Relaciones Internacionales y Guerra Fría
Relaciones Internacionales y Guerra Fría
La “guerra fría”.
Los primeros meses que siguieron al fin de la guerra conocieron las últimas manifestaciones de
colaboración dentro del marco de la alianza antifascista: La creación de la ONU, la firma de los
tratados de paz con los exaliados de Alemania, el acuerdo que garantizaba la libertad de vuelo de
aviones en los corredores aéreos que comunicaban las tres zonas de ocupación occidentales con
Berlín, situada en la zona soviética, y el proceso de Nuremberg. Pero también se manifestaron
puntos de fricción: la interrupción drástica (mayo del 1945) de la ayuda a la URSS a través de la Ley
norteamericana de Préstamo y Arriendo, los desacuerdos en la Conferencia de Potsdam en el verano
de 1945 y el fracaso de los intentos para establecer un control internacional sobre el uso de la
energía atómica, durante 1946.
La “guerra fría” encontró su origen, no tanto en las acciones agresivas de los adversarios, que en
general hicieron gala de gran prudencia, como en la escalada de sus desconfianzas recíprocas. Si
bien las apreciaciones sobre los orígenes de la “guerra fría” son diversas, se pueden distinguir dos
elementos fundamentales. La URSS se consideró amenazada por la inminencia de un cerco
capitalista; sintió como un peligro el abandono del aislamiento tradicional de los Estados Unidos y
sus manifiestos propósitos de hegemonía mundial. La suspensión del acuerdo de Préstamo y
Arriendo al finalizar el conflicto y la poca voluntad de los aliados occidentales para aplicar las
sanciones contra Alemania, según lo pactado, mostró ante los ojos de Stalin la intención
norteamericana de mantener a la URSS en una situación de debilidad. Por su lado, los Estados
Unidos y otros gobiernos occidentales vivían la angustia de la posible expansión comunista, que
fomentaban en la población a través de una intensa propaganda. La potencia del Ejército Rojo y su
influencia en Europa Central y Oriental avivaban la inquietud. Para ellos la amenaza también
provenía de los partidos comunistas nacionales que salieron considerablemente reforzados de la
guerra, recogiendo de este modo los frutos de su destacada actuación en la lucha contra el fascismo.
La política de “guerra fría” caracterizaría las conflictivas relaciones entre el Este y el Oeste y más
concretamente entre los dos grandes actores del escenario internacional: Estados Unidos y la Unión
Soviética, a partir de 1947. Para lograr su predominio o seguridad ambas superpotencias acudieron
a los más diversos recursos –intimidación, propaganda, lucha ideológica, guerras en la periferia
como las de Corea y Vietnam, etc.-, exceptuando el enfrentamiento directo. Cada medida adoptada
por un campo era considerada por el otro como una amenaza y se le respondía inmediatamente con
contramedidas defensivas, que rápidamente eran interpretadas por el adversario como una prueba
suplementaria de las intenciones agresivas del campo rival. El conocido politólogo francés
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Raymond Aron definió las relaciones Este-Oeste con una célebre fórmula: “guerra improbable, paz
imposible”.
La “guerra fría” condujo a la formación de bloques militares. Desde 1947 los Estados Unidos
comenzaron a impulsar la creación de bloques militares en todo el mundo, aunque esta política no
fue definida por el Congreso hasta 1948, mediante la Resolución Vanderberg, que autorizó al
gobierno a formalizar lo que eufemísticamente calificaron como “acuerdos regionales para la
legítima defensa”. Ello significaba el abandono de las concepciones universalistas sostenidas por
Roselvelt, que habían animado la formación de la ONU y su sistema de seguridad colectiva. El
primero de estos acuerdos fue el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), firmado
en agosto de 1947, en la ciudad de Río de Janeiro, Brasil, según el cual los Estados Unidos y los
países latinoamericanos responderían colectivamente ante cualquier agresión o amenaza de agresión,
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pero que en la práctica sólo ha servido para fortalecer el predominio estadounidense en la región.
Bien lo sabemos los cubanos, victimas en más de una ocasión de la aplicación de dicho tratado,
debido a la “terrible amenaza” que representamos para la seguridad continental.
Al acuerdo de Río le siguió la creación, en abril de 1949, de la Organización del Tratado del
Atlántico Norte (OTAN), supuesto compromiso defensivo frente a la hipotética amenaza de la
Unión Soviética, que integraría a Gran Bretaña, Francia, Italia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo,
Portugal, Noruega, Dinamarca e Islandia, junto a Canadá y Estados Unidos, bajo el mando de éste
último. Grecia y Turquía se incorporaron en 1952, a pesar de que no están ubicadas en la región del
Atlántico, la República Federal de Alemania en 1954 y España en 1981, tras un intenso debate
interno, debido a la división de la población al respecto. El pretendido respeto a los principios
democráticos y a los derechos individuales, consignado en la Carta, no fue obstáculo para que se
admitieran regímenes autoritarios y dictatoriales como los de Portugal, Grecia y Turquía. La
OTAN fue definida como una alianza político-militar, llamada a garantizar la seguridad colectiva
mediante la colaboración económica y política en tiempos de paz y a través de las acciones militares
conjuntas en caso de guerra. Dotada de órganos y fuerzas permanentes, sus estructuras civiles y
militares fueron establecidas a principios de los 50, durante el conflicto de Corea (1950-1953),
primer enfrentamiento bélico de la llamada guerra fría que, sin embargo, no supuso el choque entre
los Estados Unidos y la Unión Soviética..
La creación del Pacto del Atlántico, según sus promotores norteamericanos, se debió a la manifiesta
voluntad expansionista de la URSS, reflejada en la sovietización del Este europeo y en la formación
del Kominform (Oficina de Información del Movimiento Comunista Internacional), que se
interpretó como un intento de revivir a la Internacional Comunista, así como a la actividad e
influencia de los partidos comunistas occidentales, sobre todo los de Francia e Italia, y a los avances
de las fuerzas comunistas en el contexto de la guerra civil de China. Sin embargo, cuando 40 años
después se produjo el colapso del socialismo europeo y la desaparición de la Unión Soviética, la
OTAN no sólo continuó existiendo, sino que se fortaleció y amplió su radio de acción y sus
objetivos, como veremos más adelante, mostrándose como lo que siempre fue: un instrumento de las
aspiraciones hegemonistas de los Estados Unidos.
Bloques análogos a la OTAN fueron constituidos seguidamente en otras partes del mundo. La
primera alianza “periférica” fue creada en 1951 y agrupaba a los Estados Unidos, Australia y Nueva
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Zelanda. En 1954 se organizó el Tratado del Sudeste Asiático (SEATO) 1 que reunió alrededor de
los Estados Unidos a Francia, Inglaterra, Australia, Nueva Zelanda, Filipinas, Tailandia y Pakistán.
Por último, en 1955, surgió en el Cercano y Medio Oriente el pacto de Bagdad (Organización del
Tratado Central –CENTO-)2, integrado por los Estados Unidos, Inglaterra, Turquía, Irak, Irán y
Pakistán. La creación de los pactos regionales fue acompañada por la instalación de una
impresionante red de bases militares de todo tipo, que rodearon a la Unión Soviética en Europa,
Turquía, Irán, Japón y el Sudeste asiático, así como por una descomunal campaña de propaganda
anticomunista, que en Estados Unidos, por ejemplo, se tornó en histeria colectiva y generó el
fenómeno de la “caza de brujas” del tristemente célebre senador Joseph MacCarthy, cuya
persecución alcanzó no sólo a los comunistas, sino también a muchas personas de ideas liberales y
progresistas, particularmente en el mundo artístico e intelectual.
Frente a la política impulsada por Estados Unidos, la URSS reaccionó fortaleciendo su capacidad
militar y sus lazos de alianza con las democracias populares y con China, donde el 1 de octubre de
1949 se había proclamado la República Popular, tras el triunfo de las fuerzas lidereadas por Mao
Zedong. En un primer momento, el estrechamiento de los vínculos militares de la Unión Soviética
con estos países se realizó a través de acuerdos bilaterales de asistencia reciproca. Pero a principios
de 1955, luego de la admisión de la República Federal de Alemania en la OTAN, denunciada por el
gobierno soviético como una acción encaminada a oficializar el resurgimiento del militarismo
germano, que se venía fomentando desde la creación de la RFA, se formalizó un compromiso
multilateral, que tomó forma en el Tratado de Amistad, de Cooperación y de Asistencia Mutua,
rubricado en Varsovia, el 14 de mayo. Junto a la URSS se incorporaron al mismo Albania (se retiró
a principios de los sesenta al romper con los soviéticos), Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría,
Polonia, Rumania y la República Democrática Alemana. En correspondencia con su política de
distanciamiento progresivo de la URSS, la participación de Rumania no sería igual que la de los
demás miembros.
