BLOQUE 8.
Pervivencias y transformaciones económicas en el siglo XIX: un desarrollo insuficiente.
8.1. EVOLUCIÓN DEMOGRÁFICA Y MOVIMIENTOS MIGRATORIOS EN EL S. XIX: un desarrollo insuficiente.
Evolución demográfica y movimientos migratorios en el siglo XIX.
La población española creció de forma lenta pero continuada a lo largo del siglo XIX, ya que pasó de tener 11 millones de habitantes en 1800 a
18 millones en 1900. Se mantuvo un régimen demográfico antiguo caracterizado por altas tasas de mortalidad y altas tasas de natalidad. La alta
mortalidad se debió a la mala alimentación (dieta escasa, debido a la baja productividad, y desequilibrada –baja en proteínas, dado que el pan
era el alimento básico y escaseaban leche, carne y huevos-), la acción de enfermedades infecciosas, debida al atraso de la medicina, y a la falta
de higiene pública y privada. A la elevada mortalidad general había que sumarle momentos de mortalidad catastrófica causada por epidemias
(la de cólera de 1885), guerras y malas cosechas de cereales. Sin embargo, se produjo un ligero descenso de la mortalidad, debido a la reducción
de la mortalidad infantil y de las epidemias, y a una mejora en la alimentación.
La alta natalidad estuvo motivada por las necesidades de las familias campesinas (los hijos comenzaban a trabajar a edades muy tempranas) y a
la inexistencia de métodos anticonceptivos.
La esperanza de vida era muy baja, en torno a los 34 años en 1900.
La estructura demográfica por sectores económicos era muy arcaica y desequilibrada: un predominante sector primario (70%), debido a una
economía u sociedad agrarias, mientras que el secundario (14%) y terciario (16%), propios de áreas urbanas, tenían menos peso.
Debido al desempleo en zonas agrarias, sobre todo minifundistas, y gracias a la mejora de los transportes, se intensifican las migraciones
exteriores desde mediados de siglo XIX. El principal destino de los emigrantes, en su mayoría procedentes de Galicia, Asturias y Canarias, fue
América Latina (Argentina, Brasil, Cuba) y hacia algunos países de Europa occidental. Entre 1830 y 1900 abandonaron la Península 1,4 millones
de españoles.
El éxodo rural se inició a finales del siglo XIX, motivado por la falta de trabajo en el campo (por la superpoblación agraria), y por las expectativas
laborales que ofrecían las ciudades. Miles de campesinos abandonaron sus aldeas y campos trasladándose a los núcleos urbanos para ganarse la
vida como obreros asalariados en las fábricas o como criados sirviendo en los hogares burgueses. Como consecuencia crecieron las ciudades,
siendo más intenso en urbes como Madrid, Barcelona y Bilbao, con un mayor desarrollo industrial, aunque las capitales de provincia
constituyeron, también, un importante destino. Las migraciones interiores fueron, en muchos casos, emigraciones en cascada, es decir, los
flujos de población se dirigían primero de los núcleos rurales a las capitales de provincia y, luego, a las ciudades más industrializadas.
El desarrollo urbano.
Debido al éxodo rural se produjo un modesto crecimiento urbano, que afectó sobre todo a las ciudades más dinámicas en lo comercial e
industrial. Así se fueron configurando centros urbanos importantes como Madrid, Barcelona y, más tarde, en el País Vasco y toda la costa
peninsular. Sin embargo, la población seguía siendo mayoritariamente rural.
