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EXHORTACIÓN APOSTÓLICA

POSTSINODAL
PASTORES DABO VOBIS
DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO
AL CLERO Y A LOS FIELES
SOBRE LA FORMACIÓN DE LOS SACERDOTES
EN LA SITUACIÓN ACTUAL

INTRODUCCIÓN
1. «Os daré pastores según mi corazón» (Jer 3, 15).
Con estas palabras del profeta Jeremías Dios promete a su pueblo no dejarlo
nunca privado de pastores que lo congreguen y lo guíen: «Pondré al frente de
ellas (o sea, de mis ovejas) Pastores que las apacienten, y nunca más estarán
medrosas ni asustadas» (Jer 23, 4).
La Iglesia, Pueblo de Dios, experimenta siempre el cumplimiento de este
anuncio profético y, con alegría, da continuamente gracias al Señor. Sabe que
Jesucristo mismo es el cumplimiento vivo, supremo y de nitivo de la promesa
de Dios: «Yo soy el buen Pastor» (Jn 10, 11). Él, «el gran Pastor de las ovejas»
(Heb 13, 20), encomienda a los apóstoles y a sus sucesores el ministerio de
apacentar la grey de Dios (cf. Jn 21, 15ss.; 1 Pe 5, 2).
Concretamente, sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia
fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión
en la historia, esto es, la obediencia al mandato de Jesús «Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19) y «Haced esto en conmemoración
mía» (Lc 22, 19; cf. 1 Cor 11, 24), o sea, el mandato de anunciar el Evangelio y
de renovar cada día el sacri cio de su cuerpo entregado y de su sangre
derramada por la vida del mundo.
Sabemos por la fe que la promesa del Señor no puede fallar. Precisamente esta
promesa es la razón y fuerza que infunde alegría a la Iglesia ante el
orecimiento y aumento de las vocaciones sacerdotales, que hoy se da en
algunas pa es del mundo; y representa también el fundamento y estímulo
para un acto de fe más grande y de esperanza más viva, ante la grave escasez
de sacerdotes que afecta a otras pa es del mundo.
Todos estamos llamados a compa ir la con anza en el cumplimiento
ininterrumpido de la promesa de Dios, que los Padres sinodales han querido
testimoniar de un modo claro y decidido: «El Sínodo, con plena con anza en la
promesa de Cristo, que ha dicho: 'He aquí que yo estoy con vosotros todos los
días hasta el n del mundo' (Mt 28, 20), y consciente de la acción constante del
Espíritu Santo en la Iglesia, cree rmemente que nunca faltarán del todo los
ministros sagrados en la Iglesia... Aunque en algunas regiones haya escasez de
clero, sin embargo la acción del Padre, que suscita las vocaciones, nunca
cesará en la Iglesia»[1].
Como he dicho en la clausura del Sínodo, ante la crisis de las vocaciones
sacerdotales, «la primera respuesta que la Iglesia da, consiste en un acto de
con anza total en el Espíritu Santo. Estamos profundamente convencidos de
que esta entrega con ada no será defraudada, si, por nuestra pa e, nos
mantenemos eles a la gracia recibida»[2].
2. ¡Permanecer eles a la gracia recibida! En efecto, el don de Dios no anula la
libe ad del hombre, sino que la promueve, la desarrolla y la exige.
Por esto, la con anza total en la incondicional delidad de Dios a su promesa
va unida en la Iglesia a la grave responsabilidad de cooperar con la acción de
Dios que llama y, a la vez, contribuir a crear y mantener las condiciones en las
cuales la buena semilla, sembrada por Dios, pueda echar raíces y dar frutos
abundantes. La Iglesia no puede dejar jamás de rogar al dueño de la mies que
envíe obreros a su mies (cf. Mt 9, 38) ni de dirigir a las nuevas generaciones
una nítida y valiente propuesta vocacional, ayudándoles a discernir la verdad
de la llamada de Dios para que respondan a ella con generosidad; ni puede
dejar de dedicar un cuidado especial a la formación de los candidatos al
presbiterado.
En realidad, la formación de los futuros sacerdotes, tanto diocesanos como
religiosos, y la atención asidua, llevada a cabo durante toda la vida, con miras a
su santi cación personal en el ministerio y mediante la actualización constante
de su dedicación pastoral lo considera la Iglesia como una de las tareas de
máxima impo ancia para el futuro de la evangelización de la humanidad.
Esta tarea formativa de la Iglesia continúa en el tiempo la acción de Cristo, que
el evangelista Marcos indica con estas palabras: «Subió al monte y llamó a los
que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y
para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios» (Mc 3, 13-15).
Se puede a rmar que la Iglesia —aunque con intensidad y modalidades
diversas— ha vivido continuamente en su historia esta página del Evangelio,
mediante la labor formativa dedicada a los candidatos al presbiterado y a los
sacerdotes mismos. Pero hoy la Iglesia se siente llamada a revivir con un nuevo
esfuerzo lo que el Maestro hizo con sus apóstoles, ya que se siente apremiada
por las profundas y rápidas transformaciones de la sociedad y de las culturas
de nuestro tiempo así como por la multiplicidad y diversidad de contextos en
los que anuncia y da testimonio del Evangelio; también por el favorable
aumento de las vocaciones sacerdotales en diversas diócesis del mundo; por la
urgencia de una nueva veri cación de los contenidos y métodos de la
formación sacerdotal; por la preocupación de los Obispos y de sus
comunidades a causa de la persistente escasez de clero; y por la absoluta
necesidad de que la nueva evangelización tenga en los sacerdotes sus
primeros «nuevos evangelizadores».
Precisamente en este contexto histórico y cultural se ha situado la última
Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, dedicada a «la
formación de los sacerdotes en la situación actual», con la intención, después
de veinticinco años de la clausura del Concilio, de poner en práctica la doctrina
conciliar sobre este tema y hacerla más actual e incisiva en las circunstancias
actuales»[3].
3. En línea con el Concilio Vaticano II acerca del Orden de los presbíteros y su
formación[4], y deseando aplicar concretamente a las diversas situaciones esa
rica y probada doctrina, la Iglesia ha afrontado en muchas ocasiones los
problemas de la vida, ministerio y formación de los sacerdotes.
Las ocasiones más solemnes han sido los Sínodos de los Obispos. Ya en la
primera Asamblea general, celebrada en octubre de 1967, el Sínodo dedicó
cinco congregaciones generales al tema de la renovación de los seminarios.
Este trabajo dio un impulso decisivo a la elaboración del documento de la
Congregación para la Educación Católica titulado «Normas fundamentales
para la formación sacerdotal»[5].
La segunda Asamblea general ordinaria de 1971 dedicó la mitad de sus
trabajos al sacerdocio ministerial. Los frutos de este largo estudio sinodal,
recogidos y condensados en algunas «recomendaciones», sometidas a mi
predecesor el Papa Pablo VI y leídas en la ape ura del Sínodo de 1974, se
referían principalmente a la doctrina sobre el sacerdocio ministerial y a algunos
aspectos de la espiritualidad y del ministerio sacerdotal.
También en otras muchas ocasiones el Magisterio de la Iglesia ha seguido
manifestando su solicitud por la vida y el ministerio de los sacerdotes. Se
puede decir que en los años postconciliares no ha habido ninguna
inte ención magisterial que, en alguna medida, no se haya referido, de modo
explícito o implícito, al signi cado de la presencia de los sacerdotes en la
comunidad, a su misión y su necesidad en la Iglesia y para la vida del mundo.
En estos últimos años y desde varias pa es se ha insistido en la necesidad de
volver sobre el tema del sacerdocio, afrontándolo desde un punto de vista
relativamente nuevo y más adecuado a las presentes circunstancias eclesiales
y culturales. La atención ha sido puesta no tanto en el problema de la
identidad del sacerdote cuanto en problemas relacionados con el itinerario
formativo para el sacerdocio y con el estilo de vida de los sacerdotes. En
realidad, las nuevas generaciones de los que son llamados al sacerdocio
ministerial presentan características bastante distintas respecto a las de sus
inmediatos predecesores y viven en un mundo que en muchos aspectos es
nuevo y que está en continua y rápida evolución. Todo esto debe ser tenido en
cuenta en la programación y realización de los planes de formación para el
sacerdocio ministerial.
Además, los sacerdotes que están ya en el ejercicio de su ministerio, parece
que hoy sufren una excesiva dispersión en las crecientes actividades
pastorales y, frente a la problemática de la sociedad y de la cultura
contemporánea, se sienten impulsados a replantearse su estilo de vida y las
prioridades de los trabajos pastorales, a la vez que notan, cada vez más, la
necesidad de una formación permanente.
Por ello, la atención y las re exiones del Sínodo de los Obispos de 1990 se ha
centrado en el aumento de las vocaciones para el presbiterado; en la
formación básica para que los candidatos conozcan y sigan a Jesús,
preparándose a celebrar y vivir el sacramento del Orden que los con gura con
Cristo, Cabeza y Pastor, Sie o y Esposo de la Iglesia; en el estudio especí co
de los programas de formación permanente, capaces de sostener, de una
manera real y e caz, el ministerio y vida espiritual de los sacerdotes.
El mismo Sínodo quería responder también a una petición hecha por el Sínodo
anterior, que trató sobre la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el
mundo. Los mismos laicos habían pedido la dedicación de los sacerdotes a su
formación, para ser ayudados opo unamente en el cumplimiento de su común
misión eclesial. Y en realidad, «cuanto más se desarrolla el apostolado de los
laicos, tanto más fue emente se percibe la necesidad de contar con
sacerdotes bien formados, sacerdotes santos. De esta manera, la vida misma
del pueblo de Dios pone de mani esto la enseñanza del Concilio Vaticano II
sobre la relación entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial o jerárquico,
pues en el misterio de la Iglesia la jerarquía tiene un carácter ministerial (cf.
Lumen gentium, 10). Cuanto más se profundiza el sentido de la vocación
propia de los laicos, más se evidencia lo que es propio del sacerdocio»[6].
4. En la experiencia eclesial típica del Sínodo, aquella «singular experiencia de
comunión episcopal en la universalidad, que refuerza el sentido de la Iglesia
universal, la responsabilidad de los Obispos en relación con la Iglesia universal
y su misión, en comunión afectiva y efectiva en torno a Pedro»[7], se ha dejado
oír claramente la voz de las diversas Iglesias pa iculares, y en este Sínodo, por
vez primera, la de algunas Iglesias del Este. Las Iglesias han proclamado su fe
en el cumplimiento de la promesa de Dios: «Os daré Pastores según mi
corazón» (Jer 3, 15), y han renovado su compromiso pastoral por la atención a
las vocaciones y por la formación de los sacerdotes, con el convencimiento de
que de ello depende el futuro de la Iglesia, su desarrollo y su misión universal
de salvación.
Considerando ahora el rico patrimonio de las re exiones, orientaciones e
indicaciones que han preparado y acompañado los trabajos de los Padres
sinodales, uno a la de ellos mi voz de Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, con
esta Exho ación Apostólica postsinodal; y la dirijo al corazón de todos los
eles y de cada uno de ellos, en pa icular al corazón de los sacerdotes y de
cuantos están dedicados al delicado ministerio de su formación. Con esta
Exho ación Apostólica deseo salir al encuentro y unirme a todos y cada uno
de los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos.
Con la voz y el corazón de los Padres sinodales hago mías las palabras y los
sentimientos del «Mensaje nal del Sínodo al Pueblo de Dios»: «Con ánimo
agradecido y lleno de admiración nos dirigimos a vosotros, que sois nuestros
primeros cooperadores en el se icio apostólico. Vuestra tarea en la Iglesia es
verdaderamente necesaria e insustituible. Vosotros lleváis el peso del
ministerio sacerdotal y mantenéis el contacto diario con los eles. Vosotros
sois los ministros de la Eucaristía, los dispensadores de la misericordia divina
en el Sacramento de la Penitencia, los consoladores de las almas, los guías de
todos los eles en las tempestuosas di cultades de la vida».
«Os saludamos con todo el corazón, os expresamos nuestra gratitud y os
exho amos a perseverar en este camino con ánimo alegre y decidido. No
cedáis al desaliento. Nuestra obra no es nuestra, sino de Dios».
«El que nos ha llamado y nos ha enviado sigue junto a nosotros todos los días
de nuestra vida, ya que nosotros actuamos por mandato de Cristo»[8].
CAPÍTULO I
TOMADO DE ENTRE LOS HOMBRES
La formación sacerdotal ante los desafíos del nal del segundo milenio
El sacerdote en su tiempo

5. «Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en


favor de los hombres en lo que se re ere a Dios» (Heb 5, 1).
La Ca a a los Hebreos subraya claramente la «humanidad» del ministro de
Dios: pues procede de los hombres y está al se icio de los hombres, imitando
a Jesucristo, «probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb
4, 15).
Dios llama siempre a sus sacerdotes desde determinados contextos humanos y
eclesiales, que inevitablemente los caracterizan y a los cuales son enviados
para el se icio del Evangelio de Cristo.
Por eso el Sínodo ha estudiado el tema de los sacerdotes en su contexto
actual, situándolo en el hoy de la sociedad y de la Iglesia y abriéndolo a las
perspectivas del tercer milenio, como se deduce claramente de la misma
formulación del tema: «La formación de los sacerdotes en la situación actual».
Cie amente «hay una sonomía esencial del sacerdote que no cambia: en
efecto, el sacerdote de mañana, no menos que el de hoy, deberá asemejarse a
Cristo. Cuando vivía en la tierra, Jesús re ejó en sí mismo el rostro de nitivo
del presbítero, realizando un sacerdocio ministerial del que los apóstoles
fueron los primeros investidos y que está destinado a durar, a continuarse
incesantemente en todos los períodos de la historia. El presbítero del tercer
milenio será, en este sentido, el continuador de los presbíteros que, en los
milenios precedentes, han animado la vida de la Iglesia. También en el dos mil
la vocación sacerdotal continuará siendo la llamada a vivir el único y
permanente sacerdocio de Cristo»[9]. Pero cie amente la vida y el ministerio
del sacerdote deben también «adaptarse a cada época y a cada ambiente de
vida... Por ello, por nuestra pa e debemos procurar abrirnos, en la medida de
lo posible, a la iluminación superior del Espíritu Santo, para descubrir las
orientaciones de la sociedad moderna, reconocer las necesidades espirituales
más profundas, determinar las tareas concretas más impo antes, los métodos
pastorales que habrá que adoptar, y así responder de manera adecuada a las
esperanzas humanas»[10].
Por ser necesario conjugar la verdad permanente del ministerio presbiteral con
las instancias y características del hoy, los Padres sinodales han tratado de
responder a algunas preguntas urgentes: ¿qué problemas y, al mismo tiempo,
qué estímulos positivos suscita el actual contexto sociocultural y eclesial en los
muchachos, en los adolescentes y en los jóvenes, que han de madurar un
proyecto de vida sacerdotal para toda su existencia?, ¿qué di cultades y qué
nuevas posibilidades ofrece nuestro tiempo para el ejercicio de un ministerio
sacerdotal coherente con el don del Sacramento recibido y con la exigencia de
una vida espiritual correspondiente?
Presento ahora algunos elementos del análisis de la situación que los Padres
sinodales han desarrollado, conscientes de que la gran variedad de
circunstancias socioculturales y eclesiales presentes en los diversos países
aconseja señalar sólo los fenómenos más profundos y extendidos,
pa icularmente aquellos que se re eren a los problemas educativos y a la
formación sacerdotal.
El Evangelio hoy: esperanzas y obstáculos
6. Múltiples factores parecen favorecer en los hombres de hoy una conciencia
más madura de la dignidad de la persona y una nueva ape ura a los valores
religiosos, al Evangelio y al ministerio sacerdotal.
En la sociedad encontramos, a pesar de tantas contradicciones, una sed de
justicia y de paz muy difundida e intensa; una conciencia más viva del cuidado
del hombre por la creación y por el respeto a la naturaleza; una búsqueda más
abie a de la verdad y de la tutela de la dignidad humana; el compromiso
creciente, en muchas zonas de la población mundial, por una solidaridad
internacional más concreta y por un nuevo orden mundial, en la libe ad y en la
justicia. Junto al desarrollo cada vez mayor del potencial de energías ofrecido
por las ciencias y las técnicas, y la difusión de la información y de la cultura,
surge también una nueva pregunta ética; la pregunta sobre el sentido, es decir,
sobre una escala objetiva de valores que permita establecer las posibilidades y
los límites del progreso.
En el campo más propiamente religioso y cristiano, caen prejuicios ideológicos
y cerrazones violentas al anuncio de los valores espirituales y religiosos,
mientras surgen nuevas e inesperadas posibilidades para la evangelización y la
renovación de la vida eclesial en muchas pa es del mundo. Tiene lugar así una
creciente difusión del conocimiento de las Sagradas Escrituras; una nueva
vitalidad y fuerza expansiva de muchas Iglesias jóvenes, con un papel cada vez
más relevante en la defensa y promoción de los valores de la persona y de la
vida humana; un espléndido testimonio del ma irio por pa e de las Iglesias
del Centro y Este europeo, como también un testimonio de la delidad y
rmeza de otras Iglesias que todavía están sometidas a persecuciones y
tribulaciones por la fe[11].
El deseo de Dios y de una relación viva y signi cativa con Él se presenta hoy
tan intenso, que favorecen, allí donde falta el auténtico e íntegro anuncio del
Evangelio de Jesús, la difusión de formas de religiosidad sin Dios y de
múltiples sectas. Su expansión, incluso en algunos ambientes tradicionalmente
cristianos, es cie amente para todos los hijos de la Iglesia, y para los
sacerdotes en pa icular, un motivo constante de examen de conciencia sobre
la credibilidad de su testimonio del Evangelio, pero es también signo de cuán
profunda y difundida está la búsqueda de Dios.
7. Pero con estos y otros factores positivos están relacionados muchos
elementos problemáticos o negativos.
Todavía está muy difundido el racionalismo que, en nombre de una concepción
reductiva de «ciencia», hace insensible la razón humana al encuentro con la
Revelación y con la trascendencia divina.
Hay que constatar también una defensa exacerbada de la subjetividad de la
persona, que tiende a encerrarla en el individualismo incapaz de relaciones
humanas auténticas. De este modo, muchos, principalmente muchachos y
jóvenes, buscan compensar esta soledad con sucedáneos de varias clases, con
formas más o menos agudas de hedonismo, de huida de las responsabilidades;
prisioneros del instante fugaz, intentan «consumir» experiencias individuales lo
más intensas posibles y grati cantes en el plano de las emociones y de las
sensaciones inmediatas, pero se muestran indiferentes y como paralizados
ante la ofe a de un proyecto de vida que incluya una dimensión espiritual y
religiosa y un compromiso de solidaridad.
Además, se extiende por todo el mundo —incluso después de la caída de las
ideologías que habían hecho del materialismo un dogma y del rechazo de la
religión un programa— una especie de ateísmo práctico y existencial, que
coincide con una visión secularizada de la vida y del destino del hombre. Este
hombre «enteramente lleno de sí, este hombre que no sólo se pone como
centro de todo su interés, sino que se atreve a llamarse principio y razón de
toda realidad»[12], se encuentra cada vez más empobrecido de aquel
«suplemento de alma» que le es tanto más necesario cuanto más una gran
disponibilidad de bienes materiales y de recursos lo hace creer falsamente
autosu ciente. Ya no hay necesidad de combatir a Dios; se piensa que basta
simplemente con prescindir de Él.
En este contexto hay que destacar en pa icular la disgregación de la realidad
familiar y el oscurecimiento o tergiversación del verdadero signi cado de la
sexualidad humana. Son fenómenos que in uyen, de modo muy negativo, en la
educación de los jóvenes y en su disponibilidad para toda vocación religiosa.
Igualmente debe tenerse en cuenta el agravarse de las injusticias sociales y la
concentración de la riqueza en manos de pocos, como fruto de un capitalismo
inhumano[13], que hace cada vez mayor la distancia entre pueblos ricos y
pueblos pobres; de esta manera se crean en la convivencia humana tensiones
e inquietudes que pe urban profundamente la vida de las personas y de las
comunidades.
Incluso en el campo eclesial se dan fenómenos preocupantes y negativos, que
in uyen directamente en la vida y el ministerio de los sacerdotes, como la
ignorancia religiosa que persiste en muchos creyentes; la escasa incidencia de
la catequesis, sofocada por los mensajes más difundidos y persuasivos de los
medios de comunicación de masas; el mal entendido pluralismo teológico,
cultural y pastoral que, aun pa iendo a veces de buenas intenciones, termina
por hacer difícil el diálogo ecuménico y atentar contra la necesaria unidad de
la fe; la persistencia de un sentido de descon anza y casi de intolerancia hacia
el magisterio jerárquico; las presentaciones unilaterales y reductivas de la
riqueza del mensaje evangélico, que transforman el anuncio y el testimonio de
la fe en un factor exclusivo de liberación humana y social o en un refugio
alienante en la superstición y en la religiosidad sin Dios[14].
Un fenómeno de gran relieve, aunque relativamente reciente en muchos países
de antigua tradición cristiana, es la presencia en un mismo territorio de
consistentes núcleos de razas y religiones diversas. Se desarrolla así cada vez
más la sociedad multirracial y multirreligiosa. Si, por un lado, esto puede ser
ocasión de un ejercicio más frecuente y fructuoso del diálogo, de una ape ura
de mentalidad, de una experiencia de acogida y de justa tolerancia, por otro
lado, puede ser causa de confusión y relativismo, sobre todo en personas y
poblaciones de una fe menos madura.
A estos factores, y en relación íntima con el crecimiento del individualismo, hay
que añadir el fenómeno de la concepción subjetiva de la fe. Por pa e de un
número creciente de cristianos se da una menor sensibilidad al conjunto global
y objetivo de la doctrina de la fe en favor de una adhesión subjetiva a lo que
agrada, que corresponde a la propia experiencia y que no afecta a las propias
costumbres. Incluso apelar a la inviolabilidad de la conciencia individual, cosa
legítima en sí misma, no deja de ser, en este contexto, peligrosamente
ambiguo.
De aquí se sigue también el fenómeno de los modos cada vez más parciales y
condicionados de pe enecer a la Iglesia, que ejercen un in ujo negativo sobre
el nacimiento de nuevas vocaciones al sacerdocio, sobre la autoconciencia
misma del sacerdote y su ministerio en la comunidad.
Finalmente, la escasa presencia y disponibilidad de sacerdotes crea todavía
hoy en muchos ambientes eclesiales graves problemas. Los eles quedan con
frecuencia abandonados durante largos períodos y sin la adecuada asistencia
pastoral; esto perjudica el crecimiento de su vida cristiana en su conjunto y,
más aún, su capacidad de ser ulteriormente promotores de evangelización.
Los jóvenes ante la vocación y la formación sacerdotal

8. Las numerosas contradicciones y posibilidades que presentan nuestras


sociedades y culturas y, al mismo tiempo, las comunidades eclesiales, son
percibidas, vividas y experimentadas con una intensidad muy pa icular por el
mundo de los jóvenes, con repercusiones inmediatas y más que nunca incisivas
en su proceso educativo. En este sentido el nacimiento y desarrollo de la
vocación sacerdotal en los niños, adolescentes y jóvenes encuentran
continuamente obstáculos y estímulos.
Los jóvenes sienten más que nunca el atractivo de la llamada «sociedad de
consumo», que los hace dependientes y prisioneros de una interpretación
individualista, materialista y hedonista de la existencia humana. El «bienestar»
materialísticamente entendido tiende a imponerse como único ideal de vida,
un bienestar que hay que lograr a cualquier condición y precio. De aquí el
rechazo de todo aquello que sepa a sacri cio y renuncia al esfuerzo de buscar
y vivir los valores espirituales y religiosos. La «preocupación» exclusiva por el
tener suplanta la primacía del ser, con la consecuencia de interpretar y de vivir
los valores personales e interpersonales no según la lógica del don y de la
gratuidad, sino según la de la posesión egoísta y de la instrumentalización del
otro.
Esto se re eja, en pa icular, sobre la visión de la sexualidad humana, a la que
se priva de su dignidad de se icio a la comunión y a la entrega entre las
personas, para quedar reducida simplemente a un bien de consumo. Así, la
experiencia afectiva de muchos jóvenes no conduce a un crecimiento
armonioso y gozoso de la propia personalidad, que se abre al otro en el don de
sí mismo, sino a una grave involución psicológica y ética, que no dejará de
tener in uencias graves para su po enir.
En la raíz de estas tendencias se halla, en no pocos jóvenes, una experiencia
desviada de la libe ad: lejos de ser obediencia a la verdad objetiva y universal,
la libe ad se vive como un asentimiento ciego a las fuerzas instintivas y a la
voluntad de poder del individuo. Se hacen así, en cie o modo, naturales en el
plano de la mentalidad y del compo amiento el resquebrajamiento de la
aceptación de los principios éticos, y en el plano religioso —aunque no haya
siempre un rechazo de Dios explícito— una amplia indiferencia y desde luego
una vida que, incluso en sus momentos más signi cativos y en las opciones
más decisivas, es vivida como si Dios no existiese. En este contexto se hace
difícil no sólo la realización, sino la misma comprensión del sentido de una
vocación al sacerdocio, que es un testimonio especí co de la primacía del ser
sobre el tener; es un reconocimiento del signi cado de la vida como don libre y
responsable de sí mismo a los demás, como disponibilidad para ponerse
enteramente al se icio del Evangelio y del Reino de Dios bajo la pa icular
forma del sacerdocio.
Incluso en el ámbito de la comunidad eclesial, el mundo de los jóvenes
constituye, no pocas veces, un «problema». En realidad, si en los jóvenes,
todavía más que en los adultos, se dan una fue e tendencia a la concepción
subjetiva de la fe cristiana y una pe enencia sólo parcial y condicionada a la
vida y a la misión de la Iglesia, cuesta emprender en la comunidad eclesial, por
una serie de razones, una pastoral juvenil actualizada y entusiasta. Los jóvenes
corren el riesgo de ser abandonados a sí mismos, al arbitrio de su fragilidad
psicológica, insatisfechos y críticos frente a un mundo de adultos que, no
viviendo de forma coherente y madura la fe, no se presentan ante ellos como
modelos creíbles.
Se hace entonces evidente la di cultad de proponer a los jóvenes una
experiencia integral y comprometida de vida cristiana y eclesial, y de educarlos
para la misma. De esta manera, la perspectiva de la vocación al sacerdocio
queda lejana a los intereses concretos y vivos de los jóvenes.
9. Sin embargo, no faltan situaciones y estímulos positivos, que suscitan y
alimentan en el corazón de los adolescentes y jóvenes una nueva
disponibilidad, así como una verdadera y propia búsqueda de valores éticos y
espirituales, que por su naturaleza ofrecen terreno propicio para un camino
vocacional a la entrega total de sí mismos a Cristo y a la Iglesia en el
sacerdocio.
Hay que decir, antes que nada, que se han atenuado algunos fenómenos que
en un pasado reciente habían provocado no pocos problemas, como la
contestación radical, los movimientos libe arios, las reivindicaciones utópicas,
las formas indiscriminadas de socialización, la violencia.
Hay que reconocer además que también los jóvenes de hoy, con la fuerza y la
ilusión típicas de la edad, son po adores de los ideales que se abren camino
en la historia: la sed de libe ad; el reconocimiento del valor inconmensurable
de la persona; la necesidad de autenticidad y de transparencia; un nuevo
concepto y estilo de reciprocidad en las relaciones entre hombre y mujer; la
búsqueda convencida y apasionada de un mundo más justo, más solidario,
más unido; la ape ura y el diálogo con todos; el compromiso por la paz.
El desarrollo, tan rico y vivaz en tantos jóvenes de nuestro tiempo, de
numerosas y variadas formas de voluntariado dirigidas a las situaciones más
olvidadas y pobres de nuestra sociedad, representa hoy un recurso educativo
pa icularmente impo ante, porque estimula y sostiene a los jóvenes hacia un
estilo de vida más desinteresado, abie o y solidario con los necesitados. Este
estilo de vida puede facilitar la comprensión, el deseo y la respuesta a una
vocación de se icio estable y total a los demás, incluso en el camino de una
plena consagración a Dios mediante la vida sacerdotal.
La reciente caída de las ideologías, la forma tan crítica de situarse ante el
mundo de los adultos, que no siempre ofrecen un testimonio de vida
entregada a los valores morales y trascendentes, la misma experiencia de
compañeros que buscan evasiones en la droga y en la violencia, contribuyen a
hacer más aguda e ineludible la pregunta fundamental sobre los valores que
son verdaderamente capaces de dar plenitud de signi cado a la vida, al
sufrimiento y a la mue e. En muchos jóvenes se hacen más explícitos el
interrogante religioso y la necesidad de vida espiritual. De ahí el deseo de
experiencias "de desie o" y de oración, el retorno a una lectura más personal y
habitual de la Palabra de Dios, y al estudio de la teología.
Al igual que eran ya activos y protagonistas en el ámbito del voluntariado
social, los jóvenes lo son también cada vez más en el ámbito de la comunidad
eclesial, sobre todo con la pa icipación en las diversas agrupaciones, desde
las más tradicionales, aunque renovadas, hasta las más recientes. La
experiencia de una Iglesia llamada a la «nueva evangelización» por su delidad
al Espíritu que la anima y por las exigencias del mundo alejado de Cristo pero
necesitado de Él, como también la experiencia de una Iglesia cada vez más
solidaria con el hombre y con los pueblos en la defensa y en la promoción de la
dignidad personal y de los derechos humanos de todos y cada uno, abren el
corazón y la vida de los jóvenes a ideales muy atrayentes y que exigen un
compromiso, que puede encontrar su realización concreta en el seguimiento
de Cristo y en el sacerdocio.
Es natural que de esta situación humana y eclesial, caracterizada por una
fue e ambivalencia, no se pueda prescindir de hecho ni en la pastoral de las
vocaciones y en la labor de formación de los futuros sacerdotes ni tampoco en
el ámbito de la vida y del ministerio de los sacerdotes, así como en el de su
formación permanente. Por ello, si bien se pueden comprender los diversos
tipos de «crisis», que padecen algunos sacerdotes de hoy en el ejercicio del
ministerio, en su vida espiritual y también en la misma interpretación de la
naturaleza y signi cado del sacerdocio ministerial, también hay que constatar,
con alegría y esperanza, las nuevas posibilidades positivas que el momento
histórico actual ofrece a los sacerdotes para el cumplimiento de su misión.
El discernimiento evangélico

10. La compleja situación actual, someramente expuesta mediante alusiones y


a modo de ejemplo, exige no sólo ser conocida, sino sobre todo interpretada.
Únicamente así se podrá responder de forma adecuada a la pregunta
fundamental: ¿Cómo formar sacerdotes que estén verdaderamente a la altura
de estos tiempos, capaces de evangelizar al mundo de hoy?[15]
Es impo ante el conocimiento de la situación. No basta una simple descripción
de los datos; hace falta una investigación cientí ca con la que se pueda
delinear un cuadro exacto de las circunstancias socioculturales y eclesiales
concretas.
Pero es aún más impo ante la interpretación de la situación. Ello lo exige la
ambivalencia y a veces el carácter contradictorio que caracterizan las
situaciones, las cuales presentan a la vez di cultades y posibilidades,
elementos negativos y razones de esperanza, obstáculos y ape uras, a
semejanza del campo evangélico en el que han sido sembrados y «conviven» el
trigo y la cizaña (cf.Mt13, 24ss.).
No siempre es fácil una lectura interpretativa, que sepa distinguir entre el bien
y el mal, entre signos de esperanza y peligros. En la formación de los
sacerdotes no se trata sólo y simplemente de acoger los factores positivos y
constatar abie amente los negativos. Se trata de someter los mismos factores
positivos a un cuidadoso discernimiento, para que no se aíslen el uno del otro
ni estén en contraste entre sí, absolutizándose y oponiéndose recíprocamente.
Lo mismo puede decirse de los factores negativos: no hay que rechazarlos en
bloque y sin distinción, porque en cada uno de ellos puede esconderse algún
valor, que espera ser descubie o y reconducido a su plena verdad.
Para el creyente, la interpretación de la situación histórica encuentra el
principio cognoscitivo y el criterio de las opciones de actuación consiguientes
en una realidad nueva y original, a saber, en el discernimiento evangélico; es la
interpretación que nace a la luz y bajo la fuerza del Evangelio, del Evangelio
vivo y personal que es Jesucristo, y con el don del Espíritu Santo. De ese modo,
el discernimiento evangélico toma de la situación histórica y de sus vicisitudes
y circunstancias no un simple «dato», que hay que registrar con precisión y
frente al cual se puede permanecer indiferentes o pasivos, sino un «deber», un
reto a la libe ad responsable, tanto de la persona individual como de la
comunidad. Es un «reto» vinculado a una «llamada» que Dios hace oír en una
situación histórica determinada; en ella y por medio de ella Dios llama al
creyente; pero antes aún llama a la Iglesia, para que mediante «el Evangelio de
la vocación y del sacerdocio» exprese su verdad perenne en las diversas
circunstancias de la vida. También deben aplicarse a la formación de los
sacerdotes las palabras del Concilio Vaticano II: «Es deber permanente de la
Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del
Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda ella
responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la
vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es
necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus
esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le
caracteriza»[16].
Este discernimiento evangélico se funda en la con anza en el amor de
Jesucristo, que siempre e incansablemente cuida de su Iglesia (cf. Ef 5, 29); Él
es el Señor y el Maestro, piedra angular, centro y n de toda la historia
humana[17]. Este discernimiento se alimenta a la luz y con la fuerza del
Espíritu Santo, que suscita por todas pa es y en toda circunstancia la
obediencia de la fe, el valor gozoso del seguimiento de Jesús, el don de la
sabiduría que lo juzga todo y no es juzgada por nadie (cf.1 Cor 2, 15); y se
apoya en la delidad del Padre a sus promesas.
De este modo, la Iglesia sabe que puede afrontar las di cultades y los retos de
este nuevo período de la historia sabiendo que puede asegurar, incluso para el
presente y para el futuro, sacerdotes bien formados, que sean ministros
convencidos y fe orosos de la «nueva evangelización», se idores eles y
generosos de Jesucristo y de los hombres.
Mas no ocultemos las di cultades. No son pocas, ni leves. Pero para vencerlas
están nuestra esperanza, nuestra fe en el amor indefectible de Cristo, nuestra
ce eza de que el ministerio sacerdotal es insustituible para la vida de la Iglesia
y del mundo.
CAPÍTULO II
ME HA UNGIDO Y ME HA ENVIADO
Naturaleza y misión del sacerdocio ministerial
Mirada al sacerdote

11. «En la sinagoga todos los ojos estaban jos en él» (Lc 4, 20). Lo que dice el
evangelista san Lucas de quienes estaban presentes aquel sábado en la
sinagoga de Nazaret, escuchando el comentario que Jesús haría del texto del
profeta Isaías leído por él mismo, puede aplicarse a todos los cristianos,
llamados a reconocer siempre en Jesús de Nazaret el cumplimiento de nitivo
del anuncio profético: «Comenzó, pues, a decirles: Esta Escritura, que acabáis
de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21). Y la «escritura» era ésta: «El Espíritu del
Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena
Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los
ciegos, para dar la libe ad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del
Señor» (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2). En efecto, Jesús se presenta a sí mismo
como lleno del Espíritu, «ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva»;
es el Mesías, el Mesías sacerdote, profeta y rey.
Es éste el rostro de Cristo en el que deben jarse los ojos de la fe y del amor
de los cristianos. Precisamente a pa ir de esta «contemplación» y en relación
con ella los Padres sinodales han re exionado sobre el problema de la
formación de los sacerdotes en la situación actual. Este problema sólo puede
encontrar respuesta pa iendo de una re exión previa sobre la meta a la que
está dirigido el proceso formativo, es decir, el sacerdocio ministerial como
pa icipación en la Iglesia del sacerdocio mismo de Jesucristo. El conocimiento
de la naturaleza y misión del sacerdocio ministerial es el presupuesto
irrenunciable, y al mismo tiempo la guía más segura y el estímulo más incisivo,
para desarrollar en la Iglesia la acción pastoral de promoción y discernimiento
de las vocaciones sacerdotales, y la de formación de los llamados al ministerio
ordenado.
El conocimiento recto y profundo de la naturaleza y misión del sacerdocio
ministerial es el camino que es preciso seguir, y que el Sínodo ha seguido de
hecho, para salir de la crisis sobre la identidad sacerdotal. «Esta crisis —decía
en el Discurso al nal del Sínodo— había nacido en los años inmediatamente
siguientes al Concilio. Se fundaba en una comprensión errónea, y tal vez hasta
intencionadamente tendenciosa, de la doctrina del magisterio conciliar. Y aquí
está indudablemente una de las causas del gran número de pérdidas
padecidas entonces por la Iglesia, pérdidas que han afectado gravemente al
se icio pastoral y a las vocaciones al sacerdocio, en pa icular a las vocaciones
misioneras. Es como si el Sínodo de 1990, redescubriendo toda la profundidad
de la identidad sacerdotal, a través de tantas inte enciones que hemos
escuchado en esta aula, hubiese llegado a infundir la esperanza después de
esas pérdidas dolorosas. Estas inte enciones han manifestado la conciencia
de la ligazón ontológica especí ca que une al sacerdote con Cristo, Sumo
Sacerdote y buen Pastor. Esta identidad está en la raíz de la naturaleza de la
formación que debe darse en vista del sacerdocio y, por tanto, a lo largo de
toda la vida sacerdotal. Ésta era precisamente la nalidad del Sínodo»[18].
Por esto el Sínodo ha creído necesario volver a recordar, de manera sintética y
fundamental, la naturaleza y misión del sacerdocio ministerial, tal y como la fe
de la Iglesia las ha reconocido a través de los siglos de su historia y como el
Concilio Vaticano II las ha vuelto a presentar a los hombres de nuestro
tiempo[19].
En la Iglesia misterio, comunión y misión

12. «La identidad sacerdotal —han a rmado los Padres sinodales—, como
toda identidad cristiana, tiene su fuente en la Santísima Trinidad»[20], que se
revela y se autocomunica a los hombres en Cristo, constituyendo en Él y por
medio del Espíritu la Iglesia como «el germen y el principio de ese reino»[21].
La Exho ación Christi deles laici, sintetizando la enseñanza conciliar, presenta
la Iglesia como misterio, comunión y misión: ella «es misterio porque el amor y
la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son el don absolutamente
gratuito que se ofrece a cuantos han nacido del agua y del Espíritu (cf. Jn 3, 5),
llamados a revivir la comunión misma de Dios y a manifestarla y comunicarla
en la historia (misión)»[22].
Es en el misterio de la Iglesia, como misterio de comunión trinitaria en tensión
misionera, donde se mani esta toda identidad cristiana y, por tanto, también la
identidad especí ca del sacerdote y de su ministerio. En efecto, el presbítero,
en vi ud de la consagración que recibe con el sacramento del Orden, es
enviado por el Padre, por medio de Jesucristo, con el cual, como Cabeza y
Pastor de su pueblo, se con gura de un modo especial para vivir y actuar con
la fuerza del Espíritu Santo al se icio de la Iglesia y por la salvación del
mundo[23].
Se puede entender así el aspecto esencialmente relacional de la identidad del
presbítero. Mediante el sacerdocio que nace de la profundidad del inefable
misterio de Dios, o sea, del amor del Padre, de la gracia de Jesucristo y del don
de la unidad del Espíritu Santo, el presbítero está inse o sacramentalmente en
la comunión con el Obispo y con los otros presbíteros[24], para se ir al Pueblo
de Dios que es la Iglesia y atraer a todos a Cristo, según la oración del Señor:
«Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno
como nosotros... Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno
en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 11.21).
Por tanto, no se puede de nir la naturaleza y la misión del sacerdocio
ministerial si no es bajo este multiforme y rico conjunto de relaciones que
brotan de la Santísima Trinidad y se prolongan en la comunión de la Iglesia,
como signo e instrumento, en Cristo, de la unión con Dios y de la unidad de
todo el género humano[25]. Por ello, la eclesiología de comunión resulta
decisiva para descubrir la identidad del presbítero, su dignidad original, su
vocación y su misión en el Pueblo de Dios y en el mundo. La referencia a la
Iglesia es pues necesaria, aunque no prioritaria, en la de nición de la identidad
del presbítero. En efecto, en cuanto misterio la Iglesia está esencialmente
relacionada con Jesucristo: es su plenitud, su cuerpo, su esposa. Es el «signo» y
el «memorial» vivo de su presencia permanente y de su acción entre nosotros
y para nosotros. El presbítero encuentra la plena verdad de su identidad en ser
una derivación, una pa icipación especí ca y una continuación del mismo
Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y eterna Alianza: es una imagen
viva y transparente de Cristo sacerdote. El sacerdocio de Cristo, expresión de
su absoluta «novedad» en la historia de la salvación, constituye la única fuente
y el paradigma insustituible del sacerdocio del cristiano y, en pa icular, del
presbítero. La referencia a Cristo es, pues, la clave absolutamente necesaria
para la comprensión de las realidades sacerdotales.
Relación fundamental con Cristo, Cabeza y Pastor

13. Jesucristo ha manifestado en sí mismo el rostro pe ecto y de nitivo del


sacerdocio de la nueva Alianza[26]. Esto lo ha hecho en su vida terrena, pero
sobre todo en el acontecimiento central de su pasión, mue e y resurrección.
Como escribe el autor de la Ca a a los Hebreos, Jesús siendo hombre como
nosotros y a la vez el Hijo unigénito de Dios, es en su propio ser mediador
pe ecto entre el Padre y la humanidad (cf. Heb 8-9); Aquel que nos abre el
acceso inmediato a Dios, gracias al don del Espíritu: «Dios ha enviado a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Gál 4, 6; cf.
Rom 8,15).

