Cuadernillo 3
Cuadernillo 3
Prof.Noelia Espini
Año 2024
Axolotl-Julio Cortázar
Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín
des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros
movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real
después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y
L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y
las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé
mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi
pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con
los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas
larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran
mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel
en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en
tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación
de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que
su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes.
Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios
sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios
y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento
comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin
embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal
donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y
angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario.
Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus
ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia
asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé
mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un
cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso),
semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una
delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una
aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de
una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y
entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un
oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que
parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un
delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la
cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total
semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano
triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina
hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran
debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal,
las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se
enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los
diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho,
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y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza
de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos
estamos quietos.
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl.
Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con
una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de
las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple
ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que
pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes
acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a
los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra
manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver
mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las
criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se
advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz;
seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en
que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al
revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de
semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que
no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas… Pero una lagartija tiene también
manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma
triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una
metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes,
esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión
desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo
terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía
musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome
inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo
sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo
impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado
una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como
horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos
transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de
esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen
esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no
me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía
riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que
eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del
acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir
todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente
una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día
continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme
sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese
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sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto
señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era
posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus
rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese
infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad
proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo
nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos
trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de
muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi
cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la
vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el
primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara
volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a
los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era
posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario.
Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo
supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él
con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme
lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la
cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe
que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en
él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al
resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me
miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que
obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se
me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido
al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era
su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era
capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de
conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo
porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece
que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y
en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir
sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
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Infierno grande – Guillermo Martínez
Muchas veces, cuando el almacén está vacío y sólo se escucha el zumbido de las moscas, me
acuerdo del muchacho aquel que nunca supimos cómo se llamaba y que nadie en el pueblo
volvió a mencionar.
Por alguna razón que no alcanzo a explicar lo imagino siempre como la primera vez que lo
vimos, con la ropa polvorienta, la barba crecida y, sobre todo, con aquella melena larga y
desprolija que le caía casi hasta los ojos. Era recién el principio de la primavera y por eso,
cuando entró al almacén,yo supuse que sería un mochilero de paso al sur. Compró latas de
conserva y yerba, o café; mientras le hacía la cuenta se miró en el reflejo de la vidriera, se
apartó el pelo de la frente, y me preguntó por una peluquería.
Dos peluquerías había entonces en Puente Viejo; pienso ahora que si hubieraido a lo del viejo
Melchor quizá nunca se hubiera encontrado con la Francesa y nadie habría murmurado. Pero
bueno, la peluquería de Melchor estaba en la otra punta delpueblo y de todos modos no creo
que pudiera evitarse lo que sucedió.
La cuestión es que lo mandé a la peluquería de Cervino y parece que mientras Cervino le
cortaba el pelo se asomó la Francesa. Y la Francesa miró al muchacho como miraba ella a los
hombres. Ahí fue que empezó el maldito asunto, porque el muchacho se quedó en el pueblo y
todos pensamos lo mismo: que se quedaba por ella.
No hacía un año que Cervino y su mujer se habían establecido en Puente Viejo y era muy
poco lo que sabíamos de ellos. No se daban con nadie, como solía comentarse con rencor en
el pueblo. En realidad, en el caso del pobre Cervino era sólo timidez, pero quizá la Francesa
fuera, sí, un poco arrogante. Venían de la ciudad, habían llegado el verano anterior, al
comienzo de la temporada, y recuerdo que cuando Cervino inauguró su peluquería yo pensé
que pronto arruinaría al viejo Melchor, porque Cervino tenía diploma de peluquero y premio
en un concurso de corte a la navaja, tenía tijera eléctrica, secador de pelo y sillón giratorio, y
le echaba a uno savia vegetal en el pelo y hasta spray si no se lo frenaba a tiempo. Además,
en la peluquería de Cervino estaba siempre el último Gráfico en el revistero. Y estaba, sobre
todo, la Francesa.
Nunca supe muy bien por qué le decían la Francesa y nunca tampoco quise averiguarlo: me
hubiera desilusionado enterarme, por ejemplo, de que la Francesa había nacido en Bahía
Blanca o, peor todavía, en un pueblo como éste. Fuera como fuese, yo no había conocido
hasta entonces una mujer como aquella. Tal vez era simplemente que no usaba corpiño y que
hasta en invierno podía uno darse cuenta de que no llevaba nada debajo del pulóver. Tal vez
era esa costumbre suya de aparecerse apenas vestida en el salón de la peluquería y pintarse
largamente frente al espejo, delante de todos. Pero no, había en la Francesa algo todavía más
inquietante que ese cuerpo al que siempre parecía estorbarle la ropa, más perturbador que la
hondura de su escote. Era algo que estaba en su mirada. Miraba a los ojos, fijamente, hasta
que uno bajaba la vista. Una mirada incitante, promisoria, pero que venía ya con un brillo de
burla, como si la Francesa nos estuviera poniendo a prueba y supiera de antemano que nadie
se le animaría, como si ya tuviera decidido que ninguno en el pueblo era hombre a su medida.
Así, con los ojos provocaba y con los ojos, desdeñosa, se quitaba. Y todo delante de Cervino,
que parecía no advertir nada, que se afanaba en silencio sobre las nucas, haciendo sonar cada
tanto sus tijeras en el aire.
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Sí, la Francesa fue al principio la mejor publicidad para Cervino y su peluquería estuvo muy
concurrida durante los primeros meses. Sin embargo, yo me había equivocado con Melchor.
El viejo no era tonto y poco a poco fue recuperando su clientela: consiguió de alguna forma
revistas pornográficas, que por esa época los militares habían prohibido, y después, cuando
llegó el Mundial, juntó todos sus ahorros y compró un televisor color, que fue el primero del
pueblo. Entonces empezó a decir a quien quisiera escucharlo que en Puente Viejo había una y
sólo una peluquería de hombres: la de Cervino era para maricas.
Con todo, creo yo que si hubo muchos que volvieron a la peluquería de Melchor fue, otra vez,
a causa de la Francesa: no hay hombre que soporte durante mucho tiempo la burla o la
humillación de una mujer.
Como decía, el muchacho se quedó en el pueblo. Acampaba en las afueras, detrás de los
médanos, cerca de la casona de la viuda de Espinosa. Al almacén venía muy poco; hacía
compras grandes, para quince días o para el mes entero, pero en cambio iba todas las semanas
a la peluquería. Y como costaba creer que fuera solamente a leer el Gráfico, la gente empezó
a compadecer a Cervino. Porque así fue, al principio todos compadecían a Cervino. En
verdad, resultaba fácil apiadarse de él: tenía cierto aire inocente de querubín y la sonrisa
pronta, como suele suceder con los tímidos. Era extremadamente callado y en ocasiones
parecía sumirse en un mundo intrincado y remoto: se le perdía la mirada y pasaba largo rato
afilando la navaja, o hacía chasquear interminablemente las tijeras y había que toser para
retornarlo. Alguna vez, también, yo lo había sorprendido por el espejo contemplando a la
Francesa con una pasión muda y reconcentrada, como si ni él mismo pudiese creer que
semejante hembra fuera su esposa. Y realmente daba lástima esa mirada devota, sin sombra
de sospechas.
Por otro lado, resultaba igualmente fácil condenar a la Francesa, sobre todo para las casadas y
casaderas del pueblo, que desde siempre habían hecho causa común contra sus temibles
escotes. Pero también muchos hombres estaban resentidos con la Francesa: en primer lugar,
los que tenían fama de gallos en Puente Viejo, como el ruso Nielsen, hombres que no estaban
acostumbrados al desprecio y mucho menos a la sorna de una mujer.
Y sea porque se había acabado el Mundial y no había de qué hablar, sea porque en el pueblo
venían faltando los escándalos, todas las conversaciones desembocaban en las andanzas del
muchacho y la Francesa. Detrás del mostrador yo escuchaba una y otra vez las mismas cosas:
lo que había visto Nielsen una noche en la playa, era una noche fría y sin embargo los dos se
desnudaron y debían estar drogados porque hicieron algo que Nielsen ni entre hombres
terminaba de contar; lo que decía la viuda de Espinosa: que desde su ventana siempre
escuchaba risas y gemidos en la carpa del muchacho, los ruidos inconfundibles de dos que se
revuelcan juntos; lo que contaba el mayor de los Vidal, que en la peluquería, delante de él y
en las narices de Cervino... En fin, quién sabe cuánto habría de cierto en todas aquellas
habladurías.
Un día nos dimos cuenta de que el muchacho y la Francesa habían desaparecido. Quiero
decir, al muchacho no lo veíamos más y tampoco aparecía la Francesa, ni en la peluquería ni
en el camino a la playa, por donde solía pasear. Lo primero que pensamos todos es que se
habían ido juntos y tal vez porque las fugas tienen siempre algo de romántico, o tal vez
porque el peligro ya estaba lejos, las mujeres parecían dispuestas ahora a perdonar a la
Francesa: era evidente que en ese matrimonio algo fallaba, decían; Cervino era demasiado
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viejo para ella y por otro lado el muchacho era tan buen mozo... Y comentaban entre sí con
risitas de complicidad que quizá ellas hubieran hecho lo mismo.
Pero una tarde que se conversaba de nuevo sobre el asunto estaba en el almacén la viuda de
Espinosa y la viuda dijo con voz de misterio que a su entender algo peor había ocurrido; el
muchacho aquel, como todos sabíamos, había acampado cerca de su casa y, aunque ella
tampoco lo había vuelto a ver, la carpa todavía estaba allí; y le parecía muy extraño -repetía
aquello, muy extraño- que se hubieran ido sin llevar la carpa. Alguien dijo que tal vez debería
avisarse al comisario y entonces la viuda murmuró que sería conveniente vigilar también a
Cervino. Recuerdo que yo me enfurecí pero no sabía muy bien cómo responderle: tengo por
norma no discutir con los clientes.
Empecé a decir débilmente que no se podía acusar a nadie sin pruebas, que para mí era
imposible que Cervino, que justamente Cervino... Pero aquí la viuda me interrumpió: era bien
sabido que los tímidos, los introvertidos, cuando están fuera de sí son los más peligrosos.
Estábamos todavía dando vueltas sobre lo mismo, cuando Cervino apareció en la puerta.
Hubo un gran silencio; debió advertir que hablábamos de él porque todos trataban de mirar
hacia otro lado. Yo pude observar cómo enrojecía y me pareció más que nunca un chico
indefenso, que no había sabido crecer. Cuando hizo el pedido noté que llevaba poca comida y
que no había comprado yoghurt. Mientras pagaba, la viuda le preguntó bruscamente por la
Francesa. Cervino enrojeció otra vez, pero ahora lentamente, como si se sintiera honrado con
tanta solicitud. Dijo que su mujer había viajado a la ciudad para cuidar al padre, que estaba
muy enfermo, pero que pronto volvería, tal vez en una semana. Cuando terminó de hablar
había en todas las caras una expresión curiosa, que me costó identificar: era desencanto. Sin
embargo, apenas se fue Cervino, la viuda volvió a la carga. A ella, decía, no la había
engañado ese farsante, nunca más veríamos a la pobre mujer. Y repetía por lo bajo que había
un asesino suelto en Puente Viejo y que cualquiera podía ser la próxima víctima.
Transcurrió una semana, transcurrió un mes entero y la Francesa no volvía. Al muchacho
tampoco se lo había vuelto a ver. Los chicos del pueblo empezaron a jugar a los indios en la
carpa abandonada y Puente Viejo se dividió en dos bandos: los que estaban convencidos de
que Cervino era un criminal y los que todavía esperábamos que la Francesa regresara, que
éramos cada vez menos. Se escuchaba decir que Cervino había degollado al muchacho con la
navaja, mientras le cortaba el pelo, y las madres les prohibían a los chicos que jugaran en la
cuadra de la peluquería y les rogaban a sus esposos que volvieran con Melchor. Sin embargo,
aunque parezca extraño, Cervino no se quedó por completo sin clientes: los muchachos del
pueblo se desafiaban unos a otros a sentarse en el fatídico sillón del peluquero para pedir el
corte a la navaja, y empezó a ser prueba de hombría llevar el pelo batido y con spray.
Cuando le preguntábamos por la Francesa, Cervino repetía la historia del suegro enfermo,
que ya no sonaba tan verdadera. Mucha gente dejó de saludarlo y supimos que la viuda de
Espinosa había hablado con el comisario para que lo detuviese. Pero el comisario había dicho
que mientras no aparecieran los cuerpos nada podía hacerse.
En el pueblo se empezó entonces a conjeturar sobre los cadáveres: unos decían que Cervino
los había enterrado en su patio; otros, que los había cortado en tiras para arrojarlos al mar, y
así Cervino se iba convirtiendo en un ser cada vez más monstruoso.
Yo escuchaba en el almacén hablar todo el tiempo de lo mismo y empecé a sentir un temor
supersticioso, el presentimiento de que en aquellas interminables discusiones se iba
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incubando una desgracia. La viuda de Espinosa, por su parte, parecía haber enloquecido.
Andaba abriendo pozos por todos lados con una ridícula palita de playa, vociferando que ella
no descansaría hasta encontrar los cadáveres.
Y un día los encontró.
Fue una tarde a principios de noviembre. La viuda entró en el almacén preguntándome si
tenía palas; y dijo en voz bien alta, para que todos la escucharan, que la mandaba el comisario
a buscar palas y voluntarios para cavar en los médanos, detrás del puente. Después, dejando
caer lentamente las palabras, dijo que había visto allí, con sus propios ojos, un perro que
devoraba una mano humana. Me estremecí; de pronto todo era verdad y mientras buscaba en
el depósito las palas y cerraba el almacén seguía escuchando, aún sin poder creerlo, la
conversación entrecortada de horror, perro, mano, mano humana.
