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Curso patologías neurológicas en APS

“Abordaje no farmacológico en Parkinson y Demencias”


Sebastián Jorquera Flores
Unidad III: Cuidados y Burnout

Patologías Neurológicas en APS


“Abordaje no farmacológico en Parkinson y
Demencias”
Cuidados y Burnout

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“Abordaje no farmacológico en Parkinson y Demencias”
Sebastián Jorquera Flores
Unidad III: Cuidados y Burnout

OBJETIVO PRINCIPAL DE LA UNIDAD

Establecer las principales características del cuidado, repercusiones en


personas con enfermedad de Parkinson, Demencias, y Burnout del
cuidador.

OBJETIVOS ESPECÍFICOS DE LA UNIDAD

● Conocer las principales características sobre los cuidados.


● Relacionar los cuidados con la enfermedad.
● Describir qué es el síndrome de Burnout y sus implicancias.

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Unidad III: Cuidados y Burnout

INTRODUCCIÓN

El creciente envejecimiento de la población, el aumento de la dependencia y


la demanda de cuidados son desafíos cada vez más relevantes. Como
consecuencia del aumento de la demanda por atención socio-sanitaria,
aparecen nuevos fenómenos, como es el caso del síndrome de sobrecarga
del cuidador (Burnout), constituyéndose como un aspecto de atención
naciente.

La sobrecarga del cuidador de personas con patologías neurológicas como


parkinson y demencia, se relaciona íntimamente con la salud y el trabajo de
las personas que cuidan, en dónde la sobrecarga laboral, sexo y edad de los
cuidadores, se tornan aspectos relevantes al momento de abordar a este tipo
de pacientes.

La condición de fragilidad asociada a la tercera y cuarta edad, y el


consecuente aumento en el grado de dependencia de estos pacientes,
pueden estar asociadas a una mayor necesidad de cuidado. Por lo anterior,
el fenómeno de transición demográfica, el correspondiente envejecimiento
de la población, en conjunto con el aumento de la dependencia de las
personas mayores, ha repercutido inevitablemente en una mayor
necesidad de cuidados de larga duración.

Según Roig, Abengózar y Serra (1998), estos cuidados históricamente han


sido asumidos por personas de sexo femenino, las cuales tienen una labor
constante e intensa, “El cuidador formal.” (p. 216). En muchas ocasiones, esta
atención sobrepasa la propia capacidad física y mental del cuidador,
conformando un evento estresante crónico, lo que se conoce como
sobrecarga del cuidador (Zarit, 1998a, 2002).

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Esta sobrecarga para el cuidador constituye el grado en el cual éste percibe


que su salud, vida social y estado financiero son alterados como
consecuencia del cuidado de la persona que presenta la enfermedad. De lo
anterior, la carga o sobrecarga sobre los cuidadores formales, podría
repercutir en problemas en su salud de forma global, tanto física como
mental, así como afectar las relaciones con otros. Inclusive la sobrecarga
podría llevar al abandono del cuidado, el maltrato y el abuso en contra de las
personas que se cuidan.

Según Toledo (2011), son los cuidadores los que necesitan más apoyo
(emocional, psicológico), porque; son las “segundas víctimas” de la demencia
tipo alzheimer al ir enfermando en conjunto con el enfermo. En este sentido,
la relevancia de conocer las características de los cuidados, la carga del
cuidador, y su relación con los usuarios que padecen de patologías
neurológicas, como parkinson y demencia, no sólo contribuye en la
comprensión de las interrogantes de esta temática, sino también, aporta
conocimiento actualizado sobre las características del cuidado y la salud.

