Problemas de historia reciente del Cono Sur
VOLUMEN 2
Ernesto Bohoslavsky, Marina Franco,
Mariana Iglesias y Daniel Lvovich
(editores)
Problemas de historia
reciente del Cono Sur
VOLUMEN 2
© Universidad Nacional de General Sarmiento, 2010
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ÍNDICE
VOLUMEN 1
Promesas y problemas de la historia reciente del Cono Sur
(a modo de introducción) ........................................................................11
I. Reflexiones y debates sobre el pasado reciente y su estudio
El pasado reciente argentino: interrogaciones en torno a dos
problemáticas. Roberto Pittaluga ..............................................................23
El debate sobre la historia reciente en Uruguay. Carlos Demasi .................37
Perspectivas y desarrollos convergentes: derechos humanos, memoria
y género en las ciencias sociales latinoamericanas. Elizabeth Jelin .............57
La memoria justa: política e historia en la Argentina del presente.
Hugo Vezzetti ...........................................................................................81
II. Usos del pasado: estudio de casos
Pasados en conflicto. De memorias dominantes, subterráneas y
denegadas. Ludmila Da Silva Catela ........................................................99
Otras marcas. Guerra y memoria en una localidad del sur argentino
(1978-1982). Federico Lorenz ................................................................125
Pasado reciente y mitologías (re)fundacionales en Uruguay. Un
análisis de los discursos presidenciales de Julio María Sanguinetti
(1985) y Tabaré Vázquez (2005-2006). Álvaro De Giorgi .......................147
El “Día del nunca más” en Uruguay (2006-2007): estrategias
políticas y luchas interpretativas sobre la violencia política durante
las décadas de 1960 y 1970. Mariana Iglesias .........................................171
Silencios, susurros y estallidos en el discurso público: el caso de
la detención de Pinochet en Londres. Teresa Cáceres Ortega ...................191
Jóvenes, rebeldes y armados. Una mirada a la identidad y la
memoria militante durante la transición chilena, 1990-2004.
Pedro Rosas Aravena ...............................................................................213
III. Dictaduras, política y represión
Cuando los militares hacen política: la “elección” presidencial de
1969 en Brasil. Maud Chirio .................................................................241
Una mirada desde Uruguay a la coordinación represiva regional,
1973-1984. Vania Markarian ................................................................265
La represión que no importó. La violencia estatal contra
los delincuentes comunes tras el golpe de Estado de 1973 en
Chile. Sebastián Leiva ............................................................................287
Los que queman libros. Censores en Argentina (1956-1983).
Patricia Funes ........................................................................................303
Los autores ............................................................................................327
VOLUMEN 2
IV. Trabajadores y movimientos sociales
Colores, clasificaciones y sedimentaciones del pasado reciente entre
“los Peludos” de la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas, en
Bella Unión, Uruguay. Silvina Merenson ..................................................13
Trabalhadores e sindicatos brasileiros em ritmo de ditadura
(1964-1985). Marco Aurélio Santana .......................................................37
La organización y la militancia obrera en el lugar de trabajo: hacia una
historia de los delegados y comisiones internas en Argentina, desde
1930 a la actualidad. Victoria Basualdo ....................................................61
Integración e impacto del movimiento por los derechos humanos
en una ciudad del litoral argentino. Luciano Alonso ..................................91
V. Movimientos armados
Formas de combate ao regime militar brasileiro: luta armada vs.
resistência. Maria Paula Araújo ..............................................................119
Revolución, guerra y enemistad en el imaginario del Partido
Revolucionario de los Trabajadores - Ejército Revolucionario del
Pueblo (PRT-ERP), Argentina. Vera Carnovale ......................................133
Memorias del Movimiento Coordinador de apoyo a “los Peludos”:
algunas fechas significativas en la “formación” del MLN-Tupamaros.
Marina Cardozo Prieto ...........................................................................151
VI. Cultura y representaciones
Invención y circulación del Plan Andinia (Argentina y Chile,
1960-1976). Ernesto Bohoslavsky ............................................................177
Representaciones sobre la violencia a través del humor gráfico en la
Argentina de la década de 1970. El caso del diario Clarín. Florencia
Paula Levín............................................................................................201
“El que no salta es un militar”: rock, recitales y política en la Argentina
(1976-1983). Sergio A. Pujol ..................................................................223
VII. Dictadura y sociedad
Dictadura y sociedad en Rosario entre 1976 y 1983: actitudes y
comportamientos sociales en una perspectiva de análisis regional.
Gabriela Aguila ......................................................................................235
Actitudes sociales durante la dictadura militar argentina: las
organizaciones sociales y el diálogo político de 1980. Daniel Lvovich ........259
Política y grupos académicos universitarios. Un análisis comparado de
su historia reciente en las facultades de ciencias naturales y humanas
(Argentina, 1966-1986). Germán Soprano y Luciana Garatte..................277
Algunas reflexiones en torno al acto de exilio en el pasado reciente
argentino. Marina Franco ......................................................................303
Epílogo
Hacia un balance: ¿es la historia reciente un campo de estudio
establecido? Peter Winn ..........................................................................323
Los autores ............................................................................................337
IV
Trabajadores y movimientos sociales
Colores, clasificaciones y sedimentaciones
del pasado reciente entre “los Peludos” de
la Unión de Trabajadores Azucareros de
Artigas, en Bella Unión, Uruguay
Silvina Merenson
A la memoria de Machado
En Uruguay, la década de 1960 estuvo fuertemente marcada por la creciente
movilización social, sindical y política que cristalizó, entre otras cuestiones, en
la visibilidad de la “nueva izquierda” y/o de la “izquierda revolucionaria”.1 En
este contexto, en el año 1961, en la ciudad fronteriza de Bella Unión2, los/as
cortadores de caña de azúcar, autodenominados “Peludos”3, fundaron la Unión
1
Sobre estas dos nominaciones media un debate que es tanto político como académico. Mientras
que “nueva izquierda” incluye y suele aludir el recambio generacional dentro del Partido Socialista
y el Partido Comunista; “izquierda revolucionaria” establece la distinción en la adhesión y la
práctica de la lucha armada. En este último caso, “izquierda revolucionaria” sería la nominación
que distingue a las organizaciones armadas de los partidos políticos mencionados.
2
Bella Unión esta ubicada en el departamento de Artigas. Los límites territoriales internacionales
corresponden a dos corrientes fluviales: al oeste el río Uruguay define el límite con la ciudad de
Monte Caseros, Corrientes, Argentina. Al norte, el río Cuareim marca el límite con Barra do
Quaraí, Rio Grande do Sul, Brasil. Según el censo de 1963 Bella Unión tenía 9.983 habitantes.
Los últimos datos censales registran para Bella Unión 13.187 habitantes, mientras que el área
de caña a cosechar en 2007 llegaría a seis mil hectáreas.
3
El término nativo “peludo”, producto de la analogía con un roedor de la zona llamado de este
modo, comprende tanto a los actuales como a ex cortadores de caña de azúcar, a los miembros de
sus familias y a quienes aún no habiendo trabajado en el corte de caña, se autodenominan de este
modo, ya sea porque pertenecen al mismo sector sociodemográfico que los cortadores o porque
13
Silvina Merenson
de Trabajadores Azucareros de Artigas (UTAA), proceso en el que participó
activamente Raúl Sendic, luego fundador y máximo referente del Movimiento
de Liberación Nacional–Tupamaros (MLN-T)4. Este vínculo, tanto como la
experiencia sindical y política condensada en la trayectoria de la UTAA, han sido
objeto de múltiples lecturas que trascendieron el ámbito “local” para explicar
procesos tales como la configuración de las organizaciones revolucionarias y los
orígenes de la lucha armada en Uruguay. En este sentido, la UTAA resulta un
caso excepcional en la historia del sindicalismo rural uruguayo en la medida en
que conjugó sus acciones sindicales reivindicativas con la elaboración de una
plataforma ideológico-política que influyó, en grados variables, en el debate
nacional desde los años sesenta.
Sin embargo, a la trascendencia que cobró la UTAA en la literatura polí-
tica uruguaya, tópico sobre el que nos detendremos en el siguiente acápite, se
oponen, como tensiones, ambigüedades y contradicciones, los modos en que
“los Peludos” dan cuenta de sus experiencias políticas y sus trayectorias sociales.
Este texto aborda esta asimetría a partir del sistema clasificatorio con que los
trabajadores cañeros de la UTAA leen y se posicionan en torno a la violencia
política y el terrorismo de Estado. Aquí me detendré en la operacionalización
de sistemas clasificatorios que no partieron de la acción estatal o institucional
de la dictadura, aunque tomaron de ella algunos aspectos que indican la forma
en que, aún en las situaciones de subordinación y hegemonía, los sujetos pro-
ducen sus propias formas clasificatorias. Específicamente, estas páginas analizan
los marcos interpretativos en que cobran sentido los modos en que el sistema
clasificatorio empleado por “los Peludos” es el resultado de sedimentaciones en
las que las representaciones y valoraciones locales interpelan y son interpeladas
por otras de alcance regional o nacional.5 Para poder advertir esto último, en
el siguiente apartado, voy a sintetizar los modos en que la literatura militante
uruguaya6 ha hecho referencia a estos sujetosy a su sindicato. A partir de esta
“trabajan en la tierra”, aunque en otra rama productiva. No existe un equivalente femenino para
el término “peludo”, pero en los primeros años de la agroindustria era habitual que las mujeres
participaran en el corte de caña. Actualmente no hay mujeres empleadas en el corte, pero en sus
condiciones de “mujer de peludo” integran activamente de la UTAA, ocupando cargos dentro
de su comisión directiva.
4
Sobre el MLN-T véase Arocena (1989), Caetano, Rilla, Gallardo (1995), Aldrigui (2001),
Gatto (2004) y Rey Tristán (2006).
5
N. de e.: sobre tensiones entre memorias locales y nacionales ver los artículos de Da Silva
Catela y Lorenz.
6
En Merenson (2005) puede encontrarse la definición extensa de este corpus, las referencias a
los textos y a los autores que lo integran.
14
Colores, clasificaciones y sedimentaciones del pasado reciente entre...
síntesis en los dos acápites siguientes podremos identificar cómo opera el sistema
clasificatorio en cuestión y las tensiones que éste supone.
Representaciones de “los Peludos” y de la UTAA en la
literatura militante uruguaya
“Peludo” nomina a un sujeto sociopolítico que ha sido objeto de diversas
lecturas. En el plano estrictamente laboral refiere a los cortadores de caña de
azúcar de nacionalidad argentina, uruguaya o brasileña que residen por tiempos
variables en Bella Unión (Moraes, 1992; González Sierra, 1994). Sin embar-
go, otro modo de definir esta palabra está vinculado al rol desempeñado por
la UTAA y por algunos de sus militantes en el proceso político que llevó a la
fundación del MLN-T, a mediados de la década de 1960.7 Desde entonces, un
conjunto de textos políticos, históricos y biográficos que funden la trayectoria
sindical de la UTAA con el proyecto político del MLN-T sostiene una defi-
nición de “los Peludos” tramada en la sustancialización de las condiciones de
vida en la frontera territorial y el relieve mítico de las filiaciones y trayectorias
políticas de sus militantes. Como proletariado agrícola del complejo azucarero
del norte uruguayo o como “motores de la revolución social”, el análisis de la
UTAA a partir de sus ideas motrices, medios y fines se ajusta en esta literatura
al rol desempeñado por Raúl Sendic en la prefiguración del proyecto revolu-
cionario a partir de la creación del MLN-T y plantea dos tópicos recurrentes y
complementarios: el alcance nacional de la lucha protagonizada por la UTAA y
la descripción miserabilista (Grignon y Passeron, 1991) de sus integrantes. Res-
pecto de la primera, Ruben Prieto afirma que “la gesta cañera” de la UTAA:
promovió la reunificación de una ciudad macrocefálica como es Monte-
video y un cuerpo desmembrado como es resto del territorio nacional,
respondiendo ambos a orientaciones discordantes que se habían venido
exacerbando en la época batllista [...] A partir de la agitación cañera a la
cual se había consagrado Raúl Sendic […] se alcanzó la unificación de signo
nacional y así lo percibieron los sectores medios de la capital al hacer suya
la lucha cañera (Prieto, 1986: 44).
Respecto de la segunda, “los campesinos” o “compañeros Peludos” son
descriptos a partir de una clave biológica-étnica-política-territorial que busca
7
N. de e.: para contemplar otros aspectos vinculados con las memorias sobre la fundación del
MLN- T ver el artículo de Marina Cardozo Prieto.
15
Silvina Merenson
explicar las razones por las que desarrollaron una experiencia sindical como la
encarada por la UTAA:
los cañeros, además de esa “sangre charrúa”, denotaban el aporte de los
gauchos, que fueron producto de las circunstancias de la zona. Mezcla de
ibéricos, esclavos negros fugados e indios libres, pese a su pobreza, man-
tenían la condición real de hombre libre, con una escasa participación
en el proceso económico capitalista […] [Los Peludos] desarrollaron una
psicología altiva e independiente […] Sus normas y sus pautas ‘primitivas’
no coinciden con las leyes del sistema […] Más cerca de la tierra y con un
bagaje cultural distinto, “fronterizo”, estaban más próximos a la acción
directa (Prieto, 1986: 134-35).
Esta literatura, producida en su mayor parte luego de la dictadura militar
se ocupa, en mayor o menor grado, de inscribir al MLN-T en una tradición
histórica uruguaya de larga duración en la que “los Peludos” y su sindicato
ocupan un lugar destacado. Los ejes de estas elaboraciones son el liderazgo de
Sendic, la relación del sindicato con el MLN-T y la definición y descripción
de “los Peludos” como sujeto revolucionario. En su conjunto, esta literatura
propone una épica anclada en crónicas costumbristas como la que sintetiza
Samuel Blixen cuando describe a los cortadores de caña:
que llaman peludos, porque trabajan encorvados sobre la tierra y porque
quedan negros de tanta melaza adherida a la piel después de cortar la
caña quemada; entonces se les ven solo los ojitos, una mirada inquieta y
recelosa. Los peludos son crinudos, porque el indio, en las cruzas, ha sido
más obstinado [...] Tienen una memoria alerta, porque siempre han sido
golpeados […] Se juntan debajo de los puentes y no necesitan más de 300
palabras, en una especie de portuñol, para dar cuenta de las novedades.
[…] Si alguno, entre los infelices, merece ser privilegiado, ese es el peludo
(Blixen, 2000: 62).
Si en las descripciones que formula la literatura militante predomina la
imagen de la pobreza y la explotación a la que fueron y son sometidos “los
Peludos”, lo relevante es que sus determinantes resultan intrínsecos al medio
rural, como una suerte de locus de continuidad histórica. Esta es la propuesta
que Mauricio Rosencof hace en La rebelión de los cañeros ([1969] 1989) cuando
identifica a “los Peludos” con formas de producción precapitalistas y, por ende,
con un modo de vida premoderno en el que radicaría la clave de su esencializa-
ción. Me refiero a la idea de la pobreza como un estado originario de las cosas,
como mística que resume en la subalternidad la virtud de los sentimientos que
16
Colores, clasificaciones y sedimentaciones del pasado reciente entre...
realzan, en este caso, la toma de conciencia revolucionaria. Según esta lógica
argumentativa, la incorporación de “los Peludos” a la militancia revolucionaria
es producto de un largo proceso histórico, un proceso que Rosencof introduce
con las trayectorias de los “cañeros viejos” que participaron de la Marcha de
Prestes en Brasil, de las tropas de Aparicio Saravia8 y con la posta que habrían
tomado los dirigentes de la UTAA que protagonizaron una de las primeras ac-
ciones armadas en el Uruguay, marcando con ello el inicio de lo que se conoció
como “doble militancia”.9
En la recuperación de una suerte de tradición rebelde y combativa que los
autores atribuyen a los habitantes del campo y a los efectos de la tarea sindical y
formativa de Sendic, los textos elaboran la singularidad que implicó la UTAA en
el sindicalismo uruguayo. Sus integrantes, dice Rosencof al explicar las razones
de su propia incorporación al MLN-T:
no pedían solamente aumentos de salarios […] No vi nada igual en todo
el país. Eran los más desposeídos. Eso fue lo que pesó en mí. Para mí, el
punto de partida de mi conducta es la gesta de Raúl Sendic […] Lo que
me sacudió a mí no fue el pensamiento de Mao […] Lo que más me tocó
fue comprobar que era muy difícil organizar a los trabajadores rurales,
pero cuando descubrieron la fuerza de la organización sindical, chau, se
acabó. Era el alzamiento. ¡Iban a la guerra! ¡Era 1904 en el plano sindical!
No había tiempo que perder (en Campodónico, 2003: 123-24).
Referencias como estas a las “marchas cañeras”, protagonizadas por el sindi-
cato en los años 1962, 1964, 1965, 1968 y 1971 pueden resumirse en el impacto
o la irrupción del campo en la ciudad y, por ende, en el relato de las diversas
reacciones de los habitantes de Montevideo ante el arribo de “los Peludos”. De
este encuentro la literatura hace un hito, especialmente la primera “marcha
cañera” aparece como un hecho excepcional, dominado por la novedad.10 El
énfasis está centrado en la solidaridad y el recibimiento que la UTAA encontró
8
Aparicio Saravia (1856-1904), caudillo y referente del Partido Nacional, protagonizó las suble-
vaciones contra los gobiernos colorados en 1897 y 1904. La historiografía considera la muerte
de Saravia como indicador del fin de una etapa de la vida política uruguaya.
9
Este término refiere el doble frente –político y sindical- en el que militaron “los Peludos” que
desde la UTAA se integraron al MLN-T.
10
En este punto los autores realizan la operación contraria de la que impera en sus textos: las
marchas no están inscriptas en una línea de continuidad histórica, aunque podrían estarlo, ya
que la primera manifestación realizada por trabajadores rurales en Montevideo data de 1928 – la
“Marcha del Choclo”. A ella le siguieron las marchas de los peones de tambo y los trabajadores
de Fray Bentos, en la década de 1950 (González Sierra, 1994).
17
Silvina Merenson
por parte de algunos sindicatos urbanos y los estudiantes, pero también en las
divisiones y discrepancias de la izquierda (Fernández Huidobro, 1999 y Blixen,
2000). Las marchas hacia Montevideo, que consagran a los integrantes de la
UTAA como militantes revolucionarios que “obligaron” a los montevideanos
a tomar posición ante la situación del campo, abonan la construcción de las
polarizaciones entre la izquierda y la derecha capitalina, entre la “realidad del
campo” y la de “la ciudad”.
Sin embargo, al mismo tiempo que esta literatura construye a “los Peludos
de Bella Unión” como los actores que dinamizaron el proceso revolucionario
en el Uruguay de los años sesenta, toma la precaución de no desmantelar su
esencialización. Este modo de presentar a los militantes de UTAA, señalando
como una suerte de contradicción la conciencia política y las muchas y diversas
anécdotas que los tienen por protagonistas, ubica a “los Peludos” sindicalizados
e integrados al MLN-T en un lugar ejemplarizador, particularmente ligado a
quienes fueron secuestrados, desaparecidos o asesinados en los años previos o en
el transcurso de la dictadura en Uruguay o en los países vecinos. En Historia de los
tupamaros, el texto de Eleuterio Fernández Huidobro, estos “heroicos cañeros”
están sintetizados en la figura de Bentín, militante de la UTAA, desaparecido en
territorio argentino en 1978. La representación de Bentín –y transitivamente la
del resto de “los Peludos” de la UTAA– como militantes valiosos y destacados
asume, en la conclusión del autor, un carácter más que relevante: “no se exagera-
ría al decir que de acuerdo al plan pensado, edificaríamos el nuevo MLN sobre
la piedra fundamental de Bentín, el cañero. Tú eres Pedro y sobre esta piedra…”
(Fernández Huidobro, 1999: 108, subrayado en el original).
Las intervenciones fundadas en el atraso, la miseria y la explotación que
proponen los textos citados hasta aquí y la representación del mundo social
que condensan en la figura de “los Peludos” terminan de conformarse en las
referencias a la ubicación territorial de Bella Unión. Los textos describen el
departamento de Artigas como “la última frontera, el lugar más postergado”
(Blixen, 2000: 64) y lo hacen en la tensión entre su histórica relegación desde
la derrota del proyecto artiguista en el siglo XIX y su revalorización desde la
fundación de la UTAA. Los autores piensan a Bella Unión como una suerte
de bastión nacional, como un espacio en el que el MLN-T puede justificar su
proyecto político y su inscripción latinoamericana, un proyecto tramado en
la multiplicidad de sentidos que los autores asignan a la noción de frontera:
como zona o territorio vinculado directamente a la soberanía nacional y como
frontera simbólica referida a proyectos políticos antagónicos (identificados con
18
Colores, clasificaciones y sedimentaciones del pasado reciente entre...
la ciudad y el campo) que se proponen sintetizar. Pero también como espacio de
intercambio, creador de identidades transnacionales, ligadas al ideario artiguista.
En paralelo a la construcción de la frontera como un espacio de identificación
de “aquellos que están con la patria o contra la patria” (Actas Tupamaras, 2000),
los autores recuperan y destacan la “hermandad latinoamericana” entre los tra-
bajadores zafrales, “iguales en la ruta de sufrimiento y la explotación” (Blixen,
2000) y describen a Bella Unión como “una única nación en la que fraternizan
correntinos, riograndenses y uruguayos” (Rosencof, 1989: 13, subrayado en el
original). Así, si la distinción entre el campo y la ciudad opone dos proyectos
políticos antagónicos, es decir, una capital que mira hacia el mar y hacia Europa
y un pueblo de frontera que mira hacia Latinoamérica, la lucha de la UTAA y
la labor de Sendic en Bella Unión ofician como signo de unificación nacional
y reafirmación latinoamericana. En los textos, los conductores de esta identi-
ficación son “los Peludos”, es para ellos que impera el discurso de hermandad
que realiza la parábola artiguista de la “patria grande”.
En síntesis: el término nativo “peludo”, visiblemente esencializado y atem-
poral; caracterizado como un “tipo humano” propio del campo uruguayo,
como “proletariado agrícola”, “trabajadores rurales” o “campesinado”, parece
informar más sobre la necesidad de elaborar una serie de representaciones po-
líticas del sujeto en cuestión que de comprender el universo cultural que este
sujeto condensa. Sin embargo, en tren de comprender cómo “los Peludos de
la UTAA” fueron objeto de estas diversas representaciones, los textos citados
hasta aquí deben considerarse como parte de las narrativas y lecturas que en-
cuentran en ellos la impugnación de los alcances, atributos y potencialidades
de la modernidad cuestionada por la izquierda uruguaya en los años sesenta.
Lo que sucede con estas representaciones en Bella Unión y los modos en que
tanto “los Peludos” dan cuenta de este proceso sociopolítico será abordado en
el próximo acápite.
Blancos, colorados, rojos, amarillos, azules y verdes: la
metonimia clasificatoria de los colores
Para “los Peludos”, “las violencias” o la “época de la represión” antecede al
27 de junio de 1973, fecha en que el entonces presidente Juan María Bordaberry
decretó la disolución de las Cámaras, creó el Consejo de Estado y reemplazó
las Juntas Departamentales por Juntas de Vecinos. Para “los Peludos”, datar
19
Silvina Merenson
la violencia política implica remontarse a la década de 1960, considerando
para ello una suerte de sistema clasificatorio que cubre en gran parte del arco
político-ideológico. En tanto sistema clasificatorio, “blancos”, “colorados”,
“azules”, “verdes”, “amarillos” y “rojos” indican grupos que vuelven distinguibles
a quienes componen, en calidad de parientes, vecinos o amigas y amigos, las
redes que integran “los Peludos”. Brevemente: “blancos” y “colorados” refiere
históricamente a las personas identificadas con los dos partidos tradicionales,
el Partido Nacional y el Partido Colorado; “azules” y “verdes”, a los miembros
de la policía y del ejército respectivamente, en virtud del color de los uniformes
utilizados por ambas fuerzas. “Rojos”, por su parte, es una categoría asociada
a sindicalistas, militantes y simpatizantes de la izquierda. Por último, “amari-
llos”, refiere a quienes convalidaron las directivas de la patronal, ya sea con sus
conductas individuales o con la creación de sindicatos afines a los intereses de
los productores de caña de azúcar.
Cada uno de estos colores designa una inscripción ideológica y un lugar
en el entramado de relaciones sociales evitando, generalmente, los nombres
propios que mantienen en el anonimato a todas las personas que podrían ser
incluidas dentro de alguna de estas categorías. Pero, además, este sistema clasi-
ficatorio es en un aspecto excluyente, ya que si bien puede haber “verdes” que
sean “colorados” o “azules” que sean “blancos”, no hay “verdes” que sean “rojos”
o “rojos” que sean “azules”. “Los Peludos”, en calidad de tales, pueden ocupar
cualquiera de las clasificaciones posibles: hay “Peludos verdes”, “azules”, “rojos”,
“colorados”, “blancos” y “amarillos”. Si los colores observan la diversidad de
inscripciones posibles que hacen a “los Peludos”, la distinción clave entre cada
una de estas categorías clasificatorias está dada, tal como veremos, por la rela-
ción con la ciudad. De otro modo: en lo que respecta al terrorismo de Estado,
este sistema clasificatorio adquiere sentido cuando es complementado con la
definición “hijo/a del pueblo” como límite valorativo y moral de las personas
sumadas a cada una de las categorías.
Como sucede con los sistemas clasificatorios, las categorías que los compo-
nen resultan categorías de adscripción o de interpelación que, en el caso que
analizamos, fundan lecturas del pasado reciente en Bella Unión. Estas están
tramadas en el estrecho vínculo existente entre las representaciones que impulsan
esta clasificación y las experiencias de la autoridad y el trabajo, tal como señala
Douglas (1986: 146), aunque de un modo particular. Este que analizamos no es
el sistema clasificatorio empleado por la dictadura que, partiendo del binomio
nación/anti-nación, identificó el primer término con las Fuerzas Conjuntas y
sus aliados y, el segundo, con la sinonimia “marxismo”, “sedición”, “subversión”.
20
Colores, clasificaciones y sedimentaciones del pasado reciente entre...
De esta oposición, que desde 1974 poblaron los medios de comunicación,
partió la “declaración jurada de fe democrática”11 como requisito legal para
el nombramiento y la permanencia en el cargo en el empleo público y, desde
1977, la clasificación de la ciudadanía en tres categorías (A, B y C)12, según
sus antecedentes políticos. Tampoco se trata del sistema clasificatorio emplea-
do por la militancia política y sindical que, en principio, opuso democracia/
dictadura para convocar, en 1973, a la huelga general y a la ocupación activa
de los lugares de trabajo.13 Veamos, entonces, en qué consiste y cómo opera la
metonimia clasificatoria de los “colores”.
Cuando “los Peludos” se refieren a la “represión” ingresan en ella las listas
negras que contenían los nombres de los afiliados a la UTAA, los despidos
de los sindicalistas, las persecuciones a los miembros de sus familias, los
allanamientos en el transcurso de lo que denominan “rondas nocturnas” y la
estigmatización de quienes eran considerados “rojos”, categoría que incluyó
extensivamente a familiares, compadres/comadres o amigos de los integrantes
del sindicato y militantes políticos de izquierda. Para “los Peludos”, la “época
de la represión” se abre con la ocupación de los escritorios de uno de los inge-
nios en 1962, que marca el primero de los enfrentamientos con los “verdes”,
es decir con el ejército uruguayo, y encuentra tres ápices. El primero en 1972,
año en que “cayeron” en Bella Unión 50 personas vinculadas al MLN-T y a
la UTAA, según consigna el informe sobre la acción de las Fuerzas Conjuntas
(Comunicado, Ministerio del Interior, 1972: 55). El segundo en 1976, año
en que fueron detenidas cinco personas vinculadas al sindicato docente, el
Partido Comunista y/o el Frente Amplio: tres maestras y los profesores Saúl
Facio y el Dante Porta, ambos asesinados en el cuartel de Bella Unión. El tercero,
entre diciembre de 1977 y agosto de 1978, meses en los que Ataliva Castillo,
11
A partir de julio de 1974, por ley (14.248), todos los empleados del Estado, para acceder o
continuar en sus cargos, debían firmar la declaración jurada de fe democrática cuya letra establecía:
“Juro por mi honor mi adhesión sin condiciones ni reservas al sistema Republicano Democrático
de Gobierno que la Nación ha implantado por voluntad soberana y declaro no haber pertenecido
ni pertenecer a las organizaciones antinacionales disueltas por el Poder Ejecutivo”. En sintonía
con esta disposición, la campaña oficial parafraseó la declaración jurada apelando a diversas ocu-
paciones. En el caso del sindicalismo rezó: “Yo, Dirigente Sindical. Voy a defender libremente los
verdaderos derechos de los trabajadores. Voy a preferir el camino del entendimiento frente a la
oposición del enfrentamiento estéril […] Voy a combatir por un gremialismo honesto, apolítico
y auténticamente oriental” (Yo Oriental, aviso oficial, 2-8-1974, en Martínez, 2007: 40).
12
Sólo la ciudadanía categorizada “A” podía aspirar a permanecer u ocupar cargos en el Estado
o puestos de importancia en el sector privado.
13
Para la acción sindical durante la Huelga General véase Rodríguez et. all. (2006).
21
Silvina Merenson
Héctor Severo Barreto y Félix Bentín –tres dirigentes de la UTAA y militantes
del MLN-T– fueron secuestrados y desaparecidos en la Argentina.
Desde que en abril de 1972 el Parlamento aprobó la vigencia del “estado de
guerra interno”14, Bella Unión, descrita como “cuna”, “nido” o “centro embrio-
nario principal del MLN-T en su etapa formativa” (Comunicado, Ministerio
del Interior, 1977: 197), resultó un objetivo militar crucial para la acción de las
Fuerzas Conjuntas. En su estrategia geopolítica, la condición de triple frontera
territorial de Bella Unión, fue interpretada según la lógica de la “amenaza ex-
terna” y la “defensa de la soberanía nacional”. Fue entonces que “Bella Unión
se militarizó”, tal como indican “los Peludos” vinculados/as al sindicato o, “se
llenó de verdes”, como prefieren decir aquellos/as que no tuvieron ninguna
actuación política o sindical en el período. Por su parte, para los/as militantes
del MLN-T vinculados a la UTAA, Bella Unión se convirtió en una “caza de
brujas” o en una “zona prohibida”, un sitio que debían evitar o del que debían
salir si se encontraban en la clandestinidad o si estaban “requeridos” ya que “la
caída era segura”, tal como explicaba uno de los integrantes de la columna del
interior o Norte del MLN-T.
El 20 de marzo de 1972 la tapa del diario El País tituló “Descubren guarida
facciosa. Fue desbaratada la Columna Norte del grupo sedicioso”. De este modo
la crónica informó la detención en Bella Unión de 10 personas, integrantes
del “grupo antisocial que opera en el norte del país, que planificaba sabotear la
cosecha de azúcar y a la vez producir la mayor conmoción social entre el perso-
nal que trabaja en los ingenios” (El País, 20-3-1972). A esta primera detención
masiva que hoy los “Peludos” recuerdan por el despliegue espectacular de verdes,
siguió la de otras 40 personas, en el mes junio. Entre ellas, indica El País, “tres
médicos, una profesora, enfermeras, maestras y hasta una meretriz”, acusadas/
os de integrar el subcomando de la Columna 23 del MLN-T (El País, 16-6-
1972). La lista de detenidos/as, con sus respectivas fotografías de prontuario,
cuenta “diez cañeros, integrantes de la UTAA” (El País, 16-6-1972).
Entre 1972 y 1973, el arribo masivo a la ciudad de nuevos y más miembros
de las fuerzas de seguridad indica para los “Peludos” la disrupción de una suerte
de “edad de oro” como descripción primaria de un “pueblo” en el que “todos
se conocían, existía el respeto y los gurices jugaban al fútbol en el cuartel, los
fines de semana”. Esta imagen para Bella Unión y sus vecino/as pone en ten-
14
Esto supuso la supresión de las garantías individuales, los allanamientos sin orden judicial, los
interrogatorios sin plazos, la supresión de habeas corpus y la intervención de la justicia militar
en delitos políticos.
22
Colores, clasificaciones y sedimentaciones del pasado reciente entre...
sión la descripción del “militar” como “enemigo”, posible en tanto ingresan
decididamente en los relatos los “azules” y “verdes” que no son considerados
“hijos del pueblo”, es decir que no nacieron en Bella Unión y, por ende, no
pertenecen a alguno de los linajes conocidos o emparentados con el propio.
Hasta entonces, para los “Peludos”, los “milicos” resultarían menos enemigos
–o al menos no representarían el mismo peligro o temor– que los “amarillos”.
De hecho, en los pocos escritos que produjo la UTAA en la década de 1960
no hay menciones a las Fuerzas Conjuntas. En cambio, tal como vimos en
el capítulo anterior, abundan las referencias al “enemigo” encarnado por la
patronal, los “amarillos” y, en un sentido más amplio, por el “capitalismo”, el
“imperialismo” y el “latifundio”. Aún cuando los “milicos” son sujeto de una
presencia indeseada, tal como la que anuncia en la creencia popular la caída
al piso de una cuchara –indicativa de “milicos en las casas”–, la clasificación y
descripción unívoca de “milico” o “verde” como “enemigo” no está presente
ni en los relatos ni en las prácticas de “los Peludos”, pero tampoco entre la
militancia política que promovió la identificación del “milico de campaña”
como parte integrante del “pueblo”, como “gente sencilla” que buscó con su
inserción en las fuerzas de seguridad un trabajo que le significara un salario y
mejores condiciones de vida que las habituales tareas en el medio rural. Los
“Peludos” tienen su versión local de esta representación en Osvaldo y en el
“sucedido”15 que, en principio, encuentra en la conducta de este fusilero re-
tirado y “blanco de siempre”, el privilegio de los vínculos vecinales por sobre
las opciones ideológicas y las filiaciones políticas. Cuenta este “sucedido” que
Osvaldo, mientras cumplía funciones en Montevideo, reconoció en la calle al
dirigente de la UTAA e integrante de la dirección del MLN-T más renombrado
y buscado. Aún cuando éste estaba “requerido”, él no lo detuvo ni lo delató.
Cada vez que pregunté por las razones de Osvaldo para actuar de este modo
escuché la misma respuesta: “y, los dos son hijos del pueblo”.
Podríamos pensar que en la lectura de la actitud de Osvaldo, resuena la
“historia del buen alemán” (Portelli, 1998: 122) en la medida en que pone
en foco la excepción y el margen de humanidad que, en este caso, se extiende
15
Los “sucedidos”, para decirlo brevemente, son relatos generalmente escenificados que, siempre
aparentemente, tuvieron lugar en el pasado remoto o reciente y a partir de los cuales se constru-
yen actores, se exponen valoraciones y se ofrecen reflexiones y representaciones sobre el pasado,
el presente y el futuro. Los “sucedidos” son fundamentales a la hora de narrar el terrorismo
de Estado en la medida en que indican el modo en que “la conciencia ‘mítica’ e ‘histórica’ no
son mutuamente excluyentes, sino que constituyen modos complementarios de estructurar los
eventos pasados” (Turner, 1988: 19).
23
Silvina Merenson
al pueblo y a sus linajes. Pero Osvaldo no es “cualquier verde”, es desde hace
treinta y siete años el marido de Coca, quien siendo adolescente recibió un
balazo en una pierna (en el transcurso de la segunda “marcha cañera”) que la
dejó postrada varios años y renga de por vida. Este parentesco se vuelve crucial
para comprender por qué sería él –y no otro “verde”– el “buen alemán”, pero
también por qué este vínculo lo habilita a enunciar otro “sucedido” que circula
entre “los Peludos” y que debe leerse en relación con el primero. Osvaldo me
contó –y otros/as lo ratificaron– que “se dice” que la bala que hirió a su mujer
no provino del arma de un policía, sino que fue “un tiro que se le escapó a
un peludo”. El “peludo” al que el “sucedido” adjudica el accidente tampoco
es “cualquier peludo”, es uno de los militantes de la UTAA que se sumó a la
dirección del MLN-T en el exilio y desapareció en la Argentina en 1978. Aún
cuando las pericias balísticas publicadas en la prensa del período que informan
el evento no dejan mucho lugar a las dudas –la bala provino de un arma regla-
mentaria–, este “sucedido” circula entre “los Peludos” con la misma fuerza que
el primero, protagonizado por Osvaldo y el dirigente de la UTAA, dividiendo
las opiniones, intentando establecer responsabilidades y demandas en el marco
de narrativas sociales fuertemente controladas. Veamos a qué me refiero con
esto: cuando la viuda del dirigente que, según el “sucedido”, no fue delatado se
enteró que frecuentaba la casa de Coca y Osvaldo, me increpó –como nunca
antes lo había hecho– para preguntarme: “cómo fue que te dijeron aquello de
la bala” e, inmediatamente, afirmó que “no se escapó ninguna bala, fueron los
milicos los que estragaron la pierna de la [Coca]. Yo sé lo que él [Osvaldo] hizo
por A. [su marido] y agradezco, pero lo de la [Coca] fue como te digo”.
La lectura conjunta de ambos sucedidos nos deja ante varias cuestiones. Es
posible que, el primer “sucedido”, más que destacar que cuando la violencia
política genera “víctimas inocentes” siempre hay alguien que resiste (cf. Por-
telli, 1998: 123) venga a delinear, justamente, algo de lo contrario, es decir la
tensión entre la filiación vecinal primando por sobre cualquier otra posible y
la construcción de la responsabilidad –incluso en términos de agencia– que
cabría a “los Peludos” que formaron parte del proceso de radicalización sindical
y política, por fuera de los alcances de la “pura víctima”. Si el primero de los
“sucedidos” aporta el fuerte sentido de identificación comunitaria, algo que la
viuda de A. no puso en duda en ningún momento, en el segundo vemos que
esa pertenencia tensa y divide a la hora de eximir o establecer responsabilidades
que permitan comprender el proceso sociopolítico. Quienes afirman que el tiro
que hirió a Coca provino del arma de un militante desaparecido de la UTAA
24
Colores, clasificaciones y sedimentaciones del pasado reciente entre...
y del MLN-T, están haciendo varias cosas. Están afirmando que, contra lo que
indica una de las dimensiones de la representación miserabilista y épica que
vimos en el acápite anterior, “los Peludos” portaban armas, un dato que los indica
como protagonistas y militantes activos en la lucha armada. Pero también están
diciendo que, en virtud de ello, y aún cuando fuera producto de un lamentable
accidente, esas armas podían causar daño a todos (incluso a sus propios pares)
y, por ende, pueden ser presentadas como parte del sentimiento de amenaza
constante que dejan entrever sus relatos. En este contexto, entre quienes no se
sumaron a la UTAA y/o al MLN-T, hacen sentido las demandas de disculpas y
autocrítica que nos devuelven al sistema clasificatorio en cuestión: “por qué la
gente acá la gente no quiere [viene hablando de “los rojos”]”, se preguntaba una
de las vecinas de Coca, “porque ellos no se disculparon, porque ellos no dicen
‘nos equivocamos en esto, en aquello’”. Si nos ajustamos estrictamente al último
“sucedido” y consideramos el trágico destino del “peludo” que lo protagoniza
veremos que, además, éste garantiza la perpetuidad del reclamo.
Otro punto a destacar es que, estos “sucedidos”, son protagonizados y
enunciados exclusivamente por “hijas e hijos del pueblo”. Es, justamente, esta
identificación la que resulta clave a la hora de dar cuenta de las consecuencias
más trágicas del terrorismo de Estado. Para ver lo que podría ser el reverso de
los “sucedidos” detengámonos en Memorias de un peludo, el libro testimonial
escrito y autogestionado por Hugo Gómez Echagüe (2007). Allí el autor evoca
a Saúl Facio y Dante Porta. El primero es descrito como un “luchador social por
los derechos y la dignidad de los vecinos de su querido pueblo” y, en segunda
instancia, como “comunista, comunicador social y guarda de ómnibus” (Gómez
Echagüe, 2007: 141). De Dante Porta el autor destaca su condición de “de-
portista íntegro” que, “al volver a su querido pueblo fue profesor y un hombre
dedicado de lleno a ayudar a las necesidades de su pueblo”, para luego señalar
que fue el primer presidente del del Frente Amplio de Bella Unión (Gómez
Echagüe, 2007: 141). En el texto de Hugo, la atrocidad de ambos asesinatos
está centrada, fundamentalmente, en el impacto sobre las condiciones y las
reglas de vecindad: se trataba, antes que nada, de “buenos vecinos, muertos por
alcahuetes baratos ‘nenes de papá’ y otros pobres diablos”, que fueron velados
y enterrados ante la custodia de “soldados desconocidos” (Gómez Echagüe,
2007: 141).
Hasta las detenciones y asesinatos atribuidos a los nuevos habitantes de la
ciudad –“gente que no se conocía en el pueblo”–, la relación con las fuerzas de
seguridad que proponen “los Peludos” no aparecen teñidas de antagonismo.
25
Silvina Merenson
Esta diferencia es la que estableció Nora, a quien presentamos en el registro
de campo que antecede a este capítulo, al describir la última detención de su
marido, en 1972:
antes, cada dos por tres, alguno andaba preso [se refiere a los militantes
de UTAA]. Cuando [su marido] faltaba de las casas uno o dos días yo ya
sabía que andaba preso, no me preocupaba. Venía el abogado del sindicato
y yo le avisaba y en un ratito me decía dónde estaba. Entonces íbamos
con los compañeros del sindicato a la comisaría, ahí había un policía que
era compadre mío de Gomensoro16, gritábamos, hacíamos un poco de
barullo, nos íbamos, y atrás nos alcanzaba él, que ya lo habían largado.
Pero esta vez que te digo de la estancia no, ahí ya quedó preso, él estaba
escondido en una estancia. Lo fueron a buscar los verdes, lo rodearon,
eran como cinco y no podían con él. Lo acorralaron, a palo y garrote se
defendió él, luchó mucho, se defendió a coraje limpio, pero lo agarraron
y se lo llevaron a Paysandú y [luego] a la cárcel de Libertad (entrevista a
Nora, 6-12-2006, Bella Unión).
No sucede lo mismo con la sinonimia “peludo/rojo/tupamaro/guerrillero”
que adquirió un fuerte sentido estigmatizador entre quienes leyeron en la acción
sindical y la filiación política de la UTAA en la década anterior la causa del quie-
bre del orden considerado normal. Actualmente, en Bella Unión, “guerrillero”
es un modo frecuente de denominar a quien “hace relajo” o es “revoltoso”, y es
habitual escuchar a las madres referirse a sus hijos como “guerrilleros” cuando
estos realizan alguna travesura o se comportan “mal”. Durante los años de
dictadura, indicar a una persona como “tupamaro” fue transformándose en
un modo de plantear conflictos, minar el prestigio o la honra del acusado/a e,
incluso, de concretar venganzas personales. “Aquel es medio tupamaro”, “a ese
lo vi andar con los rojos”, “no te juntes con aquel gurí, que es hijo de tupamaro”
o el rumor que indica que “si los rojos ganaban la guerra se iban a llevar a los
niños a Cuba” son algunas de las imputaciones que circularon por la ciudad,
siendo motivo de allanamientos en las casas y de detenciones que impactaron
en las redes de vecindad y solidaridad creando no sólo terror, sino también
“resentimiento” por las denuncias y “vergüenza” por las molestias o malos mo-
mentos atravesados por los/as vecinos/as. Puntualmente, el Plan Tatú17, resulta
16
Localidad del departamento de Artigas, ubicada a 25 km al sur de Bella Unión.
17
Tras la masiva fuga de presos del penal de Punta Carretas y el recrudecimiento de la represión
el Plan Tatú, un esquema de escondites debajo de la tierra tuvo el doble objetivo de poner a
resguardo a la militancia y extender la propaganda política entre la población de la campaña.
“Desde el punto de vista estratégico”- escribe Blixen- “el Tatú fue concebido como la apertura
26
Colores, clasificaciones y sedimentaciones del pasado reciente entre...
la referencia unívoca a la acción de Tupamaros en la zona, en virtud de la cual
el diario El País convocaba a “el hombre del interior”, apelando a su
oportunidad de demostrar, como en tantas ocasiones, su valor y patriotismo
colaborando en la medida de sus posibilidades con las Fuerzas Conjuntas
en esta dura lucha en que está empeñada la nación en defensa de la paz de
su pueblo y la estabilidad de sus instituciones (El País, 12-6-1972).
Rápidamente, esta interpelación, encontró eco en Bella Unión. En 1972, y
con anterioridad a la inauguración del Parque del Recogimiento18 y el decreto
del Poder Ejecutivo que estableció el 14 de Abril como Día de los Caídos en
la lucha contra la Sedición19, la estigmatización del término “tupamaro” tuvo
un acto de institución en la ciudad. Me refiero, en palabras de Hugo Gómez
Echagüe, al “monumento” situado a orillas del arroyo Ñanquirá que recuerda
la muerte accidental o el asesinato de un soldado, según sea la versión adoptada
del sucedido. Para el autor, que se presenta como testigo indirecto del hecho,
el soldado muerto fue alcanzado por la bala de uno de sus propios camaradas,
pero el asesinato fue atribuido a uno de los militantes más renombrados de
la UTAA y el MLN-T en Bella Unión. El monumento al que se refiere Hugo
recuerda “la primera víctima de los Tupamaros en la zona”, versión que según
le contó un policía de la CALPICA –un “azul”–, se echó a rodar porque sino
“los verdes” tomarían represalias contra ellos (Gómez Echagüe, 2007: 143).
La muerte del soldado es hecho incuestionable, del mismo modo en que
lo es la herida en la pierna de Coca, aunque entre ambos lo que media es la
diferencia entre la vida y la muerte. Sin embargo, cuando ambos eventos se
transforman en “sucedidos” volvemos a encontramos con una bala (accidental o
no) cuya procedencia queda puesta duda. Es posible que en la estructura y a los
fines simbólicos y prácticos de ambos “sucedidos” resulte oportuno considerar
dos cuestiones. Por una parte, las fechas en que ocurren: el protagonizado por
Coca data de 1964, mientas que el protagonizado por el soldado –un “verde”
anónimo para “los Peludos”– ocurre en 1972, en uno de los momentos de
mayor escalada y recrudecimiento de la represión. Por la otra: la inversión en
de un segundo frente militar, que dislocara a las fuerzas represivas concentradas en Montevi-
deo, y a la vez como un motor de trabajo político en los sectores populares de las ciudades del
interior” (2000: 212).
18
En junio de 1975, en el marco de las conmemoraciones por el aniversario de la fundación
de Melo se inauguró el Parque del Recogimiento, en homenaje a los caídos en la lucha contra
la subversión.
19
En agosto de 1975 el Poder Ejecutivo establece el 14 de Abril como día de los Caídos en la
Lucha contra la Sedición. Sobre las conmemoraciones de esta fecha véase Marchesi (2002).
27
Silvina Merenson
los roles de los/as protagonistas para asemejar los opuestos en el terreno de la
persistencia y el incremento del sentimiento de amenaza generalizada. El hecho
de que ambos “sucedidos” presenten la misma estructura pero difieran en las
consecuencias indica el modo en que “los Peludos” registran las transforma-
ciones del tiempo histórico.
Avanzando sobre el anterior, otro modo de registrar los cambios ocurridos
fue el que, desplegó Clara: “durante la primera mitad de la década de 1970,
Bella Unión vivió en guerra y, durante la segunda mitad, en obra”. De este
modo, Clara –una de las tres maestras que fueron detenidas en 1976 en Bella
Unión y alojadas en el Penal de Punta de Rieles–, resumió y distinguió con
cierto sarcasmo el proceso local que siguió en los setenta el terrorismo de Estado
y sus valoraciones. Su diferenciación alude a las obras públicas realizadas en el
marco del Plan Norte del Río Negro (Plan NORIONE)20 y el apoyo crediticio
a la diversificación de la estructura productiva de la zona, la creación de la Coo-
perativa Agropecuaria Limitada de Vitivinicultores del Norte (CALVINOR),
declarada de interés nacional en 1978, y la creación de la Sociedad Agrícola
Integral de Coronado (SAICO), dedicada a los cultivos de primor, todos estos
emprendimientos con que, según “los Peludos”, se beneficiaron “los blancos y
los colorados, como siempre”.
A las inversiones y créditos estatales destinados a Bella Unión se sumó una
coyuntura favorable para la agroindustria azucarera que, por primera vez en
su historia, obtuvo récords productivos en 1976 y 1977, alcanzando saldos
exportables que el país vendió a Venezuela. Ambos hechos pusieron a la ciudad
en las páginas de la prensa montevideana que saludó las rindes como el resul-
tado de un “emporio de trabajo”, donde “todo es actividad y movimiento” (El
Día, 25-7-1976). De este modo, Bella Unión, parecía ir a contracorriente de
los indicadores que señalaban la “latinoamericanización” del Uruguay21. “Los
Peludos”, incluso aquellos que formaron parte de la UTAA o cuyos familiares
estaban “requeridos” o detenidos, recuerdan estos años como “una época en
la que había mucho trabajo”, en la que “llegaban a Bella Unión dos familias
por día” para establecerse en la ciudad. “De Bella Unión nadie emigra” fue la
consigna con que la ciudad se pensó a sí misma cuando, a fines de la década
20
Entre ellas la construcción y la inauguración del Puente Internacional que desde 1977 une
Bella Unión y Barra do Cuaraí, la pavimentación de la Ruta Nacional Nº 3, el ensanchamiento
de la Avenida Artigas y la refacción de plazas y edificios públicos
21
Tras el golpe de Estado, señalan Caetano y Rilla, “tal vez como en pocas oportunidades, el
Uruguay quedaba asimilado a la pulsación dramática de América Latina y en apariencia enterraba
su ‘singularidad’ de la que tantas veces había hecho caudal” (Caetano-Rilla, 1998: 255).
28
Colores, clasificaciones y sedimentaciones del pasado reciente entre...
de 1970, alcanzó los 22.000 habitantes, multiplicando por 8 el promedio del
crecimiento nacional de la población, en el mismo período en que se popula-
rizó la frase “el último en irse que apague la luz” para referir el exilio masivo
de miles de uruguayos/as22.
De todos los “Peludos” que conocí en Bella Unión, sólo Evelina, esposa de
quien fue un reconocido dirigente de la UTAA e integrante de la dirección del
MLN-T, señaló que “por toda esa plata que llegó acá es que el país se endeudó
y se fundió”. El resto parece convalidar el privilegio de las políticas “micro” que
Demasi indica para “la ‘opinión pública’ del interior del país” en detrimento
de “los aspectos más chocantes de la represión” (Demasi, 1995: 41). Aún
cuando esta es una explicación posible, también es cierto que para “los Pelu-
dos” el registro de la represión no es necesariamente un registro emparentado
con la dimensión político/Estatal. Para “los Peludos”, reconocer o criticar esta
coyuntura económica en Bella Unión no necesariamente supone impugnar o
avalar la acción del terrorismo de Estado. En todo caso se trata de identificar
las múltiples capas en que “los Peludos” piensan y reflexionan sobre el mundo
social. Para indagar, entre otras cuestiones, estas combinaciones es preciso
detenernos ahora en dónde alojan y cómo narran “los Peludos” la amenaza y
el terror, pero también en cómo dan cuenta del “progreso”.
La frontera, entre el miedo y el progreso: las tensiones de las
experiencias de los Peludos en torno al terrorismo de Estado
Como señalamos en el acápite anterior, dar cuenta de los sentimientos de
amenaza, miedo o terror asociados a la acción del terrorismo de Estado en Bella
Unión implica testimoniar, con distintos grados de dificultad y ambigüedad, la
modificación de la escena primaria de un “pueblo tranquilo”, perturbado por
la presencia y el protagonismo de nuevos actores sociales y eventos nunca antes
experimentados que “amedrentaban a la gente”. Para “los Peludos” vinculados a
la UTAA esto supone narrar las noches en que los helicópteros sobrevolaban la
22
En el período 1970 - 1985 la magnitud de la migración se estima entre 300.000 y 390.000
personas. El pico emigratorio ocurrió entre los años 1973-1975. La emigración alcanzó a casi
10% de la población. El De los/as emigrantes 60% partieron desde la capital del país. Además
de los países limítrofes entre los destinos estuvieron Venezuela y México, varios de los países del
continente europeo, Estados Unidos, Canadá y Australia. Sobre el exilio uruguayo y la emigración
uruguaya en “corrientes de migración de larga distancia” véase Fortuna - Niedworok - Pellegrino
(1988) y Wonsewer - Teja (1985).
29
Silvina Merenson
ciudad, “buscando tupamaros”, porque estos “hacían tatuceras para esconderse”,
o referirse a las instancias en que sus hogares eran “revisados” por “los verdes, a
punta de metralla, buscando algún rojo”. Para quienes en cambio no tuvieron
ninguna filiación sindical o política, el registro de los eventos que testimonian
la acción de la dictadura y su ingerencia en la vida cotidiana obedece a otro
orden. En varias oportunidades escuché referencias a la dictadura como “esa
época” en que “no se podía andar borracho por la calle”, “a las diez de la noche
ya no se andaba”, “los milicos te baboseaban pidiendo [la] credencial” o “te
llevaban al cuartel para hacerte preguntas y algún golpe te daban”.
Más allá de las diferencias que pueden identificarse en los marcos interpre-
tativos para estos múltiples eventos y experiencias, las y los Peludos coinciden
en situar en la frontera territorial uruguayo/argentina los relatos más trágicos
de la acción represiva: tras el incremento de la presencia de las Fuerzas Armadas
y la intensificación de los controles en los pasos fronterizos, dicen, el “cruce se
volvió peligroso”. Pero, al mismo tiempo, se tornó central, pues el comercio a
través de las fronteras fue una de las estrategias puestas en práctica especialmente
por las mujeres que, tras las detenciones de sus maridos, encontraron en este
trabajo, un modo de sostener la economía doméstica.
Pero no sólo para “los Peludos” la frontera territorial ganó un protagonismo
cotidiano, ésta también fue parte del discurso y las prácticas de la dictadura que
encontró en la “defensa de la soberanía nacional” ante la “amenaza externa” la
contraparte necesaria para hacer de la “orientalidad”23 el soporte de una lectura
particular de la historia nacional. Específicamente, la frontera norte, fue pensada
como un espacio del territorio nacional objeto de defensa, vigilancia y custodia;
como un sitio conflictivo en el que cobraron entidad las diversas hipótesis de
“invasión”, una expresión que condensa múltiples sentidos: desde las plagas
agropecuarias y la “contaminación” del idioma castellano por el portugués –que
motivó la prohibición de las publicidades en este idioma en los departamentos
fronterizos de Artigas y Rivera (cf. La Mañana, 25-5-1979)–, a las prácticas
religiosas y las “ideologías foráneas” que, en el caso de Bella Unión, indicaron
a la ciudad como lugar de origen del MLN-T o “cuna de los tupamaros”, tal
como vimos en el primer acápite.
Quienes en la década de 1970 se dedicaron a “chivear” se muestran particu-
larmente reticentes a la hora de narrar cómo o por qué cruzar la frontera se puso
feo o malo. Sus argumentaciones suelen comenzar señalando el aumento de los
controles en la aduana, la presencia de perros y armas que nunca habían visto
23
Al respecto véase Cosse-Markarian (1996).
30
Colores, clasificaciones y sedimentaciones del pasado reciente entre...
en estos pasos fronterizos y el cacheo corporal al que eran sometidos cuando en
la frontera “se andaba buscando algo”. Luego de insistir supe que el peligro del
cruce radicaría en que la frontera territorial condensaba la interacción cotidiana
con las fuerzas de seguridad y los secuestros y desapariciones de quienes cruzaron
la frontera hacia territorio argentino. Así, la frontera territorial constituye el
espacio físico y simbólico en el que, la liminalidad de la desaparición sumada a
la liminalidad con que se caracteriza al territorio en que es situada –la frontera
territorial–, gana potencial explicativo por sobre otras interpretaciones posi-
bles que implicarían determinar responsabilidades y entablar denuncias que
superarían ampliamente los objetivos del sistema clasificatorio que apuntamos
al comienzo de este capítulo. Cuando Cholo González –uno de los dirigentes
de la UTAA que regresó a Bella Unión tras el exilio y luego de permanecer
diez años preso en Montevideo– menciona la frontera territorial, lo hace para
significar en ella las desapariciones de Juan Ventín y Ataliva Castillo, dos de
“los Peludos” que fueron fundadores de la UTAA y militantes del MLN-T: “a
Juancito, en una de esas vueltas, entre una y otra orilla, lo levantaron y nunca
más lo vimos. Eran épocas de desaparecer” (Gilio, 2005: 10); “Atalaiva se vino
[de Argentina], pero un tiempo después tenía un contacto en Buenos Aires
y volvió a cruzar, cruzó, y nunca más se supo de él” (Gilio, 2005: 71). Para
otros “Peludos”, menos sindicalizados que Cholo, como es el caso de Matías, la
idea de la desaparición no integra el horizonte interpretativo: para él “la cosa é
clara, si cruzó y no se lo vio nunca más por el pueblo es que es muerto. Así se
decía… cruzó y no vino más, ¿no? Teniendo familia acá… si no volvió es que
es muerto, se fue con el agua”.
Entre “los Peludos”, dar cuenta de los secuestros y desapariciones no inclu-
ye referencias específicas a la acción conjunta de las fuerzas de seguridad o la
instrumentación del Plan Cóndor. Más bien se trata de hechos que permiten
referir la activación de creencias y anuncios que funcionaron como respuestas,
solidaridades y formas de resistencia. Según explicaba don Vica –un hombre
de sesenta y cuatro años que se presenta como “chivero nacido chivero”–,
había días que el puerto se cerraba sin razones aparentes: “esos días se sabía
que las lanchas cruzaban gente que estaba presa”. Cuando eso sucedía, según
don Vica, “se largaba el aviso, se decía ‘mañana parece que viene tormenta, no
venga por acá’”. De este modo, apelando al rumor y los significados vinculados
a la tormenta24, se advertía el peligro, especialmente a los familiares de quienes
estaban “requeridos”.
24
La tormenta, especialmente para los “Peludos”, es sinónimo de alerta y terror. Las tormentas
destruyen sus casas, sus cultivos, los/as dejan sin trabajo por varios días y, por ende, sin jornal.
31
Silvina Merenson
Este último fue el caso de doña Elda, quien luego de la detención de su
marido, comenzó a “chivear en serio”. Es decir, dedicó gran parte de su jornada
diaria a trasladarse hacia Monte Caseros, por la mañana y, por la tarde, hacia
Barra do Quaraí. Elda define ese período de su vida como “años muy duros y
tristes” en los que tuvo que hacer frente a la economía doméstica prácticamente
sola aunque, al mismo tiempo, puede percibirse su orgullo cuando se trata de
testimoniar su “progreso” cuya prueba es la casa de material que, dice, “levanté
yo sola, con mi trabajo”.
Como Elda, Angélica y Nora, también esposas de militantes detenidos
en el Penal de Libertad, se refieren a los años de terrorismo de Estado como
“épocas de mucha muerte, épocas en las que muchos murieron, compañeros
que eran para andar vivos” o como “años de tener miedo”. Ambas incluyen
en sus biografías la descripción pormenorizada de todos los trabajos realizados
para “sacar adelante” a sus familias: el empleo en el servicio doméstico, la venta
callejera de alimentos, de manualidades y la realización de labores como costura,
bordado y tejido. Para todas estas mujeres, testimoniar sus progresos personales
lleva a dar cuenta de un contexto mayor –cuando “todavía había zafras largas25
y había plata en el pueblo”– y es posible en tanto evitan mencionar la estig-
matización que implicaba ser considerada “mujer de tupamaro” y los rumores
que circulaban tanto sobre ellas como sobre sus maridos.
Todas, además de afrontar la economía doméstica, debieron resguardar
con sus conductas “el nombre” de sus maridos. En sus relatos, el hecho de vol-
verse “más caseras” tras las detenciones parece ser una conducta casi tan obvia
como esperada e implicaría dar cuenta de una cualidad moral en sí misma.
Desarticulado el sindicato, perseguidos/as sus militantes y estigmatizados/as
sus parientes, algunas de ellas procuraron espacios moralmente aceptados en
los que, además de reconstruir sus redes sociales, hallaron modos de interpretar
el terrorismo de Estado. Es así como Nora, en su condición de fiel pentecostal
desde principios de los años ochenta, incluye entre las señales de manifestación
del diablo a “los torturadores que hicieron sufrir a los compañeros como Cristo
sufrió”, critica la opción por la lucha armada del MLN-T porque “las armas son
diabólicas y no deben entrar en las casas” y profetiza el “castigo, porque Dios
puede acariciar con una mano, pero también sabe dar palo con la otra”. Como
Sobre ellas circulan diversos “sucedidos” que incluyen “aparecidos”, encuentros con fuerzas
sobrenaturales y milagros.
25
La diferencia entre las “zafras largas” y las “cortas”, es decir de más o de menos de 3 meses
de duración, constituye en los relatos de “los Peludos” un dato directamente vinculado a sus
condiciones de vida.
32
Colores, clasificaciones y sedimentaciones del pasado reciente entre...
Nora, con una mezcla de orgullo personal, silencios y cierta bronca contenida,
el resto de las mujeres señalan como inicio de la “crisis del pueblo” a 1985,
año en que finaliza la última dictadura. En términos biográficos, para ellas, la
liberación de los presos políticos tras la amnistía decretada en 1985 significó
el regreso de sus maridos a sus hogares y, con ello, el reacomodamiento de la
vida familiar, vecinal y política.
Palabras finales
Hasta aquí nos propusimos avanzar en la comprensión de los relatos acerca
del pasado reciente que proponen “los Peludos” que integran o integraron la
UTAA. Vimos que estos relatos ofrecen interpretaciones de “las violencias” o
la “represión” que, en algunos casos, recuperan críticamente relatos de mayor
alcance y, en otros, proponen lecturas sumamente distintas y opuestas a aque-
llas que los consagran como sujeto/motor del proceso político iniciado en la
década de 1960 en Uruguay, tal como vimos en el primer acápite de este texto.
Considerar las prácticas de historización que ponen en juego las personas que
se identifican como “Peludos” permite observar distintos modos de datar y
de interpretar la experiencia, compuesta de avatares y progresos, de orgullos y
estigmatizaciones, de “peligro” y “coraje”.
Los relatos citados a lo largo de este texto interpelan al mismo tiempo
que son interpelados por lo que Demasi (1995: 41) define como una “imagen
netamente montevideana” del terrorismo de Estado y sus consecuencias y ad-
vierten sobre la necesidad de avanzar en la línea de investigaciones empíricas
que permitirían echar luz sobre los registros locales que asumen, en distintos
contextos, los procesos de violencia política (Isla, 1999, da Silva Catela, 2004;
del Pino 2004). En ese diálogo, estos relatos, abren un abanico de representa-
ciones ancladas en trayectorias personales, familiares y sociales que ponderan
categorías e interpretaciones cuyos sentidos “locales” parecerían tener por ob-
jetivo testimoniar la disrupción que supuso la violencia política y el terrorismo
de Estado de modo tal que el sentido comunitario quede a resguardo de impu-
taciones, acusaciones, autorías y responsabilidades personales porque, aún en las
instancias en que son evocados los nombres propios, estas menciones nunca son
categóricas y lo que sobrevuela es la ausencia –pero también la poca importancia
atribuida– a las de certezas. En este punto entre “los Peludos” de Bella Unión
opera un movimiento interpretativo de la violencia política y el terrorismo
de Estado distinto al que podríamos encontrar en la literatura reseñada en el
33
Silvina Merenson
primer acápite y, en un sentido más amplio, en las organizaciones de Derechos
Humanos. Los “Peludos” no conformaron ni integran ninguna organización
vinculada a las demandas de “verdad” y “justicia”. Hasta el momento, no in-
tervienen en este renglón de las luchas por la memoria del mismo modo: “los
Peludos” no confeccionan listas de desaparecidos y/o de “represores” locales,
no conmemoran –al menos no públicamente– las fechas en que se produjeron
los secuestros, asesinatos o detenciones de sus familiares y/o compañeros, no
marcaron espacios como “lugares de memoria” ni construyeron memoriales,
tampoco organizaron “escraches”. Sin embargo, que este no sea el lenguaje
con que elaboran las experiencias atravesadas en los años sesenta y setenta, no
quiere decir que no produzcan sus propios modos de pensar y de reflexionar
sobre ellas. En este sentido, los “sucedidos” son un acto plagado de politicidad
(Rodríguez, en prensa).
El sistema clasificatorio que presentamos en el segundo acápite funciona,
más que como borradura de la política para hablar de lo político, como una
traducción de lo factible en términos locales que, con la oposición dentro/
fuera –con la distinción selectiva entre quienes son y no “hijos del pueblo”–,
promueve lecturas del pasado reciente. Sin embargo, hay algo que escapa a este
sistema clasificatorio, revelándose como una de las consecuencias del terrorismo
de Estado que no debe desestimarse en este espacio sindical. Me refiero a las
sedimentaciones y tensiones, que muchas veces son abismos, entre las gene-
raciones de “Peludos” que fueron o actualmente son parte de la UTAA: entre
la tradición, la herencia y la historia, entre la experiencia, su transmisión y el
cambio pueden encontrarse las claves para nuevas indagaciones.
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36
Trabalhadores e sindicatos brasileiros em
ritmo de ditadura (1964-1985)
Marco Aurélio Santana
Introdução
Os anos de 1950 marcam um período de extrema importância para os
trabalhadores brasileiros. O movimento sindical, liderado pela aliança das
militâncias comunista e trabalhista, conseguiu grande avanço organizativo e
mobilizatório, o que resultou em uma forte participação dos trabalhadores no
seio da sociedade e na vida política nacional.
Após mais de uma década desse intenso crescimento e atividade, toda a
estrutura organizacional dos trabalhadores brasileiros, na base e na cúpula, foi
duramente atingida pelo golpe civil-militar de 1964, o qual tinha como uma
das suas justificativas exatamente impedir a implantação de uma “república
sindicalista” no país. A prisão de lideranças, a perseguição de militantes, bem
como a desestruturação do trabalho nos sindicatos e nas fábricas desbarataram
atividades que levariam bastante tempo para serem recompostas. Em termos do
movimento operário, o que restou, como tradicionalmente restava em períodos
como este, foi o trabalho pequeno e silencioso no chão de fábrica. Era preciso
recompor forças e somar esforços para enfrentar a ditadura.
O problema maior é que a implantação do regime militar abriu, no seio
da esquerda em geral, e no interior do até então partido hegemônico da es-
querda, o Partido Comunista Brasileiro (PCB) em particular, um duro e sério
debate acerca dos caminhos percorridos antes e depois do golpe. Da crítica e
autocrítica resultou uma série de outros grupos e concepções dos novos rumos
37
Marco Aurélio Santana
a serem trilhados. O PCB, diante das posturas assumidas pré e pós golpe (com
sua política de alianças e frente pela democracia), era responsabilizado e colo-
cado em uma posição como que à margem do processo de luta das esquerdas.
Enquanto o partido clamava pela organização de base e pela via pacífica de
luta contra a ditadura e pela democracia; entrava em voga a via da luta armada
enquanto opção única de oposição ao regime. Um dado importante é que,
contrabalançando a opção quase geral dos grupos de esquerda pela luta arma-
da, o PCB optou por uma tentativa de penetrar na estrutura sindical de onde
havia sido banido.
Ao longo deste período vão se radicalizar algumas tendências em termos da
economia que produzirão uma intensa transformação na face do país como um
todo, e principalmente de sua classe operária. A intensificação da introdução
de plantas industriais modernas e sua concentração geográfica (processo que
se inicia em fins dos anos cincuenta) vão possibilitar o surgimento do que se
convencionou chamar de “nova classe operária”. Ainda que não exclusivamente,
serão estes os atores que despontarão mais tarde auxiliando na crise final da
ditadura militar.
Este artigo visa analisar a trajetória do movimento sindical brasileiro no
período1, dando ênfase aos fatores internos à vida deste movimento, entre os
quais figuram as suas forças constitutivas e as disputas internas existentes em
seu seio, as orientações político-ideológicas e suas influências na organização
e nas práticas do mesmo, bem como as formas de luta empreendidas. Estarão
em tela, também os fatores condicionantes externos, tais como as conjunturas
políticas e econômicas, que servem de cenário para a ação do ator sindical, ao
mesmo tempo modificando e sendo por este modificado.
Os trabalhadores e a ditadura: uma história ainda a ser escrita
Deve-se dizer que muito ainda há para ser feito quando se tratadas análises
dos movimentos dos trabalhadores no período da ditadura militar. Acredita-
mos não ser o espaço aqui de fazer uma análise exaustiva de todos os estudos
efetivados acerca da questão2. Contudo, pode-se indicar que não são muitas as
análises que se debruçaram sobre esse tema, comparando-se a outros períodos.
1
N. de e.: para un abordaje de este problema en el caso argentino, ver el artículo de Victoria
Basualdo en este volumen.
2
Uma análise mais detalhada do debate acerca do movimento operário na virada dos anos 1970
e 1980, pode ser encontrada em Santana(1999).
38
Trabalhadores e sindicatos brasileiros em ritmo de ditadura (1964-1985)
Creio que isso se deve, entre outras coisas, tanto as dificuldades com as fontes
trazidas pelo regime de exceção, quanto pelas orientações de muitos analistas
que acabaram, talvez por críticas ao movimento operário, mirando muito
mais em outros movimentos, como a estudantil e o da esquerda armada, por
exemplo.3
Tomadas em seu conjunto, podemos identificar algumas linhas seguidas no
interior das pesquisas e da literatura. Alguns setores da literatura se dedicaram
no próprio período da ditadura muito mais a investigar as formas de orien-
tação e organização dos trabalhadores antes do golpe de 1964 e que pudessem
esclarecer também sua postura frente á implantação do regime militar. Muitos
desses trabalhos são duramente críticos das ações e orientações do PCB (Weffort,
1978). Eles também abrirão um flanco interessante de análise, aí já sobre o
pós-1964, quando analisam os movimentos de Contagem e Osasco de 1968
(Weffort, 1972). Uma outra linha que visou entender a vida e as ações dos tra-
balhadores durante a ditadura militar teve a ver com estudos mais quantitativos
e sociológicos no sentido de, a partir de determinados perfis sociais, entender
as atitudes operárias no bojo das transformações econômicas por que passava o
capitalismo brasileiro (Rodrigues, 1970) e quais as possíveis decorrências disso
em termos políticos e sindicais (Almeida, 1975).
Se o período inicial da ditadura e seus primeiros momentos ainda padecem
de uma análise mais detalhada e profunda, e o período 1968 e após, recebeu
análises importantes, mas pontuais; o período pós-1978 acabou por receber uma
grande atenção. A partir do ressurgimento de seu movimento com as greves da
região industrial do ABC paulista, os trabalhadores voltam à cena política e das
preocupações analíticas. Isso produziu trabalhos não só acerca do presente da-
quele movimento, mas também acerca de seu passado. Nesse sentido, podemos
indicar aqueles mais específicos sobre a experiência do ABC (Antunes, 1988;
Abramo, 1999 e Paranhos, 1999) e o papel de setores ligados à Igreja (Martins,
1994), sobre a atuação do PCB ao longo do período (Santana, 1999) ou ainda
acerca da experiência em outras localidades, como o Rio de Janeiro (Mattos,
1998). Além disso, existem outras obras que tentam dar conta das articulações
entre os setores de esquerda e o movimento operário (Frederico, 1987 e 1990)
e do ressurgimento desse e dos outros movimentos sociais no período (Sader,
1988) ou de sua articulação como “novo sindicalismo” e posterior politização
(Móises, 1981) .
3
N. de e.: sobre preponderancia de determinados objetos de estudio en el campo de la Historia
reciente, ver introducción de los editores.
39
Marco Aurélio Santana
De todo modo, apesar dos variados esforços efetivados ao longo do tempo,
esse pode ser considerado um período ainda a ser analisado de forma mais
profunda, em termos de conjunto, desvelando mais aspectos da história dos
trabalhadores sob o jugo da ditadura militar.
O movimento sindical pós-64: a ditadura e as novas tarefas
sindicais
Após o golpe civil-militar, a extensão das intervenções perpetradas pelo
governo do general Castelo Branco (1964-1967), teve um alcance bastante
grande, podendo ser sentida em todas as esferas da vida sindical, principalmente
naqueles setores liderados pelos sindicalistas progressistas4. Além de trabalhar
neste ataque direto às entidades, castrando-as de forma imediata, a ditadura vai
também buscar atacar em termos do longo prazo, atuando sobre a legislação
(Almeida, 1975). O governo passa, através de uma série de medidas, a reforçar
o caráter de controle sobre o movimento sindical, já presente previamente na
Consolidação das Leis do Trabalho (CLT). Assim, se estabelecem regras estritas
para a ocupação do espaço sindical, com candidatos sujeitos à avaliação pelo
Ministério do Trabalho e pela polícia política, e restringe-se o uso e o acesso aos
recursos dos institutos de previdência, agora centralizados no Instituto Nacional
da Previdência Social (INPS), cuja direção não se faria mais parcialmente sob o
controle dos trabalhadores, como nos antigos institutos de pensão, e sim com
a indicação direta pelo governo. No que diz respeito às mobilizações, apesar
de uma suposta regulamentação e garantia do direito de greve, o que se deu de
fato, foi a proibição do que seriam greves políticas e de solidariedade, quase que
limitando a possibilidade de greves à cobrança de salários atrasados.
O primeiro governo militar vai implantar o Fundo de Garantia por Tempo
de Serviço (FGTS). Este dispositivo, que punha fim a estabilidade no em-
prego, incentivava diretamente a alta rotatividade de mão-de-obra por parte
4
“De fato, o governo interveio em 67% das confederações, em 42% das federações e em
apenas 19% dos sindicatos. Organizações sindicais de bancários e trabalhadores em transportes
figuraram de modo proeminente nas greves políticas, entre 1960 e 1964, e foram atingidas com
maior intensidade, proporcionalmente, que os outros setores. E significativamente, os grandes
sindicatos sofreram mais que os pequenos: o Ministério interveio em 70% dos sindicatos com
mais de 5.000 membros; em 38% dos com 1.000 a 5.000 membros; e em apenas 19% daque-
les com menos de 1.000 membros. O governo militar simplesmente decapitou o movimento
trabalhista radical” (Erickson, 1979: 209).
40
Trabalhadores e sindicatos brasileiros em ritmo de ditadura (1964-1985)
dos patrões e, correlatamente, dificultava uma ação sindical mais combativa a
partir dos locais de trabalho. Outro pólo de ataque da ditadura foi a tentativa
de contenção da inflação via uma política de “arrocho salarial”. Esta política
foi sendo estabelecida aos poucos e quebrando a resistência encontrada entre
setores da Justiça do Trabalho. Depois de muitos mecanismos intermediários
para ultrapassar tais resistências, que acabavam por burlar sua política, o governo
baixa um decreto lei, em meados de 1966, buscando regulamentar de forma
rigorosa as determinações anteriores, tais como aquela que estabelecia que se os
tribunais trabalhistas concedessem qualquer acordo salarial superior ao definido
na lei, a percentagem que superasse as determinações oficiais seria subtraída do
fator de inflação projetada para o acordo salarial seguinte.
De certa forma, serão estas duas perspectivas que marcarão os embates do
movimento sindical nos anos vindouros. O Estado passa a alterar sua posição,
no tocante tanto às questões trabalhistas como às questões sindicais. Ainda que
também se pautando pelo lastro da CLT, passava-se agora a dar realce aos seus
ditames repressivos e de controle. Por não se propor a manter relações próximas
aos sindicatos e relegando estes ao papel de controle sobre os trabalhadores, o
Estado corta o canal de acesso em termos políticos que os sindicatos vinham
tendo no período anterior e reforça a lógica assistencial naquelas entidades.
Com isso, não se visa propriamente enfraquecer os sindicatos; antes, busca-se
dar-lhes outro tipo de força. A idéia era fortalecer os sindicatos e o sistema
corporativo para seu papel na construção da nação e da coesão social. Não é
por acaso, portanto, que através dos dirigentes impostos aos sindicatos, visou-
se tornar atrativa a filiação aos sindicatos, fornecendo mais benesses dos que
as já dispostas na CLT5. A expansão do sistema corporativo vai atingir a área
rural, onde fechando as Ligas Camponesas e intervindo nos sindicatos mais
atuantes, o governo espalha sindicatos oficiais sob o controle de líderes apro-
vados previamente.
Quanto às questões trabalhistas, a intervenção governamental direta em
termos das definições salariais, faz com que o Estado se transforme no centro do
conflito. Claro que a batalha dos trabalhadores se dava, ainda, no confronto com
o patronato para soluções de seus problemas. Porém, como passa a determinar
5
Com isso, os associados passavam também a ter, entre outras coisas, “preferência em indicações
para o serviço público, se ficam desempregados; em crédito no Banco Nacional de Habitação
ou outras instituições oficiais para compra de sua casa própria; [...] na compra ou aluguel de
apartamentos sob o controle do governo, quando vagos por decisão judicial; [...] e em bolsa de
estudo para educação secundária ou treinamento técnico, para eles próprios ou para os filhos”
(Erickson, 1979: 214).
41
Marco Aurélio Santana
os limites dos aumentos salariais, o Estado atrai sobre si parte dos conflitos
antes direcionados aos patrões. Desta forma, e mantendo os sindicatos sobre
controle, o Estado passa a ser visto pelos trabalhadores não como um centro
próximo, com o qual se pode ter contato imediato e travar negociações; mas,
como mais um empecilho a ser vencido.
Militância sindical sob pressão
Nas fábricas, os operários iam enfrentando como podiam a política de
“arrocho salarial” e controle sindical da ditadura militar. Como já assinalamos,
em termos concretos, a ditadura visava uma reestruturação da vida sindical.
Para tanto, ela tenta cortar os elementos e mecanismos da forma de funcio-
namento anterior. Além de intervir nas cúpulas sindicais, atacava duramente
a estrutura de organizações nos locais de trabalho que podiam servir de pilar
para a recomposição do movimento sindical “combativo”.
Visando dificultar ainda mais o caminho de recomposição do sindicalismo
“combativo”, o ministro do Trabalho de Castelo Branco, Arnaldo Sussekind,
após autorizar a realização de eleições em centenas de sindicatos, elabora a
portaria de N.º. 40 Tal portaria buscava limitar os acessos às direções dos
órgãos sindicais, por indivíduos alheios à vontade do governo. Ela instruía os
interventores a iniciar processos contra as direções depostas pelo golpe, por
supostas irregularidades, impedindo-os, pelo exposto na portaria, de tentarem
retornar ao sindicato via eleição. Por todo o país, chapas independentes vão
ter de lutar para formar sua chapa, vencer os interventores e conseguir assumir
depois. Esta mobilização em termos da cúpula sindical tinha como lastro, as
mobilizações, ainda que surdas, nos locais de trabalho.
A visão de ocupação dos espaços, impedindo que os sindicatos fossem co-
locados a serviço do regime militar, assume lugar importante na preocupação
de alguns grupos de esquerda, principalmente a militância do PCB. O partido
conclama os militantes a participar de forma organizada das eleições sindicais,
de reuniões, convenções e congressos, impedindo, juntamente com outras fo-
rças, a colaboração com a ditadura. Eles deveriam atuar nas entidades sindicais,
mas tendo como centro a atividade nos locais de trabalho, levantando com
ações unitárias, a luta pelas reivindicações econômicas, políticas e sociais dos
trabalhadores6. O PCB, que de certa forma, vê no espaço sindical o elemento
6
Na verdade, esta visão do PCB acerca da ocupação dos espaços sindicais e da constituição
das organizações por local de trabalho, estavam presentes também nas preocupações de outros
42
Trabalhadores e sindicatos brasileiros em ritmo de ditadura (1964-1985)
chave de reativação do movimento operário, trabalha no sentido deste retorno
aos sindicatos apesar dos limites a que estavam submetidos. Nesta luta os co-
munistas, como já fizeram em outras conjunturas, também vão travar batalhas
contra os setores mais conservadores do movimento sindical. Além disso, eles
trabalham no sentido da recuperação das entidades intersindicais, que possam
articular de forma geral a luta dos trabalhadores.
No caso do enfrentamento com os setores conservadores, os comunistas
atacam as posições da diretoria de interventores da Confederação Nacional
dos Trabalhadores na Indústria (CNTI). Em setembro de 1965, a direção
do órgão se pronuncia contra a revisão dos níveis do salário mínimo, argu-
mentando que isto acarretaria um aumento generalizado do custo de vida.
Diante do suporte que a entidade vai concedendo às políticas do regime
militar, o PCB define como prática de contra ataque, que seus militantes
sindicais deveriam organizar os trabalhadores e “desmascarar” estes elemen-
tos, verdadeiros “traidores” da classe. Nesta sua luta contra os setores mais
conservadores, os comunistas vão denunciar as pressões e as tentativas de
aliciamento que os dirigentes sindicais “mais combativos e honestos” vinham
sofrendo. Segundo eles, no plano da pressão atuavam o Departamento de
Ordem Política e Social (DOPS) e o Serviço Nacional de Informação (SNI).
A ação destes órgãos, vinha no sentido de coagir com ameaças as atividades
sindicais (Frederico 1987: 80).
No plano do aliciamento, entravam as entidades sindicais internacionais
ligadas ao sindicalismo americano, que instalaram vários departamentos no
Brasil, no período pós-golpe. Uma destas entidades, a Confederação Inter-
nacional de Operários e Sindicatos Livres (CIOSL), por exemplo, ofertava
benesses aos interessados, tais como “diárias, passagens e outras vantagens
aos dirigentes sindicais que desejarem ir aos Estados Unidos, ao México e a
outros países onde lhes serão ministrados cursos cujas aulas estão impregnadas
do anticomunismo” (Frederico, 1987: 81). Na visão dos comunistas estas
ações tinham como objetivo esvaziar as entidades sindicais, enfraquecê-las e
transformá-las em simples órgãos de caráter assistencial. De órgão de unida-
de e de luta dos trabalhadores por seus direitos e reivindicações, a ditadura
desejaria transformar as entidades sindicais dos trabalhadores em agências
de “paz social”.
setores da esquerda. Podemos indicar aqui pelo menos duas dessas posições já atuantes desde o
pré-64. Uma defendida pela Política Operária (POLOP) e a outra pela Ação Popular (AP). Ver
Frederico (1987) e Carone (1982).
43
Marco Aurélio Santana
A esquerda e suas redefinições
Estas características, estabelecidas pelo regime militar, serão importantes
na conformação das identidades que o movimento sindical e suas tendências
buscarão constituir neste período. Outro elemento importante na constituição
desta identidade seriam as orientações seguidas pelos grupos de esquerda que,
embora por caminhos diferentes, tentaram estabelecer relações com o movi-
mento dos trabalhadores. Se ao longo de toda a conjuntura 1945/1964 o PCB
desfrutou da hegemonia em termos da representação não só dos trabalhadores,
mas também dos setores de esquerda, este quadro se alteraria bastante a partir
de meados dos anos sessenta. Não estamos esquecendo aqui a contribuição que
outros setores já vinham dando, de longa data, em termos da luta dos trabalha-
dores, entre os quais, trotskistas, socialistas, trabalhistas etc. Porém, apesar de
sua importância, nenhum destes agrupamentos atingiu o patamar conseguido
pelo PCB. Seria só mais tarde, com os impactos do “racha” que deu origem em
1962 ao Partido Comunista do Brasil (PC do B) e de muitas outras defecções,
bem como do surgimento e/ou reforço de propostas alternativas externas ao
partido no pós-golpe, que o PCB começaria a perder o posto como referência
na esquerda brasileira7.
Com o golpe civil-militar a esquerda inicia uma longa discussão pela busca
de responsáveis pela derrota dos setores progressistas8. Devido à sua posição
proeminente no período pré-1964, recai sobre o PCB, crítica e autocriticamen-
te, toda a carga de responsabilidade acerca dos erros cometidos. A esquerda se
fragmentava nos pós-1964, com rebatimentos no campo sindical. Ainda que
de forma esquemática, pode-se dizer que duas posições se enfrentavam por
corações e mentes dos trabalhadores. Isto porque o PCB, até então hegemônico
no sindicalismo nacional, vai se enfronhar cada vez mais em sua relação com
as direções sindicais pouco “combativas”, e os setores mais radicais vão inten-
sificar a busca de caminhos alternativos, seja no meio sindical ou na política
mais ampla. A lógica de ação do PCB, na grande política, era a conformação
da frente democrática contra a ditadura. Já os setores mais à esquerda, com
raras exceções, se definiam pelo ataque frontal ao regime, baseado em ações
de luta armada.
7
N. de e.: para complementar el análisis de este proceso histórico, ver el artículo de Maria Paula
Araújo en la sección V de este volumen.
8
Segundo Aarão Reis F.º (1986: 52), “Nos anos 60 desenvolveu-se toda uma linha de reflexão
sobre a ‘culpa’ dos comunistas, que seriam os grandes responsáveis pelos erros e desacertos e
derrotas do movimento popular”.
44
Trabalhadores e sindicatos brasileiros em ritmo de ditadura (1964-1985)
Mesmo que, devido às suas concepções políticas, muitas dessas organi-
zações não mantivessem estreitos laços com o movimento operário, e menos
ainda com o sindicalismo oficial; alguns desses grupos, seja por definição,
seja por que ainda não haviam se envolvido de corpo e alma na luta armada
–o que fariam em escala crescente posteriormente–, vão desenvolver um
trabalho que, a partir do interior das empresas e das Oposições Sindicais,
alcançou diretorias de sindicatos e promoveu movimentos grevistas de im-
pacto no período. Marcado por ações arrojadas e radicais, o sindicalismo
desenvolvido por esses grupos buscou romper, na prática, com as orientações
seja dos tradicionais “pelegos”, seja dos “reformistas” do PCB, e por isso
granjeou suas críticas.
A divergência de concepções nas lutas desenvolvidas no pós-64, ficaram
estampadas nos encaminhamentos das movimentações contra o “arrocho
salarial” e contra a ditadura. O movimento operário e sindical no pós-64, vai
travar uma árdua luta contra esta política. Muitas vezes, esta luta, que explodiu
isoladamente em fábricas ou setores, não conseguiu evitar a repressão militar
nem alterar em muito o quadro vigente. Em termos gerais, os encontros in-
tersindicais propunham a mudança geral da lei do “arrocho”, encaminhando
abaixo-assinados como forma de luta.
A luta contra o arrocho salarial
É neste quadro de luta mais geral, que surgem, por exemplo, a Frente In-
tersindical Antiarrocho, no Rio de Janeiro, o Comitê Intersindical Antiarrocho,
em Minas Gerais, e o Movimento Intersindical Antiarrocho (MIA) em São
Paulo. Embora de forma limitada e tímida, estas serão as mais importantes
tentativas intersindicais desenvolvidas pelos trabalhadores neste período. Elas
decorrem dos sucessivos encontros regionais que se desenvolveram a partir da
Campanha Nacional de Proteção Contra a Política de Arrocho Salarial, definida
pelo II Encontro Nacional de Dirigentes Sindicais, de 1967. Esta conferência,
que se realizou sob o fogo cerrado da pressão da ditadura e contou, como
sempre, com a oposição das direções da CNTI e da Confederação Nacional
dos Trabalhadores no Comércio (CNTC), que se negaram a participar do en-
contro. O caso mais expressivo e simbólico das distintas posições que se faziam
sentir no movimento foi o MIA. Segundo os relatos de José Barbosa, em 1966
começou-se “a discutir sobre o [...] que se poderia fazer contra a lei do arrocho.
O movimento intersindical antiarrocho foi criado, pensado e articulado em
45
Marco Aurélio Santana
São Bernardo. Nossa idéia primeira era reunir os dirigentes sindicais mais
progressistas do ABC9 para um movimento conjunto contra a lei salarial”
(Cadernos do Presente, 1978: 23).
A adesão de outros líderes sindicais à idéia do MIA se deveu às supostas
indicativas dadas pelo coronel Jarbas Passarinho, então ministro do Trabalho do
recém empossado governo Costa e Silva (1967-1969), que substituíra Castelo
Branco na presidência, de que se opunha às leis de compressão salarial. Passarin-
ho propunha, em termos sindicais, o que ele chamava de “renovação sindical”.
Com isso, vários setores mais conservadores também puderam se integrar ao
MIA supondo que haveria tolerância por parte do Estado (Erickson, 1979).
Diante de uma conjuntura tendente à radicalização, onde seria difícil prever
controles sobre os movimentos, como já vinha acontecendo, e sem querer por
em risco seus postos na estrutura sindical, os “pelegos” vão trabalhar para que as
ações do MIA não tomem vulto. Além disso, outros fatores iriam contribuir para
colocar a intersindical em dificuldades. Primeiro, a ação da vigilância policial,
sempre alerta aos passos seguidos pela entidade. Segundo, havia desconfiança
entre os diversos setores que compunham sua linha de frente. Terceiro, com a não
aproximação das confederações e federações mais importantes ficou limitado o
alcance da entidade. Por último, a forte pressão do movimento estudantil “que
insistia em participar das reuniões sindicais para convocar os trabalhadores para
a luta aberta contra a ditadura militar” (Frederico, 1987: 56).
Braços cruzados em Contagem
A chegada do ano de 1968 trará momentos marcantes para o movimento
sindical. Como assinala Gorender (1987), este “Já é um ano de franco ascenso
econômico, o primeiro do ‘milagre brasileiro’, porém, a classe operária continua
a sofrer os efeitos do arrocho salarial e de outras medidas compressivas do nível
de vida” (1987: 142). No dia 16 de abril, em um contexto de muitas demis-
sões, falências de empresas e atrasos no pagamento dos salários, os operários
da siderúrgica Belgo Mineira, situada em Contagem, Minas Gerais, paralisam
suas atividades e vão se concentrar na sede de seu sindicato. A ação grevista que
reivindicava um reajuste salarial acima do teto de 17% proposto pelo governo.
Pode-se perceber claramente o trabalho “clandestino” dos grupos de esquerda,
principalmente da Ação Popular (AP), da Corrente Revolucionária e do Co-
9
Cinturão industrial da cidade de São Paulo.
46
Trabalhadores e sindicatos brasileiros em ritmo de ditadura (1964-1985)
mando de Libertação Nacional (COLINA). A chapa identificada com estes
setores ganhou as eleições sindicais em meados de 1967; mas, alguns nomes,
entre eles o cabeça de chapa Enio Seabra (presidente da entidade cassado em
1964), foram vetados pelo Ministério do Trabalho. Ainda assim, as organizações
citadas continuaram influenciando as atividades do sindicato e começaram a
desenvolver intenso trabalho de agitação nas fábricas. Sempre que puderam,
utilizaram a estrutura do órgão nesta tarefa, sem que ficasse muito aparente,
camuflando deliberadamente a participação do sindicato nas ações.
O trabalho da oposição foi sentido ao longo de todo o período após o golpe.
Ela vai combater o interventor e avançar no trabalho de organização dentro das
empresas, formando comissões. Estas comissões, chamadas “comissões de cinco”,
surgiram após o dissídio de 1967. Depois de sucessivos dissídios, nos quais os
metalúrgicos haviam saído frustrados com o índice recebido, animados pelas
organizações de esquerda, buscou-se dar caráter mais orgânico ao movimento. A
proposta das comissões se espalhou por várias fábricas, entre elas a Belgo Mineira
onde a greve foi deflagrada10. Nos primeiros dois dias, os operários ocuparam
a empresa. Ainda que preparados para resistir à intervenção militar, diante da
possibilidade da mesma, eles se retiram da fábrica. Com três dias começam as
adesões tais como a dos trabalhadores da Mannesmann, da Belgo Mineira de
João Monlevade e da Sociedade Brasileira de Eletrificação (SBE), com isso o
movimento inicial de 1200 operários já contava com mais de 15000 trabalhado-
res. O ministro Passarinho, após pronunciamento contra a “agitação” na greve,
se deslocou para a cidade em busca da resolução do problema, chegando a falar
com grevistas na assembléia. Sua proposta garantia um abono salarial de 10%,
via um decreto de emergência, o que, apesar das discordâncias, possibilitava
o fim da greve11. Na verdade, após a resistência de alguns setores na aceitação
do abono, e já em um tom de guerra, uma demonstração de força foi feita na
cidade, pela polícia, que proibiu as reuniões sindicais e efetuou prisões, criando
um clima pesado de repressão. Este tipo de intervenção, conjugada à “proposta
de conciliação” do ministro e a pressão da patronal sobre os trabalhadores faz
refluir o movimento grevista.
10
A organização da greve estava pensada para o duro embate que se daria em outubro, época da
campanha salarial. Contudo, a dinâmica da conjuntura e dos grupos políticos acabou precipi-
tando o movimento em abril.
11
Mais detalhes sobre a greve ver Weffort (1972), Erickson (1979) e Gorender (1987).
