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En palabras de Ruiz, Verón distingue entre definiciones descriptivas y definiciones analíticas

de lo ideológico y el poder. En el primer caso, esta distinción parte de la crítica a la noción de


ideología entendida como falsa conciencia, pero también como sustancia de la que algunos
discursos estarían dotados y otros no. La distinción señalada permite diferenciar la ideología
como una gramática de producción (o como formando parte de una), esto es como un
conjunto de reglas (condiciones) a partir de las cuales se pueden elaborar discursos, como
sería la ideología en un sentido tradicional (ideología socialista, ideología peronista, ideología
neoliberal…), de lo ideológico como una dimensión analítica que daría cuenta de las marcas
que dejan las condiciones de producción en los discursos. Del mismo modo, el poder también
puede ser entendido como el poder institucional, represor, fáctico (en un sentido tradicional,
descriptivo) y como los efectos que un discurso determinado genera, los que pueden ser
leídos en nuevos discursos. O sea que en términos analíticos, todo discurso es ideológico
porque todo discurso se relaciona con sus condiciones de producción, y todo discurso tiene
poder en la medida en que genera efectos en reconocimiento y permite la generación de
nuevos discursos.

Discurso y poder
Hay un tipo de discurso que tiene una relación privilegiada con la estructura del Estado, un
discurso en cuya definición misma interviene el concepto de esta relación; el discurso político.
Este ejerce un cierto poder, produce un cierto efecto. Esta dimensión (analítica) está presente
en el discurso político como en cualquier otro tipo de discurso. Las estructuras institucionales
del Estado aparecen, a su vez, como formando parte de sus condiciones de producción: estas
estructuras intervienen en la dimensión ideológica del discurso político. El rasgo que lo define
como tipo es la tematización explícita de la cuestión del control del campo institucional del
poder dentro de la sociedad. Los llamados hechos políticos no existen independientemente de
su semantización discursiva, son estrictamente inseparables de los discursos. Inversamente
todo discurso político es un hecho político. Basta reflexionar sobre el vínculo necesario que
existe entre los llamados hechos y el funcionamiento de los medios de comunicación de
masas, para comprender que el verdadero problema es el de dar cuenta, a nivel teórico, de la
semiosis, de la producción de sentido, que es inseparable de la existencia misma de los
hechos. La diferenciación entre discurso y condiciones (de producción o reconocimiento) es
una diferenciación puramente metodológica. El corte entre los discursos y sus condiciones, es
producido por la intervención del análisis; automáticamente, a partir del momento en que se
constituye un corpus de discursos a ser analizados, otros elementos del proceso se
transforman en sus condiciones. Pero la distinción es metodológica y no sustancial. Si al
estudiar un determinado corpus de discurso político, las estructuras del campo político
aparecerán como condiciones de producción, se trata de concebir el poder del discurso político
como dando lugar a una pluralidad de efectos a fenómenos diferenciales de resonancia, en
distintos puntos del campo de lo político.
Lo dicho hasta aquí, me parece definir una perspectiva fecunda para estudiar el funcionamiento
del discurso político. Para comprender todo proceso político como a la vez constituido por
hechos que son inseparables de las lecturas que de ellos se hace, y por discursos que
automáticamente son hechos. Para entender la dinámica de los procesos políticos como
susceptible de ser expresada, bajo la forma de los décalages (Desajuste) constantes entre las
condiciones ideológicas de producción, y los efectos discursivos que se manifiestan bajo la
forma de una nueva producción discursiva. A esta distancia entre producción y reconocimiento,
1
la llamamos circulación de sentido. Es posible considerar la posibilidad de explorar una
tipología del discurso político en función del tipo de relación (y de distancia) entre producción y
reconocimiento. Dos problemáticas de particular interés.
1 Dentro de la dinámica interna a un movimiento social o partido político, se plantea la cuestión
de la relación entre el discurso del líder y el de sus seguidores o partidarios: se podría pensar
que esta relación es de pura reproducción. Sin embargo es bastante probable que la relación
sea mucho más compleja. La distinción misma entre el líder y los seguidores, implica que las
condiciones de producción discursiva no son las mismas para el primero y para los seguidores.
Es muy probable que la relación del discurso del líder con sus partidarios contenga lo que
Gregory Bateson llama doublé-bind. Doble vínculo. Mensaje contradictorio del tipo “tu palabra
debe ser la mía aunque por definición nunca lo será”.
2 En cuanto a las relaciones de oposición o enfrentamiento interdiscursivo. El discurso del
adversario constituye una condición de producción del propio discurso. En una situación de
poder, el discurso de los dominados, que se presenta como un discurso de oposición o de
ataque dirigido contra el discurso de los dominantes, no es otra cosa que la inversión especular
de este último.

