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Disciplina en la Educación Familiar

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Temas abordados

  • proceso,
  • cualidades de vida,
  • soluciones simples,
  • compromiso,
  • influencia,
  • cambio gradual,
  • familia,
  • elección de modelos,
  • grupo,
  • percepción
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  • soluciones simples,
  • compromiso,
  • influencia,
  • cambio gradual,
  • familia,
  • elección de modelos,
  • grupo,
  • percepción

Principio 11– Disciplina

“Es con exigencia y disciplina que se establecen


los límites en las relaciones familiares”.

Disciplina es un concepto bastante amplio, frecuentemente confundido con castigo. Disciplinar a


alguien no es lo mismo que castigarlo. “Disciplina” tiene la misma raíz que la palabra “discípulo”,
y nada tiene que ver con castigo. Discípulo es aquel que sigue al maestro, durante un proceso de
aprendizaje, de educación, adquiere conocimientos, instrucción, nuevas habilidades.
Si pensamos en los discípulos de Cristo, de Buda, seres iluminados que contribuyeron para
cambiar el entusiasmo (en-theos) de las personas hacia focos más positivos, entenderemos me-
jor la idea de disciplina.
Los discípulos, los seguidores, ven en la vida del Maestro un camino a ser seguido, se
subordinan, por voluntad propia, a sus enseñanzas, para adquirir una conducta adecuada, ellos
mantienen y respetan un orden. Aunque la vivencia del Maestro y sus enseñanzas puedan tener
fuerza para ser convincentes por sí solas, no cambiarían la vida de tantas personas sin
reciprocidad, estima y amor en la relación.
La idea de Maestro implica contacto frecuente e íntimo con los discípulos en la formación o en la
transformación de sus personalidades, de sus vidas, por el contacto, por lo que en ellos impacta.
Queremos formarnos, transformarnos, porque vemos en el otro, valores y creencias que
deseamos adquirir. Podemos ver el resultado del trabajo de esos valores y creencias y los
deseamos para nuestra vida. Ambicionamos ajustarnos a “la imagen y semejanza del Maestro”.
Esta idea se opone totalmente al concepto de que se nos es inculcado por la fuerza, pues en este
caso la fuerza es la de la propia vida, la del equilibrio, la de las elecciones acertadas, la de la
vivencia centrada.
Cuando un niño es pequeño, no tiene muchas opciones de modelo de maestros, más allá de los
padres, su mundo es restringido. Su primer contacto con el mundo es a través de su madre. Él la
percibe como una extensión de sí mismo. Cuando siente algún tipo de incomodidad, a la primera
manifestación de ello, la madre corre a aliviarlo. Es en los brazos de su mamá, que aprende tam-
bién las primeras sensaciones de que el mundo puede ser confortable, confiable y acogedor.
En corto tiempo, los otros miembros de la familia comienzan a formar parte de su restringido
mundo. Es en ese mundo, con esas personas, que él va a buscar sus referencias; cuanto menor es
el niño, mayor será la influencia de la familia en su vida y en la formación de la personalidad.