47
Marco Aurélio Santana
O movimento de Osasco
Mas, se este movimento refluía, outros já estavam a caminho. Nas come-
morações do 1º de maio de 1968 na Praça da Sé, em São Paulo, a atenção
nacional se volta novamente para o movimento operário brasileiro. O evento
assinalaria outro confronto entre os setores mais radicalizados do movimento e
os setores que buscavam uma ação mais institucional. No processo organizativo
das festividades do 1º de maio, já despontavam as divergências simbolizadas nas
posições defendidas pelo Sindicato dos Metalúrgicos de Osasco e as lideranças
sindicais do MIA. O Sindicato dos Metalúrgicos de Osasco vai ser uma peça
importante não só neste episódio, como também na organização do processo
grevista, que seria um dos marcos do período.
Em 1967, a chapa de oposição vence as eleições para a direção do sindica-
to. O presidente seria José Ibrahim. De modo geral, ele tinha sustentação de
dois blocos. O chamado grupo de Osasco e a Frente Nacional do Trabalho. As
raízes deste movimento de oposição remontam ao período pré-1964. A FNT
foi criada em 1962 e tinha como base operários-cristãos congregados na Ação
Católica Operária (ACO) e na Juventude Operária Católica (JOC). Ela se
opunha às diretivas do sindicato dirigido pelos comunistas e buscava realizar
um trabalho no interior das empresas; segundo eles, abandonado pelo sindicato
e suas preocupações de agitação política. Em 1963, um grupo de militantes do
PCB, discordando das ações que consideravam “cupulistas” do partido e de seu
sindicato, resolve deles se afastar e ir realizar um intenso trabalho de organização
na base. Começando pela empresa Braseixos, de onde eram egressos, terão
influência em outras empresas de porte e importância como, por exemplo, a
Cobrasma. O trabalho deste grupo era a constituição de “comitês clandestinos
de fábrica”. O grupo ligado à FNT organiza, dentro da Cobrasma, uma comissão
semi-legal de trabalhadores que pleiteou, inicialmente, o seu reconhecimento
pela empresa, que respondeu com a dispensa dos mais engajados. Ao longo do
processo, o grupo clandestino vai se aproximar da comissão semi-legal. Mes-
mo a ação do grupo clandestino era a de atuar dentro do sindicato, ainda que
reconhecendo seus limites como instrumento de luta.
É só após o golpe, e depois de embates com a direção da empresa, que os
operários da Cobrasma conquistam o direito de eleger uma comissão de fábrica
reconhecida pelos patrões e com imunidade para seus representantes. Membros
do grupo clandestino foram eleitos, mas mantiveram seu trabalho enquanto
grupo clandestino, tendo em vista a possibilidade de retrocesso nas ações da
comissão e dos patrões. A força majoritária era a FNT e ao longo do tempo as
48
Trabalhadores e sindicatos brasileiros em ritmo de ditadura (1964-1985)
divergências vão aparecer, à medida que, para o grupo clandestino, a comissão
se enredara nas negociações de “cúpula” com a direção da empresa, “servindo
de amortecedor entre patrões e operários”. Intensificando seu trabalho e se
aproveitando do desgaste da FNT, o grupo clandestino vai ganhando cada vez
mais espaços e consegue eleger grande parte dos membros da segunda comissão.
O trabalho de oposição à direção sindical vai se intensificando. Eles trabalham
pelo fim da intervenção no sindicato e depois continuam a oposição à chapa
eleita com os auspícios do interventor, que agrupara também membros da
FNT. Segundo Ibrahim, o “nosso trabalho na Cobrasma nos deu uma grande
autoridade para atuar nas assembléias sindicais e atrair para nossas posições os
elementos de outras fábricas” (Cadernos do Presente, 1978: 10).12
O trabalho cresceu, e a oposição se credencia para uma chapa nas eleições
sindicais de 1967. Como a visão do grupo clandestino era a de manutenção
do trabalho na base, ele não pretendia se diluir no interior do sindicato. Só
Ibrahim fará parte da chapa, como presidente. A posição de “confronto” de-
fendida pela oposição na Cobrasma e a posição “legalista” da direção sindical,
marcariam as linhas do processo. A oposição conseguiu a vitória na eleição.
Em termos gerais, a direção do sindicato busca se articular com as lutas mais
amplas do movimento operário e sindical brasileiro. É a partir desta perspectiva
que o sindicato de Osasco passa a integrar o MIA. A participação do sindicato
sempre se deu de forma crítica e tensa. A tensão entre Osasco e o MIA ficou
patente em várias oportunidades. A principal delas se deu nas comemorações
do 1º de Maio de 1968 na Praça da Sé, em São Paulo. A posição majoritária do
MIA era fazer um evento com a participação de figuras públicas e autoridades
convidando, entre outros, o governador de São Paulo, Abreu Sodré. Para o
grupo de Osasco deveriam tomar parte apenas trabalhadores, para que não se
descaracterizasse a solenidade e não se identificasse as lideranças com o governo.
Como a posição de Osasco não foi aceita, uma articulação se inicia no sentido
de “tomar de assalto” o evento. E foi o que aconteceu. O ato oficializante, como
boa afluência de trabalhadores, foi “tomado” por grupos de manifestantes que
12
Este trabalho vai consolidar o chamado grupo de Osasco Segundo Espinosa (Cadernos do
Presente, 1978: 42-43), esta era apenas uma expressão criada posteriormente para designar “o
conjunto de operários, operários-estudantes e estudantes que viviam em Osasco e atuavam nos
movimentos locais. As relações que uniam o grupo eram informais, ou seja, ele não tinha caráter
partidário. Um conjunto de definições vagas, entretanto, dava-lhe certa unidade”. Entre essas
concepções estava as comissões de empresa, o uso legal de todas as formas de organização, uma
simpatia pela Revolução Cubana e pela luta armada. Este grupo acabou por se identificar com
a organização guerrilheira Vanguarda Popular Revolucionária (VPR).
49
Marco Aurélio Santana
colocaram o governador do estado para fora, sob uma chuva de paus e pedras,
tendo incendiado o palanque. Dali saíram em passeata até a Praça da República
onde um comício foi realizado.
Os efeitos posteriores demonstram a ditadura tentando reverter o jogo.
Muitos dos participantes não conseguiram permanecer nas fábricas onde atua-
vam. Alguns deles, que até então tinham vida legal, necessitaram passar à vida
clandestina, paralisando os trabalhos na esfera em que vinham realizando. O
clima imperante era de certa euforia com os desdobramentos que a conjuntura
ia sofrendo, aparentemente indicando um enfraquecimento da ditadura e um
ascenso dos movimentos de oposição. Este tipo de clima vai ter seu rebatimento
no meio operário. Novamente Osasco se tornará centro de precipitação de
turbulência. Segundo relatos de Ibrahim (Cadernos do Presente, 1978), nos
momentos seguintes ao primeiro de maio, a radicalização se espalhou por fábri-
cas de Osasco. Era o início do processo que levaria a um dos mais importantes
desafios operários no quadro de ditadura.
A greve de Osasco13, como ficou conhecida, foi bastante estruturada e pla-
nejada, ainda que se possa questionar alguma de suas avaliações. A perspectiva
era ocupar fábricas de forma sucessiva, estendendo para toda Osasco; e depois
para São Paulo. A visão dos planejadores era de que a repressão ao movimento
demoraria um pouco levando-se em conta as ações do governador Abreu Sodré
com relação aos movimentos dos estudantes e a posição assumida pelo governo
quando da greve de Contagem. Não foi o que aconteceu. Diante do crescimento
das manifestações populares e do recuo que significou sua aceitação, ainda que
relativa, das condições em Contagem, a ditadura reage rápido conjugando nego-
ciação e repressão. Apesar do clima de entusiasmo reinante, ao fim do primeiro
dia uma forte repressão se abateu sobre a cidade. Fábricas cercadas, prisões e
tensão imperaram em Osasco. Na Cobrasma, foco maior de tensão, apesar dos
apelos operários para que os soldados não invadissem a empresa, os militares o
fizeram no final da noite daquele mesmo dia. No segundo dia, apesar de toda
a ocupação policial na cidade, outras fábricas tentaram parar, o que, diante da
repressão, tornara-se bastante difícil. Nesta noite, o sindicato sofreu a ação da
polícia que desocupou o prédio para que o interventor pudesse assumir seu
papel, o que havia sido impedido pelos operários que ocupavam o sindicato. As
lideranças que ainda não estavam detidas são caçadas pela polícia. A partir do
quarto dia, já não se tinha mais controle sobre o movimento. Embora já sem
13
Ver mais detalhes sobre a greve em Weffort (1972) e Gorender (1987).
50
Trabalhadores e sindicatos brasileiros em ritmo de ditadura (1964-1985)
lideranças, o movimento se arrasta. As prisões se estendem pelas igrejas, bairros
etc. Já no sexto dia, as fábricas de Osasco funcionavam normalmente.
Os anos de chumbo
Seriam de grande monta os impactos da greve e dos destinos de suas lide-
ranças sobre o movimento de Osasco. Mesmo tendo mantido núcleos dentro
das empresas, a articulação da oposição seria dificultada pelo fato da atenção
jogada cada vez mais para o interior da organização de esquerda armada à que
pertenciam, o que também faz com que muitos dos militantes mudem da
cidade e/ou sejam presos por conta de ações do grupo. Este tipo de impacto se
verá também no segundo movimento de Contagem, deflagrado em outubro
de 1968, tendo como base os grupos de esquerda dentro das empresas. Em
uma escala repressiva da ditadura já em marcha, a segunda greve de Contagem
sofreu dura repressão e resultou na intervenção no sindicato, encerrando o que
seria o 1968 operário.
Ao fim de 1968 os passos do endurecimento do regime estavam lançados,
e se consolidam com a decretação, em dezembro, do Ato Institucional N. 514.
O “milagre econômico” ia deslanchando, os grupos de esquerda, com raras ex-
ceções, se engolfam cada vez mais nas ações armadas e o regime replica com mão
de ferro. Para o movimento operário e sindical, começa mais um momento de
espera e ações subterrâneas. A situação se agravaria com a chegada à presidência
do general Emílio Médici (1969-1970). Seriam necessários mais dez anos para
que o movimento operário viesse à tona novamente, abrindo uma de suas mais
luminosas etapas. É importante ressaltar que apesar da repressão feroz, com
a prisão e tortura como práticas correntes, que visava os alcançar em todas as
partes, os militantes operários fizeram da fábrica seu locus privilegiado de ação.
Este tipo de alteração atingiu diversos setores envolvidos no trabalho sindical e
pode ser sentida mesmo na prática dos militantes cristãos do ABC paulista. Para
Martins (1994: 214), isto significou a “volta ao trabalho de fábrica, ao trabalho
de bairro, procurando organizar equipes e levar adiante não só o movimento,
mas, principalmente, a resistência ao sistema”. No cenário sindical, a ditadura
utiliza de todos os mecanismos para barrar os avanços ainda que tênues de
qualquer posição mais contestadora. As tentativas de prosseguimento da luta
14
Esse Ato, entre outras medidas, fecha o Congresso Nacional, cassa mandatos de senadores,
deputados, prefeitos e governadores, intervém no Poder Judiciário, decreta estado de sítio, intedita
qualquer reunião, aumenta a censura e suspendeu o “habeas corpus” para “crimes” políticos
51
Marco Aurélio Santana
sindical, sempre esbarravam com os limites estreitos da ditadura militar. Até os
eventos de cunhos oficiosos, organizados por lideranças pouco “combativas”,
podiam ser palco das ações e violências policiais. Assim, os militantes sindicais
trabalhavam em um território extremamente minado.
No plano dos encontros sindicais, os trabalhadores vão tentando maior
articulação de suas demandas. Observando-se atas e pautas decorrentes dos
vários encontros sindicais de categorias profissionais, podemos verificar que o
enfrentamento da questão do “arrocho salarial” se encontra ainda na ordem
do dia. Os trabalhadores visavam intensificar a luta por melhores condições
salariais e de vida. Note-se entre estes: os encontros nacionais dos metalúrgicos,
o encontro da CNTI, em novembro de 1970; e o da Confederação dos Trabal-
hadores em Estabelecimentos de Crédito (CONTEC), ocorrido logo depois.
Os avanços sentidos em termos do trabalho no interior destas confederações,
por exemplo, serão também alvo de ação do regime que, após vetar sucessivos
nomes à direção da CONTEC, intervém na organização em 1972. Todo este
trabalho silencioso e acobertado, que articulava diversos grupos em diversos
setores, vai mantendo a chama do movimento operário-sindical brasileiro, apesar
dos sucessivos ataques desfechados pelo regime. É em fins da década de 1970
que toda uma série de movimentações ganha visibilidade, rompendo os limites
impostos pela ditadura aos trabalhadores. Isto ocorrerá com as mobilizações
dos metalúrgicos do ABC paulista.
Os trabalhadores e o declínio da ditadura
O quadro de ascensão do movimento dos trabalhadores vai encontrar o re-
gime militar repensando suas estratégias. O esgotamento do “milagre brasileiro”,
catapultado pela alta internacional dos preços do petróleo, no plano econômico
e as sucessivas derrotas eleitorais, com destaque para a de 1974, impuseram a
ditadura um momento de inflexão e de alteração de rota. Vencida a luta armada,
ainda que os resquícios da máquina repressiva fiquem expostos em ações que
provocaram mortes e desaparecimentos, o governo militar a partir de 1974,
com a chegada do general Ernesto Geisel (1974-1979) à presidência, se propõe
a estratégia da “abertura” política. Este processo, garantindo a sobrevivência do
regime, se daria de forma “lenta e gradual”.
Mas, o movimento dos trabalhadores traria mais complexidade ao quadro.
Como que um elemento surpresa, eles irromperam à cena e estremecem os
52
Trabalhadores e sindicatos brasileiros em ritmo de ditadura (1964-1985)
arranjos que se pensavam sem eles. A sociedade brasileira vai reconquistando
seus espaços de participação política. Vivendo um ambiente de efervescência,
ela verá surgirem inúmeros movimentos sociais que irão pavimentando o
caminho para o processo de redemocratização, acelerando a crise do regime
militar (Krischke, 1982 e Sader, 1988). Dentre esses movimentos, podem ser
listados o estudantil, o de mulheres, o de bairros e o contra a carestia. Articu-
lados ou não ao movimento sindical, os movimentos sociais, em seu conjunto,
engrossarão a luta democrática do período. Esta luta terá nos trabalhadores um
sólido sustentáculo.
Quando os metalúrgicos do ABC paulista entraram em greve em 1978,
abrindo caminho para a paralisação que se seguiu em outras categorias, eles
rompiam com os limites estreitos estabelecidos pela lei antigreve, com o “arrocho
salarial” e o silêncio geral ao qual havia sido forçada a classe trabalhadora. Com
isso, eles impactaram alguns dos pilares de sustentação política e econômica da
ditadura militar. Um dos fatores importantes para a deflagração do movimento
foi, sem sombra de dúvida, a denúncia de que o regime militar, em 1973 e 1974,
maquilara os índices de inflação, mascarando o verdadeiro patamar do custo de
vida (Humphrey 1982). Isto levou a que os trabalhadores fossem penalizados
em 34,1%. O sindicato dos metalúrgicos de São Bernardo do Campo, sob a
presidência de Luiz Inácio da Silva, o Lula, começa uma campanha pela repo-
sição salarial em busca daquilo que lhes havia sido retirado. Ainda que experi-
mentasse o pouco interesse dos patrões e do governo no sentido da reposição,
esta campanha semeará o terreno para as mobilizações futuras.
A campanha salarial de 1978 se nutrirá desse solo fértil. A campanha deste
ano, em si, não trazia nenhuma novidade. Ela termina como as anteriores,
homologando-se os índices oficiais. Porém, o sindicato tinha como estratégia
desmascarar todo o processo. É por isso, que ele se recusa à negociação tutelada
pela justiça do trabalho, abrindo mão de sua participação no dissídio. A política
do sindicato, então, era trazer a público o que seria uma farsa de participação
gerada pelo governo e deixar um vazio em termos da parte referente à represen-
tação dos trabalhadores. O sindicato, que ao longo da campanha de reposição
que precedeu a campanha salarial de 1978 já vinha batendo na tecla do roubo
efetuado pelo governo, preparava o caminho para uma desilusão ainda maior
ao término desta campanha.
Em fins de março, os trabalhadores da Mercedes-Benz já haviam paralisado
o trabalho por não terem recebido o aumento que a empresa costumava con-
ceder. O desenvolvimento da paralisação em vários setores da fábrica levou a
53
Marco Aurélio Santana
demissão de 17 operários, fazendo o movimento refluir. A própria postura da
empresa posteriormente indicava certa alteração nos padrões de negociação.
O endurecimento era sensível. Em 12 de maio de 1978, os trabalhadores da
Saab-Scania entraram em greve. Na verdade, a Scania já havia passado em fins
de 1977 por tensões internas entre a direção da empresa e seus empregados o
que resultara na demissão de alguns operários. O sindicato reverteu as demissões
na justiça, mas elas acabaram prevalecendo na prática. A greve de 12 de maio
de 1978 pegou o sindicato um tanto de surpresa. O movimento se estendeu
por quatro dias, findos os quais a diretoria do sindicato arranca um acordo “de
boca” da direção da empresa, acordo que depois pressionada pelos outros seto-
res da indústria automobilística, a Scania não cumpriu, trocando os 20% das
reivindicações por meros 6,5%. Nova mobilização é tentada, mas, mediante as
práticas repressivas da empresa, não se efetivou. Contudo, as mobilizações por
fábrica já se alastravam pelo ABC paulista. No dia 15 de maio pára a Ford, e no
dia 16 a Volkswagen. Apesar da posição do TRT de considerar as greves ilegais,
isto foi o início de uma onda mobilizatória que alcançou grandes, médias e pe-
quenas empresas, desenvolvendo tipos variados de greve e com duração diversa,
alcançando outros municípios como Osasco e São Paulo. A mobilização atinge
também outros setores da economia (Antunes, 1988), trazendo preocupação
para todo o patronato e para o governo militar.
Os anos de 1980: ascenso sindical e transição democrática
Esta greve foi de grande relevância para o movimento dos trabalhadores,
em particular, e para a sociedade, em geral, já que demonstrava sua capacidade
de organização, mobilização e disposição de luta, ainda que frente ao temível
regime militar. Após a greve de 1978, tornaram-se possíveis outras mobilizações,
em um processo que se consolida e amplia com as greves de metalúrgicos em
1979 e 1980, às quais, em volume ainda maior que na anterior, se incorporam
outras categorias (bancários, petroleiros, professores etc.) em todo o país, em
uma verdadeira ascensão da classe trabalhadora no Brasil do período (Santana,
2001). A riqueza deste ressurgimento dos trabalhadores no cenário político
nacional pode ser constatada, entre outras coisas, na fundação de um partido
político, o Partido dos Trabalhadores (PT), em 1980; e na criação, pouco tempo
depois, de organismos intersindicais de cúpula. O retorno dos trabalhadores
foi marcado, também, pelo aparecimento do que se convencionou chamar de
“novo sindicalismo”, supostamente caracterizado por práticas que indicariam
54
Trabalhadores e sindicatos brasileiros em ritmo de ditadura (1964-1985)
sua novidade na recente história sindical brasileira (Santana, 1999). Desta
forma, os trabalhadores foram escrevendo seu nome na luta pelo retorno do
regime democrático no Brasil.
Deve-se assinalar, contudo, que apesar de seu sentido enfraquecimento, a
ditadura ainda tentou conter a emergência do movimento dos trabalhadores da
forma que pode. Por exemplo, em breve o governo do general João Figueiredo
(1979-1985) promoveria a intervenção em sindicatos (como o dos metalúrgicos
do ABC paulista e dos bancários de Porto Alegre) e a prisão de militantes e
direções sindicais, alguns inclusive processados pela Lei de Segurança Nacional
(LSN). Mas, os militares não tinham muito mais fôlego para impedir que a
sociedade brasileira em geral e os trabalhadores em particular, fossem recon-
quistando seus direitos. O sentido avanço e expansão do movimento sindical
deságuam na busca de uma unificação, que o fortalecesse e lhe desse uma co-
ordenação nacional. Porém, este processo vai explicitar as subjacentes tensões
acerca das práticas e orientações seguidas pelos grupos envolvidos.
De forma geral, podemos caracterizar dois blocos, ao longo do processo
(Rodrigues, 1991). De um lado, os chamados sindicalistas “autênticos” reuni-
dos em torno dos sindicalistas metalúrgicos do ABC, agregando sindicalistas
de diversas categorias e partes do país, os quais, com os grupos integrantes
das chamadas “Oposições Sindicais”15, compunham o autodenominado bloco
“combativo”. Tendo sindicalistas como Lula (metalúrgicos de São Bernardo),
Olívio Dutra (bancários de Porto Alegre) e Jacó Bitar (petroleiros de Campinas),
como nomes de ponta, este setor formaria a base do chamado “novo sindicalis-
mo”. De outro, a “Unidade Sindical” que agrupava lideranças tradicionais no
interior do movimento sindical (muitas delas vinculadas ao setor conservador
do sindicalismo, denominado “pelego”), e os militantes de setores da esquerda
dita “tradicional”, tais como o PCB, o PC do B e o Movimento Revolucionário
8 de Outubro (MR8).
Fatores de ordem sindical e política desempenharam seu papel na recom-
posição das forças que disputavam a liderança do movimento que emergia. É
preciso notar que nos primórdios destes movimentos, setores que posteriormente
formarão a “Unidade Sindical” caminharam em aproximação com os chamados
sindicalistas “autênticos”. Um dos marcos de surgimento do sindicalismo “autên-
15
Agrupando militantes egressos ou não da experiência da luta armada e/ou militantes ligados à
Igreja progressista, este setor defendia o combate à estrutura sindical corporativa a partir de um
intenso trabalho de base via comissões de fábrica. Sua maior expressão estava na Oposição Sindical
Metalúrgica de São Paulo (OSM-SP) e podia apresentar posições que iam desde a aceitação do
trabalho conjunto com o sindicato oficial, até aquelas contrárias a este tipo de articulação.
55
Marco Aurélio Santana
ticos” foi o V Congresso da CNTI, em 1978, quando um grupo de sindicalistas
se opôs as orientações dos setores “pelegos” na direção confederação. Deste grupo
constavam nomes associados tanto ao que seria o “novo sindicalismo”, como
nomes relacionados à chamada esquerda “tradicional”. Esta aproximação se dava
à medida que aqueles setores, apesar das divergências, buscavam se movimentar
no interior da estrutura sindical corporativa, já que eram todos membros de
direções sindicais e, portanto, eram oriundos e atuavam dentro da estrutura. Ao
longo da conjuntura as divergências acerca das relações do movimento sindical
com a estrutura sindical e quanto à participação das “Oposições Sindicais” e
de setores populares no interior de seus movimentos, entre outras, fez com
que estes militantes, que se identificarão com a “Unidade Sindical”, fossem se
afastando dos “autênticos”. Por seu lado, a aproximação cada vez maior dos
sindicalistas “autênticos” com os setores de oposição sindical, em um arranjo
que também não se deu sem tensões, garantiu a distinção definitiva dos blocos
que acabará por desaguar, em meados dos anos de 1980, na constituição de
centrais sindicais em separado.
Assim, o primeiro bloco considerava a estratégia da “Unidade Sindical”
como “negocista”, “conciliadora” e “reformista” e fundará, em 1983, a Central
Única dos Trabalhadores (CUT). A “Unidade Sindical”, por sua vez, avaliava
a estratégia do outro setor como sendo “esquerdista” e “desestabilizadora” e
fundará, em 1986, a Central Geral dos Trabalhadores (CGT). Em termos
gerais, será dividido entre tais vertentes que o movimento sindical brasileiro
entrará na década de 1980, um período extremamente rico de sua história
político-organizacional.
Em meados da década de 1980, o país ia deixando para trás longos anos
de ditadura militar (1964-1985). O sindicalismo nacional, facilitado por um
período de transição política para a democracia –que ajudara a conquistar e
que lhe garantia campo de atuação– e por uma conjuntura econômica de ele-
vada inflação –que lhe fornecia combustível mobilizatório–, acumulou vitórias
organizativas importantes, reocupando o espaço político do qual havia sido
privado pelos governos militares. Em seu conjunto, o sindicalismo brasileiro
viverá no período o que pode ser considerado um de seus momentos de ouro,
uma “década sindical”. Qualquer balanço de sua trajetória naqueles anos
deve apontar para três de suas características: a rápida consolidação no plano
organizacional e a pujança mobilizatória, bem como sua importância na luta
pela democratização do país, espelhada, entre outras, em sua participação no
movimento por eleições livres e diretas para presidente (o Diretas Já) e pelo
estabelecimento de uma Assembléia Nacional Constituinte.
56
Trabalhadores e sindicatos brasileiros em ritmo de ditadura (1964-1985)
Em 1985 é eleito, por via indireta, no parlamento, o primeiro governo civil
pós-1964. Ele poria fim aos governos militares, vinte e um anos depois. Uma
análise geral das ações dos trabalhadores durante a ditadura indica que uma série
de mudanças se estabeleceu. O capitalismo se redefine nos país, produzindo
mudanças substantivas na produção e no mundo do trabalho, o que traria óbvias
alterações na composição das classes trabalhadoras. O regime militar buscou
redefinir e limitar as ações mais progressistas no seio sindical. Tal estratégia só foi
bem sucedida em certos momentos, não sendo capaz de imobilizar tais setores
como desejado. A luta dos trabalhadores, apesar das claras dificuldades, de uma
forma ou de outra, não cessou um só momento, não dando tréguas aos patrões
e aos militares. A esquerda passou por sensíveis mudanças de orientação, com
claros rebatimentos em suas ações nos sindicatos. Ao fim do período, um novo
setor assumirá a hegemonia do sindicalismo passando a orientar a parcela mais
significativa, organizada e ativa do movimento. Será a partir de seu ressurgi-
mento na cena política e de sua re-organização nacional que os trabalhadores
contribuíram sobremaneira para o fim da ditadura no Brasil.
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59
La organización y la militancia obrera en
el lugar de trabajo: hacia una historia de
los delegados y comisiones internas en
Argentina, desde 1930 a la actualidad
Victoria Basualdo
El presente artículo aborda una dimensión escasamente explorada en el
campo de los estudios del trabajo en Argentina: la historia de la organización
y la militancia obrera en el lugar de trabajo, y en particular, el papel de los de-
legados y las comisiones internas desde la década de 1930 en adelante. Tiene
como objetivos centrales destacar la importancia de esta temática para el análisis
de la historia de los trabajadores en Argentina en el siglo XX, y proponer ca-
minos posibles para la profundización de su investigación. En primer lugar, se
analizarán en forma sintética algunas de las contribuciones en la historiografía
existente sobre este tema en el largo plazo, lo que resultará de gran utilidad
para señalar algunos de los principales desafíos pendientes en este campo. En
forma complementaria, se revisarán brevemente algunos estudios de caso de
empresas específicas presentes en la historiografía que, aunque no se centran
en las instancias de representación en la fábrica, iluminan las potencialidades
de este tipo de estudios para el análisis de la organización y la militancia obrera
en el lugar de trabajo1. En segunda instancia, retomando la importancia de las
contribuciones que podrían realizar los estudios de caso, se sintetizarán algunos
de los hallazgos provenientes de una investigación sobre las transformaciones en
1
N. de e.: sobre problemas vinculados a la organización del movimiento sindical en la segunda
mitad del siglo XX e impacto de regímenes dictatoriales, para el caso brasileño ver artículo de
Marco Aurelio Santana.
61
Victoria Basualdo
la organización y militancia obrera en las grandes empresas industriales, centrada
en particular en los casos de Alpargatas (fábricas de Barracas y Florencio Varela)
y Acindar (en Villa Constitución). Se destacarán las perspectivas abiertas por
esta investigación respecto a la historia de las comisiones internas, con especial
énfasis en el período que incluye las décadas que van desde 1950 hasta 1980.
Para concluir, se formularán algunas observaciones finales.
Principales contribuciones de la historiografía sobre la
historia de las comisiones internas y estudios de caso de
establecimientos laborales
Aunque la historia del movimiento obrero y del sindicalismo en Argen-
tina ha sido uno de los campos de más intensa producción y controversia
historiográfica, tradicionalmente se privilegió la historia de las organizaciones
sindicales y sus líderes, las vinculaciones con el poder político y económico,
y las luchas y conflictos a nivel nacional. En cambio, la dimensión específica
de la organización obrera en el lugar de trabajo no ha sido estudiada en forma
exhaustiva. Este déficit de investigación resulta especialmente destacable no
sólo teniendo en cuenta que, en la historiografía internacional sobre trabajo y
trabajadores, los estudios centrados en establecimientos laborales –denominados
en inglés shop-floor studies– constituyen un campo de tradicional importancia,
sino también debido a las particularidades que asumió el caso argentino. La
existencia desde la década de 1930 y la propagación, desde mediados de la
siguiente, de los delegados (representantes elegidos por los trabajadores de una
sección o sub-sección de un determinado establecimiento laboral) y las comi-
siones internas (órganos colegiados, compuestos por un número reducido de
los delegados de un establecimiento laboral específico) marcó a la organización
obrera en los establecimientos laborales con una fuerte impronta distintiva a
lo largo del siglo XX. Estas instituciones han sido calificadas como “uno de los
logros más importantes del movimiento obrero argentino después de 1945”, y
son concebidas por los escasos estudios sobre la materia como un rasgo distin-
tivo fundamental de este movimiento sindical en el contexto latinoamericano
(Doyon, 1984: 210).2
2
La forma de elección de estos representantes de los trabajadores en la planta (tanto los dele-
gados como las comisiones internas) ha sufrido variaciones importantes en el tiempo (desde un
origen en el que algunos de los representantes eran directamente designados por los sindicatos
62
La organización y la militancia obrera en el lugar de trabajo: hacia una historia...
Si bien estas instancias de representación han sido muy excepcionalmente
tomadas como objeto central de estudio, existe un conjunto de trabajos cuyos
aportes constituyen un imprescindible punto de partida para futuras aproxi-
maciones. Una de las investigaciones fundacionales en este sentido es la de la
historiadora Louise Doyon (1984 y 2006). En su estudio sobre la política laboral
entre 1943 y 1955 y la relación entre Juan Domingo Perón, los sindicatos y
los trabajadores, Doyon prestó especial atención al surgimiento y expansión de
las comisiones internas durante los dos primeros gobiernos peronistas, desta-
cando que el alto grado de penetración que alcanzó la estructura sindical en el
nivel de planta a través de estos cuerpos colegiados integrados a la estructura
del sindicato, significó el fin del control unilateral de la patronal sobre la vida
laboral en las empresas (Doyon, 1984: 210-1).
En lo que se refiere a los orígenes de estas formas de representación, existe
un interesante debate entre Doyon y Robert Alexander (1962: 196) centrado
en si estas comisiones internas tenían una relación de continuidad o no con las
previas “comisiones de reclamos” que casi todos los sindicatos habían logrado
introducir en los lugares de trabajo antes del golpe de 1943. Doyon sostiene al
respecto que las comisiones previas habían sido alentadas por la patronal para
alentar una “comunidad de intereses”, mientras que las comisiones internas
establecidas a partir de mediados de los años cuarenta suscitaron una fuerte
resistencia patronal en tanto defendían los intereses de los trabajadores y sus
organizaciones (Doyon, 1984: 211). Nuevas investigaciones discuten esta
visión, y demuestran a partir de fuentes de archivo y de prensa que existieron
durante la década de 1930 representantes de base en varios establecimientos
de actividades industriales importantes, como la textil, la metalúrgica, y la
construcción (Ceruso, 2009). De acuerdo a la nueva evidencia empírica anali-
zada, estas instancias de representación de base, que fueron impulsadas en estas
actividades por el Partido Comunista, lejos de responder a intereses patronales
jugaron un papel importante en la organización de los trabajadores y en el
sostenimiento de conflictos obreros.3 Estas contribuciones recientes cuestionan
a una progresiva generalización de la elección por parte de los propios trabajadores de sección
y sub-sección) y presenta diferencias también en los distintos sindicatos, que expresan en sus
reglamentos distintas modalidades.
3
Esta importante contribución, que contribuye a abrir un campo prácticamente inexplorado
en la historiografía hasta el momento, va en el mismo sentido que otros trabajos previos que
enfatizaban la importancia de abordar no sólo las rupturas ocasionadas por las transformaciones
desde mediados de la década de 1940, sino también las continuidades con la etapa previa. Al
tiempo que Gaudio y Pilone (1983 y 1984) sugerían a partir de sus investigaciones que resulta
63
Victoria Basualdo
que la visión sostenida por Doyon sea válida para la totalidad del movimiento
sindical previo a 1943, y enfatizan la necesidad de estudiar en profundidad este
período, lo que permitiría abordar la complejidad de formas de organización
y tradiciones previas a la etapa del peronismo y rastrear los antecedentes de las
grandes transformaciones de la década de 1940.
Los trabajos de Doyon, al igual que los de Daniel James (1978, 1981 y
1990), proporcionan elementos que prueban que delegados y comisiones in-
ternas se generalizaron y extendieron durante los inicios del primer gobierno
peronista.4 Doyon enfatiza que la debilidad del soporte legal inicial para los
representantes de las bases en el lugar de trabajo sugiere que la creación de
estos cuerpos colegiados fue una imposición directa de los trabajadores y sus
organizaciones (Doyon, 1984: 211). A pesar de la resistencia patronal en su
contra, estas instancias de representación comenzaron a ser reconocidas en
los convenios colectivos a partir de 1947, y para 1950 se habían extendido a
la mayor parte de las actividades productivas, aunque sus funciones variaban
de acuerdo con las relaciones de poder presentes en cada industria y en cada
planta (Doyon, 1984: 210).5
De las evidencias proporcionadas tanto por Doyon como por James se des-
prende que las comisiones internas establecieron una vinculación permanente
entre las organizaciones sindicales y las bases obreras, lo que a su vez contribuyó
necesario matizar la ruptura a partir de observar con mayor cuidado los antecedentes de inter-
vención estatal en el campo laboral en los años treinta así como el desarrollo de la negociación
colectiva en el período y Horowitz (1984 y 1985) enfatizaba el caso de la Unión Ferroviaria como
un antecedente de sindicato industrial de base nacional con una estructura fuerte y prestaciones
extendidas a los afiliados, el trabajo de Ceruso, aunque centrado específicamente en algunas
actividades y establecimientos específicos, provee importantes elementos para una aproximación
en mayor profundidad a las formas de organización en las fábricas en la década de 1930.
4
James (1981: 333) sostiene que los convenios que se firmaron en esa época contenían cláusulas
que garantizaban, por parte del empresariado, el reconocimiento de las comisiones y aseguraban
a los delegados la estabilidad en su empleo tanto durante como después del ejercicio de sus
funciones.
5
Es posible deducir las atribuciones de estos cuerpos colegiados en el nivel de la fábrica a partir
del convenio colectivo de 1949 de los trabajadores metalúrgicos. Entre las funciones enumeradas
de las comisiones internas, el convenio menciona la presentación de reclamos de los trabajadores
a los empleadores, la supervisión de la correcta implementación de la legislación laboral y de
seguridad, de los convenios colectivos y del correcto tratamiento de los trabajadores por parte
de capataces y supervisores, la colaboración en la disciplina interna de la fábrica y en las mejoras
en la misma, la discusión con los empleadores antes de que cualquier medida disciplinaria pueda
tomarse respecto a los trabajadores, la colaboración para el descenso del conflicto laboral, y la
atribución de total movilidad en el lugar de trabajo (Doyon, 1984: 212).
64
La organización y la militancia obrera en el lugar de trabajo: hacia una historia...
de manera decisiva a garantizar la implementación efectiva de la legislación
laboral y los convenios colectivos en la vida diaria de las fábricas (Doyon, 1984:
210). Uno de sus aportes más interesantes es que permite apreciar el doble papel
que tuvieron las comisiones internas desde su origen. Por un lado, la existencia
de un cuerpo colegiado, reconocido por la patronal y autorizado para nego-
ciar sin temor a represalias, aseguró un canal directo de comunicación entre
los trabajadores y los sindicatos, y una transmisión directa de los problemas
y reivindicaciones de las bases. Por otro, estos cuerpos colegiados permitían a
los sindicatos ejercer un control sobre los trabajadores de base, sus formas de
organización y protesta, al tiempo que promovían la afiliación y el permanente
contacto con las organizaciones sindicales y eran de importancia estratégica a
la hora de garantizar la implementación efectiva de medidas de fuerza (Doyon,
1984: 210). Nuevas investigaciones sobre la conflictividad obrera durante los
últimos años del gobierno peronista coinciden en señalar que las comisiones
internas jugaban un papel importante en el desarrollo de los conflictos, que
en algunos casos implicaron desafíos a las direcciones sindicales nacionales e
incluso al gobierno (Schiavi, 2008).
Mientras que Doyon centró sus investigaciones en el período extendido
entre 1943 y 1955, Daniel James, aunque examinó algunas de las caracterís-
ticas de esa década como antecedentes necesarios, focalizó su investigación en
la etapa entre 1955 y 1976. James acuerda con Doyon en que los trabajadores
habían logrado obtener un grado relativamente alto de control de importantes
áreas en las fábricas durante los dos primeros gobiernos peronistas, incluso
teniendo en cuenta los últimos años, en los que parte de las conquistas obreras
experimentaron ciertos congelamientos o cuestionamientos.6 Después del golpe
militar de 1955 existió, según James, un período inicial de gran actividad de
las comisiones internas que coincidió con la etapa de la Resistencia Peronista,
y con los gobiernos de la Revolución Libertadora y los inicios de la presidencia
de Arturo Frondizi. Este autor considera que durante esta primera etapa, en
la que los ataques e intentos de desmantelamiento por parte de las sucesivas
dictaduras militares y del gobierno de Frondizi se centraron en la estructura
sindical nacional, las comisiones internas, aunque debilitadas, sobrevivieron
6
Resulta imposible abordar aquí en detalle las discusiones sobre las comisiones internas durante
los últimos años del peronismo. Basta con aclarar que, aún considerando este último período, la
mayor parte de los autores, incluso aquellos pertenecientes a las corrientes liberales más críticas
del legado del peronismo, acuerda en que los trabajadores conservaron hasta el derrocamiento
de Perón en 1955 “un considerable poder obrero en la vida diaria de las fábricas” (Gerchunoff
y Llach, 1975: 17-8).
65
Victoria Basualdo
y constituyeron, en algunos casos, núcleos de oposición en un contexto de
luchas descentralizadas y autónomas. En cambio, sostiene que a partir de
1959, cuando se produjeron una serie de importantes derrotas obreras, entre
las que se destaca la huelga contra la privatización del frigorífico “Lisandro de
la Torre”, la erosión del poder de estos cuerpos colegiados de base se aceleró
(James, 1978 y 1990).
El impacto del proceso de “racionalización” de la producción llevado ade-
lante por la política “desarrollista” del gobierno de Frondizi sobre las formas de
organización de los trabajadores entre fines de los años cincuenta y comienzos
de los sesenta es objeto de una controversia en la historiografía. En particular,
el debate se centra en uno de los documentos considerados más importantes
por James para justificar su concepción de que los años 1959 y 1960 marcaron
un punto de inflexión en la historia de las comisiones internas y de la lucha
obrera. Se trata del convenio metalúrgico firmado en 1960, que otorgaba, según
James, extensas atribuciones a los empleadores en el campo de las relaciones
de producción, y que conllevaba una renuncia del sindicato a todo derecho
de interferir en la distribución de la mano de obra, y los turnos laborales, así
como los ritmos de trabajo y los controles de calidad. De acuerdo a este autor,
el convenio colectivo contenía, por primera vez, limitaciones respecto de la
actividad de los delegados, cláusulas que se habrían expandido en los años
siguientes a la totalidad de las industrias (James, 1990: 194-6). En base a estas
consideraciones, James argumenta que los convenios en las principales industrias
firmados durante los primeros años de la década de 1960 que incluían limi-
taciones en la actividad de los delegados, marcaron el comienzo de la erosión
de las comisiones internas y de su incidencia y de pasividad de las bases que
contribuyó de manera decisiva a la consolidación y el mantenimiento de un
liderazgo sindical, cada vez más burocratizado. De acuerdo a (James, 1978,
27-28 y 1990: 174-178), las comisiones internas habrían caído en un estado
de crisis durante la mayor parte de los años sesenta.
En un trabajo sobre la historia de los trabajadores del conurbano bonaerense
entre 1955 y 1973 en el que realiza importantes aportes sobre la participación
de los delegados de base en distintos conflictos en los años cincuenta y sesenta,
Alejandro Schneider (2006: 146-150) cuestionó la interpretación de James del
convenio de 1960. Sostuvo, en primer lugar, que aunque el convenio incluía
cláusulas que permitían la posibilidad de alterar los niveles de producción, no
se puede deducir que, efectivamente, éstas hayan sido aplicadas en la práctica.
En segundo lugar, afirmó que las cláusulas sobre la movilidad de los trabajadores
no quedaron establecidas en la paritaria metalúrgica, por el contrario, como
66
La organización y la militancia obrera en el lugar de trabajo: hacia una historia...
lo indican diversos artículos (13, 55, 56) los obreros cobraban por la tarea
que le correspondía a la categoría designada. Finalmente, y contra las afirma-
ciones de James, Schneider resaltó que en la nueva paritaria quedó estipulado
el reconocimiento de las comisiones internas y de los cuerpos de delegados,
aceptando su presencia jurídica y su poder en la discusión en la determinación
de los problemas laborales.7
Un trabajo reciente de la autora centrado en analizar algunas de las vin-
culaciones de la organización en el lugar de trabajo con las transformaciones
de la estructura económica argentina en el largo plazo, introdujo el análisis de
otras fuentes que profundizaron el cuestionamiento a la visión de James acerca
del “estado de crisis” de las comisiones internas durante la década de 1960
(Basualdo, 2009: 16-18). Un proceso histórico importante en este sentido fue
el Plan de Lucha impulsado por la CGT, y en particular su segunda etapa con-
cretada entre el 18 de mayo y el 24 de junio de 1964, en el contexto del cual
se movilizaron de manera planificada casi cuatro millones de trabajadores y se
concretó la toma de alrededor de once mil establecimientos fabriles. Una serie
de fuentes provenientes del archivo de inteligencia de la DIPBA (que compren-
den informes de inteligencia, volantes sindicales, documentos de la CGT y de
distintos gremios) permitieron demostrar que durante el desarrollo del Plan de
Lucha, las bases y las instancias de representación, lejos de estar inmovilizadas
y desarticuladas tuvieron una importancia clave. El desarrollo coordinado de
este Plan de Lucha pudo alcanzarse gracias a una estrecha coordinación entre
líderes y bases, y entre estructura sindical a nivel nacional y los delegados y
comisiones internas que cumplieron un papel fundamental en el desarrollo de
las tomas de fábrica de manera sincronizada. La creciente burocratización de
los representantes sindicales, tan bien descripta por Daniel James en su trabajo,
no implicó que estas instancias de representación se hubieran desactivado o
7
Las críticas de Schneider se basan, en primer lugar, en la concepción de que los convenios no
constituyen fuentes que reflejen cabalmente la evolución efectiva del proceso de “racionaliza-
ción” de la producción y del conflicto, sino que, en cambio, establecen pautas y lineamientos
que luego deben ser disputados en cada establecimiento, rama y sector, y cuya aplicación se en-
cuentra sujeta a la relación de fuerzas entre capital y trabajo. Esta, a su vez, se encuentra no sólo
condicionada por la historia de cada fábrica y gremio, sino por condicionantes estructurales, en
particular la evolución de cada rama y su relativo peso en la estructura industrial. Desde el punto
de vista de Schneider, no resulta convincente, por lo tanto, deducir a partir de la letra escrita
de los convenios (cuya interpretación es, además discutible) que se habría producido un avance
de la patronal sobre los trabajadores de tal magnitud que habría puesto a los establecimientos
fabriles bajo absoluto dominio del capital, desplazando a los trabajadores y sus representantes
(Schneider, 2006: 146-150).
67
Victoria Basualdo
erosionado en términos de su estructura institucional, sino que marcó, como
el análisis de los casos específicos permitió profundizar, algunos cambios en la
orientación y funcionamiento de los representantes de base a los que retorna-
remos en el análisis de los casos en la segunda parte del artículo.
Dentro de la abundante historiografía sobre los años sesenta y setenta, en
particular de la referida al ascenso de la militancia de izquierda y las luchas
obreras, existen varios trabajos en los que se abordan, de algún modo, las formas
de organización y representación en los lugares de trabajo. Un ejemplo de estos
aportes es el libro de Ruth Werner y Facundo Aguirre (2007: 187-197) sobre
la “insurgencia obrera” entre 1969 y 1976, en el que destacan la centralidad de
las comisiones internas como instituciones de organización y representación
de las bases obreras, retomando aportes previos, entre los cuales se destacan los
de Adolfo Gilly (1980 y 1990), quien tempranamente se había detenido en
este tema. Aunque sin duda estos trabajos representan un paso adelante por su
análisis general sobre la importancia de estas instancias de organización en la
historia de los trabajadores en el período, las comisiones internas y delegados
no son el foco principal de las investigaciones, por lo que son escasas las con-
tribuciones empíricas que estos aportan.
Tampoco se han realizado estudios históricos sistemáticos y específicos
sobre la evolución de las comisiones internas y los delegados durante la última
dictadura militar (1976-1983), a pesar de que en trabajos llevados adelante
desde distintas corrientes historiográficas se han abordado aspectos parciales
de la organización y resistencia de base, y se ha afirmado que los delegados y
especialmente los miembros de comisiones internas de las grandes fábricas
fueron blancos privilegiados de la represión dictatorial (Pozzi, 1988; Gallitelli
y Thompson, 1990; Fernández, 1985: Basualdo, 2006, entre otros). Existen, en
efecto, una multiplicidad de fuentes, entre las que pueden contarse testimonios
judiciales, documentos e informes de organizaciones de derechos humanos y de
organizaciones sindicales, documentos diplomáticos y gubernamentales, entre
otros, que confirman estas aseveraciones pero que, sin embargo, no han sido
sistemática ni globalmente analizadas hasta el presente.
Faltan también estudios sobre las transformaciones de estas formas de
organización desde la transición a la democracia hasta la actualidad. Dentro
del campo de estudios sobre el mercado de trabajo y las relaciones laborales,
existen contribuciones que proveen información importante sobre las grandes
tendencias en términos de modelos de organización y negociación sindical,
aunque en su mayoría no se han concentrado en las formas de organización en
68
La organización y la militancia obrera en el lugar de trabajo: hacia una historia...
el nivel de la planta. Trabajos de autores diversos autores entre los que puede
citarse a los de Marta Novick (2001) y Adrián Goldín (1997) resultan útiles
como marco para el análisis sobre los cambios operados desde la segunda etapa
de la industrialización sustitutiva (1955-1976) y el nuevo modelo instaurado
a mediados de los años setenta y cuyas tendencias se profundizaron en la dé-
cada de 1990. Sin embargo, y aún cuando reconocen que el modelo sindical
argentino se estructuró en dos niveles –el de las bases, a partir de las comisiones
internas y delegados, y el de la cúpula, compuesto por una dirigencia que llevaba
adelante una negociación centralizada en materia de salarios y relaciones de
trabajo– no se estudia en profundidad la evolución de la organización de base
ni la interacción de ambos niveles.
La contribución más reciente referida a los delegados y las comisiones in-
ternas no provino de la academia, sino del Ministerio de Trabajo de la Nación
(MTESSN, 2007). En un informe del equipo de encuesta de relaciones labora-
les, que recuerda que este tema no es únicamente pertinente en términos de la
historia de la clase trabajadora sino también de gran actualidad para el presente,
se proporcionan datos sobre el nivel de sindicalización y la representación de
los trabajadores en los establecimientos laborales en 2005. De acuerdo a la
encuesta, poco más de 12% del total de las firmas poseía al menos un repre-
sentante de base (delegado) en el lugar de trabajo. Se encontraron, como era
predecible, diferencias de acuerdo al tamaño de los establecimientos: mientras
50% de las empresas de mayor tamaño (más de doscientos trabajadores) tenían
a esa fecha algún delegado, en los establecimientos más pequeños (de menos
de cinco trabajadores) el porcentaje desciende a 7,5%. Aunque no permiten
hacer una apreciación cualitativa completa, estos datos cuantitativos son en sí
mismos muy interesantes, ya que aportan, por primera vez en décadas, cifras
que reflejan que el estado actual de penetración sindical en los establecimientos
laborales ha alcanzado un nivel críticamente bajo, demostrando al mismo tiempo
que aún perviven, especialmente en los grandes establecimientos, rastros de la
fuerte presencia que delegados y comisiones internas tuvieron en el período de
conformación de la estructura sindical. En este contexto, se vuelve urgente la
necesidad de reconstruir la trayectoria desde el origen de estos cuerpos colegiados
de representación, a su estado crítico actual.
Esta breve y ajustada síntesis, sin pretender ser exhaustiva debido a li-
mitaciones de espacio y objeto, tuvo el propósito de reevaluar algunas de las
contribuciones centrales realizadas sobre esta problemática para luego plantear
posibles estrategias de profundización y abordaje del tema. Puede afirmarse, a
69
Victoria Basualdo
partir de ella, que más allá de que los trabajos mencionados han realizado valiosos
aportes acerca de la historia de las comisiones internas, quedan aún muchos
aspectos pendientes de un estudio más exhaustivo que pueden agruparse, con el
objetivo de simplificar su abordaje, en cuatro direcciones centrales. En primer
lugar, se pone de manifiesto la necesidad de estudios sistemáticos de la legislación
laboral y los convenios colectivos, esenciales para precisar los cambios en las
disposiciones normativas respecto a estas instancias de representación en cada
una de las etapas. En segundo lugar, se destaca la falta de estudios estadísticos
sobre niveles de sindicalización y organización laboral en los lugares de trabajo
que permitan evaluar con cierta precisión el grado de organización obrera en los
establecimientos laborales en cada período (aún cuando se tomaran indicadores
de carácter estimativo o aproximado para delinear tendencias). En tercer lugar,
se requieren estudios cualitativos que permitan abordar, no ya los cambios
normativos o las grandes tendencias, sino las transformaciones históricas, en
los diferentes establecimientos y actividades económicas, del papel, atribuciones
y funciones de los delegados y comisiones internas a lo largo del tiempo, y su
impacto en términos de las relaciones entre capital y trabajo. A partir de este
conjunto de avances sería entonces posible elaborar, a partir de toda la evidencia
disponible, un análisis sintético de la historia de las comisiones internas en la
Argentina, desde su origen a la actualidad.
Nos proponemos en este artículo realizar un primer aporte para la pro-
fundización de la tercera línea mencionada, que permita avanzar en el cono-
cimiento de las transformaciones operadas en estas formas de organización en
los establecimientos laborales en las distintas etapas. A la hora de definir una
estrategia de aproximación a un análisis en profundidad de las funciones de los
representantes obreros de base en las fábricas, consideramos útil tomar, como
punto de partida, una serie de contribuciones recientes en la historiografía del
trabajo. Su común denominador es la menor escala de observación centrada,
no ya en localidades o áreas (la dimensión regional o local ha sido otro de los
criterios tradicionales de recorte de estudios de caso) sino en establecimientos
fabriles. Este recorte implica enormes desafíos, en particular en un contexto
como el de Argentina, en el cual el acceso a los archivos de empresas (especial-
mente de capital privado) es en la mayor parte de los casos difícil o directa-
mente imposible para los investigadores.8 Sin embargo, estas investigaciones
8
En la última década, distintas iniciativas han intentado contrarrestar esta tradicional dificultad
en lo que se refiere a archivos de empresas. La Universidad Torcuato Di Tella ha avanzado en la
constitución de un archivo de empresas, y se ha constituido una red de estudios de historia de
empresas compuesta por investigadores de distintas instituciones académicas, que se ha encargado
70
La organización y la militancia obrera en el lugar de trabajo: hacia una historia...
encontraron formas de superar o por lo menos matizar estas restricciones, por
lo que sintetizar sus aportes se vuelve especialmente relevante.
En los últimos años existieron trabajos que, aunque se presentaron desde
sus títulos como focalizados en diversas localidades, concentraron en realidad su
análisis en fábricas específicas. Uno de ellos es el libro de Mirta Lobato (2001)
sobre las dimensiones del trabajo, la protesta y la política en la comunidad
obrera de Berisso entre 1904 y 1970, y cuyo núcleo central es el estudio sobre
los trabajadores de los frigoríficos de capital norteamericano Swift y Armour.
Este libro analiza no sólo la composición de los trabajadores en términos étni-
cos, de género y de edad, sino también la política empresarial hacia ellos, las
relaciones de producción y las formas de organización de los trabajadores de
estas empresas. Un factor central que posibilitó la realización de este trabajo
fue el acceso a los archivos empresariales, aunque estas fuentes fueron comple-
mentadas con otras varias, entre las que se cuentan publicaciones periódicas,
documentos sindicales, judiciales, gubernamentales y de asociaciones mutuales,
además de fuentes orales.
La tesis de doctorado de María Cecilia Cangiano (1996) sobre la historia
de los trabajadores de Villa Constitución entre 1945 y 1996 aborda aspectos
importantes de las relaciones de trabajo en la fábrica siderúrgica Acindar, con
particular foco en los años sesenta y setenta, mientras que la de Mariela Ceva
(2005) sobre empresas, inmigración y trabajo se centró en los casos de las plantas
textiles Fábrica Argentina de Alpargatas y Algodonera Flandria entre 1884 y
1960.9 Otro ejemplo posible de estudios de establecimientos específicos en una
época temprana es el realizado por Elisalde sobre la empresa Siam Di Tella (Eli-
salde, 2004). Aunque menos encuadrado en un marco estrictamente académico,
el libro de Leónidas Ceruti y Mariano Resels (2006) sobre los trabajadores de
PASA Petroquímica, fábrica de la localidad de San Lorenzo, Provincia de Santa
Fe, entre 1962 y 1976, es otro ejemplo de esta tendencia. El estudio preliminar
también pone el acento en el proceso de organización de los trabajadores, y
está acompañado por una interesante selección de fuentes.
de difundir información sobre archivos, trabajos publicados y tesis sobre historia de empresas en
Argentina ([Link] A pesar de estos
avances, las dificultades para el acceso a archivos de grandes empresas persisten, en particular en
lo que se refiere a la documentación referida a las últimas décadas.
9
La historiadora Mariela Ceva llevó adelante, luego de finalizada esta investigación una iniciativa
para la conservación del fondo documental de la empresa que derivó en la creación del archivo
empresarial de la ex Algodonera Flandria y un museo textil abiertos para la consulta y visita de
investigadores en la localidad de Jáuregui, Provincia de Buenos Aires.
71
Victoria Basualdo
Fueron también importantes en este sentido los trabajos del historiador
James Brennan (1992 y 1994) sobre los obreros industriales de Córdoba entre
1955 y 1976, así como sus trabajos junto a Mónica Gordillo (Brennan y Gor-
dillo, 2008). Aunque su análisis propone una mirada que excede una empresa
particular, y aborda relaciones y problemáticas vinculadas con la historia eco-
nómica y social (y particularmente del trabajo) de esa provincia y su capital
en aquellos años, incluye también un útil y novedoso análisis de los procesos
productivos y las relaciones de trabajo en las fábricas automotrices de Fiat e
IKA-Renault en Córdoba. Este autor no sólo analiza la naturaleza de estos pro-
cesos de producción, el grado de calificación de los obreros y las relaciones en el
contexto de la fábrica, sino que propone hipótesis acerca de cómo estos aspectos
del ámbito de la producción se vinculan con las políticas y características de
la seccional cordobesa del sindicato de los trabajadores mecánicos (SMATA).
Las fuentes centrales para esta reconstrucción provinieron de los archivos de
Renault en Francia y de Fiat en Italia, que permitieron superar las restricciones
de acceso a la documentación de las plantas en Argentina.
Otro ejemplo muy reciente de análisis centrados en los trabajadores de un
establecimiento fabril particular, en este caso poniendo énfasis en la década
de 1970, es el trabajo del historiador Federico Lorenz (2007). Su historia de
los trabajadores navales de Tigre en los años setenta hace foco en los Astilleros
Argentinos Río de la Plata S.A. (ASTARSA). En este trabajo, la atención no
estuvo puesta tanto en el proceso productivo, que sin embargo fue también
analizado, sino en la experiencia de construcción de una organización de base
de los trabajadores del astillero, en un contexto de creciente radicalización del
enfrentamiento político y social y de profundos cambios en la economía.10 El
caso de Acindar durante la primera mitad de la década de 1970 fue objeto de
otros abordajes (Santella y Andújar, 2007; Paulón et al., 1999), mientras que
muy recientemente una serie de nuevas investigaciones abordaron otros casos
de establecimientos industriales como Petroquímica Sudamericana, Propulsora
Siderúrgica y Astilleros Río Santiago, que iluminaron diversos aspectos de la
historia de la militancia sindical y política en las fábricas en los años setenta
(Barragán, 2009; Bretal, 2008; Palma, 2008).
10
Debido al objeto de estudio y a los propósitos de esta investigación, las entrevistas, muchas
de ellas realizadas en el contexto del archivo oral de Memoria Abierta, constituyeron fuentes
centrales, complementadas por fuentes periódicas y documentales de variado tipo, entre las que
se destacan los provenientes del archivo de la ex Dirección de Inteligencia de la Provincia de
Buenos Aires (DIPBA), gestionado por la Comisión Provincial por la Memoria.
72
La organización y la militancia obrera en el lugar de trabajo: hacia una historia...
En lo que se refiere a la etapa de la última dictadura militar, tuvo un ca-
rácter pionero el trabajo de Rafael Bitrán y Alejandro Schneider (1992) sobre
las fábricas Del Carlo y Ford Motors durante la última dictadura militar, que
abordó la resistencia obrera al régimen, sus características e impactos. A él se
sumaron recientemente otros estudios sobre las formas que asumió la política
represiva en distintos casos de grandes empresas industriales (Basualdo, 2006;
Barragán, 2009), así como otros estudios de caso, llevados adelante por Daniel
Dicósimo, que se propusieron explorar las dinámicas de conflicto e indisciplina
durante la última dictadura en la fábrica Metalúrgica Tandil (Dicósimo, 2007
y 2009).
Es especialmente destacable la ausencia de estudios de caso para las décadas
de 1980 y 1990, y adquiere importancia en este sentido el trabajo de Marcela
Jabbaz (1996) sobre el proceso de reconversión industrial en Acindar y el con-
flicto sindical de 1991. Este libro aborda el estudio de caso desde una perspectiva
de la sociología del trabajo y se concentra en los cambios organizacionales y de
condiciones de trabajo, así como en las estrategias de organización y resistencia
obrera, al tiempo que nuevas investigaciones en curso iluminan otros impactos
del proceso de reconversión productiva en grandes fábricas industriales como
Propulsora Siderúrgica (Esponda, 2007).
En conjunto, estas contribuciones centradas en establecimientos laborales
específicos abrieron nuevos caminos en la historiografía al desplazar la mirada
de las temáticas predominantes en la producción académica sobre estudios sobre
trabajo y trabajadores en Argentina. Esta nueva corriente de estudios abordó
diversos aspectos de las relaciones de producción y las experiencias de organiza-
ción y militancia, las estrategias de los obreros de base, y las políticas laborales
aplicadas por la patronal en establecimientos productivos. Resulta especialmente
importante tener en cuenta estos aportes porque, a pesar de que la problemática
específica de los delegados y comisiones internas no constituyó en ellas el objeto
privilegiado, iluminaron opciones en términos de fuentes y de aproximación
metodológica que resultaron de enorme utilidad para su abordaje.
Contribuciones provenientes de estudios de caso de las
empresas Acindar (Villa Constitución) y Alpargatas (Barracas
y Florencio Varela)
Este apartado tiene como objetivo ilustrar algunas de las contribuciones
que pueden realizar los estudios de caso de establecimientos específicos para
73
Victoria Basualdo
un estudio cualitativo de las formas de organización y lucha obrera en las
fábricas. Con este propósito, se abordarán en forma muy sintética algunos de
los hallazgos en el curso de una investigación sobre las transformaciones
de las formas de organización y militancia de los trabajadores de base entre
la segunda etapa de la industrialización por sustitución de importaciones
(1958-1976) y los comienzos del modelo de valorización fi nanciera y
desindustrialización (1976-1983), realizada en el marco de un doctorado
en historia en la Universidad de Columbia (Basualdo, 2009b). Partiendo
de un análisis histórico de las vinculaciones entre los cambios estructurales
y las formas de organización, militancia y lucha obrera en los lugares de
trabajo, esta investigación escogió como dimensión central la evolución de
los delegados y comisiones internas. Se propuso, como forma de abordaje
en profundidad, el análisis de los casos de la fábrica siderúrgica Acindar
en Villa Constitución (Provincia de Santa Fe) y las plantas de la empresa
textil Alpargatas localizadas en Barracas (Ciudad de Buenos Aires) y en
Florencio Varela (Provincia de Buenos Aires), desde la conformación de
las comisiones internas aunque con especial énfasis entre los años sesenta
y ochenta, período central de interés en la investigación.
Estos casos fueron seleccionados teniendo en cuenta no sólo sus similitudes,
sino también sus diferencias. Por un lado, resultaban comparables ya que son
dos grandes firmas industriales, con posiciones preeminentes en dos ramas
que constituyeron núcleos dinámicos de la de la industrialización sustitutiva:
en el caso de la industria textil, durante la primera etapa de la misma (1930-
1955), y en el caso de la siderúrgica, en la segunda etapa (1958-1976). Por
otro, son ejemplos de trayectorias distintas en lo que se refiere a la fecha de
fundación de los establecimientos, el tipo de actividad industrial desarrollada,
la localización geográfica, la aproximación patronal a las relaciones laborales y
desarrollo histórico de las formas de militancia de sus trabajadores. El conjunto
de coincidencias y elementos dispares volvía a estas dos firmas casos interesantes
para analizar en contrapunto.
Esta investigación se benefició, en términos generales, de la historiografía ya
analizada en el apartado previo, entre otras corrientes y aportes tanto temáticos
como teóricos y metodológicos. En lo que se refiere a los casos seleccionados,
fueron importantes las contribuciones ya mencionadas de Cangiano (1996) y
Ceva (2005) que, aunque no abordaron específicamente la problemática, y en
el caso de Ceva no coincidía tampoco con el marco cronológico del estudio
propuesto, proporcionaron evidencia importante como punto de partida. A
estos materiales, se agregaron otros centrados en las respectivas localidades que
74
La organización y la militancia obrera en el lugar de trabajo: hacia una historia...
aportaron información valiosa, así como bibliografía económica sobre la historia
y evolución de las empresas en cuestión, y en algunos casos sobre las luchas de
los trabajadores metalúrgicos y textiles (Basualdo et al., 1991; Paulón et al.,
1999; Santella y Andújar, 2007).
En lo que se refiere a las fuentes primarias, el análisis de los casos se enfrentó
a las dificultades ya mencionadas de acceso a los archivos de empresas, a lo que
se sumó la dificultad de acceder a fondos documentales de las organizaciones
sindicales y la dispersión de las fuentes relacionadas con la historia de los tra-
bajadores. Frente a esto, se delinearon dos estrategias diferenciadas. En primer
lugar, se localizaron archivos y fondos documentales que permitieron disponer
de documentación crucial. Uno de ellos, de gran importancia, fue el de la ex
Dirección de Inteligencia de la Provincia de Buenos Aires (DIPBA), en custodia
de la Comisión Provincial por la Memoria de la Provincia de Buenos Aires.
La documentación obtenida proveyó información de gran utilidad sobre los
conflictos en las fábricas y las estrategias de organización y lucha de los trabaja-
dores. Cabe destacar, sin embargo, que la utilización de esta documentación que
responde a la lógica de un seguimiento de inteligencia sobre los trabajadores,
presentó desafíos de interpretación y análisis y obligó a una serie de recaudos
metodológicos y éticos específicos (Da Silva Catela, 2007). En lo que se refiere
a fuentes periódicas vinculadas a la historia sindical, se acudió al Archivo de
Prensa Senén González, de la Universidad Torcuato Di Tella, y a la hemeroteca
del Congreso de la Nación; en el caso de publicaciones, volantes, y documentos
sobre la militancia de izquierda y de los trabajadores de base se acudió al Centro
de Documentación e Investigación sobre la Cultura de Izquierdas en Argentina
(CeDInCI). Se recurrió además a los sindicatos, la Asociación Obrera Textil
(AOT) y la Unión Obrera Metalúrgica de Villa Constitución, que proveyeron
material interesante, y a numerosos acervos personales de entrevistados e inves-
tigadores que con gran generosidad brindaron acceso a los mismos.11
11
En el transcurso de la investigación se consultaron otros archivos que aunque no proveyeron
información sobre la organización obrera en estas plantas en particular, proporcionaron datos
clave sobre la organización y estrategias sindicales durante la dictadura militar que resultaron
muy importantes para la investigación. Se trata de los archivos de las confederaciones francesas
Confédération Française Démocratique du Travail y Confédération Générale du Travail (París),
Fédération Syndicale Mondiale (París). También se accedió al archivo del Institute of internacional
Social History (Amsterdam), de la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales
Libres (archivo administrativo en Bruselas, fondo documental en IISH), Confederación Mundial
del Trabajo (Lovaina), Organización Internacional del Trabajo (Ginebra), y al acervo documental
de la la B.D.I.C. (París, Nanterre).
75
Victoria Basualdo
En segundo lugar, se acudió fuentes que, como ya hemos visto en la revisión
de otros estudios de caso, resultaron extremadamente valiosas para abordar la
militancia y la organización sindical de base: las entrevistas orales. Se realizaron,
para este proyecto, alrededor de cincuenta entrevistas en profundidad con
trabajadores, delegados y dirigentes sindicales, que en el caso de Alparga-
tas incluyeron también a representantes de las corrientes “burocráticas”, y
sólo excepcionalmente, a personal técnico y jerárquico de las empresas. El
proceso de elaboración y análisis de estas fuentes requirió el desarrollo de
estrategias diferenciadas para el caso de Acindar, que había sido objeto de
estudios previos y que se caracterizó por una gran continuidad histórica en
términos de la representación sindical, respecto al de Alpargatas, sobre el
cual había muy escasos estudios y reconstrucción previa, y que evidenció
importantes rupturas en la trayectoria de trabajadores y militantes (Basualdo,
2008). A las fuentes orales elaboradas especialmente para esta investiga-
ción se sumaron entrevistas realizadas por otros investigadores en el marco
de trabajos previos, así como de testimonios brindados en el contexto de
procesos judiciales.
En lo que se refiere a los datos básicos de estas empresas, la Fábrica Argentina
de Alpargatas S.A. fue fundada en el año 1883 por la familia Fraser, de origen
escocés, y tuvo como objetivo inicial la fabricación de paños para la navegación
y zapatillas de lona con suela de cuerdas, destinadas fundamentalmente al con-
sumo de los miles de inmigrantes europeos que arribaban a la Argentina. En
1885 el Poder Ejecutivo de la Nación autorizó la conformación de la Sociedad
Anónima y poco tiempo más tarde la fábrica se trasladó al histórico solar de
la avenida Patricios, en el barrio de Barracas. El edificio erigido allí, conocido
como Fábrica 1, fue el punto de partida del conglomerado industrial integrado
luego por las Fábricas 2 y 3 y los depósitos centralizados, además de las oficinas
y otras dependencias, que requirieron la compra de terrenos lindantes en etapas
posteriores. A partir de 1945, la empresa Alpargatas adquirió extensos terrenos
en la localidad de Florencio Varela, en la Provincia de Buenos Aires, donde
construyó entre 1947 y 1949 una fábrica para la manufactura de calzado de
goma, que entró en funcionamiento en 1950.
Acindar Industria Argentina de Aceros S.R.L. se fundó en Rosario en 1942,
y fue uno de los primeros laminadores privados instalados en el país, cuyo
establecimiento estuvo vinculado a la necesidad de acero que no se podía satis-
facer por las restricciones a la importación ocasionadas por la Segunda Guerra
Mundial. En 1951 la empresa realizó su primera ampliación, instalando en
Villa Constitución la denominada “Planta 2”, que tenía un tren de laminación
76
La organización y la militancia obrera en el lugar de trabajo: hacia una historia...
en caliente comprado a la empresa norteamericana Morgan Corporation. Este
emplazamiento tenía la ventaja de estar muy cercano a SOMISA, la empresa
siderúrgica estatal.
En cuanto a la historia de los trabajadores, en el caso de las dos plantas de
Alpargatas, aunque durante los años sesenta y setenta numerosos corrientes de
la izquierda tuvieron presencia en las fábricas y lograron apoyo de sectores de
los trabajadores, no lograron obtener un cambio de la representación gremial,
que quedó en manos de la dirigencia tradicional peronista de la corriente “bu-
rocrática”, que desarrollaba una política generalmente descripta, al menos en
primera instancia, como conciliatoria entre el capital y el trabajo. Cuando se
seleccionó el caso de Alpargatas, no aparecía tampoco como un caso en el que
la represión durante los años sesenta y setenta, y en particular desde el golpe
militar de 1976, hubiera sido particularmente visible ni extrema.
Acindar, que ocupa un lugar central en la economía de la localidad, presen-
ta, por el contrario, por una larga historia de combatividad obrera y sindical.
Sus trabajadores experimentaron un fuerte proceso de radicalización durante
fines de los años sesenta y comienzos de los setenta que culminó en el triunfo
de la lista Marrón, que adscribía a los sectores “combativos” del sindicalismo
argentino, en las elecciones de la seccional del gremio metalúrgico en 1974.
Desde 1975 los trabajadores de Acindar fueron brutalmente reprimidos. En
marzo, y en el marco de un operativo conjunto de las fuerzas militares, fueron
detenidos los directivos de la seccional local del sindicato metalúrgico, junto con
miembros de la comisión interna de la empresa, dando inicio a una prolongada
política represiva que incluyó asesinatos, secuestros, listas negras y todo tipo
de prohibiciones.
Resultaría imposible abordar aquí en forma exhaustiva a los diferentes
aspectos, abordados en el transcurso de la investigación, referidos a las estrate-
gias de lucha y las formas de militancia y organización de los trabajadores en el
lugar de la fábrica, y a sus transformaciones a lo largo del tiempo. En cambio
nos referiremos, en forma breve y estilizada, a algunas de las contribuciones de
estos estudios de respecto a la historia de las comisiones internas, y al diálogo
e intercambio que puede proponerse con la bibliografía existente.12
En cuanto a los orígenes de las comisiones internas y la elección de delegados
por sección, los casos confirmaron lo sostenido por la bibliografía especializada
12
Para una profundización del análisis de cada uno de los puntos sintetizados a partir de aquí, así
como para acceder a un tratamiento detallado de las fuentes y la metodología utilizada en cada
caso, recomendamos la lectura de la ya citada tesis de doctorado (Basualdo, 2009b).
77
Victoria Basualdo
respecto a que los dos primeros gobiernos peronistas constituyeron una época
de importancia decisiva. En el caso de Alpargatas de Barracas, la empresa había
resistido exitosamente la sindicalización de sus trabajadores hasta los primeros
años de la década de 1940, pero el ascenso del peronismo ocasionó cambios
dramáticos. En 1944 se eligió a la primera comisión interna en la historia de
la fábrica, que sin embargo no pudo funcionar plenamente hasta 1945. Fue
en este año cuando la empresa fue forzada a reconocerla, lo cual fue vivido por
los trabajadores como un triunfo indiscutible. Los testimonios de quienes eran
trabajadores de la fábrica en aquella época iluminan tanto los desafíos de esa
construcción sindical temprana en la planta, como las estrategias patronales
para impedirla o retrasarla, así como el impacto profundo del cambio operado
por la llegada del peronismo. Tanto en Alpargatas de Florencio Varela como en
Acindar, la fundación de las fábricas en 1950 fue acompañada por la elección
de delegados y de comisiones internas, lo cual contribuye a confirmar que, en
efecto, la representación de los trabajadores en el lugar de trabajo se encontraba
ya extendida y aceptada hacia mediados de los dos gobiernos peronistas.
En lo que se refiere a los debates sobre el impacto del proceso de racio-
nalización y de incremento de la productividad, los estudios de caso otorgan
la posibilidad de matizar las visiones vigentes. Aún cuando Alpargatas es un
caso paradigmático de los avances de la “racionalización” de la producción
en las fábricas industriales, del incremento en la productividad y del avance
de las patronales sobre las conquistas obreras a fines de la década de 1950 y
comienzos de la siguiente, las afirmaciones de James respecto de la inmovili-
dad de las bases y de una etapa crítica de las comisiones internas no parecen
aplicarse muy fácilmente. Asimismo, partiendo de la caracterización de James
del “estado de crisis” de las comisiones internas y de la derrota e inmovilidad
total de los trabajadores resulta difícil explicar cómo, a partir de este estado
de “tierra arrasada” fue posible que, a fines de los años sesenta, se iniciara un
período de gran activismo y radicalización de las bases, así como el hecho de
que los desafíos contra los liderazgos sindicales nacionales tuvieran su origen,
en una gran cantidad de casos, en procesos de organización y militancia en el
nivel de la fábrica.
Las evidencias obtenidas a partir de estos casos permiten reconstruir una
historia más compleja y matizada. Los testimonios y documentos referidos a
los tres establecimientos ponen en evidencia que las comisiones internas se
mantuvieron en funcionamiento y activas durante los años sesenta. En esta
etapa, los representantes de base seguían siendo electos, ejerciendo sus funcio-
78
La organización y la militancia obrera en el lugar de trabajo: hacia una historia...
nes e incluso obteniendo mejoras en la situación de los trabajadores, aunque a
expensas del sostenimiento de una relación cordial y cercana con la gerencia y
del abandono de las tácticas de confrontación. Ciertamente, los representantes
estudiados fueron adquiriendo progresivamente, desde principios hasta finales
de la década de 1960 una creciente renuencia al conflicto y una tendencia a
la conciliación de intereses con la patronal, en muchos casos acompañado por
una baja en la representatividad de los intereses obreros. Pero las comisiones
internas de estos tres casos analizados no desaparecieron sino que mostraron
de manera prevaleciente (aunque no exclusiva) una de las dos caras atribuidas
por Louise Doyon a estos cuerpos colegiados desde su origen: las funciones de
control sobre las bases, de sometimiento a las estructuras sindicales centrales y
de intermediación frente al capital, atenuando al mismo tiempo sus funciones
de representación efectiva de los trabajadores, y de organización de estrategias
de confrontación y de lucha por las demandas de las bases.
Al mismo tiempo, en todos los casos se observa que en los últimos años
de la década de 1960, en un contexto de incremento sostenido de la actividad
industrial que se prolongó desde 1964 hasta 1974, de creciente cuestionamiento
por parte de distintos sectores sociales y políticos a la dictadura de Onganía y de
rearticulación de las corrientes de izquierda, los trabajadores comenzaron a pre-
sionar por mayor representatividad y agresividad en la defensa de sus demandas.
Este conjunto de observaciones constituye un avance hacia la reconstrucción
de la evolución de las comisiones internas durante esta década crucial, que la
historiografía ha abordado de manera insuficiente hasta el momento.
Los testimonios de los representantes sindicales pertenecientes a las corrien-
tes sindicales “conciliadoras” predominantes en Alpargatas de Barracas y de
Florencio Varela resultaron de gran valor y utilidad para comprender sus con-
cepciones sobre el papel de los sindicatos y los representantes sindicales, así como
de la relación entre capital y trabajo, cuya armonía y entendimiento pacífico
defendían como un ideal. Las posiciones de estas corrientes se distinguían muy
claramente de los delegados y líderes de las líneas combativas y antiburocráticas,
por lo que estudios de caso como estos resultarían de gran importancia para
contribuir al análisis de las concepciones y modelos sindicales subyacentes a las
divisiones del movimiento sindical en este período, que generaron respuestas y
estrategias radicalmente diferentes frente a las contradicciones inherentes a la
posición de los representantes sindicales en el sistema capitalista.
El caso de Acindar ilustra la trayectoria de ascenso de representantes
sindicales de base a puestos sindicales directivos, en vinculación con otra pro-
79
Victoria Basualdo
blemática muy importante en los años sesenta: las relaciones de tensión entre
las seccionales y el poder sindical central. Entre 1955 y 1967, el período de
ascenso del líder sindical al frente de la seccional metalúrgica Roberto Natalio
Nartayo, trabajador y delegado de Acindar, afiliado al peronismo y cercano
a la corriente vandorista, se caracterizó por demandas de autonomía frente a
la secretaría general nacional. Estos conflictos en torno a la autonomía de la
seccional terminaron por ocasionar la intervención de la seccional por parte
de la conducción nacional del sindicato a fines del período mencionado. Esta
demanda de capacidad de decisión y organización local fue retomada más tarde
por los sectores combativos.
Los tres casos en conjunto ponen de manifiesto, también, otra cuestión
escasamente investigada en vinculación con las comisiones internas: la organi-
zación de la producción en las fábricas y las condiciones de trabajo y salubridad
durante la segunda etapa de la industrialización por sustitución de importa-
ciones (1958-1976). Testimonios y documentos enfatizan, en los tres casos, la
importancia de determinadas secciones y actividades dentro de la planta, así
como la existencia de críticas condiciones de trabajo en secciones específicas,
y de demandas por más eficientes medidas de seguridad, de prevención de
accidentes y de controles de higiene y salubridad, y de políticas concretas para
los casos de emergencias y de enfermedades ocupacionales.
Por otra parte, estudios de caso como estos resultan de gran utilidad para
reforzar el análisis del proceso de radicalización de sectores del movimiento
obrero, hasta el presente excesivamente centrado en la historiografía en el
sindicalismo clasista cordobés y en algunos otros casos. Es interesante destacar
que el año 1968 fue clave, tanto en el caso de Alpargatas Barracas como en el
de Villa Constitución. En Acindar, fue el momento en el cual se originó una
corriente de oposición al liderazgo oficial. Esta corriente, que a través de uno
de los trabajadores, Orlando Sacristani, tenía influencia de la organización
Vanguardia Comunista, recibió el apoyo de los trabajadores y comenzó un
proceso de lucha y organización que terminó en una dura derrota en 1970,
cuando, la empresa logró que los más prominentes líderes obreros del mo-
vimiento aceptaran renunciar a la empresa con una indemnización. A pesar
de que en un principio este proceso de organización y lucha pareció haber
sido interrumpido exitosamente, luego fue continuado por otros trabajadores
desde comienzos de los años setenta. Estos constituyeron distintos agrupa-
mientos que culminaron en la conformación de la Lista Marrón liderada por
Alberto Piccinini, la cual obtuvo, mediante elecciones, la conducción de la
seccional en 1974.
80
La organización y la militancia obrera en el lugar de trabajo: hacia una historia...
En el caso de Alpargatas de Barracas, distintos representantes de las corrien-
tes “conciliadoras”, en línea con las direcciones sindicales más burocratizadas
aseveraron en varias entrevistas que fue en 1968 cuando los “izquierdistas”
comenzaron a ganar influencia dentro de la fábrica, en lo que coincidieron
con los militantes de corrientes de la izquierda. En el caso de Alpargatas, de
Florencio Varela, fue también en los últimos años de la década de 1960 cuando
se produjo el ingreso de militantes a la fábrica que comenzaron a alentar a los
trabajadores a cuestionar el liderazgo tradicional, fuertemente encuadrado con
la AOT a nivel nacional y con una relación armónica con la patronal.
Se evidencia, en este sentido, la necesidad de profundizar el estudio de las
relaciones entre los trabajadores industriales de base y sus representantes directos
con las distintas organizaciones de la izquierda, tema escasamente explorado
desde una mirada centrada en establecimientos específicos (un trabajo pione-
ro en este sentido es el de Lorenz, 2007, y para una propuesta de agenda de
investigación sobre trabajadores industriales en los años setenta, ver Basualdo
y Lorenz, 2008). En los tres casos, los testimonios y documentos muestran el
carácter dinámico e interrelacionado de los cambios, al sugerir que el ascenso
de la movilización y la influencia de las organizaciones de izquierda y la radi-
calización de parte de los trabajadores de las firmas contribuyeron a acercar
las posiciones de los dirigentes burocráticos a las de la patronal, tendiendo a la
constitución de una alianza estratégica.13
Resulta interesante observar, además, que analizándolos en términos estili-
zados, los casos de Acindar y Alpargatas presentan trayectorias y características
diferentes en la relación entre corrientes de izquierda y trabajadores. Mientras
que en el caso de Acindar se produjo una creciente radicalización de importan-
tes sectores de representantes obreros, que culminó en el ingreso de varios de
los delegados y miembros de la comisión interna en organizaciones políticas y
político-militares de esa tendencia, en el caso de Alpargatas una vía importante
de contacto entre los obreros y representantes de base y las corrientes políticas
y político-militares fue la proletarización de militantes de estas corrientes.
En particular, estos estudios de caso proveen evidencias interesantes para
examinar en mayor profundidad la relación con las organizaciones político-
militares. Los testimonios de los trabajadores y militantes ponen de relieve las
contradicciones que implicaba el cruce entre actividad sindical y acción gue-
rrillera. En el caso de Acindar, éste se puso de manifiesto en episodios como
13
N. de e.: sobre impacto de presencia de militantes de izquierda en sindicatos cuya estructura
organizacional difiere del caso argentino, ver el artículo de Silvina Merenson en este volumen.
81
Victoria Basualdo
el secuestro por parte del PRT-ERP de Erich Breuss, gerente de Acindar, en
julio de 1974, con el objetivo de presionar a la empresa para que aceptara las
demandas obreras de normalización de la seccional, que fue considerado, por
muchos trabajadores, como una subestimación del poder de la actividad sindical
y como una medida que implicaba un gran peligro, al facilitar la consideración
de los trabajadores como guerrilleros. En el caso de Alpargatas, los testimonios
de militantes de organizaciones político-militares se refirieron a las pérdidas
de compañeros muy valiosos y de gran trayectoria en la actividad sindical en
actividades armadas, así como a la exposición de muchos de los militantes
sindicales, que no contaban con medidas básicas de seguridad, y que fueron
reprimidos con la misma intensidad que los miembros de la guerrilla por ha-
bérselos visto en su compañía.
Los estudios de caso pueden iluminar también cuestiones vinculadas
al impacto de la política represiva desatada sobre las comisiones internas a
partir de mediados de los años setenta, y de manera sistemática a partir del
golpe de marzo de 1976. Los casos analizados muestran trayectorias dife-
rentes. La correlación más evidente que parecen sugerir es la existente entre
el grado de radicalización obrera y de avances de las corrientes combativas
y la profundidad represiva que soportaron los obreros y sus representantes
inmediatos. En efecto, la represión en Acindar y en Villa Constitución en
general comenzó un año antes del golpe, y adquirió gran profundidad y
violencia, mientras que en Alpargatas se preservó cierta normalidad en las
relaciones laborales hasta el golpe de Estado, al tiempo que no existían,
en un comienzo, evidencias de significativos episodios represivos después
del mismo. Un examen en profundidad reveló que esta historia presenta
aspectos más complejos.
Acindar constituye, de hecho, uno de los casos más extremos de complicidad
de la empresa con la represión a sus trabajadores, que se puso de manifiesto
de manera clara, no sólo en la figura de José Alfredo Martínez de Hoz, quien
pasó de presidir la empresa a ser ministro de Economía de la dictadura mili-
tar, sino también por la existencia de un campo de concentración dentro del
predio de la fábrica, y por las políticas de detención, asesinato, desaparición,
que además forzaron al exilio externo o interno a los activistas que lograron
sobrevivir (Basualdo, 2006). El control militar dentro de la fábrica fue muy
intenso, y la disciplina adquirió un ritmo y carácter militar en varias secciones.
A esto hay que agregar que la presencia de las fuerzas armadas excedía el lugar
de trabajo y se extendía a la comunidad y a las condiciones de vida diaria de
82
La organización y la militancia obrera en el lugar de trabajo: hacia una historia...
la población. El toque de queda declarado en la localidad y la presencia de las
fuerzas armadas, así como el sonido de los disparos en la noche, son recordados
en numerosos testimonios como permanentes y poderosos disuasivos de toda
tentativa de reunión, opinión u oposición.
Esta mayor intensidad de la represión, que afectó a la totalidad de la
ciudad de Villa Constitución y se prolongó en el tiempo, es una variable
explicativa fundamental para comprender la ausencia, en Acindar, de mo-
vimientos de resistencia abiertos y visibles a la dictadura militar. Aquellos
que continuaron en la planta encontraron estrategias –más de supervivencia
que de oposición efectiva– que consistieron en recordar la historia de la
organización y la represión, y en contar esta historia a aquellos trabajado-
res jóvenes y nuevos que no la habían vivido, o en recordársela a aquellos
que quizás hubieran preferido olvidarla. Para muchos, esta experiencia se
sintetizaba en la figura de Alberto Piccinini, sobre el cual se contaban en
voz baja recuerdos y anécdotas.
En los dos establecimientos de Alpargatas, en cambio, las relaciones labo-
rales mantuvieron cierta regularidad, de acuerdo a los testimonios y las fuentes
consultadas, hasta el golpe militar, no registrándose episodios significativos en
materia represiva. Varios de los militantes entrevistados sostuvieron, incluso que
al declararse el golpe militar tomaron la decisión de retirarse de la fábrica por
sí mismos, sin llegar a ser despedidos, expulsados o secuestrados. Esta política,
muy diferente a la encontrada en el caso de Acindar, puede correlacionarse con
la existencia de episodios de resistencia abierta en las dos plantas de Alparga-
tas durante la dictadura. En el caso de la de Florencio Varela, se declaró una
huelga en noviembre de 1977, mientras que en la de Barracas se declaró un
paro en abril de 1979. En una primera instancia puede parecer paradójico que
se hayan producido estos episodios de resistencia, que habían sido inexistentes
en el caso de Acindar, en una fábrica como Alpargatas que tenía una tradición
de menor combatividad y oposición. Tomando en cuenta que se trata de un
proceso dinámico, y teniendo en cuenta la distinta influencia de las políticas
represivas, la paradoja se desvanece.
Los testimonios y documentos demuestran que en ambos casos las protestas
obreras fueron acalladas mediante la presencia de las fuerzas militares en las
fábricas que desalojaron a los trabajadores y pusieron fin a las medidas. Para el
caso de la fábrica de Florencio Varela, varios testimonios otorgados en los Juicios
por la Verdad denunciaron secuestros de trabajadores de Alpargatas en 1978,
que aparecían vinculados con su actividad como delegados o trabajadores de la
83
Victoria Basualdo
planta.14 Considerando esta evidencia, las que parecían políticas completamente
opuestas respecto a la organización de los trabajadores, comenzaron, a partir
de un análisis más detallado, a presentar posiciones más cercanas. Si bien en
una etapa temprana la política represiva de Alpargatas parecía moderada, a
partir del surgimiento de desafíos concretos por parte de los trabajadores y sus
representantes, y del estrechamiento de los vínculos con el gobierno militar,
evidenciado en la participación de funcionarios de la empresa en diversas fun-
ciones oficiales, se evidenció un importante cambio de signo en las respuestas
patronales.
Otro aspecto importante que surge de los casos es el impacto de las po-
líticas económicas y sus efectos estructurales en las posibilidades y formas de
organización de los trabajadores. La reestructuración industrial operada desde
mediados de los años setenta consolidó un proceso de concentración económica
que fortaleció la posición de las patronales frente a sus trabajadores. Pero ade-
más se produjeron, primero en el caso de Alpargatas y luego en el de Acindar,
procesos de descentralización de la producción, enmarcados en programas de
promoción industrial que otorgaban grandes ventajas impositivas, que no sólo
implicaron importantes transferencias a estas empresas sino que ocasionaron
fragmentación y desocupación en las zonas industriales en las que existía una
trayectoria importante de organización obrera, al trasladar parte del proceso
productivo a nuevas áreas sin tradición de organización sindical. En el caso de
Alpargatas, esto sucedió desde los tempranos años setenta, con la inauguración
en 1972 de una planta en Aguilares, en la Provincia de Tucumán, y la inaugu-
ración durante la dictadura militar de nuevas fábricas en el interior del país: la
de Catamarca Textil para tejidos planos en 1977 en la Provincia de Catamarca,
y las textiles en Formosa y Corrientes en 1981.
En el caso de Acindar, este proceso se inició más tardíamente, hacia
mediados de los años ochenta. Entre 1985 y 1987, y también en el marco
de los regímenes de promoción industrial, la empresa relocalizó procesos de
terminación de productos que envió a la Provincia de San Luis, en un pro-
14
Ver testimonios de Horacio Chayan, Horacio Edgardo y Norma Pereyra de Bohn, entre
otros, brindados en el marco de los Juicios por la Verdad en la ciudad de La Plata. El Juicio
por la Verdad es un proceso judicial que se desarrolló en la Cámara Federal de La Plata con el
objetivo de investigar el destino de los desaparecidos de la región durante la última dictadura-
cívico militar, y determinar quiénes fueron los responsables de los crímenes. Se originó a partir
de una presentación de la Asociación Permanente por los Derechos Humanos (APDH) de La
Plata, realizada en abril de 1998. Para acceder a los testimonios es necesario contactar a dicha
Cámara Federal.
84
La organización y la militancia obrera en el lugar de trabajo: hacia una historia...
ceso que también debilitó la unidad y organización de los trabajadores. Los
casos ponen en evidencia, de esta manera, la confluencia entre las políticas
laborales de intervención de las organizaciones sindicales y la prohibición de
la organización, las políticas represivas que se aplicaron con especial violencia
sobre los representantes y activistas de base, y las políticas económicas que no
sólo promovieron una desindustrialización en términos agregados, sino que
fomentaron una reestructuración regresiva del sector a partir de medidas que
afectaron de manera directa las posibilidades y condiciones de organización
obrera en las fábricas.
A modo de conclusión
Esta breve y estilizada síntesis de aportes provenientes de estudios de casos
específicos permitió ilustrar algunas de las temáticas o discusiones en las que
las investigaciones concentradas en establecimientos laborales pueden realizar
contribuciones de gran importancia para reexaminar y enriquecer las visiones
presentes en los trabajos disponibles sobre las comisiones internas. El estudio
de las relaciones entre el capital y el trabajo en las fábricas, y de las transfor-
maciones de las instancias de organización obrera permiten tanto confirmar
algunos puntos importantes de la historiografía, como introducir matices o
modificaciones, así como acumular evidencias preliminares sobre los períodos
que se encuentran pendientes de exploración por no disponer de abordajes
específicos con sustento empírico.
La profundización de esta línea de investigación sobre los orígenes, evolu-
ción y características de los delegados y las comisiones internas permitiría a su
vez contribuir a una reevaluación de temas claves en la historiografía como las
características del legado sindical de los dos primeros gobiernos peronistas, ya
que mientras gran parte de la historiografía enfatiza el legado de homogenei-
zación, centralización, verticalización y subordinación de la estructura sindical
al Estado desde el peronismo, las evidencias disponibles sobre la historia de
las comisiones internas, tanto en términos nacionales como en virtud de los
casos, pone en evidencia una herencia más compleja. Al mismo tiempo, el
seguimiento de estas líneas de investigación y la multiplicación de los estudios
de caso posibilitaría un nuevo abordaje de las formas que asumió la militancia
y la organización obrera de base en las décadas de 1960 y 1970 y de su vin-
culación con el proceso de radicalización política, así como una revisión del
impacto de las políticas represivas, laborales y económicas de la última dicta-
85
Victoria Basualdo
dura militar, y de las estrategias de resistencia de la clase trabajadora frente a
éstas. En suma, el desarrollo de investigaciones centradas en esta dimensión
tan decisiva como relegada permitiría avanzar en la construcción de nuevas
síntesis históricas que incluyeran estos aspectos centrales de la historia de clase
trabajadora argentina.
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Integración e impacto del movimiento
por los derechos humanos en una ciudad
del litoral argentino
Luciano Alonso1*
Propósito
En la bibliografía relativa al desarrollo del movimiento de derechos huma-
nos en Argentina se suele tomar como punto de partida la consolidación de
sus agrupaciones, con mayor o menor alusión a un período de gestación. De
tal manera los años 1974 y 1975 son los del inicio de las asociaciones civiles
que tratan de resistir al terror de Estado, y 1977 el de las Madres y las Abuelas
de Plaza de Mayo. En ocasiones el esfuerzo de datación supera las fallas de la
memoria, esquiva los modos de la historia y se vuelve mito fundador: “Cuan-
do ellas lo deciden, un 30 de abril de 1977, se sienten unidas, son una sola...”
([Link]., 2003: 5). Otras veces se fija la aparición de cada agrupación con su
conformación como persona jurídica en la ciudad de Buenos Aires: el Servicio
Paz y Justicia en 1974, Familiares de Detenidos y Desaparecidos y la Asamblea
Permanente por los Derechos Humanos en septiembre y diciembre de 1975
respectivamente, el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos en
febrero de 1976 (v. g. Revista Puentes, varias ediciones y criterio similar en Leis,
1989 y Frühling, Alberti y Portales, 1989). Paralelamente, en muchos textos
elaborados en el marco del movimiento o en estudios no propiamente atribui-
1 *
El presente texto es derivación de una tesis de maestría con orientación en sociología política
realizada en la Universidad Nacional del Litoral y dirigida por el Dr. Waldo Ansaldi.