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1. Conocer las principales características sobre los cuidados

1.1 Dependencia

El fenómeno de la dependencia se puede entender como la necesidad de


ayuda que requiere una persona -la cual desde el punto de vista práctico- se
refiere generalmente a la asistencia en las actividades de la vida diaria, como
el vestirse, asearse y alimentarse. Día a día, esto constituye un problema
mayor para la sociedad, ya que tiene importantes extensiones sociales,
familiares, sanitarias, económicas y políticas. En este sentido, supone un reto
para los sistemas sanitarios y de servicios sociales, ya que tienen que
encargarse de estas nuevas necesidades y demandas sociales.

El riesgo de la dependencia juega un papel creciente, y no solamente por


razones demográficas. En países del primer mundo, ha llevado a
importantes cambios legislativos e institucionales, camino que, nuestra
sociedad comienza de forma incipiente a recorrer. El Consejo de Europa
(1998), definió la dependencia como:

“El estado en el que se encuentran las personas que, por razones ligadas a la
falta o pérdida de autonomía física, psíquica o intelectual, tienen necesidad
de asistencia o ayuda importantes para realizar las actividades de la vida
cotidiana” (p.2) Por lo que la dependencia, no es una situación exclusiva de
las personas mayores, pero sí, “tiende a aumentar con la edad”, asociado a
que la vejez se relaciona con múltiples problemas de salud. Consejo de
Europa. (p.2).

Por otro lado, la organización mundial de la salud (OMS, 2002), establece


que: “La dependencia es la limitación en la actividad para realizar algunas
actividades claves y que requiere una ayuda humana que no se necesitaría

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de forma acostumbrada para un adulto sano”. (p.1-4). Así mismo; según este
organismo “es dependiente la persona que no es completamente capaz de
cuidar de sí misma, de mantener una alta calidad de vida, de acuerdo con
sus preferencias, con el mayor grado de independencia, autonomía,
participación, satisfacción y dignidad posible” (p.1-4).

En este sentido, la dependencia se puede diferenciar de la enfermedad agud


y de las limitaciones temporales, ya que éstos son trastornos limitados en el
tiempo, mientras el fenómeno de la dependencia está ligado a la
cronicidad, ya que a medida que envejece la población ocurren fenómenos
paralelos, una declinación fisiológica normal y un aumento en la prevalencia
de ciertas enfermedades.

Según Marín (2006), aunque estos procesos se influencian entre sí, existe;
“una declinación fisiológica tanto en la esfera orgánica como mental. Dichos
cambios que son normales, con el paso del tiempo predisponen una serie de
eventos fisiopatológicos, que llevan al adulto mayor a presentar variadas
enfermedades”. (p.56) Este aspecto es independiente al desarrollo de nuevas
enfermedades, y puede contribuir al fenómeno de la dependencia. Además,
este proceso es continuo, universal e irreversible, lo que implica que todos
estemos afectos a ello, “sin escape”.

Este hecho se respalda a través de la afirmación de Dorantes-Mendoza, et. al.


(2001), en donde; “La dependencia funcional está directamente relacionada
con el envejecimiento y depende de múltiples factores determinantes”. (p.9)

Además, su trabajo demuestra; “la asociación directa e independiente


entre una mayor edad de las personas y la dependencia funcional, tanto para
realizar ​ABVD -​Actividades básicas de la vida diaria​- como ​AIVD
-​Actividades Instrumentales de la Vida Diaria​-. (p.9), Este aspecto indica que

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la edad es un factor de riesgo relevante en el deterioro del estado funcional.

En concordancia con los resultados de Dorantes-Mendoza (2001), SENAMA


(2009), a través del estudio nacional de la dependencia en las personas
mayores concluye que; “la frecuencia y severidad de la dependencia
aumenta a medida que aumenta la edad”. (p. 73).

Tabla I.​ Aspectos asociados a la dependencia

Involucra la necesidad de ayuda de otros.


Afecta la realización de las actividades de la vida diaria.
La ayuda generalmente es por tiempo prolongado.
Se asocia al fenómeno del envejecimiento

Fuente: elaboración propia a partir de Departamento de Estudios y


Desarrollo-Superintendencia de Salud- Minsal. (2008).