Jesús lleva a su plena realización el ser mediador al ofrecerse a sí mismo en la


cruz, con la cual nos abre, una vez por todas, el acceso al santuario celestial, a
la casa del Padre (cf. Heb 9, 24-26). Comparados con Jesús, Moisés y todos los
mediadores del Antiguo Testamento entre Dios y su pueblo —los reyes, los
sacerdotes y los profetas— son sólo como « guras» y «sombra de los bienes
futuros, no la realidad de las cosas» (cf. Heb 10, 1).
Jesús es el buen Pastor anunciado (cf. Ez 34); Aquel que conoce a sus ovejas
una a una, que ofrece su vida por ellas y que quiere congregar a todos en «un
solo rebaño y un solo pastor» (cf. Jn 10, 11-16). Es el Pastor que ha venido «no
para ser se ido, sino para se ir» (cf. Mt 20, 24-28), el que, en la escena
pascual del lavatorio de los pies (cf. Jn 13, 1-20), deja a los suyos el modelo de
se icio que deberán ejercer los unos con los otros, a la vez que se ofrece
libremente como cordero inocente inmolado para nuestra redención (cf. Jn 1,
36; Ap 5, 6.12).
Con el único y de nitivo sacri cio de la cruz, Jesús comunica a todos sus
discípulos la dignidad y la misión de sacerdotes de la nueva y eterna Alianza.
Se cumple así la promesa que Dios hizo a Israel: «Seréis para mí un reino de
sacerdotes y una nación santa» (Ex 19, 6). Y todo el pueblo de la nueva Alianza
—escribe San Pedro— queda constituido como «un edi cio espiritual», «un
sacerdocio santo, para ofrecer sacri cios espirituales aceptos a Dios por
mediación de Jesucristo» (1 Pe 2, 5). Los bautizados son las «piedras vivas»
que construyen el edi cio espiritual uniéndose a Cristo «piedra viva... elegida,
preciosa ante Dios» (1 Pe 2, 4.5). El nuevo pueblo sacerdotal, que es la Iglesia,
no sólo tiene en Cristo su propia imagen auténtica, sino que también recibe de
Él una pa icipación real y ontológica en su eterno y único sacerdocio, al que
debe conformarse toda su vida.
14. Al se icio de este sacerdocio universal de la nueva Alianza, Jesús llamó
consigo, durante su misión terrena, a algunos discípulos (cf. Lc 10, 1-12) y con
una autoridad y un mandato especí cos llamó y constituyó a los Doce para
que «estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los
demonios» (Mc 3, 14-15).
Por esto, ya durante su ministerio público (cf. Mt 16, 18) y de modo pleno
después de su mue e y resurrección (cf. Mt 28; Jn 20, 21), Jesús con ere a
Pedro y a los Doce poderes muy pa iculares sobre la futura comunidad y para
la evangelización de todos los pueblos. Después de haberles llamado a
seguirle, los tiene cerca y vive con ellos, impa iendo con el ejemplo y con la
palabra su enseñanza de salvación, y nalmente los envía a todos los hombres.
Y para el cumplimiento de esta misión Jesús con ere a los apóstoles, en vi ud
de una especial efusión pascual del Espíritu Santo, la misma autoridad
mesiánica que le viene del Padre y que le ha sido conferida en plenitud con la
resurrección: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y
haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he
mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el n del
mundo» (Mt 28, 18-20).
Jesús establece así un estrecho paralelismo entre el ministerio con ado a los
apóstoles y su propia misión: «quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien
me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado» (Mt 10,40); «quien a
vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me
rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10, 16).
Es más, el cua o evangelio, a la luz del acontecimiento pascual de la mue e y
resurrección, a rma con gran fuerza y claridad: «Como el Padre me envió,
también yo os envío» (Jn 20, 21; cf. 13, 20; 17, 18). Igual que Jesús tiene una
misión que recibe directamente de Dios y que concretiza la autoridad misma
de Dios (cf. Mt 7, 29; 21, 23; Mc 1, 27; 11, 28; Lc 20, 2; 24, 19), así los apóstoles
tienen una misión que reciben de Jesús. Y de la misma manera que «el Hijo no
puede hacer nada por su cuenta» (Jn 5, 19.30) —de sue e que su doctrina no
es suya, sino de aquel que lo ha enviado (cf. Jn 7, 16)— Jesús dice a los
apóstoles: «separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5): su misión no es
propia, sino que es la misma misión de Jesús. Y esto es posible no por las
fuerzas humanas, sino sólo con el «don» de Cristo y de su Espíritu, con el
«sacramento»: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les
quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,
22-23). Y así los apóstoles, no por algún mérito pa icular, sino por la
pa icipación gratuita en la gracia de Cristo, prolongan en la historia, hasta el
nal de los tiempos, la misma misión de salvación de Jesús en favor de los
hombres.
Signo y presupuesto de la autenticidad y fecundidad de esta misión es la
unidad de los apóstoles con Jesús y, en Él, entre sí y con el Padre, como dice la
oración sacerdotal del Señor, síntesis de su misión (cf. Jn 17, 20-23).
15. A su vez, los apóstoles instituidos por el Señor llevarán a cabo su misión
llamando, de diversas formas pero todas convergentes, a otros hombres, como
Obispos, presbíteros y diáconos, para cumplir el mandato de Jesús resucitado,
que los ha enviado a todos los hombres de todos los tiempos.
El Nuevo Testamento es unánime al subrayar que es el mismo Espíritu de
Cristo el que introduce en el ministerio a estos hombres, escogidos de entre
los hermanos. Mediante el gesto de la imposición de manos (Hch 6, 6; 1 Tim 4,
14; 5, 22; 2 Tim 1, 6), que transmite el don del Espíritu, ellos son llamados y
capacitados para continuar el mismo ministerio apostólico de reconciliar,
apacentar el rebaño de Dios y enseñar (cf. Hch 20, 28; 1 Pe 5, 2).
Por tanto, los presbíteros son llamados a prolongar la presencia de Cristo,
único y supremo Pastor, siguiendo su estilo de vida y siendo como una
transparencia suya en medio del rebaño que les ha sido con ado. Como
escribe de manera clara y precisa la primera ca a de san Pedro: «A los
presbíteros que están entre vosotros les exho o yo, como copresbítero, testigo
de los sufrimientos de Cristo y pa ícipe de la gloria que está para
manifestarse. Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando,
no forzados, sino voluntariamente, según Dios; no por mezquino afán de
ganancia, sino de corazón; no tiranizando a los que os ha tocado guiar, sino
siendo modelos de la grey. Y cuando aparezca el Supremo Pastor, recibiréis la
corona de gloria que no se marchita» (1 Pe 5, 1-4).
Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación
sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su
palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación,
principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el
don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la
unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En una palabra,
los presbíteros existen y actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para
la edi cación de la Iglesia, personi cando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su
nombre[27].
Éste es el modo típico y propio con que los ministros ordenados pa icipan en
el único sacerdocio de Cristo. El Espíritu Santo, mediante la unción sacramental
del Orden, los con gura con un título nuevo y especí co a Jesucristo, Cabeza y
Pastor, los conforma y anima con su caridad pastoral y los pone en la Iglesia
como se idores auto rizados del anuncio del Evangelio a toda criatura y como
se idores de la plenitud de la vida cristiana de todos los bautizados.
La verdad del presbítero, tal como emerge de la Palabra de Dios, o sea,
Jesucristo mismo y su plan constitutivo de la Iglesia, es cantada con
agradecimiento gozoso por la Liturgia en el Prefacio de la Misa Crismal:
«Constituiste a tu único Hijo Pontí ce de la Alianza nueva y eterna por la
unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salví co, perpetuar en
la Iglesia su único sacerdocio. Él no sólo ha conferido el honor del sacerdocio
real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, ha elegido a
hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, pa icipen
de su sagrada misión. Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacri cio de la
redención, y preparan a tus hijos al banquete pascual, donde el pueblo santo
se reúne en tu amor, se alimenta de tu palabra y se fo alece con tus
sacramentos. Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por Ti y por la
salvación de los hermanos, van con gurándose a Cristo, y así dan testimonio
constante de delidad y amor».
Al se icio de la Iglesia y del mundo

16. El sacerdote tiene como relación fundamental la que le une con Jesucristo,
Cabeza y Pastor. Así pa icipa, de manera especí ca y auténtica, de la «unción»
y de la «misión» de Cristo (cf. Lc 4, 18-19). Pero íntimamente unida a esta
relación está la que tiene con la Iglesia. No se trata de «relaciones»
simplemente cercanas entre sí, sino unidas interiormente en una especie de
mutua inmanencia. La relación con la Iglesia se inscribe en la única y misma
relación del sacerdote con Cristo, en el sentido de que la «representación
sacramental» de Cristo es la que instaura y anima la relación del sacerdote con
la Iglesia.
En este sentido los Padres sinodales han dicho: «El sacerdote, en cuanto que
representa a Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia, se sitúa no sólo en la
Iglesia, sino también al frente de la Iglesia. El sacerdocio, junto con la Palabra
de Dios y los signos sacramentales, a cuyo se icio está, pe enece a los
elementos constitutivos de la Iglesia. El ministerio del presbítero está
totalmente al se icio de la Iglesia; está para la promoción del ejercicio del
sacerdocio común de todo el Pueblo de Dios; está ordenado no sólo para la
Iglesia pa icular, sino también para la Iglesia universal (cf. Presbyterorum
Ordinis, 10), en comunión con el Obispo, con Pedro y bajo Pedro. Mediante el
sacerdocio del Obispo, el sacerdocio de segundo orden se incorpora a la
estructura apostólica de la Iglesia. Así el presbítero, como los apóstoles, hace
de embajador de Cristo (cf. 2 Cor 5, 20). En esto se funda el carácter misionero
de todo sacerdote[28].
Por tanto, el ministerio ordenado surge con la Iglesia y tiene en los Obispos, y
en relación y comunión con ellos también en los presbíteros, una referencia
pa icular al ministerio originario de los apóstoles, al cual sucede realmente,
aunque el mismo tenga unas modalidades diversas.
De ahí que no se deba pensar en el sacerdocio ordenado como si fuese
anterior a la Iglesia, porque está totalmente al se icio de la misma; pero
tampoco como si fuera posterior a la comunidad eclesial, como si ésta pudiera
concebirse como constituida ya sin este sacerdocio.
La relación del sacerdocio con Jesucristo, y en Él con su Iglesia, —en vi ud de
la unción sacramental— se sitúa en el ser y en el obrar del sacerdote, o sea, en
su misión o ministerio. En pa icular, «el sacerdote ministro es se idor de
Cristo, presente en la Iglesia misterio, comunión y misión. Por el hecho de
pa icipar en la "unción" y en la "misión" de Cristo, puede prolongar en la Iglesia
su oración, su palabra, su sacri cio, su acción salví ca. Y así es se idor de la
Iglesia misterio porque realiza los signos eclesiales y sacramentales de la
presencia de Cristo resucitado. Es se idor de la Iglesia comunión porque —
unido al Obispo y en estrecha relación con el presbiterio— construye la unidad
de la comunidad eclesial en la armonía de las diversas vocaciones, carismas y
se icios. Por último, es se idor de la Iglesia misión porque hace a la
comunidad anunciadora y testigo del Evangelio»[29].
De este modo, por su misma naturaleza y misión sacramental, el sacerdote
aparece, en la estructura de la Iglesia, como signo de la prioridad absoluta y
gratuidad de la gracia que Cristo resucitado ha dado a su Iglesia. Por medio
del sacerdocio ministerial la Iglesia toma conciencia en la fe de que no
proviene de sí misma, sino de la gracia de Cristo en el Espíritu Santo. Los
apóstoles y sus sucesores, revestidos de una autoridad que reciben de Cristo,
Cabeza y Pastor, han sido puestos —con su ministerio— al frente de la Iglesia,
como prolongación visible y signo sacramental de Cristo, que también está al
frente de la Iglesia y del mundo, como origen permanente y siempre nuevo de
la salvación, Él, que es «el salvador del Cuerpo» (Ef 5, 23).
17. El ministerio ordenado, por su propia naturaleza, puede ser desempeñado
sólo en la medida en que el presbítero esté unido con Cristo mediante la
inserción sacramental en el orden presbiteral, y por tanto en la medida que
esté en comunión jerárquica con el propio Obispo. El ministerio ordenado tiene
una radical «forma comunitaria» y puede ser ejercido sólo como «una tarea
colectiva»[30]. Sobre este carácter de comunión del sacerdocio ha hablado
largamente el Concilio[31], examinando claramente la relación del presbítero
con el propio Obispo, con los demás presbíteros y con los eles laicos.
El ministerio de los presbíteros es, ante todo, comunión y colaboración
responsable y necesaria con el ministerio del Obispo, en su solicitud por la
Iglesia universal y por cada una de las Iglesias pa iculares, al se icio de las
cuales constituyen con el Obispo un único presbiterio.
Cada sacerdote, tanto diocesano como religioso, está unido a los demás
miembros de este presbiterio, gracias al sacramento del Orden, con vínculos
pa iculares de caridad apostólica, de ministerio y de fraternidad. En efecto,
todos los presbíteros, sean diocesanos o religiosos, pa icipan en el único
sacerdocio de Cristo, Cabeza y Pastor, «trabajan por la misma causa, esto es,
para la edi cación del cuerpo de Cristo, que exige funciones diversas y nuevas
adaptaciones, principalmente en estos tiempos»[32], y se enriquece a través
de los siglos con carismas siempre nuevos.
Finalmente, los presbíteros se encuentran en relación positiva y animadora con
los laicos, ya que su gura y su misión en la Iglesia no sustituye sino que más
bien promueve el sacerdocio bautismal de todo el Pueblo de Dios,
conduciéndolo a su plena realización eclesial. Están al se icio de su fe, de su
esperanza y de su caridad. Reconocen y de enden, como hermanos y amigos,
su dignidad de hijos de Dios y les ayudan a ejercitar en plenitud su misión
especí ca en el ámbito de la misión de la Iglesia[33].
El sacerdocio ministerial, conferido por el sacramento del Orden, y el
sacerdocio común o «real» de los eles, aunque diferentes esencialmente entre
sí y no sólo en grado[34], están recíprocamente coordinados, derivando ambos
—de manera diversa— del único sacerdocio de Cristo. En efecto, el sacerdocio
ministerial no signi ca de por sí un mayor grado de santidad respecto al
sacerdocio común de los eles; pero, por medio de él, los presbíteros reciben
de Cristo en el Espíritu un don pa icular, para que puedan ayudar al Pueblo de
Dios a ejercitar con delidad y plenitud el sacerdocio común que les ha sido
conferido[35].
18. Como subraya el Concilio, «el don espiritual que los presbíteros recibieron
en la ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la
misión universal y amplísima de salvación hasta los con nes del mundo, pues
cualquier ministerio sacerdotal pa icipa de la misma amplitud universal de la
misión con ada por Cristo a los Apóstoles»[36]. Por la naturaleza misma de su
ministerio, deben por tanto estar llenos y animados de un profundo espíritu
misionero y «de un espíritu genuinamente católico que les habitúe a
trascender los límites de la propia diócesis, nación o rito y proyectarse en una
generosa ayuda a las necesidades de toda la Iglesia y con ánimo dispuesto a
predicar el Evangelio en todas pa es»[37].
Además, precisamente porque dentro de la Iglesia es el hombre de la
comunión, el presbítero debe ser, en su relación con todos los hombres, el
hombre de la misión y del diálogo. Enraizado profundamente en la verdad y en
la caridad de Cristo, y animado por el deseo y el mandato de anunciar a todos
su salvación, está llamado a establecer con todos los hombres relaciones de
fraternidad, de se icio, de búsqueda común de la verdad, de promoción de la
justicia y la paz. En primer lugar con los hermanos de las otras Iglesias y
confesiones cristianas; pero también con los eles de las otras religiones; con
los hombres de buena voluntad, de manera especial con los pobres y los más
débiles, y con todos aquellos que buscan, aun sin saberlo ni decirlo, la verdad y
la salvación de Cristo, según las palabras de Jesús, que dijo: «No necesitan
médico los que están sanos, sino los que están enfermos; no he venido a
llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2, 17).
Hoy, en pa icular, la tarea pastoral prioritaria de la nueva evangelización, que
atañe a todo el Pueblo de Dios y pide un nuevo ardor, nuevos métodos y una
nueva expresión para el anuncio y el testimonio del Evangelio, exige
sacerdotes radical e integralmente inmersos en el misterio de Cristo y capaces
de realizar un nuevo estilo de vida pastoral, marcado por la profunda
comunión con el Papa, con los Obispos y entre sí, y por una colaboración
fecunda con los eles laicos, en el respeto y la promoción de los diversos
cometidos, carismas y ministerios dentro de la comunidad eclesial[38].
«Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21). Escuchemos
una vez más estas palabras de Jesús, a la luz del sacerdocio ministerial que
hemos presentado en su naturaleza y en su misión. El «hoy» del que habla
Jesús indica el tiempo de la Iglesia, precisamente porque pe enece a la
«plenitud del tiempo», o sea, el tiempo de la salvación plena y de nitiva. La
consagración y la misión de Cristo: «El Espíritu del Señor... me ha ungido para
anunciar a los pobres la Buena Nueva» (Lc 4, 18), son la raíz viva de la que
brotan la consagración y la misión de la Iglesia «plenitud» de Cristo (cf. Ef 1,
23). Con la regeneración bautismal desciende sobre todos los creyentes el
Espíritu del Señor, que los consagra para formar un templo espiritual y un
sacerdocio santo y los envía a dar a conocer los prodigios de Aquel que, desde
las tinieblas, los ha llamado a su luz admirable (cf. 1 Pe 2, 4-10). El presbítero
pa icipa de la consagración y misión de Cristo de un modo especí co y
auténtico, o sea, mediante el sacramento del Orden, en vi ud del cual está
con gurado en su ser con Cristo, Cabeza y Pastor, y compa e la misión de
«anunciar a los pobres la Buena Noticia», en el nombre y en la persona del
mismo Cristo.
En su Mensaje nal los Padres sinodales han resumido, en pocas pero muy
ricas palabras, la «verdad», más aún el «misterio» y el «don» del sacerdocio
ministerial, diciendo: «Nuestra identidad tiene su fuente última en la caridad
del Padre. Con el sacerdocio ministerial, por la acción del Espíritu Santo,
estamos unidos sacramentalmente al Hijo, enviado por el Padre como Sumo
Sacerdote y buen Pastor. La vida y el ministerio del sacerdote son continuación
de la vida y de la acción del mismo Cristo. Ésta es nuestra identidad, nuestra
verdadera dignidad, la fuente de nuestra alegría, la ce eza de nuestra
vida»[39].
CAPÍTULO III
EL ESPÍRITU DEL SEÑOR ESTÁ SOBRE MÍ
La vida espiritual del sacerdote
Una vocación especí ca a la santidad

19. «El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4, 18). El Espíritu no está
simplemente sobre el Mesías, sino que lo llena, lo penetra, lo invade en su ser y
en su obrar. En efecto, el Espíritu es el principio de la consagración y de la
misión del Mesías: porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena
Nueva ... (Lc 4, 18). En vi ud del Espíritu, Jesús pe enece total y
exclusivamente a Dios, pa icipa de la in nita santidad de Dios que lo llama,
elige y envía. Así el Espíritu del Señor se mani esta como fuente de santidad y
llamada a la santi cación.
Este mismo «Espíritu del Señor» está «sobre» todo el Pueblo de Dios,
constituido como pueblo «consagrado» a Él y «enviado» por Él para anunciar
el Evangelio que salva. Los miembros del Pueblo de Dios son «embebidos» y
«marcados» por el Espíritu (cf. 1 Cor 12, 13; 2 Cor 1, 21ss; Ef 1, 13; 4, 30), y
llamados a la santidad.
En efecto, el Espíritu nos revela y comunica la vocación fundamental que el
Padre dirige a todos desde la eternidad: la vocación a ser «santos e
inmaculados en su presencia, en el amor», en vi ud de la predestinación «para
ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (Ef 1, 4-5) . Revelándonos y
comunicándonos esta vocación, el Espíritu se hace en nosotros principio y
fuente de su realización: él, el Espíritu del Hijo (cf.Gál 4, 6), nos conforma con
Cristo Jesús y nos hace pa ícipes de su vida lial, o sea, de su amor al Padre y
a los hermanos. «Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el
Espíritu» (Gál 5, 25). Con estas palabras el apóstol Pablo nos recuerda que la
existencia cristiana es «vida espiritual», o sea, vida animada y dirigida por el
Espíritu hacia la santidad o pe ección de la caridad.
La a rmación del Concilio, «todos los eles, de cualquier estado o condición,
están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la pe ección de la
caridad»[40], encuentra una pa icular aplicación referida a los presbíteros.
Éstos son llamados no sólo en cuanto bautizados, sino también y
especí camente en cuanto presbíteros, es decir, con un nuevo título y con
modalidades originales que derivan del sacramento del Orden.
20. El Decreto conciliar sobre el ministerio y vida de los presbíteros nos ofrece
una síntesis rica y alentadora sobre la «vida espiritual» de los sacerdotes y
sobre el don y la responsabilidad de hacerse «santos». «Por el sacramento del
Orden se con guran los presbíteros con Cristo sacerdote, como ministros de la
Cabeza, para construir y edi car todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como
cooperadores del Orden episcopal. Cie o que ya en la consagración del
bautismo —al igual que todos los eles de Cristo— recibieron el signo y don
de tan gran vocación y gracia, a n de que, aun con la aqueza humana,
puedan y deban aspirar a la pe ección, según la palabra del Señor: "Vosotros,
pues, sed pe ectos, como es pe ecto vuestro Padre celestial" (Mt 5, 48).
Ahora bien, los sacerdotes están obligados de manera especial a alcanzar esa
pe ección, ya que, consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del
Orden, se convie en en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote eterno, para
proseguir en el tiempo la obra admirable del que, con celeste e cacia,
reintegró a todo el género humano. Por tanto, puesto que todo sacerdote
personi ca de modo especí co al mismo Cristo, es también enriquecido de
gracia pa icular para que pueda alcanzar mejor, por el se icio de los eles
que se le han con ado y de todo el Pueblo de Dios, la pe ección de Aquel a
quien representa, y cure la aqueza humana de la carne la santidad de Aquel
que fue hecho para nosotros pontí ce "santo, inocente, incontaminado,
apa ado de los pecadores" (Heb 7, 26)»[41].
El Concilio a rma, ante todo, la «común» vocación a la santidad. Esta vocación
se fundamenta en el Bautismo, que caracteriza al presbítero como un « el»
(Christi delis), como un «hermano entre hermanos», inse o y unido al Pueblo
de Dios, con el gozo de compa ir los dones de la salvación (cf. Ef 4, 4-6) y el
esfuerzo común de caminar «según el Espíritu», siguiendo al único Maestro y
Señor. Recordemos la célebre frase de San Agustín: «Para vosotros soy obispo,
con vosotros soy cristiano. Aquél es un nombre de o cio recibido, éste es un
nombre de gracia; aquél es un nombre de peligro, éste de salvación»[42].
Con la misma claridad el texto conciliar habla de una vocación «especí ca» a la
santidad, y más precisamente de una vocación que se basa en el sacramento
del Orden, como sacramento propio y especí co del sacerdote, en vi ud pues
de una nueva consagración a Dios mediante la ordenación. A esta vocación
especí ca alude también San Agustín, que, a la a rmación «Para vosotros soy
obispo, con vosotros soy cristiano», añade esta otra: «Siendo, pues, para mí
causa del mayor gozo el haber sido rescatado con vosotros, que el haber sido
puesto a la cabeza, siguiendo el mandato del Señor, me dedicaré con el mayor
empeño a se iros, para no ser ingrato a quien me ha rescatado con aquel
precio que me ha hecho ser vuestro consie o»[43].
El texto del Concilio va más allá, señalando algunos elementos necesarios para
de nir el contenido de la «especi cidad» de la vida espiritual de los
presbíteros. Son éstos elementos que se re eren a la «consagración» propia de
los presbíteros, que los con gura con Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia;
los con gura con la «misión» o ministerio típico de los mismos presbíteros, la
cual los capacita y compromete para ser «instrumentos vivos de Cristo
Sacerdote eterno» y para actuar «personi cando a Cristo mismo»; los
con gura en su «vida» entera, llamada a manifestar y testimoniar de manera
original el «radicalismo evangélico»[44].
La con guración con Jesucristo, Cabeza y Pastor, y la caridad pastoral

21. Mediante la consagración sacramental, el sacerdote se con gura con


Jesucristo, en cuanto Cabeza y Pastor de la Iglesia, y recibe como don una
«potestad espiritual», que es pa icipación de la autoridad con la cual
Jesucristo, mediante su Espíritu, guía la Iglesia[45].
Gracias a esta consagración obrada por el Espíritu Santo en la efusión
sacramental del Orden, la vida espiritual del sacerdote queda caracterizada,
plasmada y de nida por aquellas actitudes y compo amientos que son
propios de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia y que se compendian en su
caridad pastoral.
Jesucristo es Cabeza de la Iglesia, su Cuerpo. Es «Cabeza» en el sentido nuevo
y original de ser «Sie o», según sus mismas palabras: «Tampoco el Hijo del
hombre ha venido a ser se ido, sino a se ir y a dar su vida como rescate por
muchos» (Mc 10, 45). El se icio de Jesús llega a su plenitud con la mue e en
cruz, o sea, con el don total de sí mismo, en la humildad y el amor: «se despojó
de sí mismo tomando condición de sie o haciéndose semejante a los hombres
y apareciendo en su po e como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo
hasta la mue e y mue e de cruz ...» (Flp 2, 78). La autoridad de Jesucristo
Cabeza coincide pues con su se icio, con su don, con su entrega total,
humilde y amorosa a la Iglesia. Y esto en obediencia pe ecta al Padre: él es el
único y verdadero Sie o doliente del Señor, Sacerdote y Víctima a la vez.
Este tipo concreto de autoridad, o sea, el se icio a la Iglesia, debe animar y
vivi car la existencia espiritual de todo sacerdote, precisamente como
exigencia de su con guración con Jesucristo, Cabeza y Sie o de la Iglesia[46].
San Agustín exho aba de esta forma a un obispo en el día de su ordenación:
«El que es cabeza del pueblo debe, antes que nada, darse cuenta de que es
se idor de muchos. Y no se desdeñe de serlo, repito, no se desdeñe de ser el
se idor de muchos, porque el Señor de los señores no se desdeñó de hacerse
nuestro sie o»[47].
La vida espiritual de los ministros del Nuevo Testamento deberá estar
caracterizada, pues, por esta actitud esencial de se icio al Pueblo de Dios (cf.
Mt 20, 24ss,; Mc 10, 43-44), ajena a toda presunción y a todo deseo de
«tiranizar» la grey con ada (cf. 1 Pe 5, 2-3). Un se icio llevado como Dios
espera y con buen espíritu. De este modo los ministros, los «ancianos» de la
comunidad, o sea, los presbíteros, podrán ser «modelo» de la grey del Señor
que, a su vez, está llamada a asumir ante el mundo entero esta actitud
sacerdotal de se icio a la plenitud de la vida del hombre y a su liberación
integral.
22. La imagen de Jesucristo, Pastor de la Iglesia, su grey, vuelve a proponer,
con matices nuevos y más sugestivos, los mismos contenidos de la imagen de
Jesucristo, Cabeza y Sie o. Veri cándose el anuncio profético del Mesías
Salvador, cantado gozosamente por el salmista y por el profeta Ezequiel (cf. Sal
22-23; Ez 34, 11ss), Jesús se presenta a sí mismo como «el buen Pastor» (Jn
10, 11.14), no sólo de Israel, sino de todos los hombres (cf. Jn 10, 16). Y su vida
es una manifestación ininterrumpida, es más, una realización diaria de su
«caridad pastoral». Él siente compasión de las gentes, porque están cansadas
y abatidas, como ovejas sin pastor (cf. Mt 9, 35-36); él busca las dispersas y las
descarriadas (cf. Mt 18, 12-14) y hace esta al encontrarlas, las recoge y
de ende, las conoce y llama una a una (cf. Jn 10, 3), las conduce a los pastos
frescos y a las aguas tranquilas (cf. Sal 22-23), para ellas prepara una mesa,
alimentándolas con su propia vida. Esta vida la ofrece el buen Pastor con su
mue e y resurrección, como canta la liturgia romana de la Iglesia: «Ha
resucitado el buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por
su grey. Aleluya»[48].
Pedro llama a Jesús el «supremo Pastor» (1 Pe 5, 4), porque su obra y misión
continúan en la Iglesia a través de los apóstoles (cf. Jn 21, 15-17) y sus
sucesores (cf.1 Pe 5, 1ss), y a través de los presbíteros. En vi ud de su
consagración, los presbíteros están con gurados con Jesús, buen Pastor, y
llamados a imitar y revivir su misma caridad pastoral.
La entrega de Cristo a la Iglesia, fruto de su amor, se caracteriza por aquella
entrega originaria que es propia del esposo hacia su esposa, como tantas
veces sugieren los textos sagrados. Jesús es el verdadero esposo, que ofrece el
vino de la salvación a la Iglesia (cf. Jn 2, 11). Él, que es «Cabeza de la Iglesia, el
salvador del Cuerpo» (Ef 5, 23), «amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por
ella, para santi carla, puri cándola mediante el baño del agua, en vi ud de la
palabra, y presentársela a sí mismo resplandeciente; sin que tenga mancha ni
arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5, 25-27). La
Iglesia es, desde luego, el cuerpo en el que está presente y operante Cristo
Cabeza, pero es también la Esposa que nace, como nueva Eva, del costado
abie o del Redentor en la cruz; por esto Cristo está «al frente» de la Iglesia,
«la alimenta y la cuida» (Ef 5, 29) mediante la entrega de su vida por ella. El
sacerdote está llamado a ser imagen viva de Jesucristo Esposo de la
Iglesia[49]. Cie amente es siempre pa e de la comunidad a la que pe enece
como creyente, junto con los otros hermanos y hermanas convocados por el
Espíritu, pero en vi ud de su con guración con Cristo, Cabeza y Pastor, se
encuentra en esta situación esponsal ante la comunidad. «En cuanto
representa a Cristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia, el sacerdote está no
sólo en la Iglesia, sino también al frente de la Iglesia»[50]. Por tanto, está
llamado a revivir en su vida espiritual el amor de Cristo Esposo con la Iglesia
esposa. Su vida debe estar iluminada y orientada también por este rasgo
esponsal, que le pide ser testigo del amor de Cristo como Esposo y, por eso,
ser capaz de amar a la gente con un corazón nuevo, grande y puro, con
auténtica renuncia de sí mismo, con entrega total, continua y el, y a la vez con
una especie de «celo» divino (cf.2 Cor 11, 2), con una ternura que incluso
asume matices del cariño materno, capaz de hacerse cargo de los «dolores de
pa o» hasta que «Cristo no sea formado» en los eles (cf. Gál 4, 19).
23. El principio interior, la vi ud que anima y guía la vida espiritual del
presbítero en cuanto con gurado con Cristo Cabeza y Pastor es la caridad
pastoral, pa icipación de la misma caridad pastoral de Jesucristo: don gratuito
del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, deber y llamada a la respuesta libre y
responsable del presbítero.
El contenido esencial de la caridad pastoral es la donación de sí, la total
donación de sí a la Iglesia, compa iendo el don de Cristo y a su imagen. «La
caridad pastoral es aquella vi ud con la que nosotros imitamos a Cristo en su
entrega de sí mismo y en su se icio. No es sólo aquello que hacemos, sino la
donación de nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo por su grey. La
caridad pastoral determina nuestro modo de pensar y de actuar, nuestro modo
de compo arnos con la gente. Y resulta pa icularmente exigente para
nosotros...»[51].
El don de nosotros mismos, raíz y síntesis de la caridad pastoral, tiene como
destinataria la Iglesia. Así lo ha hecho Cristo «que amó a la Iglesia y se entregó
a sí mismo por ella» (Ef 5, 25); así debe hacerlo el sacerdote. Con la caridad
pastoral, que caracteriza el ejercicio del ministerio sacerdotal como «amoris
o cium»,[52] «el sacerdote, que recibe la vocación al ministerio, es capaz de
hacer de éste una elección de amor, para el cual la Iglesia y las almas
constituyen su principal interés y, con esta espiritualidad concreta, se hace
capaz de amar a la Iglesia universal y a aquella porción de Iglesia que le ha
sido con ada, con toda la entrega de un esposo hacia su esposa»[53]. El don
de sí no tiene límites, ya que está marcado por la misma fuerza apostólica y
misionera de Cristo, el buen Pastor, que ha dicho: «también tengo otras ovejas,
que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán
mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor» (Jn 10, 16).
Dentro de la comunidad eclesial, la caridad pastoral del sacerdote le pide y
exige de manera pa icular y especí ca una relación personal con el
presbiterio, unido en y con el Obispo, come dice expresamente el Concilio: «La
caridad pastoral pide que, para no correr en vano, trabajen siempre los
presbíteros en vínculo de comunión con los Obispos y con los otros hermanos
en el sacerdocio»[54].
El don de sí mismo a la Iglesia se re ere a ella como cuerpo y esposa de
Jesucristo. Por esto la caridad del sacerdote se re ere primariamente a
Jesucristo: solamente si ama y si e a Cristo, Cabeza y Esposo, la caridad se
hace fuente, criterio, medida, impulso del amor y del se icio del sacerdote a la
Iglesia, cuerpo y esposa de Cristo. Ésta ha sido la conciencia clara y profunda
del apóstol Pablo, que escribe a los cristianos de la Iglesia de Corinto: somos
«sie os vuestros por Jesús» (2 Cor 4, 5). Ésta es, sobre todo, la enseñanza
explícita y programática de Jesús, cuando confía a Pedro el ministerio de
apacentar la grey sólo después de su triple confesión de amor e incluso de un
amor de predilección: «Le dice por tercera vez: "Simón de Juan, ¿me quieres?"...
Pedro... le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero". Le dice Jesús:
"Apacienta mis ovejas"» (Jn 21, 17).
La caridad pastoral, que tiene su fuente especí ca en el sacramento del Orden,
encuentra su expresión plena y su alimento supremo en la Eucaristía: «Esta
caridad pastoral —dice el Concilio— uye cie amente, sobre todo, del
sacri cio eucarístico, que es, por ello, centro y raíz de toda la vida del
presbítero, de sue e que el alma sacerdotal se esfuerce en reproducir en sí
misma lo que se hace en el ara sacri cial»[55]. En efecto, en la Eucaristía es
donde se representa, es decir, se hace de nuevo presente el sacri cio de la
cruz, el don total de Cristo a su Iglesia, el don de su cuerpo entregado y de su
sangre derramada, como testimonio supremo de su ser Cabeza y Pastor, Sie o
y Esposo de la Iglesia. Precisamente por esto la caridad pastoral del sacerdote
no sólo uye de la Eucaristía, sino que encuentra su más alta realización en su
celebración, así como también recibe de ella la gracia y la responsabilidad de
impregnar de manera «sacri cial» toda su existencia.
Esta misma caridad pastoral constituye el principio interior y dinámico capaz de
uni car las múltiples y diversas actividades del sacerdote. Gracias a la misma
puede encontrar respuesta la exigencia esencial y permanente de unidad entre
la vida interior y tantas tareas y responsabilidades del ministerio, exigencia
tanto más urgente en un contexto sociocultural y eclesial fue emente
marcado por la complejidad, la fragmentación y la dispersión. Solamente la
concentración de cada instante y de cada gesto en torno a la opción
fundamental y determinante de «dar la vida por la grey» puede garantizar esta
unidad vital, indispensable para la armonía y el equilibrio espiritual del
sacerdote: «La unidad de vida —nos recuerda el Concilio— pueden construirla
los presbíteros si en el cumplimiento de su ministerio siguieren el ejemplo de
Cristo, cuyo alimento era hacer la voluntad de Aquel que lo envió para que
llevara a cabo su obra ... Así, desempeñando el o cio de buen Pastor, en el
mismo ejercicio de la caridad pastoral hallarán el vínculo de la pe ección
sacerdotal, que reduzca a unidad su vida y acción»[56].
La vida espiritual en el ejercicio del ministerio

24. El Espíritu del Señor ha consagrado a Cristo y lo ha enviado a anunciar el


Evangelio (cf. Lc 4, 18). La misión no es un elemento extrínseco o yuxtapuesto
a la consagración, sino que constituye su nalidad intrínseca y vital: la
consagración es para la misión. De esta manera, no sólo la consagración, sino
también la misión está bajo el signo del Espíritu, bajo su in ujo santi cador.

