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Ataques de pánico y trauma materno

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Preguntas que construyen ventanas

María de 35 años consulta por ataques de pánico. Refiere ya haberlos


padecido hace un tiempo, luego de la tragedia de Once de la que fue víctima.
Dice: “en el momento no me di cuenta de la gravedad. Me fui como si nada
hubiera pasado a trabajar. Sólo tuve algunos golpes…Cuando vi en una tele
que podría haber muerto, tuve el primer ataque”.
En esa oportunidad consulta a través de su obra social como víctima de la
tragedia. Realiza un “tratamiento cognitivo conductual” por el “estrés post
traumático” en el que, no sólo la medican, sino que le enseñaron “cómo
funciona el sistema parasimpático” y algunas “técnicas de respiración para
controlar la ansiedad”. Irónicamente dice: “me daban tarea para el hogar”.
Si bien se genera cierto alivio, los “síntomas” no desaparecen completamente.
Ahora consulta porque “volvieron los ataques” luego de haber sido llamada
por la policía debido a que su madre, a quien no veía hacía 15 años, hiciera un
“escándalo” en la calle.
María relata: “en ese momento no sentí nada”. Incluso ese día tenía un examen
en la facultad, motivo por el cual se encarga rápidamente de hacer los trámites
de internación de la madre. Es en un segundo tiempo, como luego de la
tragedia, que retornan los “ataques” estando en un colectivo. “Sentí que me
iba a morir…No podía respirar”.
Ahora sólo viaja acompañada, en general por su marido, y busca siempre una
ventana abierta.
Se la pasa prácticamente “encerrada” en su casa ya que, este cuatrimestre dejó
la facultad, luego de haber sentido que no podía respirar en un aula en la que
había demasiada gente.
Se repite entonces este primer tiempo en el que pareciera estar ausente,
desafectivizada y un segundo tiempo en el que ¿registra el peligro al que
estuvo expuesta?
Cuando en vez de aplacar la angustia se hace lugar a que el $ hable, se podrá
ubicar en la repetición, que sus “ataques de pánico” aluden a los “ataques de
locura” de su madre.
Los ataques de pánico o estrés postraumático, descriptos de manera universal,
no hacen lugar a las resonancias de la letra leída en su singularidad. Algunos
significantes que insisten, se pueden leer en el relato de la crisis de angustia.
“No me puedo controlar”. “Me pierdo”. “Siento que me ven como una loca”
(fundamentalmente en relación a su marido).
La repetición hace lugar para abrir la pregunta, ¿de quién está hablando?
¿De ella, de su madre? En todo caso, se trata del avance intrusivo de lo
materno en ella. Ese es el encierro del que hay que salir.
María recuerda que aun siendo muy pequeña, ante los “ataques de locura” de
la madre, intentaba controlar la situación para que su hermana, seis años
menor, no se asustara. “Mamá gritaba, lloraba hasta que parecía desmayarse…
siempre queriendo llamar la atención”. En estas situaciones, recurría a una
vecina ya que su padre, prácticamente no aparecía por la casa. “Se la pasaba
trabajando para escaparse”. Cuando María tiene veinte años, el padre
finalmente se va para no volver. Tiempo después, lo hace ella, con la culpa
concomitante por haber dejado a su hermana adolescente. Ese es el encierro
del cual se podrá ir saliendo al comenzar a nombrar el “peligro”, la
indefensión a la quedaron expuestas estas niñas al “cuidado” de esta madre.
Lo cual podemos suponer tuvo valor de traumático por el consecuente efecto
de desafectivización y su contracara, la irrupción masiva de un monto de
angustia deslocalizada, enloquecedora.
No se trata de la angustia en su función de señal sino de la angustia
automática. La diferencia reside para Freud en que implica en sí misma “una
situación traumática, una vivencia de desvalimiento del yo frente a una
acumulación de excitación que aquél no puede tramitar. Mientras que la
angustia en su función de señal es la respuesta del yo a esa amenaza”. (1)
La ubica en relación al desvalimiento propio del lactante en la experiencia de
dolor. Fracaso del principio de placer en su función de ligar el quantum
pulsional. Más allá, por fuera de la cadena de representaciones, implica la
puesta en suspenso de la dimensión del Icc.
Si bien, los ataques de pánico implican un ausentamiento de sí, ya que la
subjetividad queda arrasada, son la oportunidad para que María pueda hablar
de los brotes de la madre a través de sus “ataques”, y al hacerlo, la distancia
pueda construirse.
María recuerda; “A los quince años, mi vieja me mandó a reconocer el cuerpo
de la abuela porque ella no podía soportarlo”. Ahora se pregunta: “¿Y yo sí?”
Esas preguntas son las que irán inscribiendo un borde al agujero de la
indefensión que implica no poder frenar el avance de lo materno.
De a poco, se irán construyendo algunos recuerdos de su infancia, ya que en
un principio dice tener el “pasado borrado”.
“Era muy obediente. Siempre tranquila, quieta…Mamá no quería que
ensuciemos…En realidad para ella jugar era ensuciar. Cualquier cosa la
sacaba de quicio…Decía que lamentaba habernos parido”.
En ese primer tiempo, no hubo lugar para María para sustraerse de la crueldad
materna más que la vía de la huida tanto en lo emocional como en lo efectivo.
Por otra parte, comenzar a hablar de la locura materna, brotes y no ya de
“escándalos” o “querer llamar la atención”, permitió comenzar a preguntarse
por qué en vez de huir no se le ocurrió que podía internarla en vez de
condenarse al encierro del exilio, ya que la presencia invasiva de lo materno
acechaba aún en la distancia física.
Preguntas-ventana por las cuales el $ comienza a respirar.
¿Se podría pensar que el “ver el peligro” (en la tele) al que había estado
expuesta luego de la tragedia, la haya remitido a la situación de indefensión
previa de esta niña al “cuidado” de esta madre loca?
Cuestión que tal vez podría haberse abierto si se escuchaba a María en su
singularidad y no a una víctima más.

BIBLIOGRAFÍA

1-Freud. Inhibición, síntoma y angustia, pag. 77 (Amorrortu)

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