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Principio 12

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Principio 12 – Amor

“Amor verdadero, pronto para dar y recibir”.

El amor, en verdad, no es el último, sino el primer y más importante principio de Amor-Exigente.


Es él el que permea a todos los otros, no es posible vivir sin amor. Él es la base de las relaciones
entre las personas, de los seres humanos con el planeta y la naturaleza. El amor es el fundamento
de la vida, es la vía que da a las personas acceso al mundo, todo lo que hacemos con amor está
bien hecho. El nombre del grupo es AMOR… Exigente. El amor viene antes que todo lo demás
Amor es, ante todo, un sentimiento que predispone al hombre a desear el bien a otro ser
humano, a otros seres y a la naturaleza. Desear el bien a alguien no significa que nuestros deseos
sean lo que el otro precise, cada persona es única, y lo que es bueno para uno puede no serlo
para el otro. Amar es percibir que cada uno tiene sus propios proyectos y respetarlos por eso;
amor es, antes que nada, respeto.
El respeto propio necesita ser conquistado, y los referenciales para el cambio vienen de la propia
persona. Necesito aprender a verme a mí mismo, antes de ver a los demás, para amar a los otros
yo tengo, antes, que aprender a amarme.
Nuestra recuperación comienza con el reconocimiento de que no nos estamos dando cuenta del
recado, ya agotamos nuestros recursos y necesitamos de ayuda. Al llegar al grupo, creemos que
alguien es responsable por nuestro sufrimiento, por todas nuestras dificultades, llegamos con una
receta pronta de felicidad: si sucede esto o aquello seré feliz; colocamos, de esta forma, fuera de
nosotros, externamente, lo que debe ser traído a nuestro interior.
Cada uno es responsable por las propias actitudes, soy yo quien conquisto mi felicidad o
infelicidad. Si no tenemos como modificar las circunstancias externas de nuestra vida, tenemos
como volvernos más fuertes para lidiar con ellas.
Nuestras dificultades hacen que perdamos la noción de límite que hay entre lo que es mío y lo
que es del otro. Fueron tantas las veces que asumimos las consecuencias de lo que el otro hizo,
vivimos su vida, por creer que él no era capaz de vivirla, que nos hizo perder la noción de límite.
Quedamos tan involucrados con la vida del otro, que dejamos de preocuparnos por nuestra vida.
Al pensar sobre nuestra vida, hacemos referencia a la vida del otro. “En casa está todo bien, mi
hijo (o mi marido o mi mujer)… está bien, esta semana él (o ella) no generó ningún problema…”
¿Y usted? ¿Tuvo algún problema? ¿Qué hizo usted por su vida, por usted, independientemente
del otro?
Fuimos hechos para aprender a amar y ser felices; la felicidad es un estado interior, es un
sentimiento de bienestar interior. Cierre los ojos e intente recordar alguna cosa que usted hizo
sólo para usted y que le hizo oír campanas tocando, estrellas brillando durante el día, una
explosión de sentimientos, un deseo de que ese momento nunca terminase…. Eso es la felicidad.
Al llegar al grupo de AE, estamos tan frágiles, que la única alternativa que nos queda es creer en
lo que aquellas personas nos dicen y continuar formando parte del grupo. No nos restan muchas
otras opciones, el sentimientos de “parece que aquí será mi lugar” es una forma de amor, es
querer que el otro también consiga cambiar su vida, de la manera como cada persona que está
aquí ha cambiado la suya, es querer que el otro sienta también el sabor de la miel.
Comenzamos a actuar y, casi sin percibirlo, los cambios van aconteciendo; empezamos por notar
que aquella situación horrible tiene salida y que tenemos elecciones.
Aprendemos que debemos ser dueños de nuestra vida, vivir con nuestros recursos, reconocer
nuestros límites y percibir lo que podemos cambiar, lo que podemos fortalecer.
Al poco tiempo, por medio de las metas semanales, todo va ocupando su lugar. La sensación de
opresión en el pecho, de que algo muy malo va a suceder, da lugar a otra sensación: la de que
existe salida! Los problemas existen para ser solucionados y, si hicimos nuestra parte, con
seguridad tendremos resultados positivos. Es que nosotros llegamos al grupo deseando una
solución mágica, inmediata!
Salimos con la sensación agradable de que “si el problema no ha sido solucionado, estoy en
camino”, tomé las riendas de mi vida y los cambios, con seguridad, se reflejarán en la vida
familiar.
