Personajes de Edipo Rey en Sófocles
Personajes de Edipo Rey en Sófocles
25. SÓFOCLES
ISBN - 84-9822-121-8
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Carlos Varias García - Sófocles
1. Datos biográficos
El más clásico de los trágicos griegos nació en el demo ático de Colono Hípico
en 497/6 a. C., según los datos del "Mármol de Paros". Era hijo de un fabricante de
armas, llamado Sófilo, hombre de alta posición. La biografía anónima del poeta, que
data del siglo I a. C., cuenta que en 480 a. C., con motivo de la victoria naval ateniense
contra los persas en la batalla de Salamina, Sófocles condujo el coro de adolescentes
que entonó el peán de victoria (el pasaje añade que Esquilo luchó en esa batalla y que
en el mismo año nació Eurípides, dato probablemente falso, pero que sirve para unir,
simbólicamente, en un suceso trascendental para Atenas, la vida de los tres grandes
trágicos).
Durante toda su vida Sófocles permaneció tan estrechamente vinculado a
Atenas que, a diferencia de Esquilo y de Eurípides, sólo salió de ella en misión oficial
como general, haciendo oídos sordos a las invitaciones recibidas de cortes
extranjeras. Además, no sólo se dedicó a su actividad literaria, sino que participó
activamente en la vida pública de su ciudad, desde esa aparición en el coro de 480 a.
C. hasta el final de su vida, aceptando diversos cargos importantes.
En 468 a. C. Sófocles debutó como autor teatral venciendo en el concurso
trágico con una tetralogía en la que figuraba Triptólemo; fue el preludio de una larga
carrera victoriosa, pues fue el más laureado de los tres grandes trágicos. En 443 a. C.
Sófocles fue elegido helenotamías o tesorero de la Liga Ático-Délica, cargo que
desempeñó también el año siguiente. Precisamente en 442 a. C. representó Antígona,
obteniendo tal éxito que por ello, según la biografía anónima, un año después fue
elegido general, junto con Pericles, para la Guerra Samia (441-439 a. C.), en la que la
flota por él mandada fue derrotada por la de Meliso.
En 428 a. C. Sófocles volvió a ser designado general en la guerra contra los
aneos, y es posible que de nuevo lo fuera en 423/2 a. C., junto con Nicias. Sófocles no
fue un general destacado, pero su honestidad y desinterés en defensa de Atenas lo
hicieron muy popular entre sus conciudadanos, quienes valoraron siempre las virtudes
cívicas del gran trágico. Así, cuando en plena Guerra del Peloponeso, en 420 a. C. los
atenienses introdujeron en Atenas el culto oficial de Asclepio, el gran dios de la
medicina, Sófocles acogió la estatua del dios, traída de Epidauro, en su casa, hasta
que tuvo un santuario propio, y le dedicó un peán. Este hecho revela al hombre
piadoso que siempre fue Sófocles, y asimismo su enorme popularidad.
Igualmente, después del desastre de la expedición a Sicilia, que supondría
para Atenas el comienzo de su derrota en la Guerra del Peloponeso, en 413 a. C.
Sófocles fue elegido miembro del Consejo de los Diez Probulos, creado para
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2. Obra
Las fuentes antiguas afirman que Sófocles compuso un total de 123 piezas
dramáticas, entre tragedias y dramas satíricos, además de un número indeterminado
de peanes y elegías y el tratado en prosa Sobre el coro. Se trata de una ingente
producción literaria, acorde con la vitalidad y longevidad del poeta, quien no dejó de
componer hasta el final de sus días. De su poesía no dramática se conserva
poquísimo, tan solo un par de fragmentos de la oda dedicada a Heródoto y del peán
de bienvenida a Asclepio.
Desde 468 a. C., a lo largo de sesenta años Sófocles participó en treinta
concursos trágicos (lo que representa un total de 120 piezas, pues en cada concurso
se presentaba una tetralogía, esto es, tres tragedias y un drama satírico), obteniendo
la victoria en dieciocho ocasiones, quedando las doce restantes segundo; nunca
quedó el tercero. Supera, así, tanto en número de dramas compuestos como en
victorias en vida a Esquilo y a Eurípides. Desgraciadamente, de esa magna
producción sólo han llegado enteras hasta nosotros 7 tragedias, por idéntica razón que
las siete de Esquilo (véase Tema 24). No obstante, los papiros nos han transmitido
bastantes más fragmentos de la producción perdida de Sófocles que de Esquilo: es el
caso de las tragedias Triptolemo, Támiris, etc., y, especialmente, del drama satírico
Los Rastreadores. Nos centraremos en el comentario de las tragedias enteras.
