El Destino Ranieri
El Destino Ranieri
Raquel Cruz
El Arcángel de Luz II
www.raquelcruz.es
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Índice
el Destino Ranieri
AGRADECIMIENTOS
PREFACIO
PARTE 1: Nueva vida
PARTE 2: Segunda revelación
PARTE 3: Rosa de Jericó
PARTE 4: El baile de máscaras
PARTE 5: Nigromante
EPÍLOGO: Y el cordero blanco se convirtió en mago de luz
AGRADECIMIENTOS
Si algo detesto escribir más que las sinopsis, son los agradecimientos. Me resulta horrible porque sé
que me dejaré a alguien por el camino y es tremendamente injusto. Así que espero que me perdonen todos
aquellos a los que no nombraré, pero que están en mi corazón. Gracias y mil gracias a mis lectores, por
estar ahí y por la enorme paciencia que han tenido esperando esta segunda parte. Perdonad los posibles
fallos que encontréis en la novela. Por lealtad a vosotros y a mi profesión, os prometo que trataré de
seguir mejorando cada día.
Gracias a Marta Fernández por sus consejos, cariño y apoyo. Eres una niña maravillosa que siempre
tiende la mano a los demás. Pero no olvides que tú también eres importante. Estoy muy orgullosa de ti y
sé que serás una gran letrada.
Gracias a mis amigos y lectores más próximos. Itsy Pozuelo, Rocío Carralón Moreno, Manel Báez
Pérez, Mónica Campos, Loli Marti Álvarez, Andrea Benito Rubio, Nieves Alonso, Mercedes Perles.
¿Qué sería de mí sin vuestro apoyo y entusiasmo? Y una vez más, espero que me disculpen mis otros
amigos por no nombrarlos. Sé que aquí es donde más injusta estoy siendo. No os preocupéis, ¡escribiré
más libros!
Gracias a toda mi familia por respetar lo que he elegido ser y aguantar todas mis ausencias, mis
encierros voluntarios y mis continuas excusas. Y gracias a Pablo, mi pareja y mejor amigo, por aguantar
todo eso y mucho más. Sé que no es fácil convivir conmigo, que estoy llena de manías y que gruño más de
la cuenta, pero sabes que te quiero y sospecho que llegaremos juntos a viejos.
A mi querido Pablo,
por ser el ángel que ilumina mi vida.
El amor es benigno, es sufrido. El amor no tiene
envidia. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera,
todo lo soporta. El amor nunca deja de ser.
Corintios 13:4-13
PREFACIO
Y ahí estaba yo. Frente al hogar que sería mi prisión en los próximos... ¿quién sabe? ¿meses? ¿quizás
años? ¿Toda la vida? Me estremecí ante la posibilidad porque ¿cuánto tiempo se necesitaba para cumplir
con un destino? Sopesé la idea y no me gustó.
Bajo mi punto de vista había dos formas de contemplar lo mismo, con los ojos y con el alma.
Ante mis ojos, todo a mi alrededor resplandecía sereno y hermoso. Digna celebración de un nuevo
comienzo. Sin embargo, con el alma, aquella mañana no podía ser menos tenebrosa que una noche
cerrada de invierno. Pero cuando realmente llegara la noche, entonces yo emergería de mi pena y
esperaría por él. Mi condena se volvería soportable solo por ello. La oscuridad se convertiría en mi
refugio, el amanecer en su recuerdo y luego, una vez libre de mi promesa, me precipitaría al abismo con
mi ángel tenebroso. Para siempre.
PARTE 1
NUEVA VIDA
Me sentí perdida nada más abrir los ojos en mi nuevo hogar. Todo era muy distinto allí. Mi nueva cama
era tan pequeña como la vieja, la habitación en sí no era más grande que la que tenía en mi piso de
Valencia y tampoco había muchos muebles. Sin embargo, todo me parecía dolorosamente distinto. Mi
estómago, hecho un ovillo, así lo apreciaba.
Aún no había corrido las cortinas, ni abierto la ventana, pero no tenía que hacerlo para saber que allí
fuera el panorama era diferente. Albergaba vagos recuerdos de mi llegada a Roma. La mayoría tenían que
ver con el trayecto en coche, de mí acurrucada en el asiento trasero, del último roce de sus labios...
Recuerdo también que, me pasé el viaje llorando con disimulo para no amargarles la existencia a los
señores que iban delante. Y la última imagen que me venía a la mente era atravesando el umbral de una
finca protegida por portones automáticos y llegando a unos jardines bien cuidados, con una gran abadía al
fondo que enseguida identifiqué como mi cárcel. Y ahora había despertado aquí, en esta habitación en
medio de la nada, pues seguía sin atreverme a sacar los pies de la cama para correr las cortinas.
Alguien abrió la puerta con decisión y entró, dejando pasar parte de la luz de fuera en mi reconfortante
oscuridad. No pude evitar hacer una mueca cuando vi a la misma señora que me había traído hasta esta
prisión y que ahora me observaba con los brazos en jarra.
—¡Buon giorno! Bella ragazza. ¡Al fin te has despertado! —me saludó con una sonrisa mientras
colocaba una bandeja llena de comida en una mesita de madera.
Hice otra mueca. Su profundo acento italiano me recordaba que ya no estaba en España. Pero cabía
aclarar que combinaba su idioma y el castellano con bastante fluidez.
Atravesó la habitación e hizo lo que yo estaba evitando a toda costa. Apartó las cortinas de un tirón y
abrió la ventana. El ambiente se inundó de aire puro y claridad. Enterré la cabeza en las sábanas de la
cama, huyendo de las sensaciones de ese nuevo lugar. Pero aquella mujer, lejos de dejarme tranquila, tiró
de las sábanas con fuerza y desmanteló mi refugio en un segundo.
—Vamos, signorina, ¡arriba! Ya has dormido un día entero —alegó, interpretando mi cobardía como
pereza—. Además, tuttos te están esperando.
—Define tuttos.
—Tuttos. ¡Todos! —me gritó desde el baño, a la vez que abría el grifo de la ducha—. Ma
principalmente Leandro, el supervisor de questa escuela agrippiana. Así que date prisa en ducharte y
estar preparada.
Obedecí con pereza. No me gustaba la idea de pasarme el día presentándome ante un montón de
extraños y ser el centro de atención. Pero sabía que era algo inevitable cuando comenzabas en un lugar.
El complejo de forastera lo había tenido toda mi vida: en el colegio de monjas, en la universidad, y
finalmente, en el periódico de Don Urraca. Aunque ahí al menos había respirado aliviada pensando que
ya no tendría que volver a pasar por lo mismo, pero al parecer estaba equivocada.
Terminé de ducharme y salí del baño envuelta en un albornoz. Me quedé ensimismada observando
como esa mujer danzaba con energía por la habitación mientras cambiaba las sábanas de la cama y
ordenaba todo, sin dejar de canturrear. Era como una campana: ancha y ruidosa. Fue imposible no
sentirme contagiada por su entusiasmo. Me recordaba a mi madre, y sonreí por primera vez desde mi
llegada.
La señora se percató de que seguía parada y me lanzó una mirada cargada de reproche.
—¿Ma todavía sigues así? ¡Andiamo, andiamo! Ya te he dicho que te están esperando.
—¡Ah! Antes de que me olvide —dijo sacando un papel de su mandil—. Es el programma de tus
clases. Guárdalo en una de las taquillas libres que encontrarás al fondo del pasillo, y ora desayuna
rápido y vístete.
Y antes de que pudiera pestañear, se esfumó con la misma prontitud que había aparecido.
Engullí las tostadas con el vaso de leche, me puse ropa cómoda: mis vaqueros y mi prenda predilecta,
la palestina. Tomé aire con la mano apoyada en el pomo de la puerta y salí de la habitación. Lo que me
encontré me dejó de lo más desconcertada.
Había personas vestidas de una forma muy extraña caminando a paso ligero por un pasillo totalmente
blanco. Me moví con torpeza entre el flujo de aquellos transeúntes que parecían sacados de un episodio
de Star Wars.
Más tarde divisé las taquillas a unos metros de distancia. Fue fácil encontrarlas porque el intenso
dorado del metal destacaba sobre el blanco del entorno. Escogí una de las que estaban desocupadas e
intenté abrirla, pero fue imposible. Tampoco vi ninguna cerradura que me indicase que había que meter
una llave. Así que seguí forcejeando y peleándome con la dichosa taquilla, hasta que escuché una risa
masculina de fondo y me giré furiosa para ver quién se burlaba de mí. Entonces él dejó de reírse y se
quedó paralizado, con sus ojos escrutándome de una forma fija. Su manera de observarme me irritó más
que su propia risita.
—No sé por qué me miras así. El que va vestido como un jedi eres tú...
Me fijé en que su indumentaria era tan extraña como la del resto de estudiantes. Pero su traje no era
rojo, sino del mismo blanco radiante que las paredes de la escuela.
—¿Hablas mi idioma? —le pregunté sorprendida y algo avergonzada por verme descubierta.
Él asintió.
—¡Ah! Así que no solo montáis en escoba y manejáis la varita, también aprendéis cosas más normales
—me burlé—. ¿Y me podrías ayudar a abrir la taquilla?
Él asintió sonriente y con un leve chasquido de dedos, abrió el cajón metálico desde la distancia.
Se rió de nuevo.
—Mi nombre es Dana —le corregí—. Por cierto, ¿sabes dónde puedo encontrar a un tal Leandro?
—Por supuesto, el tal Leandro tiene su despacho al final de este mismo pasillo —me explicó,
burlándose de mi tono desenfadado.
—Gracias.
Guardé el horario de las clases dentro de la taquilla y me dirigí en busca del supervisor de la escuela.
El pasillo estaba lleno de puertas que se abrían y cerraban por el constante trasiego de sus estudiantes
uniformados. Tuve que ir fijándome en los letreros de las paredes, para hacerme cierta idea de por dónde
me debía dirigir. Algo que no era muy sencillo, puesto que los carteles estaban escritos en italiano.
Tras deambular un buen rato, me encontré frente a una puerta con una placa que ponía Leandro en
letras grandes y bonitas. La entrada del despacho estaba despejada, pero me asomé con timidez y observé
a un hombre de mediana edad, entretenido leyendo unos papeles detrás de una mesa de roble. Su uniforme
era tan blanco como el del chico impertinente con el que me había cruzado en el pasillo.
Avisé con unos cuantos golpecitos en la puerta. El supervisor levantó la cabeza de los papeles y su
expresión distraída dio paso a la estupefacción.
—Hola, soy...
—Una Ranieri y por Dios que no lo puedes negar.
—No sabes la alegría que me da tenerte entre nosotros. ¡La hija de Luca, no me lo puedo creer! —dijo
soltando una risita—. Él fue mi gran amigo —continuó—. Fuimos compañeros de juegos, estudiamos
juntos, y hasta creo que nos salió la barba a la vez. —Se volvió a reír con regocijo—. Considérame un
amigo también para ti, además del supervisor del colegio agrippiano.
Entrelacé mi mano temblorosa a la suya e intenté esbozar una sonrisa, pero los nervios solo me
permitieron hacer una mueca extraña.
—Y ahora te voy a presentar a alguien que se muere por conocerte desde que sabe de tu existencia.
Cruzó el despacho hasta el pasillo y le dijo a alguien de fuera que podía pasar. Me quedé algo confusa
cuando comprobé que se trataba del mismo joven con el que me había tropezado al lado de las taquillas.
—Hola de nuevo, ojos verdes —me saludó con una sonrisa arrogante y llena de confianza.
—¿Tengo un primo?
—Su madre era Cecilia Ranieri, de la que por cierto tú eres idéntica —me explicó él.
—Es verdad —coincidió el chico—. Antes, en el pasillo, creí estar viendo a mi difunta madre.
—Aún no estoy muy seguro de que no lo seas —comentó con una sonrisa divertida.
Estudié sus rasgos con mayor interés. También tenía los ojos verdes, aunque mucho más oscuros que
los míos. Pero nuestro cabello era del mismo tono dorado, y a él también se le rizaba en las puntas. Tuve
que reconocer que ese guaperas y yo nos dábamos un aire.
—Dana, mañana comenzarás tus clases. Hoy tómate el día para descansar y acomodarte. —Me ofreció
Leandro, en un tono condescendiente.
Asentí con una sonrisa algo apagada y salí del despacho detrás de ese guaperas perdonavidas. Mi
pariente. ¿Quién lo iba a decir?
Me sentía superada por la situación. Había despertado en una habitación oscura, para abrir la puerta y
encontrarme de cara con el futuro. ¡Y había descubierto que tenía un primo!
Nos perdimos por un laberinto de galerías anchas e iluminadas que comunicaban a su vez con estancias
muy amplias. El colegio agrippiano estaba dividido por un ala norte y otra sur, y sus infraestructuras era
tan extrañas como la vestimenta de sus habitantes. El lugar me recordó a unas instalaciones secretas del
servicio de inteligencia. Había halógenos a lo largo del techo, paneles con información, sofisticados
laboratorios, una enfermería totalmente equipada y zonas de estudio con ordenadores táctiles.
Llegamos al pasillo donde había aulas con capacidad de albergar a un centenar de estudiantes. Me
pregunté para qué serían esos paneles grandes que había al fondo. Todo apuntaba a que eran pizarras,
pero nunca había visto ninguna sin ser en las películas. Piero percibió mi curiosidad y encendió uno de
los paneles para que viera su funcionamiento. Luego tomó una especie de rotulador digital y esbozó un
dibujo con la pantalla en blanco. El monigote cobró vida y empezó a moverse como si fuera un dibujo
animado.
—Son pizarras interactivas —me indicó con una sonrisa ante mi estupefacción.
El ala norte del colegio agrippiano estaba destinada como residencia de estudiantes y profesores; y
tenía una cocina comunitaria. Los dormitorios eran también compartidos y en el ambiente reinaba el
desorden típico de una residencia. Me recordaba a mi época de la facultad. ¿Quién diría que iba a volver
a acabar en un sitio parecido?
Al final de cada ala, había unas escaleras estrechas que conducían a un torreón de piedra y desde
donde se podía contemplar todo el valle que bordeaba el monasterio. Según Piero eran unas vistas
preciosas, pero preferí perdérmelas. Tenía las piernas agarrotadas de recorrer la gigantesca escuela.
Unas chicas rubias salieron de su habitación y se acercaron a nosotros nada más vernos.
—Es mi prima —le informó él, con cierto tono defensivo. Luego me miró—. Dana, ellas son Irina y su
hermana, Samira —dijo señalando a la chica más retaco.
Nos dirigimos en grupo a la parte inferior del monasterio. A medida que íbamos descendiendo las
escaleras, el ambiente se volvió más denso y la luz fue disminuyendo, hasta que nos vimos sumidos en la
penumbra y rodeados de gruesas paredes de piedra.
Al fondo del pasillo había un refectorio enorme, bañado por las luces de colores que se filtraban desde
las vidrieras. Se respiraba una paz asombrosa, y teníamos que hablar casi susurrando para que el eco de
nuestra voz no retumbara en medio de aquel silencio monacal. Nos sentamos en una de las hileras de
mesas que habían colocadas a lo largo del recinto. Pronto se fue llenando de más comensales vestidos de
rojo sangre, hasta que entró en escena el marrón de los monjes, que ocuparon la mitad del comedor. La
comitiva de profesores dirigida por Leandro se instaló en la mesa presidencial, y así pasó a haber en el
refectorio una franja marrón, una roja, otra blanca, y dos puntos discordantes formados por un hombre
con ropajes fucsias y yo, con mis tejanos azules y mi palestina amarilla.
—Los de la túnica clara son maestros —me explicó la chica regordeta llamada Samira.
Enseguida observé el traje de Piero y me pregunté por qué no se encontraba también entre ellos.
—¿Y sentarme con la tercera edad? —contestó, adivinando mis pensamientos—. No gracias, tengo una
reputación que mantener entre mis seguidoras.
«Y la hermana estirada es una de ellas», deduje observando a Irina que a su vez se comía con los ojos
a Piero.
Un hombre anciano y en silla de ruedas se sumó a la comitiva blanca. Pero arrugó el ceño cuando vio
que tenía que colocarse al lado del hombre vestido con la túnica fucsia.
—El más viejo es El Gran Abuelo, y se dice que tiene doscientos años —volvió a comentar Samira.
—Así es —intervino Piero—. Nosotros los brujos no somos inmortales pero vivimos muchos más
años que un humano.
—Siempre y cuando no te maten luchando, que es lo más probable —puntualizó Irina con aspereza.
—Es el cardenal Werian y el prior de los monjes que residen en esta parte baja del monasterio —dijo
Samira.
Los camareros empezaron a circular con los carros metálicos mientras nos repartían la comida.
Contemplé con disgusto mi plato lleno de puré de verduras y un bollo de pan integral al lado. Era el
mismo menú que tenían todos pero no fue un consuelo saberlo, y tragué a desgana aquella comida tan
saludable como insípida. Después los camareros volvieron a aparecer para retirar la vajilla sucia y los
demás abandonamos en orden el lugar.
Piero se despidió de Irina y me empujó hacia la entrada. Por lo visto el interés que sentía ella por él no
era del todo correspondido. Samira se separó de nosotros y siguió como un perrito fiel a su hermana, a
quien se le notaba estar molesta por el esquinazo de Piero.
Continuamos el recorrido por la planta de los monjes. La diferencia con respecto al colegio agrippiano
era tan grande que tuve la sensación de haber retrocedido al menos un siglo. En esa parte baja del
monasterio todo era sombrío y lúgubre, y los únicos elementos decorativos que había eran los crucifijos
colgados en la pared y las propias vidrieras del edificio.
Aquella planta también estaba dividida en alas norte y sur. En la zona sur se encontraba la sala
capitular, donde los monjes celebraban reuniones o confesaban sus pecados públicamente. La sala
Scriptorium, que estaba cerca, me resultó fascinante, porque allí los monjes se dedicaban al trabajo más
intelectual y hacían copias de los libros litúrgicos o clásicos de la Antigüedad. En la actualidad ya no era
necesario llevar a cabo semejante esfuerzo, pero en la Edad Media se había conservado y transmitido la
cultura gracias a esa tradición. La sala también me encantaba porque había una biblioteca antigua que
conservaba tablillas con escritos de hacía centenares de años. Justo al lado, se hallaba el despacho del
cardenal Werian cerrado con llave, y unos cuantos metros más adelante estaba el calefactorio con
conductos de aire caliente que abastecía de calor al dormitorio comunitario de los monjes y al resto de
dependencias del monasterio.
Por ese mismo pasillo llegamos a la cocina principal del edificio, que estaba pegada al refectorio
donde habíamos almorzado. Supe que era la cocina antes de entrar, por las paredes ennegrecidas por el
hollín. Dentro, los camareros y los asistentes charlaban entretenidos mientras trabajaban en los
quehaceres del hogar. Pero en la despensa, el bullicio que reinaba era bien distinto. Allí las muchachas
se movían frenéticas, al compás marcado por la mujer mandona que me había puesto en pie por la
mañana.
—Dana, ella es Filomena. La mamma de todos, y a quien debemos agradecer que las cosas en el
monasterio marchen correctamente.
—¡Bah! No tiene importancia —se excusó ella—. Solo me limito a mettere en danza a estas vagas —
dijo mirando seriamente a las muchachas que seguían apuradas. Aunque dejó entrever un tono cariñoso en
su voz.
—Por cierto, Dana —nos interrumpió Piero con una sonrisa divertida—, ese hombre que ves al fondo
y que está metiendo la mano en la cesta de la fruta es el señor Conti.
Filomena se acercó rápidamente a él, le arrebató el plátano de las manos y le asestó una colleja.
—A questo vecchio trasto también le conoces, es mi marito Mateo. Él se encarga de arreglar tuttos los
desperfectos de por aquí —me explicó Filomena, antes de ofrecerme el plátano—. Toma querida, el
picnic.
—Pero...
—No hay peros que valgan. Mateo questo gordo para picar entre horas, así que cómelo tú.
Acepté la fruta a regañadientes. La última vez que me habían obligado a merendar tenía diez años.
—Como ves, Dana, los Conti son especiales —me dijo sonriente Piero mientras salíamos de la cocina.
Recorrimos una galería franqueada por columnas dóricas que componían los cuatro lados de un patio
interior ajardinado y abierto por arriba a la luz natural. En el centro, había una fuente con forma de
querubín esculpido en piedra que soltaba chorros de agua por la boca.
Seguimos paseando por el monasterio. De vez en cuanto nos cruzábamos con algún monje. Pero a veces
dudaba. Eran como espectros marrones que podías sentir y, sin embargo, al girar la cabeza, habían
desaparecido con el mismo sigilo que los veías surgir.
—Están sujetos al voto de silencio —alegó Piero—, y ese voto solo lo interrumpen en las horas de
rezo, en el comedor, o en la sala del locutorio.
—Vaya, debe ser horrible tener que pasarte el día mudo —comenté angustiada al imaginarme en la
situación.
Llegamos a un portón de madera que daba al exterior pero, antes de traspasar el umbral, Piero levantó
una cubierta que había en el suelo y bajamos por las escaleras hacia el interior de una pequeña bodega;
donde los monjes almacenaban el grano y el vino fabricado con su propia cosecha.
Por fin, salimos al aire libre y nos adentramos en la vegetación que bordeaba el monasterio. El prado
lucía completamente amarillo por los girasoles que se mecían sutiles con la brisa de la primavera. Unos
metros más adelante había una vieja capilla de piedra con un campanario medio derruido y, más allá del
prado, se veía un espeso bosque de coníferas. Antes de regresar, Piero me enseñó los viñedos y la huerta
de los monjes. Incluso disponían de un pequeño corral con ovejas para producir su propio queso.
Aquel sitio era increíble. En la escuela agrippiana podías ver un anticipo del futuro y en la planta baja,
los monjes seguían elaborando sus productos de forma artesanal.
Irina apareció de nuevo —esta vez sola— con el pretexto de necesitar la ayuda de Piero para no sé qué
cosa y él, a regañadientes, accedió a acompañarla. No sin antes insistirme unas cuantas veces en que
fuese con ellos. Pero preferí esperarlo en el patio con la fuente del ángel. No me apetecía seguir
caminando.
Pude ver en el semblante de Irina que mi decisión le satisfacía. Nada comparado con el alivio que
sentía yo, por perder de vista a Piero. El chico era simpático, en cambio su popularidad me ponía de los
nervios. Se había pasado la mañana entera correspondiendo el saludo de cada chica con la que
tropezábamos, mientras yo trataba de ignorar las miradas envenenadas que sus seguidoras me lanzaban,
ya que Irina no era la única.
Me sentía agobiada. Ser la nueva era siempre un fastidio, pero tener un guaperas carismático como
primo, venía a complicar la situación. Comí el plátano sentada en la fuente del ángel y tuve que desviar la
mirada de su rostro de piedra. Me traía recuerdos tristes que amenazaban con brotar en forma de
lágrimas, y me centré en masticar en un intento absurdo por escapar de la nostalgia. Afortunadamente
Filomena apareció por allí cuando estaba perdiendo la batalla a mi mente.
—Querida, menos mal que te incontro. Acompáñame antes de que si faccia más tarde —dijo tirando
de mi mano.
—Eso era algo provisional hasta que Piero resolviera ciertos problemi.
La seguí por los oscuros pasillos del monasterio y subimos las escaleras principales, donde la claridad
volvió a hacerse intensa. Tuve que entrecerrar los ojos ante el tan brusco cambio de luz.
Filomena entró en mi antigua habitación, sacó todas mis pertenencias, volví a seguirla por el ala norte
del colegio, y llegamos a una puerta con forma de arco custodiada por un gran león labrado en piedra.
De repente salió Irina con una caja grande entre las manos. La saludé pero cuando giró la cabeza hacia
mí, sus ojos se llenaron de un rencor que me dejó paralizada. Tras ella apareció Piero, muy tranquilo.
Nada más vernos a Filomena y a mí, nos ayudó con mis pertenencias.
—Piero, te dije que soluciones questo asunto —le reprochó Filomena, por lo bajo.
En la expresión de Filomena vi como pensaba en soltarle una colleja, pero finalmente se contuvo.
—¡Hombres! —farfulló—. Para según qué cosas tenéis la delicadeza de una mula. Bene, aquí te dejo a
tu prima, cuídala molto ¡eh! —le advirtió muy seria, antes de salir disparada por la puerta.
—¿Nuestro apartamento?
—Esta es la residencia de los Ranieri y el león que has podido ver en la entrada, es el emblema
familiar.
Advertí que en el uniforme de Piero también tenía bordado un león dorado en el lateral del pecho.
Después observé el apartamento en silencio. Era bonito y espacioso, y no dejaba lugar a dudas del puesto
privilegiado que ocupaban los Ranieri en el colegio agrippiano.
Piero sonrió complacido por mi impresión de su lujoso apartamento. «Nuestro lujoso apartamento»,
me corregí de inmediato. Se me haría muy raro acostumbrarme a esa nueva vida.
Me tomó la mano y me condujo hasta allí. La habitación era grande, con un mobiliario sencillo y una
cama de matrimonio en el centro.
Enseguida me deshice del contacto de Piero para recorrerla por mi cuenta. Había otra puerta dentro del
cuarto que daba a un baño con una gran bañera de mármol.
—¡Tengo mi propio cuarto de baño! —grité de júbilo.
—¡Bah! Tampoco es para dar saltos de alegría. Mi habitación y mi cuarto de baño son más grandes que
este cuchitril —expresó con una mueca fanfarrona.
Él ignoraba cómo era mi habitación en Valencia, porque de lo contrario hubiera tenido un concepto
más acertado de la palabra cuchitril.
—Sí, ésta era la del tío Luca, la mía era de mi madre Cecilia y la tercera, era de nuestros abuelos. Ven,
te mostraré mi suite.
Me tomó otra vez de la mano y me arrastró sin poder controlar sus ansias por deslumbrarme.
Pese a algunos toques actuales, se notaba que la habitación había pertenecido a una mujer por los tonos
pastel del mobiliario y los motivos florales del marco de la puerta. El guardarropa era el doble de
espacioso que el mío y la mitad estaba vacío.
El cuarto de baño también era más amplio y tenía incluso una bañera con hidromasaje. Sin embargo, no
contaba con ver el detalle femenino de un cepillo de dientes rosa sobre una repisa de cristal. Ya no tenía
dudas. Irina había vivido allí.
—Entre Irina y yo no hay nada —me aseguró—. Ella ya sabe la clase de relación que tenemos.
—Te equívocas. A veces simplemente se queda a pasar la noche y por eso tiene algunas de sus cosas
en el baño —me aclaró, al ver que seguía con mis ojos puestos en el cepillo rosa.
—En serio —insistió ante mis dudas—. No le des más vueltas al asunto. Eres una Ranieri como yo, y
tu lugar está aquí.
Tenía la impresión de que Irina pensaba diferente.
—Además, ella puede seguir viniendo alguna que otra vez. Eso no tiene por qué cambiar.
—Está bien —accedí con una sonrisa tras volver a pensarlo—. Si no te importa voy a darme un baño.
—No tienes que pedir permiso. Ya te he dicho que esta también es tu casa.
Mientras esperaba a que se llenase de agua, cogí un bote de cristal que había en un mueble auxiliar, y
esparcí sales perfumadas dentro de la bañera. Enseguida se formó la espuma y olí el aroma diluido en el
vapor. Me sumergí en el agua caliente mientras notaba como se aflojaba mi musculatura. Cerré los ojos y
pensé en Abel. Había tratado de no hacerlo durante el día. No había querido correr el riesgo de ponerme
a llorar de repente. Pero en medio de aquel silencio, se volvía imposible escapar a su recuerdo. Incluso
lo sentía allí...
Sin abrir los ojos, sujeté la esponja y la deslicé por mi piel mientras imaginaba que eran sus manos las
que me acariciaban despacio, como solía hacer. Escuché su voz susurrándome de forma seductora y, bajo
su reclamo ficticio, empujé la esponja hacia la cara interna de mis muslos. Oleadas eléctricas me
recorrieron el cuerpo y se volvieron en espasmos más violentos, hasta que desembocaron en un
estampido definitivo. Con la respiración acelerada, me apoyé en una de las paredes resbaladizas de la
bañera y me quedé quieta, a la espera de recobrar mi pulso normal.
—Perdona que te moleste, pero he pensado que te gustaría ver el álbum familiar.
Le sonreí mordiéndome la lengua. Ver fotos era lo que menos me apetecía hacer en el mundo.
En realidad nunca había sido una actividad que me gustase hacer. Siempre había intentado
escabullirme cuando mi madre quería hacerme pasar por ese trance. Pero con Piero, no tenía la suficiente
confianza para darle largas, y no tuve más remedio que hacerle un hueco a mi lado de la cama. Él se
acomodó encantado y abrió el enorme álbum. En sus pesadas páginas se veían multitud de retratos en los
que aparecían nuestros abuelos. Lo deduje porque tenían sujeto a un niño de pelo rubio y ojos claros, que
era mi padre, y a su lado se encontraba una niña algo más mayor, la tía Cecilia. Ya se podía apreciar
entre ellos una clara diferencia de caracteres. Mientras Cecilia posaba coqueta para la cámara, mi padre
se mostraba huidizo en brazos de su madre.
Yo también detestaba que me hiciesen fotos. Por eso la mayoría de veces salía con una mueca extraña o
con una sonrisa forzada. Ahora sabía de donde había heredado mi falta de fotogenia.
Otra foto acaparó mi atención. A pesar de la oscuridad de la imagen, se podía apreciar un gran salón
lujoso con personas elegantes y sus rostros ocultos bajo máscaras. En la foto aparecían también dos
señores posando juntos, enmascarados y vestidos de etiqueta, como el resto de invitados.
—Son nuestro abuelo Fabrizio Ranieri y el Conde Bathory en su castillo de Cachtice —me explicó
Piero al ver que miraba detenidamente el retrato—. Todos los años nos invita al Carnaval de Venecia y la
fiesta que ves, es el baile de las máscaras.
Se me escapó un bostezo. Despejada la incógnita no podía reprimir el aburrimiento por más tiempo.
—Dana —se giró antes de irse—, me alegra saber que existes. Por descabellado que parezca, siempre
intuí que no era el único Ranieri en el mundo y no me equivocaba —me dijo con sinceridad.
En cuanto escuché cerrarse la puerta, me quité el albornoz y me metí en esa cama tan amplia como
extraña. Nunca había tenido una cama de matrimonio aunque, pasada la alegría inicial, ya echaba de
menos mi modesta habitación de Valencia.
Sentía tristeza, nostalgia y la sensación de extrañeza que produce un sitio desconocido. Pero estaba
agotada por el paseo con Piero y enseguida se me cerraron los ojos.
De repente unas manos huesudas y marchitas, irrumpieron en mitad del libro. Alcé la vista y mi
mirada se cruzó con la de una mujer de aspecto cadavérico. Dejé caer el álbum al suelo de la
impresión. Nada tenía que ver ya esa mujer desgreñada, con la joven hermosa de las fotos. Pero la
había reconocido por el verde de sus ojos, convertidos ahora en jaspes oscuros y tan siniestros como
toda ella.
Comencé a retroceder mientras aquel fantasma avanzaba hacia mí a paso lento.
—Yo era mucho más bella que tú —dijo con el débil canturreo de una loca—. Mucho más bella y
más poderosa. Yo tenía que haber sido la portadora del manuscrito y no el blandengue de Luca. Yo
tenía que haber sido la elegida. Mas contempla por ti misma en lo que me he convertido.
Señaló su pelo enmarañado y sus ropajes raídos. Entonces me atrapó en un salto ágil impensable
para una anciana y gritó:
Con su cara a un palmo de la mía, pude contemplar al pormenor sus cicatrices y deformidades y
dejé escapar un chillido.
Parpadeé sorprendida. El sonido seguía sonando en la realidad. Me levanté de la cama, todavía con la
respiración alterada y me asomé a la ventana. Un grupo de monjes encabezado por el cardenal Werian se
movía a través de la maleza como una sigilosa fila de hormigas marrones. Iba a la vieja capilla de
enfrente, desde donde seguía retumbando el tintineo grave de la campana. Me fijé en el reloj de la mesilla
que marcaba en verde fluorescente las cinco de la mañana. ¿Pero qué hacían yendo a rezar en plena
noche? Regresé a la cama e intenté volver a conciliar el sueño. En ese monasterio estaban todos locos.
—Ragazza, Ragazza, levántate ya. Tu primo te está esperando para acompañarte a las clases.
Me froté los ojos con sueño y me senté en el borde de la cama. Pero en cuanto descubrí que estaba
desnuda, volví a cubrirme con la sábana.
—Voy a tener que conseguirte un pigiama. Está claro que avete bisogno uno —objetó pensativa, antes
de volver a mirarme con una sonrisa—. Y parlando de ropa, ¡tachán!
Sacó un traje escondido tras su espalda y me lo mostró. Era ese uniforme horrible que llevaban todos
los estudiantes de la escuela agrippiana.
—Facciamo una cosa. —Habló suave con intención de capearme—. Te voy a dejar questa ropa aquí,
e io te espero fuera ya vestita ¿ok? —concluyó saliendo de puntillas por la puerta.
Me mordí el labio frustrada. Aunque hubiera intentado pasar su orden por una simple sugerencia, no
colaba. Ese truco también lo utilizaba mi madre. Miré con disgusto la blusa roja y las mallas largas del
mismo color. Parecía el traje de un personaje de Star Wars. Aparté esas prendas con la mano y me puse
mi ropa de siempre: unos tejanos y una camiseta.
Cuando salí de la habitación, Filomena estudió mi sencillo atuendo con una mirada llena de crispación.
Piero, que se encontraba cerca de ella, se echó a reír.
—Filomena ya me ha dicho que tienes tu propio estilo —bromeó para suavizar el ambiente.
—No te preocupes, ya se le pasará —dijo sin perder el buen humor—. Lo que ocurre es que no está
acostumbrada a que le lleven la contraría.
—¿Cómo has dormido? —me preguntó Piero con una sonrisa amable.
—No muy bien —reconocí—. ¿En este sitio siempre acostumbran ir a misa en horas tan intempestivas?
—¿Lo dices por el sonido de la campana? —Se rió—. Los monjes de este lugar, como la mayoría de
los monasterios, se rigen por la orden benedictina: trabajo y oración. Por eso cada tres horas, tienen que
dejar lo que estén haciendo y ponerse a rezar. Pero en las horas mayores, como los maitines, que es a
medianoche, los monjes deben acudir juntos a la capilla. No te preocupes, te acostumbrarás —sentenció
a modo de consuelo.
«Qué remedio», pensé a la vez que me preguntaba, a cuántas cosas más me tendría que acostumbrar.
A pesar de que el día anterior me había enseñado la escuela, seguía muy desorientada, y me hubiera
extraviado fácilmente por aquellos pasillos interminables de no ser por él. Llegamos a la zona de las
taquillas y Piero tuvo que volver a abrir la mía con magia. Esperaba poder prescindir de su ayuda con el
tiempo.
Las hermanas eslavas aparecieron por allí e Irina me lanzó una mirada asesina con la que me dejó
claro que aún me guardaba rencor por lo sucedido en el apartamento. Pero esta vez, en lugar de
permanecer paralizada, la ignoré y me puse a revolver en mi taquilla para buscar el horario de las clases.
—Me parece que te toca teología conmigo —interrumpió Samira con una sonrisa tímida.
Comprobé en el horario que tenía razón y acepté acompañarla. Me sorprendió ver que Irina se iba con
Piero en otra dirección.
—Mi hermana va unas clases más avanzada y ya recibe entrenamiento con Piero.
«¡Así que está liada con su profesor!», pensé escandalizada. No sabía si considerarla una enchufada o
sencillamente una suertuda. Había conseguido hacer realidad un clásico dentro del mundo de las fantasías
eróticas.
Seguí a Samira por el corredor atestado de estudiantes hasta que entramos en una de las aulas grandes
y buscamos un sitio entre los alumnos ya sentados. Al cabo de un rato, se presentó el cardenal Werian
para impartir la asignatura de teología.
Resultó ser la clase más aburrida de cuantas asistí en mi vida. El tema giraba en torno al significado de
pasajes e historias de La Biblia. Numerosos escritos con parábolas cuya única veracidad por quién lo
afirmaba era la palabra de Dios. Bufé llena de indignación. Tras mucho tiempo contrastando y redactando
noticias para un periódico, me hallaba tomando nota en un libro electrónico, meras conjeturas en base a
afirmaciones desarrolladas hacía miles de años. Era surrealista y estúpido. Y no porque no creyese, había
visto demasiado como para obviar la verdad. Pero me parecía más que cuestionable la intención con la
que estaban hechas esas interpretaciones por parte del hombre. Se me escapó un bostezo. Tenía bastante
sueño por la noche que había pasado, y el aburrimiento no hizo más que empeorar mi modorra. El
cardenal Werian, por el contrario, no dio muestras de cansancio alguno, lo que me dejó asombrada
porque le había visto levantarse muy temprano. Pero parecía un buitre erguido, pendiente con esos ojillos
negros y muy vivos, de que prestásemos atención mientras escribía en la pizarra interactiva. Sí, esos eran
los calificativos que mejor definían a Werian: un buitre erguido con cara de ave ratonera.
Al fin dio por terminada la clase y yo pegué un salto de la silla, satisfecha de mí misma por haber
conseguido no quedarme dormida. Samira se me unió a la salida y nos dirigimos juntas al comedor,
donde nos aguardaban Irina y Piero.
Cuando la mesa presidencial fue ocupada por el comité de maestros, los camareros del centro
comenzaron a repartir la comida. Observé con desilusión mi plato que contenía una especie de bizcocho
relleno de ensalada.
—Se llama pionono —me explicó Samira, al ver que examinaba extrañada la comida.
—Y dime una cosa, ¿siempre ponen este tipo de almuerzos tan verdes? —repliqué sin ocultar mi
desagrado.
—Es muy saludable —contestó de manera afirmativa.
Me fijé que en las mesas de los monjes el menú era muy distinto.
—Oye, ¿por qué ellos comen chuletas y beben cerveza? —protesté indignada.
—Los brujos gastamos mucha energía en el entrenamiento y necesitamos una buena alimentación —
dijo Piero.
Pero no era la única con la vista fija en las mesas de los monjes. Samira y otras chicas, miraban
furtivamente hacia un monje de pelo dorado muy apuesto. Incluso Irina giraba la cabeza cuando creía que
nadie la veía.
—Se llama Micael, y ha llegado hace poco al monasterio —nos cuchicheó Samira.
Esto último no había hecho falta que lo dijera. Se podía notar que era nuevo, por su actitud, tan
desorientada como la mía. Pero al contemplarle con mayor interés, me di cuenta en que había algo más
que confusión en aquel hermoso rostro. Analizaba todo a su alrededor con una curiosidad que se salía de
lo normal. En un momento dado, alzó su plato y llegó a trazar la forma con un dedo, como pretendiendo
averiguar el material del que estaba fabricado.
Desvié mi atención para mirarlo. Había apreciado en su tono de voz cierto desprecio, que iba más allá
del simple resquemor por ver disputado su título de belleza.
Cuando terminamos de almorzar, salimos en grupo del comedor. Irina, ya sin la distracción del monje,
volvió a prestarle atención a Piero, y le dedicó una sonrisa radiante con la que restableció de inmediato
su herida autoestima. Sacudí la cabeza con incredulidad. ¡Qué simples podíamos llegar a ser a veces!
Supe enseguida de alguien que se habría mostrado de acuerdo con mi comentario.
Me saqué el móvil del bolsillo y busqué el número de Abel en la agenda. Había rehusado llamarle para
evitar que notase en mi voz lo muchísimo que le echaba en falta. No quería alarmarle. Le conocía lo
suficiente para intuir que se podía presentar aquí, si lo estimaba oportuno. Y, aunque no podía acceder a
los lugares marianos, era capaz de derribar el monasterio a soplido limpio, igual que el lobo de Los Tres
Cerditos. Pero ya no podía resistir la nostalgia por más tiempo y marqué su número asumiendo las
consecuencias. Me salió un mensaje comunicándome que ese número de teléfono no existía.
Desconcertada, volví a intentarlo varías veces más con el mismo resultado.
Permanecía muy atento a mis movimientos mientras las hermanas charlaban entretenidas entre ellas.
—A nadie en especial —le mentí, un poco molesta por su excesiva vigilancia.
—Si te parece podemos hacer algo esta tarde —le sugirió con un tono meloso.
Pero Piero, al parecer, no había entendido que el plan de Irina solo era para dos personas.
—Ya lo has oído, cuentan con sus propios planes —insistió Irina con algo más de imposición en la
voz.
Samira me sonrió.
—No me había dado cuenta —le respondí irónica—. ¿Lo de estudiar iba en serio?
—Es mejor que no piense que te entrometes, de lo contrarío la tomará contigo, y créeme, no te
conviene tener a mi hermana como enemiga. De todas formas puedes acompañarme si quieres —agregó
tratando de suavizar la advertencia.
La observé con cierta lástima. Algo me decía que esa chica no tenía muchas amigas. Y no me
extrañaba, las ideas que se le ocurrían eran muy aburridas. Pero acepté; la sala de estudios estaba repleta
de ordenadores y ya tenía una idea de cómo podía localizar a Abel.
—¿Hace cuanto que estudiáis en este colegio? —le pregunté mientras nos dirigíamos hacia allí.
—No mucho tiempo, en realidad. Antes vivíamos en una casa las dos solas en las afueras de Moscú.
—Murieron siendo yo muy pequeña y mi hermana tuvo que hacerse cargo de mi cuidado.
—Todo empezó cuando un día le sucedió algo extraño a Irina. Huyó al bosque, aterrorizada, y no
apareció hasta caer la noche. Poco después, vino alguien de este colegio y nos dijo que la enfermedad tan
rara que había tenido se llamaba el despertar, y que debíamos acompañarle antes de que yo también la
sufriera.
—¿Y cómo es? —me preguntó emocionada— Mi hermana dice que es genial.
No quería atemorizarla confesando que, en realidad, era una sensación muy desagradable, y supuse que
esa había sido la misma intención de Irina. Por lo visto, bajo su apariencia de estirada existía la
consideración.
Llegamos a la sala de estudio y escogí un ordenador al lado de Samira. Pero en lugar de repasar los
apuntes como hacía ella, me conecté al Facebook.
Comprobé que Íñigo también estaba conectado, le di un toque y enseguida apareció su respuesta en la
ventana de la conversación.
<Dana> Pensé que te seguías viendo con Ántrax —le escribí desilusionada.
<Íñigo> Así es, pero si quieres le puedes preguntar a ella misma. Está conectada.
Me quedé boquiabierta.
¡Ántrax! La misma Ántrax que no sabía siquiera lo que era un televisor, y ahora tenía móvil y perfil en
Facebook. ¡No podía creérmelo! Luego vi la hora en mi reloj y comencé a impacientarme. ¿Por qué
narices tardaba tanto en contestar?
<Dana> ¿Me va a agregar de una vez, o qué? —insistí a Íñigo— Explícale que yo no soy inmortal
como ella.
Dos segundos después me llegó su aprobación de amistad y lo primero que me encontré en su muro, fue
una fotografía de un cuerpo mutilado con una frase encima que rezaba: Morid humanos. Lo curioso en
que tenía más de cien me gustas. Estaba claro que la gente no la tomaba en serio.
<Ántrax> En el Seol apenas se sabe algo de mi señor y casi es preferible. La última vez que apareció,
estaba de un humor de perros. ¿Se puede saber qué le has hecho?
<Dana> Nada que no se solucione viéndonos. ¿Entonces, no tienes idea de dónde puede estar? —
insistí sin perder la esperanza.
<Ántrax> Ya te he dicho que no, y ahora si no te importa tengo cosas que hacer.
<Dana> ¿Como qué? ¿Seguir chateando mientras comes algodón de azúcar? —repliqué con ironía.
Antes de que me contestara, cerré el Facebook y apagué el ordenador. Ya había perdido bastante
tiempo con ella.
Salí de aquella sala y deambulé por los interminables pasillos del ala sur del colegio, hasta que llegué
a las escaleras que daban a la planta baja del monasterio. Las descendí y seguí atravesando más
corredores, más salas frías de piedra y más galerías sombrías. A veces me cruzaba con las sigilosas
sombras de los monjes, pero mi mirada nunca se detenía más de un segundo en la de ellos. Surgían,
pasaban fugaces por mi lado y los veía desvanecerse en la oscuridad del pasillo. Era una sensación
desconcertante y algo aterradora.
Dejé atrás el patio de la fuente del ángel y llegué por fin al prado. En cuanto puse un pie fuera y noté la
brisa acariciando mi cara, me sentí liberada. Fue incluso como un bálsamo reparador. Y comencé a
adentrarme en la maleza hasta que me vi sumergida por aquel manto amarillo de girasoles. Me hizo
recordar un poco a la pradera de Pemba y a aquella mañana fantástica que había pasado junto a Abel.
«¿Dónde te has metido?», me pregunté recuperando un poco la tristeza. Permanecí un buen rato
tumbada, con la mirada puesta en el cielo claro. De repente percibí un roce en la hierba y asomé la
cabeza entre las plantas. Entonces me encontré con unos ojos verdosos ambarinos. Realmente eran de un
color muy extraño. Luego me di cuenta que se trataba del monje nuevo, y me llamó la atención su actitud.
No se mostraba escurridizo como los otros monjes, sino que me observaba de una manera fija, casi al
acecho.
Me incorporé de un salto y volví corriendo al monasterio. Cuando llegué a uno de los pasillos, me
detuve a recuperar el aliento. Aún se me aceleraba el corazón al pensar en la mirada de ese hombre. Me
había puesto los pelos de punta. Pero un olorcillo a comida casera, hizo que el susto se me pasara de
golpe y que me rugieran las tripas de hambre.
Cuando entré en la cocina, observé a Filomena dando órdenes a cada muchacha que se cruzaba en su
camino. Esa mujer se pasaba la vida de los nervios. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba a su
lado, masticando un trozo de manzana. Pero Filomena me contagió su nerviosismo y acabé engullendo la
pieza de fruta.
—¡Dana, no te había visto! —Se disculpó—. Es que todo está fatto un disastro y aún tengo que llevar
al abuelo la sua cena con las medicinas.
Me miró sorprendida.
—¿Davvero?
—¡Oh, è facile! Al fondo del pasillo principale del ala norte de la escuela.
«Al fondo del pasillo, del ala norte del colegio», memoricé para mis adentros. Filomena preparó una
bandeja con un tazón de puré de verduras y un bote de pastillas.
—Ten —dijo colocándome la bandeja en las manos—. Questas medicinas son para su diabetes,
asegúrate de que las tome y termine la sua cena.
Tuve mucho cuidado de no tropezar por el corredor oscuro, hasta que subí la escalera y llegué a la
zona iluminada. Me desplacé por los interminables recovecos del colegio y cuando alcancé el ala norte,
busqué en el fondo del pasillo, donde estaban las habitaciones de los maestros. Divisé una puerta
entreabierta y supuse que era el cuarto del Gran Abuelo. Me colé en aquel sitio apagado y que olía a
objetos tan viejos como su propietario. Este se encontraba en su silla de ruedas, al pie de una ventana con
las cortinas echadas.
—Adelante. Pero dile a Filomena que ya sabe lo que pienso con respecto a que se presenten personas
extrañas en mi habitación.
—Filomena estaba ocupada y yo me ofrecí —le informé, haciendo oídos sordos a su comentario.
Él rezongó por lo bajo mientras dejaba que colocase la bandeja encima de sus huesudas piernas.
—Prueba la sopa.
Lo miré perpleja.
—La primera norma que debes aprender aquí, muchacha, es que no te puedes fiar de nadie. Prueba la
sopa —repitió más tirante.
Irritada, hundí la cuchara en el mejunje verde y me lo llevé a la boca. ¡Sabía a rayos! Mejor dicho, no
sabía a nada. Era un caldo pastoso y sumamente insípido.
—Gracias —contestó en el mismo tono, y añadió—. Pero quizás debería esperar, no resulte que los
efectos del veneno tarden en ser notables.
—¡Oh, por favor! —gemí—. Tráguese la maldita sopa para que pueda llevarme la vajilla de una vez.
Le escuché rezongar por lo bajo. Se ve que no estaba acostumbrado a que le contestasen con la misma
brusquedad y se mostraba enfurruñado. Mientras esperaba, eché una ojeada al cuarto y observé que tenía
una estantería repleta de libros. Me acerqué para examinarlos con mayor detenimiento. La mayoría de
aquellos ejemplares eran obras clásicas, y su antigüedad se percibía claramente en el cuero desgastado
de sus solapas y en el olor a buhardilla cerrada.
—Ahhhh! Así que no te convence mi sugerencia, ¿eh? ¡Y quieres que coma esta porquería, que
Filomena se empeña en llamar comida!
—Al fin dices algo coherente. Anda, llévate esto de una vez —me pidió, empujando la bandeja con
desprecio.
Obedecí gruñendo para mis adentros y salí de la habitación con el tazón de puré casi intacto.
Nunca más volvería a llevarle la cena a ese viejo con tan malas pulgas.
En el fondo sentía lástima por él. Debía ser duro haber sido un poderoso brujo para acabar postrado en
una silla de ruedas y depender de los demás para casi todo.
Alcancé los corredores oscuros de los monjes sin problemas. Ya casi podía desenvolverme por el
monasterio sin tener que preguntar. Lo que me suponía un alivio, porque por un momento había llegado a
creer que tendría que llevar un plano a cuestas.
De repente, sin saber cómo ni de dónde había salido, una silueta marrón surgió de la nada y dejé caer
la bandeja por el susto. Pero el tazón milagrosamente no solo se conservó intacto, sino que el puré siguió
en su sitio. No se había derramado ni una sola gota. ¿Cómo era posible? Luego reconocí esos ojos
ambarinos y volví a alterarme. El monje me sonrió y se agachó a recoger la bandeja que me había caído
por su culpa mientras yo continuaba ensimismada contemplándole. Lo cierto es que era un hombre muy
apuesto. Y a pesar de que vestía ese hábito marrón tan insulso, se intuía una figura esbelta y de gran
tamaño. ¿Pero dónde había visto antes tanta perfección?
—Siento haberte asustado —se disculpó con un gesto amable y una voz increíblemente dulce.
«No, ese tipo no se parece a Abel». Me reí por haberlo pensado siquiera. Estaba claro que mi
necesidad por él, hacía que lo viera en cualquier sitio.
—Tú debes ser el nuevo —deduje como si ignorase que se llamaba Micael.
Me quedé callada y bajé la cabeza, abochornada. ¡Pero qué tonta había sido! Era evidente que la gente
siempre habla del nuevo, por lo que seguramente ese monje también sabía que yo conocía su nombre. Y
volví a pensar en Abel y en la cantidad de veces que él me había hecho sentir igual de ridícula.
—¿Quieres que termine de llevar eso? —Se ofreció mirando la bandeja—. No sería molestia alguna
—me aseguró.
Cuando llegué a mi habitación decidí darme un baño, pero sin arrebatos pasionales. No estaba
inspirada. Luego me tumbé en la cama y me entregué al placer del aislamiento. «¿Dónde estás, Abel?»,
musité como si lo tuviera delante.
Recordé el libro del Codex Gigas que había usado una vez para colarme en su mundo y pensé en
volver a utilizarlo. Pero allí estaba su ejército zombi y sabía que aunque saliera ilesa de ellos, Abel me
echaría una buena bronca por mi temeraria actitud. «¿Qué hago?», me mordí el labio indecisa. Después
pensé en su mirada, en su voz, en su forma de acariciarme, y decidí que asumiría el riesgo.
Saqué el pesado libro del mueble donde lo había guardado bajo llave y al abrirlo, de entre sus páginas,
cayó el manuscrito. Dejé el Codex Gigas sobre mi cama y me agaché para recoger el pergamino. Aún
tenía intacto aquel lacrado rojo con el lema de los Templarios en latín. Sigillum militum xpisti: el sello
de los soldados de Cristo.
Lo abrí con cuidado y examiné los párrafos escritos en la hoja amarillenta. Parecían pertenecer a un
idioma muy antiguo, quizás de origen hebreo, la verdad es que no estaba segura.
—Tranquila, ojos verdes, vengo sin el álbum familiar —bromeó con las manos en alto—. Solo quiero
desearte que pases una buena noche.
—Olvídalo —le corté al adivinar lo que iba a decir—. No me interesa conocer los detalles.
—Claro, eso sería horrible para ti. Luego no dejarías de hacer comparaciones con todo aquel que
estuvieses —se mofó entre risas.
—Fantasma —solté—. ¿Has venido para algo en concreto o solo querías fanfarronear? —le piqué en
broma.
Pero Piero dejó de reírse y su mirada se quedó congelada sobre el Codex Gigas. Me apartó y se
acercó al libro con recelo.
—Dana, ¿se puede saber cómo tienes tú este libro? —me preguntó con una nota de acusación en la voz.
—Era de mi padre.
—¿Un qué?
—Nigromante —me repitió molesto—. Son los brujos que han vendido su alma al diablo a cambio de
la inmortalidad.
—Pues entonces, de ser ciertas tus sospechas, mi padre seguiría vivo, ¿no te parece?
—¿Quién sabe? A lo mejor su intención era convertirse en un nigromante y al final esa serpiente acabó
con su vida y le salió el tiro por la culata —me contestó con hostilidad.
—Dana, ¿y cómo explicas que él tuviera el libro? El Codex Gigas solo se emplea para invocar al
diablo —replicó en un tono más suave.
—No lo sé —mentí—. Pero estoy segura de que no era por ser un nigromante.
—No, Piero, claro que no. Yo solo tengo el libro porque es lo único que me queda de mi padre. Y
ahora será mejor que te marches. Estoy cansada y necesito dormir.
—Está bien —repuso con cierto malestar por mi actitud arisca—. Pero aunque conserves ese libro
como recuerdo, te aconsejo que te deshagas de él. Si alguien más lo descubre, podrías tener serios
problemas aquí dentro —me dijo, antes de abandonar mi habitación con una expresión adusta.
Cuando cerró la puerta tras él, solté un suspiro de alivio. ¡Por qué poco!
Aborté el plan de ir en busca de Abel y volví a guardar el libro y el manuscrito bajo llave.
Me desperté de nuevo a media noche con el sonido metálico de la campana. Ya no quise tomarme la
molestia de salir de la cama para ver a los monjes yendo en procesión hacia la capilla. Pero me había
desvelado y no paré de dar vueltas hasta que sonó la alarma del despertador. Lo apagué de un manotazo y
arrastré los pies hacia la ducha.
Cuando salí del baño, Filomena ya me había dejado la bandeja del desayuno sobre la mesita. También
estaba aquel uniforme espantoso encima de la cama, pese a que yo me había encargado de guardarlo en el
armario. Pero esa mujer seguía en sus trece, por lo que cuando terminé de desayunar, volví a guardar el
traje de jedi, me puse mi ropa habitual y salí de la habitación.
—Ya veo que eres más ostinata que una mula —rezongó, antes de irse a dictar órdenes a otro sitio.
Piero soltó una carcajada, y yo tuve la sensación de estar viviendo el día de la marmota. Se le volvía a
notar de buen humor. A su lado estaba Irina, que me miró con su habitual arrogancia. La ignoré y salí tras
ellos del apartamento.
Después apareció Samira y me fui con ella. Esa mañana teníamos clases de magia con Leandro. Por
más que lo intentaba no podía imaginarme la situación. ¿Montaríamos en escoba? ¿Aprenderíamos a
hacer pócimas y rituales? O por el contrarío ¿probaríamos nuestra destreza con la varita? Lo que
apuntaba a ser un hecho, es que sería la clase más surrealista de toda mi vida. Y en cierta medida no iba
desencaminada...
Cuando llegué al aula junto a Samira, me encontré con una estampa de lo más singular. Cada estudiante
tenía su concentración puesta sobre algo que jamás imaginé que fuera tan interesante: un huevo cocido.
Parecían, incluso, empeñados en lograr una conexión profunda con él, por lo que tuve que hacer el
esfuerzo sobrehumano para no romper a carcajadas.
—Bienvenidas, mis jóvenes pupilas. Llegáis tarde a clase —nos recriminó Leandro, antes de
ofrecernos un huevo a cada una.
Samira, abochornada, aceptó el suyo y corrió en busca de un sitio libre. Yo hice lo mismo, pero cuando
me coloqué delante del huevo me vi en la tesitura de no saber qué hacer.
—Tienes que tratar de conseguir que el huevo se eleve —me explicó Samira, que había intuido mi
dilema.
—En efecto —apostilló Leandro, que justo se encontraba pasando detrás de nosotras para comprobar
los progresos de los otros alumnos—. ¡Venga chicos! con un poco de suerte llegaréis a lograrlo algún día,
quizás pronto, como Samira.
—¡Vamos, inténtalo tú! No te preocupes si no lo consigues. Yo tuve que practicar mucho para lograrlo
en una semana.
La miré perpleja.
—Pronto entenderás que por norma general se tarda más —replicó—. Si comienzas a practicar, claro
—agregó algo picada.
Me dispuse a hacer el ridículo ejercicio con cierto pudor. Pero tras varios intentos fallidos decidí
desistir.
—¿Ves como no es tan sencillo? —se burló Samira, a la vez que esbozaba una sonrisa comprensiva.
Resoplé frustrada y me volví a concentrar. De repente me vino un flash con la información precisa de
lo que debía hacer. Me esforcé con mayor ahínco y percibí alrededor del huevo una especie de barrera
invisible que iba venciendo a medida que yo me afanaba. Hasta que, sin más, el huevo quedó bajo el
control de mi mente y lo hice levitar sobre la mesa. Luego sentí las miradas de todos clavadas en mí,
perdí la concentración y el huevo volvió a su punto inicial.
—Dana ¿cómo has hecho eso? —quiso saber Leandro, sin salir de su estupor.
—Con la mente —contesté—. ¿Es que no se supone que debíamos levantar el huevo así?
—Sí, pero nadie ha logrado conseguirlo tan rápido. ¿Puedes volver a repetirlo?
—Puedo intentarlo...
Volví a concentrarme en el huevo, y aunque percibí de nuevo esa barrera invisible, la vencí sin
dificultad. Y el huevo no solo se elevó, sino que ganó mayor altura e hice que girase sobre nuestras
cabezas, antes de volver a dejarlo caer con precisión.
—Asombroso —musitó Leandro—. Al parecer Luca te instruyó bien —agregó con una sonrisa
«¡Pues claro, mi padre!», pensé al recordar en las clases de magia que él me había dado cuando era
pequeña, por lo que esto que acababa de ocurrir, no había sido más que el resultado de una vieja lección.
Durante la clase me limité a perfeccionar la técnica y llegó un momento en el que pude hacer que el
huevo se paseara flotando en el aire por todo el aula mientras los demás alumnos seguían intentando que
se moviera del sitio.
Por primera vez era una alumna aventajada en algo. Samira también había conseguido algunos
progresos más, pero aún le costaba desplazar el huevo con la mente. Tuve el impulso de ofrecerle mi
ayuda. Sin embargo, la intuición me decía que ese gesto hubiera herido más el orgullo de alguien con su
tenacidad y opté por dejarla avanzar por sí misma.
Al acabar la clase, nos dirigimos juntas al comedor y nos sentamos a la mesa que habían escogido Irina
y Piero. Mientras esperábamos a que nos sirvieran el almuerzo, Samira se encargó de contar mis
habilidades como bruja. Solo Piero parecía mostrar interés. Irina tenía toda su atención puesta en él y la
mía estaba al otro lado del comedor. Exactamente donde se encontraba el monje apuesto de mirada
extraña. Observé que éste parecía tan perdido como el día anterior y no dejaba de analizar su alrededor
con sumo detalle. Hasta que notó mi mirada y sus ojos se posaron sobre los míos. Me dedicó una sonrisa
dulce y yo me apresuré a bajar la cabeza, ruborizada.
El menú que repartieron entre los monjes y los brujos, fue tan distinto como el del día anterior. El de
ellos consistía en una sabrosas costillas con patatas asadas y el nuestro, espaguetis con tomate y atún. No
es que la pasta me disgustara, pero puestos a comparar, la desigualdad era evidente. Enfurruñada, extendí
una mano con disimulo por debajo de la mesa hacia la comida de un monje, mientras Samira continuaba
conversando con Piero, e Irina seguía a lo suyo. Mi intención era cambiar su plato por el mío con ayuda
de la magia. Nada complicado teniendo en cuenta mi hazaña con el huevo.
El plato del monje comenzó a moverse despacio ante sus propias narices. Pero él ni se inmutó porque
se encontraba demasiado entretenido bebiendo cerveza. «Mucho mejor» pensé. Así, si se preguntaba por
qué de repente estaba comiendo espaguetis en lugar de sus sabrosas costillas de cerdo, lo achacaría a los
efectos del alcohol; el monje seguiría comiendo feliz, los demás también, y yo la que más.
Los brujos y los monjes se miraron descolocados los unos a los otros, y luego también buscaron con la
mirada alrededor.
—¿Pero dónde se ha metido la comida? —se quejó Piero—. ¿Es que le han salido patas o qué?
Justo en ese momento un espagueti aterrizó en su cabeza, todos alzamos la mirada y descubrimos que
nuestra comida y los platos estaban pegados al techo del comedor. Se hizo el silencio mientras seguíamos
observando lo de allá arriba, como si fuera un meteorito a punto de desplomarse sobre nuestras cabezas.
Aterrados y al mismo tiempo fascinados. Pero lo que temíamos ocurrió y aquella mezcolanza pringosa
comenzó a desprenderse de lo alto del refectorio, hasta que trozos de patatas, espaguetis, carne y piezas
de vajilla entera, terminaron por llovernos encima.
Piero, las hermanas y yo, corrimos a refugiarnos bajo una hilera de mesas. Los demás intentaron hacer
lo mismo, gritando y cubriéndose la cabeza.
Desde mi escondite observé al Gran Abuelo colocarse la dentadura postiza para meterse un trozo de
costilla asada en la boca. Filomena trató de impedírselo, pero él la apartó de un empujón y siguió
masticando a toda prisa. No pude juzgarlo. Yo también habría aprovechado la ocasión, si me hubiera
visto obligada a tragar esos asquerosos purés como dieta diaria.
—¿Se puede saber quién ha causado semejante estropicio? —preguntó Leandro en voz alta, para que
se le oyera en todo el comedor.
Me miró asombrado.
—¿Tú?
—Dana, ¿has sido tú la que ha hecho todo esto? —quiso saber Piero, con idéntica expresión a la de
Leandro.
—Muy bien, chicos —interrumpió, Leandro—. Los que podáis, llevad a los heridos a la enfermería,
empezando por el abuelo. Y el resto se pueden marchar, excepto esta jovencita que tendrá que quedarse a
explicarnos lo sucedido —agregó dedicándome una mirada de padre severo.
Nada comparado con el cardenal Werian, que me estaba acuchillando con sus ojos de ave ratonera.
—Sí, será mejor marcharse. Estoy sucio y necesito una ducha —dijo Piero, analizando su indumentaria
con cara de asco, antes de dirigirse con los demás a la salida del comedor.
—¡Imposible! —intervino Werian tan pronto nos quedamos a solas—. Esta muchacha acaba de llegar a
la escuela y no pudo ser capaz de montar un estropicio así. Claramente el verdadero culpable ha tenido
que ser otro al que ella está encubriendo.
—No creo que mienta, Werian. —Volvió a hablar Leandro—. Ya te expliqué antes que esta muchacha,
es realmente hábil con el uso de la magia.
Al parecer Samira no había sido la única en sacar a relucir la anécdota del huevo.
—Pues en ese caso, Leandro, no sé qué entiendes por hábil —se burló el cardenal, aludiendo al
desorden que había por doquier —. Yo opino lo contrario, diría más bien, que es peligrosa en vista del
estropicio que ha provocado en el poco tiempo que lleva aquí.
—Vamos, Werian, no exageres. Solo ha sido un accidente que no volverá a ocurrir, ¿verdad Dana?
Asentí de inmediato, pero mi gesto no fue suficiente para Werian. Él quería algo más, a juzgar por la
rabia que apreciaba en sus ojos porque fuera a salir airosa del paso.
—¿Me puedo ir ya? —pregunté deseando escabullirme por temor a que Leandro, cambiara de opinión
y decidiera castigarme presionado por Werian.
—Pero...
Mientras me alejaba, noté la mirada del cardenal asesinándome por la espalda. No le di mayor
importancia. Lo cierto es que me había librado del castigo y seguía hecha un asco, por lo que en mi mente
era prioritaria una ducha.
Cuando llegué al apartamento, Piero aún estaba en su habitación aseándose. Era tan presumido que
bien podía tirarse el resto del día así.
Me encerré en mi cuarto y me quité la ropa mugrienta. Abrí el grifo de la ducha, me recogí los rizos en
un moño y me introduje bajo el chorro de agua tibia. No salí hasta que mi piel se volvió rojiza de
frotarme con la esponja. Luego escogí en el armario un atuendo limpio y salí del cuarto con intención de
prepararme algo en la pequeña cocina del apartamento.
Me hice un bocadillo, preparé una ensalada y comprobé la hora en mi móvil. Piero todavía continuaba
en su habitación. Cansada de esperarle, me senté a comer al lado de la mesita de la sala.
—Para tu información, ojos verdes, a mí Irina no me exige nada, y espero por su bien que jamás
cometa ese error —replicó en un tono chulesco.
—He quedado con Irina, y algunos más del colegio para dar una vuelta.
Llevaba tanto tiempo sin salir que necesitaba dar un paseo para despejarme. Pero Piero me miró
extrañado.
—¿Decirme el qué?
—Será mejor que hables con él —contestó incómodo, antes de salir casi a la huida del apartamento.
Por unos instantes permanecí parada sin entender muy bien todo aquello. Luego tuve un mal
presentimiento. Algo me decía que iba a recibir malas noticias.
Y me apresuré a dejar la loza en el fregadero para dirigirme al despacho de Leandro. Por el camino me
crucé con algún estudiante, que no dudó en reprocharme con una mirada asesina, el triste sándwich que se
estaba llevando a la boca. Esto hizo que agilizara el paso, por vergüenza y por temor a una posible
represalia.
Cuando llegué al despacho del supervisor, se encontraba también comiendo un emparedado, pero sus
ojos me miraron libres de rencor. Lo cierto es que Leandro tenía pinta de ser el típico profesor enrollado
y pacífico, por lo que se me hacía más extraño que alguien así fuera portador de malas noticias.
—Piero me ha dicho que no puedo salir, ¿por qué? —pregunté casi gruñendo.
Dejó el emparedado de lado para centrarse en lo que debía decirme. Otro mal síntoma.
—Verás —comenzó a hablar en un tono apagado—, cuando llegáis aquí por primera vez, tenéis que
pasar un período de adaptación en el que tanto las visitas como las salidas, no están permitidas. Pensé
que te lo había dicho —añadió avergonzado.
—No, no lo has hecho —mascullé—. ¿Y se puede saber cuánto dura ese periodo de adaptación?
—Depende.
—¿De qué?
—Dana, no desesperes. No suele durar demasiado tiempo, un mes, dos... seis como mucho.
—Solo en casos extremos —. Me tranquilizó—. Además, un consejero puede ayudar a que se agilice
el proceso.
—¿Un consejero?
—Sí, se encargaría de estar contigo las veinticuatro horas del día, asesorando y guiándote en la medida
de lo posible.
—Olvídalo —salté al instante—. Yo no quiero un maldito perro faldero, ¡solo deseo dar un paseo y
distraerme un poco! —gemí frustrada.
Seguramente él lo sabía y también ese otro estúpido arcángel parecido a Cupido. Hasta Abel era
probable que estuviera al tanto del asunto. Sí, claro que lo estaba, por eso no había dado señales de vida.
¿Para qué? Si ya sabía que no podría salir hasta dentro de quién sabe cuánto tiempo. «Decidido, ¡los voy
a matar a los tres!»
Filomena apareció por el pasillo y en cuanto me vio, se acercó a mí de forma apurada. «Esa mujer
siempre se las ingenia para correr», refunfuñé todavía enfadada.
—¡Ragazza, ragazza! por fin te encuentro. El abuelo ha estado preguntado por ti y quiere verte.
—Lo dudo mucho —repliqué con escepticismo tras mi enfrentamiento con él la noche anterior.
—Pues quiere verte —insistió—. Así que no le faccia esperar más tempo.
Gruñí por lo bajo. Esa mujer también se las ingeniaba muy bien para dar órdenes.
Me dirigí de mala gana hacia la habitación del abuelo. No estaba segura de que visitarle con mi enfado
fuera lo correcto. Era probable que al mínimo comentario grosero que me soltara, le lanzase uno de sus
viejos libros a la cabeza. En cualquier caso trataría de contenerme.
Aun así, obedecí despacio y a desgana. El abuelo tenía sobre sus rodillas la bandeja y se encontraba
cenando uno de sus insulsos purés. Noté como sus ojos azulados por las cataratas, tardaban en enfocarme.
Luego observé una tirita en medio de su frente plagada de surcos y, al recordar que yo había sido la
responsable de aquel chichón, dejé aparcada toda mi hostilidad.
—¿Sentirlo? —repitió con incredulidad, y se echó a reír—. ¡Hacía tiempo que no me lo pasaba tan
bien!
—Pero se ha lastimado.
—Bah, bah —gruño quitándole importancia con la mano—. Valió la pena, créeme. Y tutéame, por
favor. Te lo has ganado —añadió con una expresión divertida.
Le devolví la sonrisa.
—Sí, ayer me di cuenta de que te llamaban la atención los libros de mis estanterías.
Lo miré sorprendida por su comentario. Era la primera vez desde mi llegada a la escuela que me
comparaban con él. Siempre decían que me parecía a mi tía Cecilia. Un calco de ella, para ser exactos.
No pude reprimir cierta pena al volver a acercarme a la estantería y contemplar todos esos libros ahí,
acumulando polvo por no ser leídos.
—Antes leía bastante, pero ahora mucho me temo que mi vista cansada no me lo permite.
—¿Te refieres a que me lean? —Volvió a reír como si le hubiera contado un chiste—. Me parece que
nadie tiene tiempo para leerle a un pobre viejo —agregó con tristeza.
Me indignaba que alguien no pudiera disfrutar de la lectura por un simple problema de vista.
—Sería maravilloso —me reconoció— pero no me gustaría quitarte de hacer tus cosas...
—Olvídalo, no tengo nada mejor de lo que ocuparme y creo que de aquí a un tiempo, eso seguirá
siendo así —musité con amargura al recordar las palabras de Leandro—. Así que, en realidad, lo hago
por egoísmo —mentí a medias.
Retiré el tomo del mueble y me senté en una vieja mecedora, situada bajo la ventana y cerca del
abuelo, que permanecía atento a la espera de que yo empezase.
La novela estaba ambientada sobre todo en Marsella y en París, y era una historia de aventuras,
venganzas y conspiraciones; que giraba en torno a un amor imposible entre el capitán Edmundo Dantés y
una joven de origen catalán, llamada Mercedes.
Era justo lo más conveniente para leer cuando te encontrabas desesperada por no ver a tu novio y
vuestros destinos no parecían dispuestos a aliarse. En fin, dejé aparcado mi problema personal y me
centré de nuevo en el bueno de Dantés que, a lo largo de las páginas, acabó confinado en el castillo de If.
¿A qué me recordaba eso? Claro que mi cárcel era enorme y estaba llena de comodidades, y la de Dantés
era un frío agujero de piedra con solo un ventanuco. Pero no pude evitar sentirme algo reflejada en la
desdicha del protagonista.
Al cabo de un rato, observé que el abuelo se había quedado dormido. Decidí dejar la lectura por ese
día y marqué la página con el propio separador de tela del libro. Luego salí sigilosamente de la
habitación para no despertarlo. Los pasillos del colegio estaban oscuros y en silencio. La mayoría de
estudiantes se encontraban encerrados en sus cuartos o habían salido a pasear, como Piero. Decidí dar
una vuelta por la planta baja del monasterio. Era temprano y no me apetecía encerrarme en mi
apartamento. Llegué al portón de madera que separaba mi cautiverio de la libertad. Una libertad tan
tentadora y alcanzable. Eché un vistazo en busca de indicios de vida. No había nadie, así que aproveché
la oportunidad y me acerqué a la puerta. Pero cuando hice el amago de abrirla, algo oscuro y grande se
interpuso a la velocidad de la luz. Me quedé mirando con absoluto desconcierto —más que miedo— esa
cosa que había emergido de la nada. Y después me sorprendió la rabia.
