0% encontró este documento útil (0 votos)
337 vistas11 páginas

Lecturas de la Eneida para 2024-25

Latin 1 libri lectura

Cargado por

Mario 08
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
337 vistas11 páginas

Lecturas de la Eneida para 2024-25

Latin 1 libri lectura

Cargado por

Mario 08
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

LATÍN I.

LECTURAS RECOMENDADAS PARA EL CURSO


2024-25
Primer trimestre: ÉPICA Virgilio, Eneida

• II.1-57, 199-267 (caída de Troya y actuación de Laocoonte)


• VI.678-795 (Eneas se encuentra con Anquises en el Elíseo)
• XII.888-952 (desenlace del combate entre Turno y Eneas)

Virgilio, Eneida II.1-57, 199-267 (caída de Troya e intervención de


Laoconte)
Todo el mundo se calló, manteniendo los rostros tensos. Así que,
desde su alto asiento, el padre Eneas comenzó de la siguiente manera: «Un
dolor indecible, reina, me mandas reavivar: cómo los dánaos echaron por
tierra el poderío troyano y su desgraciado reino, y las cosas tan penosas que
yo mismo vi y de las que fui parte importante. Al contarlas, ¿qué soldado
mirmidón1, o de los dólopes, o del duro Ulises podría contener las
lágrimas? Y ya la noche húmeda pasa rápidamente en el cielo, y los astros
al ponerse invitan al sueño. Pero si tanto es tu deseo de conocer nuestras
desventuras y oír brevemente el último sufrimiento de Troya, aunque el
alma se horripila al recordarlo y da marcha atrás de pena, voy a empezar.
Quebrantados por la guerra y rechazados por los hados, los caudillos
de los dánaos, así que pasaban ya tantos años, construyen con el arte divino
de Palas2 un caballo como una montaña, y entretejen sus costillas con abeto
aserrado. Fingen que es una ofrenda por el regreso; este es el rumor que se
extiende. En él, sorteándolos, encierran a escondidas las figuras señeras de
los héroes en su ciego costado, y llenan a tope con soldados armados sus
enormes cavernas y el vientre.
A la vista queda Ténedos3, una isla muy conocida por la fama, rica en
recursos mientras subsistió el reino, de fiar para las naos. Trasladándose a
ella, se esconden en su desierta playa.
Nosotros pensamos que se habían marchado y se habían dirigido a
favor del viento a Micenas. De manera que toda la Teucria se sintió
liberada del largo duelo; se abren las puertas, da gusto ir a ver los

