En el canto 1, el gaucho Martín Fierro inicia su canto pidiendo
atención a los oyentes y anunciando que a su historia “le faltaba lo
mejor”. Pide aliento y se da ánimos para contar lo mucho que ha
sufrido y le agradece a Dios y a la Virgen por no haber perdido el
amor al canto y su “voz como cantor”. También le da valor a su
habilidad, diferenciándose del cantor pueblero o del hombre instruido.
Su modo de cantar es el de que canta opinando, y de quien dice la
verdad, aunque se considere un pecado o no guste. Fierro asegura
que los que lo escuchan pueden aprender mucho de él, y aunque
había roto la guitarra para no tentarse, ha vuelto para contar todo lo
que ha vivido y ver “si [puede] vivir / y [lo dejan] trabajar”. Vuelve a
pedir que le presten atención y que le dejen tomar un trago para
seguir cantando.
En el canto 2, Fierro anuncia que todo lo que ha de contar son los
“sentidos lamentos” de lo que vivió después de abandonar su tierra,
cruzando el desierto con su amigo Cruz para vivir entre los indios.
Estando allí lloró muchas veces por la pérdida de su mujer y de sus
hijos. Al primer toldo que llegaron, se armó un alboroto cuando los
vieron llegar, les quitaron los caballos y casi los matan. Se acercó un
lenguaraz para decirles que un cacique les perdonaba la vida y que
los tomaban como cautivos para intercambiarlos con algunos de los
suyos que estaban en poder de los cristianos. Mientras eran sus
prisioneros, Fierro y Cruz observaban la forma en que los indios
parlamentaban, formando un torbellino de baile y alaridos.
Martín Fierro inicia el canto 3 reflexionando sobre lo que se aprende
de tanto sufrir y describiendo el carácter desconfiado de los indios.
Estos los habían puesto a él y a Cruz separados y con vigilancia. Así
estuvieron dos años sin poder siquiera hablar, hasta que el cacique
les permitió vivir juntos. Entonces se guarecieron en un toldo a orillas
del agua, alimentándose de cualquier animal que conseguían cazar.
En el canto 4, Fierro describe cómo son los malones de los indios. Se
montan en los mejores caballos sin ropa, con lanza y varios pares de
bolas en una faja, y con un humo que se eleva en el cielo llaman a los
demás. Así en gran número realizan su “guerra cruel” y sin
compasión buscan matar al cristiano. El indio se desplaza por el
desierto “como un animal feroz”, deja el trabajo a las mujeres y se
dedica a robar, viviendo en un estado de miseria y pobreza.
Continúa en el canto 5 describiendo lo que los indios obtienen como
botín de sus invasiones a tierras de cristianos. Reparten lo que
saquearon equitativamente entre los suyos, y luego matan a todos los
animales que se robaron, a los que las chinas empiezan a descuerar,
mientras el indio vuelve a sus haraganerías. Fierro cuenta que estas
cosas y peores vio en esos años, aunque ahora las tribus están
deshechas y los mejores caciques muertos o cautivos. Los indios,
dice, son “salvajes por completo” y tratan muy mal a sus mujeres.
Estas, en cambio, son diligentes, piadosas y valientes, y soportan que
los indios, que son crueles y no saben amar, las manden como
tiranos. Fierro cuenta cómo los indios suelen hacer un cerco con las
lanzas en el que hacen entrar a la china, que larga quejidos sin que la
ronda se rompa. Allí mueren mientras los indios no paran de cantar.
En el canto 6, Fierro aclara que el indio que los ayudó a él y a Cruz
mientras estaban cautivos fue el más hospitalario. De los demás, no
podían esperar nada. Luego cuenta los estragos que produjo la
viruela entre los indios, quienes creían que algún cristiano les había
echado un “gualicho”. Para curarse, acudían a adivinas que les
suministraban remedios secretos, les daban golpes y tirones del
cabello y otras “mil herejías”.
Fierro y Cruz, deseosos de volverse a sus pagos, quisieron alejarse de
tan lamentable espectáculo. Pero el cacique que los había salvado, y
que les había dado unos caballos, se enfermó de la viruela, entonces
los dos gauchos se quedaron a su lado para ayudarlo a curar. Al poco
tiempo el indio murió y luego se enfermó Cruz. Mientras agonizaba de
muerte, Cruz le pidió a Fierro que busque a su hijo, que se había
quedado abandonado. Fierro se apenó mucho cuando murió Cruz;
todavía se aflige al recordarlo.