—El diablo, no. Pero sí alguien que evita que cometas una tontería —replicó una voz familiar.
Me invadió la confusión.
—¿Eres el nuevo?
—¿Qué haces merodeando a estas horas? ¿No tendrías que estar en tu cuarto? —protesté con fastidio.
—Yo, yo... es que he quedado y me están esperando —dije a la vez que lo bordeaba para salir.
—Solo los ladrones y los que deben ocultarse utilizan la oscuridad con un fin.
—Está bien, me has pillado —resoplé girando sobre mis talones—. Resulta que tengo prohibido salir;
así que quiero aprovechar ahora, que está todo callado y en silencio, ¿comprendes?
Le guiñé un ojo, buscando su aprobación. Estaba segura que aquel monje no diría nada. La tolerancia
iba por encargo en su oficio. Pero cuando volví a alargar la mano hacia el pomo de la puerta, su voz me
detuvo de nuevo.
—No lo hagas.
—Por favor, no me obligues —me suplicó desesperado, por lo que no me quedaron dudas de que
hablaba en serio.
Asesiné con la mirada a ese monje soplón y salí corriendo furiosa hacia las escaleras que daban al
colegio. Cuando entré en el apartamento, supe que Piero ya había llegado de dar un paseo. Le escuchaba
reírse, a él y a Irina, desde su habitación. Aunque no estaba segura de que fuera ella. Le había visto
tontear con más mujeres.
Me había prometido a mí misma no caer en la desdicha. Pero me sentía ahogada por el cautiverio,
echaba de menos Valencia, a mi madre, a Laura. Necesitaba a Abel.
Seguí llorando aferrada a la almohada y cuando ya no me quedaron lágrimas con las que desahogarme,
abrí el cajón de la mesilla y saqué el diario de El Arcángel de Luz, para leer un poema que describía
exactamente mi angustia.
El Arcángel de Luz
Desperté por la mañana con los ojos aún enrojecidos por haberme pasado la noche llorando. Cuando
salí de la ducha, me apliqué un corrector de ojeras antes de que Filomena entrara en la habitación y me
viera. Esa mujer era lo suficientemente sagaz para sacar conclusiones acertadas. También me di prisa en
vestirme. No quería siquiera darle pie a que intentara meterme aquel espantoso uniforme por los ojos.
Al rato entró por la puerta con mi bandeja del desayuno y enseguida me dedicó una mirada ceñuda al
ver que seguía insistiendo en llevar mi ropa habitual. Pero esta vez, se abstuvo de hacer ningún
comentario y salió de la habitación con el mismo silencio con el que había entrado. Se lo agradecí para
mis adentros. No estaba de humor para escuchar más sermones o prohibiciones de nadie.
En cuanto terminé el desayuno, me puse en marcha. Había decidido irme sin Piero. Tenía la imperiosa
necesidad de volver a sentirme independiente, de no tener una sombra añadida a la mía todo el tiempo.
Eso hizo que me enfadara más al recordar la sugerencia absurda de Leandro sobre tener un consejero.
Samira ya me esperaba al lado de las taquillas y abrió la suya con un leve chasqueo de dedos mientras
yo la observaba ceñuda.
—Siempre intento abrir esa dichosa taquilla, pero no hay manera —me quejé.
—¿Bromeas? ¿Eres capaz de hacer levitar un huevo o de poner un comedor entero patas arriba y se te
resiste una simple puerta metálica?
—Con el huevo es más fácil.
—Todo lo contrario. Para levantar cualquier objeto de la superficie es mucho más difícil porque tienes
que vencer la gravedad.
—Así que eso era la barrera que noté alrededor del huevo. ¡Gravedad! —exclamé al caer en la cuenta.
—Con la taquilla es más fácil, solo tienes que mirarla y desear que se abra.
Indecisa, chasqueé los dedos y la puerta se abrió de golpe. Samira me miró sonriente.
La mañana transcurrió relativamente rápida. Por un lado, se hicieron pesadas las clases de idiomas.
Piero no había bromeado al decir que allí se estudiaban las principales lenguas, y había tenido inglés,
francés, italiano e incluso chino. Luego llegó la clase de magia y volví a relucir como alumna. Leandro
tuvo que ponerme ejercicios nuevos mientras los demás continuaban con el ejercicio del huevo. Samira
también había logrado progresar y se sentía más animada porque volvía a estar entre los estudiantes más
aventajados de clase.
Llegamos al comedor y nos sentamos junto a Piero e Irina. Ella tenía ese gesto que la hacía parecer
continuamente enfadada. Solo se tomaba la molestia de sonreír a Piero, pero la mitad de las veces la
ignoraba.
Otro que parecía estar de mal humor, era el cardenal Werian. Normalmente siempre se mostraba
erguido como un buitre pero ese día lucía más sombrío de lo habitual.
—¡Alto ahí, Dana! Pon las manos donde yo pueda verlas —me ordenó Piero en broma.
—Eso espero —replicó Irina de malos modos—, porque ayer tuve que conformarme con un batido de
vegetales.
—Ya, bueno, apuesto que no es la primera vez que pasas hambre —le dejé caer.
—Sí, porque tú también eres muy gorda ¿verdad? —me rebatió enfadada.
—Créeme, ahora mismo me comería una buena hamburguesa con beicon y queso, sin ningún tipo de
complejo —le aseguré, antes de meterme en la boca un trozo insípido de pescado cocido. Observé que a
Irina mi sugerencia basada en un menú repleto en grasas saturadas le producía asco y le sonreí burlona—.
Apuesto a que tú no puedes decir lo mismo —la piqué.
Noté que Samira se ponía tensa por nuestra discusión y decidí cambiar de tema.
Aunque hice la pregunta en general, me quedé mirando de forma expectante a Samira. Intuía que ella
conocía la respuesta, y no me defraudó.
—¿No te enteraste? Ayer hubo fumata blanca en el Vaticano. Es decir, la elección del Papa, y estaba
toda la Plaza de San Pedro llena de gente esperando al sucesor.
—No entiendo por qué se le da tanto bombo a eso —terció Piero—. Nosotros los brujos, somos la
verdadera Iglesia, quienes nos sacrificamos y arriesgamos la vida por los humanos. No esos estúpidos
sacerdotes que se llevan un mérito que no les corresponde.
Y ahí estaba de nuevo ese tono de superioridad que me dejó desconcertada. No obstante volví a
centrarme en Samira.
—Su nombre se barajaba entre los posibles candidatos como Papa, pero finalmente tuvo que pasar la
prueba para nada.
Irina le soltó un codazo para que se callara, pero ya había despertado mi curiosidad con su comentario.
Los tres aguardaron en silencio, sin atreverse a decir nada. Así que miré de nuevo a Samira, y como
era de esperar, no pudo contenerse a mi reclamo.
—Está bien. —Resopló—. Hace siglos una mujer pasó desapercibida dentro del cuerpo eclesiástico y
llegó a ser Papa.
—¿En serio? —expresé asombrada—. Aun así, no entiendo por qué es un tema tan comprometido.
Samira se inclinó para susurrarme.
—Bueno, verás, desde entonces prefieren no arriesgarse y someten a todos los elegidos a un examen
completo. Hasta se dice que, les obligan a sentarse en una silla con un orificio central. Ya sabes, para ver
si todo cuelga ahí abajo.
—Ahora me explico porque Werian tiene esa cara de acelga. Debe ser duro que te examinen para
nada.
Alguien carraspeo de fondo y enseguida me di la vuelta. Deseé no haber hecho ese gesto y aún menos
el comentario. El cardenal Werian se hallaba de pie, fulminándome con la mirada.
—Lo siento —se disculpó Samira por las dos—, yo le estaba explicando a Dana en qué consistía la
elección del Papa y todo eso.
—¡Cierra la bocaza, estúpida! —le ordenó su hermana, en un intento brusco por protegerla.
—Vaya, vaya. Me decepcionas, Samira. Te había tomado por una chica formal y responsable, pero
resulta que disfrutas tocando ciertos temas polémicos.
Contemplé el rostro de la muchacha que en realidad parecía afligida por las palabras de Werian, y el
sentido de la justicia me pudo.
—Oye, si no te gusta escuchar según qué cosas, no pegues la oreja en conversaciones ajenas.
—Descarada, ¿cómo te atreves? —bufó—. Si me he acercado a vuestra mesa ha sido porque, después
del estropicio que formaste en el comedor entenderás que debía vigilarte, y por lo visto no me
equivocaba. Espero que esta vez, Leandro no justifique tu comportamiento indisciplinado y te de el
castigo que mereces.
—Por favor Werian, disculpe a mi prima —intervino Piero, muy nervioso—. Estoy seguro de que no
quiso ofenderle.
—Los predicadores del Evangelio no pueden sentir rencor y deben tener el corazón abierto a la
misericordia pues, de lo contrario, el camino es orar para pedir perdón por el orgullo —interrumpió una
voz nueva en la conversación.
Entonces todos giramos la cabeza y descubrimos que se trataba de Micael. «El monje tan apuesto
como inoportuno», me dije con cierto resquemor.
—¡Que yo debo pedir perdón! —Explotó Werian—. Además, ¿con quién te crees que estás hablando
para darme lecciones sobre la palabra de Dios? ¡Yo soy un cardenal!
—Todos somos semejantes ante los ojos de Dios y creer lo contrario es pecar de soberbia.
Werian le miró perplejo durante unos segundos y luego esbozó una sonrisa envenenada.
—Te equivocas, estúpido —le espetó—. En el reino de Dios hay jerarquías y será un placer mostrarte
el lugar que ocupas en ella. ¡Vosotros, seguid a lo vuestro! —nos rugió mientras se llevaba al intrépido
monje consigo; que si bien intuía el rapapolvo que le iba a caer, no perdió en ningún momento la
compostura.
Pero yo temblaba como una hoja. Jamás hubiera previsto como acabaría una tonta conversación de
mesa.
Terminamos de comer en silencio y nos abstuvimos de hacer cualquier comentario que pudiera suscitar
una nueva disputa. A pesar de la tirria que le seguía guardando a ese monje, no pude evitar sentirme
preocupada por su situación. ¿Le expulsarían del monasterio?
A la salida del comedor, Irina acaparó a Piero y yo decidí acompañar a Samira a la sala de estudios
para conectarme al Facebook. Pero Ántrax volvió a decirme que no sabía nada de Abel. Empezaba a
sospechar que me estaba mintiendo movida por sus órdenes y me sentí angustiada y enfadada.
Al menos supe por Laura que los demás se encontraban bien. Ella había vuelto con el pony, y mi madre
y Úrsula iban juntas al mercado. Ya no discutían. Ahora sus únicos temas de debate eran sobre el precio
de las verduras y el pescado. Todo marchaba bien. Nada de lo que preocuparse, y sin embargo, yo no
dejaba de sentir que debía estar allí, con los míos. Y no en este maldito colegio, encerrada, y sin
posibilidad de encontrar a Abel.
Apagué el ordenador y dejé a Samira como más le gustaba estar, enterrada entre hojas de apuntes.
Aunque teníamos tablets, ella siempre tomaba nota de la forma tradicional. Decía que le encantaba el
sonido del bolígrafo deslizándose por el papel. No sé, prefería no inmiscuirme en las manías de una
empollona.
Salí de la zona de estudio y deambulé por los pasillos, hasta que llegué al portón que limitaba mi
cárcel con el único sitio donde se me permitía respirar aire puro, el prado de los girasoles. Pero de
repente algo acaparó mi atención.
Un monje estaba parado —algo insólito, teniendo en cuenta la rapidez con la que solían moverse— y
sujetaba entre sus manos una escoba, que arrastraba por el suelo de manera torpe. Le observé con mayor
detenimiento y comprobé que era Micael.
«Así que en eso consiste la jerarquía de Werian», me lamenté sustituyendo todo el rencor que había
sentido hacia el monje, por la culpabilidad. De alguna manera, yo era responsable del castigo de Micael.
Él alzó la cabeza y me respondió con una sonrisa de esas suyas, afable y dulce, que lejos de aliviarme
me hizo sentir aún peor.
—No puedo hablar sino es en el comedor o en la sala del locutorio —me explicó en voz baja.
—Lo sé, conozco lo del voto de silencio. Simplemente pasaba por aquí, te vi y... bueno, solo quería
saber cómo te encontrabas.
—Me encuentro muy bien, gracias —me aseguró manteniendo un bajo tono de voz.
«Por mi culpa», quise terminar de decir. Sin embargo, por extraño que pareciera, ese monje seguía
poniéndomelo difícil con su estúpida cordialidad. No pude aguantar más y empecé a disculparme.
Entonces Micael dejó caer la escoba y me sostuvo por los hombros.
—Dana, no tienes nada de qué arrepentirte —me aseguró—. Werian se sentía humillado por su fracaso
en el Vaticano. Él deseaba a toda costa desquitarse con alguien y yo le di esa oportunidad. Fin de la
historia.
—Jovencita, ya te he dicho que no tienes nada por lo que sentirte mal. Y ahora será mejor que me dejes
seguir aquí, antes de que se haga tarde o alguien nos descubra hablando —concluyo con una sonrisa libre
de rencores, al tiempo que rescataba la escoba del suelo.
Me alejé en silencio. Seguía albergando remordimientos, pero al menos tenía la tranquilidad de haber
arreglado las cosas con Micael. A veces sentía que ese hombre y yo, nos conocíamos de toda la vida.
Que estábamos unidos por un vínculo extraño e imposible de romper.
Me dirigí a la cocina principal para recoger la cena del abuelo y, como era de suponer, Filomena se
encontraba allí repartiendo órdenes al personal. En cuanto me vio, dejó lo que estaba haciendo y se
acercó con su prontitud habitual.
—Ragazza, questa carta llegó hoy y parece ser que es para ti —dijo sacando un sobre de su mandilón.
—No lo sé, no pone el remitente. La dejó un ragazzo desconocido y solo dio aviso de que se te
entregase a ti. Ma lo mejor para salir de dudas, es aprirla, ¿no? —sugirió al ver que aún seguía indecisa
con el sobre en mi mano.
Filomena se alejó para concederme un poco de privacidad y volvió a la tarea como organizadora.
Permanecí algunos segundos más, observando el sobre de remitente desconocido. No era de mi madre,
eso seguro. Le costaba trabajo leer un simple folleto, cuanto menos ponerse a escribir. Ella era de
impulsos y cualquier día aparecería por el colegio. Tampoco creía que fuese de Íñigo o Laura. Ellos
tenían más que suficiente con saber de mí a través del Facebook.
Decidí salir de dudas de una vez por todas y rompí el sobre alimonado. A simple vista me llamó la
atención la caligrafía elegante y bonita. Y me dio un vuelco el corazón al sospechar de quién podía ser.
Querida mía:
Qué vulnerable me ha vuelto la melancolía. Hace solo unas semanas que partiste de mi lado y ya
siento que estoy viviendo una segunda eternidad.
Mas aquí donde me refugio buscando el consuelo de tu recuerdo, casi puedo verte coqueta y
descarada, salpicándome agua; casi puedo revivir nuestro primer beso. ¿Lo recuerdas? ¡Oh, mocosa,
parecías tan vulnerable entre mis brazos! Pero enseguida sacaste ese coraje que aún a día de hoy,
sigue abrumándome Dana. Esa fuerza y rebeldía que sé de muy buena tinta, has comenzado a dar
muestras en el lugar en el que te encuentras ahora. Lo que ha ocurrido en el comedor me da la razón,
¿no es cierto?
Sin embargo, sé que no será el único incidente. Ambos sabemos que te cuesta aceptar las reglas y
acabarás metida en más líos. Hazme un favor e intenta al menos que esos líos no pongan en riesgo tu
vida. No quisiera tener que volver a enfrentarme a la muerte. Mientras tanto, seguiré aguardando con
ansia cada nueva noticia tuya.
P.D: ¿Sigues empeñada en no llevar el uniforme de la escuela?
Me temblaban las piernas cuando volví a meter la hoja en el sobre. Por fin sabía donde estaba. No
había mencionado ningún lugar en concreto pero, por los datos a los que hacía referencia, sabía
perfectamente que se encontraba en Pemba: en nuestra gruta secreta.
Como siempre, Abel se había asegurado muy bien de cubrirse las espaldas, no mencionando ningún
detalle relevante, salvo por el ligero apunte a su eternidad y a la muerte. Un apunte que podía haber
pasado inadvertido al posible cotilla que hubiera leído la carta antes que yo. Abel ya había contado con
eso, sin duda.
Entonces caí en un detalle y a mi euforia se le sumó la indignación. ¿Quién narices era su topo? Porque
estaba claro que alguien le pasaba información.
—Così finalmente la misteriosa carta era de un novio —me interrumpió Filomena acertando de pleno,
por lo que la miré asombrada.
—¿La leíste?
—Ragazza, ¿ma por quién me has tomado? Io no ando metiendo las narices en problemas ajenos,
¿capisci? Además, te dije que no sabía nada de quién te ha podido enviar questa carta.
—No me hace falta leggere questa dichosa carta para reconocer la cara que se os ponen a los
enamorados. Y la tua cara ahora mismo, no puede reflejar più amore —puntualizó con ironía.
La miré algo avergonzada. Ya sabía la expresión de pánfila que se me ponía cuando se trataba de Abel,
pero no me apetecía que me lo recordasen.
—Será mejor que me lleve la bandeja del abuelo para que cene cuanto antes —me disculpé, algo
herida en mi orgullo.
Por otro lado me daba igual. Me sentía tan feliz que aún continuaba saboreando en mi mente cada
palabra de la carta de Abel.
Salí de la cocina en cuanto Filomena me entregó el pedido y eché a andar por los corredores sombríos
del monasterio. Llegué al colegio, iluminado y alegre, y seguí caminando con la bandeja entre mis manos.
A estas alturas ya me había acostumbrado a recorrer las grandes dimensiones que tenía el edificio, sin
apenas titubear de por qué pasillo debía dirigirme.
Entré en la habitación del abuelo —que estaba esperándome impaciente—, y deposité la bandeja con
cuidado sobre sus piernas paralíticas y desgastadas por el paso de los años. Al parecer dos siglos. Luego
cogí el libro de Alexandre Dumas de la estantería, me senté en la mecedora y retomé la lectura por donde
la había dejado el día anterior. Mientras leía, mi mente no dejaba de darle vueltas a las palabras de Abel.
Había pasado poco tiempo desde nuestra despedida, y como él, sentía el paso de una vida entera entre
nosotros. No era la primera vez que nos distanciábamos, recordaba aquella larga etapa en la que me
había costado asumir su verdadera identidad y la mía. Me había sentido dentro de un pozo oscuro,
perdida y desorientada, pero nunca había dejado de estar en mi entorno. Era libre.
«¿Cómo voy a soportar ahora sin poder verle y estando encerrada?», me pregunté con la angustia del
que tiene que sobrevivir sin lo esencial.
De vez en cuando miraba de reojo al abuelo, que disfrutaba de lo que yo leía en voz alta, al mismo
tiempo que parecía ausente. Era como si estuviera soñando despierto. Quizás rememorando algún tiempo
pasado. En su caso debía contar con muchos momentos donde elegir, y me cuestioné hasta qué punto
habría de cierto en aquello que se hablaba acerca de su longevidad.
—¿Es verdad que tienes doscientos años? —le solté sin pensar.
—¡De modo que es cierto! —expresé asombrada—. Ojalá llegue a cumplir tantos años como tú. Pero
Irina dice que es poco probable —agregué algo más desilusionada.
En el fondo tenía la esperanza de vivir muchos años junto a Abel, antes de que Ábadon volviese a
visitarme de manera definitiva.
—En tu caso es más que eso, muchacha. Yo diría incluso que es imposible.
—Porque eres una Ranieri —sentenció—. Y los Ranieri, estáis todos marcados por la tragedia.
Primero fueron tus bisabuelos, luego Cecilia, tus abuelos y bueno... finalmente tu padre.
—¿A Cecilia? —Se echó a reír—. Puede que en el físico. Sin embargo, eres igual de contestataria e
insolente que tu padre. Tenía la ligera impresión cuando te vi por primera vez en el comedor,
estudiándome de manera descarada y seguramente haciéndote la misma pregunta sobre mi edad, que me
has hecho hace un rato. Seguí teniendo la sospecha cuando insististe en que me tragara el mejunje
asqueroso de Filomena. Y tuve la certeza absoluta cuando le plantaste cara a Werian esta mañana. No,
definitivamente no te pareces a ella —alegó convencido, antes de continuar—. Cecilia era una guerrera
espléndida, pero su prepotencia la hacía rematadamente estúpida y en ocasiones, incluso, vulnerable. Y
mucho me temo que su hijo Piero es igual —gruñó por lo bajo.
—No te equivoques, muchacha. Por los Ranieri solo puedo sentir gratitud. Nosotros los brujos estamos
en deuda con tu familia.
—Me temo que esa historia es más larga que el libro que me estás leyendo.
—¿Lo ves? Igual de curiosa que tu padre —protestó—. Muy bien, si quieres escuchar la historia
comenzaré por hacerte una pregunta.
—¿Has observado que tanto brujos como monjes, nos sentamos por separado en el refectorio?
—Sí, claro.
—Pues en realidad esas barreras siempre existieron. Mucho antes de lo que mi vieja mente alcanza a
recordar, incluso mucho antes de eso. —Hizo una pausa y prosiguió—. Hace mucho tiempo, los brujos
vivíamos confinados en los barracones donde encerraban a los esclavos. Barracones oscuros, fríos y
malolientes. Pero aunque la Iglesia nos necesitaba para controlar al ejército de Lucifer y que su propia
especie no se extinguiera, nos consideraban una aberración de la naturaleza. Por eso preferían
mantenernos en secreto a los ojos de la humanidad, y nos proporcionaban solo lo básico para subsistir y
seguir luchando en su nombre.
—No lo entiendo —dije frunciendo el ceño—. Si éramos lo suficientemente fuertes para plantar cara
al diablo, ¿cómo es que no lo éramos para revelarnos contra un trato tan injusto?
—Muchacha, ahora acabas de hablar como una Ranieri —me aseguró con una expresión profunda—.
Verás, la razón de nuestra sumisión, es que nosotros somos descendientes del arcángel Miguel: la mano
derecha de Dios. Y los brujos hemos sido única y exclusivamente creados para proteger su obra más
preciada, los humanos. Así que a pesar de nuestra superioridad genética, la Iglesia tenía motivos para
utilizarnos y tratarnos como a esclavos. De todas maneras no ibas desencaminada hace un instante.
—Efectivamente hubo alguien que se reveló y ese fue precisamente un pariente tuyo. Ocurrió cuando la
Orden del Temple, encabezada por un Ranieri, encontró el famoso manuscrito con las pistas para hallar
la Daga Sagrada del arcángel Miguel.
—¿La daga que empuñaba Miguel cuando desterró a Lucifer del cielo? —pregunté con el corazón en un
puño.
—Exacto, y la única que puede matarlo —puntualizó el abuelo, mirándome fijamente. Luego volvió a
adoptar una actitud solemne—. Entonces tu predecesor se presentó ante el Vaticano con el manuscrito en
su poder y prometió descifrar las pistas que podían permitir liberar para siempre a la humanidad de la
amenaza del diablo. A cambio de una condición...
—¿Cuál?
—Pero tengo entendido que nadie ha podido descifrar el manuscrito —objeté cada vez más confusa.
—Así es, de ahí que la suerte de nuestro clan dependa de los Ranieri. Porque todo lo que observas
alrededor, el colegio, las comodidades y la seguridad de las que disponemos, es un préstamo que la
Iglesia nos ha concedido hasta que cumplamos lo prometido. Pero solo cuando uno de vosotros encuentre
la Daga Sagrada y se la clave a la Bestia, seremos libres de verdad.
Y sentí que se me retorcían las entrañas, pues yo no podía ser esa heroína que saldara la promesa de mi
antecesor y llevara la libertad a su gente. Yo jamás podría ser la mano que empuñara la daga contra el
diablo. No era tan buena ni valiente como para sacrificar mi corazón. Y sin embargo, me pesaba no serlo.
«¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Por qué tenías que ser tú, Romeo? Niega a tu padre, renuncia a tu nombre; o
siquiera júrame tú que me amas, y dejaré de ser una Capuleto», murmuró afligida Julieta cuando
descubrió quién era su amado.
Y lo mismo deseaba hacer yo, dejar de ser una Ranieri y olvidarme de que él era el diablo. Porque
solamente su verdadero nombre era mi enemigo. Por lo demás, era él mismo, con su manera de ser y la
sonrisa que me había enamorado.
Diablo o no, para mí no había nada de lo que temer en ese nombre. No había nada de lo que
defenderme. Nada por lo que debía odiarlo. Solo era un estúpido nombre ajeno a mis sentimientos. Lo
que me convertía en una Ranieri maldita.
Se me escapó una lágrima y me la enjugué con disimulo, antes de que el abuelo se diese cuenta. Luego
contuve la respiración para soportar la pena que me atenazaba el alma.
—Pero las diferencias entre brujos y monjes, no terminaron ahí... —prosiguió el abuelo con mayor
consternación.
—La Iglesia se negó a aceptar el acuerdo por las buenas, e intentaron hacerse con el manuscrito con el
fin de recuperar el poder sobre sus siervos. No lo consiguieron y quisieron doblegarnos a punta de
espada y otras clases de atrocidades. La Santa Inquisición fue una auténtica cacería de brujos y eso
provocó que algunos de los nuestros, cansados de los abusos de la Iglesia, quisieran aliarse con Lucifer.
Así que ahí estaba la razón de la hostilidad con que Piero se expresaba cuando hablaba de los monjes.
En realidad, se debía a un sentimiento adverso fruto de los siglos de rivalidades entre ambos clanes.
—Los nigromantes son los brujos que se pasaron al bando contrario, ¿no es cierto? —pregunté al
pensar en lo que me había dicho Piero.
El abuelo asintió.
—Ya veo que alguien más te ha hablado del asunto —me gruñó algo disgustado—. Bien, muchacha,
pues déjame advertirte que debes cuidarte de ir nombrándolos por ahí. Los nigromantes son unos aliados
más del diablo y por tanto unos desertores de nuestra especie.
—Pero hay algo que no entiendo, si hemos llegado a controlar a la Iglesia y ya no nos maltratan, no
tiene sentido que haya nigromantes —manifesté algo confundida—. ¿Es porque ellos quieren la
inmortalidad que les puede dar el diablo?
—Así es, pero no es este el único motivo por el que dejan de ser magos de luz, para convertirse en
seres oscuros.
—Magos de luz —repetí ensimismada. Sonaba bien—. ¿Y cuál es ese otro motivo?
—¡El odio! —me reveló tajante—. Los nigromantes consideran a los humanos una raza inferior y
piensan que no deben arriesgar su vida por ellos. Y estos fueron los mismos motivos que tuvo Lucifer,
para revelarse contra Dios y los arcángeles.
Guardé silencio unos segundos y me levanté de la mecedora para retirarme a mi cuarto. El abuelo
parecía cansado y no era el único, yo también necesitaba asimilar nuestra conversación. Mi felicidad por
haber recibido la carta de Abel, se vio enturbiada ante la horrible verdad que nos separaba. Pero justo
cuando apoyé mi mano sobre el pomo de la puerta, la voz del abuelo me interrumpió de nuevo.
—Dana.
—¿Si?
—Procura que ese manuscrito no lo encuentre nadie, sobre todo Werian. De lo contrario, que Dios nos
asista pues la Iglesia no dudará en volver a tomarnos por sus vasallos.
Lo miré perpleja. ¿Cómo sabía que tenía el manuscrito? Por un momento pensé en negarlo, pero estaba
demasiado confundida y cansada para montar un teatrillo.
Cuando llegué a mi habitación lo primero que hice fue sacar la carta de Abel y la releí una y otra vez,
hasta que cada párrafo, cada palabra dulce se grabó en mi cabeza y pesó más que lo espinoso.
Al día siguiente se me pegaron las sábanas. Era sábado y no teníamos clases. Me duché con
tranquilidad, desayuné un vaso de zumo con tostadas y me dediqué a matar el tiempo haciendo zapping en
la tele. Piero no estaba en el apartamento. Supuse que había salido a pasear con Irina mientras yo debía
quedarme aquí, postrada en el sofá, ya que no encontraba otra forma mejor de matar el aburrimiento. Me
revolví de envidia.
Tiré el mando a un lado del sofá y decidí bajar para dar un paseo por el prado de los girasoles. Quizás
hasta se me diera por desojar una flor mientras me hacía la típica pregunta: ¿me quiere o no me quiere?
No, qué va. Trataría de no caer tan bajo.
Crucé los pasillos del monasterio y vi a Micael barriendo cerca del jardín. Quise acercarme para
saludarle, pero Werian fue más rápido que yo.
El cardenal rodeó a Micael, como pretendiendo comprobar que su trabajo estuviese bien hecho.
Después lució una sonrisa presuntuosa y sus ojos diminutos de ave ratonera se clavaron en Micael,
cargados de desprecio.
—Esto te enseñara a no volver a contradecirme nunca más —le espetó—. ¿Dónde está ahora tu lugar
en la jerarquía, eh? —se mofó riéndose.
Micael en lugar de defenderse, guardó silencio y bajó la mirada con humildad. Su actitud ante Werian,
terminó por enfurecerme y di media vuelta dispuesta a hablar con Leandro.
Éste tenía la puerta de su despacho entreabierta y se encontraba entretenido con un libro. Di unos
cuantos golpecitos en la puerta.
—Es sobre Werian —continué—. Acabo de ver como trataba a Micael igual que a un perro.
El supervisor se encogió de hombros.
—No puedo hacer nada. Él es el prior de los monjes y si considera que es necesario castigarle...
—¿Qué no puedes hacer nada? ¿Es que vas a permitir que vaya por ahí pisoteando a quien se le antoje?
—le reproché llena de rabia.
Me pasé la mano por la cabeza y conté hasta diez para controlarme. No me podía creer que ese
engreído de Werian fuera a salirse con la suya. ¡Merecía que alguien le bajara esos humos! Entonces
consideré una posibilidad que había desechado al principio. Tampoco es que me entusiasmara ahora,
pero si no había otro remedio...
—Me dijiste que tenía derecho a un consejero. Si accedo a ello, ¿qué papel desempeñaría éste
exactamente?
—Como te comenté una vez, su labor sería permanecer contigo la mayor parte del tiempo y asesorarte
en lo que fuera preciso.
—Significa que tendría que dejar un poco más al margen sus labores monacales, para dedicarse a su
nueva función como consejero. Pero Dana, los consejeros suelen ser otros brujos más experimentados, y
además, tenía entendido que no querías ninguno —agregó confundido.
—Pues acabo de cambiar de opinión. Quiero un consejero y quiero que sea Micael.
—Sé muy bien lo que te propones, pero si esa es tu decisión… se lo haré saber a Werian.
Por nada del mundo quisiera perderme su cara cuando se enterase de la noticia, y salí del despacho
antes de que Leandro me negara ese placer. Cuando llegué a los corredores bajos, Werian seguía
avasallando a Micael mientras él continuaba barriendo sin decir nada.
—¿Tu consejero?
—Así es. Mi consejero —repetí para regodearme—. Así que el ya no es asunto tuyo.
—Si no me crees, pregúntaselo a Leandro. Él quería decírtelo, pero yo me adelanté —le aguijoneé
intencionadamente.
—Estúpida entrometida, no tienes ni idea de con quién te estás metiendo —me aseguró lleno de rabia.
Luego nos bordeó con una pose recta y se retiró a lamerse las heridas de la derrota.
—Vaya, parece que no se ha tomado muy bien tu ascenso —dije mirando con una sonrisa a Micael.
—De donde yo vengo, acostumbramos a dar las gracias —le reproché por su ingratitud.
—No era necesario que intervinieras, Werian ya se había olvidado de ti y ahora volverá a tomarla
contigo —se quejó angustiado. Después dejó aparcada su preocupación y me dedicó una sonrisa amable
—. Pero en cualquier caso, gracias. Trataré de estar a la altura de tu confianza.
—Tranquilo, en realidad le pedí a Leandro que fueses mi consejero para que Werian no siguiera
molestándote.
—¿Quieres decir que ha sido una mentira? —murmuró afligido. Asentí algo avergonzada y él cogió la
escoba que había dejado apoyada contra la pared—. Pues en ese caso te lo agradezco pero prefiero
seguir con mi tarea —replicó en un tono seco.
—¿De verdad prefieres ser el barrendero de Werian? —le pregunté sin dar crédito.
—Es mucho más honorable que ser un falso consejero. Un impostor, en resumidas cuentas.
—No digas tonterías —le solté enfadada—. ¿Crees que Werian te dejará tranquilo? Seguirá
humillándote a la mínima oportunidad que tenga.
—Barrer los pasillos no es algo de lo que avergonzarse y la dignidad no reside en el orgullo, sino en
la nobleza de nuestros actos. Y eso nadie te lo puede arrebatar —me recriminó disgustado.
—Muy bien, pues si esa es tu decisión. No volveré a interferir cuando Werian se meta contigo —objeté
irritada, antes de girarme sobre mis talones para perder de vista a ese monje ingrato.
Decidí regresar al apartamento. Ya no me encontraba de humor para paseos por la pradera. Me sentía
totalmente confundida con Micael. No sabía si era un mártir o simplemente un tonto a secas. Pero debía
admitir que me sentía abrumada por esa capacidad de sacrificio. Abrumada e impotente al mismo tiempo.
¿Cómo era capaz de rechazar mi ayuda? ¿Por qué prefería ser el bufón de Werian?
Cuando abrí la puerta del apartamento, un olor fuerte me sacudió las fosas nasales. Y unos cuantos
metros adelante estaba la causa. Piero se encontraba en mitad del salón, sudando mientras levantaba
pesas, con una camiseta ajustada que dejaba al descubierto su potente masa muscular. Se dio cuenta de
que lo observaba detenidamente y me dedicó esa sonrisa bravucona, con la que solía agasajar a todas sus
fans. Giré la cabeza de inmediato. Si volvía a hacer eso, tendría que atizarle con sus propias pesas. ¿Es
que me había tomado por Irina?
Me apresuré a abrir las ventanas de las habitaciones para ventilar el apartamento de ese olor a sudor y
exceso de testosterona. Piero interpretó el mensaje a la perfección y corrió a ducharse. Suspiré con
nostalgia. Echaba de menos vivir con Laura. Ella también era bastante presumida y coqueta, pero sus
admiradores no me asesinaban con la mirada.
Abrí la nevera, saqué los filetes adobados que Filomena había dejado preparados y los eché en la
sartén. Luego puse a calentar una sopa en el microondas y coloqué la vajilla y los cubiertos en la mesa.
Era otra de las cosas que añoraba de vivir con Laura. Aunque las dos éramos un desastre a la hora de
mantener el orden, llevábamos un reparto equitativo de las tareas del hogar.
Piero era un señorito que nunca hacía nada. Siempre era yo la que preparaba la cena, recogía los platos
y los fregaba. Pero estaba muy equivocado si pensaba que iba a seguir así. Pedazo de caradura, machista.
Salió de su habitación, ya aseado y oliendo a gel. Se frotó las manos cuando vio la comida encima de
la mesa y me dedicó una mirada de macho orgulloso con la que terminó por enfurecerme.
—No me llames así —le gruñí—. Y desde ahora mismo te informo que hoy fregarás tú la loza,
cocinarás cuando te toque y limpiarás lo que manches.
Piero me miró asustado.
—Tranquilo, no te hará falta el título de chef para dominar el arte de la fritanga y la técnica del
microondas.
Llamaron a la puerta y nos miramos enfurruñados unos segundos más. Hasta que Piero fue a abrir y yo
sonreí al proclamarme como vencedora de la disputa. Luego me quedé desconcertada al ver a Leandro y
a Micael con una maleta.
A juzgar por la expresión de Piero, debía de sentirse igual de perdido que yo.
—Dana, tú me pediste que Micael fuera tu consejero y aquí lo tienes. ¿Le puedes decir en qué
habitación debe instalarse? —me pidió Leandro.
—¡Invitaste a un monje a vivir con nosotros! —se quejó Piero, sin poder creerlo.
—Dana —intervino de nuevo Leandro—, como te dije en mi despacho, una de las obligaciones de un
consejero es permanecer lo más cerca posible de su protegido.
—Motivo por el que al final acepté —alegó Micael con una sonrisa.
—Bueno, yo os dejo a Micael y a ti para que habléis y os pongáis de acuerdo —se disculpó de camino
hacia la puerta.
Cuando el supervisor se marchó, giré la cabeza hacia Micael y me fijé en que estaba observando el
apartamento con esa exagerada curiosidad que me llamaba la atención.
—Creía que preferías ser un barrendero a un impostor —dije interrumpiendo su minucioso examen.
—Es que no seré tal cosa —me aseguró, con sus ojos ambarinos fijos en los míos.
—Pues me temo que yo sí hablaba en serio cuando acepté —me respondió sonriente—. Por cierto
¿dónde puedo dejar mi maleta?
Lo miré alucinada y luego señalé la habitación que había sido de mis abuelos. En el fondo me alegraba
que hubiera aceptado mi ayuda. Puede que Micael fuera un fastidio, pero sentía la necesidad de
protegerle. Además, ya encontraría la forma de esquivar a mi consejero, de eso estaba segura.
Terminé de almorzar y recogí los platos sucios. El zoquete de Piero había vuelto a librarse de lavar la
loza. Micael salió de su nuevo cuarto y en cuanto me vio se acercó corriendo.
—Yo me ocupo de esto —dijo quitándome la esponja—. Tú avisa a ese joven para que te lleve a dar
un paseo.
—¿Qué?
—Le he dicho a Leandro que parecías agobiada y que te vendría bien salir un rato.
—Claro, soy tu consejero —repuso divertido—. Pero debes salir supervisada por alguien y yo no
puedo, puesto que también soy nuevo y acabaríamos perdidos en la ciudad. Así que he pensado que tal
vez Piero...
Antes de que terminara la frase, me puse de cuclillas y le estampé un beso en la cara. Micael reaccionó
con gesto de sorpresa, pero después dibujó una sonrisa tímida.
No fue difícil convencer a Piero para que se prestara a ser mi guía turístico. A pesar de que continuaba
algo molesto conmigo, la idea de acompañarme de paseo parecía ser mayor que su resentimiento.
Me tomó de la mano y me arrastró por todos los corredores del monasterio. Hasta que descubrí que el
motivo de esa imprevista carrera era porque estábamos buscando a los señores Conti. Y encontramos a
Filomena en el cobertizo donde su marido Mateo guardaba las herramientas. Ella ordenaba su mesa de
trabajo mientras él la observaba toquetear sus cosas con cierto aire de crispación, pero sin decir nada.
Sabía que cuando a su mujer se le metía algo en la cabeza, era mejor no provocar su ira.
Piero le dio una orden a Mateo y él salió disparado por la puerta. Supuse que debía llevar un rato
soñando con alguna excusa, para perder de vista a Filomena.
—Ya verás Dana, la sorpresa te va a encantar —me aseguró entusiasmado—. La estaba reservando
para cuando pudieras salir, pero hoy podré mostrártelo.
—¿El qué?
Mateo le comunicó a Piero que todo estaba preparado y salimos a los jardines principales, donde
estaba el mismo coche en el que había llegado al monasterio. Observé su carrocería beige y me llamó la
atención un detalle. Un detalle que en su momento había pasado inadvertido. Se trataba del dibujo de un
león dorado con la garra levantada, a la altura del picaporte de las puertas. Era el mismo león que lucía
Piero en su uniforme y el mismo león que custodiaba la entrada de nuestro apartamento. El emblema de
los Ranieri.
Mateo nos abrió la puerta del coche y luego tomó asiento en el sitio del conductor. Además de ser el
hombre que arreglaba los desperfectos de la escuela, era el chófer de la familia.
El monasterio se hallaba escondido en el interior de un valle y tras casi media hora de serpenteantes
carreteras, llegamos a la ciudad. Desde el coche pude comprobar que Roma era en buena parte lo que se
decía de ella: la ciudad de las fuentes y de la arquitectura civil antigua. Observé que algunas de las
esculturas de las fontanas tenían relación con la mitología romana; como la Fuente de Neptuno o la Fuente
del Tritón de la Piazza de Barberini. También visitamos la Fontana de Trevi y bordeamos el famoso
Coliseo.
Piero iba señalándome a través de la ventanilla, cada monumento que consideraba de mi interés, hasta
que estacionamos en una calle bordeada por edificios de época. Nos apeamos del vehículo y cruzamos la
extensa avenida mientras Mateo esperaba dentro. Llegamos a uno de los edificios señoriales que hacía
esquina, y nada más alcanzar la entrada, encontramos al león de los Ranieri dándonos la bienvenida.
—Sí, ojos verdes, este museo pertenece a nuestra familia —me susurró Piero al ver que me había
quedado clavada delante del enorme león de piedra.
—Señorito Piero, ¡qué sorpresa verle por aquí! Ya veo que viene con una de sus amigas... —alegó
mirándome sin tanta admiración como a él.
A pesar de que lo había dicho en italiano, lo había comprendido perfectamente y me mostré incómoda
con la situación. No me gustaba que ese hombre me hiciera pasar por una de las conquistas de Piero.
Conquistas a las que seguramente llevaba allí para impresionar.
—No es una amiga sino la hija de mi difunto tío. Es decir, una Ranieri como yo. Así que recuerda su
cara para que la próxima vez que la veas, no vuelvas a ser tan inoportuno con tus palabras —replicó
Piero.
Por lo visto, a él tampoco le había gustado la confusión del guarda.
El hombre enrojeció como una cangrejo y se disculpó enseguida. Yo le sonreí tratando de aliviar su
malestar, pero Piero lo ignoró y tiró de mi mano.
Cuando entramos en el museo volví a quedarme muda de la impresión. Todo resplandecía con el brillo
de la ostentación; las escaleras de mármol, los pasamanos de oro, las paredes de madera, los espejos
decorados, la bóveda pintada al fresco. Se me hacía increíble pensar, que yo pudiera guardar relación
con aquel sitio tan distinguido y elegante. El museo contaba con cuatro plantas y multitud de galerías que
albergaban una extensa variedad de objetos de orfebrería, vasijas de diamantes, figuras de mármol o
bronce y cuadros de pintores famosos, que iban desde la época barroca hasta la contemporánea.
Me acordé de Don Urraca, y su irrisoria colección comparado con esta. Incluso Abel hubiera tenido
que reconocer que era un muestrario de arte digno de su interés.
—¡Guau! —exclamé sin dejar de girar en círculos, maravillada con la grandeza de ese lugar.
—¿Entonces los Ranieri somos dueños de este museo? —pregunté, volviendo a la realidad.
—Ojos verdes, los Ranieri poseemos una de las colecciones de arte más importantes del mundo. De
hecho, pocos coleccionistas pueden hacernos sombra y preferiría no hablar de esas excepciones, si no te
parece mal —me pidió antes de que le preguntara, lo que me dio a entender que el tema le resultaba
realmente un asunto escabroso.
—Si los Ranieri somos tan importantes, ¿por qué pasamos desapercibidos a los ojos del mundo?
—Es que eso no es así —me contradijo molesto—. La mayoría de humanos no conocen nuestra
verdadera naturaleza, pero nuestro apellido posee el rango de la realeza y somos una de las familias más
influyentes de Europa —añadió con altivez.
Continuamos recorriendo el museo mientras Piero se dedicaba a explicarme el origen de cada cuadro o
pieza, con un tono tan mecánico que no albergué duda alguna de que era el mismo rollo que le soltaba a
sus conquistas para sorprenderlas. Lo sabía porque me había molestado en leer el folleto que nos habían
repartido en la entrada y Piero estaba repitiéndome la misma información de memoria. Tuve el impulso
de pedirle que dejara de hacerse el fanfarrón, pero me pudo el sentido de la diplomacia y aguanté la
charla todo lo que pude, hasta que me vi obligada a pedir un descanso para ir al baño.
Cuando salí de los aseos, observé a unos metros de distancia la puerta trasera del edificio, iluminada
por los tonos rojizos de las últimas luces de la tarde. No me pude resistir y me acerqué atraída por su
belleza. Pese a la clase sobre arte improvisada por Piero, estaba disfrutando del paseo. Pero yo quería
independencia absoluta, sentirme libre de verdad, y me escabullí por la puerta del museo antes de que
Piero pudiera verme. Luego me apresuré calle abajo, me subí en un autobús rojo y blanco, y me embarqué
a la ventura.
Al cabo de un rato me bajé en una vía cerca del Coliseo. La calzada era de adoquines, como en la
mayoría de las calles de Roma, y las farolas colgaban desde lo alto de los edificios con forma de
campana blanca. A lo largo de la avenida, asomaban los toldos de algunos cafés con sus terrazas al aire
libre. Me senté en un banco para disfrutar del paisaje. Estaba anocheciendo, pero el aire se notaba
caldeado y denso. Me recordaba el clima de Valencia. Aunque nada tenía que ver, mi bella ciudad
mediterránea con sus casitas de alegres colores y sus calles bordeadas de palmeras, con los edificios
señoriales de la imponente Roma.
Cuando me subí al taxi ya era noche cerrada. Nada más llegar al monasterio, llamé al timbre del
portalón automático y Filomena me arrastró dentro.
—¿Ma dónde te habías metido, ragazza? ¡Estábamos muy preocupados por ti! Sobre todo el bambino
Piero que no ha dejado de buscarte.
Cuando llegué al despacho de Leandro, supe que estaba metida en un buen lío. Allí no faltaba nadie.
Estaban Werian, Micael y hasta el abuelo. Y todos me observaban preocupados y enfadados. Menos
Werian, que parecía muy satisfecho con mi metedura de pata. Tomé aire para afrontar la bronca que me
iba a caer encima.
—Filomena, ¿serías tan amable de llamar a Piero y decirle que puede regresar? —le pidió Leandro.
—Dana, espero que tengas una buena justificación —me dijo el supervisor, en un tono serio.
—Me perdí. Yo estaba en el museo con Piero y salí fuera un momento, pero luego me extravié por una
de las calles y ya no supe volver.
De repente sentía que había retrocedido en el tiempo y era otra vez una adolescente, excusándome
delante de mi madre por llegar tarde a casa. Y recurrí a las clásicas disculpas.
Los tres me observaron sin creer una sola de mis palabras. Aun así, pusieron todo de su parte. Menos
Werian, que seguía al acecho.
—Dana, debiste tener más cuidado. ¿Y si no hubieras encontrado el camino de vuelta al monasterio?
—¡Pero lo hizo! —gruñó enfadado el abuelo —. La chica tuvo las suficientes luces para buscarse la
vida y regresar aquí de una sola pieza, por lo que si me disculpan, señores, este viejo regresa a la cama.
—¿Es que vas a permitir que nos tome el pelo? Porque no te habrás creído la mentira de que se perdió,
¿verdad? ¡Exijo que se la discipline de una vez! —pidió con rabia.
—Cálmate Werian, antes de tomar cualquier decisión me gustaría escuchar a su consejero —dijo
mirando a Micael—. ¿Tú qué piensas de todo esto?
A éste le cogió totalmente desprevenido la pregunta, pero luego meditó con calma la respuesta mientras
analizaba las expresiones de Werian y de Leandro, que a su vez lo miraban a él esperando que se
pronunciara. Yo me sentía segura de la victoria, sabía que Micael me salvaría de las garras de Werian.
Me lo debía.
—Pues en ese caso Dana, mañana después del almuerzo, te encargarás de barrer los pasillos del
monasterio. Y lo mismo durante toda la semana —dictaminó Leandro.
Le lancé una mirada furiosa a Micael y salí disparada del despacho. No quería verle la cara ni un
segundo más a ese traidor. Pero él me fue siguiendo por todo el colegio pidiéndome que me calmara y le
escuchara. ¡Qué le escuchara! Cuando lo que quería era darme la vuelta y estrangularlo con el cinto de su
propia túnica. Aunque era demasiado alto para intentarlo y no pensaba divertirle con mi humillación. De
repente esa sensación de impotencia y rabia, hizo que volviera a pensar en Abel. Pero era absurdo
siquiera compararlos. Uno era el mismísimo diablo; poderoso, altivo, peligroso. El otro no era más que
un monje ingrato que me la había jugado por confiar en él.
Entonces el picaporte giró y Micael se deslizó por la puerta con total frescura. Le miré boquiabierta y
algo asombrada. Juraría que había echado el pestillo...
—Vaya, además de ser un traidor tienes madera de maleante —le reproché con ironía.
—A Judas Iscariote, el Mesías le otorgó el beneficio de la duda. Concédeme el mismo favor —me
rogó con una mirada sincera.
—Te olvidas que yo no tengo nada de lo que dudar. Estaba allí mientras me traicionabas —sentencié
con rencor.
A pesar de ello, Micael me sonrió de manera amistosa y colocó mi mano entre las suyas.
—Eres una jovencita muy impulsiva y testaruda. Tienes mucho que aprender.
—¡Hablo en serio! —insistió—. Werian te odia desde que le desafiaste en el comedor y que
intercedieras a mi favor no ha hecho más que empeorar las cosas.
—Werian piensa que cuentas con favores aquí dentro y es conveniente no enfadarlo.
—Dana, yo no soy tu enemigo —se quejó molesto—. Yo estoy aquí para velar por ti y guiarte como tu
consejero.
—No, el castigo te lo buscaste tú sola al desobedecer y mentir. Y no se te ocurra negarlo —me advirtió
cuando hice el amago de protestar—. Debes aprender a dejar a un lado el orgullo y asumir tus errores.
—Claro que no. ¿Pero cómo quieres que volvamos a confiar en ti, si a la mínima oportunidad nos
fallas? —me reprochó con suavidad.
—Puede que tengas razón —reconocí entre dientes—. No debí plantar a Piero e irme por mi cuenta. Lo
siento —concluí avergonzada.
—Nada, solo me preguntaba qué hace alguien como tú en un sitio como este. No pareces un monje.
—Me refiero a que eres demasiado joven y guapo —confesé ruborizada mientras seguía observando
de reojo su melena dorada y sus bonitos ojos medio verdosos.
—¿En serio? —Se rió divertido— En ese caso, gracias, pero te diré que no se me ocurre una forma
mejor de pasar la vida que dedicándola al servicio de Dios —me aseguró con un gesto afable.
—¿Y tú? ¿Cómo has terminado aquí, si eres incluso más joven?
—Es verdad, no lo he hecho —recordó—. Pero no todos los misterios deben ser revelados, ¿verdad?
Al menos no por el momento —dijo guiñándome un ojo.
—Y ahora será mejor que descanses, mañana tendrás un castigo que cumplir —se despidió,
levantándose de mi cama.
—Por tu culpa —gruñí—. Solo de pensar en el gusto que le dará a ese buitre verme humillada —gemí
afligida.
—Como te dije una vez, la dignidad está en la nobleza de nuestros actos y nadie te la puede arrebatar.
En cuanto volví a quedarme a solas, me acerqué a la cajonera del armario y saqué la carta de Abel. Me
puse a leerla como cada noche y cuando llegué a la parte donde me vaticinaba problemas, me eché a
llorar.
Era asombroso comprobar lo mucho que me conocía. Asombroso, y al mismo tiempo triste, porque
hacía que lo echara mucho más de menos. Y releí un millón de veces su carta, con la intención de suplir
de alguna manera su dolorosa ausencia.
En todo tiempo ama al amigo, y es como el
hermano en tiempo de angustia.
(Proverbios 17:17)
PARTE 2
SEGUNDA REVELACIÓN
Era domingo cuando desperté en mitad de la oscuridad. Aún seguía sin acostumbrarme al sonido de la
campana. En realidad no me acostumbraba a nada.
Había disfrutado del paseo y de mis horas de libertad, pero las cosas siempre se acababan torciendo y
el deseo por huir de allí se hacía cada vez más fuerte. Quería regresar a Valencia, ver a mi madre, a mis
amigos. Quería tener noticias suyas de una maldita vez. Quería tocarle, besarle. Tragué saliva. Me había
prometido por enésima vez resistir a la melancolía.
Terminé de vestirme y salí del apartamento. Esa odiosa campana siempre lograba desvelarme. Me
escabullí por los corredores de la residencia, que ahora, en mitad de la noche, se me antojaban tan
sombríos y tétricos como los de la parte baja del monasterio. Llegué al final del ala norte, donde se
encontraban las escaleras de caracol que daban a uno de los torreones. Las fui subiendo con cuidado de
no tropezarme en medio de la oscuridad, y al cabo de unos cien peldaños, alcancé la parte más alta del
edificio. Tuve que inclinarme sobre mis rodillas para recuperar el aliento. La brisa fuerte que soplaba
ayudó a refrescarme. Cuando me incorporé despacio, observé que comenzaba a asomar una tímida línea
de luz en el horizonte.
Enseguida me trajo el recuerdo de aquel amanecer que había contemplado a su lado. Acabábamos de
pasar la noche juntos y él, con semblante entristecido, me había confesado que era uno de los creadores
del mundo y de la luz que se alzaba sobre mi cabeza. Desde entonces los amaneceres se habían
convertido en su aliento y en su cálido abrazo. Y allí mientras admiraba su maravillosa obra, sentí algo
parecido a la felicidad.
Abajo, en el prado, se apreciaba el color vivo de los girasoles como una sábana de fuego. Más allá, el
bosque de coníferas se extendía hasta casi llegar a la ciudad de Roma, donde sus edificios altos se veían
cada vez más iluminados por el sol. Recorrí los pocos metros cuadrados que tenía el mirador y observé
la cúpula de la Basílica de San Pedro. Supuse que el monasterio debía de encontrarse en algún punto
intermedio entre el Vaticano y la ciudad.
—En realidad te llevo buscando desde ayer por la tarde —me reprochó—. Pero no, ahora fue el monje
quien me dijo que estabas aquí arriba. Él te vio cuando salía de la capilla.
¿Me había visto desde la capilla? Caray, pues qué vista de halcón tenía Micael.
—No te molestes —me interrumpió Piero, irritado—. Yo no me creo el cuento ese de que te perdiste
por Roma. Y si quieres saber mi opinión, te mereces el castigo. Ninguna chica me da esquinazo así como
así —terminó de mascullar por lo bajo.
Nos miramos ceñudos y bajamos las escaleras del torreón sin dirigirnos la palabra. Luego Piero se
detuvo en seco y me miró.
—Pues lo siento pero no podrá ser. Todos los domingos los brujos acudimos a misa como buenos
cristianos —recalcó con ironía—, de manera que te espero para irnos juntos. Ah, y procura no extraviarte
por el camino esta vez —me advirtió igual de sarcástico.
Tuve ganas de mostrarle un dedo, pero al final me contuve y me dirigí a la ducha. ¿A misa? ¿En serio?
«Detesto este sitio», mascullé. La última vez que había pisado una iglesia, me habían metido un tiro y
no me apetecía volver.
Cuando nos reunimos con las hermanas eslavas en la capilla, me di cuenta de que otra vez volvía a ser
la nota discordante del lugar. Los demás brujos iban con el uniforme rojo o blanco —según la categoría
— y los monjes con el hábito marrón. Werian era el otro punto en discordia con su túnica fucsia
recargada de ornamentas.
Entramos en la iglesia romana y cuando Werian comenzó la ofrenda como cardenal, tomamos asiento
en los bancos de madera. El templo no era muy grande. Contaba con el espacio suficiente para
albergarnos a todos, y salvo por el lienzo que cubría por completo el fondo del altar, no había ningún otro
elemento que mereciera la pena ser admirado. En cambio aquel mural era diferente.
Se trataba de la pintura de un enorme ángel, ataviado con cota de guerra y una espada de acero que
blandía en el aire. Observé que a pesar de sus facciones delicadas, su gesto era agresivo. Era como si
estuviera librando una batalla importante y su enemigo acaparara toda su atención.
—Es el arcángel Miguel —me susurró Piero, al ver que miraba fijamente hacia el lienzo—. El padre
de nosotros, los brujos, y en esta capilla le rendimos culto.
«De modo que la espada que sujeta es contra Abel», concluí mirando ya, sin ninguna simpatía al
dibujo. Al otro lado de la capilla se hallaba Micael, pegado al resto de monjes que proferían cánticos
bajo el compás marcado por Werian.
Micael también observaba el cuadro con una melancolía extraña, mientras sus compañeros seguían
desgañitándose a su alrededor. Hasta que de pronto giró su cabeza y nuestras miradas se encontraron.
Luego volvimos a desviar nuestra atención hacia Werian y su interminable sermón.
Tras una hora de salmos y cánticos de misa, abandonamos en orden la capilla. Piero y los demás se
marcharon a divertirse; y yo tuve que acompañar a Filomena al calefactorio, donde guardaban los
utensilios de limpieza y donde me presentó a doña fregona y a su hermana melliza: la escoba.
Me pasé la tarde entera barriendo y fregando por los corredores de la planta baja del monasterio.
Estaba realmente agotada y hambrienta. Entonces escuché una risita que venía del fondo del pasillo. Solté
los trastos y me moví con sigilo hacia allí. Quería sorprender al individuo que se estaba divirtiendo a mi
costa. Pero la sorpresa me la llevé yo, cuando descubrí al arcángel Gabriel agazapado en la esquina
partiéndose en dos de la risa.
Gabriel se quedó clavado en el sitio, incapaz de hacer otra cosa que no fuese observarme con cara de
espanto. Y acto seguido pestañeó y se dio a la fuga.
—¡Vuelve aquí, Gabriel! —grité corriendo tras él— ¡Si se lo cuentas te mato!
Volvimos a correr uno tras otro por todo el corredor. Hasta que unos brazos fuertes me levantaron en
volandas.
—¡Suéltame, tengo que detener a ese soplón antes de que se vaya de la lengua! —gruñí pataleando.
—¡Dana, para! —Me ordenó Piero— ¿Se puede saber qué haces y de qué hablas?
—¿Cómo? ¿Es que no lo ves? —dije señalando a Gabriel que se había detenido de nuevo para
hacerme la burla.
Piero siguió el curso de mi dedo y me volvió a mirar.
—¿Estás ciego? ¡Está ahí mismo! —insistí, apuntándole sin parar con el dedo.
—¿Me tomas el pelo? ¡Ahí no hay nadie! Dana, me estás preocupando… —añadió en un tono más
serio.
Gabriel se puso a caminar delante de Piero y a silbar una canción. ¡Pero él ni siquiera lo escuchaba!
Hasta que lo comprendí todo. Gabriel podía hacerse invisible. Y no solo eso, podía hacerse invisible
ante quién le diese la gana.
—Es igual —me disculpé—. Creí haber visto a alguien, pero ha sido solo una sensación. ¿Regresamos
al apartamento?
—Sí, regresemos. Está claro que necesitas descansar —me dejó caer a la vez que yo asesinaba a
Gabriel con la mirada.
Por lo visto cada arcángel estaba dotado con una habilidad especial. Abel podía captar las emociones
de los que le rodeaban, Rafael tenía el don de la curación y Gabriel podía pasar desapercibido ante quien
quisiera.
Irina se encontraba sentada en el sofá, con los pies cruzados encima de la mesita del café.
Intercambiamos un leve movimiento de cabeza a modo de saludo. Micael me asedió a preguntas y mostró
interés por saber cómo me había ido en mi primer día de trabajo. Lo miré con resentimiento. Cómo si
pasar el día con la escoba y el mocho diera para explayarse en comentarios. Pero hice lo que pude
cuando la parejita perfecta corrió a su nido de amor y yo me quedé a solas con él. Luego me fui a la
cocina en busca de algo de comida. Seguía teniendo un apetito voraz.
—No es necesario que te conformes con un bocadillo —me dijo al verme coger un paquete de pan de
molde.
Me encogí de hombros.
Él me contradijo con una sonrisa y sacó un recipiente de plástico que llevaba escondido en la túnica.
Era el menú que habían tenido los monjes ese mediodía: pollo asado con patatas al horno. Se me abrieron
los ojos como calabazas y comencé a segregar salivar.
—¡Pero es tu comida!
—Oh, tranquila. Yo no tendré apetito —aseguró en un tono tan rotundo que me llamó la atención—.
Además, he observado tu cara mientras almorzamos en el comedor y he pensado que tú lo aprovecharías
mejor que yo.
—No me las des a mí, dáselas a Él —me contestó señalando hacia arriba.
Micael no me contestó. Los dos nos contemplamos con detenimiento. ¿Dónde había escuchado antes
esa forma de nombrarlo? Y de nuevo pensé en Abel.
De repente recuperé la cordura y me descubrí con su delantal entre mis manos. ¿Pero qué estaba
haciendo? ¡Había intentado desnudar a un monje! Me invadió un calor abrasador por las mejillas.
Micael permaneció paralizado, mirándome con los ojos muy abiertos. Diría incluso que estaba
asustado. Después huyó a su habitación y le escuché usar el pestillo por primera vez.
Me sujeté la cabeza con mis manos y traté de asimilar lo que acababa de ocurrir. No llegaba al extremo
de sentirme como Micael, pero estaba lo bastante aturdida y avergonzada para necesitar un respiro. ¿Qué
me estaba ocurriendo? ¿Por qué me empeñaba en comparar al monje con Abel? Lo pensaba fríamente y
sabía que no tenían nada en común. Quizás Piero tenía razón y necesitaba un descanso.
Cuando terminé de cenar me fui directa a la cama. No me costó conciliar el sueño. Aún me pesaba
haber madrugado por la mañana. Pero el sonido de la campana logró desvelarme como cada maldita
noche. Pataleé furiosa bajo las sábanas hasta que de pronto escuché también el ruido de una puerta
cerrarse. Me vestí deprisa y salí de la habitación a curiosear. El cuarto de Micael estaba abierto, debía
haber salido con los demás monjes a rezar a la capilla. Decidí entrar a fisgonear. Necesitaba despejar
esa duda que me estaba carcomiendo. Pero cuando revolví en los cajones no encontré nada importante.
Ningún documento, ninguna foto, absolutamente nada que me hablara de una vida antes de tomar el hábito.
Tampoco tenía más posesiones que un par de mudas y algunas túnicas que se veían solitarias en mitad del
armario. Me senté encima de su cama —aparentemente sin tocar puesto que la colcha se mantenía
colocada en su sitio— y traté de hallar alguna explicación a todo aquello. Entonces vi una nota sobre la
almohada y me estiraba a recogerla.
Desconcertada, dejé caer la hoja sobre la colcha. ¿Para quién era esa nota? ¿Para mí? En ese caso
¿cómo sabía que yo la iba a leer? ¿Es que ya contaba con que entraría en su habitación? Agité la cabeza
repleta de dudas y tomé una decisión. Fuera o no dirigida a mí, acudiría a la cita. Tenía que resolver el
misterio de una vez por todas.
Salí del apartamento y deambulé por los pasillos en mitad de la penumbra. Llegué al portón de madera
y me escondí allí hasta que los monjes abandonaron el templo. Luego penetré con sigilo en la pequeña
capilla y comprobé que no había nadie. Todo estaba en silencio. Recorrí el pasillo hacia el lienzo del
fondo del altar y me quedé parada frente a él, observando detenidamente a aquel ángel de aspecto fiero.
Entonces alguien más se detuvo a mi lado.
—Tuve una visión en la que te veía entrando a hurtadillas en mi cuarto y supe que había llegado el
momento de presentarme —me explicó de lo más natural.
—No entiendo...
—Sí Dana, una visión como las que tienes tú en sueños. Algunos de vosotros habéis heredado mi don
de la premonición.
—¿Eres...?
No me atreví a terminar la frase. Era demasiado inconcebible como para ser cierto. Micael volvió a
mirar hacia el ángel guerrero y su expresión se llenó de amargura.
—Fue la batalla más dura que tuve que librar —objetó mustio.
Le observé sin terminar de creerme que estuviera ante el mismísimo arcángel Miguel. Aunque de
alguna forma siempre había intuido que guardaba relación con Abel. Y eso también hizo que tuviera en
cuenta otro detalle.
—Se condenó él —me contradijo con firmeza y me lanzó una mirada penetrante—. ¿Tienes idea de lo
que aquello supuso para mí? Él era mi hermano, Dana, ¡mi hermano! Y aunque han pasado miles de años
de aquella guerra, su pérdida sigue siendo una herida abierta para mí.
—¿Y eso es todo? ¿Es lo que puedes decirme para justificar el destierro de tu propio hermano?
Me miró de soslayo sin ocultar su pesar y se acomodó en uno de los bancos. Corrí a sentarme a su
lado, deseando conocer su versión de la historia.
—Luzbel era el arcángel con la mente más brillante de nosotros siete —comenzó a relatar—. Tenía a
su cargo miles de legiones, contaba con SU apoyo, gozaba de toda virtud. Y, sin embargo, no lo supo
valorar... No supo comprender que ser un arcángel no te hace superior en nada, si acaso en
responsabilidades. Pero no tienes derecho a cuestionar la autoridad de padre y mucho menos a desafiarle.
—Luzbel puso a los humanos a prueba en varias ocasiones con la intención de demostrarle, a ÉL y a
nosotros, que no merecíais el regalo de la vida. Pero al ver su fracaso, fue más allá y se enfrentó, con
ayuda de sus legiones, a los que éramos su propia familia. Pensaba que el respaldo de una tercera parte
de los ángeles, sería suficiente para imponernos su voluntad.
—Quizás si habláis...
—Es inútil, Dana —se lamentó—. Por más que intentamos razonar con Luzbel, sigue empeñado en que
le dimos la espalda como hermanos. Y a mí sobre todo me detesta porque fui el que encabezó la milicia
celestial en su contra.
—Sí, sé lo cabezota que puede llegar a ser —reconocí con aire pensativo—. Pero no está todo
perdido, Micael. Yo puedo hacerle razonar. ¡Sé que a mí me escuchará!
—Solo digo que mi hermano tiene un lado complicado que todavía desconoces.
«¡Qué tontería!», pensé. Pues claro que conocía ese lado de Abel. Sabía que tenía un temperamento
enrevesado, insoportable y retorcido. Pero también le conocía lo bastante para saber que en el fondo
seguía existiendo ese arcángel de luz. Ese mismo ángel repleto de vida que tanto Micael, como el propio
Abel, habían dado por perdido y que yo les demostraría lo contrario.
Micael volvió a tomar asiento, sumergido en sus pensamientos, mientras yo le daba vueltas al tema de
mi presidio.
—Abel sabía que tendría que pasar un tiempo apartada de él, ¿verdad? —deduje con tristeza.
—No, claro que no —.Sonrió—. Ni siquiera mis hermanos se esperaban la noticia cuando les
comuniqué mi decisión de bajar a la Tierra. Habíamos acordado que velaría por ti desde la distancia,
pero cambié de opinión —añadió en un tono travieso.
—Se avecinan grandes cambios, Dana. Cambios que conviene seguir de cerca, y tú eres la clave para
que todo eso ocurra. Sin ti, mi presencia aquí no tendría ningún sentido —me confesó.
—¿Qué tengo que ver con esos cambios? —le pregunté cada vez más exaltada.
—ÉL desea que cumplas con tu deber y que yo te proteja para que llegues al final del camino.
—Sí, ya me ha quedado claro que te han mandado como niñera y que yo te lo he puesto en bandeja
nombrándote mi consejero —comenté algo fastidiada.
—Será mejor que volvamos al monasterio. Empieza a amanecer y alguien nos puede descubrir aquí
dentro —dijo dando por zanjado el asunto.
Filomena me dejó la bandeja del desayuno sobre la mesa. Ya no insistía en que me pusiera el uniforme
de la escuela, pero seguía dedicándome una mirada ceñuda cuando me veía todas las mañanas con mi
ropa habitual.
Cuando terminé de desayunar salí disparada de la habitación. Piero y Micael se habían marchado cada
uno por su lado. A Piero seguía sin gustarle tener que compartir el lujoso apartamento con un monje y
evitaba encontrarse con Micael. Me reí para mis adentros. Si supiera que estaba conviviendo, ni más ni
menos, que con un arcángel. «El Padre de los brujos», según sus propias palabras. Me hubiera gustado
saber qué cara hubieran puesto los demás si lo supieran. Y, sobre todo, qué cara pondría Werian.
Encontré a Samira en la zona de las taquillas y cuando sacamos nuestras cosas, nos fuimos juntas al
aula de teología. Por el camino intercambiamos un par de preguntas triviales del tipo: «¿qué tal el fin de
semana? ¿Te gustó la misa del domingo?». Eran los únicos temas recurrentes que podíamos sacar y
además no es que las dos fuéramos muy charlatanas.
La clase con el cardenal Werian resultó ser tan aburrida como siempre. Y ni siquiera pude echarme una
cabezadita tras los libros, puesto que Werian intuía que no había estudiado y cada cierto tiempo, me hacía
una pregunta con la intención de pillarme sin respuesta. Pero yo tenía buena memoria y solía acordarme
de lo que había dicho en la clase anterior. Y las pocas veces que lograba cogerme desprevenida, ya
estaba Samira levantando la mano para contestar en mi lugar. Algún día le iba a estampar la tablet en la
cabeza. Su actitud de sabionda me sacaba de quicio.
Cuando lo que parecía inalcanzable sucedió y la clase tocó a su fin, salí de las primeras por la puerta.
Me urgía resolver un asunto en el que había estado pensando, y corrí al apartamento para coger el
manuscrito. Lo saqué del cajón, lo oculté bajo mi blusa y busqué a Micael por los pasillos del
monasterio. Cuando al fin lo encontré, jadeaba y me costaba respirar.
—Tienes que ayudarme —solté entre suspiros entrecortados—. Tienes que ayudarme a descifrarlo —
repetí, sacando el documento de mi blusa para mostrárselo.
—Ahí se detallan las claves para hallar la Daga Sagrada, tu daga —puntualicé—. Y tú mejor que
nadie, debes de saber dónde se encuentra.
—¿Bromeas? —protesté— ¿Me estás diciendo que sabes dónde puedo encontrar la daga y no quieres
decírmelo?
—Micael, esto no es un juego, si alguien da con esa daga antes que yo, no dudará en usarla contra Abel
y ya sabes que eso puede conllevar su fin.
—Luzbel sabe cuidarse solo, lo ha demostrado todo este tiempo. Pero en cualquier caso no depende de
mí su salvación, ni de ti. Solo él puede hacerlo.
—¿Sabes qué? No necesito tu ayuda. ¡Lo haré yo sola! —repliqué, extendiendo la mano para que me
devolviera el manuscrito.
—Me parece bien que lo hagas sola, porque eso es lo que debes de hacer. Pero aún no estás preparada
para descifrarlo.
—Tu continua desobediencia y altivez —me contestó con franqueza—. No escuchas lo que trato de
decirte, no prestas atención a tu consejero. Solo buscas salirte con la tuya sin medir las consecuencias y
eso puede suponer un desastre. ¿O te recuerdo que Ábadon ya reclamó tu alma una vez? —me reprochó
con una mirada severa.
—Pero...
Luego se acercó a una esquina del pasillo y con un movimiento rápido, atrapó al espía.
—¡Gabriel! —exclamé.
Gabriel aguardó en silencio, negándose a confesar. Pero Micael censuró su comportamiento con una
mirada más dura y acabó por derrumbarse.
—¡Está bien, está bien! —Se rindió— Luzbel no soporta permanecer alejado de Dana y me ha hecho
prometerle que la cuidaría en su lugar. Ya sabes lo insistente que puede llegar a ser —insinuó con miedo.
—Pues no era necesario, Gabriel. Tú ya sabes que para eso estoy aquí —le recriminó.
—Pero Luzbel no lo sabe y si vuelvo sin noticias de ella, montará en cólera —se quejó contrariado.
Gabriel miró molesto a su hermano y se marchó enfurruñado. Después yo le imité. También estaba
enfadada con Micael.
Al final llegué tarde al comedor y tuve que cumplir un día más de castigo con el estómago vacío.
Cuando regresé al apartamento, estaba agotada y muerta de hambre. Pero Micael me había guardado parte
de su almuerzo y decidí perdonarle.
Antes de acostarme pensé en volver a leer la carta de Abel. Sentía la necesidad de llenar aquel vacío a
toda costa. Pero ya me la sabía de memoria y preferí leer un poema de su diario, El Arcángel de Luz. Un
poema que en su momento no había alcanzado a comprender y que ahora consciente de la tragedia que
había supuesto su destierro, podía interpretar el dolor y la rabia que encerraban aquellos versos.
El Arcángel de luz
Abrí los ojos con el sonido de la campana. Pero pude conciliar el sueño y volví a despertarme por la
mañana.
Crucé el salón de camino hacia la entrada y me fijé en que la puerta de la habitación de Micael estaba
abierta. Seguramente había salido muy temprano. Quizás ni hubiera pasado la noche en su cama. Sabía
que un arcángel no necesitaba dormir, ni cualquier otra necesidad humana, razón por la que ya no me
sentía culpable por aceptar su comida.