El Tratado de Varsovia estableció un mecanismo de consulta entre sus miembros para “aquellas
cuestiones internacionales referentes a sus intereses comunes” y estipuló la obligación de prestarse
ayuda en caso de agresión a “uno o varios Estados firmantes”, en el territorio europeo. Formulado
en forma muy general, el término agresión se extendió a cualquier ataque interno contra la
1
Francia abandonó el tratado en 1967, debido a sus diferencias con Estados Unidos, y Pakistán en 1972. Tras la derrota
norteamericana en Vietnam la SEATO perdió influencia y fue disuelto el 30 de junio de 1977.
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Irak abandonó el pacto tras la revolución de 1958 y su sede pasó a Turquía. En 1979 lo abandonaron Irán, luego de la
caída del Sha, y Pakistán. Ello condujo a su disolución en las postrimerías de ese propio año.
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estabilidad de los gobiernos constituidos. Precisamente ello sería invocado por la Unión Soviética
para justificar sus intervenciones en Hungría y Checoslovaquia, en 1956 y 1968, respectivamente.
El Tratado de Varsovia consagró la integración de la República Democrática Alemana en la
comunidad socialista, adjudicándole el derecho a tener su ejército propio. Asimismo, prorrogó la
presencia de las tropas soviéticas en los países firmantes. En el caso de Rumania el contingente
militar soviético se retiró en 1957.
Durante sus primeros años, las tensiones de la guerra fría provocaron el miedo y su corolario de
violencia ideológica en ambos bloques. En Estados Unidos generó el macartismo, en la Unión
Soviética el incremento de las represiones estalinistas y el Se conoce como macartismo
enclaustramiento del país. Por otra parte, se dividió la opinión ka actividad desplegada por
una comisión encabezada por
pública internacional. Los sectores conservadores identificaban la el senador J. McCarthy,
quien desplegó una histérica
posición norteamericana con la defensa de la libertad, mientras que campaña de persecución a
personas con ideas liberales,
los comunistas y otras fuerzas de izquierda veían en la postura sobre todo en el sector
artístico y cultural.
soviética la preservación de la paz. Estos últimos organizaron el
Movimiento Mundial por la Paz, proclamado en Paris, en 1949. La situación de extrema tensión
prevaleció hasta mediados de la década del 50, cuando se produjo una etapa de relativo relajamiento.
Efectivamente, tras las agudas tensiones iniciales de la “guerra fría” (relacionadas con el problema
alemán y los avances del comunismo en Europa y Asia), que tuvieron su punto culminante en el
sangriento conflicto de Corea1, se inició un período de relajamiento en las relaciones
internacionales. En esta breve etapa no se alteró la tendencia general predominante en el escenario
internacional, caracterizada por la desconfianza y la confrontación. Así las cosas, se mantuvieron
los recelos mutuos y los bloques fueron ampliados y fortalecidos. Pero al mismo tiempo se
reanudaron los contactos entre las grandes potencias, se abordó la solución de algunos problemas
importantes e incluso hubo un intento de la máxima dirección soviética-norteamericana para tratar
sobre la cuestión del desarme.
1
Para un análisis de este conflicto, a partir de numerosas fuentes periódicas norteamericanas, consúltese el libro de
Irving F. Stone “La historia oculta de la guerra de Corea”, Imprenta Nacional de Cuba, 1960.
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sobre la URSS al poseer un mayor número de bombas (1,350 contra 350 en 1955), una mayor
cantidad de vehículos portadores (vectores), que entonces eran los grandes aviones de bombardeo,
así como por la extensa red de bases militares que rodeaban al campo socialista. Pero la Unión
Soviética se convirtió en un país cada vez menos vencible, mientras que la posibilidad de una guerra
suponía una catástrofe de inmensas proporciones, dada la capacidad de destrucción masiva de los
armamentos nucleares. En este sentido, debe señalarse que las bombas atómicas se miden en
kilotones (1 kilotón es equivalente a 1,000 toneladas de TNT). Las bombas lanzadas sobre
Hiroshima y Nagasaki eran de 20 kilotones, o sea, el equivalente a 20,000 toneladas de TNT y ya
conocemos las consecuencias de aquella acción genocida. Las bombas de hidrógeno o
termonucleares se miden en megatones (1 megatón equivale a 1 millón de toneladas de TNT), y muy
pronto existieron bombas de 50 y 100 megatones. Sólo con una de ellas puede aniquilarse
instantáneamente a un pequeño país como Bélgica, Holanda, Suiza, Dinamarca, etc
(insertar gráfico pág. 7 sobre iniciativa en la creación de nuevas armas, en: Quienes
amenazan a la paz, Editora Militar, Moscú, 1982.)
El aflojamiento de las tensiones comenzó con el armisticio que puso fin a las hostilidades del
conflicto coreano (1950-1953). Dicho armisticio había sido propuesto por la URSS y sus aliados
desde 1951, pero sólo fue aceptado por los Estados Unidos luego del triunfo electoral de
Eisenhower, quien se convenció de que aquella era una guerra perdida. Después del armisticio de
1953, para resolver definitivamente el problema de Corea y también el de Indochina, donde los
colonialistas franceses habían sufrido la aplastante derrota de Diem Bien Phu, fue celebrada, por
gestiones conjuntas, la Conferencia de Ginebra, entre el 25 de abril y el 21 de julio de 1954. Los
cancilleres de las cinco grandes potencias no alcanzaron allí un acuerdo sobre Corea, pues Estados
Unidos no aceptó la formula de retirar todas las tropas extranjeras de la península y convocar a
elecciones para promover la reunificación del país. Por lo tanto, había cesado la lucha pero Corea
continuaría dividida y sin un tratado de paz entre las partes, situación anormal que rebasó las
fronteras de la guerra fría y se mantiene hasta la actualidad.
7
podrían incorporarse a ningún bloque militar y las grandes potencias se comprometían a respetar su
independencia e integridad nacional. Los acuerdos de Ginebra sobre Indochina crearon una base
real para el desarrollo pacífico de la zona y para mejorar el clima internacional. Sin embargo, los
Estados Unidos se negaron a firmar la declaración final de la conferencia, quedando así con las
manos libres para poner en práctica sus planes de dominación en el área. Ello los llevaría a
respaldar al repudiado régimen de Viet Nam del Sur y finalmente a una prolongada y costosa guerra.
En septiembre del propio año 1954, con el pretexto de su fracaso en Ginebra, los Estados Unidos,
con el apoyo de los aliados europeos, crearon el ya citado bloque político-militar del sudeste
asiático (SEATO).
(insertar mapa de la pág. 30 y 31 sobre bases militares de EU, en: Quienes amenazan a la paz,
Editora Militar, Moscú, 1982.)
A pesar de la actitud norteamericana con relación al asunto indochino, el gobierno soviético, con
una política cada vez más flexible y orientada hacia la coexistencia pacífica entre ambos sistemas
sociales, adelantó nuevos pasos para sanear el clima internacional. Por su iniciativa, en mayo de
1955, se suscribió el tratado que restableció la independencia de Austria. De acuerdo con dicho
tratado, las tropas extranjeras abandonaron el país y éste se comprometió a mantener su neutralidad.
Sin embargo, similares esfuerzos para resolver de una vez el problema alemán no tuvieron éxito y la
RFA fue incorporada a la OTAN, lo que condujo a la creación del Tratado de Varsovia. En este
ambiente, la cumbre de las cinco grandes potencias sobre desarme, celebrada en Ginebra, a
mediados de 1955, estuvo condenada al fracaso. La reunión, primera a ese nivel después de
concluida la Segunda Guerra Mundial, terminó sin resultados prácticos, aunque mostró la
preocupación por el auge de la carrera armamentista, que representaba un freno para el desarrollo de
la URSS y un agobio para los Estados Unidos y, sobre todo, el peligro de una guerra de exterminio
masivo.
Los países europeos aliados de los Estados Unidos, incluida Inglaterra, desplegaron una notable
actividad para influir sobre el gobierno norteamericano y conseguir que la Conferencia de Ginebra
adoptara acuerdos concretos para mejorar la situación prevaleciente. Los europeos estaban
realmente preocupados por el creciente poderío soviético, mientras la Administración republicana
mantenía una posición intransigente y su Secretario de Estado, Foster Dulles, utilizaba un lenguaje
insultante, rígido y rispido, que complicaba las cosas.
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En 1956, mientras Kruschov proclamaba en el XX Congreso del PCUS la política de coexistencia
pacífica, como única alternativa a una guerra apocalíptica, y Eisenhower, reelegido como Presidente
de los Estados Unidos, lograba desembarazarse de la ultraderecha de su partido y conseguía eliminar
al inquisitorial senador McCarthy, se complicó rápidamente la situación internacional, al contrario
de lo que podía esperarse. A partir de octubre de ese año, las crisis provocadas por la agresión
anglo-franco-israelí a Egipto, en respuesta a la nacionalización del Canal de Suez por el gobierno de
Gamal Abdel Nasser, y por la intervención soviética en Hungría, para sofocar la rebelión
separatista de Imre Nagy, condujeron a un incremento de las tensiones internacionales, al
recrudecimiento de la llamada guerra fría. Se retomó entonces el lenguaje violento y la amenaza
del uso de la fuerza, al tiempo que se imprimió un mayor impulso a la carrera de los armamentos.
