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62626

A mi hermoso gato,

Soriano.

1
I

Las personas que ven el mundo por primera vez deben gritar. Eso le da la

seguridad a quién te sostiene de que estás vivo, porque tenés miedo de la vida.

No elegí llegar, pero, por cuestiones del azar, acá estoy, una mano en la espalda

y la otra en el culo. Hermosa bienvenida. Bañado aún en placenta, me acercaron

al pecho de mi madre.

La algarabía del nacimiento retumbaba en todo el piso del hospital. Mientras la

gente salía a fumar y a telefonear a los parientes ausentes, mi padre se quedó

parado en un rincón de la habitación. Me miraba. Sus manos temblaban. Moría

por tabaco, pero sus pies eran anclas en las baldosas. No se iba a mover.

—¿Te querés acercar a verlo, a sostenerlo? —Le pregunta mi madre.

—No sé. Tengo una sensación horrible de que puedo lastimarlo —le responde.

—No lo vas a lastimar. Sos una persona incapaz de lastimar a un ser vivo.

Da unos pasos. Queda frente a la cama. Me sigue observando, pero no puede

estirar las manos. Las tiene pegadas a las caderas. Las gotas de sudor bañan el

piso. Los ojos de mi madre pasan de la ternura a la decepción.

—Es tu hijo. No podes ni siquiera alzarlo ¿No te da vergüenza?

—¿Alguna vez intentaste recordar la primera imagen que viste del mundo?

—No te entiendo ¿De qué hablas?

—La primera vez que ingresa luz a las pupilas y dan una forma nítida de las

siluetas sombreadas que observamos.

—No comprendo qué querés decir —le dice mi madre, mientras saca su pezón

y lo dirige a mi boca.

2
Mi padre da unos pasos hacia atrás. Vuelve a la vieja ubicación. Las manos

sudorosas. La boca resaca que pide un cigarrillo. La ansiedad le va comiendo

los talones. La cabeza hacia abajo. El silencio.

El piso blanco, cubierto con una gruesa capa de desinfectante. Resbalan ideas,

bacterias y cualquier intrépido que quiera alterar el orden. La tensión. Las uñas

a los dientes. La teta siendo succionada. El corrimiento de una silla. Culo

apoyado. Acercamiento a la mesa. Hoja en blanco. Lápiz. No se podía hablar.

Escribir era una opción.

La nota decía así:

Siento que perdí el horizonte.

Si quiero caminar, me falta una pierna.

Si la tuviera, no tendría sangre en las venas que la hicieran funcionar.

La felicidad se desvanece como la vida.

Las células se pelean por sobrevivir.

La luz que proyectan en nuestro cerebro es como la venida de un asteroide a

nuestro querido planeta.

Solamente pienso en fumar, para seguir pensando.

La actividad misma de fumar me ayuda a concentrarme.

Las conclusiones que sacó son tan absurdas.

No sé si esta persona tiene mi sangre, pero si tendrá mi apellido.

Mi apellido. Una imposición más en la llegada. No se reconoce. Chupa la teta,

llora, mea y caga. Siempre tiene que haber alguien encima.

No sé si hay o hubo alguna deidad que creo a la especie humana, pero lo que sí

sé es que la hizo bien inútil.

3
Sufrimos por la soledad, y al mismo tiempo la deseamos cuando estamos

molestos.

Las buenas acciones que realizan por nosotros son recriminadas cuando algo

nos fastidia.

Miro este bebé y me encantaría que todo su sufrimiento venidero me sea

transmitido a mí, para que no lo padezca.

No va a ser posible.

El sufrir es el ejercicio cotidiano de nuestra existencia.

Debemos sufrir para desear morir.

Debemos morir para ser más grande que Dios.

—¿Qué estás escribiendo, Víctor? —Consulta, mi madre.

—Unas líneas nomas, Marta —le dice. —Sabes que lo hago para calmarme. Me

sirve para poder volver.

—Deja de irte. Te necesito acá, en el presente, vivo.

—Sí. Acá estoy —responde, mientras gira en la silla.

Una enfermera golpea a la puerta.

4
II

Además de desarrollar una increíble capacidad para hablar, ya estaba

caminando, correteando por todos lados. La exploración del mundo

desconocido.

—¿Qué estás dibujando, hijo? —Me pregunta, mi padre.

—Una ilusión.

Víctor tiene más dudas que opiniones.

—Pero, las ilusiones no se pueden dibujar, hijo.

—¿Cómo qué no? ¿Qué estoy dibujando? —Le digo, mirando mi arte iniciática.

—No sé. A ver, dame —toma la hoja.

La atención se dirige solamente al papel. Los trazos son claros. El negro cubre

la totalidad del blanco. Víctor me dice:

—La pintaste totalmente de negro, hijo.

—Sí. Es un truco de magia.

La ilusión es eso que no está, pero que se desea que esté.

Mi padre me devuelve la hoja, con cara incrédula. Se va de la sala e ingresa a la

cocina. Allí estaba mi abuela.

—Vos sabes, mamá, que no logro entender a este chico. Recién me dijo que

estaba dibujando una ilusión y me mostró una hoja completamente negra.

Ella ceba el mate. Chupa la bombilla y vuelve a cebar. Se lo pasa a Víctor. Lo

mira, para luego responder:

—Hay misterios de nuestros hijos que solamente serán desvelados en el futuro

o que ya estaban presentes en el pasado.

—¿Eso quiere decir? —Repregunta, Víctor.

5
—Que hay ciertos asuntos que no vas a comprender —vuelve a tomar un mate,

para agregar. —Quizás no sea tu tarea resolver esos acertijos.

La radio pone entonación en las noticias catastróficas, mientras envuelve la

cocina en el sonido apocalíptico que tanto le gusta al amarillismo.

Los ojos de mi padre estaban enfocados en la mesada y en los misterios eternos.

El sufrimiento anticipado es similar a una agonía tan larga como una aburrida

novela mal redactada. La obligación de enfrentar cosas que no han sucedido y

que no se ven en la entereza suficiente del cuerpo orgánico y su duración.

—Tengo miedo —dice, Víctor.

—Todas las personas tienen miedo —le responde su madre.

—Le tengo miedo a mi hijo.

—¿Por qué le tendrías miedo a tu propio hijo?

—Siento que lo condené al sufrimiento, y no sé por qué.

—No vas a poder cuidarlo por siempre, y no vas a poder evitar que muera. Lo

mejor que podés hacer es darle herramientas para que aprenda a ser lo

mayormente feliz que pueda.

—¿Eso hiciste vos conmigo?

—No lo pude lograr.

—¿Por qué?

Un auto frena en la calle. Se escucha un grito. Un estruendo silencia la cuadra.

Víctor y su madre se ven, se levantan y corren a la sala contigua a buscarme.

Seguía dibujando, ya en otra hoja.

Mi padre me alza y me abraza fuerte, como si soplara un huracán dentro de la

casa. Las manos envolvían mi pequeña cabeza. Sentía su corazón acelerado y

el jadeo de la desesperación.

6
Sirenas de ambulancias y policías. Un intento de robo muy violento que terminó

con el ladrón abatido.

—Ya no se puede vivir en paz —decía una vecina.

—Todos los días pasa algo —le respondía otra.

—Yo le tiré porque me amenazó con un arma —contaba el que gatillo.

—¿Usted tiene permiso para portar pistolas? —Indaga el oficial.

—Sí. Soy un coronel retirado.

—¿Usted vió adónde fue el impacto?

—Sí, le di en el medio de la frente.

—Me tendrá que acompañar.

Los brazos de mi padre ataban mi cuerpo contra el de él. No quería que intentara

tocar el suelo.

—Ese siempre va a ser tu mayor miedo, hijo —le dice mi abuela.

Víctor la mira. Sus ojos comienzan a inundarse.

7
III

Ambas manos se enterraban en la arcilla, y desde el fondo emergían hasta la

cúspide de la montaña, única en la planicie del río. Se elevaba por sobre el resto

de las hormigas y sus respectivos hormigueros. Tenía prohibido acercarme al

agua. Sólo tenía permitido tocar el agua que trajeran las olas a la costa.

—Mira como juega y se divierte —dice, Marta.

Víctor no responde. Observa atento cómo se desarrollan las interacciones

sociales entre los demás.

—Notaste, Marta, que la primera vez que sociabilizamos con alguien vamos con

miedo —gira la cabeza para mirarla. —Yo les tenía miedo a mis compañeros en

la escuela —vuelve a mirar el agua. —Los veía totalmente destructivos.

—Pero eran chicos, Víctor. Las travesuras se hacen a esa edad, si no, ¿cuándo?

Busca en el bolso el atado de cigarrillos. Junta uno con los dientes. Lo pasa a

los labios. Enciende el cigarrillo. Inhala y exhala. Luego, dice:

—Una cosa son travesuras, otras son maldades ¿Qué puede tener de divertido

hacer sufrir un perro? —Hace una pausa —¿O una persona?

—¿Te hicieron algo, Víctor?

—No, a mí no.

—Entonces, ¿a quién?

—No importa. Historia pasada.

—El pasado es el presente. Vos elegís no contarme que te pasa, pero sabes que

siempre estoy para escucharte —le dice, Marta.

—Lo sé, amor. Gracias, pero no es necesario.

Mientras hacía la montaña en el frente del río, un niño más grande que yo, pasó

corriendo y destruyó mi creación de Dios. Lo vi caerse y golpearse por tropezarse

8
con el barro. Su cara cambió de llanto a ira en microsegundos. Me vió. Levantó

su mano derecha y soltó el golpe que iba directo a mi cabeza, pero no llegó a

destino. Mi padre lo tomó del brazo.

—¿Qué pensás hacer, pibe? ¿No ves que es más chico que vos? Debería darte

vergüenza.

El joven empieza a llorar y gritar por sus respectivos padres, que se hacen

presentes en la escena.

—¿Cómo le va a pegar a mi hijo? —Le dicen a Víctor, que se había parado

delante de mí, con ambas manos en la cintura.

—Primero, buenas tardes. Segundo, no le pegué a su pequeño. Solamente lo

tomé del brazo porque estaba por agredir a mi hijo sin motivo alguno.

—Algo le habrá hecho —dice la madre.

—¿Usted lo vió hacerle algo? Pregúntele que pasó.

Se ve como el joven había dejado de llorar y les contaba los sucesos a los

padres, mientras me miraba a mí y a mi padre.

—¿Bien? ¿Qué les dijo? —Pregunta, Víctor.

—Que su hijo le metió la trava.

—Miren, tenemos dos opciones. La primera es que su hijo se retracta y se van

sin chistar.

—¿Y la segunda? —Pregunta el padre, cruzándose de brazos frente a Víctor.

—Que su hijo le pida perdón al mío por destruir lo que estaba haciendo.

—¿Usted me está jodiendo? ¡¿Quién carajo se cree que es?!

—Alguien más sensato que usted, ya que yo no le pego a mi hijo ¿O ese moretón

que tiene en la cuarta costilla es por un golpe fortuito? Mire sus nudillos y sienta

su aroma, apesta a bebedor.

9
La gente se había empezado a concentrar en donde estábamos nosotros. Yo lo

veía a mi padre gigante, frente a ese yeti que escupía sin parar al hablar.

La mirada juzgadora recaía en la familia opuesta, que se terminó yendo ante la

reprobación popular. Víctor mantenía una postura esbelta, como de un guerrero

hecho estatua. La multitud comenzó a aplaudirlo, mientras se acercó hasta mí

para alzarme.

—¿Estás bien, hijo?

—Sí, estoy bien —hago una pequeña pausa, para preguntar —¿Por qué te

aplauden, papá?

—Porque, a veces, la justicia se inclina para el lado que debe ser.

Salimos del gentío, y me deja en la arena. Extiende su mano y toma la mía.

Vamos a la par, hasta llegar adonde estaba mi madre tomando mate. No vió

nada de lo ocurrido.

10
IV

El río tomó el cuerpo y se lo llevó. Todo vuelve al río porque del río venimos.

Lo vi irse, despacio, arrugado. El horizonte es profundo en la planicie. No se

puede ver donde termina. Siempre tengo la ilusión de que ese río da la vuelta

entera al mundo y nos trae las cosas que se lleva. Es más un anhelo que una

realidad.

Las acciones no siempre tienen una razón lógica. Hurgueteando en el bolsillo de

mi pantalón, mi mano se adentra a un submundo de pelusas y granos de tierra

que han colonizado el bolsillo de mi pantalón, donde se convive en paz,

manteniendo un equilibrio sensato de orden y mugre. El lavarropas y el exterior

son sus enemigos. Si se pone la realidad patas arriba, saliendo al afuera, el aire

se lleva las partículas a otra parte. El lavarropas es más letal, ya que destruye el

hogar, los sumerge y, luego, los expulsa a las cloacas, para terminar mezclados

con la mierda que desemboca en algún río.

Antes de despedir a las pelusas y a los granos de tierra, doy vuelta el bolsillo, los

junto en la palma de la mano, los meto dentro de un pequeño frasco de vidrio y

le coloco una etiqueta que dice “Civilización BOLSILLO IZQUIERDO”. Lo cierro

bien. Voy hasta la orilla del río y lo suelto suavemente para que vaya con la

corriente.

Si alguien tiene suerte, encontrará la civilización de mi bolsillo izquierdo. Son

partículas sensibles que se adhieren muy fácil a tu persona. Si no se tiene una

higiene adecuada, logran integrarse a tu cuerpo y te conviertes en una pelusa

toda desalineada.

11
Un segundo frasco fue soltado durante la tarde. La etiqueta decía “Civilización

BOLSILLO DERECHO (Pueden resultar fascistas) ¡CUIDADO!”. Fueron más

salvajes. No querían ir al río. Quizás por eso estaban en el bolsillo derecho.

Mi padre me veía llevar los frascos al río, sin entender el motivo.

Más tarde, estaba preparando un tercer frasco, cuando él me detuvo. Me hizo

sentar. Tenía el mate preparado. Se cebó uno, chupo la bombilla, levantó la vista

y me dijo:

—¿Qué es lo que estás haciendo? Te veo ir bastante seguido al río.

—Estaba llevando frascos con los seres de mi bolsillo— le dije.

—¿Qué seres? ¿De qué me estás hablando?

—En mis bolsillos se crean mundos. Se mezcla la tierra, el aire, el agua y los

pelos. Combinando esos cuatro elementos, se forman pequeñas criaturas. Viven

ahí, y yo quiero que conozcan el mundo.

—A ver. Hijo, te voy a contar una historia de acá, del pueblo. Pasó hace muchos

años. Me la contó mi padre —hace una pausa para tomar un mate —¿La querés

escuchar?

—Sí, por supuesto —le dije, con muestras de ansiedad.

—Bien, la historia dice así. Un día, un señor había ido a pescar a la barranca del

Indio. Había escuchado de que en esa zona se sacaban presas grandes.

Entonces, fue. Llevo todos los elementos, y lanzó la caña al agua. Estuvo horas

y no sacó nada, el primer día. Siguió yendo, día tras día, intentando pescar

cualquier pez que se atravesara por su anzuelo, pero nada ocurría. Su estómago

gritaba por comida. El día número sesenta y dos, este hombre estaba sentado al

borde a la barranca, cuando sintió como iba perdiendo fuerzas, hasta

desvanecerse y caerse al río. Según mi abuelo, esta persona no volvió a

12
aparecer. Nadie reclamó por ella. Excepto un día. La pulpería estaba abierta e

ingresó un sujeto. La leyenda dice que el hombre apoyo ambas manos en la

barra y la arcilla líquida se escurría de sus ropas, por sus dedos le caminaban

caracoles y los bolsillos estaban llenos de agua y ranas. Pidió un aguardiente.

Bebió un vaso, dos vasos, tres vasos. Sacó un facón, gritó ¡Del río vengo y al río

vuelvo! y retó a una persona a duelo. Uno tenía un revólver Colt, el otro un facón.

El cuerpo volvió al río. Las voces del pueblo dicen que el pescador desaparecido

era el hombre que murió en ese duelo. Por algún motivo, cada vez que cae algo

al río, termina en la zona perteneciente a la barranca del Indio. Desde ese

momento, esa zona se conoce como “La Costa Circular”, porque allí volvemos

después de que nos unimos con el río.

—¿Y vos crees que los frascos que dejo en río van a ese lugar? —Pregunto, con

gestos de asombro.

—Yo creo que sí, hijo. Deben estar ahí. Sí algún día los querés recuperar, ya

sabes adonde buscar.

13
V

—Papá, ¿qué es eso? —Le pregunto, mientras miraba un anuncio en el diario

que él estaba leyendo.

Gira el diario. Busca el lugar que le señalé. Voltea nuevamente el papel y

continúa leyendo, entre tanto, me comenta muy secamente:

—Es una publicidad, hijo.

—Pero, ¿de qué? —Le insisto.

—Del circo que está en la ciudad.

—¿Podemos ir?

Se escucha un suspiro. Las manos se retraen y el diario es plegado sobre el

regazo. La mirada pétrea de Víctor distaba mucho de una respuesta positiva. Mi

madre, desde la cocina ve la imagen: el pequeño, de ojos espumosos frente a la

ilusión desvanecida, y el adulto, de escasos recursos económicos que se niega

a pagar la entrada a un espectáculo donde sienten que lo engañan para robarle

el dinero.

—Tal vez podamos ir en estos días. Depende de cómo venga el trabajo, ¿verdad,

Víctor? —Le dice, Marta.

—No quiero generarle falsas expectativas al chico, Marta —le responde, y luego

me mira a mí. —La verdad, hijo, no hay dinero. No tengo plata. Prefiero que

comas antes que ir al circo.

Mi rostro soporta el dolor, y no claudica, no muestra debilidad. El llanto no es

cosa de hombres, le había escuchado decir a mi abuelo. Me paré y me fui al

rincón a mirar por la ventana. La lluvia caía copiosamente sobre los techos de

chapa.

14
—Vení, hijo. Te voy a contar una historia —me dice, mi madre, mientras se seca

sus manos en el delantal.

Se sienta en su sillón. Me acerco, con la cabeza gacha, y me siento en el piso.

—Levanta esa cabeza. Los valientes miran a los ojos —escucho decir a mi

padre.

—¡Basta, Víctor! —Grita, Marta.

—Yo no soy valiente —le respondo.

Víctor se reclina en el sillón, para sentarse más derecho y posicionarse con más

poder frente a mí.

—La cobardía es para los débiles, los que huyen y no se hacen cargo, los que

calumnian y maltratan. El cobarde es facho y defiende al poderoso. Si vos llegas

a ser uno de ellos, yo no voy a responder por vos. Si elegís ese camino, vas a

dejar de ser mi hijo, ¿me escuchaste bien?

No le saqué la vista. Me mordía los labios y suspiraba lo más bajo que podía. Él

era mi protector ¿Cómo osaba decirme que iba a dejar de protegerme? Si no

está mi padre, ¿quién me protegerá de las fuerzas de la sociedad? La gente da

miedo. Sentís que te van a comer.

—Sí, te escuche bien —le respondo. —¿Cuál es la historia, mami? —Le digo a

mi madre.

Marta lo mira mal a Víctor, que se vuelve al diario, ignorando lo que sucede a su

alrededor. Luego, comienza a decirme:

—Hay una breve historia que dice así: —apoya ambas manos en sus rodillas —

Existía, en lo profundo del río, allí donde sólo llegan los peces más osados, un

gran tesoro oculto. La leyenda decía que quién lo obtuviera, sería proclamado

Dios de las aguas marrones que surcan la tierra y riega de verde el globo.

15
Los ojos prendidos a las palabras y las orejas recibiendo imágenes preciosas del

agua. Un ensueño de esperanza. Mi madre continuó la historia.

—Un día, un joven se proclamó el hombre más valiente del pueblo, y dijo que iba

a sumergirse en busca de la riqueza, del poder que le aguardaba el futuro

próximo. Todos cantaban victoriosos, ya gozando una victoria —pausa para

beber agua.

—¿Cómo siguió? —Le pregunto, entusiasmado.

—El joven se fue hasta el muelle. Saltó y se sumergió hasta dejar de verse desde

la superficie. La gente, agolpada, miraba el agua que se movía, suave. El viento

era inexistente. De golpe, empiezan a ver burbujas. El río parecía un hervidero

de cómo se movía líquido. Se comienza a escuchar un ruido, como de una

turbina. Algo sale disparado del agua, sube y cae al muelle. Era el cuerpo del

joven. Detrás de él, sale alguien y dice: “Mi nombre es Poseidón. Soy el protector

del río. El tesoro que buscan es el que ven, la hermosura del remanso”.

16
VI

Ella se llevó conmigo la historia, pero me dejó mi nombre, Poseidón. Mi padre

lloró por días, desconsolado. Él encontró el cuerpo. Estaba boca abajo, en su

cama, con la sangre que caía desde la sábana al suelo. El cuello estaba

totalmente rojo. Los ojos y la boca abierta. Eso escuché que decían los policías.

Yo vi su cuerpo ya cuando estaba en el cajón, con un pañuelo y los ojos cerrados.

Estaba fría y no sabía si me escuchaba, pero le deseé un buen viaje a los cielos,

y le dije que la iba a extrañar.

Me pongo a recordar ese día y fue de lo más extraño. Los funerales son como

puntos de encuentro en el periplo de la vida. Aparece gente que no ves en mucho

tiempo o que directamente no conoces, pero quieren decirte que siente tu

pérdida, aunque no tengan noción de los sentimientos de uno.

—Lo siento, hijito —me dijo la vecina, que conocía de toda la vida a mi madre.

—Mi más sentido pésame, pibe —el esposo de la vecina.

—Lo lamento, lindo. Todas vamos a extrañar a tu mamá. Era la más buena del

grupo —amigas siendo convalecientes para conmigo, rescatando la bondad de

mi madre. Más allá de ser verdad o no, hay cierto cinismo es rescatar cualidades

de la persona una vez muerta, no antes.

Mi padre pensó perfectamente el velorio. Me ubicó en una silla que se

encontraba al lado de la puerta de la sala. Toda persona que ingresaba, pasaba

por mi lado, siendo el centro de atención. Mientras tanto, él estaba lejos de todo,

en un cuarto que hay en el servicio de sepelio. Nunca me dijo que hacía ahí, pero

recién apareció cuando hubo que cerrar el ataúd. De ahí, al entierro. Mi madre

quería que la entierren debajo del árbol que estaba en el lecho de nuestro río.

17
Como eso no era posible, había que cremarla y luego, sí, se arrojarían sus

cenizas allí.

Después de los trámites y lágrimas ajenas, volvimos a casa, mi padre y yo. Lo

primero que hizo Víctor fue sacar las sábanas y el colchón. La policía ya había

peritado la zona. Estaba autorizado a hacer lo que iba a hacer, quemar las

sábanas y descuartizar el colchón, mientras lloraba y decías blasfemias contra

Dios y el ser humano. Gritar puteando es un acto de liberación irracional.

Lo veía desde la puerta. No tenía respuesta y mostraba la debilidad por la que

me reclama siempre.

—Los valientes miran a los ojos, ¿no? —Le digo.

—¿Qué me dijiste? —Se pone de pie y va a mi encuentro. —Repetí, por favor,

lo que dijiste.

—Dije que los valientes miran a los ojos.

Se para derecho. Parece un gigante frente a mí.

—Te estoy mirando. Ahora, decime, ¿qué necesitas que te diga?

—¿Por qué gritas? —Le pregunto, temeroso de escuchar la respuesta.

—Porque una persona entró a nuestra casa cuando estaba tu madre sola. Ni vos

ni yo pudimos ayudarla —se sienta en el piso, apoyando su espalda en el marco

de la puerta. Busca un cigarrillo y lo enciende. Expulsa el humo. —No pude

protegerla, ¿entendés, hijo? Yo le prometí que la iba a cuidar y no pude —los

ojos rebalsaban de angustia, pero no caía una lágrima.

—Pero estabas trabajando. No estabas porque no podías.

—Alguien la mato, y la policía seguro sabe quién fue, pero no va a hacer nada.

Perdón, hijo —se levanta y apoya su mano en mi cabeza, con el cigarro en la

boca. —Voy a resolver esto. No te preocupes.

18
Se volvió a alejar para terminar de destruir el colchón. Las sábanas ya eran

cenizas. El cuchillo entraba y salía. La espuma y los resortes saltaban. Los

vecinos miraban, opinando entre ellos. Uno decidió llamar a la policía.

—Disculpe, señor, ¿por qué no se tranquiliza? Está alterando el barrio —le dice

el policía.

—Sepa usted entender que esto es necesario.

—Última advertencia, señor.

—Mire, usted no es nadie para ordenarme que hacer en mi propiedad. Si el viejo

de mierda de mi vecino lo llamo por esto, espero lo disculpe, pero está perdiendo

el tiempo.

—Me va a tener que acompañar si continúa haciendo esto.

—¿Piensa detenerme frente a mi hijo?

—Es por voluntad suya o por la fuerza de la ley. Usted elije.

Por primera vez, detenían a mi padre. Pasó la noche preso, y yo de mi abuela.

19
VII

La melancolía va carcomiendo los dedos de aburrimiento y desasosiego. El

cigarrillo ya estaba consumido entre los dedos de un brazo flácido, que colgaba

del sillón. Los ojos perdidos en la órbita lunar. La ventana como puerta

inabarcable para la vista.

—¿Estás bien, Víctor? —Le pregunta mi abuela, asomándose a living.

—Estoy bien, mamá. No te preocupes. Solamente estoy pensando.

—¿En qué estás pensando, hijo?

—En que Marta no pudo tener la justicia que merecía. El tipo apareció muerto y

no hay pruebas que lo vinculen a él —hace un ademán de levantarse, pero

vuelve a caer en el sillón —¿Qué puedo hacer, yo, un simple tipo que no tiene

experticia en estos asuntos? ¡Nada! —Golpeando el apoyabrazos.

El grito me asusta. Empiezo a no reconocer a quién estoy viendo. Es triste ver

desmoronarse a quienes te sostienen. La carne desgarrada en las uñas que

corroen la piel, dejando al descubierto realmente quiénes somos, seres

vulnerables, tan frágiles como el más fino cristal. Cuando el miedo de mostrarnos

cae, los ojos extraños dejan de ser importantes.

—¡Víctor! —Grita, su madre —¡Levántate y anda a bañarte! No podés andar así

por la vida. Tu hijo no puede verte en ese estado. Estás hecho un desastre.

Se para, aun mirando a la ventana. Apaga el cigarrillo que ya estaba totalmente

consumido. Voltea y me mira directo a mí.

—Poseidón, Dios de las aguas que bañan esta tierra, te voy a decir algo. No te

olvides de esto: —se acerca hasta donde estoy, tomándome en los hombros,

con la vista clavada en mis pupilas —los dioses no matan, pero las personas, sí.

20
Agarró un abrigo y se fue. Mi abuela, preocupada por mí, me dijo que no le diera

importancia a las palabras de mi padre. Que estaba atravesando el duelo de

perder a un ser querido. Mi cabeza pensaba, y mi boca hablaba sin pensar.

—Abuela, entonces, cuando morimos, ¿nos vamos al cielo?

—Si, querido. Las personas buenas van al cielo y allí queda su alma

eternamente.

—¿Y los malos?

—Al infierno.

—¿Y Dios siempre nos perdona?

—Claro, mi vida. Es misericordioso con todas las personas.

—¿También con la persona que mató a mi mamá?

Los silencios marcan, y el que presencié en ese momento fue, quizás, el más

tenebroso. Mi abuela junto coraje y saliva, para decirme:

—Dios perdona, las personas no. La gente castiga el crimen —gira la cabeza

para otro lado. —Por eso, las cárceles están llenas y el infierno vacío —y se fue.

Me quedo solo en el living. La ventana llama. Me acerco. Al colocar mis manos

en el marco de madera, las luces se apagan y el cielo se enciende. Las estrellas

estaban ahí para mí, brillando como una pequeña llama que se enciende para

alimentar los sueños.

Deseaba tocarlas, pero estiraba mis manos y no llegaba. Quito la traba y abro la

ventana para ver mejor. La sorpresa siempre aparece en lugares inesperados,

de allí su nombre.

Dos puntos brillantes comienzan a danzar entre ellos. Iban y venían. Mis ojos se

deleitaban con la danza de lo que sea que fuera eso. Mi cuerpo cada vez más

inclinado hacia fuera de la ventana, con las manos apoyadas en el marco. El

21
balanceo, en mi intento por llegar a tocar una estrella, hace que me caiga de la

ventana. El peligro de caer varios metros, ya que vivimos en el tercer piso.

Alcancé a gritar, cuando sentí que mi cuerpo fue recibido por unos brazos de

alguien. Cuando abro los ojos, veo el rostro agitado de mi padre.

—¿Qué haces, hijo? —Con voz temblorosa —¿Estas bien? ¿Te duele algo? ¿Te

lastimaste? —Preguntas que no me dejaba responder, porque me estaba

abrazando y no me dejaba hablar.

—Estoy bien, papá. Me caí porque quería tocar las estrellas —y el llanto se

apodera de mi cuerpo. La liberación de adrenalina, la agitación y el miedo.

Mi abuela se asoma a la ventana.

—¡Víctor! ¡Ay, Dios mío! ¡Gracias a Dios que estabas abajo! —Gritaba, mientras

lloraba.

—¡Está bien, mamá! ¡Está bien! —Gritaba en mi oreja, apretándome muy fuerte

contra su pecho. —Los padres también protegen, hijo. Protegen y acompañan.

22
VIII

—La palabra de un hombre es lo único que posee de valor —me dice mi padre.

Sujetándome en ambos brazos, clavando sus ojos en los míos, me sigue

hablando:

—Es muy difícil confiar. Aún más complicado es amar —me suelta. —La palabra

es lo singular, lo que te va a distinguir del resto. Escucha al resto, pero no le

falles a tu palabra.

—Bueno ¿Te tenés que ir? —Le pregunto, con angustia.

—Si, hijo. Es lo que tengo que hacer.

Me abraza. Siento su dolor recorrer el pecho. Nos quedamos bajo la luz que

ingresaba por la ventana. Mi abuela nos observa y llora. Nadie dice nada. Mi

abuelo no quiere mirar. Está enojado.

—Un padre no abandona a su hijo ¡Jamás! —Le grita a Víctor.

—Vos sabes que es lo correcto —le responde, él.

—Lo correcto es entregar la vida por los hijos.

—Es lo que estoy haciendo, ¿o vos te pensás que yo quiero hacer esto?

—No importa que es lo que querés o no. El deber está por encima de todo.

—¡Basta, papá! —Grita, Víctor. Estaba saturado de escucharlo.

Ambos adultos se quedan estáticos. Las miradas empotradas, una contra la otra.

Mi abuela me sujetaba la mano, bastante fuerte.

—No quiero irme, pero es lo que tengo que hacer. Está muy pesado el ambiente

como para que me quede.

—¿Tenés miedo? —En el silencio, pregunta mi abuela.

—Sí. Tengo miedo —le responde, Víctor, y gira la cabeza para verla. —No sé de

qué son capaces estos tipos. No quiero que lastimen a Poseidón.

23
—A mí nadie me va a lastimar —le digo a mi padre.

Las botas se escuchan afuera. No hay sirenas, pero si palos que se arrastran en

la acera. La orden es comenzar a expulsar al virus rojo y al virus azul. El temor

a la revuelta que de vuelta la bandeja. El mundo de cabeza y las madres y los

padres huyendo de la mesa, con el rifle bajo el saco y un libro en el pecho. Las

balas no atraviesan ideas.

Los ruidos vienen en aumento y no decrecen. Víctor toma su saco, y sale rápido.

En el umbral de la puerta, se para, frente en alto, se pone el sombrero y me mira.

Sus ojos brillaban. Rápidamente, voltea la cabeza y cierra la puerta.

—Este hombre es un pelotudo. Va a hacer que lo maten —protestaba, mi abuelo.

—Él no va a dejar a sus compañeros solos. Ya sabes que están complicadas las

cosas en la universidad como para andar dejando gente tirada —le responde, mi

abuela.

—Pero, ¿vos entendés el peligro que corre? Los milicos van a tirar, si lo

consideran necesario. No quiero juntar el cadáver de mi hijo.

—Y Víctor no quiere que su hijo junte el suyo.