Así fue en Jesús. Así fue en los apóstoles y en sus sucesores. Así es en toda la
Iglesia y en sus presbíteros: todos reciben el Espíritu como don y llamada a la
santi cación en el cumplimiento de la misión y a través de ella[57].
Existe por tanto una relación íntima entre la vida espiritual del presbítero y el
ejercicio de su ministerio[58], descrita así por el Concilio: «Al ejercer el
ministerio del Espíritu y de la justicia (cf. 2 Cor 3, 8-9), (los presbíteros) si son
dóciles al Espíritu de Cristo, que los vivi ca y guía, se a rman en la vida del
espíritu. Ya que por las mismas acciones sagradas de cada día, como por todo
su ministerio, que ejercen unidos con el Obispo y los presbíteros, ellos mismos
se ordenan a la pe ección de vida. Por otra pa e, la santidad misma de los
presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio
ministerio»[59].
«Conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor». Ésta es la invitación, la
exho ación que la Iglesia hace al presbítero en el rito de la ordenación,
cuando se le entrega las ofrendas del pueblo santo para el sacri cio
eucarístico. El «misterio», cuyo «dispensador» es el presbítero (cf. 1 Cor 4,1),
es, en de nitiva, Jesucristo mismo, que en el Espíritu Santo es fuente de
santidad y llamada a la santi cación. El «misterio» requiere ser vivido por el
presbítero. Por esto exige gran vigilancia y viva conciencia. Y así, el rito de la
ordenación antepone a esas palabras la recomendación: «Considera lo que
realizas». Ya exho aba Pablo al obispo Timoteo: «No descuides el carisma que
hay en ti» (1 Tim 4, 14; cf. 2 Tim 1, 6).
La relación entre la vida espiritual y el ejercicio del ministerio sacerdotal puede
encontrar su explicación también a pa ir de la caridad pastoral otorgada por
el sacramento del Orden. El ministerio del sacerdote, precisamente porque es
una pa icipación del ministerio salví co de Jesucristo, Cabeza y Pastor,
expresa y revive su caridad pastoral, que es a la vez fuente y espíritu de su
se icio y del don de sí mismo. En su realidad objetiva el ministerio sacerdotal
es «amoris o cium», según la ya citada expresión de San Agustín.
Precisamente esta realidad objetiva es el fundamento y la llamada para un
ethos correspondiente, que es el vivir el amor, como dice el mismo San Agustín:
«Sit amoris o cium pascere dominicum gregem»[60]. Este ethos, y también la
vida espiritual, es la acogida de la «verdad» del ministerio sacerdotal como
«amoris o cium» en la conciencia y en la libe ad, y por tanto en la mente y el
corazón, en las decisiones y las acciones.
25. Es esencial, para una vida espiritual que se desarrolla a través del ejercicio
del ministerio, que el sacerdote renueve continuamente y profundice cada vez
más la conciencia de ser ministro de Jesucristo, en vi ud de la consagración
sacramental y de la con guración con Él, Cabeza y Pastor de la Iglesia.
Esa conciencia no sólo corresponde a la verdadera naturaleza de la misión que
el sacerdote desarrolla en favor de la Iglesia y de la humanidad, sino que
in uye también en la vida espiritual del sacerdote que cumple esa misión. En
efecto, el sacerdote es escogido por Cristo no como una «cosa», sino como
una «persona» No es un instrumento ine e y pasivo, sino un «instrumento
vivo», como dice el Concilio, precisamente al hablar de la obligación de tender
a la pe ección[61]. Y el mismo Concilio habla de los sacerdotes como
«compañeros y colaboradores» del Dios «santo y santi cador»[62].
En este sentido, en el ejercicio del ministerio está profundamente
comprometida la persona consciente, libre y responsable del sacerdote. Su
relación con Jesucristo, asegurada por la consagración y con guración del
sacramento del Orden, instaura y exige en el sacerdote una posterior relación
que procede de la intención, es decir, de la voluntad consciente y libre de
hacer, mediante los gestos ministeriales, lo que quiere hacer la Iglesia.
Semejante relación tiende, por su propia naturaleza, a hacerse lo más profunda
posible, implicando la mente, los sentimientos, la vida, o sea, una serie de
«disposiciones» morales y espirituales correspondientes a los gestos
ministeriales que el sacerdote realiza.
No hay duda de que el ejercicio del ministerio sacerdotal, especialmente la
celebración de los Sacramentos, recibe su e cacia salví ca de la acción misma
de Jesucristo, hecha presente en los Sacramentos. Pero por un designio divino,
que quiere resaltar la absoluta gratuidad de la salvación, haciendo del hombre
un «salvado» a la vez que un «salvador» —siempre y sólo con Jesucristo—, la
e cacia del ejercicio del ministerio está condicionada también por la mayor o
menor acogida y pa icipación humana[63]. En pa icular, la mayor o menor
santidad del ministro in uye realmente en el anuncio de la Palabra, en la
celebración de los Sacramentos y en la dirección de la comunidad en la
caridad. Lo a rma con claridad el Concilio: «La santidad misma de los
presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio
ministerio; pues, si es cie o que la gracia de Dios puede llevar a cabo la obra
de salvación aun por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios pre ere
mostrar normalmente sus maravillas por obra de quienes, más dóciles al
impulso e inspiración del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y la
santidad de su vida, pueden decir con el Apóstol: "Pero ya no vivo yo, sino que
Cristo vive en mí" (Gál 2, 20)»[64].
La conciencia de ser ministro de Jesucristo, Cabeza y Pastor, lleva consigo
también la conciencia agradecida y gozosa de una gracia singular recibida de
Jesucristo: la gracia de haber sido escogido gratuitamente por el Señor como
«instrumento vivo» de la obra de salvación. Esta elección demuestra el amor
de Jesucristo al sacerdote. Precisamente este amor, más que cualquier otro
amor, exige correspondencia. Después de su resurrección Jesús hace a Pedro
una pregunta fundamental sobre el amor: «Simón de Juan, ¿me amas más que
éstos?». Y a la respuesta de Pedro sigue la entrega de la misión: «Apacienta
mis corderos» (Jn 21, 15). Jesús pregunta a Pedro si lo ama, antes de
entregarle su grey. Pero es, en realidad, el amor libre y precedente de Jesús
mismo el que origina su pregunta al apóstol y la entrega de «sus» ovejas. Y así,
todo gesto ministerial, a la vez que lleva a amar y se ir a la Iglesia, ayuda a
madurar cada vez más en el amor y en el se icio a Jesucristo, Cabeza, Pastor y
Esposo de la Iglesia; en un amor que se con gura siempre como respuesta al
amor precedente, libre y gratuito, de Dios en Cristo. A su vez, el crecimiento del
amor a Jesucristo determina el crecimiento del amor a la Iglesia: «Somos
vuestros pastores (pascimus vobis), con vosotros somos apacentados
(pascimur vobiscum). El Señor nos dé la fuerza de amaros hasta el punto de
poder morir real o afectivamente por vosotros (aut e ectu aut a ectu)»[65].
26. Gracias a la preciosa enseñanza del Concilio Vaticano II[66], podemos
recordar las condiciones y exigencias, las modalidades y frutos de la íntima
relación que existe entre la vida espiritual del sacerdote y el ejercicio de su
triple ministerio: la Palabra, el Sacramento y el se icio de la Caridad.
El sacerdote es, ante todo, ministro de la Palabra de Dios; es el ungido y
enviado para anunciar a todos el Evangelio del Reino, llamando a cada hombre
a la obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a un conocimiento y
comunión cada vez más profundos del misterio de Dios, revelado y
comunicado a nosotros en Cristo. Por eso, el sacerdote mismo debe ser el
primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: no le
basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario;
necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella
penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí
una mentalidad nueva: «la mente de Cristo» (1 Cor 2, 16), de modo que sus
palabras, sus opciones y sus actitudes sean cada vez más una transparencia,
un anuncio y un testimonio del Evangelio. Solamente «permaneciendo» en la
Palabra, el sacerdote será pe ecto discípulo del Señor; conocerá la verdad y
será verdaderamente libre, superando todo condicionamiento contrario o
extraño al Evangelio (cf. Jn 8, 31-32). El sacerdote debe ser el primer
«creyente» de la Palabra, con la plena conciencia de que las palabras de su
ministerio no son «suyas», sino de Aquel que lo ha enviado. Él no es el dueño
de esta Palabra: es su se idor. Él no es el único poseedor de esta Palabra: es
deudor ante el Pueblo de Dios. Precisamente porque evangeliza y para poder
evangelizar, el sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su
permanente necesidad de ser evangelizado[67]. Él anuncia la Palabra en su
calidad de ministro, pa ícipe de la autoridad profética de Cristo y de la Iglesia.
Por esto, por tener en sí mismo y ofrecer a los eles la garantía de que
transmite el Evangelio en su integridad, el sacerdote ha de cultivar una
sensibilidad, un amor y una disponibilidad pa iculares hacia la Tradición viva
de la Iglesia y de su Magisterio, que no son extraños a la Palabra, sino que
si en para su recta interpretación y para custodiar su sentido auténtico[68].
Es sobre todo en la celebración de los Sacramentos, y en la celebración de la
Liturgia de las Horas, donde el sacerdote está llamado a vivir y testimoniar la
unidad profunda entre el ejercicio de su ministerio y su vida espiritual: el don
de gracia ofrecido a la Iglesia se hace principio de santidad y llamada a la
santi cación. También para el sacerdote el lugar verdaderamente central, tanto
de su ministerio como de su vida espiritual, es la Eucaristía, porque en ella «se
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra
Pascua y Pan vivo, que mediante su carne, vivi cada y vivi cante por el Espíritu
Santo, da la vida a los hombres. Así son ellos invitados y conducidos a
ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas sus cosas en unión con Él
mismo»[69].
De los diversos Sacramentos y, en pa icular, de la gracia especí ca y propia de
cada uno de ellos, la vida espiritual del presbítero recibe unas connotaciones
pa iculares. En efecto, se estructura y es plasmada por las múltiples
características y exigencias de los diversos Sacramentos celebrados y vividos.
Quiero dedicar unas palabras al Sacramento de la Penitencia, cuyos ministros
son los sacerdotes, pero deben ser también sus bene ciarios, haciéndose
testigos de la misericordia de Dios por los pecadores. Repito cuanto escribí en
la Exho ación Reconciliatio et paenitentia: «La vida espiritual y pastoral del
sacerdote, como la de sus hermanos laicos y religiosos, depende, para su
calidad y fe or, de la asidua y consciente práctica personal del Sacramento de
la Penitencia. La celebración de la Eucaristía y el ministerio de los otros
Sacramentos, el celo pastoral, la relación con los eles, la comunión con los
hermanos, la colaboración con el Obispo, la vida de oración, en una palabra
toda la existencia sacerdotal sufre un inevitable decaimiento, si le falta, por
negligencia o cualquier otro motivo, el recurso periódico e inspirado en una
auténtica fe y devoción al Sacramento de la Penitencia. En un sacerdote que
no se confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su ministerio se
resentirían muy pronto, y se daría cuenta también la Comunidad de la que es
pastor»[70].
Por último, el sacerdote está llamado a revivir la autoridad y el se icio de
Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, animando y guiando la comunidad
eclesial, o sea, reuniendo «la familia de Dios, como una fraternidad animada en
la unidad» y conduciéndola «al Padre por medio de Cristo en el Espíritu
Santo»[71]. Este «munus regendi» es una misión muy delicada y compleja, que
incluye, además de la atención a cada una de las personas y a las diversas
vocaciones, la capacidad de coordinar todos los dones y carismas que el
Espíritu suscita en la comunidad, examinándolos y valorándolos para la
edi cación de la Iglesia, siempre en unión con los Obispos. Se trata de un
ministerio que pide al sacerdote una vida espiritual intensa, rica de aquellas
cualidades y vi udes que son típicas de la persona que preside y «guía» una
comunidad; del «anciano» en el sentido más noble y rico de la palabra. En él se
esperan ver vi udes como la delidad, la coherencia, la sabiduría, la acogida
de todos, la afabilidad, la rmeza doctrinal en las cosas esenciales, la libe ad
sobre los puntos de vista subjetivos, el desprendimiento personal, la paciencia,
el gusto por el esfuerzo diario, la con anza en la acción escondida de la gracia
que se mani esta en los sencillos y en los pobres (cf. Tit 1, 7-8).
Existencia sacerdotal y radicalismo evangélico

27. «El Espíritu del Señor sobre mí» (Lc 4, 18). El Espíritu Santo recibido en el
sacramento del Orden es fuente de santidad y llamada a la santi cación, no
sólo porque con gura al sacerdote con Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, y
le confía la misión profética, sacerdotal y real para que la lleve a cabo
personi cando a Cristo, sino también porque anima y vivi ca su existencia de
cada día, enriqueciéndola con dones y exigencias, con vi udes y fuerzas, que
se compendian en la caridad pastoral. Esta caridad es síntesis uni cante de los
valores y de las vi udes evangélicas y, a la vez, fuerza que sostiene su
desarrollo hasta la pe ección cristiana[72].
Para todos los cristianos, sin excepciones, el radicalismo evangélico es una
exigencia fundamental e irrenunciable, que brota de la llamada de Cristo a
seguirlo e imitarlo, en vi ud de la íntima comunión de vida con él, realizada
por el Espíritu (cf. Mt 8, 18ss; 10, 37ss; Mc 8, 34-38; 10, 17-21; Lc 9, 57ss). Esta
misma exigencia se presenta a los sacerdotes, no sólo porque están «en» la
Iglesia, sino también porque están «al frente» de ella, al estar con gurados con
Cristo, Cabeza y Pastor, capacitados y comprometidos para el ministerio
ordenado, vivi cados por la caridad pastoral. Ahora bien, dentro del
radicalismo evangélico y como manifestación del mismo se encuentra un rico
orecimiento de múltiples vi udes y exigencias éticas, que son decisivas para
la vida pastoral y espiritual del sacerdote, como, por ejemplo, la fe, la humildad
ante el misterio de Dios, la misericordia, la prudencia. Expresión privilegiada
del radicalismo son los varios consejos evangélicos que Jesús propone en el
Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7), y entre ellos los consejos, íntimamente
relacionados entre sí, de obediencia, castidad y pobreza:[73] el sacerdote está
llamado a vivirlos según el estilo, es más, según las nalidades y el signi cado
original que nacen de la identidad propia del presbítero y la expresan.
28. «Entre las vi udes más necesarias en el ministerio de los presbíteros,
recordemos la disposición de ánimo para estar siempre prontos para buscar no
la propia voluntad, sino el cumplimiento de la voluntad de aquel que los ha
enviado (cf. Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38)»[74]. Se trata de la obediencia, que, en el
caso de la vida espiritual del sacerdote, presenta algunas características
peculiares.
Es, ante todo, una obediencia «apostólica», en cuanto que reconoce, ama y
si e a la Iglesia en su estructura jerárquica. En verdad no se da ministerio
sacerdotal sino en la comunión con el Sumo Pontí ce y con el Colegio
episcopal, pa icularmente con el propio Obispo diocesano, hacia los que debe
obse arse la «obediencia y respeto» lial, prometidos en el rito de la
ordenación. Esta sumisión a cuantos están revestidos de la autoridad eclesial
no tiene nada de humillante, sino que nace de la libe ad responsable del
presbítero, que acoge no sólo las exigencias de una vida eclesial orgánica y
organizada, sino también aquella gracia de discernimiento y de
responsabilidad en las decisiones eclesiales, que Jesús ha garantizado a sus
apóstoles y a sus sucesores, para que sea guardado elmente el misterio de la
Iglesia, y para que el conjunto de la comunidad cristiana sea se ida en su
camino unitario hacia la salvación.
La obediencia cristiana, auténtica, motivada y vivida rectamente sin
se ilismos, ayuda al presbítero a ejercer con transparencia evangélica la
autoridad que le ha sido con ada en relación con el Pueblo de Dios: sin
autoritarismos y sin decisiones demagógicas. Sólo el que sabe obedecer en
Cristo, sabe cómo pedir, según el Evangelio, la obediencia de los demás.
La obediencia del presbítero presenta además una exigencia comunitaria; en
efecto, no se trata de la obediencia de alguien que se relaciona
individualmente con la autoridad, sino que el presbítero está profundamente
inse o en la unidad del presbiterio, que, como tal, está llamado a vivir en
estrecha colaboración con el Obispo y, a través de él, con el sucesor de
Pedro[75].
Este aspecto de la obediencia del sacerdote exige una gran ascesis, tanto en el
sentido de capacidad a no dejarse atar demasiado a las propias preferencias o
a los propios puntos de vista, como en el sentido de permitir a los hermanos
que puedan desarrollar sus talentos y sus aptitudes, más allá de todo celo,
envidia o rivalidad. La obediencia del sacerdote es una obediencia solidaria,
que nace de su pe enencia al único presbiterio y que siempre dentro de él y
con él apo a orientaciones y toma decisiones corresponsables.
Por último, la obediencia sacerdotal tiene un especial «carácter de
pastoralidad». Es decir, se vive en un clima de constante disponibilidad a
dejarse absorber, y casi «devorar», por las necesidades y exigencias de la grey.
Es verdad que estas exigencias han de tener una justa racionalidad, y a veces
han de ser seleccionadas y controladas; pero es innegable que la vida del
presbítero está ocupada, de manera total, por el hambre del evangelio, de la
fe, la esperanza y el amor de Dios y de su misterio, que de modo más o menos
consciente está presente en el Pueblo de Dios que le ha sido con ado.
29. Entre los consejos evangélicos —dice el Concilio—, «destaca el precioso
don de la divina gracia, concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Cor
7, 7), para que se consagren sólo a Dios con un corazón que en la virginidad y
el celibato se mantiene más fácilmente indiviso (cf. 1 Cor 7, 32-34). Esta
pe ecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido tenida en la más
alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como un
manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo»[76]. En la
virginidad y el celibato la castidad mantiene su signi cado original, a saber, el
de una sexualidad humana vivida como auténtica manifestación y precioso
se icio al amor de comunión y de donación interpersonal. Este signi cado
subsiste plenamente en la virginidad, que realiza, en la renuncia al matrimonio,
el «signi cado esponsalicio» del cuerpo mediante una comunión y una
donación personal a Jesucristo y a su Iglesia, que pre guran y anticipan la
comunión y la donación pe ectas y de nitivas del más allá: «En la virginidad el
hombre está a la espera, incluso corporalmente, de las bodas escatológicas de
Cristo con la Iglesia, dándose totalmente a la Iglesia con la esperanza de que
Cristo se dé a ésta en la plena verdad de la vida eterna»[77].
A esta luz se pueden comprender y apreciar más fácilmente los motivos de la
decisión multisecular que la Iglesia de Occidente tomó y sigue manteniendo —
a pesar de todas las di cultades y objeciones surgidas a través de los siglos—,
de conferir el orden presbiteral sólo a hombres que den pruebas de ser
llamados por Dios al don de la castidad en el celibato absoluto y perpetuo.
Los Padres sinodales han expresado con claridad y fuerza su pensamiento con
una Proposición impo ante, que merece ser transcrita íntegra y literalmente:
«Quedando en pie la disciplina de las Iglesias Orientales, el Sínodo, convencido
de que la castidad pe ecta en el celibato sacerdotal es un carisma, recuerda a
los presbíteros que ella constituye un don inestimable de Dios a la Iglesia y
representa un valor profético para el mundo actual. Este Sínodo a rma
nuevamente y con fuerza cuanto la Iglesia Latina y algunos ritos orientales
determinan, a saber, que el sacerdocio se con era solamente a aquellos
hombres que han recibido de Dios el don de la vocación a la castidad célibe
(sin menoscabo de la tradición de algunas Iglesias orientales y de los casos
pa iculares del clero casado proveniente de las conversiones al catolicismo,
para los que se hace excepción en la encíclica de Pablo VI sobre el celibato
sacerdotal, n. 42). El Sínodo no quiere dejar ninguna duda en la mente de
nadie sobre la rme voluntad de la Iglesia de mantener la ley que exige el
celibato libremente escogido y perpetuo para los candidatos a la ordenación
sacerdotal en el rito latino. El Sínodo solicita que el celibato sea presentado y
explicado en su plena riqueza bíblica, teológica y espiritual, como precioso don
dado por Dios a su Iglesia y como signo del Reino que no es de este mundo,
signo también del amor de Dios a este mundo, y del amor indiviso del
sacerdote a Dios y al Pueblo de Dios, de modo que el celibato sea visto como
enriquecimiento positivo del sacerdocio»[78].
Es pa icularmente impo ante que el sacerdote comprenda la motivación
teológica de la ley eclesiástica sobre el celibato. En cuanto ley, ella expresa la
voluntad de la Iglesia, antes aún que la voluntad que el sujeto mani esta con
su disponibilidad. Pero esta voluntad de la Iglesia encuentra su motivación
última en la relación que el celibato tiene con la ordenación sagrada, que
con gura al sacerdote con Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia. La Iglesia,
como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y
exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado. Por eso el celibato
sacerdotal es un don de sí mismo en y con Cristo a su Iglesia y expresa el
se icio del sacerdote a la Iglesia en y con el Señor.
Para una adecuada vida espiritual del sacerdote es preciso que el celibato sea
considerado y vivido no como un elemento aislado o puramente negativo, sino
como un aspecto de una orientación positiva, especí ca y característica del
sacerdote: él, dejando padre y madre, sigue a Jesús, buen Pastor, en una
comunión apostólica, al se icio del Pueblo de Dios. Por tanto, el celibato ha de
ser acogido con libre y amorosa decisión, que debe ser continuamente
renovada, como don inestimable de Dios, como «estímulo de la caridad
pastoral»[79], como pa icipación singular en la paternidad de Dios y en la
fecundidad de la Iglesia, como testimonio ante el mundo del Reino
escatológico. Para vivir todas las exigencias morales, pastorales y espirituales
del celibato sacerdotal es absolutamente necesaria la oración humilde y
con ada, como nos recuerda el Concilio: «Cuanto más imposible se considera
por no pocos hombres la pe ecta continencia en el mundo de hoy, tanto más
humilde y perseverantemente pedirán los presbíteros, a una con la Iglesia, la
gracia de la delidad, que nunca se niega a los que la piden, empleando, al
mismo tiempo, todos los medios sobrenaturales y naturales, que están al
alcance de todos»[80]. Será la oración, unida a los Sacramentos de la Iglesia y
al esfuerzo ascético, los que infundan esperanza en las di cultades, perdón en
las faltas, con anza y ánimo en el volver a comenzar.
30. De la pobreza evangélica los Padres sinodales han dado una descripción
muy concisa y profunda, presentándola como «sumisión de todos los bienes al
Bien supremo de Dios y de su Reino»[81]. En realidad, sólo el que contempla y
vive el misterio de Dios como único y sumo Bien, como verdadera y de nitiva
Riqueza, puede comprender y vivir la pobreza, que no es cie amente
desprecio y rechazo de los bienes materiales, sino el uso agradecido y cordial
de estos bienes y, a la vez, la gozosa renuncia a ellos con gran libe ad interior,
esto es, hecha por Dios y obedeciendo sus designios.
La pobreza del sacerdote, en vi ud de su con guración sacramental con
Cristo, Cabeza y Pastor, tiene características «pastorales» bien precisas, en las
que se han jado los Padres sinodales, recordando y desarrollando las
enseñanzas conciliares[82]. A rman, entre otras cosas: «Los sacerdotes,
siguiendo el ejemplo de Cristo que, siendo rico, se ha hecho pobre por nuestro
amor (cf. 2 Cor 8, 9), deben considerar a los pobres y a los más débiles como
con ados a ellos de un modo especial y deben ser capaces de testimoniar la
pobreza con una vida sencilla y austera, habituados ya a renunciar
generosamente a las cosas supe luas (Optatam totius, 9; C.I.C., can. 282)»[83].
Es verdad que «el obrero merece su salario» (Lc 10, 7) y que «el Señor ha
ordenado que los que predican el Evangelio vivan del Evangelio» (1 Cor 9, 14);
pero también es verdad que este derecho del apóstol no puede absolutamente
confundirse con una especie de pretensión de someter el se icio del
evangelio y de la Iglesia a las ventajas e intereses que del mismo puedan
derivarse. Sólo la pobreza asegura al sacerdote su disponibilidad a ser enviado
allí donde su trabajo sea más útil y urgente, aunque compo e sacri cio
personal. Ésta es una condición y una premisa indispensable a la docilidad que
el apóstol ha de tener al Espíritu, el cual lo impulsa para «ir», sin lastres y sin
ataduras, siguiendo sólo la voluntad del Maestro (cf. Lc 9, 57-62; Mc 10, 17-
22).
Inse o en la vida de la comunidad y responsable de la misma, el sacerdote
debe ofrecer también el testimonio de una total «transparencia» en la
administración de los bienes de la misma comunidad, que no tratará jamás
como un patrimonio propio, sino como algo de lo que debe rendir cuentas a
Dios y a los hermanos, sobre todo a los pobres. Además, la conciencia de
pe enecer al único presbiterio lo llevará a comprometerse para favorecer una
distribución más justa de los bienes entre los hermanos, así como un cie o uso
en común de los bienes (cf. Hch 2, 42-47).
La libe ad interior, que la pobreza evangélica custodia y alimenta, prepara al
sacerdote para estar al lado de los más débiles; para hacerse solidario con sus
esfuerzos por una sociedad más justa; para ser más sensible y más capaz de
comprensión y de discernimiento de los fenómenos relativos a los aspectos
económicos y sociales de la vida; para promover la opción preferencial por los
pobres; ésta, sin excluir a nadie del anuncio y del don de la salvación, sabe
inclinarse ante los pequeños, ante los pecadores, ante los marginados de
cualquier clase, según el modelo ofrecido por Jesús en su ministerio profético
y sacerdotal (cf. Lc 4, 18).
No hay que olvidar el signi cado profético de la pobreza sacerdotal,
pa icularmente urgente en las sociedades opulentas y de consumo, pues «el
sacerdote verdaderamente pobre es cie amente un signo concreto de la
separación, de la renuncia y de la no sumisión a la tiranía del mundo
contemporáneo, que pone toda su con anza en el dinero y en la seguridad
material»[84].
Jesucristo, que en la cruz lleva a pe ección su caridad pastoral con un total
despojo exterior e interior, es el modelo y fuente de las vi udes de obediencia,
castidad y pobreza que el sacerdote está llamado a vivir como expresión de su
amor pastoral por los hermanos. Como escribe San Pablo a los Filipenses, el
sacerdote debe tener «los mismos sentimientos» de Jesús, despojándose de su
propio «yo», para encontrar, en la caridad obediente, casta y pobre, la vía
maestra de la unión con Dios y de la unidad con los hermanos (cf. Flp 2, 5).
Pe enencia y dedicación a la Iglesia pa icular

31. Como toda vida espiritual auténticamente cristiana, también la del


sacerdote posee una esencial e irrenunciable dimensión eclesial: es
pa icipación en la santidad de la misma Iglesia, que en el Credo profesamos
como «Comunión de los Santos». La santidad del cristiano deriva de la de la
Iglesia, la expresa y al mismo tiempo la enriquece. Esta dimensión eclesial
reviste modalidades, nalidades y signi cados pa iculares en la vida espiritual
del presbítero, en razón de su relación especial con la Iglesia, basándose
siempre en su con guración con Cristo, Cabeza y Pastor, en su ministerio
ordenado, en su caridad pastoral.
En esta perspectiva es necesario considerar como valor espiritual del
presbítero su pe enencia y su dedicación a la Iglesia pa icular, lo cual no está
motivado solamente por razones organizativas y disciplinares; al contrario, la
relación con el Obispo en el único presbiterio, la copa icipación en su
preocupación eclesial, la dedicación al cuidado evangélico del Pueblo de Dios
en las condiciones concretas históricas y ambientales de la Iglesia pa icular,
son elementos de los que no se puede prescindir al dibujar la con guración
propia del sacerdote y de su vida espiritual. En este sentido la «incardinación»
no se agota en un vínculo puramente jurídico, sino que compo a también una
serie de actitudes y de opciones espirituales y pastorales, que contribuyen a
dar una sonomía especí ca a la gura vocacional del presbítero.
Es necesario que el sacerdote tenga la conciencia de que su «estar en una
Iglesia pa icular» constituye, por su propia naturaleza, un elemento cali cativo
para vivir una espiritualidad cristiana. Por ello, el presbítero encuentra,
precisamente en su pe enencia y dedicación a la Iglesia pa icular, una fuente
de signi cados, de criterios de discernimiento y de acción, que con guran
tanto su misión pastoral, como su vida espiritual.
En el caminar hacia la pe ección pueden ayudar también otras inspiraciones o
referencias a otras tradiciones de vida espiritual, capaces de enriquecer la vida
sacerdotal de cada uno y de animar el presbiterio con ricos dones espirituales.
Es éste el caso de muchas asociaciones eclesiales —antiguas y nuevas—, que
acogen en su seno también a sacerdotes: desde las sociedades de vida
apostólica a los institutos seculares presbiterales; desde las varias formas de
comunión y pa icipación espiritual a los movimientos eclesiales. Los
sacerdotes que pe enecen a Órdenes y a Congregaciones religiosas son una
riqueza espiritual para todo el presbiterio diocesano, al que contribuyen con
carismas especí cos y ministerios especializados; con su presencia estimulan la
Iglesia pa icular a vivir más intensamente su ape ura universal[85].
La pe enencia del sacerdote a la Iglesia pa icular y su dedicación, hasta el
don de la propia vida, para la edi cación de la Iglesia —«in persona Christi»,
Cabeza y Pastor—, al se icio de toda la comunidad cristiana, en cordial y lial
relación con el Obispo, han de ser favorecidas por todo carisma que forme
pa e de una existencia sacerdotal o esté cercano a la misma[86].
Para que la abundancia de los dones del Espíritu Santo sea acogida con gozo y
dé frutos para gloria de Dios y bien de la Iglesia entera, se exige por pa e de
todos, en primer lugar, el conocimiento y discernimiento de los carismas
propios y ajenos, y un ejercicio de los mismos acompañado siempre por la
humildad cristiana, la valentía de la autocrítica y la intención —por encima de
cualquier otra preocupación—, de ayudar a la edi cación de toda la
comunidad, a cuyo se icio está puesto todo carisma pa icular. Se pide,
además, a todos un sincero esfuerzo de estima recíproca, de respeto mutuo y
de valoración coordinada de todas las diferencias positivas y justi cadas,
presentes en el presbiterio. Todo esto forma pa e también de la vida espiritual
y de la constante ascesis del sacerdote.
32. La pe enencia y dedicación a una Iglesia pa icular no circunscriben la
actividad y la vida del presbítero, pues, dada la misma naturaleza de la Iglesia
pa icular[87] y del ministerio sacerdotal, aquellas no pueder reducirse a
estrechos límites. El Concilio enseña sobre esto: «El don espiritual que los
presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara a una misión limitada y
restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación "hasta los
con nes de la tierra" (Hch 1, 8), pues cualquier ministerio sacerdotal pa icipa
de la misma amplitud universal de la misión con ada por Cristo a los
Apóstoles»[88].
Se sigue de esto que la vida espiritual de los sacerdotes debe estar
profundamente marcada por el anhelo y el dinamismo misionero. Corresponde
a ellos, en el ejercicio del ministerio y en el testimonio de su vida, plasmar la
comunidad que se les ha con ado para que sea una comunidad
auténticamente misionera. Como he señalado en la encíclica Redemptoris
missio, «todos los sacerdotes deben de tener corazón y mentalidad de
misioneros, estar abie os a las necesidades de la Iglesia y del mundo, atentos
a los más lejanos y, sobre todo, a los grupos no cristianos del propio ambiente.
Que en la oración y, pa icularmente, en el sacri cio eucarístico sientan la
solicitud de toda la Iglesia por la humanidad entera»[89].
Si este espíritu misionero anima generosamente la vida de los sacerdotes, será
fácil la respuesta a una necesidad cada día más grave en la Iglesia, que nace
de una desigual distribución del clero. En este sentido ya el Concilio se mostró
preciso y enérgico: «Recuerden, pues, los presbíteros que deben llevar en su
corazón la solicitud por todas las Iglesias. Por tanto, los presbíteros de aquellas
diócesis que son más ricas en abundancia de vocaciones, muéstrense de buen
grado dispuestos, con permiso o por exho ación de su propio Obispo, a
ejercer su ministerio en regiones, misiones u obras que padecen escasez de
clero»[90].
«Renueva en sus corazones el Espíritu de santidad»

33. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a
los pobres la Buena Nueva...» (Lc 4, 18). Jesús hace resonar también hoy en
nuestro corazón de sacerdotes las palabras que pronunció en la sinagoga de
Nazaret. Efectivamente, nuestra fe nos revela la presencia operante del Espíritu
de Cristo en nuestro ser, en nuestro actuar y en nuestro vivir, tal como lo ha
con gurado, capacitado y plasmado el sacramento del Orden.
Cie amente, el Espíritu del Señor es el gran protagonista de nuestra vida
espiritual. Él crea el «corazón nuevo», lo anima y lo guía con la «ley nueva» de
la caridad, de la caridad pastoral. Para el desarrollo de la vida espiritual es
decisiva la ce eza de que no faltará nunca al sacerdote la gracia del Espíritu
Santo, como don totalmente gratuito y como mandato de responsabilidad. La
conciencia del don infunde y sostiene la con anza indestructible del sacerdote
en las di cultades, en las tentaciones, en las debilidades con que puede
encontrarse en el camino espiritual.
Vuelvo a proponer a todos los sacerdotes lo que, en otra ocasión, dije a un
numeroso grupo de ellos, «La vocación sacerdotal es esencialmente una
llamada a la santidad, que nace del sacramento del Orden. La santidad es
intimidad con Dios, es imitación de Cristo, pobre, casto, humilde; es amor sin
rese as a las almas y donación a su verdadero bien; es amor a la Iglesia que
es santa y nos quiere santos, porque ésta es la misión que Cristo le ha
encomendado. Cada uno de vosotros debe ser santo, también para ayudar a
los hermanos a seguir su vocación a la santidad...
»¿Cómo no re exionar... sobre la función esencial que el Espíritu Santo ejerce
en la especí ca llamada a la santidad, propia del ministerio sacerdotal?
Recordemos las palabras del rito de la Ordenación sacerdotal, que se
consideran centrales en la fórmula sacramental: "Te pedimos, Padre
todopoderoso, que con eras a estos sie os tuyos la dignidad del
presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de santidad; reciban de Ti el
sacerdocio de segundo grado y sean, con su conducta, ejemplo de vida".
»Mediante la Ordenación, amadísimos hermanos, habéis recibido el mismo
Espíritu de Cristo, que os hace semejantes a Él, para que podáis actuar en su
nombre y vivir en vosotros sus mismos sentimientos. Esta íntima comunión con
el Espíritu de Cristo, a la vez que garantiza la e cacia de la acción sacramental
que realizáis "in persona Christi", debe expresarse también en el fe or de la
oración, en la coherencia de vida, en la caridad pastoral de un ministerio
dirigido incansablemente a la salvación de los hermanos. Requiere, en una
palabra, vuestra santi cación personal»[91].
CAPÍTULO IV
VENID Y LO VERÉIS
La vocación sacerdotal en la pastoral de la Iglesia
Buscar, seguir, permanecer

34. «Venid y lo veréis» (Jn 1, 39). De esta manera responde Jesús a los dos
discípulos de Juan el Bautista, que le preguntaban donde vivía. En estas
palabras encontramos el signi cado de la vocación.
Así cuenta el evangelista la llamada a Andrés y a Pedro: «Al día siguiente, Juan
se encontraba en aquel mismo lugar con dos de sus discípulos. De pronto vio a
Jesús, que pasaba por allí, y dijo: "¡Éste es el cordero de Dios!" Los dos
discípulos le oyeron decir esto y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, viendo
que lo seguían, les preguntó: "¿Qué buscáis?" Ellos contestaron: "Rabbí, (que
quiere decir Maestro) ¿dónde vives?" Él les respondió: "Venid y lo veréis". Se
fueron con él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día con él. Eran como las
cuatro de la tarde. Uno de los dos que siguieron a Jesús era Andrés, el
hermano de Simón Pedro. Encontró Andrés en primer lugar a su propio
hermano Simón y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías (que quiere decir
Cristo)". Y lo llevó a Jesús. Jesús, al verlo, le dijo: "Tú eres Simón, hijo de Juan:
en adelante te llamarás Cefas, (es decir, Pedro)"» (Jn 1, 35-42).
Esta página del Evangelio es una de tantas de la Biblia en las que se describe
el «misterio» de la vocación; en nuestro caso, el misterio de la vocación a ser
apóstoles de Jesús. La página de san Juan, que tiene también un signi cado
para la vocación cristiana como tal, adquiere un valor simbólico para la
vocación sacerdotal. La Iglesia, como comunidad de los discípulos de Jesús,
está llamada a jar su mirada en esta escena que, de alguna manera, se
renueva continuamente en la historia. Se le invita a profundizar el sentido
original y personal de la vocación al seguimiento de Cristo en el ministerio
sacerdotal y el vínculo inseparable entre la gracia divina y la responsabilidad
humana contenido y revelado en esas dos palabras que tantas veces
encontramos en el Evangelio: ven y sígueme (cf. Mt 19, 21). Se le invita a
interpretar y recorrer el dinamismo propio de la vocación, su desarrollo gradual
y concreto en las fases del buscar a Jesús, seguirlo y permanecer con Él.
La Iglesia encuentra en este Evangelio de la vocación el modelo, la fuerza y el
impulso de su pastoral vocacional, o sea, de su misión destinada a cuidar el
nacimiento, el discernimiento y el acompañamiento de las vocaciones, en
especial de las vocaciones al sacerdocio. Precisamente porque «la falta de
sacerdotes es cie amente la tristeza de cada Iglesia»[92], la pastoral
vocacional exige ser acogida, sobre todo hoy, con nuevo, vigoroso y más
decidido compromiso por pa e de todos los miembros de la Iglesia, con la
conciencia de que no es un elemento secundario o accesorio, ni un aspecto
aislado o sectorial, como si fuera algo sólo parcial, aunque impo ante, de la
pastoral global de la Iglesia. Como han a rmado repetidamente los Padres
sinodales, se trata más bien de una actividad íntimamente inse a en la
pastoral general de cada Iglesia pa icular[93], de una atención que debe
integrarse e identi carse plenamente con la llamada "cura de almas"
ordinaria[94], de una dimensión connatural y esencial de la pastoral eclesial, o
sea, de su vida y de su misión[95].
La dimensión vocacional es esencial y connatural a la pastoral de la Iglesia. La
razón se encuentra en el hecho de que la vocación de ne, en cie o sentido, el
ser profundo de la Iglesia, incluso antes que su actuar. En el mismo vocablo de
Iglesia (Ecclesia) se indica su sonomía vocacional íntima, porque es
verdaderamente «convocatoria», esto es, asamblea de los llamados: «Dios ha
convocado la asamblea de aquellos que miran en la fe a Jesús, autor de la
salvación y principio de unidad y de paz, y así ha constituido la Iglesia, para
que sea para todos y para cada uno el sacramento visible de esta unidad
salví ca»[96].
Una lectura propiamente teológica de la vocación sacerdotal y de su pastoral,
puede nacer sólo de la lectura del misterio de la Iglesia como mysterium
vocationis.