En el canto 7, Fierro cuenta que sepultó a Cruz con sus propias
manos, llorando y rogando a Dios por el alma de su amigo.
Desconsolado, se tiraba al lado de la sepultura de Cruz, pensando en
su mujer y en sus hijos. Así se hallaba cuando, un día, el viento le
trajo los lamentos de una mujer. Fue a ver de qué se trataba, y se
horrorizó cuando vio a una cristiana que lloraba, cubierta de sangre.
En el canto 8, Fierro cuenta que la mujer era una cautiva que se
llevaron los indios de un pueblo, donde mataron a su marido. Estaba
allí hacía dos años con su hijo sufriendo los maltratos de una china,
que la obligaba a trabajar mientras tenía a su hijo atado de pies y
manos. Cuando falleció la hermana de la china, esta acusó a la
cautiva de brujería, y uno de los indios empezó a amenazarla para
que confesara el maleficio. La mujer no hacía más que llorar,
entonces el indio le arrebató al hijo de los brazos y empezó a darle
rebencazos a la madre. Después, al ver que no confesaba, degolló a
su hijo en frente suyo, y le ató a la mujer las manos con las tripas del
niño.
Así fue como Fierro la encontró, según cuenta en el canto 9. La
cautiva le clavó una mirada como pidiéndole amparo, y este con la
suya interpeló al indio, que en seguida se dispuso a luchar. Fierro
tomó su caballo y el indio, subido al suyo, tenía listas las boleadoras.
Permanecieron un tiempo observándose y midiendo el peligro, hasta
que Fierro se dispuso atacar con su cuchillo. Durante el ataque, Fierro
se enredó con su chiripá y cayó al suelo. El indio se le tiró encima, y
casi muere con su ataque, si no fuera porque la cautiva le dio un tirón
al indio, sacándoselo de encima.
La lucha continuó, hasta que el indio se resbaló por pisar el cuerpo
muerto del niño. Entonces Fierro aprovechó para herirlo, haciendo
que el indio se retorciera y diera alaridos. Luego Fierro lo alzó de una
puñalada y lo cargó ensartado hasta dejarlo muerto. Finalizado el
combate, Fierro y la mujer dieron gracias a Dios, pidiendo por su
amparo, y él la ayudó a envolver en unos trapos los restos de su hijo.
Fierro cuenta, en el canto 10, cómo escapó del desierto con la mujer
cautiva. A ella le ofreció su caballo y él montó el del indio muerto. Los
indios doman a los caballos para que estén listos para cualquier
entrevero, y el que Fierro había tomado era un “pingo como galgo,
que sabía correr boliao”. También cuenta cómo hacen los indios para
amaestrar al animal sin golpearlos o darles azotes. Prosiguiendo su
historia, dice que escondió al muerto en un pajonal, para ganar
tiempo antes de que los otros indios lo descubriesen y lo entraran a
perseguir.
Así cruzó el desierto huyendo junto a su compañera, corriendo el
riesgo de morirse de hambre o de perderse. Luego Fierro da unos
consejos sobre cómo se debe hacer para escapar de esa inmensidad,
siguiendo la guía del “sol, las estrellas, el viento y los animales. De
esta forma, ocultándose de día para que no los vean los indios, y
comiendo a veces carne cruda o raíces para no llamar la atención,
pasaron varios días de penurias y miserias hasta pisar tierra cristiana.
Llegaron a una estancia y allí Fierro se despidió de la mujer cautiva,
diciendo que prefería que lo agarrara el gobierno para servir en la
frontera que volver con los indios. Entonces Fierro cierra su relato
diciendo que están sus hijos presentes y que está ansioso por oír lo
que tengan para contar.
En el canto 11, Fierro cuenta cómo se reencontró con sus hijos, que
están presentes y van a cantar sus historias de vida. Cuando volvió
del desierto, empezó a preguntar con discreción en algunas estancias
sobre lo que había ocurrido desde su partida, sin obtener ninguna
novedad. Después un amigo le informó que el Juez de Paz que lo
perseguía había muerto, y ya nadie del gobierno se acordaba de la
muerte del negro o del gaucho al que Fierro mató en una pulpería.
Tampoco se hablaba de cuando Fierro enfrentó a la partida de policía
que lo fue a buscar por gaucho matrero.
