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Resumen de Cs Políticas (2do parcial)

Rosanvallon “De una Democracia a otra”

Nuestros regímenes son democráticos, pero no se nos gobierna


democráticamente. Se considera que nuestros regímenes son democráticos en
el sentido de que el poder sale de las urnas como consecuencia de una
competencia abierta, y de que vivimos en un Estado de derecho que reconoce
y protege las libertades individuales (democracias incompletas). Así, los
representados se sienten con frecuencia abandonados por sus representantes
estatutarios y el pueblo, luego de las elecciones, se ve muy poco soberano.
Pero esta realidad no debe de ocultar el otro hecho: el de un mal gobierno que
también corroe a nuestras sociedades. La relación gobernantes-gobernados
pasa a primer plano por sobre la de representante-representados. (referencia a
una “crisis de representación.”)

Para los ciudadanos la falta de democracia significa: no ser escuchados, que se


tomen decisiones sin que les consulten, que los ministros no asuman sus
responsabilidades, que lo dirigentes mientan con impunidad, el mundo político
vive encerrado en sí mismo y no rinde cuentas suficientes y que el
funcionamiento administrativo sigue siendo opaco (no se entiende mucho.) El
régimen democrático, en un principio era el del modelo parlamentario
representativo en el cual el poder legislativo dominaba a todos los otros. Pero
ahora el eje central es el poder ejecutivo, lo cual conlleva a un modelo
presidencial gobernante de las democracias.

Así como antes era el sentimiento de mala representación el que se llevaba


todas las críticas, también hay que tomar en cuenta el hecho del mal gobierno
(marca la transformación entre en el neoliberalismo respecto a la democracia.)

La presidencialización de las democracias

El movimiento de la presidencialización marca desde la hace unos treinta años


una gran ruptura en la naturaleza y la forma de las democracias. Es
inmediatamente perceptible, porque la elección mediante el sufragio popular
de la cabeza del del Ejecutivo es lo que define de la manera más simple y
obvia. La actualidad política recuerda permanentemente, en los cuatro puntos
cardinales del planeta, su centralidad en la organización de la vida política de
los pueblos. La ruptura que esto representa no ha sido aprehendida hasta ahora
en toda su amplitud por diferentes razones. En las nuevas democracias (Asia,
África, América Latina, en los países antes pertenecientes a la Unión Soviética
o en el mundo árabe) la elección presidencial se identifica con la existencia
misma del sufragio universal.

Lo característico de la gran mayoría de los países europeos es haber


permanecido en el aspecto constitucional, en esa primera época de la vida
democrática; porque las monarquías constitucionales acompañaron en la
continuidad el auge de la democracia en muchos países (Reino Unido,
Bélgica, Holanda, etc.) En esas monarquías nunca se trató, y nunca podría
tratarse, de elegir por sufragio universal al primer ministro, cabeza del
Ejecutivo. Hacerlo significaría, desbaratar en su principio mismo la
preeminencia reconocida a la Corona.

Europa quedó fuera del margen del movimiento de presidencialización que


marcó en el mundo. Con la excepción de Francia, cuyo caso puede
considerarse, a la inversa, ya que dio impulso a la historia del
presidencialismo moderno con la adopción a través de un referendo, en 1962,
de la elección del presidente por sufragio universal directo. Esa medida
proporcionó una forma universalizable a una presidencialización de la que los
EE. UU habían encarnado una modalidad constitucional heredada del pasado e
imposible de reproducir en el siglo xx.

El hecho generador: El predominio del Ejecutivo.

Más allá de las diferencias, heredadas de la historia, hay que apreciar el hecho
del que fenómeno de presidencialización de las democracias no es más que la
consecuencia de una evolución política más profunda: el enorme crecimiento
del Poder Ejecutivo (hecho generador de la presidencialización.) De ahí de la
tendencia a la polarización de y la personalización del Poder Ejecutivo. Si la
presidencialización no se adopta en todos lados, el fenómeno de la
polarización y personalización de ligado a la dominación de aquel poder es,
por su parte, universal. La ciencia política ha hablado de “elecciones
enmascaradas” en referencia del modo de designación de los primeros
ministros en la vieja Europa.

Los órganos gubernamentales, son el corazón activo de la nueva forma


presidencial gobernante de la democracia. La expresión “poder ejecutivo”, (se
sigue utilizando) no corresponde en verdad al nuevo estatus de esos órganos,
con la connotación de pasividad mecánica que desde un punto de vista
histórico tuvo durante largo tiempo. El propio Poder Legislativo termino por
su parte subordinado a la función gubernativa.

El modelo parlamentario representativo.

Es el modelo histórico de las democracias, se lo construyo sobre dos


principios: el imperio de la ley y el advenimiento de un pueblo legislador. Por
imperio de la ley, se entendía que es vector de un poder que en su esencia era
no denominador: el de la regla impersonal. La impersonalidad se consideraba,
como la primera de las cualidades políticas, indisociablemente liberal y
democrática. Un poder solo podía ser bueno con la condición de ser su
expresión. En el siglo xvii se marcaba la ruptura con el absolutismo,
identificado por el poder de uno solo, estructuralmente arbitrario. Esta
característica destaca, hasta que punto el modelo presidencial gobernante
fundado en la personalización se distingue primero. Advenimiento de un
pueblo legislador, se reconocía al pueblo como la fuente generadora de todos
los poderes. Con esa condición, podía considerarse que la ley era la “expresión
de la voluntad general”, según la formula de la Declaración de los Derechos
del Hombre y de la Ciudadanía de 1789.