1 Habitantes de Tesalia, cuyo rey era Aquiles.


2 La diosa Palas Atenea o Minerva para los latinos.
3 Isla situada frente a Troya.
campamentos dóricos y los parajes desiertos y la costa abandonada. Aquí
estaban los contingentes de los dólopes, aquí tenía la tienda el cruel
Aquiles; este era el lugar de las escuadras, aquí acostumbraban a pelear los
ejércitos. Algunos se quedan boquiabiertos ante el regalo de perdición de la
soltera Minerva y admiran la mole del caballo. Y Timetes es el primero en
aconsejar que se lo introduzca dentro de los muros y se lo coloque en el
alcázar, quizá por engaño o porque ya el destino de Troya así lo quería. En
cambio, Capis y los que tenían mayor lucidez mental insisten en echar de
cabeza al mar el ardid de los dánaos y el sospechoso regalo, o aplicarle
fuego por debajo y quemarlo, o perforar los huecos escondrijos del vientre
y examinarlos. La gente desconcertada se divide en bandos contrarios.
Allí, el primero, antes que nadie, Laocoonte baja enardecido del alto
alcázar, acompañado de un grupo numeroso, y grita de lejos: «¡Oh,
desgraciados ciudadanos, qué locura tan grande! ¿Creéis que se han
marchado los enemigos? ¿Pensáis que algún regalo de los Dánaos está al
abrigo de engaños? ¿Así es como conocéis a Ulises? O en este madero se
ocultan encerrados los aqueos, o esta máquina se ha construido contra
nuestros muros, para inspeccionar nuestras casas y llegar a la ciudad por
encima, o se esconde cualquier artimaña. No fiaros del caballo, troyanos.
Sea lo que fuere, temo a los dánaos hasta cuando hacen regalos.» Después
de expresarse así, arrojó con gran fuerza una lanza enorme contra el
costado y el vientre de tablones alabeados del animal. La lanza se quedó
recta, vibrando, y por el impacto las huecas cavernas retumbaron en el
interior del vientre y profirieron un lamento. Y si lo hubiesen querido los
hados celestiales, si nuestra razón no hubiese estado embotada, nos habría
empujado Laocoonte a desbaratar con el hierro los escondrijos argólicos, y
Troya estaría de pie ahora, y tú subsistirías, alta fortaleza de Príamo. […]
A la sazón, otro suceso mayor y mucho más estremecedor se abate
sobre los desgraciados, conmocionando por sorpresa sus espíritus.
Laocoonte, sacado a suerte como el sacerdote de Neptuno, se halla
sacrificando un toro gigantesco ante los solemnes altares. He aquí, pues,
que dos serpientes gemelas de desmedidos anillos (se me ponen los pelos
de punta al contarlo) se echan a la mar desde Ténedos por las tranquilas
aguas. Sus pechos erguidos sobre las olas y sus crestas sangrientas
sobresalen de las aguas; la parte trasera restante toca en el mar, retorciendo
sus desmedidos lomos curvilíneamente. Se produce un chapoteo en la
espumosa agua salada. Y ya se tendían por la playa; sus ojos ardientes
estaban bañados de sangre y de fuego y, con sus lenguas vibrátiles, se
relamían la boca que silbaba. Nos dispersamos huyendo, pálidos por la
visión. Ellas, sin titubear, se dirigen en formación hacia Laocoonte; y las
dos serpientes, abrazando primero los pequeños cuerpos de sus dos hijos, se
enroscan en ellos y devoran a dentelladas sus miserables miembros. Luego
lo agarran a él, que acudía en su auxilio portando sus armas, y lo entrelazan
con sus enormes espirales; y, abrazándole por partida doble la cintura,
rodeando por partida doble su cuello con sus troncos escamosos, ya sacan
por encima la cabeza y las altas cervices. Él intenta, a un tiempo, deshacer
con las manos los nudos, con las cintas empapadas en sangre hedionda y
negro veneno, y a un tiempo eleva a los astros escalofriantes alaridos: igual
que el bramido de un toro cuando escapa herido del altar y sacude de su
cerviz el hacha insegura. El par de dragones, por su lado, escapan
deslizándose a los altos santuarios y se dirigen a la ciudadela de la cruel
hija de Tritón, y se recogen a los pies de la diosa bajo el redondel del
escudo. Entonces es cuando se desliza en el corazón estremecido de todos
un nuevo pavor y propalan la especie de que Laocoonte ha pagado su
crimen merecidamente por haber lanzado su criminal lanza al lomo del
caballo y haber lastimado con su punta el roble sagrado. Gritan a una que
hay que conducir el icono a su aposento e implorar la protección de la
diosa.
Hendemos los muros y abrimos la fortificación de la ciudad. Todos
ponen mano a la obra y acoplan a los pies rodillos de deslizamiento y
enganchan del cuello cables de estopa. La máquina, símbolo de nuestro
destino, franquea los muros preñada de armas. A su alrededor, los
muchachos y las muchachas solteras entonan cánticos religiosos y se
sienten gozosos de tocar con la mano el cable. Aquélla penetra y se desliza
amenazadora por medio de la ciudad. ¡Oh patria! ¡Oh, Ilión, morada de los
dioses, y murallas dardánicas, famosas en la guerra! Cuatro veces se detuvo
en el mismo umbral de la puerta y cuatro veces las armas hicieron ruido en
el interior del vientre. Sin embargo, insistimos, sin acordarnos de nada,
ciegos de furor, y emplazamos el infortunado monstruo en la sagrada
ciudadela. Todavía entonces, Casandra4, hija de Príamo y Hécuba, que
poseía el don divino de la profecía, abre a nuestro sino futuro por
imperativo de la divinidad su boca, a la que jamás dieron crédito los
teucros. Nosotros, desgraciados, para quienes aquél era el último día,
cubrimos por la ciudad de guirnaldas festivas las capillas de los dioses.
Gira, entretanto, la bóveda celeste y sobreviene la noche desde el
Océano, envolviendo con su gran sombra la tierra, el firmamento y los

