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Batalla de Riachuelo: Guerra Triple Alianza

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Temas abordados

  • logística militar,
  • impacto en la guerra,
  • tácticas militares,
  • narrativas de los sobrevivient…,
  • historia de Brasil,
  • testimonios históricos,
  • historias de vida,
  • batalla de Riachuelo,
  • perspectivas históricas,
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  • historias de vida,
  • batalla de Riachuelo,
  • perspectivas históricas,
  • tecnología naval

REVISTA DE HISTORIA NAVAL

Segundo trimestre 2023


Nú mero 160, pp. 109-142
ISSN: 0212-467X (edició n en papel)
ISSN: 2530-0873 (edició n en línea)
RHN.04
https://doi.org/10.55553/603sjp16004

LA BATALLA DE RIACHUELO
Pablo PALERMO
Magíster en Historia de la Guerra
Universidad de la Defensa Nacional
Buenos Aires, Argentina
Recibido: 04/03/2023 Aceptado: 08/05/2023

Resumen

La batalla de Riachuelo, librada el 11 de junio de 1865, fue un encarnizado


enfrentamiento sostenido entre las escuadras de Brasil y Paraguay durante la
guerra de la Triple Alianza. Librada por contendientes dotados de vapores y
plagada de imprevistos, su resultado eliminó a la escuadra paraguaya como
fuerza combatiente, contribuyendo a la derrota de la ofensiva del sur lanzada
por el Paraguay contra Argentina y Brasil.

Palabras clave: historia naval, historia de Argentina, historia del Paraguay,


historia de Brasil, guerra de la Triple Alianza.

Abstract

The Battle of Riachuelo, foughton 11 June 1865, was a fierce confrontation


between the Brazilian and Paraguayan squadrons during the War of the Triple
Alliance. Waged by steam-powered combatants and plagued by unforeseen
events, its out come eliminated the Paraguayan squadron as a fighting force,
contributing to the defeat of the Southern offensive launched by Paraguay
against Argentina and Brazil.

Keywords: Naval history; History of Argentina; History of Paraguay;


History of Brasil; War of the Triple Alliance.

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PABLO PALERMO

Introducción

L
A guerra de la Triple Alianza, también conocida como la guerra del
Paraguay o guerra Guasú («grande» en guaraní), que se extendió desde
fines de diciembre de 1864 hasta marzo de 1870, enfrentó a los aliados
(Argentina, Brasil y Uruguay) contra Paraguay. Los orígenes mediatos de
dicho conflicto están vinculados a la rebelión que estalló en la República
Oriental del Uruguay en abril de 1863, iniciada por Venancio Flores, caudillo
del Partido Colorado. Con diversa intensidad, tal rebelión involucró a Brasil y
Argentina, cuyos gobiernos eran afines al caudillo oriental. Frente la presión
de sus poderosos vecinos, el gobierno uruguayo, a cargo del presidente
Bernardo Berro, perteneciente al Partido Blanco, buscó ayuda en Francisco
Solano López, joven presidente de Paraguay, con el objetivo de lograr la inter-
vención militar de dicho país en los conflictos del Río de la Plata1. El líder
paraguayo tenía su propia agenda de intereses, y si bien su país mantenía dife-
rendos por sus fronteras con el Imperio del Brasil y con Argentina, en un prin-
cipio se mostró reacio al belicista canto de sirenas de los blancos uruguayos.
Sin embargo, de modo paulatino, comenzó a intervenir diplomáticamente
frente a Argentina y Brasil, a la vez que, a partir de febrero de 1864, inició la
preparación de su ejército para la guerra.
Tras una serie de eventos diplomáticos, y ante la prolongación de la guerra
civil en la Banda Oriental del Río de la Plata, el Imperio del Brasil, el 4 de
agosto de 1864, presentó un ultimátum a la República Oriental del Uruguay,
sustentado en los perjuicios que sufrían los ciudadanos brasileños en dicho
país a causa de la guerra. En el ultimátum se advertía sobre una posible inter-
vención militar imperial en el pequeño Estado oriental en caso de incumpli-
miento de las condiciones allí expuestas. La intimación fue devuelta por las
autoridades uruguayas y desestimada. Paraguay envió a su vez a Brasil una
protesta en la que, claramente, sostenía que consideraría cualquier ocupación
del territorio uruguayo por parte de las fuerzas imperiales «como atentatorio
al equilibrio de los Estados del Plata, que interesa a la República del Para-
guay, como garantía de su seguridad, paz y prosperidad, y que protesta de la
manera más solemne contra tal acto, descargándose desde luego de toda la
responsabilidad de las ulterioridades de la presente declaración»2.
En octubre de 1864, tropas brasileñas ingresaron en territorio uruguayo en
apoyo de Venancio Flores. El gobierno paraguayo concretó el primer acto
hostil contra Brasil el 12 de noviembre de 1864, con la captura del vapor
mercante Marqués de Olinda, en tránsito por aguas paraguayas.
El 22 de diciembre de 1864, Paraguay lanzó su ofensiva contra el Mato
Grosso en manos brasileñas. En rápida progresión, las fuerzas del presidente
López capturaron el fuerte Coimbra, sobre el río Paraguay, y ocuparon
Corumbá (el 3 de enero de 1865) y otras poblaciones como Miranda, Doura-

(1) MOTA MENEZES, Alfredo da: A guerra é nossa, Contexto, São Paulo, 2020, pp. 34ss.
(2) Archivo Nacional de Asunción (ANA), ANA-AHRP-2972.

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LA BATALLA DE RIACHUELO

dos, Albuquerque y el territorio en litigio con Brasil. La inconsistente resisten-


cia brasileña fue rápidamente vencida, por lo que, más allá de otras operacio-
nes menores, podría decirse que las acciones principales habían concluido
durante la primera quincena de enero de 1865.
A fin de extender la campaña militar hacia el sur de Brasil y concretar la
invasión de Rio Grande do Sul, el gobierno paraguayo, en nota fechada el 14
de enero de 1865, solicitó al argentino autorización para que tropas del país
atravesasen la provincia de Corrientes con el fin de operar contra el Brasil3. El
permiso fue negado el 9 de febrero de 1865, y en la misma fecha el gobierno
argentino solicitó explicaciones sobre la acumulación de tropas paraguayas en
la frontera argentina.
Ante la negativa argentina, López convocó un congreso extraordinario,
que empezó a sesionar el 5 de marzo de 18654 y durante el cual se resolvió
ratificar lo actuado ante Brasil, declarar la guerra a la Argentina y designar
mariscal al propio presidente López. Mientras tanto, en febrero de 1865, el
gobierno del Partido Blanco uruguayo había caído, y el líder colorado,
Venancio Flores, asumió el gobierno provisorio del Uruguay con el apoyo
militar brasileño.
Las hostilidades paraguayas contra la Argentina comenzaron el 13 de abril
de 1865, con el ataque y captura de dos vapores argentinos fondeados en el
puerto de la ciudad de Corrientes, capital de la provincia homónima, 1.200
kilómetros aguas arriba de Buenos Aires, sobre el río Paraná. Al día siguiente
se inició la invasión terrestre a dicha provincia, con un contingente que
progresivamente alcanzó unos 20.000 hombres. Ocupada la capital y reforza-
da en hombres y suministros, esta fuerza se dirigió hacia el sur en forma para-
lela al río Paraná, hasta alcanzar la ciudad de Goya. Otra columna paraguaya,
proveniente de Encarnación y de unos 12.000 hombres, avanzó desde el Para-
ná en escalones –el primero, a principios de mayo de 1865, y el segundo, a
fines de dicho mes– en dirección al río Uruguay, hacia São Borja y luego a
Uruguaiana, en territorio brasileño. Esta columna presentó la particularidad de
dividirse en dos: una menor (de algo más de tres mil hombres) se desplazó por
territorio argentino, mientras que la otra lo hacía por el territorio brasileño.
Ambas marcharon en paralelo, separadas por el río Uruguay.
El gobierno argentino envió hacia Corrientes a las pocas fuerzas de infan-
tería de línea disponibles en la capital (alrededor de mil hombres); encomendó
a las milicias correntinas de caballería la misión de hostigar a los invasores, y
ordenó una serie de medidas que tenían como finalidad la reunión de un
importante ejército, proceso que se extendió por casi todo 1865. El 1 de mayo
de dicho año se celebró en Buenos Aires el Tratado de la Triple Alianza, que
consagraba el esfuerzo bélico común de Argentina, Brasil y Uruguay contra el
Paraguay.

(3) ANA-AHRP-PY-3485.
(4) OʼLEARY, Juan E.: Nuestra epopeya, Imprenta y Librería La Mundial, Asunción, 1909,
p. 30.

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PABLO PALERMO

El 20 de mayo de 1865, las dos divisiones de la escuadra brasileña disponi-


bles en el teatro de la guerra alcanzaron la posición de la pequeña fuerza de
infantería argentina en Corrientes, sobre el río Paraná. Aprovechando esta
circunstancia, así como el hecho de que el grueso del ejército paraguayo se
había alejado más de doscientos kilómetros de Corrientes, dejando allí una
guarnición de unos 1.500 efectivos, el general Paunero, al mando de las fuer-
zas de línea argentinas, reforzadas por algunas tropas de infantería brasileña y
transportado por la escuadra imperial, el 25 de mayo de 1865 realizó un asalto
a la capital correntina. Al derrotar a la guarnición paraguaya, Paunero demos-
tró la vulnerabilidad de la línea de retirada de las tropas del mariscal López,
cuyas comunicaciones amenazaba porque los invasores no controlaban el río
Paraná, y asaltos como el realizado podían ser repetidos. Pese a que las fuer-
zas aliadas tuvieron que retirarse de la recapturada Corrientes, las repercusio-
nes estratégicas del asalto fueron sustanciales ya que, como consecuencia del
ataque, el presidente paraguayo ordenó la retirada de la división que bajaba
bordeando el Paraná y comenzó a planear un nuevo golpe. A partir de ese
momento, su atención se iba a poner en la escuadra brasileña, para impedir
que se reiterasen operaciones como la realizada contra la capital correntina5 y
negar al enemigo el dominio del río6.

Antecedentes inmediatos a la batalla

Luego de la retirada de la ciudad de Corrientes, la escuadra imperial había


permanecido fondeada unos diecisiete kilómetros al sur de la capital correnti-
na, en las proximidades de la desembocadura en el Paraná de un curso de agua
conocido como el Riachuelo. Como señaló el práctico Santiago Giudice, vete-
rano conocedor de los ríos Paraná y Paraguay que prestó ocasionales servicios
a la escuadra brasileña, el río Paraná, al doblar aguas abajo la punta de la
ciudad de Corrientes, divide sus aguas en un verdadero archipiélago de islas y
bancos hasta abajo mismo del Riachuelo. El canal mayor corre del lado corren-
tino del río, mientras que del lado chaqueño corre un canal menor navegable
para todos los buques en época de creciente. Giudice sostuvo que los principa-
les buques brasileños tenían mucho calado para transitar el Paraná, cuyos pasos
son difíciles, llevan poca agua y tienen un canal angosto; sin embargo, en el
momento de la batalla de Riachuelo había suficiente caudal para dicha escua-
dra. El paso frente al Riachuelo es hondo, pero angosto y de cuidado7. Al norte

(5) LEUCHARS, Chris: To the bitter end, Greenwood Press, Connecticut (EE.UU.), 2002,
p. 65.
(6) CENTURIÓN, Juan Crisóstomo: Memorias o Reminiscencias históricas de la guerra del
Paraguay I, Biblioteca Virtual del Paraguay, p. 206.
(7) Archivo Juan Bautista Gill Aguinaga (AJBGA), fondo Estanislao Zeballos (EZ),
Santiago Giudice, carpeta 137. Reproducido en BREZZO, L. (ed.): La guerra del Paraguay en
primera persona. Testimonios inéditos. Fondo Estanislao Zeballos, Tiempo de Historia, Asun-
ción, 2015, p. 196.

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LA BATALLA DE RIACHUELO

FUENTE: Memórias do almirante barão de Teffé. A batalha naval do Riachuelo

–y también aguas abajo–, el río Paraná es lo bastante ancho para permitir a los
buques evolucionar fácilmente8. De acuerdo con el mapa confeccionado por
Antonio Luiz von Hoonholtz (futuro almirante y barón de Teffé), quien en
1865 era 1.er teniente y comandante de la cañonera brasileña Araguary, la
escuadra imperial estaba ubicada al norte de la desembocadura del Riachuelo9.
La misión de la escuadra brasileña, fuerte de nueve vapores de guerra, era
bloquear el río Paraná, y a tales fines su jefe, el vicealmirante Francisco
Manoel Barroso, entendió más ventajoso el fondeadero ubicado del lado del
Chaco, al sur de la capital de Corrientes10.
Respecto del ataque a la escuadra imperial, en comunicación del 1 de junio
de 1865 al delegado del gobierno paraguayo en Corrientes, José Berges, el
mariscal López afirmó: «Por el ancladero de los brasileros parece que no
podrán ser hostilizados con ventaja sino los buques que queden hacia el
Riachuelo, donde el canal queda más contiguo a la barranca»11. Una semana
después instruyó a Berges:

«Mañana a la tarde o en la primera noche necesitaré saber la situación precisa


de la escuadra enemiga y su número así como la facilidad o dificultad que haya
para establecer una batería volante arriba del Riachuelo y debajo de la escuadra
para bloquear a esta por abajo y hostilizarla con ventaja. Comunique esto a los

(8) CENTURIÓN, pp. 206-207.


(9) HOONHOLTZ, Antônio Luiz von: Memórias do almirante barão de Teffé. A batalha
naval do Riachuelo, Livraria Garnier Irmãos, Río de Janeiro, pp. 13-14.
(10) Ibídem, p. 16.
(11) ANA-AHRP-PY-3933, carta de Francisco Solano López a José Berges, 1 de junio
de 1865.

