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Personajes de Edipo Rey en Sófocles

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Carlos Varias García - Sófocles

25. SÓFOCLES

ISBN - 84-9822-121-8

Carlos VARIAS GARCÍA


[email protected]

THESAURUS: tragedia; héroe trágico; drama satírico; Época Clásica; Atenas;


democracia; Heródoto.
OTROS ARTÍCULOS RELACIONADOS CON EL TEMA EN LICEUS:
23. La tragedia. Orígenes de la tragedia. Características generales de la
tragedia griega. La tragedia anterior a Esquilo.
24. Esquilo.
26. Eurípides.
29. El drama satírico.
RESUMEN O ESQUEMA DEL ARTÍCULO:
Sófocles es el más clásico y universal de los autores trágicos griegos. Nació en
el demo ático de Colono Hípico en 497/6 a. C. y murió en Atenas en 406 a. C. Su vida
ocupa todo el siglo V a. C., el de la época gloriosa de Atenas, ciudad que nunca
abandonó salvo en breves misiones oficiales. Junto a su actividad literaria tuvo
diversos cargos públicos importantes a lo largo de su vida, y fue tan popular que a su
muerte los atenienses le rindieron culto heroico como Dexión.
Sófocles compuso 123 piezas dramáticas, entre tragedias y dramas satíricos,
de las que sólo se conservan enteras 7 tragedias: Áyax (cercana a 447), Las
Traquinias, Antígona (442), Edipo Rey (entre 440 y 425), Electra (cercana a 418),
Filoctetes (409) y Edipo en Colono (representada póstumamente por su nieto en 401).
Venció en los concursos trágicos en dieciocho ocasiones y nunca quedó el tercero.
Sófocles abandonó la trilogía temática que formaban las tragedias de Esquilo y
concentró cada argumento en una sola tragedia para resaltar su protagonista: el héroe
trágico, que sufre un dolor inexplicable causado por la divinidad. Es el gran poeta de
los caracteres. Como Heródoto, todavía reproduce esquemas del pensamiento
arcaico, como en el respeto a las normas religiosas tradicionales y en el rechazo del
racionalismo sofístico; los hombres han de ser moderados ante la divinidad y aceptar
lo que ella les envía.

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Carlos Varias García - Sófocles

1. Datos biográficos
El más clásico de los trágicos griegos nació en el demo ático de Colono Hípico
en 497/6 a. C., según los datos del "Mármol de Paros". Era hijo de un fabricante de
armas, llamado Sófilo, hombre de alta posición. La biografía anónima del poeta, que
data del siglo I a. C., cuenta que en 480 a. C., con motivo de la victoria naval ateniense
contra los persas en la batalla de Salamina, Sófocles condujo el coro de adolescentes
que entonó el peán de victoria (el pasaje añade que Esquilo luchó en esa batalla y que
en el mismo año nació Eurípides, dato probablemente falso, pero que sirve para unir,
simbólicamente, en un suceso trascendental para Atenas, la vida de los tres grandes
trágicos).
Durante toda su vida Sófocles permaneció tan estrechamente vinculado a
Atenas que, a diferencia de Esquilo y de Eurípides, sólo salió de ella en misión oficial
como general, haciendo oídos sordos a las invitaciones recibidas de cortes
extranjeras. Además, no sólo se dedicó a su actividad literaria, sino que participó
activamente en la vida pública de su ciudad, desde esa aparición en el coro de 480 a.
C. hasta el final de su vida, aceptando diversos cargos importantes.
En 468 a. C. Sófocles debutó como autor teatral venciendo en el concurso
trágico con una tetralogía en la que figuraba Triptólemo; fue el preludio de una larga
carrera victoriosa, pues fue el más laureado de los tres grandes trágicos. En 443 a. C.
Sófocles fue elegido helenotamías o tesorero de la Liga Ático-Délica, cargo que
desempeñó también el año siguiente. Precisamente en 442 a. C. representó Antígona,
obteniendo tal éxito que por ello, según la biografía anónima, un año después fue
elegido general, junto con Pericles, para la Guerra Samia (441-439 a. C.), en la que la
flota por él mandada fue derrotada por la de Meliso.
En 428 a. C. Sófocles volvió a ser designado general en la guerra contra los
aneos, y es posible que de nuevo lo fuera en 423/2 a. C., junto con Nicias. Sófocles no
fue un general destacado, pero su honestidad y desinterés en defensa de Atenas lo
hicieron muy popular entre sus conciudadanos, quienes valoraron siempre las virtudes
cívicas del gran trágico. Así, cuando en plena Guerra del Peloponeso, en 420 a. C. los
atenienses introdujeron en Atenas el culto oficial de Asclepio, el gran dios de la
medicina, Sófocles acogió la estatua del dios, traída de Epidauro, en su casa, hasta
que tuvo un santuario propio, y le dedicó un peán. Este hecho revela al hombre
piadoso que siempre fue Sófocles, y asimismo su enorme popularidad.
Igualmente, después del desastre de la expedición a Sicilia, que supondría
para Atenas el comienzo de su derrota en la Guerra del Peloponeso, en 413 a. C.
Sófocles fue elegido miembro del Consejo de los Diez Probulos, creado para

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restablecer la debilitada democracia en su ciudad, aunque apenas pudo hacerlo un par


de años, hasta 411 a. C.
La talla moral de Sófocles, junto con su actividad teatral, se mantuvieron
intactas hasta el final de sus días. Buena prueba de ello es que en 406 a. C., pocos
meses antes de morir, tuvo el gesto humano de presentarse él y los miembros de su
coro enlutados y sin las coronas rituales, en señal de duelo por la muerte reciente de
Eurípides, su gran rival, pero también su gran amigo. Fue un bello epílogo a una vida
que alcanzó los 90 años, muriendo ese mismo año de 406 a. C.
La vida de Sófocles es el ejemplo más claro del ciudadano ateniense que
consigue sus mayores logros dentro de la comunidad, tal como lo definiera Pericles en
su famoso discurso fúnebre recogido por Tucídides (Historia de la Guerra del
Peloponeso II, 37-41), en el siglo de la plenitud de Atenas. Precisamente, la vida de
Sófocles corre a lo largo de todo el siglo V a. C. paralela a la época gloriosa de
Atenas: ve el desarrollo y la cima de su Imperio, basado en la democracia, y también
su progresiva decadencia, marcada por la Guerra del Peloponeso, aunque muriera
poco antes de ver la capitulación total de su ciudad.
Lo más destacable de la personalidad de Sófocles es su gran humanidad, su
carácter abierto y jovial. Su felicidad era proverbial, hasta el punto de que Aristófanes,
en Las Ranas 82, dice de él que "es todo placidez aquí y allá". Este carácter
extrovertido es la causa, sin duda, de las numerosas anécdotas que de su vida privada
nos han transmitido diversos escritores de la Antigüedad, como Platón, Aristóteles,
Plutarco o Ateneo de Náucratis, además de su biografía anónima. Varias de ellas se
refieren a su afición por los muchachos hermosos, como un auténtico ateniense de su
época.
Sófocles estuvo casado con Nicóstrata, con la que tuvo un hijo, Yofonte, que
fue también autor teatral, pero ya cincuentón se unió a una cortesana, Teóride de
Sición, y de ella tuvo otro hijo, Aristón, padre de Sófocles el Joven, que fue también
poeta trágico y el nieto predilecto suyo.
Sin salir de Atenas, Sófocles se relacionó con las figuras principales de su
siglo, comenzando por su coetáneo y amigo Pericles, el político que rigió los destinos
de Atenas durante más de 30 años, pero su mayor amigo fue el historiador Heródoto,
con el que compartía su concepción del mundo y del hombre; a él le dedicó una oda
en 441 a. C. Por otro lado, Sófocles no se encerró en su producción literaria, sino que
fue un hombre de teatro en todos los aspectos: en dos de sus obras representó como
actor, con cierta soltura, a Nausícaa bailando en Las lavanderas y al protagonista de
Támiris tañendo la lira; fundó una asociación de artistas para fomentar el arte poético,
y escribió un tratado Sobre el coro, hoy perdido.