En el trajín de la discusión, yo me puse en la ventana. Allí veo a mi padre

caminando. Llevaba el sobretodo levantado. No se le veía la cara. Iba caminando

pegado a la pared, como queriendo evitar que lo viera alguien. En un momento,

se frena. Un camión del ejército pasa. Se detiene unos metros después de

pasarlo. Se bajan dos y van a su encuentro. Veo que Víctor no hace nada. Se

queda parado, esperándolos. Lo toman de los brazos y se lo llevan al camión.

—¡Se llevan a mi papá! —Empiezo a gritar.

24
Mis abuelos se agolpan en la ventana. Jorge sale de la casa y va a la mayor

velocidad que puede para interceptar al camión, pero llega tarde. Desde la

ventana, vemos al vehículo partir.

—¿Ahora que vamos a hacer? —Digo, en voz alta.

—Vos no te preocupes, querido —me decía mi abuela, con desesperación en las

palabras. —Ahora vamos a ir a buscarlo. A algún lado se lo deben haber llevado.

Jorge regresa a la casa, agitado. Toma algo de aire y dice:

—Poseidón, junta tus cosas. Nos vamos.

—¿Adónde nos vamos?

—No preguntes y junta tus cosas. En el camino te explico —me dice, mi abuelo,

mientras comienza a juntar sus pertenencias.

Las despedidas son indeseadas y tristes, pero las que son forzadas son

angustiantes y dejan al alma desorientada. No sé adónde nos vamos a ir, pero

hay que partir. El bolso está lleno. Mi abuela me ayudó a hacerlo. Antes de salir,

volteo y veo mi casa. Está vacía. El silencio se queda a cuidarla.

25
IX

Las nubes negras se expanden y las noticias escasean. El escritorio rebasado

de papeles. No es fácil escribir cartas. Jorge se toma la frente con la mano

derecha. Luego, ambas manos cubren sus dos ojos. Está desvelado, pero no

puede escribir. El pulso traiciona al deseo más encumbrado. Firma, con amor,

papá. Lo borra. No quiere quedar con palabras atravesadas en las manos,

muchos menos en los párpados.

Ya ha pasado más de un año que lo vimos partir. Se lo llevaron y no ha salido

aún. En la ficha, alguien leyó que decía, “preso político”. Esas palabras se

traducían es que las visitas eran nulas y las cartas eran insuficientes. Además,

la censura tacha la peligrosidad de decir cosas que algunos no quieren oír.

—¿Seguís intentando escribirle a Víctor? —Pregunta, mi abuela.

—Sí, y estoy bastante frustrado —le responde, Jorge.

—¿Qué decía en su última carta?

—La última que nos llegó es de hace más de una semana ¿Ya te olvidaste?

—Ando un poco mal con la memoria. Debe ser por la edad —dice, con una risa

baja, mi abuela. Los signos de un rápido envejecimiento en ella se hicieron muy

notorios después de la captura de mi padre. La memoria es donde más se le

nota.

—¿Estás bien? —Pregunta, Jorge.

—Sí. Estoy un poco cansada nomás —responde, mi abuela.

—¿Querés que volvamos a leer la carta?

—Sí, me gustaría.

—La carta dice así:

En algún rincón del cubo:

26
Queridos mortales que esperan por mí, desistan. No sé

cuándo se abrirá el corral. Las ovejas negras tienen muchos pastores con sus

respectivos bastones. La queja es repelida por un solo azote.

Poseidón debe estar creciendo a ríos caudalosos. Espero

alguna vez poder volver a ver al río crecer. Me entusiasma esa idea y me aferro

a ella. Es más, la tengo guardada bajo la almohada. Pero, cuidado, acá no

podemos tener ideas. Son malas, ensucian el alma y corrompen el corazón más

puro. El orden y la patria sobre todos los valores.

Los teros miran cuando escribo. A pesar de ser petisos, sus

ojos llegan a mis hombros. Estos raros animales son vistos con frecuencia en los

alrededores. Su instinto agresivo sirve para mantener el corral cerrado, por si

algún pastor se duerme.

No hay ningún argumento para justificar las injusticias, pero

se inventan fábulas para encontrar un poco de justicia. Los vericuetos que hay

que atravesar para poder conseguir un poco de pan en una mesa repleta de

banquetes. Les digo, es imposible robar pan porque tener hambre es hurto. Ese

acto dantesco del robo del trigo molido es equilibrio.

Mi salud es digna de rey joven con tuberculosis. Dejé de

fumar por su alto nivel inflacionario. Los favores son caros. Los lápices son

codiciados por su peligrosidad.

Acá somos muchos. Soy algo viejo a comparación del resto,

pero mi espíritu joven hace que sostenga la frente en alto y el orgullo marcado a

fuego en la lengua y las manos, porque la palabra me sostiene, me detiene, me

contiene, me duele y me es indiferente. Es extraño el sentimiento.

27
Cierro con unos versos, de un poema viejo. Dice “Extrañar.

Verbo transitivo. Notar la falta de alguien. / Extrañar. Vacío habitacional donde

hay un cuerpo que no está y desearía que esté”.

Deseo abrazarlos pronto.

Con cariño,

Víctor.

Veía a mis abuelos llorando. Yo no comprendía mucho de lo que decía la carta,

pero quería ver a mi papá. Entonces, como contagiado por el ambiente, las

lágrimas brotaron solas, se abrieron como el jazmín con el sol.

—Mírame, Poseidón —lo veo a mi abuelo. —Te prometo que tu papá va a salir

de ese horrible lugar.

—¿Estás seguro? —Le pregunta, mi abuela.

—Lo juro por Dios. Víctor va a salir.

Nos abrazamos los tres con el fuego de la utopía recorriendo nuestros cuerpos.

28
X

La ira se acumula debajo de los dedos del pie. Ves cómo se mueven, inquietudes

de una tensión palpable en los poros de la piel.

—¿Por qué le pegaste? —Me pregunta el director de la escuela.

—Porque dijo que mi papá estaba muerto —le respondo.

—¿Eso te parece una justificación para golpearlo con la silla? Julián está llorando

en la sala de profesores.

—Él no tendría que haber dicho eso. Yo no lo hice nada.

Alguien golpea la puerta.

—Adelante —dice, el director. Era mis abuelos. —Pasen, tomen asiento, por

favor.

Se sientan, con cara de susto. Mi abuela me hace upa. Hay consternación en la

sala.

—¿Nos puede decir que ocurrió, por favor? —Dice, Jorge.

—Su nieto reaccionó de una manera que no es propia de un estudiante de

nuestra institución, y le propició un golpe en la espalda a un compañero.

—¿Qué tan grave fue? —Pregunta, mi abuela.

—Lo golpeó con una silla. El chico está llorando desconsoladamente en la sala

de profesores. La ambulancia está en camino —el director hace una pausa,

levanta la vista y continua. —El estudiante dice que no siente las piernas. Perdió

los reflejos. Esperemos que no sea el peor pronóstico.

—Pero, ¿podría explicarme, por favor, por qué mi nieto lo golpeó? —Habla,

Jorge, algo enojado.

—Según lo que dice él, porque le dijo que su padre había muerto. Según el resto

del salón, fue porque no querían devolverle los útiles. Sea cual fuere la verdad,

29
no podemos permitir una reacción de ese tipo en nuestra escuela ¿Qué le digo

a la familia de este chico si no puede volver a caminar? ¿Qué hago con su nieto?

Dígame, ¿qué hago? —Replica, el director, ya levantándose de su asiento.

—¡Él es malo! —Me paro y grito. —Siempre me está molestando y la maestra no

hace nada. Le tienen miedo porque su papá es militar.

Silencio. El filo de las palabras corta sin tapujos la realidad. Moldeando con los

dedos los gestos. La cara inservible de autoridad, eso pétreo que tiene la

jerarquía. Mis abuelos, espasmódicos facialmente, miraban con temor.

—Por favor, Daniel... —dice, el director.

—¡Mi nombre es Poseidón! —Grito en dirección.

—Tu nombre es Daniel. Eso dice tu documento nacional de identidad, por lo que

te voy a llamar por tu nombre, Daniel —la palabra de la autoridad, poniéndose

de pie, manos en el escritorio. —Ahora, ten más respeto por esta institución,

hacia tus abuelos y hacia mí.

—¡Sos un cagón! —Le vuelvo a gritar.

La apertura ocular, cuál eclipse lunar, de Jorge. Las manos en una boca abierta,

por parte de mi abuela. Mi ceño fruncido. Frustración y valor, o una valiente

frustración que estoy enfrentando ante la ley. No me dejo amedrentar. Se que lo

que se dice es sagrado y la mentira es el calvario de los tibios. El que le tiene

miedo a la verdad nunca entendió la calumnia.

—¡Daniel Roberto Flores! —El cuerpo erguido del instruido en el equipo verde

oliva. —Tu estadía en esta escuela está terminada. Señores tutores del niño, les

informo que van a tener que buscarle una escuela. Aquí ya no es bienvenido.

—Pero, señor... —alcanzó a decir, Jorge.

—Es mi última palabra. No hay retorno —la sentencia del lado opuesto.

30
La furia es una emoción difícil de transmitir, pero fácil de percibir. Me tenían

miedo. Soy un Dios, soy Poseidón. Conmigo no se jode. Me paré, con el pecho

firme y la frente en alto. Alguien me agarra de la muñeca y siento que me tira

para el lado de la puerta.

—Está bien. Nuestro nieto se va de acá, pero, usted... usted, sepa bien una cosa,

la justicia lo encontrará cuando menos se lo espere —le dice, mi abuela.

—¿Eso le enseñó a su hijo?

—Siga defendiendo al opresor. Llegará el día donde los oprimidos den vuelta la

bandeja de plata, y cuando suceda, todos ustedes se caen.

—Espero llegue ese día, señora.

—Yo también —y salimos los tres.

Jorge comprendía poco y mi abuela echaba fuego por la boca de la bronca que

tenía. Mi sonrisa al observar eso era muy evidente.

31
XI

La justicia como punta de lanza en lo que se escucha, se diga o se haga.

—¿Cuántos dedos ves en sesenta y dos manos derechas? —Pregunto al aire.

Estoy sentado, bajo la copa de un frondoso árbol, que me tapa algo de la lluvia.

El viento recorre el brazo levantado, envuelve el tronco, paseando por una

corteza frágil. El espejo de agua arcillosa y sus múltiples círculos de gotas que

caen.

—Si tengo sesenta y dos manos derechas, y las multiplico por cinco, me va a dar

trescientos diez dedos.

—Son muchos dedos, ¿no te parece? —Escuche la voz de Jorge hablándome.

Se encontraba detrás de mí, con un paraguas. —¿Qué andas haciendo acá?

Está lloviendo fuerte. Los caminos desdibujados de la suerte que hemos echado

en el andar.

—Estoy contando —le respondo.

—¿Con qué fin?

—No sé. Cuento para no olvidar.

—¿Tenes miedo de olvidar?

Giro, y lo veo a los ojos, bañado en agua, le pregunto:

—¿Vos no?

—La persona que olvida lo hace por cobardía. Que yo sepa, tu padre te pidió

expresamente que no seas cobarde, ¿verdad?

—Sí, me pidió eso, pero tengo miedo —digo, con lágrimas mezclándose con el

agua.

—Es normal tener miedo. Es necesario. Los valientes son quienes se enfrentan

a su mayor temor, a pesar de que le tiemblen las patas —Jorge se agacha, y

32
apoya su mano en mi hombro. —Tu valentía reside en tus manos, pero

mayormente en tu mente —apoya su dedo índice en mi sien. —Vamos a casa.

Tu abuela estaba preocupada por vos.

Me extiende una mano y me levanta. Coloca una toalla que logra envolver todo

mi cuerpo, y empezamos a caminar bajo la lluvia.

—¿Cómo sabías que estaba acá? —Le pregunto a Jorge.

—Porque te gusta el río. Tiene algo que te tiene atrapado. No sé qué es, pero tu

padre es igual a vos. Los dos locos del río.

—Pienso mucho en él. Lo extraño.

—Yo también, querido —hace una pausa, suspira y suelta. —Yo también —la

cabeza gacha.

El cielo siempre escucha las plegarias, pero no es un pozo de los deseos. Las

botas siguen durmiendo afuera. Se pasean, se regodean. Humillan al sometido,

torturan al cuerpo desnudo. Golpean esa idea roja que se ondea por algunas

zonas y temen la volteada. Por eso, el descamisado anda oculto del verde oliva.

Las garras del imperio sujetan la tierra. No quieren que sea nuestra.

—Nunca me dijiste por qué está preso —le pregunto a mi abuelo.

—Por usar el cerebro. Por pensar y ser obstinado con lo que pensaba. Si no

hubiese levantado el avispero, estaría con vos. Pero no, tenía que seguir

metiéndose en la agrupación. Ahora, mira adonde está. No te puede ver,

nosotros no lo podemos ver. Solamente escribe una vez al mes, y encima lo hace

en código, ¡y no entiendo una mierda! —Jorge patea una piedra que hace sapito

en los charcos de agua de la calle de tierra.

Levantar el pie del barro para volver a sumergirlo en la tierra mojada. Las

mariposas no vuelan los jueves. Las larvas levantan la cabeza los viernes y las

33
moscas mueren los lunes. Mierda de caballo esparcida por el derrotero sendero

que lleva al río.

—¿Y cómo sabes que es en código? —Pregunto.

—Te doy un ejemplo, a ver si vos entendés que quiere decir. Fue tan rara la frase

que todavía me la acuerdo. Escribió: “Las luces se esparcen por la habitación, y

buscan rendijas. No quiero apresurarme para ir al baño, pero hay fila. Marta me

espera para tomar el té. Debo dejarlos” —me mira y espera respuesta.

—Se quiere escapar, pero todo el mundo se quiere escapar. Entonces, tiene que

esperar —le digo a Jorge, que me mira sin saber cómo entendí.

—¿Y tu mamá por qué aparece?

—Porque debe estar deseando la muerte o...

—¿O qué?

—Encontró al hombre que mató a mamá —y dejó de llover.

34
XII

Los rituales tienen la sacralidad de una liturgia bizantina, o persa, o católica, o la

que se prefiera. En este caso, lo sacro envuelve un anzuelo: hoy es día de pesca.

—Mira, Poseidón, esto es así —me dice, Jorge. —¿Ves el agujerito que tiene el

anzuelo? Bueno, por ahí pasas la tanza para hacerle el nudo.

Yo miraba a mi abuelo, tratando de registrar los movimientos, pero los nudos son

difíciles de hacer y fáciles de desatar, o viceversa.

—¿Para qué es esto? —Pregunto.

—Eso es la plomada. Es para que el anzuelo no quede flotando y pueda

mantenerse sumergido. De esa manera, los peces pueden ver la carnada e

intentar comerla.

La quietud del río entrando la mañana es maravillosa. La neblina se estaciona

en la capa superficial del espejo marrón de agua. Reposa suavemente,

permitiéndole al sol ingresar, en esos recovecos que se forman en la humedad

disipada que se levanta.

El frío se hace sentir también. Las manos no están secas, pero si expuestas a la

helada. La carnada se toma sin guantes. Es necesario sentir la textura de la

carne pegajosa y fría que se va a incrustar al gancho.

—Hay que sentir la pulpa del gusano o la tripa del sábalo o del pollo. Solo así

vas a saber que siente el pez —me dice, Jorge.

Las manos manchadas con sangre de la tripa del pollo. El hedor repugnante de

la muerte que se esparce en el río después de lavarme. Tomar la lombriz y ver

cómo se retuerce de dolor al recibir la puñalada de gracia.

—El ser humano aprendió a pescar cuando aprendió a tener paciencia. La

espera de que lo bueno va a llegar. Esa adrenalina que está quieta en el cuerpo,

35
y que, en un momento, explota de emoción, a sabiendas de que ese día vas a

comer, de que ese día no se va a pasar hambre —reflexiona, mi abuelo, mirando

el río desde la costa.

—¿Somos seres pacientes, abuelo? —Le pregunto.

—No lo sé. Creo que ya no.

—¿Por qué?

Levanta su mano, y señala un horizonte. Luego, dice:

—De esa punta a la otra se ve como hay una red que cruza el río. Bajo esos

bidones que flotan inocentemente, hay un cazador perezoso que mata al río. Y

detrás de ese cazador, hay un sinvergüenza que paga por esos servicios.

—¿Y por qué hacen eso?

—Porque no tiene paciencia, y sólo les importa la ganancia inmediata —gira, y

me mira. —Si vos no equilibras los recursos, la explotación que antes te daba de

comer, después te va a dar hambre, porque no va a existir más.

Lo escuchaba atentamente, mientras sostenía mi línea. De repente, siento un

tirón de golpe. La tanza recorre mi mano y me quema un poco el dedo índice.

—¡Me está picando! ¡Me está picando! —Grito de la emoción.

—¡Genial, hijo! Ahora, paciencia. Sujeta firme la línea y deja que se canse el

bicho —me aconseja, Jorge.

—Me está tirando mucho —tengo la línea tomada con ambas manos.

—No lo sueltes. Te está dando batalla.

Mis brazos aún son pequeños, pero no lo voy a soltar. Necesito demostrarme a

mí mismo que puedo hacerlo. Apoyo el pie izquierdo en la base de la línea, para

reasegurarme de que no se va a soltar. Distribuyo mis fuerzas como puedo.

36
Siento que el pez se mueve en círculo. Intenta soltarse o arrastrarme con él.

Tiene mucha perseverancia, pero la mía es mayor.

—Se está cansando, abuelo ¡Se está cansando! —Vuelvo a gritar.

—Empeza a traer la tanza. Despacio y sin apuro. Nadie nos apura.

Mi mano derecha se adelante a la otra, y junta. Luego, se invierten. Voy, de a

poco, trayendo mi presa.

—¡Mira! ¡Ahí está! —Grita, Jorge.

Se alcanza a ver, sobre la superficie, el cuerpo de un pez bastante grande. Tiene

una boca ancha y bigotes largos.

—Acércalo a la costa, que yo lo agarro —me dice, mi abuelo.

Tiro con todas mis fuerzas restantes. Veo como Jorge le sujeta la cola y hace un

esfuerzo descomunal para levantarlo. Logra sacarlo. Lo coloca en la costa. Es

enorme. Me mira, como incrédulo del tamaño del pez y de mis brazos.

—¿Cómo hiciste para mover este surubí gigante? —Con cara de anonadado.

37
XIII

Las vísperas de las fiestas siempre son un motivo de festejo o de angustia,

dependiendo de que faltante poseas, si de alguien cercano o de nadie. Si falta

una persona, no se puede reemplazar por otra. Mover una pieza aquí y otra allá

no hará el camino más fácil.

Año 1973, 24 de diciembre. Papá volvió a casa. Hace menos de una semana

que está con nosotros. Está maltrecho, pero sigue con su mirada arcillosa, como

si el río nunca lo hubiera dejado en estos cinco años.

—Hombre, ¡cuánto has crecido! —Me dice, mi padre, incrédulo ante mi presencia

física. —Parece que fue ayer la última vez que te vi, y de golpe, tenés mi altura.

Su mano, apoyada en mi hombro. Sus palabras, recostadas en mi pecho. El

orgullo se transforma en lágrimas para los estoicos que no dan el brazo a torcer,

a pesar de que se quiebren los dedos intentando disimular el dolor.

—Gracias, papá. Vos tenés canas ahora —le digo, mientras la mesa,

conformada por mis abuelos, además de mi padre, hecha a reír con mi

comentario.

—Ahora no nos vamos a volver a separar, hijo. Te lo prometo —cerrando sus

palabras con un abrazo.

La pequeña cena familiar, esperando las doce, era un completo jolgorio. No

había penas, excepto por la ausencia de mi madre.

—No sabes lo bien que se portó todo este tiempo —le dice, Jorge, a mi padre.

—No tengo dudas con respecto a eso —le responde él.

—Ahora, tus cartas sí que fueron todo un misterio para nosotros. Nunca

sabíamos que querías decir, Víctor.

38
—Lo justo y necesario, con las mejores palabras que encontraba. Eso quería

conseguir.

—El único que te entendía era tu hijo —dice, mi abuela.

—¿Entonces ya saben que pasó estando yo ahí dentro? —Pregunta, Víctor.

Todos nos quedamos mirándolo, sin entender, sin saber.

—¿Qué pasó? —Le pregunta, Jorge, con mucho temor en la voz.

—Lo encontré.

—¿A quién?

—Al hijo de puta que me vendió con los militares. Por culpa de él, mataron a

Marta.

Nadie sabía que hubo una emboscada contra él ni contra mi madre. Mucho

menos que la habían asesinado por su culpa. Eso era el fantasma que lo

perseguía a todos lados y que lo llevó a entregarse. Siempre supo que, si se

entregaba, lo iba a encontrar.

—Víctor, ¿qué hiciste? —Le pregunta, mi abuela.

—Hice lo que debía. Ni más ni menos.

—¿Y qué sería eso? —Dice, Jorge.

—Se lo di al pueblo, para que el pueblo hiciera justicia.

—El pueblo no siempre tiene la razón —le dice, Jorge. Mi abuela asiente el

comentario, y acota:

—Tendrías que haberlo entregado a la justicia.

—¿Qué justicia? Si ese aparato me lo mandó a mí, ¿o vos te pensás que cayó

ante mí por obra y gracia del Espíritu Santo?

—No uses el nombre de Dios en vano —dice, mi abuela.

39
—Dios no estaba presente en el lugar que estuve yo, ni tampoco estuvo con

Marta. A fin de cuentas, no es tan justo como dicen.

—Dios es justo, el ser humano, en cambio, no lo es.

—¿Vos lo hubieras perdonado si te robaba a Jorge?

Se empiezan a escuchar fuegos artificiales y rompeportones. Las doce ya habían

llegado.

—¡Feliz navidad! —Grito, frente a todos los adultos.

Las miradas rebotaban de un lado al otro. Nadie se hacía cargo de brindar ni de

saludar. Jorge y Víctor levantan la copa a la par. Se miran, y sus palabras se

hicieron espejo:

—Por los caídos. Por Marta.

Levantamos las copas y bebimos en su honor.

—La justicia es divina. Al final, todo se equilibra, porque todos nos morimos de

tiempo —dice, mi abuela.

—La justicia es de la especie —dice, Víctor, terminando la copa.

40
XIV

El país se volvió a teñir de luto. Evita llevaba casi veintidós años fallecida. Ahora

fue el turno de su esposo, el líder de una masa argentina que se disgregaba

entre balas y sangre. Mi padre viajó a Buenos Aires al funeral. Mis abuelos

estaban enojados con su decisión, pero no tenían otra opción que aceptar los

hechos: Perón había muerto y Víctor había ido a Capital Federal a confirmar que

sea su cuerpo.

—Los dioses nunca mueren —levanto la vista, y mis ojos traspasan las cortinas

y la ventana, buscando el sur, buscando a mi padre y que mis palabras le lleguen

de alguna manera. —Los dioses nunca mueren, papá.

—¿Qué decís, querido? —Me pregunta mi abuela.

—Nada, abuela. Estoy jugando a que soy un Dios y tengo control sobre todo lo

que pasa en esta casa.

—Que juego complicado, mi vida —me dice, con unos pequeños golpecitos en

la espalda. El gesto de inocencia.

Se escucha la puerta. Jorge se acerca a la mirilla. Dos oficiales. Buscan a Víctor.

Les informan que no está en el domicilio. Dejan un sobre y se van.

—No lo abras —le dice mi abuela a Jorge.

—¿Por qué?

—Estoy segura que es un mal augurio.

Mi abuelo empieza a abrir el sobre, con los ojos fijos en mi abuela, ignorando su

pedido. Saca una hoja doblada en tres. La despliega, ambas manos en los lados

del papel. Incredulidad, miedo, temblor.

—Bueno, ¿qué dice? —Con voz de temor, pregunta mi abuela.

41
—Le dicen que no busque a sus compañeros, que inició la cacería. Mira —y rota

el papel. —Está firmado con una huella dactilar hecha con sangre de alguien. No

sé de quién, pero dudo mucho que esta persona siga viva.

—¡Dios mío! —Exclama mi abuela, con ambas manos en sus pómulos.

Ambos se sentaron, dejando caer sus cuerpos en los sillones. Fue como ver caer

dos estatuas enormes a un bosque indefenso. El polvo salió de las telas e inundó

todo el living. El haz de luz que ingresaba permitía divisar las pequeñas

partículas que se movían en el ambiente.

Mi mano se movía entre las diminutas vidas de la sociedad extinta de mi bolsillo.

No podía dejar reposar en la palma de mi mano a esas células, pero algunas se

adherían a mi piel con tanta fuerza que no querían desprenderse por miedo a

caer al abismo y morir. Sí, las células mueren al caer, al igual que una lágrima.

La tristeza se desprende del alma con el llanto, y muere cuando impacta contra

un objeto foráneo.

—¿Qué estás haciendo, Daniel? —Me dice mi abuelo, como puede, tirado en el

sillón de los desesperados.

—Estoy interceptando las vidas que hay en la habitación.

—Estamos nosotros tres. No hay nadie más —se levanta, golpea el apoyabrazos

del sillón y grita: —¡No hay nadie más! —Estrellando la puerta detrás de sus

pasos.

Quedo mirando la puerta, mientras el golpe seco retumba en el ambiente. Mi

abuela comienza a llorar. Al acercarme a ella, se levanta y se va a su habitación,

encerrándose allí.

Me quedé solo en el living. No hay más compañía que la luz que ingresa por la

ventana, golpeando mi pecho, mis manos. Sentado frente a la abertura,

42
comienza a escucharse un Concierto de Piano, Op. 54 de Robert Shumann. Va

subiendo, se pasean las partículas, mientras la música aumenta. Las cuerdas

que imponen en mi cuerpo un salto. Me paro, brinco y me acerco a la ventana.

La abro y dejo pasar el caos y la música, el piano y la bocina, el violín y la

puteada.

La pequeña civilización del living se va, ya no desean mi bolsillo ni a mi familia.

—¡Viva Perón, carajo! —Grita alguien en la calle.

Me quedo mirando al señor. Se lo gritó a dos policías que estaban patrullando

por ahí. Se acercan al hombre. Todo paralizado.

—¿Puede repetir lo que dijo, señor? —Dice, el policía.

—Como no, oficial —junta aire, y les grita en la cara, escupiéndoles: —¡Viva

Perón, carajo!

Las fuerzas de la ley derriban el grito popular, amordazando la palabra y

llevándola a la comisaría.

43
XV

El futuro es de los que luchan. Las palabras que pintaban los fantasmas de la

noche, evitando ser cazados.

La Triple AAA dejó un cadáver dentro de un auto incinerado en la esquina del

departamento. La visual periférica permitía ver como estaba cortada la cuadra,

mientras los bomberos apagaban el incendio.

—¿Qué pasó, Jorge? —Pregunta, mi abuela, espantada. —Escuche un ruido

bárbaro.

—Prendieron fuego un auto con un cadáver dentro —responde.

—¿Otra vez dejaron un cadáver cerca?

—Sí, y el boludo de Víctor no sé dónde mierda anda, pero espero que no vuelva

en un tiempo porque lo van a hacer boleta —cierra, levantando el brazo por

detrás de la cabeza.

—¿Qué pasó, abuela? —Le pregunto.

—Nada, querido. No te preocupes que no pasó nada —y se vuelve a la cocina.

Me quedo con la cara pegada al vidrio que da a la calle. La gente se agolpa al

incidente. Algunos parecían ser conocidos o familiares de esa persona porque

estaban llorando. Se tapaban la boca con una mano para evitar gritar fuerte. Mi

madre me decía que hacía mal tragarse los gritos, que era contraproducente y

alicante para los pies. Nunca entendí el comentario o si tenía algún sentido, pero

me gustaba imaginarme a mi madre diciendo eso.

La policía evitaba que la gente se acercara. Se escucha un grito ¡Hijos de puta!

¡Mataron a mi hijo! La mujer es tomada del brazo y alejada de la multitud para

ser alojada en un patrullero. Los bomberos piden prudencia porque la zona es

peligrosa. Mi boca está abierta y pegada al vidrio. Los ojos van y vienen.

44
—¡Poseidón! ¡Salí de ahí! —Me grita, mi abuelo. —Ya veo que alguien dispara y

justo va a la ventana el tiro.

—Está bien, abuelo —y salgo de la zona del ventanal.

Se escucha una detonación. Se ve uno a unas cuadras.

—¡Salí de la ventana, te digo! —Grita, Jorge.

Una bala atraviesa el vidrio, rozándome el brazo. Caigo al suelo. El proyectil

impacta en la pared.

—¡Dios mío! ¿Qué fue eso? —Exclama mi abuela.

—Un tiro ¡Estos hijos de puta andan tirando a cualquiera! —Jorge se acerca a la

ventana. La abre, y vuelve a gritar: —¡Apunten bien, la concha de su madre! ¡Acá

no vivimos buchones!

El caos se desataba en la calle y las palabras de mi abuelo llegaron a nadie. Esa

nada que es el caos en el medio de los cuerpos que tiemblan de adrenalina y

miedo. No se le desea la muerte a nadie, pero se la intenta dar a algunos.

—¿Quiénes están ahí? —Pregunta, mi abuela.

—No sé, abuela. Creo que vi una bandera de Montoneros y otra del ERP. Pero,

las balas van de un solo lado —le respondo.

—¿Qué sabes vos, pibe? —Me dice, Jorge. —No tenés idea de lo que decís.

La persecución se corrió unas cuadras al sur. Los bomberos terminaron de

apagar el incendio y sacaron el cuerpo. Con mis abuelos, bajamos a ver y

enterarnos que había pasado. La persona fue asesinada con un tiro en la cabeza.

Las manos, atadas. Se presume de una ejecución por la espalda. Identidad,

desconocida.

45
Los vecinos se acumulaban en los alrededores de las veredas, ya que el caos y

los tiros se habían ido, y aprovechaban para chismosear y generar sus propias

teorías del caso.

—Me voy adentro de nuevo. Tengo que terminar unas cosas de la escuela y son

para mañana.

—Anda, querido. Yo me quedo con tu abuelo un ratito más, a ver si nos

enteramos de algo más —me dice, mi abuela.

Vuelvo al departamento. El teléfono sonando. Atiendo.

—Hola, ¿quién habla?

—Soy yo, hijo. Soy papá —escucho del otro lado.

—¡Papá! —Exclamo, emocionado —¿Cómo estás? ¿En dónde estás?

—Estoy bien, hijo. Estoy bien ¿Vos? ¿Cómo anda todo por ahí? —Responde.

—Y, acá andamos, como se puede. Hoy hubo un auto incendiado en la cuadra

de casa. Parece que fue la Triple AAA.

—Lo sé. Fue un mensaje para mí. Yo, ahora, te tengo que dejar uno a vos.

46
XVI

—¿Cómo es nadar en el río? —Le pregunto a Víctor.

—Es como sentir que realmente somos una especie que se crío aquí, en este

mundo —me responde.

Sentarte en la costa y sentir el viento que va acariciando cada milímetro del

rostro. Los pájaros cantando, mientras los árboles los sostienen y los cubren del

sol. El agua que se desplaza, lenta, firme, desembocando en el horizonte

profundo, ese que el ser humano nunca ha logrado alcanzar, donde se creía que

terminaba el mundo y se descendía al mismísimo infierno.

Quise hacer un intento de probar esa teoría. Armé una estructura metálica, en

forma circular, con una base a prueba de filtraciones, de un diámetro de casi

cuatro metros, con una altura de dos metros. La empecé a llenar con agua.

Esperé varias horas. Cuando estaba cerca, coloqué mi vista a la altura del borde.

Solté un pequeño barco de juguete frente al espejo acuático. Estaba cerca de

rebalsar. La embarcación se inclinaba hacia el horizonte y, en un momento,

desaparece.

La teoría era plausible. Si se llegaba al abismo, donde el agua se vierte desde

tiempos inmemoriales, se descendía hasta el inframundo, el fin de todo. Los

capitanes se hunden con su embarcación porque desean caer con peso a los

infiernos.

—¿Dónde está el barquito? —Me pregunté.

Donde las gotas de agua caían, no estaba. Giré por todo el contorno metálico y

no estaba.

—¿No te das cuenta? Ya no está en este mundo —Me dice, mi padre.

—¿Cómo no va a estar? Si no estamos en el abismo del mundo.

47
—Pertenece al siguiente plano —me dice, con tono burlón. Luego, vuelve a subir

el diario y continúa leyendo.

—Entonces es prueba de que hay varios planos, ¿no?

