0% encontró este documento útil (0 votos)
54 vistas4 páginas

Cuento

Cuento

Cargado por

Jorge Rueda
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
54 vistas4 páginas

Cuento

Cuento

Cargado por

Jorge Rueda
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

t

Escuela Normal Superior


“Profr. José E. Medrano R.”
Organismo Público Descentralizado de Gobierno
del Estado 08MSU0190P

“CUENTO”

PRESENTA:

MISSAEL VALENTIN MENDOZA

CATEDRÁTIC0: GILBERTO ANTONIO HOLGUÍN NAVARRO

SEXTO “B” LICENCIATURA EN EDUCACIÓN SECUNDARIA


ESPECIALIDAD EN ESPAÑOL

[Link]ÁREZ, CHIH., LUNES 13 DE MARZO DEL 2023


El mono y la tortuga
Autor: Cristina Rodríguez Lomba

Había una vez un mono y una tortuga que se llevaban estupendamente y eran muy amigos.
Formaban una pareja peculiar que llamaba la atención allá donde iban, pero pertenecer a distintas
especies nunca había sido un problema para ellos. Su amistad era sincera y se basaba en el
respeto mutuo. Bueno, al menos eso parecía…
Cierto día iban paseando y charlando de sus cosas cuando se encontraron dos plataneros tirados
en el suelo. La tortuguita, muy sorprendida, exclamó:
– ¡Oh, amigo mono, qué pena me da ver esos plataneros! Tengo la impresión de que los ha
tumbado el viento. ¿No sería genial plantarlos de nuevo? Seguro que volverían a crecer con
fuerza y nosotros tendríamos plátanos para comer a cualquier hora.
El mono dio un salto de alegría y empezó a aplaudir. ¡No había ser en este planeta más fanático
de las bananas que él!
– ¡Me encanta tu idea! ¡Venga, vamos a ponernos manos a la obra!
Con mucho esfuerzo los dos animales levantaron las pesadas plantas y cubrieron sus raíces con
tierra húmeda para que quedasen bien sujetas. Cuando terminaron la tarea se fundieron en un
fuerte abrazo, orgullosos de la fantástica labor que acababan de realizar.
El tiempo les dio la razón y los plataneros empezaron a dar plátanos en abundancia. Una tarde,
el espabilado mono detectó que estaban amarillitos, en el punto justo de madurez, y sin dar
explicaciones trepó por la planta y se puso a comer uno tras otro como si no hubiera un mañana.
La tortuga quiso hacer lo mismo, pero como no podía subir, tuvo que quedarse abajo mirando
cómo su colega se atiborraba.
Al cabo de un rato, extrañada de que no se dignara a bajarle alguno para ella, empezó a mostrar
inquietud.
– ¡Eh, amigo, deben estar buenísimos porque ya te has comido más de veinte!
Desde lo alto, con los dos carrillos hinchados, el mono le replicó:
– ¡Están exquisitos! La pulpa es dulcísima y se deshace en la boca como si fuera mantequilla.
– ¡Oh, se me hace la boca agua!… Estoy deseando probarlos, pero ya sabes soy una tortuga y las
tortugas no tenemos el don de escalar. ¡Necesito tu ayuda, compañero! ¿Serías tan amable de
coger alguno para mí?
– Tranquila, querida amiga, hay un montón. En unos minutitos te bajo unas cuantas docenas.
La tortuga sonrió y le dijo:
– ¡Ah, está bien! Come tranquilo, no tengo prisa.
Pasó una hora hasta que por fin vio bajar al mono… ¡con las manos vacías!
– Pero… ¿dónde están mis plátanos?
El simio, inflado como un globo de tanto engullir, le contestó con una desfachatez pasmosa:
– Lo siento, amiga, al final me los he comido todos. Ahora mismo debo tener el potasio por las
nubes, pero es que estaban tan ricos que no me pude contener.
– ¿Cómo dices?… ¡Eres un caradura y un abusón! ¡La mitad de los plátanos eran míos!
– Ya, pero entiende que me entusiasman y que como dice el refrán “comer y rascar todo es
empezar”.
Ante semejante injusticia, la tortuga se vio obligada a tomar una decisión tajante.
– ¡Nuestra amistad se termina aquí y ahora! No quiero volver a verte, así que lo mejor es que uno
de los dos haga las maletas y se largue para siempre.
El mono, mirándola por encima del hombro, respondió con aires de superioridad:
– ¡¿Pues sabes qué te digo?! Me parece muy buena idea porque empiezo a estar muy harto de ti.
¡Ya estás tardando en irte a vivir a otro sitio!… ¡Fuera de aquí!
La tortuga apretó las mandíbulas y soltó un gruñido que mostraba verdadero enfado.
– ¡Grrr! ¡De eso nada, monada! Te reto a una carrera por la orilla hasta el final del río. Quien
obtenga la victoria se quedará con los dos plataneros, y quien pierda se irá a vivir a otro bosque.
Como te puedes imaginar, el mono soltó una carcajada y respondió en tono burlón.
– ¡Ja, ja, ja! ¡¿Estás de broma?! ¿Tú, uno de los animales más lentos del planeta, pretendes que
nos lo juguemos todo en una carrera? ¡Ay, que me descoyunto de la risa! ¡Ja, ja, ja!
– Si tan seguro estás de tu superioridad, no sé a qué esperas para aceptar mi desafío. ¡Acabemos
con esto de una vez!
Un águila, un búfalo y un pequeño roedor actuaron como testigos del evento para que constara
en acta el resultado.
Ellos fueron también quienes fijaron el punto de salida y la línea de meta. Cuando todo estuvo en
orden, el búfalo gritó con su potente voz:
– Tres… dos… uno… ¡ya!
En un abrir y cerrar de ojos el mono logró sacar una tremenda ventaja a la tortuga pues la pobre,
cargada con su pesado caparazón y dando pasitos cortos, avanzaba muy despacio, casi a ritmo de
caracol. Sabiéndose claro ganador, a mitad de camino frenó en seco.
– ¡Vaya aburrimiento! Me sobra tanto tiempo que voy a descansar un poco antes de retomar la
carrera.

Iba a ser un ratito nada más, pero su plan falló porque había comido tantos plátanos que cayó en
un profundo sopor. En cuanto se sentó empezó a bostezar, y segundos después estaba roncando
como un oso.
Dos horas estuvo durmiendo a pierna suelta, y más habrían sido si no fuera porque un mosquito
muy pesado le despertó justo en el momento en que la tortuga pasaba por su lado. El mono,
indignado, se puso en pie de un salto y agarrándola por el pescuezo, le dijo:
– ¡Eh, tú! ¿A dónde crees que vas? Pensabas adelantarme aprovechando que me estaba echando
un sueñecito ¿verdad?… ¡Hala, a tomar viento fresco!
En un ataque de locura, el insensato animal dio una cruel patada a la tortuga y la lanzó al río.

También podría gustarte