El amor es afecto, cariño, amistad, respeto, es sentir placer con la felicidad del ser amado, es
querer el bien del otro; amar es percibir que las personas son tan diferentes como su concepto de
felicidad.
El amor se comienza a construir en el amor propio. Es aprendiendo a amarse a sí mismo que las
personas aprenden a amar a los otros. El niño construye su identidad por las sensaciones que
despierta en los demás, es recibiendo reacciones de amor, simpatía, respeto, que él reconoce que
es digno de esos sentimientos. Es sintiendo el amor en la familia que el niño aprende a amarse a
sí mismo.
En el difícil camino que cada uno de nosotros recorre para llegar acá, fuimos perdiendo los
referentes positivos de amor, y dejamos de amarnos. Con la fuerza y el amor del grupo, el
incentivo hacia los cambios, trae como resultado que cada uno de nosotros va reaprendiendo a
amarse.
Nos fuimos reconociendo en cada persona que llega aquí, acogiéndola y respetándola, y así
vamos aprendiendo a respetarnos, a acogernos, a reconocernos.
El amor propio es el primer “síntoma” de recuperación. El cuidado de nuestra apariencia es el
reflejo de los cambios internos; significa que la apariencia interior se está volviendo más bella.
La percepción de que tenemos opciones es una de las referencias más fuertes de recuperación;
nosotros podemos escoger continuar viviendo de esa manera, pero ya sabemos cuáles son los
resultados. No necesitamos actuar más de esa forma. Vamos sacando de nuestra casa interior el
polvo que se fue acumulando sin que lo percibiéramos y que por algún tiempo nos impidió ver
nuestro brillo.
Percibimos que para volver a brillar es necesaria la disciplina – ser dueño de la voluntad y no es-
clavo de los deseos. Amar es hacer lo que necesita ser hecho, y no necesariamente lo que
queremos hacer.
El amor construye, fortalece. Aprendiendo a amarme, yo despierto cada día pensando en cuáles
serán las actitudes a tomar para ser hoy mejor de lo que fui ayer – cuáles serán las actitudes que
me construyen.
Percibirse digno de amor es la base para comenzar a extender esa amor a las personas que me
rodean; ser amado es bueno y constructivo, voy a intentar extender esto tan bueno a los que
están cerca de mí. El amor es aprendido, es conquistado… y también se puede perder. Amar es,
antes que nada, reconocerse digno, responsable por las propias elecciones y sus consecuencias.
Nosotros sólo conseguimos ayudar a alguien a cambiar su propia vida, a recuperarse, por medio
del amor. Rabia, rencor, resentimiento, no elevan las relaciones, son, en primer lugar,
sentimientos destructivos que comienzan su acción en quién los tiene. Para amar al otro, a aquel
que nos trajo acá, necesitamos, primero que nada, abandonar el resentimiento y en segundo
lugar entregar el perdón, encarar el pasado como un tiempo que ya fue y no puede ser cambiado.
La falta de armonía es un estado de ánimo por el cual todos los miembros de la familia son
responsables¸ es peligroso para las relaciones vincular nuestro bienestar a una determinada
acción o a un resultado, si no percibimos que tenemos elecciones y que con ellas podemos llevar
a las personas a actuar de modo de causar daño, éste afecta en primer lugar a quien practicó la
acción.
La bendición de la sobriedad invade nuestra familia cuando encontramos en nuestro corazón la
compasión por el sufrimiento del otro. Sabemos que ni padres ni hijos eligen causar dolor al otro.
Nosotros podremos recibir amor cuando comprendamos que todos somos dignos de recibirlo. En
esencia, todos somos iguales, en el sufrimiento, en el dolor. Si el otro nos infringe daño, o
creemos que su comportamiento es condenable, cómo encontrar en nuestro corazón lugar para
la compasión, para el perdón, para el amor? No sabemos cuáles serán las consecuencias de las
inconductas para quienes las practicó, pero podemos observar sus efectos en la vida de los que
los rodean. Para quien las practicó no podemos evaluar cuál será el daño interno de sus acciones.
Es por amor que sufrimos.