Sabiendo que nadie lo perseguía, empezó a averiguar por sus hijos
con más libertad, preguntándole a cualquiera con quien hablaba,
aunque nadie sabía cuál era su paradero. Un día supo de una carrera
entre estancieros y fue a verla. Allí se encontró con dos de sus hijos,
que estaban cuidando a unos caballos. Por ellos se enteró de que su
mujer había muerto, por sufrir “infinitas miserias” con un muchacho
del pueblo. Fierro jura ante su auditorio que de esa pérdida jamás
hallará consuelo y cierra su canto diciendo que sus hijos han
templado el instrumento y están listos para cantar. Fierro confía en
sus destrezas para el canto, no porque sean sus hijos, “Sinó porque
dende chicos Han vivido padeciendo”.
En el canto 12, toma la voz del poema el hijo mayor de Martín Fierro,
que va a contar cómo terminó en la penitenciaria. El hijo mayor
recuerda que, cuando Fierro volvió de la frontera, él y sus hermanos
se encontraban desamparados. Cada uno fue por su lado, y él no
tenía ni casa, ni padres, ni parientes, ni hermanos, y los pocos que lo
socorrían lo maltrataban. Se hallaba trabajando de peón en una
estancia cuando lo acusaron de matar al boyero de un vecino. Así lo
incriminaron injustamente y lo enviaron a prisión.
El hijo mayor describe la Penitenciaria como una “sepoltura” en la
que el castigo más cruel es la soledad y el silencio. Allí el día no tiene
sol, la noche no tiene estrellas y las horas son eternas. Tal encierro
doblega al más bravo y al más fuerte, y hace desesperar al que ha
vivido libre. Al preso lo atormentan los pensamientos tristes, y de
este modo “sufre, gime, llora y calla” sin hallar ningún tipo de
consuelo. No le permiten cantar, ni tomar mate, ni dejarlo fumar, y si
busca hablar con las rejas lo callan, privándolo así de la palabra, “del
don principal / Que Dios hizo a los mortales”.
El hijo mayor cierra su canto diciéndole a su auditorio que se guarden
en la memoria todo lo que cantó, asegurando que, si atienden sus
palabras y son buenos, no habrá más calabozos llenos. Y como ha
vivido encerrado y poco tiene que contar, así concluye su canto.
En el canto 13 inicia su relato el hijo segundo de Martín Fierro, quien
cuenta lo que padeció durante los diez años que pasaron desde que
Fierro se fue a la frontera. Al principio, una tía que supo de él lo
acogió y, durante ese tiempo, el hijo segundo vivió sosegado y sin
necesidad de trabajar. La tía, que lo quería y lo trataba con cariño, lo
nombró heredero de sus bienes. Cuando falleció, llegó un juez que le
dijo que, como era menor, iba a cuidar de sus bienes y darle un tutor.
Pronto quedó el hijo de Fierro sin ninguno de los bienes, y andaba
casi desnudo, sin un trapo para abrigarse.
Tiempo después pasó a manos del tutor, del que cuenta en el canto
14. El tutor era un viejo ladrón que se llamaba Vizcacha. Robaba
yeguas y vacas que les daba de comer a sus perros y con los cueros
compraba yerba, tabaco y alcohol. Vivía en un rancho medio
deshecho y tenía una carreta podrida. Vizcacha lo maltrataba
reprendiéndole con azotes y haciéndolo dormir afuera en las noches
heladas. Se decía que tuvo una mujer a la que mató por cebarle un
mate frío, después de lo cual ninguna otra mujer quiso casarse con él.
En el canto 15, el hijo de Fierro recuerda cuando Vizcacha se
emborrachaba y le empezaba a dar consejos. Le decía, por ejemplo,
que nunca vaya a donde viera perros flacos, que se hiciera amigo del
juez y que no creyera en las lágrimas de una mujer o en la renguera
de un perro. También le enseñaba a ir donde más le conviniera para
tener el estómago lleno y le advertía que, si deseaba casarse, que
supiera que es difícil “guardar / prenda que otros codicean”.
Su historia continúa en el canto 16, cuando Vizcacha se enfermó y él
buscó a una “culandrera”, que le dijo que al viejo le había salido un
“tabernáculo” bajo el brazo. En este punto interrumpe el canto un
hombre que, desde la puerta, le dice al hijo de Fierro que no se dice
“tabernáculo”, sino “tubérculo”, y que las mujeres que curan se
llaman “curanderas”, no “culandreras”. El hijo de Fierro le responde al
entrometido diciendo que no creyera haber venido “a hablar entre
liberatos” y reanuda la historia de la enfermedad de su tutor.