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mayores Cabral y Martínez y deme aviso con el mayor detalle posible para ver lo
que pueda hacerse»12.

Los preparativos para el ataque paraguayo a la escuadra brasileña se ven


reflejados en el testimonio de George Gibson, maquinista inglés al servicio
del Paraguay en el vapor Marqués de Olinda durante la batalla del 11 de junio
de 1865, cuyo testimonio fue recogido por Von Hoonholtz. Gibson manifestó
que

«desde nuestro inesperado desembarco [el ejecutado por los aliados] en Corrientes
el 25 de mayo, el mariscal expidió severas órdenes al general Robles y al coronel
Bruguez ordenándoles que explorasen sin demora la costa correntina y en un
punto donde el canal fuese más estrecho, montasen una batería de los cañones de
más grueso calibre que dispusiesen, bien oculta y flanqueada por trincheras para
abrigo de los fusileros»13.

La segunda división de la escuadra brasileña, integrada por las naves


Amazonas, Parnahyba, Araguary, Iguatemy y Mearim, estaba al mando del
vicealmirante Francisco Manoel Barroso, quien como oficial de mayor grado
tenía, además, el comando de la escuadra. La otra división (la tercera), al
mando del capitán de mar y guerra José S. Gomensoro, a inicios de junio de
1865 estaba integrada por los vapores Jequitinhonha, Beberibe, Belmonte e
Ypiranga.
Todos los vapores brasileños habían sido diseñados como buques de guerra
para operar en el mar. Presentaban las siguientes características generales: la
fragata Amazonas, al mando del capitán de fragata Theotonio de Brito, despla-
zaba 1.050 toneladas, su casco era de acero (acorazado), disponía de seis
piezas (cuatro cañones de 68, un obús de 68 y una pieza rayada de 70), y su
dotación se componía de 149 marinos y un contingente de infantería de 313
plazas; la corbeta Jequitinhonha desplazaba 637 toneladas, su casco era de
acero (acorazado), estaba al mando del capitán teniente Joaquim José Pinto,
contaba con ocho piezas (seis cañones de 32 y dos de 68), y su dotación se
componía de 120 marinos más un contingente de infantería de 166 hombres;
la corbeta Beberibe desplazaba 560 toneladas, su casco era de madera, estaba
al mando del capitán teniente Bonifacio de Sant’Anna, tenía siete piezas (seis
cañones de 32 y uno de 68) y su dotación la integraban 178 marinos, un
contingente de infantería de 110 hombres y 36 de la artillería del ejército
imperial; la cañonera Parnahyba desplazaba 637 toneladas, su casco era de
madera (acorazado), se encontraba al mando del capitán teniente Garcindo de
Sá, disponía de siete piezas (cuatro cañones de 32, dos de 68 y una pieza raya-
da de 70 Whitworth), y contaba con una dotación de 141 marinos y un contin-
gente de 122 infantes; la cañonera Belmonte, al mando del 1. er teniente
Joaquim Francisco de Abreu, desplazaba 600 toneladas, su casco era de acero

(12) Ibídem, 8 de junio de 1865.


(13) HOONHOLTZ, p. 66.

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(acorazado), tenía ocho bocas de fuego (cuatro cañones de 32, tres de 68 y una
pieza rayada de 70 Whitworth), y contaba con una dotación de 109 marinos,
más 95 hombres del cuerpo de policía de Río de Janeiro y del 1.er batalhão de
artillería; la cañonera Araguary desplazaba 400 toneladas, su casco era de
madera (acorazado), su comandante era el 1.er teniente Antonio Luiz von
Hoonholtz, contaba con cuatro piezas (dos de 32 y dos de 68), con una dota-
ción de 89 marinos y 83 infantes; la cañonera Ypiranga desplazaba 350 tone-
ladas, su casco era de madera, se encontraba al mando del 1.er teniente Álvaro
de Carvalho, tenía siete piezas de 30, y contaba con una dotación de 106 mari-
nos y 65 hombres del cuerpo de policía de Río de Janeiro; la cañonera
Mearim, al mando del 1.er teniente Eliziario Barbosa, desplazaba 415 tonela-
das, su casco era de madera (acorazado), tenía siete piezas (cuatro cañones de
32 y tres de 68), y contaba con una dotación de 125 marinos y 67 hombres del
cuerpo de policía de Río de Janeiro; por último, la cañonera Iguatemy despla-
zaba 400 toneladas, su casco era de madera, estaba al mando del 1.er teniente
Joaquim Xavier de Oliveira Pimentel, disponía de cinco piezas (dos de 32 y
tres de 68), y su dotación la integraban 96 marinos y 117 hombres del cuerpo
de policía de Río de Janeiro. Todas las naves estaban propulsadas por hélices,
excepto la Amazonas, que disponía de ruedas. La escuadra disponía, pues, de
59 piezas de artillería, de las cuales solo tres eran rayadas de calibre 70; las
restantes eran veintiuna piezas de 68, veintiocho de 32 y siete de 3014.
Al igual que otras Armadas del mundo, la escuadra brasileña atravesaba la
etapa de transformación de la propulsión exclusivamente a vela a los motores
de vapor; del casco de madera a la construcción con hierro, y de la artillería de
avancarga y cañón liso a las piezas de retrocarga y rayadas. Los navíos impe-
riales presentes en el Paraná al inicio de las hostilidades en la provincia de
Corrientes presentaban algunas de tales transformaciones.
Las modificaciones en el diseño de las naves traían aparejados cambios en
la artillería. Por ejemplo, una nave de la década de 1820, la Pedro I, de sesen-
ta metros de eslora, contaba con 74 piezas de artillería. En la década de 1860,
la fragata Amazonas, también de unos sesenta metros de eslora, contaba con
apenas seis piezas, aunque de calibre superior15 y mayor alcance. Los cañones
Whitworth citados presentaban un ánima rayada de sección hexagonal que
permitía el giro de un proyectil ojival de 70 libras16. La menor cantidad de
piezas se explica por el espacio que debía destinarse a la maquinaria de vapor,
las ruedas de las hélices, los tanques de agua y el almacenamiento de carbón,

(14) SCHNEIDER, Ludwig: A guerra da Tríplice Alliança contra o governo da República


do Paraguay I, Río de Janeiro, 1876, p. 166; GRAU PAOLINI, Jaime E., e IRICÍBAR, Manuel A.:
«La batalla naval del Riachuelo», Boletín del Centro Naval, núm. 822 (oct.-dic. 2008), Buenos
Aires, p. 406.
(15) LOPES DA SILVA, Carlos André: «Armamentos e novas tecnologias empregadas pela
Armada Imperial na guerra da Tríplice Aliança», en Memoria. XII Encuentro Internacional de
Historia de la Guerra de la Triple Alianza, Corrientes, Argentina, 16-17-18-19 septiembre de
2021, Moglia Ediciones, Corrientes, 2021, p. 228.
(16) Ibídem, p. 229.

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que ocupaban buena parte del espacio tradicionalmente destinado a los caño-
nes, los cuales fueron desplazados a los extremos del combés17.
Sin perjuicio de la superioridad brasileña sobre la escuadra paraguaya en
número de naves, bocas de fuego y tecnología –a lo que debemos añadir el
hecho de ser buques específicamente diseñados para la guerra, y no mercantes
armados, como casi todas las naves paraguayas–, la mayoría de los buques
imperiales eran aún de madera y, por lo tanto, vulnerables al fuego de las bate-
rías costeras que pudiesen montar los paraguayos18.
El mayor tamaño y desplazamiento de las naves brasileñas se traducía
también en un mayor calado; tal circunstancia, en el río Paraná –poco profundo y
donde se debía navegar en estrechos canales–, imponía restricciones a la manio-
brabilidad de la escuadra. Otra limitación que afectaba a la escuadra imperial era,
paradójicamente, una consecuencia indeseada de la modernidad; la maquinaria,
que independizaba a las naves del viento, requería combustible: el carbón19, cuya
escasez obligó a que, para el día 3 de junio de 1865, todas las naves alimentasen
sus fuegos con leña extraída de los cercanos bosques chaqueños, reservando el
carbón para casos de combate20. A la misma fecha, la escuadra tenía doscientos
enfermos afectados por distintas dolencias, y prácticamente todos los días falle-
cía al menos un integrante de la escuadra por razones de salud21. Otro serio
inconveniente era la dificultad en el abastecimiento de alimentos, circunstancia
reiteradamente reflejada en el diario del vicealmirante Barroso22.
Por su parte, la escuadra paraguaya estaba organizada en tres divisiones.
La primera estaba integrada por los vapores Yberá, al mando del teniente de
navío Pedro V. Gill (jefe además de la división); Marqués de Olinda, al del
teniente de navío Ezequiel Robles, y Jejui, al del alférez Aniceto López. La
segunda división la componían los vapores Ygurey, al mando del capitán de
corbeta Remigio Cabral (a su vez, jefe de la división); Salto Oriental, al del
alférez V. Alcaraz, e Yporá, al del teniente Domingo A. Ortiz. La tercera divi-
sión la conformaban los vapores Tacuary (buque insignia), al mando del capi-
tán de fragata José María Martínez; Paraguarí, al del teniente Alonso, y Pira-
bebé, al del teniente T. Pereyra23.
Todos los buques, a excepción de la Tacuary, eran mercantes improvisados
para la guerra a los que se había dotado de artillería; con ruedas al costado,

(17) Ibídem, p. 228.


(18) Ibídem, p. 232.
(19) CASTRO OLIVEIRA FILHO, Sergio Willian de: «O bloqueio à esquadra bloqueadora: as
dificultades logísticas da força naval brasileira às vésperas da batalha naval do Riachuelo», en
Memoria. XII Encuentro Internacional..., p. 65.
(20) Ibídem, p. 72.
(21) Diario del vicealmirante Francisco Manoel Barroso del día 3 de junio de 1865,
Revista Marítima Brazileira (11 de junio de 1883), pp. 4-5.
(22) Ibídem, días 1 y 6 de junio, pp. 1 y 7.
(23) AJBGA, EZ, memorias de Pedro Gill, carpeta 137. Reproducidos en BREZZO, p. 142;
BENITES, Gregorio: Las primeras batallas contra la Triple Alianza, El Lector, Asunción, 2012,
p. 49. CENTURIÓN (p. 207) aporta algunas diferencias en los comandantes de los buques para-
guayos.

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excepto Salto Oriental, Pirabebé e Yberá, que eran de hélice. Sus máquinas
estaban colocadas arriba del nivel de agua; por ende, se hallaban expuestas a
la artillería enemiga24. El comandante de la escuadra era el capitán de navío
Pedro Ignacio Meza, quien izaba su insignia en la Tacuary, y el segundo
comandante, Remigio Cabral. Todos los maquinistas de las naves paraguayas
eran ingleses –excepto uno o dos de los segundos, que eran paraguayos– y
cada buque contaba con un cirujano a bordo25. En cuanto a las tripulaciones,
López había adoptado como sistema embarcar en los buques de la Armada,
como simples marineros, a la flor de la juventud de Asunción. De tal modo
formaba marinos y alejaba de la capital a esos elementos cultos26.
La Tacuary desplazaba 430 toneladas, su casco era de acero y contaba con
seis cañones, dos de a 32 y cuatro de a 24; la Paraguarí desplazaba 628 tone-
ladas, su casco era de acero y contaba con cuatro piezas de a 24; la Ygurei
desplazaba 548 toneladas, su casco era de madera y contaba con cuatro caño-
nes; la Yporá desplazaba 205 toneladas, su casco era de madera y contaba
también con cuatro piezas de artillería; la Marqués de Olinda desplazaba 300
toneladas, su casco era de madera y, recientemente capturada a los brasileños,
había sido dotada de cuatro cañones; la Jejui desplazaba doscientas toneladas,
su casco era de madera y contaba con dos cañones; la Salto Oriental desplaza-
ba 250 toneladas, su casco era de madera y contaba con cuatro piezas artille-
ras; la Pirabebé desplazaba 150 toneladas, su casco era de hierro, y contaba
con una solitaria pieza de a 32, y la Yberá, con cuatro cañones. Dado que,
como se verá, la Yberá no participó de la batalla, la escuadra paraguaya
alineaba solo treinta piezas de artillería27, contra las 59 imperiales. Pero debe
tenerse en cuenta además que, excepto dos piezas de 32, todos los cañones de
los vapores paraguayos eran de 24 o de calibre inferior28. Otro parámetro obje-
tivo de la diferencia entre las escuadras es el tonelaje de desplazamiento de las
mismas, que refleja en cierto modo las dimensiones y fortaleza de las naves
que las integraban; y así, mientras que las naves paraguayas sumaban 2.711
toneladas, la escuadra imperial reunía 5.04929.
El propio periódico El Semanario, diario oficial paraguayo, señaló las dife-
rencias entre ambas escuadras:

«La escuadra brasilera era compuesta de cascos expresamente hechos para la


guerra con inmenso número de cañones de alto calibre, y de nueva invención,
cuando nuestros vapores son unas barquillas, como buques mercantes armados de
guerra con pocos cañones y de corto alcance, como todos saben»30.

(24) CENTURIÓN, p. 207.


(25) THOMPSON, George: Guerra del Paraguay I, Buenos Aires, 1910, p. 81.
(26) AJBGA, EZ, informe de Ángel Peña, carpeta 119. Reproducidos en BREZZO, p. 44.
(27) THOMPSON, p. 81; AJBGA, EZ, informes de Juan Crisóstomo Centurión, carpeta 137,
reproducidos en BREZZO, p. 38; GRAU PAOLINI e IRICÍBAR, p. 406.
(28) SCHNEIDER, t. I, p. 168.
(29) GRAU PAOLINI e IRICÍBAR, p. 406.
(30) El Semanario, núm. 582, 17 de junio de 1865, p. 2.

