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Modelo Acusatorio en Proceso Civil

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PONENCIA PRESENTADA ANTE EL CONGRESO NACIONAL DE

DERECHO PROCESAL, SANTA FE, ARGENTINA, 8.9 y 10 JUNIO DE


2011

COMISION DE DERECHO PROCESAL CIVIL

LOS EJES DE LA PROPUESTA DEL MODELO ACUSATORIO PARA EL


PROCESO CIVIL

Omar A. Benabentos y Mariana Fernández Dellepiane


Córdoba 844 3er Piso – Rosario (2000) – Santa Fe

Sumario

1. Introducción. Precisiones lingüísticas. Legislación de emergencia. 2.


Los ejes del discurso que postula la adopción del sistema acusatorio-
dispositivo para el proceso civil. 3. El modelo de procesamiento
dispositivo. Una realidad en la legislación actual
4. La porfía entre el único modelo procesal que respeta el derecho
humano fundamental al debido proceso (el dispositivo o acusatorio) y
el modelo publicista5. La necesidad de repensar otro derecho procesal
civil para este siglo XXI. 6. Las principales consignas garantistas
sugeridas para reformular un proceso civil de corte acusatorio o
dispositivo

1. Introducción. Precisiones lingüísticas. Legislación de emergencia

La ponencia intenta condensar el ideario central de nuestras propuestas: un


modelo de sistema acusatorio o dispositivo para el proceso civil. En suma,
es el núcleo discursivo del garantismo procesal civil sobre el que nos
permitimos un paréntesis lingüístico. Hoy, en lugar de emplear el término
garantismo (sin eliminarlo totalmente de nuestro léxico, por la identificación
con el pensamiento doctrinal al que suscribimos y que esa palabra implica)

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preferimos cobijar nuestras ideas bajo la expresión “modelo acusatorio o
dispositivo para el proceso civil”. Es que asumimos que el término
“garantista”, si se nos permite la expresión, no tiene “buena prensa” (mal que
nos pese a sus seguidores). En efecto, tanto en legos como en doctos
recrea una idea falsa: que la corriente garantista en el proceso civil es la
sumatoria de ideas barrocas, demodé, no agiornadas al soplo de los “nuevos
vientos” del derecho procesal del siglo XXI. Se insinúa que apelamos a una
suerte de “gatopardismo filosófico” esbozando conceptos remanidos, como
la defensa irrestricta del contradictorio, a lo largo de todo el debate, para
que, en definitiva, nada cambie en el modo de procesar y juzgar “tradicional”
que impera en la región. También se nos compara con la actitud de algunos
políticos que desde sus tribunas sólo se limitan a criticar la realidad que los
desagrada pero sin proponer nada útil y concreto. Es más: en el proceso
penal se efectuó una pésima identificación del término llegándose a concebir
que quién se proclama “garantista” asumiría de buen grado la eliminación del
sistema punitivo penal o bien una flexibilización del modelo procesal penal
que permitiría al que delinque entrar “por una puerta y salir por la otra”.
Por lo que llevamos expresado hasta los giros semánticos deben ser
repensados, ya que la idea deformada del “garantismo”, fomentado por
usinas, que bien o mal intencionadas poco conocen de lo que se habla, ha
tomado cuerpo negativo (también) en los medios de comunicación que
repiten consignas sin base científica y hasta el hartazgo (y ya sabemos la
influencia que la prensa oral, escrita o televisada, proyecta sobre la opinión
pública).
Una breve incursión en el ámbito de este discurso penal y procesal penal
enrarecido (que tiene conexión con el discurso publicista en el proceso civil)
ratificará lo expuesto. Veamos: ante la inseguridad ciudadana que provoca
la ola delictiva que asola Latinoamérica, como una suerte de atajo salvador,
a ciertos iluminados de turno los lleva a pensar que el déficit central del
fenómeno del delito proviene de la vigencia de sistemas acusatorios o
garantistas en el proceso penal. Se percute con la nefasta noción que un
sistema procesal penal que juzga a los imputados de un delito en un marco
de garantías previas al punir, facilita la delincuencia, o lo que es peor, lo
potencia. El pensamiento no resiste análisis y sin embargo gana adeptos

