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¡Cuidémonos!
Nelly Vanessa
4
Nanis
Lectora
15
Sinopsis 16
1 17
2 18
3 19
4 20
5 21
6 22
5
7 23
8 24
9 25
10 26
11 27
12 Epílogo
13 Sarah Castille
14
E
l ejecutor de la mafia, Rocco De Lucchi, es el mejor en el
negocio.
Frío, duro y completamente despiadado, Rocco es el más
peligroso de los hombres. Los sentimientos son un lujo que
no puede permitirse, hasta que un encuentro casual lo pone cara a cara
con la única mujer que encontró el camino hacia su corazón y tocó su
alma.
Grace Mantini ha pasado toda su vida huyendo de la mafia. Hija de la
mano derecha del jefe, es a la vez un premio y un objetivo. Cuando Rocco
regresa a su vida, no quiere tener nada que ver con el hombre que la
traicionó y le rompió el corazón. Pero solo Rocco puede protegerla de las
peligrosas fuerzas que buscan destruir a su familia. ¿Podrán escapar de 6
las manos del destino cerrándose a su alrededor? ¿O el amor será el beso
de la muerte para ambos?
—E
ra un buen chico.
—Sí, papá. —Grace Mantini se santiguó
mientras los portadores del féretro llevaban el
ataúd de Benito Forzani por el césped del
cementerio Shady Rest de Las Vegas. Como hija de un jefe de alto rango de
la mafia, había asistido a tantos funerales a lo largo de los años que podía
seguir los movimientos del entierro formal mientras dormía.
Habría sido un buen marido.
—Estoy seguro de que lo habría hecho. —Pero no para ella. ¿Era una
persona terrible por estar aliviada de que el soldado de la mafia que su
padre quería que conociera hubiera sido encontrado muerto en un callejón
el día después de que su padre y su hermano llegaran a Las Vegas?
7
—Llevaba una gorra de béisbol para que no pudieras ver la oreja que
le faltaba. —Continuó su padre, con una leve insinuación de sonrisa. A
diferencia de muchos otros padres de la mafia, el padre de Grace no tenía
interés en obligar a su hija a casarse con miembros de la mafia, pero eso
no le impedía jugar al casamentero cada vez que estaban juntos.
—¿Yanquis? —preguntó, esperanzada.
—Medias Rojas.
—No habría funcionado —dijo—. Me gustan los ganadores.
Su hermano, Tom, reprimió una risa y rodeó a su padre para
empujarla en el costado. Cuatro años más joven que ella, había sido
preparado desde su nacimiento para hacerse cargo del negocio familiar.
Un día se convertiría en un “hombre hecho” como su padre, Nunzio
Mantini, ahora subjefe de la poderosa familia criminal Gamboli de Nueva
York. Grace esperaba que no fuera demasiado pronto. Los hombres
cambiaban cuando se hacían, y una vez que se cruzaba esa línea, el serio
asunto de vivir en un mundo de crimen y muerte pesaba sobre sus almas.
Suavizó su expresión cuando vio a algunas personas mirando en su
dirección. El cementerio estaba lleno de miembros de la familia mafiosa
Toscani que componían la facción de Las Vegas de la familia mafiosa
Gamboli con sede en Nueva York, todos vestidos de negro a pesar del sol
abrasador sobre sus cabezas y el insoportable calor de treinta grados.
—Podrías haber vuelto a casa si te hubieras casado con él. —Su padre
suspiró—. Tenía un nuevo trabajo en Nueva York. Don Gamboli le pidió
personalmente a Benito que se encargara de toda la contabilidad familiar.
—Me gusta aquí en Las Vegas —mintió Grace—. Puedo comprar una
casa, salir de fiesta las veinticuatro horas del día, tomar el sol todo el fin
de semana y tengo mi carrera…
De hecho, odiaba Las Vegas. Nacida y criada en Nueva York, había
sido feliz con sus dos días de buen tiempo al año, la posguerra en la
Primera Avenida en la que había vivido con su tía, una billetera sin
licencia de conducir y un hombre al que amaba con cada gramo de su ser.
Ahora tenía un viejo Mitsubishi Mirage con unos patéticos 74 hp debajo
del capó que tenía que azotar para llegar a cualquier parte, una
quemadura de sol permanente, y en lugar de una posguerra, compartía
una casa de campo sin carácter con su mejor amiga Olivia y dos músicos
de jazz, Miguel y Ethan.
8
Pero eso es lo que sucedía cuando tu familia estaba en la mafia. No
podías elegir el tipo de vida que querías vivir. No lograbas hacer el trabajo
que siempre habías soñado tener. No podías vivir en la ciudad de tu
corazón. Y no podías quedarte con las cosas que querías.
Buscó un nuevo tema de conversación. Lo último que quería era que
su padre descubriera que en realidad no estaba haciendo uso de su título
en psicología. En cambio, se ganaba la vida grabando jingles de radio
durante el día, lo más cerca que podía estar de su arruinado sueño de
convertirse en cantante de jazz. Su padre había tolerado su decisión de
mudarse a Las Vegas hace seis años solo porque había estado tan
angustiada después del ataque que le dijo que era un atraco que salió mal
y que apenas podía funcionar. Si hubiera sabido la verdadera razón por la
que se había ido, no, huido, de Nueva York, nunca la habría dejado ir.
El sacerdote terminó los últimos ritos y la multitud respondió con las
oraciones apropiadas. Sintió el susurro de una brisa contra su cuello, la
caricia más suave. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero cuando se giró
ligeramente con la esperanza de atrapar el relajante aire, la brisa se apagó.
—Siempre puedes volver a casa si las cosas no funcionan —dijo su
padre—. Puedes quedarte en la casa y cuidar de Tom y de mí como lo
hiciste después de la muerte de tu madre. No hemos tenido una buena
comida desde que te fuiste. Ocho años es mucho tiempo para estar sin
braciola como la hacía tu madre.
Grace no pasó por alto su énfasis en la palabra “fuiste” o el trasfondo
de juicio que la acompañaba. Su decisión de mudarse a Las Vegas había
sido aceptable; su abandono de la familia dos años antes no. Pero todo
había cambiado cuando, a los dieciséis años, descubrió que su vida había
sido una mentira. Su amable y cariñoso padre no era en realidad un
vendedor de seguros; los funerales semanales a los que asistieron no
fueron solo porque su familia tuviera mala suerte; y su madre no se había
desangrado hasta morir en los brazos de su hija de diez años como
resultado de un disparo accidental por parte de un policía demasiado
entusiasta.
Y aunque la revelación de que papá estaba en la mafia explicaba parte
del comportamiento de su padre (el respeto que recibía cuando salían, los
pequeños favores que le hacían que insinuaban su verdadero poder e
influencia), no pudo procesar algunos de los conceptos más grandes.
¿Cómo podría su amado padre ser un criminal y un asesino? ¿Cómo podía
usar la ropa que le compraba, comer la comida que le pagaba o vivir bajo 9
su techo cuando tenía las manos manchadas de sangre y todo lo había
pagado con dinero sucio? ¿Cómo podría siquiera comenzar a comprender
las horribles cosas que había hecho para lograr su puesto como segundo
al mando de una de las familias del crimen organizado más poderosas del
país?
Después de que su padre le dijo la verdad, escapó. Tal como había
tratado de huir después de la muerte de su madre. La hermana de su
madre se había ofrecido a acogerla y su padre, angustiado por su total y
absoluto rechazo, había accedido. Había pensado que nada podría ser tan
devastador como descubrir que su padre no era quien pensaba que era,
pero no fue nada comparado con la noche en que le arrancaron el corazón
del pecho.
Sintió un cosquilleo en el cuello, no una brisa esta vez, sino algo que
supo instintivamente como una advertencia. Alguien la estaba vigilando.
Miró rápidamente por encima del hombro, pero solo vio árboles que
brillaban a la luz del sol, atrayéndola con la promesa de un respiro del
calor en sus frescas sombras.
—Puedes conseguir braciola en cualquier buen restaurante italiano.
No me necesitas.
—Me estoy haciendo viejo. —Suspiró él de nuevo—. Me preocupa que
estés sola. Quiero verte asentada.
—Ponerme en contacto con los hijos de tus amigos no funcionará. Ya
sabes cómo me siento acerca de... en lo que estás involucrado.
Su padre se irritó y entrecerró los ojos, recordándole que, aunque su
cabello se había vuelto gris y había nuevas líneas en su amplia frente y
arrugas en las comisuras de sus oscuros ojos, no era un anciano débil y
bondadoso. Sus hombros aún eran anchos, su espalda recta, y era esbelto
y en forma después de años de correr y de comer con moderación. Pero
más que eso, se comportaba con la confianza y la autoridad de un hombre
acostumbrado a ser obedecido. Podía fingir ante sí misma que había
tomado la decisión de irse de Nueva York y que era libre de vivir su vida
como quisiera en Las Vegas. Pero en realidad, estaba aquí solo porque se
lo permitió. Si lo presionaba demasiado, la arrastraría de regreso a Nueva
York y la obligaría a casarse con el mafioso de su elección y no habría
nada que pudiera hacer al respecto. Tal era el poder de la Cosa Nostra.
—No es en lo que estoy involucrado. —Se erizó—. Es lo que somos. Es
nuestra familia. Es nuestra sangre, nuestra herencia. Puede que no te 10
guste, pero es parte de ti. No puedes huir de él para siempre.
—Eso no significa que tenga que casarme con ello.
Sacudió la cabeza cuando la primera pala de tierra cayó sobre el
ataúd.
—Pobre Benito. Es una coincidencia increíble que fuera golpeado
justo antes de que se suponía que se reuniría con nosotros. ¿Sabes algo al
respecto?
—¿Me estás preguntando si lo maté? —Su voz se elevó de tono.
Su padre se encogió de hombros.
—Tal vez tenías miedo de que te obligara a casarte con él…
Solo en una familia de la mafia un padre haría una pregunta así. Sí,
le había dado un arma y le había enseñado a disparar, pero nunca la
habría usado para otra cosa que no fuera defensa propia, y su padre lo
sabía.
—Soy pacifista.
Tom soltó una carcajada e inmediatamente trató de ocultarla
fingiendo un ataque de tos.
Los labios de su padre se curvaron con disgusto.
—Pensé que lo habías superado hace años.
—No es una enfermedad.
—Está en nuestra familia —susurró Tom.
—Bueno, no lo maté. —Grace no tenía ninguna intención de casarse
con uno de los hombres que su padre le propuso. Después de ser
traicionada y rota, su corazón aplastado y su cuerpo lleno de cicatrices, no
tenía ningún interés en el amor y menos interés en encontrar un hombre
que prometiera darle el mundo solo para arrebatárselo a la primera señal
de problemas. E incluso si encontrara a alguien, se casaría en sus propios
términos. Encontraría a un hombre que la amara y que pudiera aceptar
que no podía corresponderle plenamente a ese amor porque había perdido
el corazón hace seis años y nunca lo recuperaría.
—¿Qué pasa con el padre Patrick? —Su padre hizo un gesto al
sacerdote que ahora estaba dando los últimos ritos—. Es un buen chico.
Buena familia. Sería un buen marido.
—¡Papá! ¡Es un sacerdote! —El padre Patrick era uno de los pocos 11
sacerdotes amigables con la mafia en Las Vegas, lo que significaba que
escuchaba el tipo de confesiones que revolvían el estómago de un hombre
normal, sus arcas estaban rebosantes y su iglesia estaba llena todos los
domingos por la mañana.
—Llegó al sacerdocio después de la muerte de su esposa. Como ya ha
conocido carnalmente a una mujer, creo que puede volver a casarse y no
sufrirás de ninguna manera por tu fe. —Su padre abrió ambas manos
como si le diera la bienvenida al sacerdote a su familia criminal.
—Papá. Por favor… —Miró a Tom para salvarla, pero él estaba
doblado de risa y no ayudaba en absoluto. Había olvidado lo brutalmente
directo que podía ser su padre, algo que había sido tanto una maldición
como una bendición la noche en que finalmente regresó a casa en busca
de la verdad.
Miró a su alrededor para ver si alguien los había oído y captó un
movimiento en las sombras detrás del padre Patrick.
Que fue cuando lo vio.
Alto. Cabello oscuro. Chaqueta de cuero negra ceñida sobre anchos
hombros. Pecho ancho que se estrechaba hacia una estrecha cintura.
Camiseta negra ajustada sobre duras ondas de músculo. Pañuelo,
vaqueros gastados, botas de suela gruesa.
Hermoso. Su cuerpo se calentó en lugares que no debería. ¿Quién
era? No conocía a ningún hombre que se atreviera a presentarse en un
funeral de la mafia vistiendo algo más que traje y corbata.
Entrecerró los ojos, tratando de distinguir su rostro, pero el sol le
daba en los ojos y él no era más que una sombra oscura al otro lado de la
tumba.
Después de que terminó el servicio, un hombre corpulento y de
cabello oscuro se separó de la multitud que se alejaba y se acercó a ellos
con algunos compañeros y dos musculosos guardaespaldas a cuestas.
Parecía tener entre principios y mediados de los treinta y claramente tenía
afición por lo costoso. Un anillo de diamantes brillaba en cada uno de sus
gruesos dedos medios, una pesada cadena de oro rodeaba su cuello y en
su muñeca lucía el Escale Time Zone de Louis Vuitton, que daba la hora
en veinticuatro husos horarios simultáneamente y tenía una esfera tipo
caleidoscopio. A Grace no le gustó de inmediato y aún menos cuando hizo
una descarada lectura de su cuerpo mientras estrechaba la mano de su 12
padre.
—Nunzio. —Su sonrisa no llegó a sus ojos centrados en su pecho.
—Tony. —Papá la presentó y se excusó para saludar a unos amigos.
Grace reconoció su nombre de inmediato. Tony Toscani era uno de los
dos autoproclamados jefes de la ahora dividida familia criminal Toscani.
Después de que su padre, Santo, fuera asesinado, Tony había reclamado el
derecho de sucesión. Sin embargo, su primo, Nico Toscani, se negó a
aceptar su reclamo. En una muestra de desafío sin precedentes, Nico se
había llevado a la mitad de los capos, al equipo y los activos de la familia y
se había proclamado jefe de una nueva facción disidente. Don Gamboli
había enviado al padre de Grace para ayudar a resolver la situación, ya sea
confirmando a uno u otro de los primos como jefe, o negociando algún tipo
de tregua para unir a la familia.
Tom obviamente conocía a Tony y se dieron la mano, pero cuando
Grace le tendió la mano, Tony presionó sus fríos y viscosos labios en la
parte posterior de su muñeca y la alejó del lado de Tom.
—¿Por qué no sabía que Nunzio tenía una hija? —murmuró en voz
tan baja que solo ella pudo oír—. Lástima de tu cara. Podrías haber sido
casi bonita.
La mano de Grace voló a su mejilla, tirando de su cabello oscuro
hacia abajo para ocultar la larga cicatriz plateada que marcaba el lado
izquierdo de su rostro desde la oreja hasta la barbilla. Aunque la gente a
menudo la miraba fijamente, pocos eran lo suficientemente crueles como
para mencionar la fea cicatriz que había destruido su sueño de ser
cantante.
Miró a su padre para ver si había oído lo que Tony había dicho. No
mucha gente tendría el descaro de insultar a la hija del subjefe de Nueva
York, cuya viciosa y despiadada naturaleza se traducía en una feroz
protección cuando se trataba de su familia. Cuando Grace tenía seis años,
su maestra de primer grado les había informado a sus padres que
necesitaba lecciones de lectura de recuperación. Al día siguiente, su
maestra murió en un accidente de atropello y fuga. En ese momento, no
había pensado mucho en eso. Pero luego se dio cuenta de que era solo uno
de los muchos incidentes en su vida en los que la gente tenía que sufrir
debido a su conexión con la mafia.
Grace trató de apartar su mano de un tirón, pero Tony la agarró con
más fuerza y la empujó hacia lo más profundo de la sombra de los árboles 13
que habían parecido tan acogedores hace poco tiempo.
—Parece un cuchillo —dijo—. ¿Tengo razón? ¿A quién hiciste enojar?
¿O fue un mensaje?
—Déjame ir. —Años de clases de Krav Maga significaban que sabía
cómo desconectarse, pero el resultado sería una escena que, sin duda,
avergonzaría a su padre y provocaría un gran incidente político.
—¿Tienes un hombre? —Apretó su agarre, estudiándola
atentamente—. Tendrías suerte si encuentras a alguien a quien no le
importen los bienes dañados, aunque la alianza que traerías haría que
valiera la pena.
Grace luchó por mantener la calma. La ira no logró nada. A pesar de
las consecuencias, necesitaba tratar con el bastardo de la forma en que
había aprendido a hacerlo. Después de huir de Nueva York, juró que
nunca dejaría que otro hombre la tocara sin su consentimiento y su
entrenamiento en Krav Maga había sido la forma en que cumplió esa
promesa consigo misma.
Apretando los dientes, levantó la mano y agarró su muñeca con la
otra, girando sus caderas hasta que se vio obligado a soltarla.
Desafortunadamente, su intento de ser discreta significó que dejó su
espalda expuesta. Aprovechándose, Tony le rodeó el cuello con una mano y
presionó su gran y sudoroso cuerpo contra el de ella, los bordes afilados de
su anillo se clavaron en su piel.
—Envaina esas garras, gatita. Me gusta que mis mujeres sean vistas y
no escuchadas.
—Suéltala.
Profunda y oscura, el poder de esa voz la congeló en su lugar, incluso
mientras se deslizaba sobre su piel como el cepillo de terciopelo grueso.
Conocía esa voz, la escuchaba en sueños e imaginaba noche tras noche
ese feroz estruendo vibrando contra su pecho.
Aunque era más áspera, más profunda con la madurez, nunca
olvidaría esa voz.
Un nombre salió a través de las barreras en su mente. Un nombre
que pensó que había borrado de sus pensamientos y de su corazón.
Rocco.
No. No era él. No podía ser. La última vez había oído que todavía
estaba en Nueva York trabajando con su padre psicópata, Cesare, jefe del
grupo brutalmente violento de De Lucchi. El hermoso chico de cabello 14
oscuro del que se había enamorado se había convertido en el ejecutor más
temido de la familia criminal Gamboli, causando el tipo de trauma que
había dedicado su vida a sanar.
Tony la soltó y ella se giró y lo vio: el hombre de las sombras.
—Rocco —susurró.
Dios, se veía incluso mejor de lo que recordaba. Hermoso e
impresionante. Sus angulosas mejillas y su cuadrada y firme mandíbula
estaban arrugadas y llenas de cicatrices, y su espeso cabello oscuro estaba
cortado militarmente. Atrás quedaron la suavidad de su rostro, la
redondez de sus mejillas y el hoyuelo en la comisura de su boca. Pero sus
esculpidos labios eran carnosos y sensuales, y el oro todavía brillaba en
los ojos marrón whisky tan oscuros ahora que eran casi negros.
Una vez esos ojos habían visto dentro de su alma, y esos labios
habían tocado cada parte de su cuerpo. Una vez toda esa belleza le había
pertenecido a ella, y luego la mafia se la había robado.
—Frankie. —Tony la soltó y giró para ver a Rocco—. ¿Qué diablos?
Esto no es asunto tuyo.
¿Frankie? ¿Por qué Tony lo llamó Frankie?
Rocco le dirigió a Tony la más breve de las miradas, como si no fuera
digno ni siquiera de ese gesto.
—No es tuya.
—Tal vez lo sea. Mírala. Está desfigurada. Nadie la querrá. Nunzio
estaría agradecido si alguien se la quitara de las manos. Les estaría
haciendo un puto favor a ambos.
¡Wham! El puño de Rocco se estrelló contra la cara de Tony, enviando
a Tony tambaleándose hacia un árbol. Trató de levantarse y de repente
Tom estaba allí, sus puños volaban, gritando algo sobre el honor de la
familia. Mientras los mafiosos reunidos corrían hacia la pelea, Grace se dio
la vuelta y se alejó.
—Tesoro. —Su padre se apresuró a alcanzarla—. ¿Qué sucedió?
—La mafia sucedió —dijo con amargura, girándose para verlo,
agradecida por una salida para su dolor—. Odio esto. Odio que seas parte
de esto. Solo salí hoy para pasar tiempo contigo y brindarte apoyo porque
conocías a Benito y sé que sentías su pérdida. Te extraño a ti y a Tom,
pero no quiero involucrarme. No puedo lidiar con la violencia, la política y 15
los juegos. —Y definitivamente no podía lidiar con volver a ver a Rocco y
revivir todo el dolor de su pasado.
—Grazia, no te vayas. Nos vemos tan poco. Me aseguraré de que nadie
te vuelva a molestar.
Grace negó.
—Lo siento, papá. He pasado demasiados años tratando de crear una
vida lejos de todo esto. No quiero involucrarme.
—Siempre huyendo —dijo su padre en voz baja—. ¿Qué sucederá
cuando no quede ningún lugar a donde correr?
Rocco no estaba de humor para romper piernas.
Y especialmente las piernas de Danny Bagno, dueño del club de jazz
Stardust. Danny había pedido prestado medio millón de dólares al
caporegime de mayor rango de Nico Toscani, Luca Rizzoli, y no pudo pagar
la vig. Los intereses se habían acumulado y Luca había decidido reclamar
el préstamo, lo que significaba que Luca hablaba y Rocco rompía.
Excepto que esta noche todo en lo que podía pensar era en la chica
que había perdido por la misma razón por la que Luca lo había llamado
esta noche.
—Hola, Danny. ¿Cómo te va? —Luca se apoyó en la barra del club
vacío. El Stardust no abría hasta las siete, lo que les daba toda la tarde
para arreglar el asunto. El joven socio de Luca, Paolo, se había puesto de
guardia al pie de las escaleras. El club estaba bajo tierra, sin luz natural
excepto los pocos rayos de luz que se filtraban por el hueco de la escalera.
—Ah… —Danny se congeló mitad dentro y mitad fuera de la puerta
que conducía a la cocina, pero no había a dónde huir. Rocco estaba
parado en las sombras junto a la puerta de la cocina, y Mike, uno de los
soldados de mayor confianza de Luca, bloqueó la entrada trasera después
de atravesar la puerta de servicio—. Bien, señor Rizzoli. Me va bien. —La
mano de Danny cayó sobre la chaqueta de su traje que no le quedaba bien
y Rocco lo agarró del brazo y tiró de él detrás de su espalda, empujándolo
hacia una de las mesas de madera pulida frente al escenario.
—Mantén tus manos donde pueda verlas, Danny, al menos hasta que
Frankie tenga el arma que escondes debajo de tu chaqueta. —Lucas se rio
entre dientes—. No queremos que te lastimes antes de que tenga la
oportunidad de mostrarte sus habilidades especiales. No has conocido a
Frankie antes, pero cuando lo traemos con nosotros, significa que tu 16
préstamo está vencido.
Frankie. Había respondido a ese apodo durante tanto tiempo que casi
había olvidado que su verdadero nombre era Rocco.
Hasta ayer, cuando todos los dolorosos recuerdos regresaron en un
maremoto de anhelo por un pasado que había sido arrancado y un futuro
que nunca tendría con la única mujer que había amado.
Danny se quejó cuando Rocco lo palmeó.
—No quiero ningún problema. ¿Quieren tomar una taza de café y
podemos arreglar las cosas? Mi esposa acaba de comprar una nueva
cafetera para mi oficina y algunos granos de lujo de Brasil.
—Espero que no haya gastado nada de los quinientos mil que nos
debes o tendremos que llevárnoslos. —Luca caminó alrededor de la barra y
se sirvió un trago, dirigiendo a Paolo a la escalera con un movimiento
perezoso de su mano. Alto y delgado, Paolo, de diecisiete años, acababa de
convertirse en socio después de años de hacer recados para el equipo
Toscani. Había luchado con un problema de drogas, pero su rapidez
mental y coraje cuando Luca había sido secuestrado a principios de ese
año, junto con sus habilidades para forzar cerraduras, habían sido
suficientes para que Luca le diera otra oportunidad.
Rocco relevó a Danny de su.22 y de una navaja suiza que había visto
días mejores. Había estado haciendo cobros y extorsiones desde que podía
recordar, y lo único que los hacía soportables era el hecho de que la clase
de tipos que intentaban engañar a la mafia eran cabrones, como él.
No, no como él. Danny era estafador. Rocco era un monstruo. Con
razón Grace se había escapado.
Grace.
Su nombre se retorció en su mente, abriendo puertas que habían
estado cerradas durante los últimos seis años, inundando sus venas con el
veneno del deseo. Ahora la odiaba tanto como la había amado. Su padre
adoptivo, Cesare, había torturado su cuerpo; pero Grace había desollado
su alma hasta que no le quedó nada más que abrazar la oscuridad contra
la que había estado luchando durante años.
Él había vivido por ella. Respirado por ella. Habría muerto por ella.
Supuso que, en cierto modo, lo había hecho. No había salvación para un
ejecutor de la mafia. Sin redención. Rocco fue a la iglesia y confesó sus
pecados, rezó sus Avemarías y ofreció su cuerpo como castigo, no porque 17
esperara que Dios lo perdonara, sino porque el entumecimiento emocional
que acompañaba al dolor de la penitencia le permitía superar el trabajo
que tenía que hacer cada día.
Trabajo que no había incluido apuntarle con un arma al jefe interino
de la familia criminal Toscani en un lugar público.
Pero joder.
Grace.
Su cabello se había oscurecido desde la última vez que la había visto.
Una vez marrón claro, ahora era de un castaño rojizo intenso, cayendo en
gruesas ondas hasta la mitad de su espalda. Pestañas largas y oscuras
enmarcaban sus ojos marrones, un sorprendente contraste con sus suaves
labios rosados. Había saboreado esa boca, besado la longitud de su esbelto
cuello, la lozanía de cada mejilla, de cada centímetro de su rostro
ovalado...
Cicatrizado.
Se le retorció el estómago y apartó la imagen de esa larga cicatriz
plateada. Nunca había visto el resultado de las heridas que sufrió la última
noche que estuvieron juntos. La última vez que la había visto, estaba
cubierta de sangre.
Mi culpa.
La mano de Rocco se apretó en un puño y se obligó a volver al
momento en que la había reconocido en el cementerio. La sorpresa total y
absoluta de volver a verla. Su cuerpo se había llenado en los años que
habían estado separados, su delgado cuerpo había dado paso a las
redondeadas y sensuales curvas de una mujer, de una hermosa mujer.
Incluso a los diez años, se había mostrado confiada y segura de sí
misma. A los catorce años, la combinación de apariencia y aplomo había
atraído a los chicos como moscas, y era todo lo que podía hacer para
mantenerlos alejados. Y cuando cumplió los dieciséis, sus posesivos
instintos se habían hecho cargo. Aunque era diez años mayor que ella,
cuando se ofreció a él, él reclamó lo que su corazón deseaba.
Gracie. Mi Gracie.
Había sido su salvadora, sacándolo de la oscuridad hacia la luz.
Grace con su hermosa voz y su risa musical. Grace con sus cálidos
abrazos y manos relajantes. Grace con su compasión y sus lágrimas.
18
Grace, quien había tratado de salvar su torturada alma cuando su padre
adoptivo, Cesare, lo arrastró cada vez más al abismo.
Grace, quien se había escapado cuando le mostró al verdadero
monstruo detrás de la máscara.
Tocó la cruz alrededor de su cuello, que le dio su madre cuando
recibió la Sagrada Eucaristía dos semanas antes de que sus padres fueran
brutalmente asesinados. Todavía oraba por el perdón de su pecado ese día:
la cobardía que había mostrado cuando era un niño de seis años quien se
escondió debajo de las escaleras en lugar de tratar de defender a sus
padres. Casi no tenía recuerdos de su madre ni de su padre. El trauma
había borrado sus rostros de su mente, junto con la mayoría de los
recuerdos de la infancia que podrían haberlos mantenido cerca de su
corazón. Todo lo que le quedaba de su familia era el símbolo de su fe y su
nombre de pila. Dos poderosos regalos.
La fe lo había sostenido cuando descubrió cuatro años después que
Cesare De Lucchi, el hombre que lo había adoptado del orfanato seis
meses después de la muerte de sus padres no quería un hijo a quien
querer, sino una herramienta para convertirlo en el ejecutor perfecto.
Cristo. Necesitaba un cigarrillo. La esposa de Luca, Gabrielle, lo había
convencido de que intentara renunciar, pero le importaba un carajo si uno
de sus pocos placeres acortaba su ya miserable vida. Había sellado el trato
sobre su destino en el más allá hace mucho tiempo, y cada vida que había
tomado desde entonces era solo otra gota en el puto pozo de llamas.
—Sí. Sobre eso… —La voz de Danny sacó a Rocco de su
ensimismamiento y se dio una bofetada mental por perder la
concentración. Un vistazo de Grace y ya estaba perdiendo su toque. Cesare
tenía razón. Las mujeres eran una distracción que un ejecutor no podía
permitirse tener.
Danny tragó con tanta fuerza que Rocco pudo oírlo.
—Solo necesito unas pocas semanas más. Las cosas no han sido tan
buenas, ya sabes. Hay mucha competencia en la ciudad. Es difícil hacer
despegar un nuevo club.
—Tuviste algunas semanas. Y unas semanas antes de eso —dijo
Luca, bebiendo lo que parecía ser bourbon—. ¿A dónde se fue todo el
dinero?
Sabían exactamente a dónde había ido el dinero y por qué al club no
le iba bien. Danny tenía un problema con el juego. Había drenado el
negocio y luego había ido a rogarle a la mafia. Luca siempre estaba feliz de 19
prestar unos cuantos dólares para ayudar a los chicos que lo necesitaban,
pero era firme con los plazos. Cuando llegaba el momento de devolverlo,
esperaba ver su efectivo. Con más intereses. Y algo por su molestia.
—¿Tal vez obtuviste el vig esta vez? —Mike dejó caer su bolsa de
deportes sobre la mesa e hizo un espectáculo al abrirla y sacar el bate de
béisbol y el equipo que Rocco le había pedido que trajera para la lección de
hoy—. Tal vez si pagas, el señor Rizzoli pueda ser indulgente. Te lo digo, lo
último que quieres es pasar tiempo con Frankie.
Maldito Mike se estaba ablandando. Era demasiado tarde para que
Danny pagara los intereses que debía por el dinero, pero claramente si
hubiera sido por Mike, habría tenido otra oportunidad. Un exboxeador que
ahora dirigía una cadena de gimnasios de boxeo que servían como fachada
para la operación clandestina de apuestas de la familia Toscani, Mike era
un tipo grande que usaba su tamaño y músculo para intimidar a los bajos
fondos que eran lo suficientemente estúpidos como para pedirle prestado a
la mafia. Se afeitó la cabeza y usaba camisetas ceñidas para dar efecto,
pero por dentro era todo malvavisco. Uno pensaría que después de perder
a sus dos mejores amigos, Big Joe, que resultó ser un policía encubierto y
Little Ricky, que había sido destripado por un narcotraficante obsesionado
con la esposa de Luca, se habría endurecido un poco. Pero no, era como si
hubiera tomado todo lo bueno de sus amigos y lo hubiera absorbido hasta
que casi perdió la ventaja que necesitaba para hacer su trabajo.
—No me siento muy indulgente hoy —dijo Luca con frialdad—. ¿Qué
tal tú, Frankie? ¿Te sientes indulgente?
—No siento nada. —No era mentira. Cesare lo había entrenado para
no sentir: ninguna emoción, dolor, anhelo, deseo, pérdida o
arrepentimiento. Sin amor porque el amor te hacía débil y, sobre todas las
cosas, un ejecutor tenía que ser fuerte, física, emocional y mentalmente.
—¿Qué tal si te compro una noche en su lugar? —sugirió Danny,
mirando el equipo sobre la mesa: martillos, sierras, alicates, mordazas,
tornillos de banco, cuchillos, cuerdas, bates, látigos y otras herramientas
del oficio de ejecutor—. A ti y a tus amigos, a tu familia. Puedo darles a
todos una comida, bebidas gratis, un buen espectáculo. Llámalo a mano.
Cristo. Lo último que Rocco quería era pasar la noche escuchando el
tipo de música que los había unido a Grace y a él cuando se conocieron. Al
principio, no creía que a un niño de diez años le gustaran las canciones de
Rat Pack, pero cuando cantó para él, con la letra que era perfecta, algo se
20
conmovió en su alma. Años más tarde, cuando se acostaban juntos en la
cama, escondidos del mundo, y ella cantaba las mismas canciones con su
voz líquida, recordó ese día como el primer calor que sintió en su vida.
—Tengo mi propio restaurante. —Luca tiró ociosamente una botella
del estante detrás de él y se hizo a un lado cuando se estrelló contra el
suelo—. Lo que necesito es el dinero.
—Tengo cinco de los grandes en la caja fuerte. —Danny estaba
sudando balas ahora, su cuello manchado de azul oscuro—. Puedes tomar
eso y la próxima vez…
—No habrá una próxima vez. —Rocco retorció el brazo de Danny
hacia atrás, obligándolo a arrodillarse—. Paolo, dame el bate.
Cuando no apareció ningún bate, miró hacia arriba y vio a Paolo
viendo un póster de una mujer desnuda reclinada en un piano. El
estúpido chico no estaba prestándole atención a lo que sucedía a su
alrededor. Una mierda como esa haría que lo mataran, y parecía que aún
le quedaba mucho por vivir.
—¡Paolo! ¿Qué carajos?
—Lo siento. —El rostro de Paolo se puso blanco como una sábana y
corrió hacia la bolsa de deportes—. Quiero decir que lo siento, jefe... señor.
—Le lanzó una mirada frenética a la caja de popotes en la barra del bar
mientras agarraba el bate.
—Jesús. Mierda. —Rocco conocía todos los rumores. Cómo había
matado a alguien con un popote porque el tipo lo miró de forma
equivocada. O cómo escuchó que alguien le faltó al respeto al jefe y lo
destripó como a un pez. O cómo solo bebía sangre, dormía sobre un lecho
de clavos y se especializaba en torturas oscuras de la mafia con nombres
como Corbata siciliana, Zapatos de cemento y Taladro eléctrico.
La mayoría de los rumores eran ciertos. A veces, incluso los
sabelotodo más duros no podían soportar lo que tenían que hacer. Era
entonces cuando llamaban al equipo De Lucchi, un grupo de ejecutores
profesionales dirigidos por el padre adoptivo de Rocco, Cesare. Ya sea que
tuvieran que golpear, torturar, amenazar o matar, no había límite para lo
que hiciera el equipo De Lucchi. Todos los miembros fueron incluidos en el
equipo a la edad de diez años, despojados de la carga de la emoción, del
apego y de los códigos morales, privados del amor y del afecto humano,
entrenados para soportar el dolor y desatados en el mundo como un
vicioso y frío monstruo de sangre que no sentía nada más allá de la 21
satisfacción de un trabajo bien hecho. Y, sin embargo, nadie podía igualar
a Cesare en pura brutalidad. Cesare iría más allá simplemente porque le
gustaba observar a la gente sufrir, y no tenía ningún problema con matar
a civiles inocentes que se interponían en su camino.
Rocco no se parecía en nada a Cesare, y su negativa a llevar la
violencia más allá de los requisitos del contrato significaba que había sido
una constante decepción para su padre adoptivo. Aun así, cuando los
socios jóvenes y estúpidos no prestaban atención, no se contuvo en
enseñarles una lección que podría significar la diferencia entre la vida o la
muerte en las calles.
Y, por supuesto, tenía una reputación que proteger y el propietario de
un club de jazz que necesitaba aprender una lección. El segundo ejecutor
más temido de la familia criminal Gamboli no podía dejar pasar la falta de
respeto.
Cuando Paolo trajo el bate, Rocco estrelló su puño contra la cara del
chico con un golpe calculado con precisión que infligiría el mayor dolor y
derramamiento de sangre con la menor cantidad de daño. La sangre brotó
de la nariz de Paolo mientras se ponía de pie. Luca lo ayudó a levantarse y
lo envió al baño para que se limpiara antes de regresar al trabajo.
—Oh, mierda. Oh, mierda. —Danny se sacudió tan fuerte que Rocco
pensó que se mearía en los pantalones. Era el tipo. Algunos tipos eran
jodidamente duros, no emitían ningún sonido. Pero otros, como Danny,
comenzaban a llorar incluso antes de que Rocco golpeara el bate—. Tengo
una esposa. No tiene a nadie que la cuide. Está en silla de ruedas. Tiene
una... enfermedad. Y.… es... ciega.
Lucas se rio entre dientes.
—Entonces, ¿quién era esa explosiva rubia en tu casa cuando
pasamos a buscarte hace solo una hora, caminando por ahí dándonos una
sacudida, guiñándole un ojo a Mike como si quisiera estar en sus malditos
pantalones? Dijo que era tu esposa y que ustedes dos se dirigirían a Hawái
por la mañana para unas vacaciones de dos semanas.
Danny gimió y Rocco tiró de su brazo hacia arriba.
—¿Tienes seguro de cancelación, Danny? Porque estoy pensando que
no tomarás ese vuelo.
—¿Qué tal el club? —Danny tembló en el agarre de Rocco—. Podría
cederte una parte. Podríamos ser socios comerciales.
—Me cederás todo —dijo Luca—. Tengo el papeleo aquí mismo. Todo 22
bonito y legal. Lo hice preparar por nuestro propio abogado, su nombre es
Charlie Nails.
Rocco empujó a Danny hacia la mesa mientras Luca extendía los
papeles. Luca le entregó a Danny un bolígrafo y Rocco le apretó el codo
hasta que el dueño del club se estremeció de dolor.
—Firma.
—No entiendo las cosas legales. —Danny se sacudió tan fuerte que
Rocco lo soltó solo para ver si se derrumbaba en el suelo. No disfrutaba de
su trabajo, pero las pequeñas diversiones lo hacían soportable.
Danny lo decepcionó al permanecer erguido.
—Necesito un abogado.
Luca agarró su mano y la mantuvo plana sobre la mesa. Antes de que
Danny pudiera procesar lo que estaba pasando, Rocco dobló el dedo
meñique de Danny hacia atrás hasta que se rompió. Danny gritó. Lucas
hizo una mueca. Rocco ni siquiera se inmutó. Había abrazado por
completo las enseñanzas de Cesare solo después de perder a Grace por la
violencia que estaba destinada a ser su vida.
—Ese es el mejor consejo legal de mierda que recibirás —dijo Rocco—.
Ahora firma los malditos papeles.
Acunando su mano lesionada, Danny firmó los papeles.
—¿Eso es todo?
—No. —Luca dobló los papeles y se los guardó en el bolsillo—.
Estamos en el negocio juntos ahora. Dirigirás el lugar para que pagues el
resto de tu deuda.
—¿Pero de qué voy a vivir?
—No es nuestro problema. —Luca se dio la vuelta y les indicó a Mike
y a Paolo que lo siguieran—. Pero tendrás mucho tiempo para pensar en
ello mientras mejoras.
—¿Mejorar de qué?
Rocco agarró el bate y se quitó todo de la cabeza: la desesperación de
un niño de diez años obligado a hacer cosas que harían llorar incluso al
mafioso más duro, la brutalidad del hombre en el que había pensado como
padre, el dolor de su corazón roto cuando cortó su conexión con Grace
para salvarla de la vida de la que nunca escaparía, su inexplicable ira
hacia ella por hacer realmente lo que quería y huir, y la poderosa ola de 23
emoción que lo había inquietado desde que la había vuelto a ver.
Levantó el bate y apuntó.
—De mí
E
staba siendo vigilada.
Grace miró por encima del hombro una vez más, pero no
pudo determinar quién o lo que estaba causando que el vello
en la parte posterior de su cuello se parara, solo que era el
mismo sentimiento que había tenido en el cementerio cuando pensó que
vio a alguien en las sombras.
Consideró brevemente pedirle a uno de los guardaespaldas de su
padre que hiciera un rápido recorrido por el restaurante donde ella, Tom, y
su padre estaban cenando con Nico Toscani, su esposa y la parte superior
de los capos en su equipo. La visita de su padre a Las Vegas no estaba
exenta de peligro dado que los dos primos que habían dividido a la familia
Toscani harían cualquier cosa por tomar el control de la facción de Las
Vegas. 24
Aunque un subjefe como su padre era considerado intocable, su
asesinato podría ser aprobado solo por el don, no era raro para un
poderoso capo desafiar el estatus quo lanzando un golpe de estado y
golpeando a todos los que se interpusieran en su camino. En esencia, la
mafia era sobre la supervivencia del más apto, y si el rival probaba ser más
digno, el don raramente intervenía.
— ¿Pasa algo? —Mia Cordano Toscani siguió la mirada de Grace
hacia el pasillo trasero.
—No. Yo solo... No es nada. —Le sonrió a la esposa poco convencional
de Nico, vestida con ropa punk, con una mecha rosa en su oscuro cabello.
Aunque ambas habían sido criadas en familias de la mafia, no podían
haber sido más diferentes. Mia era confidente y extrovertida, su desprecio
por el papel tradicional de una esposa de la mafia aparente en todo, desde
su apariencia a su actitud. Sagaz empresaria, dirigía su propia firma de
ciber seguridad, y parecía no tener ningún problema con los clientes de la
mafia.
Por el contrario, Grace usaba un minivestido de encaje borgoña de
ganchillo, joyas antiguas, botas negras hasta la rodilla y un sombrero
negro que había metido en su gran bolsa de ganchillo cuando se sentaron
para cenar. Boho chic, llamaba Olivia la apariencia de su mejor amiga. Y
lejos de dirigir su propio negocio, Grace había estado a la deriva desde que
terminó su grado de psicología, pagando su alquiler con el dinero que
ganaba de cantar jingles en la radio mientras trataba de motivarse a
encontrar trabajo como consejera de trauma.
Grace.
Oyó, no, sintió su nombre susurrado sobre su piel, y un escalofrío
corrió por su columna. Rocco estaba aquí. Lo sabía igual que sabía que
había licor en el vaso de vodka y la música sonaba en los altavoces con el
cover de Sinatra de Lana Del Rey “Summer Wine”.
Después de buscar en la habitación sin éxito, se disculpó para
refrescarse y caminar por el restaurante con la esperanza de encontrar la
razón de su sensación de inquietud en la forma del hombre que nunca
había pensado vería de nuevo.
—¿Puedo ayudarte, Grazia? —Luca Rizzoli, el dueño de Il Tavolino, y
uno de los mayores capos de Nico Toscani, la interceptó después de que
atravesó las concurridas mesas y fue más allá del escenario donde una
pequeña banda de jazz estaba preparándose para la noche del espectáculo. 25
—Es solo Grace. Mi padre es la única persona que me llama Grazia.
Es lindo. De la vieja escuela.
Luca se rio.
—No quería ofenderte y posiblemente perder algunos dedos. —Miró
hacia la mesa donde estaba su esposa, Gabrielle, hablando con Mia, y su
rostro se suavizó—. Gabrielle no estaría muy feliz. Nuestro bebé llegará en
unos meses y alineó unas pocas tareas para que haga antes de eso.
—¿Es tu primero?
—El segundo. Tenemos un hijo, Matteo. Tiene seis años.
—Debe estar emocionada. —Sintió un tirón en su corazón,
recordando lo emocionada que había sido de niña cuando su hermano,
Tom, nació. Siempre había querido hijos, pero después de la devastadora
noche en Newton Creek de Nueva York, donde había sido rota en cuerpo y
alma, ni siquiera lo soñaba.
Rocco. Su primer. Su último. Su único amor. Habían pasado seis años
desde que había huido. Y hace dos días, había huido de nuevo. ¿Por qué lo
estaba buscando ahora?
—No tan emocionado como yo. —Una sonrisa se extendió a través de
su hermoso rostro, y se sintió inexplicablemente celosa de la mujer que
tenía a un hombre como Luca para compartir su vida. Una vez detective de
policía, y ahora investigadora privada, la rubia Gabrielle de ojos azules
había sido cálida y acogedora con Grace, y estaba claro que Luca la
adoraba totalmente.
—Estaba buscando el baño —dijo a modo de explicación para su
errante camino.
—Por el pasillo trasero, última puerta a la derecha. —Metió la mano
en su bolsillo y sacó una tarjeta—. Te escuché por casualidad diciéndole a
Gabrielle que estás en una banda de jazz.
—No lo estoy. —Su corazón se apretó en su pecho—. Pero mis
compañeros de casa, Miguel e Ethan están en una banda de jazz de cinco
miembros. Están buscando un nuevo vocalista y Mia mencionó que tenía
una amiga que cantaba jazz, así que pensé que podría probar y
conectarlos. Se llaman Stormy Blu.
Sunita había sido vocalista de Stormy Blu durante años, pero cuando
se enganchó con un tipo que estaba profundo en las drogas y comenzó a
faltar a los ensayos, la banda tuvo que cancelar conciertos y las reservas 26
se habían ralentizado. Ethan, el gerente de la banda, estaba buscando
activamente una nueva vocalista y le había suplicado a Grace que tomara
su lugar, pero no había forma de que pudiera cantar en un escenario
cuando sabía que todos estarían mirando su cicatriz.
—Bueno, diles que hay un club buscando nuevos actos. —Luca le dio
una tarjeta—. Acabo de adquirir una parte de Stardust, a unas pocas
cuadras de aquí, y estoy tratando de llenar el escenario.
—Gracias. Les avisaré. —Metió la tarjeta en su bolso. La referencia de
Luca a “adquirir una parte” era la forma de hablar de la mafia de hacerse
cargo de un negocio por el pago de un préstamo que había salido mal.
Lo más probable es que el propietario estuviera muerto o en el
hospital. ¿Cómo se iba Luca a casa por la noche con su hijo pequeño y con
su esposa embarazada después de hacer lo que hacía? Probablemente
igual como había hecho su padre. Sin ningún parpadeo de conciencia o de
arrepentimiento. Su padre había sido una persona diferente cuando estaba
en casa, buen marido, gran padre, y un miembro muy querido de su
comunidad. Era lo que hacía cuando estaba lejos lo que no podía manejar.
Después de que Luca se dirigió a la mesa, ella siguió sus
instrucciones a la parte posterior del pasillo, sintiendo una curiosa
sensación de anticipación mientras caminaba por el corredor tenuemente
iluminado. La madre de Grace y nonna y todas sus parientes femeninas en
el lado de su madre eran firmes creyentes de un sexto sentido que se
transmitía a través de las mujeres de la familia. Nadie se reía si alguien
“sentía” algo. La coincidencia era explicada por el karma. Presagios y
augurios eran tomados seriamente. Terminar llamadas y caricias con la
muerte era obra de los ángeles.
Y, sin embargo, nadie podía explicar por qué ese sexto sentido, y
todos los ángeles en el cielo, no pudieron salvar a su madre cuando Jimmy
“The Nose” Valentino irrumpió en el restaurante Ricardo’s en la esquina de
Mott y Grand y roció el restaurante con balas después de enterarse de que
Ricardo estaba teniendo una aventura con su esposa.
No había nada inusual en el pasillo. Dos puertas de cocina con
ventanas de vidrio. Armario de escobas, puerta entreabierta. Trastero.
Baño de hombres. Estrecho pasillo a la izquierda, que conducía a la salida.
Baño de mujeres a la derecha.
Alcanzó la puerta del baño y la piel en la parte posterior de su cuello
picó.
27
Girándose, vio a un hombre en las sombras cerca de la salida. Su
corazón saltó a un ritmo excitado y dio un paso hacia él.
—¿Rocco?
Él salió a la luz. Alto. Oscuro. Vestido con una chaqueta de cuero,
vaqueros descoloridos, y un par de gastadas botas. Su mandíbula estaba
oscura de rastrojo, y la cruz de oro que había usado tanto tiempo como lo
había conocido brillaba contra la camiseta negra que cubría su musculoso
pecho.
—Grace.
El ritmo suave de Otis Redding con “These Arms of Mine” salió del
restaurante, y el sonido trajo demasiados recuerdos de muy lejos, los que
había enterrado hace mucho tiempo. Se habían conectado a través de la
música. Compartido a través de la música. Amado y perdido a través de la
música.
Ella tomó aliento, empujando los agridulces recuerdos mientras
inhalaba el aroma de él, a whisky y a cuero, y una oleada tan familiar de
calor inundó sus venas, sorprendiéndola con su intensidad. ¿Cómo podía
afectarla tan profundamente después de todo este tiempo?
Grace tragó, forzando a su garganta a trabajar.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Seguridad.
—Quiero decir aquí en Las Vegas.
—Vivo aquí.
Su corazón saltó un latido.
—Yo también.
Él no respondió y ella no tuvo nada más que decir. Hasta ayer por la
tarde en el cementerio, habían pasado seis años desde la última vez que se
vieron. Seis años desde que tomó una decisión que destruyó una amistad
y un amor que había crecido lentamente con el tiempo.
Su mirada la recorrió, desde su cabello a sus pechos y sobre sus
caderas a la extensión desnuda del muslo entre el dobladillo de su vestido
y la parte superior de sus botas, y luego de vuelta a su cara. Tembló bajo
su escrutinio. Este hombre que había sido su amigo, su alma gemela, su
amante. Su primer amor.
La alcanzó, su mano empujó de vuelta el cabello que siempre usaba
para esconder la cicatriz en su mejilla. Su toque desencadenó una cascada 28
de recuerdos. Ocho años de belleza destruida en ocho minutos de horror.
—No. —Dolor que había bloqueado desgarró su interior, abriendo las
cicatrices emocionales que nunca verdaderamente se habían curado.
Su rostro se torció en una mueca y movió su mano hacia atrás como
si hubiera sido quemado. O tal vez fue disgusto. No era la misma chica que
había conocido en Nueva York, ni por dentro ni por fuera.
—Entonces ¿odiaste tanto todo esto, que decidiste formar parte de él?
—Su voz era apretada y teñida de crueldad—. Tú y Benito. Una pareja
hecha en el maldito cielo hasta que él mismo se mató.
Ella lo miró confundida.
—Nunca conocí a Benito. Su padre es mi padrino y uno de los amigos
más viejos de papá. Todos íbamos a cenar juntos. Fui al funeral por
respeto, no porque estuviera involucrada. Y estoy aquí esta noche porque
Nico me invitó y papá dijo que no podía negarme o deshonraría a la
familia.
—A la familia de la que huiste.
—Sí. —Enfureció por su tono acusador.
—Sí, me escapé. Eso es lo que la gente normal lo hace cuando los
psicópatas los secuestran, los arrastran hacia Newton Creek, cortan su
cara y los obligan a ver... —Su voz se detuvo, se rompió, pero se obligó a
seguir porque nunca podría volver a tener la oportunidad de decirle lo que
quería decir—. Cuando descubrió que el hombre que amaba no era quien
pensaba que era.
—Sabías quién era —dijo él, amargamente.
—No quería saberlo, así que no lo pensé. Pero incluso cuando lo hice,
nunca imaginé... —No podía decir esas palabras, no podía decir en alto
que era un miembro del equipo de De Lucchi, una hermandad de asesinos
que una vez fueron venerados y vilipendiados por todos quienes los
conocían.
—Si hubiera sabido que estarías pescando en las calles de Las Vegas
en busca de un mafioso que te abriera las piernas, habría ido tras de ti.
Le dio una bofetada. Al menos intentó abofetearlo. Él tomó su mano
antes de que hiciera contacto y la golpeó contra la pared sobre su cabeza,
inmovilizándola en su lugar. Su rostro, mientras miraba hacia ella, era frío
y duro, sus ojos aterradores en su vacío, y sin embargo mientras 29
observaba la oscuridad, vio un destello de luz.
En todos los años que había conocido a Rocco, nunca había sido cruel
ni malo con ella. Nunca había sido rudo como lo era ahora. Tal vez la cara
que había visto esa noche en las orillas de Newton Creek era el verdadero
él, y todo lo que había conocido sobre él en los ocho años anteriores fue
mentira.
—Hazlo. —Levantó su barbilla, preguntándose quién era esta valiente
y arrojada mujer y a dónde se había ido Grace—. Pégame también.
Lastímame. Eso es lo que eres, ¿no? Eso es lo que haces. No sientes nada,
¿por qué no me enseñas una lección? Entonces ambos sabremos que lo
que tuvimos en Nueva York fue un error.
Su enorme cuerpo se estremeció y dio un paso más cerca,
enjaulándola contra la pared con su figura dura y musculosa. Era mucho
más grande de lo que había sido seis hace años, tan fuerte, tan poderoso.
No tenía dudas de que incluso con sus habilidades Krav Maga, él podría
terminar su vida tan fácilmente como solía sacudir los cigarrillos que lo
había convencido de dejar de fumar tan pronto como fueron lo
suficientemente mayores para besarse.
—No fue un error.
Era lo último que había esperado que dijera y por un momento estuvo
en una pérdida de palabras.
—Estás fumando de nuevo —dijo ella captando el aroma de nicotina
en su aliento para evitar una discusión que no estaba lista para tener.
Sus ojos se entrecerraron ligeramente, pero no respondió.
—Pensé que lo habías dejado.
Silencio.
—Nada ha cambiado en seis años, Rocco. Fumar sigue siendo
adictivo. Todavía causa cáncer. Y todavía va a matarte si no te detienes. —
Tragó duro y puso frenos mentales a ese tema particular de conversación.
¿Qué demonios hacía regañando al ejecutor De Lucchi con los peligros de
los cigarrillos?
—¿Por qué diablos te importa?
¿Por qué le importaba? Era un ejecutor. Lastimaba a la gente y les
quitaba la vida. Y, sin embargo, lo que hacía por el equipo no reflejaba
quién era, al menos no el hombre que conoció antes de huir.
30
—Nunca dejé de preocuparme. —Igual que con su padre después de
que dejó la casa de la familia cuando descubrió que estaba en la mafia.
Nunca había dejado de quererlo; simplemente no podía aceptar lo que
hacía para vivir—. Fuiste una gran parte de mi vida. Eras mi amigo, mi...
—Perdió el habla incapaz de llamarlo novio porque nunca había sido un
novio tradicional. No habían podido estar juntos ni socializar. No pudo
presentarlo con sus amigos ni con su familia. Solo habían tenido
momentos robados... los cortos recorridos hacia y desde la escuela, alguna
cita secreta en lugares escondidos, noches en la oscuridad de su pequeño
apartamento envuelto uno alrededor del otro en el refugio de su cama—.
Eras todo para mí.
Él bufó en burla.
—Creí que no te involucrabas con la mafia.
—No me importa lo que creas. —Levantó la barbilla, encontrando su
mirada directamente—. Hice una nueva vida aquí. Soy psicóloga ahora,
especializada en trauma. Y canto. Jingles. En la radio. —La ira estalló en
su pecho, sorprendiéndola con su intensidad. Generalmente, enterraba
todos sus sentimientos en el interior y solo le mostraba al mundo la cara
que la gente quería ver. Cuando las cosas no siguieron su camino, trató de
seguir adelante. Cuando la gente la molestaba, ponía la otra mejilla. La ira
era destructiva, no productiva. Nada se lograba cuando la gente se
enojaba. Las madres muertas no volvían a la vida. Los padres no se
transformaban de mafiosos a vendedores de seguros. Los novios no te
traicionaban. Las cicatrices no se desvanecían—. Y si esta es la persona en
que te convertiste. —Continuó, luchando por liberar su mano—. Este
malvado mafioso maltratador, con el que no estoy interesada en
involucrarme. Ahora, déjame ir.
Rocco la liberó y se volvió hacia la salida.
—Maldición —murmuró, medio para sí misma—. Debería haberlo
sabido. Intento hacer una cosa agradable para papá, y mira lo que
obtengo. Algún loco desagradable jefe de la mafia asaltándome en el
cementerio, y ahora tú. —Vio hacia atrás sobre su hombro cuando se
alejó, solo para ver sus labios contraerse en las esquinas—. Adiós.
Grace no sabía cómo cerró la distancia entre ellos tan rápido. Un
minuto estaba cerca del baño, al siguiente tenía su mano sobre su
hombro.
—Espera. —La giró para enfrentarlo, el calor de su palma quemó a
través de su ropa directamente a su núcleo. 31
—Déjame ir, o te arrepentirás… —Parte de ella no podía creer las
palabras saliendo de su boca, pero una extraña oleada de ira se sentía
bien, poderosa, como si pudiera protegerla de cualquier tormenta.
—¿Como te arrepientes de perder todos esos años conmigo cada vez
que te miras en un espejo?
Sus crueles palabras la cortaron, desinflando su ira en un instante,
enviándola a estrellarse contra el suelo. Su mano voló a la cicatriz en su
mejilla, y apretó los dientes para luchar contra la emoción hinchándose en
su garganta.
—No me he arrepentido hasta ahora. Te has convertido en un
completo idiota.
Él liberó su hombro, el dolor parpadeó en su cara tan rápido que se
preguntó si lo había visto.
—Mierda. Grace…
—Vete al infierno. —Cuadró los hombros y se alejó, tomando una
profunda respiración y rezando para que nadie pudiera leer en su cara
cuán totalmente rota estaba por dentro.
Todos estos años, alguna pequeña parte de ella había imaginado que
algún día se encontrarían de nuevo. Que tendría la oportunidad de
explicarle por qué huyó, no porque no lo amara, sino porque no podía
manejar el caos, la brutalidad y la locura que era la vida que había elegido
tener. No podía manejarlas sabiendo que había una parte de él que nunca
podría tocar. Le había tomado seis años y un título en psicología ayudarla
a lidiar con esa noche en Newton Creek, pero hasta este momento, parte
de ella nunca había dejado de creer que el hombre que había tomado una
vida ante sus ojos no era el hombre que amaba desde el momento en que
se conocieron. Había estado equivocada. Finalmente era hora de seguir
adelante con la vida que tan duro había trabajado para construir en Las
Vegas, y cerrar la puerta a un pasado que había comenzado cuando tenía
diez años.
—Grazia. Ven aquí, tesoro. Conoce a Rocco De Lucchi. Él te llevará a ti
y a Tomasso hacia y desde la escuela hasta que tengamos algo resuelto.
—Mamá nos llevó a la escuela. ¿Por qué no puedes llevarnos tú? —Su
madre solo se había ido dos semanas y el dolor no se iba.
—Tengo que trabajar —dijo papá suavemente—. El negocio de seguros 32
paga nuestras cuentas. No puedo estar aquí como tu mamá.
—Entonces caminaré —gritó—. Tengo diez años. Sé cómo llegar a la
escuela.
—Tom es demasiado joven para caminar contigo. —Su voz se elevó a
un tono enojado—. Ya discutimos esto. Abajo. Ahora.
Sabía que no debía desafiar a papá cuando había sido empujado al
grado de gritar, y había estado muy enojado desde que mamá murió.
Con los labios apretados, bajó las escaleras pisando fuerte,
deteniéndose cuando vio al chofer en el pasillo. Realmente no le gustaban
los chicos. Actuaban en clase y hacían trucos estúpidos en el recreo. Pero
Rocco era diferente. No era un chico, pero no era todo un hombre. Hermoso.
No sabía que los chicos podían ser hermosos, pero no había otra palabra
para describirlo. Sus ojos eran del marrón de los caramelos que mamá solía
hacer para las manzanas dulces en Halloween, y salpicados de dorado, y
su piel era bronceada y brillaba como el bronce en el sol de la mañana. Era
alto y los músculos de su brazo se doblaron cuando se inclinó y le tendió
una mano.
Y luego la tocó.
La electricidad subió por su brazo y algo hizo clic en su corazón.
—Buongiorno, signorina. —Sus labios fueron suaves en la parte
posterior de su muñeca cuando besó su piel, y su rostro se calentó, aunque
no sabía por qué.
Papá se rio, rompiendo el hechizo.
—Veo que también puedes encantar a las niñas pequeñas mientras
encantas a las grandes.
Rocco dejó caer su mano como si hubiera hecho algo malo y se puso de
pie abruptamente.
—Estará a salvo conmigo, señor Mantini.
—Sé que lo estará. —Papá le dio unas palmaditas en la espalda—. Y
ahora creo que a Grazia no le importará tanto su viaje a la escuela.
—Mi nombre es Grace. —Por alguna razón, era importante que Rocco le
dijera Grace y no su completo, formal, aburrido nombre italiano.
—Me siento honrado de ser su chofer, passerotta.
33
Sus labios temblaron en las esquinas.
Aunque no había usado su nombre, su término de cariño lo reconoció
porque no era una niña pequeña como Tom, sino que estaba “aprendiendo a
volar”.
Papá fue a recoger a Tom, y ella siguió a Rocco hasta su auto. Era
brillante y rojo, y en el frente era largo y redondo.
—¿Cuántos años tienes, de todos modos? —le preguntó—. ¿Eres
incluso legal para conducir?
—Veinte.
Lo estudió, frunciendo los labios como si estuviera sumida en sus
pensamientos.
—No te ves de veinte.
—No suenas como de diez.
—¿Cómo es que nos llevarás? ¿No tienes trabajo?
—Este es mi trabajo. —Su sonrisa se desvaneció mientras abría la
puerta del acompañante y la conducía dentro.
Antes de que pudiera preguntar qué estaba mal, papá apareció con
Tom y unos minutos más tarde estaban en camino.
—¿Tienes música? —preguntó, incómoda con el silencio. Tom estaba en
el asiento trasero totalmente ocupado en jugar un videojuego.
—No conozco estaciones de niños, pero puedes intentar encontrar algo
que te guste.
—No escucho música de niños. —Sacó su reproductor de MP3 y lo
sostuvo para que lo viera—. Me gustan las canciones viejitas. Frank Sinatra
es mi favorito.
Sus manos se sacudieron en el volante, haciendo que el auto girara.
— ¿Has escuchado a Frank Sinatra?
—Sí. —Se encogió de hombros—. No estoy avergonzada por eso
tampoco. Sus canciones son buenas.
Él rio en alto, y el sonido la hizo sonreír. Quería escucharlo volver a reír,
ver sus ojos arrugarse en las esquinas y las líneas en su frente suavizarse
con su sonrisa.
—¿Te gusta Sinatra?
—Tal vez un poco.
34
—A mi mamá le encantaban sus canciones. —Su labio inferior se
estremeció, la muerte de su madre todavía era una herida nueva en su
corazón—. Así es cómo las conocí todas. Cuando las escucho pienso en ella.
—Se volvió hacia la ventana para que no viera sus lágrimas.
—Lamento la muerte de tu madre. —Extendió la mano y apretó la suya.
Su toque alivió el dolor en su corazón, y se volvió para estudiar su rostro—.
Perdí a mi madre, también. Ambos padres, en realidad. Cuando tenía seis
años. —Sus palabras salieron forzadas como si tuviera que empujar cada
una—. No tengo muchos recuerdos de ellos, pero recuerdo a mi madre
cantando en la iglesia. Tenía una hermosa voz. ¿Te gusta cantar, Gracie?
Su labio inferior tembló.
—Me encanta cantar. Solía cantar con mi madre.
—Veamos si podemos encontrar algo para que cantes. —Encendió la
radio en su estación favorita y los primeros compases de Frank Sinatra
“Strangers in the Night” se reprodujo a través de los altavoces.
—Esa es mi canción favorita de Sinatra —dijo Grace, parpadeando
para contener sus lágrimas.
—La mía también.
¿Cómo podrían tener tanto en común? La llamó Gracie. Igual que su
mamá. Le gustaba su música y quería escucharla cantar. Su canción
favorita era la canción favorita de Grace, y también había perdido a su
madre.
Todo era demasiado. No había llorado desde el día en que su mamá
murió, pero este hombre, con su hermoso rostro y preciosa voz, con sus
amables palabras y su gentileza, había tocado la mismísima esencia de
quién era. Veía a la niña que extrañaba a su madre, y a través de su pasión
y experiencia compartidas, vio algo más.
Se sentía segura con él, lo suficientemente segura como para dejarse ir.
—No puedo cantar hoy —susurró.
Y luego se apoyó en su gran brazo fuerte y lloró.
35
L
a culpa lo llevó a “Hell”.
Hellfire, un club para invitados especiales con
necesidades particulares solo había abierto cuando Rocco
estacionó su moto en el callejón, a pocas cuadras de la
experiencia de Freemont Street en el centro de Las Vegas. Después de
verificar la calle para asegurarse de no haber sido seguido, deslizó su
tarjeta de membresía a través del lector al lado de la puerta de acero negro
sin número, y descendió por las desgastadas escaleras.
Rocco no iba al club de sexo para socializar. Nunca había tomado un
trago en el bar, ni se había sentado en el salón, o disfrutado de cualquier
juego en oferta con el equipo. No estaba aquí por sexo, y el único doblez
que tenía era una necesidad de dolor tan grande, que solo un hombre
podría dárselo sin causar daño permanente. 36
Clay, el dueño de Hellfire, y una vez caza recompensas de la mafia,
especializado en dolor. Solo el látigo de Clay podría darle a Rocco el
entumecimiento que necesitaba para pasar todos los días sin
autodestruirse. Y nunca había necesitado ese vacío emocional como lo
necesitaba esta noche.
¿En qué demonios había estado pensando? Casi había destruido la
vida de Grace antes, y estaba a punto de hacerlo de nuevo. Ella odiaba a la
mafia y todo lo que venía con eso. Un buen hombre la dejaría sola y le
permitiría vivir la nueva vida que se había creado en Las Vegas.
Pero no era un buen hombre.
Era un bastardo egocéntrico, y no podía mantenerse al margen.
No por su cuenta.
Para cuando llegó a la mazmorra, sabía que una sesión ordinaria no
sería suficiente. Ya se habían formado grietas en las paredes al haber
mantenido sus emociones a raya, y recuerdos que goteaban una
advertencia de la creciente marea.
Abrió la puerta y dejó caer su bolsa en un banco cercano. Clay había
logrado meterlo en su ocupado horario del sábado por la noche, y ya
estaba revisando su equipo en la parte de atrás de la habitación. Lo sabía
mejor que tratar de involucrar a Rocco en la conversación. Rocco llegó a
Hellfire para sufrir de la forma en que hacía sufrir a los demás, y esta
noche había venido a expiar el pecado de codiciar algo que podría destruir
con su toque.
Después de quitarse la chaqueta, la camisa, y los zapatos, cruzó el
piso con los pies desnudos, levantando sus manos a los grilletes colgando
por encima. Clay fue detrás de él y abrochó las fuertes esposas de acero
alrededor de sus muñecas.
— ¿Las esposas están bien? ¿Algo te duele?
Rocco negó y se estabilizó para el látigo que lo golpearía y sacaría a
Grace de su mente y lo devolvería al estado de entumecimiento que había
sido su vida desde el último día que la había visto en Nueva York.
—¿Listo?
—Sí.
El silbido del flogger resonó en la cámara y Rocco apretó los dientes
con frustración. Clay siempre lo calentaba primero con un flogger o un
látigo liviano, pero esta noche Rocco lo quería puro, crudo, y con dolor no 37
adulterado.
—Consigue algo más duro.
—Te estoy calentando o te dañaré la piel. —Clay lo golpeó de nuevo y
Rocco soltó un suspiro.
—A la mierda el calentamiento.
—Chúpatelo, ranúnculo —dijo Clay, no cruelmente—. No estás en
posición de hacer algo al respecto. Alguien tiene que salvarte de ti mismo.
—Es demasiado tarde para salvarme.
Para cuando Clay terminó el calentamiento, su cuerpo estaba caliente
y sudoroso, su piel ardía como si hubiera sido lamida por fuego. Clay le dio
un minuto para recuperar su respiración, y luego comenzó el dolor real.
Agudo. Rodando. Blanco caliente. Entumecedor de mente.
Dolor.
Dolor que lo dejó sin aliento.
Dolor que borró sus recuerdos.
Dolor que exigía toda su atención y barrió todo de su camino.
Excepto que esta vez el dolor no fue suficiente.
En lugar de un embeleso feliz, fue arrastrado al recuerdo de la
primera vez que besó a Grace. Su momento de debilidad. La noche que
había sellado su destino.
—No me lleves a casa. Solo quiero pasear. —Grace se deslizó dentro
del auto de Rocco, y todo lo que vio fueron piernas. Largas, bronceadas,
piernas tonificadas subiendo desde un sexy par de botas de vaquera a un
deshilachado pantalones cortos de mezclilla. Estaba usando una de esas
camisetas flotantes que le gustaban que fuera transparente y algún tipo de
chaleco de cuero con flecos.
Mierda. Sus manos se apretaron alrededor del volante mientras se
alejaba de la acera ¿Por qué diablos la tía la dejaba ir vestida así? No sabía
cómo se llamaba el estilo, pero siempre había algo rasgado y algo colgando
y un infierno de mucha piel y eso lo volvía loco como la mierda. Solo tenía
dieciséis años por Dios santo.
38
—Gracias por venir a buscarme. Tenía que salir de allí. —Cerró la
puerta y se recostó en su asiento, pasando una mano por las suaves y
gruesas ondas de su cabello.
Jesucristo. Era mejor cuando llevaba coleta. Y vaqueros. Y grandes
suéteres. Aunque los suéteres siempre colgaban a un lado exponiendo la
cremosa piel de su hombro y los vaqueros abrazaban cada curva de su
hermoso cuerpo.
El sudor perlaba su frente y tomó una respiración profunda y se centró
en el camino, dejando que sus palabras lentamente se hundieran mientras
agarraba su pene fuera de control. Ella tenía dieciséis años y era la hija del
subjefe. Él tenía veintiséis y era ejecutor, lo más bajo de lo bajo.
—Estás callado. —Miró hacia él, su cara suave en el brillo de las luces
de la calle. Había estado bebiendo. La conocía tan bien, podía decir cuántas
bebidas había tenido por cuántas líneas de preocupación se habían
suavizado en su hermoso rostro. La muerte de su madre aún la perseguía,
pero nada la había afectado tanto como descubrir la verdad sobre su padre.
Ahora vivía en un apartamento de la posguerra en la Primera Avenida con
su tía materna, en lugar de en la gran mansión en Tappan, Nuevo Jersey,
donde había guardias patrullando los locales y su padre podría poner su pie
abajo si enseñaba mucha piel.
No pudo responderle por la lujuria palpitando por sus venas. Alguna
cosa había cambiado cuando cumplió dieciséis años. Su afecto por la hija
del subjefe de repente se volvió deseo cuando ella subió a su auto un día y
se dio cuenta de que no era más una niña.
—¿Qué estás escuchando esta noche? —Ella alcanzó la radio y su
camiseta se abrió mostrando un sujetador de encaje rosa. Toda su sangre
corrió hacia abajo, y el auto giró salvajemente hacia el bordillo. ¿Cómo
diablos estaba mal con él llevándola a casa? Cada inadvertida caricia de su
mano en su brazo, cada ligero toque en su hombro, el aroma de su perfume
y el calor de su cuerpo, tan cerca y más allá de su alcance, todo combinado
para crear una tortura peor que cualquier cosa. Cesare podría haberlo
ideado como parte del entrenamiento de Rocco para convertirse en ejecutor.
Con su mirada fija firmemente en el camino adelante, se encogió de
hombros. No necesitaba responder. Ella sabía lo que estaba en la radio.
Siempre estaba sintonizada en la estación de los hits clásicos, con las
grandes bandas, con Sinatra y con Rat Pack, jazz y blues, porque esas eran
las canciones que le encantaba cantar.
39
—¿Qué pasó? —finalmente logró dejar salir.
—No quiero hablar de eso. —Ella se inclinó lánguidamente en el
asiento, con los brazos sobre su cabeza, con las piernas separadas,
balanceando su cuerpo suavemente con la música. Rocco jaló una
estremecida respiración, forzándose a alejar sus pensamientos de la
hermosa chica a su lado y volviendo a la comida que había tenido para la
cena, al juego que había visto en la televisión, al último trabajo que había
hecho por Cesare... a cualquier cosa menos a ella.
—¿Tu tía está de acuerdo con que estés fuera tan tarde? —Su tía se
había convertido en su guardiana después de que había dejado la casa de
la familia, incapaz de lidiar con el hecho de que todo lo que su padre le
había dado venía de dinero que había ganado trabajando para la mafia,
irónicamente, la misma organización que pagó por el automóvil que Rocco
conducía, por la gasolina que lo alimentaba, y por la ropa que estaba
usando en este momento.
¿Sabía que era parte de la misma organización? Nunca hablaban de lo
que hacía cuando no estaba con ella o cómo terminó trabajando para su
familia, y nunca le había dicho por qué se había ido del hogar familiar. Lo
sabía solo porque su padre lo había llamado al siguiente día y le explicó la
situación. Entonces le había pedido un favor a Rocco. Protegerla. Llevarla a
cualquier lugar que necesitara ir, acudir cada vez que lo llamara. Ella
confiaba en Rocco, dijo él. Y él confiaba en Rocco con ella. Sería un arreglo
fuera del mandato de Rocco como ejecutor. Cesare no debía saberlo.
Incluso si no hubiera estado tentado por la posibilidad de que le debía
un favor al subjefe, hubiera dicho que sí. Haría cualquier cosa por ella. No
era su primer desafío a las reglas de Cesare. Y no sería la última.
—Sí. Le dije que un amigo me recogería. Las cosas se salieron de las
manos.
Su corazón saltó como si le hubieran disparado adrenalina.
—¿Qué mierda sucedió? ¿Alguien te tocó?
Sus labios se apretaron y ella miró lejos, su silencio desencadenó sus
instintos de protección. Estaban pasando por el parque en Batsto por lo que
Rocco se dirigió hacia la entrada de Warren Grove y estacionó el auto en un
área sombreada del lote. A altas horas de la noche, no había nadie en el
parque, aunque las luces mantenían el vandalismo al mínimo.
—Dime. —Apagó el auto y la miró en el silencio.
—Está bien, Rocco. Estoy bien. —Abrió la puerta y salió.
40
Rocco respiró irregularmente y trató de controlar la vorágine de emoción
que amenazaba con abrumarlo. Mediante una combinación de tortura, dolor
y privación, se aplicaron en enseñarle a controlar sus emociones. Pero
cuando se trataba de Grace, Rocco no podía contenerlas.
—Grace. —Abrió de golpe su puerta y rodeó el auto hacia donde estaba
ahora apoyada contra el frente del parachoques, mirando hacia la oscuridad
del bosque, las luces de la ciudad parpadeaban en la distancia—. Si alguien
te hace daño, lo encontraré y…
—Shhh. —Se llevó un dedo a los labios—. Nadie me lastimó. Nadie me
tocó. Ese es el punto. No quería que lo hicieran. No quería bailar con nadie ni
besar a alguien. No quería engañar a alguien en uno de los dormitorios como
todas mis amigas. Te quería a ti.
No. No. No. Esto no estaba sucediendo. No con la hija del subjefe diez
años más joven, cuya seguridad había sido confiada a él por su padre. Ella
podría no entender, pero en la jerarquía de la mafia, no era nada. Jefe,
subjefe, consigliere, capo, soldado, asociado, y luego afuera, pero debajo de
la estructura, los ejecutores. Una maldad necesaria.
—No me deseas. —Alejó sus dedos, pero por la vida de él, no pudo
dejarla ir.
—Pienso en ti todo el tiempo. —Ella se empujó para sentarse en el capó,
se lamió los labios atrayendo su atención a la exuberante proa de su boca—
. Nadie sabe más sobre mí que tú, Rocco. —Se inclinó, puso sus manos en
su cintura y lo movió adelante entre sus piernas separadas. Su toque quemó
su cuerpo directo a su pene, y su visión se volvió borrosa.
—Grace… —Su voz se detuvo, rompiéndose.
—¿Piensas en mí? —Levantó la mirada hacia él, con esas largas,
pestañas oscuras y dejó escapar un gemido. Cesare lo había golpeado, para
que no tuviera sentimientos, ni empatía, simpatía, culpa, deseo,
arrepentimiento, anhelo, ira, miedo, odio, amor. Tenía que ser hielo, piedra,
frío y calculador para hacer los trabajos que nadie más podía hacer. Pero
Grace siempre había sido la grieta en su armadura. Era la grieta que dejaba
que la luz brillara y lo atravesara.
—No. No pienso en ti. —Sus palabras sonaron poco convincentes
incluso para él—. Ahora deja esto y te llevaré a casa.
—Mentiroso. —Lo acercó más hasta que sus brazos estuvieron
envueltos alrededor de su cuerpo y sus caderas presionadas y sus pechos
apretados contra su pecho—. Puedo sentir que me deseas —susurró, 41
balanceándose suavemente contra una erección tan dura que estaba más
allá de cualquier dolor que Cesare le hubiera dado alguna vez.
—Soy demasiado grande para ti. —La tocó, sus manos en sus brazos,
su intención era de alejarla, y sin embargo no pudo evitar acariciar la
suavidad de su piel, la estrecha caída de su cintura, la dulce curva de sus
caderas.
—Eres perfecto para mí.
Todo lo que Cesare le había enseñado sobre fuerza interior y
autocontrol cayó mientras sus brazos se apretaban alrededor de ella. Se
sentía bien, como si hubiera encontrado algo que nunca había sabido que le
faltaba y en ese momento supo que había nacido para ser suyo y ella
estaba destinada a ser suya. Y supo algo más. Nunca la dejaría ir.
—Eres muy joven —protestó—. Deberías estar con un chico de tu edad.
Ahora que sus manos se movían, no pudo parar. Las deslizó a través
de su cabello que había imaginado sostener tantas veces, enredando sus
dedos a través de la sedosa suavidad.
—Ellos no son tú, Rocco. —Ella se inclinó, deslizó sus brazos alrededor
de sus hombros y tiró de él hacia abajo hasta que sus labios se
encontraran.
Y luego él se perdió, barrido en una ola de sensaciones. Tan suaves.
Tan dulces. Tan buenas. La abrazó a su pecho y la besó hasta que no hubo
respiración que quedara en su cuerpo, y el mundo se había reducido a la
chica en sus brazos, al latido de su corazón, y al momento más hermoso de
toda su miserable vida.
El dolor retrocedió y su visión se aclaró.
Comenzó a moverse, se sacudió, llegando por completo a él mismo
cuando las cadenas sonaron sobre su cabeza. Trató de mirar por encima
de su hombro para ver qué diablos estaba pasando. Una vez que estableció
un ritmo, Clay nunca lo dejaba hasta que Rocco se desmayaba o se
relajaba en las cadenas.
—¿Qué diablos?
—Tu teléfono. Me dijiste que parara si alguna vez escuchaba al
desastroso de Limp Bizkit con su cover de “Faith”.
Mierda. Era Cesare.
42
—Tráelo aquí.
Clay trajo el teléfono y utilizó el movimiento rápido para liberar las
muñecas de Rocco. Ayudó a Rocco a ir a un banco junto a la pared y
deslizó el teléfono en su mano parcialmente sin sangre. Siempre discreto,
dejó la habitación para que Rocco pudiera tener privacidad para la
llamada.
—Cesare.
—Tengo un contrato para ti. —Cesare no perdía el tiempo con bromas
y, como siempre, su voz ronca hacía que el estómago de Rocco se
retorciera en un nudo de odio.
—Nunzio Mantini está en Las Vegas con su hijo. El don los envió para
averiguar qué diablos está pasando con los Toscani. Solo tienen dos
guardaespaldas con ellos. Quiero que se vayan. Tenemos el permiso de
Luigi para el golpe.
Luigi Cavallo era el consigliere de la familia Gamboli, una familia
asesora sénior que era igual al rango de subjefe. Su permiso era el permiso
del don, y sin embargo, ¿por qué el don había enviado a Nunzio a Las
Vegas para reunirse con los Toscani si no lo esperaba de regreso? La
situación de los Toscani había escalado hasta el punto donde la cuenta de
los cuerpos de seguridad atraería a los federales, y nadie quería que los
federales husmearan.
—Estarán cenando con la familia Bianchi antes de irse. —Continuó
Cesare—. Te llamaré con los detalles. Hazlo entonces. Los Bianchi son
reemplazables.
—No me digas cómo hacer mi jodido trabajo.