La Iglesia y el don de la vocación

35. Toda vocación cristiana encuentra su fundamento en la elección gratuita y


precedente de pa e del Padre, «que desde lo alto del cielo nos ha bendecido
por medio de Cristo con toda clase de bienes espirituales. Él nos eligió en
Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos
mantuviéramos sin mancha en su presencia. Llevado de su amor, él nos destinó
de antemano, conforme al beneplácito de su voluntad, a ser adoptados como
hijos suyos, por medio de Jesucristo» (Ef 1, 3-5).
Toda vocación cristiana viene de Dios, es don de Dios. Sin embargo nunca se
concede fuera o independientemente de la Iglesia, sino que siempre tiene
lugar en la Iglesia y mediante ella, porque, como nos recuerda el Concilio
Vaticano II, «fue voluntad de Dios el santi car y salvar a los hombres, no
aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un
pueblo, que le confesara en verdad y le si iera santamente»[97].
La Iglesia no sólo contiene en sí todas las vocaciones que Dios le otorga en su
camino de salvación, sino que ella misma se con gura como misterio de
vocación, re ejo luminoso y vivo del misterio de la Santísima Trinidad. En
realidad la Iglesia, «pueblo congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo»[98], lleva en sí el misterio del Padre que, sin ser llamado ni
enviado por nadie ([Link] 11, 33-35), llama a todos para santi car su nombre
y cumplir su voluntad; ella custodia dentro de sí el misterio del Hijo, llamado
por el Padre y enviado para anunciar a todos el Reino de Dios, y que llama a
todos a su seguimiento; y es depositaria del misterio del Espíritu Santo que
consagra para la misión a los que el Padre llama mediante su Hijo Jesucristo.
La Iglesia, que por propia naturaleza es «vocación», es generadora y
educadora de vocaciones. Lo es en su ser de «sacramento», en cuanto «signo»
e «instrumento» en el que resuena y se cumple la vocación de todo cristiano; y
lo es en su actuar, o sea, en el desarrollo de su ministerio de anuncio de la
Palabra, de celebración de los Sacramentos y de se icio y testimonio de la
caridad.
Ahora se puede comprender mejor la esencial dimensión eclesial de la vocación
cristiana: ésta no sólo deriva «de» la Iglesia y de su mediación, no sólo se
reconoce y se cumple «en» la Iglesia, sino que —en el se icio fundamental de
Dios— se con gura necesariamente como se icio «a» la Iglesia. La vocación
cristiana, en todas sus formas, es un don destinado a la edi cación de la
Iglesia, al crecimiento del Reino de Dios en el mundo[99].
Esto que decimos de toda vocación cristiana se realiza de un modo especí co
en la vocación sacerdotal. Ésta es una llamada, a través del sacramento del
Orden recibido en la Iglesia, a ponerse al se icio del Pueblo de Dios con una
peculiar pe enencia y con guración con Jesucristo y que da también la
autoridad para actuar en su nombre «et in persona» de quien es Cabeza y
Pastor de la Iglesia.
En esta perspectiva se comprende lo que mani estan los Padres sinodales: «La
vocación de cada uno de los presbíteros existe en la Iglesia y para la Iglesia, y
se realiza para ella. De ahí se sigue que todo presbítero recibe del Señor la
vocación a través de la Iglesia como un don gratuito, una gratia gratis data
(charisma). Es tarea del Obispo o del superior competente no sólo examinar la
idoneidad y la vocación del candidato, sino también reconocerla. Este
elemento eclesiástico pe enece a la vocación, al ministerio presbiteral como
tal. El candidato al presbiterado debe recibir la vocación sin imponer sus
propias condiciones personales, sino aceptando las normas y condiciones que
pone la misma Iglesia, por la responsabilidad que a ella compete»[100].
El diálogo vocacional: iniciativa de Dios y respuesta del hombre

36. La historia de toda vocación sacerdotal, como también de toda vocación


cristiana, es la historia de un inefable diálogo entre Dios y el hombre, entre el
amor de Dios que llama y la libe ad del hombre que responde a Dios en el
amor. Estos dos aspectos inseparables de la vocación, el don gratuito de Dios y
la libe ad responsable del hombre, aparecen de manera clara y e caz en las
brevísimas palabras con las que el evangelista san Marcos presenta la vocación
de los doce: Jesús «subió a un monte, y llamando a los que quiso, vinieron a él»
(3, 13). Por un lado está la decisión absolutamente libre de Jesús y por otro, el
«venir» de los doce, o sea, el «seguir» a Jesús.
Éste es el modelo constante, el elemento imprescindible de toda vocación; la
de los profetas, apóstoles, sacerdotes, religiosos, eles laicos, la de toda
persona.
Ahora bien, la inte ención libre y gratuita de Dios que llama es absolutamente
prioritaria, anterior y decisiva. Es suya la iniciativa de llamar. Por ejemplo, ésta
es la experiencia del profeta Jeremías: «El Señor me habló así: "Antes de
forma e en el vientre te conocí; antes que salieras del seno te consagré, te
constituí profeta de las naciones"» (Jr 1, 4-5). Y es la misma verdad presentada
por el apóstol Pablo, que fundamenta toda vocación en la elección eterna en
Cristo, hecha «antes de la creación del mundo» y «conforme al beneplácito de
su voluntad» (Ef 1, 4. 5). La primacía absoluta de la gracia en la vocación
encuentra su proclamación pe ecta en la palabra de Jesús: «No me elegisteis
vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he destinado para que
vayáis y deis fruto y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16).
Si la vocación sacerdotal testimonia, de manera inequívoca, la primacía de la
gracia, la decisión libre y soberana de Dios de llamar al hombre exige respeto
absoluto, y en modo alguno puede ser forzada por presiones humanas, ni
puede ser sustituida por decisión humana alguna. La vocación es un don de la
gracia divina y no un derecho del hombre, de forma que «nunca se puede
considerar la vida sacerdotal como una promoción simplemente humana, ni la
misión del ministro como un simple proyecto personal»[101]. De este modo,
queda excluida radicalmente toda vanagloria y presunción por pa e de los
llamados (cf. Heb 5, 4 ss) los cuales han de sentir profundamente una gratitud
admirada y conmovida, una con anza y una esperanza rmes, porque saben
que están apoyados no en sus propias fuerzas, sino en la delidad
incondicional de Dios que llama.
«Llamó a los que él quiso y vinieron a él» (Mc 3, 13). Este «venir», que se
identi ca con el «seguir» a Jesús, expresa la respuesta libre de los doce a la
llamada del Maestro. Así sucede con Pedro y Andrés; les dijo: «'Venid conmigo
y os haré pescadores de hombres'. Y ellos al instante, dejaron las redes y le
siguieron» (Mt 4, 19-20). Idéntica fue la experiencia de Santiago y Juan (cf. Mt
4, 21-22). Así sucede siempre: en la vocación brillan a la vez el amor gratuito
de Dios y la exaltación de la libe ad del hombre; la adhesión a la llamada de
Dios y su entrega a Él.
En realidad, gracia y libe ad no se oponen entre sí. Al contrario, la gracia
anima y sostiene la libe ad humana, liberándola de la esclavitud del pecado
(cf. Jn 8, 34-36), sanándola y elevándola en sus capacidades de ape ura y
acogida del don de Dios. Y si no se puede atentar contra la iniciativa
absolutamente gratuita de Dios que llama, tampoco se puede atentar contra la
extrema seriedad con la que el hombre es desa ado en su libe ad. Así, al «ven
y sígueme» de Jesús, el joven rico contesta con el rechazo, signo —aunque sea
negativo— de su libe ad: «Pero él, abatido por estas palabras, se marchó
entristecido, porque tenía muchos bienes» (Mc 10, 22).
Por tanto, la libe ad es esencial para la vocación, una libe ad que en la
respuesta positiva se cali ca como adhesión personal profunda, como
donación de amor —o mejor como re-donación al Donador: Dios que llama—,
esto es, como oblación. «A la llamada —decía Pablo VI— corresponde la
respuesta. No puede haber vocaciones, si no son libres, es decir, si no son
ofrendas espontáneas de sí mismo, conscientes, generosas, totales...
Oblaciones; éste es prácticamente el verdadero problema... Es la voz humilde y
penetrante de Cristo, que dice, hoy como ayer y más que ayer: ven. La libe ad
se sitúa en su raíz más profunda: la oblación, la generosidad y el
sacri cio»[102].
La oblación libre, que constituye el núcleo íntimo y más precioso de la
respuesta del hombre a Dios que llama, encuentra su modelo incomparable,
más aún, su raíz viva, en la oblación libérrima de Jesucristo —primero de los
llamados— a la voluntad del Padre: «Por eso, al entrar en este mundo, dice
Cristo: "No has querido sacri cio ni oblación, pero me has formado un cuerpo
... Entonces yo dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad"» (Heb
10, 5.7).
En íntima unión con Cristo, María, la Virgen Madre, ha sido la criatura que más
ha vivido la plena verdad de la vocación, porque nadie como Ella ha
respondido con un amor tan grande al amor inmenso de Dios[103].
37. «Abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos
bienes» (Mc 10, 22). El joven rico del Evangelio, que no sigue la llamada de
Jesús, nos recuerda los obstáculos que pueden bloquear o apagar la respuesta
libre del hombre: no sólo los bienes materiales pueden cerrar el corazón
humano a los valores del espíritu y a las exigencias radicales del Reino de Dios,
sino que también algunas condiciones sociales y culturales de nuestro tiempo
pueden representar no pocas amenazas e imponer visiones desviadas y falsas
sobre la verdadera naturaleza de la vocación, haciendo difíciles, cuando no
imposibles, su acogida y su misma comprensión.
Muchos tienen una idea de Dios tan genérica y confusa que deriva en formas
de religiosidad sin Dios, en las cuales la voluntad de Dios se concibe como un
destino inmutable e inevitable, al que el hombre debe simplemente adaptarse
y resignarse con total pasividad. Pero no es éste el rostro de Dios, que
Jesucristo ha venido a revelarnos. En efecto, Dios es el Padre que, con amor
eterno y precedente, llama al hombre y lo sitúa en un maravilloso y
permanente diálogo con Él, invitándolo a compa ir su misma vida divina como
hijo. Es cie o que, con una visión equivocada de Dios, el hombre no puede
reconocer ni siquiera la verdad sobre sí mismo, de tal forma que la vocación no
puede ser ni percibida ni vivida en su valor auténtico; puede ser sentida
solamente como un peso impuesto e insopo able.
También algunas ideas equivocadas sobre el hombre, sostenidas con
frecuencia con aparentes argumentos losó cos o «cientí cos», inducen a
veces al hombre a interpretar la propia existencia y libe ad como totalmente
determinadas y condicionadas por factores externos de orden educativo,
psicológico, cultural o ambiental. Otras veces se entiende la libe ad en
términos de absoluta autonomía pretendiendo que sea la única e inexplorable
fuente de opciones personales y considerándola a toda costa como a rmación
de sí mismo. Pero, de ese modo, se cierra el camino para entender y vivir la
vocación como libre diálogo de amor, que nace de la comunicación de Dios al
hombre y se concluye con el don sincero de sí, por pa e del hombre.
En el contexto actual no falta tampoco la tendencia a concebir la relación del
hombre con Dios de un modo individualista e intimista, como si la llamada de
Dios llegase a cada persona por vía directa, sin mediación comunitaria alguna,
y tuviese como meta una ventaja, o la salvación misma de cada uno de los
llamados y no la dedicación total a Dios en el se icio a la comunidad.
Encontramos así otra amenaza, más profunda y a la vez más sutil, que hace
imposible reconocer y aceptar con gozo la dimensión eclesial inscrita
originariamente en toda vocación cristiana, y en pa icular en la vocación
presbiteral. En efecto, como nos recuerda el Concilio, el sacerdocio ministerial
adquiere su auténtico signi cado y realiza la plena verdad de sí mismo en el
se ir y hacer crecer la comunidad cristiana y el sacerdocio común de los
eles[104].
El contexto cultural al que aludimos, cuyo in ujo no está ausente entre los
mismos cristianos y especialmente entre los jóvenes, ayuda a comprender la
difusión de la crisis de las mismas vocaciones sacerdotales, originadas y
acompañadas por crisis de fe más radicales. Lo han declarado explícitamente
los Padres sinodales, reconociendo que la crisis de las vocaciones al
presbiterado tiene profundas raíces en el ambiente cultural y en la mentalidad
y praxis de los cristianos[105].
De aquí la urgencia de que la pastoral vocacional de la Iglesia se dirija
decididamente y de modo prioritario hacia la reconstrucción de la «mentalidad
cristiana», tal como la crea y sostiene la fe. Más que nunca es necesaria una
evangelización que no se canse de presentar el verdadero rostro de Dios —el
Padre que en Jesucristo nos llama a cada uno de nosotros— así como el
sentido genuino de la libe ad humana como principio y fuerza del don
responsable de sí mismo. Solamente de esta manera se podrán sentar las
bases indispensables para que toda vocación, incluida la sacerdotal, pueda ser
percibida en su verdad, amada en su belleza y vivida con entrega total y con
gozo profundo.
Contenidos y medios de la pastoral vocacional

38. Cie amente la vocación es un misterio inescrutable que implica la relación


que Dios establece con el hombre, como ser único e irrepetible, un misterio
percibido y sentido como una llamada que espera una respuesta en lo
profundo de la conciencia, esto es, en aquel «sagrario del hombre, en el que
éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en la propia intimidad»[106].
Pero esto no elimina la dimensión comunitaria y, más en concreto, eclesial de la
vocación: la Iglesia está realmente presente y operante en la vocación de cada
sacerdote.
En el se icio a la vocación sacerdotal y a su camino, o sea, al nacimiento,
discernimiento y acompañamiento de la vocación, la Iglesia puede encontrar
un modelo en Andrés, uno de los dos primeros discípulos que siguieron a
Jesús. Es el mismo Andrés el que va a contar a su hermano lo que le había
sucedido: «Hemos encontrado al Mesías (que quiere decir el Cristo)» (Jn 1, 41).
Y la narración de este «descubrimiento» abre el camino al encuentro: «Y lo
llevó a Jesús» (Jn 1, 42). No hay ninguna duda sobre la iniciativa
absolutamente libre ni sobre la decisión soberana de Jesús: es Jesús el que
llama a Simón y le da un nuevo nombre: «Jesús, jando su mirada en él, le dijo:
"Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que quiere decir Pedro)"»
(Jn 1, 42). Pero también Andrés ha tenido su iniciativa: ha favorecido el
encuentro del hermano con Jesús.
«Y lo llevó a Jesús». Éste es el núcleo de toda la pastoral vocacional de la
Iglesia, con la que cuida del nacimiento y crecimiento de las vocaciones,
si iéndose de los dones y responsabilidades, de los carismas y del ministerio
recibidos de Cristo y de su Espíritu. La Iglesia, como pueblo sacerdotal,
profético y real, está comprometida en promover y ayudar el nacimiento y la
maduración de las vocaciones sacerdotales con la oración y la vida
sacramental, con el anuncio de la Palabra y la educación en la fe, con la guía y
el testimonio de la caridad.
En su dignidad y responsabilidad de pueblo sacerdotal, la Iglesia encuentra en
la oración y en la celebración de la liturgia los momentos esenciales y primarios
de la pastoral vocacional. En efecto, la oración cristiana, alimentándose de la
Palabra de Dios, crea el espacio ideal para que cada uno pueda descubrir la
verdad de su ser y la identidad del proyecto de vida, personal e irrepetible, que
el Padre le confía. Por eso es necesario educar, especialmente a los muchachos
y a los jóvenes, para que sean eles a la oración y meditación de la Palabra de
Dios. En el silencio y en la escucha podrán percibir la llamada del Señor al
sacerdocio y seguirla con prontitud y generosidad.
La Iglesia debe acoger cada día la invitación persuasiva y exigente de Jesús,
que nos pide que «roguemos al dueño de la mies que envíe obreros a su mies»
(Mt 9, 38). Obedeciendo al mandato de Cristo, la Iglesia hace, antes que nada,
una humilde profesión de fe, pues al rogar por las vocaciones —mientras toma
conciencia de su gran urgencia para su vida y misión— reconoce que son un
don de Dios y, como tal, hay que pedirlo con súplica incesante y con ada.
Ahora bien, esta oración, centro de toda la pastoral vocacional, debe
comprometer no sólo a cada persona sino también a todas las comunidades
eclesiales. Nadie duda de la impo ancia de cada una de las iniciativas de
oración y de los momentos especiales rese ados a ésta —comenzando por la
Jornada Mundial anual por las Vocaciones— así como el compromiso explícito
de personas y grupos pa icularmente sensibles al problema de las vocaciones
sacerdotales. Pero hoy, la espera suplicante de nuevas vocaciones debe ser
cada vez más una práctica constante y difundida en la comunidad cristiana y
en toda realidad eclesial. Así se podrá revivir la experiencia de los apóstoles,
que en el Cenáculo, unidos con María, esperan en oración la venida del Espíritu
(cf. Hch 1, 14), que no dejará de suscitar también hoy en el Pueblo de Dios
«dignos ministros del altar, testigos valientes y humildes del Evangelio»[107].
También la liturgia, culmen y fuente de la vida de la Iglesia[108] y, en pa icular,
de toda oración cristiana, tiene un papel indispensable así como una incidencia
privilegiada en la pastoral de las vocaciones. En efecto, la liturgia constituye
una experiencia viva del don de Dios y una gran escuela de la respuesta a su
llamada. Como tal, toda celebración litúrgica, y sobre todo la eucarística, nos
descubre el verdadero rostro de Dios; nos pone en comunicación con el
misterio de la Pascua, o sea, con la «hora» por la que Jesús vino al mundo y
hacia la que se encaminó libre y voluntariamente en obediencia a la llamada
del Padre (cf. Jn 13, 1); nos mani esta el rostro de la Iglesia como pueblo de
sacerdotes y comunidad bien compacta en la variedad y complementariedad
de los carismas y vocaciones. El sacri cio redentor de Cristo, que la Iglesia
celebra sacramentalmente, da un valor pa icularmente precioso al sufrimiento
vivido en unión con el Señor Jesús. Los Padres sinodales nos han invitado a no
olvidar nunca que «a través de la oblación de los sufrimientos, tan frecuentes
en la vida de los hombres, el cristiano enfermo se ofrece a sí mismo como
víctima a Dios, a imagen de Cristo, que se inmoló a sí mismo por todos
nosotros (cf. Jn 17, 19)», y que «el ofrecimiento de los sufrimientos con esta
intención es de gran provecho para la promoción de las vocaciones»[109].
39. En el ejercicio de su misión profética, la Iglesia siente como urgente e
irrenunciable el deber de anunciar y testimoniar el sentido cristiano de la
vocación: lo que podríamos llamar «el Evangelio de la vocación». También en
este campo descubre la urgencia de las palabras del apóstol: «¡Ay de mí si no
evangelizara!» (1 Cor 9, 16). Esta exclamación resuena principalmente para
nosotros pastores y se re ere, juntamente con nosotros, a todos los
educadores en la Iglesia. La predicación y la catequesis deben manifestar
siempre su intrínseca dimensión vocacional: la Palabra de Dios ilumina a los
creyentes para valorar la vida como respuesta a la llamada de Dios y los
acompaña para acoger en la fe el don de la vocación personal.
Pero todo esto, aun siendo impo ante y esencial, no basta. Es necesaria una
predicación directa sobre el misterio de la vocación en la Iglesia, sobre el valor
del sacerdocio ministerial, sobre su urgente necesidad para el Pueblo de
Dios[110]. Una catequesis orgánica y difundida a todos los niveles en la Iglesia,
además de disipar dudas y contrastar ideas unilaterales o desviadas sobre el
ministerio sacerdotal, abre los corazones de los creyentes a la espera del don y
crea condiciones favorables para el nacimiento de nuevas vocaciones. Ha
llegado el tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un
valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana. Los
educadores, especialmente los sacerdotes, no deben temer el proponer de
modo explícito y rme la vocación al presbiterado como una posibilidad real
para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y las cualidades
necesarias para ello. No hay que tener ningún miedo de condicionarles o
limitar su libe ad; al contrario, una propuesta concreta, hecha en el momento
opo uno, puede ser decisiva para provocar en los jóvenes una respuesta libre
y auténtica. Por lo demás, la historia de la Iglesia y la de tantas vocaciones
sacerdotales, surgidas incluso en tierna edad, demuestran ampliamente el
valor providencial de la cercanía y de la palabra de un sacerdote; no sólo de la
palabra sino también de la cercanía, o sea, de un testimonio concreto y gozoso,
capaz de motivar interrogantes y conducir a decisiones incluso de nitivas.
40. Como Pueblo real, la Iglesia se sabe enraizada y animada por la «ley del
Espíritu que da la vida» (Rom 8, 2), que es esencialmente la ley regia de la
caridad (cf. Sant 2, 8) o la ley pe ecta de la libe ad (cf. Sant 1, 25). Por eso
cumple su misión cuando orienta a cada uno de los eles a descubrir y vivir la
propia vocación en la libe ad y a realizarla en la caridad.

En su misión educativa, la Iglesia procura con especial atención suscitar en los


niños, adolescentes y jóvenes el deseo y la voluntad de un seguimiento
integral y atrayente de Jesucristo. La tarea educativa, que corresponde
también a la comunidad cristiana como tal, debe dirigirse a cada persona. En
efecto, Dios con su llamada toca el corazón de cada hombre, y el Espíritu, que
habita en lo íntimo de cada discípulo (cf. 1 Jn 3, 24), es infundido a cada
cristiano con carismas diversos y con manifestaciones pa iculares. Por tanto,
cada uno ha de ser ayudado para poder acoger el don que se le ha dado a él
en pa icular, como persona única e irrepetible, y para escuchar las palabras
que el Espíritu de Dios le dirige.
En esta perspectiva, la atención a las vocaciones al sacerdocio se debe
concretar también en una propuesta decidida y convincente de dirección
espiritual. Es necesario redescubrir la gran tradición del acompañamiento
espiritual individual, que ha dado siempre tantos y tan preciosos frutos en la
vida de la Iglesia. En determinados casos y bajo precisas condiciones, este
acompañamiento podrá verse ayudado, pero nunca sustituido, con formas de
análisis o de ayuda psicológica[111]. Invítese a los niños, los adolescentes y los
jóvenes a descubrir y apreciar el don de la dirección espiritual, a buscarlo y
experimentarlo, a solicitarlo con insistencia con ada a sus educadores en la fe.
Por su pa e, los sacerdotes sean los primeros en dedicar tiempo y energías a
esta labor de educación y de ayuda espiritual personal. No se arrepentirán
jamás de haber descuidado o relegado a segundo plano otras muchas
actividades también buenas y útiles, si esto lo exigía la delidad a su ministerio
de colaboradores del Espíritu en la orientación y guía de los llamados.
Finalidad de la educación del cristiano es llegar, bajo el in ujo del Espíritu, a la
«plena madurez de Cristo» (Ef 4, 13). Esto se veri ca cuando, imitando y
compa iendo su caridad, se hace de toda la vida propia un se icio de amor
(cf. Jn 13, 14-15), ofreciendo un culto espiritual agradable a Dios (cf. Rom 12,
1) y entregándose a los hermanos. El se icio de amor es el sentido
fundamental de toda vocación, que encuentra una realización especí ca en la
vocación del sacerdote. En efecto, él es llamado a revivir, en la forma más
radical posible, la caridad pastoral de Jesús, o sea, el amor del buen Pastor,
que «da su vida por las ovejas» (Jn 10, 11).
Por eso una pastoral vocacional auténtica no se cansará jamás de educar a los
niños, adolescentes y jóvenes al compromiso, al signi cado del se icio
gratuito, al valor del sacri cio, a la donación incondicionada de sí mismos. En
este sentido, se mani esta pa icularmente útil la experiencia del voluntariado,
hacia el cual está creciendo la sensibilidad de tantos jóvenes. En efecto, se
trata de un voluntariado motivado evangélicamente, capaz de educar al
discernimiento de las necesidades, vivido con entrega y delidad cada día,
abie o a la posibilidad de un compromiso de nitivo en la vida consagrada,
alimentado por la oración; dicho voluntariado podrá ayudar a sostener una
vida de entrega desinteresada y gratuita y, al que lo practica, le hará más
sensible a la voz de Dios que lo puede llamar al sacerdocio. A diferencia del
joven rico, el voluntario podría aceptar la invitación, llena de amor, que Jesús le
dirige (cf. Mc 10, 21); y la podría aceptar porque sus únicos bienes consisten ya
en darse a los otros y «perder» su vida.
Todos somos responsables de las vocaciones sacerdotales

41. La vocación sacerdotal es un don de Dios, que constituye cie amente un


gran bien para quien es su primer destinatario. Pero es también un don para
toda la Iglesia, un bien para su vida y misión. Por eso la Iglesia está llamada a
custodiar este don, a estimarlo y amarlo. Ella es responsable del nacimiento y
de la maduración de las vocaciones sacerdotales. En consecuencia, la pastoral
vocacional tiene como sujeto activo, como protagonista, a la comunidad
eclesial como tal, en sus diversas expresiones: desde la Iglesia universal a la
Iglesia pa icular y, análogamente, desde ésta a la parroquia y a todos los
estamentos del Pueblo de Dios.
Es muy urgente, sobre todo hoy, que se difunda y arraigue la convicción de
que todos los miembros de la Iglesia, sin excluir ninguno, tienen la
responsabilidad de cuidar las vocaciones. El Concilio Vaticano II ha sido muy
explícito al a rmar que «el deber de fomentar las vocaciones afecta a toda la
comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo, ante todo, con una vida
plenamente cristiana»[112]. Solamente sobre la base de esta convicción, la
pastoral vocacional podrá manifestar su rostro verdaderamente eclesial,
desarrollar una acción coordinada, si iéndose también de organismos
especí cos y de instrumentos adecuados de comunión y de
corresponsabilidad.
La primera responsabilidad de la pastoral orientada a las vocaciones
sacerdotales es del Obispo[113], que está llamado a vivirla en primera persona,
aunque podrá y deberá suscitar abundantes tipos de colaboraciones. A él, que
es padre y amigo en su presbiterio, le corresponde, ante todo, la solicitud de
dar continuidad al carisma y al ministerio presbiteral, incorporando a él nuevos
miembros con la imposición de las manos. Él se preocupará de que la
dimensión vocacional esté siempre presente en todo el ámbito de la pastoral
ordinaria, es más, que esté plenamente integrada y como identi cada con ella.
A él compete el deber de promover y coordinar las diversas iniciativas
vocacionales[114].
El Obispo sabe que puede contar ante todo con la colaboración de su
presbiterio. Todos los sacerdotes son solidarios y corresponsables con él en la
búsqueda y promoción de las vocaciones presbiterales. En efecto, como a rma
el Concilio, «a los sacerdotes, en cuanto educadores en la fe, atañe procurar,
por sí mismos o por otros, que cada uno de los eles sea llevado en el Espíritu
Santo a cultivar su propia vocación»[115]. «Este deber pe enece a la misión
misma sacerdotal, por la que el presbítero se hace cie amente pa ícipe de la
solicitud de toda la Iglesia, para que aquí en la tierra nunca falten operarios en
el Pueblo de Dios»[116]. La vida misma de los presbíteros, su entrega
incondicional a la grey de Dios, su testimonio de se icio amoroso al Señor y a
su Iglesia —un testimonio sellado con la opción por la cruz, acogida en la
esperanza y en el gozo pascual—, su concordia fraterna y su celo por la
evangelización del mundo, son el factor primero y más persuasivo de
fecundidad vocacional[117].
Una responsabilidad pa icularísima está con ada a la familia cristiana, que en
vi ud del sacramento del matrimonio pa icipa, de modo propio y original, en
la misión educativa de la Iglesia, maestra y madre. Como han a rmado los
Padres sinodales, «la familia cristiana, que es verdaderamente "como iglesia
doméstica" (Lumen gentium, 11), ha ofrecido siempre y continúa ofreciendo las
condiciones favorables para el nacimiento de las vocaciones. Y puesto que hoy
la imagen de la familia cristiana está en peligro, se debe dar gran impo ancia a
la pastoral familiar, de modo que las mismas familias, acogiendo
generosamente el don de la vida humana, formen "como un primer seminario"
(Optatam totius, 2) en el que los hijos puedan adquirir, desde el comienzo, el
sentido de la piedad y de la oración y el amor a la Iglesia»[118]. En
continuidad y en sintonía con la labor de los padres y de la familia está la
escuela, llamada a vivir su identidad de «comunidad educativa» incluso con
una propuesta cultural capaz de iluminar la dimensión vocacional como valor
propio y fundamental de la persona humana. En este sentido, si es
opo unamente enriquecida de espíritu cristiano (sea a través de presencias
eclesiales signi cativas en la escuela estatal, según las diversas legislaciones
nacionales, sea sobre todo en el caso de la escuela católica), puede infundir
«en el alma de los muchachos y de los jóvenes el deseo de cumplir la voluntad
de Dios en el estado de vida más idóneo a cada uno, sin excluir nunca la
vocación al ministerio sacerdotal»[119].
También los eles laicos, en pa icular los catequistas, los profesores, los
educadores, los animadores de la pastoral juvenil, cada uno con los medios y
modalidades propios, tienen una gran impo ancia en la pastoral de las
vocaciones sacerdotales. Cuanto más profundicen en el sentido de su propia
vocación y misión en la Iglesia, tanto más podrán reconocer el valor y el
carácter insustituible de la vocación y de la misión sacerdotal.
En el ámbito de las comunidades diocesanas y parroquiales hay que apreciar y
promover aquellos grupos vocacionales, cuyos miembros ofrecen su ayuda de
oración y de sufrimiento por las vocaciones sacerdotales y religiosas, así como
su apoyo moral y material.
También hay que mencionar aquí a los numerosos grupos, movimientos y
asociaciones de eles laicos que el Espíritu Santo hace surgir y crecer en la
Iglesia, con vistas a una presencia cristiana más misionera en el mundo. Estas
diversas agrupaciones de laicos están resultando un campo pa icularmente
fé il para el nacimiento de vocaciones consagradas y son ambientes propicios
de ofe a y crecimiento vocacional. En efecto, no pocos jóvenes, precisamente
en el ambiente de estas agrupaciones y gracias a ellas, han sentido la llamada
del Señor a seguirlo en el camino del sacerdocio ministerial y han respondido a
ella con generosidad[120]. Por consiguiente, hay que valorarlas para que, en
comunión con toda la Iglesia y para el crecimiento de ésta, presten su
colaboración especí ca al desarrollo de la pastoral vocacional.
Los diversos integrantes y miembros de la Iglesia comprometidos en la
pastoral vocacional harán tanto más e caz su trabajo, cuanto más estimulen a
la comunidad eclesial como tal —empezando por la parroquia- — para que
sientan que el problema de las vocaciones sacerdotales no puede ser
encomendado en exclusiva a unos «encargados» (los sacerdotes en general,
los sacerdotes del Seminario en pa icular), pues, por tratarse de «un problema
vital que está en el corazón mismo de la Iglesia»[121], debe hallarse en el
centro del amor que todo cristiano tiene a la misma.
CAPÍTULO V
INSTITUYÓ DOCE PARA QUE ESTUVIERAN CON ÉL
Formación de los candidatos al sacerdocio
Vivir, como los apóstoles, en el seguimiento de Cristo

42. «Subió al monte y llamó a los que él quiso: y vinieron donde él. Instituyó
Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de
expulsar los demonios» (Mc 3, 13-15).
«Que estuvieran con él». No es difícil entender el signi cado de estas palabras,
esto es, «el acompañamiento vocacional» de los apóstoles por pa e de Jesús.
Después de haberlos llamado y antes de enviarlos, es más, para poder
mandarlos a predicar, Jesús les pide un «tiempo» de formación, destinado a
desarrollar una relación de comunión y de amistad profundas con Él. Dedica a
ellos una catequesis más intensa que al resto de la gente (cf. Mt 13, 11) y
quiere que sean testigos de su oración silenciosa al Padre (cf. Jn 17, 1-26; Lc
22, 39-45).
En su solicitud por las vocaciones sacerdotales la Iglesia de todos los tiempos
se inspira en el ejemplo de Cristo. Han sido —y en pa e lo son todavía— muy
diversas las formas concretas con las que la Iglesia se ha dedicado a la pastoral
vocacional, destinada no sólo a discernir, sino también a «acompañar» las
vocaciones al sacerdocio. Pero el espíritu que debe animarlas y sostenerlas es
idéntico: el de promover al sacerdocio solamente los que han sido llamados y
llevarlos debidamente preparados, esto es, mediante una respuesta consciente
y libre que implica a toda la persona en su adhesión a Jesucristo, que llama a
su intimidad de vida y a pa icipar en su misión salví ca. En este sentido el
Seminario en sus diversas formas y, de modo análogo, la casa de formación de
los sacerdotes religiosos, antes que ser un lugar o un espacio material, debe
ser un ambiente espiritual, un itinerario de vida, una atmósfera que favorezca y
asegure un proceso formativo, de manera que el que ha sido llamado por Dios
al sacerdocio pueda llegar a ser, con el sacramento del Orden, una imagen viva
de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia. Los Padres sinodales, en su
Mensaje nal, han expuesto de forma inmediata y profunda el signi cado
original y especí co de la formación de los candidatos al sacerdocio, diciendo
que «vivir en el seminario, escuela del Evangelio, es vivir en el seguimiento de
Cristo como los apóstoles; es dejarse educar por Él para el se icio del Padre y
de los hombres, bajo la conducción del Espíritu Santo. Más aún, es dejarse
con gurar con Cristo, buen Pastor, para un mejor se icio sacerdotal en la
Iglesia y en el mundo. Formarse para el sacerdocio es aprender a dar una
respuesta personal a la pregunta fundamental de Cristo: "¿Me amas?" (Jn 21,
15). Para el futuro sacerdote, la respuesta no puede ser sino el don total de su
vida»[122].
Se trata pues de encarnar este espíritu —que nunca deberá faltar en la Iglesia
— en las condiciones sociales, psicológicas, políticas y culturales del mundo
actual, tan variadas y complejas, como han puesto de relieve los Padres
sinodales en relación con las Iglesias pa iculares. Los mismos Padres,
manifestando su grave preocupación, pero también su grande esperanza, han
podido conocer y re exionar ampliamente sobre el esfuerzo de búsqueda y
actualización de los métodos de formación de los aspirantes al sacerdocio,
puestos en práctica en todas sus Iglesias.
La presente Exho ación intenta recoger el fruto de los trabajos sinodales,
señalando algunos objetivos logrados, mostrando algunas metas
irrenunciables, poniendo a disposición de todos la riqueza de experiencias y de
procesos formativos experimentados ya en modo positivo. En esta Exho ación
se exponen separadamente la formación «inicial» y la formación «permanente»,
pero sin olvidar nunca la profunda relación que tienen entre sí y que debe
hacer de las dos un solo proyecto orgánico de vida cristiana y sacerdotal. La
Exho ación trata sobre las diversas dimensiones de la formación, humana,
espiritual, intelectual y pastoral, como también sobre los ambientes y sobre los
responsables de la formación de los candidatos al sacerdocio.
I. DIMENSIONES DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL
La formación humana, fundamento de toda la formación sacerdotal

43. «Sin una adecuada formación humana, toda la formación sacerdotal estaría
privada de su fundamento necesario»[123]. Esta a rmación de los Padres
sinodales expresa no solamente un dato sugerido diariamente por la razón y
comprobado por la experiencia, sino una exigencia que encuentra sus motivos
más profundos y especí cos en la naturaleza misma del presbítero y de su
ministerio.
El presbítero, llamado a ser «imagen viva» de Jesucristo, Cabeza y Pastor de la
Iglesia, debe procurar re ejar en sí mismo, en la medida de lo posible, aquella
pe ección humana que brilla en el Hijo de Dios hecho hombre y que se
transparenta con singular e cacia en sus actitudes hacia los demás, tal como
nos las presentan los evangelistas. Además, el ministerio del sacerdote
consiste en anunciar la Palabra, celebrar el Sacramento, guiar en la caridad a la
comunidad cristiana «personi cando a Cristo y en su nombre», pero todo esto
dirigiéndose siempre y sólo a hombres concretos: «Todo Sumo Sacerdote es
tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que
se re ere a Dios» (Heb 5, 1). Por esto la formación humana del sacerdote
expresa una pa icular impo ancia en relación con los destinatarios de su
misión: precisamente para que su ministerio sea humanamente lo más creíble y
aceptable, es necesario que el sacerdote plasme su personalidad humana de
manera que si a de puente y no de obstáculo a los demás en el encuentro
con Jesucristo Redentor del hombre; es necesario que, a ejemplo de Jesús que
«conocía lo que hay en el hombre» (Jn 2, 25; cf. 8, 3-11), el sacerdote sea
capaz de conocer en profundidad el alma humana, intuir di cultades y
problemas, facilitar el encuentro y el diálogo, obtener la con anza y
colaboración, expresar juicios serenos y objetivos.
Por tanto, no sólo para una justa y necesaria maduración y realización de sí
mismo, sino también con vistas a su ministerio, los futuros presbíteros deben
cultivar una serie de cualidades humanas necesarias para la formación de
personalidades equilibradas, sólidas y libres, capaces de llevar el peso de las
responsabilidades pastorales. Se hace así necesaria la educación a amar la
verdad, la lealtad, el respeto por la persona, el sentido de la justicia, la
delidad a la palabra dada, la verdadera compasión, la coherencia y, en
pa icular, el equilibrio de juicio y de compo amiento[124]. Un programa
sencillo y exigente para esta formación lo propone el apóstol Pablo a los
Filipenses: «Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de
amable, de honorable, todo cuanto sea vi ud y cosa digna de elogio, todo eso
tenedlo en cuenta» (Flp 4, 8). Es interesante señalar cómo Pablo se presenta a
sí mismo como modelo para sus eles precisamente en estas cualidades
profundamente humanas: «Todo cuanto habéis aprendido —sigue diciendo— y
recibido y oído y visto en mí, ponedlo por obra» (Flp 4, 9).
De pa icular impo ancia es la capacidad de relacionarse con los demás,
elemento verdaderamente esencial para quien ha sido llamado a ser
responsable de una comunidad y «hombre de comunión». Esto exige que el
sacerdote no sea arrogante ni polémico, sino afable, hospitalario, sincero en
sus palabras y en su corazón[125], prudente y discreto, generoso y disponible
para el se icio, capaz de ofrecer personalmente y de suscitar en todos
relaciones leales y fraternas, dispuesto a comprender, perdonar y consolar (cf.
1 Tim 3, 1-5; Tit 1, 7-9). La humanidad de hoy, condenada frecuentemente a
vivir en situaciones de masi cación y soledad sobre todo en las grandes
concentraciones urbanas, es sensible cada vez más al valor de la comunión:
éste es hoy uno de los signos más elocuentes y una de las vías más e caces
del mensaje evangélico.
En dicho contexto se encuadra, como cometido determinante y decisivo, la
formación del candidato al sacerdocio en la madurez afectiva, como resultado
de la educación al amor verdadero y responsable.
44. La madurez afectiva supone ser conscientes del puesto central del amor en
la existencia humana. En realidad, como señalé en la encíclica Redemptor
hominis, «el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un
ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si
no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no
pa icipa en él vivamente»[126].
Se trata de un amor que compromete a toda la persona, a nivel físico, psíquico
y espiritual, y que se expresa mediante el signi cado «esponsal» del cuerpo
humano, gracias al cual una persona se entrega a otra y la acoge. La educación
sexual bien entendida tiende a la comprensión y realización de esta verdad del
amor humano. Es necesario constatar una situación social y cultural difundida
que «"banaliza" en gran pa e la sexualidad humana, porque la interpreta y la
vive de manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con el
cuerpo y el placer egoísta»[127]. Con frecuencia las mismas situaciones
familiares, de las que proceden las vocaciones sacerdotales, presentan al
respecto no pocas carencias y a veces incluso graves desequilibrios.
En un contexto tal se hace más difícil, pero también más urgente, una
educación en la sexualidad que sea verdadera y plenamente personal y que,
por ello, favorezca la estima y el amor a la castidad, como «vi ud que
desarrolla la auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y
promover el "signi cado esponsal" del cuerpo»[128].
Ahora bien, la educación para el amor responsable y la madurez afectiva de la
persona son muy necesarias para quien, como el presbítero, está llamado al
celibato, o sea, a ofrecer, con la gracia del Espíritu y con la respuesta libre de la
propia voluntad, la totalidad de su amor y de su solicitud a Jesucristo y a la
Iglesia. A la vista del compromiso del celibato, la madurez afectiva ha de saber
incluir, dentro de las relaciones humanas de serena amistad y profunda
fraternidad, un gran amor, vivo y personal, a Jesucristo. Como han escrito los
Padres sinodales, «al educar para la madurez afectiva, es de máxima
impo ancia el amor a Jesucristo, que se prolonga en una entrega universal.
Así, el candidato llamado al celibato, encontrará en la madurez afectiva una
base rme para vivir la castidad con delidad y alegría»[129].
Puesto que el carisma del celibato, aun cuando es auténtico y probado, deja
intactas las inclinaciones de la afectividad y los impulsos del instinto, los
candidatos al sacerdocio necesitan una madurez afectiva que capacite a la
prudencia, a la renuncia a todo lo que pueda ponerla en peligro, a la vigilancia
sobre el cuerpo y el espíritu, a la estima y respeto en las relaciones
interpersonales con hombres y mujeres. Una ayuda valiosa podrá hallarse en
una adecuada educación para la verdadera amistad, a semejanza de los
vínculos de afecto fraterno que Cristo mismo vivió en su vida (cf. Jn 11, 5).
La madurez humana, y en pa icular la afectiva, exigen una formación clara y
sólida para una libe ad, que se presenta como obediencia convencida y
cordial a la «verdad» del propio ser, al signi cado de la propia existencia, o sea,
al «don sincero de sí mismo», como camino y contenido fundamental de la
auténtica realización personal[130]. Entendida así, la libe ad exige que la
persona sea verdaderamente dueña de sí misma, decidida a combatir y
superar las diversas formas de egoísmo e individualismo que acechan a la vida
de cada uno, dispuesta a abrirse a los demás, generosa en la entrega y en el
se icio al prójimo. Esto es impo ante para la respuesta que se ha de dar a la
vocación, y en pa icular a la sacerdotal, y para ser eles a la misma y a los
compromisos que lleva consigo, incluso en los momentos difíciles. En este
proceso educativo hacia una madura libe ad responsable puede ser de gran
ayuda la vida comunitaria del Seminario[131].
Íntimamente relacionada con la formación para la libe ad responsable está
también la educación de la conciencia moral; la cual, al requerir desde la
intimidad del propio «yo» la obediencia a las obligaciones morales, descubre el
sentido profundo de esa obediencia, a saber, ser una respuesta consciente y
libre —y, por tanto, por amor— a las exigencias de Dios y de su amor. «La
madurez humana del sacerdote —a rman los Padres sinodales— debe incluir
especialmente la formación de su conciencia. En efecto, el candidato, para
poder cumplir sus obligaciones con Dios y con la Iglesia y guiar con sabiduría
las conciencias de los eles, debe habituarse a escuchar la voz de Dios, que le
habla en su corazón, y adherirse con amor y rmeza a su voluntad»[132].
La formación espiritual: en comunión con Dios y a la búsqueda de Cristo