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entre legos y en franjas conservadoras del discurso procesal.
El facilismo y el populismo de estas ideas espantan: quién va a ser
procesado y eventualmente condenado por un delito (que pudo o no haber
cometido) a esta altura de la civilidad lo único que no podemos retacearle,
(en un Estado que se precie ser “de derecho”) es una serie garantías que
hacen a la mas elemental defensa en juicio. Sin esas garantías tan
brillantemente expuestas por Luigi Ferrajoli en su monumental obra
“Derecho y Razón”, si las negamos retornaremos a experiencias mucho tan
traumáticas como el “estado de policía” o el “estado totalitario,” donde para
arribar a la paz social los presuntos delincuentes no son merecedores de
un juicio previo o, en términos más drásticos, se los elimina físicamente. Con
este “simplismo” de las vías de hecho, supuestamente, el peligro social se
conjura (pensar en los durísimos sistemas penales de ciertos países regidos
por la codificación islámica que se nutren de esa idea). Luego, en ese
imaginado y bendecido régimen el hombre de la calle caminaría de una
buena vez tranquilo, liberado de la plaga delictiva, ya que ciertas “agencias”
y poderes del estado se han encargado de la purga social que los
declarados delincuentes se merecían.
Claro este falso espejismo de tranquilidad sólo duraría hasta que le tocara el
momento de dejar de ser espectador de la barbarie que propone y pasara a
ser imputado de un ilícito penal (todos, por culpa o dolo, estamos expuestos
a quebrar la ley). Los accidentes de tránsito son un patético ejemplo. Pues
bien, en este caso el “hombre duro” clamaría ser juzgado y penado “con
garantias previas”. Es que el discurso de punir, sin validar la pena es
perfecto cuando los afectados son otros, no nosotros. Esa legislación de
emergencia, rápida, eficiente, sin muchos pruritos sobre si se pisotea o no la
constitución en pos de esa paz, y que varios miles rápidamente hacinen las
cárceles “a como fuere”, es de una pobreza, no ya jurídica, sino humana que
entristece. Bien los enseña Zaffaroni: la legislación que el denomina “de
emergencia” puede que logre algunos de los fines que se propone. Puede
que el delito en un estado policial disminuya y aún casi se extinga la
expansión delictiva. El punto pasa por el precio que estamos dispuestos a
pagar por adscribirnos a ideales totalitarios que logran metas sin reparar en
los medios deslegitimados con las que las obtienen a las metas.

3
En el mismo sentido, y volviendo al ámbito del proceso civil, debemos decidir
qué precio queremos pagar (en rigor estamos pagando) si el derecho
procesal civil comienza a manejarse bajo una “legislación de emergencia,”
donde se llega a una sentencia, a una pena civil, por cualquier camino que
justifique la eficiencia del aparato de procesar y juzgar a las personas.
Desde esta perspectiva y por imperio de esa “legislación de emergencia”
debemos soportar que la respuesta a un problema de la realidad se resuelva
con facilismo epistémico que sorprende: ya que los procesos civiles son
lentos se soluciona la cuestión con suprimir el contradictorio o reducirlo a su
mínima expresión (medidas auto-satisfactivas, sentencias anticipadas). Y
bajo este mismo paradigma presenciamos absortos como se prescribe que
siendo dificultoso probar un hecho lo debe hacer la parte que –gozando de la
presunción de inocencia reconocido no sólo por la carta magna sino por lo
fallos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos para todos los
“fueros”, no solo para el penal- debe demostrar –igualmente- su no
culpabilidad civil.
Estos dos ejemplos, sin embargo no son los más graves o lo que genera
más perjuicios cotidianamente a los justiciables. Si, aunque nuestras
palabras provoquen sorpresa existen mas agravios para aquellos que
soportan (soportamos) ser procesados y juzgados bajo discursos y códigos
publicistas.
Veamos: la inserción de normas inspiradas en premisas ideológicas falsas
(el proceso es un mal en sí mismo para las partes y más aún para el Estado)
implicó que los códigos procesales civiles Latinoamericanos quedaron
irremediablemente contaminados de ese errado ideario. Luego, se dio por
sentado que dos particulares que litigan por cuestiones civiles, comerciales,
laborales, expanden el agravio de esta contienda a la sociedad toda o, lo
que es más grave al propio Estado. Entonces, si los “agraviados” ya no son
las partes, sino la sociedad o la comunidad jurídicamente organizada, la
normativa del proceso civil publicista se ha encargó de “expropiar” la
discusión de los conflictos a “los particulares” (al igual que lo hizo en su
momento el proceso penal neo –inquisitivo). Se puso en el centro de la
escena al Estado y se ubicó al poder judicial como el principal “interesado”
en la suerte final que corren los litigios que se llevan ante sus estrados. Y