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En claro contraste con el filósofo Sócrates, el otro gran intelectual ateniense


que nunca abandonó la ciudad, Sófocles fue tan querido por todo el pueblo de Atenas,
que éste no sólo le honró en vida con el mayor éxito teatral, sino que también, tan
pronto como murió, le rindió culto heroico llamándole Dexión: "el Acogedor",
estableciendo un sacrificio anual en su honor.

2. Obra
Las fuentes antiguas afirman que Sófocles compuso un total de 123 piezas
dramáticas, entre tragedias y dramas satíricos, además de un número indeterminado
de peanes y elegías y el tratado en prosa Sobre el coro. Se trata de una ingente
producción literaria, acorde con la vitalidad y longevidad del poeta, quien no dejó de
componer hasta el final de sus días. De su poesía no dramática se conserva
poquísimo, tan solo un par de fragmentos de la oda dedicada a Heródoto y del peán
de bienvenida a Asclepio.
Desde 468 a. C., a lo largo de sesenta años Sófocles participó en treinta
concursos trágicos (lo que representa un total de 120 piezas, pues en cada concurso
se presentaba una tetralogía, esto es, tres tragedias y un drama satírico), obteniendo
la victoria en dieciocho ocasiones, quedando las doce restantes segundo; nunca
quedó el tercero. Supera, así, tanto en número de dramas compuestos como en
victorias en vida a Esquilo y a Eurípides. Desgraciadamente, de esa magna
producción sólo han llegado enteras hasta nosotros 7 tragedias, por idéntica razón que
las siete de Esquilo (véase Tema 24). No obstante, los papiros nos han transmitido
bastantes más fragmentos de la producción perdida de Sófocles que de Esquilo: es el
caso de las tragedias Triptolemo, Támiris, etc., y, especialmente, del drama satírico
Los Rastreadores. Nos centraremos en el comentario de las tragedias enteras.
Las siete tragedias conservadas muestran una primera característica
fundamental de Sófocles que le diferencia de su predecesor Esquilo: la renuncia, en
una época que debió ser bien temprana, a la trilogía temática. En Sófocles, la historia
argumental se concentra en una sola tragedia, procedimiento cuyas consecuencias
detallamos en el apartado 3. La cronología de estas tragedias es menos clara que las
de Esquilo, pues sólo tres admiten una datación segura, mientras que se discute la
fecha de las demás, en especial la de Las Traquinias. Seguimos aquí el orden
cronológico más comúnmente aceptado, que es el siguiente: Áyax (cercana a 447 a.
C.), Las Traquinias (situada entre Áyax y Antígona), Antígona (442 a. C.), Edipo Rey
(entre 440 y 425 a. C.), Electra (cercana a 418 a. C.), Filoctetes (409 a. C.) y Edipo en
Colono (acabada hacia 407 a. C. y representada póstumamente por Sófocles el Joven
en 401 a. C.).

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Áyax y Las Traquinias, ambas de fecha incierta, pero no muy anteriores a


Antígona, representan la primera de las tres fases de la evolución teatral que, de las
obras conservadas de Sófocles, percibe Reinhardt en su libro Sophokles (Francfort
19764). Inicialmente, habría otra etapa no conservada, que empieza con Triptólemo.
En esa primera manera atestiguada, el centro de la acción dramática es el "yo"
estático, y la escena adopta la forma "monológica", estacionaria. El héroe protagonista
habla en su interior a su daimon, el destino doloroso que sufre.
Áyax narra un hecho mencionado en Odisea 11.543-565: el suicidio de Áyax
tras ser derrotado en el juicio de las armas de Aquiles, que se disputan, una vez
muerto éste, Áyax y Ulises. La tragedia está dividida en dos partes. La primera (vv. 1-
865) comienza con la venganza que desea hacer Áyax entre los griegos, pues su
honor, el de un guerrero homérico, ha quedado públicamente afrentado al conceder
aquéllos las armas de Aquiles a Ulises. Áyax, creyendo matar a los príncipes aqueos,
en realidad hace una matanza entre el ganado de sus compañeros, debido a la
intervención de Atenea, la diosa sempiterna protectora de Ulises, quien le ha
ofuscado. Cuando despierta de su locura y observa lo que ha hecho, Áyax decide
quitarse la vida, antes que vivir sin honra, pese a los ruegos de su mujer, Tecmesa, y
del coro de marineros de Salamina, su patria. Con el monólogo del protagonista antes
de morir acaba la primera parte. La segunda (vv. 866-1420), tras los lamentos de
Tecmesa y del coro, describe la disputa por las honras fúnebres entre Teucro, el
hermano de Áyax que ha llegado para ver lo sucedido, y Agamenón y Menelao, que se
oponen a sus exequias; finalmente es Ulises, en un noble gesto, quien impone su
voluntad y proporciona a Áyax una honrosa sepultura.
En esta tragedia se observa la característica fundamental presente en todos los
dramas de Sófocles: la soledad del héroe trágico. A diferencia de Esquilo, quien pone
en el núcleo de sus tragedias el motivo de la culpa y de la expiación, en Sófocles éste
carece de importancia: el dolor del héroe no corresponde a ninguna culpa previa; la
propia diosa Atenea, causante de la locura de Áyax, lo dice cuando lo ensalza como el
más sensato de los hombres (vv. 119 s.). Áyax, un hombre honesto, es víctima de su
ignorancia respecto al dominio que los dioses ejercen en el mundo, y su defensa del
honor le lleva irremediablemente a la muerte. La forma de díptico de la tragedia es
completamente necesaria: la segunda parte, con la reivindicación póstuma de Áyax, es
esencial, pues restablece el honor del héroe y el equilibrio que había roto con su
proceder.
Destacables en esta obra son los tres discursos que pronuncia el protagonista
en la primera parte. De ellos, el de interpretación más discutida es el segundo (vv.
646-692), en el que Áyax parece dar a entender que las palabras de su mujer le han

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convencido para no suicidarse. Este discurso da pie a un canto de alegría por parte del
coro, que se produce justo antes de la desgracia definitiva, ironía trágica típica de
todos los dramas sofocleos. La discusión se centra en si en este pasaje Áyax simula a
su mujer y al coro su verdadera decisión, para que nadie le impida ejecutarla, o si
realmente ha sufrido un cambio de parecer y sus palabras son sinceras, en el sentido
de ceder ante los dioses y resignarse a su situación. En realidad, un examen detallado
del pasaje y contrastado con otros paralelos de la obra de Sófocles, como el de Electra
1448-1456, revela que Áyax no está mintiendo, sino que se limita a constatar el orden
existente en el universo, al que él no puede ya adaptarse; no ha cambiado de opinión,
sino que la confirma con estas palabras, que tienen un significado completamente
distinto para su esposa y para el coro, quienes entienden que Áyax ha desistido de su
idea de quitarse la vida.
Las Traquinias, igual que Áyax, está dividida en dos partes, la segunda mucho
más breve que la primera. El título de la tragedia designa al coro formado por mujeres
de Traquis, ciudad correspondiente a la histórica Heraclea Traquinia, al norte del paso
de las Termópilas, en donde se sitúa la acción del drama. La primera parte (vv. 1-946)
narra la historia de Deyanira, esposa de Heracles, que espera en Traquis a su marido,
quien debe afrontar una serie de aventuras en lejanos países. Un mensajero anuncia
la llegada del héroe, pero en seguida llega Licas, heraldo de Heracles, con la hermosa
princesa Yole. Pronto descubre Deyanira que Yole es la amante de su esposo, y
recuerda entonces que el centauro Neso, al morir, le dio su sangre con la que podía
recuperar el amor de Heracles cuando éste le fallara. Deyanira envía a Heracles, en
señal de bienvenida, una túnica humedecida con la sangre de Neso, sin saber que
lleva el veneno de la hidra procedente de la flecha con la que Heracles mató a Neso.
Tras el canto de alegría del coro, el hijo de Heracles y Deyanira, Hilo, llega diciendo
que su padre, preso de atroces dolores, se halla moribundo, y maldice a su madre.
Deyanira abandona en silencio la escena y poco después la nodriza cuenta su
suicidio, y cómo Hilo ha sabido la verdad de lo sucedido.
En la segunda parte (vv. 947-1278) aparece en escena el moribundo Heracles
maldiciendo a su esposa; Hilo le revela lo acontecido, y el héroe reconoce entonces la
voluntad de los dioses manifestada en un antiguo oráculo. Heracles da las últimas
disposiciones a su hijo antes de morir.
Algunos críticos han observado en esta obra influencias del Heracles o del
Alcestis de Eurípides en el paralelismo de determinadas escenas, motivo por el que
retrasan considerablemente la fecha de su composición, pero no hay argumentos
suficientes para esta postura. La protagonista de la tragedia, Deyanira, se asemeja a
Áyax en el grave error que comete de forma totalmente involuntaria, y en la resolución