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Sólo después de algunos años es que surgirán los amigos, la escuela, los maestros. El horizonte
se va ampliando hasta que, al llegar a la adolescencia, el joven tendrá amplias fronteras en su
mundo, pudiendo optar por otros modelos. En esa etapa, disminuye el impacto de la fuerza de
la familia sobre el individuo,aumentando el del grupo, de la “tribu”.
El niño no sabe juzgar si los modelos presentados por los padres, por la familia y, después, por
maestros y amigos, son los adecuados. Siente el impacto que las acciones de sus modelos
tienen en el mundo, imaginando que, cuando practique actos semejantes, él ejercerá la misma
influencia.
Como no podemos garantizar con qué tipo de valores los niños se identificarán, debemos,
como padres, vivir de modo coherente con nuestros valores; estaremos, de esta forma,
dando a nuestros hijos un modelo en el cual creemos, o por lo menos, un modelo de
coherencia.
Cuando llega la adolescencia, y aparecen los problemas y dificultades inherentes a ella, los
jóvenes tienen amplias fronteras en el mundo, así como otros modelos para escoger.
Es indiscutible la validez de algunos valores, como la honestidad, el amor, la ética, el
compromiso, el respeto, incluso viviendo en un mundo en que nadie cree mucho en ellos hoy
día. Tales conceptos no son circunstanciales, como otros que observamos con frecuencia en
nuestro mundo. El hecho de que busquemos vivir de modo coherente con esos principios es
muy importante; de nada vale tener un bello discurso en cuanto a las actitudes ajenas,
cuando acostumbramos burlar las mismas reglas, hasta en circunstancias banales.
Pregonamos la honestidad, y, cuando recibimos un cambio de más, no lo devolvemos,
pregonamos el respeto, pero nos burlamos de las leyes, hacemos lindos discursos para
mejorar la organización en el gobierno, pero nuestro armario de ropa es un caos, buscamos el
amor, pero resolvemos nuestras dificultades por la fuerza, por la intimidación. Vivir de modo
coherente con los valores verdaderos es el mejor camino para trabajar el Principio de la
Disciplina.
Debemos comenzar a trabajar ese Principio en nuestras reuniones semanales de
Amor-Exigente, en lo que se refiere a autodisciplina, para poder volvernos Maestros a quienes
nuestros hijos desearán seguir, y nuestros propios Maestros.
Cuando llegamos al grupo, nuestra vida estaba totalmente desordenada, no podíamos siquiera
realizar las tareas más simples. Desearíamos cambiar tantas cosas en nuestra vida, en la
familia, que se volvía difícil encontrar un hilo conductor para la acción.
Esperábamos que alguien nos dijera que estábamos en el lugar correcto y que lo
conseguiríamos. Fue eso lo que realmente oímos, escuchamos también que el proceso es
lento y gradual, que nadie tiene una receta pronta y no puede garantizar cuál será el exacto
resultado, esas palabras no nos gustó oír.
Es necesario trabajar la disciplina para persistir, organizarnos para que toda la semana, en
aquel horario, podamos continuar volviendo a las reuniones de Amor-Exigente. El simple
hecho de lograr continuar, ya moviliza nuestro entusiasmo hacia focos más sanos.

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Esos pequeños cambios producen resultados y, en lugar de continuar reaccionando ante los
hechos de la vida, aprendemosa decidir cuáles son las elecciones que haremos. Comenzamos a
pensar en nuestra vida familiar, en nuestro papel de padres y en las consecuencias de nuestras
actitudes en la vida de nuestros hijos.
Reclamamos que nuestro hijo llega a casa a altas horas de la noche, no logramos dormir hasta
que él llega, al día siguiente, no puede cumplir sus compromisos. Reclamación totalmente
correcta, totalmente pertinente, estamos apenas observando fallas en lo tocante al
cumplimiento de horarios y sus compromisos.
Necesitamos verificar cómo nos comportamos en relación a los compromisos: ¿buscamos
llegar un poco antes de la hora marcada? ¿Tomamos en serio esas obligaciones o llamamos a
último momento inventando excusas? En San Pablo, hablar de que “el tránsito es
insoportable” es de las disculpas más usadas; si siempre está insoportable, debemos contar
con esa variable para marcar nuestros horarios. En esos aspectos, ¿hemos sido un modelo
adecuado?
Ya vimos que “Padres e hijos no son iguales”, nuestras dificultades no pueden, por lo tanto,
ser utilizadas para justificar los errores de nuestros hijos; uno de los preceptos más
importantes que aprendemos en Amor-Exigente es la coherencia: no podemos exigir de
nuestros hijos aquello que no sabemos o no queremos cumplir.
Tenemos que comenzar a organizar la vida de nuestra familia, empezando por la nuestra, para
que podamos percibir las dificultades y aprender a lidiar con ellas; esto no significa que
serán resueltas, pero sí que estaremos, por lo menos, tomando el camino correcto. Al llegar al
grupo, vivíamos en una gran confusión, sin conseguir percibir cuales serían las razones.
Nuestra preocupación con las dificultades era que, aunque en apariencia las resolviéramos, no
traían buenos resultados, pero sentíamos que hacíamos algo y, así, nos librábamos de la
incómoda culpa. Aprendimos en el grupo que debíamos dirigir nuestras acciones hacia algo
que diera resultados positivos. Cuando, por ejemplo, nuestro hijo llegaba a nuestra casa con
señales evidentes de haber usado drogas y dejaba objetos esparcidos por todos lados, en
lugar de observarlo por su estado, reclamábamos por el desorden de sus pertenencias,
estábamos peleando por cosas erróneas. El grupo de Amor-Exigente es un grupo de acción,
donde todos pueden hacer sugerencias, pero debemos respetar y escoger los caminos que
estamos preparados para recorrer.
Aunque existan acciones más eficaces, si, entretanto, sentimos que no tenemos la fuerza para
mantenerlas, debemos optar por un pequeño paso, el cual traerá un pequeño resultado, que
nos fortalecerá para dar el próximo. Estaremos haciendo lo que debe ser hecho y no lo que
queremos hacer. Estamos disciplinándonos, respetándonos, buscando nuestro propio ritmo.
Si nos esforzamos por ser coherentes, si vivimos lo que hablamos, si buscamos una conducta
adecuada, en fin, si ese fuera nuestro claro esfuerzo en la vida, los resultados obtenidos
tendrán menor importancia, pues no serán la única cosa deseada. No debemos desear ser
omnipotentes al punto de querer acertar siempre. Lo importante es la búsqueda, en el trabajo
familiar con la disciplina; esta disposición nos dará referencias positivas, que pueden servir de
espejo para nuestros hijos.