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para pasar a ejemplos concretos que nos ayudaran ante el lector a darle
forma a lo que queremos expresar repaso algunas de esas normas exóticas,
más que demostrativas de lo que venimos exponiendo, es decir normas que
buscan un tránsito y una culminación de un proceso civil “a como fuere”. Así
invoco la “bienvenida” que se la da a la potestad de declarar la
incompetencia de oficio en cualquier estado y grado de la causa ; la
“apreciada” presencia del instituto de la caducidad de instancia; lo
“ponderación” de lo exiguo que deben ser los términos procesales para
ejercitar actos de extrema complejidad jurídica, la prohibición de plantear
prórrogas de los plazos procesales para las partes, la posibilidad
“promiscua” de invocar negligencias o caducidades probatorias, sin beneficio
alguno para la litis la indebida incursión del juez en la pertinencia de la
prueba, la absurda acumulación de cargas procesales para el actor y el
demandado (demanda y contestación de demanda, conjuntamente con el
ofrecimiento de pruebas); la confesión ficta y la expresa, la limitación del
número de testigos, la limitación temporal para aceptar la invocación de
hechos nuevos, etc.
El muestrario de estos paradigmas normativos son signados por un
denominador común: dejan al desnudo el grotesco desapego (por parte de
los hacedores de estos códigos ficcionales) sobre la “suerte” que correrá el
derecho sustancial de los litigantes en estas procelosas aguas de una
normatividad absurda. A las claras se advierte como se privilegia una ficticia
prisa procesal o en el mejor de los supuestos, como esa prisa, colocada
como valor superior a la hora de procesar y juzgar con relación a la
cognición a la que debería obtener el juzgador es el norte estelar del
publicismo. Se esparcen ficciones de todo tipo que alejan al Juzgador de los
hechos afirmados y refutados en la litis. Es mas, se demuestra que no le
interesa que el juzgador se imponga de los hechos. No se engañan con las
medidas para mejor proveer pero con ese empobrecido remedio, cuando ya
todo es ficción, no va dejar de serlo.
Y advertimos que no hemos privilegiado como “cabeza” de nuestro discurso,
o no nos hemos explayado, sobre la normativa publicista en los supuestos
más típicos y más criticados por el garantismo y más fervientemente
sostenidos por la corriente que impugnamos. Por cierto, en ellos es donde