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que adopta en cuanto se apercibe de ello: el suicidio. El carácter de esta mujer resulta
un tanto extraño para el espectador, puesto que no muestra ningún recelo ante la
presentación, por parte de Licas, de la bella Yole como botín de guerra de Heracles, y
sólo cuando por boca del mensajero se entera de que es su amante, reacciona, con
más sensatez que ira, tratando de recuperar el amor de su esposo. Por su
comportamiento, parece un carácter poco femenino, acorde con la historia mitológica
que la acompaña. En realidad, a Sófocles le interesa resaltar en Las Traquinias, por
encima de todo, el error de la voluntad humana, que consigue lo contrario de lo que
busca debido a su ignorancia del designio de los dioses, como bien lo expresa el
último verso de la obra: "nada hay en esto que no sea Zeus".
Antígona y Edipo Rey, las dos obras maestras de Sófocles, representan su
etapa de madurez, la segunda fase de su evolución teatral, en la que los hombres
actúan con su daimon en libertad, pero con la presencia de los dioses, que acaban por
determinar su destino.
Antígona, la tragedia más famosa de la Antigüedad y la más recreada por
autores contemporáneos, es el drama de contraste de dos figuras irreconciliables:
Antígona y su tío Creonte. El argumento corresponde a la parte final de la saga
tebana, siguiendo la historia de Los siete contra Tebas de Esquilo. Muertos Eteocles y
Polinices, su tío Creonte se proclama nuevo gobernante de Tebas, y mientras entierra
con todos los honores a Eteocles, prohibe enterrar a Polinices, por haber atacado la
ciudad; quien transgreda su decreto será condenado a la pena de muerte. Aquí
empieza la acción del drama, cuando la heroína Antígona, al contrario que su hermana
Ismene, se rebela ante esa prohibición y comienza a sepultar a Polinices. Apresada
por los guardianes y llevada ante Creonte, en un impresionante diálogo Antígona se
reafirma en su proceder, y Creonte la condena a morir encerrada en una gruta, para
evitar la mancha de sangre de un pariente. Luego Creonte se enfrenta a su hijo
Hemón, novio de Antígona, y a Tiresias, el adivino que le pronostica las desgracias
inminentes; cuando, después de este diálogo y aconsejado por el corifeo, Creonte
recapacita y cambia su decisión, ya es demasiado tarde: en la gruta encuentra a
Antígona ahorcada y a Hemón a sus pies; éste se quita la vida delante de su padre, y
después, cuando se entera de la muerte de su hijo, la esposa de Creonte, Eurídice, se
suicida en el palacio. Creonte, completamente deshecho, comprende al final la
ceguera en la que ha caído.
Muchas son las interpretaciones a que ha dado lugar esta tragedia
emblemática de Sófocles, todas ellas a partir de la oposición radical entre los dos
protagonistas del drama, Antígona y Creonte. Quizá la más conocida y discutida sea la
de Hegel, quien en varias obras pone Antígona como ejemplo de su concepción de la

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historia, como conflicto entre la tesis del derecho del Estado, representado por
Creonte, y la antítesis del derecho de familia, representado por Antígona, que se
superaría con una síntesis de ambas posiciones. Si, en cambio, se analiza la tragedia
desde la perspectiva religiosa de todo drama sofocleo, se percibe de inmediato un
conflicto entre religión y ley humana. Se ha observado, con razón, que la prohibición
de Creonte de negar sepultura a los traidores no era excepcional en el mundo griego,
sino habitual dentro de la tradición legal y religiosa, y que Antígona es tan
intransigente en sus palabras que llega a disgustar al coro de ancianos tebanos, que
representa la cordura del pueblo. Por ello, algunos sostienen que en Antígona
Sófocles, con el destino de los dos protagonistas, quiere mostrar las desgracias
producidas por la irreflexión de ambos por igual, y llama a la moderación en la
conducta humana.
Sin embargo, Sófocles es claro partidario de la actitud de Antígona, la heroína
trágica de la pieza: la libertad que ella representa triunfa, con su muerte, sobre la
tiranía con la que se muestra a Creonte, que cae en la ruina total. Ello se percibe en el
momento en el que Antígona le dice a Creonte que el poder de las leyes no escritas e
inmutables de los dioses están por encima de las leyes humanas, que son
perecederas. Sófocles ya antes ha advertido del peligro del hombre que abandona la
piedad religiosa y del relativismo sofista en el primer estásimo del coro, y éste es el
verdadero motivo de la obra: es la tozuda irreflexión de Creonte la verdadera causante
de su aislamiento y de todas las desgracias, como expone el coro en el éxodo. La
soledad de Antígona, manifestada en el diálogo que mantiene con Ismene, es la propia
de los héroes y heroínas sofocleos. Antígona tiene, además, otros contrastes (por
ejemplo, el enfrentamiento hombre-mujer, evidente en las palabras machistas de
Creonte) y está llena de frases memorables, que la hacen una de las tragedias más
inmortales.
Aristóteles consideraba Edipo Rey como la mejor tragedia jamás compuesta,
opinión que se sigue sustentando desde entonces; es, sin duda, la tragedia cumbre del
teatro griego. Paradójicamente, no obtuvo el primer premio, sino el segundo, en el
concurso trágico. Inserta en el ciclo tebano, esta tragedia narra la historia de Edipo,
rey de Tebas, el más feliz de los mortales por haber vencido a la Esfinge y haberse
hecho con el trono y con la reina viuda de esta ciudad, Yocasta. Al comienzo del
drama, Edipo se enfrenta a una peste que asola Tebas, enviada por Apolo porque el
asesino no descubierto del anterior rey Layo contamina la ciudad. En la búsqueda de
este hombre, poco a poco Edipo va descubriendo su pasado y su verdadero origen,
hasta que se le revela que él es el causante de la peste: ha matado a su padre Layo y
se ha casado con su madre Yocasta, con la que ha tenido cuatro hijos. Tras el suicidio