91
Luciano Alonso
bles a un organismo en particular pero que comparten sus interpretaciones o
reproducen sus discursos, se enfatiza su novedad y la falta de experiencia de
los nuevos militantes2 (AA. VV., 2003; AMPM, 2007; Galante, 2006; Gorini,
2006; Vázquez, 2007).
Esas dataciones van acompañadas muchas veces por una evaluación general
del tipo de resistencia excepcional que el movimiento representó frente a la
dictadura y de su papel relevante en el proceso de transición desde ésta al orden
republicano. Si bien resulta difícil aceptar la idea de una “absoluta preeminencia”
de las acciones del movimiento (Novaro y Palermo, 2003: 509), es evidente que
la tardía movilización partidaria y las inconsistencias de las respuestas dictato-
riales permitieron a sus agrupaciones una ocupación privilegiada del espacio
público al tiempo que su presión constante minó la legitimidad del Gobierno
de facto, contribuyó al establecimiento de agendas de debate y promovió la
memoria de los crímenes de Estado como lugar privilegiado del nuevo imagi-
nario republicano (Jelin, 1995; Leis, 1989; González Bombal, 2004).
En las presentes páginas trataré de relativizar esas concepciones sobre el
momento de integración y el impacto social del movimiento por los derechos
humanos, que entiendo más ajustadas a la experiencia de la ciudad de Bue-
nos Aires y de zonas de su inmediata influencia que al territorio argentino
en su conjunto. Sin disputar la validez de esas interpretaciones en su propia
inscripción regional, intentaré poner en cuestión su validez general con una
caracterización del movimiento tal cual se desplegó en la ciudad de Santa Fe,
capital de la provincia argentina del mismo nombre,3 desde sus tempranos an-
tecedentes hasta su primer auge hacia mediados de la década de 1980. Como
nos muestra el caso santafesino: 1) se pueden identificarse sujetos individuales
y colectivos que realizaban acciones en defensa de los derechos humanos desde
antes del período de terror de Estado iniciado hacia 1974 y es el nuevo modo
de integración simbólica adoptado el que permite hablar de la invención de
un movimiento social distinto; 2) hay un desfase temporal respecto de Buenos
Aires en la constitución del movimiento, mientras que el trasvase de repertorios
de acción y discursivos se encuentra limitado por las condiciones locales; y 3) si
2
N. de e.: sobre impacto de la noción de violación a los derechos humanos en la conformación
de luchas sociales hacia la década de 1970, ver el artículo de Elizabeth Jelin en el tomo 1.
3
Si bien Santa Fe es la capital provincial, la localidad de mayor importancia demográfica, eco-
nómica y cultural es Rosario. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, la
población del Departamento La Capital (ciudad de Santa Fe y localidades cercanas) llegó en el
Censo 1970 a 312.427 habitantes (14,63 % de la población total de la provincia) y a 381.449
(15,47 %) en el Censo 1980.
92
Integración e impacto del movimiento por los derechos humanos en una ciudad...
bien el movimiento gana en protagonismo y registra un auge hacia el período
1983-1985 no logra superar una relativa marginalidad respecto del espectro
partidario e institucional santafesino. Espero que esas observaciones sirvan
tanto para iniciar comparaciones interregionales sistemáticas como para revisar
algunos de los tópicos consagrados en los relatos sobre el movimiento.4
Antecedentes y constitución del movimiento en la zona
santafesina
El recurso a formas progresivamente acrecentadas de violencia estatal y
paraestatal contra las fuerzas de oposición y la inauguración del método de
desaparición sistemática de opositores ya había caracterizado a la dictadura de
la “revolución argentina” de 1966-1973, contra la cual se enfrentaron amplios
sectores de una sociedad civil altamente politizada (Sidicaro, 2004: 86-87).
Los antecedentes inmediatos de acciones en defensa de los derechos humanos
pueden rastrearse claramente en la actividad de distintos colectivos, concentrada
especialmente en el período 1969-1973 en función del crecimiento y transfor-
mación cualitativa de la represión. En el caso particular de Santa Fe se registran
en esa etapa filiales locales de organismos de alcance nacional, algunas de las
cuales no perduraron, se fundieron en otras o fueron cambiando su identifica-
ción. La Organización de Solidaridad con los Presos Políticos, Estudiantiles y
Gremiales (OSPPEG), constituida en la ciudad el 10 de julio de 1971 (Nuevo
Diario, 11/6/1971), fue la agrupación con mayor presencia. En ocasiones se
destacaban actividades del Movimiento Nacional de Solidaridad con los Presos
Políticos, Estudiantiles y Gremiales (MNSPPEG, derivación del anterior), la
Comisión Peronista de Apoyo a los Presos Políticos y la Comisión de Familiares
de Presos Políticos. No hay registros de una presencia firme del Movimiento
contra la Represión y la Tortura, actuante a nivel nacional. También organiza-
ciones políticas definidas dentro del marco de la izquierda católica, neoperonista
o marxista tuvieron acciones descollantes en el ámbito de la defensa de los
presos políticos y la denuncia de la represión, como el Movimiento Ateneísta,
el Partido Popular Santafecino o el Partido Comunista Revolucionario.
Las intervenciones públicas de esas agrupaciones solían ser discontinuas y
tendieron a diluirse hacia 1973, con el fin de la dictadura y la asunción de la
4
N. de e.: sobre especificidades locales de los procesos históricos ver artículos de Ludmila da
Silva Catela, Federico Lorenz y Silvina Merenson.
93
Luciano Alonso
presidencia por Héctor Cámpora. En ocasiones se destacó un activo grupo de
letrados de la Asociación Gremial de Abogados y familiares directos de presos
o desaparecidos. Muy señaladamente, las madres de los detenidos tuvieron
una presencia importante en los medios gráficos como los diarios El Litoral y
Nuevo Diario. Los formatos de acción fueron variando conforme crecían las
posibilidades de movilización y se modificaba la estructura de oportunidades
políticas con la debacle de la “revolución argentina” y la apertura política.
Hacia 1969-1971 predominaban las presentaciones judiciales, petitorios,
conferencias de prensa y declaraciones públicas o comunicados, acompañadas
crecientemente de volanteadas, pegatinas de carteles y pintadas callejeras, sin
que la defensa de los derechos humanos apareciera claramente diferenciada
de acciones políticas de otra índole. Aunque se privilegiaba la legalidad, esas
vías de acción se combinaban con prácticas de confrontación como los “actos
relámpagos”, en los cuales la defensa de los derechos humanos y el desarrollo
de políticas insurgentes se superponían con mayor claridad (Hugo Koffman,
entrevista 6/11/2002).
En las postrimerías de esa dictadura el repertorio de acción se volvió más
amplio y efectivo, ganándose la calle y reuniendo a varias corrientes políticas
y entidades intermedias5. Un modo de acción contenciosa crecientemente
utilizado desde fines de 1971 fue la huelga de hambre de presos políticos en
reclamo de su liberación o de mejoras en las condiciones de reclusión, coordi-
nada por grupos de apoyo. Ese formato era promovido especialmente por los
colectivos cercanos al ámbito católico y considerado un modelo de acción no
violenta por excelencia, al tiempo que se combinaba con caravanas de autos y
volanteadas6.
5
Por ejemplo, el acto realizado el 15 de diciembre de 1972, en reclamo de “...una Navidad sin
Presos Políticos, Gremiales y Conexos” y en consonancia con una jornada nacional de protesta
laboral, fue convocado conjuntamente por MNSPPEG y la LADH, la Intersindical de Santa
Fe, el Partido Popular Santafesino, el Movimiento Renovación y Cambio de la Unión Cívica
Radical, el Partido Comunista, el Partido Revolucionario Cristiano y otras agrupaciones polí-
ticas (Boletín El Fierro Nº 1 y volantes AGPSF). Los actos se multiplicaron en recordatorio de
la masacre de Trelew, entremezclándose el homenaje a los caídos con el reclamo de respeto de
los derechos de los detenidos (volantes de la Comisión de Homenaje a los Caídos en Trelew del
24/8/1972; Memorando 2214 del 22/2/1973 del Departamento Informaciones: 3, AGPSF).
Hasta la asunción del gobierno constitucional se sucedieron actos conmemorativos de la masacre
los días 22 de cada mes y la presión se sostuvo después para reclamar el enjuiciamiento de los
responsables.
6
V. g. volante de la Comisión de Familiares de Presos Políticos sobre huelga de hambre de
detenidos, posterior al 27/6/1972, y Memorandos del Departamento de Informaciones de la
94
Integración e impacto del movimiento por los derechos humanos en una ciudad...
Con una dependencia fuerte respecto del accionar de las organizaciones
políticas y político-militares y una identidad a veces hasta partidista, las organi-
zaciones de derechos humanos sólo podían ser comprendidas como “colaterales”
y su representación de ese papel como parte de uno de los frentes de lucha fue
suscripta por propios y extraños. Los comunicados o arengas y consignas en
actos podían tener por finalidad establecer un diálogo con los contendientes
–las autoridades– en función de reclamos puntuales, pero en verdad se dirigían
más a un pueblo del que se identificaban como miembros o representantes y
al que querían sumar a la lucha. Las demandas concretas se centraban en la
denuncia de la situación de los detenidos y en la exigencia de cambios en sus
condiciones de reclusión, abarcando desde el reclamo de apertura de celdas,
eliminación de locutorios, eficiente atención médica y mejora de las comidas,
hasta la imputación de torturas y la exigencia de liberación. Desde fines de
1972 ese reclamo de libertad se planteó como exigencia de indulto y amnistía
amplia para los presos políticos, con el correlato de pedido de derogación de
la legislación represiva e investigación de las violencias sufridas7.
En este período temprano se fijaran algunos tópicos que luego formarían
parte de los discursos del movimiento por los derechos humanos. Se concep-
tuó al gobierno de Lanusse como “dictadura terrorista” y a la situación como
“escalada represiva”, en tanto se caracterizó a los penales como “campos de
concentración”8. A propósito de la masacre de Trelew se plantearía el reclamo
en términos de venganza con la consigna “Ya van a ver / Ya van a ver / cuando
venguemos a los muertos de Trelew” voceada en el velatorio y sepelio de Jorge
Ulla, y se difundió una expresión destinada a repetirse en posteriores ocasiones
de falta de sanción a los crímenes del terror de Estado: “No habrá ni olvido ni
Provincia sobre la huelga de hambre de fin de 1972 e inicios de 1973. En los Memorando 2170
del 2/1/1973 y 2175 del 8/1/1973 se aprecia el recurso combinado de la huelga de hambre con
una caravana automovilística que repartió panfletos, por parte de familiares de presos políticos
y miembros de la Juventud Peronista Regional II, con la anuencia de los sacerdotes jesuitas de
la parroquia Nuestra Señora de los Milagros y del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo
(AGPSF).
7
Ejemplos de ello en volantes del MNSPPEG, 20/12/1972, del Partido Popular Santafesino y
del Movimiento de Solidaridad con los Presos Políticos, Seccional Santa Fe, llamando a un acto
para el 20/5/1973 (AGPSF); denuncias y comunicados de la OSPPEG (El Litoral, 22/12/1971
y 26/1/ 1972).
8
Ejemplos en volantes de los Grupos de Base Secundarios, s/f y del Movimiento Ateneísta,
presumiblemente de inicios de 1973, y en panfletos repartidos en la ciudad de Santa Fe, según
el citado Memorando 2175/73 (AGPSF).
95
Luciano Alonso
perdón”9. En su mayor parte los discursos no aludían a una legalidad violada o a
derechos fundamentales denegados sino que hacían hincapié en la inmoralidad
del accionar de los agentes estatales y en los objetivos de mantenimiento de
la situación de dominación imperialista que estos encarnaban, oponiendo al
pueblo, la clase obrera y la patria (con sus vanguardias) frente a la dictadura,
la burguesía y el imperialismo (con sus represores).10
Hacia 1975 todavía se registró en la ciudad una efímera reedición de la
Comisión de Familiares de Presos con un formato similar al de los ejemplos
anteriores, pero evidentemente hubo un profundo hiato. La situación en los
años que van de 1974 a 1977 era progresivamente diferente y el contexto de
emergencia del movimiento social fue el terror de Estado acrecentado y bu-
rocráticamente regulado. Santa Fe y su zona de influencia no fueron ajenas al
proceso de represión y aniquilamiento, aunque según los datos disponibles y en
comparación con zonas como las de Rosario o Córdoba es de destacar que una
proporción importante de los secuestrados santafesinos fueron luego legalizados
o liberados (CONADEP, 2005: 195). El diseño y coordinación de la estrategia
represiva supuso la delimitación de la región norte de la Provincia como el
“Área 212” y las operaciones se llevaron a cabo con un destacado papel de la
policía provincial (Águila, 2007), la participación activa de civiles y el uso de
un sistema de pequeños centros clandestinos de detención o “casitas”, ubicados
preferentemente en las localidades vecinas que forman parte del conglomerado
urbano del Gran Santa Fe (Tur, 1998).
Los únicos registros documentales firmes sobre denuncias relativas a la
violación de derechos humanos en el primer año de la dictadura se limitan a
algunas comunicaciones del Partido Comunista Revolucionario y se encuadran
en la lógica de acciones y discursos del modelo anterior11. Pero la desarticula-
ción de las organizaciones políticas y sindicales contestatarias, o sus posiciones
9
Ejemplos en Chepen (1997: 117-119) y en volante del Movimiento Ateneísta, s/f. (AGPSF).
“Ni olvido ni perdón para los asesinos...” era ya una consigna voceada a inicios de la década de
1970 con referencia a las víctimas del “onganiato” (Tcach, 2002: 44).
10
N. de e.: para un análisis del sentido de la “masacre de Trelew” en el marco de la conformación
específica de un sistema represivo estatal, ver el artículo de Roberto Pittaluga en el tomo 1.
11
V. g. Volantes “Carta abierta al pueblo y a las instituciones de Santa Fe” y “Testimonios desga-
rrantes del terror fascista”, PCR, 1976 (AGPSF). La segunda de estas hojas volantes guarda especial
importancia. Dividida en varios subtítulos (La ilegalidad / Contra las familias / Los asesinatos /
Detenciones / Los desaparecidos / Las torturas / Los secuestros / Corrupción y saqueo), identifica a la
Comisaría 4ta. de Santa Fe como sede de torturas y plantea una cifra destinada a tener repercu-
sión hasta el día de hoy, cuando indica que “Se ignora dónde se encuentra la mayoría de los 25 a
30.000 detenidos”. Sobre el final establece una analogía con el nazismo que sería ampliamente
96
Integración e impacto del movimiento por los derechos humanos en una ciudad...
ambiguas como en el caso del Partido Comunista, fue dejando espacio para la
emergencia de un movimiento autónomo. A partir de la situación de urgencia
los cauces de construcción de la acción colectiva fueron constituyéndose de
manera improvisada y aleatoria. En ocasiones las reuniones iniciales surgían en
los mismos sitios a los que iban a realizar las averiguaciones, tal como aconteció
en otras localidades12. Pero también pudo haber un enlace con la Comisión
de Familiares de Presos del período precedente al golpe de Estado, vinculada
a la Tendencia Revolucionaria del peronismo (MEDH y otros, 2000: 86), e
incluso hubo acciones promovidas por compañeros de los caídos del Partido
Revolucionario de los Trabajadores, los que aseguraron contactos con familiares
de Rosario y Buenos Aires (Elsa Ramos, entrevista 12/11/2004). La conexión
rosarina parece haber sido de importancia a la hora de establecer modelos de
acción: allí era muy activa la LADH desde 1975-76, se formaba lentamente
Familiares y para 1977 ya funcionaba la APDH (Ochoa, 1996; Águila, 2000).
Pero en Santa Fe ese proceso constitutivo fue mucho más lento y de los testi-
monios se desprende que recién a finales de 1977 se comenzaron a establecer
los vínculos que permitirían la constitución de la agrupación pionera.
En las fuentes orales suele manifestarse una tensión discursiva entre los
elementos típicos de un relato que enfatiza los momentos iniciales de descon-
cierto e incertidumbre por un lado y el reconocimiento de instancias previas de
militancia que podrían haber fundado la acción y que servían de marco inter-
pretativo y de acción a los integrantes13. Por otra parte, los familiares y allegados
utilizada, al plantear que “La Gestapo de Videla ha logrado batir el récord de barbarie, crueldad y
ensañamiento de la historia nacional”.
12
Como lo ha señalado Da Silva Catela (2001), en el origen de la nueva militancia –y conse-
cuentemente en la formación de las organizaciones– hay una serie de historias individuales en
las que se destacan la profunda sensación de desconcierto, el recurso al auxilio de otros actores
como la Iglesia Católica, la importancia de los “conocidos” y las ayudas de distinta fuente. Sin
embargo, ello no es obstáculo para destacar las experiencias previas de muchos militantes. La
referencia a lugares de encuentro ocasionales de familiares de desaparecidos en Santa Fe surge de
una entrevista a Néstor Cherry (2/2005), pero hay que destacar que el entrevistado que alude a
esa forma espontánea de conexión no era ajeno a una previa militancia sindical peronista.
13
Para una integrante de Familiares “... yo era una especie de florcita... llena de estupideces en la
cabeza, a pesar que desde niña yo milité en la izquierda. Porque yo soy la última hija de un matri-
monio que tenía ocho hijos y mis hermanos, que me llevaban bastantes años, militaron siempre en el
comunismo, en el socialismo... Pero cuando me tocó a mí yo dije: ‘¿y esto qué es?’. Porque resulta que
ya había desaparecido mi hija y yo no estaba enterada” (Elsa Ramos, entrevista 12/11/2004). Otra
integrante de Familiares y luego de Madres, recuerda especialmente su previa trayectoria en el
campo de la izquierda y sus tareas de conducción educativa a la hora de hablar de su disposición
a la militancia en el campo de los derechos humanos (Celina Koffman, entrevista 2/2/2005).
97
Luciano Alonso
no se podían representar las verdaderas dimensiones del terror de Estado y ni
siquiera los más formados políticamente tenían una idea cabal de los alcances
de la situación14. Como fuera, los relatos individuales sugieren una pluralidad
de experiencias a partir de las cuales se pudo producir una progresiva articula-
ción. Cuando era ya completa la dislocación de las agrupaciones populares y
político-militares que podrían haberle servido como referentes, el movimiento
debió construirse prácticamente desde la ausencia de marcos organizacionales,
con excepción de sus referentes rosarinos y capitalinos.
Las prácticas del colectivo en formación se encontraban fuertemente limi-
tadas y los repertorios de acción del período anterior ya no tenían sentido, de
tal manera que las primeras acciones realizadas hacia 1977 y 1978 se ciñeron
a la conexión entre individuos y grupos, la asistencia legal para los presos y la
presentación de recursos respecto de los detenidos-desaparecidos. Recopilar
datos, convencer a parientes renuentes a participar y contactar a quienes que no
sabían de la organización fueron las prioridades para el conjunto del grupo.
La ampliación del espectro de acciones se produjo en 1979, cuando
Familiares organizó el traslado de sus miembros a la ciudad de Buenos Aires
para presentar las denuncias sobre desapariciones forzadas ante la misión de
la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Comenzaron a obtenerse
resultados concretos en materia de difusión, incluyéndose a los desaparecidos
santafesinos en las listas publicadas por los medios de comunicación del exte-
rior. Por conducto de Familiares de Buenos Aires se recibieron donaciones que
sirvieron para los gastos de quienes no podían sostenerse o para solventar las
erogaciones que implicaban viajes y trámites, siendo los aportes económicos
más regulares e importantes en los últimos años de la dictadura.15 Desde 1980
se había establecido una sede en la zona céntrica de la ciudad, alquilando una
oficina a esos efectos y reuniendo un grupo esencialmente femenino que llegó
más tarde a unos treinta ó cuarenta integrantes. Se puede afirmar que ya enton-
14
Para Hugo Koffman: “... nosotros en esa época no pensamos que había una campaña de exterminio
masivo… yo recuerdo en el año 78… ó 77, 78... antes del mundial que hubo un partido en España…
una de la preliminares…nosotros vimos por televisión un cartel que decía ‘que aparezcan los niños
desaparecidos’ y nosotros en ese momento creíamos que era una exageración, no, no, no, no creíamos
que podía haber chicos desaparecidos” (entrevista 6/11/2002).
15
Además de las entrevistas, las acciones de apoyo económico se registran en cartas en las cuales se
manifiesta el agradecimiento de ex detenidos –v. g. del 21/1/1981, 23/7 y 11/9/1982–, se acusa
recibo de remesas de dinero –24/9/1982– o se solicita ayuda –24/5 y 17/12/1982, de familiares
de detenidos–. También en informes sobre actividades de solidaridad con familiares de presos,
v. g. Familiares Santa Fe 7/9/1982 (FDDRP-BA).
98
Integración e impacto del movimiento por los derechos humanos en una ciudad...
ces Familiares de Detenidos-Desaparecidos por Razones Políticas y Gremiales
constituía una agrupación en Santa Fe, aunque no hay registros del momento
en el cual asumieron esa identidad. Era el inicio de un nuevo movimiento
social, distinto de las identidades partidarias y caracterizado por lo que desde
la teoría social suele definirse como un actor colectivo movilizador con una
integración simbólica propia, escasa especificación de roles y medios de acción
y organización cambiantes (Mees, 1998: 304).
Las variaciones del movimiento en el período 1981-1984
Desde 1980 y durante todo 1981 el Gobierno dictatorial sufrió un acelerado
desgaste estrechamente vinculado con el desarrollo negativo de la economía y
con un creciente clima de movilización social y política, que rompió los planes
de relanzamiento del “Proceso” tras el agotamiento de la legitimación por la
lucha antisubversiva. Para ese entonces los reclamos sobre violaciones a los de-
rechos fundamentales tenían mayor presencia en los medios de comunicación
ante las evidencias sobre la magnitud del exterminio y los métodos utilizados,
si bien atemperados por el consenso que la dictadura todavía mantenía y la
censura imperante16. En ese contexto, el movimiento por los derechos huma-
nos iba desarrollándose como un actor colectivo de primera importancia y su
presencia pública crecía paulatinamente. Sin embargo en Santa Fe aún no se
había producido ninguna acción visible. Recién el desarrollo de la nueva es-
tructura de oportunidades políticas le permitió una exposición pública a partir
de la utilización de elementos de los repertorios de acción y discursivos de las
organizaciones de la Capital Federal.
Con la sensación de que la dictadura perdía consenso y en un marco en
el cual los partidos políticos que no habían sido prohibidos funcionaban de
hecho pese a la continuidad formal de la suspensión de sus actividades, un
grupo reducido comenzó a intentar la constitución de una filial de la Asamblea
16
Aparte del amplísimo espectro de entidades de distinta índole que apoyaban sin reservas lo
realizado por las Fuerzas Armadas, había un abanico no menos extendido que iba de la Iglesia
Católica a la conducción de la Unión Cívica Radical y a sectores del peronismo que reivindi-
caba lo actuado pero criticaba los “excesos”. Las fisuras de ese segundo frente, corporizadas en
personalidades públicas como los obispos Novak (Quilmes), Hesayne (Viedma) y De Nevares
(Neuquén), o en Raúl Alfonsín –entonces en minoría dentro de la UCR–, fueron de gran im-
portancia para brindar espacio social a las críticas de las organizaciones de derechos humanos y
de partidos de izquierda y centro-izquierda, que corresponderían a un tercer sector claramente
posicionado contra la dictadura (Quiroga, 2004:184-185).
99
Luciano Alonso
Permanente por los Derechos Humanos.17 Luego de contactos esporádicos, esto
se concretó desde fines de 1980 y a lo largo de 1981, con el aliento capitalino
de Simón Lázara y Alfredo Bravo. Entre las cinco o siete personas –según los
relatos– que iniciaron las acciones organizativas se encontraban algunas que
habían sufrido prisión o secuestro, tratándose en su totalidad de varones con
antecedentes de militancia política o social. Contra la representación que ac-
tualmente entidades de letrados se hacen de la situación18, la participación de
abogados parece haber sido inicialmente minoritaria y el impulso se basó en
gran medida en los desarrollos previos de Familiares. Como fuera, la APDH se
constituyó formalmente en diciembre de 1981 y en su seno ya convivían dos
posiciones claramente diferenciadas: un sector con convicciones más liberal-
democráticas y otro con una visión más izquierdista.
Su conformación se anunció brevemente en la prensa local, que no dejó
de registrar la presencia de “personas del quehacer político, religioso y cultural
de la ciudad y su zona de influencia” en un acto al que asistieron miembros de
las filiales de Rosario y Paraná, y uno de los presidentes de APDH nacional,
Eduardo Pimentel (El Litoral, 6/12/1981). Ese acto fundacional y la salida
al espacio público no se plasmaron en una estructura formal. A diferencia de
la compleja organización capitalina, que tenía una presidencia colegiada y
mantenía vínculos con partidos políticos o entidades intermedias mediante
canales institucionalizados, la APDH Santa Fe era un pequeño grupo de fuertes
individualidades que motorizaba las acciones y presentaba de tanto en tanto sus
iniciativas a un amplio plenario. Su modo de funcionamiento laxo hizo que no
se establecieran claras diferencias respecto de otros organismos. Si bien todavía
no se había constituido el MEDH los representantes de congregaciones religiosas
como la Iglesia Metodista o la Iglesia Reformada Argentina jugaban un papel
muy activo en colaboración estrecha con los otros actores. La agrupación de
Familiares prácticamente comenzó a funcionar como un grupo dentro de la
17
Según un entrevistado: “para 1980, 1981, hay una situación que ahora uno conociéndola a la
distancia parece como que ya era tranquila. Sin embargo uno en 1980 todavía no sabía si estaba
muy tranquila o muy segura. Digamos que había un margen de riesgo. No éramos suicidas; sabíamos
que esto en otros lados se estaba haciendo y que no los mataban a los que se ponían a hacer esto. No es
que uno se salió a jugar la vida ciegamente. Pero existían siempre algunas prevenciones...” (Rogelio
Alaniz, entrevista 20/1/2005).
18
Folleto Homenaje Derecho a Estudiantes, Docentes y Egresados muertos, desaparecidos y perseguidos
de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe,
agosto 2006 (AP).
100
Integración e impacto del movimiento por los derechos humanos en una ciudad...
Asamblea (Hugo Koffman, entrevista 6/11/2002), si bien mantuvo su identidad,
una militancia más amplia y una notable capacidad de movilización.
Casi en paralelo con la reunión de la APDH y con su colaboración, Fa-
miliares hizo las primeras presentaciones concertadas de hábeas corpus ante el
Juzgado Federal y entregó un petitorio al Gobernador de la Provincia. El 7 y el
10 de diciembre de 1981 se realizaron pequeñas manifestaciones de unas veinte
personas en la Plaza de Mayo de Santa Fe, que incluyeron un breve incidente
con la policía y el uso de pañuelos blancos en la cabeza por integrantes de Fa-
miliares, cuya foto fue recogida por el vespertino local.19 El día 11 se presentó la
versión grabada de la “Misa por la Paz y la Justicia” de Ariel Ramírez y Osvaldo
Catena, en la Basílica de Guadalupe (El Litoral, 12/12/1981). De una forma
de acción centrada en la interconexión y la asistencia se había pasado en muy
breve lapso al reclamo público y a la confrontación con las autoridades, a tono
con el contexto nacional.
Si tenemos en cuenta la exposición que los organismos de derechos huma-
nos estaban logrando en la Capital Federal y la repercusión que ya tenía en la
prensa la presión internacional, esos primeros escarceos del movimiento por
los derechos humanos en Santa Fe parecen sumamente limitados. En el año
1981 había sido el “despegue” y la ocupación de las calles por los organismos en
Buenos Aires (Leis, 1989: 21 y ss.; Novaro y Palermo, 2003: cap. VII.2), pero
en Santa Fe no se habían registrado actividades destacadas y su visibilidad se
produjo recién a fines de ese año. Ni siquiera todos los miembros de Familiares
concurrían a las acciones públicas, lo que expresa tanto la débil integración del
movimiento como la continuidad de un clima de temor y desmovilización. La
actividad creciente de los primeros meses de 1982 no había alcanzado a con-
solidarse cuando la ocupación de las Islas Malvinas y el consiguiente conflicto
bélico produjeron un clima de exaltación nacionalista y reacomodamiento de
las autoridades militares que prácticamente borró a las agrupaciones de derechos
humanos del espacio público. Luego, a partir de la debacle de Malvinas y a tono
con un escenario político en el cual crecían las presiones sobre una dictadura
que ya asumía la inevitabilidad del llamado a elecciones, la actividad de los
organismos se incrementó notablemente. La APDH se volcó de lleno a realizar
actos, mesas redondas, conferencias y seminarios. Los medios de comunicación
19
En el relato de un entrevistado se habría tratado de una única actividad por la cual fueron
retenidos e identificados los manifestantes del día 7, pero del cotejo documental surge que
habría habido dos actividades sucesivas, los días 7 y 10 de diciembre, cf. cartas de APDH Santa
Fe, 11/12/1981 (APDH-BA) y de Familiares Santa Fe, 15/12/1981 (FDDRP-BA) y El Litoral,
10/12/1981.
101
Luciano Alonso
comenzaron a ser más receptivos a los reclamos de Familiares, si bien la única
radio que les brindó un cierto espacio fue LT10 Radio Universidad Nacional
del Litoral, algo paradójico ya que se trataba de una emisora de una institución
oficial. El principal diario de Santa Fe varió poco a poco su política editorial
sobre derechos humanos y comenzó a publicar, al menos, una pequeña nota
mensual sobre la cuestión.
A partir de allí se produjo un incremento de la presencia del movimiento
en el espacio público santafesino, coincidente con su mayor integración interna
y con la constitución formal del MEDH20. Entre finales de 1982 e inicios de
1983 se afianzó el uso de los pañuelos blancos como elemento identificatorio,
pese a que se había decidido no integrar Madres de Plaza de Mayo y se estable-
cían diferencias respecto de esa agrupación. El pañuelo se había transformado
ya en un símbolo en cierta manera ineludible: “Yo me lo puse al principio,
también..., porque sentía que era como que me juntaba más con la gente” (Elsa
Ramos, entrevista 12/11/2004.). Más adelante se incorporaron las grandes
fotos de los rostros de los desaparecidos, visibles en los registros de la prensa
gráfica y por fin, a imitación de una práctica iniciada en la tercera marcha de
la resistencia realizada en Buenos Aires en el mes de septiembre, se pintaron
y pegaron siluetas simbolizando a los desaparecidos (El Litoral, 15/10/1983).
Algunos entrevistados aluden a la realización de rondas los días jueves por parte
de Familiares y a imitación de las de Plaza de Mayo de Buenos Aires, pero su
datación es compleja y hasta incierta, ya que según una convocatoria pública
la “primera ronda silenciosa” se realizó recién el 26 de abril de 1984 (El Litoral,
27/4/1984). Durante 1983, las acciones del movimiento en Santa Fe siguieron
claramente las pautas y formatos del modelo capitalino, reclamando fundamen-
talmente “verdad y justicia” en contra de los intentos del Gobierno Militar de
clausurar la revisión del período de terror de Estado21. Para el 12 de mayo se
convocó a una marcha en repudio del documento sobre la lucha antisubversiva
que reunió a una gran cantidad de personas. Sin embargo sólo se registró la
adhesión de los partidos de izquierda; concretamente del Partido Comunista,
el Intransigente, el Socialista Unificado, el Movimiento al Socialismo y de la
agrupación justicialista Intransigencia y Movilización Peronista. El 19 de mayo
20
La constitución formal de la agrupación en la localidad sólo está constatada por una carta de
un Pastor santafesino al MEDH Nacional, que informa el hecho el 17/5/1983 (MEDH-BA).
21
El 28 de abril se conoció el llamado “Informe final” de la junta militar, que pretendía fijar
un relato sobre los hechos, en tanto que a fines de agosto de 1983 el gobierno dictatorial pro-
mulgó la llamada Ley de Pacificación Nacional número 22.924, prontamente apodada “ley de
autoamnistía”.
102
Integración e impacto del movimiento por los derechos humanos en una ciudad...
se realizó otra concentración de menor envergadura y más improvisada, esta
vez en la céntrica Plaza Soldado Argentino, para repudiar el secuestro, tortura
y muerte de Osvaldo Cambiasso y Eduardo Pereyra Rossi. Entre los meses de
agosto y diciembre de 1983 se realizaron diversos actos, tanto de la campaña
contra la ley de amnistía como en adhesión a la Marcha de la Resistencia de
la Capital Federal o en conmemoración del día de la madre, ésta última con
una “bulliciosa si bien no muy numerosa concurrencia”. Por fin, al momento
de acercarse el fin de la dictadura y el traspaso del mando a un gobierno
constitucional, los organismos de derechos humanos convocaron a una mo-
vilización que alcanzó un millar de concurrentes y contó con la adhesión de
multitud de partidos políticos, sindicatos, entidades culturales y centros de
estudiantes (El Litoral, 13 y 20/5; 16, 21, 25, 27 y 29/8, 22/9, 15/10, 1, 2,
4 y 6/12/ 1983.).
Las actividades del movimiento también se diversificaron. A los plenarios
de la APDH realizados en distintas sedes se sumaron almuerzos y tertulias. Un
espacio más dinámico y expresivo se logró con la incorporación de varios jóvenes
del Cine Club Santa Fe, entidad cultural propietaria del Cine Chaplin. Para
marzo de 1983 Familiares había editado el primer ejemplar de su periódico y
en junio inauguró una muestra de trabajos artísticos realizados por ex detenidos
y detenidos. Ya sobre el final de la dictadura retornaron las huelgas de hambre
protagonizadas por presos políticos, apoyadas y difundidas por Familiares y el
MEDH (Boletín Nº 0 Familiares Santa Fe y carta 24/6/1983 FDDRP-BA; El
Litoral, 14/6 y 24/9/1983).
Las marcas que ordenaban el campo discursivo de los organismos de dere-
chos humanos fueron variando. Hasta mediados de 1982 la heterogeneidad
en la composición del movimiento y las condiciones del terror de Estado
en las cuales se había formado facilitaron un profundo corte respecto de los
repertorios discursivos anteriores. No fueron pocos los casos en los cuales
la militancia del movimiento por los detenidos-desaparecidos, presos y per-
seguidos era completamente ajena al universo de sentido de los familiares
y allegados, que presentaban sus reclamos en un marco de significaciones
distinto. Para muchos participantes de mayor edad el lenguaje político que
podían manejar y con el cual interpelaban a las autoridades era el de los
derechos sociales heredado del peronismo, o incluso el de la dignidad de
la persona humana en la tradición católica, y aún hoy algunos de los que
fueron los más caracterizados participantes de Familiares muestran una cons-
trucción de sentido más cercana a esas matrices. La progresiva articulación
del movimiento y la participación de miembros formados políticamente en
103
Luciano Alonso
organizaciones de la izquierda peronista y marxista permitieron recuperar
un lenguaje confrontativo luego de la derrota de Malvinas.
Aunque se mantuvieran algunas palabras clave se había producido una radi-
cal mutación de sentido. Si hacia 1970-73 el sentido general era el de la guerra
popular de liberación y la vida individual constituía algo subordinado al fin
último de la revolución social, hacia 1981 el eje era el de los derechos humanos
reconocidos en la tradición del liberalismo democrático y la integridad física
de cada uno de los militantes populares pasó a ser lo verdaderamente trascen-
dental, aquello que había que proteger con los escasos medios disponibles.
Ya en el comunicado sobre la formación de la APDH Santa Fe se explicitó
que era su objetivo “llevar adelante la aplicación de la Declaración de Derechos
Humanos de la ONU” (El Litoral, 6/12/1981), referencia que sería reiterada
en numerosas oportunidades. La asunción de ese documento como elemen-
to de identificación no dejó de crear tensiones para aquellos militantes que
antes habían concebido a los discursos sobre los derechos humanos como
instrumentos del bloque occidental en sus ataques al socialismo real durante
la Guerra Fría. Sin embargo las condiciones de existencia del colectivo im-
ponían serias restricciones a las posibilidades de desarrollar un discurso de
clara confrontación, a lo que hay que sumar la incorporación al movimiento
–sobre todo por la vía de la APDH– de personalidades que defendían explí-
citamente la tradición liberal democrática y cuyo papel se tornó central en la
construcción de nuevos modos de acción y de enunciación de reclamos con
un fuerte sustento jurídico.
Hacia fines de 1982 e inicios de 1983, en consonancia con las transfor-
maciones nacionales, se produjo una actualización de los enunciados locales.
Fue reconstituyéndose un campo discursivo que en cierta medida intentaba
recuperar la dicotomía nosotros/ellos en términos cercanos a los del período
histórico precedente. Retornaron a la calle viejas consignas como “Ni olvido
ni perdón”, frente a los intentos de autoamnistía del régimen o a los repetidos
llamados a la reconciliación de la Iglesia Católica, y se recuperaron identifi-
caciones como la de “dictadura terrorista”. Durante 1983-84 se voceaban en
las manifestaciones de los organismos consignas aludiendo al fusilamiento de
los represores (“Atención, atención... toda la cordillera va a servir de paredón”),
generando en ocasiones debates entre los militantes de diversa generación o
formación política.
Pero el marco de producción de sentido en el cual se inscribía esa recupera-
ción era completamente diferente al del período anterior. La noción de “lucha
popular”, se había resignificado notoriamente en función de las transformaciones
104
Integración e impacto del movimiento por los derechos humanos en una ciudad...
apuntadas y se planteaba como reaseguro de la democracia frente a posibles
intentos de retorno a un pasado que se pretendía dejar atrás. Ya no se aludía
a la lucha de clases; obreros y burgueses habían desaparecido como claves de
interpretación y en su lugar se alzaba el pueblo frente a los militares. La diso-
lución de la dimensión política de la represión se apreciaba en la apelación a
“las detenciones arbitrarias, los secuestros, las torturas y los asesinatos despiadados
de miles de inocentes ciudadanos, padres de familia y niños” (El Litoral, 1, 6 y
30/12/1983). Las consignas del momento final de la etapa dictatorial fueron
marcadas por los organismos de Buenos Aires: “Exigimos la aparición con vida
de los detenidos desaparecidos”, o más generalmente “Juicio y castigo a las juntas
militares y a todos los culpables, contra la amnistía abierta o encubierta y contra
el golpismo, en defensa de la democracia (El Litoral, 6/12/1983; 5 y 10/1/1984,
22/3 y 21/4/1985 y 25/3/1986).
No obstante ello, con el incremento de las tensiones al interior del movi-
miento y su primera crisis en el inicio del gobierno constitucional los discursos
de Familiares iban más allá y sostenían que la dictadura había dejado sin sus
mejores dirigentes a la clase obrera. Los tópicos que presentaba el sector más
confrontativo del movimiento pasaban no sólo por la doctrina de la seguridad
nacional y los intereses económicos transnacionales, sino también por el uso de
conceptos tales como “fascismo”, “burguesía nativa y oligarquía financiera inter-
nacional” y otros cercanos a una interpretación más izquierdista, que marcarían
diferencias al interior del colectivo (El Litoral, 22/3/1985 y 25/3/1986).
La crisis de integración simbólica que esas discrepancias dejaban entrever
se intensificó en los primeros años de la etapa republicana, al punto que los
componentes liberal-democráticos prácticamente defeccionarían hacia 1986,
en plena campaña contra los proyectos exculpatorios. A tenor de los dichos de
uno de los miembros de ese sector, la APDH se fue “disolviendo en la democracia
política” (Rogelio Alaniz, entrevista 20/1/2005). El acto del 24 de marzo de
1986 fue el último en el cual el organismo tuvo participación visible y marcó
el mayor poder de convocatoria del movimiento en la zona santafesina, luego
del cual vendría una profunda crisis de organización. La dislocación del movi-
miento por los derechos humanos en Santa Fe se produjo entonces en el período
previo a los sucesos de Semana Santa de 198722 y sus resultados inmediatos
22
Las presiones militares y las diferencias internas en el seno de las Fuerzas Armadas se expresaron
en una secuencia de alzamientos que se inició en la Semana Santa de 1987 en Campo de Mayo
y, continuando con los de Monte Caseros y Villa Martelli llegaría hasta la primera presidencia
de Carlos Menem en diciembre de 1990. En abril de 1987 un comando armado se atrincheró
en la guarnición de Campo de Mayo, reclamando una serie de medidas que iban desde la fina-
105
Luciano Alonso
serían la desaparición de la APDH y la aparición de Madres de Plaza de Mayo
como un desprendimiento de Familiares, mientras en paralelo el MEDH se
iba transformando en una ONG fuertemente institucionalizada y dedicada a
proyectos de educación popular y asistencia social (Alonso, 2006).
El impacto del movimiento en un contexto localizado
Durante todo el período dictatorial el movimiento por los derechos hu-
manos de Santa Fe había sufrido presiones por parte de “los grupos de siempre”
(Rogelio Alaniz, entrevista 20/1/2005). Inicialmente eran evidentes los riesgos
que asumían los integrantes de Familiares frente al control de los organismos
de seguridad, que concebían a las agrupaciones de derechos humanos como
“colaterales de la guerrilla”, aunque las agresiones de las agencias de seguridad y
de “la patota” eran esporádicas. Desde fines de 1982 se incrementó la presión,
con ocasionales intervenciones de las fuerzas de seguridad y el recurso a bom-
bas de alquitrán, pintadas y pegatinas de carteles amenazantes y agraviantes en
domicilios de militantes, envíos anónimos y amenazas. Se intensificaron los
seguimientos e incluso algunos presos en libertad vigilada fueron detenidos por
participar en manifestaciones de los organismos.23
Si las acciones de control directo por parte de grupos policiales o para-
policiales no eran tan frecuentes ni duras, era tal vez porque la envergadura y
visibilidad del movimiento por los derechos humanos eran bastante escasas. No
tenía mayor acceso a las autoridades y se encontraba con fuertes restricciones
para sus presentaciones judiciales. Tampoco logró hasta 1981 receptividad
entre entidades de la sociedad civil y ni aún después ésta fue muy amplia. La
principal institución con la cual se puede calibrar la aceptación que suscitó es
la Iglesia Católica, pero a nivel local no hubo en ésta ni un apoyo al terror de
lización de los juicios por la represión ilegal a reivindicaciones salariales. La reacción popular y
de un amplio arco político fue inmediata, pero el domingo 19 el presidente Alfonsín anunció
el fin del levantamiento en un discurso tristemente célebre en el que aludió a los amotinados
como “héroes de Malvinas”. En el mes de mayo quedaron claras las consecuencias inmediatas del
episodio, cuando a propuesta del Poder Ejecutivo se aprobó la Ley 23.521 –conocida como de
“obediencia debida”– para amparar a todo el personal militar y policial con rango inferior al de
comandante en jefe o jefe de zona, suponiendo que los crímenes que pudieran haber cometido
correspondían a acciones realizadas en cumplimiento de órdenes superiores.
23
Constancias varias en Partes SIDE S/4865, 4/7/1980 y S/5544, 10/6/ 1981 (AGPSF); telegra-
ma y carta 5 y 15/11/1982 (APDH-BA); El Litoral, 28/4, 13/5, 5/6, 5/7 y 2, 15 y 16/9/1983,
carta 17/5/1983 (MEDH-BA).
106
Integración e impacto del movimiento por los derechos humanos en una ciudad...
Estado ni un posicionamiento nítidamente opositor. Las primeras acciones del
arzobispo Vicente Zazpe le valieron fuertes presiones dentro y fuera de la Iglesia,
con lo que se llamó a silencio, pero alentó o dejó hacer a distintos párrocos que
colaboraron con los organismos. Tuvo una actitud muy receptiva respecto de
la APDH, intercedió por presos políticos y hacia 1983 asumió como propios
elementos que eran parte del repertorio discursivo del movimiento por los
derechos humanos. En un documento que tuvo trascendencia nacional ya que
presentaba una línea completamente opuesta a la de la Conferencia Episcopal
Argentina, fustigó al documento de la junta militar sobre la lucha antisubver-
siva y a la doctrina de la seguridad nacional (El Litoral, 8/5/1983). Pero esa
y otras ocasiones representaron más la expresión del pensamiento de Zazpe
que la posición institucional de la Iglesia Católica. Las confesiones religiosas
eran favorables al movimiento eran poco importantes en la ciudad, al punto
que la Iglesia Metodista “era más local que gente” (Rogelio Alaniz, entrevista
20/1/2005).
Respecto de las entidades culturales y de los medios de comunicación
también se careció de un espacio de interlocución hasta mucho tiempo des-
pués de aflojados los controles impuestos por el terror de Estado. El clima de
menor censura de la última etapa de la dictadura, lógicamente matizado con
presiones, clausuras y atentados a los medios más críticos, no se reflejó más
que ocasionalmente en líneas editoriales que se articularan con los reclamos y
consignas de los organismos de derechos humanos. Sólo una persona entre los
miembros de la dirección del diario El Litoral era sensible a esas cuestiones,
en tanto que la influyente emisora LT 9 Radio “Brigadier López” y el Canal
13 “Santa Fe de la Vera Cruz” rehuían tratar esos temas, cuando no le daban
espacio a posiciones declaradamente reaccionarias. Por el contrario, con algu-
nas fracciones del ámbito sindical el movimiento por los derechos humanos
logró establecer puntos de contacto y agendas comunes. La Confederación
General del Trabajo de calle Junín, cuyos gremios estaban mayoritariamente
incorporados al sector dirigido a nivel nacional por Saúl Ubaldini, era según
la Sección Gremial de la Policía de la Provincia la de mayor conflictividad y
cercana a agrupaciones políticas de izquierda y centroizquierda, entre las que
en sus informes incluía a la APDH24.
24
V. g. documento membretado “Panorama actualizado de las delegaciones regionales de las
C.G.T. de la Provincia de Santa Fe”, 1982, sin firma (AGPSF). Tal vez a partir de esa conexión,
la Asamblea ensayó en 1982 un intento por ampliar su campo de acciones. Ante los despidos
masivos de personal del Proyecto Paraná Medio que se dieron en forma escalonada a lo largo del
año, apoyó los reclamos de los operarios, al igual que salió en defensa de la radio de la Universidad
107
Luciano Alonso
Respecto del espectro político, la gran mayoría de los partidos políticos
legales habían convalidado de una u otra manera el accionar militar, algunos
con mayor coherencia que otros (Yanuzzi, 1991 y 1996). En general, el movi-
miento contaba en Santa Fe con las simpatías de grupos liberal-democráticos
en la Unión Cívica Radical, la Democracia Cristiana e incluso un pequeño
sector del Partido Demócrata Progresista. Su más fuerte vinculación se produ-
jo con los grupos de centroizquierda e izquierda, con la señalada ausencia del
Partido Socialista Popular –que no suscribió la constitución de la APDH– y la
actitud hostil del Frente de Izquierda Popular. De las agrupaciones con mayor
presencia pública en la última etapa de la dictadura, el Partido Comunista
apoyaba constantemente las acciones de las agrupaciones, pero no dejaba de
diferenciarse y de promover en ocasiones el sello de la LADH. Similares ten-
siones había en la relación con el Movimiento al Socialismo, cuyos integrantes
se sumaron a la APDH sin dejar de marcar su identificación política. En lo
que toca a la izquierda justicialista, el grupo Causa Peronista fue el más activo
en promocionar y apoyar las acciones del movimiento. Hubo sí una afinidad
muy profunda con las filiales locales del Partido Intransigente y del Partido
Socialista Unificado25.
En cuanto a su visibilidad en los espacios públicos, movimiento logró poner
en cuestión el uso y significación de ciertos lugares céntricos hacia el último
año de la dictadura. No sólo las sedes de los organismos pasaron de barrios un
tanto alejados a la zona bancaria y comercial de la ciudad, sino que además
se consiguió una presencia constante en la Plaza “Soldado Argentino”, lugar
erigido en 1979 por la dictadura en el predio del demolido Mercado Central.
La apropiación de ese espacio desde mayo de 1983 supuso el recurso a variadas
formas de acción y una mayor exposición pública, como fase de un complejo
proceso de luchas con los actores gubernativos y privados que pretendían
mantener el orden urbano que habían sujeto a reformas (Alonso y otros, 2006
y 2007). El movimiento por los derechos humanos trató de seguir la evolución
de sus referentes nacionales con el recurso a pintadas y siluetas en imitación a
los formatos de intervención capitalinos.
Nacional del Litoral frente a los constantes intentos de reducir su capacidad operativa y financiera
(El Litoral, 4, 12, 18 y 26/3, 20/4 y 19/5/1982; varias notas 1982 - APDH-BA).
25
El núcleo más activo de la APDH local estaba integrado casi completamente por personas
que a un tiempo o luego se incorporaron al PI y al PSU. En lo que toca a Familiares, hay que
señalar que en las elecciones internas en el PI en la ciudad de Santa Fe hubo miembros de esa
agrupación en las dos listas contendientes (El Litoral, 12 y 19/9/1983).
108
Integración e impacto del movimiento por los derechos humanos en una ciudad...
Pero la presencia pública de los organismos de derechos humanos no se
reflejó en una mayor incidencia en el entramado institucional y político. Sus
posibilidades eran muy limitadas en orden a lo que puede denominarse una
gubernamentalidad autoritaria en el plano local / regional (Alonso, 2005), lo
que quedaría en evidencia no bien terminada la dictadura. La primera dife-
rencia pública con las autoridades provinciales se planteó ya el día de inicio
del período constitucional, cuando en el mensaje ante la Asamblea Legislativa
el gobernador justicialista José María Vernet expresó escuetamente que toda
investigación debería pasar por la Justicia y no por comisiones investigadoras.
En las ulteriores intervenciones en la prensa, sólo partidos políticos minoritarios
y sin representación parlamentaria como el PC y el PI apoyaron el reclamo
de una comisión ad hoc para la Provincia. El justicialismo santafesino declaró
por boca del presidente del bloque en la Cámara de Senadores provincial que
no apoyaría la creación de una comisión bicameral y que en última instancia
se entendía más oportuna una “comisión de notables” que además del accionar
represivo investigara el subversivo (El Litoral, 11, 12 y 18/12/1983, 23/1, 3
y 18/2 y 3/3/1984). Al fin, tampoco se concretó la comisión provincial y la
CONADEP fue el único organismo que recogió denuncias en la zona26. Su
acción en la ciudad comenzó a inicios de marzo de 1984 y entregó su informe
final en septiembre. Recién en agosto el Gobierno provincial dispuso expresa-
mente prestarle colaboración y por Decreto 2558/84 estableció que todos los
organismos de la administración, fuerzas de seguridad y reparticiones autár-
quicas provinciales le brindarían apoyo, pero también que las declaraciones de
los funcionarios serían sólo por escrito.
Por su parte la UCR santafesina sostenía un discurso que enfatizaba los
pasos dados por el Gobierno nacional y que en algunos momentos parecía más
cercano al de los organismos. Su condición de oposición a nivel provincial y
local facilitaba a varios de sus dirigentes que habían tenido actuación en la
APDH instalar los temas de debate relativos al pasado dictatorial. Ya a fines de
diciembre de 1983 quedó claro que esos intentos no tendrían mayor repercusión,
cuando el Concejo Deliberante de la ciudad rechazó un proyecto de declaración
apoyando a la derogación de la ley de amnistía y el juicio a los responsables del
terror de Estado. Ese incidente de amplia cobertura fue demostrativo de las
actitudes de los principales partidos políticos en el nivel local al menos por los
26
La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) fue el organismo
investigador creado por el presidente Raúl Alfonsín mediante Decreto 187 del 15 de diciembre
de 1983. Si bien fue precedida por su equivalente boliviana creada el 28 de octubre de 1982, su
experiencia contribuyó a instalar a nivel mundial el modelo de “comisiones de verdad”.
109
Luciano Alonso
dos siguientes años27. Paralelamente se produjo el fallecimiento del arzobispo
Vicente Zazpe, lo que implicó la desaparición de una figura de mucho peso
que –aún con limitaciones– había dado su apoyo al movimiento. Por afuera de
las estructuras partidarias sólo descollaba el Fiscal Nacional de Investigaciones
Administrativas, Ricardo Molinas, que mantuvo una constante prédica contra
la impunidad y a favor de los juicios a los militares, colaborando en la instala-
ción de un tópico discursivo que enlazaba los crímenes de la dictadura con la
corrupción y los beneficios económicos ilícitos.
Por fin, un acontecimiento casi fortuito iba a constituir una fractura
evidente frente a la opinión pública. Tras la denuncia de una integrante de
Familiares que había recibido un llamado anónimo sobre un posible enterra-
miento clandestino, el Juzgado Federal de la ciudad ordenó apresuradamente
en enero de 1984 la demolición de un enorme monumento con connotaciones
castrenses ubicado en la zona céntrica. Al sufrimiento moral de los familiares
de desaparecidos, que pasaron por la experiencia de una excavación de gran
envergadura y exposición pública sin resultado alguno, se sumó un coro de
críticas en los medios de comunicación. Si bien las falsas denuncias fueron
un recurso de deslegitimación constante en el período del “show del horror”
abierto a fines de la dictadura, las características de este acontecimiento tu-
vieron un especial impacto sobre los miembros de Familiares sensibles a la
presión coercitiva de la prensa28. La plazoleta fue reconstruida prontamente
y el movimiento por los derechos humanos no intervino en las discusiones
al respecto. El efecto de deslegitimación de su reclamo frente a la opinión
pública y a las autoridades ya marcaba una discrepancia que se iba a instalar
claramente en el estado de derecho.
27
El Partido Justicialista declaró que, a pesar de ser “el Movimiento Nacional Justicialista histó-
ricamente el más agredido por la represión de los sectores antipopulares y antinacionales”, no podía
avalar un documento que devendría en apoyo político al presidente radical. Por su parte el bloque
del Partido Demócrata Progresista –cuyos dirigentes habían aportado funcionarios muy visibles
a la dictadura– expresó que no era función del cuerpo legislativo municipal realizar ese tipo de
declaraciones (El Litoral, 28/12/1983).
28
El Litoral publicó un artículo contra la “sicosis exhumatoria” (sic) y una nota del columnista
Hugo Mataloni en la cual reconocía la necesidad de desenterrar a los muertos “aunque más no
sea por respeto” pero sugería hacerlo “sin demoler el país” (El Litoral, 7 y 20/1/1984). De acuerdo
con los testimonios orales arreciaron las críticas en medios radiales. Un relato completo de los
acontecimientos en Alonso y otros, 2007.
110
Integración e impacto del movimiento por los derechos humanos en una ciudad...
Conclusión
Los desarrollos anteriores pueden sugerir una serie de cuestiones a inda-
gar. En primera instancia, la integración del movimiento en Santa Fe sugiere
que habría que mirar con mayor atención antecedentes como la constitución
de grupos de letrados, la participación de madres de los afectados o el uso de
ciertas palabras claves, que podrían derivarse directamente de agrupaciones
anteriores. A su vez la existencia de experiencias previas de algunos militantes
destacados en los ámbitos sindical, político o más ampliamente social, apenas
aludida aquí, podría tener una importancia capital en la estructuración del
movimiento. Tampoco habría que minimizar el papel jugado por las organi-
zaciones político-militares a la hora de incentivar las acciones de defensa de
derechos humanos fundamentales, aunque luego no incidieran en la dinámica
del nuevo actor colectivo.
Pero por otro lado, ese mismo proceso de integración muestra un corte
abrupto entre las experiencias anteriores y la muy lenta constitución del
movimiento. La desestructuración generada por el terror de Estado –aún
con niveles de menor intensidad que en otras localidades– podría explicar el
hecho de que las nuevas agrupaciones se articularan con discursos y prácticas
diversas de los precedentes. Lo que queda también claro es que la conforma-
ción de los nuevos organismos y su visibilidad en medios de comunicación
y espacios públicos fueron mucho más tardías que en el caso de la ciudad de
Buenos Aires.
El movimiento intentó constantemente desarrollar acciones y hacer circu-
lar discursos similares a los de sus equivalentes de Rosario y Buenos Aires. En
ese sentido es apreciable una transferencia de repertorios, pero no de modos
de funcionamiento: la APDH tuvo un esquema organizativo completamente
diferente del modelo “nacional”, la articulación e incluso superposición entre
los tres organismos existentes fue muy fuerte y Madres no se conformó como
agrupación hasta ya avanzado el gobierno constitucional. Por fin, la inciden-
cia del actor colectivo en el orden local estuvo fuertemente limitada. Cuesta
reconocer en la experiencia santafesina la idea según la cual los organismos de
derechos humanos tuvieron un papel destacado en la transición al Estado de
Derecho. El movimiento tendría en Santa Fe una larga historia posterior, pero
su influencia no cristalizaría hasta mucho después en la incorporación de temas
de su interés a la agenda política, social y educacional de la ciudad.
Lo que casos como el santafesino sugieren es que la historia del movimiento
argentino por los derechos humanos no puede confundirse con los relatos y
111
Luciano Alonso
análisis sobre el área de la ciudad de Buenos Aires y su zona inmediata. Tal vez
una visión más abarcadora del actor colectivo deba incluir una serie de estudios
y comparaciones sistemáticas, que permitan dar cuenta tanto de movimientos
de conjunto como de especificidades locales y regionales.
Repositorios
AGPSF - Archivo General de la Provincia de Santa Fe, Fondo documental de
la ex Dirección General de Informaciones de la Provincia, Archivo Inter-
medio.
AP - Archivos particulares.
APDH-BA - Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, Buenos Aires
FDDRP-BA - Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas,
Buenos Aires.
MEDH-BA - Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, Buenos
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V
Movimientos armados
Formas de combate ao regime militar
brasileiro: luta armada vs. resistência
Maria Paula Araújo
O objetivo deste texto é discutir o enquadramento histórico do debate travado
no interior da esquerda brasileira sobre a forma de enfrentar a ditadura militar
instaurada pelo golpe de 1964. Entre o final da década de 1960 e a primeira metade
da de 1970, este debate tomou a forma do confronto entre as proposições de “luta
armada” por um lado, e “resistência” por outro. As táticas políticas propostas pelos
diferentes partidos e organizações políticas de esquerda, da época, certamente iam
além da dicotomia contida nestas duas palavras. Mas, a meu ver, este confronto
expressa uma dimensão importante do debate que ocorreu dentro da esquerda.
Assim com expressa também a relação entre dois ethos muito diferentes, que por
sua vez representam momentos distintos, cada um deles ligados a um diferente
conjunto de idéias, práticas, representações, valores, visões de mundo, padrões
de comportamento e imagens de si. Procuraremos, aqui neste texto, situa-los
historicamente e discutir o conteúdo destes dois ethos.
Situando o debate historicamente
As primeiras organizações armadas surgiram no Brasil em 1966, mas o
debate sobre o tema já vinha sendo travado entre as esquerdas, desde o início
dos anos sessenta. Um dos motivos do primeiro “racha” do Partido Comunista
Brasileiro (PCB), em 1962, quando um grupo histórico de dirigentes se retirou
do partido para construir o PCdoB1 foi, justamente, a crítica ao caminho
1
Um grupo de antigos dirigentes do PCB, composto, entre outros, por João Amazonas, Pedro
Pomar, Ângelo Arroyo desligaram-se do Partido Comunista Brasileiro e criaram uma nova
119
Maria Paula Araújo
pacífico para a revolução que era trilhado pelo PCB –na época apoiando o Go-
verno de João Goulart e participando (na verdade, liderando) a campanha pelas
Reformas de Base que o governo estava assumindo–. As chamadas “reformas de
base” tinham por objetivo alterar as estruturas econômicas e sociais do Brasil,
geradoras de desigualdades e promover um processo de desenvolvimento na-
cional que incluísse os trabalhadores do campo e da cidade. A campanha pelas
reformas de base reunia um amplo conjunto de forças políticas – comunistas,
socialistas, trabalhistas, católicos de esquerda. Dela participavam as lideranças
sindicalistas, deputados nacionalistas e setores nacionalistas do Exército, as Ligas
Camponesas, os estudantes representados pela UNE, e também intelectuais e
artistas. O Governo Goulart, apoiado por essa ampla frente de caráter nacional
e progressista pretendia, pretendia realizar, dentro dos marcos institucionais e
legais, estas reformas e, principalmente, a reforma agrária – que se converteu
na principal bandeira política dos movimentos sociais nos últimos anos do
governo Goulart. Esta estratégia, calcada na institucionalidade e levada a cabo
junto e através do próprio governo de João Goulart, evidenciava a crença na
possibilidade de um caminho pacífico para as transformações da sociedade
brasileira que, já no início dos anos sessenta, começou a ser criticado por alguns
setores da esquerda.2
Também em 1962 foi criada uma organização que, embora não colocasse
naquele momento, a questão da luta armada, foi extremamente importante para
a criação de um campo de esquerda que se definia como crítico ao PCB. E que
terá grande importância para o debate que queremos analisar. Foi a organização
Política Operária (POLOP). A POLOP não centrava fogo no pacifismo, mas
sim no reformismo do PCB: sua estratégia de revolução democrático-nacional,
sua proposta de aliança com a burguesia nacional e sua tática política centrada
na campanha pelas reformas de base.
Todas estas críticas, até 1964, eram completamente marginais porque o
PCB tinha total hegemonia na esquerda e nos movimentos sociais. A campanha
pelas reformas de base empolgava os principais movimentos sociais organiza-
dos no país; e o PCB tinha, efetivamente, um papel destacado de liderança
organização chamada Partido Comunista do Brasil. A idéia de seus fundadores era recuperar o
antigo nome do partido, fundado em 1922 e se declararem como os verdadeiros continuadores
deste partido. A partir daí o Brasil passou a conviver com dois partidos comunistas: o PCB e
o PCdoB.
2
N. de e.: sobre conformación de grupos sociales que optaron por la vía armada hacia las
décadas de 1960 y 1970 en Argentina y Uruguay, ver los artículos de Marina Cardozo Prieto
y Vera Carnovale.
120
Formas de combate ao regime militar brasileiro: luta armada vs. resistência
nesta campanha. No entanto, após o golpe de 1964 que derrubou o governo
de Goulart, estas críticas recrudesceram. Para um setor da esquerda, intelec-
tualmente liderado pela POLOP, o próprio golpe de 64 era visto como uma
conseqüência das posições equivocadas do PCB –seu aliancismo e seu legalismo–.
A campanha pelas “Reformas de Base”, especialmente a reforma agrária, era
acusada de inconseqüente, pois ameaçava perigosamente os latifundiários mas
não preparava o povo para o confronto que seria inevitável. Isto é: não armara o
povo. Aliás, nem o próprio Partido Comunista se preparara para enfrentar uma
eventual reação. A postura essencialmente “reformista” e não revolucionária do
PCB teria sido responsável pelo golpe de 1964.
A partir daí o PCB perdeu a hegemonia que tinha no interior da esquerda.
Sofreu uma repressão bastante grande sobre seus quadros dirigentes, principal-
mente sobre seus quadros sindicais e perdeu a base que tinha entre estudantes e
intelectuais que iniciaram um processo de radicalização política3. A partir daí
se iniciou, também, um processo de cisões e “rachas” dentro do PCB que resul-
taram na criação de inúmeras organizações armadas. As primeiras organizações
voltadas especificamente para a luta armada foram criadas em 19664.
Em 1966 foi criada a Dissidência Comunista da Guanabara (que mais tarde
mudará o nome para Movimento Revolucionário 8 de Outubro, MR-8, em
homenagem à Che Guevara); em 1967 foi criada por Carlos Marighela, um
quadro histórico, membro do Comitê Central do PCB, a Ação Libertadora
Nacional (ALN). Em 1968 surgiu o Partido Comunista Brasileiro Revolu-
cionário (PCBR), criado por dirigentes importantes do PCB: Mário Alves e o
historiador Jacob Gorender, eram membros do partido desde a segunda guerra
mundial; e Apolônio de Carvalho, que também era uma das figuras mais ex-
pressivas do PCB, militante desde 1937, tinha lutado na guerra civil espanhola
e na resistência francesa. Ainda em 1968 foi criada a Vanguarda Popular Revo-
lucionária (VPR) e em 1969, a Vanguarda Armada Revolucionária-Palmares
(VAR-Palmares). A partir daí a lista se multiplicou enormemente, acrescida
também das fusões que se estabeleceram, criando novas organizações.
Um ponto que deve ser destacado na contextualização histórico da luta
armada no Brasil é a sua relação com a promulgação do Ato Institucional N.5,
3
N. de e.: sobre impacto de este proceso en el movimiento sindical, ver el artículo de Marco
Santana en este volumen.
4
Além da criação das primeiras organizações armadas oriundas do PCB e do PCdoB, 1966 foi
também o ano da primeira experiência de foco rural no Brasil, montado na Serra de Caparaó, por
ex militares apoiados por Leonel Brizola., ex governador do Rio Grande do Sul, líder trabalhista
ligado ao presidente João Goulart.
121
Maria Paula Araújo
em dezembro de 1968. O AI-5 dava poderes especiais para o regime militar:
decretou o estado de sítio, suspendeu o habeas corpus para presos políticos,
instituiu a censura e inaugurou uma nova fase nas relações entre o regime e os
movimentos políticos e sociais, essencialmente marcada pela repressão e pela
prática da tortura. Para muitos pesquisadores o AI-5 significou “um golpe dentro
do golpe”. Dois meses depois foi promulgado o Decreto Lei 477 que proibia
qualquer atividade política no interior das universidades e escolas públicas e
privadas do país. O AI-5 inaugurou a fase mais repressiva do regime militar.
Há certa memória política que vê a luta armada como uma resposta a esta
nova conjuntura inaugurada pelo AI-5. Mas os historiadores Daniel Aarão Reis
e Denise Rollenberg (2004:47) já mostraram, em suas pesquisas que o AI-5
não foi a causa da luta armada no Brasil: ela já vinha sendo discutida desde o
início dos anos sessenta, sob o influxo dos exemplos do cenário internacional – a
guerra da Argélia, a revolução chinesa, a guerra do Vietnã e, principalmente, a
revolução cubana. (Reis Filho, 2004, pp 47) No entanto, é inegável que o AI5
teve um papel importante na disseminação desta opção, sobretudo entre jovens
estudantes e universitários. As organizações armadas, no Brasil, eram em grande
parte, formadas por jovens universitários. Fora alguns líderes mais velhos e mais
experientes, formados no PCB, como Marighela, Mário Alves, Gorender, Apo-
lônio de Carvalho e militantes oriundos das Forças Armadas, como o capitão
Lamarca, a maior parte dos militantes era composta de jovens de classe média,
universitários, que abandonam a universidade e a militância estudantil para
fazer a luta armada. O AI-5 foi sem dúvida um elemento incentivador deste
processo. Promulgado ao fim do explosivo ano de 1968, o AI-5 tentava reprimir
e bloquear as formidáveis energias surgidas ao longo de toda a década de 1960
e sobretudo do ano de 1968. Coagida e limitada, a radicalidade política desta
juventude que antes se expressava nas ruas, canalizou-se para a ação armada.
Depois do AI-5, praticamente toda a liderança estudantil –que tinha atuado e
vivido a radicalização política entre 1966 e 68– foi para a luta armada.
O período da luta armada coincidiu, portanto, com o período mais repres-
sivo da ditadura militar: o governo do general Garrastazu Médici. E também
com um período de desenvolvimento econômico de grandes proporções, com
ganhos significativos para as camadas médias, que ficou conhecido como o
“Milagre Econômico”5 – o que garantiu um amplo apoio das classes médias
5
O período de 1967-1974 é chamado de Milagre Econômico, devido às altas taxas médias de
crescimento do PIB neste período; um crescimento feito à custa do autoritarismo e que agravou
as desigualdades sociais do país. V. sobre este ponto o Cano (2004).
122
Formas de combate ao regime militar brasileiro: luta armada vs. resistência
ao regime. Neste quadro de forte repressão às organizações políticas e relativo
apoio da sociedade ao regime, a luta armada sofreu uma dura derrota militar e
política. Entre 1970 e 1972 quase todas as organizações armadas tinham sido
destruídas e seus militantes presos, mortos ou exilados.
Foi neste momento que se iniciou um processo de autocrítica da luta armada
e de reversão da tática política. Neste processo teve um peso muito grande a
organização Movimento Revolucionário 8 de Outubro (MR-8). O MR-8 era
uma organização de peso, que reunia as principais lideranças do movimento
estudantil do Rio de Janeiro, seus quadros, oriundos do PCB, haviam forma-
do em meados dos anos sessenta, a Dissidência da Guanabara, que depois se
transformara no MR-8. Ela tinha sido também a organização responsável pelo
seqüestro do embaixador norte americano, o ato mais espetacular da guerrilha
no Brasil. Tendo esta credibilidade nas costas, o MR-8 foi a primeira organização
que iniciou a autocrítica da luta armada. Este processo começou no Chile, ainda
sob o governo de Allende, para onde iam os exilados brasileiros. No Chile, em
1972 o MR-8 realizou seu famoso “pleno” – uma reunião ampliada de dirigentes
e militantes que tomou a decisão de desmobilizar os grupos armados da orga-
nização. Ainda não era uma autocrítica política e sistematizada da luta armada,
mas era uma guinada significativa, uma ordem de recuo. Esta orientação foi
recebida com surpresa pelos militantes no Brasil que, num primeiro momento
se recusaram a desmobilizar os aparelhos6. Após o golpe que depôs o governo
da Unidade Popular e assassinou o presidente Allende, a nova terra de exílio
para a maior parte das lideranças políticas da esquerda brasileira foi a França.
E foi em Paris, em torno da revista Brasil Socialista, que foi construída uma
nova tática de luta contra a ditadura militar: o momento que se vivia passou
a ser definido como de “resistência” e não de “enfrentamento” e a forma de
enfrentá-lo, longe de ser pelas armas, seria através de uma luta pelas liberdades
democráticas. A revista Brasil Socialista era uma publicação clandestina que
reunia organizações fortemente críticas ao PCB. A pretensão da revista era criar
um campo de organizações de esquerda com o objetivo de conduzir a luta pela
revolução socialista no Brasil. Ela pretendia ser o porta voz e, ao mesmo tempo,
ajudar a configurar o que seria o campo de uma “Esquerda Revolucionária”,
basicamente em oposição ao que era, por ela considerado, como um campo
“reformista” configurado pelo PCB. A revista era produzida em Paris e entrava
6
Esta recusa dos militantes em desmobilizar os aparelhos armados embora não seja muito tra-
tada pela historiografia, é muito abordada pelas memórias dos militantes, pela literatura e pela
arte. Recentemente o filme “Cabra – Cega” aborda esta temática. Também a novela de Renato
Tapajós, “Em Câmara Lenta”.
123
Maria Paula Araújo
clandestinamente no Brasil onde circulava entre os militantes desta esquerda.
Em julho de 1975, a revista Brasil Socialista publicou o texto fundamental para
a revisão da tática política da Esquerda Revolucionária: “Notas sobre a Questão
da Tática”.7. A partir deste texto outros se seguiram colocando a urgência de
uma mudança da tática política. No ano seguinte, um documento interno do
MR8, intitulado “Socialismo e liberdades Democráticas”, também escrito por
Daniel Terra, consolidava a nova tática. O texto não apenas defendia a luta
pelas liberdades democráticas como a principal bandeira política do momento
como fazia uma crítica violenta às organizações da “esquerda revolucionária”
que se recusavam a aderir à luta democrática.
Esta reversão não foi fácil. Esta esquerda se constituíra a partir de um
determinado conjunto de idéias contrárias ao que consideravam como refor-
mismo, pacifismo, imobilismo, legalismo (características negativamente associadas
ao PCB). O conteúdo socialista que pretendiam afirmar as colocava sempre
numa posição crítica em relação às instituições democráticas. A proposta de
uma plataforma de luta pelas Liberdades Democráticas parecia jogar para o
alto esta tradição, parecia um abandono da perspectiva revolucionária em prol
do reformismo.
Mas o debate promovido pela revista Brasil Socialista acabou fazendo
com que a maior parte das organizações de esquerda que atuavam no Brasil e
um grande número de sobreviventes da luta armada aderissem à nova tática
proposta. O que permitiu que se criasse uma frente política e social de luta
democrática, na qual participavam a maior parte das organizações e partidos
de esquerda (promovendo inclusive uma reaproximação entre PCB, PCdoB e
muitas das organizações dissidentes e independentes criadas ao longo dos anos
sessenta e setenta).
A articulação de partidos e organizações de esquerda em torno da luta pelas
liberdades democráticas permitiu que esta esquerda se somasse e, em muitos
casos liderasse, o movimento civil contra a ditadura militar que começava a
ganhar expressão nos primeiros anos da década de 1970. Um movimento que
reunia um conjunto de atores políticos que haviam logrado se organizar politica-
mente e que expressavam seu descontentamento com o regime. Um cenário muito
diverso que reunia parlamentares de oposição8, associações de profissionais liberais
7
“Notas sobre a Questão da Tática” Brasil Socialista, julho/1975. Ano 1, n.3. Arquivo TEMPO,
IFCS/UFRJ.
8
O MDB (Movimento Democrático Brasileiro) era o partido oficial da oposição, criado em
1966 pela ditadura militar que desejava escapar do modelo do partido único. Ao longo dos anos
porém, o MDB foi se transformando num partido de oposição real ao regime.
124
Formas de combate ao regime militar brasileiro: luta armada vs. resistência
(jornalistas, advogados, escritores, professores), importantes setores da Igreja, o
movimento estudantil, movimentos de bairro, intelectuais, artistas, etc.
A campanha que representou este novo momento político foi a campanha
pela anistia. A bandeira “Pela Anistia Ampla, Geral e Irrestrita”, estendeu-se por
toda o território nacional, na forma de manifestações, atos públicos, passeatas.
A Lei da Anistia foi sancionada no dia 25 de agosto de 1979. Ela certamente
não foi a anistia que as esquerdas desejavam, mas foi vivida como uma vitória
pelo movimento social que levantara esta bandeira. A anistia permitiu a volta de
inúmeros militantes ao país –gente que estava no exílio, na prisão, na clandesti-
nidade– que pôde retornar para a vida pública. Os que vinham do exterior eram
recebidos com festa no aeroporto do Galeão, no Rio de Janeiro. E se somaram
ao movimento que começava a se esboçar na direção da campanha pelas eleições
diretas; a Campanha das “Diretas Já!”. Nesta mesma época surgia também o
Partido dos Trabalhadores. Depois de uma ausência forçada da cena política, o
movimento operário sindical reaparecia para o país nas greves do final da década
de 1970 (1978 e 1979). Estas greves chamavam atenção para a liderança dos
operários metalúrgicos de São Paulo, de uma região fortemente industrializada
conhecida como o ABC paulista (porque as cidades se chamam Santo André,
São Bernardo e São Caetano). Este movimento operário mostrava para o país
uma nova liderança e um novo sindicalismo. O Partido dos Trabalhadores,
criado em fins de 1979, foi a expressão política deste novo sindicalismo.
No início da década de 1980 um novo campo de polarização entre idéias,
práticas e representações políticas se configurou no país, superando a polarização
anterior que havia marcado as décadas de 1960 e 1970 não apenas no Brasil
mas em quase toda a América Latina e em boa parte do mundo ocidental.
Tendo definido o enquadramento histórico e os limites cronológicos deste
confronto que envolveu os partidos e organizações de esquerda no Brasil, mais
especificamente, o PCB e as organizações dissidentes e independentes surgi-
das na década de 1970, vejamos a distinção de conteúdos imagéticos que este
debate confrontou.
Imagens da revolução: dois ethos diferenciados
A reflexão que eu vou fazer aqui tem por base a análise de um conjunto de
depoimentos orais que foram feitos para a pesquisa “Memórias de Esquerda”9
9
Estes depoimentos estão localizados no acervo “Memórias de Esquerda” do Núcleo de História
Oral do Laboratório de Estudos do Tempo Presente, no Instituto de Filosofia e Ciências Sociais
125
Maria Paula Araújo
Estes depoimentos permitem destacar um conjunto de idéias, de representações,
de valores, de imagens do mundo e de si que sustentam as práticas e os discursos
dos militantes políticos dos anos sessenta e setenta.10
Através da análise destes depoimentos pudemos distinguir a existência
de duas gerações11 diferentes que participaram da luta contra o regime militar
entre 1964 e o início da década de 1980 (quando a conjuntura sofre alterações
bastante profundas com a anistia e a entrada em cena do movimento operário):
a geração dos “68” e a geração dos anos setenta. A geração dos sessenta e oito é
extremamente marcada pela questão da luta armada. Apesar das manifestações
de sessenta e oito terem um peso enorme nos depoimentos e na lembrança de
nossos entrevistados o marco essencial da memória de sua luta contra a dita-
dura militar é dado pela luta armada – mesmo por aqueles que não aderiram
a ela. A discussão sobre a luta armada, aderir ou não, armar-se, preparar-se,
estruturar a militância clandestina, enfrentar a morte, fugir, perder amigos,
enfrentar a tortura, partir em exílio e, finalmente, fazer ou não a autocrítica da
luta armada, mudar a tática – são as questões centrais vividas e compartilhadas
por esta geração. Já a geração da década de 1970 é marcada pelo processo de
redemocratização, pelas discussões em torno da democracia, pela aliança com
setores da oposição liberal, pela presença da Igreja e de entidades profissionais
tipicamente de classe média (como advogados, jornalistas, médicos), pela Im-
prensa alternativa, por associações de bairros.
Estas duas gerações representam duas conjunturas diferentes, dois momen-
tos políticos diferentes. É importante salientar, no entanto, que estas gerações
não são opostas nem antagônicas. Muito pelo contrário: estabelecem pontes
importantes. Estas pontes ligam aqueles que estão no exílio ou nas prisões aos
jovens militantes que no Brasil lutam pelas liberdades democráticas. Entre estas
pontes: as próprias organizações, seus dirigentes mais antigos clandestinos e al-
gumas publicações, como a revista Brasil Socialista. A diferença entre as gerações
não é dada, exatamente, por uma significativa diferença de idade. Algumas vezes
apenas poucos anos separam as pessoas de uma ou outra geração. Mas os eixos
que as constituem e as experiências vitais que as marcam são outras. O ethos
que move cada uma delas é distinto.
da Universidade Federal do Rio de Janeiro (IFCS/UFRJ)
10
Uma análise mais detalhada deste acervo é apresentada em Araújo (2006).
11
Estamos usando aqui a noção de geração de Sirinelli que a entende não como um fato biológico
mas sim social (Sirinelli, 1989).
126
Formas de combate ao regime militar brasileiro: luta armada vs. resistência
O ethos da luta armada
O principal componente do ethos da luta armada era a valorização da
violência como forma legítima e justa de ação política que se expressava no
conceito de “violência revolucionária”12.
A valorização da violência como forma de atuação política tem seu berço na
experiência das lutas anti coloniais, sobretudo Argélia e Vietnam. O contexto de
violência destas guerras engendrou um conceito de “violência justa”, “violência
de resposta”, “violência do oprimido contra o opressor”. Uma violência que
não seria apenas um recurso extremado de defesa mas um ato valorizado em
si próprio, um gesto construtor de identidade, um ato libertador.13 Esta noção
positiva da violência foi claramente expressa num livro que tornou-se um clás-
sico para os militantes de esquerda nos anos sessenta e setenta: “Os Condenados
da Terra”, escrito pelo médico martinicano Frantz Fanon ( 1968). Fanon foi
médico do Exército francês e como tal presenciou os horrores da guerra colonial
na Argélia e testemunhou os métodos de humilhação e tortura infligidos pelos
oficiais franceses aos guerrilheiros argelinos capturados. Foi este espetáculo
de violência e barbárie por parte do colonizador que o fez escrever um livro
defendendo um conceito de violência justa: a resposta do colonizado contra o
colonizador. Mas para Fanon, esta violência não era apenas uma resposta, era
um gesto essencial, construtor da identidade política do colono: “Ao nível dos
indivíduos, a violência desintoxica. Desembaraça o colono de seu complexo
de inferioridade, de suas atitudes contemplativas ou desesperadas. Torna-o
intrépido, reabilita-o a seus próprios olhos” (Fanon, 1968).
Nunca será demais reforçarmos a idéia do impacto da Revolução Cubana
e, em especial, da figura de Che Guevara, para os jovens de esquerda não só da
América Latina, mas de todo o mundo. O guevarismo – e sua noção particular
de heroísmo, combate, ação e urgência revolucionária, no qual se justificava
matar e morrer pela revolução – foi particularmente marcante para os militantes
da luta armada na América Latina. O Che que recusou qualquer posto de po-
der estatal em Cuba após a revolução vitoriosa e que seguiu como guerrilheiro
pela África e pela América Latina, sendo morto na Bolívia, na beira de um rio,
tornou-se o mais importante símbolo da imagem da revolução no século XX.
Sua figura parecia tornar a violência justa e necessária. Ela não o embrutecia,
12
N. de e.: otro análisis referido al “ethos de la lucha armada”, en un contexto histórico disímil,
puede verse en el artículo de Pedro Rosas Aravena en el tomo 1.
13
Retomo aqui uma discussão sobre a violência apresentada em meu livro (Araújo 2000).
127
Maria Paula Araújo
ao contrário, a violência revolucionária de Che Guevara o humanizava. Uma
violência pura, não corruptível, não seduzível pelo poder, não domesticada.
Era a violência dos despossuídos. Esta violência tinha o direito histórico de ser
exercida. E os militantes das organizações armadas a exerciam em nome dos
despossuídos; identificavam-se com eles e acreditavam que os representavam.
Um outro componente do ethos da luta armada era a valorização da ação.
Os grupos e organizações aramadas desejavam agir imediatamente. Qualquer
retardamento da ação era visto como um ato de covardia. O foco guerrilheiro
–voltado para a luta, para a ação– era a instância privilegiada de organização,
em detrimento dos partidos, associados a “reuniões infindáveis, complicados
organogramas, direções pesadas e documentos ilegíveis”. (Aarão Reis & Ferreira
de Sá, 2006)
Este sentimento aparece com clareza, por exemplo, na “Carta ao Comitê
Executivo do PCB”, escrita em 1966, por Carlos Marighella, quando rompeu
com o Partido para iniciar a luta armada:
“Escrevo-lhes para pedir demissão da atual Executiva. O contraste de nossas
posições políticas e ideológicas é demasiado grande e existe entre nós uma
situação insustentável. [...] O centro da gravidade do trabalho executivo
(do PCB) repousa em fazer reuniões, redigir notas políticas e elaborar
informes. Não há assim ação planejada, a atividade não gira em torno da
luta. Nos momentos execpcionais o partido inevitavelmente estará sem
condutos para mover-se, não ouvirá a voz do comando, como já aconteceu
face à renúncia de Jânio e à deposição de Goulart. Solicitando demissão
da atual Executiva – como o faço aqui – desejo tornar público que minha
disposição é lutar revolucionariamente, junto com as massas e jamais ficar
à espera das regras do jogo político burocrático e convencional que impera
na liderança” (Lowy 1999:297).
A valorização da violência e da ação imediata produziam a noção de “vio-
lência revolucionária”, que impulsionava, justificava e dava sentido às ações
armadas.
O ethos da resistência
Quando em 1975 a revista Brasil Socialista definiu o momento político
como sendo um momento de resistência, iniciou um processo profundo de
mudança não apenas da tática política, mas de um conjunto de valores e ima-
gens a ela relacionados.
128
Formas de combate ao regime militar brasileiro: luta armada vs. resistência
Compreender a luta política do momento como uma luta de resistência,
pela conquista dos direitos democráticos, tinha importantes implicações. A
palavra “resistência” está intimamente ligada à idéia de uma correlação de
forças adversa; de um inimigo mais forte que se impõe. A resistência é sempre
do mais fraco, do acuado. Muitas vezes ela é feita por homens e mulheres que
se escondem, é uma atividade ilegal, clandestina ou semi-clandestina. Quem
resiste, resiste à ação de algo mais forte. A resistência tem algo de heróico mas,
também tem, implicitamente, a noção de derrota: resistem aqueles que foram
derrotados, resistem os que sobraram.
Assumir uma tática de resistência é, antes de tudo, assumir uma derrota
mas, ao mesmo tempo, declarar uma esperança de vitória no futuro.
A imagem que, historicamente, construímos e cristalizamos da idéia de
“Resistência” é semelhante à luta de David e Golias, o inimigo é superior
em força; é bruto e violento. Age em nome do poder constituído; mas não
em nome da legalidade. A justiça não está com ele. Quem participa de uma
resistência sabe que não tem nenhuma garantia legal; sabe que, ao ser preso
pelo inimigo, estará numa terra de ninguém: sem recurso, sem salvação, sem
defesa; enfrentando a tortura e a morte. Mas, por outro lado, sabe, também,
que está do lado justo.
As “Resistências” se organizam, em geral, contra invasores, contra golpistas
ou contra os inimigos da democracia Ou seja, toda a luta de resistência se faz,
em primeira instância, em defesa da legalidade, da democracia e dos direitos
humanos. Quem resiste o faz em nome de determinados valores que o ocidente
consagrou como valores universais. É’ por isso que quem participa de uma Re-
sistência não o faz apenas em nome de uma bandeira ideológica. Mesmo que
sua opção individual seja exclusivamente sustentada por sua ideologia, o mili-
tante da Resistência sabe que pode invocar a seu favor bandeiras mais universais.
Esta não é apenas a mística da Resistência, é o seu próprio conteúdo construído
historicamente pelas experiências de resistência vividas pelo homem moderno.
No prefácio de seu livro Entre o Passado e o Futuro, Hannah Arendt comen-
ta a experiência da resistência francesa (Arendt, 1972: 11-19). Para Hannah
Arendt, um dos elementos mais significativos da experiência da resistência era
o fato de que o enfrentamento do inimigo comum havia unificado homens
e mulheres habitualmente separados por interesses pessoais distintos e por
ideologias antagônicas. Com o fim da guerra e a libertação da França estes
homens e mulheres voltaram a suas vidas comuns, a seus negócios pessoais.
Após a derrota do inimigo comum que os havia unificado –apesar das inúmeras
divergências– a vida pública os dividia de novo, aprisionando-os nos “velhos
129
Maria Paula Araújo
enfrentamentos vazios de ideologias antagônicas” (Arendt, 1972: 11-19). A
imagem da resistência, portanto, tem a ver com estes valores e estes conceitos:
democracia, valores universais, direitos humanos.
A passagem de um ethos para outro tem a ver com duas questões. Por um
lado, a experiência da derrota da luta armada que impunha a necessidade de
revisão das práticas e valores. A ditadura passou a ser definida como um estado
de exceção, de arbítrio, que deveria ser combatido através, principalmente, dos
argumentos do direito. A definição da tática de resistência impunha um novo
comportamento político, ao mesmo tempo em que propiciava uma experiência
nova, que era o oposto do isolamento, pois a luta pelas liberdades democráticas
congregava amplos setores da sociedade.
Por outro lado, no cenário internacional, começou a crescer entre jovens
de esquerda –pelo menos em boa parte do mundo ocidental– a noção do pa-
cifismo como linguagem política. Em função deste movimento que se alastrou
por vários países a violência revolucionária perdeu muito de seu espaço. A
noção de pacifismo que surgia nos anos setenta tinha a ver com a consciência
que a humanidade adquirira sobre a real possibilidade de destruição do planeta
pelas armas nucleares. Mas não apenas, tinha a ver também com a falência
do socialismo nos países em que tinha sido implantado e onde tinham sido
geradas novas formas de opressão política e de violência contra as pessoas.
A experiência política de boa parte do mundo ocidental passou a destacar
a importância da democracia como forma de defesa da integridade física e
moral das pessoas e garantia de seus direitos civis e políticos. As esquerdas
chegavam às ultimas décadas do século XX reconsiderando valores e padrões
de comportamento que até então tinham enaltecido em décadas passadas.
Entre eles a noção positiva de violência perdia terreno para a valorização da
democracia e dos direitos humanos.
Como conclusão
Os homens não são movidos por idéias, mas constroem idéias para justificar
suas ações. E nelas acreditam. É por isso que o imaginário tem uma grande força
política. Compreender como algumas idéias adquirem força histórica, isto é, como
adquirem capacidade de mobilização política de homens e mulheres; como se for-
mam os conteúdos de determinadas práticas e comportamentos políticos; pode nos
ajudar a entender melhor uma época, seus conflitos, seus personagens, suas ações e,
principalmente, a produção de sentido destas ações por estes personagens.
130
Formas de combate ao regime militar brasileiro: luta armada vs. resistência
O que é um trabalho para um pesquisador interessado na história das idéias
e nas idéias da história.
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132
Revolución, guerra y enemistad en el
imaginario del Partido Revolucionario de
los Trabajadores - Ejército Revolucionario
del Pueblo (PRT-ERP), Argentina
Vera Carnovale
Introducción
La exploración de las nociones de revolución, guerra y enemistad impli-
cadas en el imaginario del PRT-ERP es un gesto en gran medida tributario de
un trabajo lamentablemente inédito de Roberto Pittaluga, titulado “Por qué
el ERP no dejará de combatir”1 (Pittaluga, 2001). En líneas generales, puede
decirse que lo que analiza allí Pittaluga es el proceso por el cual se configuró
en el imaginario perretista una concepción de la revolución como “guerra
revolucionaria”. Señala el autor que en las representaciones tempranas del
Frente Revolucionario Indoamericanista Popular (FRIP)2 puede identificarse
un difuso componente insurreccionalista. Tomando un texto emblemático de
esa organización, escrito por Mario R. Santucho en 1964, “El proletariado azu-
1
Ponencia presentada en las VIII Jornadas de Interescuelas/ Departamentos de Historia, Salta,
2001.
2
El FRIP fue un movimiento político americanista del noroeste argentino fundado en 1961
por Mario Roberto Santucho y su hermano Francisco René. En 1963 estableció junto a Palabra
Obrera, agrupación trotskista liderada por Nahuel Moreno, el Frente Único FRIP-PO, paso
previo a la conformación política del PRT. Es en 1965, en el Primer Congreso del Frente Único
FRIP-PO que tiene lugar la fundación del PRT.
133
Vera Carnovale
carero tucumano, detonante de la revolución”, advierte: “Si lo que se precisaba
era el detonante, era porque se presuponía un ‘combustible’ ya acumulado: la
revolución era pensada así como explosión revolucionaria, como insurrección
generalizada”.
Ese imaginario, por su parte, guardaba estrechas similitudes con el de la
organización morenista Palabra Obrera (PO), especialmente en lo que respecta
a la figura de la huelga general revolucionaria. En efecto, señala Pittaluga, era
ésta la forma predominante a través de la cual se proyectaba la escena de la
revolución. Este modelo insurreccional que combinaba el levantamiento masivo
de los explotados con la acción oportuna de la elite de los revolucionarios (y
que, en rigor, cristalizaba en el asalto al poder) se nutrió, fundamentalmente,
de la plasmación simbólica que se hiciera de la revolución rusa.
Ahora bien, esta concepción de la revolución, advierte Pittaluga, no podía
sino ser conmovida por las experiencias cubana, china y vietnamita. Así, en el
caso particular del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) el autor
señala un proceso de reconfiguración de las concepciones de la revolución
que si bien comenzó con la recepción de aquellas experiencias terminó por
desplazar las perspectivas insurreccionalistas en favor de una nueva noción de
revolución como guerra. La importancia de esa reconfiguración radica, para él,
en sus consecuencias: a partir de la nueva constelación simbólica tuvo lugar un
proceso de colonización de la palabra política por la jerga bélica, el militante fue
recategorizado como combatiente, “la lucha” se transformó en “combate”. El
lugar de actuación del partido ya no estaba al final del proceso revolucionario
en tanto guía (como implicaba el imaginario insurreccionalista) sino en sus
inicios, en tanto gestor. Así, finalmente, las figuras centrales de aquel proceso
ya no serían “las masas”, sino “los combatientes”. El aporte concluyente y más
destacado de este trabajo es que, a diferencia de las intervenciones anteriores,
permite pensar la militarización del Partido Revolucionario de los Trabajadores
- Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP) no como una “desviación”,
sino como el devenir de un núcleo de representaciones, símbolos y formula-
ciones conceptuales cuya implicancia principal fue el reemplazo de lo político
por lo militar.3
Partiendo entonces de estos aportes, el presente escrito intenta, en primer
lugar, ofrecer algunas precisiones en torno a las formas en que las nociones de
3
N. de e.: sobre conformación de grupos armados contemporáneos, en Brasil y Uruguay, ver
artículos de Maria Paula Araújo y Marina Cardozo Prieto en este volumen. Sobre el peso de la
violencia en la conformación de identidades políticas en otros contextos históricos, ver el artículo
de Pedro Rosas Aravena en el tomo 1.
134
Revolución, guerra y enemistad en el imaginario del Partido Revolucionario...
insurrección y guerra se entrelazaron en el ideario perretista. En segundo lugar,
se orienta a la identificación de aquellos componentes propios de un imagi-
nario bélico que nutrieron la retórica y la simbología partidarias. Finalmente,
y a partir de algunos conceptos elaborados por Carl Schmitt (2005), procura
explorar los sentidos y características de enemistad contenidos en aquel ideario
de guerra. El objetivo de esto último es inscribir las nociones que poblaron el
imaginario perretista en una tradición de ideas y un horizonte de sentidos que
trasciende a la organización.
