejano y vio movimiento detrás de una planta.
—Ya voy —graznó alguien.
El hombre que apareció le llegaba hasta la cintura. Era un sapo con
cara de hombre, con las piernas encorvadas, una joroba inmensa y la piel
verdosa, llena de verrugas.
—¿Qué número quieres? —preguntó sin mirar a Ark. Había ido a un
mostrador y tecleaba en un PiC con unos dedos como ramas viejas, llenas
de nudos.
Ark carraspeó.
—No estoy seguro.
El hombre levantó la vista y le sonrió. Sus dientes estaban podridos,
pero al hacerlo, en los ojos inyectados revivió una luz que trajo recuerdos
de una persona alegre.
—Ya veo —comentó—. Te mandó el Encantador.
Ark asintió.
—¿Cuánto te queda?
—¿Cómo dice?
—¿Cuánto llevas como sapo?
—Casi un salto de luna.
—Un niño, si me preguntas a mí.
Ark no le había preguntado, pero se mantuvo callado.
—Entonces ¿quieres la visita normal?
—Supongo.
—Supones. Todos suponéis hasta que llegáis aquí con un número en el
pecho y cero aciertos de volver a ser una persona. Ayúdame —demandó
mientras procuraba levantar la tapa de un cofre.
Ark se acercó y se puso de rodillas para llegar a su altura. Intentó
levantar la tapa, pero era más pesada de lo que había creído. Entre los dos,
consiguieron abrir el cofre, lleno de llaves con forma de letras.
—¿Qué te enseño hoy? ¿Piensas volver? —inquirió la criatura.
—No lo sé —reconoció Ark. Si fuera por él, la respuesta sería un
rotundo «no».
—Vale. Empezamos por lo peor entonces. Sígueme.
Ark se alegró de salir de ese espacio cerrado y ver la luz, aunque fuera
una luz extraña, cenicienta, acompañada de niebla plateada que se adhería a
las plantas y le quitaba del contorno.
Se mantuvo detrás del hombre por miedo de que se perdiera en el
laberinto de senderos. A medida que avanzaban, se encendían capuchinas y
el olor se hacía más fuerte. El camino estaba despejado para el empleado
pero Ark luchaba por abrirse paso entre las hojas, ramas y raíces que se
enganchaban en su pelo y tiraban de sus hombros. La vegetación crecía ante
sus ojos, como si se dispusiera a tomarlo prisionero.
—No te preocupes mientras estés conmigo, pero no te quedes solo —
le avisó el otro justo antes de perderse detrás de una cortina verde.
Ark se apresuró a seguirlo. Se lanzó con tanta fuerza que acabó por
empujarlo, porque se había detenido.
—Lo siento —se disculpó, ofreciéndole la mano para ayudarlo a
levantarse.
Este le dio un manotazo, rechazando su ayuda.
—Ya. Todavía recuerdo el miedo que da La Granja. Y que lo sepas,
todas las historias que escuchaste son verdaderas. Los sapos muerden y sí, a
veces se comen a los visitantes.
Ark tragó saliva. No supo cuándo llegaron a una especie de plataforma
que comenzó a bajar. Pilló una liana y se agarró con fuerza cuando la
velocidad se hizo imposible. Cuando por fin se detuvo, podría jurar que
había viajado hasta el centro de la tierra.
—Es la única granja porque la tierra aquí se encoge o se alarga
conforme necesitemos más o menos espacio —le explicó su guía.
Las paredes de vegetación no dejaban nada a la vista, pero Ark se
imaginaba lo que seguía.
—¿Los sapos no viven eternamente?
El hombre se carcajeó.
—¿Eso es lo que cuentan? Algunos sí, están aquí desde el principio de
los tiempos de los sapos. Otros no duran para contemplar un amanecer. Lo
verás por ti mismo.
Sonó mucho a amenaza. Y aunque se consideraba preparado, Ark se
quedó de piedra cuando avanzaron.
Tierra y agua se extendían ante sus ojos hasta el infinito, bajo una luz
desvanecida, como la de una capuchina a punto de apagarse. Colinas y
valles, arena sucia, piedras envueltas en musgo, lagos con aguas oscuras,
sin brillo. Por partes, la vegetación sobrevivía. Las manchas de color verde
eran testigo de la lucha de la naturaleza contra los habitantes. El resto había
muerto. Árboles desnudos, las últimas hojas llevadas por el viento. Ramas
que se rompían por el peso de sapos enormes, que tenían la estatura de Ark.
Hierba quemada creaba caminos que se perdían en el agua.
Al principio no notó a los inquilinos. Vio algún sapo marrón y a los
plateados, que se movían con parsimonia. Después observó el deslizar de
las hojas, las ondas de los lagos, señales de que el espacio estaba habitado.
Le costó bastante entender que no había sitio libre. A donde mirara, le
contestaba otra mirada.
Ojos.
Ojos grandes, salidos de las órbitas. Ojos de todos los colores, de
mirada fija, algunos vacíos, sin esperanza, otros, intensamente interesados.
Ojos inyectados o negros, como los de los diablos de los cuentos, párpados
que se cerraban y abrían en un movimiento hipnótico.
—Lo saben —susurró Ark.
El hombre-sapo asintió, como si le hubiera leído el pensamiento.
—Sí. Recuerdan la época cuando eran personas. Ven y entienden, pero
no pueden comunicarse. Son humanos atrapados en el cuerpo de un
monstruo.
Ark se estremeció.
Eso no era castigo, era tortura.
De repente, volvió a sentirse niño, anhelando la protección de un ser
querido. Apretó los dientes para no gritar «Padre, ¿padre, dónde estás?»
¿Seguiría con vida? Si él acababa en La Granja, ¿se encontraría con su
progenitor? ¿Lo reconocería? ¿Tendrían un lenguaje para comunicarse?
La tierra empezó a girar demasiado veloz. Ark se mareó.
—Cierra los ojos —le recomendó el empleado.
Ark tragó en seco.
—¿Cómo puedo saber si un conocido está aquí?
El otro negó con la cabeza.
—Se ha prohibido hace tiempo. Tenemos constancia de las personas
que eran antes, pero no es recomendable un encuentro. Sufrirían un choque
y suelen ponerse agresivos. Es mejor dejarlos en su mundo.
Ark asintió, sin voz. Deseaba marcharse pero sentía los pies pegados al
suelo. Una fuerza desconocida le paralizaba los tobillos. Pensó que era su
imaginación hasta que el hombre restalló un látigo, hasta entonces,
enrollado alrededor de su cintura.
—¡Criaturas detestables! —farfulló—. Vamos, te han olido. —Alzó la
cabeza para escrutar una nube posada encima de ellos, a tan baja altura que
se había tragado el resto de la luz—. Sienten el acercamiento del Mal.
Ark no pudo abstenerse de mirar una última vez hacía el paisaje
desolador.
Ahí estaba su futuro: mojado, oscuro y maloliente.
29
“Mucho correr, mucho fregar y a sus hermanas trajes planchar pero,
al final, ya lo verás, en el palacio, se casará.”

Su nueva archiseñora la convocó antes de que estuviera preparada.


Birdie no se lo pensó mucho. Trabajaba para una persona que aborrecía
pero solo necesitaba aguantar dos días.
Cuando se presentó a la puerta de Circe, llevaba consigo una
determinación que pocas veces había sentido. Del interior se escuchaba un
ruido tremendo, gritos, risas, un sonido rítmico de golpes que no sabía si era
música o alguien tropezando con las ollas. Eligió probar el picaporte, y, al
encontrar la puerta abierta, no esperó a que la atendieran.
Una campana sonó estridentemente y Circe apareció.
—¡Por fin! ¡Estás aquí! —chilló, corriendo en su encuentro.
Birdie levantó las manos para detenerla, pero Circe la abrazó con
fuerza, como a una vieja amiga. Cuando la soltó, la cogió por el antebrazo y
la hizo avanzar por el pasillo.
—Tengo un encuentro con un par de miembros del Gremio de
Preservación Histórica. Necesito que me ayudes —explicó.
—¿Qué deseas? —Birdie se soltó del agarre y se quitó la capa. Se dio
la vuelta para guardarla, pero no tuvo oportunidad.
Circe gruñó afectada, el sonido amenazante de un animal feroz.
—¿Qué llevas puesto?
No se le había informado sobre usar un uniforme. Birdie se había
ataviado con una falda larga y una camisa abotonada hasta el cuello, ambos
de color de la ceniza. Por encima, se había atado un delantal con los bordes
cosidos, regalo de Marwelene. Su cabello estaba oculto bajo un pañuelo,
anudado en la nuca. Era la imagen perfecta de la clase baja, una empleada
de casa.
—Si quieres que lleve un uniforme tienes que proporcionármelo —se
defendió.
Ya bastante le costaba presentarse sin capucha. No deseaba la atención
que era evidente que Circe obtenía con su vestido vaporoso, sus zapatos de
cristal o el moño complicado.
—¡Eso no es un festejo de disfraces! —Circe volvió a empujarla. Miró
por encima de su hombro y se apresuró por el pasillo hasta la primera
puerta que estaba abierta—. ¡No te muevas! —demandó.
Birdie se imaginó que tendría que aprender a pensar en Circe como su
archiseñora y atender sus deseos. Le hizo caso. No tanto como para no
moverse en absoluto, pero no abandonó el cuarto.
—Maldita seas —murmuró para sí, porque le gustaba lo que veía.
Circe tenía un gusto exquisito por los ornamentos y soles para
satisfacerlo. La habitación debía ser su espacio de trabajo. Un escritorio de
madera blanca tenía la longitud de una pared y encima tronaba un PiC
gigante, enmarcado por estanterías llenas de libros. El suelo estaba cubierto
por una alfombra del color de la arena y la consistencia de las nubes. Las
cortinas no estaban corridas, una exhibición de seda blanca, y olía a aire
fresco y a una combinación de perfumes, procedente lo más probable, de las
flores en macetas.
Se acercó con la intención de explorar las plantas, pero Circe regresó y
le tiró un montón de ropa.
—Póntela —ordenó—. Puedes hacerlo detrás del biombo —le indicó
un espacio oculto en el rincón.
Birdie alzó el mentón.
—Deberías habérmela proporcionado antes —replicó, pensando que se
trataba del uniforme—. También hubiese preferido no engañarme y mandar
a tu madre a hacer tu trabajo sucio.
—Yo no hice nada. Respondiste a un anuncio —vociferó con
indiferencia Circe—. No te quejes, no te pediré la luna o las estrellas. Si he
entendido bien, tres puestas de sol de este contrato son lo que necesitas para
ser declarada sabia.
—Dos —gruñó Birdie, oculta detrás del biombo.
Se quitó su ropa y empezó a ponerse la que le había dado Circe.
Demasiado tarde entendió que no era un uniforme. El vestido era sencillo,
de mangas hasta el codo, falda igual de vaporosa que la de Circe, que se
detenía en sus tobillos, y corte cuadrado debajo de las clavículas. El
material, una seda delicada del color de las nueces sin madurar, se pegaba a
las curvas de Birdie tanto que la hacía sentirse incómoda.
—No voy a llevar eso —protestó cuando se vio en el espejo del
biombo—. Tendrás que reconsiderar tu idea de un uniforme.
—No tengo nada más ahora mismo —respondió Circe—. Sal, hemos
tardado demasiado y debemos atender a mis invitados.
—Me quedaré con lo que he venido vestida, gracias. —Birdie espetó
entre los dientes apretados. Se giró en busca de las prendas, pero donde las
había dejado no había nada—. ¡Circe! —gritó cuanto le permitieron los
pulmones—. ¡Arpía, devuélveme la ropa!
—Guardo lo que llevabas puesto para regalarlo al Mercado de
Gratificación. Te espero en el salón cuanto antes o consideraré que no
quieres atender las necesidades de tu puesto.
—¡Me has engañado! —protestó Birdie. El clic de la puerta al cerrarse
fue su respuesta—. Dos días, dos días —canturreó entre los dientes
apretados—. Acaba con eso y queda uno.
Se tragó la humillación, el enfado, se trenzó el cabello y se puso las
botas. Si Circe quería que atendiera las necesidades de su puesto, era lo que
iba a hacer.
Pisoteó la alfombra del pasillo con el entusiasmo de un soldado trol
que marchaba para ganar una batalla. Al entrar en el salón necesitó un
momento para entender que la había perdido. Se detuvo, y una decena de
pares de ojos se detuvieron también. En ella.
—Señorita Oftheredheads, permíteme. —Un caballero alto, de piel
blanca y porte royal se adelantó y le ofreció el antebrazo.
Birdie reaccionó instintivamente y se dejó llevar por el cuarto.
Permanecía en silencio. Los invitados de Circe eran todos jóvenes,
apuestos, educados y adinerados, a juzgar por sus modales, vestimenta y
joyas.
—¿Desea una copa? ¿Un aperitivo? —preguntó otro, deteniendo su
avance.
Birdie se despertó de repente. Su trabajo era servirles. Se libró del
muchacho que la conducía y buscó con la mirada a Circe. La bruja le sonrió
e hizo un mohín, asintiendo con la cabeza. Birdie no la entendió. ¿Por qué
asentía? ¿Qué esperaba de ella? Miró alrededor para ver dónde la
necesitaban. En una mesa, junto a la ventana, un joven con un traje blanco,
mezclaba y servía bebidas. No era un experto, derramaba el líquido sin
cuidado.
Birdie hizo el gesto de avanzar, con la intención de ayudarle, pero un
caballero de sonrisa encantadora se interpuso en su camino.
—Señorita Oftheredheads, ¿me permite llamarla Birdie?
Sin querer, ella le correspondió a la sonrisa. Era apuesto a un nivel
sobrenatural, de facciones perfectas, ojos claros y mirada sincera. Su
expresión era la de un niño inocente, extasiado ante la vista de un regalo
querido.
—Sí, de acuerdo —dijo ella, soltando una risita.
—Soy Medellín Oftherisingsmile —se presentó, ejecutando una
pequeña reverencia—. Me acompañas para tomar un refresco, ¿o prefieres
un aperitivo?
Birdie caminó a su lado, aunque no sabía por qué lo hacía. De repente
se sentía alegre, su cuerpo pesaba menos y los colores eran más brillantes.
El cabello de Medellín parecía oro y sus ojos, gemas de esmeralda,
brillando con un interés evidente.
—¿Con que se ocupa, caballero? —preguntó.
—¿Ocuparse? —Medellín le sonrió por encima de su copa—. ¿Se
refiere a un trabajo? —dijo, con la misma voz que hubiese empleado si
hubiera visto un gusano en su bebida.
—Sí. ¿Cómo se gana la vida?
—Mi familia es descendiente directa de Kran, el gran historiador.
Nuestro cometido es enseñar los anales de la Tierra de los Cuentos.
—Pero nada nuevo se escribe, ¿verdad? ¿El interés por lo antiguo es
suficiente para mantener el estatus de su casa?
—¡Oh, sí! —El rostro de Medellín mostró incluso más encanto—. ¿No
encuentras fascinante la eterna lucha entre el bien y el mal?
—Fascinante no es la palabra que elegiría, pero sí, creo que da para
una historia sin fin.
—Así es. —Medellín dejó su copa en una mesa y le ofreció una a
Birdie—. Es una historia sin fin. La semilla del bien no puede ser arrancada
de la raíz.
—Tampoco la del mal.
—Para eso estudiamos, aprendemos de los errores y hacemos
progresos. Espero vivir el día cuando logremos vencerlo.
—Tiene mucha esperanza.
—¿Tú no?
Birdie encogió los hombros.
—Nací en un mundo que vive protegido por otro, oculto a nuestros
ojos. La magia es un cuento, y la esperanza..., la mayoría de las veces no la
encuentro.
Medellín le quitó la copa y le cogió las manos entre las suyas. Sus
dedos eran cálidos en comparación con los fríos de Birdie. Le sonrió y ella
notó que un sentimiento desconocido fluía en su interior.
—¿Tiene magia? —preguntó, con la vista en sus manos.
Él se rio con suavidad.
—No de la que crees. Pero no estás del todo equivocada. Cada persona
nace con un don. Algunos saben remendar calcetines viejos tan bien que
parecen nuevos, otros sienten una afinidad por los animales, hay quienes
hacen magia cultivando tomate y…
Birdie retiró sus manos.
—Se está riendo de mí.
—En absoluto. Ningún mundo funciona sin magia. La magia es luz,
bondad, interés, el deseo de ayudar, de compartir lo que te sobra, el poder
de un abrazo.
Birdie asintió.
—Entiendo. Pero yo tenía en la mente otro tipo de magia, la… mágica.
Medellín sacudió la cabeza.
—¿Luchas con bolas de fuego, doncellas que vuelan encima de una
escoba, dragones, troles malditos?
—Algo así. —Birdie agachó la cabeza, avergonzada—. Creo que iré a
atender mis quehaceres. Me he entretenido demasiado.
Él no protestó, lo que la hizo sentirse un pelín desilusionada. No
obstante, volvió a coger su mano, inclinó la cabeza y besó sus nudillos.
—Ha sido un entretenimiento maravilloso. Tengo la esperanza de que
vayamos a repetir la experiencia.
Birdie soltó una risita e hizo el gesto de retirarse, pero descubrió que,
sin haberse dado cuenta, había llegado a estar rodeada por jóvenes.
—¿Me acompaña, por favor? —le pidió alguien.
—¡Es mi turno! —protestó otro.
—No seáis maleducados —intervino una voz desde atrás. Birdie
identificó a un mozo, una cabeza más alto que los otros. Llegó hasta ella,
liberando su camino con zancadas largas y codazos. Sus hombros eran tan
anchos que le impedían la vista a lo que quedaba a su espalda—. Tiran
Oftheblackeays, señorita. Me ofrezco a protegerla, mimarla y cuidarla como
a una campanilla de invierno. Conmigo a su lado, no dejará de florecer. —
Se detuvo enfrente de ella y dejó una rodilla en el suelo para que estuvieran
a la misma altura.
Algo en su sonrisa confiada, en su postura, le recordó a Ark.
—Un placer, caballero. —Birdie le pidió levantarse con un gesto. Miró
alrededor, a todos los presentes—. ¿Cómo es que me conocen?
—Por su historia con el sapo —contestó él con franqueza.
Birdie frunció el ceño.
—No es una historia tan especial —dijo. Empezaba a creer que se
perdía algo.
—Seguro que no, pero jamás hemos podido conocer a uno de los
implicados. Admiramos su fortaleza, el carácter honrado, somos fieles
secuaces.
—¿De mí? —se espantó ella—. No lo entiendo.
—Birdie, es usted una luchadora. Condenada, forzada a vivir con un
sapo, debe pasar por un infierno.
—Tampoco es para...
—Circe nos enseñó grabaciones. Qué dolor, cuánta valentía —
continuó él, sin permitirle que interviniera—. Está luchando contra el
mismo vicio y es la lucha de una heroína.
—Ark no es...
—Es un sapo. Lo feo de nuestra sociedad, la encarnación del Mal. Y
usted vive con él —declaró Tiran, con una expresión apasionada.
Después de los dos intentos fallidos para defender a Ark, Birdie cerró
la boca. Si no soñaba despierta, el mozo le decía que la admiraba porque
odiaba a un sapo.
—¿Todos aquí piensan lo mismo? —preguntó.
—No. Algunos, muy pocos, creen que el sapo es el sacrificado —le
confesó él, inclinándose cerca de su oído para hablar en voz baja—. Es un
grupo muy pequeño.
—Y para estos yo soy la mala —susurró ella.
Divisó a Circe que se escabullía por una puerta. Por fin, entendió que
no estaba ahí para trabajar sino para que la estudiaran como a un bicho raro.
—Perdonadme —murmuró—. Dos puestas de sol, mierda de hada.
Con los dientes apretados, el mentón levantado y empujando sin mirar
a quién hería, fue en busca de Circe.
La puerta por donde había salido daba a un pasillo estrecho. Al final
había otra, que Birdie abrió con nervios. Se detuvo de golpe en una cocina
llena de personal. Mujeres y hombres corrían de un lado a otro, se lanzaban
órdenes a gritos, se tiraban sartenes en el fregadero. El sudor brillaba en sus
frentes, la mayoría fruncidas.
—La cena será servida enseguida. —Circe apareció a su lado sin que
Birdie se percatara.
—¿Y qué tengo que hacer yo? —se interesó.
—No mucho, intenta disfrutar.
Birdie asintió con un gesto tranquilo. En su mente tiraba el contenido
de las ollas, rompía los platos, apagaba el fuego con agua y se retiraba,
dejando un desastre tras ella.
—¿Sabes qué? —dijo—. Es la segunda vez que lamento no tener en
papel el contrato que firmé con tu madre. Podría habértelo ofrecido para
que te limpiaras el culo con él, porque es lo que pienso hacer yo. Te lo
advierto por última vez: mantente apartada de mí. Y a tu horda de hienas
también —precisó, gesticulando hacia el salón.
Salió, dándose el gusto de golpear la puerta contra la pared y volver a
hacerlo cuando rebotó. No se preocupó por su ropa, abandonó la casa en el
vestido que le había prestado la bruja. Se lo devolvería junto con su
renuncia al contrato de vasalla.
—¡Birdie! ¡No pierdas tu oportunidad! ¡No pasa nada, te perdono! —
Circe gritó desde los escalones.
—¡Pues yo no te perdono! ¿Quién crees que eres para que juegues con
mi vida? Si tanto deseas a Ark, quédatelo. ¡Aguanta dos saltos de luna y te
lo devuelvo! ¡Qué viváis siglos de magia! ¡Lejos de mí! —respondió Birdie
y huyó, haciendo oído sordo a lo que respondía Circe. Antes de cruzar la
puerta, recordó algo de suma importancia. Se giró de nuevo y alzó el
mentón—. ¿Y Circe? Te desafío. Qué la magia me proteja, por mi honor, ¡te
desafío!
Logró leer la sorpresa en el rostro de la otra chica y se fue sonriendo,
con esta imagen en la cabeza.
Hacía frío y estaba demasiado oscuro. No debía ser de noche, pero no
había luz. Ninguna. Ni en el cielo ni en la tierra.
Birdie se detuvo y, durante un instante, se preguntó si Circe no sería
una bruja verdadera y si ella la había enfadado.
30
“Me pinché con una rueca y cien años me dormí hasta que el beso de
un príncipe hizo que volviese en mí.”

¿Cuándo se había hecho de noche?