Las siete tragedias conservadas muestran una primera característica
fundamental de Sófocles que le diferencia de su predecesor Esquilo: la renuncia, en
una época que debió ser bien temprana, a la trilogía temática. En Sófocles, la historia
argumental se concentra en una sola tragedia, procedimiento cuyas consecuencias
detallamos en el apartado 3. La cronología de estas tragedias es menos clara que las
de Esquilo, pues sólo tres admiten una datación segura, mientras que se discute la
fecha de las demás, en especial la de Las Traquinias. Seguimos aquí el orden
cronológico más comúnmente aceptado, que es el siguiente: Áyax (cercana a 447 a.
C.), Las Traquinias (situada entre Áyax y Antígona), Antígona (442 a. C.), Edipo Rey
(entre 440 y 425 a. C.), Electra (cercana a 418 a. C.), Filoctetes (409 a. C.) y Edipo en
Colono (acabada hacia 407 a. C. y representada póstumamente por Sófocles el Joven
en 401 a. C.).
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convencido para no suicidarse. Este discurso da pie a un canto de alegría por parte del
coro, que se produce justo antes de la desgracia definitiva, ironía trágica típica de
todos los dramas sofocleos. La discusión se centra en si en este pasaje Áyax simula a
su mujer y al coro su verdadera decisión, para que nadie le impida ejecutarla, o si
realmente ha sufrido un cambio de parecer y sus palabras son sinceras, en el sentido
de ceder ante los dioses y resignarse a su situación. En realidad, un examen detallado
del pasaje y contrastado con otros paralelos de la obra de Sófocles, como el de Electra
1448-1456, revela que Áyax no está mintiendo, sino que se limita a constatar el orden
existente en el universo, al que él no puede ya adaptarse; no ha cambiado de opinión,
sino que la confirma con estas palabras, que tienen un significado completamente
distinto para su esposa y para el coro, quienes entienden que Áyax ha desistido de su
idea de quitarse la vida.
Las Traquinias, igual que Áyax, está dividida en dos partes, la segunda mucho
más breve que la primera. El título de la tragedia designa al coro formado por mujeres
de Traquis, ciudad correspondiente a la histórica Heraclea Traquinia, al norte del paso
de las Termópilas, en donde se sitúa la acción del drama. La primera parte (vv. 1-946)
narra la historia de Deyanira, esposa de Heracles, que espera en Traquis a su marido,
quien debe afrontar una serie de aventuras en lejanos países. Un mensajero anuncia
la llegada del héroe, pero en seguida llega Licas, heraldo de Heracles, con la hermosa
princesa Yole. Pronto descubre Deyanira que Yole es la amante de su esposo, y
recuerda entonces que el centauro Neso, al morir, le dio su sangre con la que podía
recuperar el amor de Heracles cuando éste le fallara. Deyanira envía a Heracles, en
señal de bienvenida, una túnica humedecida con la sangre de Neso, sin saber que
lleva el veneno de la hidra procedente de la flecha con la que Heracles mató a Neso.
Tras el canto de alegría del coro, el hijo de Heracles y Deyanira, Hilo, llega diciendo
que su padre, preso de atroces dolores, se halla moribundo, y maldice a su madre.
Deyanira abandona en silencio la escena y poco después la nodriza cuenta su
suicidio, y cómo Hilo ha sabido la verdad de lo sucedido.
En la segunda parte (vv. 947-1278) aparece en escena el moribundo Heracles
maldiciendo a su esposa; Hilo le revela lo acontecido, y el héroe reconoce entonces la
voluntad de los dioses manifestada en un antiguo oráculo. Heracles da las últimas
disposiciones a su hijo antes de morir.
Algunos críticos han observado en esta obra influencias del Heracles o del
Alcestis de Eurípides en el paralelismo de determinadas escenas, motivo por el que
retrasan considerablemente la fecha de su composición, pero no hay argumentos
suficientes para esta postura. La protagonista de la tragedia, Deyanira, se asemeja a
Áyax en el grave error que comete de forma totalmente involuntaria, y en la resolución
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que adopta en cuanto se apercibe de ello: el suicidio. El carácter de esta mujer resulta
un tanto extraño para el espectador, puesto que no muestra ningún recelo ante la
presentación, por parte de Licas, de la bella Yole como botín de guerra de Heracles, y
sólo cuando por boca del mensajero se entera de que es su amante, reacciona, con
más sensatez que ira, tratando de recuperar el amor de su esposo. Por su
comportamiento, parece un carácter poco femenino, acorde con la historia mitológica
que la acompaña. En realidad, a Sófocles le interesa resaltar en Las Traquinias, por
encima de todo, el error de la voluntad humana, que consigue lo contrario de lo que
busca debido a su ignorancia del designio de los dioses, como bien lo expresa el
último verso de la obra: "nada hay en esto que no sea Zeus".