Insurrección y guerra
La idea de una guerra civil revolucionaria, de carácter prolongado, apa-
rece claramente definida y sistematizada ya en 1968 en el famoso “librito
rojo”: El único camino hacia el poder obrero y el socialismo4 (anticipándonos,
advertimos que ese “único camino” no era otra cosa que la lucha armada).
En una apelación –que ha sido considerada en más de una oportunidad
como un uso pragmático, cuando no instrumental de la teoría5– se citaban
allí diversos textos de Lenin (Informe sobre la revolución Rusa de 1905, La
guerra de guerrillas de 1906, La última palabra de la táctica Iskrista) en los
4
Era éste un pequeño libro que reunía el material teórico escrito para el IV Congreso partidario
(1968). Constaba de cinco capítulos: 1) “El marxismo y la cuestión del poder”; 2) “¿Tenía nuestro
Partido una estrategia de poder?”; 3) “Relaciones entre la revolución mundial, regional y conti-
nental”; 4) “Nuestra estrategia y tácticas nacionales deben partir de las características de nuestra
revolución”; y 5) “Las tareas y organización del Partido”. El texto fue escrito en el contexto de la
ruptura liderada por Nahuel Moreno, motivada principalmente en la negativa de este grupo de
iniciar la lucha armada. De ahí que la corriente santuchista plasmara en el propio título del libro
(El único camino…) su propia determinación de organizar en lo inmediato la actividad militar.
El texto recibió el nombre de “librito rojo” por el color de sus tapas; aunque la denominación
puede ser leída también como un código de militancia que emulaba “el libro rojo de Mao”, un
texto, también de tapas rojas, que reunía las máximas del líder chino.
5
Ver, por ejemplo: Weisz, Eduardo (2006: 50-51). Sostiene allí el autor que “en la escisión entre
teoría y praxis que caracterizó a gran parte del marxismo del siglo XX, las corrientes políticas
han frecuentemente interpretado el trabajo teórico como utilización de citas de los clásicos para
demostrar –con su autoridad- la corrección de la política defendida. En El único camino hacia el
poder obrero y el socialismo […] se hará una lectura, a nuestro entender completamente sesgada,
de algunos artículos de Lenin en los que el dirigente ruso habla de guerra de guerrillas […]. Se
citan aquellas partes que concuerdan con la política cuya corrección pretende por este medio
demostrarse y no se hará referencia a aquellas partes de estos artículos que contradigan lo que
se quiere demostrar”.
135
Vera Carnovale
que éste aludía al concepto de guerra para referirse no sólo a la experiencia
de la revolución rusa sino, también, a otras venideras:
Es completamente natural e inevitable que la insurrección revista las formas
más altas y complicadas de una larga guerra civil extensiva a todo el país,
es decir, de una lucha armada entre dos partes del pueblo. Esta guerra no
podemos concebirla más que como una larga serie de grandes batallas se-
paradas unas de otras por períodos de tiempo relativamente largos, y una
gran cantidad de pequeños encuentros librados a lo largo de esos intervalos
(concluía en La guerra de guerrillas el Lenin citado (El único camino... en
De Santis, 1998 a: 101-102).
Se explicaba, entonces, que para el gran referente ruso sólo cuando el
proletariado hubiera adquirido suficiente experiencia en ese proceso y hubiera
templado su ejército, la insurrección triunfaría. En ese mismo documento se
extraían, a continuación, algunas enseñanzas del teórico por excelencia de la
“guerra revolucionaria”: Mao Tsé Tung. Del conjunto de esas enseñanzas interesa
destacar la siguiente: el partido y el ejército rojo deben aprovechar la vastedad
del territorio chino y establecer “bases” en los territorios más alejados, menos
accesibles para el enemigo y desde allí organizar el poder revolucionario. Pero,
en tanto el enemigo es muy poderoso y el ejército rojo es débil y pequeño, “la
revolución será una guerra prolongada”. La escena final de este proceso no era
menos que el ejército campesino (o popular) rodeando las ciudades y tomán-
dolas “llamando a la insurrección” (Mao Tsé Tung: La guerra prolongada, en
De Santis, 1998a: 109).
Si para Lenin, sintetiza el “librito rojo”, la guerra prolongada era un
espiral ascendente con alzamientos del proletariado urbano, en Mao esta
guerra puede representarse con una línea zigzagueante y quebrada, tam-
bién ascendente. El Ejército rojo iría creciendo cuantitativamente en “mil
batallas tácticas”. Lo interesante a destacar, en todo caso, es que aquello
que el texto intenta rescatar de las citas escogidas de estos dos referentes
mundiales del marxismo es la obligada necesidad de construir un ejército
popular y revolucionario, por un lado, y la caracterización del proceso
revolucionario como guerra prolongada coronada, siempre, con la figura
de la insurrección:
Mao y el maoísmo continuaron desarrollando el marxismo-leninismo, crea-
doramente, con la teoría de la guerra revolucionaria popular, de la necesidad
de un ejército revolucionario para derrotar al ejército contrarrevolucionario
[…] en un proceso prolongado, donde las fuerzas revolucionarias parten de
136
Revolución, guerra y enemistad en el imaginario del Partido Revolucionario...
lo pequeño hacia lo grande, de lo débil hacia lo fuerte, mientras la fuerzas
contrarrevolucionarias van de lo grande a lo pequeño, de lo fuerte a lo
débil y donde se produce el salto cualitativo de la insurrección general,
cuando las fuerzas revolucionarias han pasado a ser más fuertes (El único
camino... citado en De Santis, 1998a: 110).
Es decir, más que una tensión u oposición entre la figura de la guerra y
la de insurrección como nociones-imágenes que daban forma a la revolución,
aparecía aquí una conjugación particular en la que la escena insurreccional era
confinada al momento culminante de un proceso necesario y largo que la pre-
cedía. Ese proceso, entendido como guerra prolongada que iría “de lo pequeño
a lo grande” estaba signado –y he ahí la clave que da cuenta de lo que el PRT
entendía como urgencia de la hora– por la construcción y fortalecimiento de
un Ejército revolucionario y popular, convertido, por tanto, en motor y garante
del proceso revolucionario. La propia fundación del ERP en el V Congreso
del PRT, a mediados de 1970, respondía a la convicción de que “la guerra civil
revolucionaria ha comenzado en nuestro país” y por tanto en la resolución
correspondiente se explicaba:
Considerando:
Que en el proceso de guerra revolucionaria iniciado en nuestro país,
nuestro Partido ha comenzado a combatir con el objetivo de desorganizar
a las [Link]. del régimen para hacer posible la insurrección victoriosa del
proletariado y del pueblo […]
Que las Fuerzas Armadas del régimen sólo pueden ser derrotadas oponién-
doseles un ejército revolucionario [...]
El V Congreso del PRT resuelve:
1° Fundar el Ejército Revolucionario del Pueblo y dotarlo de una bandera
[…]” (“Resolución de Fundación del Ejército Revolucionario del Pueblo”
en De Santis, 1998a: 167-168).
Volveremos sobre este punto más adelante.
Sólo el fortalecimiento constante de ese Ejército podía garantizar un nece-
sario proceso de acumulación de fuerzas que condujera a la insurrección general
del pueblo. Esta articulación entre la figura de la insurrección y la de la guerra
–que ofrecía imágenes, tiempos y tareas precisas al proceso revolucionario–
puede encontrarse prácticamente a lo largo de toda la historia partidaria. En
la primavera de 1974, por ejemplo, Mario R. Santucho presentó al colectivo
137
Vera Carnovale
partidario un documento considerado por muchos6 como la obra más acabada
y madura del pensamiento del líder de la organización: Poder burgués, poder
revolucionario. La idea de poder dual postulaba un proceso de acumulación
de poder sustentado en la disputa de órganos y funciones de poderes locales,
entendidos estos extra-territorialmente. Aseguraba Santucho en aquella opor-
tunidad que el camino para avanzar hacia la conquista del poder pasaba por el
desarrollo del poder dual:
El momento en que la toma del poder puede ya materializarse es denomi-
nada por el marxismo-leninismo crisis revolucionaria, que es la culminación
de la situación revolucionaria, el momento del estallido final, momento que
debe ser cuidadosamente analizado por el Partido Proletario para lanzar
la insurrección armada con las máximas posibilidades de triunfo. Pero
entre el inicio de una situación revolucionaria y su culminación en crisis
revolucionaria […] se desarrolla el poder dual, es decir que la disputa por
el poder se manifiesta primero en el surgimiento de órganos y formas de
poder revolucionario a nivel local y nacional, que coexisten en oposición
con el poder burgués. […] De esta forma las fuerzas revolucionarias se
van organizando y preparando para la insurrección armada, para la batalla
final por el poder” (Santucho, 1974).
Se observa claramente, así, en la retórica partidaria, que la escena del asalto
revolucionario al poder remite indefectiblemente a una imagen insurreccional7.
Más aún, siguiendo las experiencias china y vietnamita (y en concordancia con
el lanzamiento de un frente militar en la Provincia de Tucumán) ese “estallido
final” podía ir acompañado o precedido por insurrecciones parciales “que
establezcan el poder revolucionario en una región o provincia, las denomi-
nadas zonas liberadas” (Santucho, 1974). No obstante lo anterior (y debido,
precisamente, a que es el largo proceso de guerra revolucionaria que iría “de
6
Véase, por ejemplo, Pozzi (2001) y Mattini (1996).
7
Es probable que la permanencia de un componente insurreccionalista no se debiera úni-
camente a una tradición de izquierda que desde la Revolución de Octubre acompañó, como
señala Pittaluga, a las organizaciones revolucionarias. El Cordobazo y las sublevaciones populares
que le siguieron y que habían hecho tambalear a la dictadura instaurada por el general Juan
C. Onganía en 1966 ofrecían una imagen precisa, cercana y posible a la cual apelar a la hora
de proyectar la escena del derrumbe final del poder burgués. Más aún, a los ojos del PRT-ERP
fue el Cordobazo (1969) el acontecimiento que dio no sólo origen a la guerra revolucionaria
sino también su potencialidad: “a partir del Cordobazo y basándose en experiencias anteriores
menores nuestro pueblo tiende a insurreccionarse localmente, tiende a movilizarse aquí y allá,
tomar sectores de ciudades y poblaciones, erigir barricadas y adueñarse momentáneamente de
la situación rebasando las policías locales y provinciales” (Santucho, 1974).
138
Revolución, guerra y enemistad en el imaginario del Partido Revolucionario...
lo pequeño a lo grande” lo que delineaba el sendero hacia la toma del poder)
resulta innegable que las distintas tramas de la discursividad partidaria quedaron
sensiblemente determinadas por la semántica de la guerra: palabras, símbolos,
imágenes y mandatos propios de una cultura bélica ocuparon un lugar rector
en el proceso de construcción identitaria de la organización.
Exploremos un poco las características de esa guerra. Se trataba, en princi-
pio, de una guerra revolucionaria (esto es, una guerra por el derrocamiento del
orden burgués y la construcción de un nuevo poder obrero y socialista). Pero
esa guerra, se pronosticaba, “se irá transformando en guerra nacional antiimpe-
rialista” para culminar, tras la “intervención de las tropas imperialistas” en un
combate “contra un enemigo invasor” (Resoluciones del V Congreso y Resoluciones
posteriores, 1971: 66). Se trataba, como alentaba una consigna reiteradamente
proclamada, de una guerra revolucionaria por “nuestra segunda y definitiva
independencia”. Paralelamente y de importancia capital, aunque menos señala-
do, aparece la idea de que esta guerra revolucionaria es, en última instancia, de
carácter mundial. “En el actual grado de desarrollo de la Revolución Mundial
es imposible tomar y mantener el poder en un país aisladamente. Esto sólo
se logrará ante la crisis del imperialismo a escala mundial” (Resoluciones del V
Congreso y Resoluciones posteriores, 1971: 68).
Entonces: guerra revolucionaria, guerra nacional antiimperialista y final-
mente, fiel a la palabra y al gesto guevarista que no cesaba de recordarlo, guerra
revolucionaria antiimperialista de carácter mundial. Como ha sido señalado
anteriormente, iniciada esa guerra, la tarea impostergable de la hora para el PRT
resultaba ser la construcción y fortalecimiento de un Ejército revolucionario y
popular, motor y garante a la vez de la consagración revolucionaria. Ese proceso
implicaba necesariamente la apelación y el despliegue de un conjunto de sím-
bolos, valores y referencias identificatorias que delimitaran un nosotros frente a
un ellos, que otorgaran una legitimidad histórica que estrechara los lazos entre
el “verdadero” Ejército y su pueblo y, finalmente, que ofrecieran un manto de
valor y sentido a quienes, en nombre de ese pueblo oprimido e insurrecto a la
vez, se lanzaban a un combate en el que podían morir.
Así, la resolución N° 1 del V Congreso del PRT (1970) fue precisamente
construir ese ejército y dotarlo de una bandera. El pabellón escogido como
referente fue el del Ejército de los Andes pero, en consonancia con el carácter
mundial de la revolución, el escudo que según la historiografía tradicional había
sido bordado por las damas mendocinas fue reemplazado por la estrella roja de
cinco esquinas, símbolo de la lucha de los cinco continentes por el socialismo.
“La adopción de la bandera del Ejército de los Andes llenaba de emoción a
139
Vera Carnovale
todos […] simbolizaba la lucha del pueblo argentino por su liberación nacional
entrelazada por la lucha por el socialismo” (Mattini, 1996: 70-71). De esta
manera, el pasado nacional integraba la cantera de referencias identificatorias
de la organización. Y éstas habrían de ser, fundamentalmente, las guerras de
independencia del siglo XIX (en las que, por cierto, se destacan las figuras
emblemáticas de la historiografía mitrista lo que nos autorizaría a pensar que
ejército revolucionario y ejército nacional compartían un universo mucho más
amplio del que ambos podían suponer)8.
El Ejército Revolucionario del Pueblo fue dotado, también, por un himno
que alentaba al combate. Uno de sus versos terminaría por erigirse como con-
signa identificatoria de la organización: “Adelante compañeros/ Hasta vencer
o morir /Por una Argentina en armas/ De cada puño un fusil”. Este llamado
al combate armado impulsó fórmulas imperativas devenidas en mandatos ya a
partir del propio momento fundacional del ERP. Si bien en los documentos allí
presentados quedaba bien en claro, siguiendo al general Giap, que “la política
es quien manda al fusil”, lo cierto es que la urgencia de los tiempos de “guerra”
imponía tareas impostergables –e irrenunciables– para los verdaderos revolucio-
narios. Bajo la consigna “¡Todo el Partido al combate!” se dictaminaba:
Un partido de combate se caracteriza por eso mismo, porque combate, y
en esta Argentina que está en guerra, la política se hace en lo fundamental
armada, por lo tanto, en cada lugar donde el Partido esté presente en las
masas se deben impulsar las tareas militares. Combatir, formar el ejército
en la práctica de la lucha armada: quien no pelea no existe (Resoluciones del
V Congreso y Resoluciones posteriores, 1971: 72).
Como contracara complementaria de lo anterior se constata otro compo-
nente fuerte, inevitable e imprescindible, que en esa “guerra revolucionaria”
iría moldeando la identidad, la sensibilidad y las prácticas partidarias: el man-
dato de heroísmo, de sacrificio y la exaltación de la muerte en combate. La
documentación partidaria es abundante en semblanzas heroicas de militantes
“caídos en combate”, consignas que enarbolan la ejemplaridad de cada muerte
invitando a continuar la epopeya del caído y una retórica sustentada en la
8
Ya la primera acción armada del PRT, previa a la fundación del ERP, había sido el asalto al
Banco Provincia de Escobar. El comando que lo ejecutó, liderado por el propio Santucho, se
denominó Sargento Cabral. Más adelante, batallones y compañías serían bautizados con nombres
y hechos emblemáticos de las luchas por la independencia: San Martín, Combate de San Lorenzo,
etc. Por otro lado, la lectura de la historia nacional de Mitre interesaba particularmente por la
descripción que allí se hacía de las guerrillas libradas en Salta al mando de Güemes.
140
Revolución, guerra y enemistad en el imaginario del Partido Revolucionario...
certeza inconmovible de que la sangre de cada combatiente abona el cuerpo
colectivo de la revolución.9 Dicha certeza quedaba cristalizada en una expresión
que acompañaría cada muerte, cada sepelio, cada homenaje: “Ha muerto un
revolucionario ¡Viva la revolución!”.
Tan sólo a modo de ejemplo podemos citar aquí algunas fórmulas tempranas
en que estos componentes descriptos se plasmaron en el discurso partidario.
Marcelo Lezcano, José Alberto Polti y Juan del Valle Taborda fueron algunos
de los primeros militantes del PRT-ERP caídos en un combate callejero con
la policía en abril de 1971, en Córdoba. En su primer número después de lo
hechos, Estrella Roja, órgano de difusión del ERP citaba, al final de un peque-
ño relato de las circunstancias en que estos tres militantes habían perdido la
vida, unos versos del poeta cubano Nicolás Guillén: “Hay quien muere sobre
su lecho/ doce meses agonizando/ otros hay que mueren cantando/ con doce
balazos sobre el pecho” (Colección de Documento Histórico Nº 26 de Infobae)
Un mes más tarde, Estrella Roja, volvía a recordar a los caídos:
el 17 de abril las calles cordobesas se tiñeron con la sangre de tres de
nuestros más queridos compañeros […] Fue necesario que los mercenarios
enemigos los enfrentaran de a diez por cada uno de ellos. Fue necesario
que los tomaran sin municiones y encontrándolos indefensos, heridos
en el suelo, los acribillaran alevosamente para poder apagar estas vidas
al servicio de la revolución. Ellos sabían que en esta guerra del pueblo
la muerte podía sorprenderlos […] No le temían […] porque confiaban
seguros en que su lugar de combate iba a ser llenado inmediatamente y
su fusil caído multiplicado por mil (“Tres héroes del pueblo”, Estrella Roja
Nº 2, mayo de 1971).
Si bien la apelación al sacrificio, el relato heroico y la exaltación de la
muerte en combate no pueden menos que estar presentes en cualquier grupo
de hombres que se dirijan a la guerra, es indudable que la figura de Ernesto
“Che” Guevara, su “ejemplo” (claramente sustentado no sólo en su propio
recorrido personal sino también en una postulada superioridad ético-moral) y
su retórica refuerzan de manera singular la temeridad y el altruismo perretista.
En la tapa de ese mismo ejemplar de Estrella Roja se reproduce un fragmento
–que sería más tarde citado una y otra vez– del célebre mensaje del Che a la
Tricontinental:
9
Este tema ha sido particularmente analizado en Longoni (2000) y Carnovale (2005).
141
Vera Carnovale
En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre
que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y
otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se
apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y
nuevos gritos de guerra y de victoria (Guevara, 1967).
La prensa partidaria, a lo largo de toda la vida activa de la organización, es
abundante en este tipo de apelación donde la figura del militante caído se erige
como héroe glorificado que impulsa a otros, con su muerte, a sumarse a esa
guerra revolucionaria cuyo triunfo inminente parecía no dejar lugar a dudas.
Por su parte, las imágenes esgrimidas en pintadas, volantes, documentos y
órganos de difusión dan cuenta, también, de un imaginario poblado por esce-
nas y figuras bélicas: un combatiente empuñando su fusil o su ametralladora
acompañaba las tapas de las Estrella Roja y la propia sigla PRT, nombre de la
vanguardia política de esa guerra, llevaba en la forma de su letra “T” final un
arma larga que, en muchos casos, se representaba disparando.
Guerra y enemistad
La guerra, toda guerra, implica necesariamente ciertas definiciones y
sentidos de la enemistad. El “enemigo”, en tanto gran otro, participa inde-
fectiblemente en la construcción identitaria del grupo, en la definición de
un nosotros, no sólo en cuanto a rasgos particulares respecta sino también
en cuanto a un accionar. En el universo perretista convivieron dos acepcio-
nes del concepto de “enemigo”. Una de ellas se vinculaba con definiciones
teórico-ideológicas: “el enemigo” aparecía asociado a la estructura de poder
económico, era, en definitiva, un enemigo de clase, la burguesía, el orden
capitalista. En la otra acepción el “enemigo” aparecía directamente identi-
ficado con los agentes represores del Estado, especialmente con las Fuerzas
Armadas (Carnovale, 2004). Esta última acepción, no podía si no terminar
imponiéndose sobre la primera a medida que el pulso de la represión legal e
ilegal se aceleraba y recrudecía.
En una caracterización del proceso revolucionario como guerra prolongada,
el Ejército enemigo se fue, así, convirtiendo en el principal sujeto interpelado por
el PRT-ERP. Con ese enemigo como referente la organización fue construyendo,
a partir de un movimiento casi especular, su propia identidad. Hacia fines de
1974, en coincidencia con el establecimiento de la Compañía de Monte en
Tucumán, el ERP resolvió “dar un importante paso en la construcción de las
142
Revolución, guerra y enemistad en el imaginario del Partido Revolucionario...
Fuerzas Armadas de la clase obrera y el pueblo”. Dicho paso consistió en una
mayor estructuración de las fuerzas guerrilleras mediante “el establecimiento
de grados y la formulación de reglamentos...” (todas las citas en “Grados y
Reglamentos en el ERP” en Estrella Roja [¿octubre de 1974?], Colección Do-
cumento Histórico Nº 39 de Infobae). Esta estructuración incluyó, además,
el uso de uniformes e insignias propias de un Ejército regular. Ahora bien, la
contrapartida de aquella identificación fue un movimiento de oposición y
diferenciación sensiblemente anclado en la moral (una moral directamente
devenida del ideario revolucionario) pero en absoluto ajena al mundo de có-
digos de guerra. Y en tanto a los ojos del PRT-ERP el Ejército nacional había
dejado de respetar el mundo de códigos compartidos de combate que toda
guerra delimita, su retórica de interpelación estuvo signada por la insistencia
normativizadora de la confrontación bélica.10
La forma más usual de esa insistencia fue el reclamo del cumplimiento de
las leyes y convenciones de Ginebra, especialmente aquellas referidas al trato
de prisioneros. El 16 de febrero de 1974, por ejemplo, el ERP exigió, mediante
proclama pública, que se diera a conocer el estado en que se encontraban los
militantes Jorge Antelo y Reinaldo Roldán, detenidos en el asalto al regimien-
to de Azul y cuya situación se ignoraba. En aquella proclama se otorgaba al
Ejército un plazo:
de 48 horas, para responder sobre el estado en que se encuentran los
compañeros [...] si no se registrara respuesta alguna, será ejecutado el Tte.
Cnel. Ibarzábal, por recaer en su persona la responsabilidad de ser Jefe de
la Institución Militar que viola los más elementales derechos humanos,
negando los convenios internacionales firmados en Ginebra (“Resolución
del Estado Mayor del ERR” en Estrella Roja Nº 31, 4 de marzo de 1974,
Colección Documento Histórico de Infobae Nº 28).
Ibarzábal sería finalmente ejecutado el 19 de noviembre de ese año en el
transcurso de un traslado en el que fue interceptado el vehículo en el que se
lo transportaba
produciéndose un enfrentamiento que obligó a ajusticiar al detenido. [...]
Debemos señalar que en todo momento nuestra organización procuró
preservar la vida del detenido, teniendo en cuenta los principios huma-
nitarios y las leyes internacionales [...] esta actitud ha sido demostrada
permanentemente [...] Sin embargo, no ha sido igual el tratamiento que
10
Este tema fue particularmente analizado en Carnovale (2007).
143
Vera Carnovale
han recibido nuestros combatientes al caer en manos de las fuerzas con-
trarrevolucionarias (“Parte de guerra, 20 de noviembre de 1974”, original
incluido en El terrorismo en Argentina, Poder Ejecutivo Nacional, 30 de
noviembre de 1979, pág. 322).
La guerra revolucionaria, era el proceso necesariamente largo que precedía
a la insurrección que derrocaría el poder burgués. La tarea primordial en esa
guerra era, lógicamente, la construcción y el fortalecimiento del Ejército propio
y ese proceso se fue asentando tanto sobre símbolos, imágenes y mandatos de
combate como sobre un movimiento de identificación con un enemigo cada
vez más asimilado al Ejército nacional, aliado éste, en última instancia, a un
ejército invasor. La normativa apelada por el ERP en la confrontación con ese
enemigo –aunque también reconocible como propia de la moral revolucionaria–
remitía en forma directa a la codificación occidental de la guerra. En resumi-
das cuentas, se advierte que tanto el imaginario como las prácticas perretistas
estuvieron sensiblemente teñidos de elementos propios de una cultura bélica
que no podían si no intervenir ineludiblemente en el proceso de construcción
identitaria de la organización.
Ahora bien, tras esta breve descripción y pensando en el problema más
general de la llamada “militarización” o aún del supuesto “militarismo” del
PRT-ERP, resulta necesario preguntarse si tras la Guerra Civil Española o,
más aún, tras la experiencia de la China comunista, era posible para quienes
adoptaban la lucha armada como parte de la estrategia de la toma del poder un
imaginario de la revolución que no fuera, al mismo tiempo, un imaginario de la
guerra. ¿Era posible para ellos que la figura del soldado no se fundiera y aún se
impusiera a la del revolucionario o conspirador? Nos gustaría dejar planteados
estas interrogantes a la luz de algunas nociones de Carl Schmitt desarrolladas
en su obra Teoría del partisano.
La guerra tradicional, tal como la entiende el derecho de guerra clásico
europeo era una guerra de un ejército regular y estatal contra otro ejército de
igual naturaleza; una guerra que conservaba alguna significación de duelo y
sentido de la caballerosidad. Un conflicto donde la conclusión de paz no sólo
era siempre posible sino que era, además, el desenlace lógico y esperado de toda
confrontación. La guerra clásica era, advierte Schmitt, fundamentalmente, una
guerra acotada.
El partisano, continúa, está fuera de todo acotamiento. Incluso pertenece
a su esencia el estar fuera de cualquier acotamiento: “el partisano moderno
[…] dio la espalda a la enemistad convencional con sus guerras domesticadas
144
Revolución, guerra y enemistad en el imaginario del Partido Revolucionario...
y acotadas y se fue al ámbito de otra enemistad verdadera” (Schmitt, 2005:
18). La clásica noción de lo político, que se había cristalizado en los siglos
XVIII y XIX se basaba en el estado del derecho internacional europeo y había
convertido a la guerra en una guerra entre Estados acotada por ese derecho. A
partir del siglo XX esa guerra de Estados con sus acotamientos, se liquida. La
sustituye, señala Schmitt, la guerra revolucionaria de partidos. Esta guerra no es
convencional, es auténtica, porque tiene en su origen una enemistad absoluta.
La guerra de enemistad absoluta no conoce ningún acotamiento puesto que
es precisamente la realización consecuente de una enemistad absoluta aquello
que le da su sentido y su justicia.
La absolutización de la enemistad proviene, precisamente, del carácter po-
lítico y contestatario del partisano (en nuestro caso, el guerrillero) y es aquello
que lo diferencia de otro tipo de combatientes. Haga muchas o pocas acciones
armadas, el guerrillero es un sujeto político en tanto constructor real o potencial
de un nuevo orden público (claramente diferenciado del bandido social, del
pistolero, del militar profesional). El carácter político del partisano asume, para
el caso del revolucionario, la forma de una adherencia, de un compromiso total
con su idea, su partido, su causa. Este compromiso total no implica únicamente
la disposición de “dar la vida” (en rigor, la muerte); participa en la conforma-
ción de una ética combatiente que impide todo retroceso, toda capitulación,
toda negociación. “¡No dar tregua al enemigo! ¡Hasta vencer o morir!” eran
las consignas imperativas con que finalizaban las proclamas perretistas. En el
recordado y tantas veces invocado Mensaje a los pueblos del mundo a través de
la Tricontinental, el “Che” Guevara alentaba:
El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa
más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una
efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados
tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo
brutal. Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a
sus lugares de diversión; hacerla total. Hay que impedirle tener un minuto
de tranquilidad, un minuto de sosiego fuera de sus cuarteles, y aun dentro
de los mismos: atacarlo dondequiera que se encuentre; hacerlo sentir una
fiera acosada por cada lugar que transite (Guevara, 1967).
En aquel proceso de sustitución de la guerra clásica por la guerra de enemis-
tad absoluta Lenin es, siguiendo siempre a Schmitt, un eslabón fundamental.
Y esto porque al apelar a la idea de guerra civil revolucionaria contradecía la
opinión de los socialdemócratas de que la revolución proletaria alcanzaría por sí
145
Vera Carnovale
misma sus objetivos en los países parlamentarios, de manera que los métodos de
aplicación directa de la fuerza resultarían inoportunos. La guerra revolucionaria
es, para él, una forma de lucha “inevitable” y el objetivo (la revolución prole-
taria) es un objetivo justo en términos sustantivos, en sí mismo. Su enemigo
absoluto concreto era el enemigo de clase, el burgués, el orden capitalista en
todos los países donde estuviera en vigor y, por tanto, universal.
El otro eslabón quizás más destacable aún en este proceso lo constituye la
figura de Mao Tsé Tung, “el mayor práctico de la guerra revolucionaria y su
teórico más famoso” (Schmitt, 2005: 72). A partir de él se agregará a ese enemigo
de clase universal un fundamento más bien telúrico, abriendo así un abanico
de enemistades que confluyen y se concentran en una enemistad absoluta: el
explotador colonialista, el invasor, el imperio.
Mao [prosigue Schmitt] llevó más lejos la fórmula de la guerra como con-
tinuación de la política […] El sentido de la guerra está en la enemistad.
Si la guerra es la continuación de la política, también la política contiene
siempre, por lo menos como posibilidad, un elemento de enemistad, y si
la paz encierra la posibilidad de la guerra, también contiene un elemento
de enemistad potencial (Schmitt, 2005: 74-75).
El lenguaje y las nociones de la guerra acotada y de la enemistad dosificada,
concluye Schmitt, no resistieron la irrupción de la enemistad absoluta.
En la misma dirección, señala Badiou que si el siglo XX ha estado bajo
el paradigma de la guerra, de la guerra decisiva, de la última guerra fue Mao
Tsé Tung una figura típica de esa convicción. Hasta Mao, guerra y revolución
eran términos contrarios. El concepto de guerra revolucionaria maoísta ins-
taura diferentes tipos de guerras sustancialmente ligadas a políticas diferentes:
guerras políticamente justas y guerras políticamente injustas. “Para suprimir
la guerra hay un único medio: oponer la guerra a la guerra, oponer a guerra
revolucionaria a la guerra contrarrevolucionaria […] Cuando la sociedad
humana llegue a la eliminación de las clases, a la supresión del Estado, ya no
habrá guerras […] Será la era de la paz perpetua para la humanidad” (Mao Tsé
Tung, 1936, Problemas estratégicos de la guerra revolucionaria de China, citado
en Badiou, 2005:55).
Para concluir, es inscribiendo el ideario perretista en esta tradición y en este
horizonte de sentidos que resulta necesario apuntar que la distinción y oposición
tan en boga entre política por un lado y violencia por otro, entre “lo político”
por un lado y “lo militar” por el otro como términos claramente diferenciables,
cuando no excluyentes, se tornan algo erráticos para abordar la experiencia de
146
Revolución, guerra y enemistad en el imaginario del Partido Revolucionario...
las organizaciones armadas de los setenta y sus sentidos más profundos. La
intensificación del accionar armado, la preeminencia de elementos bélicos en
la discursividad y en los imaginarios de estas organizaciones son, a estas alturas,
fenómenos innegables. Pero sería por lo menos liviano situar la razón última
de esa preeminencia en “desviaciones” o “insuficiencias” de interpretación de
teorías que, de otra manera, hubieran conducido al éxito inexorable de los
revolucionarios.11
11
Tras la derrota de la organización, las miradas retrospectivas y balances de distintos dirigentes y
militantes (como, por ejemplo, Luis Mattini, Enrique Gorriarán Merlo y Julio Santucho) dieron
lugar a un conjunto bastante homogéneo de críticas de lo que había sido la actuación del PRT-
ERP. Estas críticas, hoy bastante extendidas en el campo de los estudios sobre el pasado reciente,
se concentran, fundamentalmente, en determinados posicionamientos políticos, evaluaciones y
prácticas de la organización que estarían evidenciando un “proceso de militarización” (también
denominado “desviación militarista” o “militarismo”). La determinación de continuar la lucha
armada durante el gobierno de Héctor Cámpora y la intensificación del accionar militar, funda-
mentalmente a partir de 1974, serían tan sólo los ejemplos más destacados de aquel proceso. En
añadidura, la “militarización” –junto a la incapacidad partidaria para prever el “reflujo de masas”
que tuviera lugar tras las movilizaciones de julio de 1975– estaría en la base de un progresivo
“aislamiento” político de la organización, aislamiento éste que no podía sino contribuir a la propia
derrota de los revolucionarios. Una suerte de “subestimación del enemigo”, conjugada con la
ferocidad criminal e inesperada de las fuerzas represivas, habrían hecho el resto. Estas nociones se
ven reflejadas, de alguna manera, también en producciones provenientes del campo académico.
Pablo Pozzi, por ejemplo, sostiene que esa derrota se debió a una combinación entre lo que
denomina “las debilidades” partidarias y las características de una represión tan sangrienta como
inesperada. Respecto del problema de “lo militar” Pozzi sostiene que el PRT-ERP pecó de una
“falta o insuficiencia en el manejo del marxismo” que generaba contradicciones permanentes en la
línea política y que estaría en la base de las características que asumió la actividad militar perretista.
Al respecto, “no hubo militarismo como tal”, afirma, lo militar no se impuso a lo político sino
que tendió a “autonomizarse”. El funcionamiento interno de la organización encuentra también
su lugar en este cuadro de falencias. Éstas cristalizaron finalmente en la persistencia de una línea
política errada que, conjugada con la represión, habría de poner fin a los sueños perretistas. En
concordancia con intervenciones anteriores se destaca, entonces, la idea de “insuficiencia” (de
marxismo, de tiempo, de experiencia) y, en consecuencia, emerge la figura de lo incompleto,
de lo inconcluso, de historia trunca; como si el daño mayor de la violencia imprevista estuviera
en el arrebato de un tiempo necesario de maduración. En el origen de aquella insuficiencia, los
hombres: sus dogmatismos, sus decisiones equívocas, sus interpretaciones erradas, sus faltas. En
dirección similar, puede leerse un texto de Pilar Calveiro (2005). Anticipado desde el propio
título del libro (Política y/o violencia) se presenta el postulado principal: la intimidad entre ambos
términos estuvo signada menos por la tensión y la imbricación que por el desplazamiento de uno
en favor del otro. Es finalmente en la supresión de la política, en su abandono, donde pueden
encontrarse las claves de la derrota de las organizaciones revolucionarias armadas. La misma se
147
Vera Carnovale
La invitación, en todo caso, es a volver la mirada sobre las formulaciones
político-ideológicas originales, sobre sus connotaciones, sentidos e implicancias
más profundos. Porque en ellos, quedaban anudados con lazo indisoluble violencia
y política, guerra y revolución. Antes que equilibrio de componentes pareciera
haber un nudo de sentidos que –con las diferencias del caso– constituyeron el
sello identitario de los revolucionarios setentistas. Y entonces es probable que
la llamada “militarización” haya sido, en gran medida, el resultado ferozmente
fiel de aquellos sentidos o, más aún, del propio ideario revolucionario que los
forjó. Si muchas de las intervenciones sobre las organizaciones armadas de los
años setenta que han intentado explicar su derrota han encontrado en el pulso
errático de sus hombres, en sus falencias, necedades y miopías las causas del
gran equívoco que torció una historia destinada a ser otra, esta intervención
se orienta en dirección contraria. Intenta afirmar, más bien, que aquellos
hombres se lanzaron a la escena de la revolución y actuaron en todo momento
precisamente con aquello que portaban: un conglomerado de formulaciones
y creencias que no podía sino cristalizar en una fórmula explosiva articulada
con un puñado de mandatos definitivamente irrenunciables en tanto hacían
al propio ser revolucionario.
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150
Memorias del Movimiento Coordinador
de apoyo a “los Peludos”: algunas fechas
significativas en la “formación” del MLN-
Tupamaros1
Marina Cardozo Prieto
Para mis padres y para el Negro
Introducción
Este trabajo procura situar momentos claves en la trayectoria del co-
lectivo político denominado “el coordinador”, agrupamiento de militantes
armados creado en Uruguay en 1963. Esta red de militantes, en la que cada
sector operaba acciones armadas en conocimiento de otros grupos, o en
colaboración con ellos, estaba integrada por el Movimiento de Apoyo al
Campesino (MAC), el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR),
militantes del Partido Socialista del Uruguay (PSU), miembros de la Fede-
ración Anarquista Uruguaya (FAU), militantes anarquistas no organizados
e integrantes independientes. Perduró hasta 1965, cuando fue creada una
nueva organización denominada Tupamaros 2. En ese momento, varios
1
Este texto tiene su origen en la preparación del proyecto de tesis para el Doctorado en Ciencias
Sociales IDES/UNGS. Agradezco a Marina Franco la posibilidad de presentar este trabajo, que
me ha permitido avanzar en la investigación. A su vez, agradezco a Andrea Brazuna y Nicolás
Duffau por sus comentarios.
2
El MLN-T surge “formalmente” en 1966, a partir de la denominada 1ª. Convención.
151
Marina Cardozo Prieto
grupos pasaron a formar parte del nuevo organismo, mientras que otros no
adhirieron a la propuesta.3
Pensar al Coordinador en el marco de la reconstrucción histórica de los ini-
cios de la izquierda armada en Uruguay (antes de la formación del Movimiento
de Liberación Nacional - Tupamaros), implica considerar la diversidad política
e ideológica de la izquierda uruguaya en los tempranos años sesenta, período
fermental donde múltiples alternativas se planteaban como posibles. Este texto
explora las formas en que se recuerda al Coordinador a través de la memoria
de sus militantes: ¿qué momentos o eventos de la trayectoria de este grupo son
recordados por los militantes?, ¿por qué estos eventos marcaron especialmente a
quienes participaron de esa experiencia?, ¿qué acontecimientos y fechas no son
tan recordados? De esta manera, algunas herramientas provenientes del campo
de los estudios sobre memoria resultan relevantes en este trabajo. Elizabeth Jelin
se refiere a la memoria “como concepto usado para interrogar las maneras en
que la gente construye un sentido del pasado, y cómo se enlaza ese pasado con el
presente en el acto de rememorar/olvidar” (Jelin, 2000: 8). En este sentido, los
recuerdos (y los olvidos) en torno a la experiencia del Coordinador, reelaborados
desde el presente, ofrecen evocaciones convergentes o divergentes entre sí. Por un
lado, algunos recuerdos conectan a este grupo con la noción de “brazo armado”
de la izquierda partidaria, otros le atribuyen un carácter defensivo, en tanto que
otros, por su parte, enfatizan su horizonte revolucionario. Las diferentes formas
de recordarlo se vinculan a la “operación de dar sentido al pasado” (Jelin, 2001)
realizada por la memoria, a la vez que expresan conflictos, “ejercen presiones y
fijan límites; tanto por medio de la selección de lo que se recuerda y lo que no
se recuerda como por los modos con los que el pasado es presentado” (Oberti y
Pittaluga, 2006: 30). Como indica Alessandro Portelli en torno a la “memoria
escindida” de la Resistencia Antifascista en Italia, los conflictos no se expresan
solamente entre “campos de memorias” (memoria institucional en oposición a
memoria colectiva comunitaria), sino, a la vez, dentro de ellos, en la “memoria
dividida” que da cuenta de la “pluralidad fragmentada” de diferentes memorias
(Portelli, 1997: 157-158).
A su vez, si bien la trayectoria del Coordinador es anterior a la existencia
del MLN-T, es evocada, no obstante, como parte de la historia de éste. Puede
observarse así, por parte de los militantes entrevistados, una “inclusión” del
período del Coordinador en la historia del posterior MLN-T. En este sentido,
3
N. de e.: sobre aspectos vinculados al surgimiento del MLN-Tupamaros, ver el artículo de
Silvina Merenson en este mismo volumen.
152
Memorias del Movimiento Coordinador de apoyo a “los Peludos”: algunas fechas...
como señalan Schwarsztein (2001) y Portelli (2003), el interés por explorar
en la reelaboración de los recuerdos se vincula a las interrogantes en torno a
las causas y las formas en que se operan ciertas “construcciones/reconstruccio-
nes” (Schwarsztein, 2001: XIX) y “transposiciones” (Portelli, 1989: 24-30) de
acontecimientos/procesos históricos.
El contexto histórico en el cual se enmarcó el surgimiento del Coordinador
se destacó por la agudización de la crisis económica iniciada hacia mediados de
los años cincuenta (Finch, 1980: 37-41), así como por la aplicación guberna-
mental de una línea económica liberal que redujo la participación del Estado
en el ámbito económico, disminuyó el sostén a políticas industrialistas típicas
del período neobatllista4 y concretó la firma de la primera Carta de Intención
con el Fondo Monetario Internacional (Nahum, Frega, Maronna y Trochón,
1990: 13-16 y 112-117). Entre 1959 y 1967 gobernó el país el Partido Na-
cional cuyo triunfo en 1958 determinó el inicio de la rotación de los partidos
tradicionales en el Gobierno, después de más de noventa años de gobiernos
del Partido Colorado.
Durante la segunda administración del Partido Nacional (1962-1966),
al tiempo que se agravaron los conflictos sindicales en relación directa con
el deterioro económico reinante, se afianzó la organización del movimiento
obrero. Este proceso, desarrollado entre 1964 y 1966, culminó en la creación
de una central obrera única, la Convención Nacional de Trabajadores (CNT).
A su vez, las elecciones nacionales de 1962 habían impactado fuertemente en
los Partidos Comunista (PCU) y Socialista (PSU).5 Ante lo que se consideró
como un nuevo fracaso electoral de la izquierda,6 numerosos militantes se ale-
jaron de estos partidos cuestionando la vía electoral como forma de alcanzar
4
Período entre los años 1946 y 1958, cuando a través del liderazgo ejercido por Luis Batlle
Berres en el Partido Colorado se implementaron medidas sociales y económicas inspiradas en
el pensamiento de José Batlle y Ordóñez (presidente de Uruguay entre 1903 y 1907, y 1911
y 1915).
5
Ello a pesar de las transformaciones ideológicas y políticas sufridas en los dos partidos desde
los años cincuenta. El PCU se abocó a la constitución de un frente democrático para la liberación
nacional por la vía pacífica y parlamentaria. El PSU se transformó, radicalizándose: abrazó el
tercerismo, el tercermundismo, el latinoamericanismo y la idea de revolución nacional antes de
realizar el socialismo (Rey, 2005: 95-102).
6
La izquierda se presentó a las elecciones agrupada en dos lemas: FIDEL o Frente Izquierda
de Liberación, liderado por el PCU, y Unión Popular, hegemonizada por el PSU. Captaron en
conjunto a 5,6% del electorado.
153
Marina Cardozo Prieto
transformaciones de tipo socialista. Así, fueron creados el MIR,7 desgajamiento
de un sector del PCU en 1962 a raíz de los debates en torno al conflicto chino-
soviético; el MAC,8 sector juvenil escindido del Movimiento Revolucionario
Oriental (MRO), de línea pro-castrista, unido a militantes del barrio La Teja
(Montevideo) en apoyo al sindicato de trabajadores de la caña de azúcar –la
Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (UTAA)– y el Movimiento de
Unificación Socialista Proletario (MUSP), escisión del PSU en 1965. También
se alejó de este último partido (aunque sin separarse completamente) un grupo
de militantes,9 algunos de los cuales habían participado significativamente,
como Raúl Sendic,10 en el proceso de sindicalización rural. Desde la izquierda
anarquista reunida en la FAU se apoyó, aunque no orgánicamente, la realización
de acciones revolucionarias11 a partir de 1964 (Rey Tristán, 2005: 195-268).
Varios de estos nuevos grupos, a los que se sumaron militantes independientes12
integraron el Coordinador.
Asimismo, en este período, en forma frecuente, el Poder Ejecutivo recurrió
a las Medidas Prontas de Seguridad (MPS)13 y se agudizó el clima anticomunista
ya existente en relación con el temor a la expansión de la experiencia revolucio-
naria cubana, lo que determinó la ruptura de relaciones diplomáticas con Cuba
en 1964. En 1966, en medio de los rumores acerca de posibles alzamientos
militares, las elecciones dieron como resultado el triunfo del Partido Colorado,
7
Por el MIR integraron el Coordinador: Julio Arizaga, Washington Rodríguez Beletti, Jorge
Torres y Germán Vidal. Sobre José Mujica (actualmente Presidente de la República) existen
versiones encontradas acerca de su presencia en este organismo.
8
En el MAC militaban entre otros: Eleuterio Fernández, Carlos Flores, América García, Graciela
Jorge, Hebert Mejías, Eduardo Pinela, Omar Puime, Mario Robaina y Leonel Vidal.
9
Provenían del PSU: Andrés Cultelli, Elsa Garreiro, Pedro Lerena, Jorge Manera, Julio Mare-
nales, Tabaré Rivero y Raúl Sendic, entre otros.
10
Raúl Sendic, procurador, militó en la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay
(FEUU), fue dirigente del PSU, volcándose tempranamente a la organización sindical de los
trabajadores rurales, especialmente los cañeros del norte del país. Integró el Coordinador. Fun-
dador del MLN-T, es considerado como su líder histórico. Falleció en 1989.
11
Por la FAU participaron del Coordinador: Juan Carlos Mechoso y Mauricio y Gerardo
Gatti, Según algunos entrevistados, los anarquistas de la FAU no habrían participado de este
colectivo.
12
Como Mario Navillat y Ricardo Elena (anarquistas independientes), Ruben Sassano (posi-
blemente ligado al MIR) Carlos Rivera Yic (anarquista, vinculado al MAC) y Violeta Setelich
(ligada al PCU).
13
Medidas de excepción que la Constitución de la República establece para casos de conmoción
interna o ataque exterior.
154
Memorias del Movimiento Coordinador de apoyo a “los Peludos”: algunas fechas...
al tiempo que se aprobó una reforma constitucional que estableció el retorno
a un ejecutivo unipersonal con potestades ampliadas.
Influencias
Los militantes entrevistados recuerdan la existencia de un clima social
y político violento a inicios de la década de 1950, tanto a nivel local como
continental. Entre ellos, Washington Rodríguez Beletti14 resalta la violencia
experimentada con la aplicación de las MPS en 1952,15 año que relaciona con
el inicio de la crisis económica. Subrayando el impacto del derrocamiento de
Jacobo Árbenz sobre la izquierda nacional en 1954, Guillermo Chifflet insiste
en las repercusiones del proceso guatemalteco, probablemente desde su conti-
nuada militancia dentro del PSU hasta el presente.16 En tanto, todos los otros
entrevistados que optaron por la vía armada17 no recuerdan casi los sucesos de
Guatemala. Si bien varios testimonios resaltan, como influencias políticas e
ideológicas sobre los jóvenes de izquierda a comienzos de los sesenta, el papel
de las posturas terceristas en materia internacional, así como los movimientos
de liberación del Tercer Mundo y el Movimiento de Países No Alineados, casi
todos los entrevistados recuerdan la Revolución Cubana como el elemento
que más conmocionó a la militancia de izquierda de la época. En este sentido
expresa Hebert Mejías Collazo18:
14
Dirigente de la Juventud Comunista y luego fundador del MIR. Integrante del Coordinador
hasta fines de 1963, pasó luego a trabajar con UTAA. Miembro del MLN-T. Entrevista a W.
Rodríguez Beletti.
15
Guillermo Chifflet, dirigente y parlamentario del PSU en diversos períodos coincide: “En
ese año cincuenta y dos, que se suele decir, por parte de quienes hacen historia, que era un año
de prosperidad para el Uruguay, años felices […] se tomaron dos veces Medidas de Seguridad
contra el movimiento obrero”. Entrevista a G. Chifflet.
16
Chifflet cuestiona la existencia del Coordinador: “Lo del coordinador, no cuentes conmigo
porque no conozco al coordinador, nunca hablé ni nunca supe que hubiera coordinación. […]
Lo del coordinador… no existió. No es verdad”. Entrevista a G. Chifflet.
17
Integrando posteriormente el MLN-T y otras organizaciones revolucionarias como la Or-
ganización Popular Revolucionaria-33 (OPR-33), movimiento armado anarquista, creado en
1971 por la FAU.
18
Hebert Mejías Collazo militó en el movimiento de apoyo a la Revolución Cubana, viajando a
Cuba en 1961 y 1963. Fue dirigente del MRO y luego se plegó al MAC, integrando el colectivo
Coordinador. Miembro del MLN-T, luego integró la OPR-33.
155
Marina Cardozo Prieto
Cuando triunfa la Revolución Cubana, no sé, como que… desperté
¿verdad? desperté… y eso lo llevé siempre, lo llevo así con… más allá de
todas las diferencias ideológicas […] un ideal que me despertó… esa lucha
heroica, ¿verdad? esa lucha heroica de los cubanos […] Y me aportó fe,
esperanza, ¿no? ganas de pelear, ganas de luchar… repetir la cosa, ¿verdad?
hacer lo imposible por todo eso (entrevista a H. Mejías Collazo).
Modelo e ideal de lucha; lucha heroica. En el recuerdo, que también se
dice en tiempo presente, encontramos sentimientos de fe y de entusiasmo.
Esther Ruiz y Juana Paris destacan, acerca de lo que implicaba “ser militante
en los sesenta”, “la confianza en las posibilidades del cambio, reiterándose la
frase ‘la revolución estaba a la vuelta de la esquina’ [ y] la profunda alegría con
que fue vivida la entrega a ‘la causa’.” (Ruiz y París, 1997: 285) Así, la noción
de lo heroico ligada a la revolución19 es recuperada en los eventos de doble
conmemoración anual que realiza el MLN-T de la post-dictadura: la muerte
de Ernesto “Che” Guevara y la “toma de Pando” con el “homenaje a los caí-
dos” en dicha acción.20 Diversos editoriales y artículos del periódico oficial del
MLN-T del período 1986-1996 referidos a la doble conmemoración, así como
también otros referidos a la Revolución Cubana, al asalto al Cuartel Moncada
y a la trayectoria de Raúl Sendic, apuntan a dicha noción: “[el ‘Che’] Fue
sembrador y hacedor de milagros, curando las llagas de la desesperanza. Como
Jesús, tomó el camino de Jerusalén, adivinando su destino. Cayó y se levantó
con su cruz, y al llegar a la última estación de la vida, murió”. (Mazzeo: Mate
Amargo 10.10.1990, 12).
[…] un hilo conductor […] corre desde las primeras luchas anticolonialistas
hasta las entabladas por la segunda independencia, entre las gestas épicas y la
peripecia vital de los combatientes latinoamericanos de uno y otro tiempo.
[…] ¿Pero en cuántos de los combatientes de Pando –desconocidos para
la canción de gesta de los grandes terremotos revolucionarios– no había
ya un Che? […]. (Núñez: Mate Amargo 6.10.1994, 11).
19
N. de e.: sobre la construcción de identidades políticas ligadas a la opción armada ver los
artículos de Vera Carnovale y de Pedro Rosas Aravena.
20
En diversos años a posteriori de la muerte de Sendic (1989) se realizaron actos de conmemo-
ración pero no de forma tan regular como el tradicional acto de octubre. Durante la “toma de
Pando” (localidad situada en el departamento de Canelones, a 32 km. de Montevideo), ocurrida
el 8 de octubre de 1969, murieron los militantes tupamaros Jorge Salerno, Alfredo Cultelli y
Ricardo Zabalza.
156
Memorias del Movimiento Coordinador de apoyo a “los Peludos”: algunas fechas...
Pero Raúl es también la lucha armada, en la hora que las papas quemaron y
es por eso, para darle alma y vida a su figura, que trajimos a este acto estos
fusiles viejos21 […] que jamás fueron rendidos, invictos incluso en medio
de la más cruel derrota, porque ellos simbolizan nuestro orgullo, nuestra
herencia, y aún en su modestia, con sus roturas actuales, a miles y miles de
compañeros y compañeras. Tal vez tan modestos y tan cicatrizados como
ellos que a la hora de la verdad lo dieron todo, como Raúl, absolutamente
todo (Mate Amargo: 11.5.1995, 3).
La figura del Che opera así como síntesis de la noción heroica señalada,
encarnando la entrega y el coraje, cualidades de lo heroico. Raúl Sendic, y los
tupamaros caídos en Pando, a su vez, junto a “miles” de militantes anónimos
unidos por un pasado común, reeditan la épica independentista, en su valor
(fusiles no derrotados a pesar de la derrota) y en su compromiso (“dar todo”,
cuando “las papas quemaron”, “a la hora de la verdad”).
Cuba es recordada, a su vez, como clave diferenciadora dentro de la pro-
pia izquierda. Para Germán Vidal22, la Revolución Cubana marca un punto
de quiebre en cuanto a la idea de revolución en un país donde esta opción no
estaba presente. El recuerdo establece un corte entre lo nuevo (a partir de la
experiencia cubana): “otras cosas para Uruguay”, y lo viejo (visualizado como
imposibilidad): el “batllismo se comía a todos los anarquistas”, los “partidos
comunistas y socialistas” “cuestionaban” la posibilidad de “triunfo” a través de
una “guerrilla”.23
Mirá, yo creo que en Latinoamérica, si bien todo el planteo cubano fue
muy discutido por los partidos comunistas y socialistas, hubieron cosas que
no pudieron evitarlas. La Revolución Cubana demostró todo el tema de
la guerrilla, todo el tema de la vanguardia, todo el tema de que es posible,
¿eh?, triunfar o llegar al gobierno. Y eso lo demostró la revolución cubana…
que eso era lo que estaba cuestionado, ¿eh? […] El apoyo a Cuba en aquel
momento era un poco lo que permitía tener una definición política, en
21
Referencia a los fusiles presentados en este acto, hurtados de la Aduana de Bella Unión en
1964.
22
Germán Vidal, militó inicialmente en el PSU (1953) y luego en el PCU (desde 1956). Fun-
dador del MIR en 1962, integró luego el Coordinador. Miembro del MLN-T.
23
Sin embargo, Eleuterio Fernández Huidobro (1986-87: t.1, 44-45), militante del MAC,
fundador del MLN-T e integrante de su dirección en distintos períodos (actualmente senador
por la Corriente de Acción y Pensamiento - Libertad, Frente Amplio), rescata los vínculos con
la izquierda de la que se provenía: “Al fin de cuentas formábamos parte de la izquierda uruguaya
y compartíamos sus penas y sus alegrías, sus aciertos y sus errores”.
157
Marina Cardozo Prieto
decir, bueno hacia adonde vamos, con respecto a la revolución, ¿no? […]
porque acá en Uruguay hablar de revolución era algo que no estaba, recién
se planteaba… pero no estaba porque el batllismo en este país fue el que
absorbió… se comía a todos los anarquistas, entonces era muy difícil hablar
de revolución y explicar la revolución, pero no así si uno le hablaba de la
Revolución Cubana, y entonces en el entorno de la Revolución Cubana fue
donde se fueron metiendo todos aquellos compañeros que se planteaban
otras cosas para el Uruguay... (entrevista a Germán Vidal).
Recordar al Coordinador
Aunque probablemente la red se constituyó sobre la base de varios objetivos,
es interesante constatar, en los recuerdos de los entrevistados, la disputa por la
significación del Coordinador: ¿espacio para la acción armada ilegal coordinada
o espacio semi-legal defensivo y de apoyo a la acción sindical especialmente
rural?
Una de las consignas que en el recuerdo comparten quienes lo integraron
rezaba: “la acción nos une, las palabras nos separan” (entrevistas a W. Rodríguez
Beletti, G. Vidal y Omar Puime)24. Ello implicaba diferenciarse de la izquierda
electoral, a la que se consideraba paralizada por discusiones y polémicas. Al
influjo de la Revolución Cubana el eje esencial de la coordinación pasó por “la
acción”. Ésta separó al organismo Coordinador de las concepciones sostenidas
por la izquierda tradicional. Jorge Torres25 señala:
Hasta entonces todos aquellos que discrepábamos con la dirección del
Partido Socialista, con los puteríos dentro del anarquismo, con los partidos
comunistas… ¿dónde más íbamos a ir que no fuera en la discusión y en las
palabras? La Revolución Cubana trae aquella posibilidad de saltar de las
palabras a la práctica, a la acción. Eso funciona como un pegamento entre
distintas organizaciones y encontramos una cosa con la cual comulgamos
todos: ¡la puta, así que se puede pasar de las declaraciones, los manifiestos,
24
Especialmente Rodríguez Beletti, atribuye el origen de esta consigna a Raúl Sendic. Omar
Puime, de origen anarquista, se acerca al MRO, y milita en el MAC desde 1963. Integra el
Coordinador y luego el MLN-T.
25
Jorge Torres, dirigente de la juventud batllista, se afilió luego al PCU donde integró el aparato
de seguridad y la redacción del diario El Popular. Fundador y Secretario General del MIR en
1962. Militó en el Coordinador. Se separó del MIR en 1964. Integró el MLN-T.
158
Memorias del Movimiento Coordinador de apoyo a “los Peludos”: algunas fechas...
esto, lo otro, a la acción! Y… eso da lugar al Coordinador” (entrevista a
Jorge Torres).
Algunos militantes destacan a su vez, en el marco del clima anticomunista
de inicios de los sesenta (Alonso y Demasi, 1986: 15-21), el hostigamiento
hacia la izquierda y la comunidad judía, y la incidencia de grupos violentos
de ultraderecha como el Movimiento Estudiantil de Defensa de la Libertad
(MEDL). Ricardo Elena26, por ejemplo, menciona específicamente los siguientes
acontecimientos: el atentado a la Universidad en octubre de 1960, atentados
a médicos judíos y el tatuado de svásticas con hojas de afeitar a militantes de
izquierda, como en el caso de Soledad Barret.27
La necesidad de una red de militantes surgía como reacción ante el clima
de violencia existente. Raúl Sendic, ante la pregunta: “¿Cuándo se crea el
MLN-T?” expresó: “Fue hacia 1963, cuando ya estaba en práctica la política
de descargar el retroceso económico sobre los sectores populares y de responder
a su descontento con represión policíaca y militar. Iniciamos entonces una
etapa de preparación para los duros tiempos que se avecinaban, previendo ese
choque” (Sendic: 1986, s/n).
En este testimonio puede observarse una operación de inclusión de la
trayectoria del Coordinador (1963-1965), al que no se menciona, dentro del
posterior MLN-T. Ello sugiere una “apropiación” de la memoria del Coordi-
nador, que es recordada como parte de la del MLN-T. Es relevante la fecha
del testimonio, ya que el MLN-T al retorno de la democracia se integró a la
competencia electoral, ingresando al Frente Amplio.
Según Julio Marenales28, de origen socialista e integrante de la red y organ-
ismo Coordinador, su creación expresó el apoyo a los trabajadores de la caña de
azúcar y a sus reivindicaciones, a la organización de sus marchas a Montevideo,
y a los planes de ocupación de tierras.29 El énfasis del testigo en este punto
26
Ricardo Elena, anarquista, en el período estudiado no era un militante orgánico de la
FAU. Integró el Coordinador desde sus inicios hasta junio de 1964. Posteriormente integró el
MLN-T.
27
Paraguaya, nieta de Rafael Barrett, exiliada en Uruguay, participó luego en la guerrilla Van-
guardia Popular Revolucionaria (VPR), en Brasil, siendo asesinada en 1973.
28
Julio Marenales, militó en el PSU e integró el Coordinador. Fue miembro del MLN-T y
participó de su dirección en diversos períodos.
29
UTAA bajo la conducción de Sendic, planifica la ocupación del latifundio de Silva y Rosas
(ubicado en Colonia Palma, Artigas, al norte del país). Este plan se frustró en 1962 y fue reto-
mado en 1963.
159
Marina Cardozo Prieto
guarda relación con la valorización de la acción sindical rural desplegada en
ese entonces por el PSU:30
El apoyo militante al movimiento de los trabajadores cañeros se agrupó en
un organismo que se denominó Coordinador, que precisamente, coordi-
naba la acción de las distintas personas que estaban realizando el trabajo
solidario. Ante el clima de violencia, y reiteradas violaciones a la legalidad
de las bandas fascistas con la complicidad policial […], los militantes del
Coordinador resolvieron actuar, llegando a no respetar las leyes vigentes,
y si fuera necesario, utilizando incluso procedimientos violentos” (http://
[Link]/mlnweb/[Link]).
Para Rodríguez Beletti, en cambio:
ahí se hablaba de que ya… se pensaba que había que formar una organi-
zación para tomar el poder por medio de las armas, ¿no? […]. El brazo
armado le decían [al Coordinador]... Siempre se pensó que era el brazo
armado de la izquierda. El Bebe [Raúl Sendic] decía eso, siempre, ¿sabés?
[…] y ahí está eso de que [se agrandaban como] “calzón de vieja”… porque
no tiene dientes, entonces, los dientes, ¿quiénes éramos?, nosotros éramos
la dentadura ¿viste? Y entonces él decía: “el brazo armado de la izquierda”
(entrevista a Washington Rodríguez Beletti).
Resulta interesante observar en el segundo testimonio la construcción
de la memoria individual a través de otras memorias, que se constituyen en
“acervo grupal”: “le decían”, “se pensó”, “él decía”, “éramos nosotros”. Señala
Jelin acerca de “las capacidades de recordar y olvidar”: “Estos procesos […]
no ocurren en individuos aislados sino [en los] insertos en redes de relaciones
sociales, en grupos, instituciones y culturas: de inmediato […] el pasaje de lo
individual a lo social e interactivo se impone” (Jelin, 2001:s/n).
La noción de “brazo armado” mencionada en el testimonio anterior, ex-
presa, a su vez, la vinculación entre el Coordinador y la izquierda tradicional.31
Es posible conectar dicha noción con la situación de algunos integrantes del
30
En especial, Sendic, fue determinante en la creación de UTAA, algunos de cuyos militantes
como Antonio Bandera Lima, Juan Bentín, Atalivas Castillo, Walter González, Nelson Santana
y Julio Vique, tuvieron vinculación con el Coordinador, si bien no participaron orgánicamente
en la red.
31
Por otra parte, en las entrevistas surge la referencia a la existencia de “grupos de autodefensa”
en el PCU y el PSU. Ante la pregunta de si existían estos grupos en el PSU, señala Chifflet:
“Si, correcto, sí. […] hubo en todos los partidos, había necesidad de cuidar” (entrevista a G.
Chifflet).
160
Memorias del Movimiento Coordinador de apoyo a “los Peludos”: algunas fechas...
Coordinador, que participaban de la red al tiempo que continuaban afiliados
a sus partidos de origen, lo que los militantes llamaban la “doble militancia”.
Según recuerdan varios entrevistados esto sucedía fundamentalmente con
militantes de origen socialista:32
No, no se la llevaba nadie a los socialistas… fue una discusión de… todos
entendían que tenían que salir del Partido Socialista, la gente del MAC,
los anarquistas, la gente del MIR. No se entendía la doble militancia. Del
mismo modo que nosotros nos habíamos ido del Partido [Comunista], o
el flaco Beletti y los otros se habían ido de la UJC33… ¡No tenía sentido que
vos siguieras allá y con un pie en cada lado! (entrevista a Jorge Torres)
El testimonio de Torres establece un corte entre los socialistas (con vínculos
no “resueltos”) y los otros militantes (separados efectivamente de sus partidos
u organizaciones originales). Esta diferenciación podría operar como una
forma de contrarrestar el discurso según el cual el MLN-T (“custodio” de la
memoria del Coordinador) se habría desarrollado esencialmente a partir del
grupo de militantes de origen socialista (Gilio, 1970; Harari, 1986: 59-60).
En este sentido se expresa Jorge Torres (2002: 333): “El origen de Tupamaros
es demasiado complejo y rico como para aceptar la simplificación que atribuye
el mismo a diferencias dentro del Partido Socialista, o a un menos verdadero
origen cañero”.
La “doble militancia” generó fricciones al interior del Coordinador, siendo
criticada la existencia de “cordones umbilicales” que comprometían la acción
coordinada. En relación con lo anterior, Puime destaca el sentido de pertenencia
de los militantes (“compromiso”) respecto de la red coordinadora, y su dife-
renciación de la izquierda no armada (“acciones”, “secreto”, “clandestinidad”,
“compartimentación”):
había compañeros que tenían relaciones con sus partidos políticos y
empezaron a haber acciones en las cuales teníamos que tener un secreto,
[en] un movimiento que es clandestino, […] que es compartimentado,
evidentemente esos militantes no pueden estar teniendo relación con
un Partido porque evidentemente hay un compromiso. Entonces hubo
necesidad de ir cortando un poco ese cordón umbilical […] (entrevista a
Omar Puime).
32
Entrevista a A. García. Entrevista a O. Puime. Entrevistas a J. Torres. Los testimonios, men-
cionan además, militantes del MAC con vínculos con el MRO (Torres) y anarquistas vinculados
a la FAU (Puime y Torres).
33
Unión de Juventudes Comunistas (UJC): juventud del PCU.
161
Marina Cardozo Prieto
Para Torres y Vidal, el Coordinador tenía un horizonte revolucionario.
En ambos testimonios se visualiza una continuidad entre la trayectoria del
Coordinador y la del MLN-T. Nuevamente la memoria sobre el Coordinador
es vista como parte de la del MLN-T:
Iba mucho más arriba, digamos. […].Yo he sostenido alguna vez que…
ante el escándalo de algunos compañeros, que todo ese proyecto que co-
mienza a elaborarse [desde el año] sesenta y tres en adelante es el proyecto
de cambio de país más importante que hubo en el Uruguay desde… el
cese de la dominación española, ¿viste? No hay ninguna organización ni
partido que haya, que se haya propuesto realizar esa calidad de cambios que
planteó el MLN. Y bueno, obviamente, el papel que podían jugar en todo
ese proyecto las bandas fascistas era mínimo (entrevista a Jorge Torres).
Fundamentalmente ahí no había nadie que no fuera un revolucionario.
[…] era cierto, acá habían dos militares uno blanco y uno colorado que
dos por tres hablaban de golpes, […]: Aguerrondo y el viejo Ribas […].
Y nosotros no nos organizamos para responderle a Aguerrondo ni al viejo
Ribas. […] Nosotros nos profundizamos pero para hacer la revolución. Por
lo menos yo no conozco a nadie, no conozco a nadie que no se planteara
la revolución en el grupo (entrevista a Germán Vidal).
Si bien los militantes entrevistados integran al Coordinador en la memoria
del posterior MLN-T, (“apropiándose” la memoria del Coordinador, en tanto
que miembros del MLN-T), no otorgan a dicha memoria el mismo sentido.
Recuerdan al Coordinador desde ángulos contrastados. Ello guarda relación con
los orígenes de los militantes en cuanto a su pertenencia inicial, sus relaciones
anteriores con otros partidos o movimientos, y también su ubicación política
actual en relación con el gobierno del Encuentro Progresista-Frente Amplio.34
Como expresa Jelin: “La lucha por el sentido del pasado se da en función de la
lucha política presente y los proyectos de futuro. Cuando se plantea de manera
colectiva, como memoria histórica o como tradición, como proceso de confor-
34
En 1994 el Frente Amplio creó el Encuentro Progresista (EP), “alianza del Frente Amplio
con sectores de centro-izquierda del Partido Nacional y del Partido Colorado, y con un sector
del Partido Demócrata Cristiano” (Garcé, 2006: 124-125). El EP-FA triunfó por primera vez
a nivel nacional en las elecciones de octubre de 2004. El Movimiento de Participación Popular
(sector creado en 1989 y que lidera el MLN-T), si bien opuesto a la creación del EP en 1994,
se constituyó en 2004, en la primera fuerza de la coalición, con 30% del total de su electorado.
No obstante, entre 1990 y 1999, el MLN-T sufrió importantes desgajamientos de dirigentes
y militantes.
162
Memorias del Movimiento Coordinador de apoyo a “los Peludos”: algunas fechas...
mación de la cultura y de búsqueda de las raíces de la identidad, el espacio de
la memoria se convierte en un espacio de lucha política” (Jelin, 2005: s/n).
El “Tiro Suizo” en la Suiza de América y los “Robin Hood”
uruguayos
Desde el recuerdo de los entrevistados, el principal evento del período es-
tudiado fue el asalto al Club de Tiro Suizo de Nueva Helvecia (Departamento
de Colonia) realizado el 31 de julio de 1963:
…Típica, típica fue el asalto al Tiro Suizo (entrevista a Ricardo Elena).
Mirá que marcó la cosa… yo creo que lo que marcó fue el Tiro Suizo. La
acción que más marcó desde el comienzo hasta el final. En este país nunca,
nunca había pasado nada… (entrevista a Germán Vidal).
El Coordinador existe, y hay dos pruebas de su existencia que son producto
del Coordinador: una es el Tiro Suizo… ¿mmm? La otra es la revista Barri-
cada, de la cual yo soy el redactor responsable (entrevista a Jorge Torres).
En parte de la bibliografía y testimonios escritos, el “Tiro Suizo” figura como
la acción que determinó la formación del Coordinador (Rey Tristán, 2005:
104-105; Blixen, 2000: 86-87; Fernández Huidobro, 1986-87, t.1: 82-83/106).
Muchos entrevistados señalan, sin embargo, que la red venía gestándose du-
rante el transcurso de 1963, a instancias de reuniones de las que participaban
grupos y militantes.35 A su vez, el “Tiro Suizo” habría incluido elementos de
coordinación: intervención del MAC, de militantes independientes, de otros
cercanos a Sendic y del MIR, que proporcionó infraestructura.36
¿Por qué el Tiro Suizo constituyó un acontecimiento que marcó profun-
damente a los integrantes de la experiencia del Coordinador?
Como dijo Navillat37, ese es el Moncada nuestro. En un país donde no…
había una dictadura, donde… la gente era pacífica, no había que asaltar el
35
Algunos militantes señalan particularmente la reunión donde se planificó el Tiro Suizo,
realizada en el sótano de “El Rulo Lacio” peluquería de Carlos Rivera Yic, en el barrio de clase
obrera La Teja.
36
Para H. Mejías Collazo no hubo coordinación y la acción se realizó principalmente a través
del MAC y “gente de Sendic” (entrevista a H. Mejías Collazo).
37
Anarquista independiente, integrante del Coordinador y miembro del MLN-T. Falleció hace
algunos años.
163
Marina Cardozo Prieto
cuartel del Moncada, matando gente […]. Y fue el símbolo […] porque ¡fue
un escándalo! Sesenta no sé cuántos eran, fusiles robados en una noche…
que… quieren hacer la revolución armada en el Uruguay. Sirvió para ver quién
era quién, quién estaba a favor, quién en contra, quién gritaba más, quién
gritaba menos. El fin era que supieran que alguien había robado las armas, y
que no eran chorros. Fue una acción de neta propaganda revolucionaria. La
verdad que salió, se supo internacionalmente que había gente que protestaba
contra el statu [quo]. Y… si no, se sabía, seguían reprimiendo, como lo hacían
igual, a los obreros cuando hacían huelga, a esto, lo otro y no pasaba nada
(entrevista a Ricardo Elena).
Y fue una cosa linda eso […] fue… la Sierra Maestra nuestra ¿sabés? Lo
que nos catapultó porque hasta ahí nadie hablaba nada […] por que a
partir de eso… ya eso fue todo un símbolo, el Tiro Suizo ¿viste? Acá no
había nada… (entrevista a Washington Rodríguez Beletti).
Y fue importante porque hace que un grupo de gente pase a la acción…
un grupo... que si bien se había hablado… nunca había… Y una de las
cosas que la policía por ejemplo, tuvo dificultad era que ¡ninguno de
los compañeros tenía antecedentes policiales! Es decir… acá hubo una
cuestión que evidentemente les llevó un tiempo a ellos, darse cuenta de
que estaban en presencia de un grupo que perseguía fines que no eran
evidentemente como los de los delincuentes comunes. La forma en que
se hacía… tratábamos de no tener víctimas porque era ¡un movimiento
que era profundamente humanista!... tratábamos de que nadie pagara si
no tenía nada que ver. Y tratar de, en el accionar mismo, hacer pensar a
la gente ¿no? Y fue el comienzo del comienzo […] Es decir, el pasar un
poco a un compromiso y decidirse a…. pensar en el conjunto ¿no? de los
compañeros. Fue un compromiso realmente de… militante… de decir
con los hechos que éramos capaces de salir de nuestras cosas cotidianas
para realizar una cosa que fuera extraordinaria en cuanto a salir de nuestro
hábito de vida, ¿no? Es decir el comienzo de un compromiso que podía
ir lejos. En ese momento pensaba que era el comienzo de una larga etapa,
¿no? Y bueno, y así fue… (entrevista a Omar Puime).
Encontramos la evocación a una acción fundante o generadora que se re-
mite al ejemplo cubano: Sierra Maestra, Moncada (aunque un Moncada sin la
necesidad de violencia del original). El peso simbólico descansa en el hecho de
pasar a la acción, más que en su éxito o fracaso. De hecho, las armas robadas
(33 fusiles) casi no fueron utilizadas ya que muchas de ellas fueron incautadas
por la policía a partir de un accidente de tránsito que involucró a parte de los
164
Memorias del Movimiento Coordinador de apoyo a “los Peludos”: algunas fechas...
participantes, dejando en descubierto la acción. A su vez, eran armas muy viejas
y en su mayoría carecían de percutor.
El pasaje a la acción es contrastado por el recuerdo de que “en este país,
nunca, nunca había pasado nada”, “acá no había nada”, “no pasaba nada”. Se
trató de un acontecimiento fuera de lo común, tanto en el plano personal de
quienes participaron como en el plano colectivo: “decir con los hechos que
éramos capaces de salir de nuestras cosas cotidianas para realizar una cosa que
fuera extraordinaria”, “salir de nuestro hábito de vida”. La oposición entre la
inacción anterior (del Uruguay, de la izquierda, etc.) y el comienzo de la ac-
ción, del cambio, genera el “compromiso”: pasar de ser un grupo de gente, de
“compañeros”, a ser “militantes comprometidos”, a pensar en conjunto.
Este aspecto se ve reforzado especialmente por la noción de “ruptura de la
legalidad” en tanto que inmediatamente se define el carácter de dicha ruptura:
“¡ninguno de los compañeros tenía antecedentes policiales!”, “perseguía fines que
no eran evidentemente como los de los delincuentes comunes”, “que supieran
que alguien había robado las armas, y que no eran chorros”.
Como objetivos del accionar figuran: contestar al sistema percibido como
injusto y represivo, y “tratar de hacer pensar a la gente”. La noción de vio-
lencia recordada es particular y, en parte, da cuenta del imaginario social
de un Uruguay amortiguado (Real de Azúa, 1984), en sus conflictos; “no
había que asaltar el cuartel del Moncada, matando gente”, “no había una
dictadura” y “la gente era pacífica” (a pesar de que “seguían reprimiendo, a
los obreros cuando hacían huelga”). La forma del accionar traduce a su vez,
los objetivos propuestos: “tratábamos de no tener víctimas porque era un
movimiento profundamente humanista, tratábamos de que nadie pagara si
no tenía nada que ver”.
Si bien los entrevistados citados coinciden en señalar la importancia del Tiro
Suizo, algunos de ellos resaltan sus repercusiones hacia “afuera” (a nivel local e
internacional), destacando incluso que se trató de una acción de propaganda
armada. Otros, en cambio, hacen referencia a efectos más “interiores” de la
acción, relativos al compromiso de grupo (“el comienzo de un compromiso
que podía ir lejos”, “era el comienzo de una larga etapa”). El sentido “interior”
de la acción se expresa también en el siguiente texto, que refleja la sensación
de compromiso más “inmediato”: “…algo pasaba a comprometernos profun-
damente. Éramos codueños de un patrimonio peligroso y comprometedor.
Èramos copartícipes de un secreto en el que nos iba la libertad. Todos pasá-
bamos así a depender de la discreción de los demás” (Fernández Huidobro,
1986-87: t1, 82-83).
165
Marina Cardozo Prieto
En una posición diversa, desde el recuerdo de Guillermo Chifflet, dirigente
del PSU, el asalto al Tiro Suizo fue una acción para conseguir armas con un
propósito de autodefensa, relacionado con el plan de ocupación de tierras de
los cañeros. El PSU solicitaría las tierras ocupadas a través del parlamento. Al
negar Chifflet la existencia del Coordinador, como ha sido señalado antes, el
Tiro Suizo, evocado como acción defensiva es vinculado expresamente a la
actividad del PSU en el área sindical rural:
Se dice, dicen los del MLN inclusive, que el primer acto del MLN fue el
asalto al Tiro Suizo para tomar un grupo de armas. ¡No es así! El asalto al
Tiro Suizo fue por lo siguiente: Sendic trabajaba con los cañeros […] se
sabía cual era la situación en los feudos de Silva y Rosas, una situación de
explotación […] y que como tenía policía particular, Silva y Rosas, gente
armada particular, había que tener algo por lo menos para mostrar, por
lo menos para defenderse, para que no utilizaran la violencia. En cuanto
ocuparan esas tierras, Vivián Trías38 iba a plantear en el Parlamento el tema,
reclamando que se les diera tierras. Esto estaba concertado prácticamente!
antes… pero fracasa el Tiro Suizo. Cae preso Sendic,39 cae preso el dueño del
auto que se lo facilitó a Sendic, que era nada menos que Humberto González
Perla, que fue nuestro diputado […] Es decir, era una cosa totalmente concer-
tada entre compañeros. No era para organizar una guerrilla. Era simplemente
en esa actitud de defensa (entrevista a Guillermo Chifflet).
Entre las acciones realizadas por el Coordinador, entre 1963 y 1965, los
entrevistados recuerdan, además del asalto al Club de Tiro Suizo, expropiaciones
de bancos, hurtos de armas, la liberación de Sendic y de dos militantes de la
UTAA detenidos en Paso de los Libres (Provincia de Corrientes, Argentina)
a pedido del Gobierno uruguayo, atentados con petardos o explosivos ante
diversos acontecimientos locales e internacionales, y por último, expropia-
ciones de comestibles (muchas de ellas a Manzanares)40, y de juguetes, para
su reparto en cantegriles.41 Otros entrevistados han señalado que las acciones
menos compartidas por algunos de los grupos integrantes del Coordinador,
eran aquellas donde se planteaba el uso de petardos o bombas contra edificios
38
Vivián Trías, intelectual, dirigente y parlamentario del PSU.
39
En realidad Sendic no cayó preso a raíz del Tiro Suizo, permaneciendo clandestino durante
el período estudiado (si exceptuamos su detención en Argentina, en diciembre de 1964, sin que
finalmente lo extraditasen a Uruguay).
40
Conocida cadena de almacenes en el Montevideo de los años sesenta.
41
Barrios populares localizados en zonas marginales, con viviendas precarias y ausencia de
servicios urbanos.
166
Memorias del Movimiento Coordinador de apoyo a “los Peludos”: algunas fechas...
significativos (ya que no contra personas)42. Este tipo de acciones muchas veces
no lograban el apoyo coordinado, siendo realizadas por los grupos en forma
autónoma: son las acciones más “olvidadas” o menos nombradas en el recuerdo
de los entrevistados.
Al evocar los momentos que consideran más significativos del Coordinador,
casi todos sus militantes señalan especialmente el Tiro Suizo y los repartos de
víveres.43 ¿Cómo recuerdan los militantes estos repartos?
Harina, budines, todo… Yo me acuerdo que nos subimos al ómnibus y
yo me miro de repente y estaba toda blanca […] claro porque no lo traían
sólo para nosotros el pedido, no. Nosotros habíamos encargado budines y
cosas pero había… otros pedidos, ¿viste? Imaginate que vos haces cosas en
Navidad, y más con harina entonces… ¡tá, aquello! …venían con palan-
ganas… ¡todo traían…las ollas! (entrevista a América García)44.
Fue... una de las acciones más hermosas, ¿no? Se formó una comisión de
damas que eran las compañeras […] y fueron a Manzanares y plantearon
de que iban a hacer un pedido para un Club blanco ahí en Aparicio Saravia
y Timbúes […] era un cantegril grande que había, enorme […] determi-
nada cantidad de alimentos, pan dulce, turrones, todas esas cosas ¿no?
Tenían que llevarlo a ese lugar, y bueno salió Manzanares, ese día, un 24
de diciembre, iba cargado el camión con todo el pedido para el reparto de
todo el día. Y ahí estaban esperando, se copó el camión y había bastantes
compañeros allí para hacer el reparto, ¿no? pero no tuvieron necesidad,
porque cuando en seguida agarraron la onda los vecinos, vaciaron todo
ellos, ¡le robaron hasta el toldo del camión! Pero... ¡fue muy lindo…! No
sé, es un acto muy limpio, muy justo… ese sentimiento, ¿no? Además el
agradecimiento de los vecinos que enseguida agarraron la onda (entrevista
a Hebert Mejías Collazo).
Lo interesante es que uno... antes de pasar a esa acción, pensaba en un
montón de detalles que después […] no tuvieron nada que ver. Por ejemplo
pensábamos, bueno… ¿cuánto tiempo nos llevará vaciar un camión lleno
de pan[es] dulces, de azúcar de aceite, de…?, ¿ tenemos que avisar a una
gente de los cantegriles? […] ¿cuánto tiempo?, ¿veinte minutos, media
hora? y eso nos llevaba a una discusión que… en definitiva, cuando el
42
Entrevista a H. Mejías Collazo.
43
Es interesante notar, en línea con lo señalado hasta aquí, que en varias ocasiones, son evocados
acontecimientos que corresponden al período posterior: a la trayectoria del MLN-Tupamaros.
44
América García militó en la Juventud Socialista. En 1963 se integró al MRO, militando luego
en el MAC. Integró el Coordinador. Fue miembro del MLN-T y luego de la OPR-33.
167
Marina Cardozo Prieto
camión llegó… ¡no quedaron ni las ruedas! En cinco minutos los chiqui-
lines llenaban bolsas de azúcar y se llevaban para las casas, harina, vino [un
olor a] torta frita a los diez minutos ¡que…! Pero… para nosotros era un
poco… como te voy a decir…por lo menos ese día… la gente va a comer
un pan dulce, ¿no? (entrevista a Omar Puime).
¿Por qué los “repartos” –y en especial este reparto realizado el día de No-
chebuena de 1963– son recordados como momentos especiales? Se trata, la
Nochebuena, de una de las fechas principales del calendario cristiano. En este
sentido no deja de ser importante considerar la formación cristiana previa (en
colegios y liceos religiosos) de varios integrantes del MAC, que fue el grupo del
Coordinador que realizó este reparto. Los entrevistados evocan sentimientos de
alegría y de regocijo, y recuerdan a su vez, la alegría y la gratitud de los vecinos
del cantegril. Además de “comida, harina, azúcar, aceite” se reparten alimentos
“de lujo”, a los cuales la gente del cantegril no tenía acceso: “turrones, pan dulce,
budines”. Es el recuerdo de un día especial, que guarda relación con una fecha
especial: “por lo menos ese día la gente va a comer un pan dulce”. Los vecinos
creían que el reparto tenía un carácter casi milagroso, y “religioso”, lo que sor-
prendió entonces y provoca hilaridad ahora a una participante al recordar que
una vecina del cantegril, decía refiriéndose a ella: “¡Parece una virgencita!…
¡Una virgencita parece!” (entrevista a América García).
Los entrevistados recuerdan casi con sorpresa la celeridad de los habitantes
del cantegril en dar cuenta no sólo de la carga del camión sino del propio ve-
hículo; la imagen expresa un afán de auto-reparación de parte del cantegril: ya
no es necesario que los militantes realicen el reparto, lo hacen los habitantes del
cantegril. La sorpresa da cuenta también de la distancia objetiva entre “repar-
tidores” (discutiendo en forma teórica como sería el reparto) y “beneficiarios
del reparto” (“en seguida agarraron la onda los vecinos”) distancia que se salva
en parte a través de la “idealización” de los “repartidores”:
En esa etapa que uno idealizaba las cosas pensábamos que una de las cosas
que recompensaba a esa gente era llevarle comida, llevarle pan dulce el día
de Nochebuena. Y la acción de hacer que esta realidad vaya cambiando
[…], darle cosas a la gente que no tiene, tratar de revertir la injusticia que
había en esa época, ¿no? (entrevista a Omar Puime).
Según recuerdan (y concuerdan) los entrevistados, alguna prensa, a pos-
teriori, llamó “Robin Hood”45 a los participantes de estas acciones (ellos se
45
La revista estadounidese Time, publicó en mayo de 1969 un artículo sobre el MLN-T refi-
riéndose al movimiento como “los Robin Hood de la guerrilla” (Garcé, 2006: 17).
168
Memorias del Movimiento Coordinador de apoyo a “los Peludos”: algunas fechas...
autodenominaban “comandos”46). Las nociones de justicia y reparación están
en la base de las acciones de reparto en el marco de una sociedad vista como
desigual e injusta: el fin de la Suiza de América.47
La Juventud Artiguista o… algo que nos pusieron… las (sic) Robin Hood…
que hacemos las primeras expropiaciones en Manzanares […]. Sacamos al
que tiene para el que no tiene, como una cosa muy básica, muy elemental
(entrevista a América García).
El Uruguay se... En ese momento fue un viraje muy grande que hubo…
hubo un empobrecimiento enorme de distintas capas sociales, empeza-
ron... a… […] a darse cuenta que el Uruguay no era la Suiza de América
¿no? Que era un país bastante… con mucha pobreza. Y nosotros […]
empezamos a dedicarnos un poco a llevarle comida a los cantegriles…
Los comandos que les llamaban los Robin Hood… en los diarios, y eso…
(entrevista a Omar Puime).
Palabras finales
Durante los años en que se desarrolló el Coordinador (1963-1965) no
existía el MLN-T, y múltiples posibilidades estaban abiertas. Sin embargo, en
el presente (y a lo largo de la historia del movimiento, especialmente después
de la dictadura), el Coordinador es recordado como parte de la historia del
MLN-T y su recuerdo incluido en su propia trayectoria. La “apropiación”
de la memoria de la red, que relega al olvido a quienes habiendo participado
de la misma no adhirieron al MLN-T en su creación, también invisibiliza al
Coordinador. En este sentido, durante el decenio que va de 1986 a 1996, el
46
Particularmente, el del día de Nochebuena de 1963 se autodenominó: “Comando Juvenil
José Artigas”.
47
Durante la década de 1950 se afianzó la noción colectiva de vivir en un país excepcional
(“Como el Uruguay no hay”, “La Suiza de América”). Perelli y Rial (1986) distinguen cuatro
mitos predominantes en aquellos años: el mito de la medianía (construido sobre la idea del pre-
dominio social de las capas medias); el mito de la diferenciación (basado en la autopercepción
como “europeizados uruguayos”: ni latinoamericanos ni europeos); el mito del consenso o de la
democracia (o también “mito del respeto a las reglas y mantenimiento de un estado de derecho”)
y el mito del país de “culturosos” (apoyado en la noción de la existencia de una sociedad “de
capas medias” “culta” y educada).
169
Marina Cardozo Prieto
periódico oficial tupamaro Mate Amargo no hace referencia a casi ninguno de
los momentos claves de aquella trayectoria.48
A excepción de la charla brindada en 2006 en el liceo de Nueva Helvecia
por Homero Viera, diputado nacional por el Movimiento de Participación
Popular, y sus repercusiones políticas, no hay referencias públicas ni conme-
moraciones en relación con el asalto al Club de Tiro Suizo, uno de los eventos
más significativos (según sus militantes) del período del Coordinador.
Su “olvido” expresa, en buena medida, la necesidad del MLN-T, a partir
de la post-dictadura y como reflejo de su opción por el sistema democrático,
de no rememorar los inicios de la ruptura de la legalidad. Y en parte, quizá
también, el “olvido” del Coordinador habilita la exclusión de la memoria de
quienes, integrantes del mismo y luego miembros del MLN-T, no compartie-
ron las propuestas del MLN-T de la post-dictadura, o discrepan con su actual
desempeño en el Gobierno.
Entrevistas
Guillermo Chifflet, Montevideo, 20/9/2006.
Ricardo Elena, Montevideo, 12/9/2006 y 9/9/2007.
América García, Montevideo, 10/9/2007.
Hebert Mejías Collazo, Canelones, 23/9.2007.
Omar Puime, Montevideo, 21/9/2007.
Washington Rodríguez Beletti, Montevideo, 21/9/2006.
Jorge Torres, Montevideo, 5/9/2007 y 19/9/2007.
Germán Vidal, Montevideo, 22/10/2006.
Bibliografía y documentación citada
Actas Tupamaras (2003): Una experiencia de guerrilla urbana, Buenos Aires,
Cucaña.
48
Con la excepción de la exhibición de fusiles obtenidos en el robo de la Aduana de Bella Unión,
en diciembre de 1963, en un acto realizado en ocasión de un aniversario de la muerte de Raúl
Sendic. (Mate Amargo, 4 y 18/V/1995).
170
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El Popular, 1963, Montevideo, Uruguay.
El Sol, 1963-1964, Montevideo, Uruguay.
El Telégrafo Mercantil 1963, Paysandú, Uruguay.
Época, 1963-1964, Montevideo, Uruguay.
Marcha, 1962-1964, Montevideo, Uruguay.
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173
VI
Cultura y representaciones
Invención y circulación del Plan Andinia
(Argentina y Chile, 1960-1976)1
Ernesto Bohoslavsky
Una revelación impactante se difundió en la prensa argentina en 1972. Los
judíos tendrían en mente un plan para crear un Estado alternativo, disponible
para cuando Israel fuera derrotado por las fuerzas militares combinadas de los
países árabes. El espacio que se destinaría a tal efecto serían las provincias del
sur argentino. La nueva Jerusalén sería la ciudad de Bahía Blanca y el nombre
del segundo Judenstaat tendría pocas resonancias bíblicas: Andinia. El joven
Estado lograría independizarse de Argentina merced a la intervención de
Washington y de Moscú, que se encontraban, según se decía, completamente
dominadas por el lobby judío. La viabilidad económica del nuevo país estaría
asegurada por su gran capacidad económica y por la posibilidad de utilizar a la
Antártida como un gigantesco freezer en el cual almacenar granos y especular
con su cotización.
Pocos años después miembros de los “grupos de tareas” que operaron en
Argentina consideraban al Plan Andinia tan real como el Manifiesto Comunista.
El 8 de noviembre de 1974 el jefe de policía de la Provincia de Río Negro,
Benigno Ardanaz, giró a todas las comisarías una circular en la cual daba cuen-
ta del accionar del Gran Sanhedrín judío que controlaba a la Argentina y el
mundo sirviéndose del comunismo y la masonería. La “Orden del día 5.134”
postulaba que desde entonces comenzaba “la guerra contra los judíos, masones
1
Quisiera agradecer al resto de los compiladores de este libro, así como a los miembros del grupo
de historia reciente de la Universidad Nacional de General Sarmiento sus comentarios a una
versión previa de este texto. Valeria Galván, con enorme generosidad me facilitó documentación
que había revisado para su investigación. Agradezco a Martín Lardone haberme traído docu-
mentación desde la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Las traducciones que aparecen
en este texto son de mi responsabilidad.
177
Ernesto Bohoslavsky
y comunistas desvirtuando sus diabólicos planes” (Informe [Link]. 1999;
Meyer 1976; Río Negro 2005). Prisioneros del último régimen militar, como
Jacobo Timerman o Juan Ramón Nazar fueron interrogados por su supuesta
participación en el Plan Andinia (Informe [Link]. 1999; Timerman
1982). La revista Restauración, el periódico Génesis –con publicidad de la Liga
Árabe– y varios diarios provinciales difundieron en 1976 el plan, siguiendo
información proveniente de la agencia española EFE (Meyer 1977). El viejo
nazi Franz Pfeiffer, quien visitó la capital argentina en 1978, comentó que un
“grupo de rabinos” había propiciado la creación de un Estado llamado Andinia,
por lo cual fue “fácil que los árabes encuentren gran apoyo en su lucha contra
Israel” (Gheyn 1978). El asunto no terminó con la restauración democrática. A
mediados del mandato de Raúl Alfonsín se denunció que existían planes para
poblar la Patagonia con tres millones de habitantes soviéticos de origen judío.
El proyecto de traslado de la capital a Viedma en 1987 fue señalado como el
desencadenamiento del Plan Andinia por un esotérico nazi chileno (Anónimo
1987; Serrano 1994). El 12 de septiembre de 2003 Infobae informó que el jefe
del Ejército argentino, el teniente general Bendini, había dado un discurso en el
que señalaba que fuerzas israelíes estarían interesadas en ocupar la Patagonia. Lo
propio expuso en su página web en 2005 la Organización Islámica Argentina,
que denunció que en la Patagonia argentina y chilena se estaba creando un
segundo Estado judío (Kollmann, 2005).