Ark se percató de la oscuridad solo después de salir del coche. Las
impresiones de la visita a La Granja habían sido demasiado para su ánimo y
no recordaba el viaje de vuelta. Esperaba que fuera malo y feo, pero no tan
malo y no tan feo. Las imágenes eran indescriptibles, el olor vil y la maldad
superaba cualquier imaginación.
Lo tenía claro: no quería pasar la eternidad en La Granja. No sabía
cómo iba a lograrlo, a quién convencer para conseguir una segunda
oportunidad ni con qué demonio le convendría hacer un pacto, pero estaba
decidido a no volver a poner un pie (o una pata de sapo) en ese lugar.
De. Ninguna. Manera.
Llegó ensimismado a la puerta de su vivienda. Al entrar, advirtió que
Birdie no estaba y se preguntó qué estaría tramando esta vez. Era
demasiado lista para su propio bien, sobresaliente para la época en que
vivían. Una luchadora sin duda, pero las historias de ese tipo siempre
acababan cuando el héroe moría intentando cambiar algo por la humanidad.
En su caso, cuando un juez gnomo la había obligado a vivir con él durante
tres meses.
Ark se convenció de que debía liberar a Birdie y alejarse de ella para
reconstruir su propia vida. Haría lo necesario para lograrlo, o, en su defecto,
se resignaría desde ese mismo momento.
Después de asearse y cambiar de ropa, examinó la habitación. Todo
estaba en orden: los platos limpios, la alfombra impecable, las camas
hechas. Era bonito, pero faltaba algo. Una presencia. Abrió la ventana en
busca del bullicio de la calle, pero se quedó decepcionado. Las almas
errantes se habían quedado dentro.
¿Dónde andaba Birdie? ¿Podía atreverse a llamarla por el PiC? ¿Qué
sería mejor decirle?
«Hola, cariño, estoy en casa.»
¡Nada de cariño!, recordó. Mucho menos después de una ausencia de
unos días por la cual no había encontrado explicación ni para sí mismo.
«¿Te espero con la cena?»
Demasiado atrevido y era un negado en la cocina.
«¿Cuándo regresas?»
No era asunto suyo, y Birdie se lo haría saber usando algún objeto
contundente.
«¿Necesitas ayuda?»
Podría ser un principio pero chocaba con su nueva decisión de
distanciarse el uno del otro.
Dio vueltas por el pequeño espacio, se cambió de jersey, de calcetines,
abrillantó el cuero de sus botas, procuró leer, se afeitó y consultó el reloj
incesantemente, cada minuto más ansioso.
Era una tortura y se negaba a continuar de ese modo. En un impulso,
cogió una capa y salió en busca del coche, pero se había olvidado de llamar
a Grór. Lo hizo entonces y esperó pegado a la pared del edificio, lo único
tangible en la negrura.
No recordaba haber vivido una noche tan densa. La oscuridad era
palpable, se le pegó al rostro, se adhirió a su nuca y tenía la impresión de
que se deslizaba por su espalda. El silencio no era normal. Debería haber
escuchado pasos, golpes de puertas, risas, gritos, señales de vida. Debería
haber visto la luz de las capuchinas de los vehículos y ventanas iluminadas.
Retuvo un escalofrío cuando un pensamiento ocupó su cabeza: ¿Y si
había salido cambiado de La Granja? ¿O si ni siquiera había salido? Tal vez
ya era un sapo que dormitaba en el barro, sumido en la ilusión de ser
humano. Se pellizcó las mejillas, pero no sintió dolor.
—Oooh —gimoteó—. ¡Soy un sapo! Mamá, soy un sapo.
No recordaba haberse despedido de su madre. ¿Le había pedido perdón
por su nacimiento? ¿La había abrazado? ¿Había obligado a su hermana a
prometerle que se cuidaría? ¿Podría pagar a un ser mágico para ver a Birdie
una última vez? ¿Le quedaba el alma para ofrecer?
Una luz apareció de repente y Ark no pensó. Se lanzó hacia adelante,
seguro de que el hada madrina lo había escuchado. ¿Le concedería tres
deseos o solo uno? Y si fuera uno ¿qué elegiría?
Un chirrido violento desgarró el silencio. La oscuridad se fragmentó
como el vidrio y explotó sus sentidos. Los oídos le silbaron y tuvo que
cerrar los ojos por la quemazón.
Algo golpeó su espalda, haciéndolo trastabillar mientras luchaba por
recuperarse.
—¡Sapoloco!
Grór. ¡Bendito sea por las hadas!
—Entra —demandó el enano, tirando de su mano y empujándolo.
El calor del interior del coche empezó a surtir efecto.
—Gracias —susurró Ark avergonzado, con los dientes castañeando.
Estaba congelado y había estado alucinando—. Vamos a Marwelene.
La luz de las capuchinas delanteras no lograba atravesar la oscuridad
que parecía querer devorar el vehículo. No veía nada, no se cruzaban con
otros coches, parecía la interpretación en vivo de una pesadilla. Ark se
estremeció.
A través del PiC le llegó un mensaje que iluminó la pantalla y, durante
un segundo, el interior del vehículo.
Sería mejor que no salgas. Quédate en casa.
Logró leer el aviso de Merlín antes de que la pantalla se apagara y el
entorno volviera a sumirse en la oscuridad.
Pensó en pedirle a Grór que regresara, pero reconoció para sí mismo
que era cobarde. No se aguantaba a sí mismo, necesitaba que otros le
ayudaran a dejar de pensar.
—Grór, ¿qué opinas de mí? —preguntó en un impulso.
—Sapoloco.
—Ya lo sé. Pero me conoces mejor que mi madre, ¿consentirías que
me comprometa con una de tus hijas?
El coche se detuvo como si se hubiese estrellado contra una pared
invisible. Antes de que se recuperara de la impresión, Grór lo agarró por las
orejas y las tiró con tanta fuerza que Ark temió que planeaba arrancárselas.
—Humanotonto, sapoloco. Biensabes luchar, malno sabes construir
casas. Bientienes corazón, malestar lejos tu familia. Malactuas como mi
niño, malteescondes como cobarde, mal…
—¡Vale! —Ark tomó con delicadeza las gruesas muñecas de Grór
entre sus dedos, para que liberara sus orejas—. Siento si te insultado. Te
aseguro que no tengo intención de comprometerme con ninguna de tus
hijas.
—¿Porqué? —Grór se apartó. Frunció el ceño y arrugó la nariz hasta
que el principio de esta se perdió entre sus cejas pobladas.
—¿Por qué no voy a comprometerte con tus hijas? —inquirió un
confundido Ark, con las orejas ardiendo.
—Mihijas guapas, mihijas valientes, mihijas ricas, mihijas listas,
mihijas…
—Sí, sí, ya lo sé. Por eso. Tus hijas están por encima de mí. Soy una
carátula, ¿verdad? Perdóname, necesitaba que alguien me dijera palabras
bonitas y elegí al enano equivocado.
Grór refunfuñó y volvió a poner el coche en marcha. Ark renunció a la
idea de regresar a casa. Necesitaba más que nunca el apoyo de una madre y
sabía que Marwelene no lo decepcionaría. Además, no les faltaba nada para
llegar, o eso creía. Resultaba imposible guiarse por las señales conocidas.
No obstante, Grór no delataba miedo por la desconocida y sobrenatural
oscuridad.
Estacionó y Ark bajó sin demorarse.
—Gracias. No me esperes, vuelve con tu familia.
—Sapoloco.
Ark sonrió y sacudió la cabeza en despedida.
—Buenagente tú. Vuelve a pedirme mihijas cuando cumplas miaños.
Ark estalló en risas, y, para su sorpresa, Grór se unió a él.
No iba a vivir tres siglos, pero, en su raro modo, el enano acababa de
decirle que le apreciaba, lo cual levantó su ánimo como si hubiese ganado
un premio.
Con la ida de Grór la oscuridad regresó, y a Ark le costó encontrar lo
que buscaba. Siguió un destello de luz apenas visible, tropezó, perdió el
equilibrio y casi chocó contra el muro exterior de la casa. Tanteó hasta
encontrar la entrada, alentado por la luz que se intensificaba. Golpeó la
madera con fuerza y gritó el nombre de Marwelene.
Cuando se abrió la puerta, la luz del interior de la casa lo cegó, y se
protegió los ojos con el antebrazo.
—Pero entra ya, niño —lo reprendió ella mientras tiraba de su capa—.
Anda, rápido.
Ark le hizo caso. Le faltaba la respiración y estaba congelado. Tenía la
impresión de que había escapado de las garras de las fuerzas del mal.
—Gracias —susurró él.
—Qué alegría volver a verte. Pasa, entra —demandó ella, quedándose
con la capa de Ark. Ella llevaba una túnica dorada que barría el suelo, tenía
los antebrazos cubiertos por pulseras hasta el codo, y más piedras formaban
collares y destellaban entre su pelo recogido en un moño—. No es una
noche buena para estar fuera.
—Lo mismo dijo Merlín —reconoció Ark.
—Él debe saberlo. Yo también lo sentí.
—¿Qué pasa? —inquirió Ark, siguiéndola por el conocido camino
hacia la cocina.
Se detuvo al ver a la otra persona del cuarto y un suspiro de alivio
escapó de sus labios.
Birdie estaba allí.
Cuando sus miradas se encontraron Ark apenas pudo contener las
ganas de abrazarla. Ostias y truenos, duendes y hadas, ¡la había echado de
menos! Había extrañado su presencia y necesitaba desesperadamente saber
si ella sentía lo mismo. Antes de conocerla estaba seguro de sí mismo, de
sus encantos, confiando en su habilidad para leer los sentimientos de las
señoritas que procuraba impresionar. Pero Birdie no le daba ningún indicio.
Quiso creer que la ligera curva de la comisura de sus labios indicaba alegría
al verlo. No le bastaba y tampoco reveló más, porque ella se levantó y se
posicionó de espaldas a él mientras enjuagaba su taza.
—¿Cómo estás? ¿Has comido? Siento haber estado fuera tanto
tiempo... —Ark se detuvo al entender que mezclaba todo el discurso que
había repasado en su mente.
—Chico, tengo preparada una infusión que te hará entrar en calor —
intervino Marwelene—. Siéntate, y tú también, Birdie, a su lado.
Había llorado.
Ark se percató de ello antes de que Birdie bajara la cabeza. Vio las
ojeras marcadas, los ojos irritados y que llevaba una bata que debía
pertenecer a Marwelene, pues no le llegaba a las rodillas y tenía bordados
de hadas.
—Quizá no sea el mejor momento —dijo, preparando su retirada.
El impulso lo había llevado hasta la puerta de Marwelene, pero no
había considerado encontrar ahí a Birdie, y era evidente que había
interrumpido algo... Suponía que Birdie estaría mejor sin su presencia.
Marwelene le propinó un manotazo en la espalda, obligándolo a
sentarse.
Ark agachó la cabeza. Quería descubrir quién era el desgraciado que
había hecho llorar a Birdie. Después quería encontrarlo y hacerle pagar.
—Dadme las manos. —Marwelene agarró los dedos de ambos y cerró
los ojos. Sacudió la cabeza y farfulló una letanía de palabras
incomprensibles—. No está bien. Ay, madre de los hadas. Qué triste. —
Abrió los ojos de repente y se quedó con la vista en la negrura de fuera.
—¿Qué sucede? —preguntó Birdie.
Ark notó un revoloteo en el estómago. Había extrañado su voz y sintió
la necesidad de provocarla para que le hablara a él.
—¿Por qué estás aquí?
Por desgracia, Marwelene pasó de sus deseos.
—Medulya está perdiendo, el Mal vence. Puede ser el fin.
—No. —Birdie susurró, sus ojos eran demasiado brillantes.
Marwelene soltó sus manos, se levantó y le ofreció a Ark la infusión
prometida.
En unos momentos, el silencio se hizo insoportable. Birdie no dejaba
de mirar por la ventana, aunque no había nada que ver en la oscuridad.
Marwelene hablaba en susurros consigo misma y con la varita que agitaba
sin cesar. Ark procuró acabar la infusión, pero era demasiado dulce para su
gusto. Sospechaba que Marwelene había intentado disimular con miel el
hecho de que había vertido en la taza la botella entera de licor.
—Creo que me iré —dijo—. Birdie, ¿quieres venir? —se atrevió a
preguntar.
Ella lo miró como si acababa de verlo.
Ark se retorció en la silla, luchando contra la urgencia de volver a huir.
En el espíritu de su intento de cambiar, se quedó.
—Mi padre es un sapo —empezó, mirando la mesa. Le había temblado
la voz. Aclaró su garganta y lo intentó de nuevo—. Éramos lo que se
considera una familia feliz, al menos eso creía yo cuando era pequeño y no
entendía. Después de que nació mi hermana, las cosas empezaron a ir mal.
Veíamos menos a mi padre, estaba irritable, perdió el trabajo, fumaba
demasiado mirko. Mi madre aguantó al principio, pero con dos niños, un día
se le acabó la paciencia. Le pidió que se tomara un tiempo fuera de casa
para decidir si regresara a ser el padre y el esposo que era antes. Él habló
con unos amigos y se fue a trabajar en una finca en el Continente Oriental.
Parecía bien cuando hablábamos por el PiC, más tranquilo, sonriente.
Después de un tiempo, dijo que nos echaba de menos y que estaba listo para
regresar.
Ark hizo una pausa, sin atreverse a mirar a Birdie. ¿Qué hadas estaba
haciendo? ¿Por qué desnudaba su alma?
«Mardius, ¿me la juegas otra vez?», gruñó en su mente.
Quería callarse, pero no podía. Era como si lo hubiese poseído otro ser
que necesitaba hablar.
Estudió sus manos y descubrió que no se las había lavado bien, le
quedaba mugre de La Granja bajo las uñas. Juntó los dedos a su espalda,
pero la posición le impuso alzar la cabeza. Incluso así, mantuvo la vista fija
en la pared detrás de Birdie, pero de reojo, notó que tenía su atención y
retomó la historia.
—Cerca de la frontera se detuvo para comer. Se encontró con un
conocido que le ofreció un mirko. Pensó que era el último, que celebraría.
En efecto fue el último. Al salir, destrozó el coche contra la valla de la
taberna. Entró chillando, pidiendo ayuda porque veía al Mal. Rompió las
mesas, peleó con los clientes. Lo juzgaron el mismo día. No era un crimen
tan grave como para mandarlo a la Tierra del Eterno Castigo, por lo que le
dieron un tiempo a mi madre para que le sacara de La Granja. No lo hizo.
No volvimos a verlo.
Ark soltó el aliento contenido en su pecho y alzó la vista. Birdie lo
miraba con atención.
—Eres un idiota —declaró ella.
—¿Cómo? —Ark parpadeó.
—Culpas a tu madre por haberlo forzado a irse y también por no
haberle brindado una segunda oportunidad. Quieres castigarla al convertirte
tú mismo en un sapo y volver a hacerla responsable. Quieres que sufra igual
como lo hiciste tú al perder a tu padre.
—¿Eh? —Ark se quedó con la boca abierta. ¿Cómo podía Birdie
comprender la verdad de su historia? ¿Cómo podía entenderlo tan bien con
solo un par de palabras?
—Eres un idiota —volvió a espetar Birdie.
Ella miró alrededor y entonces Ark se percató de que Marwelene había
desaparecido. Agradeció que respetara su privacidad, pero si Birdie no se
calmaba, iba a necesitar ayuda. Esperaba que la anciana no hubiera ido muy
lejos.
—Mira, no tenía la intención de…
Birdie lo interrumpió cuando se levantó y se acercó.
Ark se congeló en la silla.
—Mi padre me abandonó con mi madrastra, que es el engendro del
mal —se explicó ella, tomándolo, de nuevo, por sorpresa.
Ark esperó más, pero Birdie le indicó que había acabado encogiendo
los hombros.
—No vas a ganar soles contando historias —se quejó él.
Birdie había rodeado la mesa y ahora estaba enfrente de él.
—Si pudiera, inventaría una mejor que la de una niña lastimada por su
madrastra, que teme a las sombras y cree que las capuchas son muros
mágicos que la protegen del mal.
A Ark se le escapó una exclamación.
—Lo siento mucho, Birdie… —Se levantó también y avanzó hacia
ella.
—No te atrevas.
Ark se detuvo por la amenaza implícita en las palabras de Birdie.
—No odio a mi padre —continuó ella—. Lo entiendo. Cualquiera en
su situación hubiese hecho lo mismo. Y creo que tú deberías intentar
entender a tu madre, por lo menos, escuchar su historia. Eras un niño,
recuerdas la versión, no la suya.
—¿No lo odias? —inquirió Ark, enarcando una ceja. Birdie le evitó la
mirada—. Crees que si te hubiese amado lo suficiente, no te hubiera
abandonado —susurró él.
—Vaya —Birdie se aclaró la voz—. No me preparé para la hora de la
verdad.
Conversaron a través de un sinfín de miradas. Surgieron emociones
nuevas, de las buenas, aunque ellos se resistieron en ponerles nombres.
Entonces estallaron en carcajadas a la vez.
31
“¿Qué puedes ver con los ojos cerrados?”

A Birdie le dolía el pecho por las fuerzas de las carcajadas y no podía


parar de reír mientras tenía a Ark delante. No habían intercambiado chistes
ni habían vivido un momento especialmente gracioso. Sus carcajadas eran
liberación, el rescate de la tensión nerviosa que había entre ellos.
—Date la vuelta —le pidió a Ark.
Aún con el cuerpo temblando por las risas, Ark obedeció. Mientras se
dirigía hacia la ventana y dejaba su aliento cálido en el cristal helado, Birdie
lo observó con detenimiento. Notó que le había crecido el cabello, que
ahora rozaba el borde de su camisa y parecía más delgado, con el pantalón
colgando en sus caderas.
—Tengo un poco de hambre —se quejó él, masajeándose el estómago
—. ¿Crees que Marwelene tendrá algo para picar? —Le habló a su reflejo
en el cristal.
—Sí, seguro que sí —respondió Birdie. Conocía el contenido de los
cajones. Sacó queso, abrió un bote de tomates secos, y, por último, retiró el
trapo que mantenía el pan caliente. Ark soltó un gemido cuando le llegó el
olor—. Venga, vamos a ocuparte la boca con algo.
Ark le dirigió una sonrisa lobuna.
—La comida no es mi primera elección para el uso de la boca.
Birdie frunció los labios para no hacer un comentario pícaro. Ayudó a
repartir la comida en los platos y empezaron a comer en un silencio
cómodo.
—¿Qué pasó? ¿Estás bien? —preguntó él después de un tiempo.
Birdie le evitó la mirada. La inquietaba que pareciera conocerla tan
bien en tan corto tiempo, pero algo en el ambiente la impulsó a contarle la
verdad. La oscuridad pesada de fuera, el silencio absoluto alrededor, la
complicidad de compartir una comida sencilla y la sensación de hogar que
emanaba la casa de Marwelene, desataron su lengua.
—No te atrevas a excusarla —le advirtió, al acabar el relato de lo
ocurrido con Circe—. Me engañó para meterme en una habitación llena de
mozos, ¿para qué? ¿Cuál es su propósito? Empiezo a creer que le falta un
tornillo.
Ark había dejado de comer hacía tiempo y la estudiaba con
solemnidad.
—Te metió en una habitación llena de mozos —gruñó.
—Educados, adinerados, apuestos —le confirmó Birdie—. Imagínate
la escena. —Cogió una cuchara de madera y la aseguró bajo el cordón de su
bata como si fuera una espada. Después se subió a la silla, alzó la barbilla,
pestañeó, miró con adoración a Ark y empezó a interpretar—: Señorita
Birdie, sois la envidia de la reina de las hadas. Vuestra belleza me deja sin
aliento y vuestro ingenio me avergüenza. ¡Os lo suplico, unidos a mí bajo la
noche estrellada y prometo trataros como al más frágil cristal!
Ark cruzó los brazos y frunció el ceño.
—¿No lo hago bien? No tengo tu talento para la actuación, pero seguro
que me entiendes.
—Circe te colocó en la mesa y te sirvió como plato principal.
Birdie bajó con dificultad y volvió a sentarse. Había esperado que Ark
encontrara gracia en la situación, pero él no parecía divertirse.
—Más o menos. Da igual. Entonces me enfurecí y le dije qué podría
hacer con mi contrato de vasalla. No lo repetiré ante ti —continuó, cuando
Ark enarcó una ceja con interés—. Pero resulta que no he avanzado nada y
que he vuelto a perder porque no sé mantener mi boca cerrada.
—Tu boca me gusta tal y cómo está —susurró Ark, con la mirada en
sus labios.
Ella fingió secarse las manos en un pañuelo para aguantar las ganas de
corresponderle y revisar cómo estaba su boca.
—Tengo que establecer la fecha del duelo.
Ark se congeló.
—¿Sigues con esto? —farfulló—. No entiendes…
Birdie se levantó y empezó a recoger los platos.
—Circe conspira contra mí desde que nos conocimos. No dejaré que
me convierta en su títere.
Ark se interpuso en su camino.
—Déjame explicarte. Te raptaré, si hace falta, y te llevaré a través de
los tres mares y seis continentes, pero no permitiré que sigas adelante con el
duelo.
Birdie le enseñó los dientes.
—Pues tendrás que hacerlo.
Una ráfaga de aire frío entró una vez con Marwelene.
—Bien, ya habéis tomado un bocado. Nos hará falta fuerza. He
preparado vuestras habitaciones, usadlas cómo queráis, yo estaré invisible.
—Gracias, pero no planeaba dormir aquí. —Ark detuvo el entusiasmo
de la anciana.
Marwelene sacudió la cabeza en negación.
—No se te ocurra salir. Nada te protege allí fuera. Nuestras hadas nos
han abandonado, están ayudando al ejército de Medulya.
Birdie no dijo nada. Le dejaba indiferente la ausencia del ser
sobrenatural que se suponía, la ayudaba en su vida. No había notado su
presencia desde que era niña.
En cambio, Ark se rio.
—Estoy convencido de que mi hada solo sabe estorbar. Dudo que
ayude mucho en la lucha.
Marwelene le lanzó un paño de cocina con una puntería perfecta.
—Siéntate —demandó ella.
Ark miró interrogativamente a Birdie, que esbozó una sonrisa
cómplice. Para darle ejemplo, ella escogió una silla.
—Tenemos que madrugar —les informó Marwelene—. Necesitamos
provisiones.
—¿Por qué?
Birdie sabía que la pregunta no era para ella, pero Ark no dejaba de
mirarla y sonreírle.
—¡Para! —demandó susurrando.
Ark encogió los hombros.
—Se siente bien.
Birdie coincidió. Puede que el Mal venciera en la Medulya, que no
sepa qué les iba a traer el día de mañana, pero acababan de compartir algo
nuevo, algo que la hacía sentirse bien.
Se quedaron escuchando a Marwelene, que les contó historias de las
otras batallas. Era muy tarde cuando se retiraron para dormir. Se separaron
en el pasillo, cada uno al lado de su puerta.
—¿Birdie? —llamó Ark, cuando se dispuso a abrir la suya.
Ella encontró su mirada con recelo. No quería estropear lo que habían
encontrado esa noche. No sabía lo que era, quizás un nuevo principio, pero
era bueno.
—Si quieres seguir adelante con el duelo, estoy aquí para ayudarte.
Puedo enseñarte... si estás de acuerdo. Vi que estabas triste —él empezó a
hablar con rapidez—, y me prometí pagárselo a quién haya osado abatirte.
Pero es Circe, que es mi amiga, y aunque me gustaría dar tus batallas en tu
lugar, sé que no me lo permitirías. Aun así, quiero estar involucrado. Estoy
de tu lado.
Birdie titubeó.
—Siento que sea tu amiga. No quiero interponerme...
—No lo haces. —Ark se apresuró a tranquilizarla—. Desconozco sus
motivos pero entiendo los tuyos. Buenas noches. Va a ser raro dormir sin ti.
Entró y cerró la puerta antes de que Birdie pudiera responder.
Ella se quedó mirando la madera. Al final entró sonriendo en su cuarto.
Marwelene le había dejado un camisón largo sobre la cama. Se
desvistió, sin perder la sonrisa, y se lo puso, deteniéndose para rascarse la
zona del pecho.
Trató de conciliar el sueño, pero fue en vano. Se revolvió en la cama,
cambió de posición las almohadas, contó ovejas e incluso tarareó refranes
de cuna, pero su mente no encontraba descanso. La picazón en la piel no
cesaba y, frustrada, se levantó con la intención de quitarse el camisón.
Encendió una capuchina mientras pensaba en qué ponerse para dormir,
optando finalmente por quedarse con la camisa que había llevado debajo de
su chaleco. Sin embargo, algo llamó su atención mientras se la ponía.
—¡No! —exclamó susurrando. Su pecho brillaba. No lo suficiente
como para deslumbrarla, pero podía distinguir unos hilos blancos en el
lugar donde el empleado de La Corte le había tatuado la marca de la unión
—. No, no, no.
Birdie se frotó la piel con desesperación, utilizando la camiseta que
pretendía ponerse para intentar eliminar el brillo. Logró irritarse la piel,
pero el resplandor persistía.
—¡Serás...! ¡Serás... desgraciado! ¡Maldito! —se ahogó con los
insultos, hecha una furia.
Se puso la camiseta y encaminó una marcha violenta hacia la puerta.
Ark pagaría por eso. Pero antes de abrirla, se detuvo de golpe, respiró
hondo varias veces y apoyó la frente contra la madera.
Era mejor no decirle nada. Imaginaba que Ark se desternillaría de risa
si le contaba que su corazón la traicionaba. En su mente, nada había
cambiado entre ellos. Bueno, no mucho. No tenía sentimientos de cariño
hacía él… la mayor parte del tiempo. Su relación se basaba en la costumbre
de compartir vivienda.
Birdie retrocedió y se lanzó sobre la cama, respirando con dificultad.
El corazón le martillaba en el pecho.
Quizás el brillo desaparecería por sí solo. No era tan grave. Solo era un
pequeño destello, apenas visible. No significaba que estuviera considerando
darle una segunda oportunidad a Ark. Todavía no.
En un final se quedó dormida y tuvo pesadillas horribles. Los
acontecimientos recientes hicieron que sus sueños se convirtieran en luchas
fantásticas, perdidas.
Despertó desorientada. Por un momento no reconoció el cuarto ni
entendió por qué aún era de noche. Recordó que estaba en la casa de
Marwelene y cogió el PiC para comprobar la hora. No era tarde, pero el sol
debería haber iluminado hacía tiempo. La Medulya seguía perdiendo.
Entre los mensajes de preocupación que le había enviado Aalis,
encontró uno nuevo que captó su atención. La autoridad de Van Cinceles le
devolvía la casa.
Birdie soltó un grito de alegría y saltó de la cama. Sin tiempo para
vestirse y decidida a no usar el vestido del día anterior que le había ofrecido
Circe, optó por una bata que pertenecía a Marwelene. Aunque le quedaba
corta y las mangas apenas le cubrían los codos, no le importó. Se calzó las
botas sin calcetines, abrió la puerta y corrió hacia la entrada.
—Niña, ¿estás bien? —la llamó Marwelene.
—¡Sí! —chilló, sin detenerse—. ¡Me han devuelto la casa!
Al salir, tuvo un momento de duda debido al frío y la oscuridad. Bajó
el tramo de escaleras con los dientes ya castañeando, pero siguió corriendo.
A pesar de la noche, se basó en sus recuerdos y movimientos repetidos para
abrir la puerta. Cuando finalmente lo logró, estaba congelada.
—¡Sí! —exclamó.
No veía nada pero sabía que estaba en su casa. Cerró los ojos,
llamando el recuerdo de los olores específicos, la mezcla de hierbas secas
de la cajita que tenía bajo el perchero, el aroma de la fruta en el cuenco de
la cocina. Soltó un suspiro de decepción, pero sacudió los hombros y se
deshizo del sentimiento.
Estaba en su casa.
Era una señal de que su vida empezaba a arreglarse.
32
“¿Busca un cuento con final feliz o ser feliz sin tanto cuento?”

Birdie limpió con el dedo una mota imaginaria de polvo.


Había pasado el día entero colocando sus pertenencias, limpiando y
dejándose llevar por los sueños. Revisó la cocina, el pequeño salón y repasó
mentalmente la planta superior, resignándose a la idea de que pronto lo
perdería todo. El plazo para pagarle la plantación a su madrastra vencía
antes que el que la obligaba a convivir con Ark. Aunque intentaría disfrutar
del tiempo que le quedaba, sabía que pensar en ello y hacerlo eran dos cosas
distintas. Después, regresarían al miserable agujero de Ark, y cuando su
castigo terminara, él se quedaría en La Granja de forma permanente,
mientras que a ella no le quedaría más opción que volver con Malle.
Suspiró y atravesó el pasillo para echar un vistazo por la ventana de la
entrada. Un deje de preocupación la mantenía en alerta, porque Ark debería
llegar pronto para devolverle las pertenencias que había traído a su casa y
para quedarse él mismo, lo que implicaba tener cuidado para ocultarle los
hilos luminosos de su pecho.
¿Qué haría con eso? ¿Era solo temporal el cariño que empezaba a
sentir por Ark? ¿Desaparecerían esos sentimientos? ¿Quería que
desaparecieran?
—¡Birdie, estoy aquí! —Él canturreó a voces y ella respondió con una
sonrisa a su alegría, pero luego se forzó a fruncir los labios al recordar el
brillo de su marca de la unión.
Consideró darle el salón para que siguiera durmiendo en un diván
demasiado pequeño para él, pero decidió que no continuaría condenarlo.
—No te imaginas qué feo está fuera —dijo Ark, cuando estuvo a la
vista. Dejó caer el montón de bolsas, después las empujó con el pie y se
quedó con una—. Todo esto es tuyo, y esto es mío —la informó, aferrando
su saco al pecho—. ¿Dónde está mi sitio? ¿En el desván o en las
mazmorras?
Birdie se rio porque le había leído el pensamiento.
—Te daré el sitio que te corresponde. Sígueme. —Se adelantó por la
estrecha escalera hasta llegar al pasillo de la planta superior y se detuvo
delante de la puerta abierta del cuarto situado enfrente al de ella—. Todo
tuyo —declaró, invitándolo a entrar.
—Gracias, maravillosa señorita.
Ark entró danzando, dejó caer su saco sobre la cama y echó un vistazo
fugaz a la habitación antes de reunirse con Birdie en el pasillo.
—Umm… vale. —Ella se dio la vuelta y bajó, decepcionada porque
Ark no había alabado su hogar.
No era gran cosa, lo sabía. Era pequeña, más adecuada para una
familia de duendes. Faltaba decorarla como le hubiese gustado, tenía lo
preciso para comer y dormir. Pero aunque fuera solo un par de paredes, era
lo más preciado en el mundo para ella.
—Tengo que salir, ayudar a Marwelene con la compra —le informó,
de camino hacia la planta baja.
—Os acompaño —se ofreció Ark.
Birdie se detuvo.
—No te he amenazado. ¿Por qué quisieras acompañarnos?
Ark soltó una risotada.
—Porque es lo que esperáis de mí.
—Pero ¿es lo que tú quieres hacer?
—Sí —respondió él con una sonrisa pícara—. Me sorprende incluso a
mí mismo, pero sí —admitió, encogiendo los hombros—. El Mal vence.
Podría ser nuestro último día. ¿Has pensado en eso?
—¡No! ¡El Mal no va a vencer! Toda historia debe tener un final feliz,
o no es un verdadero final —Birdie afirmó con convicción, preguntándose
de dónde habría sacado esas ideas.
Ella era la atea, la desilusionada, la que veía las cosas con claridad.
¿Se le habrían pegado las fantasías de la Era de los Cuentos? ¡Que las hadas
iluminaran su mente!
—Hay muchos finales para una historia. A veces, uno no vive lo
suficiente para verlos todos —reflexionó Ark.
Birdie gruñó en respuesta y decidió darse un momento de pausa de las
preocupaciones. Medulya iba a recuperarse, siempre lo hacía.
Recogieron a Marwelene, y aunque su idea inicial era usar un carruaje
dirigido, Ark se ofreció llevarlas en su propio vehículo. Si bien no era suyo,
sino que estaba pendiente de resolver una adivinanza planteada por un
enano gruñón.
—¿Cuánto tiempo llevas intentándolo? —susurró Birdie, con cuidado
de no molestar al señor Grór.
El enano se había comportado como un perfecto caballero con ella y
había intentado agradar a Marwelene, que le había abrazado con cariño. En
cambio, a Ark, lo había saludado con una retahíla de improperios.
—Un par de años. —Ark se removió a su lado, forzándola a alejarse.
Le había cedido a Marwelene el asiento delantero, y Birdie apreciaba
el gesto pero resultaba que atrás había poco espacio. Estaban demasiado
cerca, podía oler su perfume, hasta se rozaban en los codos y las caderas.
—¿Años? —Birdie tosió para ocultar la risa.
—¡Son muy difíciles! Díselo, Grór. Dale un ejemplo de cómo me
torturas.
—Peloarriba, peloabajo, al medio untajo. ¿Soy?
—¡El ojo! —Birdie casi saltó del asiento por la emoción de responder
primero.
Grór le mostró los dientes a Ark antes de volver la vista a la calle y
continuar con otra adivinanza.
—Verano barbudo, invierno desnudo, toes muy duro.
—¡El bosque! —exclamó Birdie.
—¡Tú, Grór! —soltó Ark al mismo tiempo. Se defendió mientras
Birdie y Marwelene se reían a carcajadas—. ¿Qué? ¡Es él! Es barbudo y
pasa desnudo la estación muerta. ¿Verdad, Grór? ¿Verdad?
—Sapoloco.
Ark encogió los hombros y sonrió con despreocupación.
—Yo creo que no hace su mejor intento, señor Grór. Es difícil
renunciar a su grata compañía —comentó Marwelene.
—¡Grata compañía! ¡Eso es! —se burló Ark—. Jamás me desharé de
ti. La magia nos unió y como ya no existe, no puedes librarte de mí.
—Sapotonto —murmuró Grór, mientras todos reían a carcajadas.
Birdie descubrió que se sentía bien. Obviando la oscuridad de fuera o
quizá precisamente por eso, ellos formaban un refugio cálido, algo
esperanzador.
Felicitó a Ark por lo bien cuidado que era el interior del coche.
—Antes de que falleciera, mi abuela comprobaba cada pocos días
cómo lo mantenía. —Ark le explicó y en su voz se hizo notar un deje de
nostalgia—. Estoy honrando su nombre y el regalo que me hizo.
Grór asintió, complacido por primera vez.
Marwelene animó a Ark a creer en la procedencia mágica del vehículo,
pero Ark discutió.
—Son solo cosas —dijo él.
A pesar de sus palabras, Birdie entendió que el vehículo era importante
para Ark, incluso más que muchas personas a las que debería sentir
cercanas.
—No. Son objetos que nos recuerdan nuestras raíces y nos recuerdan
que una vez creímos en la magia —intervino Marwelene con vehemencia,
agitando la varita. Hemos perdido el interés y nos ha sido ocultada. El
tiempo borrará nuestra existencia, cualquier marca, pero la magia nunca
dejará de existir. No seremos historia, seremos nada. Y cuando todo esté
olvidado, ella resurgirá para otros seres dispuestos a abrazarla.
Birdie no lo veía posible, pero compartir su opinión desalentadora
significaba desilusionar a su vecina, y su amor por ella no se lo permitía. La
salvó Ark, que se aclaró la voz y les avisó de que habían llegado.
Aunque se habían animado durante el camino, perdieron la sonrisa al
llegar al mercado. Birdie nunca había visto tanta multitud. Parecía que toda
la ciudad había acudido en busca de provisiones. La mayoría de las
estanterías estaban vacías y la gente discutía por los últimos productos. Un
mar de capuchinas estaban encendidas, pero había lugares donde su luz no
desvanecía las sombras.
Marwelene abrió paso a través de la multitud, golpeando sin
miramientos con su varita. Birdie desconocía de qué estaba hecha, pero
había visto a su vecina usándola para recogerse el pelo, rascarse, acercarse
platos y pegando a diestra y siniestra cada vez que necesitaba espacio. Y
Marwelene lo necesitaba mucho.
—No entienden que si el Mal gana, de nada les servirá tener col en
casa. Quizá ajo, vinagre y sal, eso sí. Ark, ve a buscar —mandó.
Birdie lo perdió de vista mientras seguía las instrucciones de
Marwelene, eligiendo productos que no se estropearían rápido. Tardaron
bastante, pero Ark no había regresado. Ante las insistencias de su vecina,
Birdie la dejó esperando en un banco y salió en su búsqueda. Lo vio, pero
estaba de espaldas y no podía escucharla llamarle con tanto alboroto.
Su estómago ejecutó un salto cuando entendió qué había llamado su
atención: un estante con ropa de bebé. En el plan de vida de Birdie, los
bebés estaban en el punto trescientos veintisiete, justo después de aprender
a lavar sus calcetines sin desparejarlos. Era lógico, ¿cómo podía mantener
una relación seria si no lograba que sus calcetines permanecieran juntos? Y
eso que estaban hechos el uno para el otro.
Tuvo unas ganas inmensas de huir. En vez de eso, ajustó su capucha
para ocultar por completo su rostro.
—¿No son adorables? —preguntó, levantándose sobre las puntas de
los pies para llegar al oído de Ark.
—¡Por todas las hadas, Birdie! Deja de disfrazarte como una criatura
de las tinieblas y de intentar mandarme de un susto a la Isla de los Siempre
Recordados —exclamó Ark, llevándose una mano al corazón.
Asintió en señal de comprensión, aunque no se quitó la capucha.
—¿Te gustan los niños? —se interesó ella.
Ark la tomó con delicadeza por el codo y la giró hacia la salida.
—¡Claro! —respondió él chillando. Hizo otro intento—. Los niños son
las alegrías de nuestras vidas, la razón… ya sabes… cuando seremos
viejos…
Birdie estalló en carcajadas. De donde estaba, cuando miraba a Ark
veía también un juguete horrendo con ojos inmensos y las mejillas infladas.
—Serías un padre maravilloso. —Ella se acercó demasiado y notó la
inquietud de Ark. Sus ojos le recorrieron el cuerpo sin vergüenza alguna,
después puso la mano en su pecho. Ark no había anudado las cintas de su
chaleco, y el calor de los dedos de Birdie atravesó la camisa que llevaba por
debajo—. Todos esos músculos —susurró con una mirada soñadora—. Te
veo con un bebé en los brazos.
La mano de Ark era fría en contraste con la de ella cuando le aprisionó
los dedos, pero su aliento ardía cuando se las llevó a sus labios y besó cada
punta.
—Yo también te veo con un bebé en los brazos. ¿Sería el mismo? ¿El
nuestro?
Birdie empalideció. Sus mejillas perdieron el rubor proporcionado por
el frío y su cara adquirió, de repente, la expresión de un espíritu.
—¿Crees que tendrían mis ojos o los tuyos? ¿Quieres una niña o un
niño? —insistió Ark.
—Uno de cada uno —dijo ella en un hilo de voz.
—¡Lo mismo que yo! ¡No puedo creer que coincidamos tanto! Debe
ser obra de nuestros hadas madrinas. Es imposible luchar contra la magia
del destino. —Ark sacudió la cabeza con fervor y pestañeó con rapidez.
Birdie tiró de su mano para liberarse.
—Uhm… —murmuró algo ininteligible—. Ya veremos.
Se dio la vuelta, agradeciendo ahora la multitud. Había querido
burlarse de Ark, pero la victoria era de él. Ella no pensaba en niños, de
hecho, ni siquiera pensaba en formar pareja. Aun forzada a vivir con Ark,
no lo consideraba un compañero de vida, y no porque fuera él. No
importaba quién fuera.
En medio de una multitud furiosa, Birdie comprendió una verdad
profunda y reveladora: jamás había creído realmente en la posibilidad de
encontrar a un hombre en el cual pudiera depositar su confianza por
completo. Sus pruebas no eran más que una excusa, un mecanismo de
autodefensa para justificar sus arraigadas creencias. En el fondo, sabía que
nadie sería lo suficientemente bueno para ella, que ninguna persona sería
capaz de satisfacer sus elevadas expectativas. Nadie pasaría sus pruebas
porque, simplemente, no existía una persona perfecta.
Esta comprensión la llenó de una mezcla de tristeza y alivio. Se dio
cuenta de que su búsqueda incesante y sus continuas decepciones no eran
culpa de los demás, sino una manifestación de sus propias inseguridades y
miedos.
Birdie decidió que era momento de cambiar. En lugar de seguir
imponiendo estándares inalcanzables, se prometió que miraría dentro de sí
misma, que empezaría a trabajar en sus propias imperfecciones y a aceptar
que todos, incluido ella misma, merecen una oportunidad para ser aceptados
tal como son.
33
“Con largos vestidos de sedas y gasas me imitan las niñas cuando se
disfrazan.”