Cierto es que la actuación soviética en Hungría no provocó una respuesta militar por parte del
campo occidental, pero sirvió de argumento para desencadenar una intensa campaña anticomunista
que caldeó la atmósfera prevaleciente. En cuanto a la crisis de Suez, si bien los Estados Unidos
censuraron el inconsulto proceder de las dos potencias europeas y de hecho condenaron la agresión,
decidieron “llenar el vacío” dejado por los europeos y poder contrarrestar así el creciente
protagonismo de Egipto en la zona y contener la influencia soviética. De acuerdo con la llamada
doctrina Eisenhower para el Medio Oriente, formulada el 5 de enero de 1957, se reforzaron los
vínculos con Arabia Saudita, Irán y otras monarquías pronorteamericanas, se realizaron acciones
militares como la del Líbano, en 1958, para sostener a un gobierno conservador y se emprendió la
política de alianza con Israel, que se fue fortaleciendo aceleradamente con el paso del tiempo.
(insertar foto del Pentágono, pag. 400, Historia del Mundo Contemporáneo, de Antonio
Fernández).
Pie de foto: El Pentágono, nombre con el que se conoce la sede del Departamento de Defensa
de los Estados Unidos. Concebido en forma pentágonal por George E. Bergstrom, fue
construido en un terreno cenagoso, a orillas del rio Potomac, cerca de Washington. Su
construcción empezó el 11 de agosto de 1941 y terminó el 15 de enero de 1943. En su momento
fue el mayor edificio del mundo, con una superficie de 350 metros cuadrados, distribuidos en
cinco lados de 270 metros de longitud y cinco pisos por cada lado. Mas de 29 kilómetros de
pasillos unen todas las secciones, en las que trabajan unas 23,000 personas. Sus
características le han convertido en el símbolo del poder militar de los Estados Unidos y de él
se han derivado adjetivos tales como “pentagonismo”, alusivos a la mentalidad militar.
En ese contexto, los Estados Unidos adoptaron la tesis del Secretario de Estado, Foster Dulles, sobre
la amenaza nuclear para impedir el avance del comunismo, que se tradujo en la doctrina de la
“represalia masiva”, según la cual se elaboraron planes para el bombardeo atómico de las
principales ciudades soviéticas. A fines de los cincuenta, la “represalia masiva” fue sustituida por
9
la llamada “estrategia de contra-fuerza”, que suponía el ataque y destrucción simultánea de las
fuerzas nucleares de la URSS, obligándola con ello a rendirse. Con este objetivo se desarrolló el
programa de los aviones espías U-2, para fotografiar las instalaciones militares soviéticas.
Washington también asumió entonces la política de sostener a cualquier precio a los regímenes
anticomunistas, considerando –de acuerdo con la “teoría del dominó” de Foster Dulles- que la
conquista del poder por los comunistas en un país conducía a la caída de los países limítrofes. La
lucha contra la supuesta expansión del comunismo internacional sirvió así de pretexto para reprimir
al movimiento democrático en sus diversas manifestaciones y para sostener sangrientas dictaduras.
La guerra fría se extendió, cada vez con más fuerza, a otras zonas de lo que luego sería llamado el
Tercer Mundo, donde tomaba auge el proceso descolonizador y de liberación nacional, sobre todo a
partir de la Conferencia de Bandung (Indonesia, abril de 1955). La
La Conferencia
URSS trató de captar simpatías y aliados apoyando al movimiento Afroasiática de Bangung
se pronunció contra el
descolonizador y a los países recién liberados del yugo opresor, mientras colonialismo y la guerra
y abogó por el no
los Estados Unidos y sus aliados, siempre argumentando la consabida alineamiento de los
estados emergentes. Fue
lucha contra el comunismo, se esforzaron por contener la radicalización de el primer paso para la
aquellos procesos y por someterlos a su control bajo la nueva etiqueta del fundación del
Movimiento de los
neocolonialismo, apelando a la ayuda económica condicionada, a Países No Alineados, en
1961.
chantajes y presiones de todo tipo e incluso al uso de la fuerza, como
ocurrió en 1958 en los casos del Líbano y Jordania, donde desembarcaron tropas inglesas y
norteamericanas para apoyar a la reacción interna.
1
Entonces la ONU apenas rebasaba los 60 estados miembros y en la mayoría de las votaciones en la Asamblea General
los Estados Unidos contaban con el respaldo de los países latinoamericanos y el de sus aliados del resto del mundo.
10
El celebre matemático
Konstantin E. Tsiolkovski
Por el contrario, en la segunda mitad de los cincuenta, se produjo una
(1857-1935) puede ser
considerado el padre de la
nueva espiral en el desarrollo de los armamentos. En octubre de
cohetería soviética. Basándose
en sus teorías sobre cohetes de
1957, la Unión Soviética lanzó su primer Sputnik al espacio,
etapas múltiples y motores a
reacción, el ingeniero
demostrando de esta forma que poseía cohetes capaces de alcanzar la
aeronáutico Serguei P. Koriolov
diseñó el cohete R-7, que colocó
retaguardia profunda de su rival. Los cohetes intercontinentales, muy
en la orbita circunsterrestre el
primer satélite artificial, el
pronto obtenidos también por los Estados Unidos, fueron dotados de
famoso Spútnik.
cabezas nucleares cada vez más pequeñas y más potentes. Con la
cohetería intercontinental aparecieron dos nuevas características del
armamento nuclear: su rapidez de entrada en acción y su naturaleza irreversible. Con los nuevos
vehículos portadores la URSS y Estados Unidos podían bombardearse mutuamente en unos pocos
minutos (20 o 25) y sin posibilidad de dar marcha atrás una vez apretados los botones. Desde
entonces, los dirigentes políticos de ambas potencias podían verse sometidos a presiones
extraordinarias, ya que en caso de un conflicto o crisis grave debían adoptar decisiones
aceleradamente, ante el peligro de sufrir un ataque inminente y en cuestión de minutos. Ello podía
conducir a una guerra por error de cálculo, a lo que hay que adicionar la posibilidad, siempre
presente, del estallido de una guerra por accidente.
A los cohetes intercontinentales, que muy pronto fueron instalados bajo tierra, a cubierto de un
ataque por sorpresa, le siguió enseguida la aparición de los submarinos atómicos, portadores de
cohetes con cabezas nucleares. Algunos de estos submarinos, verdaderas bases nucleares móviles,
no pueden ser detectados por los radares. Con
Complejo militar-industrial.
estos desarrollos ambas potencias se hicieron
...Nuestro poder militar de hoy tiene poca relación con
invulnerables a un primer golpe, o sea, adquirieron el que conocían cualquiera de mis antecesores en
tiempos de paz. ...Hasta el último de nuestros
lo que en el vocabulario estratégico-nuclear se conflictos mundiales, los Estados Unidos no tenían una
sólida industria de armamentos. Los fabricantes
conoce como capacidad de respuesta asegurada o americanos de rejas de arado podían hacer también,
con tiempo y según se les pidiera, espadas. Pero ahora
capacidad de segundo golpe. En estas ya no podemos correr el riesgo de una improvisación
de emergencia de la defensa nacional; nos hemos visto
circunstancias, la doctrina norteamericana del obligados a crear una industria permanente de
armamentos de vastas proporciones. Además, tres
empleo de la fuerza nuclear como factor disuasivo, millones y medio de hombres y mujeres están
comprometidos directamente en la organización de la
al estilo de la represalia masiva o la contra-fuerza, defensa. Gastamos al año en seguridad militar más del
beneficio neto de todas las compañías de Estados
defendidas por Foster Dulles, se convirtió en una Unidos.
11
(insertar fotos de las págs. 20 y 2l, misil intercontinental y submarino atómico, en: Quienes
amenazan a la paz, Editora Militar, Moscú, 1982).
Pie de fotos: Misil balístico intercontinental Titán II con ojiva nuclear de 10 megatones.
Submarino nuclear lanzamisiles con 16 tubos de lanzamiento.
