Cuarta Parte
Cuarta Parte
517
Introducción al período 1943–1955
519
importante a los efectos del estudio de las relaciones sociales
emergentes, interviniendo decisivamente en la redistribución
de la riqueza.
520
aquellas clases sociales tradicionales a quienes favorecía.
Por ello, examinaremos la inserción del sector militar y los
propósitos que inspiraron al GOU, logia militar que propuso
los objetivos políticos que trató de llevar adelante el proceso.
521
En el capítulo 3 estudiaremos las cuestiones institucionales
que consideramos de importancia durante esta primera etapa
del peronismo. Ellas son el juicio político iniciado a la Corte
Suprema de Justicia y la reforma constitucional de 1949.
522
1 La Revolución de 1943.
El ascenso del peronismo
1. La revolución de junio
1 En un comunicado firmado por Arturo Jauretche dice: «FORJA declara que contempla con
serenidad no exenta de esperanza la constitución de las nuevas autoridades nacionales,
en cuanto las mismas surgen de un movimiento que derroca al régimen y han adquirido
compromiso de reparar la disolución moral en que se debatía nuestra política».
523
Esta falta de legitimidad, unida a los interrogantes sobre el proceso de
industrialización, el tipo de relación con las potencias centrales luego de la
guerra y la participación política de los nuevos sectores sociales planteaban
cuestiones que no tenían respuesta por parte de la vieja clase dirigente
(Rapoport, 2000: 283).
La proclama revolucionaria señalaba que los gobiernos precedentes —de
la década infame—
Como vemos, el texto, si bien era genérico en algunos aspectos —lo que
seguramente atrajo a sectores ideológicamente enfrentados—, señalaba con
claridad el descrédito de los manejos políticos realizados por los sectores
dominantes y la sensación de hartazgo que embargaba a toda la sociedad.
Con Rapoport (2000: 285), podríamos decir que el nuevo régimen se propo-
nía fundamentalmente eliminar la corrupción moral y política, buscando la
unión del pueblo y la restitución de sus derechos, proclamándose el portavoz
del conjunto de las aspiraciones del pueblo. En esto se diferenciaba de los
militares del ’30, que eran representantes de un sector social (Uriburu) o de
fuerzas políticas (Justo). Es más, podemos afirmar que este es el primer golpe
de estado en la Argentina que se produce sin participación civil y en el cual
el ejército es visto por el conjunto de la sociedad como un restaurador de
la democracia (Girbal–Blacha, 2001).
Ahora bien, ¿cuál es la causa inmediata por la que estos hombres de armas
se levantaron contra el gobierno? Al fin del mandato del conservador Castillo
la coalición dominante, la Concordancia, dispuso la designación del magnate
azucarero salteño Robustiano Patrón Costas como candidato a presidente.
Líder conservador, era un símbolo del fraude institucionalizado en la polí-
tica argentina y el prototipo de la explotación laboral más abyecta, la que
se realizaba en sus ingenios. Ello preanunciaba la continuidad del régimen
de oprobio que se prolongaba por casi trece años y que era ampliamente
repudiado por la mayoría de la sociedad argentina. La proclamación se
realizaría el 3 de junio de 1943.
Este hecho, sumado a que el presidente Castillo había redactado ese
mismo 3 de junio el decreto separando del gabinete a su ministro de guerra,
524
el general Pedro Pablo Ramírez, apodado Palito, que contaba con simpatías
dentro del ámbito castrense, fueron el detonante que generaron el levanta-
miento de Campo de Mayo.
1.2. El GOU
525
Un tercer grupo no estaba comprometido con los precedentes y eran parti-
darios de la neutralidad argentina en la guerra en curso. De este sector habrá
de nacer el GOU (Page, 1984:61).
Estas siglas designaban una logia militar secreta —agrupación o cónclave
relativamente usual dentro del ejército—, nacida en los albores de 1943. Es lla-
mativo que no exista un acuerdo sobre el significado de ellas. Algunos inter-
pretan que era Grupo Obra de Unificación; otros Gobierno, Orden, Unidad;
otros Grupo Orgánico Unificado; finalmente la acepción más generalizada es
Grupo de Oficiales Unidos.
En las bases constitutivas del GOU —cuya lectura se puede hacer en el
excelente Manual de Historia Constitucional Argentina, tomo 3, de Celso
Ramón Lorenzo, Ed. Juris, Rosario, 1999, hoy reeditado por la Universidad
Nacional de Rosario como Historia Constitucional Argentina— se advierte
la honda preocupación que embargaba a estos oficiales por la creciente
presión que los Estados Unidos ejercía sobre el país para involucrarlo en la
guerra mundial —con el consecuente alejamiento de la tradición neutralista
de nuestro país— y la necesidad de contrarrestar la amenaza que significaba
el comunismo a través de los Frentes Populares.2
Esta proclama estaba dirigida al grupo de oficiales intermedios, no compro-
metidos con sectores de poder. Pretendía proteger al ejército de la tentación
de aliarse a Estados Unidos entrando en la contienda mundial —tal como lo
sostenía Justo—, al tiempo que querían salvar al país de un posible triunfo
comunista, cuestión sobre la que se hace especial hincapié al punto de
asignársele un apartado especial en el documento inicial (Lorenzo, 1999:143).
Asimismo, aspiraban a salvaguardar el prestigio de las fuerzas armadas
repudiando el sistema político fraudulento y una posible identificación de
ellas con el régimen, manteniendo la unidad institucional.