Ark dejó el PiC en la mesa y se levantó para comprobar la escalera.


Birdie llevaba una eternidad en su habitación. Quería llamarle la atención,
pero sabía que era un momento importante para ella porque había decidido
salir sin la capucha.
En teoría, celebraban el fin del año. Lo era conforme con la fecha, no
obstante, no iban a saber el momento exacto. La traición exigía que la
Medulya oscureciera el último día del año de modo progresivo hasta
alcanzar la oscuridad total, y esta se mantenía una puesta de sol entera. El
primer día del nuevo año era conocido porque la luz deslumbraba, el astro
se alzaba de repente y se quedaba en lo más alto del cielo.
Pero llevaban medio salto de luna sin ver el sol. Muchos habían
perdido la esperanza de vivir lo suficiente para volver a verlo. Los bebés
nacían en la oscuridad, los ancianos abandonaban las tierras del mismo
modo. Los alimentos escaseaban, las capuchinas fallaban y la gente se
volvía igual de fría e indiferente que la oscuridad que les rodeaba.
Ark no era uno de los afectados. Para su sorpresa, el Encantador le
había encontrado un trabajo. Salía de noche para manejar una máquina
pesada que limpiaba las calles. La marca de sapo era visible incluso de
noche, pero estar dentro de la máquina le protegía de miradas fisgonas. Era
un trabajo físico extenuante y justo lo que necesitaba. Volvía a casa, a la
casa de Birdie, cansado, sucio, con el cuerpo y las ganas agotadas. El
agotamiento le ayudaba a no pensar en el futuro que se acercaba demasiado
deprisa.
—¿Sigues allí? —Birdie gritó desde lo alto de la escalera.
—Por ahora. Probablemente me convierta en un sapo verdadero antes
de que bajes —bromeó Ark.
—Ya estoy —respondió ella.
Ark se acercó para asegurarse de que no le mentía. Silbó y aplaudió
hasta que Birdie se detuvo delante de él.
—Estás preciosa —dijo, apreciando cómo le quedaba el vestido largo,
en apariencia sencillo.
La tela de un rosa pálido dejaba sus hombros al descubierto y se
enrollaba alrededor de su cuello, como un collar. El diseño se repetía bajo
sus pechos, desde donde caía como agua de cascada. Tenía el cabello suelto,
con las puntas rozándole la cintura, y un solo broche en lo alto de la cabeza
impedía que le ocultara el rostro.
—¿Me veo como una aparición de otro mundo? —preguntó Birdie. Se
giró y el vestido siguió sus movimientos segundos después, envolviendo y
liberando sus miembros.
Ark se aclaró la garganta.
—No. Te ves como una verdadera. —«Una deseable.» —Y
maravillosa.
La expresión de Birdie cambió sutilmente, como si sus palabras
hubieran tocado algún lugar profundo en su interior.
—Gracias —dijo Birdie con suavidad.
Le ofreció la mano y Ark la tomó, sintiendo una extraña calidez en el
contacto.
Mientras caminaban hacia el perchero, una oleada de pensamientos
invadió su mente. Estos gestos sencillos se habían vuelto tan naturales entre
ellos que le daban para pensar. Le preocupaba lo mucho que esperaba que
Birdie le sonriera con los ojos, que usara su lengua afilada para responderle
o lo confiada que parecía cuando se apoyaba en él, como en ese momento.
Deseaba todo eso de ella y a la vez no. Se decía que era la costumbre, el
resultado de sus aventuras juntos, pero reconocía para sí que añoraba más.
Respetaba su fortaleza, amaba su locura…
¿Había dicho amaba?
Ark soltó de golpe la mano de Birdie y se quedó boquiabierto. No
estaba enamorado de Birdie, seguro que no. De hecho, se preguntó, ¿qué
era realmente el amor? Necesitaba hablar del tema con algún experto,
alguien que pudiera ofrecerle claridad. Sentía la necesidad de obtener
respuestas concretas, algo similar a un diagnóstico que un curandero haría
después de anotar los síntomas de una enfermedad. «Sí, tienes la fiebre del
amor, o no, estás fuera de peligro», imaginó Ark, anhelando una certeza que
pudiera despejar sus dudas.
—¿Tardará mucho tu trance? —se burló Birdie.
Él sacudió la cabeza.
—No lo sé —respondió con sinceridad y procuró dejar de lado sus
pensamientos tumultuosos.
Birdie tuvo un momento de inseguridad cuando después de ponerse el
sobretodo alzó la capucha por costumbre, pero volvió a bajarla.
—Creo que necesito capas nuevas —discutió—. Sin capucha.
¡Estaba tan orgulloso de ella! ¿Debería decírselo? No, Birdie no
confiaba en él cuando le hacía cumplidos. Ni cuando no lo hacía, pero
mejor no forzar a la suerte.
Una ráfaga de viento golpeó la ventana, haciéndola temblar.
Birdie se giró hacia él, con una sonrisa en los labios. Ark se aclaró la
voz.
—No las necesitas. Puedes seguir con las que tienes, lo que importa es
que uses la capucha para resguardarte de la lluvia, no para defenderte de las
personas.
—Mira que te hiciste un filósofo. ¿Mañana verás a tu madre? —atacó
ella.
Ark torció el gesto con dolor. Quisiera culpar a Birdie por la idea, pero
ella lo había manipulado tan bien que no tenía pruebas a favor. Una palabra
soltada en el momento adecuado, un cuento antiguo que hablaba de la
importancia de la familia de sangre, la visión de un futuro vago, todo eso y
más lo habían convencido de que era el momento de hacer paz con su
madre.
—Sí, la veré. Pero, por ahora, ¿podemos olvidarnos de la mierda de
nuestras vidas?
Ella suspiró.
—Necesitaremos mucho vino para eso.
—Para eso está Merlín.
—¿No era para la comida?
Ark se rio y siguió haciéndolo en la conversación que mantuvieron
durante el camino hasta la mansión de su amigo. Le fascinaba la
familiaridad que compartían y se preguntaba qué la producía.
—Supongo que la arpía estará también —comentó Birdie cuando
estaban por entrar.
Sin necesidad de detalles, Ark entendió que se refería a Circe.
—Creo que sí —asintió, animándola con una sonrisa—. Estoy seguro
de que podrás con ella.
—No lo dudes.
Birdie alzó el mentón delante de la puerta. A pesar de sus nervios,
consiguió saludar a Scorchbread sin temblar. Por si acaso, Ark dejó una
mano en su hombro, en señal de apoyo. Enseguida Birdie se soltó y gruñó,
mostrando su usual faceta.
Aparte de Scorchbread, que se inclinó hasta rozar el suelo con la nariz,
el ruido y la luz les dio la bienvenida. Parecía que Merlín tenía su propio
sol, no había espacio sin iluminar. Todas las puertas estaban abiertas,
revelando la decoración festiva y a la gente moviéndose de un lado a otro.
Capuchinas altas y otras posicionadas en el suelo lo alumbraban todo.
Arañas con cientos de farolas diminutas colgaban en los rincones. Había un
pino decorado en la calle, y las ramas llegaban hasta la ventana. Cortinas
ocultaban a medias espacios donde se había distribuido la comida y la
bebida.
Ark recordó cómo solía disfrutar de las fiestas en el pasado, cuando
tenía la certeza de no desacertar con sus actos. Qué equivocado había estado
al creer que tenía todo lo que quería, cuando en realidad le faltaba lo que
necesitaba.
Conocía a la mayoría de los invitados de Merlín. Aunque alguna vez
habían compartido bebidas o intercambiado bromas, ahora lo evitaban. No
le molestaba, se había acostumbrado a ser un paria.
—No te separes de mí —susurró Birdie mientras sonreía a los
presentes—. Es extraordinario tenerte como acompañante. ¡Mira cómo nos
ceden espacio! Llévame a la comida.
Birdie entendía lo que sentía sin que se lo explicara y le demostraba su
apoyo. Ark apenas pudo contener las ganas de abrazarla, de alzarla en el
aire, dar unas vueltas y reírse hasta cansarse.
Pararon delante de uno de los bufetes.
—¿Qué deseas? —inquirió Ark.
—De todo un poco.
Birdie tomó una servilleta antes de que Ark tuviera la oportunidad de
ofrecérsela, y comenzó a servirse con entusiasmo. Él se deleitó con
observar las muecas que hacía al probar la comida.
—¡Ay, tienes que comer esto! —exclamó ella con la boca llena,
señalándole un plato de contenido desconocido.
La mesa era una fantasía de bandejas, decoradas de tal modo que
apenas recordaban la comida. Había torres altas con palitos terminadas en
punta, campos verdes sembrados de flores comestibles, lagos de gelatina
con frutos enteros atrapados en el interior, aperitivos dulces y salados, aves
rellenas y ensaladas.
—Podría vivir bajo esta mesa —dijo Birdie, inclinándose para medir el
espacio vacío de debajo—. Mira, creo que podría caber.
—¿Vivirías sola? —se burló Ark.
—Me parece que sugieres que te has acostumbrado a vivir conmigo —
discutió ella.
Por encima de la cabeza de Birdie, Ark vio acercarse a Circe. Se
posicionó de manera que Birdie no reparase en ella, sacudió la cabeza y le
comunicó con la mirada que cambiara de dirección. Pero Circe no parecía
dispuesta a desistir.
—Vamos a comprobar esta nueva estancia —dijo él entonces,
empujando a Birdie para que entrara debajo de la mesa.
—¿Qué estás haciendo? —gritó ella.
Ark se precipitó a su lado. Birdie había tenido razón, ella cabía pero él
no. Encogió los hombros, tiró de las rodillas hasta al pecho y se deslizó
hacia atrás.
Birdie protestó.
—Calla —susurró Ark—. Nos han visto. Circe venía hacía nosotros.
Notaba el aliento de Birdie en su nuca. Por los sonidos que escuchó,
ella se acabó el bocado antes de contestar.
—¿Has echado la cortina mágica que nos hace invisibles?
Ark la empujó con el codo en el estómago, tratando de separar las
piernas que veía para localizar a Circe.
El ataque fue inesperado. Un ave se coló por un lado y se sentó en el
regazo de Ark, sus ojos redondos mirando fijamente hacia Birdie.
—¡Quita! ¡Shust! —chilló ella, agitando las manos.
El búho desplegó las alas y las batió en la cara de Ark.
—Es solo Fúfu.
—¡Me odia! ¡Haz que se vaya!
Ark abrazó al búho para mantenerlo quieto, pero los forcejeos de
Birdie no ayudaban.
—Lo pones nervioso.
—¿Yo? ¡Me mira cómo si fuera su cena!
—Os veo muy unidos allí abajo —dijo una voz conocida.
Ark resopló. Se inclinó un poco para tener mejor vista y comprobó la
aglomeración de piernas.
—Lo has arruinado —acusó a Birdie. Todavía abrazando a Fúfu, salió
de debajo de la mesa—. Hola, Aalis. ¿Qué tal todo?
—¿Está la arpía? —inquirió Birdie, aún oculta.
—No. El lugar está despejado. Más o menos —respondió Ark,
enseñando los dientes al público—. ¿Qué tal, gente? Menudo festejo,
¿verdad?
Varios se retiraron al ver su distintiva marca.
Ark liberó a Fúfu, que dio un salto hasta el hombro de Aalis.
—No sería igual sin vosotros —dijo esta. Se sorprendió cuando Birdie
decidió abandonar el escondite y dar la cara. Su vestido se había arrugado y
varios mechones sueltos le estropeaban el peinado—. ¡No llevas la
capucha! ¿Decidiste cambiarla por una mesa? ¿No crees que sería peor, con
tanto peso?
Birdie gruñó en respuesta. Su mirada recorrió el espacio, en busca de
Circe. Al no encontrarla, alzó el mentón, alisó su vestido y sonrió.
—Vamos a buscar a Merlín para agradecerle el gesto. Debe haber
traído la comida de otro mundo.
—¡Alto allí! —exclamó Aalis. Fúfu giró la cabeza—. Quiero una
explicación. Os veis… contentos. Felices —insistió y arrugó la nariz con
desconcierto—. ¿Por qué?
Birdie la miró por un instante y luego salió corriendo como si estuviera
siendo perseguida por el mismísimo Mal.
—¿Pero qué le pasa? —vociferó Aalis—. ¿Qué le has hecho?
Ark alzó las manos en señal de paz.
—Te juro que no lo sé. Creo que solo está nerviosa. Demasiada gente,
no lleva la capucha… —se alejó caminando hacia atrás.
Ya había perdido a Birdie de vista. Se tomó un par de copas, se
sumergió en conversaciones, comprobó en cada habitación, pero no dio con
ella. Estaba inquieto doblemente, porque no la encontraba y por no poder
disfrutar de la fiesta sin la compañía de Birdie. Perdía el hilo de las charlas
porque se imaginaba sus respuestas. Había torcido la cabeza tantas veces,
imaginando verla, que su cuello empezaba a sentirse como el del búho de
Aalis.
Al final, desistió de fingir que le interesaban los asuntos de sus
antiguos conocidos y la buscó abiertamente. Las indicaciones lo llevaron al
cuarto de Merlín. Dudó antes de abrir la puerta, pensando que su amigo le
cortaría la mano por entrar sin permiso.
—¿Birdie? —llamó en un susurro.
Una sola capuchina estaba encendida en una mesita y sus llamas se
retorcían en el espejo de la pared opuesta. El ruido de la fiesta no atravesaba
las paredes y el silencio era atractivo. La habitación estaba vacía, pero la
puerta del balcón estaba abierta y las cortinas aleteaban en el interior.
Ark se estremeció. Conocía el lugar, un mirador de un metro de ancho
y largo, con una única barra de madera como protección para no caer.
—¿Birdie? —volvió a llamar más fuerte. Después atravesó el cuarto y
apartó las cortinas.
Ella se había cubierto con una capa y había subido la capucha. No era
la que llevaba cuando habían salido, debía haber tomado una de Merlín.
Estaba de espaldas a él, de pie, erguida como una estatua.
—Birdie, ¿qué estás haciendo? —Ark se estremeció por el frío. El
viento mordió sus mejillas y las ranas croaron en la distancia—. ¡Por todas
las hadas, vamos dentro!
—En un momento —respondió ella. Su voz sonó distante, como si
hubiera atravesado un sinfín de tierras antes de llegar hasta él.
—Las ranas… —se quejó, manteniéndose al margen de la puerta.
—Ven aquí. —Birdie se giró y le tendió la mano.
No podía ver su rostro, solo el contorno de la capucha. La imagen de
un ser oscuro no hizo más atractiva la invitación. Ark tragó en seco y
avanzó. Cogió los dedos de Birdie y dio un paso hasta estar a su lado. La
sensación era como si estuviera en la cima del mundo. No sentía la pared
detrás de él ni nada por delante. El viento intentaba arrastrar su ropa y
aullaba en sus oídos. De vez en cuando, algunas luces aparecían y
desaparecían en la niebla, mientras el canto de las ranas mantenía su
constante ritmo.
—¿Qué haces aquí? He rodado una escena saltando de un lugar similar
a este, y te aseguro que no es fácil hacerlo sin un colchón de paja debajo.
—No pienso saltar, tonto —dijo ella, apretando sus dedos con más
fuerza.
Aunque no podía ver su rostro, Ark percibió que sonreía.
—Lástima. Había planeado salvarte y ganarme tu corazón.
Birdie soltó un gemido ahogado. Se giró, y por el espacio reducido,
llegó a estar pegada a él. Ark le rodeó la cintura por instinto, temiendo que
pudiera resbalar y caerse.
—Ya me salvaste. —Birdie alzó la cabeza hacia él.
Había tenido razón, sonreía. Un haz de luz de la capuchina del cuarto
iluminó su rostro e hizo magia con sus ojos.
¡Por las hadas, qué hermosa era!
Ark tragó saliva.
—¿Lo hice?
Birdie dejó la mano en su mejilla. No llevaba guantes y sus dedos
estaban fríos en la piel cálida de Ark. Él alzó el hombro, atrapando su mano,
pero ella se arregló para liberarse y llegar a su nuca. ¿Eran imaginaciones
suyas o estaba presionando para que inclinara la cabeza hacia ella?
—Lo hiciste —susurró Birdie. Se alzó sobre las puntas de los pies
mientras dejaba la otra mano en el pecho de Ark, acariciándole con los
dedos.
—Demonios… —murmuró él, apretando los dientes.
Birdie negó con la cabeza.
—No aquí. No ahora —dijo.
Un momento después sus bocas se unieron.
Ark juraría que él no se había movido, pero sus labios estaban sobre
los de Birdie y sus alientos apresurados calentaban las pequeñas partículas
de hielo en el aire.
—Una vez —susurró. Estrechó los brazos alrededor de Birdie,
levantándola y atrayéndola más hacia él.
En un espacio tan reducido, notando el frío de la pared en sus huesos,
con Birdie unida a él como si fueran un solo cuerpo, le recorrió la impresión
de que era un vencedor. Mientras saboreaba su boca, tuvo la certeza de que
había triunfado.
—Solo una vez —repitió, una promesa hacía sí mismo y para su hada
madrina.
Pero no era verdad. Le había fallado a Mardius y no se arrepentía de
ello. Era lo mejor que había hecho en su corta vida, y se prometió no
olvidarlo cuando llegara a La Granja.
Y si lo estaba haciendo, igual podía hacerlo bien. Podía disfrutar de la
suavidad de los labios de Birdie sin sentirse culpable, calentarse las venas
con su aliento ardiente, revivir con el sabor dulce de su lengua. Ofrecía y se
entregaba. Se rendía a los dedos voraces de ella, que vagaban por su pecho
y presionaban en su nuca. Se sometía al regalo de su boca, a los acelerados
latidos de su corazón, al ansia de más que compartían.
La noche les abrazaba con sus fríos brazos. Las ranas croaban con
furia. El viento chillaba. La oscuridad persistía, pero allí, en ese momento,
nada importaba. Solo ellos dos.
Juntos.
Para siempre.
El pensamiento llegó a la mente nublada de Ark, trastornada por el
deseo.
¿Qué estaba haciendo? Le daba igual el castigo de su hada madrina,
pero no quería embaucar a Birdie. ¿Había empezado él o ella? ¿Era alguien
o algo culpable porque dos seres necesitaban gozar del acercamiento del
otro?
Ark bajó las manos hacia la cintura de Birdie y apretó. Dejó caer la
cabeza contra el muro de piedra. Ella lo observaba y no podía soportarlo. Se
estremeció. Necesitaba despejarse la mente. Se lo explicaría más tarde.
La condujo hacia el interior del cuarto. De espaldas a ella, se frotó la
nuca.
—Voy a… Sí… Dame unos minutos —dijo, y escapó.
Salió corriendo, fuera, lejos de ella y de lo que lo hacía sentir. Lejos de
sus inalcanzables deseos. Lejos de sentimientos desbordantes.
En realidad, solo llegó hasta la puerta del edificio. Escuchó un sonido
a su espalda. Se giró, convencido de que era Birdie. Pudo ver una capucha.
Se preparó para enfrentarla, pero algo le golpeó en la sien.
Se desplomó, pero no llegó a sentir el contacto con el suelo.
34
“Pequeño, pero importante, su hazaña más comentada: dar a un
enorme gigante una terrible pedrada.”

Llevaba noches sin dormir o quizá días. Nadie podía saberlo ya, cuando
vivían desde hacía tanto tiempo en la oscuridad.
El tiempo mismo había perdido su significado, y la esperanza de que
algo cambiara para bien se escurría con la velocidad de la arena en un reloj
de cristal.
Era el día más importante de su vida. O quizá, la noche. Era el día en
que saldría a buscar a la muerte.
«¡Charlatana!»
Birdie enseñó los dientes en una mueca burlona hacia sus propios
pensamientos.
—¿Acaso una chica no puede permitirse un momento para ser
dramática? —vociferó.
No estaba permitido matar en el duelo; el representante de La Corte se
encargaría de detenerlas antes de que fuera demasiado tarde. Aunque eso no
significaba que Circe no hiciera polvo de sus huesos.
—Birdie, ¿estás lista? —Marwelene irrumpió por la puerta de la
entrada sin haber llamado antes.
Birdie no tenía a nadie más cercano, por lo que le había pedido a su
vecina que la acompañara, después de que Marwelene le había confesado
haber sido testigo de un par de duelos. Le había proporcionado consejos,
contado historias, e incluso había intentado entrenarla en la lucha con el
koloso.
El arma en cuestión era un palo largo, tan alto como ella, acabado en
una pelota del tamaño de una cabeza adulta. Aunque parecía de madera, se
curvaba sin romperse. Manejarlo requería destreza, ya que la diferencia de
peso entre un extremo y otro era inmensa. Birdie aún tenía los moratones de
cuando el koloso había atraído su cuerpo mientras intentaba lanzarlo.
—Estoy lista —declaró.
Se giró hacia Marwelene para que esta inspeccionara su atuendo.
Siguiendo su consejo, llevaba pantalones ajustados dentro de botas altas, y
sobre la camisa sin mangas, un chaleco de cuero atado delante con cintas.
Se había trenzado el pelo tan fuertemente que temía quedarse calva cuando
lo deshiciera.
—Bien. Nada entorpece tus movimientos. ¿Has comido? ¿Te sientes
fuerte?
Birdie asintió.
—Me siento bien. Estoy lista. ¿Vamos?
—El capataz no vino aún. Esperemos un poco más.
Birdie no quería esperar. Estaba inquieta y no solo por la lucha. En Van
Cinceles había empezado un nuevo año, uno que cambiaría su vida. Para
ella, el duelo con Circe no era una sencilla lucha de voluntades o una
demostración de fuerza. El tiempo se le acababa. Perdería su casa, Ark
había desaparecido y le quedaba poco para convertirse en un sapo para
siempre.
Contaba con que la paliza que le daría Circe ayudaría a iluminar su
mente y poder ver un nuevo camino, cuando parecía estar atrapada en un
callejón sin salida.
Birdie alzó la cabeza para animarse. Ya no confiaba y había perdido la
esperanza, pero fingiría que sabía lo que estaba haciendo.
Cuando el capataz vino a recogerlas, lo siguió en silencio. Asintió
cuando Marwelene le repitió los consejos, repasó lo que había aprendido y
bajó del carruaje decidida a hacer lo mejor posible.
El campo de duelo estaba detrás de la Casa del Gremio de las Tierras.
Antaño, era el lugar de encuentro de los dotados de magia, pero ahora era
un edificio abandonado, que había perdido su majestuosidad. Un par de
oficiantes de La Corte se encargaban del mantenimiento de la construcción
y el de los jardines, pero los salones estaban vacíos y dejaban una impresión
desoladora.
Para llegar al campo de duelo, tuvieron que atravesar un túnel exterior
que recorría la longitud del castillo, sin adentrarse en su interior. Birdie
estudió con curiosidad las pinturas de las paredes, iluminadas por
capuchinas que colgaban del techo. Las imágenes narraban parte de la
historia de la Tierra de los Cuentos. Al principio, evocaban un paraíso
perdido, con valientes príncipes montando a caballo, bellas princesas
ayudando a los pobres y hadas revoloteando entre las flores. Sin embargo,
cerca del final del túnel, las pinturas se volvían oscuras, con más trazos de
rojo y negro, y sombras sádicas asomándose detrás del paisaje idílico.
Muchas de las escenas estaban protagonizadas por mujeres. Aunque
Birdie creía que los héroes de los cuentos eran los príncipes, allí entendió su
error. Observó a una joven vestida como un mozo, levantando una espada
tan grande como ella. Junto a ella, una princesa sonreía mientras ofrecía una
flor a un niño, ocultando un puñal entre los pliegues de su falda y vigilando
por el rabillo del ojo una sombra entre el follaje. Cerca del techo, otra
doncella se alzaba sobre los hombros de un trol, con los puños en alto.
Birdie sintió un alivio momentáneo, que no duró al recordar el final de
la historia: la magia encerrada en la Medulya para salvarlos.
Una ráfaga de viento frío alejó sus pensamientos y la devolvió a la
realidad. Vio la salida del túnel y apretó su capa alrededor de sus brazos,
resistiendo el impulso de levantar la capucha.
Se detuvo cuando el capataz lo hizo, y dio un paso a un lado para
obtener mejor vista. El campo era amplio, rodeado por plantas y espinas,
flanqueadas por arbustos que tenían detrás árboles cada vez más altos. Al
mirar hacia arriba, Birdie tuvo la impresión de que se encontraban en un
agujero en medio de la tierra.
Había demasiada gente. Las capuchinas creaban halos en el centro del
campo, ocultando los rostros de los curiosos. Birdie no quería saber quiénes
de sus conocidos estaban presentes. Se había negado a contestar a las
llamadas de Aalis y Dye; les hablaría en cuanto acabara.
Se adentró en el círculo que correspondía a las luchadoras y saludó a
Circe con la cabeza. En respuesta, esta sonrió, erguida con el koloso
firmemente agarrado en su mano izquierda. Birdie agachó la cabeza para
ocultar una mueca. Circe era siniestra. ¿Qué más podría salir mal?
El capataz se unió a ellas y empezó a recitar las reglas. Escuchándolo a
medias, Birdie apreció el atuendo de Circe. Reconoció el traje que se usaba
antiguamente en los duelos, pantalones de cuero y una faja ancha del mismo
material que rodeaba su torso desde los pechos hasta las caderas. Por
debajo, una camiseta sin mangas descubría músculos anormalmente
desarrollados en una joven doncella.
Birdie entrecerró los ojos con suspicacia. ¿Sería posible que Circe
usara magia? Era su esperanza de dejar de sentirse el pequeño David, sin su
valentía. Circe era perfecta y por eso, tan odiable.
—¿Queréis añadir algo antes de empezar? —preguntó el capataz.
Circe asintió.
—Quiero pedirte sinceras disculpas. En ningún momento tuve la
intención de agraviar tu orgullo.
—¡Pero sigues haciéndolo! —Birdie protestó, girándose hacia el
capataz, a sabiendas que este podría forzarla a aceptar el testimonio de
Circe e interrumpir el duelo—. ¡Esta no es una disculpa!
—Es válida —respondió él—. ¿La aceptas?
Si lo hacía, tendría que pasar el día entero con Circe, bajo la atenta
mirada del capataz, que decidiría si sus sentimientos amigables eran
genuinos, para evitar que la situación se repitiera. En cambio, si seguía
adelante con el duelo, sin importar quién ganara, sería dueña de sus
decisiones y si elegía no volver a ver jamás a Circe, esta tenía que
suponerse.
—No —dijo sin titubear.
El capataz asintió, conforme.
—Empezad —ordenó, retirándose de su cercanía.
—¡El azar no nos toca, la gracia es nuestra! ¡Qué la magia nos proteja
y nos guíe! —gritaron, acompañadas en coro por los presentes.
Birdie no cometió el error de atacar. Dejó que Circe avanzara en su
encuentro. Procuró mirarla a los ojos, cómo le habían enseñado, para
averiguar la dirección del koloso, pero Circe lo manejaba con tanta
velocidad que el palo y la pelota eran una y la misma cosa.
El primer golpe lo recibió en la rodilla derecha. Soltó un gruñido por la
sorpresa. El dolor llegó un poco más tarde, al caerse al suelo. Apretó los
dientes y rodeó con velocidad, esquivando apenas el segundo golpe. El
koloso de Circe silbó cerca de su cabeza. Birdie se encogió en el suelo.
Los gritos de los espectadores y el retumbar de su propio corazón la
ensordecían. Se incorporó mientras agitaba su arma. Había seguido los
consejos de Marwelene y la había asegurado a su muñeca con una cuerda de
cuero, para no perderla. Pero veía la libertad de la que disponía Circe,
moviéndola de una mano a la otra.
Se retiró, aprovechando el tiempo para desatar el nudo de la correa.
Sus dedos no le servían, temblaban demasiado. Mordió el cuero hasta
aflojarlo, después tiró la cuerda, escupiéndola.
Circe sonrió.
—¿Mejor ahora? —se burló.
Birdie asintió, con una mirada feroz. No tenía idea de lo que estaba
haciendo, solo esperaba no hacer el ridículo. Lanzó el koloso hacia atrás,
preparada para soportar sin caerse la fuerza del arma al regresar.
Circe no se movió, segura de que no le daría. Tuvo razón. El koloso
atrajo a Birdie en su trayectoria. Tuvo que dejarse caer de rodillas y apretar
con las dos manos para no perderlo. No logró acercarse a Circe.
—Cariño, no quiero hacerte daño —dijo esta, estudiando sus patéticos
esfuerzos con una sonrisa de suficiencia.
Un recuerdo lejano golpeó en los muros de la mente de Birdie.
«Cariño, quiero lo mejor para ti.» Como la encarnación del Mal, atravesó
las defensas para convertirse en una realidad temible. «Birdie, eso te hará
daño.» «Sé lo que mejor te conviene. «¡Para!, ¡cállate!, ¡estate quieta!, ¡No
te muevas de allí!»
Tenía miedo. De nuevo. Necesitó con urgencia un lugar donde
esconderse, algo que la hiciera invisible para todos los ojos. Temblaba.
Tenía mucho frío. La cabeza le daba vueltas y su vista no enfocaba. Se
encontraba en su castillo de niña, a salvo bajo las sábanas, con los oídos
agudizados para oír las amenazas.
Después la voz de su padre:
«Quédate ahí, estarás mejor.» «No te hará bien ver esto.» «Ocúltate
hasta que te llame.» «No hagas ruido.»
Desde que tenía memoria, otros habían decidido por ella, todos, bajo la
excusa de protegerla.
Tragó saliva.
—No me harás daño. No del modo que tú piensas —declaró y alzó el
koloso.
Se abalanzó sobre Circe, soltando un grito que arañó su garganta. La
alcanzó en un costado. Endureció los músculos y volvió a intentarlo. Circe
fue más rápida, la golpeó detrás de las rodillas. Birdie perdió el equilibrio,
pero no soltó el arma. Cuando el koloso de su adversaria amenazaba con
caer sobre ella, se deslizó por el suelo con agilidad. La tierra congelada
estalló donde antes había estado ella. Se levantó rápidamente, los dientes
apretados con determinación. Empuñó el koloso con fuerza y, por un golpe
de suerte, logró impactar el hombro de Circe con la fuerza suficiente para
hacerla soltar su arma. El koloso salió despedido y Circe se apresuró a
buscarlo. Birdie la siguió de cerca, lista para golpearla mientras se inclinaba
para recogerlo. Sin embargo, Circe la sorprendió girándose en el último
momento y tirando del arma de Birdie.
Ambas cayeron al suelo, entrelazadas en la lucha por el control del
koloso. Circe rodeó la cintura de Birdie con las piernas, aferrada al palo.
Birdie le lanzó un codazo violento que debería haberle roto la nariz a la
arpía. Sentía su fuerza, la rabia con la cual procuraba robarle el arma. Con
una lucidez de la cual no se sentía capaz en un momento así, esperó hasta
cuando su resistencia se debilitó. Entonces liberó de golpe el koloso. Fue su
mejor movimiento. El arma golpeó el rostro de Circe, dejándola mareada.
Sintiéndose triunfadora, Birdie se apresuró a recuperar el koloso, pero
Circe se aferró a su camisa, rasgándola y dejando al descubierto el principio
de su pecho. Entonces dejó caer la mano y se incorporó en los codos, con
los ojos como platos. Su aliento era igual de dificultoso que el de Birdie.
Con la cara roja y el cabello desaliñado, gritó señalando a Birdie.
—¡Lo amas! ¿Lo amas? —exclamó, luchando por respirar.
Birdie agachó la cabeza, hacia la dirección que le indicaba Circe. La
marca de la unión, su tatuaje, estaba a la vista y brillaba con intensidad.
Soltó una maldición, dejó caer el koloso y se carcajeó mirando el cielo.
—¿Mi querido hada, en serio?
35
“Triste, aburrido, no puede escapar, le han cerrado las puertas, de par
en par.”