Esta nueva realidad en la correlación de fuerzas entre las dos superpotencias explica, en lo
fundamental, el surgimiento de un segundo momento de relativo relajamiento de las tensiones Este-
Oeste. Tras la muerte de Foster Dulles (mayo de 1959), Eisenhower buscó una aproximación con
Kruschov, quien finalmente visitó a los Estados Unidos y se reunió con el Presidente en la cumbre
de Camp David, en septiembre 1959. El encuentro transcurrió en un clima de respeto mutuo y de
aparente concordia, pero sólo sirvió para un tanteo recíproco y para acordar una siguiente cumbre,
que abordaría la discusión de varios asuntos, entre ellos el problema alemán y la cuestión del
desarme. La reunión fue convocada para la ciudad de Paris, en mayo de l960, pero en vísperas de
su comienzo fue derribado un avión espía U-2 sobre el territorio soviético. Después de este grave
incidente, la conferencia de Paris se convirtió en un violento enfrentamiento entre ambos estadistas,
que abandonaron la capital francesa sin discutir ninguno de los temas El derribo del U-2 se
produjo el 1 de mayo
previstos. La posibilidad de un entendimiento volvió a frustrarse. en la estratégica región
de Sverdlovsk. Estos
vuelos se venían
La administración demócrata de John F. Kennedy, inaugurada el 20 de produciendo desde
1956 y la URSS había
enero de 1961, encontró un ambiente repleto de tensiones y debió enfrentar advertido de sus
consecuencias.
un escenario internacional considerablemente modificado, debido al
creciente poderío militar soviético, a la emergencia de los nuevos estados independientes de Asia y
África, que pugnaban por un papel propio en la política mundial (ese propio año surgió el
Movimiento de Países no Alineados), y al peso internacional que estaban adquiriendo Europa
Occidental y Japón. Kennedy y su equipo asesor comprendieron, con un enfoque más realista, que
para mantener un orden mundial favorable era necesario readecuar la estrategia internacional del
país. Ello se concretó en un diseño de política exterior que, sin abandonar el objetivo estratégico
de contener el comunismo, tomaba en cuenta los cambios ocurridos en el escenario mundial.
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lomos del tigre, dijo en su discurso de toma de posición- y coincidía con Kruschov en la necesidad
de poner fin a la política de confrontación entre las potencias nucleares. Ambos dirigentes tuvieron
oportunidad de conocerse e intercambiar opiniones, en la ciudad de Viena, en junio de 1961.
En cuanto al tratamiento de sus aliados, particularmente los europeos, Kennedy y sus asesores se
pronunciaron por otorgarles un cierto grado de corresponsabilidad, dentro del marco de la dirección
global estadounidense, para evitar de esta forma fisuras en el bloque occidental. En este sentido,
Washington trataría de ir al encuentro de las posiciones sostenidas por la Francia gaullista, que
reclamaba, cada vez con más fuerza y firmeza, una mayor independencia de Europa y un papel más
protagónico de la misma en el contexto de la alianza atlántica, regida exclusivamente por los
Estados Unidos. Europa estaba entonces, como ya se ha dicho, muy preocupada por la política
intransigente de los norteamericanos y por el creciente poderío soviético y aconsejaba una
orientación mas moderada.
A pesar de los cambios que representaba la posición programática de la nueva administración, los
siguientes dos años se caracterizaron por la continuación de las tensiones internacionales. Además
de la resistencia que oponían los sectores conservadores estadounidenses a la política de Kennedy,
se presentaron otros obstáculos para el entendimiento. El problema de Berlín, uno de los
principales focos de la guerra fría, se recrudeció bruscamente. Desde 1959, los soviéticos habían
exigido la división de la antigua capital alemana y la declaración de ciudad libre e independiente
para la zona occidental, argumentando que ésta era utilizada para realizar actividad subversiva
contra la RDA. Ante la negativa de las potencias occidentales a discutir el asunto, el 13 de agosto
13
de 1961 fue levantado el controvertido muro, que se convirtió en frontera estatal de Alemania
Oriental. Esta acción elevó la tensión a un grado sumo. Por aquellos días, Kennedy visitó Berlín
Occidental y pronunció un discurso de tono duro, en el que se calificó la acción como un acto de
fuerza de la URSS, encaminado a evitar el éxodo de los alemanes orientales y a perpetuar la división
de Alemania.
(insertar foto pag. 518 en Nueva Historia Universal, Editorial Marín S.A., 1969.
Pie de foto: Fotografía de bases de missiles soviéticos en Cuba tomadas por aviones
norteamericanos. De ellas se valió Kennedy para ordenar el bloqueo a la Isla.
En el verano de 1962, ante el inminente peligro de una invasión estadounidense, que se venía
preparando aceleradamente, el gobierno cubano suscribió un acuerdo militar con el soviético para
fortalecer su capacidad defensiva y en ese contexto aceptó la instalación de unos 42 cohetes
nucleares de alcance medio e intermedio (CBAM y CBAI) en varios lugares del territorio nacional.
La instalación de los cohetes, que se realizó secretamente a pesar del desacuerdo de los cubanos 1,
cumplía el doble propósito de fortalecer el poderío soviético y de evitar una agresión a la Isla. Al
ser detectados los cohetes por los aviones de reconocimiento U-2, Washington decretó el bloqueo
naval de Cuba (183 buques de guerra y más de 80,000 mil hombres rodearon al país) a partir del 22
de octubre y amenazó con la aplicación de otras medidas de fuerza. Ambos bloques movilizaron
sus dispositivos militares y los pusieron en disposición de combate, originándose una situación de
11
Cuba consideraba que el acuerdo debía publicarse, pues no vulneraba, en ningún sentido, el derecho internacional.
Por otra parte, mantenerlo en secreto le daría un pretexto a los Estados Unidos para culpar a la URSS y justificar
posiciones guerreristas.
14
suma y peligrosa tirantez. Pero tras varios días de angustia, ambas potencias llegaron a un
entendimiento y el mundo pudo respirar aliviado. La URSS accedió a retirar los mísiles de Cuba y
los Estados Unidos se comprometieron a levantar el bloqueo militar y a no invadir a la Isla en el
futuro, así como a desmantelar sus bases en Turquía. De esta forma se llegó al famoso y
controvertido “pacto de caballeros” entre Kennedy y Kruschov, del 28 de octubre de 1962, que
reflejó el temor de ambas partes frente a la cercana posibilidad de un conflicto nuclear.
15
El magnicidio de Dallas, al que al parecer no fueron ajenos los sectores reaccionarios
norteamericanos y la contrarrevolución cubana en el exilio, despejó el escenario político para el
período del también demócrata Lyndon B. Johnson (1963-1968), quien presionado por la reacción
interna, trató de apuntalar militarmente la deteriorada hegemonía mundial estadounidense. Johson
apoyó diversos golpes de Estado en África, región en la que se opuso al movimiento de liberación
contra la dominación portuguesa y en la que respaldó al régimen racista de Sudáfrica. En América
Latina, continuó la política de hostilidad hacia la Revolución Cubana (si bien descartó la
intervención directa), se solidarizó con los militares golpistas de varios países e intervino en Santo
Domingo (1965) para aniquilar el movimiento democrático, con el pretexto de evitar una nueva
Cuba en el Continente. En el Oriente Medio, Washington apoyó, cada vez más abiertamente, la
política expansionista de Israel, lo que le ocasionó serios problemas con los países árabes y un
delicado enfrentamiento con la URSS, situación que se evidenció claramente con la guerra de los
“seis días”, entre árabes e israelíes, desarrollada entre el 5 y el 10 de junio de 19672.
Pero la acción más importante de Johnson, por su envergadura y consecuencias, fue el creciente
comprometimiento de Estados Unidos en Viet Nam. En 1965 había en Viet Nam del Sur unos 100
mil soldados norteamericanos y a fines de 1966 eran ya 500 mil. Para
Jonson aprovechó el
esta época, la criminal guerra se había extendido también a la República incidente del Golfo de
Tonkin (agosto de 1964),
Democrática de Viet Nam, que sería sometida a sistemáticos y crueles escaramuza naval poco
clara entre dos destructores
bombardeos. A pesar de que los Estados Unidos utilizaron en Viet norteamericanos y
Nam todos sus recursos militares, excepto las armas nucleares, no torpederas vietnamitas,
para que el Congreso
pudieron doblegar a los vietnamitas, que contaban con el apoyo aprobara la ampliación de
la participación de E.U. en
soviético y la solidaridad internacional. Después de la ofensiva el conflicto.
vietnamita del Tet, en 1968, quedo claro que la guerra estaba perdida para los norteamericanos, que
se había convertido en un callejón sin salida. La repudiada guerra contra Viet Nam le ocasionó a
los Estados Unidos un elevado costo material y humano, graves problemas internos por la repulsa
masiva y generalizada de la población y una sensible disminución de su prestigio e influencia
internacional.
2
Ataque de Israel a Egipto, Jordania y Siria, que concluyó con el control israelí de la península del Sinaí, la franja de
Gaza, Cisjordania (con toda Jerusalén) y las alturas del Golán sirio. Con los nuevos territorios Israel cuadruplicó con
creces su extensión, pasando de 20,700 km2 a más de 89,000.