45. La misma formación humana, si se desarrolla en el contexto de una


antropología que abarca toda la verdad sobre el hombre, se abre y se
completa en la formación espiritual. Todo hombre, creado por Dios y redimido
con la sangre de Cristo, está llamado a ser regenerado «por el agua y el
Espíritu» (cf. Jn 3, 5) y a ser «hijo en el Hijo». En este designio e caz de Dios
está el fundamento de la dimensión constitutivamente religiosa del ser
humano, intuida y reconocida también por la simple razón: el hombre está
abie o a lo trascendente, a lo absoluto; posee un corazón que está inquieto
hasta que no descanse en el Señor[133].
De esta exigencia religiosa fundamental e irrenunciable arranca y se desarrolla
el proceso educativo de una vida espiritual entendida como relación y
comunión con Dios. Según la revelación y la experiencia cristiana, la formación
espiritual posee la originalidad inconfundible que proviene de la «novedad»
evangélica. En efecto, «es obra del Espíritu y empeña a la persona en su
totalidad; introduce en la comunión profunda con Jesucristo, buen Pastor;
conduce a una sumisión de toda la vida al Espíritu, en una actitud lial
respecto al Padre y en una adhesión con ada a la Iglesia. Ella se arraiga en la
experiencia de la cruz para poder llevar, en comunión profunda, a la plenitud
del misterio pascual»[134].
Como se ve, se trata de una formación espiritual común a todos los eles, pero
que requiere ser estructurada según los signi cados y características que
derivan de la identidad del presbítero y de su ministerio. Así como para todo
el la formación espiritual debe ser central y uni cadora en su ser y en su vida
de cristiano, o sea, de criatura nueva en Cristo que camina en el Espíritu, de la
misma manera, para todo presbítero la formación espiritual constituye el
centro vital que uni ca y vivi ca su ser sacerdote y su ejercer el sacerdocio. En
este sentido, los Padres del Sínodo a rman que «sin la formación espiritual, la
formación pastoral estaría privada de fundamento»[135] y que la formación
espiritual constituye «un elemento de máxima impo ancia en la educación
sacerdotal»[136].
El contenido esencial de la formación espiritual, dentro del itinerario bien
preciso hacia el sacerdocio, está expresado en el decreto conciliar Optatam
totius: «La formación espiritual... debe darse de tal forma que los alumnos
aprendan a vivir en trato familiar y asiduo con el Padre por su Hijo Jesucristo
en el Espíritu Santo. Habiendo de con gurarse a Cristo Sacerdote por la
sagrada ordenación, habitúense a unirse a Él, como amigos, con el consorcio
íntimo de toda su vida. Vivan el misterio pascual de Cristo de tal manera que
sepan iniciar en él al pueblo que ha de encomendárseles. Enséñeseles a buscar
a Cristo en la el meditación de la Palabra de Dios, en la activa comunicación
con los sacrosantos misterios de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía y el
O cio divino; en el Obispo, que los envía, y en los hombres a quienes son
enviados, principalmente en los pobres, los niños, los enfermos, los pecadores
y los incrédulos. Amen y veneren con lial con anza a la Santísima Virgen
María, a la que Cristo, muriendo en la cruz, entregó como madre al
discípulo»[137].
46. El texto conciliar merece una meditación detenida y amorosa, de la que
fácilmente se pueden sacar algunos valores y exigencias fundamentales del
camino espiritual del candidato al sacerdocio.
Se requiere, ante todo, el valor y la exigencia de «vivir íntimamente unidos» a
Jesucristo. La unión con el Señor Jesús, fundada en el Bautismo y alimentada
con la Eucaristía, exige que sea expresada en la vida de cada día, renovándola
radicalmente. La comunión íntima con la Santísima Trinidad, o sea, la vida
nueva de la gracia que hace hijos de Dios, constituye la «novedad» del
creyente: una novedad que abarca el ser y el actuar. Constituye el «misterio»
de la existencia cristiana que está bajo el in ujo del Espíritu; en consecuencia,
debe encarnar el «ethos» de la vida del cristiano. Jesús nos ha enseñado este
maravilloso contenido de la vida cristiana, que es también el centro de la vida
espiritual, con la alegoría de la vid y los sarmientos: «Yo soy la vid verdadera, y
mi Padre es el viñador... Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo
que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid,
así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque
separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 1. 4-5).
Cie o que, en la cultura actual, no faltan valores espirituales y religiosos, y el
hombre —a pesar de toda apariencia contraria— sigue siendo
incansablemente un hambriento y sediento de Dios. Pero con frecuencia la
religión cristiana corre el peligro de ser considerada como una religión entre
tantas o quedar reducida a una pura ética social al se icio del hombre. En
efecto, no siempre aparece su inquietante novedad en la historia: es
«misterio»; es el acontecimiento del Hijo de Dios que se hace hombre y da a
cuantos lo acogen el «poder de hacerse hijos de Dios» (Jn 1, 12); es el anuncio,
más aún, el don de una alianza personal de amor y de vida de Dios con el
hombre. Los futuros sacerdotes solamente podrán comunicar a los demás este
anuncio sorprendente y grati cante si, a través de una adecuada formación
espiritual, logran el conocimiento profundo y la experiencia creciente de este
«misterio» (cf. 1 Jn 1, 1-4).
El texto conciliar, aun consciente de la absoluta trascendencia del misterio
cristiano, relaciona la íntima comunión de los futuros presbíteros con Jesús con
una forma de amistad. No es ésta una pretensión absurda del hombre. Es
simplemente el don inestimable de Cristo, que dice a sus apóstoles: «No os
llamo ya sie os, porque el sie o no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he
llamado amigos, porque todo lo que oído a mi Padre os lo he dado a conocer»
(Jn 15, 15).
El texto conciliar prosigue indicando un segundo gran valor espiritual: la
búsqueda de Jesús. «Enséñeseles a buscar a Cristo». Es éste, junto al quaerere
Deum, un tema clásico de la espiritualidad cristiana, que encuentra su
aplicación especí ca precisamente en el contexto de la vocación de los
apóstoles. Juan, cuando nos narra el seguimiento por pa e de los dos
primeros discípulos, muestra el lugar que ocupa esta «búsqueda». Es el mismo
Jesús el que pregunta: «¿Qué buscáis?» Y los dos responden: «Rabbí... ¿Dónde
vives?» Sigue el evangelista: «Les respondió: "Venid y lo veréis". Fueron, pues,
vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día» (Jn 1, 37-39). En cie o
modo la vida espiritual del que se prepara al sacerdocio está dominada por
esta búsqueda: por ella y por el «encuentro» con el Maestro, para seguirlo,
para estar en comunión con Él. También en el ministerio y en la vida sacerdotal
deberá continuar esta «búsqueda», pues es inagotable el misterio de la
imitación y pa icipación en la vida de Cristo. Así como también deberá
continuar este «encontrar» al Maestro, para poder mostrarlo a los demás y,
mejor aún, para suscitar en los demás el deseo de buscar al Maestro. Pero esto
es realmente posible si se propone a los demás una «experiencia» de vida, una
experiencia que vale la pena compa ir. Éste ha sido el camino seguido por
Andrés para llevar a su hermano Simón a Jesús: Andrés, escribe el evangelista
Juan, «se encuentra primeramente con su hermano Simón y le dice: "Hemos
encontrado al Mesías" —que quiere decir Cristo—. Y le llevó donde Jesús» (Jn
1, 41-42). Y así también Simón es llamado —como apóstol— al seguimiento de
Cristo: «Jesús, al verlo, le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan; en adelante te
llamarás Cefas" —que quiere decir, "Pedro"—» (Jn 1, 42).
Pero, ¿qué signi ca, en la vida espiritual, buscar a Cristo? y ¿dónde
encontrarlo? «Maestro, ¿dónde vives?» El decreto conciliar Optatam totius
parece indicar un triple camino: la meditación el de la palabra de Dios, la
pa icipación activa en los sagrados misterios de la Iglesia, el se icio de la
caridad a los «más pequeños». Se trata de tres grandes valores y exigencias
que nos delimitan ulteriormente el contenido de la formación espiritual del
candidato al sacerdocio.
47. Elemento esencial de la formación espiritual es la lectura meditada y orante
de la Palabra de Dios (lectio divina); es la escucha humilde y llena de amor que
se hace elocuente. En efecto, a la luz y con la fuerza de la Palabra de Dios es
como puede descubrirse, comprenderse, amarse y seguirse la propia vocación;
y también cumplirse la propia misión, hasta tal punto que toda la existencia
encuentra su signi cado unitario y radical en ser el n de la Palabra de Dios
que llama al hombre, y el principio de la palabra del hombre que responde a
Dios. La familiaridad con la Palabra de Dios facilitará el itinerario de la
conversión, no solamente en el sentido de apa arse del mal para adherirse al
bien, sino también en el sentido de alimentar en el corazón los pensamientos
de Dios, de forma que la fe, como respuesta a la Palabra, se convie a en el
nuevo criterio de juicio y valoración de los hombres y de las cosas, de los
acontecimientos y problemas.
Pero es necesario acercarse y escuchar la Palabra de Dios tal como es, pues
hace encontrar a Dios mismo, a Dios que habla al hombre; hace encontrar a
Cristo, el Verbo de Dios, la Verdad que a la vez es Camino y Vida (cf. Jn 14, 6).
Se trata de leer las «escrituras» escuchando las «palabras», la «Palabra» de
Dios, como nos recuerda el Concilio: «La Sagrada Escritura contiene la Palabra
de Dios, y en cuanto inspirada es realmente Palabra de Dios»[138]. Y el mismo
Concilio: «En esta revelación Dios invisible (cf. Col 1, 15; 1 Tim 1,17), movido de
amor, habla a los hombres como a amigos (cf. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata
con ellos (cf. Bar 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía»[139].
El conocimiento amoroso y la familiaridad orante con la Palabra de Dios
revisten un signi cado especí co en el ministerio profético del sacerdote, para
cuyo cumplimiento adecuado son una condición imprescindible,
principalmente en el contexto de la «nueva evangelización», a la que hoy la
Iglesia está llamada. El Concilio exho a: «Todos los clérigos, especialmente los
sacerdotes, diáconos y catequistas dedicados por o cio al ministerio de la
palabra, han de leer y estudiar asiduamente la Escritura para no volverse
"predicadores vacíos de la palabra, que no la escucha por dentro" (San Agustín,
Serm. 179, 1: PL 38, 966)»[140].

La forma primera y fundamental de respuesta a la Palabra es la oración, que


constituye sin duda un valor y una exigencia primarios de la formación
espiritual. Ésta debe llevar a los candidatos al sacerdocio a conocer y
experimentar el sentido auténtico de la oración cristiana, el de ser un
encuentro vivo y personal con el Padre por medio del Hijo unigénito bajo la
acción del Espíritu; un diálogo que pa icipa en el coloquio lial que Jesús
tiene con el Padre. Un aspecto, cie amente no secundario, de la misión del
sacerdote es el de ser «maestro de oración». Pero el sacerdote solamente
podrá formar a los demás en la escuela de Jesús orante, si él mismo se ha
formado y continúa formándose en la misma escuela. Esto es lo que piden los
hombres al sacerdote: «El sacerdote es el hombre de Dios, el que pe enece a
Dios y hace pensar en Dios. Cuando la Ca a a los Hebreos habla de Cristo, lo
presenta como un Sumo Sacerdote "misericordioso y el en lo que toca a Dios"
(Heb 2, 17)... Los cristianos esperan encontrar en el sacerdote no sólo un
hombre que los acoja, que los escuche con gusto y les muestre una sincera
amistad, sino también y sobre todo un hombre que les ayude a mirar a Dios, a
subir hacia Él. Es preciso, pues, que el sacerdote esté formado en una
profunda intimidad con Dios. Los que se preparan para el sacerdocio deben
comprender que todo el valor de su vida sacerdotal dependerá del don de sí
mismos que sepan hacer a Cristo y, por medio de Cristo, al Padre»[141].
En un contexto de agitación y bullicio como el de nuestra sociedad, un
elemento pedagógico necesario para la oración es la educación en el
signi cado humano profundo y en el valor religioso del silencio, como
atmósfera espiritual indispensable para percibir la presencia de Dios y dejarse
conquistar por ella (cf. 1 Re 19, 11ss.).
48. El culmen de la oración cristiana es la Eucaristía, que a su vez es «la cumbre
y la fuente» de los Sacramentos y de la Liturgia de las Horas. Para la formación
espiritual de todo cristiano, y en especial de todo sacerdote, es muy necesaria
la educación litúrgica, en el sentido pleno de una inserción vital en el misterio
pascual de Jesucristo, mue o y resucitado, presente y operante en los
sacramentos de la Iglesia. La comunión con Dios, sopo e de toda la vida
espiritual, es un don y un fruto de los sacramentos; y al mismo tiempo es un
deber y una responsabilidad que los sacramentos confían a la libe ad del
creyente, para que viva esa comunión en las decisiones, opciones, actitudes y
acciones de su existencia diaria. En este sentido, la «gracia» que hace «nueva»
la vida cristiana es la gracia de Jesucristo mue o y resucitado, que sigue
derramando su Espíritu santo y santi cador en los sacramentos; igualmente la
«ley nueva», que debe ser guía y norma de la existencia del cristiano, está
escrita por los sacramentos en el «corazón nuevo». Y es ley de caridad para
con Dios y los hermanos, como respuesta y prolongación del amor de Dios al
hombre, signi cada y comunicada por los sacramentos. Se entiende el valor de
esta pa icipación «plena, consciente y activa»[142] en las celebraciones
sacramentales, gracias al don y acción de aquella «caridad pastoral» que
constituye el alma del ministerio sacerdotal.
Esto se aplica sobre todo a la pa icipación en la Eucaristía, memorial de la
mue e sacri cial de Cristo y de su gloriosa resurrección, «sacramento de
piedad, signo de unidad, vínculo de caridad»[143], banquete pascual en el que
«Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su pasión, el alma se llena
de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura»[144]. Ahora bien, los
sacerdotes, por su condición de ministros de las cosas sagradas, son sobre
todo los ministros del Sacri cio de la Misa[145]: su papel es totalmente
insustituible, porque sin sacerdote no puede haber sacri cio eucarístico.
Esto explica la impo ancia esencial de la Eucaristía para la vida y el ministerio
sacerdotal y, por tanto, para la formación espiritual de los candidatos al
sacerdocio. Con gran sencillez y buscando la máxima concreción deseo repetir
que «es necesario que los seminaristas pa icipen diariamente en la
celebración eucarística, de forma que luego tomen como regla de su vida
sacerdotal la celebración diaria. Además, han de ser educados a considerar la
celebración eucarística como el momento esencial de su jornada, en el que
pa iciparán activamente, sin contentarse nunca con una asistencia meramente
habitual. Fórmese también a los aspirantes al sacerdocio según aquellas
actitudes íntimas que la Eucaristía fomenta: la gratitud por los bienes recibidos
del cielo, ya que la Eucaristía signi ca acción de gracias; la actitud donante,
que los lleve a unir su entrega personal al ofrecimiento eucarístico de Cristo; la
caridad, alimentada por un sacramento que es signo de unidad y de
pa icipación; el deseo de contemplación y adoración ante Cristo realmente
presente bajo las especies eucarísticas»[146].
Es necesario y también urgente invitar a redescubrir, en la formación espiritual,
la belleza y la alegría del Sacramento de la Penitencia. En una cultura en la que,
con nuevas y sutiles formas de autojusti cación, se corre el riesgo de perder el
«sentido del pecado» y, en consecuencia, la alegría consoladora del perdón (cf.
Sal 51, 14) y del encuentro con Dios «rico en misericordia» (Ef 2, 4), urge
educar a los futuros presbíteros en la vi ud de la penitencia, alimentada con
sabiduría por la Iglesia en sus celebraciones y en los tiempos del año litúrgico,
y que encuentra su plenitud en el sacramento de la Reconciliación. De aquí
provienen el signi cado de la ascesis y de la disciplina interior, el espíritu de
sacri cio y de renuncia, la aceptación de la fatiga y de la cruz. Se trata de
elementos de la vida espiritual, que con frecuencia se presentan
pa icularmente difíciles para muchos candidatos al sacerdocio,
acostumbrados a condiciones de vida de relativa comodidad y bienestar, y
menos propensos y sensibles a estos elementos a causa de modelos de
compo amiento e ideales presentados por los medios de comunicación social,
incluso en los países donde las condiciones de vida son más pobres y la
situación de los jóvenes más austera. Por esta razón, pero sobre todo para
poner en práctica —a ejemplo de Cristo, buen Pastor— «la donación radical de
sí mismo» propia del sacerdote, los Padres sinodales señalan que «es necesario
inculcar el sentido de la cruz, que es el centro del misterio pascual. Gracias a
esta identi cación con Cristo cruci cado, como sie o, el mundo puede volver
a encontrar el valor de la austeridad, del dolor y también del ma irio, dentro
de la actual cultura imbuida de secularismo, codicia y hedonismo»[147].
49. La formación espiritual compo a también buscar a Cristo en los hombres.
En efecto, la vida espiritual, es vida interior, vida de intimidad con Dios, vida de
oración y contemplación. Pero del encuentro con Dios y con su amor de Padre
de todos, nace precisamente la exigencia indeclinable del encuentro con el
prójimo, de la propia entrega a los demás, en el se icio humilde y
desinteresado que Jesús ha propuesto a todos como programa de vida en el
lavatorio de los pies a los apóstoles: «Os he dado ejemplo, para que también
vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 15).
La formación de la propia entrega generosa y gratuita, favorecida también por
la vida comunitaria seguida en la preparación al sacerdocio, representa una
condición irrenunciable para quien está llamado a hacerse epifanía y
transparencia del buen Pastor, que da la vida (cf. Jn 10, 11.15). Bajo este
aspecto la formación espiritual tiene y debe desarrollar su dimensión pastoral
o caritativa intrínseca, y puede se irse útilmente de una justa —profunda y
tierna, a la vez— devoción al Corazón de Cristo, como han indicado los Padres
del Sínodo: «Formar a los futuros sacerdotes en la espiritualidad del Corazón
del Señor supone llevar una vida que corresponda al amor y al afecto de
Cristo, Sacerdote y buen Pastor: a su amor al Padre en el Espíritu Santo, a su
amor a los hombres hasta inmolarse entregando su vida»[148].
Por tanto, el sacerdote es el hombre de la caridad y está llamado a educar a los
demás en la imitación de Cristo y en el mandamiento nuevo del amor fraterno
(cf. Jn 15, 12). Pero esto exige que él mismo se deje educar continuamente por
el Espíritu en la caridad del Señor. En este sentido, la preparación al sacerdocio
tiene que incluir una seria formación en la caridad, en pa icular en el amor
preferencial por los «pobres», en los cuales, mediante la fe, descubre la
presencia de Jesús (cf. Mt 25, 40) y en el amor misericordioso por los
pecadores.
En la perspectiva de la caridad, que consiste en el don de sí mismo por amor,
encuentra su lugar en la formación espiritual del futuro sacerdote la educación
en la obediencia, en el celibato y en la pobreza[149]. En este sentido invitaba el
Concilio: «Entiendan con toda claridad los alumnos que su destino no es el
mando ni son los honores, sino la entrega total al se icio de Dios y al
ministerio pastoral. Con singular cuidado edúqueseles en la obediencia
sacerdotal, en el tenor de vida pobre y en el espíritu de la propia abnegación,
de sue e que se habitúen a renunciar con prontitud a las cosas que, aun
siendo lícitas, no convienen, y a asemejarse a Cristo cruci cado»[150].
50. La formación espiritual de quien es llamado a vivir el celibato debe dedicar
una atención pa icular a preparar al futuro sacerdote para conocer, estimar,
amar y vivir el celibato en su verdadera naturaleza y en su verdadera nalidad,
y, por tanto, en sus motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales.
Presupuesto y contenido de esta preparación es la vi ud de la castidad, que
determina todas las relaciones humanas y lleva a experimentar y manifestar...
un amor sincero, humano, fraterno, personal y capaz de sacri cios, siguiendo el
ejemplo de Cristo, con todos y con cada uno»[151].
El celibato de los sacerdotes reviste a la castidad con algunas características
de las cuales ellos, «renunciando a la sociedad conyugal por el reino de los
cielos (cf. Mt 19, 12), se unen al Señor con un amor indiviso, que está
íntimamente en consonancia con el Nuevo Testamento; dan testimonio de la
resurrección en el siglo futuro (cf. Lc 20, 36) y tienen a mano una ayuda
impo antísima para el ejercicio continuo de aquella pe ecta caridad que les
capacita para hacerse todo a todos en su ministerio sacerdotal»[152]. En este
sentido el celibato sacerdotal no se puede considerar simplemente como una
norma jurídica ni como una condición totalmente extrínseca para ser admitidos
a la ordenación, sino como un valor profundamente ligado con la sagrada
Ordenación, que con gura a Jesucristo, buen Pastor y Esposo de la Iglesia, y,
por tanto, como la opción de un amor más grande e indiviso a Cristo y a su
Iglesia, con la disponibilidad plena y gozosa del corazón para el ministerio
pastoral. El celibato ha de ser considerado como una gracia especial, como un
don que «no todos entienden..., sino sólo aquéllos a quienes se les ha
concedido» (Mt 19, 11).
Cie amente es una gracia que no dispensa de la respuesta consciente y libre
por pa e de quien la recibe, sino que la exige con una fuerza especial. Este
carisma del Espíritu lleva consigo también la gracia para que el que lo recibe
permanezca el durante toda su vida y cumpla con generosidad y alegría los
compromisos correspondientes. En la formación del celibato sacerdotal deberá
asegurarse la conciencia del «don precioso de Dios»[153], que llevará a la
oración y la vigilancia para que el don sea protegido de todo aquello que
pueda amenazarlo.
Viviendo su celibato el sacerdote podrá ejercer mejor su ministerio en el
pueblo de Dios. En pa icular, dando testimonio del valor evangélico de la
virginidad, podrá ayudar a los esposos cristianos a vivir en plenitud el «gran
sacramento» del amor de Cristo Esposo hacia la Iglesia su esposa, así como su
delidad en el celibato se irá también de ayuda para la delidad de los
esposos[154].
La impo ancia y delicadeza de la preparación al celibato sacerdotal,
especialmente en las situaciones sociales y culturales actuales, han llevado a
los Padres sinodales a una serie de cuestiones, cuya validez permanente está
con rmada por la sabiduría de la madre Iglesia. Las propongo
autorizadamente como criterios que deben seguirse en la formación de la
castidad en el celibato: «Los Obispos, junto con los rectores y directores
espirituales de los seminarios, establezcan principios, ofrezcan criterios y
proporcionen ayudas para el discernimiento en esta materia. Son de máxima
impo ancia para la formación de la castidad en el celibato la solicitud del
Obispo y la vida fraterna entre los sacerdotes. En el seminario, o sea, en su
programa de formación, debe presentarse el celibato con claridad, sin ninguna
ambigüedad y de forma positiva. El seminarista debe tener un adecuado grado
de madurez psíquica y sexual, así como una vida asidua y auténtica de oración,
y debe ponerse bajo la dirección de un padre espiritual. El director espiritual
debe ayudar al seminarista para que llegue a una decisión madura y libre, que
esté fundada en la estima de la amistad sacerdotal y de la autodisciplina, como
también en la aceptación de la soledad y en un correcto estado personal físico
y psicológico. Para ello los seminaristas deben conocer bien la doctrina del
Concilio Vaticano II, la encíclica Sacerdotalis caelibatus y la Instrucción para la
formación del celibato sacerdotal, publicada por la Congregación para la
Educación Católica en 1974. Para que el seminarista pueda abrazar con libre
decisión el celibato por el Reino de los cielos, es necesario que conozca la
naturaleza cristiana y verdaderamente humana, y el n de la sexualidad en el
matrimonio y en el celibato. También es necesario instruir y educar a los eles
laicos sobre las motivaciones evangélicas, espirituales y pastorales propias del
celibato sacerdotal, de modo que ayuden a los presbíteros con la amistad,
comprensión y colaboración»[155].
Formación intelectual: inteligencia de la fe

51. La formación intelectual, aun teniendo su propio carácter especí co, se


relaciona profundamente con la formación humana y espiritual, constituyendo
con ellas un elemento necesario; en efecto, es como una exigencia insustituible
de la inteligencia con la que el hombre, pa icipando de la luz de la inteligencia
divina, trata de conseguir una sabiduría que, a su vez, se abre y avanza al
conocimiento de Dios y a su adhesión[156].
La formación intelectual de los candidatos al sacerdocio encuentra su
justi cación especí ca en la naturaleza misma del ministerio ordenado y
mani esta su urgencia actual ante el reto de la nueva evangelización a la que
el Señor llama a su Iglesia a las pue as del tercer milenio. «Si todo cristiano —
a rman los Padres sinodales— debe estar dispuesto a defender la fe y a dar
razón de la esperanza que vive en nosotros (cf. 1 Pe 3, 15), mucho más los
candidatos al sacerdocio y los presbíteros deben cuidar diligentemente el valor
de la formación intelectual en la educación y en la actividad pastoral, dado
que, para la salvación de los hermanos y hermanas, deben buscar un
conocimiento más profundo de los misterios divinos»[157]. Además, la
situación actual, marcada gravemente por la indiferencia religiosa y por una
difundida descon anza en la verdadera capacidad de la razón para alcanzar la
verdad objetiva y universal, así como por los problemas y nuevos interrogantes
provocados por los descubrimientos cientí cos y tecnológicos, exige un
excelente nivel de formación intelectual, que haga a los sacerdotes capaces de
anunciar —precisamente en ese contexto— el inmutable Evangelio de Cristo y
hacerlo creíble frente a las legítimas exigencias de la razón huma na. Añádase,
además, que el actual fenómeno del pluralismo, acentuado más que nunca en
el ámbito no sólo de la sociedad humana sino también de la misma comunidad
eclesial, requiere una aptitud especial para el discernimiento crítico: es un
motivo ulterior que demuestra la necesidad de una formación intelectual más
sólida que nunca.
Esta exigencia «pastoral» de la formación intelectual con rma cuanto se ha
dicho ya sobre la unidad del proceso educativo en sus varias dimensiones. La
dedicación al estudio, que ocupa una buena pa e de la vida de quien se
prepara al sacerdocio, no es precisamente un elemento extrínseco y
secundario de su crecimiento humano, cristiano, espiritual y vocacional; en
realidad, a través del estudio, sobre todo de la teología, el futuro sacerdote se
adhiere a la palabra de Dios, crece en su vida espiritual y se dispone a realizar
su ministerio pastoral. Es ésta la nalidad múltiple y unitaria del estudio
teológico indicada por el Concilio[158] y propuesta nuevamente por el
Instrumentum laboris del Sínodo con las siguientes palabras: «Para que pueda
ser pastoralmente e caz, la formación intelectual debe integrarse en un
camino espiritual marcado por la experiencia personal de Dios, de tal manera
que se pueda superar una pura ciencia nocionística y llegar a aquella
inteligencia del corazón que sabe "ver" primero y es capaz después de
comunicar el misterio de Dios a los hermanos»[159].
52. Un momento esencial de la formación intelectual es el estudio de la
losofía, que lleva a un conocimiento y a una interpretación más profundos de
la persona, de su libe ad, de sus relaciones con el mundo y con Dios. Ello es
muy urgente, no sólo por la relación que existe entre los argumentos
losó cos y los misterios de la salvación estudiados en teología a la luz
superior de la fe[160], sino también frente a una situación cultural muy
difundida, que exalta el subjetivismo como criterio y medida de la verdad. Sólo
una sana losofía puede ayudar a los candidatos al sacerdocio a desarrollar
una conciencia re eja de la relación constitutiva que existe entre el espíritu
humano y la verdad, la cual se nos revela plenamente en Jesucristo. Tampoco
hay que infravalorar la impo ancia de la losofía para garantizar aquella
«ce eza de verdad», la única que puede estar en la base de la entrega
personal total a Jesús y a la Iglesia. No es difícil entender cómo algunas
cuestiones muy concretas —como lo son la identidad del sacerdote y su
compromiso apostólico y misionero— están profundamente ligadas a la
cuestión, nada abstracta, de la verdad: si no se está seguro de la verdad,
¿cómo se podrá poner en juego la propia vida y tener fuerzas para interpelar
seriamente la vida de los demás?
La losofía ayuda no poco al candidato a enriquecer su formación intelectual
con el «culto de la verdad», es decir, una especie de veneración amorosa de la
verdad, la cual lleva a reconocer que ésta no es creada y medida por el
hombre, sino que es dada al hombre como don por la Verdad suprema, Dios;
que, aun con limitaciones y a veces con di cultades, la razón humana puede
alcanzar la verdad objetiva y universal, incluso la que se re ere a Dios y al
sentido radical de la existencia; y que la fe misma no puede prescindir de la
razón ni del esfuerzo de «pensar» sus contenidos, como testimoniaba la gran
mente de Agustín: «He deseado ver con el entendimiento aquello que he
creído, y he discutido y trabajado mucho»[161].
Para una comprensión más profunda del hombre y de los fenómenos y líneas
de evolución de la sociedad, en orden al ejercicio, «encarnado» lo más posible,
del ministerio pastoral, pueden ser de gran utilidad las llamadas «ciencias del
hombre», como la sociología, la psicología, la pedagogía, la ciencia de la
economía y de la política, y la ciencia de la comunicación social. Aunque sólo
sea en el ámbito muy concreto de las ciencias positivas o descriptivas, éstas
ayudan al futuro sacerdote a prolongar la «contemporaneidad» vivida por
Cristo. «Cristo, decía Pablo VI, se ha hecho contemporáneo a algunos hombres
y ha hablado su lenguaje. La delidad a Él requiere que continúe esta
contemporaneidad»[162].
53. La formación intelectual del futuro sacerdote se basa y se construye sobre
todo en el estudio de la sagrada doctrina y de la teología. El valor y la
autenticidad de la formación teológica dependen del respeto escrupuloso de
la naturaleza propia de la teología, que los Padres sinodales han resumido así:
«La verdadera teología proviene de la fe y trata de conducir a la fe»[163]. Ésta
es la concepción que constantemente ha enseñado la Iglesia católica mediante
su Magisterio. Ésta es también la línea seguida por los grandes teólogos, que
enriquecieron el pensamiento de la Iglesia católica a través de los siglos. Santo
Tomás es muy explícito cuando a rma que la fe es como el habitus de la
teología, o sea, su principio operativo permanente[164], y que «toda la
teología está ordenada a alimentar la fe»[165].
Por tanto, el teólogo es ante todo un creyente, un hombre de fe. Pero es un
creyente que se pregunta sobre su fe ( des quaerens intellectum), que se
pregunta para llegar a una comprensión más profunda de la fe misma. Los dos
aspectos, la fe y la re exión madura, están profundamente relacionados entre
sí; precisamente su íntima coordinación y compenetración es decisiva para la
verdadera naturaleza de la teología, y, por consiguiente, es decisiva para los
contenidos, modalidades y espíritu según los cuales hay que elaborar y
estudiar la sagrada doctrina.
Además, ya que la fe, punto de pa ida y de llegada de la teología, opera una
relación personal del creyente con Jesucristo en la Iglesia, la teología tiene
también características cristológicas y eclesiales intrínsecas, que el candidato
al sacerdocio debe asumir conscientemente, no sólo por las implicaciones que
afectan a su vida personal, sino también por aquellas que afectan a su
ministerio pastoral. Por ser la fe aceptación de la Palabra de Dios, lleva a un
«sí» radical del creyente a Jesucristo, Palabra plena y de nitiva de Dios al
mundo (cf. Heb 1, 1ss.). Por consiguiente, la re exión teológica tiene su centro
en la adhesión a Jesucristo, Sabiduría de Dios. La misma re exión madura
debe considerarse como una pa icipación de la «mente» de Cristo (cf. 1 Cor 2,
16) en la forma humana de una ciencia (scientia dei). Al mismo tiempo la fe
introduce al creyente en la Iglesia y lo hace pa ícipe de su vida, como
comunidad de fe. En consecuencia, la teología posee una dimensión eclesial,
porque es una re exión madura sobre la fe de la Iglesia hecha por el teólogo,
que es miembro de la Iglesia[166].
Estas perspectivas cristológicas y eclesiales, que son connaturales a la
teología, ayudan a desarrollar en los candidatos al sacerdocio, además del
rigor cientí co, un grande y vivo amor a Jesucristo y a su Iglesia: este amor, a
la vez que alimenta su vida espiritual, les si e de pauta para el ejercicio
generoso de su ministerio. Tal era precisamente la intención del Concilio
Vaticano II, cuando pedía la reforma de los estudios eclesiásticos, mediante
una más adecuada estructuración de las diversas disciplinas losó cas y
teológicas para hacer que «concurran armoniosamente a abrir cada vez más
las inteligencias de los alumnos al misterio de Cristo, que afecta a toda la
humanidad, in uye constantemente en la Iglesia y actúa sobre todo por obra
del ministerio sacerdotal»[167].
La formación intelectual teológica y la vida espiritual —en pa icular la vida de
oración— se encuentran y refuerzan mutuamente, sin quitar por ello nada a la
seriedad de la investigación ni al gusto espiritual de la oración. San
Buenaventura advie e: «Nadie crea que le baste la lectura sin la unción, la
especulación sin la devoción, la búsqueda sin el asombro, la obse ación sin el
júbilo, la actividad sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la
humildad, el estudio sin la gracia divina, la investigación sin la sabiduría de la
inspiración sobrenatural»[168].
54. La formación teológica es una tarea sumamente compleja y comprometida.
Ella debe llevar al candidato al sacerdocio a poseer una visión completa y
unitaria de las verdades reveladas por Dios en Jesucristo y de la experiencia de
fe de la Iglesia; de ahí la doble exigencia de conocer «todas» las verdades
cristianas y conocerlas de manera orgánica, sin hacer selecciones arbitrarias.
Esto exige ayudar al alumno a elaborar una síntesis que sea fruto de las
apo aciones de las diversas disciplinas teológicas, cuyo carácter especí co
alcanza auténtico valor sólo en la profunda coordinación de todas ellas.
En su re exión madura sobre la fe, la teología se mueve en dos direcciones. La
primera es la del estudio de la Palabra de Dios: la palabra escrita en el Libro
sagrado, celebrada y transmitida en la Tradición viva de la Iglesia e
interpretada auténticamente por su Magisterio. De aquí el estudio de la
Sagrada Escritura, «la cual debe ser como el alma de toda la teología»[169]: de
los Padres de la Iglesia y de la liturgia, de la historia eclesiástica, de las
declaraciones del Magisterio. La segunda dirección es la del hombre,
interlocutor de Dios: el hombre llamado a «creer», a «vivir» y a «comunicar» a
los demás la des y el ethos cristiano. De aquí el estudio de la dogmática, de la
teología moral, de la teología espiritual, del derecho canónico y de la teología
pastoral.
La referencia al hombre creyente lleva la teología a dedicar una pa icular
atención, por un lado, a las consecuencias fundamentales y permanentes de la
relación fe-razón; por otro, a algunas exigencias más relacionadas con la
situación social y cultural de hoy. Bajo el primer punto de vista se sitúa el
estudio de la teología fundamental, que tiene como objeto el hecho de la
revelación cristiana y su transmisión en la Iglesia. En la segunda perspectiva se
colocan aquellas disciplinas que han tenido y tienen un desarrollo más decisivo
como respuestas a problemas hoy intensamente vividos, como por ejemplo el
estudio de la doctrina social de la Iglesia, que «pe enece al ámbito... de la
teología y especialmente de la teología moral»[170], y que es uno de los
«componentes esenciales» de la «nueva evangelización», de la que es
instrumento[171]; igualmente el estudio de la misión, del ecumenismo, del
judaísmo, del Islam y de otras religiones no cristianas.
55. La formación teológica actual debe prestar pa icular atención a algunos
problemas que no pocas veces suscitan di cultades, tensiones, desorientación
en la vida de la Iglesia. Piénsese en la relación entre las declaraciones del
Magisterio y las discusiones teológicas; relación que no siempre se desarrolla
como debería ser, o sea, en la perspectiva de la colaboración. Cie amente «el
Magisterio vivo de la Iglesia y la teología —aun desempeñado funciones
diversas— tienen en de nitiva el mismo n: mantener al Pueblo de Dios en la
verdad que hace libres y hacer de él la "luz de las naciones". Dicho se icio a la
comunidad eclesial pone en relación recíproca al teólogo con el Magisterio.
Este último enseña auténticamente la doctrina de los Apóstoles y, sacando
provecho del trabajo teológico, replica a las objeciones y deformaciones de la
fe, proponiendo además, con la autoridad recibida de Jesucristo, nuevas
profundizaciones, explicitaciones y aplicaciones de la doctrina revelada. La
teología, en cambio, adquiere, de modo re ejo, una comprensión cada vez más
profunda de la Palabra de Dios, contenida en la Escritura y transmitida
elmente por la Tradición viva de la Iglesia bajo la guía del Magisterio, a la vez
que se esfuerza por aclarar esta enseñanza de la Revelación frente a las
instancias de la razón y le da una forma orgánica y sistemática»[172]. Pero
cuando, por una serie de motivos, disminuye esta colaboración, es preciso no
prestarse a equívocos y confusiones, sabiendo distinguir cuidadosamente «la
doctrina común de la Iglesia, de las opiniones de los teólogos y de las
tendencias que se desvanecen con el pasar del tiempo (las llamadas
"modas")»[173]. No existe un magisterio «paralelo», porque el único magisterio
es el de Pedro y los apóstoles, el del Papa y los Obispos[174].
Otro problema, que se da principalmente donde los estudios seminarísticos
están encomendados a instituciones académicas, se re ere a la relación entre
el rigor cientí co de la teología y su aplicación pastoral, y, por tanto, la
naturaleza pastoral de la teología. En realidad, se trata de dos características
de la teología y de su enseñanza que no sólo no se oponen entre sí, sino que
coinciden, aunque sea bajo aspectos diversos, en el plano de una más
completa «inteligencia de la fe». En efecto, el caracter pastoral de la teología
no signi ca que ésta sea menos doctrinal o incluso que esté privada de su
carácter cientí co; por el contrario, signi ca que prepara a los futuros
sacerdotes para anunciar el mensaje evangélico a través de los medios
culturales de su tiempo y a plantear la acción pastoral según una auténtica
visión teológica. Y así, por un lado, un estudio respetuoso del carácter
rigurosamente cientí co de cada una de las disciplinas teológicas contribuirá a
la formación más completa y profunda del pastor de almas como maestro de la
fe; por otro lado, una adecuada sensibilidad en su aplicación pastoral hará que
sea el estudio serio y cientí co de la teología verdaderamente formativo para
los futuros presbíteros.
Un problema ulterior nace de la exigencia —hoy intensamente sentida— de la
evangelización de las culturas y de la inculturación del mensaje de la fe. Es éste
un problema eminentemente pastoral, que debe ser incluido con mayor
amplitud y pa icular sensibilidad en la formación de los candidatos al
sacerdocio: «En las actuales circunstancias, en que en algunas regiones del
mundo la religión cristiana se considera como algo extraño a las culturas, tanto
antiguas como modernas, es de gran impo ancia que en toda la formación
intelectual y humana se considere necesaria y esencial la dimensión de la
inculturación[175]. Pero esto exige previamente una teología auténtica,
inspirada en los principios católicos sobre esa inculturación. Estos principios se
relacionan con el misterio de la encarnación del Verbo de Dios y con la
antropología cristiana e iluminan el sentido auténtico de la inculturación; ésta,
ante las culturas más dispares y a veces contrapuestas, presentes en las
distintas pa es del mundo, quiere ser una obediencia al mandato de Cristo de
predicar el Evangelio a todas las gentes hasta los últimos con nes de la tierra.
Esta obediencia no signi ca sincretismo, ni simple adaptación del anuncio
evangélico, sino que el Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se
encarna en ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y
con la vida cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación, que
proviene de Cristo[176]. El problema de esta inculturación puede tener un
interés especí co cuando los candidatos al sacerdocio provienen de culturas
autóctonas; entonces, necesitarán métodos adecuados de formación, sea para
superar el peligro de ser menos exigentes y desarrollar una educación más
débil de los valores humanos, cristianos y sacerdotales, sea para revalorizar los
elementos buenos y auténticos de sus culturas y tradiciones»[177].
56. Siguiendo las enseñanzas y orientaciones del Concilio Vaticano II y las
normas de aplicación de la Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis, ha
tenido lugar en la Iglesia una amplia actualización de la enseñanza de las
disciplinas losó cas y, sobre todo, teológicas en los seminarios. Aun
necesitando en algunos casos ulteriores enmiendas o desarrollos, esta
actualización ha contribuido en su conjunto a destacar cada vez más el
proyecto educativo en el ámbito de la formación intelectual. A este respecto,
«los Padres sinodales han a rmado de nuevo, con frecuencia y claridad, la
necesidad —más aún, la urgencia- — de que se aplique en los seminarios y
en las casas de formación el plan fundamental de estudios, tanto el universal
como el de cada nación o Conferencia episcopal»[178].
Es necesario contrarrestar decididamente la tendencia a reducir la seriedad y
el esfuerzo en los estudios, que se deja sentir en algunos ambientes eclesiales,
como consecuencia de una preparación básica insu ciente y con lagunas en
los alumnos que comienzan el período losó co y teológico. Esta misma
situación contemporánea exige cada vez más maestros que estén realmente a
la altura de la complejidad de los tiempos y sean capaces de afrontar, con
competencia, claridad y profundidad los interrogantes vitales del hombre de
hoy, a los que sólo el Evangelio de Jesús da la plena y de nitiva respuesta.
La formación pastoral: comunicar la caridad de Jesucristo, buen Pastor

