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Asamblea de Mujeres

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Tras la derrota en la guerra del Peloponeso.

Atenas no consigue recuperar el esplendor


pasado. El desánimo y el desinterés hacia los asuntos políticos de la ciudad empiezan a
aparecer entre sus habitantes. En este contexto, Aristófanes (445-385 a.C.), compone
varias comedias (Lisístrata, Tesmoforiantes y Asamblea de las mujeres) cuyos
argumentos están muy relacionados entre sí: los atenienses, con la audaz Praxágoras a la
cabeza, ante la inacción de los hombres y su escasa resolución para afrontar los problemas
de la ciudad, deciden hacerse con el poder político utilizando distintas argucias. De este
modo, se visten con ropajes masculinos y acuden a la Asamblea con barbas postizas. Sus
maridos, que llegan tarde, han de hacerlo vestidos de mujer.

Las mujeres se reúnen y se visten con las ropas de sus maridos:


MUJER 1 - ¿Y cómo una turba de mujeres de frágil espíritu podrá hablarle al pueblo …?
PRAXÁGORA – Podrá y, sin duda, muy bien, porque dicen que también entre los
jovencitos los más manoseados suelen ser los más diestros en hablar, y esa circunstancia
se da entre nosotras por afortunada coincidencia.
MUJER 1 – No sé, pero la inexperiencia es mala cosa.
PRAXÁGORA – Pues por eso nos hemos reunido aquí, para aprendernos lo que tenemos
que decir en la Asamblea. A ver, tú, ajústate enseguida la barba, y hacedlo también todas
la que os habéis entrenado para hablar.
MUJER 2 - ¿Y quién entre nosotras, inocente, no sabe darle al pico?
PRAXÁGORA – Venga ya, tú, póntela, y conviértete en hombre al punto, que yo también
voy a soltar estas coronas y me voy a poner la mía lo mismo que vosotras por si me parece
oportuno decir algo (Las mujeres se ponen las barbas) […]
(Aristófanes, Asamblea de las mujeres, vv. 110-125)

Praxágora ensaya el discurso expondrá en la Asamblea y con él consigue su propósito:


PRÁXAGORA-[…] Pues bien, sois vosotros, pueblo ateniense, los culpables de todo eso,
pues vivís a costa del erario público y cada quisque en particular mira y remira en qué
puede obtener beneficio, mientras lo común va dando bandazos como Esimo el cojo.
Conque, si me hacéis caso, podréis salvaros todavía: Yo afirmo que es preciso que
nosotros pongamos el gobierno en manos de las mujeres pues también nuestra casa es
ellas las que se ocupan del gobierno y la administración […]
MUJERES - ¡Bravo, bravo, pues Zeus, bravo! Sigue, sigue hablando, amigo.
PRAXÁGORA – […] Que son de mejor manera de ser que nosotros os lo voy a demostrar
en primer lugar, todas sin excepción bañan la lana en agua caliente según la antigua
costumbre, y no se las verá haciendo innovaciones. En cambio, la ciudad de los
atenienses, aunque un sistema le fuera bien no se salvaría sin dar vueltas y vueltas
afanosamente en buscas de cualquier pijadita novedosa. Sentadas hacen sus asados los
mismos que antes; sobre su cabeza llevan la carga lo mismo que antes; celebran las
Tesmoforias (una fiesta sagrada en la que participaban las mujeres casadas) lo mismo que
antes; cuecen los pasteles lo mismo que antes; revientan a sus maridos los mismo que
antes; acogen amantes en sus alcobas lo mismo que antes; se compran amor lo mismo que
antes. Así pues, pongamos en sus manos el gobierno y basta ya de charla. Y no intentemos
enterarnos de qué piensan hacer, sino, sencillamente, dejémoslas gobernar, teniendo en
cuenta tan solo esto; en primer lugar, que por ser madres desearán ardientemente preservar
a los soldados; además, ¿quién les enviaría provisiones antes que la madre que los parió?
Para sacar dinero nadie más listo que las mujeres, y una vez en el poder no se dejarán
engañar nunca, porque ellas están muy acostumbradas a engañar. ¿Para qué seguir?
Hacedme caso en lo que os digo y viviréis felices el resto de vuestra vida.
(Aristófanes, Asamblea de las mujeres, vv. 205-ss.)

Praxágora convence a la Asamblea, vuelve a casa y explica sus medidas a Blépiro, su