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de Yocasta, la obra termina con Edipo ciego, pues se ha quitado los ojos para no ver
estos hechos execrables, saliendo de la ciudad guiado por sus dos hijas, Antígona e
Ismene.
Edipo Rey es el drama de la revelación, de la búsqueda del ser verdadero a
partir de la apariencia que emprende Edipo, siguiendo el conocido precepto délfico
"conócete a ti mismo". Edipo, protagonista absoluto de la obra, es el héroe trágico que,
como Áyax, Antígona o Electra, se encuentra solo frente a su destino, pero no
abandona el camino emprendido. Mediante un ritmo in crescendo que mantiene en vilo
hasta el desenlace la atención del espectador, Edipo va en busca de su identidad en
un "trágico análisis", en palabras de Schiller, por el que adquiere conciencia de los
acontecimientos, que se le revelan a él al mismo tiempo que al público que ve la obra.
Hombre noble y prudente, Edipo no ha cometido voluntariamente ninguno de sus
crímenes, y así la obra no centra en su culpa la causa de su destino final. Una vez
más, el designio de la divinidad escapa al conocimiento del hombre, pero la
purificación de la ciudad debe hacerse por completo, y por eso Edipo rehusa hacer
caso de Yocasta, que percibe antes la verdad de los hechos, y parar la investigación y
se apresta a oír toda la verdad de sí mismo, cuando ya intuye quién es él, gesto propio
del héroe trágico que le dignifica.
Con la revelación y desenlace final, se manifiesta la noción religiosa más
terrible y trascendental de Edipo Rey, expresada por el coro en el éxodo, con las
palabras que termina la obra: la caducidad de la felicidad humana, la fragilidad de su
existencia. "Ningún mortal puede considerar a nadie feliz con la mira puesta en el
último día, hasta que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso" (vv.
1528-1530).
Electra, Filoctetes y Edipo en Colono representan la tercera y última fase del
teatro sofocleo, en la que el "tú" es el eje sobre el que gira la acción, estableciéndose
un dinamismo yo-tú mientras los dioses permanecen al margen de la acción, aunque
su ausencia es aparente. Estas obras posteriores son mucho más complejas y más
libres que las primeras; su madurez consiste en una mayor libertad en la estructura y
en el tratamiento de los argumentos.
Electra narra la historia de Las Coéforas de Esquilo y de la tragedia homónima
de Eurípides, que es algo posterior a la de Sófocles: la venganza de Orestes, instigada
por su hermana Electra, de los asesinos de su padre Agamenón: su madre Clitemestra
y su amante Egisto. La novedad principal respecto a Esquilo es que en la tragedia de
Sófocles la protagonista absoluta de la obra es Electra, que está presente en todas las
escenas. La estructura de la tragedia muestra una técnica de composición muy
depurada, con escenas concéntricas dispuestas en torno a la gran parte central del

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drama, que forman la disputa entre Electra y su madre y la narración del pedagogo de
la falsa muerte de Orestes (vv. 516-822), y con un ritmo gradual in crescendo que sirve
para revelar el carácter de la protagonista, hasta el rápido desenlace, la acción
vengadora con los dos asesinatos, que se condensa en los últimos cien versos de la
obra.
Más que ningún otro drama de Sófocles, ésta es la tragedia humana de la
heroína protagonista, Electra, que habla casi la mitad de los versos de la obra (661, un
44%), y en torno a la cual se configuran todos los episodios y los cantos corales. Por
esta razón, los dioses no intervienen en la escena. Sófocles dibuja todos los perfiles
del alma de esta mujer, desde el más intenso dolor hasta la más intensa alegría. Su
hermano Orestes, en cambio, es mucho menos consistente que en la versión de
Esquilo; es Electra quien lo conduce a vengar a su padre. Por ello, el problema ético
del matricidio pasa a segundo plano. A diferencia de Esquilo, Sófocles está mucho
más cerca de la versión homérica de esta venganza, que no entra en esa cuestión.
Precisamente para obviar el problema, Sófocles altera significativamente el orden de
los asesinatos que aparece en Las Coéforas: en Electra, Orestes mata primero a
Clitemestra, y luego a Egisto. Electra es la encargada de restaurar el hogar paternal
contra el que se ha rebelado Clitemestra; el castigo de ésta es la única purificación
posible de la casa de Micenas.
Hay en Electra un paralelismo claro con Antígona en los caracteres de sus
personajes principales: Electra se parece a Antígona, como también sus respectivas
hermanas, Crisótemis e Ismene, que, por contraste, representan la mujer débil y
sumisa; también son parecidos en su hybris los parientes poderosos a los que se
enfrentan, Clitemestra y Creonte.
La tragedia de Sófocles que probablemente más nos conmueve hoy en día es
Filoctetes, por cuanto trata un asunto de compañerismo y engaño, de solidaridad con
el enfermo. El tema ya había sido tratado por Esquilo y Eurípides, en sendas piezas no
conservadas; la de Eurípides, homónima de la de Sófocles, le precede en veintidós
años (es de 431 a. C.). Sófocles, que innova en varios aspectos la trama, obtuvo con
esta tragedia el primer premio en 409 a. C.
Filoctetes, uno de los guerreros aqueos que van a luchar contra Troya, es
abandonado por sus compañeros en la isla de Lemnos, que aparece desierta en
Sófocles, debido a una herida que le supura y hiede sin cesar, haciéndole
insoportable, causada por la mordedura de una serpiente. Pero un oráculo ha predicho
a los griegos que sólo el arco maravilloso de Filoctetes, llevado por él mismo a Troya,
puede darles la victoria. Éstos urden un plan, y envían al astuto Ulises y a
Neoptólemo, el hijo de Aquiles, a tratar de traer a Troya al héroe abandonado. Aquí

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comienza la acción de la tragedia, con el desembarco de Ulises, Neoptólemo y el coro


de marineros en Lemnos. Ulises instruye a Neoptólemo diciéndole que es preciso
engañar a Filoctetes para llevarlo con su arco a Troya; el hijo de Aquiles se resiste,
pero se deja convencer por el argumento de la toma de Troya. Cuando Filoctetes,
persuadido por Neoptólemo, le entrega el arco, éste, arrepentido del engaño, le revela
la verdad: no van a llevarlo a su patria, como le había dicho, sino a Troya, y le
devuelve el arco, pese a la fuerte oposición de Ulises. Filoctetes se niega a ir a Troya,
y al final aparece Heracles, deificado, de quien procede el arco de Filoctetes, y ordena
a su amigo que vaya a Troya; Filoctetes obedece.
Drama ético de madurez, Filoctetes es una tragedia construida sobre el
carácter de los tres personajes que ocupan toda la obra: Filoctetes, Neoptólemo y
Ulises. El dinamismo que ya apareció en Electra es mayor en esta obra compuesta por
Sófocles casi a los noventa años, en la que los personajes actúan con libertad sin la
presencia de ningún dios, salvo la aparición final de Heracles. El héroe protagonista,
Filoctetes, está, como Electra, completamente solo y transido de dolor, en este caso
también un dolor físico, y es de noble conducta, superior a la de los hombres que le
rodean (aquí Ulises y Neoptólemo). Como los demás héroes trágicos de Sófocles, su
voluntad es irreductible hasta el final, cuando la aparición de Heracles le hace
obedecer a la divinidad, que salva su dignidad. Ulises es el guerrero astuto que
describe Homero, y que pone por encima de todo lo que anacrónicamente se llamaría
hoy la "razón de Estado", esto es, la toma de Troya, sin reparar en los medios, si son
moralmente lícitos o no, para conseguirla. En medio, Neoptólemo es quien sufre en su
interior el drama entre su conciencia y el deber del soldado; al final, su manera de ser,
el ser hijo de quien es, Aquiles, hace apartar el engaño de su conducta y ponerse de
lado del noble Filoctetes. El callejón sin salida que resulta de este conflicto humano
obliga a la aparición de la divinidad, Heracles, de un modo más natural que el recurso
del deus ex machina de Eurípides; Heracles señala el camino que conduce a la digna
salvación de todos.
La última de las tragedias de Sófocles, que es también la más larga (1.779
versos), es Edipo en Colono, compuesta el último año de su vida, y llevada a la
escena por su nieto homónimo en 401 a. C. Es una tragedia de súplica, cuyo
protagonista, Edipo, viene cargado de desdichas, pero también de beneficios. El
motivo del suplicante estructura la pieza entera. La acción empieza donde acaba
Edipo Rey, con la llegada de Edipo ciego, guiado por su hija Antígona, al santuario
dedicado a las Euménides, en Colono Hípico, la patria chica de Sófocles. Un lugareño
le informa del sitio adonde ha llegado y le conmina a marcharse, pero Edipo no lo
hace, pues sabe por el oráculo délfico que ahí deben acabar sus días, y pide la