La viuda encabezó la marcha, airosa. Yo iba último, cargando las palas. Miraba a los demás y
veía las mismas caras de siempre, la gente que compraba en el almacén yerba y fideos.
Miraba a mi alrededor y nada había cambiado, ningún súbito vendaval, ningún
desacostumbrado silencio. Era una tarde como cualquier otra, a la hora inútil en que se
despierta de la siesta. Abajo se iban alineando las casas, cada vez más pequeñas, y hasta el
mar, distante, parecía pueblerino, sin acechanzas. Por un momento me pareció comprender de
dónde provenía aquella sensación de incredulidad: no podía estar sucediendo algo así, no en
Puente Viejo.
Cuando llegamos a los médanos el comisario no había encontrado nada aún. Estaba cavando
con el torso desnudo y la pala subía y bajaba sin sobresaltos. Nos señaló vagamente en torno
y yo distribuí las palas y hundí la mía en el sitio que me pareció más inofensivo. Durante un
largo rato sólo se escuchó el seco vaivén del metal embistiendo la tierra. Yo le iba perdiendo
el miedo a la pala y estaba pensando que tal vez la viuda se había confundido, que quizá no
fuera cierto, cuando oímos un alboroto de ladridos. Era el perro que había visto la viuda, un
pobre animal raquítico que se desesperaba alrededor de nosotros. El comisario quiso
espantarlo a cascotazos pero el perro volvía y volvía y en un momento pareció que iba a
saltarle encima. Entonces nos dimos cuenta de que era ése el lugar, el comisario volvió a
cavar, cada vez más rápido, era contagioso aquel frenesí, las palas se precipitaron todas juntas
y de pronto el comisario gritó que había dado con algo; escarbó un poco más y apareció el
primer cadáver.
Los demás apenas le echaron un vistazo y volvieron enseguida a las palas, casi con
entusiasmo, a buscar a la Francesa, pero yo me acerqué y me obligué a mirarlo con
detenimiento. Tenía un agujero negro en la frente y tierra en los ojos. No era el muchacho.
Me di vuelta, para advertirle al comisario, y fue como si me adentrara en una pesadilla: todos
estaban encontrando cadáveres, era como si brotaran de la tierra, a cada golpe de pala rodaba
una cabeza o quedaba al descubierto un torso mutilado. Por donde se mirara muertos y más
muertos, cabeza, cabezas.
El horror me hacía deambular de un lado a otro; no podía pensar, no podía entender, hasta que
vi una espalda acribillada y más allá una cabeza con venda en los ojos. Miré al comisario y el
comisario también sabía, nos ordenó que nos quedáramos allí, que nadie se moviera, y volvió
al pueblo, a pedir instrucciones.
Del tiempo que transcurrió hasta su regreso sólo recuerdo el ladrido incesante del perro, el
olor a muerto y la figura de la viuda hurgando con su palita entre los cadáveres, gritándonos
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que había que seguir, que todavía no había aparecido la Francesa. Cuando el comisario volvió
caminaba erguido y solemne, como quien se apresta a dar órdenes. Se plantó delante de
nosotros y nos mandó que enterrásemos de nuevo los cadáveres, tal como estaban. Todos
volvimos a las palas, nadie se atrevió a decir nada. Mientras la tierra iba cubriendo los
cuerpos yo me preguntaba si el muchacho no estaría también allí. El perro ladraba y saltaba
enloquecido. Entonces vimos al comisario con la rodilla en tierra y el arma entre las manos.
Disparó una sola vez. El perro cayó muerto. Dio luego dos pasos con el arma todavía en la
mano y lo pateó hacia adelante, para que también lo enterrásemos.
Antes de volver nos ordenó que no hablásemos con nadie de aquello y anotó uno por uno los
nombres de los que habíamos estado allí.
La Francesa regresó pocos días después: su padre se había recuperado por completo. Del
muchacho, en el pueblo nunca hablamos. La carpa la robaron ni bien empezó la temporada.
Un hermoso día del mes de junio, entre las cuatro y las cinco, salí de la celda de la calle du
Bac donde mi honorable y estudioso amigo, el barón de Werther, me había ofrecido el
almuerzo más delicado del que se pueda hacer mención en los castos y sobrios anales de mi
estómago; pues el estómago tiene su literatura, su memoria, su educación, su elocuencia; el
estómago es un hombre dentro del hombre; y jamás experimenté de modo tan curioso la
influencia ejercida por este órgano sobre mi economía mental.
Después de habernos obsequiado amablemente con vinos del Rin y de Hungría, había
terminado la comida de amigos haciendo que nos sirvieran vino de Champaña. Hasta aquel
momento, su hospitalidad podría considerarse normal, de no ser por su charla de artista, sus
relatos fantásticos y, sobre todo, de no ser por nosotros, sus amigos, todos personas de
entusiasmo, corazón y pasión.
Hacia el final del almuerzo, nos encontramos todos presas de una dulce melancolía y
sumergidos en una absorción bastante lógica en personas que han comido bien. Percatándose
de ello, el barón, el excelente crítico, el erudito alemán que, pese a su baronía, lleva la
admirable y poética vida de los monjes del siglo XVI en su celda abacial; nuestro monje
-digo-, remató su obra de gastrolatría con una auténtica salida de monje.
En un momento en el que la conversación quedó interrumpida cuando nos encontrábamos en
sillones inventados por el confort inglés pero perfeccionados en París que habrían causado
admiración a los benedictinos, Werther se sentó ante una especie de mesita y, levantando una
parte de la tapa, sacó de un instrumento alemán unos sonidos que se encontraban a mitad de
camino entre los acentos lúgubres de un gato cortejando a una gata o soñando con los
placeres del canalón, y las notas de un órgano vibrando en una iglesia. No sé lo que hizo con
aquel instrumento de melancolía, pero mi inteligencia no se vio jamás tan cruelmente
trastornada como en aquella ocasión.
El aire, dirigido hacia los metales, producía unas vibraciones armónicas tan fuertes, tan
graves, tan agudas, que cada nota atacaba instantáneamente una fibra, y aquella música de
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verdín, aquellas melodías impregnadas de arsénico, introdujeron violentamente en mi alma
todas las ensoñaciones de Jean-Paul, todas las baladas alemanas, toda la poesía fantástica y
doliente que me hizo huir en medio de gran agitación, a mí que soy alegre y jovial. Me sentí
como si mi personalidad se hubiera desdoblado. Mi ser interior había abandonado mi forma
exterior por la que una o dos mujeres, mi familia y yo, sentimos algo de amistad. El aire ya
no era el aire; mis piernas ya no eran piernas, eran algo flojo y sin consistencia que se
doblaba; los adoquines se hundían, los transeúntes bailaban y París me parecía singularmente
alegre.
Tomé la calle de Babylone y caminé melancólicamente hacia los bulevares, adoptando como
punto de referencia la cúpula de los Inválidos. Al dar la vuelta a no sé qué calle, ¡vi que la
cúpula venía hacia mí!… En un primer momento me quedé algo sorprendido y me detuve. Sí,
era sin duda la cúpula de los Inválidos que se paseaba boca abajo, apoyando en el suelo su
punta, y tomaba el sol como cualquier buen burgués del barrio del Marais. Interpreté esta
visión como un efecto óptico y gocé del mismo placenteramente, sin querer explicarme el
fenómeno; pero tuve sensación de pavor cuando, viendo que se acercaba a mí, quería pisarme
los talones… Eché a correr, pero oía detrás de mí el paso pesado de aquella dichosa cúpula,
que parecía burlarse de mí. Sus ojos reían; efectivamente, el sol al pasar por las ventanas
abiertas de tramo en tramo, le daba un vago parecido con ojos, y la cúpula me lanzaba
auténticas miradas…
-¡Soy bastante tonto! -pensé-. Voy a ponerme detrás de ella…
La dejé pasar, y entonces volvió a colocarse con la punta hacia arriba. En esa posición, me
hizo un gesto con la cabeza, y su maldito ropaje azul y oro se arrugó como la falda de una
mujer… Entonces di unos pasos hacia atrás para plantarla allí mismo, pues empecé a
sentirme inquieto. No había duda de que, al día siguiente, los periódicos no dejarían de contar
que yo, autor de algunos artículos insertados en La Revue, me había llevado la cúpula de los
Inválidos; aquello me resultaba indiferente porque tenía intención de defenderme y de contar
abiertamente que la cúpula se había encaprichado conmigo y me había seguido por su cuenta.
Mi carácter bien conocido, mis hábitos y costumbres debían hacer comprender que, lejos de
degradar los monumentos públicos, yo abogaba por dialogar con ellos.
La mayor dificultad, y la que más me inquietaba, era saber qué iba a hacer yo con aquella
cúpula. No hay duda de que se podía ganar una fortuna… Además de que la amistad de la
cúpula de los Inválidos con un hombre no era sino algo muy halagador, podía llevarla a algún
país extranjero, exponerla en Londres junto a Saint-Paul… Pero si tenía intención de
seguirme, ¿cómo iba a volver yo a mi casa?… ¿Dónde la iba a poner? Naturalmente, iba a
producir considerables desperfectos por las calles por donde pasara; es verdad que podría
llevarla por los muelles y mantenerla siempre junto al río… Si me molestaba en avisar, la
gente la dejaría pasar; pero, si se empeñaba en entrar en mi casa, derribaría el inmueble en el
que vivo de alquiler. ¡Menuda indemnización me pediría el propietario! La casa no está
asegurada contra cúpulas… Y, si la llevaba a Londres o a Berlín, ¡qué desperfectos no haría
por el camino…!
-¡Santo Dios! ¡Qué raros están los Inválidos sin la cúpula! -exclamé.
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Al oír estas palabras, las personas que se encontraban cerca levantaron los ojos hacia la
iglesia y rompieron a reír. Decían: «Pero ¿qué ha sido de ella?» «¡Estoy seguro de que todo
París está preocupado!» Entonces escuché un griterío, un clamor que hacía pensar en que se
aproximaba el fin del mundo: «¡Ya está! ¡están reclamando su cúpula!» me dije.
Tenía razón, la cúpula de los Inválidos es uno de los monumentos más bellos de París; y,
desde que, por una fantasía bastante rara entre cúpulas, era de mi propiedad, la admiraba con
embeleso. Bajo los rayos del sol resplandecía como si estuviera cubierta de piedras preciosas,
su azul se destacaba claramente en el del cielo, y su linterna tan graciosa, tan
maravillosamente elegante y ligera, parecía ofrecerme detalles en los que no había reparado
hasta entonces. Es verdad que tenía algunas zonas estropeadas y que habían perdido el
dorado; pero yo no era suficientemente rico como para devolverles su esplendor imperial.
Cerca de Nemours he conocido a un agricultor que tiene la singular habilidad de fascinar a las
abejas y de hacer que le sigan sin picarle. Es su rey: les silba y acuden; les dice que se
marchen y huyen. Tal vez haya llegado yo a un completo desarrollo moral, a un poder
sobrenatural y haya adquirido el poder de atraer a las cúpulas.
Entonces, por el interés de Francia, pensé en colocar ésta en su lugar habitual y viajar por
Europa para traerme a París numerosas cúpulas célebres, las de Oriente, las de Italia, y las
más bellas torres de catedrales… ¡Qué prestigio! ¡Qué serían a mi lado los Paganini, los
Rossini, los Cuvier, los Canova o los Goethe! Tenía la fe más absoluta en mi poder, la fe de la
que habló Cristo, la voluntad sin límites que permite mover montañas, la fuerza con cuya
ayuda podemos abolir las leyes del espacio y del tiempo, cuando vi avanzar hacia mí, a la
máxima velocidad que pueden alcanzar los caballos de los servicios públicos, un cabriolé que
desembocó por la calle Saint-Dominique.
-¡Tenga cuidado con la cúpula! -grité.
El conductor no me oyó, lanzó su caballo hasta el centro de la cúpula; yo solté un enorme
grito pues la pobre cúpula, que no había podido echarse a un lado, se hizo mil pedazos, y me
salpicó totalmente. Luego, cuando pasó aquel condenado cabriolé, vi a la tozuda cúpula
volverse a colocar boca abajo, sobre la punta, con pequeñas sacudidas; las piedras se armaban
de nuevo, las bellas franjas doradas reaparecían, y yo me secaba la cara instintivamente; pues
en aquel momento, mi ser exterior regresó y me encontré cerca de los Inválidos, ante un
enorme charco de agua en el que se reflejaba la cúpula de los Inválidos.
Creo que estaba borracho… ¡Maldita fisarmónica! ¡Qué manera de atacar los nervios!…
¡Es verdad! Soy muy nervioso, horrorosamente nervioso, siempre lo fui, pero, ¿por qué
pretendéis que esté loco? La enfermedad ha aguzado mis sentidos, sin destruirlos ni
embotarlos. Tenía el oído muy fino; ninguno le igualaba; he escuchado todas las cosas del
cielo y de la tierra, y no pocas del infierno. ¿Cómo he de estar loco? ¡Atención! Ahora veréis
con qué sano juicio y con qué calma puedo referirles toda la historia.
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Me es imposible decir cómo se me ocurrió primeramente la idea; pero una vez concebida,
no pude desecharla ni de noche ni de día. No me proponía objeto alguno ni me dejaba llevar
de una pasión. Amaba al buen anciano, pues jamás me había hecho daño alguno, ni menos
insultado; no envidiaba su oro; pero tenía en sí algo desagradable. ¡Era uno de sus ojos, sí,
esto es! Se asemejaba al de un buitre y tenía el color azul pálido. Cada vez que este ojo fijaba
en mí su mirada, se me helaba la sangre en las venas; y lentamente, por grados, comenzó a
germinar en mi cerebro la idea de arrancar la vida al viejo, a fin de librarme para siempre de
aquel ojo que me molestaba.
¡He aquí el quid! Me creéis loco; pero advertid que los locos no razonan. ¡Su hubierais
visto con qué buen juicio procedí, con qué tacto y previsión y con qué disimulo puse manos a
la obra! Nunca había sido tan amable con el viejo como durante la semana que precedió al
asesinato.