Joder. Rocco rara vez tenía algún reparo sobre sus contratos. Al
equipo De Lucchi por lo general solo se los llamaba para castigar el más
atroz de los crímenes o para enviar el más serio de los mensajes, y sus
víctimas eran casi siempre el peor de los peores criminales de carrera que
habían tomado muchas vidas. Nunzio Mantini había golpeado a más
hombres de lo que le correspondían para alcanzar el puesto de subjefe,
pero había sido un buen, querido padre para Grace, y en cuanto a Rocco
sabía que le era leal al don.
Pero no era lo correcto o incorrecto de golpear a Nunzio lo que lo
estaba destrozando por dentro. Era lo que le haría a Grace. Nunca había
superado la brutal muerte de su madre. Perder a su padre y a su hermano
43
la destruiría.
Lo destruiría a él también, porque significaría el final.
El final de la esperanza.
El final de sus sueños.
El final de un futuro que no implicara sangre, angustia y dolor.
Pero esto era lo que era. El monstruo que Cesare había creado. Grace
una vez había huido de él, sin duda huiría de nuevo. Para el equipo De
Lucchi, cada contrato era completarlo o morir.
—Te llamaré cuando esté listo.
Esta vez, la dejaría libre para siempre.
—Hola, Matthew. ¿Ya es hora de almorzar? —Grace se arrodilló para
abrazar a un niño de seis años. Matthew Jones estaba en el piso del
Centro para Chicos Sunnyville, un orfanato y refugio seguro para
descuidados y maltratados niños del padre Seamus O'Brien. Había hecho
su pasantía de psicología en el centro, aconsejando a niños y a los
cuidadores mientras buscaban sanar y empoderar a los niños y darles un
nuevo comienzo en la vida.
Aunque la organización sin fines de lucro no tenía los fondos para
ofrecerle a Grace un puesto después de que su pasantía terminó, se quedó
en contacto con los niños por voluntad propia dos veces a la semana,
ayudando a su compañera de cuarto y mejor amiga, Olivia, quien era una
de las pocas consejeras permanentes en el personal.
—Salí temprano porque fui bueno en la clase de música y no toqué
los tambores. —Matthew le dio un abrazo rápido y retrocedió. Después de
años de abuso, el contacto físico lo ponía incómodo, pero había progresado
durante el tiempo de Grace con él de ni incluso ser capaz de tomarse de la
mano con sus cuidadores a caminar fácilmente hacia sus brazos. Olivia y
el padre Seamus se unieron a ellos, y conversaron por unos minutos sobre
la instalación y los programas. Alto y delgado, con cabello gris acero y
pálidos ojos azul claro, el padre Seamus usaba vaqueros sobre la
vestimenta formal y se parecía más a un modelo que a un sacerdote. Había
abierto el orfanato hace veinticinco años con un enorme legado de un
generoso donante, pero con tantos niños por ayudar, y después de tantos
años, el dinero había comenzado a agotarse y ahora estaba luchando por
mantener el centro a flote.
Grace había estado más que feliz de ofrecer su tiempo como 44
voluntaria después de su internado. No solo para ayudar al padre Seamus
y a los niños, sino porque no estaba lista para poner su título en práctica.
Cada vez que trataba de completar un formulario de solicitud, se sentía
como un fraude. ¿Cómo podría curar a la gente cuando no podría siquiera
curarse a sí misma? ¿Cómo podía salvar a las personas cuando no pudo
salvar a la persona que más la necesitaba? Había estado buscando algo
cuando comenzó su carrera y claramente no lo había encontrado.
—Entonces, ¿cómo fue la cena con tu papá el viernes por la noche? —
preguntó Olivia mientras cruzaba el estacionamiento—. Mi fin de semana
lejos con mis viejos amigos de la secundaria estuvo un poco loco o te
habría llamado.
Grace había conocido a Olivia cuando comenzó su pasantía en el
centro y le gustó de inmediato por su apertura y sentido del humor, un
contraste directo al mundo secreto en el que había vivido hasta que se fue
de Nueva York. Aunque suave y cuidadosa con los niños con los que
trabajaba, Olivia tenía un lado salvaje al que se entregó con locura el fin de
semana largo de fiestas, deportes de alto riesgo y en un impulso compró
una motocicleta que estacionó en el porche delantero de la casa que
compartían con sus amigos, Ethan y Miguel.
—Rocco estuvo allí. —Le había dicho a Olivia acerca de Rocco poco
después de que se conocieron, describiéndolo como un viejo novio de
Nueva York que trabajó para su padre y que era diez años mayor que ella.
Rompieron, le había dicho, después de un incidente que fue lo
suficientemente serio como para causar que dejara Nueva York. Aunque
como mujer, Grace no era oficialmente parte de la Cosa Nostra, todavía
estaba atada por la omertà, el código de silencio que significaba que no
podía revelar sus lazos con la mafia so pena de muerte. Su padre había
dejado eso muy claro para ella la noche que le había revelado la verdad
sobre su vida.
—¿Rocco, el primer amor, el amor de adolescente, el amor-de-tu-vida,
demasiado-grande-para-ti, el sujeto del misterioso incidente, exnovio de
Nueva York, que es la razón por la que no has podido tener una relación
estable en seis años, ese Rocco? —Olivia empujó uno de los muchos
pícaros rizos de su masa de cabello castaño. Afirmaba que no había usado
un cepillo para el cabello desde un incidente cuando tenía quince años y
su hermana le había rozado los rizos aumentando su volumen a tal
medida que su madre pensó que se había atrapado el dedo en una toma de
luz. 45
—Sí. —Contuvo una sonrisa—. Ese Rocco. De hecho, lo vi en el
funeral el martes pasado, pero pensé…
—¿Pensaste que no se lo mencionarías a tu mejor amiga porque...? —
Olivia presionó sus labios y la fulminó con la mirada, una mirada que salió
linda en lugar de feroz. Olivia era seis centímetros más baja que el uno
sesenta y siete de Grace, delgada y pequeña donde Grace era suavemente
curvada.
—Lo estaba procesando.
—Procesándolo. —Olivia resopló una risa—. Eso es la psicología
hablando. No mi mejor amiga. Es posible que nunca te perdone.
—Lo harás porque quieres saber qué pasó.
Olivia suspiró y abrió la puerta de su auto.
—La curiosidad mató a la psicóloga. Bien. Estás perdonada. Dame
todos los jugosos detalles. Y me refiero a todos. ¿Cuáles son las
probabilidades de que te topes con él aquí en Las Vegas en un funeral de
todos los lugares?
—Trabajó para mi papá, y el funeral era para el hijo de mi padrino,
entonces supongo que no es una posibilidad tan remota. Simplemente no
sabía que estaba viviendo en Las Vegas.
—O pasando el rato en un cementerio —dijo Olivia cuando ambas
estuvieron en su auto, un Ford Mustang rojo cereza que había comprado
con la herencia de su abuela—. Espero que no hayas leído nada en él:
cementerio, muerte, lápidas, montones de simbolismos sucediendo para
ustedes los tipos supersticiosos.
—No soy supersticiosa. —Comprobó dos veces su cinturón de
seguridad cuando Olivia se retiró del lugar de estacionamiento. Olivia era
el tipo de persona de todo-o-nada, y cuando estaba en su auto, era
velocidad máxima todo el camino.
—Correcto. No eres supersticiosa. Cuando la gente deja caer algo en
la acera y te agachas para recogerlo segundos antes de que un automóvil
se pase una luz roja y conduzca justo donde habrías estado caminando,
pensabas que era una coincidencia de la suerte. Crees que es una señal.
¿Eso era todo? ¿Toparse con Rocco en un cementerio era una
coincidencia de la suerte? Tal vez lo era. Ahora si supiera que todo había
terminado completamente entre ellos, podría seguir adelante.
—Entonces, ¿cómo estuvo? —preguntó Olivia saliendo del 46
estacionamiento.
—Fue un asno.
—Bueno, eso lo hace fácil.
Grace suspiró.
—Habría sido fácil si hubiera ganado mucho peso o perdido todo su
cabello, pero no lo hizo. Se ve incluso mejor ahora que antes. Si no lo
conociera y lo viera caminando por la calle, probablemente me arrojaría a
sus pies y le rogaría que me tomara.
—¿Entonces fue un deslumbrante y hermoso asno?
—Sí. —Grace se lamió los labios—. Pero no lo culpo totalmente por su
enojo hacia mí. Me fui sin decir adiós después de que efectivamente
habíamos estado juntos por ocho años. Fue solo un horror de
circunstancia. No pude lidiar con todo el caos y la locura de su vida, y una
noche se volvió demasiado, así que hui.
—¿Cómo terminaste en el restaurante? —Olivia dio vuelta en una
aguda esquina, y el hombro de Grace se estrelló contra el vidrio.
—Le dije que se fuera al infierno, y luego se alejó.
Se alejó. Huyó. La historia de su vida.
—Bueno, eso suena bastante definitivo. —Olivia sonrió—. Diría que lo
tienes fuera de tu sistema. Es tiempo de seguir adelante con tu vida. Creo
que deberías intentarlo con Ethan. Está enamorado de ti y estoy cansada
de sentarme en la cocina con él todas las noches mientras gime sobre
cómo no lo notas.
La melancolía de Grace desapareció en una risilla.
—¿Qué tipo de consejera eres? ¿Qué hay de las etapas de la pena? Y
no hay forma de que me acueste con alguien que vive en nuestra casa.
Ethan es como un hermano para mí.
—No hay etapas de dolor cuando no ves a alguien durante seis años y
luego aparece y demuestra que hiciste lo correcto al irte en primer lugar —
dijo Olivia—. El tiempo para el duelo terminó. Y en cuanto a Ethan, ese
tipo es muy atractivo. Cuando llamaste desde el estudio de grabación el
año pasado y me dijiste que encontraste dos hombres para alquilar mis
dos habitaciones extra, no esperaba a los hermanos Hemsworth.
Grace se rio.
—Miguel tiene cabello oscuro, una perilla horrible, y habla con acento 47
portugués. Se ve y no suena nada como un Hemsworth.
—Sí, lo hace. Es el más joven. —Chilló hasta detenerse en un
semáforo—. Es la estructura ósea. Y ese cuerpo... Échale otro vistazo
cuando llegues a casa esta noche. Y el cabello oscuro y los ojos solo hacen
que se vea más misterioso.
—No puedes desear a nuestros compañeros de habitación.
Olivia entró al estacionamiento de su tienda de delicatessen favorita.
—Puedo ansiar a quien quiera, y ya que tengo dos meses en el
hechizo seco más largo de mi vida, cualquier cosa con dos piernas y un
pene lucirá bastante bien.
—Bueno, entonces deberías ir a escuchar a Stormy Blu tocar el
próximo martes por la noche y podrás mirar el contenido de tu corazón.
Un amigo de mi padre me dijo sobre un club de jazz que estaba bajo una
nueva administración. Le di la información a Ethan y montó un concierto.
Dijo que el club es bien conocido y que el concierto podría abrir algunas
puertas para ellos. Solo espero que Sunita no estropeé las cosas.
—¿Por qué no cantas? —le sugirió Olivia—. Si esta es una gran
oportunidad, matará a Ethan si Sunita lo estropea como terminó sus
últimos conciertos.
—¿Lleva tu cuerpo al AutoBody de Andy. ¿Por qué arreglar tu auto en
otro lugar? —cantó Grace la melodía de su más reciente anuncio, y Olivia
soltó una carcajada.
—No es exactamente lo que estaba pensando. ¿Sino más cómo sobre
las canciones de Sinatra que cantas en la ducha lo que nos hace a todos
congelarnos en la cocina en la mañana porque tu voz es tan sorprendente?
—Todo suena mejor cuando está más húmedo —cantó Grace
suavemente, avergonzada al pensar que había sido escuchada en la ducha.
—¿Qué jingle es ese? —Olivia se volvió para agarrar su bolso del
asiento trasero.
—Accesorios de baño Bert. No podían salir con un jingle pegadizo que
incluyera el nombre Bert.
Empujó su puerta, y Olivia le puso una suave mano en el brazo,
deteniéndola.
—¿No quieres cantar canciones en lugar de jingles de dos líneas? ¿Ver 48
a la audiencia que está fascinada por tu actuación?
—No canto en el escenario. No desde que me fui de Nueva York. —
Grace nunca había discutido su sueño destrozado de convertirse en
cantante con Olivia, y su garganta se apretó de anticipación por la
siguiente pregunta de Olivia. Olivia no era el tipo de persona que dejaba ir
algo como esto.
—¿Por qué?
Grace se encogió de hombros cuando salió del vehículo, tratando de
poner un poco de distancia entre ellas.
—Malos recuerdos, principalmente con Rocco.
—Bueno, lidiaste con ese problema —dijo Olivia firmemente—.
Finalmente lo pusiste en la cama, y es hora de seguir adelante. ¿Por qué
no marcas esa ocasión haciendo algo que te empodere? Regresa con tu
voz. Sube a ese escenario solo una vez y ve cómo te sientes.
Grace rodeó el auto y se paró un momento mirando su reflejo en la
placa de vidrio, la ventana de la tienda de delicatessen. Su pulso pateó
una muesca con la posibilidad de cantar de nuevo, de realmente cantar,
pero el resplandor de la realidad lo derrumbó.
—No puedo. —Su mano voló hacia su mejilla—. La cicatriz. Recuerda.
La cara de Olivia se suavizó, y cerró la distancia entre ellas.
—Sé que cuando te ves en el espejo es todo lo que ves, pero tus
amigos te ven a ti, Grace. No a la cicatriz. Realmente, es apenas visible, y a
veces parece brillar en la luz de una manera diferente en tu mejilla. —Sus
labios se curvaron en una sonrisa—. Creo que es sexy, en realidad, como
si fueras un poco mala.
—Soy mala —dijo inexpresiva.
—Exactamente. —Olivia, quien era totalmente ruda, sonrió—. Ahora,
vamos a buscar un almuerzo duro antes de morir de hambre, y te
convenceré de que cantes en el escenario y que ordenes un plato
extragrande de tus nachos favoritos.
—¿Es algún tipo de manipulación? ¿Realmente trabajas con tus
clientes? —preguntó Grace mientras abría la puerta del deli. No había
forma de que se estuviera enamorando de los trucos de Olivia. Había
tomado los mismos cursos, leído los mismos libros de texto, asistido a las
mismas conferencias. Entendía sobre el empoderamiento, y de reclamar el
49
yo después del trauma. Pero solo había decidido seguir adelante. Cantar
de nuevo después de seis años era un paso demasiado grande.
—Solo los que tienen cuestiones de psicología.
—Así que esos serían todos.
Olivia se rio.
—Todos ellos, más uno.
Cinco días después de su desastroso encuentro con Grace, Rocco
regresó a Stardust a petición de Luca.
—¿Por qué diablos me necesitas aquí? —Acercó una silla al lado de
Mike en la misma mesa donde Danny había aprendido la lección de no
meterse con la mafia, y miró a Luca que había arreglado la reunión.
Por lo general, evitaba ir a los clubs de jazz. Invariablemente, la
banda tocaría a Sinatra y a las Golden Oldies que a Grace le encantaba
cantar en su auto, y los malditos recuerdos no eran algo que quisiera
revivir.
—Danny acaba de salir del hospital y quería asegurarme de que
entendiera cómo iba a funcionar esta nueva operación de trabajo. Pensé
que el nuevo dueño debería ser de asistencia así que, por supuesto, te
llamé a ti. —Luca le dio una sonrisa petulante, y Rocco sintió el impulso
de golpear esa sonrisa y quitársela. Luca sonreía demasiado para un capo
de la mafia. Desde que se casó con Gabrielle, Luca se había vuelto un
hombre cambiado. Rocco no estaba seguro si era para mejor. Nadie quería
estar cerca de alguien que era jodidamente feliz todo el tiempo, y se había
vuelto exponencialmente peor después de que anunciara que Gabrielle
estaba embarazada.
Rocco no podía imaginar estar casado alguna vez, mucho menos dos
veces, y respecto a hijos, no tenía absolutamente ningún deseo de
involucrar a alguien en su jodida vida.
—¿De qué diablos estás hablando? —Rocco sacó sus cigarrillos—. Te
hiciste cargo del negocio de Danny. Mi participación se limitó a
asegurarme que aprendiera a no jodernos.
Luca le hizo señas a una mesera y bebidas fueron ordenadas sobre
los sonidos de los pianos de duelo en el frente.
—No puedo manejar otro negocio —dijo después de que la camarera 50
se fue—. Tengo dos restaurantes y el club nocturno, una nueva esposa, un
chico pequeño y un bebé en camino. Por no mencionar a mi madre al otro
lado de la calle y las hordas de familia en la ciudad. No tengo tiempo. Te lo
cedí en pago por tus últimos contratos.
—Jesucristo. No soy un hombre de negocios. —Rocco se recostó en su
silla y revisó el club. No había tenido la oportunidad de mirar realmente
alrededor la semana pasada, pero el Stardust, con su paquete de huellas
de ratas en las paredes, esquinas sombrías, y lujosas cabinas de color
púrpura, tenía una gran cantidad de personajes. Una pequeña cueva
oscura, dos tramos de escaleras abajo fuera de Strip, el club era el tipo de
lugar donde un hombre podía relajarse, beber de una copa y olvidarse de
la vida mientras escuchaba la banda que fuera que estuviera sudando en
el pequeño escenario en el frente. Era crudo y lleno de personas que
estaban allí por la música y no por el alcohol.
—No tienes que hacer nada —dijo Luca—. Danny lo manejará, y
podrás contratar a personas para que hagan el resto. —Sacó un fajo de
papeles del bolsillo de su chaqueta—. Solo necesitas firmar en la línea
punteada.
Aunque Rocco no podía admitirlo, la idea de hacer algo que no
involucrara violencia era tentadora. No disfrutaba rompiendo piernas y
dedos, golpeando chicos o metiéndolos en zapatos de cemento para que
pudieran tener una nadada permanente en el lago Mead. Hacía esas cosas
porque era su trabajo, porque no tenía elección. Cesare lo había criado
para convertirse en ejecutor, y después de que había tomado su primera
vida, no había habido vuelta atrás. Solo su decisión de alinearse con Nico
había disminuido su descenso a la oscuridad.
Cuando Nico se separó de la familia Toscani y desafió el reclamo de
sucesión de Tony, Rocco, como el representante De Lucchi del equipo en
Las Vegas, fue obligado a hacer una elección, y había elegido a Nico.
Admiraba la determinación de Nico de mantener a la familia fuera del
tráfico de drogas y de las bolas de mierda pura que necesitó para
establecer una facción frente a la feroz oposición. Nico no estaba
interesado en la violencia por el bien de la violencia como su primo Tony,
quien mataría a un hombre por mirarlo de mala forma. Cuando Nico o sus
capos llamaban a Rocco por un trabajo, el objetivo merecía lo que iría a él.
Y ese tipo de trabajo se sentaban más fácil en la conciencia de Rocco que
la violencia sin sentido, gratuita que había caracterizado su vida con
Cesare y con hombres como Tony quien compartía las opiniones de
Cesare. 51
El único inconveniente de trabajar estrechamente con el equipo de
Nico era toda la puta socialización. A los chicos de Nico, y a Luca en
particular, le gustaba sentarse, tomarse unas copas y hablar. Y hablar. Y
hablar.
—No. —Empujó los papeles de la mesa—. No es lo que hago.
—La vida es corta. —Luca empujó los papeles de vuelta—. Tienes que
agarrar cada oportunidad que venga en tu camino, y esta, mi amigo, es
una oportunidad. Sólo mira a tu alrededor. Es jueves por la noche y cada
asiento está lleno. Este lugar tiene potencial de ganancia, atmósfera y esta
noche escuché que habrá una gran banda.
Maldito Luca. Poniéndolo a trabajar en algo que no podría tener. Ya
estaba de mal humor después de ver a Grace. ¿Qué diablos estaba mal con
él? ¿Por qué seguía buscándola solo para joder las cosas aún más de lo
que había hecho antes? Estaba torturándolos a ambos con su incapacidad
para mantenerse alejado porque una vez que matara a su familia, esos
momentos robados serían solo otro recuerdo.
—¿Qué tal si me pagas en efectivo y le das tu maldito club a alguien
más?
Rocco en realidad no necesitaba el dinero. Tenía su motocicleta
Harley-Davidson y un lugar para dormir por la noche. Aparte de la comida
y la bebida, no tenía ningún otro gasto. Sin casa. Sin hipoteca. Ninguna
novia necesitando regalos caros. Sin viajes a Hawái para asarse al sol. Le
pagaban en efectivo por cada contrato, y si no estaba en un trabajo, estaba
en la iglesia orando por redención o pasando el rato en la casa club de la
familia Toscani bebiéndose el dolor de saber que la redención nunca
vendría.
—Porque eres el mejor hombre para el trabajo —dijo Luca—. Nadie
conoce este tipo de música mejor que tú. No te dijimos Frankie porque
cantaras Death Metal esa noche que te encontramos enojado en el baño de
ese elegante club.
Mike rio disimuladamente, su sonrisa se desvaneció cuando Rocco lo
fulminó con la mirada.
—¿Qué demonios voy a hacer con un club de jazz? —Rocco sacó un
cigarrillo del paquete. Había bajado a tres al día, no porque le importara si
vivía o moría, sino porque Gabrielle y los chicos estaban constantemente
en su caso para que lo dejara y estaba cansado de escucharlos gemir.
—Lo siento. No puede fumar aquí, señor. —La camarera dejó su 52
bandeja y le dio un vaso de whisky, asintiendo en dirección a un gorila que
se dirigía a su mesa.
—Diablos, un hombre ya no puede fumar en ningún lado. —Rocco
miró al gorila hasta que el cabrón retrocedió. Maldita sea. Con Grace
constantemente en su mente, y en el tipo de lugar que siempre había
imaginado para que cantara, necesitaba su ración de nicotina más que
nunca.
—Nada ha cambiado en seis años, Rocco. Fumar sigue siendo adictivo.
Todavía causa cáncer. Y todavía te matará si no te detienes.
—¿Por qué diablos te importa?
—Nunca dejó de importarme.
Nunca había dejado de importarle. Y nunca dejó de ser un jodido
idiota.
Cerró los ojos e imaginó sus curvas suaves, su cabello largo y grueso,
la hinchazón de sus caderas, y el sonido de su voz mientras cantaba en el
auto todos los días cuando la llevaba a la secundaria, diciéndose a sí
mismo una y otra vez que era demasiado grande y que estaba demasiado
jodido y contaminado por la violencia de su mundo para estar jugando con
la dulce y hermosa inocencia de Grace.
Fue debido a ella que le habían dado el apodo de Frankie. Lo había
obtenido de estar borracho como una piedra fría solo una vez desde que se
mudó a Las Vegas, y eso fue porque Luca lo arrastró a un club una noche
con la pretensión de celebrar una reunión, mucho como había hecho
ahora, y la cantante se parecía y sonaba muy parecido a Grace por lo que
pensó que su corazón malditamente se detendría. Había hecho pasar una
botella de whisky por su garganta para adormecer el dolor, y Luca lo había
atrapado cantando canciones de Sinatra en el baño. Nunca lo había dejado
vivir en paz después de eso.
—¿Y? —insistió Luca—. ¿Qué es lo que piensas?
Mierda. No podría lidiar con esto. ¿Tener un club de jazz y recordar a
Grace cada noche?
—Dárselo a otra persona. —Terminó su bebida y salió del bar cuando
la banda comenzó a tocar “The Impossible Dream” detrás de él.
53
M
ike no podía creer el calor de la vocalista en el escenario del
Stardust. Toda cabello grueso, rojo, pechos grandes, curvas
exuberantes, y el vestido naranja brillante que era tan corto
que era más una burla... No le importaría tenerla en su cama por una
noche. Qué mal lo de su voz. Sonaba como un perro con un resfriado.
Miró al señor Rizzoli hablando con Danny en la otra mesa. ¿De qué
diablos sería eso? El señor Rizzoli tramaba algo esta noche, y estaba
bastante seguro de que tenía que ver con los papeles que le había ofrecido
a Frankie. No pareció apagarse cuando Frankie salió furioso del club. En
cambio, solo guardó los papeles, ordenó otra bebida, y llamó a Danny para
una reunión. Como Frankie se había ido, el trabajo de Mike era buscar al
señor Rizzoli y asegurarse de que Danny no tuviera ninguna idea.
Los hombres desesperados hacían cosas desesperadas, aunque con 54
dos yesos y una cara llena de vendas, no creía que Danny fuera capaz de
hacer mucho.
La vocalista dejó el escenario y se tambaleó a través de la multitud en
sus altos tacones. Mike contuvo la respiración, esperando que lo notara,
pero ella caminó directo más allá de él y se detuvo frente a un amigo en
traje oscuro. No era gran cosa. Ella no era realmente su tipo. Le gustaban
rubias, pequeñas y menuda, mujeres con voces y manos suaves. Le
gustaban las mujeres que hacían que se sintiera como un hombre, y
quienes le recordaran a su primer amor, Melinda, y los buenos tiempos
que habían tenido hasta que su mejor amigo le ofreció llevarla a su casa de
una fiesta de la secundaria y su auto se había ido de lado a un acantilado.
Perderlos a ambos, y descubrir que habían estado acostándose a sus
espaldas, había cambiado el curso de su vida. Incapaz de concentrarse en
lo que había sido una prometedora carrera de boxeo, había comenzado a
tener peleas a cambio de pagos de la mafia, y finalmente se unió al equipo
de Luca como asociado y luego como hombre hecho. No era la vida que
había soñado, pero le gustaba andar con el equipo y usar sus habilidades
para proteger a los patrones o a las personas rudas cuando intentaban
engañar a la mafia. Le gustaba el prestigio de ser un hombre hecho, y las
conexiones y dinero que venían con eso.
Con el respaldo de Luca, había podido configurar una cadena de
gimnasios de boxeo para poder ayudar a otros a tener éxito donde él había
fallado.
Cuando ella obtuvo nada más que una tibia sonrisa del hombre del
traje, la vocalista siguió adelante, matando una versión lenta y
simplificada de “Estate” una canción italiana hecha famosa por el ícono de
bossa nova, João Gilberto. Gah. Mike deseó que Luca hubiera terminado
también. Realmente no era muy jazzero. Prefería los ritmos pesados de
bandas como Rammstein que podían hacer bombear su corazón cuando
estaba trabajando en su gimnasio. Sintió una punzada de consciencia
solamente segundos antes de atrapar a una mujer mirándolo desde la
barra. Largo cabello rubio le caía por la espalda en un motín de chinos.
Era pequeña y delgada con una cintura de la que podía jurar podría poner
sus manos alrededor, dulces caderas curvadas, perfectamente delineadas
en un apretado, negro vestido, y el frente... Vaya. ¿Por qué no notó esa
bomba caminando por la puerta? Era como si alguien hubiera tomado su 55
fantasía pornográfica y la hubiera hecho real.
Sus ojos se agrandaron cuando la atrapó mirándolo, y podría haber
jurado que el rubor se levantó en sus mejillas. Ella dejó caer su mirada,
pero segundos después sus pestañas revolotearon y lo miró de nuevo.
Sintió una sacudida de calor en su ingle con la obvia invitación.
—Voy a tomar un trago —le gritó por encima a Luca. Esperó un
asentimiento de aprobación y se dirigió a la barra, deseando haber usado
algo más que unos usados vaqueros y una camiseta, aunque la camiseta
mostraba sus bíceps y abdominales, apretadas y duras después de los
entrenamientos diarios que lo mantenían en forma. Podría haber fallado
como boxeador profesional, pero eso no significaba que renunciara al
deporte. Había una gran cantidad de dinero que se ganaba en las peleas
clandestinas, incluso cuando no las amañaba.
—¿Está tomado este asiento? —Hizo un gesto hacia el asiento
convenientemente vacío al lado de la mujer y estuvo encantado cuando ella
se humedeció los labios y sonrió.
—Ahora lo está.
Tenía una voz suave y sensual, tierna y cálida que le trajo a la mente
calientes pegajosas noches en el calor de Nevada, sábanas sudorosas, y
gemidos sexys. Se instaló a su lado y le señaló al camarero por una
bebida.
—¿Quieres algo?
—Lo que sea que bebas.
Él miró hacia abajo y vio un vaso vacío y alto frente a ella, cuando
habría esperado algún tipo de bebida de chicas con un paraguas. Una
mujer con su propio corazón.
—¿Te gusta el jazz? —dijo después de que él ordenó sus bebidas.
—No es realmente lo mío. Vine con amigos.
—Te vi. —Inclinándose más cerca, pasó una uña larga y rosada sobre
la parte posterior de su mano enviando todos los mensajes correctos a la
parte equivocada de su cuerpo—. Fuiste difícil de perder con todos esos
músculos ¿Eres luchador o culturista o algo así?
—Sí. —Una sonrisa se extendió a través de su cara y su pecho se infló
en acuerdo—. Soy dueño de una cadena de gimnasios de boxeo llamados
Mike's Gyms. Tengo tres en la ciudad, y voy a abrir un cuarto.
—Los conozco. —Una sonrisa se extendió a través de su jodida cara—.
Tienes una foto de Popeye en el anuncio de afuera de uno en Centennial 56
Hills.
Ahora no hizo eso su día.
—¿Tienes nombre, cariño?
—Tiffany.
Bonito nombre para una chica bonita. E inteligente, también. Y por el
aspecto de ella le gustaba mantenerse en forma, como él.
—¿Estás aquí sola? —Él dio una rápida mirada a su alrededor en
busca de tipos que pudieran ofenderse si abordaba a Tiffany, pero nadie
les estaba prestando atención.
—Sí. Acabo de salir del trabajo. Se supone que debo encontrarme con
una amiga, pero tuvo una emergencia en casa y tuvo que renunciar a
venir.
—Eso es muy malo. Una chica bonita como tú no debería pasar la
tarde sola.
Ella lo miró a través de sus pestañas doradas y gruesas.
—No estoy sola ahora.
Santa mierda. Se estaba acercando a él. Relájate. Relájate.
—Te haré compañía todo el tiempo que quieras.
—Tampoco me gusta el jazz —dijo ella—. Sólo vine aquí por mi amiga.
¿Quieres ir a otro lugar? Tal vez a tomar un bocado para comer. Sé de un
bonito y pequeño restaurante italiano cerca.
El corazón de Mike hizo un pequeño salto y miró por encima del
hombro para ver al señor Rizzoli estrechando la mano sana de Danny.
Gracias a la mierda. Terminó con la reunión y Mike era libre.
—¿Eres italiano?
—Por el lado de mi padre.
—Soy italiana, también —dijo ella con orgullo—. Mis dos padres. Y
sus padres antes de ellos, y generaciones atrás.
Una hermosa sonrisa se extendió a través de su cara.
—Mi padre te adoraría. Siempre quiso que saliera con un tipo italiano.
¿Estaba pensando en él como más que solo una noche de conexión?
Mike no desafiaría a la esperanza. Una chica hermosa como ella debía 57
tener a los chicos persiguiéndola todo el tiempo. Y, sin embargo, era un
chico apuesto. Claro que era grande, pero era casi todo músculo. A las
mujeres les gustaban los músculos. Les gustaba que sus hombres fueran
fuertes. Nadie en la familia del crimen Toscani era más fuerte que él,
excepto tal vez Frankie, pero ese tipo era su propia clase de idiota.
—No voy a decir que no a una comida italiana con una mujer
hermosa.
Tragando con dificultad, dio un pequeño empujón para mirar hasta
dónde podía llegar esto.
—Tal vez después…
Tiffany puso su fría mano de su bíceps.
—¿Podríamos ir a tu casa?
¡Oh sí! Esta noche solo estaba poniéndose mejor y mejor.
—Por supuesto. Aunque tengo dos perros. No sé si eres amante de los
perros. Son grandes, pero son amistosos.
—¡Me encantan los perros! —Sus ojos brillaron—. Mi compañera de
cuarto tiene un cachorro que rescató. Es muy lindo. Tal vez podrías venir y
verlo alguna vez.
Por un momento Mike se perdió en las palabras. Era perfecta. Todo
sobre ella era jodidamente perfecto. Nunca habría imaginado que la mujer
perfecta existiera y allí estaba sentada al lado de él queriendo ir por
comida italiana, regresar a su casa, y conocer a sus perros.
—Vamos. —Se deslizó de su taburete y agarró su brazo para
ayudarla.
Tiffany envolvió su mano alrededor de sus bíceps cuando salieron del
bar.
—Será agradable estar con un tipo que es tan fuerte. Me haces sentir
segura. Nadie me molestará cuando esté con un tipo como tú.
Su sonrisa se desvaneció y sus instintos de protección fueron a
primer plano.
—¿Alguien está molestándote?
Ella dudó por el más breve de los momentos y luego negó, pero Mike
tenía la sensación de que solo estaba siendo tímida. No importaba. La
convencería de hablar y luego se aseguraría de que nunca se sintiera
insegura de nuevo. 58
S registró con el señor Rizzoli para asegurarse de que estaba bien
irse, entonces hinchó el pecho y escoltó a la hermosa bomba fuera del bar.
Imagínenlo. Él con una mujer como ésta.
Era casi demasiado bueno para ser verdad.
G
race se despertó con la peor resaca de su vida.
Yacía en la cama deseando que la luz desapareciera, el
tráfico se callara y Ethan dejara de golpear la puerta de su
habitación.
—Tu teléfono ha estado zumbando —gritó—. Si estás decente, puedo
dártelo.
¿Estaba decente? Un control rápido reveló que estaba más que
decente.
Se había quedado dormida con su ropa después de dejar que Ethan y
Miguel la arrastraran a una fiesta anoche.
—Bien.
Ethan se tambaleó viéndose tan mal como se sentía, que en él llevaba 59
su belleza hasta un nueve punto cinco de diez. Alto y rubio con gruesa
barba, ojos azul claro y un rasgado cuerpo musculoso, Ethan no se veía
como un cantante de jazz y todo como el hermano perdido de Hemsworth
que Olivia insistía que era.
—¿Me alegro de que hayas llegado a la fiesta? —preguntó,
entregándole el teléfono—. El miércoles es el nuevo jueves. Miguel y yo
planeamos salir cada miércoles por la noche, así que si quieres venir
nuevamente la próxima semana...
—Este no es el mejor momento para preguntar. —Revisó la pantalla
en busca de mensajes y gruñó—. Oh Dios mío. Tengo un concierto de
último minuto esta tarde, y apenas puedo hablar. —Cantar jingles era una
habilidad de nicho y generalmente conseguía su trabajo a través de las
compañías de producción que contrataban talento para radio, películas y
televisión. En su mayor parte, era totalmente desorganizado y con más
frecuencia que no, era llamada en el último minuto cuando alguien se
enfrentaba a una fecha tope. A Grace no le importaba el trabajo de último
minuto, pero decir de tres a cinco palabras de una manera corta y
contundente con poder real era desmesuradamente más difícil después de
pasar una noche bebiendo demasiado y gritando con música alta.
—¿Quieres que te prepare un poco de té con miel?
Se empujó hacia arriba sobre un codo y levantó una ceja.
—¿Estás ofreciéndote a hacerme té? Ahora estoy sospechando.
—Solo buscamos a nuestra nueva vocalista. —La miró esperanzado—.
No quiero que esfuerces la voz antes de que los cazatalentos nos vean en el
Stardust el próximo martes por la noche.
Grace cayó de espaldas en la cama.
—Te di la referencia. No me ofrecí como voluntaria a cantar.
—Me preocupa que Sunita no se presente.
—Sé que no ha estado allí para ustedes recientemente, pero estoy
segura de que no te defraudará. —Grace le dio unas palmaditas en la
mano—. Le dijiste que es un club muy conocido, ¿no? ¿Qué podría ser el
descanso que los chicos han estado esperando?
—Sí. —Ethan suspiró—. Incluso cuando aparece ahora, sin embargo,
su voz no es la misma. Perdió su rango. Creo que es de tanto fumar. Y
generalmente se droga y olvida la letra. Audicioné a tres nuevas cantantes
esta semana y ninguna de ellas fue buena opción. Pero tú…
—No, Ethan. 60
—Con tu voz y los arreglos de Miguel, y tal vez algunas de las
canciones que he escrito, la banda realmente podría ir a lugares, tal vez
incluso obtener un contrato de grabación.
Inusualmente irritada por la nota suplicante en su voz, Grace se
volvió a cubrir con las sábanas y se deslizó fuera de la cama.
—Mira mi cara, Ethan. ¿Puedes ver esta cara en la portada de un
álbum? ¿En un video? ¿En un póster promocional? ¿En el escenario?
Nadie quiere ver a una cantante con cicatrices.
La culpabilidad brilló en su rostro.
—Apenas puedo verla. La única vez que alguna vez me fijo en ella es
cuando la mencionas.
—Eso es porque eres mi amigo. —Agarró su bata de baño del suelo.
—Podrías ponerte una máscara —sugirió—. Algo misterioso. Eso nos
haría destacar de la multitud.
—Ahora te estás desesperando.
—Grace —gimió Ethan—. Estoy desesperado. Si ella no aparece o
peor, si aparece y se equivoca, no sé lo que haré. Tendremos mala
reputación, y la comunidad de jazz en la ciudad no es tan grande.
—Cancela el concierto entonces. No reserves nada hasta que consigas
a una nueva cantante.
—Ya le dije al chico que estaríamos allí. Pensé con seguridad que una
de las mujeres de la audición funcionaría, pero ninguna era muy buena.
—Entonces será mejor que te sientes en la puerta de entrada de
Sunita y mantengas lejos a su novio traficante de drogas. —Se volvió y le
dio un abrazo de simpatía—. Olivia y yo saldremos a apoyarlos. Incluso si
tienes que volverte instrumental, estaremos allí para animarte.
Él suspiró y rozó sus labios en su frente, el beso más escueto, pero
después de lo que Olivia le había dicho, esa pequeña muestra de afecto la
hizo ponerse tensa por dentro.
—Te traeré ese té —dijo rápidamente, alejándose.
Grace lo siguió hasta la puerta.
—Serías el novio muy bueno de alguien. ¿Por qué estás soltero, otra
vez?
—Solo esperando que llegue la chica adecuada, y mi mejor
oportunidad de conocerla es si estoy en una banda con una sorprendente 61
vocalista que atraiga multitudes de personas para ir a vernos.
—Ah. La verdad sale a la luz. —Se rio a su pesar—. Quieres que cante
para poder conocer mujeres porque tu encanto y apariencia extrema son
buenos. pero simplemente no funciona para ti.
Ethan sonrió, y Grace se preguntó por qué nunca había dado el
siguiente paso con él. Tenían mucho en común, una amistad fácil, y
definitivamente había atracción. Anoche bailaron juntos durante horas, y
casi cedió a la tentación cuando sus labios rozaron su mejilla. Pero
entonces la cara de Rocco había brillado en su mente, y todo en lo que
pudo pensar fue en él. En su toque. En su olor. En el calor de su cuerpo
cuando la había inmovilizado contra la pared. La profunda voz que la
hacía derretirse por dentro. Ahora que había visto a Rocco de nuevo,
seguir adelante no sería tan fácil como había pensado.
Al mediodía estaba en el estudio y lista para grabar. Era un trabajo
sindical por lo que no tenía que preocuparse de que le pagaran, que a
menudo ocurría con la falta de sindicatos en los trabajos. Conversó
brevemente con la otra cantante de sesión, antes de revisar el guión y
discutir el fraseo, el color de tono, los puntos de corte y el comienzo de las
vocales. Su voz todavía era áspera de anoche e hizo unos pocos ejercicios
de calentamiento extra con su compañera antes de que le dijera al
productor que estaban listos.
Habían pasado por algunas tomas de un pegadizo tintineo de cerveza
artesanal cuando notó movimiento en la sala de control, aunque el cristal
de la cabina vocal estaba oscuro. Mientras marcaba el nombre de la marca
con un largo trino, sus ojos se centraron con el recién llegado que estaba
estrechando la mano con el productor.
Rocco.
Una emoción le atravesó el cuerpo y de repente tenía dieciséis años de
nuevo, y su impresionantemente hermoso novio de veintiséis años estaba
esperándola después de la escuela, inclinándose contra un antiguo Black
Bird T en una chaqueta de cuero negro. ¿Qué demonios estaba haciendo
aquí? ¿Y cómo la había encontrado?
El tono de Grace vaciló y señaló que necesitaba un descanso.
—¿Estás bien? —preguntó su compañera.
—Sí. Solo necesito... un poco de agua. —Respiró profundamente para
calmar sus nervios y se bebió un vaso de agua. Si se concentraba en su 62
compañera de sesión, en lugar de en el productor y en el ingeniero de
audio, no vería a Rocco de pie detrás del vidrio con los brazos cruzados,
con las piernas separadas, dominando la sala de control con la fuerza de
su presencia solamente.
—No hay cerveza como la cerveza Millcreek en la noche, al mediodía y
en la mañana...
Hicieron diez tomas hasta que el productor estuvo feliz con el tintineo
que parecía aparecer por beber durante veinticuatro horas. Grace llenó
rápidamente la documentación que el sindicato la había enviado y lo llevó
a la sala de control para que se firmara.
—Buen trabajo. —El productor garabateó su nombre en el
documento—. Sigue así y te estaremos solicitando para algunos
comerciales nacionales.
—Eso sería genial. —Su sesión le había ganado $12,000 en un único
spot nacional de trece semanas, dinero más que suficiente para
mantenerla por meses si sus otros contratos se secaban.
Una vez que terminaron los trámites, le echó un vistazo a Rocco, de
pie en la esquina como si tuviera todo el derecho a estar ahí.
—¿Estás aquí…?
—Para verte. —Él asintió hacia el productor—. Bob.
—En cualquier momento. —El productor tragó duro y se secó el sudor
en su frente con la parte posterior de su manga—. Dale mis saludos a
Luca.
—Lo haré. —Con una mano firme en la parte inferior de la espalda de
Grace, Rocco la guió fuera del estudio, por el que podía caminar en
sueños.
—¿Conoce a Luca? —preguntó mientras caminaba hacia el ascensor.
—Le debe dinero a Luca y no pagó la vigilancia. Ahora que me hizo un
favor, debe un poco menos de dinero y conservó todos sus dedos. —
Presionó el botón en el ascensor y ella estuvo momentáneamente perdida
con sus palabras.
—¿Fue una broma?
—No.
—Oh. —Su corazón latía con fuerza en su pecho y alejó la imagen
mental de Rocco cortando los dedos del productor con su cuchillo—. 63
Entonces, ¿qué piensas?
—Compraría la cerveza.
Sus labios se curvaron en las esquinas.
Rocco nunca había sido tan quisquilloso con las palabras.
—¿Te gusta el pale ale?
—Tu voz. La sentí aquí. —Golpeó su pecho, y su diversión se
desvaneció cuando recordó su altercado del viernes por la noche en el
restaurante.
—Es bueno saber que todavía puedes sentir.
—No soy un monstruo, Grace. —La puerta del elevador se abrió y
caminaron dentro.
Grace volvió la cabeza mientras las puertas se deslizaban y movió
deliberadamente su cabello lejos de la cicatriz.
—Así no es como se veía esa noche en Newton Creek.
Ahí. Lo había dicho. Ponlo en lo abierto. Él había matado a alguien
delante de ella, y nunca podría borrar la imagen de su mente, nunca
podría aceptar que el hombre que amaba podía cruzar esa línea.
—Eras tú o él. Te elegí a ti. Él estaba lejos de ser un hombre inocente.
—No. —Levantó una mano en advertencia. Ya era bastante difícil
aceptar que podía tomar una vida; no quería saber que lo había hecho por
ella—. Eso no lo hace correcto.
Verlo de nuevo la hizo darse cuenta de que nunca había sanado
realmente de ninguna de las experiencias que habían definido su vida, su
madre muriendo en sus brazos, descubrir que su padre estaba en la mafia,
Cesare secuestrándola y asaltándola y sosteniendo a su rehén en el punto
del cuchillo hasta que Rocco hizo lo que le ordenó.
Todavía tenía pesadillas de cuchillos cortando su cuerpo, todavía
sentía la sangre caliente de su madre en sus manos, todavía se despertaba
viendo el rostro de Rocco, retorcido de ira y miedo y desesperado.
Él se estremeció, cerró los ojos.
—Nada sobre este mundo es correcto. Y si hubiera tenido una
elección…
—Siempre hay una opción —dijo amargamente, cortándolo. 64
—¿Quieres decir huir? Esa elección habría significado mi muerte y la
tuya. Lo sabes.
Sí lo sabía. No había huidas de la mafia. Ni escondites. Una vez que te
volvías un hombre hecho había muy pocas circunstancias en las que se te
permitía irte. Menos aún por un miembro del equipo De Lucchi. Los
ejecutores veían demasiado, sabían demasiado, habían hecho demasiado.
—¿Cómo me encontraste?
Él se encogió de hombros y supo que nunca recibiría una respuesta.
No es que necesitara una. La mafia era propietaria de esta ciudad.
—¿Por qué estás aquí?
Rocco pulsó el botón de parada y el ascensor se detuvo bruscamente.
—Yo quiero…
—¿Sí?
—Pensé que me habías mentido. —Pasó un grueso dedo a lo largo de
su mandíbula, enviando deliciosos hormigueos a través de su cuerpo—. No
pude manejar la idea de ti con Benito.
—Nunca te he mentido, Rocco. —Alzó la vista hacia su hermoso rostro
y tuvo un repentino impulso de tocar todas sus cicatrices, de pasar sus
dedos a lo largo de su rastrojo, de besar sus mejillas, su mandíbula, sus
sensuales labios. Quería tocarlo, probarlo de nuevo, revivir el pasado que
sabía debería quedarse en el pasado. Era imposible no estar atraída por él.
Rezumaba carisma y atracción sexual. Habían formado una conexión hace
catorce años y el tiempo no había disminuido su atracción en lo más
mínimo.
—No puedo manejar la idea de ti con quien sea. —Tomó su
mandíbula, moviendo su rostro así ella miró fijamente sus hermosos ojos
oscuros salpicados de dorado. El calor de su mano hizo que sus rodillas se
sintieran débiles, y tuvo que recordarse a sí misma que tenía una nueva
vida ahora. Una que estaba libre de la mafia y del drama que la
acompañaba. Él era parte de un mundo que casi la había destruido, y lo
mejor que podía hacer por sí misma en este momento era cerrarse a esto.
—¿Qué deseas?
Rocco nunca había sido un gran conversador, pero parecía estar
luchando por expresarse, casi como si estuviera abrumado por la emoción,
que era más o menos como se sentía ella ahora.
65
—Gracie...
Casi se derritió por el apodo que había utilizado para ella cuando
estaban juntos, y el sonido en sus labios trajo recuerdos de calientes,
sudorosas noches, su gran cuerpo duro cubriendo el de ella, susurrándole
en la oscuridad, manos suaves, tiernos labios y su grueso y duro pene. Le
presentó al sexo cuando le presentó tantas cosas: suave, gentilmente, con
toda su concentración en su placer hasta que estuvo lista para volar.
—Eres la única persona que alguna vez me llamó Gracie —murmuró
en voz baja, atrapando su mano contra su mejilla con su palma—.
Extrañaba escucharlo.
Su gruñido de advertencia envió conocimiento a chisporrotear a
través de ella, desgarrando la respiración de sus pulmones Su mirada
cayó, caliente y hambrienta, a sus labios como si solo supiera lo que
estaba pensando.
—Está bien. —Ella dejó escapar un suspiro, tratando de tomar el
control de la situación—. Qué tal si comenzamos de nuevo. Hola, Rocco.
Encantada de verte. Te extrañé. —Las últimas dos palabras cayeron de sus
labios antes de que pudiera atraparlas, y su cuerpo se movió casi por
cuenta propia, cerrando la distancia entre ellos hasta que colisionaron,
sus bocas chocando en un beso salvaje.
Sus manos se enredaron en su cabello, tomando los hilos suaves,
tirando de ella bruscamente hacia él. Y luego fueron uno de nuevo. Dientes
y labios y lenguas y aliento reformando la conexión que habían perdido
hace seis años. Su beso era todo, su mundo, su vida, el ritmo de su
corazón, el ascenso y caída de sus pulmones, néctar para su alma. Su
lengua se empujó a través de la barrera de sus labios y ella la tomó, la
devoró, sus manos tomaron su camisa, tirando de él cerca.
Fuera. De. Control.
Él gimió en su boca, presionando su cuerpo duro y delgado contra
ella, fijándola contra la pared del ascensor hasta que cada centímetro de él
estuvo presionado contra cada centímetro de ella.
Así de cerca podía oler el whisky en su aliento, la insinuación de
nicotina, y una corriente subterránea de algo salvaje. Se sentía como si
fuera hecho para encajar en su contra, como si finalmente estuviera
completa.
—Rocco —susurró cuando finalmente salió a tomar aire, con los
muslos levantados, con las manos viajando, con las caderas rechinando. 66
—No hables. —Su mano se deslizó desde su cabello para tomar su
mandíbula, manteniéndola quieta mientras violaba su boca, bebiéndola
como si estuviera muriéndose de sed. Su cabeza giró, y no pudo recordar
si necesitaba respirar o por qué la luz roja en el ascensor parpadeaba o si
sus piernas necesitaban hacer algo excepto tambalearse como gelatina—.
Brazos alrededor de mi cuello, dolcezza.
Ella deslizó sus brazos sobre sus hombros, aferrándose a él,
presionando su cuerpo en su calor. Era tan fuerte. Tan grande. Estaba tan
caliente. Sus músculos eran tan duros. La sostuvo sin esfuerzo, besándola
desesperadamente. Nunca había sentido su diferencia de edad como
ahora, pero él era mucho más que los hombres de su edad, tan hombre.
Por primera vez en seis años, se sintió viva. Rocco estaba aquí. Podía
olerlo, tocarlo, probarlo. Todas las cosas que había imaginado desde que
se fue, podría tenerlo aquí, ahora mismo, y Dios, lo quería todo. Los labios
de Rocco, la boca de Rocco, la lengua de Rocco, toda la belleza de su rostro
mirándola, la dulzura del whisky cuando la besó, el calor de su aliento, la
suavidad de su lengua mientras exploraba su boca. Era como la primera
vez de nuevo.
Ella lo deseaba.
Quería un poco de lo sucio y bastardo egoísta que era, y estaba feliz
de complacerla. Tomando sus delgadas muñecas, puso sus manos en la
pared por encima de su cabeza con una mano y tomó puños de su cabello
con la otra.
—¿Deseas esto?
—Sí —dijo ella, sin dudarlo.
Él tomó su boca otra vez, áspero y duro. La electricidad llenó el
espacio entre ellos y sintió algo brusco en su lugar, una conexión, el
vínculo que había sentido la primera vez que se conocieron.
Mierda. No había esperado eso. No había esperado nada de esto. Todo
lo que sabía era que tenía que verla una vez más, tenía que intentarlo y
terminar las cosas de una manera que les permitiría a ambos seguir
adelante después de que hizo la única cosa que la haría odiarlo por
siempre.
Su mano se deslizó por su cuerpo, y apretó su pecho tan fuerte que
ella hizo un suave ruido con su garganta.
Fue el sonido lo que lo hizo. 67
Suave. Complaciente. Abierto.
Grace siempre había sido suave. Dulce.
Aunque le gustaba su sexo áspero, nunca había sido tan ruda como él
sabía que sería si la tomaba ahora. Él estaba sin anclaje, perdido en un
mar de emociones, atrapado entre el deseo y la necesidad de dejarla ir.
Y de repente se sintió mal. Sus pensamientos se sintieron mal. Esto.
Se. Sentía. Incorrecto.
Pero lo deseaba, quería esto, lo deseaba a él. Por estos pocos
momentos, podría tenerla de la manera que había imaginado todas las
noches durante los pasados seis años: en sus brazos, entregándose a él,
como si esa terrible noche en Newton Creek no hubiera sucedido. Podía
tomar lo que le ofrecía y luego alejarla. Porque una vez que cumpliera su
contrato, su conexión se rompería.
Resuelto, deslizó su mano entre ellos y tiró de su vestido.
—¿Estás lista para mí?
—¿Por qué no te das cuenta? —Ella le mordió el labio inferior, y su
pene, ya duro y dolorido, se puso de pie con atención. A Grace siempre le
había gustado molestarlo.
Un gruñido se elevó por su garganta mientras empujaba a un lado
sus bragas y pasaba un grueso dedo a través de sus pliegues.
—Chica sucia. Estás empapada.
—Y tú estás duro. —Giró las caderas contra su erección y él casi se
vino en ese momento. Su Grace nunca había sido sexualmente agresiva y
maldita sea, lo excitaba.
—¿Es esto lo que quieres? —Sus palabras salieron más duras de lo
que pretendía—. ¿Quieres que te penetre con tu bonito vestido contra esta
pared en un ascensor donde alguien podría vernos? ¿Quieres que te
arranque esas bragas y empuje mi pene dentro de ti tan profundo que
olvides tu propio nombre?
—Te deseo. —Ella acarició su cuello—. De cualquier forma, que pueda
tenerte.
Mierda. No. A la audaz, agresiva Grace podía manejarla. A la suave,
dulce Grace no. Quería que lo abofeteara y lo insultara, y lo mordiera y lo
arañara. Quería su ira y su odio. Quería sufrir por las elecciones que había
hecho. Quería pasión, pero más que eso, quería dolor. Lo quería para que 68
fuera más fácil para él lastimarla y alejarse.
No quería recordar a Grace como había sido antes de esa noche en
Newton Creek cuando alejó el velo de su inocencia y destruyó su vínculo.
—Pelea conmigo —murmuró mientras palmeaba su pecho a través de
la delgada tela de su vestido.
—No quiero pelear contigo. —Ella se resistió contra él, moviendo sus
caderas contra las suyas—. No digo que no, Rocco. Estoy diciendo que sí.
Él mordisqueó su clavícula, pasando su lengua abajo de su cuello,
saboreando la familiar dulzura de su piel. Cuando ella se estremeció en un
suspiro, se movió más abajo, dejando besos sobre las medialunas de sus
pechos, tirando de la tela transparente abajo para poder explotar un
rosado pezón debajo de su sostén rosa.
Rosado. No rojo. O negro. Sin tacones de ocho centímetros y ropa
ceñida, apenas allí gritaba “cincuenta por un trabajo de mano, ochenta por
uno oral” eso lo pondría más duro para tomar lo que quería sin incluso la
más pequeña emoción parpadeando en su pecho.
Grace nunca se había vestido con ropa sugerente. Aunque podría
haber llevado esa apariencia, siempre usó pequeños vestidos coquetos o
pequeños shorts cortados con camisetas sin mangas y suéteres sueltos.
Parecía un poco moderna, un poco chic y siempre muy sexy pero en
broma, no reveladora. Su ropa insinuaba los tesoros debajo, pero solo un
hombre podía reclamar su recompensa.
Su mano se cernió sobre el borde de su vestido, sus músculos se
tensaron mientras se preparaba para rasgar la fina tela y exponer su seno
completamente para el placer de su vista, dejándola lidiar con las
consecuencias cuando las puertas del ascensor se abrieron.
Ella gimió suavemente, arqueando su espalda, ofreciéndole sus
pechos voluntariamente a sus manos. Confiada. Tan confiada.
¡Ave María, llena eres de gracia!
Cristo. Lo último que quería en su cabeza cuando estaba a punto de
enterrarse en la mujer que había rasgado su corazón, y se alejó de ocho
años de recuerdos sin siquiera un maldito adiós era la maldita puta Ave
María. Eso fue lo que obtuvo de ir a confesar sus pecados cada dos
semanas con un sacerdote amigo de la mafia.
Le soltó las manos y llevó sus dedos a su cabello, tirando de su
cabeza tan duro que sus suaves y sensuales labios formaron una “O” de
sorpresa. Iba a magullar esos labios con sus besos, a marcar la esbelta 69
columna de su garganta con pinchazos agudos de sus dientes.
Bendita seas entre las mujeres.
Su mente se saltó algunas palabras, dirigiéndose a lo que parecía
pensar eran las partes relevantes de la oración, recordándole que era una
mujer, una mujer joven, y que él era más grande y fuerte y enorme y que
podía muy bien hacerle daño fácilmente si no tenía cuidado.
Bueno, joder eso. Su cuerpo estaba apretado y preparado y listo para
tomarla, y su estúpida conciencia podría tomar un asiento trasero en este
viaje.
Iba a tirar de su vestido hasta su cintura, a rasgar sus bragas, y a
enterrarse profundamente en su vagina caliente y húmeda. La penetraría
duro y la haría venirse gritando su nombre. Y entonces la dejaría como lo
había dejado y sabría cómo se sintió al ser traicionado por la única
persona que alguna vez había significado algo en tu vida.
Excepto que solo había sido una niña y él había sido un hombre. Un
hombre en quien había confiado su cuerpo y su corazón. Un hombre que
no sabía que era un monstruo.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores.
Mierda. Mierda. Mierda. No podía hacerle esto. No podía tomarla así
en un ascensor público con su bonito vestido alrededor de su cintura
mientras miraba hacia él con esos hermosos ojos color caramelo como si
fuera un jodido sueño hecho realidad.
No era un maldito sueño.
Era una pesadilla. Y le había mentido. Era un monstruo. El peor de
los hombres.
—No puedo hacer esto. —La soltó, desenrolló su cuerpo del suyo, y la
bajó al suelo.
—¿Qué? —Aturdida, ella dio un paso hacia él, y él negó.
—No, dolcezza. No puedo hacerte esto.
—¿No? —Sus mejillas flamearon rojas, y su mano voló a su mejilla,
cubriendo su cicatriz. Sabía lo que estaba pensando, pero estaba más allá
de las palabras, incapaz de asegurarle que no tenía nada que ver con la
cicatriz en su cara y todo que ver con la cicatriz en su corazón.
Presionó el botón y el ascensor se tambaleó para moverse. Gracias a
70
Dios que era un edificio pequeño y nadie había llamado a mantenimiento
sobre el elevador estancado. Hizo un gesto hacia el vestido que había
arrugado.
—Componte.
Ella lo miró, aturdida, sin moverse para cubrir la parte de su pecho
que había expuesto. La vista de ella tan desaliñada y confundida, tan
pálida y hermosa a la luz dura fluorescente del lúgubre ascensor martilleó
la verdad de lo que había hecho. Ella no pertenecía aquí. Y no con él.
—Gracie —dijo en voz baja, señalando porque no confiaba en sí
mismo para tocarla de nuevo—. Arregla tu vestido.
Su mano temblaba mientras se enderezaba su ropa, pero no levantó
la vista, manteniendo su cabeza inclinada hacia un lado, descansando en
su mano.
—Te acompañaré hasta tu auto. —Se estiró hacia ella, y ella lo alejó,
el fuego reemplazado por la confusión en sus ojos en un latido. Y joder. No
eso solo hizo que la deseara de nuevo.
—Aléjate de mí.
Las puertas del ascensor se abrieron y ella salió al vestíbulo.
—Gracie. No quería...
—No quiero nada de ti. —Abrió la puerta de entrada.
Y luego se fue.
—F
iu, fiu. ¡Alerta de nena atractiva! —Ethan bajó el
volumen del televisor y se comió con los ojos a Grace
mientras caminaba hacia la sala de estar donde se
extendió en el sofá con su labrador dorado, Trevor.
—¿Es demasiado? Cenaré con mi padre, mi hermano y los amigos de
mi padre. Se irán mañana, y es mi última oportunidad de verlos. —Alisó el
boho vestido floral étnico, negro con rojo, con flores rosas y verdes y un
profundo escote en V. Emparejado con botines negros y un bolso con
flecos grandes.
—Tal vez quieras reconsiderar las botas —dijo Miguel desde la cocina
donde él y Olivia estaban haciendo la cena—. Gritan “ten sexo conmigo”.
No estoy seguro si ese es el mensaje que quieras estar enviando cuando
salgas con tu padre y hermano. 71
—¿Qué pasa contigo? —Olivia le dio un golpe con su toalla—. Son
perfectamente respetables. Mierda, las botas son blancas o cubiertas con
cordones y hebillas, o son negras y brillantes y sube hasta la mitad del
muslo...
—¿Tienes un par de esas botas? —Miguel se lamió los labios.
Olivia resopló.
—Si las tengo, nunca las verás.
—Te ves bien —dijo Ethan desde el sofá mientras tomaba su bolso—.
Atractiva, pero no de una forma inapropiada para una cena familiar.
—Gracias, Ethan. —Levantó su voz a modo de castigo para Miguel y
se dirigió hacia afuera, donde Tom y su padre estaban esperando en una
limusina negra Bentley con los dos guardaespaldas de su padre.
Miró por la ventana mientras su padre y Tom discutían sobre la
situación política de Las Vegas. Tal vez Olivia estaba sobre Ethan. Era un
buen tipo, un gran músico, y había sido un buen amigo. Era
devastadoramente guapo, y tenían mucho en común. Él había dejado en
claro más de una vez que estaba interesado en llevar su amistad al
siguiente nivel, y de todos los chicos con los que había estado desde Rocco,
no había ninguno que le gustara más.
Pero lo mejor de todo, era normal. Un civil. Sin vínculos con una
organización criminal. Los amigos de Ethan no enfrentaban muertes
inesperadas y violentas que requirieran un guardarropa negro completo y
un funeral todos los domingos. No tenía docenas de “tíos” y “primos” con
apodos extraños, y mantendría su dinero en el banco y no en un lugar
escondido y seguro debajo de las tablas del piso. No aparecía
misteriosamente en su lugar de trabajo sin invitación, ganándose la
entrada al estudio de una empresa privada amenazando con romper los
dedos del productor, y luego besándola hasta dejarla sin aliento en un
ascensor, solo para soltarla y alejarse.
Ethan no mataría a un hombre para salvarla, ni se destruiría a sí
mismo para que ella pudiera ser libre.
Después de que su familia se fuera, le diría a Ethan que estaba lista
para el siguiente paso. Ahora que sabía que Rocco había abrazado por
completo la vida que le había quitado a su madre, finalmente podía poner
el pasado en la cama y seguir adelante.
La limusina se detuvo hasta detenerse al lado del restaurante
72
Carvello’s, un agujero fuera de lo común en la pared, muy fuera de lo
común en el centro de Las Vegas. Grace había oído al respecto, pero nunca
lo había probado porque no estaba en el área más segura de la ciudad, y
con tantas otras opciones en la ciudad, no quería correr el riesgo.
Los guardaespaldas de su padre salieron primero y revisaron la calle
antes de gesticular para que su padre saliera de la limusina.
La piel de Grace se erizó y levantó la mano, deteniendo a su padre.
—Papá. Algo no se siente bien.
—Pensé que habías superado la cosa del sentimiento supersticioso
cuando te hiciste psicóloga —dijo Tom—. ¿Alguna vez pensaste en por qué
crees en ese tipo de cosas? No es muy científico o lógico.
—No me analizo a mí misma.
—Tal vez deberías hacerlo —sugirió él—. Podrías descubrir algo que
no sepas.
—Creo que me conozco bastante bien. —Ella siguió a su padre fuera
de la limusina, cortando cualquier otra conversación sobre un tema del
que no quería hablar.
El dueño del restaurante, un hombre de mediana edad con barba y
canas los saludó en la puerta. Después de que los guardaespaldas
revisaron el restaurante por potenciales amenazas, el propietario los
condujo a una mesa en la esquina trasera donde la familia Bianchi, el
capo, sus dos hermanos y sus dos hijos estaban sentados.
Grace suspiró cuando vio a los dos hombres que parecían cercanos a
su edad.
—Papá. Por favor, no intentes arreglarme con alguien de nuevo.
—¿Qué? —Su padre se encogió de hombros y abrió las manos—. ¿No
quieres conocer gente? ¿Hacer algunos nuevos amigos?
—Tengo suficientes amigos.
—Relájate, polpetto. —Su padre palmeó su brazo—. Estamos aquí
para una comida. No para un matrimonio.
Tom rio por el apodo. Por alguna razón, su padre había comenzado a
llamarla “albóndiga” cuando llegó a los años de adolescencia y nunca se
detuvo.
—Cállate —murmuró bajo mientras se dirigían a la mesa—. Actúa
73
según tu edad.
—Estoy actuando de mi edad. A los de veinte años se les permite reír
cuando sus padres llaman a sus hermanas “polpetto”. —La sonrisa se
desvaneció cuando el capo se levantó para saludar a su padre—. Lo único
que no es divertido es por qué papá se encuentra con los Forzani. Son
partidarios de Tony Toscani, y la reunión de papá con Tony no salió bien.
Ese tipo tiene un par de tornillos sueltos y prácticamente le dijo a papá
que, si el don no lo nombraba jefe de la facción de Vegas sobre Nico, no
tomaría una decisión. Fue increíblemente irrespetuoso. Tan es así que creo
que papá podría pedirle al don que le pusiera precio a su cabeza.
—Tal vez está tratando de obtener a los Forzani de su lado en caso de
que suceda.
Tom asintió.
—Eso tiene sentido. Dirigen uno de los equipos más grandes en Las
Vegas. Creo que solo Nico y Luca Rizzoli tienen uno más grande.
—Tom… —Ella tragó—. Si el don puso un contrato con Tony, usaría...
al equipo De Lucchi.
—Tendría que hacerlo. Tony está clasificado muy alto para un golpe
ordinario. Y tienen a alguien aquí... Rocco, ese tipo que solía llevarnos a la
escuela.
—Sí. —Su voz se detuvo—. Lo recuerdo.
—Es casi tan brutal como Cesare —dijo Tom—. No te diré el tipo de
cosas que ha hecho porque haría a tu estómago revolverse, pero me asusta
como la mierda, incluso más que los más endurecidos mafiosos. Es uno de
los más despiadados ejecutores de sangre fría en todo el equipo. Supongo
que tiene sentido. Es el hijo de Cesare, y será el nuevo jefe De Lucchi
cuando Cesare se vaya.
Su mano tembló cuando alcanzó su silla.
—¿Será el jefe de los De Lucchi?
—Sí. Así es como funcionan. El padre de Cesare fue jefe antes que él,
y después su abuelo y así sigue hasta cuando los De Lucchi comenzaron.
Eso es por qué están obligados a iniciar ya sea a un nacido natural o a un
hijo adoptivo en el equipo para que el equipo de De Lucchi nunca muera, y
el liderazgo tenga el mismo entrenamiento.
Bueno, eso no hacía su decisión más fácil. Adiós, Rocco y la mafia.
Hola, Ethan y una vida normal. 74
Y sin embargo... Tocó sus labios, recordando el beso de Rocco, la
sensación de su cuerpo duro contra el de ella, esa profunda conexión de
alma que se había roto en el momento en que estuvieron en brazos del
otro. ¿Cómo podría algo que se sentía tan bien, ser tan equivocado? ¿Cómo
podía un hombre tan brutal ser tan gentil? ¿Cómo podría estar con Ethan
cuando solo Rocco prendía su fuego?
Rocco golpeó la culata de su revólver en el cráneo del guardia de la
familia Bianchi de pie en el callejón detrás del restaurante Carvello’s. Una
de las primeras lecciones que Cesare le había enseñado era cómo moverse
sin ser detectado en las sombras, y siempre se sorprendía de la poca
atención que la gente le daba al mundo que los rodeaba.
Arrastró el cuerpo a unos pocos metros de distancia y fuera de la
vista del camino principal.
Algo sobre este golpe se sentía mal, y no era solo por Grace.
Se suponía que los ejecutores no debían sentir nada. Eran
herramientas para usarse a voluntad del jefe. Y, sin embargo, Cesare no
había sido tan distante como solía ser cuando llamó con su tarea. Su
impaciencia y temperamento eran inusuales, y eso, junto con la inusual
inestabilidad emocional de Rocco, significaba que había estado parado
afuera del restaurante durante el pasado cuarto de hora tratando de
decidir qué hacer.
Oyó pasos en la acera y se presionó contra la pared, hundiéndose en
las sombras. Momentos después de que Grace pasó, con el teléfono en la
oreja, sus botas tocando un ritmo apresurado en el pavimento.
Jesucristo. ¿Qué demonios estaba haciendo aquí? Una reunión de la
mafia no era lugar para una mujer, mucho menos para la hija de un
subjefe en suelo peligroso.
—¿Ethan? —La voz viajó por el callejón. —Mi papá está tratando de
arreglarme con alguien de nuevo, así que le dije que estoy contigo. —Una
pausa—. Sí. Novio. Pensé que sería el final, pero insiste en encontrarte
después de la cena. —Suspiró—. No, no necesitas usar traje, pero
necesitas cambiarte los pantalones de correr. Tus pantalones verdes de
carga estarían perfectos. Están en la lavandería. —Una risa suave—.
Bueno, no será difícil ya que hemos estado viviendo juntos durante tres
años. —Una risa nerviosa esta vez—. Bueno. Pero tiene que ser un beso
apropiado-para-un-padre. Te veré pronto.
75
¿Ethan? ¿Tenía novio? ¿Y estaban viviendo juntos? Cristo. Ni siquiera
había considerado que estuviera con alguien más. Entonces, ¿qué diablos
estaba haciendo con él en el ascensor? ¿Fue su manera de tener un cierre?
Apretó los dientes y rompió su puño contra la pared de ladrillo.
Respira. Respira. Debería estar feliz por ella. Esto era exactamente lo que
quería. Un corte final de sus ataduras. ¿Por qué entonces tenía un
repentino impulso de averiguar dónde vivía y eliminar a la competencia
con unos pocos golpes bien colocados a esa cara de hijo de puta?
La estudió mientras bajaba por la acera de regreso al restaurante.
Malditas botas sexys. Y ese vestido. Podía ver las medialunas de sus
pechos, la curva de su cadera, y cuando caminaba, la rendija en el frente
se abría para revelar sus piernas largas y tonificadas. Vestido travieso.
Incluso en volantes y flores, no podía ocultar esa racha rebelde que lo
intrigó desde el primer día que se conocieron.
No podría tener un momento más perfecto para su golpe. Si ella se iba
ahora, podría entrar y salir antes de que regresara al restaurante. Ella
nunca sabría que fue él. Y ahora que sabía qué tipo de mujer era, del tipo
que besaba a un hombre en un ascensor y se iba a casa a dormir con otro,
no tenía reparos sobre lo que tenía qué hacer.
Tomando una respiración profunda, buscó en la oscuridad dentro de
él, el frío, duro lugar donde había aprendido a retirarse para escapar de la
ira de Cesare.
Cuando estuvo seguro de que Grace no lo escucharía, abrió la puerta
de atrás y se deslizó adentro. El aire era rico con el grueso aroma de la
salsa de tomate, y las tablas del suelo crujieron cuando fue por el pasillo.
Desde su ventajosa posición cerca de los baños, podía ver la mayor parte
del restaurante. Mantini estaba sentado en una gran mesa redonda en la
esquina con la familia Bianchi frente a él y un guardia a cada lado.
Rocco no sabía mucho sobre los Bianchi, excepto que estaban
alineados con el equipo de Tony. Interesante. Tal vez Mantini le había
mentido a Nico sobre la decisión del don de favorecer el reclamo de Nico.
Hizo una nota mental para que Nico supiera que Nunzio Mantini se había
estado reuniendo con los Bianchi antes de morir.
Sacó su arma y atornilló al silenciador. Pero cuando volteó para
apuntar, sintió un extraño apretón en el intestino, y las paredes que había
puesto para proteger su corazón se estremecieron, se agrietaron, se
astillaron, dejando que una astilla de luz brillara a través de ellas.
76
Jesús maldito Cristo. ¿Cómo podía atacar al padre y al hermano de
Grace cuando ella estaba afuera? ¿Cómo podía hacerla sufrir exactamente
iguales circunstancia en las que había perdido a su madre y llevarse la
única familia restante que tenía? ¿Cómo podría darle un hasta nunca,
cuando acababa de caminar de vuelta a su vida?
La mierda de Cesare había destruido todo lo que le importaba para
hacerlo el ejecutor perfecto. Había quemado todos los juguetes y libros de
Rocco cuando cumplió diez, lo alejó de sus amigos, e hizo que Rocco
mirara mientras tomaba la vida del perro que Rocco había criado desde
cachorro.
Y luego comenzó el entrenamiento, y Rocco renació de las cenizas de
la fogata que destruyó su infancia como una criatura de tormento y de
dolor.
Diez años había vivido en la oscuridad hasta que Grace entró en su
vida.
Cesare había alejado a Grace, y Rocco permitió que sucediera. Se
había hundido en la oscuridad, endurecido su corazón, y aceptado su
destino. Pero ahora tenía una segunda oportunidad. Una segunda
elección. Cesare podría haberle quitado todo, pero no había tomado su
voluntad.
Bajó su arma, esperó hasta que escuchó el tintineo de la campana en
la puerta que le dijo que Grace estaba a salvo dentro.
Mientras caminaba por el pasillo, se preguntó cómo podría poner las
cosas bien. Empezar de nuevo. Refrenar la necesidad feroz, casi
desesperada, que sentía cuando estaba con ella y mostrarle a un hombre
diferente en el corto tiempo que tendría antes de que Cesare viniera por él.
Porque Cesare vendría. Un De Lucchi nunca fallaba en completar un
trabajo.
Hacerlo o morir.
Estaba a mitad de camino por la calle cuando escuchó el chirrido de
neumáticos.
Mirando por encima del hombro, vio un SUV negro detenerse frente al
restaurante. Las puertas se abrieron, y cinco hombres todos vestidos de
negro y usando máscaras de esquí salieron descaradamente agitando sus
armas en el aire.
El corazón de Rocco se apoderó de su pecho y corrió hacia atrás por
donde había salido, abriendo de golpe la puerta de atrás y sumergiéndose 77
en la oscuridad del pasillo.
Los disparos rompieron la quietud.
Una mujer gritó.
Grace.
Las luces de emergencia parpadearon y se mantuvo en las sombras,
corriendo a través de la semioscuridad hacia la puerta principal.
—¡Grace!
La vio agachada detrás de una mesa y se movió cautelosamente hacia
ella.
El alivio inundó su rostro herido cuando ella lo vio. Él se lanzó hacia
adelante, llevándola al piso mientras una bala se movía por encima de su
cabeza.
—Papá. ¿Dónde está mi padre?
La abrazó, evaluando la situación cuando los disparos se extendieron
a su alrededor.
Los guardaespaldas de Nunzio estaban haciendo su trabajo,
manteniendo a la familia a salvo detrás de una mesa volcada.
Pero santa mierda. ¿Alguien se había atrevido a intentar y golpear al
subjefe de Nueva York?
—Déjame levantar. Tengo que llegar a papá. —Ella se retorció y se
arrastró a través del suelo para arrodillarse al lado de su padre, quien
estaba gimiendo en el suelo junto a una mesa volcada. Tom estaba
acurrucado contra la pared, acunando su brazo contra su pecho. Los
cuerpos de la familia Bianchi yacían a su alrededor.
Uno de los guardias gritó y se bajó, sosteniendo su estómago. Rocco
tomó su lugar, ayudando al guardia restante a proteger a la familia
manteniendo a los soldados enemigos inmovilizados cerca de la puerta.
—Papá. —Grace tocó a su padre y su mano salió roja de sangre—.
Está herido.
El guardia al lado de Rocco recibió una bala en el pecho y cayó,
golpeando una mesa cuando se estrelló contra el suelo. Vidrio hecho
añicos, y la mesa volteada, le dieron a Rocco un escudo. Uno de los
atacantes enmascarados se acercó, su arma apuntó al padre caído de
Grace.
78
—No. No lo toques. —Grace levantó una mano agazapada
protectoramente sobre su padre, con las manos arriba enfrente de ella en
un gesto de guardia.
—Entonces tú también morirás.
Grace agarró el arma de su padre de debajo de su chaqueta y se elevó
sobre sus pies.
—Quédate atrás, o dispararé.
Rocco levantó la ceja con sorpresa. La Grace que conocía nunca
habría tocado un arma, mucho menos apuntarle a alguien con la clara
intención de matarlo.
—¿No te contó tu papá que se supone que las chicas no juegan con
armas?
—Me enseñó a disparar —dijo estabilizando su mano—. Y me enseñó
a no fallar.
Mierda. Nunca podría vivir consigo misma si mataba a un hombre.
Grace era una que nutría, una salvadora de almas. Rocco sufría la carga
de cada vida que se vio obligado a tomar, no podía ver la imagen de cómo
ella soportaría la culpa. No tenía idea en qué juego estaban estos tipos o
para quién trabajaban, pero estaba claro que quien quiera que hubiera
contratado al equipo De Lucchi para sacar a Mantini no era la única
persona que lo quería muerto.
—¿Te enseñó cómo morir?
Rocco agarró un vaso de agua y lo arrojó al otro lado de la habitación.
El cristal se destrozó contra la pared, atrayendo la atención de todos.
Tomando ventaja de la distracción de Grace, le disparó el asaltante en el
pecho, disparando dos balas en rápida sucesión antes de esquivar y
meterse detrás de la mesa de nuevo.
Un grito. Gritos. Un gemido.
—Rocco. —Ella lo miró horrorizada—. ¿Por qué?
—Así no tendrías qué hacerlo tú. —Rocco le disparó a las luces de
emergencia y otra pistola fue asegurada. Cuando escuchó el ruido sordo de
un cuerpo golpeando el piso, se zambulló en la oscuridad, buscando a
Grace.
La encontró arrodillada junto a su padre, su voz se elevó por encima
de los gritos mientras sus agresores trataban de encontrar una luz y
atender al hombre que estaba tirado. Claramente, no eran profesionales. 79
Un profesional se centraba en su objetivo y en nada más.
—Gracie, soy yo —dijo en voz baja tocando su hombro—. Rápido. Sal
por la puerta de atrás.
—Prende las jodidas luces —gritó el malhumorado asaltante—.
Descubre quién me disparó ¿Fue la chica? Mata a la puta perra.
—No. —Otra voz, baja, dominante—. Solo al capo bastone y a su hijo.
Necesitamos llevarnos a la chica viva.
Italiano. Reconoció el acento siciliano. Y eran de la mafia porque los
civiles no usarían el término capo bastone ni sabrían lo que significaba
lugar teniente.
—No lo voy a dejar —susurró Grace—. Y Tom. ¿Dónde está Tom? —Se
apartó y Rocco apretó su agarre.
—Hay cinco hombres armados aquí, y algunos atrás. Esta emboscada
fue bien planeada. ¿Cómo ayudará a tu padre y a Tom si te secuestran o te
maten? Vi que algunos miembros del personal huyeron. Habrán llamado al
911. La policía y la ambulancia estarán aquí en minutos. Necesitamos
sacarte de aquí.
—Los matarán.
—Probablemente piensen que Tom y tu padre ya están muertos, y uno
de ellos tendrá que lidiar con sus propias heridas. —Tiró de ella hacia
atrás, y por un momento pensó que iría con él, pero peleó fuera de su
alcance.
—¿Y tú? —Ella retrocedió alejándose, sus ojos brillaron en la
oscuridad—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Eres parte de esto?
Gracias a Dios, podía responder honestamente.
—No, cara mia. Pero necesitas venir conmigo.
Aun así, ella dudó.
—Iré al llamar al 911. Esperaré afuera por la policía. Eso es lo que
hacen las personas normales.
Rocco negó.
—Si te quedas aquí, pasarás el resto de tu vida marcada como
asociada de la mafia. Tenemos nuestra propia forma de lidiar con estas
cosas. Nuestra propia forma de mantenernos a salvo. Alguien está tras de
ti, Gracie, y sabes que la policía no podrá protegerte.
80
—¿Tienes tu propia forma de salvar a Tom y a mi papá? —espetó.
Sí, la tenía. Le habían enseñado cómo usar la oscuridad como
herramienta, ver donde otros no podían. Podría matar a cada hombre en
toda la maldita habitación antes de tomar su próximo aliento. Pero no lo
haría. La perdería para siempre si tenía que ser testigo de ese tipo de baño
de sangre, y no era un riesgo que estuviera dispuesto a tomar.
Las sirenas sonaron en la distancia, y su pulso dio una patada.
—La policía viene. Los tiradores no se quedarán. Confía en mí, Gracie.