Antígona y Edipo Rey, las dos obras maestras de Sófocles, representan su
etapa de madurez, la segunda fase de su evolución teatral, en la que los hombres
actúan con su daimon en libertad, pero con la presencia de los dioses, que acaban por
determinar su destino.
Antígona, la tragedia más famosa de la Antigüedad y la más recreada por
autores contemporáneos, es el drama de contraste de dos figuras irreconciliables:
Antígona y su tío Creonte. El argumento corresponde a la parte final de la saga
tebana, siguiendo la historia de Los siete contra Tebas de Esquilo. Muertos Eteocles y
Polinices, su tío Creonte se proclama nuevo gobernante de Tebas, y mientras entierra
con todos los honores a Eteocles, prohibe enterrar a Polinices, por haber atacado la
ciudad; quien transgreda su decreto será condenado a la pena de muerte. Aquí
empieza la acción del drama, cuando la heroína Antígona, al contrario que su hermana
Ismene, se rebela ante esa prohibición y comienza a sepultar a Polinices. Apresada
por los guardianes y llevada ante Creonte, en un impresionante diálogo Antígona se
reafirma en su proceder, y Creonte la condena a morir encerrada en una gruta, para
evitar la mancha de sangre de un pariente. Luego Creonte se enfrenta a su hijo
Hemón, novio de Antígona, y a Tiresias, el adivino que le pronostica las desgracias
inminentes; cuando, después de este diálogo y aconsejado por el corifeo, Creonte
recapacita y cambia su decisión, ya es demasiado tarde: en la gruta encuentra a
Antígona ahorcada y a Hemón a sus pies; éste se quita la vida delante de su padre, y
después, cuando se entera de la muerte de su hijo, la esposa de Creonte, Eurídice, se
suicida en el palacio. Creonte, completamente deshecho, comprende al final la
ceguera en la que ha caído.
Muchas son las interpretaciones a que ha dado lugar esta tragedia
emblemática de Sófocles, todas ellas a partir de la oposición radical entre los dos
protagonistas del drama, Antígona y Creonte. Quizá la más conocida y discutida sea la
de Hegel, quien en varias obras pone Antígona como ejemplo de su concepción de la
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historia, como conflicto entre la tesis del derecho del Estado, representado por
Creonte, y la antítesis del derecho de familia, representado por Antígona, que se
superaría con una síntesis de ambas posiciones. Si, en cambio, se analiza la tragedia
desde la perspectiva religiosa de todo drama sofocleo, se percibe de inmediato un
conflicto entre religión y ley humana. Se ha observado, con razón, que la prohibición
de Creonte de negar sepultura a los traidores no era excepcional en el mundo griego,
sino habitual dentro de la tradición legal y religiosa, y que Antígona es tan
intransigente en sus palabras que llega a disgustar al coro de ancianos tebanos, que
representa la cordura del pueblo. Por ello, algunos sostienen que en Antígona
Sófocles, con el destino de los dos protagonistas, quiere mostrar las desgracias
producidas por la irreflexión de ambos por igual, y llama a la moderación en la
conducta humana.
Sin embargo, Sófocles es claro partidario de la actitud de Antígona, la heroína
trágica de la pieza: la libertad que ella representa triunfa, con su muerte, sobre la
tiranía con la que se muestra a Creonte, que cae en la ruina total. Ello se percibe en el
momento en el que Antígona le dice a Creonte que el poder de las leyes no escritas e
inmutables de los dioses están por encima de las leyes humanas, que son
perecederas. Sófocles ya antes ha advertido del peligro del hombre que abandona la
piedad religiosa y del relativismo sofista en el primer estásimo del coro, y éste es el
verdadero motivo de la obra: es la tozuda irreflexión de Creonte la verdadera causante
de su aislamiento y de todas las desgracias, como expone el coro en el éxodo. La
soledad de Antígona, manifestada en el diálogo que mantiene con Ismene, es la propia
de los héroes y heroínas sofocleos. Antígona tiene, además, otros contrastes (por
ejemplo, el enfrentamiento hombre-mujer, evidente en las palabras machistas de
Creonte) y está llena de frases memorables, que la hacen una de las tragedias más
inmortales.