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presencia del rey de Atenas, Teseo. A lo largo de la obra, Edipo tiene que superar los
obstáculos de quienes se oponen a concederle asilo en Colono con sus dos hijas: el
coro de ancianos colonenses, Creonte y Polinices, pero el rey Teseo le concede asilo
y protección. Finalmente, antes de morir, Edipo comunica a Teseo los beneficios que
tanto él como Atenas recibirán gracias a haberlo acogido, cuando sea allí sepultado,
porque los dioses le han convertido en héroe benefactor. Con el relato del mensajero
del misterioso fin de Edipo y la protección asegurada a sus dos hijas acaba la obra.
Escrita más de veinte años después de Edipo Rey, Edipo en Colono es la
despedida de Sófocles de la escena teatral, y en cierto modo también del mundo en el
que ha vivido. En la figura de Edipo transpira el propio Sófocles: ya no es el rey de
Tebas en la cima de su gloria, sino el anciano que busca el lugar adecuado para su
descanso definitivo, pero que aún conserva poderes especiales, como muestra la
terrible maldición que lanza contra sus hijos, Eteocles y Polinices, por haberle
desterrado para luchar por el dominio de Tebas (vv. 1348-1396), episodio en el que se
ha querido ver un reflejo de la tensa situación familiar que padecería Sófocles en su
vejez.
El impresionante tercer estásimo cantado por el coro (vv. 1211-1248) pone voz
al sentir del poeta, cuando dice que no es bueno vivir más tiempo del conveniente, y
que lo mejor, una vez nacido, es volver allí de donde se viene. Pero el final de Edipo
no es amargo, sino dichoso, pues, siendo un hombre al que le han sucedido terribles
desgracias, es el elegido por la divinidad para colmar de bendiciones la tierra donde va
a reposar, Atenas. En esta su última obra Sófocles hace el mayor elogio de su patria,
Atenas, y también de Colono, en el primer estásimo del coro (vv. 668-719), después
que Teseo le ha confirmado el asilo a Edipo. Es el adiós del hombre que, antes que
nada, amó a Atenas y le fue siempre fiel, en los buenos y en los malos momentos.

3. Aportaciones de Sófocles a la tragedia


Sófocles fue el principal renovador del teatro ateniense del siglo V a. C.,
dándole la frescura necesaria para que, en lugar de decaer, fuera el género literario
más popular de su época y alcanzara el clasicismo que ya no perdería nunca. En la
variedad y alcance de sus aportaciones formales a la escena, que fueron bien
recibidas, se demuestra claramente la importancia que él daba a la representación;
como verdadero hombre de teatro, las obras de Sófocles son concebidas para ser
representadas, no para ser leídas.
En primer lugar, pronto acabó Sófocles con la tradición de que los autores
apareciesen como actores en sus propias obras. La propagación de representaciones

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teatrales ya había hecho surgir actores profesionales, dotados, lógicamente, de


cualidades mejores que los autores (voz, gesticulación, trabajo corporal, etc.).
Por otro lado, Aristóteles, en Poética 1449a, dice que Sófocles aumentó a tres
el número de actores e introdujo la escenografía. El aumento hasta tres del número de
actores fue esencial para el desarrollo del teatro, ya que permitió un juego mayor de
los personajes que toman parte en los episodios. Prueba de ello es que Esquilo
rápidamente adoptó la innovación, ya que en la Orestía, su obra cumbre, introdujo el
tercer actor, aunque le saca poco partido. La consecuencia más importante de esta
reforma fue la posibilidad de hacer un diálogo triangular, con la intervención activa de
tres personajes en la escena. El cambio no fue inmediato, sino que requirió un proceso
de adaptación. Así, en el éxodo de Áyax, coinciden en el escenario Teucro, Ulises y
Agamenón, pero no hay ningún diálogo triangular entre ellos, sino un diálogo entre
Ulises y Agamenón en el que Teucro permanece callado.
El primer esbozo de diálogo triangular en Sófocles se encuentra al final del
primer episodio de Las Traquinias, cuando interviene el mensajero en el diálogo entre
Deyanira y Licas recriminando a éste último que no dice toda la verdad a la reina (vv.
393-496). La consolidación de este recurso se percibe claramente en Edipo Rey, por
ejemplo, en la fuerte discusión del episodio segundo entre Edipo y Creonte en la que
interviene Yocasta intentando, en vano, calmar a su marido (vv. 634-677).
No sabemos exactamente a qué se refiere Aristóteles cuando atribuye a
Sófocles la introducción de la escenografía, pues los decorados existían ya en las
tragedias de Esquilo. Probablemente aluda a la importancia dada por Sófocles a este
elemento, en concreto a la pintura de los decorados, que serían mucho más vistosos.
Pequeños detalles, que menciona la biografía anónima del dramaturgo, entran en esta
esfera: la introducción del cayado y del color blanco en el calzado llamado coturno, lo
que muestra hasta dónde llegaba la minuciosidad de Sófocles. Además, parece ser
que acogió el modo musical frigio para sus partes líricas.
La reforma más importante de Sófocles desde el punto de vista estructural fue
la renuncia a la trilogía temática que había heredado de Esquilo. La causa principal
que debió llevarle a esta postura fue la necesidad que sentía de condensar la acción
dramática en una sola tragedia para transmitir la mayor intensidad posible al
espectador, y también por su concepción teatral en la que el protagonista, el héroe
trágico, adquiere toda su profundidad. Si en Esquilo la trilogía servía
fundamentalmente para exponer una tesis en una trama argumental cuyo eje era un
linaje, verdadero protagonista de sus obras (así en la Orestía), en Sófocles la tragedia
sirve ante todo para resaltar el sufrimiento del personaje que se halla por encima de la
normalidad, el héroe trágico, único protagonista de sus dramas. Con esta reforma

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capital la tragedia no sólo ganó en intensidad, sino también en vivacidad, al


concentrarse la acción.
Este cambio comportó una modificación de la estructura de la tragedia respecto
a cuando formaba parte de una trilogía. La tragedia se divide ahora en dos partes
claramente diferenciadas; así sucede en la primera etapa del autor, en Áyax y en Las
Traquinias, y también, en cierto modo, en Antígona (vv. 1-987, hasta la salida de
Antígona y el canto coral que le sigue, y vv. 988-1353, con el cambio de Creonte y la
catástrofe final). Es lo que se llama forma de díptico, en la que la primera parte
desarrolla toda la acción hasta el clímax que representa el fracaso del héroe, mientras
que la segunda, mucho más breve, es necesaria para revelar el triunfo póstumo del
héroe y dignificarlo. Esta estructura hace que la tragedia tenga una extensión bastante
más larga que antes: si en Esquilo el promedio es de unos 1.070 versos por tragedia,
en Sófocles la mayoría sobrepasan los 1.400, siendo más extensas a partir de su
período de madurez: Áyax tiene 1.420 versos; Las Traquinias es la más breve, con
1.278; Antígona alcanza 1.353; Edipo Rey, 1.530; Electra, 1.510; Filoctetes, 1.471;
Edipo en Colono, con 1.779, supera con creces las anteriores.
Al mismo tiempo, las partes dialogadas adquieren mayor relieve, reduciéndose
la extensión de los cantos corales, que ocupan el 21,9% del texto en Sófocles, frente
al 35,1% en Esquilo. Ello, sin embargo, no implica que el coro pierda su importancia y
tenga un papel de simple relleno entre escena y escena; la prueba está que Sófocles
aumentó de doce a quince el número de coreutas. Mucho se ha discutido sobre el
cometido del coro sofocleo. Por lo pronto, se observa que es mucho más lógico y está
más cerca de lo que pasa en la escena que el coro esquíleo, en el que predomina las
referencias al mundo épico. Los coros sofocleos inducen a la reflexión sobre lo que
sucede en el escenario, lo que realza su papel dramático, sin que deban confundirse
con un actor más del drama, como quiso Aristóteles, en Poética 1456a. En ellos se
une en perfecta simbiosis la visión del personaje con la visión del dramaturgo. Los
cantos corales sofocleos son generalmente antistróficos y suelen cantarse con la
escena vacía.
El prólogo, formado por una o tres escenas, es relativamente independiente en
las cuatro primeras tragedias, mientras que en las tres últimas prepara e inicia la
acción. Menos Electra y Filoctetes, que tienen sólo tres episodios, las demás tragedias
constan de cuatro, y Antígona de cinco. Casi todos los episodios de las tragedias de
Sófocles tienen carácter dramático. El clímax suele alcanzarse en el tercer episodio
(en Antígona es el cuarto), desde donde se produce la súbita caída o catástrofe hasta
el final de la obra.

