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CUARTA PARTE

El modelo del Estado


Benefactor
JULio Cés a r r o Nd i Na
Índice

Introducción al período 1943–1955 / 519

1. La revolución de 1943. El ascenso del peronismo / 523


1. La revolución de junio / 523
2. Ese oscuro coronel / 530
Referencias bibliográficas / 537
Anexo / 538
1. El pensamiento político de Perón / 538
Bibliografía / 552

2. El peronismo en el poder. Primer gobierno peronista / 553


1. La reformulación del Estado / 553
2. La sociedad en la etapa peronista / 565
3. Las políticas llevadas adelante por el primer peronismo / 576
Refrencias bibliográficas / 590
Anexo / 593
1. La deuda externa con Perón / 593
2. La política exterior en relación con América Latina / 594
3. La nueva legislación laboral / 595
Bibliografía / 606

3. Cuestiones institucionales de importancia en el primer peronismo / 607


1. La remoción de la Corte Suprema de Justicia / 607
2. La constitución de 1949 / 608
Referencias bibliográficas / 619

4. El segundo gobierno peronista / 620


1. La crisis económica: sus causas / 620
2. El nuevo rumbo económico / 622
3. Las disidencias internas y la creciente burocratización del movimiento / 623
4. La situación política durante el segundo gobierno / 624
5. El conflicto con la Iglesia / 625
6. El contrato con la California / 626
7. La Argentina dividida entre peronistas y antiperonistas / 627
8. El comienzo del fin / 629
Referencias bibliográficas / 634
Anexo / 635
1. Las razones del derrumbe / 635
Bibliografía / 640

517
Introducción al período 1943–1955

Ingresar al estudio de esta etapa implica adentrarnos y


tratar de inquirir sobre un profundo quiebre del devenir
histórico argentino.

En efecto, al compás de cambios que se producen en la his-


toria mundial a partir de la crisis que estalla con la Segunda
Guerra Mundial, nuestro país habrá de modificar sustancial-
mente su economía y su sociedad.

Quizás la innovación más importante, desde la visión de la


relación Estado–Sociedad Civil– Mercado que guía esta obra,
es el paso del modelo de Estado interventor al de Estado
benefactor o Estado de bienestar, que en nuestro caso lle-
garía —con variables que en su momento veremos— hasta
marzo de 1976.

Con el golpe de estado que en 1930 derroca al presidente


Irigoyen, nuestro país había dejado atrás el modelo agroex-
portador que se había consolidado a partir de la organización
nacional encabezada por Buenos Aires, luego de la batalla de
Pavón, y se encaminó hacia el patrón industrial sustitutivo.

Luego de la revolución que se produce en 1943 se profundiza


el modelo de manera sostenida, pero ese desarrollo del mer-
cado interno y el proceso industrial se sustenta partiendo
de una efectiva utilización del ahorro nacional.

Por lo tanto, aquella relación que surgiera luego de la crisis


mundial de 1929 se modificaría y, a partir de nuevos paradig-
mas, el Estado tendría una importantísima intervención en
la economía. No solamente poniendo pautas de regulación,
sino como productor de bienes y servicios, y, lo que es más

519
importante a los efectos del estudio de las relaciones sociales
emergentes, interviniendo decisivamente en la redistribución
de la riqueza.

Esta reasignación de los recursos llevará implícito que serán


otros grupos sociales los dominantes, en desmedro de los
sectores tradicionales de nuestra economía.

Al compás de esta modificación serán dos las clases sociales


beneficiadas por el nuevo rumbo económico: por una parte
la burguesía industrial, particularmente la proveniente del
sector de la industria liviana; y —con una fuerte aparición
política en el escenario social— los sectores trabajadores
que se encolumnaron detrás del liderazgo del, por entonces,
coronel Juan Perón.

Este cambio económico–social producirá numerosas altera-


ciones en la vida cotidiana de los argentinos y la sociedad
no volverá a ser la misma.

Así, por solo mencionar algunos de ellos, la presencia del


nuevo proletariado en el escenario político y social modifi-
cará esquemas sociales y el mundo público verá nuevos acto-
res antes totalmente desconocidos; los avances tecnológicos
de aquel entonces —particularmente electrodomésticos— se
introducirán en muchísimos hogares provocando cambios
culturales de importancia; las nuevas formas de comunica-
ción generarán lo que fue dado en llamar «democracia de
masas»; el sentido de lo nacional se apoderará de bastos
aspectos culturales; entre otros fenómenos a destacar.

Ese ingreso a una nueva forma de modernidad no estará


exento de conflictos, por el contrario, la sociedad sufrirá un
quiebre que se mantendrá vigente hasta luego del derroca-
miento del propio presidente Perón, hecho ocurrido a manos
de un golpe de estado encabezado por un sector del ejército
y apoyado por sectores políticos y sociales abiertamente
enfrentados con el movimiento peronista.
Nuestro primer análisis se detendrá en la revolución de
junio de 1943, pretendiendo desentrañar la composición y
objetivos que se plantearon los militares que derrocaron
un régimen político totalmente desacreditado y carente de
un sustento social ponderable, salvo lógicamente, del de

520
aquellas clases sociales tradicionales a quienes favorecía.
Por ello, examinaremos la inserción del sector militar y los
propósitos que inspiraron al GOU, logia militar que propuso
los objetivos políticos que trató de llevar adelante el proceso.

En un segundo momento, breve por cierto, veremos la política


económica y cultural que desarrolló el gobierno militar y la
caída del presidente Pedro Pablo Ramírez. Ello por cuanto
en el área económica se produjeron modificaciones sustan-
ciales que prefiguraron políticas que luego se concretarían
en momentos posteriores, y en el ámbito cultural porque la
presencia de sectores nacionalistas conservadores generaría
resistencias en diversos sectores sociales que luego serían
endosados al movimiento que nace el 17 de octubre de 1945.
La separación del efectivo primer orientador de la revolución
abriría la puerta para que se concrete la presencia del coronel
Perón en el gobierno.

Luego ingresaremos en la trayectoria política de Juan Domingo


Perón, estudiando los principales jalones que lo llevarán a
la cúspide del poder.

Ya en el segundo capítulo, veremos inicialmente las princi-


pales modificaciones que realizó el peronismo en el aparato
estatal, partiendo de un somero análisis de las funciones que
cumplen los estados en los países periféricos para compren-
der cuál es el modelo al que adhiere el nuevo gobierno, e
intentaremos detallar —aunque más no sea brevemente— los
ejes en lo que se basó su propuesta.

La segunda mirada la depositaremos en la sociedad durante


la etapa peronista, describiendo los nuevos actores sociales
que incidieron de manera fundamental en ella para luego
comentar el intenso proceso de modernización social que
ocurrió en estos años, finalizando con un conciso análisis
del peronismo como partido.

Luego sí, describiremos el rumbo de las principales políticas


llevadas adelante —particularizando en la política exterior, la
económica, la social, y el modelo educativo—, las expresiones
culturales del período y dos cuestiones institucionales que
juzgamos relevantes: la remoción de la Corte Suprema y la
Constitución de 1949.

521
En el capítulo 3 estudiaremos las cuestiones institucionales
que consideramos de importancia durante esta primera etapa
del peronismo. Ellas son el juicio político iniciado a la Corte
Suprema de Justicia y la reforma constitucional de 1949.

Por último, en el capítulo 4 veremos la segunda presidencia


de Perón. Así analizaremos la crisis económica de 1952, las
medidas económicas que intentaron paliarla, la problemática
interna del movimiento y la situación política que se vive
durante aquella, para finalizar analizando el proceso que
desemboca en el golpe de estado de 1955.

En el anexo de primer capítulo nos detendremos en el pensa-


miento político del conductor y las principales concepciones
ideológicas que guiaron al movimiento, para finalizar anali-
zando, desde diversas ópticas, el fenómeno que implicó la
movilización popular del 17 de octubre.

En el anexo del capítulo 2 consideraremos, con colaborado-


res, el problema de la deuda externa en el período peronista,
particularizaremos sobre la política exterior en relación con
América Latina, y haremos un sucinto resumen de la legisla-
ción laboral que promovió el movimiento triunfante.

Por último, en el anexo del capítulo 4 describiremos, a partir


de análisis de diversos estudiosos, las razones que provo-
caron el derrumbe de la primer experiencia peronista en
el poder.

Así pues nos adentramos en este denso momento de la his-


toria argentina, cuya comprensión habrá de echar luces sobre
los años siguientes, llegando incluso a las primeras décadas
del presente siglo.

522
1 La Revolución de 1943.
El ascenso del peronismo

A comienzos de la década del cuarenta, los distintos


componentes que forjarían «la Nueva Argentina» iban
arribando —con ciega puntualidad— a su cita histórica.
Miguel Bonasso, El presidente que no fue

1. La revolución de junio

¿Quiénes eran esos adustos militares que en la mañana del 4 de junio


de 1943 marchaban desde Campo de Mayo, obligando al entonces presi-
dente Ramón Castillo a abandonar la Casa Rosada y presentar su renuncia?
¿Tendrían la misma orientación que aquellos que el 6 de septiembre de
1930 habían derrocado al gobierno de Hipólito Yrigoyen? ¿Este movimiento
era una mera revuelta palaciega que trasuntaba la disputa del poder entre
facciones encontradas?
Es posible que ni siquiera los propios protagonistas tuvieran una respuesta
certera a estos interrogantes, ya que la innegable improvisación con que fue
encarado el golpe de estado habla de las controversias internas del grupo
que lo encabezaba.
Lo cierto es que fue recibido con beneplácito por todos los sectores políti-
cos del país. Desde los socialistas de La Vanguardia, los radicales, los hombres
de FORJA,1 los nacionalistas, los católicos y los liberales, los neutralistas y
los rupturistas, vieron con agrado la caída del desprestigiado gobierno que
sumido en la corrupción y el fraude respondía a los designios políticos de
la oligarquía ganadera.

1 En un comunicado firmado por Arturo Jauretche dice: «FORJA declara que contempla con
serenidad no exenta de esperanza la constitución de las nuevas autoridades nacionales,
en cuanto las mismas surgen de un movimiento que derroca al régimen y han adquirido
compromiso de reparar la disolución moral en que se debatía nuestra política».