1.2​ ​Tipos de dependencia

En base a lo que entendemos por dependencia, la dificultad o incapacidad


que padece una persona, y que la obliga a solicitar ayuda a un tercero,
constituye un aspecto crucial en su comprensión. Como lo refiere SENAMA
(2009), la dependencia en la tercera edad tiende a medirse desde la
funcionalidad. (p.13-14). No obstante lo anterior, abarca dimensiones
diferentes, que no sólo tienen que ver con lo corporal, sino también con la
participación, su entorno, y la economía.

En la figura 1, se resumen los principales atributos o dimensiones en que el


fenómeno de la dependencia influye, y se puede valorar los dominios en los
cuales repercuten.

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Figura 1. Matriz de conceptualización de la dependencia y sus


dimensiones. ​Fuente: Servicio Nacional Del Adulto Mayor (SENAMA; 2009; p.
13).

De los datos expuestos según SENAMA (2009), entonces se puede reforzar


que los tipos de dependencia varían desde lo puramente físico-corporal y
participativo, hasta la protección social y económica. (p. 13).

El Departamento de Estudios y Desarrollo de la Superintendencia de Salud-


Minsal (2008), además agrega; “existe consenso que este concepto”, (la
dependencia), “se vincula más a la función social que a la función orgánica”.
(p.14). Es decir, no sólo puede ser un problema de salud, sino que también
afecta la esfera social. (p.14).

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Desde la visión de la tercera edad en adelante, las etapas que conllevan hacia
la dependencia, se describen mediante procesos graduales de pérdida de
capacidades y destrezas.

En este sentido y como lo refiere el Departamento de Estudios y Desarrollo


de la Superintendencia de Salud- Minsal (2008), “Este proceso comienza con
la aparición de patologías, de enfermedades tales como el alzheimer,
diabetes, entre otras.

Le siguen la aparición de deficiencias que corresponden a alteraciones en el


funcionamiento normal de uno o varios órganos, lo cual daría lugar a las
limitaciones para realizar determinadas acciones físicas o mentales. Es esto
lo que se denomina la senda principal del proceso de dependencia. Este
proceso está dando cuenta de las distintas dimensiones del problema de la
dependencia”. (P. 15).

En esta relación entonces, se vislumbra que el fenómeno de la dependencia


se asocia a las enfermedades y limitaciones, pero también tiene una
dimensión social, ya que el individuo que la sufre demanda, para la gestión
de su vida, la ayuda de otras personas. (Departamento de Estudios y
Desarrollo de la Superintendencia de Salud- Minsal 2008; p.15).

Según SENAMA (2009), la dependencia se organiza operacionalmente desde;


“la funcionalidad de la persona y la cantidad, tipo y nivel de ayuda de
terceros”. (p.14). Además, los dos componentes de esta definición; “son la
limitación funcional y la necesidad de ayuda humana para realizar la función
alterada”.

En la línea del pensamiento anterior la limitación funcional y severidad, se


miden en referencia al tipo de dificultad para realizar actividades de la vida

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diaria, las que según Katz y cols. (1963), son como bañarse, vestirse, caminar,
comer, usar el excusado, acostarse y levantarse de la cama. (P. 914-918).

Finalmente y en relación a la propuesta de SENAMA (2009; p. 15), los tipos de


dependencia se pueden establecer en grados, los cuales fijan las siguientes
categorías o tipos de dependencia:

a.- Dependencia severa: es aquella en donde todos los individuos dado su


condición de limitación funcional necesitarán ayuda. En esta categoría están
los individuos postrados (son aquellos confinados a su cama), sujetos que
presentan demencia de cualquier grado y sujetos que siguiendo una tabla
cumplen con determinadas preposiciones, como por ejemplo; incapacidad
para cumplir una o más actividades de la vida diaria.

b.- Dependencia moderada: considerando la necesidad de ayuda humana,


en el caso de existir una limitación funcional moderada que la requiera
siempre o casi siempre, se incluye la incapacidad para bañarse, requerir la
ayuda siempre o casi siempre para efectuar 2 o más actividades de la vida
diaria.

c.- Dependencia leve: se ha definido como el grado menos gravoso de


incapacidad para la ejecución de actividades para la persona, en donde por
ejemplo, ésta presenta incapacidad para efectuar 1 actividad de la vida diaria,
o tiene la necesidad de ayuda siempre o casi siempre para una de estas.