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4. Ideas religiosas y políticas de Sófocles: la dimensión del héroe trágico


Los dos aspectos por los que Sófocles destaca sobre el resto de los trágicos
son los caracteres y la arquitectura dramática. Frente a Esquilo, llamado por Murray
“poeta de las ideas”, Sófocles es, sin duda, el “poeta de los caracteres”, pues sobre
ellos construye sus dramas. La selección de los temas míticos presenta dos
exigencias en su teatro: tienen que tener un valor religioso y tienen que suministrar un
héroe o heroína que dé lugar a un gran personaje. En las obras de Sófocles hay un
protagonista, el héroe trágico, con uno o varios antagonistas. Desde el título de sus
obras se hace evidente esta concepción: todas, salvo Las Traquinias, tienen por título
únicamente al protagonista.
La dimensión de los héroes sofocleos alcanza a todos los personajes de sus
dramas, que giran en torno suyo. Se trata de grandes caracteres, personajes que
están por encima del patrón típico, pero con pocos rasgos enteramente individuales.
No son, sin embargo, meros personajes-tipo, sino personalidades caracterizadas por
su physis, su modo de ser innato, el que recibe cada hombre en su nacimiento y que
no está sujeto a cambios.
Todos los héroes de los dramas sofocleos tienen en común dos características
esenciales: una voluntad inquebrantable, que les hace mantenerse firmes en sus
convicciones hasta las últimas consecuencias, y el sufrir un dolor inexplicable para él
causado por la divinidad. Ambos rasgos llevan al héroe a alejarse del resto de los
hombres, a estar solo frente al mundo divino. En la voluntad inquebrantable de los
héroes trágicos se perciben personajes ideales más que reales, capaces de vencer las
debilidades humanas más comunes: así Antígona cuando marcha decidida a la
muerte, eso sí, lamentándose amargamente de su desgracia (Antígona, vv. 891-943),
o Electra cuando, después de escuchar la falsa muerte de su hermano Orestes, en
quien había depositado largo tiempo sus esperanzas de venganza, sobreponiéndose
al dolor, planea matar ella sola a Egisto, tras el rechazo de su hermana Crisótemis
(Electra, vv. 947-989 y vv. 1017-1020). En la descripción de estos caracteres, Sófocles
utiliza con frecuencia el método del contraste, mucho más que Esquilo: es el caso de
Antígona y su hermana Ismene en Antígona, o de Electra y su hermana Crisótemis en
Electra, a los que nos hemos referido anteriormente.
Es la separación entre el héroe y la divinidad lo que provoca la situación trágica
del teatro de Sófocles, para quien la función principal de sus dramas es la exposición
de su pensamiento religioso. Sófocles no adopta la actitud crítica de la religión
tradicional que muestra Eurípides, pero tampoco la consonancia entre el mundo divino
y el mundo humano que sostiene Esquilo. El teatro de Sófocles se inscribe en la crisis
espiritual de su época en Atenas, puesta de manifiesto, sobre todo, por el movimiento

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sofístico, para cuya solución propone la recuperación del pasado, con una visión
purificadora y moralizante de la religión tradicional.
Para Sófocles, la relación de los dioses con los hombres logra un equilibrio si el
hombre no transgrede las leyes divinas, que aparecen en dos campos: prescripciones
morales y principios universales. El ejemplo más conocido es el de Creonte en
Antígona: con su prohibición de enterrar el cadáver de Polinices ha transgredido
“siendo mortal, las leyes no escritas y firmes de los dioses. Pues su vigencia no viene
de ayer ni de hoy, sino de siempre, y nadie sabe desde cuándo aparecieron” en
palabras de Antígona (vv. 453-457). El hombre debe acatar las leyes divinas, pero
sabiendo que Zeus, el dios supremo al que nada escapa, ha ordenado el universo de
manera que todo esté sujeto a cambio, por lo que el hombre debe aceptar este cambio
de los dioses, inexplicable para él. Aquí subyace la discrepancia entre el mundo
humano y el divino, la aparente contradicción entre determinismo y libre albedrío que
hay en las obras de Sófocles. Los dos aspectos pueden coexistir si el hombre
permanece dentro de los límites que la divinidad le impone. Lo que caracteriza al
ciudadano ejemplar, al hombre de bien, es la aceptación de todo lo que los dioses le
envían, incluso los males.
Es en la rebeldía contra este estado de cosas en donde se halla el héroe
trágico, lo que le provoca un dolor absoluto, insoluble, definitivo, que a menudo no
tiene otra salida que la muerte. El héroe no comprende el por qué de los males que
sufre, puesto que no son comprensibles para el hombre los designios de los dioses.
No responden a ninguna culpa previa, como en el teatro de Esquilo: ni Áyax, ni
Antígona, ni Edipo, ni Electra, ni Filoctetes, ni Deyanira han realizado ninguna acción
malvada voluntariamente, sino, al contrario, en su vida se han comportado con
nobleza y en ayuda de los demás. Pese a ello, son víctimas de la voluntad divina, que
les lleva a una situación límite, a la soledad en su actuación, en donde descubren su
ser verdadero.
En este aspecto, es fundamental el recurso de la “ironía trágica”, tan
típicamente sofocleo, consistente en que el personaje que habla es víctima del doble
sentido de sus palabras, y que sirve para realzar lo ilusorio del conocimiento humano.
Las víctimas de esta ironía no son sólo los héroes, sino también cualquier otro
personaje del drama, incluyendo el coro. Con frecuencia ocurre justo antes de la
catástrofe final. Todo Edipo Rey, desde el principio hasta el final, es una gran ironía
que padece el protagonista, pero es justo antes de que se revele la verdad cuando
alcanza su grado más alto, tanto en Edipo, al entender equivocadamente las palabras
de Yocasta y pensar que es hijo de la Fortuna (vv. 1.076-1.085), como en el coro,
quien piensa que es el afortunado vástago de una divinidad (vv. 1.086-1.109).

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El desprecio a las formas tradicionales religiosas, en especial al arte


adivinatoria, aparece más claramente en los hombres de inferior calidad, que pueden
ser los antagonistas, como el tirano Creonte en Antígona, quien pone por encima de
todo la ley humana, u otros personajes, como Yocasta en Edipo Rey, quien niega la
veracidad de las respuestas de los oráculos (vv. 707-725). Este desprecio acarrea
terribles consecuencias a quien lo manifiesta.
En conclusión, la ideología de Sófocles la marca la palabra sophrosyne:
“moderación”, igual que en Heródoto. Enfoca el problema de la hybris desde el punto
de vista humano, no como en Esquilo, que la ve como un problema del orden
universal. Es un pensamiento más conservador y arcaico que el de Esquilo, y en cierto
modo también más pesimista, pues desconfía del progreso de la humanidad que no es
consciente de su condición débil. Representa una regresión respecto al racionalismo
de la Época Clásica. En el plano político, esto se traduce en que Sófocles, como
Heródoto, es un nostálgico del pasado heroico, que le gustaría transferir a la sociedad
en la que vive. Píndaro y su visión aristocrática de la vida han influido mucho en él.
Para Sófocles, lo determinante en el carácter de cada hombre es su nacimiento, su
physis, que separa al noble del plebeyo. De ahí que rechace por igual las ideas de los
sofistas y el intelectualismo de Sócrates, pues no cree que los valores de la
humanidad sean producto de la educación.