—Exacto, hijo. Como también esta prueba —agita el diario y lo dobla —de que

la mala literatura se encuentra en muchos lados.

—¿Qué es para vos una “buena literatura”? —Le pregunto.

—La que está bien escrita. En otras palabras, la que no es una porquería.

—Pero, ¿cómo podés estar seguro de la calidad de lo escrito? Vos no sabes

mucho de literatura.

—Sé lo que es la pésima literatura —busca un cigarrillo, lo enciende y fuma. Mira

el río y el espejo de agua lo ve. Hay silencio en sus palabras.

El mes de marzo empieza a mostrar el declive de los días. El sol se pierde entre

las copas de los árboles, allí, por el oeste de la vida. Mi padre estaba con su

malla, lentes de sol, cigarro en labios y diario en mano, sentado en una reposera,

con los pies en el agua. No importa si hace frío o calor, mojar los pies en el río

tiene mística, tiene arcilla, tiene historia. Los seres de agua marrón no somos

ceniza, somos barro, y ahí subyace la necesidad de sentirlo siempre en nuestra

piel.

—¿Qué dice de los militares, pá? —Le pregunto, leyendo por arriba algunos

títulos.

—Que la opinión popular quiere que vuelvan para poner orden. Estos hijos de

puta los desean, les encanta la sangre peronista que se vierte en la tierra.

Quieren regar la Argentina con cadáveres peronistas —baja el diario, chupa el

cigarrillo, expulsa el humo, se levanta los lentes y me mira. —Hay que tener

cuidado con estos tipos. Nunca sabemos con qué nos van a salir.

48
—¿Tenés miedo?

—No hay que tener miedo, porque soy inocente —vuelve a su posición inicial, y

me dice: —Los inocentes no rezan por sus pecados.

—¿Por qué lo decís? —Le pregunto.

—Hay mucho militar que le pide perdón a Dios, pero se ríe de la persona. En fin,

no te preocupes. Vos sos joven, y aún te espera un futuro brillante —cierra,

sonriendo.

Es extraño como las imágenes, por algún sinsentido, se detienen en la memoria,

en la retina, en las uñas. Se aferran y no quieren irse. Mi viejo estaba sonriendo

y augurándome un futuro prometedor. El sol estaba en su punto hermoso y el

naranja fuerte nos avisaba que el día se despedía.

—Pá, te quiero mucho —le digo, y me dirijo a abrazarlo.

—Yo también, te quiero mucho, hijo. Mi gran Poseidón.

49
XVII

Y se fue. Salió y lo estaban esperando. No sé si fueron uno, dos o muchos más.

Sé que se lo chuparon.

Fuimos a la comisaría, no saben nada. Fuimos a tribunales, no saben nada.

Presentamos un habeas corpus, no sirvió. El abogado dijo que no hay más nada

por hacer. También, dijo que tiene miedo, y que no se iba a comunicar más con

nosotros.

Sus amigos, los pocos, se acercaron. Hasta la voz de derrota, denostaba temor.

Nadie se quería hacer cargo, hasta que Jorge toma la palabra.

—Yo sé que ustedes lo quieren mucho a Víctor, pero, disculpen mi vocabulario,

no me sirve para una mierda que estén acá, mirándose entre ustedes, todos

cagados en las patas. Preferiría, por favor, que se retiren. Gracias.

Los compañeros de mi padre empezaron a retirarse. Uno se detiene frente a mi

abuelo, y le dice:

—Yo entiendo que usted tenga esperanza de que aparezca, pero muchos

compañeros fueron tragados por la tierra y nadie más los vió. Le aconsejo que

no levante el perfil, porque lo están vigilando, —mueve las cejas en dirección de

un sujeto —y no son buenos muchachitos. Lo lamento mucho, Jorge. Hasta

luego —y se fue.

No quedó nadie, más que mis abuelos y yo.

—¿Estás bien, Jorge? —Le pregunta, mi abuela.

—Estos pelotudos. Yo entiendo que quieren un mundo mejor, pero no saben a

qué se enfrentan. Ya Jauretche había vislumbrado de los peligros de enfrentarse

al Ejército Argentino. Les advirtió que ellos no iban a tener piedad, que están

entrenados solamente para matar ¡Dios!

50
—Bueno, pero, ¿qué otra alternativa les quedaba? —Le digo.

Me queda mirando, con ojos furiosos. La emoción nubla la vista y ciega el juicio.

Cuando un ser querido se va abruptamente, no hay forma de aceptar la ausencia

hasta ver la silla vacía y el cenicero que ya no recibe cenizas.

—¿Vos sos pelotudo, nene? ¡Tu viejo se tendría que haber quedado en el molde

y no le pasaba nada! —Me grita.

—¡Jorge! —Le reprocha, mi abuela —¿Cómo le vas a gritar así? Es tu nieto, por

el amor de Dios.

El santo observa las plegarias de los mortales y se las transmite a los difuntos.

Los difuntos entienden, pero ya no sienten, porque las emociones necesitan

sangre. El llanto bordea la suplica del retroceso del tiempo. Se desea que no

pase lo que sucedió, que el tiempo nos engañó y se volvió la más vil de las

bromas, pero, ese es el problema de la tragedia, es demasiado real para creerla.

Mis dos abuelos se fueron para su habitación, entre discusiones y acusaciones,

donde el dedo se agitaba de acuerdo al tono en que salía la palabra.

Yo me quede solo, sentado frente a la ventana que daba a la calle. Las sombras

de los insultos y los temores de los dedos hacen que no pensar sea el desafío

mayúsculo.

—¿Si yo me pongo a buscar? Empezaría por el último lugar donde lo vieron. Iría

preguntando, “¿alguien vió un Falcon?” —Pienso en voz alta. —No, no seas

boludo. Nadie te va a ayudar, o te van a decir que si vieron un montón de

Falcon’s. Necesito pensar.

Meto las manos en mis bolsillos. Las pelusas y su avanzada civilización me

seguían regalando la oportunidad de llevar mis imágenes a otros lares.

51
Acres, leguas, hectáreas. La medida que sea, pero la civilización avanzada.

Necesito palabras código. Pienso:

Acre = No sirve.

Legua = Pista.

Hectárea = Certeza.

Busqué un cuaderno y fui escribiendo mis propias palabras código. Pensé

posibles caminos para comenzar. Busqué una mochila, y la cargué con un

cuaderno, una birome, una linterna y un metro.

Tomé una hoja que estaba al lado del teléfono y les dejé un mensaje a mis

abuelos: LO FUI A BUSCAR.

Antes de partir, empecé a revolver todo, queriendo encontrar una foto de Víctor,

para ayudarme en esta odisea. Encontré una sola. Era del último día en el río.

Estábamos los dos, uno al lado del otro, parados. Él fumando, yo con una botella

de Coca. Ambos sonreíamos. Ahora, lloro. Guardo la foto y salgo a buscarlo.

52
XVIII

Las parades hablan calumnias de los ausentes. La algarabía del mundial de

fútbol entretenía al pueblo y tapaban los gritos que venían de las celdas, pero

solo de las conocidas. Hay rumores de lugares desconocidos donde se albergan

los peores de los males.

Mi búsqueda fue infructuosa. Mi padre no aparece, y es frustrante no saber

dónde está.

Las calles se llenan de esperanza de poder ser campeones del mundo. Las

omisiones de la sangre que ha manchado esas mismas calles son absurdas. El

credo vuelto una simpleza de palabras vagas al vacío.

—¿Querés que tomemos unos mates, hijito? —Me dice, mi abuela.

—Bueno. Está bien. Ya pongo la pava.

Cargo la pava, cierro el grifo, la apoyo sobre la hornalla y enciendo el fuego.

Busco el mate, lo cargo con yerba, le saco el polvillo y espero, como quien espera

que la masa leve o que el colectivo pase. La espera se volvió algo habitual, y la

paciencia siento que se hace cada vez más pequeña.

—¿Te vas a juntar con alguno de tus amigos por la final? —Vuelve a preguntar,

mi abuela. —No sé cuál de todos tenía televisor.

—Creo que vamos a ir del Turco. Es el único que tiene televisor.

Mi abuelo vuelve al hogar. Había ido al club de bochas. El agua está en su punto.

Acerco la pava a la mesa, y arrancamos la ronda de mates.

—Buenas tardes —saluda, mi abuelo, sacándose la bufanda y la boina.

—Hola, Jorge ¿Cómo te fue en el truco? —Le pregunta, mi abuela.

—Pésimo —responde, mientras toma asiento. —Perdimos todos.

—¿Te enteraste de algo nuevo? —Le pregunto.

53
Su mirada de advertencia. Yo bien sabía que en esas reuniones la información

circulaba. Viejos zorros, no perezosos. Jorge no quería divulgarme lo que

escuchaba en esos lugares.

—Este... se dijeron algunas cosas.

—¿Qué dijeron?

—Mira, Poseidón, mientras menos sepas, mejor. No quiero que te involucres

más de lo que corresponde.

—Necesito que me digas.

Resopló. Tomó un mate, y me miró.

—Los rumores son que ahora se calmaron un poco por el tema del mundial.

Como nos están viendo de todos lados, no quieren mostrar tanta crueldad. Pero

siguen secuestrando gente, siguen matando, siguen torturando. Así que, no te

hagas el vivo, porque te pueden llevar —y levantándome el dedo, cierra

diciéndome. —Ya sabes que le pasó a tu compañero de escuela. Se lo chuparon

en un operativo y nadie lo vio desde ese momento.

—Sí, sí. Ya sé que pasó.

—Entonces, como ya sabes, necesito que te quedes en el molde. Todavía no se

calmó nada la cuestión y estos tipos siguen haciendo desastres.

Mi abuela se levantó y fue hasta el baño. Jorge, en ese momento, mira de reojo,

se me acerca y me dice:

—Te lo pido, por favor, por tu abuela, no hagas ninguna cagada. Para ella sería

devastador perderte. Si a vos te pasa algo, nosotros no vamos a poder seguir,

no vamos a tener fuerzas —me toma la mano, los ojos pasan a tener lágrimas y

la voz se entrecorta. Nunca había visto de esa manera a mi abuelo. Para él, llorar

es mostrar debilidad. Ahora estaba desmoronándose. —Si estos hijos de puta te

54
llevan, yo me quedo sin nada. Vos y tu abuela son todo para mí. Por favor,

necesito que me prometas que no te vas a meter en ningún quilombo.

Los hombres tienen miedo de mostrar vulnerabilidad. La debilidad es sinónimo

de no ser el respaldo de la familia, que necesita a alguien fuerte que pueda

contener y llevar adelante la vida de todos y cada uno de los miembros.

—No sé si puedo prometerte eso, —le respondo, mientras sujeto firme su mano

temblorosa —pero sí puedo darte mi palabra que, ni vos ni la abuela, mientras

estén vivos, me van a ver en las manos de estos forros milicos.

—Gracias, hijo. Gracias —me responde, e inmediatamente, se seca las lágrimas

para que no lo vea mi abuela, que ya está regresando del baño.

—¿En que andan ustedes? Me pareció escucharlos hablar bajito ¿Qué se

esconden? —Pregunta, mi abuela.

—Las palabras no se esconden, querida. Simplemente, aparecen —dice, Jorge.

55
XIX

—¿Qué vamos a hacer con este chico, Víctor? Decime, porque yo ya no sé qué

más hacer —escucho a mi abuela rezar en voz alta. Jorge ya no estaba. Se nos

fue en diciembre pasado, antes de las fiestas. Los corazones de los hombres

que muestran fortaleza, callan muchas cosas y un día explotan. —Dios mío,

¿qué hago, Jorge? Necesito que alguno de los dos me diga algo. Siento que ya

no tengo fuerzas —lleva sus manos al rostro y llora, acostada, tapada hasta el

pecho, con la mitad de la cama fría de ausencia.

La veo derrumbarse desde mi habitación. Se sabía derrotada y yo me sabía

inestable. Luego de la muerte de mi abuelo, tuve un episodio donde perdí la

noción de la realidad. Había alucinado con micromundos y que yo los habitaba y

gobernaba. Cuando caí en lo real, me desperté en el hospital. Me habían

internado por tener una convulsión.

Mi abuela ya había enterrado a muchos seres queridos. Mientras calentaba el

agua para el mate, pensaba cómo ayudarla. En la preparación de la infusión,

escucho sus lentos pasos acercarse a mí.

—¿Estás tomando unos mates, hijito? —Me dice, ella.

—Sí, abuela. Me acabo de preparar unos mates ¿Querés uno?

—Sí, te acompaño con un par —y se sienta.

El silencio envuelve la mesa y las manos intentan hablar, pero la timidez impide

cualquier acción.

—Vos sabes que sos todo lo que me queda, ¿no? —Me dice, mi abuela.

Chupo la bombilla del mate, esperando que el ruido y los segundos que demoro

en tragar el agua caliente me empapen de respuestas ante la falta de certezas

que abundan en mis pupilas.

56
—No sé qué decir, abuela. Yo ... —la boca queda abierta, el aire no sale, no

entra, la dignidad destruida —yo quiero seguir luchando. Yo no puedo quedarme

de brazos cruzados ante tanto terror.

Los ojos cristalinos y nostálgicos de un tiempo que ya no es, que, quizás, nunca

fue, pero que, ahora, es, y duele.

—¿Esa es tu decisión final, hijito? —Me pregunta.

—Si, abuela. Yo voy a seguir mis estudios y mi militancia.

—Ya sabes, ya viste y ya viviste las atrocidades de estos tipos.

—Y también morí, abuela. Yo, también, morí por culpa de estos tipos.

—Y ahora me estás matando a mí, Poseidón. Me diste el golpe de gracia con tus

palabras —me dice, apoyándose en la mesa con sus manos, para juntar fuerzas

y levantarse.

Queda detenida en el borde de la madera, con el delantal puesto y sus manos

nerviosas y tristes. Gesticula palabras, los labios se mueven, pero no hay sonido

que salga. Todo entrecortado. El balbuceo de una derrota que es devastadora.

—Me gustaría pedirte un favor, ¿puede ser? —Me dice.

—Lo que quieras, abuela.

—No caigas en sus manos. Si te atrapan, lucha por liberarte. Si no podes, hace

que te maten. La muerte duele menos que la tortura.

—¿Por qué decís eso?

—Porque la tortura te va a acompañar toda la vida, y no hay forma de eliminarla.

Te lo digo por experiencia propia. La muerte de Jorge es la última cicatriz que

arrastra mi piel. La tuya es nueva, y la definitiva —y comienza su marcha al

dormitorio.

—¡Abuela!¡Abuela! —Le grito —¡Espera!

57
Llego a su encuentro. Fueron unos pasos solamente. La abrazo y comienzo a

llorar. Las últimas palabras:

—Te quiero. Gracias por cuidarme.

—Yo también te quiero, hijito —sus lágrimas se chocan con mi hombro.

Nos separamos. Ella se fue a su habitación y yo necesitaba irme de la casa, o

correr, o gritar, o cualquier cosa que me ayude a calmar el dolor, pero no se

puede. No sé cómo se debe sentir la carne al sentir la flecha que la va rompiendo.

Esa fuerza que no se puede detener y que deja un hueco en el cuerpo. Las

células demoran en sanar.

Corrí y corrí. La gente me miraba sin entender.

Un oficial que estaba patrullando me ve correr y, como la paranoia es tal, decide

empezar a correrme, gritando “¡Alto, policía!”. Y frené.

—Manos a la pared —dijo.

58
XX

El hogar vaciado, viciado, destrozado. Se llevaron todo. No me quedó nada.

Apenas un poquito más de un año adentro, y tuvieron tiempo de desvalijarme la

casa, incluyendo a mi abuela.

La vecina me dijo que tuvo un infarto del susto que se llevó por los militares.

Primero, lloró por mí, cuando supo de la noticia, y luego, partió. El cuerpo no sé

dónde está. Era su único familiar. Asunto pendiente a resolver.

Busco una hoja y algo para escribir. Necesitaba hacer una lista.

Encontrar el cuerpo

Darle el entierro correspondiente

Averiguar los objetos faltantes

Ordenar el hogar, que sea hogar nuevamente

CONSEGUIR TRABAJO, o dinero en su defecto

Una lista ardua y larga en tareas, no en extensión.

Me paro, voy hasta la cocina y pongo la pava para el mate ¿Dónde está el mate?

Los cajones de la mesada desparramados en el suelo. Busco en el bolsillo de la

camisa el atado de cigarrillos. Saco uno y lo enciendo. Entre humo y desolación,

veo el objeto deseado, con la bombilla a su lado. Los junto y los lavo.

—Así se deben haber sentido los apóstoles cuando Jesús les lavó los pies,

sucios —palabras que le decía al mate, para luego dar rienda suelta a la risa que

me causaba la situación.

Levanto la mesa y una silla. Me siento con la pava y el mate ya preparado y

limpio. Apago el cigarrillo en la mitad de un cenicero que estaba partido al medio,

como buena parte de mi vida.

59
—Necesito pedir un favor, y tiene que ser ya —sigo hablando solo. Escucho que

alguien golpea la puerta.

Ojo en la mirilla.

—¿Quién es? —Pregunto.

—Soy yo, Bastet —escucho que me responden.

Abro y la puerta, y ahí estaba. Croto y desgarbado, como siempre.

—¡Bastet!¡Qué alegría verte! —Lo saludo, abrazándolo. —Vení, pasa. Ponete

cómodo.

Sumé una silla en la cocina, y se sumó a los mates que ya estaba tomando.

—¿Cómo estás, viejo? Tanto tiempo pasó de la última vez que nos vimos —le

digo.

—En realidad, pasaron seis meses solamente, ¿te acordás? —Toma un mate y

me lo devuelve. —Fue el día que me trasladaron y me hicieron efectivo.

—¿Seis meses? ¿Nada más?

—Así es, compañero. Fueron seis meses.

—Que extraño que funciona esto del tiempo. Che, decime, ¿qué te trae por acá?

—Me acordé de tu dirección. No sé porque, pero fue una de las cosas que no

pude olvidar de ese horrible encierro —hace una pausa para encender un

cigarrillo y tomar un mate. Levanta la vista y me dice: —Necesito pedirte un favor,

amigo.

—Decime, ¿qué necesitas?

—Quiero robar un banco. Necesito juntar plata para irme a la mierda del país.

Mi cara de asombro ante el pedido de Bastet lo decía todo. Después de una

pitada y un mate, me atreví a preguntarle:

—¿Por qué necesitas la plata?

60
—Me la juraron, Poseidón. Me juraron que me iban a matar sino me iba del país.

Es eso, o el paredón —sus sucios dedos envuelven el mate, ante de extraerle el

agua.

Nos quedamos en silencio un rato. El miedo y la paranoia son una mala

combinación, pero la adrenalina nos da la sensación de inmortalidad, o de que

vale la pena vivir un poco.

—¿Cuánto necesitas? Porque, se dé buena fuente, que muchos exiliados se

fueron sin nada de plata, sólo con lo puesto. Hasta les pagaron el pasaje.

—Yo no tengo a nadie, Poseidón. A nadie.

—Me tenés a mí, pero no te es suficiente para costear un pasaje de avión o

barco.

—Además, —me dice, Bastet —me quiero ir a las playas de Andalucía y vivir

bien, sin preocupaciones. Me quiero retirar e irme al paraíso.

—Amigo, tenés veintidós años recién —y tomo el siguiente mate con culpa.

61
XXI

Un año, y Bastet sigue aquí. El plan está armado, pero no ejecutado. Hay dudas

de si va a funcionar, o si es necesario robar un banco.

Las colillas de cigarrillos se amontonan en distintos recipientes. La alfombra

gastada en el mismo recorrido diario, el camino de las ideas.

—Necesito caminar para pensar mejor —le digo a Bastet.

El ambiente infectado de humo e incertidumbre. La curtiembre que estaba a la

vuelta nos pedía, por favor, que ventilemos mejor la casa, o que un ventilador

apunte a otra dirección, porque los empleados fumaban nuestro tabaco

quemado.

—¿Qué hacemos? —Me pregunta, Bastet —¿Lo robamos?

—No sé. Realmente, ¿necesitamos meternos en ese quilombo?

—Estamos endeudados. No tenemos para comer y los cigarrillos lo vamos

robando de distintos quioscos. Necesitamos la plata.

—¿Para irnos a Andalucía? —Mi tono de ironía.

—Claro. Así escapamos de esta dictadura de mierda —y empieza a reír como

un lunático.

—¿Vos sos pelotudo o practicas? Estos tipos ya se están yendo. No van a

quedarse más tiempo. Tienen que llamar a elecciones.

—No, se ve que el pelotudo son vos, Poseidón.

Se levanta y comienza a recorrer la alfombra quemada de caminatas. El

balbuceo interior que emite sonidos inconscientemente, o tal vez no.

—¿Cómo no va a saber lo que pasó ayer? Se hace el sabio, pero se olvida de

los descamisados, de los desterrados, de los desaparecidos ¡De todos!¡Te

olvidaste de todos! —Me grita, con su cara pegada a la mía.

62
—A ver, contame. Ilústrame —le digo, mientras mastico mi chicle frente a su

cara, aceptando el desafío.

Bastet se quedó asombrado. Retrocedió, buscó una silla y se sentó con el

respaldar en el pecho, mientras sus brazos colgaban con un cigarrillo casi

extinto.

—Ayer, mi querido amigo, hubo una redada a pocas cuadras de aquí.

—¿Alguien delató?

—Sí, y fue bastante jugoso para los milicos. Había tres cabecillas de Montoneros

que estaban buscando hacía bastante tiempo.

—¿Y? ¿Los mataron? —Le pregunto, ya sabiendo el desenlace.

—No a todos. Quedaron dos vivos. No se pudieron suicidar.

—Aclárame una cosa, ¿qué tiene que ver esto con lo que venimos hablando?

Me hace una seña con la mano, indicándome que me acerque, y me dice,

susurrando:

—Esos dos, nos van a delatar. Saben de nosotros —y se aleja, con los ojos

abiertos de par en par.

—Me parece que vos no estás bien, amigo. Primero, me apareces de la nada

para proponerme robar un banco. Ahora, me decís que unas personas, que no

conocemos, por cierto, fueron secuestradas a pocos metros de donde estamos

y que, además, ¡saben de nosotros! ¿Vos estás loco, hermano? —Hago un

ademán de ofuscación y me voy de la casa. La necesidad de caminar y respirar

otro aire.

Salgo a la calle y la densidad del aire es disímil. Mi cuerpo reconoce la pureza

que no existe en mi hogar, que ya no es hogar.

63
Giro el cuerpo en dirección al lugar que mencionó Bastet. Comienzo a caminar.

Cruzo la calle. Enfrente a mí está la casa en cuestión. Dos soldados están

parados en la puerta. Un patrullero está estacionado en la esquina a la espera

de alguna orden. Las paredes tienen múltiples orificios. Una de las ventanas está

manchada con sangre.

Prosigo mi marcha. Antes de cruzar la calle, escucho que me gritan:

—¡Anda con cuidado vos, Daniel!¡Sabemos dónde vivís! —Dijo un soldado.

Luego, echo a reír.

Mis piernas tiemblan. Subo mi mano tiritando hasta mi boca con un cigarrillo. Lo

enciendo. Volteo la mirada y veo el rostro de satisfacción del enemigo que logró

su cometido, sembrar miedo.

Cruzo la calle y las risas se pierden. La necesidad de huir se había vuelto

imperiosa.

—Nos tenemos que ir... —repetí en voz alta, hasta volver a mi casa.

64
XXII

No nos fuimos, pero fue a un costo muy alto para mí. Bastet, mi lunático amigo,

fue llamado a las fuerzas para ir a servir a Malvinas. Al ir a una escuela militar,

salió con el rango de Sargento Primero, por lo que fue llamado a las filas.

Estamos en los primeros días de abril, y la algarabía en las calles era tal que los

militares que pasaban por el frente de mi casa me saludaban con una cortesía

llamativa.

No sé cuál era el motivo de la alegría, pero se ve que, de repente, eran todos

nacionalistas orgullosos de ser argentino y de librarle batalla al imperio. Parece

una especie de Guerra de las Galaxias. Luchar contra el imperialismo, ser la

Resistencia. El problema es que la verdadera Resistencia se fue perdiendo en

los últimos años. Mejor dicho, la desaparecieron.

Me siento en la cocina. Cigarro en el cenicero, echando humo. Birome en una

mano, una hoja en blanco en la otra. Carta para Bastet:

Querido amigo:

Los días se han vuelto surrealistas ¿Cómo vas a estar en Malvinas?

¿Cómo no íbamos a saber que esto podía pasar? Tendríamos que haber robado

ese banco, pero tu deber patriótico te persigue y te seguirá hasta el último

suspiro, porque somos almas que deseamos ver a este país libre de toda

opresión y con los estómagos llenos.

No hay mucho por contarte aquí. Celeste me dejó. Dijo que no

tengo perspectiva de futuro ¿Qué es tener perspectiva de futuro? La verdad,

estoy atónito ante lo desconocido. Le tengo miedo y no puedo controlar los

impulsos de imaginarlo todo oscuro. Ya estuvimos ahí, y ninguno quiere volver.

65
Pero, parece que el destino quería verte con un FAL en la mano y una bandera

bordada en el pecho.

Te echo de menos, querido amigo mío. Espero tu pronto regreso.

Aquí estaré, esperándote.

Saludos.

Poseidón.

P.D.: Perdón por no tener el valor de enlistarme. Quizás no sea la persona

patriótica que digo ser.

Cerré el sobre y fui al correo. Hice la fila correspondiente. Entregué el sobre y el

dinero. Crucé los dedos para que llegué la carta.

Al salir, una niña estaba al lado de su madre, tomándole la mano. Fija su vista

en mi cara y se pone a llorar.

—¿Qué te pasa, hija? —Le pregunta la madre.

—Ese hombre es malo —lo dice, señalándome.

La madre me mira. La inspección, desde la zapatilla rota hasta la barba

despareja. Cara de asco, y cierra diciendo:

—No, hija. No es malo, solamente es un croto —y se empiezan a alejar. —Vos

nunca tenés que ser así...

—¡Señora!¡Señora! —Le grito cuando está a casi media cuadra —¡Váyase a la

puta que lo parió! —Y echo a reír, mientras busco algún cigarrillo perdido por la

camisa. No encuentro ninguno.

Suspiro y comienzo a caminar, sin rumbo fijo. Simplemente, el acto de echar a

andar los pies. Hago unas cuadras y doblo a la derecha. Me estoy acercando a

una plaza. Veo una pareja de chicas, ambas fumando, y yo sin tabaco.

66
—Hola, chicas. Disculpen la molestia, ¿les podría manguear un cigarrillo? —Les

digo.

—Hola. Eh... —ambas se miran —sí, no hay problema —me responde una.

Busca dentro de su cartera y saca un Lucky Strike.

—Tuviste un golpe de suerte —me dice la otra chica, y comienza a reír. Yo las

miro y no entiendo el chiste. Simplemente, río.

—¿Te pasó algo? —Me preguntan.

—No, no pasó nada —respondo —¿A qué viene tu pregunta? —Le devuelvo.

—Tenes los dedos con marcas, como si hubieran estado manchados con algo

rojo ¿Tenías sangre en las manos?

Aspiro una pitada, con los ojos clavados en la pregunta. Las manos se mueven

lento y la respiración es casi inexistente. El humo sale por las fosas nasales, por

la boca, por los dedos. Devuelvo la mirada e intento responder:

—No, no tuve sangre en mis manos, pero —trago saliva —tengo el alma repleta

de agujeros de bala —las lágrimas caían solas.

67
XXIII

—¡Poseidón! ¡Poseidón! —Me grita, Bastet —¡Ahí vienen los Gurkhas! ¡Ahí

vienen los Gurkhas! ¡AHHHHHHHH! —Y sus manos terminaban tapando su

cara. El miedo de no querer ver el horror de nuevo, pero no podía salir de allí. Si

algo te persigue en la respiración, en el olfato, en los sueños y en la piel, se

convierte en tu peor enemigo.

No es sólo un recuerdo vago que aparece esporádicamente y causa temor y

dolor de panza, es algo hecho carne que hace que el vómito sea algo recurrente

y la espera de la muerte un anhelo que debería estar más cerca.

—Acá estoy, amigo —coloco mis manos en sus hombros. —Ahora, mírame a mí.

Mírame y respira. Despacio. Eso, uno, dos, tres, cuatro. Ahora deja salir el aire

y volvé a hacerlo.

Logro calmarlo un poco. Al menos recobró la compostura. Le digo que se levante,

que tomemos unos mates.

—Llevas mucho tiempo en la cama y poco usando la cabeza para cosas útiles.

Tus piernas están más flacas que un grisín —le digo.

Mate va, mate viene. Cigarro de un lado, porro de mi lado.

—Estás fumando mucho esa porquería —me dice.

—Me ayuda mucho a estar en un estado que me permite pensar con claridad.

—No necesito claridad mental, necesito olvido.

Lo miro, con los codos apoyados en las rodillas. El humo se volvía una cortina

que adornaba la escena. Entiendo su sufrimiento, no comparto su anhelo del

olvido.

—A fin de cuentas, a todos nos olvidan —me dice, con una lágrima saliendo de

su ojo derecho. —Los cementerios son los lugares de la falta. Vemos la piedra o

68
la placa, a veces con una foto, otra no. Simplemente está el nombre. Te amamos

mucho. Tu familia y amigos. Fin. No hay más vida.

—¿Me podés explicar qué querés decir? —Le pregunto.

—Muchos quedaron allá, Poseidón. Muchos quedaron sin nombre, lo único que

los salvaba del olvido.

Fumo un poco más. El humo me hace toser. Bastet me mira, enojado.

—Ves que sos un pelotudo. Desde hace rato que las cosas dejaron de

importarte. Se ve —me dice, levándose de la silla —que vos si podés olvidar,

como olvidaste a tu familia —y se va.

Me quedo en silencio. Apago el cigarro verde, y prendo uno de tabaco. Los

recuerdos comienzan a venir. Recordaba un proverbio de un autor francés que

decía: dime qué olvidas y te diré quién eres.

—Yo no olvidé. Tengo demasiado presente el rostro de Víctor, de Marta, de mis

abuelos —me levanto de la silla y voy al dormitorio de Bastet.

Entro de manera impetuosa, echando humo hasta por las orejas.

—¡Yo no olvido nada! —Le grito.

—Si, mi amigo. Vos ya no recordás porque peleamos, porque morimos, porque

vivimos.

—Por vivir dignamente, por eso morimos.

—¿Y vale la pena? —Me pregunta, Bastet.

—Totalmente, lo vale —respondo, llenando el pecho de orgullo.

—Bueno, avisale a esa parte tuya que es necesario que vuelva. La necesito

como amigo nuevamente.

69
Nos quedamos en silencio un momento, hasta que Bastet se levanta de la cama,

va hasta su cajonera y saca un sobre de papel madera. Lo vacía en su colchón.

Caen varias cosas pequeñas.

—Una imagen de la Virgen de Lujan. Pertenecía a mi compañero de pozo de

zorro. Murió en combate. Esto es una pulsera. Era de un chico que se interpuso

entre una bala y mi cuerpo. Falleció también. Esta carta la tengo que enviar

porque se lo prometí a un soldado que no conocí, solamente lo escuché gritar y

llorar antes de morir. Todavía no junté el valor para ir hasta el correo. Y esto de

acá —suspira unos segundos y saca un libro que estaba debajo de su cama. —

Y esto es del único amigo que tenía en las islas y se suicidó cuando volvimos al

continente.

—¿Qué es? —Le pregunto.

—Una primera edición de Rayuela, firmada por Cortázar. Y adentro hay un papel

suelto, que dice: “La vida es un relato, pero puede tener muchos caminos que lo

bifurcan”.

70
XXIV

Tengo la libreta en mano. Hago un repaso de la lista: sillón, bolsa de dormir, caja

de pesca, plato, cuchillo, tenedor, encendedor, tabaco, abrigo, papel higiénico,

comida, etcétera. Completo la lista, tomo mi mochila y salimos para el río con

Bastet.

Hace varios años que no voy al río. Es un lugar de encuentro y recuerdo. Me

daba alegría poder compartirlo con mi amigo, que ya está mejorando de sus

temores. Al menos ya no despierta en mitad de la noche, gritando.

—Este lugar está perfecto para armar el campamento —me dije a mí mismo.

Improviso un techo con algunas ramas, enciendo la fogata medio lejos del techo

y me acerco al lecho del río. Admirar la majestuosidad.