523
Esta falta de legitimidad, unida a los interrogantes sobre el proceso de
industrialización, el tipo de relación con las potencias centrales luego de la
guerra y la participación política de los nuevos sectores sociales planteaban
cuestiones que no tenían respuesta por parte de la vieja clase dirigente
(Rapoport, 2000: 283).
La proclama revolucionaria señalaba que los gobiernos precedentes —de
la década infame—

han defraudado las esperanzas de los argentinos, adoptando como sistema


la venalidad, el fraude, el peculado y la corrupción. Se ha llevado al escepti-
cismo y a la postración moral, desvinculándolo (al Estado) de la cosa pública,
explotando en beneficio de siniestros personajes movidos por las más viles
pasiones (…) Propugnamos la honradez administrativa, la unión de todos
los argentinos, el castigo de los culpables y la restitución al Estado de todos
los bienes mal habidos (…) Lucharemos por mantener una real e integral
soberanía de la Nación, por cumplir firmemente el mandato imperativo de su
tradición histórica, por hacer efectiva una absoluta, verdadera e ideal unión
y colaboración americana y el cumplimiento de los pactos y compromisos
internacionales. (Lorenzo, 1999:144)

Como vemos, el texto, si bien era genérico en algunos aspectos —lo que
seguramente atrajo a sectores ideológicamente enfrentados—, señalaba con
claridad el descrédito de los manejos políticos realizados por los sectores
dominantes y la sensación de hartazgo que embargaba a toda la sociedad.
Con Rapoport (2000: 285), podríamos decir que el nuevo régimen se propo-
nía fundamentalmente eliminar la corrupción moral y política, buscando la
unión del pueblo y la restitución de sus derechos, proclamándose el portavoz
del conjunto de las aspiraciones del pueblo. En esto se diferenciaba de los
militares del ’30, que eran representantes de un sector social (Uriburu) o de
fuerzas políticas (Justo). Es más, podemos afirmar que este es el primer golpe
de estado en la Argentina que se produce sin participación civil y en el cual
el ejército es visto por el conjunto de la sociedad como un restaurador de
la democracia (Girbal–Blacha, 2001).
Ahora bien, ¿cuál es la causa inmediata por la que estos hombres de armas
se levantaron contra el gobierno? Al fin del mandato del conservador Castillo
la coalición dominante, la Concordancia, dispuso la designación del magnate
azucarero salteño Robustiano Patrón Costas como candidato a presidente.
Líder conservador, era un símbolo del fraude institucionalizado en la polí-
tica argentina y el prototipo de la explotación laboral más abyecta, la que
se realizaba en sus ingenios. Ello preanunciaba la continuidad del régimen
de oprobio que se prolongaba por casi trece años y que era ampliamente
repudiado por la mayoría de la sociedad argentina. La proclamación se
realizaría el 3 de junio de 1943.
Este hecho, sumado a que el presidente Castillo había redactado ese
mismo 3 de junio el decreto separando del gabinete a su ministro de guerra,

524
el general Pedro Pablo Ramírez, apodado Palito, que contaba con simpatías
dentro del ámbito castrense, fueron el detonante que generaron el levanta-
miento de Campo de Mayo.

1.1. Militares y sociedad

Ante tamaño acto institucional es válido preguntarse qué inserción tenían


estos militares dentro de la sociedad argentina. Si nos llevamos por las pala-
bras del por entonces embajador británico en la Argentina, su influencia en
el mundo del poder era escasa o nula. Dice Sir David Kelly (1962:16):

En la Argentina, los oficiales del Ejército no tenían lugar en la sociedad y no


provenían de la clase gobernante, de los estancieros, los profesionales prós-
peros y los grandes comerciantes. Llevaban una vida aparte y en realidad no
tenían contacto social con los grupos que habían administrado a todos los
gobiernos argentinos del pasado, aún los radicales, y todavía menos contacto
con los diplomáticos extranjeros o con los corresponsales extranjeros.

Reafirma esta aseveración la investigación realizada por Robert A. Potash


(1985:20 y ss.), quien indica que, de los generales en servicio activo en 1946,
la mitad de ellos eran descendientes de inmigrantes, es decir de familias
de clase media; rara vez los hijos de familias tradicionales, de apellidos
aristocráticos, seguían la carrera militar.
Esta cuestión, sumado a la relativa falta de vinculación de los cuadros con
los sectores dominantes del país, generó para ese entonces una camada de
mandos militares que se consustanció con los intereses de la época.
Al mismo tiempo, los peligros de la Segunda Guerra Mundial, en pleno
desarrollo, generaron la decisión en los altos mandos militares de crear
nuestra industria bélica, por lo que debieron generar las bases fabriles indis-
pensables para tal finalidad. Se forja así un dinámico proceso de extracción
de materias primas que se complementa con la producción siderúrgica, que
serán la base, a futuro, de nuestra industria.

1.2. El GOU

Hacia 1942, el ámbito castrense estaba dividido. Unos seguían al general


Justo, quien se preparaba para ser candidato a presidente en las elecciones
de 1943, aparentemente enfrentando a la Concordancia, pero su muerte el
11 de enero de 1943 frustró tal intento. Estos oficiales —en su mayoría gene-
rales, por cuanto el resto de la oficialidad les era adverso— eran proaliados.
Otro grupo era germanófilo, profundamente admiradores del ejército alemán
y seguidores del Eje. Sostenían posturas conservadoras y antidemocráticas.

525
Un tercer grupo no estaba comprometido con los precedentes y eran parti-
darios de la neutralidad argentina en la guerra en curso. De este sector habrá
de nacer el GOU (Page, 1984:61).
Estas siglas designaban una logia militar secreta —agrupación o cónclave
relativamente usual dentro del ejército—, nacida en los albores de 1943. Es lla-
mativo que no exista un acuerdo sobre el significado de ellas. Algunos inter-
pretan que era Grupo Obra de Unificación; otros Gobierno, Orden, Unidad;
otros Grupo Orgánico Unificado; finalmente la acepción más generalizada es
Grupo de Oficiales Unidos.
En las bases constitutivas del GOU —cuya lectura se puede hacer en el
excelente Manual de Historia Constitucional Argentina, tomo 3, de Celso
Ramón Lorenzo, Ed. Juris, Rosario, 1999, hoy reeditado por la Universidad
Nacional de Rosario como Historia Constitucional Argentina— se advierte
la honda preocupación que embargaba a estos oficiales por la creciente
presión que los Estados Unidos ejercía sobre el país para involucrarlo en la
guerra mundial —con el consecuente alejamiento de la tradición neutralista
de nuestro país— y la necesidad de contrarrestar la amenaza que significaba
el comunismo a través de los Frentes Populares.2
Esta proclama estaba dirigida al grupo de oficiales intermedios, no compro-
metidos con sectores de poder. Pretendía proteger al ejército de la tentación
de aliarse a Estados Unidos entrando en la contienda mundial —tal como lo
sostenía Justo—, al tiempo que querían salvar al país de un posible triunfo
comunista, cuestión sobre la que se hace especial hincapié al punto de
asignársele un apartado especial en el documento inicial (Lorenzo, 1999:143).
Asimismo, aspiraban a salvaguardar el prestigio de las fuerzas armadas
repudiando el sistema político fraudulento y una posible identificación de
ellas con el régimen, manteniendo la unidad institucional.
El neutralismo de este sector militar no estaba en relación a su inclinación
por Alemania y los nazis. Era visible su aversión por el bando «democrá-
tico» y Estados Unidos, en tanto eran visualizados como responsables de
la desgraciada década precedente, de allí que podría haber una tendencia
a simpatizar con los enemigos del enemigo, pero de allí a calificarlos como
«nazi fascistas», es excesivo. Influía también que desde 1911 la organización
profesional de nuestro ejército copiaba al alemán, cuya reputación era la más
alta de Europa. Pero la simpatía no implicaba adhesión ni alianza.
Por otra parte, nuestros oficiales conocían al detalle la geografía física,
económica y social del país, dado que cubrían todo el territorio nacional. Ese
contacto con la realidad económica y social le permitía advertir la cantidad

2 Frente popular: Táctica política empleada por los partidos comunistas en países capi-
talistas, consistente en aliarse con partidos de izquierda y progresistas para facilitar su
llegada al poder y así hacer más viable el camino al socialismo. Un ejemplo en América
Latina es la Unidad Popular que en 1970 llevó al poder a Salvador Allende.

526
de conscriptos rechazados por inhabilidad física, la miseria de los pueblos
marginales, la necesidad de alfabetización de la población, cuestión que
suplían en el cuartel; al tiempo que construían puentes, rutas y medios de
comunicación en los lugares más recónditos del país, reemplazando en esto
la función del Estado. El desarrollo de estas actividades en vívido contacto
con la sociedad le permitía desarrollar una aguda conciencia nacional que
se trasuntaba luego en la actitud neutralista (Ramos, 1999:232).
El general Pedro Pablo Ramírez, ministro de guerra de Castillo, vio con
agrado a la logia y designó como uno de sus ayudantes al teniente coronel
Enrique P. González, integrante de la misma; en tanto, el coronel Juan Domingo
Perón, uno de los fundadores del grupo, se acercaba al general Edelmiro J.
Farrell, convirtiéndose en su asistente.

1.3. La revolución en marcha

El jueves 3 de junio de 1943, ante los hechos narrados —proclamación de


Patrón Costas y pedido de renuncia de Ramírez— se precipita la conspiración.
Como el ministro de guerra renunciante no quería encabezar el levanta-
miento, los integrantes del GOU buscaron a un general que quisiera ponerse
al frente de la sublevación y dieron con Arturo Rawson, militar nacionalista
con inclinaciones pro–Eje, que en su última etapa había comenzado a mostrar
un acercamiento a los Aliados. Unía a estas condiciones que era oficial de
Caballería y tenía mando de tropa: el regimiento de Campo de Mayo.
El acuerdo al que llegaron tenía bases muy débiles, al punto que no con-
vinieron cuestión alguna sobre la dirección política del movimiento.
Instalado en la Casa Rosada, Rawson anunció a un grupo que se había
reunido en la Plaza de Mayo que el ejército había actuado a fin de defender
la Constitución y preservar la ley y el orden. La Suprema Corte, con el pre-
cedente sentado trece años antes, oficialmente reconoció el gobierno de
facto (Page, 1984:66).
Este golpe sorprendió por igual a Estados Unidos y a Alemania, dado que
no había una unidad ideológica evidente en todo el movimiento. No obstante
ello, Estados Unidos se apresuró a reconocer oficialmente al nuevo gobierno.
Luego de disolver el Congreso y posponer las elecciones convocadas para
septiembre, Rawson se dio a la tarea de nombrar su gabinete. Para sorpresa
de los oficiales que lo habían llevado al poder designó a un par de políticos
conservadores identificados con la década pasada y a otros notorios simpati-
zantes del Eje. Ello provocó su rápida reacción: lo obligaron a renunciar a los
dos días de haber asumido, nombrando en su reemplazo al general Ramírez.
Con Ramírez en la presidencia, integrantes del GOU pasaron a desempeñar
relevantes cargos de gobierno. Perón ocupó la secretaría del ministro de
guerra, el general Edelmiro J. Farrell; el coronel Enrique González, la jefatura

527
de la secretaría de la presidencia; en tanto, otra veintena de oficiales ocupó
importantes funciones.
La orientación general del gobierno era de carácter nacionalista, industria-
lista y autoritario. Intervino provincias y universidades, censuró la prensa,
clausuró los sindicatos manejados por el partido comunista, intensificó
la represión policial de comunistas e izquierdistas, impuso la enseñanza
religiosa en las escuelas cesanteando a maestros y profesores, detuvo a
miembros de los partidos democráticos, exoneró a jueces y camaristas y
reafirmó la neutralidad argentina en la contienda mundial.