Viendo más allá de lo superficial, de lo observable, reconocemos en el otro lo que aprendemos a
reconocer en nosotros, conseguimos aceptar integralmente sus dificultades para cambiar,
acordándonos de las nuestras, aceptamos su prontitud para crear confusiones, admitiendo las
nuestras, aceptamos su inquietud interior sintiendo hoy la tan duramente conquistada serenidad
que no creíamos que existiera, que parecía ser apenas un espejismo. Concedemos el perdón al
otro aprendiendo a concedérnoslo a nosotros mismos.
No significa, entre tanto, que tengamos que tolerar sus insanidades, sus abusos o todo aquello
que fuera inaceptable en el comportamiento del otro. Nosotros sabemos que existen elecciones
insensatas, y, como no siempre sabemos como lidiar con ellas, necesitamos parar, pensar, pedir
ayuda para que podamos escoger adecuadamente; debemos percibir nuestros límites y actuar
dentro de ellos; con la elección correcta sentiremos aquella sensación de paz interior que nos
ayuda a enfrentar hasta las más rigurosas tempestades. El objetivo es aprender a actuar de
manera diferente, no para crear murallas que nos separen de la persona que amamos, pero si pa-
ra separarlo de sus actitudes, con las cuales no concordamos; esa persona no es lo mismo que sus
actitudes. Aprendemos a diferenciar a la persona de la enfermedad.
Nos detenemos a reflexionar sobre la ayuda que recibimos en nuestra vida, recordamos toda la
fuerza que obtuvimos en esa hora en que nos sentíamos exhaustos y de todas las palabras que
oímos, que parecían no tener sentido en ese momento, pero que, en un instante, volvieron a
nuestro recuerdo, y entonces reconocemos que eran correctas para esa situación.
La sensación agradable que va siendo conquistada en los relacionamientos abre espacios en
nuestra vida para que podamos percibir mundos que están más allá de nuestros problemas, de
nuestra familia. Estamos, en ese momento, prontos para reconocer el origen de la verdadera
ayuda, para cambiar el nombre de las coincidencias que sucedieron con nosotros. Cómo
conseguimos llegar hasta acá? La respuesta a esta pregunta nos lleva a reconocer el verdadero
nombre de todas esas “coincidencias” que sucedieron y ese nombre es el del Poder Superior,
como cada uno lo conciba.
El es la fuente de toda la fuerza, de toda la ayuda, de todo el consuelo; nosotros, que
participamos en los grupos de AE, somos apenas un canal para irradiar ese amor.
En este momento estaremos prontos para poner verdaderamente nuestra vida y nuestra
voluntad en sus manos, para pedir, ahora concientemente, que él cuide de nuestras vidas, nos
ayude a tener fuerza para hacer lo que necesitamos hacer y para que podamos gozar todas las
maravillas que hay en nuestro camino. Podemos, así, pedir que él cuide verdaderamente de
nuestras vidas, pues cuando nosotros lo hacíamos solamente conseguíamos causar muchas
confusiones.
Ignorar que existe comunicación con Dios es como desconectar el cable por donde nos llega la
mayor energía de la vida; entrar en contacto con Dios, entretanto, es un proceso que exige
práctica; pedimos, en los momentos difíciles, conocer su voluntad, en lugar de que se haga la
nuestra. Debemos parar, tranquilizarnos y abrir nuestra mente y nuestro corazón para conocer su
voluntad, y ponernos en marcha para ejecutarla, debemos creer que Dios está con nosotros y nos
guía.
Comenzamos con el foco de nuestro entusiasmo, por lo tanto de nuestra espiritualidad, en
alguien o en alguna situación: aquella persona o situación que nos trajo al grupo.
Con base en los Principios, el trabajo cambia al poco tiempo, el foco de nuestro interés, de
nuestra espiritualidad; llevándolo para nuestra vida, iniciamos la construcción de una vida mejor,
con más calidad, más saludable y digna.
Esta construcción sirve de palanca para levantar paredes de relacionamientos fuertes, con
respeto y amor. La empatía toma el lugar del resentimiento – “calzarse los zapatos de otros y
andar con ellos” nos lleva a reconocer sus dificultades. Los cambios producen resultados y
entusiasmo, y, ese movimiento, puede cambiar no sólo el foco sino también el cómo colocarlo.
No sólo aprendemos a dirigir nuestra energía hacia objetivos que podrán provocar cambios, sino
que también aprendemos a relacionarnos de modo diferente con ellos. La preocupación ahora es
no sólo con los cambios, sino también, y principalmente con la calidad de los cambios deseados.
