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Mon Amour - Sara Fidelis

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Karen Serrano
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MON AMOUR

1.ª edición.

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta obra

puede ser reproducida o transmitida en forma alguna, por


medios electrónicos o mecánicos, sin el consentimiento y la

autorización por escrito del autor/editor.

Portada: Ellen Ferreira.


Revisión: Grazi Reis.

Maquetación: April Kroes


Traducción: Gustavo Henrique

Ninguna parte de este libro puede ser utilizada o

reproducida de forma alguna, tangible o intangible, sin

autorización previa del autor. La violación de los derechos

de autor es un delito tipificado en la Ley n.º 9.610/98,


castigado por el artículo 184 del Código Penal.
Resumen

Resumen
Observaciones preliminares
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 29
Capítulo 30
Epílogo
Glosario
Agradecimientos
Otras obras
Observaciones preliminares

Antes de empezar, quiero decir que esta es mi


primera traducción, y espero que esté a la altura de
ustedes. Pero si encuentran errores o tienen problemas con
algo relacionado, dejaré mi correo electrónico para que me

lo digan al final del e-book.


¡Qué bueno estar con ustedes otra vez en una nueva

aventura! En este libro conoceremos a Madeline y Philippe,


pero también a varios otros personajes cautivadores.

Quiero aprovechar esta nota para comentar que la


historia, a diferencia de la mayoría de las mías que

transcurren en Brasil, está ambientada en Francia. Por eso,

algunas palabras en francés fueron incorporadas al texto


para enriquecer la inmersión. Son términos bastante

conocidos y no deberían generar dificultad, pero para evitar

cualquier inconveniente, he dejado un pequeño glosario al

final del libro.


Mon Amour es un libro único, independiente de cualquier

serie, una comedia romántica pensada para divertir y

calentar nuestros corazones. Y aunque también contiene

momentos emotivos y conflictos, su propósito es ofrecerles


una historia llena de esos clichés que tanto amamos y que

nos hacen suspirar.

Aquí no encontrarán temas pesados, así que

prepárense para divertirse. Claro, listos para hacerle la vista

gorda a nuestro protagonista…


Espero que se enamoren de Philippe y Madie, y que

los trillizos del caos se ganen un lugar en sus corazones.

Nos vemos después del punto final.

Au revoir,

Sara Fidélis.
Capítulo 1

MADELINE

Corro por el césped, dejando atrás la pequeña casa


donde siempre viví con mamá y papá, y me dirijo hacia el
château de los patrones. Mis pies se hunden en la hierba
mojada y la lluvia cae fuerte, empapándome por completo.
Aunque llevo puestas botas de jardinería, termino
totalmente empapada.
No puedo ver bien por culpa de las lágrimas y la
lluvia. Me froto el rostro con el dorso de la mano para
apartarlas, pero no dejan de caer.
—¡Tía Giselle! —grito al pasar por la puerta de la
cocina.
Ella está sentada a la mesa, tomando una taza de té,
y levanta sus ojos marrones para mirarme.
—¿Qué pasa, Madie? ¿Por qué estás llorando?
—El teléfono sonó… dijeron que mis papás tuvieron un
accidente.
Tía Giselle se pone de pie de un salto y toma el
teléfono del gancho. La escucho atentamente mientras
contacta al tío Pierre, pidiéndole que venga a casa.
Valentine entra en la habitación poco después, con los ojos
bien abiertos, mirando de su madre hacia mí.
—¿Qué pasó?
—Mis papás, Valen. El coche los atropelló…
—Quédense aquí, las dos —nos instruye tía Giselle—.
Iré con Pierre para ver qué ocurrió y cómo están. Valentine,
quédate con ella. La abuela está en su cuarto si necesitan
algo.
Mientras tía Giselle corre hacia afuera, Valentine me
lleva al piso de arriba, hacia su cuarto. Ella es mi mejor
amiga en todo el mundo; mi mamá trabaja en esta casa
desde hace muchos años, y tanto ella como tía Giselle
quedaron embarazadas al mismo tiempo, así que Valen y yo
tenemos la misma edad.
Nos sentamos en su cama, cubierta con una colcha
gruesa y rosada, y Valentine me mira con ojos tristes.
—No les pasará nada a tus papás.
Esa fue la única vez que Valentine me mintió.
PHILIPPE

Conduzco la moto a toda velocidad por la carretera.

La fiesta es dentro de cuatro días, pero aun así estoy seguro


de que encontrarán la forma de decir que llegué tarde como

la mierda.

Desde que me mudé al dormitorio de la universidad,

hace varios años, mi abuela se metió en la cabeza que me

volví un irresponsable. No servía de nada explicarle que solo

estaba disfrutando —porque lo estaba, y sigo teniendo todo

el derecho a hacerlo—, ella solo veía a un chaval haciendo

un montón de merde.

Me gradué y me hice cargo de los negocios familiares

en París. Tengo treinta y cinco años y manejo la empresa de


la forma más ética y responsable posible, pero ella no lo ve

así.

La quiero, claro, y sé que ella también me adora.


Quizás por eso está siempre encima de mí, pero aun así, a

veces no deja de tocarme las narices.

Doblo en una esquina concurrida y reconozco los

edificios. Crecí en Chartres, más específicamente en este

barrio, y de niño me encantaba pasar el tiempo aquí. Me

detengo en un semáforo y apoyo el pie en el suelo mientras

espero que cambie la luz. Estoy a punto de llegar a casa de

mis padres.

El semáforo se pone en verde y avanzo. A partir de

ahí, todo pasa muy rápido. Apenas tengo tiempo de frenar,

pero lo hago con una velocidad impresionante, incluso para

mí, evitando la colisión con una Vespa rosa que se detiene

encima de mi pierna.

A pesar del dolor, puedo mover el pie y la pierna, así

que sé que no está rota, aunque tal vez se haya lastimado

un poco. Desvío la mirada hacia el conductor homicida y me

doy cuenta de que es una chica. Lleva un casco decorado


con flores de colores y me observa con los ojos desorbitados

detrás de la visera.

Aparentemente, está loca y sin noción alguna.

—¿Se te ha ido la cabeza? ¿No viste que el semáforo

estaba en verde?

Ella se señala con el dedo, como preguntando si hablo

con ella.

—¡Claro que es contigo! ¿Ves a otra loca saltándose el

semáforo?

—¡Yo no me lo salté! Está muy equivocado, fue usted


quien casi chocó contra mi Vespa, imbécil.

—¿Qué coño tienes en la cabeza, niña? ¿No ves o solo

te haces la tonta? ¡Me aplastaste la pierna!

Ella golpea los manillares como si lo que dije la

hubiera sorprendido o enfurecido.

—Estoy segura de que la luz estaba en verde para mí.

¡El que no ve más allá de su nariz es usted! Y ni siquiera

está sangrando —dice, mirando mi pierna como si quisiera

confirmarlo.

—Imbécil… —murmuro para mí mismo mientras

enciendo la moto, sin haberme dado cuenta de que la había


apagado.

Pero aun así, ella me oye.

—¡Imbécil es tu abuela!

—No tanto como tú. Deberías aprender a conducir eso

antes de salir por ahí. Hay libros que enseñan, si es que

sabes leer…

Arranco con la moto sin darle tiempo a lanzar los

insultos que seguramente tenía preparados. Debería

haberle exigido que se quitara el maldito casco y haberla

llevado a la policía. Es ridículo que alguien tan sin noción

pueda conducir por la calle sin ser detenido, porque podría

herir gravemente a alguien o morir. Por suerte solo me

duele un poco, pero pudo haberme roto la pierna.

Después de ese inconveniente, no tardo mucho en

llegar a casa. Entro con la moto en el garaje y, con el ruido

que hago, mi familia aparece enseguida para recibirme: mis

padres, Valentine y la abuela.

Abrazo a mi madre primero, quien me agarra de la


chaqueta y me aprieta de un modo casi asfixiante. Mi padre

me extiende la mano, pero enseguida me jala para un

abrazo también.
—¿Y tú, mocosa? —Le digo a mi hermana. —¡Ya eres

toda una señorita!

Valentine se lanza sobre mi cuello, sonriendo, y me

sorprendo al darme cuenta de cuánto ha crecido desde la

última vez que nos vimos. O quizá simplemente no lo había

notado antes. Ahora tiene diecinueve años, es toda una

mujer, y eso me asusta un poco.

—¡Te extrañé mucho!


—No ha pasado tanto tiempo… —respondo en tono de

broma.
Hace dos años que no venía a casa, aunque ahora

vivo a menos de dos horas. Tuve que pasar más de un año


fuera del país ocupándome de una filial, y antes de eso ya

hacía tiempo que no nos veíamos.


—¿Y yo? ¿Piensas seguir ignorándome, desalmado?

La abuela coloca los quevedos en la punta de la nariz


y me lanza una mirada indignada.

—¡Claro que no, doña Lia! —La abrazo y empiezo a


girar su silla de ruedas rápidamente mientras ella agita las
manos en el aire, protestando. —¿Cómo está mi ancianita

favorita?
—¡Anciana será tu nariz! Este chico no tiene respeto,
Pierre. No lo educaste bien…

—Si con noventa años aún no eres anciana, me


imagino que solo aceptarás el título a los ciento veinte.

—¡Tengo ochenta y nueve! Al menos por esta semana


—murmura, pero noto su sonrisa escondida.

Dejo de girar la silla antes de que vomite y miro a mi


alrededor buscando a los demás.
—¿Dónde está el tío Maurice? ¿Y Madeline?

—Tu tío fue al mercado a comprar algunas cosas para


la cena. Podría haber pedido que las trajeran, pero le gusta

salir un poco —explica mi madre.


—Y Madie debe estar por llegar. Fue a la casa de

Michel —añade Valentine.


—¿Ese chico que no se despegaba de ustedes?

¿Siguen siendo amigos?


—Claro. No dejamos atrás a los nuestros, como hacen

algunas personas.
—¡Auch! Esa dolió, hermanita.

En ese momento, la puerta del garaje se abre y, para


mi total sorpresa, una Vespa rosa entra por ella. La miro
atónito mientras la delincuente del semáforo estaciona en
una esquina y se quita el casco, dejando que su largo

cabello caiga sobre su espalda.


—Perdón, chicos —dice sin darse la vuelta todavía. —

¿Philippe ya llegó? Un idiota casi me atropella en el


semáforo, creo que ni me vio.

Qué ironía. A pesar del enojo que me hizo pasar, una


sonrisa burlona asoma en mi rostro al darme cuenta de que

está hablando de mí, y me preparo para hacer una escena


con mi pierna, que ya ni me duele tanto.

—¿Te hiciste daño, querida? —pregunta mi madre.


Cruzo los brazos, esperando a que Madeline se dé la

vuelta y se dé cuenta de lo mismo que yo.


Y entonces lo hace.

No estaba preparado para ver que esa niñita también


había crecido. Madeline es una mujer ahora; su cuerpo
curvilíneo en los jeans y la camiseta escotada lo demuestra.

Pero lo mejor son sus mejillas y ojos, que están


completamente rojos al encontrarse con los míos.

—Puta madre… —dice en voz alta, sacándome una


risa.
No puedo creer que hace unos minutos estaba furioso

y ahora me estoy riendo de lo que pasó, pero es hilarante


ver su cara de sorpresa.

—¡Madeline! —No sé si es mi madre o mi abuela,


quizá ambas al unísono, regañándola.

—Lo que quiere decir, mamá, es que todavía no


aprendió a manejar esa cosita —digo, señalando la moto— y
anda tratando de causar accidentes de tráfico.

Ella camina despacio hacia nosotros y se coloca un


mechón de cabello detrás de la oreja. Pienso que va a

responderme, porque parecía bastante arisca antes, pero


Madeline se contiene delante de los demás.

—Qué bueno que llegaste, Philippe. Cuánto tiempo…


Se acerca para saludarme con un beso en la mejilla y

desvía la mirada de la mía.


—Yo diría unos quince minutos, mon cher —respondo,

jalándola para un abrazo.


—¿Cómo? —pregunta Valentine.

Pero decido ahorrarle la humillación. Al menos por


ahora.
—Parecen quince minutos, ya que Madeline sigue

igual, tan dulce como siempre —digo, entrecerrando los


ojos.

Pero ha cambiado muchísimo, aunque no debería ni


pensarlo, porque aunque no la vea con frecuencia, es algo

más que una empleada en esta casa, es como una hermana


para Valentine y casi una hija para mi madre. Sin mencionar

la edad de la chica.
—Deja de provocar a la chica, Philippe —me reprende

mi padre, captando el tono irónico de la conversación.


—¡Están bromeando, como los hermanos que son! —

dice mamá, aplaudiendo, entusiasmada.


Él arquea las cejas ante su entusiasmo y niega con la

cabeza, sin poder evitarlo.


—Entremos entonces, quiero hablar contigo en el
despacho, Philippe.

—Claro, abuela.
Suelto a Madeline, que todavía evita mirarme, y me

vuelvo hacia doña Lia.


Cada vez que dice eso, se trata de la empresa.

Aunque en teoría los negocios pasaron a mi padre y


después a mí, la verdad es que la abuela sigue mandando
en todo. Hoy yo seré el CEO, pero ella aún es la socia

mayoritaria y, como tal, podría hasta despedirme si


quisiera.
La sigo hacia la casa, cojeando todo lo que puedo,

pero sin dejar de notar lo igual que sigue todo aquí. Escucho
las voces de los demás, indicando que también están

entrando, pero no nos acompañan.


La abuela abre la puerta del despacho y avanza hasta

colocarse frente al escritorio; yo cierro la puerta detrás de


mí y me quedo esperando lo que sea que tenga para decir

esta vez.
—¿Tuviste buen viaje? —pregunta, con una amabilidad

calculada.
—Sí, abuela. Gracias.

—¿Y por qué no viniste en coche? Esa cosa que


manejas es peligrosa.

Odia las motos.


—Vendré en coche la próxima, ¿era solo eso?

—Claro que no, Philippe.


Mi abuela empieza a moverse de un lado a otro,
usando la silla para hacerlo. Al menos aún no se le ha

ocurrido pasar por encima de mi pie, como a veces le gusta


hacer.

—Entonces…
—Treinta y cinco años.

Frunzo el ceño, tratando de seguir la conversación.


—¿Qué tiene treinta y cinco años?

—¡Tú! ¿No crees que te estás volviendo viejo?


Esto no me lo esperaba.

—¿Sabe que tiene casi tres veces mi edad, verdad?


—Claro que sí. También sé que tengo dos hijos y dos

nietos, una familia de la que estoy orgullosa, Philippe.


—Ahí vamos otra vez… ¿Otra vez con este tema?
—Sí, otra vez. Porque si dependiera de ti, la empresa
por la que tanto luché para construir se irá al garete cuando

mueras, sin un heredero.

—Tenemos a Valentine y, a juzgar por la genética, me


quedan muchos años de vida.

—Creo que Valentine es lesbiana —dice, haciendo un


gesto despectivo con la mano—. No sale con nadie. ¿Y si
nunca tiene hijos?
La declaración me deja completamente sorprendido.

Me doy cuenta de que no es un comentario homofóbico;


parece que no le importa la orientación sexual de mi
hermana, solo la improbable posibilidad de que tenga hijos.
—¿De dónde sacó esa idea? Y aunque así fuera,
todavía puede adoptar, o qué sé yo, hay opciones.

—Las opciones son para el segundo caso, Philippe. Ni


siquiera deberíamos estar discutiendo esto, porque
Valentine sigue en la universidad. ¿No eres tú el actual CEO
de la empresa?

—Sí, pero…
—Tienes que cumplir con tus obligaciones, ¡ya es
hora! Encuentra una esposa que te guste, de buena familia,
que esté a nuestro nivel social, y dame un bisnieto.

Parpadeo, atónito, sin creer que esta conversación sea


real.
—Abuela, no estamos en el siglo diecinueve.
—Por eso dije que te cases con alguien que te guste,

no tiene que ser cualquiera, como hacían antes. ¿No tienes


novia?
—No —respondo seco—. Trabajo demasiado, no tengo
tiempo para una relación seria.

—Bueno, entonces sí puede ser como en el siglo


diecinueve —dice, con una naturalidad aterradora—. Te
presentaré a las hijas de algunos amigos y ves con quién
tienes química, ¿no es así?

Su comentario me arranca una risa incrédula.


—Debe estar bromeando.
—No bromeo. ¡Voy a cumplir noventa años! —Ajusta
los molestos quevedos de nuevo—. No voy a morir sin saber

que la empresa está a salvo.


—No me voy a casar con una desconocida y no voy a
cambiar mi estilo de vida. Si no tengo herederos y tampoco
Valentine, tenemos a Madeline. ¿No es como tu tercera
nieta?

—¡No seas cínico! Sabes que es una hija de


consideración para tu madre —dice, enfatizando cada
palabra—. Pero no lleva mi sangre. Le tengo cariño, pero no
es de la familia de verdad.

Antes de que pueda sorprenderme con su habitual


insensibilidad, vuelve a hablar.
—¿Y eso llamas estilo de vida? Estilo de mujeriego,

sinvergüenza, es lo que es. ¿Crees que no sé que eres un


descarado? Si sigues así, alguna pobre astuta te hará caer
en la trampa y te dejará con un hijo. Tienes que ser más
listo.
En diez minutos ya logró sacarme de quicio.

—Estoy soltero —digo, sabiendo que no servirá de


nada—, y sé cuidarme.
—Crees que sabes, hasta que caes en la red de alguna
perra. ¿No te das cuenta de la lotería que sería para una

mujer así tener un hijo tuyo?


Sonrío, aprovechando la oportunidad para provocarla.
—¿Pero no es eso lo que quiere? ¿Que tenga un bebé?
—¡Un bebé legítimo, Philippe! Que pueda heredar mi

empresa, no un bastardo, ¡por Dios! Ese es tu problema, no


sabes nada. —Toma aire profundamente—. Mañana por la
noche tendrás una cita con Cibelle.
—¿Pero quién diablos es Cibelle? —Levanto la voz,

exasperado.
—No hables así de la niña, Philippe —me señala con el
dedo—, es una chica hermosa, educada y muy inteligente.
—No voy a ir.

—Sí que vas a ir, sin duda.


—De ninguna manera —niego rotundamente.
La abuela esboza una sonrisa cínica. No se esperaría
que una mujer de su edad, con el cabello blanco y ropa de

flores, sentada en una silla de ruedas y usando unos lentes


anticuados, pudiera dar tanto miedo. Pero de alguna
manera, lo logra.
—Ya veremos, Philippe Bernard.

MADELINE

Valentine está tirada boca abajo en mi cama,


hojeando una revista de moda, mientras yo camino de un
lado a otro frente a ella.

—Vas a hacer un agujero en el suelo…


—¡Es que no entiendes! Tú no estabas ahí.
Ella cierra la revista y respira hondo.
—Deja de ser tonta. Philippe te adora, es como si los

tres fuéramos hermanos, ¿no lo recuerdas? No se va a


enfadar por una tontería así.
—No somos hermanos de verdad, Valen.
—¡Si mi madre te oye decir eso, Madie!

Pongo los ojos en blanco ante su dramatismo.


—Tú y yo sí, y tú y él definitivamente. Pero cuando tus
padres me incluyeron en la familia, Philippe ya estaba
yéndose a la universidad, no tenemos tanta afinidad, casi ni

tuvimos contacto todos estos años.


—Pero él es mi hermano, hijo de mi madre. Y tú
también eres mi hermana, hija de tus padres, que Dios los
tenga, y de mi madre después de eso —dice, sonriendo—,

así que es lo mismo.


Sacudo la cabeza, negando. No entiende. Realmente
somos como una familia, los tres. Pero ninguna de las dos
menciona el hecho de que para el tío Pierre y la abuela, yo
soy solo una asistente de servicio. Tal vez con un poco más
de confianza en la casa, pero aun así una empleada.
—Pero cuéntame otra vez cómo le dijiste que la loca
era la abuela —pide, comenzando a reír de nuevo.

—¡Si se lo cuenta a la abuela Lia, me va a despellejar


con esas rueditas del diablo! ¿Y viste que estaba
cojeando…?
—Philippe no es un niño. Claro que no va a usar eso

en tu contra.
—¡Me llamó loca y me mandó a aprender a conducir!
—Bueno, a veces puede ser irritante, pero de una
manera simpática. Además, no va a tener tiempo para
molestarte con eso.

—¿Y por qué no?


—La abuela está decidida a casarlo, le ha organizado
una cita y todo.
—¿Estás bromeando?

—¡No! —Valentine esboza una sonrisa divertida—.


Debe estar furioso.
—Te ríes, pero puedes ser la siguiente en la mira de la
silla de ruedas. Y además, si ella lo ha enfadado, más
motivo para que descargue su enojo conmigo.
—¡Dios me libre! Pero escucha, olvídate de eso, que
hoy vamos a disfrutar —dice, poniéndose de pie—. Es la
fiesta de cumpleaños de Manu y quiero a mi amiga

divertida, ¿eh?
Me animo un poco con eso. Casi había olvidado el
cumpleaños, preocupada con el asunto de las motos.
—Tienes razón, vamos a bailar, disfrutar y besar en la

boca.
—No solo besar, hoy le quito las telarañas a Zucreide.
—¡Valentine! ¡Qué nombre más horrible! —me quejo,
riéndome a carcajadas.

—Es su nombre de célibe, amiga. Mientras no estrene,


será Zucreide, pero hoy podría debutar y entonces le pongo
un nombre más moderno.
—Entonces la mía será Etelvina.

Hago un gesto coqueto, lanzando un beso, y Valentine


se echa a reír.
—¡Eso es! ¡Zucreide y Etelvina, listas para el debut!
Cuando te arregles, ve a mi cuarto para que nos
maquillemos juntas.
Valentine abre la puerta del cuarto y sale al pasillo. Me
dejo caer en la cama, pensando en todo lo que ha pasado
hoy. Valen debe tener razón, Philippe no va a guardar rencor

por una tontería como esa en el tráfico.


Y esta es una noche especial, vamos a disfrutarla
mucho, mientras él tiene una cita con la chica que su abuela
eligió.
El pensamiento me causa una incomodidad tonta, una

especie de celos que ni siquiera debería sentir. Tuve un


crush por Philippe durante muchos años, prácticamente
toda mi adolescencia, pero nadie nunca lo sospechó, gracias
a Dios. Todas las pocas veces que venía a casa, yo

suspiraba por los rincones, pero nunca dejé que nadie lo


supiera, ni siquiera Valentine.
Por la forma en que tía Giselle ve las cosas, sería casi
como un incesto, y el tío Pierre y la abuela me echarían de

aquí solo por soñar con el heredero Bernard.


De cualquier manera, siempre fue algo meramente
platónico. Philippe es quince años mayor que yo, así que
nunca me miró de otra forma. Mientras Valentine y yo

estamos empezando la universidad, creando coreografías


como porristas y planeando nuestro futuro, él lleva años en
el mundo laboral, se graduó hace mucho y vive su vida en
París, lejos de aquí.

Pero si Philippe me deseara, no me importaría la


cuestión familiar, ni siquiera si fuera solo por una noche con
ese papi chulo. ¡Mi primera vez!
Sin embargo, eso nunca pasará. Él es del tipo que sale

con supermodelos, mujeres más cercanas a su edad, y


herederas consentidas. No se interesaría por una chica de
veinte años que vive bajo el techo de sus padres.
Aparto esos pensamientos tontos. Ya había olvidado

ese enamoramiento hace mucho, y no va a ser ahora


cuando lo reviva. Sé bien que, si pienso demasiado en eso,
volveré a obsesionarme.
Capítulo 2

MADELINE

Enfrentar la muerte de los padres a los diez años es


muy difícil; perder a ambos al mismo tiempo es demasiado

doloroso. Por suerte, tía Giselle y tío Pierre me aceptaron,


igual que la abuela Lia, el tío Maurice y Valentine. Incluso el

hermano de ella vino de la universidad para el funeral.


Philippe ha estado estudiando fuera desde que tengo

memoria; parece que nunca va a terminar, pero ya debe


estar cerca, y pronto se hará cargo de la empresa de

tecnología de la familia. Es mucho mayor que Valentine y

yo, como decía mi madre, ya es un hombre, con sus


veinticinco años.

—¿Qué tal si vamos por un helado? —nos dice desde

arriba.
Valentine lo mira como si hubiera dicho una tontería.

—Philippe, ¿no sabes que estamos en un funeral? —

pregunta.
—Claro que lo sé, pero todavía necesitamos comer. Y

ya que es un día triste, creo que las reglas no valen hoy;

podemos comer lo que queramos en lugar del almuerzo.

—Nunca he almorzado helado… —Levanto los ojos

para mirarlo.
Philippe es muy guapo, y la forma en que sonríe me

reconforta un poco.

—¿Ves, Valentine? A Madie le parece una buena idea.

Con eso decidido, vamos a la heladería de la esquina.

Ninguno de nosotros habla mucho, pero comemos varios


helados.

Philippe nos deja sentadas en la mesa y camina hacia

donde están mis padres, cerca de la caja. Ellos terminaron

siguiéndonos hasta aquí.

—¿Por qué vinieron? Yo cuido de las dos. —Oigo su voz

decir.

—Necesitábamos salir un poco para hablar sobre


algunos asuntos urgentes.

—¿Como cuáles?

Estoy atenta, tratando de entender de qué están

hablando.
—Madie no tiene abuelos, solo una tía que legalmente

tendrá la custodia. Pero esa tía ni siquiera vive en la ciudad,

y por lo que me dijo por teléfono, no quiere a la niña.

—La madre de ella siempre te ayudó en casa, creo

que la niña podría ser tu nueva ayudante —comenta tío

Pierre.
No me importaría ayudar, si me dejaran quedarme…

—Tiene diez años, papá —dice Philippe. ¿Significará

eso que no podré quedarme?—. Necesita apoyo, un lugar

seguro.

Lo que dicen después es demasiado bajo y no lo

escucho; mis ojos se llenan de lágrimas una vez más.

Realmente, todo lo que me queda son ellos, una familia que

no es mi familia de sangre y que tal vez no me quiera.

Tía Giselle me sonríe al darse cuenta de que estoy

escuchando. Ella toma la mano de tío Pierre, y los dos


caminan hacia donde Valentine y yo estamos.

—¿Quieres vivir con nosotros, Madie? —me pregunta.

Me siento confundida por un momento; ya he estado

viviendo con ellos durante muchos años.


—Giselle quiere saber si quieres seguir en nuestra

casa —aclara tío Pierre.

Miro a Valentine y Philippe; los dos parecen estar de


acuerdo.

—Siempre tendrás a tus padres en tu corazón, Madie.

Pero si quieres, cuidaré de ti como si fueras mi hija —

completa tía Giselle—. Tu custodia sigue siendo de tu tía

Jenifer, pero ella permitirá que te quedes con nosotros si esa

es tu voluntad.

El llanto irrumpe en mi garganta, en parte por la

tristeza de perder a mis padres, pero también es un llanto

de alivio, porque no estoy sola. Ni siquiera conozco a esa

tía, y estaba aterrorizada por tener que mudarme de ciudad

y vivir con alguien que nunca quiso conocerme, pero ahora

eso ya no será necesario.


Me levanto, decidida a darme una ducha, y preparo mi

ropa, colocándola sobre la cama. Una falda de lentejuelas

negra y un top ajustado del mismo color; me pondré unas

sandalias de tacón plateadas.

Me ducho rápidamente, ya está oscureciendo y no

quiero llegar tarde.

Cuando termino de vestirme, me recojo el cabello en

una coleta alta, agarro el estuche de maquillaje y salgo de

la habitación.

Tía Giselle está en la sala, viendo la televisión, y


desvía la mirada hacia mí al verme entrar.

—¡Qué guapa! ¿A dónde vas tan arreglada?

—Al cumpleaños de Manu. Valen y yo vamos con

Michel.

Ella asiente, pero sus ojos buscan alguna mentira.

—¿En su casa? ¿Con sus padres?

—Claro, tía —miento, sintiendo un leve

remordimiento.

Ella nunca me dejaría ir a la fiesta en el lago, y seguro

también prohibiría que Valentine fuera. Son


extremadamente sobreprotectores, y las fiestas que se

hacen allí suelen ser algo locas.

—Llevas mucho brillo para una fiesta en casa.

—Es que será como una mini discoteca en el salón de

fiestas. Te mando una foto cuando lleguemos.

—Mándamela, de verdad. Las tengo vigiladas, Madie.

—Claro, tranquila, ¿vale?

Camino por el pasillo hasta el final, donde está el

cuarto de Valentine. La música está encendida y ella está

bailando frente al espejo.

Valen ha escogido un vestido ajustado, blanco, y su

cabello, a diferencia del mío, cae suelto en ondas doradas

sobre sus hombros.

—¡Ya estoy aquí!

—¡Ah! Pasa… —Me jala hacia la silla frente al espejo

—. Te maquillo primero, y luego tú me maquillas a mí.

Terminamos de arreglarnos en unos cuarenta minutos

y, cuando estamos listas, salimos a esperar a Michel en la


acera.

La puerta del garaje se abre detrás de nosotras y doy

un salto del susto. Valen y yo observamos mientras Philippe


saca la moto, pero no acelera.

En lugar de eso, nos mira, levantando la visera. Siento

sus ojos azules recorrer mis piernas expuestas por la falda

corta y luego mi escote, y eso es suficiente para ponerme la

piel de gallina.

Desvía la mirada hacia Valentine.

—¿A dónde van vestidas así?

—A la fiesta de cumpleaños en casa de Manu —


responde Valentine con una sonrisa inocente.

—¿Y nuestro padre te dio permiso para ir?


—Ya casi tengo veinte años, Lippe —dice, poniendo los

ojos en blanco.
—Aún no tienes edad para hacer lo que quieras.

—¿En serio? —pregunto, escéptica.


No puedo creer que vaya a darnos la lata,

considerando que siempre fue un revoltoso cuando vivía


aquí.

—Claro, mon cher. Creo que ya hemos demostrado


hoy que no estás capacitada para tomar ciertas decisiones.

—No sé de qué hablas. —Entorno los ojos, anticipando


el rumbo de la conversación.
—Estoy hablando de que andas por ahí conduciendo
un vehículo asesino, a pesar de que eres daltónica y podrías

arrancarle la pierna a alguien.


Bufé, molesta. Temía que estuviera enfadado, pero en

lugar de eso, solo está provocándome, y su pierna parece


estar perfectamente bien si ya está conduciendo.

—Pensé que tenías una cita con tu futura prometida


ahora mismo.
Valentine se cubre la boca con la mano, incapaz de

contener la risa, y Philippe pone cara seria de inmediato,


pero el coche de Michel se detiene frente a nosotras en ese

momento, y toca la bocina a modo de saludo.


—¡Pueden subir a bordo, chicas guapas! —Su amplia

sonrisa se desvanece al notar la moto y la mirada brutal que


Philippe le dirige.

Valentine y yo no dejamos espacio para la mala


suerte. Ella abre la puerta trasera del coche y salta dentro,

mientras yo rodeo rápidamente y me acomodo en el asiento


del copiloto.

Michel todavía le hace un gesto a Philippe antes de


arrancar, pero él no se lo devuelve.
—¿Quién era ese tipo? —pregunta, mirándome de
reojo.

—Philippe, el hermano de Valen.


—Ah, ya.

Ninguno de nosotros menciona su nombre otra vez, al


menos no hasta mucho más tarde.

PHILIPPE

No sé en qué mundo vive mi abuela si de verdad


pensó que esa Cibelle y yo tendríamos algo en común. La

chica no es inteligente; es una pesada. Y mira que me


gustan las personas listas, cultas y que saben conversar,

pero ella no es ese tipo de inteligente.


Para empezar, después de la charla con Valentine y

Madeline en la puerta de casa, llegué dos minutos tarde.


Odio llegar tarde, y por esa razón decidí disculparme,
aunque tal vez ella ni lo hubiera notado, al fin y al cabo,

eran solo dos minutos.


Grave error. No solo lo notó, sino que se ofendió y me

dio un sermón larguísimo sobre la importancia de cumplir


con los compromisos y ser puntual. Justo a mí.

Pero aun así, estoy intentando llevar esto hasta el


final de la noche, solo para poder decirle a mi terca abuela
que lo intenté. Sin ninguna expectativa, claro.

—Y entonces, Cibelle… ¿Qué haces?


Ella entrecierra sus ojos negros hacia mí, como si la

pregunta fuera una trampa que intenta descifrar.


—¿Cómo que qué hago?

—De la vida. ¿Trabajas? ¿Estudias?


—¿Que si estudio? Tengo treinta y tres años, señor

Bernard, es evidente que dejé la universidad hace mucho


tiempo.

Le ofrezco una sonrisa forzada y tomo un sorbo de mi


agua. ¿Cuántas horas más de esto tendré que soportar?

Viéndola bien, la chica es bonita, incluso haciendo todo lo


posible por disimularlo. El traje que lleva es casi tan holgado

como los que suele usar el tío Maurice.


—¿Y entonces?

—Bueno, estudié para ser abogada y, posteriormente,


jueza.

—Interesante. ¿Y en qué área trabajas?


—En ninguna —niega con la cabeza—. Decidí

renunciar a eso para convertirme en esposa.


La respuesta directa me sorprende, y levanto las cejas

sin saber bien qué decir. Decido aprovechar el tema que


dejó en el aire.

—¿Entonces ya se casó? ¿Está divorciada?


Ella pone los ojos en blanco y prácticamente bufa.

Esta chica me detesta, y aunque eso es bastante inusual,


puede ser bueno; será fácil irme ya que ni siquiera está

interesada.
—No me he casado. ¿De dónde sacaste esa idea?
Francamente, no sé si hablamos el mismo idioma.

Acaba de decir que dejó la carrera para ser esposa de


alguien.

—Me dijo que dejó el derecho para ser esposa, pensé


que ya se habría casado —digo, llevando la copa de agua a

los labios.
—Ah, no. —Finalmente esboza una sonrisa—. Me
casaré con usted.

Por suerte, ya había tragado el agua. Parpadeo


atónito, y ella también parpadea, intentando ser coqueta,
pero lo único que logra es asustarme con esta conversación

sin sentido.
—¿Le sorprende, señor…? —comenta con una voz más

dulce que antes.


—¡Y tanto! Estoy muy confundido, de hecho. No

parece simpatizar conmigo en absoluto; se ha quejado de


todo desde que llegué y pone los ojos en blanco con cada

comentario que hago. En ningún momento pensé que


quisiera algo más que salir corriendo de aquí.

Pero Cibelle niega con la cabeza.


—Es que vine esperando al empresario culto y

renombrado del que tanto he oído hablar, pero me encontré


con un motociclista rebelde y tatuado. Me molestó un poco,

lo admito.
El comentario es bastante prejuicioso, pero estoy

acostumbrado a responder cosas de este tipo.


—Puedo ser todo eso, y de hecho lo soy. Ando en moto
cuando quiero, en coche cuando hace falta, llevo trajes

cuando estoy trabajando y ropa informal fuera de la


empresa; hablo de cualquier tema, no solo de arte y libros

clásicos —digo, como una indirecta para esta chica pedante.


—No importa. No tenemos que gustar de las mismas

cosas, no necesito aprobar tu medio de transporte. —Al


menos ahora ha dicho algo coherente—. Solo necesitas

casarte conmigo y hacerme un bebé. Después puedes irte a


andar en moto, y yo me encargaré de las cuestiones

importantes.
Su comentario es tan absurdo que me saca una risa.

—Escuche bien, señorita Cibelle, creo que nunca más


nos volveremos a ver, pero como ser humano me siento
empático con su situación y me gustaría darle un consejo no
solicitado.

La chica parece estar en shock con mis palabras.


—¿Cómo que no nos volveremos a ver?
—Si Dios quiere, no. No podría casarme con usted, ni
mucho menos, Dios me libre, tener un bebé con usted.
—¿Le parezco fea? —Lleva la mano al pecho, como si
estuviera ofendida.

—No, no me pareció fea —sonrío—, pero sí me pareció


insoportable, pedante, cansina, desconectada de la realidad
y terriblemente… ¿ya dije pesada?
Cibelle se levanta de la mesa, con la boca bien abierta
y los ojos desorbitados.

—Jamás me habían insultado tanto en mi vida, ¡retire


lo que dijo o no me casaré con usted!
—Gracias a Dios.
Empieza a decir un montón de cosas sin sentido, pero

mi teléfono vibra en el bolsillo de mis pantalones con una


llamada de mi padre.
—¿Diga?
—¿Vas a tardar mucho ahí?

—Estoy saliendo. —Le hago un gesto de despedida a


Cibelle y salgo del restaurante, caminando hacia mi moto—.
¿Por qué?
—Tu madre llamó a casa de Emmanuelle y la madre

de ella dijo que las chicas mintieron.


—¿Cómo que mintieron?
—No era una fiesta en casa de Manu ni nada, están en
el lago, y estamos preocupados porque ese lugar es un caos

total.
—Pero ellas no los engañarían —digo, recordando la
conversación que tuve con las dos antes.
—¿Y tú nunca tuviste su edad? ¡Claro que están

haciendo alguna travesura!


—¿Quieres que vaya a buscarlas?
—Sí. Pasa por casa y agarra mi coche.
—Vale, ya voy.

MADELINE

Colocaron los barriles de cerveza justo frente al lago,


iluminados por piedras de fuego. Los coches tienen los faros
encendidos, iluminando el lugar, y la gente baila al ritmo de
la música alta que está sonando.
—¡Voy a buscar más bebidas para nosotros! —

Valentine se adelanta, y hago ademán de seguirla, pero


Michel me detiene.
—¿Qué pasa?
—Quería hablar contigo sobre algo importante.
—¿Está bien, puede ser después? La música está muy

alta y Valen ya ha bebido bastante, necesito vigilarla.


Él asiente y suelta mi brazo.
—Vamos a buscar la cerveza, antes de que se tome
más tequila.

Michel y yo seguimos los pasos de Valentine, y cuando


creo que la he perdido en la multitud, reaparece, poniendo
un vaso en las manos de cada uno.
—¡Listo! —Valen levanta el vaso—. ¡Por el bautizo de

Zucreide!
Levanto mi vaso también, riéndome del brindis que
propone.
—¡Por la inauguración de Etelvina!

Michel choca su vaso con los nuestros, aunque no


entiende el brindis, y empezamos a beber. La verdad, no me
gusta mucho la cerveza, pero nadie pensó en traer bebidas
más ricas o refrescos. Es lo que hay por hoy, o tequila, que

no puedo tomar porque si llegamos las dos borrachas a


casa, no habrá excusa que nos salve.
Valentine me agarra del brazo y me jala para susurrar
en mi oído.

—Amiga, vi a Louis pasar por ahí, me llamó. —


Empiezo a girar la cabeza para mirar, pero clava las uñas en
mi brazo—. ¡No mires!
—¿Te está esperando?

Valen asiente, los ojos brillando. Louis es uno de los


chicos más guapos de la ciudad, y le gusta desde hace
tiempo; parece que por fin ha llegado el día de dejar el
coqueteo y pasar a la realidad.
—Ve entonces, te esperamos aquí.

—¡Vale! Deséale suerte a Zucreide.


—Suerte, ¡Zu!
Miro mientras Valentine se aleja hacia Louis, y veo
cuando él le toma la mano y la lleva detrás de un coche.

—Nos quedamos solos —comenta Michel.


—No estamos solos —me río de su comentario, que no
tiene mucho sentido—, ¡hay un montón de gente!
Termino mi bebida y estoy decidiendo si agarrar otro

vaso o dejar de beber por completo cuando los faros de otro


coche que llega llaman mi atención. Conozco ese vehículo.
El conductor se baja y apaga los faros, a diferencia de
los otros. Se mete entre la gente, como si buscara algo, y

cuando se da la vuelta hacia mí, pierdo el aliento.


—¿Qué estás mirando? —pregunta Michel, buscando
con la mirada.
—Es… ¿Philippe?

Michel mira hacia donde señalo y asiente.


—No dijiste que él vendría a la fiesta.
—¡Claro que no iba a venir! Vino tras nosotras.
Mi amigo me mira como si estuviera diciendo

tonterías, pero antes de que pueda explicarle la mentirita


que contamos, Philippe me ve.
Él esboza una sonrisa llena de burla, como diciendo
estás en problemas, y yo le pongo mi mejor cara de no hice
nada mal, escondiendo el vaso vacío detrás de mi cuerpo.
—Te encontré fácil, Madie, con todo ese brillo. —
Señala mi falda de lentejuelas.
—¿Qué haces aquí? —Me hago la tonta.
—Divertirme un poco, tomar unas cervezas, y ni
siquiera tuve que mentirle a nadie porque ya tengo la edad
suficiente —provoca.
—¿La edad suficiente? ¿No crees que tienes

demasiada edad? La gente aquí es joven, y tú ya eres todo


un señor.
Philippe entrecierra los ojos en mi dirección, con un
gesto medio felino. Claro que lo estoy provocando, al fin y al

cabo, él es mayor, pero también es el hombre más guapo


aquí; prueba de ello son las chicas que pasan por nuestro
lado y le lanzan sonrisitas.
—¿Un señor? Solo soy un poco mayor que tú.
—Quince años no es tan poco —insisto.

—No lo es, tienes razón. Entonces, estemos de


acuerdo en que yo soy el adulto aquí y ustedes son dos
mocosas que engañaron a sus padres y se escaparon a una
fiesta sin permiso.

—Teníamos permiso —miento—. ¿Y tú no deberías


estar haciendo una propuesta de matrimonio ahora mismo?
Sus ojos brillan con ira; sé cuánto odia esa idea de
casarse con alguien sugerido por la abuela, pero
simplemente se encoge de hombros.
—No funcionó.
—¿Ella no te quiso? Debe ser por tu encantadora
personalidad.

Michel se atraganta con la cerveza, y su mirada va de


uno a otro como si fuéramos una pelotita de ping-pong.
Incluso se echa un poco el cabello rojo hacia adelante,
tratando de esconderse.

—En realidad, ella quería lanzarse a mi cama —dice,


encogiéndose de hombros. No es difícil de creer—, pero
tuve que rechazarla porque mi pierna está muy lastimada.
—¿En serio? Quizás tengan que amputarla, sería una

pena…
Philippe sonríe de lado, de esa manera que siempre
hace que mi corazón se acelere. Pero hoy no voy a aceptar
eso; ya me convencí de que es un enamoramiento sin

futuro, así que ignoro el salto de mi corazón.


—Sería una lástima que eso pasara y mis padres se
enteraran de quién es la culpable.
—No entiendo nada —susurra Michel, acercándose a
mí.
¡Como si fuera posible entender esta conversación
llena de pullas!
—Entonces, resulta que para seguirnos hasta aquí y

conducir, la pierna está bien, pero para el sexo no.


Interesante conocer tus prioridades.
—Cuidado con lo que dices, Madeline. Ese es un tema
que no deberías discutir con tu hermano mayor —dice
Philippe, su mirada ahora es intensa, y parece algo irritado,

pero se asegura de usar la palabra hermano aunque sabe


perfectamente que no lo somos.
Tal vez mencionar sexo fue un límite que crucé sin
darme cuenta.

—No las seguí —dice, pero el tono juguetón ha


desaparecido—. Mi padre me llamó y me pidió que viniera
porque descubrieron que ustedes dos mintieron.
—Ay, Dios…

—Sí, están en problemas —Philippe refleja mi


pensamiento—. ¿Dónde está Valentine?
Hago un gesto con la cabeza para que Michel vaya a
buscarla antes de que Philippe se dé cuenta de dónde está,

y por suerte mi amigo capta la señal.


—Ya viene, está por llegar…
Philippe se acerca a mí, aprovechando que Michel se
ha ido. Me mira de pies a cabeza de una manera que hace

que mi estómago se hiele. Quizás sea mi mente jugándome


una mala pasada, probablemente solo está criticando mi
ropa mentalmente, pero por un instante, pareció algo más.
—¿No crees que eres muy joven para venir a fiestas

así y usar esa ropa tan sensual? —pregunta, mostrándome


que realmente me estaba analizando con tono crítico.
—Las fiestas son para gente de mi edad, el que está
fuera de lugar aquí eres tú.

—Has crecido, Madie, pero todavía tienes que tener


cuidado. No tienes idea de cómo la mente de los hombres
puede desviarse por caminos oscuros.
Su mirada…

Me encantaría que Philippe estuviera hablando de sí


mismo, pero sé que solo es una advertencia. Pienso en qué
responder, pero me interrumpo cuando Valentine llega y me
abraza por detrás.
—¡Voy a llorar, amiga!
Miro a Philippe, sin saber si ella ya lo ha visto aquí,
pero su siguiente frase deja claro que sí.

—¡Philippe nos descubrió y arruinó todo! Adiós a


liberar a Zucreide.
—Valentine, no digas eso —le regaño en voz baja.
Pero parece que toda la cerveza y el tequila que bebió
ya le subieron, no hay vuelta atrás.

—¿Qué? ¡Es la verdad! Ese perro se acuesta con quien


quiere allá en París, y vino a arruinar mi plan. Hasta Manu
está por ahí con ese Martin. —Señala hacia una esquina, y
veo a nuestra amiga cumpleañera enredada con el chico

alto.
Philippe reprime una risa y mete las manos en los
bolsillos de sus pantalones de vestir. Debería sentirse
completamente fuera de lugar aquí, pero con cada chica

que pasa mirándolo, es difícil no sentirse cómodo.


—Primero, soy mucho mayor que tú y ya no le debo
obediencia a mis padres.
—Nye, nye, nye… —Lo imita.

—Segundo, ni voy a preguntar quién es Zucreide, pero


me alegra que no haya sido “liberada”, o habría tenido que
romperle la cara a alguien.
Nos da la espalda, confiado en que lo seguiremos

hasta el coche. Tiro de Valentine de la mano, porque no hay


alternativa. Si no vamos, el tío Pierre vendrá a buscarnos
personalmente y las cosas se pondrán feas.
—La mía es Zucreide, y la de Madie es Etel… —Le

tapo la boca con la mano antes de que me haga pasar esa


vergüenza, pero veo los hombros de Philippe temblar de
risa.
Philippe abre la puerta trasera del coche, y Valentine

se deja caer dentro, acostándose. Me toca el asiento del


copiloto, al lado de él. Entro en silencio y me abrocho el
cinturón, deseando olvidar esta noche.
Capítulo 3

MADELINE

Pero claro que el idiota no iba a dejar que me olvidara


de lo que se dijo. Apenas arranca el coche, Philippe me mira

de reojo, con los ojos brillando de diversión.


—¿Entonces es Etel?

—Cállate.
—Solo tengo curiosidad. Si una es Zucreide, la otra no

puede ser Etel; es un nombre muy normal. Debe ser un


nombre horrible.

—No es asunto tuyo.

—Es Etelvina —dice Valentine desde atrás.


La risa de él resuena por todo el coche, y mis mejillas

arden de vergüenza.

—Claro que no es asunto mío, solo me pareció

gracioso. ¿Tienes veinte años, no? Creo que yo empecé


mucho antes.

—Claro, siempre fuiste un mujeriego.

—Eso fue ofensivo —responde, aún sonriendo.


—Haces el papel de hermano celoso, pero no pareces

molesto por ese comentario de Valentine.

—No diría que soy celoso, soy protector en algunas

situaciones. Si te hubiera visto con ese idiota, las cosas no

habrían terminado bien, pero hablar sobre sexo o tener un


novio serio, eso lo llevaría bien.

—Viniste a buscarnos, claro que eres celoso.

—Porque mintieron, no tienen juicio. Follar con

cualquier imbécil detrás de un coche después de una

borrachera de tequila es el tipo de cosa que no pueden


hacer.

—Mmm.

No voy a decir que tiene razón, aunque estoy de

acuerdo en que en estas circunstancias Valentine podría

haberse arrepentido. Philippe mira por el retrovisor y se da

cuenta de que su hermana ya se ha dormido.

—¿Sabías que la abuela Lia cree que Valen prefiere a


las chicas? —pregunta, curioso—. Pero era un chico con ella.

Eso me saca una risa.

—Es porque tu abuela intentó emparejarla con un

novio raro y Valentine insinuó que no era lo suyo, solo para


que la dejara en paz.

Philippe sacude la cabeza, escéptico.

—Son inocentes, la abuela Lia debe tener un arsenal

de chicas para presentarle. Pronto intentará buscarle una

novia. Ojalá no sea Cibelle.

No sé quién es Cibelle, pero por el tono en que lo dice,


no parece alguien agradable.

—No creo que haga eso. Es muy anticuada, y aunque

no se meta en la vida de su nieta, no sé si llegaría a

presentarle a una chica.

—Puede que no, pero la abuela Lia es impredecible; si

hay matrimonio y bebés, puede quedarse contenta.

—Eso sí, mis dedos de los pies saben lo impredecible

que es. Si la familia es del nivel de los Bernard, como

siempre dice, tal vez pase por alto el prejuicio.

La mueca que hace deja claro que sabe bien cómo es


su abuela.

—Le encanta pasar la rueda de su silla por encima de

los pies de la gente cuando la hacen enojar —dice Philippe,

ignorando mi otro comentario.

—Sí, la he irritado un par de veces.


—¿Intentó buscarte pareja? —Ya está sonriendo; es

increíble cómo se divierte cuando el problema es de los

demás y no suyo.
—Solo un chico que es hijo de su abogado, un tal Ciro.

—Apuesto a que es hermano de Cibelle. ¿Aburrido y

pedante?

—Dijo que quería casarse conmigo, siempre y cuando

aceptara tener cinco hijos.

—¿Qué? —Ni siquiera él puede creerlo.

Philippe aparta la vista del tráfico y se enfoca en mí

por un instante, y solo ese gesto hace que mi corazón se

acelere. Es un fastidio que mi cuerpo reaccione así solo por

estar cerca de él.

—¡Lo juro! Nunca lo había visto antes; ¡salí corriendo!

—Es hermano de Cibelle, sin duda. Hasta los nombres

empiezan con C —dice, convencido.

—No sé si ella intentaría emparejarnos con la misma

familia; esa chica debe ser casi de la realeza —comento,

irónicamente.

—Creo que Ciro es solo hijo de su madre, algo así —


dice, entendiendo a dónde quiero llegar—. Pero mi abuela
no conocía a esas personas. Si las conociera, sabría que son

insoportables; ella misma no tiene paciencia con gente así.

Cuando llegamos a casa, Philippe carga a Valentine

hasta el piso de arriba y la deja en la cama, pero antes de

salir del cuarto, se vuelve hacia mí.

—Si fuera tú, fingiría estar dormida también, para que

las dos reciban el regaño juntas mañana.

—¿No vas a delatarme?

—Esta vez no, pero no me obliguen a ir tras ustedes

de nuevo. Sabes bien que te culparían a ti por ser la mala


influencia.

—¡Eres el mejor! —Me inclino y le doy un beso rápido

en la mejilla, tal vez impulsada por la falta de juicio causada

por el alcohol, o al menos puedo fingir que es eso, ya que

casi no he bebido.

Philippe parece sorprendido por mi gesto.

—Mmm, está bien. Buenas noches.

—Es lo que Valen siempre dice, que eres el mejor

hermano del mundo —digo, hablando de más, incómoda por

mi acción inesperada.
Pero Philippe tarda en responder; me mira a los ojos y

luego sale del cuarto. Todavía está en la puerta cuando oigo

su voz.

—No somos hermanos, Madie.

Escucho el sonido de sus pasos en las escaleras,

probablemente dirigiéndose al chalé que reformó para

dormir cuando está en el château, pero no consigo

moverme.

Podría sentirme triste o molesta si esa frase viniera de

Valentine, pero viniendo de él, solo tiene el poder de darme

escalofríos y hacerme sentir mariposas en el estómago.

Para algunos aquí soy parte de la familia, y para otros

una empleada. Me alegra que para él esté en la segunda

opción. Porque así nada me impide desearlo.

Valentine extiende el protector solar por mi espalda

con movimientos circulares, mientras sostengo mi cabello a


la altura de la nuca para no estorbar.

—Eres una hermana terrible —se queja por décima

vez—, ¿por qué me dejaste beber tanto? Ahora mi cabeza

va a explotar y necesito disimularlo.

—Yo no te dejé nada —respondo, girando el hombro

para mirarla con cara de indignación—. ¡Tú misma

empezaste a tomar tequila y cerveza, mezclando todo! Y si

Philippe no hubiera llegado, habrías inaugurado a Zucreide.


—Él lo arruinó todo…

—No arruinó nada. ¿Y si te hubieras arrepentido? —


pregunto, recordando lo que él dijo.

—Era Louis, claro que no me iba a arrepentir.


—Sí, claro…

—Ya terminé aquí, ahora hazme a mí.


Tomo el frasco de sus manos y hago lo mismo en su

espalda, apartando su cabello rubio. Cuando termino, nos


tumbamos en las tumbonas colocadas una al lado de la

otra, con las gafas de sol en la cara para disimular cualquier


señal de resaca.
Me gusta mucho la vista que tenemos desde aquí; los

campos que rodean la residencia de los Bernard en Chartres


son muy verdes, y tenemos una hermosa vista de la ciudad,
con sus calles antiguas y construcciones bonitas. La

ubicación del château fue muy bien pensada por los


primeros residentes que lo construyeron; está un poco

apartado de las demás construcciones, pero en la misma


calle, lo que brinda privacidad y comodidad. ¡La posición de

la piscina ni se diga! Es perfecta.


No pasa mucho tiempo antes de que escuche la
puerta del chalé abrirse. Está muy cerca de la piscina, pero

no levanto los ojos para mirar a Philippe; no quiero que se


note mi curiosidad. Escucho sus pasos acercándose, pero

sigo fingiendo que no lo he notado, hasta que me doy


cuenta de que está parado frente a nosotras.

—Valentine, ¿ya hablaste con papá? —Su voz me


llega, trayendo el habitual frío en el estómago.

—No. Todavía no ha dicho nada… —responde, con


tono preocupado.

—Pero me acaba de llamar preguntando si estaba


contigo. Creo que no se imaginó que estarías en la piscina.

—¿Quiere hablar conmigo?


—¿Qué crees? Llegaste cargada de lo borracha que
estabas y le mentiste.

Levanto los ojos para mirarlos a ambos, pero parece


un error.

Noto la mirada de Philippe sobre mí y, por un


momento, me siento incómoda.

No soy el tipo de mujer que llamaría su atención de


una manera positiva; he visto el tipo de chicas con las que

suele salir, así que una mirada prolongada y curiosa solo


puede significar que está notando mis defectos.

Debería cubrirme, pero eso dejaría en claro que noté


su mirada.

—¿Quiere hablar conmigo también? —pregunto,


tratando de ignorar la forma en que me examina con

insistencia.
—Solo Valentine estaba borracha, así que por ahora él
quiere hablar con ella. Pero prepárate para enfrentar a la tía

Giselle o a la abuela, porque les mentiste.


—Mierda...

Valentine se levanta y agarra una toalla; se la enrolla


por completo y luego sale caminando rápidamente hacia la
casa.

Philippe sigue de pie frente a mí, pero por alguna


razón no sé bien qué decirle o cómo actuar.

— ¿Y entonces, conductora asesina, cómo van las


cosas por aquí? —pregunta.

Pensé que volvería al chalé, pero en lugar de eso, está


intentando iniciar una conversación.
—¿Cómo así?

—¿Van siempre a fiestas de este tipo?


—No siempre. Era realmente el cumpleaños de Manu,

solo que no como dijimos.


—Ajá. ¿Y ese amigo tuyo pelirrojo?

Me levanto, decidida a meterme en el agua; estoy


sintiendo mucho calor ahora, sin razón aparente. Camino

hasta el borde de la piscina y meto el pie para comprobar la


temperatura.

Philippe se sienta en la tumbona en la que yo estaba


antes.

—¿Michel? ¿Qué pasa con él?

—¿Solo son amigos?


—Claro, él me ayuda cuando tengo alguna decoración

de fiesta que hacer y siempre está por ahí. —Salto al agua y


me sumerjo profundamente.

Cuando subo de nuevo, me acerco al borde y apoyo


los brazos afuera, mirándolo.

—¿Decoración? Pensé que solo organizabas las fiestas


aquí en casa.

Sacudo la cabeza.
—Empecé así, pero no puedo aceptar que tus padres

me mantengan toda la vida; ya es suficiente con que me


hayan criado, pagado el colegio, vestido y alimentado.

—No es para tanto, y lo sabes. —Como no digo nada,


Philippe se sube las gafas de sol; sus ojos me miran con

intensidad, y tengo que esforzarme para prestar atención a


lo que está diciendo—. Mi madre y Valentine...
—Lo sé, ellas también son mi familia, pero no todos

piensan así.
Él se encoge de hombros.

—¿Y qué? Ayudas con las tareas de la casa,


organizaste todas las fiestas de cumpleaños, las
celebraciones de bodas, y por lo que sé, hasta ayudas en la
cocina a veces. Nadie podría decir que no haces nada aquí.

—Lo sé, pero preferí empezar a ganar algo de dinero


para cubrir mis cosas, aunque por ahora sea poco.
Él asiente, considerando mi respuesta.

—¿No tienes muchas fiestas?


—Algunas. La familia de Manu tiene un catering y a

veces me recomiendan, y ahí es donde entra Michel en el


trabajo, siempre me ayuda. ¿No crees en la amistad entre

hombres y mujeres, Philippe?


—No sé, creo que sí. Pero es complicado con algunas

mujeres —dice, pensativo.


—¿Ah, sí? ¿Con qué tipo de mujeres?

—Las bonitas.
Parpadeo, intentando entender si me está diciendo

que soy bonita o solo está comentando de manera general.


—Michel y yo solo somos amigos.

Camino hacia la escalerilla y subo los escalones,


saliendo del agua. Regreso a la tumbona y siento sus ojos

sobre mí todo el tiempo, intensos, calentándome y


haciéndome sentir algo incómoda también.
—¿Puedes dejar de mirarme así? —suelto de repente.
Philippe se endereza y mira hacia adelante.

—No me di cuenta de que lo estaba haciendo...


—¿En serio?

Se lleva la mano a los ojos e inspira profundamente

antes de soltar una risa ahogada.


—Tal vez pensé que no te darías cuenta.

Me quedo en silencio, el bochorno ganando la batalla.


Philippe tiene treinta y cinco años y me ve como una niña

tonta, y aunque pueda pensar que soy infantil o notar mis


defectos, es ridículo y grosero que me mire de esa manera.

No tengo por qué soportarlo. Especialmente cuando él


está ahí, exudando toda esa belleza, con sus músculos
marcados bajo la camisa polo ajustada, su cabello oscuro y
sedoso, y la barba bien cuidada enmarcando su mandíbula

fuerte.
—Pero yo sí me di cuenta —respondo finalmente—, y
si me disculpas, voy a entrar.
Ahora me mira, sus ojos azules parecen preocupados

y su ceño está fruncido; pero estoy demasiado molesta para


retroceder y hacer como si nada.
—Estás enfadada. Perdóname, Madie, soy un... idiota.

No estaba pensando con claridad, no te veo desde hace


mucho tiempo y no esperaba que estuvieras... así. —Incluso
señala mi cuerpo.
—¿Así? —Me levanto y empiezo a recoger mis cosas—.
Eso fue grosero.

Philippe también se pone de pie, pero cuando paso


junto a él, agarra mi brazo para evitar que me vaya.
—No te vayas aún. No sin decir que me perdonas. No
quise ofenderte, no me di cuenta de que te estaba mirando

de esa manera. —Como me quedo quieta escuchándolo, me


suelta y se pasa una mano por la cara—. Joder... Perdón,
mon cher. Es que siempre fuiste una niña, y ahora te has
convertido en un mujerón impresionante. Solo me quedé...

—Espera. —Lo miro a los ojos con curiosidad, sin estar


segura de si entendí bien, pero no quiero quedarme con la
duda—. ¿No me estabas mirando porque te parecí rara?
—¿Rara? Joder... —Suelta una risa sin humor—. ¿De

dónde sacaste eso? Te estaba mirando porque... No puedo


decir lo que pasó por mi cabeza; sigues siendo una chica,
pero definitivamente no te encontré rara.

Entrecierro los ojos, finalmente comprendiendo. La


constatación me llena de una audacia que nunca había
sentido antes, pero saber que Philippe me estaba
admirando es emocionante de muchas maneras.

—No tiene nada de malo en eso.


—Tal vez. Pero tienes quince años menos que yo, y
prometo que no volveré a mirarte así.
—¿Ni siquiera si yo quiero? —pregunto, sin apartar

mis ojos de los suyos.


—Es mejor no ir por ese camino, Madeline.
Ahora puedo discernir su mirada. Entiendo
perfectamente cuando deja de mirarme a los ojos y su
mirada baja al valle entre mis pechos, o cuando recorre mis

piernas expuestas por el pequeño bikini. Philippe me desea,


aunque piense que está mal.
Me acerco un poco más a él. Por dentro estoy
temblando, con el corazón acelerado, pero trato de no dejar

que eso se note en mi rostro ni en mi voz.


Levanto la mano y toco su hombro, deslizando los

dedos hasta su pecho. Mi palma se calienta con el contacto,


y me sorprendo pensando en cómo sería si no llevara la
camisa. Philippe agarra mi mano con firmeza, pero no me
aparta. Es como si estuviera dividido.
—Lo quieres —digo, porque sus ojos no le permiten

mentir.
—No sabes lo que estás haciendo, niña. ¿Por qué
harías esto, Madeline?
—¿Y por qué no?

Philippe me mira, incrédulo; si incluso yo estoy


sorprendida por mi valentía, puedo imaginar cómo se siente
él.
—Soy un hombre, tú eres una niña. Y no hace falta

que te diga lo obvio sobre esta familia.


—Entonces no lo quieres.
—Claro que no quiero, y tú tampoco. —Finalmente
aparta mi mano—. No sé ni cómo llegamos a esto; parece

que estoy teniendo un sueño muy equivocado.


—¿Un sueño?
—No era eso lo que quería decir; es mejor que entres

ahora y hablamos después.


—Está bien, entonces.
Me alejo hacia la casa, no sin contonear un poco más
las caderas, dándole una buena vista de mi cuerpo.

—Merde...
Sonrío al escuchar la expresión irritada. Philippe
puede pensar que esto ha terminado, pero si finalmente
empieza a verme como una mujer, las cosas acaban de

comenzar.

PHILIPPE
¡Pero qué mierda de cabeza la de abajo!
Racionalmente, sé muy bien lo que estoy haciendo con mi
vida.
En el mundo gestionado por mi cerebro, soy el CEO de

Nouveau, el hijo mayor de una familia respetable y siempre


he tenido todo lo que el dinero puede comprar. Y, aunque no

tenga la misma sangre que Madeline, la veo como una niña


que mis padres criaron desde que perdió a los suyos.
Pero en el universo creado por mi polla, las cosas no
son tan sensatas. Solo puede ver que la niña creció y se

convirtió en una mujer jodidamente atractiva. Solo puede


pensar en la tentación del bikini diminuto entrando en su
trasero perfecto y en la forma en que me tocó y me miró,
pidiéndome que le mostrara cómo hago las cosas.

Pero soy un hombre y, por peor que sea, no soy del


tipo que traiciona la confianza de la familia. Tampoco he
estado nunca con una chica tan joven, y no va a ser ahora
cuando suceda.

Solo necesito pensar más con la cabeza de arriba e


ignorar su coqueteo, que por alguna razón parece haberle
resultado divertido.
—¿Vas a quedarte ahí hasta cuándo? Necesitamos

hablar. —Mi abuela me está mirando desde la puerta de la


cocina.
—Más tarde, abuela.
—Ahora, Philippe Bernard.
Empuja la silla de ruedas de vuelta a la casa,
ignorando por completo mi respuesta.
Claro que la sigo, pero termino deteniéndome en la
cocina al encontrar al tío Maurice haciendo pan; el olor a

canela se esparce en el aire.


—¡Ah, Lippe! Qué ganas tenía de ver a mi muchacho
—me da unas palmadas en la espalda y me tira hacia un
abrazo fuerte—. No te he visto desde que llegaste.

—También te extrañé, tío. Nos desencontramos ayer.


—Sí. ¿Ya tu abuela te mandó a una cita, no?
—Me va a volver loco.
—Si no te vuelve loco, no es ella.
Lo dejo en la cocina y sigo por el pasillo hasta el

despacho. Cuando entro, no veo a la abuela Lia de


inmediato. Me detengo con la intención de cerrar la puerta,
y cuando me giro, está detrás de mí, como un fantasma.
—¡Qué susto!

Mi abuela me mira con ojos furiosos y, sin una gota de


piedad, avanza con la rueda de la silla sobre mis dedos del
pie.
—¡Joder! ¡Qué dolor, abuela! ¿Por qué hizo eso?
—¡Hiciste un papelón con Cibelle! ¿No tienes
vergüenza?
—Eres una viejita muy cruel. Una bruja, ¿sabes? ¡Vas
a romperle un dedo a alguien así!

—Llamaste a la chica pesada, pedante y un montón


de cosas ofensivas. ¡No puedo creer que seas mi nieto!
—¿Y tú has hablado con esa chica? ¡Parece una
puerta!

—No he hablado, conozco a su padre, que es un


encanto, dueño del bufete de abogados más grande del
país.
—¡Ella dijo que podía dejarla embarazada y salir por

ahí!
—Sensata. Quiere darme el bisnieto que tú no quieres.
Miro a mi abuela sin estar seguro de si está hablando
en serio; a veces ni parece real.

—¡Loca! ¡Por el amor de Dios! No me voy a casar, y


mucho menos con esa rara.
—Entonces búscate otra. No me importa si es alta,
baja, gorda, flaca. Puede ser pesada también, siempre que
te dé un hijo, que no sea una pobretona interesada y que
venga de una familia respetable, ¡por el amor de Dios!
—¡Esto es ridículo! No tiene ningún sentido.

—Te doy tres meses para encontrar una mujer, es mi


última palabra. —Me señala con su dedo gordito en la cara
—. Puedes seguir teniendo el dinero, tanto el de tus padres
como el que has acumulado, tus propiedades, pero no
pondrás las manos en la Nouveau.

Abro la puerta y salgo del despacho, indignado, y


encuentro a mi madre en la cocina; se gira al oírme entrar
apresurado.
—¿A dónde vas así? Pareces alterado.

—¿Alterado? Tu suegra ha decidido casarme, pero no


quiero hablar de eso, mamá. Voy a aprovechar que estoy en
la ciudad y llamar a Lucas. Hace tiempo que no lo veo.
—¡Ah! Hazlo —responde, contenta—. ¿Sabes que está

trabajando en la misma universidad donde estudia tu


hermana? Es donde quiero mandar a Madie también, pero
esa niña es cabezota —dice, meneando la cabeza.
Sabía que Valentine estaba de vacaciones y que Lucas

trabajaba como entrenador del equipo de baloncesto en una


universidad, pero no había conectado los puntos.
—Me contó sobre el trabajo, solo que no me había
dado cuenta de que era en el mismo lugar. ¿Cómo es que

sabes todo eso?


—A veces viene por aquí; creo que se acostumbró a
cuando tú vivías aquí. Además, él y Valen se han hecho muy
amigos; ella es porrista —dice, con brillo en los ojos.

—Lucas es una buena influencia para ella, está bien


que cuide de esa loquita por allá.
Me inclino para darle un beso rápido en la mejilla y
salgo de la casa, dirigiéndome de vuelta al chalé. Por

suerte, no me encuentro con Madie en el camino; lo mejor


es mantener la distancia, así puedo ser más racional. Marco
el número de Lucas y espero a que conteste, lo que no tarda
en suceder.

—¡Dime, Bernard! Pensé que no ibas a llamar.


—¿Y cómo sabías que estaba en la ciudad, Mallet?
—Valen me dijo que habías llegado; me mandó un
mensaje para que pasara por ahí.
—¿Así que me mudo y cambias a tu mejor amigo por

su hermana? Debes estar muy solo; pronto te pondrás sus


pompones y serás porrista.
—Valentine es mejor amiga que tú; ella me cuenta las

cosas. Y respétame, que yo pongo orden entre los grandotes


en esa universidad.
—¿Y quién dijo que yo no cuento las cosas? ¿Estás
libre para tomar algo ahora?
—¡Vamos, acepto de una!

—Hecho, nos vemos en Soldats en cuarenta minutos.


Entro al chalé y voy directo a darme una ducha.
Aunque todavía lo llamo así, el lugar se ha convertido en
una casa y tiene todo lo que necesito. La cama es grande, el

armario es espacioso. Hay una televisión enorme en la


pared con todos los canales disponibles. He añadido una
pequeña cocina con nevera, mesa y estufa, y el baño tiene
una ducha excelente.

No es tan grande, pero es más que suficiente para mí,


y aquí puedo tener un poco de privacidad. Abro la ducha,
pero antes de que me meta, mi celular suena; ahora es una
llamada de Lorraine.

Ella y yo no tenemos una relación, al menos no en el


sentido que mis padres y mi abuela esperan que tenga
pronto, pero salimos, tenemos sexo ocasionalmente, y me
gusta porque ella sabe lo que puedo ofrecer. No estamos

enamorados, pero nos gustamos, y ella es increíble.


—Hola, guapa…
—¿Qué tal, Philippe? ¿Cómo van las cosas en casa?
La pregunta me arranca un suspiro; no sé muy bien

cómo responder.
Mi abuela quiere obligarme a casarme, pasó con la
silla de ruedas por encima de mi pie, me hizo tener una cita
horrible y me puse duro por culpa de una niña; no suena

ideal.
—Todos están bien, pero confieso que estoy ansioso
por volver a casa.
—¿Tu abuela está contenta de que hayas ido a su

cumpleaños?
—¿Te conté que le gusta obligarnos a plantar flores en
el jardín y vigilarnos?
—No… —Se ríe, como si fuera un chiste.
—Bueno, suele hacerlo cuando está enojada y aún no

lo ha hecho, así que creo que está contenta.


De una manera enfermiza y siniestra.
—Me alegra, querido. Estoy feliz de que te estés

divirtiendo, pero ansiosa por que vuelvas pronto. ¿Me llamas


cuando llegues a París?
—Claro, vamos a planear algo el día que tengamos
tiempo.
—Entonces esperaré tu llamada. Beso.

—Otro.
Cuelgo y me meto bajo el agua caliente. Mientras me
ducho, me encuentro pensando en la situación con
Madeline. Si tuviera a Lorraine aquí, eso no habría pasado;

no me habría sentido atraído por ella. Evidentemente, esto


es por falta de sexo.
Podría hacerse una paja, debería incluso. Así aliviaría
la tensión y olvidaría todo de una vez. Pero, aunque nadie lo

vea ni lo sepa, no es aceptable, no si esa maldita imagen


del bikini sigue fija en mi mente. No voy a hacer eso.
Termino mi ducha, ignorando los pensamientos
tortuosos, y me cambio de ropa. Me pongo los zapatos y

llamo a un taxi, porque pienso beber.


Capítulo 4

PHILIPPE

Entro en el bar, buscando a Lucas con la mirada. Él


me ve y levanta la botella de cerveza en señal de saludo, y

camino hasta la barra, donde mi amigo de la infancia está


sentado.

—¿Qué tal, tío? —Le doy una palmada fuerte en la


espalda y se atraganta con la bebida, sacándome una

carcajada.
—Philippe Bernard, el que es vivo siempre aparece.

—Seguro. Tú, en cambio, pareces muerto.

—Cansado de cojones, el baloncesto me está


chupando el alma —se queja, haciendo una mueca.

—Te gusta.

Él sonríe, asintiendo.

—No lo cambiaría por nada. ¿Cómo van las cosas en


París?

—Movidas. La empresa va bien, creciendo siempre, y

yo trabajando mucho para eso.


—¿Ese es el resumen de tu vida?

—Como si tú hicieras algo más que trabajar.

—Verdad —Lucas hace un gesto al camarero y pide

que me traiga una cerveza—. ¿Y en casa?

—La pequeña espía ya te habrá contado todo, pero mi


abuela quiere casarme.

—Me enteré. ¿Quién es la afortunada? —se burla.

—Nadie. Me arregló una cita con una chica rara, pero

la dulce abuela Lia acepta a cualquiera, con tal de que sea

fértil. Y rica.
—¿Eso dijo?

—No con esas palabras, pero quiere un heredero, así

que básicamente es eso.

—Vaya mierda. ¿Qué vas a hacer? ¿Le dijiste que se

fuera a cepillar la dentadura?

—Le tengo cariño a mis dedos de los pies; ya casi me

los ha roto por menos.


Lucas se ríe a carcajadas, disfrutando de mi desgracia

como el buen amigo que es.

—¿Y entonces qué? ¿Te vas a casar?


—No tengo ni idea. No quiero, pero ella está

amenazando con quitarme el cargo.

—¡Joder! Esa abuela tuya da miedo.

—Eso porque te adora; si no le gustaras, ya verías.

—¿Tienes novia en París? ¿Alguien a quien puedas…?

—¿Proponerle matrimonio? Claro que no. Solo tengo


citas casuales, algunas menos casuales que otras, pero

nada serio. —Recibo la cerveza del camarero y doy un trago

largo mientras pienso—. ¿Tú qué harías?

—¿Yo? Ni idea, mandaría a todos a la mierda. Tienes

dinero para jubilarte cuando quieras, no lo necesitas.

—No es una opción, he dado mi vida por esa empresa

durante años; no puedo perder todo lo que he logrado así,

no es el dinero, es mi nombre, mi carrera. El que dirige

Nouveau soy yo.

—Entonces cásate con cualquiera, solo para que ella


se quede contenta.

—No quiero casarme ni tener hijos con una

desconocida.

—Pues, amigo mío, estás jodido…


MADELINE

Necesito un plan para seducir a Philippe Bernard.

Y, no, claro que no espero casarme con él ni darle un

golpe ni nada de ese estilo, como la abuela Lia siempre dice

que alguien haría, pero si tengo que perder mi virginidad y

él me encuentra atractiva, no veo una mejor opción que

esa. Siempre he tenido un crush con él y Philippe es

experimentado, sabrá hacer las cosas bien. Además…

Bueno, no hay más razones, simplemente no puedo sacar la

idea de mi cabeza.
Si no me hubiera dado una señal, seguiría con mi vida

sin intentar nada. Pero ahora que sé que hay una posibilidad

de probar su beso, y todo lo demás, no voy a rendirme.

Empiezo a idear un plan en mi mente. Tal vez esté

siendo impulsada por la desesperación, pero, si soy lista,


podré perder la virginidad con él. Philippe se va en dos días,

mi única oportunidad es actuar rápido.

La fiesta es mañana, y la abuela incluso me dio una

invitación para entregar a los hijos del abogado, y sé muy

bien que pretende empujar a esa tal Cibelle hacia Philippe.

Si descubre que rompí la invitación, me matará, pero no

puedo tener competencia ahora. Philippe dijo que la

encontró aburrida e insoportable, pero ¿y si cambia de

opinión?

No. Seremos solo nosotros dos, y después de la fiesta


lo esperaré en el chalé, cuando todos se hayan ido. Si lo

provoco lo suficiente y creo la oportunidad, no podrá

resistirse.

Necesito comprar algunas cosas. Un vino,

preservativos, quizás unas velas. No. Las velas son

románticas, y esa no es la intención. Champán o vino, dos

botellas, y mañana, después de la fiesta, lo esperaré en la

cama. Philippe no sabrá qué lo golpeó.

Sé que Valentine y la tía Giselle se sentirían

decepcionadas si se enteraran, pero no puedo evitarlo;


siempre me siento atraída por él. No tienen que saberlo,

será solo una vez.

Me pongo el casco y salgo en la moto. Aunque el

supermercado ya cerró, la tienda de conveniencia está

abierta y consigo comprar todo lo que necesito.

Guardo las botellas de bebida y los preservativos en el

compartimento de la moto. El casco extra que siempre llevo

está allí, pero empujando bien las cosas, logro que todo

quepa.

Subo a mi moto para regresar a casa, pero cuando

doblo la esquina y paso frente a Soldats, veo a Philippe

parado en la acera. Está mirando su celular, y no veo su

moto cerca. No puedo resistir la idea de detenerme frente a

él y tocar la bocina para llamar su atención.

Philippe levanta la cabeza y me mira, pareciendo

molesto.

—¿Me seguiste, Madie?

Qué egocéntrico…
—Claro que no te seguí, idiota. Fui a la tienda de

conveniencia. ¿Dónde está tu moto?


—La dejé en casa porque vine a beber con Lucas. Le

dije que no me llevara porque iba a pedir un taxi, y ahora no

aparece ninguno. Maldita ciudad pequeña…

—Sube, voy camino a casa.

Me mira raro. Philippe ha bebido, y aunque no está

borracho, tampoco está completamente sobrio. Es una

pena, porque si estuviera bien, sería una oportunidad

perfecta para encontrarlo así.


—¿En esa Vespa asesina? Ni loco.

—No seas ridículo, tu moto es mil veces más


peligrosa.

—El riesgo está en la conductora, si es que puedo


llamarte así.

Me bajo de la moto y levanto el asiento, sacando el


casco del compartimento. Me acerco a Philippe en la acera y

se lo coloco en la cabeza sin darle tiempo a protestar.


—Ahora sube de una vez.

—Ni siquiera debería acercarme a ti —murmura para


sí mismo.
Tomo el asiento delantero de la moto y, aunque a

regañadientes, él termina subiendo detrás de mí. Sus


manos no rodean mi cuerpo; no quiere tocarme, y lo tomo
como un desafío.

—¿Por qué? ¿Miedo de no poder resistirte?


—Deja de decir eso y llévame a casa. He bebido

demasiado.
—Sí, señor Bernard. —Hago un gesto de saludo militar.

Arranco con la Vespa de tal manera que casi lo tiro de


ella. Aunque lo asusto, logro mi objetivo cuando Philippe
rodea mi cintura al instante, haciéndome sonreír con esa

pequeña victoria.
Conduzco hacia casa a una velocidad más alta de lo

que suelo andar. Sé que no debería, pero como cada vez


que acelero sus manos me aprietan más, no puedo

resistirme.
—¡Conduces como una loca! ¿Quieres matarnos?

—Si prometes que seguirás abrazándome así, puedo


bajar la velocidad.

—¡No te estoy abrazando! Me voy a caer si no te


sujeto.

—Son interpretaciones diferentes del mismo hecho.


La cara que pone en el retrovisor no tiene precio.
Philippe no está acostumbrado a ir de pasajero, y mucho

menos con alguien que conduce tan rápido como yo, pero
su queja es sin sentido, porque manejo muy bien.

—¡El perro! —grita, pero claro que esquivo al perrito.


Por poco.

—Tranquilo, Philippe. Sé lo que hago.


—¡Claro que no sabes! ¿Quieres joderme la vida?

—No exactamente tu vida.


—¡Joder! Deja de darme esas ideas, ya fue difícil no

hacerme una paja pensando en ese maldito bikini.


Es divertido que haya bebido, porque difícilmente me

diría estas cosas si pudiera pensar con más claridad, y su


confesión me hace sentir en las nubes.

—No necesitas imaginar nada —doy una vuelta


cerrada y él me agarra aún más fuerte—, puedes hacerlo de
verdad.

—¡Mira hacia adelante, por lo que más quieras… en


esta maldita Vespa!

Sonrío ante su desesperación, pero lamentablemente


ya estamos en nuestra calle; no tardamos en llegar al
château y entro con la moto en el garaje, estacionándola.

Philippe se baja de la scooter apoyando las manos en las


rodillas.

Me quito el casco y le saco el otro de las manos,


guardándolos bajo el asiento. Cuando me giro para mirarlo,

Philippe tiene una expresión bastante enfadada.


—¿Querías matarnos?
—Claro que no.

—¿Entonces por qué conduces así?


—Conduzco bien, deja de exagerar. Ya te expliqué que

estaba disfrutando de la cercanía. —Paso los dedos por mi


cabello castaño, que siempre queda desordenado cuando

monto la moto.
—¿No vas a parar con esa charla? No tienes ni idea de

lo que estás diciendo —dice, y él también se pasa la mano


por el cabello oscuro, pero parece un gesto de frustración.

Me acerco un poco más a él y, a pesar de lo que dice,


Philippe no se aparta.

—Me pareció delicioso.


—¿Qué?
Agarro sus manos y las coloco en mi cintura, teniendo

cuidado de hacerlo ahora debajo de la camiseta.


—Esto. Sentir tus manos así, en mi cuerpo.

—Me estás provocando, no deberías hacerle eso a un


hombre, Madeline. Sobre todo, porque sabes que no podrías

con lo que pasaría si me importara una mierda todo y


decidiera follarte. —Sus manos aprietan mi piel, siento el

calor de sus dedos sobre mi cintura y un deseo abrumador


de besarlo al escuchar la forma cruda en que habla.

—Puedo soportarlo.
Philippe se ríe, incrédulo.

—Te has vuelto loca. No puedo y no voy a hacer eso.


—Solo una vez.

Algo en su mirada cambia. Sus ojos se vuelven más


intensos, como si ardieran en llamas y quisiera literalmente
devorarme. Philippe me empuja contra la pared,

presionando su cuerpo contra el mío.


Una de sus manos recorre el costado de mi cuerpo,

tocándome hasta la altura de los pechos. Jadeo, sintiendo


una humedad creciente entre las piernas, prueba de lo

excitada que estoy.


Se inclina y huele mi cuello, antes de literalmente
lamerme. Un escalofrío recorre mi piel, y me quedo

paralizada, sin saber cómo reaccionar.


—¿Ves cómo no sabes lo que estás pidiendo? Ni
siquiera te he tocado y ya estás asustada.

—Yo… yo no estoy asustada.


—¿No? —Philippe coloca los dedos debajo de mi

sujetador y, en segundos, su mano envuelve mi pecho—. Te


asustarías si te follara, Madie. Te daría tantas nalgadas en

ese culo delicioso que nunca volverías a provocarme así. —


Un gemido se escapa de mi garganta ante la sugerencia—.

Joder… No gimas así porque me lo estás poniendo muy


difícil.