5. Lengua y estilo
La lengua de Sófocles es bastante densa, sobre todo en las obras de su última
etapa, en las que predominan los nombres abstractos y las numerosas interjecciones
de dolor, pero se halla lejos de la grandilocuencia de Esquilo. En este aspecto,
Sófocles aporta el estilo clásico al teatro ateniense, lo que supone el progreso más
significativo respecto al trágico de Eleusis. El de Colono elimina los vocablos
superfluos y da naturalidad al diálogo, que gana en agilidad; la lengua se hace más
coloquial, sin caer, por ello, en la vulgaridad.
En las tres etapas evolutivas que hemos señalado de su teatro se percibe
también una clara evolución estilística. De un estilo ampuloso, influenciado por
Esquilo, que aparecía en su primera obra, hoy perdida, Triptólemo, Sófocles va
creando su propio estilo, en obras como Áyax o Las Traquinias, mediante formas
llamativas y a veces artificiosas, hasta que a partir de Edipo Rey y en las obras de su
última etapa logra la mejor correlación entre forma y fondo, con un estilo original. La
adecuación al contenido y a los distintos personajes de sus obras es la característica
más valiosa del estilo de Sófocles, la que le da el clasicismo que le identifica en
seguida. Lo mismo sucede con la adaptación de las estructuras métricas al asunto del

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drama. Así, por ejemplo, en el comienzo de Edipo Rey no hay párodos propiamente
dicha, puesto que los ancianos tebanos que forman el coro están desde el comienzo
en la escena en actitud de súplica a causa de la peste, por lo que la parte inicial
resulta ser un prólogo dialogado en el que aparecen los motivos propios de un himno
de súplica junto con la función de la párodos.
Siendo Sófocles el trágico del dolor absoluto, el campo léxico referido al
sufrimiento que padecen los personajes es muy riquísimo y el más abundante en las
tres tragedias de su última etapa, en particular de Electra. Las expresiones del dolor
son muy numerosas, tanto en la variedad de lexemas empleados como en su
frecuencia, comprendiendo sustantivos, verbos y adjetivos, además de las
interjecciones, que pueden referirse al dolor físico, al dolor moral o al dolor general.
En la lengua sofoclea hay muchas influencias del léxico homérico, pero éste
aparece, sobre todo, en los "relatos de mensajero", siendo mucho menor en las otras
partes, por lo que sus obras están lejos del homerismo que impregna la lengua de
Esquilo, aunque algunas de sus tragedias, como Áyax, sean bastante "homéricas" por
su contenido.
Los relatos de mensajero constituyen el elemento narrativo más peculiar de las
obras sofocleas. En todas ellas, salvo en Filoctetes, aparece un mensajero en
momentos clave de la acción, con un papel dramático muy relevante, pues suele ser
portador de terribles noticias que conciernen al protagonista, y cuyo destinatario real,
además de un personaje o el coro, es sobre todo el público. Así sucede en Antígona
1155-1243, cuando el mensajero relata a Eurídice el desenlace fatal ocurrido en la
gruta donde fue encerrada la protagonista. A veces esta función la desempeña otro
personaje, como la nodriza en Las Traquinias 899-946, que cuenta el triste final de
Deyanira, o el pedagogo en Electra 680-763, con la narración de la falsa muerte de
Orestes, uno de los pasajes más célebres de Sófocles por su maestría de
composición, en donde se pone de manifiesto la elegancia y fluidez del relato que, sin
dejar de ser verso, tiene toda la soltura de la mejor prosa ática. Semejantes a los
mensajeros son otros personajes de baja condición social que se sienten importantes
por alguna información vital, como el supuesto mercader de Filoctetes 541-627,
enviado por Ulises para que haga saber a Filoctetes su intención de llevarlo a Troya, o
el guardián que apresa a Antígona, que aparece dos veces en el escenario, Antígona
223-331 y 384-440, en cuyos circunloquios y formas de expresión puede verse el
antecedente del gracioso o del loco de los dramas de Shakespeare o de los autores
españoles del Siglo de Oro.
Ya hemos hablado de la ironía trágica como el recurso estilístico más
importante en Sófocles. Ligado a ella está la ambigüedad lingüística, en la que el

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poeta juega con la indeterminación gramatical para otorgar un doble sentido a las
palabras, mediante diversos procedimientos: empleo de conjunciones con doble valor,
condicional y completivo; empleo de casos como el dativo con varias posibilidades
funcionales; empleo de formas verbales cuyo lexema contiene un doble significado,
etc. En esto se evidencia que la lengua de Sófocles no es tan clara como parece, y
que esta calculada ambigüedad tiene su razón de ser en la complejidad de la acción y
de los personajes. Esta compenetración entre forma y fondo se observa mejor en los
aparentes fallos sintácticos de ciertos pasajes: anacolutos, hipérbatos, sintaxis
anómala se encuentran en ciertos pasajes de Electra, de Áyax o de Edipo Rey, en los
que las intensas vivencias emocionales de los protagonistas, como el descubrimiento
del incesto de Edipo con su madre en Edipo Rey 1403-1405, se reflejan también en
estos hechos gramaticales.
Otro procedimiento característico del estilo de Sófocles es la repetición de un
mismo hecho por los personajes o por el coro. En general, esta información se da en
dos grados: primero son sólo rumores imprecisos, pero luego se confirma el hecho.
Así, en Antígona 34-36, la heroína menciona la muerte por lapidación pública prescrita
por Creonte para quien sepulte a Polinices, y más adelante (vv. 773-780) Creonte
confirma la pena de muerte, pero cambiándola por el encierro en un gruta con algo de
alimento, intentando evitar así una mancha de sangre sobre sí mismo.
La convención formular es asimismo muy importante en Sófocles, como han
puesto de relieve los estudios de Vara. Son innumerables los elementos
convencionales que se repiten en distintas tragedias y que proceden también de la
tradición literaria: dicho de que los muertos matan a los vivos (Electra 1417-1421),
presentación al público de las víctimas para su contemplación (Áyax 1003-1005,
Electra 1466-1475), metáfora de la nave del Estado (Edipo Rey 54-57, Antígona 715-
717), tópico del mañana inseguro (Áyax 646-648), disputa entre amigos (Áyax 1328-
1373, Filoctetes 1222-1258), proclama del rey al amanecer (Antígona 192-210, Edipo
Rey 222-251), alusión a los sufrimientos pasados a la intemperie (Edipo en Colono
1360 ss.), inicio de la acción de la obra al amanecer (Áyax 21, Antígona 16, Electra
17), etc.
Entre las figuras retóricas usadas por Sófocles, además de la ironía, destacan
el oxímoron y la anáfora. También abundan las aliteraciones. En su última etapa, el
estilo se caracteriza por un mayor movimiento en el diálogo, con frecuencia de versos
esticomíticos y versos partidos entre dos o tres personajes, frases breves y asíndeton,
así como amebeos o cantos alternados entre coro y actor. Todos estos recursos le dan
un mayor dinamismo y realismo a la acción.

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Por último, cabe señalar ciertos rasgos lingüísticos que preludian la koiné, el
griego común que se impone en el siglo IV a. C, como el uso de tiempos compuestos
con participios.

6. Transmisión, ediciones modernas y pervivencia


La transmisión de las obras de Sófocles hasta la Edad Media ha corrido una
fortuna pareja a la que han tenido las de Esquilo (véase Tema 24). Los originales de
sus tragedias, representadas a menudo en el siglo IV a. C., sufrieron menos que las de
Esquilo las "interpolaciones de actor" hasta la copia oficial de Licurgo, que sirvió de
base a la primera edición alejandrina, hoy perdida, de Aristófanes de Bizancio, en el
siglo III a. C. Otro director de la Biblioteca de Alejandría, Aristarco de Samotracia (siglo
II a. C.), hizo un comentario de Sófocles, y en este trabajo como en otros precedentes
se basa el comentario de Dídimo, siglo I a. C., al que remontan bastantes escolios
conservados. Después vino la mencionada selección de las siete tragedias en época
de Adriano.
Dejando aparte los papiros, los manuscritos medievales son los textos más
antiguos que se conservan de Sófocles, y entre ellos destaca el más antiguo de todos:
el Laurentianus 32, 9, del siglo X, que es el mismo que contiene las siete tragedias de
Esquilo, aunque copiadas por otra mano contemporánea (de ahí que en las ediciones
esquíleas reciba otro nombre: Mediceus 32, 9: véase Tema 24), y que, según Dain, fue
copiado entre los años 960-980 directamente de un códice uncial del siglo V. Este
manuscrito sigue siendo la base de las ediciones actuales.
La cuestión de las redacciones del centenar largo de manuscritos medievales
sofocleos es muy compleja y debatida, de modo que no puede darse con seguridad
ninguna fuente medieval común. No obstante, la homogeneidad que presentan permite
una reconstrucción de ese texto. Un gran número de manuscritos parece depender de
las recensiones bizantinas hechas en época de los Paleólogos (ca. 1290-1320), muy
importantes en la tradición medieval. Del siglo XII procede la llamada "tríada
bizantina", formada por las tragedias Áyax, Electra y Edipo Rey, una reducida
selección escolar que fue la base de las recensiones de los Paleólogos. La "editio
princeps" Aldina data de 1502.
Las principales ediciones completas de las tragedias de Sófocles del siglo
pasado son las siguientes: la de Storr en la Loeb (Londres 1912-1913, con texto griego
y traducción al inglés), la de Masqueray en la Budé (París 1922-1924, con texto griego
y traducción al francés), la de Pearson en la Oxford Classical Texts (Oxford 1924, sólo
con texto griego), la de Riba en la Bernat Metge (Barcelona 1951-1964, con texto
griego y traducción al catalán; en el volumen IV y último la introducción y notas de