4 Hija de Príamo y Hécuba que poseía el don de la profecía.


engaños de los mirmídones. Diseminados entre las murallas, los teucros
habían enmudecido; el sueño se apodera de sus cuerpos cansados. Y ya
salía de Ténedos la armada argiva con las naves en formación, arrumbando
a las costas conocidas en el silencio cómplice de la luna callada, cuando la
nao real sacó las antorchas, y Sinón, protegido por los injustos hados
divinos, suelta furtivamente las trancas de pino y a los dánaos encerrados
en el vientre. Abierto el caballo de par en par, los devuelve al aire libre, y
encantados se echan fuera del hueco roble los capitanes Tesandro5 y
Esténelo6 y el maléfico Ulises, que se deslizaron por un cable tendido al
suelo, y Acamante7 y Toante8 y Neoptólemo9, descendencia de Peleo, y
asimismo Macaón10 y Menelao11 y el propio inventor de la estratagema,
Epeo12. Invaden la ciudad sepultada en el sueño y en el vino. Dan muerte a
los centinelas y, abriendo las puertas, acogen a todos los compañeros y se
reúnen los dos bandos cómplices.
(Virgilio, La Eneida, Traducción de Bartolomé Segura Ramos, Madrid: Círculo de
Lectores, 67-69, 75-77)

Virgilio, Eneida VI.678-795 (Eneas se encuentra con Anquises en el


Elíseo)
Entretanto, ve Eneas en un valle apartado un bosque escondido y
selvas de resonantes ramas y el río Leteo, que fluye alrededor de las
plácidas mansiones. En torno a éste revoloteaban innúmeras gentes y
pueblos, como cuando en el verano sereno las abejas se posan en las
variadas flores de los prados y se desparraman alrededor de los lirios