Pellizca el pezón de mi pecho, y siento una mezcla de


dolor y placer. Estoy completamente húmeda, y él ni

siquiera se ha acercado a donde más lo deseo.


—Philippe… Por favor.

—Debería ir al infierno solo por imaginar esto, solo por


tocarte así. No me pidas más que esto.

—No soy una niña indefensa, y lo quiero.


—¿Quieres que te folle? —susurra en mi oído. Sé que
quiere impactarme, pero la forma descarada en que lo dice

solo me vuelve más loca por él.


—Quiero.

—Esto no puede suceder. —Philippe agarra mi mano y


la guía hasta que toco su dureza sobre el pantalón. Está

duro, y por lo poco que siento, es grande. Demasiado


grande—. ¿Crees que podrías conmigo? Olvida esto y no

vuelvas a provocarme.
—¿O qué?

Él sonríe con malicia y finalmente suelta mi cuerpo,


alejándose de mí. No me gusta la sensación de vacío que

eso me deja.
—O te la meteré con tanta fuerza que vas a necesitar
la silla de la abuela.
A pesar del tono de broma, sus palabras tienen el

poder de mantenerme despierta toda la noche después de


eso. Una parte de mí está asustada, nunca he hecho esto
antes y sé que él no sería gentil. Otra parte está excitada,
ansiosa y todavía sin creer todo lo que pasó.
Pero la alegría termina por la mañana. Aún es muy
temprano cuando me despierto con el ruido de los golpes en

la puerta de mi habitación. Usando pijama y con la cara


arrugada, abro la puerta y me encuentro con la abuela Lia
esperándome al otro lado, con una sonrisa maquiavélica en
los labios.
—Bonjour, querida.

—Mmm, bonjour, abuela Lia. ¿Qué hora es?


—Las seis, tal vez las cinco y media…
—¿¡Cinco y media!? ¿Por qué me está despertando a
las cinco y media un sábado?

—Es mi cumpleaños, ¿lo olvidaste? Te necesito a ti y a


Valentine abajo en veinte minutos.
—Felicidades, te daré un regalo hermoso después y
me encargaré de la decoración más tarde. Dame un par de

horitas más de sueño —suplico, juntando las manos en


señal de ruego.
—Veinte minutos, mi amor —responde, con un tono
cargado de ironía.

Se aleja empujando la silla de ruedas y se dirige al


ascensor que instalaron para que pudiera moverse por los
dos pisos de la casa. No sé quién tuvo la brillante idea,
porque ahora que me están despertando a las cinco y media

de la mañana, pienso que hubiera sido mejor restringir su


acceso a nuestros cuartos.
Me quito el pijama y me pongo ropa, me lavo los
dientes, me peino, y luego bajo. No tiene sentido quedarme

holgazaneando porque al final volverá a buscarme. Cuando


llego a la cocina, Valentine está sentada en una silla, con
cara de pocos amigos y bebiendo un vaso de leche.
—¿La abuela te llamó? —pregunta, con los ojos

hinchados de sueño.
—Sí. No sé por qué nos hizo levantarnos a esta hora.
Pero la explicación llega enseguida.
—Qué bueno que ya están aquí. —Levanta un paquete
de semillas en las manos—. Quiero plantar estas semillas de

jacinto y pensé que mi nieta y su fiel escudera podrían


hacerlo por mí.
Valentine y yo nos miramos, claramente hicimos algo
que la disgustó, porque este es el patrón. Obligarnos a

arrodillarnos en la tierra mojada y ocuparnos de las plantas


es su forma de castigo. Claro que a ella le encanta el jardín,

pero hay un jardinero para eso.


—¿Hoy, abuela? —intenta Valen—. Es tu cumpleaños,
tenemos que ocuparnos de la decoración, y podríamos
plantarlas mañana.
—Quiero que sea hoy, será mi regalo.

Ella empuja la silla hacia afuera y amenaza con pasar


por encima de mis dedos, pero retiro el pie justo a tiempo.
La abuela Lia arquea una ceja, parece molesta por no haber
alcanzado mi pie.

Valentine y yo la seguimos hacia afuera, a


regañadientes. El sol apenas está saliendo y hace bastante
frío a esta hora. Nos ponemos las botas y los guantes de
jardinería, que están junto a la puerta de la cocina, y luego

caminamos por el césped hasta el fondo del château, donde


están los parterres y un pequeño viñedo privado. Algunos
parterres aún no están sembrados, y ella sigue por la parte
de cemento hasta detenerse frente a uno con tierra bien

aireada.
—Aquí.
Tomo las semillas de sus manos y empiezo a hacer los

agujeros en la tierra, con el espacio adecuado. Después de


colocar las semillas, Valentine va cerrando uno por uno;
estamos las dos de rodillas, mirándonos, tratando de
entender qué está pasando.

—Saben, chicas —empieza a decir la abuela—,


esperaba más de ustedes.
Claro que la abuela Lia no nos dejaría sin saber.
—¿Qué hicimos, abuela? —pregunta Valen—. No

podemos disculparnos sin saber por qué nos estás


castigando.
—¿Castigando? ¡Qué exageradas! Son solo semillas de
jacinto.
—A las cinco y media de la mañana —murmuro.

—¡Tú, Madeline, eres la peor de las dos! Te pedí que


llevaras la invitación de mi cumpleaños a nuestro abogado.
¿Y qué hiciste?
—¡Ah! ¡Lo olvidé! Perdóname.

—¡Olvidaste un cuerno! No querías que trajera a sus


hijos. —Trago saliva, intentando detectar en sus ojos algún
juicio. ¿Se dio cuenta de que no quería a la chica con la que
Philippe tuvo una cita en la casa? —. Estás protegiendo a

Philippe y a ti misma porque no te gustó el señor Ciro.


—¡Abuela, iba a invitar a Ciro? ¡Qué horror! —
Valentine se levanta, indignada—. Madie no tiene que volver
a ver a ese tipo nunca más, está loco.

—Quería invitarlo, sí. Tu hermano no se casa con


nadie, y ya es hora de que Madie busque un novio y
encuentre su camino —dice, siendo muy directa con sus
intenciones—. ¡Puedo hacer algo para ayudar!

—Philippe te va a matar si esa chica aparece, y Madie


es de la familia, esta también es su casa —defiende Valen.
—Te estás alterando por gusto, Valentina. No van a
venir de todos modos, porque la ingrata de Madeline no

entregó la invitación a propósito.


Valentine murmura un lo siento inaudible hacia mí.
—¿Y tú, Valentine, qué crees que estás haciendo?
¡Emborrachándote en una fiesta depravada! ¿Mintiendo a tu

padre y a tu madre?
—¿Es por eso que estoy plantando jacintos? ¡Abuela!
Mi papá ya me regañó.
—Hablar no es castigo.
—¡No lo puedo creer!
—Las flores no van a crecer si no las riegas, Valentine.
—Ella señala la regadera.
Valentine empieza a verter agua en los lugares donde

plantamos las semillas y también añadimos un poco de


abono a la tierra.
—Van a tener que ayudarme a encontrar una chica
para Philippe, ya que sabotearon mi plan inicial.

—No podemos hacer eso —respondo, enfática—. Él no


quiere.
—¡La defensora del pobre y oprimido! —Me amenaza
con la silla, pero sé que aquí no puede pasar por encima de
mi pie; no bajaría a la tierra húmeda—. Si no ayudan, voy a

despertarlas a las cuatro de la mañana todos los días para


plantar flores, y cuando Valentine vuelva a la universidad,
Madeline, tú cuidarás las plantas sola. Piensa bien antes de
responderme —dice, asustándome con esos ojitos

malévolos.
—¡Yo ayudo! —Valentine levanta la mano, asustada, y
yo niego con la cabeza—. Vamos a encontrar una chica
buena para Lippe, abuela. Ahora déjanos entrar, por favor.
—Lo prometieron, ¿eh? Ahora lárguense de aquí…
—¿A quién vamos a conseguir? —pregunta Valen
mientras nos alejamos en dirección a la casa.
—No me siento cómoda con esto —digo, negando con

la cabeza.
Además, si aparece alguien, arruinará mi plan, pero
eso no puedo decirlo.
—Solo necesitamos encontrar a alguien para

presentarle, o yo qué sé, tal vez él ya tenga una chica en


París. No vamos a obligarlo a casarse, solo haremos nuestra
parte.
—Eso es traición. No te gustaría que él te consiguiera

un chico porque la abuela lo ordenó.


Claro que mis razones para negarme no son tan
nobles, pero es lo que puedo decir.
—Claro que no me gustaría. Por eso tendría que ser

alguien que ya le gustara, así no me sentiría tan mal.


—Inventa que llamaste a alguien y luego di que no
pudo venir a la fiesta.
—Ya sé quién me va a ayudar. —Valentine marca un
número en el celular y lo lleva a la oreja. Abre la puerta de
la cocina y sube las escaleras, pero aún alcanzo a oír sus
primeras palabras cuando la otra persona responde—.
¿Lucas? Necesito tu ayuda.

Mierda.
Capítulo 5

PHILIPPE

Finalmente llegó el día de la fiesta. Es un alivio porque


mañana estaré volviendo a casa, antes de que haga alguna

estupidez. Una mayor de la que ya hice ayer, en el garaje.


No planeé nada de eso, pero Madeline me está

volviendo loco con sus provocaciones. Escuchar de esos


labios tan tentadores que quería que la follara me hizo

perder el juicio y el control por unos minutos. La forma

cruda en que le hablé, sí, fue intencional. Espero que sea


suficiente para mantenerla lejos de mí, para asustarla.

El césped del château está lleno de luces, y la mayoría


de los invitados ya ha llegado. Se han colocado algunas

carpas en el espacio, principalmente porque muchos de los

presentes son ancianos, como la queridísima abuela Lia, y

no pueden estar a la intemperie. Flores blancas y amarillas


decoran el ambiente, de una manera elegante y sencilla al

mismo tiempo. Madeline realmente hizo un buen trabajo.

El tío Maurice se me acerca con dos copas de

champán en las manos.


—¿De verdad te vas mañana? —pregunta,

ofreciéndome una de ellas.

—Claro que me voy, antes de que salga de aquí

casado y con cinco hijos.

—Es una pena, ni siquiera tuvimos tiempo de hacer


algo divertido, solo entre hombres.

—Debería visitarme en París.

—Debería —dice, considerándolo.

—Vaya cuando la abuela te saque de quicio y

necesites un descanso.
—Entonces será la próxima semana —bromea.

Al otro lado, conversando con la cumpleañera, que

sonríe ampliamente, veo a Lucas. Es impresionante cómo

ella lo aprecia y se anima cuando él está cerca.

—Voy a hablar con Lucas, tío. Ya vuelvo.

—Ve, yo voy a buscar a tu padre.

Camino hacia Lucas, quien se encuentra conmigo a


medio camino.

—Fiesta animada —dice, con tono sarcástico, claro.

Mirando alrededor, se puede ver que la mayoría de las

personas están sentadas, sin hacer nada. Hay dos señores


jugando backgammon en la mesa del jardín, y ese es el

mayor entretenimiento que tenemos aquí.

—Claro que sí.

—Escucha, necesito contarte algo, pero no puedo.

—¿Cómo?

Arqueo las cejas, sin entender absolutamente nada de


lo que está diciendo.

—No puedo traicionar la confianza de Valen así, pero

tampoco me siento bien sin decírtelo.

—Vemos que ya has tomado partido, Lucas. ¿Estás

eligiendo a Valentine en lugar de a mí?

Él toma un sorbo de champán y se pasa la mano por

el cabello.

—De ninguna manera. Pero tampoco voy a elegirte a

ti.

—¡Pero qué mierda, eh! ¡Eres mi amigo desde que


teníamos nueve años! Si Valentine hizo algo, tengo que

saberlo. ¿Es un novio? ¿Drogas?

Pero Lucas niega con la cabeza, negándose.

—Si lo ves desde ese lado, la conozco desde que

nació. Pero escucha, estoy haciendo lo que puedo aquí y no


es nada de lo que estás pensando, tiene mucho más que

ver contigo.

—¿Conmigo?
—Te estoy diciendo que tu hermana está siendo

inducida a hacer algo que no te va a gustar.

Si está siendo inducida, significa que es contra su

voluntad, y eso ya me molesta.

—¿Qué cosa?

—Pues pregúntale a ella, Valentine se va a enojar

porque te conté esto. —Señala con la cabeza hacia una

dirección detrás de mí—. Puedes hablar ahora, ahí vienen

las chicas.

Me giro con la intención de interceptar a Valentine y

aclarar esta historia, pero mi mirada se desvía hacia

Madeline.

Me va a volver loco de esta manera.

La brujita se ha puesto un vestido negro, ajustado al

cuerpo. No es muy corto, pero resalta cada una de las

curvas generosas de su figura. El escote hace que solo

pueda fijarme en sus pechos, y siento una punzada en la


ingle con esa vista.
—Vaya, Madie ha crecido, ¿eh? —comenta Lucas, y

silba suavemente después.

—No digas tonterías, tiene veinte años.

—¿Y qué?

—No te acerques a ella, Lucas. —Mi mirada es lo

suficientemente fría y cortante como para que entienda el

mensaje.

—¿Estás loco? Solo comenté que ya es una mujer,

obvio que no me fijaría en una de tus hermanas.

Pienso en replicar, decir que ella no es mi hermana,


pero si eso es suficiente para mantenerlo alejado de ella,

que así sea.

—Eso es. Te rompo los dientes si haces algo con una

de las dos.

—Deja de decir estupideces, Bernard. Primero, porque

yo te daría una paliza —sonríe con sarcasmo—, y segundo,

porque soy tu amigo. ¿Crees que te traicionaría así?

—No lo creo, solo tenía que advertir.

En ese momento, las dos llegan hasta nosotros.

Madeline saluda a Lucas, y yo solo observo su reacción


cuando él coloca las manos en su espalda de una manera

demasiado íntima. Valentine lo abraza después.

—Madie, mi abuela está cumpliendo noventa años

hoy. ¿Se te olvidó? —pregunto, sin poder contenerme.

Ella frunce el ceño, confundida.

—¿Cómo se me iba a olvidar si estamos en su fiesta?

—Pensé que era un lapsus, porque ese vestido tuyo es

más apropiado para un club nocturno.

—¡Ah! ¿Te gusta mi vestido? Es nuevo, no quise

perder la oportunidad de estrenarlo.

—No, no me gusta, es indecente, mon cher.

Valentine y Lucas me miran con los ojos muy abiertos,

y quizás me haya pasado de la raya, pero ¿cómo se supone

que voy a concentrarme en algo con ella usando ese pedazo

de tela?

—Deja de ser pesado, Lippe. Madeline está guapísima.

—Valentine corre en su defensa.

—No le hagas caso, Madie. Philippe es súper protector.


—Lo sé —responde ella, mirándome sin un atisbo de

vergüenza—, hace la línea de celoso.


—Sí que lo es, ¡Dios nos libre! —Valen está de

acuerdo.

—Valentine, hablando de eso, nuestro amigo en

común aquí me estaba diciendo que estás haciendo algo

que no me va a gustar.

—¡Lucas! ¡Eres un traidor!

—Tú traicionaste a tu hermano primero —murmura

Madie, y Valentine también la fulmina con la mirada.


—No dije lo que estás haciendo, Valen —se defiende

Lucas—, pero me pones en una situación difícil, me dejaste


entre la espada y la pared, ¿entiendes?

—Él no contó, pero tú sí lo vas a contar. —La miro,


esperando que hable de una vez.

—¡No me lo puedo creer! ¡Además de no ayudarme,


me delató!

—Habla, Valentine.
—La abuela mandó que te buscara una novia. —Rueda

los ojos—. Le pedí a este traidor que averiguara si estabas


saliendo con alguien en París, pero no quiso ayudar. Ahora
te vas a ir, y la abuela Lia va a despertar a Madie todos los
días a las cinco de la mañana solo por fastidiar, cuando
vuelva a la universidad.

—En realidad, será a las cuatro —comenta Madeline,


suspirando.

—No se cansa, va a volverme loco. —Me termino el


champán de un trago, molesto, y se lo entrego al camarero

que está pasando entre los invitados.


No consigo enojarme con Valentine; sé muy bien cómo
es la abuela y lo persuasiva que puede ser.

—¿Sabías que hoy nos hizo plantar jacintos? Todo


porque Madie no entregó la invitación a la chica de tu cita,

como le pidió.
—¿Esa Cibelle? No puedo creer que quería hacer eso.

—Lo intentó.
—¿Y no entregaste la invitación, Madie? ¿Por qué?

—Quería ayudarte, ¿no es obvio? Tal vez pronto tú


también me ayudes, una mano lava la otra.

—¿Ayudarte cómo?
—Necesito ir a una inauguración… —dice, con una

sonrisita cínica.
Por suerte, Valentine está entretenida insultando a
Lucas, o podría entender muy bien a qué se refiere esta

descarada, ya que eso de inaugurar es cosa de las dos.


—¡Madeline!

Ella cierra los labios, como si los sellara con un cierre,


pero no parece arrepentida.

Dejo a los tres conversando y me acerco a hablar con


mi padre antes de irme, ya que casi no hemos conversado.

Está abrazado a mi madre, murmurando algo sobre alguien,


y se nota cómo tienen la vista fija en una mesa llena de

señoras de la alta sociedad.


—¿De quién estamos hablando mal? —pregunto,

sorprendiéndolos.
—¡No puedes llegar así de repente, Philippe! ¡Casi me

da un infarto!
—Quería pillarlos en el acto, qué feo burlarse de las
señoras de allí.

—No nos estamos riendo de ellas —niega mi madre,


entrecerrando los ojos—, solo estábamos comentando lo

graciosas que son tu abuela y Telma. Discutieron el otro día


en la iglesia porque el reverendo quería cambiar las cortinas
y las alfombras, y las dos tenían ideas muy diferentes de

decoración, pero creo que, en el fondo, están un poco


enamoradas de él —confiesa en un susurro.

—¿Del reverendo Martin? ¡Qué horror! ¿Por qué


piensan eso?

Mi padre suelta una carcajada y da un sorbo a su vino


antes de señalar con el dedo al grupo.
—Él llegó y le trajo un regalo a tu abuela, y todas sus

amigas se reunieron allí, incluida doña Telma. Las dos


incluso se tomaron una foto con él y ya están con risitas.

—Pero si él está cerca y la abuela tiene un interés por


él, ¿no deberían pelearse aún más ahora?

—Sí, pero tu abuela sabe que a él no le gusta, y el


sermón de esta semana habló mucho sobre la

mansedumbre y las intrigas, así que está tratando de dar


una buena imagen.

Por un momento me pregunto si el reverendo sabe


que ella aplasta nuestros dedos de los pies y nos castiga

plantando sus flores. Supongo que la dulce Lia, que ahora


sonríe al religioso, no muestra su verdadero rostro.
Cuando la fiesta termina, acompaño a Lucas hasta la

puerta de la casa y me despido de él. Después vuelvo a


entrar, pero mis padres y la abuela no están por ningún

lado. Valentine y el tío Maurice están en la cocina,


guardando algunas cosas que sobraron de la fiesta.

—¿Ya todos se fueron a dormir? —pregunto.


Inevitablemente estoy buscando a Madeline, pero

tampoco la veo por ninguna parte.


—Sí. Mamá acaba de subir. Pensé que Madie estaba

despierta, pero fui a ver si quería más pastel y ya había


cerrado la puerta con llave.

—Está bien, entonces. Yo también me voy a acostar.


Le doy un beso en la mejilla a Valentine y me despido

del tío Maurice. Salgo de la casa hacia el chalé y me


sorprendo al llegar afuera y notar que dejé la luz encendida.
Siempre la apago, pero hay una primera vez para todo. Abro

la puerta y me detengo, sorprendido por la escena que


encuentro.

Madeline está acostada boca abajo en mi cama,


usando el celular. Todavía lleva el mismo vestido infernal,

que apenas cubre su trasero ahora.


—¿Qué haces aquí?
Ella levanta la mirada al oírme y sonríe, tranquila.

—Cierra la puerta, podrían oírte.


—¿Oírme? —Aunque claramente ha perdido el juicio,
hago lo que dice, porque no quiero que la vean aquí—. ¿Te

estás escuchando a ti misma? ¿Por qué estás en mi cama?


—¿No es obvio? Vine a despedirme, te vas mañana. —

Sentándose, se agacha para recoger algo del suelo y se


levanta de nuevo con una botella de vino—. Pensé en que

podríamos tomar esto y conversar un rato.


—Tienes que salir de aquí —digo, porque

inevitablemente mis ojos ya están enfocados en sus muslos


gruesos, el escote generoso y cada pedazo de piel

expuesta.
Madeline se pone de pie, pero en lugar de dirigirse a

la puerta, camina hacia la cocina.


—¿Hay copas aquí? —Se pone de puntillas para abrir

los armarios y el maldito vestido se sube aún más—. ¡Las


encontré!

Madeline vuelve con las dos copas en las manos y una


sonrisa seductora en sus labios carnosos. No voy a poder
contenerme si sigue actuando así.
— Solo una copa, Philippe.

— Una copa y te vas, antes de que haga una locura.


— Así me van a dar ganas de quedarme… — provoca.

Ella misma abre la botella de vino y nos sirve.


Todavía estoy de pie, mirando a Madie de una manera

que no debería; parece una ilusión, un sueño erótico muy


equivocado. La observo llevar la copa a sus labios y tomar

un sorbo, pero un poco de vino se desliza por la comisura de


su boca, y ella lo lame de forma sensual.

— Madeline…
Ella nota mi mirada y sonríe. Luego deja caer un poco

de vino en su escote, no parece intencional, pero por la


forma en que sus ojos se encuentran con los míos, sé que lo
fue.
— Joder…

— Aquí no puedo limpiarlo. ¿Puedes limpiarlo tú,


Philippe?
Trago saliva, sintiendo sus pasos acercándose, cada
vez más cerca. Me pongo duro dentro de los pantalones y ya

no puedo controlar mis instintos.


— ¿Con la lengua? — pregunto, y mi voz sale ronca,
una evidencia del deseo que me consume.

— Como quieras.
En dos pasos estoy frente a ella. Un gruñido de
frustración se me escapa mientras envuelvo su cuerpo con
un brazo, acercándola a mí. Bajo el rostro directo al valle de
sus pechos y lamo el vino sin pudor.

A la mierda toda esa mierda de moral, ella lo está


pidiendo.
Madeline echa la cabeza hacia atrás y gime de una
manera tan placentera que pierdo el poco control que me

queda. Recorro sus pechos con la lengua mientras subo su


vestido, acariciando ese trasero redondeado con el que he
estado soñando desde que la vi en bikini.
Le doy una palmada en la carne suave con la mano

abierta, y ella salta con la sorpresa.


— Te dije que iba a azotar este trasero redondeado.
¿Vas a huir?
Ella niega con la cabeza, sus ojos se detienen en mi

boca y Madeline se inclina para besarme. La devoro. Muero


su labio lleno y deslizo la lengua en su boca; estoy duro y
desesperado por hundirme en ella.

Madeline desabrocha los botones de mi camisa,


impaciente, y le quito ese maldito vestido por la cabeza. La
aparto un poco porque necesito ver el cuerpo que será mi
perdición. Solo lleva una diminuta tanga de encaje, y sus

redondos pechos están libres y son mi ruina.


— Me encantan tus tatuajes — dice, con la voz
temblorosa.
— Quiero ver si te encantará lo que pienso hacerte.

Inclino la cabeza y tomo uno de sus pechos en la


boca, como soñé hacer en ese garaje. Lo chupo fuerte,
deleitándome con el pezón endurecido.
Ella susurra mi nombre en mi oído, volviéndome aún
más loco. Mi mano encuentra el tejido de la tanga. Solo una

fina tira sostiene los lados de la prenda, y con un tirón


fuerte, se rasga en mi mano.
— ¡Philippe! — exclama, sorprendida.
— ¿Qué pasa? Te lo advertí, cariño. ¿Quieres parar?

Madeline niega con la cabeza y abre las piernas; mis


dedos se deslizan por su húmeda entrada.
— Joder, estás empapada.

Toco el punto sensible y ella se mueve contra mis


dedos, completamente entregada.
— Es tu primera vez, ¿verdad?
— Sí.
— Entonces voy a tener más paciencia de la que dije

que tendría, te voy a chupar bien rico hasta que te corras en


mi boca y después te follaré despacio.
Madie niega con la cabeza.
— No. Quiero que lo hagas ahora.

— ¿Segura? Solo quiero prepararte antes.


— Ya estoy lista, por favor.
Una sonrisa victoriosa se dibuja en mi boca.
— Si lo pides así, te lo doy todo.

Bajo el cierre del pantalón y me lo quito por completo.


Solo con los boxers puestos, me agacho y tomo la billetera,
donde encuentro un preservativo. Me lo pongo y me acerco
a su entrada.

— Dime si quieres que me detenga si duele.


— Está bien.
Empiezo a entrar un poco en ella, despacio. Cierro los

ojos para mantener el control, porque mi deseo es


penetrarla de golpe y rápido, pero aún no puedo hacerlo.
Siento su cuerpo relajarse bajo el mío y avanzo un poco
más. Está tan mojada que la penetración se facilita.

— Va a doler un poco.
Madeline asiente y, a pesar de mis palabras, sus
manos recorren mi cuerpo, sus dedos tocando mis tatuajes,
como si el dolor no le preocupara.

Empujo un poco más.


— Ahora…
Beso sus labios y bajo mi boca a su cuello. Con una
mano, toco su clítoris, estimulándola, y penetro su apretada
entrada, sintiendo cómo se libera el camino. Madeline abre

la boca, sorprendida por las sensaciones, pero no grita ni se


queja.
— ¿Duele mucho?
— No tanto como imaginé, considerando el tamaño de

tu…
— ¿Quieres que pare? — pregunto, temiendo que diga
que sí.
— Claro que no, ¿ahora que la peor parte pasó?

Apoyo mi frente contra la suya, aliviado por su


respuesta.
— Voy a moverme. — Comienzo a moverme, entrando
y saliendo de ella.

Aunque todavía es lento, estoy a punto de correrme.


Es deliciosa, y la sensación de estar haciendo algo prohibido
me excita aún más; su sexo caliente me vuelve loco.
— Deliciosa.

Necesito que se corra, porque no aguantaré mucho


más. Chupo sus pechos, la estimulo y toco su clítoris con mi
mano libre, sin dejar de moverme. Madeline vuelve a gemir
en voz baja, incluso con un poco de dolor. Chupo y paso mi

lengua por sus pezones, mordiéndolos suavemente


después.
— Philippe…
— ¿Qué pasa?

— Esto es mejor de lo que imaginé.


— No tienes idea de las cosas deliciosas que quiero
hacer contigo.
Acelero un poco el ritmo al notar que está cómoda y
pellizco suavemente su clítoris. Vuelvo a hacer movimientos
circulares sobre él, excitándola más, y es evidente que está
a punto de correrse por la forma en que mueve las caderas,

pidiendo más.
Madeline no tarda. Su cuerpo tiembla en espasmos
deliciosos mientras su boca pronuncia mi nombre,
completamente entregada a mis manos. Es aún más

hermosa cuando se corre así, con la boca abierta, los ojos


cerrados y su pecho subiendo y bajando rápidamente por la
respiración agitada.
Aprieto sus pechos, que llenan mis manos, y me
entierro en ella un poco más rápido. Solo bastan cuatro

embestidas y siento los chorros de semen salir en el


preservativo.
Muerdo su hombro con fuerza, controlándome para no
soltar los cincuenta insultos que quiero decir. Si tuviera más

tiempo, ahora que ya metí la pata, me follaría a esta chica


en todas las superficies posibles de este chalet.
Pero, lamentablemente, me voy mañana. Salgo de
dentro de ella, ya pensando en qué hacer con la sábana
sucia para esconderla, pero no hay manchas grandes en
ella, solo el preservativo tiene un poco de sangre.
La llevo al baño para que pueda usar la ducha, y me
quedo pensando un momento en lo que acabo de hacer.

Joder… Soy un hombre y me estoy comportando como


un chaval desordenado, pero no hay otra forma de ver las
cosas ahora mismo.
Madeline vuelve al cuarto y recoge su ropa para

vestirse, también se pone los zapatos.


—¿Ya te vas? —pregunto al notar sus intenciones—.
No tienes que irte todavía, puedes quedarte un rato más
conmigo.

Pero ella se niega.


—Es mejor que no. —Su mirada parece triste—. Ya
hiciste lo que te pedí y fue maravilloso, mañana te vas y
nadie lo sabrá nunca. Gracias, Philippe.

—¿Me estás dando las gracias? Linda, el placer fue


todo mío, aunque me hayas llevado a esto con un poco de
insistencia. ¿Estás molesta? ¿Te lastimé?
—Claro que no, todo fue increíble.
—¿Estás segura?
—Claro que sí, fue genial y no volverá a repetirse —
dice, convencida.
La frase me deja una sensación extraña, porque ahora

que ya pasó, podría repetirlo mil veces sin ningún problema.


—Está bien entonces…
Madie se inclina y me da un beso en la mejilla, como
agradeciéndome, y luego sale por la puerta del chalet sin
mirar atrás.

Dijo y afirmó que todo está bien, entonces ¿por qué


me siento raro con esta escena?
Capítulo 6

MADELINE

Inquieta, me giré en la cama toda la noche y, incluso


ahora, cuando el sol ya ha salido y la luz empieza a iluminar

las cosas, mi mente sigue acelerada y llena de


pensamientos conflictivos, el corazón pasando de la euforia

a la tristeza y de vuelta, en cuestión de minutos.


Philippe fue el primer hombre con quien tuve sexo y

fue increíble. Ansiosa como estaba, investigué mucho antes


sobre el dolor que sentiría, el sangrado y todas las

posibilidades, pero al parecer fui una de las afortunadas. El

dolor no fue insoportable y casi no sangré tampoco.


Esperaba una buena dosis de sufrimiento y, en cambio,

recibí un placer inmenso.

Coloco la almohada sobre mi rostro para amortiguar la


risa mezclada con un grito de alegría y pateo las sábanas,

emocionada. Pero entonces vuelve el pensamiento. Aquel

que me recuerda que, por mejor que haya sido, nunca podrá
repetirse, nunca podré contar la experiencia a mi mejor

amiga, y la risa se apaga.

Si Philippe no fuera quien es, si no fuera millonario, si

no fuera hijo de la tía Giselle o si yo no fuera quien soy… Si

las cosas fueran diferentes, quizás sería una posibilidad, me


enamoraría de él en un abrir y cerrar de ojos.

Me levanto de un salto de la cama y cojo mi celular

para mirar la hora. Pasan poco de las siete, la mayoría de la

gente no debe haberse levantado todavía y, si salgo con

cuidado, puedo ir al chalet a hablar con él.


Quiero despedirme como se debe. Ayer me fui de

forma extraña, me invadió una sensación rara al darme

cuenta de que realmente había tenido sexo con él y que

había sido incluso más perfecto de lo que había fantaseado.

Un sentimiento de que nunca olvidaría esos momentos me

invadió, y necesité irme lo más rápido posible, poner un

límite a lo que habíamos hecho.


Sabía que, si me quedaba en ese momento, podría ver

el sexo por lo que era, solo algo casual y de una sola noche.

Pero si me quedaba con él, si me acostaba a su lado y


hablábamos de manera más íntima, inevitablemente

mezclaría más las cosas.

Pero ahora la noche ha pasado, el sol ha salido y

pretendo disculparme por salir corriendo y decirle que no

necesita preocuparse por mí. Que todo está bien y que todo

estará bien entre nosotros, siempre.


Bajo las escaleras en puntillas y, mirando a todos

lados, constato que la familia realmente no se ha levantado

aún. Una de las empleadas de la cocina está preparando el

desayuno, como no está de frente no sé exactamente quién

es, tal vez Marie, pero me escabullo por la puerta principal

para que no me vea.

Camino hasta el chalet y, cuando levanto la mano

para llamar a la puerta, noto que está entreabierta. La

empujo suavemente y encuentro a Philippe ya de pie, de

espaldas a la entrada.
Abro la boca para llamarlo, pero noto que está al

teléfono.

— No va a dar tiempo de vernos hoy, Lorraine… —

dice, pareciendo triste. — Claro que quiero verte, pero voy a

llegar cansado, quedamos para otro día.


¿Con quién habla así? ¿Con tanta intimidad?

Mi corazón se acelera en el pecho y siento una ola de

náusea invadirme.
— No, linda… Vuelvo hoy, seguro.

Una novia. Philippe tiene una novia y aun así estuvo

conmigo.

— No puedo quedarme más aquí — dice, y su tono

cambia a algo molesto. — Ya cometí una estupidez anoche y

me arrepentiré toda la vida.

Mis ojos se llenan de lágrimas al oír esas palabras. Su

novia puede que no tenga ni idea, pero yo sé que Philippe

se refiere a mí, a lo que hicimos. Sé que soy inexperta, pero

él también lo sabía. No hice nada tan malo como para

convertirme en su arrepentimiento de vida.

Una lágrima recorre mi mejilla y siento el pecho

apretarse con el golpe de la decepción. No esperaba mucho

de él, pero me entregué, y para mí fue especial, fue mi

primera vez, y escucharlo hablar de esa manera me duele

profundamente.

Hago un gran esfuerzo por volver sobre mis pasos sin


hacer ruido, colocando un pie detrás del otro y caminando
hacia atrás para asegurarme de que no me vea.

Entro al château y paso por la cocina llorando, subo

las escaleras y me encuentro con Valen en medio de ellas;

me agarra del brazo, asustada.

— ¿Qué pasó? ¿Por qué estás llorando, Madie?

— Después, Valentine. Necesito estar sola un rato,

¿vale? — Termino de subir los escalones y entro en mi

habitación, cerrando la puerta detrás de mí.

Estoy destrozada. Puede parecer una tontería, pero yo

no lo veo así. Lo idealicé, puse a Philippe en un pedestal y lo


elevé al nivel de un príncipe encantado.

Tan perfecto que sería el hombre ideal para

enseñarme sobre el sexo, para cuidarme en mi primera vez,

alguien que, aunque no tuviera un vínculo romántico

conmigo, sería de confianza. Entonces, lo que me duele no

son solo sus palabras, sino la ruptura de las expectativas

que creé, la idealización que hice.

No es más que un idiota descarado que tomó lo que le

ofrecí de buena gana.

Mi celular suena en la mesita al lado de mi cama y

estiro el brazo para agarrarlo, viendo el número de Manu


parpadear en la pantalla.

— Hola…

— Bonjour, Madie. Valentine dice que necesitamos

una misión de chicas unidas, así que paso a recogerlas en

una hora. Vamos a dar un paseo en coche, hacer un picnic

bonito y hablar de cosas que no te pongan triste.

— Esa chismosa.

Nos vimos apenas en las escaleras y ya armó todo un

plan.

— No acepto un no por respuesta, voy a llevar lo que

quieras comer. ¿Qué tal si vamos a Provins?

— ¿Provins? — repito, pensativa. Manu sabe que es

uno de mis puntos débiles, me encanta esa pequeña

comuna. — Puede ser, supongo.

— ¿Quieres algo más, amiga?

— Llamen a Michel, o se enojará. Y quiero Madeleines.

Casi puedo escuchar su risa al otro lado. A mis amigas

siempre les ha hecho gracia que mi dulce favorito tenga mi


mismo nombre, con una grafía similar.

— Oui. Madeleines para Madeline.


Cuelgo la llamada y vuelvo a dejar el teléfono en la

mesita. Me quedo mirando al techo, pensativa.

No puedo permitir que Philippe sepa que lo escuché o

que me molestó de alguna manera.

Philippe es un hombre mucho mayor que yo, con una

novia desprevenida en París, y no voy a darle el gusto de

notar que me ha afectado o de pensar que ganó esta

batalla.
No. Quiero que piense que yo gané; al final, conseguí

lo que quería y punto. Lo que siento o pienso, no tiene por


qué saberlo.

Elijo una ropa para salir con mis amigos: una falda
bien encima de las rodillas, amarilla, y una blusita de

tirantes finos, blanca. Me acomodo la boina sobre el cabello


castaño y, por último, tomo una chaqueta porque puede

hacer frío más tarde. Completo mi look con unas bailarinas


blancas y un labial rojo bien fuerte, para recordarme que

soy poderosa. Él es el que es un imbécil.


Cuando termino de arreglarme y salgo para
encontrarme con Valentine, ella ya me está esperando. Sin
preguntar nada más sobre el llanto o lo que pasó, me jala
hacia afuera para esperar a Manu.

Sé muy bien que este silencio y paciencia no durarán


mucho, pronto retomará el tema. Espero que para entonces

haya pensado en una excusa lo suficientemente buena.


Manu llega cinco minutos después, sentada al volante

del descapotable rojo. Michel ya está a su lado adelante, y


Valen y yo nos subimos enseguida a los asientos traseros.
Nadie menciona la razón de mi tristeza ni el porqué

del paseo, y seguimos hacia Provins hablando de música,


decoración y cosas muy aleatorias.

Cuando llegamos al pueblito, me siento


instantáneamente mejor, al menos un poco. Es como

regresar a la Edad Media, con las construcciones históricas,


las calles de piedra y todo aquí evoca esa época. Manu

sigue con el auto hasta la cima de una colina, un lugar


maravilloso desde donde podemos ver no solo Provins, que

es muy pequeño, sino también los árboles y todo el verde


alrededor.

Valentine extiende la manta de cuadros en el suelo y


Michel empieza a sacar la comida del auto. Hay una cesta
que Manu preparó, pero también hay cosas fuera de ella,
como una botella de champán y algunos quesos para cortar.

Voy con Michel al auto a recoger las últimas cosas,


pero me pide que espere un momento antes de volver con

las chicas.
—¿Qué pasa?

—Manu dijo que Valen te vio llorando. ¿Qué ocurrió?


—Creo que no quiero hablar de eso todavía.

—Soy tu mejor amigo —insiste, cruzando los brazos—,


si algo pasó, puedes decírmelo. Estoy aquí para apoyarte en

todo.
Asiento, porque realmente creo en eso. Michel

siempre ha estado presente y ha sido un buen amigo;


además de las chicas, es mi amigo más cercano.

—Es por un chico…


—Entonces prefiero no saber —interrumpe, pasando
junto a mí y uniéndose a las chicas.

Es solo entonces cuando entiendo lo que Valentine


decía. Parece que Michel de verdad tiene algún interés en

mí, porque no habría otra razón para comportarse de esa


manera.
Y yo, teniéndolo a él a mi lado, siempre leal y amable,

fui a enamorarme del moreno de ojos azules y carácter


dudoso. Soy todo un cliché.

Vuelvo con los demás y me siento entre Michel y


Valentine. Manu está acostada del otro lado, con las piernas

cruzadas y el sombrero de paja sobre el rostro. Según ella,


no se hace un picnic sin un sombrero de paja. Suena una
música de fondo, porque la ha puesto en su celular.

— Gracias, chicos. Siempre son increíbles…


— Los mejores — coincide Manu —, y siempre

estamos contigo, Madie.


Michel asiente, apretando los labios, en señal de que

aunque no quiera saber, sigue estando a mi lado.


— Ni siquiera tengo que decirlo, le mandé un mensaje

despidiéndome de mi hermano porque salí para animar a mi


otra hermana. Se va a París hoy, ni sé cuánto tiempo estará

fuera esta vez.


Manu se quita el sombrero del rostro y desvía la

mirada hacia Valentine.


— ¿Philippe ya se va?
— Oui, solo vino para el cumpleaños de nuestra

abuela, esa fiesta a la que, por cierto, tú no fuiste.


— Lo siento, amiga. Tu abuela me da miedo — dice

mirando a Michel. — Quedamos en huir juntos porque la


última vez casi me arranca el dedito con esa silla

endemoniada.
Valentine se ríe, asintiendo.

— Hiciste bien, la fiesta fue un coñazo. ¿Verdad,


Madie?

Asiento con la cabeza, tratando de no pensar


demasiado en lo de ayer y cambiando el enfoque para coger

un cubito de queso de la bandeja. Michel llena mi copa de


champán y doy un largo trago, sintiendo los ojos atentos de

Manu sobre mí.


— ¿Qué pasa?
— Nada. Solo estaba pensando, estuviste en la fiesta

ayer y hoy has estado llorando… ¿Qué pasó entre ayer y


hoy, o sea, durante la madrugada, para que estés tan mal?

— Estás siendo un fastidio — dice Michel, señalando a


Manu.
Los tres me miran, pero no quiero hablar.
Especialmente después de lo que Michel me dijo, sobre no

querer saber.
— Digamos que salí de casa, estuve con alguien y me
arrepentí — respondo, simplemente.

— ¿Con quién? — Las dos chismosas se enderezan,


queriendo saber.

— Eso no importa — contesto, concentrándome en las


uvas. — Es un tema muerto y enterrado, por favor.

— No dejaré pasar esto así, Madie — me advierte


Valen —, ya verás.

Por suerte Michel cambia de tema a algo más seguro


y empieza a contarles sobre la última fiesta que decoramos

juntos y el desastre que armó la madre de la novia, tirando


incluso parte de nuestro decorado.

— Ya te dije que invertiré en tu empresa si quieres —


comenta Manu, riéndose de la historia.

Ella realmente lo ha ofrecido antes, los padres de


Emmanuelle son tan ricos como los de Valentine, pero la

emanciparon muy joven y tiene una fortuna propia


envidiable. Los únicos pobres aquí, como diría la abuela Lia,
somos Michel y yo.

— Mi madre también lo ha ofrecido, pero ella insiste


en hacerlo por su cuenta — añade Valen, mirándome de

reojo —, ni siquiera aceptó ayuda para la universidad. Me


parece admirable, pero una tontería.

— Ya verán, todo saldrá bien y mi proyecto despegará,


Michel seguirá ayudándome, ¿verdad?

Él asiente y, tomando un racimo de uvas, apoya la


cabeza en mi regazo. Es un gesto sencillo, que siempre ha

hecho, pero después de las conclusiones a las que llegué,


adquiere un significado diferente. Empiezo a darme cuenta,

en esos pequeños detalles, de que quizás he estado


demasiado dispersa como para no notar las señales.
— Claro que sí.
— Pero si algún día tía Giselle me echa de la casa,

aceptaré la inversión, Manu — comento, esbozando una


sonrisa forzada. Creo que si los Bernard se enteraran de que
estuve con Philippe, estaría muy cerca de que eso
sucediera.

— Deja de decir tonterías, mi madre te ama.


— Pero la abuela…
Valentine arquea las cejas.

— Fue cruel contigo en el jardín, me preocupa dejarte


aquí cuando vuelva a la universidad. Pero si te consuela,
ella no ama a nadie — comenta, sonriendo después.
Asiento y doy un sorbo a mi champán. Mi celular vibra
con un mensaje y lo alcanzo para ver qué es.

Philippe envió.
"Cuando salí, no estabas aquí. Quería decirte que la
noche fue un hermoso recuerdo. No puede repetirse, tienes
razón, pero quería saber si estás bien después de ayer…"
Pienso en qué responder y mi mente vuela lejos, hacia
la entrada del chalé y las palabras que él dijo. Un
arrepentimiento para toda la vida.
Una rabia me invade al leer lo que escribió. ¿Cómo

puede ser tan falso, actuando como si realmente le


importara? Cuando tiene una novia y está volviendo a ella
como si no hubiera hecho nada.
Michel está trazando círculos en la palma de mi otra

mano ahora y, por un instante, me veo guiada por un


sentimiento vengativo. Levanto el teléfono y tomo una foto
en la posición en la que estamos, nuestras manos unidas, su
cabeza sobre mis piernas; a simple vista pareceríamos una

pareja.
Empiezo a escribir con una sola mano para que Michel
no lo note. Si se entera de quién es mi interlocutor, no será
nada bueno.

"Gracias, Philippe, por lo que hiciste. Me diste una


noche agradable y me ayudaste a librarme de un obstáculo
para estar con quien realmente quiero… Bon voyage."
— Eh… Madie, ¿puedes venir al coche a ayudarme con

algo?
Doy un salto al escuchar la voz de Manu detrás de mí.
Ni siquiera había notado que se había levantado.
— Claro.
Michel se aparta y me levanto para seguir a Manu.

Damos la vuelta para quedar parcialmente escondidas por


el automóvil, y ella se gira para mirarme, el vestido
ondeando suavemente alrededor de sus piernas delgadas.
— ¿Qué mierda es esta? ¿Estuviste con Philippe? —

pregunta, susurrando.
— No tengo ni idea de dónde sacas eso.
Manu arquea las cejas y me mira como si estuviera

sorprendida por mi negativa.


— ¿De verdad vas a intentar con esa mentira? Si
mientes así de mal, Valentine lo descubrirá de inmediato. Vi
tu mensaje, pero ya me había hecho una idea con el hecho
de que estuviste con alguien de madrugada, ¡y solo estaba

él allí!
— ¿Quién dijo que fue en la casa? Podría haber salido.
— Podrías, pero no saliste.
— Manu, no sé qué quieres que diga.

— Oh, mon Dieu! ¿Te acostaste con él? — Sus ojos se


agrandan cuando no respondo. — ¡Tiene el doble de tu
edad! Y es el hermano de Valen.
— No tiene el doble, deja de exagerar. Y sé que son

hermanos, pero él no es mi hermano. Además, fue solo una


vez, quería perder la virginidad y la perdí, ya está.
— ¿En serio, Madie? — Me mira incrédula. — ¡Estabas
llorando! Ese mensaje tuyo fue una mentira total, sé que no

te interesa Michel, ojalá fuera así, pero no es el caso.


Cambio el peso de una pierna a la otra y respiro
hondo, rindiéndome.
— Está bien. Pero no lo cuentes, no quiero que Valen

se enfade, ni conmigo ni con él… Siempre me ha gustado


Philippe, desde hace mucho, y esta vez fui a por él. Al
principio se resistió un poco, pero al final estuvimos juntos y
perdí la virginidad con él anoche.

Manu parece no saber qué decir, sus ojos están


desorbitados mirándome.
— Pero él es un idiot, siempre supe que no estaba a
mi alcance, como diría la abuela, pero no esperaba

romance, Manu. Solo que cuando fui a despedirme por la


mañana, estaba hablando con su novia y dijo que había
hecho algo de lo que se arrepentiría toda la vida. No hace
falta ser un genio para saber que ese algo soy yo.
— Ay, amiga… — Abre los brazos y me atrae hacia

ella. — Siento mucho que ese idiota recibiera el regalo de tu


primera vez y se comportara de esa manera.
La abrazo y, desde donde estamos, veo a Valentine y
Michel conversando y riendo, sin tener la menor idea de lo

que pasa aquí. Siento un nudo en el corazón por haber


hecho algo que ahora se interpone entre Valen y yo, algo
que no puedo compartir con ella.
PHILIPPE
No sé si alguna vez me he sentido tan impresionado y

sorprendido por una mujer en toda mi vida, y me asombra


mucho el hecho de que la elegida para ese papel tenga solo
veinte años. Tuvimos una noche increíble, estoy seguro de
que para ella también fue buena.

Estoy en la carretera, volviendo a París, pero mi


mente sigue fija en el mensaje que me envió. Madie era
virgen, al menos eso fue lo que me dijo, a menos que haya
mentido porque quería acostarse conmigo. Pero sangró,
aunque no sintió mucho dolor. Al contrario, parecía estar

disfrutándolo bastante y fue ella quien me buscó.


Su actitud después me dejó impresionado; la vi como
una chica práctica, que entendió que lo que habíamos
tenido era solo algo casual y prefería no mezclar las cosas.

Pero el mensaje de hoy fue completamente innecesario.


¿Agradecerme porque ahora puede acostarse con otro?
Sacudo la cabeza mientras el viento entra por la visera
abierta del casco.
Eso porque ella dijo que solo eran amigos y que no

había nada entre ellos. Debería haber sabido que era


mentira.
Mis padres la criaron en casa con todo el cariño,
Valentine la considera como una hermana, pero Madie es

totalmente diferente de lo que pensé. La chica inocente y


virginal que me mostró era solo una fachada, y caí como un
imbécil.
No es que yo sea el bueno en esta historia; estuve con
ella y me gustó, lo haría de nuevo muchas veces porque no

podría resistirme, pero estoy sorprendido de haber sido


engañado de esa manera. Ahora entiendo el punto de mi
abuela, y nunca pensé que diría esto, pero realmente un
hombre excitado no ve lo que tiene frente a sus ojos.

La dulce e inocente Madeline me sedujo, para al día


siguiente ir y estar con ese pobre tipo.
Capítulo 7

MADELINE

Han pasado cinco semanas desde aquella fatídica


noche en la que Philippe y yo estuvimos juntos. Él se fue,

nos despedimos de una manera mala, pero que


definitivamente puso un punto final a lo que estaba

ocurriendo entre nosotros, y no he vuelto a tener noticias de


él.

Hoy, Michel y yo tenemos una fiesta que organizar, y


después de avisar a tía Giselle y a Valen que no volveré

temprano a casa, salgo en mi Vespa por la ciudad, rumbo a

la casa de los Delourax, para la fiesta de quince años de


Maya. Recorro las calles de Chartres, intentando ignorar el

hecho de que no me estoy sintiendo bien.

No es la primera vez esta semana, pero lo he estado


ignorando, porque las náuseas, sumadas a otros síntomas,

envían una alerta a mi cerebro que prefiero desestimar. No

tendría ningún sentido que estuviera embarazada; después

de todo, esa fue mi primera vez y usamos protección, pero,


aun así, los mareos, la menstruación que ya me tiene

preocupada, y los desvanecimientos repentinos cuando me

levanto rápido, me están volviendo loca.

Sigo hacia la mansión de la familia de Maya, alejando

esos pensamientos. Hoy es un día de trabajo, y pensar en


todas esas tonterías solo me va a distraer.

Cuando estaciono frente al garaje abierto, veo el

coche de Michel. Él abre la puerta y baja en cuanto me ve,

viniendo hacia mí.

— Bonjour, Madie. Los globos están en el coche,


¿crees que los saco ya?

— Bonjour. Vamos a sacar todo, montamos el arco y,

más cerca de la hora, inflamos los globos…

Juntos, empezamos a sacar los objetos de decoración

de la parte trasera de la vieja camioneta. Hay arcos, flores,

soportes, moldes, algunos tótems, cosas que uso de forma

improvisada y otras que hice personalizadas para Maya.


Michel también saca la escalera para colgar los

adornos que van a sustituir las lámparas modernas y darle

un aire más monárquico.


Cuando entramos en la casa, nos recibe una

empleada que nos lleva hasta el gran salón de fiestas. El

lugar está completamente vacío, y lo prefiero así, porque es

más fácil trabajar.

Los Delourax son ricos, pero probablemente no estén

en su mejor momento, o habrían contratado a alguna


empresa famosa para encargarse de la decoración. Si me

llamaron, es porque querían a alguien que hiciera el trabajo

bien y cobrara poco, y como me recomendaron los padres

de Manu desde su buffet, me contrataron, y no podría estar

más feliz, porque este dinero me ayudará bastante, aunque

para ellos no sea gran cosa.

Michel y yo dejamos las cosas en una esquina y miro

alrededor, tratando de imaginar cómo quedará todo una vez

terminado, dónde prefiero colocar cada cosa y el espacio

donde deben estar las mesas para que los invitados


también tengan libertad de moverse.

— La pista de baile irá justo ahí, frente al escenario. —

Michel señala.

— Oui. Entonces ayúdame con la escalera, voy a


poner el adorno en la lámpara y tú sostienes para que no se
mueva y me caiga.

— Déjamelo a mí.

Michel ajusta la gorra sobre su cabello rojizo y se


remanga la camisa. Camina hacia la escalera y la coge con

una mano, llevándola al centro del salón. La coloca debajo

de la lámpara y la abre.

— Puedes subir, yo la sostengo.

Pongo el pie en el primer peldaño y hago una prueba

para asegurarme de que mis zapatillas estén bien firmes

antes de comenzar a subir. Cuando llego casi a la cima,

siento la sensación de vértigo y cierro los ojos. Ahora no…

Pésimo momento para sentirme mal. Con una fiesta

enorme que organizar, con Michel cerca para presenciarlo, y

a casi dos metros del suelo. Me agarro a la escalera con las

manos, y mi cuerpo se tambalea, creo que por el mareo, la

náusea le sigue y siento que estoy a punto de vomitar.

— ¿Madie? ¿Estás bien?

— La verdad… creo que no.

Me agarro con fuerza. Abro los ojos y veo que mis

nudillos están blancos; todo está girando. Siento que las


piernas se me aflojan y pierdo el conocimiento mientras

oigo a lo lejos la voz de Michel gritando mi nombre.

No recuerdo nada sobre el trayecto. Despierto un

tiempo después y estoy acostada en una camilla en el

hospital, hay un suero conectado a mi brazo, goteando

lentamente, y Michel está de pie a mi lado, sosteniendo mi

mano, con el ceño fruncido de preocupación.

— ¡Ey! Te despertaste… Casi me matas del susto.

Me siento de inmediato, recordando las circunstancias

en las que todo sucedió.


— ¡La fiesta de Maya!

— Tranquila, Madeline. No hay manera de que salgas

del hospital así, acabamos de llegar. El médico va a hacer

algunos exámenes para ver qué tienes…

Trago saliva, sintiendo volver ese mal presentimiento.

Mi mente trabaja rápido; no puedo perder el trabajo de hoy,

Michel no puede estar aquí cuando el médico hable conmigo

y no quiero oír lo que creo que me van a decir.

— Manu… ¿Dónde está mi teléfono? Necesito hablar

con ella.

— ¿Por qué?
— Sus padres pueden mandar gente para ayudar con

la fiesta, no podemos dejar a los Delaroux así, además,

sabes que necesito el dinero…

Michel me mira fijamente por un momento, pero

termina asintiendo.

— Creo que es una buena idea.

— Y tú vas con ellos.

— ¿Yo? No pienso alejarme de ti de ninguna manera…

— Sí vas, porque solo confío en ti, Michel. Ellos no

saben cómo planeamos hacer la decoración y lo arruinarán

todo sin dirección, necesitas ir y poner orden, hacer que la

fiesta suceda. — Aprieto sus dedos entre los míos en un

ruego desesperado. — Te necesito.

— Está bien, voy a buscar tu celular.

Cuando Michel regresa a la camilla con mi bolso,

agarro el teléfono y llamo a Manu, que contesta de

inmediato. Le explico que estoy en el hospital, y mi amiga

moviliza a los empleados del buffet de sus padres


enseguida. No sé qué haría sin los mejores amigos del

mundo. Manu promete que vendrá al hospital a estar

conmigo, para que Michel pueda ir tranquilo a la casa de los


Delaroux, y hago que ambos prometan no contarle nada a
tía Giselle ni a Valentine hasta que sepa lo que tengo, solo

para no preocuparlas. La verdad es que no estoy lista para

enfrentar a las dos si mis sospechas se confirman.

Cuando el médico, que se presenta como el doctor

Simón, llega un poco después, estoy sola. Tiene una carpeta

en las manos y revisa los datos antes de mirarme con una

sonrisa.
— Señorita Madeline Leroy, veinte años… No tiene

antecedentes de anemia.
— ¿Cree que estoy anémica? — Siento una chispa de

esperanza.
— Podría ser la causa de los mareos y las náuseas,

pero primero tengo que preguntarle si hay alguna


posibilidad de que esté embarazada.

— Bueno, yo… — Siento que mi cara se pone roja.


Todavía es demasiado extraño para mí hablar de esto; me

siento como la misma chica tonta y virgen de hace cinco


semanas. — Tuve sexo una sola vez, y usamos preservativo,
así que creo que las posibilidades son pocas, ¿cierto?

Él lo considera.
— ¿Y tu menstruación?
Me cubro el rostro con las manos, sintiendo que los

ojos se me llenan de lágrimas.


— Una semana de retraso…

— ¿Estás segura de que usaron preservativo? ¿Y que


fue solo esa vez?

— Claro que sí, doctor.


— Desafortunadamente, aunque el condón sea el
método anticonceptivo más seguro, aún puede fallar. Vamos

a hacer un análisis de sangre para salir de dudas. Tal vez no


sea eso y ya investigamos si te falta alguna vitamina. ¿Está

bien?
Asiento, porque no me queda otra opción. Fingir que

nada está pasando no va a hacer que la situación


desaparezca. Me levanto de la camilla para seguirlo hacia la

sala donde me van a sacar sangre, y salgo al pasillo. Es ahí


cuando veo a Manu entrando apresurada, girando la cabeza

de un lado a otro buscándome, con su cabello negro y corto


moviéndose con sus gestos.

— ¡Madie! Mon cher, ¡me diste un susto! ¿Qué te


pasa?
Me abraza, y el médico espera pacientemente a un
lado.

— Aún no lo sé, me van a hacer un análisis ahora.


— ¿Un análisis de qué?

Trago saliva y miro de ella al médico, pero él no dice


nada, probablemente esperando a que yo decida si quiero

contar o no.
— Una prueba de embarazo.

— Oh mon Dieu… — Manu se lleva la mano a la frente


y respira hondo. Asiente dos veces, como si estuviera

tratando de calmarse a sí misma. — Está bien, vamos. Estoy


contigo, amiga. Lo descubrimos y luego vemos qué hacer.

El doctor Simon sigue caminando y nosotras lo


seguimos de cerca. Manu enlaza su brazo con el mío y

apoyo mi cabeza en su hombro.


— Por eso no querías que le dijera nada a Valen…
— Tengo miedo, Manu. ¿Qué va a ser de mí si

realmente estoy embarazada? Me van a echar de casa.


— Deja de pensar en eso, ni siquiera sabes si estás

embarazada, y si lo estás, Philippe es un hombre


responsable. Un poco idiota, pero no te va a dejar tirada así.
— No lo sé, la abuela Lia siempre habla de mujeres

que quieren atraparlo.


— No es tu caso, ¿de acuerdo? Eres una buena mujer

que tuvo una noche con él y eres parte de la familia; nadie


te va a echar. — Se muerde la punta de la uña pintada de

rojo, pensativa. — Quizás los primeros días sean


complicados, pero puedes quedarte en mi casa. Las cosas
se van a arreglar porque Philippe va a apoyarte.

— ¿De verdad crees?


— Claro que sí, y además, puede que solo necesites

mejorar tu alimentación…
Me aferro a esa posibilidad. En verdad no soy la mejor

cuando se trata de una dieta equilibrada; tal vez me faltan


verduras y legumbres, frutas, ejercicio. Si estuviera en la

universidad como Valen, sería porrista como ella, haciendo


piruetas y con buena condición física, no estaría

desmayándome por ahí. Seguro es eso, claro que sí.


Llegamos a una sala pequeña y el médico me pide

que me siente en un sillón en la esquina. Sin perder tiempo,


saca una muestra de sangre con una jeringa esterilizada y
la envía para su análisis, mientras Manu y yo esperamos

nerviosas.
No tarda mucho en estar listo, pero para mí se siente

como una eternidad; me muero por dentro de la ansiedad.


El doctor Simon me llama a su consultorio esta vez, un

espacio bonito y sencillo, donde nos pide que nos sentemos


en las sillas frente a su escritorio mientras revisa el papel en

sus manos, ese que cambiará mi destino para siempre.


— Bueno, Madeline… Como sospechábamos, estás

embarazada. Eres una de las afortunadas que entran en ese


2% de mujeres que quedan embarazadas usando

preservativo; parece que eres aún más especial,


considerando que fue tu primera relación sexual. — Se está

riendo.
Siento ganas de abrir un agujero en el suelo y
esconderme ahí.

O darle un puñetazo a la cara bonita de este médico.


— ¡Felicidades, mamá! Te voy a derivar para que

empieces los exámenes de embarazo. Tienes que buscar un


obstetra, él te cuidará durante la gestación.
Manu resopla a mi lado, apretando mis dedos con
fuerza, y escucho el golpe seco cuando da una palmada

fuerte en la mesa.
— ¿No tienes ni una pizca de tacto o qué? ¡Eres más
insensible que una puerta!

El médico abre los ojos, sorprendido por la reacción.


Para ser honesta, aunque ella tiene razón, tampoco lo veía

venir.
— ¿Qué ha dicho la señorita?

— Que es un imbécil. ¿No ve que ella no quería esto?


Fue sexo casual, no tiene ninguna relación con el padre,

está en shock, sin saber qué hacer ahora, y usted la felicita.


¿No cree que antes de felicitar a alguien debería asegurarse

de que está contenta?


— Yo… — El médico me mira y luego a ella. — ¿Me

está diciendo que quiere abortar? Todavía está en plazo,


solo que no lo pensé…

— ¡Idiota otra vez! — Manu casi grita. — ¡Nadie ha


dicho eso! Lo que digo es que apenas ha procesado la

noticia, eso no quiere decir que no quiera tener al bebé,


pero tampoco va a saltar de alegría y agradecer sus
felicitaciones por algo que no había planeado.
Sinceramente, ¡vaya tela!

Emmanuelle se pone de pie, ajusta la bolsa en el


hombro y me hace un gesto para que yo también me

levante.
— Dé ese papel para que busque al obstetra…

El médico firma el documento a toda velocidad; creo


que solo quiere quitarnos de en medio, pero no puedo

quejarme. Es un alivio saber que en este momento, en el


que mi mundo acaba de desmoronarse, tengo a alguien que

no piensa dejarme sola.


Manu agarra los papeles de la mano del hombre y

luego me toma del brazo para sacarme del consultorio.


Caminamos por el pasillo hasta salir del hospital y, en el
estacionamiento, nos subimos a su coche.
— Mi Vespa… — murmuro, recordando que la dejé en

los Delourax.
— Michel la pondrá en la camioneta y la llevará a mi
casa para que puedas volver.
— ¿Vamos a tu casa?
Ella asiente. Manu saca unas gafas de sol de la
guantera y se las pone antes de arrancar.

— Hablaremos allí, con calma… Vas a descansar un


poco, comer, despejarte, decidir qué hacer, y solo entonces
irás al château.
Asiento, agradecida de que ella tome las decisiones
por mí. Con la mente tan desordenada como la tengo ahora,

no podría decidir nada; probablemente iría a casa y me


descubrirían enseguida, rompería a llorar en cuanto
Valentine me preguntara qué pasa, y me delataría en dos
segundos. Necesito tiempo.

Cuando llegamos, queda claro que Manu lo ha


pensado todo. Su cuarto es enorme, como un set de
película, en tonos rosa pastel, con una cama llena de cojines
y alfombras que hunden los pies al caminar.

Me lleva a un sofá en una esquina y abre las puertas


del balcón que dan al jardín. Sobre la mesa frente a mí hay
un festín preparado. Manu ha pedido madeleines,
croissants, pain au chocolat, choux, además de brownies,

frutas cortadas y jugo de naranja y piña.


— ¿Por qué pediste todo esto?
— Necesitas comer bien, si te alimentas
adecuadamente las náuseas pueden disminuir… Además,

pedí la comida antes de que saliera el resultado, pensé que


a lo mejor te sentías mal por el hambre — admite,
encogiéndose de hombros.
Manu se deja caer en el sofá a mi lado y se quita las

botas, lanzándolas a un rincón.


Agarro uno de los panes de chocolate y le doy un
mordisco, cerrando los ojos al sentir el sabor en la punta de
la lengua. Delicioso…

Pero no logro disfrutarlo. De inmediato, el recuerdo de


mi reciente descubrimiento vuelve a mi mente, el miedo
regresa, y mis ojos se llenan de lágrimas de nuevo; dejo la
comida a un lado y me vuelvo hacia mi amiga.
— ¿Qué hago? Estoy hecha polvo, Manu. No podré

seguir trabajando, mi sueño de abrir la empresa ya fue,


porque me van a echar de casa. La tía Giselle, ya sabes, es
como mi madre, pero va a odiarme, va a pensar que soy
una interesada…

Manu parece que también quiere llorar, lo veo en sus


ojos, pero se mantiene fuerte por mí.
— Y Valen. ¿Qué va a pensar cuando se entere de que

estuve con su hermano? Se va a enfadar muchísimo


conmigo, y la amo tanto, Manu. No puedo perder a mi
hermana…
— ¿Solo piensas en ellos? ¿No piensas en ti misma?
Quiero saber qué sientes tú…

— ¿Yo? ¿Cómo voy a sentir algo si solo pienso en


todos los problemas? Ni siquiera sé cómo va a reaccionar
Philippe, si va a perder los estribos o si lo tomará bien, tiene
una novia, ¿te acuerdas?

— Pero nunca la ha presentado a la familia, no parece


algo serio.
— Puede ser…
— Bueno, primero, ¿quieres tener al bebé?

Asiento sin dudar.


— Con o sin él. No juzgo a quienes eligen lo contrario,
pero ya está hecho, ya está aquí… No voy a abortar.
— Entonces el primer paso es llamar a Philippe y

hablar con él. Creo que por teléfono no es buena idea, mejor
pídele que venga a verte en persona.
Manu tiene razón, no tengo otra opción. Tengo que

hablar con él porque Philippe merece saberlo, sea cual sea


su decisión y lo que haga al respecto.
Agarro mi móvil y busco su nombre en la agenda.
Escucho los tonos mientras llama y, por primera vez en

mucho tiempo, oigo su voz al contestar. Es curioso cómo el


tono grave de su voz todavía tiene el poder de afectarme,
incluso después de todo.
— ¿Madeline? ¿Todo bien en casa? — contesta, creo

que extrañado por la llamada.


— Sí, todos están bien. ¿Y tú, cómo estás?
— Sorprendido. No esperaba que me llamaras, sobre
todo después de aquel último mensaje — dice, con un toque
irónico.

— Te llamo porque tenemos que hablar. ¿Podrías venir


a Chartres para hablar conmigo? Lo antes posible, pero
preferiblemente sin avisar a tus padres ni a Valen…
Philippe se queda en silencio varios segundos. Manu

me mira con las manos abiertas, preguntándome cuál es la


respuesta, pero sigo esperando, y cuando él vuelve a
hablar, su voz suena mucho más seria que antes.
— Me estás preocupando, Madie. ¿No puedes

adelantarme algo?
— Puedo decirte que nadie está enfermo, puedes
venir tranquilo por eso. Te lo contaré cuando llegues.
— ¿Es tan necesario? — pregunta, dudando de la

urgencia.
— Sí, Philippe.
— Vale, ¿dónde puedo encontrarte si voy hoy? Por la
noche.

— Me puedo quedar en casa de Manu, sabes dónde


es, ¿no?
— Sí, paso por allí cuando llegue a la ciudad y
hablamos. Hasta luego.

Cuelgo la llamada y miro a mi amiga, que toma mis


manos entre las suyas.
— ¿Ves? ¡Ha dejado todo para venir en cuanto se lo
pediste! Todo va a salir bien, ya lo verás…

— Eso espero. Le dije que viniera a tu casa cuando


llegara, ¿puedo quedarme aquí a dormir? — pregunto,
después de haberlo arreglado todo.
Manu levanta una ceja.
— Como si fuera a decirte que no.
Se levanta y corre hacia la cama para buscar su bolso;
su móvil está sonando dentro.
— Es Michel… Está preocupado por ti, ¿qué le digo?

— Por ahora digamos que tengo anemia, era la


sospecha inicial del médico, así que se lo creerá.
Manu aprieta los labios y pone una mano en la
cintura, pensativa, y luego sacude la cabeza con un aire

desanimado.
— Ay, amiga... Se va a poner muy mal.
— ¿Quién? ¿Philippe?
— Michel. Él te ama, lo sabes, ¿verdad?
La seguridad con la que lo dice me deja sorprendida.

— ¿Amar? Creo que exageras, Manu. Sé que le gusto,


me costó bastante notarlo, y sinceramente, tal vez en algún
momento le habría dado una oportunidad si las cosas no se
hubieran complicado tanto ahora. Pero amor es demasiado.

Manu abre los ojos como si hubiera dicho una locura.

— ¿Madie? ¿No te das cuenta? Te ama, en serio. Y no


es algo nuevo, ¿eh? No es como si te hubiera conocido ayer;
Michel ha estado enamorado de ti desde que eran niños, y
eso solo fue creciendo. — Mira la pantalla del móvil y
suspira, resignada. Yo también siento un nudo en el pecho.
— Siempre le dije que debería ser más valiente, declararse,
hacer algo para que te dieras cuenta, pero él pensaba que

si estaba destinado a pasar, pasaría naturalmente.


Parpadeo, aturdida por esta revelación. No me lo
esperaba.
— ¿Estás diciendo que sabes que le gusto porque te lo

ha dicho claramente?
— Claro que sí. Los cuatro somos muy amigos, pero
así como tú y Valen siempre han estado más unidas, Michel
y yo siempre hemos sido mejores amigos; me cuenta todo,

y sé que no debería decírtelo nunca, pero te lo estoy


diciendo porque en medio de este lío, creo que debes hablar
con él antes de que se entere por alguien más…
Asiento, aún sin poder asimilarlo. Hoy han pasado

tantas cosas inesperadas que no sé cómo reaccionar a todo.


— Está bien, hablaré con Philippe y cuando las cosas
estén más claras y definidas, se lo contaré a Michel…
Pero la verdad es que no sé si estoy preparada para
enfrentar las consecuencias del tornado que acaba de
arrasar con mi, hasta ahora, tranquila vida. Sin embargo,
esté lista o no, el caos llegará, y no me quedará otra que
afrontarlo.
Capítulo 8

PHILIPPE

Marco el número de la extensión de mi secretaria.


Camille trabaja en la recepción, justo enfrente de mi

despacho, así que no tarda en golpear la puerta.


— ¿Señor Bernard? — pregunta, con su tono siempre

tan formal.
Es curioso cómo mi vida está tan separada. Aquí en

París, lejos de mi familia, soy conocido en el mundo de los


negocios como el señor Philippe Bernard, CEO de Nouveau,

magnate del sector tecnológico y dueño de una de las

empresas más grandes del mundo en este campo.


En Chartres, soy el nieto de Lia Bernard. Ella sí tiene la

mayoría de las acciones de Nouveau, y aunque yo tenga

dinero suficiente para hacer lo que quiera y autoridad para


decidir sobre todo en los negocios, una firma suya podría

cambiar todos mis planes futuros.

— Pasa, Camille.
La joven empuja la puerta y asoma primero la cabeza,

con una sonrisa tensa.

— ¿Me llamó? ¿Necesita algo?

— Oui. Cancela todos mis compromisos de hoy; voy a

Chartres.
Apago la computadora y me levanto. Camille

parpadea, sorprendida por mi decisión repentina.

— ¿Cómo? ¿Se va a viajar ahora, a mitad del día?

La miro sin entender la razón de la pregunta; no es

como si lo hiciera todo el tiempo, pero no es algo abierto a


discusión.

— Perdón, señor Bernard. Solo me preguntaba si todo

estaría bien con su familia — dice, dándose cuenta de que

ha hablado de más.

— Creo que sí. Regreso mañana. Mantén mi agenda a

partir del almuerzo.

Paso a su lado, salgo de mi despacho y me dirijo al


ascensor público, como hago algunas veces. Aunque, como

director, tengo una entrada privada, prefiero usar la misma

salida que los empleados para observar, a través de las


puertas de cristal, cómo avanza el trabajo en todos los

departamentos.

El piso donde está mi despacho es exclusivo del

departamento administrativo, por lo que no hay mucha

gente. Los técnicos, desarrolladores, diseñadores y demás

empleados están en los pisos de abajo.


Siempre digo que todo el edificio es el cuerpo de

Nouveau, y es como si cada piso fuera un miembro sin el


cual el funcionamiento no sería posible. Las personas son el

oxígeno, y sin él, no hay vida.

Solo me doy cuenta de que he pasado todo el trayecto

en el ascensor sin prestar atención a lo que ocurría fuera

cuando llego a la planta baja y las puertas se abren. Estoy

distraído desde la llamada sin sentido de Madeline. No dejo

de pensar en qué razón la habría llevado a llamarme de

repente y pedirme hablar.


Aunque dijo que nadie estaba enfermo, no puedo

evitar pensar que me miente para no preocuparme hasta

que llegue. ¿Qué otro motivo podría tener, después de todo?

Mi Lamborghini está al final del aparcamiento; mi

plaza es fija y está cerca de la salida y de los guardias del


edificio, así que tengo que caminar una buena distancia

hasta el coche. Aprovecho el momento para mandar un

mensaje a Valentine. Sé que ya habrá vuelto a las clases y


no suele regresar para dormir en casa, pero seguro que

tiene información si algo ha pasado.

"Mon cher, ¿todo bien por allí?"

Si hay algún problema con nuestros padres o con la

abuela, me lo dirá.

Valen está escribiendo cuando desactivo la alarma y

abro la puerta del coche. Me siento y, antes de arrancar,

recibo su respuesta.

"¡Todo perfecto! ¿Y tú?"

Guardo el móvil, todavía más intrigado. Algo no

cuadra en esta historia. Salgo del edificio de la empresa y

tomo las calles de París. Necesito una ducha antes de irme y

recoger algunas cosas, pero con la hora que es, llegaré de

noche. Hoy no puedo concentrarme en nada más que este

asunto con Madie, y cuando me doy cuenta, ya estoy

entrando el coche en el garaje.

El barrio y la casa aquí en París no fueron decisiones


mías. En realidad, la mansión fue construida en 1930 por mi
bisabuelo y desde entonces todos los directores de la

empresa han vivido y sido dueños de ella; yo la recibí como

regalo cuando cumplí la mayoría de edad.

Obviamente, ha sido renovada con el tiempo. Nuestra

familia tiene raíces profundas en Francia y su ambiente

europeo, pero respiramos modernidad y tecnología, así que

los cuatro pisos del edificio han sido completamente

restaurados y actualizados.

Subo al segundo piso, donde están las suites, y en el

clóset agarro un cambio de ropa sin tardar. Meto todo en


una mochila, junto con algunos artículos de higiene personal

para no tener que salir a comprar en Chartres. No tardo más

de quince minutos en la ducha y, media hora después de

llegar a casa, ya estoy saliendo.

Por más que quiera ignorarlo, una voz en mi cabeza

grita que lo que Madie tiene que decirme está relacionado

con esa noche.

Voy por la carretera recordando lo que vivimos en

esas horas. Cuando llegué al chalé, ella ya me esperaba en

la cama, había planeado todo y, después de la excitación

que sentí, no pude decir que no.


Dijo que era la primera vez, con todas sus letras, pero

todavía tengo mis dudas. Tuvimos sexo y fue increíble, estoy

seguro de que no fui el único que pensó eso; aún recuerdo

el olor que tenía esa noche, el sabor del vino, el gusto del

error, de lo prohibido en sus labios.

La voz de mi abuela irrumpe en mis pensamientos y

no puedo evitar recordar sus consejos molestos sobre un

embarazo no planeado y todo lo demás. Han pasado cinco

semanas desde que estuve aquí, y tendría sentido que ese

fuera el problema, si no hubiera usado preservativo.

Pero lo usé, estoy seguro de ello. Recuerdo el

momento en que tomé el paquete y lo abrí, al ver esos ojos

hambrientos; me acuerdo perfectamente porque solo quería

hundirme en Madeline y olvidar todo eso. Pero no lo olvidé.

Cuando llego a Chartres, me dirijo directamente a la

casa de Emmanuelle. Mi auto no es para nada discreto y si

alguien lo ve, seguramente le dirá a mis padres o a

Valentine que estoy en la ciudad, así que primero voy a


resolver esto y luego puedo pasar por el château y hacer

como si fuera una visita sorpresa.


Estaciono un poco más lejos para no llamar la

atención y termino el camino a pie. Deben ser alrededor de

las diez de la noche y está oscuro; en esta época del año el

sol se pone muy tarde, así que no parece tan tarde.

La casa de los padres de Emmanuelle es una de esas

construcciones clásicas y antiguas, que está al fondo del

terreno, con un enorme y bien cuidado jardín al frente, y

hay que cruzar todo el jardín para llegar a la puerta.


Frente a la acera veo una camioneta estacionada y al

lado, la Vespa asesina, lo que confirma que Madeline me


está esperando aquí. A pesar de mi preocupación, no puedo

evitar sonreír al ver la scooter. Esta chica va a matar a


alguien un día…

Sigo por el jardín, entre los canteros, hacia la entrada,


pero me detengo cuando escucho la voz de un hombre que

parece bastante alterado.


— No puedo creer esto, no se puede asimilar,

Madeline.
Frunzo el ceño al darme cuenta de que es ella,
hablando con alguien. Cambio el rumbo hacia las voces.
— Sé que es complicado, pero pensé que lo
entenderías… — dice, sonando molesta.

— ¿Entender? ¿Y yo soy un idiota?


— ¡Claro que no! Te amo, Michel. Solo no…

El chico la interrumpe, al mismo tiempo que intento


asimilar lo que estoy escuchando. Planeaba decir que

llegué, pero ahora me parece una conversación muy íntima.


¿Ella ama a este tipo? Hace cinco semanas estaba follando
conmigo, luego con él y ahora dice estar enamorada.

— ¿Ama? ¿Qué tipo de amor es ese? Miente y engaña.


— No te engañé, Michel.

En este punto no sé ni qué pensar. Él debe haber


descubierto que no fue el único en estar con Madie y ahora

está enojado. Muevo el cuerpo en dirección contraria,


planeando volver al coche y regresar más tarde, pero no lo

hago lo suficientemente rápido.


— Mira quién llegó… — La voz irritada de Michel me

alcanza y cuando lo miro, me doy cuenta de que está


llorando. Qué mierda, ni siquiera sabía que estaban juntos

cuando estuve con ella. — Ella es toda tuya, amigo.


¡Asúmelo! Ustedes resuelven toda la mierda que esto va a
causar con tu familia.

Meto las manos en los bolsillos del pantalón y miro a


Madeline, esperando que se explique, pero no para de

sollozar, llorando y abrazándose a sí misma.


— ¿Qué carajo está pasando aquí?

Nadie me responde.
— Y en cuanto a nosotros dos, Madie, no quiero ser

parte de esto, no te voy a apoyar.


Michel sale caminando hacia afuera del jardín y pasa

junto a mí como si no fuera un chico que pudiera desarmar


de un puñetazo. Prefiero no enojarme por eso, porque

parece que tenemos cuestiones más serias que resolver.


Madeline no deja de llorar mientras lo observa

alejarse, pero mujeres así no tienen sentido para mí. Si le


gustaba, no debería haber follado con otro.
— ¿Qué pasa, Madeline? ¿Por qué me hiciste venir

hasta aquí?
Ella se cubre la boca con la mano y trata de calmarse.

Seca su cara y poco a poco empieza a respirar con un poco


más de calma para poder hablar.
— No sé cómo pasó, Philippe…

Sus ojos buscan los míos, buscando algo, pero no


estoy muy empático después de escuchar toda esta

conversación y juntar las piezas, descubriendo la montaña


de mentiras de esta chica.

— ¿Pasar qué?
— Estoy embarazada.
Asiento, porque por lo que escuché ya lo había

deducido.
— Generalmente pasa cuando te acuestas sin

protegerte.
— Lo sé, por eso no entiendo. Estoy segura de que

tú…
— ¿Yo? — interrumpo, sorprendido por su comentario.

El shock es tan grande que se me escapa una risa; no puede


estar hablando en serio. — ¿Estás diciendo que estás

embarazada y que yo soy el padre?


— ¿Quién más sería? — pregunta, pareciendo

confundida.
Cruza los brazos frente al cuerpo, pareciendo nerviosa

por el rumbo de la conversación, pero no tengo ganas. La


maldición de Lia Bernard debe haberme alcanzado, porque

esto no puede estar pasando de verdad.


Siempre me han advertido sobre mujeres interesadas

y trucos; desde mi adolescencia me di cuenta de que


muchas personas se acercaban a mí por dinero, ya fueran

amigos o chicas, pero nunca, en toda mi vida, esperé que


Madeline se convirtiera en la serpiente criada en el nido. La

voz de mi abuela resuena otra vez, recordándome que


cosas así, actitudes como esa, suceden todo el tiempo; solo

que no esperaba que un día algo así viniera de Madeline.


— No creo que haya perdido mi tiempo viniendo hasta

aquí para escuchar este montón de mentiras, Madeline.


— Philippe… ¿Por qué me hablas así? Sé que es

inesperado y no lo quieres, pero me conoces desde hace


toda la vida. — Ella es tan fingida y actriz que está a punto
de llorar de nuevo.

— Por eso mi decepción es aún mayor. Si querías


hacer el golpe de la barriga a alguien, debiste intentarlo

fuera de casa, mon cher. ¿Pensaste en mi madre y en


Valentine? Ellas te aman, y es por amor a ellas que no voy a

contar lo que intentaste conmigo aquí hoy. Espero que


nunca más toques ese tema y que no intentes llevar
adelante ese absurdo de que yo soy el padre de tu hijo.

Ella solloza, fuerte, y sus hombros se sacuden;


debería estar en Hollywood.
— Philippe…

— Si fueras inteligente, te reconciliarías con el padre


del bebé. Puede que él sea pobre, Madeline, pero no debería

ser lo más importante. — Muevo la cabeza, asqueado por


haberme enredado en esta historia. — Me siento mal por él,

amando a alguien que no pensó dos veces antes de


cambiarlo por dinero.

Le doy la espalda y regreso por el mismo camino que


entré. Aún escucho sus gritos tras de mí, llamándome para

que regrese, pidiéndome que la escuche, pero no estoy


dispuesto. Debería haber sido más cauteloso con esto, pero

creo haber sido claro y duro lo suficiente para que Madeline


nunca más me busque o, siquiera, se atreva a hablarme.
MADELINE

Siento la hierba fría humedecer mis rodillas. No me di


cuenta de que mi cuerpo se desplomaba sobre el suelo del

jardín, pero fui sucumbiendo ante el dolor de las palabras


duras que escuché, primero de Michel y luego de Philippe.