Aristóteles consideraba Edipo Rey como la mejor tragedia jamás compuesta,
opinión que se sigue sustentando desde entonces; es, sin duda, la tragedia cumbre del
teatro griego. Paradójicamente, no obtuvo el primer premio, sino el segundo, en el
concurso trágico. Inserta en el ciclo tebano, esta tragedia narra la historia de Edipo,
rey de Tebas, el más feliz de los mortales por haber vencido a la Esfinge y haberse
hecho con el trono y con la reina viuda de esta ciudad, Yocasta. Al comienzo del
drama, Edipo se enfrenta a una peste que asola Tebas, enviada por Apolo porque el
asesino no descubierto del anterior rey Layo contamina la ciudad. En la búsqueda de
este hombre, poco a poco Edipo va descubriendo su pasado y su verdadero origen,
hasta que se le revela que él es el causante de la peste: ha matado a su padre Layo y
se ha casado con su madre Yocasta, con la que ha tenido cuatro hijos. Tras el suicidio
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de Yocasta, la obra termina con Edipo ciego, pues se ha quitado los ojos para no ver
estos hechos execrables, saliendo de la ciudad guiado por sus dos hijas, Antígona e
Ismene.
Edipo Rey es el drama de la revelación, de la búsqueda del ser verdadero a
partir de la apariencia que emprende Edipo, siguiendo el conocido precepto délfico
"conócete a ti mismo". Edipo, protagonista absoluto de la obra, es el héroe trágico que,
como Áyax, Antígona o Electra, se encuentra solo frente a su destino, pero no
abandona el camino emprendido. Mediante un ritmo in crescendo que mantiene en vilo
hasta el desenlace la atención del espectador, Edipo va en busca de su identidad en
un "trágico análisis", en palabras de Schiller, por el que adquiere conciencia de los
acontecimientos, que se le revelan a él al mismo tiempo que al público que ve la obra.
Hombre noble y prudente, Edipo no ha cometido voluntariamente ninguno de sus
crímenes, y así la obra no centra en su culpa la causa de su destino final. Una vez
más, el designio de la divinidad escapa al conocimiento del hombre, pero la
purificación de la ciudad debe hacerse por completo, y por eso Edipo rehusa hacer
caso de Yocasta, que percibe antes la verdad de los hechos, y parar la investigación y
se apresta a oír toda la verdad de sí mismo, cuando ya intuye quién es él, gesto propio
del héroe trágico que le dignifica.
Con la revelación y desenlace final, se manifiesta la noción religiosa más
terrible y trascendental de Edipo Rey, expresada por el coro en el éxodo, con las
palabras que termina la obra: la caducidad de la felicidad humana, la fragilidad de su
existencia. "Ningún mortal puede considerar a nadie feliz con la mira puesta en el
último día, hasta que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso" (vv.
1528-1530).
Electra, Filoctetes y Edipo en Colono representan la tercera y última fase del
teatro sofocleo, en la que el "tú" es el eje sobre el que gira la acción, estableciéndose
un dinamismo yo-tú mientras los dioses permanecen al margen de la acción, aunque
su ausencia es aparente. Estas obras posteriores son mucho más complejas y más
libres que las primeras; su madurez consiste en una mayor libertad en la estructura y
en el tratamiento de los argumentos.
Electra narra la historia de Las Coéforas de Esquilo y de la tragedia homónima
de Eurípides, que es algo posterior a la de Sófocles: la venganza de Orestes, instigada
por su hermana Electra, de los asesinos de su padre Agamenón: su madre Clitemestra
y su amante Egisto. La novedad principal respecto a Esquilo es que en la tragedia de
Sófocles la protagonista absoluta de la obra es Electra, que está presente en todas las
escenas. La estructura de la tragedia muestra una técnica de composición muy
depurada, con escenas concéntricas dispuestas en torno a la gran parte central del
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drama, que forman la disputa entre Electra y su madre y la narración del pedagogo de
la falsa muerte de Orestes (vv. 516-822), y con un ritmo gradual in crescendo que sirve
para revelar el carácter de la protagonista, hasta el rápido desenlace, la acción
vengadora con los dos asesinatos, que se condensa en los últimos cien versos de la
obra.
Más que ningún otro drama de Sófocles, ésta es la tragedia humana de la
heroína protagonista, Electra, que habla casi la mitad de los versos de la obra (661, un
44%), y en torno a la cual se configuran todos los episodios y los cantos corales. Por
esta razón, los dioses no intervienen en la escena. Sófocles dibuja todos los perfiles
del alma de esta mujer, desde el más intenso dolor hasta la más intensa alegría. Su
hermano Orestes, en cambio, es mucho menos consistente que en la versión de
Esquilo; es Electra quien lo conduce a vengar a su padre. Por ello, el problema ético
del matricidio pasa a segundo plano. A diferencia de Esquilo, Sófocles está mucho
más cerca de la versión homérica de esta venganza, que no entra en esa cuestión.
Precisamente para obviar el problema, Sófocles altera significativamente el orden de
los asesinatos que aparece en Las Coéforas: en Electra, Orestes mata primero a
Clitemestra, y luego a Egisto. Electra es la encargada de restaurar el hogar paternal
contra el que se ha rebelado Clitemestra; el castigo de ésta es la única purificación
posible de la casa de Micenas.