Todas las noches, a eso de las doce, levantaba el picaporte de la puerta y la abría; pero,
¡qué suavemente! Y cuando quedaba bastante espacio para pasar la cabeza, introducía una
linterna sorda bien cerrada, para que no filtrase ninguna luz, y alargaba el cuello. ¡Oh! Os
hubierais reído al ver con qué cuidado procedía. Movía lentamente la cabeza, muy poco a
poco, para no perturbar el sueño del viejo, y necesitaba al menos una hora para adelantarla lo
suficiente a fin de ver al hombre echado en su cama. ¡Ah! Un loco no habría sido tan
prudente. Y cuando mi cabeza estaba dentro de la habitación, levantaba la linterna con sumo
cuidado, ¡oh, con qué cuidado, con qué cuidado!, porque la charnela rechinaba. No la abría
más de lo suficiente para que un imperceptible rayo de luz iluminase el ojo de buitre. Hice
esto durante siete largas noches, hasta las doce; pero siempre encontré el ojo cerrado y, por
consiguiente, me fue imposible consumar mi obra, porque no era el viejo lo que me
incomodaba, sino su maldito ojo. Todos los días, al amanecer, entraba atrevidamente en su
cuarto y le hablaba con la mayor serenidad, llamándole por su nombre con tono cariñoso y
preguntándole cómo había pasado la noche. Ya veis, por lo dicho, que debería ser un viejo
muy perspicaz para sospechar que todas las noches hasta las doce le examinaba durante su
sueño.
Llegada la octava noche, procedí con más precaución aún para abrir la puerta; la aguja de
un reloj se hubiera movido más rápidamente que mi mano. Mis facultades y mi sagacidad
estaban más desarrolladas que nunca, y apenas podía reprimir la emoción de mi triunfo.
¡Pensar que estaba allí, abriendo la puerta poco a poco, y que él no podía ni siquiera soñar
en mis actos! Esta idea me hizo reír; y tal vez el durmiente escuchó mi ligera carcajada, pues
se movió de pronto en su lecho como si se despertase. Tal vez creeréis que me retiré; nada de
eso; su habitación estaba negra como un pez, tan espesas eran las tinieblas, pues mi hombre
había cerrado herméticamente los postigos por temor a los ladrones; y sabiendo que no podía
ver la puerta entornada, seguí empujándola más, siempre más.
Permanecí inmóvil sin contestar; durante una hora me mantuve como petrificado, y en
todo este tiempo no le vi echarse de nuevo; seguía sentado y escuchando, como yo lo había
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hecho noches enteras.
Pero he aquí que de repente oigo una especie de queja débil, y reconozco que era debida a
un terror mortal; no era de dolor ni de pena, ¡oh, no! Era el ruido sordo y ahogado que se
eleva del fondo de un alma poseída por el espanto.
Yo conocía bien este rumor, pues muchas noches, a las doce, cuando todos dormían, lo oí
producirse en mi pecho, aumentando con su eco terrible el terror que me embargaba. Por eso
comprendía bien lo que el viejo experimentaba, y le compadecía, aunque la risa entreabriese
mis labios. No se me ocultaba que se había mantenido despierto desde el primer ruido,
cuando se revolvió en el lecho; sus temores se acrecentaron, y sin duda quiso persuadirse que
no había causa para ello; mas no pudo conseguirlo. Sin duda pensó: «Eso no será más que el
viento de la chimenea, o de un ratón que corre, o algún grillo que canta». El hombre se
esforzó para confirmarse en estas hipótesis, pero todo fue inútil; «era inútil» porque la
Muerte, que se acercaba, había pasado delante de él con su negra sombra, envolviendo en ella
a su víctima; y la influencia fúnebre de esa sombra invisible era la que le hacía sentir, aunque
no distinguiera ni viera nada, la presencia de mi cabeza en el cuarto.
Después de esperar largo tiempo con mucha paciencia sin oírle echarse de nuevo, resolví
entreabrir un poco la linterna; pero tan poco, tan poco, que casi no era nada; la abrí tan
cautelosamente, que más no podía ser, hasta que al fin un solo rayo pálido, como un hilo de
araña, saliendo de la abertura, se proyectó en el ojo de buitre.
Estaba abierto, muy abierto, y no me enfurecí apenas le miré; le vi con la mayor claridad,
todo entero, con su color azul opaco, y cubierto con una especie de velo hediondo que heló
mi sangre hasta la médula de los huesos; pero esto era lo único que veía de la cara o de la
persona del anciano, pues había dirigido el rayo de luz, como por instinto, hacia el maldito
ojo.
¿No os he dicho ya que lo que tomabais por locura no es sino un refinamiento de los
sentidos? En aquel momento, un ruido sordo, ahogado y frecuente, semejante al que produce
un reloj envuelto en algodón, hirió mis oídos; «aquel rumor», lo reconocí al punto, era el
latido del corazón del anciano, y aumentó mi cólera, así como el redoble del tambor
sobreexcita el valor del soldado.
Pero me contuve y permanecí inmóvil, sin respirar apenas, y esforzándome en iluminar el
ojo con el rayo de luz. Al mismo tiempo, el corazón latía con mayor violencia, cada vez más
precipitadamente y con más ruido.
El terror del anciano «debía» ser indecible, pues aquel latido se producía con redoblada
fuerza cada minuto. ¿Me escucháis atentos? Ya os he dicho que yo era nervioso, y lo soy en
efecto. En medio del silencio de la noche, un silencio tan imponente como el de aquella
antigua casa, aquel ruido extraño me produjo un terror indecible.
Por espacio de algunos minutos me contuve aún, permaneciendo tranquilo; pero el latido
subía de punto a cada instante; hasta que creí que el corazón iba a estallar, y de pronto me
sobrecogió una nueva angustia: ¡Algún vecino podría oír el rumor! Había llegado la última
hora del viejo: profiriendo un alarido, abrí bruscamente la linterna y me introduje en la
habitación. El buen hombre sólo dejó escapar un grito: sólo uno. En un instante le arrojé en el
suelo, reí de contento al ver mi tarea tan adelantada, aunque esta vez ya no me atormentaba,
pues no se podía oír a través de la pared.
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Al fin cesó la palpitación, porque el viejo había muerto, levanté las ropas y examiné el
cadáver: estaba rígido, completamente rígido; apoyé mi mano sobre el corazón, y la tuve
aplicada algunos minutos; no se oía ningún latido; el hombre había dejado de existir, y su ojo
desde entonces ya no me atormentaría más.
Si persistís en tomarme por loco, esa creencia se desvanecerá cuando os diga qué
precauciones adopté para ocultar el cadáver. La noche avanzaba, y comencé a trabajar
activamente, aunque en silencio: corté la cabeza, después los brazos y por último las piernas.
En seguida arranqué tres tablas del suelo de la habitación, deposité los restos mutilados en
los espacios huecos, y volví a colocar las tablas con tanta habilidad y destreza que ningún ojo
humano, ni aún el «suyo», hubiera podido descubrir nada de particular. No era necesario
lavar mancha alguna, gracias a la prudencia con que procedía. Un barreno la había absorbido
toda. ¡Ja, ja!
Terminada la operación, a eso de las cuatro de la madrugada, aún estaba tan oscuro como
a medianoche. Cuando el reloj señaló la hora, llamaron a la puerta de calle, y yo bajé con la
mayor calma para abrir, pues, ¿qué podía temer «ya»? Tres hombres entraron, anunciándose
cortésmente como oficiales de policía; un vecino había escuchado un grito durante la noche;
esto bastó para despertar sospechas, se envió un aviso a las oficinas de la policía, y los
señores oficiales se presentaban para reconocer el local.
Yo sonreí, porque nada debía temer, y recibiendo cortésmente a aquellos caballeros, les
dije que era yo quien había gritado en medio de mi sueño; añadí que el viejo estaba de viaje,
y conduje a los oficiales por toda la casa, invitándoles a buscar, a registrar perfectamente. Al
fin entré en «su» habitación y mostré sus tesoros, completamente seguros y en el mejor
orden. En el entusiasmo de mi confianza ofrecí sillas a los visitantes para que descansaran un
poco; mientras que yo, con la loca audacia de un triunfo completo, coloqué la mía en el sitio
mismo donde yacía el cadáver de la víctima.
Los oficiales quedaron satisfechos y, convencidos por mis modales —yo estaba muy
tranquilo—, se sentaron y hablaron de cosas familiares, a las que contesté alegremente; mas
al poco tiempo sentí que palidecía y ansié la marcha de aquellos hombres. Me dolía la
cabeza; me parecía que mis oídos zumbaban; pero los oficiales continuaban sentados,
hablando sin cesar. El zumbido se pronunció más, persistiendo con
mayor fuerza; me puse a charlar sin tregua para librarme de aquella sensación, pero todo fue
inútil y al fin descubrí que el rumor no se producía en mis oídos.
Sin duda palidecí entonces mucho, pero hablaba todavía con más viveza, alzando la voz,
lo cual no impedía que el sonido fuera en aumento. ¿Qué podía hacer yo? Era «un rumor
sordo, ahogado, frecuente, muy análogo al que produciría un reloj envuelto en algodón».
Respiré fatigosamente; los oficiales no oían aún. Entonces hablé más aprisa, con mayor
vehemencia; pero el ruido aumentaba sin cesar.
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seguían hablando, bromeaban y sonreían. ¿Sería posible que no oyesen? ¡Dios todopoderoso!
¡No, no! ¡Oían! ¡Sospechaban; lo «sabían» todo; se divertían con mi espanto! Lo creí y lo
creo aún. Cualquier cosa era preferible a semejante burla; no podía soportar más tiempo
aquellas hipócritas sonrisas. ¡Comprendí que era preciso gritar o morir! Y cada vez más alto,
¿lo oís? ¡Cada vez más alto, «siempre más alto»!
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su
marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un
ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva
mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba
profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda
hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta
ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio
silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de
palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas
paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los
pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su
resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por
echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer
pensar en nada hasta que llegaba su marido. No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero
ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al
fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro
lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en
seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto
callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron
retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una
palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El
médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran
debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy,
llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima,
completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la
muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio.
Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala,
también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable
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obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su
mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su
dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que
descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no
hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó
de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se
perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra. Jordán
corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror. —¡Soy yo,
Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de
estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido,
acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los
dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa,
desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta
Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte.
La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que
hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía
siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana
amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en
nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la
cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó
más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le
arreglaran el almohadón. Sus terrores
crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban
dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces
continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la
casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los
eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato
extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de
sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos
lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y
temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban. —¿Qué
hay?—murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor
Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio
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un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós:
—sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal
monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba
la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca
—su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era
casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo,
pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco
noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas
condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente
favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio
Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con
la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco
quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los
ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz
enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían
al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con
alegría bestial, como si fuera comida. Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas
enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y
corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre
estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su
banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón. El
mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la
falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres
meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y
marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados
que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor
sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio,
creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y
medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la
mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención
profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los
padres. Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la
inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente
idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
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—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo
que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?...
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la
madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco
rudo. Hágala examinar bien.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste,
y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho
meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota. Esta
vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos!
¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no
alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en
el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir
de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto
repitióse el proceso de los dos mayores. Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba
a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la
más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir,
cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo,
por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre
el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se
reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en
cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos
pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de
nuevo
ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la
fatalidad. No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en
razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí
la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención
ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de
culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia,
la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que
podrías tener más limpios a los muchachos.
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—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada: —De nuestros
—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos. Esta vez
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba
más!... —murmuró.
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus
almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así una niña. Vivieron dos
años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin
embargo, y los padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los
más extremos límites del mimo y la mala crianza. Si aún en los últimos tiempos Berta
cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo
recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini,
bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora
afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado
hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno
se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si
hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a
humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que
éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los
cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear. Con estos sentimientos, no hubo ya
para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los
acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados
frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro
años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible
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negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota,
tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de
Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . . —Bueno, es
que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito. Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No,
no te creo tanto!
¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener
un padre como el que has tenido tú!
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de
delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los
cuatro tuyos!
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al
médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón
picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló
instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido,
y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente
una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los
agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y
mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella
lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la
sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta
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degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de
su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como
respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a
otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido
y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible
visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e
hija, más irritado era su humor con los monstruos.
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto
ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que
nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas
paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la
cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero
faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole
colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó. Los cuatro idiotas, la mirada indiferente,
vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de
pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a
todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la mirada de los idiotas se
había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de
su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus
rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el
pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la
pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del
borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los
bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina,
donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo
por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija. —Me parece
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que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se
despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de
horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina
vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito
de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó
el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la
muerte, se interpuso, conteniéndola:
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y
hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
Pasa a buscar a su hijo a las nueve en punto, como cada sábado, así lo acordó con
Marina cuando se separaron. El niño se le abraza a las piernas en cuanto su madre abre la
puerta. Casi sin más palabras que un saludo, ella le da su mochila. Pedro le pide una campera.
“No creo que haga falta”, dice ella pero él insiste. No le aclara que llevará a Julián fuera de la
ciudad, a la casa del abuelo Martín, donde la temperatura siempre es unos grados menor. Para
qué, ella empezaría con sus recomendaciones: que los caballos pueden patear al niño, que el
estanque es peligroso, que no vaya a treparse a ningún árbol. Las mismas recomendaciones
que daba cuando estaban casados y que hicieron que Pedro dejara de ir. Ahora se arrepiente,
la muerte del abuelo Martín, tres meses atrás, canceló cualquier reparación posible.