Mi mundo ya tambaleante, ahora está patas arriba,


revuelto y completamente despojado de estructuras. No
tengo la menor capacidad para secar las lágrimas que no

dejan de caer y mi única reacción es cubrir mi vientre aún


plano con la palma de la mano, como si eso fuera suficiente

para proteger al bebé de los sentimientos malos, de la


angustia, de las incertidumbres.
— ¿Madie? Amiga…

Mal asimilo la llegada de Emmanuelle, pero ella está


entonces a mi lado y me lleva por las escaleras hacia dentro
de la casa, en dirección a su habitación.
— Háblame, ¿qué pasó aquí? ¿Michel fue un idiota?

¿Por qué lloras así?


No puedo responder. Dentro de mí estoy gritando de
desesperación, pero las palabras y mi voz no salen.

Manu me trae un vaso de agua y espera un tiempo


hasta que logre calmarme lo suficiente para hablar. Mi
deseo es encerrarme en una concha y olvidar todo lo
demás, pero ella no acepta eso y insiste, así que le cuento
todo.

Manu se enfurece. Con Michel y con Philippe, con el


primero por negarse a ser mi amigo cuando más lo necesito,
por celos. Y con el segundo por no asumir las consecuencias
de sus actos y acusarme de intentar dar un golpe.

— ¿Qué quieres hacer ahora? Deberías hacer un ADN


cuando nazca el bebé y entonces exigir tus derechos.
¿Cómo puede pensar que el bebé es de otra persona?
Muevo la cabeza, negando. Quizás algún día piense

diferente, pero estoy herida y me siento profundamente


ofendida por sus sospechas y palabras.
— No quiero un centavo de Philippe. Los Bernard me
han dado mucho, pero este bebé no puede depender de

ellos, Manu… — digo, sintiendo que mis ojos se llenan


nuevamente. — Philippe cree que quiero dinero, que soy
una estafadora, imagina lo que van a pensar los demás. ¿La
abuela Lia? Voy a criar a este niño sin depender de ellos.

— Valen y tía Giselle te adoran, y si se enteran, no lo


van a aceptar. Y está esa señora, que muere por tener un
bisnieto.
— No van a enfrentar a los demás para estar de mi

lado, ni pelear con Philippe por mí. Pero si se enteran, no


van a aceptar que haga las cosas a mi manera, tienes
razón. Philippe dijo que no cree en mí y que nunca les dirá,
así que nadie se enterará.

Manu me mira con las cejas levantadas.


— ¿Cómo? Vives allí, amiga. ¿Qué vas a decir cuando
te empiece a crecer la barriga? ¿Y si el bebé se parece a él?
— No sé… Lo mejor sería salir de allí, pero no sé qué
puedo decirles a las dos — digo, pensando en voz alta —,

tendré que trabajar mucho y puede que me echen cuando


descubran sobre el embarazo, independientemente del
padre.
Manu se levanta y comienza a andar de un lado a

otro. Ella siempre hace eso cuando empieza a pensar.


— Tengo una idea, no sé si es la mejor del mundo,

pero podemos trabajar en ella.


— Amiga, estoy literalmente en la peor. Seguramente debe
ser mejor que la alternativa…
— Vamos, juntas — dice, de repente.
A pesar de la depresión que me asola, consigo

sorprenderme con la sugerencia.


— ¿Juntas?
— No hay nada que me retenga aquí, además de ti y de
nuestros amigos. Solo que va a pasar mucho tiempo antes

de que pueda mirar a la cara al idiota de Michel de nuevo, y


Valen está en la universidad, pasa más tiempo allá que aquí.
— Michel está herido, pero fue un idiota. ¿Qué culpa tengo
yo de sus sentimientos si nunca se declaró?

— ¡Exactamente! ¿Decir que se está saliendo de esto y que


no va a estar a tu lado cuando más lo necesitas? Claro que
va a retractarse, somos amigos desde niños, pero no sé
cómo tuvo el valor de decir tantas tonterías.

— Ni yo… Estoy muy triste.


— Quería golpearlo, pero me conformaré con darle un frío
muy largo. — Ella chasquea los dedos y su expresión
cambia. — Volviendo a mi idea. Nos mudamos juntas,

alquilamos un apartamento o una casa con una habitación


para el bebé y nos convertimos en socias.
— ¿Qué? — Es difícil seguir el razonamiento de Manu; ella
piensa muy rápido y en este momento aún estoy aturdida

por lo que acaba de pasar.


— Sí, siempre dije que invertiría en tu empresa si quisieras.
Sé que querías hacerlo todo por tu cuenta, pero…
Me levanto sintiendo el llanto atascado en mi garganta de

nuevo. Al parecer, voy a llorar toda la noche y tal vez un


poco más. Abrazo a Emmanuelle, sorprendiéndola, y ella
tarda un poco en abrazarme de vuelta.
— Gracias por quedarte conmigo, no sé qué haría si no
estuvieras aquí.

— No necesitas agradecer nada. Somos amigas; además,


me estoy ofreciendo para ser tu socia porque creo en tu
potencial, y tengo muchos contactos en París, lo sabes.
— ¿París? Pero Philippe…

Ella me aleja un poco y me mira, sus ojos ahora brillan.


— Lo sé, pero estoy pensando en esto. La ciudad es enorme,
nunca nos vamos a cruzar con él; es la opción más obvia
por la cercanía a Chartres y por todo lo que ofrece, pero

principalmente porque tengo un apartamento allí.


— ¿Hablas en serio?
— Sí, acabo de mencionar que alquilemos uno, pero eso
significa que si nos mudamos allí, no tendremos que

preocuparnos por eso.


— Manu, ¿entiendes lo que estás proponiendo? Sé que me
amas, yo también te amo, pero esta empresa puede tardar
algunos meses en despegar y yo estaré barriguda y no

podré ayudar con los gastos. Claro que me esforzaré y haré


toda la decoración que pueda, pero puede que no sea tanta.
Estoy tratando de analizar todo de manera racional ahora.
Tengo un bebé en mi vientre, no va a desaparecer y en unos

meses estará en este mundo; necesito prepararme para


eso, incluso si Philippe ha sido una gran decepción y la
gravidez conlleva romper con la familia que he tenido hasta
ahora.

— Amiga, confío en tu garra, en tu potencial y tenemos


ocho meses para despegar antes de que nazca el bebé. En
este tiempo, tú me enseñarás todo y yo haré tu parte
cuando tú no estés.
— Pero si algo sale mal…
— Tengo suficiente dinero para arriesgarnos. Tú, tus ideas y
mi ahijado valen la pena.
— ¿Ahiijado, eh? — Manu aún logra sacarme una sonrisa con

eso.
— ¡No te atrevas, Madeline!
— Está bien, acepto y agradezco por todo lo que estás
haciendo. Un día te lo devolveré por ser mi ángel,

Emmanuelle. ¿Cuándo crees que debemos ir?


— Si realmente no quieres que nadie se entere, cuanto
antes. Estás empezando a sentirte mal y si sigues
vomitando y con mareos, pronto sospecharán; los síntomas
se vuelven más evidentes. Eso si Philippe no se siente

tentado a soltar la lengua cuando te vea.


Asiento, porque yo tampoco soy la mejor mentirosa. Va a
ser difícil enfrentar a tía Giselle todos los días y ocultar este
secreto.

— Sí. Le contaré a tía Giselle mañana sobre la propuesta


que recibí y le diré que acepté; se va a poner feliz porque
sabe que es algo con lo que quiero trabajar desde hace
tiempo. Podemos ir la semana que viene.
— Genial. Hablaré con mis padres, van a odiar perder el
control sobre mí, pero no tendrán opción.
Siento un frío en el estómago y lo cubro con la mano de
nuevo. Las cosas tomaron un rumbo inesperado; de un día

para otro, mi vida cambió completamente y no sé si estoy


lista para los desafíos que vendrán, pero sé que haré lo
mejor que pueda, cueste lo que cueste. Mi bebé tendrá la
mejor madre que yo pueda ser y, así como yo seré su

familia, él será la mía.


Capítulo 9

MADELINE

Solo al día siguiente voy al château, después de pasar


la noche en casa de Emmanuelle. Necesitaba calmarme

para poder enfrentar a tía Giselle, consciente de todas las


mentiras y medias verdades que tendré que contar ahora.

No es que realmente pueda estar tranquila; creo que


me llevará un tiempo acostumbrarme a la idea del

embarazo y de todo lo que ha pasado, pero necesito al


menos poder fingir y decir las cosas correctas mientras los

Bernard estén cerca.

Cuando entro a la cocina, tío Maurice está haciendo


algo en el horno. Siempre me ha encantado el hecho de que

le encanta hacer panes y rosquillas, algunas delicias que

llenan el lugar con un olor delicioso. A pesar de ser


millonarios y vivir en una construcción inmensa como esta,

llena de empleados, tío Maurice sigue metiendo la mano en

la masa, literalmente.

— Bonjour. ¿Qué está haciendo ahí, eh?


— Es una masa de rosquilla, voy a poner canela —

dice, guiñándome un ojo.

Sonrío, y no es una sonrisa falsa. Me cae muy bien, va

a ser alguien de quien extrañaré.

— ¡Qué delicia! ¿Sabes dónde está tía Giselle? Quería


hablar con ella…

— Creo que en la sala de música. Dijo que iba a tocar

ese viejo piano; creo que extraña a Valentine en casa.

Asiento, porque sé bien cómo es. Desearía que ella

estuviera aquí y no en la universidad, viniendo solo los fines


de semana a dormir; Valen llena la casa de alegría y de

música también, tocando el piano en algunas ocasiones.

Pero tal vez sea mejor así; si mirara a los ojos de ella,

personalmente, tendría dificultad para mentir, ella me

descubriría.

— Yo también lo siento, voy a hablar con la tía. ¡Tengo

novedades! — digo, imprimiendo alegría a mi voz.


— ¡Qué bueno! Luego ven a contarme…

— Puedes contar con eso.

Paso por él y sigo por el corredor; cuando estoy frente

a la puerta de la oficina de la abuela, escucho el sonido de


la silla de ruedas adentro. Puedo imaginar que aplastaría

todos mis dedos de los pies si supiera lo que Philippe y yo

hicimos.

Desde donde estoy, ya puedo escuchar el sonido de

las notas del piano, y cuando abro la puerta de la sala de

música, encuentro a tía Giselle sentada detrás de él, en el


taburete. Sus manos se mueven rápidamente por las teclas,

produciendo una melodía maravillosa.

— Bonjour, tía…

Ella abre los ojos al oírme y luego sonríe.

— ¿Te acordaste de que tienes casa, mon cher? Me

dejaste aquí ayer para dormir en casa de Manu — dice, con

expresión de desánimo.

— No me olvidé — respondo, acercándome a ella —,

pero Emmanuelle y yo teníamos mucho que conversar.

Tía Giselle abre los brazos, llamándome a acercarme,


y camino hacia ella, abrazándola después. Tiene olor a

hogar; puede que no sea mi madre, pero se ha cuidado bien

de mí hasta aquí y ha hecho lo mejor que pudo, aunque tal

vez los demás no fueran tan dedicados y amorosos. Puede

que no sea parte de la familia Bernard, pero tía Giselle y


Valen son mi familia, al menos han sido la única que he

tenido por mucho tiempo.

— ¿Y qué tenían de tan importante para hablar? —


pregunta, dándome un beso en la mejilla después.

— ¡Tengo excelentes noticias! ¡Emmanuelle va a

invertir en mi empresa, ¿lo crees?

— ¿De verdad? Ella ya te había ofrecido antes, ¿no?

¿Por qué ahora aceptó?

Es astuta, claro que sospecharía que algo ha

cambiado.

— No quería antes, ni su inversión ni lo que usted y

Valen me ofrecieron, porque siempre lo vi como un favor.

— No es un favor, eres como una hija…

— Sí, pero ustedes no están interesados en trabajar

en eso, ni lo necesitan, así que lo harían solo por mí. Pero ya

no es el caso de Manu.

— ¿No? — pregunta, arqueando una ceja.

— No. Ella quiere trabajar; aunque tiene mucho dinero

ahorrado, necesita invertir y me propuso una sociedad. ¡Los

planes son grandiosos, tía! Vamos a ser la mayor empresa


de decoración de fiestas de este país; Manu y sus padres ya
tienen muchos contactos y no tendremos que empezar

desde cero.

— ¿Cómo así? ¿Van a montar una tienda física

entonces para recibir a los clientes?

— Vamos. Para dejar parte de nuestro material

expuesto, atender y agendar, y también como un gran

almacén. Ella va a comprar un vehículo que quepa las

mesas, los arcos y los jarrones de flores para transportarlos,

y vamos a tener empleados para ayudar.

No sé exactamente qué planea Manu, cuándo podrá


invertir en esto, pero estoy describiendo todo lo que

siempre soñé para que todo parezca imposible de rechazar.

— ¡Oh Mon Dieu! ¡Eso es fantástico! Pero… — Tía

Giselle pasa de un estado alegre y efervescente a uno muy

contemplativo en segundos. — La ciudad es muy pequeña

para un negocio así y ustedes no tendrían tantos clientes,

¿verdad?

Asiento, dándome cuenta de que ella ya lo ha

entendido.

— De eso vine a hablar. Manu quiere montar el

negocio en París; no tendré que pagar alquiler porque tiene


un apartamento allí, pero tendré que mudarme, tía…

— También mudarte. — Ella mueve la cabeza, y sé

que la entristecí, aunque no tengo otra opción. — ¿Por qué

todos mis hijos se van? Debo ser horrible con ustedes.

Philippe, Valen con la universidad y ahora tú.

— Tía, Valen solo está estudiando afuera — digo,

forzando una sonrisa. Por mí, ni siquiera mencionaría el

nombre de su otro hijo, nunca más, pero sería raro. —

Philippe asumió la empresa, necesita vivir afuera, y yo…

— Lo sé, estás persiguiendo tus sueños. — Tía Giselle

toma mis manos entre las suyas. — Siempre te apoyaré,

aunque te extrañe mucho aquí. No quiero que te quedes

atrapada en este palacio como yo.

— No está atrapada…

— ¿No? Mi esposo me ama, pero ama más a su

madre. — Ella sonríe, con un aire triste. — Mi suegra decide

todo, y por años he visto cómo te trataba, querida. Sé que

nunca te has sentido parte de esto, y tengo un poco de


culpa por eso.

— Claro que no, si alguien me amó en esta casa…


— Lo sé, pero tengo culpa por no haberme impuesto

— dice, interrumpiéndome. — Te asumimos como hija en

teoría, pero mi esposo nunca fue tu padre, y yo debería

haber sido mejor. Tal vez así me verías como madre y no

como tía… — dice, con una mirada un poco distante,

contemplativa.

— No es que no vea o no sienta, solo que no uso esa

palabra. ¿Imaginas la cara de la abuela si me oyera llamarte


madre? — Bajo el tono de voz para confesarle. — Estaría

días sin dormir, pensando que estoy planeando robar la


herencia de Valentine.

— Quiero que tengas derecho a nuestros bienes tanto


como ellos — dice, con firmeza.

— Pero no quiero… necesito construir mis propias


cosas, tía. Hoy estás aquí, diciendo que tengo esos

derechos, pero nunca han sido realmente míos; tío Pierre y


la abuela Lia nunca estarían de acuerdo, y no quiero pelear

por algo que ellos construyeron, ni me parece correcto.


Tía Giselle asiente, comprendiendo.
— Te entiendo perfectamente; creo que pensaría lo

mismo en tu lugar…
— Entonces iré con Manu a París, abrir nuestra
empresa y construir mis cosas, tía.

— ¿Cuándo?
— La próxima semana. Tomará un tiempo arreglar

todo para abrir, así que cuanto antes vayamos, mejor.


Ella hace un pequeño llanto y me doy cuenta de que

está llorando. Necesito hacer un esfuerzo enorme para no


sucumbir y llorar también.
— No necesitas llorar, voy a vivir cerca, nos veremos

siempre — miento, y esa es la parte que más me duele.


Aún no sé exactamente cuál es el plan. Creo que voy

a enviar tarjetas de vez en cuando para que no se


preocupen y sepan que estoy viva, pero no podré venir aquí

ni dar mi dirección, eso revelaría los secretos que necesito


esconder.

— Está bien… — Ella levanta la cara y me regala una


sonrisa. — Philippe vive allí, puedo pedirle que esté

pendiente de ti, si está todo bien.


Nunca me he sentido tan rara en mi vida. Estoy

sonriendo, mirándola a los ojos, y por dentro estoy


sangrando. Philippe es la razón por la que necesito irme, y
él nunca más me verá. Pero no es eso lo que respondo; no
puedo ser honesta sobre esto, porque la heriría

enormemente.
— Claro, te pasaré la dirección después de que me

instale, y tú puedes vigilarme — bromeo, para tranquilizarla


—, ¿puedes contárselo al tío Pierre y a la abuela por mí?

— Deja eso en mis manos, pero vas a tener que


hablar tú misma con Valentine.

— Ella lo va a entender más fácil, verás. Nos veremos


más en las vacaciones y los fines de semana, y hablaremos

más por teléfono, así que no será un gran cambio.


— Eso es cierto…

Después de salir de la sala de música, paso por la


cocina y le cuento las novedades al tío Maurice, como

prometí. Algunas trabajadoras del château están por ahí y


todos parecen tristes con mi partida, pero no tanto como yo.
Subo a mi cuarto y me tiro en la cama, porque llegó la

hora de enfrentar a mi amiga, mi hermana del alma. Espero


que por teléfono las cosas no sean tan difíciles.

Marzo el número de Valen, y no tarda en atender. La


sonrisa en su voz me hace sonreír también.
— Bonjour, Madie! Vaya, no veo la hora de que llegue
el próximo feriado, ¿sabes? Estoy loca por irme a verte y
chismear.

— ¡Bonjour! — Trago el llanto atascado al escuchar


sus planes. No son nada especiales, solo cosas comunes

que hacemos en nuestro día a día, pero que ya no serán


posibles. — Llamé porque necesito contarte algo. ¿Puedes
hablar ahora?

— Oui, ¡claro! Siempre tengo tiempo para ti.


— Bien, prepárate para la bomba que voy a soltar,

¿eh? Me mudaré a París con Manu la semana que viene.


Hay un silencio al otro lado de la línea que dura unos

cuatro segundos. Sé esto porque estoy contando.


— ¿QUÉ? ¿Por qué se van a mudar? Deberían esperar

a que me graduara para ir juntas, ¡eso no es justo! — Ella


hace una pausa y suspira fuerte, dramáticamente. — Me

estás cambiando por ella, ¿no? Solo porque estoy en la


universidad. ¡No tengo la culpa! Ahora vas a salir de casa y

a vivir con Manu…


— Deja de ser celosa, claro que no te estoy

cambiando — respondo, dándome cuenta de lo difícil y


doloroso que va a ser para las dos tener que cortar los lazos

—, ella va a ser mi socia en la empresa; finalmente acepté y


vamos a abrir allí, por eso la mudanza.

— ¡Ahhhh! ¡Eso es increíble! Estoy de verdad feliz por


ti, y por ella también, que encontró un rumbo para ese

dinero parado. ¡Van a arrasar, serán las mejores! Solo tienes


que enseñarle a Manu, porque creo que lo único que sabe

decorar es… ella misma.


Eso me arranca una risa.

— Es verdad, pero sí, la voy a enseñar.


— ¿Y van a llevar a Michel? Porque él es tu ayudante…

¡Ah, no! Si van los tres, yo también voy. Puedes avisar en


casa que estoy dejando la uni, voy a tocar piano en las

calles de París y luego viviré a sus expensas cuando la


empresa despegue.
— No, no vamos a llevar a Michel — digo, sintiendo un

apretón en el pecho. Las cosas entre nosotros


probablemente llegaron a un punto final —, no estamos

hablando.
— ¿Y por qué? ¿Qué hizo?
— Mmm… dijo que le gustaba, pero cuando le dije que
lo amaba de otra manera reaccionó un poco mal — cuento,

omitiendo que se enteró de esto porque estoy embarazada


—, dijo unas cosas que me dejaron molesta.
— ¡No puedo creerlo! Ni siquiera sabe usar las

palabras cuando se declara. Pero cuando yo me aparezca


frente a él, le voy a dar unos golpecitos en esa cabeza dura.

Con respecto a eso, no me preocupa. Conozco a


Michel desde siempre, y aunque no me apoye y esté dolido

por cosas que no están bajo mi control, sé que no revelaría


un secreto mío ni se metería en esta situación,

entregándome a Valentine.
— Está bien…

— Bueno, estoy feliz por ustedes dos, aunque un poco


celosa de que vivan juntas y solas. ¡La empresa va a

funcionar y será un éxito, ya verás! Y quiero videos de todo,


¿vale? Del nuevo apartamento, de la habitación en la que

van a montar el negocio, de la primera fiesta. ¡No me dejes


fuera!

— Puedes contar con eso, te enviaré todo.


— Entonces queda así. ¿Mamá ya sabe?
— Se lo conté hace poco.
— Pobrecita… Voy a casa pronto a consolar a doña

Giselle.
— Entonces, queda así, te amo.

— Yo también te amo.

Emmanuelle no me había mencionado el tamaño del


apartamento cuando me invitó a vivir con ella en París.

Claro que siempre supe que su familia y, por ende, ella,


tenían mucho dinero, pero creo que, con la cabeza enfocada

en mis problemas actuales, acabé ignorando los detalles

sobre la mudanza.
Sin embargo, la residencia está situada en los
alrededores de la Torre Eiffel, la cuna del turismo en la
ciudad, y el movimiento allá abajo es constante. Aún estoy

aturdida, mirando todo con la boca abierta. Los cuartos son


amplios y de estilo clásico; enormes candelabros cuelgan
del techo y, además de las dos suites, hay una tercera
habitación que será para el bebé.

— Es perfecto, Manu...
— Está semiamueblado, amiga — dice, con tono de
disculpa. — No estaba en mis planes vivir aquí, así que
algunos cuartos están un poco vacíos, pero podemos
comprar lo que necesitemos.

— ¿Comprar qué? Ya tienes todo lo que necesitamos


aquí — digo, y para aclarar, aprovecho y me dejo caer en el
cómodo sofá en el centro de la sala. — Vi que la cocina
también está completa.

Manu asiente y se sienta a mi lado, pero está


pensativa.
— Sí, pero está el cuarto del bebé.
— Eso lo vemos después, aún tenemos tiempo y

necesitamos saber si es niña o niño antes de empezar a


mirar cualquier cosa — digo, sin mencionar que espero
estar trabajando de nuevo para comprar yo misma lo que
sea necesario.

— Cierto. Tienes razón, mon cher... Lo que importa es


que empecemos a organizarnos ahora. Mañana te llevaré al
lugar que vi para la empresa, y tú decides si es lo
suficientemente bueno.

— Estoy segura de que será genial.


Pero Manu sacude la cabeza, rechazando mis
palabras.
— Quien entiende del tema eres tú; ahora somos

socias, y las decisiones se tomarán en conjunto. Si no te


gusta, buscaremos otros lugares hasta encontrar algo que
consideres apropiado.
— Gracias, amiga. No tienes idea de cuánto me siento

agradecida por todo lo que estás haciendo.


— No hay de qué, estamos juntas en esto. Sabes lo
importante que es para mí también, esta libertad, salir de
casa...
Asiento, porque realmente lo sé. Manu necesitaba

alejarse de sus padres y esa fue la razón que encontró para


dejar el nido. Seremos nosotras dos ahora, y el bebé. Y sea
lo que Dios quiera.
PHILIPPE

Más de un mes ha pasado desde la última vez que


estuve en casa de mis padres, en la fatídica noche en que

me encontré con Madeline y escuché de su boca las


mentiras que había ideado para enredarme en su astuto
plan. Después de eso, volví a casa y evité incluso las
llamadas de mis padres; necesitaba tiempo hasta que la

rabia disminuyera un poco, o acabaría entregándoles todo y


contándoles sobre la trama y el intento de estafa.
Cuando veo el nombre de Valentine parpadeando en
la pantalla de mi celular, me tomo unos segundos para

decidir, antes de finalmente contestar.


— Bonjour, mon cher…
— ¡Bonjour! ¡Eres muy descarado, Philippe! Me has
estado ignorando desde hace días, no contestas las
llamadas y siempre dices que estás ocupado.

— Porque estaba ocupado — respondo, sin


arrepentimientos.
Es mejor actuar así que destruir la imagen que tiene
de la mejor amiga.

— Lo sé…
— ¿Todo bien por ahí? — pregunto, porque aunque no
es de mi incumbencia, siento curiosidad por saber cómo
Madeline resolvió la situación.

No sé qué les dijo a mis padres, qué decisión tomó


sobre el embarazo o qué está pasando por allí.
— Todo. Mamá está inconsolable por lo de Madie, pero
fuera de eso, todos están bien.
— ¿Madie? ¿Qué le pasa?

— Ah, es cierto, no lo sabes. Claro que si me hubieras


contestado ya lo sabrías, pero como rechazaste mis
llamadas, serás el último en enterarte.
— ¿Enterarme de qué, Valen?

— Madie se mudó, salió de casa hace unas semanas.

— ¿En serio? No esperaba eso…


— Nadie lo esperaba, pero fue por una buena razón,

estoy feliz por ella.


— ¿Feliz? — Entonces, las cosas deben haberse
resuelto con el idiota, después de todo.
— Sí, ella está comenzando una nueva etapa,

cumpliendo un sueño, y creo que ya era hora de que


buscara su felicidad. Estoy un poco triste por no encontrarla
cuando llego al château los fines de semana, pero deseo
que todo salga muy bien.

— Bueno, yo también espero que todo esté bien con


ella.
— Sí, Madie lo merece.
No sé hasta qué punto esto es verdad, pero no le

deseo mal a la chica por lo que intentó hacer. Más bien


quiero que todo esté bien y que la situación le sirva para
madurar y convertirse en alguien de confianza; después de
todo, va a ser madre ahora y su hijo la necesitará.

No está claro para mí si Valentine sabe sobre el


embarazo, y me parece que no, porque no lo mencionó
directamente. Tal vez Madeline no les haya contado sobre el
embarazo, solo sobre su relación con el novio, y se esté
tomando su tiempo para hablar de todo.
— ¿Alguna otra novedad? — pregunto, solo para
confirmar.

— Creo que no… ¿Cuándo vienes? La abuela dijo que


estás saliendo, ¿es cierto?
Respiro hondo, pensando en Lorraine.
— No exactamente, pero no le digas eso.

La verdad es que nuestra relación ha evolucionado un


poco considerando lo que era cuando estuve en casa por
última vez. Lorraine me puso contra la pared, queriendo
entender mis intenciones y planes, y le expliqué que no
estaba enamorado. Al contrario de lo que imaginé, ella

comprendió y dejó bien claro que se casaría conmigo si yo


quería, para satisfacer los deseos de mi abuela, mientras
eso le daría cierto estatus.
Considerando el intento de estafa de Madeline, esto

podría haberme alejado, pero tuvo el efecto contrario.


Lorraine se demostró ambiciosa, sí, pero no mentirosa. Fue
honesta sobre sus intenciones y directa, sin juegos ni
fingimientos, lo que hizo que ganara puntos conmigo.
Lo que Lorraine no entiende es que para doña Lia
Bernard, no sería vista como la esposa ideal. Aunque
elegante e inteligente, su familia no es lo suficientemente
tradicional y no estoy dispuesto a pelear por alguien por

quien no siento nada más que cariño.


— ¿Es esa modelo? Porque la abuela parece pensar
que es la hija de un senador.
— Que siga pensando eso, Valen. Espero que sepa

mantenerse callada.
— ¿Yo? ¡Mi boca es un ataúd! Pero es mejor no traer a
la novia aquí, a menos que realmente pretendas enfrentar a
la abuela y casarte con ella, porque ya sabes, ella acabará

pasando la silla de ruedas por encima de sus dedos y


jodiendo a la chica.
— No tengo intención de llevarla, al menos no por
ahora.

— Está bien, entonces. Cualquier cosa, llámame.


¡Besos!
Aunque la conversación giró en torno a Lorraine y a
mí, mis pensamientos se dirigen a Madeline tan pronto
como cuelgo. No debería ni pensar en ella después de todo,
pero es inevitable. Recuerdo perfectamente su dulce sonrisa
y su humor característico.
¿Cómo pude engañarme tanto con alguien?

¿Embarazada de otro y probablemente casada en


breve? La idea por sí sola me incomoda más de lo que me
gustaría admitir, pero sé que la razón es que solo tiene
veinte años. Las cosas no deberían suceder así.
No deberían.
Capítulo 10

MADELINE

Estamos sentadas en la sala de espera desde hace


unos quince minutos. Manu sugirió acompañarme, y no

dudé ni un segundo en aceptar, al fin y al cabo, ¿quién más


estaría aquí conmigo?

Es el día de mi primera ecografía y estoy nerviosa.


Aunque sé que hoy no vamos a poder saber el sexo del

bebé, porque aún faltan algunas semanas, estoy ansiosa


por escuchar su corazón por primera vez y ver esas

imágenes distorsionadas. Probablemente, no podré

distinguir nada claramente en ellas, pero puedo fingir como


debe hacer la mayoría de las madres.

— Madeline Leroy… — El médico aparece en la puerta,

con una carpeta en la mano.


Me pongo de pie, y Manu también se levanta.

Seguimos juntas hacia la puerta abierta y caminamos detrás

del médico que va delante de nosotras.

— ¿Todo bien, Madeline? ¿Cómo te sientes?


— Bien, todo va bien…

— Genial. Entonces puedes acostarte en esa camilla,

por favor, y subirte la blusa, dejando el abdomen

descubierto.

Subo los dos escalones y me siento en la camilla,


acomodándome antes de recostarme. El médico se acerca y

toma un taburete, colocándolo a mi lado, mientras Manu

permanece de pie, detrás de nosotros, frente al monitor.

— Voy a aplicar este gel en tu barriga, ¿de acuerdo?

Está bastante frío — advierte.


A pesar de la advertencia, me sobresalto cuando el

líquido frío cae sobre mi piel. Poco después, coloca el

transductor sobre mí y comienza a moverlo de un lado a

otro, observando la pantalla oscura, en busca del bebé. Mis

ojos también están atentos, aunque solo veo manchas

deformes y confusas.

— Yo… — El médico comienza a hablar, pero de


repente se calla.

Miro de él a la pantalla, curiosa y nerviosa. No sé si

algo está mal, o qué significa la expresión de sorpresa en su

rostro.
— ¿Algún problema, doctor? — pregunto, alarmada.

— ¿Es tu primera ecografía, Madeline?

— Sí, es la primera… ¿Por qué?

Manu asoma la cabeza para ver mejor la pantalla y

luego fija los ojos en el médico.

— ¿Está todo bien? El bebé está ahí, ¿verdad?


Él suelta una risa extraña. Al principio no entiendo qué

tiene de graciosa la pregunta que hizo Emmanuelle, pero

pronto comprendo la razón de la reacción del médico,

aunque a mí no me parece nada divertido.

— En realidad, todo está muy bien — dice,

calmándome por un instante, solo para hacer que mi mundo

se ponga patas arriba otra vez enseguida —, y el bebé está

aquí, sí, junto con los otros dos.

Sus palabras tardan unos segundos en alcanzarme.

Primero pienso que no entendí bien, porque no tiene mucho


sentido, entonces fijo la mirada en Manu y veo que sus ojos

están muy abiertos.

— Disculpe, ¿dijo otros dos?

— Sí, Madeline está embarazada de trillizos.


Me gustaría detallar lo que siento en este momento,

pero no tengo ni tiempo para razonar y recibir el shock de

esta noticia, porque el impacto del cuerpo de Manu cayendo


al suelo genera un caos aún mayor.

El médico se levanta, apresurado para socorrer a mi

amiga, y bajo de la camilla rápidamente. ¡No puedo creer

que ella haya elegido justo este momento para desmayarse!

¡Yo debería estar inconsciente ahora!

— ¡Manu! Despierta… ¡Qué papelón, ¿eh?

Le doy una palmada en la cara, animándola a que

despierte, mientras el médico levanta un poco su cuello,

creo que con la intención de colocar a Manu en la camilla,

en mi lugar, pero ella abre los ojos antes de eso.

— Oh, mon Dieu, ¡Madie! Tres bebés… ¿Cómo vamos

a hacer con tres?

— ¿Y es hora de que te caigas al suelo así? — la

reprendo. — ¡Es mi momento de descontrolarme, Manu! Son

tres personas en mi barriga, ¡y están creciendo! Voy a ser la

madre de esas personas… — digo, sintiendo que mi

respiración comienza a acelerar. — ¿Cómo voy a hacer


esto?
— No tienes brazos para sostener a los tres — dice,

quejándose —, necesitarías tener un brazo más.

El médico nos mira, aturdido. Creo que no era la

reacción que esperaba, pero debería haber sido más

sensible antes de dar esas noticias a la gente.

— Necesitan calmarse. Señorita Madeline, intente

respirar hondo o acabará desmayándose también — dice,

ayudándome a ponerme de pie.

Él levanta a Manu a continuación, pero

permanecemos paradas en el mismo lugar.


— Yo voy a sostener dos, pero ¿y el otro? — cuestiono,

asimilando lo que mi amiga está diciendo.

Manu me mira con desesperación.

— No sé. ¿Y cómo va a amamantar? Solo tiene dos

senos, no sé qué puede…

— Están nerviosas. La noticia fue muy impactante,

pero todo esto puede resolverse fácilmente — dice el

médico, interrumpiendo nuestras lamentaciones. — Los

padres y las madres suelen usar coches para los bebés y

ellos se quedan acostados en ellos cuando no están en


brazos. Nadie necesita tener tres brazos — dice, mirándonos

con las cejas arqueadas, como si fuéramos dos locas.

Asiento, aunque noto el tono irónico, porque tiene

razón. Ni siquiera estoy razonando más.

— Y va a amamantar un bebé a la vez, aunque si

puede poner dos al mismo tiempo y, después, agarrar al

tercero — explica, pacientemente.

— Es… Tiene razón — Manu asiente —, me alteré un

poquito, pero ya estoy empezando a pensar con más

claridad.

— Lo que importa es que se apoyen en este momento,

la pareja necesita permanecer unida.

Frunzo el ceño al escuchar lo que dice. Es incorrecto

hacer ese tipo de suposición. Ni siquiera sabe si estoy con el

padre del bebé, ¿cómo puede decir que debemos estar

unidos? Lo único que deseo de Philippe ahora es su cabeza

en una bandeja.

— Mis bebés no tienen padre.


— Sí, pero tener dos madres es igualmente

importante — responde el hombre, asintiendo con un gesto.


Manu desvía la mirada hacia mí y noto la sonrisa que

aparece en sus labios.

— Creo que sí… — coincide, alimentando la confusión

del médico.

— Necesitas apoyar a tu compañera. Ella va a ganar

peso ahora, y puede seguir con sus quehaceres, pero con

cuidado, para no poner en riesgo el embarazo.

— Claro — responde Emmanuelle. La estoy


fulminando con la mirada, pero Manu no iba a perder la

oportunidad de hacer una broma con el hombre, ya que fue


él quien se puso en esa posición —, y doctor, durante el

embarazo, ¿todavía podemos jugar, o es peligroso?


— ¿Jugar?

— Manu, para con eso… — le digo, incómoda.


— ¿Qué, cariño? — Desvía la mirada de mí para

enfrentar al médico. — A mi compañera le gustan unos


juguetitos, si me entiende, pero son grandes y tengo miedo

de que lastimen a los bebés.


El pobre hombre parece un pimiento ahora.
— Bueno…
— Tienen alrededor de cincuenta centímetros — dice,
como quien dice que va a llover.

— ¡Emmanuelle!
Ella explota en una risa estruendosa, y el médico

parece que va a infartar. Me mira de una manera bastante


incómoda, porque probablemente está imaginando que yo,

bajita así y ese juguete de cincuenta centímetros, no somos


una buena combinación.
— Ella te está provocando, doctor, disculpe.

— ¿De verdad? — El hombre lleva la mano al pecho. —

Me alegra, ya estaba preocupado por el tamaño…


— Y no somos novias, Manu es mi amiga y vivimos

juntas, pero yo soy madre soltera.


— ¡Ah! Disculpen entonces por suponer

erróneamente. No es mi costumbre deducir las relaciones


de las personas, pero ella se desmayó, y me dejé llevar.

— Está bien. Quiero decir… Excepto por el hecho de


que ahora voy a tener no solo uno, sino tres bebés y no

tengo la menor idea de cómo va a ser.


Manu agarra mi brazo con firmeza. Después del
desmayo y el impacto inicial, parece estar de vuelta a su

forma natural de leona inquebrantable.


— Va a estar todo bien, Madie. Vamos a encontrar la

manera.

La inauguración de la empresa fue un éxito absoluto y

debo todo esto a Emmanuelle y sus contactos, además de


su dinero, claro.

Nos llevó cerca de tres meses organizar todo en París


y estamos funcionando a todo vapor desde hace más o

menos dos meses. Elegimos nuestro local en una avenida


concurrida, un lugar hermoso, con dos pisos, y dividimos

todo, colocando la parte administrativa y la oficina en el


segundo piso y la tienda en el primero.

Los tonos de verde pastel y paja dominaron la


decoración que elegimos. Aunque los muebles son
modernos, optamos por una paleta más romántica,

siguiendo el estilo que domina la ciudad y dándole nuestra


personalidad a todo. Durante este tiempo, muchas cosas

han estado sucediendo y parece que todos los días Manu y


yo necesitamos reinventarnos para ser aún más fuertes y

decididas.
Valentine y tía Giselle me llaman cada semana, y cada
día se hace más complicado inventar excusas para no ir a

verlas y no permitir que vengan a verme. Tampoco he


pasado la dirección, como dije que haría, y ahora las estoy

evitando, porque no sé más qué decir para impedir que


descubran todo.

Desde hace un tiempo, Valen decidió llamarme solo


por videollamadas, porque quiere ver la tienda y todas las

cosas, y necesito hacer un gran malabarismo para que no


perciba mi barriga de casi seis meses, que está inmensa.

Philippe nunca más me buscó ni intentó contactarme,


al menos imagino que no, porque bloqueé su teléfono para

no sentirme tentada a hablar con él cuando las cosas se


complicaran. El tío Maurice también me llama a veces, pero
no de manera muy insistente, y los otros Bernard actúan

como si nunca hubiera existido.


En casa de Manu, las cosas siguieron un camino

similar, ya que sus padres la apoyaron en su ida a París solo


al principio. Incluso llegaron a compartir los contactos de

clientes y empresas para ayudarnos, pero la verdad es que


creían que Manu iba a desistir en un máximo de un mes y

volver corriendo a casa, y cuando eso no sucedió,


amenazaron con cortar relaciones con su hija. Obviamente,

eso tampoco funcionó, y aquí estamos nosotras dos, como


la familia, la una de la otra y con tres nuevos integrantes en

camino.
Manu también estaba conmigo cuando descubrimos

los sexos de los bebés. Son dos niñas y un niño, pero


todavía estamos discutiendo las posibilidades para los
nombres de ellos.

— Creo que Cloéh es hermoso, debería ser el nombre


de una de ellas — Manu está en la cima de una escalera

ahora, quitando algunas macetas que serán llevadas para la


decoración de esta noche —, ¿no te parece un nombre

moderno y de una chica sofisticada?


Tomo la maceta de sus manos y la coloco en el suelo a
mi lado. A pesar del poco tiempo de funcionamiento,

tenemos fiestas programadas para todos los fines de


semana durante los próximos tres meses, además de varios
eventos en otros días. En parte por el embarazo, pero

también porque ya estaba en los planes, contratamos a dos


empleados, un chico y una chica, y ellos ahora se encargan

de la parte más pesada de todo.


Siempre me ha gustado decorar personalmente y,

aunque soy socia en la empresa, eso no ha cambiado. Pero


con el vientre tan grande, las cosas se vuelven un poco más

difíciles, así que hago los diseños, de acuerdo con el espacio


de cada cliente y distribuyendo cada objeto decorativo,

proyectándolo meticulosamente en un boceto, y Jean y Elise


lo replican en tamaño real.

Manu terminó aprendiendo algunas cosas, pero ella se


encarga más de la parte burocrática y de nuestras finanzas;

es como si hubiera nacido para administrar, nuestro


crecimiento es una prueba incontestable de ese don que

tiene.
— ¡Me estás ignorando otra vez, Madie! ¡Hiciste lo
mismo con el otro nombre que sugerí!

El tono indignado atrae mi atención y termino


riéndome de su expresión de ultraje.

— El otro nombre era Clodoalda, Emmanuelle.


— Por eso ahora sugerí solo Cloéh, no puedes decir

que no es actual — insiste, entrecerrando los ojos hacia mí.


— Me gusta este, sí, solo estaba distraída.

— Significa la que está floreciendo — dice,


pestañeando con sus gruesas pestañas en mi dirección.

— Está bien, Manu. Cloéh, me has convencido. Pero no


vas a elegir los otros nombres.

Ella celebra con unos pequeños saltos y casi se cae de


la escalera, agarrándose a tiempo.
— ¡No lo creo! Le voy a contar cuando pueda entender
que fui yo quien eligió el nombre y que fue el más bonito.

— Ya veo… Creo que quiero ponerle Amélie a la otra


bebé — digo, acariciando mi barriga mientras pienso en ello
—, ¿te gusta?
— ¡Me parece hermoso, amiga! Y tiene todo que ver

con ella.
— ¿Cómo lo sabes? — Sonrío ante su comentario sin
sentido.

— Simplemente lo sé.
— Mmm… Entonces parece que ya decidimos dos
nombres.
— Parece que sí.
Manu baja de la escalera y, cuando está en el

penúltimo escalón, salta al suelo, parándose frente a mí.


— Cambiando de tema, sé que todavía no quieres
hablar de esto, pero necesito avisarte que Michel llamó de
nuevo. Insiste en que quiere hablar contigo y tratar de

arreglar las cosas…


Mi sonrisa desaparece al instante. No he podido
superar todo lo que él me dijo y, aunque Michel se arrepintió
algún tiempo después y ha estado intentando pedirme

perdón, todavía no estoy lista para eso.


— Dijo que no me apoyaría y que no tendría nada que
ver con esto, entonces, ¿por qué no deja de llamar?
— Mon cher, sabes que fue un idiot, pero todo lo que

dijo fue sin pensar. Estaba sufriendo y cometió un error


enorme. Entiendo que no quieras escucharlo, y si hace falta,
le doy un buen golpe en la nariz, pero tengo que avisarte
cuando trata de ponerse en contacto, porque puede que

cambies de opinión… él sigue siendo tu mejor amigo…


— No, no lo es — niego de inmediato. — Lo fue alguna
vez, pero hoy tú eres mi mejor amiga y Valen va a ser mi
hermana para siempre, aunque las cosas sean diferentes

ahora. Pero Michel eligió esto, y no sé si puedo superar todo


lo que me dijo. Me sentí traicionada, porque me dio la
espalda en el momento en que más lo necesitaba.
— Sí, lo sé. Sigue en pie la oferta del golpe, por si lo

quieres.
— Gracias por ofrecerlo.
Y aunque no acepto la propuesta, sí acepto el abrazo
que ella me da.

La última semana de trabajo fue intensa y, aunque


Manu y nuestros empleados me dijeron que bajara el ritmo,
fue imposible hacerlo. Los eventos no paran, y eso no me

permite parar tampoco. Pero, gracias a Dios, hemos recibido


una buena respuesta, y con lo que he ganado, pude
comprar los muebles para el cuarto de mis bebés.
También compré todo el ajuar, y estoy feliz de haber
logrado hacerlo por mi cuenta. Aunque tenga que trabajar

aún más, valdrá la pena, porque a mis hijos no les faltará


nada.
Mi celular suena con una videollamada de Valentine.
Ya me estoy acostumbrando a disimular la barriga cuando

me llama, eligiendo los ángulos correctos para que no se


vea, pero sé que le ha estado molestando algunas de mis
escapadas.
Coloco el teléfono en el fregadero de la cocina. Estoy

en el apartamento, sola ahora, y aprovecho para sacar un


yogur de la nevera antes de contestar la llamada.
— ¡Bonjour, Valen!
Primero aparecen sus cabellos rubios. Creo que está

en medio de la calle, porque hay mucho ruido alrededor.


— Bonjour, ¡Madie! ¿Cómo están las cosas por allá?
— Bien, estamos trabajando como locas, ¡demasiado!

Pero eso es bueno, ¿no? Era el plan, de todos modos.


— Sí, me alegra. Solo me entristece que nuestros
horarios libres aún no hayan coincidido; cuando estoy libre
los fines de semana, ustedes no paran de trabajar…

— Es verdad, pero pronto encontraremos un tiempito


para ponernos al día — digo, sintiendo un nudo en el pecho
por la mentira.
— Necesitamos hacerlo urgentemente, porque de

seguir así, ni te voy a reconocer más. ¿Te das cuenta de que


no nos vemos en persona desde hace unos siete meses o
más?
— Pero hablamos por video todas las semanas.
— No es lo mismo, y lo sabes.

— Lo sé…
— Incluso parece que has engordado, tu cara está
redondita, pero sé que tú no engordas ni comiendo más que
un león.

— Pues sí, es biotipo — respondo con una sonrisa


forzada.
Ya he subido unos catorce kilos en el embarazo, así

que es obvio que eso se nota también en mi cara, y ni


siquiera necesito comer tanto para que pase. Lleno una
cuchara con el yogur de fresa y me la llevo a la boca. Tal vez
sí estoy comiendo bastante.

— Quiero participar más en sus vidas, no veo la hora


de graduarme — dice, suspirando.
Y entonces se me ocurre una idea. Quizás no sea la
mejor de todas, pero es lo que puedo hacer ahora.
— Valen, si fueras a adoptar un gatito, ¿qué nombre le
pondrías?
— ¿Una mascota?
— Sí, pero de esas que la gente considera como hijos,
¿sabes? Que duermen hasta en la misma cama y que
reciben todo el amor del mundo.
— No voy a adoptar un gatito ahora…
— Claro que no, quien va a hacerlo soy yo — digo,
abriendo una sonrisa.
— ¡Ah! Y quieres ayuda con el nombre. Déjame
pensar… ¿Es macho?
— Sí — respondo, poniendo otra cucharada de yogur
en la boca.
— Creo que deberías ponerle Antoine, me parece un
nombre hermoso y noble, será un gato elegante, Madie.
Antoine…
Me gusta ese nombre, y saber que Valentine participó
en la elección de alguna manera me hace feliz.
— Antoine, entonces, está decidido.
— ¡Me encanta! Cuando lo adoptes, enséñamelo, ¿eh?
¡Quiero verlo! Voy a colgar ahora porque tengo que ir al
entrenamiento — dice, haciendo una mueca —, pero te
llamo otra vez la semana que viene.
— Está bien. Te quiero.
— Yo también te quiero…
Termino la llamada con un sentimiento un tanto
sentimental. Fue genial hablar con Valentine, siempre me
siento bien cuando puedo contestar sus llamadas y no
tengo que inventar excusas o escapar, algo que se ha
vuelto cada vez más frecuente. Pero al mismo tiempo,
siento cada vez más el peso de mis mentiras.
Han sido siete largos meses de mentiras, no solo
sobre el hecho de estar embarazada de trillizos, sino
también ocultando mi breve relación con Philippe. He
inventado tantas historias para justificar todo lo que no

puedo decir, que ya no sé qué es real en nuestras


conversaciones, y eso me destroza.
Tomo el envase vacío de yogur para tirarlo a la
basura, pero cuando me alejo del fregadero, resbalo en un

charco de agua en el suelo. Por suerte, logro agarrarme de


la encimera y mantenerme firme, evitando la caída.
— Pero qué mierda… ¿De dónde salió esto…?
Con un pavor creciente, siento la realidad comenzar a

penetrar mis sentidos. No me siento lista, todavía no estoy


preparada para ser madre. En teoría, me queda algo de
tiempo antes de que lleguen mis bebés. Mis tres bebés. Pero
con el líquido transparente escurriéndome entre las piernas,

el destino una vez más decidió cambiar lo que yo daba por


hecho.
Mi celular sigue justo frente a mí y busco el número
de Manu, ya guardado en la marcación rápida. Presiono para
llamarla y espero que conteste, lo que no tarda en ocurrir.
— ¡Hola, Madie! ¿Todo bien en casa?
— Manu, se me rompió la bolsa. ¡Los bebés van a
nacer ahora!
Capítulo 11

MADELINE

Llevo varios minutos mirando sus caritas pequeñas y


redonditas, sin poder decidir cuál de ellos es el más lindo.

Claro que el hecho de que sean trillizos debe contribuir


bastante, al fin y al cabo, se parecen mucho. Las niñas son

idénticas, y Antoine no es muy diferente de ellas. Pero la


verdad es que nunca he visto bebés tan adorables en toda

mi vida.
Al mismo tiempo que mi corazón está lleno, de amor,

ternura y de un sentimiento aún mayor que ni siquiera sé

cómo nombrar, también estoy preocupada porque nacieron


antes de tiempo y están flaquitos. Tengo que quedarme

acostada en la cama, en reposo, porque el parto no fue

nada fácil. Opté por un parto natural, siempre que fuera


posible y mis hijos estuvieran bien, y para mi alivio y

también para mi desesperación, todo salió según el plan, lo

que significa que fue agotador, angustiante y

extremadamente doloroso.
Parece que todas mis fuerzas se han agotado, pero

me advirtieron sobre la recuperación y, me guste o no, no

puedo darme el lujo de pasar mucho tiempo sin trabajar.

— Sabes que eres la mujer más valiente y loca que he

conocido, ¿verdad? — Manu está sentada en un sillón a mi


lado, sosteniendo a Cloéh en brazos.

Sé que es ella porque les pusimos pulseras de

identificación, pero me imagino que en algún momento

podré distinguirlas con más facilidad.

— Mmm… — Sigo observando detenidamente a los


tres, pero mis ojos están muy pesados, el cansancio parece

querer vencerme.

— En serio. Yo habría pedido la epidural enseguida y

resuelto todo de otro modo…

— ¿Y después? Tengo que volver al trabajo.

Manu levanta la mirada para verme, con el ceño

fruncido y una expresión de incredulidad.


— ¿Y cómo piensas hacerlo ahora? Aunque te

recuperes, todavía tienes tres bebés que cuidar, mon cher.

Yo seguiré encargándome de la empresa, tú te recuperarás

con calma en casa y, dentro de unos meses, veremos qué


se puede hacer. Quizás podamos contratar una niñera, o

algo así… — Mira a mi hija en sus brazos, que parece un

pequeño bultito de mantas. — Cuando tengan unos cuatro o

cinco meses, podemos llevarlos a la empresa y nos

turnamos para cuidar de todo.

Asiento, de acuerdo con la sugerencia. No va a ser


nada fácil, sobre todo porque me imagino que van a exigir

mucha atención, pero haremos lo mejor que podamos.

— Madie…

Manu se levanta y camina con Cloéh en brazos,

depositándola en la cunita que nos prestó el hospital, junto

a Amélie y Antoine.

— ¿Qué?

— Yo también soy orgullosa, y Philippe fue un idiota.

Pero estoy mirándolos ahora… ¿No te vas a arrepentir de no

intentar hablar con él otra vez?


Su rostro trata de transmitirme paz, aunque el tema

tenga el efecto contrario, y casi de inmediato mis ojos se

llenan de lágrimas. No lloro por él, ya no. Siento por mis

bebés, por el rechazo que sufrieron y más aún por no tener

a su abuela y a su tía cerca.


— ¿Te acuerdas de todo lo que me dijo? Porque yo

nunca lo voy a olvidar — digo, secando una lágrima molesta

en el rincón del ojo. — Aunque fuera a buscar a Philippe de


nuevo, él no me creería y lo dejó muy claro.

— Pero es la verdad, y con un examen…

— Lo sé, pero si mi palabra no es suficiente, si no

confía en mí y me juzga como alguien capaz de hacer las

cosas que dijo, no puedo imaginar un mundo en el que

podamos convivir en paz. No después de todo. — Sacudo la

cabeza, lista para cerrar el tema sobre él. — Yo no querría

tener un padre que solo me reconoció porque lo obligaron, y

lo digo por experiencia. ¿De qué me sirvió ser criada por el

tío Pierre? Nunca me vio como una hija. No quiero que mis

bebés tengan un padre solo en el papel, para pagar las

cuentas.

— Es justo que él pague, y es derecho de tus hijos —

dice ella, siempre tan sensata.

— Sí, lo sé, pero ya no lo necesito. Si estuvieran

pasando necesidad o si les faltara algo, puedes estar segura

de que no dudaría ni un segundo, dejaría mi orgullo a un


lado y lo buscaría con una prueba de ADN. Pero gracias a lo
que has hecho por mí, puedo cubrir todos nuestros gastos, y

mis hijos nunca sentirán el dolor de la indiferencia de su

padre.

— Ellos lo sabrán algún día…

— Saber y sentir son cosas diferentes. No convivirán

con él, no verán en su rostro esos ojos fríos, no sentirán que

no son amados todos los días, ni que son solo una

obligación moral.

— Está bien — asiente al fin —, si estás segura de eso,

no tocaré más el tema después de hoy.


— Solo hay una cosa que me duele mucho y me parte

el corazón en todo esto.

— Valentine… — adivina Manu.

— Ella y la tía Giselle. Es injusto que no puedan

conocerse, que mis hijos pierdan a una abuela maravillosa

como ella o a una tía tan increíble como Valen, y es horrible

que ambas sean excluidas de sus vidas sin ni siquiera saber

que existen, sin tener ninguna culpa.

— No podría estar más de acuerdo. La tía Giselle es su

abuela por partida doble, por ese idiota de su padre y


también por ti, y Valen moriría de amor si pudiera estar

aquí.

— Sí, no es justo que todo esto sea imposible por

culpa del imbécil de Philippe.

— Es injusto y triste — concuerda —, y odio que

tengamos que mentirle tanto a Valen.

PHILIPPE

Hace tiempo que no salgo a beber con un amigo. He


trabajado tanto que por la noche lo único que quiero es

darme un baño y tirarme en la cama a descansar.

La excepción es Lorraine, con quien todavía me

encuentro de vez en cuando, pero siempre es rápido, como

si solo cumpliéramos un acuerdo mutuo de satisfacción

sexual.
A pesar de mi ritmo social reducido, Lucas está en la

ciudad y, a través de mi amigo de toda la vida, decido

romper un poco la rutina y salir a encontrarlo en un bar

después del trabajo. Paso por casa para darme un baño y

luego salgo en moto, cambiando el coche por ella hoy.

Lucas eligió un lugar en una calle concurrida, no muy

lejos de donde vivo. No suele venir mucho a la ciudad, así

que cuando viene ya tiene una lista de lugares que quiere


conocer y, en las raras ocasiones que tiene éxito, termina

arrastrándome con él.


Consigo un lugar para estacionar frente al local, algo

que no habría pasado si hubiera venido en coche. La calle


ya está llena y los vehículos la han tomado por completo. Es

un bar de estilo moderno, hay mesas y sillas, pero la


mayoría de la gente habla de pie, paseando de un lado a

otro, pidiendo bebidas a los camareros apurados.


Lucas me ve antes de que yo lo encuentre. Sé que es

él porque veo su mano levantada, tratando de atraer mi


atención, y me sigo abriendo paso entre la gente hasta
llegar a donde está.

— ¿Y qué, Bernard? ¡Cuánto tiempo, amigo!


Recibo su abrazo, contento de que haya venido.
— ¡Y eliges justo un lugar así, Mallet! No puedo ni

oírte aquí.
Él se ríe de mi comentario, porque a pesar del ruido,

es obvio que estoy exagerando un poco.


— Vamos a beber. — Lucas logra llamar al camarero y

le hace el pedido. No sé cómo puede estar tan lleno este


lugar, ya que el servicio y todo lo demás son bastante
cuestionables. — ¿Cómo va la vida por aquí?

— Igual que siempre — digo, dándome cuenta de que


realmente no ha cambiado nada desde la última vez que

hablamos.
Sigo trabajando más de lo que debería y socializando

menos de lo que se considera aceptable. Sigo teniendo


relaciones con Lorraine cuando quiero y durmiendo en paz y

solo todas las noches.


— Bueno, supongo que eso es bueno. ¿Y hay noticias

de casa?
— ¿Yo? Debes saberlo mejor, estás más cerca y tienes

a mi hermana chismosa para contar las cosas.


Lucas abre una sonrisa extraña, reflexionando sobre
mi comentario y su reacción me deja intrigado.

— ¿Qué pasa?
— No sé, amigo. Valen me ha estado dando problemas

en la universidad, pero ya lo resolví.


— ¿Cómo que te está dando problemas? ¿Qué hizo? —

pregunto, empezando a preocuparme.


— Directamente nada. Consiguió un novio idiota,

jugador de mi equipo, ¿lo crees?


Levanto las cejas, asimilando la noticia. Mi hermana

saliendo con un idiota, para colmo.


— ¿Un jugador? ¿Y qué pasó? ¡Por Dios! ¡Nadie me

cuenta nada!
— Estoy contando ahora, no lo dije antes porque ya

me encargué de él.
Por la forma en que Lucas habla, no solo lo sentó en el
banco o lo expulsó por algunos partidos.

— ¿Golpeaste a un alumno? ¿Un jugador de tu equipo?

— Yo no dije eso — lo niega, pero está riendo, el desgr


aciado.
— ¿Y qué fue lo que hizo ese tipo?

— Mejor olvídalo, ni siquiera vas a querer saber. El


hecho es que terminaron y él no lo tomó bien, empezó a

hacer un montón de tonterías para intentar obligar a


Valentine a volver con él, y yo no iba a quedarme cruzado

de brazos viendo todo eso.


Asiento, dándole una palmada en el hombro a mi
amigo. Si hay alguien con quien puedo contar, es Lucas.

— Gracias por eso. Voy a hablar con mi hermana


después, tiene que pensar mejor y elegir bien con quién se

relaciona, ¡ni siquiera tiene edad para estar saliendo con


alguien! Tengo que arreglar las cosas.

Ahora es Lucas quien me mira con una sonrisa


burlona.

— Siempre celoso, ¿eh? Tu hermana ya no es una


niña, amigo.

— Pero como podemos ver, tampoco es lo


suficientemente madura para saber elegir un tipo decente.

— Creo que Valen ya aprendió.


— Voy a tener que ir para allá — digo, pensándolo

mejor. Está bien que paso la mayor parte del tiempo lejos,
pero no puedo dejar que algo así le pase a mi hermana sin

hacer nada. — Dime quién es el chico.


— No te lo conté para eso, Bernard.

Calma el culo en esa silla de CEO, ya te dije que me e


ncargué de todo. Si necesito tu ayuda, te aviso

— Ajá…
— Ya que te preocupas tanto por tu hermana, deberías

hacer algo con respecto a Madie.


El comentario surge de la nada, pero claro que para

Lucas no significa nada, no sabe nada de lo que pasó entre


nosotros.

— ¿Cómo así? ¿Qué pasa con Madie?


— Sabes que ella se fue de casa hace ya bastante

tiempo…
— Lo sé. ¿Pero pasó algo?
Hago los cálculos mentales y supongo que ya debe

haber tenido al bebé hace algunos meses, porque hace


poco más de un año desde la última vez que nos vimos. No

sé si está casada con ese tal Michel o si viven juntos, pero la


falta de noticias claras me incomoda un poco cuando pienso

en ella.
— No lo sé con certeza.
— ¿Cómo que no lo sabes? De hecho, ¿dónde está?

¿Se fue de casa y adónde se mudó?


Lucas me mira como si hubiera preguntado una
tontería.

— ¿No lo sabes? La última vez que estuvimos juntos


estabas todo protector, ¿y ni siquiera sabes a dónde se

mudó? ¡Carajo, Philippe! ¿No es tu hermana también? —


pregunta con un tono de juicio bien evidente.

No. Ella no es mi hermana, yo no me acuesto con mis


familiares y ellos no tratan de joder mi vida después de eso.

— No sé nada de ella desde la última vez que la vi —


admito, tomando un trago de cerveza y desviando la mirada

hacia la barra.
— Que Dios me libre de un hermano así. — Sacude la

cabeza. — ¿No te preocupa?


— Espero que esté bien, por eso te pregunté si sabes

algo, y deja de decir tonterías de hermanos, sabes que no


es así.

— Para Valentine lo es, siempre habla con Madie.


— Claro, están súper unidas, seguro que sabe todos
los detalles.

— No, no los sabe. Y eso es lo que le está quitando el


sueño a tu hermana.

— ¿Cómo que no los sabe?


— Valen me dijo que llama y hablan, y parece que

todo está normal, pero de repente Madie desaparece por


semanas, no da explicaciones coherentes y se evade

cuando Valen le pregunta algo más directamente.


— Entonces no le contó a Valentine… — digo en voz

alta, pensando en el embarazo.


— ¿No contó qué?

— Bueno, lo que sea. ¿Con quién está viviendo?


¿Sabes? — pregunto, cambiando de tema rápidamente.
— Según lo que Valentine me dijo, con Emmanuelle.
Frunzo el ceño ante el descubrimiento. Ni siquiera

sabía que Manu se había mudado de su casa.


— ¿Solo ellas dos? Pensé que estaba con un novio, o
algo así.
— No que Valen sepa, quizás está escondiendo a

alguien, pero eso sería raro. ¿Por qué esconder a un novio?


— No sé, quizás no quieren que los demás lo sepan.
Pensé en ese Michel, siempre estaban juntos — digo,

tanteando.
Tan juntos que hasta tuvieron un hijo.
— ¿Michel? Pero él está en la ciudad, en casa de sus
padres. No se mudó con ellas.
— Eso no tiene ningún sentido…

— Es lo que te estoy diciendo, tío. Hay algo raro en


todo esto, ella se mudó hace poco más de un año y no pasa
la dirección en absoluto. Cada vez que Valen o tu madre
mencionan la idea de ir a visitarla, ella se las ingenia para

escaparse, inventa excusas y no dice dónde está viviendo.


¿Será que son drogas? Ya he pensado en todo lo que te
puedas imaginar.
— Claro que no son drogas, deja de decir tonterías.

— Pero, tío…
— Es otra cosa — digo, enfático.
— Tú sabes qué es. — Lucas me mira, entrecerrando
los ojos.

Pero no le presto atención. Estoy intrigado con el


hecho de que Madie y Michel no estén juntos. Ella podría
haber recapacitado y retomado la relación, imaginé que a
estas alturas vivirían juntos y que él se habría hecho cargo

del bebé. Quizás Michel es más sensato de lo que pensaba,


y yo tampoco la aceptaría de vuelta después de la traición.
— ¡Dilo de una vez, Philippe! ¿Qué es lo que ella está
escondiendo?

— No puedo decirlo.
— ¿Cómo que no puedes? Valentine está volviéndose
loca de preocupación.
— Si fuera ella, me aparecería sin avisar — sugiero,

pensando en el tema.
Esto no puede seguir así. Se criaron como hermanas,
no va a poder ocultar a un hijo para siempre. Tal vez
Madeline esté avergonzada, y debería estarlo después de
intentar engañarme, pero Valentine necesita descubrir por sí

misma el carácter de su amiga. No seré yo quien le cuente


lo que pasó.
— Si dices eso, es porque sabes que si ella se
presenta sin avisar, va a descubrir lo que Madie está

escondiendo.
Asiento, confirmando.
— Sí, pero mejor que no lleve a mi madre…

— Mmm — Lucas ahora me mira con curiosidad —, le


diré eso, pero no serviría de mucho porque Valentine no
tiene la dirección de ella en París.
— ¿En París? ¿Me estás diciendo que Madie está
viviendo aquí?

— ¡Estás muy desinformado, tío! Madeline y


Emmanuelle abrieron un negocio aquí en la ciudad, una
empresa de decoración, están viviendo aquí desde el
principio.

— Una empresa de decoración. — Pienso por un


momento en la nueva información. — Entonces Valentine
puede encontrar la dirección de la oficina, si es que de
verdad existe, e ir hasta allí.

— ¡Buena idea! ¿Cómo no se me ocurrió antes?


— ¿Cómo se llama el lugar? — pregunto, ya con el
celular en la mano.
— ¿No has visto ninguna publicación de Madie? Está

todo en Instagram.
— No sigo mucho esas cosas — digo, para no admitir
que ella me bloqueó a propósito.
— Se llama Unique. Parece que están teniendo éxito

por aquí, organizando los mejores eventos.


— Nunca he oído hablar…
— ¿Y acaso vas a fiestas? — pregunta él, riéndose. —
Pero deberías ser menos negligente con Madeline. No

porque no sea tu hermana biológica tienes que actuar así y


olvidarte de que existe.
— No tiene nada que ver con eso, Lucas. Cállate, que
no tienes ni idea de lo que estás diciendo — le respondo,

escribiendo rápido en el teléfono.


— Te enojaste porque la verdad duele.
— ¿Es esta de aquí? — Le muestro el teléfono para
que vea, ignorando su comentario, y Lucas asiente. —
Tienen muchos seguidores.

— Sí, las fotos y los videos son muy buenos, y eso


atrae a la gente. Valen dijo que están ganando mucho
dinero con eso, incluso sospechó que había algo raro en lo
de la empresa, pero ellas publican muchas cosas, graban las

decoraciones de las fiestas y se las mandan para que las


vea, y Manu aparece bastante en los stories.
— Pero Madie no — concluyo, o sabrían del embarazo.
— Madie casi no aparece, es verdad. Al principio salía

más, pero ahora prácticamente ha desaparecido.


Valentine se va a llevar una sorpresa cuando la
encuentre y descubra que no estaba escondiendo una cosa,
sino una persona, un hijo.

— Aquí está la dirección de la tienda, solo tiene que ir.


Si Madeline no está, seguro que Emmanuelle sí.
— Voy a hablar con Valen y sugerirle eso, creo que es
una buena idea, por lo menos se quita esa preocupación de

la cabeza.
— Luego me cuentas. Creo que me voy a casa, Lucas.
Fue un día agotador y mañana tengo que levantarme
temprano.

— Está bien, yo también tengo que ir a casa, y mi


camino es más largo que el tuyo.
— No te olvides de actualizarme sobre lo de Madeline
— comento mientras caminamos hacia la salida.

— Es curioso que para alguien que no se preocupó en


todo este tiempo, de repente estés tan curioso.
Y lo estoy. Aunque he pensado en ella y en todo lo que
pasó entre nosotros muchas veces en el último año, me
desentendí cuando Madeline se volvió en contra de su
propia familia y trató de engañarme.
Ella me bloqueó en todas las redes sociales, pero
tampoco hice ningún esfuerzo por mantenerme cerca. Creo

que me sentí decepcionado, no es que nuestra relación


fuera tan íntima o cercana, pero me frustré por la imagen
que construí de ella en mi mente. Una imagen que ella
misma destruyó, y eso me enfureció por mucho tiempo. No

suelo equivocarme al juzgar a las personas, y haberlo hecho


con alguien de la familia aún me molesta.
Terminé creando teorías sobre lo que ella haría a
continuación, y nada de lo que escuché hoy tiene sentido en
comparación con lo que había imaginado. Supuse que, al

fallar en su intento conmigo, se volcaría hacia el padre del


bebé y se quedaría con él, al menos para tener algo de
estabilidad financiera. Pero Madie prefirió quedarse sola e
invertir en su propio negocio.

Pensé que les contaría a mis padres y a Valentine


sobre el embarazo, aunque le tomara un tiempo. Después
de todo, por más que la reacción inicial no fuera buena,
terminarían aceptándolo, aunque ella y el padre del bebé no
tuvieran una relación estable. Pero eso no fue lo que hizo.
Madeline les ocultó todo, por lo que puedo notar, y sigue
ocultando que ahora es madre.
O tal vez no lo sea…

Por primera vez me pasa por la cabeza la posibilidad


de que haya abortado. Eso tendría sentido, considerando
que ni Valentine ni mis padres saben nada sobre el
embarazo, y que Madie parece haber enfocado sus energías

en el trabajo. Pero si lo hubiera hecho, no tendría motivos


para esconderse y rechazar las visitas. Habría borrado esa
parte de su historia y seguiría como si nada hubiera pasado.
No. Probablemente, ella tuvo ese hijo.
Capítulo 12

PHILIPPE

Cuando sugerí que Valentine viniera a París para


acorralar a Madie y descubrir qué estaba escondiendo, no

me imaginé formando parte del plan, pero no encontré una


razón lo suficientemente buena para negarme a llevar a mi

hermana a la Unique.
Voy a quedarme en el coche, ese es el plan, pero aun

así sé que corro el riesgo de encontrarme con Madeline,


algo que no pensaba volver a hacer en esta vida.

Estaciono frente al edificio y miro las puertas de

vidrio, que están abiertas. Desde donde estamos, se pueden


ver varios objetos decorativos esparcidos por el lugar:

grandes jarrones para flores, lámparas llenas de detalles, y

mesas de madera talladas.


— Wow… ¡Quedó hermoso! — comenta Valen, uniendo

las manos y esbozando una gran sonrisa. — Ni siquiera

puedo creer que Madie lo logró, ¿sabes? Era el sueño de su

vida, y ahora está aquí. ¡Mira, hay varios clientes!


— Parecías tensa, pero ahora que llegamos parece

que ya estás más tranquila — comento, observando sus ojos

que lo analizan todo, fascinados.

Valen se voltea en el asiento, quedando de lado, y me

mira con seriedad.


— Llegué a temer que la Unique no existiera, Philippe.

Veía las fotos, las publicaciones y todo eso, pero no sé…

Todo me parecía raro, la manera en que ella esquivaba mis

preguntas y desaparecía. Además, últimamente, cada vez

que la llamaba, estaba en casa y no aquí.


— Bueno, la Unique es real, eso es un hecho. Te

esperaré aquí en el coche.

— ¿No quieres hablar con ella? — Valen frunce el

ceño, extrañada por mi comportamiento.

— Tengo que resolver unas cosas urgentes en el

teléfono, además, es muy probable que solo puedas hablar

con Emmanuelle ahí.


— Está bien — acepta, aunque me sigue mirando con

desconfianza —, voy a bajar y tratar de conseguir la

dirección si ella no está. Ya vuelvo.


Valentine se quita el cinturón de seguridad y baja. Veo

a una chica parada en la puerta de la tienda,

observándonos. No la conozco, pero el coche llama la

atención, especialmente cuando alguien levanta la puerta

para salir.

Antes de que Valen llegue a la entrada, Emmanuelle


aparece como un rayo, viniendo desde el interior. Camina

sobre tacones altísimos, lo cual es impresionante,

considerando la velocidad con la que se mueve. Su cabello

corto y oscuro se sacude de un lado a otro, y sonríe de una

manera poco natural. Me dan ganas de sonreír también,

sabiendo que no esperaban esto.

Valentine abre los brazos para abrazar a su amiga,

pero Manu la hace girar en la dirección contraria, la toma de

la mano y la arrastra de vuelta al coche. Así que va a ser

así…
Cuando Emmanuelle abre la puerta de mi coche,

ignorándome por completo, Valentine me mira totalmente

aturdida, sin entender la actitud de la otra.

— ¡Amiga, te extraño un montón! — dice Manu,

agitada, pero no tiene ningún sentido lo que está diciendo.


— Ahora tengo que trabajar y no es buena idea tener

amigos en la tienda, podría parecer que estamos siendo

descuidadas con el trabajo, ¿entiendes? Pero quédate en la


ciudad, que te llamaré cuando salga y nos veremos para

cenar.

— ¿Cómo que descuidadas? La empresa es de

ustedes, Emmanuelle — replica Valen, notando la mentira.

— Lo sé, pero tenemos que dar ejemplo a los

empleados.

— Pero…

Valen me mira buscando ayuda, y me encojo de

hombros.

— Viniste hasta aquí, hermana. ¿Vas a dejar que

Emmanuelle te engañe tan fácilmente?

— ¡Qué descaro el tuyo aparecer aquí, Philippe! —

Manu se exalta. — ¿Y todavía quieres poner a Valen en

contra nuestra? Si fuera tú, pensaría muy bien antes de

decir cualquier tontería.

— No vine por ti, ni por Madeline, vine porque

Valentine me necesitaba.
— Claro que no viniste por Madie. Como si fueras lo

suficientemente hombre para hacerlo… ¡Idiot!

Está roja de ira, y en cuestión de segundos, siento

cómo la rabia comienza a hervir en mí. No era mi intención,

pero la manera en que Emmanuelle habla, como si tuviera

alguna culpa en esta historia, me saca de quicio.

— ¿Qué está pasando? — Valen mira a su amiga a mí,

sin entender nada. — Philippe tiene razón, Manu. Tú y Madie

me han engañado por mucho tiempo, me han estado

ocultando cosas, y no me iré de aquí hasta que descubra


qué es.

— Yo… — Manu la mira, cambiando el peso del cuerpo

de un lado a otro, como si no supiera qué hacer. — Es que

Madie no está aquí ahora.

— Ella está en casa, me lo imaginé. Y quiero la direcci

ón, Manu.

— No puedes ir hasta allí…

— Claro que puedo. Y no le vas a decir a Madeline que

voy para allá, o nunca más te miro a la cara, Emmanuelle. ¿

Entiendes?
No creo haber visto a Valentine reaccionar así. Se que

dó estática por un momento con la actitud de la otra, pero p

ronto se recuperó y no creo que las dos puedan esconder es

to de ella por mucho tiempo.

— Ella me va a matar… — Emmanuelle me mira direct

amente ahora. — Puedo darte la dirección, Valen. Tal vez se

a hora de que ustedes dos hablen, pero con una condición.

— ¿Y cuál es?

— Él no va.

Valen me mira, sé que puede ver mi mandíbula tensa

de rabia, y aunque mi mirada esté fija al frente, mis dedos a

pretando el volante con fuerza hacen bastante obvio el hech

o de que estoy cabreado.

— ¿Mi hermano? ¿Por qué estás tratando así a Philippe

, Manu?

— Eso no viene al caso. No quiero que pises mi casa, ¿

entiendes, Bernard? Si entras en contra de mi voluntad, llam

o a la policía.
— Deja de decir tonterías — respondo, sin siquiera mir

arla —, ¿por qué querría entrar en tu casa? No tengo nada q

ue ver con esto.


— ¿Es lo que te dices a ti mismo por la noche para po

der dormir?

— Oh Mon Dieu… Pasa de una vez la dirección, Manu.

Antes de que me vuelva loca con esta confusión.

Manu todavía duda un momento, pero al final escribe

la dirección y la envía como mensaje al celular de Valentine.

Salimos de la puerta de la tienda, dejándola en la acera,

mirándonos. No sé si cumplirá lo que prometió sobre no


alertar a Madeline, así que todavía hay una oportunidad de

que al llegar al lugar indicado, Valentine no la encuentre.


— ¿Quieres explicarme qué fue eso, Philippe? ¿Por qué

de repente mi amiga de la infancia te odia?


— ¿Y yo qué sé?

— Debiste hacer algo, Manu no es del tipo que crea


enemistades sin motivo.

Me quedo callado. Nada de lo que le diga será la


verdad, así que prefiero no explicarme, y Valentine empieza

a crear sus propias teorías.


— Es por la Madie, seguro — dice, pensativa —, nunca
le has llamado desde que te mudaste, no has mostrado ni

una gota de preocupación hasta ahora, y eso que vives en


la misma ciudad que ella. Manu debe pensar que nuestra
familia es la peor del mundo, porque ustedes se olvidaron

de Madie tan pronto como salió de casa, excepto por


mamá.

— Mmm — murmuro, simplemente.


Llegamos a la dirección un poco después de eso. Es

un edificio grande y antiguo, cerca de la Torre Eiffel, y por lo


que me dijo Valentine, las dos viven en uno de los últimos
pisos.

— Voy a esperar aquí.


— ¿Estás segura?

— Oíste a Emmanuelle, si entro, viene la policía —


digo, con una risa irónica. — Cuando estés lista, estaré

esperando.
Valentine baja del coche y entra al edificio,

desapareciendo de vista. A pesar de la calma aparente, solo


puedo pensar en el reencuentro de ellas, allá arriba, y en

cómo se van a desarrollar las cosas. No creo que Madeline


mencione lo que pasó entre nosotros dos, pero incluso

excluyendo eso, todavía tiene mucho que explicar.


MADELINE

Si hay algo en la rutina como madre de tres bebés a lo


que todavía no me he adaptado, incluso después de ocho

meses, es la privación del sueño. Claro que ahora ya es


mucho más fácil que al principio, cuando se despertaban

toda la noche y tenía que amamantarlos uno por uno,


mientras mis ojos se cerraban por voluntad propia.

Después de los cinco meses, empezaron a dormir


mejor, por buena parte de la noche y solo se despiertan

para ser amamantados una vez. El problema es que cuando


finalmente logro hacer que uno de los bebés se duerma y lo

pongo en la cuna, otro empieza a llorar y lo despierta.


Cuando el llorón finalmente cae en sueño, el tercero decide

que es un buen momento para probar sus cuerdas vocales y


empieza a emitir sonidos y gritos.
Dejarlos sueltos es todo un desafío. Porque mientras

mis ojos están fijos en Cloéh gateando por la sala, Antoine


ya ha volcado todo el frasco de talco en la alfombra y

Amélie está tratando de escalar el sofá. Es como si me


hubiera convertido en un pulpo, mis brazos son solo dos,

pero tienen que ser tan ágiles ahora que hasta parecen
más.
Cuando escucho los golpes en la puerta de la sala,

empiezo el proceso de recoger a los bebés, porque si no,


cuando vuelva, es muy posible que se hayan hecho daño o

armado un gran lío.


— ¡Ya voy!

Coloco a Antoine en el carrito y a Cloéh también, en el


asiento al lado de su hermano. Necesito abrochar los

cinturones, porque aún no caminan, pero pueden deslizarse


del asiento y bajarse al suelo, por donde salen gateando.

Amélie ya está escapando y acercándose a la puerta, así


que la levanto en brazos y escucho su risa adorable.

— ¡Tu traviesita! ¿Querías escapar de mamá?


Desbloqueo la puerta para atender a la persona del

otro lado y la abro, pero pierdo el aliento en el instante


siguiente. Valentine está de pie frente a mí, su apariencia es

la misma de siempre, pero sus ojos y su expresión están


cargados de asombro.

Ella me mira y yo la miro de vuelta, sin poder formular


una palabra. Mi corazón está disparado ahora, no pensé ni

por un instante que la encontraría al abrir la puerta.


— ¿Mamá? ¿Dijiste mamá? — pregunta, su voz es solo

un susurro.
Valentine mira a Amélie, que mueve las manitas en el

aire toda contenta, sin tener la menor idea de lo que está


pasando aquí.

— ¿Es eso, Madie? ¿Tienes… un bebé?


Abro la boca, tratando de encontrar una explicación

que me parezca razonable, pero no creo que haya una.


Nada más que la verdad podría sonar convincente ahora.
— Yo…

— ¿Te volviste loca? ¿Cómo pudiste esconderme algo


así? ¿De nosotros? ¿Te mudaste porque estabas

embarazada? — Valen lleva la mano a la frente y comienza


a caminar de un lado a otro frente a la puerta. — ¡Por eso te

desaparecías y no me dejabas venir a verte!


Cuando me mira de nuevo, sus ojos están llenos de
agua, ella está conteniendo el llanto y ahora yo también lo

tengo atrapado en la garganta.


— Valen, no quería mentir, pero es que…
— ¿Por qué Manu sabe de todo y yo no? — Ahora está

llorando, las lágrimas caen por su rostro y yo acabo llorando


también. — ¡Tuviste una hija, Dios mío, Madie! ¿No era yo tu

hermana? ¿Por qué se lo contaste a Manu y me escondiste


eso a mí?

— No podía contarte, no podía hablar con nadie en


casa y…

En ese momento, Antoine comienza a llorar, odia


estar en el carrito sin que yo o Manu estemos cerca, y el

sonido atrae la atención de Valentine, que abre la boca, sin


creer lo que está pasando.

— ¿Hay otro bebé?


— Valen, escúchame primero.

— ¿Por qué? ¿Vas a mentir? — Ella pasa por la puerta


abierta y camina hacia la sala, deteniéndose frente al

carrito. Sus ojos van de Antoine a Cloéh y vuelven a Amélie


en mis brazos. — ¡Tres hijos! ¿Escondiste no solo uno, sino
tres hijos de mí, Madie? Sinceramente, pensé que tenía
alguna importancia en tu vida, pero puedo ver que estaba

equivocada.
— Claro que eres importante, te amo.

— ¡Entonces realmente no entiendo! ¿Puedes


explicarme eso?

Puedo ver en sus ojos que, a pesar de estar furiosa


conmigo, Valentine espera que haya una explicación para lo

que hice, pero desafortunadamente, lo único que la


convencería a perdonarme ahora es la verdad sobre Philippe

y yo, y eso no puedo contar.


— Yo… No sabía qué hacer, no podía contarte sin decir

cómo pasó todo y no puedo hacer eso, así que opté por
esconderlo. Perdóname, Valen…
— ¿No puedes contarme cómo pasó? No puedo
entenderlo. — Ella mira a los tres, que siguen balbuceando

cosas imposibles de entender y lloriqueando, luego sacude


la cabeza. — Es como si tuvieras otra vida, fueras otra
persona y ya no te conocieras. No tengo idea de quién eres
o de las cosas que haces por ahí, no sé nada de ti…
Valentine me da la espalda, caminando hacia la
puerta de la sala. Mi primer instinto es pedirle que espere,

intentar evitar que se vaya así sin que me explique y que


las cosas se resuelvan, pero no hay nada que pueda decir o
hacer.

PHILIPPE

La veo pasar por la salida del edificio, dirigiéndose

directamente al coche. Valentine está llorando, puedo ver


sus hombros temblando desde lejos y su cara está toda
roja.
Merde…
Quizás no fue una buena idea dejar que descubriera
esto de esta forma.
Mi hermana abre la puerta del coche y se lanza al
asiento, pero no me mira. Cubre su rostro con las manos y

sigue llorando.
— Valen, no te pongas así…
— ¿Por qué me escondió tantas cosas, Philippe? ¿No
soy nada para Madie? Quería no ser tonta y celosa, pero ella

me cambió por Manu sin pensarlo dos veces.