El neutralismo de este sector militar no estaba en relación a su inclinación
por Alemania y los nazis. Era visible su aversión por el bando «democrá-
tico» y Estados Unidos, en tanto eran visualizados como responsables de
la desgraciada década precedente, de allí que podría haber una tendencia
a simpatizar con los enemigos del enemigo, pero de allí a calificarlos como
«nazi fascistas», es excesivo. Influía también que desde 1911 la organización
profesional de nuestro ejército copiaba al alemán, cuya reputación era la más
alta de Europa. Pero la simpatía no implicaba adhesión ni alianza.
Por otra parte, nuestros oficiales conocían al detalle la geografía física,
económica y social del país, dado que cubrían todo el territorio nacional. Ese
contacto con la realidad económica y social le permitía advertir la cantidad
2 Frente popular: Táctica política empleada por los partidos comunistas en países capi-
talistas, consistente en aliarse con partidos de izquierda y progresistas para facilitar su
llegada al poder y así hacer más viable el camino al socialismo. Un ejemplo en América
Latina es la Unidad Popular que en 1970 llevó al poder a Salvador Allende.
526
de conscriptos rechazados por inhabilidad física, la miseria de los pueblos
marginales, la necesidad de alfabetización de la población, cuestión que
suplían en el cuartel; al tiempo que construían puentes, rutas y medios de
comunicación en los lugares más recónditos del país, reemplazando en esto
la función del Estado. El desarrollo de estas actividades en vívido contacto
con la sociedad le permitía desarrollar una aguda conciencia nacional que
se trasuntaba luego en la actitud neutralista (Ramos, 1999:232).
El general Pedro Pablo Ramírez, ministro de guerra de Castillo, vio con
agrado a la logia y designó como uno de sus ayudantes al teniente coronel
Enrique P. González, integrante de la misma; en tanto, el coronel Juan Domingo
Perón, uno de los fundadores del grupo, se acercaba al general Edelmiro J.
Farrell, convirtiéndose en su asistente.
527
de la secretaría de la presidencia; en tanto, otra veintena de oficiales ocupó
importantes funciones.
La orientación general del gobierno era de carácter nacionalista, industria-
lista y autoritario. Intervino provincias y universidades, censuró la prensa,
clausuró los sindicatos manejados por el partido comunista, intensificó
la represión policial de comunistas e izquierdistas, impuso la enseñanza
religiosa en las escuelas cesanteando a maestros y profesores, detuvo a
miembros de los partidos democráticos, exoneró a jueces y camaristas y
reafirmó la neutralidad argentina en la contienda mundial.
3 Se designó una comisión presidida por el coronel Matías Rodríguez Conde, que publicó
un voluminoso estudio poniendo de relieve los actos de corrupción que estas empresas
habían llevado a cabo.
528
Se conformó la Secretaría de Industria con rango de ministerio, al tiempo
que se creó el Banco de Crédito Industrial para el otorgamiento de présta-
mos a largo plazo.
En materia de medidas económicas de índole social, se redujo en un 20 %
el importe de los arrendamientos rurales, se impuso el congelamiento de los
alquileres en Buenos Aires y se intentó controlar el precio de los alimentos.
4 Ultramontanos: del latín más allá de los montes. Se designa así a los católicos extremistas
que, con el monje Lamennais a la cabeza, adoptaron una posición contrarrevolucionaria en
la Revolución Francesa, oponiéndose a las instituciones basadas en la soberanía popular
por considerarlas creadoras de una moralidad pragmática opuesta a los valores morales
y religiosos provenientes de Dios y, por lo tanto, trascendentales. Ideólogos fanáticos y
dogmáticos intolerantes con las ideas que no estuvieran comprendidas en la órbita del
catolicismo eran partidarios de una sociedad teocrática. Actualmente, se designa así a
los católicos extremistas partidarios de regímenes confesionales o que militan en grupos
nacionalistas de derecha.
529
mismo Perón los definía como «piantavotos»—, este grupo pierde presencia
en el marco institucional.
Hacia fines de 1943, Estados Unidos vuelve a presionar a nuestro país para
embarcarnos en la conflagración mundial. Con tal motivo, cortaron los sumi-
nistros bélicos, acusando de fascista al gobierno, y aumentaron el envío
de armas al Brasil, lo que creó un temor generalizado de que este país nos
invadiera. En el intento de llevar adelante un plan para fabricar armas, el
gobierno trató de obtener armamento de Alemania, para lo cual envió un
agente secreto que fue detenido por los ingleses, que informaron de ello a
Estados Unidos. A ello se sumó a que fue muy mal visto por la diplomacia
norteamericana, el apoyo que se dio al golpe nacionalista que en Bolivia llevó
adelante Paz Estenssoro, líder del Movimiento Nacionalista Revolucionario.
Estas decisiones generaron nuevas presiones sobre el gobierno nacional.
Ramírez cedió ante ellas y el 26 de enero de 1944 decidió la ruptura de relacio-
nes diplomáticas con Alemania y Japón (Rapoport, 2000: 286) (Rock, 1995:318).
Ello generó un profundo descontento en las filas del GOU y los oficiales
neutralistas, que quitaron su apoyo a Ramírez, quien renunció entregando
el poder a Edelmiro J. Farrell. Con él en el poder, crece la figura de Perón,
quien es designado ministro de guerra, al tiempo que retenía la Secretaría
de Trabajo y Previsión.