5 Del linaje de Edipo y Adrasto.


6Hijo de Capaneo. En Troya mandaba un contingente de veinticinco naves. Estaba al
servicio de Diomedes.
7 Hijo de Teseo y Fedra.
8 Aparece en La Ilíada como jefe de un destacamento eolio.
9Hijo de Aquiles y Deidamía. Realizó numerosas hazañas en Troya, entre ellas matar a
Astianacte, hijo de Héctor, al cual, a su vez, había dado muerte Aquiles.
10Hijo de Asclepio, dios de la medicina. Con el arte heredado de su padre realizó en
Troya numerosas curaciones a los combatientes.
11Hermano de Agamenón y esposo de Helena, a causa de cuyo rapto, como sabemos,
se originó la guerra de Troya.
12Hijo de Panopeo. No era un guerrero muy valioso, pero alcanzó gloria por haber
construido el caballo de Troya.
blancos; todo el campo resuena con el zumbido. Ante la súbita aparición se
estremece Eneas y, como no lo sabe, pregunta las razones, qué ríos son
aquéllos de más adelante, qué hombres son los que han llenado las riberas
en tan gran tropel. Entonces el padre Anquises dice: «Las almas, a las que
según el destino se les debe otros cuerpos, beben en la corriente del río
Leteo el agua de la tranquilidad y largos olvidos. Ya hace tiempo que deseo
hablarte de éstas precisamente y mostrártelas en tu presencia, y enumerar
esta prole de los míos, para que te alegres más conmigo de haber
descubierto a Italia.» «Oh padre, ¿es que hemos de creer que algunas almas
irán por el aire desde aquí al cielo, y volverán otra vez a los tardos cuerpos?
¿Por qué sienten las desgraciadas tan sacrílego deseo por la luz?» «Voy a
decírtelo, hijo, y no te voy a tener en suspenso.» Toma la palabra Anquises,
y le revela por orden cada cosa.
«En primer lugar13, el cielo y las tierras y las llanuras líquidas y el
luciente globo de la luna y el astro solar los alimenta un espíritu interior, y
una mente infusa en sus partes mueve toda su masa y se mezcla en toda su
materia. De él procede el género humano y animal y la vida de las aves y
las criaturas que lleva el mar bajo su llanura de mármol. Aquellas semillas
poseen un vigor ígneo y un origen celeste, en la parte en que no ejercen su
lastre los átomos nocivos ni su torpeza las coyunturas terrenales y los
miembros, destinados a morir. En virtud de estos, temen y desean, sufren y
gozan, y no ven las auras, encerradas en las tinieblas y en la cárcel ciega.
Es más, cuando la vida las abandona el último día, a pesar de ello, no les
sale de raíz a las desgraciadas todo el mal y todas las enfermedades
corporales, y es forzoso que sigan creciendo profundamente durante largo
tiempo muchas impurezas que se les han pegado en forma maravillosa. De
manera que reciben su castigo y sufren los tormentos de sus viejos pecados:
algunas cuelgan tendidas al viento vacío; otras lavan su crimen hasta
purificarse bajo una gran masa de agua, o lo expían con fuego (cada cual
sufrimos nuestros manes; posteriormente nos echan por el amplio Elíseo, y
unos pocos habitamos los campos felices) hasta que un largo día, cumplido
el paso del tiempo, ha eliminado la impureza adherida, y deja pura la mente
celestial y el fuego del aura simple. A todas estas, cuando cumplieron un
período de mil años, las llama el dios en una gran columna al río Leteo, es
a saber, para que ellas, que no recuerdan, vuelvan a ver de nuevo la bóveda
de arriba y comiencen a querer regresar a los cuerpos.»