—Bastet, mira esto. Es, simplemente, perfecto. Casi un año de democracia y el

silencio del río que nos envuelve.

Tomo mi libreta y anoto: Imaginemos que el mundo es un ser humano. Está

compuesto mayormente de agua. Las grandes manchas de agua, océanos de

esperanzas. Los pequeños arroyos, venas que dibujan el cuerpo, fuerza vital del

tiempo. Las células son los animales que habitan este planeta. Los seres

humanos son el virus que lo va infectando, poco a poco”.

—¿Vos crees que ya se fueron? —Me dice, Bastet. —Realmente, ¿vos crees

que estos tipos ya se fueron?

—No lo sé, amigo. No lo sé.

—Todavía tengo escalofríos. Siento la picana por mis bolas. Es horrible.

Imagínate que me sigo meando cuando duermo. Me despierto todo mojado. Es

muy frustrante —me cuenta, Bastet, con un cigarro en los labios.

71
Yo no padecí todo su sufrimiento, ni cuando estuve detenido ni en otro momento.

Tuve otro destino, pero no por eso me fue más amena la vida. Se que aún hablo

dormido. Quizás lo más extraño es que escribo cartas. No tengo un diario íntimo,

pero escribo cartas a las personas que perdí. Al menos una vez al mes. Y, volver

acá, al río, es como conectarme con esas personas. El aire es distinto, el pasto

es distinto, el tabaco sabe distinto. No hay fantasmas en donde nos sentimos

seguros, porque estamos en casa.

Los miedos siempre están sujetos de los hombros. Nunca se van. A lo sumo se

distanciarán un poco, pero quedan sujetos de alguna manera, y se arrastran

detrás nuestro. Están al acecho y nos cuidan en la tumba, sea donde sea.

—¿Volverán? Está todo muy caldeado todavía —le digo a Bastet.

—La pregunta no sería esa —me dice, después de echar humo. —La pregunta

sería “¿habrá justicia para nosotros?”

Al caer la noche, escucho ruidos detrás de una maleza cercana a mi

campamento. No había llevado linterna, por lo que decidí quedarme cerca del

fuego y esperar.

Los pasos se sentían ligeros y rápidos. Era una liebre. Sentía el olor a algunas

verduras que tenemos en el campamento. Bastet dormía.

El refugio de la oscuridad nos deja en paz con los pensamientos y concilia el

sueño, pero una pesadilla me despierta y grito:

—¡AAAAHHHH!

—¿Qué… qué pasó, Poseidón? —Me pregunta, Bastet —¿Estás bien?

—Sí, amigo. Si —suspiro e intento calmar las pulsaciones. —Fue una pesadilla

nomas.

—¿Me la querés contar?

72
—Estaba en el campamento y salí corriendo hasta mi casa. Dejé todo ahí.

Incluso las llaves. Al enfrentarme a la puerta, golpeé muy fuerte para que alguien

me escuche. Abre mi madre, con cara de sorpresa. No te esperaba hoy ¿Pasó

algo?, me dice. Yo le pregunto ¿Dónde está papá?, a lo que ella me repregunta

si le estaba preguntando en serio. Le digo que sí. Insisto ¿Dónde está papá?, y

me responde, falleció el año pasado. Se hace a un costado y ahí estaba el

cadáver.

—¿De tu viejo?

—Sí. Ya no era un desaparecido, era un cadáver pudriéndose en el living.

—Pero, para ¿Tu vieja no falleció antes que tu viejo? —Me dice, Bastet.

—Sí, murió antes.

—No tiene lógica tu sueño.

—Tiene todo el sentido del mundo —levanto la vista para mirar a Bastet a los

ojos. —Es la confirmación que mi viejo está muerto y el cadáver soy yo.

73
XXV

El fiel reflejo del agua que queda reposando en la ducha. Desde la planta de los

pies, subiendo por las piernas, el pito en el medio, hasta llegar a verme la cara.

Eran las siete de la mañana. La ducha fría en invierno sirve para despejar toda

duda de sustancia en el cuerpo.

Fue una noche difícil. Tener pesadillas es tan traumático como vivirlas. Bastet

fue internado en un centro médico. Mejor dicho, fue internado en un psiquiátrico.

Unos policías lo llevaron, después de una buena paliza.

Estoy todo el tiempo pensando en qué hacer. Me da miedo presentarme, pero

siento que debo hacerlo.

Me miro al espejo, y me digo:

—Sos vos y nadie más —suspiro. —Esto no es el caso de Víctor. Bastet es tu

amigo y sabes dónde está. No tengo que hallar el cadáver, ni saber dónde lo han

puesto, porque sé dónde encontrarlo.

Me paré desnudo frente al espejo. Los pies estaban estáticos. No quiero ir, por

algún motivo que desconozco, creo que estoy dejando a mi amigo echado a la

suerte. Entre pensamientos, se escucha que golpean la puerta.

—¿Quién es? —Pregunto, poniendo el ojo en la mirilla.

—Soy yo, Celeste —mi ex novia.

Abro la puerta.

—Pero, ¿qué haces desnudo? Daniel, ¡Por favor! —Se queja —¡Anda a

cambiarte!

—Estoy en mi casa. Recién salgo de la ducha, ¿cuál es el problema? Si ya me

conoces sin ropa.

74
—Vos te das cuenta de que sos un pelotudo. Anoche me llamas para contarme

lo de Bastet, pidiéndome ayuda. Vengo, y quedó como una boluda porque estás

desnudo y como no sabiendo bien que hacer.

—Yo no te pedí que vinieras a decirme que hacer —le respondo, con bastante

enojo.

—¿Por qué me llamaste anoche entonces?

—Yo no te llamé.

Celeste está sorprendida y con furia en sus ojos.

—¿Te acordás de lo que hiciste anoche?

—Me acosté temprano, y no pude dormir —le contesto.

—¿Por qué?

—Tuve pesadillas.

—¿Me podés contar o no te acordás?

Frunzo el ceño, y no cae nada a la vista.

—No, no puedo. No me acuerdo —le digo, sin poder mirarla.

La sensación de derrota y desolación es total. Me estoy quedando solo y sin

memoria. Es terrible olvidar. Si olvido, ya no me queda nada. El sentimiento me

agobia y las lágrimas empezaron a caer.

—Está bien, Daniel. Vení —Celeste me abraza, confortándome. —Podés llorar

en mi hombro, no te voy a juzgar por nada.

—Es que... —con voz congojada —tengo miedo de olvidar.

—Mira, si vos te pones a buscar en tu memoria, solamente vas a encontrar

olvido, y, primero que nada, el olvido de los tuyos.

—¿Y cómo hago entonces?

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—Empeza por vestirte, porque ya no quiero seguir viéndote las bolas, y después

anda a ver a tu amigo, que seguro te debe estar necesitando.

Me fui hasta la pieza a cambiarme. No sé porque no quería vestirme. Quizás es

más cómodo andar sin ropa por la vida, pero el frío obliga a mantener la piel

cálida.

Vuelvo al comedor. Celeste se había ido a la cocina y el agua estaba en la pava,

calentándose.

—Vamos a desayunar —me dijo. —Hace frío, es temprano y yo me tengo que ir

a trabajar y necesito comer algo.

—Está bien, Cele. Desayunemos.

Nos sentamos enfrentados. Prendo un cigarro, y ella me miró mal. Lo apagué.

—Son las siete y media de la mañana. No fumes tan temprano, por favor.

—¿Vos decís que lo van a dejar salir?

—No lo sé, Daniel. Solamente espero que no te vean como un bicho raro, porque

a lo mejor, también, te dejan a vos metido ahí, y yo no te voy a sacar.

76
XXVI

La ventana tiene rejas. Está la abertura, el vidrio y, del otro lado, solo los barrotes

que impiden que pasen los hombros y los pies. Yo, mi ser, mi especie de

apariencia al ser que era, que fui, que ya no soy, ve la lluvia golpear el vidrio y

cómo el agua baña los cilindros metálicos. Manos sobre las rodillas, espalda en

el respaldar. El asfixiante olor a humedad y narcóticos que desprende mi ropa

es aterrador.

Bastet hoy no quiso levantarse. Tuvo una noche difícil. Se pierde el espectáculo

de tener esperanza. La lluvia representa eso, un escape. El ruido es distinto al

de las correas que aprietan las muñecas, al metálico de las bandejas o al de las

sillas de ruedas que van y vienen arrastrando cadáveres que respiran, pero no

habitan y sólo se manchan el culo de mierda.

Ya no tengo vitalidad en los dedos. Mi única acción mecánica se volvió fumar

tabaco, porque me prohibieron el cannabis. Dicen que es nocivo, mientras me

inyectan fármacos cada tres horas. En ese caso, dicen que me ayudan a estar

mejor. Un cóctel total de carencia de humanidad, que se vuelve ausencia en las

sombras de la mañana. La noche ya dejo de ser un lugar seguro. Hasta los

fantasmas tiene miedo.

Un pajarito se posa sobre el barral de la reja. Se queda observando al interior.

Ve mi sometimiento, esa sensación que tengo de que solamente existo para mí

y nadie más, porque no hay nadie más. Ya no. Las gotas lo golpeaban, pero el

ave estaba ahí, estoica, mirando la decadencia de los seres racionales que

encierran a sus pares y les distorsionan la realidad por miedo, por miedo a una

revuelta de inadaptados. El pájaro abre las alas y queda estático en esa posición,

77
mirándome. Llevo un cigarrillo a la boca. Lo enciendo, me pongo de pie y

comienzo a aplaudirlo. En ese momento, se retira, después de mi ovación.

Me siento, retiro el cigarrillo de la boca, después de succionar su humo, y expulso

el cáncer al ambiente cerrado y húmedo, donde el aplauso generó eco y se me

sumaron varias personas. Comienzo a reír.

Se me acerca Ígor, que es un enfermero, y me dice:

—¿Te parece gracioso alterar a tus compañeros? —En una posición de dominio,

parado frente a mí, con ojos desafiantes.

—La verdad, —le digo —hacía bastante tiempo que no sentía esta sensación.

—¿Qué sensación?

—Rebeldía —le respondo, retándolo en su propio juego.

Se me queda mirando, y sonríe.

—Ya sabes lo que te espera, ¿no?

—Sí, unos hermosos electroshocks —digo, mirando la lluvia. —Va a ser mañana

por la mañana, ¿no es así?

—Así es. Por pelotudo y respondón, mañana te freímos un rato tu cerebro, —se

me acerca, cara a cara —a ver si se te aclaran las ideas. Acordate, acá mando

yo —se retira.

Ya no hay nada de sentimiento. No sería la primera vez que paso por esa terapia

prohibida, pero utilizada como castigo. Al menos, fui cuatro veces en menos de

un año. El resultado viene siendo un continuo dolor de cabeza, similar a la

migraña, problemas para dormir, traducidos en pesadillas, enuresis, generando

que tenga los pantalones siempre mojados, y un pito flácido.

Intenté recordar, en muchas ocasiones, el cuerpo de Celeste. Esa hermosa curva

que se generaba en su cadera. Sus tetas que entraban perfectamente en mis

78
manos, que tapaban sus pezones rosas. La humedad de su pubis al sentir mi

lengua. Todas imágenes que necesitaba para saber si mi pito aún funcionaba,

pero los esfuerzos eran infructuosos. No conseguía ninguna erección, y eso me

generaba una fuerte frustración, tan grande que, sin más, comencé a llorar frente

a una ventana que llovía.

Se me acerca Enrique Symns, y me pregunta:

—¿Qué te pasa, Poseidón? ¿Por qué lloras?

—Porque mi verga ya no se para, ya no funciona —sigo en llanto, y cierro. —La

tengo colgando al pedo.

Symns me mira, y sonríe. Me responde:

—No te preocupes. Eso nos ocurre, tarde o temprano, a todos.

—Gracias por tan reconfortante noticia, Enrique —lo miro y le digo. —Andate a

la puta que te parió.

—Yo me voy, —me dice —pero si te preocupa eso, ¿qué harás con tus bolas?

79
XXVII

—¿Vos ves mi mano derecha —levantándola —más grande que mi mano

izquierda? — Me dice, El Manco.

—¿Vos sos boludo, Manco? —Le respondo. —Claro que veo tu mano derecha

más grande que la izquierda, porque la izquierda no la tenés.

El Manco mira la mano. Luego, el muñón. Repite la secuencia, al menos, cuatro

veces. Al final, me mira, con cara de desconcierto. Había cosas que se le

escapaban a su compresión.

—Poseidón, ¿qué le pasó a mi mano izquierda?

—No sé, Manco. Yo nunca te la vi.

—Pero ayer la tenía ¡AHHH! —Grita, furioso. Empieza a correr, y el grito se diluye

al final del pasillo.

Me acomodo en mi silla. Revuelvo el bolsillo de la camisa. Encuentro un atado

de Lucky Strike. Saco uno y acerco el encendedor. El fuego envuelve al cigarrillo

y comienza a expulsar humo. En ese instante, veo la silueta de Bastet

acercándose. Se para a mi costado. Levanto la mirada y retiro el Lucky de mis

labios.

—Que golpe de suerte el tuyo —me dice.

—Es pura coincidencia, mi amigo —le digo.

Se busca una silla. La acomoda al lado de la mía. Extiende su mano, pidiéndome

un tabaco. Se lo coloca entre los labios y exige fuego. Devuelve el encendedor.

Fuma y me mira. Da pitadas muy rápidas.

—¿Estás bien, Bastet?

—Si, estoy bien, amigo. Gracias por preocuparte ¿Vos cómo estás?

—Yo estoy bien. Llevándola como se puede.

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—No nos queda otra —y el cigarro vuelve a su boca.

El silencio se torna incómodo cuando dos personas que comparten vida, tristezas

y alegrías, quedan cara a cara, sin nada para comunicar. Ya no hay ideas. La

rutina obstaculizando la vida.

Le hago notar esto a Bastet. Está de acuerdo.

—Miranos, con estas prendas de ropa, cual enfermeros sin título. Parecemos

comediantes —junta aire, y grita: —“¡Oh! Caballeros, la vida es corta... Si

vivimos, vivimos para marchar sobre la cabeza de los reyes”. Que hermosa frase,

Poseidón ¡Qué hermosa frase! —Y se para sobre la silla, alentando al resto, pero

no consigue adhesión y se sienta nuevamente.

—¿Eso era Shakespeare, Enrique IV? —Le pregunto.

—Exactamente, mi querido colega.

—Que absurdo todo esto, Bastet. Nos tienen acá, empastillados a más no poder.

Últimamente, me estoy olvidando de si fui a cagar o no, ¿te pasó a vos?

—Yo estoy perdiendo la sensibilidad de los pies. Te juro que, si me clavas un

cuchillo, no lo voy a sentir. Mi pie puede estar chorreando sangre, pero no vas a

escuchar ni ver ninguna muestra de dolor.

Busco nuevamente mi Lucky Strike. Convido uno, y ambos nos ponemos a fumar

nuevamente.

Un gran patio cercado, eso era nuestro contacto con la naturaleza. Un terrario

verde artificial, donde las hormigas vienen a robar nuestro pan y pastillas, los

pájaros nos evitan por los proyectiles, los gusanos no tienen hojas verdes y las

polillas se comen las medias.

Ese sector es para realizar la única actividad física permitida, dar vueltas en

círculos. Entonces, el recorrido ya está establecido, porque el pasto está

81
quemado y solo hay tierra seca o barro, dependiendo de la frecuencia de regado

o lluvias.

Una de esas personas que está haciendo la actividad diaria se acerca a nosotros,

y se presenta:

—Hola, soy el Dios de los Paganos, Jesucristo. Un placer.

—Hola, Cristo, ¿cómo estás? —Le respondo.

—No soy Cristo, soy Jesucristo —me dice, con cara de fastidio. —Vos debes ser

Poseidón, ¿no?

—Así es. Lo dedujiste rápido.

—Era obvio. Un Dios terrenal que se cree invencible, pero está al nivel más

básico de las deidades.

—¿Me podés traducir que me estás diciendo? —Le pregunto.

—Caballeros, ¡Bienvenidos al Santuario de los Dioses Mortales!

82
XXVIII

—Hoy volví a soñar.

—¿Qué soñaste?

—Que lo veía con los pies sumergidos en el agua, y me estaba esperando.

—¿Te esperaba?

—Sí. Tiene que decirme algo.

—¿Sabes qué es?

—No lo sé —y bajo la mirada.

—¿Me querés contar más detalladamente tu sueño?

—Lo tengo escrito por acá. Lo anoté para no olvidarme de los detalles —revuelvo

unos papeles. — Acá está. Te lo leo. Dice:

Anotación del sueño consecutivo N° 62

Siento que una mano toca mi hombro. Utiliza solamente tres dedos. Los apoya

en mi hombro izquierdo y presiona. Intenta despertarme.

Lo logra. Me pide que me vista y lo acompañe.

“Abrígate”, me dice, “hace frío afuera”.

Agarro algo de abrigo. Me visto y al levantar la vista no está.

Sus pasos quedaron marcados en el piso. Podía notar que estaba descalzo.

Sus pies estaban mojados y con barro. O arcilla. O, tal vez, era tierra que había

en el piso.

Sigo las huellas hasta que se empiezan a adentrar en la naturaleza.

La maleza se mezcla con mi camino y no puedo ver por donde tengo que seguir.

Escucho unos gritos a lo lejos.

“Ya sabes cuál es el camino. No dudes”.

Entre la maleza se dibujaba un recorrido que ya conocía.

83
Me deje guiar por el tacto de mis pies para avanzar. El olor a río me llevó hasta

ahí.

Los pies sumergidos hasta casi la rodilla. El pantalón arremangado, la camisa

también.

Me pide que lo acompañe. “Vení, mete los pies, aunque sea”.

Quiero avanzar, pero tengo las muñecas atadas a los árboles cercanos.

Me van cortando la circulación. Mis manos se tornan moradas.

Quiere salir del río, pero no puede.

“El río no me deja”.

—Y ahí me despierto.

La vista petrificada en un papel mal escrito y a las apuradas. Apreté el bolígrafo

muy fuerte y muy rápido. No quería dejar nada afuera. La memoria olvida más

que lo que recuerda.

—Debe haber sido como romper un plato y querer volver a armarlo, pieza por

pieza —me dice, el doctor.

—Sí. Fue algo así. Se puede usar para comer, pero le faltan algunas pequeñas

partes. Son las más difíciles de encontrar.

—Por eso llamé a alguien hoy. Quiero que empieces un tratamiento.

—¿Qué tratamiento? —Escucho que alguien golpea la puerta.

La puerta se abre y ahí estaba esa persona.

—Hola. Me presento. Me llamo Guillermo Silvestres, un gusto.

—¿Usted quién es? —Le digo.

—Guillermo Silvestres ¿No me escuchó bien?

—Sí, lo escuché. Quizás me expresé mal ¿Qué carajo hace acá?

—Soy un cazador.

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—Miré usted. Lo felicito. Yo soy Poseidón. Ahora, retírese, por favor.

—Ya sé quién es usted. Por eso he venido.

—¿Vino a matarme?

—No, señor. Vine para llevarlo de viaje.

—¿Adónde?

—A las tierras altas de la montaña. Necesito su ayuda.

—Lo dudo mucho, señor Silvestres. Que apellido inusual el suyo.

—No es de importancia mi apellido. Necesito que venga conmigo.

—¿Por qué está aquí, señor?

—Lo vengo buscando desde hace varios años. Usted es una persona especial,

no solamente para esta institución, sino, también, para mí. En las altas montañas

está escondido su secreto. Venga conmigo, es necesario.

—Soy hombre de río, señor, discúlpeme.

85
XXIX

La radio estaba prendida. Ya había terminado el pastor de dar el mensaje de

Dios, y comenzaba el noticiero.

—¿Para qué escuchamos a ese tipo? —Dice, Jesucristo.

—Porque el guarda escucha la radio todos los malditos días —dice, Bastet,

mientras arroja pedacitos de pasto cortados por sus dedos.

—Le estás destruyendo la casa a las hormigas —replica, Jesucristo. Cambia su

cara, y reclama —¡Dejá a las hormigas en paz!

—Bueno, cálmate, San Francisco.

Ambos quedan mirándose. La poca naturaleza era territorio de disputa entre

tanto psicofármaco y productos derivados del petróleo. Un pedazo de verde

podía llevar la mente a distintos planos.

—Muchachos, dejen de pelear —les digo. —Si quieren, tomen lo que dijo el

pastor e inviértanlo. Quedaría algo así Sólo aquellos que no trabajan, logran

llegar a la vida plena.

—¡Alabado sea mi padre! —Grita, Jesucristo.

Bastet comienza a reír, hasta el punto de tentarse. Cuando se calmó un poco,

saco un cigarrillo y comenzó a fumar.

—¡El Santuario de los Dioses Mortales da inicio a su primera sesión! —Levanta

la voz, Bastet.

—¿Qué estás haciendo? —Le digo.

—Doy inicio a las sesiones del Santuario. Creo que quedó obvio cuando grité.

—Tiene razón, Poseidón. Él dijo que daba inició a la primera sesión del

Santuario, y nosotros somos sus fundadores —dice, Jesucristo.

—Nosotros somos los únicos Dioses Mortales de este lugar de mierda —les digo.

86
Las miradas de entendimiento se dan en el silencio que envuelve el humo. Es

como capturar un grito. Las vibraciones son difíciles de atrapar para las manos,

pero es posible hacerlo. Solamente hay que estar atento al momento en que la

palabra sale de la cabeza y llega hasta la nariz y ve la luz. En ese instante, las

manos, en forma de cuenco, reciben el mensaje, y lo envuelven. Para que llegue

a destino, es necesario abrir el cuenco en la oreja de la persona indicada.

—Entonces nosotros seremos parte de la Junta del Santuario de los Dioses

Mortales —dice, Jesucristo.

—¿Y a quién más vas a invitar? A ver, contame, genio —respondo.

—Por ahí andaba el Dios de las Agujas, Corominas.

—¿Sos joda, Jesús?

—¡Soy Jesucristo! Hijo de Dios Padre. Ten más respeto, por favor.

—Está bien, está bien. Ahora, ¿quién es este Corominas?

—Es aquel que está sentado, —señala a un hombre a pocos metros nuestros,

que también estaba en el patio —cosiendo.

El absurdo de encontrar parentescos me parecía hasta gracioso. Como el tipo

cosía, era Corominas. Ahora, si encontramos al tipo que se baña sin cortina para

que todos le vean el pito grande que tiene, a ese habría que decirle el Dios de la

Ducha, Delabost.

Mientras pensaba en vaguedades de mitología, veo que Bastet y Jesucristo se

habían acercado a Corominas para ofrecerle entrar al Santuario.

El paisaje era de una singular extrañez. Dos personas paradas hablándole a una

que estaba cosiendo los agujeros que tiene su calzoncillo. Calculo que esos

serán sus servicios en el Santuario.

87
Prendo un cigarrillo. Una paloma intenta ingresar a la jaula del patio. No puede.

Lleva consigo, en sus patas, el cadáver de su pichón. Grita y rebota. No tiene

permitido el ingreso. Sus alas podrían dar ideas peligrosas de que los humanos

podemos volar y sentir el aire de una preciada libertad.

La perseverancia o desesperación, dependiendo del ojo que esté observando la

situación. La paloma insiste, y no pasa. Ante esto, decide apoyar sus patas en la

reja y abrir el pico. El pichón cae, y su tamaño permite que se cuele en los

cuadrados metálicos. El pasto recibe el cadáver. Me acerco y lo junto con ambas

manos. La paloma expulsa una lágrima que impacta en el pico muerto. Una

lágrima de lamento, de no haber podido salvarlo.

Nos quedamos mirándonos a los ojos un segundo, y se despidió. Levantó las

alas y se fue.

—¿Qué tenés ahí, Poseidón? —Me pregunta, Bastet.

—Un futuro muerto —le respondo, llorando.

88
XXX

La ventana juntaba polvo y las paredes humedad. El sillón estaba gastado en el

apoya brazos. Mis ojos furiosos destilaban los fármacos y, rojos como el fuego,

se agrandaban cuando carne cruda pasaba cerca.

La experiencia de la montaña no salió bien. El Dr. Silvestres me lleva a un no

retorno estrepitoso.

—Soy un hombre de río ¿Qué carajo fui a hacer a la montaña? —Pensaba en

voz alta.

—Seguiste a otro lunático, como vos —me dice, Bastet, al acercarme un café.

El Dr. Silvestres me llevó a un viaje que no pensaba que pudiera tener. Me

hipnotizó y llevó mi conciencia a la montaña. No fue lo único. También logró

transformar mi cuerpo. Miro mis manos. El color oscuro, la humedad y como se

desarman en la sequedad. Pasaba la palma de la mano por mi muslo hasta la

rodilla. Quedaba toda una franja oscura, que se seca rápidamente. Era arcilla.

—A todo esto, no contaste qué fue lo que pasó —replica, Bastet.

—Fue bastante extraño todo. En un momento de la hipnosis aparece mi madre,

y yo le grito ¡Éstas no son mis manos, mamá!, porque tenía las manos hechas

de arcilla.

—¿De arcilla?

—Sí. Ella me decía que siempre había tenido esas manos, que me había

convertido en un Dios.

—Bastante concreta su frase, ¿no?

—Cuando volví a la pieza, encontré esto —le acerco a Bastet un pequeño papel,

que tenía un número telefónico de un lado y un nombre del otro. El número era

6262626262. El nombre escrito era Horacio A.

89
—¿Quién te dio este papel? —Me pregunta, Bastet.

—No lo sé. Cuando estaba sosteniendo ese papel, pasa un enfermero y me dice

que Guillermo Silvestres me había dejado eso.

—Ahora, ¿por qué lo va a mandar Guillermo? Él estaba con vos.

—Las dudas me revuelven. El enfermero me dijo, puntualmente, que llamara a

ese número, que necesitaba ayuda.

—¿Ayuda de qué? O, mejor dicho ¿para qué?

—Demasiado extraño todo, querido amigo. Si tuviera alguna respuesta, te la

daría, pero no la tengo.

Bastet ceba un mate y me lo alcanza. Chupo la bombilla primero. Termino el

mate y lo devuelvo. Prendo un cigarrillo. Expulso el humo, y comienzo a hablar

nuevamente.

—A todo esto, nunca llamé a ese número.

—No creo que exista —me dice, Bastet.

—¿Y si existe? —Dice, Jesucristo, por detrás nuestro.

—Apareciste, tarde, como siempre —le digo.

—Pero justo a tiempo para salvar a mi pueblo —responde.

—¿Y si llamas? —Me dice, Bastet.

—Bueno, llamemos —nos dirigimos a buscar el teléfono. Tenemos permitido una

llamada cada dos días. Y, como nunca llamaba a nadie, no me parecía una mala

idea intentar.

Tomo el teléfono, y marco los números. Da tono. Alguien atiende.

—¿Hola?

—Hola, si ¿Con Horacio, puede ser?

—Él habla, ¿de parte de quién?

90
—Hola, sí. Mire, me dejaron su número en mi habitación, no sé el motivo. Me

presento. Mi nombre es Poseidón.

—Un placer escucharte de nuevo, Daniel ¿Cómo estás?

—Pero, ¿cómo sabes quién soy? Ya dejé ese nombre atrás.

—No para quién te conoce. Para mí, seguís siendo Daniel. Lamento mucho lo

que le pasó a tu viejo. Va, y a toda tu familia.

—¡¿Cómo sabes eso?!

—Porque Guillermo Silvestres es un muy cercano amigo, y me puso al tanto de

tu situación.

—¿Por qué me dio tu número?

—Para que pueda ayudarte. Soy tu boleto de salida.

—Soy un Dios. Puedo salir cuando quiera.

—No sos ningún Dios, y en el Santuario tampoco hay Dioses. Solo filibusteros.

91
XXXI

—La Junta del Santuario de los Dioses Mortales da inicio.

—Quisiera hablar primero, por favor —digo, levantando la mano.

—Adelante, Poseidón.

—Buenos días, Seres Mitológicos que están aquí conmigo.

—Buenos días —responden todos los presentes.

—Henos aquí reunidos, en este lugar sagrado, para dar inicio a la Junta del

Santuario. He pedido hablar primero porque tengo una pregunta dándome

vueltas en la palangana cada mañana: ¿Quién se está robando el papel higiénico

de las habitaciones? Me parece de muy mal gusto esa broma, sobre todo si se

tiene en cuenta la escasez del mismo. Piden cosas absurdas e indignas de un

Dios por un rollo.

—Por favor, Poseidón, más respeto para con los pares —dice el Dios de las

Agujas, Corominas.

—Sí, es verdad. Ten más respeto. Nosotros no te insultamos a vos ni criticamos

tus métodos para bañarte —me dice el Dios de la Ducha, Delabost.

—Está bien. Pido disculpas, Seres Mitológicos por mi lenguaje. Me urge mucho

la situación del robo. Por ese motivo lo manifesté de esa manera.

—Disculpas aceptadas, Poseidón —dice el Dios de la Penicilina, Fleming.

—Hay alguien que no merece estar aquí. No hay lugar para ladrones.

—¿Qué es robar, Poseidón? Es tomar algo ajeno, algo que pertenece al círculo

de lo privado. Acá somos una comunidad. No existen las cosas privadas —dice

el Dios de los Paganos, Jesucristo.

—Esto no puede seguir así. No se puede permitir esta injusticia.

—La justicia lleva una venda —dice el Dios Contractualista, Locke.

92
—¿Y para qué la inventaste entonces?

—Yo no la inventé. Yo sugerí algo y los humanos tomaron lo que quisieron —me

responde, Locke.

—Acá hay gato encerrado —dice Bastet, Dios de los Tiempos Antiguos.

—Seguro que fue ese mequetrefe de Agamenón. Siempre se anda metiendo

donde no lo llaman —se queja el Dios de los Muros, Dárdano.

—¡No me acuses! ¡Puedo ser tu ruina! —grita Agamenón, Dios de los Caballos.

—No perdamos el eje del debate, que es el robo del papel higiénico ¿A nadie

más le pasa?

—Sí. A mí también me lo han robado —dice, Corominas.

—A mí también —responde, Bastet.

—Bien. Somos varios. Les voy a leer un dictamen que he redactado —saco un

pergamino, hecho con papel higiénico, del bolsillo. —El escrito dice así:

Queridos Seres Mitológicos:

Estamos aquí reunidos, en esta solemne Junta para debatir temas

fundamentales para la vida en este planeta. Hoy nos toca debatir algo que nos

atañe de muy cerca, el papel higiénico.

Hay escases del mismo. Alguien de los presentes ingresa a las habitaciones y

se los lleva a hurtadillas. No voy a sacar el dedo acusador. Mi crueldad solo debe

ser desatada en el agua.

Por lo tanto, propongo lo siguiente:

1° Que la persona que haya cometido hurto, devuelva lo robado.

2° Que la persona que haya cometido hurto, se declare culpable.

3° La persona responsable recibirá un castigo, de acuerdo a sus actos, que se

dictaminarán en una Junta Especial, para definir la sanción.

93
4° Hay tiempo hasta mañana 12 pm para declararse culpable.

5° Para ello, deberá colgar del picaporte de su habitación un moño. El mismo

estará hecho de papel higiénico. El resto del rollo deberá estar apoyado en el

suelo.

Sin más. Poseidón.

—¿Quiénes están a favor? Levanten la mano, por favor.

—Discúlpame, Poseidón. Falta algo ¿Qué ocurre si nadie se presenta y asume

la culpa? —dice, Locke.

—Muy simple. Lo que va a pasar es que van a conocer toda mi furia.

—No exageres, Poseidón. Acá hay Dioses más poderosos que vos —me dice,

Agamenón.

—Si alguien se anima, aquí estoy. Espero cualquier golpe. Pero debe ser un

golpe mortal —digo. Mientras, el Dios de la Guerra, Marte, se pone de pie.

94
XXXII

Dos pasos al frente. Uno a la izquierda, giro de cuarenta y cinco grados. A la

altura de mi cabeza está el estante. Hay un frasco. El café exótico del Dr.

Silvestres.

El oro no vale en una institución donde la palabra y el nivel extorsivo son

fundamentales para entender el dar y atar. Los enfermeros no enferman y los

pacientes no sanan. La paradoja de la psiquiatría. Cuantos laboratorios se

pelean por pertenecer.