Confía en mí solo una vez más.
Ella dudó, y no la culpaba. Teniendo en cuenta cómo había actuado
desde que había regresado a su vida, probablemente era la última persona
digna de su confianza.
—Está bien. —Dejó escapar un largo suspiro y agarró su bolso del
suelo—. Vamos.
Él agarró su mano y corrieron a través de la parte posterior del
restaurante y fuera por la puerta de atrás donde el guardia que había
noqueado todavía estaba inconsciente en el suelo. Rápidamente derribó a
un segundo guardia al final del callejón con un golpe en la cabeza, y
condujo a Grace a una rápida caminata a su moto a unas pocas cuadras
de distancia mientras ella llamaba al 911.
Con el corazón palpitando, la ayudó a montar en la moto, metiendo
su vestido entre ellos. Mientras se alejaba de la escena de devastación,
Grace envolvió sus brazos a su alrededor y presionó su mejilla contra su
espalda.
Segura. Grace estaba a salvo. Su instinto protector estaba saciado,
consideró las consecuencias de lo que acababa de suceder. Nunca había
no completado un contrato, y una vez que Cesare lo descubriera lo
llamarían a rendir cuentas. Qué fácil hubiera sido simplemente dejar que
los tiradores hicieran el trabajo por él y tomar el crédito. Habría podido
perseguir a Grace con la conciencia limpia. ¿Y qué había con Grace?
Alguien estaba detrás de ella, y de ninguna manera podía dejarla ahora.
Podría haber salvado a su familia, pero el precio sería su vida.
81
U
n frío helado se apoderó de Grace mientras Rocco corría por
las calles. No tenía idea de hacia dónde iban, pero el esfuerzo
requerido para hablar parecía abrumador.
Acababa de poner su confianza en la organización que podría haberse
llevado la vida de su padre. No. En un mafioso.
Apretó su agarre, cuando tomó una esquina aguda, casi deslizándose
hacia los lados fuera del asiento. Su cabello se movió salvajemente a su
alrededor y se dio cuenta tardíamente que ninguno de ellos llevaba el
casco requerido. No le extrañaba que estuviera tomando las calles
laterales.
Incluso si hubiera podido formular palabras, hablar se hizo imposible
cuando tomó velocidad. A pesar de todo lo sucedido, se sentía
curiosamente a salvo con su cuerpo envuelto alrededor de él mientras 82
corrían a través de las calles en mil kilos de acero brillante.
Segura pero entumecida.
—Te llevaré a mi casa hasta que sepa cómo terminará todo esto —dijo
Rocco, respondiéndole a la pregunta sin decir cuando disminuyeron la
velocidad hasta detenerse en un semáforo. Su voz era apenas audible
sobre el ruido del motor—. Alguien te busca y no es seguro que te vayas a
casa.
Ella abrió la boca para decirle que podría ir a un hotel o quedarse con
amigos, pero no salieron palabras.
Papá había recibido un disparo. Ella había sostenido su cuerpo en el
piso del restaurante igual que había hecho con mamá. Su sangre había
sido cálida en sus manos. Y Tom. ¿Qué le pasó a Tom? No podía perderlos
a los dos.
Finalmente, se detuvieron frente a un complejo de anodinos
condominios grises en Dumont Boulevard.
Rocco la ayudó a bajar de la moto, sosteniendo su mano mientras la
conducía por la acera. Sin su calidez enfrente de ella, sintió el escalofrío y
un estremecimiento a través de su cuerpo.
—No puedo mantenerte a salvo en un hotel y no querrías poner a tus
amigos en peligro. —La rodeó con un brazo, tirando de ella contra él.
¿Cómo sabía que tenía frío en lo más profundo de su ser? ¿Cómo sabía lo
que estaba pensando?
Soy antiviolencia. Pero aparentemente no lo era. Ya no. No era
diferente de cualquier otro miembro de la mafia. Si Rocco no la hubiera
distraído y disparado al hombre en el restaurante, ella habría apretado el
gatillo.
—No lo mataste, cara mia. —Abriendo la puerta de vidrio, todo casual
como si no hubiera acabado de leer su mente—. Y es poco probable que yo
tampoco lo hiciera. Estaba usando chaleco. Pero hasta que resolvamos
eso, podrás quedarte aquí y, después de que estés acomodada, iré a
encontrar a Tom y a tu papá.
Estoy conmocionada, se dio cuenta de repente cuenta cuando él la
miró como si esperara que hablara. Así es como se sintió cuando su mamá
murió. Fría. Entumecida. Perdida.
—¿Estás bien? —Él presionó el botón del ascensor y la puerta se 83
abrió. La curiosa niebla se engrosó a su alrededor mientras entraba en el
pequeño espacio. El miedo se apoderó de su corazón.
—¡No! —Lo empujó y corrió de vuelta al pasillo. ¿Dónde estaba? No
reconoció el papel tapiz gris, ni las fotos en las paredes...
—Gracie. —Fuertes brazos se envolvieron a su alrededor por detrás.
Un aliento cálido en su oído—. Está bien. Creo que estás conmocionada.
Tomaremos las escaleras. Son solo dos pisos hacia arriba.
Su calidez la empapó, haciendo retroceder el frío. Conocía esa voz, ese
aroma, ese cuerpo musculoso y duro. Rocco. Él la mantendría a salvo.
La mantuvo firmemente agarrada mientras subía las escaleras,
deslizando un brazo alrededor de su cintura cuando salieron a un pasillo
iluminado brillantemente salpicado de puertas de colores.
Ella echó hacia atrás su cabello, mirándose fijamente en el espejo al
final de la habitación. Su cara estaba surcada de tierra. Caminando más
cerca, tocó las marcas con su dedo y se dio cuenta de que no era tierra en
absoluto.
Sangre. Sangre en sus manos. En su cara. En su cuello... Sangre por
todos lados. Un sonido estalló en su garganta, parte gimoteo, parte
gemido.
—Shhhh. No mires. —Rocco la volteó para que lo enfrentara y
envolvió sus brazos alrededor de ella—. Te limpiaremos dentro. —Aún
sosteniéndola contra él, abrió la puerta—. ¿Así es lo que ocurre cuando un
psicólogo de trauma sufre un trauma? —preguntó, medio para sí mismo—.
¿Cómo te sanas a ti misma?
No tenía una respuesta porque no entendió la pregunta. ¿Cuál
trauma? Todo lo que quería ahora era quitar la sangre de sus manos.
—¿Es por lo que pasó la noche junto al río? ¿Es por eso que elegiste
psicología?
Su boca se abrió y se cerró de nuevo. ¿Por qué estaba hablando
tanto? Rocco nunca hablaba. Y nunca pensó acerca de por qué estudió
psicología, solo que de todas las profesiones que le habían interesado
después de una feria comercial de la escuela, era la que la había llamado,
fue donde pensó que podría ayudar a la gente a sanar las heridas que
nadie más podía ver. ¿Y su especialización? Quería sanar a las personas
que habían sido cegadas por la vida. Justo como ella.
El estudio de Rocco no reflejaba nada del hombre que recordaba de 84
Nueva York. Aunque era bastante moderno, con vistoso ladrillo pintado en
las paredes, alfombra gris y una pequeña cocina con paredes de color
verde brillante y gabinetes blancos, el apartamento estaba escasamente
amueblado. Dos taburetes de metal estaban metidos en una pequeña
barra de desayuno en la cocina, un sofá de cuero negro estaba frente a un
televisor de pantalla grande, y en el extremo final de la habitación, una
gran cama extra lucía un edredón blanco y negro y algunas almohadas.
Buscó, pero no pudo encontrar, las cosas que recordaba que le
encantaban. Ni revistas o equipamiento deportivo. Ni fotos del Rat Pack o
las viejas películas que le gustaba ver. Ni icónicos grabados negros y
blancos de Nueva York, comics de Peanuts, videojuegos o autos
coleccionables. Era como si toda su personalidad hubiera sido borrada.
—Ven, dolcezza. Vamos a limpiarte. —Él apretó sus dedos en su
cálido agarre y la llevó al pequeño baño con azulejos blancos frente a la
cocina—. Aquí. Hay toallas limpias debajo del lavabo.
Grace miró a su alrededor, insegura de lo que quería que hiciera.
—Tu vestido. —Señaló una mancha que no había notado antes—.
Necesitas quitártelo y meterte en la ducha. Esa es la mejor manera de
librarse de la sangre.
Sangre.
La sangre de papá. Manchando su vestido de la sangre de mamá
cuando había manchado su vestido blanco y cereza que se había puesto
para su almuerzo especial juntas. Miró hacia abajo y de repente no pudo
soportar otro segundo en el vestido que no había querido usar para la cena
a la que no había querido asistir con un montón de mafiosos que le
dispararon a su padre.
—Quítamelo. Quítamelo.
—Shhhh. —Manos cálidas le tocaron el cuello, moviendo su cabello a
un lado. Por supuesto que dedos sostuvieron la suave tela mientras
lentamente tiraba de su cremallera hacia abajo. Grace cerró los ojos
mientras sus toscos dedos rozaban su piel centímetro a lento, calmante
centímetro. Tan fuerte. Tan gentil.
Incluso en el capullo de entumecimiento que apenas le permitía
funcionar, sus sentidos conocían su toque. Se sentía como si estuviera en
un sueño donde Rocco la sostenía segura al abrigo de sus brazos. Jaló un
aliento, llenando sus pulmones con su aroma, hundiéndose en el recuerdo
de su primera vez.
85
—Tócame. —Ella tuvo que tirar de su mano sobre su pecho mientras se
refugiaban debajo de un árbol en Prospect Park durante una lluvia feroz. Lo
que comenzó como un paseo se había convertido en algo íntimo cuando la
lluvia los alejó a todos y habían decidido esperar en un pequeño matorral
seco mientras las gotas de lluvia se movían a su alrededor.
—Grace... no puedo. —Trató de alejar su mano, pero ella se apretó a su
pecho.
—¿Por qué? Me besaste la otra noche.
—Eso fue un error —gimió suavemente, y sus dedos se curvaron
alrededor de su pecho enviando deliciosos hormigueos a través de su
cuerpo—. Soy demasiado grande para ti.
—No estaremos teniendo la conversación de “demasiado grande” de
nuevo. —Ahora que su mano estaba ocupada, ella aprovechó la oportunidad
de explorar su cuerpo, pasando su mano por su pecho y sobre las ondas de
su paquete de seis. Nunca había pensado en cómo un hombre podría
excitarla, pero Rocco, con su belleza y su cuerpo apretado y duro le hacía
brincar el estómago.
—No sabes… —Comenzó de nuevo, pero ella lo interrumpió con un
beso.
—Sé exactamente lo que quiero y lo que estoy haciendo y con quién lo
estoy haciendo. No es como si nunca hubiera estado con alguien antes...
Su cuerpo se puso rígido.
—¿Con quién?
La pregunta colgó pesada mientras las nubes grises de arriba aún no
soltaban todas sus lágrimas.
—Tengo la sensación de que si te lo dijera, el pobre no aparecería en la
escuela mañana.
—Maldición —dijo en voz baja—. Eres mía.
—Entonces hazme tuya. —Deslizó sus manos debajo de su camisa,
tocando su piel cálida. Era liso y duro y quería explorar cada músculo, cada
centímetro de su cuerpo. Quería lamerlo, chuparlo y devorar a este hombre
que de alguna manera había logrado llenar el vacío que la había consumido
después de que su madre murió. Lo deseaba con su intensidad tranquila, su
sentido seco de humor, su amor por el jazz, su pasión por los autos, y la 86
forma en que la hizo sentir como si fuera el centro de su mundo cuando
estaban juntos.
Rocco gimió, y ella empujó su camisa más arriba, luego se inclinó para
besar sus pectorales.
—He soñado con tocarte —murmuró, respirando el familiar aroma de
su piel, crudo y almizclado, a cuero y a lluvia.
Podía sentir su corazón latiendo en su pecho, escuchando su
respiración acelerarse. Sus manos se deslizaron a su alrededor, recorriendo
sus curvas y hasta su trasero. Y luego la estaba moviendo hacia atrás hasta
que sintió la áspera corteza del árbol a través del suave algodón de su
camisa. Él levantó su barbilla y la miró a los ojos como si tratara de
convencerse a sí mismo de alejarse.
—Mereces mucho más que yo, cara mía. Y tu primera vez debería ser
especial. Con alguien que ames, alguien más cercano a tu edad. No esto. No
yo.
—¿Qué podría ser más especial que esto? —Agitó vagamente la gruesa,
niebla gris a su alrededor, las empapadas hojas, las gruesas ramas
pesadas, escondidas a la vista, la suave hierba verde bajo sus pies,
brillando mientras las gotas de lluvia caían suavemente desde el cielo—. Es
mágico. Siento que estamos en nuestra propia nube. Ni siquiera puedo
escuchar el tráfico. Esto está hecho para nosotros. Todo lo que falta es la
música.
Él se estremeció y se inclinó para besarla, suave y dulce. Sus labios
viajaron a través de su mejilla en su oreja y él cantó su verso favorito de
Sinatra “All the Way” mientras sus manos se deslizaban debajo de su
camiseta para tomar sus pechos.
A diferencia de los chicos con los que había estados en fiestas o detrás
de la escuela, Rocco sabía lo que estaba haciendo. Exprimió sus pechos
suavemente, explorando cada suave hinchazón hasta que se sintieron
inflamados y doloridos. Cuando finalmente se sacudió y abrió su sujetador
y tomó sus pechos desnudos en sus palmas, sus pulgares se movieron sobre
sus duros pezones, pensó que podría estallar de placer.
—Planeaste seducirme, ¿cara mia? —Una mano se deslizó sobre su
cadera al borde de la falda que ahora estaba junto a su muslo—. ¿Es por
eso que usaste falda?
87
—He estado tratando de seducirte desde que cumplí dieciséis. Tal vez
incluso antes. —Ella dejó escapar un aliento desigual mientras su dedo
acarició un camino lento por la parte interna de su muslo—. Esperaba que
captaras la pista antes del invierno.
Él se rio entre dientes y pasó su dedo a lo largo del borde de sus
bragas. Ella lo había deseado así desde que entendió de dónde podría
haber salido ese deseo, qué tan cerca podría llevar a dos personas juntas.
Tenían una conexión que ella podía sentir en el centro de su pecho, pero
ahora sabía que podía ser más.
—¿Alguien te ha tocado aquí? —Pasó su pulgar sobre sus húmedas
bragas y ella dejó escapar un gemido.
—No. No los dejé. Me guardé para ti.
Sus ojos se calentaron, las manchas doradas chispearon en sus
cálidas profundidades de caramelo.
—¿Y nadie te ha tocado aquí? —Empujó sus bragas a un lado y deslizó
su dedo sobre su húmeda entrada. Ella sintió su toque como un profundo
palpitar en su ingle, y su vulva se sintió hinchada y caliente.
—No. —Exhaló un suspiro—. Oh, Rocco. Hazlo otra vez.
Como si sus palabras hubieran roto sus paredes, él tiró de sus bragas,
arrancándolas de su cuerpo tan violentamente, que contuvo el aliento. Así
que esto es lo que había debajo del calmado, controlado exterior. Pasión.
Apenas contenida. Feroz y prohibitiva. Ella era codiciosa de eso. Lo quería
desnudo. Suelto. Fuera de control.
Con sus manos temblando, desabrochó sus vaqueros y metió la mano
en sus bóxers. Su eje estaba rígido y duro, tan grueso que se preguntó si la
lastimaría. Solo había tocado otros dos penes... no... penes, penes... en su
vida y habían sido niños, no hombres, y tocarlos los había puesto en camino
para que no tuviera mucho tiempo para jugar.
No notó el piercing hasta lo acarició en su camino hacia la cima. Su
mano se congeló y miró la barra de plata brillando justo debajo de la corona.
—¿Para qué es eso?
Él envolvió su mano alrededor de ella, haciéndola apretar su agarre
hasta que una gota de líquido salió de la suave, cabeza redondeada de su
pene.
—Para ti.
—¿Para mí? —Con su mano libre, tocó el piercing ligeramente—. ¿Todos 88
los chicos...? —Sus mejillas llamearon. Había estado con otros porque no
quería que pensara que era inexperta, pero nada la había preparado para
esto.
—No.
—¿Dolió?
—Como una perra.
—¿Me dolerá?
—Nunca te haría daño. Esto es para tu placer. —Suavemente separó
sus dedos y la giró para que enfrentara el árbol—. Debes hacer lo que te
diga, cara mia. —Su aliento era cálido en su oído—. Te he deseado por tanto
tiempo que no será fácil contenerme.
—Está bien. —Sintió una burbuja de felicidad elevarse dentro de ella.
Nunca le había dicho que la deseaba antes. Incluso cuando la había besado,
no había dicho nada que le hiciera pensar que la profundidad de sus
sentimientos estaba cerca de coincidir con los suyos.
—Manos en el árbol. Piernas abiertas.
Oyó el suave crujido de la ropa cuando ella se puso en posición, y luego
su camiseta cayó sobre la rama de un árbol. Momentos más tarde, sintió su
pecho cálido y duro contra su espalda desnuda. Ella dejó caer las manos,
con la intención de quitarse la camiseta y el sujetador para que no
estuvieran justos debajo de sus brazos, pero él gruñó una suave advertencia
detrás de ella.
—No, bella. No voy a correr el riesgo de que alguien pueda venir y ver lo
que solo yo debería ver.
Ella sintió sus palabras vibrar a través de su cuerpo y establecerse
como una cálida presión en su vientre. Su dureza se deslizó entre sus
piernas, el piercing una quemadura erótica contra su clítoris, e
instantáneamente entendió para qué era la barra.
—Oh. —Instintivamente, sacudió las caderas, persiguiendo la
resbaladiza sensación. Las manos de Rocco viajaron por su cuerpo a sus
pechos, y pellizcó y apresó sus pezones a través de su ropa mientras
empujaba entre sus piernas volviéndola salvaje por un lanzamiento de la
tormenta de necesidad que la consumía—. Rocco. Por favor. No puedo... No...
Así no. Quiero verte. Quiero tocarte.
Él dejó besos sobre su hombro. 89
—No duraré mucho. Te necesito lista para mí.
—He estado lista desde que entendí lo que era estar lista.
Con un gemido bajo, se retiró y la hizo girar. Su mano profundizó hacia
abajo de su falda, rozando su clítoris a su entrada. Ella se resistió a su
toque, y él se detuvo.
—Relájate, Dolcezza. Quiero sentirte.
Ella jaló su labio entre sus dientes mientras él empujaba su dedo
dentro. Se sentía grueso y extraño, y ella se tensó alrededor de él. Si su
dedo se sentía grande, ¿cómo se sentiría su pene?
—Estás muy mojada. Muy apretada. —Empujó su dedo, más profundo
y sus ojos se humedecieron de placer.
—Eso se siente bien.
—Esto se sentirá mejor. —Quitó su dedo y lo reemplazó con dos,
haciendo una ligera mueca para frotar contra un punto sensible en su pared
interior.
—Oh. —Ella se apoderó de sus hombros, jadeando su respiración—. No
te detengas, Rocco. No te detengas.
Él empujó sus dedos dentro y fuera, manteniendo un ritmo constante
mientras deslizaba su humedad arriba y alrededor de su clítoris, agregando
sensación tras sensación hasta que pensó que sus rodillas se rendirían.
—Quiero sentir que vienes —dijo él suavemente—. Quiero que te
vengas sobre mi mano.
Ella lo deseaba también, quería lanzar la tensión en su cuerpo. Pero no
le gustaba esto.
—Te quiero dentro de mí la primera vez que me venga. Quiero sentirte.
Quiero que estemos cerca de una manera que nadie más pueda estar.
Él se apartó, dejándola dolorida y privada. Mientras su corazón latía
frenético, sacó un condón de su bolsillo trasero y se enfundó, rodándolo
sobre su piercing cuidadosamente.
Sus manos se deslizaron debajo de su trasero y la levantó,
preparándola contra la corteza áspera del árbol y ella envolvió sus piernas
alrededor de sus caderas.
—Sei la mia vita —murmuró él—. Illinois mio unico vero amore. Sei
più bella di un angelo.
—Me gusta cuando hablas italiano —susurró ella, y le dijo en italiano, 90
que era todo en su vida, también. Nunca había sentido este tipo de calor y
anhelo por nadie. Desde el día que lo conoció, supo que siempre sería parte
de su vida.
La cabeza de su pene se empujó en su entrada, y abrió sus piernas.
—Eres mía, Grace Christina Mantini —dijo en voz baja—. Y ahora serás
mía para siempre. —Empujó dentro de ella, lentamente, centímetro a
centímetro de grosor, dándole la oportunidad de acostumbrarse a su
tamaño. Pero cuando su perforación tocó el sensible lugar dentro de ella que
tan tiernamente había acariciado, ella dejó escapar un fuerte jadeo.
—Mi hombro. —Su voz era áspera, ronca, tensa por el esfuerzo de
contenerse, las venas sobresaliendo en su cuello en agudo relieve—. Grita
en mi hombro.
—No voy a gritar.
Sus manos se tensaron en sus caderas y empujó duro y profundo.
—Sí, lo harás. Y cuando lo hagas, quiero escuchar mi nombre.
Se retiró de nuevo y esta vez cuando empujó, su mundo se hizo añicos
en un millón de estrellas, licuando su cuerpo con placer. Y gritó. Como le dijo
que haría.
—¡Rocco!
—¿Gracie?
Ella se sacudió del recuerdo, mirando por encima del hombro la
preocupada cara de Rocco.
—¿Necesitas más ayuda?
Rocco. Estaba realmente aquí. Sus manos estaban sobre su piel. Su
aliento era cálido en su cuello. La estaba manteniendo segura cuando el
mundo se había ido al infierno y podría haber perdido a la única familia
que le quedaba.
Debe haber hecho un sonido porque de repente estaba en sus brazos,
su rostro enterrado en su pecho, su corazón latiendo fuerte y firme debajo
de su mejilla.
—Los encontraré —dijo él en voz baja respondiendo a su
preocupación no expresada. Pero no estaba sorprendida. La conocía. La
conocía perfectamente, y la entendía como nadie nunca lo había hecho.
Cuando deslizó sus brazos alrededor de él para mantenerlo apretado, 91
presionó su cuerpo contra él, sintió su excitación, dura debajo de sus
vaqueros. Tal vez era una versión más fría y dura del hombre que había
dejado atrás, pero sintió un pequeño placer sabiendo que una parte de él
todavía la deseaba, a pesar de que estaba rota y con cicatrices.
—Será mejor que te desnudes. —Su voz era gruesa y ronca cuando la
soltó—. Haré un poco de café.
Y luego se fue.
Sintiéndote un poco menos desorientada, Grace se quitó el resto de
su ropa tan pronto como la puerta se cerró detrás. Abrió la ducha y dio un
paso en el agua hirviendo. Manteniendo sus ojos cerrados herméticamente
para no ver la sangre, frotó su piel con el gel de baño que encontró en la
esquina de la bañera, envolviéndose en su familiar olor. La niebla comenzó
a despejarse de su cerebro, pero no importaba qué tanto abriera el agua
caliente, el entumecimiento no desaparecía.
Cuando terminó, encontró una gran camiseta doblada en el lavabo,
así como una toalla grande y esponjosa. Después de secarse, se puso el
sujetador y las bragas y tiró de la camiseta sobre su cabeza. Cayó hasta la
parte superior de su muslo, suficiente para ser decente, pero demasiado
corta para usarse.
Cuando salió del baño, Rocco estaba hablando por teléfono, mirando
hacia la calle de la ventana en la sala de estar. No había incertidumbre en
su postura, ni disculpas, ni preguntas sobre dónde encajaba en el gran
esquema de las cosas. Era dueño de este mundo. Dominándolo de una
manera que no había hecho antes. La diferencia entre un chico y un
hombre.
Se giró y su mirada se deslizó sobre su cuerpo, deteniéndose en la
desnuda extensión de sus muslos.
—Cambio de planes —dijo en el teléfono—. Vas a pararte haciendo
guardia en la puerta fuera del pasillo. Llama a Paolo y dile que vigile la
calle. No entrarás al apartamento. ¿Entiendes?
Grace encontró su bolso en una mesa junto a la puerta y sacó su
teléfono.
—¿Le dirás a tu hombre dónde estás? —preguntó Rocco,
bruscamente.
—Estoy enviándole mensajes de texto a Ethan para que me traiga algo
de ropa. 92
—Ethan. —No había duda de la amargura en su voz.
—Sí.
Su mandíbula se apretó.
—¿Tienen otro lugar donde puedas ir hasta que arregle esto?
—¿No puedo quedarme aquí?
Una expresión dolorida cruzó su cara.
—¿Él no tendría problema con eso?
—No. ¿Por qué lo tendría?
La cara de Rocco se arrugó frunciendo el ceño.
—Porque si nuestras posiciones fueran invertidas, no habría ninguna
maldita manera en que dejara que te quedaras con él o con cualquier otro
hombre, por cierto. Ninguna. Jodida. Manera.
Grace se sentó en el frío cuero negro del sofá y frotó las manos sobre
su cara, tratando de limpiar lo último de la niebla que le estaba haciendo
tan difícil procesar todo lo que estaba sucediendo.
—Ethan tiene su propia cama.
—Es un jodido idiota.
—Es mi amigo. —Ella levantó la vista, captando un destello de
esperanza en sus ojos antes de que su cara se alisara con una máscara
inexpresiva.
—¿No estás acostándote con él?
Grace suspiró.
—No es que sea tu asunto, pero la respuesta a tu pregunta en bruto
es no. A eso me refería cuando dije que era un amigo. No me acuesto con
mis amigos. Tampoco juro ni ando con mucha gente que suele maldecir en
cualquier otra oración, entonces ¿qué tal acerca de expandir tu
vocabulario?
—¿Con quién tienes sexo? —Dobló los brazos sobre su pecho como si
estuviera preparándose para las malas noticias.
—Esta semana, lo más cerca que he llegado eres tú. Y no preguntes
sobre la semana pasada o la semana anterior, porque ha pasado un
tiempo. 93
Él dio un gruñido de satisfacción.
—¿Sin hombre?
—No. No tengo relaciones. —Tragó duro—. ¿Tienes novia? No tengo
que quedarme aquí si te causa un problema.
Rocco resopló.
—No. E incluso si la tuviera, la echaría por ti.
—Eso es bueno en una forma de corazón frío, malvada tipo mafiosa.
—Un escalofrío corrió por su cuerpo, y envolvió los brazos a su alrededor,
tratando de vencer el frío.
La cara de Rocco se suavizó.
—¿Todavía estás conmocionada?
Grace logró un fantasma de sonrisa.
—No si estoy teniendo una conversación contigo sobre con quién me
estoy acostando.
—Nunca te había visto así. —Sacudió su cabeza—. Solo parada ahí,
mirando a la pared... sin nada que pudiera hacer. Sentí como si un
cuchillo atravesara mi intestino.
Sus manos temblaban y dobló los pies debajo de ella. En el
apartamento de Rocco no hacía frío, pero se sentía como hielo por dentro.
Aun así, su conversación la estaba llevando a pensar en lo que sucedió en
el restaurante, y estuvo agradecida por los momentos de respiro antes de
intentar encontrar a su padre
Rocco frunció el ceño.
—¿Tienes frío?
—Por dentro.
—¿Necesitas algo más cálido?
Sí. Eso es exactamente lo que quería. Calor. Un ancla. Un refugio
seguro. Un puerto en una tormenta. “A ti”. Se separó del sofá y se dirigió
directamente a sus brazos abiertos. Rocco la envolvió en su abrazo,
sosteniéndola hasta que el calor de su cuerpo la derritió por dentro, y
sintió que eran una persona y no dos.
—Necesito encontrar a Tom y a mi papá —dijo finalmente, alejándose.
—Tengo un tipo viniendo para mantenerse vigilando. —Le besó la
frente—. Entonces iré a la carretera.
94
—No me quedaré aquí mientras vas con ellos. Podemos ir juntos.
—No. —Cruzó la habitación y agarró su chaqueta.
Grace levantó una ceja.
—No te estoy pidiendo permiso.
—Y no te dejaré ir. Escuchaste a los tiradores. Te querían a ti. No es
seguro que vayas.
—No soy tu prisionera, Rocco. —Se cruzó de brazos, preguntándose
hasta dónde llegaría antes de que la detuviera. El Rocco que conocía
nunca la lastimaría, pero este hombre, este Rocco, era una bestia
diferente.
Afortunadamente, alguien llamó a la puerta, rompiendo el
estancamiento.
—¡Hola, Frankie! Soy yo.
Rocco apartó su mirada y fue a abrir la puerta, haciéndose a un lado
para su musculoso amigo.
—Éste es Mike. Estará afuera en el pasillo cuidando la puerta. —Su
mirada se deslizó a Mike, que llevaba una camiseta ajustada que
anunciaba un gimnasio local y que estaba cortada para realzar sus
espectaculares bíceps. Con su cabeza afeitada y antebrazos tatuados, le
recordó a un Popeye rugosamente guapo, sin la pipa—. Esta es Grace
Mantini. La puta hija del lugar teniente de Nueva York.
Rocco hizo gestos vagamente en su dirección. Mike sonrió, su mirada
cayó hacia sus piernas desnudas, antes de levantarse nuevamente a su
cara.
—Encantado de conocerte…
Rocco lo cortó golpeándolo contra la pared, su mano en la garganta de
Mike.
—Ni la mires malditamente.
—Lo siento, Frankie. —Las manos de Mike se levantaron en un gesto
defensivo, aunque era más grande y musculoso que Rocco y parecía ser
más que capaz de defenderse en una pelea.
—No pienses en ella. Ni siquiera jodidamente respires el mismo aire
que ella.
—Disculpa, jefe.
—Fuera. —Rocco lo soltó y lo empujó por la puerta, sus poderosos
95
músculos ondularon con el esfuerzo—. Quédate ahí en el salón.
—Entiendo. Lo tengo. —Mike asintió hacia abajo—. Señorita Grace,
estaré afuera si me necesita.
—No hables con ella tampoco —gritó Rocco.
Así que este era el nuevo Rocco. Grace no estaba segura si le gustaba
su actitud de núcleo duro o la forma en que trataba a sus amigos,
especialmente cuando solo hace unos momentos le había dado un vistazo
de clase, del cuidado hombre que conocía de Nueva York.
—Creo que fuiste un poco duro con él. No hizo nada mal.
—Es un hombre. —Rocco se puso su chaqueta de cuero.
—Lo capté.
—Tú. Mirándote como te ves. Hablando como hablas. Vestida como
estás vestida. No confío en nadie con pene.
Por costumbre, su mano fue a su cicatriz, pero cuando abrió la boca
para protestar, él levantó una mano en advertencia y sacudió la cabeza.
—No lo digas. Ni incluso putamente lo pienses. Es la última vez que
diré esto, así que escucha bien. Eres más hermosa ahora, Grace Christina,
que la última vez que te vi en Nueva York, y eras tan hermosa entonces
que me quitabas el aliento.
Y luego abrió la puerta, y la dejó de pie con la mano todavía cálida
contra su mejilla.
M
ike no sabía el protocolo para consolar a la bella, hija del
subjefe de Nueva York llorando a través de una puerta
cerrada, especialmente cuando Frankie lo había mirado
como si quisiera meter una bala en su cabeza anoche. ¿Le permitirían
siquiera llamar? El sonido de su llanto estaba rasgando su corazón y solo
quería darle un abrazo.
Un casto abrazo.
Aunque, dado que solo había estado vistiendo una camiseta anoche
cuando Frankie se fue, tal vez solo una palmadita en la espalda.
—¿Estás bien allí? —Optó por hablar debido a que parecía ser la
mejor forma de mantener todas sus extremidades intactas en el evento de
que Frankie regresara inesperadamente esta mañana. Frankie era un mal
asno hijo de puta. Nadie se cruzaba con Frankie. Tan fácilmente cortaba la 96
garganta de un hombre al que llamaba amigo, como cortaría la garganta
de un enemigo. Mike era un tipo grande. No mucho lo asustaba. Pero
Frankie... sí, el tipo le daba escalofríos.
Aun así, no era correcto dejar a Grace llorando sola en un
departamento extraño. Solamente un bastardo frío como Frankie no
entendería la necesidad de estar con alguien cuando la mierda salía mal.
Mike sabía eso porque había pasado más que su parte justa, y lo peor era
estar solo.
Mike había tenido su parte justa de soledad a veces, pero el viernes
por la noche con Tiffany eso había cambiado. Ella había sido todo lo que
había imaginado en la cama y más. No solo eso, le había dado su número
y le dijo que la llamara la próxima vez que saliera con sus amigos. Pensó
que era lindo que fuera tímida para salir sola con él en una cita real
cuando habían estado desnudos y juntos durante la mayor parte de la
noche, pero su plan para llamarla a otra ronda de sexo caliente se había
frustrado cuando recibió la llamada de Frankie.
Nadie le decía que no a Frankie. Había tenido sus huesos bajo su
padre, Cesare, uno de los ejecutores más brutales y viciosos en toda la
Cosa Nostra. Tenía una reputación de salvajismo y una historia de resolver
problemas al derramar sangre. Frankie era temido y algunas veces
aborrecido, pero a él parecía gustarle esa forma.
Durante el año pasado, sin embargo, Mike llegó a conocer a Frankie
un poco mejor. Había estado pasando más tiempo con el equipo de Nico
debido a que el tío de Tony, el exjefe de la familia Toscani, se desgastó.
Había visto a Frankie casi sonreír una o dos veces, lo escuchó tener una
conversación normal, incluso tomarse una copa con el amigo de Luca y
Gabrielle en su boda. Había empezado a sospechar que en algún lugar
dentro de toda la oscuridad, había un tipo normal. Y anoche, cuando lo
había visto con Grace, se había dado cuenta de que era cierto.
Escuchó el traqueteo de la cadena y la puerta se abrió. Mike
rápidamente bajó la mirada, pero no antes de darse cuenta de que estaba,
gracias a Dios, completamente vestida en un vestido negro con flores y en
un par de botas patea-traseros.
—Estoy bien. Gracias.
Mike miró sus botas y se preguntó si Tiffany tendría un par de botas
como esas. Maldita sea. Le gustaría tener sexo con Tiffany en nada más
97
que un par de botas sexy.
—¿Está segura, señorita Grace? No sonaba bien.
—¿Mike?
—¿Sí?
—No tienes que mirar fijamente mis botas —dijo—. Me siento
incómoda hablando con la cima de tu cabeza.
Mike se aclaró la garganta.
—Frankie dijo…
—Ya rompiste la regla de “respirar el mismo aire que yo” así que ¿por
qué no romper lo demás y mirar hacia arriba? Te prometo que no te
morderé.
—No es usted la que me preocupa —dijo, levantando su mirada.
—Yo tomaré la culpa. —Sonrió, aunque su sonrisa no llegó a sus ojos,
pero había estado llorando solo hace unos momentos, así que pensó que
probablemente todavía estaba triste.
—Está bien, señorita Grace. Cometí un error cuando era asociado.
Puedo recibir un golpe.
—Estoy segura de que puedes, pero si te golpean por mí, su vida no
valdrá vivirla.
Mike soltó una carcajada ante la idea de Grace dándole una mierda a
Frankie. Maldición, le habría encantado ver eso. Pero luego era una
princesa de la mafia, la hija del maldito subjefe de Nueva York. Estaba
acostumbrada a dirigir a las personas, y por la cicatriz en su rostro la
violencia no era extraña para ella. Pensó que no muchas personas
notarían la cicatriz, pero no era a menudo que viera a una mujer con el
tipo de marca que, por lo general, veía en un mafioso. No es que eso le
restara importancia a su belleza. Diablos, solo la hacía ver un poco mala, y
en una mujer hermosa, ruda era bueno.
—¿Está bien? —Se estiró par a limpiar una lágrima de su mejilla, y la
atrapó justo a tiempo. Hablar y respirar era malo. Tocar sería
infinitamente peor.
—Bueno, estaba bien anoche cuando llamé a hospitales y estaciones
de policía tratando de encontrar a mi papá, mientras esperaba que Rocco
volviera para poder regañarlo por dejarme cuando sabía que quería ir con
él. 98
Sonaba tan feroz que Mike casi no podía creer que esta fuera la
misma mujer que había escuchado llorar solo momentos atrás. Si no
hubiera sabido qué bastardo cruel despiadado de corazón frío Frankie
podía ser, casi habría sentido lástima por él teniendo que volver y
responderle a Grace por dejarla en casa.
—Lo encontré en el Hospital St. John's. —Continuó—. Estuvo en
cirugía toda la noche y una enfermera acaba de llamar para decirme que
estará en recuperación en una hora, pero las cosas no se ven tan bien, así
que lo llevarán a la UCI. Nadie ha visto a mi hermano, y yo estoy aquí y no
donde necesito estar. —Su labio inferior tembló—. En realidad, para ser
honesta, ha sido una noche realmente de mierda, así que tienes razón. En
este momento, no estoy bien, pero después de que salgamos de aquí lo
estaré. —Se volvió—. ¿Me puedes subir el cierre?
Whoa. Whoa. Whoa. La cabeza de Mike giró con demasiada
información que no pudo procesar todo de una vez, y las campanas de
advertencia gritando PELIGRO en su mente.
Demasiado tarde, su cerebro registró la piel cremosa de su espalda
desnuda, la suave curva de su cuello, la sexy correa de su sostén. No. No.
No. No acababa de ver a la mujer de Frankie debajo de su ropa. Acababa
de encontrar a la chica de sus sueños, Tiffany. La vida no podría ser tan
cruel.
No la veas. No la veas. Trató de restregar la imagen de su mente.
—Tal vez podría... eh... solo usar... una percha —sugirió.
—Cierre —ordenó ella.
Así que se despidió de las bolas que le habían servido bien cuando
llevó a Tiffany a casa para conocer a Ace, su pit bull, y a Mitzy el perro
callejero, y el corazón que había latido cuando ella besó, diciéndole adiós y
a los músculos que había apretado cuando caminaron por la calle, y al
cerebro que no podía pensar en una salida de esta situación.
Lo cerró, tratando de no tocar su piel. Y luego contuvo la respiración,
esperando que el apocalipsis llegara.
—Mi amigo, Ethan, se ofreció a venir aquí con algo de ropa, pero creo
será más rápido si me voy a casa y me cambio porque nuestra casa está de
camino hacia el hospital. —Pasó a su lado y caminó por el pasillo—.
Vámonos. Solo tenemos una hora antes de poder entrar a ver a mi papá.
Sospecho que las cosas serán infinitamente peores para los dos si dejas
que salga de aquí sola. 99
¿Fuera de aquí? ¿Ella estaba yéndose? ¿Quién era Ethan? ¿Dónde
estaba su casa? ¿Por qué la parte delantera de su vestido estaba mojado?
Y más importante, ¿Frankie había dicho que esto estaba bien?
Revisó su teléfono. Sin textos. Cristo. Frankie se volvería loco si ella
no estaba en el departamento donde la había dejado. Mike se movió
rápidamente para interceptarla y se paró frente al ascensor.
—Bueno, no sé, señorita Grace. Frankie piensa que es peligroso que
esté fuera ahora mismo. ¿Qué tal si espera hasta que regrese...?
—Esperé toda la noche —dijo, su voz vacilante, y por primera vez
registró los círculos oscuros debajo de sus ojos—. Mi papá está en soporte
de vida. Podría no lograrlo. Tengo que ir. Ahora.
—Permítame enviarle un mensaje de texto a Frankie y preguntarle —
suplicó, sacando su teléfono—. Tal vez consiga que algunos chicos más
vayan con nosotros.
—No quiero ir al hospital con un grupo de mafiosos a cuestas —
chasqueó, levantándose a toda su altura. Y de repente se vio cada
centímetro de princesa de la mafia, excepto por su cara con lágrimas y su
vestido empapado—. Te tengo. Eso es todo.
—¿A mí? —Su voz se elevó en tono.
—Sí. A ti. Y no vas a decírselo a Rocco todavía. Siempre fue
sobreprotector en Nueva York, pero ahora parecía haber desarrollado una
racha muy mandona y no puedo arriesgarme a que se interponga en mi
camino. Iremos a mi casa para poder cambiarme estas ropas
ensangrentadas, entonces iremos al hospital y revisaremos la situación.
Una vez que sepa lo que está pasando, entonces sabremos dónde estamos.
Mike dejó escapar un tembloroso suspiro.
—¿Conoció a Frankie antes que en Las Vegas?
—Sí. Pero lo conozco como Rocco, no como Frankie. ¿Por qué lo
llamas Frankie?
—Es un apodo —dijo Mike con un encogimiento de hombros—. Ya
sabes como “Louie Lollipops” o “Vinny Carwash”. Los chicos me llaman
“Mikey Muscles” porque soy dueño de una cadena de gimnasios de boxeo y
paso mucho tiempo haciendo ejercicio. Mi verdadero nombre es Louis, pero
ha pasado tanto tiempo desde que alguien me llamó así, solo voy por Mike.
El mío es fácil comparado con algunos. Hay un chico llamado “Baby Dick”.
—¿Pero por qué Frankie? —preguntó. 100
—Sucedió antes de mi tiempo, pero aparentemente se puso
totalmente jodidamente borracho una noche, si perdona mi francés, y
comenzó a cantar canciones de Frank Sinatra en el baño de una discoteca.
Después de eso todos comenzaron a llamarlo Frankie.
Ella se congeló y sus ojos se humedecieron.
—¿Cuál canción?
—No lo sé, señorita Grace. No estuve ahí. El señor Toscani o el señor
Rizzoli podrán decírsela, sin embargo. Oí que ya los conoce. —Le dio una
media sonrisa, esperando que tal vez olvidara el loco plan si podía
mantener la conversación en marcha—. ¿Hay una canción especial para
él? Quizá podría decírm…
Sus ojos se volvieron lejanos y suspiró.
—No. Nada que pueda compartir. —Y luego su rostro se tensó de
nuevo—. Vámonos. ¿Qué conducirás?
Claramente, no iba a cambiar de opinión y a sentarse tranquilamente
en el apartamento esperando a que Frankie regresara. Grace tenía fuego, y
salvo cargarla, que requeriría tocarla, no había manera en que pudiera
decirle a la hija del subjefe de Nueva York qué hacer. Él era un soldado, un
soldado de facción para ser precisos, y las únicas personas más bajas que
él en la jerarquía de la Cosa Nostra eran los deshechos asociados como
Paolo, y el equipo de De Lucchi. Claro que no ser miembro del equipo de
De Lucchi era ser tratado como cualquier cosa que no fuera el equivalente
de un capo, un capo peligroso que podría cortarte la garganta incluso
antes de que supieras que estaba allí.
—Tengo una camioneta pick up —dijo—. Es útil para transportar
equipos al gimnasio. Tengo un joven asociado conmigo. Ha estado
vigilando afuera toda la noche. Su nombre es Paolo. Irá también. —De
ninguna manera iría solo a ninguna parte con la mujer de Frankie.
Necesitaría un testigo que pudiera testificar que la había tratado bien
cuando llegara el momento de pagar el precio por su fracaso.
Treinta minutos y cubos de sudor más tarde, se detuvo frente al
rancho de Grace en el norte de Las Vegas e instruyó a Paolo a vigilar el
frente mientras la escoltaba adentro. Más grande de lo que parecía, la casa
era cálida y hogareña, con dos sofás rojos sobredimensionados frente a
una gran TV, un sillón cubierto con mantas, pisos de madera pulida, y
una gran cocina que conducía a un comedor con una enorme mesa de
roble cubierta de partituras. 101
Un pastor alemán fue hacia él, ladrando y gruñendo.
—Ese es Trevor —dijo Grace—. Le pertenece a Ethan. O, en realidad,
Ethan le pertenece a él. —Mike dejó que el perro oliera su mano y le dio
una palmada. Había tenido perros toda su vida y no había nada que le
gustara más que conocer a una mascota feliz y bien cuidada.
—Este es Ethan —dijo, señalando a un tipo alto y rubio—. Y ese es
Miguel en el sofá.
Grace se excusó para vestirse, e Ethan la siguió por el pasillo. En el
fondo de su mente, Mike se dijo que probablemente debería seguirla. Tal
vez el tipo no fuera bueno. Pero no podía separarse de su posición en la
entrada principal. Si no podía proteger la puerta en la casa de Frankie, al
menos podría proteger aquí.
Conversó con Miguel sobre el juego en la televisión hasta que Grace
regresó. Se había cambiado en un top flojo, con vaqueros ceñidos, y esas
malditas botas sexys. Se veía femenina y mala al mismo tiempo y si no
acabara de conocer a la mujer de sus sueños, y tenido miedo como la
mierda de Frankie, podría haber considerado hacer un movimiento.
—Vamos. —Grace recogió su bolso, pero cuando hizo el movimiento
de salir, Trevor se presionó contra su lado y ladró a la puerta.
—Lo siento, Trev —dijo, riendo—. No puedo quedarme.
Trevor gruñó, y a Mike se le hizo un nudo en el cuello. Sabía de
perros, y ese no era Trevor queriendo que Grace se quedara en casa y
jugara. Era Trevor advirtiéndoles de peligro.
Su mano se movió hacia el arma que había enfundado debajo de su
chaqueta. ¿Dónde mierda estaba Paolo y por qué no le había enviado
mensajes de texto con una advertencia?
Los pelos de Trevor se levantaron y gruñó de nuevo, un ruido
profundo y bajo que hizo que Ethan y Miguel se vieran con alarma.
—Señorita Grace, será mejor que...
Boom. La puerta se astilló y explotó abriéndose. Mike sacó su arma y
corrió para ponerse entre Grace y cualquier fuerza de la naturaleza que
entrara por la puerta.
—¿Dónde está ella? —Frankie asaltó en la habitación, su chaqueta de
cuero crujía con cada paso de sus largas piernas. Trevor se adelantó, el
sonido de sus ladridos se hizo eco a través de la casa. Frankie se congeló 102
bajó la mirada y vio al perro abajo. En unos momentos Trevor estuvo en el
suelo, con la nariz entre sus patas, con la cola metida entre sus patas.
Jesús H Cristo. Mike había tenido perros toda su vida y nunca había
visto nada como eso.
—¿Qué acabas de hacer? —gritó Grace en el silencio mientras la
puerta se balanceaba sobre sus bisagras. Sus amigos miraban
boquiabierto, y Mike a regañadientes escondió su arma. Trevor avanzó
lentamente por el piso, empujando un juguete chillón hacia el zapato de
Frankie.
—¿Qué parte de “quédate en mi apartamento” no entendiste? —gruñó
Frankie.
Mierda. Había visto a Frankie enojado antes, pero nunca así. El tipo
iba seriamente a explotar, y Mike sabía que cuando el polvo se asentara
sería la primera víctima.
—La parte donde se suponía que debía sentarme a esperar para
averiguar qué le pasó a mi papá. Llamé y lo encontré. Le dije a Mike que
me trajera aquí para poder cambiarme antes de ir al hospital. —Sus
manos encontraron sus caderas y lo veía.
Los ojos de Frankie se desviaron hacia Mike.
—Tenías una maldita cosa que hacer.
—Ella quiso…
—Una. Maldita. Cosa.
Mike sintió un nudo en el estómago. No le importaba la reprimenda.
Diablos, cuando había sido asociado, cometió muchos errores, y Luca le
gritó por cada uno. Pero no quería que Grace oyera. Era la hija del subjefe.
Si le decía algo a alguien acerca de cómo falló en hacer su trabajo, sea cual
sea la vida que Frankie le dejara no valdría la pena.
—No le grites a él. No es su culpa. —Grace caminó directamente hacia
Frankie y lo golpeó en el pecho—. Y esto no es bueno. No. Está. Bien. —
Enfatizó cada palabra con un toque de su dedo. Si Mike no hubiera estado
tan preocupado por lo que Frankie haría con él, se habría reído de la
sorpresa en la cara de Frankie. El ejecutor más temido en toda la familia
criminal Gamboli y ella estaba en su cara hurgando en su pecho como si
fuera un niño pequeño—. Seguirme no está bien. Romper por mi puerta no
está bien. Culpar a Mike, cuando soy la única culpable... —Toque. Toque.
Toque., No. Está. Bien.
103
Frankie agarró su mano, alejándola de su pecho.
—Te habías ido.
—¿Me había ido? —Su voz se elevó en tono—. ¿Esa es tu excusa? ¿Me
fui así que te sientes justificado para cazarme y convertirte en un desastre
de un solo hombre? ¿Esa es tu forma de decir que estabas preocupados
por mí?
Frankie no respondió. En cambio, se acercó a Mike y lo miró
directamente a los ojos.
—Arreglen la puerta.
—Claro, Frankie. Iré a buscar a alguien de inmediato. —Tragó. ¿Eso
era todo? ¿Frankie lo dejaría irse de aquí con todas sus extremidades
pegadas al cuerpo?
—Paolo está afuera. Necesita asistencia médica.
Mike frunció el ceño.
—¿Qué tipo de atención médica?
Wham. El puño de Frankie se estrelló contra su cara. Mike se
tambaleó hacia atrás por la fuerza del golpe, perdió el equilibrio y cayó al
suelo. No era frecuente que fuera derribado, pero Frankie sabía cómo
lanzar un gran golpe, y exactamente dónde golpear para causar el máximo
dolor.
—Ese tipo de atención médica —ladró Frankie—. El maldito tipo de
atención médica que necesitarás después de haber puesto a mi jodida
mujer en peligro.
—Oh, Dios mío. —Grace agarró una toalla y se arrodilló junto a
Mike—. ¿Estás bien?
—Sí. —Tomó el paño de cocina y lo sostuvo contra su ensangrentada
nariz—. Estoy bien.
—Eso tampoco ESTUVO BIEN —le espetó Grace a Frankie, mientras
se levantaba—. No puedo creerlo. No soy tu mujer. Y golpear a tus amigos
en mi casa porque me ayudaron es INACEPTABLE.
Mike tragó, sabía a sangre. ¿Cómo podía hablarle así? ¿No le
importaba su propia seguridad? ¿Ni su vida? Le echó un vistazo a Grace
parada recta y alta, mirando hacia Frankie quien era al menos diez
centímetros más alto que ella. Ella no parecía asustada. Se veía enojada.
Malditamente enojada. 104
—Grace —gritó Ethan suavemente—. ¿Quieres que llame a la policía?
Mike lo miró con aprobación.
Ethan al menos tenía algunas bolas. Miguel era un cobarde,
acurrucado en el sofá mientras un enfadado Mafia enloquecido rompía su
puerta para encontrar a su mujer.
—No. No hay necesidad de llamar a la policía —dijo Grace sin quitar
los ojos de Frankie—. Él simplemente se está yendo.
—No solo. —Frankie extendió la mano—. Ven.
—Santa mierda —dijo Miguel, encontrando su voz—. ¿Estás con él,
Grace? ¿Con un motociclista? —Su nariz se arrugó—. ¿No es también muy
viejo para ti?
SQUAK. El juguete chillón de Trevor voló por la habitación y golpeó a
Miguel en el centro de la frente. Miguel retrocedió tambaleándose y su
rostro se puso rojo.
Mike se rio de su dolor. Ni siquiera había visto a Frankie agachado
para recoger el juguete de Trevor.
—¡ROCCO!
La tensión se curvó en el aire entre ellos. Mike pensó que decirle eso
incluso al arrogante Ethan quien no se atrevió a interferir ahora.
Frankie era el perro alfa en la habitación e incluso Trevor lo sabía.
—Ven —exigió Frankie, haciendo un gesto brusco con los dedos.
—No.
Todos en la sala absorbieron un colectivo aliento. Claramente no
sabían quién era Frankie, pero todos captaban que era un hombre muy
peligroso. Lo que no entendían era que estaban presenciando algo sin
precedentes. A un De Lucchi que realmente había perdido el control.
—Grace. —Frankie se impacientó con el gesto de su mano.
—No iré a ninguna parte contigo. —Grace cruzó los brazos sobre su
pecho.
Frankie se congeló y por primera vez desde que Mike lo conoció, el
ejecutor no parecía saber qué hacer. Mike esperaba vivir lo suficiente como
para contar esa historia.
105
—N
o irás sola —dijo Rocco—. Eso es definitivo.
Le tomó unos minutos a Grace identificar la
causa del aumento de calor a través de su
cuerpo.
Ira.
Estaba enojada. No solo enojada. Estaba furiosa. Permitió que la
sensación la llenara, deleitándose en la sensación.
Cuando su madre murió, había estado sola y perdida, pero nunca
enojada. Cuando los niños en la escuela le habían dado un tiempo duro, lo
que no sucedió después de que conociera a Rocco, puso la otra mejilla. Y
cuando Cesare la lastimó, la hirió, le mostró quién y qué era Rocco, no
había sentido nada, hasta que la nada cedió a un dolor que no terminaba.
106
Su vida había sido dominada por la pérdida y la tristeza. Pero la ira era
algo nuevo.
Poderoso.
Y Rocco lo había despertado.
Su corazón latía en su pecho, enviando sangre corriendo por sus
venas.
Sus músculos se crisparon y tensaron. Sus respiraciones salían
agitadas. Y calientes. Tenía mucho calor. Estaba ardientemente brillante
como el sol. Cuando les aconsejaba a los pacientes durante su pasantía,
habló sobre la ira. Les enseñó a las personas a controlarla, a suprimirla.
Pero nunca la había sentido. Nunca entendió su poder. Nunca sintió la
necesidad de abrazarla y hacerla suya.
—Vete a la mierda.
Se sintió casi mareada dejando que las palabras cayeran de su
lengua, palabras que nunca le había dicho a alguien antes. Palabras
duras. Palabras malas. Palabras enojadas. Se sentía casi drogada con la
emoción, temeraria. Rocco era un hombre peligroso, y sin embargo cuando
lo miraba, recordaba cómo solía ser. Recordaba la risa y el canto
susurrado de besos y toques suaves. Recordó su primera vez y cuán duro,
había tratado de hacerlo bueno para ella. Incluso después de todos estos
años, sabía en su corazón que Rocco nunca la lastimaría, y eso le dio el
coraje para empujarse de vuelta contra un hombre que tenía una
reputación para hacer incluso que el más endurecido de los mafiosos
llorara.
Si había esperado que respondiera de la misma manera, estaba
equivocada. En cambio, la estudió por un largo momento y luego dejó caer
su mano.
—Te llevaré al hospital.
Fue más de lo que había esperado, y sin embargo, era reacia a dejar ir
la nueva emoción y la confianza que le daba.
—No más violencia.
Sus labios se crisparon en las esquinas.
—No me presiones.
Esta vez cuando le tendió la mano, ella entrelazó los dedos con los
suyos, y un tipo diferente de calor chisporroteó por su cuerpo.
—No me des mierda así de nuevo. —Tiró de ella hacia adelante a la 107
puerta rota—. Quédate donde te diga que te quedes. No te irás, porque no
sabré dónde estás. —Siguió y siguió mientras salían de la casa. Era
probablemente lo máximo que había dicho desde que lo había vuelto a ver,
quizás por siempre. Rocco nunca había sido un hombre hablador y a veces
tener una conversación con él era como sacar sangre de una piedra. Pero
no necesitaba un grado en psicología para leer entre líneas. Él había
estado preocupado por ella.
Le importaba.
Su mano se apretó alrededor de la de ella. Tan caliente. Tan fuerte.
Pasaron por delante de un joven apoyado contra un vehículo
estacionado al lado de la carretera sosteniendo una sudadera contra su
nariz. Ella abrió la boca para preguntar si estaba bien, pero Rocco la
arrastró.
Se detuvo frente a su moto y desabrochó un casco de la parte
posterior del asiento. Sus manos se tocaron cuando se lo entregó, y él jaló
un entrecortado aliento.
—Estoy bien —dijo ella en voz baja, montando su moto.
Su mano se dobló alrededor del costado de su cuello, y tiró de ella
hacia adelante, su boca se estrelló contra la de ella, su lengua rozó sus
temblorosos labios. Calor, deseo, miedo e ira se unieron en el fuego de su
beso. Sus labios eran firmes e insistentes, su lengua gentil.
Respondiendo a su necesidad, se rindió a él, diciéndole con su cuerpo
que estaba bien. Su gemido vibró a través de ella mientras su lengua
barría dentro de su boca, poseyéndola. Su mano agarraba su cabello,
manteniéndola quieta.
Cuando finalmente se separó, ambos respiraban con dificultad.
—Te fuiste —dijo él.
Luego subió a la moto, tiró sus brazos apretados alrededor de su
cintura, y el motor rugió a la vida.
El Hospital St. John's era un laberinto de corredores blancos,
camillas que se apresuraban, del empalagoso aroma a antiséptico, y de
personas en cubre bocas y batas blancas corriendo en todas direcciones.
—Papá está en la UCI, pero no hay señales de Tom. —Sacó su
108
teléfono después de completar la documentación en la recepción y lo
verificó por centésima vez, esperando ver un mensaje de Tom—. Anoche
probé todas las estaciones de policía, hospitales, la morgue... Le envié un
mensaje de texto y le llamé. No sé dónde podría estar. A no ser que…
—A menos que esté mintiendo —dijo Rocco con rapidez. No le había
dicho dónde había estado toda la noche o lo que había hecho, solo que
había encontrado a su padre en el St. John's—. Preocúpate por él más
tarde y ve a revisar a tu papá. Él te necesita ahora mismo.
Encontraron la unidad de cuidados intensivos, pero fueron detenidos
por una enfermera formidable cuidando la entrada.
—¿Es de la familia?
—Lo soy —dijo Grace—. Y él está conmigo.
La enfermera señaló una silla en el pasillo.
—Tu amigo tendrá que esperar afuera. Solo familia.
Rocco levantó una ceja en señal de censura y Grace rápidamente le
dio unas palmaditas en el brazo.
—Estaré bien. Estoy bastante segura de que la UCI no es un lugar
peligroso.
Él dio un irritado gruñido y cruzó los brazos.
—Estaré justo aquí.
Después de hablar con el doctor sobre la operación para sacar la bala
del pecho de su padre, Grace se sentó junto a su cama y sostuvo su mano,
cuidando de no tocar los tubos ni cables. No por primera vez deseó poder
haber pasado más tiempo con él en los pasados ocho años, pero él era
parte de algo que no podría aceptar. Desde la muerte de su madre a la
brutal noche en el banco de Newton Creek cuando había perdido a Rocco,
la mafia había destruido todo lo que amaba.
Grace ajustó la ropa de cama de su padre y quitó su cabello de su
frente, su dedo trazó los surcos en su frente que no habían estado allí
cuando había estado con su madre. A diferencia de muchos mafiosos que
se casaban por motivos políticos, o que querían princesas de la mafia como
esposas trofeo, había amado a su madre profundamente, y nunca había
sido el mismo después de que ella murió.
Después de sentarse con él durante media hora, fue a buscar a una
enfermera para discutir el cuidado de su padre. Cuando regresó a la
habitación de su padre, Rocco estaba de pie al lado de la cama de su 109
padre, con las manos en sus bolsillos, mirándolo con expresión pensativa.
Al principio, se sorprendió por su presencia, pero luego recordó que su
padre había contratado a Rocco como chofer al principio y siguió
llamándolo en los siguientes años cuando Grace o Tom necesitaban un
paseo.
—¿Cómo pasaste a la malvada enfermera? —susurró.
—La até y la puse en el armario.
Lo miró, ligeramente desconcertada cuando ni siquiera vio sus labios
contraerse.
—No olvides soltarla antes de irnos.
Todavía sin respuesta. Cuando una rápida búsqueda visual de la
habitación no reveló ningún armario, se relajó.
—¿Crees que necesite un guardia? Las personas que están detrás de
él podrían regresar para terminar el trabajo.
—Llamé a Nico y le pedí que enviara a dos hombres para vigilar el
pasillo, y otros dos afuera.
Su tensión disminuyó un poco.
—Gracias.
—Es un placer.
—¿Nico sabe por qué alguien querría matar a mi padre? No es como
que cualquiera en Las Vegas puede hacerse cargo como subjefe en Nueva
York.
La miró y le tomó un momento recordar ese negocio de la mafia que
nunca era discutido con las mujeres. Pero este era su padre y no podía
ayudarlo si no sabía lo que estaba pasando. Sintió la llama de la ira
parpadear brillante dentro de ella otra vez y la acogió con satisfacción.
—Tengo derecho a saber si todavía está en peligro. Es mi padre.
Su mandíbula tembló casi imperceptiblemente.
—No tengo una respuesta para ti.
—¿Quién se beneficia si muere? —musitó en voz alta mientras
caminaban por la habitación—. Lo más probable es que uno de los de
capos de Nueva York. Algunos de ellos son muy poderosos. Tal vez uno de
ellos envió a alguien aquí. O contrató a alguien. —Se detuvo a medio
paso—. Eso tendría sentido. Conseguir a alguien para hacer el trabajo 110
sucio, y con papá fuera del camino, quienquiera que sea podrá asumir
como subjefe.
Ella echó un vistazo alrededor mientras dejaban la ICU. Sin rastro de
la enfermera mala. Su corazón se aceleró un poco, pero antes de que
pudiera expresar su preocupación, la cálida mano de Rocco apretó la de
ella, sacándola de sus pensamientos.
—Lo manejaré, pero creo que es mejor si aún no vas a tu casa.
Puedes quedarte conmigo.
—No necesitas protegerme, Rocco. Papá tiene amigos aquí, los
Forzani. Y una vez que el don se entere...
Uno de los beneficios de convertirse en un hombre hecho era que tu
familia era cuidada por la mafia si algo te sucedía. Tanto por no
involucrarse. Si papá moría, estaría invadida de mafiosos.
Caminaron en silencio hacia el vehículo a través de la brumosa tarde.
—No te protegí antes —espetó él—. Necesito protegerte ahora.
—No había mucho que pudieras haber hecho —dijo en voz baja, la
bilis subiendo a su garganta con el recordatorio de la noche en Newton
Creek—. Cesare me habría matado y no habría sentido nada. Miré sus
ojos, y vi el mal. Cuando estaba sosteniendo el cuchillo en mi garganta, me
susurró al oído que esperaba que lo rechazara porque quería sentir que mi
vida se escurría entre sus dedos. —No le dijo que más le había dicho
Cesare, que no quería a su hijo adoptivo, que Rocco no era más que una
herramienta, y que podría haber tirado tan fácilmente del gatillo y tomado
la vida de Rocco como había cortado y desfigurado su rostro. Sospechaba
que Rocco lo sabía, pero si no lo hacía, ¿quién era para quitarle esa
ilusión?
—Joder. —Sin previo aviso, Rocco volteó y golpeó su puño contra la
pared de ladrillo.
—Rocco. Detente. —Agarró su muñeca, su corazón dolorido con la
vista de la sangre y de la piel rasgada.
—Nunca debería haber estado contigo. Debería haberte alejado. Era
suficientemente mayor como para saberlo mejor.
Ella abrió la mano, presionando un beso en su palma.
—Y yo era lo suficientemente mayor como para saber lo que quería. Te
deseaba a ti. Quería arreglarte, curarte... —Y amarlo. Quería darle amor.
—No hay forma de componerme —dijo amargamente—. Cesare me 111
hizo exactamente como quería que fuera.
—Un ejecutor.
Cuando su mandíbula se aflojó, ella se encogió de hombros.
—Sí, lo sabía. Fui a ver mi padre después de que me cosieron en el
hospital esa noche y me contó sobre el equipo De Lucchi y de quién eras…
—Así que te fuiste.
—Sí. —Tragó—. No estoy orgullosa de eso. Huir parece ser como lidio
siempre con cosas que son muy difíciles de manejar. Pero no vi ninguna
otra opción No me iba a quedar y dejar que Cesare me usara contra ti otra
vez. Y terminé con la mafia, terminé con ver que todo lo que alguna vez
había amado era destruido.
Su rostro se tensó.
—Fue la cosa correcta que hacer. Tenía que terminar. Quién eres y
quién soy... claro y oscuro... nunca hubiera funcionado.
No entonces. Ella había sido demasiado inocente, demasiado ingenua,
demasiado protegida. Rocco la había protegido tan bien que nunca
realmente tuvo la oportunidad de vivir, de entender que el mundo no era
blanco y negro. Que la gente buena hacía cosas malas, y que la gente mala
hacía cosas buenas, y que no todos en el crimen organizado actuaban
como criminales estereotipados. Vivir lejos de casa, hacer una nueva vida
para ella, y obtener su título la había ayudado a entender a las personas a
un nivel diferente, a mirar más allá de sus acciones, sus motivaciones y
más profundo en sus corazones.
—Por mi culpa —dijo—. No gracias a ti. —Tomó su cara en sus
manos, sintieron las cerdas de su barba contra sus palmas—. Te conozco,
Rocco. Veo debajo de todos los ceños y del cuero negro y de la feroz
reputación que hace que un hombre tan grande como Mike tiemble en sus
botas. Conozco tu corazón, y es bueno. No sé cómo haces lo que haces,
pero sí sé que te está matando por dentro.
La alejó tan violentamente que sus manos cayeron.
—No sabes nada sobre mí. El hombre que conociste se fue. Lo que
crees que ves es una fantasía. No elegí ser parte del equipo de Cesare, pero
la noche en el río elegí esta vida.
—Para liberarme. Tus motivos fueron buenos.
Él se estremeció y su mano salió tan de repente que pensó que podría 112
atacarla, pero en lugar de eso le agarró la mandíbula y sacudió su cabeza
hacia un lado.
—Todavía eres tan ingenua —dijo fríamente—. Tan confiada. Tan
jodidamente buena que rompe mi puto corazón.
Si le hubiera dicho eso hace seis años, se habría acurrucado dentro y
habría corrido. Pero entendía el trauma ahora. Entendía el abuso de
efectos duraderos que había tenido cuando niño. Sabía cuando las paredes
de autoprotección se levantaban y cómo bajarlas. Por primera vez, se
preguntó si esta era la verdadera razón por la que había escogido estudiar
psicología. No solo para ayudar a otros, sino para ayudar a la persona que
le había importado más.
Aunque la comprensión hacía que sus palabras dolieran menos,
todavía dolían. Alejándose, dio un paso atrás.
—Voy a tomar un taxi y a quedarme en un hotel.
—No irás a un hotel.
—Sí, lo haré. —Se alejó, disminuyendo la velocidad solo cuando la
llamó.
—Gracie.
La esperanza revoloteó en su pecho. Miró hacia atrás por encima del
hombro, levantando una ceja en pregunta.
—No te vas a meter en un jodido auto con un extraño.
Bueno, eso no solo arruinó lo que podría haber sido un momento de
película perfecto.
—Para tu información —mordió—. Es un taxi. Los tomo todo el
tiempo. Son perfectamente seguros.
Él cerró la distancia entre ellos con pasos fáciles de sus largas
piernas.
—El que está detrás de ti podría estar buscándote ahora mismo ¿Qué
pasa si uno de ellos está detrás del volante?
—¿Conduciendo el taxi al azar que llame para estar malditamente
muy lejos de ti? —Sus manos encontraron sus caderas y se volvió hacia su
cara—. ¿No crees que eso estira el reino de la coincidencia?
—No cuando pienso en la primera vez que nos encontramos y
descubrimos que ambos perdimos a nuestras mamás, escuchábamos la
misma música, seguíamos al mismo equipo de deportes, y teníamos los 113
mismos intereses. No cuando pienso acerca de cómo necesitabas salvar a
las personas y necesitabas ser salvada y estuvimos uno para el otro en el
momento perfecto.
Su ira cayó más rápido que el pene del último tipo con el que salió
con quien se había quitado la máscara después de una fiesta de disfraces
y descubrió algo que no había esperado ver.
—No saques la tarjeta de nostalgia conmigo —se burló frunciendo el
ceño—. Dijiste que era ingenua.
—Lo eres. —Tomó su rostro en sus manos.
—Dijiste que era demasiado confiada.
—Es cierto. —Él movió la cabeza hacia atrás hasta que no pudo ver
nada más que las profundidades caramelo de sus hermosos ojos.
—Dijiste que rompía tu jodido corazón.
—Lo haces. Me destruiste entonces y me destruyes ahora. —Sus
labios encontraron los de ella y la besó.
Suavemente.
Tiernamente. Oh, tan suavemente.
Sus dientes rozaron su labio inferior. Su lengua recorrió la apertura
de su boca. Ella se abrió para él, y él tomó su boca como si hubieran caído
en medio de un beso que había estado sucediendo desde la última vez
estuvieron juntos. Era crudo y honesto, y tan lleno de deseo que su sangre
se derritió en sus venas. La sensación se estrelló sobre ella y gimió en su
boca.
Rocco gruñó. Un real, honesto gruñido que vibró a través de su
cuerpo hasta sus pies. Una mano agarró su cabello, sosteniéndola en su
lugar mientras la otra corría a lo largo de su sien, de su mejilla, de su
mandíbula, y bajaba por su garganta al pulso que golpeaba la evidencia de
su deseo contra su piel. La embelesó, la devoró, hasta que no supo si era
de noche o de día, arriba o abajo. Solo sabía sobre él. Del duro cuerpo de
Rocco contra ella. De la boca de Rocco. De su sabor. De su fuego. Su
fantasía hecha realidad.
—Hermosa. —Sus dedos se doblaron en su cabello, tirando de ella
hacia él, poniéndola en su calor antes de que pudiera sentir el frío del
miedo de que la rechazara—. Solo espera hasta que te alcance en casa.
Ella extendió sus manos contra su pecho, recordando cada vez que lo
114
tocaba después de esa noche en el Parque Prospect. Cómo le dejó un
mensaje donde se reunían y su corazón latió cuando fue a él. Él dejó que
se quitara la ropa, tocando y besando y lamiendo y chupando su hermoso
cuerpo con el deseo de su corazón. Y luego le quitó la ropa pieza por pieza
hasta que estuvo desnuda para él. Le susurró, hermosa, y ella le creyó
porque él era su todo y había vuelto brillante su oscuro mundo.
—¿Es así como llevas a las chicas a tu casa? —murmuró contra su
boca—. ¿Con halagos y seducción?
Sentía una necesidad desesperada de saber sobre las otras mujeres
en su vida: cuántas amigas tuvo, lo que hacía con ellas, ya sea que
cantara los éxitos de Rat Pack cuando se abrazaban en lo oscuro o hacían
el amor debajo de un árbol en la lluvia. Quería saber seis años de cosas
sobre él, aunque parte de ella gritaba NO ES UNA BUENA IDEA.
Porque, ¿a dónde iría esto?
Él tomaba vidas, y ella las salvaba.
—Puedes dormir en la cama. Yo tomaré el sofá. —Rocco le ofreció a
Grace la camiseta que le había dado anoche, mientras se daba palmaditas
en la espalda por su fortaleza. No quería dormir en el sofá y no quería que
ella usara cualquier ropa. Si hubiera hecho lo que quería, habrían estado
desnudos en la cama poco después de que la llevó a almorzar, o, al menos,
después de su tardía visita al hospital cuando su padre despertó y pidió
verla.
Desnuda y en la cama ahora mismo sería lo ideal, pero con Tom
todavía faltando y su padre en el hospital, no quería presionarla.
—Traje mi propio pijama.
Rocco reprimió su decepción. La imagen de ella vistiendo su camiseta
anoche estaba quemada en su cerebro, y si no podía tenerla desnuda, lo
siguiente mejor sería verla usándola de nuevo. Había algo sobre una mujer
en camiseta de hombre sin otra cosa debajo que atraía a su mayor instinto
posesivo primitivo, como si la camiseta, su aroma, la marcara como suya y
mantuviera alejados a otros hombres.
—Quédatela de todas formas.
—Y no quiero tomar tu cama de nuevo —dijo, sus dedos se curvaron
en la camiseta—. No debes haber dormido nada anoche. Tomaré el sofá.
—Ni siquiera lo pienses. 115
—Tengo que levantarme temprano e ir al estudio. Grabaré un jingle de
radio mañana por la mañana. No quiero despertarte, así que, realmente, el
sofá sería mejor…
—Gracie. —La interrumpió con una corteza irritada—. Toma la cama.
Él miró la televisión mientras ella desempaquetaba su bolso y
revisaba los canales tratando de concentrarse en la pantalla. Estaba
tentado, tan tentado a subirse a la cama con ella, pero ella tenía una
nueva vida ahora, y lo último que quería era manchar su bondad con su
mierda.
Pero, Dios, la deseaba como a algo que siempre había deseado en su
vida. Cuando estaba con ella, era como si todo el dolor y la tortura que
Cesare le había hecho pasar encerrara sus emociones y nunca hubiera
ocurrido. Ella lo abría, lo revelaba, dejándolo emocionalmente crudo y
vulnerable por dentro. Pero era un buen tipo de dolor.
Mientras ella se cambió en el baño, arrojó algunas mantas sobre el
sofá de cuero negro, agarró una almohada del armario y se recostó, de
espaldas a la cama. No iba a darse la vuelta. No le iba a hablar. No iba a
pensar en el hecho de que no estaría usando sujetador o a preguntar si no
estaba usando bragas. No pensaría en sus hermosas piernas largas o en
su sedoso, largo y grueso cabello y cómo se sentiría envuelto alrededor de
su mano cuando la empujara sobre la cama, tirando de su cabeza atrás
y…
—¿Rocco?
No se dio cuenta de que había apretado los ojos cerrándolos hasta
que escuchó su voz justo a su lado. Entonces los abrió y allí estaba su
fantasía hecha realidad. “Sinatra” estaba extendido a través de sus pechos,
su camiseta -su CAMISETA- apenas rozaba la parte superior de sus
desnudos muslos, su cabello suelto alrededor de sus hombros, su pene
tan jodidamente duro, que pensó que moriría por la pérdida de sangre en
su cerebro.
—¿Sí?
—¿Quieres un vaso de agua?
Solo había una cosa que quería en este momento y no era agua.
—Estoy bien.
116
Luego se olvidó de todo lo que se había contado a sí mismo y la
observó caminar hacia la cocina, sus nalgas se asomaban por debajo del
borde.
Respira. Respira. Respira. Hizo un puño de la manta en sus manos,
pero no pudo quitar los ojos.
Gracie.
Gracie estaba en su departamento. Desnuda, debajo de su camiseta.
—¿Estás seguro de que estás bien con esto? —Caminó hacia él, y
trató de no darse cuenta de que la camiseta se montaba más alto en el
lado donde sostenía el vaso de agua, tan alto que juraba que podría ver la
sombra de su coño.
—Sí. —Lanzó una manta extra sobre su cintura, y dio un satisfecho
gruñido. Ahí. Él lo había hecho. Todavía estaba en control total. No
infligiría su fealdad en la hermosa Grace. Después de que lidiara con quien
la perseguía y su papá se recuperara, irían por caminos separados, y ella
sería libre de encontrar a un hombre que la hiciera feliz. A un buen civil
que no golpeara ni torturara personas para ganarse la vida y que pudiera
darle una casa e hijos y la vida normal que anhelaba después de descubrir
que la vida que había vivido no había sido normal en absoluto.
Cruzó los brazos detrás de su cabeza, cerró los ojos e intentó no
pensar en Grace dormida en la cama detrás de él.
Desnuda.
Debajo de su camiseta.
Mierda.
Rocco no sabía cuánto tiempo había estado durmiendo cuando fue
despertado por un grito.
Rodó del sofá, agarrando la pistola que había puesto debajo de su
almohada, y se puso en cuclillas, evaluando rápidamente la habitación.
Puerta cerrada. Ventanas cerradas. Sin intrusos. Con el corazón
palpitante, miró la cama donde estaba Grace retorciéndose y agitándose en
las sábanas.
—Grace. —Bajó el arma y se sentó en la cama junto a ella—. Gracie.
Despierta.
Cuando no respondió, se tendió en la cama y acurrucó su cuerpo a su
117
alrededor, abrazándola fuerte.
—Despierta, cara mia. Te tengo.
—Mucha sangre —susurró ella—. Sangre en el agua.
Rocco no sabía si estaba dormida o despierta, pero sintió sus
palabras como un cuchillo en sus entrañas. La noche en que la perdió fue
toda sobre sangre.
Perdóname, padre, porque he pecado.
—Rocco.
Ella se volvió en sus brazos, y pasó la mano por su espalda hasta que
sintió su cuerpo ablandarse contra él. ¿Cómo podría algo que se sentía tan
bien ser tan incorrecto? Su infierno en la tierra fue encontrar a la otra
mitad de su alma y no poder mantenerla.
Sintió sus labios en su garganta, su aliento cálido en su piel. ¿Ella
estaba…? No. Todavía estaba medio dormida. Pero de repente se hizo muy
consciente de que la camiseta que llevaba puesta se había subido, sus
piernas desnudas estaban entrelazadas con las suyas, y solo una fina
pieza de algodón lo separaba de su cuerpo desnudo. Toda su sangre se
precipitó a su ingle, pero cuando se tensó, preparándose para alejarse,
sacudió las caderas lentamente contra él.
—Rocco —susurró—. Haz que las pesadillas desaparezcan.
—Date la vuelta y te abrazaré.
—No quiero ser abrazada. —Su voz era más clara ahora sin el suave
murmullo del sueño. Sus brazos se deslizaron a su alrededor, y sus pechos
se presionaron contra su pecho—. Quiero que estemos juntos.
Quería que estuvieran juntos, también. Quería su pene dentro de su
vagina, su boca sobre sus pechos, sus manos sobre su trasero, su cabello,
sus curvas. Quería volver a las noches secretas cuando el mundo no
importaba y eran solo Grace y él y toda la mierda de placer en el mundo.
Una mano se curvó alrededor del costado de su cuello, y la atrajo
para un beso. Labios suaves. Dulces labios. Rodó hasta que estuvo encima
de ella, tomando su peso en sus codos. Ella se ajustaba perfectamente
debajo de él, sus pechos presionados contra su pecho; sus muslos se
separaron para acomodar sus caderas. Había estado con muchas mujeres
desde que había estado con ella, pero nunca sintió este tipo de conexión,
un vínculo que iba tan profundo en su alma.
Era débil. Cesare había maldecido su debilidad todos los días de su
118
entrenamiento hasta que cumplió quince años y finalmente se dio cuenta
de que el dolor físico no se podía comparar con el dolor emocional, y que
nada que Cesare pudiera hacerle a su cuerpo alguna vez se compararía
con el dolor de saber que no había sido adoptado para ser querido, sino
para ser convertido en un monstruo.
La noche en que el mensaje llegó a casa, entristeció a la familia que
perdió y a la familia que podría haber tenido si Cesare no lo hubiera
adoptado. Al día siguiente, se saltó la escuela y fue a la iglesia para ser
secretamente confirmado por un sacerdote, haciéndolo personalmente
responsable de su fe, un convenio inquebrantable con Dios que lo
conectaría con sus padres para siempre, sin importar lo que Cesare le
hiciera.
Casi había muerto por ese espectáculo de desafío. Cesare se había
quedado corto golpeándolo hasta la muerte, solo porque su mano derecha
le recordó que a cada miembro del equipo De Lucchi le era requerido, bajo
pena de muerte, entrenar a un hijo o a un huérfano para tomar su lugar
para que el equipo existiera a perpetuidad. Cesare ya había pasado cuatro
años preparando a Rocco y cinco años entrenándolo. ¿Realmente quería
comenzar todo de nuevo? Cesare estuvo de acuerdo. Pero estaba estado de
ánimo de matar por lo que dejó caer el látigo y le disparó a su mano
derecha en su lugar. Esa fue la primera muerte en la conciencia de Rocco.
Después de eso, bloqueó el dolor emocional y soportó cada tortura en
silencio, hasta el día en que Cesare le arrancó el corazón.
Había estado a la deriva desde que había perdido a Grace. Había
perdido la fe y aceptado su destino. Pero ahora la había encontrado de
nuevo, y había despertado algo en él que había enterrado hace mucho
tiempo.
Esperanza.
Grace había hecho una nueva vida de los despojos mortales. Él podría
hacer una nueva vida, también. Un futuro sin dolor. Solo Cesare se
interponía en su camino. Una vez que se fuera, Rocco sería libre.