¿Quién pergeñó tamaña fábula? Hasta hoy se había sostenido que el Plan
Andinia había sido inventado por el economista cordobés Walter Beveraggi
Allende en 1972 (DAIA 1972:8; Perednik 1999:163; Senkman y Sznajder
1995:189 y 214). Según Leonardo Senkman (1989: 114 ss.) la intentona de
Beveraggi Allende apuntaba a desarrollar una “demagogia desviacionista” funcio-
nal tanto a las “burocracias sindicales peronistas” como a la derecha nacionalista
antiperonista, ambas estaban amenazadas por el proceso de movilización política
desde abajo. Este artículo intentará mostrar que el origen del “Plan Andinia” es
por lo menos diez años anterior, y que Beveraggi Allende en realidad sólo fue
un difusor entusiasta del infundio: sus inventores fueron allegados y familiares
de Adolf Eichmann, residentes en Argentina.
Los Eichmann en Argentina (1950-64)
Tras abandonar el campo de concentración que dirigía en Checoslovaquia
en 1945, Adolf Eichmann se ocultó durante tres años en el norte de la Alemania
178
Invención y circulación del Plan Andinia (Argentina y Chile, 1960-1976)
ocupada (Abós 2007: 23). Gracias a la ayuda de quiera era rector del Colegio
Alemán de Santa Maria dell’Anima, en Roma, el obispo Alois Hudal, consiguió
un pasaporte de la Cruz Roja que le franqueó el ingreso a Buenos Aires (Jackisch
y Mastromauro 2000; Meding 1999). La salida vía Roma fue parte de la “ruta
de las ratas” o ratline, que implicaba –al menos– la vista gorda del Vaticano para
el escape de jerarcas nazis y colaboracionistas (Sanfilippo 1999). De acuerdo
con Buchrucker (2002: 60), la elección de Argentina como destino para los
criminales de guerra y colaboracionistas no obedecía tanto a una decisión previa
de los líderes del Reich, tal como ha sostenido la bibliografía más sensacionalista
sobre el tema, sino a razones un poco menos ideológicas como la fama de que
el país era de “tipo europeo” y que la próspera colectividad alemana estaba bien
conceptuada en la sociedad argentina. De hecho, en los primeros diez años de
posguerra ingresaron a la Argentina 15.000 austriacos que no necesariamente
tenían antecedentes nazis (Jackisch y Mastromauro 2000).
Durante su estadía en la Argentina, Eichmann tuvo contactos con otros
nazis y colaboracionistas que se habían refugiado en el país, como el médico
Josef Mengele y Willem Sassen.2 Eichmann trabajó en diversas tareas para
sobrevivir: hizo estudios hidrológicos en la selva de Tucumán, reparó autos en
un taller mecánico en Buenos Aires, puso –con poca suerte– una lavandería y
fue inspector de la Mercedes Benz. En 1955 inició un fallido negocio de cría
de conejos a 600 kms al sudoeste de la capital, asociado a Franz Pfeiffer, otro
viejo SS.3 La vida económica de Eichmann en el gran Buenos Aires parece haber
sido algo estrecha al punto que un agente del Mossad que lo espiaba en 1960
desconfiaba de que fuera en realidad el hombre que buscaban. La casa de la
calle Garibaldi al 6000 en el partido de San Fernando, en la que vivía entonces,
había sido construida por Eichmann y sus hijos en los fines de semana.
En 1952 llegaron al río de la Plata su esposa y sus tres hijos: Klaus nacido en
Berlín (1936), Horst Adolf (Viena, 1940) y Dieter Helmuth (Praga, 1942). En
2
Sassen actuó como propagandista del régimen pro-nazi en Holanda. Tras la derrota del Eje se
refugió en Argentina donde se encargó de grabar cerca de 600 cintas de entrevista a Eichmann,
que años después convirtió en artículos para la revista Life . Es el padre de la famosa socióloga
Saskia Sassen.
3
Tras su frustrado paso por la cunicultura, Pfeiffer se desplazó a Chile, donde se convirtió en uno
de los más importantes dirigentes del nacionalsocialismo local (Abós 2007:169). Poco después,
en 1957, formó una célula del Ku Klux Klan en Chile y fue fundador del Partido Nacional
Socialista Obrero Chileno. Cuando el partido desapareció, en la década de 1980, Pfeiffer creó
la Sociedad Científico Filosófica Interamericana, “de igual adscripción neonazi, pero replegada
a actividades culturales y reuniones sociales de adherentes. Su existencia se limita a Santiago”
(Saavedra Fuentes 2001-2002).
179
Ernesto Bohoslavsky
Buenos Aires nació en 1955 el cuarto de los hijos de Eichmann, Ricardo, quien
actualmente trabaja en el Departamento Oriente del Instituto de Arqueología
de Berlín. En el momento de la captura del Obersturmbannführer en 1960, sus
hijos más grandes tenían una vida social activa, pero recortada geográficamente
al norte del conurbano bonaerense y económicamente por los escasos ingresos
del padre (Abós 2007:196). Los jóvenes iban a bailar a Sunset, hacían deportes
en el Club Náutico y picnics en las playas de Olivos (donde la familia vendió
jugos de frutas los fines de semana en un esfuerzo por mejorar los ingresos).
La vida más o menos corriente que llevaba la familia Eichmann en San
Fernando se vio convulsionada cuando en mayo de ese año agentes del Mossad
capturaron al pater familias. A título de resguardo, los papeles personales de
Eichmann fueron entregados al colaboracionista belga Hugo Byttebier.4 Klaus
Eichmann dejó a su esposa e hija y viajó a Berlín donde realizó una defensa
pública de la actuación de su padre durante la guerra y luego intentó verlo en
Jerusalén (por ese episodio, en 1964 el filósofo Günther Anders, ex esposo de
Hannah Arendt, escribió el libro Nosotros, los hijos de Eichmann. Carta abierta a
Klaus Eichmann). El segundo hijo, Horst Adolf5, tenía vínculos con nacionalistas
locales y participaba de redes internacionales que vinculaban a viejos y nuevos
nazis como el World National Socialist Movement que dirigía George Lincoln
Rockwell. Esta afirmación se respalda en documentos de la época:
1) En abril de 1966 la revista Playboy entrevistó a Rockwell, quien indicó que, en Ar-
gentina, “Horst Eichmann, el hijo de Adolf Eichmann, es nuestro líder allí. Está
encarcelado o desaparecido, pero nuestro movimiento está creciendo allí”.6
2) En un ejemplar de 1963 de la revista que editaba el grupo neonazi dirigido por
Klaus Eichmann se reprodujo una nota de autoría de Rockwell, originalmente
4
Byttebier fue condenado a muerte en Bélgica como criminal de guerra, pero escapó a Argentina
en 1948. Los documentos que le había entregado la familia Eichmann se los cedió en 1991 a
David Irving, promotor del negacionismo del Holocausto, cuando visitó Buenos Aires. Murió
en esta ciudad en el año 2004 (Kiernan 2004).
5
Al momento del secuestro de su padre se encontraba en New York trabajando como marino
mercante. Allí conoció a la joven Elvira Pummer, con quien se casó según el rito católico en
1961 en Buenos Aires. La noticia del enlace matrimonial apareció en el famosísismo semanario
norteamericano Time. Cfr. La sección ‘Milestones’, del 1 de septiembre de 1961 de Time.
6
“George Lincoln Rockwell: Playboy Interview”, Playboy, April 1966:79. Según Rockwell, el
destino de encierro de Eichmann era compartido por dirigentes neonazis de Francia, Suecia,
Austria, Chile y Alemania.
180
Invención y circulación del Plan Andinia (Argentina y Chile, 1960-1976)
publicada en The Stormtrooper, el órgano oficial del American Nazi Party.7
3) Rockwell le habría ofrecido en octubre de 1962 al pequeño partido neonazi
dirigido por el joven Eichmann, la realización en Argentina del 2º Congreso
Nazi (Quiroga 1963). Según apuntaba una fuente neonazi, cuando le fue
negada a Rockwell la visa para participar del citado congreso, el episodio
redundó en un incremento del conocimiento público del Frente Nacional
Socialista Argentino (FNSA de aquí en adelante).
Frente Nacional Socialista Argentino: ¿banda neonazi o pyme
política?
Nacido pocos meses después del secuestro de Eichmann, según la inteli-
gencia policial este grupo tuvo un ámbito de acción “restringido al norte del
conurbano de Buenos Aires, en San Fernando”. El mismo analista sostuvo en
1964 que “la citada Agrupación Política carece de gravitación e importancia por
el momento”. Su domicilio legal quedó fijado en “Garibaldi s/n en intersección
con la ruta 202”.8 En febrero de 1962 el grupo empezó a editar Rebelión con
una primera tirada de 700 ejemplares. Sobre este grupo cayó la responsabilidad
del atentado contra la sinagoga en Florida, conurbano norte de Buenos Aires,
ocurrido en octubre de 1962. A finales de ese año la policía bonaerense sospe-
chaba que el FNSA estaba efectuando instrucción militar en la zona de Pilar.
Siempre según Rebelión, el súbito éxito político del FNSA implicó la ne-
cesidad de introducir mayor disciplina para mantener el secreto. Su principal
dirigente, Nicanor Dorrego9, decidió que Horst Eichmann apareciera como
“Jefe de las Tropas de Asalto”: su apellido tenía la suficiente connotación para
actuar como prenda de unión entre las distintas fracciones del nacionalsocia-
lismo argentino (Abós 2007). Franz Pfeiffer también reconoció que el joven
Eichmann actuó como líder del nazismo vernáculo, pero que su paso por la
7
Destaca la creación de la Unión Mundial de Nacional Socialistas con miembros de Argentina,
Chile, Uruguay, Estados Unidos, Reino Unido “y otra decena de países”. Rebelión, 10, Buenos
Aires, noviembre-diciembre, 1963.
8
Servicio de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, Mesa “A” Legajo 173,
Carpeta 37 “Frente Nacional-Socialista Argentino (Comando Liga Argentina Nacional Socia-
lista), f° 39 a 42.
9
¿Quién era Nicanor Dorrego, el líder del FNSA? Las versiones no son coincidentes. Según al-
gunos, era el nom de guerre de Klaus Eichmann (Elnecavé 1971:300), pero según otras versiones,
era el seudónimo de un tal Nicolás Dubrova del cual no hemos tenido mayor detalle.
181
Ernesto Bohoslavsky
militancia había resultado un poco decepcionante para la mística que tenía el
apellido: “el hijo de Adolf Eichmann era todo un símbolo y la gran mayoría
se sometió voluntariamente, sin hacer mayores preguntas […] más tarde seria
expulsado, por no considerársele de absoluta confianza” (Gheyn 1978). En
enero de 1964 Dorrego envió a Horst Eichmann, todavía Jefe de las Tropas de
Asalto, a visitar uno de los destacamentos del FNSA, en Alta Gracia, Provincia
de Córdoba. Entre las misiones encomendadas se encontraba la realización
de algunos ejercicios militares y otra de naturaleza más terrenal: recaudar las
cuotas de afiliación de los últimos meses y los fondos provenientes de la venta
de libros y ejemplares de Rebelión.10 Sin embargo, las disputas y celos entre los
líderes parecen no haber desaparecido con el encumbramiento del joven Horst
Eichmann, dado que se produjeron escisiones y divisiones dentro del FNSA.11 El
joven Eichmann fue detenido en 1964 por la policía de la Provincia de Buenos
Aires como cabecilla del partido.12
En el auto-relato del origen del FNSA podemos encontrar muchos de los
elementos comunes a otros grupos nacionalistas del período, tanto a nivel de
contenido ideológico como de uso de metáforas. Entre los puntos de vista co-
munes se encuentra el filoobrerismo, el catolicismo y el antisemitismo, y entre
los aspectos retóricos que organizan la narración hay que mencionar en primer
lugar la imagen del cruzado, dispuesto a inmolarse en una batalla desigual con-
tra los impuros. En esa tarea de deslinde entre buenos y malos el grueso de la
energía, el tiempo y las palabras, no está puesto en el combate contra el enemigo
sino contra el falso camarada, contra aquellos que “en apariencia” comparten
el mismo campo ideológico pero resultan ser potenciales traidores o débiles de
espíritu. No sorprende esta perspectiva si tenemos en cuenta que en 1962 y
1963 ya habían aparecido otros grupos de jóvenes de fuerte tendencia naciona-
lista y antisemita, como era el caso de Tacuara, que constituían la competencia
más fuerte del FNSA. En esos años Tacuara y sus desprendimientos sumaban,
como mínimo, a varios miles de jóvenes, un número que difícilmente hubiesen
podido congregar los hermanos Eichmann (Bardini 2002:cap. 5; Beraza 2005;
Gutman 2003; Padrón 2005).
En un volante difundido a inicios de 1964 se planteaba un cuadro de
situación decadentista.
10
Ídem, f° 40.
11
En octubre de 1963 fueron detenidos en Munro ex integrantes del grupo Yelpo, expulsados
por haber cometido delitos contra la propiedad. Ídem, fº 44.
12
Ídem, fº 39. Durante el allanamiento a su casa, personal policial secuestró un rifle, un revólver
calibre 38 y volantes.
182
Invención y circulación del Plan Andinia (Argentina y Chile, 1960-1976)
Ante esta incierta hora, por la que atraviesa nuestra querida patria; Ante
la caducidad del régimen capitalista-liberal-burgués; Ante el peligro co-
munista que se cierne sobre nuestra patria; Ante la continua violación de
la soberanía nacional por parte de las potencias extranjeras (ocupación
internacional de la Antártida Argentina, la retención de las islas Malvinas
por Inglaterra, la continua ingerencia de los EEUU de norte América en
problemas internos argentinos; el secuestro del teniente coronel Adolfo
Eichmann, realizado por agentes de Israel [...] Ante la tremenda injusticia
social imperante en nuestra patria […]13
A continuación, el volante señalaba que había “llegado la hora de salir
en defensa de la patria, de sus tradiciones y de su pueblo”. El nuevo orden al
que convocaba en enero de 1964 se caracterizaba por las siguientes políticas,
discriminadas según niveles. En lo referido al campo internacional, el primero
de los puntos reclamaba “la inmediata restitución de todos lo territorios que
por naturaleza le pertenecen a nuestra patria”, y posteriormente planteaba la
necesidad de romper con los “trusts” económicos internacionales y de mantener
una neutralidad efectiva frente a los bloques marxista y capitalista, así como la
ayuda económica a los “pueblos subdesarrollados”. Varias de las propuestas del
FNSA se concentraban en las Fuerzas Armadas, penitenciarias y de seguridad,
para las que reclamaba “jerarquización y equipamiento” dado que “constituyen
una de las columnas vertebrales de la nación”. En lo que se refiere a aspectos
económicos destacaban postulados de promoción de la calidad de vida de
los trabajadores (entrega de viviendas y herramientas de trabajo, mejora de
la asistencia médica, “revolución agraria” e “implantación de un sistema eco-
nómico que esté al servicio de la comunidad”). Simultáneamente, también
reclamaba que fueran procesados los “delincuentes económicos”, entre los que
mencionaban exclusivamente aquellos de origen judío. Exigían la creación de
centros científicos y técnicos que evitaran el exilio de cerebros argentinos y
que mejoraran los niveles de “producción nacional”, así como la “revisión y
actualización de las enseñanzas primaria, secundaria y universitaria”. El FNSA
postulaba un reordenamiento de la estructura política y constitucional argen-
tina. En primer lugar hacía un guiño hacia el peronismo sindical (más que al
corporativismo como ideología) al postular la participación “de los sindicatos
en el gobierno de la patria”. Por otro lado, indicaba que la libertad de cultos
13
“Comunicado Nº 1 del Alto comando nacional del Frente Nacional-Socialista Argentino
(Sección Argentina de la Unión Mundial de nacional-Socialistas)”, en Legajo 173, f° 45, enero
de 1964.
183
Ernesto Bohoslavsky
debería ser respetada mientras que ninguno de estos atentara “contra la patria”.
Por lo demás, deberían ser suprimidas las influencias foráneas en la prensa y las
de naturaleza “perniciosa e inmoral” que se dejaban ver en “el arte, la literatura,
la radio, el cine y la televisión”.
En el ejemplar de Rebelión, incautado a neonazis por los agentes de la
comisaría de San Isidro, se incluía una nota que venía a concluir una serie de
artículos publicados en ediciones anteriores. El título de la nota en cuestión
era: “Argentina, ¿colonia de Israel? La República de Andinia o un nuevo Es-
tado judío en la Argentina”. En ese artículo, el anónimo autor planteaba que
los desastrosos gobiernos de Pedro Aramburu y de Arturo Frondizi fueron el
resultado de “planes perfectamente establecidos en el Sanhedrín (Gobierno
secreto judío establecido en nuestro país, como en cada una de las naciones del
mundo)”. Al denunciar estos planes Rebelión hacía una mención detallada de
sus metodologías y objetivos, tal como correspondía a esta literatura “crítica”
de la “planificación del mal”.
La “república de Andinia” que denunciaba la publicación era presentada
siguiendo la misma organización lógica que planteaban los Protocolos de los
Sabios de Sion14, esto es: crisis económica → malestar de las mayorías populares
→ revolución social → triunfo de los judíos. Concretamente, el supuesto plan
en marcha, consistía en:
a) Malgastar las divisas fuertes y metálicas que posee la nación, fomentando la
corrupción administrativa (negociados y sustracción de fondos del Estado);
b) desencadenar el agio y la especulación, haciendo el juego con el fomento
de suba de salarios y, al mismo tiempo, la suba en mayor escala de los precios
de los artículos esenciales de consumo;
c) con esto lograr empobrecer a la nación, agitar el ambiente de malestar en
el sector obrero y en el seno del pueblo, y concretar la entrega de la economía
nacional a los capitalistas internacionales judíos;
d) tomar el poder con hombres procedentes de los grandes centros económicos
(judíos, masones y comunistas internacionales en su totalidad);
14
Los Protocolos de los Sabios de Sion constituyen la más famosa de las lecturas antisemitas del
siglo XX., Creada por el ruso Sergei Nilus a fines del siglo XIX, su difusión mundial fue ex-
haustiva durante la dictadura nazi en Alemania. A la fecha hay decenas de ediciones en muchos
idiomas. La reconstrucción más brillante de su creación, adaptación y recepción es el libro de
Cohn (1983).
184
Invención y circulación del Plan Andinia (Argentina y Chile, 1960-1976)
e) preparar la revolución social (marxista).15
Así, bajo este “novedoso” prisma conspirativo, la inmigración judía de
fines del siglo XIX a Sudamérica pasaba a ser interpretada de manera distinta
de aquella a la que habían recurrido anteriores generaciones nacionalistas. La
verdadera intención de “los judíos” había sido el acaparamiento de la tierra,
liderada por la Jewish Colonization Agency, la que se creía que era, en realidad,
el embrión del futuro Estado judío. Los datos que Rebelión aportaba como
pruebas de la existencia del Plan Andinia eran las menciones efectuadas por
Herzl en El Estado judío, “la acción del sionismo”, la “inmigración en masa” y
graves perjuicios económicos como “las concesiones petrolíferas, la radicación
de capitales foráneos, etc.”.16
En el marco de la expansión de las prácticas y de la intensidad de los discur-
sos antisemitas en la Argentina, las ideas de Rebelión encontraron eco y réplicas
en otros ámbitos. El libro El Plan Andinia o el Nuevo Estado judío retomaba
las ideas de Rebelión y le daba mayor “sustento” a partir de una exposición
de evidencias empíricas, como la superposición de citas reales y asignadas a
textos de Herzl y de otros autores (Anónimo, 1965). Sin embargo, el grado
de difusión del Plan Andinia no parece haber sido importante a finales de la
década de 1960. Por entonces, un libro dedicado enteramente a una sociología
de la “cuestión judía” no lo menciona en sus páginas (Sebreli 1968). Por ello,
cuando Beveraggi Allende volvió a la carga con el asunto parecía mucho más
un sensacional descubrimiento que una recreación ficcionalizada de un viejo
fantasma antisemita.
Antisemitismo, filoarabismo y derechas (1960-1976)
La captura de Eichmann debilitó al gobierno de Arturo Frondizi frente a
sus opositores de derecha y el Ejército, que lo consideraban demasiado débil no
sólo frente a la izquierda y el peronismo sino también en el plano internacional.
El episodio desembocó en un grave enfrentamiento diplomático entre Buenos
Aires y Tel Aviv, que alcanzó su clímax con la condena al Estado de Israel que
emitió el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas,
15
“Argentina, ¿colonia de Israel? La República de Andinia o un nuevo Estado judío en la Argen-
tina”, Rebelión, año 2, Nº 10, Buenos Aires, noviembre-diciembre, 1963.
16
Ídem.
185
Ernesto Bohoslavsky
patrocinada por el embajador argentino ante la ONU, Mario Amadeo.17 En
esos meses creció la agitación judeofóbica en Argentina, expresada en atentados
contra sedes sociales, educativas y religiosas de la colectividad. Se multiplica-
ron las voces que entendían que ese episodio no era más que una muestra de
la petulancia y el desembozo que tenía la dominación sionista en Argentina
(Klich 2002). Dentro de este coro de voces, una de las más destacadas fue la
del Movimiento Nacionalista Tacuara. Miembros de esta agrupación juvenil
organizaron charlas de repudio al secuestro de Eichmann y se responsabilizaron
de las pintadas donde reclamaban su regreso a la Argentina (Gutman 2003;
Kiernan 2005:86). En agosto de 1960 en la Ciudad de Buenos Aires un joven
de quince años, estudiante del Colegio Nacional Sarmiento y de familia judía,
Edgardo Trilnick, fue baleado por militantes de Tacuara (Dijour 1961; Gutman
2003:92; Senkman 1989:25). En junio de 1962, el secuestro de la estudiante
universitaria Graciela Sirota, a quien le tatuaron una cruz esvástica en su pe-
cho, indicó uno de los niveles más altos de la tensión judeofóbica. El posterior
asesinato de Raúl Alterman, en Rosario (Provincia de Santa Fe), rodeado de
expresiones explícitas sobre la condición judía de la víctima, indicó los fuertes
niveles de violencia política y racista alcanzada. Sin embargo, ni la captura de
Eichmann ni otros episodios lograron unificar a las diversas fracciones de de-
recha y de “nostálgicos del Nuevo Orden” que existían en el país (Buchrucker
2002), entre las cuales se contaba el muy pequeño FNSA.
Diversos grupos y actores políticos se hicieron eco de la idea de que el país
se encontraba acosado por una conspiración judía. Juan Carlos Cornejo Linares,
figura del peronismo de derecha, publicó en 1964 un libro titulado El Nuevo
Orden Sionista en la Argentina.18 En ese volumen anexó un Memorándum en el
17
Amadeo, de militancia largamente vinculada al catolicismo nacionalista, en la década de
1930 formó parte de los Cursos de Cultura Católica e intervino en numerosas publicaciones
católicas. Participó como asesor del Ministerio de Relaciones Exteriores del golpe de Estado
de 1943 y estuvo muy cercano al gobierno peronista hasta su ruptura con la Iglesia. Tras ello
pasó al campo opositor, fue canciller de la Revolución Libertadora y formó parte de los grupos
nacionalistas que apoyaron la campaña de Arturo Frondizi a la presidencia en 1958 (Lvovich
2003:197; Zanatta 1996).
18
Juan Carlos Cornejo Linares se inició en la política en Salta como parte de una familia que
desde hacía décadas estaba involucrada en la vida pública de la provincia. Su padre, Julio Cor-
nejo Uriburu, fue el último gobernador radical de Salta (1928-1930). Allegado a FORJA en
1935, logró convertirse en diputado provincial con el peronismo, mientras que su hermano
consiguió la gobernación (Correa et al. 2004). La fortuna familiar se había acumulado a partir
de la explotación del tradicional Ingenio San Isidro y de estancias agro-ganaderas distribuidas
por la provincia. Hay evidencias de que Cornejo Linares visitó a Perón en Caracas en 1957 y
186
Invención y circulación del Plan Andinia (Argentina y Chile, 1960-1976)
que se indicaba que el sionismo instruía a los argentinos en la táctica subversiva
de aliarse con la izquierda local (trostkismo, socialismo, comunismo) para pene-
trar y disolver al movimiento peronista “lo antes posible” (Buchrucker 2002:88;
Senkman 1989:104). En julio de 1964 presentó un proyecto de resolución en
la Cámara de Diputados propiciando la formación de una comisión bicameral
que investigara las actividades sionistas en Argentina (Senkman 1989:57). Según
señalaba Cornejo Linares, las víctimas de este complot sionista serían el sacerdote
Julio Meinvielle, el general Enrique Rauch y el representante de la Liga Árabe
en Argentina, Hussein Triki, quien había vinculado a esa organización con
Tacuara, Guardia Restauradora Nacionalista y figuras del peronismo sindical y
político (Gutman 2003:197). Nación Árabe publicó en 1964 un artículo en el
que señalaba que el sionismo tenía el propósito de someter a la Argentina: los
redactores basaban esa afirmación en un documento que misteriosamente les
había llegado a sus manos y en el cual los judíos confesaban abierta e impruden-
temente sus motivos (DAIA, 1972).19 La prensa árabe de Santiago de Chile no
ofrecía ideas diferentes: en 1966 reprodujo una nota sobre la infiltración judía
en el Cono Sur, que concluía que “la acción nazi-fascista de épocas de guerra
aparece como inocente juego de niños comparada con la acción sionista en su
camino al dominio mundial”.20 En las denuncias de la prensa árabe en Chile
se menciona el accionar de “comandos políticos militarizados y adiestrados en
estas actividades delictuales y atropelladoras de los países libres y democráticos”,
como aquella que secuestró a Eichmann en Argentina para después “asesinarlo
en la horca en Tel Aviv”.21
A inicios de la década de 1970 el antisemitismo (muchas veces mutado en
antisionismo) se instaló en el debate público y en las consignas políticas de la
Argentina con una notable intensidad. Según señalaba el especialista convoca-
do por el American Jewish Commitee, Nilssim Elnecavé, la verdadera novedad
era el cambio de táctica y de “socioideological background” de los antisemitas
1958. Como miembro del Parlamento nacional ejerció un lobby pro-árabe, gracias a su cercanía
al representante de la Liga Árabe en Argentina. En 1974 se constituyó en uno de los promotores
de la comisión parlamentaria que investigó a Ber Gelbard por la venta de la empresa ALUAR
(Senkman 2006). Participó del acto de promulgación de la repatriación de los restos de Rosas
en 1974, en el que se entonó, “¡Mazorca, mazorca, judíos a la horca!”.
19
Nación Árabe, N° 13-14 de mayo-junio de 1964, p. 15. En p. 12 se postula que los judíos
están financiando la penetración de socialistas y comunistas en el peronismo para disolverlo lo
antes posible.
20
Mundo Árabe, “Penetración judía en la Argentina”, 2ª quincena marzo de 1966, Santiago,
p. 10.
21
Mundo Árabe, ‘¿Comandos foráneos en Chile?’ 1ª quincena de marzo de 1966, Santiago, p. 3.
187
Ernesto Bohoslavsky
argentinos. Estos, hasta entonces, conformaban bandas malentrenadas y peor
armadas de unos cientos de jóvenes de alta sociedad patrocinadas por sacerdotes
nazi-fascistas como Julio Meinvielle. Sus actividades eran “más ruidosas que
físicamente peligrosas” dado que se limitaban a pintar paredes y a arrojar bombas
de poco poder explosivo (Elnecavé 1971). Pero a partir de 1971 la sensación
de amenaza se había vuelto mucho más seria puesto que estos discursos habían
encontrado buena recepción en sectores del peronismo sindical, las fuerzas
armadas y la dictadura militar.
En La Hora de los Pueblos, Perón (1973a) sostuvo que en 1955 “la sinárquica
internacional, coaligada con el Cipayismo vernáculo, al servicio del colonialismo
nos aplastaron”. Destacaba la existencia de internacionales como el capitalismo
y el comunismo soviético (“aparentemente contrapuestas pero, en realidad de
verdad, perfectamente unidas y coordinadas”), la masonería, el sionismo y las
sociedades internacionales de todo tipo. Todas ellas eran “las fuerzas ocultas
de la revolución como son las fuerzas ocultas del dominio imperialista”. Las
organizaciones de derecha peronista asimilaron, extrapolaron y reelaboraron
entre 1970 y 1975 el concepto de “sinarquía” para justificar los ataques antise-
mitas, identificando al “sionismo internacional” y a la “judeomasonería” (Kenig
1994:184; Senkman 1989:57). Desde entonces el centro de las exposiciones y
diatribas antisemitas se concentró con mayor sistematicidad en la perspectiva
de que los judíos tenían en marcha una conspiración para descomponer a la
nación argentina. Entre las patrañas de las que se alimentaban estas ideas,
probablemente una de las más reiteradas fue la que difundió el economista
cordobés de doble apellido.
Del laborismo al reaccionarismo antisemita: Beveraggi
Allende y el Plan Andinia
Walter Beveraggi Allende fue uno de los más importantes dirigentes del
Partido Laborista, cercano al sindicalista de la carne Cipriano Reyes. Cuando
Perón comenzó en 1946 el proceso de unificación de las distintas organizacio-
nes que lo habían apoyado electoralmente, Reyes se resistió a la absorción del
Partido Laborista (Mackinnon 2002). Por ese motivo sufrió varios intentos de
homicidio y, en enero de 1948, el Gobierno le quitó la personería jurídica al
Partido Laborista para impedir que participara de las elecciones legislativas. En
septiembre, Perón declaró que se había descubierto un plan para atentar en su
contra: Cipriano Reyes y otros laboristas entre los que estaba Beveraggi Allende
188
Invención y circulación del Plan Andinia (Argentina y Chile, 1960-1976)
fueron detenidos y conducidos a la Sección Especial de la Policía, donde fueron
sometidos a tortura (Rodríguez Molas 1985). Tras ello, Beveraggi Allende se
radicó en Boston, donde completó un doctorado en economía en la Universidad
de Harvard y fue contratado para trabajar en el centro de estudios latinoame-
ricanos recientemente creado por el izquierdista Maurice Halperin. Como
miembro del área de Latin American Studies de Harvard, Beveraggi participó
de una mesa redonda en un programa de la CBS, en el que declaró que Estados
Unidos debía aplicar sanciones económicas a la Argentina y, llegado el caso, in-
vadirla para acabar con el régimen justicialista. El impacto fue inmediato: Perón
despotricó contra Beveraggi, usando el seudónimo de “Descartes” en el diario
oficialista Democracia (Perón 1973b) y los parlamentarios en Buenos Aires le
quitaron la nacionalidad argentina22 y quisieron hacer lo propio con su jefe en
Harvard, pensando que también era argentino. Según cuenta Maurice Halperin
en una entrevista, “las autoridades se habían confundido con otro historiador
argentino, antiperonista, de apellido Halperin” (Kirschner 1995).
Tras el golpe de Estado de 1955, Beveraggi Allende regresó a la Argentina
ya doctorado en ciencias económicas, tratando de insertarse en la discusión
sobre la política y la economía post-peronista. Tradujo su tesis sobre el servicio
del capital extranjero en la primera mitad del siglo XX argentino, publicó un
libro con sugerencias sobre el rumbo que debía tomar la “economía libertadora”
y reeditó otro sobre la relación entre Perón y el laborismo (Beveraggi Allende
1954b, 1954a, 1956). El éxito obtenido por algunas de sus publicaciones de
economía le permitió dictar clases en la Universidad de Buenos Aires y participar
de su vida política desde finales de la década de 1950 y por el plazo de unos
treinta años (DAIA 1972:8; Perel et al. 2006:111). En algún momento en la
década de 1960 Beveraggi se alineó con las voces más notorias del antisemitismo
y el antisionismo argentino, pero manteniendo distancia con aquellos que se
identificaban con esas ideas pero militaban dentro del peronismo. Mientras fue
profesor de la Universidad de Buenos Aires difundió de diversas maneras y en
distintos ámbitos libelos de su producción en los que advertía sobre lo avanzado
del complot judeo-sionista para desmembrar a la Argentina (Beveraggi Allende
1969). En Chile, en 1969, aparecieron algunos de los coletazos de sus discusio-
nes mantenidas con el decano de la Facultad de Ciencias Económicas, al que
22
Cfr. Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, 28 de junio de 1951, p. 829 ss.
189
Ernesto Bohoslavsky
acusó de “servir al judeo-sionismo”.23 El quincenario Mundo Árabe reprodujo
declaraciones de Beveraggi indicando que
lo que si conocemos en carne propia los argentinos y seguramente conocieron
en carne propia los alemanes que hicieron posible el surgimiento de Hitler,
son los excesos e inhumanidades del Sionismo, que mata a sus víctimas mucho
más impía y dolorosamente que a través de las cámaras de gas, o sea, a través
del Genocidio económico24
En octubre de 1973 la revista estudiantil Entre Todos, editada en la Universi-
dad de Buenos Aires, se burlaba de las denuncias que Beveraggi había formulado
de la “infiltración sionista” en la Patagonia a través de la empresa ALUAR.25
En La inflación argentina, de 1975, Beveraggi intentaba mostrar que los graves
problemas económicos del país se debían a los esfuerzos desestabilizadores
llevados a cabo por el judaísmo (Beveraggi Allende 1975). La Junta Militar
prohibió su libro Del yugo sionista a la Argentina posible (Beveraggi Allende,
1976) por su instigación a cometer actos criminales contra el orden público.26
Durante la dictadura, Beveraggi Allende publicó el libro Martínez de Hoz o
cómo se destroza una economía, criticando la política ultraliberal del ministro
de Economía del general Videla.
El Plan Andinia fue difundido en diversas ocasiones por Beveraggi Allende,
pero a partir de 1971 encontró oídos más atentos. Ese año hizo circular anó-
nimamente entre oficiales y suboficiales de las Fuerzas Armadas un panfleto
de unas diez páginas, que tuvo escasa difusión, titulado “¿Qué es lo que está
pasando en nuestro país?”. Allí exponía otro documento que también “provi-
dencialmente” había llegado a su poder en el que los judíos confesaban haber
lanzado un complot contra la Argentina. El 1º de noviembre de 1971 Beveraggi
23
Mundo árabe, “Entidad sionista ataca al economista Dr. Beveraggi A.” 2ª quincena de diciembre
de 1969, Santiago, p. 2.
24
Ídem.
25
La publicación en cuestión lo criticaba por haberse cansado “despotricando contra los que
vendían el país a los judíos representantes de los capitales extranjeros”, pero jamás impugnó
a “esos mismos vendepatrias en lo que hace a la conducción de la Universidad, porque ahí lo
tenían a él de profesor y les servía”. “Sección Nuestra Facultad”, Entre todos, octubre de 1973,
Buenos Aires, p. 13.
26
La decisión fue tomada por los jerarcas de la dictadura después del encuentro del embajador
argentino en Estados Unidos con representantes de la Liga Antidifamación de la B’nai Brith
el 7 de septiembre de 1976. Simultáneamente, no hubo reparos en que Beveraggi Allende se
reincorporara como docente a la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires tres
meses después del golpe (Meyer 1978).
190
Invención y circulación del Plan Andinia (Argentina y Chile, 1960-1976)
Allende envió una carta pública a José Ignacio Rucci, secretario general de la
CGT, titulada “Autodefensa Argentina ante la Agresión Sionista”. En esa carta
Beveraggi señalaba que la huelga general decidida por la CGT para el 29 de
septiembre de ese año en realidad había sido una maquinación judeo-sionista,
lo cual se expresaba en que el paro coincidió con la celebración del Día del
Perdón (DAIA, 1972). Tras la publicación de la carta se presentó en un juzgado
tucumano el abogado Ezequiel Ávila Gallo, quien solicitó el procesamiento
del “alto mando judeo-sionista”. La prensa de la colectividad árabe en Chile
no dejó pasar la noticia y la divulgó como un hecho consumado, del cual las
autoridades argentinas estaban al tanto.27 El Cronista Comercial de Tucumán
expresó en su edición del 11 de febrero de 1972 que “el doctor Ávila Gallo ha
sido, en el pasado, protagonista de diversas denuncias de carácter sensacionalista,
ninguna de las cuales pudo ser confirmada jamás” (DAIA, 1972).
Este mismo plan dio a conocer Beveraggi Allende en enero de 1972, bajo
el seudónimo de Aurelio Sallairai y con el título Protocolos de los Sabios de
Sion y la subversión mundial, que incluía comentarios sobre la ejecución de la
conspiración planetaria judía, pero también detalles sobre la marcha del Plan
Andinia. En ese libelo se extiende a toda la comunidad judía la responsabilidad
por los negociados o estafas realizadas por personas de ese origen (D.A.I.A.
1972). En marzo de 1972 Beveraggi Allende repitió su acusación de que los
judíos argentinos tenían en marcha un plan para crear el Estado de Andinia en
la Patagonia. Copias del plan fueron distribuidas en todo el país, especialmente
entre los sindicatos, las Fuerzas Armadas, círculos católicos y las provincias de
Río Negro y Neuquén.
Pero, ¿en qué consistiría el plan en cuestión? Es la supuesta trascripción de
la grabación de las órdenes brindadas el 23 de marzo de 1969 por un rabino
de apellido Gordon a sus seguidores en el templo de la calle Paso, en Buenos
Aires. Es una recreación ficcional de lo que se cree que los conspiradores dirían
si fueran descubiertos in fraganti. El Plan, al igual que en las especulaciones
conspirativas nazis y los Protocolos de los Sabios de Sión, contempla la puesta
en marcha de una serie de maniobras disolventes de la moral, la economía y,
finalmente, el territorio de los no judíos. En este caso, el propósito concreto del
plan era “formar un segundo Estado judío” en el sur argentino, con un puerto
internacional en Bahía Blanca, desde donde iniciar la reconquista de la tierra
27
Mundo Árabe (1972), “¿Pretende el sionismo desmembrar Argentina?”, 2ª quincena
junio, p. 5.
191
Ernesto Bohoslavsky
histórica en caso de que Israel fuera desestabilizado.28 Este objetivo se debía
obtener, “si fuera necesario, provocando una hecatombe mundial” (Anónimo
1987:1). La instalación de este segundo Estado judío no sería más que la con-
creción del sueño de Leon Pinsker y del creador del sionismo, Teodoro Herzl,
quien habría prometido la creación de dos Estados, uno en Palestina y otro en
Argentina y sólo restaba finalizar la tarea.29 El rabino Gordon habría sostenido
que los productos agrícolas y ganaderos de Andinia permitirían alimentar
y alojar a judíos “de Siberia o de África del Norte”. Pero el plan no era sólo
incrementar la producción de alimentos sino también convertir al continente
antártico en un gigantesco freezer que permitiera el desarrollo de una política
especulativa de asistencia y comercialización:
Esa superproducción de alimentos y derivados, y la existencia de la Antár-
tida (gigantesca heladera natural donde puede acumularse la producción
de años y más años), nos convertirá en la despensa del mundo, sin arries-
gar un solo grano. Si agregamos a esto el espíritu y genio judío, habrán
comprendido las enormes ventajas que significarán para lograr el control
del mundo, regulándolo de acuerdo a nuestras conveniencias (Anónimo
1987:2).
La república de Andinia contaría con una amplia defensa natural de sus
potenciales enemigos: la Cordillera de los Andes. Bajo el subsuelo andino se
podrían construir ciudades e instalar la industria pesada y mantenerse allí “por
años si fuera necesario, siendo así inexpugnable hasta para la misma bomba
atómica” (Anónimo 1987:2). El plan incluye también que los judíos alcancen
el control de los medios de comunicación y de la actividad política callejera.
Además, el rabino ordenó que se integrara “por cualquier medio al movimiento
peronista a nuestro socialismo. Desencadenando al mismo tiempo una violenta
represión y persecución contra el mismo” (Anónimo 1987:3).
Uno de los problemas que habría planteado el rabino era la necesidad de
conseguir una excusa para independizar al nuevo Estado. Dado que los judíos
28
Pocos años atrás había denunciado que en 1948 la Organización de las Naciones Unidas había
querido crear el Estado de Israel en la Mesopotamia argentina (Beveraggi Allende 1969:54).
29
Las referencias que se hacen al texto de Leon Pinsker, Autoemancipación son falsas, puesto que
en ningún momento en ese libro se menciona a Argentina como posible destino del estado judío
sino a Estados Unidos o la Turquía asiática (DAIA, 1972: 47). Tampoco en El Estado judío de
Herzl hay referencias a una colonización de la Patagonia: en un párrafo Herzl hipotetiza sobre
el espacio en el cual asentar el Judenstaat, comparando a Argentina con Palestina. Termina incli-
nándose por esta última por los vínculos históricos existentes. Tampoco menciona la posibilidad
de crear dos Estados (cfr. Herzl 2005).
192
Invención y circulación del Plan Andinia (Argentina y Chile, 1960-1976)
no tenían un “motivo determinante” para ello, tendrían que inventarlo a través
de la provocación y la desestabilización, de manera de “profundizar el caos
existente, fomentar la confusión y la corrupción, llevándolas hasta sus últimas
consecuencias; en el campo político, cultural, administrativo y social debe ace-
lerarse el mismo proceso”. De lo que se trata es de potenciar la especulación, el
agio y la corrupción, elevar la miseria y la injusticia a sus extremos, fomentar
el avasallamiento de los derechos federales desde la Capital Federal y “reprimir
con violencia todo acto que signifique reacción, intento de defensa por parte
del pueblo”, utilizando especialmente a las Fuerzas Armadas, de manera tal de
enfrentarlas al pueblo, desprestigiarlas y desmoralizarlas. Para cuando Argen-
tina intentara recuperar a las provincias secesionadas, ya sería tarde por varias
razones, especulaba el rabino Gordon:
1) El pueblo argentino estará sumido en la más espantosa confusión;
2) Su economía desquiciada
3) Con la amputación del territorio con la mayor riqueza mineral, Argen-
tina habrá quedado convertida en un simple campo de pastoreo; no tendrá
qué ofrecer para obtener créditos o ayudas de los bancos mundiales.
4) Quedará sin abastecimiento ni reservas de combustible; todos sus centros
de producción estarán dentro de los límites de Andinia,
5) Será bloqueado todo intento de abastecimiento exterior:
6) Sus F.F.A.A. actualmente cuentan con una provisión de combustible
para dos jornadas; estarán imposibilitadas de trasladarse y operar contra
Andinia
7) en el caso que, no obstante esos inconvenientes, lograra la Argentina
organizar un deficiente ejército y con él pretenda invadir Andinia, no podrá
hacerlo porque estaría atacando a una nueva nación, libre e independiente,
reconocida internacionalmente como tal
8) Esto daría lugar a que las grandes fuerzas armadas internacionales
desembarquen y tomen posesión de defensa de las fronteras de esa nueva
nación de acuerdo a los tratados internacionales existentes y con esto,
Andina estará definitivamente constituida y su soberanía asegurada (sic)
(Anónimo 1987: 3-4)
Como se dijo, el libelo difundido por Beveraggi retoma la tradición
demonológica de los Protocolos de los Sabios de Sion, esto es, la asignación de
intenciones conspirativas y maléficas a los judíos como si fuesen una entidad
193
Ernesto Bohoslavsky
homogénea y autoconsciente. Como señaló Horacio González (2004:20 y 112),
uno de los recursos que utilizan los conspiradores es atribuirles a los denunciados
la autoría de un apócrifo, para desprestigiarlos.
Conjeturas sobre la verosimilitud y duración del Plan
Andinia
Mostrar que los judíos argentinos o el Estado de Israel no tienen ni han
tenido un plan para ocupar la Patagonia es una tarea que ya fue realizada
con suficiencia y energía por otras personas e instituciones preocupadas por
la expansión de ideas antisemitas en Argentina (DAIA. 1972, 1985; Equipo
de Redacción “SUCHUS” 1989). Lo que se procuró señalar fue quiénes lo
pergeñaron, por qué lo hicieron y, en menor medida, qué resultados tuvieron
con esa prédica en el contexto que va desde inicios de la década de 1960 a la
última dictadura, un período marcado por la multiplicación de las actividades
y discursos antisemitas en el país. En ese agitado contexto que va desde la cap-
tura en Buenos Aires de Adolf Eichmann hasta inicios de la última dictadura,
grupos y figuras de derecha postularon la idea de que existía una conspiración
judía para dominar al país y su economía, ya sea para desquiciarla y ponerla
al servicio del “judeocapitalismo” o del “judeocomunismo”, indistintamente.
Los difusores de esta creencia se encontraban lo mismo dentro que fuera del
peronismo, y tuvieron vía libre para su tarea de sembrar odios bajo gobiernos
democráticos o dictatoriales.
La idea de que los israelíes querían crear un Estado en la Patagonia en 1962
resultaba descabellada, imposible de ser convertida en verosímil y de estimular
la movilización de amplios grupos de la sociedad. Otros motivos antisemitas
o antiisraelíes resultaban mucho más útiles a ese propósito, como el ejercicio
de denunciar el “judeocapitalismo” o el “judeocomunismo” o ambos a la vez
o de recordar delitos económicos en los que estaban involucrados argentinos
de origen judío. Sin embargo, diez años después esa situación se había modi-
ficado de una manera difícil de negar. ¿Por qué resultaba más creíble, para un
grupo mayor de personas en Argentina y Chile, en 1972 la versión sobre el
expansionismo territorial israelí? ¿Qué pasó para que una idea malintencionada
y absurda promovida en 1962 por unos jóvenes centroeuropeos, habitantes de
la zona norte del Gran Buenos Aires, resentidos por su pobreza relativa y por
el secuestro de su padre, se convirtiera en una creencia compartida por varias
194
Invención y circulación del Plan Andinia (Argentina y Chile, 1960-1976)
agrupaciones de extrema derecha, difundida en numerosas publicaciones de
Argentina entre 1971 y 1976? La razón de este cambio hay que buscarla tanto
en el nivel internacional como en el nacional, pero también en las vinculaciones
existentes entre ambos, en los vasos comunicantes entre los sucesos del orden
global y su repercusión e interpretación en el escenario local.
Parece evidente que el desarrollo de la “Guerra de los seis días” a lo
largo de junio de 1967 constituyó un parteaguas no sólo de la geopolítica
de oriente medio, sino en la percepción que las izquierdas y las derechas
en Occidente poseían de Israel y los judíos. En una operación militar re-
lámpago, las fuerzas armadas israelíes conquistaron y ocuparon territorios
que hasta entonces le habían pertenecido a los países árabes contra los que
combatieron: la península del Sinaí y la Franja de Gaza que estaban bajo
soberanía egipcia, los Altos del Golán de Siria, y las regiones de Cisjordania
y Jerusalén oriental (incluyendo la anhelada Ciudad Vieja) que eran de
Jordania. El acrecentamiento territorial fue un shock decisivo en la geopo-
lítica de Oriente medio puesto que le otorgó a Israel de allí en adelante la
posibilidad de tener a sus principales ciudades alejadas de cualquier nuevo
ataque combinado de los países árabes.
Más allá de la expansión territorial, el mayor impacto en la sensibilidad
internacional tenía que ver con que emergía una imagen más clara del potencial
militar y estratégico israelí y de la decisión de recurrir a él incluso de manera
preventiva. La percepción occidental de Israel se alejaba de la generada en 1948,
que lo veía como un diminuto país que luchaba por su supervivencia frente a
una serie de vecinos coligados y más poderosos: el progresismo y la izquierda
(vinculada o no a la ex URSS) tendieron a dejar de lado su anterior simpatía
por el Estado judío ante su vinculación a los intereses de Estados Unidos y a
expresar mayor simpatía por los derrotados países árabes. La presión de los
organismos internacionales expresada en repetidas condenas de la ONU, así
como el respaldo a los grupos terroristas árabes (crecientemente islamizados)
formaría parte, para algunos autores, de un giro más general en la percepción
europea de Israel y los judíos, que esconde detrás del antisionismo un antisemi-
tismo ideológico (Taguieff 2003). El ejército israelí se convirtió en una fuerza de
ocupación en los territorios habitados por los nativos palestinos en Cisjordania
y Gaza. En consecuencia, para los promotores del Plan Andinia, la ocupación
de estas regiones en Oriente Medio en 1967 se convirtió en un “antecedente”
del plan denunciado en 1962: los habitantes de la Patagonia pasaron a ser vistos
como los futuros palestinos que serían desalojados.
195
Ernesto Bohoslavsky
La inestabilidad diplomática y militar de Medio oriente impactó de lleno
en la política argentina y en las organizaciones políticas y en las asociaciones
étnicas y religiosas vinculadas con el tema. Por otro lado, se debe tener en
cuenta el crecimiento impactante de las distintas vertientes del peronismo,
tanto aquellas institucionalmente pertenecientes al Partido Justicialista como
las “formaciones especiales” y las que desarrollaban su ámbito de influencia
en universidades, gremios, barrios y asociaciones profesionales. En muchos de
estos grupos comenzó a hacerse fuerte la idea de que el peronismo constituía
la única posibilidad de implantar un “socialismo nacional”, que expresara una
opción igualmente alejada tanto del “sovietismo” como del liberalismo de Was-
hington. En ese marco, las preferencias internacionales de muchos peronistas
de izquierda parecían encontrar mejor interlocución con los países árabes,
que expresaban un “nasserismo” que se creía equivalente al peronismo. Las
perspectivas tercermundistas en Argentina, defensoras de la descolonización y
de la “liberación nacional” en África y Asia, tenían afinidades con el “pueblo
palestino” y su lucha contra la ocupación “imperialista” israelí.30
Pero así como el filoarabismo, el antiimperialismo y el tercermundismo
fueron los puentes de entrada para el conspiracionismo antisemita en la izquierda
(peronista o no), otras parecen haber sido las claves para comprender su acep-
tación por las derechas (peronistas o no). Entre estas últimas se incrementó la
sensación de amenaza ante el desencadenamiento de operaciones guerrilleras
y terroristas, como el secuestro y asesinato del general Aramburu en 1970, que
no podían ser encauzadas ni reprimidas con eficiencia. Por ello es que varios
grupos de derecha y de extrema derecha se interesaron en difundir, como ha
mostrado Senkman (1989:115), la ambigua noción de “sinarquía” que Perón
había desarrollado durante su exilio madrileño, para utilizarla como punto de
desembarco del “Plan Andinia”.
30
En octubre de 1976 fue detenido Ismael Jacinto Haiek, antiguo combatiente de la guerrilla
palestina, quien lideraba una célula de Montoneros en La Plata. Haiek era corresponsal de dos
revistas proárabes y antisemitas (Cuestiones Árabes y La Voz de Palestina) y producía Patria Bárbara,
publicación clandestina de Montoneros. En su escondite, Haiek tenía fotos en las que aparecía
junto a Yasir Arafat y a George Habash, líder del Frente Popular para la Liberación de Palestina, en
Beirut (Meyer 1977:335). Ignacio Gónzalez Jansen se inició en Tacuara, pasó por el filoperonista
Movimiento Nueva Argentina y terminó combatiendo para la OLP (Gutman 2003:283).
196
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200
Representaciones sobre la violencia a
través del humor gráfico en la Argentina
de la década de 1970. El caso del diario
Clarín1
Florencia Paula Levín
Introducción
En marzo de 1973 Clarín, uno de los principales diarios argentinos y por
ese entonces el de mayor circulación nacional2, decidió dejar de publicar comics
de autores extranjeros para convocar a varios de los humoristas locales más re-
conocidos del momento para integrar la página de humor.3 La decisión tomada
1
Este trabajo forma parte de mi investigación doctoral en curso, la cual se centra en la reconstruc-
ción y análisis de las representaciones sobre lo político construidas por el humor gráfico de Clarín
durante los casi once años comprendidos entre la transición de 1973 y la de 1983. Agradezco la
lectura atenta y minuciosa de Ernesto Bohoslavsky, Marina Franco, Mariana Iglesias y Daniel
Lvovich, que ayudaron a enriquecer este escrito.
2
Según un estudio de Octavio Getino, durante la década de 1970 el diario Clarín experimentó
un importante aumento de la venta neta y relativa sobre el total del consumo de diarios, pasan-
do de 425.000 diarios vendidos en 1970 (22% del total) a 530.800 en 1980 (31% del total)
(Getino, 1995: 91). Más allá de las cifras, vale destacar que a partir de los años cincuenta Clarín
se constituyó en un importante referente para las clases medias en ascenso.
3
El diseño de la contratapa estuvo fuertemente protagonizado por Caloi quien había entrado
tiempo atrás como colaborador del diario (aunque no de la contratapa de humor) y de la revista
dominical. Estando ya afianzado en Clarín, Caloi recibió el llamado de Oscar Camilión, ex
miembro del gabinete del gobierno desarrollista de Arturo Frondizi que desde 1965 ocupaba
201
Florencia Paula Levín
por Clarín implicó no solamente “nacionalizar” a los autores de la página4 sino
también al contenido del humor que, a partir de entonces, comenzó a estar
directamente vinculado con los avatares cotidianos del país.
Este gesto de Clarín se inscribió en un proceso más amplio de valorización
y revitalización del género en la Argentina, luego de varios años de estanca-
miento en el cual el humor gráfico se había retraído en un clima generalizado
de censura y enclaustramiento sobre todo a partir del Gobierno del general
Onganía (Rivera, 1986: 78). En efecto, la llegada del general Lanusse al go-
bierno en marzo de 1971, y particularmente su decisión de llamar a elecciones
y organizar la retirada de los militares del Gobierno, vino acompañada de un
relativo relajamiento de la censura que permitió cierto reflorecimiento de la
cultura y una mayor libertad de expresión (hechos que, paradójicamente, se
articularon con una profundización de la represión y la persecución política).
Esta apertura se vio reflejada, en el caso del género humorístico, en la apari-
ción de algunas revistas de humor que hicieron historia en el país, como, por
ejemplo, la cordobesa Hortensia y la famosa revista Satiricón. De este modo, la
decisión tomada por Clarín se inscribió en las estelas de un camino allanado
por publicaciones especializadas que dio paso a la emergencia de nuevos estilos5
y nuevos humoristas6 como así también a la de una demanda en expansión.
La decisión de Clarín (que luego sería replicada con mayor o menor rapidez
y profundidad por los otros diarios del país) supuso la integración del material
el puesto de Jefe de Redacción del diario, para contarle sobre el proyecto de nacionalización de
la página de humor. “No tenían nada: estaba Dobal, ahí perdido, y las tiras extranjeras: Colita,
Mutt y Jeff” recuerda Caloi. “[Camilión me] encargó que hiciera o un cuadro o una tira diaria,
lo dejaba a mi elección. No sólo eso, sino que en lo posible le llevara gente. Así que llevé a Bróc-
coli, a Fontanarrosa, a Crist, a Altuna más tarde y después cayó Tabaré. Así conformamos una
patota. El Negro Fontanarrosa y Crist decidieron hacer un cuadro, Bróccoli y yo una tira...”
(Caloi, [Link]/reportajes).
4
De este modo, las producciones de Caloi, Bróccoli, Fontanarrosa y Crist se integraron a las de
dos humoristas argentinos que ya colaboraban en la sección: Ian y Dobal. Estas modificaciones
se sumaron a la labor ya bien asentada que Landrú venia desarrollando en distintas secciones
del cuerpo del diario, labor que continuó y aun perdura en nuestros días.
5
Por esos años se hizo además evidente la emergencia de un nuevo estilo humorístico cuyo
acento ya no estuvo puesto en la imagen, como había ocurrido durante los años treinta, cuarenta
y cincuenta sino en el texto. Este asumió, en muchos casos un “valor informativo de primera
magnitud, devorará prácticamente la imagen (a pesar de su mayor riqueza gráfica) o le asignará
un papel discursivo paralelo” (Rivera, 1990: 129). Sin embargo, el cartoon mudo siguió teniendo
un rol destacado y, por otra parte, las potencialidades estilísticas del género impulsaron a algunos
artistas a explorar y extremar el dibujo como medio expresivo fundamental del género.
6
Ciertamente, Crist y Fontanarrosa, dos de los principales humoristas que se integran a Clarín
en 1973, iniciaron su trayectoria profesional en las mencionadas revistas Satiricón y Hortensia.
202
Representaciones sobre la violencia a través del humor gráfico en la Argentina...
humorístico de modo absolutamente distinto dentro del contexto general
del medio. A partir de entonces –y hasta nuestros días– la sección dejó de ser
concebida como un espacio de relleno y distracción para convertirse en una
suerte de segunda portada que aborda, a partir de sus propias reglas de género
y con una fuerte impronta autoral, los asuntos más importantes de la realidad
nacional e internacional tratados en la portada y el cuerpo del diario (Sasturain:
1987: 190; Sasturain, 1995: 34).
Mientras se producían estos cambios en los contenidos humorísticos de
Clarín, el país vivía un momento de gran movilización y efervescencia políti-
ca. El año 1973 fue precisamente clave en la Argentina, ya que el debilitado
Gobierno dictatorial de la autodenominada “Revolución Argentina” convocó a
elecciones presidenciales que supusieron el retorno del peronismo al país luego
de diecisiete años de proscripción. Es esta vinculación entre el humor y los
avatares de la política cotidiana la que permite tomar a aquél como un referente
para abordar algunas ideas, representaciones e imaginarios que circulaban por
la sociedad en ese entonces.
Ciertamente, como sostiene Oscar Steimberg, el cartoon7 se define como
género en tanto discurso subordinado a otros discursos, constituido como “re-
gistro y espacio de transformación y transposición de signos y marcas discursivas
circunscriptas en todos los espacios del intercambio social” provenientes tanto
de la oralidad, la gestualidad, la escritura y cualquier otro género y soporte me-
diático (Steimberg, 2001: 7). Es precisamente esa condición de subordinación
a otros discursos la que nos permite afirmar que el cartoon puede constituirse
como una vía, peculiar por cierto, para conocer y analizar elementos de los
imaginarios socialmente construidos. Por lo tanto, analizar los cartoons puede
constituir una forma, mediada por las peculiaridades del lenguaje del humor
y sobredeterminada por su inclusión en un medio periodístico, de acceder al
mundo de las representaciones y los imaginarios colectivos del momento.8
7
Con la palabra cartoon estoy haciendo alusión al dibujo de humor que en un único cuadro o viñeta
“transmite una idea humorística de raíz política, sociológica o filosófica” (Steimberg, 1977: 97).
8
Al respecto, es de destacar que si bien existen trabajos que abordan el estudio de representaciones
colectivas en el período en cuestión, se trata fundamentalmente del estudio de los imaginarios
elaborados en el seno de experiencias militantes. Está pendiente, en cambio, la reconstrucción y
el análisis de aquellos fragmentos que hacen a lo que podemos llamar “imaginarios sociales” en
un sentido más amplio, esto es, los que se pueden asociar con un “sentido común” compartido
por amplios sectores de la población que no están elaborados en el marco de una experiencia
compartida. En este sentido, adentrarnos en las representaciones construidas por el humor grá-
fico en un medio cuyo principal consumidor está constituido por amplios segmentos de la clase
media letrada, como es el caso del diario Clarín, podría ser una vía para explorar esos valores y
sentidos que circularon ampliamente por esos días.
203
Florencia Paula Levín
En las líneas que siguen me propongo reconstruir y analizar las represen-
taciones que los distintos humoristas del diario construyeron sobre algunos de
los rasgos principales de la cultura política del momento. En primer lugar, se
abordará un conjunto de cartoons que retratan la lucha clandestina y la represión
paraestatal, con el objetivo de demostrar que existieron tempranas representa-
ciones de la violencia política que fueron difundidas por medios de circulación
masiva, en este caso el diario Clarín. Seguidamente, se presentará un análisis de
la construcción iconográfica de la figura del “terrorista” intentando demostrar
que esas representaciones tendieron a crear una imagen emblemática en la cual
se subsumen quienes están al margen de la ley, quienes trabajan a su servicio y
quienes se insertan como empleados a sueldo al servicio de cualquier fuerza.
Brevemente, para situarnos, los cartoons que componen el corpus de este
trabajo fueron publicados por el diario entre enero y octubre de 1973, período
que corresponde al tramo final del Gobierno Militar y al largo y conflictivo
proceso de transición en manos de Héctor Cámpora y Raúl Lastiri hasta la
llegada de Juan D. Perón al gobierno. Como se sabe, este fue un período
propicio para la revisión de la metodología violenta y para la reconfiguración
de las organizaciones armadas y de otros grupos que participaron en la escena
política relacionados con la llamada “nueva izquierda”, que desde 1969 en
adelante habían ocupado parte de la arena política. En efecto, si hasta entonces
el empleo de la violencia como modo de acción política era heterogéneo, pero
extendidamente justificado por diversos grupos armados y no armados como
respuesta posible ante un Gobierno y un régimen considerados ilegítimos, en
el período que se inicia con el llamado a elecciones –y particularmente con la
posterior asunción de Cámpora– se produce un hiato expectante que impulsa
la reflexión sobre las modalidades de acción política que llevó, en algunos casos,
al abandono al menos momentáneo de la metodología violenta. Sin embargo,
como se verá, es este, paradójicamente, un período relativamente fértil para la
construcción de una iconografía sobre la violencia y sus protagonistas que el
diario fue desplegando de modo sistemático en sus páginas.
Sobre la noción de humor gráfico
Antes de avanzar con el análisis del material, creo oportuno hacer algunas
aclaraciones relacionadas con el concepto de humor gráfico, sobre todo teniendo
en cuenta la aparente contradicción entre la noción de humor y su asociación con
las representaciones de la violencia y la represión extremas. Esta contradicción
204
Representaciones sobre la violencia a través del humor gráfico en la Argentina...
se deriva de la consuetudinaria referencia al género como “humor gráfico” y por
tanto de su naturalizada articulación con el humor propiamente dicho.
En primer lugar, siguiendo a Oscar Steimberg, dentro de lo que se con-
sidera “humor” habría que discriminar entre el humor propiamente dicho
(en el sentido freudiano), que compromete al sujeto de la enunciación y del
enunciado en su propia humorada, de lo cómico y del chiste que refieren, en
el primer caso, de modo genérico, a una ruptura de previsibilidad o isotopías
y, en el segundo, a ese mismo mecanismo pero depositado sobre una tercera
persona (Steimberg, 2001: 2).
En segundo lugar, conviene resaltar que el llamado “humor gráfico” no ne-
cesariamente da risa y que en escasas ocasiones produce un efecto humorístico.9
Este efecto solamente se produciría en aquellos casos en los cuales se pueda esta-
blecer la existencia de una imagen de autor “que se confunda enunciativamente,
con un segmento sociocultural definido”, con una “manera de hacer grupal”,
de modo que la imagen de autor a la vez represente y sea representada por un
determinado segmento-sujeto asimilable con sector profesional, generacional,
político, artístico, etc. (Steimberg, 2001: 6).
De acuerdo a estas aclaraciones, los cartoons analizados podrían inscribirse
dentro del género “chistes” sin humor en los cuales prima un importante com-
ponente crítico y confrontativo que tiende a la descalificación de un tercero.
Lucha clandestina y represión paraestatal. Algunas
representaciones tempranas
Comencemos por ver de qué modo el humor gráfico construyó representa-
ciones tempranas y relativamente directas sobre las metodologías de la represión
ilegal y las estrategias de la lucha clandestina. En este recorrido, partimos de
un asombroso cartoon de Ian10 que, como se desprende a modo de conjetura,
9
Ver, al respecto, el mencionado tratamiento que hace Steimberg del pasaje del humor de la
oralidad a la gráfica que supone la pérdida de la condición presencial del autor, la articulación
del cartoon o tira de humor con la publicación en la que se inserta, la presencia del efecto de
enunciación institucional del contexto soporte (en nuestro caso, el diario Clarín) y el llamado “em-
plazamiento de género” del dibujo de humor impreso, “lo que presupone un enunciador-operador
que cumple con un rol socialmente definido, limitado y previsible” (Steimberg 2001:5).
10
Jan Harczyk (verdadero nombre del humorista conocido como Ian) nació en Varsovia en 1935
y llegó a la Argentina a los ocho años (en 1943), en donde se radicó definitivamente. Entre sus
trabajos se destaca su colaboración en el periódico cordobés La Voz del Interior a partir de 1965 y
205
Florencia Paula Levín
podría estar aludiendo de modo indirecto a la existencia de la Triple A (ver
imagen 1 del Anexo). Se trata de un chiste mudo, donde aparecen en el cielo,
en distintos estratos de nubes, un hombre negro y un personaje con la clásica
indumentaria del Ku Kux Klan (sotana y capucha blancas) que lleva incluso
una marca concreta: KKK (Clarín, 28/11/73: 43). La tentación de vincular a
este personaje del terror racista con la AAA, ese nuevo protagonista del terror
represor en la Argentina, es grande. Y esa tentación se acrecienta si se considera
que el cartoon es publicado tan sólo una semana después del primer atentado
que se autoadjudicó el grupo parapolicial de ultraderecha denominado Acción
Anticomunista Argentina (o Triple A).11
Ahora bien, si en este caso no se trata más que de conjeturas, es posible
rastrear en la producción humorística otros casos en los cuales las escenas alu-
den de modo más directo al referente representado. Como ejemplo tomamos
un cartoon del humorista Crist12 publicado en mayo de 1973 (ver imagen 2),
que construye una escena en la cual un soldado que apunta con una enorme
ametralladora a la cara de un hombre que yace en el suelo vocifera: “¡te has
muerto, maldito! ¡Seguro que les han enseñado a morirse, malditos!” A pesar de
que este cartoon no tiene ninguna señal que permita vincularlo a un tiempo y
un lugar, algunos sentidos de lectura que se desprenden del contexto remiten
a las estrategias de lucha de algunos militantes de organizaciones armadas,
particularmente de Montoneros, destinadas a evitar sucumbir en manos de
los militares (Clarín, 3/5/73: 42). En el mismo sentido, también de autoría
de Crist, tenemos el ejemplo de un cartoon (ver imagen 3) que muestra a un
grupo de hombres fuertemente armados, y característicamente construidos
como “custodios” junto a un desprevenido señor de camisa a rayas, zapatos de
en el mendocino Los Andes desde 1972. En los años setenta trabajó en la famosa revista Hortensia
e ingresó como humorista de la contratapa del diario Clarín, en donde comenzó a publicar su
tira “Chispazos” en el año 1971. Al poco tiempo “Chispazos” fue reemplazado por un cartoon
mudo (sin título) que, a partir del año 1975, comenzó a alternar el espacio asignado con la obra
del humorista Aldo Rivero.
11
En efecto, el 21 de noviembre se realizó un atentado contra el político radical Hipólito Solari
Yrigoyen, atentado que se auto adjudicó la propia Triple A (González Janzen, 1986).
12
Cristóbal Reinoso (o Crist) nació en la ciudad de Santa Fe en el año 1946. A los veinte años
se mudó a Córdoba, ciudad en la que se radicó y en la que en la actualidad sigue viviendo. Crist
creció como dibujante y humorista desde las revistas clásicas de Buenos Aires, “donde ancló para
nacer mientras ellas languidecían” (Muestra de humor, 1981): Rico Tipo y Patoruzú. También
participó del fenómeno Hortensia, experiencia que lo catapultó al reconocimiento y que le valió
su colaboración en la contratapa del Diario Clarín, en donde publica a diario sus cartoons desde
1973 hasta nuestros días.
206
Representaciones sobre la violencia a través del humor gráfico en la Argentina...
charol y que se ajusta la corbata, al que advierten: “¡No te esmeres, Joe! ¡Es otro
tipo de paseo el que daremos!”, mensaje que parecería aludir tempranamente a
ciertos métodos intimidatorios retomados y sistematizados por la metodología
del terrorismo estatal (Clarín, 21/9/73: 54).
Finalmente, vale mencionar brevemente un par de cartoons de Landrú13,
ambos publicados hacia fines de marzo y principios de abril de 1973, en los
cuales se representan escenas explícitas de aplicación de picana eléctrica (ver
imágenes 4 y 5). “Picanas”, el primero de ellos, presidido por un cartel que
indica “Cámara del terror”, muestra una escena de tortura protagonizada por
tres personajes: el torturado, quien yace tendido y esposado de pies y manos
sobre una mesa, y los verdugos, uno de los cuales, picana en mano, se dirige al
otro diciendo: “¡Qué porquería! Otra vez baja tensión. Compré varios elevadores
de voltaje” (“Picanas”, 23/3/73: 16, sección Policiales). El segundo ejemplo,
“Tarifas”, si bien está presidido por el mismo cartel que indica “Cámara del
terror”, no muestra la escena de tortura sino el enojo de quien parece ser el
jefe de operaciones de un grupo comando dirigiéndose a dos torturadores:
“¡125.000 m/n de electricidad! Muchachos, desde hoy, a aplicar un poco menos las
picanas” (“Tarifas”, 3/4/73: 12, sección Policiales).14 En ambos casos, como
puede observarse, hay un componente de ironía en los chistes que reside en
las dificultades que encuentran los torturadores para aplicar la picana debido a
problemas con el abastecimiento de energía eléctrica y las tarifas, produciendo
por efecto una suerte de naturalización de la tortura que queda así relegada a
un segundo plano como sostén de la escena del problema eléctrico.
13
Nacido en 1923, Juan Carlos Colombres (Landrú) es un renombrado humorista argentino
que desde 1945 viene produciendo tiras de humor político en distintos medios gráficos, entre
los que se destacan las revistas Don Fulgencio, de Lino Palacio (donde debutó como humorista),
y Cascabel, clausurada por la censura peronista. Creador de la famosa revista Tía Vicenta, que
fuera prohibida durante el onganiato, Landrú se las ingenió para seguir publicando sus tiras de
humor sin solución de continuidad en distintos medios periodísticos. Landrú comenzó a publicar
sus cartoons en el diario Clarín a fines de marzo de 1972. A diferencia de todos los otros artistas
mencionados, la obra de Landrú se publicó en distintas secciones del cuerpo del diario y sus
cartoons se han caracterizado por tener una articulación más directa y explícita con las noticias
publicadas en el mismo. Al menos para el período que se está considerando, su producción en el
matutino es llamativamente abundante: todos los días aparece por lo menos un chiste en alguna
sección del diario y, por lo general, suelen aparecer entre tres y cuatro cada día.
14
Más adelante se analizará la forma en que Landrú ha caracterizado a los verdugos. Mientras
tanto, es interesante puntualizar que quien parece ser el jefe del grupo represivo está caricaturizado
con rasgos similares a los empleados por el humorista para dibujar a los dirigentes gremiales
(particularmente, la robustez del cuerpo, las mangas arremangadas y el pelo enrulado).
207
Florencia Paula Levín
Estas tempranas referencias, escasas pero indudablemente explícitas sobre
el tema, desaparecieron por completo de los trazos de los humoristas de Clarín
durante el resto del período comentado. Seguramente, las mismas fueron po-
sibles en tanto, por ese entonces, las desapariciones y la aplicación sistemática
de tortura recién comenzaban su proceso ascendente, y en cuanto se vivía en el
país un inusual clima de apertura sin el cual ni estas ni otras referencias menos
explícitas podrían haber sido publicadas. Sin embargo, aunque esporádicamente,
a partir de entonces y durante todos los años de la dictadura, las escenas de tor-
tura, los encapuchados, los interrogatorios y las ejecuciones seguirán apareciendo
en la contratapa del diario aunque de modo decididamente descontextualizado
(ver, a modo de ejemplo, las imágenes 6 a 9 que muestran que el tema subsiste
en la contratapa pero con una referencialidad más ambigua)15.
Los ejemplos analizados nos permiten afirmar que existieron y circularon
tempranas formas de representación directa de los mecanismos de la represión
ilegal (en particular de la aplicación de la picana eléctrica) en un período en el
que la violencia como modalidad de acción política y la consecuente represión
era un tema de debate en la agenda diaria de la sociedad.16
Finalmente, es de destacar que estas tempranas representaciones contrastan
abiertamente con el tratamiento que se hizo del tema a partir de los años de
la transición democrática en la década de 1980. Ciertamente, a la luz de la
magnitud y de las implicancias del terrorismo de Estado, así como también
de los nuevos pactos y consensos sociales, escenas como las comentadas no
solamente serán irrepetibles dentro del género humorísitico sino que serán,
además, impensables en tanto y en cuanto las normas éticas y estéticas acerca
de qué puede y qué debe ser mostrado se basarán en la idea de la irrepresenta-
bilidad del horror.
La construcción iconográfica de los protagonistas
Además de estas referencias a la tortura y los mecanismos ilegales de repre-
sión, del análisis de los cartoons surge la posibilidad de reconstruir los rasgos
iconográficos que los humoristas atribuyen a ciertos personajes considerados
claves, ya que aparecen protagonizando la escenificación de la violencia. En
15
La forma más reiterada de representar estas escenas por los diversos humoristas es la guillotina.
Ciertamente, en este conjunto de cartoons pueden apreciarse escenas de ejecución a punto de ser
consumadas a lo largo de todo el período dictatorial.
16
N. de e.: Véase el trabajo de Roberto Pittaluga en el tomo 1.
208
Representaciones sobre la violencia a través del humor gráfico en la Argentina...
estos casos se verá que dicha construcción se realiza a partir de la selección de
determinados rasgos, sean reales o imaginarios, que los humoristas consideran
lo suficientemente alusivos como para indicar al lector no sólo a qué personaje
retrata sino para, además, proponer una apreciación valorativa del mismo.
Entre estas figuras, la que más se destaca, tanto por su reiteración en las
páginas de Clarín como por su fuerza expresiva, es la figura del terrorista, en
un sentido amplio, que como veremos, aparece trasmutada en la imagen del
delincuente profesional a sueldo que podríamos inscribir dentro de una serie
de significantes emparentados: espía-matón-detective-patotero-mercenario.
Los autores que por excelencia construyen estas imágenes son Crist y
Fontanarrosa17, y el período en el cual se publican sus cartoons corresponde
a los meses de agosto, septiembre y octubre de 1973, esto es, una vez que las
expectativas ocasionadas por la llamada “primavera camporista” y por el retorno
del peronismo al gobierno nacional se van desvaneciendo.
Si se observan las imágenes de la serie (ver las imágenes 3 y 10 a 17 del
Anexo), pueden apreciarse algunos rasgos constantes en la caracterización de
los personajes: sombreros de ala ancha doblados en la parte trasera, largos
impermeables llevados con las solapas altas, manos en los bolsillos, anteojos
oscuros, grandes cigarros y poderosas armas de fuego. Es posible ver, incluso,
que en varios de los dibujos que integran la serie los personajes tienen la misma
actitud corporal.
Estas representaciones, construidas claramente en diálogo con la estética del
cine clásico de espionaje y policial, construyen una iconografía sincrética que
combina marcas extemporáneas al proceso histórico en el cual se insertan y al
cual aluden con algunas referencias dadas por la reiteración de su temática, por
algunos diálogos entre los personajes y, sobre todo, por el entramado discursivo
en el que se insertan en el cuerpo del diario.
Es interesante destacar, asimismo, que los rasgos aludidos guardan parentes-
cos directos con la estética del “gangsterismo sindical” y las barras bravas propias
17
Roberto Fontanarrosa nació en la ciudad de Rosario (Provincia de Santa Fe) en 1944. En 1968,
a los veinticuatro años de edad, comenzó a publicar sus producciones humorísticas en la efímera
revista Boom de Rosario. Autor de un gran número de novelas y libros de cuentos, su fama en
gran parte se debe a su tarea como humorista gráfico. En los años setenta su labor se consagró
en las famosas revistas Hortensia y Satiricón. Fue precisamente en Hortensia donde nacieron dos
de sus series más consagradas: “Boogie el aceitoso” e “Inodoro Pereyra”. Fontanarrosa también
colaboró en Mengano, Siete Días, Chaupinela, El ratón de Occidente, La Hoja del lunes, Humor,
Superhumor y desde el año 1973 hasta su fallecimiento, en julio de 2007, publicó diariamente
un cartoon en la contratapa del diario Clarín.
209
Florencia Paula Levín
del vandorismo18 y la derecha sindical, lo cual refuerza la idea de que existe una
alusión al accionar de bandas parapoliciales asociadas a la derecha.19
Por otra parte, es de resaltar que este sincretismo no sólo conjuga caracteri-
zaciones y detalles pertenecientes a momentos y estéticas diversas sino que, más
importante aun, tienden a crear una imagen emblemática en la cual se subsumen
quienes están al margen de la ley (delincuentes, matones, asaltantes), quienes
trabajan a su servicio (comisarios y otros policías) y quienes se insertan como
empleados al servicio de cualquier fuerza (guardaespaldas, mercenarios, etc.).
Del mismo modo, podemos encontrar en Landrú la utilización de determi-
nados elementos estilísticos para la caracterización de personajes no sólo diversos
sino, incluso, irreductiblemente enfrentados. Para ello es preciso volver a reparar
en los aludidos cartoons referidos a la aplicación de picana eléctrica (ver imágenes
4 y 5), en los cuales el contexto de su publicación no deja lugar a dudas de que
en ellos Landrú está caracterizando a los torturadores. Ciertamente, para los
días en que aparecen estos cartoons, Clarín informó sobre la marcha un proceso
judicial encausado a propósito de la presentación de denuncias sobre hechos de
tortura llevadas a cabo meses atrás por agentes de la policía cerca de la ciudad
de Mar del Plata,20 información a partir de la cual podría incluso vincularse a
los verdugos con las fuerzas policiales marplateneses.
Ahora bien, junto a estos ejemplos encontramos otro cartoon titulado “Aten-
tados” (ver imagen 18) que nos muestra cómo los mismos elementos empleados
para la caracterización de los torturadores que aplican picana y combinados de
igual forma (barba larga y grandes ojeras) son utilizados por el humorista para
representar al “terrorista”, “activista” o “subversivo” que está por hacer detonar
una bomba en las oficinas de avisos clasificados de un diario.
Aunque estos ejemplos son cuantitativamente poco representativos, no
deja de ser interesante advertir el modo en que “subversivos” y torturadores se
superponen y desdibujan ante la mirada del humorista.
18
Denominación que alude tanto al período de liderazgo sindical ejercido por Augusto Vandor a
principios de la década de 1960 como al estilo intimidatorio impuesto entonces y caracterizado
por la actividad de barras “bravas” y matones para reprimir a potenciales adversarios dentro del
sindicalismo (James, 2003: 151).
19
Agradezco a Elizabeth Jelin sus comentarios al respecto.
20
“Caminata nocturna a orillas del mar. Proceso al terror. Aportó constancias el paseo hacia la
casa cuestionada”, 23/3/73: 16, sección Policiales. La noticia está acompañada de un recuadro
titulado “Intimidación” en el cual se denuncia la existencia de amenazas telefónicas al cronista
policial del diario La Capital, al secretario general del Sindicato de Prensa y al secretario general
del Gremio de los Mineros, José María Cartas, que figura como uno de los detenidos y torturados
en la finca de Camet.
210
Representaciones sobre la violencia a través del humor gráfico en la Argentina...
En suma, Fontanarrosa, Crist y Landrú ponen a circular tempranamente a
partir de un lenguaje lúdico no sólo la representación, sino también elementos
valorativos sobre el complejo fenómeno de la violencia. Se podría afirmar que
los imaginarios que estas representaciones construyen y vehiculizan tienen,
por un lado, la característica típica de construir una frontera maniquea entre
el bien y el mal, entre la ley y la no ley. Sin embargo, a la hora de representar
quiénes están fuera y quiénes dentro del orden legal las fronteras se vuelven
porosas y las diferencias esquivas (como ha sido habitual oír, “ambos extremos
se juntan”). Por último, vale la pena resaltar que los elementos analizados de
estos imaginarios sociales atraviesan la obra de los distintos humoristas, más
allá de sus orientaciones políticas y rasgos autorales.
La violencia como medio para la acción política. La
intervención en un debate
Los fenómenos y caracterizaciones aludidos en el análisis previo se insertan
en un contexto caracterizado no sólo por la acción de grupos político militares
(que incluyeron una serie de acciones espectaculares tales como secuestros,
atentados, asaltos, etc.), sino también por un clima insurreccional colectivo
en el que diversos actores apelaron de modo no sistemático a formas de acción
relativamente violentas expresadas en manifestaciones públicas, tomas y ocu-
paciones de lugares de trabajo, boicots, etc.
En ese marco se dio un importante debate político y público sobre la le-
gitimidad del empleo de la violencia como medio para la acción política que
fue especialmente álgido durante el proceso electoral entre enero y marzo de
1973 y que involucró a dirigentes y militantes políticos de todas las tenden-
cias, a miembros destacados de la corporación militar así como a los medios
de comunicación y la opinión pública en general. Muchos de los argumentos
puestos en juego en ese momento descansaban en la idea de que la legitimidad
de la violencia radicaba en el cierre de la vida política e institucional, la censura
y la represión.21
Fueron características de ese debate una mirada excesivamente instrumental
sobre el fenómeno (es decir, la reducción del mismo a un problema entre medios
y fines) y que las diversas manifestaciones “violentas” fueron englobadas bajo
21
En este sentido es pertinente recordar que el propio Cámpora fue acusado de propiciar la
violencia durante su campaña electoral.
211
Florencia Paula Levín
un mismo marco interpretativo, por lo que los argumentos a favor o en contra
no discriminaron entre la acción encarada por grupos armados y otras formas
de acción colectiva. Dentro de este contexto es pertinente analizar qué tipo
de participación tuvo el humor gráfico del diario Clarín, considerando dicha
participación en el marco de la línea editorial del diario. Para ello contamos con
la mirada aguda de Ian, quien es el único humorista del diario que interviene
en el debate y lo hace únicamente a partir de dos referencias.
Por un lado, vemos que en la obra de Ian la violencia aparece como medio
para la obtención de fines pacifistas. Tal es el caso de un cartoon que muestra a
un hombre en la vía pública que contempla azorado un cartel que dice: “Vote
o muera. Partido moderador pacifista”, inscripción que está, por otro lado,
acompañada por la imagen de un arma de fuego (Clarín, 27/3/73: 43). Pero
Ian también expresa en otro ejemplo una opinión opuesta según la cual la paz
sería una excusa (o medio) para el empleo de la violencia, la cual se convertiría
entonces en un fin en sí mismo poniendo en el tapete los abordajes centrales de
la discusión contemporánea sobre el tema: “¿qué viene a ser la paz?...”, pregunta
un niño a su padre mientras ambos caminan por la calle. “Y… es un montón de
miniguerras entre dos maxiguerras”, contesta el padre (Clarín, 25/4/73: 47). Estos
ejemplos, únicos dentro del período analizado que intervienen directamente
en el debate, retoman los términos instrumentales en que el mismo se dio.
Ambos ejemplos parecieran cuestionar, o al menos problematizar, el supuesto
del extendido consenso del cual habría gozado la violencia como medio para
el logro de objetivos políticos en amplios sectores de la sociedad argentina,
en tanto y en cuanto la mirada de Ian es abiertamente irónica y por lo tanto
crítica al respecto.
Es interesante destacar, por otra parte, que estas referencias al problema
a partir del humor de Ian son casi las únicas intervenciones del diario Clarín
en el debate público. Vale decir que, aun cuando el diario destina un lugar
más que relevante a las noticias relacionadas con el fenómeno de la violencia a
través de la publicación de noticias y la transcripción de diversas posturas que
intervienen en el debate, no existe un espacio editorial destinado a reflexionar
sobre el tema y delinear una postura en la discusión o al menos no dentro de
los términos en que ésta se da en el espacio político. En todo caso, la temati-
zación de la violencia por parte de los editoriales de Clarín durante los meses
en cuestión22 desplaza el centro de la discusión del problema de los medios y
los fines al argumento de la violencia como consecuencia de las desigualdades
22
Se trata de un total de cuatro editoriales, uno publicado en el mes de enero y tres en el mes de
mayo, no habiendo más pronunciamientos al respecto en el resto del período considerado.
212
Representaciones sobre la violencia a través del humor gráfico en la Argentina...
sociales, argumentación que se articula con la doctrina desarrollista expresada
por el diario y que tiene entre sus motivos centrales la noción de modernización
y desarrollo como precondición para el logro de una sociedad más igualitaria
y armónica.23
Así, por ejemplo, descartando como tema de interés los fenómenos que
el mismo diario denomina “violencia subversiva” y “violencia represiva”, hacia
mediados y fines de enero la línea editorial se centra en la denominada “violencia
espontánea” que hace que “pacíficos ciudadanos, en determinadas circunstancias,
destruyan bienes públicos y privados, se enfrenten con las fuerzas del orden y
protesten clamorosamente frente a ciertas decisiones políticas” y que según se
argumenta no puede explicarse por el “móvil político e ideológico” sino por
los “basamentos mismos de la estructura social” (“La violencia espontánea”,
19/1/73: 8).24
Estos motivos se reiterarán varias semanas más adelante cuando, a poco de
la fecha indicada para la transmisión del gobierno de Lanusse a Cámpora, se
produzca lo que fue llamada una “escalada de violencia”25. En esa ocasión, la línea
editorial del diario reiterará que las “causas últimas” de la “cruenta lucha entre
argentinos” han de buscarse en la crisis económico social por lo que “únicamente
un cambio cualitativo de la economía” podría contener esa escalada.26
Sin embargo, pese a las operaciones discursivas para eludir la discusión en
términos netamente políticos, en vísperas de la transmisión del gobierno en
mayo, el diario argumentará que un “nuevo esquema de vida política” contri-
buirá a erradicar el fenómeno de la violencia en tanto “el disenso [...] contará
con otros canales” de expresión (“La ley de amnistía”, 12/5/73: 8), exponiendo
casi sin quererlo el argumento de que la violencia es un efecto de la represión
y la falta de mecanismos institucionales para la expresión de las ideas y el ejer-
cicio de la política.
23
Diversos autores han establecido los vínculos no sólo ideológicos sino también financieros del
diario con el llamado “desarrollismo” político-económico (Asís, 1985; Ramos, 1993).
24
“La crisis económico-social y el sentimiento de frustración de los jóvenes y de extensas capas
de la sociedad han minado la salud del cuerpo social; una pequeña chispa produce estallidos de
consecuencias siempre imprevisibles y deplorables”.
25
Y que incluyó, entre otros asuntos, el impactante y asonado asesinato del almirante Hermes
Quijada.
26
“La violencia es incompatible con una sociedad que se realiza”, 3 de mayo de 1973, p. 14.
(se trata de uno de los pocos ejemplos de Editoriales que aparecen firmados). Ver también un
despliegue de estos argumentos en “El regreso de Perón”, 21/6/73: 10 y en “El mensaje de
Perón”, 23/6/73: 8.
213
Florencia Paula Levín
En suma, esta relativa vacancia dejada por la línea editorial de Clarín en el
debate27, en los términos en los cuales éste se organizó, dejó casi como única
intervención en el mismo por parte del diario a los referidos cartoons de Ian,
que expresaron, por otra parte, una postura abiertamente irónica.
Humor, representaciones colectivas y la sedimentación de
una memoria
Las páginas precedentes se han escrito a partir de la hipótesis de que el
humor gráfico se constituyó en un medio privilegiado para la sedimentación
de algunas representaciones, ideas y valores propios de la época que, en algunos
casos, incluso persisten en nuestros días. En tal sentido, se intentó demostrar
que existieron en la Argentina tempranas representaciones sobre la tortura y
sobre el uso de la picana eléctrica directamente situadas y contextualizadas,
que fueron perdiendo ese carácter de referencialidad directa a medida que
la censura y la represión coartaron la libertad de opinión. Sin embargo, la
desaparición de esas explícitas referencias no implicó la desaparición del tema
en la contratapa de Clarín. Por el contrario, como ya se ha mencionado, la
temática siguió vigente a lo largo de todo el período hasta los años finales de
la dictadura a través de una profusa serie protagonizada por encapuchados,
guillotinas, horcas y ejecuciones.
Por otra parte, la publicación de este conjunto de representaciones en un
medio de gran masividad como es el diario Clarín y su insistencia a lo largo
de tantos años nos permiten cuestionar algunas representaciones que sobre esa
época fueron ampliamente difundidas por los discursos de las memorias. En
particular, dichas imágenes permiten perforar la imagen de una sociedad ajena
e ignorante de las modalidades de la acción política clandestina y el ejercicio de
la represión ilegal ampliamente difundidas por la “teoría de los dos demonios”
y la llamada memoria del Nunca más.28
27
Estrategia revelada incluso por el propio diario al manifestar su voluntad explícita de evitar
“unirse al coro que durante el gobierno anterior hacían de estos episodios [de violencia] un dato
aislado, una circunstancia anómala en la vida nacional”, “Responsabilidades ante la intimidación”,
Clarín, 12/9/73, p. 10.
28
Sintéticamente, la teoría de los dos demonios (sobre cuyos argumentos se escribió el primer
prólogo del Nunca Más) afirma que existió en la Argentina una guerra entre dos “demonios” (la
guerrilla y las Fuerzas Armadas) cuya violencia análoga recayó, injustamente, sobre una sociedad
ajena a esa lucha y, por lo tanto, víctima inocente y pasiva de la barbarie. De hecho, se considera
214
Representaciones sobre la violencia a través del humor gráfico en la Argentina...
Sin embargo, como se ha sugerido, otros elementos de esas tramas interpre-
tativas, particularmente los que reconstruyen una escena protagonizada funda-
mentalmente por fuerzas demoníacas, están presentes muy tempranamente en
la sociedad. En este sentido, se ha intentado demostrar que el humor gráfico
participó en la construcción y difusión de representaciones que tendieron a la
identificación entre “subversión” y marxismo por un lado y entre quienes están
al margen de la ley, quienes trabajan a su servicio y quienes se insertan como
empleados al servicio de cualquier fuerza, por otro. Podríamos concluir que
los personajes representados en los cartoons analizados en el apartado corres-
pondiente aparecen como la encarnación de ciertos elementos del imaginario
social, presentes en ese entonces y que años más tarde posiblemente decantaron
para dar forma a la llamada “teoría de los dos demonios”.29
¿Entretenimiento, crítica o efecto estabilizante?
Para concluir, me gustaría abordar brevemente algunas cuestiones vinculadas
con las posibles funciones del humor gráfico y su emplazamiento en medios
de circulación masiva, particularmente del publicado por Clarín en el período
considerado. Descartado el efecto humorístico de los cartoons en cuestión,
corresponde explorar entonces qué efecto puede generar su inclusión en el
diario. Una primera aproximación al tema nos permite afirmar que, en tanto
y en cuanto la violencia y la represión clandestina así como sus protagonistas
que todas las víctimas fueron esencialmente víctimas inocentes. Finalmente, los que adhieren a
esta teoría afirman que los jefes de ambos grupos son los únicos responsables y culpables por lo
acontecido (Cerruti, 1991).
29
Esta hipótesis se ve reforzada, asimismo, por la temprana aparición de varios elementos de
dicha teoría en otros discursos difundidos por la prensa diaria, desde noticias y discursos políticos
transcritos hasta los editoriales. En el caso del diario Clarín, por ejemplo, una primera formulación
de esta teoría puede encontrarse en la línea editorial ya en septiembre de 1976 cuando Clarín
afirme que a la acción de la guerrilla subversiva se suma “la existencia de atentados igualmente
condenables debido a la acción de grupos de un signo diametralmente opuesto” (“Los derechos
humanos”, 16/9/76: 8. Bastardillas mías). Esta idea, que será retomada y desarrollada en otros
editoriales (“El frente interno”,13/12/76: 6, “Claridad conceptual”, 8/3/77: 8 y “Ganar la paz”,
27/3/77: 12) constituye una formulación arcaica de dicha teoría en tanto el Estado aparece como
un actor ajeno a los “extremismos” y como un agente neutral que sólo reprime legalmente a
ambos contrincantes. Será recién cuando el diario asuma la existencia de una “violencia paraes-
tatal” (“Los derechos humanos y la OEA”, 22/4/80:10, “El documento episcopal”, 4/7/81: 10)
que todos estos elementos podrán conjugarse para dar forma a la representación ampliamente
difundida a partir del retorno de la democracia.
215
Florencia Paula Levín
ocupan un lugar importante dentro de la agenda de los humoristas,30 su inclu-
sión en el diario podría tener un efecto de advertencia, llamado de atención y,
por lo mismo, de denuncia y crítica.
Sin embargo, una reflexión un poco más profunda nos puede llevar a una
conclusión un poco más compleja. En este punto, me parece útil traer a colación
uno de los procesos que, de acuerdo con algunos semiólogos del cartoon, afectan
a su contenido. Se trata del proceso denominado de domesticación, que describe
el mecanismo mediante el cual el cartoon presenta situaciones, ideas o perso-
najes lejanos para la experiencia cotidiana de sus espectadores como si fueran
familiares, cercanos. En otros términos, la domesticación supone “convertir lo
nuevo y difícil de entender en un lugar común subrayando algunos elementos
y enmascarando otros, focalizando en patrones repetitivos para minimizar la
novedad y el ajuste mental” (Morris, 1993: 201). Creo que esta noción nos
permite reflexionar sobre una de las posibles funciones del humor gráfico
durante este período ya que, tal como se vio, existe una relativamente profusa
producción de cartoons que podría contribuir al proceso de familiarización de
los lectores del diario con respecto a los hechos de violencia.31
Sin embargo, también se ha argumentado que la intervención irónica de
Ian, en el debate instrumentalista sobre el empleo de la violencia como medio
para la acción política, se presenta como una crítica directa al difundido ar-
gumento de que el cierre y la clausura de los espacios institucionales justifican
su empleo.
