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A mi hermoso gato,
Soriano.
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I
Las personas que ven el mundo por primera vez deben gritar. Eso le da la
seguridad a quién te sostiene de que estás vivo, porque tenés miedo de la vida.
No elegí llegar, pero, por cuestiones del azar, acá estoy, una mano en la espalda
al pecho de mi madre.
por tabaco, pero sus pies eran anclas en las baldosas. No se iba a mover.
—No sé. Tengo una sensación horrible de que puedo lastimarlo —le responde.
—No lo vas a lastimar. Sos una persona incapaz de lastimar a un ser vivo.
estirar las manos. Las tiene pegadas a las caderas. Las gotas de sudor bañan el
—¿Alguna vez intentaste recordar la primera imagen que viste del mundo?
—La primera vez que ingresa luz a las pupilas y dan una forma nítida de las
—No comprendo qué querés decir —le dice mi madre, mientras saca su pezón
y lo dirige a mi boca.
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Mi padre da unos pasos hacia atrás. Vuelve a la vieja ubicación. Las manos
El piso blanco, cubierto con una gruesa capa de desinfectante. Resbalan ideas,
bacterias y cualquier intrépido que quiera alterar el orden. La tensión. Las uñas
No sé si hay o hubo alguna deidad que creo a la especie humana, pero lo que sí
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Sufrimos por la soledad, y al mismo tiempo la deseamos cuando estamos
molestos.
Las buenas acciones que realizan por nosotros son recriminadas cuando algo
nos fastidia.
No va a ser posible.
—Unas líneas nomas, Marta —le dice. —Sabes que lo hago para calmarme. Me
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II
desconocido.
—Una ilusión.
—¿Cómo qué no? ¿Qué estoy dibujando? —Le digo, mirando mi arte iniciática.
La atención se dirige solamente al papel. Los trazos son claros. El negro cubre
—Vos sabes, mamá, que no logro entender a este chico. Recién me dijo que
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—Que hay ciertos asuntos que no vas a comprender —vuelve a tomar un mate,
El sufrimiento anticipado es similar a una agonía tan larga como una aburrida
—No vas a poder cuidarlo por siempre, y no vas a poder evitar que muera. Lo
mejor que podés hacer es darle herramientas para que aprenda a ser lo
—¿Por qué?
el jadeo de la desesperación.
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Sirenas de ambulancias y policías. Un intento de robo muy violento que terminó
Los brazos de mi padre ataban mi cuerpo contra el de él. No quería que intentara
tocar el suelo.
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III
cúspide de la montaña, única en la planicie del río. Se elevaba por sobre el resto
agua. Sólo tenía permitido tocar el agua que trajeran las olas a la costa.
—Notaste, Marta, que la primera vez que sociabilizamos con alguien vamos con
miedo —gira la cabeza para mirarla. —Yo les tenía miedo a mis compañeros en
—Pero eran chicos, Víctor. Las travesuras se hacen a esa edad, si no, ¿cuándo?
Busca en el bolso el atado de cigarrillos. Junta uno con los dientes. Lo pasa a
—Una cosa son travesuras, otras son maldades ¿Qué puede tener de divertido
—No, a mí no.
—Entonces, ¿a quién?
—El pasado es el presente. Vos elegís no contarme que te pasa, pero sabes que
Mientras hacía la montaña en el frente del río, un niño más grande que yo, pasó
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con el barro. Su cara cambió de llanto a ira en microsegundos. Me vió. Levantó
su mano derecha y soltó el golpe que iba directo a mi cabeza, pero no llegó a
—¿Qué pensás hacer, pibe? ¿No ves que es más chico que vos? Debería darte
vergüenza.
El joven empieza a llorar y gritar por sus respectivos padres, que se hacen
presentes en la escena.
tomé del brazo porque estaba por agredir a mi hijo sin motivo alguno.
Se ve como el joven había dejado de llorar y les contaba los sucesos a los
sin chistar.
—Que su hijo le pida perdón al mío por destruir lo que estaba haciendo.
—Alguien más sensato que usted, ya que yo no le pego a mi hijo ¿O ese moretón
que tiene en la cuarta costilla es por un golpe fortuito? Mire sus nudillos y sienta
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La gente se había empezado a concentrar en donde estábamos nosotros. Yo lo
veía a mi padre gigante, frente a ese yeti que escupía sin parar al hablar.
para alzarme.
—Sí, estoy bien —hago una pequeña pausa, para preguntar —¿Por qué te
aplauden, papá?
Vamos a la par, hasta llegar adonde estaba mi madre tomando mate. No vió
nada de lo ocurrido.
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IV
El río tomó el cuerpo y se lo llevó. Todo vuelve al río porque del río venimos.
puede ver donde termina. Siempre tengo la ilusión de que ese río da la vuelta
entera al mundo y nos trae las cosas que se lleva. Es más un anhelo que una
realidad.
son sus enemigos. Si se pone la realidad patas arriba, saliendo al afuera, el aire
se lleva las partículas a otra parte. El lavarropas es más letal, ya que destruye el
hogar, los sumerge y, luego, los expulsa a las cloacas, para terminar mezclados
Antes de despedir a las pelusas y a los granos de tierra, doy vuelta el bolsillo, los
bien. Voy hasta la orilla del río y lo suelto suavemente para que vaya con la
corriente.
toda desalineada.
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Un segundo frasco fue soltado durante la tarde. La etiqueta decía “Civilización
sentar. Tenía el mate preparado. Se cebó uno, chupo la bombilla, levantó la vista
y me dijo:
—En mis bolsillos se crean mundos. Se mezcla la tierra, el aire, el agua y los
—A ver. Hijo, te voy a contar una historia de acá, del pueblo. Pasó hace muchos
años. Me la contó mi padre —hace una pausa para tomar un mate —¿La querés
escuchar?
—Bien, la historia dice así. Un día, un señor había ido a pescar a la barranca del
Entonces, fue. Llevo todos los elementos, y lanzó la caña al agua. Estuvo horas
y no sacó nada, el primer día. Siguió yendo, día tras día, intentando pescar
cualquier pez que se atravesara por su anzuelo, pero nada ocurría. Su estómago
gritaba por comida. El día número sesenta y dos, este hombre estaba sentado al
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aparecer. Nadie reclamó por ella. Excepto un día. La pulpería estaba abierta e
barra y la arcilla líquida se escurría de sus ropas, por sus dedos le caminaban
Bebió un vaso, dos vasos, tres vasos. Sacó un facón, gritó ¡Del río vengo y al río
vuelvo! y retó a una persona a duelo. Uno tenía un revólver Colt, el otro un facón.
El cuerpo volvió al río. Las voces del pueblo dicen que el pescador desaparecido
era el hombre que murió en ese duelo. Por algún motivo, cada vez que cae algo
momento, esa zona se conoce como “La Costa Circular”, porque allí volvemos
—¿Y vos crees que los frascos que dejo en río van a ese lugar? —Pregunto, con
gestos de asombro.
—Yo creo que sí, hijo. Deben estar ahí. Sí algún día los querés recuperar, ya
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V
—¿Podemos ir?
el dinero.
—Tal vez podamos ir en estos días. Depende de cómo venga el trabajo, ¿verdad,
—No quiero generarle falsas expectativas al chico, Marta —le responde, y luego
me mira a mí. —La verdad, hijo, no hay dinero. No tengo plata. Prefiero que
rincón a mirar por la ventana. La lluvia caía copiosamente sobre los techos de
chapa.
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—Vení, hijo. Te voy a contar una historia —me dice, mi madre, mientras se seca
—Levanta esa cabeza. Los valientes miran a los ojos —escucho decir a mi
padre.
Víctor se reclina en el sillón, para sentarse más derecho y posicionarse con más
—La cobardía es para los débiles, los que huyen y no se hacen cargo, los que
a ser uno de ellos, yo no voy a responder por vos. Si elegís ese camino, vas a
No le saqué la vista. Me mordía los labios y suspiraba lo más bajo que podía. Él
—Sí, te escuche bien —le respondo. —¿Cuál es la historia, mami? —Le digo a
mi madre.
Marta lo mira mal a Víctor, que se vuelve al diario, ignorando lo que sucede a su
—Hay una breve historia que dice así: —apoya ambas manos en sus rodillas —
Existía, en lo profundo del río, allí donde sólo llegan los peces más osados, un
gran tesoro oculto. La leyenda decía que quién lo obtuviera, sería proclamado
Dios de las aguas marrones que surcan la tierra y riega de verde el globo.
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Los ojos prendidos a las palabras y las orejas recibiendo imágenes preciosas del
—Un día, un joven se proclamó el hombre más valiente del pueblo, y dijo que iba
beber agua.
—El joven se fue hasta el muelle. Saltó y se sumergió hasta dejar de verse desde
turbina. Algo sale disparado del agua, sube y cae al muelle. Era el cuerpo del
joven. Detrás de él, sale alguien y dice: “Mi nombre es Poseidón. Soy el protector
del río. El tesoro que buscan es el que ven, la hermosura del remanso”.
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VI
cama, con la sangre que caía desde la sábana al suelo. El cuello estaba
totalmente rojo. Los ojos y la boca abierta. Eso escuché que decían los policías.
Estaba fría y no sabía si me escuchaba, pero le deseé un buen viaje a los cielos,
Me pongo a recordar ese día y fue de lo más extraño. Los funerales son como
—Lo siento, hijito —me dijo la vecina, que conocía de toda la vida a mi madre.
—Lo lamento, lindo. Todas vamos a extrañar a tu mamá. Era la más buena del
mi madre. Más allá de ser verdad o no, hay cierto cinismo es rescatar cualidades
por mi lado, siendo el centro de atención. Mientras tanto, él estaba lejos de todo,
en un cuarto que hay en el servicio de sepelio. Nunca me dijo que hacía ahí, pero
recién apareció cuando hubo que cerrar el ataúd. De ahí, al entierro. Mi madre
quería que la entierren debajo del árbol que estaba en el lecho de nuestro río.
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Como eso no era posible, había que cremarla y luego, sí, se arrojarían sus
cenizas allí.
primero que hizo Víctor fue sacar las sábanas y el colchón. La policía ya había
peritado la zona. Estaba autorizado a hacer lo que iba a hacer, quemar las
me reclama siempre.
lo que dijiste.
—Porque una persona entró a nuestra casa cuando estaba tu madre sola. Ni vos
—Alguien la mato, y la policía seguro sabe quién fue, pero no va a hacer nada.
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Se volvió a alejar para terminar de destruir el colchón. Las sábanas ya eran
—Disculpe, señor, ¿por qué no se tranquiliza? Está alterando el barrio —le dice
el policía.
de mierda de mi vecino lo llamo por esto, espero lo disculpe, pero está perdiendo
el tiempo.
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VII
cigarrillo ya estaba consumido entre los dedos de un brazo flácido, que colgaba
del sillón. Los ojos perdidos en la órbita lunar. La ventana como puerta
—En que Marta no pudo tener la justicia que merecía. El tipo apareció muerto y
vuelve a caer en el sillón —¿Qué puedo hacer, yo, un simple tipo que no tiene
vulnerables, tan frágiles como el más fino cristal. Cuando el miedo de mostrarnos
por la vida. Tu hijo no puede verte en ese estado. Estás hecho un desastre.
—Poseidón, Dios de las aguas que bañan esta tierra, te voy a decir algo. No te
olvides de esto: —se acerca hasta donde estoy, tomándome en los hombros,
con la vista clavada en mis pupilas —los dioses no matan, pero las personas, sí.
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Agarró un abrigo y se fue. Mi abuela, preocupada por mí, me dijo que no le diera
—Si, querido. Las personas buenas van al cielo y allí queda su alma
eternamente.
—Al infierno.
Los silencios marcan, y el que presencié en ese momento fue, quizás, el más
—Dios perdona, las personas no. La gente castiga el crimen —gira la cabeza
para otro lado. —Por eso, las cárceles están llenas y el infierno vacío —y se fue.
estaban ahí para mí, brillando como una pequeña llama que se enciende para
Deseaba tocarlas, pero estiraba mis manos y no llegaba. Quito la traba y abro la
de allí su nombre.
Dos puntos brillantes comienzan a danzar entre ellos. Iban y venían. Mis ojos se
deleitaban con la danza de lo que sea que fuera eso. Mi cuerpo cada vez más
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balanceo, en mi intento por llegar a tocar una estrella, hace que me caiga de la
Alcancé a gritar, cuando sentí que mi cuerpo fue recibido por unos brazos de
—¿Qué haces, hijo? —Con voz temblorosa —¿Estas bien? ¿Te duele algo? ¿Te
—Estoy bien, papá. Me caí porque quería tocar las estrellas —y el llanto se
—¡Víctor! ¡Ay, Dios mío! ¡Gracias a Dios que estabas abajo! —Gritaba, mientras
lloraba.
—¡Está bien, mamá! ¡Está bien! —Gritaba en mi oreja, apretándome muy fuerte
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VIII
—La palabra de un hombre es lo único que posee de valor —me dice mi padre.
hablando:
—Es muy difícil confiar. Aún más complicado es amar —me suelta. —La palabra
falles a tu palabra.
Me abraza. Siento su dolor recorrer el pecho. Nos quedamos bajo la luz que
ingresaba por la ventana. Mi abuela nos observa y llora. Nadie dice nada. Mi
—Es lo que estoy haciendo, ¿o vos te pensás que yo quiero hacer esto?
—No importa que es lo que querés o no. El deber está por encima de todo.
Ambos adultos se quedan estáticos. Las miradas empotradas, una contra la otra.
—No quiero irme, pero es lo que tengo que hacer. Está muy pesado el ambiente
—Sí. Tengo miedo —le responde, Víctor, y gira la cabeza para verla. —No sé de
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—A mí nadie me va a lastimar —le digo a mi padre.
Las botas se escuchan afuera. No hay sirenas, pero si palos que se arrastran en
padres huyendo de la mesa, con el rifle bajo el saco y un libro en el pecho. Las
Los ruidos vienen en aumento y no decrecen. Víctor toma su saco, y sale rápido.
—Él no va a dejar a sus compañeros solos. Ya sabes que están complicadas las
cosas en la universidad como para andar dejando gente tirada —le responde, mi
abuela.