Encontré a Samira por el pasillo y nos dirigimos juntas a clase de magia. Casi todos los alumnos ya
habían conseguido superar la prueba del huevo y Leandro decidió que estábamos preparados para pasar a
la siguiente parte del temario: Magia en acción. Así lo llamó. También dijo que para ello necesitábamos
un lugar más espacioso y nos trasladó al gimnasio. Todavía me acordaba cuando había estado con Piero,
pero aquellos artilugios que parecían ser árboles, telas de araña y túneles de topos, seguían resultándome
un misterio.
—Bien chicos —dijo Leandro—, en vista de que habéis progresado en clase, he decidido mostraros el
manejo de los poderes en un combate.
Se dirigió a la puerta e hizo pasar a alguien de afuera al gimnasio. Samira y yo nos miramos
desconcertadas cuando vimos que se trataba de Irina. Pero ella simplemente nos miró por encima del
hombro y se encaminó hacia Leandro con la cabeza alta. Lo que se traducía a que éramos unos simples
principiantes a sus ojos y no merecíamos más atención que esa. Sin embargo, Samira no podía evitar
observarla con admiración, pese a que su hermana ni se inmutara con su presencia.
—He llamado a Irina porque es una buena guerrera. Mientras que Dana, ha demostrado ser una bruja
aventajada. Decidme, ¿quién creéis que podría tener más oportunidades de vencer en una pelea? —
preguntó el supervisor, mirando al resto de los alumnos.
La mayoría señalaron a Irina sin pensárselo dos veces y ella esbozó una sonrisa arrogante.
—Bien, parece que lo tenéis todos muy claro —se rió el supervisor—. Entonces, ¿qué os parece si lo
comprobamos? ¡Cuando queráis, chicas!
Irina se agazapó como un felino, colocándose en posición de ataque, a la vez que yo seguía sin saber
qué hacer. ¿De verdad tenía que luchar contra ella?
—Dana —volvió a intervenir el supervisor—, ¿cómo esperas tener una mínima oportunidad sin esto?
—dijo entregándome un calzado extraño—. Con las tabi podrás desenvolverte con mayor agilidad y
sigilo frente a tu enemigo.
Las Jikatabi eran unas botas de un material muy flexible que tenía una abertura entre el dedo gordo y el
resto del calzado. Me recogí los rizos en una coleta alta y me examiné con aquello puesto. ¡Genial! Ahora
tenía lo pies de las Tortugas Ninja.
Me situé frente a Irina, que volvió a adoptar una postura rígida, y me limité a esperar su primer
movimiento. Pude percibir de reojo, como el centenar de alumnos tenían sus miradas puestas de forma
muy atenta sobre nosotras. Leandro dio comienzo al combate e Irina no tardó en saltar hacia mí. Pero yo
rodé de costado con intención de esquivarla y ella pegó otro gran salto para atraparme. Entonces alcé las
manos y la vi volando por los aires antes de caer desplomada en el suelo.
—¡Muy bien, Dana! —Aplaudió Leandro—. Ahí tienen una demostración de cómo es posible usar los
poderes a modo de escudo —aprovechó para hablarles a los demás estudiantes.
Irina se incorporó atontada por la caída y me lanzó una mirada siniestra con la que me dejó claro que
se cobraría el trompazo y la humillación.
Comencé a retroceder temerosa ante su posible venganza.
—¿Qué hago ahora, Leandro? —le pregunté con la voz estrangulada por los nervios.
Y sin pensármelo dos veces eché a correr hacia los túneles. Escuché tras mi espalda las risitas de mis
compañeros. Me dio igual lo que pensaran, prefería seguir de una pieza.
En cuanto puse un pie en la penumbra, sentí una brisa incómoda que me resultó familiar y comprendí
que aquellos túneles imitaban a los subterráneos del Seol. Me mantuve expectante ante cualquier
movimiento extraño que pudiera surgir de pronto. Pero los minutos pasaron lentos y agónicos, sin
indicios de mi adversaria. Hasta que de repente se escuchó un silbato.
Suspiré aliviada y salí de mi escondite con una sonrisa. Dos segundos después, sin embargo, sentí el
impacto de un puñetazo contra mi ojo. Tardé un momento en situarme, pero cuando lo hice, mi sorpresa
fue tan grande como mi dolor. Irina finalmente se había vengado.
—Primera lección, nunca bajes la guardia, ¡estúpida! —me soltó con desprecio.
—Irina tiene razón —apostilló Leandro, mientras me examinaba el ojo magullado—. Si hubiera sido
una de las criaturas de Lucifer, estaríamos lamentando algo peor. ¡Por favor, que alguien busque al
consejero de Dana! —Gritó—. Y tú —dijo mirando a Irina— cuando toco el silbato es para algo. Que no
vuelva a ocurrir, ¿queda claro?
Irina enseguida asintió. Pero por el brillo malicioso de sus ojos, supe que no estaba en absoluto
arrepentida de haberle desobedecido. Me olvidé de ella y me centré en mi propio problema. Notaba una
bola de fuego palpitante dentro de mi ojo. Aun así, la humillación era mayor que cualquier dolor.
Micael apareció con visible inquietud y me toqueteó la cara en busca de más lesiones. Luego me tomó
en brazos y me llevó él mismo a la sala de curas. La enfermera también me examinó la cara y salió a por
una bolsa de hielo. Mi ojo pedía a gritos algo fresco. Me recosté en la camilla mientras esperaba. El
techo me daba vueltas. De pronto se presentó alguien que siempre parecía olerse mis desgracias: Rafael.
—¿Pero por qué últimamente se os da a todos por aparecer? —se quejó irritado, Micael.
—Gabriel.
—Ah, bueno, yo solo he venido para ver cómo te las apañabas con la joven. Me consta que es un poco
insolente.
—Pues me apaño bien, gracias. No necesito que nadie más se inmiscuya en su cuidado.
Miré sorprendida a Micael. Jamás le había visto sacar ese carácter, claro que con su hermano debía de
tener más confianza. Aunque Rafael parecía tan sorprendido como yo.
—Y dime, Miguel, ¿debo figurar que el oso panda de la camilla es la chica que tan bien te apañas
cuidando?
Yo me mostré en desacuerdo con sus palabras. Un golpe contra una esquina era un accidente, que se te
derramase el vaso de agua mientras comías, era un accidente. Pero mi ojo amoratado lo había provocado
Irina.
Rafael ignoró a su hermano y se acercó a mí, para explorarme la zona magullada. La enfermera
apareció en ese momento con la bolsa de hielo.
Él, en lugar de contestar, se quedó mirando la píldora que tenía la chica en la mano.
—¿Qué es eso?
—¿Dices que esa cosa insignificante le quitará el dolor? ¿Y qué hay de los emplastes con plantas
medicinales?
La chica le observó más descolocada y Rafael empezó a recorrer la enfermería, explorando los
estantes y abriendo cada cajonera que se encontraba a su paso.
—¿Has visto esto, hermano? —le dijo indignado a Miguel mientras sacudía un cajón lleno de
medicamentos— Se supone que aquí curan a los enfermos y no hay ni una sola planta medicinal. ¡Ni una!
—No entiendo por qué deberíamos tener plantas. Esto es una enfermería, no un herbolario —contestó
la chica algo ofendida.
—Muchacha ignorante, las plantas son la base de la medicina y más te valdría tener un lugar donde
cultivarlas para tratar a tus pacientes como se merecen, en vez de administrarles cosas extrañas. ¿Y tú
dices curar? Desaparece ahora mismo de mi vista, si no quieres que te meta eso...
Sin embargo, la enfermera ya había salido huyendo despavorida de la habitación. No era para menos,
Rafael podía dar miedo. La verdad es que tanto él como Abel tenían un genio insoportable.
Sacó una bolsa que llevaba guardada en su túnica, echó sobre un cuenco un manojo de hojas secas y lo
machacó con una especie de aceite vegetal. Después se aproximó a mí con ese mejunje que olía
realmente mal.
Lo dicho, Rafael podía ser tan insufrible como alguien que yo conocía.
—Dana, venga, obedece —me pidió Micael, viendo que me limitaba a mirar enfurruñada a su hermano.
Suspiré y me dejé echar ese emplaste pestilente. Luego volví a tumbarme en la camilla y esperé a que
hiciese efecto. De repente escuché la voz de Piero irrumpir en la enfermería.
—Me he encontrado mejor otras veces pero no me voy a quedar tuerta, si es lo que te preocupa —
alegué haciendo un esfuerzo por sonreír.
Piero, algo más tranquilo, me devolvió la sonrisa y observó a Rafael con idéntica confusión que había
manifestado la enfermera.
Micael no tardó en criticar su decisión con una mirada inquisitiva y Rafael se apresuró a replicar:
Y Rafael por fin encontró un pretexto para quedarse en el colegio mientras que yo, para mi asombro,
notaba que el dolor empezaba a remitir.
Lejos de imaginarlo, el asunto de mi ojo magullado hizo que me librase del castigo. A Leandro le
conmovía tenerme por los pasillos, cual cenicienta lesionada. Pero a Werian, eso le importaba un comino
y no tardó en mostrar su rabia cuando vio que otra vez me iba de rositas. Por así decirlo, pues el
derechazo de Irina me seguía doliendo, y todo apuntaba a que en los próximos días eso no cambiaría.
Y durante el almuerzo la observé —como pude— con mucho resentimiento. Pero ella respondía a mis
miradas asesinas con una sonrisa burlona, por lo que decidí que debía fastidiarla de alguna forma y
acepté cada una de las atenciones que me profesaba Piero. Entonces funcionó y pasó a observarme con el
mismo odio de siempre.
Cuando terminamos de comer, me fui a la habitación del abuelo. Llevaba varios días sin visitarle y
estaba preocupada. No le había visto en el comedor durante el almuerzo. Pero lo encontré como siempre,
ingiriendo uno de sus insulsos purés. En cuanto se fijó en mi ojo amoratado, se inclinó para enfocarme
mejor. Debía pensar que la vista le traicionaba por las cataratas.
—Vaya —Se rió —. ¿Quieres un poco de mi comida para viejos decrépitos? Tienes un aspecto más
lamentable que el mío.
—Lo que yo decía, el orgullo —contestó el abuelo con una risita convencido de si mismo.
—¡Bueno y qué! —Exploté—. Estoy segura de que a nadie le gusta que le calienten la cara.
—Olvídate de la cara y no trates de disimular conmigo, muchacha. En tu familia sois todos igual de
soberbios.
—Pues eso no me ha servido para detener el puñetazo de Irina —me lamenté en voz alta.
—Solo digo que es peligroso provocar a un león. Es el animal que simboliza por excelencia al
temperamento de tu familia. Los Ranieri siempre tenéis la garra levantada, a la espera del momento
óptimo para propinarle el zarpazo a vuestro enemigo.
Pensé en el león de la garra levantada que aparecía en el uniforme de Piero y el que custodiaba el
apartamento y el museo. Así que más que un emblema bonito, era una seña de identidad.
Le leí al abuelo sentada en la mecedora y cuando parecía haberse quedado dormido, me levanté de mi
sitio para regresar a mi cuarto. Pero nada más tocar el pomo de la puerta, su voz me detuvo de nuevo.
Aquel viejo siempre tenía un ojo abierto. ¡No se fiaba de nadie!
—¿Dana?
—¿Sí?
—La chica que te ha golpeado en la cara es el menor de tus problemas aquí dentro.
—Werian no es ni por asomo lo que aparenta ser. Es un perro de guarda puesto aquí por la propia
Iglesia, y tú, su principal problema —me advirtió con una mirada penetrante.
Se dio la vuelta entre las sábanas y volvió a cerrar los ojos. Yo aguardé quieta durante algunos
segundos, tratando de asimilar sus palabras, y regresé en silencio a mi habitación.
El único momento en el que conseguía sentirme medianamente feliz, era cuando despuntaba el alba.
Entonces me vestía deprisa, subía los peldaños del torreón y contemplaba desde lo alto el amanecer. La
luz se había convertido en su blanca sonrisa. Los rayos cálidos del sol en sus caricias.
Pero luego bajaba a la fría realidad y todo mi ser se estremecía por su falta. Era como si alguien
reventara mi confortable burbuja para obligarme a soportar mi terrible existencia.
Observé las luces del techo de la enfermería mientras reposaba en la camilla. Los golpes y las heridas
también formaban parte de mi vida diaria. Habíamos comenzado los entrenamientos con Piero, e Irina
aprovechaba cada ejercicio para despacharse a gusto conmigo. Ni siquiera permitía que intentara
defenderme. Enseguida me inmovilizaba las manos con intención de que no usara mis poderes como
escudo contra ella y me atizaba sin ningún tipo de miramiento, mientras Piero observaba todo sin
intervenir. Él decía que un Ranieri se forjaba con el calor de los puños de su enemigo. Pero en lugar de
haberme hecho más fuerte, había provocado que pisara la enfermería más de la cuenta.
Rafael me empezó a coser la herida del brazo mientras Gabriel observaba la escena con total
naturalidad. Ya ni siquiera Micael se tomaba la molestia de alarmarse, cuando le avisaban que debía
acudir a la enfermería.
—Eso no es cierto —gruñí—. Uno de los alumnos lanzó demasiado rápido el cuchillo y me rozó el
brazo —aclaré, al tiempo que pensaba lo normal que sonaba todo.
Nos dedicó una mirada ceñuda, pero no se atrevió a replicar una sola palabra.
Observé resignada, el algodón empapado de desinfectante con el que la enfermera me estaba tratando
el chichón de la frente, al tiempo que Rafael seguía cosiéndome la herida del brazo. Al final los dos
habían terminado por entenderse y ahora trabajaban juntos. Aunque Rafael enseguida se había hecho con
el mando de la enfermería.
Y Leandro tampoco hizo demasiadas preguntas con respecto a su repentina aparición en la escuela. Lo
alumnos salíamos renovados de sus manos y era todo lo que le importaba. Pero Micael no llevaba tan
bien que sus hermanos estuvieran merodeando por allí, ya que Gabriel también se aparecía a menudo por
la escuela. Supuse que la actitud hosca de Micael, era porque no quería que le preguntara por Abel.
Cuando lo cierto es que ya lo había hecho, pero sin ningún resultado.
—Pues no sé por qué te has tomado tantas molestias en buscarme. Ya deberías haber supuesto donde
estaba y haber venido directamente a la enfermería.
—Deja a un lado ese mal genio, ojos verdes. Te traigo una noticia que va a cambiar tu cara.
—Dana, prepárate, porque hoy me acompañarás a luchar contra el ejército oscuro. ¡Vas a conocer el
Seol!
Lejos de sacar lo pompones de animadora y agitarlos en el aire, le miré aterrorizada. «Estupendo, más
golpes.»
—¿Pero qué te pasa? ¿Es qué no te alegras? Solo acepto que me acompañen los mejores alumnos —
indicó algo herido en su orgullo por mi pasotismo.
Ignoraba que ya había estado en el Seol. Y no simplemente en los suburbios, hasta donde solo podían
acceder los brujos, sino en el mismísimo corazón del infierno.
Pero me puse en pie y me dispuse a seguirle fingiendo algo de entusiasmo. De reojo pude fijarme en el
rostro de los tres arcángeles, que reflejaban sentimientos muy contradictorios. Mientras que Rafael y
Gabriel parecían divertirse con el desconcierto de Piero, a Micael se le notaba intranquilo ante aquella
inesperada excursión. Al parecer tampoco confiaba en que saliera ilesa de la aventura.
Llegué con Piero a una habitación, cuyas paredes eran gruesas y de aluminio, y dejaba hermético el
interior. Era como una cámara frigorífica donde hacía el mismo frío que en el Seol. Supuse que era así
para que precisamente nuestro cuerpo se adaptara a las bajas temperaturas del abismo.
En la habitación nos esperaba un grupo de brujos, entre los que se encontraba Irina. Ninguna de las dos
dejamos perder la ocasión de demostrar nuestra mutua antipatía con miradas que podían matar. Piero
percibió el conflicto visual y se apresuró a romperlo colocándose en medio. Luego se dirigió al resto de
brujos.
—¡Atención, chicos! —nos pidió— Lo primero que debéis hacer, es aseguraros de que lleváis armas
suficientes. Sobre todo, dagas bendecidas. Esas cosas solo mueren si se les clava la daga en el corazón,
se les decapita o se les calcina. ¿Alguna pregunta?
Todos los brujos siguieron las indicaciones de Piero y revisaron los cinturones bajo sus capas. Y allí
no había nadie que no estuviera armado hasta los dientes. Incluso yo misma acepté el puñal que me
ofrecía uno de ellos. Después un brujo levantó la mano pidiendo permiso para hablar.
—No. Ellos colaboran con Lucifer alejados de este tipo de enfrentamientos. Recuerda que una vez
fueron magos de luz como nosotros y aunque parezca inaudito, les queda algún tipo de escrúpulo —alegó
con ironía, antes de volver a adoptar una postura seria—. Bien, ahora que ya está todo aclarado, el
siguiente paso es organizar un plan de combate. Los que disponéis de mayor arsenal y lleváis más tiempo
entrenando, lideraréis el grupo conmigo. Los demás, os encargaréis de cubrir los laterales a modo de
escudo y al mínimo movimiento sospechoso, atacaréis con los poderes. Vamos a aniquilar a un buen
número de perros rabiosos, ¿entendido?
Todos respondieron al grito de guerra de Piero. A mí no me salía otra cosa que castañetear de frío.
Entonces Piero me cubrió los hombros con su capa blanca, e Irina torció la cara en una mueca desdeñosa
que dejaba entrever su resentimiento. No sentí pena por ella. Sabía que tarde o temprano me lo haría
pagar con sangre.
Me olvidé de Irina y corrí a reunirme con el grupo de guerreros inexpertos: los escuderos. Piero se
situó frente a una pared, pronunció unas palabras extrañas y un portal se abrió, dejando a la vista el vasto
abismo del Seol. Aquella escena no me resultaba nueva, ya la había vivido antes y, sin embargo, me
estremecí de miedo.
Nos fuimos adentrando en el espeso manto de las tinieblas y aguardamos en silencio. De vez en cuando
nos llegaba algún rugido con el que se nos erizaba la piel. Esas bestias nos estaban observando. Pero el
sonido que más lograba inquietarnos, era el de nuestra propia respiración. Y supe con certeza la pregunta
que nos estábamos haciendo todos. ¿Cuándo esos seres abandonarían sus escondites y comenzaría la
masacre?
—Manteneos unidos hasta que yo os lo diga —nos susurró Piero en actitud vigilante—. Los muy
cerdos nos están rodeando.
Continuamos avanzando en una formación compacta pero insegura, pues exceptuando a Piero y algún
otro, la mayoría éramos unos novatos que temían por su vida.
Al margen del temor que sentía, encontré un hueco para sorprenderme con Piero. Había dejado
aparcada su faceta de guaperas perdonavidas y se encontraba inmerso en su papel de líder guerrillero.
Daba pasos con cautela y giraba continuamente la cabeza de un sitio para el otro, adoptando una pose
atenta y decidida.
Nos colocamos en círculo siguiendo la estrategia del grupo. Las criaturas salieron de la oscuridad en
actitud cauta pero agresiva. Lanzaban dentelladas al aire y emitían un rugido amenazador. También tenían
un aspecto más repugnante del que recordaba. Uno de ellos se me aproximó soltando esa especie de
babilla por todo el cuerpo. Alcé las manos de forma instintiva y lo lancé al vuelo como había hecho con
Irina. La criatura cayó a varios metros de distancia. Luego se incorporó despacio y empezó de nuevo a
soltar gruñidos y dentelladas. Ahora entendía el mote de «perros rabiosos» con el que les había bautizado
Piero.
—Dana, ¡cúbreme la espalda! —me ordenó, mientras derribaba a unas cuantas criaturas con
movimientos gráciles y precisos. Era un guerrero espléndido.
Uno de ellos se le aproximó por detrás, y corrí a protegerle como me había pedido. Entonces la
criatura saltó sobre nosotros, levanté las manos y salió despedida por los aires.
Le sonreí orgullosa de mí misma, pero de repente Piero se quedó paralizado. Y los demás brujos y
hasta las propias criaturas hicieron lo mismo.
En ese momento el suelo tembló ligeramente bajo nuestros pies y las criaturas se fueron retirando.
—¡Corred! —chilló de pronto, Piero—. ¡Corred, maldita sea! ¡Corred hacia el portal!
Los brujos emprendieron la huida en estampida. Todos corrían histéricos y gritaban sin rumbo fijo. Era
como si hubieran soltado un lobo en pleno rebaño de ovejas. ¿Pero dónde estaba el lobo exactamente?
¿Hacia qué dirección debía escapar yo para salvarme? No podía ver el portal que había dicho Piero y en
medio del caos lo perdí de vista a él también. Intenté buscarlo entre la multitud y solo recibí codazos,
empujones y pisotones. Las criaturas aprovecharon la confusión del alboroto y empezaron a dar caza a
los brujos. Ni siquiera entonces intentaron recuperar el control o defenderse. Seguían más preocupados
en escapar de una amenaza aún mayor. Proseguí buscando al dueño de mi capa blanca, dentro de la
corriente roja. De vez en cuando escuchaba su voz llamándome a lo lejos pero enseguida quedaba
reducida en el griterío general.
Salí del tumulto con idea de dar con él más fácilmente y entonces lo vi a varios metros de distancia.
Mas no era Piero, sino una silueta tan alta como inconfundible. Y sentí el impulso de gritar de alegría,
porque era él, mi amado ángel tenebroso, era Abel.
Sentí que me temblaban las piernas cuando empecé a caminar en su dirección. Él tenía puesta su túnica
oscura y se mantenía estático mientras aguardaba a que yo me acercara. A su lado, por supuesto, se
encontraba Ántrax. También iba cubierta con una capa negra, pero reconocí su espigada y alta figura.
—¡Detente, Dana! —Escuché la voz desesperada de Piero—. ¡No te acerques a él, es muy peligroso!
¡Danaaa! —insistió al ver que no hacía caso.
Observé nuestros cuerpos envueltos por los colores enemigos del negro y el blanco. Qué hermoso
contraste, sin embargo. Me situé frente a él, con el corazón golpeándome descontrolado y una sonrisa
embelesada se me escapó de los labios. Alargué la mano hacía su rostro y entonces, sin más, se
desvaneció como el más cruel espejismo. Sin más, aquella figura había girado sobre sus talones y se
había perdido entre las sombras. Un instante había bastado para rozar el cielo y caer al abismo. Solo un
instante.
Permanecí con mi mano extendida, palpando su frío vacío. ¿De verdad había sido real? No, claro que
no. No podía ser posible que Abel se hubiera alejado de mí, sin tan siquiera una mísera palabra de
aliento. Y, no obstante, pese a estar soñando, su rechazo me llegaba al alma.
Escuché unos pasos acercándose y luego alguien me zarandeó por los brazos.
—¿Es que estás loca? —Me gritó Piero—. Ahora mismo podrías estar muerta, ¿me oyes? ¡Lucifer
podría haberte matado!
«Así que no ha sido un sueño», concluí sintiendo que me clavaban un puñal por segunda vez en el
corazón. Piero se alarmó al ver que me caían las lágrimas por las mejillas.
—Lo siento Dana, siento haberme puesto así —se disculpó al creerse el responsable de mi tremenda
congoja—. Pero es que cuando te vi tan cerca de ese monstruo yo...
Los demás brujos nos estaban esperando en el colegio, y en cuanto nos vieron aparecer, nos rodearon
nerviosos y llenos de preguntas. Un segundo después llegaron también Micael y Leandro.
—Piero, ya me han contado lo sucedido. ¿Cómo has podido ser tan irresponsable? ¡Sabes
perfectamente lo peligroso que es el Seol y tú dejaste solos a tus alumnos! —le recriminó furioso.
—Dana, ¿otra vez tú? ¿Y se puede saber qué has hecho esta vez?
—Dana dice la verdad —interrumpió Irina—. Ella se separó del grupo y tuvo incluso la osadía de
acercarse al ángel oscuro. Así que deja de protegerla, Piero —dijo mirándole a él, sin reprimir su rabia.
—Dana, ¿es eso verdad? ¿Te atreviste a hacer tal cosa? —preguntó Leandro, entre asombrado e
irritado.
—¡Así es! —contestó Irina por mí—. Por eso Piero tuvo que dejarnos a nosotros solos y salvar a esa
estúpida del peligro.
El resentimiento se volvió a reflejar en su voz y Piero, lejos de agradecer su defensa, la fulminó con la
mirada. Micael y Leandro me contemplaron con la misma hostilidad cortante. Después el supervisor se
me acercó muy rígido.
—Sabes que he tratado de ser paciente y benévolo contigo. Ni siquiera te he obligado a llevar el
uniforme, cuando en realidad, forma parte del reglamento estricto de este colegio. Pero lo sucedido ahí
dentro... —murmuró con aire entristecido antes de recuperar su postura firme—. Tu insensatez ha puesto
en peligro al grupo y, esta vez, no lo puedo dejar pasar. Lo siento Dana, pero tu período de adaptación se
alarga de seis meses.
—Está claro que es el tiempo que necesitas para reflexionar y adaptarte a las normas de este colegio.
Además, sabes que no me has dejado otra opción.
El mundo se me cayó encima. Apenas podía percibir mi alrededor porque solo pensaba en la sentencia
que acababan de imponerme. Seis meses de cautiverio. Seis largos meses, sin contar el tiempo que
llevaba recluida. Estaría cerca de un año encerrada y sin poder ver a Abel. Noté la mano de Micael
sobre mi hombro mientras yo seguía ausente dentro de mi desconsuelo. El supervisor y los demás, ya se
habían marchado.
—Dana, reconoce que Leandro tenía razón. Exponerte así al peligro era totalmente innecesario —me
regañó con suavidad.
Le empujé furiosa.
—¡Eso no es cierto! Sabes que no corría ningún peligro porque Abel jamás me habría hecho daño.
Incluso se apartó de mí y se fue —confesé sollozando.
Le fulminé con la mirada y deseé que la lámpara gigante que colgaba sobre su cabeza, le cayera encima
y lo dejara aplastado como un chicle en el suelo. ¿Pero cómo podía mostrarse tan impasible? Le odiaba.
Odiaba al mundo entero.
Me di la vuelta para perderle de vista. Mientras me alejaba escuché como me llamaba en un tono de
padre aburrido que terminó por enfurecerme. Estaba harta de que me tratase como una niña pequeña. Me
sentía agobiada y reprimida. ¡Necesitaba respirar!
Proseguí recorriendo los pasillos hasta que llegué a la estatua del ángel y me derrumbé bajo su
imperturbable semblante. Pensaba en lo cerca que había estado de Abel y el estómago se me hacía un
nudo. Porque aunque la lógica me decía que su frialdad se debía a una simple pose, mi corazón no dejaba
de considerar la terrible posibilidad de que quizás sus sentimientos habían cambiado.
Observé el rostro del ángel esculpido en piedra, tan duro y gélido como a veces el de Abel, y rompí en
otro ataque de llanto. Pero me enjugué las lágrimas cuando percibí la sombra de Werian planeando a mi
alrededor, como el buitre que era. Me pregunté a qué estaría esperando para lanzarse en picado sobre mí
y clavarme sus afiladas garras. Ahora mismo no era más que un animal moribundo y sabía que Werian
buscaba carroña.
El cardenal salió tras una columna del jardín y dio la cara, asombrado por verse descubierto.
—Vaya, parece que los brujos tenéis siempre esa capacidad para percibir cualquier movimiento —
indicó con una sonrisa que inspiraba de todo menos confianza.
—Yo más bien diría que te escondes fatal —le espeté—. ¿Qué quieres Werian? —añadí más seria.
—Muchacha, me duele que tengas tan mal concepto de mí. Desde luego que no he venido para eso.
¡Todo lo contrarío! Te he visto tan triste que me ha dado pena y he pensado que podríamos conversar.
Fruncí el ceño. Ya era un hecho, ese viejo buscaba algo. Decidí seguirle el juego para ver qué tramaba
y dibujé una sonrisa.
Werian echó un vistazo en ambas direcciones del pasillo y luego me miró decidido.
—Mejor en mi despacho.
De repente se me encendió la señal de alarma. ¿Qué tendría que decirme que requiriese de tanta
intimidad? Además, se me ponían los pelos de punta solo con imaginarme a solas en la guarida de ese
viejo.
—Recuerda que ante todo soy un hombre de Dios, así que olvida cualquier idea extraña que tengas en
tu cabeza.
Su estudio no tenía nada que ver con el estilo sencillo del monasterio. Era ostentoso y contenía alguna
que otra antigualla de por medio. Werian me invitó a tomar asiento, pero justo en ese momento un monje
nos interrumpió con un asunto urgente. El cardenal le lanzó una mirada de fastidio, y antes de
acompañarle, me ordenó que no me moviera de su despacho
Mientras esperaba, decidí fisgonear a mis anchas y me levanté del butacón tapizado de terciopelo
granate. El mobiliario desprendía el mismo olor a buhardilla que la habitación del abuelo. Además,
Werian también tenía su propia colección de clásicos colocados por orden alfabético en una estantería de
cristal. Y al fondo del despacho, había colgado un gran retrato de él. Tuve que apartar la mirada de esos
ojos pintados al óleo, que brillaban con la misma malicia que los del Werian real. Estaba claro que debía
de tenerse en alta estima para poseer un lienzo de ese tamaño de sí mismo. Deslicé mis dedos por el
suave escritorio de caoba, sobre la que había una pila de papeles, una pluma guardada en su tintero y
hasta una licorera con vino, seguramente, de la cosecha de los monjes.
En la misma mesa había un matasellos con sus propias siglas. Supuse que lo utilizaba para visar
documentos como delegado del Vaticano. Las cajoneras de los laterales del mueble, estaban cerradas con
llave y tuve la tentación de intentar abrirlas para ver qué custodiaba Werian con tanto celo. Pero eso
hubiera sido pasarse de la raya —incluso para mí— y deseché la idea. En una mesita auxiliar había un
hermoso juego de ajedrez, cuyo tablero era de cristal y las piezas estaban talladas en oro blanco y
diamantes. Vaya, vaya con Werian. ¿Dónde habían quedado los votos de humildad y pobreza?
Estudié detenidamente la colocación de las piezas y comprobé que aunque realizara cualquier
movimiento Werian haría jaque mate, ya que tenía el alfil y los peones bien situados y la reina blanca en
el umbral de las negras. En cualquier caso, dejé que Werian pensara que era estúpida y moví el caballo
negro para terminar de facilitarle el acceso a la victoria. Quería que siguiera subestimándome con
intención de que se confiara y descubrir qué tramaba. Pero en lugar de rematar la jugada como esperaba,
me invitó de nuevo a que tomase asiento. Luego se sirvió una copa de vino antes de comenzar a hablar.
Empezaba a creer que se había propuesto matarme de aburrimiento.
—¿Sabes? A veces tengo la impresión de que los brujos os sentís superiores porque tenéis poderes. Es
como si creyerais que no hay nada en el mundo más importante que vosotros —alegó, dejando entrever su
desprecio—. Llegáis al monasterio para dejar todo por una vida llena de dificultades, de normas, de
peligros. Y aun así, no parece que os importe. Al contrario, os encanta presumir de lo imprescindibles
que sois para la Iglesia y para el Mundo entero. —Y tras hacer una pausa me miró fijamente—. Sin
embargo, llevo observándote un tiempo y no pareces sentir lo mismo. Da la impresión incluso de que
detestas este sitio, ¿me equivoco?
Suspiré exasperada.
—¿Por qué estás aquí? —me preguntó al fin— ¿Por qué has venido a la escuela agrippiana si no
pareces orgullosa de lo que eres y te cuesta cumplir la simple norma de ponerte el uniforme?
—Pues verás, Werian, por razones ajenas a mi deseo que no son de tu incumbencia —le contesté con
sinceridad.
—¡Así que reconoces que existe un motivo! —exclamó satisfecho—. Un motivo de peso que te ata a la
escuela. Bien, ¿y si te digo que yo creo saber cuál es y que puedo liberarte de tu pesada carga?
Parpadeé sorprendida.
—¿Cómo dices?
—Así es, muchacha. Yo puedo devolverte la libertad que tanto ansías, a cambio de un sencillo gesto.
Me apoyé sobre su mesa para no desplomarme. ¡Lo sabía, Werian sabía la verdad! Pero tragué saliva,
respiré hondo y decidí disimular lo mejor que podía.
Y se acercó al tablero de ajedrez, movió la reina blanca y se deshizo de mi caballo con total
desprecio.
Me puse en pie de inmediato dispuesta a salir corriendo, pero Werian atrapó mi mano y tiró hacia él.
—Entrégame ese manuscrito —me ordenó, sacudiéndome con fuerza por los brazos.
—Ya te dije que no sé de qué hablas —repetí, intentando liberarme de sus garras.
Werian, furioso, me clavó los dedos con más fuerza en los brazos y grité de dolor. Entonces mis
poderes reaccionaron a su agresión y lo lancé por los aires. Werian aterrizó en la otra punta del despacho
y cayó desplomado en el suelo como un muñeco de trapo. Por un momento llegué a pensar que lo había
matado. Pero el cardenal se volvió a incorporar con mucha torpeza y sus ojos diminutos se clavaron en
mí con un odio tan profundo y visceral que supe que jamás olvidaría esa imagen.
—Sois todos unos monstruos. ¡Una abominación de la naturaleza! —gritó histérico de miedo.
Retrocedí unos pasos y salí corriendo del despacho mientras recordaba las palabras del abuelo y
comprendía que él tenía razón. Werian era un perro de la Iglesia y yo su presa. Y aunque ya no tenía el
manuscrito, sabía que el cardenal haría lo imposible por conseguirlo.
Dejé de correr para arrastrarme por los pasillos sin rumbo fijo. Hasta que tropecé contra el pecho de
Micael y tuve que agarrarme a él para no caerme. Estaba tan abstraída que ni siquiera lo había visto
venir. Lo esquivé con intención de seguir mi camino, pero su voz me detuvo en seco.
—¿Tan enfadada te sientes conmigo que ni la cortesía tienes de saludarme? —me reprochó en un tono
suave.
Me di la vuelta, pensando en soltarle una contestación. Pero sus ojos ambarinos brillaron afables, y me
rendí.
—En ese caso no debes preocuparte. Sabes que el documento está a buen recaudo —me dijo
guiñándome un ojo.
—Creí que te daba igual lo que pudiera hacer ese buitre —bromeó para intentar animarme. Pero no
funcionó, y Micael me pasó un brazo por los hombros—. Dana, no tienes nada que temer. Estoy aquí para
protegerte y no permitiré que nada malo te ocurra —me prometió con una sonrisa—. Pero algo me dice
que aún hay algo más que te inquieta, ¿verdad?
—Obviamente no puedo aceptar. Si lo hiciera la Iglesia volvería a hacerse con el control de todo y
sometería a los brujos. Pero...
—Pero como te decía, estoy harta de este sitio —terminé por confesar.
—Eso qué quiere decir, ¿que has pensando en dejar la escuela y desaparecer? —me preguntó
preocupado.
No le contesté, porque a pesar de que ya había llegado a la conclusión de que no podía hacerlo por
Abel, lo cierto es que deseaba mandar todo al cuerno y marcharme.
—¡Oh, vamos, Micael! No sé de qué te sorprendes. Sabes lo que pienso de este sitio, conoces mi
situación aquí y estoy harta —exploté—. Harta de normas, de permanecer encerrada, de recibir golpes...
¡HARTA! —me desahogué—. Lo mío es sentarme delante de un ordenador y redactar noticias. ¡Soy
periodista! No sirvo para andar por ahí como un samurai matando bichos. Maldita sea, ¡y tampoco soy
Harry Potter!
—¿Quién?
—Es igual —repliqué—. El caso es que yo no tendría que estar aquí. Solo acepté el pacto por Abel,
pero ahora ni siquiera lo tengo a él —sollocé entristecida.
Micael me pasó un pañuelo y esperó a que me tranquilizara. Luego observé que había adoptado una
postura rígida y seria.
—¿Qué ocurre?
—Dana, aunque no te guste, eres una bruja y tu sitio está aquí. Aun así no puedo obligarte a seguir si no
quieres. No sería justo —reconoció—. Así que adelante, te libero de tu promesa, ya nada te retiene en
este lugar.
Lo miré boquiabierta.
—¿Hablas en serio?
—Por supuesto —aseguró en un tono seco—. Para ser un mago de luz y defender mi causa se necesita
constancia, sensatez y valentía. Y al parecer tú no reúnes ninguna de estas condiciones —me soltó con
inesperada crudeza.
—¿De verdad? —inquirió irónico—. Desde que te conozco no has hecho otra cosa que quejarte y
meterte en problemas. ¿Crees que me apetece tener que cuidarte como si fuera tu niñero? ¿Crees que mi
hermano aguantará a una chiquilla consentida? Porque te puedo asegurar que Luzbel no conoce lo que
significa la palabra paciencia. Y tampoco soporta a los cobardes ni a los fracasados. Así que vete, huye
si ese es tu deseo.
Me quedé boquiabierta. ¿Dónde había quedado el arcángel bondadoso y comprensivo que yo conocía?
Aproveché la escasa entereza que me quedaba para alejarme, pero él me volvió a llamar.
—¿Dana?
Fue suficiente. Salí a la carrera presa del llanto. Apenas podía ver mi alrededor, porque las lágrimas
lo nublaban todo. Pero logré llegar al apartamento y comprobé que no había nadie. Me encerré en mi
cuarto, cogí una bolsa de viaje y la fui llenando con lo que encontraba a mi paso. Entre mis ropas observé
aquel uniforme espantoso que nunca había querido ponerme. Acaricié la tela roja mientras pensaba que
quizás Micael tenía razón y no había puesto todo de mi parte. ¿Pero qué esperaba? ¿Que aceptaría por las
buenas un destino impuesto? Seguí tocando el león bordado con la garra levantada. Ese león que era el
emblema de mi familia y que yo despreciaba. Ignoré el sentimiento de culpa, me enjugué las lágrimas y
continué haciendo el equipaje.
Salí de la habitación a hurtadillas, esperando que Piero no hubiera llegado aún al apartamento. No
quería que me viera huyendo. Me moría de la vergüenza solo de pensarlo. Pero lo que realmente me
avergonzaba es que pudiera descubrir que era una cobarde. Algo imposible en una Ranieri.
Llegué a la cocina principal del monasterio, agazapada entre las sombras de los corredores. Me
mantuve en silencio, hasta que las camareras salieron de la cocina y solo quedó Filomena. Y me planté
delante de ella con mi bolsa de viaje. Filomena dio un respingo al verme aparecer de pronto. Luego se
fijó en la maleta que llevaba y me miró entristecida.
—Me temo que no —volví a sonreír—. Por favor, avisa a Mateo para que prepare el coche —le pedí
con un hilo de voz.
—El señorito Piero te va a echar mucho de menos —me dijo cabizbaja—. Bene, Leandro, el abuelo,
tutti te vamos a echar de menos por aquí.
Nos fundimos en un abrazo fuerte. Iba a extrañar a la mamma del colegio agrippiano.
Giré la cabeza y vi a Gabriel apoyado contra la puerta, observándonos con el rostro compungido.
Estaba claro que había presenciado nuestra tierna escena.
—Aquel rubito con cara de niña fue quién me entregó la tua carta —me susurró Filomena, al oído.
Pero Gabriel la había escuchado perfectamente —incluyendo lo de niña—, y se mostró fastidiado por
el comentario.
—Va bene, querida, voy a avisar a ese trasto viejo de mi marito para que prepare el auto y te lleve de
regreso a tu hogar.
—Nada de aeropuertos. Mateo se asegurará de que llegues a la tua casa. Es el chófer de los Ranieri.
—Pero...
—¡Shhh! Mateo te acompañará y no hay nada más de que hablar. ¿Queda claro?
Me estampó un beso rápido en la mejilla y al pasar al lado de Gabriel, le desordenó sus rizos en un
gesto cariñoso.
En cuanto Filomena le dio la espalda, Gabriel le sacó la lengua y luego volvió a mirarme compungido.
—¡Qué! Creía entender que Micael te había prohibido que hablases con él y que no sabías nada.
Era lo que siempre me había dicho cuando le preguntaba. Gabriel me pidió rápidamente que bajase la
voz y echó un vistazo alrededor.
—Y en teoría así es —cuchicheó—. Pero Luzbel es tan pesado como tú y no deja de insistirme en que
le cuente todo de ti. Además, sabe cuando le oculto algo y me tortura para que hable —refunfuñó.
—Tiene gracia que me llames así —replicó con sus ojos puestos en mi cabellera tan rubia y rebelde
como la suya.
—Luzbel está muy afectado por lo ocurrido en el Seol. No imaginaba verte allí y se ha sentido fatal
por tener que dejarte sin una explicación. Espera que lo puedas perdonar. ¡Ah! Y me ha preguntado cómo
te hiciste el chichón que te vio en la frente. Se lo he tenido que contar —confesó avergonzado.
Me dio igual, me sentía tan feliz que me daba todo igual. Abel no me había olvidado, seguía
queriéndome, y eso era todo lo que me importaba.
—¡Voy! —grité antes de mirar a Gabriel—. Por favor, dile a quien ya sabes que muy pronto le veré.
¡No, o mejor no le digas nada! Quiero que sea una sorpresa —dije con una sonrisa llena e ilusionada.
—Está bien, pero no le cuentes a mis hermanos que te he hablado de Luzbel. Ellos se enfadarían
conmigo si se enterasen. Sobre todo Miguel —puntualizó angustiado.
—Descuida, dudo que les vuelva a ver —comenté mientras lo pensaba con pena. Porque a pesar del
carácter de Rafael y de lo que acababa de pasar con Micael, se habían convertido en amigos y los
echaría mucho de menos.
Me despedí por última vez de Filomena y de Gabriel, y salí a escondidas del monasterio para partir
con Mateo.
El viaje se me hizo incluso más pesado que la primera vez. En lugar de dormir y llorar, me mantuve
despierta casi todo el trayecto y terminé aburrida de ver paisajes sumidos en la oscuridad. Además, el tal
Mateo parecía un hombre amable, pero no era muy dado a conversar. De vez en cuando miraba mi reloj
de pulsera y el minutero parecía estancado en el mismo sitio. Al cabo de un rato, Mateo detuvo el coche
en un área de descanso y pude estirar las piernas. Mientras paseaba envuelta en el aire frío de la
madrugada, me puse a divagar. Era curioso, porque aunque debía sentirme inmensamente feliz por haber
recuperado mi libertad, no hacía más que darle vueltas a la discusión que había tenido con Micael. Me
carcomía el hecho de haberle fallado, me hacía sentir terriblemente frágil y culpable.
Tras casi un día metida en el coche, divisé a lo lejos el letrero de Bienvenido a Valencia; y me
entusiasmé tanto, que por un momento logré olvidar mis malos pensamientos y pisé el acelerador para
llegar lo antes posible. Mateo roncaba en el asiento de al lado. Me había costado mucho que accediera a
compartir el volante. Como buen chófer se había negado en rotundo, pero yo me puse tan tozuda que logré
que se rindiera. Estaba acostumbrado al carácter marimandón de Filomena y sabía cuando era mejor
darse por vencido.
Atravesamos las avenidas bordeadas de palmeras y sus coloridos edificios, y el corazón se me encogió
de nostalgia. Luego llegamos a la calle donde se encontraba mi piso, vi el hueco en el que Abel solía
aparcar su coche y me asaltaron miles de recuerdos; nuestras primeras discusiones —¡Dios, cuánto le
había odiado!—, nuestros primeros acercamientos, nuestra primera cita en la ópera, nuestra primera
vez... Hice el esfuerzo de apartar la mirada del punto melancólico. No tenía sentido caer en el drama por
algo que tenía remedio. Pronto le volvería a ver. Era libre para ir en su busca, ya no tendría que
esconderme. Y sin embargo, aún persistía aquel nudo en el estómago frenando mi alegría.
Me apeé del auto y me despedí del león dorado grabado en su carrocería mientras Mateo recogía mi
equipaje del maletero. Fue mi forma de decirle adiós a Piero y a todo lo que representaba mi familia.
Pero cuando subimos las escaleras del edificio, lejos de sentirme conmovida, mi aprensión se hizo más
grave. Por un segundo, incluso, tuve la tentación de dar media vuelta y regresar a Italia. Hasta que un
aroma inconfundible a comida casera inundó el rellano y recuperé la alegría. ¡Mi madre estaba en casa!
Di por sentado que era ella, ya que Laura era incapaz de cocinar algo que oliese tan bien. Las dos
estábamos lejos de ganar una estrella Michelín.
Mateo también se mostró ansioso por llegar al piso. Ese hombre era parco en palabras, pero cuando se
trataba de llenar el estómago era el primero en apuntarse. Y tiró de la maleta y de mí, escaleras arriba
hasta que nos plantamos delante de la puerta. Sentí una punzada de emoción cuando escuché la voz de mi
madre yendo a abrir. Después las dos nos quedamos paralizadas un segundo y nos fundimos en un abrazo.
—¿Quién es este hombre? —Se sorprendió mi madre— ¿Y qué es lo que dice? —añadió en voz baja,
observando a Mateo como si fuese un troglodita salido de las cavernas.
—Mateo ha tenido la amabilidad de traerme desde Italia, y pregunta si hay algo de comer.
—¡Qué alegría verte! Pero tengo que hablar contigo cuanto antes —me susurró en el oído.
—Sí, y muy serio. Pero luego te lo cuento —me contestó por lo bajo.
—Eh, vosotras dos. Dejaros de secretitos y poned la mesa ahora mismo. Mateo quiere mangiare.
Las dos nos echamos a reír. Estaba claro que mi madre tenía tantas ganas de impresionar a Mateo con
su talento culinario, como éste por dejarse impresionar.
Laura y yo nos movimos por la diminuta cocina en busca de platos, cubiertos y vasos. Fue maravilloso
sentir esa sensación tan cercana y familiar. Tan maravilloso que por un momento me olvidé de la
opresión que sentía en el pecho.
El italiano observaba entretenido como mi madre organizar todo, a la vez que se mantenía pendiente de
la olla en el fuego, y supe que la estaba comparando con Filomena. Seguramente se preguntaba lo mismo
que me había preguntado yo en su momento, ¿cómo es que existían dos mujeres tan iguales?
Nos sentamos a almorzar mientras mi madre servía la comida. Olfateé el aroma del estofado humeante
y entrecerré los ojos de puro placer. Era realmente estupendo poder llevarse algo a la boca que no fuese
solo zanahoria y cosas verdes.
—Cariño, ¿y cómo es que estás aquí? Tenía entendido que pasarías al menos un año fuera. ¿Es que solo
has venido a hacernos una visita?
—Así es, Berta —se apresuró Laura a responder por mí—. Dana solo ha venido de visita, de manera
que no te hagas ilusiones, porque mañana mismo regresará a Italia.
Le lancé una mirada de sorpresa y fastidio. ¿Quién era ella para decidir por mí? Pero la ansiedad que
percibí en su rostro me hizo no contradecirla.
—Vaya... —musitó mi madre—. Pues la verdad es que tenía la esperanza de que se quedara, al menos
por unos días.
—Delizioso —intervino Mateo, que por primera vez había levantado la vista del plato.
—¡Ah! Pues me aleeegro —contestó en voz alta y muy despacio, casi marcando cada sílaba.
Era su forma de hacerse entender mejor. Pero Mateo la miró como preguntándose por qué de repente le
gritaba.
—Ya lo sé. Estuve casada con un italiano, ¿recuerdas? —repuso algo picada.
—¿Y tú qué sabrás? Eras demasiado pequeña para recordarlo —me gruñó.
—¡Oh, è testarda come la mia Filomena! —exclamó Mateo, contento de encontrar más coincidencias
con su esposa.
—Testaruda, dice que eres tan testaruda como su esposa. Y tiene razón —le aseguré.
Laura puso fin a la disputa y seguimos cenando con el italiano un poco cohibido por nuestro carácter.
Supe que su prudente silencio era fruto de la experiencia en situaciones como aquellas.
Cuando terminamos de comer, recogimos todo y Laura volvió a comportarse de forma rara. Era más
que eso, no dejaba de recordarle a mi madre lo tarde que era para que se fuera. Hasta que consiguió
desquiciarla y estuvo a punto de llevarse una colleja. Pero finalmente se decidió a marcharse y me
besuqueó por última vez.
Mateo también quiso aprovechar para regresar a Italia. Y otra vez Laura actuó de manera extraña, y le
invitó a que se quedara a dormir. Mateo accedió por miedo a ofenderla, y Laura satisfecha, corrió a
buscar un juego de sábanas para el sofá.
Después de mucho tiempo, entré a mi antigua habitación y comprobé que todo estaba como lo había
dejado; la cama pequeña al lado del armario, el viejo escritorio arrimado contra una pared y el
ordenador igual de viejo, colocado encima. Suspiré tan contenta como me lo permitió ese nudo
angustioso.
—¡Por fin puedo hablar contigo! —dijo mientras me empujaba hacia la cama para que nos sentásemos.
—Tienes que regresar a Italia mañana mismo con ese hombre —me ordenó ignorando mi queja—. El
primo de mi madre que vive en ese monasterio, le dijo que debías volver cuanto antes.
—Así que por eso querías que Mateo se quedara —pensé en voz alta—. ¿Entonces sabías que iba a
venir?
—Te llamé miles de veces al móvil. Pero como siempre lo tenías apagado, por lo que no tuve más
remedio que disimular delante de Berta. ¡Dios, no veía la hora de que se marchara!
—Laura, cálmate —le pedí—. Para empezar, ¿quién es el misterioso primo de tu madre?
—No lo sé, creo que se llama Owen, o algo así —contestó nerviosa.
Fruncí el ceño.
—¿Owen? No conozco a ningún Owen —alegué pensativa.
Claro que tampoco conocía a todo el mundo del monasterio. Ni siquiera me sabía el nombre de todos
los profesores.
—Da igual, Dana. Lo importante es que le ha dicho a mi madre que estás en peligro y que debes
regresar a Italia lo antes posible.
—¿Y por qué tendría que hacer caso de lo que dice un desconocido?
—Porque parecía hablar muy en serio —insistió—, y porque no me perdonaría que te pasase algo. Y
menos después de que casi te mataran por mi culpa —agregó cabizbaja y en un tono mustio.
—Laura, eso ya está olvidado. Olvídalo tú también, y mejor cuéntame de ti —le pedí cogiéndole las
manos.
—Pero Dana...
—Que lo olvides —le ordené. Luego curvé los labios en una sonrisa para insuflarle ánimos—. Venga,
cuéntame qué sucedió con el juicio que tenías pendiente.
Lo último que sabía es que Abel había conseguido que quedara absuelta, pero no pudimos profundizar
en los detalles.
No me sorprendió escuchar aquello. Era el modus operandi de Abel. Llegaba a una ciudad, se
adjudicaba el caso más difícil y tras ganarlo volvía a desaparecer. Solo que a Laura no le había pedido
su alma a cambio del favor.
—Bueno, también logró librarse de la cárcel, pero no acabó en un sitio mejor que una celda —repuso
algo incómoda.
—En un sanatorio mental. No deja de repetir que ha visto al diablo y le han tomado por un loco.
—Vaya, es curioso. Para una vez que dice la verdad y no le creen —me burlé—. Pero supongo que es
el destino del mentiroso.
—Además, eso no es todo —prosiguió Laura—. Él insiste en que necesita veros a Berta y a ti para
pediros perdón. Pero ella no quiere ni oír hablar de él, y nos ha pedido a mi madre y a mí, que no te
digamos nada.
Tampoco me sorprendió escuchar eso. Sabía que la traición de su hermano le había supuesto un duro
golpe.
—¿Y tú has ido a visitarle? Al fin y al cabo es tu padre —le dejé caer con el mayor tacto posible.
—Alguna vez —admitió con cierto pesar—. Verás Dana, puede que te enfades conmigo por decirte
esto, pero yo creo que en el fondo él también es una víctima de las circunstancias. Y está muy enfermo.
Se contagió de tuberculosis en el hospital y es probable que no pase de esta primavera.
—¿Muriendo? —terminó de decir— Sí, claro que lo sabe. Por eso desea veros a tu madre y a ti para
pediros perdón y morir tranquilo.
Pisar un loquero para encontrarme con el hombre que había asesinado a mi padre y había intentado
hacer lo mismo conmigo, era lo que menos deseaba en el mundo. Pero sabía que Laura tenía deseos por
que fuese, y desvié la mirada con la intención de que la suya no me afectara. No necesitaba más cargos de
conciencia.
Cuando volví a quedarme sola, la angustia se apoderó de mi mente. No dejaba de pensar en la manera
que me había ido del monasterio, en lo cobarde que había sido. Ni siquiera me había despedido de Piero,
del abuelo y los demás. Tenía la horrible sensación de haberme rendido antes de tiempo.
Me revolví entre las sábanas tratando de volver a habituarme al tamaño del colchón. Comparado con
mi cama del colegio, era una caja de cerillas. Resoplé, sofocada e inquieta, y pataleé hasta tirar la colcha
al suelo. Ahora también debía habituarme al bochorno de Valencia. Intenté pensar en mi reencuentro con
Abel para calmarme. Luego recordé lo que me había dicho Micael sobre lo que su hermano creía de la
gente cobarde, y salté como un resorte de la cama. Tenía razón, ese estúpido arcángel tenía razón. Porque
sabía que Abel se alegraría de verme, pero después le contaría lo que había pasado y se sentiría tan
decepcionado como Micael. La ansiedad sacudió con más fuerza las paredes de mi cuerpo y la emprendí
a golpes contra la almohada. Hasta que me encontré lo suficientemente cansada para conciliar el sueño.
Unas horas más tarde me desperté tan sobresaltada como si alguien estuviese aporreando una cacerola
con un mazo. En realidad solo había silencio. Un denso y molesto silencio. Me eché las manos a la
cabeza. No me lo podía creer. ¡Echaba de menos el sonido de la campana!
Me enfadé conmigo misma por neurótica y repetí todo el proceso de adaptación; me removí bajo las
sábanas, pataleé frustrada y terminé golpeando la almohada. Pero no funcionó esta vez. Los
remordimientos de conciencia acabaron venciendo a mi empeño.
Se hizo de día y yo seguía como una lechuza. A veces miraba hacia la puerta, esperando que Filomena
apareciera con la bandeja del desayuno. Era curioso lo rápido que te acostumbrabas a según que
comodidades. Resoplé y me levanté de la cama para prepararme el desayuno. En la cocina me encontré a
Laura, que tenía media cara sumergida en un tazón.
Laura se dio cuenta de que evitaba hablar del tema y parpadeó decepcionada.
—Está bien —accedí a regañadientes—. Me fui porque ya no aguantaba más. Aquello es muy distinto a
lo que puedas imaginarte. Está lleno de prohibiciones, de normas, te controlan todo lo que haces. Ni
quiera te dejan salir si no es acompañada. ¡Es como una cárcel! Y bueno, me cansé —reconocí cabizbaja.
Laura, lejos de sermonearme, me dedicó una mirada dulce y dibujó una sonrisa divertida.
—¿Sabes? Aún recuerdo cuando éramos unas niñas y Berta te apuntó a clase de costura. Yo te dije que
no durarías ni un mes y tú aguantaste hasta el final del curso solo por ganarme la apuesta. Y me acuerdo
también cuando fuimos a ver aquella película que estaba tan de moda. ¿Cómo se llamaba?
—Titanic —mascullé, porque sabía que al final me estaba soltando el sermón de manera sutil.
—Ah sí, Titanic —repitió—. Yo me moría por ir a verla, pero tú te negaste en rotundo a acompañarme.
Decías que no pensabas ver una película que duraba más de tres horas para tener que verme llorar. Y al
final lo hiciste.
—Por eso lo recuerdo, porque fueron tres horas de terrible culebrón —gruñí.
—Y no solo me acompañaste, sino que tuviste que consolarme cuando Jack murió.
—Oh, a veces no sé por qué te sigo dirigiendo la palabra. ¿Sabes la vergüenza que me hiciste pasar
aquel día?
Laura se echó a reír y luego me cogió la mano con cariño.
—Dana, volverás a esa escuela y tú lo sabes. Jamás te has rendido en nada, siempre luchas para
conseguir lo que quieres y ahora harás lo mismo.
—Te lo agradezco, pero me temo que no es tan sencillo como piensas —murmuré apagada.
—Tonterías, lo que te pasa es que estás asustada y perdida. Pero solo es cuestión de tiempo para que
recuperes la confianza y vuelvas a esa escuela.
Me dirigí al baño, pero cuando quise abrir la puerta comprobé que estaba cerrada.
—Lo siento —me interrumpió Laura—, pero está ocupado por Mateo y luego me toca a mí.
Mateo salió del baño en ese momento, con el pelo húmedo y envuelto en una toalla. Y yo dejé pasar a
Laura y volví a la cocina resignada a esperar mi turno. Mientras me servía otro café, observé que Mateo
se había sentado en un taburete y me miraba como pendiente de algo. Sonreí al descubrir de qué se
trataba.
—Lo siento, amigo. Yo también echo de menos a Filomena, pero me parece que tendrás que
despacharte tú mismo —le dejé claro.
Mateo, que a pesar de que solo chapurreaba el castellano, me entendió perfectamente y se levantó para
prepararse su desayuno.
Cuando Laura salió del baño por fin pude entrar y, mientras me encontraba bajo el grifo de la ducha,
comencé a darle vueltas a todo lo que me había dicho. Era cierto que tenía miedo. Miedo a lo que me
pudiera pasar, miedo a no estar a la altura de las circunstancias, miedo a la huella que esa
responsabilidad podía dejar en mí. Y sobre todo, miedo a seguir fallando a la gente que quería. Porque
yo no era la Ranieri heroica que decía el abuelo, ni la elegida que Micael deseaba que fuera. Ni siquiera
era tan fuerte como pensaba Laura. Simplemente era humana y tenía miedo.
Cerré el grifo, cogí la toalla y me sequé las lágrimas con el dorso de las manos. Los ojos verdes que vi
reflejados en el espejo empañado, me devolvieron la mirada con desilusión. Y esa horrible desilusión
que sentía hacia mí misma fue peor que cualquier temor. Me cepillé los rizos y terminé de vestirme.
Necesitaba hacer algo, no sabía el qué, pero necesitaba poner fin a esa situación.
Salí del baño y encontré a Laura despidiéndose de Mateo. En cuanto me vio se dirigió a mí, cargada de
ansiedad.
—Dana, dime que lo has pensado mejor y vas a regresar con este señor a Italia —me suplicó.
—¿El qué?
El sanatorio mental donde se encontraba recluido mi tío quedaba a las afueras de la ciudad, por lo que
nos llevó algo de tiempo llegar hasta allí. Después Mateo se despidió y volvió a ponerse en marcha.
Sentí mi subconsciente quejarse a gritos mientras lo veía alejarse calle abajo con el coche. Pero hice el
esfuerzo de contenerme y me obligué a cruzar la entrada del sanatorio sin mirar atrás.
Deambulé por aquellos corredores tan desolados como gélidos. A veces tropezaba con los familiares
de los enfermos o con algunos de los psiquiatras que salían de sus despachos. Al fondo del pasillo había
arrinconadas unas camillas con correas. Me recorrió un escalofrío doloroso, solo de imaginarme a mi tío
postrado en una cama de esas. Desvié la vista para no seguir recreando esa imagen en mi cabeza y
tropecé con otra escena igual de sobrecogedora. Por los jardines cercanos, paseaban algunos internos con
ayuda de las enfermeras. Sus miradas estaban apagadas y sus pies se movían de forma torpe e insegura.
Pero no era la locura la que nublaba sus mentes. La locura no era más que un síntoma del verdadero mal.
Era la falta de esperanza, de chispa, de alma, la que oscurecía sus ojos y desequilibraba sus pasos. Esa
misma falta de esperanza que cubrían los ojos de los ángeles del Seol, la misma que había percibido en
los míos por la mañana y la misma que apreciaba en aquellas miradas.
Una enfermera me condujo hacía el último piso —donde se encontraban los pacientes presos—, y me
presentó al doctor encargado del caso de mi tío. Al parecer Laura tenía razón y padecía de tuberculosis.
Pero según el médico también sufría un grave cuadro de episodios postraumáticos, por lo que me
aconsejó evitar algunos temas antes de entrar.
Encontré a mi tío sentado frente a una ventana con rejas. Mientras me acercaba, eché un vistazo al
aspecto general del cuarto y me alegró comprobar que no había paredes acolchadas ni camisas de fuerza.
El doctor llamó a mi tío varias veces, pero éste seguía absorto en sus pensamientos. Decidí intentarlo
yo misma y pronuncié su nombre a través de la mascarilla que me habían dado para no contagiarme. Mi
tío giró la cabeza en dirección al sonido de mi voz y después volvió a aislarse. Me mordí el labio sin
saber qué hacer. Al final iba a resultar que estaba loco de verdad. El doctor carraspeó y salió de la celda
para dejarme a solas con aquel anciano demente que ahora me inspiraba más pena que rencor.
—Todos me decían que no ibas a venir, pero yo sabía que tarde o temprano te apiadarías de este pobre
viejo —alegó muy seguro de sí mismo, por lo que me endurecí un poco.
—No te equivoques, si estoy aquí es por Laura —le aseguré tan rígida como un tenedor—. Al parecer
a ella le importas y decidí hacerle ese favor.
—Eso es cierto —admitió deprimido—. Laura es la única que viene a verme. Tu madre se ha olvidado
de mí.
—¿Y qué esperabas? Tú mataste a su marido y me dejaste huérfana de padre. La verdad es que no sé
qué hago aquí —reconocí en voz alta.
—Es por eso que deseaba veros —dijo alargando sus manos para tomar las mías—. Necesitaba
pediros perdón a ti y a Berta, pero sobre todo a ti —recalcó con sus ojos clavados en los míos. Luego
volvió a bajar la mirada y adoptó una postura reflexiva—. Cuando me preguntaste una vez sobre el
manuscrito, imaginé que andabas sobre la pista y me puse en contacto con un delegado del Vaticano.
Entonces él me aconsejó cómo debía actuar en todo momento y nos llamábamos e intercambiábamos
cartas.
—Luego todo se complicó —continuó en un tono quejumbroso, sin oírme siquiera—, todo resultó
diferente de lo que creí. Úrsula confesó la verdad y Laura...Oh Dios mío, ¿cómo iba a imaginar que Laura
era mi hija?
De repente sus ojos se abrieron de golpe y su cara se contrajo en una mueca espantosa.
—¡Es él! —gritó como si hubiera alguien en la otra punta de la habitación— ¡Es él, ha venido a por
mí!
—¡El diablo! —respondió histérico— ¡El diablo existe y está aquí! ¡Quiere matarme!
—Cálmate tío, nadie más que nosotros se encuentra aquí. ¡Cálmate! —Le pedí asiéndole con firmeza
por los hombros. Él se quedó quieto, mirándome con los ojos muy abiertos—. Y ahora préstame atención,
por favor. Hace un momento has dicho que te comunicabas con alguien del Vaticano por medio de cartas.
Dime, ¿dónde están? ¿Aún las conservas?
—El diablo existe. Existe, existe, existe —canturreó con su mirada de loco—. ¡El diablo existe y
quiere matarme! —rompió a gritar.
El doctor y unos cuantos celadores, entraron en la habitación alertados por las voces del enfermo y le
redujeron sobre la cama para inyectarle un tranquilizante.
—Señorita, le dije que procurara hablar con él sin alterarlo —me regañó el médico.
Mi tío dejó de retorcerse por los efectos de la droga y sus ojos volvieron a enfocarme.
Mientras iba en el autobús no dejé de darle vueltas a la conversación que había tenido con mi tío.
Estaba casi convencida de que Werian se encontraba detrás de todo aquello. Pero no tenía forma de
demostrarlo y tampoco era ya mi problema. Ya no formaba parte de la escuela. ¡Maldita sea! me mordí el
labio con fuerza. ¿Y por qué no podía parar de pensar en esas cartas? De pronto el estómago se me
contrajo en un retortijón y me llevé las manos a la tripa. Oh, por favor, gemí sudorosa. Definitivamente
tenía que regresar a Roma, o mis propios nervios acabarían conmigo. Cuando metí la llave en la
cerradura, la puerta se abrió de golpe y unas manos me arrastraron hacia el interior del piso.
—¡Tienes que irte ya! —me suplicó desesperada, antes de cerrar la puerta— Ese hombre ha vuelto a
ponerse en contacto con mi madre y la ha asegurado que cada minuto que pasas aquí corres peligro.
—Dana, el primo de mi madre ha dicho que alguien planea hacerse con el manuscrito y que debes
regresar al monasterio para que los brujos puedan protegerte.
Me quedé congelada.
—¿Werian, has dicho Werian? —murmuré.
—¡Oh, madre mía! —Se llevó las manos a la boca— Así que conoces a ese hombre, no son
habladurías. ¿Te das cuenta, Dana? Realmente estás en peligro. Y no solo tú, ¡todas las personas que te
rodean!
—Tengo que volver al monasterio. Debo volver lo antes posible —dije poniéndome en marcha.
—Tomarás el primer vuelo que salga a Roma, yo misma te llevaré al aeropuerto. Luego recogeré a tu
madre y a la mía, y buscaré un lugar seguro hasta que el peligro pase. Ya veré qué me invento para
engañar a Berta —objetó mientras seguíamos llenando mi bolsa de viaje.
Abrí un joyero que había en la mesa del viejo ordenador y le entregué unas llaves.
—Son de la casa de Abel. Se encuentra a las afueras del pueblo El Palmar y es la única casa que tiene
muelle propio. Creo que allí no os molestará nadie.
Laura asintió agradecida. Después cogimos todo y salimos apresuradamente de la habitación. Pero
justo cuando cruzábamos la sala alguien llamó a la puerta. Las dos nos quedamos clavadas en el sitio.
Laura iba a abrir cuando la agarré del brazo.
—A veces se les olvida —replicó—. Y de todas formas puede ser cualquier amigo o vecino.
De repente dejaron de llamar a la puerta y escuchamos como intentaban forzar la cerradura. Sentí el
corazón palpitándome al galope, y al ver la cara de Laura supe que estaba igual.
—¿Y tú?
—Pero...
Antes de que pudiera hacerme caso la puerta se abrió de golpe y apareció el intruso vestido de negro.
Los tres nos quedamos mirándonos durante unos segundos que se me hicieron eternos. Luego todo sucedió
muy rápido. Laura echó un pie para correr, el hombre hizo el amago de detenerla y yo lo lancé por los
aires con un simple movimiento de mano. Laura observó al intruso, inerte en el suelo, y me miró
boquiabierta y asustada. El hombre se incorporó del suelo y sacó una pistola. Pero yo alcé mi mano hacia
su cuello y apreté con fuerza. Inmediatamente cayó de rodillas mientras intentaba zafarse de la fuerza
opresora que estrangulaba su garganta. Laura abrió los ojos, aterrada con la escena, y empezó a
zarandearme.
Pero no podía. Mi instinto me impulsaba a seguir apretando y apretando un poco más, hasta romperle
el cuello.
—¡Para Dana, por favor! —insistió desesperada, tirando de mi brazo mucho más fuerte.
Entonces Laura se plantó delante de mí, me sacudió por los hombros y yo recuperé el autocontrol.
Primero la miré a ella, desorientada, como si acabara de despertar de un mal intenso, y luego observé al
intruso, que jadeaba y tosía con esfuerzo. Aparté a Laura y me acerqué a él con decisión. Laura temía que
tuviese la intención de rematarlo y quiso sujetarme. Yo me deshice de ella de un empujón y seguí
avanzando hacia el extraño. El hombre al apreciar mi rostro congestionado de ira, empezó a retroceder a
gatas hasta que topó contra la pared.
—Solo me dijeron que cogiera el manuscrito y volviera a Roma —balbuceó con las manos abiertas en
son de paz.
—Bien, pues ahora te voy a mandar un mensaje y tú te encargarás de hacérselo llegar —le ordené—.
El manuscrito no se encuentra aquí, así que dejad a mi familia en paz porque, de lo contrario, os juro que
será la guerra.
—Para iniciar una guerra se necesita a un líder y tú no eres más que una bruja que reniega de su raza.
—Te equivocas, desgraciado —expresé con voz glacial—. Ya no reniego de nada ni tengo miedo.
Ahora sé lo que soy y estoy dispuesta a hacer cualquier cosa por defender a mi familia —le juré,
acariciando con aire amenazador la piel marcada de su cuello—. Recuerda lo que te digo, recuérdalo
bien y hazles llegar mis palabras porque no pienso quedarme de brazos cruzados, ¿queda claro? Bien, y
ahora largo de aquí, antes de que cambie de opinión y decida llevarles el mensaje yo misma.
El hombre asintió temeroso, se puso en pie de forma torpe y salió disparado del piso. Laura aguardó
unos segundos, asimilando todo lo que acababa de ocurrir, y se me acercó indecisa.
—¡Dana, pero qué te ha pasado! —exclamó— ¡No parecías tú! Sabía que tenías..., bueno, poderes.
Pero nunca te había visto en acción. ¡Dabas miedo! —comentó asombrada.
—Madre mía —continuó ella, estupefacta—, tu mirada, tu forma de actuar y de expresarte... ¡Eras otra!
—Lo sé, te conozco y sabía que iba a llegar este momento —repuso ella tristemente—. Pero quiero
que sepas que por muy bruja que seas, para mí siempre serás mi mejor amiga y mi hermana pequeña.
—Prométeme que me llamarás y me dirás si algo va mal —le pedí con una mirada severa.
—Lo prometo —aceptó—. Y tú prométeme que tendrás mucho cuidado y no cometerás ninguna
tontería.
—Ha sido estupendo poder verte, aunque fuese por tan poco tiempo. Cualquier día me presentaré por
allí y te daré una sorpresa.
—Me encantaría —reconocí sonriente.
Bajamos las escaleras del edificio, nos dimos otro abrazo y subí en un taxi, rumbo hacia el aeropuerto.
Era más de media noche cuando llegué al monasterio. Casi todos se encontraban dormidos y solo unos
pocos trabajadores merodeaban aún por las dependencias. El conserje que me había abierto la puerta
principal, me ayudó también a llevar mi maleta hasta mi apartamento. Luego se despidió bostezando y yo
me quedé a solas, frente al león de piedra, mientras me preguntaba qué les diría a todos al día siguiente.
El apartamento se encontraba sumido en penumbras y procuré pasar sigilosamente hacia mi cuarto para
no despertar a Piero. Pero su puerta se abrió de golpe y sus ojos verdes se clavaron en los míos con
ansiedad. Después, cruzó la distancia que nos separaba y me aprisionó con fuerza entre sus brazos.
—No vuelvas a irte sin decirme nada —susurró en mi oído—. Aunque solo sea por unos días.
—Sí, ese estúpido monje nos dijo a todos que te habías ido unos días para ver a tu familia. Pero Dana,
ahora yo también soy parte de tu familia —me recordó con cierto matiz posesivo.
El sonido de la campana irrumpió en aquel momento y yo sentí que me daba la bienvenida a la escuela.
De repente se me escapó un bostezo. No había dormido lo suficiente en el avión y tenía bastante sueño.
Piero me deseó buenas noches con una sonrisa y me dejó ir a mi habitación.
Desperté al día siguiente en mi enorme cama. Estaba cansada, pero era domingo y debía prepararme
para ir con los demás a misa. Comprobé que Filomena me había dejado el desayuno encima de la mesa y
se me escapó una sonrisa. Adoraba a esa mujer.
Cuando salí de la ducha, coloqué mi ropa en el armario y vi el uniforme rojo allí colgado. Mi primer
impulso fue ignorarlo como había hecho hasta ahora. Pero después lo pensé mejor y llegué a la
conclusión de que si quería integrarme de una vez por todas en la escuela agrippiana, debía vestirme
como una estudiante más.
Me coloqué las mallas rojas y la blusa del mismo color. Con el calzado tuve dudas, porque podía
elegir entre las tabi y las botas normales. Pero las tabi solían usarse para los entrenamientos y los asaltos
al Seol, así que finalmente me decidí por las botas de suela dura. Y como complemento final me puse la
capa —roja también—, y corrí a examinarme frente al espejo. Parecía la bandera de china. Solo mi
cabellera rubia, mis ojos verdes y el león bordado en oro de un lateral del pecho, destacaban en mi
conjunto. Al menos tuve que reconocer que me daba cierto aire a heroína sexy de cómic. Sexy y
peligrosa. Ummm, quizás no estaba tan mal ponerme aquella ropa. Y con ese pensamiento optimista me
alejé del tocador y me atreví a salir del cuarto.