Grace gimió suavemente y Rocco volvió su atención a la hermosa
mujer en su cama y su deseo de liberarse fue de otro tipo.
Deslizó su mano por su pierna desnuda, jugando con la parte inferior
de su camiseta, buscando sus bragas y dejándola desnuda.
—¿Usualmente no usas nada para ir a la cama?
—Solo cuando espero no dormir sola. —Acarició su cuello, y su
endurecido pene. 119
—No dormirás sola esta noche. —No cometería ese error de nuevo. Lo
necesitaba para mantener las pesadillas lejos. Y él la necesitaba para
llenar el vacío en su alma.
Empujándose hacia abajo, le besó el vientre, respirando su aroma,
dulce y floral.
—Quiero probarte, dolcezza. Sabes dónde poner los pies.
Ella colocó sus pies sobre sus hombros, levantando sus caderas,
abriéndose a él.
Siempre había sido un amante dominante, y Grace había estado más
que dispuesta a seguir su ejemplo. A pesar de que estaba seguro que había
estado con otros hombres desde él, no sintió ni una pequeña cantidad de
satisfacción por haber sido el primero, el que la había presentado a este
tipo de placer, e incluso ahora, después de todos estos años, recordaba
cómo podía darle lo mejor de ella.
Su jadeo se convirtió en un suspiro cuando le dio su primera lamida,
y sus piernas se abrieron. Rocco se estremeció cuando probó la salada
dulzura de su excitación en su lengua. Le encantaba lo húmeda que
estaba para él, cómo respondía a su toque. Por un momento, se atrevió a
pensar en cómo sería tenerla en su cama todas las noches, entregarse a su
hermoso cuerpo, mantener su suavidad en sus brazos, finalmente conocer
la paz.
La redención.
El dolor cortó su cuerpo mientras su talón se hundía en su hombro,
todavía crudo y dolorido después de su visita a Hellfire, tirando de él de
nuevo a la dura realidad. No había redención para él. Un futuro con Grace,
comprado con la sangre de Cesare, era una fantasía que no podía tener.
Ese futuro estaba manchado de oscuridad, y no quería que la tocara.
Ella rodó sus caderas, arqueándose para obtener más de él. Él quería
tomarse su tiempo, jugar con ella hasta que le suplicara venirse, pero con
la constatación de que esto tenía que ser una intimidad única venía la
necesidad de subir las paredes que protegían su corazón.
Empujándose hacia atrás, se arrodilló entre sus piernas separadas.
—Sobre tus codos. —Su voz incluso salió más nítida de lo que había
querido—. Piernas abiertas. Muéstrame tu coño.
La confusión parpadeó sobre su rostro, haciendo que su intestino se
apretara. Pero esto era lo mejor. Podrían complacer su quemante química 120
sin el riesgo de una implicación emocional. La había lastimado una vez,
casi la había destruido. No podía volver a pasar.
Por supuesto, hizo lo que le pidió. Confiaba en él. Y de alguna
manera, estaba a punto de traicionarla haciendo esto solo sobre sexo,
cuando sabía que Grace era todo sobre emoción.
—Tócate a ti misma. Usa tus dedos. Muéstrame cómo te haces venir.
Su boca se abrió en señal de protesta y se cerró de nuevo. En los
juegos que solían tener, ella seguía a donde la conducía y hablaba cuando
se lo permitía. Claramente, recordaba las reglas, lo que significaba que
también recordaba el castigo por romperlas.
Tentativamente acarició su clítoris, deslizando su mano sobre el
suave lugar abajo entre sus piernas. Él estaba contento con la oscuridad
porque si tenía que mirarla a los ojos, estaría perdido.
O tal vez ya estaba perdido.
A
lgo andaba mal.
Grace empapó su humedad y lo puso alrededor de su
clítoris, tratando de equilibrarse en la cama con un brazo.
Había sentido algo cambiar en Rocco, como un portazo entre
ellos. Un minuto la estaba abrazando, calmándola, su lengua cálida entre
sus piernas, y había sentido como si estuvieran de regreso en Nueva York,
escondiéndose en el pequeño departamento de Rocco, aprovechando al
máximo las pocas horas que tenían juntos. Al siguiente minuto, se había
ido, y en su lugar estaba el frío, eficiente agente de la Mafia que había visto
en el restaurante.
—Dame un espectáculo que haga que mi pene se ponga duro.
Habían tenido este juego antes, pero siempre podía sentir la conexión
entre ellos, escuchar la calidez detrás de la severidad de su voz. Ahora, no 121
había nada y sintió un curioso vacío en el fondo.
Alejando su incertidumbre, empujó su dedo dentro y luego lo frotó en
su clítoris. Dios, eso se sintió bien, y la excitaba al saber que lo excitaba.
—Sigue, chica sexy. —Su áspera, voz ronca la empujó más allá de sus
recelos, y frotó golpes cortos hasta que sintió el ardor del clímax. Una
pequeña oleada de placer le quitó el aliento, haciendo que los dedos de sus
pies se curvaran—. Eso fue atractivo, cariño. —Empujó sus pantalones de
pijama y agarró un condón del cajón del aparador—. Encima a gatas.
Cariño. Nunca la llamaba cariño. En todo el tiempo lo había conocido,
solo alguna vez utilizaba términos italianos de cariño.
Las náuseas tiraron de su vientre. Era el estrés combinado con la
toma del orgasmo en su mareo, decidió, mientras se ponía en posición. No
había dormido bien anoche sola en su cama. Una vez que estuviera dentro
de ella, su conexión su conexión volvería a su lugar. Lo sentiría en cada
parte de su cuerpo y en su alma.
—Abajo. —Una pesada mano la empujó para ir a la cama, mientras la
otra le levantaba el trasero en el aire—. Piernas separadas. —Empujó sus
piernas abriéndolas con un muslo grueso y escuchó el duro rasgón del
paquete de papel mientras sacaba el condón.
Golpe. El dolor cubrió su trasero, tirando de ella de vuelta al
momento. Trató de mirar hacia atrás, pero su pesada mano la abrazó.
—Esto es por no prestar atención. —Su mano crujió sobre su trasero
otra vez y algo se rompió dentro de ella.
—Rocco...
La cabeza roma de su pene se empujó en su entrada.
—¿Quieres eso, cariño?
Cariño de nuevo. No bella o dolzezza o cara mia. No Grace. Era como
si intencionalmente estuviera tratando de alejarla.
Golpeó su trasero otra vez y su mente y cuerpo tuvieron una
desconexión. Había deseado esto, quería sentirlo dentro de ella. Fijada a la
cama por el peso de su mano, con las piernas separadas por sus caderas
anchas, su cuerpo abierto a él intentaba rendirse al placer creciendo
dentro de ella, y aunque parte de ella estaba a bordo, la otra parte estaba
parada al borde de un acantilado y solo veía oscuridad.
—Rocco… —No podía encontrar ninguna otra palabra para expresar
sus sentimientos, porque nunca había tenido que hacerlo. Él siempre 122
había sido un cuidadoso y atento amante. Y sin embargo, esta noche, era
como estar con alguien más. Alguien que no conocía. Alguien en quien no
confiaba completamente—. Detente. —Se sintió bien al decirlo.
Empoderada. Podría imponer su control sobre el caos No tenía que ser una
víctima. Especialmente no aquí.
Él se congeló.
—¿Te lastimé?
Grace apretó sus manos en las sábanas e intentó respirar a través del
nudo que se había formado en su pecho, de la enfermedad en su alma.
—¿Estás bien? —preguntó él.
Ella tomó un aliento tembloroso a través de sus pulmones que
tuvieron que luchar por aire. Se sentía vacía por dentro y consumida por
una ola de absoluta desolación ¿Cómo podría sentirse sola cuando Rocco
estaba aquí, de la forma en que había imaginado todos los años que
habían estado separados?
¿Por el trauma? Estaba cansada. Estresada de haber estado
involucrada en un tiroteo. Su papá estaba en el hospital. Tom estaba
perdido. No estaba pensando en serio. Pero la psicóloga en ella sabía que
esa no era la respuesta. Había estado buscando la liberación de sus
emociones a través del placer físico, pero la conexión no estaba allí, porque
este era el Rocco de la noche en el río, y no el Rocco que había sido parte
de su corazón.
—No. —Se sentó en el borde de la cama y se bajó la camiseta—. Esto
no está funcionando para mí.
—¿Qué pasa? —La siguió al otro lado de la habitación, envolviendo
una toalla alrededor de sus caderas, mientras se dirigía al sofá.
—Te deseo —dijo ella, sin rodeos—. Ese no eras tú. No pude sentirte.
No confío en ti. Se sintió mal.
Su rostro se tensó.
—Ese era yo. Eso es lo que soy.
—Eso no es quien fuiste en el ascensor. Ese no es quien fue a
buscarme a Carvello's o me trajo al hospital o me besó en el
estacionamiento. —No podía creer las palabras que salían de su boca.
Tanto como el hombre en la cama no había sido él, esta fuerte, audaz,
mujer segura no era ella. O al menos, no era quien solía ser. 123
La antigua Grace se habría quedado callada y se habría alejado, pero
no quería huir. Rocco estaba roto y quería arreglarlo, y para hacer eso
debería tener algunos moretones emocionales, pero vendría en sus propios
términos.
—Quiero al verdadero tú, Rocco. —Golpeó su pecho—. Al Rocco que
puedo sentir aquí. El Rocco que puedo ver debajo de su máscara. Lo
escondiste y entiendo por qué, pero no soy la misma chica que estuvo en
Nueva York. No soy una víctima. No estoy indefensa. No soy dependiente
de nadie. Sé lo que quiero y estoy preparada para pelear por ello.
Sus hombros cayeron un poco.
—No puedo darte lo que quieres.
—Entonces me voy a la cama. —Se acurrucó en el sofá en el que
había estado durmiendo y tiró de la manta alrededor de ella.
—¿Por qué no te estás escapando? —dijo él con frialdad.
—Porque estás haciendo suficiente huyendo por los dos.
Rocco se sobresaltó, su corazón golpeó de otra pesadilla sobre los diez
años que pasó entrenando para ser un ejecutor. La privación había sido la
primera lección, seguida de la disciplina. Sus juguetes, juegos y libros le
habían sido quitados, su habitación reducida a solo una cama y una
cómoda, el ama de llaves que había actuado como madre sustituta
despedida sin posibilidad de despedirse de él. Iba a la escuela, hacía su
tarea, luego pasaba su tiempo libre haciendo artes marciales y
entrenamiento de lucha. Los fines de semana eran pasados con Cesare y
algunos miembros del equipo De Lucchi en la habitación de entrenamiento
insonorizada en el sótano, y ahí siempre era donde las pesadillas tenían
lugar.
Se obligó a sentarse, frunció el ceño cuando vio el sofá vacío. Cuando
no escuchó movimiento en el departamento, se levantó para investigar, su
corazón golpeaba en sus costillas hasta que escuchó la ducha.
Respira.
Qué jodido. Ella había pasado la noche sola en el sofá. ¿Realmente
pensó que Grace no se daría cuenta cuando se desconectara
emocionalmente?
—Joder. —Pasó su mano sobre el contador, golpeando un vaso de 124
agua y tirándolo al piso. Esto era lo que había querido. Los ejecutores
necesitaban fuerza emocional y física; necesitaban ser libres de los anexos
y de las cargas de la ley y de moralidad. Necesitaban poder tomar una vida
y alejarse y nunca darle un segundo pensamiento.
En ese sentido, Rocco había fallado. Necesitaba el aguijón del látigo
de Clay y el santuario del confesionario para ayudarlo a soportar la carga
de la vida que había sido forzada sobre él. Y antes de eso, había tenido a
Grace.
Grace a quien acababa de tratar como a cualquier otra mujer
anónima y sin rostro a la que le pagaba por un momento de placer.
Su teléfono sonó un momento después de que se había puesto su
ropa. Nico lo quería en la casa club para una temprana reunión matutina.
Cristo. A pesar de que Rocco era un De Lucchi, Nico lo trataba como a uno
de sus capos, pero a cambio esperaba la lealtad de Rocco y eso significaba
ir cuando lo llamaran. Rocco no quería poner en peligro su relación con
Nico o los beneficios que venían con su asociación con la poderosa facción
familiar Toscani. No solo eso, Nico tendría que ser informado sobre la
situación, y podría tener información que ayudaría a Rocco a descubrir
quién estaba tras Grace. Pero ahora, ella estaba en peligro y quería estar a
su lado.
Le envió un mensaje a Nico para avisarle que estaba en camino.
Luego llamó a Mike y le dijo que viniera con cuatro asociados más para
proteger a Grace del dolor de la muerte. A pesar de la amenaza, Rocco no
tenía intención de despedir a cinco soldados Toscani. Tenía un código que
seguía cuando se trataba de su trabajo y hacía su trabajo más fácil de
llevar. Primero, la violencia gratuita nunca estaba en las cartas, ni dañaba
a civiles o inocentes. Si un amigo era lo suficientemente estúpido como
para involucrarse con la mafia, entonces esa era otra historia. Golpes y
piernas rotas tenían que esperarse si tomabas prestado de la mafia, y si
eras un soplón (los mafiosos que se vendían a la policía), tramposo (los
listos que se acostaban con la mujer de un hombre hecho), o alguien tan
estúpido como para lastimar, matar o robar a un hombre hecho.
No es que pensara que el código convencía al “hombre grande” para
que le cortara un poco de holgura cuando aparecía en el Pearly Gates. Pero
lo ayudaba a lidiar con la fealdad en su alma, y tal vez su eternidad en el
infierno podría ser unos años más corta porque estaba ayudando al diablo
a hacer su trabajo.
—Tengo un trabajo temprano en la mañana en el estudio —dijo 125
Grace, caminando hacia él—. Y luego necesito volver al hospital y ver a mi
papá. —Su cabello estaba mojado, los extremos goteaban sobre sus
hombros.
Rocco tuvo un repentino y doloroso recuerdo de la última noche que
pasaron juntos en Nueva York. Después de horas de sexo, se habían
duchado juntos antes de colapsar en su cama. Grace cantó con los covers
de canciones de Rat Pack de las que había hecho una lista de
reproducción, su voz vibraba contra su pecho, su cuerpo suave y cálido
contra él, el aroma del sexo y su perfume llenaron su cabeza. Su cabello
había goteado sobre su pecho, cada pequeña gota cayendo sobre su piel, y
había intentado memorizar todas las sensaciones que se suponía que no
debería tener en caso de que nunca la volviera a ver. De alguna manera,
alguna parte sabía que sería la última.
—Tengo que ir a una reunión, pero tengo a algunos chicos que se
quedarán contigo hasta que haya terminado —dijo, como si hubieran
tenido una noche común juntos y no una en la que destruyó el tentativo
vínculo entre ellos. Pero ¿qué podría decir de lo contrario? ¿Cómo lo podría
componer? No tenía las palabras.
Y aparentemente tampoco ella porque el silencio que siguió fue casi
ensordecedor.
Finalmente, ella suspiró.
—Bien. A pesar de que no puedo imaginar por qué alguien querría
secuestrarme. Papá no está en condiciones de pagar ningún rescate, y no
sé qué le pasó a Tom. Quizás lo secuestraron a cambio... —Su voz se
detuvo, rompiéndose.
Rocco apretó los dientes contra el impulso de ir a ella. Lo último que
probablemente quería era más de su jodida mierda.
—Hablaré con Nico. Veremos qué sale.
—Claro. —Se secó una lágrima, y él sintió que algo se rompía por
dentro.
Después de que Grace estuvo a salvo con Mike y los soldados, montó
en su motocicleta a la casa club ubicada en la parte trasera de un garaje
abandonado justo al lado de la 95 en las afueras del norte de Las Vegas.
Luca estaba preparando las sillas para la reunión cuando caminó por la
puerta. Desde el frente, la casa club se parecía a cualquier otro pequeño
almacén en el área semi-industrial, pero adentro, el lugar había sido 126
destruido y reconstruido para acomodar una oficina para Nico, un área de
juegos con una mesa de billar, una pequeña cocina, y un salón con un
gran televisor. A pesar de todo, el lugar todavía olía a diésel y a aceite, y
con barras y persianas oscuras en todas las ventanas, no había forma de
ventilarlo.
—¿Cuánto tiempo llevará esto? —preguntó arrojándose al gastado,
sofá de cuero.
Luca lo miró desconcertado.
—¿Por qué? ¿Tienes un lugar donde necesitas estar?
—Sí. En la funeraria, obteniendo una lápida sepulcral, aquí, yace
Luca. Ruidoso como la mierda.
—Ah. —Una sonrisa tiró de los labios de Luca—. Se trata de una
chica. Escuché que has sido visto con la encantadora Grace Mantini.
—Vete a la mierda. —Sacó sus cigarrillos y encendió uno mientras
Luca tiraba de una silla. Mike debe haberle dicho acerca de Grace. Maldito
cabrón.
—¿Sigues intentando matarte? —preguntó Luca.
—Tal vez ahorre algo de dinero y simplemente talle las palabras en tu
pecho en su lugar. —Rocco soltó un anillo de humo, y Luca se rio.
—He estado allí, mi amigo. —Luca se sentó en una silla frente a él,
con una sonrisa burlona en sus labios—. Confía en mí cuando te digo, que
no es fácil. Las mujeres te hacen cosas que nunca pensaste que harían, y
las hacen con una sonrisa.
La mano de Rocco se apretó a su lado. La única razón por la que su
puño no estaba ya en la cara de Luca era porque era el subjefe de Nico y
parte de la administración familiar del jefe Toscani, del subjefe y del
consigliere. Charlie Nails, un abogado que no tenía problemas trabajando
para la mafia, era el consigliere de Nico, un consejero familiar senior que
había trabajado para el padre de Nico antes de morir. Sabía los secretos
sucios de todos los que había en Las Vegas, jueces, abogados de distrito,
políticos, jefes de policía, banqueros e inversores, y, como resultado, había
acumulado muchos favores.
—¿Desde cuándo mi vida se convirtió en algo de tu preocupación?
Luca sonrió.
—Desde que finalmente decidiste tener una vida.
Charlie Nails se unió a ellos en el improvisado lounge, y Luca se volvió 127
para platicar con el consigliere dejando a Rocco rostizándose. El nivel de
ruido aumentó a medida que los capos fueron llegando, y Rocco apretó los
dientes. Siempre bromeaban, dándose mierda, pero Rocco nunca se unía a
las bromas. No era un asociado, soldado o capo. Era de fuera. Otro. No era
parte de la familia. Y se había asegurado de que todos supieran eso. Los
mantenía alejados.
—Entonces, Luca dice que estás con la hija de Nunzio Mantini —dijo
Charlie Nails bajo cuando Luca lo dejó para saludar a uno de los capos.
Charlie Nails era un buen chico, aunque avanzando en años, y nadie sabía
más sobre la Cosa Nostra que él.
—¿Qué mierda? No veo cómo mi vida personal es de tu incumbencia.
—Rocco miró la espalda de Luca, planeando una muerte larga, lenta y
tortuosa para el hombre que profesaba ser su amigo.
—Las chicas son un negocio —dijo Charlie Nails—. Y las alianzas
políticas son buenas para los negocios. Desafortunadamente, en términos
de política, el equipo De Lucchi no trae algo a la mesa.
El labio superior de Rocco se curvó de disgusto. Había un estigma
unido al equipo que nunca desaparecería. Eran un mal necesario que el
resto de la mafia pretendía que no existía. Solo el padre de Grace y el
equipo de Nico lo habían tratado alguna vez como a un igual.
—Es una mujer adulta. Hace lo que quiere hacer.
—Mantini necesita aliados para sostener su poder. —Charlie Nails
bajó la voz para que solo Rocco pudiera escuchar—. Si los tuviera, no
estaría acostado en una cama de hospital. Si vive, tendrá que enfrentar el
hecho de que solo un matrimonio político puede salvar a su familia. Si
muere, su hijo, si todavía está vivo, necesitará aliados si quiere tomar el
lugar de Mantini, aliados que se puedan comprar con la linda cara de la
hija de Mantini.
—Pensé que esto era la Cosa Nostra y no el maldito Juego de Tronos.
Charlie Nails se rio.
—Mismo juego, diferentes jugadores. Tienes que descubrir dónde
encajas, si quieres encajar en absoluto.
Rocco no encajaba. Las maquinaciones políticas de la familia Gamboli
no tenían nada que ver con él, y no debería tener sentimientos en absoluto
sobre lo que estaba pasando. Y sin embargo, pensar en Grace siendo
forzada a un matrimonio político lo inundó con una ola de incómoda 128
emoción. Otra visita a Clay lo resolvería, pero por primera vez desde que
encontró el club subterráneo, la idea de ser golpeado hasta un estado
emocional de entumecimiento no tenía el mismo atractivo.
Nico finalmente llegó, y Rocco le informó al equipo sobre el tiroteo.
Todos tuvieron preguntas, y respondió con cuidado, híper consciente de
que estaba sentado en el círculo, en lugar de acechar afuera como solía
hacerlo. La gente le preguntó su opinión, considerando sus ideas como si
fuera uno de ellos. Al final, todos estuvieron de acuerdo en que, a pesar de
la disputa de liderazgo con Tony, esta era la ciudad de Nico, y el intento de
quitarle la vida a Mantini era un insulto a los Toscani y una falta de
respeto a la familia Gamboli que tenía que ser atendido.
—No he podido ponerme en contacto con don Gamboli ni con su
consigliere —dijo Nico—. Pero Frankie sospecha, y estoy de acuerdo, en
que Tony está involucrado. Esta visita de Nunzio era para dar la apariencia
de justicia para que Tony no se quejara, pero la decisión estaba casi
hecha. Nunzio iba a confirmarme como jefe de toda la facción de Las
Vegas. No dejaría atrás a Tony tratando de golpear a Nunzio y a su hijo si
se enterara antes de tiempo.
—Pero no gana nada de eso —señaló Charlie Nails—. Excepto invitar
al don a enviar a un De Lucchi a su casa en medio de la noche por tratar
de golpear a su subjefe sin permiso.
Todos miraron a Rocco, y la ilusión se hizo añicos. Al final, era un De
Lucchi, y todos sabían lo que significaba.
Charlie Nails ofreció alguna información sobre la política en Nueva
York y se produjo un debate sobre si los Toscani incluso deberían
involucrarse en lo que parecía ser un asunto de Nueva York. Nico
rápidamente puso el debate a descansar. Dispuso de más guardias en el
hospital, organizó una búsqueda de Tom, y estuvo de acuerdo en que
Rocco debería continuar protegiendo a Grace con tanto respaldo del equipo
como necesitara.
Se excusó para tomar una llamada y regresó unos minutos más tarde,
tomando asiento al lado de Rocco y de Luca.
—Mia me acaba de enviar un mensaje de texto diciéndome que Grace
y Gabrielle están en su oficina —dijo tranquilamente—. Grace tuvo la idea
de intentar encontrar a su hermano siguiendo su teléfono y Mia y Gabrielle
la están ayudando.
129
—Joder. —Rocco se levantó bruscamente, y Nico hizo un gesto para
que esperara.
—Ella está bien. Sabes que Mia tiene el mejor sistema de seguridad
en el negocio y me dijo que tiene a Grace bien protegida. En todo caso, esta
es una lección sobre cómo tratar con mujeres testarudas. Se trata de
respeto. Mia me envió un mensaje de texto porque sabe quién es Grace y
sabe que querría saber qué estaba pasando. Si encuentran algo, ella lo
hará, y por supuesto, me enviará un mensaje de texto de inmediato. Mia
no es el tipo de mujer que se va corriendo de cabeza al peligro. Tenemos
un entendimiento. Ella se concentra en su ciber seguridad y piratea el
trabajo y deja el trabajo peligroso para mí.
Rocco no estaba seguro de que la evaluación de Nico sobre Mia fuera
completamente precisa. Por lo que podía ver, Mia no era realmente una
seguidora de reglas, incluso si eran las reglas de Nico Era ferozmente
inteligente, una hábil hacker y una mujer que no tenía miedo a ponerse de
pie por lo que creía. De alguna manera, se parecía mucho a la nueva
esposa de Luca, Gabrielle, una expolicía que había hecho exactamente lo
que Luca le dijo que no hiciera para salvar su vida. También pateó su
trasero con un arma y cuando ella y Mia se juntaban, Rocco se quedada
jodidamente lejos.
Supuso que las similitudes entre ellas tenían sentido. Las mujeres
fuertes se sentían atraídas por los hombres fuertes, y Nico y Luca eran
probablemente los hombres más poderosos de la familia del crimen
Toscani, excepto por Tony. El problema era, que la mujer fuerte era difícil
de controlar, y se estaba volviendo abundantemente claro que Grace tenía
una fuerza interior que nunca había tenido la oportunidad de ver antes.
No era una chica inocente y confiada ya. Era una mujer, y conocía su
propia mente. Demonios, no le sorprendería si decidía ir a buscar a Tom
sola. O con Mia y Gabrielle. Cristo. Solo el pensamiento de las tres juntas
hacía que su pulso se levantara una muesca.
—Dime otra vez, sobre ese entendimiento —dijo Luca, sosteniendo su
teléfono—. Gabrielle acaba de enviar un mensaje de texto para decirme
que localizaron al hermano de Grace en un parque de casas rodantes, y
que están en su camino a buscarlo.
Cuando el teléfono de Rocco zumbó con un mensaje similar al de
Mike, que ahora estaba siguiendo a las chicas por Las Vegas Boulevard, ya
había tenido suficiente. A la mierda Nico y la reunión. No estaba obligado
por las reglas del equipo de Nico. Era otro. Y por primera vez, estaba muy
130
contento de serlo.
—C
reo que todo está adelante. —Grace se inclinó desde
el asiento trasero del Mazda CX-3 de Gabrielle.
Juntas, Mia y Gabrielle habían logrado encontrar el
teléfono de Tom usando su número y habían identificado su ubicación a
un estacionamiento de casas rodantes en las afueras de la ciudad
utilizando un sofisticado software que Grace estaba segura que no estaba
disponible para el público.
—Conozco este parque de casas rodantes —dijo Gabrielle—. Y
definitivamente es un buen lugar para estar abajo si eso es lo que está
haciendo. Aquí la gente se ocupa de sus propios asuntos, y no se delatan
uno al otro sin importar en qué estén involucrados.
Expolicía y ahora socia en una empresa de investigación privada,
Gabrielle había insistido en venir como respaldo a pesar de que Mike y 131
Paolo estaban siguiéndolas detrás en un Chrysler negro 300C que gritaba
Mafia, para diversión de Grace. Vestida de embarazo grunge, con una
camisa de franela, chaleco de banda de rock y vaqueros rasgados de
embarazo, Gabrielle había estado ansiosa por venir, dándole la bienvenida
a la oportunidad de salir del sobreprotector pulgar de Luca.
—Pero Tom no conoce a nadie en la ciudad que viviría en un lugar
como este. —La preocupación de Grace se convirtió en un completo rugido
mientras se acercaban al parque de casas rodantes. Por lo que sabía, Tom
no conocía a nadie en Nevada además de los amigos de la familia, los
Forzani. Si estaba abajo después del tiroteo, ¿por qué habría venido aquí
en lugar de quedarse con ellos, o de regresar a Nueva York? ¿No estaba
preocupado por su padre? ¿Y por qué no respondió sus mensajes? Según
Mia, su teléfono estaba cargado y todavía encendido.
Se detuvieron en el estacionamiento, y Mia estudió el mapa en su
teléfono.
—Parece que está en uno de los remolques al otro lado.
Grace le envió un mensaje de texto a Tom y se quedaron en el auto
esperando mientras Mike y Paolo paseaban arriba y abajo en el
estacionamiento.
Después de diez minutos, alcanzó la manija de puerta.
—Iré a hablar con el gerente y ver si me deja entrar.
—Lleva a Mike contigo —dijo Mia—. No se puede tener mucho cuidado
cuando no sabes quién está detrás de ti.
No podía creer que esto estuviera sucediendo. ¿Cómo se fue su vida
normal a una espiral fuera de control tan rápido? Y todo porque había
dejado a su padre entrar de nuevo en su vida. Pero entonces esa era la
mafia. Una vez que abrías la puerta, el caos y la locura entraban
directamente.
—Y será mejor que te muevas —dijo Gabrielle—. Frankie estaba en la
reunión con Luca y si ustedes realmente están juntos como dijo Luca, y
dado lo que sabemos de él, ya estará en su camino, y no será bonito. Vino
con Luca para conocer a los nuevos socios en mi oficina y los hizo temblar
en sus botas con solo un ceño fruncido.
Grace fingió una sonrisa, pero el corazón le dolía por la idea de que
nadie conocía al Rocco real: protector, posesivo y escondiendo un corazón
apacible bajo su pedregoso exterior. Incluso anoche, que nunca debería
132
haber sucedido, se había detenido cuando le pidió que se detuviera. Y su
preocupación después fue genuina. Pero no podía estar con él sin una
conexión emocional y anoche esa parte de él faltó.
Mia ladeó la cabeza hacia un lado.
—¿Están juntos o solo son amigos?
—Estuvimos juntos hace mucho tiempo —dijo—. Pero tuvimos que
mantenerlo en secreto. Yo tenía dieciséis años y él veintiséis. Yo era la hija
del subjefe. Él un De Lucchi. Era todo tipo de peligro, aunque no lo sabía
en ese momento. Solo pensaba que era un tipo que trabajaba para mi
papá. Pero él lo sabía, y tomó el riesgo de todos modos.
—No puedo ni imaginar lo que atravesó cuando fue niño —dijo
Gabrielle, su mano cayó sobre su vientre—. O que salieras con él.
—No era como es ahora. —Grace comparó mentalmente al gentil
amante que había sido con el frío, duro encuentro anoche—. Alguna parte
de mí sabía que estaba sufriendo, aunque no sabía por qué, y quería llevar
algo de alegría en su vida. Nunca habló de lo que estaba pasando, y
recuerdo pensar que solo estaba teniendo dificultades en casa.
Después de saber que su padre estaba en la mafia, supuso que Rocco
tenía alguna conexión con ellos, también, pero no quiso saber, así que
nunca le hizo la pregunta. Descubrir que no estaba solo en la mafia, sino
involucrado de la peor manera, y tener que presenciar exactamente lo que
eso significaba había sido demasiada sorpresa para soportar.
—Pensé que tal vez el Rocco que conocía todavía estaba allí,
escondiéndose detrás de la máscara —continuó, todavía medio adentro y
afuera de la puerta—, pero anoche comencé a preguntarme si me
equivoqué.
¿O lo estaba? Era casi como si entre más cerca estaban, más duro
intentaba alejarla. Matthew había hecho lo mismo, recordó, cuando
primero comenzó a aconsejarlo en el orfanato. Abusado por su familia de
crianza, no confiaba fácilmente, pero Grace había sido capaz de llegar a él
porque entendía su miedo. Después de perder a su madre, a su padre y a
Rocco, no quiso acercarse a alguien porque no podía pasar por esa pérdida
y traición de nuevo.
El rugido de un motor Harley llenó el aire. Unos momentos después
una motocicleta corrió hacia el estacionamiento. Grace no tuvo que
esperar para que el jinete se quitara el casco para saber quién había
venido buscándola. Y por primera vez desde que se habían vuelto a
encontrar, sintió un parpadeo de miedo cuando vio la cara de Rocco. 133
—Ahora ese es un hombre alfa enojado en un frenesí protector —dijo
Mia, mirándolo acechar hacia el vehículo—. Si no estabas segura de cómo
se siente sobre ti, creo que tu respuesta está justo ahí.
—Pero no te preocupes. —Gabrielle la miró de regreso y sonrió—.
Tengo un arma.
Jesús maldito Cristo.
Si tuviera que adivinar, diría que Grace estaba a punto de entrar al
jodido estacionamiento de casas rodantes y comenzar a preguntar sobre su
hermano como si no hubiera nadie tras ella, y no estuviera en el peor
agujero de mierda de la escoria en la ciudad llena de delincuentes, algunos
de los cuales no pensarían dos veces acerca de permitirse un pequeño...
Respira.
Respira.
Ella estaba bien. Estaba bien. Mike y Paolo estaban aquí y nunca le
hubieran permitido entrar sola porque les gustaba tener sus extremidades
unidas a su cuerpo. A veces tener una reputación de bastardo sádico tenía
sus ventajas. No solo eso, Gabrielle era expolicía y no solo podía mantener
una cabeza fría en situaciones peligrosas, sino que era malditamente
buena con una pistola.
Aunque tenía seis meses de embarazo.
¿Y dónde diablos estaba Luca para hablarle de algo de sentido a su
mujer? Si Rocco tuviera una esposa embarazada de seis meses, seguro
como el infierno no iría a un peligroso parque de casas rodantes con sus
amigas buscando a un hombre que no quería ser encontrado. Demonios,
la encerraría en la casa donde estaría segura, y el bebé estaría a salvo, y
no tendría que preocuparse cada segundo de todos los días si estaban
bien. Y si tenían que salir, empacaría al menos ocho armas, y ella estaría
usando una armadura corporal de pies a cabeza, si hacían ese tipo de
cosas para mujeres embarazadas.
No es que pudiera o hubiera tenido alguna vez una esposa. O un hijo,
para el caso. Definitivamente no un hijo. Y definitivamente no un hijo
porque un hijo estaría atado al equipo De Lucchi y nunca pondría a un
niño en el infierno que había pasado, incluso si significara su propia vida.
Cesare ya lo estaba acosando sobre encontrar un huérfano para tomar su
lugar, pero no había una maldita manera, y si significaba que sus días 134
estaban contados, entonces esperaría con ansias el infierno aguardando
por él al otro lado.
—Grace —gritó, más por el alivio de haberla encontrado a tiempo, que
por ira—. Alto ahí.
Por supuesto, ella no se detuvo. Su orden no pareció tener ningún
efecto en esta nueva Grace. Ni tampoco frunció el ceño ni gritó. Para su
crédito, no parecía tenerle miedo, aunque justo ahora se estaba asustando
él mismo. Si Tom estaba en este parque de casas rodantes, las
posibilidades eran que las cosas estuvieran a punto de ponerse feas.
Tendría qué tomar una decisión que o le costaría la vida o su conexión con
Grace, y no estaba dispuesto a ceder ninguno de los dos.
—Tom.
Eso es todo lo que dijo. Tom. Como si explicara por qué decidió dejar
la seguridad de su departamento, por qué decidió buscar a Mia, y por qué
carajos pensó en conducir aquí con dos chicas, una de las cuales estaba
embarazada, aunque ella era una mejor tiradora que la mayoría de los
tipos que conocía, eran una puta buena idea.
Luca y Nico llegaron algunos minutos más tarde, pero no estaba
interesado en escuchar cómo se desataba el infierno mientras discutían
con sus mujeres. Gabrielle, en particular, no tomaba amablemente a Luca
interfiriendo con su trabajo, pero su embarazo había enviado al subjefe a
un frenesí sobre protector, y cada vez que estaban juntos las chispas
volaban.
—Grace. —Trotó por el estacionamiento hacia ella—. ¿Qué mierda
estás haciendo?
—Tom —repitió—. Está ahí y necesito saber que está bien.
La mirada de Rocco recorrió el estacionamiento de remolques, y tomó
los dilapidados remolques, los toldos rotos y los oxidados remolques.
Conocía el lugar. Era un refugio para personas que estaban huyendo, un
lugar donde nadie hacía preguntas y cada puta semana el periódico
informaba sobre otro cuerpo pudriéndose al sol.
—Me encargaré de eso. —No había punto en tratar de llevarse a Grace
sin hacer un esfuerzo simbólico por encontrar a su hermano. Grace era
cariñosa, y también sentía mucho. Cuando Dios había estado repartiendo
la empatía, le había dado triple ración. El único problema era que a veces
estaba tan ocupada sintiendo, que se olvidaba de cosas prácticas como 135
que involucrarse en el negocio de la mafia no era algo que hubiera querido
hacer alguna vez. Y esto tenía el hedor de la mafia encima completamente.
—Podemos ir juntos.
—¿Estás jodidamente bromeando? —Las palabras explotaron de él—.
¿En serio crees que voy a dejarte entrar ahí? Te comerán viva.
—Me gustaría verlos intentarlo. —Sacó su.22 de su bolso y dio un
paso hacia la puerta. Cristo Todopoderoso. ¿Cuándo Grace se había vuelto
tan terca? ¿Y valiente? ¿Y cuándo alguna vez escuchó su consejo? Era
mayor y más sabio y siempre había hecho lo que le había dicho.
—Jesucristo. Guarda eso.
—Entonces deja de darme órdenes. Mi hermano ha estado
desaparecido durante dos días, y si está allí, algo está mal porque no está
respondiendo su teléfono. Necesito encontrarlo. Si quiero entrar, entraré, y
después de hablar con el gerente y averiguar si está allí... —Miró alrededor
del estacionamiento—. Mike vendrá al remolque conmigo.
—¿Mike?
—No soy idiota. Voy a entrar sola. Y Mike es un buen tipo. Me habla
respetuosamente. No jura ni grita. Hace lo que le digo, y no se queja.
—¿Mike es un buen tipo? —¿Debería decirle cómo Mike mató a dos
albanos a golpes con sus manos desnudas rompiendo sus cabezas? ¿O
cómo una vez había recreado una escena horrible de Reservoir Dogs con
un traficante de drogas que había matado a dos de sus amigos?
—Sí, lo es.
Él sacó su arma, encontrando a Mike de pie cerca del remolque del
gerente. Si ese bastardo había tocado a su mujer...
—¿Te estás acostando con Mike?
Eso la detuvo en seco.
—Oh. Dios. Mío. No, idiota. Si pudieras superarte a ti mismo, estaría
teniendo sexo contigo. Pero ya que estás todo envuelto pensando que
necesito ser salvada de tu mal trasero, también podría hacer algo útil con
mi tiempo y encontrar a mi hermano. Ahora, a menos que tengas deseo de
morir, déjame en paz.
—¿Estás… —frunció el ceño—… amenazándome?
—Llámalo como quieras. No me detendrás.
136
¿Quién diablos era esta mujer con la columna de acero, y qué le pasó
a la chica dulce y sumisa de Nueva York? ¿O realmente era tan
sorprendente? Había visto ese núcleo de fuerza primero cuando dejó la
casa de la familia, y luego cuando se mudó al campo para hacerse una
vida lejos del mundo de la mafia cuando solo tenía dieciocho años. Solo no
había reconocido lo que era.
—¿Esto es por anoche?
Thwack. Ella le dio una bofetada.
Él se quedó sin aliento, no por el dolor, su golpe apenas se había
registrado en su mejilla, y no porque no se lo mereciera, lo hacía, sino
porque había pasado su guardia. Nadie había pasado su guardia.
El estacionamiento se calló, los sonidos de discutir desapareciendo
mientras todo el mundo se volvía para mirar. Nadie abofeteaba a los
miembros del equipo De Lucchi. No les pegaban en la parte posterior, ni
apretaban sus hombros, o incluso lanzaban un golpe de simulacro ni de
chiste. Rocco había golpeado a hombres hasta dejarlos inconscientes por
menos sin siquiera un segundo pensamiento.
No es que alguna vez le levantara la mano a una mujer.
Grace lo fulminó con la mirada.
—Eso es por ser un bastardo anoche y hoy.
La miró mientras se alejaba. Maldita sea. Todavía era la Grace que
había amado, pero ahora era mucho más, más valiosa, con más fuerza,
con más actitud. Por primera vez, sintió un parpadeo de esperanza de que
tal vez hubiera alguien en el mundo que pudiera manejar todo lo que era,
que tal vez, en esta ocasión podría aceptar la fealdad dentro de él.
—Gracie. Mierda. Espera. Iré contigo. —Miró por encima del hombro y
gesticuló para que Mike y Paolo lo siguieran.
—Estamos buscando a alguien en uno de los remolques en el lado
este —dijo Grace cuando llegaron al gerente de los remolques.
El gerente, un tipo calvo y corpulento vistiendo una camiseta de
Mickey Mouse, miró desde el escritorio donde estaba viendo un juego en la
televisión.
—¿Está esperándote?
—Abre la puta puerta —gruñó Rocco—. Es una puta fiesta sorpresa. Y
una bala atravesando tu jodida cabeza será otra jodida sorpresa si no lo 137
haces ahora.
Grace gimió ruidosamente.
—No tienes que matarlo. Estoy segura de que quiere ayudarnos.
—¿Vas a abrir la puerta? —le preguntó Rocco el gerente.
—No, a menos que tu nombre esté en la lista de invitados. —
Aparentemente sin inmutarse por las amenazas de Rocco, el gerente hizo
una demostración de ver la vacía lista de invitados en el portapapeles en
su escritorio—. No se ve como si hubiera invitados programados para hoy.
Rocco sacó su arma.
—Ahí tienes, dolcezza. Quiere morir.
—Por favor, abra la puerta —le dijo Grace suavemente al gerente—.
No le ha disparado a alguien en días y no puedo controlarlo una vez que
tiene el picor.
El gerente miró de Grace a Rocco y de vuelta a Grace otra vez.
—Tengo a todos los tipos aquí diciendo que van a volarme la cabeza si
no abro el portón. Nunca lo hacen.
—Obviamente —murmuró Rocco—, de lo contrario no estarías
hablando, porque no tendrías puta cabeza.
Grace lo golpeó en las costillas y le lanzó una mirada irritada. Estaba
retrasando lo que debería haber sido una discusión simple. Si hubiera
estado sola, el estúpido gerente estaría inconsciente o muerto y la puerta
estaría abierta.
—Probablemente estén intimidados. Eres un tipo muy imponente.
Apuesto a que podrías recibir una bala y aún derribar a cualquiera que
tratara de entrar. —Ella movió sus ojos hacia el gerente, riéndose
suavemente.
Jesucristo. ¿Estaba coqueteando con esa bolsa de basura? A Rocco
no le gustó cómo los ojos del bastardo se habían entrecerrados, o cómo su
gruesa lengua lamió sus labios grandes y elásticos.
—Recibí una bala una vez.
—Vaya. —Grace exhaló la palabra, como había hecho cuando habían
estado en el ascensor y dijo su nombre—. ¿Fue por algo como esto? —
Abrió su bolso y sacó su.22, señalando aparentemente sin hacer nada en
el pecho del amigo.
¿Qué jodidamente suave era eso? Su chica. Liderando a la puta bola y 138
volviendo su lujuria contra él con una amenaza sutil. Por un momento,
Rocco se preguntó si su maldad se volvería contra ella, pero mientras
miraba al pálido amigo en el mostrador, se dio cuenta de que era una
maldad propia.
—¿Le mostraste eso a mi hermano cuándo entró? —dijo, aún
ondeando el arma—. Siempre está impresionado por chicos que pueden
recibir una bala y continuar.
—¿Quién es tu hermano?
—Tom Mantini. Unos centímetros más alto que yo. Cabello oscuro.
Ojos oscuros. Tipo delgado. Se parece a mí, pero es un chico. Se suponía
que iba a encontrarse conmigo para el almuerzo, pero no se presentó y me
preocupé, así que salí a buscarlo.
—Sí. —El tipo miró el arma—. De repente lo recuerdo. Vino aquí con
los chicos del remolque doce. —Le echó un vistazo a Rocco y de vuelta a
Grace—. Creo que puedo dejarte entrar para verificarlo, pero necesitan
dejar las armas detrás.
—Gracias. Eso es tan amable. —Le dio una gran sonrisa y colocó su
arma en el mostrador.
Rocco resopló mientras quitaba la revista de su arma y la colocaba al
lado de ella. Tenía seis armas más atadas a su cuerpo, y estaba
malditamente seguro de que el tipo en el mostrador lo sabía.
—¿Qué diablos fue eso? —preguntó mientras pasaban por la puerta.
—Eso se llama una solución no violenta a un problema.
—¿Cómo es no violento si apuntas una pistola en su lamentable
trasero?
Ella olfateó y sacudió su cabello como si la hubiera irritado al señalar
ese simple hecho.
—No iba a usarla a menos que tuviera que hacerlo. De todos modos,
espero que hayas tomado nota.
Rocco sacó otra arma de la pistolera detrás de su espalda y miró
sobre su hombro para comprobar que Mike y Paolo estuvieran en posición.
—¿Quieres que jodidamente me insinúe con los chicos para conseguir
que las cosas se hagan? No va a pasar.
—¿Por qué? —Sus labios se estremecieron en las esquinas—. Puede
relajarte.
139
Cazzo.
—No me gustan los tipos. Sabes eso.
—No pareció que te gustara mucho anoche.
Vaya. Sintió esas palabras como una bofetada en la cara. ¿Cómo
hacían las mujeres para sin esfuerzo regresar cualquier conversación a lo
que las había irritado en primer lugar? Se esforzó por mantener el ritmo,
su cerebro luchando para salir de él acostándose con tipos, con el
bastardo que había estado en la cama anoche.
Una brisa ligera barrió a los demonios del polvo en su camino
mientras caminaba a través del estacionamiento. Escuchó el crujido de un
toldo y el traqueteo de una lata. Curiosos ojos lo estudiaron desde atrás de
cortinas rotas, pero nadie se atrevió a salir. El tipo de gente que vivía aquí
conocía a un mafioso o a tres cuando los veían.
Si quisiera zafarse, esta sería la perfecta oportunidad. Podría decirle
que solo era sexo. Ella estaría herida, pero lo superaría porque era fuerte y
valiente y hermosa, y estaba malditamente seguro de que había docenas
de hombres dispuestos a tomar su lugar. Podría cortar esta ilícita relación
de raíz y enviarla de vuelta a su vida normal, como había hecho esa noche
en el río, excepto que esta vez podría hacerlo sin manchar su alma.
—Fue… —Miró su bello rostro, las líneas de preocupación en su
frente, la débil cicatriz que seguía a la línea de su mandíbula, los labios
que nunca habían sido besados hasta que rompió sus paredes y lo
atravesaron. Al diablo las docenas de hombres. Era suya. Y él era de ella,
con toda su alma fea y torturada—. Incorrecto —dijo, soltando un suspiro
que no se había dado cuenta de que estaba sosteniendo.
—Me alejaste. —Ella entrelazó sus dedos con los suyos—. Esto
tampoco es fácil para mí. No sé si quiero esto o donde lo veo ir. Sabes lo
que siento por la Cosa Nostra. Me tomó años antes de estar lista para
reconciliarme con mi padre, y mira lo que sucedió. Me arrastraron de
nuevo a un mundo del que hui dos veces ya.
Sí, lo había hecho, pero esta vez no estaba huyendo de eso; lo estaba
poseyendo. No se estaba escondido; estaba caminando a su lado. Llegaron
a la esquina este del estacionamiento de casas rodantes y estudió los dos
remolques frente a él. Uno tenía flores plantadas a su alrededor, una
estatua rota de un gnomo y un pequeño rociador que regaba un pequeño
parche de hierba. El otro estaba cubierto de polvo y no tenía nada más que
una silla de jardín rota afuera. Envió a Mike y a Paolo para investigar y 140
apretó su agarre en la mano de Grace, obligándola a espera a su lado.
—¿Tienes un minuto, jefe? —Mike le hizo un gesto lejos de Grace y
bajó la voz para que solo Rocco pudiera oír—. Dos voces en el remolque
con la silla —dijo Mike—. Tal vez tres. No hablan inglés. Si tuviera que
adivinar, diría que son albaneses.
—Gracie. —Rocco miró por encima de su hombro a donde había
dejado a Grace esperando a una distancia segura—. Mike cree que pudo
haber encontrado a tu hermano. Entraré primero y me aseguraré de que
sea seguro. Espera sesenta segundos y luego envíale un texto a Tom.
—Está bien. —Sacó su teléfono y maldito si su corazón no se
aprovechó de la expresión de esperanza en su rostro.
—Quédate con ella —le dijo a Mike—. Recuerda lo que te dije.
Sin esperar una respuesta, caminó hasta el remolque y pateó
abriendo la puerta.
En segundos, había evaluado la situación. Tres hombres. Armas.
Drogas. Sin Tom. Dio un suspiro de alivio y dirigió su atención a la mierda
de alquiler de los albaneses que, como él, hacían los trabajos que nadie
quería hacer. Trabajaban para familias de la Cosa Nostra que no tenían
sus propios ejecutores, así como para la mafia rusa, narcotraficantes,
pandillas callejeras y cualesquiera otros cobardes que no querían tener
sus manos sucias.
Si Grace no hubiera estado afuera, les habría disparado a dos de los
bastardos, y luego usado algo de creatividad de técnicas de interrogación
para obtener la información que necesitaba del tercero antes de enviarlo a
unirse a sus amigos. La mafia albanesa era la peor de los peores
criminales de carrera que se especializaban en la muerte y la tortura, y el
mundo sería un lugar mejor con su ausencia.
Pero ya casi había perdido a Grace cuando había sido testigo de su
violencia antes. Ahora tenía una segunda oportunidad, y no iba a
arruinarla.
Agarró al primer tipo que vio y estrelló su cabeza contra la pared.
Lanzó una patada, golpeando su bota en la boca de otro amigo sentado a
la mesa. Fuera de la esquina de su ojo, vio movimiento a su izquierda,
pero cuando se volvió, el tercer albanés había sacado su arma.
Paralizado.
—¿Quién diablos eres? —preguntó el albanés. 141
—Estoy buscando a una maldita persona desaparecida. —Echó un
vistazo alrededor del remolque, teniendo la bolsa de gimnasio llena de
dinero en efectivo, las manchas de sangre en el piso, algunas agujas y
paquetes de polvo y tres teléfonos.
—Nadie aquí con ese nombre. —El amigo con la pistola se rio de su
propia broma, pensando claramente que tenía la parte superior de la mano
porque tenía un arma.
Idiota.
Rocco también tenía un arma, y podría soltar tres disparos antes de
que el bastardo incluso apretara el gatillo, pero hoy era el día de la suerte
de Albania porque encontraría una solución no violenta para el problema.
Justo a tiempo, uno de los teléfonos vibró sobre la mesa. Le echó un
vistazo y vio el nombre de Grace.
—¿De dónde sacaste el jodido teléfono?
—¿Quién quiere saberlo?
—Rocco De Lucchi quiere saberlo. Agarró al tipo más cercano del
piso, y puso su arma en su cabeza—. Tres segundos y se habrá ido.
Crack. El albanés le disparó a su amigo, y el tipo se convirtió en peso
muerto en los brazos de Rocco. Rocco se dejó caer en el suelo mientras
una segunda bala destrozaba el silencio, jalando de su propio gatillo
mientras caía.
Fuera, Grace gritó su nombre.
—Joder. —Rodó por debajo del cadáver y miró a los dos hombres en el
terreno—. No quería matar como la mierda a alguien hoy.
El tercer tipo estaba inconsciente en la cama, su boca un desastre de
sangre y dientes. Desgraciado. Pero todavía podría hablar. Agarró la bolsa
y el dinero, así como el teléfono de Tom, mientras salía por la puerta.
—Oh, Dios mío. —Grace corrió hacia él—. ¿Qué pasó? ¿Estás bien?
Estás cubierto de sangre. ¿Tom estaba ahí?
Su cuerpo todavía zumbando con adrenalina, tuvo una inesperada
reacción al suave y cálido cuerpo de Grace presionado contra él mientras
lo atraía a un abrazo. Movió las caderas, apretando sus dientes mientras
su erección la golpeaba. Qué jodidamente inapropiado. Acababa de matar
a dos albaneses. Este no era el momento de ponerse duro. Pero entonces
nunca tuvo un abrazo después de un golpe, y se sintió malditamente bien.
—Tom no estaba allí. Encontré su teléfono. 142
—Oh, no. —Ella se combó contra él y él envolvió su brazo libre
alrededor, tirando de ella un poco más apretado contra sus caderas.
—Hay un tipo dentro… —le dio a Mike una mirada puntiaguda—...
quién podría estar dispuesto a hablar.
—Escuché disparos… —Ella lo miró, su frente arrugada con
consternación.
—A él... no le gustó ser... sorprendido. —El corazón de Rocco se
estremeció más duro de lo que había estado cuando había estado en el
remolque. No quería mentirle, pero tampoco quería que se encontrara a
dos hombres muertos por su culpa. No creería que hubiera tratado de no
matarlos, y ni siquiera podía imaginar perderla de nuevo.
—Oh. —Sus hombros se desplomaron un bit más—. Bueno... vamos a
hablar con el tipo que está interesado en hacerlo.
—Mike se ocupará de eso. Es bueno con ese tipo de conversación. —
Sintió no poca cantidad de satisfacción cuando sus ojos se agrandaron al
darse cuenta de que el maldito “buen tipo” Mike no era tan agradable
después de todo.
Miró a Mike, y luego de vuelta a él.
—¿Mike puede... obtener... la información que necesitamos? ¿O es
algo que deberías... tal vez... manejar tú mismo?
Por unos segundos, se olvidó de respirar. ¿Hablaba en serio? ¿Quería
que hiciera el interrogatorio?
—Pensé que querías soluciones no violentas.
—Quiero decir... estoy segura de que Mike es muy competente —dijo
rápidamente—. Y por supuesto, conoces al mejor hombre para el trabajo.
Pero es solo... es Tom... y está perdido desde hace dos días, y tú eres...
Era el mejor y ella lo sabía. No solo aceptaba lo que podía hacer, lo
quería, lo necesitaba.
Su pecho se hinchó de orgullo, y su voz se redujo a un gruñido
satisfecho.
—¿Quieres que lo maneje, dolcezza?
—Sí.
Sintió esa palabra en su corazón y en su maldito pene.
Maldita sea. 143
Sólo.
Maldita sea.
—¿Vas a prometerme que estarás bien que haga lo que tiene que ser
hecho?
—Sí.
Y jodidamente maldita sea otra vez.
—Considéralo hecho. —Asintió hacia Mike—. Llama a los limpiadores
para el remolque. Llévalo al almacén. Espérame ahí.
—Claro, jefe.
Rocco se congeló a mitad del escalón, su boca se abrió para corregir a
Mike. Era la segunda vez que Mike se resbalaba. Rocco no era un jefe. No
era nada. Afuera. Era otro. Pero le gustaba cómo sonaba, le gustaba la
idea de tener hombres propios para ayudarlo con su trabajo, y, cuando
captó la sonrisa de Mike, captó la broma ocasional.
—Gracias.
Casi se rio de la afilada ingesta de aliento de Mike. Los De Lucchi
nunca daban las gracias. Nunca decían por favor. Nunca decían lo siento.
Su mano fue a la cruz alrededor de su cuello. Era un De Lucchi, pero
antes de eso, había sido otra persona... tal vez era hora de descubrir quién
era.
P
ara cuando Rocco estacionó su motocicleta frente a su casa,
Grace estaba tan excitada que tenía miedo de desmontar en
caso de que una pequeña cantidad de presión la hiciera venirse
justo allí.
No tenía ningún sentido. Rocco acababa de golpear o posiblemente de
matar a alguien. Su ropa estaba manchada de sangre. Después de dejarla,
interrogaría a un hombre en un almacén, y sabía exactamente lo que eso
implicaría.
Hace seis años, solo la idea de la violencia la habría enfermado. Pero
conocía a Rocco. Confiaba en él. No era un hombre que disfrutara de la
violencia gratuita como su padre, Cesare. No había hecho lo que hizo sin
razón. Si quería encontrar a Tom y descubrir quién había tratado de matar
a su padre y estaba tras ella, necesitaría aprender cómo navegar en esta 144
vida en lugar de alejarse, y parte de eso era entender que su mundo no era
blanco y negro; era de infinitos tonos de gris.
Ver a Rocco entrar por la puerta del remolque le había dado todo tipo
de calor. El puro poder crudo y animal que emanaba de él, la intensidad
de sus rasgos, la confianza con la que se movía, la cautivó de una manera
que nada más hacía. Nunca había conocido a un hombre con tal presencia
contundente y convincente. Incluso Nico, que era un jefe de la mafia en
todos los sentidos, había parecido seguramente civilizado contra la cara
cruda, de salvaje masculinidad de Rocco. A un nivel primitivo, era
simplemente irresistible, y el aura de peligro que cargaba con él solo
parecía aumentar su deseo.
Sin mencionar el paseo de una hora apretada contra su espalda, con
sus caderas rozándose contra su perfecto trasero, la implacable vibración
de la motocicleta retumbando entre sus muslos.
Con cuidado, se bajó de su moto, sacudiendo su cabello mientras se
quitaba el casco.
Su piel picaba con conciencia y cuando levantó la vista, atrapó su
mirada hambrienta.
Sin decir una palabra, tomó el costado de su cuello y tiró de ella hacia
él, besándola tan fuerte y feroz que casi perdió el equilibrio. Su brazo se
deslizó alrededor de su cintura, sosteniéndola firme, y un gemido vibró
bajo en su garganta.
—¿Quieres entrar? —preguntó ella, cuando la dejó tomar aire—.
Ethan, Olivia y Miguel están trabajando. Trevor está con el cuidador de
perros.
—Tengo un trabajo que hacer por ti, cara mia. Voy a terminarlo.
Espera que algunos guardias lleguen aquí para mantenerte a salvo.
—¿No podría esperar? —Alzando la mano, le tomó la mano y la puso
en su pecho, con la esperanza de que pudiera sentir el apretado brote de
su pezón, la hinchazón de su excitación. Su mano se cerró sobre el suave
oleaje, y la besó de nuevo, saqueando su boca.
—¿Quieres que espere?
—Dios, sí. —Arqueó la espalda, ofreciéndose a él. La suya estaba
apretada, cada músculo como acero tenso, y el calor salía de él... Señor,
quería derretirse contra él.
Rocco masajeó su pecho, frotando su pulgar sobre su tenso pezón. No
le importaba que estuvieran parados en la calle haciéndolo como un par de 145
adolescentes o que pudiera haber alguien cerca queriendo arrebatársela.
Podía sentir su necesidad, el zumbido de energía en su cuerpo, su eje
grueso y duro debajo de su cierre.
Con un gemido, él se alejó, las fosas de su nariz llameantes, sus ojos
tan oscuros con excitación eran casi negros.
—Lo intentaré por ti, Gracie. —Tomó su mandíbula, acariciando su
mejilla con el pulgar—. Hoy. En el tráiler. Lo intenté.
Su garganta se tensó y tragó duro. Parte de aceptarlo era aceptar que
la violencia era parte del mundo de la mafia Y sí, se había llevado a la
persona que amaba, pero también se lo había dado a él.
—Lo sé.
—Tengo un código. —Su voz se atoró, y ella llevó sus dedos a sus
labios.
—No me lo digas. Te conozco lo suficientemente bien como para
adivinarlo. No eres Cesare.
—Pero tampoco soy un buen tipo. —Sus labios se curvaron en las
esquinas, y pellizcó su pezón como para enfatizar el señalamiento, y
arrastró su pulgar sobre la punta. Ella se estremeció, un gemido salió de
su garganta. Y cuando sus labios rozaron el lóbulo de su oreja, chupó la
sensible piel en la base de su cuello, meció sus caderas contra él,
buscando la presión de su muslo entre sus piernas.
—Puedo vivir con eso. Estoy empezando a preguntarme si soy una
buena chica.
—Jesucristo. —Él desmontó de la moto, soltándola el tiempo
suficiente para colocarla en su soporte, antes de envolver sus brazos
alrededor de ella otra vez—. No digas ese tipo de cosas. Me lastima mucho.
Sabía exactamente lo que quería decir porque a menudo jugaban
duro, pero siempre y cuando pudiera sentir su conexión, no dudó en darle
lo que necesitaba porque siempre se aseguraba de que lo disfrutara
también. Ni una sola vez, si alguna vez la hubo, se sintió insegura con
Rocco, incluso cuando llevaron sus encuentros más allá de su nivel de
comodidad.
—Entonces déjame relajarte. —Tomó su mano y lo condujo al camino.
Cuando sacó la llave, él la arrebató de su mano y abrió la puerta,
empujándola hacia la casa.
Antes de que sintiera la primera ráfaga de aire frío, él había pateado 146
la puerta y la había cerrado con un empujón. Su trasero golpeó la puerta
primero, seguido por el grueso, duro bulto de su erección presionado en
contra de ella. Y luego la besó, ahora penetrando su boca con su lengua,
sus caderas girando, jugando ella con un sabor de lo que todavía estaba
escondido debajo de una capa de mezclilla.
—No pierdes el tiempo, ¿verdad? —murmuró ella.
—No cuando se trata de ti. —Sus manos pasaron por su cuerpo y
debajo de su camisa. Sin dudarlo, empujó su sujetador y capturó su pecho
desnudo en su amplia y cálida palma. Ella gimió cuando pellizcó su pezón,
jadeó cuando le desabrochó el sujetador y tiró de él, junto con su camisa,
sobre su cabeza, lanzándolos a los dos al piso—. Hermosa. —Se inclinó y
su boca, cálida y húmeda, capturó su pezón, y chupó duro mientras su
otra mano iba a sus vaqueros.
Grace puso los brazos alrededor de su cuello, atrayéndolo más cerca.
Podía sentir su calor, el manojo de sus músculos, el poder zumbando
debajo de su piel, apenas restringido. Deseaba que usara toda su fuerza en
ella, que desatara su pasión, que satisficiera sus más oscuros deseos,
como ella quería complacer a los suyos.
Había fantaseado con él innumerables veces mientras se iba a dormir.
Había soñado con él tomando el control, entregándose a sus más básicos
instintos para conquistar y reclamar. A pesar de que había intentado
negarlo, era un depredador, y ella quería ser su presa.
Él soltó su pezón con un pop y tomó el otro con su boca. Sin previo
aviso, su mano se zambulló en sus bragas, sus dedos explorando la curva
de su trasero desnudo, la tela de encaje, el arrugado agujero oculto de su
parte trasera. Ella se estremeció ante el inesperado contacto, una mezcla
de miedo y excitación envió un tiro de placer directo a su núcleo.
Rocco gimió contra su pecho y cayó de rodillas, deslizando sus
vaqueros y bragas sobre sus caderas suavemente primero, y luego, como si
no pudiera esperar, tiró de ellos sobre sus pies uno a la vez hasta que se
paró desnuda ante él.
No pudo evitar verlo arrodillado a sus pies, completamente vestido,
sus ojos intensos, la cara tensa de excitación. Sus manos se deslizaron por
su cabello, tan gentiles como solo había sido violento momentos antes, y
luego sobre sus poderosos hombros, sintiendo los músculos moverse
debajo de sus dedos. Quería tocarlo así cuando estuviera dentro de ella,
volviéndola loca.
147
—Levanta tu pierna para mí, dolcezza. Muéstrame ese hermoso coño.
—Subió su pierna sobre su hombro, dándole solo un segundo para ganar
equilibrio antes de hundir su lengua entre sus muslos, una larga y
húmeda lamida que pasó de su lugar más íntimo a través de sus labios y
terminó con un chasquido sobre su clítoris.
De la nada, las agitaciones de un orgasmo la atraparon en una marea
de calor blanco. Sus dedos se apretaron en su cabello e inclinó las
caderas.
—No. —Él se apartó, sacando sus dedos.
Grace lo miró, confundida.
—¿No?
—No te vendrás hasta que lo diga.
Sus mejillas se sonrojaron ante su sincera observación y el hecho de
que había sabido que estaba tan cerca del clímax.
—No puedo controlarlo. Cuando haces eso... con tu lengua...
—Aprende.
Esa palabra, su agudo tono de voz, la intensidad de su mirada la tuvo
temblando dentro, caliente y dolorida. Esto era mejor que sus fantasías
porque nunca imaginó que se lo negaría o que podría negárselo a sí
misma.
—Aprende —repitió tomando profundas respiraciones cuando el
orgasmo retrocedió.
—Ahora, dime lo que quieres. —Se humedeció los labios, soplando un
aliento caliente sobre su dolorido coño—. Quiero escuchar palabras sucias
saliendo de esa boca dulce. Quiero ponerme duro solo escuchando tu voz.
—Quiero correrme. —Ella apretó su agarre en su cabello y tiró de él
hacia adelante. Maldición. Había estado tan cerca, y quería estar allí de
nuevo.
—¿Cómo? —Él avanzó lentamente, usando sus anchos hombros para
extenderla obscenamente mientras separaba sus pliegues con sus dedos.
—Con tu boca.
—¿Te gusta esto? —Él sacudió su caliente y húmeda lengua sobre sus
labios, rodeando su entrada hasta que ella estuvo meciendo sus caderas
tratando de poner su lengua donde la necesitaba.
—Mi clítoris—. Jadeó, su reticencia huyó ante un maremoto de 148
deseo—. Lame mi clítoris.
—No es lo suficientemente sucio. Esto es todo lo que obtendrás. —
Rodó su dedo sobre su clítoris, suavemente al principio, y luego más
rápido, lo suficiente como para volverla salvaje, pero no lo suficiente como
para enviarla sobre el borde.
—Oh Dios, Rocco. —Jadeó sus respiraciones—. Más. Necesito más.
—Dime.
—Lame mi coño. Chúpame. Penétrame. Haz que me corra.
—Buena chica. —Mordió su clítoris con los dientes, chupándose en
su boca mientras hundía dos dedos en su entrada.
Ella gritó, sus uñas se hundieron en su cuero cabelludo, su cabeza
golpeó contra la puerta, mientras lamía y chupaba mientras sus dedos
golpeaban dentro de ella.
—Voy a…
Él se levantó, deslizando su pierna suavemente sobre su hombro.
Aturdida, aún perdida por el placer de su boca, miró mientras él tiraba de
su camiseta sobre su cabeza y la arrojaba a un lado.
—Quiero que te vengas en mi pene —dijo mientras empujaba su ropa
sobre sus caderas—. Quiero sentir esa vagina caliente y húmeda. Quiero
escuchar mi nombre en tus labios.
Su mirada bajó al reluciente piercing al final de su pene, y su boca se
hizo agua recordando cómo se sintió rozándose contra sus sensibles
paredes internas.
Él sacó un condón de su bolsillo y se envainó, rodándolo lentamente
sobre su endurecida longitud. Estuvo dentro de ella antes de que pudiera
hablar, estirándola, llenándola, el acero frío de su perforación una
deliciosa quemadura. Con una mano, levantó su pierna y la puso
alrededor de su cadera, sus dedos se hundieron en su trasero, mientras la
otra se enredaba en su cabello haciéndola desnudar su garganta al
caliente deslizamiento de sus labios.
Gritó mientras él la empujaba, aferrándose a sus hombros,
suplicando con todas las palabras sucias que nunca se había atrevido a
decirle para darle la liberación que había estado fuera de su alcance.
Rocco gruñó en su garganta y la devoró con besos hambrientos y
duras chupadas en su piel que sabía le dejarían hematomas. Pero no le
149
importaba. Quería recordar esto. Quería sentir la quemadura y recordar
todo su salvajismo.
—Tan jodidamente sexy. —Él deslizó una mano entre ellos y puso su
dedo alrededor de su clítoris, frotando el apretado nudo al tiempo de sus
empujes largos y profundos—. Ahora, cara mia. Vente para mí.
Selló su boca sobre la de ella y ella se corrió con un gemido profundo
y gutural, su nombre saliendo de su garganta mientras continuaba
bombeando dentro de ella. Y entonces su pene se engrosó y el sonido de su
corrida, bajo y primitivo, envió otro clímax tembloroso a través de ella.
Por el tiempo más largo, se sostuvieron uno al otro, con los brazos
entrelazados, con los corazones latiendo juntos. Grace cerró los ojos y
pensó en las noches en que había dormido cálida y segura en la cama de
Rocco con su cuerpo acurrucado alrededor de ella escuchando el sonido de
su voz mientras susurraba cosas hermosas en su oído.
—Me gusta que seas mandón cuando tenemos momentos sexys —dijo
ella en voz baja, mirando hacia arriba para seguir el contorno de su
mandíbula con su dedo—. Me excita. Pero lo mandón fuera del
dormitorio... no tanto.
Él atrapó su dedo, lo llevó hacia sus labios.
—Lo tendré en cuenta la próxima vez que quiera verte correrte.
—¿Cuándo sería eso?
—Después de descubrir lo que nuestro amigo el albanés tiene que
decir sobre Tom. —Le besó el dedo y se alejó, dejándola sola. Mientras se
deshacía del condón, ella se puso la ropa, su dulce momento destruido por
su culpa sobre lo que lo estaba enviando a hacer. Una vez que saliera por
la puerta, no volvería. Lo que sea que le sucediera al hombre en el almacén
estaría sobre sus hombros, incluso si ella no estaba allí para lanzar el
primer golpe.
—¿Y si no habla? —le preguntó cuando regresó.
—Lo hará. —Rocco tomó su mandíbula en su mano y movió su rostro
hacia él—. Te prometo que me iré cuando termine, o si no puede caminar,
seguirá respirando.
Grace dejó escapar un suspiro de alivio.
—Gracias por la comprensión.
—Es un placer.
—Quiero ir contigo si obtienes una dirección. 150
Rocco resopló.
—Ni en un millón de años.
—Es mi hermano.
—Y está en una mierda profunda justo ahora, y no quiero que te
involucres. O se esconde y no estará feliz de vernos a los dos en su puerta,
o fue secuestrado, en cuyo caso serías una responsabilidad. Estos son
negocios, cara mia y las mujeres no se involucran.
—Alguien quería matar a mi padre y a mi hermano y secuestrarme —
dijo, erizada—. Eso me hace participar. Y no voy a sentarme a jugar a la
víctima cuando podría estar haciendo algo. No soy estúpida. No estoy
planeando tomar riesgos innecesarios, pero tenemos una pista porque tuve
la idea de rastrear el teléfono de Tom. Así que no me desestimes como una
“responsabilidad”.
Su boca se abrió y se cerró como si fuera a decir algo y lo pensara
mejor.
—Suficientemente justo.
Oyó pasos en el porche y empujó a Rocco hacia la sala de estar, con la
esperanza de ocultar cualquier señal de su ilícita actividad.
—Mírate casual.
Rocco resopló y se sentó en el sofá, poniendo sus pies sobre la mesa
justo cuando Ethan y Olivia entraron por la puerta.
—¡Grace! ¿Qué está pasando? ¿Quiénes son todos los tipos de afuera?
—Ethan vio a Rocco en el sofá y dio un paso hacia atrás—. Vaya. Amigo.
¿Vas a romper por la puerta otra vez?
—Está bien —dijo Grace—. Está bajo control. Estamos... um... juntos.
La cara de Ethan cayó.
—¿Juntos?
Crack. No necesitaba mirar para saber que Rocco estaba fuera del
sofá crujiente y estaba al acecho. Momentos después sintió su pesado
brazo posesivo sobre su espalda. Y aunque no habló, el mensaje fue claro.
Mía.
—Sí. —Ella levantó la vista. La expresión de Rocco no había
cambiado. ¿Pero había el más leve fantasma de una sonrisa en sus labios?
151
¿Un pliegue menos en su perpetuo ceño?—. Lo siento, Ethan. Debería
habértelo dicho antes, pero...
—Oye. Está bien. —Ethan se encogió de hombros—. Si fuera a
funcionar entre nosotros, hubiera funcionado hace mucho tiempo. Sólo me
alegro de que hayas encontrado a alguien que te hiciera feliz, incluso si le
gusta romper puertas.
Rocco dio un gruñido satisfecho y estrechó la mano ofrecida por
Ethan.
—Voy a tener algo de seguridad en tu casa por un tiempo, pero sigue
como siempre.
—¿Seguridad para qué? —Ethan le echó un vistazo al guardia de pie
cerca de la ventana—. ¿Grace está en peligro?
—Clasificado.
—¿Clasificado? —Ethan frunció el ceño—. Si está en peligro, necesito
saberlo. ¿Estás en el servicio secreto? ¿En el FBI? ¿Con la CIA? ¿Con la
policía encubierta? ¿Con los militares?
—Algo como eso.
Ethan cruzó los brazos sobre su pecho, y por primera vez se dio
cuenta de que tenía un lado alfa.
—Algo como eso no es una respuesta.
—Los tipos que pusieron a mi padre en el hospital todavía están por
ahí, y Rocco está preocupado de que puedan venir tras de mí —dijo Grace
a modo de explicación—. Me quedaré con él un tiempo, pero cuando esté
en casa, creo que sus guardias estarán aquí conmigo. Es solo una
precaución.
—¿A cuál puedo tener? —murmuró Olivia, medio para sí misma—.
Prefiero a los rubios, pero podría arreglarme con cualquiera de los chicos
en el porche.
—¿Todavía puedes salir? —Ethan miró de Grace a Rocco y de vuelta a
Grace—. Nuestro último concierto fue un desastre. Sunita estaba
totalmente destruida. Su voz desapareció por todos los cigarros y no tenía
idea de lo que estaba sucediendo en el escenario. Después de dos
canciones, la saqué y seguimos como instrumentales hasta el final. Me
disculpé con el gerente y le dije que no tenía que pagarnos, y esta mañana
la eché de la banda. Ahora no tengo vocalista y tenemos el concierto de
Stardust reservado para esta noche. 152
Rocco dio un curioso gruñido de irritación, y Grace lo miró y frunció
el ceño.
—¿Algo que quieras decir?
—No.
—¿Podrías ayudarnos? —le suplicó Ethan—. Solo por una noche. He
estado audicionando vocalistas, pero no he encontrado a alguien todavía.
—No puedo, Ethan. —Su mano fue hacia su mejilla y se dio cuenta de
que rara vez pensaba en su cicatriz. Pero eso no significaba que se hubiera
ido—. Estaré allí para darte apoyo, pero no puedo subir al escenario.
Rocco lavó las persistentes huellas de sangre de sus manos en el
baño de hombres en Stardust, escuchando a Danny presentar a la banda.
Conocía a todos los músicos ahora después de su encuentro anoche.
Grace lo había convencido de quedarse para cenar cuando los otros
miembros de la banda aparecieron. Aunque no tenía mucho que decir,
había disfrutado relajándose con ellos, escuchando sus historias sobre
actuaciones que habían salido mal, tomando unas copas y jugando con el
perro con Grace acurrucada en su lado en el sofá.
Se había quedado a pasar la noche con ella, entregándose a su
delicioso cuerpo desnudo hasta que cayeron en un sueño agotado. Casi
había sido normal, al menos hasta el amanecer, cuando tuvo que dejarla
al cuidado de los guardias y salir al almacén para pasar el día torturando y
sacando información de un asesino albanés que no quería hablar.
Al final, sin embargo, el bastardo había hablado. Siempre hablaban.
Nadie dejaba un interrogatorio De Lucchi sin derramar sus agallas, en
todo el sentido de la palabra.
Mierda. No había tenido la intención de matar al tipo. Había hecho
todo lo posible para cumplir su promesa. Realmente lo hizo. Pero ¿qué
mierda se suponía que debía hacer cuando Mike y Paolo habían olvidado
revisar al bastardo antes de que lo ataran y había saltado hacia Rocco con
un cuchillo en medio del interrogatorio?
Lección aprendida. No podía hacer esa promesa de nuevo porque si
no hubiera estado tan concentrado en tratar de no matar al bastardo una
vez que la tortura se puso en marcha, habría visto los sutiles movimientos
de los brazos del albanés que lo habrían alertado sobre el hecho de que el
tipo tenía un cuchillo en la parte posterior de sus vaqueros.
153
La muerte fue inevitable una vez que el chico lo sacó. Aunque odiaba
en lo que se había convertido, era un miembro del equipo De Lucchi, y el
insulto podía ser dirigido de una sola manera.
Para cuando el equipo de limpieza llegó y había tirado el cuerpo en
Lake Mead, era demasiado tarde para volver a la casa de Grace y le había
enviado un mensaje, después de un intercambio final de números, que la
encontraría en el club.
No estaba ansioso por darle las malas noticias de que Tony había
contratado a los albaneses para encontrar a Tom, o que Tony les dio el
teléfono de Tom, porque significaba que Tony o sus muchachos eran
probables responsable del tiroteo de Carvello's. Las únicas personas que
tenían el poder de dar permiso para golpear a un subjefe de Nueva York
eran el don y su consigliere. Pero el consigliere ya le había dado el contrato
a Cesare quien se lo había dado a Rocco, lo que significaba que la única
persona que podría haberle ordenado a Tony para golpear a Nunzio y Tom
era el don mismo. Pero no tenía sentido. Si los quería fuera del camino,
¿por qué esperar hasta que estuvieran en Las Vegas? ¿Por qué ir a través
de Tony? ¿Y qué quería con Grace?
Rocco revisó sus manos bajo la luz de baño. La sangre tenía una
forma desagradable de meterse debajo de las uñas y no quería tocar a
Grace con sangre manchando sus manos.
Cuando sus manos finalmente estuvieron limpias, salió del baño y fue
por el pasillo. Stormy Blu acababa de comenzar su actuación, y los
primeros compases de “Strangers in the Night” de Sinatra fueron a la deriva
por el pasillo, trayéndole recuerdos de Grace y de la primera vez que se
encontraron. Pero cuando el vocalista cantó la primera línea, se congeló.
Cristo. Nunca había escuchado algo tan malo. El tipo sonaba como si
estuviera siendo torturado, y Rocco conocía todas las variaciones sobre ese
tema. Sus dientes se apretaron con el sonido masacrado.
—Ve. —La voz de una mujer se hizo eco por el pasillo—. Tienes que
salir ahí. Va a destruir la reputación de la banda. Nunca tendrán otro
concierto en la ciudad.
—No puedo subir al escenario.
Su corazón se saltó un latido. Grace. Y tenía que ser Olivia con ella.
—Es como si alguien estuviera vertiendo cristales rotos en mis oídos
—dijo Olivia—. Por favor. Sácalo de su miseria. No, saca al público de su 154
miseria. En algún momento ahora, habrá una estampida por la puerta.
Conoces las canciones. Ensayaste con ellos cuando Sunita no pudo
hacerlo. Tienes una bella voz. Será solo esta vez. Piensa en lo desesperado
que debe estar Ethan para cantar en el escenario. Sé que estará
audicionando vocalistas este fin de semana. Estoy segura de que
encontrará a alguien.
—¿Por qué no solo siguió instrumental?
—Aparentemente el gerente no estuvo feliz con esa sugerencia. Era
cantar o perder el concierto, y no quería decepcionar al tipo.
Rocco escuchó a Grace maldecir.
—Han pasado seis años desde que canté en público. Y la última vez
no tenía la cicatriz. Solo estarán mirando fijamente mi cara.
El dolor se disparó a través de su cuerpo con el pensamiento de que
su hermosa Gracie también estuviera avergonzada de cantar. Y era por
culpa de él, porque la había amado demasiado, porque había sido
demasiado egoísta para dejarla ir hasta que fue demasiado tarde.
—Compré esto, por las dudas —dijo Olivia. Escuchó el crujido de una
bolsa y luego
—¿Qué es?
—Una especie de máscara. Una media máscara. Realmente es solo un
pequeño encaje y un ganchillo con algunas cuentas, pero en el modelo se
veía muy sexy y misterioso. Realmente no esconde mucho, pero pensé que
podría ser suficiente para darte una pequeña medida de confort.
El sonido metálico de los comentarios se hicieron eco por el pasillo, y
Rocco se encogió. Mierda. Aunque no había firmado los documentos,
sentía una pequeña medida de responsabilidad por el club. Ethan
destruiría la reputación del Stardust así como el de la banda. ¿Y qué si
Rocco se hacía cargo del club un día? Maldito si tuviera un club que era
conocido por contratar malas bandas. Si esto no terminaba pronto haría
que Danny le pusiera fin a la parodia.
—¿Qué piensas?
Rocco caminó por el pasillo y empujó la puerta abriéndola
parcialmente. Grace estaba parada frente a un espejo de lo que se suponía
era el espacio backstage de la banda. Llevaba un vestido flojo y era
demasiado corto para su gusto, y un par de botas de vaquera que hacían
que sus piernas largas y tonificadas parecieran incluso más largas. La
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delicada máscara, todo suave hilo tejido y encaje no ocultaba su belleza y
en su lugar la hacía lucir sensual, misteriosa y sexy como la mierda.