Es un día de sol y la ruta está vacía. Pedro pone uno de los cedés preferidos de Julián,
pero antes de salir de la ciudad el niño ya está dormido. Siendo así, él prefiere el silencio y
dedicarse a pensar en lo que tiene que hacer. Su madre le encargó ocuparse de la venta de la
casa. A él no le cayó bien el encargo, bastante tiene con sus cosas, pero era el candidato
natural para la tarea y no pudo negarse. No solo fue siempre el preferido de su abuelo, sino
que además es arquitecto, qué mejor que un arquitecto para poner a punto una casa que se
quiere vender. En la familia todos dicen que Pedro es arquitecto por el abuelo Martín.
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Mientras sus hermanos y primos andaban a caballo o se metían en el estanque, él lo
acompañaba en las múltiples tareas que le demandaba la casa. El abuelo tenía una empresa
constructora y aunque no estudió arquitectura era como si lo hubiera hecho. Incluso mejor,
muchas tareas las realizaba con sus propias manos: levantar una pared, pintar un ambiente,
reparar los techos. Lejos de venderla y por el cariño que le tiene, si no fuera tan desastroso el
estado de sus finanzas después del divorcio, Pedro se quedaría con esa casa.
A poco de llegar, Julián ya se mueve en el lugar como si fuera su casa. “¿Me querés
ayudar?”, le dice Pedro cuando pasa junto a él con las herramientas. “No”, contesta el niño y
se sube al columpio que cuelga de un árbol. Él se ríe, le gusta que Julián haga lo que tenga
ganas. Entra a la casa, deja las herramientas junto a la pared y descuelga el retrato. Lo deja a
un costado, ya verá cómo deshacerse de él más tarde. Toma cincel y martillo y empieza a
golpear. Se pregunta si Marina, a pesar de haberlo negado, lo habrá dejado, como su abuela,
por otro. El cincel se clava con facilidad, la pared es hueca. No le sorprende, no debía
sostener nada, apenas un cuadro. Apoya el cincel y golpea otra vez, los ladrillos casi se le
desarman en la mano. Y una vez más. Hasta que el cincel se engancha y queda atrapado.
Pedro tira y la herramienta sale con un pedazo de encaje blanco, sucio, envejecido. Se queda
sin aire. El estómago le da un vuelco. Rompe la pared con los puños hasta que aparece el
vestido de su abuela y su esqueleto sostenido por la tela que impidió que se convirtiera en un
manojo de huesos. Mira por la ventana, Julián acaba de saltar del columpio y viene hacia la
casa.
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Se detiene frente a la góndola de conservas. Quiere hacer una rica salsa, la mejor que haya
hecho. Aunque sea la misma de siempre. No cocina bien, pero sabe que preparando buenos
acompañamientos cualquier plato mejora. Tres recetas alternó hasta el hartazgo en estos
veinticuatro años de matrimonio. Veinticuatro años. Salsa de champiñones para las carnes,
crema de puerros para los pescados y salsa de tomate Carina para las pastas. Se apropió de
una receta de un viejo libro de cocina y la bautizó con su propio nombre, Carina. Una mentira
piadosa. Se agrega al tomate vegetales picados en trozos muy pequeños: zanahorias, puerro,
alcaparras. Ya los había cortado esa mañana, lo estaba haciendo cuando apareció Arturo en la
cocina. Como todos los primeros sábados de cada mes, vendrían sus hijos, Marcela y Tomás,
que ya vivían solos. Luego de varios desencuentros habían llegado a ese arreglo: el almuerzo
del primer sábado del mes era sagrado. Por eso su asombro cuando Arturo le dijo que se iba.
Por muy importante que fuera lo que tenía que hacer, nada cambiaba que lo hubiera dejado
para después de comer.
Carina elige dos latas de tomate y las pone dentro del carro donde ya están el frasco de
alcaparras, dos botellas del vino tinto que le gusta a Arturo y las cajas de ravioles. Mira las
latas dentro del chango, levanta una y después de inspeccionarla la descarta porque tiene una
pequeña abolladura. La cambia por otra. Por qué escoger una lata abollada si la cobran igual
que las sanas. Recuerda una frase que solía usar Arturo: no pagar gato por liebre. Pobre
Arturo. Va hacia la línea de cajas, se para en aquella donde hay menos hombres. Los hombres
hacen mal las compras, piensa, cargan de más y cuando pasan por la caja dudan, se dan
cuenta de que no pesaron algunos alimentos, van a buscar algo que se olvidaron. Arturo
nunca hizo las compras. Ni ella le reclamó. Ella no le reclamó nada en veinticuatro años de
matrimonio. Él tampoco hasta esa mañana. Aunque lo de Arturo tampoco fue un reclamo.
Reclama quien pide un cambio, una modificación. Él apenas informó, dijo pero no pidió
nada. Ojalá hubiera pedido.
La última mujer delante de ella avanza y empieza a descargar sus compras. Carina mira la
hora. A pesar de que le llevó tiempo limpiar la cocina, va a llegar bien. Los chicos no
vendrán antes de las dos. Le dijo a Arturo: “¿Y qué les digo a los chicos?”. “Yo les voy a
explicar”, le contestó él, “después”. Sí, claro, Arturo siempre después. Pero antes ella tendría
que enfrentarlos y decirles por qué su padre había faltado al almuerzo de todos los primeros
sábados. Trató de convencerlo de que se fuera después de comer. Pero él dijo que no, que ya
tenía la valija lista. Ese no fue el punto, ni la valija lista, ni el almuerzo al que no asistiría.
Hasta ahí ella estaba aturdida, pero entera. Él agregó que lo estaban esperando. Otra mujer. Y
ese tampoco fue el punto porque siempre hay otra mujer. Pero entonces ella quiso saber qué.
No le importaba ni quién ni por qué ni cómo. Qué. “¿Cómo qué?”, preguntó él. Carina le
explicó: “¿Qué cosa de mí te hizo buscar otra mujer, alejarte?”. Él habló de generalidades, el
tiempo que pasa, el amor que se desvanece, la cotidianeidad que arrasa con lo que se ponga
delante. Sin embargo ella insistió, qué. No lo dejaría ir sin que él diera un motivo concreto. Y
por fin él dijo, para que lo dejara ir. “Tu olor, olés mal”. Ella sintió un hachazo en el cuerpo.
“Huele mal tu aliento, tu piel, tu pelo”. Esa confesión fue la que cortó el hilo que sostiene a
las personas para que no pasen del deseo al acto. Así como ella sintió un hachazo en el
cuerpo, tuvo el deseo de que un hachazo lo atravesara a él. Y aún empuñaba la cuchilla con la
que acababa de cortar los vegetales.
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Paga la cuenta, mete las bolsas en el chango y va al estacionamiento. No puede recordar
dónde dejó su auto. Recorre la playa en un sentido y en otro. Un vigilador se le acerca: “¿La
ayudo?, no se inquiete le pasa a mucha gente”. Pero ella claro que está inquieta, porque tiene
que ir a su casa, terminar la salsa, decirle a sus hijos que su padre no almorzará con ellos. No
quiere que ese hombre la acompañe. Él le pide las llaves, casi se las saca de las manos.
Apunta a un lado y al otro hasta que por fin oyen el sonido de una alarma que se desactiva y
ven luces titilando a unos metros de ellos. Carina da las gracias y se dispone a irse pero el
hombre no deja que empuje el carro. Mientras avanzan, ella puede ver el hilo de sangre que
chorrea del baúl. La sangre de Arturo. Mira al vigilador que todavía no parece haberse dado
cuenta. “La ayudo a cargar”. Carina sabe que es en vano negarse. “En el baúl no, cargue todo
en el asiento de atrás”, dice ella y se para sobre una pequeña mancha en el piso, ahí donde
caen las gotas de sangre. El hombre baja la mirada: “¿Qué hizo señora?”. Ella está a punto de
confesar, o de empujar el carro sobre él y salir corriendo, o de clavarle la cuchilla con la que
mató a Arturo y lleva en la cartera. Pero entonces el hombre se sonríe y agrega: “Se ve que
estaba muy distraída esta mañana”, mientras señala los pies de Carina. Recién entonces ella
nota que lleva puesto un zapato marrón y otro negro.
Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el
castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel
recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y
bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de
turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad
por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó
con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos
dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.
-Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.
Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad.
Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un
fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor
refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no
tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su
aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión
completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer
que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas,
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hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos
dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.
-El más grande -sentenció- fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido
aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos
habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó
cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho
donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que
lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el
espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en
su purgatorio de amor.
El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el
corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras
suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro
después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos.
Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio
moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de
flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en
el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de
diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación
intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el
sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante
sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra,
el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un
marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de
sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes
que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.
Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en
su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de
las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la
Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la
plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo
que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas
antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa
oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los
gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les
ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y
nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.
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Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la
planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían
nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes
del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de
gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y
continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la
ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. “Qué tontería
-me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos”. Sólo entonces me
estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último
leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos
antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos
habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las
cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.
Durante dos meses se asomó a la muerte. El médico refunfuñaba que la enfermedad de Pedro
era nueva, que no había modo de tratarse y que él no sabía qué hacer… Por suerte el enfermo,
solito, se fue curando. No había perdido su buen humor, su oronda calma provinciana.
Demasiado flaco y eso era todo. Pero al levantarse después de varias semanas de
convalecencia se sintió sin peso.
-Oye -dijo a su mujer- me siento bien pero ¡no sé!, el cuerpo me parece… ausente. Estoy
como si mis envolturas fueran a desprenderse dejándome el alma desnuda
-Languideces -le respondió su mujer.
-Tal vez.
Siguió recobrándose. Ya paseaba por el caserón, atendía el hambre de las gallinas y de los
cerdos, dio una mano de pintura verde a la pajarera bulliciosa y aun se animó a hachar la leña
y llevarla en carretilla hasta el galpón.
Según pasaban los días las carnes de Pedro perdían densidad. Algo muy raro le iba minando,
socavando, vaciando el cuerpo. Se sentía con una ingravidez portentosa. Era la ingravidez de
la chispa, de la burbuja y del globo. Le costaba muy poco saltar limpiamente la verja, trepar
las escaleras de cinco en cinco, coger de un brinco la manzana alta.
-Te has mejorado tanto -observaba su mujer- que pareces un chiquillo acróbata.
Una mañana Pedro se asustó. Hasta entonces su agilidad le había preocupado, pero todo
ocurría como Dios manda. Era extraordinario que, sin proponérselo, convirtiera la marcha de
los humanos en una triunfal carrera en volandas sobre la quinta. Era extraordinario pero no
milagroso. Lo milagroso apareció esa mañana.
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Muy temprano fue al potrero. Caminaba con pasos contenidos porque ya sabía que en cuanto
taconeara iría dando botes por el corral. Arremangó la camisa, acomodó un tronco, tomó el
hacha y asestó el primer golpe. Entonces, rechazado por el impulso de su propio hachazo,
Pedro levantó vuelo.
Prendido todavía del hacha, quedó un instante en suspensión levitando allá, a la altura de los
techos; y luego bajó lentamente, bajó como un tenue vilano de cardo.
Acudió su mujer cuando Pedro ya había descendido y, con una palidez de muerte, temblaba
agarrado a un rollizo tronco.
-¡Hebe! ¡Casi me caigo al cielo!
-Tonterías. No puedes caerte al cielo. Nadie se cae al cielo. ¿Qué te ha pasado?
Pedro explicó la cosa a su mujer y ésta, sin asombro, le convino:
-Te sucede por hacerte el acróbata. Ya te lo he prevenido. El día menos pensado te desnucarás
en una de tus piruetas.
-¡No, no! -insistió Pedro-. Ahora es diferente. Me resbalé. El cielo es un precipicio, Hebe.
Pedro soltó el tronco que lo anclaba pero se asió fuertemente a su mujer. Así abrazados
volvieron a la casa.
-¡Hombre! -le dijo Hebe, que sentía el cuerpo de su marido pegado al suyo como el de un
animal extrañamente joven y salvaje, con ansias de huir-. ¡Hombre, déjate de hacer fuerza,
que me arrastras! Das unas zancadas como si quisieras echarte a volar.
-¿Has visto, has visto? Algo horrible me está amenazando, Hebe. Un esguince, y ya comienza
la ascensión.
Esa tarde, Pedro, que estaba apoltronado en el patio leyendo las historietas del periódico, se
rió convulsivamente, y con la propulsión de ese motor alegre fue elevándose como un ludión,
como un buzo que se quita las suelas. La risa se trocó en terror y Hebe acudió otra vez a las
voces de su marido. Alcanzó a agarrarle los pantalones y lo atrajo a la tierra. Ya no había
duda. Hebe le llenó los bolsillos con grandes tuercas, caños de plomo y piedras; y estos pesos
por el momento dieron a su cuerpo la solidez necesaria para tranquear por la galería y
empinarse por la escalera de su cuarto. Lo difícil fue desvestirlo. Cuando Hebe le quitó los
hierros y el plomo, Pedro, fluctuante sobre las sábanas, se entrelazó con los barrotes de la
cama y le advirtió:
-¡Cuidado, Hebe! Vamos a hacerlo despacio porque no quiero dormir en el techo.
-Mañana mismo llamaremos al médico.
-Si consigo estarme quieto no me ocurrirá nada. Solamente cuando me agito me hago
aeronauta.
Con mil precauciones pudo acostarse y se sintió seguro.
-¿Tienes ganas de subir?
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-No. Estoy bien.
Se dieron las buenas noches y Hebe apagó la luz.
Al otro día cuando Hebe despegó los ojos vio a Pedro durmiendo como un bendito, con la
cara pegada al techo.
Parecía un globo escapado de las manos de un niño.
-¡Pedro, Pedro! -gritó aterrorizada.
Al fin Pedro despertó, dolorido por el estrujón de varias horas contra el cielo raso. ¡Qué
espanto! Trató de saltar al revés, de caer para arriba, de subir para abajo. Pero el techo lo
succionaba como succionaba el suelo a Hebe.
-Tendrás que atarme de una pierna y amarrarme al ropero hasta que llames al doctor y vea
qué pasa.