1.4. Política económica del gobierno militar

La guerra mundial produjo sustanciales modificaciones en la economía argen-


tina. Se debieron sustituir los productos que provenían de las metrópolis y
aumentaron las exportaciones no tradicionales a los países de América Latina.
Si en los diez años anteriores al conflicto el PBI había crecido un 14,5 %,
entre 1939 y 1944 creció un 19,4 %. Las importaciones bajaron hasta el 19,5 %
de la demanda fija, hacia el 1900 había llegado a ser el 58,6 %. El número de
obreros industriales pasó de 437 816 en 1935 a 1 056 673 en 1946. Si en 1939,
sobre el total de exportaciones, un 5,4 % era de artículos manufacturados,
en 1943 esta cifra trepó al 35 %.
Asimismo, es notorio como aumenta proporcionalmente el capital nacional
en relación con el extranjero hasta llegar a constituir el 84,59 % del total.
Si bien había problemas para el abastecimiento de combustible —se utili-
zaba trigo para sustituir el petróleo—, no existían problemas de desocupación.
Evidentemente, nuestro país prosperaba al amparo de la neutralidad.
En orden a las medidas nacionalistas, el gobierno allanó las oficinas de
empresas monopólicas de electricidad, investigando su contabilidad;3 inter-
vino la Corporación de Transporte, nacionalizándola posteriormente; expro-
pió la Compañía Primitiva de Gas; nacionalizó los elevadores de granos y se
hizo cargo del comercio de cereales y los depósitos de mercancía; impuso
tarifas aduaneras con fines proteccionistas y amplió el sistema de reintegros
para las exportaciones de artículos industriales; impulsó industrias militares
especialmente las de fabricaciones de armas.
En este contexto, se asignó al ejército un papel fundamental en el proceso
industrializador: comenzó a buscar materias primas industriales en toda la
región andina, participó en la construcción de nuevas carreteras y se crearon
plantas experimentales de industria pesada bajo su control y supervisión.

3 Se designó una comisión presidida por el coronel Matías Rodríguez Conde, que publicó
un voluminoso estudio poniendo de relieve los actos de corrupción que estas empresas
habían llevado a cabo.

528
Se conformó la Secretaría de Industria con rango de ministerio, al tiempo
que se creó el Banco de Crédito Industrial para el otorgamiento de présta-
mos a largo plazo.
En materia de medidas económicas de índole social, se redujo en un 20 %
el importe de los arrendamientos rurales, se impuso el congelamiento de los
alquileres en Buenos Aires y se intentó controlar el precio de los alimentos.

1.5. Política cultural del gobierno militar

A poco de andar este proceso, toman posesión de puestos claves del


gobierno, particularmente del aparato cultural del Estado, sectores nacio-
nalistas defensores ultramontanos4 de la religión católica, abiertos simpa-
tizantes del fascismo, antisemitas, odiaban por igual a los inmigrantes y al
gaucho y en materia histórica eran antiliberales y rosistas. Giordano Bruno
Genta, uno de sus adalides y, por ese entonces, interventor de la Universidad
Nacional del Litoral, proclamaba la necesidad de formar una «aristocracia
de la inteligencia», nutrida en la «estirpe romana e hispánica».
Estos representantes de la gente decente eran abiertamente antipopulares
y según Abelardo Ramos (1999:239) «aborrecían las revoluciones, las reformas,
las plebes, los iluministas, los aparatos de laboratorio, los instrumentos
mecánicos en general y la regla de cálculo, Descartes y los Enciclopedistas,
el comunismo y el radicalismo, el liberalismo y el estúpido siglo XIX». Héctor
Sáenz Quesada, Ignacio B. Anzoátegui, Ramón Doll, Marcelo Sánchez Sorondo,
Gustavo Martínez Zuviría —escritor que utilizaba el seudónimo de Hugo Wast—,
Alberto Baldrich y el mencionado Giordano Bruno Genta son algunos de los
expositores de este nacionalismo retardatario, vinculado a la oligarquía
ganadera, alguno de los cuales pasaron por lo que es hoy el Ministerio de
Educación de la Nación.
Como era de esperar, su paso por el gobierno generó una gran resistencia
de los sectores medios de la sociedad, tradicionalmente liberales y pro bri-
tánicos, y de aquellos vinculados con el nacionalismo popular, como Arturo
Jauretche y la gente de FORJA. Con el ascenso del peronismo al poder —el

4 Ultramontanos: del latín más allá de los montes. Se designa así a los católicos extremistas
que, con el monje Lamennais a la cabeza, adoptaron una posición contrarrevolucionaria en
la Revolución Francesa, oponiéndose a las instituciones basadas en la soberanía popular
por considerarlas creadoras de una moralidad pragmática opuesta a los valores morales
y religiosos provenientes de Dios y, por lo tanto, trascendentales. Ideólogos fanáticos y
dogmáticos intolerantes con las ideas que no estuvieran comprendidas en la órbita del
catolicismo eran partidarios de una sociedad teocrática. Actualmente, se designa así a
los católicos extremistas partidarios de regímenes confesionales o que militan en grupos
nacionalistas de derecha.

529
mismo Perón los definía como «piantavotos»—, este grupo pierde presencia
en el marco institucional.

1.6. La caída de Ramírez

Hacia fines de 1943, Estados Unidos vuelve a presionar a nuestro país para
embarcarnos en la conflagración mundial. Con tal motivo, cortaron los sumi-
nistros bélicos, acusando de fascista al gobierno, y aumentaron el envío
de armas al Brasil, lo que creó un temor generalizado de que este país nos
invadiera. En el intento de llevar adelante un plan para fabricar armas, el
gobierno trató de obtener armamento de Alemania, para lo cual envió un
agente secreto que fue detenido por los ingleses, que informaron de ello a
Estados Unidos. A ello se sumó a que fue muy mal visto por la diplomacia
norteamericana, el apoyo que se dio al golpe nacionalista que en Bolivia llevó
adelante Paz Estenssoro, líder del Movimiento Nacionalista Revolucionario.
Estas decisiones generaron nuevas presiones sobre el gobierno nacional.
Ramírez cedió ante ellas y el 26 de enero de 1944 decidió la ruptura de relacio-
nes diplomáticas con Alemania y Japón (Rapoport, 2000: 286) (Rock, 1995:318).
Ello generó un profundo descontento en las filas del GOU y los oficiales
neutralistas, que quitaron su apoyo a Ramírez, quien renunció entregando
el poder a Edelmiro J. Farrell. Con él en el poder, crece la figura de Perón,
quien es designado ministro de guerra, al tiempo que retenía la Secretaría
de Trabajo y Previsión.
A esta altura del relato, se hace menester centrar nuestra atención en
el ascendente coronel que produciría un cambio sustancial en la historia
política del país.

2. Ese oscuro coronel

Aunque Perón seguía siendo una figura un poco oscura…


David Rock, Argentina 1516–1987

Hijo de una familia inmigrante de clase media, Perón se graduó en la


Escuela Superior de Guerra y en enero de 1929 obtuvo destino en el Estado
Mayor General del Ejército. Aunque él aseguraba haber votado por Yrigoyen
en 1916, participó en el golpe que lo derrocó en 1930 (Page, 1984:42). Como
capitán, actuó como correo e intermediario entre las facciones de Uriburu
y Justo. Luego, habría de tener preponderante actuación en la creación y
actuación del GOU.

530
2.1. El ascenso de Perón a la cúspide del poder

Perón inicia su itinerario en los meandros del poder como jefe de la Secretaría
del Ministerio de Guerra de Edelmiro Farrell el 5 de junio de 1943, llevándose
consigo al teniente coronel Domingo Alfredo Mercante.
A poco de su asunción, se declara una huelga en los frigoríficos a raíz de
la detención de José Peter, máximo dirigente del gremio y afiliado al Partido
Comunista. Perón toma a su cargo el conflicto y logra el levantamiento de la
huelga, liberando a Peter. Esta actuación le permitió entrar en contacto con
gremios y dirigentes sindicales.

2.2. Perón en la Secretaría de Trabajo y Previsión

Advirtiendo la potencialidad de esta área social reclamó para sí la dirección


del Departamento Nacional del Trabajo, cargo que se le otorga en octubre de
1943. Ya en el mismo transforma al Departamento en Secretaría de Trabajo y
Previsión, asignándole un nuevo perfil y dinámica. Perón define así su obje-
tivo, en discurso pronunciado en la Bolsa de Comercio el 25 de agosto de 1944:

El Departamento de Trabajo demostró en aquella oportunidad (la huelga


antes mencionada) no ser el organismo necesario para actuar, porque los
obreros no querían ir al Departamento, que había perdido delante de ellos
todo su prestigio como organismo estatal, ya que en la solución de sus pro-
pios problemas ellos no encontraron nunca el apoyo decidido y eficaz que
tenía la obligación de prestar a los trabajadores. Por eso, con un organismo
desprestigiado, no solamente se perjudica a la clase trabajadora, sino que
es el germen del levantamiento de la masa, que en ninguna parte se encon-
traba escuchada, comprendida y favorecida. Eso me dio la idea de formar un
verdadero organismo estatal, con prestigio, obtenido sobre la base de buena
fe, de leal colaboración y cooperación, de apoyo humano y justo a la clase
obrera, para que, respetado y consolidado su prestigio en las masas obreras,
pudiera ser un organismo que encauzara el movimiento sindical argentino en
una dirección: lo organizase racionalmente, de acuerdo con las directivas del
Estado. Esa fue la finalidad que, como piedra fundamental, sirvió para levantar
sobre ella la Secretaría de Trabajo y Previsión.