—Pero, ¿vos entendés el peligro que corre? Los milicos van a tirar, si lo
pasarlo. Se bajan dos y van a su encuentro. Veo que Víctor no hace nada. Se
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Mis abuelos se agolpan en la ventana. Jorge sale de la casa y va a la mayor
velocidad que puede para interceptar al camión, pero llega tarde. Desde la
—No preguntes y junta tus cosas. En el camino te explico —me dice, mi abuelo,
Las despedidas son indeseadas y tristes, pero las que son forzadas son
hay que partir. El bolso está lleno. Mi abuela me ayudó a hacerlo. Antes de salir,
25
IX
derecha. Luego, ambas manos cubren sus dos ojos. Está desvelado, pero no
puede escribir. El pulso traiciona al deseo más encumbrado. Firma, con amor,
aún. En la ficha, alguien leyó que decía, “preso político”. Esas palabras se
traducían es que las visitas eran nulas y las cartas eran insuficientes. Además,
—La última que nos llegó es de hace más de una semana ¿Ya te olvidaste?
—Ando un poco mal con la memoria. Debe ser por la edad —dice, con una risa
nota.
—Sí, me gustaría.
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Queridos mortales que esperan por mí, desistan. No sé
cuándo se abrirá el corral. Las ovejas negras tienen muchos pastores con sus
alguna vez poder volver a ver al río crecer. Me entusiasma esa idea y me aferro
podemos tener ideas. Son malas, ensucian el alma y corrompen el corazón más
ojos llegan a mis hombros. Estos raros animales son vistos con frecuencia en los
se inventan fábulas para encontrar un poco de justicia. Los vericuetos que hay
que atravesar para poder conseguir un poco de pan en una mesa repleta de
banquetes. Les digo, es imposible robar pan porque tener hambre es hurto. Ese
fumar por su alto nivel inflacionario. Los favores son caros. Los lápices son
pero mi espíritu joven hace que sostenga la frente en alto y el orgullo marcado a
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Cierro con unos versos, de un poema viejo. Dice “Extrañar.
Con cariño,
Víctor.
pero quería ver a mi papá. Entonces, como contagiado por el ambiente, las
—Mírame, Poseidón —lo veo a mi abuelo. —Te prometo que tu papá va a salir
Nos abrazamos los tres con el fuego de la utopía recorriendo nuestros cuerpos.
28
X
La ira se acumula debajo de los dedos del pie. Ves cómo se mueven, inquietudes
—¿Eso te parece una justificación para golpearlo con la silla? Julián está llorando
en la sala de profesores.
—Adelante —dice, el director. Era mis abuelos. —Pasen, tomen asiento, por
favor.
sala.
—Lo golpeó con una silla. El chico está llorando desconsoladamente en la sala
levanta la vista y continua. —El estudiante dice que no siente las piernas. Perdió
—Pero, ¿podría explicarme, por favor, por qué mi nieto lo golpeó? —Habla,
—Según lo que dice él, porque le dijo que su padre había muerto. Según el resto
del salón, fue porque no querían devolverle los útiles. Sea cual fuere la verdad,
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no podemos permitir una reacción de ese tipo en nuestra escuela ¿Qué le digo
a la familia de este chico si no puede volver a caminar? ¿Qué hago con su nieto?
Silencio. El filo de las palabras corta sin tapujos la realidad. Moldeando con los
dedos los gestos. La cara inservible de autoridad, eso pétreo que tiene la
—Tu nombre es Daniel. Eso dice tu documento nacional de identidad, por lo que
de pie, manos en el escritorio. —Ahora, ten más respeto por esta institución,
La apertura ocular, cuál eclipse lunar, de Jorge. Las manos en una boca abierta,
—¡Daniel Roberto Flores! —El cuerpo erguido del instruido en el equipo verde
oliva. —Tu estadía en esta escuela está terminada. Señores tutores del niño, les
informo que van a tener que buscarle una escuela. Aquí ya no es bienvenido.
—Es mi última palabra. No hay retorno —la sentencia del lado opuesto.
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La furia es una emoción difícil de transmitir, pero fácil de percibir. Me tenían
miedo. Soy un Dios, soy Poseidón. Conmigo no se jode. Me paré, con el pecho
—Está bien. Nuestro nieto se va de acá, pero, usted... usted, sepa bien una cosa,
—Siga defendiendo al opresor. Llegará el día donde los oprimidos den vuelta la
Jorge comprendía poco y mi abuela echaba fuego por la boca de la bronca que
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XI
Estoy sentado, bajo la copa de un frondoso árbol, que me tapa algo de la lluvia.
corteza frágil. El espejo de agua arcillosa y sus múltiples círculos de gotas que
caen.
—Si tengo sesenta y dos manos derechas, y las multiplico por cinco, me va a dar
Está lloviendo fuerte. Los caminos desdibujados de la suerte que hemos echado
en el andar.
—¿Vos no?
—La persona que olvida lo hace por cobardía. Que yo sepa, tu padre te pidió
—Sí, me pidió eso, pero tengo miedo —digo, con lágrimas mezclándose con el
agua.
—Es normal tener miedo. Es necesario. Los valientes son quienes se enfrentan
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apoya su mano en mi hombro. —Tu valentía reside en tus manos, pero
Me extiende una mano y me levanta. Coloca una toalla que logra envolver todo
—Porque te gusta el río. Tiene algo que te tiene atrapado. No sé qué es, pero tu
—Yo también, querido —hace una pausa, suspira y suelta. —Yo también —la
cabeza gacha.
El cielo siempre escucha las plegarias, pero no es un pozo de los deseos. Las
torturan al cuerpo desnudo. Golpean esa idea roja que se ondea por algunas
zonas y temen la volteada. Por eso, el descamisado anda oculto del verde oliva.
Las garras del imperio sujetan la tierra. No quieren que sea nuestra.
—Por usar el cerebro. Por pensar y ser obstinado con lo que pensaba. Si no
hubiese levantado el avispero, estaría con vos. Pero no, tenía que seguir
nosotros no lo podemos ver. Solamente escribe una vez al mes, y encima lo hace
en código, ¡y no entiendo una mierda! —Jorge patea una piedra que hace sapito
Levantar el pie del barro para volver a sumergirlo en la tierra mojada. Las
mariposas no vuelan los jueves. Las larvas levantan la cabeza los viernes y las
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moscas mueren los lunes. Mierda de caballo esparcida por el derrotero sendero
—Te doy un ejemplo, a ver si vos entendés que quiere decir. Fue tan rara la frase
buscan rendijas. No quiero apresurarme para ir al baño, pero hay fila. Marta me
espera para tomar el té. Debo dejarlos” —me mira y espera respuesta.
—Se quiere escapar, pero todo el mundo se quiere escapar. Entonces, tiene que
esperar —le digo a Jorge, que me mira sin saber cómo entendí.
—¿O qué?
34
XII
que se prefiera. En este caso, lo sacro envuelve un anzuelo: hoy es día de pesca.
—Mira, Poseidón, esto es así —me dice, Jorge. —¿Ves el agujerito que tiene el
Yo miraba a mi abuelo, tratando de registrar los movimientos, pero los nudos son
intentar comerla.
El frío se hace sentir también. Las manos no están secas, pero si expuestas a la
—Hay que sentir la pulpa del gusano o la tripa del sábalo o del pollo. Solo así
Las manos manchadas con sangre de la tripa del pollo. El hedor repugnante de
espera de que lo bueno va a llegar. Esa adrenalina que está quieta en el cuerpo,
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y que, en un momento, explota de emoción, a sabiendas de que ese día vas a
—¿Por qué?
—De esa punta a la otra se ve como hay una red que cruza el río. Bajo esos
bidones que flotan inocentemente, hay un cazador perezoso que mata al río. Y
detrás de ese cazador, hay un sinvergüenza que paga por esos servicios.
me mira. —Si vos no equilibras los recursos, la explotación que antes te daba de
—¡Genial, hijo! Ahora, paciencia. Sujeta firme la línea y deja que se canse el
—Me está tirando mucho —tengo la línea tomada con ambas manos.
Mis brazos aún son pequeños, pero no lo voy a soltar. Necesito demostrarme a
mí mismo que puedo hacerlo. Apoyo el pie izquierdo en la base de la línea, para
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Siento que el pez se mueve en círculo. Intenta soltarse o arrastrarme con él.
Tiro con todas mis fuerzas restantes. Veo como Jorge le sujeta la cola y hace un
enorme. Me mira, como incrédulo del tamaño del pez y de mis brazos.
—¿Cómo hiciste para mover este surubí gigante? —Con cara de anonadado.
37
XIII
una persona, no se puede reemplazar por otra. Mover una pieza aquí y otra allá
Año 1973, 24 de diciembre. Papá volvió a casa. Hace menos de una semana
que está con nosotros. Está maltrecho, pero sigue con su mirada arcillosa, como
—Hombre, ¡cuánto has crecido! —Me dice, mi padre, incrédulo ante mi presencia
física. —Parece que fue ayer la última vez que te vi, y de golpe, tenés mi altura.
orgullo se transforma en lágrimas para los estoicos que no dan el brazo a torcer,
—Gracias, papá. Vos tenés canas ahora —le digo, mientras la mesa,
comentario.
—No sabes lo bien que se portó todo este tiempo —le dice, Jorge, a mi padre.
—Ahora, tus cartas sí que fueron todo un misterio para nosotros. Nunca
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—Lo justo y necesario, con las mejores palabras que encontraba. Eso quería
conseguir.
—Lo encontré.
—¿A quién?
—Al hijo de puta que me vendió con los militares. Por culpa de él, mataron a
Marta.
Nadie sabía que hubo una emboscada contra él ni contra mi madre. Mucho
menos que la habían asesinado por su culpa. Eso era el fantasma que lo
—El pueblo no siempre tiene la razón —le dice, Jorge. Mi abuela asiente el
comentario, y acota:
—¿Qué justicia? Si ese aparato me lo mandó a mí, ¿o vos te pensás que cayó
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—Dios no estaba presente en el lugar que estuve yo, ni tampoco estuvo con
llegado.
hicieron espejo:
—La justicia es divina. Al final, todo se equilibra, porque todos nos morimos de
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XIV
El país se volvió a teñir de luto. Evita llevaba casi veintidós años fallecida. Ahora
entre balas y sangre. Mi padre viajó a Buenos Aires al funeral. Mis abuelos
estaban enojados con su decisión, pero no tenían otra opción que aceptar los
hechos: Perón había muerto y Víctor había ido a Capital Federal a confirmar que
sea su cuerpo.
—Los dioses nunca mueren —levanto la vista, y mis ojos traspasan las cortinas
—Nada, abuela. Estoy jugando a que soy un Dios y tengo control sobre todo lo
—Que juego complicado, mi vida —me dice, con unos pequeños golpecitos en
—¿Por qué?
Mi abuelo empieza a abrir el sobre, con los ojos fijos en mi abuela, ignorando su
pedido. Saca una hoja doblada en tres. La despliega, ambas manos en los lados
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—Le dicen que no busque a sus compañeros, que inició la cacería. Mira —y rota
el papel. —Está firmado con una huella dactilar hecha con sangre de alguien. No
Ambos se sentaron, dejando caer sus cuerpos en los sillones. Fue como ver caer
dos estatuas enormes a un bosque indefenso. El polvo salió de las telas e inundó
todo el living. El haz de luz que ingresaba permitía divisar las pequeñas
adherían a mi piel con tanta fuerza que no querían desprenderse por miedo a
caer al abismo y morir. Sí, las células mueren al caer, al igual que una lágrima.
La tristeza se desprende del alma con el llanto, y muere cuando impacta contra
un objeto foráneo.
—¿Qué estás haciendo, Daniel? —Me dice mi abuelo, como puede, tirado en el
—Estamos nosotros tres. No hay nadie más —se levanta, golpea el apoyabrazos
del sillón y grita: —¡No hay nadie más! —Estrellando la puerta detrás de sus
pasos.
encerrándose allí.
Me quedé solo en el living. No hay más compañía que la luz que ingresa por la
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comienza a escucharse un Concierto de Piano, Op. 54 de Robert Shumann. Va
puteada.
—Como no, oficial —junta aire, y les grita en la cara, escupiéndoles: —¡Viva
Perón, carajo!
llevándola a la comisaría.
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XV
El futuro es de los que luchan. Las palabras que pintaban los fantasmas de la
bárbaro.
—Sí, y el boludo de Víctor no sé dónde mierda anda, pero espero que no vuelva
detrás de la cabeza.
estaban llorando. Se tapaban la boca con una mano para evitar gritar fuerte. Mi
madre me decía que hacía mal tragarse los gritos, que era contraproducente y
alicante para los pies. Nunca entendí el comentario o si tenía algún sentido, pero
peligrosa. Mi boca está abierta y pegada al vidrio. Los ojos van y vienen.
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—¡Poseidón! ¡Salí de ahí! —Me grita, mi abuelo. —Ya veo que alguien dispara y
impacta en la pared.
—Un tiro ¡Estos hijos de puta andan tirando a cualquiera! —Jorge se acerca a la
no vivimos buchones!
—No sé, abuela. Creo que vi una bandera de Montoneros y otra del ERP. Pero,
—¿Qué sabes vos, pibe? —Me dice, Jorge. —No tenés idea de lo que decís.
enterarnos que había pasado. La persona fue asesinada con un tiro en la cabeza.
desconocida.
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Los vecinos se acumulaban en los alrededores de las veredas, ya que el caos y
los tiros se habían ido, y aprovechaban para chismosear y generar sus propias
—Me voy adentro de nuevo. Tengo que terminar unas cosas de la escuela y son
para mañana.
—Estoy bien, hijo. Estoy bien ¿Vos? ¿Cómo anda todo por ahí? —Responde.
—Y, acá andamos, como se puede. Hoy hubo un auto incendiado en la cuadra
—Lo sé. Fue un mensaje para mí. Yo, ahora, te tengo que dejar uno a vos.