—Me gusta. —Los ojos de Grace se ampliaron cuando vio a Rocco en
el espejo, y jadeó.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Acabo de dejar el trabajo.
Sus ojos se agrandaron, y su boca formó un oh de sorpresa. Pero era
“trabajo”. Aunque esta vez no sería pagado.
—Canta —dijo él—. Tienes una bella voz. Debes compartirla. Haz que
la gente la sienta... —golpeó su pecho—… aquí dentro.
Grace lo miró, su vista ardiente se abrió un camino a su alma.
—No lo sé…
—No dejaré que te pase nada allá arriba —prometió, sabiendo que era
una promesa que podría cumplir—. Si algo sale mal, si te sientes
incómoda, si alguien incluso te mira de la manera incorrecta, lo terminaré.
—¿Lo terminarás? —Resopló Olivia—. ¿Cómo? ¿Vas a correr al
escenario?
—Soy dueño del club. —Las palabras cayeron de sus labios antes de
que pudiera detenerlas, pero podría hacerlo una verdad con el movimiento
de un bolígrafo.
Grace frunció el ceño.
—¿Posees Stardust?
—Casi. Todo el papeleo está hecho. Solo tengo que firmar en la línea
de puntos. Anda, ve allá arriba esta noche, y firmaré.
Su rostro se suavizó.
—No pensé que pudieras... —Se detuvo, su mirada se dirigió a Olivia y
luego de vuelta a él—. Eso es genial.
—¿Eso significa que vas a cantar?
Ella tomó un aliento tembloroso.
—¿Estarás aquí?
—Estaré aquí, Gracie. Justo como solía estar. Nunca me perdí una de
tus actuaciones y no voy a comenzar ahora.
Ella miró de él a Olivia y de vuelta a él.
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—Está bien, ya que es tu club, y que será solo esta vez. Y usaré la
máscara.
Después de que Olivia la ayudó a atarse la máscara, y Rocco le dio un
beso de suerte, salió al escenario.
Rocco pensó que casi había estallado de orgullo mientras la seguía.
—Cantará —le dijo a Olivia como si no hubiera estado allí parada
cuando Grace aceptó cantar.
Olivia lo miró.
—Hay algo que he querido decirte. No sé lo que le hiciste en el pasado,
y parece que te perdonó, pero todavía te estaré vigilando. Y te digo en este
momento que si pusiste esa cicatriz en su cara no habrá nada que no haga
para mantenerla lejos de ti.
Él presionó sus labios, sintiendo que no había necesidad de una
respuesta. A pesar de que no había empuñado la cuchilla, era responsable
de todo lo que había sucedido esa noche en Newton Creek.
—He vivido en Las Vegas toda mi vida —susurró Olivia, disminuyendo
sus pasos mientras Grace caminaba hacia el escenario—. Tengo
conexiones. Conozco personas. Gente de temer.
Su mirada la cortó, y le dio un vistazo de lo que estaba justo debajo
de la superficie de la de lo contrario cara inexpresiva.
Olivia palideció, pero no retrocedió.
—Tal vez no sea tan aterrador como tú, pero entiendes mi punto.
—Sí. —Sus labios se estremecieron en las esquinas. No tenía miedo
de ningún hombre o mujer. Pero ella era una protectora, y le gustaba que
Grace la tuviera por amiga.
Grace se unió a Ethan al frente del escenario, y el alivio parpadeó a
través de la cara de Ethan. Él dio un paso atrás para cederle el piso y tomó
su guitarra. Grace fácilmente siguió en la canción, y “Something Stupid” de
Sinatra se convirtió en algo hermoso.
Tal como ella.
Ella era el epítome de todo lo que Rocco quería, pero nunca pudo
haber hecho. Era toda la bondad en el mundo, y escuchar su exquisita voz
aflojaba algo en su corazón.
No se movió mientras ella estaba en el escenario, pero tomó una
decisión, y cuando la banda terminó y estaba esperando en el pasillo
trasero para verla, estaba listo cuando su teléfono sonó con la llamada que 157
sabía llegaría.
—Cesare.
—¿Qué diablos está pasando ahí? —La voz de Cesare se convirtió en
un grito—. Era un simple trabajo de mierda. Derribar a Mantini y a su
hijo. Ahora escucho que Mantini sigue vivo. ¿Qué salió mal?
—Alguien más llegó antes que yo. Mantini debe tener muchos
enemigos. Cinco chicos con máscaras. Restaurante ocupado. Quien fuera
tuvo bolas. El hijo escapó. Mantini está en el hospital y Nico le puso un
guardia. Nada que pueda hacer hasta que salga.
—¿Qué hay de la chica?
El corazón de Rocco se detuvo de golpe.
—El contrato no la incluyó a ella.
—Te han visto con ella. ¿Qué mierda? —La voz de Cesare se volvió
hielo—. Pensé que había dejado en claro que la relación había terminado.
Si esto es sobre que no mantienes tu pene en tus malditos pantalones…
—No vayas allí —le advirtió, un gruñido se levantó en su garganta
mientras se atrevía a faltarle el respeto al hombre que era dueño de su
alma.
—Si tengo que ir y enseñarte esa lección otra vez —continuó Cesare,
como si Rocco no hubiera hablado—, no será solo la cara de esa perra la
que corte. Y no solo seré yo quien pruebe ese coño tan dulce que vale tu
maldita vida. Se la daré al equipo si queda algo de ella cuando termine. Y
esta vez no la dejaré huir.
Los protectores instintos de Rocco aumentaron a un primer plano y
su mano se apretó alrededor del teléfono mientras intentaba respirar a
través de la oleada de ira que había vuelto su visión roja.
—Ahórrate las jodidas amenazas para tus aprendices. Yo terminé con
todo esta mierda.
—Esta “mierda” es tu familia —gruñó Cesare—. Y nunca terminarás
con esta familia hasta que estés muerto. Si lo arruinas de nuevo, pagarás
el jodido precio. Y si pensaste que te hice gritar cuando eras niño, eso no
será nada en comparación con lo que te haré ahora. Te conozco, Rocco,
como nadie más. Te rompí hasta que vi dentro de tu alma. Sé lo que
realmente te asusta. Puedo hacerte sufrir en formas que nunca
imaginaste. Puedo hacer que me ruegues por una muerte que nunca
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llegará. No solo destruiré tu cuerpo, destruiré la esencia de quién eres,
maldita sea.
Hasta que Grace regresó a su vida, a Rocco no le importaba si vivía o
moría. Pero ahora que había probado la vida que podría haber llevado si
Cesare no lo hubiera sacado del orfanato, quería más, más de Grace en
sus brazos y en su cama, más sentimientos como parte del equipo de Nico,
más ser parte del mundo en lugar de lo otro.
Quería salir. No solo para afianzar la seguridad de Grace, sino por él.
A la mierda Cesare. A la mierda el equipo De Lucchi. A la mierda la mafia.
A la mierda las reglas. Después de que terminaran aquí, llamaría a Nico y
le diría que pusiera más guardias en Mantini. Si encontraba a Tom, lo
escondería. Y entonces iría a Nueva York y cedería a la fantasía que tenía
desde que cumplió los diez años. Por primera vez, tenía no solo las
habilidades y el poder para hacer que Cesare pagara por lo que había
hecho, sino que lo haría. Tendría su libertad, y tendría su venganza. Y
entonces recuperaría su vida, e igual que esta noche, su hermosa y
valiente Grace le había regresado la voz.
Estaba en la punta de su lengua decirle a Cesare que se fuera a la
mierda, colgar el teléfono, y lidiar con las consecuencias. Pero había estado
demasiado tiempo en esa vida para tomar una decisión precipitada que
terminara en una muerte segura. Quería vivir. Y para hacer eso, tendría
que seguir un cuidadoso juego.
—Te estás volviendo melodramático en tu vejez —espetó—. Necesito
algo de tiempo. Nico Toscani está en esta mierda. Mantini es intocable en
el hospital.
—No eres mi único soldado allí afuera —dijo Cesare—. Incluso si me
fallas, el trabajo se hará, y si no es por ti, entonces espera pagar el precio
de tu fracaso.
Rocco terminó la llamada, su sangre golpeaba sus oídos. ¿De qué
diablos estaba hablando Cesare? Conocía a todos en el equipo De Lucchi,
incluso a los soldados que había sido enviado a otras facciones. No había
más en Las Vegas o en Nevada por cierto. ¿Podría Cesare estar
alardeando? La verdad no significaba nada para él. Y su hijo,
aparentemente, significaba incluso menos.
Hijo adoptivo. Un día rastrearía a su familia y descubriría quién era
realmente.
—¡Rocco! —Grace vino corriendo por el pasillo—. Lo hice. ¡Canté en el 159
escenario!
—Sí, lo hiciste, cara mía. —La tomó en su carrera, haciéndola girar en
sus brazos—. Estuviste magnífica. Tienes la voz de un ángel.
—¿Puedes creerlo? Hace unas pocas semanas, nunca me hubiera
imaginado que estaría cantando en el escenario. —Se acercó y lo abrazó
fuerte—. O que le dispararía a alguien o que te pediría que hicieras lo que
haces para ayudarme a encontrar a Tom. O que estaría contigo otra vez.
No hay vuelta atrás, Rocco. Soy una nueva yo.
Su corazón se sentía como si fuera a salir directo de su pecho. No era
solo ella. Hace unas semanas, nunca se habría imaginado desobedecer
una orden, mentirle a Cesare, ser dueño de un puto negocio, o sentarse en
una reunión con el equipo de Nico como si fuera uno de los chicos. Y no
podría haberse imaginado ser parte de la vida de Grace de nuevo,
sostenerla en sus brazos, dejándola entrar en su corazón. Tenía razón. No
había vuelta atrás. Pero nada lo asustaba tanto como el camino por
delante y el sueño imposible que podría no ser imposible después de todo.
—P
onlo de rodillas.
Cesare se cruzó de brazos mientras Rocco
empujaba al soldado de la familia del crimen
Falzone abajo en la costa rocosa de Newtown
Creek. El soldado había disparado en un restaurante familiar Gamboli,
matando a la tía y al sobrino del don, así como a dos civiles. El don había
llamado al equipo De Lucchi, y en cuestión de horas habían encontrado al
soldado escondido en el sótano de la casa de su hermano.
—¿Estás seguro de que atrapaste al hombre correcto? —preguntó
Cesare—. Déjame ver su rostro.
Rocco soltó el nudo en la capucha que había colocado sobre la cabeza
del soldado cuando lo arrastró fuera de la casa. Rocco no había sentido
nada cuando rogó por su vida, nada cuando su hermana le había rogado a 160
Rocco que lo perdonara, nada cuando su hijo gritó que no lastimara a su
papá., Después de años de tortura y de golpes, había aprendido a retirarse
a un lugar frío, oscuro cuando había trabajo por hacer, un vacío sin emoción
o sentimiento, donde todo lo que importaba era obedecer las órdenes de
Cesare.
—Date prisa.
Rocco soltó la capucha y la arrancó de la cabeza del soldado, cerrando
su mano en el hombro del hombre en caso de que intentara escapar.
Siempre intentaban escapar, como él siempre había intentado escapar
cuando Cesare lo llevaba al sótano de entrenamiento. E igual que Rocco, las
víctimas aprendían rápidamente que no había a dónde ir y nadie que los
salvara.
—Sí, ese es él. Bien hecho.
Rocco suspiró silenciosamente de alivio. Había sido su primera misión
en solitario y Cesare no se tomaba el fracaso a la ligera. Si no hubiera
podido capturar al soldado, o peor, si hubiera traído al hombre equivocado,
se habría esperado que se ofreciera él mismo para una paliza por los cinco
miembros mayores del personal De Lucchi. La última vez que se equivocó,
pensó que moriría de sus heridas. Si Grace no hubiera ido a buscarlo porque
no se presentó para recogerla de la escuela, no estaría aquí hoy. Ella había
llamado a una ambulancia y había salvado su vida, pero mientras estaba
parado en la orilla del arroyo sabiendo lo que Cesare esperaba que hiciera,
deseó que lo hubiera dejado morir en sus brazos.
—Te entrené bien —dijo Cesare en el silencio—. Pero no lo
suficientemente bien. Tienes una debilidad, Rocco. Una grieta en tu
armadura. Esta noche, la repararemos. —Gesticuló detrás de él y la mano
derecha de Cesare, Benito, el miembro más veterano del equipo De Lucchi,
pisó fuera de las sombras sosteniendo a Grace delante de él, con una mano
sobre su boca, con la otra sosteniendo un cuchillo contra su garganta.
—Grace. —Su nombre fue un estrangulado jadeo en los labios de Rocco
mientras la adrenalina surgía a través de su cuerpo, el frío, oscuro vacío
desmoronándose bajo una marea de rabia. Había sido tan cuidadoso. Tan,
tan cuidadoso. Conocía el riesgo, pero no se pudo resistir. Ahora pagaría por
el egoísmo con su vida.
—¿Crees que no me enteraría? —se burló Cesare—. ¿Crees que hay
algo que no sepa de ti? Yo te hice. Te rompí. Conozco la mayoría de tus
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temores y deseos secretos. Sé cuando estás escondiendo algo. Y esto... —le
hizo gestos vagamente a Grace—. Esto es lo que te está impidiendo
convertirte en el ejecutor que estás destinado a ser. Este es el precio que
pagamos para mantener el poder de la vida y de la muerte en nuestras
manos. No tenemos amigos. No tenemos amantes. No tenemos relaciones.
Las mujeres son para tener sexo. Por sus coños y nada más.
Rocco apenas podía oír por la corriente de sangre en sus oídos. Si
Cesare lo conocía tan bien como decía, tuvo que darse cuenta de que, si
Benito la mataba, Rocco no se detendría hasta que ambos estuvieran
muertos.
Oyó pasos detrás.
Volviéndose, vio a otro miembro del equipo De Lucchi con un arma
apuntada a su espalda. Cesare había pensado en todo, excepto en la
posibilidad de que Rocco agradecería su muerte si Grace ya no era parte de
su mundo.
—No puedes matar a la hija del subjefe —gruñó, tratando de poner una
distancia emocional entre él mismo y la mujer con el cuchillo contra su
garganta. Los miembros mayores de la familia, incluidos los parientes
consanguíneos, no podían ser golpeados sin el permiso del don, y sabía que
don Gamboli nunca daría su permiso para golpear a Grace. Primero, las
mujeres estaban protegidas por el código de la mafia, y segundo, Grace era
su ahijada.
Cesare se rio.
—No planeo matarla. Esto es sobre dolor. Es sobre venganza. Y es
sobre ti, Rocco. Sobre ayudarte a superar una debilidad que te está
frenando. Pienso que la mejor manera de hacerlo sería mostrarle quién eres
realmente. —Señaló al soldado arrodillado a los pies de Rocco—. Termina el
trabajo.
La bilis se elevó en la garganta de Rocco. Cesare haría que Grace lo
viera tomar una vida. No podría haber pensado en una mejor manera de
terminar la relación o una forma peor de lastimarlo. Grace nunca superó la
muerte de su madre en sus brazos o la revelación de que su padre era parte
de la misma organización responsable de llevarse la vida de su madre.
Obligarla a mirar al soldado pagar por sus crímenes esta noche no solo
terminarían las cosas entre ellos, sino que la asustaría para siempre. Para
la dulce, gentil Grace, sus acciones serían imperdonables.
—Déjala ir. Ella no es parte de esto.
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—La hiciste parte de esto. —Cesare le hizo señas a Benito—. Tráemela.
Rocco alcanzó su arma, recordando demasiado tarde que Cesare le
ordenó capturar al soldado desarmado. Sólo tenía su cuchillo con él, y poco
podía hacer desde lejos cuando el cuchillo de Benito estaba en la garganta
de Grace, y el hombre de Cesare tenía un arma en su espalda.
Cesare cambió de lugar con Benito, sustituyendo el cuchillo de Benito
por el suyo.
—Sigue con eso —ladró Cesare.
El estómago de Rocco se retorció en un nudo. Esta no era la primera
ejecución a la que había asistido, pero era la primera en que se esperaba
que diera el golpe mortal. Era su iniciación en la Cosa Nostra. La noche en
que se volvería en un hombre hecho. El pensamiento de Grace presenciando
su descenso a la oscuridad, en el mismo momento en que perdió el alma que
ella había estado tratando de salvar, era un dolor peor que cualquiera que
hubiera sufrido a manos de Cesare.
Arrastró su mirada hacia Grace, retrocediendo cuando vio su cara
mojada con lágrimas. Su culpa. Todo era su culpa. Debería haberla dejado
sola, haberse resistido a su anhelo, alejarla. Intentó decirle con los ojos lo
que había en su corazón. Siempre sería el mismo
hombre atrapado en una pesadilla de la que nunca podría escapar.
—Por favor déjala ir. —Lo sabía mejor que rogar. Los hombres débiles
rogaban y no había nada más que Cesare detestara que la debilidad. Pero
era todo lo que tenía para darle.
—¿Por favor? —se burló Cesare—. ¿Quieres que la perdone? ¿Por qué?
¿Para poder seguirle fingiendo que eres algo que no eres? ¿Para que pueda
hacerte olvidar quién eres y por qué te salvé?
Si no hubiera estado tan perturbado, se habría reído. Hasta los diez
años había creído la mentira. Cesare lo encontró en un orfanato y lo salvó de
una vida de pobreza y de vergüenza. Le había dado una casa, ropa,
juguetes, comida, e incluso un perro. Lo había enviado a la escuela. Le
había dado cuidado femenino en la forma de un ama de llaves que había
pretendido ser la esposa de Cesare para asegurarse de que la adopción
pasara. Le había dado el apellido De Lucchi. Pero cuando comenzó el
entrenamiento, se dio cuenta de que no lo había sido salvado en absoluto.
Había sido arrojado al infierno. Su castigo por ser un cobarde cuando tenía
seis años. 163
Con los años, Cesare había destruido sistemáticamente cada cosa que
quiso. Todo lo que le había dado para poderle ser quitado. Los ejecutores no
tenían archivos adjuntos. No amaban y no eran amados. Existían
únicamente para hacer cumplir la voluntad del jefe a quien estaban atados.
—Me deshonras y me faltas al respeto con tu debilidad. —Cesare
agarró el cabello de Grace y tiró de su cabeza hacia un lado—. No puedo
quitar la tentación de la belleza, pero puedo quitarle la belleza a la
tentación. —Antes de que Rocco pudiera procesar lo que Cesare pretendía
hacer, Cesare desenvainó la cuchilla y la pasó desde la mejilla a la oreja y a
la barbilla de Grace, abriendo la perfecta, cremosa piel. El grito de Grace
perforó el aire nocturno, incrustándose como una flecha en lo profundo de su
corazón.
—¡No!
Demasiado tarde. Demasiado jodidamente tarde. Sangre goteaba por
su cara, manchando la blusa blanca y su grito continuó y continuó, el sonido
reverberó en su corazón.
—Hazlo —gritó Cesare por encima de sus gritos, escupiéndolo con sus
labios—. O cortaré su cara bonita hasta que incluso ni su padre la
reconozca. Es la única cosa que te retiene de volverte lo que realmente eres.
Somos De Lucchi. No hay lugar para la emoción, no hay lugar para los
sentimientos, no hay lugar para el amor.
La visión de Rocco se cubrió de rojo, cada célula en su cuerpo gritaba
de rabia y de agonía. Agarró el cabello del soldado y deslizo el cuchillo por
esa garganta rápido y sin dolor, la única misericordia le podía dar.
Cuando el soldado cayó a las piedras, se lanzó hacia adelante, orando
por la muerte de la pistola en su espalda, antes de que Grace sufriera más
dolor.
—Libérala.
Cesare la soltó y ella se arrugó en el suelo. Se terminó. Cesare había
ganado. Rocco no necesitaba mirar la cara de Grace para ver su horror y
devastación. Era todo lo que despreciaba, la peor parte de la organización
que había matado a su madre. No encontraría más santuario en sus brazos,
ni perdón en su corazón o calma bajo sus dedos. Nunca se acostaría con ella
ni escucharía su hermosa voz, ni sentiría la suavidad de su cuerpo o el
sonido de su risa. Ella era todo lo bueno y puro en el mundo, y él era todo lo
malvado. De alguna perversa manera, Cesare le había hecho un favor.
164
Había salvado a Grace del monstruo que había creado, un monstruo que era
demasiado débil para dejarla ir, y así la había destruido.
—Si fueras mi sangre, estaría avergonzado de llamarte hijo mío —dijo
Cesare fríamente—. De mis tres hijos adoptados, eres mi mayor decepción.
Reanudarás tu entrenamiento. Ahora que no tendrás distracciones, espero
que sobresalgas.
Y no era solo conducir el cuchillo a casa. No tenía recuerdos de su vida
antes de Cesare. Ni recuerdos de sus padres o del orfanato en Las Vegas
donde Cesare lo había encontrado. Cesare era el único padre que había
conocido. Su ama de llaves, su única madre. Incluso cuando Cesare había
empezado a entrenarlo como ejecutor de la mafia, había soportado el dolor
emocional y físico porque creía que las enseñanzas de Cesare estaban
motivadas por el amor.
Se había equivocado. Tal como se había equivocado al pensar que
podría tener una vida normal con una chica normal. Era hora de cortar los
lazos. Ya había hecho cosas que lo habían puesto más allá de la redención,
cosas que atormentaban su alma y lo mantenían despierto por la noche. Era
hora de dejar de pelear contra lo que realmente era.
Era hora de dejarla ir.
—Rocco.
Rocco se sobresaltó al instante, consciente del temblor en la voz de
Grace. Su mano se deslizó debajo de su almohada y sacó su arma
mientras saltaba de la cama, listo para acabar con el intruso.
—¿Dónde está?
—No. —Ella se encogió de nuevo contra la pared, sus brazos delante
de su cara, distrayéndolo con la belleza de su cuerpo desnudo—. Nadie
está aquí.
Se maldijo internamente por dejar que su instinto anulara su
pensamiento racional. Después de años de ser despertado, solo para ser
golpeado, el menor sonido hacía que su cuerpo reaccionara como si
estuviera bajo amenaza.
—¿Qué pasa? —La adrenalina golpeó a través de su cuerpo, e hizo
una búsqueda visual rápida del apartamento, no creyendo que pudiera
estar tan temerosa cuando no había nadie allí.
—Tu espalda. —Lo miró fijamente espantada—. ¿Qué te pasó? ¿Quién 165
te hizo eso?
Rocco dejó escapar un suspiro de alivio y bajó el arma. Hasta esta
noche, había cuidado de no dejarla ver su espalda, ya sea quedándose con
su camiseta o posicionándola frente a él, pero anoche, después de haberla
amado adecuadamente lenta y dulcemente como solía hacer... se había
quitado la camiseta para sentirla contra él y cometió el error de dormirse
con ella en sus brazos.
—No es nada.
—¿Nada? —Su mano voló hacia su boca—. Rocco. Eso no es nada. Y
no obtuviste esas marcas en una pelea. Es tortura. Alguien te torturó.
¿Fue Cesare?
Las palabras le fallaron. ¿Cómo podía explicar la necesidad de
castigarse a sí mismo con cada obra que hacía y que atormentaba su
alma? Una vida de Padres Nuestros y Aves Marías no sería suficiente para
expiar sus pecados. Era algo demasiado profundo y personal para
explicarlo. Ni siquiera Clay sabía por qué visitaba la mazmorra o qué
consuelo buscaba bajo el golpe del látigo.
—Ven a la cama. —Deslizó su arma debajo de la almohada y tiró de
su camiseta.
—Quiero saber lo que pasó. —Ella cruzó los brazos sobre su pecho, y
le tomó un momento recordar que no era la misma chica que había
trepado por la orilla del río, su cara mojada de sangre y lágrimas, gritando
que la dejara en paz, la chica que había huido, que lo dejó sin decir adiós.
Esta Grace tenía lucha y coraje y no se echaría atrás.
—Dije que lo dejes —le espetó.
—No.
—Jesús jodido Cristo, Grace. —Su voz subió a un grito, y golpeó su
mano sobre la cama. Sabía que estaba exagerando, pero la pesadilla
todavía seguía con él, girando a través de su corazón—. No tiene nada que
ver contigo. Algunas cosas simplemente no puedes curarlas.
—Tu dolor tiene todo que ver conmigo. —Apretó los labios y lo fulminó
con la mirada—. El dolor y el trauma son lo que curo. Y no te atrevas a
hablarme de esa manera de nuevo, o saldré por esa puerta.
Su boca se abrió y se cerró de nuevo. Cuando usaba ese tono de voz
con los soldados Toscani y con los asociados casi se hacían de miedo.
Cuando les fruncía el ceño a los hombres que cazaba, temblaban en sus 166
botas. Pero Grace que era menos de la mitad de su tamaño, con un cuarto
de su fuerza, gloriosamente desnuda al lado de su cama, no tomaba su
mierda, y nunca había estado tan excitado en su vida.
—Nada pasa sin mi consentimiento. —Era tanto como iba a decirle, e
incluso esa revelación salió a través de dientes apretados.
Su expresión se volvió pensativa.
—¿Sucio?
—Joder no.
Ella quería más, y podía ver su lucha interna reflejada en su cara,
pero afortunadamente se contuvo y se metió en la cama junto a él.
—Será mejor que no me presentes a quien te hizo eso.
Su expresión feroz y sus palabras amenazantes lo hicieron reír.
—Nunca te volveré a creer cuando digas que eres antiviolencia, cara
mia.
—No cuando alguien que me importa es lastimado.
Maldita sea. Su protección hacía que se apretara su corazón en su
pecho. Le importaba. Era más de lo que había tenido nunca. Esperaba que
esa noche se escapara, más de lo que había soñado en los solitarios años
desde entonces.
—Ven aquí, Gracie. —Una sonrisa tiró de las comisuras de sus
labios—. Tengo otra cosa que me duele y puedes besarlo y alejar el dolor.
—¿Otra vez? —Se arrastró a través de la cama, se acostó y se sentó a
horcajadas sobre sus caderas—. No pensé que quisieras…
—¿Que quisiera qué? —Le cubrió los pechos con las palmas,
apretándoselos firmemente.
—Podrías hacerlo de nuevo tan pronto. —Sus piernas se ensancharon
y meció su mojado coño sobre su eje, ya duro como roca y listo para ella
otra vez.
—¿Por qué no? Tengo a la mujer más sexy de la ciudad en mi cama. Y
si me acuerdo correctamente, eso nunca fue un problema antes. Solías
rogarme que me tomara un descanso. —Infló el pecho, orgulloso de su
resistencia juvenil, mientras se acercaba a la mesita de noche por un
condón.
—Eres... mayor ahora. 167
—¿Qué? —Se congeló con el paquete del condón en los dientes.
Sus mejillas se sonrojaron, y miró hacia abajo.
—Bueno, estás en tus treinta ahora…
—Jesucristo. —Rasgó el paquete y se enfundó a sí mismo, luego la
levantó, inclinando sus caderas para que la cabeza de su pene acabara de
romper en su entrada—. ¿Crees que no puedo seguirte el ritmo? Soy todo
lo que era entonces y más. Más grande. Más fuerte. Más rápido. Y puedo ir
toda la puta noche.
El cuerpo de Grace tembló, y él levantó su barbilla con un dedo para
verla riendo.
—Pequeña zorrita. Sabes a dónde llevar el cuchillo.
—Te amo así —dijo pasándole las manos por los hombros—. Eres
hermoso para mí. No importa qué tan viejo…
La cortó con un beso mientras conducía su pene en su calor húmedo.
Grace jadeó en su boca y la empujó hacia arriba.
—Móntame, dolcezza. Quiero escuchar cómo gritas con el placer que
tu viejo saque como la mierda de ti.
—Muy romántico.
—En este momento estoy más allá del romance. Estás tan
malditamente caliente y húmeda, que no puedo pensar en ninguna otra
cosa. —La levantó y se deslizó más profundo, sus caderas forzaron a sus
muslos a separarse.
—Es tu culpa. —Ella se echó hacia atrás, girando sobre su pene, sus
manos apretando sus pechos, y penetrarla era la cosa más atractiva que
jamás había visto—. La forma en que me tocas, la forma en que me hablas
y me miras. Todo acerca de ti me excita.
Y todo sobre ella lo ponía duro. Ahora entendía por qué Cesare decía
que las mujeres volvían débil a un hombre. Moriría por esto, no solo por el
acto en sí, sino por la conexión que llevaba el encuentro de sólo un acto
físico a algo que nutría su alma. Cesare era peligroso para su cuerpo, pero
Grace era peligrosa para su corazón.
Acunó su cara en sus manos y la besó suavemente, creando un ritmo
constante, lento que amenazó su autocontrol.
Grace se retorció sobre él, sus pezones duros se frotaron sobre su
pecho. 168
—Lo hicimos lento la última vez —se quejó.
Sí, lo hicieron, pero se mostraba reacio a dejarse llevar como antes.
Quería aprenderse su cuerpo de nuevo antes de tomarla como realmente
quería, duro y salvaje y con total abandono.
Deslizando sus manos hacia abajo, apretó su trasero mientras
bombeaba en su vagina. Su dedo medio acariciando más y más cerca de la
hendidura entre sus nalgas. Cuando la punta de su dedo rozó la entrada
de su trasero, ella se congeló y su vagina se apretó a su alrededor. Él
mantuvo el ritmo, esperando que sus músculos se relajaran antes de
volverlo a hacer. En la tercera pasada, la humedeció y dibujó círculos
gentilmente sobre su arrugada abertura.
—¿Rocco? —Su voz era delgada con incertidumbre pero cargada de
deseo.
—Te quiero por aquí, Gracie.
—Nunca hicimos eso antes.
No quería hacer la siguiente pregunta, pero necesitaba saberlo.
—¿Alguna vez has tenido a un hombre en tu trasero?
Su voz era tan tranquila cuando respondió, que casi se pierde.
—No.
Un gruñido satisfecho escapó de sus labios. Había sido su primicia, y
ahora sería el primer hombre en su mayor lugar íntimo. Gracie sería suya.
De todas maneras, le pertenecía.
—Voy a hacerlo bueno para ti, de la forma en que hice tu primera vez.
Te encantará tenerme en tu trasero.
Ella le dio una media sonrisa.
—Me gusta cuando hablas sucio.
—Tengo un montón plática sucia esperando a mi novia.
Grace se levantó e inclinó las caderas, apretando su clítoris contra su
hueso púbico mientras él retorcía sus pezones entre su pulgar y índice.
—A tu chica le gusta lo sucio.
Su chica.
Montando su pene.
Queriendo todo lo sucio que le pudiera dar. 169
Era demasiado jodidamente. Tomó sus caderas, gritó y gruñó
mientras se movían juntos. Cuando sus nalgas enrojecieron y su vagina se
apretó alrededor deslizó su pulgar sobre el duro nudo de su clítoris y lo
frotó con fuerza. Su bajo gemido gutural lo puso en marcha, y se vinieron
juntos, su vagina ondeó alrededor de su pene mientras bombeaba su
liberación a toda prisa con candente calor.
—No está mal para un viejo —murmuró, derrumbándose sobre él.
—No he terminado contigo todavía. —Totalmente gastado, pasó su
mano por su espalda, y se dispuso a revivir rápidamente.
Ninguno de los dos habló por mucho tiempo. Finalmente, gentilmente
la movió al lado para disponer del condón. Cuando regresó, ella se había
puesto la camiseta y estaba acostada de lado. Rocco trepó en la cama a su
lado y se detuvo en su pecho. Le gustaba el peso de ella, su calidez, la
suavidad de su cuerpo contra el de él.
—Me llamaste tu chica —dijo ella.
Rocco tragó.
—Sí, lo hice.
—Nunca hablamos de… —Ella torció los labios hacia un lado—.
Quiero decir que no lo sé.
Sintió su vacilación como un cuchillo en el estómago.
—No te estoy pidiendo nada, Gracie. —Su voz se quebró,
rompiéndose—. Pero para mí... aquí mismo... —Golpeó su pecho—.
Siempre has sido mi chica.
—Y siempre has sido mi hombre.
Rocco dio un gruñido satisfecho.
—El hombre que te quiere desnuda en la cama.
—Hace un poco de frío —bromeó ella.
—Te calentaré. —Colocó su mano en su pene, ya semiduro, y ella rio.
—Retiro todo lo que dije sobre tu edad. Eres una máquina.
La deseaba de nuevo, pero también estaba contento con abrazarla, así
que acarició su espalda y escuchó el latido constante de su corazón.
—Tu canto esta noche fue increíble —dijo—. Tu voz cambió. Es
mucho más rica, más profunda, y duplicaste tu rango.
—Tomé adecuadas lecciones de voz cuando me mudé aquí para 170
ayudarme a conectarme en los comerciales de radio. También hice algo de
trabajo de grabación detrás de bambalinas. Era una manera de seguir
cantando sin estar delante de la gente.
Suavemente, tomó su mandíbula y pasó su pulgar sobre la cicatriz.
Recordaba cada brutal segundo del cuchillo rebanando su mejilla, sintió el
punzante dolor como si se hubiera hecho contra él.
—¿Y ahora, cara mia? ¿Cantarás otra vez?
—No lo sé. Podría hacer conciertos locales si puedo usar la máscara.
Ethan me amenazó con reproducir una grabación de sí mismo cantando
veinticuatro horas al día a menos que esté de acuerdo.
—Puedes actuar en mi escenario en cualquier momento. —Le dio un
beso sobre la frente—. Si te ayuda a ganar confianza, puedes cantar allí
cada noche. Puedes tener tu sueño, Gracie. Haré cualquier cosa para que
eso suceda.
—Sé que ser ejecutor nunca fue tu sueño. —Ella se empujó más alto,
dándole una tentadora visión de sus pechos—. ¿Qué pasa con ser dueño
de un club de jazz?
—Tendré que avisarte. Solo tengo un día en el trabajo. —Se movió un
poco, separando sus piernas para que su eje quedara anidado en la
coyuntura de sus muslos.
—Supongo que sólo he tenido un día en el trabajo también. —Se
movió contra él y joder si no estaba completamente duro de nuevo—.
Nunca pensé que podría hacerlo grande. A lo mejor, pensé que cantaría
por las tardes después de que terminara mi trabajo diario. Pero después de
que obtuve mi título, el trabajo diario no ocurrió. Así que creo que en mi
corazón estaba secretamente soñando lo imposible. —Tarareó algunas
estrofas de “Sueño Imposible” y él sintió una oleada de placer como nada
que hubiera sentido antes.
—Canta para mí, dolcezza. —Levantó sus caderas y se empujó hacia
arriba en su humedad—. Vive tu sueño como yo vivo el mío.
Los volteó y lamió y chupó sus pezones mientras se retiraba y se
deslizaba en casa otra vez, una y otra vez mientras su hermosa voz llenaba
la habitación. Llegó a la parte de la estrella inalcanzable y luego deslizó su
pulgar sobre su clítoris y la envió allí. Y cayeron de vuelta juntos a tierra.
171
—M
e alegra que te sientas mejor. —Grace apretó la
mano de su padre. Por primera vez desde el
tiroteo, su padre pudo sentarse y hablar
coherentemente. Ella se había apresurado al hospital después de que una
de las enfermeras llamó para decirle que habían dejado de darle los
analgésicos que lo mantenían sedado y lo habían sacado de la UCI y lo
habían trasladado a una habitación privada en el piso de recuperación.
—Parece que tengo un montón de negocios inconclusos —dijo su
padre, su frente arrugada en un preocupado ceño fruncido—. Decidí que
había tenido suficiente descanso. He estado en el teléfono ya esta mañana
con mis capos y con Piero Forzani, quien aún lamenta la muerte de su
hijo. Dime qué ha sucedido.
—Tom ha estado desaparecido desde el tiroteo. 172
Papá palideció.
—¿No cuerpo?
—No, papá. He estado tratando de encontrarlo. —Grace lo llenó de
todo lo que había pasado, así como la información que Rocco le había dado
anoche sin mencionar a Rocco por su nombre. Tony contratando a los
albaneses para cazar a Tom, sus sospechas de que Tony y su equipo eran
responsables de los disparos. Los esfuerzos de Carvello y de Nico por
mantenerlo a salvo.
—Tengo una deuda con Nico —dijo su padre—. Estaba a punto de
llamarlo cuando llegaste. He estado intentando toda la mañana llegar a
don Gamboli para discutir este asunto, pero no he recibido respuesta.
—¿Qué pasa con su consigliere, Luigi Cavallo?
—Nada. —Su padre sacudió la cabeza—. Probé con el guardaespaldas
de don Gamboli y su esposa y su hermano, y no obtuve ninguna respuesta
de ellos tampoco. Envié a algunos de mis capos en Nueva York para ver lo
que pueden encontrar.
—Rocco dijo que Nico estaba tratando de ponerse en contacto con
ellos también y que no tuvo suerte.
—¿Rocco?
Grace tragó.
—Sí, Rocco De Lucchi. Estuvo en Carvello’s. Uno de los tiradores gritó
algo sobre tomarme viva y Rocco me ha estado protegiendo.
Papá le apretó tanto la mano que pensó que le rompería un hueso.
—¿Por qué estaba allí?
—Yo… —Se mordió los labios—. Fue a verme. Nosotros estábamos
en…
—¿Lo invitaste?
—No, papá, pero nosotros...
—¿Le dijiste con quiénes nos reuniríamos y dónde?
Grace retorció sus manos juntas.
—No.
Papá se levantó de la cama.
—¿Así que sólo apareció? ¿Cuándo estabas cenando con tu familia y
173
con los amigos de tu familia? ¿Cómo te encontró?
El estómago de Grace se retorció en un nudo.
—No lo sé. Supongo que me siguió.
—Te siguió. —La voz de su papá se levantó a un grito—. Jesucristo.
Es un De Lucchi. Si estaba allí, estuvo involucrado. Probablemente le
dieron la pista sobre Tom y yo, y llevó a esos hombres para asegurarse de
que el trabajo fuera hecho.
—No. —Retiró su mano—. Les disparó. Nos protegió, te protegió a ti y
a Tom. Le dio la vuelta a la mesa, y le disparó a uno de los chicos en el
pecho. Luego me sacó de allí y me llevó a un lugar seguro.
—¿Mató al hombre que disparó?
Cuentas de sudor surcaron su frente.
—No. Rocco dijo que llevaba puesto un chaleco.
Papá soltó una carcajada.
—¿Alguien estaba muerto cuando te fuiste?
La boca de Grace se secó.
—No.
—Entonces fueron sus hombres. ¿Has oído hablar de un De Lucchi
dejando a alguien vivo?
Ella apartó su silla del lado de su cama y se puso de pie.
—Te dejó vivir. Y a Tom. Y a mí. Me salvó. Y me ha estado ayudando a
buscar a Tom.
—Ayudándote para que lo lleves a Tom y pueda derribarlo, sin duda.
—No. No es así como fue. —Grace se abrazó a sí misma, envolviendo
sus frías manos alrededor de su cuerpo—. La esposa de Nico y la esposa
de su subjefe me ayudaron a rastrear el teléfono de Tom a un parque de
casas rodantes. Rocco apareció con algunos de sus hombres, y entró en el
remolque. Oí disparos, y salió con sangre. Dijo que dentro había tres
albaneses, y que pudo conseguir que uno de ellos hablara. Me trajo el
teléfono de Tom.
—Lo más probable es que también tuvieran a Tom —dijo papá—.
¿Fuiste dentro? ¿Viste por ti misma si Tom estaba ahí? ¿Viste a ese
albanés que estaba dispuesto a hablar? ¿Hablaste con él?
—No. Le pedí a Rocco que —su boca se secó—… le preguntara a uno
de ellos por mí para que pudiéramos encontrar a Tom, y prometió que no 174
lo mataría.
—¡Cristo santo! —explotó papá, levantando las manos y dándole a
Grace una cadena de juramentos de palabras en italiano—. Un De Lucchi
te dijo que no mataría a nadie, y le creíste. —La voz de papá se volvió fría—
. Lo llevaste directo a tu hermano y tomaste su palabra de que tu hermano
no estaba ahí. Y dejaste que te convenciera de que Tony estaba detrás del
golpe. ¿Qué ingenua puedes ser?
—Confío en él —dijo en voz baja.
—Bueno, eres la única persona que lo hace. El resto de nosotros
sabemos quién es. Es un De Lucchi. No son buenos hombres. Un hombre
se define por las líneas que no cruza, pero los De Lucchi no tienen
fronteras. Una vez que tienen un contrato siguen haciendo lo que sea
necesario para cumplirlo. Pretende ser tu novio, tu amante, tu amigo, te
usará, te traicionará, te lastimará. Cualquier cosa para hacer el trabajo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Grace.
—Él no es así. Lo conozco. Yo era… —Hizo puño de su falda, se armó
de valor para revelar una verdad que había mantenido oculta por tanto
tiempo—. Estuvimos juntos antes de que me fuera de Nueva York. Durante
dos años.
Lejos de estar enojado o espantado, su padre agitó una desdeñosa
mano.
—Eso no fue nada. Un enamoramiento adolescente. No significas
nada para él. Los De Lucchi no tienen relaciones. Amor, cuidado, empatía,
todas las emociones de las que pareces tener demasiado, son sacadas a
golpes a partir de que cumplen diez años. Se les dan cosas que les
importan cuando son niños, solo para que les puedan ser retirados
después. —Su rostro se suavizó—. Todos los chicos De Lucchi tienen un
cachorro cuando son adoptados, polpetto. Te apuesto que nunca lo viste
con un perro.
Los ojos de Grace se humedecieron.
—No, papá. No me digas eso.
—Y tú. —Negó—. ¿Crees que Cesare no sabría de ti? Si estuviste con
él durante dos años, fue solo porque Cesare lo permitió con el único
propósito de romperlo alejándote. Es lo que pasó la noche que volviste a mí
con vendas en la cara haciendo preguntas acerca de quiénes éramos y
quiénes eran los del equipo De Lucchi.
175
—Cesare dijo que mataría a Rocco si te contaba lo que pasó esa
noche. —Su mano fue a su mejilla—. Le creí.
—Él nunca mataría a su hijo, porque si lo hiciera, tendría que adoptar
a otro chico y comenzar de nuevo. Es requerido bajo su código. Él no
tendría un hijo propio. Pocos los tienen porque no es fácil encontrar una
mujer dispuesta a casarse con un De Lucchi, especialmente sabiendo que
la relación será una sin amor.
—Rocco me amaba —soltó.
—Tal vez lo amabas tú, pero él no te ama, polpetto. Los De Lucchi no
saben amar.
—Estás equivocado. —Tembló—. Él me amó. Lo sentí. —Se dio un
golpecito en el pecho, y una expresión de dolor cruzó la cara de su padre.
—¿Cuántas veces te tengo que decir, que esos sentimientos que
tienes, que tu madre y las mujeres de la familia dicen tener, no son reales?
—Sentí que algo estaba mal cuando llegamos a Carvello’s —espetó
ella—. Tom se rio de mí. Pero tenía razón. Mira lo que pasó.
—Rocco De Lucchi apareció con un contrato para matar a tu familia
es lo que sucedió. —Papá golpeó la barandilla de la cama, haciendo una
mueca mientras lo hacía—. Y el comentario acerca de que te dejó viva... no
involucramos a las mujeres en nuestros asuntos. Incluso un De Lucchi no
le haría daño a una mujer. Sin duda quería que te sacaran de allí para que
no hubiera riesgo de que te dispararan.
—¿Qué pasa con esto? —Pasó su mano por su cara—. Un De Lucchi
me hizo esto.
Los labios de su papá se apretaron.
—No tengo una respuesta, pero una vez que me ponga en contacto
con el don, serás vengada.
Grace nunca había pensado en la venganza. Nunca había pensado en
hacerle pagar a Cesare lo que había hecho. Todo lo que había pensado era
en Rocco, en lo que había hecho esa noche en el arroyo, y en cómo se
había sentido enferma y traicionada. Pero ahora que estaba con él de
nuevo, sabiendo por lo que había pasado, quería que Cesare pagara. No
por lo que le había hecho a ella, sino por lo que había hecho a Rocco. A
pesar de lo que dijo su padre sobre los De Lucchi, confiaba en sus
sentimientos de una manera que no había hecho antes. Lo que tenía con él 176
ahora era real. Lo que vio detrás de la máscara De Lucchi que él se veía
obligado a usar fue a un hombre lo suficientemente fuerte como para
soportar el entrenamiento de Cesare. Esta vez sería fuerte, también. No iba
a darle la espalda ni a huir.
—¿Qué vamos a hacer respecto a Tom? —preguntó, cambiando de
tema.
—No vas a hacer nada. Soy capaz de pensar ahora que no me llenan
de drogas, y debería estar fuera de aquí en unos días. Le pediré a Piero
Forzani que coordine una búsqueda de Tom, y hablaré con Nico acerca de
tener a algunos de sus capos involucrados. Lo encontraremos, y después
de que lo hagamos, y de un período de luto apropiado para Benito por lo
que ha pasado, te casarás con el hijo menor de Forzani, Dino.
La frente de Grace se arrugó en un ceño.
—¿De qué estás hablando?
Papá suspiró.
—Había esperado no llegar a esto, pero la familia necesita una alianza
y los Forzani son un ajuste perfecto. Piero Forzani y yo esperábamos que
tú y Benito se reunieran sin ninguna coerción, pero ahora que Benito está
muerto, Dino tendrá que tomar su lugar. Los capos de Nueva York han
ganado tanto poder en los años pasados que una alianza es el único
camino para que nuestras dos familias sobrevivan. Los Forzani tienen una
presencia formidable en Nueva York. El hermano de Piero es uno de los
capos más poderosos de la familia Gamboli. La alianza asegurará el futuro
de ambas familias y mantendrá a nuestra familia a salvo de cualquier otro
evento como lo que pasó aquí en Las Vegas.
—¿Quieres que me case con un hombre que nunca he visto? —Lo
miró horrorizada.
—Lo verás esta noche. Será tu guardaespaldas hasta que pueda
contratar a alguien permanentemente. Lo tengo todo arreglado.
Un estremecimiento recorrió su cuerpo.
—En primer lugar, no me encontraré con nadie esta noche. Estoy
cantando de nuevo, papá. Tengo un concierto en el Stardust. Segundo, no
necesito un guardaespaldas. Tengo a Rocco. Y tercero, no me voy a casar
con alguien que no conozco ni amo. No puedes forzarme a un matrimonio.
Pensé que habías dicho que nunca me harías eso.
—No tendré que forzarte. —Levantó una mano—. Lo harás por mí y
por Tom y por el resto de tu familia. No querrás perder a tu familia, 177
polpetto. Es todo lo que tenemos.
Rocco caminó por los anchos pasillos de mármol de la palaciega
mansión de Tony como había hecho muchas veces antes, primero como el
ejecutor del padre de Tony, y luego como el guardaespaldas de Nico
cuando Nico fue forzado a arrodillarse ante el padre de Tony, Santo,
entonces jefe de la familia.
Esta vez, sin embargo, estaba aquí en su propio hombre, con su
propia misión, y con su propia agenda.
Maldición, se sentía bien.
Usando el poder del apellido De Lucchi, se le había dado admisión al
complejo fuertemente custodiado de Tony y obtuvo una audiencia con el
hombre al que Nico quería ver bajo tierra. Qué fácil hubiera sido apretar el
gatillo durante la reunión y acabar con la guerra entre Nico y Tony. Pero
ese tiro no sólo no acabaría con la guerra, sino que terminaría también con
la vida de Rocco. Y ahora mismo tenía algo por qué vivir por lo que el golpe
a Tony sería un riesgo inaceptable.
—Frankie. —Tony levantó la vista del viejo escritorio de madera de su
padre. No había cambiado nada en la oficina de su padre después de que
murió, ni la pesada oscuridad de los muebles, ni las gruesas y oscuras
cortinas de terciopelo ni la alfombra verde que ponía los dientes de Rocco
en el borde por los malos recuerdos solamente—. Si no hubieras dado tu
palabra de honor de que no estás aquí para matarme, nunca te hubiera
dejado entrar. —Tony continuó—. Por lo que he oído, Nico te tiene envuelto
alrededor de su dedo meñique.
Rocco arrojó tres anillos de oro en el escritorio de Tony, los que había
quitado de los dedos de los albaneses antes de darles un entierro
adecuado en el lago Mead. Cada anillo llevaba el sello de la mafia albanesa
y solo eran quitados después de la muerte.
—¿Esto un regalo? —Tony se quedó mirando los anillos pero no hizo
ningún movimiento para tocarlos.
—Tus contrataciones. Pensé que te gustaría tener sus joyas de vuelta
para enviarlas a sus esposas en Albania.
—Si fueran mis contrataciones, entonces esos anillos indicarían que
habrías interferido con mis asuntos. —Tony retiró los brazos y se recostó
en su negra silla de cuero. Tenía un guardaespaldas a cada lado, y dos en 178
la puerta, y, sin embargo, sabía que no podrían salvarlo si Rocco había ido
allí en negocios oficiales de los De Lucchi.
Rocco se acomodó en la silla de enfrente del escritorio de Tony y estiró
las piernas.
—¿Desde cuándo tus asuntos implican tratar de matar al subjefe de
Nueva York, cazando a su hijo e intentando secuestrar a su hija?
—¿Desde cuándo mis asuntos son de interés de los De Lucchi?
Rocco ni siquiera se inmutó cuando mintió.
—Interferiste con mi contrato en Carvello’s.
—Ah. —Tony sonrió—. Escuché que los Bianchi perdieron a dos
hombres esa noche. ¿Cuál es el problema? Están muertos. ¿Qué importa
quién apretó el gatillo?
—No fueron mi contratación.
Tony se inclinó.
—¿Así que estabas tras los Mantini? Oí que Nunzio sigue vivo y su
hijo está huyendo y que estás escoltando a su hija. Alguien no hizo su
trabajo. ¿Qué piensa Cesare de eso? No puedo imaginar que esté muy feliz
en este momento. —Inclinó la cabeza hacia un lado, poniendo un dedo en
sus labios—. ¿Un De Lucchi no completando un trabajo? No recuerdo
haber oído de una sola cosa así hasta ahora. Pero entonces no puedo
recordar haber oído hablar de un De Lucchi pensando con su pene en
lugar de en su pistola. ¿Cómo está tu patito feo?
Si Rocco no hubiera sido entrenado para esconder cada rastro de
emoción, podría haber doblado la mano alrededor del reposabrazos de la
silla, romper a sudor, o tirarse él mismo sobre el escritorio y envolver sus
manos alrededor de la garganta de Tony. Maldita sea la mafia de mierda y
los malditos ojos que estaban jodiendo por todas partes.
—¿Por qué demonios contrataste a los albaneses para ir tras el chico?
¿Cuál es tu interés en eso?
Tony se echó a reír.
—Todos piensan que soy el malo, pero tengo buen corazón. Cuando oí
que lo estabas buscando, pensé que Nunzio podría apreciar tener a alguien
interviniendo para salvar su lamentable trasero. —Abrió las manos—.
¿Quién sabe cómo pague el favor? Tal vez vuelva con el don y le diga que
sería un mejor jefe en Las Vegas que el maldito Nico quien se recostó y te 179
dejó hacer alboroto alrededor de su ciudad.
—No si disparaste en un restaurante y mataste a dos capos Bianchi.
Los oscuros ojos de Tony brillaron.
—Tal vez no fui yo.
—Tal vez no lo fuiste.
—¿Por qué iba a incurrir en la ira de dos familias, incluida la familia
del subjefe que llega a tomar una decisión sobre quién gobierna esta
ciudad?
Rocco soltó una carcajada.
—Porque esto es Las Vegas y estás cubriendo tus apuestas.
—Ningún hombre de apuestas tomaría esas posibilidades.
Por primera vez en su carrera como ejecutor, Rocco sintió una
agitación de inquietud. Por lo general, sabía cómo jugar cada situación
antes de entrar por la puerta. Hoy, esperaba que Tony revelara que estaba
trabajando para uno de los capos de Nueva York, y que le diera un
nombre, pero estaba empezando a tener la sensación de que Tony decía la
verdad.
—Le disparé al líder en el pecho. ¿Estás diciendo que no fuiste tú?
—Me gustas, Frankie, pero no tanto como para desnudarme ante ti.
—Tony palmeó su camisa de seda—. Y si me hubieras disparado en el
pecho, probablemente no estaríamos teniendo esta conversación. A menos
que estuviera usando un chaleco. —Asintió Tony—. Eso sería prudente si
uno estuvieras yendo a un evento. Lo recordaré para la próxima vez.
Gracias por el consejo.
—¿Tienes al chico?
Una lenta, astuta sonrisa se extendió a través de la cara de Tony.
—Desafortunadamente, tampoco puedo confirmar ni negar que sea
un invitado en mi casa. Si tuviera que encontrarlo, ciertamente esperaría
la reunión padre e hijo y la recompensa consiguiente por mi desinteresado
acto de bondad en seguirlo y mantenerlo a salvo. Ahora, si pudiera alejar a
la chica de ti, no hay nada que Nunzio no hiciera por mí.
Incapaz de sentarse un minuto más, Rocco se levantó.
—Ella no está en peligro de mi parte.
—Eres un De Lucchi. —Tony se rio—. Todo el mundo está en peligro
contigo. He visto lo que puedes hacer, Frankie, estuve aquí en cada 180
contrato que mi padre te dio. Estuve aquí cada vez que le informaste de
regreso. Vi las fotos. A veces incluso fui a ver los cuerpos. Tal vez crees que
no está en peligro contigo, pero lo está, y no soy el único que piensa así.
Puedes herir a la gente de muchas formas diferentes. Pero no tengo que
decirte eso. Nadie sabe más sobre el dolor que tú.
—¿Me amas? —Grace descansó su barbilla en el pecho de Rocco y miró
hacia él a través del grosor de sus pestañas.
—Sí, cara mia —dijo en voz baja—. Te amo. —No tenía otra palabra
para los sentimientos que tenía cuando estaba con Grace. Era como si
hubiera tenido una sobredosis de la droga más poderosa que existiera y
había probado muchas, y todo su cuerpo se inundaba de placer. Si el amor
significaba que moriría por ella, que no importara lo que estuviera haciendo
si pensaba en ella, que sentir sus manos en su cuerpo cuando yacía solo en
la cama, que no lavara su ropa porque olía a ella, que su corazón se sintiera
que sólo latía cuando estaba con él, entonces sí, la amaba.
Una sonrisa se extendió por su rostro, y joder, no había nada que no
hiciera por esa sonrisa. Se estiró para tocar la cruz de oro alrededor de su
cuello, silenciosamente agradeciendo a sus padres por darle algo que le
había permitido proteger un pequeño rincón de su corazón de Cesare para
que estuviera abierto al amor que Grace le había ofrecido, y haber podido
amarla también.
Ella se movió encima de él y un gruñido se levantó en su pecho
mientras su pene respondía a la suave caricia de sus caderas. Le gustaba
en esa posición, su corazón palpitaba suavemente contra su pecho, cada
centímetro de su cuerpo en cada centímetro del suyo. Nunca se había
imaginado que dos personas pudieran ser tan cercanas, y los sentimientos
que tenía en esas horas robadas en la oscuridad eran tan poderosos que le
hacían creer que podía soportar que Cesare le hiciera cualquier cosa.
—¿Siempre me amarás?
Pasó una mano por su hermoso cabello y por su espalda.
—Siempre.
—¿Lo prometes? —Grace se empujó más.
—Sí, lo prometo. —Se inclinó hacia delante para besarla para que no
viera el parpadeo de dolor que sabía se reflejaría en sus ojos. Siempre la
amaría porque la había amado desde hace siete años y no podía imaginar
amar a alguien más. Pero esto no podía durar. Un día, Cesare lo descubriría, 181
y Rocco no sabía qué haría. No podía renunciar a Grace más de lo que podía
dejar de respirar, y si eso significaba que tenía que morir, moriría sabiendo
que había sostenido la perfección en sus brazos. Ella era todo lo que era
bueno y hermoso e inocente sobre el mundo, todo lo que Cesare le había
robado cuando lo había arrancado de un orfanato en Las Vegas y lo trajo a
Nueva York.
—Cuando termine la escuela, podremos casarnos —dijo con la certeza
de la juventud—. Papá no estará contento con nuestra diferencia de edad,
pero cuando ve cuánto nos amamos uno al otro, cederá.
Rocco estaba bastante seguro de que Nunzio Mantini nunca estaría de
acuerdo con la idea de un De Lucchi casándose con su hija, y sobre todo con
uno diez años mayor que ella, pero no estaba dispuesto a apagar la luz en
sus ojos diciéndole la verdad. E incluso si Nunzio estuviera de acuerdo, esa
era una posibilidad tan remota como otro dinosaurio caminando por la
tierra, Cesare encontraría la manera de destruirlos. Pero incluso el
conocimiento de que nunca duraría, que un día tendría que romperle el
corazón, no podía evitar que tomara lo que le ofrecía. Era un bastardo
egoísta, pero prefería tener poco tiempo con Grace que nunca haber
experimentado la emoción que había despertado en él en absoluto.
—Lo que quieras, Gracie. Haría cualquier cosa por ti.
—¿Usarías un esmoquin en lugar de tu chaqueta de cuero?
—Si te hace feliz.
—¿Podemos casarnos afuera?
—Por supuesto.
—¿Cuando me lo pidas, puedes hacerlo romántico para que cuando se
lo diga a nuestros hijos pueda llorar como solía hacer mi madre cuando nos
contó cómo mi papá le pidió que se casara con él?
Rocco tragó más allá del bulto en su garganta.
—No sé nada sobre romance, dolcezza. Sólo sé lo que siento por ti.
—Entonces dime eso.
—Bien.
Ella se inclinó y apretó los labios contra los suyos.
—¿Quieres algo? —le preguntó.
—Sólo a ti.
—Me tienes. No iré a ningún sitio. Me refiero a algo en nuestra boda.
182
No quería pensar en la boda que nunca sucedería, en el vestido que
nunca usaría, el en el esmoquin que nunca alquilaría, y en el romance que
quería que ni siquiera entendía. Pero forzó la imagen a entrar en su mente
para que se le ocurriera algo y ver su sonrisa de nuevo.
—Quiero que cantes.
—¿Qué?
—Algo de tu corazón.
Ella lo besó de nuevo, sus labios cálidos y suaves. Él envolvió los
brazos alrededor de ella y la abrazó con fuerza.
—Eso es fácil —murmuró ella—. Cada canción que canto viene de mi
corazón y mi corazón está lleno de ti. Nunca me quedaré sin canciones para
cantar.
Deseaba que eso fuera cierto. El mundo sería un lugar más oscuro sin
su hermosa voz y sería un infierno que ni siquiera podía imaginar cuando se
fuera.
—¿C ómo está tu papá? —Rocco caminó alrededor de la
habitación de Grace sin siquiera molestarse en
llamar a la puerta. Ella se encogió al ver las pilas de
ropa y revistas en el suelo, las estanterías llenas de chucherías que había
elegido de tiendas de segunda mano, y los patrones de costura y piezas de
tela sobre cada superficie. Sí, su cuarto era un desastre. Algún día estaría
alrededor de limpiarlo, pero nunca parecía tener tiempo.
—Mejor, gracias. Salió de la UCI y está en una habitación de
recuperación. —Sentía su voz tensa, y respiró hondo y luego otra vez. Si no
se relajaba, no podría cantar, pero ¿cómo podía relajarse después de lo
que su padre había dicho? Había plantado una semilla de duda, y a pesar
de sus mejores esfuerzos había echado raíces en el curso del día.
—¿Ya habló con Nico? —Él tomó una foto de Grace y su mamá juntas, 183
ambas vestidas de azul, con el cabello recogido, con sonrisas idénticas en
sus caras.
—Él estaba a punto de llamar a Nico cuando llegué allí. Estoy segura
de que está hablando con él ahora. Dijo que haría que los Forzani
buscaran a Tom, y que quería manejar mi seguridad.
Rocco dejó la foto y se volvió lentamente para mirarla.
—¿Cuál seguridad?
Ella se mordió los labios y se encogió de hombros.
—Quería darme un guardaespaldas. Le dije que no necesitaba uno
porque te tenía a ti.
—Estoy seguro de que no le cayó bien.
—No. —Su corazón latía en su pecho mientras trataba de trabajar con
el coraje para hacer la pregunta que no quería hacer.
—¿Dolcezza?
—¿Sí?
—Vas a arrugar tu vestido. —Él hizo un gesto hacia su mano, al
fuerte puño agarrando su falda de color rosa. Tenía una capa de encaje de
color crema que escondía el daño que estaba haciéndole a la seda debajo,
pero aun así, no quería ir al escenario sintiéndose como si estuviera
ocultando algo, incluso si era solo seda arrugada, cuando sus canciones
salían desde un lugar de honestidad en su corazón.
—Cierto. —Suavizó su vestido.
—¿Qué pasa, Gracie? —Su voz era tan suave, tan tierna, que sus ojos
se humedecieron con la fuerza de la emoción que había estado frenando
desde esta tarde.
—Nada.
—¿No están cuidando bien de tu papá? ¿Quieres médicos diferentes?
¿Un hospital diferente? Puedo hablar con Nico. Solo dime lo que necesitas.
—Él está bien. Se está recuperando.
—¿Es el concierto de esta noche? Sabes que no dejaré que nada te
pase. Si algo sale mal detendré el espectáculo.
La vehemencia en su tono disminuyó algo de su ansiedad, y parpadeó
sus lágrimas, sabiendo que las había visto y que no iba a dejar que su
184
angustia se deslizara.
—Lo sé. Eres el dueño del club.
—Está bien.
—Tal vez deberías llevar una chaqueta y una corbata. —Trató de
poner una nota burlona en su voz—. No hay muchos dueños de clubes jazz
en chaquetas de cuero y pantalones.
—No tengo una chaqueta.
—Ethan podría prestarte una. Eres de su misma talla.
Rocco resopló.
—No le pediré prestada una chaqueta a Ethan.
—¿Por qué no?
—Él te desea. Si tomara prestada su chaqueta, tendría que
devolvérsela en pedazos para que capte el mensaje de que eres mía.
Mía.
Le dolió el corazón de anhelo. En las semanas pasadas, había estado
viviendo una fantasía, cuando la realidad allí era que había un abismo
entre ellos tan ancho que no sabía si una palabra sería suficiente para
salvar la distancia.
—Te diré qué —dijo—. Si cantas sin la máscara me pondré una
chaqueta.
Una sonrisa tiró de sus labios.
—¿Y una corbata?...
—No me presiones.
Ella había cantado con solo media máscara antes, y en el club de
Rocco, con Rocco allí, estaba bastante segura de que podía lograr cantar
sin ella.
—Bien. Pero tengo que verte primero en la chaqueta antes de ir al
escenario.
—Estaré ahí, cara mia. Como lo prometí.
—Papá dijo que debería mantenerme alejada de ti —dijo, mirándolo.
—Si tuviera una hija, le diría que se mantuviera alejada de mí,
también. —Cruzo los brazos, apoyados contra su cómoda. Con sus floridos
muebles en mal estado chic pastel. Con grabados, y cortinas de encaje
blanco, estaba de pie fuera de su oscuridad.
185
—Dijo que no había ninguna línea que no cruzaras.
—Tengo líneas. —Rocco miró fijamente hacia adelante—. Nunca
lastimaría a un civil o a una mujer.
Ella alisó su vestido incluso aunque el daño ya estaba hecho.
—¿Y si esa persona fuera una amenaza? ¿Qué si estuvieran
destinados a lastimar a alguien que te importara, directa o
indirectamente? ¿Los lastimarías entonces?
Respondió tan rápido que se preguntó si había escuchado la
pregunta.
—Sí.
—Entonces no hay realmente una línea que no cruzarías, es una línea
que prefieres no cruzar, pero en las circunstancias adecuadas lo harías.
—Lo que te pasó nunca sucederá de nuevo. —Cruzó la distancia entre
ellos, tomando su rostro en sus palmas—. Te fallé, dolcezza. Nunca te
volveré a fallar. No voy a dejar que nada te lastime. Te mantendré segura.
Y si eso significa tener que romper las reglas, entonces voy a romperlas.
—¿Qué hay de aquí? —Le tocó el corazón—. ¿Y si tuvieras que hacer
algo que me lastimara por dentro?
—Nunca.
—Pero ¿y si no tuvieras otra opción? ¿Y si... tú... Cesare te diera un
contrato que me lastimara? —Fue tan cerca como podía llegar a hacerle la
pregunta sin sugerir que no confiaba en él.
—No lo haría. —Sus brazos se deslizaron alrededor de su cuerpo,
acercándose a ella.
—Pensé que la muerte era tu única manera de salir.
—No tiene que ser con mi muerte. —Se inclinó y la besó, en la boca.
Moviéndose contra ella tan suave y gentilmente que casi no podía creer
que estuviera sugiriendo que podría matar a Cesare.
—Pero... ¿lo harías?
—Tú.—Gimió en su boca, y ella pasó los dedos por su cabello, tirando
de él hacia ella. Quería más. Más besos. Más del calor de su cuerpo contra
el de ella. Brazos más fuertes sosteniéndola fuerte, protegiéndola.
Manteniéndola segura. Él siempre la había mantenido a salvo. Y sin
embargo, las palabras de su padre eran una irritada molestia en su mente. 186
No son buenos hombres.
Un hombre se define por las líneas que no cruza.
Pretende ser tu novio, tu amante, tu amigo...
Giró la cabeza y se aferró a él, saboreándolo, la ilícita emoción de
estar envuelta alrededor de un mafioso en su dormitorio incluso después
de que su padre le advirtió que se alejara, donde no había nada más que el
débil sonido del tráfico, el estruendo del bajo mientras Miguel practicaba
en la sala de estar, y el ocasional ruido de pasos cuando Ethan cargó el
equipo para el concierto. ¿Por qué no podía tener esto, tenerlo a él? ¿Por
qué no era suficiente que conociera su corazón y aceptar quién era por
dentro?
—Te deseo. —Ella bajó las caderas contra las suyas, sintiendo la dura
longitud de su erección debajo de su cierre—. Aquí, Rocco. Ahora.
Necesitaba sentir su conexión, saber que tenía razón y que papá
estaba equivocado.
Un gruñido de placer retumbó en su pecho. Sus manos se deslizaron
por sus muslos hacia sus caderas y bajo su falda.
—Ese es un deseo peligroso. No estoy en un suave estado anímico.
—No quiero gentileza. —Ella mordió su labio inferior y sus dedos se
curvaron en su trasero.
Él tomó su sexo con su cálida palma, y ella sintió una necesidad casi
frenética de conectarse con él y alejar las palabras de su padre.
—Esta no eres tú —dijo él en voz baja.
No, no era ella. Nunca había sido sexualmente agresiva. Cuando
había estado con Rocco, él siempre había estado a cargo. Había sido su
maestro en todas las cosas y había sido una alumna dispuesta. Después
de que se mudó a Las Vegas y comenzó a salir con otros hombres, había
intentado afirmarse ella misma, pero no le dio el mismo tipo de emoción, y
nunca había conocido a un hombre tan dominante como Rocco.
—Estoy descubriendo a toda una nueva yo. Estoy abrazando el caos
con el que he estado corriendo de toda mi vida.
Sus labios se curvaron en las esquinas.
—¿Soy un caos?
—Sí, lo eres.
187
Con un gruñido bajo, le empujó las bragas a un lado y deslizó un
dedo a través de su humedad. Sus ojos se oscurecieron a casi negros.
—Estás mojada.
—Para ti. —Sacudió las caderas contra él, presionando sus dedos.
—Grace… —Su voz se quebró en un gemido, roto.
—Por favor. Ahora mismo. Te necesito. Necesito sentirme cerca de ti.
—Mierda. Nunca podría decirte que no. —Empujó un dedo grueso
dentro de ella y ella jadeó.
Debe haber sido el jadeo lo que lo rompió, porque le aplastó la boca
en un beso feroz y bombeó su dedo duro y profundamente en su humedad.
—Oh Dios. Sí.
—Dime lo que quieres, Gracie. —Agregó un segundo dedo, doblándolo
al llegar al sensible punto dentro de ella que su piercing acariciaría cuando
finalmente pudiera penetrarla.
—Más. —Ella no solo quería sus dedos o la forma ruda en que la
manejaba; quería que hablara sucio, las palabras sin filtrar que hacían
que cada uno de sus encuentros pareciera peligroso y sórdido.
—¿Más de qué? —Su voz era un susurro sensual en su oreja—.
¿Quieres más dedos en tu resbaladizo coño? ¿Y quieres que mi pene te
golpeé? ¿Quieres mis dientes mordiendo tus pezones? ¿Quieres mi boca
sobre tu caliente, apretado, mojado coño?
Ella gimió cuando sus palabras se dispararon. Su excitación subió
cien grados. Nadie le había hablado alguna vez de la forma en que Rocco lo
hacía. Sus palabras la hacían sentir deseada y sucia al mismo tiempo.
—Te quiero todo.
—Chica codiciosa. —Añadió un tercer dedo y empujó más fuerte, su
palma frotó contra su clítoris, su otra mano se deslizó bajo su camiseta
para tomar su pecho.
Grace se arqueó contra él, frotando su pecho contra su mano, girando
los dedos. Se sentía insensata y salvaje y desesperada por la liberación.
—Jesucristo, estás en llamas, dolcezza. Podría jugar con tu cuerpo
todo el maldito día. —Se inclinó y tomó su boca, su beso feroz y
apasionado. Su lengua recorriendo cada centímetro. Exigente. Dominante.
Había extrañado eso. Lo había extrañado. Todo lo que se perdieron juntos.
Por seis años había estado huyendo. Ahora, lo quería de vuelta—. Dámelo,
cara mia. —Su voz cayó baja y ronca—. Quiero sentirte venirte sobre mi 188
mano Quiero tus jugos en mis dedos. —Aumentó su ritmo, presionando
firmemente su palma sobre su clítoris con cada golpe.
Grace se retorció en su agarre, abriendo las piernas para acomodar
su mano, igual que le había enseñado la primera vez que había usado sus
dedos para llevarla al clímax.
—¿Estás cerca?
—Sí —susurró ella.
—Déjate ir. —Apretó su palma con fuerza contra su clítoris, y su
orgasmo se cerró de golpe en ella, meciendo su cuerpo desde adentro hacia
afuera. Rocco se tragó su grito con un beso, sus hábiles dedos atrayendo
su orgasmo hasta que sus rodillas estuvieron débiles. Antes de que
hubiera bajado completamente, él había sacado un condón del bolsillo y
liberó su pene de su encierro.
—¿Estás lista para mí?
—Sí. —Su corazón todavía latía con fuerza de la fiebre del orgasmo,
pero todavía ansiaba más.
Rocco le arrancó las bragas como si fueran un pañuelo. Luego dobló
las manos debajo de su trasero y la levantó fácilmente, apoyándola contra
la pared mientras ella envolvía sus piernas alrededor de él.
—Dime que lo quieres. —Sus ojos, feroces y duros, la quemaron—.
Utiliza las palabras que me gusta escuchar.
—Lo deseo, Rocco. Quiero tu pene, quiero que me penetres. Hazme
tuya.
Quería ser suya, estar anclada al suelo debido a las ganas de alejarse
después de que su padre le había advertido sobre los De Lucchi era casi
abrumador. Pero esta vez sería diferente. Creía en él, creía en sí misma. Si
se sentía bien entre ellos, entonces nada más importaba.
Sus grandes manos cruzaron sus caderas, la suave cabeza de su pene
jugó en su entrada. Ella se quedó sin aliento, dejando salir jadeos salvajes
y se aferró a él, sus uñas se hundieron profundamente en sus hombros
mientras la sostenía en alto, con el aire fresco de la noche acariciando su
carne caliente. Esperando. Esperando que llegara el ancla.
—Rocco. Por favor. —Moviendo las caderas hacia arriba, trató de
empujar hacia abajo sobre la cabeza de su pene. Sus manos se apretaron
sobre sus caderas en advertencia, y se retiró solo suficiente para que
pudiera sentir el calor de su carne cerca de su entrada, pero nada más.
189
—Shhh. Déjame disfrutar de ti.
—No quiero que me disfrutes. Quiero que me penetres. —Esta vez las
palabras crudas se deslizaron fácilmente de sus labios.
Lentamente, empujó dentro de ella, centímetro a grueso centímetro,
su piercing una deliciosa quemadura erótica contra su sensible carne.
Ella cambió su peso, abriendo las piernas para tomarlo todo. Él gimió,
luego golpeó en toda su entrada, estirándola, llenándola tan
profundamente que se quedó sin aliento, y sin embargo lo tomó,
deleitándose en su poder y fuerza, Sintiéndolo. El clímax creció y estaba
decidida a agarrarse a él hasta que se pudiera venir con ella.
—Sí, nene —susurró ella—. Penétrame duro. Dame todo ese duro,
grueso pene.
Su ahogado grito la animó, haciéndole sentir la fuerza de su
feminidad. Se inclinó y lo besó en el sensible punto entre su cuello y
hombro y luego lo mordió con fuerza.
—Jesucristo. —Rocco golpeó en ella, su cuerpo tenso y duro con
poder restringido. Más rápido más fuerte. Su cuerpo tembló mientras
frotaba suavemente su dedo alrededor de su clítoris, bajando a su coño
mojado por la humedad, entonces acariciándola de nuevo.
Grace gimió en alto. Nunca se sintió tan estrechamente conectada con
alguien como lo hacía con Rocco.
Su orgasmo alcanzó su punto máximo sin previo aviso. Un grito
explotó de ella y enterró la cara en su hombro mientras se venía alrededor
de su pene.
Con un grito feroz, él se estrelló contra ella y se unió a ella en el
clímax, su pene hinchándose contra los apretados músculos de su vagina
mientras bombeaba su semilla dentro de ella.
—¿Grace? —Ethan golpeó la puerta—. ¿Estás lista para salir?
—Joder —murmuró Rocco—. Perfecto jodido momento.
—No recuerdo que juraras tanto cuando estábamos juntos antes —
dijo ella mientras la soltaba.
—No había tanta mierda pasando para que necesitara jurar. —Se
volvió para disponer del condón y luego se enderezó rápidamente su ropa.
Grace extendió los brazos a los lados y giró frente a él.
—¿Como me veo?
190
—Como si acabaras de tener buen sexo.
Riendo, ella pasó sus dedos por su cabello, alisándolo, sus dedos
acariciaron la piel suave sobre su mejilla. Cada vez que estaba con él, se
olvidaba de la cicatriz. Él no la veía fea, entonces ¿por qué no podía dejar
de ver la cicatriz?
—E
so es tan bueno, nena. Sigue.
Mike pasó sus dedos por el sedoso cabello de
Tiffany mientras su cabeza se balanceaba arriba
y abajo en su regazo en el callejón detrás del
Stardust. En la parte posterior de su mente, sabía que no debería haberla
invitado a sentarse con él cuando se supone que debía estar vigilando,
pero cuando llamó para ver si quería que se vieran, y estaba a la vuelta de
la maldita esquina de Stardust donde Mike había estado sentado durante
las dos últimas horas, no pudo resistirse. Ella había comprado su historia
de ganar dinero extra haciendo vigilancia y había estado emocionada de
hacerle compañía y tratar de adivinar a quiénes estaban vigilando. Tan
putamente linda. Cada vez que la miraba, sentía como si estuviera
viviendo un sueño.
191
Mike movió su asiento hacia atrás de modo que no se golpeara la
cabeza en el volante. Su madre siempre le dijo que era consciente, y había
hecho su mejor esfuerzo para asegurarse de que estuviera cómoda cuando
se recostó en su regazo y tiró de su cierre abriéndolo. Había puesto la
chaqueta sobre ella y movió en ángulo su asiento hacia abajo para
acomodar sus piernas largas y delgadas.
Frankie no lo entendería, pero tipos como Mike no solían captar la
atención de chicas como Tiffany. E incluso si lograba engancharse con
ellas, no lo llamaban de nuevo. O rogaba por pasar tiempo con él a pesar
de que estaba atrapado en un callejón mirando a una puerta de metal
negro. O le daban un “pequeño regalo” en el auto para que no se aburriera.
¿Qué universo estaba viviendo para haber encontrado a la chica perfecta?
Frankie no lo necesitaba, de todas formas. No había nada que el
ejecutor no pudiera manejar. Ayer había enviado a Mike y a Paolo lejos del
almacén donde habían atado al tipo del parque de casas rodantes,
diciéndoles que manejaría el interrogatorio él mismo.
Por lo general, Frankie hacía el trabajo sucio y los soldados de la
familia Toscani o asociados limpiaban el desorden y manejaban la
disposición del cuerpo, salvo que le dieran al tipo un par de zapatos de
hormigón, en cuyo caso Frankie se ocupaba del trabajo en concreto.
Durante las semanas pasadas, sin embargo, Mike, y Paolo porque Mike lo
había tomado bajo su ala, había estado trabajando casi exclusivamente
para Frankie en nombre del señor Rizzoli, quien les dijo que trataran a
Frankie con el mismo respeto que le darían a cualquier jefe.
A Mike no le importó. Frankie había sido diferente en las pasadas
semanas. No fruncía tanto el ceño. Hablaba de vez en cuando, y no solo
para ladrar órdenes, y las pocas veces que Mike lo había visto con Grace,
podría jurar que había visto su sonrisa forzada. Era casi como fueran del
equipo de Frankie, aunque los De Lucchi no tenían ningún equipo además
de ellos mismos. Frankie incluso les pagó, y como resultado, la cuenta
bancaria de Mike estaba en números negros por primera vez en años. Para
celebrar, había comprado algo especial para Tiffany, un presente de
aniversario de dos semanas que apenas podía esperar a darle cuando su
turno terminara.
Tiffany hacía una mamada alucinante y su movimiento de remolino
hizo que sus ojos se cerraran involuntariamente y su cuerpo se sacudiera
de nuevo en el asiento. Maldita sea, era buena. Estaba a la vez agradecido
por habilidad y celoso de hubiera ganado esa experiencia con alguien más. 192
Tal vez más que con alguien más. Mierda. No era una pregunta que quería
hacer. No tenía muchas preguntas sobre ella. Ahora sabía que era
enfermera y que era mitad italiana. Vivía en un apartamento en Henderson
con una compañera de cuarto y un Bichon Frise. Le encantaban sus
músculos, el hecho de que poseía una cadena de gimnasios, y tener
mucho sexo. Quería saber más, pero ella siempre comenzaba a besarlo
cuando le hacía preguntas y finalmente se daba por vencido, con miedo de
joder lo que resultó ser el enganche más increíble de su vida.
—¿Te gusta eso, Mikey? —Ella miró hacia arriba, lamió sus frondosos
labios, y él casi se corrió allí mismo.
—Eres jodidamente increíble. —Gentilmente empujó su cabeza hacia
abajo—. No te detengas ahora.
—Cierra los ojos —susurró—. Te tengo otra sorpresa.
Oh hombre. No creía poder manejar más. Estaba justo en el borde y
frenándose simplemente porque quería que continuara para siempre.
Acariciando su cabello, la vio volver a trabajar. Esta vez tomó y apretó
sus bolas con una mano y lo bombeó con la otra, su boca trabajó en
contrapunto hasta que estuvo preocupado de venirse tan duro que la
estrangulara.
—Tus ojos no están cerrados —dijo levantándose.
—Me gusta verte.
Sus labios se inclinaron en las esquinas.
—Entonces prométeme que no me quitarás los ojos y te tomaré más
profundo.
Mike no diría que no a eso.
—Te lo prometo.
Ella abrió la boca y lo tomó tan malditamente profundo que sus dedos
se apretaron en su cabello.
—Jesucristo. ¿Dónde aprendiste a hacer eso? —Lamentó la pregunta
tan pronto como cayó de sus labios porque ella se retiró y lo miró, sus
grandes ojos azules brumosos de lujuria.
—En el mismo lugar donde aprendí a hacer esto. —Lo tomó de nuevo
y...
Santo infierno. Ni siquiera podía ver su propio pene. Ni sus bolas.