Vizcacha maldecía al Padre Eterno y pedía que el diablo se lo llevara
al infierno. Después ya no pudo hablar y falleció frente a él y los
perros.
En el canto 17, el hijo de Fierro cuenta que después de ver muerto a
Vizcacha le tomó un miedo terrible. Vino el juez y le contó cómo era
de travieso Vizcacha cuando era joven. Era muy buen jinete, se
llevaba mal con todos, le gustaba mezclar las ovejas para después
quejarse y robaba carneros. Cuando había un asado, lo maldecía y lo
escupía para que nadie más comiese, una costumbre que corrigió un
mulato dándole una puñalada. Después de este relato, el alcalde
tomó nota de todas las “chucherías” que poseía el viejo y nombró de
heredero al hijo de Fierro, que se lamentaba pensando en los bienes
que le habían arrebatado.
En el canto 18, el hijo segundo cuenta que se quedó solo con el
difunto y los perros. Se puso a rezar y pensó en su madre, mientras
los perros lloraban. El llanto de los perros lo atemorizó más, porque
las viejas decían que cuando los perros lloran es porque ven al
demonio. Luego tomó lo poco que era suyo y se alejó de aquella
cueva. Esa tarde un peón enterró a Vizcacha sin que nadie lo velara.
Al día siguiente se vio una de sus manos fuera de la sepultura y se la
terminó comiendo un perro. Por mucho tiempo el hijo de Fierro
soñaba temeroso con “viejos, perros y guascas”.
El hijo segundo cierra su relato en el canto 19. Dice que pasó un
tiempo esperando a cumplir treinta años, momento en el que el juez
le devolvería la propiedad que heredó de su tía. Durante ese tiempo
se enamoró de una viuda, que lo hacía sufrir con su desdén. El hijo de
Fierro fue a hablar con un adivino que curaba el mal de amor. Este le
dijo que lo habían querido embrujar y que debía maldecir a todos sus
conocidos. Después lo mandó a quitarle un trapo a la viuda para
hacer sobre este un rezo, pero aquello no le sirvió al hijo de Fierro
para curarse de sus males. También probó, como le dijo el adivino,
comiendo abrojo chico, y aunque pensó que sanaba, cada vez que
veía a la viuda, su pasión volvía a arder.
Dos veces más le dio indicaciones el adivino para triunfar sobre la
mujer. Le dijo que se colocara tres grillos en el cuello y que cortara
tres motas del pelo de un negro para hervir en leche. Pero el hijo de
Fierro ya no confiaba en que aquello le curara la pasión que lo poseía.
Finalmente, un cura le dijo que el esposo de la viuda le había hecho
prometer que no se casaría con nadie más, y ella prestó el juramento
de que así lo haría. El cura le advirtió que no persiguiera a la viuda o
se condenarían los dos, por lo que el hijo segundo desistió de su
cometida. Después se enteró de que el cura le había dicho al juez que
lo echase del partido, y este lo mandó al hijo de Fierro a la frontera.
Así se curó de andar persiguiendo viudas, aunque todavía piensa en
volver para saber qué ha pasado con su rodeo.
En el canto 20, Martín Fierro y sus dos hijos se encuentran celebrando
la alegría del reencuentro, hasta que se acerca un gaucho a cantar. El
joven, que está despilchado y andrajoso, dice que lo llaman Picardía y
pide licencia para contar su historia, advirtiendo que pronto sabrán
quién es. Toma la guitarra y comienza a cantar.
Picardía inicia su historia en el canto 21 contando que perdió a su
madre antes de saber llorarla y que no conoció a su padre, y así
anduvo desde chiquito “en busca de qué comer”. Un hombre lo tomó
para cuidar ovejas, y lo tenía trabajando del alba hasta la noche,
dándole “guascazos a lo loco”. Después de un tiempo se fue de aquel
lugar y terminó en Santa Fe, donde aprendió “a bailar en la maroma”.
Pero una vez que se burlaron de él por tener el calzón roto se cayó de
la cuerda y casi se rompe el cuello, por lo que abandonó la proeza.