16
(insertar foto pag. 406, Historia del Mundo Contemporáneo, de Antonio Fernández.)
Pie de foto: La intervención en Vietnam produjo una profunda fractura en la sociedad
norteamericana y desencadenó importantes movimientos de condena en todo el mundo. La
ola pacifista tuvo en la juventud su principal impulsora.
-El cambio en la correlación de fuerzas debido al logro por la URSS de la paridad militar general
con los Estados Unidos, materializado desde la segunda mitad de los años sesenta. La paridad
lograda por los soviéticos anuló la aspiración norteamericana de superioridad absoluta e impuso la
necesidad del diálogo y la cooperación, como alternativa al enfrentamiento nuclear apocalíptico.
-La necesidad de limitar el elevadísimo costo de la carrera de los armamentos, que tenía nefastas
consecuencias para las economías de ambos bloques, si bien mucho mayores para los países
socialistas y particularmente para la Unión Soviética, que soportaba la carga fundamental de los
gastos militares.
1
Para una mayor información al respecto consultar el libro Teoría de las Relaciones Políticas Internacionales,
Editorial Pueblo y educación, La Habana, 1990, del Dr. Roberto González Gómez.
17
otros países socialistas. También en Alemania ganaba terreno una tendencia al entendimiento. La
Unión Soviética, por su parte, se vio obligada a reordenar su bloque por la fuerza, tras el intento de
la “primavera de Praga” de 1968, y de mantener su cohesión con la amenaza de intervención
representada por la doctrina de la soberanía limitada de Breznev, al tiempo que se agudizaba su
conflicto con China, que a fines de los sesenta provocó peligrosos enfrentamientos militares
fronterizos entre ambas partes y un acercamiento de China con Estados Unidos.
-La reaparición (desde fines de los sesenta) de los fenómenos de crisis en la economía capitalista,
que terminaron con el período de prosperidad que siguió a la Segunda Guerra Mundial. La crisis
económica, manifiesta abiertamente desde 1973, que afectó también al mundo socialista, hacía más
necesarios los intercambios internacionales, superando las restricciones de la guerra fría. La
economía imponía la cooperación internacional y la distensión era su precondición política.
El proceso distensivo fue avanzando paulatinamente desde finales de los años sesenta. En
noviembre de 1969 comenzaron las negociaciones soviético-norteamericanas sobre limitación de
armamentos estratégicos, que concluyeron con la elaboración del acuerdo SALT I, firmado el 26 de
mayo de 1972, en ocasión de la visita de Nixon a la URSS, primera realizada por un presidente de
Estados Unidos. El SALT I incluyó dos documentos de gran importancia: El Tratado sobre
Mísiles Antibalísticos (ABM), por el que ambas potencias acordaron limitar la ubicación de los
sistemas ABM a sus propios territorios y no fabricar sistemas distintos a los ya existentes y
18
desplegados (la actual Administración de George W. Bush ha ignorado dicho tratado con la creación
de un nuevo sistema antimisil) y el Tratado sobre Limitación de Armas Estratégicas, que limitaba la
producción de éstas durante cinco años. Era la primera vez que se llegaba a un acuerdo para frenar
la carrera armamentista nuclear. Al acuerdo SALT I siguieron las negociaciones del SALT II, que
fijaba el número preciso de cohetes intercontinentales para los dos países. El SALT II sería
firmado en 1979, pero no fue ratificado por el senado norteamericano, pretextando la invasión
soviética a Afganistán. Sin embargo, el contenido del tratado fue respetado en el futuro por las dos
partes.
En resumen, durante el período de 1972 a 1974 se celebraron cuatro encuentros cumbres soviético-
norteamericanos, durante los cuales se suscribió una serie de acuerdos, que sentaron las bases
jurídicas para normar la colaboración de las dos potencias en las esferas militar, de la economía, la
ciencia, la técnica, la cultura, la salud y otras, creándose así las condiciones para que las relaciones
entre ambos países pasaran de la confrontación a la cooperación-competencia pacífica. Se produjo
entonces un acercamiento entre los dos sistemas políticos, en los que la razón de Estado pareció
vencer sobre las exigencias de las ideologías.
En cuanto a Europa, donde ya existía el antecedente de la política “hacia el Este” del general De
Gaulle, el clima de distensión cobró auge con la llegada al poder en la RFA del socialdemócrata
Willy Brand, en 1969, que significó la consolidación de la Ostpolitik, o sea, la política de
acercamiento al Este, esbozada ya en 1966, cuando el propio Brand ocupó la cartera del exterior en
el gobierno de la “gran coalición” (Democracia Cristiana y Socialdemocracia). Entre 1970 y 1973,
19
la RFA suscribió tratados con la URSS, Polonia y Checoslovaquia, en los que se renunciaba al uso
de la fuerza y se reconocían las fronteras fijadas tras la Segunda Guerra Mundial. Al mismo
tiempo, mediante el tratado del 21 de diciembre de 1972, quedaron normalizadas las relaciones entre
ambos estados alemanes, que en 1973 fueron aceptados en la ONU. En ese favorable contexto, se
produjo el acuerdo cuatripartito (URSS, Estados Unidos, Inglaterra y Francia) sobre Berlín
Occidental, que estableció su status independiente y normó sus vínculos con las dos alemanias. La
solución del problema alemán facilitó la ampliación del proceso distensivo a escala paneuropea.
Es necesario tomar en consideración que Europa Occidental tenía particular interés en desarrollar la
distensión. La distensión eliminaba la posibilidad de una guerra en suelo europeo y favorecía el
comercio con los países socialistas, que beneficiaba sustancialmente al Oeste. Ello explica, en gran
medida, el apoyo brindado a la iniciativa soviética de convocar una Conferencia sobre Seguridad y
Cooperación Europea, formulada desde 1969. Dicha conferencia, en la que participaron todos los
estados europeos (excepto Albania) más Estados Unidos y Canadá, sesionó por etapas, desde julio
de 1973 hasta agosto de 1975. La última etapa se desarrolló en Helsinki, la capital de Finlandia, y
en ella se suscribió el “Acta Final”, también conocida como “Acta de Helsinki”, en la que todos los
participantes acordaron renunciar al uso de la fuerza en las relaciones internacionales y desarrollar
vínculos de buena vecindad, fomentando la cooperación en todos los terrenos y el respeto a los
derechos humanos, aspecto este último en el que varios países hicieron compromisos que
difícilmente podrían cumplir. La Conferencia sobre Seguridad y Cooperación Europea -
mecanismo que posteriormente se ha mantenido e institucionalizado como un escenario para el
diálogo y la negociación- constituyó el momento culminante del proceso de distensión internacional
de los años setenta.
La distensión no alcanzó a todas las regiones del planeta. En los años setenta, no podía hablarse de
distensión en el Medio Oriente o en el cono Sur de África, donde tenían lugar agudos conflictos que
involucraban a las grandes potencias. Pero el hecho de que se desarrollara en una esfera de tanta
importancia como eran las relaciones bilaterales de las dos mayores potencias del mundo, y en un
continente de tanta significación internacional como Europa, determinó sus repercusiones en el
conjunto del sistema internacional, influyendo en una u otra medida en la política exterior de todos
los estados. En América Latina, por ejemplo, contribuyó al auge de las posiciones nacionalistas,
así como al reconocimiento del pluralismo político y a la ruptura del aislamiento diplomático de la
Cuba revolucionaria, que para entonces había consolidado su proyecto socialista.
20
El proceso distensivo se reflejó notablemente en la actividad de la Organización de Naciones
Unidas. Desde los años sesenta la ONU venía sufriendo una significativa transformación, debido
al ingreso de los nuevos países independientes, que a mediados de los setenta habían provocado que
la membresía original de la Organización se triplicara. Cierto es que el Consejo de Seguridad,
aunque incrementó sus miembros no permanentes de seis a diez,
continuaba controlado por las grandes potencias, que con el uso del veto El Grupo de los 77,
aludiendo al número de sus
defendían sus intereses y bloqueaban a menudo la actuación de la fundadores, cuenta hoy con
más de 130 estados
institución. Pero en la Asamblea General, donde los Estados Unidos miembros y juega un papel
destacado como escenario
habían perdido su mayoría mecánica, y en el Consejo Económico y para concertar posiciones
Social, se hizo sentir la presencia de los nuevos estados, los que en la entre los países
subdesarrollados y como
mayoría de los casos coordinaban su actuación a través del Grupo de los vocero de estos en foros
internacionales..
77 (creado en 1963) y del Buró de Coordinación del Movimiento de
Países no Alineados, agrupación que tuvo en estos años su mejor etapa. La actuación de estos
países, en el contexto de un ambiente internacional favorable, promovió la creación de varios fondos
y programas para el desarrollo, así como la aprobación de numerosas resoluciones sobre un nuevo
orden económico mundial, el desarme, el uso pacífico de la energía atómica, el combate a los
residuos del colonialismo, la erradicación del racismo, la codificación de un derecho internacional
avanzado, o sea, un importante paso en el camino hacia la democratización de la relaciones
internacionales. Como nunca antes se abogó entonces en la ONU para que los nobles propósitos y
objetivos recogidos en la Carta dejaran de ser letra muerta.