A esta altura del relato, se hace menester centrar nuestra atención en
el ascendente coronel que produciría un cambio sustancial en la historia
política del país.
530
2.1. El ascenso de Perón a la cúspide del poder
Perón inicia su itinerario en los meandros del poder como jefe de la Secretaría
del Ministerio de Guerra de Edelmiro Farrell el 5 de junio de 1943, llevándose
consigo al teniente coronel Domingo Alfredo Mercante.
A poco de su asunción, se declara una huelga en los frigoríficos a raíz de
la detención de José Peter, máximo dirigente del gremio y afiliado al Partido
Comunista. Perón toma a su cargo el conflicto y logra el levantamiento de la
huelga, liberando a Peter. Esta actuación le permitió entrar en contacto con
gremios y dirigentes sindicales.
531
claro y directo, redactando delante de ellos los decretos y convenios de
trabajo con las mejoras que se le solicitaban, las que luego se convertían en
una realidad palpable, constituyendo la base de una legislación social nunca
vista y recorría el país pronunciando discursos ante auditorios populares en
los que impulsaba la organización de nuevos sindicatos obreros.
De esta manera, pronto fue ganando seguidores en las filas de los dirigentes
obreros al tiempo que debilitaba las conducciones de los gremios dirigidos
por socialistas y comunistas. Muchos de estos dirigentes pasaron a militar en
las filas de adeptos al coronel Perón, dejando de lado su filiación partidaria.
Sirva como ejemplo el caso de Ángel Gabriel Borlenghi, dirigente socialista
del gremio de empleados de comercio que luego fue ministro del interior de
Perón. Otros prefirieron seguir leales a su partido, perdiendo la conducción
de su gremio; muestra de ello es el comunista Peter, quien perdió el liderazgo
del gremio de los obreros de la carne en manos de Cipriano Reyes, prohijado
por la Secretaría de Trabajo.
La labor que desarrolló Perón al frente de la Secretaría de Trabajo puede
sintetizarse en dos aspectos: una tarea de codificación y otra de reconoci-
miento y control (Girbal–Blacha, 2001:87).
La primera tenía como objetivo la ampliación del radio de acción de la
legislación laboral. Testimonio de ello es la inclusión de los trabajado-
res industriales entre los beneficiarios de la ley de despidos, la aplicación
efectiva de la legislación que estipula las 48 horas semanales de trabajo,
las vacaciones pagas y el sueldo anual complementario —disposición que
tuvo una fuerte oposición de los sectores sociales que integrarían la Unión
Democrática, y que, llamativamente fue rechazada por los partidos socialista
y comunista—, la creación de Tribunales de Trabajo que sustrajo del ámbito
privado la resolución de conflictos laborales, la extensión a todos los traba-
jadores de la indemnización por despido sin causa, la sanción del Estatuto
del Peón Rural, el establecimiento de numerosos convenios colectivos de
trabajo, entre otras medidas.
La tarea de reconocimiento y control se demuestra en aumentos generales
de salarios realizados por decreto, la constitución y la puesta en funciona-
miento de las Asociaciones Profesionales, con control estatal, etcétera.
532
básicos en los que asentó su poder: el ejército, como ministro de guerra, y
los trabajadores, como secretario de trabajo. El 25 de agosto de 1944 se crea
el Consejo Nacional de Posguerra dependiente de la vicepresidencia de la
Nación y presidido por el propio Perón. Era un organismo de planificación
económica y social de mediano plazo que se traduciría luego en los dos
planes quinquenales que aplicó desde la presidencia.
533
En tanto, el doctor Quijano, ministro del Interior, comunica que el gobierno
había decidido llamar a elecciones y que Perón había renunciado a los car-
gos que detentaba. Ello desata la algarabía de las clases medias y altas que
festejan así su triunfo.
Son nombrados ministro de Guerra el general Eduardo Ávalos y ministro de
Marina el almirante Héctor Vernengo Lima, quien sostenía la tesis de entregar
el poder a la Suprema Corte. El general Ávalos pretendía entregar el poder
al líder radical Amadeo Sabattini, quien rechazó la idea.
El 12 de octubre Perón es detenido por orden de Farrell y trasladado a la isla
Martín García, en tanto el Procurador de la Corte intenta armar un gabinete
con las viejas figuras de la oligarquía.
El clima social se va tensando y los gremios empiezan a reaccionar. Cipriano
Reyes mueve al suyo —trabajadores de la carne— bajo la consigna: Libertad
a Perón. El 16 se reúne el Comité Central Confederal de la CGT y gracias al
activismo de militantes forjistas, el Comité Central declara la huelga general.
Aún antes que la CGTadopte esta decisión, en todo el país el pueblo comenzó
a movilizarse para pedir la libertad del coronel.
Mientras el gobierno autoriza el traslado de Perón al Hospital Militar de
Buenos Aires, el día 17 de octubre los obreros de Berisso y Ensenada se ponen
en marcha hacia La Plata. Se movilizan también los obreros de Avellaneda y,
pese a que el almirante Vernengo Lima quiere reprimir a los manifestantes, el
general Ávalos se opone terminantemente. «El ejército no intervendrá contra
el pueblo en ninguna circunstancia», afirma en un comunicado.