—Amas a Ark.
—No.
—La marca de la unión dice que sí.
—Es una marca idiota. Vamos a continuar.
—No.
—¡Sí! —Birdie gritó por el fastidio. Había anudado los restos de su
camisa y los cordones del chaleco. La marca estaba oculta y no creía que
alguien más aparte de Circe hubiera visto la prueba de la rebeldía de su
corazón.
Circe se había detenido y la miraba embobada, con una sonrisa
brillante. Parecía estar bajo la influencia de algún hechizo. Alzó el koloso
con la mano izquierda y con la derecha levantó el puño, después lo dejó
caer de golpe.
El capataz se acercó, le quitó el arma y anunció el veredicto.
—¡La victoria es para la señorita Birdie Oftheredheads!
La gente rompió las filas y empezaron a acercarse.
—¿Qué haces? —chilló Birdie—. ¡No hemos acabado!
Un par de manos tiraron de ella. Alguien se interpuso y perdió de vista
a Circe.
—¡No puedo creer que lo hayas hecho! —vociferó Aalis, abrazándola
con fuerza—. Venciste a Circe.
—Más bajo, Aalis. Te va a escuchar —comentó Dye.
—¿Y qué? ¿Crees que le lanzará un hechizo? —Birdie gruñó.
Dejó que le estrujaran, chillaran su alegría, aceptó las felicitaciones, le
agradeció a Marwelene. No obstante, algo la inquietaba. No había vencido a
Circe, esta había renunciado después de haber visto su marca.
Tampoco se sentía como suponía que lo haría una vencedora. En las
historias se hablaba de un sentimiento sin igual, de una decisión
inquebrantable, de una emoción irrepetible. No notaba nada de eso. Solo
cansancio. Respiró hondo y se movió, abriéndose paso entre la multitud
hasta llegar a Circe.
—No sé qué te propones esta vez ni me importa. Pero has abandonado
y eso me da derecho a no volver a verte —dijo.
—¿Birdie? —Dye le susurró en el oído—. Todavía nos quedan un par
de rituales de escudos, y ella es la sacerdotisa.
Birdie cerró los ojos exhausta. Había agotado su mente procurando
entender el porqué y el dónde de la desaparición de Ark, sin recibir ni una
señal de él. Se había resistido a contactarlo a través del PiC, rechazando la
idea de perseguirlo. Pero quería saber, desesperadamente, por qué lo había
hecho justo cuando habían empezado a entenderse. Justo después del beso.
Culpaba a Circe por la mayoría de sus desgracias recientes y creía que
alejarse de ella podría traer cierto orden a su vida. No obstante, su amistad
con Cira le impedía pedirle que cambiara de sacerdotisa o retirarse de ser
escudo.
—¿Cuántos rituales faltan? —preguntó a Dye.
Esta levantó dos dedos en el aire.
—Podré hacerlo. —Enderezó los hombros y se dirigió a Circe—. Te
veré en los rituales, nada más. Te someterás a mi voluntad.
Circe asintió con entusiasmo.
—Prometo solemnemente que no volverás a pasar el dolor de verme…
solo si querrás hacerlo —añadió con una sonrisa.
—¿Por qué querría hacerlo? —se interesó Birdie, confundida.
—Para recuperar a Ark, por ejemplo.
—¿Cómo?
—No puedo esperar contarle lo que sientes por él —dijo Circe,
haciendo gala de una sonrisa torcida.
Birdie aún tenía el koloso. Lo lanzó con un movimiento dramático, que
no le había salido antes, en la lucha. Golpeó a Circe en la parte de atrás de
la cabeza.
Mientras la gente se apresuraba a socorrer a Circe, Birdie se arrodilló
frente a ella.
—En mi vida he hecho daño a una mosca. Pero si te atreves a contarle
a Ark lo que has visto, no responderé por mis actos —susurró solo para
ellas dos—. ¿Lo tienes claro?
—¡Increíble! ¡Eres impresionante! Te favorece mucho el peinado y la
ropa. Ese brillo de acero en tu mirada, el maxilar tenso y que no te ocultes
por la capucha… —Circe la estudió embelesada.
Durante un momento, Birdie se quedó tonta, sin saber cómo manejar la
situación.
—Va a ser una historia maravillosa —murmuró Circe, con la mirada
perdida. Se levantó, sacudió sus palmas y golpeó a Birdie con afecto en un
hombro—. Gracias.
—Enhorabuena. La has conquistado. —Aalis se carcajeó a su lado.
—¿Está loca? Está completamente loca —concluyó Birdie.
Circe se alejaba acompañada por un par de personas. Varias habían
sacado los PiC para escribir mientras ella les dictaba.
—¡Espera! —gritó Birdie, acortando la distancia con un par de
zancadas—. ¿Dónde está Ark?
—Te lo mandaré más tarde. —Circe se detuvo brevemente, luego se
inclinó hacia un joven y preguntó si había anotado unos detalles.
Birdie frunció el ceño a su espalda.
—¿Me lo mandarás? No es un paquete —discutió.
No confiaba en dejarla sola con él para que le contase lo de su marca.
Aunque, ¿por qué lo haría si quería a Ark para ella? No, tampoco esperaría
para intentar entender los actos de Circe.
—Si sabes dónde está, vamos juntas. Ahora —silabeó entre los dientes
apretados.
—¡Fantástico! —replicó Circe, con una voz aguda.
Volvió a inclinarse hacia el joven, pero Birdie fue más rápida y se
interpuso entre ellos.
—Prefiero que no uses el PiC hasta que lleguemos —comentó
dulcemente.
Circe hizo una mueca, pero accedió.
Birdie buscó con la mirada a Aalis y le explicó de modo breve por qué
salía con Circe.
—Te seguimos —asintió esta.
Birdie quiso protestar, pero decidió que no sabía a qué se enfrentaría y
que le iría bien la ayuda.
—Pídele a Dye que hable con Marwelene —añadió, aunque suponía
que la mujer no dejaría pasar la oportunidad de estar presente.
Marcharon en formación, con Birdie y Circe adelante, seguidas por sus
amigas y el resto de los participantes cerrando las filas.
Birdie mantuvo el silencio, asegurándose de no darle razones a Circe
para hablar. Se espantó al subir al carruaje de esta, por lo sucia que estaba,
pero Circe tampoco se veía mejor. Si a ella no le preocupaba destrozar los
asientos, a Birdie tampoco le importaría. Mantuvo la mirada al frente,
resistiendo la urgencia de preguntarle a Circe dónde estaba Ark. Aunque, en
caso de responderle, no la creería. Quería escuchar esta historia de la boca
de Ark.
«¿Y a él vas a creerle?», resonó una voz en su cabeza.
Por extraño que sonara, Birdie no dudó en responder afirmativamente.
¿Cómo había llegado a ofrecer su confianza a una persona de la peor clase,
marcada como sapo?, se preguntó.
«Cosas del corazón», se imaginó que le explicaría Marwelene.
¡Maldito corazón!
Perdida en sus reflexiones, no prestó atención al camino hasta que el
coche se detuvo frente a la casa de Circe.
—¿Lo tienes prisionero o vino por sí solo? —no pudo evitar preguntar.
Circe abrió la boca para responder, pero Birdie alzó una mano—. No quiero
escuchar nada.
Hasta la puerta tuvo tiempo de imaginarse una mazmorra oscura y
húmeda. El pobre Ark estaba encarcelado, atado por cadenas gruesas,
oxidadas. Tenía los nudillos y las muñecas ensangrentadas por los intentos
de liberarse, y la voz rota debido a los gritos desesperados.
Birdie decidió que le cuidaría las heridas y calmaría su mente, le
ayudaría a olvidar esa horrible experiencia. Aunque carecía de soles para
llevarlo lejos de Van Cinceles, podría crear un oasis de tranquilidad en la
plantación, tal vez en la parcela donde solía jugar de niña. Sabía que en
momentos de aflicción como este, lo más importante era el silencio, la risa
y la comida, y estaba determinada a proporcionarle todo eso.
Circe avanzó con agilidad por el pasillo y Birdie se apresuró para no
quedarse atrás, con la esperanza de encontrar la entrada a la mazmorra.
Tendría que haber alguna puerta oculta a primera vista…
—Circe, ¿ya está?
Ark apareció en el pasillo. Llevaba pantalones y un jersey nuevo, de
un marrón oscuro. Tenía el pelo desordenado, una sombra de ojeras, no se
había afeitado, pero aparentaba estar bien.
Birdie escudriñó su figura en busca de cualquier indicio de daño. Al no
encontrarlo, puso las manos en los costados y exigió:
—Quiero una explicación y la quiero ya.
—Verás… —empezó Circe.
—Te amo —soltó Ark de repente.
Birdie se quedó con la boca abierta. Se había preparado para silenciar a
Circe porque quería escuchar a Ark, pero no había anticipado que iba a
escuchar esas… palabras.
—Ark, cariño —dijo Circe, interponiéndose entre ellos.
Birdie la apartó bruscamente.
—Fuera.
—Esta es mi casa —protestó Circe.
—Me da igual. Sal. Fuera.
Ark estalló en carcajadas.
Birdie se imaginó qué imagen deberían dar las dos, vestidas para el
duelo, con la piel manchada de barro, la ropa rasgada, ramas y hojas secas
enredadas en el cabello y las mejillas arañadas.
Se sintió como una necia. Si alguien las hubiera visto desde fuera,
habría pensado que ambas luchaban por el corazón de Ark. Se tragó con
dificultad la vergüenza y sintió que un calor incómodo se apoderaba de sus
mejillas.
—Supongo que esta te envenenó el agua —dijo, descartando la
declaración de Ark.
Circe gruñó y Ark negó con la cabeza. Sonreía con la boca, con los
ojos, todo él era una sonrisa inmensa, cálida.
Birdie sintió que sus piernas flaqueaban. No podía ser real, no podía
mirarla así, como si sus palabras fueran la verdad absoluta. Debía haber una
explicación, tal vez había oído mal o Circe le había avisado sobre el brillo
de la marca de la unión y querría aprovecharse. Estaba mintiendo, tenía que
estar mintiendo. No podía amarla a ella. Nadie podría amarla.
Ark se adelantó en su encuentro y Birdie retrocedió.
—No tenía planeado decírtelo, se me escapó —se disculpó él.
—Entiendo. —Birdie se aclaró la garganta cuando su voz se quebró
con la única palabra. Sentía un nudo en la garganta y cada respiración le
resultaba pesada.
Debería sentirse aliviada, había tenido razón, Ark no la amaba. Pero le
entraron ganas de llorar.
El cansancio la abrumó. Necesitaba un respiro de los problemas y las
sorpresas y volver a ser la misma de siempre, firme en su convicción de que
no existían príncipes azules, estable en el acuerdo de que no necesitaba a
nadie para nada. Ni a un hombre ni a una mujer, ni siquiera a un hada o
duende. Ella era Birdie y tenía su propia religión.
«No lo olvides», se recordó a sí misma.
—Birdie, tú tienes un talento para malinterpretar todo. —Ark le puso
las manos en los hombros, y, para su sorpresa, la abrazó. No fue un abrazo
común; se aferró a ella, acariciándole la nuca con una mano mientras
enterraba la nariz en su cuello—. No querría decírtelo ahora porque sabía
que no estás preparada para escucharlo. ¡Por las hadas! Ni yo estoy
preparado para creerlo. Lo descubrí hace un par de días y pensé que se
desvanecería…
—¿Cómo una picazón en la piel? —lo interrumpió Birdie.
No hizo gesto para aceptar el extraño abrazo, pero ¡qué difícil era
resistirse! Había creído que lo había perdido para siempre. En solo un par
de días había olvidado su aroma, lo cálido que era su contacto, la forma en
que sus labios se curvaban al sonreír. Había guardado para sí misma la
manera en que la miraba, como si cada vez fuera la primera vez que la veía.
Y ahora, sus brazos la rodeaban, y lo que experimentaba solo podía
describirse como algo mágico.
—Sí, cómo una picazón. —Ark se rio en su cuello y le hizo cosquillas
con la barba—. Pero resulta que es más grave, no creo que vaya a
desaparecer.
Birdie asintió, sin saber por qué lo hacía.
Ark se separó de ella y de repente el frío les envolvió. La puerta había
quedado abierta.
—Perdóname —rogó él—. Perdóname por haberte fallado y haberme
enamorado de ti. Prometo luchar contra esta pasión con todas mis fuerzas.
Ahora mismo mis fuerzas son escasas, he pasado noches sin dormir y sin
probar bocado por la preocupación del duelo. Circe me aseguró que no te
haría daño, pero…
Birdie se enderezó de golpe.
Circe.
La buscó con la mirada. Se había retirado unos pasos y no se perdía
detalle. Ojala tendría el poder de entrar en su cabeza sin que la advirtiera,
como un cuchillo que corta en la mantequilla, deslizándose por entre sus
sesos y abrirle…
—Bueno. Eso complica nuestra situación —declaró con solemnidad—.
No te preocupes, seguro que tú confusión pasará. Intentaremos tratarla,
probaremos con todos los curanderos. Pero ahora quiero descansar.
Supongo que…
Ark dejó una rodilla en el suelo, le cogió la mano y la puso sobre su
corazón.
—Si me aceptas, te seguiré hasta el fin del mundo —declaró, con la
mirada de un cachorro perdido.
Birdie le dio un manotazo.
—Deja de actuar. Me voy a casa. Tú haz lo que quieras. —Le dio la
espalda y se encaminó hacia la puerta.
—¡Te seguiré hasta el fin del mundo! —repitió Ark a gritos, corriendo
detrás de ella.
Birdie alzó la cabeza hacia el techo.
—Santas hadas, ¿qué habéis hecho?
Estaba decidida a descansar aunque la Medulya se abriera y el Mal les
atacara. Uno no tenía la cabeza clara sin haber dormido ni comido. Con una
mezcla de incredulidad y esperanza luchando en su pecho, salió a buscar el
respiro que tanto necesitaba, preguntándose si alguna vez podría aceptar lo
que Ark había dicho, o si seguiría atrapada en su propia desconfianza.
Pero se había olvidado de la horda de seguidores. Aalis, Marwelene y
Dye no habían entrado porque formaban un muro delante de la puerta de
Circe. Uno que estaba a punto de derrumbarse, por lo visto. Un montón de
gente se empujaba, alargaban los cuellos mientras discutían.
—Circe, cariño, ¡tienes visita! —gritó Birdie—. Todo Van Cinceles
quiere verte.
Después agachó la cabeza, encogió los hombros e hizo lo que mejor se
le daba: desaparecer.
36
“Imagina que estás en una embarcación que se está hundiendo en el
Quemamar, y que, además, se acercan quemapeces. ¿Qué harías?”

A Birdie le gustaba mirar por la ventana, hiciera lo que hiciera. Cuando


trabajaba para Deidre observaba la calle, cuando visitaba a Marwelene
vigilaba su casa y la de los vecinos, con Aalis inventaban historias sobre
transeúntes, y en el barrio donde vivía Dye estudiaba en detalle sus
tradiciones, y se sumergía en la historia del Continente Oriental.
En ese momento, en su cocina, mientras se tragaba sin ganas un
bocadillo, miraba la ventana oscurecida. ¿Qué se ocultaba detrás? ¿Cuántos
ojos la observaban y cuáles eran sus intenciones? Le agobiaba estar
encerrada y no poder ver la salida. Retuvo un escalofrío y tomó un sorbo de
agua.
—¿Tienes miedo? —preguntó Ark. Llevaba una eternidad sin perderla
de vista.
Birdie había probado hacerlo invisible con el poder de su mente. Por
desgracia, no había funcionado. Aunque cerrara los ojos, sentía su
presencia, lo escuchaba respirar, percibía su mirada clavada en ella con el
peso de un hechizo.
Se levantó y recogió su plato.
—No. No temo a la oscuridad, creo que la luz es más peligrosa —
respondió.
—¿Cómo podrías temer a la luz? —Ark se puso de pie también.
—La oscuridad no engaña. Sabes que algo está ahí, y aunque no sepas
qué es, no importa, porque lo esperas. Pero la luz se disfraza de
transparencia, te hace creer que lo revela todo, cuando en realidad oculta lo
importante. La luz es solo un velo de la oscuridad. Y detrás de ella, hay
monstruos.
—Birdie, lo siento —dijo él.
Ella suspiró. Ya lo había escuchado un millar de veces desde que
habían vuelto de la casa de Circe.
Ark era culpable solo en parte del juego de la desaparición. La arpía lo
había secuestrado y lo había mantenido bajo su control, amenazando con
herirla mortalmente en el duelo. Ark se había quedado solo porque Circe le
había prometido que le concedería la victoria a Birdie. Otro engaño más.
—¿De verdad no me ofreciste ni una oportunidad? ¿Pensaste en todo
momento que Circe podría vencerme?
Ark alzó un dedo.
—Pensé que iba a matarte. Ya no confiaba en ella después de lo que te
hizo. Era capaz de hacer que pareciera un accidente, y no sería ni la primera
ni la última vez en un duelo. Pero... soy culpable. Le resultó fácil
convencerme por otra razón.
—¿Cuál?
—La ausencia es presencia.
—¿Qué?
—Circe dijo que nos vendría bien estar separados un tiempo. Ella no lo
sabía entonces pero yo…, yo sabía que… ya sabes… eso del amo…
—Cierra el pico —espetó Birdie.
—Vale. En fin, pensé que si no vas a verme… —Ark fingió un
estornudo y agachó la cabeza—, me extrañarías.
«La ausencia es presencia», repitió Birdie en su mente. Qué estupidez.
—Idiota. Eres libre de ir y venir cuando quieras.
Ark apretó la mandíbula y se aclaró la garganta.
—Vale. Pues me gustaría quedarme.
—¿Hum?
Ark se enderezó.
—Me gustaría quedarme —reiteró con determinación—. Quiero
aprovechar lo nos queda, lo que me queda, antes de que me conviertan en
sapo, y me gustaría hacerlo contigo. ¿Te parece bien?
«¡No!»
Birdie aún buscaba la solución para el resplandor de su marca de la
unión. Había intentado bórralo con diferentes jabones, mezclas de hierbas,
había leído toda la información disponible en el PiC. Había llevado a cabo
rituales, aguantando su respiración hasta casi desmayarse, e incluso había
probado concluir un viaje astral, en busca de su verdadero yo. Por ahora, la
marca seguía brillando, pero no abandonaría sus intentos. Y se la ocultaría a
Ark hasta el día del juicio final.
Había algo raro en todo el asunto. No podía creer que una atea y un
sapo unidos por un gnomo, iban a terminar en una maravillosa historia de
amor. Las hadas debían estar jugando con ellos. Además, sospechaba que si
le decía a Ark que parecía ser capaz de enamorarse de él, en el momento
más feliz, la Tierra de los Cuentos se derrumbaría o pasaría algo igual de
espantoso.
Ella no estaba destinada a ser feliz.
—Puedo concederte eso —declaró con actitud regia.
«¡Aléjalo de ti!», le gritó una voz. «Si no lo haces tú, alguien más lo
hará.»
—De acuerdo.
—De acuerdo.
Sus miradas se encontraron y se fundieron con la intensidad de un
hechizo. Birdie intentó apartar la vista, pero la sensación persistió; incluso
cerrando los ojos o escondiéndose en los rincones más profundos de su
mente, no podía librarse del recuerdo de la mirada penetrante de Ark y lo
que veía en ella: cariño, deseo, aprecio.
Estaba marcado como sapo y se lo merecía. Pero ¿un solo error
justificaba arruinar una vida? ¿O los errores eran simplemente escalones en
el camino hacia ser una mejor persona?
—Creo que empezaré por emborracharte —dijo Ark con un guiño
travieso.
—¿Perdona?
—Las cosas son raras entre nosotros y no me gusta. Siento que camino
sobre cristales rotos a tu alrededor. Y como dije, quiero disfrutar. Contigo.
No te veo capaz de hacerlo como estas ahora.
—¿Cómo estoy?
—Nerviosa, pensativa, preocupada. Te has olvidado de tus propios
problemas y has concentrado toda tu atención en mí.
—¡Vaya! Ni que te creyeras un ser todopoderoso. —La voz de Birdie
tembló y decidió no seguir con otra réplica.
—Dime que miento —insistió Ark.
—Mien… —Birdie torció el gesto—. Tienes razón. Pero no creo que
el alcohol sea la solución. Mejor probamos un té.
—Solo si es la receta de Marwelene.
Una sonrisa jugueteó en los labios de Birdie. Intentó volver a su
habitual reserva, pero fue en vano. No solo sus labios se surcaban, algo
dentro de ella trazaba líneas de luz con forma de sonrisa y se dio cuenta de
que era capaz de pasar siglos esperando a que Ark la hiciera reír.
—¿Sabes qué? Voy a llamarla —anunció, y salió corriendo.
Huyó porque no podía soportar estar a solas con Ark. Todavía no.
Necesitaba recuperar el control de sus emociones, estar segura de lo que
quería, no solo en ese momento, sino para el resto de su vida. Necesitaba
también creer que los sentimientos de Ark eran reales, no imaginaciones de
él por su situación, tampoco fantasías de ella en las que alguien la amaba.
Al salir, se percató de que no había llevado ninguna capuchina con
ella. No importaba. Conocía el camino, y, como le había dicho a Ark, no
temía a la oscuridad.
La abrazaba.
Abrió los brazos lentamente y alzó el rostro hacia el cielo. Aunque no
pudo ver las estrellas, sabía que estaban allí. De la misma manera que sabía
que tres manzanos más adelante uno había torcido su tronco y tendría que
desviarse para no chocar contra él. También estaba al tanto del trozo de la
calzada que tenía tendencia de bajada y que se helaba, convirtiéndose en
una pista de hielo. Había recorrido ese camino cada día de su vida desde
que había aprendido a andar. La oscuridad siempre era igual, sin cambios ni
sorpresas. Pero la luz, ah, la luz era diferente. Tenía matices, sombras, era
caprichosa. Justo cuando creías conocerla, revelaba otro tono.
Birdie aspiró el frío aire nocturno y se puso en marcha.
Marwelene la esperaba. A su lado, en el pasillo, había una cesta
cubierta por un mantel, y ella estaba abrigándose cuando le abrió la puerta a
Birdie.
—¿Os concedí suficiente tiempo? —inquirió con una expresión tan
esperanzada que resultaba cómica.
—¿Tiempo para qué? —preguntó Birdie.
—Para reencontraros, ¿para qué más?
Birdie sacudió la cabeza.
—No nos hemos perdido.
—Eres terca como una mula. —Marwelene acompañó su sermón con
un golpe de la varita—. Menos mal que el pobre Ark me tiene a mí para
ofrecerle un poco de cariño.
—Menos mal —espetó Birdie entre los dientes apretados.
—Niña, ¿sospechas de una vieja? —Su vecina la contempló con los
ojos entrecerrados y ella tuvo la impresión de que sabía incluso lo que no
reconocía para sí misma.
—¿Qué? ¡No! —Birdie cogió la cesta y le dio la espalda a Marwelene.
¿Que quería tratar a Ark con cariño? ¡Hura! Bien por ellos. Les
deseaba siglos de magia. Llenos de maravillosas tormentas, montañas que
se partían, salidas de los mares y bestias embrujadas.
Gruñó y sacudió la cabeza. Olisqueó el aire, sospechando que
inspiraba algo vil.
—Marwelene, ¿es posible que estemos influenciados por el Mal en
esta época? —preguntó, buscando una explicación para sus pensamientos
sombríos.
La mujer la cogió por el antebrazo para mantener el equilibrio en la
porción helada del camino.
—Sin duda. Aunque los muros de la Medulya estén fuertes, hay allí
presencias que pueden liberar parte de sus almas malvadas y enviarlas a
nuestro lado para corrompernos.
Birdie volvió a gruñir. No era la explicación que esperaba, demasiado
fantástica, pero estaba dispuesta a aceptarla para aliviar su culpa.
—Estuve pensando en el pequeño problema de Ark con el señor Grór.
Creo que podría ayudarlo —continuó Marwelene.
—¿Cómo? Si fuera fácil lo hubiera resuelto hace tiempo.
—No lo creo. —Marwelene esperó para que Birdie alejara una rama
caída—. Sabes que cada cosa a su tiempo.
—Otra vez la mierda de nuestros sabios ancestros.
—¡Birdie! —La varita de Marwelene silbó en el aire antes de caer
sobre su capucha—. Niña, no me hables como un marinero borracho,
perdido en el Mar de Hielo. Te he educado mejor que eso.
—Lo siento. —Birdie murmuró arrepentida. Parecía que en los últimos
días su edad mental había disminuido hasta quedarse en la de una cachorra,
encima, malcriada.
Era adulta conforme con la ley, aunque no la habían declarado sabia, y
se consideraba madura por lo que había vivido, pero últimamente se
encontraba dando rienda suelta a rabietas infantiles, las mismas que Malle
le había prohibido cuando era niña.
—Como te decía —continuó su vecina—, le preparé a Ark una lista
con adivinanzas antiguas para que se acostumbre al lenguaje del enano.
—Dáselo después de la comida —se mofó Birdie.
—Es lo que planeaba hacer. —Marwelene asintió, complacida por el
halago implícito hacia sus platos—. Ninguna criatura piensa con claridad
con el estómago vacío.
—¡Eso es! Tengo hambre.
—Siempre tienes hambre —respondió Marwelene.
Birdie no la contradijo porque había encontrado la explicación para su
comportamiento desviado: estaba hambrienta. Tenía hambre de risas, de
momentos tranquilos, de dar y recibir cariño, de encontrar un sentido a sus
esfuerzos. Tenía hambre de liberarse, de no mirar hacia atrás, de no
agudizar los oídos ni buscar matices amenazantes en los sonidos o asustarse
por las sombras.
Tenía hambre de volver a soñar.
Quería descubrir la magia de los abrazos. Y empezar por una sola
persona.
37
“Hiere sin que se mueva, envenena sin tocar. Trae verdades y mentiras y no
puedes juzgarla con mirar.”