Puntitas de pie y en medias. Las huelas de zapatillas son peligrosas. Alertan al

enemigo.

—No vas a querer despertar al Dios del Olimpo —me advierte, Marte.

—¿Qué ocurre si despierta? —Le pregunto.

—El Santuario de los Dioses Mortales desaparece. Sólo quedarán cenizas.

Las advertencias calan hondo entre las paredes blancas, que disfrazan una

pulcritud digna de una esterilización previa a una cirugía a corazón abierto. Los

motivos me son desconocidos.

Mientras caminaba, despacio, hacia mi habitación, con el frasco de café en mis

manos, pensaba. La intención de poder irme de ese horripilante lugar era real,

pero algo dentro mío me detenía.

¿Será suficiente un frasco de café para obtener un boleto de salida? ¿Quiero

ese boleto? ¿Qué pasará con Bastet cuando me vaya? Por Jesucristo no me

preocupo. Seguro va a morir en la cruz, como un mártir, por culpa de los

codiciosos.

El Judas no traiciona, solamente cumple la profecía. Yo tengo un frasco de café.

Algunos matarían por ello. Yo, solamente quiero salir.

95
¿Debería comentar mi plan al resto? ¿Debería ser una decisión popular? No lo

sé. Me gustaría ser egoísta en este momento, pero la culpa se ha vuelto tan

cotidiana en estas paredes. Te remarcan todo el tiempo que, a consecuencia de

tus acciones, vos estás ahí.

—Pero yo no hice nada —repetí, hasta el hartazgo.

—Es más seguro para el resto de nosotros que vos estés acá —me contestaron.

Esa eternidad soñada en el parpadeo de no ver más rejas, ni jeringas, ni pastillas,

ni las ratas que saludan mientras te roban la comida.

—La hora de los pueblos ha comenzado —repite, Jesucristo.

Lo han sedado más de una vez por repetir (y gritar) esa frase. Le dijeron

comunista, pero él se jacta de ser peronista. De mí se burla, diciéndome

anarquista, mientras a Bastet le dice socialdemócrata.

¿Yo soy el pueblo? ¿O el pueblo somos todos? No puedo canjear un frasco por

la salida de todos los pacientes. Si hago eso, el Santuario de los Dioses Mortales

llega a su fin.

—Acá pertenezco. Acá soy. De acá no me voy —me dijo, Bastet.

Abrí la puerta de mi habitación, e ingresé con el frasco. Me senté en la cama,

sosteniendo el café entre mis piernas, con ambas manos. La mirada pétrea hacia

un piso opaco y frío. Tengo los pies helados. Las medias son finas. Bastet

duerme plácidamente. Como para no, la dosis de pastillas lo tumba.

—Deseo el placer del viento. Deseo el placer de la arcilla. Deseo el placer del

agua de río —repetí, varias veces. El frasco estaba apoyado en mi pecho, como

una especie de fuente de poder que cumple la palabra que emito.

—¿Qué hacés, Poseidón? —Me pregunta, Bastet, con los ojos entrecerrados,

incorporándose lentamente —¿Qué tenés ahí?

96
Abre bien grande los ojos, y gradualmente va cambiando el gesto, de sorpresa

a pánico.

—Tengo en mis manos el pasaje de salida —le respondo, mostrándole el café.

La hora de los pueblos ha comenzado, repetía, Jesucristo desde lo profundo del

pasillo. El eco resonaba en mi cabeza, ensordecida por esa pulsión de

desobedecer innata en cada mandato que nos obligan a cumplir. Con esa cara

lo miraba a Bastet.

—¡Ves que sos un pelotudo! —Me grita.

—Prefiero elegir cuándo morir, y no vegetar en esta vitrina infectada, donde los

laboratorios experimentan con nosotros. Quédate vos en este mingitorio.

Bastet me mira. No quiere partir, no quiere negociar. Tiene miedo de las

consecuencias. Se acuesta nuevamente. Se tapa, gira contra la pared y dice:

—Yo no voy a ser tu Judas. Vos decidís que hacer con tu vida —y silencio.

97
XXXIII

—¿Qué tan mal está? —Pregunta, Jesucristo.

—No se ha movido de la cama en las últimas tres semanas —le responde,

Bastet. —Lo hicieron mierda. Tiene una sonda para cagar y mear. Es un asco

verlo así.

—Yo no quise pasar porque me pone mal.

Ambos estaban fumando en la galería. Afuera llueve y el patio se inunda porque

no hay rejilla pluvial. Manos apoyadas en la columna, gotean que desbordan la

canaleta. El alambrado del techo se va llenando de pequeñas gotitas que se

detienen un segundo a ver dónde caer.

—¿Cómo decía el poema de Benedetti? —Pregunta, Jesucristo.

—¿El del coraje? —Repregunta, Bastet.

—Ese.

—No me lo acuerdo, pero creo que terminaba diciendo o no tener donde caerse

muerto.

—Si, terminaba así, creo. Poseidón no tiene dónde caerse muerto —dice,

Jesucristo, para luego arrojar la colilla al lago del patio.

Terminan de fumar, y se quedan un momento. Contemplar el miedo nocturno

que representa el fenómeno meteorológico de una tormenta. Mirar la oscuridad

del cielo y ver más allá. Terminar en un agujero negro y quién sabe que más

después. La ilusión de una eternidad en las estrellas, disfrutando de los más

bellos placeres.

—¿Todo esto fue por un frasco de café? —Pregunta, Jesucristo.

98
—Así es. Un maldito frasco de café —le responde, Bastet. —El problema fue que

los quiso chantajear. Poseidón se quería ir, y a cambio de eso, tenía como rehén

al café. Los enfermeros no se lo perdonaron.

—¿Lo pincharon mucho?

—No. Primero lo golpearon mucho, para que sintiera dolor. Luego lo sedaron, y

ahora está ahí, medio vegetal, medio humano. No sé cuántos huesos le

quebraron.

—Le quisieron dar una lección para que no lo vuelva a intentar.

—Y para que nadie más lo intente —cierra, Bastet, mirándolo a Jesucristo de

reojo, con una exclamación de que había que tener cuidado. —Bueno, vamos a

dormir.

Cada uno fue a su pieza. Bastet al llegar a la nuestra, me encuentra hablando.

—El río va donde yo voy. El río me acompaña en el desierto y me libera en el

diluvio. El río es mi sangre, la arcilla mi carne —digo.

—¿Qué estás recitando, Poseidón? —Pregunta, Bastet.

—Unos versos que escribió mi padre en su juventud. Estaban en un cuaderno

que encontré cuando él falleció.

—¿Me lo querés leer? Me gustaría escucharlo.

—Dice así: El río va donde yo voy. El río me acompaña en el desierto y me libera

en el diluvio. El río es mi sangre, la arcilla mi carne. Los pájaros beben de él. Los

seres humanos viven gracias a él. No subestimes su poder. Hay un misterio por

resolver.

—Se ve que estaba tras algo, ¿no?

—Sí. Mi padre siempre estaba tras algo. Un sueño, un deseo, una verdad.

—¿Cómo estás, mi amigo? —Me dice, Bastet.

99
—Se me va pasando el efecto de los narcóticos. Guillermo me dijo que ya no me

iban a pinchar más.

—Bueno, bien. Es una buena noticia.

—Me lo dijo porque siente culpa, el hijo de puta.

—¿Culpa de qué?

—Me dejó cuadripléjico, Bastet —giro la cabeza para mirarlo a los ojos. —No voy

a poder caminar nunca más ¿Entendés? Nunca más.

Los dos empezamos a llorar. La derrota duele. La carne la siente.

—¿Puedo hacer algo por vos? —Me pregunta, Bastet.

—No me tengas lástima. Sigo siendo yo.

—¿Y ahora que pensás hacer?

—Soy un preso psiquiátrico, con tiempo de sobra. Voy a hacer lo que la

naturaleza humana me dicta: intentar vengarme de todos estos hijos de puta.

Uno a uno ¿Cuento con vos?

—Si, amigo —y me estrecha la mano.

100
XXXIV

Paso a paso. Día tras día. Escribo una línea, la borro. Escribo una palabra, no

me convence ¿Cómo formulo el deseo de lo no escrito? Me lleva la adrenalina

de querer correr y no poder. Las manos, los dedos, se fortalecen con el avance

del tiempo, a pesar de la edad. Ya tengo treinta y cuatro. A mitad de esta vida ya

había perdido tanto.

—¡Qué olor a pata, Poseidón! —Me grita, Marte. —Yo entiendo que no puedas

caminar, pero ponete talco.

—Marte, andate a la mierda. Me cuesta mucho agacharme. Sigo siendo novato

en esto.

La reforma constitucional se hizo realidad hace unos días. El júbilo de los cínicos

frente al pueblo que denota demencia o ceguera. No ver la pobreza que tapa el

techo del Santuario es absurdo. Mientras las ideas no caen, los desplazados se

quedan sin refugio. No hay comida, no hay esperanza.

Bastet estaba con Jesucristo, fumando en el patio. Un nuevo integrante del salón

oval estaba corriendo en el patio, y lo bajaron de un tackle. El silogismo hecho

carne: un loco que suelto corre en el patio de una institución psiquiátrica es

derribado de forma amable; grita de dolor, se retuerce, lo inyectan para que baje;

el loco es un tal Soria, personaje mitológico de la literatura argentina.

—¿Sabes cómo se llama el nuevo? —Le pregunto a Bastet.

—Sé que su apodo es Soria, pero creo que no va a poder entrar al Santuario con

nosotros —me responde, Bastet.

—¿Por qué motivo?

—Muy simple, no es un Dios —me dice, Jesucristo.

—Vos tampoco sos un Dios y estás dentro —le respondo.

101
—Soy el Hijo de Dios, Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, único hijo

del Señor.

—Mira vos. Yo soy hijo de Víctor y Marta.

—¿Y eso que tiene que ver? Vos sos Poseidón, Dios de los Mares, Ríos y

Océanos.

—¡Y ando en silla de ruedas! —Le grito. —Qué extraño es el mundo. Yo debería

dominar las aguas de esta tierra, pero ni siquiera puedo dominar mis propias

piernas.

—Pero deberías agradecer que seguís vivo —me dice, Bastet.

Por dentro pensaba, ¿cómo puedo agradecer eso? Las personas que me

hicieron esto siguen como si nada. La conciencia no los retuerce de dolor como

cuando yo quiero atarme los cordones y siento mis músculos en los brazos que

se sobreexigen. El pecho se me acelera con sus pasos, y de mi boca brotan

palabras, espumas, maldiciones de todo tipo.

Lo miro a Bastet, con el ceño muy fruncido y suspirando como un toro a punto

de embestir al torero.

—Vos más que nadie vió lo que me pasó. No podés decirme semejante

pelotudes moralista.

—Con más razón puedo decirte esto —me responde.

—¿Sabes una cosa? ¡Andate a la puta que te parió! ¡Vos y todos los pelotudos

de tu club de mierda!

—¿Yo que tengo que ver? —Salta, Jesucristo.

—Sos parte del club, te guste o no, la ligas igual.

102
Bastet muestra una notoria cara de enojo, pero se atraganta de palabras como

un niño pequeño y se retira. Jesucristo lo ve irse. Rota la vista hacia mí, con

rostro de congoja por la situación. Junta aire, y me dice:

—Es verdad que nos conocemos aquí dentro, o sea que tu pasado me es

esquivo. Solo conozco lo que me contaste —agacha la cabeza un momento y la

vuelve a subir, clavando sus ojos en los míos. —No sé de tu sufrimiento porque

nunca lo compartiste, pero de esta manera, te vas a quedar sólo y, créeme,

quedarse sólo, aquí dentro, es igual a estar muerto.

Comienza a caminar para su habitación. Da unos pasos, pero decide volver. Se

me acerca para decirme:

—Ahora tenés el aspecto de una ruina, y eso es una ventaja.

—¿Por qué? —Le digo.

—Porque ya no se producen ruinas. Estamos demasiado ocupados en nuestros

asuntos para dejar rastro de nuestro paso. Vos sos un ejemplo de que aún

tenemos esperanza —y se marchó, dejando un hilo de humo de cigarrillo.

103
XXXV

—¿Lo viste? —Dice, Soria.

—Sigue encerrado, fumando frente a una hoja en blanco —responde, Jesucristo.

—Deberíamos hacer algo —dice, Marte.

—¿Para qué? Él no quiere ser ayudado —replica, Bastet.

—Siempre pinchando donde duele —reclama, Corominas.

—Tratemos de llegar a un acuerdo por Poseidón, e intentemos ayudarlo como

mejor podamos —define, Locke.

Una cortina de humo envuelve la silla de ruedas. El olor también me rodea y aleja

a la gente. Me ha resultado, este último tiempo, bastante difícil ser una persona

amable. La ira recorrer mi cuerpo, y me impide pensar un plan claramente

definido. No lo hay, no lo tengo, no existe dicho plan. Me desespera la idea de

que estar pasando mi vida y no poder siquiera escribir un boceto de alguna idea

potable que me permita salir victorioso de esta batalla contra la ironía del

encierro.

Escribí y borré. Escribí poco y taché demasiado. Destruí hojas. Las apilé en una

esquina de la habitación. Ya está superando la altura de la cama. Las empecé a

tirar al pasillo, recibiendo las puteadas del sector enfermería y del resto de los

Dioses del Santuario.

No me interesa. Solamente quiero poder escribir, aunque sea un boceto del plan.

No hay nada. Estoy yo y las paredes. Estoy yo y un pedazo de hoja vacía. Lo

único que pude terminar fue un agujero negro. Intenté salir del otro lado de la

mesa, pero solamente era una hoja.

—El encierro te está abrazando —me dice, Bastet, entrando al dormitorio.

—Yo con vos no hablo.

104
—Es mejor quemarse que morir lentamente, ¿o es mejor al revés?

—¿Ahora copias frases? —Giro la silla para poder verlo a la cara. —¿Querés

que me suicide? Dale, pedimelo. Así ya no te jodo más.

—Es el último rastro, y tal vez el único, con el que contamos los mortales. El

poder decidir cuándo morir.

—Pensé que eras un Dios, no un filósofo cohelista.

—¿Ves que te quiero ayudar y rechazas mi ayuda? —Me reprocha.

—A ver, contame ¿Cómo me pensás ayudar?

Da dos pasos hacia mí. Me clava la mirada.

—Si vos querés salir de acá, vas a necesitar ayuda. Si no, vas a poder salir, pero

desde la morgue —da dos pasos hacia atrás. —Vos elegís.

Bastet sale de la habitación. Acerco un cigarrillo a mis labios. Lo enciendo. Los

dedos amarillos quedan reposando en el apoya brazos.

—Explotar los recuerdos o deflagrarlos. Olvidar lo reciente y recordarlo conforme

la historia se decida, o remarcarlo a fuego para no repetir.

La ironía del encierro es eso. Sentirse seguro entre las paredes, hasta que una

pequeña voz comienza a aparecer. Y ahí, la idea de la liberación mortal coquetea

con las manos, con el cuello. La cabeza piensa mil posibilidades y descarta otras

miles más. La sola idea de dejar un cuerpo pudriéndose en la habitación causa

estupor ¿Quiero salir o quiero que me saquen? La diferencia radica en la vida o

la muerte.

Salgo de la pieza. Los veo a todos en el patio, fumando y bebiendo café.

Me acerco, y hablo:

—Buenas tardes, Dioses Mortales del Santuario. Necesito hablarles de forma

urgente ¿Podría ser escuchado?

105
—Adelante, Poseidón —me responde, Locke.

—Me he comportado como un verdadero idiota frente a ustedes, que son mis

compañeros, que son mis pares —arranco, diciendo. —Primeramente, quería

pedirles disculpas a todos, en especial a mi amigo, Bastet —giro la silla hacia él,

y levanto la vista. —Realmente, perdóname. Lamento mucho lo que te hice.

Todos en silencio, esperando la respuesta.

—Esta bien, amigo. Te perdono —me dice, Bastet.

Se acerca y me abraza. El resto aplaude. Soria toma la palabra.

—Hoy todos recordaremos este día. Este día, nuestro Santuario ha vuelto a

nacer, y continuamos con la hermandad de deidades.

—Así es, Dioses Mortales —habla, Locke. —Vamos a celebrarlo. Levanten sus

tazas de café y cigarrillos y digan conmigo: ¡Por los Dioses Mortales del

Santuario! —Y todos levantaron el humo y el café.

106
XXXVI

La desesperanza es amiga de los optimistas y la ilusión de los pesimistas. La

lluvia vuelve a golpear. Ya voy olvidando los espacios, los aromas, las

convenciones sociales donde se le cede el asiento a una persona mayor en el

transporte público. Esas cosas quedaron para el afuera, para los poseídos de

lujuria visual.

La galería junta hongos e historias que quedan marcadas con sangre, como la

pelea de Soria con Delabost. Un gancho bien esquivado impacta en la pared. La

piel se rompe, los huesos también. La marca del puño de Soria quedó. Luego,

Delabost recibió la venganza: un tenedor bien arrojado terminó en su brazo.

Ambos fueron castigados. Los recuerdos de mi castigo se volvieron carne

cuando los volví a ver, demacrados, casi muertos y con miedo a las sombras.

Sigo sentado, fumando, en la galería. Tomo mi cuaderno de apuntes. Voy a la

página en blanco, y anoto: la severidad del aparato represivo psiquiátrico es de

tal magnitud que el cuerpo nunca se recupera, y a cada paso que da, va

perdiendo un pedazo, es horripilante, deshumanizante, mortalmente eficaz,

quedando sólo el deseo de morir.

Cierro el cuaderno y arrojo la colilla del cigarrillo a una laguna que se había

formado cerca de la rejilla. Flota y queda allí, medio cuerpo afuera, como

queriendo respirar, por más de que me haya sacado mi aire.

Se acerca Bastet. Da una pitada y arroja la colilla al mismo lugar. Expulsa el

humo y suspira.

—Hace frío, ¿eh, Poseidón? —Dice.

—Si, está fresco, Bastet.

—¿Cómo estás vos?

107
—Bien —le digo, y lo miro para decirle otras palabras —¿Por qué me preguntas

si me viste todo el día?

—Bueno, che. Al final no se te puede preguntar nada —refunfuña y mira para el

patio-laguna. —Quiero saber cómo estás porque te quedaste acá, solo, mirando

la lluvia. Adentro está más calentito. Estamos tomando unos mates.

—¿Y me estás invitando a sumarme a la ronda de mates?

—El tiempo pasa muy lento acá, amigo —su cuerpo se reacomoda y enfila para

volver adentro. —Fijate qué querés hacer con la lentitud que nos come el

cerebro. Mi consejo, trata de sentirte acompañado —y se mete adentro, de

nuevo.

Y allí quedo, frente a lo absorto de mi tiempo, que es la nada. Ya no hay

sensación de sanación, o de querer irse. Las paredes manchadas con sangre se

vuelven un entorno conocido, y seguramente es mejor que estar del otro de la

pared porque no tengo la incertidumbre de qué me puede pasar.

El peligro acecha en las partículas contaminadas que caen con la lluvia, que no

deja de concurrir al encuentro con la tierra. Sé que Bastet tiene razón, en poder

sentir la compañía en la oscuridad de lo eterno, pero me es imposible tener algún

hilo de esperanza para mí, para el resto y para los enfermeros, psicóticos que

aceptaron ser los panópticos de la fragilidad que azotan estos cuerpos.

—¿Cómo te curaban la gripe a vos? —Escucho que me pregunta Locke,

sacándome de mi plano.

—Locke —le digo, mientras pienso que decir. —Mira, la verdad es que no

recuerdo cómo lo hacían en mi casa.

—¿Tu mamá no te daba algo?

—Mi mamá murió cuando yo era joven. Me criaron mis abuelos, más que nada.

108
—Ah, no sabía eso, amigo —hace una pausa para encender un cigarrillo y

parase al lado mío, viendo la lluvia. —¿Cómo están tus abuelos? ¿Siguen vivos?

—No. Lamentablemente fallecieron.

Silencio, incomodidad corporal, la saliva que pasa raspando la garganta, el humo

que genera tos y miradas de reojo.

—Lo lamento mucho, Poseidón. No sabía —se disculpa, Locke.

—Esta bien, Locke. No pasa nada. No hablo mucho de eso.

—¿Por algo en particular?

—Porque me siento culpable de lo que les pasó. No fui una persona fácil para

ellos.

—No siempre seremos la persona soñada, pero estoy seguro que los hiciste muy

felices.

—No recuerdo su felicidad. Es más, los estoy olvidando —y comienzo a llorar.

109
XXXVII

La realidad aparente de una desilusión transitoria en los ojos de los que ya no

sueñan con una existencia latente.

La última noche soñé, soñé que mi padre hablaba conmigo. Una charla por

demás extraña. Yo le reclamaba, le decía:

—¿Qué existencia, papá? ¿La que destruimos nuestra casa? ¿La de las

leyendas? ¡No existe la existencia! ¡Somos fundamentalistas! ¿No te das

cuenta? Lo único que hacemos en esta vida es inventar historias para creer que

somos inmortales.

—Lo sé. Las necesitamos para creer en algo. Por eso, saca tu culo de la cama

y vamos a crear esas historias.

¿Qué historias voy a crear estando acá? Solamente veo pastillas y perdidos

Dioses Mortales que dudan de su realidad tanto como de su mortandad.

Soria es historia, es recuerdo, ya dejó de ser.

—¿Qué estás escribiendo, Poseidón? —Me pregunta, Jesucristo.

—Un obituario. Lo necesito para saber a quién conocí estando aquí dentro y se

haya ido, vivo o muerto.

—¿No te parece un poco macabro?

—Es una manera de recordar. Quién sabe. Tal vez, el día de mañana, escriba

un libro contando nuestras historias.

—Pero si no sabes la historia de nadie, Poseidón ¿A quién querés engañar?

Mis ojos posan sobre Jesucristo. Lo despectivo del comentario hace que la

respuesta sea de igual calibre.

—Si soy el Dios que digo ser, puedo engañar a quién yo quiera —junto mis

papeles, y me dirijo a otro sector del patio.

110
Un rayo irrumpe la tarde. El aguacero se cierne sobre las cabezas de los que no

entienden si es martes o es jueves ¿Qué diferencia hay? Total, para el sol no

hay feriado.

Enciendo un cigarrillo, y sigo con mis notas. Levanto la cabeza y veo que Bastet

y Jesucristo están hablando, con caras de preocupación.

—¡Es imposible que disimulen su cara de ojete! —Les grito —¡Pelotudos!

Bastet se enciendo un cigarrillo. Cruza un par de palabras más y se me acerca,

gritando en el camino:

—¡¿A quién le decís pelotudo, vos?! —Haciendo un ademán con las manos,

como queriendo explicar la irracionalidad de mi comentario.

—A los dos se los dije, ¿pasa algo con eso?

—A ver, explícame, si te levantas con el culo dado vuelta, ¿es culpa de nosotros

o tuya? Porque no entiendo tu necesidad de agredir.

—No hay tal necesidad. Simplemente no quiero estar acá, en esta silla, en esta

galería, fumando este cigarro, sabiendo que cuando lo termine, voy a terminar

en la misma pieza de siempre, haciendo un esfuerzo sobrehumano para poder

levantarme de esta silla y sentarme en el inodoro para poder cagar ¡Y ni te digo

lo que me cuesta limpiarme el culo! —Cierro, levantando la mano que sostiene

el tabaco humeante.

—Deberías fumar pipa —me responde, Bastet.

—¿Sos joda vos?

—No, te lo digo en serio. Deberías fumar tabaco en pipa.

—¿Con que finalidad?

—Ninguna, pero tu imagen de intelectual se potenciaría.

—No soy intelectual, y lo sabes. Soy bastante llano y pelotudo, de paso.

111
—En este lugar, el Santuario de los Dioses Mortales, todos te toman como un

intelectual.

La sorpresa es un artilugio que puede ser bien empleado, dependiendo del

empleador y el sorprendido. En este caso, el efecto es totalmente positivo, pero

el hecho de que estén interrumpiendo mi escritura me pone de mal humor, por

lo que le respondo de mala manera.

—¿Me toman por intelectual solamente porque me la paso con un anotador y

una birome? Váyanse todos a cagar.

—Pero, ¿qué querés que piense un tipo que está encerrado en un psiquiátrico si

ve a alguien que escribe todo el día? O es un sabio, o es un inútil.

Termino el cigarrillo. Tanteo el bolsillo, buscando más tabaco y me detengo.

—Si yo comienzo a fumar en pipa, ¿me van a dejar de romper las pelotas?

—Al contario, te van a escuchar —me dice, Bastet.

112
XXXVIII

La pipa me ha dado cierto aire de sabio ante el resto. Ya aprendí a hablar sin

soltar el instrumento que me permite vanagloriarme de superioridad intelectual.

La silla de ruedas hace que me comparen con Stephen Hawking, pero en el

mundo de las ciencias blandas.

—Contanos, —me dice, Agamenón —¿qué has escrito hoy?

—No mucho, queridos compañeros —respondo, con displicencia. —He estado

ocupado contemplando la lluvia en la víspera de mi cumpleaños treinta y ocho.

Todo un número que no pensé que pudiera alcanzar.

—Pero danos un avance de lo que estás produciendo ahora —me pide, Locke.

—¿Para que me robes la idea? —Todos ríen. —No, gracias, querido amigo.

Los Dioses rodean mi silla. La pipa humea desde el centro. La lluvia se ha

apagado un ratito, pero parece que en cualquier momento continua.

—Denme una mano. Quiero poder pararme en el césped, o lo que queda de él

después de tanta lluvia —les pido.

Jesucristo y Bastet me sujetan. Me enderezan y llevan hasta el pasto. Marte me

quita el calzado. Soy una especie de deidad que levita por la fuerza de su pueblo

y no por sus poderes. O quizás ese sea el poder, la devoción. Venerarme,

mientras siga en pie. Eso pienso, soy inmortal. Extiendo los brazos, con las

piernas estiradas, del mismo peso muerto de ambas, y quedo como un Cristo

viviendo, humillando al mismísimo elegido.

—Está escena es mía —me dice, Jesucristo, mientras me lleva de nuevo a la

silla. Ya se había largado a llover de nuevo.

—Ahora una escena que es totalmente montada tiene propietario. No lo sabía,

discúlpame —le respondo, con sarcasmo en la mirada y furia en las manos.

113
—No juegues a ser algo que no sos.

—Soy la misma ilusión que vos. Bebo del mismo Cáliz, le rezo a los mismos

santos, tengo el mismo padre —hago una pausa y me acerco a él. —Soy igual

de Rey que vos.

Jesucristo, ofendido, se retira, con marcada frustración y enojo.

—No deberías haber dicho eso, Poseidón —me dice, Bastet.

Ignorando el panorama, revuelvo el bolsillo y saco algo de tabaco. Lo apisono en

la pipa y prendo un fósforo. Fumo, con cara rabiosa. El ceño fruncido. Tal vez mi

aspecto de cuenta de más edad que la real. Las pastillas pesan más que la carne,

o hacen que la carne pese más. Alteran el ecosistema del cuerpo. El resto de los

Dioses observan. Yo, absorto en un solo pensamiento, escapar.

—Todos sabemos que te querés ir, Daniel, —escucho que alguien intenta

hablarme —pero esta no es la manera.

Sin saber quién habló, exclamé, furioso:

—¡¿Quién se ha atrevido a llamarme por mi nombre de humano?!

—Yo, Daniel —aparece Guillermo entre los Dioses. —Yo te llamé por tu

verdadero nombre.

Fumo velozmente. Todos se alejan del patio. Quedo mano a mano con

Guillermo. La lluvia comienza a salpicar por el viento.

—Guillermo —le digo —¿Cómo está?

—Bien, Daniel ¿Vos? ¿Cómo estás? Haciendo un poco de barullo por lo que

veo.

—Para nada. Solo soy un consumidor de ilusiones. Bebo de ellas. Son mi

alimento diario.

—¿Cuál es tu ilusión?

114
—Creo que había quedado bastante claro. Es salir de acá.

—No va a ser posible eso.

—¿Hay alguna posibilidad de negociarlo?

—Ninguna.

—¿Viniste solamente a darme respuestas desérticas?

—Vine a darte respuestas concretas. Si fueran desérticas, te daría la esperanza

de encontrar el oasis. Acá no existe ningún oasis posible. Vos de acá no salís.

Tomo la pipa, y chupo humo. Una gota le cae al tabaco, se humedece y se apaga.

—La puta madre —veo el interior de la pipa. —Esta lluvia de mierda no frena

nunca ¿Sabes cuándo va a dejar de llover?

Guillermo me hecha una mirada totalmente psicótica. No se inmuta para nada y

decide responderme.

—Dejará de llover el día que los Dioses Mortales asuman su pena total.

115
XXXIX

La crisis etaria y la llegada de la muerte se transforma en una paranoia

desmedida de quejas y dolores que antes no estaban.

La cadera, la espalda, las articulaciones y el pene que no se para, y, encima,

larga orina todo el día.

—Estoy podrido. Es la quinta vez que voy al baño en el día —se queja, Locke.

—A todos nos pasa, amigo. Es por la edad —le responde, Jesucristo.

—¡¿De qué te quejas vos, pelotudo?! ¡Siempre vas a tener treinta y tres! El

eterno envido en persona sos.

—¿Y cuántos años tenés vos? —Pregunta, Bastet.

—Eternamente, tengo sesenta y dos —dice, Locke.

Costaba comprender el enojo del Dios Contractualista. No le veíamos siquiera

una cana. El pelo blanco denota cierto paso del tiempo, pero acá no había nada

de eso. No había arrugas ¿Cómo es posible que ya ande con problemas de

vejiga?

Las caras denotaban desconcierto. Estábamos todos reunidos en la sala

principal. La tele estaba encendida, pero nadie lo registraba. Tensión entre

desconocidos. Decido irme al patio, anunciando mi salida.

—Bueno, gente, Dioses, alienígenas, me retiro a fumar al patio, ¿alguien quiere

acompañarme y, de paso, empujar mi silla? —Suelto, con cierta indulgencia.

—Yo voy con vos —dice, Locke. Toma mi silla y nos retiramos al patio.

Las nubes, a lo lejos, avizoraban lluvia, pero aún estaba escampado. La galería

nos cubría en caso de avanzar todo muy rápido. Me armé la pipa y prendí un

fósforo. Locke fumaba, apoyado en una columna.

—¿Qué estás pensando? —Le pregunto.

116
—En la alteridad.

—¿Qué pasa con la alteridad?

—Que se la pasan por el orto, eso pasa.

Succiono el tabaco encendido. Por otro lado, el cigarrillo y su dueño refunfuñan

los dichos ajenos y la falta de comprensión. No es fácil ser entendido en el

Santuario. Hay mucho ego que redunda y salpica las paredes.

—¿No serás muy criticón vos? —Pregunto.

—¿No serás Baltasar Gracián vos? —Replica.

—¿Y ese quién es?

—El que dice: “No tenemos cosa nuestra sino el tiempo ¿Dónde vive quién no

tiene lugar?”

—Bastante profunda la pregunta ¿Vos sabes la respuesta?

—Sí, la estás viendo y viviendo, al igual que yo.

—¿En este horrendo lugar vive quién no tiene lugar? —Le digo a Locke.

—Dejamos de ser dueños de nuestro tiempo. Pensá, —pone su dedo índice en

la sien —y mira a tu alrededor. Somos cadáveres andantes en estas paredes.

Ya no hay lugar para seres como nosotros, y el reloj corre. Ya me duele mear.

Es un dolor horrendo.

—Pero sos joven, no entiendo el porque del dolor.

—Por los medicamentos. Somos la prueba final de los laboratorios. Está escribo

en el contrato que firmamos cuando entramos acá.

—Yo no firmé nada.

—¿Desde que estás acá nunca firmaste nada? Que extraño —dice, Locke, para

luego arrojar el cigarrillo a la rejilla.

—¿Habrán falsificado mi firma?

117
—Seguramente. Con el nuevo milenio, las trampas siguen siendo iguales.

—No hay consuelo para los desfavorecidos, para los desorbitados del sistema.

—No hay conciencia, en realidad —afirma, Locke.

—A ver, expláyate para que entienda.

—Para poder volver a recuperar nuestro tiempo es necesario poseer la

conciencia del mismo. Si vos vivís en un tiempo artificial y estructurado, ¿dónde

se sitúa tu Ello? ¿Cómo lo podrás satisfacer? El impulso hecho añicos y el sueño

hecho cenizas.