La plaza de Mayo se colma de trabajadores y a las 23 horas Perón y Farrell
se asoman al balcón de la casa de gobierno y hablan ante la multitud albo-
rozada. El peronismo estaba vivo.
Este día será recordado en las tradiciones peronistas como el Día de
la Lealtad y marca un hito en la historia argentina porque fue la primera
expresión pública del nuevo sector trabajador argentino, surgido a la luz
del proceso de sustitución de importaciones, iniciado en 1930. Allí hizo su
aparición en la arena política, definiendo el rumbo que tendría el país en
los años siguientes.
Esta multitudinaria manifestación mostró a las distintas facciones del
ejército el apoyo popular que tenía Perón, obligándolas a llegar a un acuerdo,
por el que se lo dejó en libertad y se convocó a elecciones, las que se fijaron
para el 24 de febrero de 1946.
El jueves 18 de octubre renuncian Ávalos y Vernengo Lima y los militares
nacionalistas leales a Perón ocupan importantes cargos de gobierno, per-
mitiendo así la consolidación de ese encuentro entre sectores populares y
el ejército.
Finalmente, el domingo 21 de octubre Perón se casa con María Eva Duarte, su
segunda mujer, quien habría de tener un paso impactante en nuestra historia.
534
2.5. La campaña electoral
535
otros militantes, habrían de conformar la Junta Renovadora, o Reorganizadora,
del radicalismo que apoyaba a Perón. Este sector provenía de sectores más
conciliadores del partido de Alem, inclusive algunos de cuño alvearista, pero,
al igual que los sectores yrigoyenistas más consecuentes —representados
por forja, con Arturo Jauretche a la cabeza—, se comprometerían con el
naciente movimiento.
También lo seguían los Centros Cívicos Independientes, encabezados por
los conservadores y el incipiente Partido Laborista de Cipriano Reyes, que
nucleaba a dirigentes obreros que habían dejado las filas del socialismo o del
comunismo y que junto a la nueva camada de jóvenes trabajadores habían
sido conquistados por el exsecretario de Trabajo. La Alianza Libertadora
Nacionalista, expresión de los sectores nacionalistas conservadores, tam-
bién apoya la candidatura de Perón. El partido Demócrata Nacional dejó en
libertad de acción a sus afiliados, no presentando fórmula.
En cuanto a los sectores sociales, además del apoyo de la Iglesia católica ya
mencionado, se destaca el acompañamiento que hace gran parte del ejército,
la nueva burguesía industrial surgida al calor del proceso de sustitución de
importaciones y núcleos de clase media de las ciudades del interior, a los
que el radicalismo había dejado de dar respuesta a partir de sus posturas
antipersonalistas y aliancistas. Demás está resaltar el apoyo incondicional
de la clase trabajadora a su nuevo líder.
Los diarios La Época y Democracia, un semanario Política, bajo la con-
ducción de Ernesto Palacio, y la revista Descamisado, donde escribía Arturo
Jauretche, eran el sustento de prensa del movimiento.
Durante la campaña electoral se advierte la gran diferencia económica
y social de los postulantes. En tanto la Unión Democrática contaba con el
apoyo constante e irrestricto de los grandes medios de prensa —La Razón y
La Nación, entre otros— y con abundantes recursos económicos, provistos
generosamente por el sector social que los apoyaba, el peronismo realizaba
una campaña sumamente austera, en la que la utilización de los medios
radiales sería uno de los principales ejes. Señalemos asimismo que la cam-
paña electoral estuvo teñida de fuertes enfrentamientos que reiteradamente
desembocaron en mutuas agresiones y violencia.
A principios de febrero de 1946, el gobierno de Estados Unidos, en acción
que se atribuyó al embajador Braden, dio a publicidad el Libro Azul, una
compilación de denuncias contra el gobierno argentino sospechado de haber
favorecido al nazismo, se conforma un eslogan que habrá de ser decisivo en
la contienda electoral: «Braden o Perón», sintetizando las alternativas que
estaban en juego.
La disyuntiva era presentada en primera página del diario Democracia
el 23 de febrero de 1946, que titulaba: «Usted votará mañana contra:
Braden, el Jockey Club, el Círculo de Armas, la Unión Industrial, la Bolsa de
Comercio, la Sociedad Rural, los Latifundistas, el Gran Capitalismo, La Prensa
536
Subvencionada y por la Argentina que nace con Perón», compendiando así
lo que esa elección implicaba.
Finalmente, el 24 de febrero se impuso la fórmula Perón–Quijano por 1 478
372 sufragios contra 1 211 666 de la fórmula Tamborini–Mosca.
El fracaso de la Unión Democrática la llevó a su disolución. El país había
cambiado.
Referencias bibliográficas
girbal–blacha, noemí m.; balsa, javier; zarrilli, adrián g. (2001). Estado, sociedad y
economía en la Argentina (1930–1997). Universidad Nacional de Quilmes Ediciones.
kelly, sir david (1962). El poder detrás del trono. Editorial Coyoacán.
lorenzo, celso r. (1999). Manual de Historia Constitucional Argentina. Tomo 3. Editorial Juris.
page, joseph a. (1984). Perón. Primera Parte. Javier Vergara Editor.
potash, robert a. (1985). El ejército y la política en la argentina. 1945–1962. De Perón a
Frondizi. Tomo 2. Editorial Hyspamérica.
ramos, jorge a. (1999). Revolución y Contrarrevolución en la Argentina. Tomo 2. Editorial Distal.
rapoport, mario; madrid, eduardo; musacchio, andrés; vicente, ricardo (2000).