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Trabajando este principio, podemos confrontar con nuestra situación familiar. Si antes el
equilibrio era logrado por las actitudes enfermas, dejando que el tiempo pasase, ahora ese
equilibrio se desestabilizó, pues al tomar actitudes generamos crisis, ellas nos llevan al
crecimiento, aunque sean momentos de inestabilidad, necesarios para generar los cambios.
Debemos, entonces, hacer un inventario de nuestra vida familiar,en busca de lo que debe ser
conservado, reforzado o modificado.Existen muchas maneras de realizar esta evaluación, y
cada uno deberá encontrar la suya. Se necesitan hacer cambios, que con certeza los padres
no saben hacerlos, pues ninguno escoge conscientemente caminos que llevan a la debacle; si
los siguieron, fue porque no conocían otro. En este momento, es de crucial importancia que
exista un vínculo fuerte con el grupo, que servirá de guía y orientación.
El inmediatismo surge más de una vez, haciendo que nuestro deseo sea el de encontrar el
Hada Madrina, que va, con su varita mágica, a resolver nuestra situación, transformándonos
en personas serenas, equilibradas, asertivas, con coherencia para resolver todas las
dificultades.
Pero, si no somos culpables por haber dejado que la situación llegue a donde llegó, ahora,
que tenemos un programa y perdemos el beneficio de la ignorancia, somos responsables por
la propia disciplina, por seguir límites y normas y por adquirir un ritmo más sano de vida,
principalmente en este mundo tan desordenado.
Necesitamos tener humildad para saber que, a pesar que no debemos volvernos rehenes de
las conductas inadecuadas de alguien, nuestro cambio no garantiza una nueva disciplina para
todos, sino solamente para los que deseamos un modo más feliz de vivir. Nuestro cambio
puede despertar ese deseo.
La prudencia nos aconseja ir sin prisa. Si no conocemos las notas musicales no podremos
componer una sinfonía, necesitamos antes aprender el valor de cada nota, para poder
combinarlas en un ritmo agradable. Eso es un proceso, no un evento.
Aceptamos las diferencias individuales y la posibilidad de cada persona de disciplinarse, lo
que para un adolescente parece un cuarto bien organizado, pues él sabe exactamente donde
está cada objeto que necesita, a los ojos de los padres, que tienen otro concepto del orden,
puede significar un perfecto desastre.
Debemos poner atención al proceso y percibir si se ganó en calidad de vida, aunque sea un
poco; la fe nos da el soporte para confiar en que el proceso es continuo.
Si buscamos cambiar las cosas simples, podremos sentirnos más fuertes para hacer lo que
necesitamos. Las soluciones simples, con frecuencia, están tan cerca de nuestros ojos que
podemos no lograr verlas.

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