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XVI
—Es como sentir que realmente somos una especie que se crío aquí, en este
rostro. Los pájaros cantando, mientras los árboles los sostienen y los cubren del
profundo, ese que el ser humano nunca ha logrado alcanzar, donde se creía que
Quise hacer un intento de probar esa teoría. Armé una estructura metálica, en
cuatro metros, con una altura de dos metros. La empecé a llenar con agua.
Esperé varias horas. Cuando estaba cerca, coloqué mi vista a la altura del borde.
desaparece.
capitanes se hunden con su embarcación porque desean caer con peso a los
infiernos.
Donde las gotas de agua caían, no estaba. Giré por todo el contorno metálico y
no estaba.
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—Pertenece al siguiente plano —me dice, con tono burlón. Luego, vuelve a subir
—Exacto, hijo. Como también esta prueba —agita el diario y lo dobla —de que
—La que está bien escrita. En otras palabras, la que no es una porquería.
mucho de literatura.
El mes de marzo empieza a mostrar el declive de los días. El sol se pierde entre
las copas de los árboles, allí, por el oeste de la vida. Mi padre estaba con su
malla, lentes de sol, cigarro en labios y diario en mano, sentado en una reposera,
con los pies en el agua. No importa si hace frío o calor, mojar los pies en el río
tiene mística, tiene arcilla, tiene historia. Los seres de agua marrón no somos
piel.
—¿Qué dice de los militares, pá? —Le pregunto, leyendo por arriba algunos
títulos.
—Que la opinión popular quiere que vuelvan para poner orden. Estos hijos de
puta los desean, les encanta la sangre peronista que se vierte en la tierra.
cigarrillo, expulsa el humo, se levanta los lentes y me mira. —Hay que tener
cuidado con estos tipos. Nunca sabemos con qué nos van a salir.
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—¿Tenés miedo?
—No hay que tener miedo, porque soy inocente —vuelve a su posición inicial, y
—Hay mucho militar que le pide perdón a Dios, pero se ríe de la persona. En fin,
sonriendo.
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XVII
Sé que se lo chuparon.
Presentamos un habeas corpus, no sirvió. El abogado dijo que no hay más nada
por hacer. También, dijo que tiene miedo, y que no se iba a comunicar más con
nosotros.
Sus amigos, los pocos, se acercaron. Hasta la voz de derrota, denostaba temor.
no me sirve para una mierda que estén acá, mirándose entre ustedes, todos
abuelo, y le dice:
—Yo entiendo que usted tenga esperanza de que aparezca, pero muchos
compañeros fueron tragados por la tierra y nadie más los vió. Le aconsejo que
luego —y se fue.
al Ejército Argentino. Les advirtió que ellos no iban a tener piedad, que están
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—Bueno, pero, ¿qué otra alternativa les quedaba? —Le digo.
Me queda mirando, con ojos furiosos. La emoción nubla la vista y ciega el juicio.
—¿Vos sos pelotudo, nene? ¡Tu viejo se tendría que haber quedado en el molde
—¡Jorge! —Le reprocha, mi abuela —¿Cómo le vas a gritar así? Es tu nieto, por
el amor de Dios.
El santo observa las plegarias de los mortales y se las transmite a los difuntos.
sangre. El llanto bordea la suplica del retroceso del tiempo. Se desea que no
pase lo que sucedió, que el tiempo nos engañó y se volvió la más vil de las
Yo me quede solo, sentado frente a la ventana que daba a la calle. Las sombras
de los insultos y los temores de los dedos hacen que no pensar sea el desafío
mayúsculo.
—¿Si yo me pongo a buscar? Empezaría por el último lugar donde lo vieron. Iría
51
Acres, leguas, hectáreas. La medida que sea, pero la civilización avanzada.
Acre = No sirve.
Legua = Pista.
Hectárea = Certeza.
Tomé una hoja que estaba al lado del teléfono y les dejé un mensaje a mis
Antes de partir, empecé a revolver todo, queriendo encontrar una foto de Víctor,
para ayudarme en esta odisea. Encontré una sola. Era del último día en el río.
Estábamos los dos, uno al lado del otro, parados. Él fumando, yo con una botella
52
XVIII
fútbol entretenía al pueblo y tapaban los gritos que venían de las celdas, pero
dónde está.
Las calles se llenan de esperanza de poder ser campeones del mundo. Las
Busco el mate, lo cargo con yerba, le saco el polvillo y espero, como quien espera
que la masa leve o que el colectivo pase. La espera se volvió algo habitual, y la
—¿Te vas a juntar con alguno de tus amigos por la final? —Vuelve a preguntar,
Mi abuelo vuelve al hogar. Había ido al club de bochas. El agua está en su punto.
53
Su mirada de advertencia. Yo bien sabía que en esas reuniones la información
—¿Qué dijeron?
—Los rumores son que ahora se calmaron un poco por el tema del mundial.
Como nos están viendo de todos lados, no quieren mostrar tanta crueldad. Pero
Mi abuela se levantó y fue hasta el baño. Jorge, en ese momento, mira de reojo,
se me acerca y me dice:
—Te lo pido, por favor, por tu abuela, no hagas ninguna cagada. Para ella sería
no vamos a tener fuerzas —me toma la mano, los ojos pasan a tener lágrimas y
la voz se entrecorta. Nunca había visto de esa manera a mi abuelo. Para él, llorar
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llevan, yo me quedo sin nada. Vos y tu abuela son todo para mí. Por favor,
—No sé si puedo prometerte eso, —le respondo, mientras sujeto firme su mano
55
XIX
—¿Qué vamos a hacer con este chico, Víctor? Decime, porque yo ya no sé qué
más hacer —escucho a mi abuela rezar en voz alta. Jorge ya no estaba. Se nos
fue en diciembre pasado, antes de las fiestas. Los corazones de los hombres
que muestran fortaleza, callan muchas cosas y un día explotan. —Dios mío,
¿qué hago, Jorge? Necesito que alguno de los dos me diga algo. Siento que ya
no tengo fuerzas —lleva sus manos al rostro y llora, acostada, tapada hasta el
El silencio envuelve la mesa y las manos intentan hablar, pero la timidez impide
cualquier acción.
—Vos sabes que sos todo lo que me queda, ¿no? —Me dice, mi abuela.
Chupo la bombilla del mate, esperando que el ruido y los segundos que demoro
56
—No sé qué decir, abuela. Yo ... —la boca queda abierta, el aire no sale, no
Los ojos cristalinos y nostálgicos de un tiempo que ya no es, que, quizás, nunca
—Y también morí, abuela. Yo, también, morí por culpa de estos tipos.
—Y ahora me estás matando a mí, Poseidón. Me diste el golpe de gracia con tus
palabras —me dice, apoyándose en la mesa con sus manos, para juntar fuerzas
y levantarse.
nerviosas y tristes. Gesticula palabras, los labios se mueven, pero no hay sonido
—No caigas en sus manos. Si te atrapan, lucha por liberarte. Si no podes, hace
dormitorio.
57
Llego a su encuentro. Fueron unos pasos solamente. La abrazo y comienzo a
Esa fuerza que no se puede detener y que deja un hueco en el cuerpo. Las
58
XX
La vecina me dijo que tuvo un infarto del susto que se llevó por los militares.
Primero, lloró por mí, cuando supo de la noticia, y luego, partió. El cuerpo no sé
Busco una hoja y algo para escribir. Necesitaba hacer una lista.
Encontrar el cuerpo
Me paro, voy hasta la cocina y pongo la pava para el mate ¿Dónde está el mate?
veo el objeto deseado, con la bombilla a su lado. Los junto y los lavo.
—Así se deben haber sentido los apóstoles cuando Jesús les lavó los pies,
sucios —palabras que le decía al mate, para luego dar rienda suelta a la risa que
me causaba la situación.
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—Necesito pedir un favor, y tiene que ser ya —sigo hablando solo. Escucho que
Ojo en la mirilla.
cómodo.
Sumé una silla en la cocina, y se sumó a los mates que ya estaba tomando.
—¿Cómo estás, viejo? Tanto tiempo pasó de la última vez que nos vimos —le
digo.
—En realidad, pasaron seis meses solamente, ¿te acordás? —Toma un mate y
—Que extraño que funciona esto del tiempo. Che, decime, ¿qué te trae por acá?
—Me acordé de tu dirección. No sé porque, pero fue una de las cosas que no
pude olvidar de ese horrible encierro —hace una pausa para encender un
amigo.
—Quiero robar un banco. Necesito juntar plata para irme a la mierda del país.
60
—Me la juraron, Poseidón. Me juraron que me iban a matar sino me iba del país.
agua.
fueron sin nada de plata, sólo con lo puesto. Hasta les pagaron el pasaje.
barco.
—Además, —me dice, Bastet —me quiero ir a las playas de Andalucía y vivir
—Amigo, tenés veintidós años recién —y tomo el siguiente mate con culpa.
61
XXI
Un año, y Bastet sigue aquí. El plan está armado, pero no ejecutado. Hay dudas
vuelta nos pedía, por favor, que ventilemos mejor la casa, o que un ventilador
quemado.
un lunático.
62
—A ver, contame. Ilústrame —le digo, mientras mastico mi chicle frente a su
extinto.
—¿Alguien delató?
—Sí, y fue bastante jugoso para los milicos. Había tres cabecillas de Montoneros
—Aclárame una cosa, ¿qué tiene que ver esto con lo que venimos hablando?
susurrando:
—Esos dos, nos van a delatar. Saben de nosotros —y se aleja, con los ojos
—Me parece que vos no estás bien, amigo. Primero, me apareces de la nada
para proponerme robar un banco. Ahora, me decís que unas personas, que no
otro aire.
63
Giro el cuerpo en dirección al lugar que mencionó Bastet. Comienzo a caminar.
de alguna orden. Las paredes tienen múltiples orificios. Una de las ventanas está
Mis piernas tiemblan. Subo mi mano tiritando hasta mi boca con un cigarrillo. Lo
enciendo. Volteo la mirada y veo el rostro de satisfacción del enemigo que logró
imperiosa.
—Nos tenemos que ir... —repetí en voz alta, hasta volver a mi casa.
64
XXII
No nos fuimos, pero fue a un costo muy alto para mí. Bastet, mi lunático amigo,
fue llamado a las fuerzas para ir a servir a Malvinas. Al ir a una escuela militar,
salió con el rango de Sargento Primero, por lo que fue llamado a las filas.
Estamos en los primeros días de abril, y la algarabía en las calles era tal que los
militares que pasaban por el frente de mi casa me saludaban con una cortesía
llamativa.
Querido amigo:
¿Cómo no íbamos a saber que esto podía pasar? Tendríamos que haber robado
suspiro, porque somos almas que deseamos ver a este país libre de toda
65
Pero, parece que el destino quería verte con un FAL en la mano y una bandera
bordada en el pecho.
Saludos.
Poseidón.
Al salir, una niña estaba al lado de su madre, tomándole la mano. Fija su vista
puta que lo parió! —Y echo a reír, mientras busco algún cigarrillo perdido por la
andar los pies. Hago unas cuadras y doblo a la derecha. Me estoy acercando a
una plaza. Veo una pareja de chicas, ambas fumando, y yo sin tabaco.
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—Hola, chicas. Disculpen la molestia, ¿les podría manguear un cigarrillo? —Les
digo.
—Hola. Eh... —ambas se miran —sí, no hay problema —me responde una.
—Tuviste un golpe de suerte —me dice la otra chica, y comienza a reír. Yo las
—No, no pasó nada —respondo —¿A qué viene tu pregunta? —Le devuelvo.
—Tenes los dedos con marcas, como si hubieran estado manchados con algo
Aspiro una pitada, con los ojos clavados en la pregunta. Las manos se mueven
lento y la respiración es casi inexistente. El humo sale por las fosas nasales, por
—No, no tuve sangre en mis manos, pero —trago saliva —tengo el alma repleta
67
XXIII
—¡Poseidón! ¡Poseidón! —Me grita, Bastet —¡Ahí vienen los Gurkhas! ¡Ahí
cara. El miedo de no querer ver el horror de nuevo, pero no podía salir de allí. Si
dolor de panza, es algo hecho carne que hace que el vómito sea algo recurrente
—Acá estoy, amigo —coloco mis manos en sus hombros. —Ahora, mírame a mí.
Mírame y respira. Despacio. Eso, uno, dos, tres, cuatro. Ahora deja salir el aire
y volvé a hacerlo.
—Llevas mucho tiempo en la cama y poco usando la cabeza para cosas útiles.
—Me ayuda mucho a estar en un estado que me permite pensar con claridad.
Lo miro, con los codos apoyados en las rodillas. El humo se volvía una cortina
olvido.
—A fin de cuentas, a todos nos olvidan —me dice, con una lágrima saliendo de
su ojo derecho. —Los cementerios son los lugares de la falta. Vemos la piedra o
68
la placa, a veces con una foto, otra no. Simplemente está el nombre. Te amamos
—Muchos quedaron allá, Poseidón. Muchos quedaron sin nombre, lo único que
—Ves que sos un pelotudo. Desde hace rato que las cosas dejaron de
vivimos.
—Bueno, avisale a esa parte tuya que es necesario que vuelva. La necesito
69
Nos quedamos en silencio un momento, hasta que Bastet se levanta de la cama,
zorro. Murió en combate. Esto es una pulsera. Era de un chico que se interpuso
entre una bala y mi cuerpo. Falleció también. Esta carta la tengo que enviar
llorar antes de morir. Todavía no junté el valor para ir hasta el correo. Y esto de
acá —suspira unos segundos y saca un libro que estaba debajo de su cama. —
Y esto es del único amigo que tenía en las islas y se suicidó cuando volvimos al
continente.
—Una primera edición de Rayuela, firmada por Cortázar. Y adentro hay un papel
suelto, que dice: “La vida es un relato, pero puede tener muchos caminos que lo
bifurcan”.
70
XXIV
Tengo la libreta en mano. Hago un repaso de la lista: sillón, bolsa de dormir, caja
comida, etcétera. Completo la lista, tomo mi mochila y salimos para el río con
Bastet.
daba alegría poder compartirlo con mi amigo, que ya está mejorando de sus
—Este lugar está perfecto para armar el campamento —me dije a mí mismo.