Historia económica, política y social de la Argentina (1880–2000). Ediciones Macchi.
rock, david (1995). Argentina 1516–1987. Alianza.
537
Anexo
538
Rescatamos de Page (1984:42) lo que entiende como la más sugerente de
las publicaciones de Perón, toda vez que se trasunta en ella una idea que
habrá de aplicar permanentemente. Señala este autor que en el Apunte de
historia militar, Perón expone el tema de la nación en armas, basándose en
un concepto enunciado por el general alemán Coman von der Goltz, que
postulaba la inevitabilidad de la guerra como estado natural de la humani-
dad, exigiendo la defensa nacional, la movilización y la organización integral
de todos los habitantes. Citando al coronel Domingo Mercante, recuerda
que «Perón tenía ideas muy claras sobre la revolución social que había que
hacer en el país mucho antes del 4 de junio de 1943» (Page, 1984:67). Señala
seguidamente que en mayo de 1943 Perón introdujo un llamado a hacer la
revolución en medio de una charla dada en una reunión del GOU y también
tomó contacto con los gremialistas poco después del 4 de junio. Esto indica
que él comprendía que lo único que podía dar una sustancia revolucionaria
a la asonada del 4 de junio sería que el nuevo régimen impusiera un cambio
radical en las políticas laborales.
A su turno, Abelardo Ramos (1999:261) nos dice:
Peter Waldmann (1985:51) señala que la principal meta de Perón fue cambiar
la localización y la función social del sistema político que hacía que los
estratos más altos usaran prebendariamente el aparato del Estado. El modelo
peronista de gobierno corrigió esta estructura, haciéndola más abierta y
flexible a toda la sociedad, al tiempo que liberaba al aparato estatal de los
factores sociales de poder, instalándolo en el punto de intersección de las
relaciones entre los grupos sociales. Entendía que el Estado debía estar por
encima de los grupos sociales y ocupar una posición de mediador, actuando
como factor de equilibrio en el ámbito social, orientando de esta manera
los procesos políticos y sociales.
Nos sigue diciendo Waldmann que los principios políticos de Perón eran
cuatro: el compromiso de solidaridad, la idea de líder, el principio de orga-
nización y el de representación. Concreta su análisis señalando que en la
539
organización peronista del poder, el eje principal era el aparato estatal, por
un lado, y el cuerpo social, constituido por las numerosas asociaciones y
agrupaciones, por otro lado. El Estado tenía una cierta superioridad sobre las
agrupaciones sociales, debiendo funcionar como árbitro entre ellas, coordi-
nando sus acciones, encaminándolas hacia objetivos nacionales comunes y
debía estar en condiciones de movilizar los medios necesarios para alcanzar
esos objetivos. Al mismo tiempo, el principio de solidaridad limitaba el poder
de disposición del Estado, que debía tener en cuenta a todos los sectores
de la población y no solo a los grupos influyentes y capaces de imponerse.
Finaliza el análisis Waldmann diciéndonos que este tipo de organización
política tuvo una gran efectividad documentada por los planes de desarrollo
a largo plazo. En ellos, el Estado se hizo cargo de la conducción del desarro-
llo nacional y asumió una mayor responsabilidad en la armonización de los
diferentes grupos y ámbitos sociales.
Por su parte, Tulio Halperín Donghi (1994) refiere que mientras el radica-
lismo permanecía prisionero de una Argentina que ya no existía, el peronismo
va a ser desde su origen la expresión política de una sociedad ya transfor-
mada, articulando de manera muy original fuerzas sociales con grupos que
disponen de fragmentos decisivos del poder del Estado. Ha de ser una solu-
ción para el ejército, responsable a partir del general Justo de una situación
política con amarga memoria entre los argentinos —la década infame— y
al mismo tiempo significa una oportunidad para las clases populares que
hasta ese entonces habían sido marginadas y que ahora entrarían al centro
mismo del sistema de fuerzas sociopolíticas. Señala Halperín que, en cuanto
ideología, el peronismo se plantea cuestiones que Alejandro Korn ya había
adelantado en 1930: la necesidad de la justicia social y una cultura auténti-
camente nacional. Y de la misma manera que Yrigoyen había encontrado en
la fe cívica y el moralismo cuasi religioso del krausismo —corriente filosófica
que tuvo su desarrollo en la segunda mitad del siglo XIX, tomando como
base el pensamiento de Karl Krause—, una empresa de redención nacional,
Perón en su empresa de conquista del poder personal, entendía que era un
esfuerzo heroico por dar organización firme a una sociedad espontáneamente
incapaz de alcanzarla. Dice este autor que
mientras la revolución peronista supo crear una fuerza política cuya supervi-
vencia estaba asegurada por sus poderosas raíces en la sociedad que había
plasmado, solo tres años después de la irrupción del peronismo comenzaba
ya a hacerse evidente la fragilidad de las raíces económicas de esa nueva
sociedad improvisada durante el fugaz momento de tránsito entre una guerra
que había dado ocasión de acumular reservas en volumen sin precedente, y
una posguerra que se esperaba más favorable a los intereses argentinos que
la que siguió a 1918. (Halperín Donghi, 1994:28)
540
Daniel García Delgado (1989) vincula el proceso peronista al ciclo iniciado por
el radicalismo yrigoyenista a principios del siglo, y si bien éste incorporó a
los sectores medios al sistema político, el peronismo significó la inclusión de
la clase trabajadora sobre la base de un modelo orientado al logro de una
mayor igualdad y participación. Señala este autor que la democracia habrá
de adquirir un sentido social, reestructurándose el sistema de representa-
ción, modificando el rol del estado y configurándose una nueva ciudadanía.