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Para equilibrar en parte el poder de fuego de ambas escuadras, López orde-


nó la instalación sobre la barranca cercana al Riachuelo, del lado correntino
del Paraná, de una batería de artillería terrestre y fusileros. En carta del 10 de
junio de 1865, López indicó a Berges:

«El mayor Aquino que lleva esta mandará la infantería del comandante Bruguez
compuesta de los Batallones 25, 26, 37 y 42, estos dos últimos irán de allí para el
Riachuelo después de oscurecer de modo que no se perciba en el pueblo (…) El
mayor Martínez quedará con una batería para atender a un golpe de mano y si el
comandante Bruguez prefiere llevar esa batería lo hará también, siendo bastante la
infantería del 3 y 24 que en caso de necesidad apoyará también al comandante
Bruguez a cuyas órdenes deberá ponerse el mayor Martínez y en tal caso»31.

En forma concordante, Julián Godoy manifestó que el jefe de la artillería


paraguaya en Corrientes, José María Bruguez, recibió el 10 de junio de 1865
la orden de marchar con veintidós piezas de artillería ligera hacia el Riachue-
lo, encuadradas en el regimiento de artillería a caballo n.º 232. El mismo
Godoy fue enviado a Corrientes como representante de la autoridad del maris-
cal López. Según Godoy, las piezas de artillería llegaron la noche del 10 de
junio a la quinta de Derqui, sobre el Riachuelo, donde se levantó una fortifica-
ción pasajera a la espera del combate, que se estimaba ocurriría en la madru-
gada del día 1133. La posición carecía de parapetos y de cualquier tipo de
defensa. El calibre de las piezas variaba de 4 a 1834. La artillería era comple-
mentada con la fuerza de infantería ya citada. A las piezas de Bruguez y sus
doscientos artilleros se unieron seis obuses y otros cien artilleros al mando del
mayor Alvarenga35. Según el plano de la batalla elaborado por Von Hoonholtz,
la artillería paraguaya se ubicó sobre la ribera correntina del Paraná, al norte
del Riachuelo, mientras que los fusileros se ubicaron sobre la misma ribera
tanto al norte como al sur del Riachuelo36.
El plan paraguayo fue resumido por el futuro general y presidente de Para-
guay Bernardino Caballero, alférez en junio de 1865. Como Paraguay carecía
de flota, la solución que se le ocurrió al mariscal López fue quitársela a los
brasileños, para lo cual no había más que acercarse sin hacer ruido y abordar-
les los barcos por sorpresa37.

(31) ANA-AHRP-PY-3933, carta de Francisco Solano López a José Berges, 10 de junio


de 1865.
(32) El Semanario, núm. 582, 17 de junio de 1865, p. 2.
(33) AJGA, EZ, informes del sargento mayor Julián Godoy, carpeta 144. Reproducidos
en BREZZO, p. 121.
(34) CENTURIÓN, p. 209.
(35) AJGA, EZ, informes del sargento mayor Julián Godoy, carpeta 144. Reproducidos
en BREZZO, p. 121.
(36) HOONHOLTZ, pp. 13-144.
(37) RODRÍGUEZ ALCALÁ, Guido: General Bernardino Caballero. Testimonio de un
combatiente de la guerra del Chaco en Paraguay, Ediciones LAVP, Nueva York, 2019, libro
digital, cap. IV.

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LA BATALLA DE RIACHUELO

El entonces teniente de navío Pedro V. Gill narró los preparativos para el


ataque a la escuadra brasileña, operación a la que calificó como «el sueño
dorado» del mariscal López. A tal fin, el presidente paraguayo le había orde-
nado el 9 de junio que fuese a Corrientes a tomar el croquis de las posiciones
de la escuadra brasileña, labor que cumplió con la colaboración de un baquea-
no correntino. En la tarde del 10 de junio presentó el resultado de su trabajo
en Humaitá, fortaleza sobre el río Paraguay donde López había instalado su
cuartel general. Agregó Gill que, a las cinco de la tarde de ese mismo día, se
realizó una reunión con los comandantes de las naves paraguayas, en la que el
presidente López ordenó el ataque. Interrogados al respecto, Remigio Cabral y
Pedro V. Gill (como los más conocedores del río Paraná) sostuvieron que el
ataque debía ser nocturno y que la mejor hora era de tres a cuatro de la maña-
na, considerando la velocidad de marcha de los navíos paraguayos. El comba-
te debía ser de sorpresa y abordaje, dado que no había posibilidad de que la
escuadra paraguaya derrotase a la brasileña en un duelo artillero. Godoy ratifi-
có que ese era el plan, el cual contaba con el apoyo de los demás oficiales
navales38. Sin embargo, el coronel Wisner von Morgenstern, militar húngaro al
servicio de Paraguay, sugirió que se utilizasen también seis chatas, dotadas
con sendos cañones de 68, tres de las cuales estaban en Humaitá y las restan-
tes en Paso de la Patria (en la confluencia de los ríos Paraguay y Paraná). La
moción fue aprobada por López pese a la oposición de los marinos. En tales
condiciones, el tiempo estimado de viaje desde Humaitá era de unas siete
horas saliendo a la «prima noche» (las ocho de la noche)39.
Von Hoonholtz refirió en sus memorias la plausible explicación que le
brindó luego de la batalla George Gibson, maquinista inglés del Marqués de
Olinda, aportando detalles de los movimientos previstos en el plan original
paraguayo, en los cuales el uso de las chatas no aparecía fuera de lugar. Según
Von Hoonholtz, Gibson indicó que el plan era apoderarse de las naves impe-
riales, y que las chatas serían posicionadas en la curva del Riachuelo para,
junto con la artillería de Bruguez, atacar a las naves brasileñas que escapasen
del abordaje e intentasen una fuga hacia el sur40.
Esto explica la previsión para el uso de las chatas como complemento de la
escuadra paraguaya, no para un combate abierto –como a la postre ocurrió–,
sino para batir, junto con la batería costera, a los buques brasileños en fuga. El
plan de los marinos paraguayos era tomar las naves brasileñas por abordaje,
no entablar un duelo artillero que, dada la desproporción de cantidad y calibre
de las piezas, sería favorable a los imperiales, tal como demostró Lanchester
para enfrentamientos entre fuerzas disímiles41. En tales condiciones, las seis

(38) AJBGA, EZ, informes del sargento mayor Julián Godoy, carpeta 144. Reproducidos
en BREZZO, p. 121.
(39) Ibídem, memorias de Pedro Gill, carpeta 137. Reproducidos en BREZZO, p. 142.
(40) HOONHOLTZ, p. 67.
(41) HUGUES, Wayne P.: Táctica de flota, Instituto de Publicaciones Navales, Buenos
Aires, 1988, pp. 30 y 34-36.

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piezas de 68 de las chatas de poco servirían frente a las veinticuatro de idénti-


co o superior calibre de la armada brasileña.
Según Von Hoonholtz, Gibson le manifestó:

«Debíamos llegar frente a Corrientes como a las dos de la mañana y continuar


a toda fuerza por el canal de leste [el canal del lado correntino del río], sin luces ni
faroles, pues en el oscuro de la noche y proyectados sobre la orilla opuesta quizá
pasaríamos inadvertidos. Mismo en el caso contrario ninguna bala nos pegaría y la
escuadra paraguaya dejando las chatas en la vuelta del Riachuelo haría fuerza de
máquina a tomar el canal del Chaco avanzando por la popa de la escuadra brasile-
ra y abordando sucesivamente todos sus buques antes de darles tiempo de acudir
al zafarrancho. El Mariscal concluía sus instrucciones con esta frase “¡Costáo a
costáo; una banda de metralla sobre la cubierta; una descarga de fuzileria, y luego
echar-se de sabre en puño adentro del buque enemigo!” (…) Como cada buque
paraguayo disponía, además de su tripulación, de 200 hombres de abordaje, ¡figú-
rese usted, Señor Comandante, si nosotros estaríamos o no seguros de que la lucha
sería de arma blanca, y fácil nuestra victoria! Tanto es cierto eso que el Mariscal al
despedirnos no cesaba de repetir: “¡Acaben con los brasileños pero traigan sus
buques intactos para refuerzo de nuestra escuadra!”»42.

La escuadra paraguaya pasaría frente a la brasileña, al amparo de la oscuri-


dad, por el lado correntino del Paraná; se liberaría de las chatas dejándolas en
Riachuelo; daría la vuelta a la isla de la Palomera y, tomando el canal chico de
la Palomera (del lado chaqueño del río), atacaría desde el sur a la escuadra
imperial en su fondeadero.
¿Cómo harían los paraguayos para navegar a oscuras en el Paraná? La
respuesta podría suministrarla el hecho de que en la noche del 10 al 11 de
junio de 1865 había luna llena43 y que, de acuerdo al relato de Von Hoon-
holtz, al amanecer del 11 de junio el cielo estaba despejado, lo que permite
deducir que a la noche tampoco hubo nubes que ocultasen al satélite
terrestre.
Juan Crisóstomo Centurión, testigo de la batalla pero no de la planificación
del ataque, afirmó en sus Memorias o Reminiscencias históricas de la guerra
del Paraguay que el plan era

«presentarse al lugar donde se encontraba fondeada la escuadra enemiga al


romperse el día, y pasando de largo más abajo de ella, volver acto continuo proas
aguas arriba, yendo a colocarse cada uno al costado de cada uno de los buques
brasileros, y previa una descarga, abordarlos. Esta operación debía verificarse con
toda la rapidez posible, de manera que los buques enemigos no tuviesen tiempo de
ponerse en movimiento ni prepararse al combate, y que los paraguayos pudiesen
combatir con ellos brazo a brazo, en la seguridad de que estos entonces llevarían
sobre sus contrarios una incontestable ventaja»44.

(42) HOONHOLTZ, pp. 67-68.


(43) https://www.tutiempo.net/luna/fases-junio-1865.htm?h=s.
(44) CENTURIÓN, p. 208.

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LA BATALLA DE RIACHUELO

Puede apreciarse que la versión brindada por Centurión coincide, en gene-


ral, con los restantes relatos, pero con una importante salvedad: la hora.
Centurión indicó que el ataque se produciría «al romper el día» –que fue lo
que efectivamente ocurrió– y no en plena madrugada, que era lo originaria-
mente previsto.
Cabe recordar que la sorpresa es uno de los principios de la guerra o prin-
cipios de la conducción, como también son conocidos en la actualidad. Según
Vigo, tales principios «consisten en un número de guías que contienen la
esencia de los mejores consejos para la conducción de acciones militares»45.
El número de los principios varía entre las fuerzas armadas de los distintos
países, pero su núcleo suele ser similar. A modo de ejemplo, tomaremos la
noción que tal principio tiene en las fuerzas armadas más poderosas de la
actualidad: las de los Estados Unidos de América. Según su JC 3-0, «el propó-
sito de la sorpresa es atacar en un momento o lugar o de una manera para la
que el enemigo no está preparado», agregando que «la sorpresa puede ayudar
al comandante a cambiar el equilibrio de poder de combate y así lograr el
éxito fuera de proporción con el esfuerzo efectuado»46.
A la luz de las nociones transcriptas, considerando la desproporción del
poderío de ambas escuadras y el objetivo de abordar a la imperial para
capturar navíos, la sorpresa aparece como un requisito esencial de la
operación.
Según George Thompson, ingeniero británico que prestó servicios en el
ejército paraguayo durante la guerra, para el abordaje de las naves imperiales
se distribuyeron en los vapores de la escuadra, según su capacidad, quinientos
hombres del batallón 647, a los que Centurión agregó en su relato hombres del
batallón 7 48, ambas unidades veteranas de la campaña de Mato Grosso.
Thompson señaló que los hombres del batallón 6 fueron elegidos uno por uno
y que, ante la instrucción del mariscal López de traer prisioneros, a una sola
voz dijeron: «¿Para qué queremos prisioneros? ¡Los mataremos a todos!», a lo
que el presidente paraguayo insistió en que capturasen «algunos»49. En el rela-
to de Gibson, citado por Von Hoonholtz, el número de infantes por nave
(doscientos hombres) aparece como excesivo, pero evidentemente la cantidad
mencionada por Thompson, sumada a la sorpresa, fue considerada suficiente
para derrotar a las fuerzas imperiales.
En los hechos, el consejo de Von Morgenstern, sumado a otras circunstan-
cias, contribuyó a desvirtuar la naturaleza del ataque. La chata, como su
nombre sugiere, era una pequeña embarcación de poco calado que apenas

(45) VIGO, Jorge Ariel: Fuego y maniobra. Breve historia del arte táctico, Folgore
Ediciones, Buenos Aires, 2005, p. 15.
(46) JOINT CHIEFS OF STAFF: Revision of Joint Publication 3-0 del 17 de enero de 2017,
apéndice A, «Principles of Joint Operations», punto 2, apartado h.
(47) CENTURIÓN, p. 208.
(48) AJBGA, EZ, informes de Juan Crisóstomo Centurión, carpeta 137. Reproducidos en
BREZZO, p. 38.
(49) THOMPSON, p. 81.