1.3 Prevalencia de la dependencia

Este fenómeno poblacional, tiene consecuencias económicas concretas, las


cuales repercuten en el aumento de los costos en salud y seguridad social,

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además de la disminución de la población económicamente activa, “la


fuerza laboral”, ya que constituye un grupo poblacional que demanda
servicios sociales y no participa en el trabajo remunerado.

La dependencia cuantificada como tasa, como refiere INE (1990; p. 30),


consiste en el número de personas menores de 15 años, más las personas de
65 o más años, sobre el total de personas entre 15 y 64 años. Además existe
la tasa de dependencia de las personas mayores que se calcula en base al
número de personas de 65 años o más por cada 100 personas entre 15 y 64
años.

Según SENAMA (2009), muestra que la dependencia afecta alrededor de 2,5


de cada diez adultos mayores de 60 años en Chile. (p.75). “Es así como el
24,1% de las personas mayores en Chile, tiene dependencia en cualquiera de
sus grados. Esto equivale a 405.539 personas de 60 años o más”. (p. 45).

Figura 2. Porcentaje de adultos mayores dependientes en Chile


Fuente: SENAMA (2009; p. 45).

De esta población con dependencia, se desprenden diferentes datos en


relación al tipo, frecuencia y porcentaje que representa en los adultos

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mayores, datos que se expresan en la tabla II y figura 3.

Tabla II. ​Nivel de dependencia en las personas mayores en Chile

Fuente: SENAMA (2009; 46).

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Figura 3. Nivel de dependencia en las personas mayores y distribución


por sexo. F
​ uente: SENAMA (2009; 47).

En esta línea, estos datos representan un nivel importante de necesidad por


parte de este grupo de etario, en donde prima el porcentaje de personas
mayores con dependencia severa, siendo las mujeres el grupo más
dependiente.

En este mismo sentido todos son afectos de cuidado, ya que constituyen un


grupo vulnerable, que requiere asistencia con el objetivo de ir en su auxilio.

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2. Los cuidados de larga duración y enfermedad

Los cuidados de larga duración o atención a largo plazo, se enmarcan dentro


de una gama de servicios que se entregan, los cuales ayudan a cumplir con
las necesidades médicas y no médicas de las personas con enfermedades
crónicas o con discapacidad que no pueden cuidar de sí mismas.

Constituyen parte de los cuidados continuos (residenciales por ejemplo), en


donde se protege a personas que ya no pueden quedarse en su casa y
proveen todo lo necesario para su cuidado. Esta atención cumple con
proveer un servicio de apoyo formal e informal. Al referirse a los “cuidados de
larga duración”, se suele distinguir entre los “cuidados formales” de los
“informales”.

La OMS establece que los cuidados de larga duración son: “El sistema de
actividades llevadas a cabo por cuidadores informales (familiares, amigos o
vecinos) o profesionales (sanitarios, sociales u otros), o ambos, para conseguir
que una persona que no sea totalmente capaz de cuidar de sí misma
mantenga la mejor calidad de vida posible, de acuerdo con sus preferencias
individuales, con el mayor grado posible de independencia, autonomía,
participación, realización personal, y dignidad humana”. (Organización
Mundial de la Salud y Milbank Memorial Fund, 2000, p. 8).

De esta definición y en concordancia con lo expuesto por Sánchez Reinón


(2010), se puede inferir que los cuidados de larga duración; “se identifican
con rasgos positivos de cuidado”. (p.187).