Asentado en estos criterios, el Estado asume la regulación de las relaciones


obrero–patronales. La negociación colectiva entre las partes pasó a ser un
ámbito de mediación y control a su cargo en la que articulaba los diferentes
intereses sociales.
A partir de esta concepción, se modifica el trato que se brinda en la
Secretaría de Trabajo a los dirigentes sindicales. Perón atendía personal-
mente a los delegados con extrema cortesía y les hablaba en un lenguaje

531
claro y directo, redactando delante de ellos los decretos y convenios de
trabajo con las mejoras que se le solicitaban, las que luego se convertían en
una realidad palpable, constituyendo la base de una legislación social nunca
vista y recorría el país pronunciando discursos ante auditorios populares en
los que impulsaba la organización de nuevos sindicatos obreros.
De esta manera, pronto fue ganando seguidores en las filas de los dirigentes
obreros al tiempo que debilitaba las conducciones de los gremios dirigidos
por socialistas y comunistas. Muchos de estos dirigentes pasaron a militar en
las filas de adeptos al coronel Perón, dejando de lado su filiación partidaria.
Sirva como ejemplo el caso de Ángel Gabriel Borlenghi, dirigente socialista
del gremio de empleados de comercio que luego fue ministro del interior de
Perón. Otros prefirieron seguir leales a su partido, perdiendo la conducción
de su gremio; muestra de ello es el comunista Peter, quien perdió el liderazgo
del gremio de los obreros de la carne en manos de Cipriano Reyes, prohijado
por la Secretaría de Trabajo.
La labor que desarrolló Perón al frente de la Secretaría de Trabajo puede
sintetizarse en dos aspectos: una tarea de codificación y otra de reconoci-
miento y control (Girbal–Blacha, 2001:87).
La primera tenía como objetivo la ampliación del radio de acción de la
legislación laboral. Testimonio de ello es la inclusión de los trabajado-
res industriales entre los beneficiarios de la ley de despidos, la aplicación
efectiva de la legislación que estipula las 48 horas semanales de trabajo,
las vacaciones pagas y el sueldo anual complementario —disposición que
tuvo una fuerte oposición de los sectores sociales que integrarían la Unión
Democrática, y que, llamativamente fue rechazada por los partidos socialista
y comunista—, la creación de Tribunales de Trabajo que sustrajo del ámbito
privado la resolución de conflictos laborales, la extensión a todos los traba-
jadores de la indemnización por despido sin causa, la sanción del Estatuto
del Peón Rural, el establecimiento de numerosos convenios colectivos de
trabajo, entre otras medidas.
La tarea de reconocimiento y control se demuestra en aumentos generales
de salarios realizados por decreto, la constitución y la puesta en funciona-
miento de las Asociaciones Profesionales, con control estatal, etcétera.

2.3. Nuevos avances en su carrera política

Mientras tanto, al producirse el alejamiento del general Ramírez de la pre-


sidencia de la Nación en febrero de 1944, y asumir Edelmiro J. Farrell, Perón
es designado ministro de guerra del nuevo gobierno.
Gracias a su vinculación con el presidente, es nombrado como vicepre-
sidente de la Nación el 7 de julio de 1944, sin resignar sus otros cargos y
desplazando al general Luis Perlinger —como él, integrante del GOU—, quien
también pretendía el puesto. De esta manera, manejaba los dos pilares

532
básicos en los que asentó su poder: el ejército, como ministro de guerra, y
los trabajadores, como secretario de trabajo. El 25 de agosto de 1944 se crea
el Consejo Nacional de Posguerra dependiente de la vicepresidencia de la
Nación y presidido por el propio Perón. Era un organismo de planificación
económica y social de mediano plazo que se traduciría luego en los dos
planes quinquenales que aplicó desde la presidencia.

2.4. El 17 de octubre de 1945

A mediados de 1945, los empresarios, disconformes con la política social


que llevaba adelante el gobierno a través de Perón, reaccionaron lanzando
un manifiesto firmado por los principales comerciantes e industriales del
país, exigiendo la rectificación de la misma. Ello generó la respuesta de los
sindicatos que sacaron solicitadas apoyando la acción del secretario de tra-
bajo. La clase media, con los sectores universitarios a la cabeza, que veía en
Perón al peligro nazi, también se activa contra el ascendente coronel y el 19
de septiembre se realiza la Marcha de la Constitución y la Libertad, de la que
participaron radicales, conservadores, socialistas, comunistas, demócratas
progresistas y católicos democráticos.
La marcha genera un clima de inestabilidad, por lo que el gobierno reim-
planta el estado de sitio. Los jóvenes universitarios, provenientes de las cla-
ses media y alta, responden tomando las facultades y enarbolando consignas
contrarias a Perón. Desalojados por la policía y muchos acabaron en la cárcel.
Se manifestaba así un desencuentro trágico que se repitió en nuestra
historia: el de los sectores intelectuales que enfrentan y se distancian de
los sectores populares.
Ya había tomado cuerpo la conformación de la Unión Democrática, agru-
pamiento político que incluía a la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista,
el Partido Comunista, la Democracia Progresista, los partidos conservado-
res, aunados en su enfrentamiento con Perón. Esta alianza contaba con el
apoyo explícito del embajador norteamericano en el país: Spruille Braden y
conspiraban buscando el apoyo de los sectores militares contrarios a Perón.
El socialista Alfredo Palacios hablaba de entregar el gobierno a la Suprema
Corte de Justicia.
En Campo de Mayo tomaron la iniciativa los oficiales antiperonistas, quie-
nes reclamaron a su jefe, el general Eduardo Ávalos, que exigiera la renuncia
de Perón.
Este requerimiento toma cuerpo en el gobierno y el día 9 de octubre Perón
se entrevista con Farrell y presenta la renuncia a sus cargos, aunque le pide
que lo autorice a despedirse del pueblo, cosa que hace al día siguiente en
un palco levantado frente a la Secretaría de Trabajo ante una masa de tra-
bajadores movilizados por los sindicatos.

533
En tanto, el doctor Quijano, ministro del Interior, comunica que el gobierno
había decidido llamar a elecciones y que Perón había renunciado a los car-
gos que detentaba. Ello desata la algarabía de las clases medias y altas que
festejan así su triunfo.
Son nombrados ministro de Guerra el general Eduardo Ávalos y ministro de
Marina el almirante Héctor Vernengo Lima, quien sostenía la tesis de entregar
el poder a la Suprema Corte. El general Ávalos pretendía entregar el poder
al líder radical Amadeo Sabattini, quien rechazó la idea.
El 12 de octubre Perón es detenido por orden de Farrell y trasladado a la isla
Martín García, en tanto el Procurador de la Corte intenta armar un gabinete
con las viejas figuras de la oligarquía.
El clima social se va tensando y los gremios empiezan a reaccionar. Cipriano
Reyes mueve al suyo —trabajadores de la carne— bajo la consigna: Libertad
a Perón. El 16 se reúne el Comité Central Confederal de la CGT y gracias al
activismo de militantes forjistas, el Comité Central declara la huelga general.
Aún antes que la CGTadopte esta decisión, en todo el país el pueblo comenzó
a movilizarse para pedir la libertad del coronel.
Mientras el gobierno autoriza el traslado de Perón al Hospital Militar de
Buenos Aires, el día 17 de octubre los obreros de Berisso y Ensenada se ponen
en marcha hacia La Plata. Se movilizan también los obreros de Avellaneda y,
pese a que el almirante Vernengo Lima quiere reprimir a los manifestantes, el
general Ávalos se opone terminantemente. «El ejército no intervendrá contra
el pueblo en ninguna circunstancia», afirma en un comunicado.
La plaza de Mayo se colma de trabajadores y a las 23 horas Perón y Farrell
se asoman al balcón de la casa de gobierno y hablan ante la multitud albo-
rozada. El peronismo estaba vivo.
Este día será recordado en las tradiciones peronistas como el Día de
la Lealtad y marca un hito en la historia argentina porque fue la primera
expresión pública del nuevo sector trabajador argentino, surgido a la luz
del proceso de sustitución de importaciones, iniciado en 1930. Allí hizo su
aparición en la arena política, definiendo el rumbo que tendría el país en
los años siguientes.
Esta multitudinaria manifestación mostró a las distintas facciones del
ejército el apoyo popular que tenía Perón, obligándolas a llegar a un acuerdo,
por el que se lo dejó en libertad y se convocó a elecciones, las que se fijaron
para el 24 de febrero de 1946.
El jueves 18 de octubre renuncian Ávalos y Vernengo Lima y los militares
nacionalistas leales a Perón ocupan importantes cargos de gobierno, per-
mitiendo así la consolidación de ese encuentro entre sectores populares y
el ejército.
Finalmente, el domingo 21 de octubre Perón se casa con María Eva Duarte, su
segunda mujer, quien habría de tener un paso impactante en nuestra historia.

534
2.5. La campaña electoral

En mayo de 1945 había arribado a Buenos Aires el nuevo embajador nor-


teamericano Spruille Braden, quien tendría activa participación en la vida
política interna. Cautivado por los más acérrimos enemigos del gobierno
militar y fascinado por los relumbrantes apellidos de la aristocracia argen-
tina, Braden dejó traslucir con petulancia, los designios de Estados Unidos
para este país. Encarnó un furioso antiperonismo y trabajó activamente en
la constitución del frente electoral en su contra.
Con su actividad en pro de la Unión Democrática logro despertar el sen-
timiento antinorteamericano de nuestro pueblo, que se nucleó alrededor
de Perón.
Dentro del radicalismo no había posiciones unánimes frente a la consti-
tución de la Unión Democrática; solamente los antipersonalistas seguidores
de Alvear la apoyaban fervientemente.
Con el impulso que le dio la Marcha de la Constitución y la Libertad, a fines
de diciembre la Unión Democrática se consolida como aparato electoral. Lleva
como candidatos a los radicales José Tamborini y Enrique Mosca.
La composición social y económica de las fuerzas que apoyaron a la Unión
Democrática es clara: los hombres del comercio de importación y exportación,
la burguesía comercial porteña, los grandes ganaderos e invernadores de la
provincia de Buenos Aires, los círculos de las finanzas y la Bolsa de Comercio,
sectores de la burguesía industrial, sectores profesionales calificados, inte-
lectuales, artistas y la gran mayoría de la prensa, fueron el sustento de esta
entente política. Componían su núcleo central radicales antipersonalistas,
socialistas, comunistas, demócratas progresistas y conservadores. El eje de
campaña era la identificación de Perón con el nazifascismo, derrotado en
la contienda mundial, y sus slogans democráticos. Su consigna central era:
«Por la libertad, contra el fascismo».
En los grupos católicos también surgieron divisiones: un núcleo de demó-
cratas cristianos condenaba la candidatura del ex vicepresidente y de la polí-
tica social que había llevado adelante el gobierno militar. No obstante ello,
una disposición de la Iglesia habría de favorecer la candidatura de Perón: el 15
de noviembre de 1945 la Pastoral del Episcopado indicaba que ningún católico
podía votar a candidatos que inscriban en sus programas los principios de
la separación de la Iglesia y el Estado, la supresión de las disposiciones que
reconocen los derechos de la religión, el laicismo escolar y el divorcio legal.
Como los partidos que sustentaban estos principios estaban en la Unión
Democrática, la única alternativa posible que se dejaba a los católicos era la
fórmula que encabezaba Perón. Algunos autores hablan de un acuerdo entre
la Iglesia y el gobierno militar que favoreció esta determinación.
El compañero de fórmula de Perón fue el correntino Hortensio Quijano,
quien provenía del radicalismo y que, junto a Armando Antille, Miguel Tanco y