Indica que el peronismo realizó un nuevo contrato social caracterizado por
el pasaje de la democracia política a la social. Señala que el mismo Perón
afirmaba: «Soy pues mucho más democrático que mis adversarios porque
busco una democracia real, mientras que ellos defienden una apariencia
de democracia, la forma externa de la democracia». La justicia social como
conjunto de derechos debidos a los sectores más populares se colocaba
en la misma lógica de la modernización. El nuevo contrato se vinculaba al
cambio político que implicaba la incorporación de los derechos sociales. En
este tránsito, el peronismo fue cuestionado por cuanto el mismo se realizó
bajo el signo de la manipulación y la demagogia, donde el liderazgo caris-
mático permitió realizar tareas de encuadramiento y organización a costa de
participación real de los sectores populares. Según esta visión crítica, nos
sigue diciendo el autor, las masas obreras habrían actuado pasivamente, es
decir que el proceso se habría realizado «de arriba hacia abajo». Pero esta
visión omite considerar las dificultades que representa la ampliación del
cuerpo político en una sociedad ante la profunda resistencia de las élites
políticas a tal modificación.
Según García Delgado (1989), la fundamentación teórica del peronismo
proviene de un «mix» de influencias doctrinarias que van desde experiencias
históricas ligadas al federalismo, al radicalismo yrigoyenista, especialmente
el de FORJA, y los movimientos revolucionarios de América Latina. Resalta
dos matrices filosóficas principales: la filosofía política clásica articulada
a elementos social–cristianos que fundamentaron el estado social, y el
nacionalismo popular latinoamericano basado en el antimperialismo, con
modelos como Cárdenas, Haya de la Torre, Getulio Vargas, etc. Por la pri-
mera corriente, recuperó la visión de que el Estado tenía una función ética
de promover el bien de la comunidad y generar las condiciones para que el
hombre pudiese desarrollarse plenamente. Por la segunda, asoció sobera-
nía popular con soberanía nacional, es decir la identidad del pueblo con la
nación y el compromiso con la lucha antimperialista. En este sentido, una vez
más en Latinoamérica se demostró que ante la incapacidad de los partidos
socialistas y comunistas para conquistar los elementos populares, fue ocu-
pado por movimientos nacionales y democráticos, apareciendo así un nuevo
sentimiento nacional y popular (García Delgado, 1989:122; Godio, 1987:103).
Culmina esta parte del análisis el autor que seguimos, señalando que el
peronismo, como todos los regímenes nacionales y populares, establecieron
541
una nueva relación entre democracia social y política, donde se produjo una
extensión del sufragio y un salto cualitativo en el sistema de representa-
ciones, sea de intereses específicamente políticos o sectoriales. Con ello se
desarrollaron nuevas formas y prácticas participativas, dentro de identidades
sociales otrora postergadas y la intervención directa de sectores sociales en el
ejercicio del poder con un catalizador de toda esa dinámica que fue el Estado.
Carlos Alberto Floria, preguntándose por el encuadramiento ideológico
que tendría que tener el peronismo, señala que el mismo nació como un
precipitado de ideas, ideologías, doctrinas, mentalidades, temperamentos,
experiencias colectivas y circunstancias personales.
542
uno, o la pasiva impersonalidad de todos, a la razonable y elevada idea del
hombre y de la humanidad (…) si debemos predicar y realizar un evangelio de
justicia y de progreso, es preciso que fundemos su verificación en la supera-
ción individual como premisa de la superación colectiva (…) Lo que nuestra
filosofía intenta restablecer al emplear el término armonía, es cabalmente,
el sentido de plenitud de la existencia (…) Nuestra comunidad tenderá a ser
de hombres y no de bestias. (Perón, 2004:86)
Para saldar la gran deuda que todavía tenemos con las masas sufridas y vir-
tuosas, hemos de apelar a la unión de todos los argentinos de buena voluntad,
para que en reuniones de hermanos consigamos que en nuestra tierra no haya
nadie que tenga que quejarse con fundamento de la avaricia ajena. Los patro-
nes, los obreros y el Estado constituyen las partes de todo problema social.
En la comunidad organizada el pueblo es uno solo, sin fisuras, y hay una digni-
dad propia de quien pertenece a él; la igualdad, que se expresa en la apelación
a los compañeros, manifiesta la común participación en la ciudadanía social.
Esa igualdad coexiste con diferencias sociales funcionales y relaciones de
autoridad y dependencia, propias de cualquier cuerpo social. La Comunidad
Organizada incluye a las corporaciones de patronos y trabajadores, a otras
corporaciones, así como a la Iglesia y el ejército. El funcionamiento global es
armónico, pues los diferentes sectores rigen sus relaciones por el principio
de colaboración. Por encima de ellos, el Estado es el encargado de organizar
las relaciones de la comunidad toda y encarnar el interés común.