En suma, podemos concluir que la tematización e interpretación del
fenómeno de la violencia por parte de los humoristas puede cumplir funciones
diversas que tienden tanto a la crítica como, al mismo tiempo, a cierta banali-
zación, trivialización y, por lo tanto, naturalización de la problemática.
30
En este sentido, es importante destacar que los ejemplos analizados en este trabajo forman
parte de un corpus mucho más nutrido de cartoons y tiras de humor referidos a otros aspectos
del fenómeno de la violencia, que no son tratados en esta oportunidad (por ejemplo la relación
entre violencia y política institucionalizada, el impacto de la llamada “escalada de violencia” en
la vida cotidiana de la gente común, el corte generacional con respecto a la violencia, la violencia
en las relaciones interpersonales cotidianas, etc.) en la que participaron, además de los humoristas
analizados, también Caloi, Dobal y Bróccoli.
31
Sin embargo, tal como se advierte en otro tramo de la investigación en curso, la tematización
de la violencia por parte del humor gráfico cambia de efecto cuando, muchos años más adelante,
se inserta en el contexto de crisis y descomposición del régimen militar en cuyo marco se produjo
un importante debate público sobre el fenómeno.
216
Representaciones sobre la violencia a través del humor gráfico en la Argentina...
Bibliografía
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de Filosofía y Letras, UBA.
217
Florencia Paula Levín
Anexo
Imagen 1 Imagen 2
Ian, 28/11/73: 43, sección Humor Crist, 03/05/73: 42, sección Humor
218
Representaciones sobre la violencia a través del humor gráfico en la Argentina...
Imagen 3 Imagen 4
Crist, 21/09/73: 54, sección Humor Landrú, “Picanas”, Clarín,
23/3/73: 16, sección Policiales
Imagen 5 Imagen 6
Landrú, “Tarifas”, 3/4/73: 12, Fontanarrosa, 15/06/74: 26,
sección Policiales sección Humor
219
Florencia Paula Levín
Imagen 7 Imagen 8
Crist, 10/03/76: 40, sección Fontanarrosa, 07/01/76: 32,
Humor sección Humor
Imagen 9 Imagen 10
Crist, 19/05/77: 52, sección Crist, 30/8/73: 46, sección Humor
Humor
220
Representaciones sobre la violencia a través del humor gráfico en la Argentina...
Imagen 11 Imagen 12
Crist, 19/9/73: 46, sección Humor Crist, 26/10/73: 38, sección Humor
Imagen 13 Imagen 14
Crist, 27/10/73: 26, sección Fontanarrosa, 12/8/73: 38, sección
Humor Humor
221
Florencia Paula Levín
Imagen 15 Imagen 16
Fontanarrosa, 22/8/73: 46, sección Fontanarrosa, 1/9/73: 34, sección
Humor Humor
Imagen 17 Imagen 18
Fontanarrosa, 2/9/73: 38, sección Landrú, “Atentados”, 2/10/73: 23,
Humor sección Política
222
“El que no salta es un militar”: rock,
recitales y política en la Argentina
(1976-1983)
Sergio A. Pujol
En junio de 2006, en el espacio cultural de la Fundación OSDE se presentó
la muestra titulada Cuerpo y materia. Arte argentino entre 1976 y 1985 (Cons-
tantin, 2006). Se trató de la exposición más completa sobre pintura argentina
bajo la dictadura que se haya hecho hasta la fecha. Ahí estuvieron las obras
de Oscar Smoje, Juan Pablo Renzi, Carlos Alonso, Carlos Gorriarena, Marcia
Schvartz y otros maestros de nuestra pintura, puestas todas en un mismo e
ineludible contexto histórico, como partes de una trama secreta tejida entre el
ostracismo interior y el exilio.
Empezamos estos apuntes refiriéndonos a una muestra de pintura para
desplazarnos enseguida hacia otro objeto de estudio: el rock argentino en
tiempos de la dictadura. ¿Por qué esta elipsis? Porque nos interesa remarcar la
especificidad del rock, y para ello imaginamos un contrapunto entre el cuerpo
representado –virtual– de la pintura y el cuerpo expuesto –real– de la música.
Sospechamos que este contrapunto podría resultar productivo para entender
un poco mejor esa configuración de sentido que llamamos rock. Si bien no
sería caprichoso señalar puntos de articulación entre la vida plástica y la vida
musical durante los años del Proceso –un rasero represivo tendió a dotar de
común destino toda expresión artística de hálito crítico–, más interesante aún
es inventariar diferencias y reflexionar entonces sobre el rock como género clave
de un territorio asediado: el territorio joven.
223
Sergio A. Pujol
Una música en directo
La materia plástica y la materia sonora se producen y transmiten de modos
distintos, vaya novedad. Por eso mismo la plástica pudo, hasta cierto punto,
salirse de lo público, refugiarse en sus “tramas protectoras” (Constantin, 2006).
Pero no hay música popular sin público, sin escenario. Tal vez en la creación
musical académica podamos encontrar obras conscientemente producidas
para ser interpretadas en un tiempo diferido o fuera del país, con todo su
potencial crítico, como quien pinta un cuadro y lo guarda para exhibirlo en
mejores condiciones o en sitios limitados, rogando no ser descubierto por
los “servicios”.
El rock, en cambio, debió siempre hacerse público, con los riesgos que
esto suponía. Quien anduvo por recitales en aquel tiempo recordará muy bien
que siempre había gente de los servicios de inteligencia entre el público. No
diríamos haciendo pogo, pero sí camuflada con gestos de una informalidad mal
aprendida. Y a la salida, estaban los camiones puestos de culata: siempre se lle-
vaban gente, por averiguación de antecedentes o pesquisando algún cigarrillo
de marihuana. Nada de esto sorprendía. ¿Podía la dictadura ignorar o descuidar
un fenómeno que, sin ser considerado un peligro prioritario, contradecía el
modelo educativo del régimen de manera tan ostensible y a tan alto volumen?
No era tanto el contenido de las canciones lo que preocupaba; para eso estaba
el Comité Federal de Radiodifusión, facultado para ejercer un estricto control
sobre los contenidos de lo que difundían los medios masivos de comunicación.
El problema era la performance de la música joven, su puesta en acto, eso que
acontecía, sobre todo, en los recitales.
Es cierto que hubo bastante producción under, pero incluso ésta, también
expresada mediante el recital, no escapó a la observación policial. Por lo tanto,
el rock debió negociar –palabra fea, pero crudamente real– con aquellos que
controlaban el espacio público. Obviamente, no era posible organizar un recital
en el estadio de Obras Sanitarias de Buenos Aires sin la aprobación de la Policía
Federal y el Ministerio del Interior. Ni siquiera aquellas primeras actuaciones
porteñas de Patricio Rey y Los redonditos de ricota en el Centro de Artes y Música
(ex Periscopio), o los encuentros interdisciplinarios en la Mutual de estudiantes
de Bellas Artes, podían ser clandestinos. No era posible hacerse un lugar en
las industrias culturales sin presentar la nómina de temas a los organismos de
censura. En otras palabras, no era factible escapar a la escucha de los “servicios”,
a los infiltrados en los recitales y conciertos, a las listas de temas censurados.
Ciertamente, no todo fue observado con el mismo interés y recelo. Pero nada
224
“El que no salta es un militar”: rock, recitales y política en la Argentina (1976-1983)
que requiriera, por su propia naturaleza social y artística, una materialización
pública se salió de cuadro, digámoslo así.
Aquí tenemos entonces, como en el teatro, una puesta arriesgada, sin duda,
pero no suicida. Una puesta que podía hacerse. En ese sentido, el rock fue la
última frontera, el límite entre el ser joven y el aparato de la dictadura. Ya no
el cuerpo representado de la pintura –o no sólo ese cuerpo–, sino el cuerpo que
canta y toca la materia sonora en tiempo y en espacio reales. Y en presencia
de otros cuerpos que escuchan y que responden a esa escucha como quieren,
como pueden y, sobre todo, como saben hacerlo. El recital ha sido, desde los
tiempos de Woodstock en los Estados Unidos, la práctica social más vigorosa
de la cultura rock. Roy Shuker la define como “vivencia de la celebración”, con
un proceso que puede incluir estar horas en una cola para conseguir entradas,
escuchar de nuevo los álbumes del intérprete, hablar con amigos del aconte-
cimiento venidero, viajar –a menudo desde lejos– al estadio o club, el posible
consumo de drogas antes y durante del concierto y, obviamente, vestirse para
la ocasión (Shuker, 2005). En la Argentina del Proceso hubo, para todo esto,
ciertos espacios hoy legendarios: primero el Luna Park y el teatro Coliseo, luego
Obras Sanitarias –en Buenos Aires– y finalmente, hacia 1981, estadios abiertos
como el Club Atlético Ferro Carril Oeste, La Falda (Córdoba) o los jardines
del Club Obras Sanitarias.
En tanto espectáculo –si bien reducido y enemistado con el mundo– el rock
no fue invisible y tuvo una fuerte aunque no siempre reconocida incidencia en
la escena cultural de aquellos años. Quizá por eso hoy se discute qué hizo el rock
bajo la dictadura; si fue resistente o complaciente; si dijo o calló; si se enfrentó
o se doblegó.1 No afirmamos que esta clase de discusión no le competa a otros
campos. Se sabe de los cargos que algunos plásticos han levantado contra el arte
geométrico y abstracto, que supuestamente no habría tenido tantos problemas
bajo la dictadura, del mismo modo que un rock instrumental habría sido menos
comprometido que un rock basado en canciones: la figura en la pintura, la letra
en la música, como formas explícitas de interpelar la realidad.
De cualquier modo, resulta evidente el mayor grado de exposición de los
músicos en esos años, si bien es cierto que la mayoría de ellos no había parti-
cipado de la militancia política en la primera mitad de los años setenta. Vale la
pena detenernos un momento en este punto, antes de seguir con los recitales.
Sabemos que el compromiso político de los artistas visuales fue más intenso
1
N. de e.: Sobre el problema de las actitudes sociales frente a la dictadura, véanse los trabajos de
Gabriela Aguila, Daniel Lvovich y Marina Franco en este mismo volumen.
225
Sergio A. Pujol
antes del golpe del que pudieron haber tenido los rockeros. Podríamos decir que
los artistas plásticos habían sido más “concientes” de la Historia. Desde luego,
esto último es una generalización. Pero es cierto que no hubo un “Tucumán
arde” en el rock. No hubo un Ricardo Carpani entre sus artistas: La marcha de
la bronca de Pedro y Pablo fue la canción más política; difícil que el rock fuera
más allá de aquella bronca más discepoliana que guevarista, aunque Raymundo
Gleizer haya incluido el tema en la banda sonora de su película Los traidores
(Flaschland, 2007).
No indicamos esto como déficit de la música joven, sino como un elemento
importante en la configuración de su pensamiento. Hay que recordar que, en el
momento de mayor influencia del discurso antiimperialista, allá por comienzos
de la década de 1970, el rock no podía ocultar su genealogía norteamericana
y británica. En el fragor de aquella década, al rockero le costaba explicar que
sus fidelidades musicales no significaban un apoyo a las políticas exteriores de
aquellos países donde había nacido la conciencia rockera. Sin embargo, el solo
hecho de buscar una letra en castellano denotaba una imperiosa necesidad
de abrir un diálogo entre el rock y la propia nacionalidad, diálogo que siguió
demorado por unos años más (Rodríguez, 2007). En realidad, la dictadura su-
puso para el rock una exigencia nueva, una suerte de madurez súbita: volverse
reservorio y, como ha escrito Pablo Vila (Vila, 1985), delimitar una esfera de
disenso; concentrar en su mundo de canciones y recitales el espíritu contesta-
tario desterrado de otros espacios; hacerse político desde una historia propia
“despolitizada”. Violentamente cerradas o muy acotadas otras posibilidades
de participación para la juventud, el rock debió llenar, imperfectamente, esos
vacíos terribles.
Cronología de un disenso
Cuando estalló el golpe militar, el rock argentino, al que por entonces aún
solía llamárselo “música progresiva”, era un género lozano de apenas diez años
de vida, considerando a 1966 como su año cero (Kreimer y Polimeni, 2006).
No podemos saber con exactitud cuántos jóvenes escuchaban rock. Menos
aún cuántos se sentían rockeros. Estamos hablando de una subcultura musical
fuertemente asociada a la idea de juventud como actor social diferenciado. Esto
quiere decir que el rock era percibido como territorio cultural más que como
género musical. Con los años, se consolidaría la idea de una cultura rock. Si por
cultura rock entendemos una serie de prácticas estéticas y sociales específicas
226
“El que no salta es un militar”: rock, recitales y política en la Argentina (1976-1983)
–desde un modo de cantar hasta un modo de vestirse o de hablar, o un cierto
itinerario de consumo cultural, una prensa propia o, como se dice internamente,
“del palo”– podemos convenir que esa cultura rock se fue organizando como tal
unos pocos años después de que se empezara a cantar rock en castellano. Habría
entonces que pensar en un momento de definición cultural entre 1969 (el año
del Cordobazo, pero también el año en que se empieza a editar la revista Pelo
y se graba el primer LP del grupo Almendra) y 1975, cuando la despedida de
Sui Generis en el Luna Park indicó un pico de popularidad muy imprevisible
hasta ese momento.2
El año del golpe fue de mudanzas y refundaciones para la música joven. A
fines de 1976, después de sorprender con El jardín de los presentes, Invisible, el
grupo de Luis Alberto Spinetta, se despidió en un recital premonitoriamente
elegíaco. Sonó Las golondrinas de Plaza de Mayo meses antes de que surgieran
las Madres de Plaza de Mayo, y la tristeza de los últimos bandoneones de aquel
disco de Spinetta hoy no puede ser escuchada desde otro lugar que no sea el
del duelo social y cultural (Pujol, 2005). No obstante esos poderosos signos
de crisis y desbande, 1976 trajo también señales de continuidad. En agosto,
la edición de la revista mensual Expreso Imaginario fue un hecho fundamental
en el sostenimiento y reconfiguración del rock, en tanto y cuanto lo enmarcó
en la contracultura. Semanas antes del golpe, Charly García encontró con La
Máquina de Hacer Pájaros la formación con la que evolucionó del espíritu pri-
maveral de Sui Generis a una música de mayor aspiración formal. Finalmente,
León Gieco logró editar su tercer LP, pero con más de la mitad de sus temas
originales censurados, parcial o totalmente.
Nada de esto sucedió al margen de esa “vivencia de celebración” llamada
recital, cuyo crecimiento fue sostenido entre los años 1972 y 1977, para
sufrir un retroceso hacia 1978, año crítico para el rock argentino. Hubo
nuevos viajes y exilios –León Gieco, Litto Nebbia, Gustavo Santaolalla–,
reiteradas trabas para alquilar salas donde tocar, más represión a la salida
de los pocos recitales de ese año y escasas ediciones discográficas de interés.
Leemos en un editorial del Expreso Imaginario: “Los años duros los hacemos
entre todos. Este que pasó fue un año duro, porque cada vez menos gente
2
La bibliografía sobre el rock en la Argentina es abundante, si bien con predominio de trabajos
de corte periodístico. Para una introducción a la historia general del tema pueden consultarse los
libros de Grinberg (1993), Alabarces (1993), Fernández Bitar (1993) y los textos antes citados
(Vila 1985 y Polimeni y Kreimer 2006). Desde el punto de vista de la ciencia musicológica, el
rock en la Argentina no parece haber despertado mayor interés de los especialistas.
227
Sergio A. Pujol
fue a los recitales, y los músicos conocidos estuvieron ausentes gran parte
del tiempo. En fin, público y músicos parecen haber perdido contacto”.3
En realidad, para nuestra periodización rockera 1978 no fue tanto el año
de “El Mundial” como el de la música disco, estrenada en el país con el filme
Fiebre de sábado a la noche. El rechazo que Expreso Imaginario y el mundo del
rock en su conjunto manifestaron por la música disco y por John Travolta
como emergente del fenómeno significó una crítica política a la industria del
entretenimiento pop, a la vez que una impugnación al baile como forma evasiva,
despojada de todo compromiso. Años más tarde, con la llegada de la democracia
en 1983 y el impacto de la new wave, y de lo que más ampliamente empezó
a llamarse “lo moderno”, la relación entre música joven y baile cambiaría de
modo definitivo. Pero esa es otra historia.
En 1978, “la disco” y el recital eran lugares de pertenencia muy diferentes.
Para el joven argentino de la segunda mitad de los años setenta –hablamos
del perteneciente a la clase media urbana, con edades comprendidas entre
los quince y los veinticinco años, según se medía en ese entonces el rango de
juventud– la música disco fue un episodio comercial difícil de ignorar. Fue, en
cambio, un tema para ser comentado y criticado, justamente en un momento
de fuerte hostigamiento, cuando el rock parecía debatirse entre la supervivencia
y la extinción. Era un momento en el que la dictadura hacía una apuesta fuerte
en pos de la autoridad y la disciplina social, y el tema de la juventud ocupaba
un lugar destacado en su agenda (Pujol, 2005). En la lógica de la época del
Proceso, “cuidar a los jóvenes”, como se escuchaba decir en la televisión o en
las páginas de la revista Gente, era salvarlos del aparato represivo montado
por... el Proceso.
La represión era como un deus ex machina del horror, y como nadie se hacía
cargo de ella (ahí estaba la siniestra figura del desaparecido), era obligación moral
de padres y educadores evitar que el joven terminara siendo un desaparecido
más. Había que terminar definitivamente con la desobediencia civil en cual-
quiera de sus manifestaciones, como etapa previa a un futuro que se prometía
“normalizado” y “sanado”. Así funcionaba el sistema de la dictadura. Y ahí
tenemos el fenómeno del recital, una supervivencia de los años setenta que, no
obstante las mermas y restricciones antes señaladas, sostuvo una cierta idea de
rebeldía. Bajo el estado de sitio, la existencia de un ámbito de contacto –entre
público y músicos, como subrayaba el editorial de Expreso, pero también entre
3
Expreso Imaginario, Buenos Aires, diciembre 1978. Para un análisis detallado de esta revista,
véase Benedetti y Graziano (2007).
228
“El que no salta es un militar”: rock, recitales y política en la Argentina (1976-1983)
quienes conformaban ese público tan consciente– afirmaba la identidad de un
nosotros claramente diferenciado de la identidad colectiva que promocionaba
la dictadura desde los medios. A propósito, recordemos el discurso del almi-
rante Eduardo Emilio Massera en la Universidad del Salvador, en noviembre
de 1977, donde consideraba al rock, la droga y el terrorismo como frutos de
un mismo árbol enfermo. 4
Como si en los planes del Proceso referidos a la lucha contra la guerrilla le
siguiera la desarticulación de otras formas de acción colectiva, el hostigamiento
al joven “no militante” (ese joven residual que sin dejar de ser opositor al régimen
no había caído en las fauces del terrorismo de Estado) se acrecentó a lo largo de
1978 y durante todo el año siguiente. Fue entonces que el regreso de Almendra
se constituyó en un hecho fundamental, superando todas las expectativas y
dándole un nuevo impulso al género y a sus tramas protectoras. Los días 7, 8
y 9 de diciembre de 1979 Almendra volvió a sonar en vivo y en directo. Fue en
el estadio de básquet del Club Obras Sanitarias, ya por entonces convertido en
sitio de recitales. Fue tan grande la demanda de entradas que en seguida hubo
propuestas para llevar el recital a otros puntos del país.
Y así fue. Ese verano, Almendra tocó en La Plata, Córdoba, Mar del Plata,
Rosario e inclusive en Punta del Este, Uruguay (vecino país también sumido
en una dictadura). Pero no fueron recitales apacibles. Hubo un estricto control
del Ministerio del Interior sobre los contenidos de las canciones y “acciones
de inteligencia” dirigidas a desalentar a los organizadores. Por ejemplo, en un
radiograma del Ministerio del Interior cursado a la Policía de la Provincia de
Buenos Aires se advertía de los disturbios ocasionados por la banda en Cór-
doba, algo totalmente falso. “A través de sus canciones, Almendra fomenta el
consumo de drogas y el desenfreno total”.5 Pero los recitales se hicieron igual.
Y a esta continuidad del rock podemos evaluarla como un pequeño triunfo
político-cultural. Como contó años más tarde Emilio del Guercio: “Necesi-
tábamos recordarle a la gente que habíamos estado en otro momento mejor y
que Almendra había sido parte de ese momento...”.6
Así como el regreso de Almendra alentó a muchos jóvenes a seguir en la
experiencia del rock, la consolidación discográfica y performativa de Serú Girán
como grupo y de León Gieco como solista son también aspectos a destacar. A
4
Parte de ese discurso fue reproducido por La Opinión, Buenos Aires, 26 de noviembre de
1977. pp. 17-18
5
Carpeta “Varios”, legajo 12249, Mesa “Ds”. Sección “C” N· 1446. Documentación desclasificada
del archivo de la DIPBA. Archivo de la Comisión Provincial por la Memoria
6
De conversaciones con el autor. Buenos Aires, 12 de abril de 2002
229
Sergio A. Pujol
lo largo de 1978 y buena parte de 1979 Serú Girán se fue afirmando, mientras
encontraba un sonido y un repertorio, en discos seminales para el género,
como Grasa de las capitales, Bicicleta y Peperina. Ese repertorio, hoy canónico,
fue del recital al disco, para volver ya aprendido al recital, siempre fuera de la
radio y la televisión, algo tan improbable para el rock de hoy. Pensemos en la
canción más “política” de aquel tiempo: Canción de Alicia en el país. Puesta
en las listas negras del Comité Federal de Radiodifusión (Comfer), la canción
se hizo inmensamente popular a través de los recitales, sólo allí encontró su
público, que a su vez esparció letra y música de boca en boca. Lo mismo pasó
con Sólo le pido a Dios, la canción más célebre de León Gieco, aunque en este
caso hubo una impensada segunda vida o segunda oportunidad mediática. La
canción fue escrita en base al conflicto limítrofe con Chile –otro tema depri-
mente de 1978–, pero Gieco sólo vio cómo se imponía en el gusto popular
en el contexto de la Guerra de Malvinas.7 Esta amarga paradoja (una canción
antibélica se vuelve definitivamente popular en una guerra) se agregaría a todas
las que trajo el año 1982.
Mientras Seru Girán, el nuevo Almendra y Gieco volvían a los estadios
y revitalizaban el panorama del rock argentino –ya casi impuesto como rock
nacional, especialmente en el muy productivo 1981– el ejercicio de la música
joven fructificó en otros espacios y en torno a otros músicos. Un veloz inventario
de las irrupciones de esos años nos revela una pluralidad de recitales y discos
muy notable : Virus, Miguel Cantilo y Punch, Patricio Rey y Los redonditos de
ricota, Riff, Los abuelos de la nada, Los twist, Los violadores, Celeste Carballo,
Juan Carlos Baglietto (como exponente de la trova rosarina), el uruguayo Rubén
Rada... y siguen las firmas. Una buena parte de estas novedades se inscribían en
la actualización del género: mucho new wave y algo de punk, mientras termi-
naba de delinearse, principalmente en torno a la figura del guitarrista Pappo,
la escena del rock metálico, el viejo “rock pesado”. En otros casos, también se
empezaban a filtrar las influencias del cubano Silvio Rodríguez y de los popes
brasileños (Milton Nascimento, Caetano Veloso, Gilberto Gil, etc.).
Tanto el acceso más directo a los discos importados como las constantes
visitas de músicos internacionales –ambos fenómenos producidos por la política
cambiaria– hicieron de la vida cultural bajo la dictadura una realidad por lo
menos contradictoria. El Gobierno tendió a ceder un poco en los controles a
partir de que asumiera el general Roberto Viola como presidente del Gobierno
de facto en 1981, pero en términos ideológicos nunca dejó de pensar como un
7
De conversaciones con el autor. 15 de octubre de 2004.
230
“El que no salta es un militar”: rock, recitales y política en la Argentina (1976-1983)
régimen muy conservador. Sin embargo, su política de economía abierta per-
mitió –¿cómo negarlo?– una relación bastante fluida con el exterior, poniendo
de relieve dos lógicas en cierto punto antitéticas: ¿cómo seguir hablando de
“un modo de vida occidental y cristiano” cuando el mercado cultural estaba
siendo literalmente inundado de estímulos contestatarios, provenienetes del
extranjero? ¿Alguien puede imaginar mayor contraste que el que ofrecía Julio
Gancedo, el adusto secretario de Cultura, frente a Ney Matogrosso vestido como
Carmen Miranda en un teatro de Buenos Aires? Es claro que la información
volvió inverosímil cualquier intento de hegemonía. Naturalmente, aquellos
espacios que la dictadura fue cediendo o descuidando fueron inmediatamente
cubiertos por voces disidentes: la revista Humor, los recitales, el movimiento
Teatro Abierto, etc. A su vez, esas grietas que se visualizaban en el campo social
y cultural crecieron hasta convertirse en espacios de crítica política.
“El que no salta es militar”
En la medida en que pensar en el rock era pensar en el mundo de los
jóvenes, la identificación entre música y juventud se afirmó marcadamente,
impidiendo que el régimen lograra hacer aceptable, en el campo simbólico, otra
idea del ser joven. A partir de 1982 –y no obstante el paso en falso que para
el rock significó el Festival de la Solidaridad Latinoamericana, una suerte de
anti-recital destinado a recaudar fondos para los soldados en Malvinas–, cada
vez que se escuchó a la masa del público corear “El que no salta es militar” se
estaba celebrando un pequeño triunfo en un país derrotado.
Digamos, a modo de conclusión, que ser rockero en la Argentina de
la dictadura significó, básicamente, pertenecer a una franja de la juventud
capaz de sostener una cultura alternativa cuyo detonante era la música, y
particularmente la música ejecutada en directo en la forma del recital. Las
condiciones impuestas por la dictadura significaron una dura prueba para
la cultura rock, obligada ya no sólo a sobrevivir bajo un régimen hostil sino
también a poner en práctica su potencial transformador de subjetividades.
Tal vez por eso, entre 1976 y 1983 fuimos en busca de aquella música que
se celebraba a sí misma en los recitales. La escuchamos con fruición y la
defendimos como si en esto nos fuera la vida; como si estuviera en juego
algo grande y trascendente, algo que no encontramos, o quizá no buscamos
con igual fervor en la literatura, ni en el cine o en la plástica.
231
Sergio A. Pujol
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232
VII
Dictadura y sociedad
Dictadura y sociedad en Rosario
entre 1976 y 1983: actitudes y
comportamientos sociales en una
perspectiva de análisis regional1
Gabriela Aguila
En el campo de los estudios sobre la última dictadura militar argentina, es
un dato cierto la escasez de análisis provenientes del ámbito de la historia como
disciplina. Ello puede atribuirse a un conjunto de factores entre los cuales se
destacan las resistencias o dificultades a la hora de abordar períodos que aún
presentan un visible impacto político y social en el presente; la difusión de
una extensa literatura testimonial, de memorias o periodística que ha tratado
algunos aspectos y parece brindar un “conocimiento” más o menos amplio
sobre aquella etapa; problemas de orden metodológico entre los que se cuen-
tan la limitación de fuentes disponibles para los historiadores y, en un registro
diferente, ciertas memorias o imágenes dominantes que adquieren relevancia
cuando nos referimos a las relaciones entre dictadura y sociedad.
En tal sentido, el análisis de los comportamientos y actitudes sociales
frente a la dictadura es uno de los temas menos analizados por los estudiosos
del período y, hasta el momento, no ha exhibido demasiados avances. Si bien
se ha señalado el apoyo explícito brindado al golpe y al Gobierno Militar por
organizaciones empresarias, algunos partidos y dirigentes políticos, los medios
de comunicación o las autoridades eclesiásticas2, a la vez, lo sucedido con los
1
Retomamos aquí desarrollos contenidos en los últimos capítulos de nuestra tesis (Aguila, 2006)
2
Ver, entre otros, los textos de Novaro y Palermo (2003), Vezzetti (2002), Quiroga (1994), Yan-
nuzzi (1996), Tcach (1996), Pucciarelli (2004), Simonassi (1998), Mignone (1999), Obregón
(2005), Blaustein y Zuvieta (1998), Quiroga y Tcach (1996).
235
Gabriela Aguila
ciudadanos y ciudadanas durante esos años se ha invisibilizado tras el énfasis
en el uso irrestricto del terror estatal, la propaganda oficial y la apatía o, en un
registro diferente, ha permanecido oculto tras la imagen del desconocimiento
social respecto de lo que acontecía3.
Nuestro estudio, focalizado en un ámbito local específico, la ciudad de
Rosario4, se inscribe en la preocupación por plantear claves explicativas para
una problemática poco explorada, la que refiere a las actitudes sociales en el
contexto dictatorial, a la vez que delinea un conjunto de rasgos que pueden ser
equiparados con comportamientos y situaciones más generalizadas en la socie-
dad argentina. Mencionemos que los estudios sobre la dictadura de 1976/83
presentan un sesgo reiterado: la mayoría de los abordajes están construidos
desde una mirada “nacional” o, más bien, centrada en general en la realidad
bonaerense y que, proyectándola como explicación general, ha minusvalorado
el análisis de otros espacios regionales o locales. En esta perspectiva, lo sucedido
en esta ciudad expone un cuadro cuyos componentes se reconocen en otros
escenarios a nivel nacional, si bien con ciertas particularidades que refieren a
tramas políticas y sociales que se explican y significan en una dimensión local
o regional5.
Este artículo examina algunas actitudes y comportamientos exhibidos por
la sociedad rosarina en los años de la dictadura militar considerando, por un
lado, la expresión de diversos grados de consenso social y político así como las
manifestaciones de resistencias al régimen. En tanto nos centramos en aquellos
comportamientos que se exteriorizaron y ostentaron dimensiones públicas y
abiertas, hemos apelado a registros documentales públicos, en particular la
prensa local del período, uno de los ámbitos donde se reflejaron y expresaron
las cuestiones aquí analizadas6.
3
Hay, sin embargo, algunos trabajos tempranos que siguen aportando iluminadoras explicaciones
en torno a esta cuestión, tal el caso de los textos escritos en los años 80 de Corradi (1996) y
O’Donnell (1997); así como el análisis de Calveiro (2001).
4
Rosario es la principal ciudad de la Provincia de Santa Fe, está ubicada en el centro del país y
a la vera del Río Paraná y es uno de los más importantes centros industriales y urbanos a nivel
nacional.
5
Hasta ahora, los estudios regionales o locales siguen siendo muestras aisladas cuando nos refe-
rimos a la historia de la dictadura general argentina y la construcción de una historiografía que
los incluya aún es una tarea pendiente. Ver al respecto Aguila (2007).
6
No podríamos omitir aquí que durante el período que analizamos la información brindada
por los medios periodísticos estaba censurada o constreñida a los marcos y objetivos impuestos
por la dictadura, producto de una imposición por parte del Estado militar o de la asunción de
dichos marcos y objetivos por los medios. Sin embargo, la prensa fue el vehículo –junto con la
236
Dictadura y sociedad en Rosario entre 1976 y 1983: actitudes...
Consensos
Aún considerando las dificultades para definir los alcances y características
del consenso en el marco de experiencias dictatoriales7 y constatando que existió
una relación variable y compleja entre conformidad y represión en el período
analizado, nos interesa señalar que el ordenamiento impuesto desde arriba por la
dictadura sobre una sociedad mayoritariamente enmudecida no sólo dependió
del terror sino también de la existencia –especialmente visible en los primeros
años– de apoyos al Gobierno Militar.
Lo sucedido en la ciudad de Rosario es ilustrativo de esta afirmación. A
partir del golpe de Estado la mayor parte de los sectores con alguna influencia
en la opinión pública local expresaron de diversas maneras un visible apoyo al
nuevo régimen y a sus objetivos, exhibiendo casi sin fisuras un amplio frente de
sustentos sociales, políticos e ideológicos. Este marco, provisto por las imágenes
y discursos públicos que atravesaron la escena local tanto como las acciones y
expresiones del consenso que acompañaron al régimen en sus tramos iniciales,
adquieren aquí una importancia particular.
En términos generales, el discurso dominante esgrimido a partir del golpe
de Estado del 24 de marzo de 1976 por los agentes locales del poder militar
ostentó sólo matices en relación con los pronunciamientos y estrategias pos-
tulados desde los niveles más altos de las Fuerzas Armadas y el Estado. Así, los
funcionarios del Ejecutivo municipal y las autoridades militares que actuaban
en la ciudad introdujeron pequeñas variaciones al discurso común difundido
a escala nacional y, en tal sentido, Rosario puede ser vista como un ejemplo
radio y la televisión- a través del cual la población se informaba, el ámbito donde se difundían los
problemas y temas de la ciudad, donde se cubrían ciertos eventos y se transcribían declaraciones
de los funcionarios estatales y de los sectores que hacían públicos sus posicionamientos, donde
se reflejaba la conflictividad laboral y social, donde se reseñaban los resultados de la “acción
antisubversiva” ejecutada por las fuerzas del orden, en fin, donde un conjunto significativo de
acontecimientos se informaban o se editorializaban.
7
¿Cómo aplicar un concepto como el de consenso a un régimen donde predomina el aparato
represivo, la coacción y el terror y donde las posibilidades de expresar libremente las opiniones
estuvieron seriamente limitadas? Si el concepto puede ser asociado a la expresión abierta y
mayoritaria de apoyos activos a un determinado régimen político, ¿cómo definir la aceptación
pasiva que vastos sectores de la sociedad argentina exhibieron frente al golpe de Estado y el
Gobierno Militar? Ver al respecto las perspectivas de análisis propuestas, para los casos de los
fascismos europeos, entre otros por Calvo Vicente (1995); Barbagallo (1999); Saz (1999); de
Felice, (1974), Kershaw (2004).
237
Gabriela Aguila
más –sin pretender por ello restarle singularidad– en el despliegue de temas,
modalidades y estrategias definidas y adoptadas por la dictadura.
Pero si resulta ineludible considerar los procesos políticos de orden general
y nacional que los atraviesan, postulamos que sus proyecciones y expresiones a
nivel local o regional resultan igualmente significativas, no sólo porque deno-
taron el clima social y político en las distintas fases y momentos del régimen,
sino porque contribuyen a explicar en parte aquella dinámica social. Ello refiere
a los modos en que ese discurso oficial y la aplicación de las estrategias de la
dictadura fueron asumidos y acompañados por los medios de comunicación
e instituciones de fuerte peso en el escenario rosarino, en tanto contribuían a
conformar un ámbito de opinión y consenso que desbordaba a los personeros
del régimen, exhibiendo el contundente apoyo proveniente de sectores que se
definían como “representativos” de la comunidad.
El principal diario de la ciudad, La Capital –un medio de prensa de enorme
influencia en la opinión pública y el ámbito político local que contaba para 1976
con más de cien años de existencia–, así como los medios radiales y otros diarios
de menor tirada, la Iglesia católica y algunas instituciones vinculadas a ella, tal
el caso de la Liga de la Decencia, o las llamadas “fuerzas vivas”8, desempeñaron
un rol específico en la configuración de un discurso común, no oficial pero no
por ello menos influyente, difundido a través de los medios de comunicación
locales y otros ámbitos públicos, como los actos castrenses y las celebraciones
patrias. Sin embargo, esta prédica no sólo secundó el discurso que emanaba
desde el Estado sino que lo dotó de notas particulares, en tanto frecuentemente
solían instalar sus propios temas y preocupaciones.
A los pocos días del golpe, el diario La Capital señalaba la ausencia de
hechos que alteraran la “tranquilidad pública” y la “notable disminución de la
actividad delictiva en la ciudad” (La Capital, 29/3/76). Esta tranquilizadora
perspectiva vinculada a la acción “decidida” de las fuerzas policiales y al esta-
blecimiento del orden fue acompañada, a nivel local, por la puesta en marcha
de una campaña moralizadora en lugares nocturnos (whiskerías, boites, clubes)
llevada adelante por la policía local que, al decir del mencionado diario “cuenta
con el más franco aplauso y apoyo de nuestra población” (LC, 29/5/76)9. Los
procedimientos policiales que acompañaron tal emprendimiento exhibían a la
8
Incluían a corporaciones empresarias, organizaciones intermedias, algunos dirigentes políticos,
asociaciones vecinales, etc., tal como detallaremos.
9
La campaña sobre los “peligros de la noche” fue continuada por el Diario La Capital en todo
el curso del año 1976.
238
Dictadura y sociedad en Rosario entre 1976 y 1983: actitudes...
Jefatura de policía comandada por Agustín Feced10 en “una total identificación
con los lineamientos fijados por el gobierno nacional y satisface así una vieja
preocupación de todos los nucleamientos e instituciones representativos de la
ciudadanía” (ídem). La “tarea de saneamiento de las costumbres”, impulsada
por los gobiernos provincial y municipales y ejecutada por las fuerzas policiales,
cuyo objetivo declarado fue la “defensa de nuestros hijos”, recibió calurosos
apoyos, como los de la Liga de la Decencia o el Arzobispado de Rosario que se
prolongaron durante los primeros años de la dictadura.
Estas expresiones públicas constituyeron un ingrediente ideológico fun-
damental que acompañó y complementó los objetivos y el proyecto de orde-
namiento social encarado por el régimen a nivel local, en tanto ese discurso
dominante, centrado en la necesidad de orden y disciplinamiento social, en
la justificación de la represión y la legitimación ideológica de los objetivos y
acciones llevadas adelante por la dictadura, precedió y sostuvo las acciones de
quienes acompañaron al régimen o fueron receptivos a las convocatorias que
desde allí emanaban.
Durante gran parte del Gobierno Militar, la intendencia de Rosario logró
establecer un diálogo fluido con quienes se erigían como los “sectores repre-
sentativos” de la comunidad: el Arzobispado de Rosario, la Bolsa de Comercio,
la Sociedad Rural, entidades empresarias y comerciales como la Federación
Gremial del Comercio y la Industria o la Asociación Empresaria de Rosario,
pero también algunos dirigentes políticos y partidos políticos11 y las asocia-
10
Pocos días después del golpe de Estado, el comandante de Gendarmería Agustín Feced fue
designado como Jefe de Policía de la Unidad Regional II, quien asumiría un rol principal en el
diseño y ejecución de la represión en este ámbito. Feced acreditaba una significativa experiencia
en la “lucha antisubversiva” en Rosario, desarrollada en el marco de la anterior dictadura militar.
Este conocimiento, la férrea determinación expresada en el “aniquilamiento de la subversión”, la
rápida constitución de un eficiente grupo de tareas y la función cumplida por el Servicio de Infor-
maciones como oficina de inteligencia y centro de radicación de prisioneros, resultan elementos
fundamentales para explicar esa situación. Sin embargo, si el elevado número de detenidos que
pasaron por las dependencias policiales, tanto como la participación activa de sus miembros en
un significativo conjunto de secuestros, enfrentamientos y fusilamientos y de desaparición de
personas registrados entre 1976 y 1978 en el área de Rosario, significan el rol cumplido por la
policía local, esta actuación se correspondió con una estrategia represiva diseñada y ejecutada
por las Fuerzas Armadas e implementada bajo su “control operacional” y, en términos amplios,
no introdujo variantes sustanciales a la misma.
11
En Rosario y la Provincia de Santa Fe, la actividad partidaria no difirió mucho de lo que
sucedía en el plano nacional. Mientras los partidos mayoritarios hasta 1976 (el radicalismo, el
peronismo) asumieron posiciones contradictorias frente al Gobierno Militar que iban desde
el apoyo abierto a la formulación de críticas más o menos veladas, que tuvieron expresión en
239
Gabriela Aguila
ciones vecinales. A lo largo del primer quinquenio de la dictadura, el Ejecutivo
municipal al mando del capitán Augusto Félix Cristiani (1976/1983), se erigió
en el eje articulador de una serie de acciones y declaraciones que expresaron
reiteradamente la comunidad de objetivos existentes entre el autodenominado
Proceso de Reorganización Nacional, sus representantes en la comuna, el II
Cuerpo de Ejército12 y las “fuerzas vivas” de la ciudad.
En tal sentido, sólo pueden ser analizadas en el registro del consenso tanto
las manifestaciones públicas y la confluencia de objetivos o la participación de
las llamadas “fuerzas vivas” en las diversas convocatorias del Gobierno Militar,
como la incorporación de un conjunto de civiles a instituciones regidas por las
Fuerzas Armadas (como funcionarios municipales o provinciales, en la univer-
sidad, etc.)13, participación que se asumía voluntariamente y sin coacción. Y si
ello fue particularmente visible en el período de la administración militar del
intendente Cristiani, la situación no se modificó con la llegada a la intenden-
cia de un civil, Alberto Natale, dirigente de uno de los partidos “amigos del
Proceso”, el Partido Demócrata Progresista14.
sus diferentes líneas internas, dos partidos de centro-derecha y de base provincial –el Partido
Demócrata Progresista (PDP) y el Movimiento Línea Popular (MOLIPO)– y otros de alcance
nacional, como el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID), asumieron un rol más des-
tacado en el sostenimiento de la dictadura militar. Si bien durante el quinquenio 1976-1981
los partidos como tales estuvieron excluidos, una serie de dirigentes políticos se desempeñaron
como “asesores civiles” o establecieron diversos vínculos con la gestión.
12
Rosario era la sede de una de las principales reparticiones militares del país y un relevante des-
tino para los jefes militares que luego ostentaron puestos principales en el gobierno dictatorial.
La vinculación entre el gobierno municipal y el II° Cuerpo de Ejército fue visible y constante
desde el golpe de Estado y se mantuvo durante toda la dictadura.
13
Si, como en Rosario y Santa Fe, la mayor parte de las principales ciudades del interior provincial
quedaron desde el golpe de Estado en manos de interventores militares, en muchas pequeñas
ciudades y comunas fueron los partidos políticos tradicionales los que proveyeron parte del elenco
gobernante a la dictadura, marcando una línea de continuidad con el período previo a 1976, que
pareció no alterar en estos casos el marco político local. Y esta colaboración adquirió una mayor
contundencia hacia 1981 cuando las grandes ciudades de la provincia quedaron en manos de
partidos plenamente afines al régimen militar. En el caso de Rosario, y si bien los destinos de la
ciudad estuvieron controlados por un militar hasta 1981 y varios miembros de las Fuerzas Armadas
tuvieron puestos claves en la gestión municipal, hacia mediados de 1978 Cristiani modificó la
composición de su gabinete, designando como Secretario de Gobierno a un abogado del foro
local consustanciado plenamente con los objetivos del Proceso de Reorganización Nacional, el
Dr. Mario A. Casanova, y nombrando civiles en el resto de las secretarías.
14
La incorporación de civiles al gabinete provincial en la coyuntura abierta con la transición de
Videla a Viola, así como la designación de Natale al frente de la intendencia de Rosario, volvían
a expresar con contundencia el compromiso de algunos sectores de la civilidad con el rumbo de
240
Dictadura y sociedad en Rosario entre 1976 y 1983: actitudes...
El estudio de este específico espacio local muestra en los primeros años una
fuerte dosis de consenso con el Gobierno Militar expresado por diversas insti-
tuciones y organizaciones, pero si nos referimos a los ciudadanos “comunes”,
consignaremos que el clima social dominado por la apatía o la indiferencia
se alteró en algunos momentos. Las manifestaciones de apoyo al régimen o
hacia algunos de sus representantes más conspicuos –si bien no permanentes o
sostenidos en el tiempo– que se registraron en distintos momentos y tuvieron
sus picos en las coyunturas del Mundial de Fútbol y la Guerra de Malvinas,
ingresan en un registro que bien podría situarlas como expresiones de un con-
senso “efectivo” o “activo”. Citemos algunos ejemplos:
El 20 junio de 1976 se celebró en el Monumento a la Bandera de Rosario
el Día de la Bandera y el presidente de facto, teniente general Videla estuvo
para presidirlo. El principal diario de la ciudad señalaba que “los cronistas
memoriosos aseguraron que sólo hubo más gente el día de la inauguración
del monumento” (LC, 20/6/76). Descontando la existencia de motivaciones
patrióticas en los asistentes al acto multitudinario, vamos a señalar que, como
cada día de la Bandera, los estudiantes de las escuelas eran movilizados por las
autoridades educativas para asistir a esos actos, si bien las personas que con-
currían (y concurren) voluntariamente a los festejos no respondían a este tipo
de requerimientos que pesaban sobre la población de los colegios primarios
y secundarios locales. Conviene interrogarse, aunque esta pregunta no pueda
ser contundentemente respondida, si una concurrencia tan masiva a un acto
encabezado por la principal figura del régimen militar apenas unos meses
después del golpe de Estado no expresaba también una adhesión explícita al
rumbo iniciado por la dictadura en marzo de 1976.
En marzo de 1977 Videla visitó nuevamente Rosario y concedió una en-
trevista a siete estudiantes universitarios provenientes de distintas facultades.
Los diarios informaron que al salir de la Municipalidad, Videla –quien saludó
“con los brazos en alto”– fue recibido “con aplausos” por el público que se
había reunido en la plaza 25 de Mayo y portaba algunas banderas argentinas
(LC, 30/3/77). Unos días después el mismo diario rescataba la posibilidad
de un contacto “directo y necesario” con sectores ciudadanos y en un marco
desprovisto de formalidades protocolares.
la dictadura. A pesar de que el clima político y social hacia 1981 y 1982 no era el mismo que en
los primeros años, la intendencia de Natale se desenvolvió sin sobresaltos y sustentada en una
señalada comunión con los sectores “representativos” de la comunidad rosarina.
241
Gabriela Aguila
La coyuntura del Mundial de Fútbol de 1978 expresó con mayor contun-
dencia la existencia de apoyos sociales al régimen e incluso expresiones muy
claras de consenso “activo” 15. En junio, varios de los principales jerarcas mili-
tares visitaron Rosario para asistir a los partidos que se disputaban y los diarios
celebraron ese “encuentro”, especialmente con el general Videla quien vino a
Rosario cuatro veces en poco más de una semana, “un privilegio que enaltece
a la ciudad”, al decir del diario La Capital:
Numeroso público se había congregado frente a la residencia y profirió vivas
cuando el general Videla la abandonó con destino al lugar del encuentro
[…] Un elocuente estado emocional embargó al presidente de la República
cuando ingresó al palco oficial, al oír las voces de “Argentina, Argentina,
Argentina”, tomándose sus ojos con ambas manos. (LC, 15/6/78)
Esto se repitió, días después, en ocasión de la celebración del Día de la
Bandera, el 20 de junio, cuando millares de escolares se concentraron en el patio
cívico del Monumento a la Bandera y formaron con planchas de color celeste
y blanco las palabras “Bienvenido” (a Videla), “Viva la Patria”, “Argentina”. El
mencionado diario señalaba la recepción de los rosarinos que embanderaron
las casas, “sinónimo de hondo sentimiento patriótico”, y el carácter multitu-
dinario y enfervorizado de la convocatoria que sumó a miles de rosarinos: “El
límpido cielo azul se asoció a la fiesta mientras una verdadera marea humana
convergía hacia el escenario principal, como preanuncio de lo que más tarde
se iba a convertir en una multitud”. (LC, 21/6/78).
Si bien estas expresiones de consenso “activo” hacia el régimen no fueron una
constante, nos interesa relevar otra coyuntura donde fue posible visualizarlas,
al menos transitoriamente. Ella fue la de la Guerra de Malvinas. La guerra se
inició en un contexto donde las críticas al régimen habían comenzado a am-
pliarse, culminando un proceso de “desentumecimiento” de la sociedad civil
que se había iniciado hacia fines de 1980 y que trataremos más adelante. En
los primeros meses de 1982, y sobre todo después de la marcha convocada por
15
Es justamente en este período cuando la Municipalidad acuñó la consigna de “Rosario: ciudad
limpia, ciudad sana, ciudad culta”, que se difundió sobre todo en la coyuntura previa al Mundial de
Fútbol, del que Rosario fue una de sus subsedes. El objetivo de la Municipalidad fue concientizar
a la población rosarina en torno a que la organización del evento deportivo era una responsa-
bilidad colectiva y la respuesta obtenida por las “fuerzas vivas” de la ciudad fue inmediata. La
participación de estos sectores en las múltiples inauguraciones de la época fue una demostración
palmaria del consenso que se había generado en torno a la obra de la intendencia.
242
Dictadura y sociedad en Rosario entre 1976 y 1983: actitudes...
el sindicalismo opositor el día 30 de marzo16, la deslegitimación del régimen
militar había comenzado a hacerse visible. Sin embargo y tal como habían pre-
visto las autoridades militares, la ocupación de las islas despertó el entusiasmo
colectivo, y el fervor patriótico de las manifestaciones y las declaraciones de
apoyo contrastaron con el tono crítico que había predominado hasta ese día.
Remedando una situación similar a la del Campeonato Mundial de Fútbol
de 1978, la iniciativa quedó nuevamente del lado del régimen y la actividad
política pareció quedar congelada, en un escenario en donde todo giraba en
torno a Malvinas.
Mientras en Capital Federal se producía una “movilización espontánea” a
Plaza de Mayo por el desembarco argentino en las Islas Malvinas, en Rosario el
mismo 2 de abril el Comandante en Jefe del IIº Cuerpo de Ejército, el general
Juan Carlos Trimarco, organizó una ceremonia en la plaza 25 de Mayo para
manifestar el apoyo de las fuerzas militares y policiales a la iniciativa. La “alta
y enfervorizada exteriorización”, al decir del diario La Capital, contó con la
adhesión “espontánea” del personal municipal beneficiado por el asueto dis-
puesto por el intendente, de trabajadores de algunos sindicatos que llegaron en
ómnibus cedidos por la Cámara Empresaria del Transporte Público de Pasajeros,
de asociaciones vecinales y alumnos de distintas escuelas de la ciudad.
El entusiasmo colectivo también alcanzó al intendente de facto, Alberto
Natale, que tuvo su fugaz instante de gloria cuando apareció en las escalinatas
del Palacio de los Leones, la sede municipal, y fue recibido con vivas y aplau-
sos, debiendo saludar después desde los balcones del edificio (LC, 3/4/82).
Este episodio de confraternización entre las Fuerzas Armadas, los políticos
colaboracionistas y “el pueblo”, que se repitió en distintas oportunidades en
los meses siguientes, fue indicativo del clima que se creó desde el 2 de abril en
la ciudad.
A partir de entonces, y mientras los acordes de la Marcha de Malvinas
sonaban a diario en las radios y la televisión, las “fuerzas vivas” de la ciudad,
los partidos políticos, los sindicatos, las entidades empresarias, los clubes, los
vecinalistas, los colegios profesionales y las agrupaciones más diversas manifes-
taron su adhesión a la “gesta patriótica” (LC, 3/4/82 y días subsiguientes). Las
entidades empresarias anunciaron públicamente su apoyo al “esfuerzo de guerra”
y se realizaron actos que expresaban el estado de ánimo de la mayor parte de
16
Ese día se realizó la más masiva protesta de todo el período en la Plaza de Mayo de Buenos
Aires, clausurada por una durísima represión policial. En Rosario y otras ciudades del interior se
produjeron manifestaciones, si bien de menor significación que las de la capital nacional.
243
Gabriela Aguila
la sociedad, generado tras la ocupación de las islas. Expresión de ello fueron la
marcha organizada por la revitalizada Federación Universitaria de Rosario con
el lema “Las Malvinas son argentinas” (LC, 8/4/82) o la realizada el 10 de abril
que fue convocada por partidos políticos, medios de comunicación, entidades
empresarias y sociales y autoridades, que contó con el “fervoroso” apoyo de los
rosarinos. (LC, 10 y 11/4/82)
Por su parte, anónimos ciudadanos y militantes de algunos partidos políti-
cos, entre ellos del Partido Socialista Popular, de agrupaciones nacionalistas y de
algunos partidos de izquierda engrosaban las listas de voluntarios para luchar en
el frente de batalla, y una multitud donaba las más diversas pertenencias para
juntar fondos para la guerra que se avecinaba, empapada bajo la lluvia en las
inmediaciones del Canal 5 de TV y entonando marchas patrióticas, durante un
programa ómnibus que se emitió en los primeros días de mayo (LC, 10/5/82).
En esos días, el diario La Capital señalaba la “magnífica y emocionante respuesta
popular” a las convocatorias que se generaron, mostrando el fuerte respaldo
de la mayoría de los partidos políticos, la dirigencia sindical, las corporaciones
empresarias y significativas porciones de la sociedad rosarina.17
En tal sentido, el golpe de Estado y los objetivos esgrimidos por la dictadura,
tanto como gran parte de sus estrategias –en particular aquellas que exaltaban
sentimientos nacionalistas, como sucedió en las coyunturas del Mundial de
Fútbol o la Guerra de Malvinas–, encontraron un caudal de apoyos sociales y
políticos que sirvieron de base de sustentación al nuevo régimen y se mantu-
vieron durante un extenso período. El clima social y político dominante en los
primeros tramos de la dictadura, caracterizado por contundentes expresiones
de apoyo y la ausencia casi generalizada de cuestionamientos o resistencias al
régimen, no puede ser escindido del panorama hasta aquí analizado, en tanto
fue modelado –en gran medida– por las estrategias, acciones y discursos des-
plegados por el Estado militar y sus legitimadores.
Sin embargo, esto requiere necesariamente una puntualización: las manifes-
taciones de apoyo explícito –de consenso activo– o la favorable recepción a las
convocatorias del régimen no fueron constantes ni unánimes. Más contundente
y visible en los primeros tiempos, el frente de apoyos a la dictadura tendió a
resquebrajarse a medida que las estrategias del régimen afectaban a sectores más
amplios y su legitimidad se erosionaba.
17
N. de e.: Sobre la Guerra de Malvinas, véase también el trabajo de Federico Lorenz en el
tomo I.
244
Dictadura y sociedad en Rosario entre 1976 y 1983: actitudes...
Resistencias
Una perspectiva como la planteada hasta aquí, centrada en las manifes-
taciones del consenso, sería a todas luces incompleta si no consideráramos la
variedad de actitudes y comportamientos que la sociedad rosarina exhibió frente
al régimen militar y que –junto con el consentimiento o la conformidad– in-
cluyeron diversas modalidades de resistencia u oposición al régimen.18 Como ya
señalamos, priorizamos aquí el estudio de aquellas acciones o comportamientos
que podrían tipificarse como de resistencia, o encuadrarse dentro de las mo-
dalidades de la protesta social y política con contenidos críticos u opositores al
régimen militar, pero que se manifestaron y ostentaron dimensiones públicas
y abiertas.
El análisis de las formas de resistencia a la dictadura requiere una necesaria
periodización, en tanto es posible visualizar al menos dos fases claramente
delimitadas. Si en el primer quinquenio (1976/81) el Gobierno Militar había
tenido un importante margen de maniobra para poner en marcha su proyecto
económico, social y político, éste comenzó a erosionarse de la mano del proceso
de deterioro económico y, sobre todo, a partir del catastrófico final de la guerra
con Gran Bretaña en el invierno de 1982. Hacia 1982 y 1983 la dictadura
ingresó en un período conflictivo signado por una crisis en múltiples niveles y
una ascendente movilización social y política, incrementando y ampliando las
posibilidades de actuación de los grupos opositores. Las críticas al régimen y
las expresiones de resistencia –o, en otro registro, el quiebre del consenso social
y político– siguieron los pliegues de estas coyunturas.
18
El concepto “resistencia” se encuentra atravesado por un conjunto de problemas y requiere
algunas puntualizaciones a la hora de ser utilizado. Si el mismo se restringe a la “descripción
de participación activa en intentos organizados de trabajar contra el régimen con el objetivo
consciente de dañarlo o de planear el momento de su eliminación” (Kershaw, 2004: 245-285),
en términos estrictos no existió un movimiento de resistencia organizado que se propusiera el
derrocamiento del régimen militar, al menos hasta sus últimos tramos cuando la derrota militar
en la Guerra de Malvinas articuló las protestas y a los sectores opositores o críticos hacia la dic-
tadura. Si, por el contrario, el concepto de “resistencia” es utilizado en forma amplia, como un
“paraguas” que incluya a un conjunto de acciones de diverso carácter que expresaron protestas,
disidencias u oposición, organizadas o no, al régimen militar o a alguna de sus estrategias, la
indagación asumirá otros derroteros. Las demandas, los actores y las formas a través de las cuales
se expresaron las críticas, la oposición o el conflicto social y político en el período de la dicta-
dura reconocieron marcos específicos desde donde se formularon y asumieron características y
modalidades diversas.
245
Gabriela Aguila
Las manifestaciones o expresiones del descontento o las resistencias estu-
vieron muy acotadas durante los primeros años de la dictadura, en un marco
en el cual la iniciativa se colocó del lado de los representantes del Proceso de
Reorganización Nacional y donde, desde el ámbito municipal, el intendente
Cristiani había logrado construir una fachada institucional que incluyó una
nada desdeñable dosis de consenso social y político. De hecho, no es mucho lo
que se advierte en la ciudad por lo menos hasta 1981: los trabajadores seguían
sufriendo el doble embate de la represión y la inestabilidad laboral, la actividad
en la universidad estaba prácticamente congelada, los organismos de derechos
humanos habían comenzado a actuar, aunque sus demandas y acciones no
habían logrado prácticamente ningún eco social o político19, las expresiones
culturales y artísticas se desenvolvían con dificultades, los espacios de resistencia
cultural eran casi insignificantes y los medios de comunicación de la ciudad
cumplían a rajatablas su papel legitimador del régimen. Y esta situación no
puede ser aislada del aparato de terror legal y paralegal que se montó en Rosario
a partir de 1976 y del vasto accionar represivo desplegado para inmovilizar a
la sociedad a través del miedo.
Aunque ello limitó, no eliminó por completo la existencia de espacios o
resquicios a través de los cuales se expresaron la disconformidad o la oposición
de individuos o sectores críticos o descontentos con el Gobierno Militar. No
dudamos en afirmar que en los primeros años de la dictadura las expresiones
de resistencia activa y organizada sólo se visualizaron en torno a la lucha por
los derechos humanos y a la acción dificultosa y en general aislada de los orga-
nismos en la ciudad. Sin embargo, las expresiones de oposición o descontento
incluyeron un conjunto de acciones y comportamientos heterogéneos que
pusieron en cuestión los intentos de regimentación y ordenamiento político,
social, económico y cultural que el régimen pretendió imponer sobre el conjunto
de la sociedad, aunque las más de las veces se desenvolvieron en una dimensión
menos pública o confrontativa. Por su parte, los resultados de algunas de las
estrategias desplegadas por el régimen –el accionar represivo, la política eco-
nómica, las restricciones políticas– sumaron adversarios a medida que la crisis
y el deterioro del Gobierno Militar se hacían más visibles, determinando que
hacia los últimos años las expresiones del descontento se hicieron más explícitas,
activas y organizadas.
19
El movimiento de derechos humanos comenzó a conformarse a partir de 1977, en correlación
con lo que estaba sucediendo en Buenos Aires, si bien ostentó un carácter relativamente temprano
en relación con otros espacios provinciales (Alonso, 2006).
246
Dictadura y sociedad en Rosario entre 1976 y 1983: actitudes...
Hacia 1981 y 1982 comenzaron a manifestarse críticamente diversos sec-
tores que generaron –sobre todo a partir de la coyuntura abierta por el fin de la
Guerra de Malvinas20–, un clima político y social que contrastaba notablemente
con el que había predominado en los primeros años del régimen21. Este clima
incluyó a partidos políticos o a sus líneas internas, sectores empresarios, el
movimiento sindical o la universidad, junto con una visible articulación de la
lucha de los organismos de derechos humanos con los reclamos de otros sectores
sociales y políticos movilizados. Analicemos algunas de estas expresiones.
Por una parte, los trabajadores fueron afectados duramente por las políticas
de la dictadura dentro y fuera de los lugares de trabajo, por las restricciones al
accionar sindical, la eliminación de muchas de las conquistas obreras, el de-
scenso de salarios o los efectos de la crisis económica. El accionar represivo se
dirigió en gran parte hacia los militantes y dirigentes sindicales, con su secuela
de detenidos y desaparecidos. Sin embargo, y ya desde los primeros años, los
conflictos obreros no estuvieron ausentes impulsados por fundamentalmente
por demandas de índole económica, en general localizados y con escasa coordi-
nación22. La actividad gremial se multiplicó hacia 1980, cuando el movimiento
sindical se rearticuló23, observándose en la creciente adhesión en Rosario y el
20
Los partidos políticos nucleados en la Multipartidaria comenzaron a reclamar cambios urgentes
en materia socioeconómica y el pronto retorno a la democracia, alentados por la renuncia del
presidente de facto, general Galtieri y el nombramiento varios días después del general Reynaldo
Bignone, quien anunció el fin de la veda política y el traspaso del poder a un gobierno civil
para el primer trimestre de 1984. La fractura abierta en las Fuerzas Armadas tras la derrota de
Malvinas (cuando la Fuerza Aérea y la Armada se retiraron de la Junta Militar, dejando en manos
del Ejército la conducción del gobierno) y la abrumadora deslegitimación del Gobierno Militar
hicieron evidente que se había abierto la etapa final del Proceso de Reorganización Nacional y
que, si bien las pautas de la institucionalización iban a ser establecidas por las Fuerzas Armadas,
en este nuevo escenario se abrían espacios cada vez más amplios para la expresión del descontento
de una sociedad que había comenzado a movilizarse.
21
Para un tratamiento más detallado de estas cuestiones véase Aguila (2000).
22
Durante los primeros años de la dictadura se produjeron una serie de conflictos laborales: en
1976 en Celulosa, Cerámica Pilar, John Deere, Sulfacid y Diario La Capital; en 1977, trabajadores
de Luz y Fuerza, estibadores, John Deere, Cristalerías de Cuyo, Massey Ferguson, Estexa y PASA;
en el año 1978 en Jabón Koop, Banco Monserrat y el Frigorífico Swift; en 1979 en Cimetal,
Marieta y Unión Tranviarios Automotor; en 1980 en bancarios, Estexa y Fader-Messafesa; y en
el curso de 1981 los trabajadores de Celulosa y los recolectores de residuos.
23
Las organizaciones gremiales locales se rearticularon hacia 1980 siguiendo las líneas del sindi-
calismo a nivel nacional, permaneciendo divididas en dos agrupamientos: la CGT Calle Italia y
la CGT calle Córdoba. Esta división refería a una diferente ubicación en el panorama sindical
nacional que derivaba en posiciones político-sindicales divergentes. La CGT calle Italia, que
247
Gabriela Aguila
cordón industrial que concitaron las huelgas convocadas por las organizaciones
nacionales (en particular el paro nacional de julio de 1981) y sobre todo en el
curso de 1982, cuando el deterioro de los salarios y la crisis económica alentaron
una espiral de protestas, que incluyó paros y ocupación de establecimientos y
sumó a nuevos sectores (maestros, amas de casa, deudores hipotecarios, etc.).
Los conflictos adquirieron un carácter diferente cuando algunos sectores del
movimiento sindical incorporaron objetivos políticos y de crítica a la dictadura,
integrando esa dimensión de la protesta social a las resistencias al régimen militar
y convirtiendo a los trabajadores y sus organizaciones en actores de creciente
intervención en el escenario político y social.
Sin embargo, si en los primeros meses de 1982 las manifestaciones públi-
cas de los sindicatos opositores tuvieron dificultades para realizarse, tal como
sucedió con la marcha del 30 de marzo,24 la situación cambió luego del final de
la Guerra de Malvinas. Sólo a título de ejemplos mencionamos la concentración
en el Monumento a la Bandera –en el marco de un plan de lucha convocado
por los sectores sindicales opositores– hacia fines de 1982, al que asistieron más
de diez mil personas (LC, 21/11/82), el altísimo acatamiento al paro nacional
convocado en marzo de 1983 (LC, 29/3/83)25 o la celebración, por primera vez
en todos estos años, del 1º de Mayo en la ciudad (LC, 2/5/83).
Por otra parte, muchas de las manifestaciones que expresaron cuestion-
amientos a algunas facetas o estrategias del régimen tuvieron simultaneidad con
otras, o las sucedieron, que no podrían analizarse en tales términos tal como lo
fueron los comportamientos de los sectores empresarios. Hemos visto como las
había experimentado un proceso de creciente politización en el curso del año anterior, adhería
a los posicionamientos del sector “confrontacionista” representado a nivel nacional por la CGT
Brasil y postulaba la necesidad de la inmediata institucionalización, demanda reactualizada luego
del fin de la guerra de Malvinas. Si bien ambas centrales compartían una común identificación
peronista, la CGT calle Córdoba se había alineado con el sector “dialoguista” de la CGT Azo-
pardo dirigida por Jorge Triacca, diferenciándose de las posiciones más claramente opositoras
del otro sector.
24
La marcha concitó la adhesión de la Multipartidaria local y de entidades gremiales y fue pre-
cedida por una campaña intimidatoria que restó concurrencia al acto. A pesar de su efectividad,
el enorme despliegue policial no logró ocultar las crecientes dimensiones de la protesta política
y social en la ciudad que se expresaron en el grito generalizado de “Se va a acabar, se va acabar,
la dictadura militar”. Ver LC, 31/3/82.
25
En Rosario y el cordón industrial adhirieron los trabajadores de la industria, los servicios y
el comercio: no funcionaron los transportes, no hubo atención en los bancos, establecimientos
comerciales ni en la administración pública, no se dictaron clases, no hubo espectáculos ni aten-
dieron las estaciones de servicio, no salieron los diarios y los trabajadores de radio y televisión
adhirieron con paros parciales cortando las transmisiones a lo largo de la jornada.
248
Dictadura y sociedad en Rosario entre 1976 y 1983: actitudes...
entidades empresarias acompañaron públicamente el proyecto dictatorial, pero
mientras algunos agrupamientos se mantuvieron fieles en su sostenimiento del
régimen hasta el final, la estrategia económica desplegada en particular durante
la gestión de Martínez de Hoz al frente del Ministerio de Economía afectó y
perjudicó a otros sectores, los que no sólo comenzaron a criticar esta faceta
sino que se organizaron para enfrentarla, como se visualizó en nuestra área de
análisis hacia 1980 y 1981.
Referimos aquí a la constitución en octubre de 1980 de la Convocatoria
Nacional de Empresas (CONAE), un agrupamiento de entidades empresarias
del interior que contó con el impulso decisivo de las organizaciones rosarinas,
fundamentalmente de pequeños y medianos comerciantes e industriales26,
irrumpiendo en el escenario nacional con una interesante capacidad de movili-
zación que coincidió con el fin del gobierno de Videla, el alejamiento del elenco
económico liderado por Martínez de Hoz y la transición política que llevó al
gobierno a Viola. El surgimiento de la CONAE desnudó no sólo la existencia
de un polo opositor al plan económico vigente sino las profundas diferencias
que separaban a las organizaciones empresarias. Las entidades representativas de
los sectores más concentrados de la industria y el agro, vinculadas a postulados
económicos liberales, expresaron su oposición al nucleamiento y sostuvieron
públicamente su coincidencia con el mantenimiento de la política económi-
ca.27 Para estos sectores ya no se trataba sólo del reclamo de correcciones en el
rumbo sino de una oposición frontal a la política económica vigente. Si bien
podría postularse que ello no implicó necesariamente un cuestionamiento cabal
al régimen y sus objetivos más amplios y emergió en directa correlación con el
impacto de la crisis económica, es ilustrativo de las fisuras que las políticas de
la dictadura provocaron en la burguesía como clase.28
Lo sucedido con gran parte de los partidos políticos también es demostra-
tivo de los problemas que suscita la tipificación de las resistencias al Gobierno
26
Entre los organizadores se contaron la Asociación Empresaria Rosario, Federación Agraria Ar-
gentina, Asociación de Industriales Metalúrgicos, Federación Gremial del Comercio y la Industria,
Unión de Entidades Comerciales de la Provincia de Santa Fe y Unión de Entidades Industriales
de la Provincia de Santa Fe. El programa se publicó en el Matutino Dominical Rosario, 12/10/80.
Véase también la cobertura de la protesta de febrero de 1981 en LC, 27/2/81.
27
Como la Confederación Regional de Asociaciones Rurales Zona Rosafé (CARZOR), la
Federación de la Industria de la Provincia de Santa Fe (FISFE), la Sociedad Rural Argentina,
Confederaciones Rurales Argentinas, Cámara Argentina del Comercio o el Movimiento Indus-
trial Argentino.
28
Para el tema puede verse Simonassi (1998).
249
Gabriela Aguila
Militar. Aquellos que no habían sido proscriptos o ilegalizados luego del golpe
de Estado asumieron posiciones que legitimaron o aceptaron el nuevo orden de
cosas vigente a partir de marzo de 1976. Sin embargo, el consenso que había
generado el golpe de Estado fue debilitándose gradualmente y, especialmente a
partir de 1981 y 1982, gran parte del espectro político se posicionó y manifestó
públicamente contra la dictadura, reclamando la normalización de la vida polí-
tica, la convocatoria a elecciones y la transición hacia un régimen democrático,
así como incorporando la condena a la violación a los derechos humanos.29
Los contactos para constituir una organización multipartidaria se aceleraron
desde los primeros meses de 1981 y en noviembre se constituyó la Multipar-
tidaria departamental Rosario, integrada por un espectro político muy similar
al nacional y provincial.30 En una coyuntura de creciente movilización social
y política, la iniciativa se convirtió rápidamente en un espacio de articulación
de las demandas de distintos sectores políticos y sociales de la ciudad. A partir
de este momento, tanto a nivel provincial como local, se volvieron comunes
las declaraciones conjuntas de organizaciones como la Multipartidaria y la
Convocatoria Nacional de Empresas, la Confederación General del Trabajo
o la Federación Universitaria de Rosario y la participación en conferencias de
prensa, actos y manifestaciones que nucleaban a estos diversos sectores, unidos
tras reclamos que tenían idéntico signo. Desde el final de la Guerra de Malvinas
y sobre todo hacia 1983, la actividad partidaria se intensificó notablemente,
teniendo como horizonte las elecciones que se verificarían en el último trimestre
de ese año. Los partidos políticos que actuaban en la ciudad y en la provincia se
recompusieron aceleradamente, encarando una reorganización que se expresó
en la definición de líneas y sectores y la realización de comicios internos, con el
objetivo de designar autoridades partidarias y nominar a los candidatos a cargos
electivos, de cara a las elecciones generales que se llevarían a cabo en octubre.
Vamos a consignar también que la universidad se convirtió en un espacio
de la protesta social, en particular hacia 1982, cuando un proceso de crecien-
te movilización que se operó de abajo hacia arriba con la organización del
movimiento estudiantil se conjugó con el renacimiento de la actividad en la
Federación Universitaria local, controlada por las cúpulas de las agrupaciones
políticas vinculadas al radicalismo y el socialismo popular. Hacia mediados
29
Ver al respecto Yannuzzi (1996), Quiroga (1994) y Tcach (1996).
30
Estaba integrada por: Unión Cívica Radical, Partido Justicialista, Movimiento de Integración
y Desarrollo, Democracia Cristiana, Partido Intransigente y Línea Popular, y luego se suma-
ron otras organizaciones. El Programa de la Multipartidaria Departamental se publicó en LC,
15/12/81.
250
Dictadura y sociedad en Rosario entre 1976 y 1983: actitudes...
de ese año, el malestar estudiantil se trocó en reclamos abiertos y medidas de
acción directa que recibieron como respuesta el endurecimiento de las autori-
dades universitarias31.
Las reivindicaciones estudiantiles abarcaban un amplio abanico de proble-
mas que representaban un cuestionamiento de plano al ordenamiento impuesto
por la dictadura e incluían, entre otros, la derogación de la ley universitaria, el
ingreso irrestricto y el fin de las medidas limitacionistas, la devolución de los
centros de los estudiantes y el libre accionar del movimiento estudiantil, el fin
del arancelamiento y la reapertura del comedor universitario. Las exigencias de
los estudiantes se articularon con los pronunciamientos de los partidos políticos
y las demandas de las organizaciones de trabajadores y empresarios que se mul-
tiplicaron en esta coyuntura, enrareciendo el clima político local. Hacia 1982
y 1983, y a medida que se hacía evidente la crisis terminal de la dictadura, la
Universidad se erigió en uno de los escenarios de la protesta social y política,
cuyo impacto sobre la realidad política local fue considerable.32
Y, finalmente, el nuevo clima social que se abrió hacia 1982 incluyó una
visible articulación de la lucha de los organismos de derechos humanos con
los reclamos de otros sectores sociales y políticos movilizados. Los partidos
políticos, algunos sectores eclesiásticos, las entidades empresarias y sindicales
comenzaron a incluir en sus declaraciones públicas y en sus documentos el
tema de los desaparecidos y los reclamos de las entidades de derechos humanos
adquirieron una masividad que no habían conocido hasta entonces. A partir
de la segunda mitad de 1982 y en el curso de 1983 los organismos de derechos
humanos33 llevaron adelante una serie de iniciativas que incluyeron petitorios
31
En este contexto, los reclamos estudiantiles adquirieron mayor organicidad y contundencia y
las marchas de los estudiantes por la peatonal Córdoba desde la plaza 25 de Mayo hasta la sede
de Rectorado alteraron el paisaje urbano, despertando la simpatía de gran parte de la opinión
pública rosarina. La primera movilización organizada por la FUR con el objetivo de elevar un
petitorio al rector se realizó el 28 de octubre y la concentración superó todas las expectativas. La
favorable repercusión en la ciudadanía se midió en los aplausos que despertaba la marcha a su
paso o en los papelitos tirados desde los edificios céntricos. Ver LC, 29/10/82.
32
Ello fue particularmente visible en el contexto de la huelga de hambre sostenida durante una
semana por un grupo de estudiantes que no habían podido ingresar a la universidad por falta
de cupo. La huelga se convirtió en un foro de denuncias contra la dictadura, representada en la
figura del rector Riccomi, y los partidos políticos, las agrupaciones estudiantiles, la CGT calle
Italia, entidades empresarias y organismos de derechos humanos se umaron al unánime reclamo
estudiantil (LC, 21/9/83). El hecho culminó con la renuncia del rector.
33
En Rosario actuaban la filial Rosario de la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos
(APDH), la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, Familiares de Desaparecidos y De-
tenidos por Razones Políticas y Madres de Plaza de Mayo.
251
Gabriela Aguila
que reclamaban la derogación del estado de sitio y la aparición con vida de los
desaparecidos, pedidos masivos de hábeas corpus, la organización de mesas re-
dondas y conferencias y de “Festivales para la Libertad”, en los que participaron
numerosos artistas y músicos rosarinos, expresando su compromiso y solidaridad
con tales reclamos. Ello fue especialmente visible cuando, en abril de 1983, se
produjo el último caso resonante de secuestro y desaparición de personas del
país y tuvo por escenario a la ciudad de Rosario, la de los militantes peronistas
Osvaldo Cambiasso y Eduardo Daniel Pereyra Rossi. En medio de una semana
cruzada por las protestas y la movilización de diversos sectores sociales, sindicales
y políticos, la ciudad se vio conmovida por una imponente marcha de “Repudio
a la barbarie” convocada por los organismos de derechos humanos que nucleó
a cuatro mil personas y recibió innumerables adhesiones.
El creciente protagonismo de los sectores opositores y la agitación social y
política que marcaron este último período del régimen dictatorial, volvieron
a mostrar –luego de varios años– a una sociedad desafiante, cuyos reclamos
impusieron su sello al proceso de transición hacia el Gobierno constitucional
que se iniciaba entonces.
A modo de cierre
En los estudios sobre la dictadura argentina se han instalado y desplegado
una cantidad de temas de análisis. Probablemente el que refiere a la represión
estatal, denunciada tempranamente e insistentemente por los organismos de
derechos humanos y las víctimas del accionar represivo, haya sido uno de los
tópicos más transitados, en tanto el terror configuró una de las facetas privi-
legiadas por la dictadura militar en sus modos de relación y disciplinamiento
de la sociedad.
Sin dudas, una de las imágenes más difundidas de la dictadura argentina
refiere a una sociedad atenazada por el miedo, la represión y la manipulación,
dejando poco espacio para el análisis de otras actitudes y comportamientos
sociales, en particular el consentimiento, activo o pasivo, que exhibieron diver-
sos sectores durante el período. En esta dirección resulta especialmente difícil
equilibrar o ponderar la significación que ostentan el terror y el consenso a la
hora de estudiar los comportamientos sociales. Y plantea la posibilidad de es-
quematizar las explicaciones, bien en una perspectiva que absolutice el impacto
de la represión en el diseño de las actitudes sociales o, por el contrario que las
252
Dictadura y sociedad en Rosario entre 1976 y 1983: actitudes...
reduzca a una aceptación voluntaria y sin matices a las políticas ensayadas por
las Fuerzas Armadas en el poder.
En el revés de la trama, un análisis que se ocupe de las acciones de resis-
tencia a la dictadura militar se encuentra recorrido por similares tensiones. Así
como la imagen de una sociedad desconocedora de lo sucedido y/o víctima se
impuso fuertemente a la salida del régimen militar, la de una sociedad uná-
nimemente resistente se recorta como su necesaria contracara. Ello se vincula
con el esfuerzo sostenido por actores sociales y políticos que, instalados en el
espacio público y protagonistas de la transición democrática –dirigentes de
partidos políticos, agrupaciones sindicales o asociaciones intermedias, medios
de prensa o intelectuales–, resignificaron sus acciones en el período dictatorial
únicamente como formas de resistencias u oposición régimen, por ejemplo
remarcando sus posicionamientos en la coyuntura abierta con el fin de la guerra
de Malvinas y en los últimos años del régimen. Al mismo tiempo, estos actores
dejaron a las Fuerzas Armadas, las cúpulas eclesiásticas o las organizaciones de
la derecha promilitar en el espacio del sostén o la reivindicación de lo actuado
en los años previos.
Asimismo, y en un plano distinto al de las imágenes y memorias construidas
respecto de las relaciones entre dictadura y sociedad, el tema en cuestión nos
coloca frente a las dificultades que encuentran los investigadores para analizar
lo sucedido en el ámbito de los comportamientos o actitudes de la sociedad,
cuando se trata no de las dirigencias34 sino de los hombres y mujeres “comunes”,
en términos de provisión de fuentes documentales35 y problemas metodológicos
de diversa índole.36
34
De hecho, los estudios existentes sobre las actitudes y comportamientos sociales frente a la
dictadura se encuentran confinados a unos pocos actores: la Iglesia católica, las dirigencias sin-
dicales y los partidos políticos y, en menor medida, las cúpulas empresarias y los trabajadores
y sus organizaciones.
35
Mientras los estudiosos de las experiencias fascistas europeas han contado con una profusión
de fuentes para estudiar estos aspectos que incluyeron archivos policiales y militares, encuestas
de opinión, reservorios de organizaciones políticas, sindicales o religiosas, los historiadores de
la dictadura argentina se encuentran mucho más constreñidos por esas carencias y límites en
la obtención o disposición de información y material documental. Estas cuestiones han sido
analizadas por Lvovich (2006).
36
En tal sentido, es menester preguntarse sobre los modos de reconstruir, a través de testimonios
fragmentarios y/o aislados, cuáles eran las opiniones o las perspectivas de aquellos que vivieron
el período y de los que no han quedado –o no se conocen hasta el momento– registros docu-
mentales. El recurso a la historia oral también obliga a considerar que estos testimonios han
sido relevados cuando la dictadura había finalizado e incluso cuando ya habían transcurrido dos
253
Gabriela Aguila
Estudiar la dictadura militar desafía fuertemente al analista, en tanto refiere
rápidamente a una situación de ilegalidad o excepcionalidad que se opone a
otros períodos donde las reglas del juego –las del estado de derecho– resultan
fácilmente reconocibles. La ausencia de estas normas, las restricciones al accio-
nar político, la represión ejercida de diversos modos por el aparato del Estado
y las fuerzas de seguridad, contrastan con otro panorama que resulta también
reconocible: la existencia de una suerte de normalidad que, en varios planos,
configuró la vida en dictadura. No nos estamos refiriendo aquí, aunque segura-
mente debería ser considerado en el análisis, a la recurrencia de golpes militares
e interrupciones al orden constitucional que cruzaron la historia argentina del
siglo XX y en cierto sentido, “acostumbraron” a los ciudadanos y ciudadanas
a la presencia reiterada de las Fuerzas Armadas en la vida política. Más bien
apuntamos a considerar que, con todo y sus características distintas, la dictadura
militar está asociada al establecimiento de un orden –no por novedoso, menos
aceptado en términos sociales amplios y durante un período extenso– que pautó
y estructuró la vida social y política del período.37
Dicho en otros términos, insistir exclusivamente en la excepcionalidad nos
expone a pensar a la dictadura militar en una dimensión que la hace ajena o la
convierte en una especie de aberración, que dificulta reconocer que la sociedad
que vivió el golpe de Estado y la dictadura –con todo y los cambios demográficos
y generacionales– es casi la misma que transitó los primeros años setenta o los
de la transición constitucional. Una perspectiva de esta naturaleza, que intenta
fijar a la dictadura en registros políticos y sociales menos excepcionales y más
“normales” y reconocibles en el marco de la historia política y social argentina
o de la historia del período, no minimiza lo que la dictadura representó en
esencia: un régimen que se propuso reestructurar de modo radical y profundo
la configuración social, política, económica y cultural existente y que en varios
sentidos logró varios de sus principales objetivos.38
En conclusión, el análisis de los comportamientos de diversos sectores
sociales y políticos en la ciudad de Rosario entre 1976 y 1983 –equiparable
con actitudes y situaciones generalizadas en la sociedad argentina– expone un
cuadro complejo, donde las relaciones entre consensos y resistencias fueron
“fluidas y fluctuantes” durante todo el período. Si los niveles y expresiones
o más décadas, ubicándonos en el terreno de las memorias (seguramente más individuales que
colectivas, si bien inscriptas en tramas sociales más amplias) de aquellos hechos y sus reformu-
laciones en los años de la posdictadura.
37
N. de e.: Ver al respecto el texto de Roberto Pittaluga contenido en este volumen.
38
N. de e.: Ver el artículo de Daniel Lvovich, en este volumen.
254
Dictadura y sociedad en Rosario entre 1976 y 1983: actitudes...
del consentimiento fueron elevados en los primeros años, más evidentes
y públicos en algunos casos y grupos que en otros, las estrategias que el
régimen implementó a lo largo de esos años afectaron a diversas porciones
de la sociedad, generando cuestionamientos u otorgándoles a los conflictos
contenidos antidictatoriales que en los tramos iniciales de la dictadura habían
estado ausentes.
El fuerte consenso que exhibió hacia fines de 1983 la democratización
política –medida no sólo en las expresiones de crítica al régimen militar o las
protestas públicas sino también en la avidez de los ciudadanos por conocer
las propuestas políticas de los diferentes partidos que actuaban en el escenario
electoral y que se volcaron masivamente a las urnas– parecía atravesar a la
sociedad toda. Aún considerando el ingreso a la vida política de una nueva
generación de jóvenes que eran niños hacia el momento del golpe de Estado,
se trataba de la misma sociedad que había asistido pasivamente y durante años
a la implementación del más drástico intento de reorganización social, política,
económica y cultural de la historia argentina.
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Tcach, César (1996), “Partidos políticos y dictadura militar en Argentina
(1976-1983)”, en Silvia Dutrénit (ed.), Diversidad partidaria y dictaduras:
Argentina, Brasil y Uruguay, México, Instituto de Investigaciones Dr. José
María Luis Mora
Vezzetti, Hugo (2002), Pasado y Presente. Guerra, dictadura y sociedad en la
Argentina, Buenos Aires, Siglo XXI.
Yannuzzi, María de los Ángeles (1996), Política y Dictadura, Rosario, Funda-
ción Ross.
257
Actitudes sociales durante la dictadura
militar argentina: las organizaciones
sociales y el diálogo político de 1980
Daniel Lvovich
Introducción
La dictadura militar que se instauró en la Argentina el 24 de marzo de 1976
y perduró en el poder hasta fines de 1983 desarrolló un terrorismo estatal de
una ferocidad inaudita, que dejó un trágico saldo de asesinados y desaparecidos
entre sus consecuencias más conocidas y visibles. También produjo un vasto
proceso de reestructuración social regresiva, a través de políticas que favorecie-
ron una desindustrialización selectiva, una considerable disminución del poder
adquisitivo de los asalariados, un incremento desmesurado de la deuda externa
pública y un marcado proceso de concentración económica, en el marco de
un ciclo de acumulación caracterizado por la hegemonía del capital financiero
y de los grandes grupos económicos de capital argentino o trasnacional, en
particular los que desarrollaron estrategias de inversión integradas y diversifi-
cadas (Basualdo, 2006). El régimen militar tuvo como objetivo primordial el
disciplinamiento social, lo que implicó a la vez una restauración del orden y
una verdadera venganza de clase contra trabajadores y pequeños empresarios.
Se trataba de la primera ocasión en que militares y conservadores librecambistas
“coincidían enteramente en el diagnóstico y la terapia: debían destruirse las bases
del desorden […] acabando para siempre con las insolencias de las identidades
políticas y sociales de los sectores populares […] Se trataba en definitiva de
259
Daniel Lvovich
refundar el ethos de la sociedad” (Novaro y Palermo, 2003: 37). Como obser-
vó Hugo Vezzetti, el Proceso de Reorganización Nacional “anunciaba desde la
desmesura de esa denominación que no le bastaba intervenir sobre el Estado
y las instituciones sino que la Nación misma debía ser objeto de una profunda
reconstrucción” (2003: 55).
La Proclama que el 25 de marzo de 1976 se propagó a todo el país afirmaba
que el golpe militar había sido motivado por “un tremendo vacío de poder,
capaz de sumirnos en la disolución y la anarquía”, “las reiteradas y sucesivas
contradicciones demostradas en las medidas de toda índole” por el Gobierno
depuesto, su incapacidad para encaminar la economía y la falta de una estrategia
global para “enfrentar a la subversión”. Frente a ello, las Fuerzas Armadas “en
cumplimiento de una obligación irrenunciable, han asumido la conducción del
Estado” (citado en Vázquez, 1985: 213). El Acta que fijó los Objetivos básicos
para el Proceso de Reorganización Nacional, de ese mismo día, establecía como
propósitos restablecer la “vigencia de los valores de la moral cristiana, de la tra-
dición nacional y de la dignidad del ser argentino, [...] vigencia de la seguridad
nacional, erradicando la subversión y las causas que favorecen su existencia”
(citado en Vázquez, 1985: 213).
Si en muchos sentidos este discurso reproducía el de las intervenciones mili-
tares previas, en 1976 la ideología del golpismo se diferenció de las anteriores en
el proyecto “de establecer un gobierno de las fuerzas armadas, y no meramente
apoyado por ellas”, a lo que se agregó la visión de la necesidad de producir un
cambio profundo, no sólo en el sistema político o la economía, sino que abarcara
a la sociedad argentina por completo (Cavarozzi, 1983: 75).
Tras más de cuatro años en el poder, el régimen había logrado, a través de
sus políticas económicas y del desarrollo del terrorismo de Estado, impulsar
algunas transformaciones que parecían irreversibles. En tal contexto, y tras lo-
grar compatibilizar dificultosamente las muy diversas posiciones sostenidas por
distintos grupos militares, el Gobierno Militar encabezado por el general Jorge
Rafael Videla convocó en 1980 al llamado “diálogo político”, en el que distintos
sectores civiles se expresarían, aunque con restricciones, sobre aspectos nodales
del régimen y del futuro político e institucional de la Argentina.
Los actores convocados para el diálogo fueron tanto dirigentes de partidos
políticos como intelectuales, empresarios y dirigentes de organizaciones sociales
aceptadas o toleradas por el Gobierno dictatorial. Mientras las posturas de los
partidos políticos en el diálogo han sido estudiadas por diversos trabajos acadé-
micos (Quiroga, 1994; Yanuzzi, 1996; González Bombal, s/f; Palermo y Novaro,
2003), las posiciones sostenidas por las distintas organizaciones sociales hasta el
260
Actitudes sociales durante la dictadura militar argentina: las organizaciones...
momento no han sido analizadas en profundidad. Sin embargo, su estudio nos
brinda una información inestimable sobre el modo en que, tras cuatro años de
dictadura, estas organizaciones se ubicaron con relación al Gobierno Militar,
y en particular en torno a lo que en aquel momento se denominaba la “guerra
contra la subversión” y la situación de los presos políticos, en momentos en
que las denuncias por la violación masiva de los derechos humanos tornaban
inocultable la extensión de las prácticas del terrorismo de Estado. Recordemos,
a título de ejemplo, que el 12 de agosto de 1980 se publicó en Clarín una
solicitada en la que se pedía que se esclareciera la situación de los ciudadanos
desaparecidos, firmada entre otros por Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Adolfo
Pérez Esquivel, Raúl Alfonsín, Adolfo Bioy Casares, Hermenegildo Sábat, César
Luis Menotti y Miguel Hesayne.
El estudio de las posiciones de estas organizaciones nos informa acerca de
la extensión de la aceptación de las bases sobre las que el régimen construyó su
legitimidad. Tal constatación permite sustentar la afirmación de Hugo Vezzetti
según la cual: “la imagen de una sociedad mayoritaria y permanentemente
aterrorizada frente a una violencia [estatal] extendida en la vida cotidiana es,
básicamente, una construcción retrospectiva” alimentada por el viraje “hacia
un ánimo opositor cuando la dictadura estaba ya derrotada” (2001: 43). En
efecto, en las posiciones de las organizaciones participantes del diálogo político
se evidencia una extendida adhesión a uno de los factores sobre los que el régi-
men buscó construir su legitimidad, aquello que en la época se denominaba la
“victoria en la guerra antisubversiva”. Ello no impidió que los distintos actores
pudieran formular críticas específicas a determinadas políticas del Gobierno
Militar, concentrándose la mayor parte de ellas –desde perspectivas distintas–
en el área económica.1
El diálogo político
Desde los momentos iniciales del régimen dictatorial, las cúpulas militares
se embarcaron en la definición de amplios objetivos de refundación del sistema
político argentino, inseparables de sus objetivos en el plano socioeconómico.
En esa tarea, los militares se vieron rápidamente enfrentados, desarrollándose
tres grandes facciones. Los ultra revolucionarios o “duros” rechazaban cualquier
1
Sobre el problema de las actitudes sociales frente a la dictadura, véase también Gabriela Aguila
en este mismo volumen.
261
Daniel Lvovich
tipo de acercamiento con las organizaciones civiles y buscaban la instauración
de un modelo corporativo y jerárquico, que requería una muy prolongada
permanencia de las Fuerzas Armadas en el gobierno. La facción “moderada”
aspiraba en el largo plazo a una eventual convergencia cívico militar, cuyas
condiciones previas eran una renovación de los partidos y el sistema político
que permitiera la conformación de una nueva élite dirigente adicta a los valores
del llamado “Proceso de Reorganización Nacional” (PRN), imaginada bajo la
figura del Movimiento de Opinión Nacional, expresión política que esperaban
conformar sobre la base de los partidos políticos conservadores provinciales y
desprendimientos de los partidos mayoritarios. La fracción “politicista”, sin
renunciar a la refundación del sistema político, consideraba necesario contar
con la participación de los partidos políticos y las organizaciones sindicales
existentes para superar el debilitamiento de la legitimidad del régimen y los
peligros de un aislamiento extremo (Canelo, 2007: 68-69). Estos alineamientos
no ocultaban, sin embargo, la existencia de un amplio acuerdo en la común
empresa represiva, así como profundas diferencias en cuanto a las políticas
económicas al interior de cada grupo.
Desde 1977, distintas fracciones cívico-militares redactaron planes políticos
para presentar a la “civilidad” –concepto con el que los militares referían a los
sectores civiles a los que consideraban interlocutores legítimos– que debían ser
previamente consensuados al interior de cada fuerza para pasar luego a una etapa
de “compatibilización interfuerzas”. Tras un complejo y largo procedimiento,
el régimen presentó finalmente el 19 de diciembre de 1979 las Bases Políticas
de las Fuerzas Armadas para el Proceso de Reorganización Nacional, en las que
se sentaban las líneas doctrinarias del Gobierno y las características generales
del modelo de país al que aspiraban. Se trataba de un documento altamente
genérico, cuya única medida concreta era la convocatoria formal al diálogo entre
el poder militar y los civiles a iniciarse en 1980. Las “Bases Políticas” serían
objeto de estudio y análisis por parte de la “civilidad” que, en la perspectiva
militar, debía encontrar en éstas un parámetro de adhesión a las ideas básicas
del Proceso (González Bombal, s/f: 23-24).
Este diálogo debía orientarse a lograr una “participación responsable, am-
plia y continua” a través de la cual, “partiendo de las coincidencias en las ideas
básicas”, se generasen las condiciones para el futuro acceso de la ciudadanía a la
actividad política y partidaria. El conjunto de ideas que los militares presenta-
ban al diálogo en las “Bases Políticas” se dividían en tres apartados. El diálogo
político se iniciaría considerando los aspectos doctrinarios, luego las cuestiones
262
Actitudes sociales durante la dictadura militar argentina: las organizaciones...
programáticas y, por último, se abordaría el tratamiento de los instrumentos
tendientes a la institucionalización del país.