Improviso un techo con algunas ramas, enciendo la fogata medio lejos del techo
esperanzas. Los pequeños arroyos, venas que dibujan el cuerpo, fuerza vital del
tiempo. Las células son los animales que habitan este planeta. Los seres
—¿Vos crees que ya se fueron? —Me dice, Bastet. —Realmente, ¿vos crees
71
Yo no padecí todo su sufrimiento, ni cuando estuve detenido ni en otro momento.
Tuve otro destino, pero no por eso me fue más amena la vida. Se que aún hablo
dormido. Quizás lo más extraño es que escribo cartas. No tengo un diario íntimo,
pero escribo cartas a las personas que perdí. Al menos una vez al mes. Y, volver
acá, al río, es como conectarme con esas personas. El aire es distinto, el pasto
Los miedos siempre están sujetos de los hombros. Nunca se van. A lo sumo se
detrás nuestro. Están al acecho y nos cuidan en la tumba, sea donde sea.
—La pregunta no sería esa —me dice, después de echar humo. —La pregunta
campamento. No había llevado linterna, por lo que decidí quedarme cerca del
fuego y esperar.
Los pasos se sentían ligeros y rápidos. Era una liebre. Sentía el olor a algunas
—¡AAAAHHHH!
—Sí, amigo. Si —suspiro e intento calmar las pulsaciones. —Fue una pesadilla
nomas.
72
—Estaba en el campamento y salí corriendo hasta mi casa. Dejé todo ahí.
Incluso las llaves. Al enfrentarme a la puerta, golpeé muy fuerte para que alguien
si le estaba preguntando en serio. Le digo que sí. Insisto ¿Dónde está papá?, y
cadáver.
—¿De tu viejo?
—Pero, para ¿Tu vieja no falleció antes que tu viejo? —Me dice, Bastet.
—Tiene todo el sentido del mundo —levanto la vista para mirar a Bastet a los
ojos. —Es la confirmación que mi viejo está muerto y el cadáver soy yo.
73
XXV
El fiel reflejo del agua que queda reposando en la ducha. Desde la planta de los
pies, subiendo por las piernas, el pito en el medio, hasta llegar a verme la cara.
Eran las siete de la mañana. La ducha fría en invierno sirve para despejar toda
Fue una noche difícil. Tener pesadillas es tan traumático como vivirlas. Bastet
amigo y sabes dónde está. No tengo que hallar el cadáver, ni saber dónde lo han
Me paré desnudo frente al espejo. Los pies estaban estáticos. No quiero ir, por
algún motivo que desconozco, creo que estoy dejando a mi amigo echado a la
Abro la puerta.
—Pero, ¿qué haces desnudo? Daniel, ¡Por favor! —Se queja —¡Anda a
cambiarte!
74
—Vos te das cuenta de que sos un pelotudo. Anoche me llamas para contarme
lo de Bastet, pidiéndome ayuda. Vengo, y quedó como una boluda porque estás
—Yo no te pedí que vinieras a decirme que hacer —le respondo, con bastante
enojo.
—Yo no te llamé.
—¿Por qué?
—Tuve pesadillas.
75
—Empeza por vestirte, porque ya no quiero seguir viéndote las bolas, y después
más cómodo andar sin ropa por la vida, pero el frío obliga a mantener la piel
cálida.
calentándose.
—Son las siete y media de la mañana. No fumes tan temprano, por favor.
—No lo sé, Daniel. Solamente espero que no te vean como un bicho raro, porque
76
XXVI
La ventana tiene rejas. Está la abertura, el vidrio y, del otro lado, solo los barrotes
que impiden que pasen los hombros y los pies. Yo, mi ser, mi especie de
apariencia al ser que era, que fui, que ya no soy, ve la lluvia golpear el vidrio y
cómo el agua baña los cilindros metálicos. Manos sobre las rodillas, espalda en
es aterrador.
Bastet hoy no quiso levantarse. Tuvo una noche difícil. Se pierde el espectáculo
de las correas que aprietan las muñecas, al metálico de las bandejas o al de las
sillas de ruedas que van y vienen arrastrando cadáveres que respiran, pero no
inyectan fármacos cada tres horas. En ese caso, dicen que me ayudan a estar
y nadie más, porque no hay nadie más. Ya no. Las gotas lo golpeaban, pero el
ave estaba ahí, estoica, mirando la decadencia de los seres racionales que
encierran a sus pares y les distorsionan la realidad por miedo, por miedo a una
revuelta de inadaptados. El pájaro abre las alas y queda estático en esa posición,
77
mirándome. Llevo un cigarrillo a la boca. Lo enciendo, me pongo de pie y
—¿Te parece gracioso alterar a tus compañeros? —En una posición de dominio,
—La verdad, —le digo —hacía bastante tiempo que no sentía esta sensación.
—¿Qué sensación?
—Sí, unos hermosos electroshocks —digo, mirando la lluvia. —Va a ser mañana
—Así es. Por pelotudo y respondón, mañana te freímos un rato tu cerebro, —se
me acerca, cara a cara —a ver si se te aclaran las ideas. Acordate, acá mando
yo —se retira.
Ya no hay nada de sentimiento. No sería la primera vez que paso por esa terapia
prohibida, pero utilizada como castigo. Al menos, fui cuatro veces en menos de
78
manos, que tapaban sus pezones rosas. La humedad de su pubis al sentir mi
lengua. Todas imágenes que necesitaba para saber si mi pito aún funcionaba,
generaba una fuerte frustración, tan grande que, sin más, comencé a llorar frente
—Gracias por tan reconfortante noticia, Enrique —lo miro y le digo. —Andate a
—Yo me voy, —me dice —pero si te preocupa eso, ¿qué harás con tus bolas?
79
XXVII
—¿Vos sos boludo, Manco? —Le respondo. —Claro que veo tu mano derecha
escapaban a su compresión.
—Pero ayer la tenía ¡AHHH! —Grita, furioso. Empieza a correr, y el grito se diluye
labios.
—Si, estoy bien, amigo. Gracias por preocuparte ¿Vos cómo estás?
80
—No nos queda otra —y el cigarro vuelve a su boca.
El silencio se torna incómodo cuando dos personas que comparten vida, tristezas
y alegrías, quedan cara a cara, sin nada para comunicar. Ya no hay ideas. La
—Miranos, con estas prendas de ropa, cual enfermeros sin título. Parecemos
vivimos, vivimos para marchar sobre la cabeza de los reyes”. Que hermosa frase,
Poseidón ¡Qué hermosa frase! —Y se para sobre la silla, alentando al resto, pero
—Que absurdo todo esto, Bastet. Nos tienen acá, empastillados a más no poder.
cuchillo, no lo voy a sentir. Mi pie puede estar chorreando sangre, pero no vas a
Busco nuevamente mi Lucky Strike. Convido uno, y ambos nos ponemos a fumar
nuevamente.
Un gran patio cercado, eso era nuestro contacto con la naturaleza. Un terrario
verde artificial, donde las hormigas vienen a robar nuestro pan y pastillas, los
pájaros nos evitan por los proyectiles, los gusanos no tienen hojas verdes y las
Ese sector es para realizar la única actividad física permitida, dar vueltas en
81
quemado y solo hay tierra seca o barro, dependiendo de la frecuencia de regado
o lluvias.
Una de esas personas que está haciendo la actividad diaria se acerca a nosotros,
y se presenta:
—No soy Cristo, soy Jesucristo —me dice, con cara de fastidio. —Vos debes ser
Poseidón, ¿no?
—Era obvio. Un Dios terrenal que se cree invencible, pero está al nivel más
82
XXVIII
—¿Qué soñaste?
—¿Te esperaba?
—Lo tengo escrito por acá. Lo anoté para no olvidarme de los detalles —revuelvo
Siento que una mano toca mi hombro. Utiliza solamente tres dedos. Los apoya
Sus pasos quedaron marcados en el piso. Podía notar que estaba descalzo.
Sus pies estaban mojados y con barro. O arcilla. O, tal vez, era tierra que había
en el piso.
La maleza se mezcla con mi camino y no puedo ver por donde tengo que seguir.
83
Me deje guiar por el tacto de mis pies para avanzar. El olor a río me llevó hasta
ahí.
también.
Quiero avanzar, pero tengo las muñecas atadas a los árboles cercanos.
—Y ahí me despierto.
muy fuerte y muy rápido. No quería dejar nada afuera. La memoria olvida más
—Debe haber sido como romper un plato y querer volver a armarlo, pieza por
—Sí. Fue algo así. Se puede usar para comer, pero le faltan algunas pequeñas
—Soy un cazador.
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—Miré usted. Lo felicito. Yo soy Poseidón. Ahora, retírese, por favor.
—¿Vino a matarme?
—¿Adónde?
—Lo vengo buscando desde hace varios años. Usted es una persona especial,
no solamente para esta institución, sino, también, para mí. En las altas montañas
85
XXIX
—Porque el guarda escucha la radio todos los malditos días —dice, Bastet,
—Muchachos, dejen de pelear —les digo. —Si quieren, tomen lo que dijo el
pastor e inviértanlo. Quedaría algo así Sólo aquellos que no trabajan, logran
la voz, Bastet.
—Doy inicio a las sesiones del Santuario. Creo que quedó obvio cuando grité.
—Tiene razón, Poseidón. Él dijo que daba inició a la primera sesión del
—Nosotros somos los únicos Dioses Mortales de este lugar de mierda —les digo.
86
Las miradas de entendimiento se dan en el silencio que envuelve el humo. Es
como capturar un grito. Las vibraciones son difíciles de atrapar para las manos,
pero es posible hacerlo. Solamente hay que estar atento al momento en que la
palabra sale de la cabeza y llega hasta la nariz y ve la luz. En ese instante, las
—¡Soy Jesucristo! Hijo de Dios Padre. Ten más respeto, por favor.
—Es aquel que está sentado, —señala a un hombre a pocos metros nuestros,
cosía, era Corominas. Ahora, si encontramos al tipo que se baña sin cortina para
que todos le vean el pito grande que tiene, a ese habría que decirle el Dios de la
Ducha, Delabost.
El paisaje era de una singular extrañez. Dos personas paradas hablándole a una
que estaba cosiendo los agujeros que tiene su calzoncillo. Calculo que esos
87
Prendo un cigarrillo. Una paloma intenta ingresar a la jaula del patio. No puede.
permitido el ingreso. Sus alas podrían dar ideas peligrosas de que los humanos
situación. La paloma insiste, y no pasa. Ante esto, decide apoyar sus patas en la
reja y abrir el pico. El pichón cae, y su tamaño permite que se cuele en los
manos. La paloma expulsa una lágrima que impacta en el pico muerto. Una
alas y se fue.
88
XXX
apoya brazos. Mis ojos furiosos destilaban los fármacos y, rojos como el fuego,
retorno estrepitoso.
voz alta.
—Seguiste a otro lunático, como vos —me dice, Bastet, al acercarme un café.
rodilla. Quedaba toda una franja oscura, que se seca rápidamente. Era arcilla.
y yo le grito ¡Éstas no son mis manos, mamá!, porque tenía las manos hechas
de arcilla.
—¿De arcilla?
—Sí. Ella me decía que siempre había tenido esas manos, que me había
convertido en un Dios.
—Cuando volví a la pieza, encontré esto —le acerco a Bastet un pequeño papel,
que tenía un número telefónico de un lado y un nombre del otro. El número era
89
—¿Quién te dio este papel? —Me pregunta, Bastet.
—No lo sé. Cuando estaba sosteniendo ese papel, pasa un enfermero y me dice
nuevamente.
llamada cada dos días. Y, como nunca llamaba a nadie, no me parecía una mala
idea intentar.
—¿Hola?
90
—Hola, sí. Mire, me dejaron su número en mi habitación, no sé el motivo. Me
—No para quién te conoce. Para mí, seguís siendo Daniel. Lamento mucho lo
tu situación.
—No sos ningún Dios, y en el Santuario tampoco hay Dioses. Solo filibusteros.
91
XXXI
—Adelante, Poseidón.
—Henos aquí reunidos, en este lugar sagrado, para dar inicio a la Junta del
de las habitaciones? Me parece de muy mal gusto esa broma, sobre todo si se
—Por favor, Poseidón, más respeto para con los pares —dice el Dios de las
Agujas, Corominas.
—Está bien. Pido disculpas, Seres Mitológicos por mi lenguaje. Me urge mucho
—Hay alguien que no merece estar aquí. No hay lugar para ladrones.
—¿Qué es robar, Poseidón? Es tomar algo ajeno, algo que pertenece al círculo
de lo privado. Acá somos una comunidad. No existen las cosas privadas —dice
92
—¿Y para qué la inventaste entonces?
—Yo no la inventé. Yo sugerí algo y los humanos tomaron lo que quisieron —me
responde, Locke.
—Acá hay gato encerrado —dice Bastet, Dios de los Tiempos Antiguos.
—¡No me acuses! ¡Puedo ser tu ruina! —grita Agamenón, Dios de los Caballos.
—No perdamos el eje del debate, que es el robo del papel higiénico ¿A nadie
más le pasa?
—Bien. Somos varios. Les voy a leer un dictamen que he redactado —saco un
pergamino, hecho con papel higiénico, del bolsillo. —El escrito dice así:
fundamentales para la vida en este planeta. Hoy nos toca debatir algo que nos
Hay escases del mismo. Alguien de los presentes ingresa a las habitaciones y
se los lleva a hurtadillas. No voy a sacar el dedo acusador. Mi crueldad solo debe
93
4° Hay tiempo hasta mañana 12 pm para declararse culpable.
estará hecho de papel higiénico. El resto del rollo deberá estar apoyado en el
suelo.
—No exageres, Poseidón. Acá hay Dioses más poderosos que vos —me dice,
Agamenón.
—Si alguien se anima, aquí estoy. Espero cualquier golpe. Pero debe ser un
94
XXXII
altura de mi cabeza está el estante. Hay un frasco. El café exótico del Dr.
Silvestres.
enemigo.
—No vas a querer despertar al Dios del Olimpo —me advierte, Marte.