Hay en Electra un paralelismo claro con Antígona en los caracteres de sus
personajes principales: Electra se parece a Antígona, como también sus respectivas
hermanas, Crisótemis e Ismene, que, por contraste, representan la mujer débil y
sumisa; también son parecidos en su hybris los parientes poderosos a los que se
enfrentan, Clitemestra y Creonte.
La tragedia de Sófocles que probablemente más nos conmueve hoy en día es
Filoctetes, por cuanto trata un asunto de compañerismo y engaño, de solidaridad con
el enfermo. El tema ya había sido tratado por Esquilo y Eurípides, en sendas piezas no
conservadas; la de Eurípides, homónima de la de Sófocles, le precede en veintidós
años (es de 431 a. C.). Sófocles, que innova en varios aspectos la trama, obtuvo con
esta tragedia el primer premio en 409 a. C.
Filoctetes, uno de los guerreros aqueos que van a luchar contra Troya, es
abandonado por sus compañeros en la isla de Lemnos, que aparece desierta en
Sófocles, debido a una herida que le supura y hiede sin cesar, haciéndole
insoportable, causada por la mordedura de una serpiente. Pero un oráculo ha predicho
a los griegos que sólo el arco maravilloso de Filoctetes, llevado por él mismo a Troya,
puede darles la victoria. Éstos urden un plan, y envían al astuto Ulises y a
Neoptólemo, el hijo de Aquiles, a tratar de traer a Troya al héroe abandonado. Aquí
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presencia del rey de Atenas, Teseo. A lo largo de la obra, Edipo tiene que superar los
obstáculos de quienes se oponen a concederle asilo en Colono con sus dos hijas: el
coro de ancianos colonenses, Creonte y Polinices, pero el rey Teseo le concede asilo
y protección. Finalmente, antes de morir, Edipo comunica a Teseo los beneficios que
tanto él como Atenas recibirán gracias a haberlo acogido, cuando sea allí sepultado,
porque los dioses le han convertido en héroe benefactor. Con el relato del mensajero
del misterioso fin de Edipo y la protección asegurada a sus dos hijas acaba la obra.
Escrita más de veinte años después de Edipo Rey, Edipo en Colono es la
despedida de Sófocles de la escena teatral, y en cierto modo también del mundo en el
que ha vivido. En la figura de Edipo transpira el propio Sófocles: ya no es el rey de
Tebas en la cima de su gloria, sino el anciano que busca el lugar adecuado para su
descanso definitivo, pero que aún conserva poderes especiales, como muestra la
terrible maldición que lanza contra sus hijos, Eteocles y Polinices, por haberle
desterrado para luchar por el dominio de Tebas (vv. 1348-1396), episodio en el que se
ha querido ver un reflejo de la tensa situación familiar que padecería Sófocles en su
vejez.
El impresionante tercer estásimo cantado por el coro (vv. 1211-1248) pone voz
al sentir del poeta, cuando dice que no es bueno vivir más tiempo del conveniente, y
que lo mejor, una vez nacido, es volver allí de donde se viene. Pero el final de Edipo
no es amargo, sino dichoso, pues, siendo un hombre al que le han sucedido terribles
desgracias, es el elegido por la divinidad para colmar de bendiciones la tierra donde va
a reposar, Atenas. En esta su última obra Sófocles hace el mayor elogio de su patria,
Atenas, y también de Colono, en el primer estásimo del coro (vv. 668-719), después
que Teseo le ha confirmado el asilo a Edipo. Es el adiós del hombre que, antes que
nada, amó a Atenas y le fue siempre fiel, en los buenos y en los malos momentos.
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sofístico, para cuya solución propone la recuperación del pasado, con una visión
purificadora y moralizante de la religión tradicional.
Para Sófocles, la relación de los dioses con los hombres logra un equilibrio si el
hombre no transgrede las leyes divinas, que aparecen en dos campos: prescripciones
morales y principios universales. El ejemplo más conocido es el de Creonte en
Antígona: con su prohibición de enterrar el cadáver de Polinices ha transgredido
“siendo mortal, las leyes no escritas y firmes de los dioses. Pues su vigencia no viene
de ayer ni de hoy, sino de siempre, y nadie sabe desde cuándo aparecieron” en
palabras de Antígona (vv. 453-457). El hombre debe acatar las leyes divinas, pero
sabiendo que Zeus, el dios supremo al que nada escapa, ha ordenado el universo de
manera que todo esté sujeto a cambio, por lo que el hombre debe aceptar este cambio
de los dioses, inexplicable para él. Aquí subyace la discrepancia entre el mundo
humano y el divino, la aparente contradicción entre determinismo y libre albedrío que
hay en las obras de Sófocles. Los dos aspectos pueden coexistir si el hombre
permanece dentro de los límites que la divinidad le impone. Lo que caracteriza al
ciudadano ejemplar, al hombre de bien, es la aceptación de todo lo que los dioses le
envían, incluso los males.