Piero se encontraba en la sala levantado pesas y, nada más verme, ahogó un suspiro y dejó caer el paño
que usaba para secarse el sudor. Acto seguido se me acercó despacio, como si le diera cierto reparo
hacerlo.
—Te juro por Dios que ahora mismo no sé si eres tú o mi santa madre —murmuró pasmado.
Desvié la mirada cohibida ante su reacción. Entonces Piero sujetó mi barbilla y me obligó a mirarle.
—Sí, te pareces mucho a mi madre —contestó algo más rígido—. Y nunca en mi vida he amado a otra
mujer que no fuese ella —añadió contemplándome de arriba abajo.
—¿Piero, cómo puedes afirmar algo tan serio? Eras muy pequeño cuando ella murió...
—No importa —me cortó con sequedad—. Me enseñaron sus fotografías, me hablaron mil veces de
ella, por lo que sé a ciencia cierta cómo era. Y di más bien, la mataron, al igual que al tío Lucas.
—Piero, no creo que el asesino de mi padre tenga que ver con el de tu madre —le dejé caer.
—Pues yo creo que sí guarda relación. Juraría incluso que es el mismo —me contradijo con la
mandíbula rígida.
Me miró unos segundos y sus manos se volvieron a posar sobre mis hombros.
—Dana, tú y yo debemos vengar la muerte de nuestros padres. Debemos honrar nuestro apellido y
acabar con esa cosa.
—No hablarás...
—¡Sí! —exclamó—. De la serpiente que le arrebató la vida a muchos de los nuestros y que no
descansaré hasta ver cómo se consume en su propio fuego.
Mi corazón comenzó a bombear con fuerza. Piero sentía un rechazo hacia el diablo que iba más allá de
la simple enemistad. Piero odiaba con toda su alma a Abel y lo podía ver perfectamente en sus ojos
verdes ensombrecidos por el rencor.
Alguien llamó a la puerta y puso fin a esa tensa conversación. Era Leandro, que se había enterado de
mi regreso y se presentó en el apartamento hecho un basilisco.
—Jovencita —dijo apuntándome con el dedo—, te impuse un arresto de seis meses por tu continua
desobediencia, y en lugar de acatar mi decisión, ¿qué haces? Vuelves a saltar por encima de mi autoridad
y te marchas sin decir nada. Debería expulsarte de la escuela sin contemplaciones, debería hacerlo ahora
mismo.
—Tienes suerte de ser la hija de mi difunto amigo, de lo contrario... Ah, pero esta vez te has metido en
una buena. Vas a desear no haber vuelto al colegio.
—¿Ah sí? Pues a ver si asumes lo siguiente que te voy a decir: te pasarás seis meses fregando los
platos de todo el comedor y también barrerás y fregarás los pasillos después de cada almuerzo. ¿Qué te
parece?
Me encogí de hombros.
—No, no lo tienes —me gruñó—. Y además tendrás que ayudar a Filomena cuando lo necesite.
—¿Pero no vas a enfadarte y a protestar como haces siempre? —me preguntó desconcertado.
—¿Me lo tengo merecido, no? Así que cumpliré con el castigo sin rechistar.
—Me alegro de que te lo tomes tan bien porque comenzarás ahora mismo —replicó el supervisor.
Leandro frunció el ceño, se dirigió hacia la puerta y luego volvió a fulminarme con la mirada.
—Te van a salir llagas en las manos de tanto barrer y fregar —me aseguró—. Por cierto, te queda bien
el uniforme.
Y se marchó indignado.
—Creo que Leandro se esperaba a una tigresa y se ha encontrado con una gatita mansa —comentó
divertido—. A mí también me gusta el cambio —me dijo mirándome fijamente.
—Bueno, ya le has escuchado. Tengo trabajo pendiente —dije alejándome con una sonrisa incómoda.
Me pasé la mañana entera arrastrando la escoba por los pasillos de la planta baja del monasterio.
Cuando llegué al portón que daba al campo de los girasoles, decidí detenerme por unos segundos a
contemplar el día. Observé salir de la capilla que se veía al otro lado, a los brujos y monjes. Me abordó
la inquietud cuando vi danzar por delante de mí, hábitos marrones y túnicas rojas, pero en ninguno de
ellos reconocí la silueta de Micael. ¿Se habría marchado del monasterio? Al fin y al cabo, él había ido
allí por mí y se suponía que ahora yo no estaba. Luego recordé lo que me había dicho Piero y sonreí con
algo más de esperanza.
—Pues yo no sé por qué lo has hecho —protestó Irina—. ¿Es que echabas de menos mis palizas?
Samira le propinó un codazo para que se comportara. Sin embargo, Irina mantuvo su actitud desafiante
y retorcida.
—Así es, Irina. Por eso he venido, para devolvértelas —contesté con la misma altivez.
Pero ella ni se inmutó, y me lanzó una mirada penetrante antes de darse la vuelta para marcharse.
Samira me miró avergonzada y la siguió por el pasillo, como un perrito faldero.
Al siguiente que encontré fue a Werian, ataviado con su túnica fucsia y con una Biblia en la mano.
Debía de haberla usado para leer algunos pasajes durante la misa. El cardenal al verme, bajó la cabeza y
pasó por mi lado sin decirme una palabra.
—Vaya Werian, ¿no me das la bienvenida? —le pregunté con sarcasmo. Él se detuvo en seco, pero
prosiguió callado— ¿O quizás ya te has encargado de hacerlo mandándome a uno de tus emisarios?
Entonces Werian giró sobre sus talones y me observó lleno de desprecio. Yo no me dejé intimidar y
proseguí hablando.
—Voy a demostrarle a todo el mundo que conspiraste con mi tío y que enviaste a alguien a por el
manuscrito. Veremos qué opina Leandro cuando se entere de que la Iglesia, lejos de ayudar a los brujos,
continúa buscando la manera de avasallarlos —le amenacé con voz fría.
En los ojos de Werian se asomó la inquietud por un segundo, pero enseguida brillaron con la malicia
de siempre.
—¿Y cómo piensas conseguir que Leandro te haga caso? —me preguntó con arrogancia— Tus palabras
son meras conjeturas que no puedes probar.
—Ya encontraré la forma, Werian. Tarde o temprano encontraré la forma, porque además de bruja soy
periodista y si algo se me da bien, es conseguir pruebas. Y ese día voy a acabar contigo, maldito buitre
—le juré con rabia.
—Estúpida —siseó—. No tienes ni idea del error que has cometido volviendo. Antes de que puedas
demostrar algo, te habré sacado del tablero de un plumazo, tal como ya hice una vez —me recordó en un
tono ponzoñoso antes de alejarse con el triunfo de la palabra.
A la hora del almuerzo, dejé los trastos en el cuarto de la limpieza y me reuní con Piero y las hermanas
en el comedor. Me fijé en que El Gran Abuelo me observaba detenidamente desde la otra punta de la
sala. Todavía no había podido saludarle, pero percibí su recibimiento en su afable mirada. Sin embargo,
en cuanto se vio descubierto, bajó la cabeza enseguida y se limitó a comer en silencio sin volver a
levantar la vista del plato. Se me escapó una sonrisa. Al abuelo no le gustaba mostrar sus sentimientos.
Le daba vergüenza, y a mí su vergüenza me inspiraba ternura.
—Piero, ¿tú sabes dónde se ha podido meter Micael? No lo veo por ningún sitio —comenté
preocupada.
—Hace días que no aparece por el apartamento, pero si te soy sincero, me importa un bledo lo que
haga ese monje —me respondió con la boca llena.
Irina miró a Piero con una sonrisa de, qué macho es mi hombre, y yo tuve que girar la cabeza para no
vomitar allí mismo. A veces esa chica se comportaba como la concubina de un sultán.
Cuando terminamos de almorzar, ayudé a Filomena en la cocina y regresé al calefactorio para retomar
el trabajo. Pero me encontré con la sorpresa de que los utensilios habían desaparecido del cuarto de la
limpieza. Eché un vistazo alrededor, por si alguna bruja se le había dado por dar un paseo montada en
escoba. Y entonces reconocí la figura alta de Micael al fondo del corredor. Pegué un salto de alegría y
me acerqué corriendo. Él continuó barriendo, pese a que ya se había dado cuenta de que estaba detrás.
—Así que estabas aquí. Llevo toda la mañana buscándote —le saludé sonriente.
—¿Sabes? Al final decidí regresar a la escuela —le dije, insistiendo en romper el hielo.
—Eso es obvio porque puedo verte —habló al fin. Entonces se giró y me miró fijamente—. La
pregunta es, por cuánto tiempo. ¿Hasta que te dé una nueva pataleta?
—Eso suena muy bien, pero es más difícil de lo que parece —me aguijoneó.
Micael abandonó su actitud hostil y me dedicó una sonrisa grande y algo tímida.
—Vale, me has descubierto —reconoció, con sus ojos ambarinos brillando de forma risueña—. Tuve
una visión en la que te vi regresando al monasterio mucho más fuerte y decidida. Solo te hacía falta un
pequeño empujón.
—Lo entiendo perfectamente, pero cuando todo esto acabe me marcharé con Abel —le dejé claro.
—No te precipites, Dana. El camino será largo y de aquí a entonces puede pasar cualquier cosa —me
advirtió—. Aun así, me alegra que hayas vuelto. Ya te echaba de menos —reconoció con una sonrisa
antes de darme un abrazo—. Serás digna de ser mi elegida —murmuró orgulloso—. Mientras tanto…
Toma, aquí tienes tu cetro —bromeó, entregándome la escoba.
Barrí, recogí y fregué, hasta que no me quedaron fuerzas para seguir haciéndolo. Pasé la mano por mi
frente sudorosa y me fijé en la hora de mi reloj de pulsera. Eran más de las siete de la tarde. Quizás por
eso las tripas me hacían un ruido escandaloso. Guardé los utensilios en el calefactorio y arrastré los pies
hasta la cocina principal.
Filomena me acomodó en una silla y empezó a sacar platos y más platos de la nevera. Se me hizo la
boca agua al ver tanta delicatessen junta. Pero cuando alargué la mano hacia una copa con mousse de
chocolate, Filomena me propinó un pequeño manotazo y me cambió el postre por un bol con ensalada de
pasta. Refunfuñé por lo bajo. Seguía siendo una marimandona.
De pronto apareció por la cocina Mateo, agotado por la cantidad de horas que llevaba en la carretera.
Y se quedó paralizado al verme allí sentada, delante de sus narices, y no en Valencia, donde se suponía
que debía estar.
—¡Mia moglie! —exclamó indignado—. Los Ranieri están tutti locos. ¡Locos!
Filomena y yo nos echamos a reír, y luego ella corrió tras su marido para asegurarse de que no le diera
ningún soponcio. La verdad es que los señores Conti formaban un matrimonio muy ocurrente. Me
recordaban a la pareja de gnomos de La Historia Interminable. Ella, bajita y gruñona. Él, otro
cascarrabias, pero en el fondo un trozo de pan.
¿Qué importa que tú vengas del cielo o del
infierno, ¡oh Belleza!, ¡monstruo enorme, espantoso,
ingenuo!, si tus ojos, tu sonrisa, tus pies, me abren la
puerta de un Infierno al que amo y nunca he
conocido?
(Charles Baudelaire)
PARTE 3
ROSA DE JERICÓ
Me asomé a la ventana de mi habitación y observé las copas de los árboles mecerse al ritmo del
viento. Ya no había girasoles de vivo color amarillo. Estábamos a principios de diciembre y ahora el
color que predominaba en la naturaleza era el gris. En esta época del año, el cielo se encapotaba con
facilidad y hacía que se enturbiara el resto del decorado.
Habían pasado seis meses. Los seis meses más largos de toda mi vida. Pero lejos de imaginarlo, había
terminado adaptándome a la escuela agrippiana. Ya no lloraba por las noches. Lo cual no quería decir
que a veces no me viera tentada a hacerlo. Sin embargo, había aprendido a base de afanarme, a resistir al
melodrama.
Micael se sentía orgulloso de mi actitud y a menudo me lo hacía saber con alguna sonrisa cargada de
afecto. Piero, por otra parte, también estaba satisfecho con mis progresos en los entrenamientos. Me
había vuelto realmente hábil usando mis poderes, por lo que había aprendido a defenderme contra los
ataques de Irina, y a veces, incluso, era ella la que pisaba la enfermería.
Pero ni siquiera ver a mi enemiga muerta de rabia y herida, me satisfacían lo suficiente. Ahora estaba
más preocupada por no hacer nada que molestase a Leandro. No quería pasarme más tiempo encerrada.
Esto me llevó a evitar a Werian para no tener problemas, y solo lo veía en su clase de teología y los
domingos en la capilla. En realidad los dos habíamos establecido una tregua que procurábamos respetar.
Aunque ese buitre y yo, sabíamos que algún día acabaríamos por desenterrar el hacha de guerra. Y ese
día no tardaría en llegar.
Me fui a la zona de estudio para hablar con Laura. El Facebook y el teléfono, eran las únicas vías de
contacto que estaban permitidas durante el periodo de adaptación. Así que me conectaba siempre que
podía para saber cómo se encontraban ella y mi madre. Al parecer no había vuelto a ocurrir ningún
incidente desde que me había marchado de Valencia. Las dos se encontraban perfectamente y eso me
dejaba más tranquila.
De Abel seguía sin saber nada. Ni cartas, ni llamadas, ni mensajes, ¡nada! Ya ni siquiera me tomaba la
molestia de preguntarle a Ántrax cuando la veía conectada. Me sentía abandonada y resentida. No sabía
qué pensar de su fría actitud, y lo cierto es que prefería no hacerlo. No quería volver a perder la cabeza.
Ya había hecho malabarismos por el borde de ese precipicio y sabía lo profundo que podía ser.
Micael irrumpió en la sala y me pidió que le acompañase al despacho de Leandro. Cuando llegamos
vimos al abuelo esperando con semblante resignado, pero el supervisor no estaba.
—¡Por fin se digna alguien a aparecer! —gruñó—. ¿Dónde quedaron los tiempos en los que hacer
esperar a un viejo, suponía pena de muerte por mala educación?
—¿Tú tampoco sabes por qué nos ha llamado Leandro? —le pregunté.
—Cálmate Dana, verás que no hay de que temer —me aseguró para alentarme.
Pero no funcionó y paseé nerviosa la mirada por el despacho. Observé que encima de la mesa de
Leandro, había un cuenco de cristal con una especie de ovillo de ramas secas, y me acerqué llena de
curiosidad.
—Dana, ¿te gusta mi planta? —me preguntó de pronto el supervisor, sorprendiéndome con media
cabeza metida en el cuenco.
—Pues lo cierto es que no... —contesté sin dudar, al contemplar al detalle aquella planta con forma de
pelota amarillenta.
El abuelo soltó una carcajada y el supervisor me miró ceñudo por haber criticado su planta.
—Leandro, te está bien empleado. ¿Nunca has escuchado que los niños y los borrachos siempre dicen
la verdad?
—Dana, la Rosa de Jericó, como así se llama esta planta, se la conoce también como La Flor Divina y
es uno de los talismanes más interesantes que existen en la Tierra.
—¡Cierto! —exclamó Leandro con entusiasmo—. Qué bien que sepas la historia, Micael. Son muy
pocos los que conocen la Rosa de Jericó, y menos su importancia. Algún día debes explicarnos a qué te
dedicabas antes de tomar los hábitos.
—Sí, eso es cierto... No sabemos nada de ti y estoy seguro de que guardas muchas más sorpresas —
añadió el abuelo mientras observaba a Micael cargado de recelo.
—Leandro —volvió a gruñir—, dinos de una vez qué quieres de nosotros o me haré viejo esperando
—dijo con expresión impaciente.
—Os he llamado a los tres porque he tomado una importante decisión. —Hizo una pausa y me miró —.
Dana, he decidido poner fin a tu período de adaptación. Desde este preciso momento, tendrás el mismo
derecho de entrada o salida que cualquier otro estudiante.
Acogí la noticia en un estado de absoluto aturdimiento. Era como si las palabras que acababa de decir
Leandro, no tuvieran nada que ver conmigo. No podía ser cierto lo que había escuchado. La noticia de mi
tan ansiada libertad. Aquí, ahora, ¡al fin!
—Dana ¿has oído eso? —me preguntó Micael, al ver que continuaba callada.
—¿Es verdad que soy libre? —le pregunté, sin podérmelo creer.
—Debiste haberme hecho caso hace meses —le cortó él, refunfuñando—. Te dije que esta muchacha
no soportaría el encierro. Ella es tan independiente como lo era Luca. ¿Es que no te acuerdas? Casi se
volvió loco cuando le tuvimos que mantener confinado durante su despertar. Y mira a su hija ahora, está
tan mustia como tu planta.
Me llevé las manos a la cara. ¿De verdad tenía un aspecto tan horrible?
—Leandro, ¡por el amor de Dios! Sabes que lleva la desobediencia y los problemas en sus genes.
—Piero también es un Ranieri y no me ha dado ni la mitad de disgustos que ella —le contradijo
enfadado.
—¡Ay, Leandro! —prosiguió el abuelo—. Estos dos ojos cansados y con cataratas, ven mejor que los
tuyos. Solo así puede explicarse que tengamos al enemigo delante de nuestras propias narices y tú no lo
hayas visto —le reprochó, empujando su silla de ruedas hacia la salida. Pero antes de irse, se detuvo al
lado de Micael y lo miró ceñudo—. No me fío de ti. Yo sé que no eres lo que dices ser.
—Disculpa su grosería. El abuelo ya tiene muchos años y a veces puede resultar un poquito
insoportable —alegó con cierto resquemor.
Yo seguía saboreando la noticia de mi libertad. Empezaba a tener la osadía de creérmela. Hasta que
por fin lo hice y corrí hacia la puerta.
Necesitaba hacerlo.
—¿Ahora? Está anocheciendo y se aproxima un temporal. Has esperado estoicamente este momento,
¿no puedes seguir haciéndolo por un día más?
Observé el paisaje, dispuesta a demostrarles que el problema no era para tanto. Pero cuando vi el
cielo totalmente repleto de nubarrones, mis últimas esperanzas se disiparon y me alejé del cristal con un
suspiro. Leandro y Micael tenían razón, salir con este tiempo solo demostraría que todos estos meses no
habían servido para nada y que seguía siendo tan insensata como siempre.
Micael deslizó un brazo por mis hombros y salimos del despacho del supervisor. Luego fuimos a la
enfermería para darles la noticia a Rafael y Gabriel, y regresamos al apartamento. Piero ya estaba
enterado de todo y se pasó la cena haciendo planes. Él pensaba llevarme a recorrer los salones de la alta
sociedad romana y yo solo deseaba tomar un helado dando un paseo por la ciudad.
Cuando me metí en la cama, afuera, seguía escuchándose el zumbido del viento y el agua cayendo a
cántaros. Me acurruqué dentro de las mantas y crucé los dedos con todas mis fuerzas para que al día
siguiente hubiera un sol radiante. Pero cuando por la mañana saqué los pies de la cama y me acerqué a la
ventana, mis esperanzas se fueron a pique al observar el paisaje ensombrecido por completo, bajo una
catarata de granizo y agua.
—Sí —reconoció Filomena, que había ido a dejarme el desayuno—. Fa un tempo orribile y no ha
dejado de llover en ningún momento.
Me alejé de la ventana, estremeciéndome de frío. ¿Por qué tendría que suceder aquello justo ahora?
—¡Alegra esa cara, ragazza, que ya eres libre! —me felicitó la mamma, antes de darme un abrazo.
—¿Y cómo has pasado la noche? Sicuro que bene, después de la noticia de Leandro ¿eh? —me
preguntó mientras yo untaba una tostada con mantequilla y mermelada.
—¡Bah! los jóvenes siempre os quejáis por todo. Ya saldrá el sol, ten paciencia. Y termina el desayuno
non appena possibile, que tu primo Piero te está esperando para ir juntos a la clase —me ordenó
apurada.
Pero yo obedecí a mi ritmo. Ya estaba acostumbrada a sus prisas y a su tono marimandón. Durante
aquellos meses me había tenido que acostumbrar a un sinfín de cosas, y ya ni tan siquiera el sonido de la
campana me desvelaba de madrugada.
Acabé lo que tenía en la bandeja, me duché y me puse el uniforme. También me había acostumbrado a
enfundarme esas mallas rojas.
Después me reuní con Piero y nos fuimos juntos al gimnasio. Estaba empeñado en convertirme en una
experta guerrera, y por eso me daba clases particulares todos los sábados. Pero para dominar las técnicas
de combate era imprescindible ganar en equilibrio, agilidad y resistencia. Y yo había mejorado en
algunas cosas, pero estaba lejos de ser buena. El adiestramiento de los brujos solía llevarse a cabo desde
temprana edad, ya que muchas de las técnicas que empleábamos eran las que habían utilizado los
samuráis en la antigüedad y se requerían años de aprendizaje para dominarlas por completo.
Y el traje también guardaba cierta relación con el de los antiguos soldados japoneses. La blusa de lino
nos permitía realizar movimientos desahogados mientras luchábamos. Las mallas se ajustaban a nuestras
piernas como una segunda piel, por lo que no daba lugar a enganches o tropiezos. Las Jikatabi nos
servían para dar los pasos sigilosos de un gato tras el enemigo y la capa nos resguardaba del gélido
viento en el Seol. En cualquier caso, mi vieja palestina ya no tenía cabida en mi nuevo vestuario.
Piero bajó la luz del gimnasio, sumiéndonos casi en las sombras, y me ordenó que comenzara con el
ejercicio; que consistía en trepar por una pared de clavos, hasta llegar a las ramas de los árboles de
acero, y permanecer ahí, manteniendo el equilibrio.
—¿Es qué te has vuelto loco, quieres que me mate o qué? —protesté molesta.
—Dana, no te estoy pidiendo nada que no le haya exigido a otros alumnos. Irina lo hace en un tiempo
récord y con los ojos cerrados —me dijo con intención de picarme, lo que no funcionó, porque yo ya
sabía que Irina era la mejor guerrera de las brujas.
—Ojos verdes, ¡puedes hacerlo! —me animó, sosteniéndome por los hombros—. Te he visto luchar en
el Seol y simplemente tienes que trasladar esa energía aquí.
—No es tan sencillo —repliqué—. Esa energía la consigo cuando me siento amenazada.
Lamenté haber dicho aquello. Enseguida comprendí que acababa de darle una idea a Piero, por su
sonrisa maliciosa.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunté angustiada, cuando vi que iba a por un palo de gran tamaño.
Empecé a retroceder, al ver que Piero avanzaba hacia mí con el palo en la mano y eché a correr en
dirección a la pared de clavos. La trepé con cuidado de colocar los pies y las manos encima de cada
punta, pero sin aminorar el ritmo. Unos metros más abajo, me perseguía Piero, que había soltado el palo
para ir más rápido. Continué escalando la pared hasta que llegué a lo más alto —unos quince metros—, y
se me acabó la posibilidad de seguir huyendo. Escuché como Piero soltaba una risa triunfal, a la vez que
iba recortándome más y más las distancias. Busqué desesperada una salida, pero solo tenía una, saltar
hacia el bosque artificial que había justo debajo. Me revolví ante mi única posibilidad. Entonces Piero
estiró un brazo intentando apresarme un pie, y sin pensármelo más tiempo me arrojé al vacío. Mientras
caía, recé todo lo que sabía para aterrizar de una pieza. Y finalmente me estampé contra un tronco y
reboté contra la rama de al lado.
Sacudí la cabeza, aturdida por el golpe, y le enseñé un dedo. Piero relajó la tensión de su rostro y
esbozó una sonrisa intencionada.
—Con que esas tenemos, ¿eh? ¡Ahora verás! —dijo tomando impulso para saltar.
Pero mientras pensaba esto, Piero había despegado en un gran salto y planeaba en el aire como una
ardilla voladora. Hasta que consiguió aterrizar con precisión y elegancia sobre una rama. Salí de mi
fascinación y me moví con torpeza entre los árboles. Agradecí que esas ramas fueran de acero, porque de
haber sido de verdad, no habrían soportado el peso de mi cuerpo. Pero los brazos de aquellos árboles
estaban hechos para que los brujos practicásemos el equilibrio.
—¿Hasta cuándo piensas seguir huyendo, ojos verdes? Tarde o temprano tendrás que dar la cara —me
advirtió aproximándose a mí con la desenvoltura de un mono mientras yo me sentía cada vez más
sofocada.
Descendí por un tronco con el corazón en la boca, y Piero hizo lo mismo dos árboles más atrás. Luego
emprendimos la carrera hacia el palo que estaba en el suelo. Los dos queríamos usarlo como arma
defensiva contra el otro. Y seguí corriendo a la vez que notaba los pasos de Piero pisándome los talones.
Hasta que mi instinto asesino se vio obligado a reaccionar y me giré, decidida a librarme de su acoso.
Pero él, que ya se esperaba mi ataque, también me lanzó un rayo de energía y los dos salimos
catapultados en direcciones opuestas, para acabar estrellados contra el duro pavimento del gimnasio. Se
oyó un estruendo horrible y se levantó una nube de polvo. Después se hizo el silencio, la nube se fue
disipando y empecé a escuchar unos quejidos de dolor. ¿O eran los míos? El caso es que me daba miedo
moverme, por si me rompía los pocos huesos que debían quedarme intactos. Pero descubrí con asombro
que, aunque notaba mi cuerpo magullado de arriba abajo, no me había fracturado nada.
Piero estalló en una carcajada, acompañada de toses y suspiros lastimeros. Debía sentirse tan baldado
como yo, por lo que no entendía dónde estaba la estúpida gracia.
—¡Maldito chalado imbécil! —le grité furiosa mientras intentaba incorporarme sin morir en el intento
—. Si no te pego una paliza es porque no puedo.
—¿Y qué te creías, listilla, que solo tú eras buena soltando disparos de energía? Has de saber que tus
dotes de bruja te vienen de familia, como todo lo demás —repuso con orgullo, intentando también
ponerse en pie.
—Pero no ha sido así. Y además, me has demostrado que eres mañosa cuando te conviene.
—Hiciste el recorrido muy rápido. Estoy incluso convencido de que superaste el récord de Irina.
—Pues no debería —me reprochó—. Eres una Ranieri y nadie debe ser mejor que tú en nada. Es más,
no pienso permitirlo. Y si tengo que atizarte con el palo para que te muevas, lo haré sin titubear. ¿Queda
claro? —me advirtió con un tono de profesor exigente.
—En mi opinión, te lo tienes muy creído con eso de ser un Ranieri. Y también creo que exageras con el
entrenamiento. Yo ya me he enfrentado a las criaturas del Seol y no es para tanto.
—¿Con que eso piensas, eh? Pues déjame decirte que yo he visto como varios de esos perros rabiosos,
rodeaban a uno de los nuestros y lo devoraban vivo. ¿Qué?, ¿acaso no sabías eso, te creías que sus
colmillos estaban de adorno? —se burló al ver que lo miraba asustada—. Pues comen carne. Carne de
brujos para ser exactos. Y más vale que lo tengas en cuenta la próxima vez que te enfrentes a ellos,
porque no siempre podrás contar con la protección del grupo. Hay veces que las cosas se complican en el
Seol y acabas perdiendo de vista a tus compañeros. Y ahí, ahí Dana, es cuando debes poner en práctica lo
aprendido si quieres salir con vida del infierno —concluyó enrojecido de ira.
Lo observé fijamente y comprendí que esos ojos verdes, habían tenido que ver muchas muertes
violentas, y también habían tenido que llorar la pérdida de numerosos amigos.
—Los siento, Piero. No pretendía ofenderte, solo me preguntaba por qué era tan importante luchar.
—Creía que a pesar de las diferencias, ellos nos respetaban y no luchaban contra nosotros —objeté
confusa.
—Y suele ser así, pero otras veces, Lucifer ordena a los nigromantes que se cuelen en la escuela en
busca de información. Él no puede acceder a ningún lugar sagrado y los necesita a ellos.
—Y cuando eso sucede, tenemos que tener mucho cuidado. Ellos también fueron magos de luz y saben
luchar tan bien como nosotros. Pero tranquila, muy rara vez ocurre —me aseguró sonriente.
Yo resoplé nerviosa. Algo me decía que acabaría siendo testigo de alguna de esas contiendas.
Salimos del gimnasio y nos dirigimos hacia el comedor. De camino me detuve en uno de los ventanales
del pasillo para contemplar el paisaje. Pero el prado, los árboles y el cielo entero, seguían envueltos en
un velo oscuro y lluvioso.
—Tranquila, ojos verdes. Ya tendremos ocasión de pasear juntos. Ahora vayamos a almorzar antes de
que se haga más tarde —dijo tirando de mi mano.
A lo largo de esa semana el tiempo no mejoró. Los nubarrones en el cielo crecieron junto con mi
desesperanza. Hasta que una mañana, cuando ya creía que el temporal se había apoderado para siempre
de Roma, desperté bañada por un tímido rayo de luz que provenía de la ventana. Me incorporé despacio y
con pasos vacilantes me aproximé a inspeccionar el panorama. Sí, ahí estaba. Se asomaba con timidez
entre las nubes oscuras, pero indudablemente era el sol. De vez en cuando una ráfaga azotaba las copas
de los árboles de enfrente. El resto del paisaje parecía envuelto en una fría calma. Señal de que la
tormenta aún no había amainado del todo. Pero de momento, el sol brillaba en lo alto y nada me
impediría dar al fin ese paseo.
Di un salto y corrí al cuarto de baño para ducharme. Luego me vestí, bebí un vaso de leche y salí del
apartamento masticando el último trozo de mi tostada.
Piero aún dormía plácidamente y Micael no estaba en su habitación. Se pasaba casi todas las noches
perdido por ahí con sus hermanos, y solo se dejaba caer por el apartamento cuando llegaba la hora de
dormir y fingía delante de Piero irse a la cama.
Recorrí los pasillos del monasterio, alcancé el portón de madera y me abandoné a la brisa de la
mañana. El viento soplaba cálido, el aire olía a humedad y las nubes comenzaban a tapar al sol. Decidí
aprovechar el tiempo antes de que el cielo terminara por descargar, y me adentré en el prado. Ya no había
mariposas blancas, ni flores de colores. Apenas quedaba algún diente de león con la forma redonda de
una pelusa blanca. Arranqué una de esas plantas y la soplé muy fuerte. Me quedé ensimismada —
observando como cuando era niña—, los pelillos que flotaban en el aire.
De repente rompí en una estúpida carcajada y me dejé caer en la maleza. ¡Al fin era libre! No era la
primera vez que me tumbaba en esa pradera. Lo había hecho siempre que había podido durante mi
confinamiento. Pero ahora todo brillaba bajo el influjo de la libertad. Observaba el bosque de coníferas
con la seguridad de poder adentrarme a explorarlo si quería. Y más allá del horizonte verde, veía
despuntar los edificios altos de la ciudad, con la ilusión de saber que podía perderme por sus calles, sin
que nadie me reprochara nada.
Entonces divisé una sombra fugaz en los arbustos de enfrente. Me quedé inmóvil, a la espera de lo que
pudiera surgir de la maleza. Hasta que volví a percibir aquel movimiento sospechoso y el corazón me dio
un brinco. «Cálmate», me dije, «seguro que es el viento». Pero un presentimiento me puso bajo aviso.
No, aquello no era el viento. Se movía con demasiada precisión para tratarse de un fenómeno casual de
la naturaleza.
Decidí que no quería averiguarlo y me incorporé de un salto dispuesta a darme a la huida. Y de pronto,
algo llamado instinto o intuición, qué sé yo, hizo que me frenase en seco cuando percibí a mis espaldas,
como esa extraña presencia asomaba entre los arbustos. Me volví a quedar paralizada. Sabía que ahí
detrás había alguien esperando a que girase sobre mis talones para plantarle cara. La cuestión era, ¿me
atrevería a hacerlo? Contuve la respiración y me di la vuelta deprisa. Entonces descubrí que todo se
trataba de un sueño. Porque era imposible lo que mis ojos estaban viendo. Y sin embargo, qué fácil era
creerlo. Tan fácil y real, que no parecía un sueño. Pero lo era, claro que lo era. ¡Oh, Dios mío! ¿lo era?
Me acerqué hacia esa figura oscura e inmóvil. Me acerqué, como el peregrino que divisa su destino,
como el marino que avista tierra, como el beduino del desierto que encuentra una charca en medio de la
arena, con esa misma alegría incierta, yo me acerqué a mi amado ángel.
Hasta que de nuevo me asaltaron las dudas y el corazón me recordó lo que había sucedido una vez. ¿Y
si volvía a esfumarse y me dejaba palpando el vacío? ¡No lo podría soportar! Sé que no podría. Pero
esos ojos grises, que a su vez me contemplaban atentos, se tornaron desconsolados por mi vacilación y
fue suficiente para asumir el riesgo. Me detuve ante aquella figura alta y contemplé al detalle cada uno de
sus perfectos rasgos; su nariz bien definida, sus largas pestañas, sus labios finos y bonitos. También pude
apreciar nuevos cambios en su imagen. Le había crecido el cabello y ahora le caía en hermosas ondas
oscuras a la altura de sus pómulos. Pero seguía conservando ese aire malévolo y arrogante, que tanto me
atraía.
—Dime que eres tú y no vas a desaparecer —musité convulsa. Él exhibió una hilera de dientes blancos
en medio de su rostro moreno, y yo rompí en un sollozo—. Dime que no ha salido el sol y es tu sonrisa la
que veo.
Sus brazos fuertes me atrajeron hacia su cuerpo y su boca apresó la mía con un afán imponente. El
viento se levantó cómplice de ese momento cargado de intensidad. Y entonces, todos los meses de
distanciamiento, toda la angustia y el desconsuelo, todas las dudas, todo lo dañino, absolutamente todo,
se esfumó en lugar de su figura y dejó paso a una simple necesidad que sellamos con nuestros labios.
—Dime tú, qué estúpida visión puede reclamarte con este deseo.
Acaricié su rostro con los ojos anegados en lágrimas para cerciorarme una última vez.
—Más tarde —me pidió con un dedo sobre mis labios—. Más tarde nos pondremos al día con
palabras. Pero ahora exijo hechos.
Me cogió de la mano y comenzó a tirar de mí, hacia el interior del bosque. Yo me reí para mis
adentros. Seguía tan impaciente como siempre.
Seguimos avanzando a buen ritmo por la arboleda. Sorteamos helechos, ramas y otros obstáculos, que
Abel se encargaba de apartar delante de mí. Lo dejé hacer a su antojo. Me sentía tan feliz de volver a
estar a su lado, que bien hubiera proseguido andando, hasta alcanzar el mismísimo corazón de la
Antártida. Llegamos a un punto del bosque donde la vegetación se volvió más espesa y Abel tuvo que
tomarme en brazos para ir con mayor rapidez. Lo cierto es que se movía con una velocidad que casi
volábamos, y en cuestión de segundos aparecimos en un claro, situado muy lejos de la pradera del
monasterio.
Abel me cogió desprevenida con su beso. Me sujetó la cara entre sus manos para que no me resistiera
a su arrebato pasional, y apresó mi boca con fuerza. ¡Cómo si tuviera intención alguna de escapar de él!
A mí también me urgía sentirlo, y enterré mis dedos en su cabellera oscura y larga. Aquello fue suficiente
para que perdiera el control. Abel dejó escapar un gruñido y me arrastró con su cuerpo al tronco más
próximo. Luego me despojó de mis ropas, yo hice lo mismo con las suyas y nos caímos al suelo lechoso,
como dos fieras en plena batalla. Una batalla donde solo tenía cabida la fricción de nuestros cuerpos.
Nos sorprendió la lluvia. Pero ni siquiera esto sirvió para paliar las llamas de la pasión, y seguimos
amándonos entre jadeos, agua, barro, y más movimientos frenéticos. Hasta que rompimos en un gemido
final y después solo escuchamos nuestra respiración entrecortada.
Abel se echó a reír sin motivo. Supe por su expresión que era un ángel dichoso y también me uní a sus
risas de felicidad. Entonces nuestras miradas se encontraron y sus ojos grises reflejaron otro tipo de
necesidad, tan intensa como la mía, donde esta vez la exigencia fue fruto del alma.
Nos alcanzó la noche, pero proseguimos abrazados y desnudos bajo la llovizna. No tenía frío. El
contacto de su piel era suficiente abrigo. Tampoco sentía apetito ni las otras necesidades que conllevaba
el ser humana. A su lado me volvía tan sobrenatural como él.
Llevó mi mano a la comisura de sus labios, y luego sus labios rozaron mi frente en un beso de infinita
ternura.
—Es cierto que te amo —me susurró—, si amar implica sentirte con un delirio exacerbado, venerarte
con la fe íntegra que nace del alma y carecer de alma sin ti a mi lado.
—Te he escrito muchos —confesó—. Cada vez que la añoranza me asolaba, recurría a estos pequeños
desahogos.
—Y sin embargo no me has escrito más que una carta —le reproché, en un murmullo más parecido al
quejido de una niña.
Abel soltó un suspiro, se apoyó contra un tronco y me estrechó entre sus brazos.
—Dana, cuando te marchaste, yo sabía que pasaríamos algún tiempo sin poder vernos, y preferí no
hacer las cosas más difíciles de lo que ya eran. Así que decidí alejarme de todo y recluirme en Pemba.
—¿Más difíciles? —Me reí con incredulidad— Haber tenido que permanecer encerrada todos estos
meses y sin noticias de ti ha sido lo difícil. ¡Ha sido incluso una tortura! ¿Tanto te costaba escribir o
llamar de vez en cuando? Además, ¿qué es eso de mandar a Gabriel como topo? —le eché en cara.
—Lo siento, Dana. Pensé que era lo mejor que podía hacer y está claro que fue un error —admitió de
forma sincera, antes de darme un pequeño beso en la frente—. Eso sí, de lo que no estoy arrepentido es
de haber usado a Gabriel. No me mires así, ¡era la única forma que tenía de saber cómo estabas!
—El caso es que mi hermano es un inútil que no sabe ni espiar —gruñó—. Y encima sé que me oculta
algo... —añadió pensativo.
Intenté serenarme enseguida con intención de que Abel no percibiera que yo estaba al tanto de ese algo.
No quería estropear aquel momento diciéndole que su hermano Micael estaba en el monasterio. Pero
entonces supe que se había dado cuenta de que le escondía algo, porque sus ojos grises me escudriñaban
de manera atenta.
—Por favor, no arruines este momento —le supliqué—. Tarde o temprano te vas a enterar y seguro que
pensarás que es una tontería.
—No sabes cuántas veces imaginé estar así —confesé, jugando distraída con los rizos oscuros de su
pecho.
—Para mí tampoco ha resultado fácil —alegó a su vez, abstraído—. Jamás se me hizo tan larga una
espera. Te extrañé a cada minuto, a cada segundo. Era incapaz de concentrarme en el trabajo.
—Sí, te habría llamado, lo sé. ¡Y de verdad que lo siento! Pero te prometo que para mí tampoco ha
sido fácil, Dana. ¿Tienes idea de cómo me sentí aquel día cuando te vi en el Seol? Te acercaste a mí y
yo... —Hizo una pausa y continuó—. Aún no me explico de dónde saqué la entereza para alejarme de ti y
no cometer una locura.
Le escuché mientras recordaba con dolor lo sucedido aquel día. Las criaturas, las carreras de los
brujos tratando de huir, mi corazón desaforado al descubrir su figura oscura en medio de la gente, la
decepción y el terrible vacío que le siguió luego. Desvié la mirada para intentar alejar a la tristeza de mí.
—Hiciste lo correcto —dije tras meditarlo—. Llevarme contigo habría provocado un escándalo entre
los brujos y una guerra con tus hermanos.
—¿Desde cuándo te has hecho tan responsable? —bromeó Abel, con una sonrisa tierna.
Entonces Abel también adoptó una postura rígida y me contempló angustiado, como si dudara en
decirme algo.
—Dana... ¿por qué no me buscaste cuando volviste a Valencia? —me preguntó al fin.
Lo miré alarmada. Así que ahí estaba el motivo de su dilema. Abel tenía dudas de mis sentimientos.
Pero aunque sus dudas me producían cierta ternura, no podía contestarle con total sinceridad. No podía
hablarle de Micael.
—Yo necesitaba un respiro y el supervisor de la escuela me concedió unos días. Pero estuve muy poco
tiempo y por eso no te avisé —le contesté sin mirarlo siquiera—. Por cierto, ¿cómo estabas al tanto de
mi viaje, te lo dijo Gabriel? —inquirí, intentando cambiar de tema.
—¡No, por supuesto que no! ¿Qué te hizo pensar algo así?
—No sé, seguro que has oído ciertas cosas sobre el diablo. Ya sabes, leyendas exageradas la mayoría
de ellas. En ese sitio en el que vives, os enseñan a odiarme. Es parte de vuestro aprendizaje —puntualizó
con ironía.
—¿En serio creíste que podía haberme afectado lo que escuchase de ti? —me burlé divertida.
—Maldita sea mocosa, ya lo creo que lo pensé —reconoció irritado—. Ponte en mi pellejo. Resulta
que sales del monasterio y no me avisas. ¿Por qué? Es algo que todavía ignoro —me dejó caer—. Y
luego Ántrax me dijo que ya no le preguntabas por mí, cuando yo era lo primero que hacía al ver a
Gabriel. ¿Tan raro te parece que tu desinterés me diera que pensar? Hasta hace apenas unas horas seguía
teniendo dudas. Y por eso me limité a espiarte en el prado. ¡No sabía a qué atenerme! —terminó soltando
enfadado.
—¿Sabes qué, Abel? Ahora sí te creo cuando dices que me echaste de menos, porque a mí me ocurría
lo mismo cada vez que le preguntaba Ántrax y ella no me decía nada. ¡Me carcomían las dudas! —le
aseguré en voz alta— Me podía la nostalgia y lloraba todas las noches. Hasta que me cansé de dar
tumbos y decidí ser fuerte. Así que perdóname por tomar la decisión de no volverme loca.
Nos quedamos callados, resentidos el uno con el otro, y luego Abel se acercó a mí y me estrechó entre
sus brazos.
—Qué injusto he sido, Dana. ¿Podrás perdonar mi torpeza? —me susurró sin dejar de acunarme.
—Está bien, mocosa —dijo riéndose—. Cuando quieras volver a verme y estés segura de que nadie se
encuentra cerca, solo has de decir mi nombre en voz alta y yo te escucharé allá donde esté —me
prometió.
—¿Y ya está? ¿Así de fácil? Si lo llego a saber, no me hubiera vuelto loca buscándote —protesté
molesta.
Abel me sonrió con ternura y por un momento, me perdí en el plomizo profundo de sus ojos. Hasta que
descubrí que ya era de noche y pegué un salto.
—¡Tengo que volver al monasterio! No me han visto durante el día y seguramente estén preocupados
—le expliqué, al tiempo que corría a vestirme.
Pero los pantalones y la capa, fue lo único de mi vestuario que se había salvado. El resto había
acabado hecho jirones ente besos y caricias.
Abel también se vistió y unos segundos más tarde, nos pusimos en marcha.
Llegamos al prado riéndonos y bromeando como cualquier pareja de enamorados. De vez en cuando
soplaban ráfagas de aire fresco que traían consigo algunas gotas de lluvia. Me acurruqué bajo su brazo y
acerqué mi nariz a su camisa entreabierta. Seguía oliendo maravillosamente bien. Yo apestaba a barro,
sudor y humedad. Por no hablar de mis rizos enmarañados y llenos de briznas de hierba seca.
Me abalancé al cuello de Abel y le estampé un beso apasionado. Estaba tan feliz, que quería gritarlo al
mundo entero. Al fin me sentía viva después de mucho tiempo.
De repente noté su cuerpo convertirse en piedra. La risa clara que brotaba de su garganta, se esfumó de
golpe, y sus ojos se abrieron de lleno. Una mueca exagerada que jamás había visto en el rostro de Abel.
Desconcertada, seguí el curso de su mirada y comprendí la razón. A unos metros, Micael nos observaba
con idéntica expresión estupefacta. Y yo me eché las manos a la cabeza porque al final había sucedido lo
que tanto temía.
—Cuánto tiempo, Luzbel. Me alegro de verte —le saludó con un hilo de voz.
Ahí estaban los dos hermanos. Frente a frente, tras siglos de firme enemistad. Sin apartar los ojos el
uno del otro y sin romper el silencio. ¡Oh madre mía! ¿qué iba a pasar ahora?
Miré hacia Abel, que seguía tieso y pálido. Quise acariciarle, y entonces se dio media vuelta y echó a
andar con grandes zancadas que dejaban entrever su tirantez.
Pero me había vuelto invisible para él y siguió andando hasta que se fundió en las sombras de la noche.
—Dana... —. Me sujetó del brazo, Micael—. Será mejor que volvamos adentro. Están todos
preocupados por ti.
—Pero...
—Hazme caso —insistió algo más tenso—. Luzbel necesita estar solo.
A pesar de que Micael trababa de disimular, me di cuenta de que también estaba nervioso por las
prisas que tenía en llegar a la enfermería. Cuando entramos allí vimos a Rafael entretenido con sus
plantas. Había fabricado un invernadero donde cultivaba brotes de semillas medicinales; que luego
clasificaba en frascos pequeños para que la enfermera se lo repartiera a los pacientes.
—Rafael, ya lo sabe. Luzbel ya sabe que estoy aquí —le soltó Micael, dando rienda suelta a sus
nervios.
El arcángel de pelo cobrizo, en lugar de alarmarse, miró a Micael y después observó mi pelo enredado
y mis ropas embarradas.
—Así que Caperucita Roja se ha encontrado en el bosque con el lobo, ¿eh? —se burló con desdén.
Me apresuré a agachar la cabeza. Rafael tenía la capacidad de avergonzarme con sus comentarios
punzantes.
—Esa no es la cuestión —terció Micael, algo incómodo con la situación—. El problema es, ¿qué
vamos hacer ahora?
—Miguel, sinceramente, no entiendo tu exagerada reacción —replicó irritado—. Sabías que tarde o
temprano, Luzbel se acabaría enterando de que estabas aquí. Pues bien, ya se ha enterado. ¿A qué viene
tanto alboroto? En mi opinión deberías calmarte y regresar al apartamento. A tu protegida le hace falta
una ducha —añadió mirándome fijamente.
Yo volví a sonrojarme.
—Sí —aceptó pensativo, Micael—. Quizás lo más conveniente sea hacerte caso y tratar de calmarme.
Gracias hermano.
—De nada, siempre es un placer ser la voz de la sabiduría —bromeó con sarcasmo.
Seguí a Micael hacia el apartamento, sumida en mis propios pensamientos. Cada vez que pensaba en la
expresión de Abel, se me oprimía el corazón. Se había puesto totalmente pálido al ver a su hermano. ¡Ni
siquiera se había detenido al llamarle! Y era lo que realmente me alteraba, porque ahora él, ya estaba al
tanto de lo que le había ocultado y sabía que no tardaría en pedirme explicaciones.
Sucedió lo impensable y toda mi felicidad dio paso a la angustia. ¿Y si no le volvía a ver? ¿Y si
después de haberlo recuperado le había vuelto a perder? Cerré los ojos por un segundo y traté de hacer el
esfuerzo de serenarme. Aunque mi corazón seguía tocando la marcha fúnebre. Cuando llegué al
apartamento, cené un sándwich y me metí en cama.
Cuando llegué a la enfermería, ya se encontraban los tres hermanos discutiendo sobre el tema y
enmudecieron tan pronto me vieron aparecer. Desesperada, me abalancé sobre el arcángel de pelo rizo.
—Por favor, tú debes saber algo de Abel —le imploré a Gabriel, aferrada a su túnica.
—Dana, tranquilízate—me pidió Micael, a la vez que intentaba despegarme de su hermano—. Luzbel
simplemente está un poco inquieto, eso es todo.
—¡Oh vamos, hermano! Ella tiene que saberlo. Se va a convertir en su próxima víctima.
—¡Sois todos unos miedicas exagerados! Luzbel simplemente está molesto porque no se esperaba ver
a Miguel. Dadle tiempo y se le acabará pasando la rabieta —alegó con rotundidad.
—Rafael, te recuerdo que la última vez que nuestro hermano tuvo una rabieta, terminó con el cielo
dividido en dos bandos —replicó Gabriel—. Además, tú lo dices muy tranquilo porque a ti no te torturó
con su interrogatorio. Pero a mí me sometió al tercer grado, y con Dana hará lo mismo —añadió
mirándome.
Rafael entornó los ojos en blanco, se dio la vuelta y nos ignoró a todos.
Pero cuando hice el amago de moverme, Micael alargó su mano y me agarró del brazo.
—Dana, ¿sabes qué día es hoy? Domingo. Y al único sitio al que vas a ir ahora mismo, es a la capilla
conmigo. Si algo tengo claro de todo esto, es que no voy a permitir que Luzbel te desvíe de tus
obligaciones —me garantizó con voz firme.
Me revolví protestando mientras me arrastraba hacia fuera de la enfermería.
Y una vez en el templo, Micael sencillamente no se despegó de mi lado. Me conocía lo suficiente para
sospechar que era capaz de intentar fugarme delante de todos, por lo que me dejó claro con su excesiva
cercanía, que usaría la fuerza en caso de que fuera necesario. Le lancé miradas asesinas, a la vez que él
me observaba sin inmutarse. Piero, que también se encontraba a mi lado, observaba irritado a Micael. No
entendía qué hacía allí, entre nosotros, en lugar de sentarse en el lugar que le correspondía, con los
monjes. Le fastidiaba vernos a todas horas juntos. Pensaba que Micael se extralimitaba como consejero y
que yo le permitía abusar de mi confianza.
La hora de misa trascurrió lenta, demasiado lenta. Tan lenta y pesada, que tenía la sensación de haber
envejecido en aquella hora. Una mosca que se había posado en un banco de madera, no se movió hasta el
final de la misa. Se había quedado congelada, como todo lo demás. Werian tenía ese poder cuando
hablaba. Incluso él bostezaba escuchándose a sí mismo. Micael observaba al cardenal con un semblante
sombrío. No le gustaba ver como Werian hablaba de la palabra de Dios, con ese desinterés contagioso.
La misa tocó a su fin y todos se levantaron como resortes de sus asientos para dirigirse en estampida
hacia la salida. Una reacción más que Micael desaprobó con la mirada. Yo hice el gesto de imitarles,
pero entonces su mano me aferró del brazo.
—Este es su templo y al menos tú te comportarás con el debido respeto —me sermoneó indignado.
Me liberé de su mano de un tirón y eché a correr por el pasillo de la ermita hasta el portón principal,
mientras Micael me observaba rechinando los dientes.
Distinguí en medio del tumulto de brujos, el uniforme blanco de Piero y el rojo de Irina. Pasé a
hurtadillas detrás de ellos con la intención de que Piero no me viese. Sabía que si lo hacía, ya no podría
librarme de él en todo el día, y por una vez agradecí que Irina estuviera a su lado pegada como un
mejillón.
Tras bordear la capilla inicié una carrera campo a través y no me detuve hasta llegar a los aledaños del
bosque. Después me interné con cautela y grité el nombre de Abel, pero no apareció. «Tiene que estar
aquí», me dije con el corazón en un puño. Me detuve unos segundos a tomar aire, y traté de apagar la
histeria que se había desatado en mi interior. Entonces, algo emergió de pronto en la maleza, atrapó mi
mano y me arrastró a una velocidad, que no me permitió ni el impulso de gritar. Di gracias por la agilidad
que había ganado en aquellos meses de entrenamiento, porque de lo contrario, habría acabado en el
suelo. Aun así me resultó imposible mantener aquel ritmo por más tiempo y mis pies empezaron a
trastabillarse de manera tonta. Mi secuestrador resopló frustrado, me alzó en brazos como una pluma y
continuó moviéndose por la espesura a la velocidad de la luz.
En cuestión de segundos llegamos a un claro de la foresta y Abel me depositó con cuidado sobre una
roca. Suspiré aliviada al dejar de ver el bosque en un borrón verdoso. Luego me quedé boquiabierta
cuando Abel arrancó un tronco de cuajo y lo usó como banqueta delante de mí. Acababa de improvisar
una sala de interrogatorios. Incluso contaba con un rayo de sol —que me apuntaba directamente en la cara
—, como foco.
—Bien, mocosa, no lo negaré, estoy de mal humor —anunció, como si fuera tonta y no me hubiera dado
cuenta—. Así que te pido que no me hagas perder la poca paciencia que me queda poniéndomelo difícil.
—Ahora ya está mejor. Veamos, ¿por qué no empiezas contándome desde cuándo conoces a Miguel?
—Le conozco desde que llegué al monasterio. Él y yo congeniamos y nos hicimos buenos amigos
—puntualicé con intención de pincharle.
—¿No creerás qué...? ¡Por favor, no seas absurdo! —me quejé indignada.
—Yo soy el que pregunta y puedo creer lo que me venga en gana, por lo que de ti depende que las
conjeturas que saque sean las más acertadas posibles.
—Oye Abel, estoy intentando ser comprensiva porque imagino que lo sucedido ayer te afectó, pero
empiezo a enfadarme... —le advertí con una mirada asesina.
—Solo quiero que respondas a mis preguntas —protestó entre dientes—. Necesito quedarme tranquilo
—añadió más suave.
—Gracias por ser tan generosa —soltó con sarcasmo—. Dime, ¿hasta qué punto os habéis hecho
buenos amigos? ¿Os contáis muchos secretos? —prosiguió cargado de recelo.
—De manera que eso es lo que te preocupa. Temes que Micael haya podido decirme algo
comprometido sobre ti. Vaya, y yo que pensaba que estabas celoso —me burlé divertida.
—Dana, no juegues conmigo y responde de una vez —me avisó con un gesto tenso.
—No, Abel, no me dijo nada que no supusiese realmente, que tu caída estuvo provocada por ese
maldito carácter autoritario que tienes —dije, aprovechando para criticar su actitud.
Sin embargo, la expresión que adoptó su cara hizo que me mordiera la lengua. Sus ojos grises se
volvieron de un metal líquido y los músculos de la cara se le contrajeron en una mueca rígida.
—Te equivocas —siseó—. Mi destierro estuvo provocado por mis hermanos. Y uno de ellos fue el que
alzo la espada contra mí y me condenó al exilio. Ese mismo perro traidor al que tu llamas amigo —me
recriminó mirándome fijamente.
—No digas tonterías. Yo conozco muy bien a ese miserable traidor y nadie me convencerá de lo
contrario —me gruñó—. Pero no estoy aquí para hablar de eso. Yo quiero que me cuentes por qué no me
buscaste cuando regresaste a Valencia —insistió de forma terca.
Lo miré asustada por su arranque de rabia. Entonces Abel se levantó del tronco y comenzó a pasear de
un sitio para otro, en un intento por aplacar su ira. Luego volvió a acercarse a mí y me cogió de las
manos.
—Dana, mi amor, necesito saber por qué no me buscaste. Necesito saber si Miguel te esta envenenando
en mi contra —me pidió, con la verdadera angustia reflejada en su mirada, por lo que se disipó parte de
mi enfado.
—Verás, cuando ocurrió lo del Seol, yo me sentía muy mal y tuve una discusión con Micael. Entonces
él se cansó de mi actitud y decidió dejarme libre. Luego regresé a Valencia, pensé en llamarte, pero me
moría de la vergüenza —repuse cabizbaja.
—Dana, mi dulce Dana. Yo me enamoré de ti por tu rebeldía y coraje —susurró estrechándome entre
sus brazos—. Siempre metiéndote en líos, siempre en busca de la verdad. ¿Cómo voy a pensar que eres
una cobarde? —repuso divertido.
—Porque lo fui —sentencié sincera—. Aunque te cueste creerlo, lo fui. Me sentía tan perdida y sola,
que me dejé llevar por la tristeza y me rendí antes de luchar.
—Era mi deber hacerlo. Yo soy la portadora del manuscrito y debo proteger a mi gente del abuso de la
Iglesia.
—Vaya, al parecer a ese miserable le salió bien la jugada. No solo hizo que volvieras a su redil, sino
que logró hacerte sentir lo suficientemente culpable para que le sirvieras a su propósito de forma
voluntaria —alegó con amarga ironía.
—Sí, eso es lo que diría cualquier adepto de una secta. —Se burló—. Y hablando de la verdad,
debiste haberme dicho que él estaba contigo —me recriminó.
—Ya veo, y por eso preferiste dejarme la sorpresita para el final —masculló.
—No tuvo gracia, Dana. Podías haberme evitado la cara de idiota frente a Miguel —me recriminó
irritado.
—¡Lo siento! No imaginaba que fuera a estar ahí esperándome —me excusé entre risas.
—¿Sabes? Si te sirve de consuelo, no solo tú lo pasaste mal. Tenías que habernos visto a todos esta
mañana. Menos Rafael, los demás parecíamos flanes —comenté divertida.
—Ya veo... Por eso Gabriel estaba tan misterioso últimamente —repuso pensativo.
Me acerqué a Abel y le estampé el beso que llevaba rato con ganas de darle.
—Otro día te contaré más cosas. Pero ahora tengo que volver al monasterio.
—¿Y por qué tanta prisa? —Me sujetó por el brazo—. Yo había pensado hacer las paces de otra
manera —me insinuó con una sonrisa traviesa mientras observaba el escote de mi blusa roja.
—Pues me temo que no podrá ser. Aunque ahora puedo salir y entrar libremente, es conveniente que
avise antes. Y ya deben de estar preguntándose dónde me he metido —murmuré preocupada.
No le gustaba la idea de dejar escapar a su presa. Así que con intención malévola me pegué a su
cuerpo, enrosqué mis brazos a su cuello y me fundí en el calor de sus labios. Después emprendí una
carrera por el bosque mientras Abel me observaba alejarme con el brillo de la pasión instalada en sus
ojos. Pero enseguida volvió en sí y decidió darme alcance. Pataleé y me revolví cuando me levantó en
volandas y echó a andar por la arboleda, cargando conmigo sobre su hombro. Sabía que esa postura me
parecía humillante, pero era su forma de tomarse la revancha.
Estiré la mano con disimulo y con ayuda de mis poderes, me hice con una rama del suelo. Abel
continuó llevándome como si fuera un saco de patatas mientras no dejaba de burlarse y de reírse de mí.
Hasta que de pronto... ¡zas! le propiné un azote en el trasero con la rama. Se irguió rígido como un palo y
sin mediar palabra, volvió a depositarme en el suelo. Yo rompí a reír en cuanto me fijé en su expresión
de absoluta sorpresa.
—Oh mocosa, no has debido zurrar al diablo —me advirtió con una sonrisa intencionada—. Eso ha
sido muy osado por tu parte —añadió, acercándose despacio hacia mí.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté escandalizada, cuando vi que se quitaba la cazadora.
—¿No es evidente? Me pongo más cómodo. Está claro que quieres jugar.
—Eso debiste de haberlo pensado antes. Ahora los dos sabemos como va a terminar esto —me dejó
claro, con sus dedos puestos en los últimos botones de su camisa.
Pero mis pensamientos se perdieron en la imagen de ese torso desnudo, musculoso y bronceado. Abel
percibió la avidez con que lo contemplaba y esbozó una sonrisa arrogante.
—Déjate de monsergas y comienza a desvestirte si tanta prisa tienes —me soltó divertido.
De repente sopló un airecillo fresco y trajo consigo el perfume a sándalo de Abel. Escuché su risa
detrás de mi oreja y me giré con rapidez. Allí no había nadie. El sonido de su carcajada se hizo tan clara
en el viento como su perfume. Maldita sea, ¿es que se había convertido en aire? Sentí el roce de una
caricia en mi cara y la piel se me puso de gallina. Sí, se había convertido en aire.
Deambulé por el bosque sin dejar de observar mi alrededor. Era una sensación de lo más inquietante.
A veces lo sentía cerca, y otras, se alejaba con el sonido del viento burlándose de mí. Me mantuve atenta
y vigilante, tal como me había enseñado Piero en los entrenamientos. Y de pronto, ¡zas! noté de lleno el
azote de una palmada sobre mis nalgas. Solté un grito, sorprendida, y escuché su risa tras mi espalda.
La capa de mi traje se elevó por encima de mi cabeza y acabé viéndolo todo rojo. Forcejeé con mi
propia capa en el suelo mientras no dejaba de oír su maldita carcajada de fondo. Finalmente logré
desliarme y me incorporé de un salto.
Su respuesta me llegó en forma de otra palmada. Me llevé la mano al trasero y corrí en busca de un
tronco para proteger mi retaguardia. Desde esa postura comencé a patalear con fuerza, intentando acertar
a darle un puntapié. Pero su carcajada se escuchó cada vez más fuerte y burlona. El muy cretino se estaba
divirtiendo de verdad. Hasta que se hizo el silencio, y de repente, algo frenó los movimientos de mis
piernas, mis manos quedaron firmemente sujetas por encima de mi cabeza y sentí la delicadeza de una
caricia en mi cara. Los botones de mi blusa comenzaron a saltar uno a uno y noté como su mano se perdía
por mi escote. Cerré los ojos al sentir sus caricias más profundas y placenteras. Y cuando los volví a
abrir, encontré a Abel trazando una lluvia de besos por mis pechos. Entrelacé mis dedos en su cabellera
oscura, a la vez que él seguía bajando por mi abdomen. Se detuvo en mi ombligo, me miró encendido de
deseo y tiró con suavidad de mis manos, hasta que nuestros labios se encontraron. Y nos dejamos caer en
la hierba fundidos en un beso.
Cuando terminamos de hacer el amor, el sol se escondía ya entre los árboles, y nos vestimos para
regresar al monasterio. Al final llegaría más tarde de lo que había previsto, pero me dio igual. Estaba
dispuesta a soportar las miradas ceñudas de Micael, los comentarios mordaces de Rafael —sabía que no
se quedaría callado en cuanto viese mi aspecto— y el interminable interrogatorio de Piero.
Llegamos a la pradera cogidos de la mano, y ocurrió algo similar a la noche anterior. Abel tensó todos
los músculos de su cuerpo y observó fijamente a su hermano cuando salió a recibirnos.
—Jovencita, mira lo tarde que es. ¿Vas a tomar por costumbre llegar siempre de noche? —me regañó
Micael.
—Relaja esa pose de padre pelmazo —le soltó Abel—. La mocosa estuvo todo el tiempo conmigo.
—Eso no me tranquiliza —le espetó, antes de añadir en un tono serio—. Tenemos que hablar.
—Estoy de acuerdo.
El corazón me dio una vuelvo. No podía salir nada bueno de esa conversación. No cuando los dos
hermanos se odiaban a muerte.
—Dana, tranquilízate, no va a suceder nada que debas temer —me susurró Abel al percibir mi
nerviosismo.
—Pero...
Se llevó una de mis manos a la comisura de sus labios, me besó en la frente y me empujó con suavidad,
instándome a que entrara en el monasterio. Parecía también muy interesado en mantener aquella
conversación.
Mi primer impulso fue correr a la enfermería para avisar a Rafael y a Gabriel. Pero luego lo pensé
mejor y decidí mantenerme cerca por si acaso. Busqué un sitio en el que esconderme y me coloqué tras
los barriles donde los monjes guardaban el vino. Micael se acercó a su hermano con expresión sombría.
Observé que Abel también se mantenía serio y había recuperado su altivez.
—No pienso permitir que eches todo a perder —le soltó Micael, a bocajarro—. Para Dana ha sido
muy difícil adaptarse a las normas del colegio, y ahora que por fin ha sentado la cabeza, no vas a volver
a poner su mundo patas arriba.
—¿Qué?
—Hace un instante has dicho que no estabas dispuesto a que yo echase todo a perder. ¿Qué planes son
esos que custodias con tanto celo? —inquirió cargado de suspicacia.
—No tengo que rendirte cuentas de mis asuntos, Luzbel —le contestó envarado.
—A ver si lo adivino, tu plan consiste en arrebatármela, ¿verdad? ¿Es eso, Miguel? Quieres quitarme
lo único que me importa para destruirme del todo —le acusó furioso, antes de propinarle un empujón.
—No digas tonterías —se defendió Micael, a la vez que seguía intentando esquivar a su hermano para
marcharse. Pero Abel le asestó otro empujón, y yo me pregunté si quizás, no había llegado el momento de
avisar a los hermanos.
—¿Digo tonterías, Miguel? —replicó con aire amenazante— ¿Y entonces por qué le has hablado de
mí?
—¡Ella siempre hace preguntas! —estalló— Y tú has aprovechado para contarle lo que te venía en
gana —añadió en un tono más bajo y frío.
—¿Crees que no tengo otra cosa mejor que despotricar sobre ti? No, Luzbel, no me hace falta llegar tan
lejos. Con el tiempo tú solo te delatarás y entonces Dana buscará la manera de olvidarte.
—Lo deseas, ¿verdad desgraciado? —le gruñó con encarado odio—. Pues más te vale que eso no
ocurra, porque sabría quien está detrás de esa decisión y adelantaría la lista de pendientes que tengo
contigo —aseguró apuntándole con el dedo.
Luego lo bordeó con desprecio y antes de desaparecer, miró por encima del hombro y dijo:
Me quedé paralizada. ¿Sabía que estaba allí? Observé el semblante impasible de Micael y no tuve
dudas. Por supuesto que sí.
Los dos eran arcángeles muy poderosos. Podían percibir el simple vuelo de una mosca a kilómetros de
distancia. ¿Cómo no iban a sentirme a mí? Lo más probable, incluso, es que los latidos de mi corazón les
hubieran resultado ensordecedores en medio de su disputa.
Micael se acercó al portalón de la entrada y me vio de cuclillas tras los barriles de vino. Pero no dijo
nada, se limitó a esperarme para que lo siguiera y yo salí de mi escondite, avergonzada. De camino hacia
la enfermería tampoco hablamos. Micael seguía tenso por la discusión con Abel, y preferí no preguntarle
nada.
A esas alturas, ya había podido darme cuenta de que Micael también cambiaba de actitud cuanto se
encontraba frente a su hermano. Dejaba a un lado su habitual serenidad y adoptaba una postura parecida a
la de Abel. Era como si él tuviera la capacidad de sacar su lado malo y lo volviera irascible. Por lo que
intuí, que parte del silencio de Micael, era porque se sentía avergonzado consigo mismo.
Rafael suspiró nada más vernos aparecer por la enfermería. Había interpretado nuestro silencio como
un mal presagio y enseguida despachó a la enfermera para que pudiéramos estar los tres a solas.
—No me lo digas, te volviste a cruzar con el lobo de Caperucita —le dijo a Micael, con una mirada
suspicaz.
—Guárdate tus chistes, no tienen gracia —protesté picada.
—¡Pero mira a quién tenemos aquí! —me saludó— Si es la otra protagonista del cuento. Y con parte
del bosque encima...—dejó caer, examinándome con el mismo descaro de la noche anterior.
Lo miré ruborizada.
—Luzbel está convencido de que malmeto en su contra. ¿Te lo puedes creer? —se quejó ofendido.
—Claro que puedo —contestó su hermano—. Luzbel se ha vuelto en un amargado con la mente
retorcida. Es normal que no confíe en nadie, y por supuesto, es normal que no confíe en ti —alegó de una
forma tan evidente que me dio que pensar.
—¿Por qué dices eso, Rafael? ¿La desconfianza de Abel con su hermano, tiene que ver con su destierro
o hay algo más?
Los dos hermanos enmudecieron de golpe y luego Micael, miró enfadado a su hermano.
—Estupendo. Ya te dije que eligieras con cuidado tus palabras. Aunque no lo creas, Dana es muy lista.
—Venga hermano, regresa al apartamento. Yo me encargo de esta niña —le ofreció en un tono afable.
Pero Micael se resistió a obedecer y Rafael pasó a la acción y empezó a empujarlo hacia la puerta,
hasta que logró cerrársela en las narices y echó el pestillo. Después se dirigió a la cajonera, sacó una
toalla y la humedeció.
—Ten —dijo arrojándomela a la cara—. Es para que te alivies el sofoco. Aún se puede intuir la tarde
divertida que has pasado con mi hermano —añadió con ironía.
—Nunca te han dicho lo desagradable que eres con tus comentarios. Además, ¿sabes que Abel y tú os
parecéis demasiado? —añadí mientras lo pensaba realmente.
—¿Eso crees? Pues debes saber que tu querido Luzbel, ya tiene su propio doble.
—Hace un momento has preguntado por qué Luzbel desconfía especialmente de Miguel. Bien, pues el
motivo no es solo por el hecho de que lo desterrara. Nosotros también estuvimos de acuerdo con la
decisión. Pero Luzbel, de quien menos podía esperarse esa traición era de su hermano gemelo.
—Como sabrás, los arcángeles no provenimos de un vientre materno, de manera que tampoco somos
hermanos de sangre —me aclaró—. Nuestros lazos se deben a compartir el mismo origen celestial y el
mismo fin, que es salvaguardar la obra. Pero la fuerza vital de la que estamos hechos cada arcángel, es
diferente.
—Luzbel y Miguel son los arcángeles más poderosos de los siete, debido a que ÉL los creó primero y
los elementos naturales que empleó para dotarlos de vida, eran más puros e intensos. Pero además fueron
concebidos a la par, por lo que eso los convierte en esencias gemelas.
Le escuché pasmada. «Esencias gemelas», sin duda sonaba muy profundo. Sobre todo para tratarse de
dos terribles enemigos.
—Cuando Luzbel se rebeló —prosiguió—, nos obligaron a tomar partido en el asunto y a Miguel se le
rompió el corazón al tener que cumplir con su deber, pues sabía lo que eso implicaba.
—Una parte de la oscuridad que envuelve a Luzbel está producida por la ausencia de luz que le
brindaba Miguel —explicó con el mismo aire apenado. De pronto me miró fijamente—. Si te cuento esto
es por una sencilla razón, tú provienes de Miguel, ofreces a Luzbel esa luz que le falta. Pero también eres
el puente entre dos seres cuyo poder no puedes llegar a imaginarte. Ellos han creado la línea divisoria
entre el bien y el mal que el mundo conoce y tú haces malabarismos sobre ella con una inconsciencia que
me produce escalofríos.
—¿Qué ocurre?
—Niña necia, lo que no deseo es que ocurra otra catástrofe como la de hace miles de años. La guerra
de los cielos fue la batalla más espantosa de todos los tiempos. Una batalla que se produjo fruto de la
discordia y la tirantez. Y ahora tengo la sensación de que las cosas vuelven a complicarse —alegó
pensativo.
Me sorprendí al ver a Rafael tan desesperado, y entonces fui consciente de algo más.
—No tengo nada en tu contra —me aseguró—. Pero es preciso que conozcas la problemática del
asunto para evitar lo te que estoy diciendo. Mantente firme en esa línea, no tomes partido por ninguno de
los dos. De lo contrario, cualquier paso en falso podría prender la mecha.
Me quedé callada, asimilando lo que acababa de decirme, y cuando llegué a la pieza principal del
engranaje —que era yo—, sufrí un ataque de vértigo.
Rafael me había hecho entender de una forma muy cruda, la peligrosa verdad. Y pude visualizarme a
mí misma caminando alegremente por esa línea que separaba a dos seres de extrema potencia. Dos
resistencias tan peligrosas y difíciles de manipular, como la pólvora. Y en medio de la vorágine
imparable estaba yo. En medio de esa grieta a punto de convertirse en fosa y en ese océano donde
estallaría la tempestad, estaba yo. Jugando a entrelazar los hilos de Dios y arriesgando así, el futuro del
mundo.
Le devolví a Rafael la toalla y salí de la enfermería sin decir nada más. Necesitaba seguir digiriendo
sus palabras. En el apartamento encontré a Micael preparándome algo para cenar, mientras Piero no
dejaba de atosigarle. Pero en cuanto se dieron cuenta de que estaba allí, se separaron uno del otro y me
miraron enfurruñados. Era evidente que habían pasado demasiado tiempo juntos y estaban hartos de
aguantarse.
En realidad el conflicto lo solía crear Piero con su continua chulería y altivez. Tenía gracia porque
menospreciaba a Micael por ser un simple monje, y lo cierto es que teníamos, ni más ni menos, que a aún
príncipe de la corte celestial viviendo entre nosotros. El príncipe que había dado paso a nuestra especie,
para ser exactos.
Micael me dedicó una sonrisa amable y me tendió el plato de la cena que había preparado. Me olvidé
por un segundo de su complicada naturaleza y le devolví la sonrisa a mi consejero.