En las “Bases Doctrinarias” se establecía que era necesario asegurar la ob-
servancia de los principios de la Constitución Nacional, pero modernizando
y afianzando un régimen político basado en dos pilares: “La concepción cris-
tiana de la vida y las tradiciones de nuestra cultura”. El objetivo buscado era la
construcción de un Estado capaz de preservarse del “populismo demagógico
y anárquico, de los totalitarismos y de los intereses ilegítimos o abusivos de
individuos o sectores determinados” (“Bases Políticas….”, citado en González
Bombal, s/f: 25). Quedaban excluidas del futuro sistema político las ideologías
“totalitarias”, definidas como aquellas que promovieran la lucha de clases, la
propiedad colectiva de los medios de producción, la exaltación desmedida de
las personas de los dirigentes y la politización partidaria de las instituciones
del Estado. Según los principios programáticos, la forma de gobierno debía
continuar siendo la representativa, republicana y federal, pero el sistema político
debía renovarse para afianzar la estabilidad institucional.
Las “Bases Programáticas” delineaban los rasgos más salientes del modelo
de país aspirado por el régimen militar en las distintas áreas, reservando para
las [Link]. un rol institucional que les daría competencias en “la conducción
estratégica nacional, la seguridad nacional, y la defensa de la Constitución
Nacional” (“Bases Políticas...”, citado en González Bombal, s/f: 26). En tal
sentido, el proyecto de los militares argentinos resultaba similar al que que-
daría plasmado en la nueva Constitución chilena plebiscitada en el mismo
año 1980.
En las “Bases Instrumentales” se buscaba la formación y consolidación de
importantes corrientes organizadas de opinión que dieran sustento al sistema
propuesto. En este espacio tenían relevancia el diálogo político y la reorgani-
zación de los partidos.
La convocatoria al dialogo resultó una decisión consensuada por la Junta
Militar, pero que no contó con el respaldo unánime de las [Link]., ya que,
como señalamos, sectores importantes dentro de ellas sostenían que el régi-
men debía desconocer a las dirigencias políticas preexistentes y provocar su
total renovación. El objetivo declarado del diálogo era el de recibir aportes
para las “Bases Políticas del Proceso de Reorganización Nacional”. En su
desarrollo, el contacto entre militares y civiles se rigió por dos requisitos
básicos: la reivindicación pública de la “guerra antisubversiva” y la defini-
ción de un rol orgánico de las [Link]. en el futuro sistema político. Estos
ejes encerraban “la clave de la negociación ineludible que exigía el Estado
263
Daniel Lvovich
autoritario como condición necesaria para el restablecimiento de un futuro
gobierno constitucional.” (Quiroga, 1994: 258).
La instrumentación de la propuesta de diálogo fue encomendada al Mi-
nisterio del Interior, quien inició en marzo de 1980 la interlocución con los
partidos más favorables al régimen. Las conversaciones públicas llevadas a cabo
a lo largo de ese año constituyeron un intento gubernamental por articular
una relación con las fuerzas políticas y sociales, con el fin de lograr el apoyo de
los partidos a una política que preparaba la institucionalización de la conver-
gencia cívico-militar. Sin embargo, tras cuatro años en el poder, las [Link]. no
podían ya, limitadas por su falta de iniciativa y por los efectos corrosivos de la
política económica sobre el consenso inicial, ensayar del mismo modo que lo
hubieran hecho en 1976 una política capaz de articular una ecuación acorde
a su voluntad con las fuerzas políticas y sociales (Quiroga, 1994: 257-258).
Recordemos que desde 1979 se había ampliado la conflictividad gremial y se
habían generalizado las críticas a las políticas económicas de Martínez de Hoz
(Novaro y Palermo, 2003: 325-326).
Las intenciones de la oposición, en contraste, residían en aprovechar el
diálogo para discutir las políticas económicas y negociar una apertura política,
pero pronto advirtieron en el Gobierno una gran resistencia para negociar el
tránsito a la democracia. En efecto, los distintos trabajos que analizaron el proce-
so de interlocución con los dirigentes políticos coinciden en señalar que se trató
de un verdadero diálogo de sordos, que demostró ser totalmente inconducente.
Hugo Quiroga ha distinguido tres posturas entre los partidos convocados al
diálogo: los que compartían la propuesta oficial y daban su apoyo a las “Bases
Políticas” (Fuerza Federalista Popular); los que, dentro de un apoyo global a la
iniciativa gubernamental, cuestionaban los temas que serían llevados a la mesa
del diálogo (Movimiento de Integración y Desarrollo, que buscaba modificar
las políticas del régimen) y los que se preparaban para asumir posiciones críticas
(Unión Cívica Radical y el sector mayoritario del Partido Justicialista).
Cuando comenzó el diálogo, los integrantes de la Junta Militar formularon
declaraciones que marcaban los límites de la voluntad aperturista, como las
del teniente general Leopoldo Galtieri –por entonces Comandante en Jefe del
Ejército– que recordaba que “las urnas están bien guardadas”. Simultánea-
mente, un documento multipartidario (partidos Justicialista, Intransigente;
Conservador Popular, Socialista Unificado, Socialista Popular y Popular
Cristiano) señalaba que el dialogo político no era serio y disminuía “la je-
rarquía del gobierno y los interlocutores”, al excluir del debate el inmediato
retorno al estado de derecho, el análisis de políticas económicas alternativas,
264
Actitudes sociales durante la dictadura militar argentina: las organizaciones...
el esclarecimiento de las desapariciones y el respeto al movimiento obrero
(Quiroga, 1994: 264).
Las organizaciones empresariales en el diálogo político
Como es sabido, el apoyo brindado al régimen militar por las distintas
organizaciones representativas de la gran burguesía resultó amplio y perma-
nente. Aún en los últimos días de la dictadura las organizaciones patronales
demostraron su lealtad a los militares entonces caídos en desgracia, tal como
lo manifestaron en la solicitada aparecida en el diario Convicción el 21 de sep-
tiembre de 1983 y firmada, entre otros, por la Sociedad Rural Argentina, la
Bolsa de Comercio de Buenos Aires y el Consejo Empresario Argentino entre
muchos otros (Novaro y Palermo, 2003: 505-506). La participación de estas
entidades en el diálogo político permite identificar con claridad los términos
de ese apoyo, así como los rasgos del sistema político que proyectaban para el
futuro mediato.
La Sociedad Rural Argentina (SRA), que reúne a los grandes ganaderos y
terratenientes, afirmó en el diálogo político que los mecanismos constitucionales
que regulaban el acceso al poder habían puesto en peligro “la existencia misma
de la Nación” por lo que requerían un “perfeccionamiento”.2 Para la SRA no se
podía hablar del retorno al orden constitucional normal si antes no se daban las
condiciones que asegurasen que el país no retornara a un “pasado oprobioso”.
Para esta entidad, formaban parte de tal pasado las tendencias “estatizantes y
socializantes” incubadas en la década de 1930 y acentuadas por el peronismo,
que configuraron un sistema político, económico, social y cultural que llevó al
país “a la negación de su propio ser nacional”. También configuraban ese pasado
los “populismos demagógicos” que empleando las “técnicas de la sociedad de
masas y la guerra psicológica” manipularon la voluntad política de la población.
En función de ello, los representantes de la SRA señalaban: “Entendemos el
PRN como un hecho histórico político irreversible, a partir del cual no caben
retrocesos, y que su justificación histórica estará dada por su capacidad para
reorganizar la República”. Aspiraban a que en el futuro ordenamiento “queda-
2
SRA. Resumen para la prensa. Opinión de la Sociedad Rural Argentina sobre los “Documentos
básicos y bases políticas de las Fuerzas Armadas para el Proceso de Reorganización Nacional”, 4 de
septiembre de 1980. Para un análisis de las posturas de apoyo de la SRA a la dictadura militar
instaurada en 1976 y de la participación de sus miembros como altos funcionarios del gobierno
ver Palomino (1988) y Baud (2001).
265
Daniel Lvovich
ran fuera, amén de los corruptos y los subversivos, todos los que no entienden
que la historia no puede ni debe retroceder”. “El país –aseguraban– le debe
eterno agradecimiento a sus [Link]. por la victoria obtenida contra la subver-
sión apátrida”.
En el diseño institucional futuro, la SRA aspiraba a un Poder Ejecutivo
(PEN) “fuerte y ágil” que gobernara por medio de decretos, limitándose la
función legislativa del Parlamento, que dictaría sólo normas de carácter general.
Podrían incorporarse a las comisiones parlamentarias, además de los legislado-
res, personas designadas por el PEN para el estudio, elaboración y discusión
de las leyes. A ello agregaban la demanda corporativa de integrar los “grupos
intermedios” a la “representatividad del gobierno”, de modo de institucionalizar
“una situación, que en los hechos se da”.
Las [Link]. debían participar del gobierno, de acuerdo a la opinión de la
SRA, a través de un Consejo de Seguridad Nacional. Consideraban que “En
tanto partes esenciales de la Nación […] debe procurarse la presencia institu-
cional de las [Link]. en el seno del PEN”.
La Sociedad Rural sólo se diferenció del documento oficial en debate mani-
festando que éste no insistía suficientemente “en la necesidad de reducir el gasto
público y la participación del Estado en la economía, como condición previa
y esencial para asegurar la prosperidad económica de la Nación”. El presidente
de la SRA, Dr. Juan Pirán, manifestó en la conferencia de prensa posterior
al encuentro con el ministro del Interior que “todas las estructuras políticas
que se creen deben contener garantías suficientes para que no sea necesario el
establecimiento del voto calificado”.3
La Asociación de Bancos Argentinos (ADEBA) –que reunía a las princi-
pales entidades financieras de capital nacional y extranjero que operaban en
Argentina– defendió en 1980 las posiciones más extremas en cuanto al futuro
sistema político. A través de Narciso Ocampo (Banco Ganadero), Hernán Ayerza
(Banco Galicia) Roberto Bruno (Banco Español) y Federico Zorroaquín (Banco
Comercial del Norte) proponían un diseño institucional que, entre otras cosas,
asegurara que se impidiera actuar a los partidos políticos que en su plataforma o
sus actos “no acepten expresamente los valores básicos de la sociedad argentina”;
se implantase un control de seguridad para el ejercicio de las funciones de los
partidos y se determinasen disposiciones constitucionales sobre la selección de
candidatos a ocupar cargos electivos en cuanto a “moralidad, antecedentes polí-
3
Ministerio del Interior, Ayuda memoria. Dirigentes de la Sociedad Rural Argentina dialogaron
hoy con el Ministro del Interior, 4 de septiembre de 1980, p.4.
266
Actitudes sociales durante la dictadura militar argentina: las organizaciones...
ticos, nacionalidad y recaudos a tomar para su real representatividad”.4 ADEBA
señaló que para la renovación institucional se requería previamente “obtener
una efectiva paz y seguridad pública”, el logro de una mejora económica tal que
permitiera a la sociedad apreciar sus beneficios de forma tangible y la conquista
de un orden sucesorio bajo control de las Fuerzas Armadas, “cuya premisa de
fondo es la continuidad del programa y el orden político establecido”5. ADEBA
se expidió a favor del voto calificado y reservado a los electores alfabetizados,
y mostró su solidaridad con el Gobierno frente al crítico documento de la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos.6
Sus colegas de la Asociación de Bancos del Interior de la República Argentina
también señalaron su agradecimiento a los militares por “vencer a las hordas
terroristas” y expresaron su total adhesión a las “Bases Políticas”, y su apoyo a la
idea de una participación institucional de las [Link]., a través de la intervención
de ministros militares de cada arma en el Gabinete Nacional y de la conforma-
ción de un Consejo de Seguridad dentro de los límites constitucionales.7
El Consejo Empresario Argentino8 (CEA) mostró su adhesión a la acción
contra la subversión del PRN, pero sugería dictar medidas legales adicionales
“para impedir cualquier brote de subversión o terrorismo que pueda aparecer en
el futuro”. El Ingeniero Guillermo Gotelli (del grupo empresarial Alpargatas),
quien integraba la delegación y sostenía que en Argentina se había librado una
de las batallas de la “Tercera Guerra Mundial”, proponía que se establecieran
limitaciones por idoneidad y antecedentes para acceder a los cargos públicos.
El vocero del CEA señaló que debía racionalizarse el aparato estatal reducien-
do la burocracia, disminuirse el déficit fiscal y la carga impositiva y limitarse
drásticamente la intervención estatal en la economía.9
En un sentido similar, reclamando una mayor liberalización y apertura de
la economía se expidió la Unión Industrial Argentina (UIA). Los dirigentes de
4
Asociación de Bancos Argentinos. Información de prensa, 27 de mayo de 1980.
5
Ídem.
6
Ministerio del Interior, Ayuda memoria. El Ministro del Interior dialogó esta tarde con cinco
titulares de bancos argentinos, pp.4-6.
7
Asociación de Bancos del Interior de la República Argentina, Síntesis del memorándum presen-
tado por la Asociación de Bancos del Interior de la República Argentina (ABIRA) a S.E. el señor
Ministro del Interior.
8
Entidad que agrupaba a grandes empresarios argentinos de distintas ramas de actividad, y
que había sido presidido por José Alfredo Martínez de Hoz, ministro de Economía durante el
gobierno del general Videla.
9
Ministerio del Interior, Ayuda memoria. El Ministro del Interior dialogó esta tarde con dirigentes
de la Cámara (sic) Empresaria Argentina, 10 de julio de 1980.
267
Daniel Lvovich
esta organización expresaron su amplio acuerdo con las propuestas políticas
presentadas por los militares. Juan Thibaud, advirtió contra el riesgo de una
salida política excesivamente apresurada, Jaime Roca señaló la necesidad de
implementar una participación institucionalizada de las [Link]. en la seguridad
nacional y en la formulación de la política exterior, mientras Eduardo Oxenford
manifestó su total adhesión a las “Bases Políticas” y a la actuación de las [Link].
en la “lucha antisubversiva”.10
Similares posturas fueron desarrolladas por los directivos de la Unión
Comercial Argentina, quienes sostuvieron que “El Proceso” no debía condi-
cionarse “por períodos de tiempo sino por el logro de objetivos” y advertían
que “la subversión ha sido aplastada en una guerra que la Nación libró sola por
su vigencia soberana”, aunque llamaban a mantenerse alerta “porque subsiste
latente y ensaya otras formas de penetración”.11
La Bolsa de Comercio de Buenos Aires también manifestó su total acuerdo
con las “Bases Políticas”, su beneplácito con la lucha antisubversiva y defendió
una inserción institucional de las [Link]. en un futuro, “en los órganos que
intervienen en la elaboración de decisiones de Gobierno. La entidad bursátil
remarcó su adhesión al ideario económico monetarista y señaló la necesidad de
“terminar con la noción del Estado productor y comerciante”.12 Reclamando
igualmente una disminución de la intervención del Estado en la economía pero
solicitando a la vez la protección estatal frente a las importaciones subsidiadas
o que revestían el carácter de dumping, la Cámara de Sociedades Anónimas
mostraba su amplia adhesión a las “Bases Doctrinarias”. Sostenía la entidad
que la permanencia de las [Link]. en el Gobierno debía ser “todo lo profunda y
ancha” que fuera necesario para alcanzar la paz y el orden, considerando que la
“exitosa terminación del terrorismo” no supone dar por terminada la contienda,
ya que “la subversión sin patria constituye una fuerza agazapada en algún lugar”.
La Cámara de Sociedades Anónimas fue la única de las entidades patronales en
10
Ministerio del Interior, Ayuda memoria. El Ministro del Interior dialogó con personalidades del
ámbito industrial, 28 de marzo de 1980
11
Documento sin título de la Unión Comercial Argentina, 23 de octubre de 1980, firmado
por Jorge Sabaté (Presidente de la Cámara de Grandes Tiendas y Anexos de la Capital Federal),
Manuel Aduriz García (Vicepresidente de la Cámara de Empresas con sucursales), Ovidio Bolo
(Presidente de la Cámara Argentina de Supermercados), Santiago García Fazio (Presidente de
la Federación Argentina del Comercio Mayorista de Comestibles, bebidas y afines) y Ángel
Malvicino (Director del Centro Comercial de Santa Fe).
12
Bolsa de Comercio de Buenos Aires. Documento sobre las Bases Políticas de las Fuerzas Armadas
para el Proceso de Reorganización Nacional. Aprobado por la Mesa Directiva y por el Consejo de la
Institución en sus sesiones del 29 y 30 de julio de 1980.
268
Actitudes sociales durante la dictadura militar argentina: las organizaciones...
referirse de modo abierto al tema de los detenidos–desaparecidos. Al respecto
señalaba que el uso de la fuerza fue la única opción posible frente a la “ola de
terrorismo”, en una situación de emergencia que “requería procedimientos y
medidas de excepción” que podrían haber provocado “excesos y arbitrariedades
que, en todo caso, han sido efectos no deseados de una causa fatal”. Aunque
sostenía que el robustecimiento de una justicia independiente sería suficiente
para que el Gobierno enfrentara “la solución de los casos que haya heredado del
pasado reciente, a despecho de la crítica internacional”, atendiendo los reclamos
de “los prójimos de buena fe”, no dejaba de distinguir entre el restablecimiento
del orden y el retorno final a la normalidad, ya que “las tácticas y estrategias de
la subversión agudizan la necesaria reserva de las medidas de seguridad”.13
Los propietarios de medios de comunicación no se alejaban de estas pers-
pectivas. El diario Clarín sostenía en su editorial del 6 de abril de 1980 que el
diálogo resultaba “un gesto espontáneo que puede explicarse por la serenidad
que da el haber obtenido una resonante victoria en la guerra que durante un
largo tiempo estuvo carcomiendo los cimientos de nuestra nacionalidad”. La
dirigencia de la Asociación Editores de Revistas señaló que acudía al diálogo
“plenamente identificada con el fundamento de legitimidad de origen y finalidad
del PRN” establecido en las “Bases Políticas” de las [Link].14 Los editores des-
tacaban como logros del régimen la reconstrucción de la república y la derrota
de la subversión; los avances en la “liberalización, saneamiento y simplificación
de la economía”, el restablecimiento “de la autoridad y jerarquía de los poderes
públicos”, “el ordenamiento y restauración de la disciplina en la enseñanza”,
la realización de importantes obras públicas y la recuperación del prestigio
internacional del país. Sin embargo, reclamaban que en el futuro próximo
se redujera el aparato estatal, se disminuyera el gasto público y se acelerase
la privatización de la economía dejando en manos privadas todo lo que este
sector fuera capaz de realizar “salvo lo estrechamente vinculado a la seguridad
nacional”. Cumplidas estas condiciones se podría “volver a una democracia real
y efectiva, siempre y cuando se marginen del proceso las ideas y personas que
fracasaron y nos llevaron al borde de la disolución, facilitando la demagogia
y el terrorismo y la destrucción de la economía del país”. La Asociación de
Teleradiodifusoras Argentinas manifestó igualmente su plena solidaridad con
la lucha que libraron las [Link]. La delegación, encabezada por su presidente
13
Memorandum de la Cámara Argentina de Sociedades Anónimas, firmado por Oscar García
(presidente), Horacio Sánchez Caballero (vicepresidente) y Jorge E. Rivarola (director).
14
Ministerio del Interior. Información de prensa. 4 de diciembre de 1980
269
Daniel Lvovich
Pedro Simoncini, declaró: “Adherimos a las Bases Políticas para el Proceso de
Reorganización Nacional, y a sus consideraciones doctrinarias, programáticas
e instrumentales, porque consideramos que en ellas están condensadas las
fórmulas superiores para el logro de la unidad nacional para el bien común”.
En tal sentido, pensaban que la institucionalización debería esperar hasta que
las condiciones políticas lo permitieran, es decir “cuando los partidos políticos
aseguren el acceso al poder de dirigentes idóneos y responsables”.15 En un sentido
similar se expidió la Asociación de Radiodifusoras Privadas Argentinas.16
En la totalidad de los casos arriba reseñados nos encontramos con actores
con capacidad de conocer las verdaderas características de las políticas represi-
vas, lo que –como vimos– no motivó cuestionamiento alguno. Lejos de ello,
todos estos actores demostraron su solidaridad y acuerdo con lo actuado por
las [Link]. Tampoco ninguno de los rectores de universidades privadas, ni los
responsables de la educación evangélica, ni los directores de diarios del interior
que participaron del diálogo formularon observación alguna sobre la situación
de los Derechos Humanos en Argentina. Si resultaba un denominador común
el acuerdo con los planteos de las “Bases Políticas”, es observable en cambio la
existencia de posturas que consideraban la situación económica insatisfactoria
debido a lo que consideraban una injustificada persistencia del intervencionis-
mo estatal, un nivel de gasto público considerado excesivo y unas reformas
liberalizadoras que estimaban insuficientes. En lo que hace al futuro diseño
institucional, la opinión de estas organizaciones resultaba más matizada, ya
que acordando con la necesidad de garantizar un rol relevante a las [Link]. en
el sistema político post-dictatorial, pocos se mostraron dispuestos a introducir
modificaciones en la Constitución Nacional. La perspectiva de una democra-
cia tutelada y limitada resultaba predominante, lo que, de modo altamente
probable, no se derivaba solo de la lectura que estos actores formulaban del
proceso político argentino, sino de los proyectos constitucionales en ronda
en los países vecinos. En efecto, una Constitución que preveía un sistema
de democracia limitada y tutelada había sido elaborada por los militares
uruguayos –la propuesta sería derrotada por 58% de los votos en el plebis-
cito del 30 de noviembre de 1980– y por las Fuerzas Armadas chilenas. Este
último diseño constitucional, que incluía elementos corporativistas, resultó
15
Documento sin título de la Asociación de Teleradiodifusoras Argentinas, firmado por Luis
María Morales (Secretario) y Pedro Simoncini (Presidente), 10 de diciembre de 1980.
16
ARPA y la convocatoria al diálogo y la participación, 10 de diciembre de 1980.
270
Actitudes sociales durante la dictadura militar argentina: las organizaciones...
aprobado en el plebiscito del 11 de septiembre de ese mismo año en Chile
(Ansaldi, 2004: 43-44).
Las tímidas inflexiones de la disidencia
Las posiciones que los representantes del sector cooperativo agropecuario
expusieron en el diálogo político resultaban, en algunos aspectos, más distan-
ciadas que las anteriormente reseñadas respecto a las políticas y propuestas del
régimen, pese a que la delegación estaba conformada, entre otros, por dirigentes
que formaron parte de distintos gobiernos militares. En efecto, fueron invita-
dos a título personal a participar del diálogo político Antonio A. Di Rocco, ex
presidente de la Federación Agraria Argentina y de la Confederación Intercoo-
perativa Agropecuaria (Coninagro), quien se había desempeñado como ministro
de Agricultura y Ganadería –en la dictadura anterior– del general Alejandro
Lanusse (1971-1973), y Victor Hugo Santirso, dirigente de la Asociación de
Cooperativas Argentinas (ACA) y presidente de Coninagro quien ocuparía la
Secretaría de Agricultura y Ganadería bajo el gobierno del general Reynaldo
Bignone (1982-1983), junto a los dirigentes cooperativistas Leonidas Gasoni
y Rodolfo Gariglio. La delegación cooperativista enfatizó en su intervención la
necesidad de la plena vigencia de la Constitución, sosteniendo asimismo que
una vez que se regresara al estado de derecho, el régimen de excepción debía
hallarse “legislativamente previsto como facultad propia de los gobiernos cons-
titucionales y no como consecuencia de su desplazamiento”. 17 En el mismo
sentido, manifestaron su rechazo a la introducción de aspectos corporativos
en el ordenamiento institucional: “Como integrantes de uno de los mayores
nucleamientos de organizaciones intermedias del país, deseamos conservarnos
en nuestro marco institucional de carácter económico y social, que abjura de la
concepción corporativista que asigna funciones propias de los partidos políticos
a entidades integradas al quehacer general de la Nación”. También señalaron
su oposición a que las Fuerzas Armadas asumieran cualquier forma de parti-
cipación que no fuera sancionada por un futuro Poder Legislativo, así como
a toda forma de limitación para el acceso a cargos públicos, y se manifestaron
críticos de una política económica que, señalaban, resultaba flagrantemente
contradictoria con los postulados al respecto de las [Link].
17
Conceptos vertidos por los sres. Ing. Agr Victor Hugo Santirso, Leonidas A. Gasoni, Antonio A.
Di Rocco y Rodolfo M. Gariglio, en la entrevista mantenida con el Sr. Ministro del Interior, 30 de
abril de 1980, p.1
271
Daniel Lvovich
Sin embargo, los cooperativistas agrarios asumían los postulados que las
[Link]. planteaban como las bases de la legitimidad de la dictadura, ya que re-
conocían el origen del PRN como resultado de un estado de “descomposición
y desintegración en ciernes” y reivindicaban la victoria en la “lucha contra el
terrorismo” como una victoria de la Nación, por lo que rechazaban los juicios
extranjeros sobre la situación de los Derechos Humanos en Argentina como
“interesados, tendenciosos y subjetivos”. Reiteraban así un argumento insis-
tentemente empleado en los años anteriores, y que había motivado que en
1978 más de trescientas asociaciones civiles desarrollaran una campaña contra
“aquellos que pretenden distorsionar la imagen del país en el exterior” a través
de solicitadas firmadas entre otros por la Universidad Católica, la Delegación de
Asociaciones Israelitas Argentinas, el Club Alemán y el grueso de las entidades
patronales (Armony, 2004: 16). Si, como sostienen Novaro y Palermo (2003:
164-165) existió en aquel momento una propensión bastante extendida entre
la población a creer que las acusaciones “antiargentinas” constituían una cam-
paña contra la imagen del país y su dignidad, y los medios de comunicación
ayudaron a cimentar la imagen de un país víctima de un boicot internacional,
el nivel del conocimiento acerca de las características de las violaciones a los
Derechos Humanos dos años más tarde torna improbable que las declaraciones
de los cooperativistas resultaran el fruto de la ignorancia.
¿Resultaba imposible formular un planteo crítico sobre el método represivo
y sus consecuencias, dadas las limitaciones implícitas que suponían los requisitos
básicos planteados por las [Link]. en la convocatoria al diálogo? Si fuera así, la
respuesta a esta pregunta daría también cuenta del mayoritario silencio sobre
el terrorismo de Estado por parte de los partidos políticos participantes del
diálogo. Sin embargo, la presencia de algunos sectores que plantearon, de modo
más tímido o más abierto, esa temática muestra que los que no se expresaron
al respecto no actuaron de ningún modo movidos por dichas limitaciones o
por el terror. Además, quienes sí lo plantearon no resultaban en modo algunos
opositores abiertos al régimen.
Tal es el caso del Colegio de Abogados de la Capital Federal –entidad que
había acompañado de modo entusiasta la instauración del régimen militar18–
que alabó las “Bases Doctrinarias” propuestas por las [Link]. y dio su acuerdo
a la inclusión de las [Link]. en un Consejo de Custodia de la República, in-
tegrado además por “ciudadanos representativos con destacados antecedentes
18
Sobre las posiciones y el papel del Colegio de Abogados de la Capital Federal ver Novaro y
Palermo (2003, 129) y Bertochi (1988).
272
Actitudes sociales durante la dictadura militar argentina: las organizaciones...
en el servicio del país”. Dicho consejo debería velar por el cumplimiento de
la Constitución Nacional y estaría facultado “en el caso de abandono de toda
legitimidad por las autoridades” para requerir la colaboración de las [Link].
para restablecer la vida constitucional. Sin embargo, el Colegio solicitó que se
regularizara la situación de los detenidos a disposición del PEN y se los pro-
cesara judicialmente, en tribunales civiles o militares, respetándose su derecho
de defensa y apelación.19
Algo similar ocurrió con los sindicalistas convocados al diálogo. Juan
Carlos Brunetti (Despachantes de Aduanas, afiliado al radicalismo) y Rubén
Mario Ghioldi (Empleados de Comercio de Rosario, de filiación socialista)
reconocieron el “esfuerzo realizado por las [Link]. en la supresión del terroris-
mo subversivo y la reimplantación de un clima de seguridad y paz que mucho
valoramos”, pero señalaba a la par la necesidad de que ningún argentino pierda
su libertad “sin razones valederas”. “La permanencia de detenidos sin proceso,
el mantenimiento de detenciones a disposición del PEN, la existencia aún de
desaparecidos, etc., atentan contra el crédito de quienes están en el poder”, afir-
maban, y solicitaban para estos casos la aplicación de los mecanismos previstos
por la justicia.20 Pidieron, asimismo, el restablecimiento de las libertades y el
regreso a la actividad de los partidos políticos sin restricciones, oponiéndose a
que las [Link]. asumieran otras competencias que las fijadas por la Constitución,
y sostuvieron posiciones críticas frente a las políticas económicas y laborales
del régimen. Luis Etchezar, del sindicato ferroviario La Fraternidad, solicitó un
rápido retorno de la vigencia de las libertades garantizadas por la Constitución.
Tras la “batalla ganada” contra la subversión, señaló que se imponía la toma de
medidas para “llevar tranquilidad a los hogares argentinos que lo requieran”.21
Igualmente críticos de las políticas laborales del Gobierno, los dirigentes Mario
Cala Gómez (Confederación General de Empleados de Comercio) y Juan Ra-
chini (Sindicato de Aguas Gaseosas) no hicieron observación alguna sobre las
víctimas de la represión.22 Por su lado, Ramón Valle, del sindicato del seguro,
tras recordar la oposición del Movimiento Obrero Organizado a la “delincuen-
19
Colegio de Abogados de la Capital Federal. Memorandum , 2 de octubre de 1980.
20
Rubén Mario Ghioldi y Juan Carlos Brunetti, Aportes al diálogo político. Resumen conceptual
de Sindicalistas Libres y Democráticos. 14 de octubre de 1980.
21
Luis Horacio Etchezar, opiniones sobre las bases políticas de las Fuerzas Armadas para el Proceso
de Reorganización Nacional, 27 de agosto de 1980.
22
Síntesis del memorial entregado por el dirigente sindical; Juan Nicolás Rachini, al Señor Ministro
del Interior, general Harguindeguy, en el marco del diálogo sobre las Bases Políticas de las Fuerzas
Armadas, 27 de agosto de 1980, Confederación General de Empleados de Comercio, Comunicado
273
Daniel Lvovich
cia subversiva” solicitó que se resuelvan los casos de detenciones sin causa, y
los de los presos gremiales y políticos, en especial el de la presidenta depuesta
María Estela Martínez de Perón, al tiempo que rechazó la posibilidad de una
convergencia cívico-militar.
Conclusiones
Sería vano buscar entre los participantes del diálogo político voces encen-
didamente opositoras, ya que las mismas no fueron convocadas o eligieron
no ser parte de la iniciativa del Gobierno Militar. Sin embargo, los casos aquí
considerados cubren un arco social e ideológico relativamente amplio, que puede
ser considerado representativo de una parte considerable de las organizaciones
civiles del período.
Se puede observar, en primer lugar, un marcado corte de clase en cuanto
al modo en que los participantes del diálogo político aquí considerados imagi-
naban el sistema político que debía instaurarse en un futuro post-dictatorial.
La opinión de las organizaciones patronales resultó unánime en su apoyo a un
sistema de democracia limitada, en la que las Fuerzas Armadas desempeñaran
un rol de supervisión y control, y en algunos casos propusieron la introducción
de mecanismos de representación corporativa en el diseño institucional. Ello
nos habla a la vez de su optimismo respecto a la posibilidad de que el régimen
lograra imponer sus condiciones en una futura transición y de su pesimismo
respecto a la probabilidad de que los sectores sociales dirigentes pudieran im-
poner su hegemonía en el marco de una democracia pluralista y amplia. Las
restantes opiniones vertidas en el diálogo –formuladas por cooperativistas y
sindicalistas– se mostraron en cambio opuestas a toda forma de limitación de
la democracia y a cualquier cambio en el diseño institucional que posibilitara
nuevas formas de participación de las Fuerzas Armadas.
Una segunda constatación es que la posibilidad de la crítica no estaba
excluida del diálogo, y ésta fue ejercida frecuentemente y con variadas orien-
taciones en relación a diversos aspectos de las políticas económicas y sociales
del régimen militar. Sin embargo, las críticas y reclamos por la situación de
los presos políticos y los desaparecidos resultaron, como vimos, minoritarias.
Pese a ello, su misma existencia permite considerar bajo otra luz las posiciones
de Prensa, 27 de agosto de 2008 y Ministerio del Interior. Ayuda memoria. Dialogaron esta tarde
con el ministro del interior secretarios de distintos gremios, 27 de agosto de 2008.
274
Actitudes sociales durante la dictadura militar argentina: las organizaciones...
más moderadas, conformistas o laudatorias. En efecto, en momentos en que
los reclamos por la situación de los Derechos Humanos en Argentina eran
notorios, la inexistencia de referencias a ello por parte de organizaciones que
tenían un acceso privilegiado a la información permite sostener que avalaban
por completo lo actuado por las [Link]. y que no actuaban movidos por la ne-
cesidad de evitar conflictos con el Gobierno Militar o por el temor a represalias.
En contraste, aún los sectores que se mostraron más críticos con el régimen
y sus políticas no dejaron de señalar su reconocimiento a las [Link]. por su
victoria en la “guerra antisubversiva”, legitimando de tal modo al régimen en
los propios términos en que lo hacían los militares. Ello nos brinda un pano-
rama significativamente distinto al de una dictadura aislada y sin sustentación
alguna. La imagen que aparece es, en cambio, la de un régimen criticado por
algunas prácticas específicas pero cuya existencia y fundamentos no resultaban
radicalmente cuestionados.
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276
Política y grupos académicos
universitarios. Un análisis comparado de
su historia reciente en las facultades de
ciencias naturales y humanas (Argentina,
1966-1986)
Germán Soprano y Luciana Garatte
Las relaciones entre las universidades públicas y el Estado nacional fueron
inestables entre 1930 y 1983, alternando períodos de control político e ideo-
lógico y represión física con momentos de pluralismo y autonomía académica.
Los universitarios experimentaron estas tensiones en su actividad docente y de
investigación cotidiana, asumiendo variaciones según las tramas de relaciones
en las que se inscribían y participaban, las identidades en las que se auto-ads-
cribían o eran rotulados, su inserción institucional, corporativa y disciplinaria,
área temática y trayectoria generacional o política. Por esta razón, la idea de
autonomía ha tenido una fuerte presencia en sus discursos y experiencias en
diferentes momentos, pero enfatizando más su sentido como no injerencia de
lo estatal antes que como autogobierno.
Así pues, protagonistas y analistas de la historia reciente de la universidad
pública suelen considerar la “apertura democrática” de diciembre de 1983
–iniciada con la presidencia de Raúl Alfonsín– y el “proceso de normalización
universitaria” dispuesto por el Estado nacional entre 1983 y 1986, como hitos
en la refundación del proyecto y la autonomía institucional. Fue una coyuntura
clave signada por el regreso a las universidades de docentes e investigadores
cesanteados, exiliados y otros que las abandonaron durante la violencia polí-
tica de los años 1974-1975 o con el terrorismo de Estado entre 1976 y 1983.
277
Germán Soprano y Luciana Garatte
Fueron años de despliegue de la actividad política y sectorial de los docentes,
del movimiento estudiantil y los partidos políticos, de recuperación del co-
gobierno universitario de docentes, estudiantes y graduados, de estímulo a la
investigación, la enseñanza y la extensión, de reapertura de carreras y creación
de nuevas casas de estudio y la ampliación del acceso de la población estudiantil
tras la supresión de las restricciones impuestas mediante cupos por carreras,
exámenes de ingreso y aranceles (Buchbinder 2005; Garatte 2008).
En las perspectivas de algunos actores y analistas, la autonomía universitaria
recuperaba la experiencia de la “época de oro” de las universidades de 1955 a
1966, es decir, tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón, quien en 1947
y 1954 sancionó dos leyes que fortalecieron el control estatal sobre las mismas.
Si el período 1966-1976 se define en forma canónica por los científicos sociales
como un momento de restricciones a la autonomía; los años que van de 1955 a
1966 son significados como un período de libertad y desarrollo académico (Sigal
1991; Terán 1993; Sarlo 2001). En consecuencia, el golpe de Estado de 1966
habría clausurado esa “modernización universitaria” con una nueva interven-
ción represiva y restrictiva de la autonomía, abriendo procesos de politización,
radicalización y luchas facciosas entre amplios sectores de docentes, graduados
y estudiantes (Barletta y Tortti 2002; Neiburg 1999). Entonces, 1966 es reco-
nocido como un hito en la historia universitaria. El día 29 de julio efectivos de
la Policía Federal reprimieron y desalojaron a estudiantes y docentes de sedes de
la Universidad de Buenos Aires (UBA). Ese accionar –conocido como “la noche
de los bastones largos”– derivó en un masivo movimiento de renuncias en la
institución. En 1973, con el breve gobierno democrático de Héctor Cámpora,
el proceso de politización y radicalización de los universitarios se profundizó y
fue enfrentado durante los gobiernos de Juan D. Perón y de Isabel Perón con
la intervención de las casas de estudio y mediante la violencia ejercida por la
Alianza Anticomunista Argentina o Triple A en 1974 y 1975. Finalmente, la
represión de la dictadura militar (1976-1983) tuvo en los universitarios un
blanco privilegiado (Kaufmann 2001 y 2003).
En este trabajo se presenta un análisis comparado de resultados de investiga-
ciones que tienen por objeto las relaciones entre política y sociabilidad académica
de universitarios en la Argentina. Por un lado, de antropólogos (arqueólogos,
antropólogos físicos y biólogos, etnólogos y antropólogos sociales) en la Facultad
de Ciencias Naturales y Museo (FCNyM) de la Universidad Nacional de La Plata
(UNLP), y por otro de profesores en Ciencias de la Educación en la Facultad de
Humanidades y Ciencias de la Educación (FHyCE) de la misma universidad. La
intervención del Estado en estas instituciones y sobre estos académicos operó a
278
Política y grupos académicos universitarios. Un análisis comparado de su historia...
través de la aplicación de leyes, decretos, programas de agencias estatales y mediante
el recurso represivo del terrorismo de Estado. Aquí prestaremos especial atención
a las formas según las cuales las políticas estatales fueron apropiadas, resistidas
o resignificadas por la participación activa de estos académicos en el gobierno
universitario y en su sociabilidad cotidiana. En este sentido, los reconoceremos
como individuos hacedores de lógicas sociales relativamente autónomas respecto
del Estado y la política nacional, esto es, activos en la definición de su agenda de
gobierno y en el desarrollo de sus actividades docentes y de investigación.
Hemos considerado un período de la historia reciente relativamente extenso,
de 1966 a 1986, buscando enfocar la trayectoria de académicos en escenarios ca-
racterizados por fuertes cambios en las políticas estatales y en la política nacional,
porque nos interesa sopesar la incidencia de esas determinaciones en las formas y
grados de autonomía de los universitarios. La comparación de dos instituciones
de la UNLP y de grupos académicos de facultades de Ciencias Naturales (antro-
pólogos) y de Ciencias Humanas (profesores en Ciencias de la Educación), nos
permitirá reconocer semejanzas y divergencias en sus trayectorias, identificando
modulaciones en el procesamiento de las intervenciones estatales y las políticas en
el sistema universitario. Unas modulaciones que pueden atribuirse a las específicas
configuraciones institucionales y corporativas de los grupos académicos y a la
singularidad de las respectivas lógicas y prácticas disciplinarias que sustentaban
su quehacer cotidiano.
Abordaremos sus trayectorias desde una mirada con pretensiones holísticas,
que favorezca una puesta en relación de diferentes dimensiones sociales, en
diálogo con el aporte de la historia política, de los intelectuales e izquierdas, la
historia universitaria y de las ciencias, y las orientaciones teórico-metodológicas
y temas sustantivos planteados en el emergente campo historiográfico que tiene
por objeto el pasado reciente en la Argentina. Nos interesa reconocer desde una
perspectiva micro-sociológica el desarrollo de procesos históricos de dimensión
nacional en escenarios localizados de instituciones universitarias, nominando a
los actores sociales implicados. La opción por esta perspectiva demandará del
lector un esfuerzo adicional en la lectura de este trabajo, ya que unos procesos y
acontecimientos de la historia –familiares para científicos sociales y ciudadanos
argentinos– serán comprendidos aquí enfocándolos en la trayectoria de unos
hombres y mujeres desconocidos por quienes no se hayan iniciado en la histo-
ria de la antropología y de las ciencias de la educación. Sin embargo, creemos
que al circunscribir la población estudiada a un universo bien delimitado será
posible reconocer más detalladamente el impacto que esos procesos y eventos
macro-sociales tuvieron en las experiencias de los académicos. Así pues, quienes
279
Germán Soprano y Luciana Garatte
aspiren a encontrar en este texto unas orientaciones nacionales, que permitan
comprender lo que ocurrió en la historia reciente de las universidades argentinas,
quizá no reconozcan respuestas inmediatas a sus interrogantes en estas páginas.1
Ahora bien, sí, esperamos ofrecer unos conocimientos sustantivos específicos
sobre las relaciones entre el Estado, la política y la trayectoria de académicos
en la UNLP, formular preguntas e hipótesis más ampliamente generalizables
sobre esas relaciones entre 1966 y 1986, y presentar resultados para que otros
colegas los confronten comparativamente con sus investigaciones.
Estado, política y trayectoria universitaria de la antropología
Los relatos sobre la historia de la antropología en la Argentina coinciden en
destacar la intensa relación existente entre el Estado, la política y su desarrollo
intelectual e institucional. Guillermo Madrazo (1985) divide esa historia en seis
períodos: de signo positivista (1880-1930), de orientación histórica (1930-
1955), de modernización universitaria y apertura teórica (1955-1966), de
censura y retracción teórica (1966-1972), de subordinación de la práctica
científica a la práctica política (1973-1974) y de ataque frontal contra las
ciencias sociales (1975-1983). En las Jornadas de Antropología: 30 años de
carrera en Buenos Aires (1958-1988) se definió una temporalidad apegada
al devenir de la política nacional y la trayectoria de los claustros porteños:
constitución de la carrera (1958-1966); primer éxodo de profesionales
(1966-1972); el antropólogo comprometido con su historia (1973-1974);
período de formaciones paralelas (1975-1983); reestructuración de la ca-
rrera (1983-1988).
Si exploramos las periodizaciones relativas a las especialidades de la an-
tropología, encontraremos temporalidades basadas en criterios similares. En
arqueología, Gustavo Politis (1992: 86) describe un movimiento que “refleja las
características de la vida política nacional: una sucesión de etapas democráticas,
a veces muy cortas y confusas, interrumpidas por períodos militares de derecha
y de corte fascista. En las épocas democráticas la ciencia avanzó y progresó la
actividad académica argentina”. Para la antropología física y biológica, Fran-
cisco Carnese, José Cocilovo y Alicia Goicoechea (1991-1992) conciben una
periodización que relaciona, por un lado, los marcos teóricos y metodológicos
1
N. de e.: Para la discusión vinculada al estudio de procesos locales o localizados versus procesos
“nacionales” en relación con otros temas, véase también Luciano Alonso en este volumen y
Claudio Barrientos, Ludmila da Silva Catela y Federico Lorenz en el tomo 1.
280
Política y grupos académicos universitarios. Un análisis comparado de su historia...
predominantes en cada etapa: la antropología física entre 1900 y 1960 y el
posterior desarrollo de la antropología biológica como comprensión holística
de las relaciones biológico-ambientales. Por otro lado, destacan las determina-
ciones sobre la antropología de ideas y políticas estatales, y señalan la influencia
internacional con alternancia de focos de poder político, económico e ideoló-
gico. Finalmente, en el caso de la antropología social la incidencia política es
percibida como más acuciante. Se localiza su emergencia con la “modernización
política nacional” y la “democratización de la universidad pública” entre 1955 y
1966, asociando su génesis con la idea del “compromiso social” del antropólogo
con las poblaciones subalternas estudiadas (indígenas, campesinos, migrantes
internos, pobres urbanos) y con la promoción de la disciplina por parte de
estudiantes y jóvenes graduados de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA
(Guber, 2002). También se enfatiza una ruptura en su historia producida por
los “renunciamientos masivos” de 1966 y se refiere a un momento de reconoci-
miento público en 1973 y 1974. Por último, se considera que su trayectoria fue
seriamente limitada por la Dictadura Militar (1976-1983), recomponiéndose
sólo desde la “democratización” de 1983.
Vale la pena destacar que estos relatos sobre la historia de la antropología
fueron expuestos en eventos académicos o publicados en revistas y libros espe-
cializados desde 1983. Con matices señalan una correlación necesaria entre el
desarrollo científico y la autonomía académica universitaria durante períodos
significados como “democráticos”, aunque –más estrictamente– se corres-
ponden con situaciones de gobiernos dictatoriales (1955-1958, 1961-1962)
o democracias restringidas por la proscripción del peronismo (1958-1961,
1963-1966). En todos los casos, por un lado, se destacan las discontinuida-
des políticas, institucionales y disciplinarias dominantes entre 1930 y 1983;
y, por otro lado, se considera que la historia de las disciplinas de los últimos
veinticinco años estaría, por el contrario, ligada a desarrollos autónomos de
las especialidades (arqueología, antropología biológica, folklore, etnología,
antropología social, lingüística, antropología forense), temáticos (dentro de la
antropología social: la antropología política, de la religión, económica, urbana,
etc.), teóricos (estructuralistas, marxistas, etc.) e institucionales (por ejemplo,
en torno de la oposición entre porteños, platenses y el interior). Sin dudas,
estos sistemas de clasificación y relatos de los antropólogos constituyen unas
narraciones bien informadas y verosímiles pero, a la vez, han sido producidas
por actores inscriptos y comprometidos con la trayectoria contemporánea del
campo. Por ende, también expresan formas de auto-consagración y/o relatos
que dirimen en el pasado unas batallas académicas e institucionales del presen-
281
Germán Soprano y Luciana Garatte
te. En este sentido, pueden ser pensados como perspectivas nativas en las que
se objetivan esquemas de clasificación social que organizan acontecimientos,
procesos, actores e ideas del pasado, que pueden y merecen ser localizadas en
la trama intelectual, institucional y política científica y universitaria presente.
En otras palabras, los procedimientos y argumentos con que estos analistas
elaboran sus periodizaciones, revelan prácticas de historización que deben ser
comprendidas en perspectiva histórica y etnográfica. Por ello, no pueden ser
aprehendidas por los investigadores de la historia reciente como relatos descon-
textualizados o situados al margen de los sistemas de clasificación y experiencias
que los sustentan.
Antropólogos y antropología en la Facultad de Ciencias
Naturales y Museo
Desde 1958 se forman licenciados en Antropología en la FCNyM de la
UNLP y desde 1959 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Los in-
terlocutores institucionales privilegiados por los antropólogos de estas carreras
fueron diferentes. Por su inscripción, la antropología porteña mantenía interlo-
cución con historiadores, geógrafos, filósofos, pedagogos, especialistas en letras
y en lenguas antiguas y modernas. Por el contrario, la antropología platense
estrechaba relaciones con geólogos, botánicos, zoólogos y paleontólogos. A
partir de 1955 en la UBA fueron creándose carreras en ciencias sociales como
Psicología, Ciencias de la Educación y Sociología, que participaban de la ten-
dencia “modernizadora” inaugurada por el movimiento reformista y humanista
que conducía esa universidad. En esa época, en la Facultad de Humanidades y
Ciencias de la Educación de la UNLP se crearon Psicología (1958) y Ciencias
de la Educación (1959). Al igual que en la UBA, la licenciatura en Antropología
platense fue producto tardío de un desarrollo disciplinario que en la investi-
gación se originó a fines del siglo XIX. De acuerdo con Visacovsky, Guber y
Gurevich (1997), la licenciatura porteña expresó un proyecto “modernizador”
encuadrado en procesos de diferenciación y especialización del campo de las
ciencias humanas y sociales. Pero también estaba ligado a la continuidad de
corrientes antropológicas “tradicionales” –la “escuela histórico cultural” o la
“fenomenología”– y a la propia persistencia de antropólogos consolidados
institucionalmente en el período anterior. Otro tanto puede decirse de la
carrera en La Plata donde, por un lado, la renovación venía produciéndose en
la arqueología desde tiempos del peronismo con la incorporación de enfoques
282
Política y grupos académicos universitarios. Un análisis comparado de su historia...
novedosos introducidos de Estados Unidos por Alberto Rex González. Y, por
otro lado, se dio la persistencia de docentes e investigadores con trayectoria
previa a 1955, tales como el propio González, Oswald Menghin, Juan Carlos
Otamendi o Lilia Cháves de Azcona.
Sirviéndose de un análisis comparado del contexto de restricción de la au-
tonomía universitaria abierto en la UBA en 1966, Claudio Suasnábar (2004)
demostró que las consecuencias institucionales fueron bien diferentes en la
universidad platense. Allí la intervención no redundó en renuncias masivas. Esa
persistencia del plantel docente fue documentada por ese autor en la Facultad
de Humanidades y Ciencias de la Educación y nosotros la encontramos en la
FCNyM. Aquí hubo continuidades en la trayectoria de docentes en antropolo-
gía, geología, zoología, botánica y paleontología. Y aunque entre 1966 y 1976
–debido a la inestabilidad política en el Estado y la Universidad– los decanos
de la Facultad no completaron el período total de sus mandatos (con una sola
excepción); también debe decirse que las autoridades designadas interinamente
y las consagradas en elecciones fueron reclutadas del cuerpo de profesores de
esta misma casa de estudios. Este dato merece destacarse, pues evidencia la
capacidad de estos académicos para controlar el gobierno universitario y la
reproducción de sus tareas de formación e investigación2.
Apoyándonos métodos micro-sociológicos centrados en el conocimiento
de las perspectivas de los actores y enfocando su estudio en situaciones local-
izadas, verificamos que en la FCNyM la incidencia de las políticas estatales
fue procesada por sus académicos con arreglo a diversas mediaciones. En la
historia de la antropología y de las ciencias naturales, hemos reconocido que
esas mediaciones resultaron de la eficacia social ejercida por la constitución
de liderazgos y la sociabilidad de grupos académicos de la Facultad. A con-
tinuación, nos ocuparemos de demostrar este argumento en relación con
las tareas de investigación y docencia. De un modo general y para todas las
disciplinas de esta Facultad, sostenemos que sus investigadores y docentes
configuraban liderazgos y grupos académicos con trayectorias relativamente
estables en el tiempo. En torno de esos referentes se formaban discípulos, se
dirigían tesis de doctorado, se adscribían estudiantes y graduados a proyectos
de investigación y se incorporaban a cátedras de la Facultad o Departamentos
y Divisiones del Museo. Esos liderazgos y grupos se diferenciaban (aunque
en forma no excluyente) por disciplinas y especialidades pero también por
2
Dicha capacidad también la comprobamos entre 1946 y 1966, con excepción del decanato del
capitán de fragata Guillermo Wallbrecher entre 1950 y 1952 (Soprano, 2008).
283
Germán Soprano y Luciana Garatte
su pertenencia a corrientes intelectuales y por el manejo de recursos ma-
teriales necesarios para las tareas de investigación en laboratorios o en el
trabajo de campo. Dado el tipo de organización y sociabilidad universitaria
vigente en el período, donde los académicos participaban simultáneamente
en funciones de docencia, investigación, extensión, resultaba inevitable que
se involucraran de alguna forma en la política institucional de la Facultad,
aunque sólo fuese con el fin de sobrellevar con éxito su trayectoria académica,
la reproducción de su grupo y competir con otros liderazgos. Ahora bien
¿quiénes configuraron los liderazgos antropológicos de la Facultad entre
1966 y 1986?
A partir de 1963 el arqueólogo Alberto Rex González estuvo a cargo de
la División de Arqueología del Museo hasta que fue cesanteado en 1976 y
pasó a ejercer la docencia en la Universidad de El Salvador y la investiga-
ción en el CONICET. En 1984 fue reincorporado a la Facultad, pero no
permaneció en ella. Desde 1955 también adquirió creciente relevancia otro
arqueólogo, Eduardo Mario Cigliano, doctorado en La Plata ese año con la
dirección de González, pero con estrechos vínculos intelectuales y personales
con Fernando Márquez Miranda, de quien se consideraba discípulo. Su
ascendiente trayectoria estuvo ligada al regreso de Márquez Miranda como
decano en 1955, tras su exoneración en 1946 por el Gobierno peronista.
Cigliano desplazó a Milcíades Alejo Vignati como Jefe de la División de
Antropología durante el decanato de Márquez Miranda, quien retuvo para
sí la Jefatura de la División Arqueología y Etnografía hasta su muerte en
1961. Desde entonces y con el regreso de González a la Facultad tras un
largo conflicto académico y personal con Márquez Miranda, González y
Cigliano compitieron por el control de recursos materiales y humanos
destinados a la arqueología. A su vez, tras el alejamiento de Enrique Pala-
vecino en 1955, desde 1958 Armando Vivante quedó como referente en
etnología, etnografía y folklore, quien promovió la creación de la División
de Etnografía y fue su primer jefe.
En torno de estos liderazgos que conformaron la segunda generación de
antropólogos de la Facultad y Museo (González, Cigliano y Vivante), en las
décadas de 1960 y 1970 se formaron sus discípulos, reproduciendo así las ba-
ses intelectuales e institucionales de la antropología y sus especialidades.3 Las
condiciones en que se desarrollaba la disciplina demandaba la adscripción de
3
En las tres primeras décadas del siglo XX, integraron la primera generación: Samuel Lafone
Quevedo, Roberto Lehmann-Nitsche, Luis María Torres, Félix Outes, Desiderio Aguiar, Hermann
Ten Kate y Salvador Debenedetti. La causa de sus retiros se debieron a su adscripción a otras
284
Política y grupos académicos universitarios. Un análisis comparado de su historia...
estudiantes de grado, graduados y doctorandos en equipos de investigación,
pues esa inscripción permitía la participación en proyectos y, en consecuencia,
el acceso al laboratorio, colecciones, recursos para el trabajo de campo, becas,
subsidios y posibilidades de publicar en revistas especializadas. Por tal motivo, el
control de esos espacios era un instrumento fundamental en la reproducción de
liderazgos y grupos. En tanto que para los jóvenes antropólogos recién gradua-
dos o doctorados, su incorporación a los mismos y, con ello, los compromisos
intelectuales, institucionales y personales que trababan con sus líderes, cons-
tituía el camino socialmente reconocido para iniciar una carrera profesional.
La mayoría de esos discípulos integraron lo que hemos denominado como la
tercera generación, es decir, aquellos antropólogos que realizaron sus tesis de
doctorado entre los años sesenta y principios de los setenta, y consolidaron
posiciones en cátedras y divisiones en estos últimos. Así, la configuración de
liderazgos y grupos académicos en torno de un modelo de relación maestro-
discípulo, centrado en el laboratorio y el trabajo de campo, era la forma en que
se actualizaba la formación profesional y la investigación de estos antropólogos4.
Una revisión de las 460 tesis doctorales en ciencias naturales defendidas entre
1944 y 1985 –incluyendo geología, botánica, zoología– nos permite identificar
como directores a los antropólogos de la segunda generación y a los tesistas
como miembros de la tercera.5
instituciones (principalmente porteñas), retiro por enfermedad, jubilación o fallecimiento; en
ningún caso se trató de exoneraciones por causas políticas.
4
Para dimensionar correctamente la importancia de estas relaciones entre los líderes académicos
y los miembros de sus grupos, o entre maestros y discípulos, es necesario tener presente que en el
desempeño cotidiano en el laboratorio y en los viajes de campaña en proyectos de antropología
física y biológica, arqueología o etnología, el acceso al equipamiento y financiamiento suficiente
para la realización de tareas en sitios alejados de las instituciones científicas y lugares de residencia
de los antropólogos, la constitución de equipos de trabajo, y la estrecha relación de intercambio
con los centros científicos metropolitanos, debían ser garantizados con unos recursos materiales y
financieros mínimos y necesarios, sin lo cual la actividad era impensable. El acceso a esos recursos
estaba mediado por la relación con el líder. Sin dudas, cualquier producción científica demanda la
concurrencia de estos elementos para tener éxito. No obstante, las condiciones en que se realizó
la producción de las humanidades y ciencias sociales en la Argentina del siglo XX son expresivas
de una actividad más bien individual efectuada con recursos relativamente escasos. Al tiempo
que la formación de grado en ciencias humanas y sociales aparece centrada en el espacio de la
cátedra, ámbito privilegiado de reclutamiento de miembros de estos grupos académicos en esos
años, tal como veremos en el caso de las ciencias de la educación.
5
De las 21 tesis sobre antropología, 11 eran en arqueología, siendo sus directores Alberto Rex
González (tesis de Eduardo M. Cigliano, Horacio D. Chiappe, Bernardo Dougherty, María
Carlota Sempé de Gómez Llanes), Eduardo Mario Cigliano (Rodolfo Raffino, Diana Rolandi
285
Germán Soprano y Luciana Garatte
La mayoría de los miembros de la tercera generación consolidó su presen-
cia institucional como investigadores durante la década de 1970, sin que las
intervenciones estatales a la universidad y la conflictividad política argentina
de 1974-1983 la discontinuaran. Tal fue el caso de Héctor Pucciarelli, Omar
Gancedo, Delfor Chiappe, Bernardo Dougherty, María Carlota Sempé de G.
Llanes, Rodolfo Raffino y Héctor B. Lahitte. Tras la exoneración de Alberto
Rex González, quienes fueron sus tesistas (Sempé de G. Llanes y Dougherty) no
vieron truncada su carrera académica ni su inserción institucional en la Facultad
y Museo. Quienes se alejaron, lo hicieron por diversos motivos. Mario Cellone
se dedicó al sacerdocio católico. Humberto Lagiglia continuó su carrera en la
Provincia de Mendoza, donde había realizado el trabajo de campo para su tesis.
En 1978 Palma fue exonerado de sus cargos, pero los testimonios recogidos entre
docentes-investigadores y estudiantes de la época, la información publicada en
el diario El Día y en informes producidos por la Dirección de Inteligencia de
la Policía de la Provincia de Buenos Aires-DIPBA, coinciden en que la causa
se debió a que agredió física y verbalmente al decano de la Facultad (el geólogo
Jorge Kilmurray) por motivos “personales” o “profesionales”. En 1983 Palma
fue reincorporado y estuvo al frente del Departamento de Antropología. Por el
contrario, Francisco Carnese, que llegó a ser secretario de asuntos académicos en
1973 y decano en 1974, sí vio discontinuada su trayectoria por causas políticas.
Se había formado con Marcos Palatnik en la Unidad de Genética Serológica de
la Facultad de Bioquímica y Farmacia de la UNLP donde se realizaban estudios
sobre genética de poblaciones hasta 1976.
¿Qué ocurrió con el ejercicio de la docencia? A partir de la creación de la
licenciatura en Antropología en 1958 se amplió el cuerpo de profesores.6 Algu-
nos ya integraban equipos locales de investigación: Cháves de Azcona, Chiappe,
Pucciarelli, Lahitte y Roberto Ringuelet (graduado de la licenciatura). Otros
de Perrot, Humberto Lagiglia), Rodolfo Raffino (María Amanda Caggiano y Jorge Amílcar
Rodríguez), Augusto Cardich (María Lelia Pochettini) y un director de otra casa de estudios,
Carlos Aschero (Gustavo Politis). Seis estuvieron orientadas en antropología física y biológica.
Sus directores fueron miembros de la Facultad como Milcíades Alejo Vignati (tesis de Manuela
García Mosquera de Bergna) y Lilia Cháves de Azcona (Héctor Pucciarelli) y también docentes
de otras como Alberto José Marcellino (Susana Ringuelet y Marta Méndez) y Marcos Palatnik
(Francisco Carnese). La sexta tesis en antropología biológica fue de Susana Salceda, pero al
momento desconocemos quién fue su director. Por último, dos tesis orientadas en etnografía
(Mario Cellone y Omar Gancedo) y una en folklore (Néstor H. Palma), dirigidas por Vivante;
y una en metodología (Héctor Lahitte) dirigida por Rodolfo Agoglia de la FHyCE.
6
La Licenciatura en Antropología de la FCNyM tuvo 27 egresados entre 1961 y 1970 y 145
entre 1971 y 1980.
286
Política y grupos académicos universitarios. Un análisis comparado de su historia...
procedían de diversas universidades: Augusto Cardich (ingeniero peruano), Ma-
rio Margulis y Antonio Austral (UBA), José Cruz, Ana María Lorandi y Pedro
Krapovickas (Universidad Nacional del Litoral). Estos últimos discontinuaron
sus actividades docentes y de investigación allí por la intervención universitaria
de 1966. En la FCNyM la actividad docente, por el contrario, fue expresiva
de una mayoritaria continuidad,7 que observamos principalmente en materias
formación general,8 de arqueología,9 etnología o etnografía,10 antropología
7
Tal como demuestra un análisis de la trayectoria de los profesores a cargo de las asignaturas
de los Planes de estudio de 1958/1965, 1966/1968, 1969/1980, 1981/1985. Al finalizar la
normalización universitaria se aprobó un nuevo plan que está actualmente vigente con algunas
modificaciones hechas en los años noventa.
8
Chiappe dictó Antropología General (1967-1986); Vivante una materia creada en el Plan 1980,
Teoría antropológica (1981-1982) y fue sucedido por Lahitte (1983-1986).
9
González estaba a cargo de Arqueología Americana (Culturas Pre-cerámicas) (1966), Arqueología
Americana (Culturas Agroalfareras) (1966 a 1968) y Arqueología Argentina (1969 a 1975). Ana
María Lorandi y María Carlota Sempé de G. Llanes (discípula de González) lo sucedieron sin
conflictos en Arqueología Americana (Culturas Agroalfareras); Lorandi en esta materia entre
1969-1980, denominada desde 1980 Arqueología Americana II (1981-1983). En tanto que
Sempé de G. Llanes hizo lo propio entre 1978-1986. Cigliano dictó Arqueología Argentina
(1967), Prehistoria General (1966), Prehistoria del Viejo Mundo (1967 y 1968) y Técnica de
la Investigación Arqueológica (1966-1977). Con el Plan 1966 fueron incorporándose nuevos
antropólogos, que permitieron a los docentes ya insertos concentrarse en el dictado de las
materias que consideraban claves (González en Arqueología Argentina y Cigliano en Técnicas
de la Investigación Arqueológica. Las otras asignaturas fueron cubiertas por: Augusto Cardich
Arqueología Americana (Culturas Precerámicas) (1967 a 1980) y Arqueología Americana I (1981-
1986); Antonio Austral Prehistoria del Viejo Mundo (1969-1980) y Prehistoria Extra-americana
(1981-1986). Prehistoria General fue dada por Chiappe (1967 y 1968), González, Cardich y
Austral (1970) hasta que Pedro Krapovickas se hizo cargo (1971-1983). Tras la muerte de Ci-
gliano en 1977, Técnicas de Investigación Arqueológica pasó a manos de Cardich (1977-1986);
en tanto que con la exoneración de González, un discípulo suyo, Bernardo Dougherty, asumió
Arqueología Argentina (1976-1986). Discípulos de Cigliano y González dictaron asignaturas
nuevas, relacionadas con temas de investigación concretados en sus tesis de doctorado: Rodolfo
Raffino Sistemas de Subsistencia Pre-europeos en el Nuevo Mundo (1977-1986); Dougherty
Antropología de las Tierras Bajas Sudamericanas (1983-1986); Sempé de G. Llanes en Arte,
Tecnología y Antropología (1984-1986).
10
Armando Vivante estuvo en Etnología Americana (1966-1967), Etnología del Viejo Mundo
(1966-1967) y Etnología General (1966-1980). La implementación de la Licenciatura dio lugar
a la incorporación de nuevos profesores: Benigno J. Martínez Soler en Etnología Americana
(1968-1970) y Etnología del Viejo Mundo (1968-1970), sucedido por un discípulo de Vivante,
Omar Gancedo, en estas dos materias entre 1971 y 1980. Tras la reforma del Plan, Gancedo
dictó Etnografía Americana y Argentina y Etnografía del Conosur (1981-1986).
287
Germán Soprano y Luciana Garatte
física y biológica.11 Ahora bien, también se registran algunas discontinuidades
en la docencia. En arqueología, tras la exoneración de González en 1976 y el
fallecimiento de Cigliano en 1977, sus discípulos (Sempé de G. Llanes, Dough-
erty, Raffino) se disputaron y distribuyeron el control sobre esas cátedras. Tras
la apertura democrática de 1983, Ana María Lorandi abandonó la Facultad
y concentró su actividad en la UBA. De forma unánime, las etnologías y et-
nografías continuaron gravitando en torno de Vivante, pero su grupo se disgregó
al concluir la normalización universitaria. Vivante abandonó la Facultad en
ese período. Palma fue exonerado en 1979 y luego reincorporado y nombrado
jefe del Departamento en 1983; pero se alejó en 1986. Omar Gancedo dictó
etnografías hasta su jubilación en los años noventa.
Una mención aparte merece la antropología social, pues estuvo sujeta a
mayores discontinuidades. Como materia comenzó a dictarse en 1965 por
iniciativa de Alberto Rex González, que convocó a José Cruz –joven gradu-
ado de la orientación en antropología de la Licenciatura en Historia de la
Universidad Nacional del Litoral– a quien conoció en su desempeño entre
1954 y 1957 como Director del Instituto de Antropología de la Facultad de
Filosofía y Letras de Rosario. La enseñanza de esta disciplina fue ligada por
Cruz a tradiciones anglosajonas e investigación de comunidades rurales en la
región cultural donde González realizaba sus pesquisas arqueológicas. Cuando
el cargo de docente fue concursado en 1966, Cruz no se presentó y Mario
Margulis obtuvo el cargo de profesor titular. Margulis la dictó entre 1967 y
1974 influenciado por la experiencia de la cátedra de antropología social de la
UBA (iniciada a instancias de Gino Germani para la formación de licenciados
en Sociología) y relacionándola con su experiencia de investigación sobre mi-
graciones internas y salud mental. Un análisis de los programas muestra una
progresiva politización y radicalización en la elección de contenidos y en la
bibliografía (en la que tenían una fuerte impronta el estructuralismo francés y
11
En las décadas de 1960 y 1970 no existió un liderazgo fuerte en antropología física y biológica.
Lilia Cháves de Azcona fue la única discípula del grupo de Vignati que continuó en la institución,
pero lo hizo subordinada como miembro de la División de Antropología a cargo de Cigliano.
Entre 1966 y 1980 Cháves de Azcona fue docente de Paleoantropología y Antropología Física, y
también dictó Biología Humana (1975-1976) una asignatura para otras carreras. En esta materia
comenzaron sus actividades docentes jóvenes antropólogos abocados a la antropología física y
la incipiente antropología biológica: Héctor Pucciarelli (1974) –tesista de doctorado de Cháves
Azcona– y María A. Luis (1978-1979). Con la reforma del Plan de 1980 quedaron a cargo de
materias en antropología biológica: Pucciarelli y Susana Salceda en Antropología Biológica I
y María Graciela Méndez en Antropología Biológica II; en tanto que Salceda también dictó
Raciología.
288
Política y grupos académicos universitarios. Un análisis comparado de su historia...
diversos marxismos), así como una insistente referencia al “compromiso social”
del antropólogo y la necesidad de construir una “antropología para América
Latina”. Margulis dejó la Facultad en 1974. A partir de 1975 la situación de
la cátedra fue crónicamente inestable. Primero fueron designados profesores
Lahitte y Ringuelet. Este último acababa de obtener su maestría en Antropología
Social del Museo Nacional de la Universidad Federal de Rio de Janeiro, donde
defendió en 1977 una tesis sobre el sistema de compadrazgo entre campesinos
del nordeste brasileño. Ringuelet dio el curso de 1978, pero en 1979 quedó a
cargo Gancedo y de 1980 a 1982 Vivante. Los dos últimos tenían experiencia
en etnología de poblaciones indígenas y ninguna en antropología social. Du-
rante esos años se observan bruscos cambios de enfoques, temas y bibliografía,
conforme a la disímil formación e intereses de quienes la dictaban. En 1984
Ringuelet fue nombrado profesor de la materia, pero sólo hasta la reforma
del Plan de estudios de 1986, cuando se alejó de la Facultad y radicó su ac-
tividad en la cátedra de Antropología Social y Cultural de la FHCyE y en la
Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales. Finalmente, las discontinuidades
también impactaron en 1977 cuando se clausuró la inscripción de alumnos a
la orientación en Antropología Socio-cultural de la licenciatura (las otras eran
Arqueología y Antropología Biológica). Entre 1975 y 1976 también fueran
cerradas las licenciaturas en Antropología Social en Mar del Plata y Salta, pues
las autoridades del Estado y las universitarias percibían esta disciplina como
un espacio de politización de docentes y estudiantes.12
Política nacional y trayectorias de las Ciencias de la
Educación en las perspectivas de sus analistas actuales
En el campo de las ciencias de la educación también se establecieron
estrechas relaciones entre políticas de Estado, política nacional, historia de las
ideas pedagógicas y formación universitaria. Las periodizaciones son variables,
enfatizando desigualmente en unos casos la eficacia de procesos de escala nacional,
en otros el predominio de corrientes o tradiciones intelectuales, y algunos dando
cuenta de la relativa autonomía de actores y configuraciones universitarias espe-
cíficas. En buena medida, esas diferencias son sólo parcialmente expresivas de la
adopción de diferentes perspectivas teóricas y metodológicas, pues también son
tributarias de posicionamientos intelectuales y políticos actuales que los analistas
sostienen sobre la historia de un campo académico en el cual se inscriben.
12
Persistiendo sólo la licenciatura creada en 1974 en la Universidad Nacional de Misiones.
289
Germán Soprano y Luciana Garatte
Las interpretaciones difieren en la conceptualización de las continuidades y
rupturas. Myriam Southwell (2003) destaca permanencias teóricas originarias,
pues plantea que la “pedagogía positivista” que estructuró la formación pedagó-
gica en la FHyCE desde la década de 1910 fue relevada en los posteriores años
sesenta y setenta por la “psicología conductista”, dominando la organización
curricular del Profesorado en Ciencias de la Educación hasta los años noventa.
Desde una perspectiva diferente, Claudio Suasnábar (2004) cuestiona el ca-
rácter nacional que se atribuye a los discursos que explican las continuidades
en la formación pedagógica universitaria, señalando la necesidad de situarlos
en escenarios político-institucionales específicos. Por ello, dialoga con una
periodización construida desde la historia política nacional (1955-1976), pero
su interés está centrado en las temporalidades particulares que dan cuenta de
continuidades y rupturas en los posicionamientos institucionales de los aca-
démicos platenses, confrontándolos con la trayectoria porteña de las ciencias
de la educación e intentando inscribir ambos en una dinámica política más
amplia. Destaca las tensiones existentes entre, por un lado, actores expresivos
de corrientes “desarrollistas”, “modernizadoras” y del “planeamiento educati-
vo” –los “especialistas”– y, por otro lado, quienes encarnaban la “pedagogía
humanista” y la figura del “maestro erudito”. Por su parte, Florencia Carlino
(1997) analiza ese campo entre 1984 y 1994 en la UBA. Su trabajo permite
caracterizar las redes de relaciones profesionales y personalizadas y los víncu-
los y lealtades político-académicas como parte de la sociabilidad académica y
laboral. Señala una continuidad entre la propuesta curricular fundacional de
la formación en ciencias de la educación en 1958 en la UBA y la vigente en
1985, considerando a esta última heredera del plan original. En su opinión, esa
filiación se explica por la participación de profesores que lideraron la reforma en
cada uno de esos momentos. Así pues, los reformadores de 1985 fueron en su
momento discípulos de los reformadores de 1958. En ambos casos se destacaría
el interés por “modernizar” la formación académica, profundizando sus “bases
científicas” y diversificando orientaciones técnico-profesionales. Finalmente,
Julia Silber (2004) plantea para el caso del plan de estudios de la UNLP de
1959 la coexistencia armoniosa entre “tecnicismo” y “espiritualismo”, y el
domino del “tecnocratismo” en el plan de 1970. En un Proyecto de Reforma
de 1973 reconoce enfrentamientos entre “críticos” y “tecnocráticos”, en 1978
la convivencia del “tecnicismo”, “espiritualismo” y “autoritarismo pedagógico”
y, en 1986, la reivindicación del “paradigma positivista”. Silber organiza esta
periodización relevando tendencias pedagógicas en las políticas curriculares
de la carrera, pero deja sin explorar las condiciones sociales de su producción.
290
Política y grupos académicos universitarios. Un análisis comparado de su historia...
En este sentido, nosotros postulamos la necesidad de conocer cuáles eran las
redes de relaciones e identidades sociales activas que sustentaban esas corrientes
político-pedagógicas, a fin de hacer inteligibles esas continuidades y rupturas
en las trayectorias académicas del caso platense.
Política y grupos académicos en Ciencias de la Educación en
La Plata
A diferencia de lo ocurrido en la FCNyM entre 1966 y 1986, en el Depar-
tamento de Ciencias de la Educación (DCE) de la Facultad de Humanidades
se registraron fuertes discontinuidades. Hemos identificado un primer período
en la trayectoria de sus académicos entre la creación de la carrera en 1959 y la
intervención a la Universidad en 1974. Desde este año se dio una desestruc-
turación de grupos establecidos y una configuración de nuevos a partir de la
exoneración de docentes. La ruptura de 1974 fue profundizada por las autorida-
des universitarias de la dictadura militar desde marzo de 1976. Posteriormente,
con la apertura democrática y la normalización universitaria de 1983 a 1986
se reinsertaron algunos académicos que se alejaron o fueron desplazados entre
1974 y 1976. Desde 1983 las luchas en el DCE evidencian la intervención de
nuevas determinaciones políticas: la conformación de grupos durante la nor-
malización y los cambios en el gobierno del Departamento deben relacionarse
con la participación de actores ligados a la Unión Cívica Radical.
La docencia y participación en el gobierno del Departamento y la Facultad
fueron claves en la estructuración de los grupos en ciencias de la educación entre
1959 y 1986. Entre ellos las tareas de investigación tuvieron un peso relativo
menor (si se lo compara con los grupos de ciencias naturales u otros grupos
de las humanidades, por ejemplo, los de historia) en la configuración de redes
personalizadas y profesionales significativas13. Como se desprende del trabajo de
Suasnábar (2004), hasta 1974 los criterios de legitimación social activos estaban
ligados a la auto-adscripción o la inclusión de aliados y rivales en determinados
perfiles intelectuales que funcionaban como rótulos –“humanistas”, “especia-
listas”, “revolucionarios”– y a las formas de intervención política y académica
como el control de las cátedras del profesorado o la participación en el gobierno
13
En el Departamento funcionaban tres institutos de investigación: de Historia de la Educación
(a cargo de José María Lunazzi), de Pedagogía (conducido por Nassif ) y de Sociología de la
Educación (por Guillermo Savloff).
291
Germán Soprano y Luciana Garatte
de la carrera. La intervención de octubre de 1974 afectó la continuidad de los
grupos de la FHyCE y los criterios de reconocimiento académico y político
vigentes. Se expulsó a los docentes designados entre 1973 y 1975 declarándolos
“en comisión”, esto es, suspendiéndolos y luego limitándolos en sus funciones.
Esos desplazamientos redundaron en la reincorporación de “exonerados por
razones políticas en 1955” y el ingreso de jóvenes graduados. En tanto que en
1976 se exoneró a aquellos que “atentaban contra la seguridad nacional”, se
confirmó a docentes designados desde 1974 e ingresaron nuevos que carecían
de “antecedentes”14.
A continuación, nos concentraremos en las trayectorias de dos grupos de
fuerte gravitación en el DCE antes de 1976 y durante la normalización univer-
sitaria de 1983 a 1986. La configuración del primer grupo se produjo entre la
creación de la carrera en 1959 y la intervención de 1974, estructurándose en
torno de Ricardo Nassif. Su formación docente se había iniciado en 1941 en la
Escuela Normal de Maestros de San Luis. En 1948 se graduó en el profesorado
en filosofía y ciencias de la educación de la UNLP. Su trayectoria académica se
inició como profesor de Pedagogía en la Universidad Nacional de Tucumán y
desde 1957 fue profesor de la asignatura homónima en La Plata. Aquí se con-
virtió en referente en pedagogía universitaria y formación docente, proyectando
su influencia en otras universidades nacionales e internacionales. Desde 1962
fue experto de la UNESCO e intervino en programas de formación docente
en México, Guatemala, Venezuela y Cuba. En 1958 publicó Pedagogía general,
libro que tuvo una gran difusión y reconocimiento (en 1974 contaba con 13
reimpresiones). Fue Director del Instituto de Pedagogía en Tucumán (1952-
1955) y del Instituto de Ciencias de la Educación en La Plata (1958-1966).
Su adscripción como funcionario universitario en el Gobierno peronista no
redundó negativamente en su acceso a la docencia ni a funciones de gobierno
en La Plata, donde fue consejero académico (1958-1961), vicedecano (1961-
1964) y consejero superior (1964-1966).
Nassif estructuró su grupo en torno de la cátedra de Pedagogía. En 1969
era una de las más numerosas en estudiantes de la Facultad: anualmente la
cursaban unos mil distribuidos en veinte comisiones supervisadas por dos jefes
de trabajos prácticos, Julia Silber y Cyra Roux.15 La cátedra funcionaba como
14
El 24/03/1976 se sancionó la Ley 21.260 que establecía el despido de trabajadores por razones
de “seguridad”.
15
Trabajaban alrededor de veinte auxiliares docentes. Fueron ayudantes de Pedagogía, entre otros,
María Raquel Coscarelli, Dora Antinori, Martha Mendez de Castiñeiras, Ana Candreva, Martha
Bernardini, Margarita Zaidman, Edith Feldman, Elba Galizzi, Ana María Rancich, Silvia Gurini
292
Política y grupos académicos universitarios. Un análisis comparado de su historia...
“espacio de formación” mediante la lectura y comentario de textos. De las re-
laciones de Nassif con su equipo docente destacamos la que mantuvo con Julia
Silber, quien actuaba como su “mano derecha”. Silber se graduó en la FHyCE
en 1964 e ingresó como auxiliar docente del DCE en 1965. En Pedagogía fue
ayudante y jefe de trabajos prácticos hasta su cesantía en diciembre de 1974,
y profesora titular interina desde su reincorporación en 1984. Realizó inves-
tigación con la dirección de Nassif16 hasta que su director fue declarado “en
comisión” en noviembre de 1974 y limitado en el cargo de profesor titular de
Pedagogía el 4 de abril de 1975;17 en tanto que su equipo docente ya había sido
cesanteado y algunos de ellos sólo regresarían a la Facultad con la normalización
de 1983. Nassif fue reemplazado por Martiniano Juanes, quien fue nombrado
el 1 de marzo de 1975 de acuerdo a la política de reincorporación de profesores
exonerados en 1955. Juanes continuó en la cátedra tras marzo de 1976 y fue
profesor consulto hasta su cese en 1984 como consecuencia de la “política de
reparación académica” de la normalización.18
y Roque Dabat. Algunos auxiliares fueron reincorporados durante la normalización y accedie-
ron a cargos de profesor titular o adjunto por concurso. Además, uno de ellos –Candreva– fue
Director del DCE por dos mandatos consecutivos después de 1986.
16
Nassif fue su director de becas de investigación de iniciación y perfeccionamiento en la UNLP
entre 1967-1969 y 1973-1974. También fue el Director de su proyecto de tesis doctoral, pre-
sentado en la UNLP en 1971, referido a “La educación argentina en el siglo XX: entre 1880 y
1930” y “Tendencias de la educación y la Pedagogía en el siglo XX en Argentina”.
17
De manera casi simultánea fueron limitados otros docentes de la Facultad: Guillermo Savloff,
profesor titular de Sociología de la Educación, José Sazbon y Alfredo Pucciarelli, profesores
adjuntos de Sociología General. Entre mayo y julio fueron limitados en sus funciones Berta
Perelstein de Braslavsky, profesora titular de Pedagogía Diferenciada; Beatriz Noemí Padula de
Nassif, auxiliar de Psicología de la niñez y de la adolescencia; Norberto Fernández Lamarra,
profesor titular de Política Educacional y Educación Comparada.
18
A partir de ese momento ingresaron a Pedagogía como auxiliares docente Susana Molinari,
María del Carmen García y Elizabeth Guglielmino. También se incorporaron con cargos de
ayudante alumno Cristina Michelotti y Elvia Quevedo. Michelotti ocupó a partir de junio de
1976 el cargo de jefe de trabajos prácticos. Entre los motivos que justificaban su designación se
señalaba que acreditaba “idoneidad e integridad moral como asimismo condiciones científicas”
requeridas para el cargo. En abril de 1977 se designó como auxiliares docentes de Pedagogía
a Graciela Benavent, Elizabeth Guglielmino, Ester Josefa Tosoni, Edith Mercedes Visconti y a
María Cecilia Merlo. Estas designaciones también apelan a “condiciones científicas suficientes”,
“méritos fehacientes” e “idoneidad e integridad moral”. En octubre de 1977 se designó como
auxiliar docente a Luisa Martha Spath de Aluju y se nombró a Lilia Delia Rossi como jefe de
trabajos prácticos de Pedagogía. En mayo de 1977 Rossi había sido asumido como secretaria del
DCE. En mayo de 1978 fue designada profesora adjunta interina de Pedagogía. En marzo de 1984
fue limitada en el cargo de profesora titular interina de Pedagogía y designada como profesora
293
Germán Soprano y Luciana Garatte
Con la reapertura democrática se inició un proceso de reconfiguración
institucional. En marzo de 1984 Julia Silber fue designada Directora del DCE
por el primer decano normalizador, David Lagmanovich. Su nombramiento
resultó de las relaciones académicas y personales que ella mantenía con Nassif
y por el reconocimiento académico y político alcanzado por este último, quien
se erigía como primer elector del Departamento.19 Pero Silber no consiguió
estabilizarse en la conducción y en septiembre de 1984 fue desplazada. Des-
de los primeros meses de la normalización uno de los rasgos que caracterizó
la dinámica institucional fue la coexistencia de profesores reincorporados o
designados interinamente por la nueva gestión y de aquellos que venían des-
empeñándose desde 1974 o 1976. Estos últimos, si bien habían cesado en las
funciones de mayor responsabilidad en la estructura jerárquica de las cátedras
(como profesores titulares y adjuntos), permanecieron en la planta docente
durante la mayor parte de la normalización cumpliendo tareas de enseñanza.
En el DCE se desataron conflictos con las autoridades de la Facultad. Entre
ellos, adquirió importancia uno suscitado por la negativa de Silber de limitar
en funciones a Juan Antonio Stomo, profesor adjunto interino de la cátedra
“Historia, Política y Legislación de la Educación Argentina”. Desde la perspec-
tiva de los actores implicados en el conflicto, Stomo representaba una de las
figuras más conspicuas de los “docentes de la dictadura”20. Pero Silber “temía”
por las consecuencias políticas y represalias futuras que podía aparejar ese
desplazamiento en una coyuntura en la que el reciente reestablecimiento del
orden democrático en el país continuaba asediado por el “aparato represivo de
la dictadura”.21 Las autoridades de la Facultad le exigieron que esa limitación
adjunta en la misma cátedra. Quevedo fue limitada en el cargo de jefe de trabajos prácticos de
Pedagogía en marzo de 1984. Michelotti continuó en el cargo hasta 1999.
19
Los testimonios de los protagonistas nos permiten confirmar esta hipótesis. Cuando Blanca
Sylvia Pena asumió el cargo de vicedecano de la FaHyCE, una de las primeras tareas en las que
participó fue la cobertura del cargo de Director del DCE, único Departamento para el cuál aún
no había sido designado ningún docente. A instancias del presidente de la UNLP, el Ingeniero
Raúl Pessacq, Pena le propuso a Ricardo Nassif que ocupara ese cargo. Él se negó, pero propuso
otro docente de su confianza y que reunía méritos. Así fue como el nombre de Silber comenzó
a gravitar entre los candidatos.
20
Con una formación terciaria, Stomo reconocía entre sus antecedentes ser profesor de la Es-
cuela de Policía de la Provincia de Buenos Aires “Juan Vucetich”. Silber recuerda que un grupo
de estudiantes le acercó cintas de audio con grabaciones de las clases de Stomo que ponían en
evidencia comportamientos “autoritarios”.
21
Esos “temores” fueron justificados refiriendo a hitos en la vida personal y académica de Julia
Silber: había sido limitada en diciembre de 1974, al año siguiente fueron exonerados un grupo
294
Política y grupos académicos universitarios. Un análisis comparado de su historia...
de funciones era una medida necesaria para recuperar el “carácter democrático”
y el “espíritu crítico” en la universidad, actuando sin dilaciones contra quienes
fueron “cómplices del Proceso”. La resistencia de Silber también trajo como
consecuencia su enfrentamiento con el Centro de Estudiantes (con conducción
de Franja Morada, agrupación estudiantil de la Unión Cívica Radical) y con
los representantes de ese claustro en el Consejo Académico. De este modo, la
legitimidad heredada por Silber se diluyó y con su renuncia se cristalizó una
nueva relación de fuerzas entre los grupos que disputaron espacios en el DCE
desde 1983. En esta nueva situación gravitó, además, la muerte de Nassif en
1985 y el desplazamiento de Silber de su actividad como docente universitaria
en abril de 1986. El resultado de este proceso fue la disgregación del grupo
de Nasiff.22
El segundo grupo académico logró posicionar a tres de sus miembros en el
gobierno universitario iniciado en diciembre de 1983: María Celia Agudo de
Córsico fue designada Secretaria de Asuntos Académicos de la UNLP en 1984
y directora del Instituto de Investigaciones Educativas desde octubre de 1986,
Blanca Sylvia Pena, Secretaria de Asuntos Académicos desde los primeros me-
ses de la normalización y luego Vicedecana de la FHyCE y María del Carmen
Malbrán, Directora del DCE desde octubre de 1984. Para comprender cuáles
fueron los factores que intervinieron en estas designaciones necesitamos repasar
sus trayectorias académicas y relaciones personalizadas, y determinar los criterios
que legitimaron sus posiciones en el gobierno universitario. Celia Córsico se
graduó en 1957 como Profesora en Filosofía y Ciencias de la Educación por
la UNLP y continuó estudios de postgrado en las Universidades de Londres y
de profesores entre los que se encontraban Nassif y Guillermo Savloff, con quienes Silber había
compartido la función docente, el profesor Savloff fue secuestrado unos meses después, en enero
de 1976, e inmediatamente fusilado en las afueras de la ciudad de La Plata, en agosto de ese año
fue secuestrado y asesinado Ernesto Silber, hermano de Julia Silber. Tanto en el testimonio de
Silber como en el brindado por “Mora” Pena se mencionó el temor que la primera expresó de
avanzar con la limitación de funciones a Stomo.
22
Entre las evidencias que indican ese cambio puede mencionarse el resultado del concurso del
cargo de Profesor Titular de Pedagogía que fue declarado “desierto” –indicando con esta expresión
que la Comisión Asesora determinó que Silber, la única aspirante, no reunía los méritos suficientes
para asumir el cargo– por el Consejo Académico y fue, posteriormente, impugnado por parte de
la propia interesada, denunciando a los integrantes de esa Comisión Asesora por “agresiones” y
“maltrato”. También puede señalarse que dentro de los proyectos curriculares que se discutieron
durante la reforma del Plan de Estudios en 1986 no estuviera contemplado un anteproyecto
elaborado durante la gestión de Silber en 1984. Finalmente, retornó como docente en 1994 tras
obtener por concurso el cargo de profesora titular de Pedagogía Sistemática.
295
Germán Soprano y Luciana Garatte
Chicago, especializándose en el área de la Psicología Educacional.23 Fue parte
de una generación de profesores en ciencias de la educación que construyó su
reconocimiento desde su formación universitaria y su orientación profesional
en la docencia y la investigación.24 Fue profesora titular de Psicopedagogía entre
1962 y 1969 y de Psicología de la Educación desde 1970 hasta su exoneración
en abril de 1976. Esta asignatura la dictaba para estudiantes de Psicología y de
Ciencias de la Educación.25 Córsico fue investigadora en el Centro de Investi-
gaciones en Ciencias de la Educación del Instituto Torcuato Di Tella desde su
creación en 1967 e investigadora en la Universidad de Minnesota (1976-1977).
Participó como experta en programas educativos de UNESCO en Ecuador
y dictó cursos de postgrado en Uruguay, Paraguay y Brasil. A principios de
1977, Rosa Irma Iocco la reemplazó al frente de Psicología de la Educación26 y
23
Fue maestra normal y ejerció la docencia en institutos terciarios de la Provincia de Buenos Aires.
En la UNLP su trayectoria está asociada a Nicolás Tavella, un autodidacta con formación de
nivel terciario que supo capitalizar su experiencia en el área de la psicología y la difusión de tests
psicométricos en la producción de publicaciones específicas y en la gestión del sistema educativo
de la Provincia de Buenos Aires (Suasnábar, 2004). También debe mencionarse la incidencia
que tuvo su contacto con Philip Vernon de la Universidad de Londres con quien profundizó su
especialización de postgrado.
24
En la UBA estos perfiles estuvieron representados por Gilda L. de Romero Brest o Ana
María Babini.
25
Cursaban Psicología de la Educación alrededor de trescientos alumnos de ambas carreras.
Hasta julio de 1975 la mayoría de los auxiliares de esa cátedra eran ad honorem. A partir de
ese momento y hasta febrero de 1976 se designó como ayudantes diplomados rentados a Julia
Lubercio de Bachiega, María Raquel Berti, Elma Elena Barbaglia de Bordenave, Elsa Rosa
Compagnucci, Isabel Feoli, Graciela Beatriz Guzner de Grillo, María del Carmen Malbrán,
Ana María Rancich, Matilde Zaida de Roncoroni y Graciela Souto. Algunos de esos ayudantes
continuaron en funciones después de marzo de 1976. Elsa Compagnucci fue designada nueva-
mente en junio de 1976. Entre los criterios que justificaban su designación se mencionaba que
acreditaba “idoneidad moral y condiciones científicas” requeridas para el cargo. Otros disconti-
nuaron su actividad docente y fueron reincorporados a partir de la normalización en cargos de
profesores titulares o adjuntos –Feoli, Guzner, Malbrán– y regularizaron su situación a partir
de la sustanciación de los concursos.
26
En junio de 1977 Iocco renunció. En agosto se designó a Myrna Ethel Rebullida en el car-
go de profesor adjunto interino a cargo de Psicología de la Educación. En abril de 1978 se
nombró a Julia Lubercio como profesora titular de Psicología de la Educación, que continuó
en funciones hasta febrero de 1984. En los casos de Rocco, Rebullida y Lubercio, los criterios
que justificaban las resoluciones de designación aludían a que acreditaban “idoneidad moral y
condiciones científicas”.
296
Política y grupos académicos universitarios. Un análisis comparado de su historia...
Córsico continuó su carrera académica realizando consultorías e investigaciones
en organismos internacionales.27
La trayectoria de Córsico nos permite ubicarla en una posición de liderazgo
que intervino en la orientación de sus discípulos desde comienzos de los `60.
De esas relaciones destacamos las que mantuvo con “Mora” Pena y con “Ma-
ría” Malbrán. Pena se graduó como psicóloga clínica en la UNLP e inició su
actividad docente como auxiliar docente en Psicopedagogía en 1962 y luego
como jefe de trabajos prácticos. En 1965 fue contratada por la Facultad para
desarrollar un plan de investigación con dirección de Córsico. Se desempeñó
como auxiliar docente en Psicología de la Educación desde 1968 hasta su cese
en 1976, primero como ayudante diplomado y después como jefe de trabajos
prácticos. Retomó su actividad en la cátedra como profesor adjunto interino en
abril de 1984. Por su parte, la inserción en la docencia de Malbrán en la UNLP
fue como auxiliar docente de Psicología de la Educación desde 1970 (a cargo
de Córsico y donde Pena era jefe de trabajos prácticos). Malbrán y Córsico
se conocieron en 1961 en la primera promoción de la carrera de Magisterio
para Oligofrénicos. A instancias de esta última, Malbrán continuó sus estu-
dios en la UNLP y se graduó como Psicóloga educacional en 1969. En 1970
ingresó a Psicología de la Educación como ayudante ad honorem. A partir de
un convenio entre el Ministerio de Educación de la Nación y el Gobierno de
Estados Unidos y por recomendación de Córsico en 1971 fue admitida en la
maestría en educación de la Universidad de Puerto Rico. A su regreso en 1972
se reincorporó como docente hasta que en febrero de 1976 no le renovaron la
designación en el cargo. También retomó su vinculación con esa cátedra con
la normalización, cuando fue designada jefe de trabajos prácticos. Accedió al
cargo de profesora titular en marzo de 1986 en el Seminario Técnicas de In-
vestigación Psicopedagógica, un cargo que ocupaba Córsico. A principios de
1983, Córsico ya había regresado al país y fue contactada por miembros de la
Unión Cívica Radical –entre ellos “Mora” Pena– que le solicitaron que asuma
como Secretaria Académica de la UNLP. Pena participaba de la “Fundación
Eugenio O. Blanco”28 e integraba un sector partidario conocido como “grupo
27
En el caso de Psicología de la Educación, el mecanismo utilizado para reemplazar los docentes
no fue el cese ni la limitación de funciones, pues no se renovaron las designaciones interinas
vigentes a febrero o julio de 1976.