Las advertencias calan hondo entre las paredes blancas, que disfrazan una
pulcritud digna de una esterilización previa a una cirugía a corazón abierto. Los
manos, pensaba. La intención de poder irme de ese horripilante lugar era real,
ese boleto? ¿Qué pasará con Bastet cuando me vaya? Por Jesucristo no me
codiciosos.
95
¿Debería comentar mi plan al resto? ¿Debería ser una decisión popular? No lo
sé. Me gustaría ser egoísta en este momento, pero la culpa se ha vuelto tan
—Es más seguro para el resto de nosotros que vos estés acá —me contestaron.
Lo han sedado más de una vez por repetir (y gritar) esa frase. Le dijeron
¿Yo soy el pueblo? ¿O el pueblo somos todos? No puedo canjear un frasco por
la salida de todos los pacientes. Si hago eso, el Santuario de los Dioses Mortales
llega a su fin.
sosteniendo el café entre mis piernas, con ambas manos. La mirada pétrea hacia
un piso opaco y frío. Tengo los pies helados. Las medias son finas. Bastet
—Deseo el placer del viento. Deseo el placer de la arcilla. Deseo el placer del
agua de río —repetí, varias veces. El frasco estaba apoyado en mi pecho, como
—¿Qué hacés, Poseidón? —Me pregunta, Bastet, con los ojos entrecerrados,
96
Abre bien grande los ojos, y gradualmente va cambiando el gesto, de sorpresa
a pánico.
desobedecer innata en cada mandato que nos obligan a cumplir. Con esa cara
lo miraba a Bastet.
—Prefiero elegir cuándo morir, y no vegetar en esta vitrina infectada, donde los
—Yo no voy a ser tu Judas. Vos decidís que hacer con tu vida —y silencio.
97
XXXIII
Bastet. —Lo hicieron mierda. Tiene una sonda para cagar y mear. Es un asco
verlo así.
—Ese.
—No me lo acuerdo, pero creo que terminaba diciendo o no tener donde caerse
muerto.
—Si, terminaba así, creo. Poseidón no tiene dónde caerse muerto —dice,
del cielo y ver más allá. Terminar en un agujero negro y quién sabe que más
bellos placeres.
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—Así es. Un maldito frasco de café —le responde, Bastet. —El problema fue que
los quiso chantajear. Poseidón se quería ir, y a cambio de eso, tenía como rehén
—No. Primero lo golpearon mucho, para que sintiera dolor. Luego lo sedaron, y
quebraron.
reojo, con una exclamación de que había que tener cuidado. —Bueno, vamos a
dormir.
en el diluvio. El río es mi sangre, la arcilla mi carne. Los pájaros beben de él. Los
seres humanos viven gracias a él. No subestimes su poder. Hay un misterio por
resolver.
—Sí. Mi padre siempre estaba tras algo. Un sueño, un deseo, una verdad.
99
—Se me va pasando el efecto de los narcóticos. Guillermo me dijo que ya no me
—¿Culpa de qué?
—Me dejó cuadripléjico, Bastet —giro la cabeza para mirarlo a los ojos. —No voy
100
XXXIV
Paso a paso. Día tras día. Escribo una línea, la borro. Escribo una palabra, no
de querer correr y no poder. Las manos, los dedos, se fortalecen con el avance
del tiempo, a pesar de la edad. Ya tengo treinta y cuatro. A mitad de esta vida ya
—¡Qué olor a pata, Poseidón! —Me grita, Marte. —Yo entiendo que no puedas
en esto.
La reforma constitucional se hizo realidad hace unos días. El júbilo de los cínicos
frente al pueblo que denota demencia o ceguera. No ver la pobreza que tapa el
techo del Santuario es absurdo. Mientras las ideas no caen, los desplazados se
Bastet estaba con Jesucristo, fumando en el patio. Un nuevo integrante del salón
derribado de forma amable; grita de dolor, se retuerce, lo inyectan para que baje;
—Sé que su apodo es Soria, pero creo que no va a poder entrar al Santuario con
101
—Soy el Hijo de Dios, Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, único hijo
del Señor.
—¿Y eso que tiene que ver? Vos sos Poseidón, Dios de los Mares, Ríos y
Océanos.
—¡Y ando en silla de ruedas! —Le grito. —Qué extraño es el mundo. Yo debería
dominar las aguas de esta tierra, pero ni siquiera puedo dominar mis propias
piernas.
Por dentro pensaba, ¿cómo puedo agradecer eso? Las personas que me
hicieron esto siguen como si nada. La conciencia no los retuerce de dolor como
cuando yo quiero atarme los cordones y siento mis músculos en los brazos que
Lo miro a Bastet, con el ceño muy fruncido y suspirando como un toro a punto
de embestir al torero.
—Vos más que nadie vió lo que me pasó. No podés decirme semejante
pelotudes moralista.
—¿Sabes una cosa? ¡Andate a la puta que te parió! ¡Vos y todos los pelotudos
de tu club de mierda!
102
Bastet muestra una notoria cara de enojo, pero se atraganta de palabras como
un niño pequeño y se retira. Jesucristo lo ve irse. Rota la vista hacia mí, con
—Es verdad que nos conocemos aquí dentro, o sea que tu pasado me es
vuelve a subir, clavando sus ojos en los míos. —No sé de tu sufrimiento porque
asuntos para dejar rastro de nuestro paso. Vos sos un ejemplo de que aún
103
XXXV
Una cortina de humo envuelve la silla de ruedas. El olor también me rodea y aleja
a la gente. Me ha resultado, este último tiempo, bastante difícil ser una persona
que estar pasando mi vida y no poder siquiera escribir un boceto de alguna idea
potable que me permita salir victorioso de esta batalla contra la ironía del
encierro.
Escribí y borré. Escribí poco y taché demasiado. Destruí hojas. Las apilé en una
tirar al pasillo, recibiendo las puteadas del sector enfermería y del resto de los
No me interesa. Solamente quiero poder escribir, aunque sea un boceto del plan.
único que pude terminar fue un agujero negro. Intenté salir del otro lado de la
104
—Es mejor quemarse que morir lentamente, ¿o es mejor al revés?
—¿Ahora copias frases? —Giro la silla para poder verlo a la cara. —¿Querés
—Es el último rastro, y tal vez el único, con el que contamos los mortales. El
—Si vos querés salir de acá, vas a necesitar ayuda. Si no, vas a poder salir, pero
La ironía del encierro es eso. Sentirse seguro entre las paredes, hasta que una
con las manos, con el cuello. La cabeza piensa mil posibilidades y descarta otras
la muerte.
Me acerco, y hablo:
105
—Adelante, Poseidón —me responde, Locke.
—Me he comportado como un verdadero idiota frente a ustedes, que son mis
pedirles disculpas a todos, en especial a mi amigo, Bastet —giro la silla hacia él,
—Hoy todos recordaremos este día. Este día, nuestro Santuario ha vuelto a
—Así es, Dioses Mortales —habla, Locke. —Vamos a celebrarlo. Levanten sus
tazas de café y cigarrillos y digan conmigo: ¡Por los Dioses Mortales del
106
XXXVI
lluvia vuelve a golpear. Ya voy olvidando los espacios, los aromas, las
transporte público. Esas cosas quedaron para el afuera, para los poseídos de
lujuria visual.
La galería junta hongos e historias que quedan marcadas con sangre, como la
piel se rompe, los huesos también. La marca del puño de Soria quedó. Luego,
cuando los volví a ver, demacrados, casi muertos y con miedo a las sombras.
tal magnitud que el cuerpo nunca se recupera, y a cada paso que da, va
Cierro el cuaderno y arrojo la colilla del cigarrillo a una laguna que se había
formado cerca de la rejilla. Flota y queda allí, medio cuerpo afuera, como
humo y suspira.
107
—Bien —le digo, y lo miro para decirle otras palabras —¿Por qué me preguntas
patio-laguna. —Quiero saber cómo estás porque te quedaste acá, solo, mirando
—El tiempo pasa muy lento acá, amigo —su cuerpo se reacomoda y enfila para
volver adentro. —Fijate qué querés hacer con la lentitud que nos come el
nuevo.
El peligro acecha en las partículas contaminadas que caen con la lluvia, que no
deja de concurrir al encuentro con la tierra. Sé que Bastet tiene razón, en poder
hilo de esperanza para mí, para el resto y para los enfermeros, psicóticos que
sacándome de mi plano.
—Locke —le digo, mientras pienso que decir. —Mira, la verdad es que no
—Mi mamá murió cuando yo era joven. Me criaron mis abuelos, más que nada.
108
—Ah, no sabía eso, amigo —hace una pausa para encender un cigarrillo y
parase al lado mío, viendo la lluvia. —¿Cómo están tus abuelos? ¿Siguen vivos?
—Porque me siento culpable de lo que les pasó. No fui una persona fácil para
ellos.
—No siempre seremos la persona soñada, pero estoy seguro que los hiciste muy
felices.
109
XXXVII
La última noche soñé, soñé que mi padre hablaba conmigo. Una charla por
—¿Qué existencia, papá? ¿La que destruimos nuestra casa? ¿La de las
cuenta? Lo único que hacemos en esta vida es inventar historias para creer que
somos inmortales.
—Lo sé. Las necesitamos para creer en algo. Por eso, saca tu culo de la cama
¿Qué historias voy a crear estando acá? Solamente veo pastillas y perdidos
—Un obituario. Lo necesito para saber a quién conocí estando aquí dentro y se
—Es una manera de recordar. Quién sabe. Tal vez, el día de mañana, escriba
Mis ojos posan sobre Jesucristo. Lo despectivo del comentario hace que la
—Si soy el Dios que digo ser, puedo engañar a quién yo quiera —junto mis
110
Un rayo irrumpe la tarde. El aguacero se cierne sobre las cabezas de los que no
hay feriado.
Enciendo un cigarrillo, y sigo con mis notas. Levanto la cabeza y veo que Bastet
gritando en el camino:
—¡¿A quién le decís pelotudo, vos?! —Haciendo un ademán con las manos,
—A ver, explícame, si te levantas con el culo dado vuelta, ¿es culpa de nosotros
—No hay tal necesidad. Simplemente no quiero estar acá, en esta silla, en esta
galería, fumando este cigarro, sabiendo que cuando lo termine, voy a terminar
el tabaco humeante.
111
—En este lugar, el Santuario de los Dioses Mortales, todos te toman como un
intelectual.
—Pero, ¿qué querés que piense un tipo que está encerrado en un psiquiátrico si
—Si yo comienzo a fumar en pipa, ¿me van a dejar de romper las pelotas?
112
XXXVIII
La pipa me ha dado cierto aire de sabio ante el resto. Ya aprendí a hablar sin
—Pero danos un avance de lo que estás produciendo ahora —me pide, Locke.
—¿Para que me robes la idea? —Todos ríen. —No, gracias, querido amigo.
quita el calzado. Soy una especie de deidad que levita por la fuerza de su pueblo
mientras siga en pie. Eso pienso, soy inmortal. Extiendo los brazos, con las
piernas estiradas, del mismo peso muerto de ambas, y quedo como un Cristo
113
—No juegues a ser algo que no sos.
—Soy la misma ilusión que vos. Bebo del mismo Cáliz, le rezo a los mismos
santos, tengo el mismo padre —hago una pausa y me acerco a él. —Soy igual
la pipa y prendo un fósforo. Fumo, con cara rabiosa. El ceño fruncido. Tal vez mi
aspecto de cuenta de más edad que la real. Las pastillas pesan más que la carne,
o hacen que la carne pese más. Alteran el ecosistema del cuerpo. El resto de los
—Todos sabemos que te querés ir, Daniel, —escucho que alguien intenta
—Yo, Daniel —aparece Guillermo entre los Dioses. —Yo te llamé por tu
verdadero nombre.
Fumo velozmente. Todos se alejan del patio. Quedo mano a mano con
—Bien, Daniel ¿Vos? ¿Cómo estás? Haciendo un poco de barullo por lo que
veo.
alimento diario.
—¿Cuál es tu ilusión?
114
—Creo que había quedado bastante claro. Es salir de acá.
—Ninguna.
de encontrar el oasis. Acá no existe ningún oasis posible. Vos de acá no salís.
Tomo la pipa, y chupo humo. Una gota le cae al tabaco, se humedece y se apaga.
—La puta madre —veo el interior de la pipa. —Esta lluvia de mierda no frena
decide responderme.
—Dejará de llover el día que los Dioses Mortales asuman su pena total.
115
XXXIX
—Estoy podrido. Es la quinta vez que voy al baño en el día —se queja, Locke.
—¡¿De qué te quejas vos, pelotudo?! ¡Siempre vas a tener treinta y tres! El
una cana. El pelo blanco denota cierto paso del tiempo, pero acá no había nada
vejiga?
—Yo voy con vos —dice, Locke. Toma mi silla y nos retiramos al patio.
Las nubes, a lo lejos, avizoraban lluvia, pero aún estaba escampado. La galería
nos cubría en caso de avanzar todo muy rápido. Me armé la pipa y prendí un
116
—En la alteridad.
—El que dice: “No tenemos cosa nuestra sino el tiempo ¿Dónde vive quién no
tiene lugar?”
—¿En este horrendo lugar vive quién no tiene lugar? —Le digo a Locke.
Ya no hay lugar para seres como nosotros, y el reloj corre. Ya me duele mear.
Es un dolor horrendo.
—Por los medicamentos. Somos la prueba final de los laboratorios. Está escribo
—¿Desde que estás acá nunca firmaste nada? Que extraño —dice, Locke, para
117
—Seguramente. Con el nuevo milenio, las trampas siguen siendo iguales.
—No hay consuelo para los desfavorecidos, para los desorbitados del sistema.
hecho cenizas.
—La verdad, ninguna. Es ver tu propia muerte, pero aun estando vivo.
—¿Por qué?
118
XL
misma silla mugrosa, que tiene el olor de mis heces. Cuando giro la silla, es
culo; Locke leyendo un libro invertido, mientras sus bolas le cuelgan; Corominas
bailando sobre la mesa, pateando todo lo que esté encima; y, por último, éste
intento asustar, pero nada. Dicen los otros Dioses Mortales que es un ser de otra
—Yo no soy amigo de este espécimen que me mira de esa manera ¿Le viste los
corre de mi camino, entra al baño cuando voy a cagar, me saca el papel higiénico
verdaderas dimensiones.