57. Toda la formación de los candidatos al sacerdocio está orientada a


prepararlos de una manera especí ca para comunicar la caridad de Cristo,
buen Pastor. Por tanto, esta formación, en sus diversos aspectos, debe tener
un carácter esencialmente pastoral. Lo a rma claramente el decreto conciliar
Optatam totius, re riéndose a los seminarios mayores: «La educación de los
alumnos debe tender a la formación de verdaderos pastores de las almas, a
ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, Maestro, Sacerdote y Pastor. Por
consiguiente, deben prepararse para el ministerio de la Palabra: para
comprender cada vez mejor la palabra revelada por Dios, poseerla con la
meditación y expresarla con la palabra y la conducta; deben prepararse para el
ministerio del culto y de la santi cación, a n de que, orando y celebrando las
sagradas funciones litúrgicas, ejerzan la obra de salvación por medio del
sacri cio eucarístico y los sacramentos; deben prepararse para el ministerio del
Pastor: para que sepan representar delante de los hombres a Cristo, que "no
vino a ser se ido, sino a se ir y dar su vida para redención del mundo" (Mc
10, 45; cf. Jn 13, 12-17), y, hechos se idores de todos, ganar a muchos (cf. 1
Cor 9,19)»[179].

El texto conciliar insiste en la profunda coordinación que hay entre los diversos
aspectos de la formación humana, espiritual e intelectual; y, al mismo tiempo,
en su nalidad pastoral especí ca. En este sentido, la nalidad pastoral
asegura a la formación humana, espiritual e intelectual algunos contenidos y
características concretas, a la vez que uni ca y determina toda la formación de
los futuros sacerdotes.
Como cualquier otra formación, también la formación pastoral se desarrolla
mediante la re exión madura y la aplicación práctica, y tiene sus raíces
profundas en un espíritu que es el sopo e y la fuerza impulsora y de desarrollo
de todo.
Por tanto, es necesario el estudio de una verdadera y propia disciplina
teológica: la teología pastoral o práctica, que es una re exión cientí ca sobre
la Iglesia en su vida diaria, con la fuerza del Espíritu, a través de la historia; una
re exión, sobre la Iglesia como «sacramento universal de salvación»[180],
como signo e instrumento vivo de la salvación de Jesucristo en la Palabra, en
los Sacramentos y en el se icio de la caridad. La pastoral no es solamente un
a e ni un conjunto de exho aciones, experiencias y métodos; posee una
categoría teológica plena, porque recibe de la fe los principios y criterios de la
acción pastoral de la Iglesia en la historia, de una Iglesia que «engendra» cada
día a la Iglesia misma, según la feliz expresión de San Beda el Venerable: «Nam
et Ecclesia quotidie gignit Ecclesiam»[181]. Entre estos principios y criterios se
encuentra aquel especialmente impo ante del discernimiento evangélico
sobre la situación sociocultural y eclesial, en cuyo ámbito se desarrolla la
acción pastoral.
El estudio de la teología pastoral debe iluminar la aplicación práctica mediante
la entrega y algunos se icios pastorales, que los candidatos al sacerdocio
deben realizar, de manera progresiva y siempre en armonía con las demás
tareas formativas; se trata de «experiencias» pastorales, que han de con uir en
un verdadero «aprendizaje pastoral», que puede durar incluso algún tiempo y
que requiere una veri cación de manera metódica.
Mas el estudio y la actividad pastoral se apoyan en una fuente interior, que la
formación deberá custodiar y valorizar: se trata de la comunión cada vez más
profunda con la caridad pastoral de Jesús, la cual, así como ha sido el principio
y fuerza de su acción salví ca, también, gracias a la efusión del Espíritu Santo
en el sacramento del Orden, debe ser principio y fuerza del ministerio del
presbítero. Se trata de una formación destinada no sólo a asegurar una
competencia pastoral cientí ca y una preparación práctica, sino también, y
sobre todo, a garantizar el crecimiento de un modo de estar en comunión con
los mismos sentimientos y actitudes de Cristo, buen Pastor: «Tened entre
vosotros los mismos sentimientos que Cristo» (Flp 2, 5).
58. Entendida así, la formación pastoral no puede reducirse a un simple
aprendizaje, dirigido a familiarizarse con una técnica pastoral. El proyecto
educativo del seminario se encarga de una verdadera y propia iniciación en la
sensibilidad del pastor, a asumir de manera consciente y madura sus
responsabilidades, en el hábito interior de valorar los problemas y establecer
las prioridades y los medios de solución, fundados siempre en claras
motivaciones de fe y según las exigencias teológicas de la pastoral misma.
A través de la experiencia inicial y progresiva en el ministerio, los futuros
sacerdotes podrán ser introducidos en la tradición pastoral viva de su Iglesia
pa icular; aprenderán a abrir el horizonte de su mente y de su corazón a la
dimensión misionera de la vida eclesial; se ejercitarán en algunas formas
iniciales de colaboración entre sí y con los presbíteros a los cuales serán
enviados. En estos últimos recae —en coordinación con el programa del
seminario— una responsabilidad educativa pastoral de no poca impo ancia.
En la elección de los lugares y se icios adecuados para la experiencia pastoral
se debe prestar especial atención a la parroquia[182], célula vital de dichas
experiencias sectoriales y especializadas, en la que los candidatos al
sacerdocio se encontrarán frente a los problemas inherentes a su futuro
ministerio. Los Padres sinodales han propuesto una serie de ejemplos
concretos, como la visita a los enfermos, la atención a los emigrantes, exiliados
y nómadas, el celo de la caridad que se traduce en diversas obras sociales. En
pa icular dicen: «Es necesario que el presbítero sea testigo de la caridad de
Cristo mismo que «pasó haciendo el bien» (Hch 10, 38); el presbítero debe ser
también el signo visíble de la solicitud de la Iglesia, que es Madre y Maestra. Y
puesto que el hombre de hoy está afectado por tantas desgracias,
especialmente los que viven sometidos a una pobreza inhumana, a la violencia
ciega o al poder abusivo, es necesario que el hombre de Dios, bien preparado
para toda obra buena (cf. 2 Tim 3, 17), reivindique los derechos y la dignidad
del hombre. Pero evite adherirse a falsas ideologías y olvidar, cuando trata de
promover el bien, que el mundo es redimido sólo por la cruz de Cristo»[183].
El conjunto de estas y de otras actividades pastorales educa al futuro
sacerdote a vivir como «se icio» la propia misión de «autoridad» en la
comunidad, alejándose de toda actitud de superioridad o ejercicio de un poder
que no esté siempre y exclusivamente justi cado por la caridad pastoral.
Para una adecuada formación es necesario que las diversas experiencias de los
candidatos al sacerdocio asuman un claro carácter «ministerial», siempre en
íntima conexión con todas las exigencias propias de la preparación al
presbiterado y (por supuesto, sin menoscabo del estudio) relacionadas con el
triple se icio de la Palabra, del culto y de presidir la comunidad. Estos
se icios pueden ser la traducción concreta de los ministerios del Lectorado,
Acolitado y Diaconado.
59. Ya que la actividad pastoral está destinada por su naturaleza a animar la
Iglesia, que es esencialmente «misterio», «comunión», y «misión», la formación
pastoral deberá conocer y vivir estas dimensiones eclesiales en el ejercicio del
ministerio.
Es fundamental el ser conscientes de que la Iglesia es «misterio», obra divina,
fruto del Espíritu de Cristo, signo e caz de la gracia, presencia de la Trinidad
en la comunidad cristiana; esta conciencia, a la vez que no disminuirá el
sentido de responsabilidad propio del pastor, lo convencerá de que el
crecimiento de la Iglesia es obra gratuita del Espíritu y que su se icio —
encomendado por la misma gracia divina a la libre responsabilidad humana—
es el se icio evangélico del «sie o inútil» (cf. Lc 17, 10).
En segundo lugar, la conciencia de la Iglesia como «comunión» ayudará al
candidato al sacerdocio a realizar una pastoral comunitaria, en colaboración
cordial con los diversos agentes eclesiales: sacerdotes y Obispo, sacerdotes
diocesanos y religiosos, sacerdotes y laicos. Pero esta colaboración supone el
conocimiento y la estima de los diversos dones y carismas, de las diversas
vocaciones y responsabilidades que el Espíritu ofrece y confía a los miembros
del Cuerpo de Cristo; requiere un sentido vivo y preciso de la propia identidad
y de la de las demás personas en la Iglesia; exige mutua con anza, paciencia,
dulzura, capacidad de comprensión y de espera; se basa sobre todo en un
amor a la Iglesia más grande que el amor a sí mismos y a las agrupaciones a
las cuales se pe enece. Es especialmente impo ante preparar a los futuros
sacerdotes para la colaboración con los laicos. «Oigan de buen grado —dice el
Concilio— a los laicos, considerando fraternalmente sus deseos y
reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la
actividad humana, a n de que, juntamente con ellos, puedan conocer los
signos de los tiempos»[184]. El Sínodo ha insistido también en la atención
pastoral a los laicos: «Es necesario que el alumno sea capaz de proponer y
ayudar a vivir a los eles laicos, especialmente los jóvenes, las diversas
vocaciones (matrimonio, se icios sociales, apostolado, ministerios y
responsabilidades en las actividades pastorales, vida consagrada, dirección de
la vida política y social, investigación cientí ca, enseñanza). Sobre todo es
necesario enseñar y ayudar a los laicos en su vocación de impregnar y
transformar el mundo con la luz del Evangelio, reconociendo su propio
cometido y respetándolo»[185].
Por último, la conciencia de la Iglesia como comunión «misionera» ayudará al
candidato al sacerdocio a amar y vivir la dimensión misionera esencial de la
Iglesia y de las diversas actividades pastorales; a estar abie o y disponible
para todas las posibilidades ofrecidas hoy para el anuncio del Evangelio, sin
olvidar la valiosa ayuda que pueden y deben dar al respecto los medios de
comunicación social[186]; y a prepararse para un ministerio que podrá exigirle
la disponibilidad concreta al Espíritu Santo y al Obispo para ser enviado a
predicar el Evangelio fuera de su país[187].
II. AMBIENTES PROPIOS DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL
La comunidad formativa del Seminario mayor
60. La necesidad del Seminario mayor —y de una análoga Casa religiosa de
formación— para la preparación de los candidatos al sacerdocio, como fue
a rmada categóricamente por el Concilio Vaticano II[188], ha sido reiterada
por el Sínodo con estas palabras: «La institución del Seminario mayor, como
lugar óptimo de formación, debe ser con rmada como ambiente normal,
incluso material, de una vida comunitaria y jerárquica, es más, como casa
propia para la formación de los candidatos al sacerdocio, con superiores
verdaderamente consagrados a esta tarea. Esta institución ha dado
muchísimos frutos a través de los siglos y continúa dándolos en todo el
mundo»[189].
El seminario, que representa como un tiempo y un espacio geográ co, es
sobre todo una comunidad educativa en camino: la comunidad promovida por
el Obispo para ofrecer, a quien es llamado por el Señor para el se icio
apostólico, la posibilidad de revivir la experiencia formativa que el Señor
dedicó a los Doce. En realidad, los Evangelios nos presentan la vida de trato
íntimo y prolongado con Jesús como condición necesaria para el ministerio
apostólico. Esa vida exige a los Doce llevar a cabo, de un modo
pa icularmente claro y especí co, el desprendimiento —propuesto en cie a
medida a todos los discípulos— del ambiente de origen, del trabajo habitual,
de los afectos más queridos (cf. Mc 1,16-20; 10, 28; Lc 9, 11. 27-28; 9, 57-62;
14, 25-27). Se ha citado varias veces la narración de Marcos, que subraya la
relación profunda que une a los apóstoles con Cristo y entre sí; antes de ser
enviados a predicar y curar, son llamados «para que estuvieran con él» (Mc 3,
14).
La identidad profunda del seminario es ser, a su manera, una continuación en
la Iglesia de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús, en la
escucha de su Palabra, en camino hacia la experiencia de la Pascua, a la espera
del don del Espíritu para la misión. Esta identidad constituye el ideal formativo
que —en las muy diversas formas y múltiples vicisitudes que como institución
humana ha tenido en la historia— estimula al seminario a encontrar su
realización concreta, el a los valores evangélicos en los que se inspira y capaz
de responder a las situaciones y necesidades de los tiempos.
El seminario es, en sí mismo, una experiencia original de la vida de la Iglesia; en
él el Obispo se hace presente a través del ministerio del rector y del se icio de
corresponsabilidad y de comunión con los demás educadores, para el
crecimiento pastoral y apostólico de los alumnos. Los diversos miembros de la
comunidad del seminario, reunidos por el Espíritu en una sola fraternidad,
colaboran, cada uno según su propio don, al crecimiento de todos en la fe y en
la caridad, para que se preparen adecuadamente al sacerdocio y por tanto a
prolongar en la Iglesia y en la historia la presencia redentora de Jesucristo, el
buen Pastor.
Incluso desde un punto de vista humano, el Seminario mayor debe tratar de
ser «una comunidad estructurada por una profunda amistad y caridad, de
modo que pueda ser considerada una verdadera familia que vive en la
alegría»[190]. Desde un punto de vista cristiano, el Seminario debe
con gurarse —continúan los Padres sinodales—, como «comunidad eclesial»,
como «comunidad de discípulos del Señor, en la que se celebra una misma
liturgia (que impregna la vida del espíritu de oración), formada cada día en la
lectura y meditación de la Palabra de Dios y con el sacramento de la Eucaristía,
en el ejercicio de la caridad fraterna y de la justicia; una comunidad en la que,
en el progreso de la vida comunitaria y en la vida de cada miembro,
resplandezcan el Espíritu de Cristo y el amor a la Iglesia»[191]. Con rmando y
desarrollando concretamente esta esencial dimensión eclesial del Seminario,
los Padres sinodales a rman: «como comunidad eclesial, sea diocesana o
interdiocesana, o también religiosa, el Seminario debe alimentar el sentido de
comunión de los candidatos con su Obispo y con su Presbiterio, de modo que
pa icipen en su esperanza y en sus angustias, y sepan extender esta ape ura
a las necesidades de la Iglesia universal»[192].
Es esencial para la formación de los candidatos al sacerdocio y al ministerio
pastoral —eclesial por naturaleza— que se viva en el Seminario no de un modo
extrínseco y supe icial, como si fuera un simple lugar de habitación y de
estudio, sino de un modo interior y profundo: como una comunidad
especí camente eclesial, una comunidad que revive la experiencia del grupo
de los Doce unidos a Jesús[193].
61. El Seminario es, por tanto, una comunidad eclesial educativa, más aún, es
una especial comunidad educativa. Y lo que determina su sonomía es el n
especí co, o sea, el acompañamiento vocacional de los futuros sacerdotes, y
por tanto el discernimiento de la vocación, la ayuda para corresponder a ella y
la preparación para recibir el sacramento del Orden con las gracias y
responsabilidades propias, por las que el sacerdote se con gura con
Jesucristo, Cabeza y Pastor, y se prepara y compromete para compa ir su
misión de salvación en la Iglesia y en el mundo.
En cuanto comunidad educativa, toda la vida del Seminario, en sus más
diversas expresiones, está intensamente dedicada a la formación humana,
espiritual, intelectual y pastoral de los futuros presbíteros; se trata de una
formación que, aun teniendo tantos aspectos comunes con la formación
humana y cristiana de todos los miembros de la Iglesia, presenta contenidos,
modalidades y características que nacen de manera especí ca de la nalidad
que se persigue, esto es, de preparar al sacerdocio.
Ahora bien, los contenidos y formas de la labor educativa exigen que el
Seminario tenga de nido su propio plan, o sea, un programa de vida que se
caracterice tanto por ser orgánico-unitario, como por su sintonía o
correspondencia con el único n que justi ca la existencia del Seminario: la
preparación de los futuros presbíteros.
En este sentido, escriben los Padres sinodales: «en cuanto comunidad
educativa, (el Seminario) está al se icio de un programa claramente de nido
que, como nota característica, tenga la unidad de dirección, manifestada en la
gura del Rector y sus colaboradores, en la coherencia de toda la ordenación
de la vida y actividad formativa y de las exigencias fundamentales de la vida
comunitaria, que lleva consigo también aspectos esenciales de la labor de
formación. Este programa debe estar al se icio —sin titubeos ni vaguedades
— de la nalidad especí ca, la única que justi ca la existencia del Seminario, a
saber, la formación de los futuros presbíteros, pastores de la Iglesia[194]. Y
para que la programación sea verdaderamente adecuada y e caz, es preciso
que las grandes líneas del programa se traduzcan más concretamente y al
detalle, mediante algunas normas pa iculares destinadas a ordenar la vida
comunitaria, estableciendo determinados instrumentos y algunos ritmos
temporales precisos.
Otro aspecto que hay que subrayar aquí es la labor educativa que, por su
naturaleza, es el acompañamiento de estas personas históricas y concretas
que caminan hacia la opción y la adhesión a determinados ideales de vida.
Precisamente por esto la labor educativa debe saber conciliar armónicamente
la propuesta clara de la meta que se quiere alcanzar, la exigencia de caminar
con seriedad hacia ella, la atención al «viandante», es decir al sujeto concreto
empeñado en esta aventura y, consiguientemente, a una serie de situaciones,
problemas, di cultades, ritmos diversos de andadura y de crecimiento. Esto
exige una sabia elasticidad, que no signi ca precisamente transigir ni sobre los
valores ni sobre el compromiso consciente y libre, sino que quiere decir amor
verdadero y respeto sincero a las condiciones totalmente personales de quien
camina hacia el sacerdocio. Esto vale no sólo respecto a cada una de las
personas, sino también en relación con los diversos contextos sociales y
culturales en los que se desenvuelven los Seminarios y con la diversa historia
que cada uno de ellos tienen. En este sentido la obra educativa exige una
constante renovación. Por ello, los Padres sinodales han subrayado también
con fuerza, en relación con la con guración de los Seminarios: «Salva la validez
de las formas clásicas del Seminario, el Sínodo desea que continúe el trabajo
de consulta de las Conferencias Episcopales sobre las necesidades actuales de
la formación, como se mandaba en el decreto Optatam totius (n. 1) y en el
Sínodo de 1967. Revísense opo unamente las Rationes de cada nación o rito,
ya sea con ocasión de las consultas hechas por las Conferencias Episcopales,
ya sea en las visitas apostólicas a los Seminarios de las diversas naciones, para
integrar en ellas diversos modelos comprobados de formación, que respondan
a las necesidades de los pueblos de cultura así llamada indígena, de las
vocaciones de adultos, de las vocaciones misioneras, etc».[195]
62. La nalidad y la forma educativa especí ca del Seminario mayor exige que
los candidatos al sacerdocio entren en él con alguna preparación previa. Esta
preparación no creaba —al menos hasta hace algún decenio— problemas
pa iculares, ya que los aspirantes provenían habitualmente de los Seminarios
menores y la vida cristiana de las comunidades eclesiales ofrecía con facilidad
a todos indistintamente una discreta instrucción y educación cristiana.
La situación en muchos lugares ha cambiado bastante. En efecto, se da una
fue e discrepancia entre el estilo de vida y la preparación básica, de los chicos,
adolescentes y jóvenes —aunque sean cristianos e incluso comprometidos en
la vida de la Iglesia—, por un lado, y, por otro, el estilo de vida del Seminario y
sus exigencias formativas. En este punto, en comunión con los Padres
sinodales, pido que haya un período adecuado de preparación que preceda la
formación del Seminario: «Es útil que haya un período de preparación humana,
cristiana, intelectual y espiritual para los candidatos al Seminario mayor. Estos
candidatos deben tener determinadas cualidades: la recta intención, un grado
su ciente de madurez humana, un conocimiento bastante amplio de la
doctrina de la fe, alguna introducción a los métodos de oración y costumbres
conformes con la tradición cristiana. Tengan también las aptitudes propias de
sus regiones, mediante las cuales se expresa el esfuerzo de encontrar a Dios y
la fe (cf. Evangelii nuntiandi, 48)[196].
«Un conocimiento bastante amplio de la doctrina de la fe», de que hablan los
Padres sinodales, se exige igualmente antes de la teología, pues no se puede
desarrollar una «intelligentia dei» si no se conoce la « des» en su contenido.
Una tal laguna podrá ser más fácilmente colmada mediante el próximo
Catecismo universal.

Mientras que, por una pa e, se hace común el convencimiento de la necesidad


de esta preparación previa al Seminario mayor, por otra, se da diversa
valoración de sus contenidos y características, o sea: si la nalidad prioritaria
ha de ser la formación espiritual para el discernimiento vocacional, o la
formación intelectual o cultural. Además, no pueden olvidarse las muchas y
profundas diversidades que existen, no sólo en relación con cada uno de los
candidatos, sino también en relación con las varias regiones y países. Esto
aconseja una fase todavía de estudio y experimentación, para que puedan
de nirse de una manera más opo una y detallada los diversos elementos de
esta preparación previa o «período propedéutico»: tiempo, lugar, forma, temas
de este período, que desde luego han de estar en coordinación con los años
sucesivos de la formación en el Seminario.
En este sentido, asumo y propongo a la Congregación para la Educación
Católica la petición hecha por los Padres sinodales: «El Sínodo pide que la
Congregación para la Educación Católica recoja todas las informaciones sobre
las primeras experiencias ya hechas o que se están haciendo. En su momento,
la Congregación comunique a las Conferencias Episcopales las informaciones
sobre este tema»[197].
El Seminario menor y otras formas de acompañamiento vocacional

63. Como demuestra una larga experiencia, la vocación sacerdotal tiene, con
frecuencia, un primer momento de manifestación en los años de la
preadolescencia o en los primerísimos años de la juventud. E incluso en
quienes deciden su ingreso en el Seminario más adelante, no es raro constatar
la presencia de la llamada de Dios en períodos muy anteriores. La historia de la
Iglesia es un testimonio continuo de llamadas que el Señor hace en edad
tierna todavía. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, explica la predilección de
Jesús hacia el apóstol Juan «por su tierna edad» y saca de ahí la siguiente
conclusión: «esto nos da a entender cómo ama Dios de modo especial a
aquellos que se entregan a su se icio desde la primera juventud»[198].
La Iglesia, con la institución de los Seminarios menores, toma bajo su especial
cuidado, discerniendo y acompañando, estos brotes de vocación sembrados
en los corazones de los muchachos. En varias pa es del mundo estos
Seminarios continúan desarrollando una preciosa labor educativa, dirigida a
custodiar y desarrollar los brotes de vocación sacerdotal, para que los alumnos
la puedan reconocer más fácilmente y se hagan más capaces de corresponder
a ella. Su propuesta educativa tiende a favorecer opo una y gradualmente
aquella formación humana, cultural y espiritual que llevará al joven a iniciar el
camino en el Seminario mayor con una base adecuada y sólida.
Prepararse «a seguir a Cristo Redentor con espíritu de generosidad y pureza de
intención»: éste es el n del Seminario menor indicado por el Concilio en el
decreto Optatam totius, donde se describe de la siguiente forma su carácter
educativo: los alumnos «bajo la dirección paterna de sus superiores,
secundada por la opo una cooperación de los padres, lleven un género de
vida que se avenga bien con la edad, espíritu y evolución de los adolescentes,
y se adapte de lleno a las normas de la sana psicología, sin dejar a un lado la
razonable experiencia de las cosas humanas y el trato con la propia
familia»[199].
El Seminario menor podrá ser también en la diócesis un punto de referencia de
la pastoral vocacional, con opo unas formas de acogida y ofe a de
informaciones para aquellos adolescentes que están en búsqueda de la
vocación o que, decididos ya a seguirla, se ven obligados a retrasar el ingreso
en el Seminario por diversas circunstancias, familiares o escolares.
64. Donde no se dé la posibilidad de tener el Seminario menor -—«necesario y
muy útil en muchas regiones»— es preciso crear otras «instituciones»[200],
como podrían ser los grupos vocacionales para adolescentes y jóvenes.
Aunque no sean permanentes, estos grupos podrán ofrecer en un ambiente
comunitario una guía sistemática para el análisis y el crecimiento vocacional.
Incluso viviendo en familia y frecuentando la comunidad cristiana que les
ayude en su camino formativo, estos muchachos y estos jóvenes no deben ser
dejados solos. Ellos tienen necesidad de un grupo pa icular o de una
comunidad de referencia en la que apoyarse para seguir el itinerario vocacional
concreto que el don del Espíritu Santo ha comenzado en ellos.
Como siempre ha sucedido en la historia de la Iglesia, y con alguna
característica de esperanzadora novedad y frecuencia en las actuales
circunstancias, se constata el fenómeno de vocaciones sacerdotales que se dan
en la edad adulta, después de una más o menos larga experiencia de vida
laical y de compromiso profesional. No siempre es posible, y con frecuencia no
es ni siquiera conveniente, invitar a los adultos a seguir el itinerario educativo
del Seminario mayor. Se debe más bien programar, después de un cuidadoso
discernimiento sobre la autenticidad de estas vocaciones, cualquier forma
especí ca de acompañamiento formativo, de modo que se asegure, mediante
adaptaciones opo unas, la necesaria formación espiritual e intelectual[201].
Una adecuada relación con los otros aspirantes al sacerdocio y los períodos de
presencia en la comunidad del Seminario mayor, podrán garantizar la inserción
plena de estas vocaciones en el único presbiterio, y su íntima y cordial
comunión con el mismo.
III. PROTAGONISTAS DE LA FORMACIÓN SACERDOTAL
La Iglesia y el Obispo

65. Puesto que la formación de los aspirantes al sacerdocio pe enece a la


pastoral vocacional de la Iglesia, se debe decir que la Iglesia como tal es el
sujeto comunitario que tiene la gracia y la responsabilidad de acompañar a
cuantos el Señor llama a ser sus ministros en el sacerdocio.
En este sentido, la lectura del misterio de la Iglesia nos ayuda a precisar mejor
el puesto y la misión que sus diversos miembros —individualmente y también
como miembros de un cuerpo— tienen en la formación de los aspirantes al
presbiterado.
Ahora bien, la Iglesia es por su propia naturaleza la «memoria», el
«sacramento» de la presencia y de la acción de Jesucristo en medio de
nosotros y para nosotros. A su misión salvadora se debe la llamada al
sacerdocio; y no sólo la llamada, sino también el acompañamiento para que la
persona que se siente llamada pueda reconocer la gracia del Señor y responda
a ella con libe ad y con amor. Es el Espíritu de Jesús el que da la luz y la fuerza
en el discernimiento y en el camino vocacional. No hay, por tanto, auténtica
labor formativa para el sacerdocio sin el in ujo del Espíritu de Cristo. Todo
formador humano debe ser plenamente consciente de esto. ¿Cómo no ver una
«riqueza» totalmente gratuita y radicalmente e caz, que tiene su «peso»
decisivo en el trabajo formativo hacia el sacerdocio? ¿Y cómo no gozar ante la
dignidad de todo formador humano, que, en cie o sentido, se presenta al
aspirante al sacerdocio como visible representante de Cristo? Si la preparación
al sacerdocio es esencialmente la formación del futuro pastor a imagen de
Jesucristo, buen Pastor ¿quién mejor que el mismo Jesús, mediante la infusión
de su Espíritu, puede donar y llevar hasta la madurez aquella caridad pastoral
que Él ha vivido hasta el don total de sí mismo (cf. Jn 15, 13; 10, 11) y que
quiere que sea vivida también por todos los presbíteros?
El primer representante de Cristo en la formación sacerdotal es el Obispo. Del
Obispo, de cada Obispo, se podría a rmar lo que el evangelista Marcos nos
dice en el texto reiteradamente citado: «Llamó a los que él quiso: y vinieron
donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos...» (Mc 3,
13-14). En realidad la llamada interior del Espíritu tiene necesidad de ser
reconocida por el Obispo como auténtica llamada. Si todos pueden
«acercarse» al Obispo, porque es Pastor y Padre de todos, lo pueden de un
modo pa icular sus presbíteros, por la común pa icipación al mismo
sacerdocio y ministerio. El Obispo —dice el Concilio— debe considerarlos y
tratarlos como «hermanos y amigos»[202]. Y esto se puede decir, por analogía,
de cuantos se preparan al sacerdocio. Por lo que se re ere al «estar con él» —
del texto evangélico—, esto es, con el Obispo, es ya un gran signo de la
responsabilidad formativa de éste para con los aspirantes al sacerdocio el
hecho de que los visite con frecuencia y en cie o modo «esté» con ellos.
La presencia del Obispo tiene un valor pa icular, no sólo porque ayuda a la
comunidad del Seminario a vivir su inserción en la Iglesia pa icular y su
comunión con el Pastor que la guía, sino también porque autenti ca y estimula
la nalidad pastoral, que constituye lo especí co de toda la formación de los
aspirantes al sacerdocio. Sobre todo, con su presencia y con la co-
pa icipación con los aspirantes al sacerdocio de todo cuanto se re ere a la
pastoral de la Iglesia pa icular, el Obispo contribuye fundamentalmente a la
formación del «sentido de Iglesia», como valor espiritual y pastoral central en
el ejercicio del ministerio sacerdotal.
La comunidad educativa del Seminario

66. La comunidad educativa del Seminario se a icula en torno a los diversos


formadores: el rector, el director o padre espiritual, los superiores y los
profesores. Ellos se deben sentir profundamente unidos al Obispo, al que, con
diverso título y de modo distinto representan, y entre ellos debe existir una
comunión y colaboración convencida y cordial. Esta unidad de los educadores
no sólo hace posible una realización adecuada del programa educativo, sino
que también y sobre todo ofrece a los futuros sacerdotes el ejemplo
signi cativo y el acceso a aquella comunión eclesial que constituye un valor
fundamental de la vida cristiana y del ministerio pastoral.
Es evidente que gran pa e de la e cacia formativa depende de la
personalidad madura y recia de los formadores, bajo el punto de visto humano
y evangélico. Por esto son pa icularmente impo antes, por un lado, la
selección cuidada de los formadores y, por otro, el estimularles para que se
hagan cada vez más idóneos para la misión que les ha sido con ada.
Conscientes de que precisamente en la selección y formación de los
formadores radica el po enir de la preparación de los candidatos al
sacerdocio, los Padres sinodales se han detenido ampliamente a precisar la
identidad de los educadores. En pa icular, han escrito: «La misión de la
formación de los aspirantes al sacerdocio exige cie amente no sólo una
preparación especial de los formadores, que sea verdaderamente técnica,
pedagógica, espiritual, humana y teológica, sino también el espíritu de
comunión y colaboración en la unidad para desarrollar el programa, de modo
que siempre se salve la unidad en la acción pastoral del Seminario bajo la guía
del rector. El grupo de formadores dé testimonio de una vida verdaderamente
evangélica y de total entrega al Señor. Es opo uno que tenga una cie a
estabilidad, que resida habitualmente en la comunidad del Seminario y que
esté íntimamente unido al Obispo, como primer responsable de la formación
de los sacerdotes»[203].
Son los Obispos los primeros que deben sentir su grave responsabilidad en la
formación de los encargados de la educación de los futuros presbíteros. Para
este ministerio deben elegirse sacerdotes de vida ejemplar y con determinadas
cualidades: «la madurez humana y espiritual, la experiencia pastoral, la
competencia profesional, la solidez en la propia vocación, la capacidad de
colaboración, la preparación doctrinal en las ciencias humanas (especialmente
la psicología), que son propias de su o cio, y el conocimiento del estilo
peculiar del trabajo en grupo»[204].
Respetando la distinción entre foro interno y externo, la conveniente libe ad
para escoger confesores, y la prudencia y discreción del ministerio del director
espiritual, la comunidad presbiteral de los educadores debe sentirse solidaria
en la responsabilidad de educar a los aspirantes al sacerdocio. A ella, siempre
contando con la conjunta valoración del Obispo y del rector, corresponde en
primer lugar la misión de procurar y comprobar la idoneidad de los aspirantes
en lo que se re ere a las dotes espirituales, humanas e intelectuales,
principalmente en cuanto al espíritu de oración, asimilación profunda de la
doctrina de la fe, capacidad de auténtica fraternidad y carisma del
celibato[205].
Teniendo presente —como también lo han recordado los Padres sinodales—
las indicaciones de la Exho ación Christi deles laici[206] y de la Ca a
Apostólica <> Mulieris dignitatem, que advie en la utilidad de un sano in ujo
de la espiritualidad laical y del carisma de la feminidad en todo itinerario
educativo, es opo uno contar también —de forma prudente y adaptada a los
diversos contextos culturales— con la colaboración de eles laicos, hombres y
mujeres, en la labor formativa de los futuros sacerdotes. Habrán de ser
escogidos con pa icular atención, en el cuadro de las leyes de la Iglesia y
conforme a sus pa iculares carismas y probadas competencias. De su
colaboración, opo unamente coordenada e integrada en las
responsabilidades educativas primarias de los formadores de los futuros
presbíteros, es lícito esperar buenos frutos para un crecimiento equilibrado del
sentido de Iglesia y para una percepción más exacta de la propia identidad
sacerdotal, por pa e de los aspirantes al presbiterado[207].
Los profesores de teología

67. Cuantos introducen y acompañan a los futuros sacerdotes en la sagrada


doctrina mediante la enseñanza teológica tienen una pa icular
responsabilidad educativa, que con frecuencia —como enseña la experiencia—
es más decisiva que la de los otros educadores, en el desarrollo de la
personalidad presbiteral.
La responsabilidad de los profesores de teología, antes que en la relación de
docencia que deben entablar con los aspirantes al sacerdocio, radica en la
concepción que ellos deben tener de la naturaleza de la teología y del
ministerio sacerdotal, como también en el espíritu y estilo con el que deben
desarrollar su enseñanza teológica. En este sentido, los Padres sinodales han
a rmado justamente que el «teólogo debe ser siempre consciente de que a su
enseñanza no le viene la autoridad de él mismo, sino que debe abrir y
comunicar la inteligencia de la fe últimamente en el nombre del Señor Jesús y
de la Iglesia. Así, el teólogo, aun en el uso de todas las posibilidades cientí cas,
ejerce su misión por mandato de la Iglesia y colabora con el Obispo en el o cio
de enseñar. Y porque los teólogos y los Obispos están al se icio de la misma
Iglesia en la promoción de la fe, deben desarrollar y cultivar una con anza
recíproca y, con este espíritu, superar también las tensiones y los con ictos (cf.
más ampliamente la Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe
sobre La vocación eclesial del teólogo)»[208].
El profesor de teología, como cualquier otro educador, debe estar en
comunión y colaborar abie amente con todas las demás personas dedicadas a
la formación de los futuros sacerdotes, y presentar con rigor cientí co,
generosidad, humildad y entusiasmo su apo ación original y cuali cada, que
no es sólo la simple comunicación de una doctrina —aunque ésta sea la
doctrina sagrada—, sino que es sobre todo la ofe a de la perspectiva que, en
el designio de Dios, uni ca todos los diversos saberes humanos y las diversas
expresiones de vida.
En pa icular, la fuerza especí ca e incisiva de los profesores de teología se
mide, sobre todo, por ser «hombres de fe y llenos de amor a la Iglesia,
convencidos de que el sujeto adecuado del conocimiento del misterio cristiano
es la Iglesia como tal, persuadidos por tanto de que su misión de enseñar es
un auténtico ministerio eclesial, llenos de sentido pastoral para discernir no
sólo los contenidos, sino también las formas mejores en el ejercicio de este
ministerio. De modo especial, a los profesores se les pide la plena delidad al
Magisterio porque enseñan en nombre de la Iglesia y por esto son testigos de
la fe»[209].
Comunidades de origen, asociaciones, movimientos juveniles