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Edipo en Colono son de Balasch, lo mismo que la edición y traducción de Los


Rastreadores), la de Dain en la Budé (París 1955-1960, con texto griego y traducción
al francés, debida a Mazon; en 1968 apareció una tercera reimpresión revisada y
corregida), la de Colonna en la Paravia (Turín 1975-1983, sólo con texto griego), la de
Lloyd-Jones y Wilson en la Oxford Classical Texts (Oxford 1990, sólo con texto
griego), edición que ha sido muy debatida, y la de Dawe en la Teubner (Stuttgart y

Leipzig 19963, sólo con texto griego). Las ediciones de autores españoles y las
principales traducciones actuales al español de Sófocles figuran en la bibliografía
sucinta; no se recogen en ella los numerosos títulos de traducciones parciales al
español.
La fama que tuvo Sófocles en vida continuó intacta tras su muerte y ha
perdurado a lo largo de los siglos, de manera que puede decirse que ha sido el único
de los tres grandes trágicos atenienses que no ha sufrido ningún abandono temporal
hasta la actualidad. En seguida se convirtió en un autor escolar, en un autor
comentado por los filólogos alejandrinos, en un autor apreciado por movimientos
estéticos (así el Aticismo), en un autor especialmente valorado en ciertos períodos (así
en el teatro romano de época republicana). En todas las épocas sus dramas han sido
objeto de diversas recreaciones, destacando tres especialmente: Antígona, Electra y
Edipo Rey.
Ya hemos visto que Antígona es la pieza más conocida, la más popular de
Sófocles, y de ahí que también lo sean sus recreaciones. Los valores universales que
están en el núcleo del drama sofocleo han sido la base de los diversos tratamientos de
que ha sido objeto por parte de otros autores, especialmente desde el punto de vista
político. En un siglo tan convulso como el XX, destacan tres adaptaciones europeas,
en tres lenguas distintas. El dramaturgo francés Jean Anouilh con su Antígona,
representada en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, compuso la recreación más
ajustada a la obra sofoclea, en la que canta la resistencia a la tiranía nazi en el París
ocupado por los alemanes. Acabada la Segunda Guerra Mundial, y dividido en dos
bloques Europa, Bertolt Brecht adaptó la tragedia de Sófocles a partir de la traducción
del poeta Hölderlin; su Antigone, de acuerdo con el punto de vista marxista del gran
autor alemán, canta la lucha del pueblo soviético contra la Alemania nazi. Finalmente,
la guerra civil española inspiró al poeta catalán Salvador Espriu su Antígona,
compuesta en 1939 y corregida en 1964.
La historia argumental de Electra ha servido asimismo para múltiples
recreaciones: en la obra de Sófocles, mucho más que en la Orestía de Esquilo o en la
Electra de Eurípides, se han inspirado los autores que han querido tratar de nuevo la
leyenda de Orestes, probablemente por el carácter tan dramático que tiene en

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Sófocles la protagonista. Así sucede en el siglo XVIII con el poema Agamenón


vengado de García de la Huerta, y con la Électre de Chénier, del mismo siglo, la de
Soumet, del siglo XIX, la Elektra de Hofmannsthal, de 1909, y la versión de T. S. Eliot.
En lengua española, la mejor y más conocida es la Electra que Benito Pérez Galdós
estrenó el 30 de enero de 1901 en el Teatro Español de Madrid, y que provocó una
manifestación de protesta popular contra el poder eclesiástico.
Para terminar, el tema de Edipo ha sido igualmente abordado por numerosos
autores, cuya relación no podemos abarcar aquí. En el siglo XX, ya Hofmannsthal
continuó el espíritu del drama sofocleo con su obra Edipo y la Esfinge. Como muestra
de tratamientos originales basados en el tema de la identidad, baste citar la versión
cinematográfica Edipo Re (1967) de Pasolini, magnífica película que se enmarca en la
peculiar estética del cineasta italiano.

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Bibliografía sucinta
1. Ediciones con traducción en español:
- SÓFOCLES, Tragedias, vol. I: Edipo Rey; Edipo en Colono. Texto revisado y
traducido por Ignacio Errandonea, Madrid: C.S.I.C., col. Alma Mater, 1959.
- SÓFOCLES, Tragedias, vol. II: Antígona; Electra. Texto revisado y traducido por
Ignacio Errandonea, Madrid: C.S.I.C., col. Alma Mater, 1965.
- SÓFOCLES, Tragedias, vol. III: Ayante; Filoctetes; Las Traquinias. Introducciones,
versión y comentario de Ignacio Errandonea; texto revisado por Jesús Gándara,
Madrid: C.S.I.C., col. Alma Mater, 1968.
2. Traducciones al español de las tragedias completas con introducciones y notas:
- SÓFOCLES, Tragedias. Introducción de José S. Lasso de la Vega. Traducción y
notas de Assela Alamillo, Madrid: Gredos, 1981.
- SÓFOCLES, Tragedias completas. Edición de José Vara Donado. Traducción de
José Vara Donado, Madrid: Cátedra, 1982.
- SÓFOCLES, Fragmentos. Introducciones, traducciones y notas de José María Lucas
de Dios, Madrid: Gredos, 1983.
- SÓFOCLES, Tragedias y fragmentos. Introducciones, traducción y comentario
filológico de José Vara, Salamanca: Ed. Universidad de Salamanca, 1984.
- ESQUILO, SÓFOCLES, EURíPIDES, Obras completas. Traducción de Sófocles:
José Vara Donado... Edición, introducción, notas y apéndice de Luz Conti, Rosario
López Gregoris, Luis M. Macía y Mª Eugenia Rodríguez, bajo la coordinación de
Emilio Crespo, Madrid: Cátedra, 2004.
3. Estudios:
- CARMONA, A., Estudio semántico del vocabulario político en Sófocles, Amsterdam
1999.
- ERRANDONEA, Ignacio, Sófocles. Investigaciones sobre la estructura dramática de
sus siete tragedias y sobre la personalidad de sus coros, Madrid 1958.
- LASSO DE LA VEGA, J. S., De Sófocles a Brecht, Barcelona 19742.
- LESKY, A., "Sófocles", en Historia de la literatura griega, Madrid 1969, pp. 298-329
(traducción de la segunda edición del original alemán, publicada en Berna en 1963).
- LESKY, A., "Sófocles", en La tragedia griega, Barcelona 2001, pp. 185-247
(traducción del original alemán (Stuttgart 1958) por Juan Godó, revisada por
Montserrat Camps).
- LIDA DE MALKIEL, Mª. R., Introducción al teatro de Sófocles, Buenos Aires 1944.

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- LÓPEZ RODRÍGUEZ, C., Las expresiones figuradas en las tragedias de Sófocles,


Granada 1985.
- LUCAS DE DIOS, J. Mª., Estructura de la tragedia de Sófocles, Madrid 1982.
- MARTÍNEZ HERNÁNDEZ, M., Ensayos de filología clásica, La Laguna 2001.
- VARA DONADO, J., “Sófocles” en J. A. López Férez (ed.), Historia de la literatura
griega, Madrid 1988, pp. 312-351.
- VARA DONADO, J., La técnica dramática de Sófocles, Cáceres 1996.

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