Circe susurró para sí misma en el silencio de su estudio.


—El narrador no debe hacerse notar en la historia. ¿Pero qué pasa cuando
se convierte en protagonista? Creo que recuerdo haber leído algo…
Se levantó con determinación y se dirigió hacia la imponente estantería
de su biblioteca. Entre los numerosos volúmenes, seleccionó dos gruesos
manuscritos y los llevó de vuelta a su mesa de trabajo. Los hojeó con
rapidez, pero su expresión se oscureció al no encontrar lo que buscaba.
—¿Por qué es tan difícil? —exclamó frustrada, cogiéndose la cabeza
entre las manos.
«A lo mejor porque lo que quieres hacer está prohibido.»
Circe gruñó, con la preocupación palpable en cada gesto. Se levantó de
nuevo, con la mirada puesta en una maceta. La planta sintió sus intenciones
y alzó las espinas.
—Por favor, permíteme —rogó Circe en voz suave.
Feyr era un arbusto especial, que no crecía en ninguna tierra visible
para los ojos de los humanos. Se había apropiado de él años atrás,
quitándoselo a Merlín después de entender sus propiedades. Aunque eran
mellizos, por ley, las pertenencias de sus ancestros eran para su hermano,
asunto que a Circe le caía igual de bien que una indigestión. Merlín no
había puesto pegas, pero Feyr sí; se negaba a cooperar con ella.
Habían entendido que Feyr era un ser vivo y mágico mientras Merlín y
ella discutían. Cuando llevaban razón, Feyr crecía, sacaba hojas altas y
flexibles que se movían como brazos, a la vez que florecía, comenzando por
un capullo amarillo y finalizando en una flor deslumbrante, con pétalos
sobrepuestos en capas, casi transparentes, que formaban la ilusión de un
rostro. Cuando se equivocaban, Feyr se encogía, se le marchitaban las hojas
y se arrugaba como un anciano.
Desde que lo tenía, Circe no había vuelto a verlo en ninguna de esas
situaciones. En su casa, Feyr se mantenía a la misma altura, ni grande ni
pequeño, y había desarrollado espinas con la apariencia de pequeñas
espadas.
Circe había empezado por hablar sola para advertir cuando Feyr le
daba razón, después intentó conversar con ella. La única respuesta de la
planta era la altura de las espinas. Ocasionalmente y por sorpresa, la
escupía, pero Circe había aprendido a alejarse cuando veía que la cabeza de
las púas se hinchaba como un globo, que acababa por explotar un polvo de
color verde.
—Feyr —canturreó Circe, sonriendo con fingida calma mientras
luchaba por ocultar su impaciencia. Sabía que la planta era más astuta de lo
que aparentaba y no se dejaría engañar fácilmente—. Somos amigas,
¿verdad? Te cuido, te amo. Dame una señal, dime que lo que estoy haciendo
está bien.
Las hojas de Feyr permanecieron inmóviles, como si desafiara a Circe
con su silencio.
Circe desvió la mirada hacia la pared donde tenía enmarcada la más
importante ley para ella.

Tierra de los cuentos


Año 1 de la Medulya oculta, puesta de sol 7, de la estación de la
génesis
Decreta
La prohibición de publicar cuentos con final feliz bajo la amenaza de
la caída de los últimos muros de la magia y la escapatoria del Mal.
El azar no nos toca, la gracia es nuestra. Que la magia nos proteja y
nos guíe.

Los deseos de los seres sobrenaturales habían sido dejados memoria


después de la desaparición de la magia y su sepultura en la Medulya. Circe
había dedicado la mayor parte de su vida a investigar el pasado, creyendo
firmemente en las enseñanzas de los mentores que habían desaparecido en
la Isla de los Siempre Recordados. Su fe en la magia y su deseo de verla
restaurada la impulsaban a seguir adelante.
¿Podría salir mal su intento de hacer el bien? ¿Podría su deseo de
escribir un cuento provocar la caída de las murallas de la Medulya?
Parpadeó al notar que el cuarto era demasiado oscuro. Las cortinas
estaban abiertas, recogidas a cada lado de la ventana, pero afuera el día y la
noche mantenían el mismo color. Encendió un par de capuchinas más y
colocó una al lado de la planta.
—¿Es mi culpa, Feyr? —preguntó.
¿Podría ser que el simple acto de escribir un cuento fuera la causa de
esta oscuridad?
«Ridículo», se dijo a sí misma. Solo había publicado unos pocos
capítulos, y ni siquiera podía asegurar que la historia de Ark tuviera un final
feliz, con lo tercos y ciegos que eran Birdie y él.
Quizás había intervenido un poco para guiar a los personajes en la
dirección correcta, pero solo porque necesitaba autenticidad. Un cuento
perdía su esencia si los hechos eran inventados. Y, por supuesto, no podría
llamarse cuento si tenía un final infeliz. Qué aprieto.
—¿Me estoy equivocando? —insistió.
Le respondió la campana de la puerta.
Circe dio un brinco y se llevó la mano al corazón. Nunca se percataba
de que la casa era demasiado silenciosa porque así era como la prefería.
—¿No piensas conseguir una criada? —preguntó Aalis en cuanto le
abrió. Desde su hombro, Fúfu ululó, como si la regañara también.
—Estoy en ello. —Circe se hizo a un lado para que Aalis entrara.
Antes de cerrar, echó un vistazo al cielo. Un relámpago estalló en
diagonal, señalándola. No era propensa a creer que la naturaleza le mandaba
mensajes. Golpeó la puerta y siguió a Aalis.
La encontró ya acomodada en su estudio, sentada en un sillón, con
Fúfu en las rodillas.
—Espero que no hayas venido a comer. No tengo nada —avisó.
—Para eso está Merlín.
—¿Entonces algo para beber?
—¿Qué tienes?
—Agua.
—No he venido a ahogarme, gracias.
—Entonces, ¿para qué has venido?
—Birdie —respondió Aalis, como si en la sola palabra estuviera toda
la explicación.
Circe hizo una mueca.
—Yo voy a necesitar el agua —dijo, girándose para salir. Fúfu se
plantó en su camino—. ¿En serio? ¿Estás dejando que tu animal me ataque?
—Es un ave. Y Fúfu no obedece mis órdenes, actúa según sus
sentimientos.
—¿Un ave con sentimientos? —se burló Circe.
—Sentimientos que tú estás lastimando ahora mismo. Ten cuidado —
canturreó Aalis.
Circe agitó una mano.
—Ya tengo al universo en contra, ¿crees que voy a temer a un búho?
Fúfu batió las alas y se alzó en el aire, manteniéndose tan cerca de su
rostro que casi le tocó la nariz con el pico.
—Vale. Buen Fúfu. —Circe se sentó al lado de Aalis—. ¿Qué pasa con
Birdie?
—¿Por qué la odias?
Nadie podía acusar a Aalis de no ir directo al grano.
Circe cruzó las piernas y estudió los calcetines que asomaban bajo su
falda larga. Gozaba del tacto de los tejidos de lujo, hilados en telares de
hueso, pero requerían un mantenimiento superior al que estaba dispuesta a
dedicar. Necesitaba con urgencia una criada. Sopesó si podía desviar el
tema hacia la moda con Aalis para alejarla de lo que tanto le interesaba.
—¿Quién es tu zapatero? —preguntó con cara inocente—. Quiero
pedirle un par de botas como las tuyas. Planeo explorar los Valles Secos y
necesitaré un buen calzado.
—Si no empiezas a hablar ya, le diré a Fúfu que te ayude a explorar la
Tierra de los Impíos.
Circe hizo una mueca. Aalis la conocía demasiado bien. No la había
amenazado con mandarla a la Isla de los Siempre Recordados, sabía que la
muerte no la asustaba. En cambio, enviarla con los que habían borrado de
su memoria la magia, los cuentos, la historia en sí, era un verdadero castigo.
Circe había recorrido parte de las tierras y algunos mares, pero aún no se
había atrevido a conocer al pueblo de los ateos.
—Mira, no puedes demandarme. —Circe pasó al ataque—. No
entiendo qué os ha hecho esta moza a todos para que tenga una legión de
defensores y cómo he llegado yo a ser la bruja del cuento.
Aalis se levantó y encogió los hombros. Fúfu alzó el vuelo, planeando
en círculo cerca del techo.
—Birdie tiene un pasado doloroso, es buena persona, se vale por sí
misma…
—Y porque a mí no me han maltratado de pequeña resulta que soy
mala persona. ¿O es porque no sé lavarme los calcetines?
—Ha tenido que enfrentarse a esos sucesos miserables…
—¡Venga ya! Sí, un juez loco la obligó a vivir con Ark durante un
tiempo. Tampoco es que la encarceló en una mazmorra y la atormentara a
diario. Birdie es más de lo que aparenta. Si fuera un árbol, su corteza sería
dura como la piedra.
—Con el interior blando. Y si la corteza se rompe… —Aalis sacudió la
cabeza—. Intento protegerla.
—¿De mí? —Circe exclamó insultada—. ¿Qué crees que puedo
hacerle?
—No se trata de lo que piensas hacerle, sino de lo que ella teme que
puedas hacerle.
Circe asintió varias veces.
—Está chiflada.
—No está chiflada. —Aalis recapacitó—. Tal vez, un poco. No más
que cualquiera de nosotros. Solo quiero que entiendas que es un ser
sensible. Sus escudos están agrietados y tú no ayudas.
Circe hizo una mueca.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó.
—¿Hay algo entre Ark y tú? —insistió Aalis, con una determinación
afilada en su voz.
Bajo las lanzas que eran los ojos de Aalis, Circe procuró mantenerse
firme. Notó las mejillas calientes, la ira, golpeando las paredes de su pecho.
—¿Sabes qué? Antes, cuando no hacías de guardiana, me gustabas
mucho más. Me niego a batallar contra acusaciones forjadas en el aire, pero
por la tranquilidad de tu espíritu, te ofrezco esta verdad: mi corazón no late
por Ark con pasión ardiente. —Circe se dio cuenta de que habló como si
leyera un párrafo de uno de sus libros favoritos, pero Aalis no la regañó,
como siempre hacía.
—Entonces ¿qué pasa aquí? —preguntó en cambio. Suavizó el tono, se
inclinó y cogió las manos de Circe entre las suyas—. Dímelo.
Con una mirada furtiva hacia el pergamino que adornaba la pared,
Circe suspiró.
—No intento separar a Ark y Birdie sino unirlos. Quiero escribir y
publicar su historia y necesito que tenga final feliz. He recurrido a pequeñas
artimañas para hacerles ver que podrían entenderse, incluso amarse.
—¿Qué? No puedes... —Aalis retiró las manos y balbuceó—. Creía
que era un chiste. Hablas en serio. ¡No puedes! La magia, la lucha...
¿Quieres publicar un nuevo cuento? ¿Pero qué te pasa? Ni siquiera conoces
el castigo para eso, las consecuencias... ¡Nuestro mundo podría
desmoronarse bajo el peso de tus caprichos! —exclamó, su voz alcanzando
un crescendo de desesperación.
—¿Y si así fuera? —La voz de Circe fue apenas un susurro, pero
cargado de una resolución férrea—. El futuro es un lienzo en blanco hasta
que la tinta lo define.
—¿Quién más lo sabe? ¿Has hablado con tu hermano? No, seguro que
no, de lo contrario ya estarías encarcelada en alguna mazmorra. Lo que
suceda entre Birdie y Ark es asunto suyo, y tú... Debes parar.
Circe se irguió, su determinación inquebrantable. Su mirada se cruzó
con la de Fúfu, cuyos ojos no parpadeaban, llenos de intensidad. De reojo,
observó que ni Feyr ni la luz del entorno habían cambiado; el silencio que
los envolvía parecía contener el aliento del mundo. Buscó alguna señal, un
indicio de que su camino era el correcto, pero comprendió que tal
confirmación no llegaría. La elección había sido suya desde el principio.
—No —dijo con voz firme—. No pararé hasta al final. Tal vez no me
corresponde dictar el desenlace, pero sí narrar el viaje. Sabes dónde está la
puerta. ¡Y no salgas sin el maldito pájaro!
Con estas palabras, Circe tomó su decisión y, antes de que Aalis o el
ave pudieran actuar, se desvaneció tras la puerta, cerrándola justo a tiempo
para que Fúfu no pudiera seguirla.
Por seguridad, se ocultó en su oficina. Esperaba que Aalis no tardara
en irse. Tenía hambre.
38
“Lo suben hacia arriba, lo bajan hacia abajo y cuando se cierra el cuento
se van todos al carajo.”

Ark arrojó un manojo de raíces al suelo y se detuvo para secarse la frente


sudada con el antebrazo.
—¡No pares! ¡No paramos! —gritó Birdie desde su escondite entre
las enredaderas, no muy lejos de la casa.
Un par de aves pequeñas se asustaron por sus chillidos y abandonaron
volando los nidos. La hierba seca se movió cuando las criaturas escondidas
en ella percibieron el peligro.
Ark se apartó de las tres capuchinas que Birdie había suspendido de
los árboles, para ocultarse en las sombras.
—Un breve descanso te vendría bien —sugirió esperanzado.
Él mismo ansiaba un respiro.
Se había metido de cabeza en el intento de Birdie de aprovechar la
plantación en sus períodos de inactividad, aunque ella no le había pedido
ayuda. Por el momento, estaban limpiando el área que Birdie había
designado para los niños. Sus planes eran grandes, y le había sorprendido
que lo tuviera todo bien organizado, pensado en cada detalle, desde no
permitir que los visitantes tocaran los manzanos durante la estación de
floración hasta convertir los árboles más grandes en casitas de cuento
después de la cosecha, y señalar a los que podían usarse para trepar, saltar o
colgar columpios. Marwelene planeaba un menú sencillo basado en fruta,
bizcochos e infusiones, y establecía qué premios ofrecería a los ganadores
de las rifas, mientras Birdie armaba yincanas y búsquedas de tesoros.
Ark también aportaba sus ideas, como asegurarse de que Marwelene
no utilizara su infusión enriquecida para los más pequeños.
—No hay tiempo que perder —respondió Birdie—. Pero tú puedes
hacerlo, si quieres.
¿Y demostrarle que era menos capaz que ella? Ark suspiró y regresó al
trabajo.
Había algo que le inquietaba. Birdie estaba muy ilusionada, entendía
sus prisas para poner los cimientos de su futuro. Pero el tiempo se le
agotaba. Solo un salto de luna y poco más faltaba para que su madrastra le
quitara la casa y la plantación. No podía abrir a tiempo para recaudar lo que
tenía que pagarle a Malle, y significaba que trabajaban para dejarle a ella la
visión de Birdie.
Ark había intentado llamarle la atención sobre eso.
—No importa. Que se quede con la casa, la plantación y la idea —
había respondido Birdie, dejándolo insatisfecho—. Va a usarla, Mesortid no
dejará pasar la oportunidad de ganar más soles. Estoy haciendo algo bueno
por una vez en mi vida y no me arrepentiré. Quién sabe, tal vez al final
descubra que me ama y me quede con ella —añadió con un murmullo.
Ark no quería influir en sus decisiones pero tampoco deseaba verla
lastimada de nuevo. Conocía ahora la fea relación de Birdie con su
madrastra. Había jurado no volver a dirigirse a ella con «cariño», aunque en
secreto, esperaba poder enseñarle que cuando él lo decía lo hacía con
sinceridad, sin intenciones malvadas.
—¿No lo creerás de verdad?
—No. —Birdie resopló—. No te preocupes, no me hago esperanzas.
Mi madrastra no va a tener un arrebato de amor hacia mí. Solo necesito algo
para distraerme y agotar mi cuerpo.
En eso, Ark estaba de acuerdo. Nada le salvaba de estar
permanentemente excitado y con la mente invadida por ella. No le hablaba
de sus pensamientos, de cómo buscaba su olor en el cuarto de baño después
de que Birdie se duchara, de cómo agradecía a su hada cada roce y abrazo,
de lo doloroso que era y de lo depravado que se sentía por desearla tanto.
Qué curioso cómo sus ojos se habían quedado ciegos para otras
señoritas, qué raro que su corazón no deseara buscar más lejos y qué en paz
se sentía. Cuando el mundo estaba sumido en la oscuridad era cuando él
veía más claro. Y con la cuenta atrás de su juicio, la vida era incluso más
intensa.
—¡Niños, traigo fuerzas! —Marwelene se acercó sin haberla visto.
Ark dio un respingo. Se había quedado ensimismado, con la barbilla
apoyada en el mango de la furcula. Tiró la herramienta parecida a un
tendedor de tamaño perfecto para dragones, y se encaminó en su encuentro.
—Gracias, oh, tú, hada —ronroneó, quitándole la cesta para dejarla en
el suelo y cogiendo la mano de la anciana para besarle los dedos.
Marwelene se rio y le rozó la mejilla con su varita.
—Usa tus encantos con Birdie —susurró, enarcando las cejas hacia la
chica que se les acercaba.
—Ojalá pudiera. Me parece que su muro es más fuerte que el de la
Medulya.
—Tengo fe en ti, muchacho. Y tu hada también.
Marwelene se calló cuando Birdie llegó a su lado.
—Vale, quizá podemos tomar un descanso —dijo. Su estómago gruñó,
sonido que procuró disimular, continuando—: Ya que Marwelene está aquí.
Nadie se dejó engañar. Ark soltó una carcajada.
—¿Por qué no entramos? —propuso.
Hacía frío y la oscuridad engullía cualquier ruido, incluso a los que
llegaban de la calle. Vivían una sensación rara, como si se hubieran
quedado solos en el mundo, esperando a alguien que les rescatara.
En un arrebato de locura, Ark alzó a Marwelene en el aire y la llevó en
sus brazos.
—¿Qué da la vaca cuando está flaca? —gritó ella, para hacerse oír
entre las carcajadas de Birdie.
—No da leche —respondió Ark al instante, a sabiendas que no era la
respuesta correcta.
Los intentos de la anciana de educarlo en el antiguo arte de las
adivinanzas, estaban destinados al fracaso. No fallaba en equivocarse de
palabras, de momento, de todo. Sus intenciones eran nobles pero fracasaba
con gloria al ponerlas en práctica.
Dejó a Marwelene frente la puerta y la abrió, apartándose para que
Birdie y ella entraran primero. Luego fue a asearse y regresó a la cocina
frotándose las palmas.
—Bien. Comida quiero —gruñó, interpretando el papel de una criatura
hambrienta.
—Tú mismo. Sírvete —dijo Birdie, que ya tenía un plato delante.
—Aquí tienes —intervino Marwelene, empujando hacia él uno ya
preparado—. No tengas miedo, siempre te preocupas, utiliza los dedos,
luego te los chupas, y si te lo has acabado, es que te ha gustado.
—No tengas dudas. Me lo acabaré y me gustará sí o sí —respondió
Ark. Le hizo caso y empezó a comer con los dedos.
—Era una adivinanza, niño.
Ark alzó la mirada del plato.
—Ah, ¿sí? —Encogió los hombros con indiferencia—. No lo parecía.
—El coche jamás será tuyo si no prestas atención —le reprendió la
anciana.
—Tengo un plan. —Ark le dirigió la sonrisa con la que el lobo se ganó
la confianza de Caperucita Roja—. Creo que Grór va a morir pronto.
—¿Qué? —exclamó Birdie.
Marwelene escupió parte de la comida que masticaba.
—No le deseo el mal. Los enanos viven solo trescientos años —se
explicó Ark—. Creo que está cerca de cumplirlos.
—¿Qué tan cerca?—se interesó Marwelene. Cogió una servilleta de
tela y se cubrió la boca con ella.
Ark frunció el ceño, seguro de que la anciana procuraba ocultar la risa.
Sus ojos, casi nadando en lágrimas, delataban su diversión.
—No estoy seguro. Vivía en los tiempos de mi abuela, debe ser
bastante mayor —farfulló cabizbajo.
Birdie posó su mano sobre la de él. Alzó el rostro y vio que le sonreía.
—Un niño y un pato nacieron el mismo día. ¿Al cabo de un año, cuál
de los dos es mayor? —preguntó ella.
Ark parpadeó.
—¡Traición! ¿Tú también? —explotó, levantándose de la silla.
Entre las carcajadas de las mujeres, se lo pensó mejor y volvió a
sentarse. Sería un negado para las adivinanzas pero por eso no se quedaría
hambriento.
Además, no se sentía como un perdedor. Disfrutaba de la compañía de
Birdie y Marwelene, a salvo de la oscuridad, con la barriga llena… ¿Qué
más podía pedir?
Un golpe fuerte les interrumpió.
Birdie miró hacia la puerta de la entrada, luego a Marwelene, que negó
con la cabeza.
—Es alguien de carne y hueso —dijo.
El estruendo se repitió.
Birdie se levantó y sin mirar atrás, fue a abrir. Su espalda estaba tensa,
y sus pasos, aunque firmes, delataban pánico. Se detuvo junto a la puerta y
Ark la vio cogiendo una capucha y cubriéndose la cara. Creía que se había
deshecho de esa costumbre.
Cuando abrió, la oscuridad se coló dentro, con la consistencia de la
niebla.
Ark se puso de pie, impulsado por un instinto. Antes de que la chica
que estaba fuera hablara, algo en él supo que traía malas noticias.
La negrura ya ocultaba los tobillos de Birdie.
—Niña, cierra la puerta —ordenó Marwelene.
—Venid a casa, señorita. Su padre le espera allí —dijo la chiquilla al
mismo tiempo.
39
“La voz me quitaron para caminar, el príncipe amado me fue a rescatar.”

No conocía a la niña que tenía delante. Vestía la capa marrón, corta hasta
las rodillas, típica de los criados de Malle, por lo que debería haberla
contratado hacía poco o tomado como su vasalla, aunque no parecía tener
más de doce años.
—¡Señorita! —insistió—. Por favor, venid. Vuestra madrastra me
manda, hay prisa.
Birdie la había escuchado desde la primera vez, pero le costaba
moverse.
¿Que su padre había vuelto? ¿Cómo era posible?
—Sí, enseguida —respondió con la voz rota. Se aclaró la garganta—.
¿Lo has visto? ¿Está bien?
La luz del interior desveló la sonrisa de la chica.
—Es fantástico, señorita. Parece tener magia. Ya lo verá. ¡Vamos!
Birdie se olvidó de Ark y Marwelene. Tomó del perchero la primera
capa que le cayó en las manos y la siguió.
—¿Cómo pasó? ¿Cuándo? ¿Estás segura de que es él? —inquirió.
—Yo no sé, señorita. No lo conocí, solo sé la historia… —La chica se
detuvo y alzó la cabeza en su dirección.
Birdie llevaba consigo una sola capuchina, con la médula casi gastada.
No iluminaba más allá de su rostro, pero entendió que la había puesto en
dificultad. La casa no tenía secretos para los criados. Quedaban pocos de
los que trabajaban cuando estaba su padre, pero un buen cotilleo nunca se
olvidaba.
—Lo vi de lejos. Solo sé lo que dijo la archiseñora.
Entonces su madrastra había tomado a la chiquilla bajo su ala. ¡Pobre
criatura!
—¿Viene acompañado? ¿Qué dijo Malle? —Birdie preguntó, ansiosa
—. ¿Cuánto se quedará? —inquirió en un susurro.
Notó el frío colarse a través de las capas de tela. Empezó a temblar,
aunque el tiempo no era el culpable. La ropa la protegía del rocío helado,
pero su corazón volvía a estar indefenso.
¿Qué cambiaría con la llegada de su padre?
La chica tropezó y Birdie la cogió por el antebrazo para ayudarla. Ya
se veían las luces de la casa. Su madrastra había mantenido los antiguos
sistemas de capuchinas colgadas para que iluminaran el exterior, pero en la
parte trasera, por donde llegaban ellas, solo había dos encima de la puerta
de los criados. La mayoría de las ventanas estaban iluminadas, pero no veía
movimiento en el interior.
Birdie tragó en seco.
—¿Quiere que la acompañe hasta el salón?
Después de un momento, Birdie entendió que la chiquilla le sugería
usar la entrada principal.
—Te sigo —dijo, aunque no sabía si quería hacerlo o pararse para
prepararse mejor.
Al final, decidió seguir adelante. Entró después de la chica, por el
corto pasillo que llevaba al pequeño cuarto que usaban los criados para
comer. Lo atravesó, saludando con la cabeza, notando de reojo que estaban
reunidos todos allí y que se callaron hasta que ella salió.
—En el salón grande —indicó la chica, quedándose atrás.
Birdie no se detuvo. Temiendo que si lo hacía no pudiera continuar, se
apresuró hasta llegar casi corriendo.
La puerta estaba entreabierta y el PiC que llevaba incorporado le
enseñó la imagen de una criatura salvaje. Los bajos de la capa aleteaban a
los lados, las botas y el pantalón estaban sucias, por no haberse cambiado
después del trabajo en la plantación. Tenía el rostro sudoroso y el cabello
alborotado. En el último momento pensó que su madrastra no le permitiría
entrar o que la confundiera con un mendigo y la mandara a trabajar medio
día a cambio de una taza de infusión y un bocadillo.
Al final, Birdie se detuvo después de atravesar la entrada.
No era así cómo había soñado con el regreso de su padre y lo había
imaginado incontables veces. Cuando Malle la castigaba injustamente, se
tumbaba en la cama, se cubría la cabeza con la manta y soñaba con que su
padre vendría a salvarla. Aparecería cabalgando, por supuesto, en un potro
mágico, al que solo ella podía verle las alas. Le sonreiría y abriría los
brazos en bienvenida. Birdie correría en su encuentro y el caballo se
arrodillaría en las patas delanteras para ayudarla a subir. Ella se sentaría en
las rodillas de su padre, él la abrazaría, y volarían hacia lugares de cuento,
donde el mal no existía. Con un par de batidos de alas del potro mágico,
olvidarían lo que dejaban atrás.
La criatura pequeña y encorvada, sentada en el sillón frente a la
enorme capuchina con la cual su madrastra había reemplazado la chimenea,
no podía ser su padre.
Una risa histérica subió por su garganta y emitió un hipido para
liberarla.
Malle y Mesortid la vieron antes. Formaban un muro de dos personas,
uno al lado del otro, de pie, detrás del galidón donde los criados habían
dejado un par de platos con entremeses.
El estómago de Birdie se revolvió. Lo que había comido antes le subió
hasta la garganta y le dejó un regusto amargo.
—Por fin, hija —dijo Malle—. Tanto te cuesta llegar, como si hubieras
venido de las Tierras de los Impíos.
Por el rabillo del ojo, Birdie observó que su padre se levantaba, pero
continuó estudiando a su madrastra. Hablaba en voz aguda, su rostro
mostraba tensión y su mano apretaba el hombro de Mesortid con tanta
fuerza que sus dedos se habían vuelto blancos.
Malle tenía miedo.
Birdie alzó el mentón y esbozó una sonrisa desafiante.
A pesar de que se dirigió hacia su padre, no apartó la mirada de su
madrastra, disfrutando de saborear su turbación.
«¿Entiendes lo que se siente?», quiso gritar. «¿Sientes cómo la tierra se
abre bajo tus pies y un abismo te consume? ¿Notas cómo se te doblan las
rodillas? ¿Cómo la cabeza te da vueltas? ¿Temes que el corazón estalle en
tu pecho? ¿Te percatas de lo indefensa que estás? ¡Nadie te ayudará! ¡Estás
completamente sola!»
Se carcajeó, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, y abrazó a su
padre. No era tan pequeño como se había imaginado cuando lo había visto
en el sillón. Todavía cabía entre sus brazos, aún podía ocultar la cabeza bajo
su barbilla. Pero no encontró los recuerdos felices en el abrazo. Olía
diferente, una mezcla desconocida; al inhalar notó un desagradable olor a
humedad y moho, después percibió el polvo de la paja y hojas secas.
—¡Papá! —susurró.
Querría estudiar su rostro, pero sin soltarlo. Lo abrazó con fuerza,
notando los huesos y la carne rígida a través de la ropa. Estaba delgado,
demasiado, pero conservaba músculos fibrosos y piel curtida. Cuando por
fin se separaron, Birdie dejó sus manos suspendidas en el aire mientras su
padre le recorría el rostro con los dedos, desde las cejas hasta la barbilla.
—Hija, cómo has crecido…
—Es lo que pasa cuando te vas, Gevant. ¿Esperabas encontrar la
misma chiquilla? —comentó Malle con burla.
—No soñaba con volver a verte —confesó Birdie, ignorando a su
madrastra.
Su padre sacudió la cabeza.
—Yo tampoco. Lo siento, Birdie. ¡Siento tanto haberte abandonado!
No me lo perdonaré nunca. He pasado cada momento rezando que fueras
más fuerte que yo.
—¡Qué bonito! —Malle volvió a comentar—. Las hadas no te
escucharon, Gevant. Es una cobarde, igual que tú.
Algo se quebró en el interior de Birdie. En ese instante dio por acabada
su incapacidad de enfrentarse a su madrastra. Se hartó de llevar el peso del
miedo. Rompió el contacto con su padre y se irguió con determinación.
—Si soy cobarde es por tu culpa —dijo—. ¡Enhorabuena! Me educaste
para temerte y lograste que temiera hasta a mi sombra. Y lo hice, las hadas
son testigos, lo hice. Pero ya no. Ya no te temo. Hay criaturas que caminan
sobre la tierra, bajo ella y que surcan los cielos. Buenas y malas. Tú
perteneces a lo último. Me avergüenzo porque salí al mundo ya herida y eso
también me hizo mala persona. Te odio, y eso me hace mala persona, te
reniego, y eso me hace mala persona. Acepto ahora que jamás has sido una
madre para mí y nunca lo serás. Que puede que no sea alguien fácil de
amar, pero que tú eres incapaz de hacerlo.
Al lado de su madrastra, Mesortid abrió y cerró la boca, haciendo que
el bigote y la barba saltaran sin parar.
—¿Crees que el regreso de tu padre lo resolverá todo? —chilló Malle.
Birdie sacudió la cabeza. Notaba las lágrimas en la garganta. El pecho
le dolía. Tristeza y libertad, luto por la niña maltratada y esperanza por la
mujer que quería llegar a ser, desconsuelo por los momentos felices que no
había podido vivir, una multitud de sentimientos luchaban, emergiendo
todos a la vez. Por encima de todo, su voluntad, machacada durante tantos
años, había sobrevivido y eso le dio fuerza para continuar.
Las manos de su padre tomaron las suyas y se giró para mirarlo.
—Temo creer que tu regreso pueda zanjar mis desgracias. Pero no
importa, porque los solucionaré sola, como siempre lo hice.
—Si me he portado mal ha sido culpa de tu padre —espetó Malle—.
Gevant nunca fue mi príncipe azul. Me quedé embobada por sus ojos como
lagos que prometían viajes a tierras mágicas. Recibí muros en cambio.
¡Jamás me hizo sentir como una princesa! —declaró Malle mientras
Mesortid asintió, conforme con su declaración—. Intenté prepararte para la
fealdad del mundo, pero no aprendiste a ver más allá de tus capuchas. Yo
me he sentido presa en el compromiso con tu padre, tú te encerraste sola.
Birdie negó con la cabeza. No podía continuar hablando. Las palabras
se atropellaban en su interior y no encontraba la calma necesaria para decir
todo lo que quería y hacerse entender.
—Tenemos mucho que hablar —intervino su padre—. Y no esperaba
hacerlo así.
Birdie resopló.
—Ya. Tampoco es lo que yo quería decirte —reconoció—. Pero es
bueno que cada uno contara su verdad.
Malle les dio la espalda, un gesto que a Birdie no le importó.
—Necesito contarte… —dijo su padre, pero Birdie lo interrumpió con
un gesto.
—No. Ahora mismo no puedo —susurró—. Ya hablaremos, más
adelante.
Lo dijo sabiendo que rompía en pedazos sus sueños. Los veía ante ella,
en el suelo, con los bordes quemados por el veneno de sus propias palabras.
Había existido en los sueños y por los sueños. Se había negado a sí misma
vivir por quimeras. Su padre no era, y jamás había sido, el ser fenomenal
del que ella tenía recuerdos. Y aunque apreciaba el milagro de volver a
verlo, se dio cuenta de que no lo necesitaba.
El suelo se movió bajo sus pies.
Quería a Ark. Era el único que jamás había intentado cambiarla.
40
“Fui por él y nunca lo traje.”