Principalmente las tareas de cuidado se orientan a la asistencia en


actividades cotidianas como instrumentales de la vida diaria. En esta línea de
pensamiento Carrasquer et. al. (1998), distinguen los cuidados desde tres

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grandes esferas de tareas; “infraestructurales, cargas reproductoras, y


organizativas” (p. 102).

Figura 4. ​Definición de los tipos de tareas en relación a cada esfera de


trabajo. F
​ uente: Carrasquer et. al. (1998; p. 102).

Se puede constatar, que todas las esferas de las tareas dentro de los
cuidados de larga duración, tienen relación con la gestión del hogar, cuidado
de la persona y atención de enfermos.

Las peculiaridades de los cuidados de larga duración, como refiere Marín y


Casasnovas (2001), en un sentido amplio serían, “todas aquellas actividades
que se llevan a cabo con el propósito de que las personas mayores
dependientes puedan seguir disfrutando de la mayor calidad de vida
posible”.

En esta relación los cuidadores asumen frecuentemente un papel


trascendental en la gestión del cuidador. “Así pues, ayudar a una persona
mayor a comer, a vestirse o a bañarse, serían todas ellas actividades que
cabría conceptualizar como cuidados de larga duración”. (p.82) En este

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sentido la característica primordial de los cuidados de larga duración, es


que se desarrollan por períodos prolongados de tiempo. Marín y Casasnovas
(2001), proponen como ejemplo, que los cuidados de larga duración,
“pueden ser dispensados sin grandes requerimientos tecnológicos. Así, por
ejemplo, para que alguien pueda ayudar a comer a una persona mayor, no se
necesita tener unos conocimientos específicos ni tampoco un instrumental
sofisticado”.

Además, “los cuidados de larga duración pueden ser provistos por los
familiares de la persona dependiente”, y finalmente; “cuando el grado de
dependencia de la persona mayor aumenta, los cuidados de larga duración
se vuelven también más intensivos: esto es, la ayuda se requiere de un modo
más continuado”. (p. 82)

Desde este enfoque entonces, se puede valorar aún más la necesidad de


“saber” y comprender lo que implican los cuidados de personas que
padecen enfermedades como Parkinson y demencias, muchas veces, con un
alto grado de discapacidad o dependencia a los cuidados, sobre todo en
actividades básicas y fundamentales de la vida cotidiana, para sus
cuidadores y familia. No obstante, el rol que los profesionales de salud,
puedan aportar en este trabajo, sobre todo en lo que respecta a la educación
y cuidados, será visto más adelante.

3. Cuidados, Síndrome de Burn-out y sus implicancias

Como se mencionó anteriormente, la OMS (2000), establece que los


cuidados de larga duración son realizados por cuidadores informales y
también profesionales (“formales”). De esta afirmación Sánchez Reinón
(2010), añade que el término “formal” manifiesta; “el cumplimiento de

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requisitos formales pero también al no sometimiento a cambios caprichosos;


aplicado a personas se refiere a la seriedad y responsabilidad”.

Al situar los “cuidados de larga duración” en el campo de significación de la


“informalidad” se contamina su significado con connotaciones negativas; sin
embargo, si se colocan en contigüidad espacial el término “formal”, se
observa que esta es la relación más coherente puesto que los cuidados se
identifican con rasgos positivos como la seriedad y el esmero. (p.187).

Por lo que ambos tipos de cuidados, poseen un contexto y necesidades


mínimas, como “conocimientos, formación y experiencia”. Carrasquer et al.
(1995), hace la diferencia entre lo informal refiriéndose como; “El trabajo de la
reproducción comprende las actividades destinadas a atender el cuidado del
hogar y de la familia.