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sobresalía de la superficie del agua (un pie, según Centurión)50. Había sido
concebida en 1862 para operar oculta en las riberas. De unos 15 a 20 metros
de eslora, fondo plano y perfil a ras de agua, las chatas portaban un cañón de
68 o de 80 y una tripulación de seis a ocho hombres. Sus disparos podían
hacer mucho daño a un buque, mientras que, por su pequeña dimensión y bajo
perfil, era muy difícil para la artillería naval lograr impactarlas. No tenían
medios de propulsión, por lo que debían ser remolcadas51. Ello obligó a los
navíos paraguayos a reducir su velocidad de marcha, para no hundir a las
chatas con el oleaje que produce el desplazamiento de todo buque de cierto
tonelaje.
Del relato de Gill surge que se requerían unas siete horas de navegación
desde Humaitá hasta Riachuelo. La escuadra finalmente zarpó después de
medianoche, por lo que era imposible alcanzar la posición brasileña en la
madrugada, con buques que debían navegar a una velocidad inferior por el
remolque de las chatas y que, además, debían detenerse a recoger las otras
chatas existentes en Paso de la Patria. Remigio Cabral, 2.º comandante de la
escuadra paraguaya, señaló la tardía orden de partida dada por el mariscal
López como principal causa del resultado de la batalla52.
Como explican Grau Paolini e Iricíbar, la distancia de navegación desde
Humaitá (lugar de donde zarpó la escuadra paraguaya) a Tres Bocas
(confluencia del Paraná con el Paraguay) era de veinticinco millas náuticas, y
desde Tres Bocas hasta el fondeadero de la escuadra imperial, de otras dieci-
nueve. Si los buques hubiesen podido navegar a su velocidad normal (unos
ocho nudos), y sumando la corriente a favor (del orden de tres nudos), habrían
podido recorrer la distancia de Humaitá a Riachuelo en cuatro horas. Pero, al
verse obligados a remolcar las chatas, debieron navegar a velocidad reducida
(unos cuatro nudos). Considerando la corriente, el tiempo necesario para
navegar hasta Riachuelo era en realidad de seis horas y media. Tomando en
cuenta una demora de una hora para detenerse en Tres Bocas y pasar a remol-
que a las restantes chatas en la oscuridad de la noche, la navegación del
conjunto insumiría algo más de siete horas, tal como se había informado al
mariscal López. Por ende, para llegar al fondeadero a las cuatro de la mañana,
la escuadra paraguaya, a más tardar, hubiera debido zarpar a las 20:00 («prima
noche», según había señalado Gill)53.
Hubo, además, otra causa de demora. Godoy indicó que el vapor Yberá, al
mando de Gill, sufrió una avería y que toda la escuadra esperó su repara-
ción54. Según Hoonholtz, Gibson refirió además el percance mecánico en otro
vapor, la Paraná, que no aparece en las otras fuentes consultadas. La avería

(50) CENTURIÓN, p. 207.


(51) GRAU PAOLINI e IRICÍBAR, p. 404.
(52) AJBGA, EZ, informes de Remigio Cabral, carpeta 137-1. Reproducidos en BREZZO,
p. 139.
(53) GRAU PAOLINI e IRICÍBAR, p. 405.
(54) AJBGA, EZ, informes del sargento mayor Julián Godoy, carpeta 144. Reproducidos
en BREZZO, p. 121.

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LA BATALLA DE RIACHUELO

en el vapor Yberá no pudo ser reparada, imposibilitando así que siguiese


adelante, por lo que la escuadra paraguaya se redujo a ocho buques55 y seis
chatas.
Puede apreciarse de lo descripto que, pese a que habían transcurrido nueve
días desde la primera evidencia documentada de la intención de atacar a la
escuadra brasileña, los preparativos y el plan concreto se hicieron a último
momento. Esta precipitación provocó omisiones tan notables como no consi-
derar que las ruedas laterales de los vapores paraguayos dificultaban sobrema-
nera la aproximación para un abordaje, no tener en cuenta que la mayor altura
de los navíos imperiales suponía otro obstáculo para el asalto, o no llevar
ganchos para el abordaje56.
La escuadra paraguaya se puso en movimiento en Humaitá pasada la
medianoche del 10 al 11 de junio. La detención para sumar las chatas, más el
desperfecto que sufrió la Yberá, retrasaron en demasía la aproximación de los
buques guaraníes. Como bien observó Centurión, lo más prudente hubiera
sido postergar el asalto57 –en cualquier caso, el plan original era de imposible
realización–, pero el comandante Meza decidió seguir adelante con el ataque,
que se produciría a plena luz del día58.
Según Von Hoonholtz, Gibson afirmó haber advertido al comandante de la
Marqués de Olinda, Ezequiel Robles,

«que sería prudente no seguir más adelante; parar la máquina, y al acercarse el


Tacuary proponer al comodoro de quedarnos allí –donde nadie podía vemos ni
sospecharnos– hasta media noche, y bajar entonces. El comandante aceptó mi
consejo y [e] hizo stopper. Pero Mezza le contestó rabioso: “¡No! ¡Váyase usted a
tomar su puesto y siga adelante!”»59.

Agregó Gibson que Meza no se detuvo en Riachuelo, sino que siguió hasta
la cancha de Lagraña, donde se detuvo a comprobar los daños sufridos por la
escuadra paraguaya en su pasaje frente a la brasileña, y que, en vista de ellos,
decidió colocarse en Riachuelo bajo la protección de los cañones de
Bruguez60.
Gibson sostuvo que, ya instalados en Riachuelo, al advertir que la escuadra
imperial se había puesto en marcha, Ezequiel Robles sugirió a Meza bloquear
el paso de los brasileños anclando tres o cuatro buques paraguayos en el canal,
a lo que Meza se negó señalando que en Riachuelo estaban bien, que los
brasileños serían derrotados si bajaban y que, si no lo hacían, los atacarían en
la noche siguiente61.

(55) El Semanario, núm. 582, 17 de junio de 1865, p. 2.


(56) THOMPSON, p. 81; RODRÍGUEZ ALCALÁ: ob. cit.
(57) CENTURIÓN, p. 208.
(58) AJBGA, EZ, memorias de Pedro Gill, carpeta 137. Reproducidas en BREZZO, p. 142.
(59) HOONHOLTZ, p. 69.
(60) Ibídem.
(61) Ibídem, p. 70.

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PABLO PALERMO

Cabe destacar que Gibson declaró en el proceso, presidido por el mariscal


López, contra el general Wenceslao Robles acaecido meses después de la
batalla de Riachuelo. En tales declaraciones (Gibson declaró dos veces) no
hizo referencia al primer diálogo entre Ezequiel Robles y el capitán Meza (el
de la conveniencia de suspender el ataque), y respecto del segundo (el relativo
a cómo enfrentar a la escuadra imperial), la versión que dio es diferente, ya
que en la misma es Gibson quien propone a Robles bloquear el canal, idea que
este desestima y que se niega a poner en conocimiento de Meza62.
El 11 de junio de 1865, domingo de la Santísima Trinidad, amaneció fresco
e iluminado por un sol brillante en un cielo sin nubes63. A las ocho y media o a
las nueve de la mañana (el primer horario es el brindado por Von Hoonholtz, y
el segundo, el del vicealmirante Barroso), la escuadra paraguaya fue avistada
por el vigía de la Mearim, que dio aviso al comandante de la escuadra brasile-
ña64. En esos momentos «se estaba poniendo la mesa» para el almuerzo65,
transmitiendo Barroso la orden de salida general en toda la división y fuegos
encendidos66. Sin embargo, para sorpresa de los imperiales, las naves paragua-
yas pasaron rumbo al sur, siguiendo el canal que separa la isla de la Palomera
de Corrientes, cuando la escuadra brasileña estaba en el otro brazo del río, a
una milla de distancia, según Thompson67. La prolija descripción efectuada
por Von Hoonholtz de la gran cantidad de medidas necesarias, y el tiempo
insumido en las mismas, a fin de aprestar a la Araguary para el inminente
combate68, revela la inconveniencia de la pérdida del factor sorpresa –que
hubiera favorecido enormemente a la escuadra paraguaya– de haber tomado a
la escuadra imperial impreparada para la lucha.
La escuadra guaraní se había aproximado en forma casi paralela a los acci-
dentes de la costa correntina; de allí que apareciese y desapareciese de la
vista, lo que llevó a Von Hoonholtz a pensar que se había detenido en el puer-
to de Corrientes. Sin embargo, minutos más tarde reapareció en perfecta línea,
habiendo acortado la distancia que separaba a cada uno de los vapores69. Enca-
bezaba la línea la Marqués de Olinda, que fue además la primera en abrir
fuego contra la escuadra imperial70.
El paso de la escuadra paraguaya frente a la imperial, efectuado con sus
tropas de infantería sobre cubierta –es decir, expuestas al fuego enemigo–,

(62) ANA, PY-ANA-SH-448n1-1-204, proceso al brigadier Robles, testimonio de George


Gibson, f. 347.
(63) HOONHOLTZ, p. 19
(64) SCHNEIDER, t. I, anexos, p. 140, parte del 1.er teniente Eliziario José Barbosa, coman-
dante de la Mearim.
(65) AJBGA, EZ, informe de Antonio Valentino, carpeta 137. Reproducido en BREZZO, p. 199.
(66) OSORIO, Joaquim Luis, y OSORIO, Fernando Luis: Historia do general Osorio II, Río
de Janeiro, 1894, parte del vicealmirante Francisco Manoel Barroso, pp. 75-76.
(67) THOMPSON, p. 82.
(68) HOONHOLTZ, pp. 20-21.
(69) Ibídem, p. 23.
(70) ANA, PY-ANA-SH-448n1-1-204, proceso al brigadier Robles, testimonio de George
Gibson, f. 347.

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LA BATALLA DE RIACHUELO

llamó la atención de Von Hoonholtz («pobres víctimas» y «carne de cañón»,


reflexionó en alusión a ellas)71 y no quedó impune. La escuadra brasileña
abrió fuego, encabezada por la Belmonte, que era el primer buque, mirando
hacia el norte, de la línea. Los vapores imperiales dispararon con sus piezas de
estribor72. El fuego fue respondido por la escuadra paraguaya al tiempo que
pasaba a la altura de la escuadra imperial rumbo al sur, desapareciendo luego
tras la isla de la Palomera, por lo que el intercambio inicial de fuego, aunque
muy intenso, no duró más que unos minutos; no obstante, produjo muchas
víctimas entre los paraguayos, así como averías en sus vapores73. El maquinis-
ta británico de la Marqués de Olinda George Gibson narró haber comprobado
la existencia de diversas perforaciones en el casco de dicho buque y en el de
la Tacuary tras el paso frente a la escuadra imperial74. Una bala cortó la soga
de remolque de una de las chatas, y otra partió en dos la caldera del vapor
Jejui, que de esta manera quedó fuera de combate75.
Superada la posición de la escuadra imperial, los vapores paraguayos
llegaron hasta la cancha del Rincón de Lagraña. Allí invirtieron su marcha,
volviendo hacia el norte, pero sobre el mismo canal del lado correntino del
río. Los imperiales advirtieron tal circunstancia al ver las columnas de humo
negro emerger sobre la vegetación de las islas ubicadas en el centro del Para-
ná. La escuadra paraguaya estaba a unas cuatro millas de la brasileña76.
Meza ubicó a sus naves en el recodo del Riachuelo, en una posición
aparentemente desventajosa, porque estaba inmovilizada77. La estática posi-
ción de la escuadra paraguaya se explica por el poder de fuego adicional que
le brindaba la artillería instalada sobre la barranca del Paraná. También
porque, en esa relativa inmovilidad, las chatas podían utilizar sus piezas, algo
que no podían hacer mientras eran remolcadas puesto que, al estar sus caño-
nes instalados en sentido longitudinal con el casco, de abrir fuego, sus proyec-
tiles impactarían en el matalote de proa o de popa según la posición de la
pieza, pero siempre afectando a un buque propio.
La escuadra paraguaya se había formado cerca de la orilla correntina del
Paraná. Los primeros buques de la línea se ubicaron frente a la desembocadu-
ra del Riachuelo, bajo la protección de la artillería del ejército, al mando de
Bruguez, instalada en las barrancas. La línea quedó desplegada de la siguiente
manera: Tacuary, Igurey, Marqués de Olinda, Salto Oriental, Paraguarí,
Yporá, Jejui y Pirabebé. Las seis primeras, con las chatas de remolque78.

(71) HOONHOLTZ, p. 22.


(72) SCHENEIDER, t. I, anexos, parte del capitán teniente Aurelio Garcindo Fernandes de
Sá, comandante de la Parnahyba, pp. 122-125.
(73) HOONHOLTZ, p. 23.
(74) ANA, PY-ANA-SH-448n1-1-204, proceso al brigadier Robles, testimonio de George
Gibson, ff. 347-347v.
(75) CENTURIÓN, p. 209.
(76) HOONHOLTZ, p. 24.
(77) Ibídem, pp. 29-30.
(78) Ibídem, pp. 13-14.