Ella levanta la mirada para encararme y veo cuánto le
duele.
— ¿Por qué? Siempre nos contamos todo…

— Tal vez no supo cómo decírtelo.


— ¡No es un trabajo o un nuevo novio, Philippe! —
dice en voz alta, empezando a exaltarse. — ¡Son hijos, por
el amor de Dios! ¿Quién esconde que está embarazada y
que tuvo bebés?

El comentario me toma por sorpresa y no puedo evitar


preguntar.
— ¿Bebés? ¿En plural?
— ¡Son tres! Y son tan adorables y lindos que dan

ganas de matar a Madeline.


No es que una cosa tenga que ver con la otra, pero

creo que no debo exigir coherencia de Valentine ahora.


— ¿Estás diciendo que son trillizos? ¿Madie tuvo tres
hijos?
— Dos niñas y un niño. ¿Quién miente sobre eso,
Philippe? No es como si fuera una cerrada o prejuiciosa.

¿Qué pensó que haría si lo supiera?


— No sé exactamente por qué lo escondió, Valen.
— Solo si… — Parece reflexionar un momento y
aprovecho que parece un poco más tranquila para arrancar

el coche. — ¿Quién será el padre? ¿Alguien abusó de Madie?


— pregunta, alarmada.
— ¿Por qué pensarías eso?
— No sé, dijo que no podía decirme cómo pasó.

— ¿Dijo eso?
Valentine asiente.
La conversación me deja inquieto. ¿Cuál sería el
verdadero problema en revelar que tuvo algo con Michel? A

menos que Valentine estuviera interesada en él.


— ¿No tienes idea de quién puede ser el padre? —
indago, porque las dos siempre estaban juntas en ese
período.

— Ninguna idea… — dice, pareciendo triste. — Supe


que estuvo con un chico, con quien perdió la virginidad,
pero ni siquiera sé quién es. Si no pasó nada malo, solo
puede ser él.

— ¿Cómo así solo puede ser él? — pregunto, a la


defensiva. — Ella pudo haberse involucrado con varios
chicos y tal vez no sepa quién es el padre.
Pero Valentine me mira como si estuviera loco.

— Madie era virgen, Philippe, no salía con nadie, no


tenía novio. ¡Claro que sabe quién es el padre! ¡Qué idea!
— Está Michel, ese amigo de ustedes…
— ¿Qué pasa con él?
— Los escuché conversar un día, él estaba bastante

molesto con ella y Madeline dijo que lo amaba, pero él se


fue todo nervioso. Tal vez sea él el padre.
— ¿El Michel? — Suelta una risa incrédula. — ¿De
dónde sacaste esa idea? Madie y Michel ni siquiera se han

besado, Philippe. Él siempre estuvo enamorado de ella, pero


Madeline solo lo quería como amigo.
— ¿Estás segura?
— Absoluta. Además, si él fuera el padre, no estaría

aquí sola, ahora todo tiene sentido.


— ¿Todo qué?
— Los dos pelearon, probablemente Michel descubrió
que a ella le gustaba otra persona y no supo manejarlo.

— Ella no estaba interesada en otra persona, fue solo


una noche.
— ¿Cómo sabes? — pregunta, pero sin darle mucha
importancia, creo que lo entiende solo como un comentario

al azar. — Podría haber sido una relación, podrían haberse


enamorado.
— Porque… Bueno, porque si ese fuera el caso,
estarían juntos.

— Solo sé que estoy tan enojada con ella ahora y tan


dolida, pero al mismo tiempo sigo pensando… ¿Cómo
alguien puede tener tanta mala suerte?
— ¿Mala suerte?

— Acostarse una sola vez y quedar embarazada, ¡y no


de uno, sino de tres bebés!
— ¿Una vez…?
Poco a poco la realidad de lo que Valentine está
diciendo empieza a ser asimilada por mi cerebro aturdido. Si
ella tiene razón, la primera y única vez de Madeline fue
conmigo, pero no podría haberme equivocado tanto.

Escuché su conversación con Michel, escuché todo lo


que se dijeron el uno al otro, no puedo haber interpretado
las cosas tan mal. No, ella me mandó una foto de ellos
juntos y me dijo que ibas a tener sexo con él, no me lo

inventé en la cabeza.
Recuerdo las palabras de Emmanuelle más temprano,
en la puerta de la tienda.
¿Es lo que te dices a ti mismo por la noche para poder
dormir?

Claro que no viniste por Madie. Como si fueras lo


suficientemente hombre para hacer eso…
Tres bebés.
Los recuerdos de esa noche también vuelven a mi

mente, la forma insistente en que decía que yo era el padre


y las duras palabras que le dije. No puedo siquiera
considerar la posibilidad de que realmente esté equivocado,
porque eso sería aceptar el hecho de que maltraté a una
mujer embarazada de mí, rechacé a mis hijos sin pensarlo
dos veces.
No sé cómo podría vivir conmigo mismo sabiendo que
fui capaz de algo así, y la única persona que puede sacar

esas dudas y aclarar toda esta situación es Madeline.


Capítulo 13

MADELINE

Estoy amamantando a Antoine cuando la puerta de la


casa se abre. Por un momento pienso que Valentine ha

regresado, que estará dispuesta a escucharme y hablar,


aunque no sé cómo hacerlo. Pero es Emmanuelle quien

aparece en la sala, un poco despeinada y respirando con


dificultad. Creo que salió de la tienda a las apuradas.

— ¿Dónde está Valen?


— Ya se fue. ¿Pasó por la empresa?

Manu asiente y desvía la mirada de mis ojos al suelo,

pareciendo sentirse culpable.


— No tuve opción, Madie. Ella dijo que no me iba a

dirigir más la palabra si no le decía, y el imbécil estaba con

ella, tuve miedo de que él dijera más de lo debido, al final


perdí un poco la noción y le di la dirección — dice todo de

una vez, atropellando las palabras.

No capto bien toda la información, pero entiendo que

se está disculpando.
— Está bien… Tarde o temprano lo iba a descubrir,

Valentine no se iba a rendir tan fácilmente conmigo.

— ¿Qué te dijo?

— Se sintió dolida, se fue llorando porque le escondí

todo. Quería una explicación, pero ¿cómo le iba a decir que


no le conté nada porque su hermano, que me lleva quince

años y con quien me acosté sin que nadie lo supiera, es el

padre de mis hijos? — Sacudo la cabeza, desesperanzada.

— No encuentro una manera de arreglar las cosas con ella

sin decirle la verdad.


— Ese idiota… Quiso lanzarme sobre él cuando lo vi,

te juro que solo no lo hice porque terminaría diciendo todo

delante de Valentine. ¡No sé cómo tuvo el descaro de

aparecer!

— ¿Philippe estuvo en la empresa? — Sus palabras

finalmente empiezan a tener sentido, y de una manera

horrible, porque aceleran mi corazón y hacen que mis


manos tiemblen.

No quiero reencontrarme con él ahora, en realidad, no

quiero ver a Philippe nunca más.


— Él la llevó hasta allá y también fue quien la trajo

aquí.

Qué tan cerca estuvo…

Trago saliva, pensando en cómo habría hablado con

Valentine si él también hubiera entrado al edificio, cómo

habría formulado alguna palabra coherente o cómo habría


reaccionado al ver a Philippe y a nuestros hijos en el mismo

lugar. Miro a mis niñas acostadas en el cochecito; las dos

están dormidas ahora, tan tranquilas y serenas, sin idea del

torbellino de emociones que me envuelve.

— No lo vi…

— Claro que no. Dejé muy claro que si él entraba aquí,

llamaba a la policía.

— ¿Dijiste eso? — Abro los ojos como platos,

imaginando la escena que Manu armó.

— Sí, lo dije, y dije mucho más. No debería haberlo


hecho, Valen pudo haber pensado que era raro — comenta,

sentándose a mi lado en el sofá —, ¡pero no pude

controlarme! Estaba tan tranquilo en ese cochazo, como si

fuera el rey de un imperio. Si fuera por mí, le rayaba el


coche entero y le rompía los dientes… — Manu tiene los

puños cerrados ahora, sus ojos llenos de rabia.

— ¿Qué más le dijiste?


— Que no era un hombre… — Muerde su labio,

cerrando los ojos al recordar lo que hizo. — Y él me dijo que

no vendría aquí porque no tenía nada que ver con tu vida.

Ahí no me aguanté y le pregunté si eso era lo que se decía a

sí mismo para poder dormir por las noches.

— ¡Manu! ¿Dijiste todo eso delante de Valentine?

— ¡Lo sé! Tenía que haberme callado, pero es tan

arrogante y presumido. ¿Sabes qué es lo peor? Puedo ver en

esa cara de idiota que Philippe no cree que haya hecho algo

mal.

— ¿Cómo así?

— No cree de verdad que sea el padre, Madie. Si lo

creyera, no iría hasta la tienda y te evitaría a toda costa. En

su cabecita de chorlito, tú intentaste hacerle una jugada

que no funcionó.

— Sé que piensa así, pero no me importa. Que siga

pensando lo peor de mí y me deje en paz.


— Pero ahora sabe de los bebés…
— Philippe siempre supo que yo estaba embarazada,

¿por qué eso cambiaría algo?

Manu se encoge de hombros, pensativa.

— No sé, pero creo que esta historia aún no ha

terminado, amiga. ¿Qué vas a hacer con Valen?

Pongo a Antoine sobre la alfombra, en el suelo, y

enseguida agarra un juguete y se distrae.

— Creo que no hay mucho que se pueda hacer ahora

— digo, poniéndome de pie —. Voy a sufrir sin tener a

Valentine en mi vida, sé que no va a ser fácil para ella


tampoco, pero no puedo contarle sobre Philippe y yo, ya

sabes.

— ¿Entonces vas a dejar las cosas como están?

— Lo que voy a hacer es trabajar — digo, esbozando

una sonrisa que sé que no llega a mis ojos —. Tenemos dos

fiestas, ¿no? Una mañana y un baby shower el sábado por la

mañana, tengo mucho que hacer.

— Está bien, mejor mantener la mente ocupada.

¿Quieres que me quede en casa con los niños?

Manu y yo hemos logrado organizarnos en los últimos

meses para encargarnos de la empresa y de Amélie, Cloéh y


Antoine. Aún no he contratado a una niñera; necesito pagar

un salario bastante alto para que alguien de confianza y con

buenas referencias acepte cuidar a tres bebés de esta edad.

Probablemente, necesitaría al menos dos personas, y no me

siento cómoda llevándolos a una guardería siendo tan

pequeños y aun necesitando de mí cerca.

Así que, cuando podemos, alternamos nuestros

horarios para que una esté en Unique y la otra en casa, y

cuando eso no es posible, los llevamos con nosotras y nos

las ingeniamos para trabajar y evitar que destruyan la

tienda o se lastimen. No ha sido fácil, y necesitamos ayuda

urgentemente, pero es más difícil de lo que parece

encontrar algo accesible y que me deje tranquila.

— No hace falta, sé que tienes mucho que hacer con

los presupuestos de esas fiestas en la empresa, llevemos a

los niños.

— Oui, sí que tengo. Lleva algunos juguetes para


entretenerlos y si hay leche en la nevera…
— Saqué un poco con el sacaleches, lo voy a llevar,

así es más fácil.


Nos apuramos para preparar todo. Siempre que

tenemos que salir con los trillizos, es como si estuviéramos

haciendo una mudanza. Necesitan pañales, toallitas, ropa

limpia, chupetes, mantas, juguetes y leche para

complementar mi trabajo de amamantarlos. En el trabajo,

he tenido que reducir un poco la lactancia en los últimos

meses porque me toma mucho tiempo, ya que son tres y

tardan en quedar satisfechos. Así que siempre saco la leche


en casa y la pongo en los biberones para llevar. Claro que ya

comen verduras trituradas y frutas también, pero la leche


sigue siendo una parte importante de su alimentación.

Manu y yo terminamos de prepararnos en media hora


y, después de cambiarles los pañales y la ropa, los pongo en

el carrito triple y salimos del apartamento.


— ¿Sabes qué? Creo que podemos con cualquier cosa

— comenta Manu, cargando la bolsa de los trillizos al


hombro.

— Claro que podemos, somos poderosas.


— El triunfo que es sacar este carrito por esa puerta
cada vez, o meter este armatoste en el ascensor… Todo es

posible.
El comentario logra sacarme una risa, a pesar de la
tensión que ha sido el día.

— Abrimos una empresa exitosa sin ningún apoyo,


estamos criando tres bebés en medio de todo esto y lo

estamos logrando, ¿y crees que somos poderosas porque


pasamos el carrito por la puerta? Sinceramente, ¿Manu?

— Las pequeñas conquistas también cuentan.


Su teléfono suena en ese momento y veo cómo sus
ojos se desvían de la pantalla hacia mí, nerviosos.

— ¿Qué pasa ahora? ¿Es Valen?


— Es Michel.

— ¿No vas a contestar?


Manu se pone el celular en la oreja y contesta la

llamada. Me quedo parada a su lado, observando con


atención, porque no tiene sentido fingir que no tengo

curiosidad.
— Todo bien por aquí. ¿Y tú, cómo estás?

Ella ajusta la correa de la bolsa mientras las puertas


del ascensor se abren. Con algo de dificultad, salimos hacia

la portería del edificio; Manu viene justo detrás, aun al


teléfono.
— Yo también te extraño. Claro que no te odio, aunque
te lo merezcas, ya te perdoné.

Me incomoda el tema, porque en el fondo también me


gustaría que las cosas entre Michel y yo volvieran a ser

como antes, pero todavía no logro superar todo lo que pasó.


Tal vez, si nos hubiéramos visto después de todo, cara a

cara, habría encontrado la manera de aceptar sus disculpas,


pero lo he estado evitando desde entonces.

— Madie está bien… — dice, desviando la mirada


hacia mí. Yo sigo empujando el carrito como si la

conversación no fuera conmigo. — Los bebés también están


bien.

— No sé por qué quiere saber ahora — murmuro para


mí misma.

— Lo sé, Michel… Voy a hablarle, no te preocupes.


Beso, au revoir. Je t'aime.
Manu guarda el teléfono en su bolsillo de nuevo y

camina a mi lado hasta la acera. El valet ya está trayendo


su coche, y en silencio, acomodamos a los niños en el

asiento trasero, uno por uno, y luego nos sentamos delante.


Mi amiga conduce hacia Unique, mientras yo observo las

calles de París como si no tuviera nada que decir.


— Michel preguntó por ti y por ellos…

— Mmm, lo escuché.
— Dijo que te extraña y que le gustaría mucho

conocer a tus hijos — cuenta, en un tono indiferente, como


si hablara del clima, pero sé que Manu me está poniendo a
prueba.

— Nunca quiso tener nada que ver con esto, no


entiendo el interés repentino.

— No es repentino, y lo sabes… — Su expresión me


dice que cree que estoy siendo terca. — Lleva meses

intentándolo, ¿no vas a hablar con él nunca?


Me pongo a pensar seriamente en su pregunta. Tal vez

sea la primera vez que realmente considero los intentos de


Michel y llego a la conclusión de que no ha hecho mucho

esfuerzo para que yo lo acepte.


— Te rogó que lo perdonaras, ¿recuerdas cómo

acabaste cediendo y dejando de lado la rabia que le tenías?


Emmanuelle aparta la vista del tráfico por un

instante.
— Sí, me acuerdo. No sé, él vino a verme, salimos, se

sinceró y dijo algunas cosas que me removieron mucho. Fue


algo así.

Puede que no recuerde los detalles, pero yo me


acuerdo perfectamente de haber escuchado todo con

atención cuando Manu llegó a casa, contándomelo.


— Michel te dijo que tú, como su mejor amiga, eras la

parte más importante de su vida, que eras un pedazo de su


corazón y de su alma. Me acuerdo bien porque llegaste al

apartamento llorando y dijiste que no pudiste evitar


perdonarlo.

Ella asiente, seria.


— Michel salió de la ciudad donde vive, recorrió París

hasta encontrarte y te rogó que lo perdonaras, aunque solo


estabas tomando mis problemas como tuyos.
— Sí, fue muy sincero y…

— La cuestión es que — la interrumpo — él me mandó


algunos mensajes y cuando no respondí, empezó a

preguntarte sobre mí y sobre el embarazo, y después sobre


los niños cuando te llama. No vino a buscarme

personalmente ni una sola vez, no hizo nada como lo que


hizo contigo, son intentos sin ningún esfuerzo de su parte y
eso que fue a mí a quien lastimó y a quien decía amar.

— Viéndolo desde ese lado, tal vez tengas razón —


frunce el ceño. — Creo que no tuvo el valor de enfrentarte,
pero sí, fue algo cobarde en ese sentido.

— O simplemente le importaba poco.


Manu niega con la cabeza, en desacuerdo, pero en

ese momento llegamos a la tienda. Nos bajamos del coche y


ella abre el maletero, montando el carrito con habilidad.

Saco a mis hijos de sus sillitas y uno por uno los coloco en el
cochecito, y solo entonces entramos al trabajo.

Jean y Elise están en la tienda, la han mantenido


abierta mientras Emmanuelle fue a casa a verme, y no se

puede negar que se manejaron muy bien en nuestra


ausencia. La empresa necesita de las dos para sobrevivir,

considerando los proyectos y la parte financiera, pero en


cuanto a la atención al cliente, estamos bien respaldadas

con nuestros empleados.


— ¡Ah! Qué bueno que trajeron a los pequeñines —

Elise corre hacia nosotras cuando nos ve entrar —, ¡hace


dos días que no veo a mis amores!
Hace una mueca graciosa frente a los bebés y gana su
atención de inmediato. Elise tiene un don con los niños

pequeños y mis hijos son muy sociables, siempre sonríen


con la mayor facilidad del mundo.

— Qué bueno que llegaste, mon cher. Pensé que


tendría que enfrentar la furia de Emmanuelle e ir al

apartamento a hablar contigo.


Me congelo.

Reconocería la voz de Philippe Bernard en cualquier


lugar del mundo. Es la misma voz que me persiguió en

sueños durante tantos años, con la que me ilusioné y


fantaseé, y también es la misma que me humilló y rechazó

a mí y a mis bebés como si no fuéramos nada.


Siento que las piernas me fallan, pero me aferro al
manillar del cochecito. No le voy a dar el gusto de saber
cuánto me afecta su presencia aquí, este reencuentro.

Estaba sentado en un sillón en la esquina, probablemente


llevase un rato esperando, y ahora se pone de pie,
caminando hacia mí.
Manu da un paso adelante, colocándose frente al

cochecito, para que él no vea a los niños. Mis hijos…


Si los ve, si los mira, no creo que siga tan seguro de
que no es el padre. ¿Tenían que heredar sus ojos azules?

¡Son idénticos a los suyos, por el amor de Dios!


— ¿Qué estás haciendo aquí? — pregunto, cuando
finalmente encuentro mi voz.
— Qué recibimiento tan cálido. No pensé que
actuarías así después de tanto tiempo sin verme — dice,

con ese tono que sigue siendo el mismo, ese que muestra lo
mucho que se cree dueño de la razón.
— Esperaba no verte nunca más, así que perdóname
si te estoy decepcionando.

Su expresión es de sorpresa. Quizás no esperaba una


respuesta como esa, pero la niña tonta y enamorada que
Philippe conoció murió hace mucho tiempo. Yo renací con
sus duras palabras, con el dolor de todas esas acusaciones,

pero sobre todo, cobré nueva vida cuando me convertí en


madre.
— Parece que tienes problemas de interpretación —
dice Manu.

Jean y Elise nos miran boquiabiertos, debieron pensar


que era un cliente y ahora no entienden nada.
— Emmanuelle, mi asunto es con Madeline, por favor.
— Dije que llamaría a la policía y es lo que haré.

— Pero esta no es tu casa, ¿verdad? Necesito aclarar


algo con Madie. — Se vuelve hacia mí, ignorándola. —
Valentine fue a verte y salió bastante afectada. Me dijo
algunas cosas que me hicieron tener… dudas.

Su comentario es tan ridículo que me hace reír. Cruzo


los brazos y entrecierro los ojos hacia él.
— No hay nada nuevo, siempre tuviste dudas.
Pero Philippe me mira ahora con seriedad.

— No. Antes estaba seguro, si hubiera tenido alguna


duda, habría actuado de otra manera.
— Philippe, no sé si te acuerdas de todas las cosas
horribles que me dijiste, pero yo nunca las voy a olvidar. No
me importa si ahora tienes dudas, pero si te tranquiliza,

prefiero que sigas pensando lo mismo que aquella noche.


Fue un intento de estafa que no salió bien, así que sigue con
tu vida y nosotros seguiremos con la nuestra.
— Pero no volviste con el padre.

Por el rabillo del ojo, noto a Jean y Elise alejándose.


Supongo que la conversación se volvió demasiado incómoda
para que se quedaran cerca.

— ¿De qué está hablando? — pregunta Manu,


mirándome, confundida.
— Del padre de los bebés, con quien me acosté, me
embaracé y luego inventé que eran suyos para intentar
darle un golpe — digo, con una sonrisa sarcástica que no

puedo evitar.
Por dentro estoy hirviendo. De rabia, frustración, con
ganas de llorar y gritar, pero por fuera logro expresarme
como si él no fuera nada, solo una pequeña molestia.

Una molestia con traje y corbata que, maldita sea, se


ha puesto aún más guapo con el tiempo. ¡Maldito!
— Solo quiero que me digas la verdad, Madeline, pero
no lo estás haciendo fácil. Déjame ver a los niños. Con

permiso, Emmanuelle… — Él señala hacia ella, pidiéndole


que se aparte.
No sé cuál es su intención, pero imagino que tiene la
misma idea que yo: que al verlos, se dará cuenta si hay algo

suyo en ellos.
— No vas a ver a nadie — digo, poniéndome delante
de él.
— Estás siendo infantil, Madeline.

— Y tú estás siendo entrometido. Mejor súbete a tu


auto caro y desaparece de aquí, Philippe.
— Solo quiero ver a tus hijos y tener una conversación
decente, saber la verdad.

Miro de él a Manu e indico que los lleve adentro.


Pero Philippe es astuto, y cuando Manu tira del carrito
hacia atrás, él se esquiva rápidamente de mí y consigue
ponerse frente a los tres.

Amélie está riendo a carcajadas, porque piensa que


Manu está jugando con ellos debido a los movimientos
rápidos. Cloéh sigue durmiendo tranquilamente, pero
Antoine simplemente mira a Philippe, con el chupete en la
boca y sus ojos muy azules fijos en los de su padre.

— Mierda… — Me llevo la mano a la frente, dándome


cuenta de que mi presión debe estar baja.
No estaba preparada para este encuentro.
Philippe no dice nada, está ahí parado, mirándolos

como si hubiera visto un fantasma. Aprovechando el


momento de shock, Manu corre con ellos hacia la oficina y
cierra la puerta.
Ahora solo quedamos Philippe y yo, mirándonos como

si hubiera un abismo entre nosotros, algo intransitable, pero


que aun así es imposible de ignorar. Él lo sabe, y no puede
fingir que no.
— ¿Cómo… cómo es posible?

— Un idiota me dijo una vez que pasa cuando tienes


sexo sin cuidarte. No sé, creo que estoy en ese porcentaje
de los que se cuidan y aun así no escapan del destino.
— No sé qué… — Philippe respira agitadamente. Solo

falta que se desmaye aquí y me dé trabajo, después de


todo. — ¿Son míos?
— No, son míos — digo, sin dudar —, no importa quién
es el padre, Philippe. Yo fui la única que los amó, que se

preocupó, que los quiso, yo soy su madre y su padre. No


necesitamos a nadie más ahora.
— Madeline, las cosas no funcionan así.
— Ah, sí funcionan. Vas a salir por esa puerta y olvidar

esa idea absurda de que tienes hijos, porque no los tienes.


No me vas a buscar más y vas a vivir tu vida con tu novia
modelo, siendo un CEO millonario, sin compromisos más
allá del trabajo.
Me mira incrédulo y lleva la mano al cabello, soltando
una risa sin humor.
— ¡Como si eso fuera posible! Ahora lo sé, no se
puede fingir que no.

— Viviste casi un año sin saber nada de ellos, ¡y ni


siquiera sabes sus nombres! Vete a casa y sigue así. Espero
que tengas un poco de consideración por mí y por todo lo
que me hiciste pasar, y hagas lo que te estoy pidiendo.

Philippe me mira por casi un minuto, en silencio. Creo


que no puede encontrar más palabras para expresarse, no
sé si por seguir en shock o porque lo que dije tiene sentido
para él, pero después de eso, finalmente me da la espalda y
sale de la tienda, sin decir nada.

Me quedo parada observándolo, mi corazón todavía


latiendo mucho más rápido de lo normal. Una parte de mí se
siente aliviada al verlo irse y acatar mi pedido, pero otra
parte, una a la que no quiero prestar atención, se siente

decepcionada por haber tenido razón sobre él.


Capítulo 14

PHILIPPE

Soy un completo desastre. Un enredo de sentimientos


que se atropellan y sobresalen, mientras mi mente intenta

en vano encontrar lógica en todo lo que acabo de descubrir.


Madeline tuvo tres hijos, y soy su padre.

La realidad de eso es como un golpe en el estómago,


porque, aunque no estaba en mis planes formar una familia

tan pronto, considerando la presión de mi abuela, nunca me


imaginé como el tipo de hombre que abandona a una mujer

embarazada a su suerte y que rechaza a sus hijos. Madie y

yo no estábamos en una relación, tuvimos una noche, pero


la conozco de toda la vida, la vi crecer, y saber que la hice

pasar por un infierno por no haber creído en todo lo que me

dijo, es horrible.
Me hace sentir como una mierda, y tal vez lo sea.

Claro, todavía hay circunstancias que hacen que toda la

historia sea rara y que me ayudaron a montar un escenario

en el que Madeline era la villana. Como la conversación que


escuché y las cosas que ella me dijo antes de eso, pero

después de hoy, aunque tenga mis dudas sobre ella y la

historia en general, ya no puedo dudar de mi paternidad.

Cuando estuve cara a cara con esos bebés, el suelo se

me abrió. El niño me miraba con tanta intensidad y sus ojos


azules eran idénticos a los míos, el cabello negro de la niña

a su lado, del mismo tono que el mío, e incluso la forma de

la boca era idéntica. Son una copia mía, y Madeline lo sabe,

por eso los escondió de mi familia todo este tiempo, ahora

lo entiendo.
Durante mucho tiempo me pregunté sobre sus

motivos, después de todo, ella podría haber inventado una

historia o contado la verdad si el padre fuera Michel;

cualquier opción hubiera sido más fácil que esconder el

embarazo y luego a los hijos por tanto tiempo. Pero ahora lo

entiendo, porque son idénticos a mí.

Valentine no se dio cuenta de eso, probablemente


porque el impacto de la noticia fue demasiado grande, todo

pasó muy rápido y ella no estaba preparada. Pero sé que si

hubiera tenido la oportunidad de una segunda mirada, no

habría forma de no notarlo.


Estoy sentado en el sofá de mi sala ahora, en la

oscuridad y con una cerveza abierta en las manos,

pensando en qué voy a hacer. Tengo tres hijos, y ni siquiera

sé cómo se llaman.

No puedo quedarme al margen y fingir que no sé de

su existencia, quiero formar parte, estar cerca. Aunque haya


cometido un error terrible, quiero la oportunidad de

arreglarlo y ser un padre; no me importa lo que mi familia

vaya a decir o pensar, tengo que enfrentar las

consecuencias de lo que hice y honrar mi nombre.

No me importa que aún no los conozca, eso vendrá

con el tiempo. No voy a huir ni a ignorar a esos bebés,

ahora son mis herederos, y voy a ser su padre a cualquier

costo.

Pero Madeline no me va a aceptar cerca, eso ya lo

dejó bien claro, y sé que no va a facilitar las cosas.


Agarro mi celular del sofá a mi lado y llamo a Lucas.

No tarda mucho en contestar, y me preparo para el sermón

que sé que me va a dar cuando sepa de todo.

— ¡Qué onda, Bernard!

— ¿Puedes hablar ahora?


— Puedo. ¿Qué está pasando?

— Descubrí lo de Madie, Valentine seguro ya te

contó...
Él silba al otro lado de la línea, y en silencio busco la

mejor manera de contarle a mi amigo el tamaño del

cagadero que hice.

— Me contó, bro. ¡Ella escondió que estaba

embarazada! Y ya hasta tuvo los hijos, ¡qué historia tan

loca! Todavía no entiendo bien por qué Madeline hizo eso.

— Porque son míos.

— ¿Qué? — me pregunta, creo que realmente no

asimiló lo que le dije.

Decido que es mejor ser directo, aunque prepare el

terreno, eso no va a cambiar los hechos.

— Son míos, yo soy el padre — repito, frotándome la

cara.

A veces es mejor arrancar la curita de una vez.

— ¡¡¡PUTA MADRE, PHILIPPE!!! ¿ME ESTÁS JODIENDO?

Llego a apartar el celular de mi oído porque su grito

retumba en mi cabeza como un zumbido ensordecedor.


— ¿Crees que tengo cara de andar jugando con estas

cosas? Claro que es en serio.

— ¿Pero qué carajo es esto? ¿Cómo que tú eres el

padre? No… Philippe, ¿te cogiste a Madie? ¡Ella tiene veinte

años, merde!

— Técnicamente, ahora tiene veintiuno, y sé el

tamaño de la cagada que hice, ¿de acuerdo?

Él murmura algo ininteligible del otro lado y escucho

el ruido de algo cayendo, antes de que Lucas vuelva a

hablar.
— Cuéntame bien esto, antes de que me dé un infarto

aquí.

— Fue en el cumpleaños de la abuela Lia. No resistí,

carajo... Ella estaba tan sabrosa y me estaba flirteando, y

cuando fui al chalet, estaba en mi cama, esperándome.

— ¡Carajo! No puedo ni formar frases coherentes

ahora.

— Quedamos en que sería solo una vez, tú sabes que

nunca la vi como una hermana. Cuando mis padres la

adoptaron, yo ya estaba en la universidad, así que nunca


fue así, pero claro que tampoco parecía bien, así que intenté

evitarlo. Pero fue más fuerte que yo.

— ¿Y después?

— Después me fui, y ella me dijo que se iba a coger a

otros tipos, me lo dijo prácticamente con todas las letras, y

yo le creí.

— ¿Madie te dijo eso? — Lucas parece tan sorprendido

como yo en esa época.

— Lo dijo.

— Qué raro, ella siempre fue muy reservada.

— Un mes después, me llamó, pidiéndome que

habláramos, y me dijo que estaba embarazada.

— Espera, ¿entonces lo sabías?

— Del embarazo sí, pero cuando llegué a la ciudad,

escuché una conversación entre ella y Michel, ella estaba

llorando, él me vio y dijo unas cosas, que yo debía hacerme

cargo y que él no iba a apoyar.

— Joder, qué historia más rara.


— Yo deduje lo peor, imaginé que los dos tenían algo y

que él era el padre del bebé, porque la conversación entre

ellos sonaba mucho a eso, y las cosas que ella había dicho
antes, además hubo una foto de ellos también... ¡Joder!

Estaba tan seguro, Lucas.

— No creo que Madie haya estado con Michel nunca...

— Valentine me dijo lo mismo, pero yo no lo sabía en

ese momento y le solté un montón de mierda. La acusé de

intentar meterme un golpe por dinero y le dije que no era el

padre, porque fue solo una vez y nos cuidamos.

— ¡Qué historia más absurda, Bernard! ¿Cómo te voy


a defender así? ¿Golpe por dinero? ¡Eso suena como algo

que diría tu abuela!


— Probablemente, ella tuvo algo de influencia en mi

cabeza, aunque no lo supiera. Es lo que me ha dicho toda la


vida, ¿no? Y he tenido demasiadas experiencias así como

para ignorarlo, lo sabes. Pero el tema es que Madie se mudó


de casa, desapareció y nadie la volvió a ver hasta ahora. Yo

estaba seguro de que estaba con el padre del bebé o algo


así, pero cuando me dijiste ese día que Michel seguía en la

ciudad, empecé a darle muchas vueltas.


— ¿Y cómo llegaste a la conclusión de que son tuyos?
Pero, mira, no creo que ella se haya acostado con otro en

esa misma época, pero si tú dudabas tanto...


— Valentine fue a hablar con ella y volvió llorando. Yo
mencioné que los bebés debían ser de Michel, y ella me dijo

que Michel y Madie nunca tuvieron nada, ni un maldito


beso. Fui detrás de Madeline para aclarar todo y me echó,

pero alcancé a ver a los trillizos.


— ¿Y qué tal?

— Sentí algo rarísimo en el pecho, Lucas. El niño me


miraba de una forma que no sé explicar, pero ahí fue
cuando entendí por qué ella los escondió de mi madre y de

todo el mundo. Los bebés son una copia mía.


— ¿Estás hablando en serio?
— Los ojos, el pelo, la boca, todo.
— Joder, estaba viendo la tele en casa, era una noche
tranquila, y vienes tú con esta bomba. ¿Y ahora qué?
— Te llamé por eso. ¿Qué hago? Quiero formar parte,
sé que la cagué feo y esto me va a perseguir para siempre,
pero ¿qué carajo hago para arreglar las cosas? Madie no
quiere que me acerque.
— ¡Qué problemón te fuiste a buscar, Bernard! No sé
ni por dónde empezar a organizar este desmadre tuyo,
porque es un lío enorme… — Respira hondo del otro lado, y
yo me quedo callado, esperando. Alguien tiene que darme
una luz en medio de toda esta oscuridad. — Vas a tener que
arreglarte con Madeline si quieres formar parte de la vida de
tus hijos. ¡Hijos! Es una locura decir eso.
— Lo sé…
— Entonces, podrías pedir una prueba de ADN e ir a la
justicia a pelear, pero realmente espero que no seas ese
tipo de persona, Philippe. No me des ese disgusto después
de todo lo que le hiciste pasar a la chica.
— ¡Qué locura! No quiero quitarle los hijos. ¿Qué idea
es esa?
— Pues eso, al menos tienes algo de sentido común.
Vas a tener que ir por el camino de la paz, convencer a
Madeline de que mereces estar en la vida de ellos, pero ella
no va a aceptarlo si cree que puede ser malo para los niños,
así que tienes que tener paciencia y hacer las cosas bien.
Presta atención a cómo le hablas, eres muy sarcástico y
autoritario, y eso no va a funcionar ahora.
— Mmm… Creo que ya metí la pata como ocho veces
solo en la conversación de hoy en la tienda.
— Claro que cometiste errores, mejor haz voto de
silencio — dice en tono de broma. — Haz algo por ella, sé
amable, pídele perdón, ¿sabes hacer eso? Trata de acercarte
poco a poco y ve qué pasa.
— Ser amable, pedir perdón e ir poco a poco, está
bien — repito, intentando asimilar.
— ¿Y Valentine? Ella no sabe nada de esto...
— No, aún no le conté a nadie. Mantén esto entre
nosotros por ahora, Lucas. En cuanto logre arreglar las
cosas con Madeline, le contaré a Valentine y a mi mamá.
— Esas dos son la parte buena de la familia, yo quiero
ver cuándo le cuentes a tu abuela.
— Ni me lo digas, me va a romper todos los dedos del
pie.
— Al menos ahora tiene tres herederos, ya no puede
quejarse.
— ¿No conoces a mi abuela, Lucas? No es
exactamente así como ella vería la situación.
— Bueno, con doña Lia y don Pierre te resuelves
después, y si no quieren aceptar, es problema de ellos. Lo
más urgente ahora es Madeline, ¿qué vas a hacer?
— Ser amable, creo que se me acaba de ocurrir una
idea...

Emmanuelle entra en mi oficina golpeando los


tacones contra el suelo y trayendo una bandeja de

macarons en las manos.


— ¡Come esto rápido que tenemos que trabajar!

— Eso es lo que estoy haciendo. — Le muestro el


diseño del proyecto en la pantalla del computador.

Pero Manu niega con la cabeza y agarra uno de los


dulces, metiéndomelo en la boca enseguida.

— ¡Oye!
— Acabo de mandar un presupuesto para una fiesta

aquí cerca. Van a pagar una fortuna porque quieren algo


muy grande, y de paso les metí una tarifa extra por el poco

tiempo.
— ¿Cómo en poco tiempo? ¿Para cuándo es?

— ¡Para esta noche!


Abro los ojos como platos y miro el reloj detrás de ella,
pasa un poco de las once de la mañana y acabamos de

entregar el evento de revelación de sexo que estaba


agendado para hoy.
— ¿Cómo vamos a preparar todo? ¡Es imposible,

Manu! ¡Estás loca, los personalizados no se hacen tan


rápido!

— No pidieron nada personalizado, quieren nuestros


candelabros más grandes, los jarrones más elegantes con

muchas flores, alfombras a juego, adornos para las mesas,


portavasos, telas... En fin, piensa en la paleta de colores y el

estilo. Creo que puede ser algo más clásico, y entonces


pídele a Jean que vaya separando todo lo que tengamos

mientras tú haces el diseño.


— ¡Ni siquiera sé dónde es la fiesta!

— Es en la casa del cliente. La secretaria del hombre


me mandó la dirección y te envié algunas fotos a tu celular.

Cuando termines el proyecto, Jean y Elise pueden llevar las


cosas y empezar el montaje, y tú vas al final solo para

terminar.
No veo pasar el resto del día, trabajando
frenéticamente para que la fiesta de última hora salga

según lo planeado, y mientras tanto, Manu se encarga de


mis hijos. Ya son más de las siete y media de la noche

cuando salgo de la tienda rumbo a la casa del cliente, y


Manu se va a su casa, llevándose a mis hijos para

acostarlos.
Cuando llego frente al lugar, me quedo impresionada

con la opulencia. No es una casa, es una mansión de cuatro


pisos. La arquitectura es antigua, y es muy probable que la

residencia haya sido construida hace muchos años.


Estaciono mi Vespa frente al portón de entrada,

notando que el camión de Unique todavía está aquí, y entro


por la puerta principal, que está abierta.
Jean y Elise están en el vestíbulo, terminando de
colocar uno de los candelabros. Los jarrones con flores ya

están colocados, y la mayoría de los objetos están en su


lugar.
— ¿Están terminando?
— Sí, señora — responde Elise, sonriendo.
— ¿El cliente está aquí? Quiero dar una vuelta por la
casa para verificar que todo esté bien antes de que lleguen

los invitados.
— Fue su secretaria quien nos abrió para que
entráramos, creo que ella está en el piso de arriba —
explica.
— La gente ya está empezando a llegar — dice Jean,

observando la entrada desde lo alto de la escalera.


Asiento y corro hacia la sala de estar. La casa en sí ya
es muy bonita y elegante, así que no hay mucho que hacer
aquí adentro. La mayoría de los objetos decorativos fueron

llevados al área exterior, donde imagino que el anfitrión


recibirá a sus invitados.
Subo las escaleras y también reviso los dormitorios y
baños, encontrando pequeños jarrones de flores en todos

los cuartos, tal como se pidió, además de las alfombras


distribuidas por toda la casa.
El área exterior, a diferencia de la mayoría de las
casas que he visitado, no está en la planta baja. El último

piso es completamente abierto, como una terraza, y las


mesas ya decoradas están distribuidas por todo el lugar.
Las luces amarillas le dan un aire acogedor al
ambiente, y más flores fueron colocadas aquí. Traté de

mantener todo lo más discreto posible para no sobrecargar


el lugar con demasiada información visual, pero el cliente
quería lo más caro y pidió muchas cosas, así que tuve que
esforzarme para que todo encajara.

Escucho algunas voces y, poco después, el ascensor


se abre y cuatro personas salen de él. Son dos mujeres y
dos hombres, todos vestidos de manera muy elegante y
conversando animadamente. Como los invitados ya están

llegando y ya revisé el trabajo, puedo irme a casa.


Discretamente, intentando no llamar la atención,
entro al ascensor después de que ellos lo dejan y presiono
el botón para el primer piso.
Estoy contenta, a pesar de todo. Hubo tantos

problemas desde ayer, tantas preocupaciones, pero este


trabajo me ha distraído. Nunca habíamos recibido tanto
dinero por algo tan simple. Claro que hemos hecho bodas,
eventos de gala y graduaciones carísimas, pero a nivel

particular, nunca habíamos hecho algo que pagara tanto.


Las puertas del ascensor se abren, y con cierto

asombro, me doy cuenta de que no estoy en el primer piso.


No he vuelto a la sala ni al vestíbulo, al contrario, estoy
frente a un pasillo iluminado, lleno de espejos. Parece un
vestidor, el ascensor debió haber subido a una de las suites.
— ¡Oh, mon Dieu! — Aprieto el botón para que las
puertas se cierren, pero no pasa nada.
En lugar de eso, un brazo se interpone entre ellas,
impidiéndolo, y momentos después, él está frente a mí.
Parpadeo varias veces porque no parece real, es como si
estuviera en un sueño: la ausencia de otras personas cerca,
el silencio, y el hecho de que Philippe está incluso más
guapo que ayer.
El traje tiene un corte impecable y se ajusta
perfectamente a sus anchos hombros. Lleva una camisa
blanca debajo y una corbata azul, del mismo tono que el
traje. Su cabello está perfectamente peinado y parece que
se afeitó. El aroma amaderado de su perfume inunda el
pequeño espacio en el que estoy y llega hasta mí. Solo su
presencia es suficiente para congelarme el estómago y
acelerar mi pulso.
— Buenas noches, Madie.
— ¿Qué significa esto? ¿Esta casa es tuya? — Miro
alrededor, como si eso me fuera a dar alguna información.
— Es la casa que recibí cuando cumplí dieciocho años,
vivo aquí desde que me mudé a París. Es un poco curioso
que nunca hayas estado aquí.
— No tiene nada de curioso. ¿Por qué contrataste
nuestros servicios? ¿Qué es lo que quieres ahora, Philippe?
— Solo hablar contigo — dice, levantando las manos
en señal de rendición.
Como si creyera lo que dice.
— No tenemos nada de qué hablar.
— Madie, dame diez minutos, hago el pago por la
decoración y te vas.
Entorno los ojos, mirándolo fijamente. Philippe sería
perfectamente capaz de no hacer el pago solo por capricho,
y eso sería terrible, considerando cuánto trabajaron Manu y
los demás. Sin mencionar que nuestros artículos de
decoración están por toda la mansión y necesito
recuperarlos.
— Está bien, habla, voy a poner un cronómetro.
— Justo, pero ¿puedes entrar aquí, por favor?

No es que quiera pisar en su cuarto, pero no puedo


quedarme sosteniendo el ascensor, los invitados están
llegando y lo necesitan, así que termino dando un paso
adelante, entrando en terreno enemigo.

No es una suite, es casi una casa entera. El vestidor


es enorme, lleno de ropa, zapatos, relojes, corbatas y otros
accesorios, todos expuestos. Philippe camina delante de mí,
y lo sigo, intentando no impresionarme demasiado con toda

la organización del lugar.


Entra en el cuarto, y lo primero que noto es la cama
king-size, cubierta por sábanas y cojines negros. La puerta
del baño está abierta, pero desde donde estoy no puedo ver

mucho. Philippe se acerca a una mesa al lado del cuarto,


presiona un botón debajo de ella y todas las cortinas se
abren automáticamente, revelando una hermosa vista de la
ciudad.

Es lindo, pero mi cara no podría mostrar más


aburrimiento.
— ¿Y entonces?
Philippe se sienta en la silla detrás de la mesa y
señala hacia la otra silla frente a ella, pero prefiero
ignorarlo.
— El tiempo está corriendo...

— Madeline, fui un idiota contigo, dije cosas horribles


y te acusé. Lo siento por todo eso, quiero redimirme y no sé
qué puedo hacer para lograrlo.
— Demasiado tarde.

— Quiero conocer a mis hijos y ser parte de sus vidas.


¿No puedes perdonarme por ellos, Madie? Las cosas no
tienen que ser como antes, pero si logramos convivir...
— No vamos a lograrlo, tú y yo no tenemos nada en
común, Philippe, sería desastroso estar cerca.

— Eso no es verdad, siempre nos llevamos bien.


Demasiado bien, por eso estamos en esta situación ahora.
— Cuando era niña, sí. Después, fue solo un interés
sexual pasajero, quedó en el pasado y no tiene sentido que

volvamos a acercarnos ahora.


Philippe se levanta. No me gusta, porque rodea la
mesa y se apoya en ella, quedando frente a mí y muy cerca.
Es como si invadiera mi espacio, porque cuando siento su
presencia de esa manera, mi razonamiento se vuelve más
lento y mis ojos me traicionan.
— Tiene todo el sentido, sé lo que piensas de mí y la
rabia que tienes. Pero no puedes decir que no hay razones,

tenemos al menos tres muy buenas razones.


— Estamos bien así, no tienes que preocuparte por
ellos, puedo con todo yo sola.
— ¿Y crees que estoy pensando en cuestiones

financieras? Quiero ser el padre de ellos.


Cuánto deseé escuchar esa frase antes, y aun ahora
no puedo mentir y decir que no me causa una sensación de
agitación por dentro, aunque trate de reprimirla.

— Tu tiempo se acabó...
Le doy la espalda, decidida a irme lo más pronto
posible, pero Philippe me toma de la mano y su gesto me
detiene. Siento una ola de electricidad recorrer mi cuerpo

desde el punto donde me toca y cierro los ojos por un


instante, reprochándome por ser tan susceptible a él,
incluso después de todo.
— Madeline, por favor.
Su mirada está fija en la mía, la manera en que me
observa es tan intensa que desestabiliza mi lógica. Solo
puedo pensar en lo guapo que es, en lo embriagante que es

su olor y lo atractivo que le quedan esas ropas formales.


Me demoro demasiado en mi análisis y creo que él lo
nota, su respiración cambia, se vuelve más pesada, y su
mirada baja a mis labios entreabiertos. Mi pecho sube y
baja, mi corazón late rápido, y lo único que el maldito tuvo

que hacer fue tomar mi mano.


Philippe acerca su rostro al mío y me doy cuenta de lo
que está pasando. Me va a besar y, si no hago nada para
detenerlo, si permito que su boca toque la mía, sé muy bien

cómo terminará todo.


— No… — Levanto las manos y toco su pecho,
paralizándolo.
Es un error, porque ahora siento su piel caliente bajo

mi palma, mis manos aún recuerdan los músculos que tiene


bajo esa camisa, y es muy difícil alejarlas y dar un paso
atrás, pero lo hago. Porque no voy a ser el tipo de mujer que
se deja llevar por el deseo.
Philippe puede estar arrepentido de lo que hizo, pero
eso no hace que sus pecados desaparezcan. Él asiente, aún
mirándome fijamente, y mete las manos en los bolsillos de

sus pantalones, como si lo hiciera para evitar tocarme.


— Encontré la solución perfecta para este impasse,
Madie. ¿Qué te parece si nos casamos?
Capítulo 15

MADELINE

A pesar de todas las palabras duras que Philippe me


dijo esa noche, siempre lo consideré una persona bastante

sensata y pensaba que ese era su problema. Él


racionalizaba todo, sospechando de mí precisamente

porque quedar embarazada en una sola noche, habiéndonos


cuidado, era bastante improbable.

Sin embargo, ahora empiezo a darme cuenta de que


he estado equivocada respecto a él todo este tiempo,

porque solo puede faltarle un tornillo en esa cabecita

dañada. ¿Cómo pudo pensar que aceptaría casarme con él


así, de la nada? No tenemos ningún tipo de relación y ni

siquiera nos hemos visto o hablado desde que quedé

embarazada. No hay un solo motivo que me haga aceptar


esa propuesta ridícula. No sé en qué estaba pensando

cuando decidió pedirme matrimonio, pero en su sano juicio

no podía estar.
Hago el trayecto hacia el departamento que comparto

con Manu en mi scooter, pero mis pensamientos están en

otra parte. Un día soñé con ese hombre, intensamente, y tal

vez, aunque sin querer, fantaseé con tener una relación real

con Philippe, sabiendo que era imposible. Pero ¿esto?


¿Casarme con él solo porque tuvimos hijos juntos?

¿En qué siglo está viviendo Philippe? Recuerdo que

hablamos de esto hace un tiempo, cuando la abuela

siempre organizaba citas y trataba de forzarlo, e incluso a

Valentine, a entrar en relaciones arregladas por ella.


Philippe parecía estar de acuerdo en que era una locura,

pero ahora viene con esta idea absurda.

Guardo la Vespa en el estacionamiento del edificio y

subo en el ascensor hacia casa. Entro por la puerta principal

y camino sigilosamente por la casa, evitando hacer ruido,

porque por la hora supongo que mis hijos ya estarán

dormidos. Manu está en la cocina, de espaldas a mí,


moviendo algo en la estufa.

Gira la cabeza al oírme y sonríe.

— ¡Ah! Qué bueno que llegaste… ¿Cómo te fue? —

Golpea la cuchara de madera contra el borde de la olla y


huelo el buen aroma de la comida. Creo que está haciendo

una salsa para la pasta que ya está escurrida sobre el

fregadero. — Pasó algo raro, amiga.

— ¿Solo una cosa? Mi noche, o mejor dicho, esta

semana, ha sido una serie interminable de cosas raras.

— Recibimos una transferencia altísima de la


Nouveau. Me imagino que es de Philippe — dice, mirándome

con preocupación. — ¿Será que piensa que ahora tiene que

mandar dinero para ayudar con los niños? ¿Quieres que lo

devuelva y le grite? ¿O gastamos todo comprando cosas

carísimas para los trillizos?

— El dinero no es para los niños.

— ¿Cómo que no?

— Es por el servicio de hoy, él era el cliente — digo,

tomando una aceituna del aperitivo que Manu puso sobre la

barra.
— ¿Estás de broma? — Mi amiga me mira con los ojos

bien abiertos. — ¡No puedo creer que nos hizo trabajar para

él! ¡Qué tipo más caradura, de verdad! ¿Te lo encontraste?

— Fui para allá a ver si Jean y Elise habían terminado

todo y me puse a caminar por la casa, tranquilamente —


digo, meneando la cabeza. — Cuando entré al ascensor

para irme, se abrió en otro piso y adivina qué.

— ¿Qué? — Manu apaga el fuego y apoya los codos en


la barra, escuchándome atentamente. — ¡Cuenta de una

vez, Madeline!

— Era la habitación de Philippe.

— ¡No lo creo!

— Pues créelo — digo, resignada. — Me pidió que

habláramos y no quise discutir, porque fue listo. Nuestras

cosas estaban todas allí por la fiesta, todavía no había

pagado, así que terminé cediendo y le dije que tenía diez

minutos para decir lo que necesitaba.

— ¿Y qué dijo el idiota?

— Se disculpó, muy superficialmente si quieres saber.

Dijo que lamentaba las cosas que me dijo y que quiere

acercarse a los niños, porque quiere ser su padre.

— Oh, mon Dieu… ¿Qué le contestaste?

— Le dije que no lo necesitamos y que no iba a

escuchar nada más, pero entonces el ambiente se puso

raro.
— ¿Raro, cómo?
Desvío los ojos hacia las aceitunas, que ahora parecen

demasiado interesantes con Manu, mirándome tan

fijamente. Sé muy bien lo que va a decir cuando escuche los

detalles.

— No sé, me estaba mirando, estaba muy cerca y tú

ya sabes… — Bajo drásticamente la voz. — Es injusto que

sea tan atractivo.

— ¡Madeline! ¡No puede ser que me estés diciendo

esto! ¿Me vas a decir que besaste a ese imbécil? —

pregunta, ahora fulminándome con la mirada.


— Claro que no, pero no voy a mentir y decir que mi

cuerpo no lo quería, Manu — admito, exasperada. — ¿Sabes

cuánto tiempo hace que no estoy con nadie? Claro que

sabes… Pero lo alejé cuando vi que tenía malas intenciones.

— Ese Bernard no vale ni un centavo, ¿eh? ¡Está

aprovechándose de tu debilidad!

— ¡Oye! No soy débil, sé cuidarme y resistir muy bien

— digo, enfática.

Pero Manu levanta las cejas, como si mis palabras no

tuvieran el menor crédito.


— Amiga, es un hombre experimentado, y tú solo has

estado con él en esta vida — dice, como si hablara con una

niña. — El desgraciado te está seduciendo y ni cuenta te

das.

— Claro que no lo está, y fui yo quien lo sedujo

primero, por si no lo recuerdas.

Aunque no se equivoque sobre la experiencia que él

tiene y la que yo no tengo, me acuerdo perfectamente de

cómo sucedieron las cosas entre nosotros. Philippe fue un

idiota después, pero quien lo provocó para que

termináramos teniendo sexo fui yo.

— Puede ser, pero no puedes darle espacio, Madie. ¡O

vas a terminar en la cama con él de nuevo! No dejes que

ese viejo te toque. — Me señala con el dedo, claramente

advirtiéndome.

— ¿Viejo? — La indignada expresión de Emmanuelle

me arranca una risa. — Manu, tiene treinta y seis años, o

treinta y siete ahora, por el amor de Dios. ¿Has visto cómo


se ve, no?

— ¿Y qué si parece un modelo de Calvin Klein? Aún es

quince años mayor que tú. ¿Sabes lo que necesitas? Un


jovencito con ganas — comenta, abriendo una sonrisa

pícara. — Que te dé tres orgasmos en una noche y te haga

olvidar esa primera vez con el imbécil.

— Lo sé… — Me limito a responder, ignorando la

sugerencia. — Pero el casi beso que interrumpí no fue lo

peor.

— No sé si estoy lista para lo que vino después. — Ella

se gira otra vez hacia el fregadero y empieza a abrir los


armarios. Manu agarra una botella de vino y dos copas,

luego abre la nevera y llena la mía con jugo de uva, porque


es lo que puedo tomar mientras sigo amamantando. — Solo

tomando para escuchar lo que pasó.


— Philippe me pidió matrimonio — suelto de repente.

Tomo un largo trago de jugo, mientras Emmanuelle


me mira boquiabierta. Ni siquiera puede decir nada, parece

que ha perdido la voz, y lo entiendo perfectamente, porque


mi reacción no fue muy distinta.

— ¿Se volvió loco, no? — pregunto al fin, encontrando


gracia en su expresión estática. — Le dije que no nos
llevábamos bien y que no tenía sentido que se acercara solo
para estar en contacto con los niños, y creo que en un
impulso por hacerme cambiar de opinión, se le ocurrió esto.

— ¿Philippe Bernard te pidió matrimonio? — Manu


pregunta después de lo que parecen siglos, aun sin poder

creerlo.
— Sí, me lo pidió, pero claro que dije que no.

— Eso es obvio, pero todavía no asimilo que haya


hecho algo así. — Manu me mira de manera extraña. —
¿Sabes qué es la cosa más masculina que ha hecho desde

que lo conozco?
— ¿Por qué dices eso?

— Madie, seamos sinceras. — Manu apoya ambas


manos en el mostrador, como si las usara para ordenar sus

pensamientos. — ¿Crees que doña Lia Bernard te aceptaría


como esposa del nietecito de oro? ¿Qué crees que pensaría

Pierre Bernard de tus hijos?


— Que son bastardos — digo, con amargura en la voz.

— Tienen esa visión anticuada y prejuiciosa y ya he


escuchado más de una vez a la abuela decir que Philippe y

Valen necesitan casarse con alguien de la alta sociedad.


— Lo sé perfectamente, porque es lo mismo que mis
padres siempre hicieron conmigo. Pero yo decidí hacerme

cargo de mi propia vida, me rebelé y aquí estoy, intentando


tomar mis propias decisiones. Sabes que si fuera por ellos,

saldría con alguien como Louis, o ese idiota de Philippe.


— Y tú sí serías el tipo de esposa que alegraría a la

abuela — digo, sin resentimiento, porque son los hechos.


— Pues eso, que Philippe te pida casarte con él

significa que está dispuesto a ir en contra de la opinión de


su familia, además de que todos sabrían lo que pasó entre

ustedes y sería un caos. Tía Giselle te tiene como hija, y


aunque los demás sepan que no son hermanos, apuesto a

que doña Lia y Pierre usarían eso para desaprobar su


decisión.

— Nunca estarían de acuerdo con eso, lo sé muy bien,


por eso siempre quise solo una noche con él, eso era
suficiente para mí — digo, con un suspiro pesado.

Las cosas eran mucho más fáciles cuando solo


idealizaba a Philippe.

— Debe estar realmente arrepentido si está dispuesto


a enfrentarlo todo y casarse contigo para hacerse cargo de
los niños.

— ¿De verdad crees eso, Manu? Philippe actuó


impulsivamente, habló sin pensar, y estoy segura de que si

hubiera dicho que sí, se habría arrepentido y echado atrás


después. Nadie se enfrenta a la abuela Lia y a su silla

diabólica.
Manu no parece tan segura de eso como yo.
— Tal vez, pero algo me dice que lo tenía planeado, al

fin y al cabo contrató nuestros servicios para llevarte hasta


allá.

— Pero no para pedirme matrimonio, solo era un


intento de acercamiento que terminó convirtiéndose en eso.

— Me levanto y camino hacia la estufa, inhalo el aroma de


la salsa y agarro uno de los platos que ella ya había

separado. — Vamos a comer, tengo hambre y esto huele


delicioso.

— Claro… — Emmanuelle también toma un plato para


servirse, pero siento sus ojos sobre mí, perforándome la

nuca todo el tiempo mientras me sirvo. — ¿De verdad le


dijiste que no?

— Creo que quedó implícito.


— ¿Cómo así? O le dijiste que no, o sí — insiste.

— En realidad, no le dije nada. Me quedé ahí,


mirándolo, en shock…

Manu vuelve al mostrador y jala uno de los taburetes,


me siento frente a ella y recuerdo brevemente la escena.

Philippe soltó las palabras bruscamente, y yo perdí la voz y


el poder de reacción por unos instantes.

— Luego, le di la espalda y salí corriendo hacia el


ascensor.

— ¿Sin decir nada?


— ¿No fue lo mismo que él hizo conmigo cuando le

conté sobre el embarazo? Me dio la espalda y no respondió


ni cuando le rogué que me escuchara. Mi actitud fue

claramente un no.
— Sí, creo que no hay dudas. ¿Qué crees que hará
ahora? — Manu sopla un tenedor de pasta antes de

llevárselo a la boca. Espero que logre masticar y tragar para


que me explique la pregunta. — No aceptaste la propuesta y

dijiste que no lo quieres cerca, me da miedo que decida ir


por la vía legal. ¿No te preocupa?
Su pregunta me golpea de una manera casi física. No
había pensado en eso ni por un momento, tal vez no me

imaginaba que Philippe llegaría tan bajo, pero después de


todo, no puedo confiar en sus acciones.
— ¿Crees que haría eso?

— No lo sé, pero no me sorprendería, amiga — dice


Manu, reflejando mis pensamientos.

— ¡Él no puede hacer eso! Philippe tiene mucho


dinero, contrataría a los mejores abogados, tiene el nombre

a su favor, podría hacer una prueba de ADN y quitarme a


mis hijos en un abrir y cerrar de ojos.

— No creo que funcione así, puede que no estés


nadando en dinero aún, pero mantienes a tus hijos, los

cuidas bien y eres una excelente madre. No tiene sentido


que la justicia esté de acuerdo en quitártelos.

— Estás viendo las cosas de forma muy positiva,


Manu. La gente se vende fácilmente, él podría inventar algo

en mi contra. En el mejor de los casos, tendríamos custodia


compartida y solo tendría a mis bebés algunos días de la

semana.
— ¡Tranquila, Madie! Solo lo mencioné porque me
pasó por la cabeza, no quería que te pusieras ansiosa.

Puede que Philippe no haga nada, simplemente lo deje


pasar y siga adelante.

— Philippe no es el tipo de persona que olvida o deja


algo así atrás, Manu.

— Entonces, tal vez… — Ella lo piensa, tamborileando


los dedos sobre la encimera. — Tal vez sea mejor encontrar

un punto medio y tratar de llevarse bien con él.


— ¿Y cómo haría eso? ¡Quiero romperle el cuello cada

vez que lo veo!


— ¿Y cómo crees que me siento yo? — pregunta,

esbozando una sonrisa tensa. — Pero por Amélie, Cloéh y


Antoine… Creo que tendremos que actuar con algo de
civilidad al menos. Si lo mantienes alejado, él podría
sentirse sin otra salida y decidir ir por la vía legal.
PHILIPPE

No sé si alguna vez he visto la sala de mi casa tan


desordenada como hoy, y ni siquiera es por la fiesta que
ofrecí anoche. Con el único objetivo de traer a Madeline

hasta aquí, organicé todo con mi asistente, y Camille se


encargó de invitar a todos los empleados de Nouveau para
una confraternización.
No es muy común que yo promueva eventos sociales

y, como rara vez participo en ellos, mis amistades son


bastante limitadas. Para llenar la casa y justificar una
decoración de ese nivel, la única alternativa era ofrecer una
fiesta en nombre de la empresa.

El equipo de limpieza comenzó a ordenar todo en


cuanto terminó la fiesta y se fueron de madrugada. Sin
embargo, no pude dormir en mi cama, preocupado y
nervioso por el rumbo que tomaron las cosas.
Vacié gran parte del stock de bebidas que quedó de la

fiesta, solo, y ahora las latas y botellas están esparcidas por


la alfombra de la sala. Dormí en el sofá después de haber
bebido hasta el punto de no poder mantenerme despierta y

ahora tengo un dolor de cabeza infernal que palpita y me


enfurece aún más.
Madeline rechazó mi propuesta. Es decir, no con todas
las letras, pero su reacción al salir corriendo me pareció

bastante clara. Aunque dije todo eso sin pensar mucho en


las consecuencias, cuanto más analizo la idea, mejor me
parece.
Mi familia seguramente no lo vería con buenos ojos,

pero eso incluso podría ser una ventaja, dependiendo del


punto de vista. Además, casarme con ella no generaría más
caos que la noticia explosiva de que tuvimos sexo bajo su
techo y tuvimos tres hijos. Aunque estuvieran en
desacuerdo, en algún momento terminarían por aceptarlo.

Con todos los contras, como nuestra marcada


diferencia de edad, la cercanía familiar y las cuestiones
sociales, aún creo que sería una solución muy buena para el
impasse en el que nos encontramos.

Mi madre y Valentine no tendrán la mejor reacción al


enterarse de la verdad, pero con la propuesta de
matrimonio, estoy seguro de que ambas se calmarán.

Madeline puede pensar que no, pero las dos me echarían a


la hoguera por ella si supieran lo que hice, y podrían ver el
matrimonio como una forma de arreglar las cosas.
Mi padre y mi abuela se volverán locos cuando lo
sepan, pero puedo manejarlo. Si tanto quieren que les dé

herederos y que me case, entonces que sea en mis términos


y, bueno, los tan esperados herederos ya nacieron.
Si tengo a mi madre y a Valentine de mi lado, sé que
puedo convencerlos de mantener mi puesto en la empresa.

Podría darle tiempo a Madie hasta que esté lista para


enfrentarse a mi abuela, si fuera necesario.
El único que me deja en la oscuridad es el tío Maurice.
No tengo ni idea de cuál será su reacción o qué pensará

cuando se entere. Puede desaprobar lo que hice y ponerse


del lado de Madeline, o puede pensar que casarnos es una
excelente idea. La única certeza que tengo es que no la
juzgaría a ella y no nos daría la espalda a ninguno de los

dos al final.
Pero nada de esto importa si ella no está de acuerdo.
Necesito que Madie acepte la propuesta y, por más que lo
piense y le dé vueltas, aunque haya pasado la noche entera

ideando nuevas estrategias y planes descabellados, la única


conclusión a la que llegué es que necesito ayuda para
convencerla. Si Madeline no quiere escucharme porque me
odia, necesito a alguien a quien ella ame y escuche.

Aunque sé que estoy activando el detonante de una


bomba que va a explotar en mi cara, llamo a casa. Si
alguien puede ayudarme en esto, es mi madre. Claro, eso si
no me mata primero.

— ¡Bonjour, querido! ¡Qué milagro recibir tu llamada


tan temprano!
— Bonjour, mamá…
— ¿Philippe? ¿Está todo bien? Tu voz suena rara,
¿estás enfermo? — hace las preguntas una tras otra y su

tono cambia de alegre a preocupado.


— No estoy enfermo, pero tengo un problema y
necesito que vengas a París.
Solo escucho el sonido de su respiración al otro lado

por unos segundos antes de que mi madre vuelva a hablar.


— ¿Qué ha pasado?
— Es un problema personal, pero tranquila, no estoy

enfermo y todo está bien en la empresa. Pero es urgente,


¿puedes venir hoy? Necesito que traigas a Valentine
contigo.
— Valentine acaba de regresar de allí, Philippe…

— Lo sé, como te dije, es urgente.


— ¿Tiene que ver con su visita? Porque Valen fue a ver
a Madie, pero no me dio noticias y se puso rara después de
eso. Ustedes saben de Madeline, ¿no? ¿Ella está bien?

— Sí, está bien. Tenemos que hablar en persona.


Mi madre no insiste ni discute más, por el tono con el
que hablo parece darse cuenta de que el asunto es
realmente serio.

— Llegaremos en unas horas, voy a llamar a Valentine


para que salga de la universidad y venga. Tu padre…
— Mi padre no puede saber, ni la abuela. Solo ustedes dos
por ahora, ¿de acuerdo?

— Me estás asustando, Philippe.


— Lo sé, pero es algo personal. No quiero compartirlo con
ellos todavía.
— Está bien, nos vemos más tarde.
No sé si estoy haciendo lo correcto al llamarlas, pero esto no
puede seguir en secreto. Madie perdió la cercanía con las
dos personas que más amó en su vida por mi culpa, y por
más difícil que sea, contárselo a ellas tal vez sea una forma

de aminorar el daño que causé. Aunque no sea suficiente,


también es una manera de intentar resolver mi dilema.
Después de colgar, llamo a mi asistente y cancelo todas las
reuniones del día. Aún no sé qué va a pasar, pero no podré

concentrarme en nada hasta que esta situación se aclare.


Antes de que lleguen Valentine y mi madre, recojo la basura
de la sala, tratando de dejar el lugar más presentable.
Recojo las latas y botellas de bebida y las tiro. Le pido al
asistente virtual que haga un café bien fuerte y preparo dos

aspirinas para aliviar el dolor de cabeza.


Me doy una ducha caliente y larga, y me cambio, intentando
lucir lo más presentable posible, considerando la resaca
infernal que tengo. Necesito ser convincente si quiero su

ayuda. Sé que ninguna de las dos se pondrá de mi lado en


contra de Madeline, pero ese no es el plan. Aunque Madie y
yo no tengamos una relación, quiero construir algo
saludable y pacífico.
No me importa ahora ni yo ni ella; mi preocupación es no
perder más tiempo del que ya he perdido, estar cerca para
conocer y aprender a amar a esos niños. Recuperar lo que
yo mismo me quité.
Capítulo 16

PHILIPPE

Son poco más de las cinco de la tarde cuando mi


madre y Valentine llegan a París. El chofer particular que

trabaja para mi familia desde hace muchos años es quien


las trae hasta mi casa, y cuando abro la puerta para

recibirlas, están terminando de coordinar el regreso con él.


— Creo que unas dos horas, Jacques. Si salimos a eso

de las ocho, podemos llegar a casa antes de las diez — dice


mi madre, mientras Valentine la espera.

— Creo que es mejor no contar con eso, mamá. — Se

giran al oír mi voz, pero ninguna de las dos sonríe; las dejé
tensas con mi petición urgente para que vinieran. — Van a

necesitar más tiempo aquí.

— Philippe, querido… — Sus brazos me envuelven en


un abrazo rápido, y enseguida se dirige a Jacques. — Puedes

ir al hotel, te avisaré después sobre lo que decidamos.

El chofer me saluda con un gesto sutil y se despide de

ambas, regresando al auto y tomando las calles de la ciudad


enseguida.

— Vamos, entren…

Camino delante de ellas, escuchando sus pasos y los

murmullos a mis espaldas. Están susurrando,

probablemente haciendo conjeturas que ni se acercan al


verdadero motivo por el cual las traje aquí.

— ¿Estás solo? — pregunta Valentine al cruzar la

puerta del hall.

— No, estoy con ustedes dos — respondo, intentando

esbozar una sonrisa.


La verdad es que estoy nervioso. No parezco el

hombre que sé que soy, sino un chiquillo que cometió un

error enorme y que no tiene más remedio que contarle a su

madre.

Entramos en la sala y Valentine se quita los zapatos

de inmediato, tirándose en el sofá y cruzando las piernas

como si estuviera haciendo yoga. Mi madre, en cambio, se


sienta erguida, claramente incómoda.

— ¿Quieren tomar algo?

— Ve al grano, hermanito. ¿O quieres que alguna de

nosotras salga de aquí en un ataúd? Nos hiciste venir con


urgencia, tuve que salir de la universidad a las carreras, y

estamos muriendo de ansiedad por lo que tienes que decir.

Deja el agua con azúcar para después.

— Bueno, tengo algo que contarles a las dos, y es

muy serio. No sé ni por dónde empezar.

— Por el principio — dice Valen con una sonrisa tensa.


— Es sobre Madeline.

Valentine abre los ojos desmesuradamente y los

desvía hacia mi madre, como si me alertara para que me

calle. Ella no le contó lo que descubrió, porque, a pesar de

estar muy dolida, no iba a delatar a Madie así, sin entender

bien sus motivos.

— ¿Qué pasa con Madie? Ya no soporto más esta

historia — dice mi madre, meneando la cabeza. — Sabía

que algo raro pasaba. Casi no me atiende las llamadas, solo

manda mensajes que no dicen nada. Le he pedido la


dirección un centenar de veces y me ignora. Incluso pensé

en contratar a un detective privado para investigar lo que

esa chica me está ocultando, pero tu padre dijo que eran

paranoias mías y que estaba seguro de que ella estaba

bien…
— Madie está bien — dice Valentine, mirándome

intensamente. — ¿No es cierto, Philippe?

— Yo no dije que no lo estuviera.


— Entonces tal vez deberías dejar que ella sea quien

cuente lo suyo a mamá, en lugar de andar metiéndote y

chismeando.

— No me estoy metiendo, lo que tengo que decir

también tiene que ver conmigo.

Mi madre juega nerviosa con sus manos, mientras

Valentine ahora me mira de un modo diferente. Parece que

todo el color se ha esfumado de su rostro, está pálida, y

poco a poco creo que empieza a captar los detalles que

antes había pasado por alto.

— No, no tiene que ver contigo — dice, enfática. —

¿Por qué tú tendrías algo que ver con esto?

Solo la miro, incapaz de responder. Nada de lo que

diga va a cambiar los hechos, y me siento mal al ver cómo

sus ojos se llenan de lágrimas. Se escapan, resbalando por

su rostro, y Valentine las seca con el dorso de la mano.

— ¿Cómo pudiste hacer eso? — pregunta en un


susurro. — He estado pensando sin parar, intentando
entender por qué Madie me escondería esto, por qué me

alejaría y mantendría todo en secreto.

Valentine se pone de pie, sus manos están cerradas

en puños y sus ojos inyectados de rabia. Está llorando

mucho ahora, y mi madre nos mira a ambos, sin poder

entender nada.

— ¡¿CÓMO PUDISTE HACERLE ESO A ELLA, MALDITO?!

— ¿Valentine? ¿Qué está pasando? — Ahora mi madre

me mira, sus ojos llenos de dudas. — ¿Qué hiciste,

Philippe?
— Yo… — Respiro hondo, porque sé que no hay vuelta

atrás. — Madeline y yo tuvimos una relación, mamá.

Cuando ella aún vivía en el château.

— ¿Relación? ¡Te follaste con ella! — Valentine está

furiosa. — ¡Mamá, ella se fue de casa por culpa de él!

¿Cómo pudiste hacer eso y dejarla sola todo este tiempo?

— Philippe… — Mi madre también está llorando ahora.

Parece que me he convertido en experto en hacer sufrir a

los demás. — No hiciste eso.

— Sé cómo parece, pero no fue así.

— ¿Cómo que no fue así? ¡Es una niña!


— Sé que soy mucho mayor que ella, pero Madeline

ya tenía veinte años y fue completamente consensuado.

Ella lo quiso tanto como yo, y no digo que actuáramos bien,

por eso hablamos y decidimos que no volvería a pasar,

quedaría en el pasado. Y… Madeline me dijo que estaba con

otra persona, yo le creí.

— Pero no quedó en el pasado, ¿verdad?

Valentine niega con la cabeza, llevándose las manos

al rostro en un intento de calmarse.

embaucarme.

— Perdón, mamá. ¡No es contigo! Pero mira lo que

este idiota está diciendo. ¡Le dio la espalda a Madie como si

fuera una mentirosa cualquiera, como si no la conociera!

— Valentine, sé que actué mal, ¿de acuerdo? Pero solo

estuvimos juntos una vez y tomamos precauciones — digo,

intentando al menos explicar por qué actué tan mal. — Las

probabilidades eran mínimas, no tenía ningún sentido. Todo

apuntaba a lo contrario.
— ¿Y cómo fue que el señor sabiduría suprema se dio

cuenta de que estaba equivocado?


— Lucas estuvo aquí el otro día, y me dijo que Michel

todavía vive con sus padres. Yo estaba seguro de que Madie

y él habían estado juntos todo este tiempo, desde que se

fue de casa.

— ¡Michel y Madie nunca estuvieron juntos, ya te lo

dije!

— Lo dijiste, pero ella había dicho que sí.

— ¿Por qué haría eso?


Valentine parece pensar que estoy inventando esto,

pero recuerdo muy bien cómo Madie actuó al día siguiente


de esa noche.

— No tengo la menor idea, pero cuando tú


mencionaste eso, me preocupé de haberme equivocado. No

quería ni siquiera considerar la posibilidad, pero no podía


sacármelo de la cabeza, necesitaba hablar con ella y aclarar

las cosas.
— Oh, mon Dieu… ¿Cuánto tiempo hace? Hace más

de un año que Madeline se mudó. Entonces, el bebé ya


nació. — Mi madre se lleva la mano al pecho, y las lágrimas
vuelven a caer. — Ella tuvo al bebé, ¿verdad? Por favor, no

me digan que ella…


— Sí, mamá, lo tuvo — Valentine dice, sin suavizar la
mirada dura que me dirige. — Imagina la sorpresa que me

llevé cuando llegué y tenía una niña en sus brazos.


— ¿Una niña?

— En realidad, son dos niñas y un niño — explica


Valen.

— Trillizos — cuento.
Mi madre hunde el rostro en las manos ahora, está
llorando con sollozos. Sabía que sería difícil, pero solo

ahora, viéndolas aquí y sintiendo el impacto de sus


reacciones, puedo entender la magnitud de lo que hice.

— Fui a buscarla, pero Madie no quería hablar


conmigo. Emmanuelle estaba con ella e intentó esconder a

los bebés para que no los viera…


Mi madre descubre el rostro ahora y me mira. A pesar

de toda la tensión, también hay curiosidad.


— ¿Los viste? ¿Ustedes dos vieron a los bebés?

Asiento, y esbozo una pequeña sonrisa, aunque el


momento no sea de alegría.

— Son idénticos a mí.


Sus ojos se desvían hacia Valentine, como buscando
confirmación, y ella se encoge de hombros.

— Creo que sí, salí de ahí tan trastornada que no me


di cuenta. Si hubiera estado menos sorprendida, tal vez

habría prestado atención.


— Los ojos son como los míos, mamá — digo, con el

recuerdo aún muy presente. — Tienen el cabello negro


como el mío y el tuyo, y hasta la forma de la boca. Se

parecen mucho a Madie también, pero con solo mirarlos una


vez, se acabaron todas mis dudas.

— Pobrecita mi niña… Sola todo este tiempo, pasando


por todo eso. Con tres hijos pequeños. — Mi madre sacude

la cabeza. — Es lógico que no nos lo contara, porque eso


implicaría decir quién era el padre.

— Estaba tan enojada con ella porque no quería


explicarse, pero ahora puedo entenderlo. Especialmente
después de cómo él actuó, mamá. — Valentine me señala,

como si fuera la peor basura.


Pero por suerte, nuestra madre decide ser más

práctica.
— ¿Y qué piensas hacer ahora, Philippe? Pero creo que

está muy claro quién es el que cometió el error en toda esta


historia.

— Necesito su ayuda, por eso les pedí que vinieran.


Valen está boquiabierta, como si hubiera escuchado

una locura.
— ¿Ayuda? ¡No estamos de tu lado, imbécil!
— Lo siento, hijo, pero no sé cómo podríamos

ayudarte.
— Quiero arreglar las cosas, cometí muchos errores y

lo sé, estoy arrepentido, mamá. Pero Madie no quiere


escucharme, ni aceptar la propuesta que le hice.

— ¿Y qué propuesta sería esa? — pregunta,


indagando.

— De matrimonio. Quiero casarme con Madeline y


quiero criar a nuestros hijos junto a ella.

Creo que me equivoqué al pensar que la primera


parte de la historia sería la más sorprendente, porque

ambas me miran como si estuvieran viendo algo


sobrenatural. Valentine parpadea sin parar, como si yo fuera
una alucinación, y mi madre traga en seco antes de fruncir

el ceño.
— Perdón, ¿dijiste que quieres casarte con Madeline?

— Exactamente, pero ella se negó.


— Espera, ¿ya le propusiste matrimonio? No sé ni qué

decir…
— Díganme que me ayudarán a convencerla. Sé que

Madie está dolida, y con toda razón, está enojada, pero si lo


piensa mejor y si las tiene a ustedes a su lado, podría

cambiar de opinión y aceptar casarse conmigo.


— Pero… ¿Por qué se casarían? — pregunta mi madre,

mirándome a mí y luego a Valen. No era la reacción que


esperaba. — Puedes ayudar económicamente, ser un padre

presente, participar en todo, sin necesidad de que se casen.


— ¿No crees que sería una buena idea que me case
con ella después de todo lo que te conté?

Valentine pone los ojos en blanco y cruza los brazos.


— Madeline merece a alguien que la ame. ¿Por qué

pensaríamos que sería una buena idea que se quedara


contigo solo por los hijos, cuando tú no sientes nada por

ella?
— Valentine tiene razón. Sobre todo, después de todo
lo que nos has contado, ella merece ser feliz, estar con

alguien a quien ame y que también esté enamorado de ella,


Philippe. Un matrimonio sin amor no es la solución.
Pero para mí, sí lo es. Madeline no me dejará estar

cerca de los niños si no estamos juntos también, y ahora


siento que estoy perdiendo la oportunidad de obtener el

apoyo de Valentine y de mi madre. Veo cómo la oportunidad


se me escapa de las manos como arena.

— Pero yo la amo — digo impulsivamente.


Las dos se miran entre sí, como si dudaran, pero

mantengo una expresión serena. Sé que me estoy


condenando al infierno por esto, pero no puedo aceptar esta

derrota.
— ¿Tú amas a Madie? — Valentine entrecierra los ojos

hacia mí. — No me lo creo.


— La amo, y ella también me ama — digo, a pesar de

saber que Madeline preferiría verme colgado antes que


sentir algo por mí. — Fue precisamente porque nos

gustábamos que cometimos ese desliz. Sabía que estaba


mal, sé que para ti ella es como una hija, mamá, pero mis
sentimientos por ella no eran nada fraternos.

— Pero qué mierd…


— Valentine, deja que tu hermano hable.

— Intenté evitarlo, me distancié. Madeline era muy


joven y me sentía sucio por siquiera mirarla de otra forma —

al menos esa parte no es mentira —, pero, aunque


sabíamos que estaba mal, no podíamos mantenernos

alejados.
— Bueno, la edad no es realmente un problema, como

dijiste, ella es adulta — dice mi madre.


Valen la mira con el ceño fruncido, pero me doy

cuenta de que estoy ganando terreno, y no voy a


detenerme ahora.
— La noche del cumpleaños de la abuela, cuando
volví al chalé, ella me estaba esperando.

— ¿Madie fue quien te buscó? — Mi hermana sigue


escéptica, y es irónico pensar que dude incluso de las partes
en las que estoy diciendo la verdad.
— Sí, estábamos enamorados, pero no había nada que

se pudiera hacer. Madeline también sabía que jamás


aceptarían una relación entre nosotros.
Mi madre asiente, comprendiendo el dilema que estoy

creando aquí.
— Para mí, ustedes dos son mis hijos, así que, por
supuesto, nunca imaginé esto. Pero no son hermanos, y
creo que… creo que, si lo pienso bien, siempre quise que
ambos encontraran a alguien que despertara ese tipo de

sentimiento. De la misma manera que quiero eso para


Valentine…
— No es solo porque asumieron su crianza, mamá. Mi
abuela y mi padre, toda esa fijación para que me case con

alguien de la alta sociedad.


— Madie no es inferior a ninguno de nosotros —
Valentine la defiende, como sabía que lo haría. — La abuela
debería estar agradecida de que alguien como ella se haya

enamorado de un idiota como tú.


A pesar de la ofensa, Valentine parece más calmada, y
creo que nuestra historia de amor puede estar tocando algo
en ella.

— Tu padre y tu abuela son realmente complicados,


me imagino que eso les ha causado mucho sufrimiento a
ustedes.
— No podíamos estar juntos, así que acordamos que

solo tendríamos una noche y que nunca más podría


repetirse, aunque nos amáramos.
— Dios mío… nunca sospeché nada.
— Ahora recuerdo haberme encontrado con Madie el

día que tú te ibas — dice Valen, asintiendo. No sé a qué se


refiere, pero parece algo que corrobora mi historia.
— Creo que ella dijo aquello de salir con otras
personas para terminar con todo, para que no hubiera

ninguna posibilidad de que alguno de nosotros cayera en la


tentación, pero me dio tanta rabia…
— Puedo imaginarlo, querido. Estabas sufriendo por
amor y te pusiste celoso.
— Me puse celoso, mamá. — Asiento. — Ella me envió

una foto con Michel y me volví loco, así que cuando me dijo
que estaba embarazada, no creí que fuera el padre. Creo
que los celos, la inseguridad, en fin… todo contribuyó.
Lógicamente, se enfadó mucho conmigo y no hablamos más

hasta ahora, pero lo que siento por Madeline no ha


cambiado. La vi ayer y lo único en lo que podía pensar era
en resolver este problema entre nosotros, en borrar los

errores del pasado y estar con ella, pero Madie no quiere.