28
Eugenio Blanco fue ministro de Economía del presidente Arturo Illia en 1963. La Fundación
Blanco se creó en 1982 y contaba con el apoyo de Carlos R. S. Alconada Aramburú, ministro
de Educación de Raúl Alfonsín.
297
Germán Soprano y Luciana Garatte
de Gonnet”29. La designación de Pena cobraba relevancia pues se trataba de
una docente del DCE que ocupaba un cargo en la conducción de la Facultad
(Vicedecana) y tenía responsabilidad política sobre la licenciatura en Psicología
y el profesorado en Ciencias de la Educación. Una vez aceptada la renuncia de
Silber, Malbrán asumió la Dirección del DCE; según su testimonio, ella sintió
la “obligación moral” de aceptarlo por compromisos afectivos y académicos
con Córsico y Pena.
Así pues, entre 1983 y 1986, la estrecha relación establecida entre funciona-
rios del Ministerio de Educación de la Nación, la conducción universitaria de la
UNLP y las Facultades, la UCR y la agrupación estudiantil Franja Morada, fue
una variable clave para comprender la configuración de los grupos académicos
que gravitaron en el gobierno de la FHyCE y en sus carreras. Que un grupo
académico de ciencias de la educación haya posicionado a tres de sus miembros
en ámbitos estratégicos del gobierno universitario, constituye un indicador de
la fuerza relativa que estos actores acumularon en ese período.30 Es decir, esos
posicionamientos no sólo se explican por la legitimidad académica acumulada
por su líder (Córsico) y sus miembros y por los densos compromisos personales
establecidos entre los mismos sino también por la eficacia social definida por las
relaciones partidarias de algunos de ellos (especialmente “Mora” Pena). De este
modo, a diferencia del grupo de Nasiff, el de Córsico capitalizó esas posiciones
en el gobierno universitario normalizador para imponerse en la definición cu-
rricular de la carrera y proyectar su liderazgo en la década de 1990.31
Reflexiones finales
Un análisis de la trayectoria de los liderazgos y grupos académicos de la
FCNyM entre 1966 y 1986 nos ofrece un escenario con fuertes continuidades
institucionales que atraviesan hitos considerados en forma canónica por las
29
La expresión “grupo de Gonnet” alude a uno de los barrios ubicado en las afueras de la ciudad
de La Plata que constituía el ámbito geográfico de residencia de estas personas.
30
Otros indicadores de esa correlación favorable al grupo en cuestión fueron la designación de
Córsico al frente del Instituto de Investigaciones Educativas del DCE en octubre de 1986 y la
regularización por concurso de los cargos de Profesor Titular y Adjuntos que ocupaba en las
cátedras de Psicología de la Educación y del Seminario Técnicas de investigaciones psicopeda-
gógicas en 1985.
31
El plan de la carrera de Ciencias de la Educación aprobado en 1986 se elaboró en las gestiones
de las profesoras Malbrán y Pena a cargo de la Dirección del DCE y del Vicedecanato de la
FHyCE, respectivamente.
298
Política y grupos académicos universitarios. Un análisis comparado de su historia...
ciencias sociales como rupturas: 1966 y 1976. A diferencia de lo ocurrido en
Buenos Aires y Rosario, 1966 no marcó ninguna discontinuidad en La Plata.
Por su parte, exceptuando unos pocos casos, nuestro análisis de los años desde
1974 a 1983 revela que la mayoría de los docentes e investigadores en antro-
pología no fueron objeto de exoneraciones motivadas por causas políticas ni se
vieron impelidos a renunciar a sus cargos o a exiliarse. Asimismo, descontando
la enseñanza de la antropología social (una disciplina auto-definida por su
“compromiso social”) y los estudios sobre variabilidad biológica relacionados
con poblaciones en condiciones de pobreza, las líneas de investigación y las
asignaturas de la carrera no fueron objeto de impugnaciones políticas. También
nos hemos referido a la notable capacidad de los académicos de esta Facultad (no
sólo de los antropólogos) para reclutar entre sus propios docentes a las autorida-
des del gobierno universitario. Ahora bien, aquí no podemos pasar por alto que
este escenario de fuertes continuidades institucionales y profesionales, con una
considerable autonomía de los académicos frente al Estado, contrasta en forma
brutal con la evidencia de una Facultad en la cual 60 estudiantes y graduados
fueron asesinados o desaparecidos entre 1975 y 1979 (de los cuales 19 eran de
antropología), y otros se exiliaron o abandonaron la vida universitaria.
En contraposición, el análisis del DCE permite observar fuertes rupturas,
en muchos casos motivadas por el asesinato, desaparición, exilio o alejamiento
obligado de docentes, graduados y estudiantes entre 1974 y 1983. Aquí las
principales discontinuidades en las trayectorias no sólo se produjeron con go-
biernos dictatoriales. También ocurrieron cambios durante gobiernos electos
democráticamente. Por un lado, hubo cambios en 1974 con la intervención
autoritaria a las universidades y el accionar represivo de la Triple A. Por otro lado,
el proceso de normalización universitaria abrió una redefinición del escenario
en el Departamento signada, en primer término, por conflictos derivados de
la continuidad de docentes que consolidaron sus posiciones académicas entre
1974 y 1976 o en la dictadura. Y, en segundo término, por la conquista de
espacios por aquellos que reingresaron entre 1983 y 1986 liderando la nueva
etapa democrática. Así, la reorganización de los grupos en la normalización
resultó de los combates librados por los reincorporados y por la incidencia de
actores comprometidos con la política de Unión Cívica Radical en la UNLP.
Finalmente, quisiéramos destacar que somos conscientes de que el recorte
operado sobre el problema y objeto de estudio de este artículo (tipo de ins-
tituciones, poblaciones y período) y el énfasis colocado en la formulación de
hipótesis que nos orientaron en el desarrollo de las investigaciones (el relativo
control que ejercen docentes e investigadores en su sociabilidad cotidiana), no
299
Germán Soprano y Luciana Garatte
sólo participa de un debate estrictamente académico sobre la configuración de
formas y grados de autonomía y heteronomía de los universitarios respecto de
los actores estatales u otros. Al mismo tiempo, creemos que esta exposición y
la circulación de nuestros argumentos están informadas y pueden ser objeto
de apropiaciones de expertos o legos, preocupados por producir una historia y
memoria de las universidades. Al respecto, pensamos que el énfasis en la com-
prensión de estas continuidades en tiempos de fuerte inestabilidad y violencia
política, de autoritarismo estatal y terrorismo de Estado, quizá puede ofender la
sensibilidad, experiencia y el propio conocimiento que algunos actores y analistas
poseen o poseemos (con razones contundentes y empíricamente fundadas) sobre
los protagonistas, procesos y eventos aquí abordados. Pero también creemos que
las pesquisas sobre casos estudiados en profundidad y la comparación sistemática
sopesando continuidades y rupturas en las universidades entre 1966 y 1986,
constituyen iniciativas académica y políticamente necesarias para hacernos
de un conocimiento sobre esos conflictivos años.32 En este sentido, desde la
década de 1990, la recuperación de las perspectivas y experiencias de quienes
se autodefinen o son clasificados como víctimas de la represión (renuncias,
cesantías, exilio, asesinato y desaparición) y las denuncias de estos contra los
victimarios, represores, asesinos o colaboracionistas orientaron el interés de las
investigaciones sobre las universidades en tiempos de autoritarismos y dicta-
duras, pues como dicen Marina Franco y Florencia Levín: “la historia de la
historia reciente es hija del dolor” (2007:15). Sin embargo, la interpretación
de los sucesos de aquellos años de plomo de nuestra historia no será abordada
en forma suficientemente compleja y comprehensiva hasta que no consiga-
mos reconocer –en su singularidad y en sus modulaciones– las trayectorias
de quienes permanecieron en las universidades participando en zonas grises,
y nos preguntemos, en suma, por la incidencia que tuvieron en el sistema
universitario desde la apertura democrática hasta nuestros días.
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32
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302
Algunas reflexiones en torno al acto de
exilio en el pasado reciente argentino
Marina Franco
El propósito de este trabajo es presentar una serie de reflexiones sobre
ciertos aspectos de las experiencias y narrativas de la emigración política de los
argentinos que se exiliaron en las décadas de 1970 y 1980, durante el período
de terrorismo de Estado. Si bien estas observaciones se desprenden y tienen
sustento en una investigación empírica más amplia, aquí sólo me propongo una
reflexión más libre sobre esas historias de exilio, sus actuales sentidos políticos
y memorísticos y algunas de sus consecuencias en el trabajo analítico.1
En la mayoría de las memorias de condena del pasado autoritario, actual-
mente en circulación en la Argentina, así como en los discursos y políticas
públicas y sectoriales sobre el exilio, éste es considerado otra forma más de la
represión estatal y paraestatal de los años setenta, junto con la desaparición, la
cárcel y la tortura, y sus protagonistas –los exiliados– son considerados víctimas
de esa violencia. El exilio aparece entonces como una “condena”, una imposición
absoluta derivada de unas condiciones de extrema urgencia generadas por la
persecución política o una suerte de “acto reflejo”, una “pulsión” de salvación
de quienes se fueron del país en aquellas circunstancias, algunos directamente
“expulsados”. En buena medida, este imaginario forma parte y es un resultado
de la progresiva (y bienvenida) construcción de un consenso antidictatorial y
una memoria fuerte de condena del terrorismo de Estado que se iniciaron en el
inmediato período post-autoritario, impulsados por los organismos de derechos
1
La base empírica de estas reflexiones es mi investigación sobre los exiliados argentinos en Francia
(Franco, 2006), de manera que algunos de los ejemplos y testimonios que ilustran los argumentos
aquí expuestos proceden de allí. No obstante, las observaciones presentadas son de carácter más
amplio y exceden el caso empírico original.
303
Marina Franco
humanos y por ciertas políticas de los sucesivos gobiernos constitucionales (aún a
pesar de sus vaivenes).2 En lo relativo al exilio, puede decirse que en los primeros
años democráticos hubo un breve período inicial de presencia pública del tema,
para caer luego en un cierto silencio y marginación. Sólo en los últimos años
esa experiencia y sus protagonistas han empezado a ser reconsiderados e invo-
cados públicamente como parte legítima de una memoria antidictatorial. Este
proceso, que retomaremos más adelante, se viene produciendo en el contexto
de una nueva explosión testimonial que incluye relatos y voces de actores antes
marginados y un más amplio reconocimiento y condena social de ese pasado
“traumático” y de sus víctimas.3
Imágenes del exilio
En las memorias específicas de exilio y en el conjunto más vasto de memorias
antidictatoriales, las representaciones más frecuentes de y sobre los exiliados son
que estos no se fueron, sino que “los echaron del país”; que el exilio fue “una
condena”, “una expulsión”, “una pena”; que el exilio fue una “no-opción”. Al-
gunos testimonios, de muy diversa procedencia, son ilustrativos al respecto:
Llegué a Barcelona en marzo de 1977. Nací en [en la Ciudad] Buenos
Aires pero viví gran parte de mi vida en Adrogué. Allá estudie medicina,
ejercí la medicina hasta que nos tuvimos que exiliar y fuimos a Barcelona.
Porque tuvimos rápidamente que tomar la decisión de salir del país. [...]
El exilio no es una elección, ni una decisión, es algo [a lo] que uno se ve
forzado (A.A., entrevista de Silvina Jensen, en Jensen, 2000: 16).
[...] nos robaron todos esos años. Nos robaron una parte de nuestra vida,
yo no elegí. A nosotros nos pusieron afuera de una patada en el trasero y
hay que sobrevivir, pero no es la vida que yo había elegido (F.I., 12/3/2004,
Bordeaux, entrevista de M.F, en Franco, 2006:104).
2
Naturalmente, nos referimos al esencial impacto del Juicio a las Juntas Militares (1985), la
investigación de la CONADEP y su informe Nunca Más (1984). En la última década estas
políticas públicas han tenido renovado impulso con las múltiples instancias jurídicas abiertas a
nivel nacional e internacional y con la política de derechos humanos iniciada por el gobierno
de Néstor Kirchner.
3
Sobre la constitución de una memoria antidictatorial y los conflictos por la memoria en las
últimas décadas y su nuevo impulso desde mediados de los años noventa: Jelin (2002, 2007) y
Vezzetti (2002, 2005). Sobre las memorias del exilio y sus diferentes momentos: Jensen (2003,
2005) y Franco (2006).
304
Algunas reflexiones en torno al acto de exilio en el pasado reciente argentino
Yo fui al exilio porque en el año setenta y seis, siendo un militante social,
padecí un allanamiento en mi casa, [y] en el hospital, hecho por un grupo
de tareas. Entonces era evidente que ni bien ellos me echaran el guante
me iban a desaparecer [...] Era evidente que el planteo de la huida está
prácticamente obligado (U.C., 9/9/2002, Buenos Aires, entrevista de M.F.,
Franco 2006: 141).
Cuando yo decidí venir era muy simple, no tenía más [...] porque además
era una cosa de vida o muerte: yo llevaba ya seis meses viviendo en una clan-
destinidad absoluta, había muerto mucha gente alrededor mío, entonces...
no tenía mucho para elegir en aquel momento... (entrevista de Margarita
del Olmo, realizada en Madrid, 1987, en Del Olmo, 2007: 132).
En la misma tónica, las intervenciones públicas de exiliados que son figuras
conocidas suelen insistir en este aspecto obligado del exilio, como es el caso de
la escritora Tununa Mercado, quien ha señalado recientemente: “Nosotros no
elegimos, nos obligaron a irnos”4, o el del periodista Jacobo Timerman quien
ya en 1983 declaraba que “En la casi totalidad de los casos el exilio ha signifi-
cado salvar la vida. [...] El terrible drama del exilio es eso: exilio. [...] No hay
consuelo” (Timerman, 1983: IX).
Como es evidente en algunos de los casos citados, el trabajo con testimo-
nios de exiliados indica que es el hecho de haberse ido del país –aunque fuera
en circunstancias extremas y no en condiciones de elección libre– lo que con-
centra aún hoy las mayores tensiones y esfuerzos justificativos en los relatos de
los propios emigrados. Con frecuencia, haber tomado la decisión de irse no es
percibido ni vivido como tal, o es diluido en el relato de situaciones de máxima
emergencia donde se tiende a enfatizar una disyuntiva entre la vida y la muerte
con la necesidad de legitimar el haber partido. En esos casos, parecería que sólo
salvar la propia vida parece justificar ante el interlocutor (actual o pasado), e
incluso ante el propio protagonista del relato, la salida del país.5
4
Tununa Mercado, intervención pública, Buenos Aires, 26 de septiembre de 2007
5
En consonancia con mi propia experiencia, también Margarita del Olmo, antropóloga espa-
ñola y coautora de la última entrevista citada dice en su propio trabajo: “Todas las personas que
entrevisté, sin excepción, se vieron obligadas de una forma u otra a tratar de convencerme de
que su salida del país había estado justificada y que lo había estado precisamente en los términos
particulares en lo que uno la había realizado, no en otros. Parecería que se tratara de aclarar la
postura personal con respecto a otras personas que se exilaron y a las que no lo hicieron porque
no pudieron o porque no quisieron y también de una argumentación dirigida a evitar la culpa,
escapándose de ella por un margen muy ligero, como si lo que uno hizo hubiera sido la única
versión posible de una actuación honrada y coherente” (Del Olmo, 2007:134).
305
Marina Franco
Antes de avanzar en esta línea quisiera aclarar que no es mi intención
cuestionar la veracidad o la legitimidad de este tipo de representaciones y
narrativas. No se trata aquí de juzgar el “grado de verdad” de esos relatos o
de urgencia “real” de la salida, sino constatar el peso central de estos argu-
mentos en los relatos, su posición como ejes explicativos y estructuradores
de la narración. En ese sentido, considero que las propias percepciones de
los actores sobre su acto de salida son suficientes para definir y explicar
la experiencia de exilio que, efectivamente, en la mayoría de los casos fue
vivida como una no-opción. No obstante, el punto que me interesa discutir
aquí es la matriz emocional y políticamente compleja de la que surgen esas
percepciones y construcciones narrativas que buscan de manera casi angus-
tiosa legitimar y autolegitimar a los emigrados y sus historias en el exterior.
Se trata de una matriz que surge y se nutre de una serie de sentimientos e
imaginarios, propios y ajenos a estos actores, surgidos en el período dicta-
torial y postdictatorial.
En esta matriz compleja se encuentran, en primer lugar, las culpas y los
malestares sentidos por los propios exiliados, y a la vez proyectados sobre
ellos, en relación con la muerte de familiares, amigos, compañeros de mili-
tancia o de trabajo, en definitiva, la culpa por la sobrevivencia que aparece
en muchos relatos:
Yo me culpo de no haber tenido la capacidad moral y política, de no ha-
berle dicho a todo el mundo “esto se acabó, rájense”, porque los mataron a
todos, deben haber quedado diez vivos… pibitos que tenían 19, 20 años…
este… Es muy difícil sacarse... cuando uno empieza a pensar… porque el
problema de todo eso es no caer en eso de tener siempre razón: uno tenía
razón cuando estaba y tenía razón cuando no estaba. El problema no es
tener razón, el problema es decir “nos equivocamos”, no decir: “tuve razón
en irme” (Z.B., 29/5/2004, París, entrevista M.F., Franco, 2008: 177).
El peso de esta culpa por la sobrevivencia –en un sentido moral y existen-
cial, no criminal, político ni metafísico, según las categorías de Kart Jaspers
(1998)– ha sido rastreado en innumerables experiencias límite y de exilio.6 Su
importancia no es menor, y sumada al dolor por las pérdidas de seres cercanos,
en buena medida también ayuda a explicar parte del gran impulso que tuvo la
actividad política de denuncia por violaciones a los derechos humanos que mu-
6
Para una interesante discusión sobre la culpa de la sobrevivencia y como síntoma véase
Pollak (1990).
306
Algunas reflexiones en torno al acto de exilio en el pasado reciente argentino
chos exiliados desarrollaron incansablemente en el exterior, encerrando la lucha
política antidictatorial en la lógica de “seguir luchando por las muertos”.7
A ello se suma, un sentimiento de culpa que, de manera más general, alcanza
a exiliados militantes y no militantes por el hecho de haber salido del país. En
el caso de los primeros, las organizaciones revolucionarias llegaron a impulsar
sanciones morales y materiales muy fuertes para quienes se iban sin órdenes
precisas de hacerlo.8 Así, el hecho de que existiera la posibilidad de ser juzgado
y condenado por irse del país y por las propias organizaciones con las cuales los
militantes se identificaban tan profundamente en sus proyectos vitales y políticos
implicaba toda una construcción de sentidos condenatorios sobre el acto de
partir (sobre la moral militante: Calveiro, 2006; Carnovale, 2005, Guglielmucci,
2006; Hilb, 2002; Longoni, 2007). En esa lógica, al irse del país –muchas veces
secretamente y a contramano de las órdenes políticas recibidas– los emigrados
hicieron una elección que iba reñida con la moral militante. Estas decisiones
desesperadas pudieron producir la ruptura con la organización, fuertes san-
ciones políticas, conflictos con los compañeros de militancia o, sencillamente,
una fuerte tensión interna para quien tomaba la decisión de irse. Incluso si la
sanción externa no existía, la propia moral de las organizaciones, signada por el
culto al sacrificio e interiorizada por sus miembros9 pudo hacer que la partida
fuera sentida como un acto de “cobardía” y una “traición”, de cada sujeto ante
sí mismo. Como ha señalado Ana Longoni (2007:122), el hecho de sobrevivir
–y más cuando se optó por un acto que implica “elegir” no morir, como fue la
decisión del exilio en muchos casos– conlleva en sí mismo la condena moral de
la “traición a la causa” y a los compañeros muertos. Así, en el código militante
de la época, abandonar la lucha, desertar, “quebrarse” e incluso exiliarse eran
formas de traición.
7
Este impulso, llevado a su extremo, incluso puede explicar en parte la continuidad de ciertos
proyectos de retorno que se plantearon algunas organizaciones político-militares, en particular
Montoneros a través de la “contraofensiva” y a los que muchos militantes adhirieron a pesar de
que el contexto indicaba la inviabilidad y los riesgos de tales formas de acción. Longoni (2007)
señala también el peso que los “militantes caídos” tenían entre los vivos como motor para seguir
luchando.
8
Recordemos que ninguna organización política argentina autorizó ni impulsó la salida de sus
militantes del país, que muchas de ellas llamaron a resistir desde adentro (por ejemplo, las orga-
nizaciones maoístas) y otras sólo autorizaron la salida muy tarde (alrededor del año 1977 en el
caso de Montoneros y el PRT y según jerarquías y sectores militantes), una vez que la destrucción
humana y material estaba ya muy avanzada.
9
N. del e.: Ver el trabajo de Vera Carnovale en este mismo volumen.
307
Marina Franco
Para los no militantes, en cambio, este malestar vinculado a la salida del
país tal vez tenga menos carga política, pero se entrelaza con la suerte vivida
por familiares, amigos y compañeros de trabajo que se quedaron y se mezcla,
para muchos, con una cierta sensación de culpa por haber tenido una vida que
algunos consideran “mejor” en el exterior, con mayores posibilidades profesio-
nales y laborales o lejos de las penurias económicas y la falta de libertades. Al
igual que en el caso anterior, también aquí sentimientos propios y proyecciones
sociales se entrelazan fuertemente, ya que este malestar sobre una hipotética
mejor vida en el exterior es tanto un sentimiento de los propios exiliados como
una imagen proyectada sobre ellos a su regreso al país.
Ello nos conduce a un elemento central: la estigmatización social y política
que se produjo sobre los emigrados cuando retornaron a la Argentina (cfr.
Jensen, 2000; Maletta et al., 1986; Mármora, 1989). Esta estigmatización se
plasmó de manera muy visible en arduos debates intelectuales entre “los de
adentro y los de afuera”10, pero de manera más general se reprodujo en los
antiguos entornos políticos ya disueltos, en ámbitos profesionales y laborales
e incluso familiares, lo cual llevó a los emigrados tanto a ocultar y silenciar
su exilio con vergüenza y dolor como a la mencionada necesidad de justificar
imperiosamente las razones para irse.11
M.F.: ¿Sentiste alguna forma de rechazo por haber vivido afuera?
C.J.: Ah, eso sí, algunos estúpidos, sí: “Nosotros nos quedamos y ustedes
se fueron”. [...] Amigos no quedaban muchos eh… no, los amigos… o
sea los pocos que quedaron digamos, no, en… pero hay algunos –que no
eran amigos– que te decían –pero pelotudos que habían querido irse y
no pudieron irse o no tuvieron las bolas para irse–: “Entonces nosotros
nos quedamos a ocupar los puestos para que no los agarre la derecha…”,
10
Los más notables fueron entre Julio Cortázar y Liliana Heker (1978-1981, en diversas publica-
ciones literarias de Bogotá, Buenos Aires y París y reproducido en Cuadernos Hispanoamericanos,
N° 517/519, julio-setiembre, 1993); el intercambio público entre Rodolfo Terragno y Osvaldo
Bayer (1980-1981, Caracas, México y Berlín, editado luego en “La polémica Terragno-Bayer”,
Bayer, 1993) y entre Luis Gregorich y Osvaldo Bayer (1981-1982, Barcelona y Buenos Aires,
reproducido en parte en Sosnowski, 1988). Otras obras que intervinieron tomando posición o
distancia de estos debates: Goligorski 1983; Jitrik 1985; Brocato 1986.
11
En ciertos ámbitos profesionales, como el de la investigación científica, el rechazo emergió
ante la competencia laboral y profesional que se planteó al regreso de los exiliados, cuando estos
llegaron a insertarse en un mercado laboral reducido y muchas veces con mejores formaciones
y capacitaciones adquiridas en el exterior (Maletta et al., 1986).
308
Algunas reflexiones en torno al acto de exilio en el pasado reciente argentino
pelotudos… […] Yo te digo volví en el ochenta y cuatro y realmente tuve
muy buena recepción, por ahí alguna que otra… no, no, pero…
M.F.: ¿Decías que habías estado exiliada, que habías vivido afuera...?
C.J.: Y depende con quien, depende con quien… (C.J., 30/7/2004, Buenos
Aires, Franco, 2006: 558)
Se generaron entonces campos de tensión entre quienes se fueron y quienes
no, entre exiliados “internos” y “externos”, que dieron lugar a la figura estigmati-
zante del exiliado que salió del país como un “privilegiado”. Esta imagen incluso
persiste hasta el día de hoy, tal como demuestra la condensación de argumentos
de un editorial del diario Buenos Aires Herald tras la aprobación del Senado
argentino del proyecto de reparación económica del exilio (2/3/2005):
De hecho, es probable que los exiliados argentinos fueran extraordinaria-
mente privilegiados. En primer lugar, los fugitivos sobrevivían, lo cual no
siempre era seguro si una persona decidía quedarse en su patria y sufrir la
intolerancia política y el terror de Estado. En segundo término, quienes
partían desde estas costas habitualmente hallaban lugares de trabajo y
estudio (aunque tras una dura temporada de búsqueda) superiores a las
oportunidades que dejaron atrás. Los argentinos fueron, de lejos, benefi-
ciarios de toda una nueva panoplia de remedios para su cambio de vida. En
tercer lugar, regresaban con los frutos de su nueva experiencia (“Beneficios
de exilio”, Editorial, Buenos Aires Herald, s/f, [Link]
editorial/editorial_english_note.jsp?idContent=149131, 6/2/2008).12
En este sentido, es importante señalar que parte de estos argumentos
estigmatizadores fueron el resultado y se nutrieron muy fuertemente del
discurso construido por las Fuerzas Armadas durante la dictadura en torno
a que quienes se habían ido eran “subversivos” y “terroristas” responsables
de “la campaña antiargentina”, o “malos argentinos” que habían partido
en busca de “vacaciones doradas a Europa”. Estas imágenes, de muy am-
plia circulación durante los años dictatoriales, fueron una respuesta de los
militares ante la creciente ola de reacciones y de denuncias internacionales
por violaciones a los derechos humanos que provenían del exterior, en
buena medida producidas por la acción de los exiliados y sus denuncias
ante diversas cortes y organismos internacionales y la repercusión que ello
12
Este tipo de argumentos llevó a muchos antiguos exiliados a asumir algo de aquel sentimiento
de privilegio, como fue el caso de Rodolfo Terragno en su debate con Osvaldo Bayer (Bayer,
1993).
309
Marina Franco
tuvo en los foros mundiales. Así, esta oposición externa fue denunciada
por los militares como una “campaña antiargentina” que buscaba destruir
al país y cuyos principales responsables eran los exiliados, considerados
como “subversivos fugados al exterior” o “malos argentinos” que estaban
de “vacaciones” fuera del país.13
Estos elementos, presentes en el discurso militar y en la prensa oficialista
de la época, construyeron un cierto “sentido común” sobre el exilio que iba
asociado a otro elemento sustancial de esa estigmatización o marginación
percibida por los emigrados: la condena de toda relación o vínculo con la
política como actividad sospechosa y cuasi-criminal. Así, sobre los exiliados
recayó el mismo discurso sancionador que sobre el resto de las víctimas de la
represión militar: “algo habrán hecho”. Lo más significativo es que, si bien
este discurso de la sospecha y la inculpación generalizada se originó en las
fuerzas represivas, luego fue difundido y reapropiado por el vasto conjunto de
una sociedad autopatrullada y policial, que asumió y adoptó en los ámbitos
sociales más cotidianos y en los niveles más mínimos de la interacción social
la lógica represiva y autoritaria emanada del poder (O’Donnell, 1985). Esa
lógica consideraba la política como una forma del caos responsable de los
males del país y la penetración de esta visión autoritaria permitió el ejercicio
del control, las sospechas y la censura de unos ciudadanos sobre otros. En
relación con el exilio, este mecanismo facilitó la condena de los emigrados
mucho más allá de la operación efectivamente puesta en marcha por el Estado
dictatorial.14
En el mismo sentido debe recordarse que, en consonancia con esta herencia
autoritaria, las primeras décadas posteriores bajo gobiernos constitucionales
también estuvieron signadas por el rechazo de toda politización del pasado y
por un esfuerzo de confinar la violencia –y por tanto la política que se le su-
ponía asociada–, a los dos “demonios” responsables de lo sucedido: las cúpulas
militantes y las cúpulas militares.15 En ese contexto, todo sujeto que hubiera
tenido actividad política era automáticamente visto como sospechoso, y en
13
Sobre este discurso militar, cfr. Franco, 2005.
14
Un buen ejemplo de ello es el intento de Daniel Moyano, en su novela Libro de navíos y borrascas,
de demarcar a los exiliados de cualquier connotación de subversión o terrorismo, aunque eso lo
lleva a un cierto sentido común de época de alejarlos de cualquier espacio y referencia política
más amplia y no sólo la de combatientes armados (Jensen, 2005:179).
15
La llamada “teoría de los dos demonios” se concretó en los decretos presidenciales 157 y 158
(10/12/1983) del recién asumido presidente Raúl Alfonsín, y que ordenaban por igual el pro-
cesamiento de los jefes guerrilleros y los jefes militares responsables de “terrorismo”.
310
Algunas reflexiones en torno al acto de exilio en el pasado reciente argentino
esa lógica los exiliados portaban consigo la doble sospecha: por haber tenido
que irse (¿qué habrían hecho para ello?) y por haber sobrevivido. Los exiliados,
en definitiva, no “gozaron” de esa purificación moral que finalmente otorga
la muerte o la condición de víctima “total”. Esto implicó que durante años,
para ser visibles o escuchables, muchas memorias del exilio –desde narrativas
testimoniales públicas y de figuras intelectual o artísticamente reconocidas hasta
otras privadas y formuladas en ámbitos más íntimos– se mostraran vaciadas
de toda referencia política, o incluso de referencias al contexto represivo que
originó la experiencia de salida de país (Franco, 2006). En conclusión, como
resultado o respuesta a estas tensiones (y a otras más específicas vinculadas a
la militancia), en las primeras décadas post-dictatoriales las experiencias del
exilio quedaron semisilenciadas y subrepresentadas en las memorias de la re-
presión, y sólo han ido reemergiendo públicamente en los últimos años, para
ser construidas progresivamente en torno a las figuras de los exiliados como
víctimas (Franco 2006).
Es importante señalar que, en consonancia con el nuevo y actual contexto
revalorizador de la militancia de los años setenta, estas nuevas imágenes del exilio
también recuperan la figura del exiliado como actor político y como militante
y la dimensión política y colectiva del exilio (Jensen, 2005). De hecho, tal vez,
la nueva visibilidad del exilio también ha sido posible gracias a este contexto
repolitizador, que brinda el espacio para nuevas voces de protagonistas de la
política del pasado: es el caso de muchos exiliados que fueron militantes de
organizaciones políticas antes de irse del país y luego fueron militantes en las
organizaciones del exilio en el exterior. Un ejemplo de la asociación de las fi-
guras del exiliado como víctima y también como actor político es ofrecido por
el discurso de la generación siguiente:
Somos hij@s del exilio. Nuestros padres fueron exiliados políticos de la
dictadura militar que impusieron en la Argentina entre los años 1976 y
1983. Ellos se vieron obligados a dejar el país pues sus vidas corrían peli-
gro. También las nuestras. Desde pequeños nos convertimos en víctimas
de la violenta represión que azotó a nuestro país. [...] El destierro fue el
peor castigo de los antiguos griegos, el más doloroso de todos los castigos.
Nosotros y nuestros padres fuimos desterrados, sin haber cometido ningún
delito. Se trataba de hombres y mujeres que trabajaban para construir una
Argentina mejor para todos, más justa y solidaria. Y que nos enseñaron
valores e ideas donde lo esencial era un proyecto de país nuevo basado en
la justicia, el amor y el respeto por los otros. Esos ideales han sido la herencia
de nuestros padres. El dolor, la dualidad, la sensación de no pertenencia, el
desgarro: la herencia de la dictadura militar (Hijos del exilio, “Carta abierta”,
311
Marina Franco
Plataforma argentina contra la impunidad, s/f, [Link]
[Link]/article.php3?id_article=339, 12 febrero de 2008).16
En cualquier caso, esta nueva visibilidad es posible porque la matriz de legi-
timidad está en la primera y fundamental asociación del exilio con la represión
y con los exiliados como víctimas. Es decir, el exilio reaparece como una forma
represiva que –repudiando toda escala de victimización o sufrimiento– se suma
a los asesinatos, la desaparición forzada de personas, la tortura o la cárcel. Así,
ante la estigmatización, las sospechas y las culpas proyectadas y sentidas, la
recuperación de una memoria del exilio se produce, ante todo, en el marco de
una victimización (entendible y tal vez necesaria) que intenta alejar cualquiera
de esos fantasmas del pasado y que incluye, de pleno derecho, a los exiliados
en el campo de las víctimas del terrorismo de Estado.
Estas nuevas imágenes están presentes en la mayoría de las narrativas,
intervenciones políticas, testimonios privados y públicos, orales y escritos
más recientes sobre el tema.17 Así, por ejemplo, el actual proyecto de ley para
la reparación económica de los exiliados –que forma parte de este clima de
reconocimiento público del tema– hace especial hincapié en los dolores que
implicó el exilio y en el hecho de que éste estaba previsto en la Doctrina de la
Seguridad Nacional que guió el accionar militar.18 En esa misma línea, Susana
Gabbanelli, miembro de la Comisión de Ex Exiliados Políticos de la República
Argentina, afirma que “El Estado está obligado a indemnizarnos porque al
expulsarnos violó nuestros derechos” (Valente, 2008: s/n, el resaltado es mío).
Señalemos que Gabbanelli fue detenida por la policía en 1975 y tras ser man-
tenida un mes en una comisaría quedó bajo arresto domiciliario. Se fugó y
estuvo clandestina hasta que logró llegar a Brasil. Así, podría decirse que esta
asociación entre exilio y represión y los exiliados como víctimas del terrorismo
16
Esta revalorización de la condición de actores políticos de las víctimas de la dictadura es un
fenómeno más general, en su origen especialmente motorizado por organizaciones específicas
como HIJOS.
17
Dan cuenta de ello las menciones habituales del tema en los medios de comunicación, la
presencia de ex exiliados en actos y conmemoraciones alusivas a la violencia militar, así como la
reedición de una gran cantidad de obras testimoniales y la publicación de otras nuevas (Jensen,
2003, Franco 2006).
18
El proyecto de ley (S4526/04) cuenta con media sanción del Senado (2/3/2005) y contempla
la reparación económica para quienes debieron salir del país por persecución política probada.
Su antecedente directo es un proyecto del año 1998, del diputado Marcelo López Arias y otros
(27/11/1998) que no fuera aprobado.
312
Algunas reflexiones en torno al acto de exilio en el pasado reciente argentino
de Estado se ha transformado en la narración hegemónica sobre el tema en el
campo de la memoria antidictatorial.19
Otras imágenes del exilio
Ahora bien, junto con esta primera figura de mayor presencia pública y
circulación en las memorias sociales domintantes convive otra construcción
de menor peso y visibilidad, siempre subordinada a la anterior, cuyo origen se
remonta al período dictatorial: se trata de la figura de la resistencia, también
asociada al exilio.20 Esta segunda imagen está ligada a la idea del exilio como un
ámbito central de la acción política antidictatorial y a la necesidad de legitimar
la salida del país por su “utilidad” política para enfrentar a la dictadura desde los
ámbitos internacionales. Ella surge y adquiere fuerza en la lucha emprendida a
través de las denuncias de las violaciones a los derechos humanos durante los
años en el exterior. En ese sentido, en todos los países de destino se formaron
múltiples comités de acción y de denuncia que centraron su accionar contra la
dictadura ante ámbitos y tribunales internacionales como la OEA, la ONU,
la OIT, el Tribunal de los pueblos, Amnesty International, etc., así como ante
gobiernos y medios de prensa del mundo.21
La construcción progresiva de esta figura se dio primero en los medios
partidarios, imbuidos del imaginario bélico para el cual los exiliados no eran
tales sino “la retaguardia en el espacio exterior” o la “vanguardia” que se unía
a “la resistencia de la clase obrera argentina”.22 A ello se fueron sumando las
19
Esto no significa que la asociación entre el exilio y las víctimas de la represión sea nueva, dado
que ya estaba presente en el inmediato período post-dictatorial (Jensen, 2005), sino que en la
actualidad se ha hecho central y ha perdido la tensión subyacente que existía entre calidades
y jerarquías de víctimas que atravesaban los debates y narrativas de esos primeros tiempos de-
mocráticos.
20
N. de e.: Sobre los imaginarios de “colaboración” y “resistencia”, ver los textos de Aguila,
Lvovich y Pujol en este volumen.
21
Sobre esas formas de acción y organización política, véanse diversos trabajos por países en
Yankelevich (2004), Yankelevich y Jensen (2006), así como Bernetti y Giardinelli (2003) para
México; Jensen (1998 y 2004) para Cataluña y Franco (2006 y 2008) para Francia.
22
Cfr. Movimiento Peronista Montonero (MPM), Secretaría de Relaciones Exteriores, 12/9/1978;
Partido Montonero, “Sobre la deserción de cinco militantes del Partido y cuatro milicianos en el
exterior”; 10/3/1979; Représentation extérieur du Parti Révolutionnaire des Travailleurs, Direc-
tion Politique et militaire de l’Armée Révolutionnaire du Peuple-ERP, París 25/3/1976, PRT-ERP,
“Propuesta del PRT para el movimiento de solidaridad con Argentina”, París, julio 1978.
313
Marina Franco
imágenes positivas del exilio, sobre todo en Europa, propias de las resistencias
al fascismo y al nazismo o de los exilios clásicos como el de Trotsky o incluso
el de Perón para el caso de los peronistas argentinos. Así, un antiguo exiliado
en Francia recuerda:
El tema es que en Francia como ellos los veían a sus resistentes nos veían a
nosotros, el ojo del francés para nosotros, nosotros éramos héroes para ellos,
héroes de la libertad, héroes de la lucha contra la dictadura, éramos tipos
que se habían jugado la vida, no nosotros particularmente porque éramos
nosotros, todos los que veníamos de América Latina refugiados... (D.H.,
16/8/2004, Buenos Aires, entrevista de M.F., Franco, 2006: 218).
Más tarde esta noción de resistencia empezó a asociarse a las organiza-
ciones de exiliados consagradas a la tarea de derechos humanos, como una
forma también de legitimar la propia tarea y la ausencia del país, aunque
el contenido bélico asociado a ello fuera disminuyendo progresivamente a
medida que las organizaciones militantes perdían fuerza en el contexto de
exilio y de pérdida de viabilidad de las opciones armadas en la Argentina (y
también en el contexto mundial de los años ochenta). En todo caso, para
muchos exiliados políticamente activos, asumir el lugar del “resistente” per-
mitía reconstituirse a partir de identificadores positivos y afrontar la nueva
realidad (Franco, 2008):
Los que no olvidamos tenemos un cierto derecho a no ser olvidados. El
exilio destapó la voluntad y reclamó justicia, denunció, aportó evidencias,
extendió por doquier su incansable actividad, desenmascaró, informó,
difundió, movilizó... saltando por sobre los imposibles. Su voz fue la
primera y la más potente porque su ámbito fue el mundo entero... [...]
Desde la fundación de grupos de solidaridad, de resistencia, de discusión
de análisis y de encuentro, hasta la publicación de centenares de revistas,
diarios, libros, pasando por actos multitudinarios, conferencias, mesas re-
dondas, entrevistas, todos por todos los medios de comunicación, charlas,
coloquios, exposiciones, recitales, el exilio proveyó a los países receptores
de exiliados un material que de otro modo jamás hubiese llegado y por
medio del cual países geográficos muy distintas de la Argentina, culturas
diferentes, inmensos sectores pudieron conocer la realidad del genocidio,
de la violación de los derechos humanos, de los desaparecidos, de la vio-
lencia, la corrupción, ineficiencia, brutalidad y entrega perpetrada por
los dictadores argentinos y su corte de acólitos (Mario Silva, “Yo tuve un
sueño”, Resumen, N° 100, Madrid, 19 diciembre de 1983, Suplemento
especial, página XI).
314
Algunas reflexiones en torno al acto de exilio en el pasado reciente argentino
Este tipo de construcciones incluso sirvieron para legitimar el regreso al país
de los exiliados. Un buen ejemplo de este imaginario “heroizante” y resistente
son las tempranas intervenciones de Osvaldo Bayer en su debate con Rodolfo
Terragno: “Para gloria de esta diáspora argentina estoy dispuesto a demostrar
que es ejemplar, que muy pocos exiliados han sido tan ricos en sus luchas,
con figuras sacrificadas y brillantes. Y ningún exilio fue tan peligroso para los
tiranos como éste, el de los argentinos que están en el exterior” (Bayer, 1993,
[1980]:197).23 Esta perspectiva ha sido también reactualizada en el presente
contexto memorístico de redescubrimiento de la militancia de los años seten-
ta, a partir de la reivindicación de la acción de denuncia externa realizada por
los exiliados.24 De todas formas, conviene tener en cuenta que, a pesar de su
resurgimiento, este tipo de representaciones tuvo y tiene un alcance limitado y
nunca trascendió el reducido ámbito de la minoría de los exiliados que conti-
nuaron la actividad militante en el exterior (en cualquier caso, una vez más: no
es objeto de mi intervención la veracidad histórica de esa acción sino sus efectos
como construcción política). No obstante, de manera general, durante las tres
primeras décadas post-dictadura esta figura de la resistencia fue rápidamente
olvidada, probablemente por sus connotaciones políticas en un contexto que
estaba impregnado por la despolitización del pasado y de los sobrevivientes
de la violencia. Así, cuando la experiencia de los exiliados empezó a salir del
cono de sombra inicial lo hizo para ser asociada ante todo con el campo de las
victimas y en menor medida al de la política.
Algunas reflexiones políticas y analíticas
Llegado este punto volvamos al eje de la discusión: la preocupación analítica
que guía estas líneas tiene que ver con los efectos de esta inclusión del exilio en
el campo de las víctimas, con la cual, insisto, acuerdo política y humanamente.
El problema es que en esa operación subyace la noción de pasividad de quienes
se fueron: los exiliados sólo son vistos como personas que sencillamente fueron
23
También es un ejemplo parcial de este imaginario de resistencia y activismo el film de Pino
Solanas: El exilio de Gardel (1985) (Jensen, 2005: 183 y ss).
24
Cfr. es el caso de una intervención pública de Rodolfo Mattarrollo, subsecretario de Derechos
Humanos de la Nación y antiguo exiliado en Francia, quien evocó y presentó la figura del
exiliado exclusivamente en torno a la actividad de denuncia desarrollada en el exterior (Buenos
Aires, 26 de septiembre de 2007, durante la presentación del libro Exilios de Pablo Yankelevich
y Silvina Jensen).
315
Marina Franco
expulsadas y el exilio es visto como una condena y una violación de los derechos
humanos que dejó sin opciones a sus víctimas, aún incluso en los casos en que
eso se conjuga con la representación de la resistencia. En definitiva, se trata
de un supuesto que implica para los exiliados la negación de su condición de
sujetos hacedores de su propia historia, condición inherente a todo actor social
aún si esa historia personal fue hecha en condiciones altamente determinadas,
con márgenes de elección y libertad de acción muy reducidos.
El problema empírico y teórico que subyace a esta observación es que, de
manera general, en el caso argentino irse fue una opción personal en la que hubo
una instancia de toma de decisión (ya sea individual, familiar o de pequeños
grupos), y por tanto algún grado de elección en la salida: sin duda una elección
totalmente condicionada y forzada por las circunstancias, que a veces pudo
llegar a ser una pulsión de vida no racionalizada. Pero esa opción existió, y
por eso mismo hubo quienes no la eligieron y se quedaron. Incluso también
la hubo para muchos de los detenidos que estando en la cárcel eligieron salir
del país bajo el “derecho de opción”25, que no siempre fue una expulsión di-
recta, tal como suele ser presentado. Es sabido que durante los primeros años
muchos detenidos –militantes políticos en general– se negaban a salir con esa
alternativa y las autoridades diplomáticas que los visitaban se veían en la difi-
cultad de convencerlos para que la utilizaran y salieran del país (Franco, 2006).
De igual forma, algunas organizaciones revolucionarias, como fue el caso de
Política Obrera y al menos antes del golpe de Estado de 1976, prohibían a sus
militantes utilizar ese recurso. Es evidente que si se trataba de una imposición
dictatorial no había manera de impedirla.
Así, al igual que en Brasil y en Uruguay y a diferencia de otros países como
Chile, en la Argentina no se instauró la pena de exilio, la expulsión o la pro-
hibición de volver en tanto política de aplicación generalizada y sistemática.26 Si
bien hubo excepciones y diversos casos particulares,27 la política sistemática del
25
El derecho de opción (artículo 23 de la Constitución de la Nación) se aplica a los detenidos
bajo estado de sitio y sin juicio que pueden optar por la salida del país. Este derecho fue sus-
pendido por el régimen militar y luego repuesto en 1977, aunque con restricciones, debido a
las presiones internacionales.
26
Entre otros: Dutrénit Bielous (ed.), 2006 para el caso uruguayo; Gaillard (1997) para Chile
y Chirio (2004) sobre Brasil.
27
Es el caso, por ejemplo, del senador radical Hipólito Solari Yrigoyen a quien se le aplicó el
decreto de “regreso ilegítimo” que preveía hasta cuatro años de cárcel para quienes regresaran
estando sujetos a dicha disposición. A Solari se le prohibió volver al país en febrero de 1982,
cuando llevaba cinco años de exilio en Francia (Solari Yrigoyen, 1983: 141 y 166).
316
Algunas reflexiones en torno al acto de exilio en el pasado reciente argentino
régimen militar no impuso la salida del país a los perseguidos políticos e incluso
podría decirse que intentó limitarla al suspender provisoriamente el derecho
de opción al producirse el golpe de Estado. Sin embargo, son los relatos de los
propios exiliados los que perciben la experiencia de partida como una imposición
absoluta, y tienden a diluir el nivel de la toma de decisión por restringido que
haya sido el marco en que se realizó la elección. En algunos casos esta dilución
se realiza de manera voluntaria y en otros se produce porque la partida fue
vivida de esa manera: como una expulsión o una imposición.
Sin duda, el problema que se plantea aquí es a qué podemos llamar una
“decisión” o una “elección” en términos que sean útiles al trabajo analítico, es
decir, dejando en suspenso, provisoriamente, las percepciones inmediatas de
los actores y más allá de las connotaciones éticas o políticas. Si consideramos
que la noción sólo alude a una decisión racional y tomada en condiciones de
absoluta libertad de elección, sin dudas el exilio no fue una “decisión” ni una
“elección”. Si suponemos, en cambio, que un sujeto elige siempre, aún cuando
lo hace entre un abanico muy pequeño de alternativas y con un alto grado de
constricciones estructurales (considerando que, de hecho, siempre se elige bajo
constricciones estructurales y en un abanico limitado de posibilidades) y que,
llevado a su extremo, también hubo quienes decidieron quedarse con riesgo
absoluto de su vida, entonces, en el caso del exilio sí existió una “decisión” que
podría denominarse “forzada”.
¿Cuáles serían los efectos políticos de reconocer la existencia de este margen
de toma de decisión en la experiencia de exilio? Creo que ello permitiría tras-
cender la noción de víctima en su actual acepción de pasividad y poder pensar
que el exilio fue una actitud posible frente a la dictadura, defensiva u ofensiva
según los casos, y que fue esa estrategia la que permitió que algunos exiliados
se transformaran en actores políticos importantes en su lucha contra la dicta-
dura desde el exterior. O, sencillamente, fue una estrategia que a algunos les
permitió sobrevivir y a otros, a la gran mayoría, les permitió huir del terror y
del miedo, con todo lo legítimo que tiene que un sujeto elija cómo quiere vivir
y si quiere vivir.
En segundo lugar, ¿cuáles serían los efectos analíticos de esta misma am-
pliación de representaciones sobre el exilio? Creo que permitiría reconocer la
capacidad de acción (la agencia histórica) de los exiliados y sacarlos del lugar
pasivo y despolitizado en que se los ha situado por razones políticas y emocio-
nales y que la investigación académica suele reproducir sin mayores controles.
Reconocerles este margen de acción y decisión no les quita su condición de
víctimas del terrorismo de Estado ni implica que el exilio no sea parte de las
317
Marina Franco
prácticas represivas de ese sistema, ya que forzar a un individuo a tomar ese
camino implica un acto de violencia cometido con toda la fuerza de aparato
represivo estatal por detrás. Pero sí implica que no podemos ignorar que existió
una agencia en la salida al exilio. De la misma manera, reconocer esta agen-
cia no implica caer en un “estrategismo” que supone actores completamente
racionales en su accionar y toma de decisiones. Implica, en cambio, que el
investigador debe estar atento a la complejidad y variedad de trayectorias, a los
relatos de los sujetos que dan cuenta de la experiencia percibida tanto como
a ciertas variables históricas objetivables y al tejido complejo que forman los
condicionamientos macropolíticos y las prácticas y estrategias individuales que
explican cada historia.
Así, no se trata de establecer lecturas dicotómicas entre el exilio como
acto voluntario e individual o como imposición absoluta de un poder represor
omnímodo, sino de reconocer todo lo político que hay en el acto realizado
por quienes se fueron o quienes tomaron la decisión de hacerlo y todo lo po-
lítico que hay en la percepción de que aquello fue una imposición absoluta,
resultante del peso de un sistema político represivo sobre sujetos que fueron
impulsados a irse.
En definitiva, reconocer la capacidad de acción de estos sujetos frente al
terror los devuelve del olvido como víctimas que, frente al horror, actuaron,
actuaron decidiendo no vivir bajo el miedo, o actuaron para salvar su vida. En
definitiva, considero que, ante el terror, variados actores generaron diversas
estrategias y el exilio fue una de ellas. Esta dimensión no debería quedar encu-
bierta por necesidades políticas posteriores y por el combate para afirmar una
memoria antidictatorial. Creo que redescubrir esa dimensión activa, estratégica,
es una forma de que los exiliados sean reconocidos como actores y sujetos de
sus propias narrativas e historias. Es una forma de devolverles un lugar en la
historia de nuestro pasado reciente.
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321
Epílogo
Hacia un balance: ¿es la historia reciente
un campo de estudio establecido?1
Peter Winn
La Historia Reciente es todavía un campo de estudios nuevo pese a su
rápida expansión, al compromiso de numerosos académicos jóvenes que desde
las ciencias sociales y humanas se dedican a estudiar sus problemas y a la exis-
tencia de un creciente y heterogéneo público interesado en sus producciones.
Los dos volúmenes de Problemas de historia reciente en el Cono Sur, basados en
las jornadas homónimas que se desarrollaron en octubre del 2007, proveen una
buena oportunidad para evaluar el estado de este campo de estudios.
Hasta hace un tiempo se identificaba al campo de la Historia Reciente
con la historia de las dictaduras militares en el Cono Sur durante las décadas
de 1960, 1970 y 1980 y, en particular, con el estudio de las denuncias de las
flagrantes violaciones de los derechos humanos en aquel período. De hecho, la
Historia Reciente se vinculó en sus orígenes con los objetivos del movimiento
por los derechos humanos y con la convicción de que el Nunca Más sólo podía
ser alcanzado a través del reconocimiento público de ese pasado traumático y de
su memoria. Así, la asunción de la historia de las víctimas y las condenas a sus
victimarios fue una parte integral de la campaña por la “verdad” y la “justicia”.
Por lo tanto, la Historia Reciente emergió en el Cono Sur como parte de las
batallas por la memoria en la región, y estuvo relacionada con el objetivo de
crear y consolidar una cultura política democrática y favorable a los derechos
humanos que tuviese entre sus fundamentos la plena vigencia de los derechos
humanos. La presente compilación deja en claro que la Historia Reciente se
1
Este artículo fue traducido del inglés al español por María Valeria Galván.
323
Peter Winn
ha transformado en relación con aquellos orígenes y se ha convertido en un
campo de estudios académico complejo, sofisticado y diverso.
El primer elemento a destacar tras la lectura de los veintiocho capítulos
de estos volúmenes es su diversidad. Además de la pluralidad aportada por el
análisis de los pasados recientes tanto de Argentina, Brasil, Chile y Uruguay es
notable la variedad proporcionada por los temas, actores, fuentes, metodologías
y paradigmas representados. Encontramos historias desde abajo y desde arriba,
estudios sobre los discursos de los líderes y análisis de narraciones militantes.
También se incluyen en este libro actores que no fueron estudiados durante la
primera ola de estudios de Historia Reciente: jóvenes oficiales de los aparatos
militares del Estado, elites económicas, delincuentes comunes, artistas gráficos,
así como también instituciones como asociaciones profesionales, universidades,
sindicatos locales y movimientos sociales. Hay, también, capítulos que exploran
las disputas internas de los regímenes militares y las políticas de los gobiernos
democráticos que sucedieron a aquellos. En particular, en ambos volúmenes, los
grupos armados de izquierda representan un objeto importante de la atención
académica. Como denominador común de los abordajes aquí realizados puede
señalarse que esos grupos son trabajados a través de una mirada crítica atenta a
su conversión en objetos míticos o mistificados por las políticas de la memoria,
muchas veces moldeadas desde posiciones de poder por aquellos que eran sus
miembros o se consideran sucesores de esos grupos.
Más allá de la diversidad presente en ambos tomos, es posible detectar dos
ejes que se vinculan con definiciones del campo con matices diferentes. Ambas
ocupan un lugar legítimo en el estudio de la Historia Reciente y conviven ar-
mónicamente en estos volúmenes y en el campo en su conjunto. Para algunos
autores, la Historia Reciente es la construcción retrospectiva de una narrativa
sobre el pasado cercano a través de un análisis crítico y riguroso surgido de
las herramientas de los historiadores y de los científicos sociales. El resultado
de esta práctica es la creación de una distancia analítica en la construcción de
una narrativa sobre eventos traumáticos. Para otros, en contraste, se trata del
estudio crítico de las memorias colectivas acerca de ese pasado reciente, en el
marco del análisis de la política actual sobre la historia pasada. Se trata de una
historiografía que refleja menos el período recordado que la historia de los
períodos subsecuentes, por lo que su énfasis esta puesto en el análisis de los
usos y abusos del pasado y sus mitificaciones. A pesar de que ambas tendencias
están relacionadas, e incluso algunos de los capítulos de este libro –como el de
Maria Paula Araújo sobre los cambios políticos y discursivos de la izquierda
324
Epílogo. Hacia un balance: ¿es la historia reciente un campo de estudio establecido?
brasileña– comparten rasgos de las dos, difieren entre sí en sus metodologías
y bases teóricas.
Por otra parte, a pesar de que suele considerarse que el período abordado
por la Historia Reciente es el comprendido entre las décadas de 1960 y 1980,
caracterizado en el Cono Sur por las dictaduras militares, varios capítulos de
este libro van más atrás en el tiempo, mientras que otros llevan la historia más
adelante, hacia el período de restauración de las democracias. Estos trabajos
brindan argumentos a favor de un análisis de las continuidades y de los cam-
bios, ya que consideran a las dictaduras no como un acontecimiento aislado,
producto de una ruptura con el pasado, sino más bien como parte de un patrón
de continuidad de la historia reciente (y de la no tan reciente).
Asimismo, incluso entre aquellos que permanecen enfocados en esas tres
décadas traumáticas, hay quienes argumentan a favor de diferentes periodiza-
ciones y quienes enfatizan que las violaciones de los derechos humanos y la
presencia de gobiernos autoritarios no fueron las únicas características impor-
tantes de aquel período, ni tampoco el foco principal de la memoria colectiva
acerca de aquellos años. Por ejemplo, a pesar de que Bella Unión (Uruguay) y
sus trabajadores azucareros son famosos por sus conexiones con los Tupamaros,
según explica Silvina Merenson, los trabajadores y sus familias recuerdan esos
años con claves que exceden al movimiento guerrillero, vinculadas, entre otras
variables, con elementos y aconteceres económicos. Por su parte, en Tierra del
Fuego, advierte Federico Lorenz, las memorias acerca del conflicto que casi lleva
a la guerra entre Argentina y Chile en 1978, o de la guerra con el Reino Unido
en las cercanas Malvinas en 1982, son más significativas que las memorias sobre
los abusos de los derechos humanos durante estos mismos años, que en general
resultan predominantes en el área de Buenos Aires.
En este libro no sólo se presenta una gran diversidad de temáticas, sino que
se introducen nuevos actores, dimensiones y perspectivas. Toman importancia
así las miradas desde los márgenes y las voces de actores anteriormente exclui-
dos, ya que muchos trabajos iluminan o desafían los saberes convencionales
de un campo de estudios concentrado inicialmente en la experiencia histórica
del centro geográfico, cronológico, social o político: la capital, la dictadura,
las víctimas de las violaciones a los derechos humanos, los dirigentes, las clases
medias. Esos primeros saberes podían excluir geografías como la fueguina,
descripta por Federico Lorenz, o la jujeña, sobre la que trabajó Ludmila Da
Silva Catela; o grupos sociales como los criminales comunes de las poblaciones
chilenas estudiadas por Sebastián Leiva, o los cortadores de caña uruguayos
325
Peter Winn
considerados por Silvina Merenson. Y también podían excluir grupos políticos,
como los rebeldes de las clases bajas chilenas o los oficiales jóvenes brasileños
estudiados aquí por Pedro Rosas y Maud Chirio respectivamente. Todos estos
nuevos trabajos responden a una perspectiva (desde afuera o desde abajo) que
desafía la pertinencia de los saberes convencionales basados en la experiencia
del “centro”.
En ese sentido, las contribuciones de este libro argumentan a favor de
una historia más diversa, una historia en la cual, por ejemplo, la experiencia
de la Universidad de La Plata difiere de la de la Universidad de Buenos Aires
y la experiencia de la Facultad de Ciencias Naturales difiere de la Facultad de
Humanidades y Ciencias de la Educación, como sostienen Germán Soprano y
Luciana Garatte. En conjunto, estos trabajos proyectan así una diversidad que
complejiza los estándares de la Historia Reciente en el Cono Sur y sugieren
la existencia de una agenda de investigación más compleja. Es importante se-
ñalar este tipo de perspectivas, que desde los márgenes cuestionan los saberes
convencionales del campo.
De manera general, puede señalarse que los capítulos que integran este libro
son académicamente sólidos, y están alejados tanto del ensayo impresionista y
la polémica política como de los autos de fe ideológicos. Se trata en su mayor
parte de trabajos académicos basados en investigaciones originales a partir del
análisis de variadas fuentes primarias y secundarias. Resulta relevante la inclusión
de trabajos fundamentados en fuentes disponibles desde hace poco tiempo, tales
como el de Patricia Funes sobre los Archivos de la Dirección de Inteligencia
de la Policía de la Provincia de Buenos Aires y el de Vania Markarian, basado
en el uso de los documentos del Gobierno de Estados Unidos recientemente
desclasificados. En este grupo pueden incluirse también las investigaciones de
Florencia Levín sobre el uso de la caricatura política y de Sergio Pujol sobre la
música popular.
Asimismo, este libro evidencia un incremento general en la complejidad
de análisis de los temas que se abordan. En contraste, algo que está ausente en
esta obra son los relatos testimoniales directos de las víctimas de las violaciones
de los derechos humanos, lo que solía ser una clásica estrategia de oposición
a la “historia oficial” y el olvido. Como excepción, se pueden mencionar los
esfuerzos de varios autores (como Ludmila Da Silva Catela, Sebastián Leiva o
Pedro Rojas) para rescatar del olvido a víctimas periféricas de la represión, dicho
así en un sentido geográfico, social o político. Ese olvido refleja precisamente
marginalidad y exclusión, no sólo por parte de los victimarios sino también
326
Epílogo. Hacia un balance: ¿es la historia reciente un campo de estudio establecido?
por parte del resto de las víctimas e incluso de sus defensores. Así, de modo
implícito, estos capítulos subrayan el paradójico valor que ha alcanzado el es-
tatus de víctima, lo que explica la reticencia a arriesgar esta posición por parte
de quienes la sustentan y la lucha de aquellos excluidos de esa categoría (desde
los militares que sufrieron acciones violentas hasta los exiliados políticos) por
ser considerados dentro de la tan valorada condición. Sin embargo, y tal como
argumenta Marina Franco en su artículo, en la actualidad los exiliados argentinos
están recuperando en sus narraciones un rol activo en sus decisiones y prácticas
más que una posición de víctimas pasivas del terrorismo de Estado.
Los avances en las batallas por la memoria en el Cono Sur, en general para-
lelos a los éxitos políticos del progresismo o las izquierdas de la región, trajeron
aparejadas nuevas problemáticas en relación con los estudios de la memoria y
de la historia reciente. Los ecos de estos cambios se pueden percibir en varios
de los artículos del libro, particularmente en los de dos de los más reconocidos
académicos de este campo. Hugo Vezzetti y Elizabeth Jelin difieren en sus en-
foques, pero ambos están paradójicamente preocupados por las consecuencias
del éxito de esta memoria y por la consagración de una nueva narración sobre
el pasado, relacionada con la elección de gobiernos integrados por líderes
y partidos que habían sido en décadas anteriores víctimas de las dictaduras
militares. Jelin llama la atención acerca de la multiplicidad de memorias sobre
el pasado reciente en competencia entre sí, una batalla en la cual la memoria
que una vez fue predominante y aún es promovida –como en el caso chileno
por la Fundación Pinochet– no puede ser descartada. Vezzetti va más allá y
argumenta apasionadamente que una “memoria justa” debe incluir a todas las
víctimas del período (tanto a los militares asesinados por las guerrillas como a
los desaparecidos por los militares) y no sólo a las víctimas cuyas ideas políticas
compartimos. Vezzetti articula así una perspectiva corriente entre muchos de
los académicos argentinos dedicados a la historia reciente: que ya es hora para
las izquierdas argentinas de reconocer y confrontarse con su propio pasado de
violencia, y no sólo criticar a los militares por su violencia política.
El vínculo entre memoria y política es la preocupación central de varios
trabajos aquí compilados. Al respecto, Carlos Demasi muestra cómo las dirigen-
cias de los partidos tradicionales del Uruguay consideran que la memoria es un
asunto político y, por eso, postulan que la decisión sobre qué debe enseñarse en
materia de historia reciente debe ser el producto de una negociación partidaria.
Por su parte, Marina Cardozo analiza las causas de la selectividad de la memoria
de Tupamaros sobre la experiencia previa de “El Coordinador” y las sitúa en las
327
Peter Winn
circunstancias políticas de la post-dictadura uruguaya. Preocupaciones similares
se expresan en el trabajo de Teresa Cáceres Ortega acerca de los informes de la
prensa chilena sobre la detención de Pinochet y su juicio en Londres.
Otros capítulos reflejan las dificultades de la propia izquierda chilena para
integrar a los delincuentes de clase baja y a los miembros de las guerrillas en
sus narraciones en torno a las víctimas de las dictaduras, tema sobre el cual
escriben Sebastián Leiva y Pedro Rosas. Similar es el caso de Tabaré Vázquez
en Uruguay, quien buscó priorizar el “Nunca Más” conciliatorio sobre la base
del reconocimiento a todas las víctimas y la responsabilidad de la sociedad en
su conjunto, lo cual generó diversas discusiones en torno a los sentidos de la
“teoría de los dos demonios”, problema que abordan Álvaro de Giorgi y Ma-
riana Iglesias respectivamente. Por su parte, Ludmila Da Silva Catela advierte
la tendencia “oficial” de la memoria sancionada por el Estado en la Argentina
a callar otras memorias sociales, tales como las memorias “largas” sobre los
abusos sufridos por distintos grupos populares a lo largo de toda la historia del
país o las memorias de los militares asesinados por organizaciones armadas de
izquierda antes de 1976.
Otro signo llamativo del avance de los estudios sobre la memoria en estos
dos volúmenes es la mayor sofisticación en el análisis de fuentes, en particular
las orales. Este examen crítico de fuentes refleja la incorporación de los tra-
bajos pioneros de Alessandro Portelli y Daniel James, entre otros. También
es notable la creciente complejización de las metodologías utilizadas, de los
marcos teóricos, la argumentación de los autores y sus conclusiones. Todo ello
ha contribuido para alcanzar un salto cualitativo en la complejidad académica,
lo que parece haber sido internalizado por el campo y estar reflejado en mu-
chos de los artículos que forman parte de esta compilación. De igual forma,
la historia oral crítica es complementada con una lectura igualmente crítica
de fuentes escritas y gráficas, tanto tradicionales (diarios y discursos) como
no tradicionales (caricaturas políticas e imágenes). De este modo, la Historia
Reciente parece haber encontrado una metodología propia y vinculada con los
estudios sobre la memoria.
Significativamente, esta metodología es compartida por no historiadores que
participan del campo de la Historia Reciente. De hecho, una de las características
principales de este campo es el hecho de no estar limitado a los historiadores,
quienes –como asegura Florencia Levín– han mantenido posturas ambivalen-
tes frente a su surgimiento y desempeñaron un rol limitado en su desarrollo
inicial. Por el contrario, antropólogos, sociólogos, politólogos y especialistas en
estudios de la cultura realizaron importantes contribuciones y proveyeron una
328
Epílogo. Hacia un balance: ¿es la historia reciente un campo de estudio establecido?
diversidad de perspectivas disciplinarias que sugieren que la Historia Reciente
está abierta a múltiples lecturas.
Dos tomos, lecturas múltiples
Como en Rayuela, de Julio Cortázar, esta compilación puede ser leída de
diferentes formas. Puede recorrerse siguiendo el orden temático propuesto
por los compiladores para ambos volúmenes o buscarse otras lecturas posibles.
Sin embargo, a diferencia de Rayuela, los lectores tienen aquí que elegir por sí
mismos esas otras lecturas posibles, una es la lectura por nacionalidades. Ésta
permite evaluar el estado del campo de la Historia Reciente en los diferentes
países de la región, o al menos iluminar cuáles son los temas más relevantes en
las investigaciones actuales de esos países.
Si el Coloquio de donde emergió esta compilación se hubiese llevado a
cabo en Brasil o en Chile, muy probablemente habría brindado más aportes al
conocimiento del estado del campo en esos países. No obstante, la conclusión
acerca del mayor desarrollo de éste en Argentina no se habría modificado. Esto
queda claro tanto en las notas y bibliografías citadas en los diversos capítulos
como en los textos mismos, en sus temáticas, metodologías y análisis. Efec-
tivamente, la mayoría de los capítulos están referidos al caso de la Argentina.
Esto, en parte, refleja el hecho de que el Coloquio tuvo lugar en la Ciudad de
Buenos Aires. Pero también deja entrever que esta diferencia se debe a un mayor
desarrollo del campo en ese país. Es aquí donde aparece la mayor diversidad
temática de la compilación. Los artículos sobre la Argentina abarcan la censura
de libros, el humor gráfico, los departamentos universitarios, los recitales de
rock, las organizaciones por los derechos humanos, las asociaciones profesio-
nales, las comisiones internas de trabajadores y los exiliados políticos. Muchos
de estos artículos sobre la Argentina también están referidos a la problemática
de la memoria.
Como se ha señalado, en ellos resulta sorprendente el peso de las miradas
ajenas a la capital argentina, ya que los artículos recorren un arco que va desde
Jujuy, en el norte, hasta Tierra del Fuego, en el extremo sur. El capítulo men-
cionado sobre la Universidad de La Plata, en la Provincia de Buenos Aires, de
Germán Soprano y Luciana Garatte, retrata esta problemática a partir de la
oposición entre la academia periférica y la central. Los capítulos sobre Rosario
y Santa Fe de Gabriela Aguila y Luciano Alonso, respectivamente, enfatizan
las diferencias con una historia nacional identificada con la transcurrida en la
329
Peter Winn
Ciudad de Buenos Aires. Muchos de los artículos utilizan esta perspectiva desde
los márgenes para criticar los presupuestos de la historia centrada en una mirada
capitalina. Todos estos planteos y cuestionamientos proveen señales de que en
la Argentina la Historia Reciente está en su segunda generación.
Lamentablemente, no hay suficientes trabajos de otros países de la región
como para arriesgar conclusiones, pero si para justificar algunos comentarios. En
el caso de Uruguay, es llamativo que la mayoría de los trabajos hablen, de una u
otra forma, de la politización de la Historia Reciente, su estudio y enseñanza, y
el hecho de que ésta se convirtió en el terreno simbólico de la contienda política
entre los distintos partidos y hacia el interior de la propia coalición del Frente
Amplio. A pesar de que la política no se encuentra ausente de los capítulos sobre
Chile (uno de los cuales, de hecho, se centra en la lucha política en torno a la
detención de Pinochet en Londres en 1998), ésta es vista desde afuera y desde
abajo, a través de las miradas de los excluidos. Estos marginales son los sujetos
de muchos de los trabajos académicos sobre memoria e Historia Reciente,
lo que probablemente refleje posturas políticas de los autores, pero también
el hecho de que la batalla básica por la memoria ha sido ganada. La historia
central de los abusos a los derechos humanos bajo Pinochet ha sido legitimada,
por lo que jóvenes autores como Sebastián Leiva y Pedro Rojas son libres de
abogar por otras víctimas y contar historias más complejas, cuya recepción es
menos clara que la ya bien conocida nueva historia oficial de torturas y des-
apariciones, codificada por sucesivas comisiones por la verdad. En Brasil, por
otro lado, incluso la izquierda se resistió a hacer frente a las violaciones de los
derechos humanos perpetradas durante la dictadura (1964-1985), arguyendo
que fueron “menores” y más lejanos en el tiempo que en el resto del Cono Sur.
No obstante esta reticencia, a partir del 40º aniversario del golpe, se comenzó
a producir una creciente literatura sobre las actas institucionales represivas y las
luchas contra la dictadura, la mayor parte de la cual se centra en los estudios
sobre los militantes y los movimientos y partidos de izquierda, tal como resulta
notorio en los artículos de Marco Aurelio Santana y Maria Paula Nascimento
Araújo incluidos en esta compilación.
Además del recorte por países, otra lectura posible es la que separa los
capítulos sobre memoria de aquellos cuyo objetivo es analizar aspectos del pa-
sado en sí mismo. Estos capítulos son variados y reflejan estilos, metodologías
y construcciones de la historia y las ciencias sociales, incluyendo la historia
desde abajo, la historia social y la historia cultural. En este grupo se incluyen
los trabajos pioneros sobre sujetos antes no estudiados, como los de Federico
Lorenz sobre la experiencia de guerra de los fueguinos o el análisis de las cari-
330
Epílogo. Hacia un balance: ¿es la historia reciente un campo de estudio establecido?
caturas políticas de Florencia Levín. También aquí se encuentran los estudios
revisionistas de acontecimientos muy recordados, como el análisis de Roberto
Pittaluga sobre la masacre de Trelew (1972), como parte de la misma violencia
estatal que continuó durante los años de la dictadura, y también después. Algu-
nos de estos capítulos son excelentes y la mayoría son valiosísimas y originales
contribuciones para el campo académico.
Los capítulos sobre los usos y abusos de la memoria en el pasado y en la
actualidad son más coherentes y consistentes como grupo; utilizan una me-
todología sólida y compleja (la historia oral crítica) y comparten un foco de
análisis similar. Algunos, como el artículo de Ludmila Da Silva Catela acerca
de las memorias “largas” y “cortas” o las páginas de Pedro Rojas sobre la her-
menéutica de la historia oral desafían las barreras metodológicas. Mientras
que otros, como el análisis de Teresa Cáceres Ortega sobre los informes de la
detención de Pinochet o el trabajo de Álvaro De Giorgi sobre la construcción de
las memorias oficiales en el Uruguay post-dictatorial, se ubican cómodamente
dentro de los paradigmas y metodologías ya establecidos.
Una lectura de los variados actores históricos estudiados es también revela-
dora. En conjunto, los capítulos sobre actores sociales dan cuenta de un nuevo
énfasis en los estudios sobre el consenso civil de las dictaduras. Este consenso no
sólo tenía como objetivo mantener la estabilidad y la seguridad, sino también
apoyar los proyectos fundacionales de los gobiernos dictatoriales, como describe
Daniel Lvovich en su análisis de las posiciones de los actores sociales frente
el diálogo al que convocó la Junta Militar argentina en 1980. Este grupo de
trabajos revela, asimismo, una renovada preocupación por la comprensión de la
política por la cual las víctimas lucharon y murieron, pero, a la vez, se percibe
una simultánea predisposición para estudiar a las víctimas y sus memorias con
una mirada más crítica. Finalmente, muchos artículos también muestran una
mayor complejidad en el estudio de los militares, dando cuenta de sus divisio-
nes internas y su peculiar perspectiva política, y considerándolos en algunos
trabajos tanto víctimas como victimarios.
La Historia Reciente: ¿un campo establecido?
La pregunta central de esta compilación (y de este epílogo) es si el campo
de la Historia Reciente existe o se encuentra “en construcción”. No hay crite-
rios universales para definir las características de un campo académico, pero
algunas especificidades de éste resultan sugerentes. La conclusión tentativa tras
331
Peter Winn
la lectura de esta compilación es que este campo ya existe, y se encuentra en un
proceso de desarrollo y maduración. Estos artículos sustentan esta conclusión
en varios sentidos.
El indicio más crudo es el numérico. El número de artículos presentados
en el coloquio e incluidos en esta compilación es un indicador de la crecien-
te actividad académica del campo. Otro indicador es la aún mayor lista de
bibliografía citada en los capítulos. El número de académicos (alrededor de
setecientos) que participan en la Red Interdisciplinaria de Estudios de Historia
Reciente (RIEHR), es aun más importante.2 Sus comunicaciones regulares y
la cantidad de miembros no sólo prueban numéricamente la existencia de un
campo activo, sino que dan cuenta de la intensidad de un diálogo crítico y
constructivo (que incluye entrevistas en periódicos y eventos como aquel del
que surgió esta compilación). Si a estos ejemplos se le agregan otras redes y
grupos, como el seminario interdisciplinario de Historia Reciente en la Uni-
versidad de Chile y el Núcleo Memoria del IDES (Buenos Aires), queda clara
la existencia en el Cono Sur del intercambio académico regular requerido por
un campo de estudio.
Otro de los requisitos para la conformación de un campo, cuya existencia
se deduce de esta compilación, es la institucionalización y su reconocimiento
por las principales instituciones académicas como la Universidad de Chile o
la Universidad de la República en Uruguay. A esto se le suma el creciente re-
conocimiento internacional, como se puede percibir en la reciente decisión de
LASA (Latin American Studies Association) de aprobar la formación de una
sección (una subdivisión sobre campos de estudio especializados reconocidos)
para académicos interesados en Historia Reciente y Memoria. Esta decisión se
debió en gran parte a los avances de la producción académica y los intercambios
anteriormente mencionados.
Esta compilación ofrece más evidencias acerca del comportamiento de la
Historia Reciente en el Cono Sur como un campo académico instituido. Existe
actualmente un grupo de investigadores formados que representan distintas
perspectivas de análisis sobre la Historia Reciente y que reflejan en el campo
su historia, así como su metodología y hermenéutica. Hay numerosos capí-
tulos escritos por investigadores en formación, orientados por los miembros
de la generación académica anterior, que trascienden las rigideces típicas de
esa relación y extienden sus intereses hacia nuevas fuentes, nuevas preguntas
2
Red virtual de información y difusión de material académico dentro del campo de la Historia
reciente, coordinada por Marina Franco y Florencia Levín ([Link]).
332
Epílogo. Hacia un balance: ¿es la historia reciente un campo de estudio establecido?
y nuevos públicos a pesar de estar influidos por la enseñanza y los escritos de
aquella generación anterior de investigadores. En síntesis, la Historia reciente,
no obstante su corta vida como campo de investigación, puede jactarse de ir
por su segunda generación de miembros, quienes se basan en los avances de sus
predecesores para trascenderlos. Como algunos han mencionado, la Historia
Reciente cuenta ya con su propia historiografía, una historia de sí misma como
campo, una auto-referencialidad que resulta otro indicio de la constitución
como campo de estudios.
Si el desafío a las fronteras del campo ejercido por las generaciones jó-
venes en esta compilación es un signo de la institucionalidad de la Historia
Reciente, otro es la auto-reflexión y la revisión de los supuestos de la primera
generación. Hugo Vezzetti, por ejemplo, delinea una cápsula de la historia de
los estudios sobre memoria en Europa y América, un tour de force que por sí
mismo sugiere la existencia de un campo académico establecido. Por otra parte,
Elizabeth Jelin, ella misma socióloga, feminista y pionera en los estudios sobre
memoria, muestra en su capítulo cómo la Historia Reciente puede iluminar
la historia contemporánea de las ciencias sociales, dando forma a una nueva
historia intelectual del pasado reciente, con referencias al género, la ciudadanía
y los derechos humanos. Su artículo también revela la íntima relación entre el
feminismo, el compromiso de las mujeres en la defensa de los derechos huma-
nos y el desarrollo de las ciencias sociales en la región, por lo que es al mismo
tiempo una historia de las ideas y una sociología del conocimiento. Roberto
Pittaluga, por su lado, emplea una mirada retrospectiva de la Historia Reciente
para desafiar el saber convencional que supone la excepcionalidad de la dictadura
argentina de 1976 a 1983, extendiendo su historia de represión e impunidad
hacia atrás, hasta 1956, y hacia delante, hasta la década de 1990. En su análisis
las continuidades predominan por sobre los cambios.
Otro signo de la institucionalidad de la Historia Reciente es que ya forma
parte de la currícula escolar en más de un país de la región, con su propia
pedagogía y libros de texto específicos. A pesar de que el capítulo de Carlos
Demasi sobre la introducción de la Historia Reciente en los programas esco-
lares de Uruguay destaca la politización de la empresa, el artículo también
establece la amplia aceptación de su enseñaza en todos los niveles escolares.
Algunos pocos historiadores aún se oponen a enseñar un período tan cercano
en el tiempo, cuando las memorias individuales pueden contradecir el juicio
crítico del historiador. Sin embargo, para la mayoría, la controversia pasa por
qué tipo de historia debe ser enseñada, quién decide la pedagogía a ser aplicada
y quién escribe los libros de texto. En otras palabras: hay un debate sobre la
333
Peter Winn
interpretación histórica, lo que es otra marca de institucionalización del campo.
Además de esto, la masiva presencia en los programas de capacitación docente
en Uruguay sugiere que los más involucrados en la transmisión de la Historia
Reciente a los jóvenes aceptan la legitimidad del campo y se demuestran entu-
siastas por aprender más sobre él.
La transmisión a las generaciones futuras cuenta con dos dimensiones.
Una, analizada por Demasi, es la creación de la pedagogía y los libros de texto
para clases pre-universitarias. La otra concierne la capacitación de profesores
jóvenes para que lleven a cabo la tarea de desarrollar la Historia Reciente como
disciplina para el estudio y la capacitación de generaciones futuras. La eviden-
cia que aporta la compilación sobre este último tema es menos directa, pero
igualmente importante. Elizabeth Jelin, por ejemplo, ha creado una pedagogía
para la capacitación de jóvenes investigadores en la cual se formaron algunos
de quienes ahora escriben en esta compilación: graduados del programa Social
Science Research Council (1999-2001), dirigido por ella, y algunos siguen
como sus estudiantes de posgrado. De este modo, estos capítulos dan cuenta de
sus influencias y de cómo estas jóvenes generaciones incorporaron su mensaje
acerca de la necesidad de historiar la memoria y de analizar críticamente los
testimonios. Otros miembros de la nueva generación se formaron en Europa
o en Estados Unidos, donde estuvieron expuestos a las influencias de nuevas
perspectivas sobre Historia Reciente y, de este modo, se volvieron expertos en
metodologías de otro tipo. Es el caso de Marina Franco, Vania Markarian y
Claudio Barrientos. Sus trabajos reflejan los beneficios de estas experiencias en
el exterior, que ahora son retransmitidas a través de sus clases y publicaciones,
como en este libro.
La Historia Reciente es aún un terreno en disputa. Como el capítulo de
Demasi demuestra, todavía hay historiadores que le niegan legitimidad como
campo de estudio y sus implicancias políticas también generan controversias
que trascienden el ámbito académico y ubican al historiador del pasado re-
ciente en el ojo del debate público. Esto es particularmente cierto cuando sus
trabajos comienzan a llegar a un público más amplio, a través de publicaciones
y clases, pero también de apariciones en los medios y especialmente cuando
esa pedagogía y materiales didácticos alcanzan el nivel nacional. De cualquier
manera, la misma elaboración de un paradigma pedagógico, de una metodo-
logía y de materiales didácticos para la Historia Reciente que luego alcanzan el
nivel nacional es otra prueba de que ésta es un campo institucionalizado (sin
importar cuan controversial sea).
334
Epílogo. Hacia un balance: ¿es la historia reciente un campo de estudio establecido?
No todo es tan halagador. Es inevitable que en compilaciones tan extensas
y heterogéneas como la presente haya una desigualdad en las contribuciones
tanto en calidad como en relevancia. Algunas de ellas representan claros avances
en los contenidos, en el análisis, en las conceptualizaciones y en las metodolo-
gías, mientras que otras desafían los límites y los traspasan. Sin embargo, hay
también artículos menos innovadores que trabajan dentro de los paradigmas
establecidos, como discípulos diligentes de sus profesores. Pero incluso estos
contribuyen al progreso del campo y a construir la legitimidad de los para-
digmas y metodologías establecidas para el análisis de nuevos casos o sujetos,
contribuyendo de este modo con una investigación original a completar áreas
antes no abordadas. En conjunto, la Historia Reciente se revela como un
campo institucionalizado en el Cono Sur, a pesar de ser un campo joven y con
perspectivas de crecimiento. Asimismo, en algunos de estos países todavía es
un campo en construcción, como reconoce uno de los principales historiadores
chilenos sobre su propio país.
Con certeza, esta compilación promete una agenda de investigación para
la Historia Reciente, pero al mismo tiempo da cuenta de los logros alcanzados.
El excelente trabajo de Victoria Basualdo sobre las comisiones de trabajadores
y delegados de fábrica nos recuerda qué poco transitado está este tema. El
análisis de Vera Carnovale sobre el imaginario del PRT-ERP sugiere, asimis-
mo, la existencia de géneros a desarrollar en la Historia Reciente. La carencia
de estudios sobre centros de tortura en esta compilación nos recuerda que
todavía no tenemos una historia ni de la ESMA ni de Villa Grimaldi, por
mencionar sólo los sitios más notorios. Los ejemplos mencionados pueden
multiplicarse, pero esto es parte de la dinámica de un campo académico, en
donde cada avance revela nuevas preguntas a ser exploradas y nuevos huecos
a ser llenados.
Los campos académicos se construyen continuamente, se deconstruyen
y reconstruyen, y la Historia Reciente no es una excepción en estos proce-
sos. A pesar de ello, esta compilación sugiere que ya se trata de un campo
sólidamente establecido, instituido sobre pilares firmes y con bases echadas
para avances futuros, muchos de ellos sugeridos por la riqueza y variedad de
las temáticas y perspectivas de esta compilación. Quizás esta sea la conclu-
sión más importante y optimista que emerge de la lectura de estos artículos,
producto de tres días de discusión: la Historia Reciente está viva y saludable
en el Cono Sur.
335
Los autores
Gabriela Aguila es profesora y licenciada en Historia y doctora en Historia
por la Universidad Nacional de Rosario. Profesora titular en Historia La-
tinoamericana e Historia Europea Contemporánea en la Facultad de Hu-
manidades y Artes de dicha Universidad. Ha orientado sus investigaciones
hacia el campo de la historia argentina y latinoamericana del siglo XX y, en
los últimos años, al estudio de la última dictadura militar argentina en un
plano local y regional. Sus trabajos se han editado en libros y revistas espe-
cializadas en el país y el exterior y recientemente ha publicado Dictadura,
represión y sociedad en Rosario (1976/1983). Un estudio sobre la represión y
los comportamientos y actitudes sociales en dictadura (Buenos Aires, 2008).
Luciano Alonso es profesor y magíster en Historia. Se desempeña en el De-
partamento de Historia de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la
Universidad Nacional del Litoral (Santa Fe) y en el Departamento Social
de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario, Ar-
gentina. Es miembro del Centro de Estudios Sociales Interdisciplinarios
del Litoral de la Universidad Nacional del Litoral. Correo-e: lalonso@
[Link]
Maria Paula Araújo es doctora en Ciencias Políticas y profesora de Historia
Contemporánea de la Universidade Federal do Rio de Janeiro, donde in-
tegra el posgrado en Historia Social y el Laboratório de Estudos do Tempo
Presente. Sus investigaciones hacen foco en historia política, historia de las
izquierdas, historia oral y memoria. Es autora de A Utopia Fragmentada:
novas esquerdas no Brasil e no mundo na década de 1970 (Río de Janeiro,
2000), Memórias Estudantis: da fundação da UNE aos nossos dias (Río de
Janeiro, 2007) y de História e Memória de Vigário Geral (Río de Janeiro,
2008), en coautoría con Écio Salles. Correo-e: mp-araujo@[Link]
Victoria Basualdo es profesora y licenciada en Historia por la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y M.A., [Link]. y
Ph.D. por la Universidad de Columbia (Nueva York). Es profesora en la
337
Ernesto Bohoslavsky, Marina Franco, Mariana Iglesias y Daniel Lvovich
Maestría en Economía Política de la Facultad Latinoamericana de Ciencias
Sociales (FLACSO). Ha publicado varios artículos sobre distintos temas de
historia económica y del trabajo en la Argentina del siglo XX.
Ernesto Bohoslavsky. Doctor en Historia por el Instituto Universitario Ortega
y Gasset (Universidad Complutense de Madrid). Investigador-docente de
la Universidad Nacional de General Sarmiento e investigador adjunto del
CONICET. Se ha concentrado en historia de la Patagonia y del pensamiento
de las derechas en Argentina y Chile. Es autor de La Patagonia, de la Guerra
de Malvinas al final de la familia ypefiana (Buenos Aires, 2008) y de El com-
plot patagónico. Nación, conspiracionismo y violencia en el sur de Argentina y
Chile (Buenos Aires, 2009). Correo-e: ebohosla@[Link].
Marina Cardozo Prieto. Profesora de Historia (Instituto de Profesores Artigas,
Uruguay), master en Derechos Humanos (Università degli Studi di Siena,
Italia), maestranda en Historia Rioplatense (Universidad de la República,
Uruguay), doctoranda en Ciencias Sociales (Instituto de Desarrollo Eco-
nómico y Social/ Universidad Nacional de General Sarmiento, Argentina).
Docente de historia en liceos estatales y privados en Montevideo. Docente
ayudante en el Instituto de Historia de las Ideas, Facultad de Derecho, Uni-
versidad de la República, Uruguay. Integra el Núcleo Memoria del Instituto
de Desarrollo Económico Social. Correo-e: dulcimarina@[Link]
Vera Carnovale es profesora en Enseñanza Media Superior en Historia, egre-
sada de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Actualmente está terminando el Doctorado en Historia en la misma casa de
estudios. Su tesis doctoral se titula “Imaginario y moral en la construcción
identitaria del PRT-ERP”. Ha publicado varios artículos en el país y en
el exterior sobre diversos temas asociados al pasado reciente (experiencia
perretista, memorias del terrorismo de Estado, usos de testimonios orales
en la investigación histórica, entre otros). Es coautora de Memoria, historia
y fuentes orales (Buenos Aires, 2006) y de la colección De memoria. Testimo-
nios, textos y otras fuentes sobre el terrorismo de Estado (3 Vol., Buenos Aires,
2004-2005). Desde el año 2001 es miembro de Memoria Abierta, donde
trabajó fundamentalmente en la construcción de un Archivo Oral sobre
violencia política y terrorismo de Estado y del Núcleo Memoria del IDES.
Fue becaria del CONICET entre abril de 2005 y marzo de 2007.
Marina Franco es investigadora y docente del Centro de Estudios Latinoa-
mericanos de la Universidad Nacional de San Martín. Investigadora de
338
Problemas de historia reciente del Cono Sur. Tomo segundo
CONICET. Autora de numerosos artículos en revistas nacionales e inter-
nacionales sobre el exilio y sobre problemas historiográficos de la historia
reciente. Autora de Exilio. Argentinos en Francia durante la dictadura militar
(Buenos Aires, 2008) y compiladora junto con Florencia Levín de Historia
reciente. Perspectivas y desafíos para un campo en construcción (Buenos Aires,
2007). Coordinadora de la Red Interdisciplinaria de Estudios en Historia
reciente ([Link]).
Luciana Garatte. Profesora en Ciencias de la Educación. Becaria doctoral del
CONICET con sede en la Universidad Nacional de General Sarmiento.
Docente de la Universidad Nacional de La Plata. Especialista en pedagogía
e historia de la Universidad.
Florencia Levín es graduada en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras
de la Universidad de Buenos Aires. Actualmente se encuentra concluyendo
su doctorado en historia en la misma facultad (para lo cual contó con una
beca UBACyT). Es autora de varios artículos sobre la historia reciente y su
enseñanza, así como de diversos materiales escolares y didácticos. Trabajó
en el Ministerio de Educación y ha sido docente en el Ciclo Básico Co-
mún (UBA) y en la carrera de Historia de FFyL de la UBA. Desde 2006
se desempeña como docente e investigadora en el Instituto del Desarrollo
Humano de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Junto con
Marina Franco es compiladora de Historia reciente, perspectivas y desafíos
para un campo en construcción (Buenos Aires, 2007) y directora de la Red
Interdisciplinaria de Estudios sobre Historia Reciente - RIEHR (www.
[Link]).
Daniel Lvovich es profesor (UNL) y doctor en Historia (UNLP). Se desem-
peña como investigador-docente en la Universidad Nacional de General
Sarmiento, investigador del CONICET y profesor en el Instituto de Altos
Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín. Es autor de
Nacionalismo y antisemitismo en la Argentina. (Buenos Aires, 2003), El
nacionalismo de derecha en la Argentina. Desde sus orígenes hasta Tacuara
(Buenos Aires, 2006), compilador (junto a Juan Suriano) de Las políti-
cas sociales en perspectiva histórica. Argentina, 1870-1950 (Buenos Aires
2006) y coautor (junto a Jaquelina Bisquert) de La cambiante memoria
de la dictadura militar desde 1984: discursos públicos, movimientos sociales
y legitimidad democrática (Buenos Aires, 2008). Correo-e: dlvovich@
[Link]
339
Ernesto Bohoslavsky, Marina Franco, Mariana Iglesias y Daniel Lvovich
Silvina Merenson es historiadora (UNLP) y magíster en Antropología Social
(IDES-IDAES/UNSAM). Doctoranda en Ciencias Sociales (IDES-
UNGS), becaria doctoral de CONICET. Docente-investigadora del Insti-
tuto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín
(IDAES/UNSAM). Desde 2003 investiga en Uruguay pasajes, tránsitos
y articulaciones en la construcción de la categoría nativa “Peludo” y sus
traducciones en las narrativas nacionales uruguayas, temática sobre la que
publicó diversos trabajos en Argentina y otros países.
Sergio A. Pujol es profesor de Historia por la Universidad Nacional de La
Plata y Fellow in Creative Writing por la University of Iowa ([Link].).
Investigador del CONICET y docente titular en la Facultad de Periodismo
y Comunicación Social (UNLP), es autor de una decena de libros sobre hi-
storia cultural y música popular, entre los que destacan Jazz al sur, Discépolo,
una biografía argentina, Historia del baile (De la milonga a la disco), Rock y
dictadura, Las ideas del rock y En nombre del folclore. Biografía de Atahualpa
Yupanqui. Como crítico musical, ha colaborado en diversos medios del país
y del exterior, y recibió en 2007 el Diploma Premio Konex por su labor
periodística entre 1997 y 2007. Ha sido profesor invitado en las universi-
dades de Princeton, Iowa, Grinnell, Birmingham y Vanderbilt.
Marco Aurélio Santana es doctor en Sociologia, professor del Programa de
Posgrado en Sociología y Antropología de la Universidade Federal do Rio
de Janeiro (UFRJ). Publicó, entre otras obras, Homens partidos: comunistas
e sindicatos no Brasil (San Pablo, 2001); habiendo organizado también
Trabalho e tradição sindical no Rio de Janeiro: a experiência dos metalúrgicos
(Río de Janeiro, 2001) y, con José Ricardo Ramalho, Além da fábrica: tra-
balhadores, sindicatos e a nova questão social (San Pablo, 2003).
Germán Soprano. Profesor en Historia y doctor en Antropología Social.
Investigador del CONICET. Docente de la Universidad Nacional de
Quilmes y de la Universidad Nacional de La Plata. Investiga sobre política
y formas de sociabilidad de académicos universitarios, dirigentes y mili-
tantes políticos, y funcionarios estatales. Se ha especializado en temas de
antropología de la política, teoría política y del Estado, e historia social
argentina contemporánea.
340