13 Aquí Anquises expone la teoría del alma universal conectada con la de la


trasmigración de las almas o metempsicosis.
Había terminado Anquises y tira de su hijo y con él de la Sibila al
medio de la concurrencia y de la muchedumbre clamorosa, y coge una
elevación, desde donde podía ir viendo a todos de frente en larga hilera y
reconocer sus caras conforme llegaban.
«Ea, ahora voy a explicarte qué gloria acompañará en adelante a la
descendencia dardania, qué nietos te aguardan de raza itálica, las almas
ilustres que han de ir en pos de nuestro hombre, y te enseñaré tu destino.
Aquel joven, ¿ves?, que se apoya en una lanza sin hierro, tiene por sorteo el
lugar más próximo a la luz14, será el primero que surgirá al aire del cielo
con mezcla de sangre itálica, Silvio, nombre albano, tu tardía descendencia,
a quien parirá tardíamente en las selvas para ti ya viejo, como rey y padre
de reyes, tu esposa Lavinia, a partir del cual nuestro linaje será dueño y
señor en Albalonga. Aquel inmediato es Procas, gloria de la raza troyana, y
Capis, y Númitor, y el que te evocará con el nombre, Silvio Eneas15,
egregio igualmente por su piedad como por sus armas, si alguna vez recibe
a Alba para ser rey en ella. ¡Qué jóvenes! ¡Qué fuerzas manifiestan (mira),
y llevan las sienes sombreadas por la corona civil!16 Éstos te levantarán
Nomento, y Gabios, y la ciudad de Fidenas; estos pondrán en lo alto de las
montañas la ciudadela de Colacia, Pometios, Castro Inui, Bola y Cora.17
Éstos serán nombres entonces; ahora son tierras sin nombre. Además,
Rómulo, a quien engendrará su madre Ilia18, de la sangre de Asáraco19,
emparentado con Marte, se sumará de compañero de su abuelo.20 ¿No ves
cómo se alzan en su cabeza dos penachos, y el propio padre con su honor lo
señala ya como una deidad? Mira, hijo, con los auspicios de éste, aquella
celebérrima Roma igualará el imperio con las tierras, su espíritu con el
Olimpo, y una como es, rodeará sus siete ciudadelas con un muro, feliz con
la descendencia de sus hombres: como la madre berecintia21 viaja con sus
14 El primero que se reencarnará en una nueva vida.
15 Todos ellos reyes de Albalonga.
16 La corona civil de encina se daba al fundador de una nueva ciudad o colonia. Estos
reyes, según la tradición, fundaron las treinta ciudades de la confederación albana o
latina.
17 Ciudades del Lacio y zonas circundantes.
18 Hijo de Rea Silvia.
19 Hijo de Rea Silvia y el dios Marte.
20 Númitor, padre de Rea Silvia.
21Cibele, llamada Berecintia por el monte Berecinto, en Frigia, donde la diosa tenía su
culto más importante.
torres en carro por las ciudades frigias, contenta con el parto de los
dioses22, abrazando a cien nietos, todos habitantes del cielo, todos viviendo
en altas mansiones. Dirige aquí ahora tus dos pupilas, mira esta familia y a
tus romanos. Éste es César23 y toda la descendencia de Julo, que ha de
surgir bajo la gran bóveda del cielo. Éste es, éste es el hombre del que
tantas veces oyes que es una promesa tuya, César Augusto24, linaje de dios,
quien fundará de nuevo el siglo de oro en el Lacio, en la tierra en que
antaño reinó Saturno; dilatará el imperio más allá de los garamantes y de
los indios;25
(Virgilio, La Eneida, Traducción de Bartolomé Segura Ramos, Madrid: Círculo de
Lectores, 219-222)

Virgilio, Eneida XII.888-952 (desenlace del combate entre Turno y


Eneas)
Eneas ataca a su vez y blande el dardo, enorme como un árbol, y
habla así con perversa intención: «¿Qué tardanza hay todavía ahora? ¿A
qué te retardas ya, Turno? No es a la carrera; con las armas peligrosas
debemos combatir cuerpo a cuerpo. Adopta tú mismo el aspecto que
quieras y haz todo el acopio que puedas de valor y de maña; ya puedes
desear subir con alas a los remotos astros o esconderte, encerrándote en el
centro de la tierra.» Turno, meneando la cabeza, dijo: «No me aterrorizan
tus encendidas palabras, bravucón; los dioses me aterrorizan y la enemistad
de Júpiter.» Y sin decir más, mira el contorno de una enorme piedra, una
piedra vieja, enorme, que acaso estaba en el llano puesta como mojón de
campo, para solventar la querella de las tierras. A duras penas podrían
subirla a su cuello doce hombres escogidos, de la clase de hombres que
produce ahora la tierra. El héroe, agarrándola con mano nerviosa, la
apuntaba contra su enemigo, empinándose más alto y cogiendo carrerilla.
Mas no se reconoce al correr ni al moverse, ni al levantar las manos ni al
remover la descomunal piedra. Vacilan sus rodillas, la sangre se le quedó
helada de frío. Luego, la piedra lanzada por el héroe, volteada a través del
vacío, ni recorrió toda la distancia, ni llevó su golpe. Y como en sueños
parece que queremos continuar una ávida carrera y sucumbimos agotados

