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Encuentros de Fe

Lectura bíblica: Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del
Hombre, ¿hallará fe en la tierra? Lucas 18:8

Introducción:
Una maestra, quiso demostrar a sus niños de primaria que Dios es un mito. La clase
ocurrió así:
MAESTRA: Hoy vamos a aprender que Dios no existe. (Entonces, dirigiéndose a
uno de los niños dice:) ¿Tito, ves el árbol allá afuera? - TITO: Si, maestra. -
MAESTRA: ¿Tito, ves la hierba? - TITO: Si, maestra. - MAESTRA: Vete afuera y
mira hacia arriba y dime si ves el cielo. - TITO: (Regresando unos minutos más
tarde) Si, vi el cielo, maestra. - MAESTRA: ¿Y viste a Dios? - TITO: No, maestra.
MAESTRA: Esto es exactamente mi punto. Podemos ver todo lo que existe, pero no
podemos ver a Dios porque él no existe. Es un cuento.

En ese momento, María, una compañera de Tito, pidió a la maestra si podía hacerle
más preguntas a Tito. La maestra, algo sorprendida, accedió.
MARÍA: ¿Tito, ves los árboles afuera? - TITO: Si. - MARÍA: ¿Ves la hierba? - TITO:
Siiiiiiiii - MARÍA: ¿Ves a la maestra? - TITO: Siiiiii - MARÍA: Todo lo que existe se ve,
¿cierto? - TITO: Siiii - MARÍA: ¿Ves el cerebro de la maestra? - TITO: Noooo. -
MARÍA: Entonces, Tito, según nos han enseñado hoy, ¡nuestra maestra no tiene
cerebro!

Nos produce risa la curiosidad de la niña, pero no hay duda de que la anécdota nos
enseña una gran lección. Hoy cuando las personas no quieren creer en nada ni en
nadie, se hace más evidente que estamos viviendo en un mundo materialista donde
todo se cuestiona y donde la fe y la confianza se han ido perdiendo porque los
valores religiosos ya no se practican.

En el evangelio de Lucas 18:8 encontramos una pregunta que Jesús le hiciera a los
que estaban con él en cierta ocasión. “Cuándo el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe
en la tierra?

Parte I ¿Qué es la fe?


Tomemos algunos minutos para definir lo que es la fe. Si usamos la declaración que
la Biblia misma nos enseña en Hebreos 11:1 diremos que “la fe es estar seguros de
lo que esperamos, y ciertos de lo que no vemos”. En otras palabras, fe es creer en
algo que no vemos, pero que esperamos. Esto nos lleva a concluir que al hablar de
fe, estamos diciendo que la persona que tiene fe, cree en algo, espera algo y confía
en algo.
En el mismo capítulo de Hebreos 11 leemos el versículo 6 que dice: “Sin fe es
imposible agradar a Dios, porque el que se acerca a Dios necesita creer que existe,
y que recompensa a quien lo busca”. De manera que debemos dejar claro que
aunque nadie ha visto a Dios, necesitamos tener fe y confianza para acercarnos a él
sabiendo que responderá a nuestras peticiones.

Es posible que algunas de las personas que estamos reunidos aquí tenemos un
poco de dificultad para entender la forma como la fe actúa en la vida de una persona
que se acerca a Dios y que desea tener una relación de intimidad con él. Esto
puede deberse a las malas experiencias del pasado con personas que nos fallaron,
personas en la cuales depositamos nuestra confianza y de los cuales nunca
esperamos que nos fueran a defraudar. Sin embargo, en la Palabra del Señor
encontramos varias historias que nos confirman que hubo personas que tuvieron
Encuentros con Jesús que resultaron en experiencias maravillosas de fe.

Parte II Encuentros de fe
Quiero invitarles a buscar en sus biblias en Mateo 8, los versículos del 5 al 10. (Lea
el relato pausadamente).

Aquí encontramos un personaje muy especial que viene a Jesús con un pedido
también muy especial. No se menciona su nombre pero lo conocemos como el
centurión, identificación que se les daba a los capitanes que tenían a su cargo una
compañía de cien soldados. Los soldados que comandaba este hombre constituían
la policía que cuidaba de Herodes Antipas el tetrarca de Galilea. Eso significa que el
centurión debió haber sido un hombre de una conducta intachable y de alta
confiabilidad.
—- Es interesante notar que el centurión no conocía personalmente a Jesús. En
esta ocasión era la primera vez que se encontraba frente a frente con Jesús, pero
había escuchado informes de los milagros que el Maestro había realizado y estaba
seguro que podía ayudarle con su pedido.

¿Se atreverían ustedes a pedirle un favor a una persona que no conocen? Es


evidente que este hombre era una persona de unos sentimientos muy especiales
porque va a pedir sanidad para un siervo suyo que está gravemente enfermo.

Después de presentarle a Jesús su petición, el centurión hace algo que conmovió el


corazón de Jesús. Leamos nuevamente el versículo 8: “Señor, no merezco que
entres bajo mi techo. Pero basta con que digas una sola palabra, y mi siervo
quedará sano”. ¿Cómo fue posible que un hombre que no conocía personalmente a
Jesús tuviera la certeza de que aún a la distancia las palabras de Jesús serían
suficientes para devolverle la sanidad a su siervo? ¿Podemos nosotros hoy decir
como este hombre: “Señor, una sola palabra tuya basta”? Necesitamos aprender a
desarrollar una fe que no dude, y que en toda circunstancia se mantenga firme
sabiendo que Jesús está al control de cada situación por la que pasamos.
El relato dice que Jesús al escuchar la respuesta del centurión, se asombró, y dijo:
“Les aseguro que no he encontrado en Israel a nadie que tenga tanta fe”. Ese
mismo día el siervo del centurión quedó sano. El encuentro de este hombre con
Jesús nos confirma una vez más que cuando vamos a él con fe, y lo manifestamos
con nuestras acciones y palabras, no somos defraudados.