Es en la rebeldía contra este estado de cosas en donde se halla el héroe
trágico, lo que le provoca un dolor absoluto, insoluble, definitivo, que a menudo no
tiene otra salida que la muerte. El héroe no comprende el por qué de los males que
sufre, puesto que no son comprensibles para el hombre los designios de los dioses.
No responden a ninguna culpa previa, como en el teatro de Esquilo: ni Áyax, ni
Antígona, ni Edipo, ni Electra, ni Filoctetes, ni Deyanira han realizado ninguna acción
malvada voluntariamente, sino, al contrario, en su vida se han comportado con
nobleza y en ayuda de los demás. Pese a ello, son víctimas de la voluntad divina, que
les lleva a una situación límite, a la soledad en su actuación, en donde descubren su
ser verdadero.
En este aspecto, es fundamental el recurso de la “ironía trágica”, tan
típicamente sofocleo, consistente en que el personaje que habla es víctima del doble
sentido de sus palabras, y que sirve para realzar lo ilusorio del conocimiento humano.
Las víctimas de esta ironía no son sólo los héroes, sino también cualquier otro
personaje del drama, incluyendo el coro. Con frecuencia ocurre justo antes de la
catástrofe final. Todo Edipo Rey, desde el principio hasta el final, es una gran ironía
que padece el protagonista, pero es justo antes de que se revele la verdad cuando
alcanza su grado más alto, tanto en Edipo, al entender equivocadamente las palabras
de Yocasta y pensar que es hijo de la Fortuna (vv. 1.076-1.085), como en el coro,
quien piensa que es el afortunado vástago de una divinidad (vv. 1.086-1.109).
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5. Lengua y estilo
La lengua de Sófocles es bastante densa, sobre todo en las obras de su última
etapa, en las que predominan los nombres abstractos y las numerosas interjecciones
de dolor, pero se halla lejos de la grandilocuencia de Esquilo. En este aspecto,
Sófocles aporta el estilo clásico al teatro ateniense, lo que supone el progreso más
significativo respecto al trágico de Eleusis. El de Colono elimina los vocablos
superfluos y da naturalidad al diálogo, que gana en agilidad; la lengua se hace más
coloquial, sin caer, por ello, en la vulgaridad.
En las tres etapas evolutivas que hemos señalado de su teatro se percibe
también una clara evolución estilística. De un estilo ampuloso, influenciado por
Esquilo, que aparecía en su primera obra, hoy perdida, Triptólemo, Sófocles va
creando su propio estilo, en obras como Áyax o Las Traquinias, mediante formas
llamativas y a veces artificiosas, hasta que a partir de Edipo Rey y en las obras de su
última etapa logra la mejor correlación entre forma y fondo, con un estilo original. La
adecuación al contenido y a los distintos personajes de sus obras es la característica
más valiosa del estilo de Sófocles, la que le da el clasicismo que le identifica en
seguida. Lo mismo sucede con la adaptación de las estructuras métricas al asunto del
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drama. Así, por ejemplo, en el comienzo de Edipo Rey no hay párodos propiamente
dicha, puesto que los ancianos tebanos que forman el coro están desde el comienzo
en la escena en actitud de súplica a causa de la peste, por lo que la parte inicial
resulta ser un prólogo dialogado en el que aparecen los motivos propios de un himno
de súplica junto con la función de la párodos.
Siendo Sófocles el trágico del dolor absoluto, el campo léxico referido al
sufrimiento que padecen los personajes es muy riquísimo y el más abundante en las
tres tragedias de su última etapa, en particular de Electra. Las expresiones del dolor
son muy numerosas, tanto en la variedad de lexemas empleados como en su
frecuencia, comprendiendo sustantivos, verbos y adjetivos, además de las
interjecciones, que pueden referirse al dolor físico, al dolor moral o al dolor general.
En la lengua sofoclea hay muchas influencias del léxico homérico, pero éste
aparece, sobre todo, en los "relatos de mensajero", siendo mucho menor en las otras
partes, por lo que sus obras están lejos del homerismo que impregna la lengua de
Esquilo, aunque algunas de sus tragedias, como Áyax, sean bastante "homéricas" por
su contenido.