Hebe buscó una cuerda y una escalera, ató un pie a su marido y se puso a tirar con todo el
ánimo. El cuerpo adosado al techo se removió como un lento dirigible.
Aterrizaba.
En eso se coló por la puerta un correntón de aire que ladeó la leve corporeidad de Pedro y,
como a una pluma, la sopló por la ventana abierta. Ocurrió en un segundo. Hebe lanzó un
grito y la cuerda se le desvaneció, subía por el aire inocente de la mañana, subía en suave
contoneo como un globo de color fugitivo en un día de fiesta, perdido para siempre, en viaje
al infinito. Se hizo un punto y luego nada.
Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y a
consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar
su casa para ir a vivir al monte. Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían
primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado
particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero, de todos modos, el bosque estaba allí,
con su libertad como fuente de dicha y sus peligros como encanto.
Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los buscaban. Estaban
bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores
—iniciados también en Julio Verne— sabían andar aún en dos pies y recordaban el habla.
La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a haber tenido como
teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites
imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot.
Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo
de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su temperamento, pues antes bien
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Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de su excelente
salud. En consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos a quién
sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. Pero así como el soltero que fue siempre
juicioso cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche
de orgía en componía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida aceitada
con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un
obraje, con sus famosos stromboot.
Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los yacarés de la orilla
calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su
calzado, evitándole arañazos y sucios contactos.
De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que contener el desenfado
de su ahijado.
—Al monte; quiero recorrerlo un poco —repuso Benincasa, que acababa de colgarse el
winchester al hombro.
—¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres... O mejor deja esa
arma y mañana te haré acompañar por un peón.
Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó
vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las manos en los bolsillos y miró
detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de
observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado.
Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y aunque
su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían
poco a poco.
Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento
que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso.
Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son
pequeñas, negras, brillantes y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son
esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas,
grillos, alacranes, sapos, víboras y a cuanto ser no puede resistirles. No hay animal, por
grande y fuerte que sea, que no haya de ellas. Su entrada en una casa supone la
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exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde
no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen y es forzoso
abandonarles la casa, a trueque de ser roídos en diez horas hasta el esqueleto. Permanecen en
un
lugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez
devorado todo, se van.
No resisten, sin embargo, a la creolina o droga similar; y como en el obraje abunda aquélla,
antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección.
Benincasa se observaba muy de cerca, en los pies, la placa lívida de una mordedura.
—¡Pican muy fuerte, realmente! —dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia su padrino.
Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por
comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que el fusil. Cierto es que
su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar
las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas; todo en uno.
—Esto es miel —se dijo el contador público con íntima gula—. Deben de ser bolsitas de
cera, llenas de miel...
Pero entre él —Benincasa— y las bolsitas estaban las abejas. Después de un momento de
descanso, pensó en el fuego; levantaría una buena humareda. La suerte quiso que mientras el
ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su
mano, sin picarlo. Benincasa cogió una en seguida, y oprimiéndole el abdomen, constató que
no tenía aguijón. Su saliva, ya liviana, se clarifico en melífica abundancia. ¡Maravillosos y
buenos animalitos!
En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho para
escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete
contenían polen. Pero las restantes estaban llenas de miel,
una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía
distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo. Acaso a resina de frutales o de
eucaliptus. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Más qué perfume,
en cambio!
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Benincasa, una vez bien seguro de que cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era
sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca. Pero como la miel era espesa,
tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca
inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua
del contador. Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa.
Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos
exhaustos; tuvo que resignarse.
Entre tanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de
miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular.
Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el
vaivén del paisaje.
Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco.
Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente
hinchadas. Y los pies y las manes le hormigueaban.
—¡Es muy raro, muy raro, muy raro! —se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar,
sin embargo, el motivo de esa rareza. Como si tuviera hormigas... La corrección —concluyó.
—¡Voy a morir ahora!... ¡De aquí a un rato voy a morir!... no puedo mover la mano!...
En su pánico constató, sin embargo, que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y
pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma.
—¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar!...
Pero una visible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus
facultades, a lo por que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se
volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la
corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad de que eso
negro que invadía el suelo... Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de
pronto lanzó un grito, un verdadero alarido, en que la voz del hombre recobra la tonalidad
del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor
de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió, por bajo del
calzoncillo, el río de hormigas carnívoras que subían.
Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el esqueleto
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cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de
cera, lo iluminaron suficientemente.
No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se
la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el saber de la miel denuncia
en la mayoría de los casos su condición; tal el dejo a resina de eucaliptus que creyó sentir
Benincasa.
La verdad es que por Achával nadie daba dos mangos. Y si terminó atajando para nosotros en
el desafío Final que armamos contra 5to. 1ra. en marzo del 86 fue porque se sumó una cantidad
descomunal de casualidades, de situaciones y de contingencias que si no se hubiese dado,
habría hecho imposible que Achával terminase donde terminó, es decir, defendiendo nuestro
honor debajo de los tres palos.
Cuando lo conocí, en 1ro. 2da., pensé: “Este tipo tiene cara de otario”. Pero me dije que no
tenía que ser tan mal bicho como para juzgar a alguien simplemente por la cara, de modo que
me obligué a darle una oportunidad. Jugamos contra 1ro. 1ra. por primera vez en mayo de 1981.
Apenas nos conocíamos, y Cachito —que iba a terminar atajando durante toda la
secundaria— todavía se daba aires de mediocampista y se negaba a ir al arco. Por eso no
tuvimos mejor idea que decirle a Achával. Error de pibes, claro. Porque cuando hacíamos
gimnasia el tipo ya nos había demostrado que era un paquete que no servía ni para una carrera
de embolsados. Pero en el apurón de juntar los once para el desafío, y ante la evidencia cruel,
el viernes a la tarde, de que éramos diez y de que el resto de la división eran mujeres y
ninguno de los diez quería ir al arco, Perico lo encaró y le dijo que teníamos un partido el
sábado y que si quería podía jugar de arquero. El otro aceptó encantado, y yo pensé:
“Bárbaro, un problema menos”.
El asunto fue en la mañana del sábado. Cuando lo vi llegar se me bajaron los colores. Se
había puesto una chomba blanca, un short con bolsillos, unas medias de toalla hasta la mitad
de la pantorrilla y zapatillas blancas. Me quise morir. Un tipo que te viene a jugar al fútbol
vestido de tenista es un augurio de catástrofe. Mientras nos calzábamos los botines detrás del
arco el fulano se mandó para la cancha. Se paró bajo el arco y lo miró con curiosidad, como
si fuese la primera vez en su vida que veía un artefacto como ese. Los chicos que estaban
peloteando cerca le tiraron un pase. Esperó con las manos a la espalda, como un alumno
aplicado. Que un tipo te venga a jugar en chomba blanca es delicado. Pero que espere el
balón con las manos cándidamente cruzadas a la espalda se parece a una tragedia. Supongo
que mi cara dejaba traslucir el espanto, porque Agustín me codeó y trate de tranquilizarme:
“Andá a saber, capaz que al arco el tipo es una fiera”. Pero ni él se lo creía. No hace falta que
diga que cuando la pelota le llegó hasta los pies la devolvió sin intentar siquiera el más
modesto de los jueguitos. Y le pegó de puntín, sin flexionar la rodilla. “Dios santo”, pensé.
Pero era tarde.
Cuando empezó el partido salimos todos como salvajes contra el arco de ellos. Pavadas que
uno hace a los trece años, qué se le va a hacer. Nos esperaron, nos aguantaron, y a los diez
minutos nos tiraron un contraataque que parecía el desembarco en Normandía. Cuando los vi
disparando hacia nuestro arco, con pelota dominada, cuatro tipos contra Pipino, que era el
único juicioso que se había parado de último, dije: “Sonamos”. Pero guarda, que ellos
también tenían trece, y cada uno estaba dispuesto a hacer el gol de su vida. De manera que el
petisito Urruti, que jugaba de siete, en lugar de tocar al medio, lo pasó a Pipino por afuera y
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se jugó la personal. La pelota se le fue larga, pero Achával seguía clavado a la línea como si
fuera un arquero de metegol. La verdad es que viéndolo así, alto, tieso, con las piernas juntas,
lo único que le faltaba era la varilla de acero a la altura de los hombros. Cuando el petisito le
pateó tuve un atisbo de esperanza. La pelota salió flojita, a media altura. Fácil para cualquier
tipo que tuviera la mínima idea de cómo se juega a este deporte. Pero se ve que Achával no
era el caso. Porque en lugar de abrir sencillamente los brazos y embolsar la pelota se tiró
hacia adelante, como para cortarle el paso al balón en el camino. Pobre, supongo que habría
visto alguna vez un partido por la tele y pretendía que lo tomásemos en serio. Lo doloroso fue
que calculó tan horriblemente mal la trayectoria que la pelota, en lugar de terminar en sus
brazos, le pegó en el hombro izquierdo, se elevó apenas y entró en el arco a los saltitos. En lo
personal hubiera deseado insultarlo en cuatro idiomas y dieciséis dialectos, pero como no
había nadie dispuesto a tomar su puesto en la valla me mordí los labios y volvimos a sacar del
medio.
El segundo gol fue, sin dudas, más pavo que el primero. Un tiro libre más o menos desde
Alaska. Pipino la dejó pasar al grito de “Tuya, arquero”, porque el delantero más cercano
estaba fácil a diez metros de la pelota. Pero Achával no estaba listo para semejante momento.
No atinó a agachar su metro ochenta y cuatro para tomar la pelota con las manos. Intentó un
despeje con la pierna derecha. Y pasó lo que tenía que pasar cuando el tipo que intenta
pegarle de derecha te viene a jugar un desafío con medias tres cuartos de toalla blancas y
zapatillas de tenis: le pifió, la pelota le pegó en la pierna izquierda y siguió el camino de la
gloria. Riganti —el que había pateado— tuvo al menos la honestidad de no gritarlo. Yo ya
tenía tal calentura que para no insultar a Achával estaba masticando mis propios dientes como
chicles.
Cuando los de 1ro. 1ra. vieron el paquete que teníamos al arco decidieron aprovechar el
festival hasta las últimas consecuencias. Pateaban desde cualquier lado, y si nos comimos
solamente siete fue porque Agustín y Chirola terminaron jugando pegados uno a cada palo y
sacando pelota tras pelota de la propia línea. El tercero y el cuarto fueron casi normales. En el
quinto había pateado Zamora. La pelota fue al pecho de Achával, quien, dispuesto a
complicar todo lo complicable, dejó que el balón le rebotase y le quedara servida a
Florentino. En el sexto gol Achával quiso experimentar en su propia piel qué sentía un
arquero al despejar un centro con los puños. Fue casi un milagro: logró que sus puños se
encontraran con la pelota en el aire. Lástima que el puñetazo lo dio sobre propio arco, y tan
bien colocado que lo sobró a Chirola, que estaba cuidándole el primer palo.
Perder 7 a 3 en nuestro primer desafío fue traumático para nuestros tiernos corazones
adolescentes. Pero por lo menos sacamos dos conclusiones importantes: Cachito renunció a
sus aspiraciones de ocho gambeteador y se resignó a vivir el resto de la secundaria bajo los
tres palos. Y a Achával no volvimos a llamarlo en la perra vida para jugar los desafíos.
Quedamos con diez, pero gracias a Dios lo solucionamos rápido. En junio nos cayó Dicroza
directamente de los cielos. Le habían dado el pase del ENET para no echarlo. Creo que no
hubo un solo año en el que el tipo terminase con menos de veinte amonestaciones. Pero su
espíritu belicoso, que según el rector García lo convertía en un individuo ‘totalmente
indisciplinado”, bien orientado por el plantel, bien contenido, bien guiado hacia las
pantorrillas de los contrarios, era algo así como una espada de justicia que disuadía a los
rivales de peligrosas osadías.
De manera que el debut y despedida de Achával se había producido en mayo de 1981. Y así
hubiesen quedado las cosas de no ser porque el pelotudo de Pipino tiene más boca que
cerebro. Nos recibimos en diciembre del 85, con una estadística preciosa. Verdaderamente
una pinturita. Treinta y dos ganados, seis empatados, dieciocho perdidos. Por supuesto que
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ésa era la estadística general, de primero a quinto. Pero los parciales también nos fueron
favorables. Empezamos quinto año sabiendo que 5to. 1ra. no podía alcanzar a nuestro 5to. 2da.,
salvo que jugásemos doce mil partidos en el año. Igual mantuvimos la distancia. Jugamos
ocho, ganamos cuatro y empatamos uno. ¿Qué más podíamos pedirle a la vida? Nada,
absolutamente nada. Cuando nos dieron los diplomas colgamos una banderita en el salón de
actos. Me dijeron que García, el rector, preguntó que eran esos números, “32-6-18”, en tinta
roja, imitando sangre. Pero ninguno de los del palco sabía una pepa del asunto. Los que sí
sabían eran, lógicamente, los de 5to. 1ra., que sufrieron como viudas toda la ceremonia y que
intentaron vanamente quemarnos la insignia una vez iniciada la desconcentración, cuando los
invitados se encaminaron hacia el gimnasio para el brindis.
De manera que listo, la vida ya estaba completa. Pero no: va el imbécil de Pipino y se
encuentra en Villa Gesell con Riganti y con Zamora, dos de nuestros archienemigos, y los
otros lo hacen calentar con que somos una manga de fríos y que por qué no jugamos un
Desafío Final a la vuelta de las vacaciones, para “terminar de definir quién era quién en la
promoción 85”. Y el inocente, el idiota, el boludo de Pipino, en la calentura del momento les
dice que sí, que no hay problema. ¿Puede alguien ser tan inútil? Bueno, sí, Pipino puede.