Se le denomina «trabajo de la reproducción» para diferenciarlo del trabajo de


la producción (de bienes y servicios), puesto que éste es el único reconocido,
económica y socialmente como trabajo, en las sociedades industrializadas”.
(p.96). Desde este punto de vista y apoyando lo expuesto por Sánchez
Reinón (2010), se puede extrapolar que; “ los cuidados de larga duración en
base a los cuidados formales o informales, generalmente se proporcionan
en organizaciones que prestan servicios profesionales remunerados” a
diferencia de los informales, en que no se recibe remuneración. (p.207).

Además que los cuidados de larga duración, generalmente son realizados


por el sexo femenino. (p.207). Hecho respaldado según los datos de SENAMA
(2009; p. 63), en donde en su estudio de dependencia en adultos mayores
constató que “los cuidadores principales de las personas mayores con
dependencia en Chile, alrededor del 85% son mujeres en comparación al 15%

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de hombres”. Lo que demuestra la realidad generalizada en este tipo de


cuidados. La figura 5. Refiere la relación de sexo en el cuidador.

Figura 5. ​Sexo del cuidador principal de las personas mayores con


dependencia. F
​ uente: SENAMA (2009; p.63).

Los cuidados frecuentemente están asociados a jornadas de trabajo


complejas, con una carga tanto física como emocional, la cual supone una
altísima carga de trabajo. Como refiere Carrasquer et. al. (1998); es el “sexo
femenino” el que generalmente realiza las funciones de cuidado de las
personas. (p. 96-98).

La asistencia hacia las personas dependientes o enfermas, generalmente


es constante e intensa, implica responsabilidad, y puede ser prolongada en el
tiempo. En esta línea de pensamiento los cuidados se convierten en un
estresor que impacta negativamente sobre el cuidador y que
probablemente lo sobrecargará.

En este sentido, el cuidado ha sido conceptualizado como “un evento vital


estresante” (Zarit, 1998a, 2002). De hecho, las personas que asumen el
cuidado de una persona con problemas de dependencia suelen
experimentar problemas de salud física y mental. Este aspecto se ve

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respaldado por lo expuesto por Dueñas y cols. (2006; p. 36-37), en donde se


confirma que “los cuidadores constituyen una población a riesgo de sufrir
enfermedades psíquicas y físicas”.

Según SENAMA (2009), la sobrecarga de trabajo que sobrellevan las


mujeres, las mantiene sumidas en situaciones de alto estrés, que implican
deterioros psíquicos y físicos, impactando negativamente en su salud y
calidad de vida, lo que las hace vulnerables a caer en dependencia,
reproduciéndola al interior de sus familias. (p. 63).

En esta línea de pensamiento y como lo refiere Badia y Llach et al. (2004),


resulta en que “el cuidado diario de un familiar enfermo” de demencia tipo
Alzheimer por ejemplo, “supondrá un estrés emocional y físico importante
para el cuidador”. (p. 171).

3.1 La carga del cuidador o Síndrome de Burnout y sus implicancias

El concepto de carga ha sido usado para caracterizar las frecuentes


tensiones y demandas sobre los cuidadores (Zarit, 2002), en donde se asocia
a las repercusiones negativas del cuidado. En general, este término engloba
la descripción de las consecuencias físicas, emocionales y económicas que
genera el acto de proporcionar cuidados (Grad y Sainsbury, 1963; Horowitz,
1985; Gaugler,Kane y Langlois, 2000).

En este contexto la carga generada por la provisión de cuidados es “un


estado proveniente de la acción de cuidar a una persona dependiente o
mayor”, o es un estado que amenaza la salud física y mental del cuidador”
(Zarit y cols. 1980; p.649-653).

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El acto de cuidar a una persona, según Flores et. al. (2012), “involucra una
gran responsabilidad y un enorme esfuerzo, provoca un aumento en la carga
del cuidador, la cual si no se logra manejar adecuadamente puede traer
repercusiones físicas, mentales y socioeconómicas y, por lo tanto,
comprometer la vida, la salud, el bienestar” (p. 30).