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resulta más evidente lo equívoco del modelo: las pruebas de oficio llevadas
a cabo por el Jugador y las tutelas urgentes (“medidas auto-satisfactivas o
sentencias anticipatorios”). Pero no lo hicimos, por cuanto si bien son
ejemplos muy claros de una flagrante agresión al derecho de defensa en
juicio y a la imparcialidad del juzgador, estadísticamente no son tan
relevantes y, además, aunque los jueces no se ejercitaran esa actividad o se
dejaran de lado “las tutelas urgentes” los códigos publicistas no dejarían de
estar deslegitimados por las múltiples causales que venimos denunciando.
En otras palabras, no queremos que se desvíe nuestro discurso y se
entienda que se basa en críticas de institutos puntuales y que no se ataca el
núcleo de la errada normatividad del modelo procesal que deslegitimamos.
En el mismo sentido pero desde otro ángulo, un proceso civil netamente
dispositivo no se tornaría válido y eficaz (sólo) por eliminar estos engendros.
Su legitimidad provendría, en todo caso, de proponer a lo largo de toda la
serie procesal una regulación válida, tanto para el trámite como para las
formas que deben adoptarse para juzgar los conflictivos civiles.
A modo de resumen en este tramo: el desafió de hoy es construir, desde la
visión de un proceso acusatorio, plataformas normativas bien diferentes para
el proceso civil, alejadas del nivel ficcional que impera en las codificaciones
de la región. Desde nuestro espacio filosófico-jurídico debemos fortificar la
validez científica de una nueva codificación que, como mínimo, puede
garantizarse al sufrido litigante que el derecho sustancial que está en
disputa, lo digo una vez más, no naufragará “por la voluntad del rey.”

2. Los ejes del discurso que postula la adopción del sistema


acusatorio-dispositivo para el proceso civil
Y frente a la cada vez más equivocada línea que ha tomado el discurso y la
normativa del proceso civil “emergencial” le opondremos un resumen de los
ejes de nuestro pensamiento procesal procesal antagónico. Se trata de
imaginar el concreto tipo de proceso civil que se normaría a partir de admitir
como sostén ideológico el soporte acusatorio o garantista. La impronta no es
detenernos (sólo) en el “discurso ideológico”, es necesario, es más,
imperioso, pasar de ese discurso a propuestas legislativas que puedan
modificar urgentemente la realidad del modo que se procesa y juzga en la

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región.
Como mínimo, es nuestra carga presentar los esquemas troncales de los
futuros cuerpos normativos dispositivistas o acusatorios para el proceso civil.
Abriendo el discurso y si se nos preguntara -con vocación de síntesis- ¿Qué
es o que busca el Garantismo Procesal?, nuestra respuesta sería la
siguiente: en primer lugar, es una corriente iusfilosófica, doctrinal que
contiene un discurso destinado a legitimar un modo de procesar y juzgar
dispostivo-acusatorio para el proceso civil. Pero no se trata sólo de un
planteo teorético: se potencia, ahora, con un proyecto de Modelo de Código
Dispositivo o acusatorio para la región, que nació a la luz en Lima, Perú, en
el último Congreso Panamericano de Derecho Procesal celebrado en el mes
de octubre 2010, pero que fue el fruto de largos años de reflexión y labor de
quién es, sin lugar a dudas, el creador de la corriente garantista en la
Argentina, o mejor aún, en Latinoamérica Adolfo Alvarado Velloso.
En suma, en el plano teórico y bajando a la normatividad, el discurso
garantista predica que los procesos civiles que integran la legislación
positiva acompañen la voluntad de los legisladores constitucionales de la
región pero no como una frase abierta sino con líneas concretas de acción.
Es remanido decir que el constituyente concibió al proceso como un método
de debate que estaba inspirado en ideas liberales y democráticas. Quizás no
es tan redundante el sostener que sus postulados persiguen un proceso civil
previsible. Un proceso que asegure una tutela judicial efectiva para las
partes. Que imponga plena igualdad de audiencia. Que prescriba la
irrestricta imparcialidad del juzgador. Que le asigna al órgano jurisdiccional –
esencialmente- la tarea de procesar con plena bilateralidad. Que torne, y
esto es de la mayor importancia, a la disputa procesal en una discusión
ausente de toda ficción que pudiera hacer naufragar los derechos
sustanciales que se debaten. Que amplíe las facultades probatorias de las
partes y restringa toda incursión del órgano jurisdiccional en la pertinencia de
la prueba. Que determine que el acto de juzgamiento venga acompañado de
razones extensas y puntillosas sobre lo decidido.
En este nuevo marco referencial el proceso y el acto de juzgamiento serán
por fin los adecuados garantes de los derechos de los justiciables
embarcados en un litigio. El garantismo, en suma, apela a un discurso que