Piero cogió una silla que tenía al lado y se sentó a horcajadas frente a mí.
—¿Como ayer?
—Ya, y además también te gusta revolcarte en ella por lo que veo... —comentó sin dejar de observar
mi pelo enmarañado y mi cara mugrienta de barro—. No, en serio, ¿qué es lo que haces cuando sales del
monasterio? Porque no consigo explicarme, por más que lo intento, cómo uno puede terminar así de sucio
con tan solo pasear —expresó confundido.
—Me caí varias veces. Había llovido y el terreno estaba resbaladizo —le mentí sin más.
—¿Y por qué eres tan torpe? Eres una guerrera, se supone que deberías moverte como un pantera.
—Pues me temo que no soy tan ágil. ¿Alguna otra pregunta? —repliqué con sarcasmo.
—Voy a convertirte en esa pantera —dijo apuntándome con el dedo—. Voy a hacer de tus
entrenamientos un infierno hasta conseguirlo, ¿me has oído? —me gritó por la espalda.
Le ignoré y me encerré en mi habitación. No estaba de humor para soportar sus tonterías. Me sacaba de
quicio cuando se ponía así.
Decidí darme un baño para relajarme y al salir, comencé a desenredarme el cabello delante del
tocador. Le había echado bastante suavizante, pero seguía teniendo los rizos repletos de nudos. De
pronto, noté unas manos grandes sobre mi cabellera, alcé la mirada y vi el reflejo de Micael en el espejo.
Normalmente llamaba a la puerta antes de entrar en mi habitación, pero estaba tan absorta en mis
pensamientos que no la había debido de escuchar.
Él se sentó en el borde de mi cama y me arrebató el cepillo.
—Déjame que te ayude con eso, tengo experiencia en desenredar la melena de Gabriel.
—Ohh, ya lo creo que sí —dijo emitiendo una risa floja—. Gabriel tiene unos rizos más rebeldes que
los tuyos y se le enmarañan con facilidad.
Le observé a través del espejo trabajar en mi pelo con un mimo fascinante. Pero Micael era así, un
remanso de paz y delicadeza en todos los sentidos. Hasta sus hermosos rasgos transmitían serenidad.
—Yo no puedo percibir las emociones como Luzbel pero te conozco lo suficiente como para saber
cuándo algo te preocupa.
—Rafael me contó lo unidos que estabais Abel y tú —confesé tras una pausa.
—Sí —suspiró con nostalgia—. Fueron tiempos muy felices que guardo en el corazón.
—Sí, Dana, le echo de menos. Más de lo que debería —admitió en un tono apagado.
—Micael, ¿y qué va a pasar ahora? Yo no quiero ser una complicación más entre vosotros —expresé
angustiada.
—Dana, yo no he venido aquí en busca de una guerra. Así que quédate tranquila —me aseguró.
—¿Y cuál es exactamente? ¿Convertirme en una bruja poderosa, descifrar el manuscrito, o morir como
una Ranieri más? —le pregunté enfadada ante tanto misterio.
—Las Santas Escrituras se van a volver a reescribir y en la visión que he tenido, tú eras la clave de
ese posible final.
—¿Un final? ¿Qué final? —insistí más alterada.
—Es cuanto debo decirte y es más que suficiente —alegó tajante—. Dana, ¿te gustaría ver con tus
propios ojos cómo era Luzbel antes de su caída? —me sugirió, cambiando de tema.
—Muy bien, entonces cierra los ojos y relájate. Vas a realizar un viaje al confín de mi memoria.
Obedecí sin dudar. Abel ya me había dado esas mismas indicaciones una vez. Y al igual que entonces,
la habitación se fue volviendo más y más borrosa, hasta que la oscuridad se adueñó por completo de mi
mente. Luego, de manera muy difusa, pude ir percibiendo algunas tonalidades de colores, acompañadas
de sonidos alegres y frescos aromas. Me encontraba en medio de un valle verde, donde los pájaros
revoloteaban felices y el aroma de las flores flotaba alrededor. Deambulé por la vasta llanura hasta
alcanzar el borde de un precipicio. Observé desde lo alto, la espuma que provocaban las olas al
romperse. Era una estampa magnífica. Me recordaba a los acantilados de Irlanda.
Giré sobre mis talones y me encontré de frente con Micael. Él no podía verme. Me había convertido en
una simple espectadora de su memoria.
Analicé su aspecto. Sus ojos melados y verdosos brillaban risueños, su semblante era más jovial.
Aunque seguía manteniendo esa pose solemne e imperturbable.
Un joven muy apuesto apareció en ese momento y le dedicó a Micael una breve reverencia.
—Alteza, su hermano el príncipe Luzbel ya ha regresado con sus legiones —le comunicó.
Les acompañé ladera abajo, emocionada. ¡Estaba a punto de conocer al antiguo Abel!
Aguardé expectante, sin apartar la mirada de la montaña opuesta. Y entonces, la línea que formaba la
montaña, fue adquiriendo una luz blanca y brillante. Hasta que millones de ángeles irrumpieron en mitad
de la colina, y la fueron descendiendo en perfecta armonía. Absorta con la escena, seguí contemplando
cómo aquella gigantesca masa luminosa avanzaba a un ritmo sosegado pero decidido. Un ángel que
lideraba la comitiva, le hizo un gesto con la mano al resto y todos se detuvieron al momento. El corazón
me dio un vuelco cuando ese ángel ataviado con ropajes dorados, se separó del grupo y empezó a
acercarse hacia nosotros. Aún no podía verle con total claridad, pero ya sabía que era Abel.
Sin embargo, no estaba preparada para lo que encontré y sufrí una impresión brutal cuando lo tuve
delante. No había nada —salvo su estatura y su esbelta figura— que me resultara familiar en él. Ese Abel
tenía un rostro aniñado que enseguida me recordó al de su hermano Gabriel. La expresión de su mirada
también había cambiado por completo. Ya no era dura ni fría, sino de lo más dulce. Incluso el color de
sus ojos había cambiado. Eran de un azul tan claro como un día de verano. Nada que ver con el cielo
plomizo que enturbiaba ahora su mirada.
Su vestuario también se veía diferente. Lucía una capa dorada y una túnica recargada de atavíos de lo
más principesca. El cinturón en el que llevaba colgada la espada y sus botas, eran los únicos
complementos oscuros de su atuendo. Curioso, porque ahora no se ponía trajes de otro color que no
fuesen negros.
Agité la cabeza tratando de convencerme de lo que veía. No, aquel joven de aspecto tierno, no podía
ser el mismo hombre de semblante frío y serio, del que estaba enamorada. No podía ser cierto que todo
ese aire tenebroso que lo envolvía, fuera un reflejo del dolor y la amargura que lo consumían por dentro.
Por lo que entendí que no era necesario cumplir años para envejecer. Bastaba con ser desgraciado.
Abel sonrió en cuanto sus ojos se cruzaron con los de Micael. Sonrió de una forma tan radiante como
jamás le vi hacerlo, y el corazón se me terminó de partir en dos.
Micael y Abel pasearon contemplando el paisaje que los rodeaba, con esa especie de regocijo
petulante que mostraban los artistas ante su obra. Y con la misma seguridad se tumbaron en la hierba, uno
muy cerca del otro. Yo me acomodé al lado, observándoles embobada. Me resultaba inaudito verles ahí
juntos, sin tratar de matarse. ¿Quién lo diría? Se les veía tan llenos de complicidad que realmente
parecían hermanos gemelos.
Abel deslizó los dedos por su cabellera espesa y ondulada. Todo él brillaba con el resplandor que
hacía honor a su nombre: «Luzbella».
—Queda poco para que podamos disfrutar de lo que hemos creado —anunció orgulloso.
Micael desvió la atención del hermoso marco que tenía delante y miró preocupado a su hermano.
—¿Tú crees que este paraíso es para nosotros? Al fin y al cabo tenemos un hogar arriba.
—¿Y para quiénes si no, Miguel? —dijo con una risita—. Además, no puedes llamar hogar a lo que
tenemos arriba. Aquello es más bien un palacio con muros infinitos. Aquí, en la Tierra, podremos
disfrutar de una vida de verdad. Ten fe hermano, ÉL nos concederá la libertad como regalo a miles de
años de fiel obediencia.
De pronto apareció por allí, una chica hermosa y de larga melena rubia. Pero la sonrisa y la suavidad
de su expresión, marcaba una gran diferencia entre esa joven y la Ántrax de expresión sádica que yo
conocía.
—Mi señor, las tropas me piden permiso para retirada —alegó dirigiéndose a Abel en un tono firme.
—¿Y qué harás con esa vida libre? —le preguntó luego Micael—. Has pensado... ya sabes. Esa joven
puede ser una buena compañera para ti —le dejó caer con una sonrisa.
—¿Alma? ¿Mi compañera? —Se echó a reír—. No, Miguel. Alma es una buena soldado y me ayuda a
dirigir las tropas. Pero me temo que entre nosotros no existe ese tipo de conexión que yo busco —
contestó pensativo—. ¿Sabes? Yo quiero encontrar a un ángel que con solo mirarla me haga suspirar de
amor. Yo sueño con enamorarme y pasar mi eternidad con ese alguien especial.
Lo escuché boquiabierta. Definitivamente aquel joven no era Abel. Al menos no el que yo conocía.
¿Suspirar de amor? ¡Por favor!
—No desesperes hermano, ya verás cómo encontrarás al ángel de tus sueños —le consoló Micael.
Entonces Abel tuvo una reacción tan inocente como sonrojarse. Algo que tampoco hacía ahora, pero
que se le daba muy bien conseguir en mí.
—Verás hermano, el otro día conocí a una chica y me dijo que yo le gustaba —confesó con una risita
tímida.
—Ay hermanito —dijo palmeando su hombro—. Eres demasiado vergonzoso. ¡Así nunca vas a
conocer al ángel de tus sueños!
—Bueno, en realidad le escribí a la chica una carta y le regalé una flor de las que cultiva Rafael. Pero
aún no me ha dicho nada. ¿Tú crees que me excedí? —preguntó preocupado.
Los dos hermanos que reposaban en la hierba, se incorporaron al escuchar el bramido y rompieron a
reír. Acto seguido aparecieron corriendo por la colina Rafael y Gabriel. Pero el arcángel de tirabuzones
rubios era muy rápido y no dejaba de hacer movimientos esquivos que sacaban de quicio a su hermano.
—Te he dicho miles de veces que no toques mis plantas —le recriminó a Gabriel, agitando un helecho
en la mano.
—Pero esta vez no he sido yo. ¡Te lo juro! —se quejó él, sin dejar de correr.
—Acusar sin pruebas también —replicó—. Y de todas formas te he dicho que yo no he sido.
Rafael lanzó un gruñido, soltó el helecho y comenzó a darles caza. Hasta que los tres chocaron contra
Micael, y todos los hermanos acabaron entre risas en el suelo. Luego Rafael se irguió enfurruñado y se
cruzó de brazos.
—Os comportáis igual que unos mozuelos y no como arcángeles —les recriminó por encima del
hombro.
—¡No seas necio! La Rosa de Jericó ha sido tocada por ÉL y goza de su bendición.
Abrí los ojos como platos. ¿La Rosa de Jericó? Me agaché a observar el helecho que Rafael había
tirado al suelo y me fijé en que era frondoso, de color muy verde. De hecho no se parecía en nada a la
planta seca y marchita que había visto en el despacho de Leandro.
Rafael continuó con su sermón sobre la importancia de la flora en la Tierra y sus propiedades curativas
mientras sus hermanos se reían viendo cómo Gabriel le imitaba a sus espaldas. Yo también me eché a
reír. Rafael seguía tan cascarrabias como siempre y Gabriel igual de pesado. Me alegraba comprobar que
algunas cosas seguían igual.
De repente todo volvió a hacerse borroso, luego oscuro, y sin más dejé de estar en la llanura. Aunque
tampoco me encontraba en mi habitación. Ahora todo lo que me rodeaba era totalmente blanco y había
seis figuras envueltas por una luz brillante. Entonces apareció el séptimo arcángel en acción y cruzó la
sala como un torbellino. Sus hermanos dejaron de rezar, se soltaron de las manos y se miraron
desconcertados.
Le seguí dejando atrás a la orden celestial y nos movimos por aquel manto resplandeciente, hasta que
vimos a un joven con el semblante aturdido. Micael se le aproximó con la misma serenidad que solía
hacer conmigo, y revolvió sus cabellos oscuros de manera cariñosa.
—Pretende poblar la Tierra que con tanta dedicación hemos erigido de seres extraños.
—¿Seres extraños?
—Sí, seres con nuestra apariencia y espíritu santo, pero que serán mucho más simples y albergarán un
alma llena de sentimientos contradictorios. ¿Te lo puedes creer? Piensa hacer retratos ridículos de
nosotros y darle a ellos la libertad que nos hemos ganado —estalló lleno de rabia.
Micael lo contempló con los ojos muy abiertos. Supuse que jamás había visto a su hermano así de
violento y se le notaba asustado.
—Luzbel, cálmate, nada ganas con alterarte —le pidió, cogiéndole de la mano.
—¡No es justo! Siempre le he servido sin vacilación. Pero esta vez no consigo entender por qué nos
hace esto. Te juro que lo intento y no lo consigo, Miguel —confesó con su rostro repleto de angustia por
ello.
—Escucha, hermano —le pidió él, mirándole fijamente—. Eres el arcángel más puro de todos
nosotros. No manches tu hermoso corazón con rencores y dudas. ¡Confía en ÉL! No le cuestiones, Luzbel.
Simplemente ten fe como hasta ahora —le rogó en un tono casi desesperado.
Mas fue en vano. En el perfecto rostro del ángel moreno se acababa de esculpir el vestigio de la
rebeldía interna, y era el principio de una metamorfosis que iría sufriendo hasta convertirse en el ser
inhóspito y de mirada turbia que yo amaba. Entrecerré los ojos al borde de las lágrimas. Aquella escena
representaba el principio del fin.
Los recuerdos de Micael siguieron su curso, facilitándome un detallado y amargo resumen de los
acontecimientos previos a la guerra. En cada secuencia iba presenciando, como las discrepancias se
hacían cada vez más frecuentes entre Abel y sus hermanos. Cómo su antipatía por los humanos crecía a
medida que intentaba sabotearlos sin resultado. Y llegó el fatídico día. El día en el que el cielo dejó de
ser blanco y se tiñó del rojizo de la ira de sus habitantes. El desastre reinaba por doquier, la tirantez era
palpable, el caos había hecho su aparición en el reino de los ángeles. Y a través de los ojos de Micael
consumidos de tristeza, fui haciendo mías esas imágenes devastadoras.
En un momento dado, Micael se giró sobre sus talones y miró a su hermano. Pero ya no había ni un
ápice de la condescendencia y la complicidad con la que solía observarle. Sus ojos ambarinos se habían
convertido en dos ascuas brillantes de ira.
—¡Has dividido el reino de los cielos en dos bandos! —le gritó furioso.
—¿Que les has abierto los ojos? —repitió con una risita furiosa— ¿Cómo? ¿Enfrentando unos a otros?
¿Sembrando el caos a tu alrededor? —le reprochó, observando entristecido a los otros ángeles discutir.
Luego volvió a mirar resentido a su hermano y le apuntó con el dedo—. ¡Me avergüenza ser tu mitad!
Abel se mostró profundamente dolido por sus palabras pero enseguida recuperó la compostura.
—Ellos tenían derecho a saber lo que estaba pasando. ÉL se empeña en proteger a una especie que ha
demostrado ser destructiva consigo misma y con aquello que hemos creado. Los humanos no merecen
nuestra libertad y tampoco vivir —alegó lleno de rabia y rencor.
—Hablas de derechos y de libertad como si fuera algo que te pertenece. Se te ha olvidado que los
arcángeles no tenemos derecho a nada. No somos libres y nunca lo seremos —le recordó—. Nos
debemos por completo a ÉL. Para eso hemos sido creados. Le pertenecemos, y así lo dice la marca
sagrada que llevamos en la piel.
—Pues entonces va siendo hora de que todo eso cambie —le soltó, con una soberbia que abofeteó de
lleno a Micael.
—Deja de comportarte como un despreciable arrogante y pide perdón ahora mismo por lo que has
hecho. ¡Es tu última oportunidad! —le advirtió enfadado.
—Eso jamás lo haré —se negó ensombrecido de ira—. Estoy a un paso de conseguir lo que quiero y
no pienso rendirme ahora. Tú decides Miguel, únete a mí, o quédate con ÉL y sus estúpidos monigotes.
—No me des a elegir porque ya sabes a quien escogeré —le dejó claro.
—¿Y eso qué quiere decir? ¿Que te vas a posicionar en mi contra, que tú también respaldarás a los
traidores de nuestros hermanos? —le preguntó con ánimo de presionarlo— Vamos Miguel, tú mismo lo
has dicho antes. ¡Eres mi mitad! Hemos sido creados al mismo tiempo, y juntos podemos lograr la
supremacía sobre el Cielo y la Tierra. ÉL ha infundado vida a nuestro enemigo, nos ha fallado como
creador y merece ser despojado de su trono. Vamos hermano, únete a mí —insistió con la mano tendida.
Y por una milésima de segundo, ¡Micael dudó! Después su expresión se colmó de frialdad y sentido
del deber.
—Desiste de tu locura o tendré que detenerte, aquí y ahora —le aseguró con una mirada firme.
Entonces Abel retiró la mano y sus ojos se llenaron de completa oscuridad, revelando la esencia del
mal que habitaba dentro de él.
Micael se despojó de su túnica de un tirón y dejó a la vista una magnifica cota de malla. Luego se llevó
la mano a su cinturón y a medida que iba desenfundando La Daga Sagrada, ésta fue convirtiéndose en una
poderosa espada de doble filo dorado. Pero me recorrió un escalofrío doloroso cuando apuntó con la
espada al corazón de Abel. Y observé horrorizada como los millones de ángeles allí presentes se
posicionaron detrás de cada hermano, formando la conocida línea del bien y el mal.
En aquel preciso instante, mi mente inició el viaje de regreso a la realidad. Pero mientras descendía
por el torbellino oscuro, escuchaba de fondo los sonidos espeluznantes del acero chocando entre sí, los
gritos de los heridos bajo las espadas, el sollozo desconsolado de un ángel suplicando el perdón en el
último segundo y finalmente la voz de Micael:
—Yo te bautizo con el nombre en que se ha convertido tu alma, LUCIFER. Y te condeno a vagar por el
resto de la eternidad, con aquellos que has arrastrado contigo a las sombras.
El Arcángel de luz
Cerré el libro de golpe, consciente del terrible desconsuelo que encerraban aquellos versos y sin
poder soportarlo más, rompí a llorar. No era la primera vez que me ocurría algo así leyendo su diario.
Sin embargo esta vez no eran lágrimas de emoción, sino por la tragedia que entrañaba la historia. Una
historia tan triste que me desgarraba el alma. Y seguí llorando hasta que las sacudidas de mi cuerpo se
redujeron a un débil sollozo. Luego me quedé ensimismada, pensando en todo lo que había visto y en lo
unidos que estaban los hermanos. Una unión que iba más allá de la simple hermandad. Porque su estrecho
vínculo podía verse en el perfecto equilibrio que había en la naturaleza. Y así, como ésta se había visto
resquebrajada por la mano del hombre, los hermanos también habían sufrido la pérdida del séptimo
arcángel. Quizás por eso, tras el destierro de Abel, Gabriel nunca había podido dejar de visitarlo, y
quizás por eso también, los otros hermanos lo habían permitido. A pesar de tenerlo prohibido.
—Bene, ragazza —nos interrumpió Filomena—. Aquí te dejo el desayuno. Ya sabes, non tardiate.
—¡Es La Rosa de Jericó y está verde como en mis sueños! —exclamé con entusiasmo.
—Querrás más bien decir en mis recuerdos —me corrigió sonriente, Micael.
—Porque La Rosa de Jericó rejuvenece al contacto con el agua y vuelve a secarse fuera de ella.
—Pero en tu recuerdo aparecía verde sin necesidad del agua —le indiqué confusa.
—Verás Dana, como ya sabes, esta flor fue tocada por ÉL. Pero también es como un espejo donde se
reflejan los sucesos tristes que acontecieron en el Cielo. Cuando en mis recuerdos la viste verde fue
porque mi hermano aún no había caído en desgracia y mi hijo no había sido sacrificado por la salvación
de los hombres. Por lo que esta rosa se marchita a veces como mi corazón y el de ÉL.
Contemplé ensimismada la transformada flor. Ya no era un puño de raíces mustias, ahora lucía hermosa
y llena de vida flotando en el agua. Se me escapó una sonrisa. Las dos habíamos resucitado ante el roce
de lo esencial.
—Hace unos días no te lo parecía —me recordó divertido—. De cualquier manera me alegro que
hayas cambiado de opinión, porque esta planta está ligada a tus orígenes. Fue el amuleto de mi hijo y
ahora yo te la regalo a ti con la esperanza de que ilumine tu camino y se cumplan tus deseos.
—¿Y de verdad se cumplen los deseos que le pides? —pregunté con interés.
—Solo los que ÉL considera precisos. Recuerda que la planta está bendecida y todo aquello que le
pidas se lo estarás pidiendo realmente a ÉL.
—¿Es tu forma de hacer que rece? —protesté en broma, ya que Micael había insistido hasta la
saciedad en ese tema.
Pero yo ya tenía más que suficiente con hincarme de rodillas todos los domingos.
—Olvídalo —me cortó de inmediato—. Sé muy bien lo que has visto porque antes lo hicieron mis
ojos, y lo que has escuchado era necesario. No quiero entrar a debatir. Yo saqué mis conclusiones hace
tiempo y ahora eres tú quien debe hacerlo. Al menos con esa idea te mostré parte de mi nostalgia —
confesó apenado.
Luego me dio un beso en la mejilla y se marchó apresuradamente. Era evidente que el tema le
incomodaba más de lo que quería aparentar. No era para menos. Micael había sido el otro gran perdedor
de aquella historia.
Desayuné con la maravillosa sensación de haber tomado una decisión importante. Y se me escapó una
sonrisa traviesa al pensar en Rafael. Algo me decía que tendría que beberse todas las tilas de su vivero,
porque yo no pararía hasta volver a ver a todos los hermanos unidos.
Samira me esperaba para ir juntas a la clase de Werian. Bostecé solo de saber el aburrimiento que
tendría que aguantar durante la próxima hora. Cuando llegamos al aula, el cardenal ya se encontraba al
lado de la pizarra interactiva y nos asesinó con la mirada por haber llegado de últimas.
La falta de puntualidad seguía siendo uno de mis peores defectos y había arrastrado a Samira al lado
oscuro.
Coloqué todos mis libros formando una torre sobre la mesa. Solía esconderme detrás para echar una
cabezadita cuando me vencía el sueño. Pero la clase siguió desarrollándose y yo me mantuve espabilada.
El milagro no fue obra de Werian, sino por la lección en sí que sonaba interesante hasta en su soporífera
voz. La materia se llamaba Angelología y estaba basaba en la doctrina de los ángeles: los primeros seres
creados por Dios. Y según la Iglesia, eran simples espíritus puros e incorpóreos. También eran lo
suficientemente poderosos para barrer cualquier ejército humano en cuestión de segundos. Pero contaban
con un sentimiento de la monarquía profundo y todos estaban sujetos a las órdenes de los altos coros
celestes; serafines, querubines, arcángeles, que a su vez seguían fielmente las instrucciones de Dios.
En algunos puntos no solo me mostré en desacuerdo, sino que me resultaron de lo más disparatados.
Como por ejemplo, que la Iglesia pensara que los ángeles eran incorpóreos. Sabía muy bien que además
de disponer de un cuerpo tan completo como el de cualquier humano, este era de una belleza abrumadora.
Y curiosamente no tenía alas, pensé mientras observaba con indignación y vergüenza ajena, el monigote
alado que había dibujado Werian en la pizarra.
Pero mi gran dilema surgió con el tema de la virginidad de los ángeles y sin dudarlo levanté la mano
para pedir la palabra al cardenal, que me la concedió a regañadientes.
—Werian, dices que los ángeles no pueden pecar, ¿y entonces cómo explica la Iglesia la existencia de
los brujos? ¿No somos nosotros descendientes del arcángel Miguel y una humana? ¿O es que estoy
equivocada y resulta que no consideráis la fornicación como un pecado?
En realidad no dudaba del hecho que había dado paso a nuestra especie, pero necesitaba entender por
qué la Iglesia se contradecía.
—¡No blasfemes! —me gritó Werian—. Lo que afirmas es una falacia de la peor calaña. El Mesías
solo era hijo de Dios y fue puro hasta el día de su muerte —me aseguró lleno de rabia.
—¿Y de qué forma explica la Iglesia nuestra existencia? Porque está claro que de algún sitio
provenimos —protesté ofendida.
Algunas otras voces se sumaron a mi reclamo y el cardenal comenzó a ponerse más nervioso.
—Ah, entonces la Iglesia no reconoce nuestra procedencia, pero no tiene ningún reparo en mandarnos
al infierno a luchar en su nombre. ¡Sois todos unos malditos hipócritas, Werian! —sentencié furiosa.
Las consecuencias de las palabras de Werian no tardaron en hacerse notar. La mayoría se mostraron de
acuerdo con mi acusación y empezaron a increpar al cardenal y a tirarle objetos con la mente. Werian
salió corriendo, por temor a terminar herido... o algo peor, y volvió al cabo de un rato en compañía de
Leandro, que enseguida trató de poner orden. Y cuando al fin lo logró, Werian le susurró algo al oído y
me señaló con el dedo. El supervisor me buscó rápidamente con la mirada y me dedicó una expresión
severa.
—Solo quería saber por qué la Iglesia nos rechaza. No pensé que fuera tan grave preguntar —repliqué
con fingida inocencia.
—El cardenal Werian dice que los brujos no somos nada para la Iglesia.
Se volvieron a sumar nuevas protestas al comentario y el supervisor tuvo que volver a poner orden.
—Calmaos chicos, ¡calmaos! —nos pidió a todos—. Es evidente que debisteis malinterpretar las
palabras del cardenal porque eso no puede ser cierto. ¡Claro que somos importantes para la Iglesia! El
clero eclesiástico y los brujos llegamos a un acuerdo amistoso hace tiempo y hoy formamos un equipo
fuerte ante el enemigo. ¿Verdad Werian? —le preguntó muy convencido de sí mismo.
Pero a mí me importó un bledo lo que hiciera ese buitre por disimular. Había conseguido sacarle la
careta ante mis compañeros y sabía que jamás volverían a confiar en él. Y Werian también lo sabía, por
lo que me lanzó una mirada llena de odio mientras Leandro seguía hablando. Al fin habíamos
desenterrado el hacha de guerra.
El supervisor tomó el relevo al cardenal y comenzó con su clase de magia. Nos pidió que
despejáramos la zona de mesas y sillas. Cuando obedecimos nos sentamos muy atentos a su alrededor.
Intuíamos que con tantos preliminares, la emoción estaba asegurada en la clase de ese día.
—Chicos, por fin habéis llegado a la lección más importante de vuestro aprendizaje —dijo para mayor
expectación—. El fuego, el agua, el aire y la tierra son los cuatro elementos que un buen brujo debe
dominar a la perfección, y quizás algún día podáis hacer esto.
De repente alzó sus manos e hizo aparecer una gran bola de fuego. Todos ahogaron un suspiro de
admiración. Menos yo, que no entendía muy bien a qué venía aquel revuelo. Ya había creado fuego una
vez y no había sido para tanto. Incluso había provocado un incendio en mi trabajo.
—Señorita Ranieri, confía usted demasiado en sus habilidades, ¿no es cierto? —se burló con simpatía
—. Debes saber, sin embargo, que dominar los elementos no se consigue de un día para otro. Conlleva un
esfuerzo de mucho tiempo. Incluso años.
—Pero yo ya hice fuego una vez —repliqué algo molesta, por temor a que me colgasen el letrero de
listilla que llevaba Samira.
—Si te refieres al fuego provocado por el despertar, no tiene nada que ver con lo que yo digo.
Aquellas llamas brotan de nosotros de una manera incontrolada e involuntaria. Es un volcán de poder que
erupciona el día que despertamos en el mundo de la magia. Pero invocar un elemento a partir de la nada,
requiere de un control absoluto sobre nuestra mente. Prueba tú, para que veas de lo que te hablo —me
sugirió, invitándome a hacer mi propia bola de fuego.
Algo más insegura, ocupé su lugar en el centro del círculo y me concentré todo lo que pude en el
ejercicio. Pero a medida que transcurrían los segundos, seguía sin ocurrir nada y escuché algunas risitas
de fondo. Las ignoré y traté de visualizar imágenes relacionadas con el fuego. Una antorcha encendida, la
llama de una cerilla, la hoguera de Pemba...
—Dana, por favor. ¡Te caen las gotas de sudor por la frente!
Y de pronto, ese fuego imaginario se prendió también en mis venas y la sangre que por ellas fluía, se
hizo espesa y caliente; y empezó a recorrer mi cuerpo como la lava de un volcán. Hasta que sentí miles
de ascuas punzantes en las yemas de mis dedos y abrí asustada los ojos.
Los demás continuaban mudos, contemplando maravillados mi espectáculo. Decidí ir más lejos y
dividí en dos la bola de fuego. Se escucharon algunos murmullos de admiración. Repetí la operación
varias veces, hasta que conseguí tener muchas esferas oscilando en el aire como planetas brillantes. La
clase rompió en un aplauso y Leandro se apresuró en ordenar silencio.
—Por favor, Dana. Aún es pronto para que experimentes de esa forma, déjalo ya —me pidió nervioso.
No hice caso. Estaba empeñada en averiguar hasta dónde podía llegar con mi poder. Y seguí creando
bolas mientras las hacía danzar por toda la clase. Leandro observaba los globos de fuego que flotaban
sobre su cabeza, sin reprimir su recelo.
—Chicos, alejaos de ella —les ordenó a mis compañeros, que enseguida hicieron un círculo más
grande a mi alrededor.
Entonces perdí de golpe la concentración, las bolas tomaron vida propia y arremetieron contra todos
los que estábamos en clase. Algunos brujos trataron de apagar los fuegos con ayuda de los extintores.
Otros se perdieron buscando la salida por la nube de polvo que se había levantado. Y Leandro y yo,
empleamos nuestros poderes para acabar con cada bola llameante. Sin embargo seguían multiplicándose
solas y atacando a todos los alumnos. Se escuchó la alarma de incendios saltar afuera, las carreras de
otros brujos acudiendo al rescate, y los gritos de auxilio de los que estaban dentro. Pero de pronto una
sombra emergió en medio del humo y se movió por el aula como una bala hasta que, en solo unos
segundos, obró el milagro de sofocar todos las llamas. La nube de polvo también se fue disipando y pude
ver a Piero ayudando en la tarea de rescate.
—¡Buen trabajo! —le felicitó Leandro, dando por hecho que había sido el autor del heroico suceso. Y
Piero a su vez, le sonrió satisfecho por el cumplido. Pero el verdadero valiente me traspasó con sus ojos
ambarinos desde la entrada, antes de darse la vuelta para perderse por los pasillos.
Volví a desviar mi atención hacia el desastre que asolaba por doquier y descubrí un bulto rojo e inerte
debajo de uno de los pupitres. Me acerqué deprisa y reconocí el cuerpo rechoncho de Samira.
Angustiada, le di la vuelta, separé los mechones de su rostro tiznado y sin pensarlo dos veces, le
practiqué el boca-boca. Pero Samira seguía sin dar señales de mejoría y continué con un masaje
cardiovascular. Al cabo de unos segundos Samira reaccionó en medio de un ataque de tos. No pude
esperar a que terminara de recuperarse y la abracé feliz de verla viva.
—¿Estás bien? —le pregunté llena de ansiedad.
—Nunca en mi vida he corrido tanto, pero sí, estoy bien —me contestó visiblemente fatigada.
—Ay, muchacha —dijo suspirando—. Ya no me cabe duda de que serás el mejor mago de luz de todos
los tiempos. Solo espero que no nos mates en el proceso —expresó preocupado.
—Nada de lamentarse —me exigió—. Te dije que dominar los elementos conllevaba años de práctica,
y lo que acaba de ocurrir lo demuestra. Pero bajo ningún concepto debes arrepentirte por haber logrado
lo que nadie antes ha conseguido. Ni siquiera tu padre, que era un gran mago de luz, consiguió invocar al
fuego a la primera —remarcó con orgullo—. Lo único que tienes que hacer la próxima vez, es parar
cuando yo te lo diga y todo irá bien —me prometió antes de guiñarme un ojo—. Y ahora ve con tus
compañeros. Ya hemos tenido suficiente magia por hoy...
Me despedí con una sonrisa avergonzada y me reuní con los demás brujos en el aula. Aunque la
mayoría de los muebles habían quedado tostados y las paredes estaban ennegrecidas por el humo;
hicimos lo que pudimos con lo que se había salvado y cuando terminamos de recoger, Piero y yo
decidimos volver al apartamento. Queríamos asearnos antes de bajar al comedor. Pero por el camino
pasamos por la enfermería y nos encontramos con Irina.
—¡Tú! —Saltó nada más verme—. Tú tienes la culpa de que mi hermana esté ahí dentro. ¡Casi se
muere ahogada! —me gritó, abalanzándose a por mí como una gata salvaje. Pero Piero fue más rápido y
la detuvo al vuelo.
—Eso no es cierto —repliqué—. Yo solo estaba haciendo un ejercicio de magia y se me fue de las
manos. Jamás pretendí que Samira terminara en la enfermería. Lo lamento de verdad, Irina.
—¡Basta Irina! —estalló Piero, empujándola con desprecio— Ya has escuchado a Dana. Lo que ha
ocurrido ha sido un accidente. Un accidente como estar contigo —le espetó.
—¿Ahora te vas a poner de su parte? ¡Mujeres! No hay quién os entienda —gruñó enfadado.
Almorzamos solos en medio de un tenso silencio. En realidad la que estaba tensa era yo, que aún
seguía dándole vueltas a todo lo que había ocurrido y apenas ponía de mi parte cuando Piero intentaba
romper el hielo.
Sentí la mirada fija de Micael desde la otra punta del comedor. Estaba rodeado de monjes que comían
a dos carrillos mientras él masticaba a desgana lo que se metía en la boca. Al menos ya no ponía muecas
extrañas delante del plato, ni analizaba todo con exagerada atención. Había aprendido a pasar totalmente
desapercibido en el monasterio, y ahora era un monje más entre sus compañeros. Un monje joven y muy
apuesto.
Las brujas incluso se lo comían con los ojos y luego miraban con aire resignado su hábito. Y algo
parecido le ocurría a Rafael, que se había hecho famoso por sus remedios curativos y por su terrible
carácter. Pues había chicas que acudían a su consulta fingiendo sentirse enfermas, pero cuando Rafael
descubría su pantomima, tenían que salir huyendo, por lo que a pesar de todo, el harén de Piero no había
sufrido ninguna baja.
Lo cierto es que todos los hermanos conservaban unos rasgos físicos parecidos; eran muy altos,
esbeltos y apuestos. Y al mismo tiempo eran diferentes entre sí. Gabriel tenía las facciones dulces de una
muñeca. Abel conservaba cierto aire canalla y peligroso que lo hacía irresistible. Micael era un rubio
guapo sin más, pero increíblemente guapo. Y Rafael... Bueno, dejando al margen su carácter antipático,
había que reconocer que sus ojos azules y su hermosa cabellera cobriza, le convertían también en un
hombre muy apuesto.
Cuando la mirada de Micael se cruzó con la mía, me dedicó una sonrisa afable. Era su manera de
hacerme entender que ya no estaba enfadado conmigo por lo ocurrido en clase. Se lo agradecí con otra
sonrisa. Temía que me hiciera sentir peor con uno de sus sermones repletos de sabiduría.
Solté un resoplido y Piero me lanzó una mirada asesina. Al parecer no dejaba de hacerlo y eso le
crispaba. Decidí recompensar su paciencia fingiendo interés por su última excursión al Seol. Pero se
emocionó demasiado dándome los detalles y tuve que poner la mente en blanco para no vomitar. A Piero
le encantaba alardear del número de cabezas que se cobraba. Era un sanguinario que disfrutaba matando,
y a mí todo eso me daba mucho asco y lo encontraba inútil.
Cuando la camarera me retiró el plato, me despedí de Piero y salí en estampida hacia la salida. Me
moría de ganas por estar con Abel. Pero a las puertas del comedor choqué contra la silla de ruedas del
abuelo.
—¿Y esas prisas por salir a qué se deben? —me preguntó sonriente, al ver como me frotaba el pie
dolorido—. Estoy seguro de que no es por mí. Hace tiempo que no me visitas, muchacha —se quejó
rezongando.
—Tienes razón, abuelo. En cuánto pueda me pasaré por tu habitación y te leeré un poco.
—Vaya, ¿tan ocupada estás saboreando la libertad que ya te has olvidado de este pobre viejo?
—Está bien, está bien —dijo sacudiendo la mano—. Imagino que ahora estás disfrutando de la
independencia que no has podido en todos estos meses. Sal muchacha, no seré yo el que te detenga. Ya
vendrás a visitarme cuando te aburras de vagabundear por ahí.
—Por cierto, abuelo. Gracias por interceder por mí ante Leandro —le agradecí, con algo de vergüenza
por no haberlo hecho antes.
—Bah, no tiene la menor importancia. Ojalá el necio de Leandro me hubiera hecho caso cuando se lo
pedí en su momento. Ahora me alegra comprobar que tu cara ha recuperado el color. Dime, ¿tan
saludable resulta pasear por el campo? —me preguntó con suspicacia.
—Es que tomar el sol es muy saludable —le contesté en el mismo tono.
—Sí, estoy seguro de que el sol de por aquí obra milagros —objetó con ironía—. En fin, me alegro de
verte. Solo tengo algo que reprocharte. La próxima vez que planees una masacre, asegúrate de que Werian
también se encuentra entre tus victimas —replicó de broma.
Salí del monasterio y me interné en la pradera. Los pulmones se me llenaron de aire limpio y fresco.
Me incliné a olfatear unas florecillas silvestres. Desprendían un aroma fuerte, pero dulce y agradable. La
brisa agitó la maleza y desde lo alto de un árbol escuché el graznido de un cuervo. Giré la cabeza y
divisé una figura trajeada de negro. Le sonreí de esa forma bobalicona que me daba tanta rabia, pero que
no podía evitar cuando lo veía. Abel se encontraba a unos cuantos metros, justo donde comenzaba el
bosque. Me sonreía también, pero de manera más sería. Tenía una pose recta, con las piernas levemente
separadas, transmitiendo esa seguridad en sí mismo que lo hacía parecer arrogante. ¿Pero qué estaba
diciendo? Era un cretino arrogante. Un cretino por el que estaba coladita hasta el tuétano. Recorrí la
distancia que nos separaba y me pegué al calor de su cuerpo. Noté que también sus brazos me rodeaban.
—Ha sido horrible —le dije sin apartar mi mejilla de su pecho—. Casi mato a todos mis compañeros.
Abel me apartó con delicadeza, lo justo para poder contemplarme, y esbozó una sonrisa divertida.
—No tiene gracia —me quejé—. Si hubieras estado ahí, sabrías de lo que te hablo.
—Pero me temo que no tuve esa suerte. Así que si haces el favor... —me pidió, invitándome a que nos
pusiéramos cómodos en la hierba.
Me acurruqué entre sus brazos y le relaté lo ocurrido mientras él me escuchaba con suma atención,
pero sin intervenir en ningún momento. Supuse que evitaba hacer cualquier comentario jocoso con el que
pudiera ofenderme. Porque a pesar de verme afectada, no le habría importado que le borrase unos
cuantos enemigos de la lista. Pero de repente adoptó una expresión más seria y me miró angustiado.
—Mocosa, ¿no te has parado a pensar que tarde o temprano te convertirás en el verdugo de alguien? Si
algo nos une es la sangre de nuestros enemigos. Y prefiero mil veces que tus manos se tiñan con la sangre
de cualquiera, a ver otras manchadas con la tuya. Recuerda que ya sucedió una vez y casi me vuelvo loco
—confesó afligido.
—Dana, no puedes asegurarme algo así. ¿No te das cuenta? Has elegido meterte en este juego, y este
juego tiene unas normas que debes respetar.
—Y a pesar de todo tomamos la decisión de seguir juntos, ¿verdad? —Le recordé—. Pues seguro que
también hay otra manera de hacer las cosas sin que haya que derramar más sangre.
—Asúmelo de una vez, mocosa —me dijo en un tono comprensivo—. La guerra forma parte de lo que
somos. Nuestra misión es encarar al enemigo y matarlo sin piedad. Así es como lleva sucediendo a lo
largo de los siglos y así seguirá ocurriendo hasta el día de la batalla final. Y tú no puedes cambiar eso —
recalcó con dureza.
—¡Pero es verdad! —Protesté—. Abel, vosotros habéis iniciado esta guerra y sois los únicos que
podéis ponerle fin.
—¿En serio piensas que Miguel y yo podemos hacer las paces y olvidar todo lo que ha pasado? —me
preguntó cargado de escepticismo—. ¡Oh, por favor, lo piensas de verdad! —gimió abrumado, tras
husmear en mi interior.
—Mocosa, eres tan inocente que a veces logras exasperarme —protestó malhumorado.
Me dio igual lo que me dijera, ya imaginaba que el asunto no sería fácil de plantear. Y la verdad es que
para haber sido un primer intento, no me había ido tan mal. Me abalancé a sus brazos y rodamos entre
risas por la tupida pradera. Después me senté a horcajadas sobre él y adopté una postura dominante.
Abel me recorrió de cintura para arriba con una mirada lasciva y cuando nuestros ojos se encontraron,
esbozó una sonrisa burlona.
—Más bien me inspiras otro tipo de sentimiento. Pero seré un caballero y me guardaré el comentario
para no escandalizarte —me contestó con una nota altanera.
—¿Oh, eso piensas? Ponme a prueba, quizás te sorprenda que no me sonrojo con tanta facilidad como
tú crees —le desafié igual de chula.
—Me encantaría tomarte la palabra pero me temo que tenemos a un vulgar voyeur acechándonos entre
la maleza.
—¿Qué?
Ladeó la cabeza, sin moverse debajo de mí, y seguí el curso de su mirada. A unos cuantos metros se
encontraba Micael, observándonos con el mismo interés. Me incorporé de un salto y me apresuré a
esconder mi cara ruborizada. Abel también se enderezó a mi lado, me alzó el mentón con suavidad y me
examinó divertido.
—Vaya, vaya, ¿qué es ese color tan atractivo que inunda tus mejillas? ¡Un momento! ¿no será...?
Le aparté la mano de un manotazo y él soltó una carcajada. Me fijé en que Micael seguía sin quitarnos
los ojos de encima. Imaginé que deseaba acercarse, pero le resultaba violento hacerlo.
—Venga... —insistí sonriente— no puede ser tan malo hablar con tu hermano.
Enseguida me cuestionó con una mirada de fastidio, pero al final me acompañó a regañadientes.
Cuando llegamos a su hermano, noté que todo su cuerpo se tensaba en un reflejo involuntario. Micael, en
cambio, se mostraba algo más tranquilo.
—Buenas tardes, hermano. ¿Qué tal te va todo? —le saludó de forma educada.
—Déjate de falsas fraternidades y dinos lo que sea de una vez. No veo el momento de perderte de vista
—rezongó Abel.
Micael suspiró armándose de paciencia. Luego se dirigió a un pozo que había cerca y con absoluta
pachorra empezó a sacar agua con un barreño. Se me escapó la risa cuando escuché cómo a Abel le
rechinaban los dientes. Al parecer no era la única que se desquiciaba con la parsimonia de Micael.
—¿Me ayudas con esto? —le preguntó a Abel—. Es que aún hay artilugios humanos que se me resisten.
—¡Claro que sí! —aceptó para mi sorpresa—. Te voy a ayudar exactamente como tú me ayudaste a mí.
Y se acercó a él, le arrebató el cubo y le asestó una patada tan fuerte que lo mandó a la otra punta del
campo.
—Déjalo Dana, ya veo que mi hermano sigue como siempre —se lamentó Micael, mirándolo de forma
sombría.
—Dana, ¿no tendrías que estar estudiando? Ya sabes que entre semana no debes salir por ahí —me
regañó con suavidad.
—Abel, por favor, no compliquemos más las cosas. Me reuniré contigo en cuanto pueda, ¿de acuerdo?
—le pedí casi en un ruego.
—Pero no es justo, mocosa. Yo había pensado en...
—Lo sé, lo sé —contesté sonrojada—. Pero te prometo que te compensaré por la espera.
—¿Me lo prometes de verdad? Ya sabes que soy capaz de entrar ahí y raptarte —susurró cerca de mis
labios.
—Y tú ya sabes que...
—Disculpad, pero sigo aquí —nos interrumpió Micael, que estaba totalmente rojo y tenía la vista
clavada en el suelo para evitar mirarnos.
Supuse que le estaba rezando a Dios para que no acabáramos liados delante de sus narices. Así que me
despedí de Abel con un último beso y volví con Micael al monasterio.
Me pasé la tarde encerrada en la sala de estudios. Samira se encontraba unas mesas más lejos. Su
hermana le había prohibido que se acercase a mí y ella era incapaz de desobedecerla. Al menos me
alegraba verla recuperada y se lo hice saber con una sonrisa en una de las veces que la sorprendí
mirándome. Pero Samira giró la cabeza y no volvió a apartar los ojos del ordenador. Le perdoné el gesto
de desprecio. Sabía que Irina la vigilaba de cerca, a la espera de cualquier excusa para saltar, y preferí
mantenerme alejada.
Al día siguiente, en la clase de entrenamiento, Piero había bajado la luz del gimnasio. De modo que el
simple gesto de caminar por allí era parecido a un suicidio, porque estábamos casi a oscuras y rodeados
de artilugios extraños y punzantes. Pero él decía que debíamos acostumbrarnos a la falta de visibilidad
que había en el Seol. También decía que era bueno que nos acostumbráramos a otras cosas. Por lo que
preparó una especie de circuito que empezaba en una tarima de madera suspendida en el aire. Seguía por
la pared de clavos, que debíamos ascender con una piedra de ocho kilos sobre la espalda. Y por último,
teníamos que pasar rectando por debajo de unos troncos, correr hacia una mesa donde había un arsenal de
cuchillos, escoger uno y luchar contra un compañero. Sinceramente, a veces tenía la sensación de que a
Piero se le iba la cabeza.
Me retorcí los dedos de la mano con el mal augurio de no llegar viva al final del día, y observé el
mismo temor, en la cara de los demás alumnos. Menos en la de Samira, que se había librado por su
sobrepeso. Piero le había cambiado nuestros ejercicios por un plan intensivo de adelgazamiento. Aun así
Samira lo prefería, y no le faltaba motivo. Puede que hacer doscientas flexiones fuera agotador, pero
desde luego no se jugaba la vida como nosotros.
Piero me miró como si hubiera olfateado mi miedo desde la distancia y me hizo saber, moviendo un
dedo, que sería la primera en comenzar aquella gincana mortal. Resignada, me saqué las botas normales,
me calcé las tabi y me subí con cuidado a la plataforma flotante.
—¿Qué se supone que tengo que hacer aquí arriba?
—Tienes que recorrer la tabla con sumo sigilo y sin perder el equilibrio, porque si haces el más leve
ruido no dudaré en usar esto —dijo enseñándome el palo.
—No creo que te atrevas a golpearme —le reté con aire altivo.
—Si lo dices porque eres una mujer, estás muy equivocada. Cuando entreno a alguien, no me importa
lo que tiene entre las piernas. Y lo mismo ocurre en cualquier enfrentamiento. No existe raza ni género,
solo cuenta tu rival. Así que por tu bien procura hacer el ejercicio como es debido —me avisó con una
expresión severa.
Le eché una mirada furibunda. No me cabía duda de que hablaba en serio. Abel también me lo había
dejado claro el día anterior. La guerra lo era todo en nuestro mundo. Debíamos dar caza a nuestros
enemigos, masacrarlos sin piedad.
Tomé aire y di unos cuantos pasos por la tarima con la pesada piedra sobre mi espalda. Me sentía tan
torpe como una tortuga y a pesar de que me moví con extremo cuidado, la madera chirrió
escandalosamente bajo mis pies. La reacción de Piero no se hizo esperar y golpeó la tarima con el bastón
en señal de advertencia. Le miré asustada mientras los demás se mantenían callados y tensos.
—¿Cómo quieres que camine con sigilo? Esta maldita tabla está podrida —me quejé enfurruñada.
Piero asestó otro golpe contra la madera, haciéndola vibrar, y tuve que tensar los músculos para no
perder el equilibrio.
—¡Deja de lloriquear y muévete! —Me ordenó—. Y vosotros —dijo dirigiéndose al resto—. Esto no
es nada comparado con lo que os espera. A partir de ahora seré implacable con los entrenamientos y no
pararé hasta convertiros en máquinas de matar. Los brujos siempre luchamos a vida o muerte y es
necesario que aprendáis a ser lo suficientemente rápidos y ágiles, para anticiparos a los movimientos de
vuestro adversario.
—¿Veis esto? El diablo me arrancó un riñón de cuajo y se lo dio de comer a sus asquerosos perros. De
no ser por mi capacidad de lucha y sangre fría, no habría podido escapar con vida de aquel nido de ratas.
—No, no pude —reconoció Piero con fastidio—. El muy cerdo se cuida muy bien de enseñar la cara
con esa capa oscura que siempre lleva puesta. Pero algún día me cobraré todas las que me debe y me
llevaré su cabeza como trofeo —prometió con el rostro enmascarado de odio.
—Vamos Dana, que es para hoy —me apremió Piero, que ya había vuelto a ponerse la camiseta y había
cogido el palo.
Me enderecé sobre la tabla, respiré profundamente y me concentré en hacer bien el ejercicio. Al final
lo hice mejor de lo que imaginaba, o al menos lo suficiente para que Piero no tuviera que utilizar el palo.
Aunque a juzgar por su cara, esperaba que alcanzara la perfección en el siguiente intento, y yo sabía que
se iba a llevar muchas decepciones hasta que llegara ese momento. Lo mío no era la gimnasia.
Mis compañeros también lograron completar el circuito mejor de lo esperado. Hubo alguna contusión o
arañazo por ahí, pero todos estábamos vivos y eso ya era un milagro.
Cuando acabó el entrenamiento, tuvimos clases de idiomas y luego clase de magia con Leandro. Esta
vez preferí mantenerme al margen y me limité a observar los progresos de los demás alumnos. El
supervisor intentó que participase, pero yo me negué en rotundo. Ya había tenido bastante con lo que
había pasado el día anterior. Pero Leandro no se dio por vencido y siguió insistiendo, hasta que fue
consciente de la tensión que embargaba mi cara y me dejó salir de clase.
Decidí darme un baño caliente para relajarme y cuando llegué al apartamento me encontré con Piero.
Al parecer había tenido la misma idea que yo porque estaba empapado y tenía una toalla minúscula
enrollada en la cintura.
—Qué bueno que estés aquí, ojos verdes. ¿Me puedes echar la crema hidratante? —me pidió con el
bote en la mano.
—Estoy acostumbrado a que unas manos femeninas me esparzan la crema y en vista de que por tu culpa
ya no puedo contar con Irina, me lo debes.
—Está bien Dana, necesito hidratar mi espalda y como comprenderás yo no llego. ¿Tendrías le
generosidad de concederme el honor?
Resoplé con fastidio y le arrebaté el bote de la mano.
—¿Sabes? Debo reconocer que me fastidia tener que suplicarle a una mujer que me toque. Nunca me
había pasado. Y además, no sé a qué viene tanto recato por tu parte. Apuesto que no es la primera vez que
acaricias a un hombre —se quejó molesto.
Me mantuve en silencio mientras seguía untándole la crema, y Piero dio mi callada por respuesta.
—Lo sabía —dijo sonriendo—. Sabía que tras ese halo de inocencia se escondía una mujer fogosa.
—No es asunto tuyo. Y como sigas hablando te voy a echar la crema en los ojos —le avisé enfadada.
—Eres una borde. Pero me encantan las mujeres con mal genio. Hacen que el cazador que llevo dentro
salga a la luz y...
—Piero.
Continué extendiéndole el mejunje por su espalda musculosa y me sorprendió notar su piel tan
agrietada. Lo cierto es que tenía una figura masculina muy atractiva, pero estaba repleto de marcas y
cicatrices. Piero intuyó el desagrado que me producía tocarlo y se sumió en un tenso silencio. Y cuando
le devolví el bote, su mano apresó la mía con rapidez y me acercó a él.
—Tienes unas manos muy suaves —me susurró con ira—. Seguramente toda tu piel es de seda. Pero te
aseguro que eso empezará a cambiar cuando tu piel se curta con cada batalla.
—Y hablando de cicatrices de guerra, ¿es cierto que el diablo te hizo esa grande que tienes en la
espalda?
—En absoluto. Solo me inventé esa historia para asustaros y que os esforzarais con el ejercicio. En
realidad esa cicatriz es la consecuencia de una mala caída —confesó divertido.
—Te equívocas, ojos verdes —me aseguró—. Es cierto que mi historia es falsa, pero he visto con mis
propios ojos como esa serpiente le arrancaba las entrañas a uno de los nuestros y se la daba de comer a
sus perros.
—¡Mentira!
—¿Que miento dices? —me contradijo rabioso—. ¿Tienes idea de lo que es escuchar los gritos
desgarradores de un compañero herido de muerte? ¿O imaginar cómo fueron los de tu madre? Es más,
¿cómo te crees que me sentí aquel día cuando te vi frente a ese monstruo? Dana, ¡pensé que tendría que
recoger tus pedazos! —confesó dolido—. Lo cierto es que no me explico como todavía sigues viva.
Nadie que se haya acercado al diablo ha vivido para contarlo —añadió confundido.
Le sostuve la mirada sin saber qué contestarle, y luego él mismo se apartó y se marchó del
apartamento. Me quedé paralizada unos segundos, asimilando lo que había ocurrido, y cuando alcé la
cabeza, me encontré con los ojos de Micael. Deduje por su expresión sombría que había escuchado toda
la conversación.
—¿Es cierto lo que dice? ¿Abel ha hecho todo eso? —le pregunté con el corazón en un puño.
—No importa —musité—. En el fondo no es tan malvado. Se que aún queda algo de ese arcángel de
luz que vi en tus recuerdos. No pongas esa cara, Micael. Yo sé que es así. —Me mostré obstinada—.
Solo está perdido, pero yo le ayudaré a volver a ser el que era.
—¿Y sabes qué otra cosa voy a hacer? —proseguí desoyéndole—. Acabar con toda esta locura de
bandos enfrentados, luchas encarnizadas y derramamientos de sangre. Sí, eso voy hacer. ¡Aunque me
cueste la vida en el intento!
—¡Dana!
El baño de espuma surtió efecto y bajé al comedor más relajada. Me vino bien para soportar la tensión
que se respiraba en la mesa. Irina se había reconciliado con Piero, pero a mí me seguía crucificando con
la mirada y cuando nos pasábamos la cesta del pan, la botella de agua o lo que fuera, lo hacíamos
procurando no rozarnos. Creo que era evidente que no nos soportábamos. Para mí Irina era una imbécil
estirada. Siempre con el cuello tieso y con esos humos de grandeza.
Y para ella, yo había venido a la escuela a usurpar su lugar. Que por otro lado, ¿qué lugar? Piero no le
hacía puñetero caso. Solo la utilizaba para momentos pasajeros, pero Irina insistía y se desvivía por él
hasta rayar lo ridículo.
Terminamos de almorzar y cada uno se fue por un lado. Recorrí los pasillos del monasterio casi a la
carrera. Estaba deseando olvidarme de todo, de los golpes en los entrenamientos, de mi discusión con
Piero y Micael, de las miradas envenenadas de Irina. Solo quería salir de allí y refugiarme en los brazos
de Abel. Sonreí entusiasmada. ¿Quién sabe? A lo mejor podíamos dar un paseo por la ciudad, ir al cine,
tomar un helado. Las cosas que hacía cualquier pareja.
Crucé el portón principal, corrí por la pradera y me interné en el bosque. Abel ya me esperaba sentado
encima de una roca, y se me escapó una sonrisa. Pero cuando hice el amago de dar otro paso, algo me
agarró de la capa y me tiró con fuerza hacia atrás.
—Dana no puede salir del monasterio. Tienes obligaciones pendientes —contestó él igual de tenso.
—Y yo te dije ayer que no debías salir entre semana —me reprochó con semblante severo.
—Sé lo que estás intentando con tu estúpida treta —intervino Abel—, y no te servirá de nada porque
hagas lo que hagas, Dana se vendrá conmigo. Así que más te vale marcharte por donde has venido y
dejarla tranquila —le amenazó en serio.
—Me temo que eso no podrá ser, Luzbel —dijo una voz familiar.
Giramos la cabeza y vimos a Rafael apoyado contra un árbol. A su lado se encontraba Gabriel,
observando la escena en actitud rígida.
—Así que te trajiste a tu séquito de guardaespaldas, ¿eh, Miguel? —se burló con malicia—. Pues
déjame decirte que eso no me detendrá para nada.
—Pues me temo que yo no estoy de acuerdo con eso —alegó con aire retador, Abel.
Me dirigí a él con ojos suplicantes.
—Por favor, no te enfades. Te prometo que me reuniré contigo en cuanto pueda —le dije, acariciándole
la cara.
—Lo sé, pero confía en mí. Por favor, por favor —le rogué pegando mis manos como si estuviera
rezando.
—Haz caso a Dana y no cometas ninguna tontería. Nosotros no queremos ningún problema contigo —
declaró Miguel.
Entonces Abel me hizo a un lado y se acercó con una mirada feroz hacia su hermano.
—Eso debisteis pensarlo antes, porque te aseguro que esto no va a quedar aquí —le amenazó con voz
glacial—. Llevo mucho tiempo rodeado de humanos y he aprendido a ser tan farsante y trilero como
ellos. Cuando menos te lo esperes te lo demostraré, Miguel. Y entonces me encantará ver tu cara de
imbécil.
Micael se mantuvo impasible mientras su hermano habló, pero pude percibir un atisbo de inquietud en
sus ojos. Luego Abel desapareció en un remolino de viento y nos sepultó a todos bajo una montaña de
hojas secas. Debía sentirse tan furioso como yo.
Me di la vuelta y eché a andar hacia el monasterio sin esperar a los arcángeles. Ellos me fueron
siguiendo a una distancia prudencial. Sabían que estaba tan enfadada que podía intentar calcinarlos.
Por la mañana alguien volvió a llamar a la puerta y supe que no era Filomena. Ella simplemente
entraba sin avisar, dejaba el desayuno, me gruñía para meterme prisa y se iba cantando. Así que cogí la
almohada y se la estampé al intruso en cuanto abrió la puerta. Piero sacudió la cabeza, aturdido por el
golpe, y me miró asombrado.
—¿Y qué te ha hecho ese monje para que te tenga como un avispero? Es igual, prefiero no saber nada.
Dana, he venido por un motivo muy importante.
—Verás, Leandro nos dijo al monje y a mí que no quisiste colaborar en su clase de magia porque
seguías afectada por lo ocurrido con tus poderes.
—Eh... Sí, bueno, prefiero no hablar del tema —le pedí revolviéndome incómoda.
—Ya veo que aún sigues mal —comentó, observándome de manera comprensiva—. Pero tranquila,
hemos tomado una decisión para solucionarlo.
—¿Tomasteis una decisión, Micael y tú? —le pregunté, segura de no haber entendido bien.
—Sí, yo tampoco me lo explico —admitió—. Pero ese monje y yo hemos estado hablando sobre el
tema y los dos creemos que sería bueno para ti que me acompañes al Seol.
—Espera, espera —le interrumpí cada vez más confusa— ¿Me estás diciendo que a ti se te ocurrió que
podría ir al Seol y él te apoyó?
—¿De Micael?
—Sí, ambos pensamos que ir allí puede ayudarte a superar tu miedo. En el Seol te he visto sacar una
fuerza como en ningún otro lado y estamos convencidos de que es lo que necesitas para recuperar la
confianza en ti misma.
Me besó las manos y esbozó una sonrisa de macho alfa. Oh, ¿por qué tenía que hacer eso?
—Saldrá bien. Solo debes permanecer a mi lado y yo te protegeré —me aseguró con una mirada
profunda—. Y ahora corre a vestirte, que yo te espero afuera.
Me puse el uniforme y me reuní con Piero de mala gana. Por más que pensaba en todo aquello, no
encontraba una explicación razonable. No era lógico que a Micael se le hubiera ocurrido esa excursión.
Él sabía que allí tenía muchas posibilidades de encontrarme con su hermano y de que sucediera algo
arriesgado, como la última vez.
Mientras cogía las armas y guardaba los puñales bendecidos en mi cinturón, observé en el rostro de
Piero esa expresión salvaje que se le ponía cuando iba de caza. Se me puso la piel de gallina. No
entendía a qué venía tanta rabia. A mí me invadía un instinto asesino cuando veía a esas criaturas, pero
era algo involuntario y puntual. No tenía nada que ver con ese odio frío. Puede que ese hecho tuviera que
ver con mis sentimientos hacia su líder, no lo sé. El caso es que la mirada de Piero me producía
escalofríos.
En la sala hermética también se encontraba Irina, luciendo una sonrisa radiante. No me sonreía a mí,
por supuesto. Le sonreía a Piero, pero igualmente me agradó no verla con su habitual gesto torcido.
Los demás brujos terminaron de prepararse y aguardaron tranquilos a que Piero abriera el portal del
infierno. Aquellos brujos no eran los brujos inexpertos con los que me había adentrado en el Seol una
vez. A estos no había que explicarles lo que debían hacer, ni alentarles a luchar. Estos reflejaban un odio
visceral parecido al de Piero, y se mostraban tan seguros de sí mismos como él. Supuse que eran los
compañeros con los que Piero solía ir de cacería sangrienta. Los ojos de aquellos brujos brillaban como
los de una fiera que había probado la sangre. Y me di cuenta de que era la única que temblaba allí.
Me coloqué la capa para disimular las sacudidas de mi cuerpo y me arrimé a Piero. Me había indicado
que me mantuviera cerca de él en todo momento. Irina también se situó a su lado y permaneció tan atenta
como el resto del grupo a que Piero abriese el portal. Luego nos adentramos despacio en el frío manto
del abismo. Así como anduvimos unos cuantos metros, se escucharon los aullidos de las bestias
anunciando nuestra llegada. Noté cómo los músculos de Piero se preparaban para el ataque. A los
aullidos escalofriantes se le sumaron pequeñas carreras en medio de la penumbra. Nos estaban rodeando
como la última vez. Entonces nos detuvimos en seco y formamos un círculo grande. Yo me encontraba
protegida dentro del cerco de los brujos mientras que Piero e Irina, eran de los que estaban en el
perímetro protegiendo al resto. Las criaturas salieron de las sombras a paso lento y empezaron a soltar
dentelladas al aire.
De repente Piero pegó un gran salto hacia adelante, sacó su espada en pleno vuelo y guillotinó la
cabeza a uno de los bichos. Del cuerpo de la criatura brotó un géiser de sangre y tuve que cubrirme la
boca para reprimir una arcada. Los demás hicieron lo mismo y mutilaron a un gran número de criaturas de
una sola estocada. Pero los perros rabiosos, lejos de amedrentarse, pasaron por encima de las cabezas
de sus congéneres y también atacaron a los brujos. De pronto me vi rodeada de espadas, de lluvia y
charcos de sangre, de cuerpos desmembrados. Me vi en medio del caos y sin saber qué hacer. No podía
más que seguir contemplando horrorizada, como un bando despedazaba al otro sin piedad.
La masacre continuó y los brujos fueron ganando terreno al enemigo. Me embargó cierta fascinación
macabra, al observar la hermosa danza que ejecutaban los míos. Se movían como estrellas fugaces rojas,
poniendo fin a la inmortalidad de las bestias.
Piero le rebanó el cuello a uno, limpió el cuchillo con su capa y se acercó a mí a grandes zancadas.
—¿Quieres moverte, Dana? —Me zarandeó—. Te he traído aquí para que participes, no para que te
quedes de brazos cruzados mientras miras —me regañó indignado.
—Lo que mejor se te da hacer, usar tu magia —me contestó por encima del hombro, a la vez que le
clavaba el cuchillo a una criatura y le asestaba una patada a otra.
—Pero...
—¡Ahora Dana! ¡Dispara!
Giré la cabeza y vi como uno de los bichos se abalanzaba sobre mí con las garras afiladas. No lo dudé
un segundo, rodé para esquivarlo y le solté un disparo de energía. La criatura retrocedió varios metros
por el impacto, pero enseguida se recobró y empezó a aproximarse con un rugido amenazador.
—No pienso ayudarte, puedes hacerlo tú sola —me aseguró, mientras él seguía exterminando a más
perros rabiosos.
La criatura continuó avanzando a paso lento pero decidido. Alcé las manos y le disparé varias veces.
Él esquivó con facilidad todos mis ataques. De hecho se movía a un ritmo zigzagueante y con mucha
agilidad. Hasta que dio un brinco hacia mí, y cuando aterrizó a mi lado, esbozó una sonrisa plagada de
colmillos afilados. Me tragué la chulería y eché a correr. Escuché por detrás unos ronquidos
entrecortados y jadeantes. ¡Oh, Dios mío, me estaba persiguiendo! Aceleré el ritmo, al tiempo que
escuchaba como él también metía el turbo. Joder, joder, joder. Me caí de bruces y comencé a reptar con
la pierna entumecida por el golpe. ¡Joder!
El bicho aquel también se detuvo en seco y volvió a perseguirme a paso lento. Mientras seguía
reptando y alejándome de él todo lo posible, me fijé en que había dejado atrás al grupo. Estaba
completamente a merced de ese bicho. Desesperada, le disparé varias veces, pero él continuó sorteando
cada descarga. Su forma de actuar era extraña porque en lugar de atacar, se limitaba a acorralarme. Me
sentía como una oveja a la que habían despistado para sacarla del rebaño.
Pero sabía que no tardaría en intentar devorarme, y sin más, pensé en fuego, alcé las manos y le
achicharré la cabeza. Sí, no sé cómo, pero de repente su cabeza se convirtió en una pira llameante. La
criatura aulló de dolor mientras se sacudía la cara para sofocar las llamas. Luego se toqueteó los trozos
de carne carbonizados que le habían quedado descolgados de las mejillas, lanzó un rugido ensordecedor
y se abalanzó sobre mí, furioso. Me puse en pie para tratar de huir. Sin embargo la criatura tiró con fuerza
de mi capa y me caí hacia atrás. Forcejeé, pataleé con el corazón en la boca, a la vez que él me
arrastraba por un tobillo. Después levantó la garra, decidido a despedazarme, yo cerré los ojos
esperando mi final y ya no escuché nada más. Solo sentí un leve cosquilleo por mi piel. Volví a abrir los
ojos y vi un montón de cenizas flotando a mi alrededor. ¿Pero qué...?
Me fijé en que todos los brujos se habían quedado petrificados en el sitio y me contemplaban
horrorizados. Piero, incluso, estaba tan pálido como la misma muerte. Asustada, gateé hacia atrás hasta
topar con algo duro. Giré la cabeza y se me escapó un grito, al ver a esa figura alta y totalmente oscura.
Sabía que bajo aquella túnica se escondía Abel, pero mis latidos se dispararon como si realmente tuviera
por lo que temer al diablo. Además, ¿qué hacía allí? Eso también me producía escalofríos.
Entonces él hizo lo que jamás imaginé que haría. Me levantó por un brazo y me arrastró consigo hacia
interior de las sombras. A mi espalda se escuchó el sonido desgarrador de Piero gritando mi nombre.
Pero era tarde para poder enmendar aquella locura. Abel se movía a gran velocidad y ya nos
encontrábamos muy alejados de los brujos. De pronto empezó a reírse a carcajadas mientras yo
observaba con recelo a las criaturas que nos abrían paso. Hasta que clavé los pies en el suelo y me
desaté de un tirón de la mano de Abel. Él dejó al descubierto su rostro y me miró confundido.
—¿Se puede saber qué significa todo esto? —le pregunté furiosa.
—Ese imbécil aprenderá que conmigo no se juega —repuso, con una sonrisa perversa y taimada.
Abel suspiró.
—Es uno de los motivos, pero no el único —me reconoció—. Dana, por unas horas quiero estar
contigo sin interrupciones, sin tener que escondernos y sin que tenga que preocuparme, pensando en que
luego me cruzaré con mi hermano. Dime, ¿a caso tú no deseas lo mismo? —me preguntó con ojos
suplicantes, lo que hizo que mi enfadado amainara.
—Bah, olvídate ya de ese idiota —me gruñó—. Ahora estás aquí, conmigo. Aprovechemos nuestro
momento.
Quise volver a replicar, quise mantenerme firme, pero Abel me sujetó por la nuca y devoró mis labios
sin compasión. Genial. ¿Ahora cómo iba a negarme? Estaba irremediablemente perdida. Los dos lo
estábamos, porque los brujos no se quedarían de brazos cruzados. Ni tampoco los arcángeles.
Abel me soltó despacio y lució una sonrisa pícara al comprender que me había rendido. ¿Qué podía
hacer? No era tan fuerte para soportar la tentación y lo cierto es que también empezaba a experimentar el
regusto de la fechoría.
Entre risas llegamos a lo que parecía ser el final del abismo. Algo que me sorprendió, siempre había
pensado que el Seol era infinito. Abel me tomó de la cintura e hizo que apoyara mis pies sobre los suyos.
No lo dudaba. Pero me era imposible imaginar haciendo lo mismo con él. Enrosqué mis brazos
alrededor de su cuello y me preparé para vivir la experiencia. Mas los segundos pasaron sin que
ocurriera nada y miré desconcertada a Abel.
Retiré un pie del suyo y noté que no había nada debajo. Luego observé que nuestras capas se movían
como dos banderas, roja y negra, azotadas por el viento.
—¡Oh, madre mía, estamos volando de verdad! —exclamé entre asustada y maravillada al mismo
tiempo.
Alguna vez me había preguntado qué sentía Lois Lane en brazos de Superman. Ahora tenía la respuesta.
Era una sensación plena de poder y libertad. Era fascinante. Indescriptible, incluso. Y sentí envidia del
don que Abel compartía con los pájaros.
En medio de la tenebrosidad, surgieron las diminutas luces blancas que constituían la morada de cada
ángel caído, y en el centro de aquel sistema de planetas no podía faltar la estrella espectral que daba el
nombre al Seol: el abismo del diablo. Un verdadero universo perdido entre el espacio y el tiempo.
Tomamos tierra en la «estrella Seol» y recorrimos la pasarela que conducía al templo donde Abel
celebraba sus misas negras. Los ángeles en cuanto vieron a su señor, se apresuraron a bajar la cabeza.
—Retiraos —les ordenó él—. Retiraos de inmediato y decidle a Ántrax que se reúna conmigo en la
gruta.
Ellos asintieron obedientes y se apartaron a nuestro paso. Abel me llevó de la mano por los
interminables pasillos sombríos, hasta que alcanzamos nuestra cueva secreta y sin previo aviso, cubrió
mi boca con la suya. Prosiguió así, en un beso dulce y profundo que me trastornó por completo los
sentidos, porque sabía que probaría el sabor de sus labios diez mil veces y las diez mil veces sentiría el
vértigo de la primera vez. Bebería de su aliento de forma incesante y seguiría teniendo sed. Y reclamaría
su cuerpo siempre para sentirme completa.
Abel y yo nos separamos de mala gana, y pegué un salto de alegría cuando vi a Poncho a los pies de su
escudera.
El animal corrió a mi encuentro ladrando y moviendo el rabo. Lo abracé intentado que su enorme
lengua no encontrara mi cara. Poncho estaba gigante y tenía un pelaje oscuro y sedoso. Realmente era un
perro precioso.
—Me alegro de verte —le confesé con la sorpresa de saber que era cierto.
Ántrax torció el gesto. Era su forma de dibujar una sonrisa amable.
—Bruja, deberías quitar eso que tienes en tu perfil de Facebook. Hace que me den ganas de vomitar.
De repente me puse tan roja como mi traje. Ántrax se refería a la letra de un bolero que había puesto
pensando en Abel.
—Habla de una canción un poco cursi —le expliqué por encima, con la esperanza de que no siguiera
preguntando.
—¿Un poco cursi? —Se burló—. Chorrea mermelada y es lo más ridículo que he leído nunca.