Cristo, su mandíbula debe haberse zafado para que le cupiera todo dentro.
193
El placer se acumuló en la base de su columna y todo fue demasiado. Su
suave, cabello grueso. Su hermosa cara. Sus manos. Su boca. Su
garganta. La emoción de ella sobre él en el auto donde cualquiera podría
verlos...
Mierda. Se suponía que estaba vigilando la puerta.
—Tiff…
Ella chupó más fuerte. A la mierda todo. ¿Cómo podía detenerla ahora
cuando había trabajado tan duro para sacarlo? Quería darle esto, y sería
malo para él rechazarla. Ninguna mujer nunca había tratado a Mike tan
bien.
—Más duro, nena. —Apretó su cabello, inmovilizándola mientras
bombeaba su pene con su boca
El maldito cielo.
R
occo hizo un rápido barrido visual del club, asegurándose de
que los soldados y asociados que había llamado todavía
estuvieran en el lugar. Mike estaba de vuelta, y había puesto a
dos hombres en la puerta principal. Con Mia y Gabrielle en el club, Rocco
quería más seguridad, por lo que había traído a otros dos chicos para
vigilar, y los puso de pie cerca de las diversas salidas del club.
Satisfecho con sus arreglos de seguridad, ordenó un vaso de bourbon
y metió la mano en el bolsillo por sus cigarrillos, dándose cuenta de que no
había fumado en días. Tal vez no fuera adicto después de todo. O tal vez
había perdido el deseo de acabar prematuramente con su vida.
Metiendo los cigarrillos en su bolsillo, miró el club, buscando
potenciales amenazas. En la mayor parte, la multitud estaba formada por
parejas, unos pocos grupos de mujeres, y algunos solteros en el bar. Había 194
un chico flaco flotando cerca de la mesa de billar, que estaba mirando a
Mia, pero no dudaba que lo pondría en su lugar si hiciera algún
movimiento. Gabrielle estaba en buena forma, aunque su vientre seguía
metiéndose en su camino.
Rocco se rio entre dientes cuando perdió un tiro fácil, pero su sonrisa
se desvaneció cuando ella puso su mano en su espalda baja como si
estuviera en dolor. Nunca había pasado mucho tiempo pensado en las
novias y esposas del equipo Toscani hasta que había ido en la misión de
rescate con Gabrielle. Lo había impresionado con su habilidad y coraje y lo
entretuvo sin fin con su actitud de patea-traseros. Aun así, no salió de su
camino para hablar con las mujeres Toscani, pero esta noche Grace las
había invitado para que la oyeran cantar, y se había sentido inusualmente
protector. Hecho sin sentido. No era parte del equipo Toscani y no era
responsable de sus mujeres.
El anhelo lo agarró con fuerza y le tomó un minuto completo darse
cuenta de que había estado dirigiéndose de esa manera desde el primer día
que entró a la casa club de la familia del crimen Toscani. Había hecho un
trabajo para Nico, y luego otro, y otro hasta que los trabajos que aceptaba
para el padre de Tony, entonces el jefe de la familia Toscani, fueron cada
vez menos. Cuando el padre de Tony fue herido en la masacre que llevó al
vacío de poder actual, Rocco había cortado todos los lazos con ese lado de
la familia y dejó en claro que estaría trabajando exclusivamente con Nico,
excepto por las tareas que vinieran directamente de Cesare y de don
Gamboli.
Eran familiares, aunque limitados por el crimen y no por la sangre, el
tipo de familia que había pensado tendría cuando Cesare lo había
adoptado, la familia que había dejado de desear cuando perdió a Grace.
Ahora la había encontrado, y ella le abrió los ojos a los deseos que
había sido obligado a esconder, la familia, en cada sentido de la palabra.
A la mierda Tony y su estúpida advertencia. Ahora que el subjefe
estaba en vías de recuperación y Tony fue tan bueno que admitió que Tom
estaba con él, ya sea como invitado o preso, Rocco no lo sabía, y Nunzio
estaría enviando guardias para vigilar a Grace, necesitaba volver su
atención a cómo romper sus lazos con Cesare. Había aceptado la situación
por demasiado tiempo. Grace tuvo la fuerza para hacer un cambio. Tenía
fe en él. Él necesitaba tener fe en ellos.
Se deslizó de su asiento y fue a la mesa de billar. El delgado chico 195
había estado acompañado por dos tipos vaqueros que usaban cinturones
con hebillas grandes y botas nuevas. Rocco los había catalogado como
turistas, excepto que estaban demasiado tensos. Los amantes del jazz
solían ser un grupo relajado. Los turistas aún más. Venían a jugar un
poco de billar, a tomar unos tragos, y a disfrutar de la música.
Esos dos parecían estar atados y tensos.
—¿Estás bien, Gaby?
Gabrielle se sobresaltó, sus ojos se volvieron anchos como si le
hubiera crecido una segunda cabeza, pero no estaba sorprendido. Nunca
había hecho ningún esfuerzo por vigilarla antes, o a Mia para el caso, pero
las cosas estaban cambiando y tendrían que acostumbrarse.
—Um. —Ella compartió una mirada burlona con Mia, y luego se
encogió de hombros—. Sí. Es sólo... um... que me duele la espalda. De
estar embarazada. Sucede si me inclino demasiado. Solo necesito
sentarme.
—Te conseguiré una silla.
—Gracias. —Miró a Mia de nuevo y luego de vuelta a él.
— ¿Algo está mal?
—Solo he... solo hemos… —Miró de nuevo a Mia—. Nunca te
habíamos visto en chaqueta y camisa antes. Te ves bien.
—Firmé los papeles esta mañana.
—Luca me lo dijo —dijo ella—. Felicidades.
Él asintió. Danny no había estado feliz cuando Rocco le hizo una
visita para decirle sobre la nueva propiedad, pero Rocco confiaba en que la
relación lo haría funcionar bien simplemente porque Danny nunca
olvidaría lo que sucedería si trataba de joderlos otra vez.
Le consiguió una silla y tomó una posición contra un pilar donde
podía ver tanto a las chicas como al pasillo por donde saldría Grace.
Gabrielle tendría mucho tiempo para descansar porque era el turno de Mia
y era tan malditamente buena que podía despejar una mesa sin perder un
tiro.
Grace se unió a ellas unos instantes más tarde para una visita rápida
antes del concierto. Joder, era sexy. Con ese hermoso cabello castaño
derramándose sobre sus hombros, los ajustados vaqueros que abrazaban
sus curvas, el florido top femenino y las botas patea-traseros era algo
sacado directamente de sus fantasías más profundas. Le gustó el vestido
196
que usaba, pero le gustaba más en vaqueros.
Una ola de posesividad lo golpeó. Nadie conocía a Grace como él. La
había tenido durante ocho años, la vio cambiar de niña a mujer joven,
compartió sus esperanzas y sueños, la sostuvo cuando lloró, escuchó
cuando cantaba y la animó a seguir su don. Había sido el primer hombre
que la tocó, el primer hombre en besarla, el primer hombre en presentarla
al mundo del placer sexual. Quería compartir más novedades con ella en
un futuro libre de amenazas u obligaciones. Deseaba que le perteneciera
en cada maldito sentido de la palabra y saber en su corazón que nada
podría separarlos.
—Bonita chaqueta. —Se detuvo sólo un metro de distancia y respiró
el floral olor de su perfume.
—Muy restrictiva. —Él se encogió, tratando de encontrar un lugar
cómodo para que la chaqueta se acomodara.
Sus labios temblaron con una sonrisa.
—La banda esta lista. Entramos en media hora.
—Mejor deberían proporcionar un adecuado acompañamiento a tu
hermosa voz.
Ella rio a carcajadas, y Cristo le encantó ese sonido.
Tomó el lado de su cuello con su mano y la atrajo hacia sí.
—No los necesitas, cara mia. Todos estarán escuchándote.
—Estoy nerviosa. —Presionó su cuerpo contra él—. Pero hará toda la
diferencia verte allí, especialmente en esa chaqueta. ¿Dónde la obtuviste?
—Se la pedí prestada a Ethan.
Su aliento era cálido en su oído mientras se inclinó para susurrar.
—Si se la devuelves en una sola pieza, haré que valga la pena.
Inclinándose, tomó sus labios en un beso posesivo, una mano
alrededor de su cuello, la otra apretándola contra él donde le gustaba más.
Sin maldito cuidado si Gabrielle y Mia se lo contaban a cada maldita
persona en la familia que estaban juntos, o si todos en el bar estaba
viendo. Su chica estaba en sus brazos y no había otro lugar donde
prefiriera estar.
—¿Tienes tiempo para ayudarme a llevar a Mia a un nuevo juego? —le
preguntó Gabrielle a Grace, interrumpiendo—. Acaba de limpiar la mesa
de nuevo, así que empezaremos de nuevo.
—Tu juego terminó, cariño —dijo el más alto de los dos vaqueros—. 197
Es nuestro turno.
—Pagamos por tres juegos. —Mia señaló las fichas que colgaban en la
pared.
—Tu amiga gordita ya fue a medio camino. Ese es un juego. Tú
jugando trucos de fantasía y despejando la mesa fue los juegos dos y tres.
Ahora muévete como la mierda fuera del camino, y deja que un verdadero
hombre te enseñe cómo jugar.
—¿En serio? —Gabrielle se empujó y se puso de pie y agarró el taco—.
¿Gordita?
—Me encargaré de esto. —Rocco gentilmente quitó a la cálida de
Grace de sus brazos.
El vaquero alto agarró el taco de las manos de Gabrielle, quitándole el
equilibrio, y sólo los reflejos rápidos de Mia la salvaron de caer. La tensión
que había estado hirviendo a fuego lento debajo de la piel de Rocco desde
su conversación con Tony estalló en un ladrido.
—¿Qué carajos? Está embarazada. No empujas a mujeres
embarazadas. Y las chicas tienen otro juego así que te sugiero que te vayas
a la mierda de aquí antes de que reorganice tu cara.
Claramente demasiado estúpido para prestarle atención a la
advertencia, el vaquero escupió en la nueva chaqueta de Rocco.
—¿Qué demonios? ¿Es tuya? Pensé que estabas con la fea.
No necesitó mirar a Grace para sentir su dolor, y no sintió la
necesidad de explicarle al vaquero que Mia y Gabrielle estaban bajo su
protección. Que eran familiares y aunque nunca se sintió como parte de la
familia, lo hacía esta noche.
Retiró su puño, solo para sentir la mano de Grace en su brazo, su voz
y susurro urgentes en su oreja.
—Si empiezas algo aquí, la policía aparecerá.
Rocco sintió no poca cantidad de satisfacción porque no le pidiera que
pulverizara al estúpido que se atrevió a insultarla, porque no había forma
en que el tipo se fuera a casa esta noche con todos sus miembros unidos.
—Ella tiene razón —dijo el estúpido vaquero de mierda—. Llevémoslo
afuera.
—Afuera. —Tiró al tipo de la pared y lo empujó hacia la entrada
trasera. 198
El vaquero miró de nuevo a su amigo y sonrió.
—Esto será rápido.
—Quédate aquí. —Rocco le dio a cada una de las chicas una mirada
que decía que quería decir que era de negocios y les hizo un gesto a los
guardias para que se quedaran quietos y vigilaran a las chicas. Luego
siguió al vaquero y a su amigo por el pasillo y al callejón. No sentía miedo.
En cambio, sentía una curiosa sensación de calma. Esta era su pelea. La
había escogido. No era un contrato. Nadie lo había enviado a este trabajo.
Podía hacer lo que quisiera con ellos, de la forma en que quisiera hacerlo,
y los vaqueros se merecían lo que recibirían.
Algo picó en la parte posterior de la mente de Rocco cuando salieron
al callejón. ¿Quién tiraba insultos a las mujeres sin motivo?
Gabrielle estaba claramente embarazada, y Grace era hermosa a
pesar de la cicatriz. Los hombres no habían estado en el bar mucho tiempo
así que no era como si hubieran estado esperando toda la noche por la
mesa, y las chicas tenían tres fichas en la pared que mostraban que
habían pagado por tres juegos. Incluso si los vaqueros estuvieran
borrachos, eran muy convenientes. También previsibles. Pero con la
adrenalina bombeando a través de sus venas y un sentido de justicia sin
precedentes en el corazón, Rocco ignoró la advertencia.
—¿C ómo estuvo eso? —Tiffany se sentó a horcajadas en
el regazo de Mike, acomodando su calor húmedo
sobre su gastado pene.
—Cristo, Tiff. Me estás agotando. Pensé que sólo querías chuparme
toda de una vez.
Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello presionando sus
calientes pechos contra su pecho.
—No sabía que podías recuperarte tan rápido. No quería que ese gran
delicioso pene se desperdiciara.
—Eres jodidamente increíble. —La jaló a en un abrazo y enterró su
rostro en su suave cabello. Tenía el cabello más glorioso de cualquier
mujer que hubiera conocido, una cascada de gruesas olas doradas
199
perfumadas con sol de verano que bloqueaban su visión de todo menos de
ella—. Quiero hacerte correr ahora.
—¿Qué tal si vamos a mi casa donde podremos estar más cómodos?
No había nada en ese momento en particular que Mike quisiera hacer
más que ir a la casa de Tiffy y devolverle el placer que le había dado, pero
ya se había arriesgado al no mantener un ojo en el callejón y Frankie no
era de los que perdonaban a un pequeño chico.
—Tengo que consultarlo con el jefe primero —dijo dándole un suave
beso—. Una vez se vaya, tal vez entonces podamos ir a tu casa.
—Tal vez puedas sacarme de aquí entonces. —Ella apretó su mano y
la metió bajo su falda. Sus bragas estaban empapadas, y pudo sentir su
pene volviendo a la vida de nuevo.
—Eres una chica traviesa. —Empujó sus bragas a un lado y le
acarició el coño—. ¿Te gustaría chupar mi pene?
—Sí. —Ella se echó el cabello hacia atrás y él vislumbró el callejón
que se suponía que debo estar vigilando, y donde Frankie golpeaba a dos
chicos en botas de vaquero.
—Santa mierda. —Trató de atrapar del regazo de Tiffany, pero ella
estaba apretada—. Tiff. Bájate. Mi amigo está en problemas.
—No me dejes, Mikey. —Ella golpeó contra su ingle, pero el miedo
había cuidado de su creciente erección. Levantó la vista y vio a cuatro
chicos más en el callejón en dirección a la pelea. Cristo. Frankie estaba
siendo emboscado. Era bueno, pero seis contra uno no era una pelea
justa.
—Mierda. Quítate —La empujó al lado y abrió la puerta, recordando
que sus pantalones estaban desabrochados solo segundos antes de salir
del vehículo. Acercándose, se estiró debajo el asiento y agarró su arma—.
Quédate aquí.
—¿Por qué necesitas una pistola, Mikey? —Sus ojos se ensancharon y
él enfermó sintiendo en su estómago que tal vez esto la asustaría.
—Sólo para estar seguro, nena. Promete que te quedarás en el auto.
—Dime qué está pasando.
Miró de nuevo y la situación había empeorado. Grace, Mia, y Gabrielle
habían salido y habían jalado a dos chicos a un lado. Mia estaba
sosteniendo a algún tipo flaco, mientras una embarazada Gabrielle le daba
una patada de mierda. Grace estaba haciendo algunos movimientos de 200
artes marciales sobre el otro muchacho. Frankie todavía estaba peleando
con los otros cuatro, ahora con la ayuda de dos de los guardias, sus
asaltantes se comenzaban a ver un poco peor por el desgaste.
Y Mike estaba a punto de morir porque había estado ocupado
mientras se lo chupaban en su auto en lugar de hacer su trabajo.
—Nada, nena. Parece que mi amigo podría haber tenido demasiado
para beber. Solo lo arreglaremos y nos dirigiremos a tu casa y puedo
hacerte sentir tan bien como me hiciste sentir.
—Estoy asustada. No te vayas. —Sus grandes, ojos azules se
ensancharon, y se sintió como una mierda total por dejarla venir con él.
Ese era un trabajo mafioso por Dios Santo. Claro que habría violencia.
Frankie no habría llamado a muchos guardias si no hubiera esperado
algún tipo de problemas. ¿Y dónde carajos estaba el resto de ellos? ¿Tres
mujeres Toscani estaban peleando en un callejón y solo dos guardias se
molestaron en seguirlas? Nico y Luca estarían muy enojados. Cabezas
rodarían, y la suya sería la primera.
—Estarás bien si te quedas en el auto, nena. Y cuando vayamos a tu
casa, tengo un regalo que darte. —Se inclinó y besó su mejilla. Mierda.
Cada segundo que pasaba consolándola era otro segundo que las mujeres
Toscani podían salir heridas y si eso sucedía su puta vida no valdría la
pena vivirla.
Ella suspiró y se recostó en el asiento.
—Está bien, Mikey. Esperare aquí.
—Buena chica.
Corrió por el callejón, ajustándose mientras iba. ¿A quién ayudaba
primero? Frankie era superado en número. Grace estaba uno a uno con su
atacante. Y Gabrielle estaba embarazada. Mike no sabía mucho sobre las
mujeres embarazadas, pero estaba bastante seguro de que patear y
golpear hombres no era bueno para el bebé, incluso si Mia tenía al
bastardo en un estrangulamiento. Y aunque lo fuera, estaba seguro de que
Luca se volvería loco si se enteraba.
Al final, la decisión llegó de quien parecía estar en mayor peligro, y
esa era Grace.
Se dirigió hacia Grace y agarró la camisa de su atacante.
—Grace. Ve dentro.
—No. Ve a ayudar a Gabrielle. Este bastardo es mío. —Usó otro
movimiento de fantasía de artes marciales y condujo su pie hacia el 201
estómago del tipo.
—Cuida de Grace —gritó Frankie golpeando a uno de los vaqueros
hasta tirarlo al suelo. Su chaqueta estaba destrozada, un bolsillo le
colgaba, sus botones estaban en el suelo, un corte de lo que parecía ser un
cuchillo recorría su espalda.
Mike puso un brazo alrededor del cuello de su amigo, cortándole el
aire. Mientras el asaltante de Grace peleaba y se sacudía, Grace le dio una
patada entre las piernas.
—No importa cómo se vea. Es lo que está dentro lo que cuenta —le
gritó.
Mike no sabía qué demonios quería decir, pero cuando el chico se
quedó inerte, Mike lo bajó al suelo y le tendió una mano a Grace.
—Vamos. Te llevaré dentro.
—Voy a ayudar a Gabrielle y a Mia —gritó mientras corría hacia abajo
del callejón—. Ayuda a Rocco.
Mierda. ¿Cómo diablos se suponía que ayudaría cuando nadie hacía
lo que les decía? Corrió tras Grace solo para descubrir que Gabrielle y Mia
habían golpeado a su chico hasta dejarlo inconsciente y estaban atando
sus manos detrás de él con su propio cinturón. Bien entonces. No se
necesitaba ayuda allí.
Las mujeres de la familia del crimen Toscani claramente no eran
como las típicas princesas de la mafia que había conocido en sus años con
la mafia.
¿Qué hay de Frankie? Corrió para ayudar y el ejecutor lo despidió.
—Jesucristo. ¿No puedes seguir una simple orden? Lleva a Grace y a
las chicas adentro.
—No los mates —gritó Grace mientras Frankie golpeaba dos de sus
cabezas con un enfermizo golpe—. El de la izquierda es Dino Forzani. Se
supone que me está protegiendo.
Frankie miró hacia arriba con el sonido de su voz. Mike podía decir
por sus ojos que el ejecutor estaba en su zona. Mike había estado en la
zona una o dos veces. Era puro instinto. Matar o morir. Los dos tipos
gimiendo a sus pies no saldrían del callejón con vida.
—Rocco. Estoy bien. Por favor. —Grace caminó hacia él como si no
entendiera que el chico frente a ella era una máquina de matar, que 202
probablemente la lastimaría si no se apartaba de su camino.
Uno de los otros dos asaltantes tomó ventaja de la distracción de
Frankie y aplastó una tabla sobre la cabeza de Frankie. Grace gritó y
Frankie bajó sobre una rodilla El único guardia dejado de pie aceleró al
tipo con la tabla y lo agarró por las manos.
Mierda. Mierda. Mierda. Mike no sabía qué hacer.
—Ve a buscar a los otros guardias.
Empujó a Mia y a Gabrielle hacia la puerta, rezando para que
entraran. Afortunadamente, esta vez lo hicieron y volvió para ayudar a
Frankie que ya arriba estaba y golpeando al tipo que se había atrevido a
pegarle con la tabla.
—Grace. Vamos. Dentro. —Mike abrió la puerta y entró, haciéndole
señas a Grace para que se uniera a él.
Escuchó el sonido de pasos. El gemido de una sirena policial. Luces
rojas brillaron, cegándolo momentáneamente. Respiró el aroma del sol de
verano mezclado con el húmedo olor de la sangre y pipí rancia del callejón.
Y entonces escuchó la suave voz de Tiffany.
—Está bien. Llamé a la policía.
—¿C
ómo puedes estar tan tranquilo?
Grace miró a Rocco, reclinado en el banco a
su lado, con las piernas abiertas y las manos
esposadas descansando detrás de su cabeza
como si estuviera reposando en un banco en el parque y no en el pasillo de
una fría y lúgubre comisaría de policía esperando ser procesado y le
tomaran las huellas.
—¿Y bien?
Cuando no obtuvo una respuesta, se recostó en su asiento y trató de
evitar que su cuerpo temblara. Estaba bien cuando llegó la policía,
simplemente porque no podía creer que la arrestaran. Después de todo, se
estaban defendiendo por no haber hecho nada malo. Pero cuando uno de
los policías le leyó los derechos de Miranda de una tarjeta y le puso un par 203
de esposas en las muñecas, se dio cuenta de que nadie le creía. Fue
entonces cuando comenzó el temblor, e incluso la presencia de Rocco en el
asiento a su lado no había podido calmarla.
Habría ayudado si hubiera hablado con ella. Le dijera lo que pasaría.
Después de todo, había sido arrestado antes. El tiempo en la cárcel era un
derecho de paso para los hombres hechos, y Rocco le había contado una
vez sobre los dos meses que había pasado en la cárcel después de pelearse
en un bar.
Grace, por otro lado, nunca había estado en el lado equivocado de la
ley, y estaba bastante segura de que tener antecedentes penales destruiría
cualquier oportunidad que tuviera de conseguir un trabajo como psicóloga.
Ni siquiera podía pensar en ir a la cárcel. Y en cuanto a llamar a papá al
hospital…
La bilis subió a su garganta y dejó escapar un suave gemido.
—Cálmate, cara mía. —Rocco se acercó y juntó las manos de ella, sus
esposas tintinearon mientras se movía.
—Oh, puedes hablar. —Lo miró—. Gracias por no decir nada en la
patrulla cuando casi vomito de tanto miedo.
—Estoy enojado. El tipo de conversación que quiero hacer en este
momento no es el tipo de conversación que quieres escuchar.
Sin hacer caso de la ira en su voz, continuó, desesperada por
distraerse del hecho de que mañana podría despertarse en una fría celda
de prisión.
—¿Estás enojado con Mike por llevar a un civil con él? No podía
creerlo cuando le dijo a la policía que solo estaba tratando de detener la
pelea y que tú y yo éramos los instigadores. ¿Qué clase de historia de
mierda fue esa?
—No lo sé.
—¿No lo sé? ¿Eso es todo? Podríamos ir a la cárcel por sus mentiras.
La mandíbula de Rocco se tensó y miró al techo.
—No habría sido un problema si hubieras hecho lo que te dije que
hicieras y te hubieras quedado adentro con Gabrielle y Mia.
—¿Qué? —Lo vio sorprendida—. ¿Esa es tu forma de decir gracias? Si
no te hubiéramos seguido, habrían sido de seis a uno, y luego seis a tres
cuando llegaron los guardias. Podrías estar muerto. Te pusieron una 204
trampa. Esos tipos estaban esperando afuera. Sé que eres bueno...
—Podría manejarlo sin sudar.
—Pero…
—La próxima vez te diga que te quedes adentro —gruñó—, quédate en
putamente adentro. El hombre te protege. así es como funciona.
—Ah, de verdad. —Se movió para cruzarse de brazos y luego se dio
cuenta de que no podía, así que golpeó sus esposadas manos en su regazo
para causar efecto—. Si creo que estás en peligro, iré a ayudarte. Soy un
tipo de persona curativa. así es como funciona.
Rocco soltó una carcajada.
—No vi mucha curación cuando pateaste a ese tipo en las bolas.
Agradecida de tener ahora un punto para su ira, resopló.
—No estamos hablando de eso. Necesitamos un abogado, Rocco. Sé
que la... familia... tiene abogados, pero obviamente no quiero llamar a mi
padre para pedirle nombres.
—Está cuidado.
—¿Cuidado? —Su voz se elevó de tono—. ¿Cómo se puede solucionar
cuando ni siquiera hemos tenido la oportunidad de hacer una llamada?
—Confía en mí.
Se frotó la cara con las manos esposadas.
—Confío en ti. Ojalá me lo hubieras dicho en patrulla.
—No hablaré de nuestro negocio con la policía escuchando desde el
frente.
Grace suspiró y se recostó en el banco.
—¿Por qué elegiste esa pelea de todos modos? Eran solo palabras, y
Gabrielle estaba bien.
—Te llamó…
—Fea. —Suspiró—. No es como si no lo hubiera escuchado antes.
—No eres fea —dijo con vehemencia—. Eres hermosa. Por dentro y
por fuera.
—Tal vez solo ves lo que quieres ver.
Su mandíbula se tensó.
205
—Veo la verdad.
—Bueno, podrías haberlo manejado de otra manera. La violencia no
es la única forma de resolver los problemas.
Los labios de Rocco temblaron en las comisuras.
—Lo dice la mujer que está sentada aquí conmigo en la comisaría
porque atacó a un hombre en un oscuro callejón. Debo decir que nada es
más excitante que ver a tu chica contra la violencia golpear a alguien dos
días después de amenazar a un tipo en un parque de casas rodantes con
un arma y dos semanas después de casi dispararle a un bastardo en el
pecho.
—No lo “golpeé hasta la mierda”—dijo indignada—. Fue en defensa
propia. Iba a unirse a sus amigos que te estaban lastimando.
—Hubiera sido divertido.
A Grace no le gustaba pensar en Rocco en una pelea con seis tipos.
Incluso ahora su ojo estaba hinchado y la sangre seca formaba una costra
en su frente debido a una larga herida que estaba segura dejaría una
cicatriz. Pero tampoco le gustó lo fácil que había sido para ella
involucrarse en la pelea. No titubeó en usar sus movimientos de Krav
Maga en uno de sus atacantes, y si Mike no hubiera llegado, habría
seguido peleando hasta que todos estuvieran a salvo.
—Mi parte favorita fue cuando pateaste al tipo que te llamó fea —
continuó él—, y le dijiste que era lo que había dentro lo que cuenta.
—Esta es una pesadilla de proporciones épicas. —Se pasó las manos
por la cara—. Se suponía que Dino me encontraría y actuaría como
guardaespaldas, no te atacaría con cinco de sus amigos y trataría de
matarte. Al menos ahora no querrá casarse conmigo.
—¡Vaya! Vaya, vaya. —Rocco se levantó en el banco—. ¿Casarse
contigo? ¿Qué carajos?
—Idea de papá. —Suspiró—. Aparentemente necesita una alianza o la
familia será destruida. Siempre pensé que estaba bromeando cuando me
hizo conocer a los hijos de sus amigos. O solo fue una ilusión de su parte.
Pero no. Me dijo ayer en el hospital que tenía la intención de casarme con
Benito antes de que le pegaran una paliza, y ahora se supone que me case
con su hermano, Dino.
Las manos de Rocco se cerraron en puños.
—¿Te obligará a casarte?
—No físicamente. Prácticamente sugirió que la familia estaría 206
arruinada si no conseguíamos la alianza, y que gente moriría. Dice, por
supuesto, que debo querer proteger a mi familia y así es como lo haré.
Silencio.
—¿No me preguntarás qué haré?
—No. —Se movió hacia atrás, un poco lejos de ella—. Haces lo que
tienes que hacer.
—¿No pelearás por mí? —Sabía que era una tontería preguntar, pero
después de hablar con su padre, necesitaba saber cuál era su posición con
respecto a él y si Cesare realmente tenía el poder sobre él que su padre
creía que tenía.
—Si sientes que tienes que casarte con esa testa di cazzo, entonces no
me interpondré en tu camino. —Se movió en el banco, dejando caer sus
esposadas manos entre sus piernas.
—¿En serio? —Resopló—. ¿Te quedarás quieto y me verás casarme
con el maldito Dino Forzani? ¿Estarás bien con eso? ¿Después de todo lo
que hemos compartido?
Rocco le dirigió una cautelosa mirada.
—Tú no juras.
—Juraré todo lo que quiera si vas a actuar como un imbécil. —No
sabía por qué de repente estaba tan enojada, pero la idea de que se diera
por vencido con ella tan fácilmente, que tal vez no sintiera lo mismo que
sentía por él, encendió un fuego dentro de ella. Tal vez debería hacer la
pregunta que tenía en la punta de la lengua. Si no le importaba, ¿qué
estaba tratando de salvar?
—Grace. —Una expresión de dolor cruzó su rostro—. Hay cosas que
no sabes, cosas que he hecho desde que estuvimos separados. No pudiste
aceptarlo la última vez…
—Acabo de patear a un hombre en las bolas y lo hice gritar, Rocco —
espetó—. Casi le disparo a alguien. Me gané la vida aquí cuando solo tenía
dieciocho años. ¿Te parezco la misma mujer que era en Nueva York?
—Sí. Por dentro eres la misma —dijo en voz baja—. Hermosa y
valiente. Simplemente nunca viste lo que yo vi.
—Esto es lo que obtengo por reconciliarme con mi papá —murmuró,
girándose para que no viera sus ojos llorosos—. Abrí la puerta al mundo
de la mafia y ahora estoy esposada a un banco en medio de una comisaría, 207
a punto de ir a la cárcel, o si salgo me obligarán a casarme con un hombre
que no conozco. Que no amo, y el hombre que me importa simplemente me
dejará ir.
—Tienes opciones, Gracie. Siempre las tuviste.
Resopló.
—¿Quieres decir huir? Ya no soy esa persona. Creo que me di cuenta
de eso esta noche en el callejón. Soy una peleadora. Y no es la violencia lo
que realmente me molesta. Es violencia por violencia. Violencia donde
sufren personas inocentes. Pero si estás protegiendo a alguien que amas o
te importa, o te estás defendiendo, entonces es excusable. Hay un área gris
que no pude ver después de la muerte de mi madre. —Después de la
muerte de su madre, no quería tener nada que ver con la violencia: nada
de peleas de juego, videojuegos violentos, peleas con pistolas de juguete
con Tom. No podía ver programas con armas o derramamiento de sangre, y
descubrir que su padre era parte de una organización criminal violenta, la
misma organización que había sido responsable de la muerte de su madre,
la había devastado. Y luego descubrió que Rocco era el epítome de todo lo
que había rechazado en su vida.
Pero después de huir por última vez, con la cara llena de cicatrices y
el corazón roto, no se rindió. Había aprendido a defenderse. Había
invertido en la universidad, había puesto en práctica su don para el canto
y se había reconciliado con su padre. Tal vez no había dado los pasos
finales para conseguir un trabajo o convertirse en cantante profesional, y
le había dejado claro a su padre que nunca sería parte de la mafia, pero
había hecho algo por sí misma. No estaba a la deriva, como había pensado.
Estaba en una encrucijada en su vida. En una zona gris. Solo tenía que
decidir qué camino tomar.
—Se supone que debo ser psicóloga —dijo, todavía reflexionando
sobre sus pensamientos—. Obviamente, no es bueno si me tomó tanto
tiempo descubrir cuál es mi problema. Empiezo a darme cuenta de que no
es mi verdadera vocación.
Él se rio, un sonido profundo, rico y hermoso que hizo que su cuerpo
se estremeciera. Nunca lo había oído reír de verdad. En todos sus años
juntos, nunca había bajado la guardia completamente.
—Me alegro de que puedas reírte cuando estamos a punto de ir a la
cárcel. —Apretó su mano, recordando dónde estaban. La estación era un
interminable flujo de actividad: oficiales uniformados que iban y venían,
208
bancos llenos de personas de todas las edades esposadas o encadenadas,
algunas enojadas, algunas borrachas, algunas aterrorizadas como ella,
gente que gritaba, puertas que se cerraban, llaves que repiqueteaban... y
¿Ese era el sonido de una puerta de metal?
—No irás a la cárcel. —Besó su mejilla llena de cicatrices y sintió la
sensación como una ráfaga de calor dentro de ella. Por lo general, no
sentía nada cuando algo tocaba su cicatriz, solo la conciencia de la presión
sobre su piel—. Nos iremos de aquí pronto.
—Suenas tan seguro.
—Prometí protegerte y lo haré. —Presionó sus labios en su oído y
murmuró—: El consigliere de Nico es abogado. Tiene a todos en el bolsillo,
desde el fiscal del distrito hasta el jefe de policía, a los jueces y a un buen
puñado de policías. Se especializa en desenterrar la suciedad de las
personas en el poder y cambiarla por favores.
Su corazón salto un latido.
—¿Estás seguro? Quiero decir, no eres un Toscani. ¿Nico te ayudará?
—Sí. Lo hará. Si no lo pensara, nunca hubiera permitido que te
pusieran esas esposas. —Su voz cayó ronca y baja—. Aunque me dan
algunas ideas…
Las mejillas de Grace se sonrojaron y Rocco emitió un gruñido bajo de
aprobación.
—Te gusta eso.
—No cuando estoy sentada en una comisaría.
—Cuando lleguemos a casa.
Se acercó más a él, cubrió el espacio que había dejado entre ellos,
apoyó la cabeza en su hombro.
—Lástima que no nos arrestaran esa noche en Nueva York. Tal vez si
hubiéramos estado esposados a un banco de la policía habríamos hablado
y no me habría escapado.
—No habría cambiado nada. No entonces. No las personas que
éramos. No estábamos listos.
—Sentí que te había fallado —dijo en voz baja—. Desde el día que nos
conocimos, pude sentir tu dolor. Sabía que Cesare te estaba haciendo algo.
Cada semana eras un poco diferente, un poco más distante, más triste,
como si te estuvieran destrozando. Sabía que estabas dolido por dentro y
quería curarte. Me hizo feliz hacerte sonreír. Pensé que podría salvarte de 209
una forma en que no pude salvar a mi madre.
—Me salvaste, bella. En todos los sentidos un hombre puede ser
salvado.
—De Lucchi y Mantini. —Un oficial de policía se detuvo frente a ellos
y tintineó un juego de llaves—. Son libres de irse.
—¿Eso es todo? —Grace levantó las manos para que pudiera abrir las
esposas.
—Eso es todo. Disculpas por los inconvenientes. —Miró por encima
del hombro a un anciano que vestía un elegante traje azul marino—. Su
abogado dice que aceptaron no hacerlo público. Muy apreciado.
Rocco asintió mientras le quitaban las esposas. Con una mano
presionada contra la parte inferior de la espalda de Grace, la condujo por
el pasillo hasta el hombre del traje.
—Charlie.
—Franky.
—¿Quieres un cigarrillo? —Charlie le tendió un paquete de cigarrillos.
Rocco los miró fijamente durante un largo segundo y luego negó.
—Tratando de dejarlo.
No dijeron nada más hasta que estuvieron fuera de la estación de
policía y media cuadra calle abajo.
—Este es Charlie Nails —dijo Rocco deteniéndose junto a un brillante
Mercedes negro estacionado al costado de la carretera—. Es abogado y
amigo nuestro.
Amigo nuestro le dijo a Grace que Charlie era un hombre hecho y
conectado con la mafia. Lo imaginó como el consigliere de Nico dada su
edad y su conversación anterior.
—Gracias por tu ayuda. —Extendió su mano—. No tenía muchas
ganas de pasar la noche en la cárcel.
Charlie le dio a Grace un firme apretón de manos.
—Grace Mantini. Eres tan hermosa como lo era tu madre a esa edad.
—¿Conociste a mi madre? —Su pulso se aceleró un poco. Aparte de la
tía con la que había vivido después de dejar la casa familiar, no había
conocido a mucha gente que conociera a su madre, y ninguno de la mafia.
—Todos conocían a tu madre —dijo él—. Solía vivir en Nueva York
hasta que me enviaron a Las Vegas para vigilar a los rebeldes de la familia 210
Toscani, y la conocía bien. —Aspiró una apreciativa respiración—. Tan
hermosa. Todos los hombres la deseaban. Y no era solo porque era la hija
del subjefe. Era una cantante increíble y el alma de todas las fiestas.
Grace nunca había escuchado ninguna grabación de su madre
cantando. Solo tenía sus recuerdos y algunas fotos de su madre en el
escenario.
—¿La escuchaste cantar?
Charlie asintió.
—Había un club donde nuestros amigos iban a pasar un buen rato
los viernes y sábados por la noche. Ella cantaba allí a menudo. Tu abuelo
no estaba contento con eso. No le gustaba la idea de que subiera al
escenario, pero a ella le encantaba ser el centro de atención y siempre
daba un buen espectáculo. Se iniciaron muchas peleas por ella. Pero una
vez que conoció a tu padre, quedó claro que nadie más tendría una
oportunidad.
—Él nunca superó su muerte —dijo ella.
El rostro de Charlie se suavizó.
—Fue trágico lo que le pasó. Nunca creí la historia. Es una pena que
nadie haya descubierto la verdad.
Grace frunció el ceño.
—¿La historia de Jimmy Valentino disparando en el restaurante de
Ricardo porque Ricardo estaba teniendo una aventura con su esposa? Yo
estaba allí. Vi a un hombre entrar y disparar.
—La esposa de Jimmy nunca lo habría engañado —dijo Charlie—.
Algunas parejas simplemente sabes que durarán. Tu mamá y tu papá eran
así. Jimmy y Violet también.
—Pero él fue a la cárcel —protestó—. Tiene otros once años de
condena.
Charlie se encogió de hombros.
—Tal vez por un crimen que no cometió. Pero si eso es cierto, nunca
lo dirá.
Omertà significaba que ibas a la cárcel en lugar de delatar a otro
hombre hecho o de revelar tu afiliación con la mafia, incluso si no
cometiste el crimen.
—¿Por qué alguien querría matarla? 211
—Esa es la pregunta equivocada. —Charlie abrió la puerta de su auto.
—¿Cuál es la pregunta correcta?
La mirada de Charlie se dirigió a Rocco y luego de nuevo a Grace.
—Eso es algo que debes preguntarle a tu padre.
—¡Grace! Tu perro guardián está en el escalón de entrada —gritó
Olivia desde la puerta principal—. Tengo que correr o lo traería para que lo
alimenten. Te veré en el almuerzo.
Grace se pasó un peine por el cabello mojado y se puso pantalones
cortos de mezclilla recortados y una raída túnica lila y elegante con un
poncho de encaje transparente. Le encantaba la ropa floral y romántica,
aunque, con la desaparición de Rocco durante un día y una noche, no la
elevaban como solían hacerlo.
Ethan y Miguel la saludaron con la mano desde la cocina mientras se
dirigía a la puerta principal, manteniendo la cabeza gacha. Ninguna
cantidad de maquillaje podía ocultar los oscuros círculos debajo de sus
ojos. Quería a su padre. Confiaba en él. Pero lo que había visto de Rocco
desde que se reencontraron no concordaba con lo que papá había
sugerido. No había hecho nada más que tratar de protegerla y no podía
creer que lo estuviera haciendo simplemente para acercarse a Tom y a su
padre para poder apretar el gatillo y acabar con sus vidas.
Abrió la puerta y estudió a Rocco en el escalón de la entrada, apoyado
en el porche. Llevaba la misma ropa que llevaba ayer cuando la dejó para
ir a dar un paseo después de que terminara en el estudio de grabación.
—¿Cuánto tiempo has estado aquí?
Rocco se encogió de hombros.
—La mayor parte de la noche.
La culpa atravesó su pecho.
—¿Te sentaste aquí toda la noche? ¿Por qué no entraste?
—Tienes algo de seguridad nueva. No quería molestar a tus vecinos
provocando una pelea. —Hizo un gesto a los soldados de Forzani que
habían reemplazado a los hombres de Mike, Paolo y Rocco afuera de su
casa—. Acordamos que me quedaría afuera.
212
—No los quiero a ellos. Te deseo a ti.
—No estoy dispuesto a causar un incidente político para tenerte en mi
cama, bella.
—¿Qué incidente político? —La ira estalló dentro de ella—. No me
casaré con Dino Forzani. No me sentiré culpable por casarme con un
hombre al que no amo, especialmente con uno tan cobarde que te llevaría
a un callejón y te atacaría con cinco de sus hombres.
—¿No tienes frío? —Incapaz de detenerse, se arrodilló a su lado—.
¿Comiste algo? No puedo creer que te sentaras aquí toda la noche. Debes
de estar exhausto. Entra.
—Está bien, Gracie. —Apartó los húmedos mechones de su cabello de
su mejilla—. Estoy bien. Estaré aquí cuando estés lista para irte.
Maldita sea. Había estado despierta toda la noche tratando de
reconciliar las palabras de su padre con lo que su corazón le decía: Rocco
no la lastimaría, y sabía que nada la lastimaría más que perder a la única
familia que le quedaba.
—Adentro. —Tomó su mano, tirando de él mientras se levantaba—.
Ahora. Puedes darte una ducha mientras te preparo el desayuno. Tengo
un programa en el estudio esta mañana, y luego me reuniré con Olivia
para almorzar y visitaré a los niños en el orfanato donde hice mi pasantía.
Si quieres venir, ese es el plan.
—¿Trabajas en un orfanato? —Se puso de pie, todavía sosteniendo su
mano.
—Sí. No sentía que pudiera ayudar a los adultos si no podía curarme
a mí misma, pero podía ayudar a los niños, muchos de los cuales sufrieron
abusos en su hogar antes de perder a sus padres o ser atendidos. Me
gustó especialmente poder opinar sobre el proceso de adopción, así podía
ayudar a asegurar que los niños fueran a un buen hogar.
Rocco se pasó la mano por la cara.
—Mierda. Grace.
No estaba segura si Mierda, Grace pretendía ser un cumplido o un
insulto o si estaba expresando exasperación o placer, pero se veía
exhausto y hambriento, y la parte de ella que simplemente no podía creer
que aceptaría un contrato para golpear a su padre y a su hermano no
podían dejarlo sentado en el escalón.
Después del desayuno, la llevó al estudio y luego a Sunnyvale para 213
encontrarse con Olivia a almorzar. Matthew estaba en el patio jugando
baloncesto y se unió a él mientras Rocco estacionaba su moto.
—Eres realmente mala —dijo Matthew después de que perdiera otra
canasta. Corrió por el patio, interceptando limpiamente la pelota antes de
que pudiera acercarse.
—Tal vez eres realmente bueno. Tengo la sensación de que practicas
todos los días. —Grace corrió para bloquearlo, pero era demasiado rápido y
pasó por debajo de su brazo.
—Lo hago. —Matthew saltó e hizo lo que parecía un tiro imposible. El
padre Seamus había instalado un aro ajustable, e incluso con el ajuste
más bajo, Grace estaba perdiendo por un amplio margen—. Seré una
estrella del baloncesto. Necesito algo especial sobre mí para que me
adopten, y si le digo a la gente que estaré en la NBA, me querrán.
—Ay, Matthew. —Dejó la pelota y se acercó para arrodillarse frente a
él—. El tipo de especial que necesitas está aquí. —Tocó su pecho—. Y ya lo
tienes. Las cosas que hacemos no nos definen; es lo que somos por dentro.
—Soy una estrella de la NBA por dentro —dijo él, sin entender el
punto por completo.
Escuchó una risa y miró hacia arriba para ver a Rocco con Olivia,
mirándolos desde el otro lado de la cancha.
—Encontré este trozo de virilidad en el vestíbulo —dijo Olivia, con una
sonrisa tirando de las comisuras de sus labios—. Me preguntaba qué
harías con el paquete en la puerta.
Grace le presentó a Rocco a Matthew, sonriendo cuando Rocco
estrechó la mano de Matthew. ¿Cómo se sentiría si estuviera en un
orfanato otra vez? Una vez le había dicho que no recordaba nada sobre las
instalaciones donde Cesare lo encontró, pero a veces las experiencias
situacionales pueden desencadenar recuerdos subconscientes.
—Ahora tenemos un equipo —dijo Matthew.
Grace enarcó una ceja cuando Matthew le ofreció el balón a Rocco.
Nunca había visto a Rocco jugar deportes de equipo, pero la suya no había
sido una relación normal. Después de que cumpliera dieciséis años y su
amistad se convirtiera en algo más, todos sus encuentros debían
mantenerse en secreto. Siempre había pensado que estaba preocupado por
la reacción de su padre ante la diferencia de edad. Pero después de
214
descubrir quién era Rocco, se dio cuenta de que su preocupación se debía
a lo que también podría considerarse una diferencia de clase.
Aparentemente, él era completamente equivocado para ella y, sin embargo,
su sensibilidad y necesidad eran un poderoso atractivo, su amor
compartido por la música y el arte de Rat Pack los unía a pesar de la
diferencia de edad, y tenían una conexión de una manera que todavía no
comprendía.
En respuesta a su silenciosa pregunta, él se quitó la chaqueta de
cuero y la colocó en un banco cercano.
—Matthew y yo contra Grace y Olivia. Chicas contra chicos. ¿Como
suena eso?
—Excelente. —Matthew sonrió.
—¿Qué? ¿Matthew? ¿Me estás abandonando? —Grace fingió hacer un
puchero y el rostro de Matthew se puso serio.
—Es mucho más alto que tú. Podrá llegar a la red más fácilmente. —
Le dio una suave palmada en el brazo—. Puedes tenerlo en tu equipo la
próxima vez.
Rocco se rio.
—Tengo la sensación de que nos harán correr por nuestro dinero.
—Será mejor que lo creas. —Olivia regateó el balón, mostrando sus
elegantes movimientos. Jugaba con los niños todos los días y había estado
en el equipo de baloncesto de la universidad. Cuando se trataba de
baloncesto, Olivia no tomaba prisioneros.
Cinco minutos después, Grace tuvo que admitir que Rocco también
era bastante bueno. Aun así, había jugado lo suficiente con Matthew y los
otros niños para poder defenderse, especialmente cuando decidió seguirla
por la cancha.
—Fuera de mi camino —siseó con frustración cuando su enorme
cuerpo bloqueó su pase a Olivia—. Se supone que esto es divertido. Ve a
bloquear a alguien más.
Rocco se rio a carcajadas.
—¿No puedes manejar la competencia?
—Te daré competencia. —Dio un paso y luego rebotó el balón de lado
a Olivia, quien lo agarró y lo lanzó hacia la red. Rápido como un rayo,
Matthew lo apartó y lo arrojó a la red.
—¡Anotación! —gritó cuando el balón atravesó la red. 215
—Bien, hombre. —Rocco le chocó los cinco y Matthew sonrió.
El corazón de Grace se calentó al verlos juntos. Este era un lado de
Rocco que nunca había visto antes. El único chico con el que había visto a
Rocco era con Tom y sus interacciones se habían limitado a breves
conversaciones sobre deportes y videojuegos durante sus viajes de ida y
vuelta a la escuela.
—Es muy bueno con Matthew —dijo Olivia cuando se detuvieron para
tomar agua—. Y me gusta, pero es un poco intenso. Quiero decir, estar
sentado en el escalón de la entrada toda la noche, siguiéndote a todas
partes... es un poco acosador.
Omertà significa que no podía decirle a Olivia que la estaba siguiendo
porque le preocupaba que un jefe loco de la mafia estuviera en peligro o
que solo estaba esperando una oportunidad para acercarse a su padre y
hermano porque alguien lo había contratado para matarlos. Incluso si no
hubiera estado sujeta a las reglas de la mafia, no podía imaginar compartir
ese tipo de información. ¿Quién le creería?
—No es un tipo acosador. ¿Sobreprotector? Quizás. Pero nunca me
lastimaría. —Entonces, ¿por qué estaba pensando en las palabras de su
padre? Pero ¿cómo podría no hacerlo?
—Creo que necesitas algo de espacio —dijo Olivia.
—¿Qué quieres decir con espacio?
—Está contigo todo el tiempo. ¿Cómo puedes ordenar lo que piensas y
sientes cuando siempre está ahí? Siempre les decimos a nuestros
pacientes que establezcan límites, pero no siempre es fácil seguir nuestros
propios consejos. Dile que retroceda un poco. Nadie morirá.
Grace vació su botella de agua.
—Piensa que estoy en peligro —dijo en voz baja.
—¿De quién?
—De los socios de negocios de mi papá.
—¿Con qué tipo de personas está involucrado tu padre...? —Olivia se
apagó y sus ojos se agrandaron—. ¿Es la verdadera razón por la que está
en el hospital? Pensé que simplemente había estado en el lugar equivocado
en el momento equivocado, y no quise preguntar porque ya habías pasado
por algo así con tu madre. —Aspiró profundamente—. ¿En qué está
involucrado? ¿Espionaje corporativo? ¿Escándalo político? ¿Te contó los
secretos de la empresa? ¿Se enteraron y ahora quieren castigarte por su 216
crimen? Parecía tan amable y afable cuando vino a recogerte. ¿Te dijo algo
antes de que le dispararan? Tonterías. Esto es como las películas. ¿Es la
mafia? ¿O es una gran cosa farmacéutica? —Hizo una pausa para tomar
aliento y Grace levantó una mano de advertencia.
—No sé cómo está involucrado, pero el otro día en el hospital, papá
sugirió que podría no ser en el buen sentido.
—¿Pero está tratando de protegerte?
—O tal vez me está usando… —Se calló porque las palabras
simplemente no sonaban a verdad. Rocco nunca la habría usado, aunque
dado quién era su padre, podría haber pedido un favor muchas veces
cuando eran más jóvenes y nunca lo hizo.
—No. —Olivia negó—. Vi la forma en que te veía, y lo vi cuando salí
esta mañana a correr. Estaba destrozado. No te haces eso a ti mismo si
estás usando a alguien. Lo haces si te importan más de lo que te
preocupas por ti mismo.
Miró a Rocco quien sostenía a Matthew para que pudiera hundir la
pelota en la canasta. ¿Qué clase de hombre pasaría el tiempo jugando a la
pelota con un niño pequeño en un orfanato si su único propósito era
acercarse a su padre y Tom para golpearlos? Había sido el encargado de
conseguir guardias para su padre en el hospital, y si realmente hubiera
querido matarlo, tuvo la oportunidad la noche del tiroteo, y nuevamente
cuando lo encontró solo en la habitación de su padre.
—¿Vienes o ganaremos? —gritó él, tirándole la pelota.
Una sonrisa se extendió por su rostro.
—¿Por qué tienes tanta prisa por perder?
Rocco se rio a carcajadas mientras corría para cubrirla.
—Nunca me di cuenta de que tenías una racha tan competitiva.
Ella tampoco, pero desde que Rocco había regresado a su vida, estaba
descubriendo todo tipo de cosas nuevas sobre sí misma. Y en este
momento, no había manera de que dejara que la derrotara.
Se dio la vuelta, como si estuviera protegiendo la pelota de él y rozó
su trasero contra sus caderas. Cuando escuchó su suave gruñido de
excitación, le arrojó la pelota a Olivia, quien la estrelló contra la canasta.
—Interferencia. —Rocco se acercó por detrás y deslizó un brazo
alrededor de su cintura.
—No parece que te importe. —Se movió contra él, sintiendo la dureza 217
de su excitación.
—Niña traviesa. —Él tiró de su cabeza hacia atrás contra su pecho y
la besó—. ¿Sabes lo que les pasa a las chicas traviesas?
—Tengo muchas ganas de saber cuando los sacerdotes y los niños
pequeños no están viendo.
—Ewww —gritó Matthew desde el otro lado de la cancha—. Besar es
asqueroso.
—Besar significa que obtengo una canasta extra. —Olivia lanzó la
pelota de nuevo y luego golpeó el aire con el puño—. Parece que las chicas
ganarán.
—¡Juguemos otra vez! —Matthew agarró la pelota y regateó por la
cancha, pero Grace negó.
—Olivia y yo tenemos que ir a buscar algo para comer, y estoy segura
de que Rocco tiene lugares a donde ir.
—Iré a donde tú vayas.
Ella sacudió su cabeza.
—Necesito un poco de tiempo de chicas con Olivia, y tengo al cuarteto
Forzani detrás de mí. ¿Qué tal si nos encontramos en mi casa en una hora
para ir a correr? Necesito urgentemente un poco de ejercicio.
—¿No fue suficiente la otra noche? —Él se humedeció los labios y ella
se rio.
—Excitarme toda la noche no es el tipo de ejercicio que necesito.
Su sonrisa se desvaneció.
—No es seguro correr afuera. Te llevaré al gimnasio de Mike. Tiene
una buena puesta a punto y podremos entrenar juntos.
—¿Qué haces ahí? Algo varonil, supongo.
—Levanto pesas, trabajo en las bolsas, hago sparring en el ring…
—Entonces, ¿no hay cardio?
Rocco resopló.
—Si te refieres a correr en una rueda de hámster, no.
—Demasiado. Me hubiera gustado verte sudar.
La hizo girar para mirarlo.
218
—No sudo.
—Creo que estabas sudando la otra noche cuando decidiste
inclinarme sobre tu sofá.
Rocco emitió un bajo y sexy gruñido de placer y la rodeó por la
cintura con un fuerte brazo.
—Esa fue una buena noche.
—Sí, lo fue. —Se inclinó para acariciar su cuello—. Tal vez quieras
probar mi sofá antes de ir al gimnasio. Tengo que volver a buscar mi
equipo y todos estarán en el trabajo.
Debería haberlo sabido mejor antes de tentarlo.
D
os horas y tres orgasmos más tarde, entraron en el
acertadamente llamado “Mike's Gym” en East Tropicana
Avenue. Ubicado en un centro comercial, con solo un letrero
básico en el frente, el gimnasio era sorprendentemente espacioso y
ventilado. Mike le dio a Grace un pase de invitados para pasar por la
puerta, y ella se cambió en el vestidor antes de encontrarse con Rocco y
Mike en las esteras.
—Calentaré antes de pisar la pista. —Dio un paso hacia las máquinas
de cardio solo para sentir un dedo deslizarse por debajo del tirante de su
camiseta y de repente se movía hacia atrás a gran velocidad.
—No irás a ninguna parte vestida así.
Miró hacia atrás por encima del hombro y suspiró.
219
—Esta es ropa de entrenamiento. Todas las partes importantes están
cubiertas.
—Eso no está cubierto. —La mano de Rocco se desliza alrededor de su
cintura, sobre su piel desnuda—. Eso no está cubierto. —Dejó besos como
plumas sobre su nuca, bajando por su espalda hasta la parte superior del
top enviando un delicioso escalofrío por su columna.
—Para. Estamos en público.
Él la hizo girar.
—Exactamente. Y esto no está cubierto. —Su cálida y húmeda lengua
trazó un camino desde la base de su garganta hasta las medias lunas de
sus senos.
Grace sintió una oleada de calor entre los muslos.
—Esas partes se consideran públicamente aceptables para mostrar.
—No queda nada para la imaginación. —Su mano se curvó alrededor
de su cadera hacia su trasero cubierto de Lycra, y apretó su nalga, su
pulgar recorrió su hendidura arriba y abajo.
—Rocco. —Avergonzada, Grace miró por encima del hombro a Mike,
quien tenía una sonrisa en el rostro.
—Cumples con el código de vestimenta —dijo Mike.
—Y estoy segura de que Rocco puede fruncirle el ceño a la
competencia. —Grace se inclinó para besar la mejilla de Rocco—. Tal vez
debería enviarte de vuelta a cambiar. Tu trasero se ve delicioso en esos
pantalones cortos, y puedo ver cada cresta de tus lamibles músculos
debajo de esa camiseta. Realmente no soy una persona celosa, pero no me
gusta la idea de que todas estas mujeres te miren.
—No me interesa nadie más que tú. —Se inclinó para besarla, y se
sintió cálida por todas partes.
—Siéntete libre de usar cualquiera de los equipos —dijo Mike—.
Tenemos muchas bolsas pesadas, bolsas de velocidad, pesas, máquinas y,
lo que es más importante, espacio. Siempre tengo al menos tres
entrenadores en piso en caso de que la gente tenga alguna pregunta o
necesite algunos consejos, y mantengo la música animada para que
siempre tengamos un buen ambiente. Recibimos de todo tipo aquí, desde
personas que desean perder peso o mantenerse en forma hasta luchadores
y boxeadores profesionales de la MMA que entrenan aquí todos los días.
—¿Qué harás mientras corro? —le preguntó Grace a Rocco—.
220
¿Golpear cosas?
—Sí. Empezaré con Mike porque no estaba donde se suponía que
debía estar en el callejón detrás del club de jazz.
Su expresión seria la hizo reír, hasta que vio a Mike palidecer.
—Estás bromeando ¿no?
—Esta no es mi cara de broma.
—Es tu cara de perdón. —Se inclinó para besar su mejilla—. ¿Qué tal
si golpeas algo más y te observo mientras corro sobre la banda de
rodadura? Tal vez aprenda algunos trucos. —O podría ver sus músculos
contraerse y fantasear con tener ese duro cuerpo y todo ese poder
concentrado en ella en la cama.
Escuchó un suave gruñido y de repente estaba pegada a él, su brazo
era una banda de acero alrededor de su cintura.
—Si sigues mirándome así estaremos trabajando en la oficina de Mike
en la parte de atrás.
—¿No conseguiste suficiente en mi casa? —Gracia se rio—. En serio,
Rocco. Tu resistencia es…
—Leyenda.
—No.
—Magnífica.
—No.
—¿Increíble?
—Agotadora.
Su frente se arrugó en un ceño fruncido.
—¿Agotadora?
Grace presionó sus labios contra su oreja y susurró:
—¿Cómo puedes desearme cada minuto del día?
—Porque eres tú.
Una sonrisa se dibujó en su rostro y sintió el ligero tirón de la tensa
piel en su mejilla. Cuando estaba con Rocco, rara vez pensaba en su
cicatriz, nunca se preocupaba por cómo se veía ante él o por las curvas
adicionales que no tendría si se apegara a su régimen de carrera. Él le
hacía creer que era la mujer más hermosa y deseable del mundo, y aunque
esto no durara, nunca olvidaría cómo la hacía sentir. 221
—Me haces querer saltarme el entrenamiento e ir directamente a la
oficina de Mike.
Rocco le agarró el cabello con un puño y la besó con fuerza.
—Vamos.
—Solo estaba bromeando —murmuró contra sus labios—.
Entrenamiento primero. Luego sexo caliente y sudoroso en la oficina de
Mike.
—Que sea un entrenamiento corto. —La soltó, y la sonrisa se
desvaneció de sus labios—. Mierda.
—¿Qué ocurre? —Grace se giró y siguió su mirada hasta una mujer
rubia que hablaba con Mike en el mostrador de recepción. Parecía
vagamente familiar, y Grace tardó un momento en ubicarla.
—Es la mujer que estuvo con Mike anoche en el callejón. La que llamó
a la policía.
—No me gusta —dijo Rocco, su voz áspera.
—Estoy segura de que solo estaba tratando de ayudar. Es una civil.
Vio una pelea. Llamar a la policía es lo que hacen los civiles.
Rocco le pasó un protector brazo por el cuerpo y la atrajo hacia él de
nuevo.
—Le mintió a la policía.
—Estaba tratando de proteger a Mike.
—Algo sobre ella… —murmuró él.
—Tienes que dejar ir las cosas —dijo en voz baja—. Miguel hizo ese
comentario sobre tu edad y ahora lo ves y murmuras cosas malas sobre él
en voz baja cada vez que esté cerca. No es bueno guardar rencor. Déjalo ir.
Ilumina tu alma.
—No hay luz en mi alma. Todo es oscuridad.
Grace levantó la vista y le dio un suave beso en la parte inferior de la
mandíbula.
—Eso no es cierto. Tiene que haber un rayito de sol que te dé alegría.
—Su nombre es Grace.
Su corazón se sintió lleno a estallar mientras se dirigía a la
caminadora. Estar con Rocco se sentía tan bien. Tenía que haber una
forma de hacer que funcionara, de reconciliar lo que hacía con lo que era.
222
Se puso los auriculares y sacó su teléfono para poner su lista de
reproducción en ejecución. Un mensaje apareció en la pantalla y su
corazón dio un vuelco.
SOY TOM. ESTOY AFUERA EN LA PARTE DE ATRÁS. VEN SOLA.
Grace no reconoció el número, pero tenía el teléfono de Tom, así que
tenía sentido que tuviera uno nuevo. Pero cualquiera podría haber enviado
el mensaje. Si Rocco le hubiera hecho saber lo que estaba pasando, podría
haber evaluado mejor el peligro, pero todo lo que tenía que seguir era el
conocimiento de su hermano y el conocimiento de él sobre ella.
¿CON QUÉ JUGUETE DORMÍ HASTA LOS DIEZ AÑOS?
Su respuesta llegó en cuestión de segundos. CON PIG PATCH.
Una sonrisa tiró de sus labios al recordar el cerdo relleno con
manchas grises que su madre le había hecho cuando era pequeña. Había
dormido con él todas las noches después de la muerte de su madre e
incluso ahora estaba a salvo en uno de los cajones de su tocador.
—Olvidé mi botella de agua. —Corrió pasando a Rocco y a Mike, pero
cuando llegó al pasillo trasero, pasó corriendo por el vestuario y salió por
la puerta trasera.
Por un momento, la luz del sol la cegó, pero después de parpadear
varias veces, vio a Tom en un Toyota Camry estacionado a la sombra.
—¡Tom!
Él le hizo un gesto hacia el auto.
—Dios, Grace. Estoy tan feliz de verte. Entra para que podamos
hablar.
Grace corrió alrededor del vehículo y se subió al lado del pasajero.
Después de cerrar la puerta, se estiró y lo abrazó con fuerza.
—¿Dónde has estado? He estado tratando de encontrarte. Tengo
nuevos amigos que rastrearon tu teléfono, pero los que lo tenían te
estaban buscando. ¿Estás bien? ¿Te lastimaste en el restaurante? ¿Estás a
salvo?
—Una bala me rozó el brazo, pero estoy bien. —La soltó y se recostó
en el asiento—. No quería volver a Nueva York con papá todavía en el
hospital. Tony Toscani me localizó y me protegió. Dijo que sería mejor
mantener un perfil bajo porque el equipo de De Lucchi quiere atraparnos.
La boca de Grace se secó.
—¿Los De Lucchi? 223
La mandíbula de Tom se tensó.
—Estaba en casa de Tony cuando Rocco De Lucchi fue a verlo.
Admitió justo enfrente de Tony que tenía un contrato para matarnos a mí y
a papá. Lo escuché, Grace. Sin mierda. Estaba molesto porque alguien
más se le adelantó en Carvello's. Pensó que era Tony, pero Tony le dijo que
no fue él. Entonces, en realidad, hay dos personas que intentan
eliminarnos.
Ella se mordió el labio, sin saber cuánto decirle.
—Somos… yo soy…
—Papá dijo que estaban juntos. Al principio no le creí. —Su voz se
elevó de tono—. Está tratando de llegar a nosotros a través de ti porque
alguien arruinó su éxito en Carvello’s. Si Tony no me hubiera protegido,
estaría muerto. Y papá también, si Nico no hubiera puesto guardias en el
hospital.
—Rocco es quien arregló los guardias —protestó Grace.
—Probablemente para que lo conocieran y no pensaran en él como
una amenaza el día que decida eliminar a papá.
—No. —Su corazón se hundió en su pecho—. No. Eso no es cierto. Ha
estado tratando de protegerme.
—No estás hecha como papá y como yo —dijo Tom, hinchando el
pecho—. Él solo puede querer usarte.
Su sangre se heló en sus venas.
—¿Qué quieres decir con hecha como tú? ¿No eres…? —Una mirada a
su rostro le dijo todo lo que no quería saber. Su mano voló a su boca y la
bilis subió a su garganta—. ¿Estás hecho? Dios mío, Tom. No lo hiciste. No
puedes. Por favor, dime que no es cierto.
—Cristo. —Él echó la cabeza hacia atrás y gimió—. Haces que suene
como si fuera algo malo. Soy alguien ahora. Papá me acaba de ascender a
capo. Tengo mis propios soldados y asociados. Tengo negocios que generan
buen dinero. Papá está orgulloso de mí. Estoy siguiendo sus pasos.
Cuando renuncie como subjefe, tomaré su lugar.
La sangre de Grace latía tan fuerte en sus oídos que apenas podía
oírlo. Tom. Su encantador, dulce y divertido Tom era un sabelotodo. No es
de extrañar que fuera el blanco del golpe. Era oficialmente el sucesor de 224
papá.
—Nada cambió entre nosotros. —Él le pasó un brazo por los
hombros—. Soy el mismo Tom, solo que con más poder y dinero y la
oportunidad de hacer algo con mi vida.
—Mataste a alguien —dijo rotundamente.
—No hablamos de esas cosas. —Su voz era inusualmente severa—. Lo
que pasa cuando un hombre se hace es parte de la omertà.
—¿Papá te obligó a hacerlo? ¿Te obligó? ¿O fue el don?
—Porco cane —murmuró Tom, apartando el brazo—. No seas así.
Conoces el mundo en el que vivimos. Conoces a la familia. ¿Y cómo puedes
juzgarme cuando estás con un maldito ejecutor De Lucchi? No te gusta la
idea de la muerte y, sin embargo ¿te estás tirando a un hombre que ha
tomado innumerables vidas? ¿Un hombre que quiere matarnos a mí y a
papá?
—No me hables así. —Grace retorció las manos en su regazo, tratando
de controlar sus emociones—. Él no quería esa vida.
—Bueno, para alguien que no lo quería, es muy bueno en eso —
escupió—. Y yo sí lo quiero. Lo he querido toda mi vida. Es parte de
nuestra historia familiar, transmitida de padres a hijos. Estoy feliz de
continuar con la tradición familiar, y parte de esa tradición es mantener
seguras a nuestras mujeres. Eres todo lo que nos queda a papá y a mí. Y
ahora mismo, estás en peligro.
—Él no me lastimará —dijo.
Tom resopló.
—Es un De Lucchi. No le importa nada. No tiene sentimientos. Es una
máquina de matar fría, despiadada y sin corazón y ahora mismo quiere
matarnos a papá y a mí. Eres una herramienta para él. Hará o dirá
cualquier cosa para cumplir ese contrato. Al final, morimos o él muere y
no necesitas que te diga qué lado elegirá.
Grace se frotó la cara con las manos, tratando de desenredar los
hechos de los sentimientos, pero la confusión inundó su mente,
ahogándola en dudas y preguntas. Había tantas pequeñas cosas que no
cuadraban. La insistencia de Rocco en quedarse con ella después del
tiroteo en el restaurante, llegando incluso a derribar la puerta cuando se
fue a casa. La vez que lo encontró parado solo al lado de la cama de su 225
padre en el hospital. Cómo la había seguido hasta el parque de casas
rodantes e insistido en entrar solo. El sexo duro y frío que habían tenido
en su casa cuando se sintió como si estuviera con otro hombre. Y ahora, la
seguía a todas partes, negándose a dejarla sola...
¿Se habría equivocado? ¿Todo sería un acto? ¿Realmente había
perdido a Rocco esa noche en el río o estaba a punto de perderlo ahora?
—¿Qué quieres que haga?
—Aléjalo —dijo Tom—. Dile que tu familia te está protegiendo a ti y a
los Forzani, porque escuché que te casarás con Dino cuando papá salga
del hospital. Tienes gente que realmente se preocupa. No necesitas a
Rocco.
—Lo necesito. Lo quiero. Confío en él, Tom.
—Cristo. Te tiene envuelta alrededor de su dedo —escupió Tom—.
¿Estás enamorada de él? Eso es lo que hacen los De Lucchi, Grace. Son
maestros manipuladores. Harán cualquier cosa para hacer el trabajo, ya
sea tener sexo con la hija del subjefe para acercarse al objetivo, matar a
tres albaneses que estaban tratando de encontrarme para que Tony
pudiera protegerme o golpear a los tipos que el señor Forzani envió para
protegerte.
Su corazón se hundió en su estómago.
—¿Todos están muertos?
—Sí. —Su rostro se tensó—. Tony tenía una cámara en su casa y
Frankie entró y le entregó tres anillos de oro con el sello de la mafia
albanesa. Yo lo vi. Y prácticamente dijo que lo hizo.
Su mano fue a su boca, recordando la sangre en su ropa cuando salió
del remolque. Sospechaba que Rocco los había matado, pero la voluntaria
ceguera había sido su amiga.
—No es cierto —protestó débilmente—. Los golpeó porque lo atacaron,
y al único tipo al que interrogó, prometió que no…
—Bueno, te mintió sobre eso. ¿Es tan exagerado creer que te mintió
sobre otras cosas?
Grace se desplomó en el asiento incapaz de escuchar nada más de lo
que estaba diciendo por el latido de la sangre en sus oídos.
—Ya no soy tu hermano pequeño. —Tom hinchó el pecho—. Soy un
hombre hecho, Grace. Sé lo que estoy haciendo. —Se estiró sobre ella y
empujó la puerta para abrirla—. Será mejor que vuelvas a entrar. Se 226
preguntará dónde estás. Y aunque no me creas, te protegeremos. Tu
familia te protegerá. Papá le pedirá permiso al don para golpear a Rocco.
—¿Por qué? —Lo miró horrorizada—. Estás literalmente disparándole
al mensajero. Alguien contrató a los De Lucchi. ¿Por qué el don no hace
que Cesare le diga quién es? Si matas a Rocco, entonces Cesare
simplemente le dará el contrato a otra persona.
—Haremos ambas cosas —dijo Tom—. Peticionar al don y eliminar al
hombre que intentó matarnos.
—Él trató de salvarte en el restaurante —dijo, sorprendiéndose a sí
misma con la vehemencia en su tono—. Intentó salvar a papá. Estaba
justo enfrente de ti. Si hubiera querido matarte, podría haberlo hecho y
nadie habría sabido que fue él. —Grace salió del vehículo y volvió al calor
del verano—. Déjame hablar con él. Averiguaré qué está pasando.
—Lo que sucede es que fuiste seducida por un monstruo que quiere
que tu familia muera —dijo Tom con frialdad. Arrancó su vehículo y bajó la
ventanilla—. Pero vamos a salvarte.
—¿Grace?
Grace se dio la vuelta al oír la voz de una mujer y forzó una sonrisa
para la novia de Mike que estaba de pie en la puerta abierta.
—¿Sí?
—Soy Tiffany. —La mujer sonrió, su mirada se dirigió al auto de Tom
y luego a Grace—. Estoy con Mike. Frankie me pidió que te encontrara.
Cuando no te vi en el vestuario, pensé en ver afuera. ¿Todo bien?
—Sí. —Miró por encima del hombro mientras Tom salía del
estacionamiento—. Salí para ver si hacía demasiado calor para correr y me
encontré con un amigo.
—Siento lo de la otra noche. —Tiffany jugueteó con su cola de caballo
mientras Grace caminaba hacia la puerta—. No fue mi intención que te
arrestaran. Solo me preocupé de que la gente saliera lastimada. Supongo
que soy hipersensible a la violencia. Trabajo en un hospital y veo tanta
gente herida que a veces reacciono de forma exagerada.
Todavía conmocionada por la revelación de Tom, Grace no estaba
dispuesta a conversar, así que se encogió de hombros desdeñosamente.
—Está bien. Nos dejaron ir al final. Deberíamos volver al gimnasio.
—En realidad, no soy una gran persona de gimnasio —dijo Tiffany 227
mientras caminaban de regreso al fresco pasillo. Ajustó su atuendo apenas
ceñido a la piel en un cuerpo que desmentía sus palabras—. Pero vine a
sorprender a Mike con el motivo oculto de verlo hacer ejercicio.
Grace forzó una risa.
—Tenía el mismo motivo oculto, aunque he estado desesperada por
correr toda la semana.
—Podemos correr juntas en las cintas de correr. —Tiffany sonrió—.
Creo que el paisaje es probablemente mejor aquí de todos modos.
—Por supuesto. —Lo último que quería hacer era volver al gimnasio,
pero Rocco se estaría preguntando dónde estaba. Lo pospuso por mucho
tiempo. Había preguntas que necesitaban ser respondidas. Y decisiones
que había que tomar.
Él supo que algo andaba mal en el momento en que ella entró al
gimnasio.
Al principio, pensó que la novia de Mike había dicho algo que la
molestó, pero cuando las dos se rieron juntas al pasar y ella ni siquiera lo
miró, su piel se erizó.
¿Qué mierda? Había estado bien antes de ir a buscar su botella de
agua. Más que bien. Había sido feliz, coqueta, apoyada contra él. Ahora
sus mejillas estaban sonrojadas y de repente era la mejor amiga de una
mujer que casi la había llevado a la cárcel.
Tal vez eso era todo. Estaba molesta porque él había hecho
comentarios negativos sobre la novia de Mike. Menos mal que se había
contenido de sus verdaderos sentimientos, porque algo en esa mujer
definitivamente estaba mal.
—¿Todo bien, Frankie? —Mike le dedicó una sonrisa atípicamente
obsequiosa que habría divertido a Rocco si no estuviera tan preocupado
por Grace. Mike debe haber pensado que Rocco le daría una lección
después de su error en el callejón. Hace unas semanas, Rocco habría
considerado congelar a Mike por lo que había hecho. Pero no tenía el
tiempo ni la energía para disciplinar a los soldados de Luca cuando tenía
que lidiar con el asunto más apremiante del repentino cambio de
disposición de Grace.
—¿Así que esa es tu novia? —Rocco golpeó la bolsa frente a él
228
tratando de liberarse del estrés que normalmente aliviaba en sus sesiones
con Clay. Había cancelado sus pasadas dos citas no solo porque temía que
Grace viera las marcas cuando estaban juntos en la cama, sino también
porque no quería sentirse insensible. Con Grace de vuelta en su vida, no
necesitaba olvidar ni ocultar su dolor. Ella lo había abierto, lo había
expuesto. Lo salvó. Le hizo querer caminar de nuevo en la luz, abrazar sus
sentimientos y emociones en lugar de alejarlos.
Hizo rodar la bolsa sin perder el ritmo. Por lo general, le gustaba tener
un buen ritmo y sudar, pero no podía concentrarse con Grace ignorándolo
deliberadamente mientras corría sobre la banda de rodadura.
—Sí, señor. Lamento haberla llevado al club. Con todos los guardias
allí, nunca esperé…
Rocco levantó una mano, interrumpiéndolo.
—¿Cuál es su nombre completo?
—Tiffany Oliver.
—¿Qué sabes sobre ella?
Los ojos de Mike se entrecerraron y sus músculos se tensaron como si
se estuviera preparando para una pelea.
—¿Por qué quieres saberlo?
Protector. Rocco conocía la sensación. Mike obviamente se
preocupaba por la chica y estaba dispuesto a hacer retroceder incluso a
Rocco si ella estaba en peligro. La mirada de Rocco se deslizó hacia la
mujer en la caminadora al lado de Grace y la atrapó observándolo. Había
más en Tiffany Oliver de lo que se veía a simple vista, una oscuridad que
coincidía con la suya.
—Me gusta conocer a las personas que andan con mi chica —dijo
tratando de mantener su tono ligero e informal.
La tensión de Mike se alivió.
—Es enfermera. La conocí en el club de jazz hace unas semanas. Vive
en Henderson con una amiga y tiene un perro. Nació aquí, pero sus padres
murieron en un accidente automovilístico cuando tenía seis años y se fue
a vivir con su tío a Nueva York por un tiempo. Es mitad italiana y una
chica dulce. Realmente dulce. No quiso hacer daño. Solo se asustó. Si
tienes algún problema con ella… —Movió el cuello de un lado a otro,
haciéndolo crujir, enviando el mensaje de que estaba preparado para
defender a su chica, aunque ambos sabían que levantar una mano hacia
229
Rocco le costaría a Mike su vida.
Rocco golpeó con el puño la bolsa.
—No tocaré a una mujer y especialmente a una civil, pero mantenla
alejada de nuestros negocios y de nuestros amigos. ¿Capice?
—Sí, señor. Es un verdadero amor, señor. Le pedí que visitara al
señor Mantini y se asegurara de que estuviera recibiendo una buena
atención, y dijo que ya había ido a verlo. Está asignada a su piso en St.
John's. ¿No es una coincidencia?
La piel de Rocco se erizó en advertencia. No creía en las coincidencias.
El destino y la casualidad nunca habían sido sus amigos.
—No se rompe la omertà. Ni siquiera con tu mujer.
—No, señor.
—Si lo haces, terminarás en el fondo del lago Mead con un par de
zapatos de cemento que yo personalmente calzaré mientras aún respiras.
Mike tragó.
—Sí, señor.
—No terminé contigo —le advirtió Rocco mientras hacía rodar la bolsa
de velocidad—. Tengo algo con lo cual lidiar, pero cuando termine, me
reportarás en la sede del club con un palo del tamaño que crees que
necesitas para que te golpeé para que aprendas a no ser tan cafone.
—¿Puede levantar un árbol, señor?
Y eso, justo ahí, era la razón por la que Rocco estaba dejando a Mike
tan fácil. Era un buen tipo. Leal. Un buen asalariado. Y tan honesto como
un hombre puede ser en este negocio. Y hacía reír a Rocco, aunque nunca
dejaba que Mike lo viera.
—Puedo levantar cualquier cosa que creas que haga el trabajo. —Le
dio un golpe final a la bolsa y se giró para mirar al soldado ahora
castigado—. Palabra de advertencia. No pienses con tu pene. Cuando algo
parece demasiado bueno para ser verdad, por lo general lo es.
Rocco se preguntó si debería seguir su propio consejo. Su fantasía de
dejar al equipo de De Lucchi y de vivir una vida normal era solo eso. Una
fantasía. La posibilidad de un futuro con Grace era demasiado buena para
ser verdad y, sin embargo, no le impidió desearlo.
Cuando terminó su entrenamiento, Grace estaba esperando en el área
de recepción, hablando con Mike y Tiffany. Rocco se echó el bolso al 230
hombro, muy consciente de que Tiffany lo estaba observando. Podía sentir
su mirada en él incluso cuando puso su mano en la parte baja de la
espalda de Grace para guiarla hacia la puerta.
—Estoy bien. —Grace se estremeció y dio un paso atrás—. Vamos.
Él la siguió hasta su moto, esperando hasta que estuvieron fuera del
alcance del oído de los demás, antes de preguntar:
—¿Qué pasa?
—Nada. —Ella se montó a horcajadas sobre su moto, apretando las
correas de su mochila, aunque no necesitaban ser apretadas.
—No me mientas. —Sus palabras salieron más duras de lo que
pretendía, pero después de una hora de ser ignorado, y de su intuición
emitiendo una advertencia a todo volumen, quería una respuesta y la
quería ahora.
—Estoy cansada. Eso es todo. Solo quiero ir a casa y dormir un poco.
—Bajó la cabeza y miró hacia otro lado—. Puedes simplemente dejarme…
—No te dejaré sola.
Sus hombros se hundieron.
—Bueno, supongo que puedes dormir en el sofá.
Maldita sea. La había jodido a lo grande si lo enviaban al sofá. Había
pasado mucho tiempo desde que había lidiado con una mujer enojada, así
que siguió su instinto que era cerrar la boca, subirse a la moto y andar. Lo
que fuera que estaba mal tenía algo que ver con Tiffany porque Grace
estaba bien cuando entró al vestuario y no estaba bien cuando salió. Ya
había decidido investigar un poco sobre la novia de Mike. Ahora tenía una
razón para empezar más temprano que tarde.