REVISTA DE HISTORIA NAVAL 160 (2023), pp. 109-142. ISSN 0212-467X 125
PABLO PALERMO

El almirante Barroso decidió salir en persecución de los vapores paragua-


yos. Izada desde la Amazonas la señal «bater o inimigo o mais próximo que
cada um pudér», la escuadra imperial se puso en marcha aguas abajo, por el
mismo canal que había utilizado la paraguaya. Memoró Von Hoonholtz que la
táctica a seguir era tan simple que no requería más señal: virar en contramar-
cha manteniendo la distancia; pasar a un cuarto de fuerza por delante del
enemigo, batiéndole con la artillería de babor y los fusileros, hasta la punta de
Santa Catalina; alcanzada la misma, girar de nuevo a contracorriente y avan-
zar a toda máquina aguas arriba para, colocándose en paralelo al enemigo,
batirlo, esta vez con todo el poder ofensivo de la artillería de estribor79. Esto
fue lo que la escuadra imperial hizo. El práctico Santiago Giudice afirmó que
Barroso procedió de tal modo porque no advirtió la presencia de las baterías
terrestres. Lo más aconsejable hubiera sido tomar entre dos fuegos a la escua-
dra paraguaya, dejando una división aguas arriba y otra aguas abajo, yendo
por el canal menor del Paraná, ubicado del lado chaqueño del río. En ese caso
no habría escapado un solo buque paraguayo80. El conocido como canal chico
de la Palomera contaba con agua suficiente para ser atravesado, en un trayecto
que, además, los buques imperiales hubieran podido realizar protegidos del
fuego paraguayo. Antonio Valentino, práctico de la Parnahyba en la batalla de
Riachuelo, coincidió con este criterio, hecho corroborado por él mismo la
víspera del enfrentamiento. Valentino atribuyó la decisión al desinterés de
Barroso por conocer el Paraná81.
La Belmonte encabezó la línea imperial, seguida por Jequitinhonha (donde
estaba el jefe de la tercera división, Gomensoro), Parnahyba, Iguatemy, Bebe-
ribe, Mearim, Ypiranga y Araguary. La nave almiranta, Amazonas, no viró;
permaneció donde estaba, y viendo pasar a las naves a su mando, sustituyó en
aquella ocasión la señal anterior por la más imperativa «o Brazil espera que
cada um cumpra o seu deber»82. La línea brasileña se introdujo en el canal del
lado correntino del Paraná, entre la batería de Bruguez, la escuadra paraguaya
y la isla de la Palomera. La escuadra imperial no advirtió la batería terrestre
enemiga, y cuando la Belmonte llegó a las proximidades del Riachuelo, los
paraguayos abrieron fuego de cañón, fusilería y cohetes a la Congreve83. Las
limitaciones de maniobra de la escuadra brasileña –por encontrarse en un
canal estrecho– y la posición adoptada por su homóloga paraguaya –estática,
cerca de la costa y bajo la protección de la batería terrestre– dieron a la batalla
un patrón propio de tiempos pasados que habría agradado a Douglas, quien
sostuvo en 1858 que «la ciencia militar moderna renuncia a la práctica de
luchar en orden paralelo, línea contra línea, multitud contra multitud»84.

(79) Ibídem, pp. 30-31.


(80) AJBGA, EZ, Santiago Giudice, carpeta 137. Reproducido en BREZZO, p. 196.
(81) Ibídem, informe de Antonio Valentino, carpeta 137. Reproducido en BREZZO, ib.
(82) HOONHOLTZ, pp. 31-32.
(83) Ibídem, p. 32.
(84) DOUGLAS, Howard: On naval warfare with steam, Londres, 1858, p. 88.

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LA BATALLA DE RIACHUELO

La Jequitinhonha, líder de la división de Gomensoro y de la vanguardia y


donde este izaba su insignia, al advertir el fuego enemigo viró a babor, hacia
la costa correntina, con la intención de seguir aguas arriba para posicionarse
mejor frente a la batería paraguaya. La Parnahyba y los demás buques, tal
como se esperaba, imitaron la maniobra85. La única excepción la constituyó la
Belmonte, que a la cabeza de la columna, al no percatarse de esa maniobra,
continuó río abajo –dentro del canal no podía hacer otra cosa– y, por lo tanto,
soportó en solitario el fuego de Bruguez y Meza. En la estrechez del canal, la
Jequitinhonha encalló justo enfrente de donde se encontraba Centurión. Allí
fue blanco de los fusiles de la infantería paraguaya, apostada sobre la barran-
ca. Pero, advirtiendo el poco daño que las balas de fusil producían a la nave,
Centurión indicó al sargento mayor Julián Godoy la conveniencia de traer a
esa posición al menos dos piezas de artillería; así se hostilizaría con más
eficacia a la Jequitinhonha, que no cesaba de hacer fuego sobre las tropas
terrestres paraguayas. Godoy mandó traer al punto esos dos cañones,
cuyos disparos casi a boca de jarro dejaron acribillado el costado de la
Jequitinhonha que daba a la barranca86.
Las maniobras de la Jequitinhonha y la Parnahyba, evidentemente, causa-
ron confusión en la línea imperial. El comandante de la Ypiranga describe
que también la Iguatemy viró a babor a la altura de Riachuelo, lo que lo obli-
gó a hacer lo mismo; y que, navegando ya aguas arriba, también se encontró
con la Beberibe, que iba aguas abajo, o sea, en dirección contraria a su
rumbo –ya había virado–, pasando entre la tierra correntina y la Ypiranga,
todo ello bajo el fuego de la escuadra paraguaya y de la batería terrestre.
Respecto de la situación descripta, los manuales de la época preveían, por
ejemplo, que

«se evitará cuando sea posible, y cualquiera que sea la Orden en que navegue la
escuadra, que unos buques se pongan de rumbo encontrado a otros; siendo toda la
responsabilidad de las averías que puedan resultar de cortar la proa del Capitán
que ejecuta esta maniobra; pues solo será permitido ejecutarla en el caso de empe-
ño inmediato sobre tierra o sobre peligros, o por otro accidente fortuito»87.

Las naves que iban al final de la línea, entre ellas la Araguary, quedaron
bajo el fuego de la artillería y la fusilería paraguayas, neutralizándose el
alcance de sus propios cañones al quedar trabados en combate a tan corta
distancia88.
Mientras tanto, la Belmonte, como consecuencia de un disparo que, prove-
niente de una pieza ubicada en una chata, le provocó un rumbo, comenzó a
hacer agua. Para evitar que se hundiera fue varada sobre un banco junto a la

(85) LOBO, Miguel: Señales para el régimen de las escuadras y táctica para buques de
hélice II, Madrid, 1862, pp. 18-19.
(86) CENTURIÓN, p. 210.
(87) LOBO, p. 15.
(88) HOONHOLTZ, pp. 33-35.

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PABLO PALERMO

isla Cabral, al sur de la de la Palomera. Cuando tocó fondo, el agua sobrepasa-


ba dos pies el suelo de la cubierta89. Esto ocurrió alrededor de las diez de la
mañana. Von Hoonholtz destacó que la escuadra brasileña habría corrido
mucha peor suerte si los tiros de la batería terrestre hubieran sido más efica-
ces. Efectivamente, muchos de ellos pasaban por arriba de las naves brasile-
ñas, para ir a impactar en la isla de la Palomera, probablemente porque la altu-
ra de los barrancos impedía a la batería hacer puntería hacia abajo
eficazmente, más allá de cierto ángulo negativo. Por el contrario, las balas
imperiales producían rumbos en los buques paraguayos, y la metralla diezma-
ba en cubierta a los infantes. Hasta los árboles, que habían servido de enmas-
caramiento para la artillería sobre la barranca, al ser dañados por los proyecti-
les brasileños despedían con violencia trozos que arrasaban con las tropas allí
ubicadas90.
Tras dos horas de recio cañoneo, desde la Amazonas, descendiendo río
abajo entre la línea brasileña y la paraguaya, el vicealmirante Barroso ordenó
megáfono en mano que lo siguieran. La Ypiranga no pudo cumplir inmediata-
mente dicha orden, porque la estrechez del canal le dificultaba la maniobra
para evitar quedar varada. Finalmente pudo seguir a la Iguatemy y atribuirse
el hundimiento de una chata a la altura de Santa Catalina91. Von Hoonholtz,
desde el final de la línea, vio a la escuadra seguir a la Amazonas y cruzar el
paso de Santa Catalina aguas abajo, donde toda la escuadra (seis buques) se
reagrupó, a excepción de la Jequitinhonha y la Parnahyba –que para su
sorpresa no viraban–92 y de la varada Belmonte.
Tres buques paraguayos se desprendieron de su posición bajo la barranca
para entrar en el canal. Según Centurión fueron la Tacuary, la Marqués de
Olinda y la Salto Oriental93. Uno de ellos, que Von Hoonholtz identificó como
la Tacuary, se aproximó para abordar a la Araguary mientras se dirigía a la
posición en el sur, donde la escuadra imperial se reagrupó. La nave brasileña
abrió fuego sobre la atacante, a la que arrancó la caja de la rueda de propul-
sión, y con metralla barrió de la cubierta al pelotón de infantes paraguayos
que se preparaba para el abordaje. Rechazado el ataque, pudo seguir aguas
abajo para unirse con el resto de la escuadra en la cancha de Lagraña. Reuni-
das allí –un lugar donde se podía girar–, la Amazonas se detuvo para dar vuel-
ta, teniendo siempre izada la señal de atacar al enemigo. Volvieron aguas arri-
ba Amazonas, Beberibe, Iguatemy, Ypiranga, Mearim y Araguary, para
encontrarse que los tres vapores paraguayos ya señalados habían cercado y
abordado a la Parnahyba y arriado su pabellón imperial, mientras que la
Jequitinhonha, encallada en un banco, soportando el fuego paraguayo trataba

(89) SCHNEIDER, t. I, anexos, parte del 1.er teniente Joaquim Francisco de Abreu, coman-
dante de la Belmonte, p. 128.
(90) HOONHOLTZ, pp. 36-37.
(91) SCHNEIDER, t. I, anexos, parte del 1.er teniente Álvaro Augusto de Carvalho, coman-
dante de la Ypiranga, pp. 136-139.
(92) HOONHOLTZ, pp. 39-41.
(93) CENTURIÓN, p. 210.

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LA BATALLA DE RIACHUELO

en vano de zafarse de la varadura94. Su práctico, el argentino oriundo de Santa


Fe Andrés Motta, pereció heroicamente en su puesto durante la batalla95.
El otro vapor separado del grueso de la escuadra imperial, la Parnahyba,
tenía el timón roto96. Se había dañado en algún momento de la batalla, entre la
apertura del fuego de la batería de Bruguez y la escuadra paraguaya y el regre-
so de la escuadra brasileña río arriba (su comandante no precisa el momento
en que se produjo dicha avería); y, mientras dificultosamente intentaba unirse
al resto de la escuadra, fue atacada por la Paraguarí, a la que embistió y
dañó97.
Barroso indicó que cuatro de los vapores paraguayos buscaron atacar a la
Parnahyba98, cuyo comandante, como se citó, también refirió el ataque de la
Paraguarí. Pero tanto Von Hoonholtz como Centurión solo mencionaron tres
naves paraguayas: la Parnahyba se enfrentó con los vapores Tacuary,
Marqués de Olinda y Salto Oriental, de lo que cabe deducir que el choque
entre la Parnahyba y la Paraguarí fue anterior al intento de abordaje que se
narrará en el párrafo siguiente.
La Tacuary se aproximó a la Parnahyba por su costado de babor, mientras
que la Salto Oriental lo hizo por estribor, y la Marqués de Olinda, por la
popa99. El primero de los tres buques paraguayos consiguió atracarse al costa-
do de la Parnahyba, pero solo pudieron saltar a bordo dos hombres que se
encontraban sobre la tambora de la rueda. Los demás no pudieron seguir su
ejemplo porque el casco de la Tacuary, a causa de la rueda, quedaba retirado.
Así que, cuando los dos asaltantes vieron que ambos vapores no podían conti-
nuar unidos al no estar enganchados, encontraron prudente volver a su propio
buque. Por su parte, la Salto Oriental, propulsada a hélice, consiguió aparejar-
se a la nave brasileña y, al correr por el costado de esta, una treintena de para-
guayos del batallón 6 la abordaron. En el subsiguiente combate que se trabó
entre los asaltantes y las tropas brasileñas que les opusieron resistencia, perte-
necientes a las compañías 1.ª y 6.ª del 9.º batalhão, resultarían muertos el
capitán de este, Pedro Affonso Ferreira (veterano del combate de Corrientes
del 25 de mayo de 1865), y el guardiamarina Greenhalg100. Los asaltantes
consiguieron apoderarse de la parte de la Parnahyba comprendida entre el
palo mayor y la popa, momento en el que arriaron la bandera imperial e izaron
en su lugar la tricolor paraguaya.
La escuadra imperial se aproximó a la Parnahyba para liberarla del asedio.
Al advertir la presencia de la escuadra enemiga, los vapores paraguayos se

(94) HOONHOLTZ, p. 43-45.


(95) AJBGA, EZ, Santiago Giudice, carpeta 137. Reproducidos en BREZZO, p. 196.
(96) OSORIO y OSORIO, parte del vicealmirante Francisco Manoel Barroso, pp. 75-76.
(97) SCHNEIDER, t. I, anexos, parte del capitán teniente Aurelio Garcindo Fernandes de Sá,
comandante de la Parnahyba, pp. 122-125.
(98) OSORIO y OSORIO, parte del vicealmirante Francisco Manoel Barroso, pp. 75-76.
(99) SCHNEIDER, t. I, anexos, parte del capitán teniente Aurelio Garcindo Fernandes de Sá,
comandante de la Parnahyba, pp. 122-125.
(100) OSORIO y OSORIO, parte del vicealmirante Francisco Manoel Barroso, pp. 75-76.