Durante los años setenta, al mismo tiempo que se desarrollaba el proceso distensivo, se produjeron
importantes avances de las fuerzas revolucionarias en varias partes del mundo. Entre estos
acontecimientos cabe mencionar la terminación victoriosa de la guerra de Viet Nam, la
independencia de las colonias portuguesas en África, tras el triunfo de la revolución de 1974 en la
metrópoli, el surgimiento de una Etiopía con pretensiones revolucionarias, el derrocamiento del
régimen del Sha de Irán, principal aliado norteamericano, junto con Israel, en el Oriente Medio y
gendarme del Golfo Pérsico, así como el triunfo sandinista en Nicaragua y el consiguiente desarrollo
del movimiento revolucionario en América Central, región considerada vital en la visión geopolítica
de los Estados Unidos. Estos cambios afectaron profundamente la posición de los Estados Unidos
en tres zonas de gran importancia estratégica: el cono Sur de África, el Oriente Medio y
Centroamérica.
21
Si a lo anterior se añade la crisis económica internacional y la creciente rivalidad en ese contexto de
los tres polos del capitalismo, Estados Unidos, la Europa comunitaria y Japón, así como la lucha de
los países tercermundistas por una reestructuración de las relaciones económicas internacionales, el
panorama mundial de fines de los setenta se presentaba sombrío para los Estados Unidos. Los
sectores de la extrema derecha norteamericana (y también la europea), que siempre impugnaron la
distensión, interpretaron la situación como un declive del poderío global estadounidense a favor de
la URSS, ante lo cual la Administración demócrata de James Carter (1976-1980), sucesor de los
republicanos Richard Nixon y Gerald Ford, no supo responder con el vigor necesario. La presión
ejercida por estos sectores explica, en lo fundamental, el abandono progresivo de la orientación
favorable a la distensión durante el último año y medio del gobierno de Carter, y su eliminación a
partir de la elección del ultra conservador Ronald Reagan, quien de hecho dio comienzo a una
especie de segunda guerra fría en las relaciones internacionales.
La década de los años ochenta, se caracterizó por la redistribución de la potencia mundial y por el
final del antagonismo Este-Oeste. Al principio de este período, hasta 1985, se produjeron los
últimos sobresaltos de la rivalidad entre ambos bloques, comenzando entonces un proceso que
culminaría, en 1989, con el fin de la tensión entre las dos superpotencias de la época y con el
establecimiento del predominio indiscutido de los Estados Unidos en el ámbito internacional,
situación que se mantiene hasta la actualidad. Al mismo tiempo, durante aquellos años se debilitó
considerablemente la frágil unidad del heterogéneo Tercer Mundo, en el que prácticamente subsisten
desde entonces espacios aislados –Asia, Medio Oriente, África, América Latina- con sus propios
envites y problemas.
(Insertar foto pág. 416 (parte inferior), Historia del Mundo Contemporáneo, A.Fernández).
Pie de foto: Ronald Reagan personifica la América conservadora por su programa y su
ideología. El ex actor, un virtuoso en el manejo de los medios de comunicación, demostró la
importancia de la imagen en la sociedad norteamericana.
Con la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca, en 1981, se interrumpió el proceso distensivo de
los años setenta, que había comenzado a verse afectado en los últimos tiempos de la presidencia de
Carter. Los sectores ultraconservadores de los Estados Unidos, entonces en pleno auge,
consideraban que la distensión sólo favorecía la extensión de la influencia soviética, lo que según
ellos representaba una humillación para los norteamericanos. Fueron precisamente estas fuerzas
las que llevaron a Reagan al poder e impusieron un programa de política exterior que retomó el
22
lenguaje y los métodos de la “guerra fría”. Dicho programa situaba en un primer plano la
contradicción Este-Oeste, subordinando a la misma el tratamiento de la problemática
tercermundista, y se propuso conseguir la recuperación del poderío estadounidense mediante el
rearme acelerado, lo que permitiría la negociación con la URSS desde posiciones de fuerza. Se
calculaba que los soviéticos tendrían que hacer
En su condición de exactor puede verse el origen de la
concesiones, pues no podrían mantener la paridad principal cualidad de Reagan como gobernante: el don
de la comunicación, algo de lo que habían carecido los
militar sin comprometer seriamente la estabilidad últimos presidentes estadounidenses. La participación
en el macartismo como delator y testigo de cargo sería
interna, debido a las afectaciones que sufriría la su primera contribución a la causa del anticomunismo
y el comienzo de su dilatado cursus honorum dentro
economía civil. Para implementar el mencionado del sector más conservador del establishment
americano. Algo similar se puede decir de su
programa la política de los Estados Unidos se orientó actuación como gobernador de California, en unos años
en los que encarnó una temprana reacción
en las siguientes direcciones: conservadora frente a la revolución moral y cultural
propia de aquella época. Aunque su administración
puso especial énfasis en la política exterior y de
seguridad, la vida de la sociedad norteamericana se vio
- Rearme acelerado (presupuestos militares también profundamente alterada por la revolución
conservadora impulsada por la Casa Blanca. Si la
astronómicos a costa de los programas sociales) para agresividad que marcó la política exterior de Reagan
pretendió ser el antídoto definitivo del síndrome
obtener una superioridad sobre el principal Vietnam, su defensa de la moral puritana y del
individualismo económico puede verse también como
adversario, sometiendo paralelamente a la economía una doble reacción contra el pasado, tanto contra el
legado de permisividad y tolerancia de los años
socialista a las tensiones adicionales por el costo de sesenta, como contra el reformismo social y el Estado
de Bienestar heredado del New Deal rooseveltiano.
la carrera armamentista. Dentro de ese marco,
instalación de los cohetes “Pershing” y “Crucero” en Europa Occidental, en cumplimiento del doble
acuerdo de la OTAN (rearme y negociación) adoptado bajo el gobierno de Carter, lo que aumentaría
la capacidad de primer golpe nuclear de las fuerzas de la alianza, y tenía el objetivo de obligar a la
Unión Soviética a realizar concesiones mayores en las negociaciones sobre armamentos estratégicos.
Asimismo, acelerada formación de los cuerpos de despliegue rápido, grandes unidades dotadas de
todos los medios técnicos necesarios para producir intervenciones relámpago en lugares donde
estuvieran amenazados intereses vitales de los Estados Unidos.
- Renovadas presiones sobre los aliados euroccidentales para obstaculizar sus relaciones económicas
con el campo socialista, que debían someterse a la política del “linkage” , es decir, subordinadas al
comportamiento soviético en el plano internacional. Recuérdese en este sentido el boicot
estadounidense al proyecto, ya muy avanzado, de construir un gaseoducto soviético para el
suministro de Europa Occidental. Esta orientación estaba enfilada a supeditar adicionalmente la
autonomía económica de sus socios a la estrategia global norteamericana y consolidar el liderazgo
de Estados Unidos al interior de su propio campo. Se consideraba (y así ocurrió) que el
recrudecimiento de las tensiones internacionales obligaría a los aliados a estrechar filas bajo la
“sombrilla nuclear” norteamericana.
23
- Fortalecimiento de los vínculos con todos los aliados regionales, dejando a un lado consideraciones
éticas de todo tipo. Estos aliados eran concebidos como sólidos baluartes frente a las posibles
rupturas revolucionarias. En este sentido se destacaron los nexos con la República Sudafricana,
Israel, las dictaduras latinoamericanas, Taiwán y Corea del Sur.
24
Caribe, se endureció la postura hacia Cuba y se produjo la invasión a Granada (1983), que le
propinó el golpe definitivo al proceso revolucionario que se venia desarrollando en la pequeña isla.
Debe señalarse que los planes y medidas de Reagan contaron con un importante apoyo en los
gobiernos conservadores de la premier británica, Margaret Thatcher, y del canciller de la RFA,
Helmut Cohl, éste último desde 1982. La línea dura impulsada por Washington en la Alianza
Atlántica contó, desde el principio, con el respaldo de estos dos importantes países. Por otra parte,
no se puede olvidar el cambio que supuso el nombramiento como Papa, en 1978, del cardenal
polaco Carol Wojtyla. Con Juan Pablo II, nombre adoptado por el nuevo Sumo Pontífice, la Iglesia
Católica ponía fin a su propia distensión y retomaba un discurso anticomunista, que no se recordaba
desde los años cincuenta. Como es bien sabido, la posición del Papa se fue modificando
posteriormente ante las nuevas realidades que supuso la globalización neoliberal.