543
Por su parte, algunos jóvenes de la izquierda marxista que se habían
acercado al peronismo5 denominaban a esta concepción —y la consecuente
manera de manejarse en política— como bonapartismo, trayendo una cate-
goría teórica con la que Carlos Marx señalaba a aquellos regímenes que se
colocan por sobre las clases sociales, como si el Estado —y su conductor—
tuviese una completa autonomía de ellas y fuera el bienhechor patriarcal de
todas, atendiendo alternativamente las necesidades de cada una de ellas.
Ahora bien, más allá del intento de teorización de Perón sobre el significado
último de lo que es la Comunidad Organizada, otros autores señalan que
dicha justificación intelectual trató de dar sentido al movimiento policlasista
que surgió el 17 de octubre, en el que confluyen desde obreros a militares,
empresarios, sacerdotes y sectores de clase media popular. En esta con-
fluencia amplia de diversos sectores sociales se puede explicar con certeza
la naturaleza histórica del movimiento peronista y la peculiar forma de con-
ducción pendular que tuviera Perón, que permitía la supervivencia dentro
del movimiento de sectores de derecha y de izquierda. Así se aseguraba la
cohesión interna de un movimiento que tenía numerosísimos matices pues en
él estaban representados diferentes intereses, muchas veces contrapuestos.
El mismo líder afirmó: «Yo manejo el partido con las dos manos, izquierda
y derecha», en clara referencia a lo que venimos diciendo.
5 Dos fueron las corrientes marxistas que apoyaron al peronismo, ambas provenientes
del trotskismo: Frente Obrero, en el que militaban Adolfo Perelman, Ernesto Ceballos,
Enrique Rivera y Aurelio Narvaja; y Octubre, al que pertenecían Jorge Abelardo Ramos,
Jorge Enea Spilimbergo y otros. En el año 1953 estos grupos junto a otros militantes
(Enrique Dickmann, Joaquín Coca, Nahuel Moreno) conformarán el Partido Socialista de
la Revolución Nacional, que fue bien visto por Perón y fuera proscripto en 1955 junto al
peronismo.
544
A la par que se resaltaba un objetivo novedoso para el tradicional preámbulo
de la Constitución —promover la cultura nacional— se estaban instituciona-
lizando las que habrían de ser las banderas que enarbolara el peronismo.
No es de extrañar entonces que uno de los primeros actos de su gobierno
haya sido la declaración de la independencia económica del país, que se
hallaba intrínsecamente ligada a la nueva valoración del trabajo y a la formu-
lación de los derechos del obrero (Declaración de los derechos del trabajador.
Presidencia de la Nación. Subsecretaría de Informaciones. 1947).
Si bien existen autores que pretenden restarle validez o importancia a estas
banderas, aduciendo que fueron extraídas del viejo nacionalismo (Altamirano,
2002:215, siguiendo a Marysa Navarro Gerassi), tal hecho no le resta valor
ni trascendencia como ejes de la acción de gobierno que siguió el naciente
movimiento, al menos en esta etapa fundacional. Por otra parte, es sabido
que el acercamiento entre Perón y los viejos nacionalistas, muchos de ellos
absolutamente retardatarios y conservadores, nunca fue muy estrecha ni
perduró en el tiempo, por lo que puede decirse que en última instancia tales
consignas adquieren un perfil totalmente nuevo y se llenan de un contenido
en la que la presencia de los sectores populares como parte integrante —y
activa— del movimiento marca a fuego su sentido. En otras palabras: no es el
mismo significado que pueda haber otorgado a la justicia social, José María
de Estrada o Carlos Ibarguren que Arturo Sampay.
No es desacertado el pensamiento de Juan Fernando Segovia (2005:96)
cuando expresa que a diferencia de aquellos nacionalistas que hicieron de
su nacionalismo un planteo teórico o una doctrina política precisa, Perón
se valió de ese nacionalismo societal —que también se puede denominar
nacionalismo visceral o patriotismo— que es espontáneo, preexistente en
todo ser que ama al suelo en el que nació, y lo transformó en el deseo o la
búsqueda de una comunidad justa y libre.
Perón definía este nacionalismo como el «respeto absoluto a la esencia de
nuestra tradición y nuestras instituciones; elevación progresiva de la cultura,
en todos sus aspectos y mejoramiento económico de todos los habitantes»
(Segovia, 2005; Perón, 1973:291). De allí que convocara a la lucha política a «los
verdaderos patriotas, a quienes el tiempo no haya marchitado el corazón ni
las tentaciones les hayan sumido en la ruindad de una entrega» para lograr
una Patria Justa, Libre y Soberana.
En tal sentido la idea de Nación o Patria es para Perón un concepto aglu-
tinante en torno a bienes que debe protegerse porque son del pueblo
(Perón, 1973:97).En el discurso con que Perón inicia el período de sesiones
del Congreso, el 26 de junio de 1946, esboza una síntesis de las tres bande-
ras. «El Estado —sostiene— debe controlar los fundamentos de la economía
nacional, quedando a la iniciativa privada, a veces en colaboración en forma
mixta con el Estado, o exclusivamente por su cuenta, el desarrollo de la pro-
ducción y la manufactura de los artículos» y señala «el Consejo Nacional de
545
Posguerra dejó sentado en sus estudios que industrialización representa:
independencia económica, independencia política, equilibrio económico,
intensificación del trabajo, mejor formación profesional y mejores retribu-
ciones». Al anunciar que en virtud de las medidas del gobierno se encuentra
próximo el momento en que por primera vez el país no deberá al extranjero
ni un solo centavo
«En este discurso se hallan formuladas nuevamente las tres banderas —inde-
pendencia económica, soberanía política y justicia social— que compendian
el proceso de liberación nacional», asevera Galasso (2005:428).