22 Cibele era la madre de los dioses.


23 Julio César y la familia Julia que provena de Julo Ascanio, hijo de Eneas y Creúsa.
24 Octaviano o Augusto.
25 Las tierras africanas del sur y los pueblos de oriente respectivamente.
en medio del intento; no tiene fuerza la lengua, no sirve el conocido vigor
del cuerpo, ni sale la voz ni las palabras: así a Turno, por dondequiera que
buscó una salida con su valor, la maléfica diosa le niega el éxito. Entonces
nacen en su pecho variados sentimientos; contempla a los rútulos y la
ciudad, y vacila de miedo, y tiembla ante el disparo que se avecina, ni ve
adónde retirarse, ni con qué fuerza atacar al enemigo, ni dónde está su carro
ni a su hermana la auriga.
Mientras vacila, Eneas blande el dardo fatal, calculando la suerte con
la vista, y lo lanza con todas sus ganas desde lejos. No zumban así las
piedras impulsadas por una máquina mural, ni tan gran chisporroteo salta
con el rayo. Vuela como un negro remolino la lanza, llevando la cruel
destrucción, y taladra los bordes de la loriga, y el círculo del escudo de
siete capas, por la parte exterior. Zumbando, atraviesa el muslo. Cae
alcanzado a tierra el enorme Turno, doblándose por las corvas. Se levantan
gimiendo los rútulos, y todo el monte devuelve el eco alrededor, y los altos
bosques repiten extensamente el grito. Turno, extendiendo a fuer de
suplicante sus humildes ojos y su diestra implorante, dice: «Yo me lo he
ganado, y no quiero negarlo. Haz uso de tu suerte. Si puede afectarte de
alguna manera la consideración de un padre desgraciado (tú también tuviste
un padre, Anquises, en semejantes circunstancias), apiádate, te lo ruego, de
la vejez de Dauno y devuélveme a los míos, o si prefieres, mi cuerpo
privado de la luz de la vida. Has vencido, y los ausonios han visto que el
vencido ha tendido sus manos; tuya es Lavinia por esposa: no sigas
adelante con tus odios.» Se quedó envarado con sus armas el combativo
Eneas, girando sus ojos, y reprimió su derecha. Y ya habían empezado a
hacerle cambiar sus palabras, sintiéndose cada vez más vacilante, cuando
en lo alto del hombro apareció el infortunado cinturón y brillaron las
correas del niño Palante con sus conocidos cascabeles, a quien Turno había
vencido y postrado con la herida y llevaba en sus hombros la insignia de su
enemigo. Eneas, así que bebió con sus ojos el recuerdo del cruel dolor y el
despojo, encendido de furia y espantable de cólera, grita: «¿Tú te me vas a
escapar de aquí vestido con los despojos de los míos? Palante te inmola con
esta herida, Palante se cobra el castigo de una sangre criminal.» Diciendo
esto, lleno de hervor, entierra el acero en su pecho que le da frente. Y a
aquél, ¡ay!, se le relajan los músculos de frío, y la vida escapó con un
gemido indignada a las sombras de abajo.
(Virgilio, La Eneida, Traducción de Bartolomé Segura Ramos, Madrid: Círculo de
Lectores, 419-421)
Lucano, Farsalia I.1-55 (temática de la guerra civil y elogio de Nerón)
Guerras más que civiles26 cantamos, libradas en las llanuras de
Ematia27, y el crimen investido de legalidad, y un pueblo poderoso que, con
su diestra vencedora, se revolvió contra sus propias entrañas; la lucha entre
formaciones de la misma sangre y, rota la alianza para la tiranía28, el
enfrentamiento, con intervención de todos los efectivos del universo
trastornado, para abocar a un delito que afectó por igual a ambos bandos;
enseñas alineadas frente a enseñas iguales y hostiles, idénticas águilas
frente a frente y picas amenazando a idénticas picas. ¿Qué locura,
ciudadanos, qué desenfrenado abuso de las armas es ése de ofrecer la
sangre latina a pueblos odiados? 10 Y, cuando debía despojarse a la
orgullosa Babilonia de los trofeos ausonios y la sombra de Craso andaba
errante sin haber sido aún vengada29, ¿os plugo emprender unas guerras que
no iban a proporcionaros ningún triunfo30? ¡Ay, qué de tierras y mares
hubieran podido conquistarse, con esta sangre que empapó las diestras de
unos conciudadanos, en las regiones de donde viene Titán y en donde la
noche esconde las estrellas31, o bien por donde el mediodía se abrasa en
horas ardientes o por la parte en que el rigor invernal, incapaz de suavizarse