—Para ridículo y cursi también está tu nombre. ¿Verdad, Alma? —le solté sin pensar.
—Pero señor...
Ántrax obedeció enfurruñada con Poncho siguiéndola mientras movía el rabo. Cuando volvimos a
quedarnos a solas, Abel me lanzó una mirada penetrante.
—¿No exactamente? —repitió con feroz sarcasmo— Lo que me resulta curioso y desagradable, es que
siempre terminemos hablando de ese perro traidor. En cualquier caso, ¿vas a contestar a mi pregunta o
tendré que rebuscar dentro de esa cabecita? —me amenazó de manera sutil mientras se cruzaba de brazos
a la espera de que hablase.
Accedí de inmediato. Sabía lo insistente que podía llegar a ser y no me apetecía que me practicara una
lobotomía. O lo que tuviera pensado hacerme. Prefería no saberlo.
—Micael me mostró parte de sus recuerdos, y yo te vi tumbado en la hierba junto a él, compartiendo
confidencias como dos buenos hermanos. Incluso te vi sonrojarte —confesé con una sonrisa apenada—.
También te vi sufriendo con la existencia de los humanos, y vi cómo Micael y tú...
Se alejó de mí unos metros y me miró herido. Su expresión se había vuelto profundamente amarga y
oscura.
—Seguramente después de lo que has visto piensas que puedes obrar el milagro de reunir a la familia.
—Se rió con afligido cinismo—. Seguramente, incluso, harás todo lo posible por salirte con la tuya.
—Sí.
Mi clara intención le provocó fastidio y me dio la espalda. Me acerqué despacio a él y posé mi mano
sobre su brazo.
—Dana, sufrirás —sentenció—. Sufrirás mucho, porque sé lo que hiere la decepción. Y eres tan
testaruda que no podré impedirlo.
—Ya lo creo que pasará —gruñó—. Pues yo nunca perdonaré la traición de mi hermano.
—Abel...
—Nunca —recalcó—. ¿Y quieres saber otra cosa? No pararé hasta verlo destruido —me juró lleno de
rabia—. Así que más te vale tener en cuenta lo que te digo o como ya te he dicho te llevarás una gran
decepción —me advirtió en un tono frío.
—Oh, el famoso «te lo advertí». Ahora sí que no me quedará más remedio que conseguirlo. No pienso
darte razones para que me digas esa horrible frase. No te rías, no pienso dártelas —le dejó claro.
—¿Quieres que te confiese algo? En este lugar, la nostalgia hacía que a menudo tuviera pensamientos
impuros sobre ti —repuso en un tono travieso.
—¿Ah, sí? —dije igual de divertida— ¿Y se pude saber cómo de impuros eran esos pensamientos?
Y de repente me cogió en brazos, me llevó al rincón más oculto de la gruta y me depositó en el suelo
arenoso. Después tiró del cordel de mi capa mientras tenía sus ojos grises clavados en mí. Sentí un
escalofrío casi doloroso al percibir en él ese aire de felino hermoso y astuto. Desabrochó los botones de
mi blusa con la boca y volvió a emplear los dientes para retirarme las mallas y mis braguitas. Algo me
decía que me sorprendería con algo nuevo. Y no me equivocaba...
Mi corazón se desató cómplice de mi sospecha, cuando me tapó de cintura para arriba con mi capa. Y
terminó de desbocarse, al notar el rastro cálido que me dejaba la punta de su lengua deslizándose
peligrosamente hacia abajo. Hasta que su atención se centró entre mis muslos y abrí la boca de golpe por
la impresión.
Evidentemente a esas alturas de mi vida, Abel no estaba sumando nada a mi experiencia sexual. Pero
fue insólita la satisfacción que me brindó, como insólitas fueron las demás caricias que experimenté junto
a él. Porque a su lado todo resplandecía bajo el embrujo de ese sentimiento inédito llamado amor.
Aspiré la tela de mi capa, una y otra vez, a medida que los latidos de mi corazón se aceleraban y las
oleadas de placer se extendían por todo mi cuerpo. Y clavé mis uñas en la arena con la espalda arqueada,
cuando estallé en llamas de auténtico frenesí.
Luego me quedé quieta, con la respiración entrecortada y la mirada fija en el techo de la gruta. Abel
fue depositándome pequeños besos hasta llegar a mi boca y se colocó encima de mí, con idea de volver a
la acción. Pero yo le aparté con un empujón suave y salí de su alcance.
—Te voy a demostrar que yo también he fantaseado con algo parecido durante mi soledad.
Le empujé al suelo, me senté a horcajadas sobre él y rasgué su túnica ante su expresión de perplejidad.
Pero yo no le oculté su rostro. Quería que observara al detalle lo que iba a hacerle. Y con mi mirada
puesta en la suya, me arrastré hacia las profundidades de su cuerpo y devoré al diablo.
Mis labios se friccionaron contra su carne firme y probaron el néctar más dulce que jamás habían
imaginado. Sus gemidos placenteros fueron música para mis oídos. Y aquel gesto me otorgó poder sobre
un ser que yacía delirante y vibraba al roce de mi lengua húmeda. Era fantástico sentir al mismísimo
príncipe del abismo expuesto a los antojos de una simple bruja. Una bruja mitad humana.
La bestia liberó un rugido final y me reí, perversa y llena de regocijo. Después trepé hasta su boca y le
besé con determinación. Al separarme unos centímetros, vi que su semblante seguía aturdido y frágil de
deseo.
—Voy a bañarme en el lago hasta que te recuperes —le comuniqué con una sonrisa pícara.
Pero cuando giré hacia allí, di un respingo al encontrarme con Abel de frente. ¿Cómo narices se había
movido tan rápido? Ni siquiera le había visto hacer el amago de levantarse. Parpadeé boquiabierta y él
lució una sonrisa ladina.
—Yo no necesito recuperarme, mocosa, por lo que ese baño tendrá que esperar.
Me empujó con su cuerpo a la pared rocosa y envolvió su cintura con una de mis piernas, mientras
sujetaba mis manos por encima de mi cabeza.
—Cerremos nuestras fantasías con broche de oro, ¿no te parece? —me sugirió de manera provocativa.
Acepté ansiosa y Abel selló nuestro acuerdo con un empujón profundo y fuerte. Me aferré con las uñas
a su espalda mientras él se mantenía inmóvil, deleitándose con el hecho de estar en mi interior. Y yo
deleitándome con el hecho de sentirlo dentro. Luego empezó a moverse despacio, deslizándose por mis
entrañas con cuidado. Hasta que mis gemidos fueron creciendo y su ritmo también se volvió más rápido.
Le arañé la espalda, le tiré del pelo y jadeé. Él mordisqueó mi cuello, besó mi boca entreabierta y
empujó más fuerte. Cuando me sorprendió el orgasmo, me arqueé como una rama a punto de quebrarse y
exhalé un último suspiro.
Aquel escondrijo no fue el único que probamos. Abel se había pasado meses encerrado en aquella
cueva y había tenido tiempo de imaginar muchas cosas.
Nos metimos en el lago y fue una excusa más para rendirnos a la pasión. Salimos cuando noté las
piernas entumecidas por la maratón erótica. Abel propuso que descansáramos en la pequeña cala de
afuera.
Asomé la cabeza de la cueva y me invadió con fuerza el aire de Pemba. Ya no sentía la misma energía
de la primera vez. Había pasado el despertar y mi parte bruja estaba equilibrada. Sin embargo, mis
orígenes se encontraban ligados a aquella isla y cuando la pisaba me sentía como en casa.
Nos tumbamos desnudos en la arena y bajo el sol abrasador. Al lado estaba el palmeral que separaba
la cueva, de la playa. Abel iba metiendo pequeños dátiles en mi boca, a la vez que me observaba
masticar con cierta lástima por tener que hacerlo. Era cuando me miraba con ese aire de arcángel
petulante, por ser una mortal sujeta a necesidades básicas. Ignoré su arrogancia. Me alegraba ser humana,
porque a través de mí, le obligaba a mitigar el odio hacia mi raza.
Mientras tomábamos el sol, pensé en aquellos recuerdos donde lo había visto tumbado junto a Micael
hablando sobre amor.
—¿Crees que ya has encontrado al ángel de tus sueños? —le pregunté pensativa.
—En los recuerdos de Micael, tú le contabas que deseabas encontrar un ángel al que amar.
—¡Oh!—Se lamentó con fastidio—. Maldito Miguel y su estúpida ocurrencia de abrirte sus recuerdos.
Me pregunto cuántos otros disparates habrás visto por los que deba justificarme ahora.
Le sonreí divertida.
—Lo cierto es que dijiste cosas muy ridículas, como que soñabas con encontrar un ángel que te hiciera
suspirar de amor y que esperabas pasar tu eternidad junto a ella.
—¿Me tomas el pelo, mocosa? Es imposible que yo haya dicho esas tonterías. Has tenido que ver mal
o confundirme con el blandengue de Gabriel —replicó con el ego herido.
—Créeme, me tuve que pellizcar para convencerme, pero te aseguro que así fue —alegué entre risas.
—¡Oh, por favor, déjalo ya! —Hizo una mueca de dolor—. Albergo pocos recuerdos de aquella época,
pero si no te importa hay cosas que prefiero dejar en el olvido —rezongó molesto.
—Pues mucho me temo que ahora ya siempre tendré un motivo para burlarme de ti —le dije en broma.
—Entonces me obligarás a sacar el asunto de tu canción. Y no necesito leer la letra para saber que
supera con creces mi desafortunado comentario. Y tampoco te molestes en borrarlo o negarlo porque sé
cuándo Ántrax miente.
—Chantajista —gruñí.
Nos quedamos en silencio, uno muy cerca del otro, observando el cielo despejado.
—¿Dana?
—¿Sí?
—No eres el ángel que me hace suspirar de amor, eres la bruja por la que mataría a Ábadon y pasaría
mi eternidad junto a ella —me confesó con una mirada tierna, antes de llevarse una de mis manos a sus
labios.
—¿Es una propuesta de matrimonio? —pregunté de broma, aunque con algo de miedo por si hablaba en
serio.
—Es una declaración de amor y un juramento —me aclaró con sus ojos grises clavados en los míos.
Vimos por el horizonte cómo se iba aproximando un nubarrón. Algo muy raro, teniendo en cuenta el sol
maravilloso que brillaba sobre nuestras cabezas.
—Me parece que a tu consejero no le ha gustado nuestra escapada romántica —comentó Abel,
observando con semblante serio la nubes oscuras.
—No lo hará. Sabe que se arriesgaría a ver cosas que lo escandalicen y prefiere mantener las
distancias.
—Por cierto, gracias por salvarme antes. Si no llegas a aparecer justo a tiempo, tu criatura me habría
devorado viva.
—Sí, lo habría hecho, pero mi intervención tampoco fue por casualidad. En realidad estaba
esperándote allí —confesó con un gesto pillo mientras cogía uno de mis rizos y lo enroscaba en su dedo.
—¿Qué?
Abel curvó los labios en una sonrisa más ancha.
—Verás, después de lo ocurrido en el bosque, llamé a Gabriel y le dije que pensaba llevarte conmigo
en cuanto tuviera la oportunidad.
—No, pero tal como supuse, ese soplón no tardó en ir con el cuento a Miguel. Luego solo tuve que
esperar a que se dieran las circunstancias y cuando Ántrax me comunicó que un grupo de brujos se había
internado en el Seol, fui a ver y viola, ahí estabas.
—¿Pero cómo sabías que Gabriel se tragaría tu embuste? ¿Y cómo estabas tan seguro de que Micael
me mandaría al Seol? Cuanto más lo pienso, menos tiene sentido que lo hiciera. Él sabía que
precisamente allí me podría encontrar contigo —comenté, al ponerme a cavilar en lo extraño que me
había parecido aquello desde el principio.
—Muy fácil. Gabriel es incluso más ingenuo que tú y para cerciorarme de que corriera la voz, solo
tuve que utilizar las palabras mágicas que nunca fallan: «no se lo digas a nadie». Cuando quiero
realmente que Gabriel no abra el pico, le amenazo o chantajeo. Y con respecto a Miguel, cometió un
grave error, y es que dio por sentado que jamás me acercaría a ti en el Seol, puesto que es una locura
hacerlo ante los brujos.
—Porque estoy loco —. Se rió—. Y porque lo cierto es que no contaba con tener que secuestrarte
delante de los brujos. La idea era que uno de mis soldados te separara del grupo y te dirigiera hacia
donde yo te esperaba escondido. Pero le calcinaste la cabeza y tuve que actuar.
Le miré irritada.
—¿Ahora es culpa mía que me defendiera? Yo no sabía que todo se trataba de un teatrillo montado por
ti —le reproché indignada.
—Mocosa, tú dices que contigo no va lo del derramamiento de sangre, pero está claro que en el fondo
disfrutas con ello. Primero dejas manco a uno de los míos y luego te cargas la cabeza de otro. En fin,
¿qué iba a hacer? Tenía que ayudarte —concluyó con descaro.
Le observé boquiabierta mientras él seguía tomando el sol de lo más tranquilo. ¿Pero cómo podía ser
tan fresco? Después pensé en la habilidad que tenía Abel para manejar los hilos a su antojo y me sentí
sobrecogida. Era un manipulador nato. Un tramposo capaz de todo por ganar.
La borrasca ya estaba casi encima de nuestras cabezas y no tardamos en notar las primeras gotas de
lluvia acompañadas de un viento fresco. Me arropé el cuerpo desnudo con mis propios brazos. Abel se
incorporó de un salto y observó, irritado, la tormenta artificial. Entonces extendió los brazos para
alejarla de nosotros y cuando la situó sobre el mar, le añadió al combinado atmosférico, un suplemento
de relámpagos y truenos. Acto seguido tomó una gran bocanada de aire y sopló hasta que desapareció por
donde había venido.
—¡Ay va! —exclamé asombrada— ¿Cómo has hecho eso? ¿Yo podría hacer lo mismo que tú? —le
pregunté entusiasmada.
—No te ofendas, pero solo los arcángeles tenemos el poder suficiente para someter a las fuerzas de la
naturaleza. Por eso también podemos volar, transformarnos en aire, crear una tormenta, detener un
huracán y todo lo que queramos —me explicó con un matiz altivo.
—Bueno, yo hago bolas de fuego asesinas —contesté cabizbaja, al pensar en el desastre que había
formado en clase.
—¿Sigues asustada por lo que ocurrió aquel día? —me preguntó, acariciándome la mejilla con el
pulgar.
—Temo no ser capaz de controlar mis poderes. No quiero poner en peligro a las personas que me
rodean —confesé disgustada.
—Dana, es un error pensar así —me regañó con suavidad—. No debes ver tus poderes de forma ajena.
Son parte de ti y los puedes dominar como cualquier otra parte de tu cuerpo. Ven, te demostraré algo —
dijo tendiéndome una mano.
La acepté a la vez que me preguntaba qué estaría tramando. Sentí su dulce aliento en mi oreja cuando
se colocó detrás de mí y apoyó sus manos en mi cintura.
—Cierra los ojos y presta atención a los sonidos que te rodean —me ordenó casi en un susurro.
Obedecí enseguida a lo primero, pero lograr lo segundo me llevó más tiempo. Escuchaba mi corazón
gritándome alterado, «está cerca, está cerca», y el resto de mi cuerpo se unió a la fiesta.
Intenté relajarme con más fuerza y conseguí reducir mi pulso a un ritmo normal. Después presté mis
oídos a los murmullos que me rodeaban y pude advertir cualquier roce de vida entre la vegetación, en
ella y bajo la tierra. Escuchaba cada pájaro que sobrevolaba el cielo y se posaba en lo alto de un árbol.
Y podía llegar a sentir el movimiento de un cangrejo escarbando en la arena. Podía sentirlo todo, incluso
el palpitar de su pequeños corazones. Absolutamente todo.
—Es asombroso —murmuré.
—Ahora lleva esa capacidad de escucha hacia tu propio cuerpo y dime qué oyes.
También escuché, igual de claro, los jugos gástricos de mi estómago digiriendo la comida. Escuché el
flujo sanguíneo recorriéndome el cuerpo como la corriente de un río. Y escuché también algo más.
Escuché otro tipo de corriente, mucho más espesa y candente, que ya había notado en la clase de Leandro.
—Es fuego.
—¿Y si...?
Suspiré para armarme de valor y me concentré en el torrente de lava de mi interior. Volví a visualizar
imágenes relacionadas con el fuego, y comencé a notar las diminutas ascuas en las yemas de mis dedos.
Entreabrí los ojos y vi la preciosa esfera candente que había creado.
—Ahora es cuando se multiplica y se convierte en bolas de fuego asesinas —me quejé con miedo.
—Hazlo —masculló.
Abel se había vuelto completamente loco. ¿Cómo narices se suponía que iba a hacer eso? Aún no
habíamos llegado a esa parte del temario. De hecho, me preguntaba si entraría en el temario. Cerré los
ojos y repetí la operación del fuego pero con imágenes que tuvieran relación con el agua. Por intentar
algo, nada más, y que Abel no me acusara de pesimista. Cuál fue mi sorpresa cuando por mis venas
comenzó a recorrer un líquido mucho más liviano que el magma. Y aquel líquido brotó de mis dedos y
transformó mi bola de fuego en una burbuja que osciló entre mis manos.
—Si haces que el agua se convierta en hielo, quizás logres arrancarme un suspiro de admiración.
—¿Pero cómo...?
—Dana, no des tantos rodeos, limítate a desearlo sin pensar en cada paso —se quejó irritado.
Le miré cohibida. ¡Qué carácter! Debía de ser horrible estar bajo su mando. En fin, procuré ser buena
alumna y levanté las manos al grito de, ¡hielo! Y abrí la boca de golpe cuando la burbuja de agua cayó en
la arena, convertida en una pelota de granizo.
—¿Lo ves, a que no ha sido tan difícil? —dijo Abel, con una sonrisa orgullosa.
Seguí trabajando bajo la supervisión de Abel en la metamorfosis de los elementos. Y llegó un momento
en el que ya no me hacía falta el impulso de gritar el nombre para conseguirlo. Pero cuando me di cuenta,
era casi de noche y volví a la gruta para vestirme. Después Abel me llevó hasta el portal de los brujos y
se despidió con un beso en la frente.
«Donde reina el amor, sobran leyes.»
Platón
PARTE 4
EL BAILE DE MÁSCARAS
Crucé la línea que separaba mi mundo del Seol y acabé en la sala hermética donde había entrado con
los brujos. No había nadie y era normal. Seguramente todos se encontraban en sus habitaciones. Piero y
Micael me estarían esperando en el apartamento. Micael iba a ponerse hecho un basilisco cuando me
viera, y todavía no sabía qué le diría para capear el temporal. Me mordí el labio, nerviosa, al alcanzar el
león de la entrada. «Cuanto antes supere el chaparrón, mejor», pensé insuflándome ánimos. Al cruzar la
puerta, sin embargo, no vi a nadie en el apartamento. Las luces estaban apagadas y tampoco se
encontraban en las habitaciones. Me detuve un momento preguntándome dónde se habrían metido.
Consideré la idea de esperarlos hasta que aparecieran, pero tuve el presentimiento de que algo raro
estaba pasando y volví a salir del apartamento para ir en su busca. Deambulé por los corredores de la
escuela y al pasar por la residencia de estudiantes, me asaltó la preocupación. No asomaba ninguna luz
por debajo de las puertas, ni había el alboroto propio de un lugar como aquel. Todo se hallaba en
completo y oscuro silencio. Apuré los pasos por los pasillos y descendí las escaleras hacia el comedor.
Fue en ese momento cuando mis ojos apreciaron por fin algo de vida. La entrada estaba iluminada y se
escuchaba ruido de fondo. Algo muy raro, ya que nunca cenábamos allí.
Pero a medida que me fui acercando distinguí que los ruidos eran en realidad lamentos y lloros. Vale,
ahora sí que no entendía nada. ¿Qué podía haber pasado?
Giré el pesado picaporte y me encontré con algo que no esperaba. Todos los brujos de la escuela
estaban allí reunidos, con sus rostros compungidos y llorosos mientras permanecían atentos a que
Leandro comenzase a hablar. A su lado también se encontraban Micael y Piero, y los tres reflejaban
semblantes muy diferentes entre ellos. El supervisor tenía la frente plagada de arrugas, señal de que algo
serio lo angustiaba. Micael, en cambio, aguardaba tranquilo a que Leandro se pronunciara, pero se le
notaba visiblemente crispado. Y Piero... Piero tenía los ojos enrojecidos de haber llorado y aún seguía
tan pálido como en el Seol. El abuelo y Werian se encontraban en medio del tumulto y era imposible
verlos con claridad.
—Queridos amigos, hoy nos reúne aquí un hecho muy triste —dijo con un tono de voz apagado—.
Como sabéis, Dana ha desaparecido esta mañana en el Seol. Lucifer se la ha llevado para quién sabe qué
oscuro fin y es muy probable que...
Me fui abriendo paso entre los brujos hacia el fondo del comedor. Los estudiantes me observaron
totalmente pasmados, y Leandro, Piero y el resto del profesorado, me contemplaron de forma parecida.
Ninguno se atrevía a mover un solo músculo de la cara por temor a que fuera un fantasma. Tuve que
reconocer que la situación hubiera sido divertida, de no ser porque se tratara de mi velatorio.
—¡Oh, bendito sea Dios! —rezó Piero, mirando hacia el cielo— ¡Estás viva de verdad!
Filomena se desmayó en los brazos de su marido mientras los demás continuaban paralizados. Piero
corrió hacia mí y me estrechó entre sus brazos.
—Dios me ha concedido el milagro de volver a ver esos ojos verdes —susurró, dejando entrever la
angustia en su voz.
Pero pude ver de reojo que Irina y Werian no se alegraban de ello. Samira se unió al abrazo de Piero,
le siguió Leandro y después todos los brujos que había en la sala, me inundaron con gestos de cariño y a
preguntas del tipo: «¿Cómo es que estás viva? ¿Le has visto la cara? ¿Te torturó?».
Micael observaba ese despliegue de bienvenida con un semblante cargado de hastío que distaba mucho
de la alegría que reinaba alrededor. Y el Gran Abuelo me miraba como si no terminara de creerse que
estuviera viva. Desconfiaba del milagro.
—Bueno chicos —dijo Leandro—, haced el favor de salir del comedor para que los profesores
podamos tratar este asunto con más calma.
Tragué saliva y respiré profundo. Había llegado el momento de las explicaciones. A ver qué chorrada
me inventaba para salir del paso.
—Si no tengo más remedio... —replicó, contemplándome resentido por tener que aguantar aquel
teatrillo.
—Bien, Dana —volvió a hablar el supervisor, con Piero y los otros maestros a su lado—. Supongo
que todos aquí nos estamos preguntando lo mismo. ¿Cómo es que estás viva?
Me di cuenta de que ese buitre no dejaba de observarme lleno de recelo y decidí ignorarle para no
ponerme nerviosa mientras intentaba explicarme.
—El diablo no me hizo nada —solté, como quien tiene un petardo a punto de explotarle en las manos.
—¿Y a qué se debe que lo estés contando sana y salva? —me aguijoneó de nuevo el cardenal.
—Sí, él simplemente quería saber si era la primera vez que entraba en el Seol.
Se volvió a hacer el silencio en la sala, a la vez que todos se miraban los unos a los otros sin esconder
su enorme desconcierto. Micael me observaba con la ansiedad instalada en su cara. Mis respuestas lejos
de aclarar dudas, estaban suscitando más preguntas.
—¿Qué más ocurrió? —quiso saber Werian— Porque después de haber pasado tanto tiempo con el
ángel de la oscuridad y de haber aparecido sin un rasguño, no creo que solo te preguntara eso.
—No, claro qué no —le contesté con aspereza—. Él quería saber más cosas; qué hacía allí, quién era
yo...
—¡Lo sabe! —saltó Piero— Esa asquerosa serpiente sabe que Dana es una Ranieri y ha querido
sonsacarle información. ¿Pudiste verle la cara? —me preguntó ansioso.
—¿Qué? ¡No, no! Todo estaba oscuro y apenas se distinguía nada —mentí hecha un flan.
—Leandro, tenemos que hacer algo. Está claro que esa serpiente trama algo contra nosotros.
—Tenemos que dejar varios guardias apostados en el portal. Quién sabe si alguna de sus criaturas
puede colarse hasta nuestra dimensión. ¡Tenemos que proteger el monasterio!
—Cálmate chico y piensa con claridad —terció el abuelo—. Ninguna de las criaturas de Lucifer, y ni
él mismo, pueden entrar aquí. Este es un lugar sagrado, por si lo habías olvidado.
—¿Entonces por qué ha intentado sonsacarle información a Dana? Seguro que pretende tomarnos por
sorpresa —insistió Piero.
Después desvió la cabeza hacia mí y me miró con sus ojillos ratoneros brillando de malicia.
—¡Qué estupidez! —saltó Piero—. Cualquiera sabe que la historia del manuscrito es una leyenda.
—No es ninguna leyenda, zoquete —le regañó el abuelo—. Ese manuscrito existe y está ligado a tu
familia. ¿Cómo puedes enorgullecerte de llevar el apellido Ranieri, si no conoces la historia de tus
propios orígenes? —le echó en cara.
—¿Tú, el portador? Tú, chico, ya tienes bastante con mirarte en el espejo todos los días —le espetó el
abuelo.
—No nos desviemos del tema —volvió a interceder Leandro, antes de que la sangre llegara al río—.
Lo que está claro es que ahora debemos extremar las precauciones. Así que se acabaron los asaltos al
Seol hasta que averigüemos qué es lo que trama Lucifer. Algo me dice que el peligro acecha a nuestro
alrededor —expuso pensativo.
—Bravo Leandro, por fin demuestras tener un poco de intuición —se burló el abuelo.
—Por favor, tampoco hace falta ponernos en lo peor. Ya veis que al final no me ha hecho nada. Solo
quería hablar... —repetí con la voz estrangulada por los nervios.
—Y es precisamente por eso que no damos crédito, Dana —replicó Piero—. Hasta ahora ninguno de
nosotros se había acercado lo suficiente a esa serpiente para contarlo. ¡Y por supuesto nadie había
hablado con él! —exclamó sorprendido—. El ángel oscuro te ha dejado viva por algún motivo y debemos
adivinar qué es lo que trama.
Esta vez todos se mostraron de acuerdo con las palabras de Piero, pero Werian seguía observándome
con malicia y supe que si alguien tramaba algo, era él.
—Con el debido respeto, pido permiso para que mi protegida y yo podamos retirarnos a descansar —
le solicitó a Leandro.
—Claro, Micael —aceptó—. Un descanso es lo que más necesita Dana en este momento. Pobrecita, ha
debido de vivir una auténtica pesadilla. Ve tranquilo, amigo. Nosotros seguiremos aquí discutiendo sobre
el tema.
Micael asintió con expresión sombría y me dio un pequeño empujón para que caminara delante de él.
Supe por su tirantez que estaba deseando sermonearme a gusto. Sin embargo se mantuvo callado durante
todo el camino. Imaginé que antes de ir al apartamento le haríamos una visita a Rafael. Y seguro que en la
enfermería también se encontraría Gabriel. Estupendo, ahora me tendría que enfrentar a la ira de los tres
arcángeles. Y cuando me fijé en la ropa y el pelo húmedo de Micael, me quise extinguir del mapa. ¡Le
había alcanzado la tormenta de Abel! Definitivamente era bruja muerta.
Seguí caminando como un reo hacia el patíbulo, pero me sorprendió ver que en lugar de dirigirnos a la
enfermería, pasábamos de largo. Y cuando llegamos al apartamento, Micael bloqueó la puerta principal y
me observó con un rostro completamente lúgubre.
—Escucha, Micael. Sé que fue una locura y que no debimos hacerlo —me apresuré a disculparme.
—¿Vosotros qué vais a saber? Sois un par de atolondrados egoístas —me contestó enfadado.
—Es cierto —admití—. Pero no hemos tenido más remedio que llegar a ese límite. ¡Siempre saboteáis
nuestros encuentros! —me quejé.
—¿Y crees que es por antojo? Lo hacemos porque sabemos a lo que os exponéis. ¡A lo que nos
exponemos todos! —recalcó— ¿Te haces una idea de la situación comprometida en la que estamos
ahora? ¿De la situación en la que se encuentra el propio Luzbel? Dana, ya lo has escuchado tu misma, los
brujos desconfían de lo que ha pasado. Werian no se ha creído ni una sola palabra de lo que has dicho.
—No, tú no tienes ni idea. De lo contrarío no estaríamos en esta situación tan delicada —me reprochó
con acritud. Luego soltó un suspiro para intentar calmarse—. Dana, quiero que comprendas algo de una
vez por todas. Tú no estás saliendo con alguien normal. Ni siquiera con un brujo. ¡Tú estás con el
enemigo! Y cada vez que te citas con él, pones en riesgo todo lo que hay en juego.
—¿Micael, pero de qué riesgo hablas? Sabes que nadie le ha visto la cara al diablo. ¿Quién va a
reconocer a Abel?
—Aun así es mejor evitar accidentes como el que ha ocurrido. Por lo que se acabaron tus encuentros
con Luzbel. A partir de este momento te centrarás en tus estudios y en nada más. Esta locura tiene que
terminar ahora mismo —dictaminó con aire rígido.
—Eso ya lo veremos. Porque solo yo decidiré cuándo debo verme con Abel —objeté molesta.
—Dana, soy tu consejero y debes hacerme caso. ¿Me oyes? ¡Dana! —me gritó, cuando vio que le daba
la espalda y me encaminaba a mi habitación.
¿Pero quién se creía que era para tratarme como un padre autoritario o inmiscuirse en mi vida
personal?
Me puse el pijama y me metí en la cama. No dormí, simplemente permanecí aferrada a la almohada con
la mirada perdida en las musarañas. Sentía una mezcla extraña de sentimientos enfrentados. Por un lado
me duraba el regusto de haber pasado un día fantástico junto a Abel. «Un día fantástico y una tarde
apasionada», maticé al sentir las piernas doloridas por tanto meneo fogoso.
Pero también me preguntaba qué pasaría ahora. Qué medidas tomarían los brujos y, sobre todo, qué
tramaba Werian. Porque tras su oscuro silencio se escondía un motivo, eso estaba claro. Y ese motivo
tenía que ver con el manuscrito. Sí, no había dudas. Werian volvía a tener esperanzas de hacerse con el
manuscrito. ¿Pero cómo pensaba intentarlo? De repente se desató en mí una ola de ansiedad que me
produjo náuseas. Una terrible inquietud que me hizo sentir al borde de un desfiladero. Puesto que era así
cómo me sentía desde que Abel había vuelto a aparecer en mi vida. Siempre estaba haciendo
malabarismos sobre una fina cuerda, siempre caminaba entre la inmensa felicidad que me brindaba el
amor y el gran riesgo que conllevaba aquel mismo sentimiento. Pues era cierto que amar a quien no
debías atraía a los infortunios del destino. Pero qué dulce y amargo destino era el mío al saber que Abel
formaba parte de él.
Al día siguiente, Piero entró sonriendo en mi habitación. Detrás de él iba Filomena, que seguía
observándome como si fuera un fantasma. Me recordó al día que llegué al monasterio y todos creían que
era la reencarnación de mi tía Cecilia.
—Filomena, pierde el temor. Dana está muy viva, gracias a Dios —le aseguró sin dejar de mirarme
con su sonrisa radiante.
—Y no creas che io no me alegro de eso, bella ragazza. Ma tengo que asimilar el hecho de que
estuvieras muerta y ahora viva.
—Tranquila, comprendo que resulta extraño —le dije con un gesto amable.
Ella asintió con una sonrisa, dejó la bandeja del desayuno encima de la mesita y se marchó.
Piero se sentó en el borde de mi cama, muy cerca de mí, y tomó mi mano entre las suyas. Yo me sentí
algo incómoda con su excesiva cercanía.
—Cuando ese monstruo te raptó ante mis propias narices —comenzó a hablarme con voz íntima— fue
como si me acuchillaran en el estómago. Solo de pensar que estuvieras muerta... —aproximó su rostro a
nuestras manos y prosiguió hablando—. Simplemente quiero que sepas que ayer sufrí las horas más
terribles y angustiosas de toda mi vida. Dana, ayer me di cuenta de hasta qué punto me importas.
Hizo el intento de besar mis manos y antes de que lo hiciera, las retiré rápidamente y me puse en pie de
un salto.
—Piero, siento que lo pasaras tan mal y quiero que sepas que yo también te guardo mucho cariño —le
confesé algo sofocada por los nervios.
—¿Cariño? Hablas como el que expresa lo que siente hacia su mascota —se quejó molesto.
Por alguna extraña razón me vi en la obligación de hacer destacar el parentesco y por alguna otra
extraña razón, a Piero no le gustó. Y aguardó en silencio durante unos segundos antes de mirarme con
visible desilusión.
—Será mejor que te deje desayunar tranquila. Nos veremos más tarde en el comedor —se despidió en
un tono seco.
Asentí con una sonrisa rígida y, en cuanto se marchó, me dejé caer en la cama. «Genial, otro problema
más».
Mientras me dirigía a clase de Leandro, tuve la extraña sensación de que los estudiantes me
observaban y murmuraban a mis espaldas. No sé, era algo muy raro y molesto, por lo que traté de
ignorarlos y agilicé mis pasos.
Cuando llegué a clase ya estaban todos los alumnos y el supervisor reunidos. Intenté pasar
desapercibida mientras me agazapaba de mesa en mesa hasta los pupitres del fondo. Nadie se dio cuenta
de que era la última en incorporarme. Todos se encontraban atentos a los movimientos de Leandro, que
hacía levitar una enorme bola de fuego encima de sus manos. Supuse que con su truco quería animar a los
alumnos a que lo imitasen, pero ellos seguían más pendientes de las habilidades de su profesor que de
cualquier otra cosa. Se me ocurrió una travesura y desde la distancia, hice que la bola de fuego que
controlaba Leandro, se alejara de él unos cuantos metros. El supervisor frunció el ceño, extrañado y
avergonzado porque la bola se le hubiera escurrido delante de sus narices.
Leandro intentó recuperar el control sobre la esfera y noté su poder luchando contra el mío. Era como
si los dos estuviéramos tirando del extremo opuesto de una cuerda elástica. El supervisor se dio cuenta
de que otra energía obstaculizaba la suya y dejó de hacer fuerza, para buscar al culpable entre los
alumnos. Se le veía tan crispado y perdido, que tuve que tapar mi boca para ahogar una carcajada.
Leandro aguardó un rato, analizándonos desafiante, y volvió en su empeño por hacerse con la bola. Yo
hice lo mismo y sentí que su poder se había hecho más fuerte. El supervisor también percibió mi energía,
pero esta vez no se retiró. Siguió y siguió luchando, decidido a ganarle la batalla a su contrincante.
Comprendí que no era solo una cuestión de tozudez. Estaba en juego su orgullo como maestro.
Los alumnos observaron, sorprendidos, las exageradas muecas que ponía Leandro. Mi cara también
debía dar pena porque me notaba roja y sudorosa. Pero seguí luchando contra su poder hasta que, de
pronto, Leandro dejó de hacer fuerza y se rindió jadeando.
—Bueno, ¡ya está bien! ¿Quién es el listo que me está fastidiando? —preguntó irritado.
Me fijé en que por su cara también surcaban pequeñas gotas de sudor y estaba más rojo que mi traje.
La verdad es que había sido un duelo agotador. Leandro al ver que nadie le contestaba, volvió a buscar
con la mirada al responsable de su humillación, hasta que sus ojos se encontraron con los míos y apreció
que mi expresión jovial, distaba mucho de la confusión que me rodeaban.
Mi sonrisa terminó por confirmar sus sospechas. Y antes de que me echara la bronca, alcé una mano y
convertí su bola de fuego en una burbuja de agua. Leandro retrocedió aturdido por la impresión y mis
compañeros se incorporaron de un salto, observando boquiabiertos la enorme pompa de agua. Acto
seguido, giraron sus cabezas hacia mí y yo me sentí cohibida.
Volví a levantar la mano y con total naturalidad, transformé la burbuja en un pequeño remolino de aire.
Todos ahogaron un suspiro de asombro.
—Ahora ya no tengo miedo a utilizar la magia porque sé que puedo controlarla —le confesé a
Leandro, orgullosa de mi misma.
El supervisor se quedó mudo por segunda vez y cuando recuperó el habla, se dirigió a uno de mis
compañeros.
—Por favor, avisa a los maestros y diles que vengan lo antes posible. Tienen que ver esto con sus
propios ojos —le ordenó farfullando por los nervios.
Piero fue el primero en aplaudir. Luego le siguieron los otros profesores y los demás estudiantes. Sin
embargo, Werian presenció todo aquello con la misma desconfianza que mi espontáneo regreso del Seol.
Me olvidé de ese buitre y me fijé en Micael, que a su vez me observaba con un profundo fastidio. ¿Y
ahora qué había hecho?
De camino al comedor volví a percibir ese chismorreo incómodo a mis espaldas. «Mira, esa es la
chica que ha sobrevivido al diablo», le decía un brujo a otro y el siguiente a un tercero. Y cuando me
senté a almorzar con Piero y las hermanas, tampoco encontré la paz que deseaba.
—Ehhh —me saludó Piero—. Pero si es la bruja que ha conseguido eclipsar a todo el monasterio.
Después de vencer al mismísimo diablo con sus poderes, claro —añadió de forma exagerada.
—No digo tonterías, ojos verdes, ahora eres toda una leyenda.
—Es cierto —intervino Samira—. Nadie habla de otra cosa que de la chica que vio al diablo y posee
el mayor poder de la escuela agrippiana.
—Yo algún día espero ser como tú —me dijo Samira con una sonrisa radiante.
Su comentario hizo que me atragantara con la comida. Me sentía presionada. No quería ser el ejemplo
a seguir por nadie, no quería ser responsable de los errores que, con total seguridad, sé que cometería el
que siguiera mis pasos. Y no quería que ese alguien fuera precisamente Samira.
Mientras almorzaba me sentí nuevamente observada. No eran los únicos, los maestros también me
contemplaban desde su mesa presidencial. Incluso el abuelo me estudiaba con detenimiento. Desvié la
mirada hacia los monjes, confiando en encontrar un poco de consuelo en Micael. Pero sus ojos
respondieron a mi reclamo con idéntico enfado que en clase. Era como si me dijera con la mirada: «Tú te
lo has buscado».
Volví a fijarme en los brujos y advertí que muchos no se limitaban solo a observarme, también me
señalaban y cuchicheaban con sus compañeros de mesa. Fue suficiente para mí. Me levanté de la silla sin
haber terminado lo que tenía en el plato.
—No importa, no tengo hambre —le respondí por encima del hombro.
Me urgía escapar de allí y respirar aire puro. Y al pensar en Abel dibujé una sonrisa de alivio. Él sería
mi refugio perfecto.
—¿No fui lo bastante claro anoche cuando te dije que se habían acabado tus encuentros con Luzbel? —
me reprochó enfadado.
—Pero yo...
—¡No hay peros que valgan! También te dije que debíamos ser discretos y tú no dejas de llamar la
atención. Un día de estos vas a acabar conmigo —refunfuñó por lo bajo.
—Micael, aquí dentro no tengo nada que hacer y encima todo el mundo me mira —me quejé
angustiada.
Antes de que pudiera replicar, me dio la vuelta y me alejó del portalón. Estaba decidido a hacerse
respetar como fuera. Cuando vimos la enfermería me hizo pasar adentro. Rafael se encontraba entretenido
con sus plantas y ni se dignó a saludarnos. Micael cerró la puerta y se dirigió a mí.
—Pero soy el arcángel Miguel y me debes obediencia —me contestó con una mirada severa.
Se me escapó una mueca de asco. Cada vez que veía a Micael —joven y apuesto— y recordaba que
era una especie de tatarabuelo para mí, me moría de la grima.
—¡Así se habla, hermano! —le felicitó Rafael—. Ya era hora de que metieras en cintura a esta niña.
Micael se fue y yo me quedé a solas con el insoportable de su hermano. Lo primero que me pidió fue
que colocara cada frasco medicinal por orden alfabético y por orden de propiedades. Una tarea que me
iba a llevar horas porque Rafael tenía miles de remedios curativos. Pero esa había sido la intención de
Micael desde el principio, tenerme entretenida toda la tarde.
Al cabo de una hora apareció por allí Gabriel. Se presentaba siempre que estaba aburrido o Abel le
daba la patada. Entonces se me ocurrió una idea y traté de hablar con él. Pero Rafael se acercaba cada
cierto tiempo a supervisarme y tuve que esperar el momento adecuado. Finalmente logré escribir en una
hoja de papel poroso que había encima de la mesa y se la pasé a escondidas a Gabriel, que tras leerla
escribió en la misma hoja y me la entregó: «No pienso ayudarte a que te veas con Luzbel. Lo siento». Yo
insistí: «Por favor, Gabriel. Necesito decirle que las cosas se han complicado aquí dentro». Gabriel me
respondió: «No, no y rotundamente no. Ya me habéis tomado el pelo una vez. Buscaos a otro tonto al que
engañar». Levanté los ojos del papel y le dirigí una mirada suplicante. Pero él me la devolvió con
obstinación y rencor. Decidí escribirle otra vez: «Yo no te mentí. Eso fue cosa de Abel. P.D: ¿Te he dicho
que eres un rubito muy majo?».
Rafael nos observó un segundo más y volvió a lo suyo. Entonces Gabriel me hizo entender que no
pensaba ayudarme, negando frenéticamente con la cabeza. Yo hice un puchero, junté las dos manos y
seguí suplicando. «¡Qué no, pesada!», me contestó gesticulando. «Por favor, Gabriel. Apiádate de mí.
¡Soy como Julieta!», le escribí en la hoja. Gabriel me devolvió la nota, soltó un suspiro y me miró
indeciso. Estupendo. Ya casi lo tenía en el bote.
—¡Ya está bien! —estalló Rafael— ¿Creéis que soy idiota? Os estoy escuchando parlotear todo el
rato.
Gabriel y yo nos quedamos tiesos como estatuas y Rafael se fijó en el folio escrito que yo escondía en
la mano.
Pero en lugar de ello, metí la nota en mi boca y me la tragué. Asunto resuelto. Ya no había pruebas del
delito.
—Dime que no te has tragado ese filtro —murmuró Rafael con un atisbo de pánico en la voz.
—¿Papel couché? —repitió irónico— ¡Estúpida! Ese filtro es el que estaba utilizando para separar el
veneno de una planta.
—La planta de la Belladona es un estupendo narcótico, pero si no se le quita la toxina de la raíz puede
provocar parálisis, alucinaciones, coma...
—¿No decías que eras como Julieta? Pues ahí tienes tu final trágico —se burló Gabriel entre risas.
Maldije a ese estúpido arcángel y su chiste de mal gusto y me preocupé por mi futuro, que era más bien
escaso. Rafael resopló frustrado, se acercó hacia mí y me introdujo los dedos hasta el fondo de la
garganta. Cuando expulsé el filtro, sentí que volvía a tener seguro de vida. Luego Rafael abrió un botiquín
y rellenó una jeringuilla con una especie de antídoto.
—Sí, con este antídoto bastará —dijo mientras me clavaba la aguja en el brazo.
—¿Y no será mejor que para asegurarnos me rocíes, no sé, con algunos polvos mágicos? —le sugerí
— Así me curaste una vez, ¿no?
—¿Pero por quién me has tomado? ¿Por Campanilla? —refunfuñó indignado— La magia es un asunto
muy serio para que se deba usar a la ligera. Cuando te curé con mis poderes fue porque no tenía más
remedio. Ahora con la inyección que te he puesto será suficiente.
Gabriel me llevó junto a mi consejero y cuando le contó lo que había ocurrido, Micael soltó un suspiro
de resignación. Cualquier accidente que tuviera que ver conmigo ya no le tomaba por sorpresa. Gabriel
se despidió de nosotros y antes de irse me susurró en el oído: «Tranquila, le daré tu mensaje a Luzbel».
En el apartamento todo estaba revuelto y lleno de ropa. Había zapatos en el suelo, ropa desperdigada
en el sofá, frascos de perfume, botes de crema, más zapatos, más ropa. ¡Por dios! ¿Qué era todo aquello?
Filomena salió de la habitación de Piero con más cajas de zapatos y las metió en la maleta que estaba
sobre la mesita del café. Piero apareció tras ella y le indicó cómo debía colocar el equipaje. Luego me
saludó con una sonrisa y a Micael lo ignoró.
—¿De nuestro maravilloso apartamento? ¡Ni hablar! —Se echó a reír—. En realidad parto mañana
hacia Venecia para asistir al baile de máscaras —me respondió muy contento.
—El baile del que te hablé cuando llegaste al monasterio. Se celebra en el castillo Cachtice del Conde
Báthory y allí se reúnen algunas familias de la realeza y otras personalidades distinguidas —añadió
señalándose a sí mismo.
—¡Eh! Ahora que lo pienso, puedes venir tú también —me propuso como si fuera la mejor idea del
mundo.
—Pero la fiesta de carnaval dura varios días, el castillo es gigante y lo pasaremos muy bien. Además,
después de lo que te ha ocurrido en el Seol, te vendría bien desconectar un poco.
—Tal y como están las cosas ahora mismo, lo mejor para ti es que vayas a ese baile —me susurró—.
Leandro sigue nervioso, Werian desconfía y los demás brujos no dejan de analizarte. Cuando volvamos al
monasterio la situación se habrá tranquilizado.
—Pero...
—Créeme, es lo mejor —me aseguró, y se giró hacia Piero—. ¡Nosotros también vamos!
Piero aceptó la noticia con alegría, mientras yo sentía que me separaban un poco más de Abel.
Filomena sacó otra maleta y empezó a rebuscar en mi armario. Ninguna de mis prendas la convenció.
No había nada elegante o glamouroso que me sirviera para codearme con la realeza y la alta burguesía
europea. Solo de pensar en lo que me esperaba en los próximos días me invadió un mareo. Un mareo y
algo más. De repente me picaba todo el cuerpo. Era un picor espantoso, como si me hubiera restregado
contra una ortiga. Estupendo. Ahí estaba la reacción alérgica que había predicho Rafael.
Al picor se le sumaron unos pequeños granos y unas ronchas del tamaño de un fresón. Filomena, al ver
mi cara, puso el grito en el cielo, soltó mi ropa y corrió a socorrerme. Primero me embadurnó la cara con
crema hidratante, pero no funcionó. Luego me la limpió y me echó una mascarilla de pepino. Tampoco
dio resultado. Probó entonces con la receta heredada de su tía-abuela, un mejunje que por lo visto era
buenísimo en esos casos. Y nada, no hubo suerte. Desquiciada, siguió intentándolo, hasta que se le
acabaron las ideas y a mí la paciencia. Prefería soportar aquel horrible picor y quedarme con aquellos
granos, a que Filomena me despellejara la cara con tantos potingues. Y todo por confundir una hoja con
un filtro envenenado. Maldita sea.
Partimos hacia Viena casi al amanecer en un viaje que duró cerca de unas seis horas. Micael se
mantuvo rígido durante la primera hora de trayecto, luego se habituó al ronroneo del motor y se relajó
mientras contemplaba el paisaje. Piero me dio una clase acelerada sobre protocolo real y cuando me
cansé de aprender tanto formalismo, apoyé la cabeza en el hombro de Micael y me quedé dormida. Piero
me había ofrecido varias veces el suyo, pero lo había rechazado con una sonrisa amable. Desde que
habíamos tenido esa extraña conversación en mi habitación, había decidido mantener las distancias.
Pasamos cerca de las ciudades de Terni, Perugia, Florencia y Forli, hasta llegar al nordeste del país
italiano. Apenas nos detuvimos para lo imprescindible y enseguida llegamos a la región que bordeaba
Venecia. Pero en lugar de cruzar el Puente de La Libertad que comunicaba con la ciudad véneta, seguimos
el recorrido por el continente, ya que el castillo Cachtice se hallaba escondido entre el lago Garda y el
monte Baldo.
En cuanto me apeé del coche, no pude apartar la mirada de aquella fortaleza medieval. Tenía tres
torres, la principal era robusta y debía medir más de treinta metros de alto. El resto de las paredes
torreadas del castillo se extendían en forma de aro hasta coincidir. Un detalle que conocía porque Piero
había traído un plano para evitar perdernos. Por una vez aplaudí su idea.
Al lado de nuestro elegante vehículo, había más coches de alta gama aparcados al aire libre. Era un
parking de grandes dimensiones con un pasillo empedrado que daba a la entrada principal del palacio.
Mientras lo atravesábamos pude contemplar los hermosos y considerables jardines que había alrededor.
En realidad tenía la impresión de que allí todo era enorme. Incluido el señor robusto y de avanzada edad
que nos esperaba sonriente en la entrada.
—¡Piero Ranieri! —Le saludó con un timbre de voz potente—. Me complace tenerle un año más entre
mis invitados.
Se estrecharon la mano con fuerza y sin perder la sonrisa. Entonces el señor de porte distinguido, me
miró.
—¡Oh! ¿Y quién es la bella donna que le acompaña? Me recuerda mucho a alguien... —confesó,
estudiándome con atención.
—Es mi prima, Dana Ranieri, y aunque le recuerde a mi señora madre, en realidad es hija de mi tío
Luca —le explicó Piero, con cierto aire altivo. Después se dirigió a mí—. Dana, te presento al Conde
Báthory. El viejo amigo de nuestra familia del que te hablé —me dijo mientras le guiñaba un ojo.
—¡La hija de Luca! —exclamó el conde— Jamás imaginé que aquel jovencito introvertido y callado,
encontraría el amor. Pero me llena de dicha saber que hay otra Ranieri más entre nosotros.
—El placer es mío, señor —contesté con la cortesía que Piero me había enseñado.
—El consejero de la señorita Ranieri y un hombre de Dios —respondió Micael, con un gesto humilde.
El conde le dedicó una sonrisa, luego saludó a los Conti y ordenó a un miembro del personal que nos
instalara en el castillo.
—¿Usted no nos acompaña, señor Báthory? —le preguntó Piero, antes de seguirnos.
—No, yo espero a un invitado especial que no debería tardar en llegar —le respondió sin dejar de
otear el horizonte.
Caminamos tras el ama de llaves por algunas de las más de setecientas dependencias que tenía el
palacio. Era un lugar clásico, majestuoso y de innegable belleza. El olor que se respiraba también era
clásico, olía a la lujosa ebanistería de la que estaba hecho el suelo. Una madera brillante y oscura en la
que podías contemplar tu propio reflejo mientras caminabas. Las paredes estaban cubiertas por
recargados tapices, y de lo alto del techo colgaban lámparas de cristal de Murano, en honor a la isla del
mismo nombre que se hallaba cerca de Venecia. El ambiente en general era de estilo rococó, por lo que
no defraudó mi concepto que tenía de un palacio.
Subimos por una escalinata de mármol hacia la planta residencial y nos asignaron tres habitaciones:
una para los señores Conti, una para mí y otra para Micael y Piero. A ninguno de los dos les entusiasmó
la idea de compartir cuarto. Pero la mayoría de la planta residencial estaba ocupada por el resto de
invitados y se tuvieron que conformar con lo que había.
Filomena entró en mi dormitorio y nos pusimos a examinar mi ropa antes de guardarla en el armario.
Buscábamos algún modelito que fuera decente para el almuerzo al que tenía que asistir en un rato. Pero
solo tenía pantalones vaqueros, camisetas y palestinas. El único conjunto que se salvaba era el que me
habían regalado Laura y mi madre cuando había tenido aquel juicio. De pronto, esas prendas me trajeron
el recuerdo de Abel y se me escapó una sonrisa triste. Ya estaba deseando regresar al monasterio para
verle y olvidarme de aquella pesadilla.
Filomena seguía sin estar convencida con mi traje-chaqueta. Era demasiado sencillo para una comida
tan refinada. Pero no tuvimos más remedio que amoldarnos a la situación. Cuando acabé de arreglarme
me reuní con Piero y Micael, y sonreí sorprendida al ver a mi consejero ataviado con un estiloso traje
oscuro. Aunque me sorprendió más el hecho de que fuera Piero quien se lo hubiera dejado. La verdad es
que los dos estaban guapísimos. Micael era un poco más alto y más apuesto, pero era obvio que en la
genética de Piero se había colado cierta perfección angelical.
Ya sin el ama de llaves nos movimos de forma indecisa por las galerías de palacio. Piero fingía saber
lo que hacía, pero cada poco tiempo se alejaba de nosotros y desplegaba el mapa.
—No lo sé, pero sorprende lo bravucón que puede llegar a ser —replicó algo irritado.
—¿Y sabes lo más curioso de todo? —cuchicheé— Que se supone que ya debería conocer este lugar
como la palma de su mano. Al fin y al cabo viene aquí todos los años, ¿no?
—Por eso consulta el mapa a escondidas. No quiere admitir que no tiene sentido de la orientación —
comentó con sus ojos brillando risueños.
—¿De qué habláis? —nos preguntó Piero, guardando el mapa con disimulo antes de acercarse a
nosotros.
—Le decía a Micael que menos mal que te tenemos a ti para no perdernos —me burlé en broma.
Micael y yo nos miramos intentando controlar la risa y le seguimos en busca del salón principal.
Cuando llegamos observamos que ya se encontraba bastante concurrido de comensales. Una persona del
servicio nos condujo hacia un mesa enorme con forma de U, que estaba recargada de adornos florales y
candelabros de plata. El menú era francés y tenía una pinta tan sospechosa como el nombre de los platos.
De hecho, nunca lo hubiera imaginado, pero preferiría la comida del monasterio. Al menos allí no corría
el riesgo de estar degustando una rata con apodo elegante. Los ricos podían encontrar sofisticado aquello
que nadie imaginaba. Todavía se me retorcía el estómago cuando recordaba el mono que Abel me había
plantado como cena. Pero no era la única que tenía un problema con el almuerzo. Micael también miraba
dos veces al tenedor antes de llevárselo a la boca. Y no solo el tenedor, analizaba todo cuanto le rodeaba
con visible recelo. Estaba claro que los dos nos sentíamos fuera de lugar.
La tortura gastronómica llegó a su fin y nos pudimos levantar para estirar las piernas. Micael
aprovechó el momento y se escabulló entre la multitud. Sabía que buscaba la reconfortable soledad de su
habitación. Me hubiera gustado hacer lo mismo, pero Piero tenía la intención de presentarme a la señorita
con la que había estado conversando durante el almuerzo.
—Ella es otra amiga: la duquesa Sofía de Tidworth —dijo Piero, señalando a una joven con gafas y
melena rubia.
Al fondo del salón había dos damas que me observaban con curiosidad y Piero les hizo un gesto para
que se acercaran.
—Dana, estamos encantadas de conocerte. Piero nos ha hablado mucho de ti —dijo la princesa
Edeline que era más menuda y tímida que su hermana.
—Sí, dice que eres hermosa y divertida, y de momento puedo comprobar que en lo primero no le falta
razón —alegó con una risita aguda.
—Por cierto, Piero. ¿Por qué no le cuentas a tu prima que tienes una admiradora muy especial? —
bromeó la duquesa Sofía.
—¿Y eso? —pregunté con fingido interés. Puesto que ya estaba acostumbrada a que Piero tuviera
admiradoras.
—Se trata de la sobrina del Conde Báthory, la infanta Itsy Nadasdy —me explicó él—. Pero por lo
visto no ha venido —añadió mientras escudriñaba el salón con desilusión.
—No te preocupes, querido. En cuanto llegue al castillo, te buscará para comerte a besos. Ya sabes
que siempre ha estado loquita por ti —comentó la archiduquesa Elizabeth.
—Seguramente la señorita Nadasdy era la invitada que estaba esperando el Conde Báthory esta
mañana —dedujo Piero, sin quitarle ojo a otra joven que le sonreía desde la distancia—. Disculpadme,
pero creo que alguien se muere por conocerme —se despidió con aire de cazador experto.
Filomena apareció para pedirme que volviéramos a mi habitación. Aún faltaban unas horas para el
baile de máscaras pero, al parecer, ya debía empezar a prepararme. Agradecí al cielo su intervención.
No es que me entusiasmara la idea de pasarme la tarde emperifollándome, pero llevaba un buen rato
intentando dar esquinazo a mis nuevas amigas y no había encontrado la manera de hacerlo.
Me dejé caer en la gigantesca cama con dosel de gasa blanca mientras la mamma me preparaba el
baño. Contemplé ensimismada las paredes agamuzadas que me rodeaban. Los muebles también eran de
madera dorada y el suelo estaba cubierto de una moqueta de color vino. Cerré los ojos, abrumada por
tanto lujo. Luego fui al cuarto de baño y observé que hasta el grifo y las patas de la bañera eran de oro
macizo.
Cuando salí del baño, Filomena me tenía preparada una sorpresa. La mamma me sonreía a la vez que
me mostraba el vestido que llevaría al baile. Ahogué un suspiro de admiración. Era un traje de época
realmente maravilloso. Fascinada, acaricié el vestido verde que ella seguía sosteniendo. Estaba hecho de
raso y en el borde de la larga falda, destacaba un ribete oscuro de encaje.
—Era el vestido que sempre escogía tu tía Cecilia para este baile.
—¿En serio?
—En serio, bella ragazza —me sonrió—. Ahora vístete y cuando termines, vendré a maquillarte y
peinarte.
Observé que encima de la cama también había más prendas que formaban parte del conjunto. Me
coloqué primero unas medias de seda, me introduje dentro del can-can que iba unido al corsé, y deslicé
el vestido de raso verde por encima. Luego me calcé unos zapatos de tacón ancho con una hebilla en el
centro y corrí a verme en el espejo de cuerpo entero que había en el dormitorio. El reflejo de mi imagen
me dejó eclipsada. Realmente parecía una dama refinada de la corte imperial del siglo XV. Lástima que
mis espinillas enturbiaran la estampa.
—¡Oh, por la sangre de Cristo, que es también la tuya! —exclamó Filomena desde el umbral de la
puerta—. Ahora sí que eres la viva imagen de Cecilia Ranieri.
—No exageres Filomena. He visto fotografías de Cecilia y ella sí que era hermosa.
—¡Y tú también! —me aseguró, cruzando la distancia que nos separaba. Se colocó detrás de mí y me
miró a través del espejo—. Tienes el mismo aura angélica que la envolvía a ella. El mismo poder
hipnótico en la mirada y la misma esbelta figura. La differenza entre tú y Cecilia es que ella era
consciente del embrujo que causaba en los hombres.
—Verás, nunca he querido parlare mal de Cecilia por amor al bambino Piero. Ma ella era perversa —
me confesó—. Engatusaba a los hombres a cambio de lo que le interesaba y cuando se aburría de ellos,
los humillaba jactándose de su poder. Tu abuelo Fabrizio no podía controlarla y tu padre Luca sempre
intentaba hacerle razonar.
—El bambino Piero perdió a la sua mamma cuando era tan solo un bebé y ha vivido con una imagen
de ella equivocada. Lo que conoce de Cecilia es lo que ha visto en las fotos o le han contado. Y lo que le
han contado de su mamma ha sido una mentira a medias dicha por los que le queremos para no
lastimarlo.
—Cecilia ha hecho mucho daño, ha generado discusiones y conflictos. Ma su hijo es lo único buono
que ha creado y no permitiré que se avergüence de ella. Así tenga que mentir para protegerlo —recalcó
en un tono maternal—. Y ahora, ragazza, tenemos que darnos prisa en maquillarte y peinarte. Esos granos
no pueden entorpecer la mía obra maestra. Hoy a más de uno se le caerán los pantaloni cuando te vea —
concluyó orgullosa.
Recogió mi pelo hacia un lateral de la cabeza, dejando que me cayeran algunos bucles dorados por la
oreja, y adornó el peinado con un pasador de plumas negras. Luego se afanó en ocultar mis
imperfecciones con bastante maquillaje. Me aplicó un corrector facial, me echó una base clara y me
brindó un poco de color en las mejillas con polvos rosados. Cuando volví a observarme en el espejo, no
había rastro de espinillas ni de marcas rojizas. Mi cutis resplandecía limpio de impurezas y le sonreí
agradecida por haber obrado el milagro. Era evidente que Filomena había sido la ayudante personal de
una joven exigente con su imagen. Manejaba el cepillo y los cosméticos como una autentica profesional.
Tocaron a la puerta y entró un Piero enfundado en un esmoquin negro. Nada más verme se quedó
paralizado en una reacción muy parecida a la que había tenido Filomena. Después se acercó a mí, sin
abandonar su asombro, y me tomó de las manos.
—Lo que io decía —intervino Filomena—. A más de uno se le caerán los pantaloni esta noche —
repitió, guiñándome un ojo antes de abandonar la habitación.
—Por favor, Dana, deja de decir eso, ¿quieres? Me fastidia profundamente cada vez que lo haces.
—¿Por qué?
—En fin, dejemos el asunto —me pidió molesto—. He venido para entregarte algo que para mí tiene
un valor especial. Más allá del valor real.
Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un estuche de terciopelo negro. Al abrirlo me quedé
estupefacta. Dentro había una gargantilla de diamantes que remataba en una esmeralda con forma de
lágrima. Piero me dio la vuelta para que me contemplara en el espejo mientras me ponía la gargantilla. Y
cuando lo hizo, la esmeralda pasó a brillar como una estrella en medio de mis hombros desnudos.
—Piero, no...
—Shhh —me silenció con voz profunda—. Esta joya perteneció a todas las mujeres de nuestra familia,
entre ellas mi madre. Es justo que ahora la tengas tú. Además, hace juego con tus hermosos ojos verdes
—me murmuró en el oído.
Cogí los guantes de seda blancos, la máscara del baile y salí de la habitación con Piero siguiéndome
algo desilusionado. Micael nos esperaba en una de las galerías contiguas, engalanado también de negro y
con una pajarita a juego. Supe que ese traje era otro préstamo de Piero y contemplé con orgullo a mis dos
queridos pingüinos. A este paso se iban a hacer amigos.
Micael se quedó paralizado al observar también mi nuevo aspecto y me dedicó una sonrisa afectuosa.
—Sé de alguien que se habría vuelto a enamorar si te hubiera visto esta noche —me susurró para que
Piero no le oyera.
—Pero muy a mi pesar ese alguien no está —le contesté con cierta inquina por ser el responsable de
nuestra separación.
Deambulamos por una galería llena de espejos, en la que te ibas encontrando en cada esquina con
bustos antiguos sobre balaustradas de mármol de Rance. Nos perdimos y fuimos a parar a una sala con
una gran chimenea y con cabezas de animales colgadas a lo largo de las paredes. Me apresuré a salir de
allí.
Por suerte en los otros corredores el mobiliario era menos macabro. Había expositores de cristal con
piezas de gran valor; jarrones tallados de diamantes, porcelanas de Oriente, recipientes con engastes de
piedras preciosas. A simple vista un ladrón podía saltar el cordón de seguridad y hacerse con cualquiera
de esas golosinas, pero en realidad cada vitrina estaba custodiada por alarmas perimetrales.
—Mira, esos son los Ranieri —le cuchicheó una dama a otra—, y se dice que tienen poderes mágicos.
En una de las mesas se encontraban nuestras amigas las aristócratas, que enseguida hicieron señas para
que nos uniéramos con ellas y sus maridos. Piero aceptó la invitación con una sonrisa encantadora, pero
Micael las observó con algo de recelo. En realidad le había notado rígido desde nuestra llegada al
castillo. No me dio ninguna pena. La idea de venir había sido suya, así que se lo tenía más que merecido.
Me fijé en sus hombros caídos y en su semblante aburrido, y tuve ganas de soltar una carcajada perversa.
Micael había caído víctima de su propio método de tortura.
La archiduquesa Elizabeth le estaba dando jamón dulce a su gato mientras la duquesa Sofía y las
princesas Catalina y Edeline me ponían al tanto de los cotilleos de palacio. Piero también charlaba
entretenido con los maridos de éstas, hasta que irrumpió en nuestro grupo una joven muy hermosa de pelo
oscuro.
La muchacha no sabía la suerte que tenía de que Irina no estuviera allí. De lo contrario le habría
arrancado la cabeza para beberse su cuerpo.
—Vaya, pero mira a quién tenemos aquí, si es la señorita Itsy Nadasdy —la saludó Piero, a la vez que
la apartaba para poder contemplarla—. La última vez que te vi eras una niña feúcha y ahora te has
convertido en una joven preciosa —añadió piropeándola con intenciones más que evidentes.
La chica pestañeó de manera coqueta y volvió a echarse sobre él. Piero forcejeó con disimulo hasta
que consiguió desenroscarla de su cuello.
—Itsy, te presento a mi prima Dana Ranieri —dijo jadeando y con la cara roja.
La saludé con educación, pero la chica me dedicó un escueto hola y enseguida se giró hacia Micael.
—Soy el consejero de la señorita Ranieri —le contestó él—. Y un humilde siervo del señor —añadió
como dato a tener en cuenta.
Micael había observado que la tal Itsy era una loba de mucho cuidado y sabía que era mejor marcar las
distancias. Y le funcionó, puesto que la chica se olvidó de mi consejero y volvió a centrarse en Piero.
—¡Vamos!
Y antes de que Piero pudiera replicar, cogió su mano y lo arrastró hacia la pista. Las aristócratas
rompieron a carcajadas y yo también me regodeé para mis adentros. Otro que se merecía sufrir por
mujeriego.
—La infanta Itsy Nadasdy siempre ha adorado a Piero —comentó la princesa Catalina.
—Pero el Conde Báthroy busca a alguien mayor y serio, que pueda controlar el atolondrado carácter
de su sobrina —puntualizó su hermana Edeline, aferrada del brazo de su marido.
La miré sorprendida y algo irritada. ¿En serio seguían estilándose los maridos por imposición? De
pronto las mujeres giraron la cabeza hacia las escaleras y se quedaron congeladas. No eran las únicas. El
resto del salón también se había paralizado con la presencia de aquella figura en lo alto de la escalinata.
Yo me estremecí ante esa estampa masculina que llevaba el disfraz más peculiar de todo el baile. El
disfraz más terrorífico que había visto en toda mi vida. Vestía casi por entero de rojo sangre, salvo su
cinturón, sus guantes y sus botas negras. Y se ocultaba bajo el capuz de su traje y la máscara de una
calavera. Comenzó a bajar las escaleras, arrastrando por cada peldaño su capa escarlata. Y por cada
peldaño el suelo tembló para mí.
El resto se convirtió en una nebulosa de colores y ruidos distorsionados. Solo su figura aterradora era
clara ante mis ojos. Era clara porque a su vez, sus ojos desde el otro extremo del salón controlaban mi
voluntad. Incapaz de hacer otro gesto que no fuera seguir observándole avanzar hacia mí, con pasos
lentos pero seguros, con porte elegante y fantasmagórico.
—¿Me concede el honor de un baile? —me preguntó con una voz penetrante y pausada.
Aspiré una buena bocanada de oxígeno cuando mis pulmones me recordaron que llevaba tiempo sin
respirar.
—Yo... me temo que no sé...
No pude terminar la frase. Me arrancó de la silla y me llevó con él. Quise gritar, «¡suéltame, aléjate
de mí! No sé bailar y además tengo novio». Sin embargo, solo pude evitar tropezar mientras nos
movíamos al son de un vals vienés.
—Es usted como un astro en mitad de la noche. Ha acaparado mi atención nada más verla —me
confesó con una mano alrededor de mi cintura y la otra unida a la mía—. Pero me temo que no solo ha
acaparado mi atención —prosiguió—, sino también la del resto de hombres.
—No exagero, señorita. Créame, la observan. Mejor dicho, ¡la devoran con los ojos! Por fortuna yo
estoy dispuesto a protegerla del peligro.
—¿Qué?
Su comentario hizo que perdiera la concentración y le diera un pisotón. Pisotón con el que le había
machacado los cinco dedos del pie, pero que por el contrario, no le cayó ni un solo lagrimón. No solo no
lloró, sino que ni se inmutó y siguió bailando con determinación y gracia. Madre mía...
—Lo que ha oído —reiteró con descaro—. Parecía usted una gacela rodeada de hambrientos leones,
hasta que yo he llegado en mi corcel blanco para salvarla. Mas también debo añadir que no debería haber
tenido la coquetería de vestirse así. Si ya es hermosa por sí misma, el envoltorio que ha escogido hace
que más de un caballero se desnuque para contemplarla. Y esa piedra que lleva ahí, ayuda a la causa —
concluyó, alargando su mano con total desvergüenza hacia mi escote.
Me alejé enseguida y le volví a pisar. Esta vez se le escapó una mueca de dolor.
—Oiga amigo, no es asunto suyo quién me mira y cómo me visto. Y tampoco las alhajas que me pongo
—protesté indignada.
—Oiga amiga mía, ya lo creo que es asunto mío de quien llama la atención y la alhaja que lleva puesta
—me rebatió en firme—. Sobre todo si esa alhaja no se la he regalado yo.
—No entiendo... ¿Quién es usted? —le pregunté cada vez más desconcertada y molesta.
—La Muerte Roja, ¡a sus pies! —me contestó, interrumpiendo el baile para dedicarme una breve
reverencia. Luego volvió a tomarme de la cintura y reanudó el ritmo—. Aunque no sé por qué me
presento, si en realidad ya nos hemos visto una vez.
—Sucedió en otro carnaval, ¿lo recuerda? Yo iba disfrazado como ahora, de uno de los personajes de
Poe, y aparecí en el baile con intención de darle un escarmiento a la señorita Chistine Daaé y a su
prometido, Raoul de Chagny.
—Maldita sea, mocosa. —Se le escapó un gruñido—. Es cierto que no sabes bailar.
—¡Abel!
Se quitó la máscara y me saludó con esa sonrisa maliciosa que acentuaba su expresión de granuja.
Y me inclinó hacia atrás para liberar mi mata de rizos rubios, como acostumbraba a hacer siempre.
—Solo tú podías desquiciarme de esta manera —le dije, con el deseo palpitante de besarle.
Pero recordé que nadie sabía que tenía novio y traté de contenerme. Fue también cuando volví a tomar
conciencia de la realidad, y me di cuenta de que el mundo nunca se había detenido como llegué a pensar.
Todos los invitados seguían existiendo. Todos habían seguido bailando a nuestro alrededor. Solo en mi
cabeza el tiempo se había congelado desde que lo había visto en lo alto de la escalinata, porque mi
corazón le había reconocido antes que mis ojos.
El Conde Báthory aprovechó nuestro inciso para acercarse con una gran sonrisa.
—¡Señorita Ranieri! Ya veo que conoce usted a mi invitado especial —dijo dándole un apretón de
manos a Abel, que le devolvió el gesto de forma seca.
—¿El señor Rumsfeld era su invitado especial? —intervino Piero con la sobrina del conde
acaramelada a su brazo.
Micael también se había acercado al ver quien había resultado ser el hombre de rojo. Y yo reparé en
otro detalle.
—Naturalmente que nos conocemos —declaró Piero—. El señor Rumsfeld es de los pocos
coleccionistas de arte que compite con nosotros.
—Pensaba que usted estaba satisfecho conmigo, señor Báthory —se quejó Piero.
—No te aflijas, Pedrito —contestó Abel, propinándole unas suaves palmadas en la cara—. Ambos
podemos llegar a un acuerdo con el señor Báthory. En realidad, el mundo de los negocios es el único en
el que hay cabida para los dos.
Piero le asesinó con la mirada mientras que la señorita Itsy Nadasdy no quitaba sus ojos de Abel. Pero
él la ignoraba descaradamente y me alegré por ello.
—¿Cómo es que ha decidido venir a Venecia? —le preguntó Piero, casi en un tono agresivo—. Hace
años que no le veo a usted en este baile, señor Rumsfeld.
—Y ya veo que lo lamentas —le dejó caer con sarcasmo, antes de clavar sus ojos en mí con total fijeza
—. En realidad tampoco pensaba venir este año, pero un pajarito de rizos rubios y con la lengua un poco
larga me dijo que la suerte me sonreiría aquí.
—Voy a matar a ese pajarito cuando lo vea —murmuró Micael, entre dientes.
Entonces Abel giró la cabeza hacia su hermano, observó su esmoquin oscuro y esbozó una mueca
burlona.
El conde carraspeó.
—El caso, señor Rumsfeld, es que ese pajarito tenía razón cuando le aseguró que la suerte le sonreirá
aquí. Usted y yo vamos a hacer grandes negocios. ¡Los tres vamos a hacer grandes negocios! —matizó,
llevándose a Piero y a Abel, en cada brazo.