—Pero sí. Es muy cariñoso y no lastima a nadie —lo señala Jesucristo, mientras
habla.
119
—¿Ahora yo soy el loco?
—Y, Poseidón, un poco loco estás —Bastet hace un gesto de afirmación de sus
palabras.
—¿Alguno de ustedes vió el cartel que está sobre el marco de la puerta? ¿eh?
¿Alguien lo leyó?
—Yo no puedo leer si las letras están en su estado natural —comenta, Locke.
—Típico de contractualista. Siempre usan sus trucos para ganar —los miro a
—No, Poseidón. Nadie le presta atención a esas cosas —me habla un enojado
Corominas.
—Sí.
—El cartel dice “El barco no debe ir contracorriente”. Éste ser que está ahí,
porque le va a ir mal.
—Vos ni siquiera existís, Jesús. No sos un Dios, sos el hijo de. No deberías estar
acá.
120
—Tengo más batallas ganadas que vos. Lo único que hiciste fue morir
—No me avergüenzo de nada. Soy del barro, de la arcilla, del Litoral. Doy vida
121
XLI
me encontró varias veces haciendo objetos con papel higiénico. Yo aducía que
eran mis lacayos del Olimpo, que obedecían órdenes mías. No recuerdo haber
galería, fumando.
—Que el contrato social se destruía, que este país había llegado al límite.
—La verdad, es que hace tanto tiempo que estoy acá. No sé como esta todo
cigarrillo al césped inundado por la lluvia —que está todo podrido afuera.
chupo humo de la pipa —no nos podemos quedar de brazos cruzados si el país
122
—Hay que tener en claro algo. Hoy, veinte de diciembre de dos mil uno,
comienza algo nuevo. Ya no debemos estar en ruinas ¡Qué comiencen las obras!
sala principal.
Los cuatro nos quedamos expectantes por las palabras que pudieran venir del
interior del edificio. La lluvia había cesado. El sol asomaba y el calor del verano
Los dueños de las llaves de las esposas no salieron. Se quedaron en sus torres
—¿Qué carajo? Están tirando ¡Estos hijos de puta están tirando! —Les grito a
solo se quejan. Locke me mira esperando que haga algo, que dé el primer paso,
—Vamos, boludo —hago una seña para ir en la dirección del ruido. — Ayúdame,
Algo había sucedido. Los otros compañeros estaban tiesos de miedo. Vemos
123
como se cargan un cuerpo envuelto en una sábana que aún se mueve. No se ve
Le hago una seña a Jesucristo para que se asome a la pieza. Da unos pasos y
Jesucristo.
124
XLII
—Hola, Guille.
—Hola, William.
—Hola, Pastor.
—Hola, Belcebú.
—Hola a todos los presentes. El nombre del emperador era Federico El Grande,
Era un tipo alto, corpulento, con barba. Su aspecto era de hombre tosco, de esos
—Chau, Guille.
—Chau, William.
—Adiós, Pastor.
—Chau, Belcebú.
125
—Adiós, Guillermo El Grande —el último saludo.
—Yo estoy en silla de ruedas. Tendría que haber muerto hace varios años y, sin
—No. Eso me convierte en un maldito. No puedo morir ¿Qué peor maldición que
esa?
—Ninguna.
—Deberías disfrutar tu vida y agradecer que seguís con nosotros —me dice,
Jesucristo.
—Y el resto vive con vos, un Dios Mortal resentido. Oles mal, no te bañas, te
—Soy lo mejor que les paso en sus aburridas vidas de deidades —les digo, y río.
—En fin, bienvenido al Santuario de los Dioses Mortales —le digo. —Calculo que
—El último Dios asesinado en este santuario —le responde, Bastet, con la
cabeza gacha.
—¿Cómo asesinado?
126
—Por extraño que parezca, o por cuestiones obvias, eso quedará a criterio tuyo,
—No te preocupes. Nosotros somos tus compañeros, no tus asesinos —le dice,
—Contanos —le dice, Bastet —¿De dónde venís? ¿Cómo llegaste acá?
127
XLIII
Siempre creí que la historia era un invento de la memoria y que las palabras
historias. Era atrapantes y desafiantes para el intelecto. Nunca supe si las había
rostro.
denostaban su palabra.
—Hemingway —lo saludo con la vista puesta en las gotas que golpean el pasto
—En este momento, se me viene a la memoria una historia que llegué a leer en
—En realidad era un sueño. Entre los papeles de mi viejo había muchas cosas.
Yo, en lo que leí, se le aparece una mujer a un hombre en la barranca del Indio.
Estaba en el río, no aclara si esta pidiendo ayuda o no. Solamente dice que el
128
—La última frase que tenía escrita decía “El río, rudo y salvaje, se apodera de
los cuerpos, sin importar la cantidad de veces que lo intento, me veo yéndome
las manos —“no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido”.
—Vos sabes... yo tengo más de cincuenta. Viví muy de cerca todo lo que pasó
en los setenta. Era mecánico. Tenía el taller para aquel lado, —señala el norte
—en Las Flores uno. Estaba un día renegando con el motor de un Chevy, cuando
me caen los milicos. Eran dos móviles, con tres soldados en cada uno. Andaban
—¿Se presentaron o estaban uniformados con los FAL encima? —Le pregunto.
—Uniformados. Había uno que tenía una Colt 45. Era el único, así que deduzco
—Seguro.
hablando. —Cuestión es que le digo que no, que no conocía ni había visto nada
sospechoso. Me avisan que van a revisar el taller. La seña fue que el que estaba
129
—Se te frunció el culo en ese momento —le digo, riéndome y encendiendo la
pipa.
—Le respondo que no, que mi padre lo era, pero había fallecido el año anterior.
El tipo me escucha. Después, me mira y me dice “yo sé quién sos vos, Ernesto,
¿te pensás que soy pelotudo? ¡Vos sos rojo!”. Me quedé helado. Yo soy radical,
—Lo que te quería decir con toda esta historia es que sé quién sos, Poseidón.
favor. Los latidos como olla a presión. Lo único que hice fue gritar de dolor.
130
XLIV
Estoy con la silla bajo una intensa lluvia. Estoy solo y espero ¿Qué espero? No
tiempo.
—¡Poseidón! ¡Poseidón! —Me grita, Bastet —¡Salí de ahí que te vas a enfermar!
—¡¿Sos joda?! Para los dueños estamos enfermos, si no, ¿por qué otros motivos
la angustia.
—Está bien que es Poseidón, el Dios de los Mares y de los Ríos, de las tormentas
—No sé, pero algo hay que hacer —dice, Locke. —Vení, acompáñame —le pide
a Bastet.
—Solamente les voy a decir que, si intentan mover mi silla, sufrirán terribles
131
Locke se quedó parado a mi derecha y Bastet a la izquierda. Ambos me miran.
Hay dudas sobre cómo actuar. Deciden volver a la galería. Piden un cigarrillo
Jesucristo. —Hay que evaluar si situación, tomar una decisión, elegir por nuestro
compañero.
Jesucristo.
La silla se iba hundiendo en la escueta franja de lodo que tiene el patio. Diluvia
y sigo esperando una respuesta. Hemingway llegó a ver a mi viejo. Sabe que le
las manos al cielo. —Lo tendrían que haber visto. Fue espectacular como lo
hicieron volar por los aires, estrellándolo contra el mar ¡Esos desgraciados! ¡Esos
—Yo no puedo creer que seas un ser mitológico —me dice, Jesucristo.
132
—Tu vida es de ficción, no mitológica.
—¿Y?
—Exactamente.
—Y si yo te dijera que no quiero ser inmortal, que no quiero ser mitológico, que
no quiero estar en el Olimpo, que lo único que quiero es morirme, vos, ¿me
133
XLV
Los instantes terminan decidiendo las oportunidades y los malos tragos, esos tan
Espesa la saliva, no poder escupir, mirar absolutamente un punto fijo, sin poder
curarse.
—Algo tenés que hacer —le dice, Jesucristo. —No te podés quedar a esperar tu
—No tengo idea, pero hay mucha gente que se curo de cáncer. Que se yo, se
operaron.
—Por más de que me operen, el tumor está alojado en una zona peligrosa. No
voy a tener que conformar con ver sus horribles caras —Locke se hecha a reír,
Nos dio la noticia un día soleado. El pasto era reconfortante para los pies.
anticiparnos al mismo, porque Locke está vivo, aún respira con nosotros.
—Nunca les conté sobre mi vida —dice, Locke. —En todos estos años, nunca
134
—Yo tengo una pregunta —habla, Bastet —Sos el más viejo de nosotros, y
—No preguntaste nada, boludo —le dice, Hemingway. Nos reímos todos.
—Si. Va, tenía familia, en realidad. Me separé de mi mujer hace muchos años.
Tuvimos dos hijos durante el matrimonio. Dos varones. Uno sé que se recibió de
médico y el otro está cerca de terminar los estudios para recibirse de abogado.
La voz se le va a Locke. Se está quedando sin resto. El médico le dio dos años
medio. Se escurre por las hendijas de la piel, que va marcando el tic tac, tic tac.
Los pliegues de los pómulos como un recuerdo de los fuertes vientos que se
sufrieron en los embates del recorrido por aquí. Ya asumimos que es difícil salir,
—¿Sos joda? —Me dice, Bastet. —Estás más cerca de que yo te limpie el culo
135
—Amigo Locke, tenés que salir de este lugar de mierda. Tenés que ir a
—No hay que apurarse, Poseidón —habla, Jesucristo. —Debemos ser muy
—Lo sé, querido amigo. Tendremos cuidado, para que luego, ellos, se tengan
136
XLVI
que intenten ingresar, mientras nosotros rompemos las ventanas, así le damos
—¿Todos de acuerdo?
—Gracias por hacer esto muchachos. La verdad, estoy muy agradecido —nos
dice, Locke. —Sé que me queda poco tiempo y, realmente, me gustaría pasarlo
La ejecución de todo lo planificado tenía que ser a una hora específica, las ocho
de la noche. La convicción del grupo se había unido por primera vez. El objetivo
era uno: liberar a Locke del Santuario. Se estaba muriendo y quería ver a sus
—¿Qué pasa?
—Es una acción muy noble la que estás realizando por Locke. Le ideaste un plan
137
—¿Vos realmente crees que somos Dioses Mortales? ¿Los Dioses no son
inmortales?
—Que especie rara somos, los Dioses del Santuario —me dice, Bastet, para
luego cerrar con estas palabras. —Dale, vamos con el resto y arranquemos que
Dicen que los planes no siempre dan el resultado esperado. Repasamos el plan
cientos de veces. Fueron meses de pulir detalles. El objetivo era claro: Locke
tiene que salir del Santuario. Los hijos deben verlo antes de que parta hacia otra
Contractualista, Locke.
Vuelvo a la habitación. Estábamos casi todos, menos Jesucristo, que llegó último
y dijo:
138
—¿Le dio un ataque? —Vuelvo a indagar. —Pero, ¿en qué momento? Si
solamente fue hasta el baño, mientras estábamos hablando ¡Qué mierda le pasó
Todos queríamos mucho a Locke. Era el más longevo del grupo y nuestro faro
139
XLVII
La ventana tiene el mismo polvo que hace diez años. La depresión de ese marco
supremo, Guillermo.
La venganza se fue volviendo cada vez más tibia. Los miedos salen a flote al
momento de ver apagarse los ojos de alguien. Guillermo sigue vivo y no hay
oposición posible, ni real, para disputar el trono de Dios. El martillo baja y la daga
—Lo sueño todos los días —le comento a Bastet. —Es algo que mi cuerpo
Remuevo el tabaco y coloco nuevo. Prendo fósforo, chupo pipa, inhalo humo,
—Cada vez me cuesta más soportar todo esto —digo. —Son muchos años acá
—Eso sí. Va, en realidad, recuerdo la pieza que tenía en la casa de mis abuelos.
140
—Mis abuelos vivían en un departamento que era enorme. En el living tenían
una hermosa ventana que cubría la esquina. Era una ochava, entonces,
—Pero, ¿yo no llegué a conocer ese departamento? —Me dice, Bastet, con
bastante seguridad.
pudo, y todos les fallamos, siendo la peor sensación ésta, la redención imposible.
—Vos sabes, Bastet, que la cobardía es el más viles de los actos humanos.
—Su memoria se fue con él. Lo que nos quedó es una pequeña mirada nuestra
—Bastet, es hora de irnos de acá. Yo quiero vivir mis últimos suspiros fuera de
141
—¡¿Qué mierda te indica?! ¡Qué! —Le grito, golpeando las manos en el apoya
brazos de la silla.
—Qué de acá no salimos vivos. Que vamos a ser los últimos en esta institución
—Perdí todo en la vida. No me queda nada, más que ustedes tres. Quiero vernos
—La aceptación de la realidad no está en tus planes. Por algo nadie quiso
asesinar a Guillermo. La muerte de Locke fue lo necesario para ver lo que nos
depara a todos.
—¿Ese es tu futuro?
—No, es mi declaración.
142
XLVIII
occidental.
Ya son las cuatro de la tarde. No sé qué día es, pero el frío no abraza a los
ahí estaban, los restos del Santuario de los Dioses Mortales, tres tipos que lo
—¿Y vos que sabes de arte? —Le responde, Jesucristo. —Dijiste que eras
mecánico.
—Lo mismo que a todos, la ignorancia —dice, Bastet. —Eso siempre nos impide
un saber.
143
—Equivocado, mi querido amigo —le respondo —No sabemos algo porque lo
Los tres me ven llegar, echando humo. Ellos con sus cigarrillos. Sus miradas se
posan en mis palabras. Después de una charla con Bastet, ya no les hablaba
—La soledad ha hecho que escuche a los que partieron. Sus voces salen de las
—No, boludo. Me están torturando. Pareciera como si sus almas quedaron aquí
dentro.
—Es posible que así sea —comienza a decir, Hemingway, mientras se pone de
pie para arrojar el cigarrillo. —Los espíritus quedan varados en lugares por
—Básicamente, me piden venganza. Que tire abajo todas las paredes del
beneficio mío.