Otro encuentro de fe que la Biblia menciona se registra en Lucas 8:40-48 (lea el


relato). Allí se nos habla de una mujer que tenía doce años enferma y que había
gastado todo lo que tenía visitando los médicos sin encontrar sanidad alguna. A
diferencia del relato anterior en esta ocasión la mujer fue en busca de Jesús no para
pedir un favor, sino para conseguir lo que tanto ella necesitaba: la sanidad de su
cuerpo. No debe ser fácil para una persona que está aquejada de una enfermedad
por tantos años tener el optimismo y la energía para seguir buscando lo que parece
que nunca llegará, pero esta mujer dejando a un lado todo pensamiento de
frustración se va en busca de lo que tal vez para ella sea la última opción.

¡Cuántas veces nosotros actuamos de la misma forma! Vamos a Jesús después de


dar muchas vueltas y de intentarlo de muchas maneras, para al final darnos cuenta
que sin el Salvador nada se puede lograr.

Sabiendo que Jesús había curado a muchas personas, y conociendo que las reglas
de los judíos y fariseos no le permitían acercarse a un hombre por la impureza de su
enfermedad, ejercitando tal vez lo que le quedaba de esperanza, se aventuró a
filtrarse entre la multitud con la confianza de que si podía estirar su mano y tocar el
borde del vestido de Jesús su enfermedad desaparecería. No es difícil imaginar el
asombro de esta mujer cuando se operó el milagro cuya fórmula fue muy sencilla:
tocó y en el acto se sanó. No fue necesario ir a un médico para que la diagnosticara
sana; ella lo estaba sintiendo en su propio cuerpo. ¿Acaso ella podía dudar de esa
sanidad después de haber experimentado en carne propia por doce años los
malestares de la enfermedad? Por eso cuando Jesús se dirigió a ella públicamente
declaró: “Hija, tu fe te ha sanado”.

Parte III Fe en todo tiempo


La siguiente historia tuvo lugar en Rusia, en los años 70. Esa noche Liuba festejaba
sus cinco años. Su padre estaba en la cárcel a causa de su fe. Desde hacía algunos
días su madre pensaba cómo podría orientar ese día para que los niños sintieran
menos dolorosamente la ausencia de su padre. Sólo podía ofrecerles patatas con
un pedacito de carne. Felizmente recibieron una carta de su padre. Antes de
empezar la cena, oraron: “Señor Jesús -oró la pequeña Liuba- cuida de nuestro
papá para que vuelva bien de salud. Bendice también a mamá, cuando papá estaba
con nosotros, siempre nos traía chocolate para nuestro cumpleaños. Contamos
contigo para que nos los mandes. Amén”.
Los mayores se rieron de su hermanita, pero su madre mandó que dejasen de reír.
De repente se oyó golpear la puerta. ¿Quién podría llegar a esa hora tan tarde? Era
un viejo amigo, contó cómo se sintió impelido sin saber por qué, a ir al almacén para
comprar una tableta de chocolate. ¡Hurra! - exclamó Liuba- Jesús contestó mi
oración. Estupefacto, el amigo escuchó feliz todo lo que había sucedido. Dos
semanas más tarde, el padre leía a sus compañeros de prisión una carta de su
esposa en la que evocaba el cumpleaños de Liuba. Esta misiva les traía consuelo y
una nueva razón para esperar. Les mostraba el poder de un Dios que vela, hasta en
los detalles más pequeños, sobre aquello que confían en él, y particularmente en los
momentos difíciles.

Conclusión:
Es posible que al escuchar estos dos relatos usted se estará haciendo muchas
preguntas.
¿Se puede decir de mí como del centurión que soy una persona de una fe muy
grande?
¿Tengo verdaderamente la fe de que Dios puede curar esa enfermedad que tengo,
o puede resolver el problema que estoy enfrentando con mis hijos, con mi cónyuge?
¿Será mi fe lo suficiente como para acercarme a Dios para pedirle que me ayude?

No importa si usted considera que tiene mucha, poca o ninguna fe, quiero que sepa
que Dios está vivo actuando en su vida y en esta noche quiere que usted tome la
decisión de depositar toda su confianza en él. No existe problema alguno que Dios
no pueda resolver, no existe dificultad que Dios no entienda.

En el libro El Deseado de todas las gentes, 312, 313 dice: “La fe salvadora no es un
mero asentimiento intelectual a la verdad. El que aguarda hasta tener un
conocimiento completo antes de querer ejercer fe, no puede recibir bendición de
Dios. No es suficiente creer acerca de Cristo; debemos creer en él. La única fe que
nos beneficiará es la que le acepta a él como Salvador personal; que nos pone en
posesión de sus méritos. La fe salvadora es una transacción por la cual los que
reciben a Cristo se unen con Dios mediante un pacto. La fe genuina es vida. Una fe
viva significa un aumento de vigor, una confianza implícita por la cual el alma llega a
ser una potencia vencedora”.

Necesitamos tomar la decisión de depositar nuestra fe en Dios y esperar


confiadamente en sus promesas. Tengamos un encuentro con él y pidámosle que
tome nuestra débil fe y la convierta como la del centurión y la de la mujer enferma
de manera que lleguemos a ser hombres y mujeres de gran fe. Si hoy deseas tener
un encuentro de fe, te invito para que allí donde te encuentras de coloques de pie
mientras yo presento una oración de bendición para todos nosotros.

Oración final

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