26 Otros entienden plus quam ciuilia como «no solamente civiles», por haber
intervenido en ellas ejércitos extranjeros. Pero nuestra traducción nos parece más
acorde con el retoricismo de Lucano ya desde el primer verso, aparte de su
fundamentación real: son guerras «más que civiles» porque no se riñen sólo entre
conciudadanos, sino entre parientes. Recuérdese que César y Pompeyo habían sido
suegro y yerno.
27 Ematia es una región de Macedonia con cuyo nombre designa Lucano el reino entero
y también a la vecina región de Tesalia, en cuyas llanuras se riñó la batalla de Farsalia.
28La alianza que acordaron, en el año 60 a. C., César, Pompeyo y Craso y que se conoce
como primer triunvirato.
29 Craso fue vencido y muerto por los partos (cuya capital era Babilonia) en el año 53 a.
C. en la batalla de Carras. En poder del enemigo quedaron las enseñas del ejército
romano («ausonios», por Ausonia, nombre antiguo de Italia), que no fueron recobradas
hasta el año 20 a. C., bajo Augusto.
30La celebración del triunfo sólo se concedía por la victoria contra enemigos
extranjeros.
31 Expresión para indicar el Occidente, dentro de la concepción antigua de que las
estrellas hacen de noche el mismo recorrido que el sol durante el día y se esconden por
el Oeste cuando va a salir el sol por el lado opuesto.
ni con la primavera, agarrota con los fríos de Escitia un mar helado!32 Ya
hubieran sido subyugados los seres, el Araxes bárbaro y hasta las
poblaciones, si las hay allí afincadas, que conocen el nacimiento del Nilo33.
20 Después, si tamañas ansias tienes, Roma, de una guerra impía, una vez
sometido el orbe entero a las leyes latinas, vuelve tus manos contra ti; pero
hasta el momento no te han faltado enemigos en el exterior. Ahora, en
cambio, el hecho es que en las ciudades de Italia amenazan ruina los
edificios, con sus techumbres a medio caer; grandes bloques de piedra
yacen al pie de las murallas derrumbadas, las casas se encuentran
abandonadas, sin que nadie las guarde, y en las antiguas ciudades sólo vaga
algún que otro habitante; el hecho es, igualmente, que Italia está erizada de
malezas, no se la ha arado en muchos años y faltan manos para los campos
que las reclaman; 30 no serás tú, Pirro feroz, ni será el Cartaginés34 el
responsable de tamañas calamidades: a ningún arma extraña le es posible
llegar tan hondo: las profundas de verdad son las heridas de brazos de
conciudadanos. Pero si los destinos no encontraron otra vía para la llegada
de Nerón y a un precio tan caro conceden los dioses los reinados
perdurables; si el cielo no pudo someterse al imperio de su Tonante sino
tras las guerras de los Gigantes sanguinarios35, entonces no nos quejamos
más, oh dioses del cielo: incluso los crímenes y la impiedad los damos por
buenos a cambio de esta compensación. Ya puede colmar de muertos
Farsalia sus llanuras siniestras y saturarse de sangre los manes
cartagineses36; los últimos combates pueden ya entablarse en la funesta