—Están tan desesperados que lo ocultan hablando de las vanguardias del arte.
Son lo más patético que hay ¿Por qué no se enfrentan a la realidad? Yo,
144
que estamos viviendo. Guillermo nos sometió, la dictadura nos persiguió. Yo,
Poseidón, ya no voy a huir. Elijo la salida del suicidio antes que vegetar. Elijo
saltar antes que el estancamiento. Elijo pelear antes que languidecer frente a los
—Depende.
—¿De qué?
—¿Si decimos que no? —Jesucristo, mordiéndose las uñas. Algunas le quedan
en la barba.
aparece.
145
XLIX
para empujar mi cuerpo postrado en una silla que necesita un cambio de llantas.
diurna, en la nocturna, mientras pasan una carrera de caballos que giran en una
pista con forma de óvalo deseosos de llegar a la meta, como los humanos. La
diferencia es que el animal sabe dónde está, que existe y que puede llegar. La
—¿Yo tengo la culpa? —Le hablo a un pájaro que se refugiaba de la lluvia. —Es
demostrando que la política se rige por interés y no por ideas o valores. Los
—Debería haber elecciones anuales, sin posibilidad de repetir cargo. Eso sería
—¿Cuál? —Pregunto.
146
—Pareciera que va a ingresar una nueva persona al Santuario. Guillermo recibió
—¿Y nos lo quieren traer a nosotros a ese hijo de puta? —Dice, Hemingway,
asesino.
—Es un cobarde, dalo por hecho —dice, Jesucristo. —Según me contó Gustavo,
el enfermero, pagó un fangote de plata al juez para que lo manden para acá a
cumplir sentencia. Creo que le dieron la mínima, o algo así. No soy abogado. Me
—Espero ya haber muerto cuando cumpla la condena —suelto dentro del grupo.
—Hades, Dios del Inframundo, viene hoy. Espero que no venga con Cerbero.
—Cerbero es el juez, que protege a este hijo de puta —un enojado Hemingway
—Yo pensé que no iba a ingresar nadie más acá. Este lugar es un desastre. Ni
—No empieces de nuevo con matar a Guillermo y salir. Nadie quiere asesinar a
laboratorios.
147
Nos resulta inaudito que un asesino se mezcle con nosotros. El Dios que viene
traerá pestes, malaria, lo peor de los males, la muerte como tal hecha persona.
Hades esté con nosotros. Entonces, ya que no quieren que sea de forma
va a poder reubicarlo.
—A ver, amigo, necesito que entiendas esto que voy a decirte —comienza
Por lo tanto, dos más dos es cuatro. Aceptó la oferta. No hay vuelta atrás.
148
L
convicción. Antes, las cosas se hacían de otra manera. No había queja, solo era
Nadie registra lo que dice. Lo bueno es que su ingreso nos ha dado la unión
en presencia corriente, siendo el trato cada vez peor para con el resto.
—No va a existir ninguna revolución más —dice, Jesucristo. —Te lo firmó ya,
acá, en este momento. Las revoluciones murieron. Nadie quiere pagar más
—Ya lo dijo Charly, —le contesto —estamos en democracia, ¿qué más quieren?
—El problema, Cristo, es que hay miedo. Los tecnócratas de la iluminación han
—Hay que entender los contextos —Bastet busca aplacar el enojo general.
149
—¿En qué sentido? —Hemingway se enciende otro cigarro. Yo le hago una seña
grandes como para saber qué paso hace más de tres décadas.
—Yo quiero justicia, amigo —le digo a Bastet. —Vos sabes muy bien que perdí.
—Al menos te dije dónde estuvo —se ataja el Dios de los Sobrevivientes,
—Para darle un entierro digno y saber dónde dejar flores. Es lo mínimo que se
estaba con Víctor —Hemingway se quiebra, las lágrimas caen. —No le pudieron
sacar información, pero sí su vida. Eso me contó tu viejo. En esa semana que
estuve, me enteré que mi mejor amigo había muerto en una tabla, desnudo, con
ojos pubertos, pero será real frente a los utópicos valientes, como Víctor, como
150
—Al final, cada vez estamos más viejos, más sensibles, más quejosos.
—Ya que te sentís tan revolucionario, Cristo, Rey de los Judíos, Dios de los
—Poseidón, somos cuatro nomas, y vos estás en silla de ruedas, ¿qué querés
—Si yo logro pararme, ¿vos me prometes que me vas a ayudar a poner todo
Apoyo las dos manos en la silla. Comienzo a hacer fuerza para pararme. Levanto
151
LI
Hay una canción de The Velvet Underground que se llama, Oh! Sweet Nuthin’.
Me gusta desde la primera vez que la escuche. Antes de caer en desgracia, pude
turbulencias. Esa melodía que me atraviesa, haciéndome sentir que mis piernas
ningún lado.
fumar. Los fósforos no prenden con tanta ventolera, pero el fuego necesita
Oh, sweet nothin' / She ain't got nothin' at all. Me tocan el hombro, rompiendo la
—Perdón. Quería ver cómo estabas. Sé que sufriste muchas pérdidas en tu vida,
pero la última te debe haber dolido —se enciende un cigarrillo y se queda parado
—¿Dónde la guardas?
152
—Se fue parte de mi historia con él. Lo repentino de la velocidad hace que el
—Necesito morirme. Eso sería un alivio. Detesto ser el que siempre se queda
—Es verdad que los únicos que logran evadir todo son los muertos, porque se
les terminan los problemas, pero hay muchos motivos para estar vivo —dice,
La justicia divina no existe, lo que la desean se mueren sin verla. El castigo del
compañía de una espera que no sirve. El choque podría provocar una explosión,
—Estoy cansado, la verdad... —les digo, sacándome los mocos de la cara —es
en mi cabeza, hasta que vinieron a traerme los restos de un pasado reciente que
me quitó más años de vida que esta silla —golpeo la silla de ruedas —de mierda.
153
Hemingway y Jesucristo se miran. Comprenden el desconsuelo. A pesar de eso,
no se alejan.
—Dijo que el trabajador del nuevo milenio es un esclavo que tienen bien
adiestrado y controlado. Que, por eso, el capitalismo supo domar a sus némesis,
generando el deseo de una vida llena de lujos. En otras palabras, de que desees
Nadie está a salvo acá. Ni él ni Guillermo. Esos de moral alta van a ensuciar sus
154
LII
Cerré el cuaderno. Lo arrojé sobre la cama que era de Bastet. No creo que le
importe que la use de mueble para tirar cosas. Cuaderno número quince,
completo. El escribir como ejercicio cerebral para paliar el encierro. La cárcel que
dice no serlo, pero que no permite las salidas hasta estar completamente
lado del mundo, o al menos eso es lo que el ego nos permite ver.
—Miralo al forro ese —dice, Hemingway. —Está disfrutando su último día acá.
Que descaro.
—No sufrió como nosotros. Ni siquiera está medicado —se queja, Jesucristo.
Santuario. Mañana se iría, volvería a una civilización que le permite ser impune,
—Para nosotros fue un Purgatorio este lugar —les digo al resto. —Este tipo no
—Me encantaría que un día dejes de poner la otra mejilla y des un golpe. Una
155
Nos reímos. También tosíamos, de tanto fumar. La galería húmeda le daba
—Sí, me canso.
—¿Y por qué no te movés y haces otra cosa? No sé, digo. Quizás te aburre.
—Lo que pasa es que me permite pensar. Consigo aislarme de esta caja de
—Es sencillo. Los ojos de los mortales tienen distintas etapas evolutivas. Pasan
—Yo veo arcilla en mis manos. La misma arcilla que moldea las costas de las
grandes masas de tierra que flotan. Con éstas manos, moldeé las costas de todo
el mundo —miro mis manos. —Yo les di forma a los continentes, a los arroyos,
156
—Nosotros, como Dioses de esta Santuario, fracasamos, amigo —dice,
—Lo asumo, y lo sé. Pero soy parte de todo. La conexión con el río como parte
Jesucristo.
—Antes de morir, necesito ver el río. Perseguir el sueño recurrente que les he
contado.
—Es absurdo, amigo. Los sueños no funcionan así —me dice, el Dios de los
Sobrevivientes.
—Mira la realidad —le digo, cabeceando hacia donde está Hades, regodeándose
con todo el mundo. —¿Preferís creer en esto? Pues, yo no. Me voy a aferrar a
157
LIII
comedor con los tres Dioses que quedamos habitando el Santuario. Nos anticipó
de lo que está abajo puede subir. Para ellos seríamos como la mierda que sube
pregunta sería: ¿Por qué no subió la mierda? Porque reinan los soretes.
Cuatro sillas colocadas en ronda. Se nos permitía fumar adentro en esta ocasión.
—No lo sé —da una pitada. —Vamos a cerrar en cinco años. Si siguen vivos
pregunto a Guillermo.
—Son un peligro para la sociedad, pero, en cinco años, cuando baje la persiana,
no los voy a poder detener, van a ser libres —apaga el cigarrillo, y cierra con una
ofenderlos, muchachos, pero no tienen nada afuera. Fíjense que nadie los visitó
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en el tiempo que estuvieron acá. No creo que tengan muchas ganas de salir
Nos lo quedamos mirando un momento. Más que palabras sueltas, era una
estén adentro.
—¿Vos nos querés muertos? —Le pregunta, directo, Jesucristo. —Necesito que
—Tienen que entender que ustedes son un problema para mí. La verdad, es que
—Jubilarme. Disfrutar de la vida. No lo sé. Viajar, irme a vivir a otro país porque
El humo corría de la sala a la galería para empaparse con el diluvio que se acaba
de largar. La humedad vuelve pesada las palabras. No desear el deseo del otro,
—Yo lo conozco a Horacio —les digo al resto. —He hablado con él una vez. Dijo
—¿Y vos le crees? —Me pregunta, Guillermo. —No tenés noción de quién es
Horacio.
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Es verdad, no lo conocía. Solamente hubo un llamado telefónico. No tengo
argumentos para confiar en él más que la ingenuidad, esa que nos hace confiar
en desconocidos. Esa inocencia que nos hace creer que todas las personas son
buenas y solidarias.
—No hay una fecha concreta del traspaso con Horacio —dice, Guillermo,
Los tres nos quedamos en silencio, sin siquiera mirarnos a los ojos.
—No creí que fuese necesario. Fue un llamado que no tuvo ninguna
consecuencia.
—Aguantar —le respondo. —Nos quedan cinco años de suplicios, pero debemos
160
LIV
El consuelo de los tontos reduce el mal a pocos porque quedamos cuatro adentro
del Santuario. Ya con Byron Keats llegamos a juntar gente suficiente para jugar
nos dejó un acertijo, con tiempo límite, pero nadie tiene intención de resolver
nada.
—A ver, ¿qué dice la pista? —Jesucristo toma el papel que nos dejó el, hasta
ahora, director. —Hay una sola frase, Bastet es una Diosa. Eso es todo lo que
dice.
que acontecieron en el Santuario. Nos quedamos sin referentes, sin líderes, sin
nuestras vidas entre cuatro paredes y un pedazo de cielo que siempre se llovía.
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para el mundo literato, en su comprensión. —Este pendejo me tiene cansado.
con el acertijo.
Veo a Hemingway irse, siendo seguido de cerca por Bastet. Bajo su sombra yace
una mancha roja. Parece ser sangre. Es limpiada rápidamente por un trabajador
del Santuario, viéndome éste, una vez concluida la tarea. La cara de que no
debía ver eso fue notable. Sus ojos abriéndose, sorpresivamente, la boca
Hay una extraña jugada de la mente que me borra el contexto vivo, quedando
sólo el empleado, con su vista fija en mí. Me extiende su brazo, con el trapeador.
Rojos los mosaicos, rojo que se extiende hasta donde alcanza la vista, un
horizonte, se van dibujando sus líneas, sus colores, es Bastet, “soy yo”, me dice.
balbuceo que se va apagando —eso. Debe ser eso —me tomo la cabeza para
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—Que Bastet tiene una hermana.
—¿Y a mí de qué me sirve saber eso? —Me reproche un enojado, Byron Keats.
—Si lo pensás bien, querido compañero, poeta maldito, hay una intención con
que sepamos esa información. Guillermo nos dijo eso por algo.
—Mi deducción...
—Es la siguiente: —enciendo la pipa —la hermana de Bastet sabe que le pasó
—¿De dónde sacaste esa deducción? —Me pregunta, Jesucristo. —Si Bastet
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LV
Hace casi diez meses que Guillermo se fue. No supimos nada de él, ni de
nueva en todo este tiempo fue sobre la hermana de Bastet. El rumor es que se
—No —me responde, Hemingway. —La última información que tenemos es que
que queda. No llueve, aunque los truenos se sienten cada vez más cerca.
Somos una sola chimenea. Byron Keats fuma pipa, como yo. La dejadez
sentido que sea, y acá nadie sale, nadie camina, menos yo. La utopía destrozada
en la letanía de una espera absurda, que bajen la persiana, tener que buscar
dónde dormir o dejarse llevar por la vía rápida, esa veta de libertad que tenemos
los humanos, la única opción real que conservamos desde que decidimos
aprender.
—Nunca nos llegó ningún traslado, —dice, Jesucristo —a ningún lugar ¿Ustedes
no se cansan de esperar?
—Tengo tantas escaras por esperar —le digo. —No sé qué más decirte. Me
—Amigo, en poco tiempo los rajan, ¿vos te pensás que van a tener ganas de
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—Claramente no. Ni yo lo haría —nos reímos juntos.
cuando es el último, sobre todo si estás en espera, listo para irte y no ocurre
—Al fin te conocemos, Horacio —le contesto. —Te estuvimos esperando este
teléfono que decía que la ayuda podía llegar, ahora me daba miedo y pudor.