En esta dimensión, el cuidar a una persona mayor o una persona con algún
grado de dependencia, significa; gestionar “ la vida de una forma diferente,
modificar las funciones a las que se está acostumbrado a hacer, tomar
decisiones, asumir responsabilidades y acciones de cuidado integral para
atender las necesidades cambiantes de la persona cuidada” (Flores et. al.
2012; p.30).

3.2 Características de la carga del cuidador

La carga del cuidador engloba múltiples dimensiones por lo que tiene un


carácter global. Además, a diferencia de otros eventos que pueden ser
estresantes, como los cuidados de corta duración, el cuidado en general
puede prolongarse a lo largo de un período de varios años, por lo que la
cronicidad del estresor hace que el cuidado sea especialmente estresante
(Zarit, 1996, 1998a, 2002).

Además esta carga en base a la experiencia subjetiva del cuidador de las


demandas de atención, según Flores et. al. (2012), es “un concepto
multidimensional, con características objetivas y subjetivas”. Por lo que; “la
carga objetiva corresponde a los cambios que debe realizar el cuidador en
diversos ámbitos de la vida, y la carga subjetiva se refiere a las reacciones
emocionales frente a las demandas de cuidado”. (p.32).

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En este sentido, la principal característica se constituye en que la carga


asociada al estrés que provoca por ejemplo, cuidar a una persona con
demencia en el tiempo, afecta la salud global del cuidador. Esto además se
asocia a sentimientos de exigencia mental y física, así como el surgimiento
de patologías que pueden ser provocadas directamente por las labores
propias del cuidado, o por despreocupación, y mantenimiento de estilos de
vida que poco saludables. Flores et. al. (2012; p.38).

Tabla III. Características generales de la carga del cuidador

El cuidado implica la provisión de múltiples tareas.


Los cuidados se suministran diariamente, de forma intensa y pesada.
Los cuidadores suelen atender a varias personas dependientes.
Los cuidadores presentan tensiones en sus labores propias del cuidado.
Se añaden situaciones de estrés físico y emocional al cuidar personas con
dependencia asociada a E. Parkinson o demencia.

Fuente: Elaboración propia​.

3.3 La carga sobre la salud del cuidador y sus implicancias

La carga del cuidador, como proceso estresante, puede tener importantes


consecuencias sobre la salud física y mental del cuidador y sobre su
bienestar. No obstante, no se debe concebir el impacto del cuidado sólo
como una respuesta física y emocional del cuidador al estrés sino que,
también, es necesario considerar las importantes repercusiones negativas
que pueden tener en un cuidador sobrecargado, sobre su calidad de vida y
la continuidad de los cuidados mismos.

Los efectos negativos del cuidado sobre la salud y el bienestar de los

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cuidadores han sido documentados extensamente (George y Gwyther, 1986;


Schulz et al., 1995; Zarit et al., 1998; Older’s Women League, 2003).

Estas consecuencias han llevado a hablar acerca del conjunto de


repercusiones en el cuidador con el término de “síndrome del cuidador”, y se
ha llegado a afirmar que las secuelas físicas y mentales generadas por la
provisión de asistencia a una persona dependiente, en este caso adultos
mayores con dependencia asociada a Parkinson o demencia, pueden
provocar que el propio cuidador demande cuidados de larga duración
(Family Caregiver Alliance, 2003; p.4-6).

Los efectos sobre la salud mental en forma de trastornos psicopatológicos


aparecen de forma más frecuente e intensa que las enfermedades físicas
(García, Mateo y Gutiérrez, 1999; Mateo et al., 2000). En este sentido y como lo
refiere George and Gwyther, 1986; Whitlatch et al., 1991, se evidencia que los
cuidadores tienen un mayor riesgo de experimentar malestares psicológicos,
depresión y ansiedad.