32Alude Lucano poéticamente a los cuatro puntos cardinales: la región de Titán (= el


Sol, hijo del titán Hiperión = el Este), el Oeste (nota anterior), el Sur y, finalmente, el
Norte, designado por la Escitia, territorio extendido al norte del Mar Negro.
33Los seres son los chinos; el Araxes, río de Armenia, personifica a esta región; y en
cuanto al nacimiento del Nilo, adonde Nerón había enviado una expedición de
reconocimiento, basta para demostrar el interés de Lucano por la cuestión el largo
excurso que le dedica en el canto X 172-331.
34El cartaginés por antonomasia es Aníbal, que infligió grandes derrotas a los romanos
en la segunda guerra púnica. Antes, también Pirro había llegado como enemigo al sur
de Italia, en ayuda de la colonia griega de Tarento.
35Hijos terroríficos de Urano y de la Tierra que se rebelaron contra Júpiter y a los que
éste venció en terrible lucha (la Gigantomaquia), con ayuda de otros dioses y de
Hércules.
36Los cartagineses caídos en las Guerras Púnicas se ven ahora vengados con la sangre
de los romanos muertos en Farsalia. Según otros, aludiría el poeta a la batalla de Tapso,
en África, el año 46 a. C., donde los partidarios de Pompeyo fueron derrotados por
César. De este modo, la venganza de los cartagineses se cumpliría en su propia tierra.
Munda37; 40 a estas fatalidades pueden añadirse, César, el hambre de
Perusa y las fatigas de Módena38, así como las naves que guarda
sumergidas la escarpada Léucade39 y los combates contra armadas de
esclavos al pie del Etna llameante40: mucho es, con todo, lo que Roma debe
a las guerras civiles, pues estos sucesos tuvieron como objetivo tu llegada.
A ti, cuando, cumplida tu estancia en la tierra, te encamines, tarde, hacia los
astros41, el palacio de la región celeste que tú hayas preferido te acogerá en
medio de la alegría del universo; tanto si te agrada empuñar el cetro como
si prefieres subir al carro inflamado de Febo e iluminar con el fuego errante
la tierra, que no tiene miedo ante este cambio de sol, toda divinidad te
cederá su puesto, 50 y la naturaleza te brindará el derecho, que te
pertenece, de elegir qué dios quieres ser y dónde deseas establecer tu
reinado sobre el mundo. Pero no deberás elegir tu asiento en el Círculo
Ártico ni tampoco por donde se inclina la zona tórrida del austro, frente por
frente: desde allí verías a tu querida Roma con sesgada trayectoria astral42.
(M. Anneo Lucano, Farsalia, Introducción, traducción y notas de Antonio Holgado
Redondo, Madrid: Gredos (Biblioteca Clásica Gredos, 71), 1984).

37En la batalla de Munda, en Hispania, cerca de Córdoba, César derrotó a los hijos de
Pompeyo, poniendo así fin a la guerra civil.
38En Perusa, el año 40 a. C., sitió Octavio a Lucio Antonio, hermano de Marco Antonio,
hasta conseguir su rendición por hambre. En Módena, en el 43, sitió Marco Antonio a
Décimo Bruto, el cesaricida, que murió en el asedio, así como los cónsules Hircio y
Pansa venidos en su ayuda.
39En el golfo de Léucade tuvo lugar la batalla naval de Accio, el 31 a. C., en la que
Octavio derrotó a Marco Antonio y a Cleopatra.
40Sexto Pompeyo reclutó esclavos para su ejército y su flota; fue vencido en Sicilia por
lugartenientes de Octavio el 36 a. C.
41 Se refiere a la «apoteosis» de Nerón.
42Sobre la posible alusión irónica, defendida por algunos escoliastas, al estrabismo de
Nerón, así como, en el verso siguiente, a su obesidad, y, en general, sobre los
problemas que plantea este elogio de Nerón, véase la Introducción.

También podría gustarte