Cuando en febrero empezamos a contactarnos con la idea de seguir jugando juntos, Pipino se
vino con la novedad del desafío que había pactado. Chirola se lo hizo repetir varias veces,
para asegurarse de haber escuchado correctamente. Después tuvimos que agarrarlo entre
cuatro porque lo quería moler a golpes, pero la cosa no pasó a mayores. Agustín y Matute
dijeron que ellos no iban a agarrar viaje, ni a arriesgar un prestigio bien ganado a lo largo de
todo un lustro, porque cualquier estúpido se fuera de boca hablando con el enemigo.
Pero códigos son códigos, qué se le va a hacer. De manera que cuando se nos pasó la bronca
del momento nos dimos cuenta de que no había escapatoria. Agustín insistió todavía con
alguna protesta. Nos dijo que pensáramos en el bochorno y en el lugar en el que nos íbamos a
tener que meter la bandera si nos ganaban justo ese partido. Nos llamó la atención sobre que
el último año del colegio había venido bastante parejo, que nos habían ganado tres de ocho, y
que el riesgo de que nos acostaran era grande. Que se hiciera cargo el imbécil de Pipino, a fin
de cuentas. Tenía razón. Seguro que tenía razón. Pero ahí habló Pipí Dicroza, nuestro zaguero
sanguinario, y dijo que si vos tenés un perro y tu perro muerde a una vieja que pasa por la
vereda, al veterinario lo tenés que garpar vos, porque no podes hacerte el otario si el perro es
tuyo. Y después lo miró a Pipino, como para que no nos quedaran dudas de la alegoría. Ahí
no quedó margen para seguir discutiendo. Había que jugarlo. Jugarlo y punto.
Pero nuestras dificultades recién empezaban. Cuando nos juntamos el sábado siguiente a
patear en el colegio, faltaban Rubén, Cachito y Beto. Los esperamos un buen rato, y al final lo
encaramos a Pipino, que para expiar parte de su pecado había quedado encargado de convocar
a los que faltaban. Con un hilo de voz, muy pálido, nos dijo simplemente que eran “clase 67”.
Algunos no entendieron, pero a mí se me heló la sangre. Recorrí las caras que tenía alrededor.
Todos eran del ’68, menos Dicroza, que se había salvado por número bajo. Así que teníamos
a tres jugadores haciendo la colimba. Maravilloso, definitivamente maravilloso.
Agustín trató de mantenerse sereno, preguntándole a Pipino si sabía dónde estaban
destinados. Ahí Pipino se aflojó un poco. Evidentemente tenía alguna buena noticia al
respecto. Con una sonrisa, nos dijo que Beto y Rubén la estaban haciendo en el distrito San
Martín, porque el tío los había acomodado y salían cuando querían. A mí me preocupó un
poco que después se quedara callado, porque de Cachito no había dicho nada. Agustín lo
interrogó al respecto, sin perder la calma. El otro respondió en un murmullo, tan bajito que
tuvimos que pedirle que lo repitiera. “Río Gallegos”, suspiró. Eso fue todo. Nos sepultó la
sombra del silencio. Jugarles un Desafío Final y darles a esos turros la posibilidad de puentear
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la estadística y abrazar la gloria era un desatino. Pero jugarles sin Cachito al arco era como
ponernos un revólver en la sien nosotros mismos. Yo me quise morir. Chirola, en cambio,
aprovechó la distracción del resto para ponerle una buena mano a Pipino como un modo de
sacudirse la angustia. Pero hasta él sabía que de ese modo tampoco arreglaba nada.
De manera que terminamos por tirarnos bajo los árboles a rumiar las peripecias de nuestro
plantel, hasta que alguien tuvo la hombría de sumar dos más dos, pensar en voz alta y decir
que íbamos a tener que llamarlo a Achával, porque era el único varón disponible. El Tano
preguntó si no era preferible jugar con diez, pero Agustín, que es un estudioso, nos dijo que
no valía la pena, porque la cancha medía como ciento cinco metros por setenta y pico, y que
en semejante pampa un jugador menos se notaba demasiado. “Un jugador ya sé, pero
Achával…”, el Tano sacudía la cabeza sin convicción.
Nos pasamos cuarenta y cinco minutos discutiendo en qué puesto ponerlo. Finalmente
consideramos que el sitio menos peligroso era ubicarlo delante de la línea de cuatro, como
para tapar un poco el aire a la salida del círculo central. A lo mejor era capaz de obedecer un
par de órdenes concretas, al estilo de “No te le despegues al cinco” o “Pegale al diez bien
lejos del área”. A lo mejor algo había aprendido en esos años.
Lo que no fuimos capaces de calcular era que el punto ese se viniera con exigencias al
momento de la convocatoria. Cuando lo llamó Agustín le dijo que sí, que se prendía
encantado, pero al arco. Agustín no estaba listo para eso. Y cuando insistió, el otro volvió a
retrucarle que no tenía problema en asistir, pero que jugaba sí o sí al arco, que era “su puesto
natural”. Cuando Agustín nos contó me acuerdo que Pipí Dicroza se agarraba el pelo con las
dos manos y se reía como loco, pero de los nervios. “¿Cómo que el puesto natural? ¿Se le
fundieron los tapones al boludo ese?” Yo pensé que tal vez era una venganza, una cosa así. Al
tipo nunca lo habíamos convocado en toda la secundaria, y ahora nos tenía en el puño. Se iba
a dejar hacer los goles como un modo de castigarnos. Así que me fui hasta la casa a
encararlo.
Pero cuando me abrió la puerta me desbarató las intenciones. Salió a darme un abrazo con
cara de Virgen María. Estaba chocho. No me dejó ni empezar a hablar, y de movida me
informó que se había ido esa misma mañana a comprar guantes y medias de fútbol. Que
durante la semana estaba trabajando en Cañuelas en el campito de unos tíos, pero que me
quedara tranquilo porque ya había pedido permiso, y el sábado iba a salir de madrugada para
llegar cómodo a su casa, descansar un rato y venirse después de comer para el partido. Y
cuando me invitó a pasar y tomar unos mates a mí se me había atravesado como una angustia
terrible, de pensar cómo carajo le decía a este tipo que lo íbamos a poner de tapón en el
mediocampo para que no estorbara. Mientras la pava silbaba me dediqué a mirarlo. Estaba
igual que a los trece. Altísimo. Flaquísimo. Con las patitas enclenques y un poco chuecas. La
espalda angosta y los brazos largos. Capaz que para el béisbol prometía, qué sé yo. Pero lo
que era para ponerlo al arco en el Desafío Final contra 5to. 1ra, ni mamados. No había modo.
Pero ahí se volvió a mirarme con una sonrisa de angelito y me dijo: “Ya sé que cuando jugué
con ustedes en primer año los hice perder, pero quédate tranquilo. Esperé demasiado tiempo
una oportunidad como ésta, y no los voy a hacer quedar mal”.
Si me faltaba algo para terminar de sentirme el tipo más hijo de mil puta sobre el planeta
Tierra era eso. Al mono ese lo habíamos colgado hacía cinco años. Nunca jamás lo habíamos
llamado para jugar, por perro. Y en lugar de estar tramando una venganza de Padre y Señor
Nuestro, el tipo lo único que pretendía era no defraudar a sus compañeros de 5to. 2da. con un
nuevo fracaso.
¿Qué iba a hacer? Me paré, le di un abrazo y le dije que estuviese tranquilo, que sabíamos
que no nos iba a fallar. Cuando me acompañaba hasta el portoncito del frente le pregunté,
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como al pasar, si en estos años había estado jugando en algún lado. Me dijo, con el mismo
rostro de beatitud infinita, que no, que en realidad su último partido de fútbol había sido ése,
porque el médico le había recomendado que se dedicara a correr y él le había hecho caso.
Cuando me tomé el colectivo para casa pensé que estábamos perdidos íbamos a jugar un
partido inútil contra nuestros rivales de sangre. Sin necesidad, simplemente porque el Pipino
era un imbécil bravucón. Íbamos a jugarlo sin Cachito al arco, porque estaba haciendo la
colimba en Río Gallegos, íbamos a poner al arco a un fulano que no la veía ni cuadrada y que
durante los últimos cinco años se había dedicado a maratonista. Y yo era el estúpido que tenía
que decírselo a los muchachos.
Cuando nos encontramos para entrenarnos el jueves a la tarde, hice lo único que correspondía
hacer en semejante situación. Les mentí como un cochino. Les dije que estábamos totalmente
a cubierto, que Achával era una fiera bajo los tres palos, que el tipo se la había jugado de
callado todos estos años pero que había llegado hasta la quinta división de Ferro y que estaba
esperando club. Paro acá porque me da vergüenza escribir todas las mentiras que dije en ese
momento. Para peor las dije tan bonitas, o los muchachos estaban tan necesitados de escuchar
buenas noticias, que se abrazaban, saltaban, cantaban canutos de cancha. Estaban chochos.
Alguno hasta comentó como un buen augurio el hecho de que Cachito estuviera haciendo la
colimba en el culo del mundo. Yo los dejé. ¿Para qué les iba a amargar la vida? Si bastante se
la iban a amargar el sábado a la tarde.
El día señalado estuvimos temprano, después de comer. Pasé lista a las dos y media y estaban
todos excepto nuestra nueva estrella. Con los de 5to. 1ra. nos saludamos de lejos. Parece
mentira, cinco años en el mismo colegio y había tipos de los que nos sabíamos sólo los
apellidos. Pero, qué se le va a hacer, cosas de la guerra.
Cuando llegó Achával, cerca de las tres, hubo un momento de cierta tensión. Los muchachos
se pusieron de pie y le estrecharon la mano. Supongo que cuando lo vieron, con la misma
pinta de poste de alumbrado de toda la vida, sospecharon que el asunto de la quinta división
de Ferro era un invento. Igual fueron cordiales. El que estaba raro era Achával. Les sonrió a
todos, es cierto. Pero estaba muy pálido, y nos miraba atento y a la vez distante, como si nos
viese a través de un vidrio. “El tipo debe estar más nervioso que nosotros”, pensé. De reojo,
vi que los de 5to. 1ra. lo habían localizado, y los más memoriosos debían estar recordándoles a
los otros las virtudes arquerísticas de nuestro crack recién recuperado. Tuve un momento de
zozobra cuando Achával se sacó la campera y los pantalones largos de gimnasia. Pero cuando
lo vi me volvió el alma al cuerpo. Buzo verde y amplio, medio gastado. Pantaloncito corto
pero sin bolsillos. Medias de fútbol. Zapatillas bien caminadas. “Arrancamos mejor que la vez
pasada”, festejé para mis adentros.
Cuando empezó el partido se notó que los tipos esos de 5to. 1ra. estaban dispuestos a lavar sus
desdichas de cinco años en noventa minutos. Se lanzaron a correr como galgos hambrientos.
Ponían pierna fuerte hasta en los saques de arco. Se gritaban unos a otros para mantenerse
alertas y no mandarse chambonadas.
Y nosotros… ¡ay, nosotros! Parece mentira cómo diez tipos que se han pasado la vida
jugando juntos, que se saben todas las mañas y todos los gestos, que tocan de memoria
porque se conocen hasta las pestañas, pueden convertirse en semejante manga de pelotudos
en un momento como ése. Fueron los nervios. Por más que tratásemos de no pensar, la idea
se te imponía, me cacho. Les ganaste treinta y dos veces, pero si te ganan ésta, sonaste. Y no
importa que Pipino sea un enfermo. Es de los tuyos y arregló el desafío. Así que si perdés,
fuiste para toda la cosecha. Como cuando estás en el picado y algún iluminado de tu equipo,
que va ganando por diecisiete goles, no tiene mejor idea que decir, para animar el asunto, la
maldita frase “El que hace el gol gana”. ¿Pue-den existir semejantes otarios? Existen. Juro
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que existen. Bueno, el Pipino había sido una especie de monumento al idiota de esa categoría.
Y yo no me lo podía sacar de la cabeza, y supongo que los demás tampoco. Porque si no, no
se explica que hayamos arrancado jugando tan, pero tan, pero tan como los mil demonios. No
dábamos dos pases seguidos. Hasta los laterales los sacábamos a dividir, y perdíamos todos
los rebotes. Dicroza, sin ir más lejos, estaba hecho una señorita dulce y temerosa, una
bailarina clásica, mal rayo lo parta.
A los cinco minutos del primer tiempo yo ya estaba mirando el reloj. A los siete, ellos se
acercaron por primera vez seriamente al área. Se armó un entrevero apenitas afuera de la
medialuna. Zamora la calzó con derecha, de sobrepique, y la bola salió como si le hubiese
dado con una bazuca.
Yo recé. La pelota pegó en el travesaño y picó apenas afuera. Achával, que algo hubiera
debido tener que ver en el asunto, la miraba como si se tratase de un objeto extraño y hostil,
difícil de catalogar, que atravesaba el aire a su alrededor. Despejó Chirola con lo último de lo
último. Cuando iba a venir el corner me acordé del despeje con los puños que Achával había
perpetrado en 1981 y sentí profundos deseos de llorar. No sabía si cavar una trinchera, llamar
a la policía o retirar al equipo. Daba lo mismo. Ellos lanzaron un centro precioso, al primer
palo, para que la peinara Reinoso y la mandara para alguno de los altos en el segundo. Para
cualquier arquero era un balón complicado. Para Achával era imposible. Cerré los ojos.
Cuando los abrí, el área se estaba vaciando de gente. Chirola pedía por derecha y Agustín por
izquierda. Ellos volvían de espaldas a su propio arco. Y ahí, en el borde del área chica, con la
pelota bajo un brazo, las piernas apenas abiertas, el chicle en la boca, la mirada altiva, estaba
Juan Carlos Achával. El amor de Dios es infinito, pensé. Nacimos de nuevo.