El poder central era el Legislativo, mientras que el Ejecutivo era visto como
secundario, tanto que a raíz de esa primacía como debido a la limitación de la
esfera de la acción publica en la época.

La búsqueda de una profundización democrática se organizó en la época


alrededor de tres grandes objetivos: en primer lugar, el de la democratización
de la elección, mediante la reducción, por ejemplo, del peso de los aparatos y
las camarillas sobre los términos de las decisiones ciudadanas. En una segunda
dirección se buscarían los caminos de la mejora del carácter representativo de
los elegidos. En términos de representación de los grupos de sociales: esa era
la razón de ser la formación de los partidos de clase. En tercer lugar, las
propuestas se concentrarían alrededor de la instauración de procedimientos de
referendo.

Dos siglos después, todavía sorprende comprobar que las impaciencias y las
expectativas de un progreso democrático siguen cristalizándose con frecuencia
en torno a esos tres objetivos (con adaptaciones). La representación de las
minorías o el tema de la paridad, por ejemplo, han prevalecido sobre el
proyecto de una representación de clase. Pero por lo demás la continuidad es
asombrosa. Solo la idea de un sorteo aparece con un carácter innovador. La
noción de democracia participativa, también se inscribe, en lo esencial, en el
mismo espacio de perfeccionamiento y superación de la democracia
representativa.

La relación gobernados-gobernantes.

En la era del predominio del Poder Ejecutivo, la calve de la democracia está


en las condiciones del control que sobre el ejerza la sociedad. La gran apuesta
pasa ser entonces la relación gobernados-gobernantes. El objetivo no puede
ser el de un imposible autogobierno, puesto que la noción de gobierno
presupone una distinción funcional entre gobernados y gobernantes. Antes,
bien el de mantener esa relación en su estricto carácter funcional. Defendiendo
las condiciones de una acción gubernamental que permita su apropiación por
los ciudadanos y no hagan de ella una instancia de dominación, expresión de
un poder oligárquico separado de la sociedad. El problema es que la única
respuesta actualmente dada a ese imperativo se limita a la elección de la
cabeza del Ejecutivo. Pero de ese modo solo se instaura una democracia de
autorización: no se otorga otra cosa que un permiso para gobernar; ni más ni
menos.

Si podemos considerar que, con ciertas condiciones, la elección es capaz de


determinar adecuadamente la relación entre representantes-representados, no
es lo mismo que la relación de gobernados y gobernantes. El principio de la
designación de un representante consistió en expresar una identidad o
transmitir un mandato, que podía cumplirse mediante una elección. Se
consideraba que esta, en efecto de, era capaz de establecer al representante en
su calidad y su función intrínsecas, con la noción de permanencia que ese
termino implica. En cambio, la elección de un gobernante no hace más que
legitimar su posición institucional y no le confiere ninguna calidad. El
“rendimiento democrático” de esa elección es, inferior al de un representante.

De ahí, en este caso, la necesidad de prolongar la democracia de autorización


con una democracia de ejercicio, cuyo objetivo es determinar las cualidades
esperadas de los gobernantes y las reglas que organizan sus relaciones con los
gobernados. Su ausencia, en efecto, es lo que permite que la elección de la
cabeza del Ejecutivo abra el camino a un régimen iliberal y en ciertos casos
hasta dictatorial. Las patologías mortíferas y destructivas de la democracia
fueron en el siglo xx, con los totalitarismos, patologías de la representación.
Pero las nuevas patologías del siglo xxi han cambiado de naturaleza. Derivan
de la restricción de la democracia gubernativa al mero procedimiento de
autorización. Si hay enfermedad del presidencialismo, sin duda la hay en el
sentido de esta atrofia.

Lo que hoy se busca en numerosos sectores de la sociedad civil y el mundo


militantes con la proclamación de un imperativo como el de la transparencia,
el llamado a la construcción de una democracia en red e incluso a la referencia
de la noción de gobierno abierto. Reunidas, unas y otras forman los principios
de una democracia de ejercicio como buen gobierno.

La aprehensión de los principios que deben regir las relaciones de los


gobernantes con los gobernados en democracia, en primer lugar.
Destacaremos tres de ellos: la legibilidad (que pueda entenderse), la
responsabilidad (que los gobernantes sean responsables) y la responsividad
(capacidad de dar repuesta y sentir empatía por la sociedad en general). Estos
principios esbozan los contornos de una democracia de apropiación. Los
principios mencionados, también dan todo su sentido al hecho de que el poder
no sea una cosa sino una relación y, por lo tanto, de que son características de
esta que definen la diferencia entre una situación de dominación y la de una
distinción funcional, en la cual puede desarrollarse una forma de apropiación
ciudadana del poder. Para ser un “buen gobernante”

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