Micael frunció los labios y la sobrina del conde y yo, observamos con desencanto como se alejaban.
Luego me pregunté con fastidio, por cuál de los dos hombres sería el gesto compungido de la señorita
Nadasdy.
Nos volvimos a sentar con las amigas aristócratas y esperé a que trascurriera lo que quedaba de
velada. En realidad me encontraba flotando dentro de una burbuja llamada Abel. Y mientras eso sucedía,
sabía que tenía una sonrisa incrustada en la cara. Sabía que estaba dando una imagen horrenda de
bobalicona y, aun sabiéndolo, era incapaz de remediarlo. Yo flotaba y sonreía, flotaba y sonreía diciendo
sí a todo, sin saber qué me habían dicho o preguntado.
La fiesta terminó cuando los músicos se retiraron con sus instrumentos de cuerda. Los invitados
abandonaron el salón y yo esperé a que Micael también se fuese. Después recorrí el enorme salón hacia
la única habitación en la que había luz. Imaginé que allí estarían reunidos Abel y Piero, en compañía del
conde. Me acerqué a la rendija de la puerta y les observé a los tres charlando de negocios. Abel y el
señor Báthory chupaban un puro cada uno, mientras Piero bebía alcohol ajeno a la presencia de su
enemigo. Me recorrió un escalofrío de culpabilidad ante la paradójica situación. También me sorprendió
ver a Abel fumando. Debía resultarle asqueroso, pero estaba claro que no era la primera vez que lo
hacía.
De pronto noté algo a mi lado, giré la cabeza, y vi a Micael observándome de brazos cruzados.
—Dana, ¿otra vez haciendo de las tuyas? —me reprochó en un tono de hastío.
—Simplemente quiero que Abel sepa que estoy aquí —le expliqué entre susurros, para que no me
escucharan los de la reunión.
—Mi hermano ya sabe que llevas un buen rato espiándoles. Pero también sabe que no es prudente salir
a recibirte, y tú debes entender lo mismo y dejar que te acompañe a tu habitación.
Lo pensé un segundo y finalmente me alejé de la puerta con un suspiro de resignación. Qué estúpida
había sido al creer que podría dar esquinazo a Micael. Y desde luego, qué estúpida había sido
nombrándole mi consejero.
Tuve la tentación de volver abajo en cuanto me quedé a solas en mi habitación. Pero sabía que Micael
montaría guardia en la puerta durante toda la noche. Era como un padre controlador. Un padre
controlador con súper poderes.
A la mañana siguiente me puse el traje-chaqueta que había usado en el almuerzo. En teoría estaba mal
visto repetir modelito, pero era eso o ir en cueros por ahí, cual bruja pecadora. Cuando terminé de
desayunar, salí de la habitación con la hermosa sensación de que el mundo era de colores y las paredes
del castillo, de bizcocho y caramelo. Ya sabía que en realidad no era así. Que el mundo era
asquerosamente cruel y duro. Pero como digo, tenía esa estúpida y falsa sensación porque estaba poseída
por el diablo.
Lo que vi desde lo alto de la escalera, sin embargo, borró de un plumazo mi alegría. La señorita Itsy
Nadasdy coqueteaba descaradamente con Abel. Le sonreía comiéndoselo con los ojos mientras él apenas
le respondía por educación. Eso me produjo cierto alivio, aunque no lo suficiente para no volar escaleras
abajo a sabotear a la loba de la sobrina del conde, que empezaba a parecerme tan molesta como los
granos que había tenido en la cara. Cuando llegué al salón, jadeaba y el corazón se me salía por la boca.
Me detuve unos segundos para recomponerme, me aclaré la garganta y caminé hacia ellos con el cuello
estirado. Ante todo dignidad.
—¡Señorita Ranieri, qué alegría verla! —me saludó Abel, con una sonrisa cautivadora.
Pero Abel se encargó de desmentirme con una mirada irónica y divertida. A la señorita Nadasdy, en
cambio, mi interrupción le había hecho la misma gracia que a mí su estúpido flirteo.
Según tenía entendido, no era elegante que una dama se lo pidiera a un caballero, pero la sobrina del
conde tampoco se andaba con tonterías.
—Se ha adelantado a mis deseos, señorita Ranieri. Iba justo a proponerle lo mismo —dijo inflando mi
autoestima.
—¡Ah sí! —Me alegré—. Quiero decir, ¿ah sí? —repetí, recuperando la compostura.
¡Qué horror! Disimulaba tan mal que notaba los esfuerzos que hacía Abel por controlar la risa.
—Pero señor Rumsfeld —se quejó la sobrina del conde—, yo había pensado reservarle un sitio a mi
lado.
—Aunque me temo que como no la encuentre pronto, puede que se lo pida a otra señorita. Ya sabe
usted que no le falta donde elegir... —le dejé caer con fingido compañerismo.
Itsy Nadasdy no se lo pensó por más tiempo y se esfumó de la sala. «We are the Champions», entoné
en mi mente.
Pero no estaba arrepentida. Ahora tenía mi premio, pensé mientras lo contemplaba embelesada.
Abel me ofreció su brazo con gentileza y salimos al exterior del Castillo Cachtice. Hacía una hermosa
mañana primaveral y algunos invitados paseaban por los majestuosos jardines de los alrededores de
palacio.
Había un jardín de estilo versallesco que era armónico, elegante, y tenía topiarias con formas de
animales y esculturas griegas. Y había otro jardín de influencia inglesa, que era una gran colina verde,
donde los invitados jugaban al golf o hacían picnics bajo los árboles.
Mientras Abel y yo paseábamos por una vereda bordeada de magnolios, nos pusimos al día de todo lo
que había sucedido en el monasterio. Él tenía muy claro que con el tiempo, los rumores se irían disipando
y no pasaría de una simple anécdota. En realidad Abel estaba más interesado en conocer otro tipo de
detalles... «Cuéntame», me pidió con una mirada de niño travieso, «Cuéntame cómo reaccionó Miguel al
descubrir que se la había jugado». Y rompió a carcajadas cuando le confesé lo furioso que se había
puesto, tan furioso que me había prohibido verle.
La prioridad de Abel era fastidiar a su hermano, por eso no se lo había pensado dos veces a la hora de
aceptar la invitación del Conde Báthory. Por eso y porque, en el castillo, Micael no podría oponerse a
que nos viéramos. Debía comportarse como un invitado más y respetar al distinguido señor Rumsfeld.
Yo solo esperaba que la bomba no me explorara en la cara. Vivía feliz y enamorada, pero en perpetua
agonía.
Piero apareció por allí, en compañía de sus aristócratas amigas y los maridos de éstas, que nos
saludaron con amabilidad mientras él ponía mala cara al vernos a Abel y a mí juntos. Yo en cambio me
mostré sorprendida por ver a Piero solo. Pensaba que a esas alturas yacería bajo las garras de la señorita
Nadasdy.
—Señor Rumsfeld —le habló Piero en un tono seco—. El Conde Báthory desearía tratar con usted los
últimos puntos de la negociación antes de firmar.
—Mi nombre es Piero y no, me temo que el conde no puede esperar —replicó envarado ante el tono
atrevido de Abel.
—Bien, si no hay otro remedio... —aceptó con pereza. Después se dio la vuelta y me clavó la mirada
—. Señorita Ranieri, espero que no me olvide de aquí al almuerzo. Yo no podría y si usted lo hace, sepa
que será la culpable de un corazón roto.
—Su corazón está a salvo, señor. Vaya tranquilo —le aseguré con una sonrisa tan grande como el sol.
Abel besó una de mis manos y sentí miles de cosquillitas recorriéndome por todo el brazo. ¿O por todo
el cuerpo? El caso es que empezaba a encontrar divertido eso de hacernos pasar por extraños.
—Qué hombre tan galante y apuesto es el señor Rumsfeld —opinó la archiduquesa Elizabeth,
sosteniendo a su gato en brazos.
—Es un fanfarrón de pacotilla. Se cree un Don Juan con las mujeres solo porque tiene dinero —le
criticó Piero.
Tuve que reprimir la risa. Por lo visto no le gustaba verse reflejado en el espejo.
—¿Sabes que ese Don Juan parece muy interesado en tu prima? —le aguijoneó la princesa Catalina
con sus ojos brillando risueños—. Aunque creo que el conde ya ha encontrado candidato ideal para
desposar a su sobrina.
—Pues tendrá que contentarse con la señorita Nadasdy. A Dana no le gustan los hombres fanfarrones
—le contestó Piero con demasiada seguridad.
Tanta, que tuve ganas de contestarle, pero volví a morderme la lengua. ¿Qué se habría creído?
—¿En serio? —intervino la archiduquesa Elisabeth—. No es esa la sensación que tengo —agregó
observándome fijamente.
—Por cierto, señorita Ranieri —me dijo la princesa Edeline—, su asistenta personal me ha comentado
que viajaron ustedes tan apresuradamente, que no tuvieron tiempo de ultimar los preparativos. Y yo tengo
ropa que quizá le pueda servir —me ofreció con una sonrisa delicada.
Era lo que menos me apetecía en el mundo, pero tenía que reconocer que necesitaba ropa. Lo que no
imaginaba es que fuéramos a montar una boutique en mi habitación. Fue incluso más estrambótico que
eso. Me cubrieron de modelitos de firma, vestidos de seda y satén, guantes de piel, bolsos de mano,
sombreros, tocados de plumas, tacones. ¡Tacones! Me regalaron un kit completo de maquillaje, me
enseñaron a usarlo, a peinarme. Dios mío, ¡me había convertido en una muñeca para aquellas mujeres!
Filomena sonreía de oreja a oreja mientras ordenaba y guardaba en el armario la montaña de ropa que
me habían regalado. Ahora el problema era escoger el traje adecuado para el almuerzo. Finalmente me
decanté por un vestido corto, de color crema y sin mangas. Con un escote recto y un aplique metálico en
la cintura.
Cuando bajé al comedor con mi conjunto de George Rech, mi bolsito de mano y mis sandalias de piel
de serpiente, parecía la sofisticada Julia Roberts en Pretty Woman. Ahogué un suspiro entre alucinada y
extasiada. ¿Dónde se había quedado la Dana de camisetas descoloridas y vaqueros rotos? Si me hubiera
visto Laura... ¡O peor aún! Si me hubiera visto mi madre...
Abel observó mi nuevo look con una expresión de absoluta admiración. Piero y Micael tampoco me
quitaron los ojos de encima, aunque por motivos muy distintos. Los dos parecían demasiado pendientes
de lo que hacíamos Abel y yo en la mesa, por lo que él decidió torturarles, aún más si cabe,
desviviéndose en atenciones y halagos hacia mí. A la sobrina del conde, Itsy Nadasdy, tampoco le
pasaron inadvertidas estas muestras de interés y volvió a sonreír a Piero como si fuera el único hombre
del mundo. Había entendido por fin que no tenía nada que hacer con Abel, y yo lo celebré para mis
adentros.
Por la noche hubo un baile previo a la cena. Pero era un baile formal, sin máscaras ni disfraces de
época. Tampoco predominaban los tonos dorados y brillantes. El ambiente que reinaba era el de
cualquier fiesta elegante, trajes de etiqueta, colores sobrios y música suave.
Abel iba vestido de traje oscuro, frac y camisa blanca. Su cabello algo largo, lo llevaba totalmente
engominado hacia atrás. Sin embargo, sus mejores complementos los componían sus preciosos ojos
grises y su elegante figura.
Yo me encontraba en lo alto de la escalinata, devorándole con los ojos mientras él hacía algo parecido
conmigo. Había cambiado mi conjunto del mediodía por un vestido de noche que me llegaba hasta los
pies, y era de color azul marino, con un broche de pedrería en el escote. Abel siguió observándome con
una expresión ávida y yo tuve que esconder mi mirada, ruborizada.
—Dana, menos mal que te encuentro. ¿Puedes hacerme el nudo de la corbata? Es que no veo a
Filomena por ninguna parte.
—Inténtalo al menos —me suplicó—. Te prometo que no te saldrá peor que a mí.
Me encogí de hombros y extendí mis manos hacia su cuello. Pero antes de que pudiera tocarle, otras
manos apartaron las mías y usurparon mi lugar.
—Pedrito, mi joven amigo —dijo Abel—. ¿Es que en ese orfanato donde vives no te enseñaron a
vestirte tú solito? —se burló, enlazando y moviendo con soltura los dedos bajo el cuello de Piero.
Cuando acabó de hacerle un nudo perfecto, le sostuvo por los hombros y le miró fijamente—. Muchacho,
para pavonearte de ser un señor, primero debes aprender a atarte los cordones de los zapatos o hacerte tú
mismo el nudo de la corbata.
Piero apartó sus manos de una sacudida y lo fulminó con sus ojos verdes.
—No es un orfanato, sino un monasterio. Y mi nombre es Piero —le repitió, con la cara tan roja que
estuvo a punto de explotar.
Yo seguía observando asombrada a Abel. ¿Cómo había podido subir las escaleras tan rápido sin
llamar la atención? Piero se marchó malhumorado, y Abel vio como se alejaba con una mueca retorcida y
burlona.
Me ofreció su brazo y bajamos la escalinata, pero Abel me gastó una jugarreta y en lugar de llevarme a
la mesa de Piero y los demás, me condujo hacia el centro de la pista de baile. No había tenido suficientes
pisotones, después de todo...
—¿Sabes? Voy a tener que acostumbrarme a esta nueva Dana —me dijo mientras nos mecíamos con
suavidad.
—La antigua Dana, de aspecto mucho más informal, no levantaba tantas pasiones. Solo aquel viejo
pintor para el que posaste y yo, veíamos a la joven hermosa que se escondía bajo sus harapos.
—No creas que tenía algo en contra de tu antiguo aspecto, por mucho que la nueva Dana luzca
despampanante —aclaró con simpatía.
—¿Entonces?
—Entonces no tenía tantos rivales por los que me debía preocupar. Ahora no hay hombre que no se
detenga para contemplarte. Incluyendo ese primo tuyo... —añadió mirando con hostilidad intimidante a
Piero, que a su vez no nos quitaba los ojos de encima desde la otra punta del salón. Ni siquiera Micael
permanecía tan atento a nosotros. Él estaba conversando con las aristócratas y sus maridos.
—Abel, quédate tranquilo. Piero solo se muestra atento conmigo porque es mi primo —le aseguré
divertida.
—Que me aspen si te mira con ojos de primo —replicó sin apartar su mirada de la de Piero.
—No digas tonterías.
—Viene a que puedo percibir las emociones y sabes que estoy en lo cierto. Y no solo percibo lo que
siente él, también percibo que te molesta hablar del tema —me acusó en un tono duro.
—Lo sé, y por eso lo dejaré pasar. Por eso y porque estoy de buen humor —agregó con un gesto
malévolo.
—Relájate mocosa —.Se rió—. Verás, la solución para quitarnos a mis hermanos de encima es de lo
más sencilla. Simplemente le diremos a todo el mundo que estamos juntos y así se acabará el problema.
—¿Es que te has vuelto loco? ¡Micael nos mataría! —objeté escandalizada.
—Escucha, Dana y, por favor, deja de pisarme —me suplicó irritado, apartando su pie de mi tacón de
aguja—. Mientras mantenga mi verdadera identidad a salvo, no habrá problema. ¿Qué tendría de malo si
Abel Rumsfeld y la señorita Ranieri llegaran a algo más por casualidad? Nos podríamos ver sin tener que
escondernos y sin exponernos a que nos descubran.
—¿Qué? —Parpadeó ofendido—. ¿Hablar con mi hermano, dices? ¡No pienso hacerlo! —se negó
como si hubiera escuchado el mayor disparate del mundo.
—¿Ah, no? Pues entonces olvídate del tema porque yo no quiero más discusiones con Micael. Después
de nuestra escapada al Seol, he tenido más que suficiente.
—Lo siento, mocosa, pero ya he tomado la decisión —me dijo con una sonrisa traviesa.
Lo miré enfadada.
—Es precisamente por los dos que anunciaré nuestra relación y será esta misma noche y en este mismo
momento —me comunicó decidido a hacerlo.
—Abel, ni se te ocurra, ¿me oyes? ¡No te atrevas! —le amenacé a un paso de sufrir un ataque de
nervios.
Dibujó una sonrisa maliciosa, hizo que girase al son de la música y entonces, con un suave tirón, me
atrajo hacia su cuerpo y me besó delante de todos. Intenté zafarme de aquella encerrona pasional, pero
Abel me sujetaba con fuerza mientras devoraba mi boca con determinación. Hasta que al fin quedé libre
de sus labios y lo miré entre extasiada y desorientada. Luego tomé conciencia de lo que acababa de
suceder, de las consecuencias que traería su nueva locura y pensé en algo urgente para remediarlo. Algo
que siempre odié cuando lo veía hacer en las películas románticas. Levanté la mano y se la estampé en la
cara, al tiempo que me aborrecía por tener que llegar a ese extremo y le aborrecía a él por obligarme a
ello.
Abel primero llevó su mano a la mejilla afectada —sorprendido por mi contundente rechazo— y
después sus ojos resplandecieron de ira. Una ira que me sacudió de arriba abajo.
Los invitados observaron la escena, presos de su estupor. Menos Piero, que no ocultaba su satisfacción
con una sonrisa socarrona. Abel me condenó con otra mirada siniestra y se marchó a grandes zancadas
del salón. Tragué saliva con el pulso palpitándome descontrolado. ¡Me odiaba! Hice el amago de correr
tras él para hincarme de rodillas y suplicarle, pero la mano de Micael me detuvo con firmeza.
—Dana, conozco bien a mi hermano y créeme, es mejor que ahora mismo no le sigas —me aconsejó
con su habitual prudencia—. Deja que se le pase el sofoco de la rabia antes de ir a hablar con él.
Seguí a Micael hacia la mesa donde estaban sentadas las mujeres aristócratas. Supe por sus caras que
se morían por asediarme a preguntas. Pero su exquisita educación no les permitía ser indiscretas. Algo a
mi favor. Piero, por su parte, no dejó de reír y de hacer chistes con cualquiera al que cogía desprevenido.
El incidente en la pista de baile le había dado alas a su autoestima. Yo no escuchaba ni veía con claridad
mi alrededor. Estaba abstraída en mis propios pensamientos, preguntándome cómo y dónde estaría Abel.
Y seguí con los ojos clavados por donde se había ido mientras esperaba angustiada a que ocurriera un
milagro y él volviera al salón. Y el milagro ocurrió.
Abel se volvió a presentar en el salón en aparente calma, como si nada hubiera sucedido. Busqué en su
mirada cualquier resquicio que me indicara su perdón, pero él ni siquiera giró la cabeza hacia mí. Se
limitó a permanecer de pie, con las manos en los bolsillos de su pantalón, a la vez que observaba el baile
sin especial interés. «Seguro que no me ha visto», pensé. Me levanté del asiento y me acerqué a él, pero
antes de que pudiera decir siquiera su nombre, se dio la vuelta y me dejó con la palabra en la boca. Le vi
partir, atónita, mientras se alejaba entre los invitados sin mirar atrás. No me lo podía creer. ¡Me había
ignorado!
Durante la cena no pude apartar la mirada de él ni un segundo y estuve a punto de derramar mi bebida
varias veces. Pero Abel continuaba castigándome con su indiferencia desde el otro extremo de la mesa.
Tenía palabras y sonrisas para todo el mundo menos para mí. Era como si me hubiera vuelto totalmente
invisible. Como si no existiera.
—Bueno, señor Báthory, estoy seguro de que sus invitados le agradecerían si les contara la leyenda
que se esconde tras su apellido —dijo Abel con una asombrosa amabilidad.
Parecía incluso que no le había ocurrido nada. Que nunca habíamos bailado y no nos conocíamos.
«Qué déspota y frío puede llegar a ser», pensé llena de amargura.
—Así es, mi querido amigo Rumsfeld. Tras mi linaje se esconde una oscura historia —reconoció el
conde, poniendo un punto de misterio a su voz—. Uno de mis antepasados fue nada menos que Erzebet
Báthory, apodada como La Condesa Sangrienta. Y se dice que mató a centenares de doncellas para
bañarse en su sangre y permanecer joven y bella por toda la eternidad. Pero al parecer la descubrieron, la
juzgaron por sus crímenes y la emparedaron en su propio castillo hasta el día de su muerte.
—No, mi palomita. Erzebet Báthory murió en su castillo Cachtice de Eslovaquia, que en la actualidad
se encuentra derruido. Pero mi tío abuelo era un conocedor y amante de su leyenda, y en su honor le puso
el nombre de Cachtice a este castillo. Él creía que la condesa había sido sentenciada injustamente.
—Y así fue —aseguró Abel con misteriosa seguridad—. Es lo que suele ocurrir en la mayoría de
juicios que se celebran de forma chapucera y con una clara intención detrás. Soy abogado y un
condenado, algo entiendo —añadió observando a Micael, que hacía lo mismo con expresión sombría.
Abel sonrió con los dientes apretados y fingió tener sentido del humor. Pero yo le conocía lo suficiente
como para saber que esa sonrisa era en realidad, una sentencia de muerte. Y miré hacia Micael llena de
angustia.
—Sí, Dana. Ese tonto se acaba de meter en un buen lío —musitó, analizando la situación con la misma
preocupación.
Piero siguió alargando la broma, sin saber que estaba en juego su pellejo. Mientras que Micael y yo
nos revolvíamos de inquietud al comprenderlo.
—Pero no soy el único con una leyenda unida a un apellido —intervino el conde para nuestro gran
sosiego—. Aquí mi otro viejo amigo, Piero Ranieri, digo viejo porque he podido conocer a toda su
familia antes que a él, incluida ahora a su bella prima —agregó sonriéndome con gentileza—, proviene
de una familia de brujos. O al menos es lo que se ha rumoreado siempre —concluyó con una risotada.
—Sí, es cierto —añadió la princesa que había cuchicheado en el baile de máscaras—. Se dice que
tenéis poderes y que lucháis contra al mismísimo diablo.
Piero se volvió a hinchar como un pavo.
Y se desinfló.
—No es ninguna estupidez, señor Rumsfeld —.Se picó Piero—. Le puedo asegurar, ahora que estamos
entre amigos, que la magia es real y que los rumores que ha escuchado la señorita son ciertos.
—¿Ah, sí, Pedrito? ¿Entonces es verdad que tienes poderes mágicos y que el diablo también existe?
Porque de ser así, ¡qué Dios nos pille confesados! —exclamó en tono jocoso.
Abel le respondió con una expresión desafiante y luego lo ignoró como a mí.
—Señor Rumsfeld, no debería usted mostrarse tan escéptico. Yo nunca he luchado contra esa sucia
culebra, pero mi prima aquí presente, no solo lo hizo, sino que llegó a verle la cara —fanfarroneó Piero.
De repente todos giraron la cabeza hacia mí y quise matar a mi primo por bocazas.
—¿Es eso cierto, señorita Ranieri? —me preguntó el conde con absoluto interés —. Por favor, no nos
deje con la intriga.
—Sí, queremos saber —pidió otro invitado, apoyado por más voces.
—Bueno yo... —comencé a hablar en voz nuda mientras transpiraba por cada poro de mi piel. Para
más nerviosismo descubrí que Abel me estaba mirando por primera vez en toda la cena. Se había puesto
en guardia—. Yo en realidad no me enfrenté al diablo, y tampoco vi gran cosa. Mi primo es un poco
exagerado —agregué, asesinándole con la mirada.
—Pero algo vio, señorita Ranieri. ¡Díganoslo, por favor! —insistió un invitado.
—Pues creo recordar que vi algo así como los cuernos de un búbalo y un hocico muy largo, pero me
temo que todo estaba muy oscuro y mi descripción no es demasiado precisa —me disculpé con una
sonrisa nerviosa.
Vale, tenía que admitirlo. Lo mío no era inventar historias, pero al menos había conseguido hacer un
retrato robot alejado de la realidad. Tan alejado, que Piero me observó descolocado ante aquella nueva
versión y Abel arqueó una ceja en actitud sarcástica.
—A ver si la he entendido bien, señorita Ranieri, ¿asegura usted decir que vio un minotauro en mitad
de la noche? —se burló Abel.
—¡Oh, no, señorita Ranieri! No es mi intención tomarle el pelo. Dios me libre —apostilló para
provocar a Micael, que funcionó porque escuché cómo le chirriaron los dientes—. Solo digo que quizá,
en un despiste tonto, confundió usted el azúcar con otra sustancia y se lo echó a su café.
Se oyeron más risas en la mesa y tuve que contener el impulso de levantarme de la silla y soltarle otra
bofetada. Sentía que había retrocedido a la época del juicio y volvía a ser su bufona.
—No se pase de gracioso, Rumsfeld, sus comentarios ofenden a mi prima —le recriminó Piero, al
tiempo que Abel mantenía una sonrisa pedante. Después adoptó una postura seria y me miró fijamente.
—Pues si es así, mis disculpas, señorita Ranieri —me dijo con un matiz sincero en sus ojos, por lo que
me calmé un poco—. Aunque también veo que tiene quien la defienda —recalcó con ironía y un deje de
resentimiento.
—Yo no necesito que nadie me defienda. Me basto sola para poner a los impresentables en su sitio —
le espeté indignada.
—Sí, parece que tiene la lengua afilada y la mano muy larga, de eso no hay duda —se lamentó con
retintín.
Quise contestarle con otro golpe verbal, pero percibí que todos los invitados se mantenían atentos a
nuestra discusión. Nos habíamos convertido en el número principal de la mesa.
—Bueno, por lo visto la única leyenda cierta, es que del amor al odio hay un paso, ¿verdad? —bromeó
para suavizar la tensión.
Abel y yo descruzamos nuestras miradas y no volvimos a dirigirnos la palabra en lo que restó de cena.
Luego cada uno subió a su habitación y no hicimos ni el más leve intento de acercamiento. Micael podía
respirar muy tranquilo esa noche.
Cuando amaneció se había disipado parte de mi enfado. Aunque seguía profundamente disgustada y no
había pegado ojo en toda la noche. Mi cuerpo estaba demasiado agarrotado para apreciar el cansancio.
La desazón era como una bola que me oprimía la garganta y apenas me entraba algo de lo que me había
traído Filomena. No deseaba hacer nada, salvo salir de la habitación y buscar a Abel.
Bajé las escaleras y pregunté por el señor Rumsfeld al primer invitado que encontré. No pensaba
dirigirle la palabra a ese cretino. Solo quería permanecer cerca de él para darle la oportunidad de
disculparse. Pero el invitado no me dio buenas noticias. El señor Rumsfeld había salido a cazar con el
conde y algunos amigos más, entre los cuales se encontraba Piero. Me fastidió saber que tendría que
esperar a que regresaran del bosque. Giré sobre mis talones con intención de volver a mi habitación y me
encontré de frente con Micael.
—Estaba buscando a Abel, pero ha salido de caza con el conde y con Piero y no sé cuándo volverán.
—¿Qué ocurre?
—Sí, lo sé, lo de anoche también me dejó preocupada, pero Abel no se atrevería a atacar a Piero
delante del conde y sus invitados.
—Dana, no cuestiones la osadía de mi hermano. Ten por seguro que si se ha unido al grupo de caza es
porque algo está tramando.
Me quité las sandalias de tacón, me remangué la falda de tubo y salí corriendo del salón mientras
escuchaba la voz de Micael a mi espalda, deseándome suerte. Afuera me acerqué a uno de los jardineros
del castillo. El chico, que sujetaba unas tijeras de podar, se había quedado paralizado al ver a una loca
corriendo hacia él, con el pelo alborotado y unos tacones en la mano.
Unos minutos después, lucía unas fantásticas botas de jardinero seis números más grandes que mi pie.
Eran enormes y me bailaban a cada paso que daba, pero por lo menos no me torcería un tobillo corriendo
por el monte. «A ver, el coto de caza queda en el bosque Baldo», dije memorizando las señas que me
había dado el chico al que había dejado descalzo.
Bordeé el lago Galda que estaba detrás del castillo y seguí caminando atenta a cualquier señal; huellas
de caballos, de zapatos, ruidos de disparos. Se me heló la sangre al visualizar a Piero inerte y rodeado
de un charco de sangre. Vale, era un estúpido bocazas, pero no soportaba imaginarlo muerto. Y lo que
menos soportaba era pensar que lo había matado Abel. De repente el eco de un disparo retumbó en las
entrañas del bosque. Las pájaros que trinaban en los árboles, emprendieron la huida volando y yo salí
corriendo hacía donde se había escuchado el ruido, con el corazón en la mano. Al cabo de un rato divisé
a un grupo de hombres armados con rifles y montados a caballo. Cuando vi a Piero de pie entre ellos, ¡y
vivo! me abalancé sobre él y lo abracé como si fuera lo único a lo que agarrarme en el mundo.
—¡Dana! ¿Qué haces aquí? —me preguntó mientras me apartaba un poco para poder respirar— ¿Y con
esa pinta...? —agregó, al ver mi falda arrugada y las botas de jardinero que llevaba en los pies.
No era el único, los demás cazadores también me observaban de reojo y murmuraban entre ellos.
—Sí, claro que estoy vivo. ¿De verdad te encuentras bien? Es que estás un poco, no sé, rara. Y no lo
digo solo por esas botas que llevas puestas... —me insinuó, echando otro vistazo a mis pies.
—No te preocupes, no me he vuelto loca —bromeé sonriente—. Pero tú sigue vivo, ¿vale? —insistí.
—Tranquila, serán esos ciervos los que mueran —me aseguró, a la vez que sacaba pecho y mostraba el
rifle.
—Conde Báthory, ¿dónde está el señor Rumsfeld? No lo veo por ningún sitio —inquirí, buscándole
con la mirada entre los hombres montados a caballo.
—Querida, el señor Rumsfeld iba con nosotros, pero decidió tomar otro camino.
—Pues no lo dijo, pero lo vi ir hacia allí —me contestó, señalando hacia el interior del bosque.
—Vale, gracias.
A medida que me adentraba en el monte, se me fue haciendo más difícil caminar. No dejaba de tropezar
y de golpearme en la cara con las ramas de los árboles. Y lo peor de todo es que empezaban a salirme
ampollas en los pies y seguía sin verle. ¿Me habría confundido de camino? Bueno, ahora ya no tenía
sentido dar marcha atrás. Lo único que me quedaba era continuar ascendiendo la ladera hasta encontrarle,
o que él me encontrara a mí. ¿Quién sabe? A lo mejor acababa perdida y devorada por algún animal
salvaje. Me detuve en seco. ¿Habría osos allí? Sacudí la cabeza. Era preferible no pensarlo.
Tras un rato desorientada, me di cuenta de que podía ver al grupo de cazadores desde arriba, y supe
que no me había equivocado, Abel tenía que andar cerca. No se necesitaba ser un experto para entender
que aquel lugar ofrecía una clara ventaja al tirador: podía vigilar sin ser visto y apuntar a su elección.
Temí nuevamente por la vida de Piero —porque Abel podía dispararle en cualquier instante— y apresuré
los pasos por la montaña. Cuando llegué a un claro encontré a Abel escondido tras una roca, con el rifle
apoyado sobre su hombro y el dedo colocado en el gatillo.
Le arrebaté el rifle de las manos y me aparté antes de que pudiera quitármelo. Era una estupidez
porque si quería el rifle lo podía recuperar sin problemas. Así que apelé a su comprensión.
—Sí, ya he visto cómo te arrojabas a sus brazos —me reprochó cargado de lacerante cinismo—. Pero
no sufras, solo quiero abatir a ese animal de ahí —dijo señalando con la cabeza hacia un ciervo que
estaba bebiendo en un charco fangoso.
Pero me mantuve inmóvil, negándome a entregarle el arma. No me fiaba de él y tampoco quería que
disparara al pobre ciervo.
—No.
—Muy bien. —Se encogió de hombros—. Quédate con el rifle si quieres. Tampoco lo necesito.
Entonces alargó la mano hacia al ciervo y desde la distancia, rompió el cuello del animal. El
chasquido de sus huesos al partirse y el sonido de su cuerpo desplomándose sin vida en el suelo,
resonaron en mis oídos durante unos segundos. Luego ahogué un suspiro y lo miré boquiabierta.
—¿Ves? —Me sonrió con malicia—. No necesito ningún rifle para cobrarme la vida que se me antoje.
Puedo descerrajar el cogote de tu querido primo con un simple chasquido de dedos —concluyó con una
expresión helada.
Dejé el arma en el suelo y salí corriendo. Pero Abel me fue siguiendo por el bosque.
—¡Déjame en paz!
—No corras con esos zapatos, te vas a caer. Y haz el favor de girar a la derecha.
—¡Que me dejes en paz! —le chillé a la vez que le hacía caso.
—¡Eres un cretino! —Le insulté sin detenerme—. No, cretino es quedarse corta. ¡Eres un asesino!
—¡Asesino!
Cogimos un atajo y llegamos al castillo antes que la comitiva del conde. Cerca de la entrada nos
esperaba Micael, que enseguida vino a recibirnos al vernos correr uno tras otro.
—Ese cretino de ahí, ha asesinado a un animal a sangre fría —me quejé apuntándole con el dedo.
—Un ciervo que estaba vivo hasta que tú lo has matado —le recordé.
—Dana, tenía que aportar una pieza de cacería al grupo. Y no sé por qué tengo que dar explicaciones
delante de éste —añadió mirando con fastidio a Micael.
—¡Mentira! Lo hiciste para darme una lección macabra, porque no soportas que nadie te contradiga ni
te desafíe —repliqué indignada.
En ese momento apareció la comitiva del conde y vimos que transportaban sobre los caballos, algunas
liebres, ardillas y aves. Piero había abatido un ciervo como el de Abel y lo llevaba a lomos de su yegua.
—¿A él también le vas a montar una escenita o le vas a dar otro abrazo? —me insinuó Abel con
resentimiento.
Le di la espalda y entré en el castillo, con él persiguiéndome también por allí. Y cuando llegué a mi
habitación, le cerré la puerta en las narices.
—Dana, ábreme la puerta. Todo esto es muy ridículo —protestó al borde de su paciencia.
—Puede ser, pero ahora mismo solo te veo descoyuntando al pobre ciervo y no me apetece hablar
contigo.
—Te advierto que me estoy cansando. Abre la maldita puerta o me voy —insistió gruñendo.
Aguardé un rato con la oreja pegada y cuando me convencí de que ya no iba a regresar, me separé de la
puerta, me saqué las botas enormes y me dejé caer en la cama. Estaba tan cansada que me venció el sueño
con facilidad.
Cuando desperté era de noche. Lo supe por la oscuridad que envolvía la habitación. Me incorporé con
pereza y sonreí al ver que Filomena me había dejado una bandeja con un sándwich de jamón y algo de
fruta. Llevaba sin comer desde la mañana y me sonaban las tripas. Luego me di una ducha, me puse un
vestido bonito y salí de la habitación con el ánimo renovado. Mientras deambulaba por las dependencias
del palacio, me mantuve atenta a cualquier silueta alta que pudiera surgir en mitad del pasillo. Estaba
algo nerviosa porque no sabía de qué humor me iba a encontrar a Abel. Los dos teníamos un
temperamento tan fuerte que chocábamos como dos trenes de alta velocidad.
Me encontré a Micael charlando amigable con algunas personas del servicio. Sonreía y hablaba con
ese tono de voz sosegado que tanta paz transmitía. Aun cuando discutía con él, era imposible permanecer
mucho tiempo enfadada. Qué distintos eran entre sí los hermanos. Sobre todo tratándose de almas
gemelas.
—Dana, ¿estás más tranquila? Filomena me dijo que dormías cuando subió a dejarte la comida —me
indicó con una sonrisa paternal.
—Sí, me vino bien descansar un poco. ¿Sabes si Abel también se encuentra de mejor humor? —
pregunté para saber a qué atenerme.
—No lo sé, se marchó hace un rato con buena compañía, pero sonreía y parecía contento.
—Dana, ¿desde cuándo mi hermano me da explicaciones? —Me recordó algo contrariado—. Pero no
te preocupes, supongo que no tardará en volver del paseo.
«Sí, ¿pero cuánto exactamente?», me pregunté sintiendo que ya tardaban una eternidad en aparecer.
Pensé rápido en lugares donde se podía ir a pasear. El interior del castillo era un lugar que la sobrina del
conde debía conocer al dedillo, demasiado aburrido y poco original para tratarse de Abel. El bosque
podía ser una opción, pero no para la señorita Nadasdy. Era impensable que una dama se atreviera a
vagabundear por allí a intempestivas horas de la noche y a solas con un caballero. Eso daría mucho que
hablar y sin duda molestaría al conde. ¡Los jardines! los jardines eran un lugar idílico para pasear fuera
la hora que fuese.
Me dirigí como una mecha hacia allí. Tanto, que no había pensado en una disculpa que decir en caso de
tropezarme con ellos. Pero me la inventaría sobre la marcha. Lo fundamental era localizarlos y tenerles
vigilados.
Y me dio un infarto cuando encontré a una pareja acaramelada a la luz de una farola. Luego recuperé el
pulso y seguí buscando por el jardín, recorriéndomelo palmo a palmo. Un lugar tan grande como aquel y
no se les veía por ningún sitio. A esas alturas, la rabia y la incertidumbre me aprisionaba por entera.
Deseaba morirme y al mismo tiempo, quería vivir para encontrarlos y resolver el enigma. Pero me volví
a sentir esperanzada cuando pensé en la posibilidad de que a lo mejor ya habían regresado a palacio.
Corrí hacia allí como una liebre, y al entrar, escudriñé el salón con ansiedad. No di con ellos. Así que
salí, y luego entré, y después salí, y volví a entrar. Y nada. ¡Maldita sea! Comprobé la hora en mi reloj de
pulsera con el optimismo de creer que quizás apenas había trascurrido el tiempo y estaba exagerando. Me
hundí en la miseria cuando descubrí que habían pasado tres horas. Tres largas horas de interminable
búsqueda. Y el tiempo seguía corriendo y ellos sin aparecer. «A eso se le llaman celos», me chivó mi
conciencia. Me importaba un bledo el nombre que tuviera: me hallaba en el puñetero infierno, y me
estaba quemando con las llamas de mi propia rabia y la sospecha.
Entonces, justo a la hora de la cena, les vi entrar en el gran salón y fue como si la soga que me
estrangulaba se aflojara unos centímetros para volver a asfixiarme sin piedad. Abel sujetaba el brazo de
la señorita Itsy Nadasdy a la vez que intercambiaban sonrisas y miradas de coquetería. Podía haber
muerto allí mismo ante la impresión, pero la ira fue un impulso mayor que mi desdicha y permanecí de
pie, con los puños cerrados y la mandíbula rígida. Abel desvió la mirada de la señorita Nadasdy hacia
mí, y esbozó una sonrisa malvada. Deseé arrancarme el corazón roto y tirárselo a la cara. El muy cretino
disfrutaba haciéndome sufrir.
—¡Palomita! —Saludó el conde a su sobrina—. ¿Dónde te habías metido? Llevo toda la tarde
buscándote.
—¡Oh, mi querido tío! —Suspiró ella—. El señor Rumsfeld me ha llevado a recorrer Venecia y hasta
hemos dado un paseo en góndola —le relató con entusiasmo mientras seguía aferrada a Abel como una
garrapata.
Pero él mantenía una sonrisa radiante y se dejaba querer sin ningún problema.
—Dana —me llamó Micael. Escuchar su voz fue como un soplo en la herida abierta—, si quieres le
puedo decir a Filomena que te suba algo para cenar a tu habitación. Así no tendrás...
—¿Y demostrarle a Abel que no soporto su coqueteo con la señorita Nadasdy? ¡Ni muerta! —Gruñí—.
Cenaré en el salón con el resto de invitados, así me sangre la lengua de mordérmela. Pero Abel está muy
equivocado si piensa que me puede amargar la existencia —juré, a la vez que le mataba con la mirada.
Micael me dedicó una sonrisa comprensiva y me ofreció su brazo para conducirme al comedor.
Durante la cena —como cabía esperar—, Abel se sentó al lado de su nueva amiga y dejó que ella
siguiera desplegándole toda su atención; que le hablara, le pusiera ojitos, le susurrara al oído. Desvié la
mirada un segundo, cansada de tolerarlo. Me pregunté qué lograría ver en ella. La señorita Nadasdy era
hermosa, pero rematadamente boba. Sus comentarios estaban llenos de frivolidad, sus intereses no iban
más allá del lujo y de los hombres. Era una ameba en coma. Una ameba a la que ansiaba arrancarle la
cabeza para beberme su cuerpo. Y de pronto entendí el odio que Irina sentía hacía mí y no pude evitar
compadecerla un poco.
Piero se divertía en la mesa rodeado de señoritas. Estaba feliz con el interés repentino del señor
Rumsfeld por la sobrina del conde, y se sentía relajado. Pero entonces la suerte me volvió a sonreír.
Aprecié un ligero cambio en Abel. Ya no ponía tanta atención en las palabras de la señorita Nadasdy, ni
respondía a sus sonrisas y esquivaba disimuladamente el contacto con ella. Se estaba cansando de
soportarla, se estaba hartando de interpretar el papel del conquistador perfecto, y yo saqué el confeti y lo
celebré para mis adentros.
Abel percibió mi entusiasmo y su rostro se crispó de golpe. Intentó recuperar su teatrillo, aceptando
incluso que ella le metiera trocitos en la boca para alimentarlo como a un impedido. Se me ocurrió una
idea perversa y cuando la señorita Nadasdy volvió a llenar la cuchara con idea de hacerle otro avioncito,
provoqué que en lugar de llegar a la boca de Abel, el avioncito se estrellara en su cara. La sobrina del
conde se disculpó por su torpeza y quiso volver a probar dándole de beber. Abel lo consintió a
regañadientes con intención de fastidiarme y entreabrió sus labios para beber de la copa que le ofrecía la
señorita Nadasdy. Pero sospechosamente la copa también se desvió de rumbo y el vino acabó derramado
sobre sus pantalones. Intenté contener la risa viendo como Abel se limpiaba el traje mientras me
taladraba con sus ojos grises. Sabía que yo era la responsable de su entrepierna mojada.
La cena tocó a su fin y los comensales quedamos libres para retirarnos. Escuché como la sobrina del
conde le proponía a Abel hacer algo juntos. Decidí dar un último escarmiento a esa loba insaciable y
chasqueé los dedos con disimulo. Entonces su cuerpo comenzó a tambalearse, amenazando con caerse al
suelo, pero lo hizo sobre los brazos de Abel, que enseguida los extendió para socorrerla. Y en cuanto
cogió a la señorita Nadasdy, giró la cabeza hacia mí y me dedicó una sonrisa burlona. Yo me contuve
para no enseñarle un dedo.
Al día siguiente el conde y algunos invitados se preparaban para una nueva batida de caza. Piero
también se encontraba entre ellos, pero Abel no estaba. Lo busqué por las dependencias de palacio con
temor a encontrármelo con la señorita Nadasdy. Finalmente lo vi solo, en la habitación macabra donde
había cornamentas de animales colgadas por todas las paredes. Pensé en abordarlo, pero se le veía tan
distraído limpiando su rifle frente a la chimenea que no me atrevía a interrumpirlo.
—Es lo que ocurre en estas estúpidas fiestas llenas de compromisos sociales —refunfuñó—. Pero no
sufras, tu querido primo está a salvo. No puedo prometerte nada con los bichos del bosque.
—Aunque imagino que no has venido hasta aquí para hablarme solo de eso, ¿me equivoco? —objetó al
percibir mi dilema.
—Supones bien.
—No deberías utilizarla de esa manera —le reproché movida por el despecho.
—Me refiero a que resulta evidente que coqueteas con ella para darme celos —declaré con cierta
altivez.
—Sabes que sí —confesé molesta—. Sabes que no soporto verte cerca de ella y no poder gritarle lo
que siento.
—Genial, pues ahora ya sabes lo que fastidia —me espetó, bordeándome con desprecio para irse. Pero
yo volví a colocarme delante de él y le cerré el paso.
—¿Ahora pretendes decirme que te preocupa la señorita Nadasdy? —inquirió en un tono insultante—.
Qué hipócrita te vuelven los celos, querida. Y además, ¿quién te ha dicho que estoy jugando con ella?
—Es evidente que te equivocas —me soltó—. La señorita Nadasdy y yo no tenemos compromisos.
Podemos hacer lo que nos plazca.
—¿De veras? —Se burló—. Porque no es esa la impresión que tengo —dijo llevándose la mano a la
mejilla en la que le había golpeado.
—Esa bofetada te estuvo bien merecida por ponerme entre la espada y la pared. Ya te lo dije, si
quieres que haga pública nuestra relación, tendrás que hablar primero con Micael —le impuse, lo que
terminó por fastidiarle.
—Pero sucede que no haré tal cosa, porque ya no quiero hacer público nada. Y sucede que ahora si
quieres que cambie de opinión, tendrás que demostrarme que tú eres mejor que la señorita Nadasdy —me
exigió a su vez con total frescura.
Nos miramos llenos de resentimiento hasta que el conde apareció por allí.
—Señor Rumsfeld, le estamos esperando para salir de caza. Aunque no sabía que estaba aquí la
señorita Ranieri... —dejó caer, mirándome de forma antipática.
Se notaba que no quería quedarse sin un marido para la loba de su sobrina y yo era el estorbo que
amenazaba con desbaratar sus planes.
—Precisamente le estaba comentando a la señorita Ranieri, que la disculpo por su gesto del otro día en
el baile y que me disculpe ella también a mí, pero es que su bella sobrina me ha robado el corazón —
mintió con malicia—. En fin, señorita Ranieri, comprenda que ya no estoy interesado en usted y asúmalo
de una buena vez.
Me quedé totalmente de piedra. ¿Pero cómo podía ser tan...? ¿tan? ¿Tan CABRÓN? Su desfachatez me
produjo tanta ira, tanta rabia que tuve que apretar los puños y contar hasta diez para no arrearle un
puñetazo allí mismo.
Salí de la habitación y di una patada a una mesa de roble que había justo en la entrada. El dolor de mi
pie nubló parte de mi ira, pero no lo suficiente para no desear patear cosas hasta quedarme coja. Y
cuando quise darme cuenta estaba soltando un pequeño grito delante del conde y de Abel, que habían
salido también de la habitación para reunirse con los demás. El señor Báthory me observaba descolocado
mientras Abel trataba de esconder la risa. Ansié darle otra bofetada con todas mis fuerzas. Pero en lugar
de eso, le miré abochornada y salí corriendo.
«¡Santo Dios! Pero qué joven más rara», escuché murmurar al conde a mi espalda. «Se parece a su
padre».
Alcancé los jardines del palacio, me senté bajo un árbol y finalmente me derrumbé. Toda la tensión y
la acongoja acumulada durante días, afloraron en forma de lágrimas. Desde mi rincón contemplé mi
alrededor sumergida en la tristeza. Me sentía vacía. Y ese mismo vacío me atormentaba, pues sabía que
me acompañaría de por vida si perdía a Abel. Me dio otro ataque de llanto porque era con seguridad lo
que ocurriría, en vista de que era imposible que habláramos sin discutir.
—Mi hermano es muy orgulloso —dijo de pronto Micael, tomando asiento a mi lado.
—¿Y qué hago? He intentado razonar con él pero es imposible. Siempre acabamos discutiendo.
—¿Ahora me comprendes? —Insinuó con sutileza—. Luzbel nunca da su brazo a torcer, estás con él o
contra él. O apoyas sus decisiones o te declara la guerra. No acepta el diálogo, no se conforma con lo
que tiene y su corazón inquieto es lo que realmente le condena —me reveló en un tono apagado.
—Sí, sé lo obstinado y mezquino que puede llegar a ser. ¿Pero sabes? Él es bueno, Micael —le
aseguré pese a mi disgusto—. Aunque no me creas, he visto a ese arcángel de luz brillar en sus ojos. Lo
he visto como te estoy viendo a ti.
—¿Y si es tan grande tu fe en él, por qué pierdes el tiempo derramando lágrimas aquí sentada?
Mientras sigas creyendo en Luzbel tienes motivos para seguir luchando. Quizás entonces, logres obrar el
milagro que se necesita para devolverme la confianza en mi hermano —musitó entristecido.
—O morirás, porque no has venido a este mundo para rendirte. Está en tu destino alcanzar aquello en
lo que todos hemos fracasado. Incluido yo —habló de manera misteriosa.
—Quiero decir que tengo esperanza en ti y tú en Luzbel. Lo que tenga que ser, será.
Me levantó del suelo, me dio un abrazo cariñoso y me instó a que secase mis lágrimas.
Unas horas más tarde los cazadores volvieron cargados de piezas de animales inertes. La señorita
Nadasdy se aferró al cuello de Abel en cuanto lo vio. Pero él la apartó con desdén, visiblemente aburrido
y harto de aguantarla. Entonces se dio cuenta de que los observaba y de que había vuelto a descubrir su
pantomima, y se inclinó sobre la sobrina del conde para susurrarle algo en el oído. Luego los dos se
escabulleron entre los demás intercambiando sonrisas y miradas intencionadas. Tuve un mal
presentimiento. ¿Qué irían a hacer arriba? Allí estaban las dependencias y... las habitaciones. Un sudor
frío me recorrió el cuerpo. No, él no se atrevería a hacerme eso.
Subí volando las escaleras, y efectivamente, los vi entrar en el dormitorio de ella. Me detuve unos
instantes delante de la puerta, unos instantes que se me hicieron eternos y en los que me pregunté de todo,
como por ejemplo qué podía hacer. ¿Aporrear la puerta hasta echarla abajo? ¿Montar un espectáculo para
que salieran afuera? Solo sabía una cosa y es que quería estar enterada de lo que pasase ahí adentro. Y
sin dudarlo un segundo bajé las escaleras tan deprisa como las había subido. Salí al exterior del palacio
y busqué desde la fachada la ventana de la habitación. En una de ellas divisé algo de movimiento. Tenía
que ser esa. Me descalcé y comencé a trepar por la pared del castillo. Algo que jamás hubiera podido
hacer sin los entrenamientos de Piero, pero que agradecí, porque fui capaz de escalar unos doce metros
casi en un pestañeo.
Conseguí tocar los barrotes de hierro forjado de la ventana y desde allí, vi cómo Abel y la señorita
Nadasdy hablaban. Suspiré llena de alivio. «Hablaban». Pero de repente la sobrina del conde se aferró a
su nuca y le soltó un beso apasionado. Entonces Abel abrió los ojos al verme colgada en la ventana, yo
perdí el equilibrio, y me precipité al vacío. En cuanto mis pies tocaron el suelo, escuché un desagradable
«crack» y caí desplomada en la hierba. Estaba viva. Tenía el corazón roto, pero seguía viva y entera. ¿O
no? «¡Aaaaaaayy!», grité al sentir una descarga eléctrica que me dobló en dos. Fue como si me
sacudieran millones de voltios de cintura para abajo.
Abel salió al jardín como una flecha, seguido por Piero, Micael y algunos invitados más del palacio.
Se inclinó a mi lado y Piero hizo lo mismo.
Estaba tan alterado que era incapaz de mantener las formas. Me tomó en brazos y subió de dos en dos
las escaleras mientras yo me retorcía en su regazo. Cuando llegó a mi habitación, dejó que Micael pasara
adentro y cerró la puerta en las narices de los curiosos. Acto seguido, me depositó en la cama con
extremo cuidado y comenzó a tocarme las piernas. Me enrosqué como una anguila ante aquel dolor
electrizante.
—Tiene una fisura en el peroné de la pierna derecha y una fractura conminuta en la pierna izquierda —
anunció sin dejar de explorarme—. Pero por suerte no hay desgarros importantes de tejido —agregó
aliviado.
—Fui el propietario de un rancho con caballos de competición y yo los operaba cuando se lesionaban.
Tengo estudios veterinarios, así que sé de lo que hablo —alegó con seguridad—. El caso es que será
necesario corregir el ángulo del hueso de la pierna izquierda. Pero aquí no tengo mi instrumental, por lo
que seguramente tendré que utilizar la magia, ¿entiendes? Y necesito que salgas ahí fuera y evites que me
interrumpan.
«¡Sí! ¡sí!», aplaudí para mis adentros. Rafael era la mejor opción. No pensaba consentir que me curara
un veterinario. Madre mía, ¿era veterinario? Aún no me lo podía creer.
—Claro, y si alguien descubre a Rafael y pregunta, le diremos que lo teníamos escondido en el armario
para una posible emergencia como esta. ¿Quieres dejar de decir tonterías y hacer lo que te pido? —le
ordenó enfadado.
—Está bien.
—¡Espera, Micael, espera! —conseguí suplicar—. No me dejes aquí con él. ¡No dejes que se me
acerque!
—¡Ya está bien! —protestó Abel—. Sal ahí fuera de una vez y asegúrate de que no entren —repitió
empujando a Micael hacia la puerta.
—Dana, ahora te diré lo mismo que le decía a mis yeguas: «shooo, chica, shooo». O lo que es igual:
«cálmate y quédate quieta».
Le observé sin dar crédito. ¿En serio me estaba hablando como a un caballo? Pero eso no era lo que
me importaba ahora.
—¿Me va a doler?
—No, no quiero que te acerques a mí. ¡No soy una de tus malditas yeguas! —Lloriqueé asustada—.
Todo esto es por tu culpa.
—Sí, bueno, ya que lo mencionas, ¡recuérdame que luego te mate por tu estupidez! —me recriminó
furioso.
Vi que seguía acercándose a mí y le tiré los cojines que tenía a mano, pero Abel los esquivó con
facilidad y me lanzó una mirada intimidante.
—Te lo advierto, si no te quedas quieta te sujetaré yo mismo —me amenazó con el dedo.
Y de pronto, una fuerza invisible me dejó inmovilizada en la cama, sin poder siquiera articular palabra
o pestañear. Estaba totalmente a merced de Abel.
—Te dije que te calmaras —refunfuñó, arrastrándome al borde de la cama—. Te dije que te estuvieras
quieta y confiaras en mí. Pero ya imaginé que no me lo pondrías fácil y que tendría que usar la magia para
controlarte.
Deseé luchar contra su energía, deseé arrancarme la amordaza invisible y pedir auxilio a gritos, deseé
escapar de sus manos. Pero él me tenía acorralada y sin escapatoria. Se sentó frente a mí, a un nivel más
bajo, con intención de palpar y recolocarme el hueso más fácilmente. Me invadió un miedo pavoroso de
imaginar lo que vendría a continuación, y antes de que el dolor me sobrepasara perdí el conocimiento.
Desperté somnolienta y desorientada. Me habían administrado algún tipo de calmante, lo que explicaba
que apenas sintiera dolor. Busqué con la mirada a Abel, pero ya no estaba en la habitación. En su lugar se
encontraba un señor de pelo cano y semblante serio. Luego fui consciente de la rigidez que me envolvía
de rodillas para abajo y comprobé que tenía las piernas escayoladas.
—Oh, señorita Ranieri, ya se ha despertado usted —dijo el señor—. Soy el médico al que llamaron
anoche para atenderla.
—¿El señor Rumsfeld? Déjeme aclararle que hizo un magnífico trabajo con usted. Yo solo he tenido
que colocarle las vendas enyesadas. Pero gracias a su intervención, se recuperará antes de lo previsto y
no le quedarán secuelas. Aunque tendrá que hacer bastante reposo durante algún tiempo y deberá utilizar
la silla de ruedas que le he dejado —dijo señalando hacia el otro extremo de la habitación.
Giré la cabeza y me estremecí al ver aquel artilugio aparatoso esperando a ser usado. Ya me veía
echando carreras con el abuelo por los pasillos del monasterio.
—Le diré al señor Rumsfeld que puede pasar a verla. Y permítase decirle que el señor Ranieri, y ese
otro hombre de ojos tan extraños, no han dejado de preguntar por usted. Tiene suerte de ser una dama por
la que se preocupen tanto —expresó con una sonrisa compasiva antes de dirigirse a la puerta con su
maletín.
Dos segundos más tarde Abel entró como un vendaval en la habitación y se apresuró a analizar mis
piernas escayoladas.
Ahora que el dolor había remitido, volvía a haber espacio para el resentimiento. Y su beso con la
señorita Nadasdy se había grabado a fuego en mi mente.
—Dana, ¿en qué narices estabas pensando para trepar por esa ventana como un koala? ¡Podías haberte
matado! —me reprendió en voz alta.
—La besaste —le reproché al borde de las lágrimas, lo que por fin se conmovió.
—Te equivocas, fue ella quien me besó al ver que no daba el primer paso, y no lo pensaba dar. Solo
subí a su habitación con la idea de molestarte —reconoció entre dientes. Luego guardó silencio unos
segundos y me observó angustiado—. Dana, no podemos seguir así. Maldita sea, mocosa —gruñó—, yo
no soy un jovenzuelo imberbe para verme en esta situación bochornosa. Yo soy un hombre, y tengo
derecho a frecuentar a la mujer que quiero sin justificarme o tener que esconderme —protestó herido en
su amor propio.
—No, claro que no eres un jovenzuelo. Eres el mismismo señor de la oscuridad —comenté
enternecida.
—Sé perfectamente lo que querías, Dana —me aseguró poniéndose rígido—. Sé que tenías la
esperanza de que hablando con Miguel, quizás llegáramos a entendernos y la paz volviera a reinar entre
nosotros. Y es lo que más me enfurece, Dana, porque no eres consciente de lo que me estás pidiendo.
—Sé que es difícil, Abel. No soy estúpida —repliqué—. Yo solo me conformo con que os pongáis de
acuerdo una sola una vez. Y ya la reconciliación vendrá más adelante... —le dejé caer con una sonrisa
traviesa.
Abel entrecerró los ojos, intentando mantener la calma, y luego me miró exasperado.
—Está bien —.Suspiró—. ¿Quieres que hable con Miguel? ¿Eso quieres?
—Sí.
—Pues te demostraré lo que ocurre cuando suplico al cielo —accedió con una expresión helada que
me estremeció.
Salió de la habitación a grandes zancadas y volvió al cabo de un rato, tirando del brazo de Micael. Lo
miré enfadada. Desde luego esa no era la mejor forma de empezar una negociación.
—¿Luzbel, qué sucede? ¿Le ocurre algo a Dana? —preguntó, paseando la vista de uno al otro con
ansiedad.
—Sucede que ella quiere que hablemos y eso haremos —decretó entre dientes.
—¿Hablar? ¿Hablar sobre qué? —inquirió Micael, cada vez más confundido.
Me resultó divertido ver a un hermano totalmente perdido, a la vez que el otro se mantenía rígido,
intentando tragarse el orgullo para lograr decir las primeras palabras.
—Le decía a Dana que no podemos seguir con esta situación —.Habló al fin—. Es bochornoso para mí
y un incordio para vosotros que tengáis que manteneros tan pendientes de nosotros.
—No he terminado —le espetó cortante—. Como decía, no podemos seguir así, por lo que creo
conveniente establecer una serie de pautas.
—Estoy dispuesto a llegar a un acuerdo, siempre y cuando no te opongas a que Dana y yo podamos
vernos libremente —dijo mirando directamente a los ojos de su hermano.
Micael reaccionó sorprendido ante sus palabras y luego recuperó la compostura.
—Luzbel, me temo que no puedo aceptar —se lamentó—. Vuestros encuentros implican un riesgo muy
grande que no podemos correr. Lo que ocurrió en el Seol hizo que los brujos desconfiaran y hablasen de
Dana —le explicó, aprovechando para reprochárselo.
Abel me miró entre irritado por fracasar una vez más y satisfecho por haberme demostrado que tenía
razón y que dialogar no había servido para nada. Así que decidí intervenir de manera drástica.
—Lo siento Micael, pero aceptarás el acuerdo —.Los dos se quedaron desconcertados ante mi tono
contundente, y proseguí—. En realidad la decisión ya está tomada y el que lo discutamos contigo es para
demostrarte que tenemos interés en hacer bien las cosas. Micael, nos importa tu opinión —agregué en un
tono conciliador.
—Calla —le regañé—. Micael, si lo piensas, es mejor así. Como tú dices, nuestros encuentros
implican demasiado riesgo. Un riesgo que desaparece si actuamos con naturalidad.
—Aún así...
—Si lo que te preocupa es Abel, te prometo que no volveré a dejarme llevar por su mala influencia.
Abel me miró boquiabierto y yo le dirigí una sonrisa burlona. Acababa de cobrarme la revancha por su
jugarreta con el conde Bathory.
—No pongas esa cara —le soltó Micael—. Sabes que eres peor que una mala influencia.
—Basta —les detuve a los dos—. Estoy harta de vuestras tontas discusiones. Ahora mismo vamos a
solucionar esto, o juro que os lanzo por la ventana. ¿Queda claro? —Les avisé en serio—. Vosotros
seréis dos poderosos arcángeles, pero aún no habéis visto a una bruja enfadada —terminé de gruñir.
—No, no la tienes.
—No sabía que además de su mayordomo, fueras su padre —se mofó Abel, molesto ante tanto
requisito.
—Soy su consejero y el encargado de velar por su cuidado. En el fondo creo que nos mueve el mismo
interés, Luzbel —le dijo ofreciéndole una mano amistosa.
—Abel, ya sabes cómo se cierra un acuerdo —le recordé, al ver que se resistía a devolver el gesto.
—No creas que esta tregua durará por siempre. Tú tienes muchas cuentas pendientes conmigo, Miguel.
Y algún día me las cobraré con creces, no lo olvides —le previno en un tono frío y amenazador—. Hasta
entonces, aceptaré tus estúpidas normas y soportaré tu compañía cuando deba hacerlo. Pero tú no
envenenarás a Dana en mi contra, no volverás a mostrarle nada de nuestro pasado y desde luego, no
sabotearas nuestros encuentros. Estas son mis condiciones —dictaminó estrechando por fin la mano de su
hermano.
Los contemplé intentado controlar la emoción. Ahí estaban los dos hermanos acercando posiciones
después de siglos de frío distanciamiento. El bien y el mal condenados a entenderse. Y me di cuenta de
que era parte de los dos por igual. A uno le había entregado mi corazón y al otro le debía lo que era.
Micael volvió a salir del cuarto para dejarnos a solas. Y Abel y yo nos miramos fijamente hasta que
rompimos a reír, nerviosos.
—Así que eres veterinario, abogado y chef —bromeé para quitarle hierro al asunto.
Abel se acercó con una sonrisa y me besó dulcemente. Aunque tendría que darme muchos más besos
como ese, si quería que me olvidara del que le había dado a la sobrina del conde.
—Sí, soy todo eso y mucho más —me contestó, antes de darme otro beso en la frente.
—Como idiota —me susurró—. Dana, lamento haber sido tan ruin contigo. Cuando te vi caer de la
ventana, me di cuenta de lo lejos que había llegado con mi plan para darte celos.
—No te preocupes —.Le sonreí—. Estoy tan contenta por que hayas llegado a un acuerdo con Micael
que casi te he perdonado. Solo falta que le expliques a la sobrina del conde que por su bien es mejor que
no siga echándote la zarpa.
—No me lo recuerdes, lo he pasado fatal viéndote coquetear con la señorita Itsy Nadasdy —confesé
avergonzada.
—Lo siento, mocosa. Pienso compensarte hasta que lo olvides —me garantizó, antes de pegar sus
labios a los míos y besarme lleno de pasión.
—Ahora me toca a mí hablar con Piero —le susurré con la respiración acelerada.
Luego me dio otro beso, fue al baño a por un vaso de agua y cogió un paquete de pastillas que había en
la mesita.
—Te toca tomar el analgésico para el dolor —me recordó, dándome la pastilla y el vaso.
No quería tomarme el analgésico porque me daba sueño y yo deseaba seguir espabilada para estar con
él.
Obedecí a regañadientes y después él, se acomodó a mi lado en la cama. Yo pegué mi cara a su pecho
con idea de recrearme en su aroma. Pero enseguida me descubrí haciendo algo más que olfatearle, le
estaba saboreando con pequeños besos. Escuché que se reía y me rodeaba con mayor fuerza entre sus
brazos. Sabía que mi arrebato pasional no llegaría muy lejos por el efecto de la pastilla. Y me quedé
dormida con mis labios sobre su cuello.
Filomena me despertó por la mañana para que desayunase mientras ella hacía mi maleta. Íbamos a
volver a Roma ese mismo día. Mis amigas aristócratas y muchos otros invitados, ya habían partido a sus
hogares. Pero nosotros nos habíamos quedado un día más, por culpa de mi caída.
Cuando llegó la hora del baño formamos un espectáculo horrible. Filomena sudó para sentarme en la
silla de ruedas y luego para meterme en la bañera sin mojarme las escayolas. Y yo me sentí miserable
mientras me enjabonaba espatarrada y la mamma esperaba a que terminara con una toalla en la mano. De
hecho, me habría sentido una completa desgraciada, si no hubiera sido porque mi reconciliación con
Abel me salvaba del desconsuelo.
Salimos de palacio y vimos a Piero ayudando a Mateo a meter el equipaje en el maletero. Los pocos
invitados que quedaban hacían lo mismo en los coches de al lado. Piero me saludó de soslayo y siguió
colocando los bártulos. Desde lo mío con Abel, estaba tenso y apenas me dirigía la palabra. Traté de no
darle importancia. Piero solía comportarse como un niño enrabietado cuando algo no le gustaba. Y el
señor Rumsfeld no le gustaba lo más mínimo. Tampoco podía reprochárselo. Sabía que el odio que sentía
hacia Abel era algo innato. Era su instinto advirtiéndole que estaba frente a su peor enemigo.
Micael me tomó en brazos para que Piero pudiera plegar la silla en el maletero, y de repente sentí que
se quedaba paralizado.
—¿Y?
—Alguien te ha acusado de algo, pero no sé muy bien de qué se trata. Tenemos que regresar al
monasterio inmediatamente. Esto no me gusta —murmuró para sí mismo.
—Bueno, pues ya está todo listo para partir —nos comunicó, Piero.
Pero su tranquilidad se esfumó en cuanto vio a Abel aparecer por el aparcamiento para despedirse.
—Acostúmbrate Pedrito. Me verás a menudo por Roma, pues ya imaginarás qué asunto me empuja a ir
—dijo dedicándome una sonrisa radiante. Pero su sonrisa se quedó congelada en la cara cuando percibió
mi angustia y la de Micael—. De hecho, creo que iré a Roma mucho antes de lo previsto —agregó, sin
dejar de mirarnos.
—No creo que lo suyo con mi prima dure demasiado tiempo. No habéis dejado de discutir desde que
os conocéis —comentó con un deje de satisfacción y chulería.
—Pedrito, tu desagrado hacia mí te ciega. De lo contrario habrías entendido que nuestras discusiones
eran simples rencillas de dos enamorados con demasiado genio.
—Lo que tú digas —masculló Piero por lo bajo, antes de darle la espalda y volver al coche.
Juan 8:32
PARTE 5
NIGROMANTE
Llegamos al monasterio cerca del anochecer. Durante el trayecto no dejé de darle vueltas a lo que
podía significar la visión de Micael. Pero ni él mismo sabía muy bien lo que había visto, y decidimos no
volver a tocar el tema para evitar caer presos de la inquietud. Sin embargo, cuando vimos a Leandro
esperándonos en la puerta, nuestros peores temores se confirmaron y nos miramos angustiados.
Piero me tomó en brazos y me colocó en la silla de ruedas. La expresión dura del supervisor se
suavizó al verme inmovilizada y con las piernas escayoladas.
—¿Pero qué ha podido ocurrir para que esté así de enfadado? —se preguntó en voz alta.
—No lo sé —contestó Micael—. Lo mejor para salir de dudas es que les digamos a Filomena y Mateo
que dejen nuestras maletas en el apartamento y vayamos directamente a hablar con Leandro.
Piero se fue enseguida a dar la orden y luego los tres nos dirigimos al despacho del supervisor,
repletos de incertidumbre y angustia. Allí ya se encontraban reunidos Leandro, el Gran Abuelo y el
cardenal Werian. El abuelo me observó sorprendido cuando vio que compartíamos artilugio con ruedas y
yo me revolví con mayor preocupación. Estaba claro que algo muy grave había ocurrido.
El supervisor nos invitó a tomar asiento y él hizo lo mismo con aire de resignación.
—Leandro, espero que tantos preámbulos tengan un motivo justificado. Nos estás matando de los
nervios.
—Los tiene, Piero, los tiene —le aseguró el supervisor en actitud recta, y anunció—. Dana ha sido
acusada de nigromante.
Piero se puso en pie de un salto y yo me agarré fuerte a la silla para no escurrirme por la impresión.
—¿Cómo dices?
—Dana Ranieri, yo te acuso de conspirar con el diablo en nuestra contra y de ser una de ellos, ¡una
nigromante! —gritó apuntándome con el dedo.
Me quedé perpleja y Piero volvió a explotar.
—¿Cómo te atreves, Werian? ¿En qué te basas para asegurar semejante disparate?
—No es ningún disparate, tengo pruebas que avalan mis palabras —alegó a su favor.
—¿Qué pruebas? —preguntó Micael, con voz templada. Aunque dejando entrever cierto nerviosismo
en sus ojos.
Werian se puso en pie exhibiendo un aire glorioso y calculador, que me puso la piel de gallina. Sabía
que ese buitre debía tener una buena razón para hablar, y así fue. Se acercó a una estantería y sacó el
Codex Gigas.
—Esta es una copia de La Biblia del diablo y Dana la tenía en su habitación —indicó acusándome
también con la mirada.
—¡Ehh! no tenías ningún derecho a registrar mis cosas —le reproché completamente indignada.
Pero enseguida comprendí que había hablado más de la cuenta. Werian también lo creyó y dibujó una
sonrisa maligna.
—¿Así que reconoces que ese libro es tuyo, Dana? —me preguntó Leandro.
—Piero me aconsejó que me deshiciera de ese libro, pero yo no le hice caso porque era de mi padre
—salté para defenderle—. Lo que me indigna, es que Werian se atreva a revolver en mis cosas y nadie se
lo reproche.
—Yo no te registré nada, no tengo necesidad de caer tan bajo —se justificó él.
Werian se dirigió a la puerta e hizo entrar a alguien de fuera en el despacho. Me quedé muda cuando vi
de quién se trataba.
—Irina fue la que me entregó el Codex Gigas y ni siquiera tuvo que robar nada, ¿verdad? —le
respaldó el cardenal.
—Así es —admitió ella—. Tengo llaves del apartamento porque suelo frecuentarlo.
—Pero Irina nos tiene que contar más cosas interesantes —prosiguió Werian, instándola a hablar.
—Procede, muchacha —le ordenó Leandro.
—Verá, supervisor, yo... Yo a veces me levantaba en mitad de la noche y escuchaba cosas extrañas.
Cosas extrañas como cánticos y palabras en latín que venían de la habitación de Dana.
—¡Mentira! —saltó Piero antes que yo—. ¡Esa víbora está mintiendo! Mi prima jamás hizo nada
inusual.
—Tú no te dabas cuenta porque dormías como un tronco —lo contradijo molesta por que me
defendiera.
—Pero yo apenas duermo y nunca vi nada, joven —intervino Micael con sutileza.
—Porque ocurría cuando el monje bajaba a la capilla a rezar —se justificó Irina.
—Exacto —volvió a hablar Werian antes de que replicara Micael—. Y ese libro demuestra que Dana
practica la magia negra. Lo que igualmente explica que tenga una habilidad asombrosa con los poderes y
que el diablo no le hiciera nada. ¿Es que no lo ves, Leandro? Está todo muy claro. Dana es una
nigromante y debes expulsarla ahora mismo del monasterio —exigió deseando que el supervisor
sucumbiera a su reclamo.
—Para poder acabar con ella más fácilmente, ¿verdad, Werian? —le dejó caer.
—Sabes perfectamente lo que insinúo, viejo zorro —le endilgó sin recato—. Puede que Leandro esté
ciego y no vea más allá de sus propias narices, pero yo no me trago nada de lo que has dicho. Yo sé que
Irina no ha encontrado ese libro por casualidad, porque también sé perfectamente lo que tú buscas en
realidad. Aquí el único topo eres tú y la maldita Iglesia para la que conspiras en secreto.
—Leandro, no tengo por qué tolerar esta sarta de injurias disparatadas —protestó Werian, en su papel
de religioso estirado.
—Ese libro es una prueba irrefutable que avala más que de sobra mis palabras. Y en cambio, nadie
puede probar nada en mi contra. Si alguien aquí debe justificarse, es la señorita Ranieri y no yo.
—Calmaos todos —pidió Leandro—. Es sabido que el abuelo puede ser muy desconfiado a veces y
que como acaba de demostrar, tiene una imaginación desbordante. No se pueden leer tantos libros sobre
espías e intrigas, abuelo —agregó a modo de reproche.