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alejaron de su presa, uniéndoseles un cuarto buque identificado como la Pira-


bebé. La Amazonas, que navegaba a la vanguardia, embistió al dañado Jejui,
al que hundió, para luego poner su atención en los atacantes de la Parnahyba:
la Salto Oriental, a la que también embistió e hizo zozobrar, obligando a su
tripulación a arrojarse por la borda, y posteriormente el vapor Marqués de
Olinda y la Paraguarí101, que recibió tal golpe en costado y calderas que fue a
encallar en la isla de la Palomera. Según Aurelio Garcindo Fernandes de Sá,
comandante de la Parnahyba, fue esta la nave que había embestido a la Para-
guarí102. Von Hoonholtz, viendo por la amura de babor de la Araguary cómo la
Paraguarí se batía vigorosamente con la Ypiranga, se acercó para atrapar al
enemigo pero, viéndose perdido, encalló la nave en un banco para imposibili-
tar su abordaje103 –como puede apreciarse, no existen coincidencias sobre el
momento y el artífice de la varadura de la Paraguarí–. La Marqués de Olinda
fue embestida en su tambor de rueda de estribor, hacia el lado de la proa, lo
que provocó que la rueda y la maquinaria, así como buena parte del costado
del buque, se rompiera, dejándola enteramente inhabilitada104. A continuación,
la Amazonas atacó a una de las chatas, que fue hundida de resultas del choque
y de un tiro105.
La Ypiranga recibió orden de dar cuenta de la Paraguarí, que ya se encon-
traba varada. Mientras se dirigía hacia esta, abrió fuego contra la Salto Orien-
tal, a la que vio con intenciones de fugarse. Los impactos de las balas le atra-
vesaron el costado y rompieron sus calderas, lo que obligó a la tripulación a
saltar por popa, arrojando las camisas rojas que vestían. Dando por inutilizada
a la Salto Oriental –hecho logrado en diez minutos–, atacó a la Paraguarí y le
disparó dos tiros de metralla antes de que los fusileros paraguayos pudieran
abrir fuego. Lo poco que quedaba de la guarnición saltó por la borda y huyó106.
Se envió entonces al 1.er teniente Joaquim Cándido dos Reis, primer oficial de
la Ypiranga, a hacerse cargo del barco con treinta soldados y otro oficial,
luego de lo cual la Ypiranga continuó abriendo fuego contra las baterías
terrestres que atacaban a la varada Jequitinhonha107.
Según Centurión, mientras tanto la Amazonas y otro buque imperial barrie-
ron con metralla la cubierta de la Parnahyba, dando muerte a la mayoría de
los paraguayos que se encontraban tratando de maniobrarla. Luego, la tripula-
ción de la nave brasileña emergió de sus refugios bajo cubierta y ultimó a los
paraguayos supervivientes, tras de lo cual arrió la bandera tricolor e izó

(101) CENTURIÓN, p. 211.


(102) SCHNEIDER, t. I, anexos, parte del capitán teniente Aurelio Garcindo Fernandes de
Sá, comandante de la Parnahyba, pp. 122-125.
(103) HOONHOLTZ, pp. 45-46.
(104) ANA, PY-ANA-SH-448n1-1-204, proceso al brigadier Robles, testimonio de Geor-
ge Gibson, f. 348.
(105) OSORIO y OSORIO, parte del vicealmirante Francisco Manoel Barroso, pp. 75-76.
(106) SCHNEIDER, t. I, anexos, parte del 1.er teniente Álvaro Augusto de Carvalho, coman-
dante de la Ypiranga, pp. 136-139.
(107) Ibídem.

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LA BATALLA DE RIACHUELO

nuevamente el pabellón imperial108 –versión que coincide con la de Schnei-


der109–. Otras fuentes brasileñas ofrecen un relato distinto. Ni Barroso, ni
Fernandes de Sá o Von Hoonholtz hacen referencia a tal hecho, sino a la enco-
nada defensa de la infantería imperial a bordo de la nave, que impidió su
captura. La versión de Centurión es llamativa. En ocasión de narrar el comba-
te del 25 de mayo de 1865 en Corrientes, ya aseveró que la escuadra imperial
había hecho fuego sobre sus propias tropas, conducta que habría repetido
ahora contra un buque propio, esta vez con el pretexto de ultimar a los para-
guayos que ocupaban la cubierta de un navío imperial. De las restantes
atacantes de la Parnahyba, la Marqués de Olinda tenía daños en su caldera,
atravesada por las balas. Arrastrada por la corriente, fue a varar en un banco,
donde quedó enterrada. La mayor parte de sus tripulantes murieron quemados,
muchos de ellos como consecuencia de disparos. La Salto Oriental, con la
caldera también rota, corrió igual suerte110.
Barroso ordenó que la Iguatemy fuera a ayudar a desencallar a la Jequitin-
honha, tarea a la que se unió la Ypiranga. También dispuso que la Amazonas
quedara al lado de la Belmonte y que la Mearim, que había auxiliado a la
Belmonte111, fuese a remolcar a la Parnahyba, que con el timón perdido no
podía acudir por sí sola para la línea donde estaba la escuadra. Después de
estas disposiciones, un mensajero de la Jequitinhonha informó al comandante
brasileño que el jefe Gomensoro necesitaba una cañonera más, porque la
Ypiranga, que había ido a intentar desencallar a la Jequitinhonha, también
encalló, y la Iguatemy por sí sola nada podía hacer. Barroso envió a la
Mearim112. Todas estas acciones ocurrieron mientras se intercambiaba fuego
con los paraguayos.
Alrededor de las cuatro de la tarde, los buques paraguayos supervivientes
(Tacuary, Ygurey, Yporá y Pirabebé), ya sin las chatas y al mando de Remigio
Cabral –el capitán Meza había sido gravemente herido– emprendieron la retira-
da aguas arriba, perseguidos por la Beberibe, a la que se unió la Araguary. Pero,
como aquella tenía dañada la caldera, solo esta última continuó la persecución.
Colocándose a tiro de cañón de la escuadra paraguaya, abrió fuego con su pieza
de proa. El impacto produjo daños en la rueda de estribor de la Tacuary (según
Von Hoonholtz) y en la chapa de sus calderas (según Thompson)113. Como quie-
ra que fuese, tuvo que ser remolcada por la Ygurey, lo que dejó a retaguardia a
la Yporá, que finalmente hubo de remolcar a su vez a la Pirabebé114.
A las cinco y media de la tarde, la Araguary estaba a la altura de los naran-
jales de la ciudad de Corrientes. En ese momento, su práctico señaló a Von

(108) CENTURIÓN, p. 211.


(109) SCHNEIDER, p. 173.
(110) CENTRURIÓN, p. 211.
(111) SCHNEIDER, t. I, anexos, parte del 1.er teniente Eliziario José Barbosa, comandante de
la Mearim, p. 140; HOONHOLTZ, p. 81.
(112) OSORIO y OSORIO, parte del vicealmirante Francisco Manoel Barroso, pp. 75-76.
(113) THOMPSON, p. 84.
(114) HOONHOLTZ, pp. 46-49.

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Hoonholtz que en una hora sería de noche y se encontrarían en serios apuros


para regresar, dado que estaban operando en un canal estrecho y poco
profundo y, por lo tanto, peligroso. La Beberibe, como indicamos en el
párrafo anterior, había quedado atrás. La Araguary ya no tenía contacto
visual con la escuadra cuando recibió de aquella señal para que volviera río
abajo, a fin de evitar los riesgos de la noche, e interrumpiese la persecución.
Los restos de la escuadra paraguaya pudieron llegar de este modo a Humaitá
sin ser molestados115.
Con la retirada de la escuadra paraguaya, los buques brasileños se aboca-
ron a la captura de las chatas aún en servicio, cuyas tripulaciones, cuando las
unidades enemigas se aproximaban a ellas, huían a nado hacia tierra. A la
puesta del sol, el fuego de la artillería terrestre paraguaya, hasta entonces
constante, empezó a disminuir, quizá por haberse quedado sin municiones116.
George Gibson narró que a las cuatro o las cinco de la tarde la bandera
tricolor paraguaya flameaba todavía al tope del mástil de la Marqués de Olin-
da. A esa hora, un buque brasileño se aproximó y le disparó a quemarropa dos
tiros de cañón y una cerrada descarga de mosquetería. Gibson preguntó a viva
voz por qué se hacía fuego a un buque indefenso, a lo que se le respondió
conminándolo a arriar su bandera e izar en su lugar la blanca. En pro de salvar
las vidas de los supérstites, el inglés procedió a cumplir lo ordenado, e izada
que hubo sido la bandera blanca, el buque imperial se alejó117.
La pérdida de los vapores Paraguarí, Marqués de Olinda, Salto Oriental y
Jejui fue reconocida por el diario oficial paraguayo El Semanario, en su
edición del 17 de junio de 1865. También se perdieron todas las chatas. Algu-
nas zozobraron, y las restantes, abandonadas, fueron capturadas por los brasi-
leños118. La Amazonas119 y la Ypiranga120 se adjudicaron sendos hundimientos
de chatas, y Von Hoonholtz se atribuyó la captura de cuatro con la
Araguary121, a la que luego debe agregarse una quinta de la cual retiraron el
cañón de 68 y sus municiones y pólvora (el fabricante de la pieza paraguaya
era el mismo que el de las imperiales)122. El conteo, evidentemente, no es
exacto, porque los paraguayos tenían seis chatas y no siete. Todos los vapores
paraguayos supervivientes presentaban daños. La Yporá tenía roto el palo de
trinquete cerca de su arranque, destruida toda la obra muerta de proa, y acribi-
llada su cámara de cubierta, pero volvió por sus propios medios. Todos los

(115) Ibídem, pp. 49-50.


(116) OSORIO y OSORIO, parte del vicealmirante Francisco Manoel Barroso, pp. 75-76.
(117) ANA, PY-ANA-SH-448n1-1-204, proceso al brigadier Robles, testimonio de Geor-
ge Gibson, f. 348v.
(118) AJBGA, ZB, memorias de Pedro Gill, carpeta 137. Reproducidas en BREZZO,
p. 143.
(119) SCHNEIDER, t. I, anexos, parte del capitán de fragata Theotonio Raymundo de Brito,
comandante de la Amazonas, pp. 126-127.
(120) Ibídem, parte del 1.er teniente Álvaro Augusto de Carvalho, comandante de la
Ypiranga, pp. 136-139.
(121) HOONHOLTZ, p. 87.
(122) Ibídem, p. 115.

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LA BATALLA DE RIACHUELO

vapores presentaban daños de bala en la chimenea y algunos agujeros en el


casco, pero el único desperfecto serio fue una perforación en la caldera del
Ygurey, causada por una bala de 68 que quedó depositada en los tubos; no
obstante, fue reparada en tres o cuatro días. Todos los cañones de la escuadra
paraguaya fueron desmontados; la mayor parte, por el fuego incesante que
hicieron, y el resto, por las balas enemigas, aunque ninguno de los supervi-
vientes presentó daños provocados por los cañones Whitworth123. La escuadra
perdió en la batalla el 50 por ciento de sus buques y el ciento por ciento de sus
chatas.
El jefe de la escuadra paraguaya, capitán Pedro Meza, fue gravemente
herido en el pecho por una bala de fusil durante la acción y falleció el 28 de
junio. Tal circunstancia le ahorró la ignominia del fusilamiento puesto que,
según refirió Godoy, el mariscal López, al ser informado del resultado de la
batalla, manifestó: «Lo que deseo es que llegue Meza vivo para fusilar a ese
hijo de una gran puta por la espalda»124. También perdió la vida el comandante
de la Marqués de Olinda, Ezequiel Robles. Gravemente herido en un brazo,
pese a su amputación falleció el 14 de junio, mientras permanecía prisionero
de los brasileños125.
En cuanto a las pérdidas paraguayas de tripulantes y tropas del ejército, el
mayor Julián Godoy, presente en la batería sobre la barranca, afirmó que las
fuerzas de tierra sufrieron unas treinta bajas entre muertos y heridos, mientras
que las tropas de Alvarenga no registraron pérdidas porque los proyectiles
brasileños eran altos o bajos, aunque los altos hicieron destrozos en la caballa-
da. Las tripulaciones de las chatas sufrieron fuertes pérdidas a manos de la
infantería enemiga embarcada. Agregó Godoy que, caída la noche del 11 de
junio, de las islas y del agua emergieron «como yacarés» unos doscientos
paraguayos, supervivientes de la escuadra que acamparon con las tropas de
tierra126. Otros supervivientes se retiraron en improvisadas balsas por el lado
chaqueño del Paraná, cruzando el río cerca del campamento del ejército127.
Centurión no se expidió respecto de las bajas en esta batalla. Gregorio
Benites, diplomático paraguayo contemporáneo a la guerra, formuló algunas
especulaciones, pero no precisó las bajas128. En los comentarios a la obra de
Schneider se hace referencia a que, al final de la batalla, solo en el combés de
la Parnahyba se hallaban los cadáveres de un oficial y de veintinueve solda-
dos y marineros129. Thompson únicamente se refirió a las bajas en los buques

(123) THOMPSON, p. 87.


(124) AJBGA, ZB, informes del sargento mayor Julián Godoy, carpeta 144. Repro-
ducidos en B REZZO , p. 122. Similar impresión expresó Caballero (R ODRÍGUEZ A LCALÁ ,
cap. IV).
(125) HOONHOLTZ, p. 107.
(126) AJBGA, ZB, informes del sargento mayor Julián Godoy, carpeta 144. Reproduci-
dos en BREZZO, p. 122.
(127) ANA, PY-ANA-SH-448n1-1-204, proceso al brigadier Robles, testimonio de Geor-
ge Gibson, ff. 350ss.
(128) BENITES, p. 55.
(129) SCHNEIDER, p. 173, n. 3.

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supervivientes, indicando que, en el que más pérdidas había registrado, las


mismas ascendían a veintiocho muertos y heridos130. George Masterman, boti-
cario británico al servicio de Paraguay durante la guerra, afirmó que los para-
guayos declararon haber sufrido 750 bajas, pero él sostuvo que las mismas
eran el doble, coincidiendo con Thompson en el fallecimiento de dos maqui-
nistas ingleses131. Puede apreciarse que no existen datos sólidos que permitan
estimar un número de bajas paraguayas, pero evidentemente debieron de ser
sustanciales, considerando la ferocidad del combate y las pérdidas y daños
materiales sufridos por la escuadra.
Del lado brasileño, en los días siguientes a la batalla se hicieron intentos de
rescatar a la Jequitinhonha, bajo el fuego de la batería de Bruguez, pero las
tentativas resultaron vanas y la corbeta fue finalmente abandonada132. Los
paraguayos contaron en dicha nave más de doscientos impactos de bala –y el
recuento fue parcial, restringido a una superficie de dos brasas cuadradas– y,
según Thompson, extrajeron del buque imperial seis cañones (dos de 68 y
cuatro de 32) y dos obuses de cinco pulgadas, además de otros elementos
como libros, ropa, sables, relojes e instrumentos133.
Concluida la batalla y las acciones subsiguientes, las naves imperiales
presentaban distintos daños. La Araguary tenía más de treinta impactos de
bala de cañón en diversas partes de su estructura, e incontables impactos de
bala de fusil134; la Amazonas, al menos cinco perforaciones producidas por la
artillería paraguaya, sin mencionar los innumerables impactos producidos
por metralla y fusilería135. La Belmonte sufrió veintidós rumbos en el costado
de babor y quince en el de estribor, todos por encima de la línea de flotación,
y su comandante, al momento de hacer su parte, ignoraba cuántos había
debajo de dicha línea, aunque, a juzgar por el agua ingresada, eran bastan-
tes136. Pese a ello, pudo ser salvada y reparada. A la Beberibe, el impacto de
un proyectil de 68 le provocó un rumbo a estribor, así como otros daños
menores137. La Iguatemy registró tres perforaciones de seis pulgadas, provo-
cadas por balas de artillería, en el costado de estribor. Una bala penetró tres
pulgadas a babor, y la chimenea padeció impactos que le produjeron diversos
agujeros138. El casco de la Ypiranga recibió gran cantidad de disparos, pero
apenas sufrió daños. Mostraba tres balas clavadas en el lado de babor, y dos

(130) THOMPSON, p. 86.