535
otros militantes, habrían de conformar la Junta Renovadora, o Reorganizadora,
del radicalismo que apoyaba a Perón. Este sector provenía de sectores más
conciliadores del partido de Alem, inclusive algunos de cuño alvearista, pero,
al igual que los sectores yrigoyenistas más consecuentes —representados
por forja, con Arturo Jauretche a la cabeza—, se comprometerían con el
naciente movimiento.
También lo seguían los Centros Cívicos Independientes, encabezados por
los conservadores y el incipiente Partido Laborista de Cipriano Reyes, que
nucleaba a dirigentes obreros que habían dejado las filas del socialismo o del
comunismo y que junto a la nueva camada de jóvenes trabajadores habían
sido conquistados por el exsecretario de Trabajo. La Alianza Libertadora
Nacionalista, expresión de los sectores nacionalistas conservadores, tam-
bién apoya la candidatura de Perón. El partido Demócrata Nacional dejó en
libertad de acción a sus afiliados, no presentando fórmula.
En cuanto a los sectores sociales, además del apoyo de la Iglesia católica ya
mencionado, se destaca el acompañamiento que hace gran parte del ejército,
la nueva burguesía industrial surgida al calor del proceso de sustitución de
importaciones y núcleos de clase media de las ciudades del interior, a los
que el radicalismo había dejado de dar respuesta a partir de sus posturas
antipersonalistas y aliancistas. Demás está resaltar el apoyo incondicional
de la clase trabajadora a su nuevo líder.
Los diarios La Época y Democracia, un semanario Política, bajo la con-
ducción de Ernesto Palacio, y la revista Descamisado, donde escribía Arturo
Jauretche, eran el sustento de prensa del movimiento.
Durante la campaña electoral se advierte la gran diferencia económica
y social de los postulantes. En tanto la Unión Democrática contaba con el
apoyo constante e irrestricto de los grandes medios de prensa —La Razón y
La Nación, entre otros— y con abundantes recursos económicos, provistos
generosamente por el sector social que los apoyaba, el peronismo realizaba
una campaña sumamente austera, en la que la utilización de los medios
radiales sería uno de los principales ejes. Señalemos asimismo que la cam-
paña electoral estuvo teñida de fuertes enfrentamientos que reiteradamente
desembocaron en mutuas agresiones y violencia.
A principios de febrero de 1946, el gobierno de Estados Unidos, en acción
que se atribuyó al embajador Braden, dio a publicidad el Libro Azul, una
compilación de denuncias contra el gobierno argentino sospechado de haber
favorecido al nazismo, se conforma un eslogan que habrá de ser decisivo en
la contienda electoral: «Braden o Perón», sintetizando las alternativas que
estaban en juego.
La disyuntiva era presentada en primera página del diario Democracia
el 23 de febrero de 1946, que titulaba: «Usted votará mañana contra:
Braden, el Jockey Club, el Círculo de Armas, la Unión Industrial, la Bolsa de
Comercio, la Sociedad Rural, los Latifundistas, el Gran Capitalismo, La Prensa

536
Subvencionada y por la Argentina que nace con Perón», compendiando así
lo que esa elección implicaba.
Finalmente, el 24 de febrero se impuso la fórmula Perón–Quijano por 1 478
372 sufragios contra 1 211 666 de la fórmula Tamborini–Mosca.
El fracaso de la Unión Democrática la llevó a su disolución. El país había
cambiado.

Referencias bibliográficas

girbal–blacha, noemí m.; balsa, javier; zarrilli, adrián g. (2001). Estado, sociedad y
economía en la Argentina (1930–1997). Universidad Nacional de Quilmes Ediciones.
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page, joseph a. (1984). Perón. Primera Parte. Javier Vergara Editor.
potash, robert a. (1985). El ejército y la política en la argentina. 1945–1962. De Perón a
Frondizi. Tomo 2. Editorial Hyspamérica.
ramos, jorge a. (1999). Revolución y Contrarrevolución en la Argentina. Tomo 2. Editorial Distal.
rapoport, mario; madrid, eduardo; musacchio, andrés; vicente, ricardo (2000).
Historia económica, política y social de la Argentina (1880–2000). Ediciones Macchi.
rock, david (1995). Argentina 1516–1987. Alianza.

537
Anexo

1. El pensamiento político de Perón

1.1. Sus vertientes ideológicas

Ingresando al análisis de las ideas políticas de Perón, traemos en primer


término el pensamiento de José Luis Romero (1991:244) quien al estudiar el
peronismo dice que

todo este proceso no era sino el de la génesis de un fascismo; pero a medida


que se desarrollaba, comenzó a insinuarse cierta peculiaridad que le prestaba
la personalidad de su principal propulsor. Perón constituía, sin duda, el más
activo de los elementos pro–nazis del gobierno revolucionario, y comenzó
a utilizar los típicos métodos aconsejados por la tradición nazi–fascista y la
concepción de la política vigente en ciertos grupos militares (…) El orador por
antonomasia (Perón), el monopolizador de la radio, comenzó a aglutinar a su
alrededor a dirigentes gremiales más o menos resentidos y a agrupaciones
gremiales justamente desencantada por la política conservadora que predo-
minaba desde 1930.

Sigue señalando Romero que la prédica de Perón —quien buscaba suprimir


las luchas de clases, suplantándola por un acuerdo justo entre obreros
y patrones, o que en otra ocasión señalaba la muerte de los prejuicios
burgueses— a la que califica de revolucionaria y reaccionaria al mismo
tiempo, característica del fascismo, fue adquiriendo vigor y terminó por
arraigar en la conciencia de ciertos grupos sociales caracterizados como
lumpenproletariat, sectores sociales desclasados o, en terminología más
actual, sectores excluidos.
Por su parte, dice Rock (1995) que

durante los años treinta desempeñó varias misiones en el exterior; mientras


se hallaba en Italia, entre principios de 1939 y comienzos de 1941 presenció el
estallido de la guerra y la conquista de Europa por el Eje. Si sus ideas políticas
llevaban el sello de la fase anterior del movimiento nacionalista —su antico-
munismo, su tendencia corporativista y casi fascista— también ejemplificaban
su más reciente exaltación de la soberanía económica, el anti–imperialismo
y la neutralidad. (320)

538
Rescatamos de Page (1984:42) lo que entiende como la más sugerente de
las publicaciones de Perón, toda vez que se trasunta en ella una idea que
habrá de aplicar permanentemente. Señala este autor que en el Apunte de
historia militar, Perón expone el tema de la nación en armas, basándose en
un concepto enunciado por el general alemán Coman von der Goltz, que
postulaba la inevitabilidad de la guerra como estado natural de la humani-
dad, exigiendo la defensa nacional, la movilización y la organización integral
de todos los habitantes. Citando al coronel Domingo Mercante, recuerda
que «Perón tenía ideas muy claras sobre la revolución social que había que
hacer en el país mucho antes del 4 de junio de 1943» (Page, 1984:67). Señala
seguidamente que en mayo de 1943 Perón introdujo un llamado a hacer la
revolución en medio de una charla dada en una reunión del GOU y también
tomó contacto con los gremialistas poco después del 4 de junio. Esto indica
que él comprendía que lo único que podía dar una sustancia revolucionaria
a la asonada del 4 de junio sería que el nuevo régimen impusiera un cambio
radical en las políticas laborales.
A su turno, Abelardo Ramos (1999:261) nos dice:

En la Argentina esa grandiosa marea nacionalista y revolucionaria tendía a


expresarse a través del Ejército y de su más resuelto Jefe, el coronel Perón. Para
desacreditarlo a los ojos de la opinión pública, sus enemigos lo calificaban de
nazi. Pero las masas populares argentinas no conocían el nazismo. En cambio,
conocían al imperialismo, que era anglosajón... El capital político de Perón fue
proporcionado por su patriotismo y su abierto apoyo a las aspiraciones de
los trabajadores (…) Advirtió claramente que la herencia del yrigoyenismo
estaba vacante (…) Perón intentó llegar a un acuerdo con los radicales de
Sabattini, la tendencia más nacional de ese partido (…) Respecto a los socia-
listas, muchos de ellos ingresaron a los núcleos que apoyaban al gobierno
militar y que luego integrarían el peronismo. En cuanto al Partido Comunista,
tampoco vaciló Perón en buscar un acercamiento. Pero fue rechazado.