Poder del discurso


Para analizar la dimensión de poder de los discursos sociales. Esos discursos en los que se
produce el efecto que he llamado en otro lugar, “efecto de conocimiento". El efecto de
conocimiento es aquel que se produce en un discurso en función referencial, que se presenta
como describiendo una realidad determinada, a la vez que describe su objeto, hace explícito el
hecho de que lo describe desde un punto de vista determinado.
El caso opuesto es el del efecto ideológico: el discurso describe su objeto y esa descripción es
presentada como la única posible, es un discurso que se presenta como [Link] modelo
puro del discurso a efecto ideológico es el del discurso de la religión.
El discurso científico produce un efecto, ejercita un poder. Pero la modalidad de este ejercicio
es también muy particular: el discurso que produce un saber, lo que se llama corrientemente un
conocimiento, ejerce su poder a partir de la suspensión del efecto ideológico. Vemos pues la
necesidad de distinguir la creencia del saber.
Todo discurso es ideológico en producción, algunos son científicos en recepción. Creencia y
saber son los nombres de efectos discursivos y no de tipos de discursos. No existe algo que
sería el discurso del saber y algo que sería el discurso ideológico. Que el discurso político sea
ideológico en producción no es de extrañar: este principio es válido para todo discurso. La
especificidad del discurso político deriva de dos características principales:
1. Es un discurso que explicita su carácter polémico, explicita que existen otros discursos del
mismo tipo que están en relación de enfrentamiento.
2. Pero este modo de funcionamiento es bien diferente del que caracteriza lo que hemos
llamado el efecto de conocimiento, porque el discurso político sólo puede constituirse bajo la
condición de presentar esos discursos otros como irremediablemente falsos. Es un discurso a
efecto ideológico, que genera la creencia. El discurso político es el heredero histórico directo
del discurso de la religión: se presenta como discurso absoluto, con la sola diferencia que
reconoce la existencia de otras religiones que son lógicamente falsas.

2
Finalmente, en relación a los efectos de un discurso (o sea en sus condiciones de
reconocimiento, el poder que tienen los discursos) Verón distingue dos tipos de efectos:
1. efecto ideológico, que genera creencia, que es aquel de los discursos que buscan ocultar o
negar sus relaciones con sus condiciones de producción (o sea que se piense que ese discurso
no responde a intereses particulares, o plantea una verdad eterna); Verón pone de ejemplo acá
al discurso de tipo político o religioso;
2. efecto de cientificidad, que genera conocimiento, que es el de los discursos que explicita su
relación con sus condiciones de producción, que muestra que nace en un determinado
contexto y que admite que haya otros discursos con los cuales discute; Verón piensa acá en el
discurso de tipo científico, que admite que el conocimiento siempre es provisorio y puede ser
falsado.

Discurso, poder, poder del discurso


En primer lugar, un punto de vista semiótico no implica pretensión de reducir todo a signos.
Lo que el punto de vista semiótico afirma es que todo fenómeno social es necesariamente
significante; que la producción de sentido dentro de una sociedad no constituye un nivel sino
que la significación atraviesa la sociedad entera.
En segundo lugar sería completamente absurdo pretender negar el ejercicio de la violencia y
de la represión como instrumento normal de la dominación del Estado. Pero sería un grave
error reducir una teoría del poder del Estado a este aspecto, o considerar que la naturaleza
esencial del poder reposa en la pura violencia.
El discurso político, es una de las formas de discurso absoluto. Contiene el reconocimiento
explícito de la existencia de otros del mismo tipo y esos otros deben ser exhibidos como falsos.
En las condiciones neutrales de circulación discursiva en las sociedades capitalistas
industriales, como resultado sobre todo de la relación intrínseca entre los discursos sociales y
las comunicaciones masivas, el discurso político aparece como sometido permanentemente a
una doble recepción.
El discurso político organiza su economía alrededor de lo que Verón llama el nosotros de
identificación o colectivo de identificación. Este núcleo constituye el fundamento discursivo de
los procesos de identificación propios de cada partido político o movimiento social. La doble
recepción: producido alrededor del colectivo de identificación, será recibido no solo por quienes
integran ese colectivo, sino también por los adversarios, por los otros. Se dibuja una suerte de
paradoja. Sin adversario, el discurso político no tiene razón de ser. Pero a la vez todo el tiempo
intenta descalificar o neutralizar el discurso del otro, amenazador de absolutismo, puede
transformar al discurso político en portador de muerte (fascismo-nazismo).
En situación normal de democracia pluralista y de juego parlamentario, el discurso político
olvida fácilmente que si es verdad que las palabras son un arma, la verdad de esta expresión
reposa en la verdad de la expresión inversa: el único método seguro de tener la última palabra,
es reducir al enemigo al silencio.

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