Ark comprobó una vez más la escalera, suspiró y se marchó.


Había esperado pacientemente a que Birdie saliera, confiando en que
podrían abordar juntos sus problemas y encontrar soluciones, después de
que había regresado de la casa de Malle, anunciando «mi padre ha vuelto» y
se había encerrado en su cuarto. Ark le había dejado infusiones en el pasillo
y Marwelene había quemado hierbas y ahumado toda la casa para alejar las
malas intenciones y a los espíritus maléficos, pero Birdie no daba señales de
querer abandonar la habitación.
Quizá los métodos de Marwelene tardarían en hacer efecto, se animó,
todavía oliendo en el aire la extraña mezcla de esencias. Mientras Birdie se
tranquilizaba, y porque le había dejado claro que no necesitaba su ayuda, él
aprovecharía para hablar con su propia madre.
Encargó a Marwelene la vigilancia de Birdie y se encontró con Grór,
que lo esperaba en el coche.
Ark se había acostumbrado a la noche eterna. Podía caminar sin
necesidad de usar una capuchina y sin tropezar, pero agradeció la
protección del interior del carromato.
Saludó al enano y después de sopesarlo, le planteó una idea.
—Si averiguo la respuesta correcta a una de tus adivinanzas, el coche
es mío, ¿verdad?
—Sapotonto —respondió Grór.
Ark lo interpretó como una respuesta afirmativa.
—Entonces… —tragó saliva, preguntándose si estaba preparado para
enfrentar las consecuencias de sus actos—, ¿puedo vender el coche? ¿O
regalarlo?
Contuvo el aliento, pendiente de la reacción de Grór. Pero el enano
guardó silencio.
Ark empezó a sudar. Estaba dispuesto a soportar gritos e incluso unos
cuantos golpes, o cualquier otro tipo de castigo. Pero no había previsto esta
calma tensa. Que Grór no dijera nada era más desconcertante que la
oscuridad que no cesaba.
—No sería para los soles —intentó justificarse.
—Daigual.
No daba igual, eso Ark lo entendía, a pesar del gruñido del enano.
Sospechaba que había herido sus sentimientos, pero no entendía por qué.
Creía que Grór esperaba con ansias el maravilloso día cuando dejaría de
estar a la disposición de un humano tonto. Sapo tonto, de hecho. Imaginaba
que preferiría recuperar su libertad y pasar tiempo con su numerosa familia.
Se había equivocado, una vez más.
—Lo siento —susurró—. No tenía intención de agraviar tu orgullo. O
lo que sea que te motive —añadió, murmurando para sí mismo.
Encogió los hombros y bajó la barbilla en el pecho, llamando en su
mente el discurso que había preparado para su madre. Un escalofrío le
recorrió la espalda, pero lo reprimió con determinación. Si Birdie podía
renunciar a sus capuchas, él también era capaz de reconocer sus errores.
Ahora entendía cuántas desafíos implicaba una relación, y que a veces se
necesitaba la fuerza de la magia para mantenerla viva. Su madre no era
responsable por los pecados de su padre, y él había sido un fanfarrón con
pretensiones de sabelotodo. Esperaba su perdón y estaba dispuesto a insistir
hasta obtenerlo.
Había empezado a llover y gotas heladas golpeaban la carrocería. Grór
redujo la velocidad en una curva, después volvió a correr. Las luces de las
capuchinas delanteras apenas iluminaban el camino por delante. Con cada
bache, la luz titilaba, a punto de apagarse.
—Más despacio —pidió Ark, con la mente en su familia.
Llevaba mucho tiempo sin ver a su madre, Aria era el vínculo entre
ellos. Contribuía con parte de lo que ganaba, no porque necesitaran mucho,
sino para que su hermana no sintiera la fealdad de la pobreza. Pero su
madre le devolvía en alimentos y regalos los soles que le enviaba.
El vehículo se inclinó peligrosamente hacia un lado y Ark gritó.
—¡Grór!
El enano recuperó el control y el coche regresó a la carretera.
—Maldía.
—Supongo —estuvo de acuerdo Ark—. No le extrañaba el
descontento del enano, pero tenía la impresión de que estaba más enojado
de lo habitual—. ¿Quieres que demos la vuelta? Podemos regresar otro día.
—Daigual.
—No da igual. Si no te encuentras bien o yoquésé —comentó, uniendo
las palabras en un intento de aligerar el ambiente.
El asiento desapareció de su trasero. El coche voló como una estrella
fugaz, y la fuerza del aire apagó las capuchinas. Quedaron sumidos en la
oscuridad total, corriendo a ciegas.
—¡Grór! ¿Quieres matarnos? ¡Para ya!
—Gróreso, Grórlotro, ¡Grórharto! —chilló el enano—. ¡Grór
conduce! ¡Y sabehacerlo!
—¡Lo siento! De verdad, desde lo más profundo de mi aterrado
corazón, ¡lo siento! —Ark aulló y se aferró al reposabrazos de la puerta.
¿Dónde terminaría si haría la locura de abrirla? ¿Tendría más
probabilidades de sobrevivir confiando en la destreza del enano para
conducir a ciegas o apostando por sus propias habilidades y experiencia en
rodajes arriesgados? Había saltado de coches en movimiento antes, pero
siempre sobre un colchón de paja. Dependiendo de la zona por donde iban,
afuera lo esperaba un terreno irregular, con baches de piedras, bordes
afilados, agujeros y charcos hondos.
—¡No quiero morir! Por favor, Grór. Amo a Birdie y necesito unos
días más con ella. Vamos a pedirle perdón a mi madre. ¿Ves? Estoy hecho
casi un ángel. No es justo que muera ahora. Sálvame. ¡Sálvanos! ¡Para el
maldito coche! Y si tienes que destrozarlo para hacerlo, que así sea —
sentenció.
De modo curioso, se notó libre al decirlo. No necesitaba el coche,
nunca lo había hecho. Las adivinanzas de Grór habían sido una maldición
de la que se deshiciera gustosamente.
Ahora, que lo pensaba, era la primera vez que viajaban sin que el
enano le planteara alguna.
—Si me nombras, desaparezco. ¿Quién soy? ¡El silencio! —gritó entre
carcajadas nerviosas—. Silba sin labios, corre sin pies, en la espalda te pega
y no lo ves. Es el viento. Una casita blanca como la cal, todos la saben abrir
pero nadie la sabe cerrar. ¿Qué es? El huevo. Es el huevo. ¡He aprendido,
Grór! ¡Estudié tu idioma! —Ark habló con rapidez—. Es redonda como el
queso y nadie puede darle un beso. La luna. Yo podré besar la luna cuando
me convierta en sapo —lloriqueó.
—Sapoloco.
El coche se detuvo con un chirrido espantoso, que a los oídos de Ark
sonó como la música de hadas.
Se dejó caer contra el respaldo, con las extremidades flojas, temblando
como la gelatina.
—Gracias —susurró en voz ronca, debido a tanto gritar. Continuó
balbuceando agradecimientos para el enano, su hada madrina, las fuerzas de
la naturaleza y cualquier otro ser que lo escuchase. Añadió excusas por los
pecados del pasado y un extra por posibles deslices del futuro.
El interior se iluminó de repente. Por un momento, Ark creyó que las
capuchinas del coche se habían encendido por sí mismas, a pesar de saber
que eso no era posible. Si estaban apagadas, tendría que devolverlas a la
Luminaria y pagar para reemplazarlas con otras funcionales. Pero la luz
provenía de delante y eso significaba…
—¡Otro coche! ¡Grór! —logró rugir antes de ser golpeados.
El sonido resultante fue horrible. El vehículo se desplazó hacia un lado
entre crujidos, chasquidos y lamentos prolongados. Luego se mantuvo en
un escaso equilibrio durante un segundo infinito.
Ark rezó. Supo que su mundo llegaba a su fin allí, en ese momento.
Agradeció las experiencias de su corta vida y deseó que el enano llegara a
sus bien merecidos trescientos años.
Encontró la paz cuando el coche cayó al otro lado y continuó rodando
pendiente abajo. Mientras se golpeaba la cabeza, el hombro, se torcía un
tobillo, deseó perder el conocimiento. Dejó de gritar. Se mantuvo callado,
aprisionado por el miedo. Notó el sabor de la sangre en la boca. Tenía los
ojos cerrados, pero podía ver el fin a través de los párpados. Se imaginaba
sus últimos momentos: acabaría con el cuerpo destrozado, en un charco
maloliente.
—¿Por qué? —susurró, con el pensamiento dirigido hacia su hada
madrina.
El coche dejó de rodar. La lluvia continuaba cayendo, el golpeteo
rítmico era el único sonido que Ark escuchaba, aparte de su respiración
precipitada.
—¿Grór? —llamó, gimiendo.
Intentó moverse, pero todo en el interior estaba volcado y se
encontraba atrapado bajo madera, hierro y almohadas.
—¡Grór! ¿Estás bien?
Se giró boca abajo y empujó con la pierna sana. No veía a dónde se
dirigían sus golpes. Apretó los dientes e insistió hasta que algo cedió. Se
ayudó de las palmas y gateó hasta sentir el barro helado y la lluvia en la
piel.
Necesitaba luz, pero no había llevado ninguna capuchina con él. El
enano debería tener alguna en el coche. Si pudiera encontrarla. Si pudiera
encontrarlo a él.
—¡Grór! ¡Responde!
De rodillas, tanteó con las manos en reconocimiento de las partes del
coche. Dio con la puerta que creía, era la del conductor, y lanzó un
agradecimiento porque no estaba aplastada. Con una fuerza que no creía
poseer, tiró hasta lograr abrirla. Después se lanzó en busca de algo peludo.
Cabello, barba, bigotes, manos… el enano tenía un pelaje impresionante.
Lo encontró con facilidad, el problema era moverlo. Grór medía lo de un
perro grande pero pesaba cuanto un caballo.
—¡Ayúdame! —demandó y gimió por el lastre—. ¡Despierta, maldita
sea!
Intentó no pensar más allá del presente. Cuando Grór se recuperara, lo
acosaría con bromas sobre su mareo y lo avergonzaría el resto de sus vidas.
Logró sacarlo y lo dejó caer en el suelo, sin fuerzas para sostenerlo
más. Entonces se derrumbó a su lado, de cara al cielo. La lluvia lavaba sus
heridas y el frío lo hacía insensible al dolor. No sentía su cuerpo. Le
castañeaban los dientes. Aun así, habló.
—Era para Birdie, el coche. Debería habértelo dicho. Ya sabes, yo y
mis ideas idiotas. Estuve pensando que el día que averiguara una respuesta
a tus adivinanzas, podría regalárselo para que comprara la plantación de
manzanos de su madrastra. Yo no lo necesitaré en La Granja. —Las gotas se
escurrieron por sus mejillas, acumulándose en la barbilla antes de caer y
deslizarse por su cuello—. Tenías razón, era un mal día para salir.
Esperó hasta tener la certeza de que moriría congelado si no se movía.
Entonces se giró hacia el enano y le palpó el rostro.
—Pero… —la voz le tembló y el agua lo ahogó momentáneamente—.
No te atrevas a abandonarme. —Continuó buscando heridas—. Tú no
puedes irte a La Isla de los Siempre Recordados antes que yo. No puedes.
¿Me oyes?
Zarandeó a Grór y, al no recibir respuesta, se posicionó encima,
preparado para ofrecerle su aliento.
—Sapoloco ¿quéhaces? —se oyó un quejido.
Ark se echó a un lado, se dejó caer de espaldas y estalló en carcajadas.
—¡Gracias a las hadas! —gritó, agotado—. ¡Gracias!
—¿Quéstás farfullando sapoloco? ¡Mi coche! ¡Micoche stá
destrozado! —lloriqueó el enano.
—Sí, pero nosotros vivimos —declaró Ark, en un episodio filosófico
que no caracterizaba su naturaleza excitada.
41
“¿Recuerdas quién dijo una gran verdad?: Soy una doncella y estoy
en apuros… que arreglaré yo sola. Qué tengas un buen día.”

Birdie golpeó la cabeza del cisne para que las gotas se escurrieran del pico
en el vaso.
Cuando bebió, el alcohol le ardió la garganta y calentó el interior de su
estómago. Se suponía que las mezclas con las que llenaban los cisnes
relajantes estaban hechas de hierbas variadas. Sin embargo, nada impedía
que maceraran esas hierbas en aguardiente.
Habían vuelto al principio, pensó, con una sonrisa tonta, recordando
cómo habían festejado antes de la boda de Cira. Aunque esta vez nadie se
casaba, Birdie había convocado a sus amigas porque siempre cumplía su
palabra.
Aalis tuvo la gentileza de recordarle con todo detalle su discurso:
—Si voy a enamorarme de un sapo, huid. ¡Salvad al linaje femenino!
—declaró a voz de grito, cubriéndose la cabeza con un pañuelo que había
sido atado al cuello del cisne—. ¿Recordáis eso, eh?
Birdie asintió, preguntándose cómo era que Aalis tenía una memoria
tan exacta.
—¡Y Birdie se enamoró de un sapo!
—Posible sapo —corrigió, alzando el dedo índice—. Yo lo salvaré.
—¡Domadora de sapos! ¡Domadora de sapos! —Aalis gritó y golpeó
la mesa con el vaso vacío.
Todo el mundo de la taberna les estaba mirando, pero a Birdie no le
importaba. No llevaba puesta la capucha y mostraba su rostro con orgullo,
aunque sentía un ligero malestar en el estómago. Trató de convencerse de
que era culpa de los cisnes relajantes, pero sabía que el miedo aún no había
desaparecido por completo. Lo enfrentaba cada mañana al mirarse en el
espejo, con el temor de ver sombras a su espalda. Lo desafiaba al salir sin la
capucha, al alzar la mirada para conectar con otras personas. Luchaba
contra él y eso era lo que importaba.
Se levantó y pidió silencio.
—Yo, Birdie Oftheredheads, declaro aquí y ahora que me equivoqué.
Las historias tienen razón: los príncipes azules existen, pero ¡atención!, a
veces están disfrazados de sapos.
Dye se lanzó y la abrazó con fuerza. Cuando finalmente la soltó, tenía
lágrimas en los ojos.
—Es el día más feliz de mi vida porque tú eres feliz.
Birdie se aclaró la voz. Todavía no estaba acostumbrada a tanta
muestra de sentimentalismo. Aunque no paraba de sonreír desde que había
aceptado que el brillo de la marca no iba a desaparecer. Si la magia le
señalaba que vivía el amor, sería copeta no creerla.
—El amor nos vuelve tontos —farfulló, sacudiendo la cabeza con
resignación.
—¡Bebo por eso! —exclamó Aalis, levantando un vaso y vaciándolo
de un trago.
—Tú bebes por cualquier cosa —observó Birdie.
La acusada encogió los hombros.
—Verdad. Pero en los momentos felices bebo más contenta. Por cierto,
Birdie, ¿el sapo sabe que lo amas? —Enarcó las cejas con curiosidad.
Birdie maldijo por lo bajo. Aalis no se perdía detalle.
—Supongo…
—¿Supones? ¿Quieres decir que no os habéis declarado el amor bajo
la luz de la luna? ¿No hubo momentos mágicos, las estrellas no reflejaron la
felicidad de vuestros ojos? ¿No habéis enlazado vuestros dedos ni unido los
labios en un beso asombroso? ¿Las aves no abandonaron el canto para
miraros? ¿La Medulya no iluminó el cielo con fuego sobrenatural?
—Vale, basta. —Birdie se sentó con toda la elegancia que pudo reunir,
alzó el mentón y compuso una expresión inocente—. Puede que no se lo
haya dicho aún.
—¿Qué? —exclamó Dye.
—¡Ja! ¡Lo sabía! —se jactó Aalis.
—¿Qué hacemos entonces aquí? —inquirió Dye—. Creía que estamos
celebrando.
—Participamos en una ceremonia especialmente creada para el
entierro de mis convicciones —declaró Birdie.
Luchaba por mantenerse seria. La cabeza le daba vueltas y no paraba
de imaginarse la cara de Ark cuando se lo dijera. La todopoderosa Aalis no
se había equivocado, sus sueños estaban pintados con estrellas, magia,
fuegos artificiales y felicidad. Mucha felicidad.
Aalis le llamó la atención al dueño de la taberna y pidió otro cisne.
—Lo importante es que tu ceremonia incluye cisnes.
—Cuándo acabamos ¿vamos a ver a Ark? —se interesó Dye.
Birdie frunció el ceño. No estaba segura dónde estaba Ark. Había
salido por la mañana temprano, sospechaba que para visitar a su madre.
Puede que se quedara allí a pasar la noche. Y seguramente sería mejor
declarar su amor eterno después de que pasara el efecto del contenido de los
cisnes.
—No —dijo, cuando una idea ahuyentó la niebla de su cabeza—.
Vamos a ver a Circe.
—¿En serio?
Birdie se carcajeó. Había logrado sorprender a Aalis, lo cual era todo
un logro.
—Sí. Tenemos la última ceremonia de los escudos. Pero además,
quiero compartir unas palabras con ellas.
—¿Acaso esas palabras llevan veneno? —se interesó Aalis.
Birdie torció el gesto.
—Por desgracia, no.
—¿Entonces?
—No insistas, tendrías más suerte tratando de hacer hablar a ese cisne
que a mí.
Aalis gimoteó descontenta y le dio la espalda.
—Deberíamos irnos —les recordó Dye—. Qué ganas de que vuelva
Cira. ¿Creéis que se lo han pasado bien? ¿Habrán surtido efecto nuestras
ceremonias?
—No lo dudes. Circe lo sabría si no fuera así.
—O nosotras mismas —recalcó Dye—. No nos ha caído ninguna
maldición, ¿verdad? Aunque no sé qué creer sobre Birdie y su afecto por un
sapo.
—¡Posible! Posible sapo. Hala, levantémonos. Estáis arruinando mi
entusiasmo.
—Desconocía que tuvieras alguno —se burló Aalis.
Al final cedió a la amenaza implícita en la expresión de Birdie, se
levantó y les condujo hacia la salida.
Habían completado la ceremonia de los cuatro elementos, del quinto,
—el espíritu—, de la luz y la oscuridad, la de la llave, la del nudo y la de la
sangre. Solo les quedaba la última y la más importante: la de la ceniza.
Se encontrarían con Circe y los mozos escudos en el lugar que la
sacerdotisa había elegido, un campo de trigo aún sin sembrar. Circe se había
encargado de quemarlo antes de su llegada.
Cuando bajaron del coche dirigido, el humo persistía, y, en la
oscuridad, se vislumbraban brasas incandescentes.
—Podría aprovechar para quemar a la arpía —farfulló Birdie,
sonriendo después hacia sus pensamientos.
Un salto de luna atrás la emoción del odio conducía sus actos. Ahora
dejaba que la desazón se perdiera, desviando su atención.
Un par de campanadas les dieron la bienvenida, su eco resonó en
varios tonos hasta que solo quedó el silencio.
—Buen augurio. —Dye alzó los dedos cruzados hacia el cielo.
Circe había dispuesto un hexágono de palos envueltos en paja para que
ardieran con rapidez. Solo quedaban restos de ellos, suficientes para que los
escudos supieran dónde colocarse. El campo estaba sembrado con
capuchinas de diferentes tamaños y alrededor de ellas, había cestas
preparadas con grano.
—Eso espero. —Birdie suspiró con pesadez—. Si no fuera tan
perfecta, la maldita.
En el centro del hexágono, Circe invocaba a los cuatro elementos.
Vestida con una capa de tela translúcida, su cabello caía libre hasta la
cintura, mientras mantenía los ojos cerrados, como si hubiera descendido de
la Medulya para bendecir sus almas.
Era el más difícil ceremonial porque requería hacer magia. En ese
campo quemado, al finalizar el rito, debían esparcir el grano y esperar hasta
que una semilla brotara, en señal de que la unión de sus amigos sería
honrada con el derecho a la vida.
Ocuparon sus posiciones en silencio, sabiendo que a Circe no le
gustaba platicar cuando estaba concentrada en su papel.
Birdie tragó una bocanada de aire antes de cubrirse con la capucha. Ya
no la quería. Tenía que ocultar su rostro para el ritual, pero se prometió que
sería la última vez.
Inclinaron las cabezas y unieron las manos alrededor de velas sin
encender.
—El azar no nos toca, la gracia es nuestra. Que la magia nos proteja y
nos guíe —empezó Circe.
Repitieron las palabras en coro. Las velas se encendieron en sus
manos, para luego extinguirse cuando una ráfaga de viento barrió el sitio.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo a Birdie. Sabía que Circe estaba
acompañada por su hada y que el ser sobrenatural efectuaba el trabajo
mágico. Pero muchos mortales podrían vivir toda su vida sin avistar
indicios del poder y los dones de las criaturas que residían en la Medulya.
Ver la magia ante sus ojos siempre la sorprendía, pues era algo oculto,
intangible.
Circe, como sacerdotisa mortal, se arriesgaba a que el hada se
excediera con su influencia. Tiempo atrás no habría llorado si a la arpía le
hubiera crecido una verruga inmensa en la nariz o se le hubieran podrido los
dientes. Pero ahora le deseaba mantenerse fuerte y acabar el ritual sin
marcas por haber usado la magia.
Lo que le recordó que pronto se quedaría calva.
Apretó los dedos alrededor de la vela y volvió a centrarse en el ritual.
Cuando Circe les pidió que se reunieran alrededor de ella, lo hizo, para
luego regresar a sus lugares y esparcir el grano. Luego, Circe pronunció
unas palabras y la tierra tembló bajo sus pies, se abrió con surcos largos,
como si una criatura que vivía debajo de ella luchaba para asomarse.
Birdie se mantuvo erguida, incluso cuando la lluvia empezó a golpear
sus cabezas y apagó las capuchinas. Quedaron sumidos en la oscuridad,
escuchando el viento, la caída de las gotas y los susurros de Circe. Logró
enfocar sus pensamientos en Cira y su príncipe azul, deseándoles lo mejor
con el corazón abierto.
Alguien estornudó y Aalis vociferó no lejos de ella. Birdie sonrió.
Estaba empapada, se le habían congelado los miembros, inhalaba ceniza y
no podía con las ganas de volver a casa para declararse a Ark.
Solo faltaba que una semilla brotara, aunque no entendía cómo iban a
verla en la oscuridad. Suponía que Circe volvería a encender las capuchinas
con el poder de su hada.
Fue entonces cuando notó algo subiendo por sus piernas. Por la
manera en que apretaba sus tobillos incluso por encima de las botas y se
retorcía alrededor de sus pantorrillas, supo que era una serpiente. Birdie no
les temía, había crecido con ellas en la plantación de manzanos. Esperó a
que la criatura se aburriera o se cansara de trepar, pero la serpiente rodeó su
cintura y luego su pecho, apretando hasta dejarla sin aliento.
—¿Circe? —llamó entonces—. Tenemos un problema que se arrastra
por mi cuerpo.
Notaba al animal helado, con escamas que se enganchaban y tiraban de
su ropa.
Las capuchinas se encendieron de repente.
Birdie parpadeó y se preguntó por qué sus amigas soltaron
exclamaciones de sorpresa. Entonces, lo que creía que era la serpiente
alcanzó su cuello y entendió cuánto se había equivocado. La mantenía
atrapada un árbol joven, que había echado raíces bajo sus pies y había
crecido usándola como apoyo.
Birdie gritó.
—¡Quítamelo! ¡Sácame de aquí! —Pataleó, se contorsionó y agitó los
brazos para escapar, pero el árbol persistía en su intento de hacerla suya.
Ramas flexibles le habían atado las manos y las piernas. De ella
brotaban cada vez más y más gajos.
—Birdie, no te muevas. —Circe se acercó.
Bajo la luz de las capuchinas, en medio del paisaje ceniciento, su
aparición, de mirada serena, sonrisa confiada y porte recio, impresionó a
Birdie. La conmovió tanto que por un instante pensó que tal vez se había
equivocado al enamorarse de Ark y debería elegir a Circe como su príncipe
azul.
La impresionó, pero no la calmó.
—¿Qué no me mueva? Por si te falla la vista ¡no puedo hacerlo! ¡Me
ha raptado un árbol!
Las carcajadas de Aalis resonaron a su espalda. Dye, Merlín, Gawain y
el otro escudo se acercaron también.
—Bueno, si no puedes salir, podemos regarte mucho, crear un lago y
traer a Ark en forma de sapo para que paséis juntos el resto de vuestra feliz
vida.
—En cuanto pueda, romperé la más gruesa rama y te azotaré con ella
—amenazó Birdie a Aalis.
—En cuanto puedas, moza. No creo que sea pronto.
—Birdie —intervino Circe—, el árbol nota los latidos de tu corazón.
Merlín se posicionó a su lado y asintió.
—Genial. Matadme. ¿Acaso el poder de sacerdotisa te permite
revivirme?
—Presenciamos un milagro. —Dye se había quedado con las manos
unidas en una plegaria—. La semilla fue atraída por el primer elemento
vivo que encontró. El calor de tu cuerpo y la promesa del amor, la
convencieron de brotar.
—¿Y por qué no encontró tu calor? ¿Hasta cuándo vais a examinarme?
¡No soy un payaso de feria! Traed un hacha, yo me encargo.
—¡No vas a cortar este árbol! —se espantó Dye.
Circe estuvo de acuerdo.
—No podemos dañarlo.
—¡Es un árbol!
—Es la prueba de que la ceremonia ha funcionado —dijo Gawain—.
No se trata de nosotros, sino de Cira y Kane. Es su árbol, ellos son los
únicos que pueden decidir sobre él.
Birdie no se atrevió a contradecirlo, por lo que dirigió su cólera hacia
la arpía.
—¿Sabes qué, Circe? Había venido preparada para disculparme por
cómo te he tratado, pero lo estoy reconsiderando.
—¿Ah, sí? —Circe cruzó los brazos y ocultó las manos en las mangas
de la capa—. ¿Sientes qué? Tengo el pelo demasiado largo, a veces no
escucho bien. —Agitó la cabeza y las mechas ondearon en el viento.
Birdie soltó un gruñido.
—Te odio y te amo a la vez. Lo siento, arpía. ¿Puedo seguir
llamándote arpía con todo mi amor sin compartir?
—Me lo pensaré. Pero necesito más explicaciones.
Birdie procuró alzarse sobre las puntas de los pies. El árbol había
crecido hasta sobrepasar su cabeza. Un par de ramitas le arañaban la cara y
una le hacía cosquillas en el oído.
—No me gustaste desde que te conocí, y no sé por qué.
—¿No lo sabes?
—Birdie, mejor lo sueltas todo —la animó Dye—. Digo, antes de que
el árbol quiera hijos.
Birdie cerró los ojos. No había imaginado tener que confesar sus
pecados ante tantos testigos, pero ¿cuándo les habían ido a ella las cosas
como las había imaginado? Además, excepto por el chico escudo que no
conocía, se encontraba entre amigos. Eran el famoso círculo de la amistad.
—Creo que te envidiaba. Codiciaba tu seguridad, tu belleza, tu cuna, tu
elegancia. Y me odiaba a mí misma, tu opuesto. Lo siento. —Inhaló el aire
frío con respiraciones lentas. No dolía. Era una verdad que ya no le causaba
dolor.
Una sonrisa se dibujó en sus labios. Antes de que se percatara, notó su
cuerpo libre y se desplomó en la ceniza. Con un movimiento imposible, el
árbol se recompuso y unió sus ramas en un nuevo tronco. Aunque
desprovisto de hojas, parecía haber estado allí por siglos.
Birdie lo amenazó desde el suelo:
—Nunca es tarde para que vuelva a por ti con un hacha, eh. No lo
olvides.
Circe le tendió una mano para ayudarla a levantarse.
—Es la ceremonia de la ceniza. Lo que surge de ahí, jamás podrá ser
destruido.
Cuando aceptó su mano, Birdie entendió que tenía razón. Su amistad
sería eterna.
Por eso, y quizá para demostrarse a sí misma que no había cambiado
tanto, tiró hasta desequilibrar a Circe. Se apartó cuando esta cayó y protegió
su rostro del polvo de ceniza que se esparció alrededor.
—Lo que surge de la ceniza jamás podrá ser destruido —declaró
riendo.
42
“Todo lo escrito de tus pensamientos, si tú no les guardas se los lleva el
viento, y los que aquí tiras, no tienen talento.”