Los relatos de mensajero constituyen el elemento narrativo más peculiar de las
obras sofocleas. En todas ellas, salvo en Filoctetes, aparece un mensajero en
momentos clave de la acción, con un papel dramático muy relevante, pues suele ser
portador de terribles noticias que conciernen al protagonista, y cuyo destinatario real,
además de un personaje o el coro, es sobre todo el público. Así sucede en Antígona
1155-1243, cuando el mensajero relata a Eurídice el desenlace fatal ocurrido en la
gruta donde fue encerrada la protagonista. A veces esta función la desempeña otro
personaje, como la nodriza en Las Traquinias 899-946, que cuenta el triste final de
Deyanira, o el pedagogo en Electra 680-763, con la narración de la falsa muerte de
Orestes, uno de los pasajes más célebres de Sófocles por su maestría de
composición, en donde se pone de manifiesto la elegancia y fluidez del relato que, sin
dejar de ser verso, tiene toda la soltura de la mejor prosa ática. Semejantes a los
mensajeros son otros personajes de baja condición social que se sienten importantes
por alguna información vital, como el supuesto mercader de Filoctetes 541-627,
enviado por Ulises para que haga saber a Filoctetes su intención de llevarlo a Troya, o
el guardián que apresa a Antígona, que aparece dos veces en el escenario, Antígona
223-331 y 384-440, en cuyos circunloquios y formas de expresión puede verse el
antecedente del gracioso o del loco de los dramas de Shakespeare o de los autores
españoles del Siglo de Oro.
Ya hemos hablado de la ironía trágica como el recurso estilístico más
importante en Sófocles. Ligado a ella está la ambigüedad lingüística, en la que el
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poeta juega con la indeterminación gramatical para otorgar un doble sentido a las
palabras, mediante diversos procedimientos: empleo de conjunciones con doble valor,
condicional y completivo; empleo de casos como el dativo con varias posibilidades
funcionales; empleo de formas verbales cuyo lexema contiene un doble significado,
etc. En esto se evidencia que la lengua de Sófocles no es tan clara como parece, y
que esta calculada ambigüedad tiene su razón de ser en la complejidad de la acción y
de los personajes. Esta compenetración entre forma y fondo se observa mejor en los
aparentes fallos sintácticos de ciertos pasajes: anacolutos, hipérbatos, sintaxis
anómala se encuentran en ciertos pasajes de Electra, de Áyax o de Edipo Rey, en los
que las intensas vivencias emocionales de los protagonistas, como el descubrimiento
del incesto de Edipo con su madre en Edipo Rey 1403-1405, se reflejan también en
estos hechos gramaticales.
Otro procedimiento característico del estilo de Sófocles es la repetición de un
mismo hecho por los personajes o por el coro. En general, esta información se da en
dos grados: primero son sólo rumores imprecisos, pero luego se confirma el hecho.
Así, en Antígona 34-36, la heroína menciona la muerte por lapidación pública prescrita
por Creonte para quien sepulte a Polinices, y más adelante (vv. 773-780) Creonte
confirma la pena de muerte, pero cambiándola por el encierro en un gruta con algo de
alimento, intentando evitar así una mancha de sangre sobre sí mismo.
La convención formular es asimismo muy importante en Sófocles, como han
puesto de relieve los estudios de Vara. Son innumerables los elementos
convencionales que se repiten en distintas tragedias y que proceden también de la
tradición literaria: dicho de que los muertos matan a los vivos (Electra 1417-1421),
presentación al público de las víctimas para su contemplación (Áyax 1003-1005,
Electra 1466-1475), metáfora de la nave del Estado (Edipo Rey 54-57, Antígona 715-
717), tópico del mañana inseguro (Áyax 646-648), disputa entre amigos (Áyax 1328-
1373, Filoctetes 1222-1258), proclama del rey al amanecer (Antígona 192-210, Edipo
Rey 222-251), alusión a los sufrimientos pasados a la intemperie (Edipo en Colono
1360 ss.), inicio de la acción de la obra al amanecer (Áyax 21, Antígona 16, Electra
17), etc.
Entre las figuras retóricas usadas por Sófocles, además de la ironía, destacan
el oxímoron y la anáfora. También abundan las aliteraciones. En su última etapa, el
estilo se caracteriza por un mayor movimiento en el diálogo, con frecuencia de versos
esticomíticos y versos partidos entre dos o tres personajes, frases breves y asíndeton,
así como amebeos o cantos alternados entre coro y actor. Todos estos recursos le dan
un mayor dinamismo y realismo a la acción.
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Por último, cabe señalar ciertos rasgos lingüísticos que preludian la koiné, el
griego común que se impone en el siglo IV a. C, como el uso de tiempos compuestos
con participios.
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Leipzig 19963, sólo con texto griego). Las ediciones de autores españoles y las
principales traducciones actuales al español de Sófocles figuran en la bibliografía
sucinta; no se recogen en ella los numerosos títulos de traducciones parciales al
español.