Lástima que el asunto recién empezaba. Supongo que todas las chambonadas que no
cometimos en cinco años de secundario estábamos decididos a llevarlas a la práctica en esa
tarde miserable. A los veinte les dejamos libre el camino para el contraataque y quedó Pantani
cara a cara con Achával. Encima ese Pantani es más frío que una merluza. En lugar de patear
al voleo lo midió, le amagó y se tiró a pasarlo por la derecha. Lo escribo y todavía no me lo
creo. Achával, con su metro ochenta y pico a cuestas, estuvo en el piso en una fracción de
segundo, hecho un ovillo en torno de la pelota. Ahí los nuestros sí que le gritaron. Y el tipo,
cuando se levantó, estaba radiante. Era como si cada cosa que le salía derecha le fortaleciera
las tripas, porque de a poco se soltaba en los movimientos y le volvían los colores a la cara.
Cuando a los treinta minutos se colgó del aire y sacó al córner, con mano cambiada, un tiro
libre de González, yo ya casi no me extrañé. Era como si simplemente lo hubiese estado
esperando. Como cuando tenés fe ciega en tu arquero. Como en los mejores días de Cachito.
Y al terminar el primer tiempo, cuando le tapó otro mano a mano al nueve de ellos, yo
mismo, que soy más callado que una planta, me encontré felicitándolo a los alaridos.
Cuando a los tres minutos del segundo tiempo le sacó un cabezazo a quemarropa a Zamora
mientras los otros malparidos ya gritaban el gol, yo me dije: “Hoy ganamos”. Esas cosas del
fútbol. Cuando te revientan a pelotazos durante todo un partido y no te embocan, por algo es.
A la primera de cambio los vacunas. Dicho y hecho. Por supuesto que no fue un golazo. Con
la tarde de mierda que teníamos todos, como para andar convirtiendo goles inolvidables. Fue
a la salida de un córner, en medio de un revoleo descomunal de patas. Le pegó Pipino, se
desvió en uno de los centrales, pegó en el palo y entró pidiendo permiso. Por supuesto que lo
gritamos como si hubiese sido el gol del milenio. La bronca que tenían esos tipos no se puede
explicar con palabras. Pero guarda: estaban recalientes pero no desesperados. Faltaban treinta
y cinco minutos. Y si nos habían metido diez situaciones de gol hasta ese momento,
calculaban que cuatro o cinco más iban a tener de ahí en adelante.
Se equivocaron, pero porque se quedaron cortos. Yo conté catorce. Y paré ahí porque no
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quería saber más nada, aunque deben haber sido como veinte en total. Nosotros nos metimos
atrás como si fuéramos Chaco For Ever ganando uno a cero en el Maracaná. De giles, qué se
le va a hacer. Pero el asunto es que con esa táctica lo único que logramos fue cortar clavos
como beduinos. Nuestro delantero de punta estaba parado a la salida del círculo central, pero
del lado nuestro. A la cancha faltaba ponerle una de esas señales de tránsito negras y
amarillas, con el autito por la subida, para indicar que el pasto estaba en pendiente
pronunciada contra nuestro arco. La revoleábamos de punta y a los cielos, y a los veinte
segundos la teníamos de nuevo quemándonos las patas.
Menos mal que estaba Achával. Sí. Aunque parezca increíble. En medio de semejante
naufragio, el único tipo que tenía la cabeza fría y los reflejos bien puestos era él. Se cansó de
tapar pelotas, de gritar ordenando a la línea de cuatro, de calentar a los delanteros de ellos
para hacerles perder la paciencia. Vos lo veías esa tarde y parecía que el tipo había nacido en
el área chica, debajo de los tres palos. A los quince del segundo cacheteó una pelota por
encima del travesaño que a cualquier otro, incluso a Cachito, se le hubiese metido. A los
veintidós cortó un centro abajo cuando entraban cuatro fulanos de 5to. 1ra. para mandarla a
guardar, y sin dar rebote. A los treinta se lanzó como una anguila para sacar un puntinazo que
se metía en el rincón derecho contra el piso. Más le tiraban y el tipo más se agrandaba. Le
llovían los centros y Achával los descolgaba como si fueran nísperos.
Nunca en la perra vida vi a un tipo atajar lo que esa tarde le vi atajar a Juan Carlos Achával.
La cara se le había transformado. Estaba rojo de la alegría, de la tensión y de la manija que le
dábamos nosotros con nuestro aliento. Gritábamos sus tapadas como si fueran goles.
Estábamos en sus manos enguantadas, y el tipo lo sabía. Lo malo era que no lo ayudábamos
para nada. Lo único que hacíamos era pegotearnos contra el área y hacer tiempo en cada
ocasión que teníamos. Pero el reloj parecía de goma.
A los treinta y cinco yo sentía que íbamos por el minuto ciento quince. Me acuerdo de que
iba justo ese tiempo porque Agustín acababa de gritarme que faltaban diez, que parásemos la
pelota en el mediocampo. Pero no tuve ni tiempo de contestarle porque lo que vi me dejó
helado. El nueve de ellos acababa de pasar a los dos centrales y estaba entrando al área recto
al arco. Por primera vez en la tarde, Achával, aunque le achicó bien, erró el zarpazo cuando el
otro se tiró a gambetearlo. Estábamos listos, porque el petiso acababa de dejar a nuestro
arquero en el piso a sus espaldas. Supongo que Urruti (el mismo que le había embocado el
primer gol en aquella jornada fatal del 7 a 3) debe estar todavía el día de hoy preguntándose
qué cuernos pasó que terminó pateando el aire en el lugar en que debía estar la pelota. Seguro
que no vio (no pudo ver, porque nadie pudo verlo) la manera en que Achával se incorporó y
desde atrás se tiró como una lanza, con el brazo arqueado por delante de los pies del otro,
para tocarle apenitas la bola hacia el costado, sin rozar siquiera el pie del delantero. Poesía.
Esa tarde Achával fue poesía.
Después de esa jugada pareció como si el partido hubiese terminado. En los minutos
siguientes se jugó muy trabado en el mediocampo, pero ellos no volvieron a posiciones de
peligro. Era como si pensaran que si no habían hecho ese gol, no podían hacer ninguno.
Supongo que nosotros también nos relajamos, porque de lo contrario no puede entenderse el
córner estúpido que les regalamos cuando faltaban dos minutos. Zamora lo tiró bien, el muy
turro. Podrido como estaba de que Achával le descolgara todos los centros, esta vez lo lanzó
muy pasado y muy abierto. Nosotros, que, como ya expliqué, no parábamos ni a un caracol
anciano, la miramos pasar por arriba con expresión de vacas. Lo terrible fue que del otro lado
la estaba esperando Rivero, el arquero de ellos, parado en posición de diez, un metro afuera
del área. Yo supongo que si lo pones a Rivero a pegarle setecientas veces a un centro que baja
así de pasado, trescientas veces le pifia al balón y las otras cuatrocientas la cuelga de los
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árboles. Pero esta vez el muy mal parido la calzó como venía y la escupió abajo contra el palo
derecho. Ya dije que Achával era lungo, flaco y torpe. Pero la mancha verde de su buzo
pegándose a la tierra me indicó que iba a llegar también a ésa. La pelota traía tanta fuerza
que, después de rebotar contra las manos de Achával, volvió al centro del área. Cuando
González, el maldito que mejor le pegaba de los veintidós presentes, pateó como venía con la
cara interna del pie zurdo hacia el palo izquierdo del arco nuestro, necesariamente estábamos
fritos. Por más que Achával estuviese en una tarde de epopeya, no podía levantarse en un
cuarto de segundo junto al palo derecho y volar al ángulo superior izquierdo para bajar
semejante bólido.
Gracias a Dios, esta vez no cerré los ojos. Porque lo que vi, estoy seguro, será uno de los
cinco o seis mejores recuerdos que pienso llevarme a la tumba. Primero la bola, sólo la bola,
subiendo hacia el ángulo. Pero enseguida, por detrás de esa imagen, un tipo lanzado en
diagonal, con los brazos todavía pegados a los lados del cuerpo para mejorar la fuerza del
impulso. Después, los brazos abriéndose como las alas de una mariposa volan-do con un buzo
verde, las manos enguantadas describiendo dos semicírculos perfectos, armónicos, exactos. Y
al final dos manos al frente del vuelo, encontrándose entre sí y con una bala brillante y
blanca, que de pronto cambia de rumbo y se pierde veinte centímetros por encima del ángulo
del arco.
Cuando terminó, lo primero que quise hacer fue ir a encontrarme con Achával. No fui el
único. Todos tuvimos la misma idea al mismo tiempo. Lo rodeamos cuando se estaba sacando
los guantes al lado del palo y lo levantamos en andas como si acabase de hacer un gol de
campeonato. Achával nos sonreía desde su modesto Olimpo y se dejaba llevar.
Cuando se liberó de los últimos abrazos, me acerqué para saludarlo cara a cara. No sabía bien
qué iba a decirle, pero le quería pedir perdón por haberlo borrado todo ese tiempo, por haber
sido tan pendejo de no ofrecerle otra oportunidad después de aquel debut de catástrofe.
Cuando le tendí la mano y me largué a hablar, me cortó en seco con una sonrisa: “No tenés de
qué disculparte, Dany. Está todo perfecto”. Y cuando insistí, me repitió: “Quédate tranquilo,
Daniel, en serio. Yo quería esto. Gracias por invitarme”.
Le pedimos cincuenta veces que se quedara con nosotros a tomar unas cervezas, pero dijo que
tenía que rajarse enseguida para Cañuelas. Le dijimos que no, que no podía, porque a la
noche habíamos quedado en la pizzería de la estación con las chicas del curso para salir todos
juntos. Volvió a sonreír. Nos dio un beso y se despidió con un “Bueno, cualquier cosa
después los veo”, pero a mí me sonó a que no pensaba pintar por la pizzería ese sábado a la
noche.
Llegué a casa como a las siete, con el tiempo justo para comer algo, pegarme un buen baño,
vestirme y volver a salir, porque habíamos quedado en encontrarnos a las nueve. Pasé por lo
de Gustavo y después nos fuimos los dos hasta lo de Chirola. A una cuadra de la pizzería
vimos que Alejandra y Carolina venían caminando para el lado nuestro.
Cuando estuvieron cerca nos quedamos de una pieza: las dos venían llorando a mares.
Gustavo les preguntó qué pasaba.
—¿Cómo…? ¿No saben nada? —La voz de Alejandra sonaba extraña en medio de los
sollozos. Nuestras caras de sorpresa significaban que no teníamos ni la más remota idea —.
Juan Carlos… Juan Carlos Achával… se mató en un accidente en la ruta 3, viniendo para acá.
Yo sentí que acababan de pegarme un martillazo encima de la ceja.
—¿Cómo viniendo? Yendo para Cañuelas, querrás decir… —en medio de mi espanto
escuchaba la voz de Gustavo.
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—No, nene —Carolina siempre le dice nene a todo el mundo—, viniendo para acá, esta
madrugada…
Chirola me miraba con cara de no entender nada y Gustavo insistía en que no podía ser.
—Te digo que sí —Alejandra porfiaba entre sollozos—, hablé con la hermana y me dijo que
se había venido temprano en la chata del tío porque a la tarde tenía el desafío de ustedes
contra el otro quinto… ¿no es cierto?
Supongo que de la tristeza me habrá bajado la presión de golpe. Para no caerme redondo me
senté en el cordón de la vereda. No entendía nada. Las chicas tenían que estar equivocadas.
No podía ser lo que decían. De ninguna manera.
Pero entonces me acordé de la tarde. De la bola que Achával había cacheteado, arqueado
hacia atrás, por encima del travesaño. De la otra, la que había sacado con mano cambiada del
ángulo derecho. De la que le había afanado de adelante de los pies al petiso Urruti. Y por
encima de todo me acordé del doblete con Rivero y con González. Me vino la imagen de Juan
Carlos Achával lanzado de un palo al otro, sostenido en el aire a través de los siete metros de
sus desvelos, con las alas verdes de su buzo de arquero y todo el aire y la bola brillante y la
sonrisa. Y entonces entendí.
NOTICIA-CRÓNICA
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TEXTOS EXPLICATIVOS
Desde hace muchísimo tiempo, el hombre viene dañando la calidad del ecosistema.
Cuando en el Paleolítico, comenzó a usar el fuego para arrinconar a sus presas, llevó a cabo
la primera práctica de deforestación. Posteriormente, y hasta nuestros días, se prosiguió con
la quema de bosques ya sea para ganar tierras de cultivo o para comercializar la madera de
los árboles. La excesiva explotación y la falta de previsión para conservar el suelo fértil ha
tenido terribles consecuencias; de hecho, la parte norte de África pierde cada año 100.000
hectáreas de suelo por el avance del desierto debido, fundamentalmente, a un equilibrio
inadecuado entre bosque, cultivos y pastizales. Se estima que en nuestro planeta hay unas
25.000 especies de plantas en peligro de extinción y muchas están desapareciendo incluso
antes de ser descubiertas e inventariadas, principalmente en las zonas deforestadas de selvas
tropicales.
ESTRATEGIAS DE ADAPTACIÓN
Ahora bien, ¿qué pasa con los animales que habitan esos ambientes? ¿Están
condenados a la extinción o pueden arreglárselas para sobrevivir a los cambios?
Las mutaciones más sencillas son cambios en la síntesis de sustancias químicas, como
puede ser el cambio de la pigmentación de la piel para adaptarse a un cambio en el color
predominante del ambiente. Durante un tiempo, coexistirán ejemplares de distinto color, pero
los no mutados, en desventajas con el nuevo ambiente, no podrán dejar muchos descendientes
y en términos darwinianos diremos que son eliminados por la selección natural.
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Sintetizando, frente a las alteraciones que constantemente sufren los ecosistemas, los
animales poseen estrategias que les permiten adaptarse y sobrevivir, pero esas estrategias
requieren tiempo para desarrollarse. La alteración abrupta de un ambiente-la tala
indiscriminada de amplias extensiones de bosque, la contaminación de las aguas por desechos
altamente contaminantes, etcétera-, condena a la extinción a las especies que lo habitan.
La carga eléctrica es una propiedad de las partículas subatómicas, por lo tanto afecta a
todo aquello que tenga átomos: es decir, a todo. Ese todo incluye , desde luego, fenómenos
atmosféricos como las fascinantes y peligrosas tormentas eléctricas.