Ark se alegró al ver luces brillando en el interior de la casa. Aunque


pertenecía a Birdie, en poco tiempo se había convertido en su hogar. La
estructura no importaba tanto como la persona que lo recibía al entrar.
Birdie.
Pensó en cómo presentarse para no asustarla con su aspecto. Después
de recuperar el PiC del interior del coche destrozado, había considerado
llamar a Merlín o a un vehículo dirigido para que los llevaran. Sin embargo,
Grór se negó, argumentando que el transporte era su problema. En poco
tiempo, apareció otro enano, conductor de un coche maravilloso, que dejó a
Ark en la plantación de manzanos y continuó llevando a Grór hasta su
familia.
Ark había visto poco de su rostro en el PiC; sabía que estaba sucio, con
moratones y rasguños, con la ropa destrozada… Tenía el aspecto de un
gallo mojado y la cresta caída por la fuerza de la lluvia. Debería haber ido
primero a ver un curandero, pero, por su experiencia, mientras pudiera
caminar, se curaría. Además, prefería los remedios malolientes de Birdie y
¿por qué no gozar de su compasión?
Abrió la puerta lo más silenciosamente posible y entró de puntillas,
aguantando el dolor de su pierna. Un par de capuchinas estaban encendidas
en cada estancia, pero no veía a Birdie. Quizá lograría asearse antes de que
se la encontrara. Después le pediría un poco del ungüento de mierda de oso
para aliviar su agonía. Se dirigió hacia la parte trasera de la casa, donde
estaba el cuarto de lavado. La puerta se le abrió enfrente y salió Birdie,
envuelta en una toalla y vaho.
Lo estudió de arriba abajo, estrechó el nudo de la toalla y declaró:
—Creo que deberías considerar volver entero algún día. Te repites
mucho con lo del maltrato.
Ark hizo una mueca y desechó mentalmente la carta de la compasión.
Encogió los hombros y se acercó. Con los pensamientos en su futuro como
rey de una hoja de loto, la abrazó y suspiró con el mentón apoyado en la
sien de Birdie.
—No sirvo —declaró con voz ronca. Estaba físicamente exhausto,
harto de que nada le saliera bien, agobiado por el intento fallido de abrir
puertas que se cerraban después en su nariz—. Intenté ayudarte, tenía casi
convencido a Grór, pero… no sirvo. Las hadas me han abandonado. Tenías
razón, jamás seré un príncipe azul.
Ya que dio voz a su mayor miedo, se sintió más calmado y se deleitó
con la imagen de Birdie casi desnuda. Envuelto en el aroma floral de su
jabón, recorrió con el pulgar su mejilla ruborizada por el calor del baño y
descendió hasta sus labios.
No pensó en su hada cuando se inclinó para besarla.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Birdie.
Ark negó con un gesto corto de cabeza. No quería que nada se
interpusiera entre ellos, ni preguntas ni juramentos. No quería palabras y
por descontado no quería ropa, pensó, hurgando con la mano por la espalda
de Birdie. La tela mojada se había pegado a su piel y se deslizaba de un
modo fascinante.
Acarició con la nariz el lóbulo de su oreja, después regresó hasta sus
labios y los probó con la punta de su lengua. Birdie soltó un sonido de
aceptación y abrió su boca. Ark entró, explorando rincones ocultos y
acertando en encontrar los puntos más sensibles. Gimió sin vergüenza y
pidió más. Rodeó la cintura de Birdie con las palmas y la alzó lo necesario
para pegar su pecho contra las curvas llenas de ella. Se rio contra su boca
cuando Birdie tiró de su cuello para acercarlo aún más. La tela que apenas
la cubría se convirtió en un trapo sujeto entre ellos. Ark tenía acceso a la
piel desnuda de su espalda. La acarició con una mano, indeciso en soltar la
otra que mantenía unidos sus cuerpos.
Sabía que la quería. Se había enamorado del espíritu de Birdie y había
aceptado el amor como algo tangible. Pero no lo era. La quería de tantas
maneras que la fuerza de sus sentimientos asustaría a sus hadas. La quería
en su cama, observándola despertar por las mañanas. La quería para
desayunar con sus horribles infusiones, compartiendo pan duro y queso, si
eso era lo único que tendrían para el almuerzo. La quería por la noche, para
espantar las pesadillas de uno con las del otro. Quería su presencia incluso
en los sueños.
Si se lo dijera la aterraría, así que no lo hizo. Usó los labios, le entregó
su sucia alma con el beso. Podría disponer de ella a su antojo hasta que la
maldición de los sapos se la llevara.
Entonces, Ark se mareó. La sangre quemó sus venas y su piel se
enfrió. Pensó que era el agotamiento, fruto del atropello.
—¿Qué? —Birdie puso las manos en su pecho para mantenerlo a la
distancia—. Algo está pasando.
Él sonrió. No cabía duda de que algo estaba pasando. La deseaba. La
quería. La amaba. Y, por fin, se besaban.
Estaba atontado. Las manos de Birdie en su pecho, su pecho desnudo.
En algún momento se había deshecho del chaleco roto y los restos de la
camisa. La excitación le nublaba la vista. Estaba sucio, recordó, y Birdie
acababa de asearse. Sin embargo, así había sido siempre, ella tan perfecta,
él tan ruin.
—Te deseo —declaró en voz ronca, como si no acababa de mostrárselo
—. Y ya sabes que te quiero. No recuerdo si primero te deseara o te quería,
espero que no sea importante. —A Birdie le gustaban las cosas claras y
procuró encontrar las palabras correctas, pero su cerebro estaba apagado—.
Ojalá tuviera la oportunidad de demostrártelo. No sé en qué momento pasó,
pero me alegro, porque aprecio más mil momentos malos vividos contigo
que uno maravilloso sin ti.
Volvió a inclinarse, buscando sus labios, pero ella se retiró contra la
pared, sin alcanzar a cubrirse completamente con la tela. Mantuvo la prenda
delante de ella, cohibida por su desnudez.
—Creo que te estás convirtiendo en un sapo —dijo, señalándolo con
gesto de sorpresa.
Ark se heló. Estaba preparado para demostrarle cuánto le importaba su
desnudez: nada. Tenía la mente llena de imágenes de ellos juntos, con los
cuerpos unidos, envueltos en susurros y gemidos. Quería alzar odas a su
cuerpo y hablarle de lo mucho que la amaba. Estaba preparado para rogarle
por una noche, una sola, en la que vivieran una de sus muchas fantasías.
—¿Cómo? —graznó.
—¡Qué te conviertes en un sapo! ¡Tienes la piel verde y… algo! Está
como rugosa.
Ark entendió que los cambios que notaba en su cuerpo no eran solo
por la excitación. Sentía los músculos tensos y la piel tirante por algo que
empujaba desde su interior.
—¿Dónde hay un PiC? ¿Un espejo? —inquirió, poniéndose en
movimiento.
Birdie y su manía de ocultarlos.
El veneno, por fin, estaba haciendo efecto. Incluso sin haberse visto,
Ark lo sabía, lo sentía. Se carcajeó con un sonido ahogado por el miedo.
«¿Ahora?», le gritó en silencio al cielo. Cada vez que creía haber arreglado
algo, volvía a romperlo. Cada maldita vez. ¿Para qué luchar? ¿Cuánto podía
aguantar un alma ante tantos castigos antes de quebrarse?
Entró en el cuarto de lavabo y se estudió en el espejo. Qué imagen
espantosa ofrecía. El pelo alborotado, el rostro magullado, los ojos ardiendo
aún por el deseo e hinchados, la ropa hecha jirones, y su piel… llena de
estrías de color verdoso.
Salió y se dejó caer en el suelo, con la espalda pegada a la pared de
piedra.
—Se me ocurrió que si lograra acertar la respuesta a una adivinanza de
Grór, podría haber conseguido el coche para ti. Te lo habría regalado para
que lo vendieras y pudieras quedarte con la plantación —confesó—. Pero
no te ilusiones. Hubo un accidente, destrozamos el coche. —Se llevó las
manos unidos a la nuca y agachó la cabeza—. No sé quién o qué fuerza se
ríe de mí. No sirvo, Birdie. Lo siento. Las hadas saben que tengo lo que me
merezco: nada. Soy un sapo. Llamaré a Grór para que me lleve a La Granja.
Birdie se sentó con cuidado a su lado. Ark ocultó su rostro,
manteniendo la cabeza inclinada. Ella había tenido parte de demasiada
fealdad, no le faltaba ver la prueba de su indignidad.
—Cuando hemos tenido tiempo no supimos aprovecharlo. Huimos de
él, lo malgastamos —dijo ella—. Pero quizás no es tarde. Si nos abrimos, si
vencemos el miedo y miramos en el interior de nuestro corazón, es posible
que lleguemos a recuperar algo de lo que creíamos perdido.
Ark se tensó al sentir los dedos de Birdie en su pómulo.
—Creo que necesitas uno de mis remedios.
—Eres asombrosa. Pero tu mierda de oso no va curar una maldición de
La Corte.
Birdie se carcajeó. Cambió de posición, se arrodilló delante de él y lo
obligó a desanudar las manos de la nuca y a mostrar su rostro.
—Esta vez tengo una medicina mejor. Una que brilla, mágica.
Con la vista en el suelo, Ark vislumbró un haz de luz. Alzó la mirada
por la tela de Birdie, hasta encima de sus pechos. Ella la había bajado para
que pudiera ver el tatuaje de la unión. Brillaba. Los hilos eran de un blanco
translúcido, con vetas doradas.
Birdie se aclaró la garganta.
—Esa cosa me pica desde hace mucho. Siento no habértelo dicho.
Pensé que iba a desaparecer.
Ark se enderezó. Con las manos apoyadas en el suelo, estaba
preparado para saltar si lo que intentaba explicarle Birdie era lo que él creía.
—¿Qué significa? —preguntó en un halo de voz.
Birdie sonrió, una sonrisa torcida, como si le pidiera disculpas por
anticipado.
—Bueno, quiere decir que eres mi príncipe azul. Significa que, las
hadas tengo de testigos, no sé cómo, me he enamorado de ti.
—Birdie. —Ark la miró fijamente—. ¿Recuerdas los momentos
cuando estabas propensa a la violencia? Desahógate. Hazlo ahora,
golpéame, pellízcame la piel. Despiértame, por favor.
—Estás despierto, tonto.
—No puede ser. —Ark sacudió la cabeza, después se palmeó las
mejillas—. Tú no sabes la cantidad de sueños que he tenido contigo.
Desconoces cómo me atormentabas, cómo te mofabas de mis deseos, cómo
te reías de mi sufrimiento.
—Era solo tu imaginación exuberante —lo interrumpió Birdie.
—¿Imaginación exuberante? ¡Eran sueños hasta que despertaba y
descubría que eran la realidad! —gritó Ark—. ¡No puedes soltarme de
repente que me amas y que me lo crea! ¡Justo cuando más lo necesito! ¡Y
precisamente tú! —Se levantó y se golpeó con el puño en el torso desnudo
—. ¡Mírame! ¡Soy un sapo! Mañana te despertaré con un croar. Soy un sapo
y tú eres un ángel.
—¡Cállate, idiota! —Birdie se incorporó también. Desapareció por el
pasillo y le ofreció la vista de su espalda desnuda y la curva del trasero. Se
escucharon un par de golpes, cajones abiertos y cerrados y sonido de vajilla.
Si planeaba preparar algo para comer…
Ark pensó que era mejor irse sin despedirse. Cerró los ojos y
rememoró el tiempo que habían pasado juntos. Recordaba en detalle cada
choque de miradas, cada risa compartida, cada confrontación por deseos
egoístas que ahora no importaban. Se acordaba de cada segundo con ella,
sin embargo, había olvidado cómo vivía antes de conocerla y en qué
encontraba la felicidad.
No quería huir. Pero no iba a condenar a Birdie a una vida de sombras
cuando ella era un ser radiante.
—Aquí tienes. —Birdie regresó con una hoja de pergamino en la
mano. Se la ofreció, pero Ark dudó en cogerla—. Lee —ordenó ella.
Le golpeó en el pecho y mantuvo el papel pegado a su piel hasta que
Ark lo recogió. Desdobló la hoja arrugada y descubrió que era una lista.
Birdie había trabajado mucho en ella. Algunas palabras estaban
tachadas, otras reemplazadas, y en los márgenes había dibujos de ranas y
coronas.

10 razones para creer que eres mi príncipe azul

1. Me haces reír. Mucho.


2. Respetas mis momentos de locura. (Reconozco que no soy una
persona fácil.)
3. No intentas cambiarme.
4. Has demostrado ser un buen amigo.
5. Eres una persona de palabra, respetaste el trato con tu hada.
(Aunque creo que estabas loco al hacer un trato con ella.)
6. No te derrumbas antes los golpes de vida ni ante los de los otros
sapos. Si lo haces, te levantas sonriendo. (¡Santos seres mágicos,
cómo amo tu sonrisa!)
7. No temes el futuro, no le tienes miedo a nada. (Menos a las ranas,
qué mono.) Lo respeto, porque sé qué es y cuánto de poderoso es
el miedo. Tú me ayudaste a superar el mío.
8. Has podido ver más allá de mis capuchas. Tienes magia.
9. Haces que me sienta como una princesa.
10. No eres perfecto. Pero lo eres para mí.

Ark leyó una vez y volvió a hacerlo. Gruñó, se carcajeó y frunció el


ceño. Repitió en voz alta un par de frases.
—¿Eso es lo que piensas de mí? —se interesó al finalizar.
Birdie encogió un hombro.
—Más o menos. No llegué a finalizar la lista. Creo que puedo
encontrar más razones.
—¿Cuánto de más y cuánto de menos? ¿Tan increíble crees que soy?
—se carcajeó—. Espera, ¿desde cuándo lo sabes?
Birdie sonrió y dio unos pasos hacia atrás.
—Hace un tiempo.
—¿Cuánto tiempo? —Ark enarcó una ceja. Conocía lo suficiente a
Birdie como para reconocer cuando se sentía acorralada y cuando tenía la
intención de mentir—. ¿Me dejaste vivir un infierno, permitiste que me
declarara sin decirme que sentías lo mismo? ¿Me hiciste llorar
desconsolado, desesperado por nunca ganar tu amor? ¡Qué cruel! Vas a
pagarlo —amenazó, avanzando para acortar la distancia entre ellos.
Birdie retrocedió más.
—¿Ves? Ya vuelvas a actuar. Jamás lloraste a lágrima viva. Sabía que
no te lo tomarías bien. Tú no manejas las emociones intensas. Te prepararé
una infusión y te daré tiempo para que entiendas… —agitó la mano en el
aire y la dejó caer de golpe—, eso.
—¿Eso? ¿Eso? —Ark gritó.
Fue entonces cuando se percató de que ya no sentía su piel tirante.
Hizo una mueca para probar cómo le afectaba el movimiento, después
exploró con los dedos por su rostro. Estudió sus antebrazos y el torso.
Birdie asintió sonriendo.
—Sí, las marcas de sapo han desaparecido. Es señal de que lo estamos
haciendo bien. No lo arruines ahora —advirtió.
—No lo haré.
Ark apretó el papel entre los dedos. No pensaba devolvérselo a Birdie.
Sabía que su vida no sería perfecta, que enfrentarían desgracias y momentos
difíciles. Planeaba guardarlo y releerlo cada vez que necesitara recordar
cómo habían llegado hasta allí y qué precio habían estado a punto de pagar
por sus miedos.
Se miraron unos instantes, con sonrisas gemelas en sus rostros. Ark
abrió los brazos y Birdie aceptó la silenciosa invitación. Rodeó su cintura y
apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el silencio y los latidos acelerados
de su corazón. Por primera vez, Ark no se aferró a ella, no la usó para
aliviar sus dolores y olvidar sus propias pesadillas. Se prometió a sí mismo
que tendría la fuerza para protegerla y estar presente en cada momento
importante.
—Todavía necesitaré mi espacio —susurró Birdie, como si hubiese
leído sus pensamientos.
Ark la estrechó con más fuerza.
—Lo sé, cariño. Lo sé. Te daré todo el espacio que necesites. Te daré el
mundo entero.
43
“Soy bonito por delante, algo feo por detrás, me transformo a cada instante
e imito a los demás.”

Birdie ronroneó. Tenía la oreja pegada al pecho de Ark, escuchando su


respiración, que empezaba a tranquilizarse. Le llegaba olor a sangre de sus
heridas, a sudor y aún recordaba el horror de la piel rugosa de sapo, pero no
quería alejarse. Si eso no era amor, no sabía qué era.
—Tengo algo para ti —dijo Ark.
En la mente de Birdie todavía resonaba una palabra: «cariño», y le
extrañaba que no le había molestado. Ark la había pronunciado con tanto
amor que ella la había interpretado como un término diferente, lejano del
que usaba su madrastra para castigarla.
—Me gustaría decir que puede esperar, pero sería mejor que te laves
para que pueda curar esas heridas —dijo.
—La verdad es que necesito tu pomada. Pero tendrás que dejarme
inconsciente primero.
Birdie enarcó una ceja. Se despegó de Ark y puso las manos en los
costados.
—¿En serio?
Él retrocedió.
—Vale, puedes untarme con mierda de oso. Espero que sea la última
vez que la uses conmigo.
—Pues yo también lo espero.
—Paz, por favor —pidió Ark, tendiendo el puño cerrado hacia ella—.
Toma.
—¿Qué hay allí?
—No son las palabras mágicas. —Ark sacudió la cabeza.
—Estoy harta de la magia. He tenido suficiente para el resto de mi
vida.
Ark fingió estremecerse y estudió al aire, por encima de su cabeza.
—Sht. —Se llevó el dedo a los labios—. Las hadas nos acompañan
siempre.
Birdie puso los ojos en blanco. Metió los dedos entre los cerrados de
Ark y lo forzó a abrir el puño. En la palma tenía una pieza de hierro,
parecida al anillo de la tapa de una capuchina.
—Un recuerdo del coche. No es adecuado para adornar tu dedo, pero
no soñaba con que tenía que preparar un anillo —le explicó él—. Mi
camino hacia La Granja se desvió bastante.
Birdie sintió su tristeza por la pérdida del coche y quiso abrazarlo de
nuevo. Abrazarlo y no soltarlo jamás, mentirle que todo estaría bien. Pero
ahora sabía que no podían esperar solo lo bueno, que seguirían luchando
por cada paso, que derramarían lágrimas de alegría y de pena. Cogió el
anillo y lo hizo girar.
—¿Qué muchacha no sueña con recibir una propuesta de compromiso
y un trozo de hierro?
—¿Lo hice bien? ¿Es un «sí, quiero»? —Ark se detuvo y se aclaró la
voz—. Te daré el tiempo que necesites. No quiero forzarte de ningún modo,
ni tampoco que te sientas presionada por mi... situación.
Birdie sonrió.
—¿Quieres decir que me conmueva porque hayas perdido el coche?
—Algo así.
—¿Es que me conoces poco aún? Me conquistaste en tus peores
momentos, no creo que puedas superarte.
Ark estalló en carcajadas. La cogió en brazos y dio vueltas con ella en
el aire.
—Donde sea que vivamos, será nuestro hogar. No tengo riquezas, pero
te prometo risas. Me faltan soles, pero tendrás mi amor. Y te ofrezco mis
brazos para construir lo que quieras.
—¿Serás obediente? —inquirió Birdie riendo.
—¡Jamás!
—¿Puedo disciplinarte?
—Es discutible.
Cuando Ark la bajó, ella rodeó su cuello con los brazos.
—Entonces creo que es un «sí, quiero». Propongo que volvamos bajo
la mesa de Merlín. Seremos felices allí.
—No es mala idea. —Ark se inclinó y la besó suavemente—. ¿La
llegada de tu padre no resolvió nada?
Birdie hizo una mueca y se alejó. Le dio la espalda.
—No. Creía… —Se frotó las manos y se dio cuenta de que tenía frío.
Su cabello casi se había secado pero la toalla que la cubría cuando había
salido del baño estaba aún mojada—. Creía que lo extrañaba. Lo culpaba
por haberse ido. Creía que lo necesitaba, que las desgracias me elegían por
estar sola. Pero no es así. No tuve…, no pude escucharlo. Ya no es parte de
mi vida —reconoció en voz baja.
Notó que Ark se acercaba y cómo rodeó su cintura desde atrás.
—Lo siento —murmuró.
—No tienes culpa alguna.
Él inclinó la cabeza e indagó con la nariz por su cuello.
—Nos queda mucho por resolver, pero… —tiró de su cintura y la hizo
girar hasta que se detuvo entre sus brazos—, también tenemos mucho
futuro por delante. ¿Puedo atreverme a imaginar que estás disponible para
asuntos de corazón y… u… otros? Juro que puedo enredar el tiempo y
hacerte olvidar lo malo durante un rato.
La piel de Birdie se erizó, mientras su corazón golpeaba con fuerza
bajo sus costillas. Cerró los ojos y estiró el cuello, acercando sus cabezas.
—Tus ofertas hoy son cada vez más tentadoras.
—Estoy por ti. Hoy, mañana y cada…
—¡Yuhuu! ¡Niños!
Los chillidos de Marwelene y el golpe de la puerta de entrada
congelaron a Birdie. Ark, en un gesto rápido, la rodeó con los brazos y trató
de ocultar con su cuerpo que apenas la cubría una toalla. Pero él también
estaba medio desnudo. En el último instante se metió en el baño y salió con
otra toalla, que usó como cortina, poniéndola delante de ellos.
—¿Dónde estáis? —Los pasos de Marwelene se acercaron. Apareció
en el pasillo y los vio—. ¡Gracias a las hadas! —exclamó, alzando la varita
y agitándola en el aire—. ¡Por fin! Mucho os ha costado. Que sepáis que
estabais a punto de ser responsables del sacrificio de unos seres alados. Ya
no sabía qué más hacer con tal de que abrierais los ojos. Pero lo habéis
hecho, ¿verdad? Eso y… mucho más. —Sonrió, con los ojos brillantes por
la emoción—. ¡Qué alegrías me dais! —Se sorbió la nariz y se abalanzó
para abrazarlos.
Birdie no podía moverse porque Ark le había cubierto las manos con la
toalla. A Marwelene no le importó. Se unió al extraño abrazo, después se
retiró, acarició sus mejillas y empezó a caminar hacia atrás.
—Os dejo. Haced lo que tengáis que hacer. Llamadme cuando os
canséis.
—No va a ser pronto. —Ark cogió entre los dientes el lóbulo de la
oreja de Birdie.
Sus rodillas flaquearon. Tendrían que llegar a una cama antes de que se
convirtiera en gelatina. Pero todavía necesitaba revisar las heridas de Ark,
asegurarse de que estuviera bien. No quería que se desmayara en el
momento más inoportuno.
Escuchó la puerta cerrarse detrás de Marwelene, y quiso hablarle, pero
entonces sonó la campana de la entrada.
—¿Y ahora qué? —gruñó Ark—. Por las malditas hadas, ¿podemos
tener un momento para nosotros?
Birdie pensaba igual, incluso cuando sabía que habían tenido muchos
momentos que habían dejado pasar. O precisamente por eso.
—Voy a vestirme. Abre tú.
Corrió hasta su cuarto, se puso ropa interior, un par de pantalones y
una camisa que anudó en la cintura. Metió los pies en unos calcetines
gruesos y salió para ver qué la esperaba.
Era su padre.
Empezó a temblar. No estaba preparada y no sabía cuándo iba a
estarlo.
—Sé que necesitas tiempo —dijo él—, pero no lo tengo.
Birdie se acercó y tocó el hombro de Ark en señal de que podía ir a
asearse. Luego, se sentó en el sillón opuesto al de su padre y se inclinó, con
las manos unidas encima de las rodillas.
—¿Qué quieres decir? —De nuevo, notó lo viejo y cansado que se
veía.
—Me escapé, Birdie. Huí. —Hizo un gesto con la cabeza hacia la
ventana, recordándole la oscuridad—. Hay una lucha tremenda allí, y no
volveré a ser cobarde. Quiero regresar. Si me he unido, quiero participar
hasta el final. Tú… —se aclaró la voz—, no me necesitas.
Birdie no sabía si era verdad. Lo necesitaba para encontrar respuestas a
preguntas antiguas, y quizá, con el tiempo, para compartir abrazos que le
habían sido arrebatados. Lo quería cerca para pedirle opinión sobre sus
ideas para la plantación de manzanos. Le hubiera gustado que estuviese con
ella, sencillamente, para saber que tenía un padre al que podía acudir para
cualquier problema. Pero él tenía razón. Ya no lo necesitaba como una niña,
no requería su ayuda para olvidar las pesadillas ni para secar sus lágrimas.
Él hizo un gesto por el que Birdie pudo ver que en sus muñecas había
una especie de esposas de hierro. Alrededor de estas, la piel estaba
manchada en gris, y reseca.
—Son… armas y… cadenas. Dentro, en la Medulya, las uso para
luchar, me dan poderes. Aquí, fuera, si me quedo mucho, me matarán.
A Birdie se le paró el corazón.
—¡No! Papá, no quiero esto. —Se levantó, caminó hasta delante de su
sillón y se acomodó en el suelo, sobre las piernas dobladas—. Debes
regresar.
Su padre asintió.
—Volveré. Pero no lo hago por miedo a la muerte. Quiero hacerlo para
saber que hice algo bueno en la vida, aparte de ti. —Acarició un mechón de
su cabello entre los dedos, y Birdie pudo ver que las muñequeras se
alargaban por encima de la mano y se unían en el interior de la palma,
acabadas con una gema plana, incolora.
—¿Cómo pudiste regresar?
—Sucedió algo. Nadie sabe cómo, pero se abrió una brecha en el muro
de la Medulya. Estaba luchando cerca, ni siquiera me di cuenta que estaba
fuera hasta que fue demasiado tarde. Cuando quise regresar con mi unidad,
encontré la puerta cerrada. —Una leve sonrisa asomó en su rostro—. Y
aproveché la oportunidad. Quería verte, quería saber algo de ti. Necesitaba
asegurarme de que estás bien.
—Lo estoy. —Birdie se incorporó en las rodillas y lo abrazó—. De
verdad que lo estoy, papá.
Cuando era niña, no había tenido la oportunidad de despedirse de su
padre. Entonces desconocía que iban a separarse para siempre, pero ahora
lo sabía. Quería hacerlo bien, atesorar recuerdos.
—Vamos a cenar —dijo—. Y me contarás todo lo que puedas.
Él sonrió.
—No creo que estés preparada para creerme.
—Te sorprenderías. Acabo de comprometerme con un casi sapo.
—¿El mozo que me recibió? —Su padre alzó la mano derecha, la agitó
e hizo sonar la muñequera—. ¿Estás segura de que te merece? Me
encantaría actuar, por una vez, como un pariente que te protege, y matarlo.
Birdie se carcajeó. No tenía dudas sobre la elección de Ark, pero el
hecho de que su padre lo conociera y lo aprobara suavizaba la herida de su
ausencia.
—Por favor, no lo hagas. El pobre se ha llevado un par de sustos.
Necesita cariño para olvidar el pasado.
—Todos lo necesitamos. —Su padre la siguió de camino hacia la
cocina—. Birdie, quiero que prestes atención, que te cuides. Esa oscuridad
y la brecha en el muro de la Medulya, no son normales. Los muros deberían
haber sido indestructibles. Alguien ha roto las promesas. Alguien de dentro
o de fuera, no podemos saberlo, pero...
Birdie se ocupó de abrir los cajones. En la mesa, Marwelene, bendita
sea, había dejado una cesta y por debajo del trapo que la cubría se colaba el
olor del pan recién horneado.
—¿Hay esperanza? —preguntó, tragándose el nudo de la garganta—.
¿Vas a estar bien tú? ¿Nosotros? ¿Nuestro mundo?
—Siempre hay esperanza. —Su padre la interrumpió, cogió sus manos
entre las suyas y la miró fijamente—. Pase lo que pase, estarás siempre en
mis pensamientos. No lo olvides.
Era una despedida.
Birdie se mordió los labios para evitar que las lágrimas brotaran. No
permitiría que su padre se fuera recordándola llorando.
—Te quiero, papá.
—Y yo a ti, pequeña. —Su padre la abrazó con fuerza—. Quiero que
sepas que me parte el alma abandonarte por segunda vez, pero…
—Lo entiendo. —Birdie comentó con la nariz metida en su pecho—.
No me gusta, no quiero dejarte ir de nuevo. Pero lo entiendo y hace que te
respete aún más. Lucha por lo que es importante para ti.
—No hay nada más importante que tú…
Birdie se retiró y sacudió la cabeza.
—Lo sé. Pero tienes razón, no te necesito. No es que no te quiera —se
apresuró a explicarse—, que volvamos a formar una familia ha sido mi
sueño. Una antigua «yo» se habría hecho la víctima y te habría obligado a
quedarte a pesar de todo. Ahora entiendo que cada uno debe librar su propia
batalla y hacerlo solo. Mantendré la esperanza de volver a vernos y no dudo
de que salgas victorioso.
Gevant permaneció un rato en silencio, con la cabeza gacha. Tenía los
ojos enrojecidos cuando alzó la mirada.
—Lo de tu madrastra… La casa, la plantación, todo te pertenece. Te
pertenecía por derecho de nacimiento, pero para hacerlo más rápido, volví a
comprarlo. Ella y su prometido se mudarán antes del fin de este salto de
luna.
Birdie se quedó de piedra.
—Eso es… —se cubrió la boca con la mano, asustada de un modo
nuevo, con la cabeza llena de posibilidades que no había considerado—. ¡Es
demasiado! Gracias, pero… lo siento, padre, no quiero la casa grande.
Estoy bien aquí.
—Da igual. Puedes hacer lo que quieras con ella, convertirla en un
gallinero o en polvo. Es todo tuyo. El mundo entero es tuyo. Construye tu
castillo, mi niña.
Birdie se olvidó de la comida y se sentó en una silla.
—Lo haré.
Temía. Le había llegado demasiado bien de golpe. La vida no era así.
La vida solía quitarte más de lo que te daba, y tenía miedo de que ahora le
dieran tantas maravillas solo para arrebatárselas después.
Escuchó los pasos de Ark y se enderezó. Se obligó a recuperarse, como
siempre había hecho. Se esforzó por sentirse feliz, por aceptar que tal vez,
solo tal vez, merecía la felicidad.
Ark apareció en la puerta, seguido por alguien más. Unas manos lo
empujaron y Aria, su hermana, entró en tromba. A su lado estaba una mujer
de larga cabellera blanca.
—Birdie, conoces a mi hermana. Y ella es mi madre. Al final no llegué
a verla por el accidente. Aria, que es una metomentodo, —comentó mordaz
—, la trajo aquí.
—Qué bien. —Birdie se levantó, les dio la bienvenida y presentó a su
padre—. Parece que tenemos una reunión familiar. Necesitaremos más
comida.
—Trajimos —dijo Aria, dejándose caer en una silla. Quitó el trapo de
la cesta de Marwelene, estudió el alrededor, asintió con varios movimientos
de cabeza y preguntó—: ¿Puedo mudarme con vosotros?
44
“Muy chiquito, chiquitito, que pone fin a lo escrito.”