Después quedó bajo el cuidado de unas tías que eran muy religiosas y
que se la pasaban todo el día rezando. Trabajaba en la casa una
mulata pícara que lo tentaba a Picardía y lo distraía cuando decía las
oraciones, haciendo que se equivocara. Por esta razón, las tías lo
reprendían con golpes y tirones de los pelos. Picardía sufría mucho y
quería deshacerse de sus parientas. Al fin se cansó de tantos rosarios
y se mandó a mudar.
En el canto 22, Picardía cuenta que empezó a ganar plata jugando a
los naipes y otros juegos de azar. Tenía un acuerdo con el dueño de
una fonda para hacer trampa y así les ganaba a los zonzos que caían
“con las manos llenas”. Él sabía cómo hacer sus jugadas con arte y
evitaba verse en aprietos.
En el canto 23, cuenta que una vez engañó a un napolitano, que se
quedó llorando por todas las chucherías que le quitó. Pero no pudo
aprovechar del capital que había ganado por mucho tiempo, porque
un oficial de partida quiso aprovecharse de él, diciendo que el juego
estaba prohibido y que se lo llevaría al cuartel. Entonces, Picardía
tuvo que repartir con el oficial sus ganancias.
Picardía supo que aquel oficial había realizado un delito en el pasado,
y que luego un amigo lo compuso con el juez. Así iba de un lado al
otro amenazando y exigiendo sobornos, que recolectaba en forma de
gallinas, pavos y corderos. Picardía lo empezó a provocar, burlándose
de él en la pulpería, hasta que un día el oficial le dijo que cuando se
presentara la ocasión, se las iba a hacer pagar. Más adelante el oficial
se declaró su enemigo cuando Picardía se le insinuó a una mujer que
era su querida.
En el canto 24, Picardía cuenta que el oficial lo puso mal con el juez
en el momento de las elecciones. Entonces, quiso el oficial quitarle a
Picardía la lista que llevaba, y cuando este no quiso hacerlo, lo acusó
de anarquista y le mandó a que vote al “candilato” ordenado por el
“Comiqué”. Picardía le respondió diciendo que votaría a quien él
quisiera, entonces vino por él la policía, que lo obligó a enrolarse a la
Guardia Nacional.
En el canto 25, Picardía cuenta cómo fue la leva que se llevó a cabo
para sumar gente a la frontera. El comandante se dirigía a los
presentes, dando diferentes justificaciones de por qué se llevaba a
cada uno. De esta manera se llevó a todos los que allí se
encontraban, a pesar de los lamentos de esposas, madres y
hermanas. Las mujeres iban a reclamarle al juez, pero este se lavaba
las manos, diciendo que nada podía hacer porque era orden del
comandante.
Cuando le tocó el turno a Picardía, como cuenta en el canto 26, el
comandante le dijo que era un vago, un jugador y un bandido como
su antecesor, entonces Picardía quiso saber qué sabía de su padre,
porque él ignoraba quién era. Empezó a averiguar y así se enteró de
que su padre era “el guapo sargento Cruz”. De su historia conocía
que se había jugado la vida en defensa de un valiente, el propio
Fierro. Ahora que sabe por Martín Fierro que Cruz bendijo a su hijo
antes de morir, Picardía quiere también bendecir su memoria. Desde
que supo quién era su padre, ha intentado corregir todas sus faltas,
aunque el nombre de Picardía no se lo ha podido quitar.
En el canto 27, cuenta que sirvió en la frontera en un cuerpo de
milicias. Dice que lo que se sufre allí ya es conocido por todos, porque
es siempre el mismo trabajar y la misma pobreza. Es tal el despojo y
el maltrato que se sufre allí, que, si el gaucho no deserta o lo matan,
solo queda esperar a que lo larguen sin recibir ninguna paga. Así
vuelve sin tener siquiera con qué cubrirse ni un papel que acredite el
servicio. De regreso en sus pagos, el gaucho descubre que su mujer,
por necesidad, vendió todos los bienes que tenían y si se acerca a
una estancia a pedir carne, lo incriminan por ser vago. Por eso,
Picardía concluye que el gobierno debería pagarle a la gente que
necesita, y sostiene que no tiene patriotismo quien descuida de esta
forma a un compatriota.