Si en una historia de Marvel los villanos quedan atrapados en una tormenta eléctrica,
entonces saben a ciencia cierta que están enfrentando a la temible Ororo Munroe, alias
Tormenta. ¿Cualquier tormenta común y corriente podría ser “eléctrica”? En todos los
momentos de la tormenta hay actividad eléctrica, pero se manifiesta en forma de descarga
cuando supera el voltaje de ruptura del aire, es decir, cuando los electrones de la nube tienen
la energía suficiente como para cruzar el aire y llegar al suelo. Si consideramos que el aire es
un muy mal conductor de la electricidad, entendemos que el valor de los ese “umbral” es
muy alto y que depende, además, de la altura a la que se encuentran las nubes tormentosas.
Cuando suceden esas descargas, la energía se disipa en forma de luz (relámpago), sonido
(trueno) y electricidad (rayo).
Evidentemente, la razón del poder mortal de un rayo radica en su potente voltaje. Eso
explicaría por qué Tormenta recurre a los rayos cuando enfrenta enemigos muy poderosos o
resistentes. Sin embargo, cada tanto y bajo circunstancias que suelen involucrar un piso
mojado o lluvia, algún personaje se electrocuta y pasa a mejor vida. ¿Por qué sucede esto?
Los cuerpos de los animales ofrecen resistencia al paso de la electricidad; cuando son
atravesados por una alta cantidad de voltios, las pobres células colapsan instantáneamente. Se
queman, como los artefactos eléctricos cuando una casa sufre un pico de tensión eléctrica.
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Lo sorprendente, considerando todo lo dicho, es que exista gente que ha sobrevivido a
un rayo. A un rayo de verdad, no a los que pueden arrojar Thor o Tormenta. Quienes han
sobrevivido a una fulguración (así llaman los médicos a los accidentes provocados por los
rayos), recuerdan haber sentido un sonido seco y corto, u olor a quemado. Lo más frecuente
es que la electricidad no penetre en el cuerpo, y que sea la piel la que más sufra, pero si la
electricidad llega al corazón, suele sobrevenir un shock cardiorrespiratorio...Tal vez consuele
saber que los casos fatales alcanzan apenas el 15% del total de las fulguraciones.
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TEXTOS ARGUMENTATIVOS
La humanidad debe tomar una decisión que no puede postergarse: hay que conservar
el legado de la naturaleza en la Tierra o condenar a las generaciones que nos sigan a
arreglárselas como puedan en un mundo biológicamente empobrecido. No hay manera de
eludir esta opción. Algunos escritores quijotescos han abrigado la idea de medidas
desesperadas: conservemos los millones de especies y razas que todavía existen congelando
embriones o muestras de tejidos para recuperarlos después. O bien proponen registrar el
código genético de todas las especies e intentar recrear los organismos correspondientes en el
futuro. Cualquiera de esas soluciones es de alto riesgo, resultará inmensamente cara y, en
última instancia, inútil. Aun cuando sea posible recobrar la biodiversidad en toda su amplitud
y conservar poblaciones a la espera de lo que podría considerarse silvestre en el siglo XXII,
reconstruir a partir de allí poblaciones viables en forma independiente está fuera de nuestro
alcance. Los biólogos no tienen la menor idea de cómo generar desde el comienzo un
ecosistema complejo y autónomo.
Descartadas todas estas opciones, queda una que los partidarios de tales soluciones
pueden aún proponer: sigamos tal como ahora deteriorando la biósfera con la esperanza de
que algún día los hombres de ciencia sean capaces de crear organismos y especies artificiales
y hacerlas convivir en ecosistemas sintéticos. Que las generaciones del futuro pongan en los
nichos vacíos de la naturaleza tigroides programados que no ataquen a los seres humanos,
tigres sintéticos que resplandezcan artificialmente en la espesura de flamantes boscoides,
entre miríadas de insectoides que no piquen ni muerdan. Ocurre, sin embargo, que ya hay
palabras precisas para referirnos a la biodiversidad artificial, aunque esta solo exista por
ahora en la fantasía: profanación, corrupción, abominación.
Lamentablemente, varios autores han propuesto ya todas y cada una de las soluciones
que he mencionado. Son sueños necios. No es hora ya de entretenernos con la ciencia ficción,
sino de aplicar el buen sentido y atenernos a una única regla: sólo podremos salvar los
ecosistemas y las especies si comprendemos el valor de cada una de ellas y si convencemos a
los seres humanos que tienen poder sobre ellas de que deben ser sus guardianes.
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EL HÁBITO DE GENERAR ACCIONES CON LOS VECINOS
Hoy se celebra el Día del Vecino. Hace cincuenta y cuatro años, por iniciativa de un
grupo de porteños, se instauró la fecha, que coincide con la segunda fundación de Buenos
Aires, en 1580.
Hasta algunos lustros atrás, se conservaba la buena comunicación entre vecinos.
Cuando alguno tenía un problema de salud o económico, la solidaridad era moneda corriente.
También se generaba la unión detrás de un objetivo común para conseguir el gas natural, la
pavimentación o el alumbrado público. El club del barrio era el lugar de encuentro para
fomentar la vida social.
Tal vez parte de esa tradición se conserve aún en algunos barrios o en poblaciones del
interior de la provincia. Sin embargo, la sociedad se ha vuelto cada vez más individualista. En
un mismo edificio, hay vecinos que no se conocen. Se va perdiendo paulatinamente el
espíritu comunitario y ya casi no hay tiempo para compartir con los semejantes.
Sería interesante que pudiésemos recuperar el sano hábito de hacer cosas con los
vecinos pensando en el bien común. Es en el hogar y en la escuela donde se aprende a ser
solidario, a trabajar en equipo, a compartir. Si recordáramos que “juntos somos mejores”,
posiblemente nuestra sociedad sería menos egoísta.
Llotro día
Llotro día estaba pensando que sino escribiera noimportacómo ycaduno Komo sele antojara,
o antogase, másmerefiero en un poregemplo no pelar lortografía, yque, enúnporegemplo,
ponerse un asento donde no ba, o faltarle hotro dondesí ba… sería 1 berbadero desastres.
¡Poreso combiene lortografía, ninios! ¡porke si caduno escribiece como se le antogase
leeríésemos más despasio hi más lentamente que 1 vurro! Higual i nos dán un pedaszcito para
léer y noz demoráríamoz 1 montón… o 2 montón.
¡NINIOS AGANMÉN CASO! ¡RESPETEN LORTOGRAFÍA PORKE SINO NADIEN NOZ
VA A KERER LEER LO QUE ESZCRIVAMOZ! ¡¡¡NIN SIQUIERAS NOZOTROS
MISMOS!!!
Higual i 1 dia nosencontramoz un papelitos cualkiera i nos daria flogera lerlo y rezulta ke
desia: ¡ganaste la loteria! o «te kiero, cuchi cuchi» o «te kiero, cuchi cuchi, porke ganazte la
loteria» ¡i NI NOSENTERAMOZ POR KULPA NUEZTRA!
Eso hera loquestava pensado lotro dia.
Firma:
LuYz Pezscszetty
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RESEÑAS
¡Jettatore!
La obra transcurre en el hogar de una acaudalada familia porteña a principios del Siglo XX
donde una viuda (Doña Camila) acepta conceder la mano de su única hija (Lucía) a un
hombre mayor y de holgada posición económica (Don Lucas). Ante esta situación el joven
pretendiente y primo de Lucía (Carlos), trama un plan para sacarse del medio a don Lucas
con la complicidad de la joven y una amiga de ésta ( Leonor).. Lo ayuda en el engaño, un
amigo actor (Enrique) quien se hace pasar por médico para hacer creer a doña Camila, que
don Lucas posee un maligno poder capaz de producir la "jettatura". La más susceptible a
creer en estos males y "sufrirlos", es la sirvienta de la casa (Angela), que sin quererlo termina
siendo de gran ayuda para llevar a cabo el plan.
En un clima que va desde el suspenso hasta la carcajada, se desarrolla esta desopilante y ágil
comedia de Gregorio de Laferrere, adaptada y dirigida por Patricia Santi e interpretada por el
Grupo Babel, que vuelve a escena al cumplir sus 20 años de trayectoria teatral.
Mara, una joven de diecisiete años,escapa a un parque donde puede disfrutar lo que más le
gusta, hacer tela. Dario, un trabajador de la zona, queda maravillado al verla volar con su tela.
En cambio Leonor, una vecina del parque, siente que necesita ayudar a aquella joven porque
algo no anda bien.
Con el tiempo ambos van a descubrir porque Mara duerme en un árbol y que no deja que
vuelva a su casa.
Una historia cruda y realista,la violencia de género es un tema difícil y más para una novela
para un publico juvenil, pero en mi opinión la autora lo desarrollo muy bien al ser un libro
que no supera las doscientas páginas.Obviamente,se puede hablar mucho más del tema pero
con la cantidad de páginas que tiene el libro yo creo que esta bien. Te mantiene enganchado
hasta el final,tiene una prosa simple pero muy ágil, de hecho se puede leer en una sentada y
eso no cambia las sensaciones que te deja, tanto mientras lo lees como cuando lo terminas,
porque sentís todo lo que siente la protagonista.
No tengo muchas palabras para describir todo lo que sentí con este libro pero si me pidiesen
una diría intensidad, porque es una historia tan realista e intensa que necesitas saber el final y
llegas a compadecer a Mara. El final es un tanto repentino pero lo entiendo.
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Cyrano de Bergerac
Edmond Rostand
Alianza Editorial
#PostureoClásicos El Templo#81 (abril 2021)
Por Gemma Cáceres
Es 1640 y en una sala del teatro de Borgoña va a representarse una obra. El público
está expectante, pues el actor Montfleury va a subir al escenario desafiando la
prohibición de Cyrano. Pero poco durará la representación, pues el espadachín
interrumpirá la escena y se batirá en duelo con todo aquel que ose contradecir sus
palabras.
Cyrano ama a la más bella, a Roxane. Sin embargo, su corazón pertenece al joven
Christian. Y este, tan apuesto como torpe y falto de ingenio, recurre a Cyrano para
escribir sus versos de amor y crear en la mente de Roxane la imagen de un héroe
novelesco. Así, combinando la belleza de uno y los versos del otro, Cyrano y
Christian se ven sumidos en un juego de amor en el que uno de los dos siempre va a
estar en la sombra.
Edmond Rostand escribió Cyrano de Bergerac como tributo al alma del poeta barroco
que da su nombre a la obra. Haciendo uso del teatro poético, el autor combina las
escenas de tragedia y humor para crear una representación dramática que encarna
los valores del pueblo francés tanto en 1640 como en el siglo XIX, cuando vivió
Edmond Rostand.
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Aguirre, Sergio (2014). La venganza de la vaca. Bogotá: Grupo Editorial Norma,
Colección Zona Libre.
Divertido thriller, que desde el título nos genera incertidumbre, puesto que nos
hace suponer que nos encontraremos con una vaca vengativa. Sin embargo, lo
que se relata es la historia de un grupo de jóvenes que deciden planear una
venganza. El encadenamiento de diversos relatos que dan cuerpo a la obra deja
al lector compenetrado con la lectura.
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POESÍAS
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cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.
Regresaba.
-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!
Visita-Oliverio Girondo
No estoy.
No la conozco.
No quiero conocerla.
Me repugna lo hueco,
la afición al misterio,
el culto a la ceniza,
a cuanto se disgrega.
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Jamás he mantenido contacto con lo inerte.
Si de algo he renegado es de la indiferencia.
No aspiro a transmutarme,
ni me tienta el reposo.
Todavía me intrigan el absurdo, la gracia.
No estoy para lo inmóvil,
para lo inhabitado.
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ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
—¡Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, niña!
—¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio,
mi madre no está dormida.
—Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería.
—Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
la Muerte que allí venía:
—Vamos, el enamorado,
que la hora ya está cumplida.
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que no mi entendimiento en las riquezas.
Tú me quieres alba,
me quieres de espumas,
me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada .
Ni un rayo de luna
filtrado me haya.
Ni una margarita
se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
tú me quieres blanca,
tú me quieres alba.
Tú que el esqueleto
conservas intacto
no sé todavía
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por cuáles milagros,
me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡me pretendes alba!
ANEXO ACTIVIDADES
A)
En 1871 aparece la edición póstuma de las Rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer.
Gustavo Adolfo Bécquer nació en 1836 en Sevilla. Gustavo Adolfo Bécquer murió en Madrid
el 22 de diciembre de 1870. La publicación de la primera leyenda de Gustavo Adolfo
Bécquer El caudillo de las manos rojas se produjo en 1857. En 1864 el ministro González
Bravo le proporciona el cargo de censor de novelas. El 1861 contrae matrimonio con Casta
Esteban. En 1868 pierde el cargo de censor de novelas tras estallar la revolución. En 1868 se
separa de Casta Esteban. En 1868 en Toledo reconstruye el primer manuscrito de las Rimas.
Las Rimas es el primer manuscrito perdido tras el saqueo del despacho del ministro González
Bravo. En 1859 aparecen publicadas en periódicos las primeras Rimas. En 1869 Gustavo
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Adolfo Bécquer es nombrado director literario de La ilustración de Madrid. En 1857 sufre
una grave enfermedad.
B)
En mayo de 2006, el alpinista Mark Inglis alcanzó la cima del Everest. El Everest es la cima
más alta del mundo.
En 1982, el alpinista Mark Inglis era guía de montaña. En 1982 el alpinista permaneció
atrapado 14 días en una cavidad de hielo. El alpinista sufrió la amputación de las dos piernas
por debajo de las rodillas.
El ascenso le tomó al alpinista 40 días. La esposa del alpinista declaró que las piernas
ortopédicas no constituyeron un obstáculo para el alpinista. Una de las piernas ortopédicas se
rompió durante el ascenso. El alpinista llevaba material de reparación para las piernas
ortopédicas.
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