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valida formulas legítimas de procesar y juzgar, pensadas desde una
perspectiva constitucional/procesal que, reitero, es naturalmente limitadora
del poder del órgano jurisdiccional y con realce de la potestad y los derechos
procesales de las partes.
Y cuando imaginamos la limitación del poder lo pensamos como una
limitación instalada en las normas de los códigos procesales. En este sentido
y mucho más allá de la limitación sobre las pruebas de oficio, las
restricciones se harán extensivas a gran cantidad de poderes-deberes que
no deberían nunca haberse concedido y que se explican sólo desde códigos
redactados desde una óptica verticalista, de suyo, deslegitimada.
Estamos firmemente persuadidos que un modelo acusatorio para el proceso
civil y la codificación alineada tras ese paradigma, más temprano que tarde
se transformará en la tendencia dominante para la región. De un lado, no
será más que la decantación lógica de adoptar ese modelo que ya rige
desde hace décadas para el proceso penal moderno, ahora trasvasado a
nuestro fuero. Sólo con la escogencia de un “política jurídica común” para los
códigos procesales Latinoamericanos -ante conflictos penales, civiles,
laborales, administrativos, etc.- se logrará la ansiada congruencia entre la
legislación procesal positiva y el dibujo constitucional del “debido proceso”.
Pero, lo seguimos remarcando que no se trata (sólo) de aspirar a simetrías
en la “pirámide jurídica” que son hasta obvias y que han sido motivo de
extensos argumentos entre los dogmáticos del ideario garantista. En rigor, y
con mayor importancia que enunciar y motivar estas consignas elementales,
lo trascendente es sostener (y demostrar) que bajo un modelo de proceso
dispositivo civil quienes litigan tendrán, de una buena vez, la certeza que
ganarán o perderán en el proceso en donde se disputa un “bien de la vida”
con las nuevas armas que se le otorgarían, producto de ser repensadas
desde otro plano. Estas “armas” (en rigor, normas) serán las que posibiliten
que durante el procesamiento y el acto de juzgamiento que se instale una
razonable previsibilidad. Y esa previsibilidad no puede sino provenir de
cuerpos legales que así lo garantizan.
Si percutimos sobre ciertos institutos que aparecen promiscuamente en
códigos de la filiación que hacen fe y norte en la “búsqueda la verdad real”
advertimos que en el tránsito hacia la misma está minado en su interior de

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múltiples obstáculos que, por su peso y sumatoria, terminan suprimiendo el
paradigma que tan pomposamente se afirma. Ya lo enunciamos pero aquí se
remarcan: el propiciar la caducidad de instancia; la negligencia probatoria;
las notificaciones automáticas y su correlativo desprecio por la notificación
por cédula, la acumulación de cargas procesales de un modo irrazonable, la
posibilidad que el juzgador se pronuncie sobre la pertinencia de la prueba, la
limitación arbitraria del número de testigos que pueden ofrecerse, la
absolución ficta de posiciones, los límites a la denuncia de hechos nuevos,
entre otros institutos, que impiden la posibilidad de fallar las causas “con
verdad” o “justicia” y que han tenido, además, un triste privilegio: que
quienes litigamos asumamos ser espectadores de una sin razón: que el
derecho sustancial que se persigue o se defiende en un proceso pueda
triunfar o ser desestimado por cuestiones accidentales, accesorias o vacuas,
propias, de estos engendros de códigos publicistas.