— ¿De verdad crees que ella todavía te ama?
— Estoy seguro de eso, mamá. Pero no quiere ceder.
Quisiera que ustedes me ayudaran a convencer a Madeline
de que se case conmigo, pero no pueden contarle todo lo

que les he dicho.


— ¿Por qué no? Si le dices que la amas, puede creerte
y tomarte en serio.
— Tiene miedo y sé que tiene su orgullo herido. Si

aceptara mi propuesta, tendría tiempo y podría estar cerca.


Poco a poco, podría alejar los malos sentimientos y
mostrarle todo lo que siento. Las palabras ya no son
suficientes.

— En eso tengo que estar de acuerdo con él, mamá.


Philippe se equivocó mucho, solo decir que la ama no va a
hacer que Madie le crea, pero si tiene la oportunidad de
demostrar ese amor, quizás las cosas puedan arreglarse.

Pero doña Giselle no está de acuerdo.


— Creo que no deberían casarse antes de que eso quede
aclarado.
— ¿Qué hago, entonces?

Mi madre parece pensativa, pero el brillo en su mirada me


dice que tuvo una idea.
— Yo puedo hablar con ella, voy a hablar sí sobre los
sentimientos de ustedes, pero lo ideal es manejar las cosas

enfocándonos en los niños por ahora.


— ¿Cómo? — Valen está tan curiosa como yo.
— Ella tiene tres hijos y trabaja todo el día, ¿saben si tiene
alguien que la ayude?

— Por lo que sé, solo Manu.


— Voy a hablar sobre eso, decir que puedes ofrecerle ese
apoyo, ayudar con los niños y que no debe asumir toda la
responsabilidad. Y trataré de hablar con ella sobre venir a
vivir aquí.

— ¿Sin matrimonio? — pregunto, sin saber hasta qué punto


eso me ayudaría.
— Un compromiso, tal vez. Así tienes tiempo para
reconquistar a la madre de tus hijos y, si al final de ese

período ella no quiere, no estará atada a ti. Podemos


mantener esto entre nosotros por ahora, contaremos a tu
padre y a la abuela cuando todo esté más calmado.
— Está bien, creo que puede funcionar — decido. Si ella

viene a vivir aquí, sé que poco a poco la ira disminuirá y


podremos llegar a un acuerdo viable para los dos. — Hablas
con ella, dile que haré todo por mis hijos, lo que sea para
que esté de acuerdo. Solo creo que no necesitas decir que

te conté que la amo — digo, porque sé que esa historia


jamás convencería a Madeline.
— Sé cómo tratar con ella, y diré lo que me parezca,
Philippe — dice mi madre, levantándose. — Y de paso,

aprovecharé para insultarte en el proceso, estás advertido.


— Iré con usted — Valentine se levanta —, si vamos a
insultar a Philippe, mejor aún.
— Pero… ¿van a ayudarme o a ponerla en mi contra?

— Eso lo veremos — Valen sigue hacia la puerta —, vamos a


analizar la situación desde el otro punto de vista ahora.
Capítulo 17

MADELINE

No tardo mucho en la ducha. Hace poco que


Emmanuelle y yo llegamos de la tienda, y antes bañamos a

los niños para que estuvieran listos, y solo después nos


ocupamos de nosotras mismas. Muchas veces me siento

mal por cargar a mi amiga con toda esta responsabilidad, sé


que ama a mis hijos, pero Manu aún no ha cumplido

veintidós años y prácticamente no tiene vida social porque


siempre dependemos de ella y necesitamos su ayuda.

Es por eso que mis baños suelen ser rápidos, para no

dejarla sola con los tres por mucho tiempo, da mucho


trabajo y, aunque siempre está dispuesta, sé lo agotador

que es.

Vuelvo a la sala mientras todavía me seco el cabello,


el día ha sido una locura y casi no he tenido tiempo de

pensar en todo lo que está pasando. Eso ha sido una

bendición, porque cuanto más pienso, más me preocupa la

posibilidad de que Philippe quiera llevarse a mis hijos.


— Creo que hoy deberíamos pedir algo para cenar —

dice Manu cuando me ve —, estoy cansada.

— Yo también, no quiero hacer nada…

Es en ese instante que suena el timbre y nos miramos

alarmadas. No estamos esperando a nadie y aún no hemos


pedido la comida, casi no tenemos amigos en la ciudad

porque nuestro tiempo libre es inexistente, así que sé que la

primera persona en la que Manu piensa es en él, al igual

que yo solo puedo imaginar que sea Philippe.

— ¿Será que es él? — susurra.


— Voy a atender, no puedo seguir escapando de él

cada vez que aparece.

— Eso — Manu asiente.

Camino hacia la puerta y la desbloqueo rápidamente,

pero al abrirla, me encuentro con Valentine y tía Giselle del

otro lado. Ambas me miran por un instante y no sé qué

decirles, imagino que Valen les haya hablado de los bebés,


pero no estoy preparada para la reacción de tía Giselle, ni

siquiera para el reencuentro.

Tiene el rostro mojado, está llorando y siento un nudo

en la garganta al saber que fui yo quien le hizo esto, al


saber que la hice sufrir con mis secretos y mentiras.

— Qué ganas tenía de ver a mi niña... — Me jala para

un abrazo, y me derrumbo.

Es imposible contener el llanto, y las lágrimas brotan

de mí sin que pueda detenerlas. Todo mi cuerpo tiembla, y

ella acaricia mi cabello en un gesto cariñoso. Siento el olor


de su perfume y respiro hondo, tratando de mantener ese

aroma en mi memoria.

— Perdóname, hija mía, por haber sido tan

descuidada, por no darme cuenta de lo que estabas

escondiendo.

— Soy yo la que tiene que pedir perdón, por alejarlas

así — digo entre sollozos. — Es que las cosas son tan

complicadas…

Valentine también está llorando, nos abraza a las dos

y apoya la cabeza contra la mía.


— ¿Cómo ibas a explicarlo, Madie? Estamos contigo.

La forma en que lo dice, la manera en que parece

entenderme aunque no haya dicho nada, me hace

detenerme. Me alejo un poco para mirarla a los ojos, y

Valentine se encoge de hombros.


— Mamá vino a conocer a los nietecitos… — dice,

sonriéndome.

— No… ¿Cómo?
Las miro a las dos sin entender nada y mi pecho arde

de dolor. No quería decepcionarlas así.

— Philippe me lo contó todo, querida. ¡Ese imbécil! —

Tía Giselle me abraza de nuevo, y me cuesta asimilar lo que

está sucediendo aquí.

— ¿Él lo contó? ¿Él dijo todo y aun así vinieron hasta

aquí?

— ¿Y adónde más íbamos a ir? — Valentine sigue

sonriendo. — No tienes nada de qué avergonzarte, no

necesitas mantener secretos, si alguien nos decepcionó, fue

él.

Dirijo la mirada a tía Giselle, y ella solo sonríe. No

afirma estar decepcionada con su hijo, pero claramente me

está mostrando su apoyo. Un apoyo que nunca esperé

recibir, nunca imaginé que su reacción sería esta.

— ¿Y entonces? ¿Puedo ver a mis sobrinos? — Valen

engancha su brazo en el mío, como siempre hacía, y siento


como si una parte de mi vida estuviera volviendo a su

lugar.

— Vengan. — Me seco las lágrimas, arrastrándolas

hacia la sala, pero otras lágrimas siguen cayendo. Estoy

emocionada y no puedo parar. — ¡Manu, tenemos visita!

Cuando entramos en la habitación, ella ya está de pie,

con los ojos llenos de lágrimas, al igual que los nuestros.

— Lo escuché… Qué bueno que están aquí.

Tía Giselle la abraza también, y noto que le dice algo

en voz baja al oído, Manu asiente y sonríe, pero no logro


escuchar lo que están diciendo.

— Los niños se durmieron — digo, llamando su

atención —, voy a despertarlos a los tres.

— No hace falta hacer eso, ¡imagínate tener que

hacer que tres bebés se duerman otra vez después! Pero

quiero verlos dormidos, si te parece bien, querida.

— Entonces vengan…

Me siguen por el pasillo hasta el cuarto donde

duermen los trillizos. Cada uno está en su cuna, y enciendo

una lámpara para que puedan ver mejor sus caritas.


— Son tan hermosos, y están muy grandes… Aún no

hablan ni caminan, ¿verdad?

— No, tía. ¿Por qué?

— Gracias a Dios, al menos no me perdí esos hitos.

— Lo siento mucho, no tuve el valor de contarles,

sobre todo porque si ni siquiera él me creyó…

— Pero eso es porque él es un idiota — dice Valentine,

poniendo las manos en la cintura —, por supuesto que

nosotras te hubiéramos creído.

— Aun así, habría causado mucho conflicto. Habrían

hablado con él, quien lo habría negado todo, y yo habría

tenido que hacer una prueba de paternidad, y esa idea me

parecía muy humillante. Sé que si hubiera hecho la prueba,

Philippe habría entendido que decía la verdad, pero quiero

que mis hijos sean amados, no que los acepten como una

obligación.

— No te preocupes más por eso, ya lo sabemos todo.

Él nos contó cómo sucedió.


Ese es mi miedo, pero no lo digo. No sé cómo Philippe

narró nuestra historia, pero dudo mucho que su versión me

favorezca demasiado.
— ¿Vamos a conversar en la sala? — pide tía Giselle.

— Volveré cuando estén despiertos para abrazar a los tres.

Seguimos de vuelta a la sala y, cuando llegamos, noto

que Manu ya no está aquí. Creo que prefirió darnos espacio

para conversar. Tía Giselle y Valentine se sientan en uno de

los sofás y yo me siento frente a ellas. Es curioso que

hayamos pasado toda la vida juntas y ahora me sienta

incómoda con esta conversación.


— ¿Qué fue exactamente lo que les dijo?

— Creo que la verdad — cuenta Valen —, a pesar de


todo lo que hizo, mi hermano parecía bastante

desesperado.
— Dijo que no quieres que se acerque… — dice tía

Giselle, pero no hay juicio en su tono.


— Philippe me dijo cosas horribles cuando le conté

sobre el embarazo, me destrozó y sufrí mucho con su


rechazo. Pero eso ya pasó, no quiero que aparezca, que mis

hijos se apeguen a él y luego desaparezca y los lastime


también.
— ¿Crees que haría eso?

Me encojo de hombros.
— Me dio la espalda. Además, la abuela Lia nunca va
a aceptar a mis hijos, y en algún momento él se casará con

alguien que ella apruebe y formará una familia. Mis bebés


no son un juguete que él pueda desechar cuando se canse.

— Querida, nos contó cómo reaccionó cuando


hablaste sobre el embarazo, y entiendo tu resistencia

porque Philippe fue un…


— Idiota — completa Valentine.
— Eso. Pero ahora sabe que son sus hijos y está muy

arrepentido de lo que hizo, quiere arreglar las cosas.


— No sé cómo. No quiero ser mala ni egoísta, pero

dinero y regalos no van a solucionar nada.


— Claro que no. Lo que él quiere es tiempo, y creo que

es lo que tú necesitas.
— ¿Cómo así?

— Philippe me contó que te propuso matrimonio.


— ¿Qué… Él dijo eso?

Eso no me lo esperaba. Imaginé que a estas alturas ya


se habría olvidado de esa idea.

— Sí, dijo que le gustaría formar una familia contigo.


Su respuesta me causa algo extraño en el pecho, pero
prefiero ignorarlo. No somos una familia, Philippe y yo no

somos nada y no lo seremos.


— Eso no tiene sentido.

— Pensé lo mismo al principio, pero él se va a tomar


unas vacaciones ahora. Unas largas vacaciones.

— ¿Vacaciones? — pregunto, sin entender qué tiene


que ver.

— Sí, va a estar mucho tiempo en casa e imagino que


con todo el trabajo que estás haciendo, una ayuda con los

niños no te vendría mal. Philippe podría quedarse con los


tres para que tú puedas trabajar.

— Tía, ¿está sugiriendo que me case con él para tener


una niñera?

— Claro que no. Estoy sugiriendo que le des una


oportunidad a ustedes, que lo intentes.
— Pero…

— Madie, ¿estabas enamorada de mi hermano? —


pregunta Valen, sin rodeos.

Pienso en mentir, pero creo que ellas sabrían la


verdad. Parecen ver hasta el fondo de mi alma, por cómo
me miran ahora.

— Sí, pero… Eso fue hace mucho tiempo.


— Y lo buscaste porque querías estar con él — dice,

esta vez en tono afirmativo.


— Fue…

Valentine asiente.
— Me acuerdo que estabas llorando al día siguiente
del cumpleaños de la abuela. ¿Te acuerdas de eso? Te

llevamos a un picnic. — Asiento, jamás olvidaría ese día. —


¿Era por Philippe?

— Sí.
— Philippe dijo que ustedes dos se aman, que siempre

se han amado, y creo que no hay dudas sobre eso.


La miro atónita. ¿Dijo qué? Poco a poco empiezo a

asimilar el sentido de la frase, y no hay otra explicación que


no sea que mintió. Yo sí estuve enamorada de él, pero

Philippe ni siquiera sabe eso y nunca sintió nada por mí.


— ¿Él dijo eso?

— Sí — confirma Valen.

— ¿Quién sabe si podrías pasar un tiempo en su casa

con los niños? Se van a volver a acercar, él te va a ayudar


con toda esta responsabilidad, tú podrás trabajar tranquila,

y nosotras podríamos venir al menos una vez por semana


para pasar unas horas con mis nietos.

— Sé que sus intenciones son buenas, pero no tiene


ningún sentido que vivamos juntos.

— Claro que sí, no necesitas casarte ahora si no estás


segura de tus sentimientos, pero dale una oportunidad a

esto, querida. Vamos a apoyarlos, cueste lo que cueste.


La conversación termina poco después, y les digo que

voy a pensar en todo lo que hablamos. Se despiden con la


promesa de volver pronto y se van. Aún estoy impresionada

con el descaro que tiene ese Philippe al inventar una


historia tan absurda como esa de que está enamorado de

mí.
Apenas salen por la puerta, busco su número de
teléfono. Philippe ha estado bloqueado en mis contactos

desde hace mucho tiempo, pero me aseguro de


desbloquearlo para esto. Él contesta rápido, como si tuviera

el teléfono en la mano.
— ¿Diga?

— ¿Estás loco o qué?


— ¿Madie?
— ¿Por qué les dijiste a las dos que estamos

enamorados y que nos amamos?


— Es solo un detalle, y hace que mi madre sea más
feliz. ¿Crees que reaccionaría igual si le contara una historia

en la que los dos nos acostamos en el chalet porque no


pudimos resistirnos a estar cachondos?

Tiene bastante sentido cuando lo dice así. Realmente


no es la mejor narrativa para contarle a tu madre cómo se

convirtió en abuela, especialmente en nuestras


circunstancias.

— ¡Ahora quiere que acepte tu propuesta de


matrimonio y que me vaya a vivir contigo, que le dé una

oportunidad a lo nuestro!
— Pero, Madie, no porque esa parte sea mentira

significa que todo lo demás no sea real. Podría ayudarte con


ellos y quiero conocer a los bebés y participar, solo veo

ventajas.
— Solo quería decirte que estás completamente loco,

buenas noches, Philippe.


— ¡Madie, no cuelgues!
— ¿Qué pasa ahora?
— Una cena mañana… Vamos a cenar y hablar mejor

sobre esto.
— No hay nada de qué hablar.

— Aceptas cenar conmigo, escuchas mi propuesta y


prometes analizarla racionalmente, sin considerar todo el
odio que estás sintiendo. Y, si aun así no quieres aceptar, te
prometo que te dejo en paz y olvido este asunto del
matrimonio.
— ¿Olvidas? ¿Solo necesito escucharte y cenar contigo
y dejarás de hablar de eso? — pregunto para confirmar.
Parece demasiado bueno para ser verdad.
— Sí, incluso le digo a mi madre que cambié de
opinión. ¿Qué te parece?
— Parece una trampa.
— Es que el truco está entre líneas, tienes que
considerarlo racionalmente.
— Ya veo…
— Te recojo a las ocho, ¿te parece bien?
— Voy a ver si Manu puede quedarse con los niños, si
es posible te aviso después.
No debería ser tan ingenua. Llamé con la intención de
gritarle y maldecirlo, pero terminé aceptando una cena. La
idea no me parece mala, si de verdad me deja en paz
después de esto. Camino por el pasillo hasta el cuarto de
Manu, y la encuentro acostada boca abajo mirando su
celular. Tiene una sonrisa tonta en el rostro y creo que está
hablando con algún chico.
— Oye…
— ¿Qué tal? ¿Ya se fueron?
— Sí, fue genial. No tenía idea de cuánto necesitaba a
las dos a mi lado.
— Yo sí lo sabía, era evidente lo mucho que las
extrañabas. Me alegra que eso se haya resuelto.
— Philippe quiere que cene con él mañana por la
noche — suelto de repente.
— ¿Qué? ¿Le dijiste que irías?
— Le dije que iba a hablar contigo y ver si podrías
quedarte con los niños.
Manu me mira fijamente, ahora está muy seria.

— ¿Y qué es lo que quiere?


— Sigue con esa idea del matrimonio, pero me
prometió que si lo escucho y aun así no quiero aceptar su

propuesta, me dejará en paz y no volverá a tocar el tema.


— Suena como una trampa.
— Eso fue lo que dije — respondo, sonriendo. — Me
dijo que tengo que considerar la propuesta racionalmente,

sin dejarme llevar por la rabia.


— Así es difícil, la rabia es lo que mueve todo.
—Exacto, tía Giselle piensa que es una buena idea.
No es que me case con él, pero que pase un tiempo allá

para que él y los niños se conozcan.


— ¿Y tú qué piensas?
— No lo sé… — Suspiro, analizando lo que realmente
siento. — Cuando intento ser racional, entiendo que no
puedo prohibirle a un padre que quiere tener contacto con

sus hijos que se acerque. Philippe me hizo mucho daño, y


fue muy feo, pero en el fondo sé que realmente no creía que
era el padre, y ahora quiere arreglar las cosas.
— Pero es difícil ser lógica.

— Sí, porque lo miro y siento odio. Pero he estado


reflexionando mucho sobre esto, y me pregunto: ¿al alejarlo
a él de los niños, estoy pensando en ellos o en mí y mi

orgullo? Sería alienación parental, y la culpa sería toda mía.


Además, actuar así podría generar una reacción inesperada
de su parte.
— Qué demonios…
— Voy a escuchar lo que tiene que decir y decidiré

qué hacer después. ¿Puedes quedarte con ellos?


— Sí, ve tranquila, me quedo con los niños hasta que
vuelvas.
— Gracias, eres la mejor.

Le mando un beso y camino hacia la cocina. Bebo un


vaso de agua y luego lo dejo en el fregadero. De vuelta,
paso por el cuarto de los trillizos para ver si siguen
dormidos y cubro a Antoine, que se había destapado

completamente.
Estoy yendo a mi suite cuando paso frente al cuarto
de Manu y escucho su voz. Creo que está hablando por
teléfono, y por algún motivo su tono me hace detenerme.

— Lo sé… Lo siento, no podré mañana. — Se queda


callada por un momento y luego respira hondo. — Tengo
que quedarme con los bebés para ayudar a Madie, pero

podemos quedar otro día…


No me había dicho que ya tenía un compromiso, y eso
me molesta bastante. Saber que Manu siempre está
renunciando a sus propias cosas por las mías y por mis

hijos.
— Son como si fueran nuestros, de ella y míos — dice,
y hay una sonrisa en su voz. — Madie me necesita, pero te
prometo que la otra semana encontraré un día para verte.

Sigo mi camino en silencio, pero esto me molesta más


de lo que quiero admitir. Emmanuelle ha renunciado a tanto
por nosotros, su dinero está en la empresa, y aunque ella
ama Unique tanto como yo, era mi sueño, no el de ella. Su
tiempo es todo para los trillizos, es joven y soltera, pero no

puede salir ni tener citas porque siempre está atada a


nosotros, y no consigo hacerlo todo sola sin ayuda, aunque
lo intente.
No es que yo salga a ningún lado, esta cena será la

primera, pero como necesito trabajar, ella termina


dedicando todo su tiempo libre para quedarse con los tres,
para que yo pueda hacer mi parte. Y aunque esté en casa,
siento que Manu no consigue salir a divertirse ni dejarme

sola con frecuencia, porque sabe lo difícil que es para una


sola persona hacerse cargo de tres niños. Pero esa
responsabilidad es mía, no suya.
Me acuesto en la cama y hundo la cabeza en la

almohada, pero no puedo dormir. Emmanuelle me tendió la


mano cuando ya no tenía a nadie, y Philippe me dio la
espalda, pero él se arrepintió y parece dispuesto a arreglar
las cosas, y tal vez deba aceptarlo. Al fin y al cabo, esa es

su obligación, no es como si nos estuviera haciendo un


favor.
Cuando el sueño finalmente llega, estoy decidida a, al
menos, escucharlo. No sé exactamente qué tiene Philippe

en mente, pero voy a intentar hacer lo que él pidió, ser


racional y dejar a un lado el odio que siento por él, aunque
sea un poco. Por mis hijos, por Emmanuelle y por mí
también.
Capítulo 18

MADELINE

Me cambio de ropa unas tres veces antes de darme


por satisfecha. El primer vestido, floreado y con hombros

caídos, me parece demasiado romántico cuando me miro en


el espejo, y no es esa la imagen que quiero proyectar.

Philippe necesita saber que la Madeline tonta e ilusionada


ya no existe más.

El segundo es justamente lo opuesto. Pegado a mi


cuerpo, negro y con una abertura hasta el muslo, pero Manu

silba al verme, diciendo que Philippe va a infartar al verme

así. No quiero que piense que tengo segundas intenciones.


Entonces desisto de ese también, y opto por un

modelo azul, un poco por encima de las rodillas. Es bonito y

me siento bien con él; el escote en forma de corazón resalta


mis pechos, que están más grandes desde que tuve a los

niños, pero aun así no es nada que pueda considerarse

demasiado atrevido.
— ¿Y ahora? — Camino frente a Manu, que está

sentada en el sofá, comiendo helado directamente del

envase. — ¿Mejor?

— Estás preciosa y recatada — dice ella, con una

sonrisa. — Yo aún optaría por infartar al viejo.


Pongo los ojos en blanco, pero me doy por vencida.

— ¿Sandalias negras?

Manu niega con la cabeza.

— Agarra esos zapatos nude que están en mi armario

y la cartera pequeña del mismo color. Aretes, pulsera fina y


un anillo, todos en dorado. — Me da las órdenes,

observándome con los ojos entrecerrados. — ¿Qué vas a

hacer con el cabello?

Me encojo de hombros, yo no haría nada, pero

Emmanuelle siempre ha sido más estilosa que yo, y por la

cara de desaprobación que pone, parece que no está de

acuerdo con esa decisión.


— ¿No puedo dejarlo así?

— La belleza está en los detalles, Madie. —

Levantándose, mi amiga corre hacia el cuarto y yo la sigo,


sin saber cuál es su intención. — No hace falta recogerlo,

solo déjame…

Manu revuelve la caja de horquillas que tiene en una

de sus gavetas y agarra una, es dorada y tiene una flor con

piedras azules, como el vestido. Se pone de puntillas y la

coloca de un lado, apartando los mechones de mi rostro.


— Listo, estás perfecta.

— ¿Y el maquillaje? — pregunto, solo para que me dé

su opinión.

Manu pone las manos en la cintura y arquea las cejas.

— ¿Es una cita, Madeline?

— ¡Claro que no!

La forma en que me mira está llena de sarcasmo.

— El maquillaje está perfecto así.

— Genial. Sabes lo que tienes que hacer, ¿cierto? —

Me pongo los tacones que ahora me entrega en las manos,


apoyándome en su hombro. — Hay leche en la nevera por si

la necesitas, pero ya les di la cena, deberían despertarse

solo de madrugada y ya estaré en casa.

— Puedes ir tranquila, ya revisé nuestro stock de

pañales y toallitas y tengo todo lo que necesito aquí.


— Vale... Pero llámame si pasa algo, o si me necesitas.

— Yo digo lo mismo, solo llámame y mando un asesino

a sueldo para atrapar a Bernard — dice, categórica.


— ¿No eras tú la que decía que debía tener paciencia

y no estar peleando?

— Intento ser lógica, pero a veces la sangre me

domina — dice, moviendo la mano en un gesto de desdén.

— Solo deséame suerte para que esta cena no sea un

desastre.

Manu apoya las manos en mis hombros y me mira

intensamente a los ojos.

— El cuchillo de pan no sirve para matar, Madie.

— ¿Qué?

A veces habla en metáforas y analogías, y no siempre

entiendo a la primera.

— Si necesitas un arma, pide el cuchillo de carne,

porque el corte es más limpio.

— ¡Emmanuelle!

Ella se da la vuelta para alcanzar el bolso que me

sugirió, y cuando me lo entrega en las manos, está

sonriendo.
— No estoy diciendo que mates a Philippe, solo te doy

unos consejos por si quieres hacer algo similar.

— ¡Tu payasa! Estoy yendo en paz, por más extraño

que parezca.

— Pero en caso de que cambies de…

Manu no puede terminar la frase, porque en ese

mismo instante escuchamos el timbre del intercomunicador.

Dejándola atrás, me dirijo a la cocina, donde está el

aparato, y lo levanto. Es de la portería del edificio, y están

informando que Philippe ha llegado.


— Ya me voy, buenas noches, Manu.

— Buenas noches, amiga. Y buena suerte...

Salgo de casa y me dirijo al ascensor, que me lleva

hasta la entrada del edificio en pocos segundos. Philippe ha

estacionado frente a la portería; su coche es plateado e

imponente, parece uno de esos modelos deportivos caros,

pero no sé especificar cuál es porque nunca he sido muy

entendida en el tema.

Está de pie junto a la puerta, con las manos en los

bolsillos de sus pantalones de vestir y la cabeza inclinada,

con los ojos fijos en el suelo. Su momento de distracción me


permite absorber mejor el impacto de su presencia. Philippe

lleva un traje negro; la chaqueta parece ajustada a su

cuerpo fuerte, la camisa es blanca y la pajarita completa el

conjunto. El hombre está vestido como si fuera a uno de

esos bailes elegantes y no a una simple cena.

Pero la ropa elegante es lo que menos impresiona. Su

perfil masculino, la magnitud de su presencia, todo en él

tiene el poder de alterar el ritmo de mi respiración, y lo

detesto aún más por eso, porque no logro ser inmune a su

encanto natural.

Philippe escucha mis pasos mientras me acerco;

levanta la mirada y me ve. Camino hacia él sintiendo el

peso de su atención sobre mí, es como si devorara cada uno

de mis movimientos.

No hay una sonrisa ni un saludo, solo me mira con tal

intensidad que parece desvestirme con la fuerza de su

pensamiento, como si pudiera ver más allá de mi ropa y de

todo.
Paro frente a él y Philippe endereza la postura. Su

mirada cambia a algo más suave, y abre la puerta del coche

para que entre.


— Buenas noches, Madeline.

— Buenas noches…

Observo mientras cierra la puerta, un poco

impresionada. Se abre hacia arriba, diferente de todo lo que

he visto antes. Mis ojos recorren el interior del vehículo y

todo en él es ostentoso, muy moderno y lleno de detalles.

— ¿Qué coche es este, eh? —pregunto, en cuanto él

toma su lugar, sin poder contener la curiosidad. — Creo que


no te había visto en él antes.

Recuerdo que la última vez que vino a Chartres,


cuando nos involucramos, Philippe estaba en moto; no

podría olvidarlo. Y cuando vino a verme poco más de un


mes después, no llegué a verlo conduciendo.

— Es un Lamborghini Veneno —dice, con una sonrisa


de lado, lo que me indica que eso significa mucho—;

bastante exclusivo, solo se hicieron unas pocas unidades de


este modelo, el motor es V12.

Su respuesta detallada confirma mis sospechas.


Incluso yo, siendo una novata en este tema, entiendo que
Lamborghini y exclusividad son realmente impresionantes.

— Hum, ¿eso quiere decir que es rápido?


— Muy rápido. — Me mira de reojo y acelera, saliendo
con el coche.

— No entiendo por qué usarlo en la ciudad entonces.


— Sigo observando el tablero y todo lo demás, pero la

verdad es que solo quiero molestarlo; probablemente yo


también presumiría mi coche si tuviera uno como este.

— Tienes razón, suelo usar un modelo más


convencional por aquí, o incluso la moto.
— Ah, claro, esa moto enorme que tienes.

— ¿Todavía tienes la Vespa asesina? —pregunta con


una sonrisita divertida.

— Sí, aún tengo mi Vespa, aunque la uso menos hoy


en día, pero no es nada de lo que dices.

No tardamos mucho en llegar al restaurante donde


Philippe hizo las reservas. El lugar no queda muy lejos de mi

casa y está construido a orillas del río Sena. Philippe me


guía hasta la entrada, donde nos reciben y nos llevan a

nuestra mesa.
Todo es elegante y refinado. Las luces amarillas no

son tan brillantes y mantienen las mesas en una atmósfera


acogedora. Nos sentamos cerca de una ventana y puedo ver
los barcos deslizándose por el río afuera. Escucho la música
a lo lejos y el sonido de las conversaciones a nuestro

alrededor, y me doy cuenta de lo maravilloso que es todo.


— Es precioso…

— Tú estás preciosa.
Su comentario atrae mi atención, y dejo de lado el

paisaje para concentrarme en él. Philippe sabe ser galante


cuando quiere, y ser el objeto de su atención no es algo a lo

que esté acostumbrada, pero no puedo dejarme llevar tan


fácilmente, especialmente porque si vamos a acercarnos,

necesito desarrollar resistencia, como me advirtió Manu.


— Gracias. Tú tampoco estás nada mal, para alguien

de tu edad —digo, provocándolo.


Pero Philippe sonríe en lugar de enfadarse.

— Siempre restregando tu juventud en mi cara, Madie.


Se lo está tomando todo a broma, y me acuerdo del
compromiso que hice conmigo misma: seré racional y

escucharé lo que tiene que decir, y aunque no debo


sucumbir a su encanto, tampoco necesito iniciar una pelea

innecesaria ahora.
— Sabes que eres joven, solo te molesto porque no

puedo evitarlo.
— No puedes evitarlo, ¿verdad? — pregunta él.

No puedo evitar pensar que tal vez no se refiere solo a


las provocaciones.

— Voy a esforzarme más.


El camarero se acerca a la mesa y nos presenta la
carta de vinos. Philippe examina las opciones con atención,

y no quería ser yo quien arruinara su momento, pero no hay


otra opción.

— No bebo, Philippe — le aviso en voz baja. — Voy a


tomar un zumo.

Su tono es de evidente sorpresa.


— ¿Desde cuándo no bebes?

— Desde que nacieron Cloéh, Amélie y Antoine.


Él sonríe, sacudiendo la cabeza como si hubiera dicho

algo gracioso, y me mira brevemente.


— ¿Qué pasa?

— Me acabo de dar cuenta de que es la primera vez


que escucho sus nombres — dice, con los ojos abiertos

como si se diera cuenta de lo absurdo. — Es irónico que


hayan causado tanto revuelo en mi vida sin que yo supiera

ni siquiera los nombres que les pusiste a los tres. Cloéh,


Amélie y Antoine — repite, como si probara los sonidos.

— Sí, Emmanuelle eligió el nombre de Cloéh, yo


quería Amélie y Valentine fue quien sugirió Antoine. Claro

que en ese momento dije que era para un gatito — cuento,


haciendo una mueca.

— Son nombres muy bonitos, estoy deseando ver bien


sus caras. — Philippe parece reflexionar un poco sobre eso,

y su reacción me lleva a considerar cuánto estoy siendo


terca también. — Pero, ¿qué tiene que ver el nacimiento de

ellos con no beber? — pregunta, dejando de lado la cuestión


central por un momento.

— Es por la lactancia.
Dejando la carta de vinos a un lado, noto que su
mirada se concentra en mi pecho, expuesto por el escote.

— ¿Aún amamantas?
— Sí, y mis ojos están aquí arriba — digo,

reprendiéndolo por su descaro.


Pero el descarado simplemente sonríe con timidez, y

se lleva una mano al cabello, pareciendo algo avergonzado


por haber sido sorprendido.
— Lo siento, actué en automático.

— Claro…
— Pediré zumo para ambos, te acompaño.
— No hace falta que lo hagas.

— Creo que podemos pedir la cena también, ya que


no tomaremos vino — sugiere, sin dejarse influenciar por

mis palabras.
Él hace una señal para que el camarero regrese y pide

los zumos y los platos, preguntándome sobre mis


preferencias durante el proceso. Cuando el hombre se aleja

nuevamente, Philippe se vuelve hacia mí.


— ¿Y cómo fue la conversación con mi madre?

Respiro hondo, recordando la avalancha de emociones


que me invadió. Todo fue tan inesperado y tan maravilloso

que todavía lo estoy digiriendo.


— La extrañaba a ella y a Valentine todos los días, fue

como si una parte de mi mundo volviera a tener sentido.


Philippe asiente, sus ojos fijos en los míos, como si

intentara desentrañar una ecuación complicada.


— No pensé que desaparecerías así, ocultando este
secreto durante tanto tiempo.

Analizo su postura antes de responder, pero no parece


estar siendo irónico ni malintencionado, solo diciendo en

voz alta lo que le pasa por la cabeza.


— Porque creías que el padre era otra persona —

respondo. —No te lo conté porque tendría que explicarme y


eso implicaría a alguien que no quería que se viera

involucrado.
— Yo. —Philippe asiente. —Yo dije que no quería que

volvieras a tocar el tema nunca más.


— Sí, no vi otra opción, y Manu también quería irse de

casa, nos apoyamos mutuamente.


— Emmanuelle es una gran amiga, y por eso me odia
tanto —comenta, con una expresión divertida y una sonrisa
juguetona en sus labios atractivos.

— No tienes idea de cuánto. ¿Cómo reaccionaría


Philippe si supiera la sugerencia de Manu sobre el cuchillo
de carne? —Pero entre pros y contras, acepté venir aquí y
escucharte. ¿Qué tienes que decirme?
— ¿Emmanuelle está con los niños? —Cuando asiento,
Philippe continúa. —Sé que entiendes que la

responsabilidad por los hijos es de los padres, y hasta ahora


has manejado todo sola.
— Manu me ha ayudado mucho —vuelvo a decir,
porque nunca podré pagarle por todo el apoyo que me ha
dado, y lo mínimo que puedo hacer es resaltar mi gratitud.

— Exactamente a eso quiero llegar —dice él,


asintiendo. —Tu amiga hizo todo eso sin ninguna obligación,
y tú lo aceptaste porque la necesitabas.
— No sé a dónde quieres llegar.

— Quien tiene la obligación de ayudarte soy yo,


Madie. Así que déjame hacerlo.
— No quiero que te sientas obligado, y no lo digo
porque sea buena persona. Dios sabe cuántas veces quise

atropellarte con la Vespa en este año y medio.


— Una Vespa asesina, como dije.
Prefiero ignorar la ofensa a mi increíble scooter.
— Lo que quiero decir es que mis hijos merecen más

que ser solo una tarea en tu inmensa lista de quehaceres.


No son una obligación.
Philippe no está en desacuerdo.
— Cuando digo que son nuestra obligación, no

significa que no los quiera, solo que la responsabilidad es


nuestra.
El camarero se acerca y coloca la jarra y los vasos de
zumo sobre la mesa, antes de pedirnos disculpas y retirarse

nuevamente.
— Madie —retoma la conversación—, si no los
quisiera, si fuera solo por cumplir con un deber, ¿crees que
me molestaría en insistir? No planeamos ser padres juntos,

pero están aquí, y quiero ser parte de sus vidas. Sé que me


he perdido de muchas cosas y que es tarde, considerando
todo con lo que has tenido que lidiar, pero estoy aquí ahora.
— Pareces realmente decidido a acercarte —le señalo
con el dedo, recordando la conversación con tía Giselle y

Valen. —¡Has llegado al punto de inventar un amor entre


nosotros y toda una historia sentimentalista!
Él abre las manos, un gesto que indica que fue solo un
medio para un fin.

— Quiero que aceptes mi propuesta, y sé que los


motivos no son los más románticos del mundo, pero nadie
tiene por qué saberlo.

— ¿Y cuáles son exactamente los términos de esta


propuesta? Aprovecha que estoy dispuesta a escucharte.
Philippe apoya los brazos sobre la mesa, acercando un
poco su rostro al mío.
— Aceptas mi propuesta de matrimonio y te mudas

conmigo mientras organizamos todo. Sé que esta relación


no estaría basada en el amor, pero cubriré todas tus
necesidades y las de los niños.
—Ya dije que no necesit…

— Que no necesitas mi dinero, ya entendí eso — me


interrumpe, levantando las manos. — Pero, aunque no estén
pasando por necesidades, sabes que puedo proporcionarles
más comodidad. Además, seremos socios, como un equipo.

Frunzo el ceño por la elección de palabras.


— ¿Un equipo?
— Sí, compartiremos las tareas relacionadas con los
bebés, nos dedicaremos a su crianza y te prometo que haré

todo lo que esté a mi alcance para que ustedes cuatro sean


felices.
— No lo sé, me parece drástico. Además, hay algo

más que considerar.


— ¿Qué cosa?
— Somos adultos, así que seré directa al respecto. Te
casarás conmigo por mis hijos, pero aún tendrás

necesidades como hombre, al igual que yo...


— No había pensado en eso. — Philippe de repente se
pone serio.
— Sé que no seríamos una pareja real, pero no me

sentiría cómoda si la gente supiera que tienes relaciones


con otras mujeres. Me sentiría avergonzada, y a ti tampoco
te gustaría lo contrario.
— Podemos encontrar una solución, mon cher. Nuestro
compromiso puede ser un periodo de adaptación, como una

prueba. Se mudan conmigo y, poco a poco, descubrimos


cómo hacerlo funcionar.
— No sé cómo sería posible...
— Intentémoslo, Madie. Si después de ese tiempo

decides casarte conmigo, ajustaremos esos temas. — Se


encoge de hombros. — Existen clubes privados donde la
gente solo busca placer.
— ¿Estás sugiriendo que frecuentemos esos lugares?

¿Que yo los frecuente?


— Tal vez, pero no tenemos que decidirlo hoy. Por
ahora, planeo dedicarme únicamente a conocer a mis hijos.
Puedo estar sin sexo por un tiempo — dice sin dudar. — ¿Y

tú? — pregunta, mirándome de manera intensa.


Philippe espera mi respuesta, pero por un instante me
pierdo en el azul de sus ojos que me miran fijamente. No
tener sexo nunca ha sido un problema, es lo que he estado

haciendo desde que estuve con él aquella única vez.


Tal vez lo más complicado sería estar bajo el mismo te
cho que Philippe, todas las noche, y mantenerme indiferente
, sea lo más complejo.

— Yo también puedo. — El camarero regresa, esta vez


con nuestra comida, y aprovecho la interrupción para evitar
detalles más incómodos.
Solo cuando estamos a solas nuevamente, Philippe

retoma la conversación.
— ¿Tienes alguna otra exigencia además de que me
convierta en un célibe? — pregunta, en tono de broma.
— Quiero que entiendas que esto es una prueba.
Aunque acepte tu propuesta, no es garantía de que nos
casemos. Puedo cambiar de opinión si no funciona.
— ¿Algo más?

— Las decisiones relacionadas con los trillizos deben


ser aprobadas por mí. Aunque seas su padre, quiero ser
consultada sobre todo.
Philippe no parece tener problemas con mis

condiciones.
— De acuerdo, pero yo también tengo una petición.
— ¿Cuál?
— No puedes decirle a mi madre ni a Valentine que el
compromiso no es de verdad.

Lo que dice este hombre no me parece muy coherente


al principio.
— Ellas me pidieron que te diera esta oportunidad y
saben sobre la propuesta.

— Sí, creen que estamos enamorados. Puedes decir q


ue aún tienes dudas sobre
nosotros, pero no que no hay sentimientos. Necesitan creer
que estamos comprometidos y esforzándonos para que func
ione.
— No entiendo por qué eso.
— Porque pronto mi abuela y mi padre se enterarán, n
ecesitamos que estén de

nuestro lado, pero no lo harán si saben que es un acuerdo.


— ¿Sabes que con este compromiso, la abuela Lia pod
ría quitarte tu puesto en la empresa? — pregunto, por si aca
so, antes de aceptar. — Sé que no necesitas el dinero,

pero respiras la empresa…


— Sí, lo sé. Por eso necesitamos a mi madre y a Valent
ine. La única manera es
que todos crean que estamos enamorados.

— ¿Y crees que tu abuela es del tipo que se conmueve


con una pasión
avasalladora? — pregunto, incrédula. — Lo único que hará s
erá cortarme los dedos y

obligarme a plantar un jardín entero cuando lo descubra.

— Nada conmueve a esa mujer, pero sabes lo que dirá


si esa no es nuestra base.
— No verá ninguna razón para nuestra relación, al me

nos no para ti. Dirá que


quiero tu dinero y robar la herencia de ustedes. — Frunzo la
nariz, ya imaginando la
escena.

— Entonces diré que estoy enamorado, que nada de eso nos


importa. Ella aún
pensará que soy un idiota por el sentimentalismo — dice Phi
lippe, sonriendo, pero será una narrativa sostenible.
— Está bien. Acepto fingir que estamos juntos, pero ti

enes que prometer que


protegerás a los niños de las maldades de tu abuela.
— Te juro que no les hará nada.
— Bueno, creo que eso es todo… — Asiento, concluye

ndo que estamos realmente haciendo un trato. — Tu madre


mencionó que te tomarás unas vacaciones para
quedarte con ellos el próximo mes. Me ayudará mucho con
el trabajo, confieso que me

ha dado otra visión de ti.


— ¿Ella dijo eso? — Philippe parece sorprendido, pero
no lo niega, así que

imagino que está asombrado de que tía Giselle haya compa

rtido esa información.


— Sí, sé lo adicto al trabajo que eres, nunca pensé qu
e te alejarías un mes entero para dedicarte a ellos o a cualq
uier otra cosa.

— Un mes entero —
repito, asintiendo —, tampoco lo imaginé.
— Pero me alegra que hayas tomado esa decisión. Si t
e comprometes de esa

manera, existe una posibilidad de que esto funcione.


— Estoy comprometido, Madeline. De hecho… — Saca
una pequeña caja del
bolsillo, y ahora soy yo la que está boquiabierta. Es rosa, co

n un lazo de satén negro. —


¿Aceptas casarte conmigo?
Philippe abre la caja y revela un hermoso anillo solitari
o. El anillo es dorado y un enorme diamante descansa en el

centro. Solo miro a Philippe y luego de vuelta al anillo, pero


no logro formular una respuesta que tenga sentido, así que
extiendo mi mano
sobre la mesa.
Philippe desliza el anillo en mi dedo, y noto lo temblor

osa que estoy.


Es esto.
Acabo de firmar mi sentencia.
Capítulo 19

PHILIPPE

Doña Giselle tiene el don de preparar situaciones para


que después yo salga solo de ellas. No puedo creer que

realmente le haya dicho a Madeline que planeaba tomarme


un mes de vacaciones, algo que ni siquiera sé si es posible,

pero no pude negarlo, no cuando Madie estaba elogiando mi


actitud tan sensata.

— ¿Mamá? — Finalmente contesta cuando la llamo por


tercera vez. — Pensé que no querías hablar conmigo.

— ¡Qué exagerado! Salí a comprar algunas cosas

antes de llevar a Valentine de vuelta a la universidad y perdí


tus llamadas.

Eso no importa ahora.

— ¿Le dijiste a Madeline que me tomaría un mes de


vacaciones para estar con los bebés?

— ¿Lo hice?

— Sabes que Nouveau no va a existir cuando vuelva,

¿verdad? ¿Cómo voy a estar treinta días sin trabajar? Todo


en esa empresa depende de mí, si no lo recuerdas — digo,

sin saber cómo manejar esto.

— Eso es porque absorbes todas las funciones como si

nadie fuera competente — responde con una calma

irritante. — Delega, querido. Un mes fuera no va a hundir a


una empresa tan tradicional.

— No tienes idea de lo que me estás pidiendo. — Me

paso la mano por la frente, intentando pensar, pero cuanto

más lo hago, más me doy cuenta de que caí en una trampa

y que no hay alternativa.


— El que parece no darse cuenta de lo que está

pasando eres tú, Philippe. Madeline no quería ni oír tu

nombre y me rogaste que te ayudara, porque querías

conocer a tus hijos y pasar tiempo con ellos, ¡recuperar a la

mujer que amas! Pues bien, te conseguí tiempo, treinta días

de vacaciones. ¿Quieres que llame a Madie y le diga que te

arrepentiste?
— ¡Por supuesto que no, mamá! Trataré de

organizarme y trabajar desde casa en lo que sea posible —

gruño, aceptando los hechos.

— Y delegar el resto.
— Sí, también eso.

— ¿Quiere decir que ella aceptó darte una

oportunidad? — Su tono cambia ahora, suena nerviosa,

agitada. — ¿Madie va a vivir contigo?

Eso me hace sonreír, sé que la noticia va a causar

impacto.
— Aceptó casarse conmigo.

— ¿Qué? ¿Estás seguro? Ella parecía muy reacia a la

idea.

— Cenamos juntos hoy y hablamos mucho, resolvimos

todo lo pendiente entre nosotros y decidió perdonarme y

darme una oportunidad. Se mudará aquí hasta la boda.

— ¡No lo puedo creer! ¿Lo juras, Philippe? ¿Ella


realmente aceptó?
— Aceptó, mamá. Esa falta de fe en mí es
impresionante.
— ¿Pero entonces le hiciste la propuesta como es
debido? ¿Le dijiste que la amabas?
Las mentiras son la parte que menos me gusta, pero
Madeline y yo tenemos un acuerdo, y es el mejor camino
para que todo ocurra conforme a nuestras necesidades.
— Claro que le dije.
— ¿Y el anillo? ¿Llevaste uno?
— Mamá, ¿qué crees que soy? ¿Quién hace una
propuesta de matrimonio sin un anillo?
— ¡Voy a llamar a Valentine y contarle todo! ¡Y pedirle
una foto del anillo a Madie!… Y Philippe, ¿cuándo se muda?
— Mañana mismo, no veo la hora — respondo, y al
menos en eso estoy siendo sincero.
Finalmente voy a pasar tiempo con mis hijos y poder
conocerlos.
— ¡Estoy tan feliz! ¡No te imaginas cuánto! Estuve con
mis nietos ayer, pero no veo la hora de regresar, porque
estaban dormidos…
— Lo sé, estoy ansioso por tenerlos aquí y poder
acercarme a ellos, aún ni siquiera he sostenido a uno de
ellos.
— Tú y Madie necesitan tiempo solos, para
reconectarse y para que puedas crear un vínculo con los
niños. Va a ser difícil, pero me voy a sacrificar y dejaré la
visita para principios del próximo mes — dice, con la voz
repentinamente triste.
— Son solo unos días, mamá.
— Lo sé, pero parece una eternidad. ¡Y son tan
hermosos! Necesito que me mandes muchas fotos y videos.
Se los voy a pedir a Madie porque sé que tú te olvidarás.
Estoy riéndome de su entusiasmo. Hace dos días esta

ba enloqueciendo con las novedades, pero se ajustó a ellas

mucho más rápido de lo que imaginé.

— Prometo que enviaré, ahora voy a colgar porque ne

cesito revisar algunas

cosas del trabajo, ya que parece que a partir de mañana est


aré de vacaciones.

— ¡Eso! Va a ser maravilloso. Y si necesitas ayuda, llá

mame.

No se lo digo en este momento, pero imagino que la ll

amaré muy pronto.


Es probable que sea imposible hundir el suelo de una

casa, porque si no, el de mi sala de estar ya habría cedido

con mis pasos impacientes de un lado a otro.

Madeline confirmó que vendrían temprano por la

mañana, y por más que intente mantenerme tranquilo

mientras espero, la ansiedad ya se ha apoderado de mi

cuerpo; las ojeras bajo mis ojos son prueba de que también

se ha llevado mi sueño. Me quedé despierto durante horas,

demasiado acelerado para dormir, consciente de que la vida

como la conozco ya no existirá más. A partir de hoy, todo

será diferente.

Quiero que sea así, he luchado para corregir mis

errores, pero aun así, es aterrador de cojones. Oficialmente

seré padre de tres niños, y voy a lidiar con ellos, solo,

durante varias horas al día, sin tener ninguna experiencia.

No puedo permitir que Madeline note lo asustado que

estoy, porque eso minaría su confianza, y mi objetivo es

todo lo contrario. Soy un hombre experimentado, y si Madie


fue madre a los veinte años, yo puedo lidiar con los bebés.

No dejan de ser personas pequeñas. ¿Qué podría salir mal?


Escucho el sonido del coche estacionándose frente a

la puerta. Dejé el portón abierto y le indiqué que vinieran

directamente hasta la entrada, así que sé que son ellos.

Respiro hondo y me dirijo al vestíbulo para abrir la puerta y

recibirlos.

Antes de que avance, me encuentro con Emmanuelle

de pie, frente a mí. Los brazos cruzados en una postura

desafiante y los ojos entrecerrados al mirarme.


— Bonjour, Manu — saludo, con una calma ensayada.

— Mira, no estoy convencida con este cambio


repentino a tu casa, pero Madie está confiando en ti, por

alguna razón que el universo desconoce. Así que no me


queda más remedio que estar de acuerdo y esperar que

todo salga bien.


— Merci, qué amable eres. — Mi tono irónico no pasa

desapercibido para ella.


— No por ti, claro. Pero necesito advertirte algo — la

mujer no tiene ni la altura para impresionar, pero no rehúye


a un enfrentamiento —, si haces daño a alguno de ellos, si
vuelves a lastimar a Madeline, te las verás conmigo.
— No voy a pelear contigo, niña — respondo, sin
alterarme, y eso parece enfurecerla aún más, o quizás sea

la manera en que me referí a ella. — Reconozco que eres


una gran amiga para Madeline y te agradezco por todo lo

que has hecho, pero no pretendo hacerle daño a nadie, así


que puedes ir a vivir tu vida y dejar a mis hijos conmigo a

partir de ahora.
— Mis hijos… — repite, con voz aguda, imitándome. —
¡Ya lo veremos!

La alborotadora me da la espalda y vuelve al coche.


Veo a Madeline salir del asiento trasero, con un bebé en

brazos. Es una de las niñas, y lleva un vestido rosa, todo


voluminoso, luciendo una cinta con un enorme lazo en el

cabello.
— ¿Terminaste, Manu? ¿Ya hiciste tus amenazas? —

pregunta, con una sonrisa burlona. — Saca el carrito del


maletero, por favor.

— Él no se intimida, ¿sabes? No le importó nada lo


que le dije. — Escucho a la otra responder y reprimo una

sonrisa.
— Vamos a entrar. — Bajo los escalones que nos
separan, acercándome a donde están.

Observo a la pequeña niña en los brazos de Madeline.


Balbucea sílabas al azar y mira todo a su alrededor, muy

curiosa. Una de sus manitas está abierta, levantada hacia


mí, y, en un gesto instintivo, acerco mi mano a la suya,

sintiendo sus deditos cerrarse alrededor de mi pulgar.


Madeline sonríe, observando la escena.

— Esta es Amélie.
Escucho de fondo a Emmanuelle hablando con los

otros bebés mientras los acomoda en el cochecito.


— Hola, Amélie… ¿Todo bien?

Creo que debo estar haciendo esto mal, porque no sé


cómo hablar o actuar con niños, pero la pequeña sonríe,

medio desdentada, con un único diente en la parte inferior


de la encía.
— ¡Sonrió! ¿Viste? ¡Me sonrió!

— Mis felicitaciones. — Emmanuelle aparece a mi lado


y deja dos maletas a mis pies.

Me giro hacia Madeline otra vez.


— ¿Solo trajiste esto?
— Creo que no necesito traer todo de una vez — dice,

pero su mirada se desvía de la mía.


No voy a insistir en eso por ahora. Madie quiere

tomarse las cosas con calma y no quiero arruinar los


avances que hemos hecho creando un problema. Este

asunto lo puedo resolver simplemente haciendo compras.


— De acuerdo.
Ella se inclina hacia donde está el cochecito y coloca a

Amélie en el asiento vacío. Antoine está sentado, con los


brazos colgando fuera de su vehículo y el chupete en la

boca, mientras mira a su madre con evidente fascinación.


En cuanto a Cloéh, tiene las mejillas sonrosadas, creo que

no le gusta estar atrapada en el cochecito, porque parece a


punto de llorar.

— Gracias, Manu. Nos vemos en la tienda más tarde.


— ¿Estás segura? ¿De verdad vas a confiar en él para

que cuide de ellos? — La otra habla entre dientes. — Sé que


dije que no peleáramos, pero de ahí a dejar a los gemelos

en sus manos…
Su tono es más bajo, pero es bastante obvio que no le

importa que escuche sus comentarios mordaces.


— Claro que está segura. Au revoir, Emmanuelle, ¡y

no hace falta que nos visites! — Digo, despidiéndome con la


mano.

Contrariada, vuelve al automóvil y ayudo a Madeline a


entrar con el cochecito. Luego tomo las maletas y camino

hacia el interior de la casa, cerrando la puerta en cuanto


entramos.

— Tu casa es muy bonita — comenta Madie en un


tono educado y formal.

— Ahora es tu casa, siéntete como en casa.


— Ah, sí… gracias.

— ¿Subimos? Te mostraré dónde están los cuartos.


Dejo las maletas sobre el sofá y Madeline me sigue

con el cochecito hacia el ascensor. Tengo que apretarme a


su lado para que podamos subir todos juntos.
— Es un armatoste, lo sé — dice ella, conteniendo una

risa —, pero es la única forma de llevar a los tres a la vez.


— Tiene que haber alguna opción más compacta, no

puede ser… — Pero mi atención está enfocada en los


pequeños. Ahora que estamos solos, sin Emmanuelle
intentando sacarme de quicio, estoy ansioso por sacarlos de
ese aparato y cargar a cada uno.

Madie se da cuenta de mi mirada y la sigue.


— ¿Qué pasa?
— Yo… ¿Puedo cargarlos?

Ella frunce el ceño al escuchar la pregunta. Realmente


parece algo tonto cuando lo pienso mejor.

— Vas a estar con ellos todo el mes, si no puedes


cargarlos, tenemos un problema — responde, aguantando la

risa.
— Es que no sé por cuál empezar, me parece mal

elegir — admito en voz alta.


Madie sacude la cabeza y se agacha frente a los

niños.
— Carga a Cloéh, no está nada contenta de estar en

ese cochecito…
De verdad, sus quejas se hacen más intensas y

ruidosas a cada momento. Madeline desabrocha el cinturón


que sujeta a la pequeña y la toma en brazos,

entregándomela. Intento repetir lo que ella hizo, colocando


a Cloéh medio sentada en mi brazo mientras le sostengo la
espalda con la otra mano.

No sé si logro transmitir la misma seguridad que


Madeline, pero al menos la niña deja de quejarse y se

concentra en jugar con los botones de mi camisa.


— Hola, preciosura… — le llamo la atención, y ella

clava sus grandes ojos en mí. — Soy el papá, ¿sabías?


Seguro que ni sabes qué es un papá, ¿verdad? Pero te lo

voy a enseñar.
Las puertas del ascensor se abren en el piso de las

suites, justo frente a mi vestidor. En lugar de ir hacia mi


habitación, como la otra noche, la guío hacia el pasillo

exterior y Madeline me sigue empujando el cochecito,


ignorando mi charla unilateral con Cloéh.
— Los cuartos de ustedes están bien cerca del mío —
digo, sin apartar la vista de Cloéh.

Es una niña muy linda, todos lo son, y creo que no lo


digo solo porque sean mis hijos, ya que acabo de
conocerlos.
— ¿Separaste dos cuartos para nosotros?

— Tres.
— Los niños duermen en uno solo, es más fácil para
amamantarlos por la noche, acostarlos y asegurarse de que

todo esté bien — explica Madie.


— Me lo imaginé, pero creo que podemos dejar un
cuarto para que duerman y otro para que jueguen. ¿Qué te
parece? Así está más organizado y, si uno de ellos se queda
dormido, los otros pueden seguir jugando sin molestar.

Cloéh ahora me está dando palmaditas en la cara,


creo que le divierte mi barba incipiente, porque a medida
que sus manitas tocan los pelitos que empiezan a salir, se
ríe a carcajadas.

— Es una muy buena idea, la verdad — dice Madie,


con el ceño fruncido.
Abro la primera puerta; las paredes están pintadas de
blanco y verde claro, y el suelo de madera le da un aire

acogedor al ambiente. Las cortinas en tonos beige


combinan con el resto.
— Pensé que este sería ideal para que duerman. ¿Qué
te parece?

— Me gusta. Pero necesitamos quitar la cama de


matrimonio de aquí y tengo que arreglar cómo traer los
muebles de su habitación… — Ella mira alrededor y asiente.
— Sí, quedará genial. Puedo improvisar algo para que

duerman hoy y mañana traemos todo.


— Luego vemos eso con calma, ven a ver la otra
habitación…
Entramos en la habitación contigua y abro la ventana

para que entre la luz y Madie pueda ver mejor.


— Podemos poner los juguetes aquí y lo que
necesiten. — Señalo las camas de invitados en la esquina.
— Pediré que retiren los muebles hoy mismo, así quedará

bien espacioso.
— No hace falta tanto trabajo, si alguien viene a
dormir…
— Tenemos otras habitaciones además de estas, lo
que importa es que ustedes estén cómodos, ni siquiera me

gustan las visitas — digo, con una sonrisa. — ¿Verdad,


Cloéh? ¡No necesitamos visitas! Sobre todo si es la tía
Manu…
Madie también sonríe, sacude la cabeza de un lado a

otro, pero no extiende el tema.


— De acuerdo. ¿Y yo dónde dormiré?
Salgo del cuarto y regreso al pasillo, ella me sigue

empujando el cochecito. Antoine aprovecha que estoy


delante y agarra la tela de mi pantalón con sus deditos
regordetes; no parece querer soltarme, así que camino
despacio para que pueda seguir sosteniéndose.
La tercera habitación está justo enfrente, así que abro

la puerta de la suite y Madeline entra detrás de mí.


— Es la mejor opción porque está frente a la de los
bebés, lo cual facilitará las cosas. Pero también porque es
una suite completa, tiene vestidor como la mía, un baño

solo para ti y un balcón con vistas a la ciudad.


Ella observa todo con atención, sus ojos parecen
escrutar cada rincón antes de volverse hacia mí.
— ¿No es un poco exagerado?

— ¿Por qué lo dices? No es para tanto…


— No sé, es mucho más grande que lo que tenía en la
casa de tus padres y en el apartamento de Manu. Estoy
acostumbrada a cuartos más simples, parece demasiado

solo para mí.


— ¿Cómo? Las habitaciones del château no son más
pequeñas que esta. — Miro alrededor para asegurarme de lo
que estoy diciendo.

Madeline sonríe y arquea su ceja bien delineada.


— La mía sí lo era, ¿o crees que la abuela Lia me daría
una suite como esta?
— No lo había pensado, pero hace parecer que vivías

en la casa de otras personas y no en la tuya.


Nunca he analizado a fondo el trato que le daban a
Madeline, pero asumieron su cuidado cuando sus padres
fallecieron y ella tenía unos diez años. En ese momento me

pareció algo bueno, pero tal vez para Madie no fue muy
diferente a ser una empleada.
— ¿Qué decía mi madre sobre eso?
— Solo es un cuarto, Philippe. Y en cuanto a tía
Giselle, siempre supe que ella no tenía control sobre esas

decisiones. Cuando me mudé, me pidió disculpas por no


haberme defendido lo suficiente de la abuela y de tu padre,
de cómo se comportaban conmigo, pero nunca la culpé por
eso.

— Creo que yo los culparía a todos, eres una persona


mejor.
— No puedo quejarme. A pesar de todo, tu padre y tu

abuela me dieron un techo, ropa, comida, un lugar para


dormir…
— Eso ya es pasado — digo, intentando no enfocarme
en ese asunto, porque empiezo a molestarme con cosas que

no puedo controlar —, pero quiero que te sientas en casa


aquí, Madie. Sé que podrías cambiar de idea, pero estoy
contando con que te casarás conmigo, y entonces todo lo
que es mío será tuyo.

Ella parpadea antes de soltar una risa incrédula.


— No exageres, puedes cuidar de mis hijos, pero no
necesitas preocuparte por mí.
Miro una vez más a Cloéh, que ha vuelto a jugar con

los botones de mi camisa, y luego a Madeline.


— Son nuestros hijos. Y tú vas a ser mi esposa. No
importa que no sea en el sentido literal de la palabra,
porque en el papel y para todos, eso es lo que será, y esta

casa también será tuya.


Ella parece encontrar muy interesante la colcha de la
cama, porque no me mira ni por un segundo.
— Así que empieza a sentirte parte de este lugar,
Madie — continúo. — No tienes que pedirme nada, puedes
cambiar lo que quieras de sitio y comprar lo que consideres
necesario.

Madeline coloca un mechón de su cabello castaño


detrás de la oreja y echa otra mirada alrededor. No me
responde de inmediato, aún asimilando todo.
— Tu esposa… No sé si puedo acostumbrarme a esa

idea.
— Ya eres la madre de mis hijos, lo demás será fácil
de aceptar.
— Veremos. — Madeline desvía la mirada hacia el
cochecito y sonríe. — Creo que es hora, Philippe. Tengo que

ir a trabajar y los dejaré para que se conozcan mejor.


¿Seguro que no tendrás problemas para manejar la
situación?
— Absolutamente. — Espero que mi expresión sea tan

convincente como mi respuesta.


— De acuerdo. Ya sabes sus nombres, ¿puedes
distinguir a las niñas?
Miro a una y a la otra y, para ser honesto, tengo que
admitir que me parecen idénticas. Pelo negro, ojos azules,
mejillas rosadas y regordetas, piel clara. Todo es igual.
Solo logro salir airoso porque Madie me presentó a

Amélie en la entrada, vestida con un lazo rosa, y luego me


entregó a Cloéh en brazos, diciendo su nombre.
— Esta es Amélie. — Señalo a la pequeña con el
enorme lazo en el cabello. — Y esta preciosura de amarillo

que está conmigo es Cloéh.


Madeline asiente.
— Aprendes rápido, a mí me tomó un mes.
— Tengo memoria fotográfica — digo, tal vez para que

no parezca tan inapropiado lo que siento.


— Interesante… Mira, hice una lista de cosas que
necesitas hacer. Claro que la vida sucede y no siempre se
puede seguir un cronograma exacto. — Saca un papel del

bolsillo y me inclino para verlo mejor. — Tienes que darles el


almuerzo alrededor del mediodía. ¿Tienes verduras? Porque
puedo pedirle a Manu que traiga algo si hace falta.
— Tengo verduras, no te preocupes.
Espero que la señora que se encarga de la limpieza y
la despensa haya llenado la nevera la semana pasada,
porque hace días que no como en casa y no estoy seguro de

eso, pero cualquier cosa para evitar otro encuentro con


Emmanuelle.
— Solo tienes que aplastarlas — dice Madie,
señalando el siguiente punto. — Deben tomar una siesta
entre las dos y las cuatro de la tarde. No dormirán mucho

tiempo, así que aprovecha para hacer lo que necesites.


— De acuerdo, siesta entre las dos y las cuatro…
— Cuando despierten, es hora del baño. Agua tibia,
¿vale? Coloca a los otros en el cochecito, porque si no,

cuando regreses, la casa estará hecha un desastre, y con


suerte no se habrán lastimado. No lo olvides.
— No lo olvidaré.
— Después de que todos se bañen, les das los

biberones, los dejé en la bolsa térmica abajo. Les gusta


jugar, así que puedes ponerlos en la alfombra y esparcir
algunos juguetes de la maleta, eso te facilitará las cosas.
— No te preocupes, nos llevaremos bien.
— Si algo sale mal, solo llámame, ¿vale? No es tan
sencillo como parece.
— Si lo necesito, te llamaré, pero estoy seguro de que

no hará falta.
No puede ser tan difícil.
¿O sí?
Capítulo 20

PHILIPPE

Quien dijo que dos seres humanos comunes, sin


superpoderes, podrían tener y cuidar de tres o más hijos, no

sabía lo que estaba diciendo. Biológicamente es posible,


pero solo una falla universal justificaría algo tan

desproporcionado.
Tengo dos brazos y, aunque Madie estuviera aquí,

tendríamos cuatro para lidiar con seis bracitos y seis


piernitas que no paran ni un segundo de intentar atentar

contra su propia vida. Es humanamente imposible.

Mientras intento abrir la nevera para revisar las


verduras, Cloéh aprovecha para deslizarse del asiento del

cochecito y escabullirse al suelo. Solo entonces me doy

cuenta de que olvidé abrocharle el cinturón. La siento de


nuevo y esta vez lo aseguro bien firme. Pero Antoine, de

alguna manera inexplicable, logra ponerse de pie en su

lugar, sacudiendo el cuerpo y moviendo las manos.


— Pero ¿qué m…? — El cochecito se desliza hacia

atrás y casi puedo visualizar al niño cayendo de cabeza al

suelo, pero consigo atraparlo a tiempo. — ¿Cómo hiciste

eso, chiquillo? No sabes caminar, ¿pero ya te pones de pie?

Me estás engañando y entiendes todo, ¿verdad? Apuesto


que ahora mismo te estás riendo de mí.

Él se ríe a carcajadas, confirmando mi teoría, pero mi

corazón aún no ha vuelto a su ritmo normal. No ha pasado

ni media hora desde que Madeline se fue y ya he tenido dos

casi infartos.
— Este cochecito no va a funcionar, al menos no para

todo...

Con Antoine en brazos y vigilando a las dos niñas

traviesas, agarro el celular con la otra mano y marco el

número de mi madre. Sabía que no tardaría en pedir ayuda.

Pero parece que no tiene ganas de hablar conmigo,

porque no contesta la llamada. Entonces llamo a Lucas,


quien probablemente sabe tanto de bebés como yo, pero no

puedo acudir a Madeline, o sabrá que fracasé.

— ¿Qué tal, Bernard?


— Escucha, Madie me dejó a los bebés y una lista de

cosas por hacer, ¡pero no consigo ni abrir la nevera porque

se escapan!

— Espera, ¿hablaste con ella? ¿Por qué parece que me

perdí una parte de esta historia?

— Porque te la perdiste. Se mudó aquí hoy con los


tres, y voy a cuidarlos mientras ella trabaja, al menos por

ahora.

— ¿Tú? ¿Pero alguna vez has cargado un bebé en tu

vida?

— Claro que sí, hoy mismo.

— Joder, ¿y ahora? Mételos en esas sillitas para comer

y luego preparas la comida. — ¿Qué silla? No hay nada de

eso aquí. Madie solo trajo dos maletas, y después tengo que

bañarlos y hacerlos dormir.

— Busca en Google cómo bañar bebés — sugiere él,


pensativo —. Debe haber algún vídeo; creo que solo es

ponerlos en la bañera y enjabonarlos, ¿no?

— ¡Bañera! ¿Cómo voy a bañarlos sin una bañera?

— Madie no llevó nada, ¿verdad? — Ahora se ríe a

carcajadas. — Siento decírtelo, pero lo hizo a propósito.


— ¿Cómo así?

— Seguro que te está poniendo a prueba, porque solo

hay dos opciones: o la llamas corriendo o no haces nada de


lo que te pidió, porque no hay manera.

— ¿Será? No tiene por qué… Bueno, sí, puede estar

poniéndome a prueba — concluyo, pensándolo mejor.

— ¿Y ahora?

— Se va a sorprender. Gracias, Lucas.

Cuelgo la llamada mientras aún escucho su voz al otro

lado y abro una pestaña de búsqueda para encontrar las

tiendas más cercanas de muebles y artículos para bebés. Lo

más lógico sería contratar una niñera, alguien que supiera

cómo cuidar bebés de esta edad, pero así no le demostraría

nada a Madeline. Puedo encargarme de cuidar a mis hijos,

aunque me vuelva loco antes de encontrar la forma. Luego

busco el contacto y marco el número.

— Sueño de Amor, ¿en qué puedo ayudar?

— Necesito ayuda. — El pedido suena desesperado

incluso para mí.

— ¿Perdón?
— Tengo trillizos en casa y no tengo nada de lo que

necesitan. ¿Hay alguien que pueda brindarme una atención

personalizada?

— ¿Atención… en qué sentido?

— Alguien que sepa lo que necesitan tres bebés de

ocho meses, porque yo no lo sé muy bien. Ya descubrí que

necesito esas sillas para comer.

— ¿De alimentación, quiere decir?

— Sí. Bañeras para el baño, cunas…

— ¿No tienen nada?


Tienen, pero parece que su madre me está poniendo a

prueba; estoy tentado a responder.

— No. ¡Necesito de todo! Decoración para el cuarto…

— ¿Ropa de cama, toallas? ¿Juguetes?

— Todo. ¿Puedes enviarme fotos por celular? Iré

eligiendo y luego envían todo a domicilio.

— Claro, voy a fotografiar todo ahora mismo.

— Excepto las sillas de alimentación. Esas, si las

pueden enviar ya, se los agradecería. Tengo hasta el

mediodía para darles de comer a los tres y no puedo


sostenerlos a todos al mismo tiempo.
La mujer guarda silencio por un momento. No sé si

está asustada por la llamada o riéndose de mí.

— De acuerdo… Las enviaré enseguida.

— Te mando la dirección por mensaje.

La mujer cumple su palabra, y cerca de treinta y cinco

minutos después, tengo tres sillas montadas en medio de la

cocina. Los trillizos están cómodamente instalados en ellas,

con cinturones acolchados que cruzan su pecho y se

abrochan entre las piernas. ¡A prueba de fugas!

— Ahora sí…

Abro la nevera en busca de las verduras y, por suerte,

encuentro patatas y un trozo de calabaza. Las pongo sobre

la encimera y las observo, intentando entender cómo voy a

aplastarlas, porque están bastante duras.

— Su madre fue vaga en las explicaciones a propósito,

¿se dieron cuenta? Ni siquiera me di cuenta en el momento,

debería haberme dado cuenta de las trampas de esa chica.

Agarro un mazo de carne e intento aplastar la patata,


pero el único resultado que obtengo es mínimo. No creo que

esté lista para cocinar o freír.


Debería haber preguntado si era para freír o hervir,

pero por suerte mi teléfono suena en ese momento, con una

llamada de mi madre.

— ¡Mamá!

— ¿Me llamaste, querido?

— ¿Cómo preparo el almuerzo para los niños? ¡Y no le

cuentes a Madie que te lo pregunté!

— ¿Qué tienes que hacer? — Está riendo, lo puedo


notar por el tono de su voz.

— Ella me preguntó si tenía verduras, y cuando le dije


que sí, solo me dijo que las aplastara.

— Ah, vas a hacer una especie de papilla.


— ¿Y cómo hago eso? Ya usé un mazo, solo falta

tirarlas al suelo, porque están duras. No se aplastan


fácilmente.

La línea quedó en silencio por un instante.


— ¿Quieres tirar la patata al suelo? Es una broma,

¿verdad?
Por el tono de mi madre, entiendo que este método no
es el más apropiado.
— Claro, mamá. ¿Por qué iba a tirar una patata al
suelo?

— ¡Menudo susto! Por un momento me preocupé. —


Ahora se está riendo abiertamente mientras miro la patata

ligeramente golpeada, sintiéndome como un idiota. — Pelas


las verduras y las cortas en trozos medianos. Las pones en

una olla con agua y las dejas hervir unos minutos.


— ¿Cómo sé que están listas?
— Pincha un trozo con un tenedor y aplástalo; si se

aplasta, es que están cocidas.


Así que a eso se refería Madeline con “aplastar”,

claro.
— Perfecto.

— Luego tiras casi toda el agua y aplastas todas las


verduras hasta hacer una pasta suave.

— De acuerdo.
— Después solo tienes que sazonar. Puedes usar un

poco de sal, ajo y cebolla para darle sabor.


— Gracias, mamá. Ten el móvil cerca, porque

seguramente te llamaré más tarde.


Cuelgo la llamada y sigo las instrucciones de mi
madre. La parte de pelar y cortar no es complicada, y hervir

depende más del fuego que de mí. La única duda es sobre


el sazonado, porque no estoy seguro de la cantidad que

debo poner y si les gustará o no.


Cuando termino de preparar todo, pongo la papilla en

tres tazones y acerco una silla para sentarme frente a ellos.


Les doy una cucharada a cada uno, alternando a medida

que comen. Aunque Amélie hace algunas muecas, lo que


me hace pensar que no es la mejor comida que ha probado,

ninguno deja de comer, así que no debe estar tan mal.


— Esta vida de bebé no es nada fácil — comento

mientras le doy otra cucharada generosa a Antoine —, ni


siquiera pueden quejarse si la comida está mala, ¿verdad?

Prometo que intentaré mejorar en los próximos días, ¿vale?


Va a saber más rica.

Tomo una foto de los tres con las caritas llenas de


papilla y la envío a mi madre, porque sé que le encantará

verlo. Cuando terminamos, agarro a Antoine en brazos, le


limpio la boca y lo llevo a la sala, dejándolo en la alfombra

con un sonajero que encontré en la bolsa.


— Ya vuelvo, quédate tranquilito ahí.

Busco a Amélie y la coloco a su lado, luego vuelvo por


Cloéh, pero cuando llego con ella a la sala, Antoine ya no

está a la vista.
— ¿Antoine? — Pongo a la pequeña junto a su
hermana y rodeo el sofá buscándolo. — ¿Dónde estás?

El pequeñín ha desaparecido.
Empiezo a sudar frío y corro hacia las escaleras, pero

no lo veo subiendo. El ascensor es mi segundo temor, así


que me lanzo hacia allí, pero, gracias a Dios, las puertas

están cerradas y no hay señal del pequeño fugitivo.


Escucho una risita cerca y siento una ola de alivio. Si

se está riendo, al menos está bien. Busco detrás de los


muebles y a su alrededor, pero no consigo encontrarlo.

Solo cuando decido volver junto a las niñas para ver si


ha reaparecido, noto de dónde viene la risa. En la esquina

del vestíbulo hay un gran jarrón de cerámica. Es un adorno


y no tiene nada plantado dentro, la abertura es amplia y

puedo imaginar fácilmente a Antoine escondiéndose allí.


Cuando lo miro más de cerca, veo unos mechones de

cabello negro asomando desde dentro. No puedo ver a


Antoine, pero la parte superior de su cabecita descarada

quedó fuera.
— ¿Quieres matarme, muchacho? ¡Tu madre me mata

si llega y tú has desaparecido! ¿Esto es cosa de los dos,


verdad? ¿Ella te mandó escapar para hacerme enloquecer?

Agarro al pillín y la carcajada que suelta deja claro lo


mucho que está disfrutando de todo esto. Al volver a la sala,

temo que Cloéh y Amélie también hayan desaparecido,


pero, por suerte, siguen en el mismo lugar.

Envío un mensaje a la tienda que trajo las sillas,


preguntando por las demás cosas, y la vendedora me

responde con una tonelada de fotos. No es fácil hacer las


elecciones con los tres intentando escapar a cada momento,
así que decido ocuparme de eso cuando se duerman.

Extiendo el sofá cama para hacerlo tan grande como


una cama y tomo primero a Amélie, intentando aplicar la

magia del sueño. La pequeña está muy despierta al


principio, pero poco a poco, mientras la balanceo de un lado
a otro como he visto hacer a otras personas, empieza a
cerrar los ojos y se duerme.

Entonces tomo a Cloéh, que se retuerce y llora,


pataleando. Pienso que quiere volver al suelo y está molesta
porque la he levantado. Pero entonces siento mi brazo

húmedo y noto algo pegajoso.


— ¿Me hiciste pis, Cloéh? — La apoyo en mi pecho y

retiro el brazo para ver bien. — ¡NO LO PUEDO CREER!


Una sustancia amarillenta empapa todo mi brazo,

escurre por la manga de la camisa y ya ha atravesado la


tela. El olor acre y agrio del excremento invade mis fosas

nasales mientras toda la porquería —literalmente— baja


hacia mi muñeca y mi mano.

Ironicamente, Cloéh ha dejado de llorar y retorcerse,


claro, ahora que ya ha hecho de las suyas. Como la apoyé

en mi pecho, estoy completamente cubierto de porquería, y


sus piernitas están hechas un desastre. Ella sigue sonriendo

con su único diente, como si la vida fuera hermosa y


perfumada.

Corro con ella hacia el lavabo más cercano y abro la


llave del agua, pero reconsidero lo que estoy a punto de
hacer al querer meter a la pequeña bajo el agua.
— Agua tibia, eso fue lo que dijo tu madre…

Subo las escaleras sujetándola por debajo de los


bracitos, evitando que se apoye más en mí, y corro hacia el

baño de mi habitación. Enciendo la ducha de mano y la


coloco sentada en el suelo, dentro de la ducha.

Dirijo el chorro de agua hacia sus piernas y empiezo a


enjuagar el agua amarillenta. Me toma un rato deshacerme

de su ropa, del pañal que permitió semejante desastre, y del


mal olor. Me quito también la camisa y lavo todo mi torso,

mientras la pequeña apestosa chapotea en el agua como si


no tuviera ninguna preocupación en el mundo.

Cuando estamos limpios y oliendo bien, la tomo otra


vez en brazos con una mano, y con la otra tiro toda nuestra
ropa al cesto de basura.
— Ahora vamos a ponerte otro pañal, debe haber

alguno en esa bolsa que trajo tu mamá. Y también ropa


limpia. Tu hermano ya me dio trabajo, pero lo tuyo…
Abro los ojos como platos al darme cuenta de que, en
medio del caos, me olvidé por completo de los otros dos.
— ¡Oh, mon Dieu! Por favor, que no haya pasado nada
grave.

Vuelvo a bajar corriendo al primer piso. Mi corazón


late tan fuerte que casi puedo escucharlo. En mi mente se
desarrollan los peores escenarios posibles y me cuesta
respirar.
Entro en la sala con Cloéh en brazos y me detengo al

ver la escena ante mí.


Antoine ha subido al sofá, debe haber escalado de
alguna manera, y está durmiendo plácidamente al lado de
su hermana, que aún no se ha despertado.

Siento que mi alma tarda unos cinco minutos en


regresar a mi cuerpo. Mientras tanto, tomo un pañal y una
muda de ropa para Cloéh antes de que decida hacer sus
necesidades otra vez, esta vez sin ningún impedimento.

Me lleva unos veinte minutos lograr que Cloéh se


duerma y, en cuanto lo consigo, no pierdo tiempo y
comienzo a elegir los muebles y los objetos con base en las
fotos que recibí.

Los cuneros son de madera marrón, con colchones del


tamaño perfecto. La vendedora me sugiere algunos
artículos que empiezo a considerar indispensables y hago el
pedido por triplicado. Las sillitas que vibran y tocan música

me parecen especialmente útiles, considerando que en


algún momento voy a necesitar ir al baño o darme una
ducha, y estas prometen mantenerlos entretenidos.
También encargo un coche especial. Tiene tres

asientos como el que ya poseen, pero con una mejor


disposición: dos asientos lado a lado, más estrechos, y el
tercero colocado sobre ellos, lo que lo hace menos ancho.
El coche que los trillizos usan ahora tiene los asientos

dispuestos en fila, como un trencito, pero es bastante largo.


Entiendo que para estar mucho tiempo en él, debe ser más
cómodo que uno más compacto, pero como ahora tendrán
cunas y sillitas, solo lo usaremos para salir a la calle.
Finalizo mi enorme compra y espero la entrega. Como

pedí urgencia, el camión llega a la puerta de la casa poco


después, y abro para que empiecen a llevar todo adentro.
Yo mismo armo la bañera siguiendo las instrucciones
del manual. Cloéh ya ha tomado su baño, así que espero a

que Antoine y Amélie se despierten y preparo agua tibia


para ambos. A pesar de mis temores, esta es la parte más
fácil hasta ahora. Excepto por la cantidad de agua que me

lanzan a la cara y sobre la ropa, todo transcurre sin


problemas.
Dejo al personal de la tienda organizando las cosas y
llevo a los bebés nuevamente a la sala. Ahí, alcanzo la bolsa
que Madie dejó preparada y saco los biberones ya listos. Le

entrego uno a cada uno y, durante varios minutos, el único


sonido que escucho es el ruido de cada succión.
Amélie bebe sujetando uno de sus pies en el aire,
pareciendo una bolita. Antoine cierra los ojos, pero por la

forma en que patea en el sofá, está bien despierto, y Cloéh


sostiene el biberón con ambas manos, completamente
concentrada. Antoine es el primero en terminar, y en ese
instante suena el teléfono. Madeline me está llamando.

Contesto con una mano mientras coloco a Antoine sobre mi


hombro con una toallita, esperando que eructe,
sosteniéndolo con la otra mano.
Puede que no sea un experto, pero al menos sé cómo

se hace esto. El niño toma leche y luego lo pones a eructar.


No sé exactamente por qué, ni cuál es el sentido, pero debe
tener alguno.
Ya he visto eso en muchas películas y también he

presenciado a las madres haciéndolo en la empresa, así que


ciertamente hay una razón para ello.
— Listo…
— Hola, Philippe. ¿Cómo va todo por ahí?

Madeline no puede verme, pero entrecierro los ojos al


escuchar su pregunta con falso tono de inocencia.
Probablemente, espera que todo sea un desastre.
— Todo muy bien, están tomando la leche que

dejaste, pero ya se bañaron y durmieron.