—¿Y tenés alguna esperanza para esto?

—La verdad, ninguna. Es ver tu propia muerte, pero aun estando vivo.

—Me gusta que haya cenizas en tu análisis —le contesto a Locke.

—¿Por qué?

—Porque la ceniza es abono para la tierra, y da vida donde hubo muerte.

118
XL

—La misma ventana, con su respectiva capa de tierra y su marco despintado. La

misma silla mugrosa, que tiene el olor de mis heces. Cuando giro la silla, es

siempre la misma imagen: Bastet con un camisón desprendido, mostrando el

culo; Locke leyendo un libro invertido, mientras sus bolas le cuelgan; Corominas

intentando encontrar un lugar en todo su cuerpo que no tenga marcas; Jesucristo

bailando sobre la mesa, pateando todo lo que esté encima; y, por último, éste

ser, el más malévolo del universo. Apoya el culo y se me queda mirando. Lo

intento asustar, pero nada. Dicen los otros Dioses Mortales que es un ser de otra

dimensión, que se perdió y decidió acompañarnos hasta padecer ¡No me saques

la lengua! ¡¿Quién te crees que sos?!

—¡Cállate, Poseidón! —Me grita, Locke. —Estoy intentando leer.

—Está al revés ese libro ¡Boludo!

—¿Por qué se insultan? Si somos todos amigos —dice, Bastet.

—Yo no soy amigo de este espécimen que me mira de esa manera ¿Le viste los

ojos? Va variando su iris, pasando de grave a agudo y viceversa. Es perturbador

verlo de noche. Te aparece de la nada y te queda mirando fijo. Te habla en un

idioma inentendible. Yo le respondo, pero siento que hablo con la pared. No se

corre de mi camino, entra al baño cuando voy a cagar, me saca el papel higiénico

de la mano. Nunca vi un ser de tamaña calaña. La sombra muestra sus

verdaderas dimensiones.

—¿Estás seguro de lo que decís, Poseidón? Yo lo noto muy tranquilo —me

comenta, Locke, mientras lo mira.

—Pero sí. Es muy cariñoso y no lastima a nadie —lo señala Jesucristo, mientras

habla.

119
—¿Ahora yo soy el loco?

—Y, Poseidón, un poco loco estás —Bastet hace un gesto de afirmación de sus

palabras.

—¿Alguno de ustedes vió el cartel que está sobre el marco de la puerta? ¿eh?

¿Alguien lo leyó?

—Yo no puedo leer si las letras están en su estado natural —comenta, Locke.

—Típico de contractualista. Siempre usan sus trucos para ganar —los miro a

todos y vuelvo a preguntar —¿Nadie lo leyó?

—No, Poseidón. Nadie le presta atención a esas cosas —me habla un enojado

Corominas.

—¿Quieren que se los lea?

—Si lo lees, ¿vas a dejar de molestar? —Me pregunta, Jesucristo.

—Sí.

—Léelo entonces —me responde.

—El cartel dice “El barco no debe ir contracorriente”. Éste ser que está ahí,

sentado, viéndonos, está yendo contracorriente. No debería ir en esa dirección

porque le va a ir mal.

—¿Podés dejar de molestarlo? ¿Qué te hizo? —Me dice, Jesucristo, que se me

pone cara a cara.

—Vos ni siquiera existís, Jesús. No sos un Dios, sos el hijo de. No deberías estar

acá.

—Vos sos hijo de Zeus. Creo que tenemos la misma jerarquía.

—Yo soy más antiguo que vos. Tenme más respeto.

—Vos no me tenés respeto. Me tratas como a un humano ¿Qué te hace pensar

que sos superior a mí?

120
—Tengo más batallas ganadas que vos. Lo único que hiciste fue morir

crucificado y elevarte al cielo, nada más que eso.

—¿Y eso te parece poco?

—¿Cómo voy a saberlo yo? No tengo tiempo para observar a alborotadores. Un

rebelde sin causa.

—Al menos no me olvido de mis orígenes.

—¿Vos que sabes de mis orígenes?

—No sos de mar, Poseidón. Sos de río.

—No me avergüenzo de nada. Soy del barro, de la arcilla, del Litoral. Doy vida

por donde camino.

—Pero también la querés sacar.

—¿Por qué decís eso?

—Porque querés matar al gato que te está mirando —cierra, Jesucristo.

121
XLI

Los episodios de demencia leve que iba experimentando se mantenían. Bastet

me encontró varias veces haciendo objetos con papel higiénico. Yo aducía que

eran mis lacayos del Olimpo, que obedecían órdenes mías. No recuerdo haber

visto ninguna de esas figuras, pero no quiere decir que no existan.

—Anoche tuve un sueño muy extraño —dice, Locke. Estamos sentados en la

galería, fumando.

—¿Qué soñaste? —Pregunta, Bastet.

—Que el contrato social se destruía, que este país había llegado al límite.

—La verdad, es que hace tanto tiempo que estoy acá. No sé como esta todo

afuera —le respondo.

—Ayer escuche por la radio —dice, Jesucristo, acercándose, luego de arrojar su

cigarrillo al césped inundado por la lluvia —que está todo podrido afuera.

Declararon el estado de sitio.

—¿Y eso que quiere decir? —Consulta, Bastet.

—A la mierda las garantías constitucionales, eso quiere decir —responde, Locke.

—Si te quieren matar, lo van a hacer, en otras palabras —concluye, Jesucristo.

Un silencio que caló hondo en las pestañas de los presentes. La mayoría

pasamos el último golpe de Estado con más pérdidas que ganancias.

—Estamos en la segunda mitad de nuestra vida, —comienzo diciendo, mientras

chupo humo de la pipa —no nos podemos quedar de brazos cruzados si el país

se levanta. Algo tenemos que hacer.

—¿Vos te escuchas, Poseidón? ¿Qué puede hacer un grupo de cuarentones

que se la pasa fumando y quejándose de lo inútil que se siente? —replica, Bastet.

122
—Hay que tener en claro algo. Hoy, veinte de diciembre de dos mil uno,

comienza algo nuevo. Ya no debemos estar en ruinas ¡Qué comiencen las obras!

¡Qué el pueblo vuelva a nacer! —Grito, levantando ambos brazos, mirando a la

sala principal.

Los cuatro nos quedamos expectantes por las palabras que pudieran venir del

interior del edificio. La lluvia había cesado. El sol asomaba y el calor del verano

repercutía en la piel. El olor a sucio se desprendía de los calzoncillos.

Los dueños de las llaves de las esposas no salieron. Se quedaron en sus torres

reforzadas de oportunismo. Pero, por fuera de las paredes institucionales, se

escuchan disparos y gritos.

—¿Qué carajo? Están tirando ¡Estos hijos de puta están tirando! —Les grito a

mis compañeros. —Puedo reconocer los tiros.

Los cuerpos no responden a la sinergia generada por la revuelta. No se mueven,

solo se quejan. Locke me mira esperando que haga algo, que dé el primer paso,

pero yo tampoco puedo. Mi silla tiene puesto el freno de mano.

Un enfermero se acerca al umbral que da al patio. Nos ve, ya algo desgastados,

rotos y viejos. Se echa a reír. Se burla de nosotros. No reaccionamos, nuestra

psiquis está enquistada en quedarnos quietos.

Desde una habitación se siente un fuerte estruendo. Los empleados corren,

desesperados. Hay humo y risas de victoria.

—Vamos, boludo —hago una seña para ir en la dirección del ruido. — Ayúdame,

che. Empújame —le pido a Bastet.

Nos adentramos al caos. Perfilamos la guía. Era en la habitación de Corominas.

Algo había sucedido. Los otros compañeros estaban tiesos de miedo. Vemos

123
como se cargan un cuerpo envuelto en una sábana que aún se mueve. No se ve

sangre, pero el hedor es realmente fuerte.

Le hago una seña a Jesucristo para que se asome a la pieza. Da unos pasos y

un empleado le sale al cruce. Le impide pasar. Apenas llega a avistar unas

palabras escritas en la pared.

—¿Qué decía? —Pregunto.

—Al mundo lo hacen albañiles, no los gorilas.

—Pero, si Corominas es gorila, ¿por qué escribió eso?

Un cordón protege la escena del suceso. Guillermo aparece en el lugar. Pide

calma y que cada uno vuelva a su habitación.

—¿Vas a declarar el estado de sitio vos también? —Arroja la pregunta,

Jesucristo.

Se lo queda mirando. Toma sus lentes, y se para frente a él.

—Ustedes viven en un estado de sitio permanente. El primero que intente volar,

recibe un tiro, ¿comprendido?

124
XLII

—Hola, Guille.

—Hola, William.

—Hola, Pastor.

—Hola, Belcebú.

—Hola, William The Great.

—Hola, Guillermo El Grande.

—Hola a todos los presentes. El nombre del emperador era Federico El Grande,

para que sepan.

—Ya sabemos —responde, Locke.

—¿Qué pasa, Guillermo?

—Vengo a presentarles a un nuevo integrante del Santuario. Dale, pasa —abre

la puerta e ingresa un sujeto.

Era un tipo alto, corpulento, con barba. Su aspecto era de hombre tosco, de esos

que tienen memorizado el movimiento de doblar el codo para que ingrese el

líquido del vaso.

—Les presente al Dios de los Sobrevivientes, Hemingway.

—Hola, buen día —se presenta.

—Buenos días, nueva deidad del Santuario —Locke le da la bienvenida.

—Los dejo para que se conozcan. Después vuelvo —dice, Guillermo.

—Chau, Guille.

—Chau, William.

—Adiós, Pastor.

—Chau, Belcebú.

—Bye, William The Great.

125
—Adiós, Guillermo El Grande —el último saludo.

—¿Cómo estás, Dios de los Sobrevivientes? —Le pregunta, Bastet.

—Con ganas de morir ¿Ustedes? —Responde.

—¿Por qué te querés morir? —Indaga, Jesucristo.

—Porque mi vida es miserable.

—Yo estoy en silla de ruedas. Tendría que haber muerto hace varios años y, sin

embargo, acá estoy, con mi pipa.

—¿Y eso te hace especial?

—No. Eso me convierte en un maldito. No puedo morir ¿Qué peor maldición que

esa?

—Ninguna.

—Deberías disfrutar tu vida y agradecer que seguís con nosotros —me dice,

Jesucristo.

—Vivo con vos. Eso es un gran castigo.

—Y el resto vive con vos, un Dios Mortal resentido. Oles mal, no te bañas, te

vivís quejando. Vos sos el castigo —me reprochan.

—Soy lo mejor que les paso en sus aburridas vidas de deidades —les digo, y río.

—Bastante cuestionable —dice, Locke.

—En fin, bienvenido al Santuario de los Dioses Mortales —le digo. —Calculo que

vos vas a ocupar el lugar de Corominas.

—¿Y ese quién es? —Pregunta, Hemingway.

—El último Dios asesinado en este santuario —le responde, Bastet, con la

cabeza gacha.

—¿Cómo asesinado?

126
—Por extraño que parezca, o por cuestiones obvias, eso quedará a criterio tuyo,

en este lugar, los Dioses se mueren ¡Bienvenido a tu cementerio! —Le digo.

Hemingway busca en sus bolsillos. Encuentra un cigarrillo y comienza a fumar.

Tiembla y nos mira con desconfianza.

—No te preocupes. Nosotros somos tus compañeros, no tus asesinos —le dice,

Locke. —Pero desconfía de estos —y señala a los empleados.

—Una mirada de oportunismo se desliza sobre tu mano y, cuando cierras el

puño, la destruyes —dice, Hemingway.

—Bueno, ahora tenemos un poeta —le digo.

—No, no soy poeta. Solo he leído.

—Contanos —le dice, Bastet —¿De dónde venís? ¿Cómo llegaste acá?

—Soy un prófugo, y me encontraron.

—¿Prófugo? ¿Por? ¿Qué hiciste? —Le pregunto.

—Lo más indigno, —traga saliva —me rendí ante el poder.

127
XLIII

Siempre creí que la historia era un invento de la memoria y que las palabras

rellenaban el espacio ocioso entre mate y mate. Mi padre contaba buenas

historias. Era atrapantes y desafiantes para el intelecto. Nunca supe si las había

escuchado o de dónde salían.

La silla de ruedas estaba ubicada perfectamente en una esquina. Me permitía

ver el adentro y apreciar la lluvia y el fresco. La pipa emanaba su calor hacia el

rostro.

Hemingway se me va acercando de a poco. Sus intenciones de hablar

denostaban su palabra.

—Poseidón, ¿puedo preguntarte algo?

—Hemingway —lo saludo con la vista puesta en las gotas que golpean el pasto

e inundan el patio. —Decime, ¿qué necesitas?

—¿Qué le pasó a tu viejo?

—Soñó en cuerpo y alma. Ahí estuvo su problema —chupo la pipa. —Ahora, no

hay cuerpo, ni alma, ni recuerdo.

—¿No recordás nada? —Se enciende un cigarrillo.

—En este momento, se me viene a la memoria una historia que llegué a leer en

unos cuadernos que él guardaba. Ahí solía escribir, cuando podía.

—¿Qué decía esa historia?

—En realidad era un sueño. Entre los papeles de mi viejo había muchas cosas.

Yo, en lo que leí, se le aparece una mujer a un hombre en la barranca del Indio.

Estaba en el río, no aclara si esta pidiendo ayuda o no. Solamente dice que el

hombre se vió atraído por la mujer y se tiró al río para salvarla.

—¿Y escribió el final?

128
—La última frase que tenía escrita decía “El río, rudo y salvaje, se apodera de

los cuerpos, sin importar la cantidad de veces que lo intento, me veo yéndome

con la corriente y desapareciendo”.

—¿Eso le pasó? —Insiste, Hemingway —¿Se lo llevaron?

—Desapareció. O, como dijo Videla, —me acomodo en la silla y gesticulo con

las manos —“no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido”.

La incomodidad de las los dedos frotándose frente a lo que es absurdo decir. No

buscar palabras es encontrar respuestas distintas, al menos a simple vista.

Hemingway se enciende otro cigarrillo. Expulsa el humo y dice:

—Vos sabes... yo tengo más de cincuenta. Viví muy de cerca todo lo que pasó

en los setenta. Era mecánico. Tenía el taller para aquel lado, —señala el norte

—en Las Flores uno. Estaba un día renegando con el motor de un Chevy, cuando

me caen los milicos. Eran dos móviles, con tres soldados en cada uno. Andaban

buscando a un montonero. Decían que se escondía por la zona, según la

información que manejaban —fuma, y mueve las manos.

—¿Se presentaron o estaban uniformados con los FAL encima? —Le pregunto.

—Uniformados. Había uno que tenía una Colt 45. Era el único, así que deduzco

que era el que estaba a cargo.

—Seguro.

—Bueno, te sigo contando —arroja el cigarro, y busca otro mientras continúa

hablando. —Cuestión es que le digo que no, que no conocía ni había visto nada

sospechoso. Me avisan que van a revisar el taller. La seña fue que el que estaba

a cargo se sentó y se prendió un pucho, mientras el resto buscaba y destruía.

Me sacaron una botella de whisky escocés que guardaba para ocasiones

especiales. En un momento, me pregunta el Sargento si yo era peronista.

129
—Se te frunció el culo en ese momento —le digo, riéndome y encendiendo la

pipa.

—Le respondo que no, que mi padre lo era, pero había fallecido el año anterior.

El tipo me escucha. Después, me mira y me dice “yo sé quién sos vos, Ernesto,

¿te pensás que soy pelotudo? ¡Vos sos rojo!”. Me quedé helado. Yo soy radical,

como mi vieja. Este tipo me acuso de comunista.

—¿Y cómo terminó todo?

—Me llevaron. Estuve detenido seis meses, por suerte.

—Bueno, pero no entregaste a nadie al final.

—Lo que te quería decir con toda esta historia es que sé quién sos, Poseidón.

Vos sos el hijo de Víctor. Así se llamaba tu viejo, ¿no?

Me quedo petrificado. La boca abierta, la pipa sosteniéndose por la gravedad a

favor. Los latidos como olla a presión. Lo único que hice fue gritar de dolor.

130
XLIV

Estoy con la silla bajo una intensa lluvia. Estoy solo y espero ¿Qué espero? No

lo sé. Simplemente es una tarea desalentadora, tener esperanza ¿De qué? De

poder correr, ver, sentir, conseguir. El misterio genera angustia, la ausencia es

desgarradora. Las fotos incompletas antes de tiempo y el deseo de un mejor

tiempo.

—¡Poseidón! ¡Poseidón! —Me grita, Bastet —¡Salí de ahí que te vas a enfermar!

—¡¿Sos joda?! Para los dueños estamos enfermos, si no, ¿por qué otros motivos

nos tendrían encerrados? ¡Somos peligrosos! Nos controlan, nos dan

medicamentos a mansalva, nos toman la temperatura y la presión ¡Estamos

yendo al matadero! ¿No te diste cuenta aún?

Locke lo mira a Hemingway, Bastet habla Jesucristo. Guillermo me observa,

mientras toma un café. No tiene intención de intervenir, me deja bajo la lluvia y

la angustia.

—Está bien que es Poseidón, el Dios de los Mares y de los Ríos, de las tormentas

e inundaciones, pero se va a enfermar —dice, Jesucristo.

—¿Y qué querés que hagamos? Si lo intentamos sacar, me va a romper la pipa

en la cabeza —responde, Hemingway.

—No sé, pero algo hay que hacer —dice, Locke. —Vení, acompáñame —le pide

a Bastet.

Ambos se dirigen a mí. Se paran de un lado y del otro. Me ven. Yo volteo la

cabeza para ambos lados. Estoy furioso.

—Solamente les voy a decir que, si intentan mover mi silla, sufrirán terribles

consecuencias, y no escatimo en gastos para la venganza —les digo.

131
Locke se quedó parado a mi derecha y Bastet a la izquierda. Ambos me miran.

Hay dudas sobre cómo actuar. Deciden volver a la galería. Piden un cigarrillo

cada uno. Fuman, piensan, entreveran ideas.

—Está convencido de no moverse —dice, Locke.

—Debemos convocar a la Junta del Santuario de los Dioses Mortales —dice,

Jesucristo. —Hay que evaluar si situación, tomar una decisión, elegir por nuestro

compañero.

—Poco democrático lo tuyo —le dice, Locke.

—Para la próxima, te traigo el contrato escrito, ¿sabes? ¡Pelotudo! —Grita,

Jesucristo.

La silla se iba hundiendo en la escueta franja de lodo que tiene el patio. Diluvia

y sigo esperando una respuesta. Hemingway llegó a ver a mi viejo. Sabe que le

pasó, pero no tienen intención de dejarme denunciar a los milicos implicados.

Por eso, sigue lloviendo, sigo en la espera y es terriblemente apabullante saber

cómo torturaron a tu padre. Impotencia y dolor. Se resume a eso.

—¡Estos hijos de puta hicieron mierda el movimiento obrero! —Grito, levantando

las manos al cielo. —Lo tendrían que haber visto. Fue espectacular como lo

hicieron volar por los aires, estrellándolo contra el mar ¡Esos desgraciados! ¡Esos

forros! —intento girar la silla y quedo a mitad de camino, cayéndome al pasto

inundado —Lo deberían haber visto, ¡fue espectacular! ¡Jajajaja!

Jesucristo y Hemingway corrieron en mi auxilio. Entre los dos me llevaron hasta

la galería. Bastet buscó la silla.

—Yo no puedo creer que seas un ser mitológico —me dice, Jesucristo.

—¿Por qué? ¿Qué te cuesta creer? —Digo, mientras me acomodo en la silla,

extendiendo mi mano en busca de un cigarrillo.

132
—Tu vida es de ficción, no mitológica.

—¿Y?

—Es la única manera de destruir el mito, volviéndose uno mortal.

—¿O sea que dejaría de ser eterno?

—Exactamente.

Sonrío. Lo absurdo del lirismo en que la eternidad es maravillosa, pierde frente

a la elección de quitarse la vida, lo único real que expresa la libertad. Sin

condicionantes, solamente, matarse.

—Y si yo te dijera que no quiero ser inmortal, que no quiero ser mitológico, que

no quiero estar en el Olimpo, que lo único que quiero es morirme, vos, ¿me

dejarías? —Le pregunto a Jesucristo.

—Nunca —sus ojos brillaban de congoja.

—¿Por qué? Es mi única oportunidad de experimentar la libertad real.

—Porque te irías al infierno —responde, sujetándome fuerte la mano.

133
XLV

Los instantes terminan decidiendo las oportunidades y los malos tragos, esos tan

asquerosos que no alcanza nada dulce para sacarse la sensación de lo agrio.

Espesa la saliva, no poder escupir, mirar absolutamente un punto fijo, sin poder

hacer nada, los músculos sin reacción, la respuesta no existe, no hay.

Locke nos confirmó su enfermedad. La tiene avanzada, al punto de no poder

curarse.

—Algo tenés que hacer —le dice, Jesucristo. —No te podés quedar a esperar tu

muerte acá dentro. Te tenés que curar.

—¿Cómo? —Dice, Locke. —Explícame el cómo, y yo lo hago.

—No tengo idea, pero hay mucha gente que se curo de cáncer. Que se yo, se

operaron.

—Por más de que me operen, el tumor está alojado en una zona peligrosa. No

lo pueden remover. La única manera sería extraerme el cerebro y ver de sacarlo

con mi cerebro fuera, pero eso aún no existe en el mundo de la medicina. Me

voy a tener que conformar con ver sus horribles caras —Locke se hecha a reír,

transformando la risa al llanto, prontamente.

El Dios se volvió hombre nuevamente, y siendo hombre, se está rindiendo. No

avizora un horizonte más que un día no despertar más.

Nos dio la noticia un día soleado. El pasto era reconfortante para los pies.

Fumábamos en silencio. Quizás era una manera de abrazarnos en el luto, o

anticiparnos al mismo, porque Locke está vivo, aún respira con nosotros.

—Nunca les conté sobre mi vida —dice, Locke. —En todos estos años, nunca

supieron nada de mí.

—Es verdad —le digo —¿Qué te gustaría contarnos?

134
—Yo tengo una pregunta —habla, Bastet —Sos el más viejo de nosotros, y

nunca nos contaste si tenés familia afuera.

—No preguntaste nada, boludo —le dice, Hemingway. Nos reímos todos.

—Si. Va, tenía familia, en realidad. Me separé de mi mujer hace muchos años.

Tuvimos dos hijos durante el matrimonio. Dos varones. Uno sé que se recibió de

médico y el otro está cerca de terminar los estudios para recibirse de abogado.

La voz se le va a Locke. Se está quedando sin resto. El médico le dio dos años

de vida. Con suerte, se pueden extender a tres o ser mucho menos.

El tiempo no es generoso con el encierro. Se diluye o se estanca. No hay término

medio. Se escurre por las hendijas de la piel, que va marcando el tic tac, tic tac.

Los pliegues de los pómulos como un recuerdo de los fuertes vientos que se

sufrieron en los embates del recorrido por aquí. Ya asumimos que es difícil salir,

porque cada vez quedamos menos. Se da reduciendo el círculo y Guillermo

parece la verdadera deidad, decidiendo quién vive y quien no.

—Quiero correr —digo en voz alta.

—¿Sos joda? —Me dice, Bastet. —Estás más cerca de que yo te limpie el culo

que vos de correr.

—¿Vos qué sabes? Si quiero correr, voy a correr.

—Poseidón, no jodas. Tengo que empujarte todas las mañanas para ir a

desayunar porque te levantas sin fuerza en los brazos.

—¿Y eso que tiene que ver con correr?

—¡Qué estás en silla de ruedas, amigo!

Tiro el tabaco de la pipa y coloco nuevo. Prendo un fósforo y chupo. Escupo

humo. Lo miro a Locke, y le digo.

135
—Amigo Locke, tenés que salir de este lugar de mierda. Tenés que ir a

despedirte de tus hijos.

El silencio nos volvió a envolver. Nadie se había fugado. La única manera de

salir de ahí era envuelto en una bolsa, o dentro de un ataúd directamente.

La demencia de la idea bajaba, se procesaba. Las miradas comprendían el

mensaje. Era tiempo. Es hora. Es ahora.

—Acepto —dice, Locke. —Quiero salir. Es mi última voluntad.

—El resto, ¿nos ayuda? —les digo.

El sí fue total. El tiempo de encierro de Locke debía terminar antes de morir.

Nuestro objetivo era ese, lograr el abrazo con sus hijos.

—No hay que apurarse, Poseidón —habla, Jesucristo. —Debemos ser muy

cautelosos, porque Guillermo no es ningún boludo.

—Lo sé, querido amigo. Tendremos cuidado, para que luego, ellos, se tengan

que cuidar de nosotros.

136
XLVI

—Bien ¿Repasamos el plan? —Les digo.

—Sí —dice, Hemingway. —Vos te pones en la puerta y le bloqueas el paso a los

que intenten ingresar, mientras nosotros rompemos las ventanas, así le damos

tiempo a Locke para que trepe el muro y pueda salir.

—¿Todos de acuerdo?

—Sí —se escucha al unísono.

—Gracias por hacer esto muchachos. La verdad, estoy muy agradecido —nos

dice, Locke. —Sé que me queda poco tiempo y, realmente, me gustaría pasarlo

con mis hijos.

La ejecución de todo lo planificado tenía que ser a una hora específica, las ocho

de la noche. La convicción del grupo se había unido por primera vez. El objetivo

era uno: liberar a Locke del Santuario. Se estaba muriendo y quería ver a sus

hijos antes de partir del mundo de los mortales.

—¡Poseidón! ¡Poseidón! —Me llama, Bastet.

—¿Qué pasa?

—Es una acción muy noble la que estás realizando por Locke. Le ideaste un plan

para ver a sus hijos.

—¿En serio me llamaste para decirme esa boludes?

—Bueno, anda a cagar. Te quería decir que fue un hermoso gesto.

—Gracias, amigo ¿Viste que cambiaron el cartel del marco de nuevo?

—¿Qué dice ahora?

—“La libertad es una innecesaria ilusión”

—¿Será un mensaje para nosotros?

—Nosotros somos Dioses Mortales, Bastet. No somos gente común.

137
—¿Vos realmente crees que somos Dioses Mortales? ¿Los Dioses no son

inmortales?

—Pero no somos esa clase de Dioses. Somos de otra especie.

—Que especie rara somos, los Dioses del Santuario —me dice, Bastet, para

luego cerrar con estas palabras. —Dale, vamos con el resto y arranquemos que

nos vamos a pasar de hora.

Dicen que los planes no siempre dan el resultado esperado. Repasamos el plan

cientos de veces. Fueron meses de pulir detalles. El objetivo era claro: Locke

tiene que salir del Santuario. Los hijos deben verlo antes de que parta hacia otra

vida menos material.

—Bien ¿Estamos listos? —Le pregunto a Bastet.

—Falta Locke —dice, Hemingway.

—¿Adónde carajo está? —Me quejo.

—Vamos a buscarlo. No debe haber ido lejos —nos dice, Hemingway,

levantándose del asiento.

—Busquémoslo y volvamos acá, ¿les parece? —Propongo.

Todos confirman la propuesta. Nos ponemos en búsqueda del Dios

Contractualista, Locke.

Voy al patio, entro al baño de la sala, me detengo a fumar de mi pipa, mientras

la lluvia volvía a teñir el pasto de barro.

Vuelvo a la habitación. Estábamos casi todos, menos Jesucristo, que llegó último

y dijo:

—No vamos a llevar adelante ningún plan, muchachos.

—¿Qué pasó? —Pregunto.

—Locke está boca arriba en su cama, sin respirar.

138
—¿Le dio un ataque? —Vuelvo a indagar. —Pero, ¿en qué momento? Si

solamente fue hasta el baño, mientras estábamos hablando ¡Qué mierda le pasó

a mi amigo! —Grito, desesperadamente al resto del grupo.

—No lo sé, Poseidón. Estaba muerto. Ya le avisé a Guillermo.

Jesucristo se sienta en la cama, sube sus manos al rostro, tapándoselo y

comienza a llorar desconsoladamente.

Todos queríamos mucho a Locke. Era el más longevo del grupo y nuestro faro

de sabiduría. Ahora, esa referencia se extinguió.

—Dioses restantes. Con Locke muerto, se acabó el Contractualismo. Ya no hay

ley, ya no hay perdón.

—¿Qué decís de hacer, Poseidón? —Me pregunta, Bastet.

—Cobrarnos venganza —los miro a todos, para cerrar el discurso. —Guillermo

Silvestres va a morir y nosotros vamos a salir de acá.

139
XLVII

La ventana tiene el mismo polvo que hace diez años. La depresión de ese marco

vidriado es similar a la que posee mi cuerpo. El Santuario se fue vaciando de

caras conocidas. Quedamos solamente cuatro Dioses en toda la institución:

Jesucristo, Hemingway, Bastet y yo. Nosotros y lo empleados, junto al jefe

supremo, Guillermo.

La venganza se fue volviendo cada vez más tibia. Los miedos salen a flote al

momento de ver apagarse los ojos de alguien. Guillermo sigue vivo y no hay

oposición posible, ni real, para disputar el trono de Dios. El martillo baja y la daga

se introduce en el pecho, abriéndose paso hasta atravesar el corazón.

—Lo sueño todos los días —le comento a Bastet. —Es algo que mi cuerpo

manifiesta, desea, anhela.

—No va a suceder, amigo. Hacete la idea de que es imposible.

Remuevo el tabaco y coloco nuevo. Prendo fósforo, chupo pipa, inhalo humo,

exhalo los restos de la sociedad. Bastet enciende un cigarro. La cotidiana lluvia

nos acompaña en los momentos de galería. Nos pone melancólicos no escuchar

llover ni ver el patio inundado.

—Cada vez me cuesta más soportar todo esto —digo. —Son muchos años acá

dentro. Se me escurren de las canas las anécdotas y las voces. Van

desapareciendo ¿No te pasa lo mismo?

—Sí. Ya ni siquiera recuerdo mi habitación.

—Eso sí. Va, en realidad, recuerdo la pieza que tenía en la casa de mis abuelos.

La otra, la primera, no hay rastro en mi memoria.

—¿Te acordás cómo era?

140
—Mis abuelos vivían en un departamento que era enorme. En el living tenían

una hermosa ventana que cubría la esquina. Era una ochava, entonces,

imagínate el ventanal ese. Era hermoso.

—Pero, ¿yo no llegué a conocer ese departamento? —Me dice, Bastet, con

bastante seguridad.

—Es verdad. Vos ya me conocías cuando lo habité el último tiempo, —pausa de

resignación —antes de terminar acá, en esta mierda de lugar.

—Era un hermoso departamento ¿Tenés idea qué fue de ese piso?

—Espero que esté abandonado, y yo poder habitarlo, algún día.

Las nostalgias se disfrazan de falsas esperanzas de un pasado derruido en la

piel y el polvo acumulado en los muebles en desuso. Lo retrospectivo puede

tomar distintos tintes, pero el presente es su resultado y conclusión. El futuro es

el imaginario de la transformación, de la redención.

¿Cómo desfigurar la representación que acarrea el paso del tiempo? Locke no

pudo, y todos les fallamos, siendo la peor sensación ésta, la redención imposible.

Luchar contra el mayor enemigo, el Dios Supremo, Guillermo Silvestres, una

utopía de los cobardes.

—Vos sabes, Bastet, que la cobardía es el más viles de los actos humanos.

—O el más valiente. Depende de que lado lo veas, Poseidón.

—Tenemos que hacer algo. Por la memoria de Locke.

—Su memoria se fue con él. Lo que nos quedó es una pequeña mirada nuestra

de lo vivido aquí dentro, donde lo conocimos.

—Bastet, es hora de irnos de acá. Yo quiero vivir mis últimos suspiros fuera de

este horrible recipiente.

—Yo también, amigo, pero la realidad me indica otra cosa.

141
—¡¿Qué mierda te indica?! ¡Qué! —Le grito, golpeando las manos en el apoya

brazos de la silla.

—Qué de acá no salimos vivos. Que vamos a ser los últimos en esta institución

¡Mira a tu alrededor! ¡Cuatro somos! ¡Cuatro! —Mostrándome los dedos. —Ya

no hay nadie más ¿No te dice nada eso?

—Perdí todo en la vida. No me queda nada, más que ustedes tres. Quiero vernos

a los cuatro fuera de aquí, tomando una cerveza, cagándonos de risa.