A pesar de que el crecimiento urbano no fue espectacular, muchas ciudades derribaron sus murallas a mediados desde mediados de siglo para
así ampliar su superficie y acomodar a una numerosa población campesina inmigrante. La ampliación del centro histórico de las ciudades se
denominó ensanche. En muchas ocasiones, el ensanche fue planificado según una trama ortogonal o plano regular en cuadrícula, con calles
rectilíneas y más anchas que las del casco antiguo. Estos nuevos espacios fueron pavimentados, estaban bien comunicados y dotados de
servicios como alcantarillado, abastecimiento de agua, alumbrado, recogida de basuras y zonas verdes (bulevares), por lo que fueron ocupados
por la burguesía, principalmente. Las clases bajas, en general, quedaron relegadas a barrios periféricos, fuera del ensanche, no urbanizados y
formados por infraviviendas que se agolpaban en torno a las fábricas. Los que vivieron dentro del ensanche, ocuparon las zonas más apartadas
del centro e insalubres (áreas de fábricas, almacenes, estaciones de ferrocarril).
Los primeros ensanches se hicieron en la ciudades con mayor población y actividad económica. El de Barcelona fue proyectado por Ildefonso
Cerdá (1859) y el de Madrid por Carlos María de Castro (1860). Otras ciudades, como Bilbao y Valencia, realizaron también ampliaciones.
También surgieron en España propuestas naturalistas para acercar el campo a la ciudad, inspirándose en las ciudades jardín europeas. Es el caso
de la Ciudad Lineal de Arturo Soria, proyectada en 1882.
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8.1. LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XIX. EL SISTEMA DE COMUNICACIONES: el ferrocarril.
PROTECCIONISMO Y LIBRECAMBISMO. LA APARICIÓN DE LA BANCA MODERNA
La revolución industrial en la España del siglo XIX.
Durante el siglo XIX España experimentó un proceso de aceleración industrial localizado en el sector textil (Barcelona) y el metalúrgico
(Bilbao, Oviedo y Gijón). El desarrollo industrial se centró en estas zonas costeras por su fácil accesibilidad por mar y su cercanía a los
países europeos, más avanzados económicamente.
La industrialización en España fue tardía, desequilibrada e incompleta si la comparamos con otros países europeos como Reino Unido,
Bélgica e incluso Francia. Entre las causas del fracaso de la implantación de la revolución industrial en España destacaron:
- Inestabilidad política: guerra de Independencia, pérdida de las colonias americanas y asiáticas, guerras carlistas.
- Insuficiente disponibilidad de materias primas y fuentes de energía: el algodón era escaso y debía importarse en su totalidad;
el carbón resultaba caro, debido a su difícil explotación, y de mala calidad. El carbón de mayor calidad se exportaba por las
compañías extranjeras que tenían arrendadas las minas desde 1868.
- Una deficiente inversión industrial, debido a que el Estado estaba endeudado y a que los particulares tenían un escaso
espíritu empresarial y preferían invertir en la compra de bienes desamortizados. Esto generó una fuerte dependencia técnica,
financiera y energética del exterior.
- Debilidad del mercado interior español, especialmente en la demanda de bienes industriales, por la baja capacidad adquisitiva
de la población y por el bajo crecimiento demográfico.
- Atraso tecnológico, que obligaba a importar la maquinaria.
- Deficiente red de comunicaciones.
- Política proteccionista, que libraba a la industria de su competencia exterior, pero desincentivaba su modernización
tecnológica.
- Estancamiento de la agricultura, que no proporcionó mano de obra a la industria, ni hizo aumentar el poder adquisitivo de los
campesinos.
Los principales sectores industriales en España fueron la industria textil del algodón, la industria siderúrgica y la minería.
Desde la década de 1850 existe en Cataluña un sector textil del algodón totalmente mecanizado, que se desarrolla en Barcelona y las
ciudades de su área metropolitana. Las fábricas textiles catalanas se nutren de mano de obra con escasa cualificación procedente de
otras regiones españolas. Las empresas textiles se vieron beneficiadas por la política proteccionista practicadas por la mayor parte de los
gobiernos. Su producción se destinó al escaso mercado nacional, a Cuba y a Puerto Rico.