La fama que tuvo Sófocles en vida continuó intacta tras su muerte y ha
perdurado a lo largo de los siglos, de manera que puede decirse que ha sido el único
de los tres grandes trágicos atenienses que no ha sufrido ningún abandono temporal
hasta la actualidad. En seguida se convirtió en un autor escolar, en un autor
comentado por los filólogos alejandrinos, en un autor apreciado por movimientos
estéticos (así el Aticismo), en un autor especialmente valorado en ciertos períodos (así
en el teatro romano de época republicana). En todas las épocas sus dramas han sido
objeto de diversas recreaciones, destacando tres especialmente: Antígona, Electra y
Edipo Rey.
Ya hemos visto que Antígona es la pieza más conocida, la más popular de
Sófocles, y de ahí que también lo sean sus recreaciones. Los valores universales que
están en el núcleo del drama sofocleo han sido la base de los diversos tratamientos de
que ha sido objeto por parte de otros autores, especialmente desde el punto de vista
político. En un siglo tan convulso como el XX, destacan tres adaptaciones europeas,
en tres lenguas distintas. El dramaturgo francés Jean Anouilh con su Antígona,
representada en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, compuso la recreación más
ajustada a la obra sofoclea, en la que canta la resistencia a la tiranía nazi en el París
ocupado por los alemanes. Acabada la Segunda Guerra Mundial, y dividido en dos
bloques Europa, Bertolt Brecht adaptó la tragedia de Sófocles a partir de la traducción
del poeta Hölderlin; su Antigone, de acuerdo con el punto de vista marxista del gran
autor alemán, canta la lucha del pueblo soviético contra la Alemania nazi. Finalmente,
la guerra civil española inspiró al poeta catalán Salvador Espriu su Antígona,
compuesta en 1939 y corregida en 1964.
La historia argumental de Electra ha servido asimismo para múltiples
recreaciones: en la obra de Sófocles, mucho más que en la Orestía de Esquilo o en la
Electra de Eurípides, se han inspirado los autores que han querido tratar de nuevo la
leyenda de Orestes, probablemente por el carácter tan dramático que tiene en
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Bibliografía sucinta
1. Ediciones con traducción en español:
- SÓFOCLES, Tragedias, vol. I: Edipo Rey; Edipo en Colono. Texto revisado y
traducido por Ignacio Errandonea, Madrid: C.S.I.C., col. Alma Mater, 1959.
- SÓFOCLES, Tragedias, vol. II: Antígona; Electra. Texto revisado y traducido por
Ignacio Errandonea, Madrid: C.S.I.C., col. Alma Mater, 1965.
- SÓFOCLES, Tragedias, vol. III: Ayante; Filoctetes; Las Traquinias. Introducciones,
versión y comentario de Ignacio Errandonea; texto revisado por Jesús Gándara,
Madrid: C.S.I.C., col. Alma Mater, 1968.
2. Traducciones al español de las tragedias completas con introducciones y notas:
- SÓFOCLES, Tragedias. Introducción de José S. Lasso de la Vega. Traducción y
notas de Assela Alamillo, Madrid: Gredos, 1981.
- SÓFOCLES, Tragedias completas. Edición de José Vara Donado. Traducción de
José Vara Donado, Madrid: Cátedra, 1982.
- SÓFOCLES, Fragmentos. Introducciones, traducciones y notas de José María Lucas
de Dios, Madrid: Gredos, 1983.
- SÓFOCLES, Tragedias y fragmentos. Introducciones, traducción y comentario
filológico de José Vara, Salamanca: Ed. Universidad de Salamanca, 1984.
- ESQUILO, SÓFOCLES, EURíPIDES, Obras completas. Traducción de Sófocles:
José Vara Donado... Edición, introducción, notas y apéndice de Luz Conti, Rosario
López Gregoris, Luis M. Macía y Mª Eugenia Rodríguez, bajo la coordinación de
Emilio Crespo, Madrid: Cátedra, 2004.
3. Estudios:
- CARMONA, A., Estudio semántico del vocabulario político en Sófocles, Amsterdam
1999.
- ERRANDONEA, Ignacio, Sófocles. Investigaciones sobre la estructura dramática de
sus siete tragedias y sobre la personalidad de sus coros, Madrid 1958.
- LASSO DE LA VEGA, J. S., De Sófocles a Brecht, Barcelona 19742.
- LESKY, A., "Sófocles", en Historia de la literatura griega, Madrid 1969, pp. 298-329
(traducción de la segunda edición del original alemán, publicada en Berna en 1963).
- LESKY, A., "Sófocles", en La tragedia griega, Barcelona 2001, pp. 185-247
(traducción del original alemán (Stuttgart 1958) por Juan Godó, revisada por
Montserrat Camps).
- LIDA DE MALKIEL, Mª. R., Introducción al teatro de Sófocles, Buenos Aires 1944.
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