—La aceptación de la realidad no está en tus planes. Por algo nadie quiso

asesinar a Guillermo. La muerte de Locke fue lo necesario para ver lo que nos

depara a todos.

—¿Ese es tu futuro?

—No, es mi declaración.

Bastet arroja el cigarrillo al patio inundado y se ve para adentro. Veo la colilla

como flota. No hay más fuego en los espíritus de laboratorio.

142
XLVIII

No hay revolución posible si la pasividad de la totalidad de la sociedad es

reticente en su respuesta de incinerar toda la superestructura y recomenzar.

No tengo las habilidades ni la fuerza como para emprender una cruzada

anarquista individualista, aunque tenga poco de religioso, me sobra lo mítico.

Siendo Dios, o sintiéndome uno, al menos, conservo la fantasía, o el delirio, de

que se hará justicia divina, porque mi mano extirpará el corazón de Guillermo y

lo levantará, como un símbolo de la victoria de la barbarie por sobre la civilización

occidental.

La absurda locución que se escuchan en las paredes. Es recurrente el episodio

de despertarme en la madrugada porque las voces me aprietan la cabeza.

Quieren que me levante, que camine, que ilumine.

Ya son las cuatro de la tarde. No sé qué día es, pero el frío no abraza a los

desfavorecidos. Armo mi pipa y marcho al patio. Sentados, bajo un rayito de sol,

ahí estaban, los restos del Santuario de los Dioses Mortales, tres tipos que lo

único que hacen es esperar la muerte. Que aburridos.

—Es depende de la perspectiva —dice, Hemingway. —Si yo veo un cuadro de

Bacon quedo maravillado, pero, si veo algo de Duchamp, me descompongo. Me

parece una aberración decir que eso es vanguardia.

—¿Y vos que sabes de arte? —Le responde, Jesucristo. —Dijiste que eras

mecánico.

—Eso es puro prejuicio, amigo ¿Qué me impide saber de arte y mecánica?

—Lo mismo que a todos, la ignorancia —dice, Bastet. —Eso siempre nos impide

un saber.

143
—Equivocado, mi querido amigo —le respondo —No sabemos algo porque lo

desconocemos o, simplemente, decidimos ignorarlo.

Los tres me ven llegar, echando humo. Ellos con sus cigarrillos. Sus miradas se

posan en mis palabras. Después de una charla con Bastet, ya no les hablaba

más. Su desconcierto viene por ese lado.

—¿Decidiste venir con nosotros a compartir? —Me pregunta, Bastet.

—La soledad ha hecho que escuche a los que partieron. Sus voces salen de las

paredes y no me dejan dormir.

—¿Te dijeron que buscarás la paz y no la guerra? —Me dice, Jesucristo.

—No, boludo. Me están torturando. Pareciera como si sus almas quedaron aquí

dentro.

—Es posible que así sea —comienza a decir, Hemingway, mientras se pone de

pie para arrojar el cigarrillo. —Los espíritus quedan varados en lugares por

distintos motivos. Si te dicen algo en concreto, es eso lo que necesitas

resolverles para que se vayan.

—Básicamente, me piden venganza. Que tire abajo todas las paredes del

Santuario. Ya no quieren piedad, sólo destrucción.

—Me cuesta mucho creerte, Poseidón —comenta, Bastet.

—¡Vos dormís conmigo! ¿No me escuchaste estas noches?

—No, la verdad que no. Solamente roncas, y no me dejas dormir.

Me quedo sin palabras que me acusan de mentiroso, de soltar calumnias para

beneficio mío.

—Están tan desesperados que lo ocultan hablando de las vanguardias del arte.

Son lo más patético que hay ¿Por qué no se enfrentan a la realidad? Yo,

Poseidón, me hago cargo de mis hechos y palabras, pero no huyo ni esquivo lo

144
que estamos viviendo. Guillermo nos sometió, la dictadura nos persiguió. Yo,

Poseidón, ya no voy a huir. Elijo la salida del suicidio antes que vegetar. Elijo

saltar antes que el estancamiento. Elijo pelear antes que languidecer frente a los

autoritarios. Ustedes eligen ser cadáveres para evitar la vergüenza de la derrota.

—¿Terminaste? —Bastet, enciende un cigarrillo, después de hablarme.

—Depende.

—¿De qué?

—De sí se van a levantar y luchar conmigo, a mi lado.

—¿Si decimos que no? —Jesucristo, mordiéndose las uñas. Algunas le quedan

en la barba.

—Se convertirían en mis enemigos.

—¿Y tendrías que matarnos? —La timidez de un desconocido Hemingway

aparece.

—No es necesario. Ustedes se pararán a mi lado. Mi duda es, ¿cuándo?

145
XLIX

La distancia de un punto al otro es el equivalente a la voluntad de mis brazos

para empujar mi cuerpo postrado en una silla que necesita un cambio de llantas.

Se arrastra la tenacidad por preservar la cordura, repitencia de secuencia en la

diurna, en la nocturna, mientras pasan una carrera de caballos que giran en una

pista con forma de óvalo deseosos de llegar a la meta, como los humanos. La

diferencia es que el animal sabe dónde está, que existe y que puede llegar. La

persona solamente avizora la muerte como meta final e inamovible. No importa

lo que hagas en el medio, se llega obligadamente a la llegada.

—¿Yo tengo la culpa? —Le hablo a un pájaro que se refugiaba de la lluvia. —Es

culpa de las partículas y de los sindicatos, sobre todo.

Esos tugurios de viejos miserables y burgueses. Se vendieron al mejor postor,

demostrando que la política se rige por interés y no por ideas o valores. Los

pisotean frente a la oferta irresistible de mantenerse de pie en una estructura

anticuada, que necesita caer para volver a nacer.

—Debería haber elecciones anuales, sin posibilidad de repetir cargo. Eso sería

un sindicato democrático, ¿no te parece, pajarito? —Le sigo hablando, como si

sirviera de algo. El ave levanta vuelo, huyendo de mis palabras.

—¡Poseidón! —Me llama, Hemingway. —Vení, vamos a tomar unos mates.

—¿No quieren venir ustedes? Estoy fumando.

Los restantes Dioses Mortales se hacen presente en la galería. Mate y tabaco

por igual medida.

—¿Escucharon el nuevo rumor que hay? —Dice, Jesucristo.

—¿Cuál? —Pregunto.

146
—Pareciera que va a ingresar una nueva persona al Santuario. Guillermo recibió

la habilitación de la municipalidad y de la provincia. Aparentemente, es alguien

de mucho dinero que se mandó flor de cagada.

—¿Qué te enteraste? —Pregunta, Bastet, pasando el mate.

—Que mató a la mujer y a la hija.

—¿Y nos lo quieren traer a nosotros a ese hijo de puta? —Dice, Hemingway,

devolviendo el mate. —Que seguro me voy a sentir ahora conviviendo con un

asesino.

—Es un cobarde, dalo por hecho —dice, Jesucristo. —Según me contó Gustavo,

el enfermero, pagó un fangote de plata al juez para que lo manden para acá a

cumplir sentencia. Creo que le dieron la mínima, o algo así. No soy abogado. Me

dijeron que tiene ocho años adentro.

—Espero ya haber muerto cuando cumpla la condena —suelto dentro del grupo.

—¿Ya se sabe cuándo ingresa? —Bastet larga su inquietud mayor. —Porque va

a ser un problema este tipo.

—Hades, Dios del Inframundo, viene hoy. Espero que no venga con Cerbero.

—Cerbero es el juez, que protege a este hijo de puta —un enojado Hemingway

suelta palabras y quejas constantes por el nuevo ingreso.

—Yo pensé que no iba a ingresar nadie más acá. Este lugar es un desastre. Ni

nosotros deberíamos estar acá —les digo al resto.

—No empieces de nuevo con matar a Guillermo y salir. Nadie quiere asesinar a

nadie y ya estamos condenados, desganados. Solamente, esperamos —me

dice, Bastet, contestando, de manera concreta, mi petición encubierta. Aún no

largo la posibilidad revolucionaria de escapar de las garras de los dueños de los

laboratorios.

147
Nos resulta inaudito que un asesino se mezcle con nosotros. El Dios que viene

traerá pestes, malaria, lo peor de los males, la muerte como tal hecha persona.

Es inadmisible que no protestemos.

—Propongo lo siguiente —les comento. —A nadie le simpatiza la idea de que

Hades esté con nosotros. Entonces, ya que no quieren que sea de forma

violenta, hablemos con Guillermo, manifestándole nuestra inquietud. Creo que

va a poder reubicarlo.

—A ver, amigo, necesito que entiendas esto que voy a decirte —comienza

diciendo, Jesucristo. —Hades va a ingresar porque pagó su estadía, sin poder

evitar el encierro. Prefiere hacerlo acá. Guillermo es empresario y sabe de esto.

Por lo tanto, dos más dos es cuatro. Aceptó la oferta. No hay vuelta atrás.

—¿Hasta cuándo vamos a continuar así? —Miró a todos a la cara. Cabezas

gachas recibo de respuesta. —Su subordinación al orden imperante me da

náuseas. Que pasen linda tarde.

148
L

—¿Sabes cuál es el problema de estos tiempos convulsionados? La carencia de

convicción. Antes, las cosas se hacían de otra manera. No había queja, solo era

agachar la cabeza y seguir. Mira adonde se llega de una manera, comparado

con la otra—dice, Hades. Comentarios de ese calibre ha soltado a lo largo de

casi un año completo, al menos uno, todos los días.

Nadie registra lo que dice. Lo bueno es que su ingreso nos ha dado la unión

necesaria de los cuatro Dioses reales de este Santuario. Guillermo se convirtió

en presencia corriente, siendo el trato cada vez peor para con el resto.

—¿Ya llegó el Sultán? —La ironía de Hemingway.

—Ya está meta charla con el diablo —le respondo.

Después de ver la escena cotidiana, nos dirigimos a la galería a fumar. Bastet y

Jesucristo estaban charlando sobre el fin de las revoluciones. Encendimos los

tabacos para dar rienda suelta a las palabras.

—No va a existir ninguna revolución más —dice, Jesucristo. —Te lo firmó ya,

acá, en este momento. Las revoluciones murieron. Nadie quiere pagar más

sangre intentando derrotar a la plutocracia. Fingen que la democracia de ahora

es lo mejor que hay.

—Ya lo dijo Charly, —le contesto —estamos en democracia, ¿qué más quieren?

—No estar en un depósito eterno —concluye, Hemingway, arrojando la colilla de

su cigarro. —Eso quiero ¿Es mucho pedir?

—El problema, Cristo, es que hay miedo. Los tecnócratas de la iluminación han

diezmado la posibilidad de cambio real —dice, Bastet.

—¡Son todos reformista! ¡Pedazos de cagones! —Enojado, grita, Jesucristo.

—Hay que entender los contextos —Bastet busca aplacar el enojo general.

149
—¿En qué sentido? —Hemingway se enciende otro cigarro. Yo le hago una seña

para que me pase los fósforos.

—Perdimos mucho hace más de treinta años. Todos somos lo suficientemente

grandes como para saber qué paso hace más de tres décadas.

—Yo quiero justicia, amigo —le digo a Bastet. —Vos sabes muy bien que perdí.

Encima, —cabeceo hacia Hemingway —algunos no me pudieron salvar al viejo.

—Al menos te dije dónde estuvo —se ataja el Dios de los Sobrevivientes,

mientras larga el humo. —Ya sabes que lo mataron.

—Pero no sé dónde está su cuerpo.

—¿Y para qué lo querés?

—Para darle un entierro digno y saber dónde dejar flores. Es lo mínimo que se

merece. Dio su vida por este país que decidió matarlo.

—No fue el único. Mi mejor amigo se murió durante la sesión de torturas. Él

estaba con Víctor —Hemingway se quiebra, las lágrimas caen. —No le pudieron

sacar información, pero sí su vida. Eso me contó tu viejo. En esa semana que

estuve, me enteré que mi mejor amigo había muerto en una tabla, desnudo, con

las bolas quemadas de tanta electricidad. Su corazón fue entregado a la causa

revolucionaria ¿Alguien los recuerda? ¿Alguien va a terminar la tarea que

iniciaron? No lo creo, no se va a hacer. La revolución será imposible ante los

ojos pubertos, pero será real frente a los utópicos valientes, como Víctor, como

Jeremías —se levantó de la silla, arrojó el cigarro, marchó a la habitación.

No hay palabras para expresar la pérdida, porque es una palabra que no se

recupera. Está muerta, inerte, pétrea.

150
—Al final, cada vez estamos más viejos, más sensibles, más quejosos.

Insoportables debemos ser —comenta, Bastet. Echamos a reír a carcajadas,

llegando al punto de toser.

—Ya que te sentís tan revolucionario, Cristo, Rey de los Judíos, Dios de los

Paganos, ¿por qué no hacemos una revolución acá? —Le digo.

—Porque es muy complicado. Somos muy poquitos.

—La Resistencia siempre es pequeña, pero eso es lo maravilloso, ser el sostén

de una alternativa al poder real.

—Poseidón, somos cuatro nomas, y vos estás en silla de ruedas, ¿qué querés

hacer? ¿Una revolución acá? Es más fácil que vos camines.

—Si yo logro pararme, ¿vos me prometes que me vas a ayudar a poner todo

este lugar patas para arriba?

—Te lo prometo —con una mano levantada y la otra en el pecho.

Apoyo las dos manos en la silla. Comienzo a hacer fuerza para pararme. Levanto

la vista y lo veo a Bastet. Sus ojos se ponen blancos. Se cae al piso.

151
LI

Hay una canción de The Velvet Underground que se llama, Oh! Sweet Nuthin’.

Me gusta desde la primera vez que la escuche. Antes de caer en desgracia, pude

conseguir el disco, Loaded. La dulce nada como una escapatoria a las

turbulencias. Esa melodía que me atraviesa, haciéndome sentir que mis piernas

no caminan, levitan. La necesitaba escuchar, pero no podía conseguirla por

ningún lado.

Salí al patio. El día lluvioso me empapaba los pies. El viento me complicaba el

fumar. Los fósforos no prenden con tanta ventolera, pero el fuego necesita

oxígeno como nuestros cuerpos. Logro prenderlo e intento recordar la melodía

de la canción. Cierro los ojos y me aíslo.

Oh, sweet nothin' / She ain't got nothin' at all. Me tocan el hombro, rompiendo la

voz de Lou Reed, resquebrajando lo plausible del milagro, que es la perfección.

Levanto la vista. Era Hemingway.

—¿Cómo estás, Poseidón?

—Estaba en un limbo artístico, hasta que lo interrumpiste.

—Perdón. Quería ver cómo estabas. Sé que sufriste muchas pérdidas en tu vida,

pero la última te debe haber dolido —se enciende un cigarrillo y se queda parado

a mi lado. El silencio nos abrazó un momento.

—Sabes, —digo, irrumpiendo la quietud vocal —todavía tengo su carta. No la

abrí. Duermo con ella todas las noches.

—¿Dónde la guardas?

—Debajo de la almohada. Me sirve como una especie de refugio de sueños, o

para espantar a los dictadores.

El humo nos envuelve, mientras la lluvia nos humedece las nostalgias.

152
—Se fue parte de mi historia con él. Lo repentino de la velocidad hace que el

dolor se propague cubriendo todas mis extremidades —levanto mi mano

izquierda, con un visible temblor, incluyendo el dedo meñique.

—Necesitas atravesar el dolor, amigo.

—Necesito morirme. Eso sería un alivio. Detesto ser el que siempre se queda

acá, en este plano, mientras el resto se va —comienzo a llorar. Hemingway me

observa, colocando su mano en mi hombro. Me saca la pipa. Mis manos me

cubren la cara. Sigo sintiendo vergüenza por llorar.

—Es verdad que los únicos que logran evadir todo son los muertos, porque se

les terminan los problemas, pero hay muchos motivos para estar vivo —dice,

Jesucristo, acercándose hacia nosotros.

Nadie necesita sermones ni consejos en el momento de quiebre. Esa situación

de arrastrarse por la acera, pidiendo refugio, recitando plegarias de salvación, el

purgatorio hecho uña resquebrajada.

La justicia divina no existe, lo que la desean se mueren sin verla. El castigo del

poderoso es el milagro del desclasado. El problema es la espera. El mate como

compañía de una espera que no sirve. El choque podría provocar una explosión,

pero sin impacto, no hay incendio ni una insurrección.

—Estoy cansado, la verdad... —les digo, sacándome los mocos de la cara —es

inútil intentar comprenderme o animarme. No quiero que lo hagan, por favor.

Solamente necesito escuchar la voz de Lou en mi cabeza.

—¿La voz de quién? —Interroga, Jesucristo.

—De un cantante. No importa. Estaba consiguiendo regenerar toda la canción

en mi cabeza, hasta que vinieron a traerme los restos de un pasado reciente que

me quitó más años de vida que esta silla —golpeo la silla de ruedas —de mierda.

153
Hemingway y Jesucristo se miran. Comprenden el desconsuelo. A pesar de eso,

no se alejan.

—¿Viste lo que hizo Hades el otro día? —Comienza diciendo, Hemingway.

—No, ¿qué hizo? —Pregunta, Jesucristo, siguiéndole la corriente.

—Dijo que el trabajador del nuevo milenio es un esclavo que tienen bien

adiestrado y controlado. Que, por eso, el capitalismo supo domar a sus némesis,

generando el deseo de una vida llena de lujos. En otras palabras, de que desees

tener un jacuzzi, a pesar de que no tengas agua potable.

—Ese Hades está forrado en guita. Obvio que no le importa el trabajador.

Mientras ocurría la charla, yo saqué el tabaco, coloqué nuevo y prendí un fósforo.

—Saben, —interrumpo la charla —Hades se cree todo poderoso e inmortal.

Nadie está a salvo acá. Ni él ni Guillermo. Esos de moral alta van a ensuciar sus

pantalones cuando comience el verdadero quilombo acá —y me voy adentro.

154
LII

“A pesar de todos estos años, nunca te llegue a conocer. Ni siquiera tuve la

posibilidad de conocerme a mí mismo”.

Cerré el cuaderno. Lo arrojé sobre la cama que era de Bastet. No creo que le

importe que la use de mueble para tirar cosas. Cuaderno número quince,

completo. El escribir como ejercicio cerebral para paliar el encierro. La cárcel que

dice no serlo, pero que no permite las salidas hasta estar completamente

recuperado ¿De qué? De corromper la moral social ¿Qué es eso? Quedarse en

el molde, dejando al libre albedrío que un grupo de ineptos decidan que es la

moral social, impidiendo que se destruya, destinando muchos recursos para

evitar el colapso de la civilización occidental, porque la panacea es vivir en este

lado del mundo, o al menos eso es lo que el ego nos permite ver.

—Miralo al forro ese —dice, Hemingway. —Está disfrutando su último día acá.

Que descaro.

—No es descaro —le respondo. —Es poder, algo muy distinto.

—No sufrió como nosotros. Ni siquiera está medicado —se queja, Jesucristo.

Los tres mirábamos a Hades. Estaba despidiéndose de los empleados del

Santuario. Mañana se iría, volvería a una civilización que le permite ser impune,

hacer y deshacer a puro gusto.

—Para nosotros fue un Purgatorio este lugar —les digo al resto. —Este tipo no

puede irse así.

—No lo vamos a matar —dice, Jesucristo.

—Me encantaría que un día dejes de poner la otra mejilla y des un golpe. Una

vez, por favor, te lo pido. Te lo imploro, Dios de los Paganos.

155
Nos reímos. También tosíamos, de tanto fumar. La galería húmeda le daba

pesadez al humo que despedíamos.

—Los pobres necesitamos nuestros santos paganos —dice, Hemingway,

lamentándose de las desgracias, ajenas y propias. Levanta la vista, y me

pregunta: —Poseidón, ¿no te pasa de que te cansas de mirar por la misma

ventana una y otra vez?

—Sí, me canso.

—¿Y por qué no te movés y haces otra cosa? No sé, digo. Quizás te aburre.

—Lo que pasa es que me permite pensar. Consigo aislarme de esta caja de

zapatos e irme a muchos lados.

—La nostalgia no es vida, Poseidón —me dice, Jesucristo.

—Pero no es por nostalgia. Simplemente, es aprender a mirar.

—¿Cómo sería eso?

—Es sencillo. Los ojos de los mortales tienen distintas etapas evolutivas. Pasan

de la oscuridad a formas borrosas y luego a figuras tangibles —me acerco a

Jesucristo. —Mira mis manos, ¿qué ves?

—Unas manos con las uñas largas y con tierra debajo.

—No. Mira bien. Decime, ¿qué ves?

—Manos sucias. Eso veo.

—Yo veo arcilla en mis manos. La misma arcilla que moldea las costas de las

grandes masas de tierra que flotan. Con éstas manos, moldeé las costas de todo

el mundo —miro mis manos. —Yo les di forma a los continentes, a los arroyos,

a los ríos, a la vida.

156
—Nosotros, como Dioses de esta Santuario, fracasamos, amigo —dice,

Hemingway. —Dejamos de ser deidades. Somos simples mortales. Espero que

vos también lo asumas.

—Lo asumo, y lo sé. Pero soy parte de todo. La conexión con el río como parte

vital de mí. Lo necesito.

—Todos necesitamos ver naturaleza, o cosas vivas al menos —reprocha,

Jesucristo.

—Antes de morir, necesito ver el río. Perseguir el sueño recurrente que les he

contado.

—Es absurdo, amigo. Los sueños no funcionan así —me dice, el Dios de los

Sobrevivientes.

—Mira la realidad —le digo, cabeceando hacia donde está Hades, regodeándose

con todo el mundo. —¿Preferís creer en esto? Pues, yo no. Me voy a aferrar a

esto. Es lo último que me queda.

—¿Y nosotros? —Los ojos confusos de ambos.

—Ustedes me van a llevar a ver el río en mi lecho de muerte —y echo a reír.

157
LIII

Guillermo nos convocó a las dos de la tarde a una reunión a realizarse en el

comedor con los tres Dioses que quedamos habitando el Santuario. Nos anticipó

tener noticias. Utilizó la palabra “buenas”, pero no sabemos para quién.

Destrozaré sus delirios de revolución. Eso repetía mi cabeza. Guillermo

representa el poder, y ese es su eterno anhelo, destruir el posible cambio. Nada

de lo que está abajo puede subir. Para ellos seríamos como la mierda que sube

desde las cloacas. Por suerte, no hacen un mantenimiento adecuado. Mi

pregunta sería: ¿Por qué no subió la mierda? Porque reinan los soretes.

Cuatro sillas colocadas en ronda. Se nos permitía fumar adentro en esta ocasión.

Cenicero en el medio del círculo, que parecía más un trébol en realidad.

—Bueno, William, ¿qué tenés para decirnos? —Indaga, Jesucristo.

—Gente, o Dioses, como ustedes prefieran. Lo que tengo para comunicarles es

lo siguiente —se enciende un cigarrillo. —Primero, va a haber un nuevo, y último,

ingreso a la institución. Se hace llamar Byron Keats, el Dios de los Poetas

Muertos. Ya no ingresara más nadie, porque la institución va a cerrar.

—¿Cómo que va a cerrar? —Pregunto. —O sea, ¿nos van a largar?

—No lo sé —da una pitada. —Vamos a cerrar en cinco años. Si siguen vivos

para ese entonces, se quedan sin techo.

—¿Tendremos la oportunidad de volver a la sociedad, de salir de acá? —Le

pregunto a Guillermo.

—Son un peligro para la sociedad, pero, en cinco años, cuando baje la persiana,

no los voy a poder detener, van a ser libres —apaga el cigarrillo, y cierra con una

frase, queriendo herirnos en nuestra soledad. —Además, sin ánimo de

ofenderlos, muchachos, pero no tienen nada afuera. Fíjense que nadie los visitó

158
en el tiempo que estuvieron acá. No creo que tengan muchas ganas de salir

vivos del Santuario.

Nos lo quedamos mirando un momento. Más que palabras sueltas, era una

amenaza. El Santuario va a cerrar, pero con la idea de que nuestros cadáveres

estén adentro.

—¿Vos nos querés muertos? —Le pregunta, directo, Jesucristo. —Necesito que

me respondas sin miramientos, sin vueltas, sin calesitas.

—Tienen que entender que ustedes son un problema para mí. La verdad, es que

deseo que mis problemas desaparezcan. Así de simple —sentencia, Guillermo.

—¿Vos que vas a hacer cuándo este lugar cierre? —Interrumpo.

—Jubilarme. Disfrutar de la vida. No lo sé. Viajar, irme a vivir a otro país porque

éste es una mierda —se echa a reír.

—¿Quién quedaría a cargo si vos no estás?

—El sub director, Horacio Adler.

—Nunca lo conocimos —dice, Hemingway.

—No deberían conocerlo. Es una persona muy particular.

—¿En qué sentido? —Le pregunta, Jesucristo.

—En lo macabro. No tiene escrúpulos con nadie.

El humo corría de la sala a la galería para empaparse con el diluvio que se acaba

de largar. La humedad vuelve pesada las palabras. No desear el deseo del otro,

porque anula mi pulsión, mi sed.

—Yo lo conozco a Horacio —les digo al resto. —He hablado con él una vez. Dijo

que podía ayudarme.

—¿Y vos le crees? —Me pregunta, Guillermo. —No tenés noción de quién es

Horacio.

159
Es verdad, no lo conocía. Solamente hubo un llamado telefónico. No tengo

argumentos para confiar en él más que la ingenuidad, esa que nos hace confiar

en desconocidos. Esa inocencia que nos hace creer que todas las personas son

buenas y solidarias.

—No hay una fecha concreta del traspaso con Horacio —dice, Guillermo,

levantándose. —Tal vez sea en un año, en dos o nunca —ríe y se va.

Los tres nos quedamos en silencio, sin siquiera mirarnos a los ojos.

—Nunca nos contaste de ese tipo, Poseidón —me recrimina, Jesucristo.

—No creí que fuese necesario. Fue un llamado que no tuvo ninguna

consecuencia.

—¿Y ahora qué hacemos? —Dice, Hemingway.

—Aguantar —le respondo. —Nos quedan cinco años de suplicios, pero debemos

aguantar, hasta que las campanas suenen.

160
LIV

El consuelo de los tontos reduce el mal a pocos porque quedamos cuatro adentro

del Santuario. Ya con Byron Keats llegamos a juntar gente suficiente para jugar

al truco, aunque eso dependía del humor, mío, sobre todo.

—Se nos acaba el tiempo —dice, Byron.

—Ya sabemos, Poeta —le responde, Hemingway. —Tenemos muy clara la

cuestión del tiempo.

Guillermo va a tener mañana su último día. Como una especie de despedida,

nos dejó un acertijo, con tiempo límite, pero nadie tiene intención de resolver

nada.

—A ver, ¿qué dice la pista? —Jesucristo toma el papel que nos dejó el, hasta

ahora, director. —Hay una sola frase, Bastet es una Diosa. Eso es todo lo que

dice.

—¿Qué hacemos con eso? —Se queja, Hemingway.

Giro la cabeza hacia la zona de la galería. Lo veo a Bastet, cual espectro,

derruido por el paso del tiempo, el cuerpo en descomposición, pero

observándonos. Su cara de preocupación era el correlato de los sucesos trágicos

que acontecieron en el Santuario. Nos quedamos sin referentes, sin líderes, sin

Dioses competentes. Jugar a ser deidades nos ha costado caro, consumiendo

nuestras vidas entre cuatro paredes y un pedazo de cielo que siempre se llovía.

—Sálvame, entonces, o el día transcurrido brillará / sobre mi almohada,

engendrador de penas —declara, Byron Keats.

—Ahora tenemos un pelotudo que declara versos a la nada —Hemingway está

muy quejumbroso con Keats. No soporta el mundo de la poesía, o a los poetas

en general. Le resultan repugnantes, siendo su estilo de vida muy abominable

161
para el mundo literato, en su comprensión. —Este pendejo me tiene cansado.

Siempre con sus versitos —enojado, arroja su cigarro ya empezado, dejándonos

con el acertijo.

Veo a Hemingway irse, siendo seguido de cerca por Bastet. Bajo su sombra yace

una mancha roja. Parece ser sangre. Es limpiada rápidamente por un trabajador

del Santuario, viéndome éste, una vez concluida la tarea. La cara de que no

debía ver eso fue notable. Sus ojos abriéndose, sorpresivamente, la boca

retrayéndose, tensionando los pómulos, mientras movía la cabeza en negativo.

Hay una extraña jugada de la mente que me borra el contexto vivo, quedando

sólo el empleado, con su vista fija en mí. Me extiende su brazo, con el trapeador.

Me acerco, lo tomo, lo meto en el balde y comienzo a fregar la sangre del piso.

Rojos los mosaicos, rojo que se extiende hasta donde alcanza la vista, un

horizonte apagándose, la sombre de un hombre se posa en la cúspide del

horizonte, se van dibujando sus líneas, sus colores, es Bastet, “soy yo”, me dice.

—Se acerca Horacio —escucho que Jesucristo me habla.

—¿Qué? —Volviendo en mí —¿Qué me dijiste?

—Que mañana ya viene Horacio Adler, el nuevo dictador. Digo, director.

—Ah, sí, sí. Mañana ya está acá.

—¿Estás bien? —Me pregunta, Byron Keats.

—Bastet es una Diosa, Bastet es una Diosa... —comienzo a repetir en un

balbuceo que se va apagando —eso. Debe ser eso —me tomo la cabeza para

gritar —¡Es eso!

—¿Qué cosa? —Dice, Jesucristo, encendiendo, tranquilamente, un cigarrillo.

—La pista que nos dejó Guillermo.

—Bueno, ¿y qué es? ¿Qué dedujiste?

162
—Que Bastet tiene una hermana.

—¿Y a mí de qué me sirve saber eso? —Me reproche un enojado, Byron Keats.

—Si lo pensás bien, querido compañero, poeta maldito, hay una intención con

que sepamos esa información. Guillermo nos dijo eso por algo.

—Para nada. Es un dato inútil.

—Mi deducción...

—Al fin —se queja, Jesucristo.

—Es la siguiente: —enciendo la pipa —la hermana de Bastet sabe que le pasó

a él, y Guillermo, cuando se jubile, irá tras ella para silenciarla.

—¿De dónde sacaste esa deducción? —Me pregunta, Jesucristo. —Si Bastet

murió por una enfermedad.

—No, amigo. A él lo mataron. Yo lo sé porque lo acabo de ver, acabo de limpiar

su sangre en el umbral de la puerta de la galería.

163
LV

Hace casi diez meses que Guillermo se fue. No supimos nada de él, ni de

Horacio. Todavía no se presentó. No conocemos su rostro. La única noticia

nueva en todo este tiempo fue sobre la hermana de Bastet. El rumor es que se

casó con Guillermo. No hay certezas, pero tampoco información.

—¿Moni les dijo algo más? —Les pregunto al resto.

—No —me responde, Hemingway. —La última información que tenemos es que

se casaron y se fueron a vivir a Uruguay.

—Se ve que se quieren esconder.

Los cuatros estamos en la galería de nuevo, sentados, mirando el poco pasto

que queda. No llueve, aunque los truenos se sienten cada vez más cerca.

Somos una sola chimenea. Byron Keats fuma pipa, como yo. La dejadez

transformada en tabaco. No hay futuro, porque futuro quiere decir caminar, en el

sentido que sea, y acá nadie sale, nadie camina, menos yo. La utopía destrozada

en la letanía de una espera absurda, que bajen la persiana, tener que buscar

dónde dormir o dejarse llevar por la vía rápida, esa veta de libertad que tenemos

los humanos, la única opción real que conservamos desde que decidimos

aprender.

—Nunca nos llegó ningún traslado, —dice, Jesucristo —a ningún lugar ¿Ustedes

no se cansan de esperar?

—Tengo tantas escaras por esperar —le digo. —No sé qué más decirte. Me

duele hasta cagar.

—Deberías pedir que hagan algo con eso —aconseja, Hemingway.

—Amigo, en poco tiempo los rajan, ¿vos te pensás que van a tener ganas de

limpiarme las escaras del culo y las bolas? No tengo chances.

164
—Claramente no. Ni yo lo haría —nos reímos juntos.

Y es realmente cruel el instante, por su fugacidad y fragilidad. Nunca sabrás

cuando es el último, sobre todo si estás en espera, listo para irte y no ocurre

nada, hasta que sucede.