Los primeros altos hornos modernos surgen en Marbella (Málaga) en 1832, pero desaparecerán a partir de mediados del siglo XIX
debido a la pujanza de la siderúrgica asturiana (Mieres, La Felguera), favorecida por la cercanía de las minas de mineral de hierro y de
carbón. A finales de siglo, Vizcaya se convierte en el gran centro siderúrgico nacional con la creación de la empresa Altos Hornos de
Vizcaya. El desarrollo de este sector estuvo condicionado por dos motivos: el atraso de la agricultura, que no tenía una capacidad de
demanda suficiente de máquinas y utensilios, y la Ley de Ferrocarriles de 1855, que facilitó la importación de material extranjero.
Tras la Ley de Minas de 1868, se aprobó una legislación minera para la desamortización del subsuelo español. Todos los yacimientos
pertenecían al Estado, que los vendió en pública subasta, la mitad de ellos a compañías extranjeras, principalmente británicas y
francesas. Tras esto, la minería se convierte en una de las actividades principales de la inestable economía española.
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El sistema de comunicaciones: el ferrocarril.
De forma simultánea al proceso de industrialización, se inicia en España el desarrollo del ferrocarril, que contribuirá a la consolidación
de un mercado nacional, integrando áreas económicas, uniendo los centros productores con los consumidores y abaratando el
transporte de todo tipo de bienes (materias primas y fuentes de energía, productos industriales y alimentos).
La construcción del ferrocarril en España estuvo regulada por la Ley de Ferrocarriles de 1855 del Bienio Progresista, que subvencionó las
inversiones, eximió de aranceles a los materiales importados y permitió la entrada de capitales extranjeros. La construcción del
ferrocarril alcanzó su máximo desarrollo entre 1855 y 1864. Las primeras líneas fueron las de Madrid- Aranjuez y Barcelona-Mataró.
A pesar de los beneficios citados anteriormente, la implantación del ferrocarril en España cometió una serie de errores que impidieron
aprovechar todo el potencial de la nueva infraestructura:
- La red ferroviaria respondía a un diseño radial, reflejo del centralismo político español, que comunicaba de forma óptima a la
capital con las diferentes regiones, pero dejaba mal conectadas las áreas comerciales e industriales más activas, situadas en la
periferia peninsular.
- El ancho de vía español (1,67 metros) era superior al europeo (1,44 metros), quedando el país mal comunicado con el resto del
continente. Esta peculiaridad se debió a que se creía que las máquinas debían ser más potentes para salvar las fuertes
pendientes del accidentado relieve peninsular.
La industria española, sobre todo la siderúrgica y la de bienes de equipo, no se vio beneficiada por el ferrocarril, ya que la
mayor parte del material fue comprado a empresas francesas, británicas y belgas. Se perdió una oportunidad para completar
la industrialización de España durante el siglo XIX debido a que, al contrario que otros países, el ferrocarril no sirvió de
estímulo industrializador.
Proteccionismo y librecambismo. La aparición de la banca moderna.
Durante todo el siglo XIX la balanza comercial fue negativa, siendo superiores las importaciones, principalmente productos elaborados,
que las exportaciones, materias primas y productos agrarios (vino, cítricos).
En general, los diferentes gobiernos practicaron un proteccionismo que aplicaba fuertes aranceles a los productos importados para
evitar la competencia al cereal castellano, al textil catalán y a la siderurgia vasca. Solo durante el Sexenio Democrático, con el conocido
como Arancel Figuerola (1869) se puede hablar de prácticas librecambistas en España. Éste rebajó los aranceles y no prohibió las
importaciones de artículos extranjeros.
La banca moderna surge en paralelo al proceso industrializador y la implantación del ferrocarril. Así en 1856 se crea el Banco de España,
que obtiene el monopolio de emisión de moneda a partir de 1874, quedando los otros bancos como sociedades de crédito comercial e
industrial. Destacaron Banco de Barcelona, Banco Santander y Banco de Bilbao. El Banco de España tendrá entre sus tareas principales la
financiación de la Hacienda estatal.