Parece que el trabajo en AE es externo. Y realmente lo es. Comienza con cambios externos que
van dando sus frutos y volviendo el foco de interés para el interior. Trabajamos, actuamos,
cambiamos nuestra vida, e internamente los cambios se procesan de la misma manera, aunque, a
veces, imperceptiblemente.
Los que están aquí, se sienten unidos, viviendo dificultades semejantes, buscando todos un
mismo objetivo: cambiar sus vidas, discutir sobre cual es su papel en el mundo, percibir que
existen otras personas que están en el mismo camino, sentirse parte, “hacer parte”. Este es un
grupo de personas trabajando juntas, buscando algo en común, haciendo un esfuerzo para ver
más allá de nuestras ideas individuales y los intereses del propio grupo.
Estar aquí y permanecer es un acto de fe. Mientras no comenzamos a sentir los efectos de los
cambios para probar el sabor de la miel, todos se apoyan en algo abstracto, pero confiamos en
que es posible vivir de manera diferente. Oímos tantas veces que podíamos conseguirlo, que
volvemos a creerlo. No tenemos, muchas veces, otra salida; o creemos o continuamos viviendo
con las dificultades.
Trabajamos la aceptación en relación a nosotros mismos, como prerequisito para aceptar al otro,
trabajamos mientras tomamos conciencia de nuestras dificultades, sabemos de esos grandes
esfuerzos y lo pequeños que son, a veces, los resultados prácticos, aprendemos a ver al otro
como nos vemos a nosotros mismos, con respeto y compasión, y, finalmente, trabajamos la
verdadera aceptación cuando dejamos de cuestionar la voluntad de Dios para con nuestras vidas,
dejamos de quejarnos de nuestras dificultades y las vemos como una oportunidad para nuestro
crecimiento, y ya no más como obstáculos en nuestros caminos. Si observamos la vida de Cristo
en este mundo, veremos que también él tuvo dificultades y pidió ayuda.
El amor hace que podamos abandonar nuestro modelo de felicidad como el único verdadero, y
aceptamos, con humildad, que todos somos dignos de respeto; no procuramos, a partir de
entonces, hacer que el otro recorra los caminos que nosotros elegimos. Si no estamos de
acuerdo, ayudamos a iluminar sus caminos y apoyamos sus elecciones, sabiendo que sólo siendo
responsables por ellas es que podrán crecer.
Practicamos la humildad reconociendo que no tenemos que ser expertos, o sabiondos, aquellos
capaces de resolver todo, aprendemos a pedir ayuda cuando no conseguimos resolver algo,
reconocemos nuestra real dimensión, necesitamos de la fuerza y de la experiencia de cada
persona que está acá.
La tolerancia nos recuerda que no es nuestra tarea juzgar quien quiere ser. Las dificultades que
tenemos hoy, o las que tuvimos, pueden presentárseles a cualquier persona. La dependencia es
una enfermedad que no hace distinciones. Aceptamos a todos los que llegan, viendo en la
diversidad de experiencias oportunidad para el crecimiento y no motivo de exclusión.
El sufrimiento del otro despierta en nosotros pesar, dolor. La compasión es lo primero para las
relaciones que se basan en el amor. Si sufrimos, debemos respetar el dolor del otro, la compasión
nos aproxima a aquellos que amamos.
El amor es el sentimiento que nos nutre. Él nos hace más fuertes para lidiar con las adversidades
de la vida. Él nos hace más propensos a recibir con alegría los presentes que la vida nos da. Así, él
no nos despoja de nuestra identidad, por el contrario, nos hace más conscientes de ella, y eso
permite que nuestra inserción en el mundo sea por una vía exclusiva: nosotros mismos.
“Si yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, y me faltara el amor no sería
más que bronce que resuena y campana que toca. Si yo tuviera el don de profecías, conociendo
las cosas secretas con toda clase de conocimiento, y tuviera tanta fe como para trasladar los
montes, pero me faltara el amor, nada soy. Si reparto todo lo que poseo a los pobres y entrego
hasta mi propio cuerpo para ser quemado, pero sin tener amor, de nada me sirve.
El amor es paciente, servicial y sin envidia. No quiere aparentar ni se hace el importante. No
actúa con bajeza ni busca su propio interés. El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvida
las ofenzas y perdona. Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la verdad. El amor
disculpa todo, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta. El amor nunca pasará.”
Carta de San Pablo a los Corintios.

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