68. Las comunidades de las que proviene el aspirante al sacerdocio, aun


teniendo en cuenta la separación que la opción vocacional lleva consigo,
siguen ejerciendo un in ujo no indiferente en la formación del futuro
sacerdote. Por eso deben ser conscientes de su pa e especí ca de
responsabilidad.
Recordemos, en primer lugar, a la familia: los padres cristianos, como también
los hermanos, hermanas y otros miembros del núcleo familiar, no deben nunca
intentar llevar al futuro presbítero a los límites estrechos de una lógica
demasiado humana, cuando no mundana, aunque a esto sea un sincero afecto
lo que los impulse (cf. Mc 3, 20-21. 31-35). Al contrario, animados ellos mismos
por el mismo propósito de «cumplir la voluntad de Dios», sepan acompañar el
camino formativo con la oración, el respeto, el buen ejemplo de las vi udes
domésticas y la ayuda espiritual y material, sobre todo en los momentos
difíciles. La experiencia enseña que, en muchos casos, esta ayuda múltiple ha
sido decisiva para el aspirante al sacerdocio. Incluso en el caso de padres y
familiares indiferentes o contrarios a la opción vocacional, la confrontación
clara y serena con la posición del joven y los incentivos que de ahí se deriven,
pueden ser de gran ayuda para que la vocación sacerdotal madure de un
modo más consciente y rme.
En estrecha relación con las familias está la comunidad parroquial: ambas se
unen en el plano de la educación en la fe; además, con frecuencia, la
parroquia, mediante una especí ca pastoral juvenil y vocacional, ejerce un
papel de suplencia de la familia. Sobre todo, por ser la realización local más
inmediata del misterio de la Iglesia, la parroquia ofrece una apo ación original
y pa icularmente preciosa a la formación del futuro sacerdote. La comunidad
parroquial debe continuar sintiendo como pa e viva de sí misma al joven en
camino hacia el sacerdocio, lo debe acompañar con la oración, acogerlo
entrañablemente en los tiempos de vacaciones, respetar y favorecer la
formación de su identidad presbiteral, ofreciéndole ocasiones opo unas y
estímulos vigorosos para probar su vocación a la misión.
También las asociaciones y los movimientos juveniles, signo y con rmación de
la vitalidad que el Espíritu asegura a la Iglesia, pueden y deben contribuir a la
formación de los aspirantes al sacerdocio, en pa icular de aquellos que surgen
de la experiencia cristiana, espiritual y apostólica de estas instituciones. Los
jóvenes que han recibido su formación de base en ellas y las tienen como
punto de referencia para su experiencia de Iglesia, no deben sentirse invitados
a apa arse de su pasado y co ar las relaciones con el ambiente que ha
contribuido a su decisión vocacional ni tienen por qué cancelar los rasgos
característicos de la espiritualidad que allí aprendieron y vivieron, en todo
aquello que tienen de bueno, edi cante y enriquecedor[210]. También para
ellos este ambiente de origen continúa siendo fuente de ayuda y apoyo en el
camino formativo hacia el sacerdocio.
Las opo unidades de educación en la fe y de crecimiento cristiano y eclesial
que el Espíritu ofrece a tantos jóvenes a través de las múltiples formas de
grupos, movimientos y asociaciones de variada inspiración evangélica, deben
ser sentidas y vividas como regalo del espíritu que anima la institución eclesial
y está a su se icio. En efecto, un movimiento o una espiritualidad pa icular
«no es una estructura alternativa a la institución. Al contrario, es fuente de una
presencia que continuamente regenera en ella la autenticidad existencial e
histórica. Por esto, el sacerdote debe encontrar en el movimiento eclesial la luz
y el calor que lo hacen ser el a su Obispo y dispuesto a los deberes de la
institución y atento a la disciplina eclesiástica, de modo que sea más fé il la
vibración de su fe y el gusto de su delidad»[211].
Por tanto, es necesario que, en la nueva comunidad del Seminario —que el
Obispo ha congregado—, los jóvenes provenientes de asociaciones y
movimientos eclesiales aprendan «el respeto a los otros caminos espirituales y
el espíritu de diálogo y cooperación», se atengan con coherencia y cordialidad
a las indicaciones formativas del Obispo y de los educadores del Seminario,
con ándose con actitud sincera a su dirección y a sus valoraciones[212]. Dicha
actitud prepara y, de algún modo, anticipa la genuina opción presbiteral de
se icio a todo el Pueblo de Dios, en la comunión fraterna del presbiterio y en
obediencia al Obispo.
La pa icipación del seminarista y del presbítero diocesano en espiritualidades
pa iculares o instituciones eclesiales es cie amente, en sí misma, un factor
bene cioso de crecimiento y de fraternidad sacerdotal. Pero esta pa icipación
no debe obstaculizar sino ayudar el ejercicio del ministerio y la vida espiritual
que son propios del sacerdote diocesano, el cual «sigue siendo siempre pastor
de todo el conjunto. No sólo es el "hombre permanente", siempre disponible
para todos, sino el que va al encuentro de todos —en pa icular está a la
cabeza de las parroquias— para que todos descubran en él la acogida que
tienen derecho a esperar en la comunidad y en la Eucaristía que los congrega,
sea cual sea su sensibilidad religiosa y su dedicación pastoral»[213].
El mismo aspirante
69. Por último, no se puede olvidar que el mismo aspirante al sacerdocio es
también protagonista necesario e insustituible de su formación: toda
formación -incluida la sacerdotal es en de nitiva una auto-formación. Nadie
nos puede sustituir en la libe ad responsable que tenemos cada uno como
persona.
Cie amente también el futuro sacerdote —él el primero— debe crecer en la
conciencia de que el Protagonista por antonomasia de su formación es el
Espíritu Santo, que, con el don de un corazón nuevo, con gura y hace
semejante a Jesucristo, el buen Pastor; en este sentido, el aspirante fo alecerá
de una manera más radical su libe ad acogiendo la acción formativa del
Espíritu. Pero acoger esta acción signi ca también, por pa e del aspirante al
sacerdocio, acoger las «mediaciones» humanas de las que el Espíritu se si e.
Por esto la acción de los varios educadores resulta verdadera y plenamente
e caz sólo si el futuro sacerdote ofrece su colaboración personal, convencida y
cordial.
CAPÍTULO VI
TE RECOMIENDO QUE REAVIVES EL CARISMA DE DIOS QUE ESTÁ EN TI
Formación permanente de los sacerdotes
Razones teológicas de la formación permanente

70. «Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti» (2 Tim 1, 6).
Las palabras del Apóstol al obispo Timoteo se pueden aplicar legítimamente a
la formación permanente a la que están llamados todos los sacerdotes en
razón del «don de Dios» que han recibido con la ordenación sagrada. Ellas nos
ayudan a entender el contenido real y la originalidad inconfundible de la
formación permanente de los presbíteros. También contribuye a ello otro texto
de san Pablo en la otra ca a a Timoteo: «No descuides el carisma que hay en
ti, que se te comunicó por inte ención profética mediante la imposición de las
manos del colegio de presbíteros. Ocúpate en estas cosas; vive entregado a
ellas para que tu aprovechamiento sea mani esto a todos. Vela por ti mismo y
por la enseñanza; persevera en estas disposiciones, pues obrando así, te
salvarás a ti mismo y a los que te escuchen» (1 Tim 4, 14-16).
El Apóstol pide a Timoteo que «reavive», o sea, que vuelva a encender el don
divino, como se hace con el fuego bajo las cenizas, en el sentido de acogerlo y
vivirlo sin perder ni olvidar jamás aquella «novedad permanente» que es
propia de todo don de Dios, —que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5)—
y, consiguientemente, vivirlo en su inmarcesible frescor y belleza originaria.
Pero este «reavivar» no es sólo el resultado de una tarea con ada a la
responsabilidad personal de Timoteo ni es sólo el resultado de un esfuerzo de
su memoria y de su voluntad. Es el efecto de un dinamismo de la gracia,
intrínseco al don de Dios: es Dios mismo, pues, el que reaviva su propio don,
más aún, el que distribuye toda la extraordinaria riqueza de gracia y de
responsabilidad que en él se encierran.
Con la efusión sacramental del Espíritu Santo que consagra y envía, el
presbítero queda con gurado con Jesucristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, y
es enviado a ejercer el ministerio pastoral. Y así, al sacerdote, marcado en su
ser de una manera indeleble y para siempre como ministro de Jesús y de la
Iglesia, e inse o en una condición de vida permanente e irreversible, se le
confía un ministerio pastoral que, enraizado en su propio ser y abarcando toda
su existencia, es también permanente. El sacramento del Orden con ere al
sacerdote la gracia sacramental, que lo hace pa ícipe no sólo del «poder» y
del «ministerio» salví co de Jesús, sino también de su «amor»; al mismo
tiempo, le asegura todas aquellas gracias actuales que le serán concedidas
cada vez que le sean necesarias y útiles para el digno cumplimiento del
ministerio recibido.
De esta manera, la formación permanente encuentra su propio fundamento y
su razón de ser original en el dinamismo del sacramento del Orden.
Cie amente no faltan también razones simplemente humanas que han de
impulsar al sacerdote a la formación permanente. Ello es una exigencia de la
realización personal progresiva, pues toda vida es un camino incesante hacia la
madurez y ésta exige la formación continua. Es también una exigencia del
ministerio sacerdotal, visto incluso bajo su naturaleza genérica y común a las
demás profesiones, y por tanto como se icio hecho a los demás; porque no
hay profesión, cargo o trabajo que no exija una continua actualización, si se
quiere estar al día y ser e caz. La necesidad de «mantener el paso» con la
marcha de la historia es otra razón humana que justi ca la formación
permanente.
Pero estas y otras razones quedan asumidas y especi cadas por las razones
teológicas que se han recordado y que se pueden profundizar ulteriormente.

El sacramento del Orden, por su naturaleza de «signo», propia de todos los


sacramentos, puede considerarse —como realmente es— Palabra de Dios.
Palabra de Dios que llama y envía es la expresión más profunda de la vocación
y de la misión del sacerdote. Mediante el sacramento del Orden Dios llama
'coram Ecclesia' al candidato al sacerdocio. El «ven y sígueme» de Jesús
encuentra su proclamación plena y de nitiva en la celebración del sacramento
de su Iglesia: se mani esta y se comunica mediante la voz de la Iglesia, que
resuena en los labios del Obispo que ora e impone las manos. Y el sacerdote
da respuesta, en la fe, a la llamada de Jesús: «vengo y te sigo». Desde este
momento comienza aquella respuesta que, como opción fundamental, deberá
renovarse y rea rmarse continuamente durante los años del sacerdocio en
otras numerosísimas respuestas, enraizadas todas ellas y vivi cadas por el «sí»
del Orden sagrado.
En este sentido, se puede hablar de una vocación «en» el sacerdocio. En
realidad, Dios sigue llamando y enviando, revelando su designio salví co en el
desarrollo histórico de la vida del sacerdote y de las vicisitudes de la Iglesia y
de la sociedad. Y precisamente en esta perspectiva emerge el signi cado de la
formación permanente; ésta es necesaria para discernir y seguir esta continua
llamada o voluntad de Dios. Así, el apóstol Pedro es llamado a seguir a Jesús
incluso después de que el Resucitado le ha con ado su grey: «Le dice Jesús:
'Apacienta mis ovejas'. 'En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú
mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo,
extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras'. Con
esto indicaba la clase de mue e con que iba a glori car a Dios. Dicho esto,
añadió: 'Sígueme'» (Jn 21, 17-19). Por tanto, hay un «sígueme» que acompaña
toda la vida y misión del apóstol. Es un «sígueme» que atestigua la llamada y
la exigencia de delidad hasta la mue e (cf. Jn 21, 22), un «sígueme» que
puede signi car una «sequela Christi» con el don total de sí en el ma irio[214].
Los Padres sinodales han expuesto la razón que muestra la necesidad de la
formación permanente y que, al mismo tiempo, descubre su naturaleza
profunda, considerándola como « delidad» al ministerio sacerdotal y como
«proceso de continua conversión»[215]. Es el Espíritu Santo, infundido con el
sacramento, el que sostiene al presbítero en esta delidad y el que lo
acompaña y estimula en este camino de conversión constante. El don del
Espíritu Santo no excluye, sino que estimula la libe ad del sacerdote para que
coopere responsablemente y asuma la formación permanente como un deber
que se le confía. De esta manera, la formación permanente es expresión y
exigencia de la delidad del sacerdote a su ministerio, es más, a su propio ser.
Es, pues, amor a Jesucristo y coherencia consigo mismo. Pero es también un
acto de amor al Pueblo de Dios, a cuyo se icio está puesto el sacerdote. Más
aún, es un acto de justicia verdadera y propia: él es deudor para con el Pueblo
de Dios, pues ha sido llamado a reconocer y promover el «derecho»
fundamental de ser destinatario de la Palabra de Dios, de los Sacramentos y
del se icio de la caridad, que son el contenido original e irrenunciable del
ministerio pastoral del sacerdote. La formación permanente es necesaria para
que el sacerdote pueda responder debidamente a este derecho del Pueblo de
Dios.
Alma y forma de la formación permanente del sacerdote es la caridad pastoral:
el Espíritu Santo, que infunde la caridad pastoral, inicia y acompaña al
sacerdote a conocer cada vez más profundamente el misterio de Cristo,
insondable en su riqueza (cf. Ef 3, 14 ss.) y, consiguientemente, a conocer el
misterio del sacerdocio cristiano. La misma caridad pastoral empuja al
sacerdote a conocer cada vez más las esperanzas, necesidades, problemas,
sensibilidad de los destinatarios de su ministerio, los cuales han de ser
contemplados en sus situaciones personales concretas, familiares y sociales.
A todo esto tiende la formación permanente, entendida como opción
consciente y libre que impulse el dinamismo de la caridad pastoral y del
Espíritu Santo, que es su fuente primera y su alimento continuo. En este
sentido la formación permanente es una exigencia intrínseca del don y del
ministerio sacramental recibido, que es necesaria en todo tiempo, pero hoy lo
es pa icularmente urgente, no sólo por los rápidos cambios de las condiciones
sociales y culturales de los hombres y los pueblos, en los que se desarrolla el
ministerio presbiteral, sino también por la «nueva evangelización», que es la
tarea esencial e improrrogable de la Iglesia en este nal del segundo milenio.
Los diversos aspectos de la formación permanente

71. La formación permanente de los sacerdotes, tanto diocesanos como


religiosos, es la continuación natural y absolutamente necesaria de aquel
proceso de estructuración de la personalidad presbiteral iniciado y
desarrollado en el Seminario o en la Casa religiosa, mediante el proceso
formativo para la Ordenación.
Es de mucha impo ancia darse cuenta y respetar la intrínseca relación que hay
entre la formación que precede a la Ordenación y la que le sigue. En efecto, si
hubiese una discontinuidad o incluso una deformación entre estas dos fases
formativas, se seguirían inmediatamente consecuencias graves para la
actividad pastoral y para la comunión fraterna entre los presbíteros,
pa icularmente entre los de diferente edad. La formación permanente no es
una repetición de la recibida en el Seminario y que ahora es sometida a
revisión o ampliada con nuevas sugerencias prácticas, sino que se desarrolla
con contenidos y sobre todo a través de métodos relativamente nuevos, como
un hecho vital unitario que, en su progreso —teniendo sus raíces en la
formación del Seminario— requiere adaptaciones, actualizaciones y
modi caciones, pero sin rupturas ni solución de continuidad.
Y viceversa, desde el Seminario mayor es preciso preparar la futura formación
permanente y fomentar el ánimo y el deseo de los futuros presbíteros en
relación con ella, demostrando su necesidad, ventajas y espíritu, y asegurando
las condiciones de su realización.
Precisamente porque la formación permanente es una continuación de la del
Seminario, su nalidad no puede ser una mera actitud, que podría decirse,
«profesional», conseguida mediante el aprendizaje de algunas técnicas
pastorales nuevas. Debe ser más bien el mantener vivo un proceso general e
integral de continua maduración, mediante la profundización, tanto de los
diversos aspectos de la formación —humana, espiritual, intelectual y pastoral
—, como de su especí ca orientación vital e íntima, a pa ir de la caridad
pastoral y en relación con ella.
72. Una primera profundización se re ere a la dimensión humana de la
formación sacerdotal. En el trato con los hombres y en la vida de cada día, el
sacerdote debe acrecentar y profundizar aquella sensibilidad humana que le
permite comprender las necesidades y acoger los ruegos, intuir las preguntas
no expresadas, compa ir las esperanzas y expectativas, las alegrías y los
trabajos de la vida ordinaria; ser capaz de encontrar a todos y dialogar con
todos. Sobre todo conociendo y compa iendo, es decir, haciendo propia, la
experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones, desde la
indigencia a la enfermedad, desde la marginación a la ignorancia, a la soledad,
a las pobrezas materiales y morales, el sacerdote enriquece su propia
humanidad y la hace más auténtica y transparente, en un creciente y
apasionado amor al hombre.
Al hacer madurar su propia formación humana, el sacerdote recibe una ayuda
pa icular de la gracia de Jesucristo; en efecto, la caridad del buen Pastor se
manifestó no sólo con el don de la salvación a los hombres, sino también con
la pa icipación de su vida, de la que el Verbo, que se ha hecho «carne» (cf. Jn
1, 14), ha querido conocer la alegría y el sufrimiento, experimentar la fatiga,
compa ir las emociones, consolar las penas. Viviendo como hombre entre los
hombres y con los hombres, Jesucristo ofrece la más absoluta, genuina y
pe ecta expresión de humanidad; lo vemos festejar las bodas de Caná, visitar
a una familia amiga, conmoverse ante la multitud hambrienta que lo sigue,
devolver a sus padres hijos que estaban enfermos o mue os, llorar la pérdida
de Lázaro...
Del sacerdote, cada vez más maduro en su sensibilidad humana, ha de poder
decir el Pueblo de Dios algo parecido a lo que de Jesús dice la Ca a a los
Hebreos: «No tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de
nuestras aquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el
pecado» (Heb 4, 15).
La formación del presbítero en su dimensión espiritual es una exigencia de la
vida nueva y evangélica a la que ha sido llamado de manera especí ca por el
Espíritu Santo infundido en el sacramento del Orden. El Espíritu, consagrando
al sacerdote y con gurándolo con Jesucristo, Cabeza y Pastor, crea una
relación que, en el ser mismo del sacerdote, requiere ser asimilada y vivida de
manera personal, esto es, consciente y libre, mediante una comunión de vida y
amor cada vez más rica, y una pa icipación cada vez más amplia y radical de
los sentimientos y actitudes de Jesucristo. En esta relación entre el Señor
Jesús y el sacerdote —relación ontológica y psicológica, sacramental y moral—
está el fundamento y a la vez la fuerza para aquella «vida según el Espíritu» y
para aquel «radicalismo evangélico» al que está llamado todo sacerdote y que
se ve favorecido por la formación permanente en su aspecto espiritual. Esta
formación es necesaria también para el ministerio sacerdotal, su autenticidad y
fecundidad espiritual. «¿Ejerces la cura de almas?», preguntaba san Carlos
Borromeo. Y respondía así en el discurso dirigido a los sacerdotes: «No olvides
por eso el cuidado de ti mismo, y no te entregues a los demás hasta el punto
de que no quede nada tuyo para ti mismo. Debes tener cie amente presente a
las almas, de las que eres pastor, pero sin olvida e de ti mismo. Comprended,
hermanos, que nada es tan necesario a los eclesiásticos como la meditación
que precede, acompaña y sigue todas nuestras acciones: Cantaré, dice el
profeta, y meditaré (cf. Sal 100, 1). Si administras los sacramentos, hermano,
medita lo que haces. Si celebras la Misa, medita lo que ofreces. Si recitas los
salmos en el coro, medita a quién y de qué cosa hablas. Si guías a las almas,
medita con qué sangre han sido lavadas; y todo se haga entre vosotros en la
caridad (1 Cor 16, 14). Así podremos superar las di cultades que encontramos
cada día, que son innumerables. Por lo demás, esto lo exige la misión que se os
ha con ado. Si así lo hacemos, tendremos la fuerza para engendrar a Cristo en
nosotros y en los demás»[216].
En concreto, la vida de oración debe ser «renovada» constantemente en el
sacerdote. En efecto, la experiencia enseña que en la oración no se vive de
rentas; cada día es preciso no sólo reconquistar la delidad exterior a los
momentos de oración, sobre todo los destinados a la celebración de la Liturgia
de las Horas y los dejados a la libe ad personal y no sometidos a tiempos jos
o a horarios del se icio litúrgico, sino que también se necesita, y de modo
especial, reanimar la búsqueda continuada de un verdadero encuentro
personal con Jesús, de un coloquio con ado con el Padre, de una profunda
experiencia del Espíritu.
Lo que el apóstol Pablo dice de los creyentes, que deben llegar «al estado de
hombre pe ecto, a la madurez de la plenitud de Cristo» (Ef 4, 13), se puede
aplicar de manera especial a los sacerdotes, llamados a la pe ección de la
caridad y por tanto a la santidad, porque su mismo ministerio pastoral exige
que sean modelos vivientes para todos los eles.
También la dimensión intelectual de la formación requiere que sea continuada y
profundizada durante toda la vida del sacerdote, concretamente mediante el
estudio y la actualización cultural seria y comprometida. El sacerdote,
pa icipando de la misión profética de Jesús e inse o en el misterio de la
Iglesia, Maestra de verdad, está llamado a revelar a los hombres el rostro de
Dios en Jesucristo y, por ello, el verdadero rostro del hombre[217]. Pero esto
exige que el mismo sacerdote busque este rostro y lo contemple con
veneración y amor (cf. Sal 26, 8; 41, 2); sólo así puede darlo a conocer a los
demás. En pa icular, la perseverancia en el estudio teológico resulta también
necesaria para que el sacerdote pueda cumplir con delidad el ministerio de la
Palabra, anunciándola sin titubeos ni ambigüedades, distinguiéndola de las
simples opiniones humanas, aunque sean famosas y difundidas. Así, podrá
ponerse de verdad al se icio del Pueblo de Dios, ayudándolo a dar razón de la
esperanza cristiana a cuantos se la pidan (cf. 1 Pe 3, 15). Además, «el
sacerdote, al aplicarse con conciencia y constancia al estudio teológico, es
capaz de asimilar, de forma segura y personal, la genuina riqueza eclesial.
Puede, por tanto, cumplir la misión que lo compromete a responder a las
di cultades de la auténtica doctrina católica y superar la inclinación, propia y
de otros, al disenso y a la actitud negativa hacia el magisterio y hacia la
tradición»[218].
El aspecto pastoral de la formación permanente queda bien expresado en las
palabras del apóstol Pedro: «Que cada cual ponga al se icio de los demás la
gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias
de Dios» (1 Pe 4, 10). Para vivir cada día según la gracia recibida, es necesario
que el sacerdote esté cada vez más abie o a acoger la caridad pastoral de
Jesucristo, que le con rió su Espíritu Santo con el sacramento recibido. Así
como toda la actividad del Señor ha sido fruto y signo de la caridad pastoral,
de la misma manera debe ser también para la actividad ministerial del
sacerdote. La caridad pastoral es un don y un deber, una gracia y una
responsabilidad, a la que es preciso ser eles, es decir, hay que asumirla y vivir
su dinamismo hasta las exigencias más radicales. Esta misma caridad pastoral,
como se ha dicho, empuja y estimula al sacerdote a conocer cada vez mejor la
situación real de los hombres a quienes ha sido enviado; a discernir la voz del
Espíritu en las circunstancias históricas en las que se encuentra; a buscar los
métodos más adecuados y las formas más útiles para ejercer hoy su ministerio.
De este modo, la caridad pastoral animará y sostendrá los esfuerzos humanos
del sacerdote para que su actividad pastoral sea actual, creíble y e caz. Mas
esto exige una formación pastoral permanente.
El camino hacia la madurez no requiere sólo que el sacerdote continúe
profundizando los diversos aspectos de su formación sino que exige también,
y sobre todo, que sepa integrar cada vez más armónicamente estos mismos
aspectos entre sí, alcanzando progresivamente la unidad interior, que la
caridad pastoral garantiza. De hecho, ésta no sólo coordina y uni ca los
diversos aspectos, sino que los concretiza como propios de la formación del
sacerdote, en cuanto transparencia, imagen viva y ministro de Jesús, buen
Pastor.
La formación permanente ayuda al sacerdote a superar la tentación de llevar
su ministerio a un activismo nalizado en sí mismo, a una prestación
impersonal de se icios, sean espirituales o sagrados, a una especie de empleo
en la organización eclesiástica. Sólo la formación permanente ayuda al
«sacerdote» a custodiar con amor vigilante el «misterio» del que es po ador
para el bien de la Iglesia y de la humanidad.
Signi cado profundo de la formación permanente

73. Los aspectos diversos y complementarios de la formación permanente nos


ayudan a captar su signi cado profundo que es el de ayudar al sacerdote a ser
y a desempeñar su función en el espíritu y según el estilo de Jesús buen
Pastor.
¡La verdad hay que vivirla! El apóstol Santiago nos exho a de esta manera:
«Poned por obra la Palabra y no os contentéis sólo con oírla, engañándoos a
vosotros mismos» (Sant 1, 22). Los sacerdotes están llamados a «vivir la
verdad» de su ser, o sea, a vivir «en la caridad» (cf. Ef 4, 15) su identidad y su
ministerio en la Iglesia y para la Iglesia; están llamados a tomar conciencia
cada vez más viva del don de Dios y a recordarlo continuamente. He aquí la
invitación de Pablo a Timoteo: «Conse a el buen depósito mediante el Espíritu
Santo que habita en nosotros» (2 Tim 1, 14).
En el contexto eclesial, tantas veces recordado, podemos considerar el
profundo signi cado de la formación permanente del sacerdote en orden a su
presencia y acción en la Iglesia «mysterium, communio et missio».
En la Iglesia «misterio» el sacerdote está llamado, mediante la formación
permanente, a conse ar y desarrollar en la fe la conciencia de la verdad entera
y sorprendente de su propio ser, pues él es «ministro de Cristo y administrador
de los misterios de Dios» (cf. 1 Cor 4, 1). Pablo pide expresamente a los
cristianos que lo consideren según esta identidad; pero él mismo es el primero
en ser consciente del don sublime recibido del Señor. Así debe ser para todo
sacerdote si quiere permanecer en la verdad de su ser. Pero esto es posible
sólo en la fe, sólo con la mirada y los ojos de Cristo.
En este sentido, se puede decir que la formación permanente tiende, desde
luego, a hacer que el sacerdote sea una persona profundamente creyente y lo
sea cada vez más; que pueda verse con los ojos de Cristo en su verdad
completa. Debe custodiar esta verdad con amor agradecido y gozoso; debe
renovar su fe cuando ejerce el ministerio sacerdotal: sentirse ministro de
Jesucristo, sacramento del amor de Dios al hombre, cada vez que es mediador
e instrumento vivo de la gracia de Dios a los hombres; debe reconocer esta
misma verdad en sus hermanos sacerdotes. Este es el principio de la estima y
del amor hacia ellos.
74. La formación permanente ayuda al sacerdote, en la Iglesia «comunión», a
madurar la conciencia de que su ministerio está radicalmente ordenado a
congregar a la familia de Dios como fraternidad animada por la caridad y a
llevarla al Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo[219].
El sacerdote debe crecer en la conciencia de la profunda comunión que lo
vincula al Pueblo de Dios; él no está sólo «al frente de» la Iglesia, sino ante
todo «en» la Iglesia. Es hermano entre hermanos. Revestido por el bautismo
con la dignidad y libe ad de los hijos de Dios en el Hijo unigénito, el sacerdote
es miembro del mismo y único cuerpo de Cristo (cf. Ef 4, 16). La conciencia de
esta comunión lleva a la necesidad de suscitar y desarrollar la
corresponsabilidad en la común y única misión de salvación, con la diligente y
cordial valoración de todos los carismas y tareas que el Espíritu otorga a los
creyentes para la edi cación de la Iglesia. Es sobre todo en el cumplimiento del
ministerio pastoral, ordenado por su propia naturaleza al bien del Pueblo de
Dios, donde el sacerdote debe vivir y testimoniar su profunda comunión con
todos, como escribía Pablo VI: «Hace falta hacerse hermanos de los hombres
en el momento mismo que queremos ser sus pastores, padres y maestros. El
clima del diálogo es la amistad. Más todavía, el se icio»[220].
Concretamente, el sacerdote está llamado a madurar la conciencia de ser
miembro de la Iglesia pa icular en la que está incardinado, o sea, incorporado
con un vínculo a la vez jurídico, espiritual y pastoral. Esta conciencia supone y
desarrolla el amor especial a la propia Iglesia. Ésta es, en realidad, el objetivo
vivo y permanente de la caridad pastoral que debe acompañar la vida del
sacerdote y que lo lleva a compa ir la historia o experiencia de vida de esta
Iglesia pa icular en sus valores y debilidades, en sus di cultades y esperanzas,
y a trabajar en ella para su crecimiento. Sentirse, pues, enriquecidos por la
Iglesia pa icular y comprometidos activamente en su edi cación, prolongando
cada sacerdote, y unido a los demás, aquella actividad pastoral que ha
distinguido a los hermanos que les han precedido. Una exigencia
imprescindible de la caridad pastoral hacia la propia Iglesia pa icular y hacia
su futuro ministerial es la solicitud del sacerdote por dejar a alguien que tome
su puesto en el se icio sacerdotal.
El sacerdote debe madurar en la conciencia de la comunión que existe entre las
diversas Iglesias pa iculares, una comunión enraizada en su propio ser de
Iglesias que viven en un lugar determinado la Iglesia única y universal de
Cristo. Esta conciencia de comunión intereclesial favorecerá el «intercambio de
dones», comenzando por los dones vivos y personales, como son los mismos
sacerdotes. De aquí la disponibilidad, es más, el empeño generoso por llegar a
una justa distribución del clero[221]. Entre estas Iglesias pa iculares hay que
recordar a las que, «privadas de libe ad, no pueden tener vocaciones
propias», como también las «Iglesias recientemente salidas de la persecución y
las Iglesias pobres a las que, ya desde hace tiempo, muchos, con espíritu
generoso y fraterno, han enviado ayudas y continúan enviándolas»[222].
Dentro de la comunión eclesial, el sacerdote está llamado de modo pa icular,
mediante su formación permanente, a crecer en y con el propio presbiterio
unido al Obispo. El presbiterio en su verdad plena es un mysterium: es una
realidad sobrenatural, porque tiene su raíz en el sacramento del Orden. Es su
fuente, su origen; es el «lugar» de su nacimiento y de su crecimiento. En
efecto, «los presbíteros, mediante el sacramento del Orden, están unidos con
un vínculo personal e indisoluble a Cristo, único Sacerdote. El Orden se
con ere a cada uno en singular, pero quedan inse os en la comunión del
presbiterio unido con el Obispo (Lumen gentium, 28; Presbyterorum Ordinis, 7
y 8)»[223].
Este origen sacramental se re eja y se prolonga en el ejercicio del ministerio
presbiteral: del mysterium al ministerium. «La unidad de los presbíteros con el
Obispo y entre sí no es algo añadido desde fuera a la naturaleza propia de su
se icio, sino que expresa su esencia como solicitud de Cristo Sacerdote por su
Pueblo congregado por la unidad de la Santísima Trinidad»[224]. Esta unidad
del presbiterio, vivida en el espíritu de la caridad pastoral, hace a los
sacerdotes testigos de Jesucristo, que ha orado al Padre «para que todos sean
uno» (Jn 17, 21).
La sonomía del presbiterio es, por tanto, la de una verdadera familia, cuyos
vínculos no provienen de carne y sangre, sino de la gracia del Orden: una
gracia que asume y eleva las relaciones humanas, psicológicas, afectivas,
amistosas y espirituales entre los sacerdotes; una gracia que se extiende,
penetra, se revela y se concreta en las formas más variadas de ayuda mutua,
no sólo espirituales sino también materiales. La fraternidad presbiteral no
excluye a nadie, pero puede y debe tener sus preferencias: las preferencias
evangélicas rese adas a quienes tienen mayor necesidad de ayuda o de
aliento. Esta fraternidad «presta una atención especial a los presbíteros
jóvenes, mantiene un diálogo cordial y fraterno con los de media edad y los
mayores, y con los que, por razones diversas, pasan por di cultades. También a
los sacerdotes que han abandonado esta forma de vida o que no la siguen, no
sólo no los abandona, sino que los acompaña aún con mayor solicitud
fraterna»[225].
También forman pa e del único presbiterio, por razones diversas, los
presbíteros religiosos residentes o que trabajan en una Iglesia pa icular. Su
presencia supone un enriquecimiento para todos los sacerdotes y los
diferentes carismas pa iculares que ellos viven, a la vez que son una invitación
para que los presbíteros crezcan en la comprensión del mismo sacerdocio,
contribuyen a estimular y acompañar la formación permanente de los
sacerdotes.
El don de la vida religiosa, en la comunidad diocesana, cuando va acompañado
de sincera estima y justo respeto de las pa icularidades de cada Instituto y de
cada espiritualidad tradicional, amplía el horizonte del testimonio cristiano y
contribuye de diversa manera a enriquecer la espiritualidad sacerdotal, sobre
todo respecto a la correcta relación y recíproco in ujo entre los valores de la
Iglesia pa icular y los de la universalidad del Pueblo de Dios. Por su pa e, los
religiosos procuren garantizar un espíritu de verdadera comunión eclesial, una
pa icipación cordial en la marcha de la diócesis y en los proyectos pastorales
del Obispo, poniendo a disposición el propio carisma para la edi cación de
todos en la caridad[226].
Por último, en el contexto de la Iglesia comunión y del presbiterio, se puede
afrontar mejor el problema de la soledad del sacerdote, sobre la que han
re exionado los Padres sinodales. Hay una soledad que forma pa e de la
experiencia de todos y que es algo absolutamente normal. Pero hay también
otra soledad que nace de di cultades diversas y que, a su vez, provoca nuevas
di cultades. En este sentido, «la pa icipación activa en el presbiterio
diocesano, los contactos periódicos con el Obispo y con los demás sacerdotes,
la mutua colaboración, la vida común o fraterna entre los sacerdotes, como
también la amistad y la cordialidad con los eles laicos comprometidos en las
parroquias, son medios muy útiles para superar los efectos negativos de la
soledad que algunas veces puede experimentar el sacerdote»[227].
Pero la soledad no crea sólo di cultades, sino que ofrece también
opo unidades positivas para la vida del sacerdote: «aceptada con espíritu de
ofrecimiento y buscada en la intimidad con Jesucristo, el Señor, la soledad
puede ser una opo unidad para la oración y el estudio, como también una
ayuda para la santi cación y el crecimiento humano»[228]. Se podría decir que
una cie a forma de soledad es elemento necesario para la formación
permanente. Jesús con frecuencia se retiraba solo a rezar (cf. Mt 14, 23). La
capacidad de mantener una soledad positiva es condición indispensable para
el crecimiento de la vida interior. Se trata de una soledad llena de la presencia
del Señor, que nos pone en contacto con el Padre a la luz del Espíritu. En este
sentido, fomentar el silencio y buscar espacios y tiempos «de desie o» es
necesario para la formación permanente, tanto en el campo intelectual, como
en el espiritual y pastoral. De este modo, se puede a rmar que no es capaz de
verdadera y fraterna comunión el que no sabe vivir bien la propia soledad.
75. La formación permanente está destinada a hacer crecer en el sacerdote la
conciencia de su pa icipación en la misión salví ca de la Iglesia. En la Iglesia
como misión, la formación permanente del sacerdote es no sólo condición
necesaria, sino también medio indispensable para centrar constantemente el
sentido de la misión y garantizar su realización el y generosa. Con esta
formación se ayuda al sacerdote a descubrir toda la gravedad, pero al mismo
tiempo toda la maravillosa gracia de una obligación que no puede dejarlo
tranquilo —como decía Pablo: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún
motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no
predicara el Evangelio!» (1 Cor 6, 16)— y es también, una exigencia, explícita o
implícita, que surge fue emente de los hombres, a los que Dios llama
incansablemente a la salvación.
Sólo una adecuada formación permanente logra mantener al sacerdote en lo
que es esencial y decisivo para su ministerio, o sea, como dice el apóstol Pablo,
la delidad: «Ahora bien, lo que en n de cuentas se exige de los
administradores es que sean eles» (1 Cor 4, 2). A pesar de las diversas
di cultades que encuentra, el sacerdote ha de ser el —incluso en las
condiciones más adversas o de comprensible cansancio—, poniendo en ello
todas las energías disponibles; el hasta el nal de su vida. El testimonio de
Pablo debe ser ejemplo y estímulo para todo sacerdote: «A nadie damos
ocasión alguna de tropiezo —escribe a los cristianos de Corinto—, para que no
se haga mofa del ministerio, antes bien, nos recomendamos en todo como
ministros de Dios: con mucha constancia en tribulaciones, necesidades y
angustias; en azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos; en
pureza, ciencia, paciencia, bondad; en el Espíritu Santo, en caridad sincera, en
la palabra de verdad, en el poder de Dios; mediante las armas de la justicia: las
de la derecha y las de la izquierda; en gloria e ignominia, en calumnia y en
buena fama; tenidos por impostores, siendo veraces; como desconocidos,
aunque bien conocidos; como quienes están a la mue e, pero vivos; como
castigados, aunque no condenados a mue e; como tristes, pero siempre
alegres; como pobres, aunque enriquecemos a muchos; como quienes nada
tienen, aunque todo lo poseemos» (2 Cor 6, 3-10).
En cualquier edad y situación