Después de dejar a Grace y de asegurarse de que los hijos de puta
Forzani estuvieran en su lugar vigilándola y manteniéndola a salvo, pasó
por la nueva oficina del investigador privado de Gabrielle, toda de acero y
vidrio y de gigantes ventanas que daban a una falsa laguna. Después de
compartir un breve saludo, Rocco se sentó frente al escritorio de Gabrielle
y miró las fotos de playas tropicales en la pared, preguntándose si algún
día en su miserable vida podría encontrar el camino a un lugar donde no
tuviera nada que hacer excepto tumbarse al sol.
—¿En qué puedo ayudarte? —Gabrielle se sentó y apoyó las manos
sobre su embarazado vientre. Rocco sintió otra punzada de añoranza por
una vida que estaba cada vez más lejos de su alcance. Por costumbre, 231
buscaba sus cigarrillos, y solo cuando sintió su bolsillo vacío se dio cuenta
de que ni siquiera podía recordar la última vez que había fumado.
Demonios, finalmente había dejado su adicción solo para enfrentar la
pérdida de la única persona que había hecho que todo volviera a suceder.
—Quiero saber sobre la chica que llamó a la policía sobre nosotros en
el callejón. La nueva novia de Mike. No me hagas ninguna pregunta. Le
tomé una foto en el gimnasio. —Le dio a Gabrielle toda la información que
tenía, le envió una copia de la foto y se sentó mientras ella realizaba las
búsquedas que hacían los investigadores privados para encontrar
personas que no querían que las encontraran.
—¿Estás seguro de que tienes el nombre correcto? —Gabrielle levantó
la vista de su computadora y frunció el ceño—. No estoy recibiendo nada
de buenas a primeras. Déjame intentar algo más. Esto tomará unos
minutos.
—Por supuesto. —Necesitaba darle a Grace algo de espacio. Había
vivido seis años sin ella. Supuso que podría vivir unas pocas horas con su
ira. Aunque, ahora que lo pensaba, no había vivido todos estos años.
Había estado existiendo. La última vez que había vivido de verdad había
sido con Grace. Sosteniéndola. Besándola, amándola.
—¿Estás bien, Rocco? —La suave voz de Gabrielle lo devolvió al
momento y se levantó de la silla, desconcertado por haberse dejado tan
expuesto.
—Bien. Solo tomaré un poco de... agua.
Agua. No cigarrillos. Estaba limpio y quería seguir así.
—Que sea un par de horas. Necesito más tiempo. —Inclinó la cabeza
hacia un lado y lo estudió—. ¿Está todo bien con Grace? —preguntó con la
intuición que las mujeres parecían tener cuando se trataba de cosas que
no les preocupaban en lo más mínimo.
—Sí.
La cabeza de Roco no estaba en el juego cuando regresó a la oficina
de Gabrielle después de dar un paseo por la ciudad. Después de la
emocional montaña rusa de estar en el orfanato, jugando a la pelota con
un niño que tenía la misma edad que él cuando Cesare se lo llevó, la
extraña sensación de déjà vu que había tenido en el patio de recreo y el
extraño comportamiento de Grace desde su entrenamiento. en el gimnasio,
esperaba buenas noticias, o al menos algo fácil de manejar, algo que no lo
enviara de regreso a la mazmorra de Clay ni a la tienda de conveniencia 232
más cercana por un hábito que no quería volver a comenzar.
Su esperanza se desvaneció cuando Gabrielle levantó la vista con una
expresión sombría en su rostro.
—Siéntate.
—No estoy de humor para sentarme. —Paseó por su oficina, mirando
por la ventana, los certificados enmarcados en la pared, una foto de ella,
de Luca y de su hijo, Matteo, en su boda, rodeados de familiares y amigos.
Luca tenía una familia numerosa y la mayoría vivía en Las Vegas, por lo
que estaba unido a todos sus parientes, tan unido que él y Gabrielle
habían comprado una casa nueva al otro lado de la calle de su madre.
Rocco había sido invitado a la fiesta de inauguración de la casa, pero no
fue porque la última vez que conoció a la madre de Luca, ella trató de
apuñalarlo con un cuchillo de cocina porque pensó que lastimaría a su
hijo. ¿Cómo sería tener a alguien que te quisiera tanto que moriría
tratando de protegerte? Ni siquiera podía imaginarlo.
—Bueno, me quedaré sentada porque mi espalda me está matando. —
La mano de Gabrielle cayó sobre su vientre—. El bebé está pateando.
¿Quieres sentirlo?
—Jesucristo. No. —Retrocedió ante la idea de tocar a la esposa de
Luca de una manera tan íntima. Aunque no tenía ninguna duda de que
podría enfrentarse a Luca en una pelea en circunstancias normales,
estaba bastante seguro de que Luca atacaría sin restricciones cuando se
tratara de proteger lo que era suyo.
Un poco como lo que sentía por Grace.
—Lo siento. —Levantó las manos con las palmas hacia adelante—.
Olvidé que los tipos de la mafia no son como la gente normal. Todas las
reglas y códigos de honor…
—Las reglas están ahí para protegerte, y para que los sabelotodos no
se maten unos a otros. Muchas muertes ocurrieron sobre mujeres antes de
que se implementaran los diez mandamientos de la Cosa Nostra. Ahora, no
tocas a la mujer de otro hombre hecho, y definitivamente no te acuestas
con ella. Si haces eso, podrías ser perseguido. Nadie quiere ser aislado de
la multitud por una mujer. “Perseguido” no solo significa que perdiste a
tus amigos; significa que perdiste tu negocio, tu hogar y también tu
sustento.
—Bueno, estoy segura de que Nico y Luca no querrán perder a un 233
miembro clave de su equipo. —Tocó su teclado, y la impresora zumbó a la
vida.
Él abrió la boca para recordarle que no era parte del equipo y la volvió
a cerrar. Gabrielle no lo estaría ayudando si eso fuera cierto. Luca no lo
permitiría. Y aunque él y Gabrielle siempre habían sido amigos, ella no
estaría pasando sus horas libres haciéndole un favor que la llevaría a un
área gris de la ley si Nico no lo hubiera aprobado también. Estaban
tratando a Rocco como parte de la familia, de la familia del crimen
Toscani, y maldita sea, le gustaba cómo se sentía.
—Entonces, ¿qué encontraste? —Rocco recogió el papel que había
impreso y se quedó mirando el gráfico de la página.
—Nada. —Gabrielle se reclinó en su silla—. Ese es un resumen de
todas las bases de datos y lugares que revisé. Ella no existe. O al menos,
no existe nadie con ese nombre y que se ajuste a su descripción y rango de
edad. Y no me refiero solo a Nevada. Estoy hablando de cualquier parte de
Estados Unidos.
La piel de Rocco se erizó en advertencia mientras miraba la columna
de resultados del gráfico, cada entrada marcada como negativa.
—¿Qué hay del Hospital St. John? Mike dijo que es enfermera allí. —
Mike había dicho otras cosas sobre Tiffany Oliver en las que no quería
pensar porque con cada minuto que pasaba su pulso se aceleraba un poco
más.
—No hay nadie con ese nombre registrado en el personal; tengo una
fuente que revisó todas las bases de datos, incluida la mano de obra
ocasional y por contrato. Todos en el hospital deben tener un pase de
seguridad, así que, si trabajara allí oficialmente, su nombre aparecería.
Rocco se pasó una mano por el cabello.
—¿Qué pasa con su foto?
—La revisé en la base de datos de reconocimiento visual de la policía,
cortesía de un amigo.
—¿Y?
Ella vaciló, y la picazón sobre su piel se convirtió en un congelamiento
glacial completo.
—Tenemos algo. Solo tiene una precisión del sesenta por ciento, pero
salió de una mujer llamada Teresa Rossi, una criminal de carrera de
Nueva York.
234
Mierda. Mierda. Mierda. Rocco corrió por los pasillos del hospital St.
John. Llamó a Mike, quien le dijo que había dejado a Tiffany en el hospital
hacía solo una hora. ¿Quién sería ella? ¿Estaría trabajando para el
misterioso capo que había contratado a los De Lucchi? ¿O con los
encapuchados que habían disparado en Carvallo's?
Se estrelló contra una camilla y salió disparado por el pasillo opuesto.
No sabía quién estaba detrás de escena, pero era un plan genial. Nadie en
la mafia sospecharía de una mujer, especialmente de una enfermera, y de
una tan bonita como Tiffany quien había establecido una presencia en el
hospital. Podría entrar y salir de la habitación de Nunzio sin ningún
problema y terminar el trabajo que los asesinos habían comenzado en el
restaurante hace dos semanas.
Sus peores temores se hicieron realidad cuando dobló la esquina. No
había guardias en el pasillo. Sin guardias en la puerta. Nadie que le
impidiera entrar directamente en la habitación de Nunzio, donde el ángel
de la muerte se cernía junto a la cama de Nunzio con una sonrisa de oreja
a oreja.
—Aléjate de él. —Rocco cerró la puerta y sacó su arma, haciéndole
señas a Tiffany para que se fuera. Ella dejó caer una jeringa en el bolsillo
de su bata. Con su largo cabello rubio atado en una cola de caballo suelta
y en rosa de punta a punta, parecía tan alejada de la asesina letal que
ahora sospechaba que era.
—No me lastimes. —Jadeó y levantó los brazos sobre su cabeza.
—¿Qué diablos estás haciendo aquí? —Miró a Nunzio, dormido en la
cama.
—Solo revisando sus signos vitales y dándole su medicamento. —Se
asomó por debajo de sus brazos—. Por favor. No estaba haciendo nada
malo.
—No trabajas aquí. —Asintió hacia su placa—. Tu pase es falso.
La confusión cruzó por su rostro.
—Trabajo aquí. Me contrataron como mano de obra eventual de la
Agencia Palermo. Puedes consultar con ellos. Obtuve mi pase de seguridad
cuando comencé hace unas semanas.
—Sé quién eres, Teresa Rossi.
235
—Ese no es mi nombre. Soy Tiffany Oliver. —Sus grandes ojos azules
brillaban y su labio inferior temblaba.
Jesús. Joder. Iba a llorar. O era una muy buena actriz o la había
jodido a lo grande al apuntarle con un arma a una civil inocente. Vaciló,
agitando el arma, mientras una lágrima rodaba por su sonrosada mejilla.
—Eres amigo de Mike. —Respiró entrecortadamente—. ¿Se trata de la
otra noche cuando llamé a la policía? Lo siento mucho. —Otra lágrima
siguió a la primera y su rostro se arrugó—. Pensé que te lastimarían. Le
expliqué todo a Grace y me dijo que me perdonaba porque todo salió bien.
Grace. Su cerebro se confundió por un momento. Algo había
molestado a Grace en el gimnasio y Tiffany había estado allí. Grace había
entrado en el vestuario y había salido casi como una persona diferente, y
la única persona con la que había hablado después era Tiffany.
—¿Me matarás? —Ella volvió a asomarse por debajo de los brazos, su
hermoso rostro era una máscara de miedo. Si era Teresa Rossi, criminal de
carrera, resultaba muy convincente como Tiffany Oliver, aterrorizada
enfermera.
Abrió la boca para responder y solo entonces registró el cambio en el
sonido. En lugar del constante pitido del monitor cardíaco, solo había un
largo pitido.
Y fue entonces cuando ella sonrió.
—¿Qué hiciste? —Su mirada se posó en el subjefe, con la boca
abierta, la cabeza inclinada hacia un lado, el cuerpo completamente
inmóvil.
El monitor hizo sonar una alarma. Gritos y pasos resonaron por el
pasillo. La mirada de Rocco volvió a ella y vio algo no tan inocente en las
heladas profundidades de sus grandes ojos azules.
—¿Qué carajos?
Pero fue demasiado tarde. Tiffany respiró hondo y gritó.
236
—¿M
ataste a mi papá?
Grace apretó el teléfono de la prisión en su
mano mientras miraba a Rocco a través de la
barrera de vidrio. No esperaba que respondiera,
las líneas telefónicas eran monitoreadas y cualquier confesión podría
usarse en su contra en la corte, pero necesitaba ver su rostro, el cambio en
el color de sus ojos. Incluso después de tantos años, podía leer sus
expresiones. Podía ver la verdad incluso si no escuchaba las palabras.
No.
Su tensión se alivió un poco. Tal vez no necesitaba hacer la siguiente
pregunta. Una enfermera del hospital afirmó que había estado
manipulando la vía intravenosa de su padre y que le había apuntado con
su arma cuando trató de detenerlo. Posteriormente fue arrestado por 237
delitos relacionados con armas y bajo sospecha de asesinato en espera de
los resultados de la autopsia.
No solo era una enfermera, sino la novia de Mike, Tiffany.
Era demasiado. Tom afirmó que Rocco tenía un contrato para matar a
su padre. Papá estaba muerto. Rocco había estado en la habitación. Y
ahora Rocco estaba en la cárcel.
—Tom mencionó un contrato —dijo, tratando de mantener sus
palabras vagas, pero lo suficientemente claras para que las entendiera.
Cuando levantó una ceja, ella asintió.
—Sí, lo vi. Estuvo en el gimnasio el otro día. Dijo... cosas. Acerca de ti.
Se ha estado escondiendo con Tony. Dice que Tony lo está protegiendo.
Rocco la miró fijamente, tal como lo había hecho desde que había
llegado. ¿Era la culpa lo que lo hacía callar o la decepción de que siquiera
sospechara que estaba involucrado? Pero habían estado separados
durante mucho tiempo. ¿Qué tan bien lo conocía realmente? ¿Dónde
estaba su lealtad?
—¿Tenías un…?
Un contrato. Hizo la pregunta en silencio, sabiendo que entendería.
¿Tenías un contrato para matar a mi padre?
La bilis subió a su garganta cuando vio que su expresión se tensaba,
la respuesta en el oscurecimiento de sus ojos.
Sí.
—¿Estás bien, cariño? —Olivia abrió la puerta del auto y le indicó a
Grace que entrara. Había insistido en esperar fuera de la cárcel mientras
Grace hablaba con Rocco, y Grace estaba profundamente agradecida de
tenerla allí.
Incapaz de ocultar su dolor, Grace se derrumbó y le contó a Olivia
una versión de la verdad: habían encontrado a Rocco con un arma en la
habitación de su padre y ahora estaba en la cárcel, sospechoso de matarlo
como resultado de un negocio que salió mal. Había sido un alivio
compartir gran parte de la historia, y Olivia había hecho todo lo posible por
ayudarla, desde llevarla a ver a Rocco hasta hacer los arreglos del funeral
para cuando terminara la autopsia. 238
Grace negó, incapaz de mentir. Sus peores temores se habían hecho
realidad. Se había involucrado con la mafia y había perdido a otra persona
que amaba.
A dos personas.
A tres, si Tom seguía adelante con su plan de tomar el puesto de su
padre porque Tom no tenía lo necesario para sobrevivir en este mundo,
incluso con el respaldo y apoyo de su nuevo mejor amigo, Tony Toscani.
Había sido traicionada, una vez más. Herida, una vez más. Tenía el
corazón roto, una vez más. ¿Por qué no podía aprender la jodida lección de
que la mafia no tenía nada de bueno? Que lo destruía todo.
—¿Él hizo…? —Olivia levantó una ceja en duda.
—No quiero hablar de ello.
—Por supuesto que no. Lo siento. No debería haber preguntado. Te
llevaré a casa.
Grace se arrepintió al instante de su abrupto tono. Olivia no había
sido más que amable en los pasados días. Grace no sabía qué tipo de
arreglo había hecho Olivia con el padre Seamus para cubrir sus turnos en
Sunnyvale, pero estaba agradecida de tenerla allí, recordándole que había
un mundo sin armas, mafiosos o muerte. Un buen mundo. Y amigos que
se preocupaban.
Cuando llegaron a la casa, Grace solo quería darse un largo baño y
meterse en la cama. Nunca había visitado una prisión, e incluso ahora
podía sentir la desesperación y la desesperanza todavía pegadas a su piel.
—Tenemos visitas. —Olivia señaló la casa cuando se detuvieron junto
a la acera.
Grace levantó la vista, esperando que fuera Tom. Solo lo había visto
dos veces desde la muerte de su padre: una vez en el hospital y otra en la
comisaría, y en ambas ocasiones había estado con Tony Toscani. Su
corazón se hundió cuando vio a Gabrielle y a Mia sentadas en el escalón
de la entrada. Lo último que quería era hablar con alguien involucrado en
la mafia.
—Sigue conduciendo.
—¿Quieres ir al lugar de ensayo? —Olivia miró a Mia y a Gabrielle,
pero afortunadamente pisó el acelerador y pasó junto a la casa—. Ethan y
Miguel están ensayando con la banda. 239
—Por supuesto. —No estaba de humor para la música, pero al menos
la distraería de su dolor.
—Miguel escribió una canción y la están probando. Aparentemente,
ha estado escribiendo letras en secreto durante años y Ethan solo se
enteró cuando fue a su habitación a pedir prestado un cargador y vio la
música en su escritorio. Supongo que no es solo un bajo bonito.
Grace forzó una sonrisa ante el intento de Olivia de animarla.
—Graciosa.
—¿Conocías a esas mujeres? —preguntó Olivia unos minutos
después.
—Sí. Simplemente no quiero hablar con nadie involucrado en el
negocio de mi padre en este momento. En realidad, nunca.
—Tal vez te sientas mejor después del ensayo. Puedes cantar algo
alegre —sugirió.
—No cantaré. Me iré de Las Vegas después del funeral, y no es justo
que los incite. Ethan necesita comenzar a audicionar para una cantante
principal nuevamente.
Siempre profesional, Olivia no trató inmediatamente de disuadirla de
su plan.
—¿A dónde planeas ir?
—Tal vez a un pequeño pueblo en el medio oeste… —A cualquier
lugar sin presencia de la mafia.
Olivia torció los labios hacia un lado.
—No eres realmente el tipo de chica de un pueblo pequeño.
—Podría serlo.
—¿Qué hay de tu canto? Pensé que habías escogido Las Vegas para
obtener tu título y así poder seguir una carrera como cantante. Y ahora
por fin lo hiciste. Ethan y Miguel ya planearon todos los contratos de
grabación que conseguirá la banda, qué tipo de autobús de gira
comprarán, cómo van a dividir a todas las fans que los pululan detrás del
escenario después de los conciertos…
—Fue un sueño estúpido. —Pulsó el interruptor de la cerradura de la
puerta. Abierto. Cerrado. Abierto. Cerrado. Algo así como su relación con
Rocco desde que había regresado a su vida—. Mírame. No puedo estar en
el escenario sin una máscara y Rocco listo para apagar todo si todo sale 240
mal. Y no habrá mucha demanda de cantantes de jingles en un pueblo
pequeño que probablemente solo tenga una estación de radio y una de
televisión.
—¿Entonces qué harás? —Olivia frunció los labios, la única
indicación de que no estaba de acuerdo con la decisión de Grace.
—Haré lo que me entrené para hacer. Estoy segura de que hay un
pequeño pueblo que necesita una consejera de trauma. Los pueblos
pequeños sufren eventos traumáticos todo el tiempo.
—También los consejeros —dijo Olivia suavemente—. Y debes saber
que este no es el momento de tomar decisiones precipitadas. Debes pasar
por el proceso, descubrir qué sucedió y por qué, enterrar a tu padre y
pasar por todas las etapas del duelo. Cuando llegues al otro extremo y el
mundo no sea tan oscuro, ese será el momento de pensar en el cambio.
—Necesito alejarme.
—Entonces nos iremos. Pero no escaparemos.
Grace se mordió el labio para detener las lágrimas.
—¿Nos?
—No estás sola. —Olivia se acercó y apretó la mano de Grace—. No
solo me tienes a mí. Tienes a Ethan y a Miguel y al resto de la banda.
Tienes a Matthew y al padre Seamus y a todos los amigos que hiciste en
Las Vegas. Tienes a toda la gente de la ciudad a la que tocaste con la
belleza de tu voz. Y tienes a Tom. —Sus labios se apretaron con fuerza por
un momento. La familia de Olivia siempre estuvo ahí uno para el otro en
una crisis, y no pensó mucho en la insistencia de Tom en quedarse con
“un amigo” cuando Grace más lo necesitaba.
Grace sintió la ausencia de Rocco en la lista de Olivia como un
agujero negro en su pecho. Igual que antes, se había enamorado de él
fuerte y rápido. Había confiado en él. Se abrió a él. Lo amaba, y lo perdió
de la peor manera posible.
—Sé lo que estás pensando —dijo Olivia mientras disminuía la
velocidad en una señal de alto—. Corazón roto está escrito en toda tu cara.
—La última vez, Rocco hizo algo terrible porque pensó que no
podíamos tener un futuro. Quería que fuera libre, así que me alejó.
Olivia se detuvo en el estacionamiento detrás del estudio de ensayo y
estacionó el auto.
—No te habrías ido de Nueva York si no quisieras irte. 241
Salieron del vehículo y fueron a través del sol abrasador hasta el
sombreado toldo sobre la puerta.
—Tienes razón —dijo Grace, mientras abría la puerta—. En ese
momento, no vi otra opción. Pero después de unos años comencé a
preguntarme si cometí un error. Tenía dieciocho años y estaba muerta de
miedo. No hablé con él sobre lo que pasó. No pensé en la persona que
conocía. Me escapé, igual que me escapé cuando mi madre murió, y
cuando descubrí algunas cosas sobre mi padre que no pude manejar.
—¿Como estás planeando hacer ahora? —Olivia abrió la puerta—. Por
supuesto, supongo que esto es diferente. Quiero decir, Rocco está en la
cárcel porque lo atraparon con las manos en la masa…
—Lo atraparon apuntándole con un arma a una enfermera —
interrumpió Grace.
—Pensé que la enfermera lo encontró cuando estaba haciendo algo
sospechoso en la vía intravenosa de tu padre, y le apuntó con un arma
cuando trató de detenerlo. —Olivia se detuvo frente al estudio de ensayo—.
Eso es lo que leo entre líneas.
Grace gimió.
—¿Salió en las noticias?
—Cariño… —Olivia tragó—. El crimen organizado siempre es una
gran noticia.
La cabeza de Grace se sacudió tan rápido que su cuello crujió.
—No soy…
—No tienes que decirme nada, pero The Sun informó que tu padre
tenía vínculos con una familia criminal de la mafia en Nueva York, y
algunas de las estaciones de televisión lo recogieron. Lo llaman un golpe de
la mafia. Y Rocco... —Apretó el brazo de Grace—. Dijeron que también era
sospechoso de tener vínculos con la mafia. Encontraron a la enfermera jefe
de la UCI atada en el armario.
—Me enfermaré. —Grace se dejó caer contra la pared y luego se
deslizó para sentarse en el suelo. Podía escuchar el constante ruido sordo
del bajo de Miguel desde el interior del estudio, y los suaves y oscilantes
sonidos de la banda mientras interpretaban “What Kind of Fool Am I” de
Sammy Davis Jr.
—¿No lo sabías? —Olivia se acomodó a su lado—. Tal vez todas son
noticias falsas. 242
—No sabía que estaría en todas las noticias. —Grace dejó caer la
cabeza en la cuna de sus brazos.
—Normalmente no digo este tipo de cosas —dijo Olivia—. Pero si es
verdad, creo que podrías hacerlo mejor que un mafioso, diez años mayor
que tú, que ya te rompió el corazón una vez, que posiblemente mató a tu
padre e intentó matar a una enfermera en el hospital. O tal vez solo soy
yo… —Se encogió de hombros y Grace captó el atisbo de sonrisa que
mostraba que Olivia estaba tratando de aligerar el ambiente.
—Creo que probablemente tengas razón. Debería haber aprendido la
lección la primera vez.
Y, sin embargo, una parte de ella todavía no podía creer que Rocco
hubiera tenido la intención de matar a su padre. Si tenía un contrato para
golpear a su padre y posiblemente a Tom, alguien se lo había dado.
Entonces, ¿quién quería a su padre muerto? Las únicas personas que se
beneficiarían de su muerte estaban en Nueva York, y los sospechosos más
probables eran los capos de la familia Gamboli. No los conocía a todos, ni
lo ambiciosos que eran, ni lo poderosos que eran, pero Tom sí. Tom, quien
ahora estaba bajo el ala de Tony.
Pero todavía no tenía sentido. Rocco había tenido muchas
oportunidades de derribar a su padre, especialmente cuando estaba en la
UCI, porque conocía a todos los guardias. Podría haber entrado, hecho lo
que tenía que hacer y salido sin que ninguno pestañeara. Y todo el asunto
de la manipulación de la vía intravenosa, posiblemente la administración
de alguna droga... Ese no era el Rocco que conocía. Sí, era violento, pero
era violencia mafiosa. La mafia no usaba veneno ni trataba con formas
sutiles o solapadas de muerte. Había un perverso honor en el
derramamiento de sangre. La violencia física era una declaración, una
tarjeta de presentación. Cualquier otra cosa se consideraba cobarde. Y
Rocco no era cobarde.
El arma era más consistente con su personalidad. Ser atrapado no. Y
amenazar a una mujer con un arma violaba su código personal. Era un
profesional. Habría sabido cuando las enfermeras estarían de turno,
cuándo cambiaban a los guardias, quién estaría en la puerta... y ¿qué
había pasado con los guardias de todos modos? Obviamente, se habían
hecho escasos cuando llegó la policía. Los sabios nunca hablaban con la
policía. Omerta significaba que, si tenían una historia que contar, nadie la
escucharía jamás.
—¿Quieres ver el artículo? —Olivia levantó su teléfono—. No 243
publicaron ningún detalle sobre la enfermera porque podría estar en
peligro. Dice que probablemente la pondrán bajo custodia protegida.
Grace miró la pantalla y luego la puerta del estudio. ¿Qué estaba
haciendo? Como si esto no fuera lo suficientemente difícil. ¿Realmente
quería empezar a cuestionar a la policía? ¿Haciendo que se ilusionara de
nuevo? Tom dijo que Rocco tenía un contrato. Rocco lo había confirmado,
aunque sin palabras. ¿Por qué estaba buscando una razón para no creer
los hechos que la estaban viendo a la cara?
Era psicóloga, maldita sea. Ella sabía, tal como Olivia había señalado
con tanta delicadeza, que la gente no piensa con claridad en momentos de
trauma. No tomaban decisiones racionales. Pero también sabía que la
gente era coherente. Seguían sus códigos morales.
Él nunca lastimaría a un civil o a una mujer.
¿Y si esa persona fuera una amenaza? ¿Qué pasa si tenían la intención
de lastimar a alguien que te importa, directa o indirectamente? ¿Les harías
daño entonces?
Sí.
Ja. Después de que la investigación policial hubiera concluido y
hubiera enterrado a su papá y lamentado su pérdida, pensaría en Rocco. Y
también podría llorarlo.
—No, gracias. Ethan está destruyendo una versión de gran banda de
“Tainted Love” por dentro. —Se empujó contra la pared, sintiendo la
vibración de la música a través del ladrillo pintado—. Iré a sacarlo de su
miseria por última vez.
244
—E
staba tan asustada. —Tiffany dobló su suave y
desnudo cuerpo alrededor de Mike bajo las sábanas
de su cama tamaño king.
—Lo sé, nena. Fuiste muy valiente. —Mike la puso encima de él,
separando sus piernas para que se sentara a horcajadas sobre sus
caderas, su cuerpo bañado por la luz de la mañana. Tenía un cuerpo tan
hermoso: senos grandes y firmes con pezones rosados, cintura delgada y
caderas suavemente curvadas. Se afeitaba el coño, y cuando le abrió las
piernas, pudo ver los rosados pliegues de su vagina y el nudo de su clítoris
esperando ser tocado.
—Pensé que me mataría. —Se estremeció y él acarició la cremosa
extensión de su muslo. Era la cuarta noche que la pobre Tiffany se
despertaba con pesadillas en las que Frankie le apuntaba con un arma, y 245
el sexo era lo único que la ayudaba a volver a dormir.
—Estoy seguro de que solo fue un malentendido. —No quería pensar
en la situación de conflicto en la que se encontraba. Su lealtad era hacia
su familia criminal, pero Tiffany era la testigo que podía llevar a Frankie a
la cárcel. La dulce e inocente Tiffany que acababa de visitar al padre de
Grace como un favor para Mike. Todo era su maldita culpa. Nunca debería
haberla involucrado de ninguna manera. Cada vez que intentaba hacer
algo bueno, lo jodía. Ahora tenía al maldito señor Rizzoli llamándolo para
recordarle el juramento que hizo de poner a su familia criminal por encima
de todo lo demás. Si no había testigo, no había caso. Grandes cosas
estaban sucediendo en Nueva York que impactaban a la familia Toscani en
Las Vegas. Nico necesitaba que Frankie saliera de la cárcel. ¿Mike
entendía eso?
Sí, jodidamente lo entendía. Y a la mierda eso. Frankie no era parte
de la familia criminal Toscani. Mike no le debía nada. Frankie le había
dado un puñetazo en la cara. Lo golpearía con un palo porque había
tratado de aliviar el aburrimiento de estar sentado en un callejón durante
horas mientras Frankie jadeaba detrás de la hija del subjefe. Entonces,
¿Frankie le había dado la mayor parte del dinero para expandir su negocio
de gimnasios? ¿O que Frankie le había dado responsabilidades más allá de
las de cualquier otro soldado Toscani? Frankie era un De Lucchi. Otro. ¿Y
qué diablos había estado haciendo allí de todos modos? Si Mike tuviera
que adivinar, señalaría a Frankie por el que tiene el contrato de los
Mantini. Y la pobre Tiffany lo atrapó en el acto. Jesucristo.
—Tal vez debería ir a protección de testigos. —Ella respiró
entrecortadamente—. El detective a cargo dijo que podía llamar en
cualquier momento.
—No quieres eso, nena —dijo rápidamente—. No podrías trabajar ni
cuidar a tu perro. No podrías salir. No podríamos estar juntos. Estarías
atrapada en una casa segura con un montón de policías... —Su estómago
se apretó ante el pensamiento. Su chica. Sola. Con un montón de hombres
que estarían pensando exactamente lo que Mike sabía que estarían
pensando cuando tuvieran que cuidar a una chica hermosa como su
Tiffany. De ninguna maldita manera. Era su trabajo protegerla y, con
mafia o sin mafia, encontraría la manera de mantenerla a salvo.
Arrastró su dedo a lo largo de la sensible piel de la parte interna de su
muslo, pero justo cuando se acercaba a los hinchados pliegues de los
246
labios de su coño, ella sujetó con firmeza su muñeca.
—¿Qué clase de amigos tienes, Mikey? Él mató a ese buen anciano y
luego trató de matarme a mí.
Mike no estaba dispuesto a decirle que su “amigo” era un ejecutor de
la mafia, o que Frankie debía tener una muy buena razón para matar al
subjefe de Nueva York, porque incluso Mike sabía que perdería a Grace
por eso. Sin duda, el señor Toscani descubriría cuál era esa razón cuando
Charlie Nails sacara a Frankie de la cárcel bajo fianza más tarde hoy.
—No sé si mató a alguien. Tal vez el viejo simplemente murió porque
eso es lo que hacen los viejos. —La acomodó hasta que su pene se
acurrucó contra su caliente y húmeda vagina. Siempre estaba mojada para
él. No importaba lo que estuvieran haciendo o dónde estuvieran, si la
deseaba, ella estaba lista.
—¿Alguna vez pensaste en huir? —Ella tomó sus pechos y los apretó,
frotándose contra su pene como algo salido de un sueño húmedo—.
¿Simplemente subirse a un automóvil y dejar todo atrás: tu trabajo, tus
amigos, tu departamento, y ser alguien nuevo?
—¿Te refieres a empezar de nuevo? —Alcanzó sus pechos, cubrió sus
manos con las suyas y observó cómo se endurecían sus rosados pezones.
—Sí. ¿Alguna vez quisiste empezar de nuevo, Mikey?
—No puedo decir que alguna vez lo haya hecho. —Había estado en
esa vida desde que podía recordar, y había funcionado bien para él. Le
gustaba el equipo, el trabajo y los beneficios. Sin la mafia, nunca hubiera
podido abrir su gimnasio, ni pagar el bonito bungalow que compró con un
gran patio trasero para sus dos perros rescatados, y nunca hubiera tenido
el respeto que obtuvo como sabelotodo.
Mike sabía que no era la bombilla más brillante de la caja, pero era
un buen trabajador, una buena fuente de ingresos y un amigo leal, razón
por la cual no decía mucho sobre Frankie a pesar de que su cabeza estaba
llena de cosas que quería decir. Sabía que Frankie no trabajaba
exclusivamente para Nico. Era un De Lucchi y trabajaba para cualquier
miembro de la familia criminal que necesitara su ayuda. Demonios,
Frankie había trabajado para Tony, y para el padre de Tony, Santo,
cuando estaba vivo, y el don lo había enviado por todo Estados Unidos
para ayudar a otras facciones de la familia Gamboli. Si el don quería matar
a su propio subjefe, el equipo de De Lucchi era el que se encargaba del
trabajo.
Pero hombre, tener que derribar al padre de tu novia tenía que 247
apestar mucho, y dado lo cercanos que se habían vuelto Frankie y Grace,
Mike tenía problemas para creer que Frankie realmente había hecho lo que
había hecho. Sí, era un hijo de puta frío, duro, despiadado y vicioso, e
incluso Mike, con sus años de experiencia en la mafia, no podía soportar
algunas de las cosas que había visto hacer a Frankie. Pero había cambiado
desde que Grace entró en escena. Mike no había pensado que Frankie
fuera capaz de sentir nada, pero después de verlo con Grace, estaba
seguro de que le importaba. Mucho. Pero más que eso, el hecho de que
Mike todavía estuviera vivo y con cuatro extremidades funcionando
después del fiasco en el club de jazz lo decía todo. Grace había convertido
al monstruo en hombre. ¿Cómo podía ese hombre renunciar a la única
persona que lo había llevado a la luz?
—Ojalá hubieras estado allí. —Ella yacía sobre su pecho, sus pechos
suaves y cálidos sobre su piel, su cara enterrada en su cuello—. Eres tan
grande y fuerte. Podrías haber peleado contra él y salvado al anciano.
Podrías haberme salvado.
Gruñó de placer ante el aprecio por su tamaño. Las mujeres solían
pensar que tenía sobrepeso o que era demasiado grande. Una mujer se
había reído de su pecho de barril. Nadie nunca había querido que Mike los
salvara.
—Si alguna vez me necesitas, nena, estaré allí. —La abrazó con fuerza
con un brazo y alcanzó los condones en la mesa de noche con el otro. Su
mirada se posó en la pequeña caja gris junto a la lámpara. Todavía no le
había dado a Tiffany su regalo. Cada vez que lo alcanzaba, algo lo detenía.
Tal vez era demasiado pronto. O demasiado tarde. Tal vez no le gustara. O
tal vez lo rechazaría porque había decidido dejarlo. Se le habían ocurrido
docenas de excusas, pero al final, nunca había sido el momento adecuado.
Pero ahora, después de pasar cuatro noches con ella, abrazándola
mientras dormía, calmando sus pesadillas, quería darle algo especial, un
pedacito de él.
—Tengo algo para ti. —Pasó por alto los condones y recogió la caja—.
Era de mi madre.
Tiffany abrió la pequeña caja gris y su rostro recorrió toda la gama de
emociones, desde el asombro hasta las lágrimas mientras miraba el
pequeño relicario.
—Es encantador —dijo en voz baja—. Nadie me ha dado nunca un
regalo. 248
—¿Me estás tomando el pelo? —La miró horrorizado—. ¿A una
hermosa chica como tú? ¿Nunca tuviste un regalo? ¿Ni siquiera de tus
padres antes de que fallecieran o de tu tío? ¿Qué pasa con los novios?
—No. —Sacudió la cabeza—. No tengo muchos recuerdos de mis
padres, y cuando mi tío me llevó a vivir con él, me hizo dejar todo atrás.
Vivía en un lugar diminuto y no había espacio para mis cosas. No era el
tipo de persona que da o comparte. Salí con muchos chicos, pero fue
casual. Eres la primera relación seria que he tenido. —Miró hacia arriba a
través de la espesura de sus pestañas—. ¿Estamos saliendo en serio?
—Puedes apostar que lo hacemos. —Su pecho se hinchó de orgullo al
saber que era su primer novio serio, y tomó el relicario—. Puedes poner
algo dentro —dijo, avergonzado de que sus dedos fueran demasiado
gruesos para abrirlo para ella—. Tal vez una foto o algo así.
—¿Una foto tuya?
—Si quieres.
—¿Podrías pasarme mi teléfono? Tomaré esa foto ahora mismo.
Le dio el teléfono que había dejado en la mesita de noche y ella tomó
algunas fotografías de su sonriente rostro.
—Póntelo. Quiero verlo en ti.
Tiffany sacó el relicario y se lo colocó alrededor del cuello. El delgado
óvalo dorado colgaba justo debajo de las medias lunas de sus hermosos
senos.
—Eres la chica más hermosa que he visto en mi vida —dijo él en voz
baja—. Soy el hombre más afortunado de la jodida tierra.
Una expresión de dolor cruzó su rostro tan rápidamente que se
preguntó si la había visto.
—¿Qué pasa si te pido que te escapes conmigo? —preguntó, sus
dedos acariciaban el relicario—. ¿Dejarías todo esto atrás? ¿Te convertirías
en alguien nuevo y empezarías de nuevo... conmigo?
El teléfono de Mike vibró junto a la caja de condones y su mano vaciló
entre los dos. Estaba duro hasta el punto del dolor y quienquiera que
estuviera al otro lado podía esperar lo suficiente para que se quitara las
rocas y calmara a su pequeña y sexy enfermera.
A menos que fuera el jefe. 249
O el jefe del jefe.
O Frankie llamándolo desde la cárcel.
Pasó por alto los condones y tomó el teléfono.
—¿Sí?
Tiffany deslizó su húmeda y resbaladiza vagina arriba y abajo de su
pene, haciendo casi imposible que se concentrara en Paolo, quien estaba
recitando la dirección donde Luca lo estaría esperando en media hora.
Cuando Paolo finalmente terminó, tiró el teléfono y agarró las caderas de
Tiffany.
—Eres una chica mala. Era una llamada de negocios y no pude
concentrarme. ¿Cuál fue esa pregunta que hiciste antes de que nos
interrumpieran?
Su rostro se cerró por un momento, y luego una lenta y sensual
sonrisa se dibujó en su rostro.
—No era importante. Ahora estoy más interesada en escuchar cómo
castigarás a tu chica mala.
Mike levantó las caderas de Tiffany y la golpeó abajo sobre su pene.
—Te penetraré duro y por mucho tiempo, y te correrás sobre mi pene.
Ella gimió y se lamió los labios. Por un momento, pensó que vio algo
más que dulce inocencia en sus ojos, pero luego comenzó a montarlo, y
todo lo que podía pensar era en la sensación de su caliente y húmeda
vagina, el suave balanceo de sus pechos, y el largo cabello dorado que se
derramaba sobre sus hombros. Trató de pensar qué podría haber hecho en
su vida para que Dios le enviara un ángel, pero cuando ella se estiró
detrás para apretarle las bolas, dejó de pensar en absoluto.
Y por eso nunca lo vio venir.
250
—¿D
erribaste a Mantini?
—No. —Rocco estaba apoyado contra el
cobertizo de metal corrugado en medio de la
nada y vio a Nico caminar de un lado a otro en la
arena. La torre de agua rota detrás de él no le daba idea de lo que solía ser
la propiedad, pero el hecho de que se reunieran aquí en lugar de en la casa
club le decía a Rocco todo lo que necesitaba saber.
Si hubiera derribado a Mantini mientras el subjefe estaba bajo la
protección de Nico en el territorio de Nico sin la aprobación del don, su
vida estaba acabada.
Menos mal que no había hecho su trabajo. Sacó un paquete de
cigarrillos de su bolsillo. Lo primero que hizo cuando salió de la cárcel fue
comprar un paquete de cigarrillos. Lo siguiente en su agenda era una 251
visita a Clay. Había buscado un par de peleas en la cárcel, tratando de
encontrar ese lugar frío y oscuro que lo ayudara a soportar la mierda en la
que se había convertido su vida, pero nada mejor que el aguijón del látigo
de Clay.
—¿Por qué diablos, Charlie Nails me sacó de fianza? —Había
terminado con esa mierda. Después del arresto, se había resignado a pasar
el resto de su vida en la cárcel. Ver a Grace al otro lado del cristal, ver su
cara caer cuando vio la verdad en sus ojos casi lo había roto. Podía verla y
no tocarla. Escucharla, pero no hablarle porque los malditos teléfonos
estaban monitoreados. En ese momento, ella se convirtió de nuevo en el
sueño, en la encarnación del anhelo que había llenado sus noches durante
seis largos años, la única cosa en el mundo que deseaba y que estaba
destinada a nunca tener.
—¿Quieres decir, por qué le tomó cuatro días? —preguntó Lucas—.
Es porque tienes antecedentes y alguien le dijo a un reportero que tenías
vínculos con la mafia. Charlie escuchó que la fianza se fijaría en un millón
de dólares. Necesitaba tiempo para reducirlo a algo razonable y luego para
obtener el efectivo. —Inclinó la cabeza hacia un lado—. ¿Cómo es
Henderson? Yo pasé mi tiempo en Reno.
—Es un maldito club de campo. Quería quedarme. La única razón por
la que salí fue porque Charlie dijo que Nico puso los fondos y que quería
un retorno de su dinero. —Sacó un cigarrillo del paquete. Mierda. Era
jodidamente fácil retroceder. A la oscuridad. Al entumecimiento. Al dolor.
—Nada cambió en seis años, Rocco. Fumar sigue siendo adictivo.
Todavía causa cáncer. Y todavía te matará si no te detienes.
Sacudió la cabeza para quitarse la voz de Grace de la cabeza. Esta vez
fumaría hasta morir para no tener que sentir el dolor de perderla de
nuevo.
—No sé por tu cara de ceño fruncido si es el tipo de respuesta que
esperaba obtener —dijo Nico. —Pero sí. Te necesito en el exterior. Escuché
rumores de que don Gamboli está muerto, no desaparecido. Los policías
encontraron los cuerpos de dos de sus guardias en la orilla de un río, así
como los cuerpos de sus dos hermanos. Esto es grande. Es un maldito
golpe y estamos en una posición peligrosa porque Gamboli y Mantini
favorecieron mi reclamo para encabezar la facción. Quienquiera que esté
detrás de esto está a punto de dar la cara y si se pone del lado de Tony,
252
tendremos que tomar algunas decisiones difíciles. Necesito a mis mejores
hombres a mi lado.
—Si vivimos tanto tiempo —interrumpió Luca—. Si Tony es nombrado
jefe de los Toscani en Las Vegas, derribará a todos los que se opusieron a
él.
—Necesitas un guardaespaldas, no a un ejecutor. —Rocco encendió el
cigarrillo e inhaló profundamente, tratando de llevar esa nicotina hasta las
esquinas de sus pulmones.
—Te necesito —dijo Nico con firmeza—. Pero primero necesito saber
qué pasó en el hospital.
—No lo sé. —Rocco cruzó los brazos sobre el pecho—. Tuve un mal
presentimiento sobre la chica de Mike cuando llamó a la policía sobre
nosotros fuera del Stardust. Luego le dijo algo a Grace en el gimnasio de
Mike, la puso en mi contra. Le di sus detalles a Gabrielle y pensó que
Tiffany no era quien decía ser. Cuando me dijo que pensaba que Tiffany
era una criminal de carrera de Nueva York con raíces italianas y que
trabajaba en el hospital donde Mantini se estaba recuperando, fui a ver
qué pasaba.
»Todos los guardias se habían ido. Entré en la habitación de Mantini
y Tiffany estaba allí, haciéndole algo en la vía intravenosa con una aguja.
Los monitores de Mantini estaban sonando y se veía bien, pero le apunté
con mi arma y le dije que se fuera. Se movió como si estuviera asustada,
levantando los brazos, con los ojos llorosos. Fue una buena actriz. Tan
buena que no la arrastré fuera de allí de inmediato como debería haber
hecho. Entonces el monitor se apagó y sonó una alarma. Ella me sonrió
jodidamente, y luego gritó. El personal ya venía por el pasillo a causa de la
alarma. No pude irme. Ella les dijo que me vio haciéndole algo a Mantini.
Nico levantó las cejas.
—Mintió.
—Sí, lo hizo. Igual que mintió en el callejón del Stardust. —Rocco
sintió una inesperada oleada de calor en el pecho. Nico le creía. Sin
preguntas. Sin dudas. Sin largas miradas de búsqueda. Sin miradas de
reojo de Luca. Le creía como si hubiera sido un miembro leal de su equipo
desde el principio, y no por primera vez, Rocco deseó serlo.
—¿Crees que tal vez se dio cuenta de que había hecho algo malo y
estaba tratando de cubrir su trasero?
Rocco se encogió de hombros, recordando la sonrisa de Tiffany. 253
—O tal vez sabía exactamente lo que estaba haciendo. Podría ser que
trabaje para el mismo tipo que envió a los tiradores a Carvello’s y él la
envió para terminar lo que comenzaron.
Debería haber hecho el trabajo que se suponía que debía hacer y
nada de esto habría sucedido. Mantini se habría ido hace mucho tiempo,
alguien más habría asumido su papel, y Rocco estaría yendo a casa todos
los días a su departamento frío y vacío esperando la siguiente llamada con
el próximo contrato o la dirección del próximo delincuente de dos bits que
necesitaba una paliza. No era la vida que hubiera elegido, pero era una
vida en la que no tenía que lidiar con todas las malditas emociones que
amenazaban con destrozarlo. ¿Y no hubiera sido mejor? Sin culpa ni
anhelo ni deseo. Sin amor ni dolor por la pérdida. Habría estado a salvo
detrás de los muros que había construido para proteger su corazón, los
muros que necesitaba ahora para atravesar el tiempo que le quedaba antes
de que Cesare lo persiguiera o regresara a prisión.
—Mierda. —Dio una calada a su cigarrillo, su nariz arrugada por los
acres humos. ¿Sus cigarrillos siempre habían sabido a cenizas? ¿O era
porque la dulzura de Grace había contaminado su lengua?
Dejó caer la mano, colgando el cigarrillo. Si hubiera hecho su trabajo,
no habría pasado las pasadas semanas con Grace. No la habría abrazado
en la cama y la habría visto dormir. Nunca habría sentido que la conexión
entre ellos volvía a su lugar, compartiendo esos íntimos momentos o
escuchándola cantar. Nunca habría jugado a la pelota con ella y el niño
pequeño en el orfanato, nunca la habría escuchado reír mientras le
arrebataba la pelota de las manos.
Mierda. Ese orfanato. Había desencadenado un recuerdo del orfanato
en el que había estado antes de que Cesare se lo llevara: un parque infantil
con un columpio, un tobogán y una cancha de baloncesto. Felicidad.
Amigos. Risa. Deseó poder regresar y decirse que debía correr cuando
Cesare entró por la puerta. Que no volvería a reírse hasta que Grace
entrara en su vida.
—¿Tenías un contrato con Mantini? —Nico lo sacó de su
ensimismamiento.
—Sí. —También tenía un contrato con Tom, pero si Nico no se lo
preguntaba, no le ofrecería esa información. Durante el año pasado había
estado jugando rápido y suelto con las reglas del equipo De Lucchi. Era
hora de volver a encarrilarse. Era un ejecutor. No tenía amigos. Ni familia.
254
Ni amantes. Ni relaciones. Hacía los trabajos que le asignaban y luego
seguía adelante. Ahora que Mantini estaba muerto, le quedaba un trabajo
por hacer antes de que la policía o el equipo lo encerraran por el resto de
su vida.
Tiró el amargo cigarrillo y sacó otro del paquete. Esta vez el sabor le
provocó un poco de náuseas, pero ya estaba comprometido, así que inhaló
y exhaló una bocanada de humo.
—¿Autorizado?
—Aparentemente. —Si Cesare dijo que estaba autorizado, no le
correspondía interrogarlo. Cesare era el equivalente a un don en el equipo
De Lucchi, aunque en el mundo más amplio de la Cosa Nostra, todavía
ocupaba un lugar más bajo que un asociado de la mafia.
—¿Entonces habría alguien más y tal vez esta enfermera se le
adelantó?
Rocco se encogió de hombros, sin saber hacia dónde se dirigía Nico
con su línea de investigación.
—Eso no suena como tú. —Continuó Nico.
Estaba en lo correcto. Ese no era él. Rocco hacía todos los trabajos
que le pedían. Cuando cazaba, atrapaba a su presa. Cuando disparaba, no
fallaba. Durante las pasadas semanas había estado distraído, pero esta vez
no habría errores. Tom no lo vería venir.
—No volverá a suceder.
Nico lo estudió como si lo viera por primera vez.
—¿Qué harás con la enfermera?
—Si el fiscal no tiene testigos, entonces no tienen caso. —Su mundo
entero estaba explotando, ¿por qué no caer en las llamas y romper su
propio código moral, así como la regla de la Cosa Nostra contra la violencia
hacia las mujeres? Había viajado tan lejos siendo el ejecutor que Cesare le
había enseñado a ser que necesitaría sondear las profundidades de su
depravación, hundirse más en el pantano del ethos De Lucchi de lo que
nunca se había hundido para volver a encarrilarse. Si la chica de Mike le
había tendido una trampa para cubrir su error, o peor aún, si lo había
planeado desde el principio, entonces se merecía lo que le esperaba. Ese
era quien era. Rocco De Lucchi. El ejecutor. No Frankie, valioso miembro
de la familia criminal de Nico.
—No lo olvides. Es la mujer de Mike. —Luca lanzó el recordatorio no 255
demasiado sutil de que las reglas de la Cosa Nostra también prohibían
tocar a la mujer de otro hombre, tener sexo con ella y matarlos a ambos.
—¿Dónde diablos está Mike? —Nico se tapó los ojos con la mano y
miró el polvoriento camino.
—Llamé a un par de muchachos para que fueran a revisar su casa y
ver qué pasaba —dijo Luca—. Todavía no han informado nada.
—Parece que tienes un problema con que tus muchachos no se
presenten. —Rocco arrojó el cigarrillo a medio fumar sobre la arena. No
podía soportar más el maldito sabor, y no estaba sintiendo el zumbido que
normalmente obtenía de su dosis de nicotina. Había demasiadas cosas
sucediendo en este momento, demasiadas cosas por las cuáles vivir. Nico
necesitaba su ayuda, y no sentía la necesidad ni siquiera de ese pequeño
escape—. ¿Qué pasó con los guardias en el hospital?
—Mantini despidió a todos nuestros muchachos y los reemplazó con
cuatro soldados Forzani —dijo Luca—. Dijo que demasiados guardias lo
hacían parecer débil. Hablé con Piero Forzani y dijo que seguridad echó a
los nuevos guardias una hora antes de que llegaras. Alguien se quejó de
que parecían sospechosos y que no pudieron dar una buena razón por la
que estaban parados en el pasillo.
—Durante tres semanas nuestros muchachos estuvieron allí y nadie
se quejó de ellos. —Rocco resopló con disgusto. Los soldados Toscani
sabían cómo hacerse invisibles. Sabían cómo proteger a las personas. Se
podía confiar en ellos para hacer su trabajo.
A diferencia de él.
—Conveniente —dijo Luca—. Lo sé.
—Tal vez no vino aquí porque debe haber más de treinta y ocho
malditos grados —murmuró Rocco, mientras el sudor goteaba por su
cuerpo debajo de su chaqueta de cuero—. Mike no puede soportar este
tipo de calor.
—Hablé con él esta mañana y dijo que estaría aquí. —Paolo metió las
manos en los bolsillos, con una arruga de preocupación en la frente—.
¿Crees que tal vez algo pasó en el camino?
Rocco había estado pensando lo mismo. Mike era tan confiable como
el sol que sale todos los días. Nunca se había perdido una reunión, nunca
había llegado tarde, nunca había eludido su deber. Era el tipo de persona
que revisaba el tráfico antes de irse y salía antes si pensaba que las cosas 256
serían lentas. Nunca se quejaba, ni siquiera cuando Rocco le dio ese
injustificado puñetazo en la cara cuando pensó que Grace estaba
desaparecida. Era un amigo, comprendió Rocco. Aunque Rocco había sido
un bastardo con él algunas veces, Mike siempre aparecía cuando lo
llamaba. Podría haberle pedido a Luca que enviara a alguien más, pero
nunca lo hizo. Si lo hubieran retenido, se lo habría dicho a Rocco. Paolo
tenía razón en estar preocupado.
—Da una vuelta por la carretera. Busca una ambulancia o una grúa o
ve si puedes encontrar su auto —gritó Luca—. Llámame si hay algún
problema.
Rocco observó cómo el larguirucho cuerpo de Paolo desaparecía en el
resplandor del calor y del polvo.
—Puede que no sea una buena idea enviar al chico. Algo está
pasando, y es posible que no pueda manejarlo por sí mismo.
Nico y Luca intercambiaron una mirada.
—Suena como algo que diría un subjefe —dijo Nico.
—Sí, bueno, tienes uno justo a tu lado, pero si no te das prisa, Paolo
se irá solo.
—Me refiero a ti.
Rocco agitó una mano desdeñosamente.
—Tienes a Luca.
—Solo porque te ofrecí el trabajo y me rechazaste. A Luca no le gusta
estar en administración. Tiene demasiadas cosas que hacer con todos sus
restaurantes y clubes nocturnos, su loca familia, y ahora tiene otro hijo en
camino.
—¿Y qué? Yo no tengo hijos y necesitas a alguien nuevo a quien
patear, ¿así que quieres que haga el trabajo? ¿Olvidas que estoy en
libertad bajo fianza y pensando en pasar el resto de mi vida en prisión? No,
gracias. —Derramó tanto veneno en su voz como anhelo había en su
corazón. No podía tener esto. Formaba parte del equipo De Lucchi y lo
sería hasta el día de su muerte.
Aparentemente imperturbable por su arrebato atípicamente
irrespetuoso, Nico se encogió de hombros.
—Es una promoción. Pasas de la nada a ser subjefe con la
oportunidad de construir tu propio equipo, establecer tus propios negocios 257
y responder solo ante mí. Incluso llegarías a mandar a Luca, y si eso no es
un factor decisivo, no sé qué lo sea.
Un factor decisivo sería la oportunidad de hacer que Cesare pagara
por secuestrar a un inocente niño y convertirlo en un monstruo. La muerte
de Cesare lo liberaría si quisiera ser libre. Pero Cesare era intocable. No
solo por la geografía o por los guardias que lo rodeaban, sino porque si
Rocco levantaba un puño contra su padre adoptivo, el nuevo jefe De
Lucchi enviaría a todo el equipo De Lucchi a terminar con su vida. Y
Cesare lo sabía. Había desnudado a Rocco hasta la médula y escudriñado
su alma. Conocía sus fortalezas y sus debilidades; sabía lo que lo
impulsaba, lo que lo asustaba, lo que más temía perder y cómo causarle el
mayor dolor.
El teléfono de Luca vibró y revisó sus mensajes. Y pensamientos de
venganza y de un futuro que nunca podría desaparecer después de leer el
texto en su pantalla.
—Encontraron a Mikey. Alguien le cortó la garganta.
Bang. Bang. Bang.
Grace se despertó sobresaltada, su mente luchando por alcanzar a
sus oídos. Apenas había dormido, todavía aturdida por la muerte de su
padre, el encarcelamiento de Rocco y la revelación de que tenía un
contrato para matar a su familia.
—¡Grace! —gritó Ethan a través de la puerta—. Tienes una visita.
Su mirada se desvió hacia el reloj. Las 10 a.m. ¿Quién la visitaría en
este momento? ¿Y por qué no llamaron simplemente?
Se levantó de la cama y se puso los vaqueros y una blusa floreada,
desenredándose el cabello mientras recorría el pasillo. Miguel ya estaba
levantado y sentado frente al televisor viendo un programa matutino, y
Ethan estaba en la cocina bebiendo una taza gigante de café. Olivia, la
única madrugadora de la casa, ya estaría en el trabajo
—Está en el porche. —Ethan señaló la puerta principal—. Con Trevor
el traicionero e inepto efectivo perro guardián que está más interesado en
abrazos y caricias que en protegernos.
Desconcertada, Grace abrió la puerta de un empujón, pero su sonrisa
se desvaneció cuando vio a Gabrielle sentada en el escalón de la entrada
con Trevor en su regazo.
—Es muy amigable —dijo Gabrielle—. Casi me derriba para poder 258
tener un abrazo. Mi perro, Max, es igual, aunque no acepta extraños.
—Se supone que debe ladrarle a los extraños. —Grace fijó en Trevor
una mirada firme, y él enterró la cabeza bajo el brazo de Gabrielle—. Sí, ya
sabes lo que se supone que debes hacer —le dijo, pero no pudo evitar
agacharse para darle una palmadita.
—Me dio la impresión de que no querías verme el otro día cuando
pasaste por delante de la casa sin detenerte.
—Tienes razón —dijo Grace honestamente—. Pero no es personal.
Terminé con la mafia. Se llevaron a todos los que amaba: a mi mamá, a
Rocco, a mi papá, y ahora que mi hermano se ha hecho, lo perderé
también.
—¿Amas a Rocco?
—Creo que nunca dejé de amarlo. Pero tenía un contrato para matar
a mi padre y a mi hermano. Simplemente no puedo…
—Pero no lo hizo —dijo Gabrielle—. No mató a tu padre.
Grace luchó contra la esperanza que surgió en su interior.
—No sabes eso. Todavía no ha habido un informe de la autopsia.
—Tú lo sabes. —Gabrielle se llevó una mano al corazón—. Aquí
dentro.
—No importa. Todavía tenía un contrato para matarlos. Mi hermano
dijo que Rocco me estaba usando para acercarse a ellos. Alguien
simplemente se le adelantó.
El rostro de Gabrielle se tensó.
—Realmente no crees eso, ¿verdad? Él no te necesitaba. Sé que es
difícil de escuchar, pero no pierde el tiempo con su trabajo. Hace el trabajo
de manera rápida y eficiente, y luego sigue adelante.
—Sé lo que hace. —Su mano voló a la cicatriz en su mejilla—. Tuve
que verlo una vez…
—Él te hizo eso ¿verdad?
Grace negó.
—Su padre lo hizo. Se enteró de nosotros e hizo esto para obligar a
Rocco a quitar una vida delante de mí. Supongo que pensó que, si nos
hacía feos por fuera, ya no nos amaríamos. Funcionó. Me escapé y dejé de
quererme, y si no te quieres, no tienes nada que dar. 259
Volvió a tocarse la cicatriz, pensando en los años que no soportaba
mirarse en el espejo, las ofertas que había rechazado de los agentes que
escuchaban sus jingles y querían verla en el escenario, incluso la noche en
que se unió a la banda de Ethan con una máscara para ocultar su
vergüenza. Rocco la había hecho mirarse en el espejo y ver la belleza
debajo de la cicatriz. Le había dado el coraje para hacer realidad su sueño
de convertirse en cantante profesional. Y casi lo había hecho. La noche en
que fue atacada por los hombres de Dino Forzani, había planeado subir al
escenario sin su máscara.
—Me tomó mucho tiempo superar el impacto de descubrir quién era
realmente y qué hizo. —Continuó—. Me sentí traicionada, así que escapé.
Fue un error. Sabía quién era por dentro. Sabía que había bondad en su
corazón. Y creo que una parte de mí sabía que Cesare rompió algo dentro
de él esa noche. Simplemente no fue suficientemente fuerte para
arreglarlo.
—Creo que eres una de las personas más fuertes que he conocido —
dijo Gabrielle—. Pasaste por un infierno y perdiste a mucha gente, pero
sigues viviendo tu vida, siguiendo tus sueños y abriendo tu corazón.
Había vuelto a abrir su corazón y Rocco se había metido de lleno. La
esencia misma del hombre al que había amado no había cambiado. Seguía
siendo protector, solidario, generoso y amable, todas las cualidades que
había olvidado cuando se fue de Nueva York. Él había visto más allá de
sus cicatrices y le había dado el coraje para subir al escenario y vivir su
sueño. Creía en ella. ¿Por qué no podía hacer lo mismo por él?
—No creo que haya matado a mi papá —admitió, aliviada de decir las
palabras en voz alta—. Ni siquiera sé por qué le hice la pregunta. Cuando
vi la verdad en su rostro, me sentí horrible. Pero el contrato...
—¿Que tuvo muchas oportunidades de cumplir y no las cumplió? —
Gabrielle negó—. Hablé con Luca sobre Frankie y su papel en el equipo De
Lucchi. No tiene elección con respecto a los contratos que le otorgan desde
Nueva York. Pero tenía la opción de elegir con quién trabajar en Las Vegas.
Eligió trabajar con Nico porque es todo lo honorable que puede ser un
mafioso. Nico no se involucra en el tráfico de drogas. Hace cumplir la
política de prevención de la violencia hacia las mujeres. No mata
indiscriminadamente. Eso no quiere decir que no pueda ser un despiadado
bastardo cuando tiene que serlo. Pero si Frankie realmente fuera el tipo de
ejecutor que Cesare quería que fuera, hubiera seguido trabajando con
Santo y luego con Tony cuando asumió el cargo. 260
—Pero no lo hizo.
—No. Una vez que comenzó a trabajar con Nico, les dijo a Santo y a
Tony que había terminado con ellos. Fue entonces cuando Nico y Luca se
dieron cuenta de que era diferente de los otros ejecutores de De Lucchi con
los que habían trabajado antes. Lo hicieron parte de su familia criminal al
tratarlo como si siempre hubiera estado allí. Nico le dio los privilegios de
un capo y Luca lo trató como a un igual. —Gabrielle se rio—. No fue
totalmente altruista de su parte. Frankie tiene habilidades que son de gran
beneficio para la familia. Menos mal que Charlie Nails lo sacó de la cárcel
esta mañana. Lo necesitarán para ayudar a lidiar con lo que le pasó a
Mike.
—¿Qué pasa con Mike? —No había tenido muchas oportunidades de
hablar con el amigo de Rocco, pero todavía se sentía mal porque había
recibido un golpe por su culpa.
—Alguien trató de matarlo esta mañana. Está en el St. John's en la
UCI.
Grace envolvió sus brazos alrededor de Trevor y enterró su rostro en
su pelaje. Esto era exactamente por lo que no quería tener nada que ver
con la mafia. Demasiada muerte. Demasiada violencia. Demasiada gente
sufriendo.
—¿Saben quién lo hizo?
—No. Pero lo encontraron desnudo en la cama. —Hizo una mueca—.
Luca está convencido de que fue su nueva novia.
—¿Tiffany? —La voz de Grace se elevó de tono—. Parecía tan...
inocente. Normal. Pensé que realmente le gustaba. —Debería haberlo
sabido mejor. Una de las primeras cosas que aprendió cuando comenzó la
carrera fue que no había normalidad. La gente usaba máscaras de todas
las formas y tamaños, y lo único que podías saber con certeza era que la
esencia de la persona nunca era lo primero que veías.
—No me cayó bien después de que te arrestaran a ti y a Frankie —dijo
Gabrielle—. Y Frankie también sospechaba. Me hizo revisarla y resulta que
no es quien dice ser. —Sacó su teléfono—. Creo que Tiffany es en realidad
Teresa Rossi de Nueva York. Estuvo un tiempo en prisión por asalto con
un arma mortal y se le presentaron algunos otros cargos. Solo teníamos
una tasa de precisión del sesenta por ciento en el perfil, pero se parecía
bastante para mí.
261
—Era la enfermera en la habitación con Frankie —dijo Grace
rápidamente, juntando las piezas—. Si trató de matar a Mike, tal vez fue
quien mató a mi papá. ¿Pero por qué? ¿Qué conexión hay entre Mike y él?
¿O entre ella y mi papá? No puede ser al azar. —Al menos eso explicaría
por qué Rocco había sacado su arma. Había estado tratando de detenerla.
Y Grace casi había huido de él de nuevo.
—¿Q uién diablos es ella? —Rocco pateó una silla en la
sala de la UCI y Luca se apartó de su camino. Le
había mentido a la jefa de enfermeras y le había
dicho que Mike era su hermano. Por supuesto, no tenía sentido y tuvo que
amarrarla y meterla en el armario, tal como había hecho con la otra
enfermera que quería impedirle ir a visitar a Nunzio Mantini. Si seguía así,
El St. John's necesitaría más jodidos armarios.
—No sabemos con certeza si fue Tiffany —dijo Luca—. Tenemos a
todos en la calle buscándola, y una vez que la encontremos, sabremos la
verdad.
—Estaba jodidamente desnudo con un condón en la mano. Uno de los
soldados dijo que el lugar olía a perfume y que había un joyero vacío en el
suelo. No suena como un tipo para mí. 262
—Podría haber entrado después de que ella se fuera.
—Jesús, maldito Cristo. —Descargó toda su ira en la única persona lo
suficientemente fuerte como para hacerle frente—. Fue ella. Sé que fue
ella. Había algo en ella... —Sacudió la cabeza, sin palabras para expresar
la oscuridad que había visto en sus ojos, algo tan familiar que le heló el
corazón—. ¿Qué diablos está pasando? Siempre está un paso por delante
de nosotros. Estoy cansado de ser un maldito peón en este juego. Nunzio
sabía de qué se trataba y ahora se fue. Y Mike… —Agarró la silla y la
estrelló contra el suelo—. Mike no merece morir así. Cuando encuentre a
la perra, la haré sufrir un infierno que ni te imaginas. Lo peor que he
hecho será demasiado bueno para ella.
—Todo lo que obtendrás de eso es la satisfacción de la venganza.
—Estoy deseando que llegue.
Lucas negó.
—Vamos, hombre. Ella es una herramienta, como lo eres tú cuando te
dan un contrato. Alguien más está tirando de los hilos. Aquí hay un juego
más grande que no vemos. Si la derribas, nunca descubriremos quién está
detrás de esto.
—Hablará antes de morir —escupió Rocco—. Puedo garantizar eso.
Mujer o no. Tendré respuestas. Lo que hizo fue enfermo. ¿Cortar la
garganta de un hombre en medio del sexo? Es como una especie de puta
araña viuda negra.
Mierda. Mierda. Mierda. Él destrozaba todo lo que tocaba: espejos,
ventanas, mesas y sillas. Luca se paró en la puerta y mantuvo alejado al
bastón, dejándolo enfurecer hasta que su ira se desvaneció en un
silencioso rugido.
—Nunca te he visto expresar nada más que un gruñido —dijo Luca
cuando Rocco se detuvo para recuperar el aliento.
—Por lo general, voy a ver a un tipo llamado Clay. Me saca a golpes
los malditos sentimientos para poder pasar cada maldito día. No lo he visto
en semanas. Tal vez sea el momento de hacerlo. —Pero incluso cuando las
palabras salieron de sus labios, sabía que Clay no podría ayudarlo.
Suprimir pequeñas dosis de emoción era factible, pero desde que Grace
había entrado en su vida, se había sentido abrumado por el tipo de
sentimientos que nunca pensó volver a experimentar. Sentimientos
263
poderosos. Y buenos o malos, hacían que su corazón latiera con fuerza y
que la sangre le ardiera en las venas. ¿Cómo podría volver al frío vacío que
había sido su vida durante los pasados seis años?
Lucas se encogió de hombros.
—Siempre prefiero golpear cosas. O dispararles. Golpea a un par de
tipos que merezcan una paliza. Embotellas todo dentro y un día te
destroza. Casi me pasa. Me tomó conocer a Gabrielle para superar a Gina.
Tres palabras y estaba libre de toda la mala mierda que me estaba
carcomiendo por dentro.
—¿Cuáles tres palabras?
—Las conocerás cuando sea el momento adecuado.
—Jesucristo. No tengo tiempo para esta mierda. —Las manos de
Rocco se cerraron en puño—s.—Esa perra anda suelta. Primero Mantini.
Ahora Mike. ¿Quién diablos será después? ¿Será la que está detrás de
Grace y Tom?
La respuesta le llegó incluso mientras hacía la pregunta. Por supuesto
que lo era. Sus acciones en la habitación del hospital de Mantini fueron
deliberadas. La mirada de triunfo en su rostro cuando el monitor del
corazón se desaceleró. Tenía que ser la que estaba detrás de Grace y de
Tom. No podía haber una tercera jugadora en el juego tratando de
deshacerse de la familia Mantini. Ambos habían sido contratados para
eliminar a los hombres, pero ella también recibió instrucciones de atrapar
a Grace con vida. ¿Podrían estar trabajando para la misma persona?
¿Quién contrataría a los De Lucchi y luego enviaría refuerzos, y una mujer
para el caso?
Solo Cesare sabía la identidad del contratista. Y ahora mismo, Cesare
era la última persona que quería ver. Una vez que descubriera que Mantini
había muerto a manos de otra persona, Rocco sería llamado a casa para
rendir cuentas. Hace tres semanas, con mucho gusto habría hecho el viaje
de regreso a Nueva York. Se habría ofrecido a sí mismo a la justicia de
Cesare, sabiendo que su muerte sería su venganza. Cesare no solo tendría
que encontrar y entrenar a un nuevo huérfano para cumplir con su
compromiso con el equipo, sino que también tendría que admitir su
fracaso.
—Tenemos que atraparla antes de que encuentre a Tom o a Grace —
dijo—. O a cualquier otra persona. Estuvo en Carvello’s. Estoy seguro. Le
debe dos vidas a los Bianchi.
264
—¿Entonces alguien los contrató a ella y a ti para eliminar a los
Mantini? —preguntó Lucas.
—Podría ser la misma persona, podrían ser dos personas. Pero
quienquiera que la contrató quería a los hombres fuera del camino y a
Grace para él. No hay duda de que se revelará cuando se convierta en el
nuevo subjefe, pero esa perra está actuando ahora y no tenemos tiempo
que perder. —Y eso no hacía que le hirviera la puta sangre. Había
prometido proteger a Grace. Había sido suya desde que tenía diez años, y
sabía lo que tenía que hacer para convencerla de que volviera a ser suya.
—Pensé que solo querías venganza —dijo Luca—. Ahora quieres
salvar el mundo.
—Quiero... salir. —No podía creer que lo había dicho, pero cuando
Luca se quedó mirándolo destruir la habitación, se dio cuenta de que era
un amigo. Así como Nico había sido un amigo y Mike durante todo este
tiempo, había querido salir y la respuesta era sentarse frente a él en la
sede del club o viajar a su lado en el automóvil o transportar cuerpos con
él al lago Mead. No podía romper con Cesare solo, pero si tenía la ayuda de
algunos amigos muy poderosos... tal vez... solo tal vez... podría tener una
jodida vida, y podría tener a Grace en ella.
—Entonces, comenzaremos por encontrar a la chica —dijo Luca sin
perder el ritmo, como si los sicarios de De Lucchi le confesaran todos los
días que querían romper con el equipo más cerrado de la Cosa Nostra—.
La haremos confesar o desaparecer. Eso limpiará tu nombre y nos llevará
a quienquiera que esté detrás de este golpe. Una vez que lo sepamos,
podremos mantener a Grace a salvo mientras encuentras la salida con el
apoyo que necesites de nuestra parte.
Por un momento, Rocco no pudo hablar.
—¿Eso es todo? Me ayudarás, sin hacer preguntas. Sin preocupación
por el riesgo. ¿Sin nada a cambio?
—Eso es lo que significa ser parte de la familia. —Una astuta sonrisa
se extendió por el rostro de Luca—. Además, necesitamos un subjefe. Debe
ser un no fumador, con un buen salario y capaz de manejar la disciplina
en la familia, así como de enseñarles una ocasional lección a los
muchachos que quieren engañar a la mafia. Tal vez romper algunas
piernas, cortar algunos dedos, ese tipo de cosas. Aparte de eso, haremos lo
habitual y les encargaremos los trabajos sucios a los profesionales.
—Nadie ha salido nunca.
—Apuesto a que nadie lo intentó nunca —dijo Luca—. Pero tal vez no 265
tenían una familia detrás de ellos, una chica hermosa que los amara y un
amigo que está cansado de respirar humo de segunda mano. ¿Así que,
cuál es el plan? ¿Qué necesitamos?
Suerte.
Convicción.
Esperanza.
Y un cebo.
Grace nunca había visto a Rocco tan quieto. Desde su punto en la
puerta de la sala de cuidados intensivos donde Mike apenas se aferraba a
la vida, ni siquiera podía ver cómo subían y bajaban sus pulmones.
—¿Rocco?
No se giró cuando dijo su nombre, y como no le había pedido que se
fuera, se invitó a sí misma a entrar.
—Escuché que eres su hermano. —Sonrió a pesar de que él no
miraba en su dirección—. Deberíamos haber probado ese con mi papá y no
habrías tenido que quedarte en el pasillo.
Silencio.
Grace tuvo un repentino impulso de darse la vuelta y de marcharse,
como siempre lo había hecho, dejando a las personas que le importaban
sufriendo solas.
No.
Apretó los dientes y acercó una silla a su lado. Esta vez no iría a
ninguna parte. Aunque todavía odiaba a la mafia, había nacido en ella. Su
familia era una familia mafiosa, el hombre que le importaba era un
ejecutor de la mafia. Y a menos que estuviera preparada para renunciar a
ellos, necesitaba aprender a lidiar con la mafia en lugar de dejar que
controlara su vida.
—¿Qué puedo hacer para ayudar? —Se acercó y cubrió su mano con
la suya.
—Nada. Mataré a la perra.
Grace miró rápidamente por encima del hombro para asegurarse de
que estaban solos. 266
—¿Estás seguro de que fue ella?
—Él estaba jodidamente desnudo. Condón en mano. Si alguien
hubiera entrado a la fuerza, habría sacado su arma, pero estaba debajo de
la almohada. No había señales de lucha. Significa que confiaba en
quienquiera que estuviera en la habitación. Se desnudó para ellos.
Dejando que se acercaran lo suficiente como para cortarle la maldita
garganta. La única razón por la que todavía está vivo es porque es un tipo
tan grande y tiene muchos músculos alrededor del cuello. La navaja no
alcanzó las venas importantes, pero si los muchachos de Luca no hubieran
derribado la puerta cuando lo hicieron, no lo habría logrado. —Su voz se
quebró, se rompió—. Jesucristo. Sangró por toda la cama.
—Lo siento mucho. —Se puso de pie para envolver sus brazos
alrededor de él y la atrajo hacia su regazo, abrazándola con fuerza.
—Ella no es una aficionada —murmuró en su cabello—. Todo el
asunto con tu padre, eso se preparó durante semanas. Todos aquí la
conocían, confiaban en ella. Podía ir a cualquier parte del hospital sin
levantar sospechas. Podía firmar cualquier medicamento que quisiera,
manipular cualquier equipo. Incluso me engañó. No le dije nada a Mike
sobre ella después de que llamó a la policía en el callejón. Y si no te
hubiera puesto triste en el gimnasio, no la habría investigado.
—Fue Tom —dijo—. Lo vi en el gimnasio. Estaba en casa de Tony y te
escuchó decir que tenías un contrato con mi familia. Dijo que me estabas
usando. Mi padre ya había dicho algo similar. Un montón de pequeñas
cosas se juntaron y yo simplemente... ya no estaba segura.
—¿Y ahora? —Se quedó inmóvil, sus manos todavía alrededor de ella,
sosteniéndola en la cuna de su regazo.
—Tú viste más allá de esto. —Se tocó la cicatriz—. Puedo ver más allá
del trabajo que haces como ejecutor. Te conozco, Rocco. Hay bien en tu
corazón. Creo que fuiste a salvar a mi padre, no a matarlo.
—Nunca podría lastimarte de esa manera, bella. Tuve la oportunidad
y no la aproveché por esa razón. Pero no creas que eso me convierte en un
héroe. No soy un santo. He hecho cosas que te mantendrían despierta por
la noche, y sin duda haré más. Pero trataré de salir.
—¿Fuera del equipo o de la vida?
—Nunca saldré de la vida. Sé demasiado.
Sus labios se curvaron en una sonrisa burlona.
267
—¿Así que serás un mafioso normal?
—Sí. —No pudo evitar sonreír—. Simplemente tu tipo promedio de
todos los días.
—Podría manejar eso. —Besó su mejilla—. Menos drama.
—Primero tengo que encontrar a Tiffany. —Su mano se cerró en un
puño debajo de la de ella—. Estoy bastante seguro de que fue ella en
Carvello’s junto con algunos hombres contratados. Tiene que responder
por los asesinatos de Bianchi, así como por los de tu padre y de Mike, si
no sobrevive. Y tengo la sensación de que todavía está detrás de ti y de
Tom. Quienquiera que la haya contratado quiere asegurarse de que Tom
no ocupe el lugar de tu padre, y pueda que te quiera para él.
—Dile que me secuestraron. —Su rostro se tensó—. Y si fue la
responsable de matar a mi padre, entonces tendrás que hacer cola. —No
había tenido la intención de que las palabras salieran con tanto veneno,
pero si se encontraba cara a cara con la asesina de su padre, no creía
poder poner la otra mejilla.
—Te mantendrás jodidamente alejada de ella. —Su cuerpo se puso
rígido—. Lo digo en serio, Grace. Te encerraré si tengo que hacerlo. Es una
puta psicótica, muy inteligente, despiadada, viciosa y sin corazón...
—Lo entiendo —dijo interrumpiéndolo—. Suena como una descripción
de ti. Excepto por la última parte.
—Luca corrió la voz de que la estamos buscando, pero nuestra mejor
oportunidad de encontrarla es si viene a nosotros. Necesitamos a alguien
que actúe como…
—Seré voluntaria.
Rocco frunció el ceño.
—De ninguna maldita manera. Casi te pierdo una vez. No sucederá de
nuevo. Estaba pensando en Tom.
—¿En Tom? Todavía está con su nuevo mejor amigo, Tony. Hablé con
él justo después de que papá muriera. Está planeando declararse como
subjefe una vez que todo se resuelva. Se quedará en Las Vegas porque
piensa que es más seguro aquí que en Nueva York.
—Y sin duda hará de Tony el jefe de la facción de Las Vegas —dijo
Rocco con amargura.
—Supongo que sí. Le deberá un favor a Tony.
268
—Necesitamos sacarlo de la casa de Tony y llevarlo a algún lugar
donde podamos tenderle una trampa a Tiffany. Me aseguraré de que esté
protegido. No le pasará nada.
Grace se mordió el labio considerándolo.
—Confío en ti, Rocco. Realmente lo hago, pero lo mejor para la familia
Toscani sería derribar a Tom para que Tony no sea declarado jefe. Creo
que es una de las razones por las que se mantiene tan cerca de Tony.
¿Cómo puedo ofrecerlo como cebo cuando las personas que se encargarán
de protegerlo lo quieren muerto? Soy la mejor opción.
—No.
—Quiero que la atrapen. Quiero justicia para papá. Quiero venganza.
Tengo habilidades, puedo pelear. Tengo un arma. Y estarás allí
protegiéndome, como prometiste. —Una sombra cruzó la habitación. Miró
hacia arriba y vio a Luca de pie en la puerta.
—No. —Rocco miró a Mike, quien yacía inmóvil en la cama.
—Luca está de acuerdo. —Ella vio a Luca con esperanza y él asintió.
—Tiene sentido —dijo Luca—. El riesgo para Grace es bajo porque
quienquiera que sea la quiere viva, no muerta. Tiffany no se arriesgará a
matarla, y nosotros tampoco.
Los dedos de Rocco se clavaron en la cadera de Grace con tanta
fuerza que supo que le dejaría moretones.
—No. Y ese es el fin de la discusión.
—Es mi elección —dijo en voz baja—. No esconderé la cabeza en la
arena y pretenderé que la mafia no existe o que no soy parte de ella. La
usaré. Haré que funcione para mí. Quiero que ella pague por lo que les
hizo a papá y a Mike. Te quiero fuera de la cárcel y libre para vivir tu vida.
Y quiero a Tom a salvo. Si tengo que convertirme en una mafiosa para
conseguir esas cosas, eso es lo que haré, aunque me asuste más de lo que
me ha asustado nada desde que te perdí.