3. El modelo de procesamiento dispositivo. Una realidad en la


legislación actual

Es casi una obviedad el remarcar que estamos en presencia de una batalla-


en el terreno ideológico- normativo que no es de tono menor y que encierra
opciones de porte y connaturalmente contrapuestas. Así, concediendo que
los conflictos civiles y penales tienen que solucionarse expeditivamente, no
se admite desde nuestra trinchera ideológica que el camino fuera transitando
por la tortuosa senda trazada hasta hoy por la mayoría de las legislaciones
positivas de la región. El garantismo busca uniformar un ideario común en
torno a los poderes de los jueces, limitándolos y aplicándolos con simétrica
intensidad, tanto en el proceso penal como en el proceso civil, esto se
sostiene desde hace mucho. Pero ahora se agrega que el desafío es la
construcción de cuerpos normativos que hagan todo más previsible.
Si bien el esquema publicista (lo concedemos) se ha traducido en un hecho
fáctico: los códigos procesales civiles Latinoamericanos se adscriben a esa
línea la tendencia tiende a relativizarse, ese predominio legislativo que rigió
durante todo el siglo XX, ya no es hegemónico. Lenta pero consistentemente
se instalaron nuevos paradigmas, producto de repensar si se podía seguir

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legitimándose este modo de legislar ficcional en los sistemas de procesar y
juzgar en la región. La ideología garantista, en rigor el discurso jurídico que
se opone a validar procesos civiles propios de la paleontología positivista
crece a pasos agigantados.
Y a este discurso consistente, sistémico, no contradictorio, y puro, se le
suma normativas ya alineadas con este nuevo paradigma: la vigencia de la
ley de enjuiciamiento civil española se ha impuesto como el primer
“producto legislativo” acusatorio-dispositivo en el campo del proceso civil. La
decisión de introducir ese modelo en el proceso civil ha sido tomada en una
España muy distinta a la de su tinta historia en el derecho procesal civil y
penal. En una tardía pero sincera postura de asumir las “culpas” por el
desmadre provocado, cambió de rumbo. La exposición de motivos brindada
por los autores de la ley procesal española explica algunas de las razones
de ese profundo giro ideológico. Justificando los orígenes de este cambio
copernicano se afirma en la mentada exposición de motivos de la LEC, por
caso y referida a las extintas medidas para mejor proveer, (hoy denominadas
“diligencias finales”) lo siguiente:
“…La Ley suprime las denominadas «diligencias para mejor proveer»,
sustituyéndolas por unas diligencias finales, con presupuestos distintos de
los de aquéllas. La razón principal para este cambio es la coherencia con la
ya referida inspiración fundamental que, como regla, debe presidir el inicio,
desarrollo y desenlace de los procesos civiles. Además, es conveniente
cuanto refuerce la importancia del acto del juicio, restringiendo la actividad
previa a la sentencia a aquello que sea estrictamente necesario. Por tanto,
como diligencias finales sólo serán admisibles las diligencias de pruebas
debidamente propuestas y admitidas, que no se hubieren podido practicar
por causas ajenas a la parte que las hubiera interesado.

La Ley considera improcedente llevar a cabo nada de cuanto se hubiera


podido proponer y no se hubiere propuesto (por las partes) así como
cualquier actividad del tribunal que, con merma de la igualitaria contienda
entre las partes, supla su falta de diligencia y cuidado. Las excepciones a
esta regla han sido meditadas detenidamente y responden a criterios de

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equidad, sin que supongan ocasión injustificada para desordenar la
estructura procesal o menoscabar la igualdad de la contradicción…”