—Acá no soy Daniel. En este lugar, en el Santuario, soy Poseidón, Dios de los
Mares, Ríos y Océanos. Deberías respetar a tus inquilinos —le contesto, de una
Horacio ríe, suelta una sonrisa tenebrosa, apoya un cigarrillo en sus labios y lo
enciende. Nos echa el humo en el centro de la ronda. Los dientes afilados nos
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—Ustedes cuatro, que están acá, sentado, disfrutando de los truenos y rayos,
esperando la lluvia, fumando tabaco, esperando vaya uno a saber qué, pero acá
tienen en mente. El objetivo final de todo ser vivo, la muerte. El problema con
ustedes es que son unos cobardes. Ninguno tiene las agallas para colocarse una
soga alrededor del cuello o una pistola en la cien. En mis setenta y tres años
sobre esta tierra no vi semejante cobardía por parte de nadie ¡De nadie!
—¡Usted no tiene idea de quiénes somos! —Le grito, poniéndome frente a él,
echándole saliva a sus lentes. —Cobarde será usted, que llega acomodado a
—Soy psiquiatra del ejército, aunque ya estoy retirado. Me jubilé hace algunos
años —responde, dando dos pasos atrás, buscando perspectiva. —Por tanto,
estoy autorizado a comenzar a experimentar con ustedes este último tiempo que
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LVI
vejez y cansados.
—Tenemos que salir de acá —me dice, Byron Keats. — Esto no es un Santuario,
es un laboratorio de torturas.
—Tenemos que destruir el sistema —digo, para cerrar con un grito —¡El
luces blancas que denotan la falta de sol. Las manchas de la edad van
sistema que no lo quiere vivo porque es una carga. Salimos caros porque no
intoxicación masiva por el abuso de una sustancia que no nos dijeron el nombre,
—A ver, Dios de los Mares, Ríos y Océanos, explícame, ¿cómo carajos vamos
esperar este tiempo que queda hasta que cierre este lugar de mierda.
soluciones, darte libertad para que vuelvas a tu sucio taller, puedas seguir con
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tu vida, muriendo de un infarto en tu cama por fumar como chimenea de
locomotora. Sería un placer darte eso, pero no lo tengo. Ante cada intento que
angustia.
—Te dejo esta frase, —se levanta de la silla, arroja su cigarrillo —que dice:
de algo malo, el vacío va llenándose por sí solo. Mientras que el vacío de algo
bueno sólo puede llenarse descubriendo algo mejor". Está en el libro “Paris era
una fiesta”. Soy más viejo que vos, tengo otra perspectiva de las cosas —y se
va.
—Daniel, no deberías discutir con esa gente —me dice, Horacio, encendiendo
un cigarro, de camino a nosotros. —Vos sos de otra clase, no un vulgar que agita
—Por última vez, Horacio, —el tono de enojo aumenta —no vuelva a llamarme
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—Que hay ira en tu voz. El enojo que manifestás viene de la pérdida temprana
padre provocó que naciera un odio particular hacia algo que no identificas.
preguntar: —¿Vos como sabes lo de mis viejos? —Los ojos pétreos ante el vil
vos y tu mamá. Fue una persona muy amable para dialogar. Él quería lo mejor
—¿Vos lo viste el tiempo que estuvo encerrado? —La ira que recorre mi cuerpo
es indescriptible.
—Yo le avise que lo iban a matar —se dio media vuelta para volver adentro.
169
LVII
más. Para mí fue lo más normal, teniendo en cuenta la información nueva que
pipa. Hubiera preferido tener un revólver, dispararle, terminar con esto, pero en
—¿Ya se pasó lo agresivo, Daniel? —Escucho que Horacio me habla del otro
lado de la puerta.
vista con dureza. Uno de los tipos me levanta, otro me desviste. Silla debajo de
escaras.
—Tenés que entender, Daniel, que acá hay reglas que respetar, jerarquías que
—Horacio, ya sé que vos tenés la corona aquí dentro, —suspiro, buscando aire
para poder hablar, mientras el agua me cae encima. —pero no podía, no debía,
—Sí, es verdad que yo tengo puesta la corona, pero el control del mundo lo
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más. Ódiame lo que quieras, no me interesa. La verdad es que la cresta de la
—Sí —se acerca una silla para sentarse frente a mí, cara a cara. —Mira lo que
sos. Desnudo, con escaras, en una silla de ruedas toda oxidada. No sos nadie.
cigarrillo.
—Sin olvidarse de que ahora estamos bajo nuevo tratamiento —sigue, Keats.
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Guillermo nos había advertido de la brutalidad de Horacio. Caímos en la
—No lo sé. Los contactos de otras instituciones los tiene, hay que ver si los usa
para reubicarnos.
—¿Por eso está experimentando con nosotros? —Dice, Byron Keats —¿Nos
angustia!
—No, amigo. Es para el que se queda acá, vivo —chupo humo, y les digo. —Es
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LVIII
donde la deidad mayor del Santuario, Horacio, dice unas palabras, ofrece una
—Quisiera proponer un brindis por todos ustedes, Dioses Mortales, que tan
valerosamente han ofrecido sus vidas a una noble causa, como es la ciencia.
ser un extraño que espera, no sabe muy bien qué, pero espera.
—Decime, Daniel.
—¿Alguien vive?
—Todos viven.
—¿Alguien muere?
—Todos mueren, Daniel. Es la única afirmación real que puedo darte de la vida.
—Probablemente me muera, pero no va a ser antes que ustedes, eso tenlo por
seguro.
comiendo.
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—¿Desde cuándo vos nos ordenas cuando podemos fumar y cuando no? ¿Qué
muy equivocado si crees que voy a apagar esto —sujeta el cigarro entre los
Las voces suben. Solo una persona guarda silencio, Byron Keats.
En un instante, Horacio se pone de pie para dar una orden. Deja su cuerpo
mano que sujetaba el cuchillo y se sentó, para dejar de respirar. En boca abierta
Nadie reaccionaba. Keats intenta sacar el cuchillo del pecho, pero está trabado.
Decide dejarlo ahí y usar el cubierto que era de Horacio para terminar de comer.
Los trabajadores del Santuario le cayeron con todo su peso a Keats que estaba
—¿Mañana te toca a vos, Jesucristo? —Le digo, en todo burlón, mientras nos
metían en la pieza.
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Comenzamos a escuchar golpes fuertes y gritos de dolor en la voz de nuestro
compañero.
Como todo poeta muerto, se encontró con la desgracia siendo muy joven, lo que
La última noche, que debía ser de jolgorio, se convirtió en una redención trágica,
—No lo sé, amigo —nos quedamos callados, de duelo. —Acá estamos todos
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LIX
forma de recuperarlo. Salí con casi sesenta años, ningún trabajo, ningún ahorro,
en la ciudad. Lo último que nos dijo es que necesitaba paz y que se iba a vivir a
Jesucristo decidió mudarse conmigo. Al lado del número de habitación que era
mío, está el suyo, el 62628. Pudimos alojarnos en una pequeña casa de un barrio
alejado del centro. Ya no nos sentíamos Dioses Mortales. Lo único que teníamos
lluvia.
—Lo único que deseo es que el forro de Macri no vuelva a ganar —arroja,
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—El título no lo perdimos. Yo sigo siendo Poseidón. Así dirá mi lápida, “Habla
memoria”.
—No, de Nabokov.
morir.
—Sigo siendo un Dios Mortal, gracias a Dios —y comienzo a reír. Las risas se
papel a la boca, lo retiro. Una mancha roja riñe lo blanco, una forma disímil se
—¿Eso es sangre? —Me pregunta el único compañero que quedó de pie, junto
a mí.
—Pareciera que sí. Se ve que tanto fumar causa sus efectos, ¿no?
Levanto la vista y veo el número, 62626. Ahí estaba, siguiendo mis pasos, mis
incansablemente. Tal vez por el teléfono de Horacio, tal vez por alguna causa
cósmica que determinó que la persecución sea total, hasta que mí muerte nos
separe.
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—¿Para qué? —Le respondo —¿Qué sentido tiene ir? Los dos sabemos que es
lo que tengo.
—No lo sabemos.
y gris.
—Lo que hice estos últimos treinta y tres años, no mover el culo de acá, fumar
—Nadie te va a venir a buscar. Yo te voy a tener que llevar, porque nadie nos va
—Sos un líder nato, amigo. Lástima que al final te termina traicionando tu propio
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LX
La arena entre los dedos, el agua que llega a la costa, lenta, deslizándose
suavemente por la superficie. El río, paisaje de dioses y aves. Allí estaba, tirado
en un sillón reclinable, con los pies en el agua, lentes puestos, recibiendo el sol
—¿Para esto querías venir acá? —Me dice. —¿Para estar tirado, durmiendo bajo
el sol?
—Ya sé que estamos envejeciendo, vos con tus sesenta, yo con mis cincuenta
y cinco, pero, ¿qué estamos haciendo, amigo? Digo, vivimos así hace más de
Acomodo el sillón, espalda recta, me saco los lentes, manoteo la tabaquera. Pipa
afuera, la pereza del viento mueve mi brazo, la quietud de la copa del árbol
mueve mis dedos. Meto el tabaco, enciendo el fósforo. Chupo el humo, giro la
—Estamos en una edad dónde ya no voy a intentarlo más, ¿sí? Mis viejos lo
que hay hoy, en pleno siglo veintiuno, que es no hacer nada. Es mi manera de
—¿A vos te angustia esperar la lluvia, por más de que sepas que hoy no va a
llover?
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—No, pero siempre la espero, y cuando la observo, la melancolía me invade.
Escuchar su ruido, sentir ese aroma, fumar un cigarro en ese momento. Es como
oportunidad nula.
—No teníamos nada ahí dentro. Lo único que había era un dictador institucional
que nos sometió de una manera muy cruel. Además, ¡mataron a nuestros
Nos quedamos mirando el río. Cada día que transcurre, la recriminación por la
—Hay cosas que son inexplicables —le digo. —Yo nunca voy a comprender los
que me llegue la muerte antes que la enfermedad. Ni siquiera eso me salió bien.
—¿Sabes una cosa? Mi viejo, Víctor, el día que nací, tenía tanto miedo de verme,
de tenerme en sus brazos, que tuvo que salir de la habitación a fumar y escribir,
para bajar los nervios —Hago una pausa, buscando silencio, cierro los ojos, junto
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—Decía: “Debemos sufrir para desear morir. Debemos morir para ser más
grande que Dios”. Y nosotros, mi querido amigo, Rey de los Paganos, fuimos
—Sí.
—La verdad, —giro para verlo —te odiaría muchísimo, Jesucristo —ambos
reímos. Al final de las risas, le digo: —En serio, te digo, no me gustaría perder a
Reclino el sillón, me saco los lentes y cierro los ojos. Una lágrima cae. Aún no
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LXI
Escucho el despertador. Como todos los días, suena a las seis y veintiséis de la
pandemia. El encierro no hace bien, pero a los que estuvimos mucho tiempo en
paredes llenas de humedad nos es indiferente. Más de tres décadas, sin motivo
aparente, solo con una acusación de insubordinación ante un oficial, que era
vida se redujo a un caos circular, donde perdí las piernas, un cáncer me está
—¡Buen día! —Le grito, sentándome en la silla de ruedas. —Sí, estoy bien. Nada
nuevo. Solo una mancha más —voy a la cocina. Me encuentro con Jesucristo
sentado, tomando mate junto a un tipo que no conozco. Tiene puesto un traje,
bien pulcro, con los zapatos lustrados. Yo tenía la barba de dos semanas.
—Martínez, señor. Agustín Martínez —me responde. —Soy el fiscal a cargo del
crimen serán juzgados. Luego de la mega causa Brusa, se abrieron las puertas
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Aún anonadado por la noticia, busco la pipa. Junto tabaco, lo meto de prepo,
prendo un fósforo. Fumo. Tiemblo y fumo. Toso, escucho sangre en el piso, pido
—Mire, le voy a ser muy claro con respecto a esto. Yo ya casi no tengo tiempo.
expectante a lo largo de los años. Cuando confirmé su muerte, yo me fui con él.
papel, donde prometas que vas a meter presos a los responsables de haber
matado a mi viejo.
—Decime, Daniel.
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—Con tanta ansiedad en el cuerpo, estoy seguro que vas a poder conseguir que
yo declare —prendo otro fósforo. —En caso contrario, te voy a pedir que solicites
mi viejo.
—Voy a solicitarle al juez tu pedido. Antes de iniciar todo esto, necesito que
—Mejor los dejo solos —dice, Jesucristo, levantándose de la silla. —Les dejo el
mate.
—Es lo único que me podés dar por ahora, y espero que sea digna —le digo.
184
LXII
del abismo, saltar al vacío, vaciarse de vicios, purificar el alma, pudrirse con los
gusanos, morir.
desvelan a los familiares, pero que a ellos no. Mi testimonio ya fue grabado, con
—¿Seguro que querés que te deje acá, solo? —Me dice, Jesucristo.
—Sí, amigo —toso, escupo sangre, levanto la vista. —Es un hermoso cierre esto,
—No estés triste, compañero. Estoy muy seguro de lo que voy a hacer. No tengo
pero vos sí. Sos el único que se va a quedar con ese placer.
—¿A qué costo, amigo? Me quedo solo, sin nadie. Soy un tipo de cincuenta y
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—La vida te dirá cuál será el próximo camino. El nuestro va a llegar hasta acá.
—¿Estás seguro?
—Sí, Cristo. Estoy muy cansado. Es lo único y último que puedo hacer como ser
Ahí estaba la barranca, majestuosa, con los objetos que ha traído el río a lo largo
de tantos miles de años. Círculo perfecto, esfera que concluye lo iniciado, que
es la vida. En un lugar que encontré pude tallar la frase “El río no me deja”.
llanto. Arroja su cigarrillo, me abraza temblando. Sabe que no habrá más. Toma
de la mano?
—Nosotros lo somos.
—Sí, es verdad. Lo que pasa es que somos más evolucionados que esos que
—¿Tenés el frasco?
—Ya estoy en casa —sonrío, con una lágrima que me llega a los labios.
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Mis nostalgias quedaron guardadas en las paredes del Santuario, así como mis
mi final.
—Tengo sesenta y dos años. Más de la mitad de ese tiempo, lo pasé encerrado,
injustamente. Creo que me merezco esto, ¿verdad? —El viento sopla fuerte en
Había conseguido una dosis letal de una droga para la ocasión. Quería
—¡Oh! Dulce nada, ¡gracias! —Grité. Miré al cielo y cerré los ojos.
FIN
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