76. La formación permanente, precisamente porque es «permanente», debe


acompañar a los sacerdotes siempre, esto es, en cualquier período y situación
de su vida, así como en los diversos cargos de responsabilidad eclesial que se
les confíen; todo ello, teniendo en cuenta, naturalmente, las posibilidades y
características propias de la edad, condiciones de vida y tareas
encomendadas.
La formación permanente es un deber, ante todo, para los sacerdotes jóvenes y
ha de tener aquella frecuencia y programación de encuentros que, a la vez que
prolongan la seriedad y solidez de la formación recibida en el Seminario, lleven
progresivamente a los jóvenes presbíteros a comprender y vivir la singular
riqueza del «don» de Dios —el sacerdocio— y a desarrollar sus
potencialidades y aptitudes ministeriales, también mediante una inserción
cada vez más convencida y responsable en el presbiterio, y por tanto en la
comunión y corresponsabilidad con todos los hermanos.
Si bien es comprensible una cie a sensación de «saciedad», que ante
ulteriores momentos de estudio y de reuniones puede afectar al joven
sacerdote apenas salido del Seminario, ha de rechazarse como absolutamente
falsa y peligrosa la idea de que la formación presbiteral concluya con su
estancia en el Seminario.
Pa icipando en los encuentros de la formación permanente, los jóvenes
sacerdotes podrán ofrecerse una ayuda mutua, mediante el intercambio de
experiencias y re exiones sobre la aplicación concreta del ideal presbiteral y
ministerial que han asimilado en los años del Seminario. Al mismo tiempo, su
pa icipación activa en los encuentros formativos del presbiterio podrá se ir
de ejemplo y estímulo a los otros sacerdotes que les aventajan en años,
testimoniando así el propio amor a todo el presbiterio y su afecto por la Iglesia
pa icular necesitada de sacerdotes bien preparados.
Para acompañar a los sacerdotes jóvenes en esta primera delicada fase de su
vida y ministerio, es más que nunca opo uno —e incluso necesario hoy—
crear una adecuada estructura de apoyo, con guías y maestros apropiados, en
la que ellos puedan encontrar, de manera orgánica y continua, las ayudas
necesarias para comenzar bien su ministerio sacerdotal. Con ocasión de
encuentros periódicos, su cientemente prolongados y frecuentes, vividos si es
posible en ambiente comunitario y en residencia, se les garantizarán buenos
momentos de descanso, oración, re exión e intercambio fraterno. Así será más
fácil para ellos dar, desde el principio, una orientación evangélicamente
equilibrada a su vida presbiteral. Y si algunas Iglesias pa iculares no pudieran
ofrecer este se icio a sus sacerdotes jóvenes, sería opo uno que colaboraran
entre sí las Iglesias vecinas para juntar recursos y elaborar programas
adecuados.
77. La formación permanente constituye también un deber para los presbíteros
de media edad. En realidad, son muchos los riesgos que pueden correr,
precisamente en razón de la edad, como por ejemplo un activismo exagerado y
una cie a rutina en el ejercicio del ministerio. Así, el sacerdote puede verse
tentado de presumir de sí mismo como si la propia experiencia personal, ya
demostrada, no tuviese que ser contrastada con nada ni con nadie.
Frecuentemente el sacerdote sufre una especie de cansancio interior peligroso,
fruto de di cultades y fracasos. La respuesta a esta situación la ofrece la
formación permanente, una continua y equilibrada revisión de sí mismo y de la
propia actividad, una búsqueda constante de motivaciones y medios para la
propia misión; de esta manera, el sacerdote mantendrá el espíritu vigilante y
dispuesto a las constantes y siempre nuevas peticiones de salvación que
recibe como «hombre de Dios».
La formación permanente debe interesar también a los presbíteros que, por la
edad avanzada, podemos denominar ancianos, y que en algunas Iglesias son
la pa e más numerosa del presbiterio; éste deberá mostrarles gratitud por el
el se icio que han prestado a Cristo y a la Iglesia, y una solidaridad pa icular
dada su situación. Para estos presbíteros la formación permanente no
signi cará tanto un compromiso de estudio, actualización o diálogo cultural,
cuanto la con rmación serena y alentadora de la misión que todavía están
llamados a llevar a cabo en el presbiterio; no sólo porque continúan en el
ministerio pastoral, aunque de maneras diversas, sino también por la
posibilidad que tienen, gracias a su experiencia de vida y apostolado, de ser
valiosos maestros y formadores de otros sacerdotes.
También los sacerdotes que, por cansancio o enfermedad, se encuentran en
una condición de debilidad física o de cansancio moral, pueden ser ayudados
con una formación permanente que los estimule a continuar, de manera serena
y decidida, su se icio a la Iglesia; a no aislarse de la comunidad ni del
presbiterio; a reducir la actividad externa para dedicarse a aquellos actos de
relación pastoral y de espiritualidad personal, capaces de sostener las
motivaciones y la alegría de su sacerdocio. La formación permanente les
ayudará, en pa icular, a mantener vivo el convencimiento que ellos mismos
han inculcado a los eles, a saber, la convicción de seguir siendo miembros
activos en la edi cación de la Iglesia, especialmente en vi ud de su unión con
Jesucristo doliente y con tantos hermanos y hermanas que en la Iglesia
pa icipan en la Pasión del Señor, reviviendo la experiencia espiritual de Pablo
que decía: «Ahora me alegro por los padecimientos que sopo o por vosotros,
y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Col 1, 24).
(229)
Los responsables de la formación permanente

78. Las condiciones en las que, con frecuencia y en muchos lugares, se


desarrolla actualmente el ministerio de los presbíteros no hacen fácil un
compromiso serio de formación: el multiplicarse de tareas y se icios; la
complejidad de la vida humana en general y de las comunidades cristianas en
pa icular; el activismo y el ajetreo típico de tantos sectores de nuestra
sociedad, privan con frecuencia a los sacerdotes del tiempo y energías
indispensables para «velar por sí mismos» (cf. 1 Tim 4, 16).
Esto ha de hacer crecer en todos la responsabilidad para que se superen las
di cultades e incluso que éstas sean un reto para programar y llevar a cabo un
plan de formación permanente, que responda de modo adecuado a la
grandeza del don de Dios y a la gravedad de las expectativas y exigencias de
nuestro tiempo.
Por ello, los responsables de la formación permanente de los sacerdotes hay
que individuarlos en la Iglesia «comunión». En este sentido, es toda la Iglesia
pa icular la que, bajo la guía del Obispo, tiene la responsabilidad de estimular
y cuidar de diversos modos la formación permanente de los sacerdotes. Éstos
no viven para sí mismos, sino para el Pueblo de Dios; por eso, la formación
permanente, a la vez que asegura la madurez humana, espiritual, intelectual y
pastoral de los sacerdotes, representa un bien cuyo destinatario es el mismo
Pueblo de Dios. Además, el mismo ejercicio del ministerio pastoral lleva a un
continuo y fecundo intercambio recíproco entre la vida de fe de los presbíteros
y la de los eles. Precisamente la pa icipación de vida entre el presbítero y la
comunidad, si se ordena y lleva a cabo con sabiduría, supone una apo ación
fundamental a la formación permanente, que no se puede reducir a un
episodio o iniciativa aislada, sino que comprende todo el ministerio y vida del
presbítero.
En efecto, la experiencia cristiana de las personas sencillas y humildes, los
impulsos espirituales de las personas enamoradas de Dios, la valiente
aplicación de la fe a la vida por pa e de los cristianos comprometidos en las
diversas responsabilidades sociales y civiles, son acogidas por el presbítero y, a
la vez que las ilumina con su se icio sacerdotal, encuentra en ellas un precioso
alimento espiritual. Incluso las dudas, crisis y demoras ante las más variadas
situaciones personales y sociales; las tentaciones de rechazo o desesperación
en momentos de dolor, enfermedad o mue e; en n, todas las circunstancias
difíciles que los hombres encuentran en el camino de su fe, son vividas
fraternalmente y sopo adas sinceramente en el corazón del presbítero que,
buscando respuestas para los demás, se siente estimulado continuamente a
encontrarlas primero para sí mismo.
De esta manera, todos los miembros del Pueblo de Dios pueden y deben
ofrecer una valiosa ayuda a la formación permanente de sus sacerdotes. A este
respecto, deben dejar a los sacerdotes espacios de tiempo para el estudio y la
oración; pedirles aquello para lo que han sido enviados por Cristo y no otras
cosas; ofrecerles colaboración en los diversos ámbitos de la misión pastoral,
especialmente en lo que atañe a la promoción humana y al se icio de la
caridad; establecer relaciones cordiales y fraternas con ellos; ayudar a los
sacerdotes a ser conscientes de que no son «dueños de la fe», sino
«colaboradores del gozo» de todos los eles (cf. 2 Cor 1, 24).
La responsabilidad formativa de la Iglesia pa icular en relación con los
sacerdotes se concretiza y especi ca en relación con los diversos miembros
que la componen, comenzando por el sacerdote mismo.
79. En cie o modo, es precisamente cada sacerdote el primer responsable en la
Iglesia de la formación permanente, pues sobre cada uno recae el deber —
derivado del sacramento del Orden— de ser el al don de Dios y al dinamismo
de conversión diaria que nace del mismo don. Los reglamentos o normas de la
autoridad eclesiástica al respecto, como también el mismo ejemplo de los
demás sacerdotes, no bastan para hacer apetecible la formación permanente
si el individuo no está personalmente convencido de su necesidad y decidido a
valorar sus ocasiones, tiempos y formas. La formación permanente mantiene la
juventud del espíritu, que nadie puede imponer desde fuera, sino que cada
uno debe encontrar continuamente en su interior. Sólo el que conse a
siempre vivo el deseo de aprender y crecer posee esta «juventud».
Fundamental es la responsabilidad del Obispo y, con él, la del presbiterio. La
del Obispo se basa en el hecho de que los presbíteros reciben su sacerdocio a
través de él y compa en con él la solicitud pastoral por el Pueblo de Dios. El
Obispo es el responsable de la formación permanente, destinada a hacer que
todos sus presbíteros sean generosamente eles al don y al ministerio recibido,
como el Pueblo de Dios los quiere y tiene el «derecho» de tenerlos. Esta
responsabilidad lleva al Obispo, en comunión con el presbiterio, a hacer un
proyecto y establecer un programa, capaces de estructurar la formación
permanente no como un mero episodio, sino como una propuesta sistemática
de contenidos, que se desarrolla por etapas y tiene modalidades precisas. El
Obispo vivirá su responsabilidad no sólo asegurando a su presbiterio lugares y
momentos de formación permanente, sino haciéndose personalmente
presente y pa icipando en ellos convencido y de modo cordial. Con frecuencia
será opo uno, o incluso necesario, que los Obispos de varias Diócesis vecinas
o de una Región eclesiástica se pongan de acuerdo entre sí y unan sus fuerzas
para poder ofrecer iniciativas de mayor calidad y verdaderamente atrayentes
para la formación permanente, como son cursos de actualización bíblica,
teológica y pastoral, semanas de convivencia, ciclos de conferencias,
momentos de re exión y revisión del programa pastoral del presbiterio y de la
comunidad eclesial.
El Obispo cumplirá con su responsabilidad pidiendo también la ayuda que
puedan dar las facultades y los institutos teológicos y pastorales, los
Seminarios, los organismos o federaciones que agrupan a las personas —
sacerdotes, religiosos y eles laicos— comprometidas en la formación
presbiteral.
En el ámbito de la Iglesia pa icular corresponde a las familias un papel
signi cativo; ellas, como «Iglesias domésticas», tienen una relación concreta
con la vida de las comunidades eclesiales animadas y guiadas por los
sacerdotes. En pa icular, hay que citar el papel de la familia de origen, pues
ella, en unión y comunión de esfuerzos, puede ofrecer a la misión del hijo una
ayuda especí ca impo ante. Llevando a cabo el plan providencial que la ha
hecho ser cuna de la semilla vocacional, e indispensable ayuda para su
crecimiento y desarrollo, la familia del sacerdote, en el más absoluto respeto
de este hijo que ha decidido darse a Dios y a sus hermanos, debe seguir
siendo siempre testigo el y alentador de su misión, sosteniéndola y
compa iéndola con entrega y respeto.
Momentos, formas y medios de la formación permanente

80. Si todo momento puede ser un «tiempo favorable» (cf. 2 Cor 6, 2) en el que
el Espíritu Santo lleva al sacerdote a un crecimiento directo en la oración, el
estudio y la conciencia de las propias responsabilidades pastorales, hay sin
embargo momentos «privilegiados», aunque sean más comunes y establecidos
previamente.
Hay que recordar, ante todo, los encuentros del Obispo con su presbiterio, tanto
litúrgicos (en pa icular la concelebración de la Misa Crismal el Jueves Santo),
como pastorales y culturales, dedicados a la revisión de la actividad pastoral o
al estudio sobre determinados problemas teológicos.
Están asimismo los encuentros de espiritualidad sacerdotal, como los Ejercicios
espirituales, los días de retiro o de espiritualidad. Son ocasión para un
crecimiento espiritual y pastoral; para una oración más prolongada y tranquila;
para una vuelta a las raíces de la identidad sacerdotal; para encontrar nuevas
motivaciones para la delidad y la acción pastoral.
Son también impo antes los encuentros de estudio y de re exión común, que
impiden el empobrecimiento cultural y el aferrarse a posiciones cómodas
incluso en el campo pastoral, fruto de pereza mental; aseguran una síntesis
más madura entre los diversos elementos de la vida espiritual, cultural y
apostólica; abren la mente y el corazón a los nuevos retos de la historia y a las
nuevas llamadas que el Espíritu dirige a la Iglesia.
81. Son muchas las ayudas y los medios que se pueden usar para que la
formación permanente sea cada vez más una valiosa experiencia vital para los
sacerdotes. Entre éstos hay que recordar las diversas formas de vida común
entre los sacerdotes, siempre presentes en la historia de la Iglesia, aunque con
modalidades y compromisos diferentes: «Hoy no se puede dejar de
recomendarlas vivamente, sobre todo entre aquellos que viven o están
comprometidos pastoralmente en el mismo lugar. Además de favorecer la vida
y la acción apostólica, esta vida común del clero ofrece a todos, presbíteros y
laicos, un ejemplo luminoso de caridad y de unidad»[230].
También pueden ser de ayuda las asociaciones sacerdotales, en pa icular los
institutos seculares sacerdotales, que tienen como nota especí ca la
diocesaneidad, en vi ud de la cual los sacerdotes se unen más estrechamente
al Obispo y forman «un estado de consagración en el que los sacerdotes,
mediante votos u otros vínculos sagrados, se consagran a encarnar en la vida
los consejos evangélicos»[231]. Todas las formas de «fraternidad sacerdotal»
aprobadas por la Iglesia son útiles no sólo para la vida espiritual, sino también
para la vida apostólica y pastoral.
Igualmente, la práctica de la dirección espiritual contribuye no poco a favorecer
la formación permanente de los sacerdotes. Se trata de un medio clásico, que
no ha perdido nada de su valor, no sólo para asegurar la formación espiritual,
sino también para promover y mantener una continua delidad y generosidad
en el ejercicio del ministerio sacerdotal. Como decía el Cardenal Montini, futuro
Pablo VI, «la dirección espiritual tiene una función hermosísima y, podría
decirse indispensable, para la educación moral y espiritual de la juventud, que
quiera interpretar y seguir con absoluta lealtad la vocación, sea cual fuese, de
la propia vida; ésta conse a siempre una impo ancia bene ciosa en todas las
edades de la vida, cuando, junto a la luz y a la caridad de un consejo piadoso y
prudente, se busca la revisión de la propia rectitud y el aliento para el
cumplimiento generoso de los propios deberes. Es medio pedagógico muy
delicado, pero de grandísimo valor; es a e pedagógico y psicológico de grave
responsabilidad en quien la ejerce; es ejercicio espiritual de humildad y de
con anza en quien la recibe»[232].
CONCLUSIÓN
82. «Os daré pastores según mi corazón» (Jer 3, 15).
Esta promesa de Dios está, todavía hoy, viva y operante en la Iglesia, la cual se
siente, en todo tiempo, destinataria afo unada de estas palabras proféticas y
ve cómo se cumplen diariamente en tantas pa es del mundo, mejor aún, en
tantos corazones humanos, sobre todo de jóvenes. Y desea, ante las graves y
urgentes necesidades propias y del mundo, que en los umbrales del tercer
milenio se cumpla esta promesa divina de un modo nuevo, más amplio,
intenso, e caz: como una extraordinaria efusión del Espíritu de Pentecostés.
La promesa del Señor suscita en el corazón de la Iglesia la oración, la petición
con ada y ardiente en el amor del Padre que, igual que ha enviado a Jesús, el
buen Pastor, a los Apóstoles, a sus sucesores y a una multitud de presbíteros,
siga así manifestando a los hombres de hoy su delidad y su bondad.
Y la Iglesia está dispuesta a responder a esta gracia. Siente que el don de Dios
exige una respuesta comunitaria y generosa: todo el Pueblo de Dios debe orar
intensamente y trabajar por las vocaciones sacerdotales; los candidatos al
sacerdocio deben prepararse con gran seriedad a acoger y vivir el don de Dios,
conscientes de que la Iglesia y el mundo tienen absoluta necesidad de ellos;
deben enamorarse de Cristo, buen Pastor; modelar el propio corazón a imagen
del suyo; estar dispuestos a salir por los caminos del mundo como imagen
suya para proclamar a todos a Cristo, que es Camino, Verdad y Vida.
Una llamada pa icular dirijo a las familias: que los padres, y especialmente las
madres, sean generosos en entregar sus hijos al Señor, que los llama al
sacerdocio, y que colaboren con alegría en su itinerario vocacional, conscientes
de que así será más grande y profunda su fecundidad cristiana y eclesial, y que
pueden experimentar, en cie o modo, la bienaventuranza de María, la Virgen
Madre: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno» (Lc 1, 42).
También digo a los jóvenes de hoy: sed más dóciles a la voz del Espíritu; dejad
que resuenen en la intimidad de vuestro corazón las grandes expectativas de
la Iglesia y de la humanidad; no tengáis miedo en abrir vuestro espíritu a la
llamada de Cristo, el Señor; sentid sobre vosotros la mirada amorosa de Jesús
y responded con entusiasmo a la invitación de un seguimiento radical.
La Iglesia responde a la gracia mediante el compromiso que los sacerdotes
asumen para llevar a cabo aquella formación permanente que exige la
dignidad y responsabilidad que el sacramento del Orden les con rió. Todos los
sacerdotes están llamados a ser conscientes de la especial urgencia de su
formación en la hora presente: la nueva evangelización tiene necesidad de
nuevos evangelizadores, y éstos son los sacerdotes que se comprometen a
vivir su sacerdocio como camino especí co hacia la santidad.
La promesa de Dios asegura a la Iglesia no unos pastores cualesquiera, sino
unos pastores «según su corazón». El «corazón» de Dios se ha revelado
plenamente a nosotros en el Corazón de Cristo, buen Pastor. Y el Corazón de
Cristo sigue hoy teniendo compasión de las muchedumbres y dándoles el pan
de la verdad, del amor y de la vida (cf. Mc 6, 30 ss.), y desea palpitar en otros
corazones —los de los sacerdotes—: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6, 37).
La gente necesita salir del anonimato y del miedo; ser conocida y llamada por
su nombre; caminar segura por los caminos de la vida; ser encontrada si se
pierde; ser amada; recibir la salvación como don supremo del amor de Dios;
precisamente esto es lo que hace Jesús, el buen Pastor; Él y sus presbíteros
con Él.
Y ahora, al terminar esta Exho ación, dirijo mi mirada a la multitud de
aspirantes al sacerdocio, de seminaristas y de sacerdotes que —en todas las
pa es del mundo, en situaciones incluso las más difíciles y a veces dramáticas,
y siempre en el gozoso esfuerzo de delidad al Señor y del incansable se icio
a su grey— ofrecen a diario su propia vida por el crecimiento de la fe, de la
esperanza y de la caridad en el corazón y en la historia de los hombres y
mujeres de nuestro tiempo.
Vosotros, amadísimos sacerdotes, hacéis esto porque el mismo Señor, con la
fuerza de su Espíritu, os ha llamado a presentar de nuevo, en los vasos de
barro de vuestra vida sencilla, el tesoro inestimable de su amor de buen Pastor.
En comunión con los Padres sinodales y en nombre de todos los Obispos del
mundo y de toda la comunidad eclesial, os expreso todo el reconocimiento
que vuestra delidad y vuestro se icio se merecen[233].
Y mientras deseo a todos vosotros la gracia de renovar cada día el carisma de
Dios recibido con la imposición de las manos (cf. 2 Tim 1, 6); de sentir el
consuelo de la profunda amistad que os vincula con Cristo y os une entre
vosotros; de experimentar el gozo del crecimiento de la grey de Dios en un
amor cada vez más grande a Él y a todos los hombres; de cultivar el sereno
convencimiento de que el que ha comenzado en vosotros esta obra buena la
llevará a cumplimiento hasta el día de Cristo Jesús (cf. Flp 1, 6); con todos y
cada uno de vosotros me dirijo en oración a María, madre y educadora de
nuestro sacerdocio.

Cada aspecto de la formación sacerdotal puede referirse a María como la


persona humana que mejor que nadie ha correspondido a la vocación de Dios;
que se ha hecho sie a y discípula de la Palabra hasta concebir en su corazón y
en su carne al Verbo hecho hombre para darlo a la humanidad; que ha sido
llamada a la educación del único y eterno Sacerdote, dócil y sumiso a su
autoridad materna. Con su ejemplo y mediante su intercesión, la Virgen
santísima sigue vigilando el desarrollo de las vocaciones y de la vida sacerdotal
en la Iglesia.
Por eso, nosotros los sacerdotes estamos llamados a crecer en una sólida y
tierna devoción a la Virgen María, testimoniándola con la imitación de sus
vi udes y con la oración frecuente.
O<>h María,
Madre de Jesucristo y Madre de los sacerdotes:
acepta este título con el que hoy te honramos
para exaltar tu maternidad
y contemplar contigo
el Sacerdocio de tu Hijo unigénito y de tus hijos,
oh Santa Madre de Dios.
Madre de Cristo,
que al Mesías Sacerdote diste un cuerpo de carne
por la unción del Espíritu Santo
para salvar a los pobres y contritos de corazón:
custodia en tu seno y en la Iglesia a los sacerdotes,
oh Madre del Salvador.
Madre de la fe,
que acompañaste al templo al Hijo del hombre,
en cumplimiento de las promesas
hechas a nuestros Padres:
presenta a Dios Padre, para su gloria,
a los sacerdotes de tu Hijo,
oh Arca de la Alianza.
Madre de la Iglesia,
que con los discípulos en el Cenáculo
implorabas el Espíritu
para el nuevo Pueblo y sus Pastores:
alcanza para el orden de los presbíteros
la plenitud de los dones,
oh Reina de los Apóstoles.
Madre de Jesucristo,
que estuviste con Él al comienzo de su vida
y de su misión,
lo buscaste como Maestro entre la muchedumbre,
lo acompañaste en la cruz,
exhausto por el sacri cio único y eterno,
y tuviste a tu lado a Juan, como hijo tuyo:
acoge desde el principio
a los llamados al sacerdocio,
protégelos en su formación
y acompaña a tus hijos
en su vida y en su ministerio,
oh Madre de los sacerdotes. Amén.
Dado en Roma, junto a san Pedro, el 25 de marzo —solemnidad de la
Anunciación del Señor— del año 1992, décimo cua o de mi Ponti cado.

JOANNES PAULUS PP. II


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NOTAS
[1] Proposición 2.
[2] Discurso nal al Sínodo (27 octubre 1990), 5: L'Osse atore Romano,edición
en lengua española, 2 de noviembre de 1990, pág. 11
[3] Cf. Proposición 1.
[4] Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 28; Decreto sobre el
ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, Decreto sobre la
formación sacerdotal Optatam totius.
[5] Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 enero 1970): AAS 62 (1970),
321-384.
[6] Discurso nal al Sínodo (27 octubre 1990), 3: l.c.
[7] Ibid., 1: l.c.
[8] Mensaje de los Padres sinodales al Pueblo de Dios (28 octubre 1990), III:
L'Osse atore Romano, edición en lengua española, 2 de noviembre de 1990,
pág. 12.
[9] Ángelus (14 enero 1990), 2: L'Osse atore Romano, edición en lengua
española, 21 de enero de 1990, pág. 4.
[10] Ibid., 3: l.c.
[11] Cf. Proposición 3.
[12] Pablo VI, Homilía en la IX sesión pública del Conc. Ecum. Vat. II (7
diciembre 1965): AAS 58 (1966), 55.
[13] Cf. Proposición 3.
[14] Cf. ibid.
[15] Cf. Sínodo de los Obispos, La formación de los sacerdotes en las
circunstancias actuales - Lineamenta, 5-6.

[16] Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 4.


[17] Cf. Sínodo de los Obispos, VIII Asam. Gen. Ord. Mensaje de los Padres
sinodales al pueblo de Dios (28 octubre 1990), I: l.c.

[18] Discurso nal al Sínodo (27 octubre 1990), 4: l.c.; cf. Ca a a todos los
sacerdotes de la Iglesia con ocasión del Jueves Santo 1991 (10 marzo 1991):
L'Osse atore Romano, edición en lengua española, 15 marzo de 1991.

[19] Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium; Decreto sobre el
ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis; Decreto sobre la
formación sacerdotal Optatam totius; S. Congregación para la Educación
Católica, Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (6 enero 1970): l.c. 321-
384; Sínodo de los Obispos, II Asam. Gen. Ord., 1971.
[20] Proposición 7.
[21] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 5.
[22] Exho . ap. post-sinodal Christi deles laici (30 diciembre 1988), 8: AAS 81
(1989), 405; cf. Sínodo de los Obispos II Asam. Gen. Extraord., 1985.
[23] Cf. Proposición7.
[24] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 7-8.
[25] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 1.
[26] Cf. Proposición 7.
[27] Ibid.
[28] Proposición 7.
[29] Sínodo de los Obispos VIII Asam. Gen. Ord., La formación de los sacerdotes
en las circunstancias actuales, «Instrumentum laboris», 16; cf. Proposición 7.

[30] Ángelus (25 febrero 1990): L'Osse atore Romano, edición en lengua
española, 4 de marzo de 1990, pág. 12.
[31] Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 7-9.
[32] Ibid, 8; cf. Proposición 7.
[33] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 9.
[34] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 10.
[35] Cf. Proposición 7.
[36] Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 10.
[37] Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 20.
[38] Cf. Proposición 12.
[39] Mensaje de los Padres sinodales al Pueblo de Dios (28 octubre 1990), III:
l.c.

[40] Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 40.


[41] Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 12.
[42] Sermo 340, 1: PL 38, 1483.
[43] Ibid.: l.c.
[44] Cf. Proposición 8.
[45] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 2; 12.
[46] Cf. Proposición 8.
[47] Sermo Morin Guelferbytanus, 32, 1: PLS 2, 637.
[48] Misal Romano, Antífona de comunión de la Misa del IV domingo de
Pascua.
[49] Ca a ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 26: AAS 80 (1988), 1715-
1716.
[50] Proposición 7.
[51] Homilía durante la adoración eucarística en Seúl (7 octubre 1989), 2:
Insegnamenti XII/2 (1989), 785; L'Osse atore Romano, edición en lengua
española, 15 de octubre de 1989, pág. 2.
[52] S. Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus 123,5: CCL 36, 678.
[53] A los sacerdotes pa icipantes en un encuentro convocado por la Conf.
Episcopal Italiana (4 noviembre 1980): Insegnamenti, III/ 2 (1980), 1055.
[54] Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 14.
[55] Ibid.
[56] Ibid.
[57] Cf. Pablo VI, Exho . ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 75: AAS 68
(1976), 64-67.
[58] Cf. Proposición 8.
[59] Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 12.
[60] In Iohannis Evangelium Tractatus 123, 5: l.c.
[61] Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 12.
[62] Ibid. 5.
[63] Cf. Conc. Ecum. Trident. Decretum de iusti catione, cap. 7; Decretum de
sacramentis, can. 6, (DS 1529; 1606).

[64] Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum


Ordinis, 12.
[65] S. Agustín, Sermo de Nat. sanct. Apost. Petri et Pauli ex Evangelio in quo
ait: Simon Iohannis diligis me?: ex Bibliot. Casin. in Miscellanea Augustiniana,
vol. I, dir. G. Morin O.S.B., Roma, Tip. Poligl. Vat., 1930, p. 404.
[66] Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 4-6; 13.
[67] Cf. Pablo VI, Exho . ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975). 15: l.c., 13-
15.
[68] Cf. Const. dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, 8; 10.
[69]Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 5.
[70] Exho . ap. post-sinodal Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984),
31, VI: AAS 77 (1985), 265-266.
[71] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 6.
[72] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 42.
[73] Cf. Proposición 9.
[74] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 15.
[75] Cf. ibid.
[76] Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 42.
[77] Exho . ap. Familiaris conso io (22 noviembre 1981), 16: AAS 74 (1982),
98.
[78] Proposición 11.
[79] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros,
Presbyterorum Ordinis, 16.
[80] Ibid.
[81] Proposición 8.
[82] Cf. Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 17.
[83] Proposición 10.
[84] Ibid.
[85] Cf. S. Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares y S.
Congregación para los Obispos, Notas directivas para las relaciones mutuas
entre los Obispos y los religiosos en la Iglesia Mutuae relationes (14 mayo
1978), 18: AAS 70 (1978), 484-485.
[86] Cf. Proposición 25; 38.
[87] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la sobre el ministerio y vida de
los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 10.
[88] cf. Proposición 12.
[89] Ca a Enc. Redemptoris missio, (7 diciembre 1990), 67: AAS 83 (1991)
315-316.
[90] Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 10.
[91] Homilía a 5.000 sacerdotes provenientes de todo el mundo (9 octubre
1984), 2: Insegnamenti, VII/2 (1984), 839; L'Osse atore Romano, edición en
lengua española, 28 de octubre de 1984, pág. 9.
[92] Discurso nal al Sínodo (27 octubre 1990), 5: l.c.
[93] Cf. Proposición 6.
[94] Cf. Proposición 13.
[95] Cf. Proposición 4.
[96] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 9.
[97] Ibid.
[98] S. Cipriano, De dominica Oratione, 23: CCL 3/A, 105.
[99] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el apostolado de los seglares
Apostolicam actuositatem, 3.
[100] Proposición 5.
[101] Ángelus (3 diciembre 1989), 2: Insegnamenti, XII/2 (1989),
1417;L'Osse atore Romano, edición en lengua española, 10 de dicembre de
1989, pág. 4
[102] Mensaje para la V Jornada mundial de oración por las vocaciones
sacerdotales (19 abril 1968): Insegnamenti, VI (1968), 134-135.
[103] Cf. Proposición 5.
[104] Cf. Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 10; Decreto sobre el
ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 12.
[105] Cf. Proposición, 13.
[106] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia el mundo actual Gaudium
et spes, 16.
[107] Misal Romano, Colecta de la Misa por las vocaciones a las Órdenes
sagradas.
[108] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum
concilium, 10.
[109] Proposición 15.
[110] Ibid.
[111] Cf. C.I.C can. 220: «A nadie es lícito (...) violar el derecho de cada persona
a proteger su propia intimidad»; cf. can. 642.
[112] Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 2.
[113] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el o cio pastoral de los obispos en la
Iglesia Christus Dominus, 15.
[114] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam
totius 2.
[115] Decreto sobre el ministerio vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 6.
[116] Ibid., 11.
[117] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam
totius, 2.
[118] Proposición 14.
[119] Proposición 15.
[120] Cf. Proposición 16.
[121] Mensaje para la XXII Jornada mundial de oración por las vocaciones
sacerdotales (13 abril 1985) 1: AAS 77 (1985) 982.
[122] Mensaje de los Padres sinodales al Pueblo de Dios (28 octubre 1990) IV:
l.c.

[123] Proposición 21.


[124] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam
totius, 11; Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 3; S. Congregación para la Educación Católica, Ratio fundamentalis
institutionis sacerdotalis (6 enero 1970), 51: l.c., 356-357.

[125] Cf. Proposición 21.


[126] Ca a enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979) 10: AAS 71 (1979), 274.
[127] Exho . ap. Familiaris conso io (22 noviembre 1981) 37: l.c., 128.
[128] Ibid.
[129] Proposición 21.
[130] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia el mundo actual
Gaudium et spes, 24.
[131] Cf. Proposición 21.
[132] Proposición 22.
[133] Cf. S. Agustín, Confes., I. 1: CSEL 33, 1.
[134]Sínodo de los Obispos, VIII Asam. Gen. Ord. La formación de los
sacerdotes en las circunstancias actuales «Instrumentum laboris», 30.

[135] Proposición 22.


[136] Proposición 23.
[137] Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 8.
[138] Const. dogm. sobre la divina rivelación Dei Verbum, 24.
[139] Ibid., 2.
[140] Const. dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, 25.
[141] Ángelus (4 marzo 1990), 2-3: L'Osse atore Romano, edición en lengua
española, 11 de marzo de 1990, pág. 1.
[142] Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum
concilium, 14.
[143] S. Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus 26, 13:l.c., 266.
[144] Liturgia de las Horas, Antífona al «Magni cat» de las segundas Vísperas
en la Solemnidad del S. Cuerpo y Sangre de Cristo.
[145] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 13.
[146] Ángelus (1 julio 1990), 3: L'Osse atore Romano, edición en lengua
española, 8 de julio de 1990, pág. 12.
[147] Proposición 23.
[148] Ibid.
[149] Cf. Ibid.
[150] Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 9.
[151] S. Congregación para la Educación Católica, Ratio fundamentalis
institutionis sacerdotalis (6 enero 1970), l.c., 354.

[152] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam
totius, 10.
[153] Ibid.
[154] Ca a a todos los sacerdotes de la Iglesia con ocasión del Jueves Santo
(8 abril 1979): Insegnamenti II/I (1979), 841-862; L'Osse atore Romano,
edición en lengua española, 15 de abril de 1979, pág. 1.
[155] Proposición 24.
[156] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 15.
[157] Proposición 26.
[158] Cf. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 16.
[159] La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales
«Instrumentum laboris», 39.
[160]. Cf. Congregación para la Educación Católica, Ca a a los obispos sobre la
enseñanza de la losofía en los seminarios (20 enero 1972).

[161] «Desideravi intellectu videre quod credidi et multum disputavi et


laboravi», De Trinitate XV, 28: CCL 50/A, 534.

[162] Discurso a los pa icipantes en la XXI Semana Bíblica italiana (25


septiembre 1970): AAS 62 (1970), 618.
[163] Proposición 26.
[164]«Fides, quae est quasi habitus theologiae»: In Lib. Boetii de Trinitate V, 4,
ad 8.
[165] Cf. S. Tomás de Aquino, In I Sent., Q. 1, a. 2.
[166] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre la vocación
eclesial del teólogo Donum veritatis (24 mayo 1990), 11; 40: AAS 82 (1990),
1554-1555; 1568-1569.
[167] Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 14.
[168] Itineranium mentis in Deum, Prol., n. 4: Opera omnia, tomus V, Ad Claras
Aquas 1891, 296.
[169] Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam
totius, 16.
[170] Ca a Enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 41: AAS 80 (1988),
571.
[171] Cf. Ca a Enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 54: AAS 83 (1991), 859-
860.
[172] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre la vocación
eclesial del teólogo Donum veritatis (24 mayo 1990), 21: l.c., 1559.
[173] Proposición 26.
[174] Así, por ejemplo, escribía S. Tomás de Aquino: «Es necesario atenerse
más a la autoridad de la Iglesia que a la autoridad de Agustín o de Jerónimo o
de cualquier otro Doctor»: Summa Theol., II-II, q. 10, a. 12; añade que nadie
puede defenderse con la autoridad de Jerónimo o de Agustín o de cualquier
otro Doctor en contra de la autoridad de Pedro: cf. Ibid. II-II, q. 11, a. 2 ad 3.
[175] Proposición 32.
[176] Cf. Ca a Enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990) 67: l.c., 315-316.
[177] Cf. Proposición 32.
[178]Proposición 27.
[179] Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 4.
[180] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dog. sobre la Iglesia Lumen gentium, 48.
[181] Explanatio Apocalypsis, lib. II, 12: PL 93, 166.
[182] Cf. Proposición 28.
[183] Ibid.
[184] Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum
Ordinis, 9; cf. Exho . Ap. Christi deles laici (30 diciembre 1988), 61: l.c., 512-
514.
[185] Proposición 28.
[186] Cf. Ibid.
[187] Cf. Ca a Enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990) 678: l.c., 315-316.
[188] Cf. Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 4.
[189] Proposición 20.
[190] Ibid.
[191] Ibid.
[192] Ibid.
[193] Cf. Discurso a los alumnos y ex-alumnos del Colegio Capránica (21 enero
1983): Insegnamenti VI/I (1983) 173-178; L'Osse atore Romano, edición en
lengua española, 10 de abril de 1983, pág. 11.
[194] Proposición 20.
[195] Ibid.
[196] Proposición 19.
[197] Ibid.
[198] In Iohannem Evangelistam Expositio, c. 21, lect. V, 2.
[199] Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, 3.
[200] Cf. Proposición 17.
[201] Cf. Congregación para la Educación Católica, Ratio fundamentalis
institutionis sacerdotalis (6 enero 1970) 19: l.c., 342.

[202] Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum


Ordinis, 7.
[203] Proposición 29.
[204] Ibid.
[205] Cf. Proposición 23.
[206] Cf. Exho . Ap. post-sinodal Christi deles laici (30 diciembre 1988), 61;
63: l.c., 512-514; 517-518; Ca . ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 29-
31: l.c., 1721-1729.
[207] Cf. Proposición 29.
[208] Proposición 30.
[209] Ibid.
[210] Cf. Proposición 25.
[211] Discurso a los sacerdotes colaboradores con el movimiento «Comunión y
Liberación» (12 septiembre 1985): AAS 78 (1986), 256; L'Osse atore Romano,
edición en lengua española, 29 de septiembre de 1985, pág. 11.
[212] Cf. Proposición 25.
[213] Encuentro con los representantes del clero suizo en Einsiedeln (15 junio
1984), 10: Insegnamenti VII/I (1984), 1798; L'Osse atore Romano, edición en
lengua española, 8 de julio de 1984, pág. 14.
[214] Cf. S. Agustín, In Iohannis Evangelium Tractatus. 123, 5: l.c., 678-680.
[215] Cf. Proposición 31.
[216] S. Carlos Borromeo, Acta Ecclesiae Mediolanensis, Milán 1559, 1178.
[217] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual
Gaudium et spes, 22.
[218] Sínodo de los Obispos Asam. Gen. Ord., La formación de los presbíteros
en las circunstancias actuales «Instrumentum laboris», 55.

[219] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros Presbyterorum Ordinis, 6.
[220] Ca a Enc. Ecclesiam suam (6 agosto 1964) III: AAS 56 (1964), 647.
[221] Cf. Congregación para el Clero, Notas directivas para la promoción de la
cooperación mutua entre las Iglesias pa iculares y especialmente para la
distribución más adecuada del clero Postquam apostoli (25 marzo 1980): AAS
72 (1980), 343-364.
[222] Proposición 39.
[223] Proposición 34.
[224] Ibid.
[225] Ibid.
[226] Cf. Proposición 38; Conc. Ecum. Vat. II, Decreto sobre el ministerio y vida
de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, 1; Decreto sobre la formación
sacerdotal Optatam totius, 1; Congregación para los Religiosos y los Institutos
Seculares y Congregación para los Obispos, Notas directivas para las
relaciones mutuas entre los Obispos y los religiosos en la Iglesia Mutuae
relationes (14 mayo 1978) 2; 10: l.c., 475; 479-480.
[227] Proposición 35.
[228] Ibid.
[229] Cf. Proposición 36.
[230] Sínodo de los Obispos VIII Asam. Gen. Ord., La formación de los
sacerdotes en las circunstancias actuales, «Instrumentum laboris», 60; cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Decreto sobre el o cio pastoral de los Obispos en la Iglesia
Christus Dominus, 30; Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros
Presbyterorum Ordinis, 8; C.I.C., can. 550, 2.
[231] Proposición 37.
[232] J. B. Montini, Ca a pastoral Sobre el sentido moral, 1961.
[233] Cf. Proposición 40.
Copyright © Dicastero per la Comunicazione - Libreria Editrice Vaticana

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