(131) MASTERMAN, George: Siete años de aventuras en el Paraguay, Buenos Aires, 1870, p. 97.
(132) HOONHOLTZ, pp. 84ss.
(133) THOMPSON, p. 88.
(134) HOONHOLTZ, p. 113.
(135) S CHNEIDER , t. I , anexos, pp. 126-127, parte del capitán de fragata Theotonio
Raymundo de Brito, comandante de la Amazonas.
(136) Ibídem, pp. 128-130, parte del 1.er teniente Joaquim Francisco de Abreu, comandan-
te interino de la Belmonte.
(137) Ibídem, pp. 130-131, parte del capitán teniente Bonifacio Joaquim de Sant’Anna,
comandante de la Beberibe.
(138) Ibídem, pp. 131-133, parte del 1.er teniente Justino José de Macedo Coimbra,
comandante de la Iguatemy.

134 REVISTA DE HISTORIA NAVAL 160 (2023), pp. 109-142. ISSN 0212-467X
LA BATALLA DE RIACHUELO

en el de estribor139. La Mearim encajó nueve balas en el costado de babor y


varias a estribor, todas de metralla, a excepción de un rumbo sobre la línea de
flotación140. De la Parnahyba se sabe que sufrió la rotura de su timón, pero en el
parte de su comandante no se hizo referencia a otros daños, si bien estos sin
duda existieron, debido al intenso fuego que soportó durante la acción.
El único buque imperial perdido fue, pues, la Jequitinhonha, incendiada
días después por la tripulación de la Araguary, que hizo lo mismo con la
Paraguarí, para impedir su uso por los paraguayos141.
Las bajas humanas brasileñas surgen del recuento que hizo Von Hoonholtz:
en la Amazonas, 14 muertos y 21 heridos; en la Jequitinhonha, 18 muertos y
32 heridos; en la Beberibe, 7 muertos y 15 heridos; en la Belmonte, 9 muertos
y 22 heridos; en la Parnahyba (fue la más castigada, al haber sufrido el abor-
daje), 33 muertos, 28 heridos y 14 desaparecidos; en la Araguary, 2 muertos y
5 heridos; en la Mearim, 2 muertos y 7 heridos; en la Ypiranga, 1 muerto y 5
heridos, y en la Iguatemy, 1 muerto y 6 heridos, lo que hace un total de 87
muertos, 141 heridos y 14 desaparecidos142.
Como se puede advertir, la más castigada fue la Parnahyba, al haber sufri-
do el abordaje.

Consecuencias. Conclusiones

Las fuentes paraguayas, haciéndose eco de ciertos rumores respecto de la


supuesta falta de presencia de ánimo del vicealmirante Barroso, afirman que
el verdadero líder en la Amazonas fue su práctico, Bernardino Guastavino. Así
lo expresó Centurión143, quien haciéndose eco de las manifestaciones de
Thompson afirmó que

«los brasileros celebraron esta batalla como una gran victoria, y el emperador
honró a Barroso, jefe de la escuadra, con una cruz, haciéndolo “Barón das Amazo-
nas”. En cualquier otro país hubiera sido sometido a un consejo de guerra, no solo
por no tratar de cortar la retirada de los vapores paraguayos, sino por el rumor que
corría a bordo de su mismo buque sobre su cobardía, donde se decía que perdió
completamente la cabeza, y que el piloto correntino fue el verdadero jefe de la
escuadra»144.

No hay evidencias de que ello haya ocurrido efectivamente. Podría citarse


a favor de la verosimilitud de los «rumores» la vacilante intervención de

(139) Ibídem, pp. 136-139, parte del 1.er teniente Álvaro Augusto de Carvalho, comandan-
te de la Ypiranga.
(140) Ibídem, pp. 140-141, parte del 1.er teniente Eliziario José Barbosa, comandante de la
Mearim.
(141) HOONHOLTZ, p. 86.
(142) Ibídem, p. 117.
(143) CENTURIÓN, p. 213.
(144) THOMPSON, pp. 86-87.

REVISTA DE HISTORIA NAVAL 160 (2023), pp. 109-142. ISSN 0212-467X 135
PABLO PALERMO

Barroso en la acción del 25 de mayo de 1865 en la ciudad de Corrientes. Sin


embargo, Paunero, jefe del desembarco, ponderó en su momento la actuación
del vicealmirante145. El práctico Guastavino dijo al parecer que Barroso care-
cía de iniciativa, que debió discutir con él enérgicamente, y que fue él mismo
quien decidió las embestidas realizadas por la Amazonas. Pero esta es una
versión de «oídas», basada en los rumores que circulaban entre los prácticos,
referidas por otro práctico, Santiago Giudice, cuyo testimonio carece de todo
valor ya que en la única ocasión en que vio a Guastavino no hablaron de la
cuestión146.
Von Hoonholtz evocó en sus memorias al vicealmirante Barroso como un
jefe brusco y poco comunicativo que nunca le inspiró simpatía ni confianza.
Recordaba haberlo visto en la Amazonas, erguido, impasible en medio de una
lluvia de proyectiles, megáfono en mano, acicalándose su larga barba blan-
ca147. Tal imagen, más la claridad de las órdenes emitidas de enfrentar al
enemigo, no sugieren una conducta pusilánime del jefe brasileño. Se le cues-
tionó haber lanzado al ataque a toda la escuadra por el canal principal, pero,
tratándose de un juicio ex post facto, debe tomarse con reservas. ¿Qué jefe, en
los apremiantes momentos de la batalla, habría tomado la decisión de dividir
sus fuerzas, separándolas por el archipiélago en medio del Paraná, y perder así
el control de una de las divisiones por las carencias de las comunicaciones en
la época, cuando las divisiones brasileñas no hubieran tenido siquiera contacto
visual entre sí? Podría decirse que la conducta de Barroso fue ortodoxa y poco
inspirada, pero basta comparar su actuación con los principios tradicionales de
la guerra para advertir que cumplió con casi todos ellos, excepto con los de
sorpresa y economía de fuerza. Se fijó el objetivo de atacar al enemigo donde-
quiera que estuviese, utilizando para ello una acción ofensiva; maniobró para
poder utilizar el superior poder de fuego de su fuerza; al ordenar el ataque de
la totalidad de la escuadra bajo su mando, cumplió con la unidad de mando y
el principio de masa, y tal como destacó Von Hoonholtz, su plan era simple en
extremo. Podría achacársele el momentáneo desorden de la escuadra cuando
quedó bajo el fuego conjunto de la batería costera y la escuadra paraguaya,
desorden al que pudo haber contribuido el hecho de haberse quedado al final
de la línea, cuando la táctica de la época recomendaba que el comandante
ocupase el centro de esta148, que era la posición tradicional en las escuadras149.
Barroso no dio en su parte explicaciones que justificasen tal conducta150, pero
los relatos brasileños son coincidentes en la importancia de la aparición de la
Amazonas, con Barroso a bordo, ordenando que lo siguieran hacia el sur para
reagrupar a su escuadra. Finalmente, la técnica de embestir a los navíos para-

(145) Memoria del Ministerio de Guerra y Marina de la República Argentina, 1866,


anexo C, p. 4, parte de Wenceslao Paunero del 26 de mayo de 1865.
(146) AJBGA, ZB, Santiago Giudice, carpeta 137. Reproducido en BREZZO, p. 196.
(147) HOONHOLTZ, p. 37.
(148) LOBO, p. 12; DOUGLAS, p. 91.
(149) HUGHES, p. 33.
(150) OSORIO y OSORIO, parte del vicealmirante Francisco Manoel Barroso, pp. 75-76.

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LA BATALLA DE RIACHUELO

guayos más débiles con la fragata Amazonas, el mayor de los vapores presen-
tes en la batalla, era acorde a las tácticas de la época151, aunque por diverso
fundamento, dado que la embestida era utilizada por la momentánea superiori-
dad de la coraza sobre la artillería.
Resulta más difícil interpretar la conducta del comandante paraguayo.
Lamentablemente, su testimonio no ha quedado para la posteridad, dado que
falleció como consecuencia de la herida sufrida en la acción. Sin embargo,
existen algunos indicios que permiten deducir por qué el capitán Meza prosi-
guió cuando las condiciones planificadas para al ataque eran inalcanzables.
El presidente López era la cabeza de una república que de tal solo tenía el
nombre. El sistema legal imperante en Paraguay, sumado a la concentración
en manos del Estado –mejor dicho, en manos de quien manejase el Estado– de
buena parte de la actividad económica del país, ya que tenía el monopolio del
tabaco, la yerba mate, el té y la madera152 (los principales recursos de exporta-
ción), sin prensa independiente del poder153, daba un poder absoluto a su
gobernante. El cónsul francés en Paraguay en la época de la guerra de la
Triple Alianza, Emile Laurent-Cochelet, refirió que López disponía de «un
poder absoluto, sin control» y que se hacía «rendir honores acordados a las
cabezas coronadas»154.
El pensador suizo Antoine-Henri de Jomini describió dos métodos para la
comunicación de órdenes en la milicia. El primero, al que denominó «de la
antigua escuela», consistía en emitir minuciosas órdenes generales; el otro, en
dar órdenes aisladas, como las que comunicaba Napoleón a sus mariscales, sin
prescribir a cada uno sino aquello que precisamente le concerniese. Todo lo
más les daba cierto conocimiento de los cuerpos destinados a cooperar por su
derecha o izquierda, pero ocultando siempre la totalidad de su plan de opera-
ciones155. Aun con ciertas reservas, Jomini prefería este último sistema, que
era el aplicado por el presidente paraguayo, conocedor de la obra del militar
suizo156.
José Ignacio Garmendia, militar argentino veterano de la guerra de la
Triple Alianza, se refirió a lo que llamó «el mal de la época»: el ímpetu irre-
flexivo y ardoroso que arrojaba «a la muerte por el amor propio exagerado y
sin criterio de jefes que no comprendían que la batalla más espléndida es
aquella que se gana sin derramamiento de sangre por parte del triunfador y sin
arrostrar ningún peligro»157. Esa línea de pensamiento también comprendía a

(151) HUGHES, pp. 49-51.


(152) FANO, Marco: Il rombo del cannone liberale I, Lulu.com, Italia, 2010, p. 7.
(153) CAPDEVILA, Luc: Una guerra total: Paraguay 1864-1870, SB, Buenos Aires-Asun-
ción, 2010, p. 73.
(154) Carta del 4 de agosto de 1863. Transcripta ib., p. 284.
(155) JOMINI, Antoine-Henri: Compendio del arte de la guerra o Nuevo cuadro analítico,
Madrid, 1840, segunda parte, pp. 150ss.
(156) PALERMO, Pablo: «La invasión de Corrientes de 1865 según la doctrina militar de la
época. El plan y su ejecución», Casus Belli, núm. 3 (2022), Buenos Aires.
(157) GARMENDIA, José Ignacio: Campaña de Corrientes y Río Grande, Buenos Aires,
1904, p. 301.

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PABLO PALERMO

los paraguayos, como refleja el testimonio del mayor Pedro Duarte, coman-
dante de la división paraguaya aniquilada en la batalla de Yatay el 17 de agos-
to de 1865. La desventajosa posición de Duarte, superado además ampliamen-
te en número por los aliados, aconsejaba rehuir el combate. Sin embargo, no
lo hizo, con el resultado de que su división fue completamente destruida. Una
vez capturado, el general oriental Venancio Flores le preguntó: «¿Y qué
conciencia tiene Ud. que ha hecho sacrificar a tantas vidas inútilmente?», a lo
que Duarte respondió: «V.tra Excelencia no debe ignorar las exigencias que
impone a un militar mi honor propio y el de mi patria»158.
Respecto de la batalla de Riachuelo, Gregorio Benites expresó:

«Si el plan del combate naval se hubiese ejecutado en todos sus detalles según
lo había concebido y formulado su autor, el resultado de la acción habría sido de
probable éxito; pero desgraciadamente fracasó, debido a la poca previsión del
mismo jefe superior que lo ha formulado, y ordenado su ejecución a un jefe inex-
perto.
En efecto, el general en jefe de un ejército no debe atenerse a la bondad técnica
de sus planes militares; debe, además, prever los incidentes que puedan surgir en
la ejecución de los planes mejor combinados.
Estos requisitos han faltado siempre a los planes militares del mariscal López.
Los confeccionaba limitándose estrictamente al resultado previsto o calculado por
él, en caso de ser ejecutados con regularidad, sin accidentes»159.