Peter Waldmann (1985:51) señala que la principal meta de Perón fue cambiar
la localización y la función social del sistema político que hacía que los
estratos más altos usaran prebendariamente el aparato del Estado. El modelo
peronista de gobierno corrigió esta estructura, haciéndola más abierta y
flexible a toda la sociedad, al tiempo que liberaba al aparato estatal de los
factores sociales de poder, instalándolo en el punto de intersección de las
relaciones entre los grupos sociales. Entendía que el Estado debía estar por
encima de los grupos sociales y ocupar una posición de mediador, actuando
como factor de equilibrio en el ámbito social, orientando de esta manera
los procesos políticos y sociales.
Nos sigue diciendo Waldmann que los principios políticos de Perón eran
cuatro: el compromiso de solidaridad, la idea de líder, el principio de orga-
nización y el de representación. Concreta su análisis señalando que en la

539
organización peronista del poder, el eje principal era el aparato estatal, por
un lado, y el cuerpo social, constituido por las numerosas asociaciones y
agrupaciones, por otro lado. El Estado tenía una cierta superioridad sobre las
agrupaciones sociales, debiendo funcionar como árbitro entre ellas, coordi-
nando sus acciones, encaminándolas hacia objetivos nacionales comunes y
debía estar en condiciones de movilizar los medios necesarios para alcanzar
esos objetivos. Al mismo tiempo, el principio de solidaridad limitaba el poder
de disposición del Estado, que debía tener en cuenta a todos los sectores
de la población y no solo a los grupos influyentes y capaces de imponerse.
Finaliza el análisis Waldmann diciéndonos que este tipo de organización
política tuvo una gran efectividad documentada por los planes de desarrollo
a largo plazo. En ellos, el Estado se hizo cargo de la conducción del desarro-
llo nacional y asumió una mayor responsabilidad en la armonización de los
diferentes grupos y ámbitos sociales.
Por su parte, Tulio Halperín Donghi (1994) refiere que mientras el radica-
lismo permanecía prisionero de una Argentina que ya no existía, el peronismo
va a ser desde su origen la expresión política de una sociedad ya transfor-
mada, articulando de manera muy original fuerzas sociales con grupos que
disponen de fragmentos decisivos del poder del Estado. Ha de ser una solu-
ción para el ejército, responsable a partir del general Justo de una situación
política con amarga memoria entre los argentinos —la década infame— y
al mismo tiempo significa una oportunidad para las clases populares que
hasta ese entonces habían sido marginadas y que ahora entrarían al centro
mismo del sistema de fuerzas sociopolíticas. Señala Halperín que, en cuanto
ideología, el peronismo se plantea cuestiones que Alejandro Korn ya había
adelantado en 1930: la necesidad de la justicia social y una cultura auténti-
camente nacional. Y de la misma manera que Yrigoyen había encontrado en
la fe cívica y el moralismo cuasi religioso del krausismo —corriente filosófica
que tuvo su desarrollo en la segunda mitad del siglo XIX, tomando como
base el pensamiento de Karl Krause—, una empresa de redención nacional,
Perón en su empresa de conquista del poder personal, entendía que era un
esfuerzo heroico por dar organización firme a una sociedad espontáneamente
incapaz de alcanzarla. Dice este autor que

mientras la revolución peronista supo crear una fuerza política cuya supervi-
vencia estaba asegurada por sus poderosas raíces en la sociedad que había
plasmado, solo tres años después de la irrupción del peronismo comenzaba
ya a hacerse evidente la fragilidad de las raíces económicas de esa nueva
sociedad improvisada durante el fugaz momento de tránsito entre una guerra
que había dado ocasión de acumular reservas en volumen sin precedente, y
una posguerra que se esperaba más favorable a los intereses argentinos que
la que siguió a 1918. (Halperín Donghi, 1994:28)

540
Daniel García Delgado (1989) vincula el proceso peronista al ciclo iniciado por
el radicalismo yrigoyenista a principios del siglo, y si bien éste incorporó a
los sectores medios al sistema político, el peronismo significó la inclusión de
la clase trabajadora sobre la base de un modelo orientado al logro de una
mayor igualdad y participación. Señala este autor que la democracia habrá
de adquirir un sentido social, reestructurándose el sistema de representa-
ción, modificando el rol del estado y configurándose una nueva ciudadanía.
Indica que el peronismo realizó un nuevo contrato social caracterizado por
el pasaje de la democracia política a la social. Señala que el mismo Perón
afirmaba: «Soy pues mucho más democrático que mis adversarios porque
busco una democracia real, mientras que ellos defienden una apariencia
de democracia, la forma externa de la democracia». La justicia social como
conjunto de derechos debidos a los sectores más populares se colocaba
en la misma lógica de la modernización. El nuevo contrato se vinculaba al
cambio político que implicaba la incorporación de los derechos sociales. En
este tránsito, el peronismo fue cuestionado por cuanto el mismo se realizó
bajo el signo de la manipulación y la demagogia, donde el liderazgo caris-
mático permitió realizar tareas de encuadramiento y organización a costa de
participación real de los sectores populares. Según esta visión crítica, nos
sigue diciendo el autor, las masas obreras habrían actuado pasivamente, es
decir que el proceso se habría realizado «de arriba hacia abajo». Pero esta
visión omite considerar las dificultades que representa la ampliación del
cuerpo político en una sociedad ante la profunda resistencia de las élites
políticas a tal modificación.
Según García Delgado (1989), la fundamentación teórica del peronismo
proviene de un «mix» de influencias doctrinarias que van desde experiencias
históricas ligadas al federalismo, al radicalismo yrigoyenista, especialmente
el de FORJA, y los movimientos revolucionarios de América Latina. Resalta
dos matrices filosóficas principales: la filosofía política clásica articulada
a elementos social–cristianos que fundamentaron el estado social, y el
nacionalismo popular latinoamericano basado en el antimperialismo, con
modelos como Cárdenas, Haya de la Torre, Getulio Vargas, etc. Por la pri-
mera corriente, recuperó la visión de que el Estado tenía una función ética
de promover el bien de la comunidad y generar las condiciones para que el
hombre pudiese desarrollarse plenamente. Por la segunda, asoció sobera-
nía popular con soberanía nacional, es decir la identidad del pueblo con la
nación y el compromiso con la lucha antimperialista. En este sentido, una vez
más en Latinoamérica se demostró que ante la incapacidad de los partidos
socialistas y comunistas para conquistar los elementos populares, fue ocu-
pado por movimientos nacionales y democráticos, apareciendo así un nuevo
sentimiento nacional y popular (García Delgado, 1989:122; Godio, 1987:103).
Culmina esta parte del análisis el autor que seguimos, señalando que el
peronismo, como todos los regímenes nacionales y populares, establecieron

541
una nueva relación entre democracia social y política, donde se produjo una
extensión del sufragio y un salto cualitativo en el sistema de representa-
ciones, sea de intereses específicamente políticos o sectoriales. Con ello se
desarrollaron nuevas formas y prácticas participativas, dentro de identidades
sociales otrora postergadas y la intervención directa de sectores sociales en el
ejercicio del poder con un catalizador de toda esa dinámica que fue el Estado.
Carlos Alberto Floria, preguntándose por el encuadramiento ideológico
que tendría que tener el peronismo, señala que el mismo nació como un
precipitado de ideas, ideologías, doctrinas, mentalidades, temperamentos,
experiencias colectivas y circunstancias personales.

Fraguó en torno de un líder con rango militar, intuición popular, sentido de


la organización, tendencia al encuadramiento de las masas, proclividad a la
jefatura y al respeto por el orden, permeabilidad hacia la idea de justicia social,
realismo, fortuna y percepción del sentido de la historia (…) Temas como la
comunidad organizada (…) no son ajenos a la tradición corporativista y tienen
cierta correspondencia con otros como la nación en armas, perteneciente a
la moderna literatura militar vigente.

Señala con acierto que la doctrina oficial del movimiento, el justicialismo, es


cronológica y lógicamente posterior y tributaria de los sucesos que fraguaron
al líder y al movimiento.

1.2. Concepciones fundamentales: la comunidad organizada

En el discurso pronunciado en la sesión de clausura del Primer Congreso


Nacional de Filosofía realizado en Mendoza en marzo/abril de 1949, el general
Perón definió los conceptos de hombre, libertad, valores, sociedad, comuni-
dad, Estado e individuo que alumbraban su visión social. Ofrece el modelo
de comunidad organizada como arquetipo social superador del capitalismo,
que explota al hombre, y del colectivismo que, según su decir, lo «insectifica»
—lo transforma en un insecto—, al endiosar el Estado.
En uno de los capítulos de su alocución habló de «la superación de la
lucha de clases por la colaboración social y la dignificación humana». Sin
negar la existencia de la lucha de clases ni intentar su eliminación pretende
su superación a través de la cooperación, la participación social y la digni-
ficación de la persona.
Señala su rechazo al individualismo egoísta y al colectivismo por la reduc-
ción a que somete al ser humano:

No creemos que ninguna de esas formas posea condiciones de redención.


Están ausentes de ellas, el milagro del amor, el estímulo de la esperanza y la
perfección de la justicia. Son atentatorios por igual, el desmedido derecho de

542
uno, o la pasiva impersonalidad de todos, a la razonable y elevada idea del
hombre y de la humanidad (…) si debemos predicar y realizar un evangelio de
justicia y de progreso, es preciso que fundemos su verificación en la supera-
ción individual como premisa de la superación colectiva (…) Lo que nuestra
filosofía intenta restablecer al emplear el término armonía, es cabalmente,
el sentido de plenitud de la existencia (…) Nuestra comunidad tenderá a ser
de hombres y no de bestias. (Perón, 2004:86)

Esta idea, que Perón desarrolló en muchos de sus discursos, es la esencia


de lo que fue dado en llamar «la comunidad organizada», pilar esencial de
su concepción sobre la estructuración de la sociedad.
La idea de comunidad organizada lleva ínsita la de pacto social, pues es a
través de un acuerdo, contrato o convenio, entre los diversos sectores socia-
les, que se habrá de lograr la paz en la sociedad y un crecimiento armónico
y proporcionado de los distintos estamentos.
En su discurso del 2 de diciembre de 1943 Perón afirma:

Para saldar la gran deuda que todavía tenemos con las masas sufridas y vir-
tuosas, hemos de apelar a la unión de todos los argentinos de buena voluntad,
para que en reuniones de hermanos consigamos que en nuestra tierra no haya
nadie que tenga que quejarse con fundamento de la avaricia ajena. Los patro-
nes, los obreros y el Estado constituyen las partes de todo problema social.

Luis Alberto Romero (2004:128) conceptualiza la idea que analizamos, de la


siguiente manera:

En la comunidad organizada el pueblo es uno solo, sin fisuras, y hay una digni-
dad propia de quien pertenece a él; la igualdad, que se expresa en la apelación
a los compañeros, manifiesta la común participación en la ciudadanía social.
Esa igualdad coexiste con diferencias sociales funcionales y relaciones de
autoridad y dependencia, propias de cualquier cuerpo social. La Comunidad
Organizada incluye a las corporaciones de patronos y trabajadores, a otras
corporaciones, así como a la Iglesia y el ejército. El funcionamiento global es
armónico, pues los diferentes sectores rigen sus relaciones por el principio
de colaboración. Por encima de ellos, el Estado es el encargado de organizar
las relaciones de la comunidad toda y encarnar el interés común.

A renglón seguido, el autor señala la congruencia entre ese pensamiento y la


acción del Estado benefactor de las que el peronismo, en su versión inicial,
es la mejor expresión.
Torcuato S. Di Tella señaló que esta concepción es la expresión de un neo-
corporativismo en la que el Estado supervisa o controla a las asociaciones
civiles que representan y expresan los intereses de los diversos sectores que
integran la comunidad.