— ¿En serio? ¿Y todo salió bien?
Qué desconfiada es esta chica.
— Claro, te dije que podías irte tranquila…
Balanceo a Antoine de un lado a otro, esperando que

eructe pronto, porque Amélie ya está terminando su


biberón. Doy pequeños brincos con él en brazos para que
tenga paciencia, porque noto que quiere bajar al suelo.
— Qué bueno que te está yendo bien. Llegaré a casa

temprano y preparo algo para cenar.


— No hace falta, ya adelanté la cena, aproveché el
tiempo libre.
Cierro los ojos al escuchar mis propias palabras. En mi

intento por hacer que las cosas parezcan mejores de lo que


fueron, acabo de complicarme aún más, porque si hay algo
que nunca aprendí, es a cocinar. Soy exactamente el tipo de
persona que aplasta una patata con un martillo para

intentar hacer puré.


— ¿En serio? ¿Cómo lograste tener tiempo libre?
¡Cuando estoy con ellos no consigo hacer casi nada!
— Ah, es que son tan buenos y tranquilos…

Escucho el eructo de Antoine y casi celebro, hasta que


noto que estoy empapado en otra sustancia que escurre por
mi cuello, cubriéndome por completo.
Antoine me mira con una gran sonrisa, la boca

manchada de vómito blanco, mientras el fuerte olor agrio


inunda mi olfato y me provoca náuseas.
— ¿Qué pasa? ¿Está todo bien?
— Todo perfecto, Madie. No podría estar mejor…

— Si algo se sale de control o no va como planeabas,


puedes decírmelo, Philippe. Es normal tener dificultades al
principio, hasta que te acostumbres.
— ¿Dificultades? ¿Sabes que pensé que tendría
alguna? Pero no, todo está en perfecta calma.
Me arrepiento de la mentira de inmediato, porque al
mirar hacia el sofá, me doy cuenta de que Amélie ha

desaparecido.
Capítulo 21

MADELINE

Emmanuelle está recostada en mi escritorio,


mordiéndose las uñas de la ansiedad, y dados los recientes

acontecimientos, no es como si yo estuviera más tranquila.


— Dijo que todo va bien… — comenta ella, intentando

mantener la calma.
— Es lógico que eso no es verdad, Manu — respondo,

negando con la cabeza. — Philippe nunca ha cargado a un


bebé, lo vi por cómo sostuvo a Cloéh. No tenía idea de

dónde poner las manos ni qué hacer.

— ¡Entonces debiste inventar una excusa y quedarte


ahí! ¿Cómo van a bañarlos si ni siquiera tienen bañera?

Llegarás y estarán llorando y muertos de hambre… — Se

lleva la mano a la frente, respirando hondo mientras golpea


el suelo con el pie. — Bueno, los biberones estaban listos,

no puede pasar nada tan grave, ¿no?

— Creo que solo no dormirán, y entonces gritarán

toda la noche en mi cabeza, enfadados, hasta que consigan


dormirse. Pero todo saldrá bien al final, ¿verdad?

— Bernard va a ver lo que es cuidar a tres niños.

Apuesto a que pronto llamará pidiendo auxilio.

Pero Philippe no llama en ningún momento, y cuando

llega la hora de ir a casa, me despido de Manu, me subo a la


Vespa, me pongo el casco y conduzco hacia la mansión que

ahora debo llamar hogar.

No sé si esto realmente va a funcionar, pero Philippe

parece más confiado que yo. Entro por los grandes portones

de hierro y sigo hasta el garaje, donde aparco junto a su


moto.

Cuando abro la puerta del vestíbulo, respiro hondo,

preparándome para el caos que espero encontrar. Durante

el día imaginé varios escenarios: los niños sucios de comida,

los pañales desbordando, los juguetes esparcidos por todas

partes y los muebles revueltos, pero definitivamente no

imaginé lo que realmente estoy viendo.


Encuentro a cuatro hombres bajando las escaleras,

acompañados de una mujer que me saluda con una sonrisa

alegre. Philippe viene justo detrás y también me sonríe al

verme.
— ¡Llegaste, Madie!

— ¿Dónde están los niños? — pregunto, mirando a mi

alrededor.

Él se inclina inesperadamente para darme un beso en

la mejilla, y su perfume me envuelve del mismo modo de

siempre, aturdiendo un poco mi sensatez.


— Están en la sala. Solo subí para revisar el trabajo y

pagar a estas personas. Puedes ir hasta allí, yo ya voy.

— ¿Los dejaste solos? ¡Se van a escapar! — Siento el

pánico apoderarse de mí.

Debería haber sabido que intentar demostrarle a

Philippe que no sería capaz de manejarlo era una mala idea,

porque ahora la única que está desesperada soy yo, y él ni

siquiera parece darse cuenta del riesgo de haber dejado a

los tres sin un adulto cerca para supervisarlos.

— Puedes verlo tú misma. — Él señala en esa


dirección, demasiado tranquilo para mi gusto.

Salgo disparada hacia la sala. Además de las

escaleras, está el ascensor y la salida al vestíbulo, jarrones

esparcidos y miles de lugares donde podrían hacerse daño.


Tenía que haber imaginado que no sabría cuidar a tres

bebés él solo.

Sin embargo, al llegar a la sala, me sorprende darme


cuenta de que la habitación no se parece en nada a como

era cuando salí por la mañana. Los sofás cama siguen aquí,

al igual que la enorme televisión. Pero ahora, en el suelo,

hay una alfombra colorida y acolchada, y un cercado de

goma cubre más de la mitad del espacio.

Tengo un corral convencional en casa, pero no es lo

mismo. En este caso, es como si casi toda la sala fuera su

corral, porque Philippe les ha cedido un espacio enorme, y

con una mirada rápida noto que se aseguró de que no

hubiera nada peligroso dentro, además de colocar

limitaciones para que no pudieran escaparse lejos.

Almohadones, juguetes, mordedores, algunos ositos,

muñecas, coches y muchos otros objetos que captan su

atención están esparcidos por la alfombra.

— ¿Y entonces, mon cher? — pregunta él, y solo

entonces me doy cuenta de que está de pie detrás de mí. —

¿Qué opinas?
Mis neuras e irritaciones desaparecieron de un golpe.
— Es increíble, y hay tanto espacio… No hay nada que

pueda ponerlos en peligro.

— Me di cuenta rápidamente de que no podría ni ir al

baño si no tenía un lugar donde dejar a los bebés cuando lo

necesitara — explica, con una sonrisa en la voz. — Pero no

se quedaron ahí todo el día, puedes estar tranquila; hicimos

todo lo que dijiste que debíamos hacer.

Desvío la mirada hacia él y noto que Philippe está

impecable. La ropa perfectamente alineada, la corbata en

su sitio y el cabello bien peinado. No parece haber sufrido


con los trillizos como Manu y yo imaginábamos que

ocurriría.

— ¿Entonces comieron y se bañaron? — pregunto, aún

sin poder creerlo.

— Claro que sí. También durmieron por la tarde y

jugamos bastante — dice, mirando a los tres con una

expresión tranquila —, nos estamos llevando bien.

— Ya lo veo.

Apoyo las manos en la cintura, desconfiada. Todo

parece en orden, pero resulta demasiado pacífico

comparado con lo que suele ser.


— Podemos cenar cuando quieras, ya está listo.

Esto escapa a mi comprensión. Philippe Bernard ha

logrado manejar a los trillizos con maestría y preparar la

cena sin inconvenientes. Nunca imaginé que algo así fuera

posible.

Pero no le voy a dar el gusto de mostrarme tan

sorprendida.

— Está bien, voy al baño y bajo en un momento. ¿De

acuerdo?

— Claro, siéntete como en casa.

Subo en el ascensor al tercer piso, donde están los

dormitorios. En la suite que prepararon para mí, me dirijo al

baño, decidida a tomar una ducha rápida antes de la cena.

Me quito la ropa y enciendo la ducha.

Philippe lo ha dejado todo listo: jabón, champú,

acondicionador y toallas limpias y perfumadas, todo a mi

disposición.

No tardo mucho, al fin y al cabo sé que me está


esperando, y solo cuando me seco y salgo al dormitorio me

doy cuenta de que la maleta con mis cambios de ropa se

quedó en el cuarto de los niños.


Miro hacia ambos lados del pasillo para confirmar que

estoy sola y salgo rápidamente, entrando por la puerta que

está enfrente. Veo la maleta, me agacho para abrirla y

revuelvo las prendas buscando algo adecuado para

ponerme ahora.

Encuentro primero mis bragas y tomo una sin

preocuparme mucho por cuál sea. Elijo un vestido a la altura

de las rodillas y lo lanzo sobre la cuna.


— ¿Pero qué cunas son estas? — La pregunta se me

escapa en voz alta.


Me quito la toalla mientras observo, sorprendida, el

cuarto a mi alrededor. Cuando salí por la mañana, había una


cama de matrimonio aquí, pero ahora ha sido sustituida por

tres cunas y varios otros objetos. Incluso la pared es


diferente; un adhesivo lleno de animalitos ha sido añadido a

la pintura.
— ¿Cómo hizo tantas cosas en tan poco tiempo? — Me

pongo las bragas y las acomodo en mi cuerpo.


Estiro el brazo para alcanzar el vestido justo en el
momento en que la puerta se abre y la luz se enciende.
Llevo la mano al pecho, asustada, y el gesto no hace más
que resaltar el hecho de que estoy semidesnuda.

Philippe está de pie frente a mí, sus ojos azules


recorren mis piernas expuestas y se detienen en mis

pechos.
— Carajo… — Traga saliva, pero no deja de mirarme.

El grito de susto, la orden para que cierre la puerta y


se vaya, todo eso se queda atrapado en mi garganta,
porque, de repente, mi mente no es capaz de reaccionar

con racionalidad. Mis ojos me traicionan y se fijan en sus


manos, que agarran con fuerza la manija de la puerta,

evocando en mi memoria la manera en que alguna vez


sostuvo mi cuerpo con esa misma intensidad.

Siento un tirón entre las piernas y, de manera


automática, las comprimo ligeramente. La excitación está

ganando terreno.
El movimiento no pasa desapercibido para él. Se pasa

la mano por el cabello, y yo observo, fascinada, el recorrido


de su lengua sobre su labio inferior. Philippe da un paso

hacia adelante, y la razón finalmente vuelve a mi mente,


enturbiada por el deseo.
— ¿Podrías salir, por favor? — Cojo el vestido y
empiezo a pasarlo por la cabeza rápidamente. — Mis cosas

estaban aquí… — digo, justificando el hecho de estar


cambiándome en esta habitación.

Philippe carraspea y, al hablar, su voz suena grave y


ronca. Cierro los ojos para controlar mi respiración y resistir

la tentación de olvidarme de toda la rabia que aún siento


hacia él, al menos por unas horas.

— Vine por un pañal para Amélie, no sabía que


estabas aquí.

— Lo sé, está bien. Hagamos como que no pasó nada


— respondo con la mayor indiferencia que puedo.

Su risa es incrédula.
— Dile eso a mi erección, Madie…

Y entonces se va, dejándome sola de nuevo.


Termino de vestirme, cojo el pañal que olvidó llevarse
y bajo las escaleras, simplemente porque no tengo otra

opción. Mis hijos están abajo, y la comida también, aunque


me muero de vergüenza por lo ocurrido. Si Philippe no

hubiera mencionado explícitamente la reacción de su


cuerpo, podría haber hecho como si nada hubiera pasado.
Sin embargo, al llegar a la cocina, noto que para él el

asunto no parece ser gran cosa. Philippe ya ha sentado a los


niños en la mesa, cada uno en una trona que no existía esta

mañana.
— Has comprado muchas cosas — comento,

intentando ignorar lo sucedido.


— No había nada. — Levanta la mirada al escucharme.
— También compré un coche más compacto.

Tomando una fuente de carne humeante, la coloca


sobre la mesa.

— Aquí tienes el pañal.


— Creo que puede esperar hasta que terminemos de

cenar. Solo iba a cambiarla si se dormía, pero ya está muy


inquieta… — dice, señalando a Amélie, que mueve la

cabeza de un lado a otro mientras devora un trozo de fruta.


— No sabía que sabías cocinar. — Prefiero hablar de

cosas triviales para evitar que el incómodo silencio se


apodere de la mesa. — Tu madre siempre decía que ni tú ni

Valentine sabían freír un huevo.


— Y tenía razón, pero me fui de casa hace muchos

años. — Coloca la fuente de pasta junto a la de carne y


luego otra con verduras. — Al final aprendí con el tiempo.

Philippe también pone un bol de puré de patatas con


queso al lado de los demás platos, antes de sentarse.

— Los niños ya cenaron — dice, orgulloso —, por eso


están comiendo fruta.

Cada uno tiene un trozo de plátano en la mano y


mastican haciendo el mayor desorden del mundo. Son

adorables así, y mi corazón se llena siempre de amor al


mirarlos a los tres.

Me siento frente a Philippe y me sirvo un poco de cada


cosa en mi plato. Pruebo un trozo de carne y un poco del

puré antes de dar mi opinión.


— Has aprendido muy bien. Esto no me lo esperaba…

Me mira de una manera diferente. Todo entre nosotros


quedó en el pasado desde aquella única vez que estuvimos
juntos, pero la tensión está muy presente ahora, sobre todo

después de nuestro encuentro en el piso de arriba. Hay


cosas demasiado difíciles de ignorar, y el deseo latente es

una de ellas.
No me gusta la persona que es Philippe, considerando

todo lo que me hizo pasar, pero no puedo evitar analizar su


cuerpo musculoso ni perderme en la intensidad magnética
de su mirada. Su barba está sin afeitar, y todo lo que puedo

pensar al verlo tan cerca es en cómo mi cuerpo recuerda su


toque, sus besos y…
— Mamama… — balbucea Antoine, golpeando su vaso

contra el borde de la trona, y pego un pequeño salto en mi


asiento.

Eso interrumpe nuestro contacto visual y me impide


hacer una tontería. Es mi primer día aquí y ya estoy en

problemas. Está claro que lo que pasó no debería haber


sucedido, pero viviendo bajo el mismo techo, no estamos

libres de este tipo de situaciones. Dependerá de mí


aprender a manejarlo y resistir. Un vibrador me vendría muy

bien, si fuera mi estilo, pero nunca me ha atraído esa idea.


— Vamos a dormir, Philippe. — Me pongo de pie,

decidida a acabar con el momento. — Gracias por la cena.


— ¿Ya? Apenas has comido.

— Sí, buenas noches. — Estoy a punto de desabrochar


el cinturón de Antoine cuando recuerdo un detalle

importante. — Ah, uno de ellos siempre se despierta al


menos una vez durante la madrugada, no te preocupes si
los escuchas llorar.

— Está bien, te ayudaré a subir.


No rechazo la ayuda, porque no puedo cargar a los

tres sola y no sé dónde está su coche o el modelo nuevo


que él compró. Philippe saca a Antoine y a Cloéh de las

tronas, y yo tomo a Amélie. Subimos los cinco en el


ascensor, y el único ruido que se escucha son los leves

quejidos de los bebés.


Él me acompaña hasta el cuarto donde estuvimos

hace un momento, pero ninguno de los dos menciona lo


ocurrido. Uno a uno, colocamos a los bebés en sus cunas, y

lo observo, un poco incómoda, mientras Philippe les da un


beso en la frente a cada uno, deseándoles buenas noches.
Esa es una escena que nunca imaginé presenciar…
Cuando me quedo sola con ellos, bajo la intensidad de

la luz del abajur y les canto una canción de cuna hasta que
se duermen. No tardo mucho en dirigirme a mi habitación.
Como ya estoy acostumbrada a nuestra rutina, evito
perder el tiempo para dormir. Sé que dentro de unas cuatro
horas alguno de ellos podría despertarse, y necesito
descansar ahora para no estar tan agotada después.

Las sábanas y las mantas están limpias y perfumadas,


así que simplemente retiro la colcha pesada y me acuesto,
cerrando los ojos de inmediato. El sueño no tarda en llegar,
al fin y al cabo, estoy cansada. Pero, como siempre, mi reloj
biológico no falla, y cerca de las tres de la madrugada, un

llanto me despierta.
Medio adormilada, me levanto tambaleándome y
camino hacia su cuarto. Amélie es la que está llorando a
pleno pulmón, pero los otros dos ya empiezan a moverse,

inquietos. La tomo en brazos y le ofrezco el pecho para que


succione, logrando que el silencio vuelva a la habitación.
Me acuerdo del otro cuarto y decido ir allí, siguiendo
la sugerencia de Philippe, para no despertar a los otros dos.

Sin embargo, al abrir la puerta, noto que todo ha


cambiado también. Philippe instaló una alfombra de goma
en el suelo, compró decenas de juguetes y, en una esquina,
colocó una cómoda silla de lactancia. Incapaz de evitar una

sonrisa, me dirijo hacia ella.


Amélie tarda unos veinte minutos en saciarse y volver
a dormir. Cuando la llevo de regreso a su cuna, confirmo

que Antoine y Cloéh ya duermen profundamente.


Salgo del cuarto, pero en lugar de regresar a la cama,
voy a la cocina, planeando tomar un vaso de agua y buscar
algo para picar. Me fui apresurada durante la cena y ahora

mi estómago ruge insistentemente. Si Philippe fuera tan


grotesco como es irritante e idiota, no tendría este
problema. Pero el hombre tenía que ser tan delicioso, y mi
abstinencia no ayuda en absoluto.

La casa está a oscuras, pero en la cocina enciendo


una luz tenue cerca del fregadero. No es como si él pudiera
verme desde arriba asaltando la nevera. Abro las puertas
dobles y, de puntillas, busco lo que hay dentro.
Distingo un yogur natural en el fondo, junto con

algunas frutas, queso y un poco de jugo. Sobró comida de la


cena, pero no voy a calentar nada a estas horas de la
madrugada; solo necesito un tentempié para volver
tranquila a la cama.

Me estiro para alcanzar el yogur, pero soy bajita y


estoy descalza, y no logro llegar al fondo.
— ¿Por qué lo ponen tan lejos?

Me quedo paralizada al sentir un cuerpo fuerte detrás


del mío. Veo su brazo pasar por encima de mí y alcanzar el
frasco con facilidad.
— Miedo a que las ladronas de yogur asalten la
nevera en mitad de la noche — susurra en mi oído, y su

tono grave me eriza la piel.


— Yo… Solo tenía hambre — respondo, aún sin darme
la vuelta, esperando quizá que se aleje un poco, porque su
proximidad me desestabiliza.

— Estoy bromeando, Madeline, te dije que esta casa


es tuya.
— Gracias…
— ¿No vas a cerrar la nevera?

Al alejarme un poco para cerrar las puertas, siento mi


cuerpo chocar contra su pecho y me giro para encararlo.
— ¿No crees que estás demasiado cerca, Philippe?
Él sonríe, con esa sonrisa que hace que mis piernas

pierdan fuerza y mi respiración se descontrole.


— No tanto como me gustaría. — Levanta la mano y
recorre mi brazo con la punta de su dedo, un toque muy
suave, pero capaz de desatar un frenesí dentro de mí. Solo

la forma hambrienta en que Philippe me mira es suficiente


para ponerme húmeda. — He estado pensando en algo,
después de lo que pasó hoy.
— Creo que no deberíamos hablar de eso, es mejor

que lo olvide — digo, incapaz de ignorar las sensaciones


que este hombre despierta en mí, sin fuerzas para alejarme
y poner fin a nuestro momento.
— Ahora eres mi prometida, y vamos a casarnos.

¿Recuerdas que hablamos sobre qué hacer con nuestro…


apetito sexual?
— Mmm…
Apetito sexual. Dos palabras que suenan aún más
eróticas saliendo de su boca deliciosa. Mi mente todavía

insiste en recordarme que lo detesto, a pesar de la


cordialidad entre nosotros, pero mi cuerpo no responde a
esas órdenes. Al contrario, parece avivar aún más mis
deseos. Siento cómo la humedad entre mis piernas aumenta

y un deseo ardiente de arrancarle cada prenda que lleva


puesta y devorarlo.
— Podemos resolver esto juntos. No tienes que

amarme para saber que puedo follarte como te gusta,


Madie… — Su aliento está sobre mi boca ahora, tan cerca
que cierro los puños a los lados de mi cuerpo para contener
el impulso de atraerlo hacia mí y besarlo. — Y sé que

encontraría mucho placer en tu…


Su mano toca mi muslo ahora, subiendo en un
recorrido ardiente que quema y consume el poco juicio que
me queda.

Agarro su cabello con fuerza, y él sonríe con una


mueca de dolor antes de pegar su boca a la mía con
brutalidad. Su lengua se desliza entre mis labios mientras
Philippe me levanta en brazos como si no pesara más que

una pluma.
Enlazo mis piernas alrededor de su cintura y siento su
erección rozarme, arrancándome un gemido que él engulle
con su beso desesperado.

Me coloca sobre la isla de la cocina, abre los dos


botones de mi camisón y toma mis pechos entre sus manos
firmes.
— Estás aún más deliciosa de lo que recordaba —
gruñe sin dejar de besarme.
— Philippe…
Levanta mi camisón hasta mi cintura, y lo observo,

embelesada, mientras se aleja un poco. Sus ojos están


nublados de deseo, y Philippe se arrodilla ante mí con esa
misma sonrisa que me arruinó desde hace mucho tiempo.
— ¿Qué vas a hacer?

— Te voy a chupar, Madie. No sabes cuánto me


arrepiento de no haberte probado la primera vez.
Siento mi rostro arder de vergüenza, pero no puedo
detenerlo. El deseo de experimentar lo que promete es más
fuerte que cualquier incomodidad, así que me limito a

seguir sus movimientos con la mirada, sin decir nada.


Philippe baja mi braga y levanto la cadera para que la
retire. Observo, sorprendida, cómo guarda la prenda en su
bolsillo, con esa típica sonrisa ladina. Su rostro se acerca a

mi entrada mientras sus manos me abren para él.


Nunca antes me había sentido tan expuesta, ni tan
excitada.
Cuando su lengua me toca, recorriendo todo mi sexo,
un gemido alto escapa de mi garganta, y cierro los ojos para
disfrutar la sensación. Mi clítoris está hinchado, y él juega,
succionándome, lamiéndome y chupándome con fuerza,

intercalando sus movimientos, mientras dentro de mí algo


inexplicable comienza a suceder.
Es instintivo. Impulso mi cadera contra sus labios,
siguiendo su ritmo, mientras Philippe me devora con

hambre, me muerde y me hace gritar su nombre en medio


del orgasmo más intenso que he tenido en toda mi vida.
Él se incorpora, imponente, como un rey, y sonríe. Me
besa con lujuria, haciéndome probar el sabor de todo lo que

acaba de hacerme, y luego se aparta.


Philippe lleva la mano a la cintura del pantalón, pero
no lo abre, solo acomoda su erección.
— Piensa en lo que te propuse, mon cher. Ser mi

esposa podría tener otros beneficios además de los que


discutimos, y ambos quedaríamos satisfechos.
Mi alma aún está regresando a mi cuerpo, y, incluso
entre jadeos, lo observo mientras Philippe se aleja,
perdiéndose en las sombras y desapareciendo, como si todo
no hubiera sido más que un sueño muy erótico.
Capítulo 22

MADELINE

Quizá pueda culpar a las hormonas por mi reacción


algo exagerada anoche; al menos así puedo fingir que no

me derretí por completo en los brazos de Philippe, sin que él


tuviera que hacer mucho esfuerzo. No es que mis hormonas

estén descontroladas, pero no necesita enterarse de eso.


Mientras me cambio para ir al trabajo, las imágenes

de esa escena en la isla de la cocina vuelven a mi mente, y


sacudo la cabeza, aún sin creer que hice todo eso… o mejor

dicho, que lo dejé hacerlo. Está claro que fue increíble, eso

no se discute, pero ese no es el problema.


Me pongo unos pendientes pequeños y dorados y

reviso mi reflejo en el espejo. El blazer verde militar y el

pantalón a juego contrastan con la blusa off-white. Los


tacones son casi del mismo tono que el pantalón y

combinan a la perfección. Eso es, estoy vestida como la

empresaria exitosa que quiero ser, y no voy a dejar que


unos ojos azules seductores o la tentación de orgasmos

fugaces me desvíen del camino.

Salgo del cuarto con la bolsa al hombro, lista para ir a

la Unique. El casco tal vez arruine la trenza que me hice,

pero así es la vida de quienes usan moto.


Al pasar por la puerta entreabierta del cuarto de

enfrente, busco a mis hijos, pero no los veo. Sin entender

mucho, bajo las escaleras y voy directo a la cocina.

Philippe está cocinando algo en el fregadero, mientras

Cloéh, Amélie y Antoine lo observan desde las tronas,


trasteando con todo lo que tienen a su alrededor.

— Bonjour — lo saludo, con un tono más formal de lo

habitual.

Él gira la cabeza y me lanza una de esas sonrisas que

siempre deshacen mis bragas. Pero hoy no, querido. Hoy ya

hice diez minutos de un mantra con respiración lenta,

repitiendo frases de resistencia. Me dominaste en un sueño


erótico a mitad de la noche, pero no voy a dejar que pase

de ahí.

— Bonjour, Madie. Espero que hayas dormido bien…

— dice con un brillo travieso en los ojos.


Percibo el tono malicioso, pero me inclino a besar las

caritas de mis bebés, fingiendo que no lo noto.

— Sí, dormí bien. Solo Amélie se despertó anoche, así

que pude descansar mejor.

— Qué bueno que se despertó — sonríe, acercándose

con un bol de frutas picadas —, así pudimos vernos.


Philippe pincha un trozo grande de manzana y se lo

da a las manitas regordetas de Antoine.

— ¿Encontrarnos? — Frunzo el ceño, sin entender.

— Aquí, en la cocina — responde, levantando una ceja

como si me retara.

Lo miro fijamente entrecerrando los ojos. No digo

nada, pero por la forma en que él me devuelve la mirada, se

da cuenta de que no recuerdo o no entiendo de qué habla.

Después de darle un pedazo de fruta a Amélie y otro a

Cloéh, el seductor de poca monta deja el bol a un lado y se


gira hacia mí.

— ¿Desayunamos juntos? Hay baguette, croissant e

hice jugo de naranja. Come antes de irte — dice,

sentándose donde cenamos ayer.


Le sonrío en agradecimiento y veo la comida, que se

ve deliciosa. Mi estómago protesta, pero esta vez sigo a mi

cabeza, porque mi cuerpo no es de fiar.


— Lo siento, gracias por preparar todo, pero tengo

que irme.

— ¿Segura? Podemos desayunar con calma y después

te llevo — insiste, levantándose.

— ¿Por qué me llevarías? — pregunto, aunque no

tiene sentido y tampoco espero que responda. — Me voy,

¡que se diviertan! Si necesitas ayuda o tienes alguna duda,

llámame.

Dejo la cocina y camino hacia la sala, sintiendo su

mirada fija en mí. Sé que no entiende nada, y tampoco

imagina el esfuerzo que me cuesta actuar así. Me resulta

natural ceder y bajar la guardia, como hice anoche, cuando

durante unos minutos borré de mi mente todo lo que sufrí

cuando me dejó y las lágrimas que derramé. No puedo

permitirme darle otra oportunidad de hacerme daño.

En el garaje, tomo la scooter, me pongo el casco y

arranco hacia la empresa.


Al llegar, veo el coche de Emmanuelle en la puerta y

voy directo a su oficina. Entro y cierro la puerta detrás de

mí.

— Bonjour, Madie. — Me sonríe al verme. — ¿Qué tal


la primera noche en la casa del diablo?

— Mejor ni me lo preguntes.

— ¿Tan mal estuvo?

Sabiendo lo que piensa Manu, decido no contarle lo

que pasó anoche y enfocar la conversación en otra cosa.

— La verdad es que se manejó bastante bien. Compró


lo que no llevé e hizo la cena. Veremos cómo le va hoy.

— Mmm, esperaba escuchar historias de terror sobre

ese hombre — dice, sacudiendo la cabeza, decepcionada —.

Qué pena.

— Depende de cómo lo veas; lo importante es que los

niños están bien.

— ¡Por supuesto! Que Dios nos libre de lo contrario —

dice Manu, levantando la mirada al cielo, como si rezara.

— Quería hablarte de la decoración de hoy. Tenemos

un desfile de moda que empieza a las siete, y todo debe


estar listo antes de las seis. Saldré con Jean y Elise para

llevar las cosas.

— Tranquila, yo me quedo en la tienda por si llega

algún cliente. ¿Salen ahora? — pregunta, mirando el reloj. —

Aún es temprano.

— No, voy después del almuerzo. Termina tus

informes tranquila.

Voy hacia la puerta, lista para ir a mi oficina, pero

Manu me llama.

— Madie, Michel…

— ¿Qué pasa con él?

— Llamó otra vez.

Me encojo de hombros. Eso no cambia nada para mí,

Michel lleva meses haciendo esas llamadas.

— Lo mismo de siempre.

— Sí, pero esta vez dijo que vendrá a París y que

intentará verte — cuenta, dudosa.

Eso sí despierta mi curiosidad. Michel no ha intentado


verme ni hablar conmigo desde que discutimos. No sé por

qué ahora quiere acercarse de repente.


— ¿Por qué? ¿Le dijiste que estoy viviendo con

Philippe o algo del compromiso?

— ¡Ni se me ocurrió! — responde rápidamente. — Ni

siquiera sé cuánto durará esa historia… — Hace girar el

bolígrafo en la mano, algo nerviosa. — ¿En serio piensas

casarte con él? Sabes que no tienes que hacerlo.

Suspiro, porque es un tema que todavía me incomoda.

Aunque haya decidido aceptar la propuesta, tengo más


dudas que certezas.

— No lo sé aún, es una prueba.


— Pero lo detestas, y ya hablamos de todos los

problemas que hay con su familia.


— Ya superamos casi todo eso, ¿no? Con Valen y tía

Giselle. — Reflexiono en voz alta, recordando el miedo que


tenía de que lo descubrieran y lo mucho que han mejorado

las cosas desde que supieron la verdad. — Además, Philippe


es el padre de mis hijos. Lo que yo sienta no importa tanto;

es su obligación ayudarme a cuidarlos, y está dispuesto a


hacerlo.
— Yo también estoy dispuesta — insiste Manu, con

terquedad. — Y lo sabes.
— Lo sé, y por eso mismo debería considerar
seriamente la propuesta de Philippe. Tienes que vivir tu

vida, disfrutar como la joven soltera que eres, enamorarte,


equivocarte, y algún día tener tus propios hijos.

— En un futuro muy lejano… — dice Manu, esbozando


una sonrisa antes de ponerse seria otra vez. — No te

preocupes por mí. Hago esto porque quiero. Amo a Cloéh,


Amélie y Antoine como si fueran míos.
— Y siempre te lo agradeceré, pero no puedo robarte

la juventud, amiga — le digo, más honesta que nunca. —


Pero la de Philippe, esa sí puedo quitársela — añado, con

sarcasmo.
Manu no parece convencida.

— No tiene juventud, Madie. La dejó atrás hace


tiempo.

— No tienes remedio…
Abro la puerta para irme, pero su voz me detiene otra

vez.
— ¿Y Michel? ¿Vas a verlo?

— No lo sé. Lo pensaré. Si me llama y quiere verme, le


daré una respuesta.
— Bien, eso basta por ahora.

PHILIPPE

Las mujeres deberían venir con un manual de


instrucciones, sería más fácil entenderlas. La forma en que

Madie actuó esta mañana, como si lo que pasó en la cocina


de madrugada no significara nada, me dejó bastante

confundido.
— Antoine, escucha bien lo que tu papá te va a decir:

no se puede entender a las mujeres, ¿me oyes? — Le doy


otra cucharada de la papilla que preparé para su desayuno,

y el pequeño abre la boca para comer. A mí me parece una


porquería, pero en la caja decía que era nutritiva y sabrosa,

y solo había que mezclarla con agua tibia, así que me


pareció buena opción. — Un día te quieren, y al siguiente
actúan como si no hubiera pasado nada. Un día te buscan

en la cabaña, y al otro te dan las gracias y te dicen que van


a salir con varios chicos. Créeme…

Cloéh golpea la bandeja de su trona con las manos,


impaciente por recibir su comida, así que me apresuro con

Antoine.
— Tú conoces mejor a tu mamá que yo, ¿verdad,
Antoine? ¿Está siendo indiferente o simplemente no se

acuerda? Porque si es lo segundo, necesita un médico.


¿Cómo podría olvidarlo tan rápido?

Antoine balbucea algo y un hilo de baba le escurre por


la comisura de su boca sucia.

— Sí, yo también creo que es indiferencia. Pero estoy


seguro de que… — Le doy la última cucharada y me

detengo a mitad de la frase. — Tema inapropiado, disculpa.


Estoy seguro de que anoche se estaba divirtiendo, no

entiendo por qué cambió de idea.


Voy a la cocina, relleno el bol con más papilla y

cambio la cuchara por una limpia. De vuelta, arrastro una


silla para sentarme frente a Cloéh.
— Ahora te toca a ti, pequeñita… — Ella abre la boca

con entusiasmo. — ¡Eso es! ¿Está bueno?


Por cómo se mueve emocionada en la silla, parece

que la respuesta es un sí.


— Cloéh, Amélie, sé que apenas llegué a sus vidas,

pero tenemos muchos años por delante. No sean malas,


¿vale? ¿Por qué actuar como si les gustara un chico para

luego ignorarlo? — Me quedo pensando un segundo y frunzo


el ceño al darme cuenta de que, en este caso, preferiría que

fueran crueles. — Mejor pensándolo bien, creo que es mejor


que no se metan con nadie.

Cloéh protesta, molesta por la espera, y le doy otra


cucharada en su boquita abierta.

— Tienen a papá y también a mamá. Su abuela es un


encanto y su tía Valen los va a llevar de paseo cada vez que
pueda. El abuelo Pierre no es tan malo, solo un poco

pesado… — Me quedo pensando un momento sobre qué


decir de su bisabuela, pero los personajes de terror los

dejamos para cuando sean adolescentes. — Y luego está la


pesada de tía Manu, que conmigo es insoportable, pero a

ustedes los adora. Creo que no necesitan a nadie más, eso


de tener pareja es demasiado complicado, y con Nouveau
ya tendrán suficiente lío.

Por fin le toca a Amélie, y trato de recordar el orden


en que les di la papilla para poder cambiarlo en la próxima
comida, y así ser justo.

Amélie es un torbellino; la pequeña no se queda


quieta y, si no fuera por el cinturón de la trona, seguro ya

estaría explorando quién sabe dónde.


— A pesar de todo, he estado pensando que lo que le

propuse a tu mamá puede funcionar, si ella acepta, aunque


no parece muy convencida.

Amélie ni siquiera me presta atención; sus ojos siguen


cada movimiento de la cuchara y de la papilla. Agarro mi

celular de la encimera y llamo a Lucas por video. Apoyo el


móvil contra la jarra de jugo para que nos vea bien.

— ¡Bern! ¡Madre mía, son un montón de bebés!


El comentario me hace soltar una risa entrecortada,

pero no me doy la vuelta porque estoy dándole otra


cucharada grande a Amélie.

— Te presento a mis hijos, Lucas — digo, mientras sigo


dándole la espalda a mi amigo. Los niños miran la pantalla
del celular con curiosidad. — Antoine estaba conmigo
cuando te llamé ayer, Cloéh es la del medio y Amélie es

esta que ya está terminando de comer.


— ¡Son adorables! Y las niñas son idénticas, tío.

¿Cómo las diferencias?


— Pensé que sería complicado, pero tienen

personalidades muy distintas. Aprendí rápido.


— Qué bien… ¿Y cómo te va con ellos? Ayer parecía

que Madie estaba intentando trolearte con lo de los bebés


escapistas y la falta de bañera.

— Turbulento, por decir lo mínimo —admito,


terminando de darle la papilla a Amélie. —Fue mi primer día

solo con ellos y el mundo se me vino abajo, Lucas.


Él se ríe a carcajadas, el desgraciado.
Levantándome, pongo el tazón en el fregadero y
agarro el celular, finalmente mirándolo. Lucas lleva el

uniforme de entrenador, así que imagino que pronto va a


trabajar.
— ¿Cómo así? ¿Qué más pasó?
— ¡Joder! ¡Ni sé por dónde empezar! Antoine se

escapó y me volví loco buscándolo por la casa, pero eso ya


te lo conté más o menos. Luego Cloéh hizo caca y el pañal
no aguantó, ¡justo cuando la tenía en brazos! ¿Te imaginas?

La mueca de Lucas me dice que sí, puede imaginarlo.


— Fue peor de lo que piensas, tío, puedes apostarlo.
— Pasa, los bebés solo saben comer y deshacerse de
la comida.
— Subí con ella para darle un baño y me olvidé de los

otros. Bajé desesperado pensando que los había matado a


todos y al final Amélie me vomitó encima.
— ¡Joder! Tuviste un día de perros. ¿Por qué no le
dijiste a Madeline si estabas haciendo todo mal?

— Porque ella sabría y tú mismo me dijiste que era a


propósito, ¿recuerdas? No trajo las cosas para que me las
arreglara yo solo, así que compré todo. Y cuando ella llegó…
—sonrío al recordar la escena y la expresión de sorpresa de

Madie. —Ella quedó en shock porque todo estaba en su


lugar, los niños limpios y tranquilos. Me cambié de ropa y
pedí comida a domicilio, pero le dije que hice la cena.
— Juego sucio… —Lucas está riendo a carcajadas

ahora.
— Sucio fue que me mandara bañar a los niños sin
bañera, o decirme que machacara las papas sin explicarme

cómo.
— ¿Y hay más de una manera de aplastar papas?
Por lo visto, todos saben cómo hacerlo, y el único
novato en el tema de verduras cocidas soy yo.
— Eso es una tontería, olvídalo. El punto es que,
cuando Madie llegó, todo parecía el paraíso, y se quedó
boquiabierta.
— Entonces, ¿ustedes se están llevando mal? ¿Cómo
va a funcionar eso?
— No nos llevamos mal todo el tiempo… — Me
acuerdo de cómo su cuerpo reaccionó al mío, y por un
momento pienso en guardarme lo que pasó, pero necesito
una opinión antes de volverme loco. — Mira, la encontré
anoche en la cocina y nos agarramos.
— ¡Joder, Philippe! Veinticuatro horas, coño. ¿No
puedes mantener la polla en los pantalones?
— La mantuve, idiota. Escucha primero… Creo que va
a tener sentido. — Miro a los niños y noto que siguen
entretenidos con los juguetitos que les di. — Le pedí
matrimonio, ¿vale? Algo más por conveniencia, por nuestros
hijos.
— Ayer no me dijiste eso, pero te voy a dejar
continuar porque Valentine me contó sobre la propuesta.
— Madie comentó que pensaba que ese plan era
complicado. ¿Dónde entraría el sexo?
— Sensata, porque alguien tiene que serlo.
— Lo sé. Le dije que podríamos pensar en eso
después, pero el punto es que esta chica me pone
muchísimo, Lucas — admito, porque no puedo negármelo.
Él frunce el ceño y mueve la cabeza en silencio.
— ¿No entendiste a dónde quiero llegar? Si yo tengo
ese deseo por ella y Madie no es inmune a mí, podemos
tener un matrimonio casi normal, cuidar a los bebés, vivir

en la misma casa y follar cuando queramos. ¿Qué te


parece?
— Que no va a funcionar. Estás pensando con la
cabeza de abajo, amigo, pero las relaciones implican

sentimientos.
— No, no estoy hablando de eso.
A veces Lucas sabe ser un aguafiestas.
— Me doy cuenta de que no, y ahí está el peligro. Si

uno de los dos se enamora, la mierda está hecha, porque


querrá más de lo que el otro puede dar.
— Madeline me odia y yo no me enamoro — explico,
dejando claro lo que debería ser evidente. — ¿No te

acuerdas de Lorraine? Llevo saliendo con ella como dos


años y nunca ha pasado eso de enamorarse.
— Pero no todo es tan sencillo, Philippe. Si fuera tú,
tomaría una decisión. O vas con todo y te involucras de

verdad — al fin y al cabo, ya se van a casar, ¡joder! —, y


tienen tres hijos. ¿Por qué no?
— Porque nadie elige amar, imbécil. O amas o no, y yo
soy de los que no aman. Nunca me ha pasado.
— Entonces está la otra opción. Deja a Madeline en

paz, no te metas con ella o las cosas podrían terminar mal.


Si se acaban, complicará su relación y tienen que pensar en
los trillizos.
Asiento, pensativo.

— ¿Será eso?
— ¿Qué?
— Ayer nos agarramos y fue genial. Hoy actuó como si

no hubiera pasado nada. ¿Será que está evitando mezclar


las cosas?
— O eso, o lo hiciste tan mal que ya se le olvidó —
dice, esbozando una sonrisa de lado.

— Vete a la mierda. Nos vemos.


Cuando terminamos la llamada, estoy decidido a
hacer lo que siempre hago cada vez que Lucas me
aconseja: exactamente lo contrario.

No hay garantías de que funcione, y quizás Lucas


nunca entienda por qué pido su opinión si termino siguiendo
la mía, pero lo cierto es que sus comentarios siempre
ayudan a aclarar mis ideas, arrojando luz sobre temas

oscuros.
Lucas sugirió que eligiera entre involucrarme por
completo o alejarme sin vuelta atrás, y con ese consejo en
mente, decido optar por un término medio.

Voy a asumir de una vez por todas una relación con


Madeline, enfrentando todas las implicaciones, como una
conversación honesta con mi abuela y una ruptura definitiva
con Lorraine. Haré todo lo posible para que Madeline se
case conmigo y para que sea un matrimonio en todos los
sentidos, siempre que los sentimientos y las emociones
puedan quedar fuera del paquete.
No veo por qué no podría funcionar.
Capítulo 23

PHILIPPE

Tal vez sea solo instinto de autopreservación, pero


decido resolver primero el problema más fácil, el que tiene

que ver con Lorraine. Por eso la invito a cenar y, aunque sé


que ella ve nuestra relación desde la misma perspectiva que

yo, llevamos casi dos años saliendo y no sería justo decirle


lo que necesito por mensaje.

Esperé a que Madeline llegara a casa para quedarse


con los niños y solo entonces pude salir a encontrarme con

Lorraine. Como ya había pedido comida para Madie y tenía

hambre, cené antes de venir, así que le pido al camarero


que me traiga solo un whisky y un agua para mi

acompañante.

Lorraine se sienta frente a mí, cruza las piernas y


coloca sus manos delgadas sobre ellas. El vestido blanco

contrasta con su piel negra, y los rizos de su cabello caen

sobre sus hombros mientras me ofrece una sonrisa alegre.


— Hace dos semanas que no nos vemos, Philippe. Te

extrañé…

Asiento, porque las cosas se pusieron caóticas en los

últimos días y no he podido pensar en nada más que en mi

reciente descubrimiento. Antes de eso, ya estaba


complicado con tanto trabajo.

— Pasaron muchas cosas. Perdón por no haberte

devuelto las llamadas.

— No pasa nada, sabes que esas cosas no me

importan. — Lorraine recibe el agua que el camarero le


ofrece en la bandeja y luego se levanta para sentarse a mi

lado. — Solo me interesan dos cosas. ¿Adivinas cuáles son?

Sonrío, un poco incómodo. Normalmente no me

sentiría así, pero como vine aquí para terminar nuestra

relación, por falta de una palabra mejor, me siento

incómodo permitiendo que ella avance en este tema.

— Tengo algo serio de lo que hablar contigo — digo,


sin responder a su pregunta.

— ¿De verdad? — Ella rodea mi cuello con sus brazos

y acerca su boca a mi oído. — Me imagino que ya ha llegado

la hora…
No quiero ser grosero, considerando la situación, pero

tampoco quiero que se sienta avergonzada después de

escucharme. Con suavidad aparto sus manos de mí y me

giro para quedar frente a ella.

— Las cosas han cambiado, Lorraine. Lo siento, sé que

teníamos planes y que dije que te presentaría a mi familia


como mi novia.

— Pero… — Sus ojos buscan los míos, esperando una

explicación. — ¿Por qué? Los dos tenemos mucho que ganar

con esto, nos llevamos bien y tenemos buena química. ¿O

no? — pregunta, dudando ahora de esa parte.

Es irónico que nunca haya pensado en eso antes, pero

cuando comparo las relaciones que he tenido con la

atracción inevitable que siento por Madie, la diferencia es

clara.

— No se trata de eso — explico. — Me resulta


incómodo decirte mis motivos, Lorraine. Pero, en

consideración al tiempo que pasamos juntos, necesito ser

honesto contigo. Me involucré con otra mujer hace un

tiempo y…
— ¿Eso es todo? Yo también estuve con otras

personas.

— No, no es esa la cuestión. La mujer con la que


estuve quedó embarazada y acabo de descubrir que soy el

padre de sus hijos.

Su mirada refleja genuina sorpresa.

— ¿¿Hijos?? ¿En plural?

— Sí, son tres — digo, sin poder evitar una sonrisa al

recordar sus caritas.

— Oh, mon Dieu…

— Lo sé. Me voy a casar con ella, Lorraine. Es lo que

más sentido tiene, tenemos a los bebés y quiero ser parte

de sus vidas.

A pesar del shock, ella reacciona exactamente como

esperaba. Lorraine asiente y se encoge de hombros, con su

gesto característico.

— Así es la vida, ¿no? Necesitabas herederos y ahora

ya los tienes. Te agradezco que hayas sido directo conmigo

desde el principio, Philippe, y también por no insultarme con

una propuesta para seguir viéndonos después de que te


casaras.
— No haría eso, sé que mereces mucho más que ser

una amante — hago una señal al camarero para pedir la

cuenta y vuelvo a mirarla —, y no pretendo tener una.

— Me alegra. Quizás las cosas con ella funcionen de

forma distinta a cómo fueron entre nosotros.

— ¿A qué te refieres?

— Se nota en la forma en que hablas de ella y de los

bebés que hay cariño. Tal vez puedan ser felices juntos —

dice, poniéndose de pie.

— Ya soy feliz. Y también te tengo cariño, Lorraine.


Decirlo así hace que parezca que soy un robot.

— Es diferente, siempre me trataste bien, y creo que

construimos una amistad. Pero nunca tuviste esa

consideración por mí, Philippe, seamos sinceros. — Lorraine

me dedica una sonrisa de lado. — Y está bien, fue suficiente

para nosotros en ese momento. Solo digo que quizá puedas

tener más.

— No estoy buscando más, pero te agradezco que

seas comprensiva.

— A veces el que no busca también encuentra — dice,

con un tono enigmático. — Les deseo lo mejor. ¡Hasta luego!


Lorraine sale del restaurante caminando con sus

tacones altísimos, segura y tranquila. El hecho de que

conozca su valor es algo que siempre admiré en ella,

aunque tenga razón al decir que nunca tuvimos más que

una amistad con beneficios.

Voy directo a casa después de pagar la cuenta.

Madeline ya acostó a los bebés en sus cunas, pero está

buscando pañales cuando entro en la habitación.

— Ya llegué…

Ella me lanza una mirada rápida y sigue buscando en

la bolsa hasta encontrar el paquete de toallitas húmedas.

— Voy a cambiarles los pañales para que duerman

sequitos toda la noche — dice, como si explicara.

— ¿Ya están dormidos?

Madie hace una mueca y señala a Antoine, que

intenta ponerse de pie dentro de la cuna.

— No todavía, solo duermen por la noche con

canciones de cuna. Voy a cambiarlos en mi cama; es más


fácil sin que las barandillas estorben — parece pensar en

voz alta. — ¿Puedes traerme a Amélie?


Madie sale con los pañales y el paquete de toallitas en

las manos, además de un pedazo largo de algo de goma. Me

acerco a la cuna, tomo a Amélie en brazos y ella se agita

toda, esbozando una sonrisa amplia que ya tiene el poder

de dejarme completamente embobado.

— Hola, mi angelito… ¿Vamos a cambiar el pañal?

Mamá te va a dejar bien limpita.

La llevo al cuarto de enfrente, y Madie señala el


objeto de goma, indicándome que la coloque sobre él.

— ¿Qué es esto?
— Un cambiador — dice, mirándome de reojo.

Acuesto a Amélie en el cambiador y me quedo de pie,


observando. Ya los he cambiado algunas veces, pero todavía

me lío un poco al pegar los adhesivos, dejando el pañal flojo


o demasiado apretado. Entonces finjo que no me importa,

pero estoy analizando cómo lo hace Madie para no


equivocarse más.

— Trajiste a Cloéh.
Madie levanta el vestido de la pequeña y le quita la
braguita antes de abrir el pañal lleno de pis. Mientras tanto,

la miro sin creer que realmente esté diciendo eso.


— Sí, la traje…
— A Cloéh — confirma, lanzándome una mirada

divertida.
— Pero yo… estaba seguro de que esta era Amélie —

admito, frustrado.
Me acerco un poco más, buscando algo en su carita

redonda que me indique que Madie está bromeando


conmigo, pero las señales están claras: la forma en que ríe y
agita los brazos con entusiasmo al verme, sus piernas que

no dejan de moverse ni un segundo. Toda esa energía.


— Todo está bien, Philippe — dice Madie, notando mi

preocupación —. A mí también me tomó tiempo aprender a


diferenciarlas, y este es apenas tu segundo día con ellas.

— Es que desarrollé un método y pensé que estaba en


lo cierto, pero ahora ya no sé nada.

— ¿Y cuál es ese método?


Ella pasa la toallita por el culito de la niña antes de

ajustarle el pañal limpio.


— Separar sus personalidades, ya que por su aspecto

aún no puedo.
— ¿Y cuáles son las diferencias que notaste? —
pregunta, curiosa.

Madeline está más conversadora que en la mañana,


aunque sigue actuando como si lo que pasó en la

madrugada no hubiera ocurrido. Pero eso ahora es lo de


menos, porque no puedo aceptar que haya cometido un

error así.
— Una de ellas es tranquila y calmada, duerme más,

le gusta escucharme hablar y casi no llora — explico,


retomando mi razonamiento. — La otra es una loquilla,

grita, se ríe a carcajadas y es muy inquieta, se escapa y se


arrastra por ahí si no la vigilo.

— Eres muy observador y atento — dice Madie,


asintiendo —, y tienes toda la razón, así que no te

preocupes por esto. Solo las confundiste, porque la loquilla


es Cloéh, ¿verdad, preciosa?
La pequeña se agita otra vez, confirmando lo que dice

su madre. Se da la vuelta en la cama, se pone de rodillas y


comienza a gatear hacia la cabecera.

— Pero las llamé por el nombre equivocado durante


dos días…
— Tranquilo, Philippe. Ellas te perdonan — bromea.

Pero yo no consigo divertirme.


— Sí, supongo que sí. Que duermas bien, Madie.

Buenas noches, Cloéh.


Al dejarlas solas, me dirijo a mi cuarto. Entro al baño,

me quito la ropa y me meto bajo la ducha, listo para un


baño caliente antes de dormir. Termino tardando más de lo
habitual, pensando en la situación con los nombres.

Cuando me acuesto en mi cama, esa cuestión sigue


dando vueltas en mi cabeza. Puede parecer una tontería, y

Madeline actuó como si no fuera nada, pero por alguna


razón me molesta de manera absurda.

Tal vez porque cometí un error, fallé en algo en lo que


realmente quería ser bueno. Dejé mi trabajo por un mes

entero con la expectativa de conocer a mis hijos y pasar


tiempo con ellos, crear lazos, un vínculo. Y, para eso, lo

mínimo era saber quién es quién y aprender sus nombres


correctamente.
MADELINE

Es mi día libre, el primero en bastante tiempo. Manu y

yo nos turnamos para que esto ocurra en contadas


ocasiones, porque por ahora es lo máximo que podemos

tener; las vacaciones todavía no son una opción.


Pero quien dijo que las madres descansan estaba muy

equivocado. Porque, aunque Philippe está en casa, tengo


que aprovechar el día para poner la ropa de los bebés a

lavar, además de la ropa de cama. También quiero dejar


algunas comidas preparadas para sentirme más tranquila

con lo que comen.


Ellos están en el corralito jugando, y Philippe está
sentado en el sofá, con la notebook en las piernas, tratando

de resolver asuntos de la empresa mientras los tres se lo


permiten. Parece menos molesto ahora, porque anoche
estaba visiblemente afectado al descubrir que había
confundido a las niñas, y aunque creo que es una

exageración, entiendo su punto.


Ahora estoy sacando la ropa de los trillizos de la
lavadora y aprovecho para meter algunas prendas mías.

Philippe me dijo que una vez a la semana viene una


empleada para ocuparse de la casa, así que al menos no

tengo que preocuparme por la limpieza. También comentó


que suele llevar su ropa a una lavandería cercana, pero no

veo razón para hacer lo mismo.


Cuando termino de poner mi ropa clara, la lavadora

aún no está ni a la mitad de su capacidad, así que decido


buscar la ropa del idiota para lavarla junto con la mía,

simplemente para ahorrar agua y no para ayudar. El planeta


lo agradecerá.

Paso por donde están los cuatro en la sala y subo al


piso de arriba, pero mi celular suena apenas entro en la

suite donde duerme Philippe.


La foto de Valentine aparece en la pantalla, y sonrío,

contenta de por fin poder hablar con mi amiga sin tener que


esconder tantas cosas. Todavía hay algunas mentirillas que
Philippe ha puesto entre nosotras, como el hecho de que
estemos juntos, pero son simbólicas comparadas con todo

lo que oculté antes.


— ¡Hola, Valen! — respondo la llamada, dirigiéndome

al baño. — ¿Todo bien?


— La que pregunta soy yo, mon cher… ¿Cómo va la

vida en tu nueva residencia?


— Muy bien, la verdad. Hoy estoy de descanso, así

que mejor aún.


— ¡Qué maravilla! ¿Y mis sobrinos?

— En la sala, con tu hermano. Se están llevando


bien… — digo con sinceridad.

— ¿Y ustedes dos? Mamá dijo que intentarías, que


aceptaste la propuesta de matrimonio de Philippe. Las dos
sabemos que él fue un desgraciado, pero por la forma en
que habló de ustedes y todo lo demás, espero que todo
salga bien.
— Vamos con calma, ten paciencia — digo, sin querer
extenderme, y me recuesto en el marco de la puerta para
conversar con tranquilidad.
— ¡La tengo! Pero… ¿estás usando el anillo, verdad?
Miro el diamante brillando en mi dedo y respiro hondo.
— Claro que sí.
— ¿Y ya se besaron desde que te mudaste? O sea,
¿están intentando físicamente o siguen en una onda
platónica?
— ¿No crees que esas preguntas son demasiado
íntimas?
— ¡Pero siempre me contaste todo! Quiero decir,
antes del embarazo.
— Sí, pero nada tenía que ver con tu hermano.
— No me importa, ¡todo sea por el amor, Madie! Yo
hago como que no sé quién es… ¿Y entonces?
Bufé ante su insistencia, pero cuando Valentine se fija
en algo, es difícil hacerla cambiar de idea.
— Nos besamos, pero no tuvimos sexo. ¿Contenta?
— Llevan solo cuarenta y ocho horas juntos, creo que
haces bien en ir despacio, amiga. Si hubo beso, ya es un
avance, no es platónico. — Se queda callada un momento.
— Tienes razón, es raro sabiendo que es mi hermano.
— Entonces no preguntes más.
— ¡Qué graciosa! ¿Cómo voy a narrar los avances de
su relación si no me entero?
— ¿Narrar para quién? Deja de ser chismosa,
Valentine. Seguro que Lucas ya está harto…
— Él aguanta.
— Voy a colgar, tengo muchas cosas que hacer.
— Está bien, la próxima semana iré a visitarlos, así
que aprovecha ahora para arreglar las cosas bien, duerme
en su cama, haz lo que quieras. Porque cuando esté ahí,
exigiré respeto. Qué asco…
— Au revoir, Valentine.
Guardo el teléfono en el bolsillo y me agacho para
recoger el cesto con la ropa sucia de Philippe. Bajo con él al
primer piso y voy hacia la puerta de la cocina, donde está la
lavadora.
Ya había puesto mi ropa en el moderno
electrodoméstico, así que solo necesito añadir la suya y
luego ingeniármelas para aprender a usar los mil botones.
— No sé ni cómo encender esta cosa...
Tomo la camisa blanca que está encima de las demás,
la misma que llevaba puesta anoche cuando salió, y la meto
en el agua. Pero antes de agarrar otra prenda, algo llama mi
atención: una mancha roja cerca del cuello, una marca de
lápiz labial.
Siento un escalofrío recorrerme el estómago, y de
repente mis manos empiezan a temblar, mi corazón late a
mil por hora, pero no de una forma agradable. Ahora mismo
podría matar a Philippe, aunque no tendría ningún sentido.
No somos una pareja real, no estamos enamorados ni
comprometidos, pero no puedo racionalizar la rabia que
siento. Nos dejó aquí en medio de la noche para ir a ver a
otra mujer, y saberlo me pone al borde de un ataque.
No es celos, son principios. Hicimos un acuerdo, y él lo
rompió en dos días. ¿Cómo voy a confiar en alguien que no
cumple con lo que promete? Esta idea del matrimonio fue
una tontería. Debí saber que nunca funcionaría, ni siquiera
como socios en la crianza de los niños.
Mi celular suena otra vez, y espero que no sea
Valentine de nuevo, porque no sabría fingir tan bien ahora,

no cuando quiero romperle el cuello a su hermano.


Pero es Michel.
Me quedo mirando la pantalla por casi un minuto,

decidiendo si responder o no. Todavía tengo dudas sobre si


él merece una oportunidad para explicarse, pero no puedo
ignorar todos los años de amistad.
Michel me lastimó y dijo cosas horribles, pero estaba

sufriendo y tenía razones, aunque no fueran culpa mía. Si


decidí escuchar a Philippe, un desgraciado sin honor ni
palabra, puedo escuchar al chico que fue mi amigo durante
la mitad de mi vida.

— Hola, Michel.
— Pensé que no ibas a contestar…
— Estaba decidiendo.
Oigo su risa del otro lado, pero no puedo reírme con
él. Todavía estoy demasiado herida por lo que hizo y furiosa

con el otro.
— ¿Estás bien, Madie?
— Sabes cómo estoy, se lo preguntas a Emmanuelle
todas las semanas — respondo, con la mirada fija en la

camisa flotando en el agua.


— Es verdad. Perdóname por no haber intentado
arreglar las cosas con más esfuerzo. Me sentí demasiado
avergonzado por cómo te traté y sabía que no merecía tu

perdón.
— ¿Y qué cambió?
— Bueno, todavía no lo merezco, pero quizá puedas
encontrar un huequito en tu agenda para verme y

escucharme.
Mi mente trabaja rápido, intentando decidir qué hacer.
Michel llamó en el peor momento posible, porque todavía
estoy bajo el efecto de la ira y no puedo dejar de mirar la

mancha de lápiz labial en la camisa, dentro del agua.


Escucho los pasos de Philippe arrastrándose hacia
donde estoy antes de verlo. Apreto el teléfono contra mi
oído y agarro la caja de detergente con la otra mano,

tratando de no mostrar el odio que siento por él en este


momento.
— ¿Qué estás haciendo? — pregunta, sin darse cuenta
de que estoy en una llamada.

— Pensé que era obvio.


Philippe arquea las cejas, parece sorprendido por mi
tono mordaz.
— ¿Quieres ver una película conmigo, Madie?
Aprovechemos que estás en casa.
— No, no quiero hacer nada que implique tu
compañía.

Cruza los brazos y me mira con los ojos entrecerrados.


Creo que Michel dice algo del otro lado, pero no estoy
prestando atención.
— ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás enojada conmigo?

— ¿Tengo alguna razón para estarlo? ¿Hiciste algo que


no deberías?
Philippe me mira, confuso, pero sus ojos se desvían
hacia la camisa que flota en el agua. Veo el momento
exacto en que entiende lo que está pasando: su expresión

cambia y sus labios se entreabren, buscando una


explicación que no tiene.
— ¿Madie? ¿Podemos vernos hoy? — escucho a Michel
preguntar por teléfono, y trato de concentrarme en su voz.

— Estoy en la ciudad, puedo llevarte a cenar y…


— Sí, podemos vernos en unos veinte minutos.
— ¿A dónde vas? — Philippe pregunta, susurrando al
darse cuenta de que estoy hablando por teléfono. — Sé que
estás pensando mal, Madeline, pero no es lo que crees.
— ¿Quieres que pase a buscarte?
— Claro, Michel. Te enviaré la ubicación, nos vemos en
un rato.

Cuelgo la llamada y guardo el celular en el bolsillo del


pantalón, ignorando la mirada furiosa que Philippe me
lanza. Echo un poco de detergente en el agua y cierro la
tapa de la lavadora.

— Voy a salir, ¿puedes encender esta cosa?


— No puedo creer que vas a encontrarte con ese tipo
y lo estás haciendo en mi cara, sin siquiera disimular,
Madie.

— Es que no soy mentirosa, mon cher. Si no puedes


quedarte con los niños, Manu puede venir a buscarlos sin
problema.
— Se quedan aquí, conmigo — dice, con el rostro

tenso y la mandíbula apretada de rabia.


— Perfecto. Nos vemos luego…
Doy un paso hacia adelante con la intención de irme a
vestir, pero Philippe me agarra del brazo, deteniéndome.
— Madie… hablemos, ¿vale? Ya entendí que te
enojaste por la camisa, pero no hice nada.
— Y si lo hiciste, ese no es mi problema, ¿verdad? Aún

no soy tu esposa, y por lo que veo, es mejor que no lo sea.


Dijiste que seríamos socios, pero no sirves para estar a mi
lado.
— ¿Por qué no? ¿Solo porque apareció ese idiota?
— No tiene nada que ver con Michel.

Philippe me suelta y se pasa la mano por la cara,


frustrado. Sacude la cabeza, negándose a aceptar la
realidad.
— Madeline, si te acuestas con ese imbécil, romperás

nuestro acuerdo.
Le dedico una sonrisa, la misma que tantas veces vi
dibujarse en su rostro.
— Interesante. Entonces estaremos a mano.

Salgo de la cocina sin mirar atrás, dejándolo donde


está. En el pasado, de donde nunca debió haber salido.
Capítulo 24

MADELINE

Aceptar la invitación de Michel quizá no sea una de las


decisiones más meditadas de mi vida, pero tendré que ser

comprensiva conmigo misma; todo el mundo ha actuado por


impulso alguna vez, con ganas de darle una lección a

alguien.
Philippe no me siguió al piso de arriba cuando subí a

cambiarme, pero me esperaba junto a la puerta, sin camisa


y con Amélie en brazos. Golpe bajo. Él sabe que su atractivo

se acentúa con todas esas tatuajes a la vista y un bebé en

los brazos, pero si pensaba que esa escena me haría


cambiar de opinión, se equivocó.

Sentí aún más ganas de salir. Philippe es habilidoso,

rápido y astuto; sin que me diera cuenta, había empezado a


debilitar mi resistencia, a calmar la ira que sentía por él, y a

romper la distancia que había impuesto tan sabiamente

entre nosotros. Primero un beso, luego ese oral perfecto. El

siguiente paso sería el sexo y, cuando menos lo esperara,


estaría rendida y enamorada otra vez. Esto tiene que

terminar, no puedo ceder ni un centímetro más.

Cuando cierro la puerta, escucho su voz enojada

murmurando desde el otro lado. Philippe no está contento

por perder esta batalla, y no sabe que ya perdió la guerra.


No podemos casarnos; ahora veo con claridad todas las

razones que hacen que esta idea sea completamente

insana.

Estuve enamorada de este hombre durante toda mi

adolescencia, y aunque él haya cometido errores terribles,


me conozco lo suficiente para saber que, si nos casamos, en

poco tiempo volveré a estar rendida ante alguien que nunca

corresponderá a mis sentimientos.

Michel estacionó el coche frente a los portones de la

casa, y tengo que caminar hacia afuera para encontrarlo.

Golpeo la ventana y él se inclina para abrir la puerta y

dejarme entrar. Me siento en el asiento del pasajero y él


posa su mirada sobre mí, esbozando una sonrisa tensa.

— Hace mucho que no nos vemos.

— Sí, hace tiempo — respondo, obligándome a ser

educada.
Es toda su culpa, pero si estoy aquí, voy a escuchar lo

que tiene que decir.

— Estás diferente, Madie.

Me pongo el cinturón mientras Michel arranca el coche

y nos aleja de la casa.

— ¿Diferente cómo?
Michel me lanza una mirada rápida antes de volver a

concentrarse en la carretera.

— Sigues siendo hermosa; creo que es algo en la

forma en que te comportas y hablas.

Frunzo el ceño, tratando de entender si es un

cumplido o una crítica, pero Michel se apresura a explicarse

antes de que tenga que preguntarle.

— Actitud. Estás más segura, más mujer. — Sonríe,

sacudiendo la cabeza. — No han pasado ni dos años, pero

creo que es eso: eras una niña la última vez que nos vimos,
y ahora ya no lo eres.

Asiento, reflexionando sobre lo claro que puede ser. A

veces cambiamos por dentro, pero no imaginamos que eso

también se refleje por fuera.

— Soy madre, Michel.


— Y empresaria. — Abre otra sonrisa.

— Son cosas que nos hacen madurar, supongo.

Michel gira a la derecha, dirigiéndose hacia


Montmartre.

— ¿A dónde vamos?

— Es una sorpresa — responde, enigmático.

No tardamos mucho en llegar. Michel sube una colina,

y a mitad del camino me doy cuenta de que estamos en el

viñedo de la colina de Montmartre. Pienso en decirle que no

puedo beber, pero luego noto que nada me impide disfrutar

del paseo y seguramente tendrán algo sin alcohol.

Michel estaciona en la cima y baja del coche,

animado. Su cabello pelirrojo está más largo de lo que

recordaba; ahora puede hacerse un moño estilo samurái, y

le queda bastante bien. También bajo del auto y espero a

que dé la vuelta para caminar juntos.

— Estuve pensando en algún lugar que fuera

interesante pero no tan cliché — explica, justificando su

elección —. Imagino que los lugares turísticos ya los habrás

visitado decenas de veces.


— Unas cuantas. Pero la mayoría antes de venir a vivir

aquí, con Valen, cuando éramos más jóvenes. Hoy en día no

tengo mucho tiempo libre, y cuando lo tengo, hay mucho

que hacer en casa.

— ¿Y cómo están los niños? — Michel camina a mi

lado, con las manos en los bolsillos.

El día sigue claro y estamos rodeados de viñedos;

escucho a otras personas que recorren el mismo camino

conversando alrededor.

— Bien. ¿Sabes sus nombres? — Lo miro por encima


de las gafas de sol que llevo puestas, pero para mi sorpresa,

Michel asiente.

— Amélie, Cloéh y Antoine. Los he visto en muchas

fotos y videos; Manu siempre me los muestra.

— Mmm…

— Nunca quise dejar de ser parte de tu vida, Madie. —

Michel se detiene y se gira para mirarme a los ojos. — No he

olvidado todo lo que te dije, pero fue un momento de

frustración, que pasó rápido.

— Yo también estaba frustrada, Michel. Triste,

desesperada, sin saber qué hacer con mi vida — aclaro.


Estamos aquí para eso, y necesito ser honesta sobre cómo

me sentí. — Las cosas que dijiste, la ira en tu rostro, la

forma en que me diste la espalda después de años de

amistad, me dolieron profundamente.

— Fueron años de amistad, y en cada uno de ellos

estuve enamorado de ti. — Pone todas las cartas sobre la

mesa, finalmente siendo honesto conmigo y consigo mismo.

Asiento, porque no quiero ser insensible, pero

tampoco voy a aceptar una culpa que no es mía.

— Y yo nunca lo supe, porque nunca me lo dijiste.

Michel sonríe, negando con la cabeza.

— Siempre guardé lo que sentía, dejando pistas

sutiles y esperando que algún día lo entendieras.

— Demasiado sutiles, Michel — digo, sin poder

contener la risa.

Si él se ríe de sí mismo, creo que está permitido.

— Solo me di cuenta, cuando entendí que no habría

un después, de que te habías ido y que las cosas entre


nosotros habían terminado de la peor manera posible.

Llegamos al restaurante de la viña, y Michel señala

una mesa en la esquina, un lugar tranquilo para conversar.


Me dirijo hacia allí, seguida por él, y me siento en una de las

sillas. Michel también toma asiento y enseguida el camarero

se acerca y nos entrega un menú.

— ¿Quieres pedir madeleines? — Michel sabe que

nunca las rechazaría.

— Ya sabes que sí.

Asiente, cerrando el menú.

— Queremos una porción de madeleines y creo que un


vino. ¿Madie?

— Solo un zumo, pero puedes pedir el vino si quieres.


Michel rechaza la sugerencia y pide dos zumos,

devolviendo el menú al camarero.


— ¿Ya no bebes?

— Por ahora, no. — Por algún motivo, no me siento


cómoda hablando de la lactancia con él, aunque haya

compartido ese detalle con Philippe. Tal vez porque él es el


padre y el tema en cuestión tiene que ver con nuestros

hijos.
— ¿Dónde estábamos? — Michel apoya las manos
sobre la mesa y me mira fijamente.
Desvío la mirada para contemplar el ambiente,
notando que el sol empieza a ponerse.

— Dijiste que te diste cuenta de que nunca me habías


dicho lo que sentías — retomo la conversación —. Pero,

siendo sincera, si yo hubiera sido más atenta, quizá lo


habría notado.

Él me ofrece una sonrisa triste.


— Nunca me viste así.
Me encojo de hombros, reflexionando sobre su

afirmación.
— Es verdad que solo te veía como un amigo querido,

pero podría haber sido diferente, estábamos solteros. — Me


recojo el cabello en un moño y, al hablar, me doy cuenta de

que nunca miré realmente a Michel con atención, porque


todo ese tiempo tenía a Philippe en mi mente y en mis

sueños de infancia. — De hecho, supe que estabas


enamorado de mí poco antes de nuestra pelea.

— ¿Cuándo? — Michel frunce el ceño, como buscando


en su memoria el momento exacto en que dejó entrever lo

que sentía.
— En el picnic, en Provins.
Él resopla, pero luego sonríe.
— Fuimos allí para que despejaras la mente. Pensé

que eran problemas en casa, la abuela de Valentine te


presionaba mucho, pero entonces dijiste que era por un

chico. Me volví loco.


— Me dijiste que, si ese era el problema, preferías no

saberlo — recuerdo. — Valentine ya había dejado caer


algunas indirectas, y terminé juntando las piezas. Aun así,

no estaba segura.
— No querías estarlo — dice él, arqueando las cejas

en un gesto desafiante.
— Tal vez no, porque tenía demasiados problemas y

eso era uno más. No habría sabido qué decir ni qué hacer si
me lo hubieras confesado. Temía que nuestra amistad se

destruyera.
— Y al final, tu miedo resultó ser acertado.
— Así es, solo que nunca imaginé que las cosas

terminarían de esta manera. El día que supe que estaba


embarazada, Manu me dijo que te pondrías mal y que debía

contártelo en persona. Solo entonces confirmé mis


sospechas.
Michel se recuesta en la silla, cruza los brazos y mira

al cielo, pensativo.
— Fui un imbécil, Madie. En el fondo sabía que tú no

tenías culpa de nada, pero en ese momento perdí la cabeza.


— No me mira, avergonzado al admitir la verdad. — Habías

salido con alguien, pero pensé que eso quedaría atrás, ni


siquiera quería saber quién era. Pero con el embarazo, vi
cómo todo lo que había soñado se desmoronaba, la

esperanza de que pudiéramos estar juntos. Y cuando supe


que era Bernard…

— ¿Sabes lo peor? Yo lo habría entendido si me


hubieras pedido un tiempo, si me dijeras que estabas

molesto y enfadado, que necesitabas alejarte de mí. Lo que


me destrozó fue la forma en que manejaste todo, cómo me

trataste y todo lo que le dijiste a él, como si yo fuera… —


Hago un puchero y reprimo las palabras.

Hay algo atascado en mi garganta, pero siempre


termino reprimiéndolo.

— ¿Como si fueras qué?


No necesita insistir mucho.
— Como si fuera una puta cualquiera. Una cualquiera,

como si no valiera nada.


— Nunca pensé eso.

— Pero así me sentí, con los dos, por todo lo que me


dijiste y lo que Philippe dijo. Lo irónico es que nunca había

estado con nadie antes de él.


Y tampoco después.

— ¿Crees que no lo sé? Eras inocente, y él te metió en


un problema sin salida, porque esa familia… — Michel

sacude la cabeza. — Creciste allí, sabes cómo son.


— Sí, lo sé.

— Pero él te quería, y tú lo querías lo suficiente como


para arriesgarte y entregarte. Grité y dije muchas tonterías,

pero la verdad es que me sentía intimidado y sabía que no


podía competir, sobre todo porque esperabas un hijo suyo.
O tres.

El camarero llega, interrumpiendo la conversación al


dejar el bol con las madeleines sobre la mesa de madera,

además de los dos vasos de zumo.


— Merci… — le agradezco, y el hombre se retira.
— Philippe y yo nunca fuimos una pareja, no había
competencia.

— Lo entendí después, pero en mi cabeza…


Bebo un sorbo de mi bebida y aprovecho el momento
de silencio para reflexionar sobre toda esta conversación.

Philippe nunca estuvo realmente en esa disputa, porque en


realidad nunca me quiso, pero Michel tampoco tenía una

oportunidad real, porque yo no lo veía como un hombre.


Sin embargo, hoy las cosas son distintas. Aunque no

siento interés romántico por él ni ese cosquilleo en el


estómago que me invade cada vez que el idiota se acerca,

puedo entender que Michel es un hombre.


El tiempo tiene el poder de cambiar lo que sentimos,

de influir en la forma en que reaccionamos ante alguien; lo


sé porque he amado y odiado a un hombre con la misma

intensidad, lo que demuestra que nada es inmutable.


— No tuvimos una aventura sórdida. — Tomo una

madeleine y muerdo un trozo bajo la mirada atenta de


Michel. — Fue una noche que cambió nuestras vidas para

siempre.
— Pero ahora vives en su casa. — Michel señala mi
dedo, y veo el anillo brillando; me había olvidado de él. — Y

parece que estás comprometida.


Asiento, porque no puedo revelar toda la verdad.

— Me mudé esta semana porque Philippe descubrió


que era el padre.

Veo a Michel fruncir el ceño.


— ¿Quién pensaba que era? No sabía que él creía que

eran hijos de otro.


— ¿Y yo qué sé? No tiene sentido. En fin, me pidió

matrimonio, quiere formar una familia. Tía Giselle y


Valentine se enteraron de todo y vinieron a conocer a los

trillizos, así que decidí intentarlo.


— Entonces, ¿es definitivo? ¿Están juntos y se van a
casar?
Hace la pregunta con un tono ansioso, pero no sé

cómo responder con sinceridad. Hasta hace poco pensaba


que sí, que nos casaríamos aunque no estuviéramos juntos,
pero mis planes cambiaron y ya no tengo intención de
seguir adelante con eso.
— Aún no sé si me voy a casar con él — digo, mirando
el anillo en mi dedo. Siento como si me estuviera

despidiendo.
— ¿Tienes dudas sobre lo que sientes por él?
Debería ser fácil responder: lo odio desde hace más
de dieciocho meses, y eso es todo. Pero a veces la rabia se
mezcla con otras emociones y todo se vuelve demasiado

confuso. La marca de pintalabios es un ejemplo claro:


reavivó toda la furia que sentía, pero también despertó
sentimientos ocultos.
— Creo que sí. — Michel no dice nada, solo me mira

en silencio. — Mira, fue bueno hablar y aclarar las cosas,


pero ¿nos vamos? Está oscureciendo.
— Vamos — hace un gesto al camarero para que se
acerque y pide la cuenta —, no puedes dejar esperando a

tus angelitos.
— ¿Angelitos? Qué inocente…
PHILIPPE

No puedo creer que Madeline realmente haya salido


por esa puerta, dejándome aquí con los trillizos. Aunque

estaba molesto y pensando en un millón de cosas que no


pasaron, no imaginé que se iría sin darme la oportunidad de
explicarme. Pasé el resto de la tarde alternando entre correr
detrás de un bebé y pensar en ella, tejiendo miles de teorías
que solo sirvieron para quitarme la paz.

Ya es de noche y estoy exhausto. Madeline aún no ha


vuelto y los bebés parecen decididos a ponerme a prueba.
Mi tranquilidad duró dos días, porque Antoine descubrió
cómo saltar la cerca de la sala, y, asombrado, lo veo pasar

una pierna regordeta por encima y luego la otra,


sosteniéndose en el borde para no caer.
Cuando lo consigue, se apoya en la cerca y baja las
manos hasta tocar el suelo. Luego se pone en cuatro, listo

para gatear por el mundo.


—¿Cómo es que no sabes caminar y haces esto?
Se dirige hacia la cocina, y como Cloéh se ha echado

sobre un cojín, medio adormilada, y Amélie está tranquila


apilando los bloques que compré para distraerlos, lo sigo,
acompañando a Antoine, que mira hacia los dos lados,
curioso por todo lo que ve.
—Dadadada… —repite sin parar.

Nuestros bebés pueden pronunciar varias sílabas y se


dan cuenta cuando los llamamos por sus nombres. A veces
gritan tan fuerte que me asustan, y termino respondiendo
como si los entendiera.

Antoine gatea hacia la puerta que da al lavadero, y


por el silencio confirmo que la lavadora ya terminó su
trabajo. Solo espero que la maldita mancha haya salido.
Antoine golpea el suelo con las manos y arrastra las

rodillas, siempre hacia adelante, y yo lo sigo con la cabeza


en otro lado.
Madeline no se acostaría con ese chico; estaba
molesta, pero tenemos un acuerdo. Aunque, por otro lado,

ella piensa que yo lo rompí antes, y puede que decida hacer


lo mismo.
No debería estar paranoico con esto, porque incluso si

Madie volviera a casa diciendo que llegó hasta el final,


podría considerar los motivos que, indirectamente, le di y
explicarme, intentando convencerla de seguir con nuestro
arreglo.

Pero no puedo imaginar a ese imbécil poniéndole las


manos encima sin tener un ataque de furia, lo cual es un
problema, porque es lo único en lo que puedo pensar desde
que salió.

Madie follando con otro tipo, esa boca deliciosa


besando a otra persona. Puedo imaginarme la reacción del
idiota al escuchar sus gemidos, tocar su piel suave,
hundirse entre sus piernas…
—¡Merde! —Golpeo la isla de la cocina, furioso. —

Quiero matar a alguien. Si al menos fuera un tipo más


interesante, Antoine, lo entendería. ¿Pero ese idiota de
Michel?
Apuesto que ni siquiera sabe encontrar el clítoris de

una mujer. —Eso me lo guardo para mis pensamientos,


aunque sé que mi hijo no entendería.
Antoine intenta ponerse de pie apoyándose en la

lavadora y me dirige una mirada aburrida. Claro que piensa


que soy un idiota por reaccionar así.
—Sé que parezco un loco, bebé. Pero es que tu
madre… —Me froto la cara, intentando controlar la

ansiedad. —¡Joder, esa mujer es guapísima!


Y me mataría si me oyera decir tantas palabrotas
delante de uno de los gemelos.
— Es inteligente, sensata, tiene buen humor y ahora tiene la

empresa, es exitosa. Si ese idiota prueba un poquito del


paraíso, nos va a robar a Madie —digo, bajando el tono de
voz.
Antoine apoya las manos sobre la chapa de la lavadora y

empieza a golpearla, ignorándome por completo. Menos


mal, porque no estoy siendo coherente.
Escucho el ruido de un coche y sé que son ellos; por lo visto,
el imbécil tuvo la audacia de pasar por los portones para

traer a Madeline hasta la puerta de casa. Me agacho para


cargar a Antoine y apenas me doy cuenta de que está
sosteniendo algo también. Solo lo noto cuando el pequeño
bribón me vacía la caja entera de detergente en polvo sobre
la cabeza.
Cierro los ojos por la sorpresa y resbalo en el polvo, casi
tirándonos a los dos, pero consigo apoyarme en el sofá justo

a tiempo. Con Antoine en brazos, corro hacia el vestíbulo y,


sin importar el papel ridículo que estoy haciendo, abro una
rendija de la ventana para escuchar la conversación.
Michel está parado frente a ella, demasiado cerca para mi

gusto.
— Me encantaría conocer a los tres.
Miro a Antoine, que me observa con una sonrisa babosa en
la boca.
— Espero que no esté hablando de ustedes, porque eso no

va a pasar, hijo —susurro para que solo él escuche.


— Va a estar bien. —Madie mira por encima del hombro, y
yo me agacho rápido, sin saber si fui lo suficientemente ágil.
—Voy a entrar, Michel, tengo que ver si los niños están bien.

—¿No confías en Bernard? —pregunta con una sonrisa


burlona.
¡Qué tipo más insolente!
— Es por cosas como esas que la gente termina atropellada
en la calle, Antoine. ¿Oíste lo que dijo este insoportable? —
Antoine me da una palmada en la cara, y creo que mi barba
le hace cosquillas porque suelta una carcajada fuerte que

casi nos delata. —¡Shhhh! Tienes que quedarte callado o


nos descubrirán.
— Él los cuida bien, solo los extraño —responde ella.
Una sonrisa aparece en mi rostro involuntariamente con la

aprobación de Madeline, pero al mismo tiempo sacudo la


cabeza.
—¿Cuándo me convertí en esto, hijo? Un hombre de mi edad
buscando la aprobación de una chica de veintiún años…

— De acuerdo. ¿Pero puedo verte de nuevo?


Madie tarda en responder, y cierro los ojos, rezando para
que diga que no.
— Creo que sí.

¡Mierda!
—¿Puedo decirte algo antes de que entres?
No escucho la respuesta, así que supongo que Madie
asintió.
— Una vez huí, pero esta vez no lo haré. Quiero que sepas
que me gustas y voy a intentar conquistarte.
En la puerta de mi casa, este sinvergüenza me suelta una

de esas. Si pudiera, ya habría abierto la puerta y le habría


reventado la cara, pero necesito actuar con cautela o le
daré más ventaja de la que ya tiene.
— No tienes que decir nada, sé que estás comprometida,
pero aún no te has casado. Hay esperanza.