Ahora bien, dicha política provocó una inflexión en las relaciones internacionales. Los vínculos de
todo tipo con la URSS, presentada insistentemente por Reagan como “el imperio del mal”, sufrieron
un rápido deterioro, al mismo tiempo que se incrementaron las medidas y campañas
25
desestabilizadoras contra el resto de los países socialistas. Un ejemplo elocuente en este sentido
fue la descarada ingerencia de Washington en la crisis polaca de principios de los ochenta. Las
negociaciones sobre limitación de armas estratégicas fueron interrumpidas. Todo ello condujo al
aumento de las tensiones entre ambos bloques (lo que se reflejó incluso en el área deportiva con la
ausencia de los países socialistas en los juegos olímpicos de Los Angeles, en 1984) y a un peligroso
agravamiento de la situación mundial.
Un momento particularmente tenso se produjo debido al derribo por los soviéticos de un avión de
pasajeros sudcoreano, que inexplicablemente se internó profundamente en el territorio de la URSS y
fue confundido con una nave espía. El hecho ocurrió la noche del 31 de
agosto de 1983 y provocó la condena de los Estados Unidos, que lo calificó Nunca se supo por
qué aquel avión,
como una masacre, como un crimen contra la humanidad, declarando con 269 pasajeros,
volaba, en un área
abiertamente que era imposible tratar con un régimen capaz de cometer tal no autorizada del
atrocidad. La virulenta campaña norteamericana, secundada por sus Lejano Oriente
soviético.
principales aliados, llevó a la dirigencia soviética, por primera vez después del
ascenso de Reagan, a replicar con dureza, acusando a los estadounidenses de propiciar un acto de
provocación criminal y sin precedentes.
Este ambiente de suma tirantez se mantuvo hasta mediados de los años ochenta, cuando se produjo
el ascenso de Gorbachov en la URSS. Gorbachov vinculó, desde el principio, el éxito de la
perestroika con una política de coexistencia pacífica, que permitiera destinar a la modernización de
la economía soviética los cuantiosos recursos empleados con fines militares. El máximo dirigente
soviético se pronunció por una nueva mentalidad en el enfoque de las relaciones internacionales y
optó por el diálogo, propiciando la reanudación de las negociaciones sobre limitación de
armamentos y los encuentros al más alto nivel entre los líderes de ambos bloques.
En enero de 1986, la URSS propuso un plan de eliminación gradual del armamento nuclear hasta
finales del siglo, que no fue aceptado por los Estados Unidos. El presidente Reagan insistía
entonces solamente en la llamada opción cero, es decir, la supresión simultánea de los cohetes SS-
20, los Pershing y los Cruceros, sin tocar otros tipos de armas, lo que al parecer inclinaba la balanza
de fuerzas a su favor. Finalmente, la dirección soviética aceptó la propuesta norteamericana, con
lo que se abrió el camino para el Tratado de Washington, rubricado por Reagan y Gorbachov, en la
reunión cumbre de diciembre de 1987, en la que se acordó renunciar al uso de armas nucleares de
alcance intermedio.
26
Insertar foto pag. 163, extrema derecha. En: Historia Grafica Siglo XX, ABC Argentaria.
Pie de foto: Reagan y Gorvachov tras la firma del tratado de 1987
(insertar foto pág. 572, Historia del Mundo Contemporáneo, Antonio Fernández).
Pie de foto: Bush y Gorbachov en la cumbre de Malta, días 2 y 3 de diciembre de 1989, cuando
ambos estadistas declararon el fin de la guerra fría.
Con el inicio de la última década del siglo XX, los Estados Unidos adquirieron una aplastante
superioridad en todos los terrenos, disfrutando de una hegemonía no conocida por ningún otro país
en toda la historia de la humanidad. Rusia, la otra superpotencia, que heredó el potencial militar
de la URSS y su puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU, había dejado de ser rival y su
27
significación quedó reducida, por lo pronto, a un ámbito regional, debido a sus problemas
económicos y políticos internos. La limitada influencia de Rusia en los asuntos internacionales se
evidenció, entre otros casos, en su incapacidad para impedir la expansión de la OTAN hacia el Este
europeo, área vinculada a su seguridad nacional, y en su débil y hasta cierto punto contradictoria
actuación en los conflictos del llamado espacio posyugoslavo, particularmente en la guerra de
Bosnia-Herzegovina y en la desatada por el Occidente contra la nueva Yugoslavia, a principios de
1999, de la que hablaremos más adelante.
Desde principios de los años noventa, los Estados Unidos han afianzado también su control en la
Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), integrada por todos los países
desarrollados, y en el Grupo de los Siete, devenido en un comité directivo del capitalismo mundial.
Asimismo, Washington prácticamente determina las políticas de otros organismos multilaterales
como la Organización Mundial de Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI), y el
Banco Mundial (BM), al tiempo que ejerce una influencia decisiva en la Organización de Naciones
Unidas, a cuya democratización se opone tenazmente. Desde hace varios años, los Estados
Unidos están tratando de convertir a la ONU y en especial a su Consejo de Seguridad en un
instrumento al servicio de sus intereses hegemónicos. En este sentido, se ha venido desarrollando
una ofensiva contra importantes principios del derecho internacional recogidos en la Carta de
Naciones Unidas, con el pretexto de darle mayor autoridad a la misma. Este es el caso, por
ejemplo, del principio de la soberanía, piedra angular del referido derecho internacional, que de
28
hecho se ha visto limitado sensiblemente con la posibilidad de las llamadas intervenciones
humanitarias ordenadas por el Consejo de Seguridad.
Los planes hegemónicos de los Estados Unidos han concedido y conceden una particular
importancia a Latinoamérica. Bajo el disfraz de un nuevo panamericanismo, que en la práctica no
puede disimular su esencia monroísta, Washington ha reforzado su influencia en el área. En este
sentido, debe destacarse el papel de las llamadas cumbres americanas (de las que, por razones
obvias, se ha excluido a Cuba), que surgieron como una respuesta estadounidense para contrarrestar
la posible cooperación de los países de la región en el contexto del movimiento de las cumbres
iberoamericanas. Pretextando el interés por el fortalecimiento de la democracia, la defensa de los
derechos humanos, la lucha contra el narcotráfico y el desarrollo económico, los Estados Unidos han
utilizado estas reuniones como un eficaz instrumento al servicio de sus intereses, frente a una
América Latina que no logra superar su tradicional desunión. Dichas cumbres han servido para
reforzar las políticas neoliberales y aumentar la presencia económica, política y militar del poderoso
vecino en la zona, así como para programar el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA),
que al igual que ocurre ahora con el Tratado de Libre Comercio (TLC), que integran los Estados
Unidos, Canadá y México, sería un bloque dominado por la gran potencia del Norte y en función de
su rivalidad económica con Japón y la Europa comunitaria.
Desde el comienzo de los años noventa, cuando ya no existía un enemigo visible, los Estados
Unidos han incrementado y modernizado su arsenal militar. Han surgido nuevas y más sofisticadas
armas convencionales con un enorme poder destructivo, al mismo tiempo que se rejuvenece el
armamento nuclear, llegándose incluso a reactivar el proyecto reaganeano de la “guerra de las
galaxias”, es decir, la construcción de un pretendido escudo antimisil, a pesar de que ello rompe con
el tratado soviético-norteamericano (ABM) de 1972 –que prohíbe tales acciones- y puede conducir
al incremento de la carrera armamentista en este campo, tal y como lo han advertido Rusia y China 1.
Para justificar estas medidas, Washington ha inventado nuevos y más temibles enemigos, tarea en la
que han desempeñado un papel destacado sus numerosas instituciones de investigación y, sobre
todo, sus poderosos medios de comunicación, que al propio tiempo difunden por todo el planeta las
“bondades” del sistema estadounidense, tratando con ello de “conquistar los espíritus”, como
acertadamente ha dicho el conocido publicista Ignacio Ramonet.
1
Las protestas de Rusia y China, así como de la mayoría de los aliados europeos de los norteamericanos, llevaron a
Clinton, en las postrimerías de su mandato, a posponer el comienzo de la construcción de un Sistema Nacional de
Defensa Antimisil. Pero tan pronto llegó al poder, el presidente Bush anunció la decisión de emprender el mencionado
proyecto, lo que ha conducido a la ruptura del tratado ABM, garante del equilibrio estratégico nuclear.
29
Las aventuras militares del Golfo Pérsico y la de Yugoslavia, verdaderas demostraciones masivas de
fuerza de los Estados Unidos y sus aliados, que iniciaron y cerraron la década de los noventa,
sirvieron también para probar las más recientes tecnologías militares. Más arriba nos referimos a
los objetivos norteamericanos en la guerra del Golfo, desarrollada con el consentimiento de un
Consejo de Seguridad dominado por la potencia hegemónica, que contó con el apoyo soviético y la
neutralidad china. En cuanto a la agresión a Yugoslavia, dichos objetivos tuvieron la misma
naturaleza pero fueron más amplios. Tomando como pretexto el histórico conflicto entre los
albano-kosovares y los serbios, recrudecido tras la desintegración de la antigua federación
yugoslava, los Estados Unidos se propusieron aumentar su presencia en la importante región de la
península balcánica, reforzar aún más su liderazgo en Europa y mostrar a Rusia los limites de sus
posibilidades, al propio tiempo que eliminaban el molesto régimen de Milosevich, que les recordaba
la anterior etapa socialista.