543
Por su parte, algunos jóvenes de la izquierda marxista que se habían
acercado al peronismo5 denominaban a esta concepción —y la consecuente
manera de manejarse en política— como bonapartismo, trayendo una cate-
goría teórica con la que Carlos Marx señalaba a aquellos regímenes que se
colocan por sobre las clases sociales, como si el Estado —y su conductor—
tuviese una completa autonomía de ellas y fuera el bienhechor patriarcal de
todas, atendiendo alternativamente las necesidades de cada una de ellas.
Ahora bien, más allá del intento de teorización de Perón sobre el significado
último de lo que es la Comunidad Organizada, otros autores señalan que
dicha justificación intelectual trató de dar sentido al movimiento policlasista
que surgió el 17 de octubre, en el que confluyen desde obreros a militares,
empresarios, sacerdotes y sectores de clase media popular. En esta con-
fluencia amplia de diversos sectores sociales se puede explicar con certeza
la naturaleza histórica del movimiento peronista y la peculiar forma de con-
ducción pendular que tuviera Perón, que permitía la supervivencia dentro
del movimiento de sectores de derecha y de izquierda. Así se aseguraba la
cohesión interna de un movimiento que tenía numerosísimos matices pues en
él estaban representados diferentes intereses, muchas veces contrapuestos.
El mismo líder afirmó: «Yo manejo el partido con las dos manos, izquierda
y derecha», en clara referencia a lo que venimos diciendo.

1.3. Las banderas del peronismo

En el preámbulo de la Constitución de 1949 al señalar los objetivos de la


nueva Carta Magna se afirma:

con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la


paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y la
cultura nacional, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para
nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar
el suelo argentino, ratificando la irrevocable decisión de constituir una Nación
socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.

5 Dos fueron las corrientes marxistas que apoyaron al peronismo, ambas provenientes
del trotskismo: Frente Obrero, en el que militaban Adolfo Perelman, Ernesto Ceballos,
Enrique Rivera y Aurelio Narvaja; y Octubre, al que pertenecían Jorge Abelardo Ramos,
Jorge Enea Spilimbergo y otros. En el año 1953 estos grupos junto a otros militantes
(Enrique Dickmann, Joaquín Coca, Nahuel Moreno) conformarán el Partido Socialista de
la Revolución Nacional, que fue bien visto por Perón y fuera proscripto en 1955 junto al
peronismo.

544
A la par que se resaltaba un objetivo novedoso para el tradicional preámbulo
de la Constitución —promover la cultura nacional— se estaban instituciona-
lizando las que habrían de ser las banderas que enarbolara el peronismo.
No es de extrañar entonces que uno de los primeros actos de su gobierno
haya sido la declaración de la independencia económica del país, que se
hallaba intrínsecamente ligada a la nueva valoración del trabajo y a la formu-
lación de los derechos del obrero (Declaración de los derechos del trabajador.
Presidencia de la Nación. Subsecretaría de Informaciones. 1947).
Si bien existen autores que pretenden restarle validez o importancia a estas
banderas, aduciendo que fueron extraídas del viejo nacionalismo (Altamirano,
2002:215, siguiendo a Marysa Navarro Gerassi), tal hecho no le resta valor
ni trascendencia como ejes de la acción de gobierno que siguió el naciente
movimiento, al menos en esta etapa fundacional. Por otra parte, es sabido
que el acercamiento entre Perón y los viejos nacionalistas, muchos de ellos
absolutamente retardatarios y conservadores, nunca fue muy estrecha ni
perduró en el tiempo, por lo que puede decirse que en última instancia tales
consignas adquieren un perfil totalmente nuevo y se llenan de un contenido
en la que la presencia de los sectores populares como parte integrante —y
activa— del movimiento marca a fuego su sentido. En otras palabras: no es el
mismo significado que pueda haber otorgado a la justicia social, José María
de Estrada o Carlos Ibarguren que Arturo Sampay.
No es desacertado el pensamiento de Juan Fernando Segovia (2005:96)
cuando expresa que a diferencia de aquellos nacionalistas que hicieron de
su nacionalismo un planteo teórico o una doctrina política precisa, Perón
se valió de ese nacionalismo societal —que también se puede denominar
nacionalismo visceral o patriotismo— que es espontáneo, preexistente en
todo ser que ama al suelo en el que nació, y lo transformó en el deseo o la
búsqueda de una comunidad justa y libre.
Perón definía este nacionalismo como el «respeto absoluto a la esencia de
nuestra tradición y nuestras instituciones; elevación progresiva de la cultura,
en todos sus aspectos y mejoramiento económico de todos los habitantes»
(Segovia, 2005; Perón, 1973:291). De allí que convocara a la lucha política a «los
verdaderos patriotas, a quienes el tiempo no haya marchitado el corazón ni
las tentaciones les hayan sumido en la ruindad de una entrega» para lograr
una Patria Justa, Libre y Soberana.
En tal sentido la idea de Nación o Patria es para Perón un concepto aglu-
tinante en torno a bienes que debe protegerse porque son del pueblo
(Perón, 1973:97).En el discurso con que Perón inicia el período de sesiones
del Congreso, el 26 de junio de 1946, esboza una síntesis de las tres bande-
ras. «El Estado —sostiene— debe controlar los fundamentos de la economía
nacional, quedando a la iniciativa privada, a veces en colaboración en forma
mixta con el Estado, o exclusivamente por su cuenta, el desarrollo de la pro-
ducción y la manufactura de los artículos» y señala «el Consejo Nacional de

545
Posguerra dejó sentado en sus estudios que industrialización representa:
independencia económica, independencia política, equilibrio económico,
intensificación del trabajo, mejor formación profesional y mejores retribu-
ciones». Al anunciar que en virtud de las medidas del gobierno se encuentra
próximo el momento en que por primera vez el país no deberá al extranjero
ni un solo centavo

con lo cual se cumplirá la afirmación hecha reiteradamente en el sentido de


que la República logrará la aspiración nacional de ser económicamente libre y
políticamente soberana. Sin exageración podemos asegurar que en la historia
argentina se abrirá una nueva etapa en el momento mismo en que no exista
deuda externa y la deuda flotante o consolidada sea de carácter interno.
Entonces, las decisiones superiores de sus gobernantes no podrán estar influi-
das por cuestiones foráneas (…) Conseguido esto, podremos declarar bien
fuerte (…) que la Argentina dejará de ser una colonia en el aspecto económico.

«En este discurso se hallan formuladas nuevamente las tres banderas —inde-
pendencia económica, soberanía política y justicia social— que compendian
el proceso de liberación nacional», asevera Galasso (2005:428).
El eje de estas banderas será la justicia social, concepto que adquiere
dentro del discurso peronista un nuevo sentido: por un lado, es una justicia
sectorial, la justicia debida a una clase social postergada, que impulsaba
una política distribucionista; por otro, es misión del Estado y de la sociedad
el procurarla, y no el producto de las libres voluntades individuales; por
último implica una nueva dimensión social de la ciudadanía, toda vez que
luchar por los derechos de los más desposeídos implicaba inexorablemente
un cambio social profundo. «Perón podía sintetizar el contenido de la jus-
ticia social en tres grandes tareas: la elevación de la cultura social de las
masas, la dignificación del trabajo y la humanización del capital», concluye
Segovia (2005: 200).
En función de esta idea, el concepto de Estado adquirió una nueva orienta-
ción por cuanto éste apoyaba las reivindicaciones de los trabajadores, redis-
tribuía la riqueza, establecía procedimientos para dirimir conflictos laborales
y empresariales y, por sobre todas las cosas, auspiciaba el intervencionismo
estatal en todos los problemas sociales y también en los económicos cuando
el sistema de libre iniciativa pusiera en peligro los intereses de la colectividad
o cuando se emplee para mantener injusticias o desigualdades.
De allí es que se haya desplazado a la caridad cristiana y la ayuda a los
necesitados por este nuevo concepto de justicia social —lo que por otro

546
lado le valió enfrentamientos con la Iglesia y las damas de caridad— trans-
formando lo que antes era una cuestión moral en una cuestión de Estado.6
Estas consideraciones sobre las banderas del peronismo pretenden acer-
carnos a esta problemática por cuanto la voluntad de constituir una nación
socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana sería el
eje discursivo en el que se resumía el ideal de sociedad que Perón propuso.

2. Diversas miradas sobre el 17 de octubre de 1945

No, amigo Sábato, lo que movilizó las masas hacia Perón no


fue el resentimiento, sino la esperanza… No eran resentidos.
Eran criollos alegres porque podían tirar las alpargatas para
comprar zapatos y hasta libros, discos fonográficos, veranear,
concurrir a restaurantes, tener seguro el pan y el techo y
asomar siquiera a formas de vida occidentales que hasta
entonces les habían sido negadas…
Arturo Jauretche, carta a Ernesto Sábato en 1956

Múltiples fueron las percepciones, sentimientos e interpretaciones que


generó el suceso producido ese día. Nos interesa rescatar alguna de esas
visiones para comprender la magnitud del mismo, acentuando particular-
mente las contemporáneas de aquel.
Esa imponente movilización popular dará origen a expresiones y gestos que
pasarán a ser parte de la liturgia peronista: el término descamisado surge
para señalar el mayoritario atuendo de los participantes, toda vez que los
trabajadores de las fábricas no utilizaban el traje con camisa y corbata que
lucía los empleados y las clases altas —recordemos que se usaba traje para
asistir, incluso, a las canchas de fútbol7—; la denominación de cabecitas
negras señalará la tez oscura de los manifestantes suburbanos; la utilización
del bombo —elemental instrumento musical, accesible o de fácil improvisa-
ción— en las manifestaciones; son todos elementos que quedarán fijados
como distintivos del naciente movimiento.
Raúl Scalabrini Ortiz, en Tierra sin nada, tierra de profetas, recuerda:

6 Eva Perón decía que los ricos idearon tres formas de suprimir la justicia social: la limosna,
la beneficencia y la caridad. (Segovia, 2005:209).
7 Perón posteriormente dirá: «Nosotros no nos deshonramos por ser descamisados. Nos
deshonraríamos por ser fraudulentos, ladrones o pillos (…) A pesar de que ellos nos cali-
fican de chusma descamisada, es para nosotros un honor tener un corazón bien puesto
debajo de una camisa y no debajo de una chaqueta lujosa».