— Soy madre, Michel, de tres.


—¿Y qué tiene eso de malo? Solo quiero dejar claro lo que
quiero, porque no voy a rendirme sin intentar. —Señala la
puerta de la casa. —Si Bernard quiere estar contigo, tendrá

que enfrentarse a un oponente decidido.


El oponente que conocerá será mi puño en su nariz, y muy
pronto.
— No sé qué decir, no esperaba todo esto.

— Solo quería que lo supieras, no tienes que responderme


nada. Sé que no me amas, Madie, pero tampoco creo que
ames a ese tipo. Así que, eso es todo. ¿Podemos vernos
mañana? —insiste.
Madeline se aleja, está de espaldas a mí y no logro ver su
rostro, pero noto que va a entrar. Aunque estoy ansioso por
escuchar su respuesta, camino rápidamente de regreso a la

sala antes de que me sorprenda.


Independientemente de lo que Madeline le diga, la
posibilidad de que tengan sexo no es mi mayor
preocupación. Podría vencer a ese muchacho en

prácticamente todo, pero jugó su carta más fuerte y le


ofreció a Madie lo único que yo no puedo darle.
Amor.
Capítulo 25

PHILIPPE

Madeline no está hablando conmigo, lo cual debe ser


una estrategia para no contarme sobre la noche pasada o

sus planes con el imbécil. Cuando necesita dirigirse a mí, lo


hace como si los niños fueran nuestros mediadores.

— Amélie, espero que tu papá recuerde que tiene que


cortarte las uñas hoy…

— Cloéh, ¿sabías que mamá dejó el almuerzo listo en


la nevera? No tendrás que comer las porquerías que

cualquier idiota prepare.

— Antoine, ¿sabías que mamá tiene que decorar una


fiesta esta noche? Llegaré tarde.

Y así pasamos una semana pésima, durante la cual

me evitó todos los días y rechazó cualquier intento de


acercamiento. En cambio, ese tal Michel está cada vez más

cerca.

Madeline todavía no ha salido con él otra vez, pero

hablan por teléfono a cada rato y los mensajes no dejan de


llegar. Estoy furioso y con ganas de mandar todo a la mierda

y darle un puñetazo a ese espinoso.

Pero entonces aparece la voz de la razón, a la que

suelo llamar Lucas, advirtiéndome que si hago eso, voy a

entregarle a Madie en bandeja de plata.


Hoy me levanté antes de las cinco porque necesitaba

resolver asuntos urgentes de la empresa. Hice llamadas,

participé en una reunión para aprobar una nueva asistente

virtual y di luz verde a una contratación, todo eso antes de

que Madeline se despertara.


Estoy saliendo de la ducha cuando la veo pasar hacia

las escaleras. Los niños siguen durmiendo, así que, si

necesita dejarme algún recado, no le quedará más remedio

que hablar conmigo.

Todavía envuelto en una toalla y secándome el cabello

con otra, la sigo por las escaleras. Madie lleva una falda

lápiz, de esas que llegan justo por debajo de las rodillas,


pero que son más ajustadas que un juez estricto.

Observo su trasero redondeado dentro de la falda y

siento el principio de una erección. Sí, parece que llegué a


un punto crítico, y prefiero no hacer cuentas para recordar

la última vez que tuve sexo.

Se inclina para agarrar su bolso del sofá y continúa su

camino hacia la cocina, conmigo pegado detrás. Madie abre

la nevera, saca la jarra de agua y luego abre el armario

buscando un vaso.
—¿Vas a seguirme como un fantasma?

Cruzo los brazos, apoyándome en la isla, y sonrío,

satisfecho con esa migaja de atención.

— Pensé que nunca más me hablarías.

Ella se gira para mirarme, y con placer noto que sus

ojos recorren mi abdomen, pasando por mis brazos y

deteniéndose unos instantes en la toalla alrededor de mi

cintura. Pero eso no cambia la frialdad en su tono de voz.

— Necesitaba un tiempo para analizar mejor las cosas

—dice, tomando un sorbo de agua—. Ahora que ya lo tengo


claro, no veo problema en que hablemos.

—¿Decidida sobre qué?

Tan pronto como la pregunta se me escapa, me

arrepiento. Sé muy bien que no me va a gustar la respuesta.

— Sobre romper nuestro acuerdo.


La miro en silencio porque temo que cualquier cosa

que diga empeore aún más las cosas.

—¿No vas a decir nada, Philippe?


—¿Por qué? —pregunto simplemente.

— Bueno, llegué a la conclusión de que no va a

funcionar. —Se encoge de hombros, como si realmente

hubiera reflexionado mucho sobre ello—. Pero no voy a ser

una bruja, puedes estar tranquilo.

—¿Qué quieres decir?

— Eres un buen padre, ahora lo sé. Aunque te hayas

equivocado en el pasado, quieres estar presente para tus

hijos, te importan nuestros bebés y ellos te quieren.

— Merci, Madie. Pero aún no entiendo a dónde quieres

llegar con esto.

— No necesitamos casarnos para que puedas estar

cerca de ellos. Podemos acordar algo que sea justo para los

dos. Quiero que sigan viviendo conmigo, claro, pero quizás

los fines de semana, o a partir del viernes, puedan quedarse

contigo.

— No es lo que quiero —respondo muy serio.


Entiendo que está cediendo, pero no quiero ser el

típico padre de fin de semana. Si antes los quería porque

sabía que eran míos, ahora mi corazón se encoge ante la

idea de que se vayan, dejando la casa y mi corazón vacíos

de nuevo.

—¿Y qué es lo que quieres?

— A ti.

Madie parpadea y me mira como si hubiera dicho una

locura. Tal vez lo haya hecho, pero las palabras salieron

antes de que pudiera pensarlas.


— Perdón, ¿qué dijiste?

— Quiero que te quedes aquí, que vivas y te cases

conmigo. Quiero a nuestros hijos en esta casa, Madie —

explico, intentando sonar menos posesivo y más razonable.

— Lo sé, fue lo que acordamos, pero no es lo que

quiero, lo siento.

—¿Es por él?

Madeline deja el vaso vacío en el fregadero y me mira

con cierta incertidumbre.

—¿De quién hablas? —No necesito responder porque

enseguida lo entiende sola—. Ah, Michel…


— Sí, ese imbécil.

— No tiene nada que ver con él. Simplemente llegué a

la conclusión de que no quiero que mi relación sea un

acuerdo. Quiero vivir un romance, enamorarme y ser feliz.

— Claro que tiene que ver con ese espinoso —

respondo sin poder contener el insulto—. ¿No fue eso

exactamente lo que te ofreció? ¿Un cuento de hadas? Me

estás dejando porque no soy un príncipe, porque hago un

montón de cagadas y te irrito. Pero al menos soy honesto.

Madeline arquea una ceja, pero no se altera. A pesar

de que mis ojos arden de rabia, ella no entra en la pelea.

—¿Espinoso? Michel no tiene espinillas y, si las

tuviera, sería cruel decir algo así.

— ¿Y qué? Espinillas porque apenas salió de la

adolescencia, ¡es un mocoso, Madeline! Y sí, quiero ser

malintencionado. Estoy tan furioso que lo que más quiero es

romperle la cara, pero no lo hice porque no quería que me

dijeras exactamente lo que estás diciendo ahora: ¡que te


vas!

—¿Y por qué dijiste que eres honesto con ese tono?

¿Qué significa eso?


— Que ese ridículo no lo es. ¿No te parece curioso que

haya pasado dos años sin buscarte y decida aparecer justo

ahora que estamos juntos?

— No estamos juntos.

— Aun así. Es un cobarde. Si de verdad le importaras

tanto, habría hecho algo antes, cuando tuvo la oportunidad.

Pero ahora aparece como el imbécil que es.

— Michel sí me dijo que le gusto, pero no estoy


dejando el matrimonio por él —dice, con paciencia—. Ni

siquiera sé si intentaré tener algo con él.


— Pero qué… —Apoyo las manos en la encimera y

cierro los ojos para calmarme. No puedo perder más la


compostura y empeorar todo—. Solo responde una cosa.

— Pregunta.
— ¿Te cogiste a ese tipo?

—¿Me estás jodiendo? ¿Cómo tienes el descaro de


preguntarme algo así después de ser el primero en romper

el acuerdo?
—¡YO NO LO ROMPÍ, JODER! —Cuando me doy cuenta
de que estoy gritando, apoyo la frente en las manos y

respiro hondo antes de mirarla a los ojos—. Madie, no lo


hice, ¿de acuerdo? Lorraine es alguien con quien me
involucré hace tiempo, salimos durante casi dos años de

manera casual, y hasta pensé en presentarla a mi familia.


— Genial, entonces no era solo sexo —dice,

entrecerrando los ojos.


— Le debía una explicación, no podía simplemente

desaparecer y luego reaparecer casado y con tres hijos.


—¿Me estás diciendo que la buscaste para contarle
sobre nuestros hijos?

— Sé que parece mentira, ¡lo sé! Pero cuando llegué


al restaurante, se sentó a mi lado y me abrazó. Creo que fue

ahí cuando me manchó la camisa. —Madie me mira con


escepticismo, pero insisto porque al menos esta vez me

está escuchando—. Luego le dije que me iba a casar con


otra persona, con quien tenía tres hijos de los que no sabía

antes. Ella lo entendió y me deseó suerte, solo eso.


—¿Saliste con esa mujer casi dos años y lo entendió

perfectamente y te deseó suerte?


— Nuestra relación no era mucho más que un

acuerdo.
Madie suelta una risa, pero no hay rastro de humor en
su rostro.

— Nunca es más que un acuerdo para ti, Philippe. —


Acomoda el bolso sobre su hombro y se aleja, dejándome

atrás—. Por cierto, si salías con ella tanto tiempo, ¿ya la


conocías cuando te acostaste conmigo?

Mierda. ¿Cómo le explico que eso no era relevante


para Lorraine y para mí? Madeline me da la espalda y se

dirige a la sala. Corro tras ella porque, aunque sea patético,


no puedo evitarlo.

— Madie, mon cher…


— Bonjour, Philippe.

— Hoy vas a volver a casa, ¿verdad? Tenemos que


hablar mejor.

— Claro que vuelvo, mis hijos están aquí —dice sin


mirarme—. Me mudaré el fin de semana.
Fin de semana. Madeline está decidida a irse, y ya no

sé qué más hacer para convencerla de lo contrario. Subo las


escaleras apresurado y paso por el cuarto de nuestros hijos

solo para asegurarme de que siguen dormidos.


Luego sigo hasta mi habitación y agarro mi celular.
—¿Qué hiciste ahora? —Lucas ya se está
acostumbrando a mis llamadas desesperadas.
—¡Joder! Ella quiere irse, Lucas. ¿Qué hago?
—¿Madeline dijo eso? ¿Ya no se va a casar contigo?
—Todo es culpa de ese mocoso. Le llena la cabeza con
ideas románticas.
Lucas se ríe del otro lado, el imbécil.
— Claro, porque tú nunca podrías enamorarte.
— No entiendo tu tono de ironía. Ella dijo que
podemos acordar lo de la custodia de los niños, que no va a
impedirme participar y estar con los tres, pero que se va
este fin de semana.
— Entonces, ¿cuál es el problema que tienes, amigo?
—¿Cómo que cuál es el problema? ¡Ella va a dejarme,
idiota!
— Tú querías casarte con Madie para estar cerca de
tus hijos, ¿verdad? Ella ya dijo que está de acuerdo con eso.
Asume a los niños, dales tu apellido y sé un buen padre.
Madie vivirá su vida, tal vez se case con Michel y sea muy
feliz. Todos obtendrán lo que quieren.
—¿Estás intentando cabrearme? Porque ya estoy al
límite, tío. Cierra la boca…
—¿Por qué eso te enfadaría? ¿Quieres a Madeline o
solo a tus hijos?
La pregunta me golpea el estómago como un
puñetazo. Ese es el problema, y no sé cómo pude ser tan
estúpido. No quiero solo a los niños, la quiero a ella,
definitivamente, y no por un acuerdo. Quiero a Madeline en
mi cama y en mi vida, aunque no sé del todo qué significa
eso.
— Quiero todo, por lo visto —respondo, contrariado.
— Y estás celoso de un mocoso, Bernard. ¡Ten un poco
de paciencia, hombre!
— Pero es un mocoso que puede llevarse a mi mujer,
¿qué parte de eso no entendiste?
Él suelta una carcajada del otro lado. A veces me
pregunto por qué sigo siendo amigo de Lucas después de
tantos años.
— No entendí la parte en la que ella es “tu” mujer, tío.
— Merde…
— Te gusta. Es normal, Philippe, la gente se enamora
todo el tiempo.
— Claro que no, yo no estoy enamorado. —Pero la
negación ya no suena tan convincente esta vez.
¿Lo estoy? Cuando lo pienso, sé que desde la primera
vez que estuve con ella, fue diferente a cualquier cosa que
haya experimentado. Sin embargo, no estoy convencido de
que sea amor. Quizá no por falta de sentimientos, sino
porque es algo desconocido para mí. ¿Sabría reconocer si
realmente me enamoré?
—¿Cómo es eso?
—¿Estar enamorado? Vete a la mierda, qué pregunta
tan rara.
— La cuestión es que no estoy enamorado, solo no
quiero perderla —digo, ignorando las dudas que ahora
ocupan mi mente.
— Cuando te des cuenta, amigo, puede que ya la
hayas perdido —dice, con un tono serio que me hace pensar
que sabe exactamente de qué habla—. ¿Quieres un
consejo?
—¿Por qué crees que llamé?
— Pero no sirve de nada darte consejos. Te digo una
cosa y haces siempre lo contrario.
— Te juro que esta vez haré lo que digas. ¿Qué hago
para que no se vaya, joder?
— Llama a tu abuela.
—¿Qué? ¿Te golpeaste la cabeza, Lucas?
Él se ríe, pero cuando vuelve a hablar, empiezo a
entender a dónde quiere llegar.
— Si le dices que estás viviendo con Madeline y sobre
los bebés, ¿qué crees que hará doña Lia?
— Subirse al coche y plantarse aquí de inmediato.
— Exacto. Tal vez Madie nunca me perdone por
sugerirlo, pero creo que tu familia va a sacudir las cosas. No
va a irse de la casa con tu madre ahí, y tú ganas tiempo.
— Puede que tengas razón. Pero mi abuela va a armar
un infierno cuando llegue.
—¿Qué crees que podría hacerle a Madeline?
— Nada. No voy a dejar que moleste a Madie ni a los
niños. Antes muerto que dejar que esas rueditas del
demonio pasen por encima de los dedos de uno de los
cuatro.
— Parece que no necesitas tantos consejos; ya sabes
lo que tienes que hacer.
— Voy a traer a todos —digo, pensando en voz alta—.
No soy bueno con esas cosas melosas, pero voy a tomar
una decisión y contarles a mi padre y a Lia Bernard sobre
nosotros y los niños.
— A veces las acciones dicen más que las palabras
románticas, idiota. ¿Cómo es que no te das cuenta? —
murmura algo que no alcanzo a entender—. ¿Sabes qué? Yo
también voy.
—¿A dónde?
— A tu casa. Te voy a ayudar a arreglar las cosas con
tu hermanita.
—¿Valentine? ¿Qué cosas? —A veces es difícil seguirle
el ritmo a Lucas.
— No, con Madeline. —Se ríe fuerte, como el
sinvergüenza que es.
— Ven, necesito un saco de boxeo para desahogarme.
— Pero ahora en serio, tienes que resolver esto
porque me estás metiendo en un lío, y ya sabes que odio
eso.
Entender a Lucas es un arte, y yo no soy
precisamente un artista.
—¿Qué demonios estás diciendo ahora?
—¡Valentine, tío! Le dijeron que están enamorados y
que se van a casar, pero tú me contaste la verdad, y ahora
sé que todo es fachada y que Madie quiere patearte el
trasero. No me gusta mentir.
— No estás mintiendo, solo omitiendo. Cálmate.
— Haré algo mejor. Si todo lo que le dijeron a ella se
vuelve realidad, no tendré nada de qué preocuparme, así
que ve preparando el sofá que tu gato está llegando.
— Voy a colgar y hablar con el clan. Nos vemos en dos
días.
— Y prepara la trinchera, porque te van a bombardear.
Cuelgo la llamada y ya estoy marcando el número de
casa, pero quien contesta es mi madre, y esta vez, para
variar, no es con ella con quien quiero hablar.
— Bonjour, mon chéri. ¿Cómo están mis… nietecitos?
—susurra la última palabra.
— Están perfectos, mamá. ¿Y usted, cómo está?
— Muy bien. ¿Valentine te dijo que vamos la próxima
semana? No aguanto más la espera, lo siento mucho.
— Madie me lo comentó, pero estuve pensando… ¿Y si
vienen este fin de semana? Quizás pasado mañana.
—¿El viernes? Pensé que me ibas a pedir que lo
retrasara —responde, entusiasmada—. ¡Cuanto antes
mejor! Solo tengo que inventar una excusa para tu padre y
tu abuela.
—¿Ella está en casa?
— En el despacho. Últimamente no sale de ahí.

—¿De verdad? ¿Por qué?


La voz de mi madre suena un poco apagada, como si
temiera que alguien la escuchara.
— Tu hermana pasa toda la semana en la universidad,

tú casi no vienes a casa, y ella se siente sola. Estoy segura


de que nunca lo admitiría, pero está un poco deprimida,
¿sabes?
— Pero mi hermana lleva tiempo estudiando, ya casi

se gradúa, y yo me fui de casa hace muchos años, mamá.


¿Estás segura de que es por eso?
— Creo que todo se agravó con la mudanza de

Madeline.
—¿De Madie? Pero si siempre la trató mal, nunca
mostró consideración alguna.
— Lo sé, Philippe, pero tu abuela tiene más de

noventa años. ¿Quieres que le exija coherencia? Se quejaba


y discutía todo el tiempo, insultaba a Madeline, pero
siempre estaba cerca. Tenía a alguien con quien hablar y
que tenía paciencia con sus locuras, como eso de plantar

flores de madrugada. Ahora no tiene a nadie, porque ni tu


padre ni tu tío se prestarían a eso, y mi época de tolerar sus
caprichos ya pasó.
— Creo que la abuela necesita algo de movimiento.
¿Puedes llamarla para que hable conmigo?

—¿Ahora? Te va a empezar a hablar de matrimonio,


que conste.
— No importa, quiero hablar con mi viejita favorita.
— Ya veo…

Escucho sus pasos por el château y puedo imaginar


perfectamente a mi madre caminando hacia el despacho.
Oigo el crujido de la puerta al abrirse y la voz de mi abuela

de fondo.
— Te paso con ella, Philippe.
— De acuerdo. Mamá, ¿los chequeos del corazón de la
abuela están al día?

— Haces cada pregunta… Por supuesto que sí. ¿Qué


crees, que no cuidamos de tu abuela? ¡Su corazón está más
fuerte que el mío!
— Solo quería asegurarme…

Escucho un leve ruido y el teléfono cambia de manos.


— Bonjour, abuelita querida.
—¿Qué quiere este chico, Giselle? —pregunta mi
abuela con su tono cascarrabias de siempre.

—¡Quiero hablar con la anciana más bonita de este


país!
—¡Anciana lo será tu nariz, ya te lo dije! Por cierto,
¿vas a esperar a que me muera para casarte?

Sonrío, porque esta vez aguantó al menos tres frases.

— En realidad, no. ¿Estás sentada?


—¡GISELLE! Llama a Pierre, este chico insolente se
está burlando de mí. —Escucho a mi madre al otro lado, y
aunque no entiendo lo que responde, sé que intenta
calmarla—. ¡Te voy a romper todos los dedos del pie cuando
nos veamos, Philippe Bernard! Y vas a plantar un jardín
entero de claveles blancos.

— Esas son flores para funerales…


— Qué bueno que lo sepas, porque las pondré en tu
ataúd cuando termine contigo, ¡malcriado!
Suelto una carcajada ante su amenaza. Mi abuela es

increíblemente ingeniosa, y mi madre tiene razón al decir


que vivirá muchos años más.
— Entonces quiero ver si sobrevives a la noticia que
tengo para ti, abuela.
—¿Qué noticia? ¿Es que por fin decidiste casarte?

— Sí, eso mismo. Finalmente, señora, va a ver al


reverendo, su novio, celebrando mi boda.
La línea queda en silencio por un momento, y pienso
que la llamada se cortó, pero al cabo de unos segundos

escucho su voz.
—¿Estás bromeando, Philippe?
—¿Sobre que usted sale con el reverendo o sobre la
boda?
—¡Yo no salgo con el reverendo Martin, ¿entendiste?!
¡Qué ridículo decir algo así! Somos amigos, él es muy
amable y me gusta su compañía, nada más.
—¿Sin compromiso, entonces?

—¡MOCOSO MALDITO! ¿Te vas a casar o no?


— Sí, con Madeline.
— Pero qué… ¡Giselle, este idiota me está sacando de
quicio, no para de decir tonterías! ¿Cómo que qué? ¡Acaba

de decir que se va a casar con Madeline! ¿Puedes creer las


barbaridades que dice?
Escucho entre murmullos y ruidos que mi madre
intenta quitarle el teléfono de las manos, pero luego oigo un

grito y deduzco que las rueditas actuaron en defensa de la


pobre doña Lia.
— Sin bromas, Philippe. ¿De verdad te vas a casar?
— Abuela, estoy viviendo con Madeline y nos vamos a

casar, lo digo muy en serio.


Ella guarda silencio por un momento, como
absorbiendo el impacto de la noticia, y cuando vuelve a
hablar, noto que aún no sabe si estoy siendo sincero.
—¿Madeline? ¿La que se crió en esta casa? ¿Te gusta
burlarte de los ancianos o qué…?
— Pensé que no eras anciana.

— Madie desapareció de aquí para ir a trabajar a París


y… tú vives en París —dice, empezando a darse cuenta de
que no estoy bromeando.
— Sí, y voy a colgar antes de que empieces a gritar y
me revientes los tímpanos, pero estoy llamando para

invitarlos a todos, incluido mi padre, a que vengan a nuestra


casa este fin de semana.
—¿NUESTRA CASA? ¡Esa residencia es una herencia
familiar! ¿Estás cometiendo actos inmorales en la casa que

construyeron nuestros antepasados?


— Claro que no, es una herencia, y por eso la dejaré a
los trillizos cuando muera: Cloéh, Amélie y Antoine.
— Tri… ¿De qué estás hablando?

— De nuestros hijos, abuela, míos y de Madie. Sé que


es mucha información, así que recupérate del impacto,
reúne a todos los Bernard y a Lucas, y vengan a visitarnos.
—¡Te voy a matar! ¡No tienes idea de lo que soy

capaz, Philippe! La Nouveau…


— Está muy bien, pero estoy de vacaciones cuidando
a los bebés. Ven a pelear, abuela, te recibiré con un abrazo
fuerte.

Cuelgo antes de que tenga tiempo de procesar todo,


porque puedo imaginar los gritos e insultos que seguirían.
Solo siento pena por mi madre.
Capítulo 26

MADELINE

Terminamos el trabajo un poco después de las seis de


la tarde, pero como hoy preferí ir caminando a la empresa,

Manu decide llevarme de vuelta. Conduce entre el tráfico de


la ciudad, soltando comentarios ocasionales sobre cualquier

cosa que se le pase por la cabeza.


—¿Y Michel? Dijiste que se arreglaron, pero ¿cómo

quedaron las cosas después de ese día? —pregunta,


mirándome de reojo.

Me encojo de hombros, sin mucho interés.

— No quedaron de ninguna manera —respondo,


esbozando una sonrisa leve—. Acepté sus disculpas, nos

entendimos, y Michel me dijo todas esas cosas que ya te

conté y pidió volver a verme, pero lo estoy posponiendo.


—¿Por qué?

— Sé lo que él quiere.

— Vale, pero ¿sabes lo que tú quieres? —pregunta,

girando a la derecha.
Es una pregunta interesante. Al parecer, lo que quiero

y lo que debo hacer siempre han sido cosas completamente

opuestas en mi vida.

— Lo sé, pero mis deseos no son muy sensatos, no

puedo tomarlos en cuenta.


— Entonces quieres a Philippe… —dice ella, con una

sonrisa maliciosa.

— Siempre, ¿verdad? —Sonrío, pensando en mi propia

desgracia—. Pero ya le dije que me iría este fin de semana.

En realidad…
—¿Qué?

— Le dije que me iba hoy —digo, recordando que ya

es viernes y no tengo nada preparado para irme—, pero

supongo que no hay problema en quedarme una noche

más.

—¿Y qué dijo él? —Manu hoy está seria, no me

provoca con bromas sobre él ni sobre su edad.


— Que quería que me quedara, que me casara con él.

Manu asiente, y creo que me entiende sin necesidad

de explicárselo todo en detalle.

— Pero le dijiste que no, ¿verdad?


— Sí.

—¿Y Michel? —insiste, volviendo al tema inicial.

— Philippe me dijo que era muy conveniente que

Michel viniera a verme justo cuando me mudé con él. Lo

llamó cobarde.

Pienso que Manu va a defender a Michel, pero parece

reflexionar antes de responderme.

— Michel te quiere, pero tal vez no sepa lo que es

amar a alguien —dice, entrando en la calle de mi casa—.

Quizás tuvo miedo de que te casaras sin que él pudiera

decirte lo que sentía, o algo así. Pero no se puede negar que

ese idiota de Bernard tiene razón en que solo apareció

cuando se enteró de lo de ustedes.

—¿Fuiste tú quien se lo contó?

— No, supongo que fue Valentine.


Manu entra por los portones abiertos de la mansión y

se dirige hacia la puerta principal. Pero al acercarnos, noto

que hay otros dos coches estacionados frente a la entrada.

Y lo peor de todo es que los reconozco al instante.


—¿Es una fiesta? —bromea Emmanuelle, sin notar que

todo el color ya se ha ido de mi rostro.

— Es el coche de los Bernard, Manu.


—¿Y eso qué? Debe ser tía Giselle.

— Pero el otro es el coche de Valentine. ¿Por qué

vendrían en dos vehículos si solo están ellas dos?

Manu se encoge de hombros, pero su expresión

cambia cuando entiende lo que estoy insinuando.

—¿La abuela? —pregunta, alarmada.

— No lo sé. ¿Vendría sin avisar?

— Mira tu teléfono. Philippe te habría mandado un

mensaje si fuera ella, ¿no?

Busco mi teléfono en el bolsillo del pantalón y reviso

los mensajes, pero no hay nada avisándome sobre las

visitas.

— Tengo que entrar.

— Pero… ¿Y si es ella?

—¿Cómo voy a dejar a Chloé, Amélie y Antoine ahí

dentro? No tengo opción.

Manu estaciona y apaga el coche, mirándome con

determinación.
— Entonces yo también entro.

Bajamos juntas y corremos hacia la puerta principal,

entrando en el vestíbulo en seguida. Desde donde estamos,

ya puedo escuchar las voces alteradas y miro a Manu,

completamente en shock.

No solo escucho los gritos de la abuela Lia, sino

también las voces de la tía Giselle, Valentine y Philippe, y,

cuando entro en la sala, noto que también están Lucas, el

tío Maurice, el tío Pierre y los niños. Vaya reunión.

— Mira nada más quién llegó —dice Philippe, con una


sonrisa demasiado tranquila para mi gusto—, mi prometida,

abuela.

Abro los ojos como platos mientras la mujer, desde su

silla de ruedas, me mira con los ojos llenos de furia y los

puños en alto, como si quisiera golpearme. Por lo menos

puedo respirar tranquila al ver que mis hijos están a salvo

en los brazos de la tía Giselle, Valentine y Lucas.

—¿Qué es todo esto? —susurro cuando Philippe se

acerca más.

— Llegaron todos de repente —dice entre dientes—.

¡Qué bueno que también viniste, Manu! ¡Qué noche tan


encantadora!

Ella lo fulmina con la mirada, pero sonríe cortésmente

a los demás.

— Buenas noches, familia Bernard. Hace mucho que

no nos vemos…

—¿Van a seguir con esa charla civilizada como si esto

no fuera un disparate? —grita la abuela Lia, mirando de un

familiar a otro—. Vine para ver con mis propios ojos si era

cierto, ¡y al parecer eres más imbécil de lo que pensé,

Philippe Bernard!

Philippe pasa su brazo por mis hombros y me atrae

hacia él en un abrazo inesperado, pero solo puedo pensar

que, si me hubiera mudado hoy como había planeado, no

estaría aquí para enfrentar la humillación que sé que está

por venir.

—¿Por qué dices eso, abuelita?

—¿Ves, Pierre? Así es como criaste a tu hijo. —Apunta

con el dedo hacia Philippe, y siento mi rostro arder de


vergüenza.

Nadie dice nada, tal como me imaginaba. Desde el

principio supe que, si la abuela descubría mi relación con


Philippe, todos se pondrían en mi contra y me expulsarían

de la peor manera posible.

—¡Te lo advertí toda la vida! —grita, con los ojos

inyectados de furia, fijándolos en Philippe—. Te dije que tu

nombre y tu dinero atraerían a gente vulgar, interesada en

aprovecharse de lo que tienes. ¡No podría haber sido más

clara, idiota! Te advertí que te cuidaras, que tuvieras

cuidado con este tipo de mujer… —La forma en que me


mira ahora, con tanto desprecio, hace que mis ojos se

llenen de lágrimas. No estoy sorprendida, pero duele igual.


—¡El truco del embarazo es el más viejo del mundo, imbécil!

Y entonces todo pasa demasiado rápido, de una forma


completamente diferente a lo que había imaginado.

La abuela avanza con las ruedas de su silla hacia mis


pies, pero Philippe se interpone y me aparta con el brazo.

Escucho el sonido del metal pasando sobre su zapato, pero


él no se mueve, aunque imagino que debe dolerle.

Tía Giselle jadea, llevándose la mano a la boca, y


Manu da un paso al frente, lista para intervenir. Sin
embargo, se detiene al ver la fría expresión de furia que

Philippe dirige a su abuela.


— Realmente —dice Philippe, furioso—, he tolerado
tus advertencias y tus maldades toda mi vida, pero este es

un límite que no voy a permitir que cruces. —Philippe


entrelaza sus dedos con los míos y me atrae hacia él; siento

el calor de su toque como un consuelo. — Madeline es la


madre de mis hijos, tus bisnietos, y será mi mujer. Pero

como es obvio que la familia y el respeto no significan nada


para ti, te voy a pedir que esta noche duermas en un hotel y
mañana vuelvas a tu casa.

—¿Q-qué? —balbucea, sin poder creer lo que oye.


Estoy en shock, pero aun así mis ojos buscan a tío

Pierre y tío Maurice, imaginando sus reacciones. Lo que


encuentro me sorprende aún más: ambos están quietos,

cabizbajos, como si estuvieran de acuerdo con lo que


Philippe está diciendo.

— Es exactamente lo que ha escuchado. Si alguna vez


quiere formar parte de nuestras vidas, aceptando que

estamos juntos y entendiendo que sus prejuicios no nos


importan en absoluto, las puertas estarán abiertas.

Valentine observa todo con los ojos muy abiertos, y


noto que Lucas reprime una risa. No es que el momento sea
gracioso, pero creo que cada uno maneja la situación a su
manera.

—¡No puedes echarme! Esta casa es de nuestra


familia, la heredaste de tu padre. —Mira a tío Pierre

buscando apoyo—. ¡Este chico ha perdido la cabeza! ¿No


sabe que puedo quitarte del cargo en la Nouveau por esto?

Aprieto su mano en la mía, advirtiéndole para que


retroceda. No es que disfrute ser humillada, pero sé lo

importante que es la empresa para él. Sé cuánto ama lo que


hace y no quiero que pierda todo por defenderme. Puedo

soportar algunas ofensas, ya lo he hecho durante mucho


tiempo.

Philippe lleva mi mano a sus labios y deposita un beso


en el dorso, frente a todos. Aunque no sé cómo reaccionar,

parece que mi cuerpo sí lo sabe, porque mi corazón se


acelera tanto que puedo escucharlo en mis oídos.
— Lo sé. Pedí a Madeline que se casara conmigo y

asumí a nuestros hijos, sabiendo que podría tomar esa


decisión. Si quiere hacerlo, adelante —declara con voz

indiferente—, pero no volverá a humillar a Madie ni a hacer


nada en contra de mis hijos.
Philippe mira a su padre y a tío Maurice, negando con

la cabeza, incrédulo.
—¿En qué mundo vive si cree que un puesto es más

importante que la familia? Asuma usted la empresa de


nuevo, papá.

Tío Pierre se señala a sí mismo, confundido, y sacude


la cabeza en señal negativa.
—¿Te volviste loco? No tengo ni la edad ni el ritmo

para eso —rechaza.


— Entonces puede darle mi puesto a tío Maurice,

abuela. —Philippe está serio.


Ella lo mira y luego a su hijo, completamente

desorientada.
—¿Maurice? ¡Pero si él solo quiere hacer panes y

rosquillas! ¡Jamás me habían faltado al respeto de esta


manera! ¿Saben qué? Me voy al hotel.

Con eso, la abuela Lia comienza a alejarse en su silla


hacia el vestíbulo. Lucas se adelanta, prometiendo

acompañarla y que volverá mañana. Luego deja a Amélie en


brazos de tío Maurice, quien la recibe con una enorme

sonrisa.
Aunque ya nadie parece interesado en ofenderme,

estoy muy avergonzada por todo lo que ha pasado y apenas


puedo mirar a los demás. Aprovechando un momento en

que Philippe y los demás están distraídos, corro escaleras


arriba hacia mi habitación y cierro la puerta, apoyándome

en ella.
Siempre supe que esto ocurriría si ella lo descubría y,

en realidad, fue mejor que lo que había imaginado. En mi


mente, nunca había nadie que me defendiera, mucho

menos Philippe.
Pero él me sorprendió, quedándose a mi lado,

apoyándome y poniéndose de mi parte.


Cierro los ojos al recordar la forma en que él besó mi

mano. Las palabras que dijo logran infiltrarse


peligrosamente en mí, porque sé muy bien que cuando
habló sobre la familia y sobre ser nuestra prioridad, Philippe

se refería a nuestros hijos, pero es imposible convencer a mi


corazón irracional. Escucho dos suaves golpes en la puerta y

me aparto, tratando de recomponerme y quitarme la


expresión de tonta del rostro.
Abro la puerta, esperando encontrar a Manu o
Valentine, pero del otro lado está el tío Pierre mirándome.

Me pongo tensa de inmediato, porque, aunque no apoyó a


su madre en la discusión, nunca fue cálido conmigo y puedo
imaginar que vino a decirme lo que realmente piensa de

todo esto.
—¿Puedo hablar contigo, Madeline?

— Claro —respondo, dejándolo pasar.


La verdad es que no le diría que no, aunque no tenga

ánimo para escuchar más reproches. Este hombre me


sostuvo durante muchos años, se encargó de mi educación

cuando perdí a mis padres y me dio un techo. Como


mínimo, le debo respeto.

Lo observo mientras camina hacia el otro lado de la


habitación, donde están las ventanas. Con las manos en los

bolsillos del pantalón, mira hacia la entrada de la casa en un


gesto que me recuerda mucho a Philippe.

—¿Sabes qué pensé hoy al escuchar cómo Philippe te


defendía, Madie?

Doy unos pasos hacia él y observo su perfil: su rostro


serio, el cabello encanecido y la ropa formal. Me doy cuenta
de lo mucho que ha envejecido en estos últimos casi dos
años.

— No, señor.
— Que Giselle, por su cuenta, logró formar un hombre

mejor de lo que yo fui alguna vez.


Esa no era la respuesta que esperaba, y no sé cómo

reaccionar.
— Yo…

Él se gira para mirarme y me ofrece una sonrisa triste.


— La verdad es que siempre amé a mi esposa, de la

misma forma en que Philippe parece amarte a ti. — Hace


una pausa y sacude la cabeza—. Por raro que eso suene.

— Ah…
— Y no digo que sea raro por los motivos que
mencionó mi madre, Madeline. Pero asumimos la
responsabilidad por ti cuando tenías diez años; eres como

una hija, y Philippe es realmente nuestro hijo. Además, él es


mucho mayor… —Pero el tío Pierre se encoge de hombros—.
En fin, no vine a señalar nada de eso. Sé que no son
hermanos de verdad y admito que nunca te traté como a
Valentine o a Philippe, así que entiendo que no se sientan
de esa manera.

—¿No está molesto?


—¿Por estar juntos? No, no estoy molesto —dice,
como si mi pregunta no tuviera sentido—, pero sí un poco
decepcionado por habernos enterado del embarazo tanto
tiempo después.

— Tenía mucho miedo —admito, bajando la mirada.


— Lo sé, y de eso quería hablar antes de distraerme.
La cuestión es que siempre amé a Giselle, pero nunca tuve
el valor de enfrentar a mi madre por ella, como Philippe lo

hizo hoy.
—¿Enfrentarla? —Como veo que se está abriendo
conmigo, reúno el valor para preguntar algo que de otro
modo no podría—. Siempre pensé que no decía nada porque

estaba de acuerdo con ella.


— Me adapté a las creencias y prejuicios de mi madre,
y nunca tuve el coraje de decir lo que realmente pensaba.
Dejar que ella hiciera sufrir a Giselle es algo que necesito

resolver con mi esposa, y verlos a ustedes dos hoy me ha


mostrado que todavía estoy a tiempo.
— Fueron muchos años —digo con sinceridad,
recordando lo que me dijo tía Giselle cuando le conté que

me mudaría, y cómo se quejó al respecto—, pero creo que,


si tía Giselle no te amara, ya se habría ido. Todavía puedes
arreglarlo, tío Pierre.
— Y lo haré. Pero vine a pedirte disculpas, Madie. Por

haberte tratado con indiferencia todos estos años, por


haberte dejado trabajar como si fueras una empleada en mi
casa, cuando debiste ser tratada como nuestra hija, y por
haber hecho la vista gorda ante todo lo que mi madre te

hizo y el sufrimiento que eso te causó. Sobre todo, porque


todo eso te llevó a sentir la necesidad de irte de casa y
ocultarnos tu embarazo.
— Eso ya quedó en el pasado. No voy a mentir
diciendo que nunca me pregunté por qué eras tan frío y

distante conmigo, pero tampoco era tu obligación. Yo no soy


realmente tu hija. Aun así, me alegra que lo que hizo
Philippe te haya hecho reflexionar sobre tía Giselle, y te
agradezco que me digas todo esto.

— Aunque no sea en los papeles, desde los diez años


eres nuestra hija —dice con una sonrisa—, quieras o no,
Madeline.

Tío Pierre se dirige hacia la puerta, y me quedo quieta,


reflexionando sobre lo atípica que ha sido esta noche.
—¿Bajamos? Valentine pidió pizza para todos.
— No sé, estoy un poco cansada.
Él sonríe y me mira con escepticismo.

—¿Cansada o avergonzada? Mi madre y Lucas se


fueron al hotel, no tienes por qué sentirte incómoda.
Así que lo sigo, sin saber qué más decir para
negarme. Además, los niños y Emmanuelle me están

esperando; no puedo esconderme para siempre. Bajamos


las escaleras juntos y caminamos directo hacia la cocina.
Todos están reunidos alrededor de la isla, con las sillas
apretadas una al lado de la otra, porque la encimera no es

lo suficientemente grande para tanta gente.


El espacio más amplio, con una mesa larga, muchas
sillas, sofás y demás, está en el último piso. Recuerdo haber
organizado la fiesta en la que conocí a Philippe aquí por

primera vez, pero no he vuelto a ese lugar desde que


regresé. Todavía hay una piscina, un despacho y un
gimnasio en el tercer piso, pero al final siempre terminamos

usando solo unos pocos cuartos.


— No va a dejar que Lucas duerma —dice Valentine,
riendo mientras mira a tía Giselle—. Nadie le pidió que se
ofreciera. Tendrá que escuchar quejas toda la noche.

— Yo debería haber ido —comenta tío Maurice,


pensativo—, pero hacía tanto que quería visitar a Philippe. Y
aquí estamos, ¡y ni siquiera hablé con Madie!
— Puedes hacerlo ahora —dice tío Pierre,

empujándome suavemente hacia el grupo—. La anfitriona


ha vuelto.
Philippe me lanza una mirada de soslayo, divertido
por la forma en que su padre se refiere a mí.
— Hola, chicos… Perdón por haberme escapado.

— Yo habría corrido mucho antes —comenta Manu,


fingiendo un escalofrío—. La abuela Lia da miedo.
— Para nada, te vi a punto de regañarla —se burla
Valentine, todavía riendo.

—¿Yo? ¡Qué horror! Soy un ejemplo de educación. —


Ahora es Philippe quien se ríe, y Manu lo mira con los brazos
cruzados.
— No sé qué es lo gracioso.

Los bebés están en sus tronas, comiendo con las


manos algo que tía Giselle les dio, así que me acerco a la
caja de pizza para comer también.
— Si hubiera sabido que vendrían, habría preparado la

cena —comento con amabilidad. Manu arquea una ceja,


consciente de que, si lo hubiera sabido, habría huido lejos—.
O le habría pedido a Philippe que cocinara.
Un extraño silencio se apodera del ambiente. Los más

mayores miran a Philippe como si de repente le hubieran


salido cuernos, mientras Valentine me observa con cara de
no entender nada de lo que acabo de decir.
—¿Por qué me miran así?

— Philippe casi incendió el château a los quince años


intentando hervir agua —cuenta el tío Maurice.
Frunzo el ceño, procesando la información. Era un
bebé, así que obviamente no recuerdo esa historia.

— Cuando se fue a la universidad, decidió hacer


ratatouille —dice el tío Pierre, y Philippe baja la mirada al
suelo, con el rostro visiblemente rojo. ¡Está ruborizado!—.
La alarma de incendios se activó y evacuaron el edificio
porque puso el aceite en la sartén y luego se puso a picar
los vegetales, con el fuego ya encendido.
Tía Giselle está riendo a carcajadas ahora,
probablemente recordando aquella época.

— No puedo creerlo. ¿Todos tuvieron que salir? —


Manu está disfrutando cada segundo.
— Sí, me llamaron, y él asumió toda la culpa —añade.
Philippe parece encontrar fascinante la mano de

Antoine, quien ni siquiera le presta atención. Todo para


evitar el contacto visual. Qué listo…
—¿Me están diciendo que nunca supo cocinar y que,
además, es un desastre total en la cocina?
— Mon cher, un día me llamó desde París quejándose

porque pensaba que tenía que pelar el huevo para cocinarlo


—cuenta tía Giselle, y no puedo aguantar la risa.
Me río tanto que termino llorando al imaginar la
escena. Philippe sigue en silencio, incómodo por lo que

acabo de descubrir, lo que hace que la situación sea aún


más divertida.
— Este sinvergüenza me preparó una cena, tía —
cuento, señalándolo con el dedo—. Había carne, verduras y
hasta puré de papas. ¡Debí sospechar que había comprado
todo hecho!
—¿Puré de papas? —Tía Giselle lo mira con curiosidad
—. Me imagino que las habrá machacado perfectamente…

Philippe se rasca la cabeza, pero al final se ríe al darse


cuenta de que todos se están divirtiendo a su costa.
— Quería impresionar a Madeline, ¿está bien? —
admite, abriendo los brazos, y su confesión me toca un poco

—. Ni siquiera sé hervir agua, ¿qué querían que hiciera? Lo


pedí en un restaurante, saqué todo de los envases y lo puse
en los platos. ¡Ella elogió mucho mis habilidades culinarias!
—¿Y cómo hiciste con la comida de los niños? —

pregunto, curiosa—. Eso no lo venden en las aplicaciones de


delivery.
— Esa sí la aprendí de verdad —dice Philippe, con los
ojos bien abiertos—, pero juro que fue un sufrimiento. El

primer día, Madie, no tienes idea de lo que pasé.


— Me lo imagino… —Tío Pierre se ríe de su hijo, pero
enseguida mira el reloj en su muñeca—. La conversación
está buenísima, pero necesito dormir. Mañana tengo que
recoger a mi madre y aprovecharé que estamos aquí para
llevarla al médico.
— Sí, ya es tarde —dice Manu, tomando su bolso de la

silla y colgándoselo al hombro—. Me voy a casa a descansar


y aprovechar que mañana es sábado para dormir hasta
tarde.
— Yo también necesito irme —añado, asintiendo—. Y
ya es hora de acostar a los niños.

Emmanuelle me da un beso en la mejilla para


despedirse, y Valentine la acompaña hasta la puerta.
— Vamos todos. — Tía Giselle empieza a recoger las
cosas de la encimera, mientras Philippe guarda lo que sobró

en la nevera. —¿Dónde podemos dormir, Madie?


Philippe se gira hacia mí, y yo lo miro sin saber qué
decir, porque, aunque vivo aquí, no siento que me
corresponda tomar ese tipo de decisión.

— Bueno, creo que…


— La habitación de la que hablamos —dice el tío
Pierre, asintiendo como si ya lo hubiera decidido. Pero se
refiere a mi cuarto—. Está vacía, ¿verdad? Voy a llevar

nuestras cosas, Giselle.


— Tenemos otras habitaciones libres —interviene
Philippe—. Pueden escoger la que quieran, menos las de los
niños.

Lo miro, desesperada, pero no puedo hablar


abiertamente delante de todos. En ese momento, Valentine
regresa saltando, y una idea brillante cruza por mi mente.
— Creo que voy a dormir con Valen hoy —digo,

sonriendo como si hubiera tenido una idea genial—. Así


aprovechamos para ponernos al día, hermanita.
Pero ella pone una cara rara y mira a tía Giselle como
si entendiera perfectamente mis intenciones. No puede ser.

—¿Sabes lo que significa esa charla de Madie, mamá?


Los dos quieren hacerse los santos porque ustedes están
aquí.
Ahora es tío Maurice quien se ríe, alternando la

mirada entre Philippe y yo.


—¿De verdad? ¿Después de tener tres bebés y vivir
juntos? Sería raro que durmieran separados, ¿no les parece?
— A mí me lo parece —concuerda el tío Pierre, solo
por cortesía, lo sé.
¡Ellos no tienen idea de que estoy a punto de perder
la cabeza!

Miro a Philippe en busca de ayuda, pero él se está


conteniendo la risa. Sus ojos azules me miran como si esta
fuera la mejor sugerencia del mundo.
Es como si estuviera en una película y, de repente,
alguien dijera:

Solo hay una cama.


Capítulo 27

PHILIPPE

Madeline está tensa. Es bastante evidente por la


forma en que mira la cama de matrimonio en medio de la

habitación, como si fuera lo único que pudiera ver y,


sinceramente, me estoy divirtiendo con todo el drama. No

es como si fuera a atacarla en medio de la noche.


—¿Nos acostamos? —la llamo, y ella da un salto,

asustada.
—Oh, mon Dieu.

—¿Tienes miedo de mí, Madie?

—¡Por supuesto que no! —Como sigo observándola,


esperando una explicación para tanta resistencia, Madeline

vuelve a hablar—. Solo estoy cansada, me duele la espalda

como nunca…
—¿Ah, sí?

—Sí, voy a cambiarme y ya vuelvo.

Se dirige al baño con el pijama arrugado bajo el brazo,

y yo camino hacia el vestidor, abriendo las puertas donde


guardo mis artículos de higiene personal. Tomo una crema

hidratante y regreso al cuarto, recostándome para esperar

por ella.

Madie no tarda mucho. Sale del baño con un pijama

corto, los shorts dejan a la vista sus piernas bien torneadas


y la blusa de satén no disimula sus pezones tanto como mi

cordura quisiera. Me la como con los ojos, incapaz de

apartar la mirada hasta que se acuesta a mi lado, y

Madeline me lanza una mirada crítica que le devuelvo sin la

más mínima vergüenza.


—Que duermas bien, Philippe. —Se da la vuelta y

acomoda las cobijas formando una especie de barrera frágil

—. Sabes que tienes que quedarte de tu lado de la cama,

¿verdad? —pregunta sin mirarme.

—En realidad —abro la tapa de la crema, y ella gira la

cabeza sobre el hombro al escuchar el sonido—, pensaba

darte un masaje en la espalda, ya que te duele tanto.


—¿Un masaje? —Madie mira el frasco y luego aparta

la vista, volviendo a darse la vuelta—. Es una mala idea,

mejor que cada uno se quede en su lado, como dije.


—¿Por qué? —insisto—. Te la pasas corriendo todo el

día, trabajas demasiado y cuidas a tres bebés, Madie. Creo

que podrías relajarte un poco si me dejas ayudarte.

Su silencio es una tortura. Quiero tanto tocar su piel

que duele, y aunque el masaje realmente aliviaría sus

hombros, sería mentira decir que no ganaría nada con ello.


—Creo que tienes razón —cede tras lo que parece una

eternidad—, me merezco que me consientas, Philippe.

Suelto una carcajada por su tono sarcástico, pero no

le discuto en lo más mínimo.

Le aparto el cabello hacia un lado y, tras colocar un

poco de crema en las manos, las froto entre sí antes de

posarlas sobre sus hombros. Aplico un poco de presión,

masajeando toda la zona, presionando y deslizando los

dedos para liberar los nudos de tensión hasta su cuello.

Madie respira profundo y parece disfrutarlo. No dice nada, y


tomo su silencio como una señal para continuar.

—Tienes la piel tan suave… —comento mientras

deslizo mis manos de un lado a otro por la parte expuesta.

—¿Dónde aprendiste a hacer esto? —pregunta en voz

baja, pero me interrumpe antes de que pueda responder—.


Mejor no lo digas, creo que no quiero saber.

Sonrío ante su tono celoso, imaginando escenarios

inexistentes.
—En realidad, nunca aprendí —digo, riendo bajo.

—¿Cómo que no? Entonces, ¿qué estás haciendo?

—Acariciándote —susurro cerca de su oído—, no tiene

mucho misterio, la idea es que te relajes; si lo está

logrando, estamos ganando.

—No sé si está funcionando —responde, pero su tono

también es divertido—. Me voy a poner más tensa si sigues

pegándote a mí de esa forma. Mantén una distancia

decente, Philippe.

—Claro… ¿Quieres que siga con la espalda?

—¿Apenas empiezas y ya te quieres detener? No

deberías haberlo ofrecido entonces.

—No quiero parar, pero tendrás que quitarte la blusa

si quieres que siga.

Madie guarda silencio, su respiración se acelera un

poco. Me doy cuenta porque sus hombros suben y bajan

más rápido, en un ritmo que imita los latidos de mi corazón,


que también está disparado mientras espero su veredicto.
—Te estás aprovechando —dice, al mismo tiempo que

se quita la blusa por la cabeza—. Quédate en tu lado y

cuidado con esas manos traviesas.

A pesar del tono de reproche, me siento victorioso.

Ella tira de la sábana para cubrirse, aunque ni siquiera estoy

mirando sus pechos.

—¿Quieres acostarte boca abajo?

Madeline parece gustar de la sugerencia, porque la

acata sin cuestionar, cerrando los ojos enseguida. Su largo

cabello castaño se extiende por la almohada a nuestro


alrededor, y así parece un ángel, aunque mis pensamientos

ahora no son nada puros.

Con un poco más de crema en mis manos, acaricio su

espalda desnuda y aprieto sus hombros, recorriendo toda la

extensión de su columna. Madeline suelta un gemido suave

que envía una señal directa a mi polla. Hace falta un

autocontrol absurdo para seguir con lo que estoy haciendo.

—Esto se siente muy bien… —dice, con la voz

arrastrada, volviéndome loco de deseo.

—Sí, eres deliciosa.

—Mmm…
Me inclino un poco sobre ella, observando su reacción

cuando beso sus hombros, dejando un beso húmedo allí.

Madie abre los ojos, pero no se mueve ni dice nada mientras

mis labios descienden hasta su cuello, que beso a

continuación.

Sigo recorriendo su cuerpo con las manos, pero esta

vez mis dedos van más allá, descendiendo desde sus

hombros hasta encontrar sus pechos.

—Philippe…

—¿Quieres que pare, mon amour?

Toco sus pezones endurecidos, y el gemido que le

arranco es mi recompensa. Retiro las manos de su cuerpo y

vuelvo a besarla, bajando por toda su columna hasta el

borde de sus shorts, y luego subo de nuevo.

—Estoy loco por ti, Madie. Llevo días pensando en

estar dentro de ti otra vez… —le confieso, soltando mis

deseos más oscuros.

Madeline levanta el rostro y me mira, apoyando la


mano en su barbilla mientras una sonrisa se dibuja en su

cara.

—¿En serio?
—Tengo una prueba aquí mismo, si quieres verla.

Se da la vuelta, dejándome ver sus pechos al

descubierto, mientras sus ojos me miran con intensidad. En

este momento, no tengo delante a la Madeline con quien he

convivido estas últimas semanas, sino a la misma chica

atrevida que se acostó en mi cama esperando por mí.

Madie recorre mi pecho con sus manos lentamente,

sin apartar la mirada de la mía. Su expresión está llena de


malicia, y cuando se inclina para morderme el labio, pierdo

la cabeza.
—Joder… ¿Quieres matarme?

—Voy a darte lo que quieres, Philippe.


Esas son las últimas palabras que dice antes de

besarme. Su boca se encuentra con la mía, y atraigo su


cuerpo hacia mí, aplastando sus pechos contra mi torso. Mis

manos se apresuran a quitarle los shorts, mientras Madeline


me arranca la camiseta con rapidez.

Nuestras lenguas se encuentran y exploro su boca con


deseo ardiente. Madie me empuja por los hombros,
haciéndome recostarme en la cama, y luego se sube sobre

mí.
—¿Dónde hay…?
Busco mis pantalones, recién tirados, y sacando la

billetera del bolsillo, encuentro lo que quiere. Le entrego el


preservativo para que lo ponga, y ella abre el paquete sin

pensarlo dos veces. Pero en lugar de quitarme la ropa


interior y ponérmelo, Madie me mira, y parte de su

confianza parece esfumarse mientras duda.


—¿Qué pasa? ¿No quieres?
—Sí quiero. Es solo que… no sé cómo ponértelo.

Alcanzo el condón y, bajándome los calzoncillos, lo


coloco ante sus ojos atentos. Madeline me observa por

completo, como si me estuviera descubriendo de nuevo.


—Eres un desastre para mi vida —dice, con un suspiro

profundo.
Levanta un poco la cadera, y me acomodo entre sus

piernas. Lentamente, Madeline desciende su cuerpo sobre el


mío, dejándome entrar hasta el fondo.

—Deliciosa…
Madie empieza a moverse, muy despacio al principio,

como si probara los movimientos, mientras apoya sus


manos en mis hombros. Sus uñas trazan las líneas de mis
tatuajes y gime suavemente, entregándose a mí por
completo.

Sostengo su cintura y la ayudo a moverse,


aumentando el ritmo. Ella sube y baja, y sus pechos se

mueven al compás de sus acciones, mientras sus labios


entreabiertos parecen suplicar que vaya más profundo.

Toco su clítoris mientras me embriago en ella: cada


gesto, cada palabra, su sabor, su aroma y los sonidos que

salen de su boca, todo me lleva al borde de una epifanía.


Cuando Madie alcanza el orgasmo llamando mi

nombre, su cuerpo tiembla sobre mí y su sexo me aprieta


con fuerza, impidiéndome resistir. La penetro con ímpetu

una y otra vez, sintiendo cómo sus uñas se hunden en mis


hombros, hasta que me derramo con intensidad.

Madeline me observa atentamente por unos


segundos, y mil pensamientos cruzan por mi mente en ese
instante. Acaricio su rostro con delicadeza, dándome cuenta

de lo diferente que fue esta vez. No hubo nada elaborado, ni


planes, ni juegos, ni fetiches. El simple hecho de que fuera

ella lo hizo increíble.


Madie se aparta de mí, se levanta de la cama y se

dirige al baño. Espero que regrese para deshacerme del


condón y limpiarme, pero cuando vuelvo junto a ella,

Madeline ya está dormida.


Me acuesto a su lado y tardo mucho en quedarme

dormido, reflexionando sobre nuestra historia desde el


principio, sobre todos los obstáculos y los motivos que nos
unieron de nuevo. La pedí en matrimonio y quería que se

quedara por nuestros hijos, pero ahora sé que, aunque los


tres estén en mi vida, eso no será suficiente. Sin ella, nunca

será suficiente.

MADELINE

Abro los ojos y parpadeo, tardando unos tres


segundos en ubicarme. Los Bernard aparecieron y Philippe y
yo tuvimos que compartir la cama.

No, no compartí solo la cama con él.


Hay un movimiento a mi lado, y al girar el rostro lo

veo durmiendo, con su mano descansando sobre mi cintura


en un gesto demasiado íntimo.

Oh mon Dieu…
Sigue sin camiseta, con sus abdominales y tatuajes al

descubierto, tentándome y llevándome al camino de la


perdición. El enemigo utiliza artimañas inteligentes para

seducirnos; en este caso, fue un masaje, y listo, un deseo


incontrolable se apoderó de mí, y cuando me di cuenta, ya

estaba encima de él.


Abro la boca en un grito silencioso al recordar todo lo

que hice, movida por un deseo desenfrenado.


Al parecer, nuestro cuerpo sabe lo que hace, porque
nunca había tenido sexo de esa forma, y aun así decidí que

era una gran idea. ¿A quién quiero engañar? Nunca lo hice


así ni de ninguna otra manera, ya que no volví a acostarme

con nadie desde la primera vez.


Aparto la mano de Philippe con cuidado y salgo de la

cama lentamente, tratando de no hacer ruido. Recojo la


ropa que usé ayer y me visto en el baño. Luego salgo del
cuarto y voy al otro donde están los niños.

Amélie y Cloé siguen durmiendo profundamente, pero


Antoine ha desaparecido, lo que significa que alguien debió
despertarse antes y llevarlo.

Bajo las escaleras hacia la cocina y encuentro a


Valentine con mi hijo. Está en su habitual silla de comer,

mientras su tía baila coreografías de animadora, aplaude y


arranca carcajadas felices de mi bebé.

—¡Bonjour, Valen y Antoine! —Les doy un beso en la


mejilla a ambos y camino hacia la nevera.

Por suerte, Philippe siempre tiene yogures frescos y


frutas, pero aparte de eso no tengo mucho que ofrecer a las

visitas.
—Bonjour, Madie. Le estoy enseñando algunos

movimientos a mi sobrino. Le está gustando —comenta,


orgullosa.

—Claro que sí, si es desorden y brincos, le encanta.


Valen me saca la lengua y sigue bailando, ignorando

mi comentario.
—¿Y cómo van las cosas entre mi hermano y tú?
—¿Otra vez con eso de querer detalles, Valentine? Es
raro.

—No hablo de eso —responde, desviando la mirada de


Antoine para fijarla en mí—. ¿Están bien?

—¿Por qué preguntas?


Abro un yogur, evitando contestar. Estoy cansada de

tantas mentiras y omisiones, y después de lo que pasó


anoche entre Philippe y yo, también estoy cansada de fingir

que no lo amo mientras vivo bajo el mismo techo que él.


—Hablé con Michel esta semana —dice, apoyándose

en la encimera—. Me contó algunas cosas raras.


—¿Raras cómo?

Valen muerde el borde de su labio, pensativa. Parece


dudar si debería contarme lo que escuchó.
—¿Qué fue lo que Michel te dijo?
Aunque ya me haya decepcionado antes, no creo que

Michel le haya contado todo lo que hablamos. No le revelé


la verdad por instinto, pero le confesé mucho de lo que
sentía en ese momento, porque estaba confundida.
—Varias cosas. ¿De verdad quieres saber? —Echa un

vistazo por encima del hombro y baja un poco la voz—. Me


dijo que no estabas segura de casarte y que estabas
dispuesta a darle una oportunidad.

—¿Qué? Yo nunca dije que le daría una oportunidad,


solo…
—Michel también contó que le dijiste que no tenías un
romance con Philippe cuando quedaste embarazada, que
fue solo una noche. —Valen me mira fijamente; no parece

enojada, sino dudosa—. Que Philippe solo te pidió


matrimonio por los bebés. Pero estoy confundida, Madie.
—No puedo creer que haya dicho esas cosas… —Bajo
la cabeza, avergonzada frente a mi amiga de toda la vida.

En realidad, le dije todo eso a Michel, no hay cómo


negarlo.
—¿Entonces es verdad? ¿Nos mintieron?
Las lágrimas nublan mi visión; no era así como quería

que ella supiera. No era lo que planeaba que sucediera.


—Es verdad, pero…
—¿Nunca estuviste enamorada de Philippe?
La pregunta me arranca una risa sin humor. El llanto

está atrapado en mi garganta, pero la respuesta a esa


pregunta es tan surrealista que la única opción es reír.
—Siempre estuve enamorada de él, Valen, no mentí
en eso.

—¿Y entonces?
—Entonces lo que Philippe contó sobre que lo busqué
y que estuvimos juntos solo una noche es verdad. La
mentira en esta historia es el amor que él dice sentir por mí

—digo, y creo que mi expresión refleja todo lo que he


guardado durante tanto tiempo, porque Valentine solo
asiente, sin enfadarse.
—Si no te ama, ¿por qué te defendió así ayer? ¿Con la

abuela?
—No lo sé. Sigo siendo la madre de sus hijos, y
Philippe realmente quiere casarse conmigo por las niñas.
Creo que me defendió porque es una buena persona, a
pesar de todo.

Pero Valentine niega con la cabeza, en desacuerdo.


—No tan bueno como para arriesgar su puesto en la
empresa por alguien a quien no siente nada. No me lo creo.
Me encojo de hombros. No tengo respuestas para

todas sus preguntas.


—Si no crees que él te ama, o que al menos siente

algo por ti, ¿por qué aceptaste casarte con él? —Valen se
acerca a mí, bajando aún más la voz.
—No lo sé. Ofreció ayudarme con los niños, Manu
estaba agotada y no era su responsabilidad, y tú y tu madre
me pidieron que le diera una oportunidad. Pensé que podría

quedarme cerca y seguir sintiendo el mismo odio desde que


descubrí el embarazo.
—Y no lo lograste…
Sacudo la cabeza.

—No. Philippe es amable, cuida de los niños con amor


y cariño, se preocupa por mí, y pasea con ese cuerpo por la
casa todos los días. ¡Es imposible ser inmune!
—¡Ew! ¡No digas cuerpo, Madie! ¡Respeta los límites!

—se queja, haciendo una mueca—. ¿Has pensado en hablar


con él? ¿Preguntarle qué siente?
—Amiga, si sintiera algo por mí, lo habría dicho
cuando le conté que me iba. Lamentablemente, esto no es

un cuento de hadas, es la vida real, y tengo que volver a la


realidad.
—¿Te vas a ir entonces?
Asiento, y una lágrima rebelde corre por mi mejilla. No

le cuento a Valen que estuve con él otra vez esta noche; es


algo que quiero guardar solo para mí, en la memoria.
—Pensaba mudarme hoy, pero como aparecieron de
repente, no supe qué hacer y pospuse los planes. Pero en

cuanto regresen a casa, pienso irme y luego contarles todo


a tus padres.
—¿Le dijiste a Philippe que te mudarías hoy? —
Levanta una ceja, curiosa.

—Sí, él sabe todo.


—Entiendo… —Valen parece distante, pensativa, pero
de repente abre los ojos y me mira fijamente—. Y respecto a
Michel, quiero que sepas que si alguna vez fue tu amigo, ya
no lo es. ¿Entiendes eso, Madie? ¿Que me contó lo que

dijiste a propósito?
—No entiendo por qué haría algo así…
—Para que yo se lo contara a mis padres y a la
abuela, claro. Debe pensar que si tu secreto salía a la luz,

ustedes terminarían y tú quedarías libre. Por mucho que le


gustes, eso es jugar sucio.
—No es solo jugar sucio, Valen. Se aprovechó de la

confianza que deposité en él y la traicionó. —Observo a


Antoine que intenta levantarse en la silla, aunque el
cinturón, por suerte, se lo impide—. ¿Puedes quedarte con
los niños? Voy a salir y hablar con Michel, quiero ponerle fin

a esto de una vez por todas.


—Está bien. De paso, dile que no quiero volver a verlo,
y si aparece, Lucas lo va a golpear.
Levanto una ceja ante la amenaza.

—¿Por qué Lucas?


—Porque sí. Por si se le ocurre devolver el golpe, no
puedo arriesgar mi carita de muñeca.

PHILIPPE

Cuando despierto, Madeline ya no está a mi lado, pero

su olor sigue impregnado en mí, en la cama, en la almohada


y en todo el cuarto. Esta mujer acaba de destrozar por
completo mi juicio, definitivamente.
Me visto rápidamente y salgo del cuarto, dirigiéndome
adonde están mis hijas. Desde el pasillo ya puedo escuchar

sus grititos.
Al llegar a la puerta, veo a Cloé de pie en la cuna,
saltando sin parar, mientras mi madre coloca un sombrero
sobre el cabello de Amélie.

—Bonjour, mamá.
Ella sonríe al verme y me lanza un beso al aire.
—Hola, querido. ¿Dormiste bien?
—Muy bien. ¿Dónde está Madie?
Me entrega a Amélie en los brazos y corre a peinar a

Cloé, colocando un lazo casi tan grande como ella.


—Creo que está en la cocina con Valentine. Tu padre
salió temprano para llevar a tu abuela al médico, y parece
que Lucas viene para acá.

—Vale, voy a bajar para hablar con ellos.


Con Amélie en brazos, bajo para encontrarme con los
demás. Estoy ansioso por ver a Madie; quiero hablar con
ella cuanto antes, decirle cómo me siento respecto a
nosotros, pero no puedo hacerlo con tanta gente alrededor.
Los invité, y por lo visto, terminaré echándolos.
Sin embargo, cuando llego a la cocina, solo encuentro
a Valentine y Antoine. Mi hermana está al teléfono con

alguien y alza la mirada al notar mi llegada.


—Si tú lo dices, lo probaré. Bueno, voy a colgar, ya
llegó mi idiota de hermano —dice, siempre tan cariñosa—.
Ven pronto para acá.

Deja el teléfono sobre la isla con más fuerza de la


habitual.
—¿Lucas?
—Sí, ya viene.

—¿Y cómo está el príncipe de papá?


Me inclino para darle un beso en la mejilla regordeta a
Antoine, y Amélie aprovecha para agarrar el cabello de su
hermano.

—¡No hagas eso, Amélie! Qué feo… —le digo mientras


Antoine empieza a llorar.
Quito con cuidado los mechones de la pequeña mano
de Amélie para que no se los arranque y trato de enojarme,
pero su dulce e inocente mirada desarma cualquier defensa.
—Estoy perdido, Valen.
—Lo estás.
Miro a mi alrededor una vez más, pero no encuentro a

Madie por ningún lado.


—Mamá dijo que Madeline estaba aquí.
—Se fue…
Valentine se levanta para tomar a Antoine y calmarlo,
pero evita mirarme. Hay algo raro en su actitud.

—¿Se fue? Hoy no trabaja. ¿Te dijo adónde iba?


—Sí, lo dijo.
—¿Y?
Valentine no cae en la trampa. Permanece en silencio,

abrazando a Antoine como si no hubiera escuchado mi


pregunta.
—¿Adónde fue, Valen?

—Fue a encontrarse con Michel.


El peso de esa respuesta es aplastante. Valentine no
lo nota, pero siento como si el suelo se esfumara bajo mis
pies. No puedo asimilar que haya ido a verlo después de la
noche que tuvimos. No puede estar pasando. Otra vez.

—¿Ella…? ¿Madeline dijo eso? ¿Que iba a verlo?


Valentine se gira entonces para mirarme, y creo que
alcanza a percibir el impacto de la noticia, pero no me
ahorra la verdad.

—Sí, lo dijo. También me contó que se va a mudar en


cuanto nos vayamos y que no se va a casar contigo.
—Yo pensé…
—¿Que no nos íbamos a enterar?

—No. Pensé que cambiaría de idea.


—Pues no. Lo siento, hermano, pero tuviste todas las
oportunidades del mundo para decirlo…
Ahora me duele el estómago, y algo raro empieza a

molestarme en los ojos. Parpadeo varias veces para ver si


pasa, pero no mejora. Siento un nudo en la garganta, como
si fuera uno de los globos de las decoraciones de Madeline,
uno que acaba de desinflarse.

—¿Qué? —pregunto, haciendo un esfuerzo enorme


para no derrumbarme aquí mismo.
No. No puedo llorar. Es ridículo.
—Para decir que la amabas, que estabas enamorado.
Pero tu orgullo no te dejó, ¿verdad?
—Yo… Necesito estar solo. —Me acerco a la silla vacía
donde estaba Antoine y siento a Amélie, abrochando el

cinturón. —¿Puedes quedarte con ellos?


—Por supuesto.
—Cuando ella vuelva, por favor dile a los demás que
se vayan. Y diles que no habrá boda. —Me doy la vuelta
para irme, pero me encuentro con mi madre y Cloé en el

camino. Mi madre me mira con los ojos bien abiertos. —Eso


es lo que escuchaste, mamá. Pueden volver a casa. Madie
no se va a casar conmigo.
Antes de que intente detenerme, les doy la espalda y

salgo. Solo cuando estoy en el ascensor, subiendo al último


piso, me doy cuenta de que mi cara está mojada.
Maldita sea.
No pensé que todavía supiera cómo llorar.
MADELINE

Volver a casa. Todo dentro de mí está revuelto, y

pensar en eso me pone ansiosa y preocupada. Sé que tía

Giselle y los demás todavía estarán allí, pero es probable

que vuelvan a Chartres hoy mismo, y entonces llegará el fin


de este juego de casita con Philippe.

Estoy decidida a darle un rumbo a mi vida, sea

doloroso o no, y cortar a Michel de ella fue el primer paso.

Claro que ese al que llamé amigo durante tantos años no


reaccionó bien cuando le dije que debía sacar esa obsesión
de su cabeza, porque nunca estaríamos juntos. Sin

embargo, se resignó cuando mencioné que había intentado

tenderme una trampa contando a Valentine todo lo que le

había confesado.

Sus disculpas fueron las que ya me esperaba. Dijo que


me amaba y que había visto una oportunidad de alejarme

definitivamente de Philippe y de los Bernard, y la

aprovechó. Mientras lo escuchaba, no podía evitar

preguntarme cómo no había visto quién era Michel

realmente durante tanto tiempo. Porque, aunque mi relación


con Philippe le molestara, como amigo debería haber sabido

cuánto significaban para mí Valentine, tía Giselle e incluso

los demás. Pero prefirió pasar por encima de todo para

intentar quedarme solo para él.

Al pasar por los portones con la Vespa rosa, pienso en

cuánto voy a extrañar vivir aquí. No por la casa, que es

realmente hermosa, sino porque lo que la hizo especial fue


que se convirtiera en un hogar. Este fue el primer lugar que

me hizo sentir que pertenecía, que era parte de algo.

Aparco en el garaje, junto a la enorme moto de

Philippe, y me acuerdo del momento en que lo reencontré


en el semáforo, cuando chocamos. No sabía que mi vida

cambiaría tanto después de eso.

Me quito el casco y subo hacia la entrada de la casa,

pero apenas cruzo el vestíbulo, escucho voces elevadas.

Frunzo el ceño y me doy cuenta de que parece una

repetición de la noche anterior.


La abuela ha vuelto; puedo distinguir sus regaños

cariñosos, pero Valentine también parece estar discutiendo,

y los demás hablan todos al mismo tiempo.

No estoy dispuesta a enfrentar otra pelea,

especialmente considerando que me voy a marchar. No

tiene sentido pasar por esto y partir al día siguiente. Así que

me quedo parada en el vestíbulo, decidiendo si entrar o no.

Entonces sus voces llegan a mis oídos.

—¿No lo dije? —exclama la abuela Lia—. ¡Les dije que

ella no lo amaba! Seguro Philippe descubrió que no es más


que una interesada, y por eso canceló la boda.

Pero…

—Ya le dije que no es nada de eso, ¡usted siempre

supone lo peor de las personas! —le responde Valentine, y

me acerco un poco más para entender bien lo que está


pasando—. Está dolido y nos pidió que nos fuéramos.

¡Podría ser más empática!

—No lo entiendo, Valentine —la voz de tía Giselle


suena temblorosa—, ¿por qué ya no se van a casar?

—Mamá, dejemos que Philippe y Madie lo resuelvan

solos, ¿sí?

—Eso —añade Lucas—, seguro que es solo un

malentendido, pero pronto llamarán para decir que lo

solucionaron.

—No seas ingenuo, chico. Esa solo quería el dinero de

Philippe, él lo descubrió y está destrozado, ¿no lo ves?

Ustedes creen que soy la mala, pero si les digo que tengan

cuidado con personas así, es porque sé de lo que hablo.

Tengo experiencia de vida.

—Mamá, solo porque esa fue su experiencia no

significa que nuestras vidas deban guiarse por ella —

interviene el tío Pierre.

No entiendo la confusión. ¿Cómo supieron que no

habrá boda? ¿Y por qué dicen que Philippe está triste? ¡Ni

siquiera hemos hablado todavía!


—Tal vez Madeline encontró un partido mejor —dice la

abuela, aunque ya no suena furiosa—. Me duele por mi

nieto. ¿Creen que deseo que las cosas salgan mal? Solo sé

cómo es la vida.

Entro en la sala en silencio. La abuela está de

espaldas y no me ve; de hecho, la mayoría está distraída y

no nota mi llegada.

—¡Eres amarga! —Valentine está llorando, con el

rostro rojo y los ojos llenos de lágrimas—. Te la pasas

destilando odio hacia Madie, que siempre te trató con


cariño. ¡Eres mala, ¿me oyes?! ¿Qué te hicieron para

volverte así? Me da vergüenza ser tu nieta.

Todas las voces se callan, y sería posible escuchar el

sonido de un alfiler cayendo al suelo. Por eso, cuando doy

un paso hacia adelante, todos giran sus rostros hacia mí.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Dónde está Philippe?

—Madie, ¿qué pasó entre ustedes? —Tía Giselle corre

hacia mí y toma mis manos; su rostro refleja preocupación

—. Anoche estaban bien, pero esta mañana él estaba

llorando y dijo que no te casarías con él.

—Yo…
—No entendemos, mon cher —tío Maurice me mira,

confundido—. Philippe nos pidió que viniéramos para pasar

un tiempo con ustedes, y ahora nos echó a todos diciendo

que quería estar solo.

—¿Philippe los llamó? —pregunto, empezando a

entender la repentina aparición de todos.

—Sí, llamó y se lo contó todo a mi madre —tío Maurice

señala hacia la sala—. Y ella no descansó hasta venir

personalmente a comprobar si decía la verdad.

—Espera, ¿me está diciendo que él fue quien lo contó

todo e hizo que la abuela Lia viniera?

—Eso…

Se miran entre ellos, dándose cuenta de que yo no

sabía nada de esto. Entonces entiendo que su escena de

anoche, defendiéndome, no fue más que una actuación.

¡Defenderme de algo que él mismo había planeado! Una ola

de rabia me invade, y si pudiera, le torcería el cuello ahora

mismo.
—¿Dónde está?

—En la terraza, en el último piso —dice Lucas,

señalando hacia el techo—, pero no está muy bien.


¡Y va a estar peor!

Los dejo en la sala y tomo el ascensor para

encontrarme con él. Philippe va a tener que vérselas

conmigo; estoy cansada de sus intrigas. Sabía que su

abuela haría un escándalo y aun así la trajo sin avisarme, a

propósito.

Cuando las puertas del ascensor se abren, salgo hacia

la terraza, recibiendo el aire frío desde allí arriba. Lo busco


cerca de la piscina, pero no lo encuentro. Camino hacia la

zona de los sofás y la cocina, y lo veo sentado en uno de


ellos.

Philippe está con la cabeza gacha y no se da cuenta


de mi presencia hasta que estoy de pie frente a él.

—Volviste —dice, sin humor—. Pensé que te quedarías


abajo.

—¡Y yo pensé que serías menos imbécil! ¿Cómo


pudiste tenderme una trampa así, Philippe?

Levanta una ceja, pero no se mueve.


—No sé de qué estás hablando, Madie, y no creo que
esté en condiciones para tener esta conversación ahora.
Veo la botella vacía al lado del sofá y supongo que se
refiere a eso.

—¡Quiero saber por qué me odias tanto! —grito,


exasperada, sintiendo de nuevo ganas de llorar.

Me detengo un momento para respirar, porque no


puedo permitir que me vean llorar por cada cosa que

sucede. A estas alturas, ya debería haberme acostumbrado.


—¿Yo te odio?
—¡Sí, me odias! Me hiciste tanto daño que pensé que

nunca lo superaría. Y luego reapareciste queriendo


acercarte a tus hijos. —Sacudo la cabeza al darme cuenta

de que mis manos están temblando—. ¿Llamaste a tu


familia para humillarme? ¿Querías que tu abuela montara

ese espectáculo conmigo? ¿Que me ofendiera de esa forma?


¿Y luego actuar como si fueras mi defensor?

—¿De verdad piensas eso? ¿Que los llamé porque


quería esto? ¿No se te ocurrió que quería que todos se

enteraran? ¿Que quería impedirte que te fueras? —


pregunta, elevando la voz.

Pero no caigo en esa charlita.


—¡No, no fue eso! Lo que pasa es que disfrutas
haciéndome quedar en ridículo, porque en algún momento

debí hacer algo para que me odiaras de esta manera. No sé


qué fue, pero estoy segura de que tu odio es…

—¡Tienes razón! —Se pone de pie y abre los brazos,


con una sonrisa irónica en los labios, pero sus ojos arden

con la misma rabia que los míos—. ¡Te odio, Madeline! Odio
todo de ti.

La crudeza de sus palabras me golpea como un viento


fuerte, y retrocedo unos pasos, pero Philippe avanza hacia

mí.
—Odio el hecho de que toda mi maldita casa huele a

ti, y ahora también mi almohada. Odio que seas terca y que


inventes teorías absurdas. Odio que esa risa maldita tuya

logre meterse dentro de mí y revolverlo todo aquí. —Se


golpea el pecho con rabia, y parpadeo, aturdida por lo que
escucho—. Odio no poder trabajar en paz porque no dejas

de meterte en mi cabeza. ¡Odio que estés guapa incluso


usando un trapo, porque nadie es de hierro!

—Philippe…
—Odio que hayas llegado, que me pusieras de cabeza,

destruyendo todo lo que creía sobre el amor y la vida, y


ahora me estés aplastando el corazón al marcharte. Odio

darme cuenta a estas alturas de que estoy jodido y


enamorado, que te amo, y saber que fuiste a ver a ese

imbécil. Maldita sea, cómo quiero atropel…


Philippe no termina la frase, porque me lanzo a sus
brazos y lo beso con todo lo que tengo dentro. Nuestros

labios chocan y rodeo su cuello con mis manos, sintiendo


cómo su brazo me atrae hacia él. Es un beso cargado de

emoción y sentimiento, que consume, pero también


construye.

Él me ama, y aunque muchas cosas aún necesiten


aclararse, esa es la única frase que cambia todo.

Cuando nos separamos, toco su rostro, sintiendo su


piel, la barba incipiente y notando sus ojos hinchados.

—Esa fue la peor declaración de amor del siglo —le


digo, mirándolo.

Philippe se encoge de hombros.


—Fue explosiva, por decir lo menos.
—¿De verdad estabas llorando? —pregunto con una

sonrisa disimulada.
—Merde… ¿Quién lo vio? —Como no respondo, desvía

la mirada al suelo—. Valentine dijo que habías ido a ver a


ese enclenque y que te ibas.

—Sí, fui a hablar con Michel, pero fue para decirle que
no nos veríamos nunca más. También le dije que te amo…

Philippe me mira, sorprendido.


—¿Se lo dijiste? O sea… ¿Me amas?

—Te amo.
—Pero dijiste que te irías, que me dejarías.

—Porque pensé que nunca corresponderías a lo que


siento. No quiero pasar la vida amando a un esposo que no

se preocupa por mí.


—Me importas, mon amour. —Me da un beso rápido
en los labios y acaricia mi cabello—. Je t’aime…

—Je t’aime, Philippe.


—Quiero que te quedes aquí, que te cases conmigo,

que seas la madre de mis hijos. Quiero decir, de otros hijos.


Cuando supe que te habías ido, después de pasar la noche
conmigo, me acordé de la primera vez. Vi la escena
repitiéndose, pero esta vez pensé que iba a morir.

—¿Qué escena?
—Tú, con ese tipo otra vez, después de haber estado
conmigo.

Aprieto los labios en una línea fina y tomo su mano,


tirando de él hacia el sofá.

—Creo que necesitamos aclarar algunas cosas,


Philippe —digo, apoyando las manos en mi regazo—. Nos

amamos, pero hay cuestiones que siempre estarán entre


nosotros si no las resolvemos ahora.

—Hagámoslo.
—Al día siguiente de esa noche que pasamos juntos,

decidí ir a hablar contigo en la cabaña. Me quedó la


impresión de que había salido corriendo y dado una idea

equivocada con eso.


—No fuiste a hablar conmigo…

—Sí fui, pero cuando llegué estabas al teléfono con


una mujer, Lorraine —recuerdo, entrecerrando los ojos—.

Dijiste que la verías al volver a París y que la noche anterior


habías hecho algo de lo que te arrepentirías por el resto de
tu vida. Escuché toda la conversación desde afuera.

—Merde… —Philippe pasa las manos por el cabello y


asiente—. En esa época salía con Lorraine, pero nunca fue

algo serio; no era mi novia y estar contigo no fue una


traición. Tampoco estaba planeado, pero fue increíble…

Sabía que no sería fácil olvidarlo, pero debía hacerlo por mis
padres, por tu edad y porque habíamos acordado que no

volvería a pasar. No dije que estaba arrepentido porque no


me gustó, sino porque quería más.

—Claro que esa no fue la interpretación que yo tuve.