A diferencia de la guerra del Golfo Pérsico, la agresión desatada por la OTAN contra Yugoslavia se
realizó al margen de las Naciones Unidas, en cuyo Consejo de Seguridad los norteamericanos
esperaban encontrar la oposición de Rusia, vinculada por nexos históricos y étnicos con los serbios,
y también la de China, que lo dio a entender claramente en reiteradas ocasiones. Se ignoró también
la propia Carta de la OTAN, que todavía en ese momento establecía el uso de la fuerza sólo como
legítima defensa. Los agresores mostraron, además, un absoluto desprecio por importantes normas
del derecho internacional, al declarar la guerra a un país soberano para inmiscuirse en sus asuntos
internos y al utilizar contra él armas prohibidas por varias convenciones internacionales, así como
por convertir en blanco de sus ataques a las instalaciones civiles y a la población, con el
consiguiente saldo de muertes, destrucciones y daño ecológico. Como en ocasión del conflicto del
Golfo, los Estados Unidos pusieron fin a un proceso negociador que pudo desembocar en una
solución política, porque estaban interesados en utilizar la fuerza para lograr sus propósitos, es decir,
a través de una rápida victoria avanzar en la realización de los grandes diseños políticos y
estructurales del gobierno de William Clinton (1992-2000), contenidos en la llamada Estrategia de
Seguridad Nacional para la Nueva Centuria, aprobada en 1998, que postulaba el dominio mundial
absoluto de los Estados Unidos.
La guerra contra Yugoslavia fue planificada para cinco días. Los estrategas de la OTAN
consideraban que en ese plazo pondrían de rodillas a la nación balcánica. Sin embargo, los
bombardeos masivos e indiscriminados, desde el aire y el mar, se prolongaron por once dolorosas
semanas y Yugoslavia resistió con daños mínimos a su estructura militar y manteniendo la firme
unidad de la mayoría de su pueblo. Pero cuando era más necesario prolongar la resistencia, pues
30
los aliados, presionados por la opinión pública, comenzaban a inquietarse (en Alemania e Italia,
por ejemplo, las coaliciones en el poder estuvieron a punto de destruirse, mientras en el propio
congreso norteamericano se levantaron voces de oposición) y la mayoría de ellos no estaban
dispuestos a participar en un ataque por tierra, que se vislumbraba como algo imprescindible,
Yugoslavia cedió, aconsejada por Rusia y ante la promesa de que podría mantener su soberanía en la
región de Kosovo. Como ha dicho Fidel Castro y han reconocido numerosos especialistas, de
haberse prolongado un poco más la resistencia yugoslava el desenlace de la guerra hubiera sido
diferente y otro también el curso de los acontecimientos posteriores.
De cualquier forma, después de diez años del colapso del socialismo europeo y de la desaparición de
la URSS, los Estados Unidos no han podido imponer su proclamado nuevo orden internacional, a
pesar de su evidente superioridad en todos los terrenos. Tras una década del fin de la “guerra fría”,
el mundo es más inestable, explosivo e inseguro que nunca antes. Al respecto, baste sólo
mencionar, a modo de ejemplo, que luego de la guerra del Golfo, la situación en la zona del Medio
Oriente se torno más complicada y peligrosa, debido a la continuación de los bombardeos anglo-
norteamericanos sobre Irak y las medidas de bloqueo contra ese país y al recrudecimiento del
conflicto israelo-palestino, mientras que la terminación de la guerra en Yugoslavia no trajo la paz y
la estabilidad en Kosovo y en el resto de la región, sino la profundización de la crisis y el peligro de
que la violencia se extienda a los países vecinos, como lo demostró la confrontación posterior entre
albaneses y macedonios.
En definitiva, los planes de imponer un nuevo orden internacional no han podido ni podrán
concretarse porque el mundo de finales del siglo XX y principios del XXI es absolutamente
ingobernable1. Ello se debe a la complejidad del escenario internacional contemporáneo, en el que
están presentes numerosos factores que favorecen el caos y la inestabilidad. Entre estos factores
hay que destacar las crecientes rivalidades económicas entre los grandes bloques (que han llevado a
algunos especialistas a pensar en un futuro de guerras económicas), la existencia de potencias
regionales con intereses y aspiraciones propias, los agudos problemas étnicos y religiosos en varias
partes del planeta (incluyendo los llamados fundamentalismos) y, sobre todo, la explosividad de un
Tercer Mundo sometido a la permanente y cruel explotación de una nueva y más brutal forma de
colonialismo, representada por la globalización neoliberal regida por los países ricos y que sólo a
ellos beneficia.
1
Para ampliar sobre este y otros aspectos consultar el excelente trabajo “Posguerra fría y “orden mundial”: la
recomposición de las relaciones internacionales”, Revista Temas no.9, 1997, del Dr. Roberto González Gómez.
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Los acontecimientos de New York y Washington, es decir, los ataques terroristas a las torres
gemelas del Trade World Center y al Pentágono, el 11 de septiembre del año 2001, que se calcula
costaron la vida a más de 2,000 personas, son una demostración elocuente de la inseguridad que
reina en el mundo. Dichos acontecimientos están siendo aprovechados por el gobierno de George
W. Bush, que llegó al poder de forma controvertida (no fue elegido por voto popular sino por el de
los estados y decidió la Florida donde se comprobaron numerosos fraudes), para fortalecer su
posición interna y para proyectar una imagen de fuerza hacia el exterior. Al mismo tiempo que se
manipula el sentimiento nacional herido por la tragedia, empleando un lenguaje nacionalista y
patriotero que recuerda al estilo fascista, se ha montado una descomunal maquinaria militar para ser
empleada en cualquier parte en una supuesta lucha a muerte contra el terrorismo. Según advirtió el
propio presidente norteamericano, quien de forma simplista señaló que los que no estaban con los
Estados Unidos estaban con los terroristas, la guerra decretada unilateralmente por su país será larga
y de consecuencias imprevisibles.
A pesar de que es evidente, como inmediatamente lo proclamó Cuba, que el terrorismo no puede ser
combatido con la guerra, sino a través de la cooperación internacional organizada por la ONU y
atacando las causas que lo originan (no ajenas a las desigualdades engendradas por la globalización
neoliberal y a la propia política de la potencia hegemónica), todas las grandes potencias,
exceptuando a China, y un numeroso grupo de países, por temor o por conveniencia o por ambas
cosas, se han sumado, de una u otra forma, a la cruzada belicista y prepotente de los Estados Unidos.
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sólo servirá para inflamar los odios y pasiones, generando más violencia e inestabilidad en el
planeta.
A pesar del poderío norteamericanos y de las fuerzas aliadas (fundamentalmente europeas) que se le
sumaron, la guerra parece no tener fin En el plano militar, los talibanes fueron desplazados hacia
las montañas, donde son sometidos a los bombardeos sistemáticos de la aviación, pero algunos
grupos parecen decididos a desplegar una guerra de guerrillas, que pudiera ser prolongada y
sangrienta. Mientras tanto, en el plano político, si bien se logró la formación de un titulado
gobierno de unidad nacional, éste no ha conseguido poner fin a la lucha y establecer un poder
efectivo, debido al complejo escenario multietnico de Afganistán y a los diversos intereses internos
y foráneos que intervienen en el asunto. Tal y como se presenta la situación, no parece posible que,
a corto plazo, pueda conseguirse la paz y la estabilidad en el atormentado país centroasiático,
victima de más de 20 años de lucha de diferentes grupos por el poder y de esta guerra genocida.
A estas alturas está suficientemente claro que, como resultado de la cruzada antiterrorista
emprendida por el gobierno de los Estados Unidos, cuyo objetivo real es reafirmar su predominio
mundial, se alejará la conformación de una situación de multipolaridad en el ámbito internacional,
algo deseado y necesario como medio para garantizar un mayor nivel de seguridad y estabilidad
globales. La dócil actitud asumida por las grandes potencias occidentales, así como la
desconcertante posición de Rusia, señalan claramente en esa negativa dirección. Esta guerra
representó también otro duro golpe a la Organización de Naciones Unidas, nuevamente desconocida
por la potencia hegemónica y sus cómplices o solamente tomada en cuenta para realizar el trabajo
sucio, es decir, para tratar de resolver la crisis creada por el irracional conflicto, como también
ocurrió en el caso de Yugoslavia.
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