La soledad del hombre.
«No es bueno que el hombre esté solo» dice el Señor. La soledad es la ausencia de contacto
espiritual, es sentirse aislado e incomprendido. Este aislamiento tiene múltiples causas, como
las enfermedades o la edad. También se presenta de manera autoimpuesta, ya sea por
afecciones psicológicas o por heridas espirituales. Pero esto no solo es visto como un
problema, sino como un reto, un desafío que todo cristiano debe asumir en la vida, como la
afrontó Jesús en el huerto de los olivos.
Las consecuencias de esta condición son muy variadas, desde físicas a espirituales. En
primera instancia, se notan las espirituales —dado que el alma es la parte de hombre más
susceptible a esto— una de estas es la acedia, que consiste en una especie de desesperación
al no poder salir de este estado. Luego se presenta la tibieza, que es un aletargamiento de los
movimientos del alma que limita a la persona. Finalmente, se presentan los escrúpulos, que
no son más que dudas necias acerca del posible bien, es como mirar tan lejos, que no se
disfruta del paisaje cercano.
De estas condiciones espirituales, derivan las psicológicas. Una de ellas es la inseguridad
(tan frecuente en estos días) que nace de la acedia y los escrúpulos. Esta enfermedad mental
cala en lo más profundo, generando en la persona actos desesperados y no del todo cuerdos.
De esta enfermedad surgen muchos de los problemas de la actualidad dado que no se llena el
vacío creado con el componente correcto (la Fe). En segundo lugar, aparece la depresión, que
consiste —al igual que la inseguridad— en la desesperación, al punto que causa muertes por
miles en este siglo. En cierta manera, la depresión es como una voz que martilla
constantemente la conciencia del portador, haciéndole creer que es inútil, incapaz de hacer
nada bueno y que el único bien que puede hacer es librar al mundo de sí mismo. Para terminar
con la fracción psicológica, está la reacción de supervivencia que se genera gracias a los
instintos primordiales del hombre, que requieren este contacto para permanecer sin tensión,
pero al faltar esto, se liberan gran cantidad de hormonas que afectan el comportamiento y el
equilibrio del cuerpo.
Finalmente se encuentran los problemas físicos que derivan de los anteriores nombrados.
En primera instancia se vislumbra la debilidad general, que proviene de una hormona llamada
cortisol, la cual, en momentos intermitentes mantiene el cuerpo sano y alerta, pero al
presentarse constantemente (fruto de la tensión y el estrés) lo deteriora con gran prisa. Luego
hace su aparición la tendencia a enfermar. Lo anterior ya da una pista acerca de la razón de
esto, el cuerpo ya deteriorado es cada vez menos capaz de hacer frente a las enfermedades
que se le presentan constantemente.
En fin, esta soledad es capaz de destruir un alma por completo (cosa que ni el mismo
enemigo es capaz de hacer) mientras esté separada de su criador. En este escenario SOLO
DIOS BASTA como solía decir Santa Teresa de Jesús. Para sobrevivir a este estado es
necesario orar y mantener la mente ocupada ya que a veces es necesario pasar por esto para
limpiar partes importantes de la persona. Dicho de otra manera, solo Dios puede ayudar a
sanar esa herida, pasar ese desierto, superar esa dificultad, y para esto se vale de las personas
de alrededor manifestándose en ellas de manera inesperada.