4. La porfía entre el único modelo procesal que respeta el derecho


humano fundamental al debido proceso (el dispositivo o acusatorio) y
el modelo publicista
Es de confiar que el rumbo dispostivista (o acusatorio) asumido por el
legislador español, donde se recortan drásticamente los omnímodos poderes
de los jueces - en especial en la actividad probatoria supliendo la negligencia
de las partes – y se ratifica, sin duda alguna, que en los procesos civiles rige
la presunción o estado de inocencia para el demandado, será imitado por los
hacedores de los códigos procesales civiles en Latinoamérica. El anhelo se
transforma en una necesidad si tenemos en cuenta que los sistemas
publicistas se encuentran en la antípoda de la exigencia que enuncia
Ferrajoli para que un proceso sea considerado como “debido”: “la estricta
legalidad y la estricta jurisccionalidad”. Un proceso civil publicita se me
asemeja a un suerte de “ruleta rusa” en donde predecir quién ganará o
perderá en la litis parece tarea propia de “garúes” ante que científicos del
derecho. Todo código que se sostenga una ideología publicista es y será
una verdadera “caja de pandora”. Su normativa –necesariamente- contiene
incongruencias insalvables fruto del choque de corrientes que hasta, dentro
de su propio iderario, son en sí misma contradictorias. De la simple lectura
de los códigos procesales civiles de la región podemos verificar como luce
ausente el control de las partes de lo que hace el juzgador al procesar y
decidir el litigio. Es más, en muchos casos los litigantes quedan inermes ante
jueces que hasta prevarican, al resolver con apartamiento de las constancias
de la causa, o sin normas que sustenten su accionar, inspirados en su más
puro decisionismo el conflicto confiado a su potestad se torna impredecible.
Los sistemas procesales neo – inquisitivos o publicistas y sus productos
legislativos se han encargado de formar un ideario que no resiste la
impugnación epistémico, lógica, sistémica, racional y, de suyo constitucional.
Y ese ideario se ha postulado de un modo tan virulento que muchas veces
logró, directamente, mediante la tozuda inserción de modelos de
procesamiento y juzgamiento positivos infra-constitucionales, la anulación de

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las garantías de control sobre lo que se procesa y juzga en Latinoamérica. El
ideario autoritario, en apretadísima síntesis, se sostiene en un discurso bien
que extraño y lo resumo de la siguiente manera: parte del concepto, como ya
lo expresé de Klein que el proceso es un “mal social” y un “mal en sí mismo”.
Por tanto, el conflicto jurídico que enfrenta a las partes debe resolverse
cuanto antes y a toda costa.
Otro dato que hace a la esencia de modelo verticalista de procesamiento y
juzgamiento es el siguiente: las propuestas tradicionales mantenidas por el
autoritarismo imponen que el discurso jurídico se formule a-críticamente y en
lugar de reflexionar sobre si el mismo goza de legitimidad se apoyan desde
el “factum” hacia el discurso, es decir desde la positividad neo -inquisitiva de
los códigos procesales se cae en el simplismo de entender que el discurso
queda legitimado. Están razonando en sentido contrario a las exigencias que
se le imponen a cualquier pensamiento jurídico. A partir de este exótico
método a-científico, se cae en un círculo vicioso puesto que observando a
los códigos procesales civiles y constatando que existen en ellos múltiples
normas que adjudican poderes a los jueces para procesar a su antojo y
decidir sin mayores exigencias de justificación en su discurso, entienden que
el sistema queda “bendecido” y que es indispensable mantener ese estado
de cosas puesto que la “ley así lo ordena”. En rigor no apuestan sólo a eso
sino aumentar los omnímodos poderes concedidos a los jueces bajo la pueril
“justificación” de que ellos tienen la misión de buscar la “verdad real”. Pero
raudamente ese norte se choca con otro principio muy caro al publicismo y
que ya fuera enunciado: esos jueces deben resolver rápidamente los
conflictos jurídicos sometidos a la órbita de su poder (recordar la máxima: el
proceso es un mal en sí mismo). Luego, de esta mixtura ideológica sólo
pueden surgir situaciones que colisionan. Nos explicamos: para arribar a la
mítica verdad real el juez puede y debe demorar su accionar (es el supuesto
de las medidas para mejor proveer). Pero, además, para acceder a ella no
deben existir ficciones que lo desvíen de ese camino. Un ejemplo ilustrará lo
que quiero expresar: si se declaró la caducidad de una prueba se ha
cumplido con la máxima procesal de la rapidez, pero si esa prueba
declarada caduca era un testimonio esencial para dirimir la suerte de la
causa, el juez del sistema autoritario tendría que conformarse con la verdad