Este aspecto se ve respaldado por lo referido por Family Caregiver Alliance


(2003; p. 1-6); en donde se ha encontrado que las mujeres que cuidan a sus
padres enfermos tienen más probabilidad de sufrir malestar psicológico y
síntomas depresivos que aquellas que no son cuidadoras.

Por otro lado, si bien es cierto se ha expuesto que diferentes autores hablan
de la afectación emocional y física del cuidador, se suma además que; “la
carga percibida” es el determinante más importante para la aparición de
trastornos del estado de ánimo en el cuidador (Grunfeld et al., 2004; p.
1797-1800).

En esta línea de pensamiento además Grunfeld et al. (2004), refiere que los

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cuidadores de personas con demencia por ejemplo, como consecuencia del


acto de cuidar perciben la sensación de “quemarse” física y emocionalmente,
afectando su vida. (p. 1798). Este hecho se ve respaldado por lo referido por
Badia y Llach et al. (2004), en donde la carga que generan los cuidados hacia
una persona dependiente, repercute en “la salud y en la calidad de vida del
cuidador”. (p.176).

Estos aspectos se suman a lo referido por Garre-Olmo et. al. (2002; p. 605), en
dónde; “los síntomas depresivos tienen mayor repercusión en la carga
experimentada por el cuidador que el déficit cognitivo que presenta el
paciente”. Además, “la relación que se halla entre la presencia de síntomas
depresivos” en el cuidador, y “un mayor número de trastornos
neuropsiquiátricos y dependencia funcional” en los pacientes, sugiere que la
demencia por ejemplo, supone una mayor carga para el cuidador de estos
pacientes. Todo esto “repercute de forma negativa en el cuidador y
aumentan la sobrecarga”.

En cuanto a los efectos sobre la salud física, se ha encontrado que las


situaciones estresantes de cuidado están relacionadas con diversas
repercusiones negativas sobre la salud física y con el desarrollo de trastornos
físicos. Los cuidadores de personas dependientes creen que su salud se
deteriora a causa de la provisión de cuidados, y que cuidar genera
consecuencias negativas sobre su propia salud. (Calvente et. al., 1999: p.
96-98).

Finalmente como refiere Calvente et. al. (1999: p. 103-104), el proveer


cuidados, genera una carga asociada a la falta de sociabilización y tiempo de
ocio, en los cuidadores que afecta su calidad de vida. Este aspecto relevante
se ve respaldado por lo referido por Bódalo-Lozano (2010; p. 92), en dónde
“el hecho de cuidar a una persona con enfermedad y/o discapacidad, supone

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una serie de transformaciones”, las cuales, “van desde una serie de cambios
en sus vidas a nivel personal, familiar, laboral y social; hasta repercusiones
negativas en su salud física y psicológica”. Además sentencia que la mayor
parte de las “mujeres cuidadoras”, tuvieron un cambio radical en sus vidas.
Por lo que las consecuencias asociadas al cuidado generan una carga que
puede resultar relevante a la hora de considerar sus repercusiones en la
salud de los cuidadores de personas con Parkinson o demencia.

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CONCLUSIÓN

El creciente envejecimiento de la población, el aumento de la dependencia y


la demanda de cuidados son desafíos cada vez más relevantes. Dentro del
aumento de la demanda por atención socio-sanitaria, aparece el síndrome
de sobrecarga del cuidador (Burnout), como un aspecto de atención
naciente.

La sobrecarga del cuidador de personas con patologías neurológicas como


parkinson y demencia, se relaciona íntimamente con la salud y el trabajo de
las personas que cuidan, en dónde la sobrecarga, sexo y edad de los
cuidadores, son constantes permanentes.

Dentro de estos aspectos la multidimensionalidad del fenómeno constituye


un pilar fundamental de estudio, ya que en un futuro próximo no bastará
sólo un tipo de enfoque para poder dar respuesta a las necesidades de
cuidados, así como a las necesidades de quién cuida.

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