esposo:
PRAXÁGORA – Entonces que ninguno me interrumpa ni me contradiga antes de
enterarse de mis intenciones y de oír su explicación. Os diré que es preciso que sean
comunes los bienes de todos, que todos tengan parte del común y vivan de los mismos
recursos, y no que uno sea rico pero el otro pobre. Que no posean unas grandes
extensiones y otros no tengan ni para su fosa; que no tengan unos montones de esclavos
y que otros carezcan de un mal ayudante. Pues, al contrario, yo establezco un único modo
de vida, común e igual para todos.
BLÉPIRO - ¿Y cómo va a ser común para todos?
PRAXÁGORA – […] Antes que nada voy a hacer común para todos la tierra, y luego la
plata y demás pertenencias de cada uno. Luego, por medio de estos bienes comunes,
nosotras os alimentaremos, administrando, ahorrando y poniendo en ello nuestro buen
sentido.
BLÉPIRO - ¿Y qué hará el que no posea tierras, sino dinerito y dáricos de oro (moneda
persa) que es riqueza oculta?
PRAXÁGORA – Tendrá que aportarlo.
BLÉPIRO - ¿Y si no lo hiciera?
PRAXÁGORA – Será un perjuro.
BLÉPIRO – ¡Pero hombre, si lo tiene es gracias a eso!
PRAXÁGORA – De todas formas, ten por seguro que no lo servirá de nada.
BLÉPIRO - ¿Cómo qué no?
PRAXÁGORA – Porque nadie hará nada movido por la pobreza, sino que todos tendrá
de todo: pan, salazones, galletas, mantos, vino, coronas, garbanzos. Conque qué gana si
no lo aporta, dilo si lo encuentras.
BLÉPIRO – […] Si uno ve a una chavala, la desea, podrá hacerle un regalo tomándolo
de esos bienes y así tendrá parte en el común si se acuesta con ella.
PRAXÁGORA – Es que puede acostarse con ella gratis, que también a ésas las hago
comunes para todos los hombres: que el que quiera se acueste con ellas y les haga un hijo.
BLÉPIRO - ¿Y cómo se va a impedir que todos los hombres busquen a la más hermosa y
traten de adosarle la viga?
PRAXÁGORA – Las chatas y desgarbadas se sentarán al lado de las de bandera, y si uno
desea a una de estas tendrá que acostarse primero con una fea.
BLÉPIRO – Pero es que a nosotros los viejos si primero estamos con las feas nos va a
fallar el pijo antes de llegar donde tú dices.
PRAXÁGORA – No se pelearán por ti, dalo por hecho. No te preocupes, que no se
pelearán.
BLÉPIRO - ¿Pelearse por qué?
PRAXÁGORA – Porque tú no te acuestes con ellas. Así están las cosas para ti.
BLÉPIRO – Lo que os afecta a vosotras está bien pensado. Con ese decreto no hay miedo
de que se quede vacío el agujero de ninguna. ¿Pero y nuestra cosa, que hará, porque
seguro que todas rehuirán a los feos y se irán con los más guapos?
PRAXÁGORA – No, porque los menos agraciados vigilarán a los guaperas cuando se
retiren de la cena y estarán al acecho de ellos en los lugares públicos. Y no será lícito que
ninguna mujer se vaya a la cama con los guapos y altos antes de satisfacer a los feos y
bajitos.
BLÉPIRO – ¡Huy! La nariz de Lisícrates se va a dar tantos humos como la de los más
guapos.
PRAXÁGORA – Sí, por Apolo, el plan no puede ser más democrático. Y buen cachondeo
se armará cuando a uno de esos orgullosos que llevan sortijas con sello le diga un tío en
zapatillas y que está el primero “apártate, hermano, y espera un momento, que en cuento
yo acabe te paso la vez para que tú tomes el segundo turno”
BLÉPIRO – Más, si así vivimos, ¿cómo podrá reconocer cada cual a sus hijos?
PRAXÁGORA - ¿Y que falta hace? Creerán sus padres a todos los que sean mayores que
ellos a juzgar por los años.
BLÉPIRO – O sea, que ahogarán bien y como es debido a todos los viejos uno tras otro
al no conocerlos, pues incluso ahora que todo el mundo conoce a su padre lo hace. ¿Qué
va a pasar, pues cuando no sepa? ¿Cómo impedir entonces que hasta te caguen encima?
PRAXÁGORA – Seguro que los presentes no lo consentirán. Antes a nadie le importaba
nada de padres ajenos: daba igual quién los golpeara; pero ahora, cuando uno oiga que
atizan a alguien, por miedo de que sea su padre el zurrado pelearán con los que lo hagan.
BLÉPIRO – […] ¿Y quién va a cultivar la tierra?
PRAXÁGORA – “Los esclavos. Tu único cuidado será ir a la cena hecho un brazo de mar
cuando la sombra mida diez pies”.
BLÉPIRO - ¿Y cómo podrán conseguirse los mantos, que también ese puede preguntarse?
PRAXÁGORA – Por ahora tendréis los que tenéis; los demás os lo tejeremos nosotras.
BLÉPIRO – La última pregunta: ¿Qué pasará si uno pierde un juicio ante los magistrados?
¿De dónde sacará el dinero para pagar las costas judiciales? No parece justo que lo saque
del fondo común.
PRAXÁGORA – Sabe antes que nada que no habrá juicios.
BLÉPIRO – Eso que has dicho acabará contigo.
PRAXÁGORA - ¿Pues por qué tiene que haberlos, desgraciado?
BLÉPIRO – Por múltiples causas, por Apolo, pero sobre todo por una, desde luego: que
un deudor niegue su deuda.
PRAXÁGORA - ¿Y de dónde puede sacar dinero el prestamista si todo está en el fondo
común? Resulta evidente que lo habrá robado.
BLÉPIRO – Pues que se me aclare ahora esto ¿De dónde van a sacar para pagar la multa
por malos tratos los que sacuden a otros cuando se insolentan después de cenar
opíparamente?
PRAXÁGORA – De las propias gachas de que se alimentan, que cuando uno de ésos se
vea sin ellas, no volverá a sulfurarse otra vez por cualquier bobada al sufrir castigo en su
propio estómago.
BLÉPIRO - ¿Y no habrá ladrones?
PRAXÁGORA - ¿Cómo van a robar algo de lo que son condueños?
(Aristófanes, Asamblea de las mujeres, vv. 589-ss.).

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