En la lejanía, una franja del color de la sangre delineaba el horizonte.


Birdie no quería tomarlo como una señal de mal augurio, pero tampoco
tenía ganas de entrar. Aunque la puerta del muro que rodeaba la casa de
Circe estaba abierta, ella no se movió.
Ark intentó ayudarla, primero empujándola suavemente, y al no
lograrlo, la levantó en sus brazos.
—Te odio —dijo, con poca convicción, con la nariz metida en su
pecho.
—Estarás igual de hermosa sin pelo —la tranquilizó él.
Birdie alzó la cabeza para comprobar la seriedad de sus palabras, pero
Ark era bueno interpretando. Mantenía su mirada firme y no había muestras
de desdén en sus labios ni asomo de sonrisa. Adoraba sus labios. Y sus
pestañas, y su torpeza y su determinación… Se lo imaginó pelado y
reconoció que le daba igual, pero le apetecía tontear.
—Vas a odiarme.
—Te amo. —Ark cruzó el umbral con ella en brazos. Al llegar a la
puerta, la dejó de golpe sobre sus pies—. Me da igual si tienes o no pelo, si
se te encorva la nariz o si decides que a partir de mañana comeremos patas
de ranas. Seguiré amándote. ¿Te queda claro?
—¡Pero si son nuestras estrellas! —Aalis abrió la puerta.
Desde su hombro, Fúfu les observaba con atención, sin mover los
párpados.
Birdie les dio la espalda al ave y dueña. Sonrió por la respuesta
acertada de Ark, tiró de su cuello, lo miró fijamente y frotó su nariz contra
la de él.
¿Quién habría imaginado que llegaría el día en que ella se rebajaría a
hacer ese gesto?
Permanecieron así, escuchando una melodía que solo ellos podían oír,
hasta que Aalis los animó:
—Podéis hacer más. No me consideréis público, no voy a decir nada.
Soy invisible.
De acuerdo con su dueña, Fúfu ululó una vez.
Ark se separó y enlazó los dedos con los de Birdie.
—Ningún hada podría hacerte invisible, Aalis. Tu voz se escucharía
desde la Isla de los Siempre Recordados.
Ella farfulló, pero se echó a un lado para que les permitiera el paso.
El resto esperaban en el cuarto que Circe utilizaba para hacer sus cosas
de arpía. Birdie creía en secreto que allí, además de escribir, Circe cambiaba
su cuerpo por el de un bicho volador, que le permitía viajar a donde quisiera
para enterarse de los secretos de todos.
Circe lo había redecorado desde la última vez que Birdie había estado
allí, el único día que había trabajado para ella. La multitud de PiC seguía
encima de la mesa, casi perdidos entre papeles y libros. Había agrupado las
plantas en un rincón y ocupado su lugar con platos de aperitivos y jarras
llenas de bebida. Una sola flor quedaba a la vista, en el borde de la mesa.
Mientras el grupo saludaba e intercambiaba disparates, Birdie se
acercó para observarla. Ante sus ojos, de la tierra de la maceta brotaron un
par de hojas. Se alzaron en lo que le costó parpadear y se agitaron en su
dirección.
Birdie dio un salto.
—Tengo un problema con la naturaleza —comentó, con la mano sobre
su corazón asustado.
—¡Feyr! —Circe apareció a su espalda. Se inclinó hacia la planta y
empezó a hablarle—. Feyr, mi amor. ¡Estás viva! Te quiero muchísimo.
La flor alargó las hojas que ya no eran flexibles, sino que se
transformaron en palos afilados como cuchillos. Las púas cambiaron de
dirección, señalando a Circe. En un par de segundos, las cabezas se
hincharon hasta estallar, liberando un polvo verdoso.
—¡Ja! —exclamó Birdie—. ¿Ahora entiendes por qué no me gustaste
al principio? Sentía lo mismo que tu planta. Quizá si te hubiese escupido no
habría sido necesario pasar por tanto antes de sellar nuestra amistad.
—Feyr es especial. —Circe se enderezó y sacó del bolsillo de la falda
un trapo con el que se limpió la cara sucia de polvo. Recuperó su dignidad y
se alejó de la mesa, después de echar un vistazo hacia la planta por encima
del hombro.
—Yo también soy especial —farfulló Birdie por lo bajo. Avanzó para
saludar a Dye, Merlín y Gawain.
Ark se había sentado entre ellos, en un sillón tapizado en seda roja.
Sobre su cabeza descansaba una corona. Cuando vio que Birdie se acercaba,
se sobresaltó y la corona se le cayó. Se inclinó para recogerla, pero el sillón
no aguantó su peso y se volcó. Ark acabó en el suelo, se enderezó con
rapidez, volvió a colocar el sillón y se lo ofreció a Birdie.
—Todo tuyo, mi princesa —declaró, con la mano en el pecho e
inclinándose tanto que casi rozó el suelo con la nariz.
Circe aplaudió para llamar su atención. Había encendido un PiC y
sostenía en la mano un fajo de papeles.
—Antes de pasar a mi parte favorita, dejar a esos dos sin pelo —dijo
sonriendo con parsimonia—, quiero leer la última entrega del nuevo cuento.
Como era de esperar, cuando habéis creado el círculo de los escudos, dos de
vosotros acabaron siendo pareja. Os presento a Birdie y Ark.
Aalis y Merlín cruzaron los brazos a la vez e hicieron un frente común
delante de ella.
—No puedes publicarlo. Te lo prohíbo —gruñó su hermano.
—¿Sigues con eso? —preguntó Aalis.
—¿Qué más da? He nacido para brillar —declaró Ark, irguiendo el
mentón con orgullo—. Que nos conozcan todas las tierras.
Birdie se encogió de hombros con resignación.
—Sabéis que me negué a la idea, pero la arpía tiene talento. Seguro
que es un cuento bonito.
—Que sea un cuento es la pega —dijo Merlín—. Es uno con final
feliz, está prohibido publicarlo.
—¡Esa ley es tan antigua como la propia Tierra de Los Cuentos! Nadie
la recuerda —protestó Circe—. Además, la promesa que han hecho, de
raparse la cabeza, puede considerarse un juramento. Existe la pequeña
amenaza de que queden calvos para siempre, por lo que no será un final
feliz completo.
—¿Qué? —Ark se quedó con un bocata a medio camino hacia la boca.
—¿Amenaza? ¡Nadie me dijo nada sobre amenazas y juramentos! —
lloriqueó Birdie.
Aalis se desternilló de risa y se apoyó en Gawain. Merlín gruñó y
Circe hizo oído sordo a sus protestas.
—Voy a leeros el final. Tengamos hoy para los sueños y mañana para
los actos. Decidiré después si voy a publicarlo. ¿Estamos de acuerdo?
Después de recibir el asentimiento de todos, Circe empezó a recitar.

Érase otra vez

Érase otra vez una niña que vivía angustiada si no tenía el rostro
cubierto por una capucha.
Sí, es la misma del principio de esta historia. Ha crecido. Quiso creer
que vivía, pero el miedo la acompañaba cuando el sol lucía y la luna la
miraba durmiendo. Se puso la armadura de la indiferencia, vendó su
corazón herido con tiras de desprecio, entrenó su mente para creer que no
necesitaba ser feliz.
En fin, si has sabido leer lo que te he contado y lo que no, ya conoces
la historia de esa niña. Sabes cómo se ha criado, en qué se ha convertido,
cómo llegó a ocultarse al mundo para protegerse. No volveré a narrarlo.
Lo que sí, te diré, es el final. El final de su cuento.
Y el final de todo cuento es feliz, como te lo digo.
En pocas palabras, la muchacha se enamoró de un sapo. Casi sapo,
bueno, también leíste su historia. Y lo salvó. Efectivamente. No, su amor no
lo convirtió en un príncipe, porque ya lo era.
¿Cómo puede ser?, me preguntas.
Porque sapos y príncipes, doncellas y brujas, cazadores y cazados,
orcos, duendes y campanillas, nubes y rayos de sol, todos estamos hechos
de cuentos. Estamos entrelazados por las hebras de las historias, tejidos
con momentos, risas, lágrimas y sueños vividos y otros, aún inalcanzables.
Somos la suma de planes que se quebrantan, de propósitos que
abandonamos, de creencias que abrazamos y luego dejamos ir.
Somos la encarnación de la magia.
Y en el corazón de la verdadera magia siempre late un final feliz.
El azar no nos rige, somos los artífices de nuestros destinos. Que la
magia nos proteja y nos guíe en nuestro camino.
Su siempre cuentista,
Circe Oftheancientcradle
Ahora, inmersa en mi tarea de despojar de cabello a un par de
cabezas.

La voz de Circe continuó resonando en el cuarto, incluso después de


haber acabado.
Birdie parpadeó para ahuyentar las lágrimas y se frotó las manos
porque se le había puesto piel de gallina.
Era una historia hermosa, su historia, y merecía ser compartida. Sabía
que Circe no defraudaría a sus lectores. Y también sabía que la arpía
enfrentaría cualquier castigo que la ley pudiera imponerle. Era una
luchadora, una princesa que sabía salvarse a sí misma. Igual que todas.
Cuando un haz de luz acosó su vista, Birdie los entrecerró. Varias
capuchinas habían asegurado la iluminación en el cuarto hasta entonces. De
repente, la ventana se incendió, el sol se levantó con fuerza, corriendo,
como si acababa de romper las cadenas que lo habían mantenido
secuestrado.
—Papá —susurró Birdie—. Lo lograste.
El grupo se cubrió los ojos con los brazos. Después de tanto tiempo en
la oscuridad, la luz resultaba abrasadora. Se agolparon frente a la ventana,
exhalando exclamaciones y alaridos.
Solo Circe se quedó atrás.
—¡Feyr! —chilló, alzando la maceta de la planta.
Sin que se percataran, la flor había vuelto a transformarse. Ahora sus
tallos flexibles y su follaje denso ocultaban capullos de un dorado tan
brillante como el sol. Uno de ellos se alzó sobre los demás, creciendo y
abriendo pétalos más pequeños arriba y más anchos abajo. En su centro, un
par de tonos más suaves, casi traslúcidos, formaban la ilusión de un rostro
sonriente.
—Lo hemos hecho bien. —Ark se separó de los otros y regresó para
abrazar a Birdie—. Y lo haremos aún mejor.
—No os pregunto si os gusta porque tengo la apreciación de Feyr y es
lo único que me importa —dijo Circe, bailando mientras abrazaba la
maceta.
Fúfu desplegó sus alas y dio un par de vueltas, recorriendo el cuarto de
arriba abajo y por el medio. Aalis abrió la ventana y el ave desapareció de
su vista en un par de segundos.
—¿No temes perderla? —inquirió Dye.
Aalis sonrió, con la mirada puesta en la última posición de Fúfu.
—Es libre. Ya sea lejos o cerca de mí, encontrará su camino.
—Es un pájaro astuto. Apuesto a que se va bien lejos —comentó
Gawain, levantando su vaso en un brindis—. Muy lejos de ti.
Los chicos se habían juntado cerca de la mesa, cada uno sosteniendo
un vaso lleno.
Aalis enarcó una ceja.
—¿Apostamos? —Le mantuvo la mirada a Gawain hasta que este se
ruborizó.
—Ya ves que después de la última apuesta, dos se quedan sin cabello.
—Miedica. —Aalis chasqueó la lengua y le dio la espalda.
—¡Oye! —Gawain la cogió por el antebrazo y detuvo su marcha—.
Apostemos. ¿Qué quieres?
Aalis contestó al instante.
—Si Fúfu regresa conmigo, me debes algo. Cualquier cosa en
cualquier momento que te lo pida.
Gawain se carcajeó.
—Mi diablilla, no te daré mi alma.
—Descuida. —Aalis se relamió los labios. Aunque su mirada no se
separó de la de Gawain, de algún modo, recorrió su cuerpo—. No es tu
alma lo que quiero.
—¿Y si no lo hace? —se interesó Gawain después de aclararse la
garganta.
Aalis bajó la mirada y rozó los dedos de Gawain con los suyos. Los
acarició ligeramente antes de entrelazarlos para sellar la apuesta.
—Lo hará —aseguró.
—¡Suéltalo! —vociferó Birdie, que había presenciado parte de la
escena—. Quiero que te expliques en detalle. En privado —susurró hacia
Aalis.
Las interrumpió Circe, que aplaudió para llamar su atención.
—Celebraremos la pérdida de cabello, pero esperamos más público.
Birdie sabía que faltaba Marwelene, que ella misma había invitado, así
como Grór, al que Ark había rogado que asistiera. Cómo no, su vergüenza
tenía que ser celebrada a lo grande.
Estos últimos llegaron juntos mientras ellos se llenaban las barrigas
con las maravillas que había preparado Merlín.
—¡Qué familia maravillosa tiene el señor Grór! —declaró Marwelene
nada más entrar—. Os deseo la misma felicidad, mis niños. —Agarró a
Birdie y a Ark en un abrazo fuerte y acabó por golpearlos con la varita.
El cuarto se llenó de enanos. Niños, jóvenes, adultos, después de cierta
edad era difícil determinar la edad de uno. La pareja de Grór sostenía a un
bebé en brazos y él a otro. Él se dirigió a Ark.
—Sapoloco, miamor decidió. Tú mesalvaste la vida, meregalaste otra.
Agradecidos estamos.
Su mujer se adelantó.
—Grór tehará coche. Grór tequiere equipo. Tú trabajas,
equipocontento, equipotequiere.
Ark sonrió. Birdie vio el brillo de alegría en su mirada, pero él negó
con la cabeza.
—No necesito otro coche. Tengo todo lo que necesito —dijo, cogiendo
la mano de Birdie.
Grór dejó al bebé en el suelo. No prestó atención al hecho de que
corrió gateando y desapareció debajo de una mesa. Hinchó el pecho y se
alzó sobre las puntas de los pies para golpear a Ark con el dedo en el pecho.
—Tú nosabes qué necesitas. ¡Aceptas! Yo renacido porti. ¡Aceptas!
Ark dio un paso hacia atrás.
—Salvaste la vida del señor Grór —les explicó Marwelene—. En su
cultura, eso significa un nuevo nacimiento. A partir del día cuando le
devolviste la vida, volverán a contarse los trescientos años.
Ark abrió la boca y la cerró, tragó en seco y asintió, agitando la cabeza
con fervor. Tenía la cara roja y el sudor le perlaba la frente.
—¡Aceptas! —insistió Grór.
Parte de sus niños y su esposa se unieron.
—¡Aceptas! ¡Aceptas! ¡Aceptas!
—De rojo me cubro, sin ser amapola, mi abuela y el lobo completan la
historia —canturreó Birdie.
Últimamente, sospechaba que su corazón había crecido en su pecho.
Mucho, tanto que apenas lo reconocía como propio. También descubría que
dolía, no solo cuando se merecía el dolor, sino también por la alegría.
En ese momento, el órgano pesaba por el amor hacia sus amigos y Ark.
Sospechaba que su afecto era mágico, que podría protegerlos si fuera el
caso. ¿Cómo había llegado ella, la incapaz de cuidarse a sí misma, a sentir
eso?
Pues creía poder hacerlo, y el hecho de creer, era crear magia.

Fin
El código de los príncipes

1. Si solo belleza exterior verá, viejo y descontento llegará.


2. Si a un duelo le han de retar, que sea siempre después de injuriar.
3. Cuando promete, un caballero honrado queda obligado.
4. Del príncipe bruto no sale ningún fruto.
5. Un árbol su nombre que tenga, nada con vida matará.
6. En cómo trata a otro ser menor está su honor.
7. Juzga al príncipe por sus acciones no por sus soles.
8. Su fortuna será respetarte, cuidarte y amarte como a ninguna.
9. Que no ignore las siete virtudes: fe, esperanza, caridad,
prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
10. No se libra de la maldad y mala voluntad sin caridad.

Compendio:
Si el príncipe azul no fuera, la princesa por sí sola se salvará.
Adivinanzas de Grór Stormpike

Con sus páginas abiertas te va ilustrando la mente, si alguna vez lo


prestaras, lo perderás para siempre. (El libro)
Cap 1 “Soy el lazo más unido, el eslabón más potente, mi lenguaje es
el afecto y hago más noble a la gente.” (La amistad)
Cap 2 “Le encanta la carne de ciervo y gamuza, le encanta la niña de
la caperuza.” (El lobo feroz)
Cap 3 “Piensa poco y salta mucho, dime su nombre que no te
escucho.” (El sapo)
Cap 4 “Trata a una mujer como a una princesa y demuestra que fue
educado por una reina.” (Príncipe, caballero)
Cap 5 “¿Qué cuatro letras te ayudarán llevarte mejor con una mujer?”
(O.B.D.C)
“¿Qué te pertenece pero otros lo usan más?” (Tu nombre)
Cap 6 “Puedes romperme fácilmente sin siquiera tocarme o verme.
¿Qué soy?” (Una promesa)
Cap 7 “Si la tengo, no te la doy y si no la tengo te la doy.” (La razón)
Cap 8 “De colores verderones, ojos grandes y saltones, tenemos las
patas de atrás muy largas para saltar.” (Las ranas)
Cap 9 “Muchos lo dan, casi nadie lo toma, cuando se necesita no se
recibe y si se recibe casi nunca sirve.” (Consejo)
Cap 10 “Esta pregunta le hago a un listillo: ¿qué necesita una mosca
para entrar en un castillo?” (Estar fuera)
“En oyendo un fado pierdo el estado.” (El enfado)
“Como te cases o te embarques en este día fatal, todo te saldrá mal.”
(Martes)
“No ves el sol, no ves la luna, y si está en el cielo no ves cosa alguna.”
(La niebla)
“Es pequeña a la vista pero grande por dentro.”(La cabeza)
Cap 11 “No soy palanca ninguna pero te puedo ayudar a que muevas
las montañas y las cambies de lugar.” (La fe)
Cap 12 “Si me tienes te apetece compartirme. Si me compartes dejarás
de tenerme.” (El secreto)
Cap 13 “Calzado con unas botas, un gato muy avispado, dijo unas
cuantas mentiras para ayudar a su amo.” (El gato con botas)
Cap 14 “¿Sabes lo que le dijo un árbol a otro árbol?” (Nos dejaron
plantados)
Cap 15 “¡Qué suerte tiene esta señorita! Que tiene una varita, y
cuando la agita, te convierte en princesita.” (El hada)
Cap 16 “Te dice lo que está bien, te dice lo que está mal y no es
ninguna persona, ¿de quién se puede tratar?” (Conciencia)
Cap 17 “Es persona muy insegura la que conmigo se apura.” (Duda)
Cap 18 “Cuanto más la alargas, más la acortas. ¿Qué es?” (La vida)
Cap 19 “Son princesas que nunca fueron salvadas.” (Las reinas
malvadas)
Cap 20 “¿Quién vuela sin sombra y regresa sin ruido?” (El
pensamiento)
Cap 21 “Vuela que vuela, allá va y viene, hace y construye, manos no
tiene.” (La imaginación)
Cap 22 “Cuanto más profunda es, tú mucho menos la ves.” (La
oscuridad)
Cap 23 “¿Quién dijo?: Si no tienes nada, nada tienes que perder. Si no
hay futuro para qué querrán crecer.” (Peter Pan)
“Te sales con un buen golpe, luego se pone morado para que tú puedas
presumir de algo arzobispado.” (El cardenal)
“En cien años, ya te digo, que esta amiga viene a verte, tanto el rey
como el mendigo, en polvo les convierten.” (La muerte)
Cap 24 “Es, cuando no es, y no es, cuando es. ¿Qué es?” (La mentira)
Cap 25 “¿Escuchó mis deseos y fingió haber muerto.” (El pez dorado)
Cap 26 “Nadie lo ve, todos lo necesitan, muchos lo sienten y pocos lo
conocen.” (El respeto)
Cap 27 “Tengo una amiga sin miedo a volar, que sin fatiga, se va con
un par.” (Alas)
Cap 28 “¿Puede un sapo nombrarse sapo?” (No, porque no puede
hablar)
“Vence al tigre y al león, vence al toro embravecido, vence a señores y
reyes, y a todos deja vencidos.” (El sueño)
“Siempre lo tienes delante, nunca puedes verlo.” (El futuro)
Cap 29 “Mucho correr, mucho fregar y a sus hermanas trajes planchar
pero, al final, ya lo verás, en el palacio, se casará.” (Cenicienta)
Cap 30 “Me pinché con una rueca y cien años me dormí hasta que el
beso de un príncipe hizo que volviese en mí.” (La Bella durmiente)
Cap 31 “¿Qué puedes ver con los ojos cerrados?” (Los sueños)
Cap 32 “¿Busca un cuento con final feliz o ser feliz sin tanto cuento?”
(Birdie)
“Pelo arriba, pelo abajo y al medio un tajo. ¿Qué soy?” (El ojo)
“En verano barbudo y en invierno desnudo, ¡esto es muy duro!” (El
bosque)
Cap 33 “Con largos vestidos de sedas y gasas me imitan las niñas
cuando se disfrazan.” (La princesa)
Cap 34 “Pequeño, pero importante, su hazaña más comentada: dar a
un enorme gigante una terrible pedrada.” (David)
Cap 35 “Triste, aburrido, no puede escapar, le han cerrado las puertas,
de par en par.” (El prisionero)
Cap 36 “Imagina que estás en una embarcación que se está hundiendo
en el Quemamar, y que, además, se acercan quemapeces. ¿Qué harías?”
(Dejar de imaginarlo)
Cap 37 “Hiere sin que se mueva, envenena sin tocar. Trae verdades y
mentiras y no puedes juzgarla con mirar.” (La palabra)
Cap 38 “Lo suben hacia arriba, lo bajan hacia abajo y cuando se cierra
el cuento se van todos al carajo.” (El telón)
“¿Qué da la vaca cuando está flaca?” (Da lástima)
“No tengas miedo, siempre te preocupas, utiliza los dedos, luego te los
chupas, te lo has acabado, es que te ha gustado.” (El plato de comida)
“Un niño y un pato nacieron el mismo día. ¿Al cabo de un año, cuál de
los dos es mayor?” (El pato tiene un año y pico)
Cap 39 “La voz me quitaron para caminar, el príncipe amado me fue a
rescatar.” (Ariel, La Sirenita)
Cap 40 “Fui por él y nunca lo traje.” (El camino)
Cap 41 “¿Recuerdas quién dijo una gran verdad?: Soy una doncella y
estoy en apuros… que arreglaré yo sola. Qué tengas un buen día.” (Megara,
Hércules)
Cap 42 “Todo lo escrito de tus pensamientos, si tú no les guardas se
los lleva el viento, y los que aquí tiras, no tienen talento.” (La papelera)
Cap 43 “Soy bonito por delante, algo feo por detrás, me transformo a
cada instante e imito a los demás.” (El espejo)
Cap 44 “Muy chiquito, chiquitito, que pone fin a lo escrito.” (El
punto)
Libros de este autor
La probabilidad de atrapar una estrella fugaz

¿Qué puede salir mal cuando dos corazones se atreven a soñar bajo el
mismo cielo estrellado?

Jared pensaba que había dejado atrás los más oscuros días de su vida, pero
todo cambia cuando Íria, su antiguo amor adolescente, reaparece tras trece
años. Él no quiere revivir un pasado doloroso pero ella parece empeñada en
recordárselo. Obligados a pasar tiempo juntos, se enfrentan a obstáculos,
desencuentros románticos y una serie de malentendidos, que vuelven loco a
Jared.

Dos historias entrelazadas en distintos periodos de tiempo, pero con los


mismos protagonistas.
Con un toque de humor, una dosis generosa de romance y un puñado de
situaciones cómicas, esta novela te invita a sumergirte en un viaje
cautivador, donde el pasado y el presente se entrelazan de formas
sorprendentes.
¿Podrán Íria y Jared superar sus diferencias y encontrar el amor que una vez
perdieron? ¿Se darán cuenta que al querer poseerlo todo existe el peligro de
quedarse sin nada?

Descúbrelo en esta historia que te hará reír, suspirar y creer en las segundas
oportunidades.
Libros de este autor
Fantasías Navideñas
Sinead Walsh anhela con todo su corazón regresar a Irlanda por Navidad
para reunirse con su familia, después de dos largos años de ausencia.
Sin embargo, su regreso se complica al compartir vuelo con Rian O'Neill, el
exasperante y terriblemente atractivo mejor amigo de su hermano.
Lo que comienza como un encuentro incómodo toma un giro inesperado
cuando Rian desafía a Sinead a recrear las escenas más apasionadas de sus
novelas románticas favoritas. Detrás de esta propuesta se esconden reglas
estrictas: mantenerlo en secreto y sin involucrar el sexo. Aunque, la tercera
regla es implícita y más desafiante: ¿evitar enamorarse es realmente
posible?
En un pintoresco pueblo irlandés, entre la sombra de un antiguo castillo y
secretos que amenazan con salir a la luz, Sinead y Rian se embarcan en un
juego peligroso. Mientras una misteriosa chismosa amenaza con revelar
secretos ocultos y una ex novia busca recuperar lo que una vez tuvo, el
ambiente navideño se convierte en el telón de fondo para un torbellino de
romance, fantasía y emociones intensas, que desafían las expectativas.
Una Navidad inolvidable está en juego, y con ella, la posibilidad de que los
sueños se conviertan en realidad, en el ambiente mágico que solo esta época
del año puede brindar.

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