—Es lógico que no. Me lo imagino y lo siento mucho,

Madie. Era tu primera vez, y escuchar eso después…


—Me quedé destrozada. Aunque no quisiera admitirlo,
me gustabas, siempre estuve enamorada de ti, y esa noche
fue la mejor de mi vida. Pero esa llamada fue como un balde

de agua fría.
—Perdóname, mon amour… Te juro que si pudiera
retroceder en el tiempo habría hecho las cosas de otra
manera, pero espero que entiendas que mi único
arrepentimiento fue haber probado algo prohibido. Porque
quería más.

—Eso ya quedó en el pasado, pero por eso te dije esas


cosas en el mensaje.
—¿En el mensaje? ¿Sobre Michel y otros hombres?
—Sí. Michel y yo siempre fuimos amigos, así que él
solía estar cerca, y no fue difícil enviarte una foto que diera

a entender otra cosa. Pero la verdad es que ni siquiera nos


besamos. Solo estaba herida.
—No lo puedo creer. —Philippe niega con la cabeza,
visiblemente molesto—. Si hubiera sabido eso, Madie, todo

lo demás también habría sido diferente.


—¿Cómo?
—Cuando me llamaste para contarme sobre el
embarazo, escuché una conversación entre ustedes. Te oí

decir que lo amabas.


—Lo amaba, sí, como amigo. —Frunzo el ceño,
intentando comprender lo que quiere decir.
—Escuché toda la conversación. Dijiste que pensabas

que él te apoyaría y que lo entendería. Recuerdo lo que


Michel te respondió cuando le dijiste que lo amabas.
—¿Qué clase de amor es ese que miente y engaña…?
—recuerdo, empezando a entender la perspectiva de

Philippe—. Pensaste que yo lo había traicionado contigo.


—Sí, porque habías dicho que estarías con él, y
después escuché esas frases fuera de contexto. Cuando él
me vio, me dijo que yo debería hacerme cargo, porque él no

me apoyaría. Y entonces inventé toda una historia en mi


cabeza, pensando que Michel era el padre y que, al
descubrir la traición, no quería asumir su responsabilidad.
—Y me acusaste de intentar engañarte. No tienes idea

de cómo me hiciste sentir, como si fuera sucia y


manipuladora, cuando en realidad el único hombre con el
que estuve fuiste tú.
Philippe me mira ahora, asimilando mis palabras.
Puedo ver el dolor en sus ojos por todo lo que estoy

diciendo, aunque ya no haya forma de cambiar el pasado.


—¿Has oído decir que el entorno en el que vive una
persona moldea quién es, Madie?
—Sí, ¿por qué?

—Porque todo lo que hice y dije fue resultado de mis


experiencias. Lamentablemente, crecí escuchando que las
mujeres se acercarían a mí por interés, por mi dinero y mi

apellido, por lo que puedo ofrecer. Me pasé la vida


recibiendo advertencias sobre la prevención en el sexo,
porque ese era el truco más viejo del mundo —dice,
repitiendo las palabras de su abuela—. Y cuando llegué a la
adolescencia y empecé a salir con chicas, me di cuenta de

que no era del todo mentira; muchas personas, tanto chicas


como amigos, se acercaban por interés.
—Creo que puedo imaginarlo.
—La vida, y mi abuela, me prepararon para lidiar con

ese tipo de personas, que créeme, hay muchas por ahí. Pero
nadie me preparó para alguien como tú, que se entrega de
verdad, que es honesta y que ama incluso a quienes no lo
merecen. —Baja la cabeza y toma mi mano entre las suyas,

acercándola para dejar un beso en ella—. Incluso mi abuela,


con todo lo que te hizo a lo largo de los años, recibió amor a
cambio. Pero esa influencia, y la coraza que construí, me
alejaron de la realidad.

Philippe se recuesta en el sofá y sus ojos buscan el


cielo sobre nosotros. Él nunca ha sido del tipo que se abre
de esta manera, así que aprovecho cada segundo de esta

versión nueva del hombre que siempre amé en silencio.


—Aunque te conocía desde niña, no convivimos tanto,
porque cuando murieron tus padres, yo ya estaba en la
universidad y nuestro contacto se limitaba a mis visitas.

Siempre tuve una buena opinión de ti, te veía como alguien


dulce, amable, sincera. Pero la desconfianza hacia todo y
todos fue sembrada en mí, como esas plantitas que mi
abuela te obligaba a regar…

—Y entonces tomaste todas esas señales, la


conversación que escuchaste y las mentiras que dije para
protegerme, y sacaste tus conclusiones. Estabas
programado para esperar lo peor de las personas.
—Así es… Y tú, al contrario, siempre buscaste lo mejor

en los demás.
—No soy una santa. Quise matarte muchas veces, y a
tu abuela también, claro.
—Me lo merecía, mon amour. Te dejé pasar el

embarazo sola, y ocho meses de la vida de ellos, y juro que


ni por un día pensé que estaba equivocado. Solo empecé a
cuestionarlo cuando descubrí que no estabas con Michel.
—De verdad pensaste que él era el padre —niego con

la cabeza, aún sorprendida—. Por eso te pusiste tan celoso


cuando fui a hablar con él.
—¡Me volví loco! No podía dejar de imaginar que te
acostarías con él otra vez y…

— Mon chéri, nunca me acosté con él, ni antes ni


ahora. Puedes sacar esa idea de tu cabeza si eso te ayuda a
dormir tranquilo.
—¡Me ayuda! ¡Me ayuda mucho! —Philippe sonríe, y

su sonrisa hermosa llena mi corazón de calidez,


expandiendo un calor agradable por todo mi pecho—. ¡Estoy
tan feliz, Madie!
—¿Por qué no me acosté con él?

—En parte, sí. Pero más que nada porque me amas,


vas a quedarte aquí y te casarás conmigo. Vamos a ser
felices… —Me besa en la frente, con un gesto cariñoso—. Y
mira, ahora toda mi familia ya lo sabe, no tenemos que

preocuparnos más por eso.


—En realidad, los echaste y dijiste que no habría
boda. Están abajo, peleando y haciendo un escándalo por
eso.
—¡Ah, es cierto! —Philippe se pone de pie, lleno de
energía. Ya no parece el hombre irritable y triste que
encontré al llegar—. Vamos abajo a hablar con ellos.
—¿Vas a pedirles que se queden?

—¿Estás loca? Los voy a echar igual. Quiero quedarme


solo contigo y los niños ahora que puedo abrazarte cuando
me dé la gana. Pero les voy a decir que todo está bien.
Estoy riéndome de sus comentarios cuando entramos

al ascensor. Philippe me agarra apenas se cierran las


puertas, entusiasmado por poner en práctica su idea.
Pero al llegar al primer piso, solo encontramos a tía
Giselle sentada en el sofá, vigilando a nuestros hijos
mientras juegan en el corralito.

—¿Dónde está todo el mundo? —pregunta Philippe.


Ella se gira al escuchar su voz y sus ojos se detienen
en nuestras manos entrelazadas.
—¡Gracias a Dios! ¿De verdad están bien? ¿No te vas

a ir, verdad, Madie? —Tía Giselle se levanta y camina hacia


nosotros—. ¿Se van a casar?
—Sí, tía. Hablamos y resolvimos todo lo que estaba
pendiente entre nosotros —respondo, sonriendo.
—¿De verdad? ¿Puedo viajar tranquila?
—Claro que sí, mamá —afirma Philippe—. Y cuanto
antes se vayan, mejor… Quiero quedarme a solas con mi
prometida, si me entiendes.

—¡Philippe! —lo reprendo.


Pero tía Giselle se ríe.
—¡Qué alegría! Los dos están sonriendo, felices y con
ganas de abrazarse. Bueno, me voy entonces. Los demás ya

están esperando en el coche, porque tu abuela hizo un


berrinche y se metió ahí dentro.
—¿Cómo?
—Valentine le dijo algunas cosas fuertes, pero que

necesitaba escuchar, si quieren saber mi opinión.


—¿Se enojó? ¿Intentó pasarle la silla por los pies a
Valen? —pregunto, recordando lo que mi amiga mencionó.
—Curiosamente, no. Se puso triste, salió llorando y se

encerró ahí dentro. Ahora no quiere hablar con nadie.


—Se le pasará —dice Philippe, mientras abraza a su
madre—. Tal vez esto le ayude a evolucionar un poco como
persona.
—Siempre hay esperanza, ¿verdad?
Tía Giselle también me abraza con fuerza y llena mi
cara de besos. Luego corre hacia los nietos y les da un beso
ruidoso a cada uno antes de recoger su bolso y salir,

despidiéndose con la mano.


Philippe y yo nos quedamos ahí, observando a Cloé,
Amélie y Antoine jugar, disfrutando con placer del hecho de
que, definitivamente, somos una familia.
Capítulo 29

MADELINE

Llegué muy temprano a Unique hoy, pero tenía mis


razones más que especiales. Han pasado más de dos

semanas desde que Philippe y yo arreglamos las cosas y no


podríamos estar mejor. Estamos disfrutando cada segundo

juntos con nuestros hijos, y con cada día que pasa tengo
más certeza del amor que él me ha declarado.

Está en cada detalle: en el hecho de que se esfuerza

todos los días para preparar un desayuno agradable antes


de que me vaya a trabajar, aunque sea un desastre en la

cocina; en el tiempo de calidad que me dedica a diario, con


sus mensajes cariñosos, sus palabras de amor y sus gestos

inconscientes también.

Se ha vuelto un hábito que me espere para empezar

nuestra rutina de noche: alimentamos a los niños, jugamos


con ellos y los ponemos a dormir, después de las canciones

de cuna, claro. Y el resto de la noche es solo nuestro.

Cenamos juntos, vemos nuestras películas y series

favoritas o leemos algo, y después subimos a la suite. El


momento del baño es especial porque lo hacemos juntos

cada noche, excepto cuando ocurre algo inesperado, como

el día en que Cloéh se escapó de la cuna y gateó hasta

nuestra habitación…

Luego, siempre nos acostamos en la cama y


conversamos hasta tarde, sobre todo: la vida, nuestros

sueños y ambiciones, el trabajo, nuestros planes juntos y

nuestras historias pasadas. La conversación suele terminar

cuando ya estamos desnudos, y entonces hacemos el amor

por mucho tiempo. No podría ser más feliz. Nunca deseé


otra vida, otra persona, aunque tampoco me permitía la

ilusión de imaginar algo como lo que estamos construyendo.

Hoy, sin embargo, es mi cumpleaños número

veintidós. Philippe no lo sabe, o al menos no creo que lo

sepa, ya que no ha mencionado nada al respecto. No estoy

molesta; no se lo dije, y antes de que estuviéramos juntos,

Philippe solo me felicitaba en las raras ocasiones en que


Valentine o tía Giselle se encargaban de recordárselo.

Pero tengo planeado adelantar el trabajo, organizar

algunas piezas para la decoración de una fiesta empresarial

de mañana y luego ir a casa. Lo invitaré a salir, y Manu ya


se ofreció a ser nuestra niñera. Philippe regresa al trabajo la

semana que viene, y estamos corriendo contra el tiempo

para encontrar personas adecuadas para cuidar de nuestros

hijos, pero aún no hemos tenido suerte.

El teléfono suena sobre mi escritorio, y me inclino

para contestar.
—Bonjour, Unique. ¿En qué puedo ayudarle?

—Bonjour. Me gustaría hablar con la señorita Madeline

Leroy. ¿Está disponible?

—Soy yo. ¿Con quién hablo?

—¡Ah, qué bien! Mi nombre es Camille. Hablamos el

otro día por teléfono sobre la fiesta de mi boda. Me gustaría

que se encargara de la decoración, y me dijo que pasara por

la empresa para que lo discutiéramos. ¿Se acuerda?

—¡Oui! ¿Cómo estás, Camille? ¿Eres la que me dijo

que aún no tienes definido el estilo, verdad?


—Sí, exacto. Estoy pasando cerca y quería conversar

contigo. Prometo no tomar mucho de tu tiempo, si es

posible.

Miro el reloj y por un momento pienso en reagendar,

después de todo, esto me retrasará un poco. Pero es una


chica tan dulce que necesita ayuda; se casa pronto y no

tenemos mucho tiempo para organizarnos.

—Puedes venir, te estoy esperando. ¿Llegas en unos


quince minutos?

—Claro, voy en camino.

Cuelgo y aprovecho los minutos de espera para

revisar mi celular. Recibí un video de Valentine

felicitándome y diciéndome cosas hermosas, además de

prometerme un regalo increíble enviado por una mensajería.

Tía Giselle también me mandó muchos mensajes,

llenos de fotos de cuando era pequeña. Valentine y yo

abrazadas junto a un columpio; yo con el tío Maurice en la

cocina, mezclando una masa; ella conmigo en brazos frente

al piano, sonriendo a la cámara. Y una en la que estoy con

mis padres, antes de que se fueran. Les estoy agarrando las

manos, y ellos me levantan un poco del suelo mientras me

río a carcajadas.

En otra, Philippe está de pie cerca de la piscina. Por el

escenario, creo que es su cumpleaños número treinta. Está

de perfil, hablando con alguien, y la foto fue tomada sin que


él lo notara. Pero lo que tía Giselle intenta mostrarme es a
mí, sentada en un rincón al fondo de la imagen. No debía

tener más de quince años, aún muy niña, pero mis ojos

estaban fijos en Philippe, sin que él se diera cuenta.

— ¿Demasiado ilusionada, verdad, Madeline? — me

digo a mí misma. — Y eso con quince años, por el amor de

Dios…

Escucho un golpeteo en la puerta, y Elise asoma la

cabeza y me ofrece una sonrisa.

— Hay una chica aquí para verte, parece que es sobre

la decoración de una boda.


— Déjala pasar, la estaba esperando.

Camille entra por la puerta poco después. Sus ojos

recorren rápidamente mi oficina antes de detenerse en mí, y

entonces sonríe, toda dulce.

— Bonjour, gracias por recibirme así, sin haber

agendado una cita antes. Es que estoy muy ansiosa, falta

muy poco.

— Vamos a resolverlo, siéntate aquí — indico la silla

frente a mí para que se siente, y Camille lo hace,

colocándose justo delante de mí. — ¿Qué tienes en mente?


La joven hace una mueca, y sus ojos se pierden por

un instante, como si no supiera qué responder.

— Quiero algo especial, pero no sé qué.

— ¿Cómo es eso?

Ella suspira y sonríe, como alguien enamorada.

— Cuando conocí al hombre con quien voy a casarme,

nos enamoramos perdidamente. Fue ese amor a primera

vista, ¿sabes? De esos que llegan arrasando y cambian todo

lo que piensas.

— Sí, lo sé…

— Pero mis padres estaban en contra. Él viene de una

familia humilde, y mis padres tienen mucho dinero. Querían

que me casara con alguien de la misma posición social.

¡Una tontería!

La manera en que lo cuenta me hace pensar en mi

propia historia con la abuela de Philippe. O en Manu, cuyos

padres son exactamente como los de esta chica.

— Eso es terrible, lo siento mucho.


— Yo también. Nos prohibieron vernos, y mi padre hizo

que mi novio se mudara de ciudad, porque se las arregló

para que perdiera su trabajo. Parecía que no había solución.


— ¿Y luego?

Estoy interesada en la decoración, pero como la tonta

enamorada que soy, estoy ansiosa por saber el final de la

historia. Quiero saber si todo salió bien, si la familia lo

aprobó y si ahora son felices.

— Él consiguió un ascenso, subió de puesto y empezó

a ganar más.

— ¿Y tus padres cambiaron de opinión por su dinero?


Esta historia no suena bien, no era el final que

esperaba.
— No, no cambiaron de opinión — responde, triste,

desechando mis suposiciones —, pero ahora podemos


mantenernos por nuestra cuenta, sin depender de ellos, y

nos vamos a casar, aunque no lo acepten. Envié una


invitación a mi padre para que me lleve al altar, pero no sé

si vendrá. Solo me queda esperar que lo haga.


— Oh, mon Dieu… — Estoy a punto de llorar con una

desconocida; así es el efecto que las historias de amor


tienen sobre mí.
— Por eso quiero pedirte un favor.

— Claro, ¿qué necesitas?


— Que te encargues por completo de la decoración.
No entiendo nada sobre esto. No sé elegir flores, no sé si es

mejor hacerlo en un lugar abierto o cerrado, si casarme en


la playa o en una iglesia — dice, agitando las manos para

ilustrar sus palabras —. Y no quiero preocuparme por nada


de eso, ¿entiendes? Porque lo único que importa es que

estemos juntos.
— ¿Pero no sabes si quieres algo moderno o clásico?
— ¡Estás comprometida! — Da un gritito emocionado

al ver el anillo en mi dedo en lugar de responderme. —


¡Imagina que estás organizando tu ceremonia y tu fiesta, y

hazlo como te gustaría que fuera!


Nunca me habían pedido algo así; no sé si es una

buena idea.
— Yo…

— Es la mejor solución. Tu buen gusto es indiscutible,


especialmente si haces lo que harías para ti misma, ¡y me

harás tan feliz! — Camille coloca su mano sobre la mía en la


mesa y me mira igual que mis bebés cuando quieren algo

de mí. — Por favor, Madeline.


Suspiro, cediendo a su pedido. No es lo habitual, pero
ella y su prometido necesitan tanto esto, y la historia es tan

bonita que no puedo ser un obstáculo. Necesito ser parte


del apoyo que ahora les hace falta.

— Está bien. ¿Y sobre el presupuesto?


— Eso ya no es un problema para nosotros. Puedes

usar lo mejor que tengas, gastar todo lo necesario y darme


la boda más grande del siglo — dice, poniéndose de pie —,

¿o crees que una ceremonia íntima y discreta es mejor? —


pregunta, llevándose la mano al mentón.

— Creo que podría ser íntima, para tus amigos y


familiares, pero lujosa y opulenta, como tú y quienes han

estado a tu lado merecen. Así es exactamente como la haría


yo.

— ¡Perfecto! ¿Puedes ir informándome de los


avances? Será en poco más de dos meses. Te pasaré la lista
de invitados para que prepares el tema de las mesas y

sillas.
— Dos meses… — Ya me imaginaba que sería pronto,

pero no tanto. Normalmente, las decoraciones de boda se


reservan con casi un año de antelación. — Está bien, no te

preocupes, haré lo mejor que pueda.


Me despido de la clienta, que sale muy contenta. Pero

poco después, escucho nuevos golpes en la puerta, antes


de que pueda volver a organizar los detalles del evento de

mañana.
— ¡Feliz cumpleaños a ti…! — La puerta de mi oficina
se abre, y veo a Manu entrar con un pastel en las manos.

Jean y Elise vienen detrás, aplaudiendo y sonriendo. — ¡En


esta fecha querida…!

El coro continúa mientras me levanto para recibir las


felicitaciones de los tres. Elise me abraza y me agradece por

haberle dado una oportunidad de trabajo cuando ya no


tenía nada, lo que me conmueve. Jean también me felicita y

me desea cosas maravillosas.


Manu coloca el pastel sobre la mesa antes de

abrazarme con fuerza.


— Ven aquí, amiga… ¡Estoy tan feliz de celebrar este

cumpleaños contigo! — Se separa un poco, toma mis manos


y me sonríe con los ojos llenos de lágrimas. — Eres la mujer
más fuerte y luchadora que conozco, y te admiro

muchísimo.
— Claro que no, si no fuera por ti…

— No, Madie. Yo sé imponerme mejor, lo admito, pero


tú no te rindes. Eres resiliente, decidida, leal e increíble.

Unique no existiría sin ti, y probablemente yo estaría casada


con algún idiota que mis padres me hubieran impuesto. Tus

hijos son la prueba de todo tu esfuerzo por hacer las cosas


bien.

— Basta, me estás poniendo nerviosa y sentimental.


Jean y Elise se ríen de mí, disfrutando de la escena y

poniéndome aún más tímida.


— Tú y Philippe… Sabes bien cuánto quise matar a ese

hombre. ¡Le habría dado unos buenos golpes en la cara! —


dice con aire soñador —. Pero estoy encantada de estar a tu
lado y ver que todo fue un gran malentendido, y ahora eres

feliz y te sientes plena. — Suspira y se encoge de hombros.


— Hasta logré perdonar al idiota, porque al final fue él quien

puso esa sonrisa en tu cara.


— Lo sé, amiga. Estuviste conmigo en los peores

momentos, pero quiero que estés a mi lado en todos los


mejores de ahora en adelante, y también voy a apoyarte
siempre. Seré la mejor amiga del mundo. ¡Déjamelo a mí!

Prometo echar a todo idiota que tus padres intenten


encontrarte y buscaré al mejor partido para ti.
— No sé, no… Tu historial no me inspira mucha

confianza, Madeline. Solo porque el sapo de repente se


volvió príncipe no significa que voy a confiar en tus

elecciones — dice, con evidente sarcasmo en la voz.


Abro la boca, sorprendida por la audacia de esta

chica, y nuestros compañeros de trabajo empiezan a reírse


porque debo tener una cara bastante graciosa.

— Es una pena que tu príncipe no sea bueno con los


regalos de cumpleaños — comenta, enrollando un mechón

de su cabello en el dedo.
— Philippe no me dio nada. No sabe que es mi

cumpleaños hoy, pero se lo diré más tarde.


Manu acepta el cuchillo que Elise le ofrece y empieza

a cortar pedazos de pastel, pero la forma en que me mira


parece muy sospechosa.

— ¿Qué pasa?
— Claro que lo sabe. Mandó tu regalo hace unos diez
minutos.

— ¿Qué? ¿Y dónde está ese regalo?


Manu pone un plato en las manos de Elise y otro en

las de Jean para que puedan comer, luego abre la puerta y


corre hacia la sala de al lado.

La observo, esperando con creciente expectativa.


Philippe es bastante impredecible, así que no tengo idea de

lo que pudo haberme comprado.


Manu regresa con una cajita rectangular en las

manos. No es muy grande ni alta; parece adecuada para un


libro o un collar, tal vez.

— ¿Qué es esto?
Tomo el paquete de sus manos, y ella me observa con
curiosidad y una sonrisa sugerente en la comisura de los
labios. Cuando quito la tapa de la caja, me encuentro con

algo que parece un manual, un libro muy específico. El título


llama mi atención y casi no puedo creer que realmente haya
hecho esto.
¡Qué fastidio!
— "Manual de scooters para principiantes y tontos".
Esto tiene que ser una broma.

— Ya te dije que Bernard era malo con los regalos —


dice, levantando las manos —. Aparte de ser poco amable,
está insinuando que no sabes conducir. — Asiente, poniendo
una mueca.
— Pero, ¿sabe conducir? — pregunta Jean,

encogiéndose cuando le lanzo una mirada fulminante.


— ¡Qué tonto eres, Jean! — Elise me defiende. —
Todos pueden subirse a la acera y chocar contra un basurero
de vez en cuando, ¡fue solo un despiste!

Manu baja la cabeza, claramente aguantándose la


risa. No sé qué hacer con estas personas que tienen tantas
opiniones negativas sobre mis habilidades.
— ¿Y el gato de la vecina? Por poco no lo atrop…

— ¡Cállate, hombre! — lo regaña Manu, y él guarda


silencio al darse cuenta de que habló de más.
— ¡Ese Philippe va a ver lo que es bueno! Cuando
llegue a casa, voy a torcerle ese cuellito lindo suyo. — Hago

el gesto con las manos para desahogarme.


Por suerte, Manu es el tipo de amiga que siempre está
ahí para apoyarme y motivarme.

— Entonces, vete tranquila. Yo termino de organizar


las cosas para la fiesta de mañana. Después de que pelees
con él, te espero en casa con mis bebés para que puedan
salir y disfrutar la noche.

Agarro mi bolso sin pensarlo dos veces. La verdad es


que estoy loca por estar con ellos, pero ese manual me dio
la excusa perfecta. Después de todo, él me provocó.
Me pongo el casco y salgo en mi Vespa rumbo a

nuestra casa. No es que tenga un sentido del espacio


limitado, pero eso no significa que maneje mal. Conducir
rápido demuestra que soy buena, ¿cómo no se da cuenta?
Cuando estaciono frente a la puerta y entro en el
vestíbulo, noto que todo está demasiado silencioso.

— ¿Philippe? ¿Dónde estás? — Camino hacia la sala y


los encuentro en el sofá.
Philippe me hace señas para que baje la voz, y veo
que los trillizos están dormidos a su lado, recostados uno

sobre el otro. Es una escena preciosa que creo que nunca


olvidaré.
Con cuidado para no despertarlos, Philippe aparta la

cabecita de Amélie, que descansa sobre su pecho, y la


acomoda en un cojín antes de levantarse.
Me toma de la mano y me lleva hacia la cocina. Solo
entonces se gira para mirarme, con una sonrisa divertida en
los labios.

— ¿Te gustó el regalo, mon amour?


— ¡Payaso! Debería haberte arrancado la pierna
cuando tuve la oportunidad — digo en voz baja. — Apuesto
a que en una carrera te ganaría.

— Preciosa, solo si montas desnuda en la moto para


distraerme.
Le doy un golpe en el hombro, pero no puedo evitar
reírme.

— No lo digo por tus habilidades, o la falta de ellas,


pero no se puede comparar una Vespa con mi moto, Madie.
— Entonces intercambiemos…
— ¿Estás loca? Me importa demasiado tu vida. Si

haces esas cosas en esa scooter asesina, no quiero ni


imaginar lo que harías en una moto más grande.
— ¡Te dejaría comiendo polvo!
Es obvio que solo insisto porque sé que Philippe nunca

aceptaría. Ni siquiera creo que llegaría a alcanzar los


pedales de esa monstruosidad.
— Tengo otro regalo para ti, Madie…
— ¿Y qué es? — Levanto una ceja, sin saber qué

esperar.
Philippe me rodea la cintura y me da un beso rápido
en los labios.
— Encontré dos niñeras para cuidar a los trillizos. Las

referencias son buenas, y hablé con una de ellas; me


pareció una excelente opción.
— ¿Ya la contrataste?
— No, esperé a saber tu opinión primero.
Asiento, aliviada.

— ¿Puedo ver los currículos?


Philippe agarra dos hojas que estaban en la isla y me
las entrega. Analizo la información de cada uno con
seriedad. La formación académica no importa tanto para

este trabajo, pero la experiencia y la integridad son


esenciales.
— Me gusta esta… — Señalo a la mujer de mediana

edad. — Es madre, ha trabajado en escuelas, así que sabe


manejar grupos de niños y ha hecho varios cursos sobre
desarrollo infantil.
— Sí, yo también creo que tiene un excelente perfil

para lo que necesitamos. ¿Y la otra?


Una parte de mí se incomoda un poco con el hecho de
que sea una chica muy bonita y joven, pero no soy, ni
quiero ser, el tipo de persona que juzga desde esa

perspectiva. Las personas deben ser valoradas por lo que


son, no por su apariencia.
— Parece buena también. No tiene tanta experiencia,
pero es natural, considerando que es mucho más joven que

la otra.
— Sí, solo que hay un conflicto de intereses, y no sé si
querrás contratarla por eso.
— ¿Cuál es?

— Es la novia de tu empleado, un tal Jean. Me lo dijo


por teléfono; viven juntos y fue Jean quien le comentó que
necesitábamos una niñera.
Ya me cae diez veces mejor solo por eso.
— ¿Puedes creer que ni siquiera sabía que vivía con
alguien? Es un chico muy reservado.
— ¿Pero eso es un problema para ti? ¿Que sea su
novia?

— Claro que no, es incluso mejor porque sé que será


alguien de confianza…
En todos los sentidos.
— Entonces, problema resuelto. — Philippe levanta las

manos al cielo como si diera las gracias, y me río. — Ahora


es momento de bañarnos y salir a celebrar tu día a lo
grande.
— ¿A lo grande?
— Sí — me abraza por detrás mientras caminamos

juntos de regreso a la sala, y susurra en mi oído —. Incluye


una joya hermosa, porque esos regalos anteriores no
cuentan.
— ¿Una joya? Eso suena bien…

— Y una limusina que nos llevará a cenar en ese


restaurante, el que está en lo alto de la torre Eiffel. ¿Has ido
alguna vez?
Sacudo la cabeza, emocionada.
— No, nunca he ido, y me encantan tus planes, señor
Bernard.
— Después, volveremos a casa. Te llevaré a la terraza
y te amaré bajo las estrellas, mon amour.

— Mmm… ¿Podemos saltarnos todo y empezar por


esa parte?
— No seas impaciente, Madie. Todo a su tiempo — me
reprende entre risas.

Philippe toma a nuestros hijos uno por uno, los


acomoda en el corralito para que sigan durmiendo seguros,
y subimos juntos a la suite.
De una forma u otra, c’est la vie… Y es perfecta.
Capítulo 30

PHILIPPE

Programé todo al detalle para darle a Madie una


noche inolvidable. El hombre que siempre fui se estaría

riendo de mí ahora, al verme correr de un lado a otro,


desesperado por hacer que mis planes salieran bien.

— Amélie, compórtate con la tía Manu, ¿vale? Papá y


mamá no van a tardar — comento, mientras echo un poco

de agua sobre su cabecita para quitar la espuma. — ¿Sabías


que hoy es el cumpleaños de tu mamá? No te he visto

felicitarla — bromeo, enjabonándole los bracitos con

cuidado.
Ella chapotea en el agua, salpicando por todas partes

y empapándome por completo. Ya estoy acostumbrado;

Amélie es la más tranquila de los tres, así que cuando baño


a los otros dos, suelo quitarme la camisa para evitar tanto

lío, pero siempre acabo con el pelo goteando.

Enjuago su pequeño cuerpo mientras ella balbucea

cosas incomprensibles.
— Ahhh, dadadada… buuuuuu…

Eso es, una excelente oratoria para su edad.

La levanto en brazos y la saco de la bañera. Luego,

sosteniéndola con un brazo, agarro una toalla con el otro y

la envuelvo torpemente.
Nos dirigimos al cuarto que comparte con sus

hermanos, donde ya tengo su ropa preparada. El vestido es

amplio y amarillo, y lleva unas medias gruesas y blancas

por debajo.

— No sé de dónde saca tu mamá esta ropa. Parece


que vais a un baile todos los días.

Estoy terminando de vestirla y listo para el siguiente

bebé cuando escucho el tono característico que tengo para

Lucas. Saco el celular del bolsillo y contesto.

— ¿Qué pasa, Mallet?

— Ahora que todo va bien, apenas me llamas. Así me

voy a molestar por haberte ayudado.


— ¿Ayudado? — Suelto una carcajada al escuchar el

tono confiado con el que lo dice. — Le dijiste a Valentine que

me mintiera.
— No mintió. Solo insinuó que Madie se había ido a

encontrar con ese tipo porque quería estar con él.

— Madeline fue a dejar las cosas claras, nada más.

— Pero eso te habría dejado demasiado tranquilo y

confiado. Funcionó, ¿no? Te pusiste todo sentimental

pensando que se iba a ir, pelearon y al final arreglaron las


cosas. Me dijeron que hasta lloraste. No recuerdo haberte

visto llorar desde que tenías nueve o diez años…

— Cállate. Al final salió bien, pero no estoy seguro de

que haya sido por lo que hiciste. No te pongas tan creído.

— ¿Nunca has oído decir que el fin justifica los


medios? Pues eso…
— No sé cómo te crees tan entendido si no tienes a
nadie.
— Porque no quiero, eso es diferente. Pero dime,
¿cómo van los preparativos?
— Bien, voy a pedirlo hoy.
Coloco a Amélie en el cuarto de juegos, sobre la
alfombra acolchada, y reviso alrededor para asegurarme de
que no haya nada peligroso cerca. Luego saco a Cloéh de la
cuna y, con el teléfono aún en la oreja, empiezo a quitarle el
pañal que lleva bajo la falda.
— ¿Otra vez? Pensé que solo ibas a hacerle una
sorpresa.
— La primera vez no cuenta, no es como quiero que lo
recuerde.
— Tienes razón. Te dejo seguir con los planes, pero
cuéntame todo después.
— Claro, no te preocupes.
Lanzo el teléfono dentro de la cuna y corro con Cloéh
al baño. Me quito la camisa porque esta traviesa es la peor
de los tres.
No nos demoramos mucho, aunque es tiempo
suficiente para que inunde el baño, empape las alfombras y
vacíe el frasco de champú en el agua. Aun así, salimos en
diez minutos.
Necesito dejar el baño presentable antes de empezar
con Antoine, pero no encuentro los trapos de piso, así que
agarro un par de toallas y las tiro sobre el suelo mojado, en
un intento bastante fallido de arreglar las cosas.
Para el último baño, ya estoy más preparado: quito los
frascos del alcance del pequeño y trato de ser rápido,
limpiando y enjabonando con precisión.
— Solo falta enjuagarle la espumita al bebé…

Le echo agua en la cabeza, y Antoine se ríe con la


sensación, haciéndome reír también. A diferencia de las
otras dos, que odian que les caiga agua en la cara, parece
que a él le encanta.
Lo llevo al cuarto y lo visto. Cuando todos están listos,
bajamos al primer piso. Pongo un dibujo animado en la
televisión. A Madeline no le gusta mucho que vean tantas
películas ni tengan tanto acceso a pantallas, pero hay
excepciones.
Hoy estoy agotado, y como tenemos que salir pronto,
sé que el dibujo les ayudará a dormirse rápido, y así ocurre.
Cuando Madie llega a casa, estamos los cuatro en el sofá,
con los trillizos profundamente dormidos.
Después de hablar un rato en la cocina, nos
arreglamos, y cerca de una hora más tarde, salimos hacia el
apartamento donde Emmanuelle vive sola.
Nuestros hijos ya están acostumbrados a quedarse
con ella, así que no nos preocupamos, pero prometemos
volver a buscarlos más tarde.
Madie se extraña del camino que tomo de regreso a
casa, y sus ojos recorren la ruta antes de fijarse en mí.
— ¿Por qué estamos volviendo?
— Te dije que íbamos en limusina, ¿no lo recuerdas?
— Oui, pero pensé que era una broma. ¡Qué
exagerado, Philippe!
— No es exagerado. Es tu cumpleaños, y estoy
celebrando el hecho de que te tengo en mi vida.
Entro el coche directo en el garaje, y cuando llegamos
a la entrada de la casa, el chófer ya nos está esperando. El
hombre abre la puerta trasera del vehículo para que
entremos, y Madie me mira, conteniendo una sonrisa.
Una vez solos en el interior y con el chófer en su
puesto, me giro hacia ella.

— ¿Por qué te reías?

— ¡Él hasta te abrió la puerta, Philippe! Qué galante…

— Un caballero. — Sonrío ante su buen humor.


Salimos a las calles de París y abro el techo del coche

para que Madie pueda ver mejor la noche. Ella se sube al

asiento y asoma la cabeza, gritando y levantando los brazos

como una niña.

Está feliz, y eso me hace sentir bien, saber que todo lo

malo entre nosotros quedó atrás y ahora solo quedan las

cosas buenas.

— ¡Philippe! Vamos a pasar por el río Sena… — Baja la


cabeza para decírmelo, con los ojos muy abiertos y una

sonrisa radiante.
— Claro que sí.

— Entonces ven, sube. ¡Tienes que ver esto desde


aquí!

— Disfruta, mon amour. Yo ya tengo la mejor vista de


todas.

Madie baja la mirada y recuerda su vestido. Frunce los


ojos, como si me reprendiera.

— Atrevido… Pero nunca habías visto París desde este


punto de vista, ¿verdad? Apuesto a que no. Dudo mucho
que antes llamaras a estos coches para dar paseos por ahí.
Vivías aburrido antes de mí, Philippe, admítelo — dice,
categórica.

— No me atrevería a negarlo, preciosa.


Madie me tiende la mano y termino cediendo. Me

pongo de pie a su lado mientras observamos la ciudad por


el techo de la limusina.

No vivo muy lejos de nuestro destino, así que el


tiempo pasa volando. Cuando el conductor estaciona cerca
de la torre, que está iluminada y parpadea con sus luces,

tiro de Madie para besarla. Ella rodea mi cuello con sus


brazos y me corresponde. El sabor de sus labios es el mejor

del mundo, y en sus brazos definitivamente encontré mi


hogar.

Bajamos del coche juntos, y la conduzco hacia la


entrada del restaurante. Hay un ascensor privado que solo

usan los clientes del lugar, pero la reserva también da


acceso al primer y segundo piso de la torre, si los visitantes

lo desean.
Aunque ya hemos estado aquí antes, sigue siendo

hermoso y romántico. Además, puedo admirarla con ese


vestido negro, largo, con una sensual abertura en la pierna.
Cuando llegamos al segundo piso, nos conducen a
nuestra mesa, cerca de una ventana con una vista increíble

del Trocadero. Sobre la mesa de madera hay un libro de


piedra, y Madie se inclina para verlo mejor en cuanto nos

sentamos.
— ¿Qué es este libro?

— Son fragmentos de historias de Julio Verne. El


restaurante lleva su nombre en honor al autor.

Asiente, comprendiéndolo. Son detalles a los que


normalmente no prestaría atención, pero como tuve que

buscar el lugar adecuado para llevar a Madeline, terminé


fijándome en cada pequeño detalle.

El menú de degustación consta de cinco platos, que


llegan uno a uno: sopa de caviar con berenjena ahumada,

pato asado con champiñones y manzanas, cangrejos con


salsa de manzana verde, coliflor en crema Du Barry con
caviar y raviolis de camarones con trufas.

Madeline disfruta cada plato con entusiasmo. Al final,


creo que no le gustan la mayoría de ellos; sus expresiones

graciosas me dicen que habría preferido una hamburguesa


con papas fritas. Aun así, la experiencia la tiene encantada.
— ¿Y entonces, Madie?

— El pato y los raviolis salvaron el resto — comenta,


asintiendo mientras toma un sorbo de su champán.

Aunque normalmente no bebe por la lactancia, hoy

decidió hacer una excepción y extrajo leche para los trillizos


con antelación, dejándola lista para que el alcohol se
elimine de su organismo antes de mañana por la tarde, con

muchas horas de margen de seguridad.


— Que el chef no te escuche decir eso.

— Soy una mujer de hábitos simples, pero lo que


importa aquí, chéri, es la vista increíble… y la compañía.

Madie apoya el mentón en las manos, aprovechando


el momento para contemplar París desde lo alto. Realmente

es espectacular, y hace que el lujo y la opulencia del lugar


tengan aún más sentido.

Aprovechando su distracción, le hago un gesto al


camarero para que traiga el pastel que pedí, y en menos de

dos minutos aparece, llevándolo en las manos.


Madeline se da vuelta al notar la sombra del hombre y

se lleva las manos a la boca, sorprendida.


— Monsieur… — se dirige al camarero. — ¡Philippe! No

puedo creer que hayas hecho esto…


— Es solo un detalle. Sé que Emmanuelle y los demás

ya te compraron un pastel hoy — comento, divertido por la


emoción que ella demuestra ante cada pequeño gesto.

— Oui, ¿pero sabes que no lo comí? — El camarero


coloca el pastel entre nosotros y deja los platos y cubiertos

antes de retirarse. — Alguien me dio un manual de manejo


de Vespas y me fui lista para pelear. ¡Olvidé comer el

pastel!
— No me digas que hiciste eso, Madie. Deben haberse

molestado.
— ¿Tú crees? Mañana me como un trozo y les pido

disculpas — responde, preocupada —, pero ahora voy a


disfrutar del que mi amorcito pidió.

Sonrío mientras corta su porción. Por mi pedido, el


camarero se mantiene a distancia; no quiero que nos

interrumpan en este momento.


— Yo también quiero… — Le quito la espátula y corto

un trozo pequeño; ya estoy satisfecho.


— Estoy amando este cumpleaños, Philippe. El
problema es que ahora creaste un precedente, ya sabes…

— No sé. ¿A qué te refieres?


— Que todos los años tendrán que ser igual de
increíbles — responde con tranquilidad.

— Puedo con eso. Madie, quiero hablar contigo de


algo importante, ¿está bien?

— Claro, amor.
— ¿No crees que ya es hora de que nuestros hijos

lleven mi apellido? Quiero registrarlos.


Ella sonríe y asiente de inmediato.

— Creo que sí, cuanto antes mejor.


— ¿Y no sería más fácil y natural que tú también

llevaras el mismo apellido que todos nosotros, tu familia?


Madeline detiene el tenedor a medio camino hacia la

boca, lo baja y lo deja sobre el plato.


— ¿Estás diciendo que firme como Bernard? ¿Quieres

decir que…?

— Mon amour, sabes que nuestra historia no tuvo el

inicio más convencional. Aunque comenzó hace mucho


tiempo y estuvo llena de giros y momentos difíciles,
reencontrarnos fue lo que, a mis treinta y siete años, le dio
sentido a mi vida.

— Philippe… — Su mirada cambia de emocionada a


curiosa en un instante. — Acabo de darme cuenta de algo.

Siempre me llamaste mon cher, y de repente empezaste a


decirme mon amour.

— Es verdad, pero la explicación es bastante lógica:


antes eras una persona querida, pero ahora eres mi amor.

Le diste color a mis días, llenaste cada uno de ellos de risas,


colmaste mi corazón con un sentimiento más grande que

cualquier otro que hubiera conocido, y diste vuelta a mi vida


coordinada y aburrida. Literalmente me atropellaste con tu

Vespa asesina y, cuando me di cuenta, ya no podía


imaginarme sin ti.
— Todo esto por mi cumpleaños, y parece que todos
hoy quieren hacerme llorar — murmura, secándose una

lágrima del rabillo del ojo.


— No quiero que llores. Quiero verte sonreír cada día,
por el resto de nuestra vida, a mi lado y con nuestros hijos,
en nuestra casa, viviendo esta vida perfecta que solo tiene

sentido si estamos juntos. Quiero que seas mi esposa,


Madie. — Saco del bolsillo la cajita con el anillo y sonrío al
ver sus ojos muy abiertos. — ¿Quieres casarte conmigo?

— ¡Ah, mon Dieu!


— Espera…
Me levanto de la mesa solo para arrodillarme frente a
ella. Sé que todo el restaurante tiene los ojos puestos en
nosotros, pero mi Madeline merece que las cosas se hagan

como es debido.
— ¿Y bien? ¿Quieres ser mi Madeline Leroy Bernard?
— ¡Oui! ¡Claro que quiero, Philippe!
Ella se inclina para besarme, y me pongo de pie,

tomando sus labios con los míos mientras una lluvia de


aplausos resuena por todo el salón.

MADELINE
Cuando llegamos a casa, aún solos, Philippe me
arrastra hasta el último piso, con malas intenciones.

Subimos en el ascensor, pero apenas puedo apartar la


mirada de los anillos que descansan en mi dedo, porque sí,
ahora son dos. La primera propuesta fue real, pero no era
del todo de corazón, y a veces dudaba si continuaríamos

con el compromiso o no por esa razón.


Las puertas se abren hacia la terraza y salimos.
Philippe tira de mi mano, y yo corro tras él, intentando
quitarme las sandalias que me molestan y empiezan a

incomodarme.
Se deja caer en el sofá y me atrae hacia él,
haciéndome quedar sobre su cuerpo, sonriendo.
— La luz de las estrellas, como prometí.
Levanto los ojos al cielo y, extasiada, observo lo

hermosa que es la noche desde aquí, perfecta. No hay luces


encendidas, lo que hace que los puntos brillantes reluzcan
aún más.
Philippe aprovecha mi distracción y comienza a

besarme el cuello, mientras sus dedos hábiles bajan el


cierre de mi vestido.
— Maravillosa…

Aparta la tela, empujándola hacia mis caderas, y me


sorprende el frío de la noche sobre mis pechos desnudos. El
frío desaparece rápidamente, sustituido por el calor de sus
labios, que los cubren con besos húmedos y lentos, casi
torturantes, mientras disfruto de sus caricias suaves y

excitantes.
Le quito el traje que lleva puesto, arrancándoselo de
sus brazos fuertes, y empiezo a desabotonar su camisa.
Philippe me tortura con la punta de su lengua, con

chupadas suaves y mordidas ligeras, haciéndome difícil


avanzar.
Después de un rato, consigo pasar la tela por sus
hombros y le quito la camisa, dejando su torso al

descubierto para el deleite de mis manos. Sus tatuajes,


usualmente ocultos, me atraen como siempre. Los beso, y
mis labios recorren cada uno, sintiendo su piel erizarse bajo
mi toque en cada rincón.

Philippe levanta la falda de mi vestido y acaricia sobre


mi lencería. Me arqueo bajo sus dedos expertos, y segundos
después aparta la tela y toca ese punto sensible que suplica

más.
— Estás tan húmeda, Madie.
— Siempre…
— Hoy te quiero de espaldas, mirando las estrellas

mientras yo estoy detrás de ti.


El comentario malicioso me arranca una risa.
— ¿No ibas a hacer el amor conmigo?
— Sí, pero eres demasiado tentadora. Lo haces

difícil…
Me levanto de su regazo y aprovecho para terminar
de quitarme el vestido. Me apoyo en el respaldo del sofá,
haciendo lo que Philippe dice, y me coloco a cuatro para
que él me llene.

Sus manos agarran los costados de mi braga y la


deslizan por mis piernas hasta quitármela por completo.
Entonces, sus dedos rozan mi sexo, húmedo y palpitante de
deseo. Los introduce en mí, arrancándome un gemido alto

mientras muevo mis caderas sobre su mano.


— Así, delicioso…
Philippe se posiciona detrás de mí y siento cuando

sustituye sus dedos por su miembro, que me penetra


lentamente, hasta el fondo. Cuando está completamente
dentro, empieza a moverse con fuerza e ímpetu.
Su ritmo aumenta poco a poco, al igual que el deseo

que crece dentro de mí. Philippe enrolla mi cabello en una


mano, tirando de mi cabeza hacia atrás, y comienza a
besarme el cuello mientras embiste cada vez más profundo
y rápido.

La combinación de sus estocadas violentas, con sus


besos y susurros dulces al oído, me lleva al borde de la
locura. Llego al orgasmo mirando las estrellas, pero las
abandono para girar el rostro hacia mi hombro y perderme

en el azul de sus ojos, donde también me encuentro a mí


misma.
Philippe no necesita más estímulos después de eso.
Embiste algunas veces más, con fuerza, duro, y el único

sonido que escuchamos aquí arriba es el de sus gruñidos y


de nuestros cuerpos chocando. Se derrama dentro de mí, y
siento el calor expandirse por todo mi cuerpo mientras su
brazo rodea mi cintura en un abrazo silencioso.
Unos cuarenta minutos después logramos salir de
casa para recoger a los niños con Manu. Antes tuvimos que
darnos un baño, y acabamos perdiéndonos otra vez. Es el
tipo de noche que no querría que terminara nunca.

Cuando llegamos al apartamento, estoy ansiosa por


contarle a Manu sobre la propuesta de matrimonio, pero
también necesito hablar con Valentine, o me matará.
Dejo a Philippe en el coche, subo con el celular en la

mano y, en cuanto Manu abre la puerta, hago una


videollamada para que Valen escuche todo al mismo
tiempo.
— ¡Tengo una novedad y no podía esperar hasta
mañana!

— ¿Qué es? Cuenta ya — Emmanuelle da golpecitos


impacientes con el pie a mi lado.
— Me despertaste, Madie, así que no hagas mucho
misterio — Valen está sentada en la cama, con el móvil

prácticamente pegado a la cara.


Levanto la mano con el anillo frente a la cámara para
que lo vean, y aseguro que Manu también lo note. Sin
embargo, no recibo la reacción que esperaba.
— ¿Qué tienes ahí? — pregunta Valen, frotándose los
ojos.
— ¡Pero no puede ser que no estén viendo! ¡Es un
anillo! ¡Philippe me pidió matrimonio! — Sonrío y doy unos

saltitos en el lugar, esperando que se emocionen.


Pero Manu mira a Valentine a través de la pantalla y
frunce el ceño antes de volver a fijarse en mi mano.
— ¿Y por qué eso es una novedad? Eso ya pasó hace

tiempo.
— ¡No! Lo pidió ahora, lo pidió de nuevo porque la
primera vez no fue con amor, no fue de corazón. ¿No están
entendiendo?

Valentine asiente, pero su expresión carece


totalmente de entusiasmo.
— Qué bien, entonces. Felicidades a los dos. Ahora
voy a dormir un poco más. Besos, chicas…

Cuelga la llamada, y me quedo mirando a Manu, que


solo se encoge de hombros.
— ¡No están celebrando conmigo!
— Madie, ya iban a casarse, amiga.
— ¡Pero no fue romántico antes! — digo, indignada. —
¿Saben qué? Son dos aburridas, ¿eh?
Emmanuelle se ríe, pasándose la mano por el cabello.

— Lo siento, Madie. Es que esperábamos otra


novedad, pero no es que no nos alegremos de que vayan a
casarse y de que ahora haya sido una propuesta bonita.
¿Me perdonas?
Me encojo de hombros sin responder, aunque en

realidad no estoy molesta. Pensándolo bien, entiendo que


esto tiene un significado especial para Philippe y para mí,
pero para los demás no es tan diferente, porque, en el
fondo, ya estábamos comprometidos.

— Tal vez te perdone, pero solo si me felicitas


fingiendo sorpresa cuando publique una foto en las redes
sociales.
— Cuenta conmigo, voy a elogiar el anillo y todo.

— ¿Dónde están los niños?


— Se durmieron. Tienes que recogerlos en la
habitación…
Le envío un mensaje a Philippe para que suba a

ayudarme, ya que terminamos la conversación. Cuando


llega, cada uno toma a uno de los bebés y los llevamos al
coche, asegurándolos en sus sillitas en el asiento trasero.
— Merci, Emmanuelle — dice Philippe antes de volver

al volante.
— De nada. Buenas noches, familia.
Le hago un gesto de despedida antes de que entre al
edificio, y nos alejamos camino a casa. Me giro en el asiento

para mirar a los niños, y Antoine me sonríe, mostrando su


pequeño diente mientras sus ojos brillan.
— Y eso que estabas dormido. ¿Cómo puedes
despertar tan animado, pequeñito?

— Mamá…
— ¡Philippe! — Abro los ojos de par en par y golpeo el
brazo de Philippe, emocionada. — ¿Lo escuchaste? ¿Dijo
mamá?

— Yo…
— Mamá. — Antoine extiende los bracitos hacia mí, y
sé que no me lo estoy imaginando.
— ¡Dijo mamá! ¡No lo puedo creer! ¿Lo escuchaste?
— Sí, mon amour — responde Philippe con una sonrisa

amplia —, lo dijo claramente.


— ¡Estoy tan feliz! ¡Es el mejor cumpleaños de todos!
Philippe desvía la mirada hacia mí y luego mira a

Antoine por el retrovisor.


— Vamos a tener una charla seria, jovencito. Me
esforcé todo el día para darle el mejor cumpleaños a tu
mamá, hice un montón de cosas… Y tú dices una sola
palabra incompleta y ganas más puntos que yo.

Sinceramente, Antoine…
El tono divertido con el que lo dice me hace sonreír
también. La verdad es que escuchar a mi hijo llamarme por
primera vez fue solo el toque final para una noche ya

perfecta.
Epílogo

Finalmente llegó el primer cumpleaños de los trillizos.


Es interesante ver que solo ha pasado un año desde que
nacieron, pero ha sucedido tanto desde entonces.
Trabajo a diario con decoración y, siendo la fiesta de

mis hijos, no podía ser diferente. Estoy cuidando cada


detalle y preparé un diseño precioso, que hace que parezca

que estamos en una sabana.


Por supuesto, además de mis ayudantes de siempre,

Jean y Elise, también pedí que Philippe, Lucas, Valentine y


Manu se sumaran a la tarea. Les encargué que se ocuparan

de lo que pudieran, mientras mis empleados y yo nos

encargamos de la parte más complicada. Los niños están


con las niñeras, arreglándose para la fiesta, que comenzará

en breve.

Sé muy bien que a esta edad todavía no tienen mucha

noción de lo que sucede y no recordarán este día. Pero


siento que el primer cumpleaños es un hito especialmente

para los padres, que quieren celebrar el hecho de que la

etapa más difícil ha pasado; es una victoria.


—¿Así es, Madie? —pregunta Valentine mientras

intenta colocar los globos ya inflados en uno de los arcos.

—Sí, así mismo. Sigue esa línea…

Todos los globos son en tonos verdes y marrones,

imitando la selva. Los demás elementos incluyen troncos


falsos de árboles, animales variados, montones de paja

seca, un panel enorme con los nombres de los tres

cumpleañeros e incluso un pequeño arroyo artificial en

medio de esta vida salvaje, que es la piscina.

Las mesas están distribuidas alrededor del arroyo, y


Manu se encarga de cubrirlas con manteles blancos. Jean y

Elise dirigen al personal del buffet para que coloquen los

dulces en la mesa sin arruinar lo que ya está hecho.

Philippe y Lucas siguen inflando globos, pero también

tienen una misión más importante, que incluso para ellos

será una sorpresa.

—Creo que casi todo está listo —dice Manu tras


terminar de colocar el último mantel.

Desde donde estoy, tengo una vista panorámica de la

terraza y analizo cada detalle. Valen está sujetando el

último globo como le pedí, los chicos ya han terminado de


inflar los globos y ahora lanzan los globos azules a la

piscina, tal como se les indicó. El equipo del buffet ha

desaparecido, al igual que Jean y Elise, y parece que es

momento de prepararnos.

—Tienes razón, voy a cambiarme.

Doy permiso a los demás para que se arreglen y bajo


a la suite que ahora comparto con Philippe. Mi vestido ya

está sobre la cama; es de rayas blancas y negras, como la

piel de una cebra, y elegí unas sandalias bien bajitas para

poder correr detrás de los trillizos durante toda la fiesta.

A las siete y media de la noche empiezan a llegar los

invitados, pero ya estoy lista y los espero en ese momento.

Philippe también se ha cambiado y lleva una camiseta tipo

polo de color verde militar y pantalones caqui, muy en la

onda de un safari. Cloéh va disfrazada de leopardo, Antoine

es un tigre y Amélie es una elefantita adorable.


Todos mis ayudantes ya están disfrutando de la fiesta,

incluidos Elise, Jean y Marie, su novia, y doña Petunia, la

otra niñera. Manu, Valen y Lucas eligieron una mesa para

sentarse juntos. Decidimos hacer la fiesta en casa porque


estos son nuestros invitados, no tenemos muchas personas

para invitar, solo amigos y familiares.

Hablando de ellos, el tío Maurice es el primero en


entrar por la puerta. Lleva un paquete enorme de regalo y

abre los brazos al vernos, envolviéndonos a los cinco en un

abrazo torpe.

—¡Qué ganas tenía de verlos! Estoy tan feliz de

verlos, en el cumpleaños de los bebés y juntos. —Nos da un

beso en la mejilla, primero a mí y luego a Philippe—. ¡Qué

maravilla!

—Merci, tío… Nosotros también lo extrañamos.

Tía Giselle y tío Pierre aparecen justo detrás, cargados

también de regalos. Agarran a los nietos en brazos y juegan

con ellos, sacándoles risas y gritos a cada uno, y solo

después nos prestan atención. Como dicen, cuando las

personas se convierten en abuelos, los hijos que se las

arreglen.

—¡Un añito, Madie! Qué increíble poder celebrar este

día con ustedes, con mis hijos y mis nietos —dice tía Giselle,

dándome un abrazo apretado y luego rodeando a Philippe


de la misma forma.
Tío Pierre es más reservado, pero también me da un

beso en la mejilla y le da una palmada en la espalda a su

hijo antes de seguir hacia una mesa en la esquina, junto con

tío Maurice.

—Creo que podemos sentarnos —sugiere Philippe—, si

llega alguien más, el buffet los guiará hasta aquí arriba.

—Puede ser, pero no creo que venga más gente.

—Hicieron esto a propósito, una fiesta en el tercer

piso, ¡solo para que yo no quisiera venir! Claro, pero como

la casa tiene ascensor, voy a ser persistente, como Dios


manda.

Abro los ojos sorprendida y miro a Philippe, que tiene

la misma expresión de asombro.

—Abuela Lia…

Ella sale del ascensor, y veo nada menos que al

reverendo Martin empujando la silla mientras le susurra algo

al oído.

—Lo sé, por supuesto. Soy una persona sensata y de

Dios.

—Oh mon Dieu, ¿qué vino a hacer aquí? —Philippe

parece tan nervioso como yo.


—Fui a hacerme la pedicura hoy, Philippe. ¡Va a

intentar pisarme los dedos y arruinarme las uñas!

—Tranquila, no dejaré que pase —dice él, serio,

colocándose frente a mí.

La abuela detiene la silla frente a nosotros y nos

observa en un silencio incómodo.

—Buenas noches, Madeline. Buenas noches, Philippe

—saluda el reverendo con una sonrisa amable—. Vine a

acompañar a Lia a la fiesta de sus bisnietos, les pido

disculpas por llegar sin ser invitado.

—Buenas noches, reverendo. Siempre es bienvenido

—responde Philippe con educación—, pero confieso que no

esperábamos que viniera, abuela.

Ella desvía la mirada hacia el reverendo, quien le hace

un gesto nada sutil con la cabeza, animándola a decir algo.

—Vine a disculparme con los dos.

—¿Qué? —pregunto, saliendo de detrás de Philippe.

No puedo creer lo que estoy oyendo.


—Sí, sé que dije cosas horribles sobre ti, Madeline,

quien siempre me cuidó cuando vivía en casa y me trató


bien, con respeto. Fui grosera y descargué mis… —Mira de

nuevo al reverendo, quien le sonríe en respuesta.

—Puedes abrirte, Lia. Ellos son tu familia, no te van a

juzgar.

—Mis frustraciones personales con quienes no tenían

culpa de nada. Cuando Valentine dijo que se avergonzaba

de mí, me puse muy triste —admite, mirando sus propias

manos—. No era lo que imaginaba; en mi cabeza de vieja


terca, pensé que solo me estaba preocupando, tratando de

evitar que les ocurriera a mis nietos lo que… lo que me pasó


a mí.

—¿Cómo que lo que le pasó a usted, abuela? —


pregunta Philippe, sin entender nada.

—Mi padre quería que me casara con un hombre de


una familia de alta sociedad que me apreciaba, pero yo no

sentía nada por él. Y tu abuelo trabajaba en el château, era


nuestro chófer.

—¿El abuelo…?
No sé quién de nosotros está más sorprendido, pero el
reverendo asiente, confirmando la historia.
—Sabía que los Bernard eran ricos, tenían nombre y
un historial familiar que le daría estatus, así que se acercó a

mí, diciéndome que estaba enamorado. Yo era ingenua e


influenciable y me dejé llevar. —Nos ofrece una sonrisa

triste—. Me dio el golpe de barriga al revés, porque cuando


quedé embarazada mi padre me obligó a casarme con él. Al

fin y al cabo, era el único que aceptaría casarse conmigo, y


además era el padre del bebé. Pero lo que realmente quería
era nuestro dinero y nuestro apellido.

Atónita, escucho la historia de la vida de Lia Bernard,


una que nunca imaginé, pero que, considerando todas sus

resistencias y creencias, ahora tiene mucho sentido.


—Mi vida pasó de ser un cuento de hadas a un cuento

de terror después del matrimonio. Él asumió los negocios de


la familia, mientras yo tuve que ocuparme de la casa y de

los niños. Yo amaba la empresa, pero él no me permitía


acercarme y destruía todo lo que tocaba, porque no tenía

habilidad para los negocios.


—Mon Dieu, abuela. Nunca imaginé nada de esto.

—Porque cuando naciste, todo eso ya había


terminado. Las cosas siguieron así durante años: él me
engañaba con otras mujeres, usaba mi dinero en burdeles y
me decía en la cara que yo no era más que su caja fuerte.

Solo cuando él murió fui libre. Mis padres ya habían fallecido


para entonces, así que recuperé Nouveau y la hice crecer de

nuevo, con mucho trabajo y esfuerzo, para que mis hijos y


nietos heredaran algo. Si hubiera dependido de él, no

habrían recibido nada.


—Es verdad, Philippe. Conozco a tu abuela desde hace

muchos años, presencié muchas cosas que vivió con tu


abuelo —comenta el reverendo, con tono entristecido—. Sé

que Lia no fue amable contigo, Madeline. Ha confesado las


cosas horribles que hizo y dijo, y está muy arrepentida.

—Creo que… Las personas que pasan por situaciones


como la mía eligen el camino que van a seguir. Algunas

entienden que esas experiencias no definen todo ni a todos,


y siguen adelante. Otras, como yo, terminan descargando
su carga sobre quienes no tienen nada que ver con ella.

Yo… No quiero ser mala, pero creo que lo soy.


No sé ni qué decir ante todo esto. Porque, en realidad,

nunca fue una persona muy amable, pero puedo ver el


arrepentimiento y el deseo de hacer las cosas de manera
diferente, además de las motivaciones que, aunque no

justifican nada, explican lo que ha hecho.


—Creo que la señora podría empezar entendiendo que

sí, hay personas que se acercan a los demás por maldad e


interés, y otras que aman de verdad. Puede tratar a todos

con respeto, sin decir cosas que hieren y lastiman. ¿Qué le


parece? —sugiere Philippe, agachándose para quedar a su
altura.

—Creo que puedo hacerlo.


—Tal vez también podría dejar de obligar a la gente a

plantar flores de madrugada como castigo —añado,


arqueando una ceja.

La abuela Lia suelta una risita, a pesar de las


lágrimas, y alza la mano hacia el reverendo, quien le

entrega un paquete.
—Lo traje para ti, Madie. Es una planta del jacinto que

te hice sembrar la última vez. Puedes plantarlo aquí en tu


casa… —Me lo pasa a las manos—. Claro que no tiene que

ser de madrugada, puedes hacerlo cuando quieras.


—Gracias, abuela. No sé ni qué decir…
—¿Y qué tal si también dejara de pasar esa ruedita

por los dedos de todo el mundo? —pregunta Philippe,


mientras el reverendo abre los ojos, alarmado—. Duele

bastante.
—¡Lia! ¿Lo haces a propósito? Telma se quejó de eso,

pero yo te defendí diciendo que había sido sin querer.


—Telma coqueteaba contigo descaradamente, Martin.

Esa mujer no tiene ni una pizca de respeto, ni siquiera por la


casa de Dios.

—No puedo creerlo…


Pero ella no se inmuta.

—Eso no lo prometo, Philippe. A veces son descuidos,


otras veces la gente pone los dedos donde no debe, y

cuando me doy cuenta, ya los atropellé. —Se encoge de


hombros—. Pero ahora que nos entendemos, con su
permiso, voy a cargar a mis bisnietos. ¡Son tan adorables!

Moría de ganas de hacerlo, pero tuve que fingir que no


quería la vez pasada…

Sin saber qué decir, la observamos alejarse en su silla.


Al reverendo le toma unos segundos reponerse del impacto

antes de seguirla.
Philippe y yo damos vueltas entre las mesas,
conversando con todos los invitados, y justo antes de cantar

el “cumpleaños feliz” y cortar el pastel, le pido a él y a


Lucas que se pongan los disfraces que preparé para ellos.
Philippe ahora es un león, y Lucas un mono. No

parecen muy contentos, pero a los trillizos les encanta: se


suben a sus hombros y logramos tomar las mejores fotos.

No tardo mucho en terminar la fiesta después de eso,


ya que mañana tengo que decorar la boda de Camille, y sé

que coordinar todo será complicado. Como la mayoría de los


invitados son nuestra familia, muchos se quedan a dormir

en casa, y esta vez incluso la abuela se queda sin quejarse.


Después del almuerzo, dejo a todos descansando en

casa y me dirijo al lugar del evento. Elegí para la boda de


Camille un château un poco más grande que aquel en el

que crecí con la familia Bernard. No está en la ciudad, es un


paisaje más rural, lo que hace que me sienta

inmediatamente transportada a una atmósfera de historias


de amor, de esas con princesas y príncipes elegantes. Es

exactamente el tipo de lugar en el que me encantaría


casarme, y hasta aprovecho la organización para guardar el
contacto para cuando Philippe y yo empecemos a buscar
lugares.

Hay mucho verde alrededor de la construcción


histórica: árboles altos y frondosos, césped muy bien

cuidado y un lago detrás del lugar. Decidí organizar todo


frente a las puertas principales, para que el castillo y sus

torres aparezcan de fondo como escenario. ¡Será perfecto!


Jean y Elise ya me están esperando cuando estaciono

mi Vespa rosa y corro hacia ellos, dentro de nuestro


pequeño camión.

—¡Bonjour! ¿Ya hicieron algo?


—Échale un vistazo —Elise baja de la cabina, saltando

al suelo—, la alfombra ya está colocada, es esa roja que


elegiste. Si prefieres una más moderna…
—¡¿Moderna nada, niña?! ¡Estamos en un castillo!
Quiero lo clásico y cursi, ni se te ocurra cambiar la alfombra

roja, ¿eh?
Ella ríe, levantando las manos en señal de defensa.
—Yo no dije nada.
—¿Y las flores? Vi que la mayoría está ahí, ¿todo bien

con ellas?
—Sí, solo te estábamos esperando para colocar el
arco en el altar. Por el sol, para que no se marchiten antes

de que empiece la ceremonia.


—¡Qué lista eres, Elise! Eres genial… ¿Le echaste un
vistazo adentro?
—Las mesas y la decoración de las habitaciones están
perfectas. Pedimos todo lo que querías y diseñaste por

teléfono, y la administración del castillo preparó los


artículos: ropa de cama para los invitados que se quedarán
después de la fiesta, la vajilla, e incluso los tonos dorados
de los manteles, todo tal como soñaste.

Eso me hace sonreír.


—Es curioso… Solo espero que a Camille le guste.
—¿Cómo no le va a gustar? ¡Está perfecto! Hablando
de eso, ya está en la suite principal y pidió verte en cuanto

llegaras.
—Vale. Voy a hablar con ella. Ustedes dos revisen si
falta algo.

Entrando al château, subo la hermosa escalera hasta


la habitación que la recepcionista me indicó, y cuando llego
a la puerta, llamo con unos golpecitos. Camille abre apenas
una rendija y sonríe al verme.

Tiene el cabello recogido y lleva un albornoz de seda


blanco.
—¡Llegué! ¿Cómo va la ansiedad?
—Fatal… Estoy de los nervios y creo que todo va a

salir mal.
—¿Cómo que va a salir mal, niña? ¡Está todo precioso!
—Menos la gente. ¿Has visto cómo están llegando?
El comentario me toma por sorpresa, porque aún no vi

a ningún invitado. Además, la ceremonia todavía tardará un


poco en empezar.
—No… ¿Qué pasó?
—¡Hay una chica en vaqueros! ¿Lo puedes creer?
—¿En serio? Bueno, aún es temprano. Seguro que se

va a cambiar.
—¡No iba a hacerlo, créeme! Así que contraté ropa,
maquillaje y peluquería para todas. Quiero verlas lindas en
el vídeo y en las fotos ahora…

¡Madre mía, cuánto dramatismo!


—¿Contrataste un equipo para arreglar a todas tus

invitadas?
—Sí, pero ya sabes que no son muchas.
—Eso es verdad…
Camille corre hacia la ventana, mira algo por el vidrio
y aplaude, emocionada.

—¿Ya está lista la decoración?


—Sí, ¿por qué?
—Llegó la peluquera que va a arreglarte el cabello, y
la maquilladora viene enseguida, ¿vale? Puedes usar esta

habitación.
—¿Qué? Pero yo no pensaba quedarme. Solo iba a
hacer algunos ajustes e irme a casa…
—¿Cómo que no? —Apoya las manos en la cintura y

me mira con tristeza—. Salvaste mi boda haciendo la


decoración a última hora. Necesito que te quedes, Madeline.
Me voy a sentir mal si no lo haces. ¿Me vas a dejar triste el
día de mi boda?

—Claro que no, pero…


—¡Genial!
La mujer simplemente sale de la habitación, aún con

el albornoz puesto, dejándome sola. Me quedo quieta, sin


saber qué hacer, pero decido enviar un mensaje a Philippe,
informándole que me quedé atrapada y que tendré que
participar al menos de la ceremonia.

Cuando termino de escribir y envío el mensaje, otra


mujer entra por la misma puerta por donde salió Camille
hace un momento y me sonríe.
—¡Hola! ¿Empezamos con tu peinado?

—Bueno… Claro.
—Ceremonia al aire libre, de día. Creo que los
peinados más sueltos quedan mejor, ¿qué opinas? —me
pregunta.
—Estoy de acuerdo. —Pienso que debería haberle

sugerido algo así a Camille; le quedaría perfecto. Ojalá no


opte por un moño demasiado apretado.
La mujer, que se presenta como Santine, empieza a
trabajar en mi cabello, enrollando los mechones. Los sujeta

uno a uno en la parte superior de mi cabeza y luego los


suelta cuando los rizos ya están formados. Termina el
peinado con una trenza fina y pegada que rodea toda mi

cabeza. ¡Queda precioso!


—Ahora, el maquillaje. ¡Un momento! —Abre la puerta
del pasillo y otra persona entra con un maletín en la mano.
Por un segundo, tengo la extraña impresión de ver pasar a

Valentine muy rápido, pero claro, no tiene ningún sentido.


Hoy en día, hay cabelleras rubias por todas partes.
La querida maquilladora tarda casi una hora en
arreglarme, y no puedo evitar imaginar la pobre Camille

pasando por lo mismo. ¡Y eso que la boda es de día! Si fuera


de noche, habría terminado con un kilo de maquillaje en la
cara.
Pero no puedo negar que cuando termina y me miro

en el espejo, estoy preciosa. Lo único que desentona es mi


ropa, que, aunque no sea de mezclilla, como mencionó
Camille, tampoco es apropiada para la ocasión.
—¿Qué te parece?

—¡Está perfecto! Vaya… ¿Tienes una tarjeta de


presentación? Me voy a casar pronto y cuando fije la fecha
quiero que tú me maquilles así, ¿eh?
—¡Cuenta con eso!
—Es una pena que no viniera preparada, no traje ropa
que combine.
—Camille te consigue un vestido en un momento.
Frunzo el ceño, extrañada por todo esto. El esfuerzo

que pone esta novia para que todos se vean presentables


es exagerado; debe estar paranoica con la ropa.
Santine y la maquilladora, cuyo nombre olvidé
preguntar, salen por la puerta de la habitación. Poco

después, entra Camille. Ya no lleva el albornoz, sino un


vestido largo azul, muy bonito, aunque no se parece en
nada a un vestido de novia.
Lleva una percha en la mano, pero no alcanzo a ver lo
que está colgado porque una funda cubre la prenda.

—¡Qué hermosa! —exclama al verme, entusiasmada.


—Gracias, tú también estás preciosa, pero…
¿Qué pasa? ¿No te gusta mi vestido? —pregunta,
divertida al ver mi expresión de asombro.

—No es un vestido de boda.


—No, no lo es. —Abre el cierre de la funda que tiene
en las manos—. Pero el tuyo sí lo es, Madeline. Espero que
no te enfades demasiado con tu novio por hacerte preparar
la decoración de tu propia ceremonia…
—Yo… ¿Qué dijiste?
—¡Sorpreeesa! —Manu y Valentine entran corriendo

en la habitación y se lanzan a abrazarme.


Pero ni siquiera puedo moverme, porque no logro
asimilar lo que está pasando.
—No entiendo. ¿Qué hacen aquí? ¿Philippe…?

—Estamos aquí para tu boda, y por supuesto que


seremos tus madrinas —dice Valentine, dando una vuelta
para mostrar el vestido rosa que lleva puesto, del mismo
tono que el de Emmanuelle—. Cada una de nosotras llevará

un tesoro hasta el altar.


—¿Están bromeando? ¿Cómo que me voy a casar? —
Desvío la mirada hacia Camille—. Entonces, ¿quién eres tú?
—Soy la secretaria del señor Bernard, mucho gusto.

—¡Pero… casi lloré con tu historia de amor!


Ella sonríe, un poco incómoda, y se pasa la mano por
el cabello, mientras Manu y Valentine sueltan risitas.
—Siempre quise ser actriz, ¿sabes? Este trabajo que
me dio el señor Bernard fue mi realización.
—No lo puedo creer… —Miro a las dos, que siguen
riendo y saltando sin parar—. ¿De verdad me voy a casar?
—¡Sí! Y ponte el vestido que ya es hora.

Me ayudan a vestirme, y me emociono al ver mi


reflejo en el espejo. El vestido es como siempre lo soñé.
Aunque no sea tan voluminoso, está cubierto de rosas
blancas bordadas en la falda larga y vaporosa. Seguro que
Valentine lo eligió; ella sabría exactamente cuál era el

modelo perfecto.
Cuando termino de arreglarme, bajo las escaleras con
ellas a mi lado. A medida que avanzo, la gente me sonríe o
se ríe, no estoy segura. Debe ser divertido haberme visto

correr de un lado a otro organizando mi propia boda sin


darme cuenta.
Damos la vuelta por la parte trasera y llegamos al
extremo opuesto de la alfombra roja. Desde aquí puedo ver

las sillas dispuestas y a todas las personas que conocemos


sentadas en sus lugares. No son muchas, claro. Pero las que
importan están todas aquí.
Philippe me espera al otro lado de la alfombra con una

enorme sonrisa en el rostro, vistiendo un traje gris que le


queda perfecto en su cuerpo fuerte. Está guapísimo, como
siempre.
Elise aparece a mi lado, con una expresión divertida, y

me entrega un ramo de jacintos.


—Fue tu abuela quien eligió las flores…
—Claro que sí.
Valentine reprime una risa a mi lado.

—Pueden entrar, chicos, pero antes tomen sus


tesoros.
Miro hacia atrás y veo que entregan a mis hijos, pero
no alcanzo a distinguir bien la ropa que llevan porque mis

ojos se llenan de lágrimas al instante.


Antoine va en brazos de Lucas, a quien ni siquiera
había notado detrás de nosotros. Mi hijo lleva un traje
parecido al de su padre, pero los detalles se me escapan.

Puedo notar que los vestidos de Cloéh y Amélie son del


mismo tono que los de Manu y Valentine, aunque tampoco
puedo apreciar bien los diseños porque estoy a punto de
llorar.
—Vas a arruinar el maquillaje, Madie. Aguanta las

lágrimas —advierte Elise, divirtiéndose a mi costa.


—Debería despedirte…
—Silencio, estoy trabajando —dice, con descaro—.

Ahora es el turno de la novia. Pueden colocarse uno a cada


lado.

No entiendo a quién se refiere, así que me giro y veo


que la tía Giselle y el tío Pierre se acercan. Sonríen y

enganchan sus brazos con los míos sin darme tiempo a


asimilar el momento.
—Estamos aquí en lugar de tus padres, Madie —dice
ella, con la voz quebrada.

—Y vaya pelea que hubo, porque yo quería entrar


contigo, pero Giselle dijo que era ella quien se lo merecía.
No pude discutirlo, pero tampoco quería quedarme al
margen…

Ella desvía la mirada hacia el tío Pierre y le sonríe con


amor. Creo que es una señal de que lograron llegar a un
acuerdo.
—Así que iremos los dos. Eres mi hija desde que

tenías diez años, Madie —dice ella, con los ojos llenos de
lágrimas, provocando que los míos también se humedezcan
—. Así que, al menos ahora que te casas, deja de llamarme
tía, porque ya no puedo esperar más.

Comienza a sonar la marcha nupcial, y el tío Pierre


carraspea, señalando con la pierna derecha para indicarnos
cómo empezar.
—Está bien, mamá.

Entramos juntos, caminando hacia el único hombre


que sería capaz de hacer todo esto posible. Me entregan a
Philippe frente al altar y noto que el reverendo Martin es el
celebrante a cargo de la ceremonia.

Sus palabras no se extienden mucho, pero hablan de


amor, aceptación y resiliencia. Habla sobre saber esperar el
momento adecuado y abrazar el amor cuando llega.
Cuando concluye y nos declara marido y mujer,

Philippe me besa con devoción, y yo le devuelvo el beso,


apasionada. No sé dónde estaremos dentro de cinco o diez
años, pero sé que, donde sea que estemos, nuestro hogar
siempre estará en los brazos del otro.

FIN
Glosario

Mon cher: Mi querida


Mon chéri: Mi querido
Mon amour: Mi amor
Au revoir: Adiós, chau

Oui: Sí
Merci: Gracias

Mon Dieu: Dios mío


Bonjour: Buenos días

Merde: Mierda

Nouveau: Nuevo
Unique: Único

Además de estos términos, también hay otros en el

libro que se refieren a nombres de platos típicos, panes,

dulces, etc.
Agradecimientos

En primer lugar, agradezco a mi Dios, que no me


abandona en mis peores momentos y que siempre me
escucha cuando lo necesito. Gracias, Dios, por darme

inspiración, salud y ánimo para seguir trabajando siempre, y


por Madie y Philippe en tiempos difíciles.

Agradezco a mi familia por su amor y apoyo, por el


cuidado de mi esposo, Gustavo, y por el cariño y afecto de

mis hijos. Estén o no relacionados con el trabajo, ustedes


son el motor de mis buenos sentimientos, y por eso sigo

adelante siempre.

Gracias, Grazi Reis, mi agente, por revisar esta


historia en tiempo récord y por no desesperarte ante mis

plazos insanos y desconectados. Por apoyarme incluso en

mi desorganización y seguir mi ritmo algo caótico. También

menciono a todo el equipo de Increasy: Grazi, Alba, Mari y


Guta. La mejor agencia que podría tener; ustedes son

profesionales, éticas, capaces, pero también humanas.

Agradezco poder conocer todas sus cualidades y por no

rendirse conmigo.
Por la hermosa maquetación, gracias, April. Siempre

me acoges con urgencia y me salvas; gracias por dar lo

mejor de ti y transformar los textos en bellas páginas. Ellen

Ferreira, gracias por esta portada increíble.

Gracias a Vanessa y Mari por aceptar trabajar


conmigo. Es un agradecimiento individual, pero lo hago aquí

en conjunto porque quiero decirles lo mismo a ambas.

Nuestro camino juntas recién comienza, pero están siendo

increíbles y no podría estar más feliz con este trabajo.

Gracias por acogerme y ayudarme tanto en tan poco


tiempo, por todos los consejos y sugerencias, pero también

por aceptar mis ideas.

Agradezco muchísimo a mis compañeras y lectoras

beta. Gracias, Rose, Lidiane y Anny, por leer siempre lo que

escribo en cuanto lo envío, por responder rápidamente, por

reírse conmigo y aliviar el ambiente, y por escuchar mis

historias sin quejarse de los infinitos detalles. Gracias, Anna


Bia, Emilly, Hayane, Maria Eduarda, Thalita y Vivi, por

apoyar mis sueños y proyectos, sumarse a mis locuras y

quedarse conmigo tanto tiempo. Siempre leales y

maravillosas, ¡son todo para mí!


Gracias también a todas las colaboradoras puntuales

de este libro (¡casi treinta!). No mencionaré todos los

nombres, pero les agradezco mucho por el hermoso trabajo

y la dedicación de cada una. Agradezco también a todas las

publicidades, influencers y al equipo de bookredes que

apoyó mi lanzamiento. ¡Son increíbles! No importa la


cantidad de seguidores o el alcance, sino el esfuerzo, la

dedicación y el amor que ponen en lo que hacen.

Y agradezco especialmente a ustedes, lectores y

lectoras, la parte más bonita de mi profesión. Sin ustedes,

nada de esto tendría sentido. Sin su apoyo, no habría

llegado hasta aquí. Gracias, porque en cada ocasión en la

que pensé en desistir —aunque no fueron muchas—,

ustedes fueron mi recordatorio diario de que no estaba sola

en este camino. Los quiero.

Si llegaron hasta aquí, no olviden seguirme en mis


redes sociales. Me encuentran como @sarafidelisautora en

Instagram y @Autorasarafidelis en Tiktok. Allí comparto

información sobre lanzamientos y futuros proyectos,

además de un poco de mi día a día.


No se pierdan los otros libros que he publicado,

disponibles en mi página de autora, tanto en versión digital

como física.
Creo que ya me he extendido demasiado...

Para quienes llegaron hasta el final, ¡gracias por la

paciencia!

Un beso enorme.

Sara Fidélis.
Otras obras

CONOCE OTRAS OBRAS DE LA


AU T O R A

QUE SEA DULCE

Cinco años después de la fatídica noche que hizo colapsar el

futuro planeado de Robin, ella intenta sobrevivir en medio

de dificultades, cuidando sola a su hijo, Bernardo, y


trabajando en un empleo que odia, tras abandonar su sueño

de abrir su propia pastelería.


Convencida de que no hay espacio ni tiempo para el amor

en su vida, la repostera hace todo lo posible por pasar

desapercibida, pero el destino se encarga de darle una

transferencia en el trabajo que la lleva a otra ciudad. A otra

persona.
Dominic es un apasionado de las palabras y ve en ellas —ya

sean habladas, escritas o cantadas— una oportunidad para

cambiar vidas. Con su carrera como psicólogo en pleno

ascenso, está de vuelta en su ciudad natal y solo busca un

compañero para compartir el alquiler.


Una confusión con sus nombres y voilà: tenemos la receta

perfecta para escenas divertidas, emociones intensas, un

romance con aroma a chocolate y la capacidad de derretir

corazones.
EL BRUTO Y LA BELLA
Matteo Viturino es un CEO millonario, pero vive

aislado en su mansión en las montañas, desde donde dirige


sus negocios.

Amargado y destrozado por los traumas del pasado,

no tiene el menor deseo de recuperarse ni de acercarse

nuevamente a las personas.

Anabela Gonzales es contratada para trabajar en su

casa como ama de llaves, pero termina asumiendo muchas

otras responsabilidades. Aunque se conocen en

circunstancias inusuales, pronto comienza a crecer una

fuerte atracción entre ellos.


En medio del deseo y los sentimientos que florecen, el

pasado de Matteo también decide aparecer y hacerle una

visita, en forma de una niña muy habladora.


Juntos, tendrán que superar varios obstáculos y

aprender que una familia no siempre es lo que uno imagina.

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