Picardía finaliza su relato en el canto 28, con su testimonio de lo que
vivió en la frontera. Él consiguió un puesto de asistente que, de algún
modo, mejoró su situación. Acompañaba a un ayudante que repartía
las raciones y que se la pasaba leyendo para convertirse en fraile;
todos lo aborrecían y lo llamaban “la Bruja”. Se decía que tenía
acuerdo con el proveedor para quedarse con una parte, y cuando
repartía iba primero con el comandante, que sacaba cuanto quería, y
así iba distribuyendo el alimento por jerarquía, hasta que ya casi no
quedaban raciones para el soldado. Otro infierno eran los uniformes,
porque les llegaba el de invierno en verano y el de verano, en
invierno. Después de contar esto, Picardía concluye que “El gaucho
no es argentino / Sinó pa hacerlo matar”
En el canto 29, todos celebran el encuentro cuando llega un Moreno
que toma la guitarra y, de forma altanera y arrogante, desafía
a Martín Fierro a una payada. Fierro acepta el desafío y toma también
el instrumento, y así se disponen los dos a cantar “en medio de un
gran silencio”.
El canto 30 desarrolla la payada de los dos cantores. Comienza Martín
Fierro diciendo que “Es deber de los cantores / El cantar de
contrapunto” y alentando a “gemir las cuerdas / Hasta que las velas
no ardan”. El Moreno inicia su parte presentándose como un “pobre
guitarrero”, el último de los diez hijos que tuvo su madre. Dice que de
un fraile aprendió cosas sobre la naturaleza, como las estaciones del
año, lo que hay en el centro de la tierra y en el fondo del mar. Afirma
entonces que está dispuesto a responder lo que le pregunte Fierro,
aclarando que no sabe leer ni escribir.
Fierro entonces le pregunta cuál es el canto del cielo. El Moreno
primero responde diciendo que el Creador no hizo clases distintas a
los negros y a los blancos. Luego dice que el cielo canta y llora con la
caída del rocío, el silbido de los vientos, cuando caen las aguas y
brama el trueno. Fierro dice primero que, aunque Dios les dio iguales
dolores al blanco y al negro, también hizo la luz “Pa distinguir los
colores”. Después, le pregunta al Moreno cuál es el canto de la tierra.
El Moreno contesta que el canto de la tierra lo forman el dolor de las
madres, el gemido de los que mueren y el llanto de los que nacen.
Fierro admira las respuestas de su contrincante y continúa su
interrogatorio preguntándole cuál es el canto del mar. El Moreno le
pide ayuda a su ingenio para contestar esta pregunta difícil, luego
dice que el mar canta cuando la tormenta brama, de una forma que
aterra “Como si el mundo temblara. Fierro sigue con la pregunta de
cuál es el canto de la noche, y el Moreno contesta que los ruidos que
uno siente sin saber de dónde vienen componen el canto de la noche,
y dice que los rumores inciertos “son almas de los que han muerto /
Que nos piden oraciones”.
Martín Fierro le advierte que los dos han de cantar dejando en paz
“las almas de los que han muerto” y luego le pregunta de dónde nace
el amor. El Moreno dice que tratará de responder aquella pregunta
oscura, diciendo que el pájaro ama los aires que cruza, la fiera ama la
guarida donde dan sus bramidos de amor, el pez ama el fondo del
mar y el hombre ama todo cuanto vive, porque “donde hay vida, hay
amor”. A Fierro le gusta lo que el Moreno explicó, y le pregunta a
continuación qué es lo que entiende por la ley. El Moreno dice que, a
pesar de su ignorancia, se defiende con lo que sabe, y luego responde
que “La ley se hace para todos, / Mas solo al pobre le rige”.
Fierro vuelve a resaltar las proezas del Moreno y le da licencia para
que le pregunte lo que él quiera. El Moreno le pide a Fierro que le
responda por qué el Eterno creó la cantidad. Fierro le responde que
uno es el sol, una la luna y uno el mundo, por lo que Dios solo creó la
unidad, y que el hombre es el que creó las demás cosas cuando
aprendió a contar. Luego el Moreno le pregunta por qué el Creador
formó la medida, y Fierro contesta que el hombre inventó la medida,
porque Dios solo tenía que medir la vida del hombre. En tercer lugar,
el Moreno quiere saber lo que significa el peso, y Fierro le dice que
Dios mandó a que todo peso “Cayera siempre en la tierra” y que el
peso, desde que existe el bien y el mal, sirve para pesar las culpas de
los mortales. El Moreno continúa su interrogatorio preguntando por
qué Dios creó el tiempo y su división, y Fierro le contesta que el
tiempo de Dios es eterno, y que el hombre es quien lo divide, “por
saber lo que ha vivido / O le resta que vivir”.