Como destaca Centurión, mientras el comandante en el campo recibía


las órdenes dadas por López, las cambiantes circunstancias del combate
convertían tales órdenes en inconvenientes, inaplicables o innecesarias, o
exigían nuevas disposiciones para poder llevarlas a ejecución con provecho
y ventaja160.
Cuando el presidente paraguayo, el 26 de mayo de 1865, ordenó al general
Wenceslao Robles retroceder con su división, las circunstancias de las opera-
ciones militares permitieron a Robles dudar de la conveniencia de la orden
recibida, por lo que pidió su confirmación al mariscal López. Al recibir la
comunicación de su subalterno, un exasperado López le respondió ásperamen-
te el 1 de junio que «el tenor de las disposiciones del 26 no dejaba la libertad
de postergar el cumplimiento de ellas (…) El retardo de su movimiento frustra
otros planes que debía Vd. ejecutar en el trayecto que le estaba indicado, y
sobre los cuales me proponía ordenar lo conveniente con la noticia de su
movimiento»161. Puede apreciarse la contundente referencia a la imposibilidad
de postergar el cumplimiento de la orden recibida, y la enigmática referencia a
planes que no se precisan. Ante la contundente respuesta, Robles se retiró

(158) AJBGA, ZB, memorias y recuerdos de Pedro Duarte, carpeta 129. Reproducidos en
BREZZO, p. 87.
(159) BENITES, p. 56.
(160) CENTURIÓN, p. 228.
(161) ANA, PY-ANA-SH-448, proceso al brigadier Robles, ff. 270-271v.

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LA BATALLA DE RIACHUELO

apresuradamente. ¿Acaso Meza se vio reflejado en esa situación –que es facti-


ble conociese– y no quiso estar en el mismo lugar que Robles?
De la breve compilación de antecedentes expuesta cabe deducir que el capi-
tán Meza, probablemente desconociendo la finalidad del ataque que le enco-
mendaron ejecutar (el plan estratégico de López), habiendo recibido la orden
directa del incontestado líder político y militar del país, la interpretó en el
sentido de atacar cualesquiera que fuesen las circunstancias. Guiado por el
valor irreflexivo al que se hizo referencia, siguió adelante con el ataque orde-
nado, pese a que las circunstancias en función de las cuales se había diseñado
el plan de tal ataque habían variado. Meza dio más importancia al concepto
«ataque» en el día fijado que a su forma de ejecución y al momento de la jorna-
da para llevarlo a cabo. Como se citó, el plan de Meza preveía dos opciones. Si
la escuadra brasileña lo perseguía, la enfrentaría en Riachuelo (como efectiva-
mente ocurrió), y si no lo hacía, la atacaría en la noche siguiente. Tal como se
desarrolló la batalla, no cabe atribuir falta de inteligencia a Meza, quien logró
improvisar un plan acorde a los medios de que disponía, plan que llevó a Von
Hoonholtz a pensar que la escuadra imperial había caído en una emboscada
cuidadosa y hábilmente preparada162. Es probable que Meza estuviese influen-
ciado por el sentimiento de superioridad que tenían los paraguayos respecto de
los brasileños, a los que llamaban despectivamente «macacos». Este sentimien-
to, alimentado por la reciente y deslucida defensa del Mato Grosso, y del que
dan testimonio diversos autores y correspondencia de la época, se ve reflejado
en la ya citada actitud de soberbia de las tropas paraguayas asignadas al abor-
daje, confiadas en que iban a matar «a todos» los brasileños. En el contexto
descripto, el mayor y más patente error de Meza fue seguir río abajo tras las
demoras sufridas, cuando un ataque de las características del planificado habría
aconsejado demorar un día la acción, a condición, claro está, de que las
circunstancias (estado del tiempo, posición del enemigo, disponibilidad de las
propias fuerzas, etc.) no experimentasen variación alguna.
Ahora bien, Douglas afirmó que una flota de buques de vapor bien ejercita-
da y hábilmente comandada nunca debía limitarse a adoptar una actitud defen-
siva, puramente pasiva. La propulsión a vapor, por su misma naturaleza,
demanda una actitud activa, tomar la iniciativa, y por ello debía ser utilizada
pronta y vigorosamente en acciones ofensivas, ya que las victorias decisivas no
se consiguen con resistencia pasiva163. Barroso obró así al salir en persecución
de la escuadra paraguaya, y Meza intentó sacar provecho de la separación de
los vapores Jequitinhonha y Parnahyba, enviando a las naves Tacuary,
Marqués de Olinda y Salto Oriental a atacar al último de ellos. Y Meza, aun
habiendo adoptado un dispositivo netamente defensivo, lo modificó en cuanto
se vio lo suficientemente fuerte para encarar un objetivo positivo164. Tal como

(162) HOONHOLTZ, pp. 33-35.


(163) DOUGLAS, p. 116.
(164) CLAUSEWITZ, Carl von: De la guerra III, Círculo Militar, Buenos Aires, 1968, libro
VII, cap. I, p. 14.

REVISTA DE HISTORIA NAVAL 160 (2023), pp. 109-142. ISSN 0212-467X 139
PABLO PALERMO

señaló Clausewitz, aun el más débil debe disponer de algo que le permita
golpear a su adversario y amenazarle165. Sin embargo, el fracaso del asalto a la
Parnahyba condenó a la escuadra paraguaya a una irremediable derrota. A la
luz del desarrollo de los acontecimientos, la misión asignada a dicha escuadra
resultó exceder sus posibilidades. Probablemente el resultado de la acción
hubiese sido diverso de haberse cumplido el plan original, pero ello no es más
que un ejercicio de razonamiento contrafáctico.
El triunfo de la escuadra imperial retempló el ánimo de las fuerzas brasile-
ñas que se estaban instruyendo en el gran campamento de Concordia, donde
se reunió el grueso de los efectivos de las fuerzas terrestres de cada uno de los
integrantes de la Triple Alianza166, y fue reconocido como un importante hito
en la evolución de la guerra por Bartolomé Mitre,167 presidente argentino y
comandante de las fuerzas de tierra aliadas, y Wenceslao Paunero168, coman-
dante del 1.er cuerpo del ejército argentino en campaña.
Pese a la victoria, la escuadra brasileña no adquirió inmediatamente el
control del río Paraná, para negar sin solución de continuidad su uso a los
paraguayos. El audaz ataque al fondeadero de Riachuelo demostró que la
posición avanzada de bloqueo de la escuadra imperial en aguas de un territo-
rio ocupado por el enemigo quedaba muy expuesta, ya que los paraguayos
podían montar a voluntad baterías terrestres. Así pues, el vicealmirante Barro-
so replegó sus naves hasta situarse a la altura de la vanguardia de las tropas
aliadas, donde la escuadra imperial permaneció varios meses inactiva. El 18
de junio llegaba a Rincón de Ceballos, donde estableció su fondeadero169. Esto
permitió que los buques paraguayos navegaran, sin ser molestados, entre
Asunción (la capital paraguaya), Corrientes y Empedrado, dando apoyo logís-
tico a las fuerzas de tierra ocupantes del territorio correntino. Asimismo posi-
bilitó que, al evacuar el territorio argentino –como consecuencia de las sucesi-
vas derrotas sufridas–, el ejército paraguayo se retirarse tranquilamente,
llevando consigo incluso más de 100.000 cabezas de ganado170. En palabras de
Thompson, «durante ocho meses no se volvió a oír hablar de la escuadra
brasileña»171, que recién volvió a avanzar en 1866 para apoyar el desembarco
del ejército aliado en territorio paraguayo.
Por su parte, la fuerza naval paraguaya quedó reducida a funciones de
transporte. No se aventuró más hacia el sur, ni volvió a disputar el control de

(165) CLAUSEWITZ: ob. cit. IV, libro VIII, cap. VIII, p. 189.
(166) DE MARCO, Miguel A. (ed.): Corresponsales en acción. Crónicas de la guerra del
Paraguay. La Tribuna, 1865-1866, Librería Histórica, Buenos Aires, 2003, p. 60, crónica del
corresponsal «Pepe», Concordia, 28 de junio de 1865.
(167) Archivo Mitre, Guerra del Paraguay, t. II, p. 214, carta de Bartolomé Mitre a Justo
José de Urquiza del 1 de julio de 1865.
(168) Archivo Histórico del Museo Mitre, fondo Mitre, doc. 7230, carta de Wenceslao
Paunero a Bartolomé Mitre del 20 de junio de 1865.
(169) HOONHOLTZ, p. 112.
(170) GRAU PAOLINI e IRICÍBAR, p. 413.
(171) THOMPSON, p. 88.

140 REVISTA DE HISTORIA NAVAL 160 (2023), pp. 109-142. ISSN 0212-467X
LA BATALLA DE RIACHUELO

los ríos por el resto de la guerra. La función de hostilizar a la escuadra aliada


en aguas correntinas quedó en manos de la artillería terrestre. Cuando fueron
los aliados quienes se adentraron en territorio del Paraguay, la ausencia de una
escuadra de combate paraguaya facilitó el apoyo naval brindado por la escua-
dra brasileña a las operaciones terrestres. Beverina, por su parte, concluyó que
el limitado éxito de la batería terrestre paraguaya en Riachuelo demostró al
mariscal López que la escuadra aliada podía intentar desembarcos –como el
realizado en Corrientes el 25 de mayo de 1865, en el mismo territorio para-
guayo–, al menos al sur de Humaitá, sin temor de ser eficazmente impedida
por la artillería terrestre. Y así, el temor a que las líneas de comunicación de
las fuerzas paraguayas lanzadas contra el territorio correntino quedaran
comprometidas explica el vacilante accionar de la fuerte división invasora que
operó sobre las adyacencias del río Paraná con posterioridad a la batalla de
Riachuelo172. Si bien es cierto que la artillería terrestre paraguaya no pudo
impedir la victoria imperial en Riachuelo ni, posteriormente, el cruce de los
pasos en Mercedes o Cuevas, debe recordarse a la inversa que, así como era
difícil que una batería de costa enmascarada dejase fuera de combate a un
buque con corazas de hasta cuatro pulgadas, también lo era que la artillería
naval pusiese fuera de combate a esa batería terrestre173, lo que explica la
prudencia en el posterior empleo de la escuadra imperial para forzar las posi-
ciones paraguayas en Curupaity y Humaitá.
Pero la consecuencia más trascendente de la batalla fue que la desaparición
de su escuadra como fuerza combatiente contribuyó al cerco estratégico del
Paraguay, que desde entonces no podría recibir por vía marítima/fluvial, a
través del río Paraná, ningún tipo de ayuda, ni comerciar por el resto de la
guerra. Sus potenciales vías de abastecimiento quedaron reducidas a los recur-
sos materiales de que dispusiese en su propio territorio, a los que pudiese obte-
ner por una casi inaccesible vía terrestre, o a los que capturase al enemigo174.
La pérdida de la lucha por el dominio del Paraná y el cerco estratégico que
el Paraguay padeció en lo sucesivo, redujeron dramáticamente las posibilida-
des de su victoria final en la guerra, como quedó comprobado con las penurias
del pueblo paraguayo durante el conflicto hasta el colapso en 1870.

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142 REVISTA DE HISTORIA NAVAL 160 (2023), pp. 109-142. ISSN 0212-467X

Common questions

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Notable figures included José María Bruguez, tasked with artillery deployment, and Remigio Cabral, who provided local knowledge of the Paraná River. Their roles were pivotal in executing López's strategy involving artillery support and precise navigation for the anticipated surprise assaults on the Brazilian fleet .

The Paraguayan forces were limited by their inadequate naval capabilities, as they lacked ships designed for warfare and relied on repurposed merchant vessels. Additionally, they faced challenges in coordinating land-based artillery with fleet maneuvers while ensuring their small arms units were in position to effectively engage during the planned surprise boarding of Brazilian ships .

To balance the disparity in firepower, López ordered the installation of a land-based artillery battery on the Corrientes side of the Paraná River, near Riachuelo, and planned to capture Brazilian ships by surprise boarding tactics . The plan involved stealthy night approaches and engaging with onboard attacks since a direct artillery battle was unwinnable .

The reliance on land-based artillery illustrates Paraguay's attempt to mitigate their naval weakness by controlling river approaches. However, while it initially provided strategic support, it was insufficient to claim a decisive victory, as Brazil's naval strength ultimately overpowered the Paraguayan land artillery setup, showcasing the limits of purely terrestrial defensive measures in river combat .

The Paraguayans leveraged night conditions to stealthily approach and board the Brazilian fleet. Geological features like riverbanks were used for positioning artillery to compensate for lack of naval firepower . This strategic use of terrain reflects a reliance on environmental conditions to offset technological disadvantages.

The Brazilian squadron was composed of warships specifically designed for combat, equipped with a large number of high-caliber guns of new invention, while the Paraguayan steamers were akin to small merchant ships armed for war with few and short-range guns .

The Battle of Riachuelo resulted in Paraguay losing its riverine supply routes, critically impacting its logistics. Post-battle, Paraguay was strategically encircled and unable to receive supplies or trade through the Paraná River, drastically reducing its offensive capabilities in the prolonged conflict and contributing to its eventual defeat .

The Paraguayan fleet, lacking purpose-built warships, relied on surprise attacks and boarding tactics. The inadequacy of their ships for direct combat led them to attempt a stealthy night-time approach on Brazilian ships, emphasizing boarding and close-quarter engagements .

The Paraguayan strategy to compensate for naval inferiority through terrestrial artillery and surprise boarding was conceptually sound but practically limited. While initial surprise might have been advantageous, the execution was less effective due to the superior firepower and armor of the Brazilian fleet, compounded by logistical challenges and the lack of adequate naval equipment, leading to their strategic encirclement post-battle .

The tactical misjudgments included over-reliance on the element of surprise and disregarding the possibility of swift Brazilian naval countermeasures. The Paraguayan plan underestimated the Brazilian fleet's capability to regroup and counterattack, while miscalculations in using converted merchant ships contributed to their disadvantaged positioning, leading to strategic encirclement .

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