—Las cosas que podría tener que hacer… para mantenerte a salvo…
—Su voz se quebró—. Tal vez tenga que ser el hombre del que huiste en
Nueva York, y nadie te lo ocultará. ¿Podrás vivir con eso?
—¿Puedes vivir con esto? —Ella estrechó su mano y se la llevó a la
mejilla llena de cicatrices.
—Cuando te miro, veo a mi hermosa Gracie con su corazón
bondadoso, con su risa traviesa, con su sexy cuerpo y la voz de un ángel 269
—dijo él en voz baja—. Veo a la niña de diez años que jugueteaba con mi
radio para poner el tipo de canciones que solo escuchaban los viejos, las
canciones que yo escuchaba. Veo a la chica de doce años que iluminó mi
vida cuando todo lo que podía ver era oscuridad. Veo a la chica de dieciséis
años que nunca había sido besada con los labios más perfectos que jamás
tuve el placer de tocar. Veo a la chica de dieciocho años que era tan
hermosa que me rompió el corazón cuando se entregó a mí y confió en mí
para mantenerla a salvo. Le hice una promesa que no cumplí. Pero tengo
la intención de hacerlo ahora.
Grace se inclinó y lo besó en los labios.
—Supongo que eso es un sí.
—Sí. Pero la respuesta a usarte como cebo sigue siendo no.
—¿R
occo? ¿Estás despierto?
Acurrucado alrededor del cálido cuerpo de
Grace, Rocco le dio un beso en la nuca. No podía
dormir. Mañana pondrían en marcha su plan
para atrapar a Tiffany, y quería recordar cada minuto de lo que podría ser
su última noche con Grace. Si el plan funcionaba, entonces sería libre.
Pero si no, y salía con vida, pasaría el resto de su vida tras las rejas, y si
eso ocurría, cortaría todos los lazos con ella para que pudiera vivir una
vida feliz.
—Sí, bella.
—Estaba pensando que si no la atrapamos...
—Lo haremos. —El fracaso no era una opción porque el fracaso
270
significaba una vida sin Grace y después de seis años sin ella, no tenía
intención de volver a pasar por ese infierno.
—Pero si no lo hacemos. —Se acurrucó en su pecho—. Tendremos
que darnos a la fuga. Extrañaré a Olivia, a Ethan y a Miguel, pero estoy
segura de que podrán encontrar un nuevo compañero de casa. Y, por
supuesto, extrañaré a Tom. Pero no tengo un trabajo estable, así que eso
no es un problema, y probablemente pueda ganar dinero cantando para
poder sobrevivir. Podría usar diferentes tipos de máscaras…
—Jesucristo. ¿Es eso lo que estás pensando en lugar de dormir?
—Es difícil dormir con algo duro presionado contra mi trasero. —Se
movió contra su erección y él gimió. ¿Cómo diablos los hombres casados
se acostaban con su mujer desnuda en la cama con ellos? Estaba
constantemente duro, y cuando no estaba duro, se recuperaba o se ponía
duro de nuevo.
—¿Qué tal si lo pongo en alguna parte? —Él se rio—. Eso debería
ayudarte a dormir. —Levantó su muslo hacia atrás sobre su cadera y
empujó su pene contra su entrada.
—Um… no creo que eso me ayude a dormir.
—Tal vez no, pero tal vez te ayude a olvidarte de salir corriendo. —
Tomó su pecho en la palma de su mano y lo apretó suavemente. Se le
cortó la respiración y él aumentó la presión hasta que ella se movió contra
él—. Shhh. Quédate quieta para poder disfrutar de tu cuerpo. —Derramó
besos a lo largo de su cuello mientras le daba a su seno izquierdo la
misma atención.
—No puedo quedarme quieta cuando haces eso. —Apretó su trasero
contra él y él apretó los dientes ante el doloroso placer—. Y no puedo
quedarme aquí sin ti. Iré a donde tú vayas.
—Iré a la cárcel si no la atrapamos. —Él deslizó su mano hacia abajo
sobre su estómago hasta el suave vello entre sus piernas—. No permitiré
que vivas la vida huyendo. Podrás quedarte aquí, conocer a un chico, tener
una casa, hijos, un perro… la vida normal de la que solías hablar.
¿Recuerdas eso, Gracie? Tenías toda nuestra vida planeada, desde cómo te
propondría matrimonio hasta cómo seríamos enterrados uno al lado del
otro cuando muriéramos. Excepto que seguías olvidando que era diez años
mayor que tú y, dada mi línea de trabajo, lo más probable era que pasara
mucho tiempo bajo tierra antes de que te unieras a mí.
Grace vio hacia atrás por encima del hombro y la fulminó con la
271
mirada.
—¿Se supone que esta morbosa charla me excite? Porque noticias de
última hora, no lo hace.
—No tengo que tratar de excitarte, bella. Siempre estás mojada para
mí. —Deslizó un dedo a través de sus pliegues y frotó su humedad a lo
largo de la parte interna del muslo.
—¿Qué se supone que debe hacer una chica cuando tiene a un
mafioso sexy en su cama que siempre parece estar listo para hacerlo en
cualquier momento?
—Se supone que debe abrir más las piernas para que pueda estar
dentro de ella. —Le separó las piernas y ella tembló.
—Nunca lo hemos hecho así.
—No hemos hecho muchas cosas. Si alguna vez tenemos esa vida que
planeaste para nosotros, te penetraría de todas las formas que puedas
imaginar y algunas que ni siquiera creerías.
—Podríamos hacer eso sobre la marcha. —Ella inclinó sus caderas
para tomarlo, y la penetró con un fuerte empujón—. Solo piensa en lo
emocionante que sería tener sexo en todo tipo de lugares diferentes.
—Estoy pensando aquí. —Pasó un dedo por la abertura de su
arrugado trasero—. Todavía quiero tomarte por aquí. Cada otra parte de ti
es mía.
Grace se puso tensa.
—Eso no es lo que quise decir. Pero haré un trato contigo. No vayas a
la cárcel, deja de fumar y de dejar que la gente te golpeé, y podrás tener mi
trasero como regalo de bodas si alguna vez tenemos esa boda que planeé
para nosotros cuando tenía diecisiete años y tenemos toda una vida juntos
por delante. ¿Qué tal eso como incentivo?
—Ya terminé con toda esa mierda, Gracie. No la necesito cuando te
tengo a ti. —Aumentó la presión sobre su entrada trasera—. Sin espera.
Quiero ser incentivado ahora.
—Malo. —Ella se estiró detrás y apartó su mano de un golpe—. Así no
es cómo funcionan los incentivos.
—Así es como deberían funcionar. —Él salió y empujó más
profundamente dentro de ella, esta vez provocando su clítoris con
resbaladizos movimientos alrededor de la hinchada protuberancia.
—Bueno, no lo hacen. —Ella gimió y corcoveó contra él. 272
Rocco la acercó más para poder apretar su pecho con una mano y
frotar su clítoris con la otra. Quería sentirla hacerse pedazos en sus brazos
mientras la sostenía, manteniéndola a salvo.
—No se hable más de huir. —Él besó su camino a lo largo de su
columna, su barba raspando su piel, haciéndola estremecerse y arquearse
contra él. Mierda. Los estaba volviendo locos a ambos y no sabía cuánto
más podría aguantar.
—De acuerdo. Pero sería un poco emocionante huir con un
sabelotodo.
—Estoy feliz de que ya no tengas miedo de lo que somos, bella. Pero
eso no significa que debas deshacerte de la vida que siempre soñaste
tener. Me gusta quién eres y es el tipo de chica que sueña con propuestas
románticas y con poner a su hombre en un esmoquin para que pueda
decirle frente al mundo lo que ya sabe.
—¿Qué sé yo? —Ella volvió a mirar hacia atrás y él se inclinó para
tomar sus labios.
—Te amo. Te he amado desde que tenías diez años.
Ella miró hacia atrás por encima del hombro y una sonrisa se dibujó
en su hermoso rostro.
—Yo también te amo. Pero sospecho que solo dices eso para obtener
un regalo anticipado en caso de que la boda nunca se lleve a cabo.
Rocco se rio entre dientes.
—Es un gran regalo, pero creo que podré arreglármelas.
Sosteniéndola con fuerza, la volteó hacia el frente y tiró de ella para
ponerla de rodillas, con el trasero hacia arriba y el pecho hacia abajo. Se
envainó rápidamente, luego pasó una mano por su hermoso trasero antes
de empujar su resbaladiza y caliente vagina, tan lejos como pudo.
Grace respiró hondo.
—¿Rocco?
—Sí.
—Si nos casamos, quiero casarme afuera y quiero flores silvestres en
nuestra boda.
—Cualquier cosa. —Salió la mitad y luego empujó de nuevo,
deslizando su perforación a lo largo de su sensible tejido interno.
Ella tembló. 273
—Y comida italiana como la que hacía mi mamá.
—Traeré a un montón de nonnas desde Italia.
—Y después de que termine... si hiciste lo que te pedí...
—¿Mi presente? —La penetró con movimientos largos y suaves,
llevándolos a ambos al clímax.
—Sí. —Jadeó—. Tu regalo.
Su corazón se apretó en su pecho.
—Si nos casáramos, bella, no habría mejor regalo que tú.
—Security Sam es tu hombre. Atrapa un trato si puedes —cantó
Grace el jingle por vigésima vez, tratando de poner tanto entusiasmo en la
melodía como lo había hecho las primeras veces. El productor del estudio
era nuevo e intentaba dejar su huella insistiendo en la perfección absoluta,
pero después de diecinueve tomas estaba lista para tirar la toalla.
—¿Puedes subir la última nota un tiempo? —Su voz rechinó a través
de los auriculares.
—Me pediste que lo bajara hace tres tomas.
—Cambié de opinión. Creo que fue mejor en el de arriba.
Podía oír gemidos en la sala de sonido donde los técnicos habían
estado trabajando tan duro como ella de hacerlo bien. Al menos este
contrato se pagaba por hora en lugar de la tarifa de sesión fija a la que
estaba acostumbrada, un error que estaba segura de que no volverían a
cometer.
Para cuando tuvo algo cercano a lo aceptable, ya era bien entrada la
tarde. Rocco había reemplazado a los dos guardias Forzani con dos de los
soldados de Luca, y habían cambiado de turno dos veces durante su
tiempo en el estudio.
—¿Lista para irte, señorita Grace? —El más alto de los dos se levantó
de un salto cuando entró en el pasillo, doblando su documentación
sindical en su bolso.
—Sí. Finalmente. No quiero volver a escuchar ese jingle. Buscaré mis
ofertas en otro lugar.
La siguieron por el pasillo hasta el ascensor, pero cuando alcanzó el 274
botón, las puertas se abrieron y Tom salió.
—¡Tom! —No lo había visto en más de una semana, no desde el día en
que falleció su padre, aunque se habían comunicado brevemente por
mensaje de texto con respecto a los arreglos del funeral de su padre
cuando se realizó la autopsia—. Nunca esperé que vinieras. Te acabas de
perder la sesión. —Lo había invitado a sentarse y ver cómo se hacían los
jingles, con la esperanza de tener la oportunidad de hablar con él a solas
sin que Tony rondara cerca. Rocco había ideado un plan para atraer a
Tiffany al aire libre, pero necesitaban a Tom a bordo.
—Estaba haciendo arreglos para llevar a papá de regreso a Nueva
York cuando termine la autopsia. Me tomó más tiempo de lo que pensé. —
Pasó una mano por su espeso cabello oscuro, arruinando el estilo
engominado. Su atuendo, un traje oscuro que no le quedaba bien, una
camisa de seda blanca, una delgada corbata negra y anteojos oscuros, lo
hacía parecer una caricatura de un gánster de película, y contuvo la risa.
A veces se olvidaba de que acababa de cumplir veinte años y todavía
estaba oscilando entre un chico y un hombre.
Grace miró por encima de su hombro.
—¿Dónde está Tony? Pensé que estaba permanentemente pegado a tu
lado.
—No lo invité. —Infló su pecho—. Me declararé subjefe después del
funeral de papá. Necesito contratar a mis propios hombres, manejar las
cosas yo mismo, no confiar en el jefe interino de una facción periférica.
Necesito poner a Tony en su lugar y decirle qué hacer en lugar de que sea
al revés.
Grace levantó una ceja. ¿De dónde vino eso? Tom nunca había sido
de los que menospreciaban a la gente, y nunca lo había oído faltarle el
respeto a nadie en la familia, independientemente de su rango.
—Señorita Grace, deberíamos irnos. —Uno de los guardias hizo un
gesto hacia el ascensor y todos se apretujaron dentro.
—¿Así que escapaste? —le preguntó a Tom cuando las puertas del
ascensor se cerraron—. ¿Estás aquí sin que nadie te proteja?
—No era un prisionero. Era un invitado. Era más seguro quedarse en
casa de Tony debido a la amenaza. Pero ahora que el bastardo De Lucchi
que mató a papá está en la cárcel... —Se le quebró la voz y puso una mano
en su brazo.
—¿Te refieres a Rocco? Está en libertad bajo fianza y no mató a papá. 275
La enfermera lo hizo.
—No. —Tom negó—. Estuvo en las noticias. La enfermera fue testigo.
—Tom. —Tragó—. No fue Rocco. No sabemos quién está moviendo los
hilos, pero estamos bastante seguros de que la enfermera apretó el gatillo.
Creemos que también estuvo en Carvello’s y la única razón por la que no
estamos todos muertos es porque Rocco nos salvó. Si le estás diciendo a la
gente que tiene la intención de declararte cómo subjefe, entonces todavía
estás en peligro. No deberías ir a ningún lado sin protección.
Él se chupó los labios y miró hacia otro lado, una segura señal de que
estaba nervioso.
—Bueno… tienes guardias. Tal vez podamos comer algo y ponernos al
día. Tony no me dijo nada de eso. Soy cabeza de familia ahora. Debería
saber qué está pasando.
Ella reprimió una réplica acerca de que era el cabeza de familia.
—Es por eso que quería que nos encontráramos —dijo—. Tenemos un
plan para atraparla, pero necesitamos tu ayuda.
—¿Estás involucrada? —Su ceño se arrugó en confusión—. Pensé que
odiabas todo lo que tenía que ver con lo que somos.
Los ascensores se abrieron y los guardias salieron, revisando el
pasillo antes de indicarles a Grace y a Tom que los siguieran.
—No abrazo la vida, si eso es lo que quieres decir. Pero tampoco
esconderé la cabeza en la arena. Solo hay una forma de lidiar con este
problema, y es en la manera de la mafia. Aprovecharé lo que somos y el
poder que tenemos y haré lo que sea necesario para mantener seguras a
las personas que me importan.
Los ojos de Tom se agrandaron y soltó una carcajada.
—¿Quién eres y qué hiciste con mi hermana antimafia? Después me
dirás que ya no estás en contra de la violencia.
—Tengo mucho que contarte. —Una sonrisa tiró de sus labios—. Y
conozco un buen restaurante italiano en el centro donde podremos
ponernos al día. Se llama Il Tavolino. Luca Rizzoli es el dueño, así que al
menos sabemos que estaremos a salvo.
—Estaba a salvo en casa de Tony —dijo mientras salían—. No creerías
lo fuertemente protegido que está. Cuando regrese a Nueva York, venderé
la casa y conseguiré un lugar como el de Tony con seguridad de alta 276
tecnología y muchos guardias. Y las chicas... —Sus mejillas enrojecieron—
. Tiene muchas fiestas y van muchas chicas. Son... muy amables.
—Estoy segura de que lo son —dijo secamente.
Uno de los guardias soltó una carcajada. —Escuché sobre las fiestas
de Tony. Son bien conocidas y eso es decir algo en Las Vegas.
—Conocí a una chica… —Las mejillas de Tom se encendieron,
despertando el interés de Grace. Se había perdido la incursión de Tom en
las citas de adolescentes, pero nunca esperó que fuera tímido cuando se
trataba del sexo opuesto—. Estuvo en una de las fiestas. Su padre es uno
de los soldados de Tony. Es… —Miró a los guardias y luego se inclinó para
susurrar mientras salían del ascensor—. Es hermosa como mamá, pero
rubia. Y es dulce y agradable. Sabe quiénes somos, y está de acuerdo con
eso. Quedó impresionada cuando le dije que sería el subjefe.
—Me gustaría conocerla.
—Lo harás. —Una sonrisa se extendió por su rostro—. La traje
conmigo. Puedes hablar con ella en el auto de camino al restaurante. —
Enderezó la columna y miró a los guardias—. Ustedes dos pueden
seguirnos detrás.
Grace hizo una mueca ante su oficioso tono y les lanzó una mirada de
disculpa a los guardias.
—Iremos a Il Tavolino. ¿Saben dónde está?
—¿El restaurante del señor Rizzoli? Sí, lo conocemos. Estaremos justo
detrás de ustedes.
Tony abrió la puerta de un SUV negro estacionado junto a la acera y
Grace se deslizó en el asiento del pasajero mientras él corría hacia la
puerta del lado del conductor.
—Grace— dijo, señalando a la mujer en el asiento trasero—. Conoce a
Tami.
—¿Qué quieres decir con que los perdiste? —El grito de Rocco resonó
en la casa club de la familia Toscani—. ¿Por qué diablos no había alguien
en el auto con ellos?
Claramente angustiado, el guardia al otro lado del teléfono murmuró
algo acerca de que Tom se declaró subjefe y que no quería faltarle al
respeto a alguien en la administración. Rocco leyó entre líneas y captó el
mensaje. Si Tom era el subjefe, superaba en rango a Rocco como miembro 277
del equipo De Lucchi y sus órdenes prevalecían.
—No es el maldito subjefe. Es un chico estúpido. Jesucristo. ¿A dónde
iban?
—A Il Tavolino, señor.
—¡Luca! —gritó aunque Luca no estaba a más de tres metros de
distancia, jugando al billar con Nico—. Llama al restaurante. Diles que te
llamen de inmediato si Grace entra por la puerta. Ella y Tom se dirigían
allí y nunca llegaron. Los malditos guardias estúpidos los dejaron ir solos
y los perdieron. ¿Qué estaban conduciendo? —ladró Rocco en el teléfono—.
No me digas que no anotaste el número de placa.
—Lo siento, señor…
—¡Vaffanculo! —Su visión se volvió roja y su corazón latía tan fuerte
que pensó que se rompería una costilla. Si los estúpidos y jodidos guardias
hubieran estado parados frente a él, habría terminado con sus miserables
vidas y disfrutado cada segundo haciéndolo—. Encuéntralos o no te
molestes en mostrar tu cara de nuevo. —Golpeó la pantalla con el pulgar,
terminó la llamada y presionó el número de Grace. Cuando recibió su
correo de voz, dejó un mensaje y luego envió un mensaje de texto antes
meter el teléfono en su bolsillo—. Cristo. ¿Cómo la encontraré? —murmuró
medio para sí mismo—. Todo el mundo está conduciendo un maldito SUV
negro.
—Tú no. —Nico puso su taco en el estante—. Pero afortunadamente
no estás solo. Eres parte de la familia Toscani y te cubrimos las espaldas,
igual que nos cubriste las espaldas innumerables veces. Sacaré a todos los
soldados y socios a la calle a buscarlos. —Se volvió hacia Lucas—.
Gabrielle puede rastrear un auto?
—No rápidamente, y especialmente no sin el número de matrícula.
Rocco se pasó una mano por el cabello.
—Tony tendrá el número. Incluso podría tener un rastreador en el
vehículo. Tiene tanto interés en mantenerlos a ambos con vida como
nosotros.
—¿Entonces trabajaremos con Tony ahora? —Luca se apoyó en la
mesa de billar y se cruzó de brazos—. Nunca pensé que vería el día, pero
nunca pensé que vería a nuestro propio Frankie con una chica.
—Fueron vistos por última vez en un Escalade negro que se dirigía
hacia el norte por la autopista de Las Vegas. —Rocco ignoró el comentario 278
porque si no los encontraba rápido, no tendría chica. Y si la perdía de
nuevo… Su estómago se revolvió y apartó el pensamiento—. Llamaré a
Gabrielle y veré si conoce a alguien que pueda acceder a las cámaras de la
ciudad.
—Deberíamos involucrar a Mia —sugirió Luca—. Podría usar ese
truco que usaron para encontrar a Tom y rastrear el teléfono de Grace. La
llamaré.
Rocco sintió que se aliviaba un poco la tensión.
—Lo aprecio.
—Nuestros recursos son tus recursos. Nuestra gente es tu gente.
Todo lo que necesites para encontrarla es tuyo—. Nico sacó su teléfono—.
Organizaré esa reunión con Tony.
—Está bien. —Rocco levantó la mano—. Soy un De Lucchi. Él me
verá. No se requiere cita.
—Pensé que estabas en la cárcel. —Tony se recostó en su silla,
cruzando los brazos detrás de la cabeza.
—Estoy en libertad bajo fianza.
—Bueno, entonces no puedes estar aquí para decirme que planeas
volver y trabajar para mí porque lo último que escuché es que un
asesinato en primer grado te encierra por mucho tiempo. —Miró a uno de
los guardias que estaban junto a la puerta y sonrió. Tony no necesitaba
montar un espectáculo para Rocco y, como resultado, solo tenía a dos
guardias en la habitación, uno a su lado y otro en la puerta, en lugar de
los habituales cuatro.
Rocco obligó a su cuerpo a permanecer inmóvil. Hace poco tiempo,
anhelaba una vida tras las rejas donde no tendría que pasar sus días
manchando su alma ya contaminada. Pero ahora que había vuelto a
encontrar a Grace, la prisión sería solo otra forma de infierno.
—No fui yo.
Tony sonrió.
—Todos dicen eso.
—Fue una mujer. La enfermera.
—¿Desde cuándo las mujeres se involucran en los asuntos de la Cosa
Nostra? —Su tono era burlón, pero se había inclinado ligeramente hacia 279
adelante y sus oscuros ojos se habían agrandado con interés.
—Desde que alguien la contrató para derribar a Mantini y a su hijo.
—Pensé que ese era tu contrato.
Rocco se encogió de hombros.
—Aparentemente, la persona que contactó a Cesare no es la única
que quería a Mantini muerto.
—¿Entonces por qué estás aquí?
—Tiene a Tom y a Grace. Tom conducía un todoterreno negro. Supuse
que era tuyo ya que acababa de venir de tu casa.
Tony empujó su silla lejos de su escritorio y caminó hacia el bar
húmedo en la esquina.
—¿Bebes?
—No, gracias.
—Necesito algo. —Levantó una botella de whisky—. Me ayuda a
pensar cuando los inesperados regalos llegan a mi puerta. —Se sirvió su
bebida y se apoyó en la barra—. Necesitas mi ayuda.
—Necesito el número de placa de la camioneta.
—Los números de matrícula son información confidencial. ¿Cómo sé
que no lo usarás mal? Me estás pidiendo que me arriesgue. Un riesgo
considerable. Necesitaré una compensación justa.
Maldito Tony, siempre buscando una oportunidad.
—Recuperarás a Tom. Consiguió escapar de tu fortaleza de soledad y
robar un auto. Podrás empezar a susurrarle al jodido oído de nuevo cómo
deberías gobernar Las Vegas.
Tony tomó un sorbo de su bebida.
—O dejo que lo derriben y me arriesgo a que este golpe en Nueva York
resulte en un nuevo don y subjefe que sean favorables a mi reclamo.
—No funcionó tan bien para ti la última vez. Estuviste a punto de
perder Las Vegas.
Tony asintió.
—Cierto. Iba a convertirse en un baño de sangre. Habría expresado mi
280
molestia. Nico habría tomado represalias. Nueva York habría enviado a
algunos tipos para ayudarlo. Habría habido más cadáveres. El FBI se
habría involucrado. Y hubiéramos terminado todos juntos en la cárcel.
—Entonces, ayúdame —dijo Rocco, poniéndose de pie—. Yo los
rescataré. Conseguiré a la chica. Tú consigues al chico. Le hablas de tu
punto de vista…
—Y Nico pierde Las Vegas. —Tony agitó el líquido en su vaso—. Me
gusta, pero no puedo ver que suceda. Eres el hombre de Nico. ¿Por qué
aprobaría un plan que significa perder lo que más quiere?
—Soy un De Lucchi. No nos involucramos en juegos políticos. —Rocco
se llevó la mano al cinturón debajo de la chaqueta. Le habían quitado las
armas cuando entró en la casa, pero no todas las armas se veían
fácilmente.
Tony soltó una carcajada.
—Los De Lucchi tampoco tiene relaciones. No van a misiones de
rescate. No salvan gente. No negocian. No tienen amigos. No eres más De
Lucchi que yo. Eres parte del equipo de Nico, y eso te convierte en el
enemigo número uno.
—¿Eso es un no?
—¿Necesitas que te lo deletree? N. O.
Con un rápido movimiento, Rocco sacó un cuchillo y lo arrojó,
golpeando a Tony en el cuadrante superior de su pecho. Se movió mientras
el cuchillo estaba en el aire, y cuando Tony se tambaleó hacia atrás y el
guardia cerca del escritorio se dio cuenta de lo que estaba pasando, estaba
detrás de Tony con un segundo cuchillo en su garganta.
—Olvidaste uno. —Tiró del brazo de Tony hacia atrás y gritó de
dolor—. Los De Lucchi no acepta un no por respuesta. Y tampoco los
miembros del equipo de Nico.
281
—N
o puedo creerte. —Grace miró a su hermano, quien
estaba atado a su lado en el sótano de un
abandonado e inacabado hotel justo al lado de
Strip. Los últimos rayos de luz del atardecer brillaban a través de la
diminuta ventana de cinco metros por encima de ellos, iluminando el
espacio por demás oscuro—. Ella es tan dulce y agradable, dice. Es como
mamá, dice. Quiero que la conozcas, dice...
—Basta, Grace.
—¿Cómo puedes pensar que era la hija de uno de los capos de Tony?
¿Cuántos italianos rubios y de ojos azules conoces?
La mandíbula de Tom se tensó.
—Es posible. Con la mezcla genética adecuada…
282
—¿Le preguntaste a tu mejor amigo Tony? —escupió—. ¿Dijiste “Hola,
Tones. Cuál de tus capos engendró a la princesa de hielo demoníaca del
infierno”?
—No actuó como un demonio. Parecía tan… inocente.
—También Norman Bates.
Tom resopló.
—No tienes que ponerte desagradable al respecto.
—¿No necesito ponerme desagradable por el hecho de que estabas
teniendo sexo con la mujer que mató a papá? —Su voz se elevó de tono—.
Que dejaste que acariciara tu ego hasta que fue tan grande que dejaste un
lugar seguro y pensaste que podías pasearte por Las Vegas cuando sabías
que alguien nos perseguía? ¿Sabes lo que le hizo a su último novio?
Tom apretó los labios y negó.
—No me lo digas.
—Te lo diré para que te des cuenta de lo afortunado que eres. Le cortó
la garganta mientras tenían sexo. Unos chicos de su equipo lo encontraron
desnudo con un condón en la mano, sangrando por todas las sábanas.
¿Cómo es eso desagradable?
—Jesucristo. —Tom juntó las piernas e hizo una mueca—. Es casi
imposible de creer.
—Lo que es imposible de creer es cómo empujó un arma contra mi
cráneo y te hizo conducir hasta aquí sin que esos guardias se dieran
cuenta de lo que estaba pasando.
—¿Cómo podrían seguirnos con todos esos giros y vueltas, los
callejones traseros y los semáforos en rojo? —chasqueó—. Conoce esta
ciudad como la palma de su mano. —Tiró de las cuerdas—. Mierda. No
puedo creer que me haya cautivado un hermoso rostro y una dulce voz.
—Estoy segura de que las arañas viudas negras macho dicen algo
similar antes de que se las coman.
Sus labios se apretaron y apartó la mirada.
—No quiero hablar más de ella.
—Papá está muerto por su culpa. Rocco fue a la cárcel por su culpa.
Trató de matarte. Quiero saber quién es, para quién trabaja y qué quieren.
¿Cuál es el juego final que es tan importante que destruiría a nuestra
familia? 283
—Tendremos que esperar hasta salir de aquí para averiguarlo. —Tom
tiró infructuosamente de las cuerdas—. O tal vez Rocco nos salve de nuevo
como lo hizo en el restaurante.
—Si lo hace, no creo que deje a alguien con vida. Tiene una veta
protectora muy loca que nunca vi cuando estuvimos juntos en Nueva York.
—Solía verlos reír y bromear en el asiento delantero —dijo Tom,
recostándose contra la pared—. Pensé que era tan genial. Estaba celoso
porque casi nunca me hablaba. Quería que también fuera mi amigo. Y
luego, cuando tenía doce o trece años, me di cuenta de que no eran solo
amigos. Te tocaba el brazo o te quitaba el cabello del hombro y tu rostro se
ablandaba. A veces solo te miraba y tenía miedo de que chocara el auto.
Grace se rio.
—Pensé que estabas absorto en tus libros o videojuegos.
—Principalmente, lo estaba, pero fue porque me sentía excluido de lo
que estaba pasando entre ustedes. —Cambió su peso, impulsándose hacia
arriba en el piso de cemento—. Después de que te fuiste de Nueva York,
¿lo viste?
—No. No lo volví a ver hasta el funeral.
—Debe haber sido duro —dijo en voz baja—. Solo conocí a Tami por
poco tiempo y estaba teniendo pensamientos locos sobre estar juntos para
siempre.
Grace tragó, pensando en Mike.
—No fuiste el único.
—Estoy seguro de que te estará buscando. —Su rostro se iluminó—.
Tal vez traiga ayuda.
—No planeo quedarme sentada esperando un milagro. —Grace frotó
las cuerdas que ataban sus manos a lo largo del borde de la pared usando
los bordes dentados para desgastar los hilos—. Tenemos que salir de aquí
nosotros mismos.
—No pierdas tu tiempo. No hay ningún lugar al que puedas ir. —
Tami/Tiffany caminó hacia ellos desde los oscuros rincones del vasto
espacio.
—Oh, mira, Tom. ¿Es Tami, o debería decir Tiffany?
—Deberías decir Teresa. —Sonrió con una sonrisa imposiblemente
hermosa de alguien con un corazón tan malvado—. Teresa De Lucchi.
284
A Grace se le heló la sangre.
—¿De Lucchi? ¿Eres la hermana de Rocco?
—Media hermana, y no por sangre. Compartimos el mismo padre
adoptivo. Desafortunadamente, nunca tuvimos la oportunidad de
conocernos en Nueva York. Papá mantenía casas separadas.
Grace recordó que Rocco mencionó que había pasado buena parte de
su adolescencia solo en la casa con el ama de llaves porque su padre
estaba de viaje. Tal vez no había viajado tan lejos.
—¿Él te entrenó? —Miró a Teresa horrorizada—. ¿Como ejecutora?
—La mejor. —Teresa sonrió—. Nunca me ven venir. Siempre están
demasiado ocupados viendo mi cabello o mis senos o escuchando mis
tristes historias sobre mi malvado exnovio.
Tom gimió y apartó el rostro.
—Oooh. —Teresa se rio—. La verdad duele, ¿no es así, Tom? ¿Quieres
oír otra verdad? Nunca serás subjefe. No tienes lo que se necesita. Eres
demasiado amable. Podrías ser un buen soldado, y en veinte años de dura
vida posiblemente un buen capo. Pero no eres un líder. No es que importe.
El puesto ya se llenó y, lamentablemente, te despidieron.
—No lo toques. —Grace se acercó más a Tom cuando los pasos
resonaron en el sótano vacío. Miró a través de la oscuridad, su corazón
latía con fuerza en su pecho.
—Cosi bella. —La profunda y fuertemente acentuada voz convirtió su
sangre en hielo—. Te pareces aún más a tu madre que la última vez que te
vi.
—Lo reduje a un radio de cinco cuadras —dijo Mia por teléfono—. La
señal es demasiado débil para señalar la ubicación exacta. O su batería se
está agotando o está en algún lugar donde la señal no puede pasar.
Rocco miró el vasto complejo de juegos sin terminar que ocupaba
ochenta y siete acres al final de Strip. Cinco hoteles se encontraban en
varias etapas de finalización, junto con un casino, un centro de
convenciones y teatros parcialmente terminados. Los últimos rayos de luz
del atardecer atravesaban la esquelética estructura de la construcción
interrumpida y la proyectaban en un espeluznante resplandor anaranjado.
—Necesito más que eso.
—Gabrielle tiene un registro de un SUV con ese número de placa que 285
pasa por una intersección en el lado oeste de Strip, por lo que es posible
que desees comenzar tu búsqueda allí —dijo Mia—. Está trabajando con
sus socios para ver si podemos conseguirte algunos planos o direcciones…
—No tenemos tiempo. —Rocco reprimió una ola de pánico—. Necesito
gente en el terreno, revisando todos estos edificios. No queda mucha luz
del día, y no parece que el sitio de construcción esté iluminado por la
noche.
—Luca está organizando a los capos y soldados —dijo Mia—.
Deberían estar allí en breve.
—Paolo. —Rocco se volvió hacia el joven asociado que se había
ofrecido como voluntario para formar parte de la primera ola del grupo de
búsqueda—. Necesitaremos linternas, munición adicional y tantas armas
como puedas cargar.
—Lo tengo todo aquí, señor. —Paolo levantó su mochila.
—Buen hombre. —Rocco señaló el primer edificio—. Nos quedaremos
juntos. Busca un Escalade negro o puertas con acceso para vehículos.
Habrán tenido que trasladar a Grace y a Tom del vehículo al edificio y
dudo que se hayan arriesgado a dar un largo paseo público con ellos,
incluso a punta de pistola.
—¿Ellos? Pensé que se los había llevado una mujer.
—Tom es del mismo tamaño que tú, tal vez un poco más grande. Y
Grace no se habrá ido sin pelear. Tiffany habrá tenido ayuda.
Probablemente los mismos tipos que estuvieron en Carvello's.
Paolo asintió. Era un buen chico. Valiente, fuerte, y había hecho más
que su parte cuando Luca había sido secuestrado el año pasado. También
tenía habilidades para abrir cerraduras, lo que resultaba útil en las formas
más inesperadas.
El primer hotel no tenía acceso por carretera visible. Así mismo el
casino. Acababan de empezar a registrar el segundo hotel cuando Paolo
ordenó que se detuvieran.
—Huellas de neumáticos. —Señaló las huellas recientes en el camino
de tierra.
Rocco sacó sus armas y siguieron las huellas hasta un garaje
subterráneo parcialmente terminado.
—Ahí está el vehículo —susurró Paolo. 286
Haciéndole señas a Paolo para que retrocediera, Rocco estudió el
todoterreno estacionado junto a otros dos todoterrenos y un elegante
Bentley plateado. Un cálculo aproximado arrojó un potencial de dieciséis
hombres armados dentro más Tiffany. No eran buenas probabilidades,
pero se había enfrentado a cosas peores. Aun así, si hubiera un baño de
sangre, no quería que Paolo se involucrara.
—Quédate aquí y vigila a Luca y a sus hombres. —Rocco tomó la
mochila de Paolo y le entregó una pistola extra y una linterna.
—¿No necesitas refuerzos? —Paolo se guardó la pistola en el bolsillo.
—Si esos vehículos estuvieran todos llenos, un arma adicional no
hará la diferencia. Llama a Luca y dile que puede que tengamos a dieciséis
asaltantes dentro. Tendrá que traer más hombres.
Moviéndose con cuidado en las sombras a lo largo de la pared, Rocco
comprobó los vehículos. Todos estaban abiertos y desocupados. Una
búsqueda rápida encontró el teléfono de Grace en el asiento delantero de
uno de los SUV y otro teléfono en el piso del lado del conductor. Su pulso
se aceleró un poco y respiró hondo y luego otra vez, recordándose que
quienquiera que estuviera detrás de esto había querido a Grace viva en
Carvello's y seguramente la querría viva ahora.
Aunque, con su padre muerto y Tom ahora en manos enemigas, ya no
servía para nada como rehén.
No. Obligó a sus pensamientos a apartarse de ese camino y buscó en
su interior la oscuridad que Cesare le había enseñado a abrazar, la
concentración que despejaba su mente y sus pensamientos de todo menos
de la tarea que tenía entre manos.
La calma se apoderó de él, la emoción se desvaneció bajo los
recuerdos del dolor infligido a un niño que no podía entender lo que había
hecho que pudo haber hecho que su papá se volviera contra él,
destruyendo todo lo que le importaba y golpeándolo hasta que aprendió a
no sentir nada.
Diez años de nada. Y entonces Grace había entrado en su vida y lo
había deshecho todo con una sonrisa.
Encendiendo la linterna, caminó a través del estacionamiento
subterráneo parcialmente terminado y hacia lo que supuso que algún día
sería el sótano. Las luces de trabajo de emergencia emitían un
espeluznante brillo a lo largo del oscuro y polvoriento pasillo. Apagó su
287
linterna y siguió las polvorientas huellas hasta que escuchó voces.
Presionándose contra la fría pared de bloques de cemento, escuchó,
contando al menos a tres hombres en la habitación contigua. Sacó su
cuchillo y rezó para que Grace no viera su obra al salir.
Solo le tomó unos minutos eliminar la amenaza.
Cesare lo había entrenado bien.
Atravesando la habitación, llegó a un largo y oscuro pasillo. Reacio a
encender su linterna nuevamente, se tomó un minuto para dejar que su
visión se ajustara a la oscuridad y siguió el sonido de pasos hasta que
escuchó la voz de una mujer.
La risa.
Un suspiro.
Y entonces …
—Cesare.
En incontables ocasiones durante los pasados seis años, Grace se
había despertado por la noche, con el corazón desbocado después de otra
pesadilla en la que Cesare la atrapaba de nuevo. Sintió el frío acero en su
garganta, la navaja rasgando su piel, y siempre veía el rostro de Rocco, la
ira y la angustia estropeando sus hermosos rasgos. Las pesadillas la
habían llevado a buscar un compañero de cuarto cuando se mudó a Las
Vegas, y la presencia de Olivia en la noche le había brindado cierto
consuelo, Ethan, Miguel y Trevor aún más.
Pero ninguna pesadilla podría compararse con el terror de volver a ver
a Cesare. Se le hizo un nudo en la garganta y por un momento no pudo
respirar. Lo acompañaban tres hombres, todos altos y musculosos, uno
con traje y los otros dos con chaqueta y sin corbata.
—¿Conociste a nuestra madre? —preguntó Tom, acercándose más a
ella, su calidez y sólida presencia descongelando el frío en su sangre.
—La conocí bien. —Cesare caminó hacia ellos, sus zapatos de cuero
italiano golpeando suavemente el cemento. Llevaba traje oscuro a medida,
impecable camisa blanca y corbata estampada azul y blanca.
Perfectamente peinado, con su oscuro cabello cuidadosamente peinado
que encanecía levemente en las sienes, su mandíbula afeitada y solo unos
gemelos de oro de muy buen gusto en sus muñecas, parecía un
distinguido caballero y nada parecido al monstruo sin alma que realmente
288
era.
Grace continuó frotando la cuerda contra la afilada esquina, rezando
porque el ligero movimiento de sus hombros no la delatara. No caería sin
pelear, y necesitaba sus manos libres para poder envolverlas alrededor de
la garganta de ese bastardo y hacerle pagar por todo lo que les había
hecho a las personas que más le importaban en la vida.
—Estábamos comprometidos, tu madre y yo. —Cesare se detuvo a
sólo un metro y medio de distancia, con la mirada fija en Grace—. ¿Alguna
vez te dijo eso?
—No. —Escupió la palabra, asqueada al pensar en su madre con este
hombre.
—Me enamoré de ella la primera vez que la escuché cantar. Salimos
en secreto durante un año porque, por supuesto, sus padres no lo habrían
aprobado. Y luego le pedí que se casara conmigo. Íbamos a huir juntos. Yo
iba a abandonar al equipo, ella a su familia. Teníamos planes de viajar por
el mundo. Yo correría mis estafas; ella cantaría por dinero. Habría sido
perfecto. —Suspiró—. Y luego conoció a Nunzio.
—Tú lo mataste —espetó ella—. Mataste a mi padre.
—Teresa lo mató. Pero sí, a mis órdenes.
—Bastardo. —Grace nunca había sentido el odio que sentía ahora,
nunca había sentido la ira correr por sus venas, dándole poder a cada roce
de sus muñecas contra los bloques.
—Él me quitó todo —dijo Cesare—. Tomó a Cristina y la convirtió en
su esposa. Tomó nuestro sueño de viajar por el mundo juntos. Tomó mi
única razón para dejar al equipo. Y luego se convirtió en subjefe y me quitó
algo con lo que solo había podido soñar. Los De Lucchi no pueden ocupar
puestos administrativos. No tenemos respeto. Incluso si matamos a más
hombres, ganamos más dinero, ganamos más poder o mostramos más
fuerza, nunca tendremos el rango de asociado en ningún equipo. Si
hubiera venido de cualquier otra familia, no habría tenido que ocultar mi
relación con Cristina. Me habría casado con ella de inmediato. Habría
tenido el poder de su familia para agregarlo a la mía, y me habría
convertido en el subjefe. Hubiera tenido el respeto de la familia y de la
mujer que amaba.
—Pensé que los De Lucchi no tenían relaciones —dijo Tom con
amargura—. Pensé que no sentían. Eso es lo que te hace tan bueno en lo
que haces.
—Desafortunadamente, hay una emoción que no se puede reprimir. 289
—El rostro de Cesare se tensó—. Pensé que había aprendido la lección. Fui
más duro con Rocco que con mis otros huérfanos y aun así prevaleció. Él
te amaba, Grace, y sin importar lo que le hiciera, no te dejaría ir. Pero esa
noche en Newton Creek encontré la respuesta. Tu madre nunca me vio
como realmente era, pero te mostré en lo que se había convertido Rocco, y
ni siquiera el amor pudo mantenerlos unidos después de eso.
Sintió que las cuerdas cedían y se obligó a quedarse quieta. Con dos
ejecutores De Lucchi entre ellos y la puerta, su única oportunidad de
escapar era una distracción, y tenía que estar lista para liberar a Tom
cuando llegara.
—Estamos juntos ahora —replicó Grace.
—Lo están. —Cesare suspiró—.—Parece que el amor prevalece sobre
todas las cosas, y no pude salvar a mis aprendices de mi destino. —Sacó
su arma de debajo de su chaqueta—. Teresa.
—Sí, papá. —Teresa vino a pararse a su lado, y sus ojos se
entrecerraron en su cuello.
—¿De dónde sacaste ese collar? —Cesare señaló el relicario de oro
que colgaba entre sus pechos.
El miedo cruzó su rostro tan rápido que Grace se preguntó si lo había
visto.
—Fue un regalo —dijo Teresa.
Cesare deslizó su arma bajo la fina cadena de oro que sostenía el
relicario alrededor de su cuello y lo levantó de su pecho.
—¿De quién?
—Del amigo de Rocco. El que me pediste que matara como
advertencia a Rocco sobre el peligro de acercarse demasiado a la gente.
Levantó el relicario más alto con el cañón de su arma.
—Ábrelo.
Las manos de Teresa temblaban cuando abrió el relicario.
—Qué adorable. —Los labios de Cesare se despegaron en un
gruñido—. Supongo que es una foto de él.
—Sí, papá.
El sudor brillaba en la frente de Teresa. Grace captó un movimiento
en las sombras y luego uno de los hombres que había acompañado a
Cesare desapareció en la oscuridad sin hacer ruido. 290
—¿Está muerto? —La voz de Cesare era baja con advertencia.
—Pensé que lo estaba, pero sobrevivió.
—Qué decepcionante. —Cesare deslizó el arma a través de la cadena y
con un fuerte tirón, se la arrancó del cuello. Con un giro de su muñeca,
envió el relicario a la oscuridad y aterrizó en el cemento con un suave
tintineo.
Toda la sangre se drenó del rostro de Teresa, y el más pequeño
gemido escapó de sus labios.
—Lo amabas, ¿no? —Empujó el cañón del arma debajo de su barbilla,
obligándola a levantar la cabeza.
—No. —Teresa negó, pero el casi pánico en sus ojos desmentía sus
palabras.
—¿Qué te dije del amor? ¿Qué te dije sobre la emoción? Ellos te
destruirán. Te hacen inútil para mí. Estoy a punto de convertirme en el
subjefe de Nueva York, Teresa, y no quiero estar rodeado de gente inútil.
Las náuseas se agitaron en el estómago de Grace y liberó las cuerdas
de sus tobillos. Si había albergado alguna esperanza de que Cesare la
perdonara por su parecido con su madre, había desaparecido en el
momento en que Cesare empujó su arma en la garganta de su hija.
—Estará muerto por la mañana, papá.
—Eso espero. —La agarró del cabello, tirando de su cabeza hacia
atrás aún más—. Tenemos días gloriosos por delante y quiero que los
compartas conmigo. Luigi Cavallo y yo orquestamos un golpe como nunca
había visto la Cosa Nostra. Me ayudó a acceder a la casa del don y le corté
la garganta en medio de la misma noche en que se suponía que derribarías
a Rocco y a los Mantini y me traerías a la chica. —Apretó los dientes—. Un
defecto que remediarás esta noche.
Grace observó cómo las sombras se tragaban a otro guardia y la
esperanza ardió en su pecho.
—¿Por qué? —gritó, tratando de comprarle a Rocco, no tenía dudas de
que era Rocco, tiempo para lidiar con los otros guardias. ¿Quién más
estaría en las sombras, abriéndose paso por la habitación?—. ¿Por qué
querrías matar a tu propio hijo?
—Porque sufre la aflicción de mi juventud —escupió Cesare—. Le di
un contrato para eliminar a Benito Forzani y lo llevó de vuelta a ti. Sabía
291
que terminaría después de eso, así que envié a Teresa a limpiar el
desorden y a sacar a los Mantini del camino para que nadie desafiara mi
reclamo de ser el subjefe. Luigi prometió cambiar las reglas para que los
De Lucchi ya no estén exentos de ocupar cargos públicos. Tendré todo lo
que me robó Nunzio y tú serás el sustituto de tu madre.
—Si eso es lo que quieres, entonces deja ir a Tom. Él no te desafiará.
—No me preocupa ser desafiado por un chico sin experiencia. —
Cesare soltó una carcajada—. Necesito a Tom para que hagas lo que te
diga que hagas, de buena gana y sin coerción. Si te digo que cantes,
cantarás o Tom sufrirá. —Soltó a Teresa y le disparó a Tom, la bala golpeó
la pared a solo centímetros de la cabeza de Tom—. ¿Entiendes lo que te
estoy diciendo?
Sacudida por la descarga de adrenalina y el casi accidente, Grace
asintió.
—No puedo oírte. —Volvió a disparar, y esta vez Tom gritó. Una
mancha roja se filtró a través de su camisa y Grace se arrojó sobre su
cuerpo, sin importarle renunciar a la ventaja de sus manos y pies sueltos.
—No lo lastimes —gritó—. No le hagas daño.
—Entonces aprende a comportarte o terminaré con él y terminaré con
tu vida de la forma en que terminé con la de tu madre.
La mano de Grace voló sobre su boca.
—¿Mataste a mi madre?
—Por supuesto que la maté. Me traicionó. Sabía que iría por ella, así
que esperé, lo alargué. Diez años, esperé mi momento, y diez años
sufrieron, viviendo con miedo, incapaces de ir al don porque tu padre
había roto la regla de acostarse con la mujer de un hombre hecho. Pensó
que no importaría. Era un De Lucchi. Nada. El más bajo de lo bajo. No
podría haber estado más equivocada.
El tercer guardia desapareció en la oscuridad. Grace tiró de las
cuerdas que sujetaban las muñecas de Tom, trabajando los nudos hasta
que sus manos quedaron libres.
—El amor es una debilidad. Y es una debilidad que no se puede
superar. —Cesare le entregó a Teresa su arma, y sacó su espada—.
Mantén tu arma en su hermano. Si se pasa de la raya, dispárale a otra
extremidad y sigue disparando hasta que ella se comporte o él muera. —
Hizo un gesto a Grace con la mano libre—. Ven. Veo que lograste liberarte
292
para que no tengamos que perder el tiempo.
—Vete a la mierda.
Él resopló una carcajada.
—Teresa.
Teresa apuntó su arma a Tom y Grace saltó, colocándose entre el
arma y su hermano.
—No le dispares.
—Ven, chica —ladró Cesare—. Ahora.
Temblando de ira, Grace se acercó al hombre que la había perseguido
por las noches durante los pasados seis años y le escupió en la cara.
Un disparo rompió el silencio y Tom gritó.
—Aprendes lento —dijo Cesare mientras una mancha de color rojo
oscuro se extendía por la pernera de los vaqueros de Tom.
—No. —Ella respiró entrecortadamente—. Por favor. No lo lastimes de
nuevo.
—Entonces compórtate. —Deslizó la parte plana de su navaja a lo
largo de la cicatriz en su mejilla—. Me gusta esto. Es mi marca. Todo el
que te mire sabrá que eres mía.
—Nunca seré tuya —escupió—. Pasaré el resto de mi vida planeando
una forma de hacerte pagar por lo que le hiciste a mi familia.
Otro suspiro.
—Teresa.
—No.
Otro sonido. Más fuerte esta vez. Grace miró horrorizada, mientras la
habitación resonaba con un grito.
Rocco salió de las sombras mientras Teresa se derrumbaba en el
suelo, su mano agarrando su costado.
Tenía una hermana. Todas esas solitarias noches solo en la casa con
el ama de llaves para hacerle compañía, y Cesare había estado al otro lado
de la ciudad con ella.
—Te estaba esperando. —Aprovechando la distracción, Cesare agarró
a Grace y le puso el cuchillo en la garganta—. Hubiera sentido que te fallé
si no hubieras logrado encontrarnos.
293
—Déjala ir.
César se rio.
—La historia parece repetirse. Ambos nos enamoramos de una mujer.
Ambos somos traicionados. Y ahora aquí estamos en el mismo callejón sin
salida en el que estábamos hace seis años, aunque el paisaje no es tan
agradable.
—Y tú eres un soldado de baja estatura —señaló Rocco. Aunque
había querido apresurarse y salvar a Grace tan pronto como la vio, la
experiencia le había enseñado a lidiar con la amenaza invisible antes de
lidiar con la obvia. Había desactivado a todos los guardias de la
habitación, así como a los que estaban fuera, aunque cada doloroso
minuto que pasaba lejos de Grace lo mataba por dentro.
—Pero no una mujer. —Cesare le hizo un gesto a Teresa, quien le
apuntaba con su arma, a pesar de tener que sostener la herida en su
costado.
—¿Por qué ella? —preguntó Rocco, genuinamente curioso—. La Cosa
Nostra no permite mujeres.
Cesare le dio una sonrisa de suficiencia.
—Por eso es tan perfecta. Puede ir donde los hombres no pueden. Se
le pasa por alto y se le subestima, y no es menos viciosa ni despiadada que
los demás miembros del equipo.
—Así que destruiste su vida tanto como la mía —dijo él con
amargura.
—Te di una vida —escupió Cesare—. Si no fuera por mí, habrías
crecido en ese orfanato en ruinas en el norte de Las Vegas.
Teresa gimió y dejó caer su arma. El rostro de Cesare se cuajó.
—Acaba con ella y dejaré ir a tu chica. Teresa sucumbió al veneno del
amor, como tú. Ya no me sirve para nada.
Rocco no hizo ningún esfuerzo por ocultar su disgusto.
—Eso es todo lo que alguna vez fuimos para ti, ¿no? No niños. No
personas para ser queridas. Sólo herramientas para ser utilizadas. —La
mirada de Rocco cayó sobre Teresa, ahora de rodillas, doblada por el dolor.
Podría haberla matado con el tiro, pero había tenido cuidado porque
maldita sea si hacía que Grace reviviera esa noche en Newton Creek. No
había matado a una maldita persona esta noche, aunque nadie se
levantaría pronto para echarle una mano a Cesare. 294
—Como fui yo —dijo Cesare con frialdad—. Y todos los De Lucchi
antes que yo.
—No lo haré. Ya ha sufrido bastante.
—Me importa un carajo el sufrimiento. —El rostro de Cesare se torció
en una mueca—. Ella me falló, así que pagará el precio. Si quieres salvar a
tu mujer, entonces necesitas sacar ese precio por mí. Grace no se quejará
si aprietas el gatillo. Después de todo, Teresa mató a su padre y casi mata
a tu amigo. —Se inclinó y presionó sus labios contra la oreja de Grace,
aunque su voz era lo suficientemente alta como para cruzar la
habitación—. Díselo, bella. Dile que la quieres muerta. Dile cómo quieres
que pague por matar a tu padre.
—No. —La voz de Grace era firme y clara—. Podrá ir a la cárcel. Eso
es suficiente para mí.
—Tal vez necesita un maldito incentivo. —Cesare arrastró la punta de
su cuchillo a lo largo de su mejilla sin cicatrices—. ¿Deberíamos darte un
conjunto a juego?
—Hazlo. —Grace alargó la mano y lo agarró por la muñeca—. No
tengo miedo de tener cicatrices. No tengo miedo de parecer fea. La belleza
está en el interior, pero fue necesario que Rocco me ayudara a verla. —En
un rápido movimiento, hizo rodar su brazo hasta su pecho y levantó su
brazo derecho para bloquear el cuchillo. Girando hacia la izquierda y hacia
adentro, le mordió la muñeca con fuerza como un perro feroz.
Maldiciendo y jurando, Cesare la soltó, y salió disparada a través de
la habitación antes de que Rocco hubiera siquiera dado un paso para
ayudarla.
Maldita sea.
Sólo. Maldita sea.
Su momento de admiración fue su perdición. Demasiado tarde vio a
Cesare sacar un arma cuando los últimos rayos de luz del día se
desvanecieron hundiendo la habitación en la negrura de la tinta.
—Abajo. —Disparó en la oscuridad, sabiendo, mientras soltaba el
gatillo, que la bala que había esperado durante toda su vida disparar daría
en el blanco. Cesare lo había entrenado bien.
Grace gritó.
295
Un segundo disparo resonó en la habitación.
Y luego todo se quedó quieto.
—¿Grace?
Silencio.
—¿Grace? ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
—Estoy bien.
Su corazón retumbaba en sus costillas mientras se empujaba a sí
mismo a cuatro patas y gateaba en dirección de su voz. Aunque el impulso
de correr hacia ella era fuerte, no podía correr el riesgo de haber perdido
su objetivo, o de que Teresa o uno de los hombres de Cesare estuviera
esperando que hiciera un movimiento.
—¿Bella?
—Sí. Estoy bien, Rocco. En serio.
—¿Quieres casarte conmigo?
Silencio.
—¿Gracie?
—¿En serio? —dijo después de una larga pausa.
—Muy en serio.
—No.
Se arrastró hasta que sintió la familiar suavidad de su cuerpo bajo
sus manos.
—¿No?
—Esto no es romántico. —La irritación ató su tono—. Esta no es una
historia que les contaré a nuestros hijos. Oh, ¿quieres oír sobre el día en
que tu padre te propuso matrimonio? Bueno, estábamos en el sótano de
un hotel sin terminar justo al lado de Strip en Las Vegas, y tu tía Teresa
acababa de dispararle a tu tío Tom, y tu papá acababa de dispararle a tu
tía Teresa y luego tu abuelo trató de cortarme la garganta. —Hizo una
pausa y respiró entrecortadamente—. Pero escapé porque cuando me
mudé a Las Vegas, me uní a una clase de Krav Maga y aprendí a
defenderme de un ataque con cuchillo.
—Estoy orgulloso de ti —dijo Rocco, pasando las manos por su cuerpo
para comprobar si tenía heridas. Grace se llevó un dedo a los labios.
—Shhh. No terminé la historia que esperas que les cuente a nuestros 296
hijos. —Se aclaró la garganta y cambió al mismo tono suave con el que
había comenzado—. Entonces tu abuelo trató de dispararme, y tu papá le
disparó, y la luz desapareció y tu papá gritó en la oscuridad, “Bella,
¿quieres casarte conmigo?” y luego se arrastró por el suelo y apretó mis
pechos.
—Puedo oírte —gritó Tom—. Excepto por la parte de maltratar a mi
hermana, es algo romántico.
Grace gimió.
—No es romántico que te pidan que te cases con alguien porque
piensa que podrías estar muerta.
—Sabía que estabas viva —resopló Rocco.
—¿Cómo?
—Podía sentirte. —Colocó su mano sobre su pecho—. Aquí mismo.
—Eso es un poco mejor para la historia. —Ella alzó la mano para
tocarle la cara—. Podría saltarme todas las partes de filmación y pasar
directamente a lo bueno.
—¿Es un sí? —La besó suavemente.
—Sí, Rocco. Eso es un sí.
Gritos y luego pasos resonaron por el pasillo. Momentos después, el
haz de una potente linterna barrió la habitación.
—¡Frankie! —La voz de Luca atravesó la oscuridad.
—Todo despejado —gritó Rocco—. Necesitaremos un limpiador, dos
ambulancias y transporte a Lake Mead. Y necesito que lleves a Grace a
casa.
Tenía un par de zapatos especiales qué hacer esta noche.
Y un pasado qué enterrar para siempre.
297
—E
ra un buen tipo.
—Sí, Tom. —Grace se santiguó mientras los
portadores del féretro llevaban el ataúd de Dino
Forzani por el césped del cementerio Shady Rest
de Las Vegas. Después de asistir al funeral de su padre hace unas
semanas, no estaba contenta de estar de vuelta en el cementerio tan
pronto, pero cuando tu futuro prometido aparecía misteriosamente
muerto, tenías que fingir que lamentabas su pérdida.
—Hubiera sido un buen esposo —dijo Tom.
—Mmmhmm. —Hizo un ruido evasivo con la garganta. ¿Era una
persona terrible por estar aliviada de que el soldado de la mafia que su
padre había arreglado para que se casara había muerto atropellado y que
el auto se diera a la fuga el día después de que lo oyeron jactarse ante sus 298
amigos durante una comida en el restaurante de Luca de que ¿todavía se
casaría con la “perra Mantini” y que “la pondría en su lugar” “golpeando su
coño” y mostrándole lo que era tener sexo con un “hombre de verdad”?
Pensamientos de “hombres de verdad” la llevaron a Rocco, quien le
había prometido encontrarse con ella en el servicio. No se había atrevido a
preguntarle si estuvo detrás del ataque a Dino, nadie creía que fuera un
accidente, porque no quería saber la respuesta. Rocco era absolutamente
intransigente cuando se trataba de su seguridad o de asuntos de honor.
Incluso si no hubiera estado detrás del volante, como el nuevo subjefe de
la familia criminal Toscani y líder del equipo De Lucchi, podría haberle
ordenado a cualquiera de varios soldados que hicieran el trabajo y nadie se
habría atrevido a desobedecer.
—Le gustaba el béisbol —dijo Tom.
—¿Los Yanquis?
—Los Medias Rojas. Y será mejor que borres esa sonrisa de tu cara.
Tu marido es fanático de los Medias Rojas. Será mejor que te acostumbres
a estar del lado de los perdedores.
—Todavía no es mi esposo. —Y puede que nunca lo sea si le faltaba el
respeto a la familia y no se presenta antes del final del servicio—. Las
bodas no se pueden planear en solo un día.
Tom se rio.
—Dijo que has estado planeando esa durante años.
—La planeé para Nueva York. Tuve que empezar de nuevo ya que la
tendremos en Las Vegas. Afortunadamente, tengo a Olivia que conoce a
todos los que están en la industria de la planificación de bodas en la
ciudad. Aparentemente, lidiar con noviazillas en el día a día conduce a la
necesidad de asesoramiento cuando intentas tener una relación estable
por tu cuenta.
Él le dio un suave empujón.
—Por favor, dime que no eres una noviazilla.
—No tengo que serlo. Cuando eres la futura novia de un mafioso, la
gente hace todo lo posible por hacerte feliz. Nadie quiere hacerme enojar
cuando el precio del fracaso es una visita de Rocco en medio de la noche.
Tom se aclaró la garganta y metió las manos en los bolsillos.
—Olivia me contó sobre el proveedor de comida italiana. Dijo que sus
instalaciones se incendiaron en medio de la noche. 299
Grace estaba menos interesada en quemar cocinas y más interesada
en el hecho de que Tom se había ofrecido a llevar a Olivia como chofer
mientras ayudaba a conseguir flores y decoraciones para la boda.
—Han estado pasando mucho tiempo juntos.
—Solo trato de ser un buen hermano y ayudar.
—Por supuesto. Lo entiendo. —Reprimió una sonrisa cuando atrapó a
algunas personas mirando en su dirección. El cementerio estaba lleno de
miembros de la familia del crimen Toscani, que pronto sería su familia
después de que se casara con Rocco, todos vestidos de negro a pesar del
abrasador sol en lo alto y del insoportable calor de treinta grados. Era una
réplica casi perfecta del funeral al que había asistido por el hermano de
Dino, Benito, hace solo unos meses, excepto que esta vez era una versión
más fuerte y segura de sí misma. Había aceptado quién era y qué quería.
Era parte de la “familia” y su corazón finalmente había sido sanado.
—Nunca imaginé que te quedaras aquí de forma permanente —dijo
Tom—. Pero nunca me imaginé viviendo aquí tampoco.
Durante las pasadas semanas, la gran reorganización política en
Nueva York había dado lugar a una nueva administración y a cambios en
las alianzas entre las familias. Una vez consigliere, el intrigante Luigi
Cavallo se había convertido en don después de su golpe y nombró a dos
poderosos capos como su subjefe y consigliere.
Todavía recuperándose de sus heridas y profundamente afectado por
la muerte de su padre y los acontecimientos que siguieron, Tom decidió no
desafiar al nuevo régimen y, en cambio, se mudó a Las Vegas para estar
cerca de Grace. Nico lo había recibido en la familia criminal Toscani y
ahora trabajaba como soldado en el equipo de Luca.
—Me gusta aquí en Las Vegas. —Y por primera vez, lo decía en serio.
Rocco y sus amigos más cercanos estaban aquí, y con la llegada de Tom,
su familia también. No solo eso, acababa de conseguir un contrato de
jingle nacional y se había unido oficialmente a Stormy Blu. Con su voz, los
contactos de Ethan, los nuevos arreglos de Miguel y algunas
interpretaciones geniales del resto de la banda, habían tenido una gran
demanda desde su primera presentación en el Stardust.
—También acabamos de cerrar el trato sobre la casa que estábamos
viendo en Henderson. —Continuó él—. Así que parece que definitivamente
estoy aquí para quedarme.
300
Eso es lo que sucedía cuando tu familia estaba en la mafia. No podías
elegir el tipo de vida que querías vivir, pero podías tomar la vida que tenías
y hacer que funcionara para ti. No podías vivir en la ciudad de tu corazón,
pero podías vivir en la ciudad donde encontrabas a tu corazón. Y tenías
que estar con el hombre que amabas.
—¿Qué hay de tu título en psicología?
Grace se encogió de hombros.
—Realmente no era mi vocación, aunque me ayudó a superar todo lo
que sucedió en Nueva York. Pero mantendré mis habilidades aumentando
mis horas de voluntariado en el orfanato y ayudando a los niños
necesitados.
El sacerdote terminó el Rito del Sepelio y la multitud respondió con
las oraciones correspondientes. Grace sintió el susurro de una brisa
contra su cuello, la caricia más suave. Un escalofrío le recorrió la espalda,
pero cuando se giró ligeramente con la esperanza de atrapar el relajante
aire, la brisa se apagó.
—Está aquí —dijo en voz baja, recordando el escalofrío que le recorrió
la espalda en el funeral de Benito. Esa tarde, lo había sospechado. Ahora
lo sabía. Su conexión era un vínculo vivo que los unía, aunque estuvieran
separados físicamente.
Aunque pasaban todas las noches juntos, no había pasado mucho
tiempo con Rocco durante los días transcurridos desde el incidente en el
sótano del hotel. Ahora, el subjefe de Nico, Rocco también se había
convertido en el líder de facto del equipo De Lucchi. En lugar de hacerse a
un lado, como Grace había supuesto que haría, aceptó el puesto y ahora
estaba en el proceso de realizar cambios radicales en toda la organización.
Había eliminado el requisito de que cada miembro del equipo ofreciera un
hijo o huérfano para ser entrenado como reemplazo. El entrenamiento
debía realizarse solo después de los dieciséis años y solo con su
consentimiento y en una instalación donde otros miembros del equipo
pudieran observar y prevenir cualquier abuso. Los ejecutores eran libres
de rechazar contratos por cualquier motivo. Y se esperaba que los
miembros del equipo se unieran a familias criminales establecidas donde
ascenderían de rango y serían tratados como iguales.
Aunque Rocco dirigía el equipo De Lucchi, les dejó el trabajo práctico
de hacer cumplir la ley a sus soldados para poder concentrarse en su
trabajo como subjefe y en la lucha por derrocar a Tony para que Nico
pudiera reclamar la ciudad. Nunca podría dejar la mafia, así que había 301
hecho lo mejor del mundo. Aunque todavía soñaba con una vida sin armas
ni funerales, hombres con apodos y códigos de honor, Grace se había
reconciliado con estar casada con un mafioso. Rocco había prometido
mantener su negocio fuera de su casa y perderlo nuevamente no era
opción.
—Es extraño cómo sabes que él está cerca —susurró Tom—. Cuando
tenía delirios de una vida feliz con Tami o Teresa o quien sea, nunca
imaginé poder sentir su presencia cuando entraba en una habitación.
—¿Fuiste a verla al hospital antes de que la llevaran a la cárcel?
Tom negó.
—No quería tener nada que ver con ella. Es una desagradable pieza de
trabajo. Me alegro de no haber terminado con una cicatriz en la garganta
como Mike. Incluso él no fue a verla después de que se recuperó, y
escuché que se había enamorado de ella incluso más que yo.
—La mafia es peor para los chismes que la secundaria —murmuró en
voz baja. Teresa estaba ahora en la cárcel después de ser arrestada bajo
sospecha de asesinato. Un misterioso informante había dirigido a la policía
hacia una jeringa desechada con las huellas de Teresa, así como a las
cintas de videovigilancia del hospital que habían desaparecido poco
después del evento. Como resultado de la nueva evidencia, Rocco había
sido absuelto de todos los cargos y Teresa enfrentaba una larga pena de
prisión.
—También escuché que el accidente de Dino no fue un accidente —
Tom miró a su alrededor para asegurarse de que nadie pudiera
escucharlos—. ¿Fue Rocco? ¿O fuiste tú?
Solo en una familia mafiosa tendrían esta discusión.
—Sigo siendo pacifista.
Tom soltó una carcajada e inmediatamente trató de ocultarla
fingiendo un ataque de tos.
Grace captó un movimiento en la multitud cerca de donde estaba el
sacerdote.
Fue entonces cuando lo vio.
Alto. Cabello oscuro. Ancho pecho que se estrechaba hacia una
pequeña cintura. Camiseta negra ajustada sobre una onda de músculo.
Vaqueros dándose un festín de costuras en todos los lugares correctos.
Botas de suela gruesa para montar. Pero en lugar de cuero, vestía una
chaqueta de traje informal y, en lugar de mantenerse en las sombras, 302
estaba de pie con el equipo Toscani.
Su cuerpo se calentó en lugares que no debería. Solo un hombre se
atrevería a presentarse en un funeral de la mafia vistiendo otra cosa que
no sea un completo traje formal.
Entrecerró los ojos, tratando de distinguir su rostro, pero cuando sus
ojos se acostumbraron a la luz, él estaba a su lado.
—Bella. —Rocco se inclinó y le dio un inapropiado beso, con la mano
en el cabello, la lengua en la garganta, esta es mi mujer, tócala y muere.
—Bonita chaqueta —dijo cuando la dejó tomar aire—. ¿Esa es tu idea
de seguir las instrucciones de Nico de vestirte como un subjefe para el
funeral?
—Sí.
—Te faltan los pantalones del traje, la camisa, la corbata y los zapatos
italianos de cuero. —Le dio unas palmaditas en la solapa mientras Tom se
alejaba a una distancia discreta—. Mira a Nico y a Luca junto a los
árboles. Sin vaqueros. Sin camisetas. Sin botas.
Rocco frunció el ceño.
—Soy un De Lucchi. Me visto como quiero vestir. Nico debería estar
complacido de que fuera tan lejos.
—Me gusta el aspecto. —Se inclinó para besar su mejilla—. Nada dice
rudo sofisticado como Gucci sobre Guns and Roses.
Rocco gruñó desde lo más profundo de su garganta.
—Nada dice “penétrame ahora” como Grace con un vestido hecho de
una tela que puedo triturar con mis propias manos.
—Estamos en un cementerio —advirtió.
—Entonces tendré sexo contigo hasta la muerte. —Su mano se deslizó
alrededor de su cintura y tiró de ella contra su duro pecho.
—¿Cómo estuvo tu reunión con el padre Seamus? —Trató de
distraerlo en caso de que se dejara llevar, una clara posibilidad porque no
había regresado a su casa hasta las primeras horas de la mañana y luego
tuvo que irse al amanecer, lo que significaba que las horas intermedias
habían terminado con ellos dormidos y sin dedicarse a la actividad que
más le gustaba.
—Encontró los antiguos registros. Sunnyville fue mi orfanato. Incluso 303
me recordaba de niño. Lo único que no tenía era un registro de mi apellido
o de dónde me encontraron, pero tiene algunas pistas que seguirá. Tiene
un vago recuerdo de que era un nombre italiano. —Infló su pecho—. Tal
vez en realidad sea un Gamboli o un miembro de una de las cinco familias
fundadoras de Nueva York.
—O tal vez tu apellido era Smith.
Rocco resopló con indignación.
—No soy un Smith, bella.
—Oye. Conozco algunos Smith muy buenos. Ethan, por ejemplo. Dice
gracias por devolverle la chaqueta hecha trizas, por cierto.
Su gruñido satisfecho la hizo reír.
—Por nada. Estoy seguro de que entendió el mensaje.
—El único mensaje que recibió fue que no te prestará más chaquetas.
Tendrás que comprar la tuya ahora que eres un subjefe y dirigirás
Stardust.
Él se inclinó y le dio un beso en la oreja.
—Y la vocalista de mi banda principal cantará sin máscara.
—Sobre eso… —Ella hizo una mueca.
—Sin máscara.
—No es la máscara. Es solo…
—¿Qué? —Su frente se arrugó en un ceño fruncido.
—Bueno, desde que Nueva York se lavó las manos de nosotros, y está
en plena guerra entre Nico y Tony, y Tony todavía está loco de enojo
porque le arrojaste un cuchillo en el hombro, y el club está bajo tierra en
un sótano donde está un poco oscuro…
—¿No crees que pueda mantenerte a salvo? —Le dirigió una mirada
de incredulidad.
—No. No es eso. Tal vez… podrías encender las luces cuando esté en
el escenario.
—¿Quieres cantar con las luces brillando en tu hermoso rostro? No
habrá ninguna luz apagada en todo el maldito club.
—Dices cosas tan románticas.
Rocco sonrió.
304
—Es mi sangre italiana.
Lo miró, estudió su rostro. Hermoso e impresionante. Sus esculpidos
labios eran carnosos y sensuales, y sus ojos marrón whisky tan oscuros
que eran casi negros, pero había una suavidad en su rostro que nunca
había visto antes, una calidez que hizo latir su corazón.
Una vez esos ojos habían visto dentro de su alma, y esos labios
habían tocado cada parte de su cuerpo. Una vez toda esa belleza le había
pertenecido a ella, y luego la mafia se la había robado.
Ahora lo había recuperado y era suyo para siempre.
—Di algo más romántico.
La rodeó con sus brazos y le cantó al oído la última estrofa de
“Strangers in the Night” de Frank Sinatra, llevándola de vuelta a la primera
vez que se conocieron cuando encontró a su alma gemela en las palabras
de una canción sobre un amor tan justo que duraría para siempre.
—Te robaste las palabras de Sinatra —bromeó.
—Él me robó las palabras. Sabía que un día un hombre conocería a
una chica y se enamoraría la primera vez que la conociera, así que cantó
una canción para nosotros incluso antes de que naciéramos.
Grace se derritió contra él, a salvo en sus fuertes brazos.
—¿Sabías que el amor duraría, aunque estuviéramos separados?
—Lo sabía, Gracie. —Ella le dio un beso en la frente—. Cuando me
enamoré de ti, me enamoré para siempre.
305
Un año después
L
a boda había sido perfecta.
Al aire libre. Con flores silvestres. Con luz solar. Con
amigos. Con familia. Con buena comida italiana. Con buena
música. Con todo lo que su Gracie había querido.
Rocco también consiguió lo que quería. Grace era suya. Para siempre.
Tom había acompañado a Grace por el pasillo. Mike, completamente
recuperado, había sido el padrino de Rocco. Tenía una cicatriz en la
garganta que lo había convertido en un imán para las chicas. Cada vez que
Rocco lo veía, tenía a una mujer del brazo y una sonrisa que iba de oreja a
oreja. 306
Apretado en un esmoquin, Rocco casi se había vuelto loco cuando vio
a Grace con su vestido blanco que se ajustaba a las curvas con una
especie de corsé de cuentas en la parte superior y una larga falda en capas
hecha de esa tela fácil de rasgar que le gustaba. Tenía una corona de flores
en el cabello, y cuando caminó por el pasillo se veía tan malditamente
hermosa que se le hizo un nudo en la garganta y Mike tuvo que darle una
palmada en la espalda para que pudiera recitar las palabras que el
sacerdote le pidió que dijera. Grace había escrito algunos hermosos votos,
pero cuando llegó el momento de hacer su promesa, solo tuvo tres
palabras para decir. Tres palabras del corazón. Tres palabras que sabía
desde el primer día que se conocieron.
Aparentemente, fueron suficientes, porque diez minutos después ella
estaba usando su anillo y estaban caminando por el pasillo y su corazón
estaba lleno a estallar porque la chica que había amado desde que tenía
diez años se había convertido en su esposa.
Entonces empezó la fiesta.
Eso también había sido perfecto. Cuando la familia criminal Toscani
estaba involucrada, nada salía mal, desde la tienda hasta la comida, o
desde los artistas hasta la bebida. Grace había coordinado todo y había
estado feliz de cederle el control para ver la sonrisa en su rostro. La
seguridad, sin embargo, había sido su dominio.
Las armas habían sido revisadas en la puerta de la propiedad que los
Toscani habían adquirido recientemente de un hombre que se había
quedado corto en trescientos mil dólares en el préstamo que le habían
dado para mantener a flote su negocio de autos usados. Rocco estaba de
buen humor después de una noche de sexo con su futura esposa, así que
le dio al tipo la opción de romperse las piernas o renunciar a los tres acres
de propiedades inmobiliarias de primera cerca de las resplandecientes
aguas del lago Mead. Aunque ya no trabajaba como ejecutor, los viejos
hábitos se desvanecieron y, a veces, los mensajes eran más efectivos
cuando los huesos estaban involucrados. No compartía sus ocasionales
incursiones en el trabajo policial con Grace, pero incluso si lo hiciera, no le
pediría que cambiara. Era parte del trabajo y ella lo aceptaba por lo que
era.
Y ahora mismo, era un hombre con una misión.
Vio a Grace hablando con el padre Seamus cerca del escenario donde
Stormy Blu se estaba preparando para su siguiente actuación. 307
—¿Cuándo recibiré mi regalo de bodas? —Pasó una sugerente mano
por su trasero, fuera de la vista del sacerdote, con la boca abierta por la
anticipación del regalo que había estado esperando todo el año. Había
cumplido con su parte del trato, pero ella se había mantenido firme en su
promesa a pesar de sus frecuentes intentos de hacerla cambiar de opinión.
Quería poseer cada centímetro de su hermoso cuerpo y esta noche sería
suya en todos sentidos.
—Rocco. No está bien. —Grace apartó su mano de un golpe—. El
padre Seamus me acaba de decir que los papeles de adopción estarán
listos para firmarse la próxima semana. Dice que Matthew está tan
emocionado por venir a vivir con nosotros que ya tiene su maleta
empacada y esperando en la puerta.
A Rocco se le hizo un nudo en la garganta al pensar en el niño que
habían decidido adoptar. Matthew tenía más o menos la misma edad que
había tenido cuando Cesare lo sacó del orfanato, pero la vida que planeaba
darle a Matthew no se parecería en nada a la que había soportado. Quería
darle a un hijo lo único que había deseado con tanta desesperación
durante todos esos años fríos y solitarios que había pasado en la casa de
Cesare, el regalo que Grace le había dado: amor.
Miró hacia la carpa de la boda donde Matthew estaba corriendo por la
pista de baile con los otros niños de la familia del crimen Toscani. Había
sido el portador de los anillos en la fiesta de bodas, pero hacía mucho que
habían desechado la chaqueta y la corbata de su pequeño traje. Rocco no
lo culpaba. No acostumbrado a ataduras de ningún tipo, sentía que se
estaba ahogando hasta morir. Razón de más para estar solo con Grace
para poder quitarse la ropa y empezar a dar y recibir regalos.
—El padre Seamus quiere saber acerca de la casa. —Grace le dio un
suave empujón y lo devolvió al presente—. Olivia le dijo que tuvo algunos
amigos que ayudaron con las renovaciones.
Rocco reprimió una carcajada. Grace sabía exactamente qué tipo de
“amigos” habían ayudado a arreglar su nueva casa de campo en
Henderson: hombres que le debían favores y estaban felices de ayudarlo en
lugar de perder algunos dedos.
—La casa está lista —dijo Rocco—. Hice la inspección final anoche. —
Habían comprado una casa con un gran patio trasero para los perros de
rescate que planeaban adoptar tan pronto como Matthew se instalara, y
para los niños que tendrían a partir de nueve meses después de que
308
sacara a Grace de ese vestido.
El padre Seamus sonrió.
—Tengo buenas noticias para ti, Rocco. No las compartiré hoy porque
creo que tienes suficiente para celebrar, y hay algunos documentos que
primero deberé revisar en mi oficina.
—Encontraste a mi familia. —Una declaración. No una pregunta.
—Lo hice, pero hablaremos mañana. —El padre Seamus le dio una
palmada en el hombro—. Creo que estarás muy contento con lo que
descubrimos.
—Tendremos un orgulloso nombre italiano, bella. —Infló su pecho
mientras el padre Seamus se alejaba—. Un nombre honorable.
—O podríamos convertirnos en la familia Smith —dijo Grace
secamente.
Deslizó su mano por su espalda y apretó su trasero.
—¿Cuándo recibiré mi regalo, señora Smith?
—Cuando termine la fiesta, señor Smith. Ahora ve y diviértete. —Ella
se movió contra él y él reprimió un gruñido. Estuvo muy cerca de disparar
un arma al aire y de cerrarlo todo. Aunque disfrutaba tener a sus amigos
alrededor, quería estar a solas con su esposa, abrazarla y perderse en el
milagro de un sueño hecho realidad.
Pero más que eso, quería que fuera feliz. Así que esperó. Bailaron. Él
bebió. Puso a Matthew a dormir en la parte trasera de la camioneta del
padre Seamus. Habló de negocios con los chicos, comió demasiada buena
comida italiana y observó a Olivia y a Tom escabullirse en la noche. La
había esperado desde que tenía diez años. La esperaría para siempre.
Afortunadamente, el para siempre llegó a la 1:15 a.m.
—¿Listo para irnos? —Grace caminó hacia sus brazos y se inclinó
para darle un beso en la mejilla, sus labios se curvaron en una sonrisa.
—¿Fue todo lo que imaginaste, bella?
—Fue perfecto.
Su esposa en sus brazos. Sus amigos a su alrededor. Un chico al que
podría querer. Ella tenía razón. Había sido perfecto.
Y también lo fue el regalo que recibió más tarde esa noche.
309
FIN
310
S
arah Castille es una autora galardonada que escribe romance
contemporáneo y suspenso romántico con los héroes alfa
ardientes y las mujeres que los doman. Sus libros han
aparecido en las listas de bestsellers de USA Today y New York Times.
311