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ficcional que un proceso de este corte le entrega. Se advierte como es
patética la contradicción ideológica y normativa dentro del propio discurso
publicista.
Sintetizando: el método autoritario de debate; la composición aristocrática
del órgano jurisdiccional; la ominosa extensión de sus poderes, la auto-
contradicción del discurso, son desafortunadas decisiones de una “política
procesal” (fracasada) o de un ideario que tiende a legitimar sistemas
procesales positivos verticalistas que hoy exigen ser repensados
profundamente exigiéndole, cuanto menos, un mínimo de coherencia interna
dentro de su propia y extraviada lógica. Afirma el procesalista italiano Franco
Cipriani1 - uno de los ideólogos que sostenían desde Europa la concepción
garantista, lamentablemente fallecido en el año 2010, que para el ideario
autoritario (en este caso la glosa se refiere al Código Procesal Italiano de
1940) “…el proceso ya no debía ser más lo que lamentablemente o
afortunadamente había siempre sido (y siempre lo será), es decir una lucha,
una batalla entre las partes contrapuestas que tratan de ganar (o perder los
menos posible) sino un lugar en el cual, frente a la iluminada figura del juez,
se discute apaciblemente sobre aspectos de la controversia, se aclaran
lealmente los puntos oscuros y se eliminan los equívocos y los errores, no
sólo de la contraparte, sino la corrección de los propios, con la finalidad de
hacer triunfar la “verdad” y “hacer justicia” rápido y bien a quien tienen
efectivamente la razón…”.Cipriani, con fina ironía, enseña que “…estas
consignas demuestran una concepción romántica y al mismo tiempo
autoritaria y fascista del proceso civil (y de la vida) que implica que tan
quimérica empresa - para obtener resultados- habría tenido que reformar no
sólo el Código Procesal Civil, sino también el mundo, o al menos a Italia,
poblándola de hombres un poco distintos de aquellos que desde hacía
milenios la poblaban2…”

1
CIPRIANI, Franco, “Las batallas por la justicia Civil”, traducción de Eugenia Ariano, Lima, Perú,
ed. Cultural Cuzco. 2003, pág.11,
2
CIPRANI, Franco, ob. cit. pág. 9.

13
BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA
BANALOCHE PALAO, Julio, Legislación sobre Enjuiciamiento Civil. Madrid,
España Ed. Civitas, 2002.
BENABENTOS, Omar Abel, “Teoría General del Proceso, Tomo 1”, Rosario,
Argentina, Editorial Juris, 2005.
BENABENTOS, Omar Abel “Teoría General del Proceso, Tomo 2”, Rosario,
Argentina, Editorial Juris, 2005.
BENABENTOS, Omar Abel “Teoría General Unitaria del Derecho Procesal”,
Rosario, Argentina, Editorial Juris, 2001.
BENABENTOS, Omar Abel y FERNANDEZ DELLEPIANE, Mariana,
“Lecciones de Derecho Procesal Civil y Comercial”, Rosario, Argentina,
Editorial Juris, 2009.
CIPRIANI, Franco, “Las batallas por la justicia Civil”, traducción de Eugenia
Ariano, Lima, Perú, Ed; Cultural Cuzco. 2003.
ZAFFARONI, Eugenio Raúl, “En busca de las penas perdidas -
deslegitimación y dogmática jurídico-penal”. Bogotá, Colombia, ed. Temis,
Segunda Edición, 1990.
ZAFFARONI, Eugenio Raúl, “Apuntes sobre el pensamiento penal en el
Tiempo”, Buenos Aries, Argentina, Editorial Hamurabi.

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