El eje de estas banderas será la justicia social, concepto que adquiere
dentro del discurso peronista un nuevo sentido: por un lado, es una justicia
sectorial, la justicia debida a una clase social postergada, que impulsaba
una política distribucionista; por otro, es misión del Estado y de la sociedad
el procurarla, y no el producto de las libres voluntades individuales; por
último implica una nueva dimensión social de la ciudadanía, toda vez que
luchar por los derechos de los más desposeídos implicaba inexorablemente
un cambio social profundo. «Perón podía sintetizar el contenido de la jus-
ticia social en tres grandes tareas: la elevación de la cultura social de las
masas, la dignificación del trabajo y la humanización del capital», concluye
Segovia (2005: 200).
En función de esta idea, el concepto de Estado adquirió una nueva orienta-
ción por cuanto éste apoyaba las reivindicaciones de los trabajadores, redis-
tribuía la riqueza, establecía procedimientos para dirimir conflictos laborales
y empresariales y, por sobre todas las cosas, auspiciaba el intervencionismo
estatal en todos los problemas sociales y también en los económicos cuando
el sistema de libre iniciativa pusiera en peligro los intereses de la colectividad
o cuando se emplee para mantener injusticias o desigualdades.
De allí es que se haya desplazado a la caridad cristiana y la ayuda a los
necesitados por este nuevo concepto de justicia social —lo que por otro
546
lado le valió enfrentamientos con la Iglesia y las damas de caridad— trans-
formando lo que antes era una cuestión moral en una cuestión de Estado.6
Estas consideraciones sobre las banderas del peronismo pretenden acer-
carnos a esta problemática por cuanto la voluntad de constituir una nación
socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana sería el
eje discursivo en el que se resumía el ideal de sociedad que Perón propuso.
6 Eva Perón decía que los ricos idearon tres formas de suprimir la justicia social: la limosna,
la beneficencia y la caridad. (Segovia, 2005:209).
7 Perón posteriormente dirá: «Nosotros no nos deshonramos por ser descamisados. Nos
deshonraríamos por ser fraudulentos, ladrones o pillos (…) A pesar de que ellos nos cali-
fican de chusma descamisada, es para nosotros un honor tener un corazón bien puesto
debajo de una camisa y no debajo de una chaqueta lujosa».
547
El sol caía a plomo sobre la Plaza de Mayo cuando inesperadamente enormes
columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con su traje de fajina, porque
acudían directamente desde sus fábricas y talleres (…) Los rastros de sus oríge-
nes se traslucían en sus fisonomías. Descendientes de meridionales europeos
iban junto al rubio de trazos nórdicos y al trigueño de pelo duro en que la
sangre de un indio lejano sobrevivía aún (…) Un pujante palpitar sacudía las
entrañas de la ciudad. Un hálito áspero crecía en densas vaharadas, mientras
las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo,
de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín
y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías
de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían
de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe,
iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el
mecánico de automóviles, el tejedor, la hilandera y el empleado de comercio.
Era el subsuelo de la patria sublevado. (Hernández, 1997:20)
548
aquellos agrupados en camiones, trepados al techo de tranvías, amontonados
en colectivos que perentoriamente debieron cambiar su ruta y conducirlos a
Plaza de Mayo, las mujeres obreras con sus niños en brazos, otros con panta-
lones arremangados hasta la rodilla, lanzando burlas soeces a los caballeros
bien vestidos que miraban las manifestaciones en silencio, llevando carteles
improvisados, o botellas vacías, bebiendo refrescos, comiendo un trozo de pan,
enronquecidos y desafiantes, profiriendo ironías gruesas o epítetos agresivos,
esa gigantesca concentración obrera inauguraba el 17 de octubre un nuevo
capítulo en la historia argentina.
Y agrega que esa jornada «no provocó el rechazo que provoca una fracción
política partidista frente a otra: fue un rechazo instintivo, visceral, por parte
de quienes miraban desde las veredas el paso de las turbulentas columnas».
Desde el otro extremo del arco social, Delfina Bunge, ferviente católica y
conspicua integrante de nuestras clases altas, dirá:
549
los partidos políticos preexistentes (…) El 17 de octubre, más que representar
la victoria de una clase, es la presencia del nuevo país con su vanguardia más
combatiente y que más pronto tomó contacto con la realidad propia (…) Lo
viejo no comprendía al país nuevo, tampoco se dio cuenta que ya no podía
representar la dirección del país y mientras discutía sus rivalidades, el nuevo
actor tomó posesión del escenario.
550
Un manifiesto del Partido Comunista del 21 de octubre dice:
El malón peronista con protección oficial que azotó el país ha provocado rápi-
damente, por su gravedad, la exteriorización del repudio popular de todos los
sectores de la República y millones de protestas. Hoy la Nación en su conjunto
tiene clara conciencia del peligro que entraña el peronismo y de la urgencia
de ponerle fin... En el primer orden, nuestros camaradas deben organizar y
organizarse para la lucha contra el peronismo hasta su aniquilamiento. Perón
es el enemigo número uno del pueblo argentino.
551
Referencias bibliográficas
552