—¡Cierra esa boca, Irina! —le reclamó Piero, totalmente indignado por su intervención en la reunión.
—¿Demostrarlo? ¿Cómo?
—Luchando contra uno de ellos —sentenció—. Si es cierto que es inocente, no tendrá inconveniente en
matar a un nigromante.
—¿Es que os habéis vuelto locos? ¿Cómo va a luchar contra nadie, si tiene las piernas rotas?
Algo con lo que Irina contaba perfectamente. Y sonrió de forma maliciosa porque sabía que si Leandro
accedía a su reclamo, no saldría viva de aquella encerrona.
—Está bien, está bien —dijo el supervisor—. Ya es bastante tarde para seguir discutiendo todo esto y
yo necesito meditar con calma para tomar una decisión —alegó lleno de dudas.
Micael empujó mi silla intentando disimular su crispación y salimos del despacho detrás de los demás.
El abuelo me acarició una mano mientras me rebasaba para dirigirse a su habitación. Era la primera vez
que le veía tener un gesto cariñoso conmigo, pero en mi angustia no había espacio para el asombro. Me
encontraba demasiado preocupada con mi situación en la escuela agrippiana. Y no era para menos, ya que
si Leandro finalmente aceptaba la propuesta de Irina, estaría sentenciada a muerte.
Cuando llegamos al apartamento, Piero estaba tan furioso que se encerró en su habitación sin hablar
con nadie. Pero supe interpretar su miedo camuflado con la rabia. Micael y yo también sentíamos ese
temor de forma menos violenta. Los dos nos mirábamos acongojados y tensos, aunque al mismo tiempo
éramos incapaces de articular palabra. Era como si una nube tormentosa flotara a punto de descargar
sobre nuestras cabezas.
Filomena apareció por el apartamento poniendo fin a nuestro luctuoso silencio y me entregó un
pequeño paquete con una nota que había llegado a mi nombre. Luego la mamma me miró afligida y nos
fundimos en un abrazo. Sabía que me estaba dando algo así como la extremaunción, pero al menos me
alivió comprobar que creía en mi inocencia.
Cuando me quedé a solas en mi habitación, leí la nota del paquete que me había dado Filomena y
descubrí que venía del sanatorio donde se encontraba recluido mi tío. Al parecer había muerto y lo que
había dentro del paquete era su extraña herencia. Y su herencia resultó ser algo que jamás hubiera
imaginado.
Me desperté antes de que Filomena me trajera el desayuno. Pero no fui la única en madrugar. Piero y
Micael me esperaban con expresión retraída para volver juntos al despacho de Leandro. Y el abuelo se
sumó a nuestra comitiva fúnebre con el mismo semblante apagado de la noche anterior. Irina y Werian, en
cambio, ya esperaban allí, sin poder ocultar su regocijo. Había que reconocer que como enemigos eran
formidables.
Cuando el supervisor llegó a su despacho, supe por sus ojeras y su aspecto desaliñado que tampoco
había pegado ojo. Y mientras se dirigía a su sillón de director noté que evitaba el contacto visual
conmigo, lo que me dio mala espina. Decidí desviar la mirada y aguardé a que empezase hablar con el
corazón latiéndome como un muñeco de cuerda.
—Bien, después de haber estado meditándolo seriamente he decidido que Dana debe recoger sus cosas
y dejar la escuela hoy mismo —sentenció con firmeza.
—Claro que puedo —le contradijo Leandro—. Y desde luego, es lo mejor en vista de su situación.
Está claro que con las piernas rotas no puede enfrentarse a nadie y menos a un nigromante. Pero tampoco
puedo permitir que siga en esta escuela, ya no confío en ella —agregó mirando con dolor, a la hija del
que había sido su mejor amigo.
—Dana, ¿es que te has vuelto loca? ¡Tienes las piernas rotas! —me recordó Piero.
—Tu primo tiene razón —se apresuró a hablar Micael—. ¿Por qué no hablamos después con más
calma? —me insinuó entre dientes, casi en una orden.
—¡No, no hay nada de qué hablar! Prefiero morir luchando a permitir que manchen mi nombre.
Entonces me di cuenta de que Irina volvía a sonreír. Y supe que su odio era tan grande que me prefería
muerta a verme libre.
—Está bien —. Puso orden Leandro, nervioso ante esa tesitura—. Dana, tienes hasta mañana para
meditar tranquilamente tu decisión. De lo contrario, espero que de verdad estés dispuesta a llegar tan
lejos para demostrar tu inocencia. Una vez que atravesemos la dimensión de los nigromantes, ya no habrá
marcha atrás —me advirtió de forma tajante.
Asentí decidida y Piero volvió a dirigirme una mirada perpleja, antes de salir furioso del despacho.
Werian e Irina se sonrieron contentos con el desenlace de la reunión. Sabían que de cualquier manera
aquel era mi fin.
Micael empujó mi silla con cierta tirantez hasta la entrada del monasterio. Luego me tomó en brazos,
cruzamos el prado y nos internamos en el bosque. Cuando llegamos al claro, vimos que ya nos estaban
esperando sus hermanos. La situación reclamaba una reunión urgente. Segundos después apareció Abel, y
el arcángel de pelo cobrizo se puso tenso.
—¿Qué hace aquí, Miguel? Pensé que esta era una reunión privada.
—Y así es Rafael, pero Luzbel también tiene derecho a estar aquí y por eso lo he llamado.
Abel me arrancó de los brazos de Micael para cargarme él mismo y después le lanzó una mirada de
advertencia a Rafael.
—Ni sueñes con dejarme al margen. Yo tengo más derecho que cualquiera de vosotros a velar por el
bienestar de Dana —le dejó claro.
—Calma, chicos —intervino Gabriel—. Cuanto antes dejéis de discutir, antes sabremos lo que tienen
que decirnos Miguel y Dana.
Sus palabras surtieron efecto de inmediato y los dos arcángeles de más temperamento, se mordieron la
lengua, ansiosos por conocer los detalles.
—¿Y bien? —preguntó Abel, que era el que menos paciencia tenía.
—Al final no han expulsado a Dana —se limitó a decir Micael, con voz apagada.
Rafael esbozó una sonrisa, demostrando también su alegría. Pero Abel seguía con su rostro adusto y
con los ojos clavados en los de Micael. Percibía por el aura oscura que destilaba su hermano, que no
había terminado de hablar.
—No han expulsado a Dana porque ella ha preferido la otra opción —consiguió confesar.
—¿Qué otra opción? —preguntó Gabriel de forma inocente.
Se hizo un silencio sobrecogedor entre los hermanos. Incluso pude notar cómo Abel se convertía en
una estatua de piedra. Asustada, repetí su nombre varias veces pero no me respondió. Después, me
depositó con cuidado sobre una gran roca para seguir asimilando la noticia, sin correr el riesgo de
dejarme caer al suelo. ¡Su rostro se había vuelto pálido!
—Dana, ¿estás segura de la decisión que has tomado? —quiso saber Micael. Era el único arcángel al
que aquello no le había cogido por sorpresa y no se había quedado congelado—. Te prometo que
comprenderé si decides dejarlo todo. Lo que ha pasado no ha sido culpa tuya.
—Quizás Dana tiene razón y es mejor no permitir que Werian se salga con la suya.
—No sé, no sé, yo lo veo arriesgado... —opinó Gabriel, observando mis piernas escayoladas.
—¡Una misión suicida, querrás decir! —estalló Abel, que por fin había reaccionado. Luego corrió
hacía Micael y le agarró por el cuello de la túnica—. Estás loco si piensas que voy a permitirlo, ¿me
oyes, perro? Ahora mismo me llevo a Dana de aquí.
Los otros arcángeles se apresuraron a separarlos antes de que la discusión llegase a mayores y yo
entendí que debía hablar con mayor claridad.
—No puedes pedirme eso, Dana. ¡No puedes pedirme eso! —rugió repleto de ira.
Se dio la vuelta y derribó un árbol de solo un puñetazo. Luego nos fulminó con la mirada mientras
nosotros le contemplábamos algo asustados.
—No tienes ni idea de a lo que te piensas enfrentar. No son como las criaturas que habitan el Seol, son
mil veces más fuertes, tienen mucho más poder y tú, ninguna posibilidad frente a ellos —repuso algo más
tranquilo, pero observando con angustia mis piernas inmóviles.
—Si lo dices por eso, Rafael me puede curar. Y en cuanto a los nigromantes, yo también soy buena
usando mis poderes y sé que tengo posibilidades de ganar esa pelea.
—Dana, cuatro trucos de magia no te servirán para detenerles —replicó irritado—. Se necesita mucho
más que eso. Créeme, yo les he dado ese poder y sé de lo que hablo —me aseguró al borde de la
desesperación.
—No subestimes mi capacidad como bruja, yo también puedo defenderme muy bien —insistí ofendida
por su falta de confianza.
—¡Al cuerno con hacerte razonar! No pienso consentir esa locura —me contradijo rotundo.
—Sí lo harás —terció Micael, igual de firme—. Dana ha tomado una decisión y cuenta con nuestro
apoyo.
Rafael y Gabriel se colocaron detrás de él para reafirmar sus palabras y Abel observó a Micael lleno
de desprecio.
—Yo creo en Dana y tú deberías hacer lo mismo, Luzbel, porque la fe es amor. Algún día tendrás que
empezar a entenderlo.
—Ya lo has oído —. Volví a hablar—. Si tu amor es sincero, tendrás que respetarme.
Sus ojos grises me taladraron por un segundo y bramó como un animal herido. Desvié la mirada para
obligarme a resistir esa tortura.
—Rafael, cura mis piernas, por favor —susurré, con la escasa entereza que me quedaba.
El arcángel de pelo cobrizo asintió con solemnidad y se dirigió hacia mí a paso lento. Yo seguí
evitando mirar a Abel, pero podía percibir su dolor diluido en el aire que me envolvía. Rafael extendió
sus manos, iluminando de luz curativa mis piernas, y cuando obró el milagro, las escayolas se agrietaron
hasta reventar en mil pedazos. Luego me ayudó a bajar de la roca y se colocó delante de mí, mientras yo
daba los primeros pasos con la misma torpeza de un bebé.
Los arcángeles se mantenían muy atentos a mis movimientos. Abel, en cambio, seguía cabizbajo,
escondiendo su terrible tristeza. Desvié mis pasos hacia él y le obligué a devolverme la mirada. Sus ojos
estaban nublados de lágrimas.
—Lo que me pides no es justo. No puedo renunciar a ti, Dana —replicó con la voz estrangulada por la
pena.
—Mañana no sé qué ocurrirá —le confesé con sinceridad—. Pero sí sé algo, y es que tu amor me dará
la fuerza que necesito.
—Pero...
—Escúchame —le supliqué—. Tú sabes que lo que sentimos es tan inconcebible e inmenso, que ha
convertido a dos seres destinados a odiarse, en amantes. ¡Hemos superado a la misma muerte! —Nos
reímos nerviosos y apenados—. ¿De verdad crees que no podré superar lo de mañana? Ni un puñado de
nigromantes me separará de ti. Así que por una vez ten fe —le supliqué emocionada.
Abel me besó la mano con inmensa delicadeza y una de sus lágrimas humedeció mi piel. Pero pese a su
acongoja, en sus ojos brilló un resquicio de esperanza. Él sabía como yo que lo que había entre nosotros
era mucho más fuerte que la adversidad y su amor era tan limpio que le forzaba a comprenderme. Nos
fundimos en un beso. Un beso que se fue volviendo más intenso a medida que Abel presionaba mi lengua
con exigencia. Me estreché más fuerte contra su pecho y entrelacé mis dedos en su cabellera oscura.
Quería permanecer así, unida a él de por vida.
Pero siempre había alguien que se encargaba de arruinar los momentos especiales.
—¿Pero tú lo has visto, hermano? Si alguien no les llega a parar se habrían liado aquí mismo —nos
criticó por lo bajo.
—Y por cosas como esta es que odio reunirme con la familia —rezongó irritado.
Gabriel esbozó una sonrisa y se acercó a nosotros para abrazar a su desconsolado hermano. Los otros
arcángeles contemplaron absortos la escena. Las lágrimas de Abel les habían hecho creer, como una vez
hicieron conmigo, en el posible regreso del fundador de la aurora. Y yo me sentí inmensamente feliz, pues
quizás moriría al día siguiente pero ya había ganado una batalla mucho más importante.
Gabriel se quedó con Abel y nosotros volvimos al monasterio. Cuando los brujos y los monjes me
observaron caminando por mi propio pie, me abrieron paso con estupefacción. Pronto se corrió la voz y
vino el propio Leandro a cerciorarse del fenómeno. Y al verme, su rostro se volvió tan blanco como su
traje. Piero, el abuelo y los demás, también se acercaron para ver a qué venía ese alboroto y se quedaron
tan pasmados como el supervisor. Pero Werian e Irina me contemplaron aterrorizados. No esperaban al
Ave Fénix resurgiendo de sus cenizas.
—¿Cómo es que puedes caminar? ¿No tenías las piernas rotas? —me preguntó el supervisor, sin salir
de su asombro.
—Rafael pudo curarme con uno de sus maravillosos remedios —le dije sonriente para quitarle
importancia.
—Así es —intervino él—. Le quité las escayolas a Dana y le apliqué unas plantas curativas que
fortalecen la musculatura.
—Lo que no significa que esté recuperada del todo —agregó Micael para reforzar nuestra coartada—.
Pero si mañana debe luchar teníamos que intentar algo.
—Aun así...
—¡Tonterías! —saltó Werian—. Ninguna planta puede soldar un hueso por muy curativa que sea. ¿Es
que no lo ves, Leandro? ¡Lo ha vuelto a hacer! ¡Ha usado la nigromancia para curarse a sí misma y sus
cómplices la están encubriendo! Deberías expulsarles a todos —concluyó repleto de veneno.
Leandro pareció creer al cardenal, y los arcángeles y yo nos miramos preocupados. La situación se nos
había vuelto a ir de las manos, para variar.
—No te precipites, Werian —le detuvo el Gran Abuelo con antipatía—. Sí, es cierto, el milagro de
Dana se debe a la magia. Pero no a la magia negra, sino a la blanca. Yo he sido quien la ha sanado.
—Lo que dices no es posible —opinó Leandro—. Hace falta mucho poder y...
—¿Y qué mas da las palabras que ibas a utilizar? Vuelves a actuar como un necio —le regañó—. Es
cierto que ya no soy el brujo poderoso de mi juventud. Los años me han debilitado, pero soy el que más
conocimientos tiene del libro de Agrippa. Y tú, siendo supervisor de esta escuela, deberías también
conocer sus hechizos. Así su poder no te tomaría por sorpresa.
—¡Cierra el pico, Werian! —Le cortó el abuelo—. Empiezo a estar harto de tus comentarios
ponzoñosos. Aquí la única mentira que hay eres tú y la Iglesia a la que representas. Y si vuelves a
infravalorar el poder del libro de Agrippa, te convertiré en una sucia culebra con uno de sus hechizos —
le advirtió apuntándole con un dedo.
Werian enmudeció de golpe. Sabía que el abuelo le odiaba tanto que era capaz de cumplir su amenaza.
—Pues si todo está aclarado, no tiene sentido seguir discutiendo —dijo Leandro, incómodo con la
situación.
Los brujos obedecieron al supervisor y emprendieron la retirada. Hasta que nos quedamos los
arcángeles, el abuelo y yo.
—Muchacha, no hace falta que te excuses. Aquí todos tenemos secretos y tú no ibas a ser menos —me
aseguró con una sonrisa pícara.
—¿Plantas curativas? —Se burló, arqueando una ceja con desdén—. Tendréis que mentir mejor si lo
que pretendéis es ayudarla.
Los hermanos le observaron atónitos, mientras el abuelo se alejaba por el pasillo con su silla de
ruedas. Luego Rafael esbozó una sonrisa.
No sé por qué no me sorprendía oír aquello. Sabía que Abel también se habría sentido identificado con
el abuelo.
Me reuní con Piero para entrenar. Seguía confundido e indignado con todo lo que había ocurrido, pero
resultó más fácil de convencer que a Abel. Porque a pesar de sentirse angustiado, comprendía que un
Ranieri siempre plantaba cara a sus enemigos y luchaba hasta la muerte. Sin embargo, no podía disimular
que en el fondo estaba más afectado de lo que quería aparentar. Lo sabía porque se le notaba rígido y
malhumorado. Sobre todo con Irina. La detestaba sin ninguna contemplación y la había despreciado hasta
rozar la crueldad, todas las veces que ella había intentado acercarse a él con alguna justificación. Por lo
que Irina comprendió que había perdido a Piero para siempre y me odió más que nunca. Samira vivía
aquel drama con auténtica aflicción, pero sin tomar partido por ninguna de las partes. Sentía lástima por
ella porque entendía su problema. Samira sufría viendo a su hermana desesperada por recuperar a Piero,
pero también le preocupaba mi situación en la escuela.
Piero me ordenó hacer estiramientos para preparar los músculos antes del combate. «Te juro que si
sobrevives a este entrenamiento, mañana ganarás esa pelea», me dijo. Y así fue porque, de todos los
entrenamientos que había tenido, este había sido con diferencia el más duro. Piero intentaba enseñarme en
un día lo que se tardaba en años de aprendizaje y no tenía reparo en devolverme cada golpe. Quería que
experimentara una amenaza real y que sacara mi parte más violenta. También me dio una clase acelerada
sobre armas. Había, por ejemplo, una especie de estrellas parecidas a las que usaban los Ninja, que se
lanzaban para distraer al enemigo mientras desenfundabas la espada o el puñal. Pero si el enemigo se
encontraba fuera de tu alcance, siempre podías sacar la ballesta y ensartarle una flecha en el corazón. Y
si nada de esto funcionaba, había un arma llamado tridente, que se empleaba para atrapar y destrozar la
espada de tu adversario.
Cuando Piero dio por finalizado el entrenamiento, era más de media noche y estábamos al límite de
nuestras energías. Nos goteaba el sudor por la frente, teníamos los músculos agarrotados y apenas nos
alcanzaban la coordinación y las fuerzas para llegar sin desplomarnos al apartamento. Filomena se echó
las manos a la cabeza cuando nos ayudó a desvestirnos para entrar en la bañera. Teníamos el cuerpo
repleto de hematomas y heridas. Lucíamos una imagen tan deplorable como dos soldados de un hospital
militar.
Amaneció al cabo de unas horas y desperté muy cansada y... pegajosa. Micael me había untado por el
cuerpo un cataplasma hecho por Rafael, que rejuvenecían las células y ayudaba a cicatrizar las heridas.
Aun así me notaba tan dolorida como si me hubiera atropellado un camión. También estaba nerviosa,
pero no tenía miedo. Por extraño que fuera pensarlo, incluso deseaba que todo acabara de una vez.
Filomena ya me había dejado el desayuno en la mesa y la ropa sobre la cama. Desterré la desgana y me
obligué a comer algo para reponer fuerzas. Después me coloqué el traje de guerra y antes de salir de la
habitación, observé la Rosa de Jericó, verde y hermosa, flotando dentro de la pecera de cristal. Recordé
la historia de Micael sobre su origen divino y me pregunté si su hijo, el Mesías, le había rezado
momentos antes de ser crucificado.
Me hinqué de rodillas frente a la rosa, cerré los ojos y junté las manos.
—Así será —me sobresaltó la voz de Micael, que me sonreía desde la puerta con su afabilidad
habitual.
Increíble, pero por alguna extraña razón, Micael se encontraba tan tranquilo como cualquier otro día.
Claro que él no tenía razones para temer al ángel de la muerte.
Salimos del apartamento con Piero siguiéndonos a trompicones y dolorido. A él no le habían aplicado
ningún remedio curativo y se le veía peor que a mí. Entramos en una sala grande que jamás había visto,
donde se encontraba Leandro, los otros maestros, y un buen puñado de brujos. El espectáculo estaba
abierto para todo el que quisiera asistir. La habitación tenía una decoración tenebrosa, muy apropiada
para la escena que viviríamos. En el suelo del centro de la sala, había dibujada una estrella de cinco
puntas y en cada una de ellas, destacaba un candelabro de plata con varias velas encendidas.
—Dana, aún puedes tomar la decisión de abandonar la escuela —me recordó Leandro—. Debes saber
que una vez se abra el portal, ya no habrá marcha atrás.
—No pienso cambiar de idea. Hoy probaré mi inocencia y desenmascararé a mis enemigos —le
aseguré, observando fijamente a Werian e Irina, que me devolvieron la mirada con una sonrisa maliciosa.
—Bien, pues si esa es tu decisión no hay más que hablar. Todo aquel que desee cruzar con nosotros a
la otra dimensión, podrá hacerlo. Excepto los humanos, que como ya sabéis, carecen de magia para
atravesarlo —aclaró el supervisor.
—Hoy la única muerte que habrá, será la de la joven inmadura, que dará paso a la bruja sabia —me
dijo con sus manos en mis hombros.
—¿Cómo estás tan seguro? ¿Es que has tenido alguna visión? —le pregunté en voz baja.
—Yo te bendigo, hija mía, sucesora del legado de mi hijo de sangre —murmuró en mi oído.
Piero nos interrumpió para colocarme el cinturón de las armas. Pesaba tanto que era como llevar un
ladrillo colgado en la cintura. Y no era de extrañar, contaba con un arsenal de lo más completo; varios
puñales, un tridente, estrellas de acero, una pequeña ballesta. Solo esperaba no herirme a mi misma
cuando fuera a usarlas. Eso podría matar al nigromante, pero de risa.
—Lo siento, ojos verdes, pero tendrás que acostumbrarte al peso del cinturón. Cualquiera de esos
juguetitos puede salvarte la vida —me advirtió, a la vez que yo me calzaba las tabi y me ponía unos
guantes rojos, para evitar hacerme llagas durante el manejo de las armas.
El abuelo se abrió paso entre los maestros y los estudiantes, y me entregó un extraño objeto que
portaba encima de sus piernas paralíticas. Observé que era una espada enfundada en una vaina de bronce
que tenía imágenes interpretadas en relieve. Se creó un silencio expectante a mi alrededor. Al parecer
tenía entre mis manos una pieza significativa. La desenfundé despacio, con respeto, casi con miedo, y me
sentí abrumada cuando la hoja del afilado acero, brilló ante mí con majestuosidad. Pero no fue solo esto
lo que me dejo deslumbrada, sino su gran belleza reveladora. Tenía grabadas a lo largo del filo, distintas
escenas de caballeros librando batallas sobre un fondo de oro rojo; y en su empuñadura relucía
incrustada la cruz latina de los templarios y el león furioso de los Ranieri. Era una hermosa reliquia
familiar.
Ahogué un suspiro de admiración.
—Como ya habrás podido suponer, esta espada perteneció a un caballero de la Orden del Temple. Y
no a uno cualquiera, sino al primer Ranieri que encontró y custodió el manuscrito.
—¿Y cómo es que yo no conocía la existencia de esa espada? —se quejó Piero.
—Porque la espada solo la pueden poseer los portadores del manuscrito y yo decidí custodiarla
cuando murió Luca, a la espera de un momento como este —añadió mirándome con profundidad.
—Tonterías, ese manuscrito es solo una leyenda y yo tenía derecho a tener esa espada —protestó
Piero, indignado.
—Los templarios eran fieles defensores de la justicia y la verdad. Luchaban por todo aquello que
creían honesto y se enfrentaban a la muerte por defender a los mártires. Hoy eres víctima y soldado al
mismo tiempo —dijo mirando fríamente hacia Werian—. Pero tu espada será la bandera blanca que
ahuyente a tus enemigos y te brinde la gloria. No olvides mis palabras cuando las fuerzas te flaqueen,
muchacha —me reclamó con la voz cargada de afecto.
Me incliné para darle un abrazo con el mismo sentimiento que a un abuelo de sangre, y le juré con la
mirada que honraría su presente. Leandro se aproximó, poniendo fin a las despedidas, y pidió silencio
antes de recitar el conjuro. Para mi sorpresa, Irina decidió no acompañarnos y salió de la sala con
Micael y Werian. «¿Tendrá remordimiento de conciencia?», me pregunté con sarcasmo.
El abuelo quiso sumarse a la excursión y Leandro prefirió no impedírselo. Sabía que cuando algo se le
metía en la cabeza era inútil tratar de convencerlo, y el supervisor se concentró en pronunciar
correctamente las palabras del conjuro. Después un viento frío surgió de la nada y las puertas quedaron
abiertas hacía el otro mundo. Observé que la habitación se había vuelto más tenebrosa, pero salvo esta
particularidad no había cambiado nada. Seguíamos en el monasterio. Entonces giré la cabeza y di un salto
al ver un grupo de figuras oscuras, arbitrado por alguien de mediana estatura.
—Toda moneda tiene dos caras —indicó el abuelo—, y el colegio es el reflejo del bien y del mal que
moran en el mundo.
«Y yo que pensaba que lo había visto todo.»
—No sé por qué le dais tantas explicaciones —intervino Leandro—. Dana ya debe de conocer muy
bien este lugar, ¿no es así? —me criticó duramente.
—Si ya me has condenado no veo por qué estamos aquí —le contesté.
El supervisor desvió la mirada. Sabía que aunque le dolía tratarme así, la duda le hacía ser
desconsiderado. Examiné mejor a la figura que presidía el grupo de los nigromantes y, a pesar de que
tenía el rostro cubierto por una túnica azulada, intuía que era una mujer por los mechones largos y
plateados que asomaban de su capa.
—Y la peor víbora que pueda existir —apostilló el abuelo, contemplándola con desprecio.
Deduje por la familiaridad con que hablaba de ella, que eran viejos conocidos.
Lo cierto es que aquella mujer desprendía un halo adverso y siniestro, que me erizaba el vello de la
nuca. Me fijé también que a su lado había otra figura envuelta por una túnica oscura. Sin embargo los
otros nigromantes llevaban su cara al descubierto y vestían un uniforme parecido al nuestro —con sus
mallas, su blusa y su camisa a juego—, aunque de color negro.
—Bienvenidos, magos de luz. ¿Qué os trae por aquí? —nos preguntó la cabecilla de los nigromantes
con una voz cascada, lo que también me permitió adivinar que se trataba de una mujer mayor.
—Hérsibal, venimos por un asunto escabroso —le habló Leandro, de líder a líder—. Una de mis
alumnas, ha sido acusada de conspirar con los tuyos.
Leandro me pidió que diera un paso al frente y yo obedecí con las piernas temblorosas. Intuía que
tendría la batalla perdida si me enfrentaba a esa mujer. Podía percibir su inmenso poder desde la
distancia.
La nigromante me analizó durante unos segundos, que se me hicieron eternos, y rompió en una
carcajada espeluznante.
—Umm, ¿y qué pasa si digo que no la conozco? —inquirió mientras me seguía analizando.
—Que por supuesto no te creeré y Dana tendría que demostrar que no es tu cómplice —contestó
Leandro en una postura rígida.
—¡Maldita víbora venenosa! Eres peor que el demonio con el que te fugaste —gruñó el abuelo.
—Ten cuidado, viejo, yo fui quien te postró en esa silla de ruedas y puedo acabar lo que empecé.
Me quedé boquiabierta. ¿Hérsibal había sido quien dejó lisiado al abuelo? Y sentí que ya odiaba a esa
mujer sin rostro. Leandro detuvo al abuelo, antes de que siguiera jugándose el pellejo. En ese momento
uno de los nigromantes se acercó a Hérsibal y le trasmitió algo al oído.
—Vaya, parece que unos invitados muy especiales no han querido perderse el espectáculo —alegó con
sarcasmo, pero dejando entrever su inquietud.
De repente el grupo de los nigromantes se dividió en dos, como las aguas del Mar Rojo, y dejaron al
descubierto a los inesperados visitantes. Se me escurrió el corazón hasta los pies, cuando reconocí a
Abel bajo su capa negra y a Ántrax caminando a su lado. «¡Oh, no! ¿Pero qué hacen ellos dos aquí?»,
me pregunté angustiada. ¡Mierda! Debí de suponer que Abel no se quedaría de brazos cruzados.
Pronto se desató el pánico entre los brujos de la escuela oscura. El mismo Leandro estaba tan blanco y
paralizado como un muñeco de cera; y tuvo que ser el abuelo quien les recordara al resto que eran
guerreros y no gallinas. Piero, algo más entero que los otros brujos, se apresuró a protegerme detrás de
él.
Los nigromantes perfilaron sonrisas y muecas burlonas. Les resultaba divertida la escena, pese que
ellos, algo más acostumbrados a la presencia del diablo, tampoco podían ocultar su nerviosismo. Pero
Hérsibal parecía ser una líder más firme que Leandro y no permitió que ninguno de los suyos perdiera la
compostura.
—Mi querido señor, ¿qué le trae por aquí? —le preguntó a Abel.
—Tengo entendido que habrá un combate, ¿es cierto? —inquirió con sequedad.
—Así es, yo me he enterado hace poco. Pero veo que usted ya está informado. ¿Quién se lo ha dicho?
—No es asunto tuyo, solo limítate a responder lo que te pregunto —le reprendió con crudeza.
La nigromante bajó la cabeza de inmediato. Me sorprendía ver a una mujer tan poderosa, siendo
sometida como un perrito.
—También tengo entendido —prosiguió Abel— que ese enfrentamiento lo reclama uno de los brujos.
Esta vez Hérsibal se ciñó a asentir con la cabeza sin decir una palabra. Abel buscó con la mirada a
Leandro y le hizo una seña con el dedo para que se acercara. El supervisor intentó obedecer, pero sus
pies parecían anclados al suelo.
Pero para Leandro, la palabra del diablo no era ninguna garantía y siguió sin moverse de su sitio.
Decidí intervenir antes de que la situación se complicara. Sabía que Abel no tenía mucha paciencia.
—Con el debido respeto, Satanás, le cuento así por encima. Resulta que he sido acusada de ser una
nigromante y estoy aquí para demostrar que soy inocente.
«¿De verdad he dicho Satanás?». Abel giró la cabeza hacia mí y, aunque no podía ver su rostro, supe
que el apodo tampoco le había hecho la menor gracia.
—Tú, bruja, cierra la boca. A ti nadie te ha preguntado. Que te haya dejado vivir una vez, no quiere
decir que no corras peligro —me advirtió apuntándome con un dedo.
Ántrax se rió burlona y yo me mordí la lengua. No sé cuándo era más odioso, si como Abel Rumsfeld o
como el señor de la oscuridad. Piero tiró de mi capa para que volviera a colocarme tras él, y Abel miró
de nuevo a Leandro.
—Habla de una vez. No voy a volver a repetírtelo —le ordenó con más firmeza.
El supervisor reaccionó movido por su propio pavor a perder la vida y con pasos lentos y
atropellados, logró acercarse al monstruo de sus pesadillas.
—Cómo iba diciendo mi alumna, ella... Ella ha sido acusada de nigromante y ha decidido luchar para
probar su lealtad —le contestó balbuceando.
—Bueno... Ehhh, mi alumna ha demostrado unas dotes asombrosas para la magia y también han
encontrado el Codex Gigas en su habitación.
—¿Y qué? —le espetó—. Yo también dispongo de libros y de información sobre magia agrippiana y no
soy uno de vosotros.
—Brujo, lo sé todo sobre vuestro mundo. No hay nada que desconozca, ¡nada! —Le aseguró—. Puedes
estar seguro que a cada paso que das, yo ya he llegado a la meta. ¿Te preocupa tener a un nigromante
entre los tuyos? Pues haces bien en sospechar, porque es así —declaró para estupefacción de todos,
incluyendo la mía.
—¿Entonces es cierto que Dana es una traidora?
Cerré los ojos con fuerza. Ya imaginaba lo que iba a pasar. Abel iba a culparme para que me echaran
del monasterio y pudiera irme con él. Y yo luego le iba a matar y a cortar en pedacitos antes de arrojarlo
a un río para que se lo comieran los peces.
Entonces Abel le clavó los dedos en el hombro hasta arrojarla al suelo y la torturó con la mente. Los
nigromantes contemplaron la escena horrorizados mientras Hérsibal seguía aullando y retorciéndose de
dolor. Por un lado deseaban ayudar a su líder, pero sabían que enfrentarse al diablo era un acto suicida y
no tuvieron más remedio que tragarse la impotencia. Piero, Leandro, y los demás magos de luz, también
observaron la escena con pánico y aprensión. Y yo, permanecí petrificada, al tiempo que veía a una mujer
con el poder de Hérsibal, siendo fustigada tan duramente por el mismo hombre que había llorado de amor
por mí. A veces olvidaba con facilidad lo poderoso y retorcido que podía ser Abel. Tan retorcido como
su inseparable escudera, Ántrax, que era la única que parecía divertirse con aquel espectáculo.
—¿Irina, cómo has podido? —le preguntó Samira, con la mirada transfigurada por la deslealtad de su
hermana.
—¡Me juraste que nadie se enteraría! Ahora ya nunca podré volver a la escuela —le recriminó,
contemplando llorosa a Piero y su hermana.
—Chica, ¿es que no has entendido lo que acaba de ocurrir? ¡Me he visto obligada a delatarte! —se
justificó, sin perder su risa de perturbada.
—¡Me da igual! Me juraste que podría acabar con ella —insistió mientras me señalaba furiosa con el
dedo.
—Bueno, eso no tiene por qué cambiar —le contestó su líder—. ¿Quieres matarla? Adelante, ¿quién te
lo impide?
—¡Ohhh! No me diga que un poco de acción no sería divertido —le dijo en un tono jovial.
—Para mí es una bruja más. ¿Y para usted, señor? —añadió con perspicacia.
—Espero que no se moleste conmigo, mi señor, pero resulta tan extraña su actitud... Primero se
presenta aquí sin previo aviso y luego me obliga a que delate a uno de los nuestros. Cuando sabe las
ventajas que nos podía haber brindado su colaboración. Cualquiera pensaría que protege a esa bruja... —
le dejó caer con verdadera desconfianza.
Y de repente se dispararon los latidos de mi corazón porque vi esa misma desconfianza reflejada en el
rostro de los brujos. Todos compartían el pensamiento de Hérsibal. Pero Abel supo salir del paso con su
habitual seguridad.
—Yo no necesito avisar a nadie para ir adonde se me antoje, y en este lugar y en cualquier otro sitio,
sigo estando por encima de ti. No lo olvides, maldita arpía —le advirtió con intimidante hostilidad—. En
cuanto a la bruja... su linaje me interesa pero desde luego no voy a explicarte mis motivos. Así que no
vuelvas a cuestionarme jamás, o haré que me supliques tu propia muerte. ¿Queda claro?
—Bien, pues si el asunto ya ha quedado zanjado, no es necesario seguir con todo esto —concluyó
Abel.
—¡Nooooo! —le chilló a Hérsibal—. Tú me juraste que podría acaba con Dana y quiero que cumplas
tu palabra —le exigió llena de odio.
Hérsibal soltó un gritito de júbilo.
—¡Es cierto! No hay necesidad de suspender el combate. Venga, venga, que empiece la función —
aplaudió entusiasmada.
—¡Creí haberte dicho que no era necesario! —replicó Abel, demasiado nervioso para disimular.
—Ohhh, ¡pero señor! —protestó ella—. ¿Desde cuándo dice que no a algo así? ¡Si usted es el que más
disfruta con una refriega sangrienta!
Noté a Abel indeciso y perdido. No sabía si ceder al capricho de Hérsibal, o negarse en rotundo, a
riesgo de seguir despertando sospechas. Le supliqué con la mirada que no hiciera ninguna tontería, que
confiara en mí. Ántrax también intentó calmarlo y le agarró disimuladamente de un brazo. Abel sucumbió
a nuestras plegarias, pero se mantuvo rígido y expectante.
—¡No lo pienso permitir! ¡Dana ya ha demostrado su inocencia! —saltó Piero, apretándome más fuerte
contra su cuerpo.
Los otros brujos también se mostraron dispuestos a defenderme, y Hérsibal extendió una mano, —
exhibiendo un anillo negro en su puño cerrado— y quedaron atrapados dentro de un campo de fuerza.
Protestaron y lucharon contra esa barrera, pero eran incapaces de romper el hechizo.
—Es inútil que lo intentéis siquiera —. Se rió Hérsibal—. Con el Anillo de las Sombras puedo
dominaros a todos.
—Toda tuya
Ántrax sujetó con más fuerza a Abel y yo le supliqué una vez más con la mirada. Irina se acercó a mí,
se desprendió de su capa y dejó a la vista un arsenal tan completo como el mío. Había llegado el
momento de pasar a la acción.
Avancé despacio hasta situarme frente a ella. Irina esbozó una sonrisa perversa y llena de placer.
Disfrutaba con la idea de hacerme pedazos. Adopté una postura defensiva y esperé a su primer
movimiento. Ella comenzó a acercarse como un jaguar hacia su presa. Finalmente alcé las manos y le
lancé un disparo de energía, pero una especie de mampara de cristal brilló alrededor de Irina y la
protegió de mi golpe. Ella soltó una carcajada. Sabía que no contaba con eso. Después siguió avanzando
sin perder la sonrisa, disfrutando del momento, arrinconándome con cada paso que daba. Le lancé otro
disparo de energía y esa cosa volvió a brillar. «Mierda, ¿pero qué...?».
Seguí intentándolo una y otra vez, hasta que Irina, cansada de jugar, me devolvió el golpe y salí
catapultada por los aires. Enseguida escuché las risas de Hérsibal y de su gente cuando caí desplomada
en la otra punta del salón. Abel y Ántrax se mantuvieron tensos, y los brujos también dejaron de luchar
contra el poder del anillo para permanecer pendientes del combate.
—Oh, Dana, esto va a ser más fácil de lo que creía —se regodeó Irina, destilando veneno puro por los
ojos—. Si supieras cuánto he soñado con este momento...
—Desde que ingresaste en la escuela mi vida ha sido un infierno —confesó ella—. He intentado que tu
existencia no me afectara, he procurado ignorar lo que sentía Piero por ti, pero tú no has dejado de
interponerte y de llamar su atención. Y no solo lo has embelesado a él, también has hecho lo mismo con
mi hermana y con todos los brujos de la escuela —me reprochó ciega de rencor mientras seguía
acercándose a mí.
La miré atónita.
—Irina, ¿me estás diciendo que todo esto lo haces por celos? ¿De verdad? —Le pregunté, a la vez que
retrocedía con cautela.
—Se ve que nunca has estado enamorara —me escupió con un gesto amargo.
¿Qué nunca...? «Oh, por favor», gemí. Y pensar que había llegado a sentir compasión por esa enferma
neurótica.
Irina estaba cada vez más cerca y le solté otro disparo de energía. Pero ese escudo traslúcido volvió a
centellear a su alrededor. Joder...
—Luego llegó Hérsibal —prosiguió hablando—, y me ofreció la oportunidad que estaba esperando.
Me prometió que podría acabar contigo y recuperar a Piero.
—Tienes más enemigos de los que crees —se burló—. Pero no, Werian no tiene nada que ver con
Hérsibal. Aunque fue idea suya acusarte de nigromante cuando encontramos el Codex Gigas en tu
habitación.
—Y por eso le propusiste a Leandro este estúpido enfrentamiento. Esperabas que aceptara porque tú
serías el nigromante con el que debía luchar.
—¿Y de verdad todo esto merece la pena, Irina? —le pregunté sin apenas sitio para seguir
retrocediendo—. Piero te aborrece por lo que has hecho, ya no podrás regresar a la escuela y tampoco
verás a tu hermana —le recordé, mirando a Samira, que estaba desecha en lágrimas.
Irina pegó un salto en mi dirección, me derribó de un solo movimiento y se sentó a horcajadas sobre
mí.
—¿Que si merece la pena matarte? —susurró con rabia— ¡Ya lo creo que sí!
Y levantó su puñal, decidida a clavármelo. Pero yo le propiné una patada en el pecho y se tambaleó
hacia atrás. Irina enseguida se recompuso y echó a correr para alcanzarme. Abel se había deshecho del
contacto de Ántrax y nos seguía a paso lento, manteniendo la distancia. ¡Me di cuenta de que estaba a
punto de intervenir! Me giré antes de que eso fuera necesario y le lancé a Irina un nuevo disparo de
energía, pero su escudo volvió a brillar.
—¡Dana, deja de lanzarle descargas, tiene un amuleto que la protege! —chilló Piero, preso en su
inmovilidad.
Eché un vistazo fugaz hacia atrás y observé que, efectivamente, Irina tenía un extraño símbolo tatuado
en una de sus muñecas. Se había asegurado de protegerse de mis poderes. Lo tenía todo muy bien
preparado.
Saqué el tridente de mi cinto y lo usé para tratar de despojarla de su puñal. Pero Irina era muy hábil
esquivando mis intentos por desarmarla.
—¡Deja de defenderte! —volvió a gritar, Piero—. ¡Tienes que luchar, tienes que usar las armas como
te he enseñado!
El abuelo, Leandro y los demás, también esperaban que actuara. Después observé a Abel, e intuí que
estaba de acuerdo con Piero. Podía percibir su angustia reflejada en mi corazón y sus terribles ganas de
parar todo aquello. Tenía que calmarle, tenía que demostrar a Abel que podía hacerle frente a mi rival.
Guardé el tridente y le asesté una patada a Irina, que se contrajo por el dolor. Levanté la pierna para
darle otra patada, pero Irina esta vez la vio venir y me apresó el pie con facilidad. Luego me tiró al suelo
con un movimiento rápido y me colocó una rodilla en el pecho para inmovilizarme. Levantó la daga para
hundírmela en el corazón, pero me giré a toda velocidad y acabó clavada en el suelo. Irina expulsó un
grito de rabia y volvió a la carga. Sin embargo, a mí ya me había dado tiempo a desenfundar la espada
templaría e Irina parpadeó sorprendida cuando la amenacé con ella. Luego ella también empuñó su
espada —algo más pequeña y simple que la mía—, y dimos comienzo a una extraña coreografía de
movimientos esquivos y agresivos que desembocaban con el sonido del acero chocando entre sí. Pero mi
adversaria era mucho más diestra que yo y con una rápida estocada, me infligió un corte en el antebrazo.
Se me escapó un alarido desgarrador y me llevé la mano a la herida, cuando noté la sangre caliente
deslizándose por mi codo hasta gotear en el suelo. Irina rompió en una carcajada.
—Parece que tu magnífica espada templaria no podrá salvarte de tu final —se mofó con malicia.
Observé a Abel, una vez más, y supe por su postura de perro de guarda, que me estaba implorando
permiso para intervenir. Se lo prohibí con una mirada severa y Ántrax volvió a sujetar su brazo tratando
de contenerlo. Irina dio un paso adelante con idea de rematarme y Abel se sacudió del roce de Ántrax.
¡Oh no! Tenía que hacer algo para calmarlo. Tenía que impedir que Abel se delatara. Y cuando Irina
levantó la espada, le asesté un puñetazo tan fuerte que la tiré hacia atrás. Ella se incorporó a cuatro patas
y empezó a expulsar una buena cantidad de sangre. Le había roto varios dientes de un solo golpe.
Vi su espada tirada a varios metros y quise aprovechar para hacerme con ella. Pero Irina fue más
rápida que yo, para variar, y la recuperó en un ágil movimiento. Levanté la mano que tenía libre y alcé la
barbilla al sentir la afilada punta del acero bajo mi garganta. Tragué saliva con dificultad. Si quería
podía degollarme con tan solo estirar el brazo.
Me agaché despacio y la dejé en el suelo. Pero cuando Irina se inclinó para recogerla, le propiné una
patada en la cabeza y aproveché para salir corriendo. Me escondí tras una columna de piedra, con el
corazón latiéndome descontrolado. Escuché como Irina se iba acercando con pasos sigilosos. Me llevé la
mano al cinto y repasé mi arsenal. Vale, tenía un tridente, un saquito de estrellas, varios puñales y una
ballesta. ¿Qué podía usar?
—Dana, es inútil que te escondas —canturreó Irina, de forma perversa—. Sabes que te encontraré
tarde o temprano y acabaré contigo.
Y cogí una estrella de acero, se la lancé como un frisbee y salí corriendo sin mirar atrás. Ni siquiera
sabía si había logrado darle. Mi intención era llegar a otra columna para esconderme. Entonces escuché
un alarido escalofriante, giré la cabeza y vi que le había seccionado el lóbulo de la oreja izquierda. Me
llevé las manos a la boca, mientras la observaba sangrar a borbotones por el cuello y retorcerse del
dolor. «Caray, con las estrellitas Ninja.»
No era para menos. Irina había pensado que bloqueando mis poderes con su amuleto, sería fácil
eliminarme y que disfrutaría haciéndolo. Y resulta que se había quedado sin un trozo de oreja y sin varios
dientes.
Asomé la cabeza desde la columna y vi a Irina buscándome por la otra punta del salón. También
observé que mi espada seguía en el mismo sitio donde la había dejado. Me mordí el labio, indecisa.
Quizás si era lo bastante rápida, podría llegar hasta allí y cogerla. Hice el amago de moverme, pero me
detuve en seco cuando me fijé que Abel parecía hacerme gestos con la mano. ¿Qué me estaría intentando
decir? De repente Irina se giró en mi dirección y no me lo pensé más veces. Salí de mi escondite a la
carrera, pegué un gran salto y me hice con la espada templaria.
Y antes de verla venir, Irina me soltó una patada en la mano, volvió a quitarme la espada y me pegó un
puñetazo en el estómago. Aturdida, caí al suelo de rodillas. «Así que eso era lo que intentaba decirme
Abel», gemí para mis adentros mientras tosía y me contraía por el dolor. Irina me apuntó en el pecho con
mi propia espada. Yo retrocedí gateando, a la vez que, desesperada, le soltaba disparos de energía sin
parar.
—Es inútil que lo intentes. El escudo me protege contra tus poderes —me aseguró, acorralándome a
paso lento.
Seguí retrocediendo hasta que topé contra la pared y ella dibujó una sonrisa malvada.
—Se acabó Dana. Llegó tu hora. ¿Me has oído Piero? —Le gritó por encima del hombro—. ¡Pienso
acabar con ella!
Él soltó una maldición y se abalanzó contra la barrera magnética. Pero Leandro lo sujetó por los
hombros y lo arrastró hacia atrás.
—El campo magnético es muy fuerte, Piero. ¿No ves que no podemos hacer nada?
Comprobé con horror que no era el único que estaba fuera de control. Ántrax se había enroscado al
brazo de Abel y tiraba con disimulo, pero con firmeza de él. ¡Estaba intentando detenerle!
Irina levantó la espada, decidida a descargarla sobre mi cabeza. Y de pronto, toda mi terrible angustia
y la adrenalina del momento, explotaron dentro de mi pecho y se convirtió en una fuerza devastadora.
¡Imparable! Mis manos se llenaron de luz y el escudo de Irina brilló más que nunca para protegerla. Pero
mi poder era inmenso y fui debilitándolo de forma progresiva hasta que su tatuaje empezó a arder. Irina
dejó caer la espada mientras chillaba y se sujetaba la muñeca quemada. Samira apartó su mirada llorosa,
rehusando verla sufrir. Y Hérsibal y los nigromantes, dejaron de reírse y contemplaron la escena
pasmados.
—¡Vamos, mátame, a qué esperas! Ya no tengo nada por lo que seguir viviendo —sollozó histérica y
abatida.
—Lo haría, pero yo no soy una asesina —le dije con voz glacial.
—¡Lástima, porque yo sí! —intervino Hérsibal, acercándose a grandes zancadas hacia mí. Se notaba
que estaba furiosa por el resultado de la pelea.
—¡Déjala en paz! —Le gritó Piero—. Ha ganado la batalla limpiamente y merece vivir.
Hérsibal se detuvo en seco al escuchar su voz y giró la cabeza hacia él. Se estudiaron durante varios
unos segundos, y finalmente, la nigromante, decidió ignorarlo. Luego volvió su atención hacia mí y me
agarró por la nuca.
—Eres mucho más poderosa de lo que pensaba —me susurró—. Y también hermosa... —añadió,
acariciando mis facciones como si deseara apropiarse de ellas.
Su contacto me produjo un escalofrío doloroso. Y al mismo tiempo, había algo en la voz de esa mujer
que me resultaba familiar.
Hérsibal oprimió con mayor fuerza mi cuello, dejándome con serias dificultades para respirar. Procuré
desatarme de sus manos mientras notaba cómo la sangre se agolpaba en mi cara. Pero aquella anciana era
mucho más fuerte que yo y detuvo todos mis intentos de usar la magia contra ella. A lo lejos pude
escuchar los ruegos de Piero y unos pasos que se aproximaban rápidamente. Entonces Abel la alejó de mí
con un empujón y las dos caímos desplomadas al suelo. La nigromante adoptó una postura de absoluta
confusión y Abel permaneció desafiante, conmigo a sus pies recuperando el aire. Ántrax y yo le
observamos, preguntándonos llenas de inquietud qué iba a hacer ahora. Y tanto los nigromantes, como
Irina y los magos de luz, se mantuvieron expectantes, porque cualquier cosa podía suceder en ese
momento.
Después se inclinó y me levantó del brazo que tenía sano. Piero y los otros brujos gritaron suplicando
por mi vida. Irina, por el contrario, deseaba más que Hérsibal y los suyos, que culminara su ejecución.
Pero yo sabía que Abel estaba actuando y apenas opuse resistencia cuando sostuvo mi cabellera y me
condujo con fingida rudeza hacia Piero.
—Te advierto que si no te decides pronto, no dudaré en aniquilarla —le presionó, Abel.
—¡Todo, te doy todo lo que me pidas y más! —le ofreció—. Pero no le hagas daño —concluyó
sollozando.
—Oh, agradezco tu generosidad, brujo —expresó irónico—. Mas yo solo quiero una cosa de ti.
—Sé que eres el portador por derecho de nacimiento —mintió—, y quiero que jures que cuando
recibas el manuscrito, me lo entregarás. De lo contrario, os encontraré a ti y a ella, y acabaré con
vosotros.
—¡Sí, sí, te lo prometo! —Le aseguró desesperado—. Te entregaré ese manuscrito en cuanto lo
consiga. Pero por favor, deja a mi prima en paz —le imploró de nuevo.
—Muy bien, si me lo pides con tanta educación —se burló, antes de soltarme con desprecio.
Abel rompió el hechizo de Hérsibal y los brujos acudieron corriendo a mi encuentro. Y así, sembrando
aquella falsa pista, Abel zanjó de un plumazo todas las dudas. Había que reconocer que era un genio
armando patrañas. Pero Irina, que contemplaba el final feliz, un final que jamás hubiera previsto y
deseado, se llenó de furia desbocada, y la vi correr hacia mí con un puñal en alto. Rápidamente me aparté
del resto, desenfundé mi espada y de un giro brusco la decapité. Samira soltó un grito desgarrador cuando
vio la cabeza de su hermana rodando hasta los pies del diablo. Y todos los demás contemplaron la escena
boquiabiertos. Incluso Ántrax y Abel se habían quedado inmóviles.
—Los Ranieri siempre tienen la garra levantada —me recordó con una sonrisa orgullosa.
Desvié la mirada para contemplar el filo de mi espada con sus imágenes de batallas templarías,
recalcadas por la sangre de Irina. Finalmente me había convertido en una asesina. Observé el semblante
de Samira repleto de odio y mis ojos se llenaron de lágrimas.
Abel le dio un pequeño puntapié a la cabeza de Irina y siguió su camino. Ántrax se mantuvo paralizada
unos segundos más y luego corrió a su lado. Samira rompió en otro ataque de llanto y dejó que otros
brujos la consolaran de regreso a nuestra dimensión.
Cuando llegamos a la escuela ya era de noche. Uno de los brujos que se había quedado custodiando el
portal, salió disparado a los pasillos y anunció entre gritos que ya habíamos llegado. Los demás no
tardaron en aparecer, ansiosos de noticias. Micael y Rafael, fueron de los primeros en llegar al salón y
sonrieron al verme escoltada por Leandro, Piero y el abuelo. Tenía un aspecto deplorable y estaba
exhausta y herida, ¡pero viva! El que no se alegraba de ello era Werian. El cardenal acogió la noticia con
absoluto asombro y después sus ojillos se ensombrecieron de rencor. Leandro le agradeció a todos las
muestras de afecto y Piero aprovechó el momento de alegría general, para estrecharme entre sus brazos.
—Quiero que sepas lo orgulloso que estoy de ti —dijo sin soltarme—. Has luchado como una
auténtica Ranieri.
—Por una vez estoy de acuerdo con el chico —comentó el abuelo, compartiendo su entusiasmo.
—Piero tiene razón, estamos orgullosos de la forma valiente en que te has defendido. Ha sido increíble
verte sacar ese poder contra Irina. Nunca he visto a nadie anular un escudo como ese —alegó con
admiración—. Y de paso, quiero disculparme públicamente por haber dudado de ti.
—Así que al final no era una nigromante —sonrió Werian, tratando de camuflar su furiosa frustración
—. Pues me alegro, con vuestro permiso me retiro a descansar.
—Me has acusado de nigromante y yo he demostrado que soy inocente, ¿pero puedes tú justificar tu
traición?
Llamé a Filomena y le pedí que buscara el paquete que había en mi cuarto. Mientras esperábamos, los
demás no dejaron de mirarme con expectación. Cuando la mamma me entregó lo que le había pedido, le
dediqué a Werian una sonrisa intencionada.
—¿Dana, qué ocurre? —me preguntó Leandro, que no aguantaba sus ganas por saber de qué iba todo
aquello.
—Hace tiempo, mi tío me confesó que un delegado del Vaticano le había indicado por medio de cartas,
cómo debía actuar para arrebatarme el manuscrito. Por supuesto yo no tengo ese manuscrito —mentí a
medias mientras miraba a Micael—. Pero al parecer existe y la Iglesia, como se prueba en estas cartas,
lo busca desesperadamente —concluí haciéndole entrega de la correspondencia que había heredado de
mi tío.
Leandro las abrió con recelo y se fue poniendo pálido a medida que las leía. Los demás mientras tanto,
se miraban los unos a los otros como pardillos, preguntándose quién soltaría la siguiente bomba. Werian
estaba nervioso y perplejo porque no entendía cómo es que yo tenía esos documentos en mi poder.
—Son simples cartas que no demuestran nada —se justificó con voz indecisa.
—Son cartas con tu firma y el sello oficial del Vaticano —le aclaró Leandro, fulminándole con la
mirada.
—¿Y qué, si son mías? A nadie le incumben mis acuerdos privados —se defendió de nuevo, alargando
una mano para arrebatarle las cartas al supervisor. Pero él las sacó rápidamente de su alcance.
—Aquí se refleja con claridad tu codicia y tu afán por hacerte con el manuscrito Ranieri. Y si de
verdad ese manuscrito existe, quien conspire contra un Ranieri, conspira contra nosotros —le garantizó
Leandro, cada vez más furioso con el cardenal.
—Por supuesto que existe —le atacó también, Piero—. Ya habéis oído al ángel oscuro, yo soy el
portador —añadió con cierta altivez.
Suspiré para mis adentros y me pregunté si quizás Abel no había empeorado la situación con esa
mentira.
—Y Werian no solo se conformó con eso —proseguí decidida a llegar hasta final—. También envió a
un emisario a rebuscar en mi casa y planeó matarme, aprovechando que me encontraba fuera de la
escuela.
—Porque un tal Owen avisó a la madre de mi amiga de las intenciones de Werian. Pero de eso no
tengo pruebas —me lamenté en voz alta.
—No hace falta —musitó Leandro—, sé de quién hablas. ¿Verdad, viejo amigo? —dijo palmeando con
cariño el hombro del abuelo.
Él soltó una risita traviesa y dejó que Leandro hiciera los honores.
—El Gran Owen Van Der Wildt, el mayor mago de luz y el mejor maestro que hemos tenido algunos de
los brujos de esta escuela, incluidos Luca y yo —dijo mientras observaba a su antiguo mentor con
devoción.
Luego el supervisor desvió la mirada hacía Werian y le habló con voz firme:
—Quiero que recojas tus cosas y te marches esta misma noche del monasterio. Y comunícale al
Vaticano que ya nunca volveré a confiar en ninguno de ellos. A partir de ahora, los brujos y la Iglesia
estamos en guerra —declaró.
El cardenal acogió la noticia apesadumbrado y después me observó con una extraña mezcla entre odio
y asombro. Le había demostrado ser mejor estratega de lo que imaginaba.
—Jaque mate, Werian —le anuncié, poniendo fin a la partida de ajedrez que habíamos iniciado hacía
tiempo.
Pero el cardenal me hizo entender con una mirada desafiante que aquella partida no había hecho más
que empezar. Luego se retiró con los hombros hundidos y la cabeza gacha.
—¿Por qué no te hice caso cuando me decías que no confiara en el cardenal? —se lamentó.
—No te martirices, Leandro. Eres un buen hombre y me alegro de que se haya disipado parte de tu
ceguera —replicó con un matiz misterioso.
El supervisor dio por concluida la reunión y los brujos abandonaron en orden la sala. Yo me fui a la
enfermería con Rafael para que cosiera la herida de mi brazo. Y luego Micael deslizó un brazo por mis
hombros y me acompañó al apartamento.
EPÍLOGO
Y EL CORDERO BLANCO SE CONVIRTIÓ EN MAGO DE LUZ
Filomena entró a media mañana en mi habitación. Desprendía esa vitalidad arrolladora que había
acaparado mi atención desde el primer momento en que la había visto. La mamma se dio cuenta de que la
observaba sin hacer nada y enseguida me metió prisa para que terminara el desayuno. Continuaba tan
mandona como siempre, y sé que a eso nunca me acostumbraría, como ella tampoco se acostumbraría a
mi rebeldía. Las dos nos habíamos tomado por un imposible. Sin embargo, Filomena había sabido paliar
la ausencia de mi madre con su cariño y sus cuidados. Había sido paciente cuando lo merecía la ocasión
y había respetado mis silencios cuando debía hacerlo.
Dejé la bandeja del desayuno a un lado y me levanté de la cama para darle un abrazo. Filomena,
sorprendida, se echó a reír.
—No sabes lo feliz que me siento de saber que formas parte de mí. En todo este tiempo, te he visto
crecer ante las dificultades con un arrojo sorprendente. También es cierto que contigo he aprendido el
significado de la palabra paciencia —se rió—. Pero está mereciendo la pena ser parte de esa
metamorfosis.
—¿Qué metamorfosis?
—La más interesante que pueda haber; la transformación de la pureza a la sabiduría. De cordero
blanco a mago de luz. No te imaginas las esperanzas y anhelos que tengo depositadas en ti.
—Oh, no empieces con ese tono misterioso si no piensas decirme más que eso —me quejé.
—Y al mismo tiempo te queda tanto por aprender... Por ejemplo, a controlar ese temperamento y ese
espíritu impetuoso. Pero dejemos los asuntos extremadamente difíciles y centrémonos en lo que de
verdad importa —. Tomó aire y me cogió de las manos—. Dana, he venido a comunicarte que eres libre
para irte si lo deseas.
—Cierto, jovencita. Sin embargo, creo que el acuerdo al que habías llegado con Rafael era que el
compromiso se rompía cuando destacaras por tu poder y honraras tu apellido por tus méritos. Y es algo
que has cumplido con creces —me aseguró sin dejar de sonreírme.
Durante unos segundos consideré la oferta. Era tan tentador poder ser libre de irme con Abel... Pero
volví a la realidad.
—Te lo agradezco, Micael. Pero hace tiempo que he tomado la decisión de llegar al fondo de todo
esto. Y una de las razones por las que acepté el desafío de Leandro, fue para poder seguir en el
monasterio y cumplir con lo que se espera de mí.
—Una vez más, vuelves a demostrar que eres digna de ser mi elegida y de merecer esto —dijo
sacando de su túnica el viejo pergamino que ya conocía muy bien.
—¡El manuscrito! —aclamé alargando la mano para cogerlo. Pero Micael fue más rápido y lo alejó de
mi alcance.
—No te entusiasmes tan rápido. A partir de ahora te espera un camino lleno de obstáculos y de
sacrificios. En algunos momentos te invadirá el miedo y desearás abandonarlo todo. Mas recuerda, hija
mía, que no estarás sola —me juró mirándome fijamente —. ¿Estás segura que es esto lo que eliges de
corazón?
Aunque en el fondo me pregunté asustada, qué demonios había hecho hasta entonces si lo
verdaderamente peliagudo venía ahora.
—Entonces llegó el momento —anunció, haciéndome entrega por fin de mi herencia familiar.
Micael me dejó a solas para que pudiera familiarizarme con el pergamino. ¿Sería capaz de descifrarlo
y de encontrar la daga sagrada? Lo que sí apuntaba a ser un hecho, es que no sería nada fácil. ¿Pero para
qué engañarme? A mí me gustaban los retos.
Guardé el manuscrito entre las páginas del Codex Gigas —Leandro me lo había devuelto tras
convencerle de que era un recuerdo de mi padre—, y me encerré en el baño. Mientras la bañera se
llenaba de agua caliente, me fui desvistiendo y observé la herida de mi brazo. Rafael me la había cosido
y tenía mejor aspecto. Pero el hecho de que estuviera ahí, me hacía revivir el enfrentamiento que había
tenido con Irina y sus fatídicas consecuencias. Me estremecía la espantosa imagen de su cabeza rodando
sin vida hasta los pies de Abel y el grito de Samira confirmando mi barbaridad. Y aunque no había tenido
más elección, eso no aliviaba mi culpa ni el trance de tener que asumir que ya mis manos estarían
manchadas de sangre para siempre. Pues la primera cicatriz de un guerrero se formaba en el corazón.
Me sumergí en el agua en un gesto instintivo por limpiar mi alma y al cabo de un rato, salí de la bañera
con el espíritu tan sucio como había entrado. Luego acabé de vestirme, abrí la puerta del apartamento y
observé el flujo de transeúntes uniformados de rojo y blanco. Nada había cambiado desde mi llegada a la
escuela agrippiana. Todo seguía conservando el mismo aspecto de película futurista, pero lo que veía ya
no me resultaba ajeno. Ahora no era la misma chica asustada que había llegado con un puñado de
prejuicios sobre el mundo de la magia. La magia formaba parte de mí.
Divisé a Samira en la zona de las taquillas y escuché a mi propia conciencia quejarse a gritos y
ponerse roja de vergüenza. Me obligué a ser valiente y me acerqué a ella con cautela. Samira mostraba un
semblante herido por la pérdida de su hermana y tenía una postura decaída. Pero cuando le toqué el
brazo, su cuerpo se tensó igual que una cuerda de acero y me fulminó con la mirada.
—Samira, yo...
—Tú mataste a mi hermana y jamás te lo podré perdonar —me juró—. Es más, pienso terminar lo que
ella empezó y acabaré contigo.
Después cerró la taquilla de un golpe y se alejó por el pasillo. Entrecerré los ojos con pena al
comprender que me había ganado otra enemiga. Y sería una enemiga temible porque mi conciencia no me
permitiría defenderme.
Afligida, enjugué mis lágrimas y me fui a ver al abuelo. Lo encontré sentado en su silla de ruedas,
contemplando el paisaje desde la ventana. Su expresión abstraída, manifestaba ese aire de conocimiento
y melancolía que hacía que visualizara al abuelo como la llave del cajón donde se encontraban guardados
todos los misterios de la escuela.
—Así que eres el Gran Owen Van Der Wildt —le saludé con una sonrisa cohibida.
—Oh, ¿en serio? —bromeó—. Yo, sin embargo, siempre he sabido quién eras desde tu llegada al
mundo.
—Cuando Luca abandonó la escuela mantuvimos el contacto. Y un día me escribió muy preocupado
porque iba a ser padre y temía por la suerte de su futuro hijo. Intuía que no te vería crecer y me pidió
ayuda para protegerte. Entonces creé un conjuro que hizo retrasar tu despertar. Pero sabía que tarde o
temprano, tus poderes se rebelarían con fuerza y que tus enemigos te descubrirían. Desde entonces he
tratado de avisarte del peligro cuando ha sido necesario —expuso mirándome con afecto.
«El conocedor de los misterios del universo», repetí en mi mente. Quizás eso me ayudaría a descifrar
el manuscrito y miré al abuelo esperanzada.
—¿De verdad te gustaría que te enseñara? —me preguntó emocionado—. A lo mejor ya estoy
demasiado viejo para ser maestro... —añadió algo inseguro.
—¡De eso nada! Sé que aprenderé mucho de ti —le aseguré con una sonrisa.
De repente su mirada cansada por el paso de los años, cobró un brillo vivaracho. Al abuelo le hacía
ilusión que alguien lo tuviera en cuenta.
—En ese caso, para mí será un honor ser tu maestro. Así también como fui el de tu abuelo y el de tu
padre —repuso con un gesto de orgullo.
Deambulé por los pasillos de camino al portalón de madera. Tras lo ocurrido en el Colegio de los
Magos Oscuros, estaba deseando ver a Abel, besarle, agradecerle su confianza en mí. Y agilicé el paso
ansiosa por llegar a la pradera. Entonces una voz familiar me detuvo justo cuando iba a salir. Era Piero,
luciendo una sonrisa radiante. «¡Maldita sea!», gruñí para mis adentros. Ahora no me lo quitaría de
encima.
—Hola Piero.
Era lo que me había sugerido Rafael, tras coserme el brazo y examinarme los centenares de
magulladuras que tenía repartidas por todo el cuerpo.
—No te preocupes, ya me siento con fuerzas para dar un paseo. ¿Qué querías? —pregunté con cierta
aspereza. No veía el momento de darle esquinazo. Pero su expresión se tornó más seria.
Y sin previo aviso me atrajo hacia él y me besó con fuerza. Sentí su lengua abriéndose paso por mi
boca como una aspiradora. Luego me liberó luciendo una sonrisa triunfal, mientras yo me encontraba tan
perpleja que fui incapaz de levantar el puño para romperle la nariz. Pero era lo que pensaba hacer en
cuanto me recuperara del shock, y Piero, imaginándoselo, se apresuró a disculparse.
—Dana, ya sé lo que vas a decirme, que estoy confundido y que solo me gusta tontear con mujeres.
—Además de que somos primos y yo estoy enamorada de otro hombre —le recordé en un tono
cortante.
—¡Eso es imposible! —me contradijo furioso—. No puedes sentir algo tan fuerte por un tipejo que
apenas conoces. Rumsfeld es solo un señorito de buenas maneras que no pertenece a nuestro mundo.
Le miré con la tentación de aclararle que Abel no solo pertenecía a nuestro mundo, sino que él y su
hermano, lo habían creado. Pero eso hubiera sido soltar una granada, y me mordí la lengua.
—Dana, no importa las veces que me rechaces. Pienso seguir luchando por lo nuestro hasta que te
convenzas de que me amas —me prometió con una firmeza que me dejó alucinada.
Luego dio media vuelta y se marchó de lo más normal. «¿Lo nuestro?», me pregunté estupefacta. ¿Y de
qué amor estaba hablando ese idiota? Yo jamás me había mostrado interesada en él. Ni siquiera le había
dado esperanzas. Me entró una jaqueca terrible al ver la que se me venía encima. ¡Piero me iba a
ocasionar más de un problema con Abel!
Me senté en la fuente del ángel y me pregunté por qué tenía que ser todo tan complicado. Yo quería a
Piero, le tenía afecto, aunque tampoco lo veía como a un primo. No nos habíamos criado juntos y no
sentía por él ese apego familiar. Y sí, siendo totalmente honesta conmigo misma, podía haber
experimentado por él, algo más que un inocente cariño. El chico tenía encanto, dejando al margen ciertas
actitudes odiosas y esa soberbia de niño rico que a veces me desquiciaba tanto que deseaba golpearle.
Pero era valiente, guapo, incluso gracioso, y sobre todo, era buena persona.
Mas había llegado tarde a mi vida y en mi corazón jamás habría sitio para él.
Me adentré en el bosque y vi a Abel esperándome sentando en una roca. Esbozó una sonrisa, de esas
de granuja de fábula con las que me alborotaba los sentidos, y me olvidé de todo lo demás. «No,
definitivamente no habrá sitio para Piero», me dije sonriéndole con la misma entrega.
—Te lo dije, te dije que nadie me separaría de ti —le recordé igual de excitada.
—Ha faltado tan poco... —replicó repartiendo por mi rostro, multitud de besos colmados de ansiedad.
—Pero tu confianza en mí me dio fuerzas —dije, sintiendo que le amaba más si cabe por ello.
—Dana, no vuelvas a hacerme pasar por eso. ¿Tienes idea de lo que sentí cuando vi de nuevo a
Ábadon rondando cerca de ti? ¡Estuve a un soplo de mandarlo todo al cuerno! Pero no lo hice porque al
mismo tiempo percibía tus ruegos desde la distancia —agregó apagado.
—No, fue mucho peor que eso —objetó—. Fue una despiadada tortura, que no se equipara ni a los
miles de años que llevo de condena. Y no voy a consentir que vuelva a ocurrir —me advirtió, pero
dejando entrever cierta súplica en su voz, lo que terminó por conmoverme.
—Siento mucho el daño que te he hecho —me disculpé, con mis manos apoyadas en su pecho y mi
boca a un palmo de la suya—. Aunque debo decirte que a mí también me dio un síncope cuando os vi a
Ántrax y a ti en el Colegio de los Magos Oscuros. ¿No se suponía que te ibas a quedar al margen? —le
reproché con dulzura.
—Nunca te prometí tal cosa —me contradijo artero—. Y maldición mocosa, tenía que intentar algo,
¿no? Por cierto, Ántrax me pide que te felicite por tu proeza con la espada. Le gustó cuando le arrancaste
la cabeza a esa arpía. Ambos disfrutamos mucho ese momento —indicó con sus ojos grises brillando
divertidos.
—La verdad es que no sabía que se me daba bien la esgrima —le confesé.
—Ya, bueno, la próxima vez que tu enemigo te deje una espada a la vista, ten la prudencia de
sospechar. Puede que sea una trampa —me recordó con retintín—. Por lo demás, estás un poco verde en
el manejo de las armas pero no lo hiciste tan mal.
—Era más bien una crítica constructiva —se burló con un guiño un ojo—. Por cierto, ¿qué tal tu brazo?
—agregó, con su mirada puesta en la zona donde Irina me había inflingido el corte.
—Al final no fue para tanto —contesté quitándole importancia. Luego le miré sin reprimir mi
curiosidad—. Abel, ¿tú sabías que Irina era una nigromante?
—Ya se lo dije a tu supervisor, no hay nada que yo desconozca. Y por supuesto estoy al tanto de los
planes de Hérsibal desde hace tiempo.
—Un buen jugador nunca muestra sus cartas antes de tiempo, pero te aseguro que no permitiré que te
haga daño.
Su comentario me dejó helada. ¿Hérsibal tramaba algo en mi contra? Y pensé en otro asunto que
también me angustiaba.
—Habla mocosa, nunca te he dado motivos para temerme —me animó intentando ser amable, pero noté
que se había puesto en guardia.
—Debes cumplir con tu destino —terminó de decir con aire sombrío—. Lo sé, asumí tu apellido y lo
que eras cuando comprendí que te amaba. También conozco tu carácter y sé que tu testarudez te impide
abandonar —agregó con una sonrisa tan apenada que me llegó al alma.
—Pero algún día seré libre y me iré contigo —le juré, acariciando su hermoso rostro.
Me miró con un extraño matiz acerado que hacía presagiar su temor por que no cumpliera mi promesa.
Me puse de puntillas y me pegué a sus labios, poniendo mi corazón y mi alma en aquel beso. Entonces
Abel leyó mi interior y aprecié en su oscura mirada, algo más de esperanza.
—Esto sí que es magia de verdad —murmuré con mis labios rozando los suyos.
—La magia más poderosa que he conocido nunca —manifestó con la misma complicidad.
—Vamos, vete y enciérrate en ese colegio antes de que cambie de opinión y te retenga a mi lado. Sabes
que tengo un lado maligno y egoísta que no dudaría en hacerlo.
Sonreí pensando que bromeaba pero cuando vi que cerraba los ojos para contenerse, comprendí que
hablaba en serio y me alarmé. Lo último que necesitaba era otro secuestro. Por mucho que en el fondo me
tentara la idea.
—¿Dana?
—Si te vuelve a besar, puedes dar por hecho que él será mi próximo ciervo.
Lo miré boquiabierta.
—¿Cómo lo has...?
—Porque tu saliva tiene un toque amargo y solo se me ocurre una persona que deseé contaminarla —
me reveló con furioso sarcasmo —. Y ahora márchate, por favor —me suplicó al límite de sus fuerzas.
—Mañana y siempre.