Fierro da por respondidas las preguntas del Moreno y le pide que
responda qué actividades se realizan “en los meses que train erre”. El
Moreno se molesta por la pregunta porque él había confesado que
“en leturas” era “redondo como jota”. Como no puede responder se
declara derrotado, pero advierte a los que lo oyen que no vino solo
para cantar, sino porque tiene otro deber que cumplir. Cuenta
entonces que el mayor de sus hermanos falleció “a manos de un
pendenciero, y que los nueve restantes no olvidan su muerte. De esta
forma revela que vino a buscar a Martín Fierro por haber matado a su
hermano, el negro al que el gaucho mató en un baile cuando andaba
de matrero en la Ida.
Fierro comprende que está por empezar “otra clase de junción y
aunque dice que ya no busca peleas, da a entender que está listo
para luchar, como lo estuvo en la frontera y en el desierto. Así
termina la payada y, en el canto 31, los presentes se ponen en el
medio de los payadores para que no se enfrenten. Para evitar la
contienda, Martín Fierro, sus hijos y el hijo de Cruz se van en sus
caballos hasta la costa de un arroyo, donde se sientan en círculo y se
ponen a conversar. Allí pasan la noche alegremente, porque el
gaucho sabe cómo arreglarse en el medio de la naturaleza. Como por
su estado de pobreza no pueden vivir juntos, resuelven separarse,
pero antes de irse cada uno por su lado, Martín Fierro les dirige unas
palabras a los muchachos, que expresa en el canto siguiente.
En el canto 32, Fierro les da sus consejos a sus dos hijos y al hijo de
Cruz al costado de un arroyo. Empieza diciendo que “Un padre que da
consejos / Más que Padre es un amigo”, y también aclara que él
nunca tuvo “otra escuela / Que una vida desgraciada”. Los primeros
consejos que da es que vivan con precaución, que es mejor aprender
cosas buenas que aprender muchas cosas, y que uno tiene que
reconocer cuándo se enfada.
Además, indica que se debe tener una “conduta honrada”, tratar bien
a los amigos, ser respetuoso con la gente, y también cauteloso y
moderado. Sugiere que en vez de amenazar o usar el sable y la lanza
para vencer un peligro, es mejor hacer uso de la confianza y de la
astucia, sin que esta se convierta en picardía. Hay que evitar perder
la vergüenza y ser altaneros, y si se entrega el corazón a una mujer,
no se debe hacer nada para ofenderla.
Fierro expresa en sus consejos sentencias como “El trabajar es la ley,
“Los hermanos sean unidos, “El hombre no mate al hombre”, y
ordena que se respete a los ancianos. Afirma que el hombre de razón
“No roba jamás un cobre”, que el alcohol es “el pior enemigo” y que,
si se obedece sin soberbia, “será bueno el que manda”. También da
consejos para el canto, diciendo que no templen el instrumento solo
por el gusto de hablar, sino para cantar “cosas de jundamento”.
Finalmente, cierra sus consejos diciendo que le ha costado mucho
adquirirlos, que surgieron en la meditación de su soledad, y que en
estos no hay falsedad ni error, porque “Es de la boca de un viejo / De
ande salen las verdades”.
En el canto 33, una voz externa y desconocida continúa la narración
del poema indicando que los cuatro gauchos, Fierro, sus hijos
y Picardía, se hicieron una promesa secreta y “Convinieron entre
todos / En mudar allí de nombre”. Luego, este cantor se despide,
dando fin a su argumento con unas reflexiones sobre lo que ha
cantado. Dice que, a diferencia del águila que vive en su nido; el
tigre, en la selva; y el zorro, en la cueva, el gaucho, “en su destino
inconstante, vive errante yendo a donde la suerte lo lleva. Luego
denuncia su pobreza y el maltrato que recibe, deseando que estos
males concluyan algún día, cuando el gaucho tenga lo que le
corresponde, “casa, / Escuela, Iglesia y derechos”.
Finalmente, cierra el último canto diciendo que las desdichas
cantadas son “Las de todos [sus] hermanos”, quienes guardarán su
historia en el corazón y lo recordarán con tristeza el día que esté
muerto. A quienes se sientan atacados les dice que su intención no es
ofender a nadie, porque si canta de este modo “No es para mal de
ninguno / Sino para bien de todos”