547
El sol caía a plomo sobre la Plaza de Mayo cuando inesperadamente enormes
columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con su traje de fajina, porque
acudían directamente desde sus fábricas y talleres (…) Los rastros de sus oríge-
nes se traslucían en sus fisonomías. Descendientes de meridionales europeos
iban junto al rubio de trazos nórdicos y al trigueño de pelo duro en que la
sangre de un indio lejano sobrevivía aún (…) Un pujante palpitar sacudía las
entrañas de la ciudad. Un hálito áspero crecía en densas vaharadas, mientras
las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo,
de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín
y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías
de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían
de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe,
iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el
mecánico de automóviles, el tejedor, la hilandera y el empleado de comercio.
Era el subsuelo de la patria sublevado. (Hernández, 1997:20)

El poeta Leopoldo Marechal recuerda así el acontecimiento:

De pronto, me llegó desde el oeste un rumor como de multitudes que avan-


zaban gritando y cantando por la calle Rivadavia: el rumor fue creciendo y
agigantándose, hasta que reconocí primero la música de una canción popular,
y enseguida su letra: «Yo te daré, te daré, Patria hermosa, te daré una cosa,
una cosa que empieza con P: ¡Perón!». Y aquel Perón resonaba periódicamente
como un cañonazo (…) Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la
multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Vi, reconocí y amé los miles
de rostros que la integraban: no había rencor en ellos, sino la alegría de salir
a la visibilidad en reclamo de su líder. (Hernández, 1997:22)

Jorge Abelardo Ramos (1999:278) describe así este día histórico:

Buenos Aires es una caldera hirviente (…) Grupos compactos de trabajadores


han atravesado los puentes que unen Avellaneda con Buenos Aires y se diri-
gen hacia el centro de la ciudad. Es un movimiento irresistible y convergente.
Las manifestaciones obreras, aisladas al principio, se funden en columnas
cada vez más imponentes. Sus gritos y voces despiertan el pánico en la bur-
guesía comercial, que baja precipitadamente las cortinas metálicas. Al caer
la tarde, el sector céntrico de la ciudad es irreconocible (…) Buenos Aires es
ocupada por centenares de miles de trabajadores enfurecidos. Sus consignas
son primitivas, pero inequívocas: «¡Mueran los oligarcas!» o «¡Sin galera y
sin bastón! ¡Queremos a Perón!». Las manifestaciones obreras confluyen a la
Plaza de Mayo sin cesar y vuelcan sobre la Casa de Gobierno desierta todo el
peso de su exasperación. Rendidos por la marcha, numerosos manifestantes
se lavan en las fuentes del Congreso; su indumentaria modesta, su actitud
provocativa, sus gritos destemplados, causan horror a los espectadores de los
partidos democráticos que presencian estupefactos la conquista de Buenos
Aires (…) Algunos en camiseta, muchos en camisa, otros montados a caballos,

548
aquellos agrupados en camiones, trepados al techo de tranvías, amontonados
en colectivos que perentoriamente debieron cambiar su ruta y conducirlos a
Plaza de Mayo, las mujeres obreras con sus niños en brazos, otros con panta-
lones arremangados hasta la rodilla, lanzando burlas soeces a los caballeros
bien vestidos que miraban las manifestaciones en silencio, llevando carteles
improvisados, o botellas vacías, bebiendo refrescos, comiendo un trozo de pan,
enronquecidos y desafiantes, profiriendo ironías gruesas o epítetos agresivos,
esa gigantesca concentración obrera inauguraba el 17 de octubre un nuevo
capítulo en la historia argentina.

Un historiador, insospechado de peronista, Félix Luna, recuerda en su libro


El 45 (1981):

Lo más singular del 17 de octubre fue la violenta y desnuda presentación de


una nueva realidad humana que era expresión auténtica de la nueva realidad
nacional. Y eso es lo que resultó más chocante a esta Buenos Aires orgullosa
de su rostro europeo: reconocer en esa horda desaforada que tenía el color de
la tierra, una caricatura vergonzosa de su propia imagen. Caras, voces, coros,
tonos desconocidos: la ciudad los vio con la misma aprensión con que vería
a los marcianos desembarcando en nuestro planeta. Argentinos periféricos,
ignorados, omitidos, apenas presumidos, que de súbito aparecieron en el
centro mismo de la urbe para imponerse arrolladoramente.

Y agrega que esa jornada «no provocó el rechazo que provoca una fracción
política partidista frente a otra: fue un rechazo instintivo, visceral, por parte
de quienes miraban desde las veredas el paso de las turbulentas columnas».
Desde el otro extremo del arco social, Delfina Bunge, ferviente católica y
conspicua integrante de nuestras clases altas, dirá:

Emoción nueva la de este 17 de octubre, la eclosión, entre nosotros, de una


multitud proletaria y pacífica. Algo que no conocíamos, que, por mi parte, no
sospeché siquiera que pudiese existir (…) Las calles presenciaron algo insólito.
De todos los puntos suburbanos veíanse llegar grupos de proletarios, de los
más pobres entre los proletarios. Y pasaban debajo de nuestros balcones.
Era la turba tan temida. Era —pensábamos— la gente descontenta... Parecían
trocadas por milagrosa transformación. Su aspecto era bonachón y tranquilo.
No había caras hostiles ni puños levantados, como lo vimos hace pocos años.
Y más aún nos sorprendieron sus gritos y estribillos. No se pedía la cabeza
de nadie. (Hernández, 1997:21)

En tanto Arturo Jauretche, años después, reflexiona desde el diario El Mundo


en 1965:

El país ya era otro país y no quisieron entenderlo (refiriéndose a los viejos


partidos políticos) (…) La nueva realidad no cabía ni en el sindicalismo, ni en

549
los partidos políticos preexistentes (…) El 17 de octubre, más que representar
la victoria de una clase, es la presencia del nuevo país con su vanguardia más
combatiente y que más pronto tomó contacto con la realidad propia (…) Lo
viejo no comprendía al país nuevo, tampoco se dio cuenta que ya no podía
representar la dirección del país y mientras discutía sus rivalidades, el nuevo
actor tomó posesión del escenario.

En su momento, la Unión Cívica Radical en una declaración publicada en el


diario La Prensa del 25 de octubre dijo: «(El 17 de octubre) fue preparado por
la Policía Federal y la Oficina de Trabajo y Previsión, convertida en una gran
máquina de propaganda de tipo fascista, con ramificaciones en todo el país...
Fue una reproducción exacta de las primeras manifestaciones populares del
fascismo y del falangismo» (Galasso, 2005:341).
Un dirigente conservador, Emilio Hardoy (1993:208) diría años más tarde:

Los ciudadanos que desfilaron triunfalmente, yo entre ellos, poco tiempo


antes por las calles de Buenos Aires, jamás imaginaron que la muchedumbre,
imponente e informe, amenazadora y primitiva, iba a invadir la Plaza de Mayo
al grito de guerra de ¡Perón! Grito de guerra y de odio, casi de venganza, por
causa de la miseria y la ignorancia de la sociedad de entonces. Como en todos
los pueblos de Occidente, en nuestro territorio había dos países en aquel mes
de octubre de 1945: el país elegante y simpático, con sus intelectuales y su
sociedad distinguida sustentada en su clientela romana y el país de la corte
de los milagros que mostró entonces toda su rabia y toda su fuerza (…) Nueve
días que cierran una época e inauguran otra (…) Desde luego el odio no es
el único ingrediente del peronismo, pero es el fundamental, el cemento que
aglutinó a las masas en torno a Perón.

Otro aspecto que merece destacarse es la reacción de los partidos de


izquierda —quienes en teoría representaban a los trabajadores— y de los
sectores universitarios, que unánimemente condenaron el acto del 17 de
octubre. El periódico Orientación del Partido Comunista señalaba que

también se ha visto otro espectáculo, el de las hordas de desclasados haciendo


de vanguardia del presunto orden peronista. Los pequeños clanes con aspecto
de murga que recorrieron la ciudad, no representan ninguna clase de la socie-
dad argentina. Era el malevaje reclutado por la policía y los funcionarios de la
Secretaría de Trabajo y Previsión para amedrentar a la población.

Un volante repartido en la Facultad de Ciencias Exactas señala que «Buenos


Aires ha sido invadida por hordas bárbaras que, al amparo policial, han
cometido toda clase de desmanes y atropellos» y llamaba a los ciudadanos
a ocupar un puesto en la lucha contra la dictadura.

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Un manifiesto del Partido Comunista del 21 de octubre dice:

El malón peronista con protección oficial que azotó el país ha provocado rápi-
damente, por su gravedad, la exteriorización del repudio popular de todos los
sectores de la República y millones de protestas. Hoy la Nación en su conjunto
tiene clara conciencia del peligro que entraña el peronismo y de la urgencia
de ponerle fin... En el primer orden, nuestros camaradas deben organizar y
organizarse para la lucha contra el peronismo hasta su aniquilamiento. Perón
es el enemigo número uno del pueblo argentino.

Tiempo después un diputado radical, Ernesto Sanmartino, calificó al 17 de


octubre como «aluvión zoológico».
Como colofón dejamos un análisis de otro insigne autor, Ernesto Sábato,
quien con innegable acierto reflexiona:

El 17 de octubre yo estaba en mi casa, en Santos Lugares, cuando se produjo


aquel profundo acontecimiento. No había diarios, no había teléfonos ni trans-
portes, el silencio era un silencio profundo, un silencio de muerte. Y yo pensé
para mí; esto es realmente una revolución. Era la primera vez en mi vida que
yo asistía a un hecho semejante. Por supuesto, había leído sobre revoluciones,
todos hemos leídos sobre revoluciones. Tenemos en general una idea literaria
y escolar de lo que es una convulsión de esa naturaleza. Pero es una idea lite-
raria, sobre todo en este país, donde la gente ilustrada se ha formado leyendo
libros preferentemente en francés. Y, todavía hoy, ve con enorme simpatía,
cada vez que llega el 14 de julio, en las vitrinas de la Embajada francesa, en la
calle Santa Fe, un descamisado tricolor tocando un bombo, rodeado por otros
descamisados que vociferan y llevan trapos y banderas. Todo esto les parece
muy lindo y hasta de buen gusto, porque está en la avenida Santa Fe y porque
pertenece a la Embajada de Francia, sin comprender que esos hombres allí
representados eran precisamente descamisados, y que esa revolución —como
todas, por otra parte— fue sucia y estrepitosa, obra de hombres en alparga-
tas, que golpeaban bombos y que seguramente también orinaron —como los
descamisados de Perón en la plaza de Mayo)— en alguna plaza histórica de
Francia. No veo que haya en esto nada merecedor de la sonrisa o la ironía.
A mí me conmueve el recuerdo de aquellos hombres y mujeres que habían
convergido sobre la Plaza de Mayo desde Avellaneda y Berisso, desde sus
fábricas, para ofrecer su sangre por Perón. (Ciria, 1975:109, citando a Sábato,
Tres revoluciones)

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