Vemos que un tipo, de barba candado, pelo engominado y canoso, se presenta

en la recepción. Nos ve sentados, suelta unas palabras más, hace un ademán

con la mano y se dirige hacia nosotros. Detiene su marcha al lado de Byron

Keats. Empieza a hablar.

—Hola, mi nombre es Horacio Adler. Soy el nuevo director de esta decadente,

precaria, el adjetivo que a ustedes más les guste, institución, llamada el

Santuario de los Dioses Mortales, ¿estoy en lo correcto?

Lo miramos, inspeccionamos el aspecto de su barba desdeñada, ordenamos su

llamativo discurso sobre el lugar. Luego, le respondimos.

—Al fin te conocemos, Horacio —le contesto. —Te estuvimos esperando este

último tiempo. Guillermo se fue hace varios meses ya.

—Lo sé, Daniel.

El silencio, no solamente nos abrazó, también me asfixió. La voz helada del

teléfono que decía que la ayuda podía llegar, ahora me daba miedo y pudor.

—Acá no soy Daniel. En este lugar, en el Santuario, soy Poseidón, Dios de los

Mares, Ríos y Océanos. Deberías respetar a tus inquilinos —le contesto, de una

manera por demás temeraria. El resto estaba impávido ante mi respuesta.

Horacio ríe, suelta una sonrisa tenebrosa, apoya un cigarrillo en sus labios y lo

enciende. Nos echa el humo en el centro de la ronda. Los dientes afilados nos

escupen palabras inaccesibles para la esperanza.

165
—Ustedes cuatro, que están acá, sentado, disfrutando de los truenos y rayos,

esperando la lluvia, fumando tabaco, esperando vaya uno a saber qué, pero acá

están, esperando a morirse, ¿no es así, muchachos? Es el único deseo que

tienen en mente. El objetivo final de todo ser vivo, la muerte. El problema con

ustedes es que son unos cobardes. Ninguno tiene las agallas para colocarse una

soga alrededor del cuello o una pistola en la cien. En mis setenta y tres años

sobre esta tierra no vi semejante cobardía por parte de nadie ¡De nadie!

—¡Usted no tiene idea de quiénes somos! —Le grito, poniéndome frente a él,

echándole saliva a sus lentes. —Cobarde será usted, que llega acomodado a

este lugar, a sabiendas de que nadie le va a poner un dedo encima.

—Soy psiquiatra del ejército, aunque ya estoy retirado. Me jubilé hace algunos

años —responde, dando dos pasos atrás, buscando perspectiva. —Por tanto,

estoy autorizado a comenzar a experimentar con ustedes este último tiempo que

les queda ¡Prepárense! —Nos grita, retirándose a su oficina.

166
LVI

Preocupación. Caos. Pruebas de estupefacientes en cuerpos entrados en la

vejez y cansados.

—Tenemos que salir de acá —me dice, Byron Keats. — Esto no es un Santuario,

es un laboratorio de torturas.

—Miren mi mano —dice, Hemingway. —Parece que estoy en un suelo con un

constante terremoto, es espantoso.

—Tenemos que destruir el sistema —digo, para cerrar con un grito —¡El

Santuario debe volverse cenizas!

Horacio tomaba apuntes de nosotros, día y noche, persiguiéndonos bajo las

luces blancas que denotan la falta de sol. Las manchas de la edad van

acompañadas de olores extraños de un cuerpo que sufre la precariedad de un

sistema que no lo quiere vivo porque es una carga. Salimos caros porque no

producimos ni generamos nada. La consumición básica, por favor.

Jesucristo había sufrido un lavado de estómago por la mañana debido a una

intoxicación masiva por el abuso de una sustancia que no nos dijeron el nombre,

pero sospecho que todos la ingerimos. A él se le pasó el número correcto,

aterrizó en otro casillero, no en el que dice final del juego.

Hemingway me mira y dice:

—A ver, Dios de los Mares, Ríos y Océanos, explícame, ¿cómo carajos vamos

a prender fuego este lugar? Mejor, ¿sabes qué? No me digas. No quiero

escucharlo. Lo dijiste tantas veces que ya no lo quiero volver a escuchar. Voy a

esperar este tiempo que queda hasta que cierre este lugar de mierda.

—¿Qué querés que te diga? —Comienzo a responderle. —Me encantaría darte

soluciones, darte libertad para que vuelvas a tu sucio taller, puedas seguir con

167
tu vida, muriendo de un infarto en tu cama por fumar como chimenea de

locomotora. Sería un placer darte eso, pero no lo tengo. Ante cada intento que

propuse, nadie me acompaño. Mi único compañero fiel fue asesinado. Veo su

sangre todos los días en mi pared, en mis pensamientos, en mis memorias

¿Sabes lo peor de todo? Es la impunidad, que genera impotencia, soledad,

angustia.

—¿Terminaste de llorar? —Replica, Hemingway. —Hacete hombre, querido. Ya

tenés los huevos que te cuelgan a la altura de las ruedas de tu silla.

—Ahora entiendo porque te apodaron Hemingway. Estás ahí, haciéndote el

hombre fuerte y superior. A fin de cuentas, un alcohólico —le digo.

—Te dejo esta frase, —se levanta de la silla, arroja su cigarrillo —que dice:

"Todo, lo bueno y lo malo, deja un vacío cuando se interrumpe. Pero si se trata

de algo malo, el vacío va llenándose por sí solo. Mientras que el vacío de algo

bueno sólo puede llenarse descubriendo algo mejor". Está en el libro “Paris era

una fiesta”. Soy más viejo que vos, tengo otra perspectiva de las cosas —y se

va.

Me quedo con Byron Keats, escuchando la lluvia, fumando, en silencio.

—Daniel, no deberías discutir con esa gente —me dice, Horacio, encendiendo

un cigarro, de camino a nosotros. —Vos sos de otra clase, no un vulgar que agita

consignas de falsa bandera revolucionaria.

—Por última vez, Horacio, —el tono de enojo aumenta —no vuelva a llamarme

Daniel. Por favor, se lo pido amablemente.

—Eso no es un tono de amabilidad, según lo interpreto yo.

—¿Y qué interpreta usted de todo esto? Ya que es el profesional.

168
—Que hay ira en tu voz. El enojo que manifestás viene de la pérdida temprana

de tus padres. Lo de tu madre deduzco que te genero angustia, pero la de tu

padre provocó que naciera un odio particular hacia algo que no identificas.

—Si lo identifico, es la duda, es no saber qué le pasó, no haber podido encontrar

una respuesta —me detengo un momento, pensando. Giro la cabeza para

preguntar: —¿Vos como sabes lo de mis viejos? —Los ojos pétreos ante el vil

rey del Santuario.

Horacio da un paso hacia atrás, tira la colilla.

—Yo lo visitaba diariamente en su encierro, por eso lo conozco. Charlábamos de

vos y tu mamá. Fue una persona muy amable para dialogar. Él quería lo mejor

para vos, y mira donde terminaste.

—¿Vos lo viste el tiempo que estuvo encerrado? —La ira que recorre mi cuerpo

es indescriptible.

—Yo le avise que lo iban a matar —se dio media vuelta para volver adentro.

169
LVII

Me encerraron. La luz se extingue con el último tramo de efecto que le queda al

componente químico que injertan en mi cuerpo. El silencio es abrumador para

mis uñas que juntan mugre y languidez.

El castigo se aducía, en palabras de Horacio, a “comportamiento agresivo para

con el director de la institución”. Afloran calumnias en mi contra. Lo único cierto

es que le arrojé mi pipa, dándole en la cabeza, provocándole un corte. Nada

más. Para mí fue lo más normal, teniendo en cuenta la información nueva que

había recibido, siendo mis emociones empujadas a realizar la acción de tirarle la

pipa. Hubiera preferido tener un revólver, dispararle, terminar con esto, pero en

mi mano había una pipa.

—¿Ya se pasó lo agresivo, Daniel? —Escucho que Horacio me habla del otro

lado de la puerta.

—¡Si! —Le grito con lo que me queda de fuerza.

La puerta se abre. Entran dos enfermeros. Me sacan de ahí. La luz golpea la

vista con dureza. Uno de los tipos me levanta, otro me desviste. Silla debajo de

la ducha, giran el grifo y el agua comienza a caer contra mi cuerpo repleto de

escaras.

—Tenés que entender, Daniel, que acá hay reglas que respetar, jerarquías que

obedecer, justicia que impartir.

—Horacio, ya sé que vos tenés la corona aquí dentro, —suspiro, buscando aire

para poder hablar, mientras el agua me cae encima. —pero no podía, no debía,

dejar pasar lo que dijiste sobre mi padre.

—Sí, es verdad que yo tengo puesta la corona, pero el control del mundo lo

buscan tener los sionistas. Mi círculo de poder se circunscribe a este espacio, no

170
más. Ódiame lo que quieras, no me interesa. La verdad es que la cresta de la

ola ya pasó para mí hace bastante tiempo.

—¿Hace cuarenta años?

—Sí —se acerca una silla para sentarse frente a mí, cara a cara. —Mira lo que

sos. Desnudo, con escaras, en una silla de ruedas toda oxidada. No sos nadie.

Se levanta para irse. Yéndose del baño, suelta una advertencia.

—No tenía la orden de decirle. Lo hice porque él me lo pidió.

—¿Qué te pidió? —Le pregunto.

—Sinceridad —se retira con esa palabra.

A mí me secan, me visten, me depositan en la galería. Afuera llueve, fumo

cigarrillos, sigo esperando.

—¡Acá estás! —Exclama, Jesucristo, secundado por Byron Keats. Hemingway

está durmiendo la siesta.

—No tengo ganas de hablar, muchachos —les advierto.

—Está bien —dice, Keats, acercando un par de sillas. —Venimos a fumar un

cigarrillo.

—También a tachar otro día en esta desolación decadente que es el Santuario.

Su época de esplendor ya la pasó hace mucho —Jesucristo, ríe después de su

comentario. —Quedaron estos vejestorios que se caen a pedazos.

—Sin olvidarse de que ahora estamos bajo nuevo tratamiento —sigue, Keats.

—Sí, creo que dentro de poco voy a ser radioactivo.

—A mí me está saliendo otro testículo.

Ambos ríen un momento, cayendo lentamente al silencio.

171
Guillermo nos había advertido de la brutalidad de Horacio. Caímos en la

ingenuidad de la confianza de una nueva cara. Ahora no sabemos si en un año

saldremos del Santuario o si morimos aquí dentro o si nos trasladan.

—Escuche el rumor de que nos quiere trasladar —les comento al resto.

—¿Adónde nos van a llevar? —Pregunta, Jesucristo.

—No lo sé. Los contactos de otras instituciones los tiene, hay que ver si los usa

para reubicarnos.

—¿Por eso está experimentando con nosotros? —Dice, Byron Keats —¿Nos

quiere quemar la cabeza para que no podamos salir?

—Exacto, poeta. Nos quiere dementes, incompetentes, temerosos. Así que, ya

dejen de esperar. No hay nada al final, solo más angustia.

—¿Para quién la angustia? —Se queja, Jesucristo —¡Para nosotros queda la

angustia!

—No, amigo. Es para el que se queda acá, vivo —chupo humo, y les digo. —Es

soportar la ausencia del que no está, para esperar irse también.

172
LVIII

Nos reunimos los cinco en una mesa. Horacio la presidía, nosotros la

completábamos. Se quería representar una imagen similar a una última cena,

donde la deidad mayor del Santuario, Horacio, dice unas palabras, ofrece una

comida y no nos ve más.

—Quisiera proponer un brindis por todos ustedes, Dioses Mortales, que tan

valerosamente han ofrecido sus vidas a una noble causa, como es la ciencia.

Espero nuestros caminos nos sigan encontrando ¡Salud!

Bebemos el contenido de las copas. Comenzamos a comer, sin omitir palabra.

Se nos caen las pulseras de la pasividad, que se pintaba de hipocondría cuando

no se ingería la cantidad suficiente de pastillas. Las pupilas ya no se dilataban,

los dedos ya no temblaban. La sensación de estar en un cuerpo extraño, o de

ser un extraño que espera, no sabe muy bien qué, pero espera.

—Horacio, ¿te puedo preguntar algo? —Le digo.

—Decime, Daniel.

—¿Alguien vive?

—Todos viven.

—¿Alguien muere?

—Todos mueren, Daniel. Es la única afirmación real que puedo darte de la vida.

—¿Vos también te morís?

—Probablemente me muera, pero no va a ser antes que ustedes, eso tenlo por

seguro.

Hemingway enciende un cigarrillo. Jesucristo lo secunda. Byron Keats sigue

comiendo.

—Yo no les di la orden de que ya podían fumar —dice, Horacio.

173
—¿Desde cuándo vos nos ordenas cuando podemos fumar y cuando no? ¿Qué

te pensás? ¿Qué somos tus hijos? —Se le queja, Hemingway.

—Por tu bien te lo digo, Ernesto, haceme el favor, y apaga ese cigarrillo.

—Tenemos casi la misma edad. No sé qué te haces el hermano mayor. Estás

muy equivocado si crees que voy a apagar esto —sujeta el cigarro entre los

dedos, exhibiéndolo al resto.

El clima se comienza a tensar demasiado rápido. La discusión recién daba inicio.

Las voces suben. Solo una persona guarda silencio, Byron Keats.

En un instante, Horacio se pone de pie para dar una orden. Deja su cuerpo

totalmente descubierto cuando gira la cabeza para ver a un enfermero. El

segundo de distracción generó su final. Byron Keats había tomado el cuchillo y

se lo había asestado en el pecho a Horacio, quien vió a su asesino, le tomo la

mano que sujetaba el cuchillo y se sentó, para dejar de respirar. En boca abierta

si entran moscas, más si es un cadáver.

Nadie reaccionaba. Keats intenta sacar el cuchillo del pecho, pero está trabado.

Decide dejarlo ahí y usar el cubierto que era de Horacio para terminar de comer.

El primer grito provino de un enfermero. Luego, todo fue caos.

Los trabajadores del Santuario le cayeron con todo su peso a Keats que estaba

terminando de cenar. Lo redujeron y se lo llevaron. Al resto, a las habitaciones.

Ultima noche, ultima cena.

—¿Mañana te toca a vos, Jesucristo? —Le digo, en todo burlón, mientras nos

metían en la pieza.

—Así parece, compañero —me responde.

—¡¿Y Byron Keats?! —Grita, Hemingway de la otra habitación.

174
Comenzamos a escuchar golpes fuertes y gritos de dolor en la voz de nuestro

compañero.

—¡Byron! ¡Byron! —Le gritábamos.

Los ruidos ya no se escucharon más, y las paredes retumbaban de los azotes.

Como todo poeta muerto, se encontró con la desgracia siendo muy joven, lo que

nos deja devastados.

La última noche, que debía ser de jolgorio, se convirtió en una redención trágica,

porque le cortamos la cabeza al monarca, pero pagamos el precio de sangre que

conlleva cada revolución, por pequeña que sea.

Del otro lado del pasillo, escuchábamos como Hemingway lloraba y se

lamentaba por su amigo.

—¿Hoy es el final de la espera? —Me pregunta, Jesucristo.

—No lo sé, amigo —nos quedamos callados, de duelo. —Acá estamos todos

esperando, pero el único que volvió de la muerte sos vos.

175
LIX

Tenía el cartel ahí. El número incrustado en la cabecera del comedor. El 62626

de mi habitación en el Santuario estaba en mi casa. En realidad, al salir de la

institución, no tenía nada. Al departamento se lo había llevado el banco. No hubo

forma de recuperarlo. Salí con casi sesenta años, ningún trabajo, ningún ahorro,

nada. La espera me dejó sin nada.

Hemingway decidió alejarse de nosotros. Creemos que reabrió su taller, pero no

en la ciudad. Lo último que nos dijo es que necesitaba paz y que se iba a vivir a

un pueblo donde vivía un primo de él.

La angustia que atravesó Hemingway con la muerte de Byron Keats lo obligó a

irse, alejarse de lo conocido, desaparecer en algún lugar remoto, a la expectativa

de averiguar lo que depara el último viaje del ser humano, la muerte.

Jesucristo decidió mudarse conmigo. Al lado del número de habitación que era

mío, está el suyo, el 62628. Pudimos alojarnos en una pequeña casa de un barrio

alejado del centro. Ya no nos sentíamos Dioses Mortales. Lo único que teníamos

era la incógnita del, ¿hasta cuándo?

—¿Querés un mate? —Le ofrezco a Jesucristo.

—Bueno —toma el mate con la misma mano que sostiene el cigarrillo.

Ya no hay grandes ventanas, ni galería, ni balcón. Lo único que continua es la

lluvia.

—Lo único que deseo es que el forro de Macri no vuelva a ganar —arroja,

Jesucristo, devolviendo el mate.

—A mí me gustaría verlo en la cárcel, ya que el padre zafó cuando le llegó la

parca, a este pelotudo sí que me gustaría verlo preso.

—¿Y ahora que vamos a hacer, amigo? Ya perdimos la brújula y el título.

176
—El título no lo perdimos. Yo sigo siendo Poseidón. Así dirá mi lápida, “Habla

memoria”.

—¿Es tuya la frase?

—No, de Nabokov.

—¿Por qué ese epitafio?

—Porque la memoria es lo que me permitió perdurar en el tiempo. Si no

recuerdo, no existo, si no existo, no puedo morir.

—Creo que en un momento se llega un punto donde —estira el brazo hasta el

cenicero que está sobre la mesa, apagando el cigarrillo —realmente deseamos

morir.

—Sigo siendo un Dios Mortal, gracias a Dios —y comienzo a reír. Las risas se

transforman en tos de ambos. Tomo una servilleta, continúo tosiendo. Llevo el

papel a la boca, lo retiro. Una mancha roja riñe lo blanco, una forma disímil se

asoma del interior de mi cuerpo. Me está comunicando lo peor, me está diciendo

que la espera puede llegar a ser más corta de lo previsto.

—¿Eso es sangre? —Me pregunta el único compañero que quedó de pie, junto

a mí.

—Pareciera que sí. Se ve que tanto fumar causa sus efectos, ¿no?

Levanto la vista y veo el número, 62626. Ahí estaba, siguiendo mis pasos, mis

desgracias, de la cabecera de mi cama hasta en mis sueños, el número se repite

incansablemente. Tal vez por el teléfono de Horacio, tal vez por alguna causa

cósmica que determinó que la persecución sea total, hasta que mí muerte nos

separe.

—Bueno, cámbiate y vamos al hospital a que te vean —dice, Jesucristo.

177
—¿Para qué? —Le respondo —¿Qué sentido tiene ir? Los dos sabemos que es

lo que tengo.

—Sí, pero tenés que iniciar el tratamiento si el cáncer es real.

—¡Por supuesto que es real!

—No lo sabemos.

—Y no lo vamos a saber. Yo no vuelvo a pisar nunca más una institución blanca

y gris.

—¿Y qué pensás hacer?

—Lo que hice estos últimos treinta y tres años, no mover el culo de acá, fumar

mi pipa y esperar a que me vengan a buscar.

—Nadie te va a venir a buscar. Yo te voy a tener que llevar, porque nadie nos va

a rescatar más que nosotros mismos.

—Sos un líder nato, amigo. Lástima que al final te termina traicionando tu propio

pueblo, tus compañeros, como le sucedió a mi viejo —enciendo la pipa y toso.

178
LX

La arena entre los dedos, el agua que llega a la costa, lenta, deslizándose

suavemente por la superficie. El río, paisaje de dioses y aves. Allí estaba, tirado

en un sillón reclinable, con los pies en el agua, lentes puestos, recibiendo el sol

del atardecer. Jesucristo está a mi lado, bebiendo cerveza y fumando un

cigarrillo, viéndome dormir en mi hábitat.

—¿Para esto querías venir acá? —Me dice. —¿Para estar tirado, durmiendo bajo

el sol?

—Con gusto seguiría durmiendo, si me dejaras —y sonrío. Esas muecas de

complicidad que se dan con el tiempo y la confianza.

—Ya sé que estamos envejeciendo, vos con tus sesenta, yo con mis cincuenta

y cinco, pero, ¿qué estamos haciendo, amigo? Digo, vivimos así hace más de

un año, tirados, sin hacer nada ¿No te aburre?

Acomodo el sillón, espalda recta, me saco los lentes, manoteo la tabaquera. Pipa

afuera, la pereza del viento mueve mi brazo, la quietud de la copa del árbol

mueve mis dedos. Meto el tabaco, enciendo el fósforo. Chupo el humo, giro la

cabeza para verlo a los ojos, y responderle.

—Estamos en una edad dónde ya no voy a intentarlo más, ¿sí? Mis viejos lo

intentaron, yo lo intenté y no pasó nada. Estamos haciendo lo más revolucionario

que hay hoy, en pleno siglo veintiuno, que es no hacer nada. Es mi manera de

pelear, no hacer nada y esperar.

—¿No te angustia la espera?

—¿A vos te angustia esperar la lluvia, por más de que sepas que hoy no va a

llover?

179
—No, pero siempre la espero, y cuando la observo, la melancolía me invade.

Escuchar su ruido, sentir ese aroma, fumar un cigarro en ese momento. Es como

si nunca hubiera salido.

—¿Te querías quedar?

—No lo sé, Poseidón. Era mi lugar seguro. Acá el juzgamiento es total y la

oportunidad nula.

—No teníamos nada ahí dentro. Lo único que había era un dictador institucional

que nos sometió de una manera muy cruel. Además, ¡mataron a nuestros

amigos! —Comienzo a toser. Me pongo un pañuelo en la boca. La sangre de mis

pulmones lo mancha. Jesucristo me mira, haciendo un gesto de resignación.

Nos quedamos mirando el río. Cada día que transcurre, la recriminación por la

inacción, tanto de mi salud como de lo cotidiano, aumenta.

—Hay cosas que son inexplicables —le digo. —Yo nunca voy a comprender los

motivos de mis desgracias, pero me sucedieron. Me cansé de hacer duelos por

pérdidas, me cansé de recibir golpes sin dar ninguno, me cansé de esperar a

que me llegue la muerte antes que la enfermedad. Ni siquiera eso me salió bien.

Ya no tengo lamento alguno.

—¿Lamento de qué podrías tener? No tenés nada que reprocharte.

—¿Sabes una cosa? Mi viejo, Víctor, el día que nací, tenía tanto miedo de verme,

de tenerme en sus brazos, que tuvo que salir de la habitación a fumar y escribir,

para bajar los nervios —Hago una pausa, buscando silencio, cierro los ojos, junto

aire, suelto palabras —¿Sabes lo que decía el final de su escrito?

—Salvo que lo haya publicado, y yo leído, claramente, no sé —me responde.

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—Decía: “Debemos sufrir para desear morir. Debemos morir para ser más

grande que Dios”. Y nosotros, mi querido amigo, Rey de los Paganos, fuimos

más grandes que el mismísimo Dios.

—“Del río vengo, al río vuelvo”, es así tu frase, ¿no?

—Sí.

—¿Ahí voy a tener que dejar tus restos?

—Primero me vas a tener que cremar, luego, me arrojas al río.

—¿Y sí yo me muero antes?

—La verdad, —giro para verlo —te odiaría muchísimo, Jesucristo —ambos

reímos. Al final de las risas, le digo: —En serio, te digo, no me gustaría perder a

nadie más. Es mi turno, y no quiero desperdiciar el lugar.

—¿Qué haremos hasta entonces?

—Esto mismo que estamos haciendo, vivir en paz.

—Pero vos no estás en paz.

Reclino el sillón, me saco los lentes y cierro los ojos. Una lágrima cae. Aún no

he hecho las paces con mi difunto padre.

181
LXI

Escucho el despertador. Como todos los días, suena a las seis y veintiséis de la

mañana. Lo oculto de un mecanismo grabado a fuego. Nos moldea la institución,

y nos agrada, la necesitamos para poder pisar y hacer frente al día.

Me levanto tosiendo. La enfermedad fue agravándose durante el año y pico de

pandemia. El encierro no hace bien, pero a los que estuvimos mucho tiempo en

paredes llenas de humedad nos es indiferente. Más de tres décadas, sin motivo

aparente, solo con una acusación de insubordinación ante un oficial, que era

amigo de un psiquiatra. Ese psiquiatra era Guillermo Silvestres. El resto de mi

vida se redujo a un caos circular, donde perdí las piernas, un cáncer me está

comiendo el cuerpo por dentro y sólo me queda un compañero, Jesucristo.

La mancha de sangre matutina es digna de un cuadro de Pollock. No me quedan

pañuelos vírgenes, están teñidos, todos, de color rojo.

—¿Poseidón? —Escucho que alguien me habla desde la cocina —¿Estás bien?

—¡Buen día! —Le grito, sentándome en la silla de ruedas. —Sí, estoy bien. Nada

nuevo. Solo una mancha más —voy a la cocina. Me encuentro con Jesucristo

sentado, tomando mate junto a un tipo que no conozco. Tiene puesto un traje,

bien pulcro, con los zapatos lustrados. Yo tenía la barba de dos semanas.

—Buen día, ¿señor...? —Le pregunto.

—Martínez, señor. Agustín Martínez —me responde. —Soy el fiscal a cargo del

caso de Víctor Flores, su padre.

—¿Qué fiscal? Perdone, pero, ¿de qué está hablando?

—Su padre, Víctor, es un detenido-desaparecido. Los perpetradores de dicho

crimen serán juzgados. Luego de la mega causa Brusa, se abrieron las puertas

para muchos casos más, incluido el de tu viejo.

182
Aún anonadado por la noticia, busco la pipa. Junto tabaco, lo meto de prepo,

prendo un fósforo. Fumo. Tiemblo y fumo. Toso, escucho sangre en el piso, pido

disculpas. Vuelvo a chupar de la pipa.

—Discúlpalo, Agustín. La pandemia acrecentó su cáncer —le comenta,

Jesucristo. —Está tosiendo mucho, y no deja de fumar.

—Debería escuchar a su compañero.

—Mire, le voy a ser muy claro con respecto a esto. Yo ya casi no tengo tiempo.

Me es muy finito el umbral de vida que me queda. Me la he pasado en una

institución que se consumió toda mi vitalidad, dejándome, así como me ve. No

hay secretos, no hay sorpresas. La esperanza de hallar a mi padre me mantuvo

expectante a lo largo de los años. Cuando confirmé su muerte, yo me fui con él.

—Aún está a tiempo de obtener justicia —me dice, Agustín.

—Tal vez, pero sé que no la voy a poder ver.

—Si usted me ayuda, yo puedo acelerar el proceso, pero necesito de usted.

—Conozco cómo funciona la justicia y, justamente, rápida no es.

—¿Qué necesitas para poder ayudarme?

—Dos cosas —acerco mi silla a la de Agustín. —Primero, que me lleves a

declarar lo más pronto posible. Segundo, que me des tu palabra, y firmes un

papel, donde prometas que vas a meter presos a los responsables de haber

matado a mi viejo.

—La segunda la puedo cumplir, la primera me será muy difícil.

—¿Te puedo preguntar algo, Agustín?

—Decime, Daniel.

—¿A qué hora tocaste la puerta de mi casa?

—A las seis de la mañana. Me abrió tu compañero, que ya estaba despierto.

183
—Con tanta ansiedad en el cuerpo, estoy seguro que vas a poder conseguir que

yo declare —prendo otro fósforo. —En caso contrario, te voy a pedir que solicites

al juez grabar mi testimonio, con vos y el abogado de la defensa, —expulso el

humo —porque yo me estoy muriendo, y necesito descansar en paz, al igual que

mi viejo.

—Voy a solicitarle al juez tu pedido. Antes de iniciar todo esto, necesito que

hablemos nosotros primero.

—Mejor los dejo solos —dice, Jesucristo, levantándose de la silla. —Les dejo el

mate.

—Espera, amigo. Arma el escrito primero. Necesito que el fiscal firme su

promesa, con vos presente —le digo.

—¿Tan importante es para vos que te de mi palabra? —Dice, Agustín.

—Es lo único que me podés dar por ahora, y espero que sea digna —le digo.

184
LXII

Es insoportable el arrastrarse con dolor. Las ruedas dejan un surco de

agotamiento. El plástico que se desintegra en una atmósfera furiosa de

contaminación. El sendero de mi silla se está quedando sin ruta, llegando al fin

del abismo, saltar al vacío, vaciarse de vicios, purificar el alma, pudrirse con los

gusanos, morir.

El juicio por la desaparición y asesinato de mi padre comienza en unos meses.

Siete personas se sentarán en el banquillo, resucitarán los cadáveres que

desvelan a los familiares, pero que a ellos no. Mi testimonio ya fue grabado, con

la fiscalía y la defensa presentes. El juez al final lo autorizó debido a mi estado

actual, que es terminal. Me dieron un mes de vida.

—¿Seguro que querés que te deje acá, solo? —Me dice, Jesucristo.

—Sí, amigo —toso, escupo sangre, levanto la vista. —Es un hermoso cierre esto,

ver el río, venir a la barranca del Indio, disfrutar su vista.

Jesucristo empieza a llorar. Enciende un cigarrillo, se tapa un orificio de la nariz

y sopla. Sabe de mi decisión.

—No estés triste, compañero. Estoy muy seguro de lo que voy a hacer. No tengo

remordimientos, estoy en paz. No voy a poder disfrutar el ver a Guillermo preso,

pero vos sí. Sos el único que se va a quedar con ese placer.

—¿A qué costo, amigo? Me quedo solo, sin nadie. Soy un tipo de cincuenta y

siete años ¿Qué voy a hacer de mi vida?

—Escribí, dibuja, acordate de todos, no solamente de mí. Rescata la historia de

Bastet, Locke, Marte, Byron Keats, Hemingway, Corominas, Delabost. Ellos

dependen de ti ahora. Va a ser tu misión.

—¿Y cuándo eso acabe?

185
—La vida te dirá cuál será el próximo camino. El nuestro va a llegar hasta acá.

—¿Estás seguro?

—Sí, Cristo. Estoy muy cansado. Es lo único y último que puedo hacer como ser

humano, dejar de sufrir.

Ahí estaba la barranca, majestuosa, con los objetos que ha traído el río a lo largo

de tantos miles de años. Círculo perfecto, esfera que concluye lo iniciado, que

es la vida. En un lugar que encontré pude tallar la frase “El río no me deja”.

—Llego el momento de despedirse —me dice un Jesucristo consumido por el

llanto. Arroja su cigarrillo, me abraza temblando. Sabe que no habrá más. Toma

mi cara con ambas manos, y pregunta: —¿Cuándo tuvimos la felicidad al alcance

de la mano?

—La tuvimos en nuestras manos, y ahora la tenemos, pero se evapora. Ese es

el problema, se difumina rápidamente en el aire. El jolgorio es los Dioses.

—Nosotros lo somos.

—Sí, es verdad. Lo que pasa es que somos más evolucionados que esos que

festejan eternamente, porque podemos decidir el hasta cuándo.

—¿Tenés el frasco?

—Así es. Ya podés volver a casa.

—Vos también podés hacerlo.

—Ya estoy en casa —sonrío, con una lágrima que me llega a los labios.

—Fue un placer, amigo —Jesucristo llora, me vuelva a abrazar y se va.

—¡No te olvides! ¡Habla, memoria!

Lo veo irse. No voltea. La congoja se ve en sus hombros. Suspiro, observo el

abismo, me recuerdo a mí mismo. Aquí está mi memoria, mi familia, mis pasos.

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Mis nostalgias quedaron guardadas en las paredes del Santuario, así como mis

penas y mi espera. Ya no quiero esperar.

La evocación de personas pasadas. Van sucediendo, una a una, se paran frente

a mí, tocando mi hombro, riéndose conmigo. Son demasiadas, cada duelo

atravesado está debajo de mis uñas. Carcomiendo ilusiones destruidas frente a

mi final.

—Tengo sesenta y dos años. Más de la mitad de ese tiempo, lo pasé encerrado,

injustamente. Creo que me merezco esto, ¿verdad? —El viento sopla fuerte en

mi cara, tumbándome de la silla.

La respuesta fue clara. Me repongo, subiéndome nuevamente. Busco el frasco.

Había conseguido una dosis letal de una droga para la ocasión. Quería

quedarme dormido, respirando y viendo el río.

Junté coraje, abrí el frasco e ingerí su contenido.

—¡Oh! Dulce nada, ¡gracias! —Grité. Miré al cielo y cerré los ojos.

FIN

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